Alarma, tercera serie, n.º 6, otoño-invierno de 1978 (págs. 8-9). PDF del número completo

La aprobación evidente que en la población china han encontrado Hua Kuofeng y Ten Siao-ping denunciando a la “banda de los cuatro”, débese a que nadie ignoraba el número real de sus componentes, no 4 sino 5; el nombre del quinto Mao Tse-tung. Y tampoco ignora la clase obrera, ni la población en general, que los denunciadores constituyen otra banda. pero, cuando se ha padecido largo tiempo una opresión, cualquier ataque directo o indirecto a ella, cualquier cambio es bien acogido, aunque se sospeche su falacia, aunque se barrunte su mala intención. La historia abunda en casos semejantes, desde la antiguedad hasta nuestras postrimerías del siglo XX.

Que siglos atrás ocurriera así casi invariablemente, se comprende sin dificultad. La mayoría de la población oprimida carecía de perspectiva social revolucionaria, o siquiera innovadora; estaba a la merced de quienes prometiesen ser menos tiránicos y esquilmadores. En nuestros días, por el contrario, la perspectiva social revolucionaria en todos los países es,solo la que puede abrir la clase trabajadora y únicamente ella. Tanto más aberrante parece que esa misma clase y la población en general acojan con esperanza, ya que no con entusiasmo, la substitución de una banda de gobernantes por otra. El hecho tiene una explicación sencilla, más por lo general ignorada. Es que la perspectiva revolucionaria ha sido ocultada durante largos decenios por un espeso telón tejido de falsificaciones ideológicas y de represión incesante, por aquellos mismo que gobiernan en China, en otros países regidos según matriz rusa, y por sus lugartenientes en todas partes. Diciéndose comunistas, practican la explotación del proletariado estando en el poder, y estando en la oposición una política antirrevolucionaria tendente a apropiarse capital y Estado. Por tal medio, la acción y la consciencia de la clase obrera han perdido más que nunca su sentido propio, hasta abandonarse, como siglos atrás, a falsarios y bandas gobernantes que prometan serlo menos que las anteriores. La pérdida del norte revolucionario convierte siempre al proletariado en juguete de fuerzas extrañas a él, enemigas más o menos encubiertas.

Lo que están dirimiendo en China las capas explotadoras dirigentes, desde el primer conflicto con Liu Caho-chi, no concierne al proletariado sino para perjudicarlo, quien quiera que quede en el poder. Para él, todos constituyen bandas en lucha por tal o cual forma de explotarlo y en pro de una u otra política exterior. En suma, se trata de ir con Rusia militar y económicamente, o ir con Estados Unidos y Japón. El hecho de que mientras más anti-rusa se hace la política de Pekín mejor acogida encuentra en las masas, indica una doble aversión: al sistema ruso, cuya dominación imperialista han padecido, y al sistema chino, que saben ser copia del otro y que continuan padeciendo.

Es pues ilusión peligrosa la esperanza de que con el cambio de alianzas se modifique la política interior del Partido-Estado chino. Frente a éste no existe otro recurso que su desmantelamiento. Pero la clase obrera no avistará de nuevo esa su perspectiva revolucionaria mientras no disponga de una organización política propia, idológicamente apta, que por el momento no podría existir sino en completa clandestinidad, y corriendo graves peligros. Lo más oscurantista y amenazador que tienen todos los regímenes a la rusa es su encuadramiento policíaco de la vida cotidiana, de cuanto se hace en público, de cuanto se dice de palabra o por escrito, “críticas” de los pasquines murales (“dazibaos”) comprendidas. Hecho todo ello, más la represión incesante, en nombre de la revolución, la idea de revolución en sí aparece cubierta de porquería y odiosa a los ojos de cuantos ignoran el engaño, la inmensa mayoría, mientras que para la minoría enterada resulta mil veces más difícil la actividad revolucionaria, siquiera para constituirse en grupo clandestino. No obstante la necesidad social y el vigor de la idea revolucionaria son tan intensos que terminarán siempre volviendo a abrirse camino.

En Iran, frente a la banda del Chah, universalmente odiada porque harta de robar, asesinar, torturar, apalear y encarcelar, al modo del antiguo despotismo asiático, una banda religiosa islámica parece dominar la escena política. Ella misma viene de las tinieblas del despotismo asiático, y de miseria y humillación de la persona humana continúa nutriéndose. La república islámica que reclama, cuya ley civil sería El Corán, es retardataria entre cuanto se conoce de retardatario. Los ultramontanos católicos del siglo pasado, nuestros más obtusos carlistas comprendidos, parecen liberales comparándolos al credo islámico en general y en particular a su versión chiita, la de los ayatollah y sus subordinados sacerdotales.

Lo que significa la palabreja ayatollah, a saber, signo de dios o señal divina, ahorra explicaciones y comentarios. Estos fulanos se presentan y sus fieles lo creen, como plenipotenciarios en carne y huesos de dios, superchería mucho más repulsiva que la de los cristianos “ungidos del señor” curas, obispos, etc., que ya es decir. Pero su etérea divinidad no les impide tener en cuenta que el petróleo sigue siendo, al cambio mercantil, moneda más fuerte que el dólar. Así, el más signo entre los signos de dios, el llamado Khomeiny, habla de él, desde las cercanías de París, como si todos los yacimientos de Irán fuesen su propiedad privada. Amenaza cortar el grifo de los oleoductos a los países que no hayan apoyado su proyecto de república islámica. Puede estarse seguro, sin embargo, de que su sentido de los negocios le haría cambiar pronto de opinión, y petroleo por dólares, rublos o lo que sea. Porque entre despreciables mercachifles, grandes, pequeños o enormes, creyentes o ateos, anda el juego.

Que Irán sea una posición económica y estratégica de primer orden, dominada por el Bloque occidental y ambicionada por el oriental, nadie lo ignora. Que el atraso cultural y técnico sea muy grande, tambien es sabido. Pero nada de eso explica que sujetos cuyas concepciones llevan mil quinientos años de retraso se encuentren en condiciones de poner en movimiento millones de personas, obreros, campesinos, intelectuales, comerciantes y politicastros de todas lañas. Hace poco menos de cincuenta años, siendo mayor la incultura y el atraso técnico, los oprimidos luchaban allí por una república revolucionaria, tenían por meta hacer en Irán lo que se había hecho en la Rusia de 1917. Es decir que la perspectiva de la revolución comunista estaba presente en Irán (Persia entonces) igual que en el mundo entero. Los ayatollah de por allí, como nuestros tonsurados de por aquí, perdían sin cesar influjo en las consciencias y todos sabían que su lugar político era la extrema derecha reaccionaria.

En tales condiciones, la tiranía sangrienta del Chah seria substituida por la tirania no menos sangrienta de los ayatollah... en nombre de dios. Denunciar ese dilema que concierne tan sólo a los explotadores de la Tierra y del cielo es preliminar obligatorio para una acción independiente, anticapitalista de los explotados. Mientras tanto, hablar de situación revolucionaria en Irán, es devarío.

La misma causa produce efectos similares, aunque de aspecto exterior, diferente, en numerosos países, de hecho en el mundo entero. En Turquía reaparece con poca variante la situación de Irán. En los países europeos de capitalismo estatal (mal dichos socialistas) se presentan como libertadores los partidarios de los Derechos del hombre. Son también falaces,porque tales derechos se fundan en la explotación y sin impedir ésta nada libera al hombre. Es así que en los países occidentales donde subsisten aquellos más o menos roídos y conculcados, grupos terroristas de constitución, relaciones y recursos turbios, totalmente ignorantes en cuanto a ideas revolucionarias, pretenden sentar plaza de salvadores del proletariado. Los Luis Candelas de otra época les eran muy superiores en cualquier dominio.

España está lejos de ser una excepción en el panorama. ¿De donde viene, en efecto, que el proletariado, después de haber forzado por su acción el derecho de huelga y de libre asamblea en plena dictadura de Franco, después de haber visto como su lucha indujo, por no decir forzó, la “liberalización” de tantísimos franquistas, da ahora signos de apatía y se deja imponer, o acepta siquiera de mal talante, una constitución hecha a la medida de su condición de clase explotada y sin más derechos que los convenientes para retenerlo, bien escoltado por partidos y sindicatos del consenso, dentro de esa misma condición?

La única explicación posible y plausible es que la perspectiva revolucionaria propia de la clase trabajadora, que antes topaba con la dictadura, aparece ahora tapada por la democracia del consenso. Gracias a ello, los partidos y sindicatos que siendo clandestinos desempeñaron el mismo papel de estafa-obreros que los ayatollah en Irán, se encuentran ya más bien en la posición de Teng-Siao-ping y Huo Kuao-feng frente a la “banda de los cuatro”, que son cinco. Aquí es la banda del consenso frente a la del bunker, que incluye a Franco. Y en todos los casos se trata de imponer el respeto al sistema capitalista existente.

Mas la apatía del proletariado español, que tiene en su haber tantas luchas revolucionarias directamente socialistas, no será sino momentanea. El tiempo necesario para que la desilusión ceda el puesto a nueva combatividad. Pero también ésta desembocaría en nueva apatía si entretanto los revolucionarios no conseguimos ganar a la minoría obrera más sensible y apta para llevar la lucha a niveles superiores.

Diciembre 1978

G.M.