Alarme, n.º 7, enero-febrero-marzo de 1980 (pág. 20). PDF del número completo · Texto original en francés
La simple toma del poder por una camarilla de religiosos abyectos es llamada por todas las fuerzas capitalistas, a través de sus medios de deformación, «revolución». Esta vez, además de popular, es islámica. Siempre pasa lo mismo cuando un «iluminado» toma el poder en nombre de su país y de su pueblo y expulsa al dirigente anterior, dirigente al que todo el mundo coincide en tachar de bárbaro y de fascista.
El hecho de que el poder reaccionario iraní se atreva a atacar al imperialismo norteamericano suscita multitud de comentarios, a cuál más idiota, en favor de ese querido ayatolá, «el justiciero del pueblo», y sobre todo en favor de los estudiantes «extremistas» y del pueblo que apoya la iniciativa de la toma de rehenes. Ya está: ahora sabemos que, además de revolucionario, el Estado iraní es antiimperialista.
Este «revolucionario» poder iraní condena también a Rusia, y sobre todo su intervención en Afganistán. Es verdad que cuando un Estado se encuentra tan cerca de esos queridos «soviéticos», o «soviéticos degenerados», puede sentir como un escalofrío; nunca se sabe, es tan difícil fiarse de una potencia que, por bajos intereses imperialistas, es capaz de todo.
Después de haber concentrado la atención del pueblo iraní en los acontecimientos (toma de rehenes anti-EE. UU.) para excitar sus fibras patrióticas y consolidar la unión nacional contra el enemigo exterior, Jomeini sufrió una derrota en la votación de una constitución que debía asignarle una cantidad enorme de poder. La mitad de la población se pronunció contra «el padre espiritual» de la «revolución» islámica1. Para canalizar bien el descontento que reina en Irán, además del espíritu nacionalista, había que enfrentar al «extremista» ayatolá Jomeini y al moderado ayatolá Madari. Violentos choques enfrentaron a los partidarios de Jomeini con los partidarios de Madari. Todo consistía en permitir a los descontentos desahogarse... sin poner en peligro el sistema social.
Todo esto, una vez más, y será la conclusión, permite desviar al proletariado de su verdadero objetivo. El principal enemigo del proletariado está dentro de sus propias fronteras, sea cual sea su disfraz: liberación nacional, antifascismo, defensa de la democracia, etc. La única perspectiva revolucionaria es la unificación mundial del proletariado contra sus opresores nacionales e internacionales, contra las fronteras. Entonces podremos hablar de revolución y de antiimperialismo, porque habrá realmente anticapitalismo. Nuestro grito es: ¡guerra de clases! ¡Abajo las religiones, las fronteras, el capitalismo, la explotación del hombre por el hombre!
22-01-80
La constitución de la República Islámica fue aprobada en referéndum en diciembre de 1979. El «ayatolá Madari» es el gran ayatolá Kazem Shariatmadari, cuyos partidarios, sobre todo en Tabriz y el Azerbaiyán iraní, se enfrentaron entonces a los de Jomeini. ↩