Alarme, n.º 10, octubre-noviembre-diciembre de 1980 (págs. 11-12). PDF del número completo · Texto original en francés

Son numerosos los comentarios y reacciones ante la presencia de obreros inmigrantes, sobre todo argelinos, en Francia. Hoy su presencia en las barriadas obreras de los municipios de izquierda, y en realidad su presencia a secas, parece «molestar» un tanto a las fracciones políticas del juego democrático.

Los alcaldes del P«C» y del P«S» gritan que se les está jugando una mala pasada. «Los inmigrantes plantean demasiados problemas», «hay que regular con un cupo su presencia en los términos municipales», etc. En resumen: «Aparcadlos en otra parte», balan a coro.

Evidentemente, a ninguno de esos «elegidos del pueblo de Francia» se le ocurrirá denunciar el problema donde está: las condiciones de vida de los inmigrantes son todavía más miserables que las de los franceses (¡pues sí, es posible!) en esas famosas barriadas. Se acusa a los inmigrantes de «transformar estas ciudades en vertederos» (Le Réveil du Val-de-Marne del 17-11-78, órgano del P«C») porque son un poco menos manipulables que sus homólogos franceses (véanse los enfrentamientos con la policía en Créteil en noviembre del 80), cuando, sencillamente, el hecho de vivir en ciudades que no necesitan estar pobladas para parecer cubos de basura provoca naturalmente un sentimiento de rebeldía, aunque sea difuso. No hay que extrañarse, sin embargo, de que esos elegidos no mencionen que un entorno tan radicalmente antihumano produce por sí mismo actos inhumanos (delincuencia, destrozos, etc.); aunque sin duda esos alcaldes, diputados, etc., ni siquiera lo comprenden, obtusos como son, con su mentalidad de gestores de dormitorios concentracionarios.

Hay que ver también, en el temor de la gente que entiende de manipulación de masas, el miedo a franquear umbrales —que ellos mismos califican de «intolerables»— de concentración obrera, a partir de los cuales la simple coexistencia de muy numerosos obreros corre el riesgo, aunque sea a pequeña escala, de favorecer la génesis, la penetración de actos e ideas subversivos, el intercambio de experiencias diversas, que no pueden sino mostrar la profunda identidad de los proletarios, sean cuales sean entre ellos las barreras nacionales, culturales, etc., que el capitalismo refuerza o crea.

Además, los inmigrantes sirven de excelentes chivos expiatorios del paro (y de la falta de viviendas), lo que hace que las ideologías nacionalistas, particularmente la del stalinismo, puedan desarrollarse sobre la base de argumentos demagógicos e inmundos del tipo: «si no hay trabajo en Francia para los franceses es porque hay demasiados trabajadores inmigrantes». Ahora bien, no solo está disminuyendo el número de inmigrantes, sino que esta pútrida adulación de los prejuicios racistas se viene abajo ante el hecho de que, muy a menudo, cuando se despide a inmigrantes, ¡no se los sustituye por nadie!

El P«C» puja todavía más alto sobre las últimas leyes infames que apuntan al control reforzado de los trabajadores inmigrantes argelinos y a la aceleración de su devolución al paro y a la falta de vivienda argelinos. Estas leyes se negociaron además con el gobierno de Chadli1: entre la cuestión del petróleo y la del gas natural, los gobernantes arreglaron las modalidades del retorno del ganado humano inmigrante.

Por todos los medios, pero hoy, en Francia, particularmente por el racismo, los capitalistas intentan (y lo intentan porque encuentran en ello su interés) desarrollar sentimientos de hostilidad nacionalista entre franceses e inmigrantes. Todavía con demasiada frecuencia, tanto de un «lado» como del «otro», los proletarios no permanecen indiferentes a tales propagandas.

Por otra parte, los capitalistas de toda laya no tienen reparo en adoptar resoluciones que apuntan a exacerbar las tendencias a la represión policial sobre el conjunto de la sociedad y más particularmente sobre los obreros, en las llamadas barriadas obreras (de inmigrantes o no), donde se encuentra tanta delincuencia (¡deben de llevarlo en la sangre, es genético!, como diría Louis Pauwels2). El capital se refuerza mediante el control policial y la militarización (características de las sociedades en descomposición), y la debilidad de la clase obrera es a la vez causa y consecuencia de ese reforzamiento.

El proletariado se ha mostrado estos últimos tiempos, todavía —salvo aisladamente—, en gran medida incapaz siquiera de resistir a esta tendencia, dividido como está en las «unidades» que produce la podredumbre capitalista, y en primer lugar las unidades nacionales, espolvoreadas de opio religioso o racista. El capital no acaba nunca de vomitar salsas variadas encargadas de aderezar la putrefacción nacionalista. Se intenta hacer creer que los intereses de los obreros franceses e inmigrantes son fundamentalmente divergentes, a fin de obtener la indiferencia y luego la hostilidad entre proletarios. No obstante, han asomado algunas puntas de indiferencia ante la propaganda capitalista, e incluso de hostilidad y de resistencia más activa. La proliferación y la profundización de esa resistencia pasarán por la solidaridad en un terreno de clase, contra las expulsiones y los despidos, por la reapropiación de las viviendas desocupadas, la negativa a pagar los alquileres, el rechazo de la vigilancia policial en general y en las barriadas en particular. Para eso es necesaria la autoorganización de los obreros por encima de las barreras de categoría y contra todos los que las refuerzan (sindicatos, partidos de la extrema izquierda a la extrema derecha, patronos, el Estado y su policía).

El éxito de esta lucha contra el capital depende de la capacidad que tengamos de desbordar y barrer los marcos sindicalistas y demás nacionalistas para unirnos en la lucha, en la ofensiva, no para salvar la economía nacional, ¡sino para destruir internacionalmente la infecta ciénaga fangosa en que sobrevivimos!

  1. Chadli Benyedid, presidente de Argelia desde 1979. Las «leyes» aluden a las medidas del gobierno francés de 1979-1980 sobre la estancia de los inmigrantes (ley Bonnet de enero de 1980) y al acuerdo franco-argelino de 1980 sobre el retorno de los trabajadores argelinos. ↩

  2. Periodista francés de derechas, director del Figaro Magazine, divulgador de las tesis de la «nueva derecha». ↩