Alarma, tercera serie, n.º 13, mayo de 1982 (págs. 19-20). PDF del número completo
Hasta nuestros días han llegado los coletazos del colonialismo de la época de los "grandes imperios".
Frente al problema de la agresión mutua entre Argentina e Inglaterra y más generalmente ante el problema de viejas reivindicaciones territoriales fruto de la expansión comercial de los siglos de un capitalismo ascendente, vale la pena señalar ante todo la diferencia existente entre ese colonialismo cuyos residuos salpican el mapa mundial y el imperialismo económico vigente hoy con la división del globo terráqueo en zonas de influencia de las dos superpotencias.
La prueba está en que ninguno de los dos ha permanecido al margen del conflicto. (Las claras contradicciones que estas posiciones implican dados los tipos de gobierno existente en cada uno de los países y sus compromisos internacionales merecerían un análisis más extenso que este flash del momento.)
Un problema congelado vía negociación ha saltado de repente al primer plano de la actualidad con una fuerza insospechada, capaz de conmocionar al mundo entero, sujeto a la sicosis de una tercera y quizás definitiva guerra mundial.
Las interpretaciones y motivos aducidos son muchos que, en el fondo, podrían reducirse a uno solo: la aparición en la zona de un yacimiento energético importante (petróleo) cuya posesión se disputan unos y otros -en el trasfondo, los dos imperialismos moviendo sus fantoches-.
Indudablemente no pueden olvidarse la realidad socio-económica de los países en guerra.
Argentina, bajo una dictadura militar y con una clase obrera machacada una y mil veces pero capaz aún de protestas como la que pocos días antes provocó una nueva matanza por parte de los militares. Además, una situación económica caótica.
Inglaterra con una situación igualmente explosiva y un gobierno conservador que ha obligado una y otra vez a la clase obrera a "pagar la crisis" con la aquiescencia más o menos explícita de los sindicatos y del partido "laborista".
Ambos gobiernos, de corte similar aunque uno de ellos se disfrace con la multiuso toga de la democracia, se ven abocados a una situación de difícil retorno.
Las agresiones mutuas y la implicación a escala mundial del conflicto no les dejan ya ni la posibilidad de una "retirada digna".
No existe posibilidad de retroceso para la junta militar argentina que se vería desbordada por la misma euforia patriotera que le sirvió para desviar la atención de problemas más importantes: asesinatos de obreros, represión policial, paro, inflación, miseria etc. etc.
No hay posibilidad de retroceso para la primer ministro inglesa y su gobierno conservador que verían peligrar su poder en caso de fracaso bélico o pacto derrotista, a manos de los no menos conservadores y "carcas" laboristas.
La guerra lenta pero mortífera de Las Islas Malvinas acabará en un tratado internacional y no producirá más que víctimas pertenecientes a la clase menos interesada en el problema:
En nombre del vacuo concepto de "la patria" argentinos e ingleses (ingleses y argentinos) serán masacrados en beneficio de sus respectivos y únicos opresores, los capitalistas de uno u otro tipo, en el fondo, todos los mismos.
En el momento de enviar este número de la revista a la imprenta conocemos ya los resultados de un nuevo primero de Mayo.
Frente a las manifestaciones gregarias que nunca repudiaremos suficientemente, podemos ya oponer las manifestaciones de neto signo rebelde de los obreros polacos y portugueses.
La represión que se ha desencadenado contra la clase obrera de estos países demuestra a las claras que el capital, sea del signo que sea, exige ante todo de la clase obrera sumisión y está dispuesto a reprimir cualquier conato de rebeldía.
Por otra parte saludamos desde aquí a los obreros (polacos, portugueses... o de donde sea) capaces de comprender el significado de lucha de clases que encierra todo primero de mayo.
La contrarrevolución apostólica
El polaco viajero residente en Roma, de vocación sus "weeks-ends", ha logrado con su sola presencia eliminar de golpe la posibilidad de acciones obreras en el revuelto Portugal de los días posteriores al 1.º de Mayo.
El viaje de Woitila a la nación portuguesa ha decantado la atención de todos sus habitantes hacia la presencia papal en detrimento de las acciones de protesta planteadas por la represión gubernamental.
Este Marco Polo de nuestros días no tendrá de seguro inconveniente en saludar a los asesinos de obreros y en estrechar cordial la mano tinta en sangre de los "revolucionarios de un abril ya lejano".
Pero no es este acuerdo explícito entre compadres lo que deseamos señalar aquí sino la influencia, nefasta a todas luces, de la iglesia y del sentimiento religioso en el pueblo trabajador.
Es indudable que dos mil años de religión católica y muchos más de mentalidad deformada por leyes y normas morales influyen en grado sumo sobre la actividad y el pensamiento humanos.
Basta un Woitila para desconvocar y destrozar huelgas y para desviar la atención de la clase obrera de sus auténticos problemas.
Nada nuevo. Polonia, lugar de nacimiento del esquirol apostólico, sabe en propia carne de huelgas convocadas y desconvocadas a toque de campanilla y de reivindicaciones obreras metamorfoseadas (la iglesia sabe mucho de hacer "milagros") en bisbiseos monacales.
El rosario sustituye a la acción. La sumisión a la lucha. Ni siquiera una represión tan brutal es capaz de sacar a la clase obrera de su letargo litúrgico.
Portugal se presta a recibir al sumo representante de la contrarrevolución apostólica y abandona momentáneamente la lucha.
La cruz diaria de la clase obrera ha sido sustituida por la cruz apostólica. La lucha de clases, sin embargo, a pesar de Woitila seguirá. Pero, y es importante, no alcanzará su meta si no elimina de la mente del trabajador la fútil esperanza en una vida "futura", camelo que dora la píldora de la explotación.