Alarma, tercera serie, n.º 25, julio de 1988 (págs. 11-12). PDF del número completo
[Faltan en el PDF las págs. 7-10 del número, con el título y el comienzo de este artículo. Es el final de «La Gorbachada en tecnología y transparencia», de G. Munis, cuyo texto completo está en el archivo: La Perestroika y la implosión de la URSS stalinista.]
sia, al capitaneado por Washington. Empero, su acometida preliminar consiste en hacer marcar a su economía interna, tan macilenta, el paso exigido hoy por cualquier mediano capitalismo. No se les escapa a los cabezas del Partido-Estado su peligrosa inferioridad en ese dominio. Ello enfeblece también su capacidad militar, a despecho de ser allí la más esmerada y dispendiosa de todas las producciones. Esa doble consideración inspira las maniobras tocantes al armamento atómico. Se trata pues de un determinante de la concurrencia mercantil mundial, y por ende militar, a largo plazo, salvo incidencias imprevisibles. De todos modos, el aspecto concurrencial del capitalismo en su actual coyuntura, a partir de la cual el perfeccionamiento tecnológico, sea abundoso o escuálido, lejos de comportar desarrollo social lo obstaculiza y lo carcome, no nos interesa a los revolucionarios sino para denunciar lo que es: un requerimiento reaccionario a desbaratar. Es una de las condiciones indispensables para la reanudación de la actividad revolucionaria en general.
Está dicho en documentos de nuestra tendencia, y lo respalda cuanto ocurre hoy en ambos Bloques, en países delanteros y zagueros por igual, que el capitalismo ya no está en condiciones de utilizar la ciencia de manera plenamente científica, sino al contrario oponiéndose a los intereses inmediatos de cada individuo, cuyo conjunto da el interés colectivo e histórico de la humanidad. Por ende, también contra la ciencia misma.
Mucha mayor consideración que la cháchara tecnológizante de Gorbatchev o de quien fuere, adquiere para nosotros, revolucionarios, el quite político de la transparencia. Como Khrutchev tiempo atrás y otros en la penumbra, el nuevo Secretario General se da cuenta, chicallando, de que el impedimiento mayor al funcionamiento siquiera normal de la economía rusa, sin inferioridad respecto de las principales potencias, procede de la resistencia pasiva universalmente opuesta a las condiciones de vida, de trabajo y de avituallamiento, más a la mentira informativa cotidiana, que padece la población, en particular la clase obrera. Por consecuente añadidura, débese al desprecio, hasta la nausea, que inspira la casta dictatorial. Mientras no se suprimen tales impedimentos, ni robótica, ni informática, ni descubrimiento científico alguno hará al apaño de los gobernantes fronteras adentro; tampco fuera de ellas, donde el desbande en los partidos pro-rusos nada lo invertirá.
A obviar tales dificultades se endereza la tan venteada transparencia o netitud (glasnost). Gorbatchev en persona espetó en uno de sus discursos refiriéndose a ella y a sus proyectos de reargarización: "Será una segunda revolución de 1917". El anzuelo así echado revela —felicitémosnos— que continua existiendo, en el proletariado, un rescaldo de 1917, todo lo contrario de lo que abrigan tantas mentes intelectuales incubadas en el serrallo de la casta burocrática. Suscitar una esperanza en el sentido de Octubre Rojo concedería al poder un crédito nuevo, temporal al menos, y amonedable en plusvalía. Al mismo intento responden las rehabilitaciones, los retoques a la historia oficial, lo proclamado como libertades. Más todo ello lleva el cuño inconfundible del sistema: KGB. Puede tenerse por cierto que la masa de explotados quedará a la espectativa, pero no morderá el cebo, que le arroja el Kremlin. Mejor, la posibilidad, es decir, la necesidad existe, de que lo oprimidos, truequen su hostilidad pasiva en activa y acometan en torrente insurreccional la madriguera del Partido-Estado. Precisamente procurando conjurar ese peligro se sirve Gorbatchev como señuelo de 1917. Sabe que en recurrencia revolucionaria el proletariado hará tabla rasa del régimen político y del sistema económico. Ante tal necesidad, quienes mendigan democracia y rehabilitaciones respaldan la maniobra del KGB contra el proletariado. Mención especial de desprecio a tal respecto merecen las organizaciones que dicen reivindicar a Trotsky. Ensucian su memoria y le lavan la cara a la contrarrevolución.
La estafa ideológica en que se ha basado el stalinismo desde sus primeros balbuceos estará presente en cualquiera de sus fases. La puesta en juego por Gorbatchev, no lo es menos, pero sí una culminación de la estafa constante y general. Tiene algo de desesperación por parte de los todopoderosos gobernantes, que no han conseguido en medio siglo largo de absolutismo en todos los dominios, poner en marcha un capitalismo medianamente normal, ni aplacar la aversión de sus gobernados. No cabe entregarse a conjeturas sobre cual será su desenlace, tanto menos cuanto que la orientarán en un sentido u otro, situaciones y sucesos dentro del Bloque ruso, y también fuera de él. Una cosa es tan indudable, sinembargo, que no admite siquiera discusión: para que el desenlace caiga del lado revolucionario hace falta que el proletariado dé el asalto al poder y haga trizas toda la obra de la contrarrevolución, o sea, del stalinismo. En ese sentido, los revolucionarios del mundo entero tenemos la obligación de ayudar al proletariado ruso.
Palabreo engañoso más o menos, Gorbatchev no puede ocultar su filiación contrarrevolucionaria. Tranquilizándo a los suyos les dijo en especial: "El stalinismo es una invención del enemigo".
Alude a los enemigos de la contrarrevolución, primeros que la calificaron de stalinista, y al mismo tiempo ofrece una garantía a la casta autora de la misma, comprendiendo sus descendientes, cuyo portavoz actual es el Secreatio General. Bajo el suyo u otro dictado cualquiera, cuanto emprende el Partido-Estado llevará por mira remozar y perfeccionar las relaciones de explotación y el despotismo de los gobernantes. Sin perjuicio, no obstante de lo destinado a engatusar a los trabajadores y de las garantía a sus semejantes del aparato, la alta burocracia se ve constreñida a descararse recurriendo al imperialismo rival. Ha solicitado la pertenencia al fondo Monetario Internacional (FMI) y a otros o organismos del mismo bordo; ha proclamado la "interdependencia de los Estados de la comunidad mundial", algo que sólo consiente la igualdad de sistema económico, aunque los regímenes políticos difieran. Más recientemente, el gárrulo Secretario ha declarado: "la Unión Soviética es también parte de Europa", en guiño descarado de asociación económica y tecnológica de la Comunidad capitalista europea; procura, también, introducirse entre los accionistas (Buygues del lado francés) constructores del tuenl bajo el canal de la Mancha. Y ha encontrado oidos complacientes y hasta cómplices. En una conferencia de los países occidentales sobre la gorbatchiada, reunida en Minnesota a tiempo de terminar este artículo, se dijo con todas sus letras y sin oposición de nadie, que era muy conveniente ayudar a Rusia a salir de su condición de "enano económico".
Ninguna ayuda occidental, ninguna medida interior sacará a Rusia del marasmo social y de la degradación en que la ha ido enfangando, durante interminables decenios, la casta stalinista. Sin mencionar otras razones también importantes, esa imposibilidad la interpone la razón histórica fundamental: la tecnología, en manos del capital, ya no puede ser utilizada —téngase presente siempre— sino contra el hombre. Es un hecho mundial cada día más agobiador. Es así como se manifiesta la crisis de la civilización capitalista, dentro de la cual se introdujo, socapa de "socialismo" en un sólo país, la contrarrevolución burocrática. Ello con doble corroboración en Rusia, puesto que a ese efecto negativo añadese, exasperante, el régimen político instaurado como garantía de tan enorme contrahechura histórica. A nosotros no nos cabe sino poner en la picota la gorbatchiada y denunciarla en todos sus aspectos con el máximo vigor y precisión. Prestarle ayuda o siquiera crédito es una traición a la futura revolución rusa y mundial. He ahí la única transparencia.
Hay que hablar para los explotados. Aunque nuestra voz no alcance por ahora hasta Rusia, lo mismo vale para China. Estados Unidos, Europa Occidental, Asia, Africa, América Latina desde Cuba y México hasta Argentina y Chile. A ellos hay que decirles: ninguna solución alcanzaremos sin cambiar de todo en todo la distribución del producto social del trabajo referido al principio de este artículo. El 85% de la población (4.500 millones de personas) hoy racionada con sólo el 20% del producto de su trabajo, debe apoderarse de él, suprimir todo gasto toda actividad que no responda a su propio consumo, incluso el culural, el sanitario, etc., Para ello es indispensable arrebatarle el poder al 15% de capitalistas colectivos oindividuales que acaparan el 80% de la riqueza. Así la clase trabajadora se convertirá en el factor subjetivo de la economía, en representación de la sociedad entera. Se inaugurará así una nueva civilización mundial, sin clases, estado, ni opresión. A empezar por donde se tercie. Y puede, debe terciarse en Rusia.
La resistencia pasiva deja vía libre a lo existente, y en Rusia el KGB continuará acechando en cada esquina, en cada barrio, en cada fábrica. Contra él hay que organizarse en cuanto clase explotada, y como partido revolucionario en el seno de ella.
Septiembre-Octubre 1987
G. Munis