Alarma, n.º 4, primavera 1978 (pág. 4). PDF del número completo
La civilización capitalista, considerándola mundialmente claro está, ha llegado a sus límites de desarrollo y sus posibilidades materiales plantean la necesidad urgente e imperiosa para salvar a la humanidad del caos, de preparar al proletariado donde quiera que sea a la lucha directa por la revolución socialista. Evitarla es función de los que tienen intereses específicos creados y que la temen.
Esta comprensión del problema requiere, por lo menos una somera pero precisa explicación. A eso nos afanaremos: es cierto que el problema nacional ha jugado en la historia un papel progresivo y por tanto un rol necesario para la consolidación de un nuevo sistema en vías de afianzarse, desarrollarse pero, naturalmente, en su proceso a perecer también. El proceso está culminado y estamos en la etapa de un capitalismo decadente y sin perspectivas históricas. El nacionalismo ya no tiene razón de ser mas que como método de sumisión de los pueblos a los cambios estructurales de la economía capitalista mundial. En realidad todo movimiento —pequeño o grande— de carácter estrictamente nacional no puede escaparse a la regla de doblegarse a las nuevas formas de dominio del gran capital y, el gran capital como potencia internacional corresponde, sabido es, a aquéllos que han logrado un mayor y más fuerte desarrollo de las fuerzas productivas: hoy EE.UU. y Rusia. Cada cual con sus zonas de influencia, cada uno con su bloque y todos con sus mismos intereses: el lograr la hegemonía y control del mundo. Sus relaciones en cuanto se trata de economía son de carácter internacional. Nada hay más internacional en dicho sistema que el capital en su función. No obstante las bases en que funda su dominio continuan siendo de carácter nacional. Cada nación con sus respectivas líneas de demarcación pero siempre sometidas a uno de los dos bloques. Está claro pues que a pesar que las fuerzas productivas sobrepasaron hace tiempo las fronteras del estado nacional, el capital no ha resuelto ni podrá resolver dicha contradicción, pues desde el nacimiento del sistema capitalista los movimientos nacionales fueron y son cuerpo del mismo. El nacionalismo de hoy ha sufrido las variantes de la evolución del capital. Y la actitud táctica del proletariado frente a él, debe de corresponderse con el presente y rechazar las tácticas del pasado puesto que ellas sirven al capitalismo, no a los trabajadores.
Es cierto que nuestros antecesores socialistas basándose en el carácter progresivo del modo de producción capitalista apoyaron, condicionalmente, al nacionalismo pero siempre con la orientación de facilitar el crecimiento y la formación de las más numerosas concentraciones proletarias, condiciones indispensables éstas para la auténtica lucha social de clase y darle a su tempo su contenido esencialmente internacionalista. Con la misma orientación táctica fueron apoyadas las tituladas revoluciones democráticas burguesas. Las tales revoluciones no dañaban en nada, antes al contrario, al capital sino que ellas fueron motivadas precisamente porque éste en su marcha ascendente tenía necesidad y estaba obligado a reemplazar sus bases políticas y económicas por nuevas formas estructurales que se adaptasen a las características técnicas de producción y explotación. La táctica socialista consistía —esa era su teoría— en apoyar dichas revoluciones con vistas a rebasarlas de cara a la transformación socialista. En Rusia, por ejemplo (teoría de la revolución permanente) se planteó la toma del poder por el proletariado cuyo objetivo inmediato era la de realizar las tareas de la revolución democrático-burguesa con la intención de superarla y provocar la revolución socialista mundial, única posibilidad de su triunfo. Revolución que —por las causas que aquí no es dado analizar— se quedó tan solo dentro de sus fronteras. El socialismo no vió día y a consecuencia de esa revolución fracasada el mundo de los explotados sufre y paga caro los resultados. No obstante la táctica nacionalista del siglo XIX puede merecer discusión, aprobación o crítica pero en ningún caso se le puede catalogar de reaccionaria y de contrarrevolucionaria. Su aplicación en el presente sí lo es. Antes era aplicada de cara a facilitar las posibilidades de revolución socialista mundial. Ahora es aplicada para todo lo contrario, para impedirla y desviar al proletariado de sus objetivos de clase. Hoy ya no puede haber ambigüedad alguna puesto que después de la ultima guerra mundial el mundo está dividido en dos bloques imperialistas bien claramente definidos: “URSS” y EE.UU. Toda lucha falsamente llamada de liberación nacional es en realidad una lucha de dominio imperialista entre las dos grandes potencias. Vemos claramente que el problema de independencia nacional no tiene nada que ver con lo que representaba en el siglo XIX incluso para el capital nacional. Además en el siglo pasado, la propiedad de los medios de producción eran privados, hoy ya no es lo mismo. La propiedad individual ha dejado de ser la forma adecuada de explotaMl ción para realizar los beneficios necesarios a la reproducción ampliada del capital. La propiedad actual es colectiva de grupo capitalista, trust, cartel, monopolios o estado. Del artesanado se ha pasado a máquinas automáticas que en su función superan a equipos completos de hombres. De la diligencia al avión supersónico. Es decir que el sistema ha alcanzado una técnica fantástica. Técnica que este sistema no puede aplicar totalmente a causa de sus propias contradicciones.
Es más que ilusorio pretender que los países subdesarrollados deban seguir las mismas etapas evolutivas de los países avanzados y menos aún nivelarse a ellos para realizar la revolución socialista puesto que de todas maneras la distancia entre los unos y los otros en lugar de disminuir irá en aumento, pues ellos dependen directamente, como ya está dicho, de las potencias imperialistas dominantes. No es por azar que todas las pretendidas revoluciones nacionales dejen de lado “las etapas evolutivas” y basen su economía y sistema social en la máxima concentración del capital: capitalismo de estado. A mayor concentración más ordenada y fructuosa explotación. Cruel independencia para los trabajadores. Vanas y quiméricas ilusiones para el capital indígena. A éste no le queda más opción que la de someterse a la tutela del bloque que se impone.
Concretando: todas las condiciones materiales están dadas y más que sobradas para que el comunismo sea una realidad en el globo. El proletariado y las demás capas sociales explotadas no deben de olvidar, en su lucha emancipadora, que el principal enemigo sigue estando en el propio país y que ese combate está íntimamente ligado a la lucha simultánea contra los defensores de cualquiera de los imperialismos. La revolución comunista internacional debe de ser nuestro primer objetivo, aquí, en China, Perú, Palestina o Conchinchina. TODO LO DEMAS ES REACCIONARIO y como tal ha de ser combativo.
J Costa.