Alarma, tercera serie, n.º 9, segundo trimestre de 1980 (págs. 1-2). PDF del número completo
La década de los ochenta se ha iniciado para la clase obrera internacional en tan pésimas condiciones como acabó la de los setenta. La crisis económica que, desde 1974, campea por el universo capitalista, golpea con ferocidad a proletarios y campesinos. La inflación, el estancamiento y el paro, estrangulan a los explotados y los hunden progresivamente en la miseria de que nunca salieron.
Más allá de la crisis económica, la crisis social y política que sacude el planeta
Más allá de la crisis económica, la crisis social y política que sacude el planeta se remonta a muchas décadas atrás y las expresiones de la barbarie capitalista son cada año más brutales y descarnadas. El sistema capitalista decadente y podrido hasta la médula, conduce a la humanidad a la destrucción total. La vida cotidiana de los pueblos es el reflejo del triunfo de la barbarie en ausencia de la revolución proletaria.
El sistema capitalista en su conjunto, al margen y en contra de cualquier nacionalidad, es una máquina de guerra dirigida por la burguesía del Este y del Oeste, contra todos los explotados. Frente al dominio incontestable de una clase emerge la potencialidad revolucionaria de otra: el proletariado industrial y agrícola.
Semejante planteamiento no nace de deseos bien intencionados sino de las bases materiales que sustentan todo aquel entramado infernal.
El proletariado es la única clase que, por el lugar que ocupa en la producción, es capaz de destrozar aquella máquina de guerra y evitar que la humanidad se arrastre desde el atolladero hasta el holocausto final. Nadie lo hará por él.
El proletariado, que conoce su misión e intuye las medidas para llevarla a cabo, se encuentra paralizado, desmovilizado, parcialmente sometido. Los distintos aparatos políticos del capital, en particular los cínicamente llamados partidos obreros, a través de las instituciones de dominio capitalista, han atado las manos de los proletarios, han amordazado sus lenguas, han adormecido su capacidad de rebelión, pero no del todo. La clase obrera se resiste, se defiende, pelea a la contra y reflexiona, observa atenta y desconfiada el espectáculo grotesco de políticos y policías, militares y sindicalistas, clérigos y empresarios, y desconcertada ante tamaña bufonería, cercada por tanto funámbulo, se retrae, abandona hastiada el proscenio político. Pero no está derrotada. La derrota y la victoria de una clase son siempre producto del combate y los proletarios no se han lanzado a la lucha, no están derrotados, aprenden en silencio de nuevo y una vez más.
Hoy, y desde hace décadas, una tarea es impostergable para los proletarios en general y los revolucionarios en particular: la construcción de la organización internacional de los revolucionarios.
Superar la terrible atomización en la que se encuentran núcleos de trabajadores en sus lugares de trabajo; clarificar la gran cantidad de problemas políticos y organizativos que se presentan; examinar las lecciones del pasado; posibilitar la organización extensiva y profundización de los combates proletarios, etc., exige una organización. Frente a la meticulosa organización de los burgueses, es imprescindible la organización de los proletarios. Las clases combaten encarnizadamente para vencer y para ello se organizan, sin organización la victoria no es posible. Para esa victoria, es imprescindible la organización de obreros revolucionarios, parte de la clase obrera en su conjunto, garante de su memoria histórica, adalid de su conciencia con un programa fundamentado y con la visión penetrante que hoy se requiere. Una organización para los ochenta infinitamente distinta a los partidos y grupos de los veinte y de sectas milagreras de toda la vida.
La fracción más avanzada de la clase obrera ha de discutir qué tipo de organización quiere, en torno a qué programa, con qué métodos de elaboración, funcionamiento y actuación, en base a qué instrumentos. Esto debe hacerse unificando criterios, aproximando prácticas políticas, debatiendo en profundidad, impidiendo que por enésima vez, sectas de todo tipo y condición velen por la clase a la que quieren ayudar.
La clase obrera se pondrá en pie, se enfrentará a los parlamentos, a los partidos y a los sindicatos, y será preciso hacerlo organizadamente, con las armas en las manos. Estas instituciones burguesas dispondrán del ejército y de la policía, además de sus propios servicios de orden y habrá que hacerles frente en todo el planeta. Antes, entonces y después, los trabajadores deberán contar con sus propias organizaciones de masas, las asambleas y los comités elegidos y revocables, y con las organizaciones de revolucionarios, parte inseparables de aquel todo.
La disyuntiva de nuestros días ya no es socialismo o barbarie, es la revolución proletaria o el holocausto que la barbarie en la que ya estamos inmersos deparará.
¡GUERRA CONTRA EL CAPITAL PARA DETENER LA GUERRA CONTRA LOS PROLETARIOS!