Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (pág. 24). PDF del número completo · Texto original en francés

El caso POLAC1 ha conmovido al pequeño (por el espíritu y la honradez) mundo periodístico de Francia y de Europa. «¡Duro con el burro!», se ha clamado, siendo el burro en este caso el señor Bouygues, ex patrón del susodicho Polac y propietario de TF1. Y cada cual ha vertido su lagrimita por la suerte de uno de los suyos, santificado por la mayoría como la prueba viviente de que aquí, en Occidente, la democracia existe, ¡caramba!

Pero la realidad se ha encargado de poner las cosas en su sitio y de devolver a las relaciones sociales que rigen este mundo absurdo la verdad que la camarilla periodística disimula: un individuo solo puede aspirar a la vida si su fuerza de trabajo (manual o intelectual) se vende a los propietarios de los medios de producción, a los detentadores del capital, ¡ya se los etiquete de patronos, tecnócratas o burócratas!

Además, este «caso» ha sacado a la luz lo que sigue siendo inamovible y hace ilusoria toda «libertad de expresión» en el marco de una sociedad dividida en clases: la crítica radical y activa que pone en cuestión la base misma de la explotación no puede venir de personas cuya existencia está ligada a la supervivencia del sistema social que las alimenta.

Además, «Libertad, Igualdad, Fraternidad», ese eslogan con que nos machacan los oídos desde 1789, es un señuelo que marca los límites de la democracia burguesa: desde el banal despido de un asalariado de la prensa por «delito de opinión» hasta el arrinconamiento de millones de proletarios reducidos al silencio, a la mendicidad y al analfabetismo secular que acarrea su pertenencia a una clase de explotados, ¿qué segregación no hay? El señor Polac encontró muy pronto un nuevo empleador y su preocupación no es la supervivencia, mientras que para la mayoría el «derecho a la expresión» coincide únicamente con el de la dependencia material que el capitalismo se digna concederle. En resumen, ¡más vale ser periodista pseudocontestatario que proletario falto de salario, solo para sobrevivir y callarse!

El título del programa de Polac era fumoso: «Derecho de respuesta» significaba, para todos los garantes del desorden establecido, la mera justa oratoria y espectacular de individuos movidos por los mismos fines: la crítica de ciertos aspectos negativos del capitalismo, de incurias administrativas o de patronos «reaccionarios», perpetuando en el seno de la clase obrera la creencia en un capitalismo «progresista o limpio».

No parece inútil recordar que Polac, «hombre de progreso», fue a conchabarse con Pauwels (el señor Sida mental2), vilipendiado como «retrógrado», con la esperanza de encontrar empleador para sus talentos de defensor de la viuda, del huérfano y tutti quanti.

El caso «Derecho de respuesta» ha planteado en realidad la verdadera cuestión que la clase obrera habrá de resolver: ¿dónde empieza la libertad de expresión de los productores de la riqueza social y dónde acaba la de quienes perpetúan su expolio? La respuesta es para nosotros muy clara: el derecho capitalista acaba allí donde el proletariado lucha por imponer sus necesidades al capitalismo. El derecho a la expresión para la clase obrera solo puede afirmarse contra el orden democrático, sus aparatos de censura políticos y sindicales, hoy las verdaderas trabas a cualquier lucha subversiva.

La apropiación de los medios de producción por la clase obrera es la única garantía que ofrecerá el derecho a la expresión al conjunto de los hombres, apropiación vuelta hacia la abolición de las fronteras, el fin de la segregación social y racial, la satisfacción de las necesidades humanas.

La libertad de expresión no puede reducirse a una papeleta de voto depositada en la gran urna funeraria de la democracia capitalista ni al espectáculo de la pseudocontestación: ¡se gana con el combate cotidiano contra el orden capitalista! Fuera de esa vía, la humanidad segregará perpetuos explotadores y parásitos sociales, ante los que los Polac se precipitarán a hacer su reverencia y a probar el «plato de lentejas» como precio de su imparcial servilismo.

  1. Michel Polac, periodista, presentador del programa de debate Droit de réponse en TF1, despedido en 1987 por la nueva dirección de la cadena privatizada (grupo Bouygues). ↩

  2. Louis Pauwels, director de Le Figaro Magazine, había calificado en 1986 de «sida mental» la contestación de los estudiantes de bachillerato y universitarios. ↩