Alarme, n.º 4, abril-mayo-junio de 1979 (págs. 10-11). PDF del número completo · Texto original en francés
Es indiscutible que en el terreno científico y técnico el mundo capitalista ha hecho numerosos descubrimientos; pero lo que, en cambio, es más que discutible es la consideración según la cual esos descubrimientos son siempre Progreso. El descubrimiento en sí mismo no es nada si se lo considera independientemente de su aplicación. Ahora bien, como solo la aplicación tiene repercusiones directas sobre la sociedad, para determinar el carácter positivo o negativo de un descubrimiento debemos basarnos en su aplicación y en sus resultados sociales.
Hoy asistimos a un canto general dedicado al dios de la técnica y del «progreso». Todas las épocas han tenido su costumbre, su moral y su justicia, y en todas las épocas las clases dominantes han adaptado la justicia y la moral a sus intereses y necesidades. No es, pues, extraño que el dios de la era atómica sea la técnica. Con Dios, se ofrecía a los explotados la felicidad eterna en el futuro; con la técnica, se les ofrece ahora, para el futuro evidentemente, bienestar y felicidad. Mientras tanto, a trabajar, producir, embrutecerse y aceptar para el presente el papel de robots y de imbéciles. Es precisamente con esta moral, en nombre de la técnica, de la industrialización y del progreso, «para crear las condiciones», como se impide que el comunismo sea por fin una realidad.
Es verdad que el capitalismo, sin haber sido nunca un sistema humano, desarrolló numerosas ciencias, como la física o la química, que, aplicadas al sistema de producción, desarrollaban las fuerzas productivas y el capitalismo, el cual, hasta cierto grado de acumulación, fue beneficioso para la sociedad, incluidos el proletariado y las capas más pobres, aunque en menor medida. Al desarrollar las fuerzas productivas, desarrollaba sus contradicciones, la principal de las cuales es el proletariado, agente de su destrucción y, por tanto, agente del comunismo, sociedad sin clases.
A lo largo del siglo XIX y hasta los primeros años del siglo XX, la burguesía desarrolló su sistema de explotación con su industrialización a ultranza, con el acrecentamiento de sus fuerzas productivas. Del propietario individual de los medios de producción pasamos al trust, del trust a la sociedad por acciones y de esta al Estado. El Estado se convierte, pues, en propietario y gestor de la vida social. La primera nación que llegó, aunque empíricamente, a esta concentración última fue Rusia, que hace pasar desde entonces por socialismo lo que no es, de hecho, más que la dominación más brutal del capitalismo sobre la sociedad: el capitalismo de Estado.
Hoy vivimos en un mundo que, aun disponiendo de medios gigantescos (automatización, cibernética, etc.), mantiene una sociedad cada vez más miserable, alienada, vaciada de todo significado humano. La causa es fácil de comprender: el crecimiento del capitalismo (incluidas sus crisis cíclicas de sobreproducción) iba parejo, hasta cierto momento, con el desarrollo social, es decir, que su crecimiento era positivo desde el punto de vista social, tanto más cuanto que favorecía la extensión del proletariado a escala mundial. Fue precisamente este el que marcó la caducidad del capitalismo cuando por primera vez se manifestó como fuerza mundial capaz de enfrentarse al sistema basado en su explotación. Desde entonces, el crecimiento del capitalismo, por su propio mecanismo (acrecentar el capital, acrecentar los beneficios procedentes de la explotación, ser competitivo, etc.), ha creado técnicas que es incapaz de aplicar en beneficio de la sociedad. Así, el capital, para ser competitivo en el mercado, introduce máquinas nuevas que, con un menor coste de producción, pueden producir reduciendo considerablemente la mano de obra, lo que explica la ampliación del paro y de los trabajos parasitarios o criminales. El crecimiento mismo del capital ya no desarrolla nada; al contrario, destruye. Destruye al ser humano, que, o bien trabaja como un condenado para conservar su puesto de trabajo, o bien queda aparcado como un animal indeseable, del que ya no se tiene necesidad para la carrera del beneficio y al que se dan unas migajas para mantenerlo con vida, ¡el humanismo obliga!
Todos los medios creados por el capitalismo solo pueden ser beneficiosos para la humanidad mediante la transformación comunista de la sociedad. Mientras aceptemos este mundo podrido, la barbarie aumentará día a día, mientras la amenaza de la bomba atómica planea sobre nuestras cabezas. No tenemos nada que esperar de este sistema: debemos destruirlo. Todas las condiciones objetivas están maduras y archimaduras para el triunfo de la revolución social internacional. Todas las organizaciones que proclaman «que hay que crear las condiciones», «que hay que pasar por etapas», no son, de hecho, más que los defensores del sistema en su forma estatal y, por tanto, todavía más bárbara. Nosotros no queremos seguir sacrificándonos en nombre de unas «condiciones» que, de hecho, están ya presentes para barrer para siempre la historia de la explotación del hombre por el hombre. Todos esos Partidos tradicionales, falsamente llamados comunistas o socialistas, y sus aliados los sindicatos, deben ser destruidos por el proletariado revolucionario mundial al mismo tiempo que el sistema basado en la compra y venta de la fuerza de trabajo. ¡Que revienten antes de que reventemos todos, todas las clases confundidas!
Cada día de vida del capitalismo (en auge o en dificultades) no es más que un paso más hacia la tumba de la humanidad.