Alarma, tercera serie, n.º 5, verano de 1978 (pág. 7). PDF del número completo
Todas las organizaciones oficiales de la pseudo-oposición “socialista, comunista, trotskista, etc...” pretendiendo enfrentarse al capital, nos proponen el control obrero de la producción como solución anti-capitalista. Ese slogan, sacado de su origen histórico, que suena bien al oído, es uno de los más demagógicos hoy para mantener el mismo sistema de explotación en pie. Controla, trabaja y calla, ellos se ocuparán del resto. Por otra parte sería injusto otorgarle la defensa del control obrero a la oposición, pues los representantes de la burguesía ya agonizante no tienen inconveniente alguno en defenderlo, véase toda la propaganda sobre la revalorización del trabajo manual y la aceptación de fábricas autogestionadas en países como Francia o Alemania.
La idea de control obrero de la producción defendida por los bolcheviques en Rusia, solo era considerada como un momento transitorio en el proceso de transformación social, estaba ligada a la necesidad absoluta de desarrollar el capitalismo en un país atrasado bajo el control de un poder político obrero en espera de la revolución comunista en los países más avanzados como Alemania. Hoy en día ya no se puede tratar de eso, el capitalismo mundialmente está más que suficientemente desarrollado para ser destruido inmediatamente en cualquier parte del globo. Lo que originariamente fue considerado como un momento transitorio, nos lo hacen pasar como un fin en sí, todos los que en definitiva a su forma y manera se han plegado a uno de los dos imperialismos, Rusia y Estados Unidos.
Al capital le interesa ante todo que el proletariado venda su fuerza de trabajo, necesidad básica para su continuación como sistema. Sus defensores de todo tipo, conscientes de la inhumanidad y de la descomposición social cada día mayor, tienen que buscar la forma de engañar a los que en definitiva mantienen al sistema, a la clase explotada. No es en balde que todos los términos de significado revolucionario han sido deformados hasta quitarles todo de su contenido original tras la contrarrevolución estalinista. Siempre nos están haciendo pasar gato por liebre a través de los fantásticos órganos de propaganda que son partidos y sindicatos.
El capitalismo ha llegado a un grado de concentración ya nefasto para el desarrollo social, lo podemos constatar en todos los aspectos del mundo de hoy. Este es incluso incapaz de respetar “los derechos del hombre”, derechos impuestos por la propia burguesía, es decir por la clase que dió luz al sistema en el cual vivimos. ¿Qué podemos controlar, en el caso de aceptarlo, de un mundo que es incapaz de controlarse a sí mismo?. Además de vender nuestra fuerza de trabajo tendríamos que discutir con el patrón o el Estado de la producción a realizar, de la venta de los productos (incluido nuestra fuerza de trabajo), etc.... En definitiva convertirnos en ayudantes accionarios al servicio del capital, del que nos explota. Lo que quieren es interesarnos a nuestra propia explotación de la que el Estado (obrero nos dirán) mediante nacionalizaciones a ultranza se aprovechará. Todo sirve para apartarnos del terreno de clase, de la transformación radical de esta sociedad.
Al proletariado no le interesa ni el control, ni la cogestión, ni la autogestión por considerarlas como alternativas que adopta el capital para explotarnos aún mejor. El proletariado solo tiene un objetivo, el de destruir el Estado, el trabajo asalariado, el de imponer su voluntad a través de sus órganos de poder a fin de eliminarse como tal y en definitiva el de acabar para siempre con la sociedad dividida en clases.
Toda esta gentuza se gargariza con las palabras “proletariado”, “gestión”, “autogestión”, “control de la producción”, “estado”, etc., y deja de lado lo fundamental, la tarea inmediata del proletariado, la abolición del trabajo asalariado, de la ley del valor. No se trata de que el proletariado aprenda a administrar el capital (bajo control de un estado todopoderoso y ajeno a él) pero el de acabar con él. “No es acoplando de mil formas la palabra pueblo con la palabra Estado que haremos avanzar el problema de un salto de pulga” (K. Marx en “Crítica del programa de Gotha”). Tras la experiencia de la comuna de París quedó bien claro que no se trataba para el proletariado de apoderarse del Estado sino de destruirlo inmediatamente y sobre sus escombros construir la nueva sociedad impuesta por los órganos que adopte él.
Partiendo de ahí uno se da cuenta enseguida que sobran los conceptos como control obrero, autogestión y demás tapujos tan valederos para todos los adeptos del capital.
Parra