Alarme, n.º 5, julio-agosto-septiembre de 1979 (págs. 1-2). PDF del número completo · Texto original en francés

El anuncio de la matanza de niños (¿50, 60, 100?) que tuvo lugar en el imperio centroafricano de Bokassa I1 ha provocado gritos de horror entre los dirigentes de numerosos países. ¡Gritos de horror fingidos! ¡Mascarada! ¡Comedia!

Esta matanza es, desde luego, horrible, pero quienes han gritado más alto su «horror» no han hecho más que representar el papel de horrorizados, ellos que hacen matar impunemente con las armas, en todo el mundo, a hombres, mujeres, niños y ancianos, siempre que eso sirva a sus intereses. Bokassa I no es más que un canalla entre otros, y si se ha hecho tanto ruido en torno a esta matanza, parecería que ha sido con un objetivo político preciso: eliminar al famoso «emperador de Centroáfrica». En efecto, es extraño que se haya hecho tanto ruido en torno a la matanza de esos escolares en Centroáfrica cuando casi se ha silenciado la matanza de siete niños en Marruecos. ¿Depende el horror del número de víctimas, o no será más bien que el gobierno francés considera molesto a Bokassa I desde hace algún tiempo y ha escogido la oportunidad que le ofrecía la matanza de los niños centroafricanos para empezar abiertamente sus maniobras? ¿Es también una coincidencia que haya sido el embajador del imperio centroafricano en Francia quien ha denunciado los horrores de Bokassa I —que hasta entonces había aceptado plácidamente— y ha anunciado la creación de un «frente de liberación de Ubangui» (antigua denominación de la región donde se sitúa hoy el imperio centroafricano)? Sin embargo, otros imperialismos, en el seno del bloque norteamericano al que pertenece Francia, pero sobre todo Rusia, codician el imperio de Centroáfrica, y bien podría ser que Francia lo viera escapar de su dominio económico, al menos como potencia dominante.

Así, puede afirmarse sin temor a equivocarse que, si se ha hablado tanto de la matanza de esos niños, no es por el horror que legítimamente puede provocar, sino más bien para servirse de ella en frías combinaciones políticas.

Terminar aquí este artículo no sería suficiente, ni mucho menos. Lo que debemos añadir, y esto es crucial, es que esta matanza, en primer lugar, no es tanto obra de Bokassa I como del capitalismo mundial; y, en segundo lugar, que el capitalismo comete matanzas semejantes cada día, en las calles de nuestras ciudades como en las de los pueblos más lejanos, en las carreteras, en nuestras casas; que el capitalismo ya no es más que una larga serie de crímenes perpetrados contra el individuo y contra la humanidad.

Se denuncia a Bokassa I como culpable de esta matanza, como de los demás crímenes que cometió antes. En verdad, en primer lugar, es tan culpable como los dirigentes de los demás países que lo colocaron o lo dejaron en el poder y que, dentro o fuera de sus fronteras, acostumbran emplear las fuerzas armadas con tanta facilidad como lo ha hecho su compadre de Centroáfrica. Sin embargo, todos esos dirigentes no son a su vez más que los instrumentos de un sistema económico y social: el capitalismo. No hacen más que plegarse a las exigencias políticas de este. Además, el capitalismo mata por medio de las fuerzas coercitivas de sus lacayos, ciertamente, pero no solo mata con las armas. Mata, o deja inválido, lo que a veces es peor, por medio de lo que comúnmente se llama el «accidente», se añada o no a ese término el de «natural»: accidente de trabajo, de coche, de avión, hambre, sequía, etc. Los intereses vitales del individuo, en el sistema capitalista, están totalmente descuidados. El individuo no cuenta; lo que cuenta en él es el potencial productivo, la capacidad de compra, etc. El hombre en el capitalismo no es más que una cifra, un índice de producción, una tasa de productividad. Que desaparezca un ser, o cien, o incluso mil, no es eso lo importante. Lo importante está en la marcha del capitalismo, en su conservación. Si la muerte de seres humanos aumenta los costes de producción, los gastos presupuestarios, o estorba eventuales ingresos de dinero, entonces los servidores del capitalismo intentarán evitar que el accidente se repita en un futuro demasiado cercano. Hacer el máximo de dinero con el mínimo de gastos a costa de cada uno de nosotros: esa es la ley que reina en la sociedad presente. Y, como se ha visto justamente en el caso de la matanza de los escolares centroafricanos, cuando se señala tal o cual de los crímenes más espectaculares del capitalismo acusando exclusivamente de él a tal o cual hombre de Estado, a tal o cual equipo dirigente, no se trata más que de bajas maniobras que en modo alguno ponen en cuestión la causa real de los crímenes denunciados, sino que, al contrario, y por eso mismo, preparan otros futuros. No se trata, pues, de denunciar un crimen, ni siquiera un tipo de crímenes (matanzas por el ejército o torturas), cometido por el capitalismo, sino todos sus crímenes, incluido aquel del que todos somos más o menos víctimas, el que destruye poco a poco o brutalmente al ser dejando intacta la envoltura carnal, el que no hace correr la sangre pero suprime, o reduce fuertemente las más de las veces, las posibilidades de desarrollo de la personalidad del individuo, y ello desde la infancia, desde el nacimiento, quizá incluso antes del nacimiento.

Hablamos del capitalismo. Ciertamente, no nos equivocamos en absoluto al emplear este término, pues es de ese sistema social y económico del que hablamos. Sin embargo, tenemos que subrayar lo que para nosotros es evidente, pero no lo es para muchos: el capitalismo no es una entidad etérea que flota por encima de nuestras cabezas. Todos participamos en la marcha de este sistema, mientras que nuestra sola voluntad, nuestra voluntad de proletarios, bastaría hoy para hacerlo tambalearse y, todos unidos por encima de las fronteras, para echarlo abajo. Hoy, sin embargo, todos participamos globalmente en su supervivencia, y en eso somos culpables. Culpables de la muerte de los escolares centroafricanos, culpables del accidente de avión ocurrido recientemente en Estados Unidos,2 culpables del accidente del que nuestros allegados pueden ser víctimas en cualquier momento, culpables de la guerra de Indochina, culpables del hambre en la India, en el Sahel y en otros lugares, culpables de las tropelías cometidas contra la naturaleza y los animales. Todos culpables, desde el patrón, el dirigente sindical, el político, el militar de carrera, hasta el proletario, pues si unos se hacen ejecutores o están estrechamente ligados a la ejecución de esos crímenes, los otros, con su pasividad, los avalan, los asumen. Todos tenemos las manos llenas de sangre —¡de nuestra sangre!— y no podremos lavarnos de esta mancha, nosotros, proletarios, más que emancipando a la humanidad al emanciparnos, emancipación que pasa por la destrucción del capitalismo y, sin duda alguna, por la supresión física al menos de una parte de sus defensores. Al emanciparnos de la esclavitud asalariada, suprimiremos los peligros que encierra la sociedad presente contra sus propios miembros, es decir, contra nosotros mismos, así como contra el mundo que nos rodea, y la sociedad que construiremos sobre las ruinas de la actual será el terreno fecundo sobre el que podrá por fin desarrollarse libremente la personalidad de cada uno, pues el desarrollo de la personalidad de cada uno es a su vez condición del desarrollo de la sociedad humana en todos los terrenos.

  1. Jean-Bédel Bokassa, que se había proclamado emperador de Centroáfrica en diciembre de 1976 y se hizo coronar en 1977. En abril de 1979, en Bangui, decenas de escolares que protestaban contra la obligación de comprar uniformes fueron detenidos y asesinados en la cárcel; Bokassa fue derrocado en septiembre de 1979 por una intervención militar francesa. ↩

  2. El 25 de mayo de 1979, un DC-10 de American Airlines se estrelló al despegar de Chicago; murieron 273 personas. ↩