Alarme, n.º 34, octubre-noviembre-diciembre de 1986 (págs. 9-11). PDF del número completo · Texto original en francés
A la luz de los últimos disparos, granadas lacrimógenas, incendios y demás lindezas que nos inflige (o deja que nos inflijan) la policía, conviene recordar algunos hechos y subrayar algunas ideas fundamentales, independientes del pantano mediático, cívico y biempensante.
Ante todo, recordemos que la policía está encargada de mantener el respeto de la ley y de velar por la integridad de los bienes públicos y privados. Garantiza los derechos del ciudadano y controla el cumplimiento de sus deberes. Ahora bien, el ciudadano es el individuo separado de todos los demás, la unidad igual a las otras ante la ley, cuando en realidad la opresión, la explotación y la miseria en todas sus formas golpean desigualmente a los individuos según que solo tengan su salario y ninguna reserva para vivir o que dispongan de reservas y participen en la defensa o la gestión de la sociedad.
Si se traduce entonces el papel de la policía al lenguaje de la vida real, garantiza la propiedad, el egoísmo erigido en principio de la sociedad, la integridad (en el sentido de aislamiento) del individuo y de sus bienes. Reprime todo lo que intenta situarse fuera del marco de la propiedad privada y principalmente toda colectividad distinta de la del capital. Así, cuando 300 CRS1 expulsan a una familia de inmigrantes en Vénissieux, es porque ocupa una vivienda —pese a los decretos de la prefectura de derecha y del ayuntamiento de izquierda— gracias a la asociación que los vecinos formaron para defenderse de los desahucios, para garantizarse una posibilidad de vivienda. Esta acción, por débil que sea, no deja de constituir un delito... Al expulsar a esas familias, la policía hace su trabajo. Del mismo modo, cuando arden unos viejos inmuebles del distrito XX de París y mueren en ellos una veintena de trabajadores, la policía no puede hacer nada por ellos: hace su trabajo, y no tiene por qué preocuparse de que esos inmuebles estén en una zona codiciada por las inversiones inmobiliarias, puesto que quienes vivían en ellos no poseían nada...
Es fácil darse cuenta de que la definición que hemos dado de la policía no se aplica solo al cuerpo especializado, armado y de uniforme que todo el mundo conoce. Todo individuo mínimamente rebelde ha llegado ya espontáneamente a incluir en ella otros aparatos de represión, desde el control de billetes en los transportes hasta los vigilantes privados y, sobre todo, las centrales sindicales. Estas combinan la represión individual de los trabajadores combativos con el culto del egoísmo corporativista o localista, deciden con la patronal y el Estado el valor de nuestra fuerza de trabajo como objetos de propiedad privada y asumen su función policial hasta el mimetismo con las fuerzas del orden. Los sindicatos constituyen el más poderoso servicio de orden social existente, hasta el punto de que los miserables burócratas sindicalistas estudiantiles los llamaron en su socorro contra los desbordamientos de los elementos más decididos (estudiantes, liceístas, trabajadores, parados). Los oprimidos tienen a veces el derecho de trabajar y siempre el deber de callarse. Cuando uno está en paro, es lo que se llama la obligación de reserva. También se pudo ver a magistrados, abogados, médicos, etc., encuadrar la manifestación-procesión del 10 de diciembre con sus cascos blancos, insignias de su condición y de su autoridad.
El movimiento estudiantil protestó contra los excesos de la represión policial en nombre de los derechos del ciudadano. Obtuvo enseguida el apoyo del P«C», del P«S» y de personalidades como Raymond Barre. Ahora bien, las CRS fueron creadas en 1945 por un «socialista», Jules Moch, entonces ministro del Interior, con De Gaulle como jefe del Estado y los camaradas ministros del P«C» como colegas2. En cuanto a Barre, apadrinó en la pila bautismal el proyecto «Seguridad y Libertad» de Alain Peyrefitte...
Esto significa que todos esos carroñeros quieren hacer creer que la muerte de un manifestante es un exceso, un error, un «desliz» debido a un ministro del Interior sin corazón y complaciente con policías de extrema derecha. Sin duda ese ministro es así, pero no se puede ser ministro del Interior y tener escrúpulos de conciencia, ¿no es verdad, señores Joxe y Defferre?
De hecho, lo que todo este alboroto ha querido mostrar es que la policía puede golpear democráticamente sin matar, sin racismo ni maldad. Ahora bien, esto es o una ilusión cruel o una mentira cínica. Todos los días la policía ejerce la represión, es decir, controla, detiene, golpea o mata (desde la abolición de la pena de muerte, el GIGN mata cada vez más) a todos los que no respetan el orden. Que muera un estudiante árabe, y es la indignación, cuando la policía no hace más que cumplir su tarea cotidiana, rutinaria, que ya no asombra a nadie: los «deslices» de este verano son un buen ejemplo de la impunidad real de la policía (para ellos no hay GIGN...). El oprobio arrojado sobre el Pelotón de Voltigeurs Motorizados (PVM)3 sigue la misma lógica: un policía asesino, quizá incluso (¡qué suerte!) de extrema derecha, es arrojado como pasto a la opinión y a la «justicia». Se denuncia a los responsables policiales y se pide su dimisión y la disolución de los PVM, cuerpo que no existe sobre el papel. Todo esto es ridículo, dado que incluso las policías más democráticas de los países más democráticos llegan a matar o al menos a mutilar a manifestantes en enfrentamientos exentos de todo fin subversivo. De hecho, si la policía puede permitirse eso, es porque sabe muy bien que no es el único cuerpo de represión de la sociedad y que la disolución de una unidad particular no pone en entredicho el cuerpo especializado llamado «policía», y menos aún las otras formas de represión que hemos mencionado.
En su tarea de defensa de la ley, se convierte en la ley misma; negarlo es pretender que esta sociedad es humana, salvo algunos defectos. Pero el buen funcionamiento de este mundo exige permanentemente la explotación, la expropiación, el desecho, la pauperización —relativa a la riqueza producida, o absoluta, hasta la indigencia y la muerte— de la casi totalidad de la población humana. En el marco de este funcionamiento, unos organismos prevén estadísticamente las muertes por accidente industrial o civil, catástrofes y guerras. Las muertes por represión «legal» también están catalogadas, y para los espíritus apesadumbrados y cívicos se podrán añadir las muertes por «deslices».
La represión pura y simple es una respuesta que el capital da a los disturbios sociales que su existencia engendra (el paro en el mundo a la cabeza). Vaya bien o mal el capitalismo, segrega inexorablemente, por su lógica de explotación y expropiación, la canallería, el fraude, la delincuencia, el racismo, etc. El movimiento estudiantil, los sindicatos, el poder reclaman seguridad. Pero la intoxicación securitaria es la hoja de parra que oculta, por una parte, el gangsterismo de los capitalistas y los políticos y, por otra, la necesidad policial y sindical de reprimir, de aterrorizar permanentemente a los proletarios, preventivamente, antes de todo acto de rebeldía, que la ley asimila cada vez más a la delincuencia. En efecto, el Estado mantiene una confusión manifiesta entre subversión y delincuencia, confusión en la que se revuelca toda una franja de saqueadores de escaparates y de sus prudentes panegiristas, que glorifican la apropiación individualista con el pretexto de que la delincuencia hace retroceder al Estado. Si la delincuencia asusta a los «burgueses», que ven en ella una forma de competencia salvaje, el gangsterismo, en cambio, se adapta perfectamente a las mentalidades capitalistas. El parado que rompe un escaparate para marcar su odio a la mercancía y se sirve en él porque su supervivencia mejorará con ello se comporta de hecho como la carne de horca de las esferas de la alta finanza que practica una OPA u otra operación bursátil y acapara jugosas partes de beneficio arruinando a sus competidores. La voluntad no es la misma, pero el proceder es idéntico. Y aquel a quien beneficia el culto del individualismo no es sin duda el parado. Todo el cretinismo beato derramado ante unos cuantos escaparates rotos pertenece a la mistificación burguesa de los bandidos de honor, denunciada muchas veces por los revolucionarios. Los delincuentes que posan de subversivos (cuando muy a menudo no son más que los pequeños patronos de empresas crapulosas) y los individuos subversivos que creen tener que ser delincuentes (y se pierden en ello) se extravían y confunden al Zorro con el proletariado en armas. ¡Reapropiarse del producto social, SÍ! Pero hacerlo sin manifestar pública y visiblemente la cualidad social de ese producto y, sobre todo, la cualidad colectiva de la reapropiación es, una vez más, debilitar a nuestra clase, ¡que no necesita eso! Mostrar que nos ORGANIZAMOS para reapropiarnos de los medios de producción y de los bienes de consumo porque son proletarios quienes los han producido: eso es lo que distingue una práctica proletaria y subversiva de un miserable simulacro de «radicalidad». Por si algunos neandertales todavía no lo han comprendido, nuestro «salvajismo» no se expresa a pedradas, sino a cañonazos. Si todavía no hay un movimiento capaz de plantear en estos términos su voluntad anticapitalista, entonces nuestra tarea consiste todavía menos en bajar a la calle a disparar contra uniformes, tanto más cuanto que hemos subrayado la enorme importancia de las demás fuerzas de represión.
Nuestra tarea es organizar todo el potencial de lucha de modo que se cree una relación de fuerzas que permita no dejarse intimidar por los esbirros del capital. La ilusión sobre la policía, los sindicatos y los partidos de izquierda caerá por sí sola ante una lucha decidida de contenido claramente anticapitalista. Y entonces los proletarios, es decir, los que no tienen nada que perder más que sus cadenas y tienen un mundo que ganar, no se dejarán nunca más cazar a tiros como conejos. Esta condición es necesaria para atacar al capital, disolver todos los cuerpos de represión y barrer este mundo podrido creando a la vez uno nuevo, sin salariado, sin fronteras y sin explotación.
Solo entonces podremos gritar:
«¡NUNCA MÁS!»
Compagnies républicaines de sécurité, cuerpo de la policía nacional francesa especializado en el mantenimiento del orden. ↩
Las CRS se crearon en diciembre de 1944 y Jules Moch fue ministro del Interior de 1947 a 1950, cuando ya no gobernaban ni De Gaulle ni el PCF; el original funde aquí dos momentos distintos. ↩
Unidad de policías en moto, con un conductor y un agente armado de porra, cuyos miembros apalearon mortalmente a Malik Oussekine; fue disuelta tras su muerte. ↩