Alarme, n.º 28, abril-mayo-junio de 1985 (págs. 1-3). PDF del número completo · Texto original en francés
La sociedad capitalista que nos domina y nos explota se aprovecha de vez en cuando de algunas buenas ideas que vienen a alimentar la miseria chata en la que sus retoños se mueven y se mueren a fuego lento. El nuevo producto lanzado con ese fin es una chapa y un eslogan que SOS Racisme ha tenido la dicha de comercializar: «NO TOQUES A MI COLEGA»1. El colega es el extranjero, y más en particular aquel al que se reconoce fácilmente por el color de su piel y por el lugar que ocupa generalmente en lo más bajo de la escala social.
La reacción a esta campaña «humanitaria» no se hizo esperar por parte de un Le Pen orgulloso del porcentaje de votos que obtiene ahora en las elecciones. «NO TOQUES A MI PUEBLO» es su grito de guerra, que, con todo, tiene el mérito de exhibir su repugnante concepción del mundo sin afeites y sin hipocresía.
A riesgo de escandalizar una vez más con nuestras posiciones intransigentes, tachadas sin razón de sectarias, vamos a criticar estas dos campañas ideológicas que alimentan en realidad, aunque una parezca más simpática que la otra, un mismo sistema de explotación.
Que ciertos partidarios del sistema defiendan abiertamente valores tan repugnantes y nauseabundos como los de la camarilla lepenista no tiene nada de extraordinario. Lo que, sin embargo, puede sorprender es que muchos obreros se adhieran a una campaña que va en contra de sus intereses inmediatos e históricos. Pero esto tiene explicación cuando el descontento de los componentes de la clase más explotada y despreciada no se traduce nítidamente en una protesta de conjunto, y por tanto de clase, contra la sociedad mercantil que es su causa. El racismo no es más que una de las expresiones de las múltiples barreras que separan a los hombres unos de otros, de la no existencia de la humanidad, es decir, de una entidad realmente viva, indivisible y solidaria. En realidad, la xenofobia y el racismo son barreras mentales, reflejo y a la vez desplazamiento de las barreras reales que están en la base de la división de la humanidad: las barreras socioeconómicas de las clases. El racismo encuentra un terreno fértil en la vergüenza y el asco profundo de uno mismo, la vergüenza de la propia sumisión y de la propia condición miserable. Eso explica que el proletario, sociológicamente hablando, esté muy a menudo entre los más racistas. Sencillamente, para no despreciarse demasiado a sí mismo, con su cobardía, sus vicios, su ignorancia (mientras no reaccione revolucionariamente con su clase), desprecia a otro al que se esfuerza en considerar inferior, o enemigo cuando representa un competidor en el mercado de trabajo.
Pero ese racismo no lo harán desaparecer las charlatanerías de unos seudohumanistas que quieren tener la conciencia tranquila desde lo alto de sus privilegios de clase. Y son precisamente esos, en gran parte, quienes utilizan la unidad ficticia del antirracismo para desviar al proletariado de su unidad de clase. El antirracismo no es más que el reverso de la misma medalla, que sirve para enajenar a la clase que no posee más que su fuerza de trabajo para vender.
La prueba de lo que acabamos de afirmar salta a la vista. El acto pasivo y pacifista que da buena conciencia, el de llevar la chapa «No toques a mi colega», reúne ipso facto a todos los componentes del tablero político, desde la derecha democrática hasta la extrema izquierda; va, pues, del colega explotador (de izquierdas o de derechas) al colega proleta al que explota.
En los hechos, la contradicción de clase aparece nítidamente pese a la unidad ficticia creada artificialmente. En efecto, el gobierno antirracista y de izquierdas de Francia, algunos de cuyos miembros lucen el bonito artilugio, está orgulloso del control de la inmigración que ejerce, de las expulsiones de los sin papeles, de su policía capaz de distinguir a un negro de un blanco y de un moreno (por eso se recomienda vivamente no broncearse demasiado durante las vacaciones). ¡Ah, claro! Pero eso ya no es racismo: lo que prima son las necesidades legítimas de la economía nacional, sobre todo cuando esta ya no necesita tanto una mano de obra extranjera barata. Cuanto más se avanza en la observación de lo que pasa realmente, menos clara aparece la diferencia con Le Pen. Se mantiene, sin embargo, un rasgo distintivo. Para la izquierda en el gobierno no hay que tocar demasiado, antirracismo obliga, a los colegas extranjeros que acepta como masa explotable dentro de su territorio. Habría que comportarse «humanamente» con ellos, puesto que están autorizados a dejarse explotar en suelo nacional francés. Pero, ya que tienen esa suerte extraordinaria, que no vengan a protestar y, sobre todo, a mezclarse en una lucha revolucionaria de clase: si hace falta, se les ofrecen gratis la cárcel nacional y la expulsión.
He ahí la razón principal de que la campaña de SOS Racisme sea reaccionaria. Como comunistas, nada tenemos que ver con movimientos aparentemente humanitarios que no atacan la raíz misma del problema. Además, no podemos en modo alguno participar en movimientos que reúnen revueltos, con un mismo fin, al pueblo que vive en Francia, todas las clases mezcladas.
En efecto, los bonzos sindicales, los burócratas de los partidos llamados obreros, los periodistas que filtran la información, el ministro de «cultura», los curas, etc., no son nuestros colegas, sino enemigos de clase y, por consiguiente, enemigos de quienes quieren y pueden atacar las causas del racismo. Por lo demás, cuando la tendencia a la sociedad sin clases reaparece abiertamente con la acción subversiva del proletariado, entonces, y solo entonces, el racismo desaparece en el seno del proletariado, sin que haya habido en absoluto lucha contra él. Y ese mismo proletariado se ve llevado a luchar contra los antirracistas arriba nombrados.
Al racismo, a los Estados con sus fronteras y a las múltiples barreras que dividen a la humanidad no les pondremos fin sino atacando su base socioeconómica. Abatir, pues, el capitalismo mundial, es decir, el modo de producción basado en la explotación de la fuerza de trabajo del trabajador por medio del trabajo asalariado.
NO SOMOS NI FRANCESES NI INMIGRANTES: SOMOS PROLETARIOS QUE QUEREMOS DEJAR DE SER CLASE EXPLOTADA, Y DE SER CLASE SIN MÁS.
EL PROLETARIADO NO TIENE PATRIA NI NACIONALIDAD. RACISTAS O ANTIRRACISTAS, NUESTROS EXPLOTADORES SON NUESTROS ENEMIGOS.
NUESTRA ÚNICA UNIDAD ES LA UNIDAD DE CLASE.
En francés, «Touche pas à mon pote», lema de la asociación SOS Racisme, fundada en 1984; pote es «amigo, colega». ↩