Alarme, n.º 7, enero-febrero-marzo de 1980 (págs. 7-9). PDF del número completo · Texto original en francés
«Guerra... Guerra... Guerra...» Oímos pronunciar cada vez con más frecuencia esta terrible palabra, como una espada de Damocles suspendida sobre la humanidad entera. La guerra es una contradicción inherente al capitalismo. Así pues, considerando el nivel alcanzado por las fuerzas de destrucción desarrolladas por el capitalismo, y también su dominación planetaria, las amenazas de guerra mundial no pueden sorprendernos. Más de una vez ya, desde el final de la segunda guerra mundial, las crisis en las relaciones internacionales habían estado a dos dedos de desembocar en una tercera carnicería imperialista mundial. Corea, Cuba y Vietnam nos traen a la memoria otras tantas crisis graves que habían amenazado con desencadenar la movilización y el empleo de los dispositivos bélicos de los dos bloques imperialistas que hoy dividen el mundo. Pero en estos últimos años la competencia entre los dos imperialismos, y por tanto su agresividad, se ha acrecentado, y los puntos de fricción entre las potencias capitalistas dominantes, o incluso secundarias, se han multiplicado, hasta el punto de que las amenazas de guerra se hacen simultáneas, o por lo menos más frecuentes. La guerra es en el capitalismo cosa natural. Sin embargo, nada nos asegura, pese a esos múltiples roces internacionales, que la guerra vaya a estallar pronto, tanto más cuanto que la amenaza de guerra no es reciente, como acabamos de recordar. Ahora bien, esta amenaza de guerra mundial nos la subrayan cada vez con más frecuencia los medios de información, y hasta hemos podido oír hablar de ella a V. Giscard d'Estaing y al papa con ocasión del cambio de año. Puede entonces plantearse una pregunta: ¿por qué nos hablan de guerra V. G. E. y el papa? Saben muy bien que hablar de guerra al felicitar el año nuevo no es como hablar de ella en sus veladas mundanas entre gente «bien». No han hablado de guerra ante millones de lectores y oyentes así como así, por hablar. Hay una razón para la contribución de esos dos defensores titulados del capitalismo al desarrollo del estado de psicosis popular que empieza a despuntar acerca de una guerra mundial nuclear inminente. Sin duda encuentran en ello su interés; si no, no habrían hablado de ella. Más exactamente, puede decirse que hay dos razones para que hayan soltado la palabra «guerra» con ocasión del primero de año de 1980. La primera de ellas es, sin discusión, preparar a la población para la eventualidad de la guerra, que la gente se haga a la idea de la guerra; de lo contrario, el choque moral provocado por la explosión de las primeras bombas podría dar curso a acciones incontroladas e «irresponsables». La segunda es que saben perfectamente que la guerra mundial es, en la mente de la mayoría de los individuos, el punto final de toda esperanza.
La inminencia proclamada de una guerra mundial tiene por efecto un desánimo total, pues muy pocos perciben hoy la única salida al atolladero del capitalismo: su liquidación por la revolución socialista. Al no ver la única salida, la gente se desanima porque no ve medio de evitar que la amenaza de guerra se materialice, y en eso tiene razón, pues si uno permanece encerrado en la «lógica» de este sistema podrido y moribundo, la guerra no puede sino amenazar siempre, hasta que estalle. El desánimo total, provocado así por el miedo a la guerra y por la falta de esperanza, a la vez, de evitar la guerra y de establecer un mundo mejor, no puede dejar de volver a la gente, y muy en particular al proletariado, todavía más apática, todavía más borrega, todavía más dispuesta a aceptar cualquier condición.
Por otro lado, revolucionarios un tanto inconscientes (e inconsistentes) anuncian con frenesí la amenaza de guerra, ya sea para movilizar al proletariado contra ese plazo terrible, ya porque consideran, en su ceguera, que una oleada revolucionaria sumergirá el mundo en cuanto el capitalismo haya asesinado a unas cuantas decenas de millones de individuos, y entonces... el comunismo reinará sobre la Tierra.
Por una parte, hay que decir que la lucha contra la guerra no es forzosamente la lucha contra el capitalismo, como el miedo a la guerra no es forzosamente vislumbrar el comunismo. La lucha contra la guerra debe hacerse mediante la revolución: esa es la frase clave, la única consigna revolucionaria referente a la lucha contra la guerra. Las sustituciones de la consigna «contra la guerra, por la revolución» del tipo «luchar contra la guerra es ya luchar por la revolución», aun cuando no sean sustituciones formuladas explícitamente, no son más que burdas desviaciones de la lucha que debe librar el proletariado. La lucha contra la guerra puede muy bien hacerse —precisamente— sin lucha por la revolución. Que en ese caso el objetivo perseguido —evitar la guerra o detenerla— no pueda alcanzarse es una evidencia, pero esta evidencia lo es para los comunistas, y no para quienes corren el riesgo de dejarse arrastrar ingenuamente a semejante lucha, falsa lucha por excelencia, pues, y que hará las delicias de los diversos defensores del capitalismo. El simple sentimiento de horror que con razón provoca la idea de la guerra puede ser el único sentimiento que haga reaccionar al pueblo. Decimos adrede «el pueblo», porque justamente en esa eventualidad las fronteras sociales se eclipsan y el proletariado no lucha como clase independiente y, por tanto, no es revolucionario. En cambio, el sentimiento que debe dominar la lucha revolucionaria es el sentimiento de horror provocado no solo por un estado particular en que se encuentre el capitalismo (guerra, crisis económica, etc.), sino por el capitalismo mismo, por su función hoy reaccionaria, por lo absurdo de su supervivencia parasitaria en un mundo donde todas las condiciones objetivas están totalmente maduras para el establecimiento del comunismo. Al eclipsar el horror que debe provocar el capitalismo mismo —consciencia de clase desarrollada— con el horror de la guerra (aun relacionando esta con el capitalismo), esos «revolucionarios» dejan el campo libre al pacifismo; pues por mucho que digan que el pacifismo no evitará la guerra, esa afirmación no les servirá de nada para impedir que prolifere, porque vendrá como pegote en su actitud general, oportunista en el «mejor» de los casos.
En cuanto a los otros, los que ven en la matanza de decenas de millones de individuos la oportunidad de la revolución comunista, para combatirlos en su absurdo razonamiento es necesario considerar la guerra venidera (si llega a producirse) y sus consecuencias sobre la lucha de clases. La guerra venidera, si estalla, será en primer lugar un fracaso del proletariado internacional, que no habrá sabido impedirla mediante la revolución, y en segundo lugar, sobre todo, si no es el proletariado mundial insurrecto quien le pone término cuanto antes, marcará el fin de toda civilización humana, de cualquier manera que se imagine su desarrollo. Entonces las posibilidades de revolución quedarían comprometidas por mucho tiempo, quizá para siempre, y en tal caso eso significaría que lo que quedara del género humano —si es que quedaba algo— estaría en vías de su total extinción. Afirmamos, pues, que hasta las primeras horas de la guerra la revolución tendría aún todas sus oportunidades, si bien, una vez desencadenada la guerra, el proletariado tendría primero que lavar la vergüenza de su defección como fuerza capaz de impedir la conflagración imperialista y que subir el duro camino de su constitución en clase internacionalmente solidaria. Pero con el ahondamiento de la guerra, las oportunidades de la revolución proletaria quedarían ampliamente comprometidas, y totalmente comprometidas una vez terminada la guerra.
La base de nuestra lucha revolucionaria debe ser una denuncia del capitalismo y de las leyes que lo rigen, sin olvidar sus consecuencias fenoménicas, del tipo de la guerra imperialista. Pero la denuncia de las consecuencias del capitalismo no debe primar sobre la de los engranajes básicos de este sistema, sobre la denuncia de la esclavitud asalariada, sobre la denuncia de la explotación, sobre la necesidad de subrayar y hacer evidente la contradicción capital/trabajo asalariado.
Se trata, pues, de hacer la «paz» capitalista tan insoportable para el espíritu como la guerra capitalista, la «buena» marcha del capitalismo tan insoportable para el espíritu como la crisis económica capitalista, y así sucesivamente con todas las facetas del capitalismo: hacer insoportables para el espíritu tanto los engranajes fundamentales del sistema social, económico y político que reina hoy en el planeta entero como los epifenómenos catastróficos que se derivan coyunturalmente de las leyes que les permiten estallar en cualquier momento.
En cuanto a la amenaza de guerra que hoy pesa muy fuertemente sobre la humanidad, no hay que dejarse arrastrar por el pánico, sino, al contrario, mantener la cabeza fría. El pánico solo puede traer consigo, o bien un desánimo total, o bien un compromiso apresurado en acciones que tienen todas las probabilidades no solo de no impedir nada en absoluto, sino además de estorbar u oponerse a la lucha de los revolucionarios, única lucha que puede evitar la guerra, pues apunta a la destrucción del capitalismo hasta sus raíces y a la instauración del comunismo mundial, sin fronteras y sin clases. Y esa destrucción del capitalismo, hay que subrayarlo, dista mucho de ser una aberración utópica, una esperanza sin posibilidades de realización. Muy al contrario: pese a su poder aparente, el capitalismo nunca ha sido tan débil, pues la potencia potencial del proletariado —es decir, la potencia que sería la suya si se decidiera por fin a tomar por cuenta de la sociedad humana entera las máquinas que hace funcionar y las riquezas que produce o ha producido, hasta ahora para el solo interés de los capitalistas y para el solo reforzamiento de su enemigo, el capital—, la potencia potencial del proletariado, pues, nunca ha sido tan grande. Nunca ha tenido el proletariado tantas posibilidades de triunfar mundialmente. ¡Por desgracia!, las mistificaciones, ilusiones y decepciones desmovilizadoras que el capitalismo ha producido y sigue produciendo para asegurar su supervivencia frente a la revolución proletaria, si bien dan por sí solas la medida de la enorme potencia potencial del proletariado, tienen naturalmente por consecuencia el embrutecimiento y la apatía de esta única fuerza capaz de regenerar la sociedad y de darle el poderoso aliento de vida y de esperanza que necesita. Para desarrollar la consciencia de clase del proletariado, primer paso para la lucha consciente que debe librar contra el enemigo capitalismo, quienes estén hartos de ir tirando, de sobrevivir en un mundo bárbaro donde no son más que peones manipulados y maltratados, esos deben actuar desde hoy y agruparse bajo la bandera del socialismo. La obra que hay que realizar es inmensa, y por eso mismo requiere el compromiso en la lucha, la reflexión y la agitación de todos los rebeldes. Y como el tiempo nos lo tienen contado los peligros que el capitalismo hace pesar sobre la humanidad (y la guerra mundial dista mucho de ser el único de esos peligros), ese compromiso debe hacerse sin más espera, pero, sobre todo, sin precipitación, es decir, eligiendo con pleno conocimiento de causa las armas teóricas más consecuentes, las que mejor reflejen la realidad presente y, por tanto, las más capaces de responder a las necesidades que expresa el compromiso contraído; armas teóricas que, lejos de estar fijadas, deben perfeccionarse constantemente con la aportación teórica eventual, si se hace sentir la necesidad, y cuyo dominio y comprensión deben buscarse cada vez mejores mediante el estudio y la reflexión de todos los que luchan.