Alarme, n.º 18, octubre-noviembre-diciembre de 1982 (págs. 1-3 y 11). PDF del número completo · Texto original en francés

Rusia, China, Francia, etc. Contra toda economía nacional: ¡internacionalismo proletario!

Rosa prometida, ¡paro debido!1

Desde hace más de un año, el poder capitalista de los «socialistas», con la colaboración de ministros «comunistas», dirige la «gran nación francesa». Por ser capitalista, la gestión de los asuntos por la nueva camarilla dirigente no podía sino ir en contra de los intereses inmediatos y de los intereses históricos (íntimamente ligados e inseparables) del proletariado, es decir, de la clase que produce todas las riquezas y que está desposeída de todo. En efecto, esa querida victoria de la izquierda, tan aplaudida la noche en que se produjo, ese acontecimiento que nos machacaban hasta quedarse sin aliento como «histórico» en grado sumo, ha sido igual a lo que debía ser: la continuidad en la continuidad por la continuidad, es decir, la explotación del proletariado por el capital para el capital. Haberlo previsto es tan fantástico como asegurar que una naranja es una fruta. Era fácil y, sin embargo… demasiado poca gente era consciente de ello. Pero, se nos replicará, ¡pese al idealismo legítimo que os anima, está la cruda realidad! Realidad —seamos buenos ciudadanos, ¡por Dios!— que nos ha legado esa derecha siniestra y aprovechada que ha llevado (¡snif, snif!) a «nuestro» país a la situación en que se encuentra. ¿No ha sido esa derecha la que ha defendido a la patronal contra los trabajadores, la que les ha impuesto la austeridad, la que ha «creado» varios millones de parados, una inflación galopante y el tutti quanti del largo «etc.» que se pone por lo general al final de la frase para evitar una larga lista que llenaría miles de páginas? A eso se añade la gran excusa universal: la crisis económica y mundial. ¡Excusa que utilizaba la derecha por las mismas razones que las diversas izquierdas en el poder en otros países!

Esa evidencia nos lleva, pues, a no reaccionar como buenos ciudadanos «responsables», sino más bien a examinar la realidad tal como es.

Unos y otros, cuando tienen el poder entre sus sucias manos, pese a las promesitas atrapavotos, se enfrentan a la misma gestión del mismo sistema económico y social basado en la explotación de la fuerza de trabajo, sistema social comúnmente llamado capitalismo. Y es ese mismo sistema el que domina el mundo entero. Ahora bien, el capitalismo —y no es nada nuevo— es un sistema de múltiples contradicciones, aunque sea el más acabado de los sistemas de explotación del hombre por el hombre. Su contradicción más evidente es precisamente la clase sobre la que descansa y de la que depende su existencia —el proletariado—, clase a la que somete, mediante el sistema de compra y venta de la fuerza de trabajo, a las necesidades de su propia supervivencia. Por otra parte, existen las contradicciones inherentes al modo de funcionamiento del capital mismo como entidad económica: la competencia que se hacen entre sí los diversos capitales, competencia, subrayémoslo, sujeta al grado de sometimiento del proletariado que explotan directamente, competencia que, además, se desarrolla en el plano internacional. Esa competencia, legítima desde el punto de vista capitalista, condujo a la primera guerra mundial (14-18), a la segunda carnicería (39-45), y de ella se siguió la permanencia de «guerras locales» entre las dos guerras y después de la segunda. Huelga añadir, pero lo añadimos de todos modos, que esa competencia será la causa de la tercera si el proletariado no actúa en su terreno, el de dar muerte a una civilización que sólo engendra aberraciones, socialmente incapaz de resolver los problemas que se le plantean a la humanidad, sencillamente porque es históricamente un sistema caduco en el mundo entero, sin razón de ser, cuando todas las condiciones objetivas de su superación mediante su aniquilamiento están presentes.

Precisamente porque en Francia hoy, como en todas partes, prima el interés del capital, el poder «de izquierda» dice exactamente lo mismo y actúa de la misma manera que el poder anterior, con la ventaja, eso sí, de que la fuerza sindical le es favorable, pese a las críticas que «quedan bien» entre amigos. En claro: Franceses, francesas, pese a las injusticias que reinan en el país y que es imposible remediar de inmediato, todos tenemos el mismo y humilde interés: Francia debe ser grrrande, beeella, de-mo-crá-ti-ca, y para ello Ella debe ser competitiva en el mercado internacional. ¡Sólo la Solidaridad Nacional podrá resolver favorablemente los problemas (paro, inflación, etc.) gracias a la gestión que realizan contra viento y marea nuestros Rrresponsables democráticamente elegidos por el Pueblo de Francia (aleluya)!

Ese lenguaje ya empieza a cansar. Nuestros intereses no pueden de ningún modo estar ligados a los de la economía del país en que nos encontremos, sea dictatorial, democrático, de izquierda o de derecha, religioso o laico. En Francia, parte de la economía mundial basada en la ley del valor, hay sectores que obtienen enormes beneficios y que son la punta de lanza de la acumulación del capital, y otros sectores que se hunden, lo cual, sumado a los nuevos medios técnicos, manda a proletarios a darse una vuelta por el paro. ¡O se trabaja sin rechistar, o se está en el paro! ¡Bonita alternativa, para que esos buitres obtengan los beneficios que necesita su economía mercantil!

Mientras tanto, los politicastros de todo pelaje defienden los intereses de la nación y, por tanto, del capitalismo, haciéndonos comprender, cifras en mano, que los sacrificios de hoy se convertirán en beneficios mañana. En nombre de tan bello principio, nos han hecho tragar últimamente una píldora amarga (que no cubre la Seguridad Social):

  • Disminución del poder adquisitivo de los prejubilados.
  • Seguridad Social: reembolso menor para las enfermedades corrientes como gripe, bronquitis, etc., ¡en fin, todas aquellas de las que la gente lista se aprovechaba para trabajar lo menos posible!
  • Assedic:2 prestaciones más difíciles de obtener; menos dinero y durante menos tiempo.

En suma, esta izquierda «socialcomunista», como dice hipócritamente ese canalla de Chirac, no sólo gestiona la misma economía basada en nuestra explotación, sino que además, en nombre del socialismo, de la igualdad, etc., consigue hacernos digerir lo que a la propia derecha le costaba hacer.

La derecha, por su nuevo papel de oposición, podría casi, en el marco alienante de este sistema dinámicamente inmundo, pasar de palabra por más obrera y progresista que el gobierno actualmente en el poder.

¡Y es lógico, ¿no?! Puesto que en el fondo aspiran a lo mismo, es decir, a la divisa que el capitalismo ha dirigido siempre a los proletarios, con botas de cuero o con caramelo ácido: TRABAJAD, PARAD Y CALLAD. En otros términos: LIBERTAD, IGUALDAD, FRATERNIDAD.

En nombre de esa divisa, en apariencia sin las botas (¡la derecha, por cierto, no las empleaba bajo Giscard más que la izquierda bajo Mitterrand!), los verdaderos «revolucionarios» de la extrema izquierda llamaron a votar por los dichos caramelos ácidos de la izquierda, para poder probar que en realidad son verdaderamente amargos. Amargos o no, la lógica democrático-capitalista queda aceptada… y el proletariado, con la derecha, la izquierda o su extremo, seguirá siendo explotado, y quienes intentaban, intentan e intentarán, se atrevían, se atreven y se atreverán a sublevarse eran, son y serán reprimidos por la pesada bota del Estado capitalista.

Que la economía capitalista esté «sana» o en dificultades, que el poder capitalista sea democrático o totalitario, como proletarios padecemos fundamentalmente la misma dictadura económica y política, lo que implica que en el plano social no somos más que bestias de carga a las que se aprovecha, se deja reventar o se sacrifica.

Para acabar con ello —y no es una simple conclusión escrita al pie de la página para quedar satisfechos— hay que combatir la economía capitalista en todas partes. Escupir sobre las cifras y estadísticas que nos asestan para probarnos que no todo es posible ahora; hay que recordarles que sin nosotros no son nada y que, para que nosotros seamos algo en una humanidad que mereciera por fin su nombre, ellos deben desaparecer. Eso sólo puede lograrlo la acción consciente del proletariado internacional. Los elementos más decididos deben prepararse para ello desde ahora.

  1. El título francés, «Rose promise, chômedu!», juega con el refrán «chose promise, chose due» («lo prometido es deuda»), la rosa, emblema del Partido Socialista, y chômedu, «paro» en argot. ↩

  2. Organismo que gestionaba en Francia el seguro de desempleo. ↩