Alarme, n.º 15, enero-febrero-marzo de 1982 (pág. 5). PDF del número completo · Texto original en francés

El 8 de marzo fue el día de la mujer. Ya había habido, recordémoslo, el año de la mujer. Pronto será la hora de la mujer, el minuto de la mujer y, por qué no, el segundo de la mujer.

El movimiento feminista quiere probar que la mujer no solo tiene su sitio en la sociedad, sino que representa su gran mayoría. Constatando que a lo largo de toda la historia ha ocupado un lugar secundario, quiere en adelante afirmarse y exhibirse como igual al hombre. El problema de la explotación y de la opresión ya no se plantea, pues, en términos de clases, sino que se ve como una oposición entre los sexos.

Thatcher, Giroud, Saunier-Seïté, Rosa Luxemburg, Louise Michel: ¡el mismo combate!1 El feminismo produce intelectuales tan nulas y funestas como la intelligentsia masculina que se consume en la aceptación de la sociedad dividida en clases y, por tanto, del capitalismo.

El feminismo es reaccionario.

Demos como prueba una de sus consignas, que se quiere igualitaria, progresista y a primera vista perfectamente aceptable: «A igual cualificación, igual salario». Está claro: una trabajadora P1 debe cobrar el mismo salario que un trabajador P1, una P2 el mismo que un P2, y así sucesivamente hasta la alta jerarquía social.2 Es lógico y legítimo, sí... pero únicamente para quienes aceptan la jerarquía, la explotación del ser humano, la sociedad dividida en clases. ¡No para nosotros! En efecto, todas y todos los que defienden esa consigna (los numerosos varones feministas salidos de los medios «izquierdistas» o «de derechas») no pueden, si les queda todavía una pizca de seso, sino aceptar sus consecuencias: una o un P1 debe ganar menos que una o un P2, y así sucesivamente hasta la más alta jerarquía social. Es de lo más evidente, querida Watson.

Para los revolucionarios, para los comunistas, si es cierto que las mujeres tienen problemas «específicos» que defender, no pueden hacerlo sino en la única perspectiva social, la de la destrucción de las relaciones mercantiles capitalistas de producción, en el Este como en el Oeste, en la perspectiva de una sociedad en que el individuo (hombre, mujer) pueda realizarse plenamente sin distinción de sexo, de raza o de otro tipo. Un pequeño folleto, Salario, precio y ganancia, decía en pleno siglo XIX que los proletarios debían sustituir la consigna conservadora «¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa!» por la revolucionaria «¡Abolición del sistema del trabajo asalariado!».3 ¿A qué esperan las mujeres proletarias para abandonar un movimiento feminista que, en nombre de la igualdad con el hombre, les hace aceptar plenamente su papel de proletarias explotadas y despreciadas?

¿Esperan a que haya todavía más mujeres al mando de la empresa o del Estado?

En cuanto a que las militantes feministas quisieran hacer de la jornada del ocho de marzo la primera jornada reivindicativa de las mujeres, les responderemos que mujeres y hombres son nuestros enemigos cuando tienen como perspectiva llegar, con toda legitimidad capitalista, al mando del Estado o de la empresa. Por nuestra parte, nuestro objetivo no es realizar un día o un año de la mujer, del niño, del obrero, del intelectual o del conejo.

Lo que deseamos con nuestro combate es la plena realización del individuo (hombre, mujer) en la sociedad sin clases; es el porvenir a tiempo completo de la humanidad.

  1. Margaret Thatcher, primera ministra británica; Françoise Giroud, secretaria de Estado para la Condición Femenina (1974-1976); Alice Saunier-Seïté, ministra de Universidades hasta 1981. ↩

  2. P1, P2: categorías de obrero profesional (cualificado) en las clasificaciones laborales francesas. ↩

  3. Marx, Salario, precio y ganancia (1865), cap. XIV; citamos por la traducción de la Escuela. ↩