Alarme, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 16-18). PDF del número completo · Texto original en francés

ADVERTENCIA: este artículo se escribió antes de que conociéramos dos críticas al FOR aparecidas en Acción Proletaria, órgano de la CCI en España. Dada la naturaleza de los ataques y el contenido de nuestro artículo, la CCI bien podría imaginarse que tiene aquí una respuesta. Sea, no tenemos elección, pero insistimos en que se tome en cuenta la totalidad de nuestras posiciones y nuestra voluntad de no diluirnos en juicios de intenciones particularizados. El espíritu honrado completará por sí mismo lo que le falte a una polémica cuyo carácter tan oficial y, en suma, tan mezquino ignorábamos. Por lo demás, es esto último lo que nos prohíbe retocar nuestro artículo, pues nuestro punto de vista sale engrandecido.

Hablad de organización entre quienes rompen con el trotskismo y encontraréis a menudo a alguien dispuesto a dialogar sin fin. Pero, a pesar de las apariencias, ese interés desmesurado por la organización más que por las ideas no es fruto de polémicas ancestrales generalmente ignoradas. No, esta debilidad resulta, en buena parte, de la bancarrota del trotskismo como oposición revolucionaria al stalinismo.

En efecto, desde el abandono del internacionalismo proletario durante la segunda guerra mundial, surgía y luego se imponía un dilema a las organizaciones trotskistas, que ocultaban la poderosa contrarrevolución stalinista para justificar su oportunismo. Rota la esperanza de una revolución mundial inminente, o bien esas organizaciones desaparecían, o bien se transformaban en verdaderos pequeños aparatos comparables a los partidos stalinistas en materia de lavado de cerebro anticomunista. En el segundo caso, tanto la insostenible y persistente defensa del Estado ruso como Estado «obrero» destinado a la perpetua degeneración, como las maniobras e intrigas favorecidas por el centralismo democrático, atestiguan la extinción del potencial revolucionario en el seno del trotskismo. La historia encarnada por una nueva generación solo retendrá estas consecuencias, y el desconcierto ideológico se confundirá con el culto a la organización y la idolatría de los jefes geniales recién descubiertos por las diferentes IV Internacionales en la ciénaga nacionalista stalinista.

Así se explica que, dentro y luego en la periferia del trotskismo, la reacción al encuadramiento capitalista tras el partido-Estado ruso se manifieste como antimilitantismo, marginación y negación de la lucha de clases.

En resumen, el trotskismo adulterado congelaba el universo teórico de la nueva generación en torno a la alternativa: la IV Internacional (degenerada) o la nada. Ahora comprendemos mejor la predilección por el tema de la organización, a partir del cual los trotskistas que han colgado los hábitos pretenden no solo comprender la contrarrevolución capitalista de Estado, sino también extraer una nueva perspectiva revolucionaria. Digámoslo enseguida: contra lo que creen, es exactamente lo contrario de un proceder revolucionario, pues la organización comunista es ante todo el producto histórico de la lucha de clases y de sus fracasos correctamente interpretados. Descuidar la lucha de clases y reducirla a concepciones organizativas lleva, aguas arriba, a no subrayar el carácter estrictamente político de la revolución proletaria en Rusia y, de rebote, el de la contrarrevolución stalinista. Dicho de otro modo, nuestros extrotskistas eluden la base material de la contrarrevolución, es decir, la no supresión del salariado. Con ello no pueden explicar el ropaje socialista del capitalismo de Estado ruso sino como un maleficio de la burguesía infiltrada en el partido bolchevique. Cierran el capítulo sin explicar nada, porque cualquiera se pregunta cómo pudo la burguesía autoeliminarse así, siendo cierto como es que el partido bolchevique la reducía a la nada. Además, cuando, para escapar a nuestra crítica, los extrotskistas trasladan su incomprensión a escala internacional, nos dan a entender que la burguesía se amputaba voluntariamente para salvar su dominación mundial. ¡Intentad hacer comprender la política contrarrevolucionaria del stalinismo mundial con semejantes tonterías! ¡Es imposible! Por consiguiente, aguas abajo, impotentes ante una clase obrera abatida por una contrarrevolución incomprendida, nuestros extrotskistas se ven tentados de crear una organización a partir de una nueva mística del hombre, opuesta, según dicen, a la perfidia de la ideología burguesa. Como esta última está cada vez más privada de su encarnación en la burguesía por el propio capitalismo, nuestros extrotskistas combaten a un fantasma. En una palabra, de concierto con el sistema dominante, organizan la desbandada ideológica y la ruptura con la lucha de clases.

Contra esta deserción en regla, queremos restablecer en adelante un método de investigación que, más allá del bagaje teórico individual de partida, permita a cada cual deshacerse de los cadáveres molestos de la lucha de clases para combatir eficazmente el capitalismo. Trazamos así nuestra ambición de crear una organización abierta a la totalidad del proletariado revolucionario, entendido como la clase que eliminará ella misma los vestigios del viejo mundo, empezando por su propia existencia de clase explotada, mantenida en la ignorancia y el seguidismo por eternos guías espirituales.

En este terreno de la organización no aceptaremos ninguna lección de quienes, como hemos visto, reducen el movimiento comunista a esquemas organizativos supuestamente capaces, por sí solos, de inmunizar la revolución venidera contra los peligros de una restauración capitalista. Además del trotskismo en descomposición, acusamos también a las organizaciones revolucionarias que transmiten doctamente esta debilidad, y ello por dos razones, una de las cuales se estudia en «Partido-Estado, stalinismo, revolución».1 La primera razón, pues, y en suma la más seria, es la confusión que cometen entre la contrarrevolución stalinista y la restauración burguesa. Los remitimos una vez más a esa revolución rusa cuya simple mención provoca siempre una especie de histeria colectiva.

En efecto, solo el examen de esa revolución y de las concepciones revolucionarias que entonces compartían todos permite introducir coherencia en el estudio de la contrarrevolución. Dejaremos, pues, de lado la cuestión, ya controvertida, de la organización, y admitiremos que la desastrosa identificación del partido bolchevique con la clase obrera (véase Cronstadt) no habría podido liquidarse con la simple reivindicación de la democracia obrera. Una cosa explica la otra: recordemos con más firmeza lo que todos admitían, a saber, que la revolución rusa no era inmediatamente una revolución socialista. Dicho de otro modo, no suprimía la relación capital-salariado, forzosamente desfavorable al proletariado, y supeditaba esa tarea a la extensión de la revolución en el mundo. Entretanto, el capital simplemente cambiaba de propietario y pasaba a manos del Estado, pronto confundido con el partido bolchevique, que había asumido la responsabilidad de dirigir la revolución proletaria. Sin embargo, todos los revolucionarios comprendían que esa situación era inestable y que no dejaría de volverse contra el proletariado a falta de una revolución mundial. Pero precisamente porque la burguesía nacional había sido expropiada y aniquilada en beneficio del Estado, nadie imaginaba al partido bolchevique transformarse en la vanguardia de la contrarrevolución. Como en aquella época la dominación burguesa significaba la dominación capitalista, en la más fértil de las imaginaciones revolucionarias el partido bolchevique solo podía convertirse en un agente servil de la burguesía mundial, no en el verdugo en jefe que se impondría a esa clase. Ni el propio Trotski, más tarde en la oposición, ni los adversarios de la paz de Brest-Litovsk (sobre esto aconsejamos «La tragedia rusa» de R. Luxemburgo)2 fueron más allá en ese esfuerzo de pensamiento.

Por eso afirmamos que es inútil diseccionar el partido bolchevique a través de sus representantes más ilustres para comprender la contrarrevolución. En los momentos más decisivos de la contrarrevolución política, solo la toma de partido por la revolución mundial distinguía a los revolucionarios de los contrarrevolucionarios. No volveremos sobre ello sino para señalar el término de la contrarrevolución política en Rusia. Renunciando a la revolución mundial y con el pretexto de realizar «el socialismo en un solo país», fue el partido bolchevique, transformado en su contrario ante todo bajo el peso del aislamiento y de contradicciones de clase no destruidas, el que consolidó el capitalismo de Estado en Rusia. En cuanto a los débiles supervivientes de la burguesía, serían absorbidos más tarde, durante la «colectivización forzosa», y ello poco antes de que la continuación de la revolución mundial pusiera de manifiesto que la contrarrevolución no era obra de la burguesía, sino del stalinismo. Esto nos lleva a España, donde la revolución tomó el carácter de una revolución social. Allí, y de manera consciente, el stalinismo se dedicó en primer lugar a destruir las realizaciones anticapitalistas del proletariado, ya fuera para devolver el poder económico a la burguesía, ya para concentrar el capital en manos del Estado en reconstitución. El proletariado español, por su parte, había comprendido el papel del stalinismo cuando se enfrentó a él en mayo del 37 en Barcelona. ¿Por qué interés de tendero puede hoy empequeñecerse la revolución en España, cuando se registra capitulación tras capitulación ante el stalinismo? ¿Por qué falta de preocupación puede hablarse todavía de dominación burguesa en Rusia? En fin, ¿por qué gusto por lo absurdo se sigue combatiendo ideológicamente a la burguesía, confundida, sin reparar en la contradicción, con la burocracia stalinista? Nuestros extrotskistas y las organizaciones revolucionarias que los orientan mal perderán la revolución en esa confusión si no reconsideran la contrarrevolución stalinista. Y ninguna solución organizativa los salvará de una lamentable copia de la revolución rusa ni, más probablemente, en el caso de los primeros, de la renuncia a la lucha de clases.

En cuanto a la segunda razón por la que no aceptaremos ninguna lección sobre organización, apunta a la práctica actual del llamado medio revolucionario, preocupado ante todo por la pequeña historia de cada grupo político. Considerando que derrocha así cantidad de energía y de reflexiones a las que se mezclan constantes abusos de lenguaje, preferimos no fomentar semejante medio. Solo un movimiento social de envergadura suscitará la aparición de un verdadero medio revolucionario. Como en el pasado, nuestra referencia sigue siendo la lucha de clases, a la que no sustituiremos por la emulación de un medio informe, por generoso y abierto que pretenda ser.

Fieles a una sana tradición revolucionaria, despreciamos las calumnias que no dejarán de surgir, y tomamos partido por la dirección de las ideas claras, que sometemos a la crítica revolucionaria y no a la apreciación de las camarillas.

Tal es nuestra modesta concepción del movimiento comunista, y este, inspirado por una próxima revolución social, hará brotar su expresión más amplia y diversa en la unidad del conjunto del proletariado revolucionario. Lejos de nosotros la idea de confiscar esa expresión, pero lejos de nosotros también la de circunscribirla a querellas estériles.

Contra las guerras de escuelas que alimentan esas querellas, proponemos a la reflexión dos citas de revolucionarios opuestos en la cuestión de la organización, pero unidos para combatir el oportunismo. Solo el gusto por la cháchara insiste hoy en sus divergencias.

«Sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario. Jamás se insistirá bastante sobre esta idea en unos momentos en que a la prédica de moda del oportunismo se une la afición a las formas más estrechas de la actividad práctica... Y la importancia de la teoría es mayor aún debido a tres circunstancias que se olvidan con frecuencia. En primer lugar, nuestro partido solo empieza a organizarse, solo comienza a formar su fisonomía y dista mucho de haber ajustado sus cuentas con las otras tendencias del pensamiento revolucionario, que amenazan con desviar el movimiento del camino justo...»

Lenin, ¿Qué hacer? (1901-1902)

«Toda crítica que contribuya a hacer más vigorosa y consciente nuestra lucha de clase por la realización de nuestro objetivo final merece nuestra gratitud. Pero una crítica que tienda a hacer retroceder nuestro movimiento, a hacerle abandonar la lucha de clases y el objetivo final, semejante crítica, lejos de ser un factor de progreso, no sería más que un fermento de descomposición...»

Rosa Luxemburgo, «Libertad de la crítica y de la ciencia» (1899)

Hay una traducción española posterior de este artículo, sin la advertencia inicial, en la recopilación El trotskismo stalinizado; no la publicó el FOR, y esta traducción se ha hecho de nuevo sobre el original francés, aprovechándola donde era fiel. La cita de Lenin sigue la versión española corriente de ¿Qué hacer?, ajustada al recorte del original.

  1. Folleto del FOR de 1974: Partido-Estado, stalinismo, revolución. ↩

  2. «La tragedia rusa», artículo de Rosa Luxemburgo de 1918 sobre la paz de Brest-Litovsk. ↩