Alarme, n.º 10, octubre-noviembre-diciembre de 1980 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés
Guerras entre bloques imperialistas (por intermedio de los países subdesarrollados), saqueos, matanzas...: cada día nos trae su lote de noticias convertidas en habituales. La sociedad «humana» se nos aparece como una máquina bien engrasada que necesita a diario su ración de carne humana, absurdo ritual de homenaje al Dios CAPITAL. Pero a veces intenta alzarse la única clase de la sociedad que puede liquidar todo eso, emancipar a la humanidad y construir la primera de las sociedades humanas de la historia: el proletariado. Y cada vez que hace sentir su fuerza, los explotadores, los opresores, los falsificadores tiemblan.
Desde hace varios meses es en Polonia donde la clase obrera ha empezado a alzarse, con tenacidad, pero con dificultad, porque las mistificaciones de las que tiene que deshacerse son grandes. Sin embargo, este movimiento, contrariamente a lo que dicen todos los triunfalistas que quieren hacer coincidir la realidad con su teoría, muestra muchas más insuficiencias desde el punto de vista revolucionario que aspectos positivos, tanto desde el punto de vista del movimiento polaco propiamente dicho como en el plano de la lucha proletaria mundial.
No pretendemos, evidentemente, tener todas las cartas en la mano para analizar correctamente y sin equívoco el movimiento polaco, ya que esas cartas las fabrica y luego las reparte el capitalismo a través de sus medios de información-deformación. Hay sin duda muchas cosas que la prensa mundial nos oculta. Sin embargo, a pesar de eso, a pesar de la existencia casi segura de minorías más radicalizadas, el movimiento en su conjunto está impregnado de concepciones ultrarreaccionarias que la prensa revolucionaria no solo debe mencionar, sino criticar y combatir abiertamente. De nada sirve extasiarse porque millones de proletarios hacen huelga y protestan contra las CONSECUENCIAS del sistema. La tarea de los revolucionarios es criticar todas las tendencias reaccionarias de un movimiento, sea cual sea la cantidad de proletarios que participe en él. Si no, no se sirve para nada. La crítica será un arma mientras el proletariado, el movimiento internacional de subversión total de la sociedad, no haya superado con su práctica las concepciones que defienden hoy los propios revolucionarios. Tal es una de las tareas importantes de los comunistas.
Hace unos meses los proletarios polacos habían emprendido una primera etapa en su revuelta: etapa económica y organizativa. Económica, porque atacaba la penuria que les infligen quienes los explotan. Organizativa, porque creaban una organización de masas a la que llamaron sindicato. Denominación, notémoslo enseguida, que marcó un nivel de consciencia limitado a la simple puesta en cuestión de abusos dentro del sistema de explotación. Los proletarios volvieron luego sus esfuerzos contra el Estado. Por supuesto, sus ataques fueron todavía tímidos, pues apuntaban solo a controlar el aparato represivo del Estado y no a destruirlo; pero esos ataques son ya un paso más adelante en un país donde el Estado reina como amo absoluto. Los proletarios, con su simple presencia, obligaron al Estado a soltar a unos obreros que habían sustraído y hecho públicos unos expedientes de la policía1. Los dirigentes del nuevo sindicato ya no sabían visiblemente qué hacer para impedir la nueva oleada de huelgas que iba a desatarse si no se daba satisfacción en lo tocante a los encarcelados. La amplitud del movimiento y la solidaridad en el seno de la clase obrera sacudieron al poder stalinista en Polonia y, por eso mismo, inquietaron al capitalismo internacional y principalmente al capitalismo ruso. El capitalismo mundial ya había sido puesto a prueba por movimientos proletarios en países donde la clase obrera ejerce supuestamente el poder (Hungría 56, Checoslovaquia 68, Polonia 70, Polonia 76...). Lo importante del movimiento polaco es que contribuye a desmitificar en la práctica los regímenes llamados socialistas, mostrando claramente que quienes producen las riquezas están desposeídos de ellas igual que en Occidente.
En la lucha, los obreros se sirvieron y se sirven de la estructura sindical que se les permitió fundar y que al principio no había tenido aún tiempo de integrarse de verdad en el aparato del Estado, porque los acontecimientos iban más deprisa que la tendencia natural que empuja al nuevo sindicato a desempeñar un papel realmente sindical. Sin embargo, si esa estructura, como simple agrupamiento de obreros, contribuyó al movimiento de revuelta por el empuje proletario, se ha revelado no obstante, y se revela ahora de manera definitiva, en lo que tiene de sindical: un organismo antiobrero. La dirección del nuevo sindicato pretende que este se limite a no ser más que un sindicato. Por eso intenta aislar las huelgas y, sobre todo, desmoralizar a los obreros tratando de desarrollar en ellos el miedo a la intervención rusa y machacando sobre la salvaguardia de la economía nacional (machaqueo fácil cuando se conoce la fuerza del nacionalismo en Polonia), todo ello para amansar al proletariado, que en la práctica podría muy bien superar las concepciones reaccionarias que tiene en la cabeza.
Habiendo hablado de los aspectos positivos (la creación y la consolidación del nuevo sindicato no es uno de ellos), tenemos que hablar de los límites del movimiento y de sus aspectos negativos.
En el terreno económico, mientras el Partido que rige el capitalismo de Estado despilfarra los recursos en gastos de armamento (ejército, policía), en trabajos parasitarios y en la corrupción de los funcionarios, sin contar la cantidad de plusvalía que va directamente a Moscú, el Comité interempresas de Gdansk dio, en comparación con los primeros impulsos, un enorme paso atrás en sus reivindicaciones salariales en nombre «de una economía nacional endeudada a la que hay que salvar». Incluso las primeras reivindicaciones estaban por debajo de la suma que despilfarran a diario los tragaplusvalías rusos y polacos. Ninguna de las reivindicaciones puso eso en cuestión. Antes de las primeras huelgas, el gobierno, sabiéndose amenazado, había ordenado a los dirigentes provinciales hacer concesiones económicas en cuanto aparecieran los primeros síntomas de huelga. Su preocupación principal consistía en que el proletariado no comprendiera que su situación material no puede cambiar fundamentalmente sin romper la estructura Capital-Trabajo asalariado sobre la que descansa el poder polaco.
En el terreno político, cuando el proletariado estaba en plena ofensiva, aceptó de hecho el control del poder por el Partido existente (pese a la retirada, en el texto oficial del sindicato Solidaridad, de la cláusula según la cual se reconoce al Partido como órgano dirigente)2, en el momento mismo en que el gobierno retrocedía sin cesar, sin saber a qué santo encomendarse, y en que el poder habría podido encontrarse de hecho en manos de los obreros en movimiento. Por supuesto, «el derecho de huelga» y los sindicatos libres fueron y son presentados como una victoria por los sindicalistas, los religiosos y los demócratas polacos, así como por los medios de comunicación de los países capitalistas occidentales.
El movimiento polaco, a pesar del miedo que inspiró y que todavía inspira a la chusma gobernante, se dejó dirigir en definitiva por todos los reaccionarios aparentemente más «progresistas» que el Partido-Estado (dirigentes sindicalistas de toda laya, Iglesia, etc.). Cierto, Walesa no obtuvo la aprobación entera del proletariado polaco, pero en ningún momento fue apartado de la dirección del movimiento, pues sus llamamientos a la calma coincidieron con las «concesiones» gubernamentales. El nacionalismo y el espíritu religioso de la inmensa mayoría proletaria hicieron el resto para someter totalmente al proletariado al Capital, a pesar de las incesantes protestas de los obreros contra quienes administran y detentan el Capital.
La Iglesia, que se mantuvo en la sombra durante algún tiempo (muy poco tiempo), reaparece hoy a golpe de publicidad sin que la inquiete en absoluto el movimiento, o al menos alguno de sus sectores importantes. Así hemos podido ver, en el acto conmemorativo de la represión de Gdansk del 703, a 300 000 personas, una parte de las cuales abucheaba a los representantes del poder, aplaudir los discursos de Walesa, escritos directamente por un representante de la Iglesia católica en Polonia. Mientras la revuelta no se exprese contra quienes (principalmente la Iglesia) se alían abiertamente con el Partido-Estado, no podremos decir que en Polonia el proletariado actúa como fuerza independiente, como clase para sí. La religión es «el opio del pueblo», y como tal consigue todavía hoy castrar el movimiento obrero en Polonia.
Otra de las mistificaciones del movimiento, garante de la dominación capitalista, es el sindicalismo. Los sindicatos, en todas partes del mundo, por su forma y su función, doblegan a la clase obrera a las exigencias capitalistas y desvían toda lucha de carácter proletario de su objetivo histórico. Sin entrar aquí en el fondo de la cuestión sindical, precisemos no obstante una cosa importante. «Las conquistas salariales» no son conquistas, porque traen como contrapartida un beneficio todavía mayor para el capital, sin contar con que este dispone de todos los medios para anularlas si no se lo destruye. Para la clase obrera mundial, una sola reivindicación económica es urgente y de gran trascendencia con respecto a los países hipócritamente llamados socialistas. Esa reivindicación decisiva que debe imponer el proletariado en lucha es la apropiación, la gestión y la distribución de la riqueza social por la colectividad proletaria, irrealizable sin la toma del poder político. Entonces el proletariado estará en condiciones no de negociar la cantidad y el modo de su explotación, no de pedir, sino de decidir según sus necesidades. No existe otra solución al problema.
Hemos intentado dar nuestra interpretación del movimiento polaco, pero sería incompleta si no la insertáramos en el contexto internacional. Porque toda lucha proletaria, sea cual sea su nivel de combatividad y de consciencia, está abocada al fracaso sin la solidaridad activa de al menos una parte importante de la clase a escala nacional y mundial. Y esa solidaridad de clase no se ha manifestado en absoluto en el mundo. Ni una manifestación (¡ni siquiera pacífica!) para demostrar la solidaridad de clase. Esto, pese a algunas luchas radicales aisladas de vez en cuando, muestra el enorme retraso del movimiento obrero, tanto más cuanto que todas las condiciones materiales objetivas están archipresentes para barrer el inmundo sistema que padecemos. La izquierda y la extrema izquierda nos han mostrado una vez más concretamente lo que son en realidad: fuerzas anticomunistas. Apoyar a los disidentes reaccionarios es menos peligroso y más ventajoso que apoyar a una clase obrera en acción.
La revolución tendrá que imponerse contra toda la chusma capitalista del mundo, destruyendo sus tanques, sus efigies, sus cruces y todo lo que sirve para imponernos nuestra vida de esclavos asalariados. Sin solidaridad activa internacional, el movimiento polaco, empantanado en sus límites, se revelará impotente.
25-12-80
En noviembre de 1980 fueron detenidos en Varsovia Jan Narożniak, voluntario de Solidaridad, y un empleado de la fiscalía que le había pasado un documento confidencial sobre la represión de la oposición; la amenaza de huelga general obligó a soltarlos. ↩
En el registro de los estatutos de Solidaridad, en octubre-noviembre de 1980, el tribunal añadió una cláusula que reconocía el papel dirigente del partido; tras la protesta del sindicato, el Tribunal Supremo la pasó a un anexo. ↩
El 16 de diciembre de 1980 se inauguró en Gdansk el monumento a los obreros muertos en la represión de diciembre de 1970. ↩