Alarme, n.º 13, julio-agosto-septiembre de 1981 (págs. 1-12). PDF del número completo · Texto original en francés

Número especial: Organización y consciencia revolucionaria

Los dos textos que reproducimos en este número especial de Alarme están tomados de Alarma, segunda serie (grupo español).

El segundo, «Clase revolucionaria, organización política, dictadura del proletariado», procede de los números 24 y 25, primer y segundo trimestre de 1973.

El primero procede del número 31, abril de 1976, pero la presente traducción contiene algunas rectificaciones y algunos añadidos redactados ese mismo año de 1976.

Estos dos textos generales sobre la organización y la consciencia nos parecen importantes como base fundamental para la discusión en el seno del movimiento obrero y de sus elementos más decididos.

Por eso hemos decidido publicarlos.

Consciencia revolucionaria y clase para sí

Entre todos los grupos que a tuertas o a derechas se tienen por revolucionarios, ningún tópico es tan sobado y resobado como este de la consciencia.

Los escritos que tratan de ella como tema conceptual son raros e insatisfactorios1, pero apenas puede leerse una publicación proletarizante que no la invoque, siempre para remitir el hecho revolucionario mismo al momento de su aparición en el proletariado (en francés, toma: prise de conscience, casi como la toma de un elixir). Creyendo elevar el tema, algunas de esas publicaciones echan mano de la substitución dialéctica de la clase trabajadora en sí por la clase para sí. Llegan a igual resultado, y por añadidura convierten en un mismo factor clase para sí y consciencia revolucionaria, lo que denota un importante defecto de concepción dialéctica precisamente.

En ese dominio no menos que en otros del pensamiento teórico, confusión y pobreza provienen directamente de 40 años de inactividad del proletariado internacional, la cual, a su vez, ha consentido el crecimiento capitalista postbélico. Ahora bien, los referidos grupos (trotskistas y bordiguistas, consejistas, santos anacoretas en mesiánica reserva a lo Révolution Internationale, sin olvidar a los literatuelos del espectacular strip-tease situacionista) toman efectos por causas, y la causa real del efecto la ignoran de todo en todo. Temiendo abandonar el terreno materialista, se refugian en un materialismo peor que vulgar, ramplón. La inactividad del proletariado en cuanto clase revolucionaria es a su entender consecuencia obligada del crecimiento capitalista; confunden este último con desarrollo del sistema, y por ende las derrotas del proletariado anteriores a la última guerra las achacan a inmadurez de las condiciones objetivas para la revolución comunista. Así, la espléndida acometida de la clase trabajadora entre las dos guerras aparece como atolondrada impaciencia suya o de los revolucionarios en su seno, y en todo caso pierde significación. En tal orden de lucubraciones hay quienes clausuran el período revolucionario anterior en 1920 o 22, con la derrota de la revolución en Alemania. Tanto vale decir que no ha existido ofensiva proletaria fuera de Rusia y Alemania. De una manera u otra, todos se inventan una cómoda base material para explicarse el rechazo de la revolución entre guerra y guerra y la ausencia de movimiento insurgente mundial desde la última acá.

Desentendiéndose del aspecto subjetivo de la experiencia anterior, en particular de 1914 a 19372, ese materialismo abdica la dialéctica, incapacitándose así para ver las objetivaciones negativas de aquélla, sedimentadas durante decenios. Mal puede, por lo tanto, aprontar la nueva subjetividad requerida para desprenderse de tales objetivaciones y poner a contribución los factores económicos, culturales, psíquicos, científicos, dados, acumulados y reiterados por la historia.

Errando por tal modo en las premisas, se yerra de necesidad, y con agravantes, en las consecuencias. En efecto, las ideas tocantes a los vericuetos o las situaciones que hubieren de permitir a la mentada consciencia deslizarse en los cerebros proletarios, cuando no son evolucionistas son milagreras, las unas triviales, las otras chuscas. Se quedan siempre dentro de un mecanismo simplista, cuando no obtuso, pero, se sobrentiende, guarecido tras la dialéctica y con algún texto de Marx por escapulario.

Véase de más cerca.

Entre los milagreros hay dos categorías: los milagreros de la crisis de sobreproducción y los de la caída definitiva de la tasa de beneficio del capital. Según los primeros, las condiciones objetivas de la revolución no están dadas mientras el capitalismo crezca, y la clase obrera misma no piensa en ella mientras encuentre el llamado pleno empleo. En consecuencia, los secuaces de tal visión desdeñan dirigirse a la clase, viven en círculo de íntimos, destilando su propia «pureza», al aguardo de su hora. Su hora será la crisis de sobreproducción, el paro obrero en escala gigantesca, la quiebra de las más sólidas compañías capitalistas y la baja salarial de los obreros que no hayan perdido el trabajo. Entonces el círculo de íntimos saldrá a la plaza pública cual consciencia en carne y hueso, y el proletariado irredento la hará suya. No hago caricatura; así se representan la famosa prise de conscience los milagreros al gusto Révolution Internationale. Comparten la misma idea, sin otra variante que la actitud cotidiana hasta el momento de la crisis, las diversas capillas trotskistas. Peor, la comparte también el stalinismo, en la medida en que una gran extensión del paro obrero en Occidente le permitiría presentarse como salvador socialista reclamando la nacionalización generalizada.

Dándose visos científicos, la otra variante milagrera asegura sin pestañear que la adquisición de consciencia por el proletariado, por tanto la posibilidad revolucionaria misma, llegarán cuando la mengua tendencial de la tasa de beneficios del capital descienda al máximo. A fuer de materialistas bastos, sus teóricos (bordiguistas entre otros) tenían que encontrar un motivo económico mayor que vede la continuación del sistema capitalista. Es innegable que cuando llegue ese momento, si llega, no quedando un pijotero negocio que hacer, el capitalismo finiquitará. Pero en tal caso finiquitará apagándose como llama que consume todo el oxígeno disponible. Lejos de ser entonces liquidado revolucionariamente, por el paso a un tipo superior de sociedad, con él y en delantera de él irían consumiéndose las condiciones objetivas de la revolución y el propio proletariado como clase revolucionaria. Eso basta para ver claro, sin necesidad de entrar en otros aspectos, que esta categoría de milagreros cae en desvarío aún peor que los primeros, pues si su ideación se realizase, la preocupación imperativa general no sería la revolución comunista, sino la simple sobrevivencia de los individuos, siquiera como esclavos o nuevos siervos de la gleba.

No existe en la actualidad corriente alguna que conciba evolutivamente el paso del capitalismo al comunismo. Las organizaciones stalinistas y «socialistas», de cualquier bordo que sean, hablan, cierto, de ese paso pacífico y legal, pero lo hacen a sabiendas de que se trata, para ellas, de llegar al capitalismo de Estado. En cuanto visión social, el reformismo se acabó hace sobrados años. Hablar pues de una socialdemocratización del movimiento obrero enturbia todo concepto, impide tener noción exacta del período histórico que vivimos, y desde luego aísla del buen trabajo revolucionario inmediato y futuro. Para colmo, certifica como veraz la demagogia democrático-burguesa del stalinismo. En tal sentido asistimos, por el contrario, a una stalinización del que fue reformismo y hasta de las propias instituciones del capitalismo occidental. Sin embargo, hay un neto relente evolucionista en determinadas nociones tocantes a la formación de la consciencia revolucionaria del proletariado y la constitución de la clase para sí. Aunque no pase de ahí, reblandece la acción combativa de sus adeptos; y la acción es por sí misma consciencia y formadora de mayor consciencia.

Dos son también las corrientes principales de ese evolucionismo. Una de ellas cree poder suscitar la consciencia en la masa de asalariados poco a poco, mediante peticiones de carácter inmediato, o sea de simples mejoras dentro del capitalismo. Eslabonándolas con radicalismo progresivo, la consciencia del proletariado pasaría, pretende, de la mentalidad democrático-sindicalista a la mentalidad revolucionaria, de la defensiva frente al sistema capitalista a la ofensiva contra él, de clase gobernada a clase gobernante. De ahí se deduce el trabajo fraccional en los sindicatos, el frente único con el stalinismo y el ex reformismo, la utilización de los parlamentos, así como las consignas: gobierno de los dirigentes de esas organizaciones (falsamente llamado gobierno obrero), control obrero de la producción, nacionalización de la industria y otras por el estilo. Con todo, también ese evolucionismo táctico deposita sus esperanzas en la crisis de sobreproducción. Sin ella no entrevé revolución posible, ni por ende aplicación fructuosa de su tacticismo. En el mejor de los casos —y la mayoría de ellos son peores— sigue las huellas de los bolcheviques en 1917, cual en su tiempo hizo el Programa de Transición de la IV Internacional incipiente.

Retraso enorme, pues desde entonces han cambiado profundamente la naturaleza de las grandes organizaciones antes obreras, la experiencia de la lucha de clases mundial y las posibilidades inmediatas de la revolución comunista, mientras el capitalismo, por su parte, se adentra en la forma estatal, signo inequívoco de su reaccionaria, decadente nocividad. De ahí que las tendencias en cuestión se sitúen hoy a la derecha de su modelo bolchevique o trotskista, y mucho más a la derecha de cuanto exige hoy la actividad revolucionaria.

Otro evolucionismo, inconfeso, lo inspira la ya antañona frase de Otto Rühle: «La revolución no es asunto de partido alguno», aberrante deducción de la inapelable sentencia: «La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos». Se trata, va sobrentendido, de la tendencia llamada consejista. Su simplismo teórico ha conocido en los últimos años un rebrote en calidad de reacción al abrumador peso de la contrarrevolución stalinista rusa, con toda su nefasta obra en Europa y Asia desde antes de la guerra hasta el presente. La contrarrevolución aparece como obra de un partido; la revolución, por consecuencia, es contemplada como necesariamente antipartido. Y la consciencia revolucionaria aparece entonces como una lenta, progresiva adquisición de la clase en el seno del capitalismo, y hasta de los propios consejos obreros una vez surgidos. Procurando obviar esa dificultad, los consejistas llaman en su auxilio el economismo de la crisis de sobreproducción, asociado a un falso espontaneísmo. Acciones espontáneas de la clase obrera debatiéndose contra los efectos catastróficos de la crisis precipitarían, pretenden, la formación de consciencia y con ella la revolución. Encubren así un yerro con otro yerro, pues lo único verdaderamente espontáneo es lo creado por el movimiento histórico en cuanto condiciones sociales y en cuanto modalidades concretas de lucha. Ni la clase obrera ni los revolucionarios tienen posibilidad de elegir unas y otras. Acertar en su interpretación y conseguir utilizarlas, en eso consiste el cometido de los revolucionarios y con ellos de su clase. En cuanto a las llamadas acciones espontáneas de la clase obrera, parten, todas, de una iniciativa, por desconocida que sea; de lo contrario no podrían producirse. Son pues acciones volitivas en un terreno muy propicio, por lo general ignorado. Sin él, imposible provocarlas. Negarse a crear un partido que se esfuerce en interpretar atinadamente la espontaneidad dada por el devenir es reducir al mínimo la volición, el empuje revolucionario del proletariado, cuando no desecarlo.

La emancipación del proletariado como obra del proletariado mismo presupone su constitución en partido y es imposibilidad absoluta sin tal constitución. Pero ésta misma no será jamás una unidad maciza, cerrada, sino necesariamente compuesta, abierta a la rosa de los vientos revolucionarios. De lo contrario no se trataría del proletariado constituido en partido, sino de un partido constituido en proletariado, o sea de una usurpación. Lo compuesto de ese proletariado erigido en partido irá, va ya bajo su condición actual de clase explotada, desde la pasividad indiferente a cualquier acción hasta la acción y el conocimiento revolucionarios máximos asequibles, pasando por todas las gradaciones imaginables. La exaltación originada por la victoria obrera reducirá a poco el peso muerto de los pasivos, enardecerá, por el contrario, a la abrumadora mayoría, y sobre todo suscitará capacidades y opiniones revolucionarias insospechadas, susceptibles de cuajar en otros tantos centros de agrupación, sin perder la unidad revolucionaria general. Evitando entrar aquí en más amplio análisis por estar fuera de lugar, de ahí depende en buena parte el cumplimiento de la revolución hasta el comunismo, ya que de garantías es quimérico hablar. Es inimaginable un tipo de organización social posrevolucionaria que no recele, al principio sobre todo, peligros mortales, en la medida en que una fracción de la clase obrera pretendiere, con cualquier argumento, desviar el resultado del trabajo colectivo a aplicaciones que conserven o extiendan, en lugar de aplanar, las diferencias económicas del capitalismo. Una nueva categoría de explotadores reaparecería en ella.

Más o menos acusado, el evolucionismo en cuanto a la formación de consciencia no ha sido, en verdad, infrecuente excepción en la historia del movimiento revolucionario. Mas debido al barullo introducido en teoría por la falaz publicidad de la contrarrevolución stalinista, a sus repercusiones tanto en la clase como en sus mejores grupos, el hecho es hoy mucho más extenso y grave. Dos teóricos que en su tiempo prestaron en sus respectivos países señalados servicios a la contrarrevolución stalinista influencian todavía a hombres que, prescindiendo de su patrocinio, mejorarían sin duda alguna sus concepciones. Se trata de Lukács y de Gramsci, que no superan el economismo y caen en tal suerte de evolucionismo. Aquellos mismos que hoy hablan de la consciencia revolucionaria en tercera persona (la del proletariado), y de la propia en primera persona (la consciencia de cada grupo teorizante), andan diversamente fallos al respecto.

Muy diferente por su posición como militantes es el caso de Gorter, Rühle, Pannekoek y la vieja izquierda germano-holandesa en general. No obstante, sus concepciones sobre la formación de la consciencia revolucionaria y sobre la edificación de la sociedad comunista requerirían para realizarse, particularmente en lo último, tiempo indefinido de progresiva acumulación. Suponen libertad y cultura crecientes para la clase obrera dentro del capitalismo, al revés de lo que ocurre. Por ello su influencia actual en ese dominio es disolvente.

La acumulación y la centralización ampliadas del capital arrecian en proporción a sí mismas la sujeción material y cultural del proletariado. No dejan lugar, por lo tanto, para un gradualismo cualquiera en la formación de consciencia. Tampoco puede ésta aparecer bruscamente como consciencia revolucionaria neta en la clase entera, o siquiera en la mayoría de sus componentes. El disparate mayor, sin embargo, cómico infantilismo materialista, es hablar de una formación científica de la consciencia. A ella quedaría reducida toda la teoría revolucionaria si tal posibilidad existiese, y sin fracaso alguno posible la victoria estaría matemáticamente asegurada en el instante histórico x en que la ciencia alcanzase su objeto formador. Sólo que no se trataría entonces de una sociedad humana, sino de un agregado inorgánico, a lo sumo de una termitera.

Nuestro comunismo es científico porque no saca de la imaginación los factores económicos, culturales e incluso psíquicos de su propia hechura en el devenir humano. Los descubre en la sociedad presente y en las exigencias de cada persona, cuya satisfacción permite poner a su servicio lo anteriormente adquirido. Dicho de otro modo, los descubre en el antagonismo de la organización industrial con el trabajo asalariado, que acentúa la esclavitud del hombre, cuando aquélla le consiente plena libertad haciendo saltar sus cerrojos capitalistas. Pero el antagonismo no encontrará jamás desenlace automático favorable al proletariado, o siquiera inevitable en el tiempo. Seis decenios rebasados hace que la posibilidad está presente y que el antagonismo fundamental se agrava. Durante tanto tiempo, la consciencia revolucionaria no ha seguido, ni mucho menos, una progresión ascendente. Era menos intenso el antagonismo 40 o 60 años atrás, momento en que la consciencia del proletariado en cuanto clase mundial y sus hechos tuvieron clara expresión. Desde entonces, ese antagonismo que permite y requiere la revolución comunista se ha acentuado en grado sumo, los signos de putrefacción del sistema se multiplican, mientras la consciencia y los hechos del proletariado han resbalado al punto más bajo desde 1848 acá.

Que la consciencia de clase conoce altos y bajos es mera constatación; están siempre relacionados con los avatares de la lucha viva. Pero el bajón que hemos presenciado desde la revolución española hasta la fecha no tiene precedente por su duración ni por la importancia de los daños causados. Es que la más desalentadora de las derrotas no es la ocurrida en combate frontal, sino la que ha sido infligida por la felonía de supuestos amigos. Y un vistazo a los acontecimientos desde 1914 basta para convencerse de que el proletariado no ha sido vencido en país alguno por la burguesía, su enemigo secular bien identificado, sino por las organizaciones políticas y sindicales llamadas socialistas, anarquistas o comunistas. Puntualizando: a estas últimas —en puridad stalinistas— ha correspondido el papel principal de la faena a partir de 1923. Asumían así el propósito de la vieja reacción, pero con características nuevas, no burguesas, sino capitalistas de Estado, y por ello susceptibles de contraponerse a la burguesía y sus monopolios hasta absorberlos de grado o por fuerza, pero agudizando hasta el paroxismo los rasgos negativos del capitalismo en general. Al mismo paso, la falsificación de las nociones revolucionarias ha ido tan lejos que el capitalismo estatal es presentado y pensado como economía socialista en casi todo el mundo.

Como resultado de ese proceso negativo, el proletariado de Europa occidental caía presa del capital, vía representantes políticos y sindicales de la contrarrevolución rusa, al tiempo que en Europa oriental quedaba apabullado por la férrea dictadura de ésta misma. Y en todas partes la mendacidad ideológica ha llegado hasta atribuir a los movimientos nacionalistas naturaleza radicalmente opuesta a la que tienen, pues desde el más hasta el menos corrupto de ellos, todos son una anacrónica y reaccionaria supervivencia del pasado, juguete venal de las grandes potencias.

Mientras tanto, ninguna tendencia se destacaba que pusiese sin mitigaciones el dedo en la llaga y comprendiese que la posibilidad de revolución seguía presente, sin necesidad de crisis mercantil ni de mayor crecimiento capitalista. A la objetivación reaccionaria de las antiguas organizaciones obreras se yuxtapuso así la carencia de subjetividad revolucionaria válida por parte de los grupos y tendencias más sanos. Resultante: el proletariado mundial, cercado por la criminal rivalidad interimperialista, permaneció inerte, dejando juego libre a todos sus enemigos, vieja y nueva reacción en colaboración-rivalidad. Tan larga ausencia de acometividad revolucionaria ha dado pie a determinados intérpretes para hablar, ora de una integración del proletariado —contrasentido estúpido—, ora de la prosperidad como causa directa y suficiente de la pasividad del proletariado.

Es incontestable que la consciencia de la clase históricamente revolucionaria está por debajo del nivel adquirido entre las dos guerras, a despecho de los signos de nueva rebeldía surgentes aquí y allá. Y no sólo la de ella, sino también, acentuándola, la de los grupos revolucionarios, o sea, de aquellos que cabe considerar, mal que bien, como el sector más alerta de la clase. Repetición de nociones muertas, embrollo y pobreza de concepto, ausencia de visión global del pasado y por tanto del porvenir inmediato también, son el lote general de esos grupos. Otros, de pretensiones más hueras que consistentes, pseudoinnovadores con antiguallas olvidadas, están en verdad más fuera que dentro de la clase revolucionaria. Unos y otros creen, sin excepción conocida, que la pasividad del proletariado reside en el «pleno empleo», o en lo que llaman, acomodándose a la terminología dirigista, «sociedad de la abundancia». Es un vicio economista atávico que les lleva, quiéranlo o no, a situarse como sujeto de la historia de naturaleza diferente a la del proletariado. Según ellos, en efecto, la clase no puede adquirir consciencia revolucionaria sino forzada por una necesidad material directa, cuando el capital en crisis de sobreproducción lance a la miseria 30, 60, 100 millones o más de obreros. Grupo hay que llega a creer indispensable la tercera guerra mundial para que la revolución vea la luz3. Por el contrario, todos ellos han adquirido su grado particular de consciencia revolucionaria —salvada aquí su validez real— al margen de la necesidad material, por conocimiento intelectivo, e incluso al margen de cualquier experiencia propia. La clase obrera y ellos aparecen, por consecuencia, como determinaciones y sujetos diferentes del devenir humano.

Ése es su defecto principal, engendrador de otros, y lo que, cualquiera que sea su importancia numérica y su propio querer, hace de ellos sectas, cada una enquistada en cuatro ideas cojas cuando no falsas, y sobre todo en sus risibles jactancias. Pretendiendo dar cuenta de todo un pasado mal o muy parcialmente comprendido, dándose en tal traza a sí mismos como esencia del presente y del futuro, y casi por las claras como punto de arranque —año 1— de una nueva era, esos posesores de consciencia, arbitristas modernos, tachan de ideología cuanto sale de su propia ideación del actuar revolucionario. Y así, entre la Tierra prometida de la «clase para sí» y el cenizo «ideología», utilizado como mero vade retro, Satanás, la flaqueza y la incongruencia teórica de unos y otros tocan un límite allende el cual no se ve nada. No caen en la cuenta de que son, por sus fallos, en unos casos producto indirecto, en otros víctimas de la corrupción de las nociones revolucionarias imperante durante largos decenios.

Una referencia elemental se impone aquí. Entre lo que Marx llamaba ideologías y lo que designan con la misma palabra dichos grupos no existe ninguna relación. Para Marx se trataba de ocurrencias sistematizadas, más bien que de ideas, y no deducidas de la realidad social dada en continuo devenir, sino inventadas como doctrinas de salvación para el proletariado y para la humanidad. Marx adoptaba el comportamiento del hombre de ciencia que estudia los materiales de su disciplina, intuiciones propias comprendidas, antes de enunciar ideas al respecto. Veía claro que las ideas revolucionarias no podían ser una pasión del cerebro, sino el cerebro de la pasión. Para los inventores de ideas se trataba, al contrario, de mera pasión cerebral, de credos redentores sin fundamento en la realidad material de la sociedad. En tal sentido, las ideologías han dejado de existir. Incluso hablar de una ideología burguesa o stalinista, no digamos socialdemócrata, es descabellado. Se trata de engañifas intencionales y sobrado evidentes, aunque todavía impuestas a grandes masas. En cambio, los utilizadores actuales del término recurren a él rehuyendo especificar, previo estudio de las condiciones existentes, las tareas revolucionarias concretas de la clase, por ende las suyas propias. Enarbolan en cambio panaceas: revolución social, o abolición del trabajo asalariado, cuando no del trabajo escueto. Adoptan, por lo tanto, actitudes más o menos marginales, abandonando la realidad viviente y cotidianamente vivida. Quiéranlo o no, en poco o en mucho, participan pues de lo que Marx llamaba ideologías.

A un nivel político mejor del proletariado entre guerra y guerra correspondía una calidad teórica de los revolucionarios superior a la actual, sin hablar aquí de otros aspectos concomitantes. Y a su vez, nivel político y calidad teórica campeaban en un terreno de clase por lo general sano y optimista, todavía poco hollado por la perversión que el stalinismo y sus aliados han vertido a raudales, sobre todo desde la revolución española hasta la fecha. Entre esos tres factores, a saber, nivel político de la clase, calidad teórica del sector revolucionario y sano optimismo de su ámbito, se da una interrelación muy evidente, sin que sea posible acordar a cualquiera de ellos la primacía en la aparición o reaparición de consciencia revolucionaria en la clase obrera. De seguro que un realce de cualquiera de los tres acarreará tras él el de los otros dos. La validez teórica es decisiva a la larga, como lo es también, en lo inmediato, para la formación de organizaciones aptas. No obstante, ni la mejor de éstas conseguirá introducir consciencia revolucionaria en la clase. En tal sentido, la escuela del proletariado no será jamás la reflexión teórica, ni la experiencia acumulada y bien interpretada, sino el resultado de sus propias realizaciones en plena lucha. La existencia va por delante de la consciencia; el hecho revolucionario precede al conocimiento del mismo para la abrumadora mayoría de sus protagonistas. Lo que la clase obrera en su conjunto, o uno de sus sectores, piensa de cualquier lucha en juego se queda muy por debajo de lo que la lucha misma realiza o podría realizar. El contenido latente rebasa con creces el contenido aparente. Sólo cuando el primero adquiere cuerpo aparece la consciencia revolucionaria del hecho mismo, consciencia concreta, no teorizada por la clase, pero sí conversión de la teoría revolucionaria en realización, o nueva condensación de la experiencia en teoría. Así ha ocurrido invariablemente desde 1848 y la Comuna de París hasta la revolución española. Resulta por consecuencia imposible trazar un plan, siquiera muy aproximativo, de desarrollo de la consciencia revolucionaria. Es el número de obreros conscientes dentro de la clase el que sí puede y debe aumentar, y ésa es incumbencia principalísima de los revolucionarios organizados. La consciencia de la clase obrera entera irá abriéndose camino sólo en la medida en que los avatares de la lucha, que no dejarán de presentarse, la lleven a sobrepasar en los hechos las nociones que el capitalismo le inculca y las cadenas que las organizaciones políticas y sindicales le tienen echadas encima.

Llegada esa tesitura, la concepción revolucionaria, expresada por minorías de la clase, desempeñará un papel catalizador importantísimo. No gracias a cualquier desarrollo progresivo de la consciencia en la clase, sino, al contrario, por su aptitud para favorecer esas situaciones bruscas y llevar al máximo sus concreciones revolucionarias. Ahora bien, por muy allá que vaya, tal consciencia seguirá siendo parcial, vaga para la mayoría, por lo tanto susceptible de ser adulterada y manipulada hasta desbaratarla. Resulta, en efecto, infantil, por no decir esperanza idealista, creer que con el acto revolucionario supremo la clase para sí y su consciencia revolucionaria quedarán plenamente realizadas. «La clase para sí» es más bien alegoría militante que la representación de una situación venidera. La burguesía hizo su revolución para sí, y para sí organizó la sociedad entera. Imposible ser clase para sí sin oprimir a otras clases. Nuestra revolución es un acto de la clase trabajadora en completo, pero no para sí estrictamente, pues por ser la clase revolucionaria y comunista exclusiva, negando las demás clases se niega a sí misma. Deberá paralizar a sus enemigos, pero ni puede ni necesita explotarlos. Por lo tanto, no hay otro «para sí» que el fugaz instante de la explosión revolucionaria, a partir del cual la clase obrera empieza a disolverse en el todo social, a menos de recaer en la condición de clase explotada, para el sí de otros4.

A la inversa, la consciencia revolucionaria en su sentido cabal no hace más que entrar en su fase formativa con el ataque al capital y la constitución del proletariado en clase gobernante. La componen, con el acto revolucionario, también y sobre todo el proceso subsiguiente de transformación de la sociedad en escala mundial, hasta la eliminación de los vestigios mismos de las clases. El primero será siempre, más que una volición general de la clase, un hecho consumado en el fragor de la lucha, a partir del cual la consciencia revolucionaria irá afirmándose en profundidad, extensión y calidad, al mismo paso que, en la práctica, la sociedad comunista. La plenitud de la consciencia no puede dimanar sino de su propio encarnarse en la estructura de la nueva civilización y en la mente de cada persona. Es el descubrimiento del hombre por el hombre mismo, al fin posible.

Eso en cuanto a la consciencia revolucionaria propiamente dicha y generalizada, cuya existencia, suponiéndola posible en medio del mundo actual, convertiría la transformación comunista en todos los continentes en un candoroso juego de niños. Tocante a la otra, la limitada e indispensable para dar muerte al capitalismo, depende hoy en suprema medida de los revolucionarios en general y en particular del afiance de los obreros revolucionarios en la mayoría de la clase. Sin ello, el acto más subversivo de ésta se resolverá en fin de cuentas en su contra, como se ha visto en tantas ocasiones, la última en Polonia. Lo determinante será la conjunción del ímpetu subversivo de la clase con la subversión teórica y práctica de su sector revolucionario. La teoría comprende pasado y futuro inmediato enlazados por nuestra acción presente.

La consciencia de los revolucionarios es, por consecuencia, la que primeramente tiene que situarse a la altura de las posibilidades ofrecidas por la historia a la clase entera. Tan grandiosas, tan ilimitadas son éstas, a despecho de impresiones superficiales, que apremian siempre a cuajar en revolución. Mas los revolucionarios han estado y continúan estando a la zaga de las posibilidades. Piden a las condiciones históricas que les pongan entre las manos una situación revolucionaria, cuando en realidad tienen ante sí, con creces, cuanto se requiere para suscitarla... excepto su propia subjetividad. De ahí que los aparatos político-sindicales llamados obreros, hoy pilares del capitalismo, sigan imponiéndose, aunque han perdido todo influjo veraz en la mente de los trabajadores. Destrozar el imperio de esos aparatos debe ser la primera de las pugnas para dejar libre curso a la revolución. Hay que ir derecho a la clase obrera e incitarla contra ellos sin tapujos ni vociferaciones de hueca resonancia radical, sino con proposiciones de lucha enderezadas a la destrucción de tales aparatos, requisito paralelo a la destrucción del capitalismo. La consciencia revolucionaria no se esconde esotéricamente; dice su verdad profana y profanante, y su vigor apasionado elimina la estridencia.

La idea de la revolución comunista, incluso precisada como abolición del trabajo asalariado, no pasa de ser noción ligera, aun suponiéndola adquirida por la mayoría del proletariado, esperanza absurda en el mundo actual. Porque la abolición del salariato en cuanto objetivo directo, una vez arrancado el poder al capital, está lejos de ser un acto único, cual la abolición de las leyes actuales o el desmantelamiento del armatoste estatal. Se descompone o subdivide en una serie de medidas de cuya puesta en práctica resultará, como unidad, la dicha abolición. Las principales de ellas, las decisivas, se deducen de la situación actual de la clase, de sus posibilidades máximas frente a un capitalismo decadente, ya sin derecho a la existencia. La consciencia de una organización revolucionaria, cualquiera que sea su cuantía numérica, no puede aparecer sino en la formulación y la defensa de tales medidas, propuestas de lucha al proletariado. Se condenan a la vociferación inocua o, peor, al charlatanismo político, quienes se niegan a hacerlo.

Sin entrar en detalles aquí superfluos, véase, en Pro Segundo Manifiesto Comunista, el capítulo final, «Tareas de nuestra época», que por confusión, ignorancia u otra oscura razón algunos tildan de programa transitorio. Conviene precisar aquí algunas nociones elementales, pero totalmente olvidadas. El antiguo programa mínimo del movimiento obrero proyectaba su realización dentro del capitalismo, en espera de acometer el programa máximo. El Programa de Transición, fundamento de la IV Internacional, pretendía fundir en uno programa máximo y programa mínimo, pasando por la nacionalización, error cuyo origen se encuentra en Marx y Engels, aunque todavía sin las implicaciones reaccionarias después reveladas.

En fin, las tareas de nuestra época jalonan sin discontinuidad el acceso del proletariado a clase dominante y su propia desaparición, con las demás clases, en la sociedad comunista. El impulso combativo del proletariado provendrá de reclamaciones que lo pongan en situación de no tener en lo sucesivo necesidad de reclamar nada, porque dispondrá de todo. Hay que hacer palpable la inmediatez de esa posibilidad para que la consciencia de clase se insurja por la revolución y del mismo golpe haga saltar en añicos los aparatos político-sindicales que la estrangulan. En suma, la motivación material de la liquidación del capitalismo está dada por la ya desgarradora contradicción entre él y la libertad del género humano. Empieza ésta en la del proletariado y abarca desde el consumo alible hasta el cultural en sus múltiples y más espirituales facetas. Y riámonos de quienes esperan la crisis de sobreproducción, la caída catastrófica de la tasa de beneficios, la tercera guerra mundial, o no se sabe qué Espíritu Santo preñador de consciencias.

Bien propagado, semejante programa tendrá grandes repercusiones en lo inmediato y aún mayores en lontananza. Pero en la corrupta situación que vivimos está lejos de bastar para abrir el cauce torrencial necesario. La Primera Internacional (Asociación Internacional de los Trabajadores) creció vertiginosamente apenas fundada, porque presentaba ideas limpias a un proletariado sin influjos ponzoñosos, virgen. Todavía la Internacional Comunista encontraba un medio obrero poco poluido por el reformismo, el de la socialdemocracia de entreguerras, enemigo del proletariado mucho menos dañino que los de hoy. En nuestros días, los revolucionarios topamos con dificultades mucho mayores, dimanantes del saldo negativo del período anterior, que ha instalado a organizaciones y sujetos que continúan diciéndose comunistas o socialistas en la mismísima estructura económico-policíaca del sistema capitalista. Tanto por sus intereses poderosamente constituidos en escala mundial como por reaccionario cálculo, esos partidos y sindicatos son acicate del capitalismo estatal allí mismo donde todavía no les pertenece el poder supremo. Y lo que es mucho peor, malean en todos los terrenos el entendimiento de los trabajadores y prostituyen hasta la noción de comunismo. El antiguo reformismo era democrático-burgués y colaboracionista; ellos preconizan en realidad la entrega total, indefensa, de la clase obrera al Estado omnicapitalista bajo su mando. El resto, «eurocomunismo», «pluralismo», «parlamentarismo», etc., es hipocresía táctica, burda ficción puesta de manifiesto en cuanto aparece una iniciativa revolucionaria de la clase. Por lo tanto, conocer y saber explicar el porqué, el cómo y hasta el cuándo de cambios tan importantes relativamente a la situación del movimiento obrero entre las dos guerras será no menos determinante que el programa de lucha para el porvenir inmediato. Se hace pues indispensable un conocimiento crítico de los principales avatares históricos a partir de 1914. Ahí empieza, para los núcleos de espíritu revolucionario, la consciencia que los capacitará para ser, en medio de la clase, fermento de subversión comunista.

No obstante, ni el mejor de tales grupos, por muchos obreros que individualmente se le afilien, conseguirá despertar consciencia en la mayoría del proletariado mediante la simple divulgación de ideas. Lo impiden innumerables trabas de la sociedad actual, que sólo desaparecerán con ella. Pero cualquier conflicto con el capital, aunque empiece por simple mejora de salario, es susceptible de abocar a una lucha que sobrepase de largo las reivindicaciones iniciales. Lo mismo puede ocurrir en una región, una rama industrial o un país entero. Lo latente tenderá siempre a manifestarse atropellando lo aparente: es la verdad frente a la ficción, el porvenir volviendo la espalda al pasado. Si al llegar un momento así continúan dominando los actuales falsarios político-sindicales, todo volverá atrás. Al revés, si por lo menos una minoría les sale al paso, poniéndolos en la picota y formulando revolucionariamente la lucha en marcha, la consciencia de clase habrá dado un paso adelante propiciador de acciones mayores, por muy locales que fueren. La combatividad de la clase mana irresistible, explosiva, en determinados momentos, de su propio trasfondo histórico. Se cristaliza en hechos que sólo después son pensados por ella y le dan base y energía para ulteriores avances.

Procede pues, en los hechos como en la consciencia, por saltos, y la continuidad de ese discontinuo ha de asegurarla su sector deliberadamente revolucionario. La propia victoria decisiva será para la mayoría de la clase una realización antes que una intención consumada. No en balde es la clase revolucionaria, forjada por la historia a despecho de la opresión y el dirigismo intelectual que acompañan su vida cotidiana. Por lo mismo, en los núcleos obreros revolucionarios recae, mucho más que hace 150 años, un cometido en fin de cuentas determinante. De ellos depende que la revolución salga avante o naufrague por segunda vez.

Desde Babeuf y Marx hasta nosotros, la consciencia revolucionaria es el rayo de luz creado por el choque entre la explotación y los explotados, es la subjetividad humana en rebelión contra una objetividad que pervierte y niega esa misma subjetividad, sin la cual el hombre no es hombre sino cosa. O nuestra subjetividad acomoda el mundo a sus requerimientos —y no hay otra salida— o se somete, servil, a la nauseabunda objetividad existente.

El hecho objetivo engendra la palabra —operación subjetiva5— que lo nombra y lo hace comprensible; sin nuestra palabra, la posibilidad de revolución se esfumará cual si nunca hubiese estado presente. Y fallando su sector más subjetivamente revolucionario, la clase obrera marraría el golpe que acabaría por siempre con el achicamiento del hombre explotado y la prostitución de los otros hombres, explotadores ellos.


Texto español de G. Munis según [Alarma, nueva serie, n.º 31, enero-abril de 1976](/hemeroteca/alarma/1976-01-consciencia-revolucionaria-y-clase-para-si) (fechado por el autor en abril de 1976), y según la versión revisada que recogen los [Textos del FOR sobre organización política y consciencia de clase](/archivo/1973-85%20Textos%20del%20FOR%20sobre%20organizacion%20politica%20y%20consciencia%20de%20clase), cotejados con la traducción francesa de Alarme, que, como dice su presentación, incorpora rectificaciones y añadidos de 1976. La versión francesa sigue unas veces el texto de Alarma* y otras el revisado; se ha tomado en cada pasaje la redacción española que corresponde al francés, se sigue la división en párrafos de Alarme, se han corregido erratas evidentes y se señalan en nota las diferencias de contenido. La presentación del número especial es de la redacción de Alarme.*

  1. Ejemplo reciente de vacuidad es el libro Marxisme et conscience de classe (Collection 10/18, París, 1975). Más de 400 páginas andándose por las ramas, sin entrar en el meollo del asunto enunciado en el título, ni definir siquiera lo que ha de entenderse por consciencia de clase. El autor, Henri Weber, la confina en el Partido, y el Partido lo da por prefigurado en su Liga Comunista, que no pierde oportunidad de arrodillarse ante el stalinismo. Con señalar que Weber ve en el programa [común] francés un signo de concesión stalino-socialista al proletariado, queda evidenciada la calidad no revolucionaria de su consciencia. (Nota del autor. La versión francesa atribuye por error el libro a «Max Weber» y precisa «programme commun français (PC-PS)».) ↩

  2. Así en la versión francesa; el texto español revisado (véase la nota final) dice «de 1914 a 1934». (N. del T.) ↩

  3. El texto español revisado dice en su lugar: «o bien después de otros tantos millones de muertos en la tercera guerra mundial», y añade más abajo que ninguno de esos grupos «ha tenido ocasión de vivirla». (N. del T.) ↩

  4. El texto español revisado añade aquí: «En cuanto el para sí revolucionario se afirma y se confirma, desaparece el proletariado (negación de la negación) y con él las demás clases y estratos. Queda abierto el horizonte al individuo, libre de coacciones y de contrahechuras más o menos degenerativas, único cimiento posible de una sociedad humana homogénea. Y hegemonía [léase homogeneidad] no significa uniforme [uniformidad], sino al contrario, la máxima diversidad de sus componentes individuales, permitida por la desaparición de todos los antagonismos materiales entre grupos y personas». La versión francesa no lo recoge. (N. del T.) ↩

  5. Así en la versión francesa («opération subjective»); el texto español revisado dice «operación objetiva». (N. del T.) ↩