Alarme, n.º 23, enero-febrero-marzo de 1984 (págs. 5-6). PDF del número completo · Texto original en francés

¡Escuela libre, escuela laica!

El debate es viejo y suscita periódicamente querellas en el seno del pueblo de Francia. De un lado, la escuela religiosa, casi siempre católica, llamada libre o privada; del otro, la escuela republicana, del Estado, llamada laica.1

De un lado el Vaticano, del otro el Estado francés. La mayor parte del tiempo se entienden muy bien, y no es de extrañar: ambos son pilares del capitalismo. Pese a ello, pueden hacerse la competencia en la formación de los niños. En realidad, su competencia versa sobre la deformación de los niños. Se trata, para unos como para otros, de moldear a los niños, y especialmente a los de los proletarios, para darles los conocimientos necesarios para su futuro trabajo y para no darles los conocimientos que podrían dar cuerpo a su revuelta. Se trata de producir individuos x, y, z según normas ya estatales, ya religiosas, es decir, según normas capitalistas; de hacer de ellos objetos maleables a placer, de canalizar sus impulsos y sus eventuales reacciones sanas; en una palabra, de hacer de ellos individuos «responsables»: que recen ante la cruz o que saluden a la bandera, que amen a un dios o a una nación, en un caso como en el otro servirán.

La escuela llamada libre tiene de particular, y de peor, que pretende administrar una violación intelectual del niño por medio de las sesiones de catecismo. Se le inculcan a la fuerza mentiras y bobadas religiosas con vistas a formar un místico. Persuadido —o fingiendo estarlo— de la existencia de un ser superior, dueño de nuestras vidas y de nuestros supuestos destinos, dispuesto a poner la mejilla izquierda cuando le golpean la derecha, con la promesa de una vida en el paraíso tras su vida y su muerte terrenales, ya está listo para doblar el espinazo y sudar plusvalía desde los 16 o 17 años hasta la jubilación. En cuanto al «paraíso», lo verá en estampas o en su imaginación, y nada más. Por eso, entre otras cosas, la Iglesia y la escuela libre cumplen funciones capitalistas. Esa escuela no es libre, porque no trabaja por la libertad humana; solo es libre de destruir mental y físicamente a los niños.

Es más, la escuela en general pretende tratar a los niños en pie de igualdad, pero en la práctica los hijos de los proletarios tienen muchas más dificultades para asimilar. A partir de esta constatación, algunos predican el igualitarismo, es decir, querrían que en el seno de esta sociedad todos los niños (de todas las clases sociales) tuvieran las mismas «oportunidades de partida». Esto suscita varias observaciones.

La «igualdad de oportunidades de partida» es, en esta sociedad, una completa utopía. Las estadísticas, en efecto, son elocuentes al respecto. Para los hijos de los proletarios es más probable llegar a ser ellos mismos proletarios que cursar largos estudios o integrarse en la clase capitalista. A la inversa, para los de las capas capitalistas es más probable que permanezcan en esa clase que pasar al proletariado. El proletariado es por excelencia la clase desposeída de todo, y entre otras cosas de la cultura. Una clase sin cultura tiende a producir hijos sin cultura; no hay ningún misterio en ello. Empleamos el término producir porque en la clase obrera el nacimiento de un niño no es más que el parto de una fuerza de trabajo. Aparece, pues, claramente que el problema de la enseñanza, del fracaso escolar, no se plantea solo en términos de escuela, sino principalmente en términos de clases, y no se resolverá sino mediante la destrucción de la sociedad dividida en clases. Aquellos para quienes esto no aparece claramente podrán hablar de la escuela durante siglos sin que esta situación cambie.

El problema no es construir la «igualdad de oportunidades» en esta sociedad ni tratar de acercarse a ella; el problema es acabar, mediante la revolución, con la podredumbre existente. Algunos países capitalistas pretenden haberse acercado un poco a esa... «igualdad de oportunidades», por ejemplo China durante la llamada «revolución cultural», o Camboya bajo Pol Pot, donde todo el mundo tenía «de partida» más o menos la misma oportunidad de acabar asesinado o torturado; no por ello perdieron sus características capitalistas y bárbaras. Al contrario, ese igualitarismo fue el resultado del triunfo del stalinismo, de la contrarrevolución en Rusia.

Un capitalismo en funcionamiento utópico en el que se realizara la «igualdad de oportunidades de partida» sería igual de inhumano, sin razón de ser. En efecto, lo que constituye su inhumanidad, su decadencia, no reside en que un hijo de proletario llegue a ser proletario o en que un hijo de capitalista llegue a ser capitalista él mismo, sino en su existencia misma, cuando la evolución histórica hace por fin posible, tras siglos y siglos de sociedades inhumanas, la sociedad humana, el comunismo.

«Las oportunidades de partida» significa en esta sociedad: las oportunidades de partida para no llegar a ser proletario.

En el comunismo, esa expresión no podrá significar sino la misma oportunidad de vivir, porque vivir será por fin una suerte.2

Precisemos que sería falso pensar, como induciría a hacerlo el materialismo vulgar, que un niño dado con una educación determinada llegaría a ser un individuo dado con un 100 % de probabilidad desde su concepción. Lo adquirido no es lo único que existe; lo innato también está presente; más exactamente, se interpenetran indisolublemente. Es esta sociedad la que ahoga por completo todas nuestras potencialidades.

El comunismo no producirá en serie varios centenares de Beethoven y de Einstein al día. Hará nacer seres humanos diferentes, a los que debe dejar naturalmente la misma oportunidad de aprender lo que les interesa, pero cultivará también sus diferencias. El comunismo no es un molde que produce personas idénticas; al contrario, solo existirá por la diversidad de los centros de interés y de las inteligencias de cada ser.

Para concluir, no hacemos aquí una crítica de la cultura en general, sino una crítica de la cultura del capital. La existencia misma de este sistema, y por tanto de su escuela, fue progresiva en el siglo XIX. Hoy, en plena decadencia, la escuela es también un factor de decadencia. Precisemos, por último, que la falta de escuela en algunas partes del mundo («Tercer Mundo») es un factor de decadencia probablemente más fuerte todavía.

El problema no es cambiar solo la escuela, sino acabar con la sociedad que la induce.

  1. En 1983-1984 el proyecto Savary de «gran servicio público unificado y laico» de la educación enfrentó al gobierno con los defensores de la escuela privada católica, que se manifestaron masivamente en 1984; el proyecto fue retirado. ↩

  2. Juego de palabras con «chance», que en francés significa a la vez «oportunidad» y «suerte»: «car ce sera enfin une chance». ↩