Alarme, n.º 33, julio-agosto-septiembre de 1986 (págs. 10-11). PDF del número completo · Texto original en francés

Los atentados «terroristas» se suceden y se parecen en lo esencial. Las guerras incesantes en los cuatro rincones del mundo desde el final de la segunda carnicería mundial se suceden y se parecen en lo esencial. Solo que ahora es Francia la que se ve directamente afectada, no por la guerra, que extermina a miles de seres humanos, sino por atentados con bomba dirigidos contra su población civil, que matan ciegamente a decenas de personas.

Digámoslo de inmediato. Denunciamos, criticamos y combatimos esta clase de acciones sin rodeos, pero no con las lágrimas de una población pacífica mantenida en la ignorancia y la sumisión, obligada a reproducir cada día un sistema que la utiliza y la pisotea a su antojo, según sus necesidades económicas. Denunciamos, criticamos y combatimos esta clase de acciones sin rodeos, pero no con las lágrimas de cocodrilo de la clase política de todo pelaje, cuya hipocresía nos repugna al menos tanto como los propios atentados. Denunciamos, criticamos y combatimos esta clase de acciones sin rodeos, como proletarios revolucionarios conscientes de la causa de las guerras y de los atentados «terroristas», como de todas las demás manifestaciones, espectaculares o no, producidas por este viejo mundo. Tanto la causa como el remedio son únicos: la existencia del capitalismo mundial en plena putrefacción, como causa, y la revolución comunista mundial, como remedio. Denunciamos, criticamos y combatimos esta clase de acciones sin rodeos, como combatimos a todos los Estados, todas las naciones, todas las fuerzas que permiten (todas sin excepción) que el capitalismo mundial perdure, cuando ya es más que hora de destruirlo de arriba abajo.

Por eso, a la vez que nos sublevamos contra los atentados asesinos de una o varias fracciones del capitalismo mundial, denunciamos y combatimos la unión nacional que preconizan el capitalismo francés y sus defensores en nombre de un Estado de derecho opuesto al de un totalitarismo devastador. El Estado de derecho constituye la fuerza tranquila de las democracias, nos dicen los demócratas; democracias que, igual de tranquilas, han enviado muchas veces buena parte de su población al matadero en las guerras mundiales y que están dispuestas a hacerlo de nuevo si hace falta (la necesidad obliga). No gritaremos ni con SOS Racismo y sus llamamientos humanistoides, ni con el gobierno actual, ni con su oposición; gritamos y gritaremos como revolucionarios que se alzan contra este mundo reaccionario y las ignominias de que es causa. El terror es la existencia misma de este sistema social, aunque se manifieste más o menos crudamente según las situaciones y la agudización de las contradicciones que lleva en su seno.

La unión nacional que todos los políticos, por encima de sus divergencias de detalle sobre cómo explotarnos mejor, quieren hacernos aceptar es sinónimo de capitulación ante nuestro enemigo, que se encuentra en «nuestro» propio país y que es cómplice, incluso cuando se les opone con las armas, de nuestros enemigos de los demás países. Hacernos aceptar hoy la unión nacional contra los atentados asesinos es querer hacernos aceptar de antemano la unión sagrada en caso de un conflicto bélico más vasto y más grave. Y eso el proletariado no puede aceptarlo bajo ningún pretexto.

Más aún. El fin de los atentados que hoy ocupan las portadas de la prensa depende, no de las tácticas y estrategias de quienes nos gobiernan, sino de la actitud enérgica del proletariado contra todos sus enemigos, Estado nacional incluido. Depende de la voluntad de lucha de la clase que produce las riquezas sociales en el pequeño planeta Tierra y que está obligada a consumir los productos más mezquinos y execrables. El cinismo de los politicastros no tiene a este respecto límites ni vergüenza: para orquestar en su provecho el horror producido por estos atentados, no tienen reparo en argumentar que los «terroristas» atacan incluso a los bolsillos modestos (entre otros, pues, a los magrebíes) que compran en Tati1.

Estos atentados, productos directos de los conflictos interimperialistas que libran los Estados constituidos (o que aspiran a serlo o a agrandarse), sirven entre otras cosas, indirectamente, para que los países afectados refuercen los medios de represión —sin que estos, por lo demás, lleguen a quebrantar seriamente el «terrorismo» capitalista internacional—, medios que podrían ser bien poca cosa contra los movimientos sociales proletarios llegado el caso, y ello aun cuando, en tendencia y de todos modos, el mundo actual se encamine hacia una militarización y una estatización cada vez mayores, es decir, hacia una dominación cada vez más bestial y nociva del capitalismo. Incluso en los países democráticos o de Estado de derecho que se supone que deberíamos defender con uñas y dientes, los derechos del ciudadano no son más que la negación de lo que se supone que representan. Así, el derecho de manifestación no es más que el derecho a la procesión; el derecho de huelga, el derecho a la discusión sindical; el derecho de asociación, el derecho a afiliarse a un sindicato, y así sucesivamente..., sin olvidar que el derecho a la protección es el derecho a tener una policía más fuerte, capaz de apalearte cuando haga falta.

Pero volvamos a los actos «terroristas» de estos últimos tiempos. También ellos responden a una unión nacional tan reaccionaria como la que sus atentados contribuyen a suscitar en los países afectados, ya estén manipulados por Siria, Libia, Irán, el Líbano o la Palestina no constituida como Estado nacional que oprima a su propio proletariado. No serán los Estados capitalistas, sean los que sean, quienes impidan los repugnantes atentados que han tenido lugar en París, sino, sin duda alguna, la acción independiente de clase en todo el mundo. Tanto más cuanto que, más acá y más allá de las rivalidades, y también a causa de ellas, existe una complicidad entre los protectores de los «terroristas» y los gobiernos que son su blanco. Prueba de ello son las relaciones y concesiones entre unos y otros, además de las frecuentes liberaciones de individuos culpables de asesinatos. Como telón de fondo se encuentra el entendimiento recíproco frente a la revolución proletaria y contra ella. No es nuevo y no faltan ejemplos, aunque no nos remontemos demasiado en el tiempo. Por ejemplo, la intimidad del dirigente supremo de los Black Power con... Giscard d'Estaing era un hecho conocido. Igual que la aparición, por generación espontánea, de grupos «terroristas» llamados neonazis que golpean a los Estados Unidos (las Naciones Arias, la Orden, el Pacto, la Espada de Dios, Partido de los Trabajadores Socialistas, Santuario), cuyo origen cada investigación remonta hasta agentes cubanos. La detención del «reverendo» Sandoval en Texas y la de Gloria Hernández en Florida permitieron descubrir un considerable tráfico de armas efectuado por la Unidad Revolucionaria (rama del Partido Guatemalteco del Trabajo) de acuerdo con el Partido «Socialista» Unificado de México. O también el «reverendo» Farrakhan, a quien Gadafi envió 5.000 millones de dólares a principios de mayo de 1985, justo después de haber proclamado que asumía «toda la responsabilidad por los actos “terroristas” antiamericanos» y de haber creado el Mando Terrorista Panárabe, que agrupaba no solo a iraquíes, libaneses y sudaneses, sino también a irlandeses, ingleses y belgas. O también un grupo islámico, «la Empresa», asociado al de Farrakhan, nacido en las cárceles donde están encerrados panteras negras y miembros del Ejército Negro de Liberación, cuya estrecha colaboración con los «terroristas» financiados por Libia ha quedado claramente establecida. O también unos iraquíes detenidos en Florida que fabricaban, con material ruso, pasaportes falsos y falsas tarjetas de identidad militares. Su jefe, Salah Jawad, admitió actuar por cuenta de Jomeini con un triple objetivo: propagar la fe integrista entre los cerca de 10 millones de ciudadanos de ascendencia árabe; reclutar jóvenes para los equipos de asesinos; convertir al islam «puro» al mayor número posible de negros. O también, tras el ataque efectuado el 12 de marzo de 1985 contra la embajada turca en Ottawa por «terroristas» armenios, el FBI pudo establecer que el tesoro de guerra del ASALA procedía en parte de un tráfico de droga organizado por Noubar Soufagan, que había escapado a la cárcel en Nueva York, condenado en Suiza y deportado a Grecia, desde donde había sido enviado a... Beirut, a la vez centro mundial de la heroína y cuartel general del ejército revolucionario armenio. La tercera generación de los armenios americanos está además infiltrada por la propaganda «soviética» hilvanada sobre el genocidio de 1915. Ese mismo ASALA que también amenaza hoy a Francia con atentados con bomba contra su población civil.

Hay que acabar con toda esta podredumbre, con este laberinto de acuerdos asesinos, con el KGB, con el FBI, con todos los Estados, todas las naciones. Solo la acción decidida del proletariado en todo el mundo es capaz de ello. Que el espectro del comunismo vuelva a rondarlos con fuerza, y se habrán acabado las guerras, los atentados y todas las consecuencias de esta sociedad capitalista a la que hay que rematar. Serán ellos, todos sin excepción, quienes no se atreverán a asomar la nariz.

  1. Grandes almacenes populares de París; el 17 de septiembre de 1986 una bomba lanzada ante la tienda Tati de la calle de Rennes mató a siete personas. La ola de atentados de 1986 fue reivindicada por el Comité de Solidaridad con los Presos Políticos Árabes y del Próximo Oriente. ↩