Alarme, n.º 40-42, abril-diciembre de 1988 (págs. 4-5). PDF del número completo · Texto original en francés

Ojeadas

Hasta ahora el Partido (ex)Socialista era un auxiliar respetable pero secundario del capitalismo, llamado a gobernar de manera episódica, solo en circunstancias en que había que camuflar el poder y rechazar una ofensiva de las masas. Esta vez pasa al primer plano: se le reconoce como un representante duradero y más apto que la derecha tradicional. Los medios de negocios más reaccionarios lo reciben con plena confianza. De modo que la apertura1 no es la que concierne a ciertas personas de la derecha tradicional, sino la que el gran capital (¿será izquierdista?) ofrece al partido de Mitterrand, Rocard y compañía, a ejemplo de otros falsos socialistas (Suecia, Reino Unido, Italia, España). Los franceses suben de grado en la estima de los explotadores unidos de todos los países.

Precisión muy importante: lo que ha hecho su fortuna, en la doble acepción orgánica y contable, más de setenta años después de haber traicionado la revolución proletaria, es sencillamente que los partidos «comunistas», tras haber traicionado ellos mismos, siempre a remolque de Moscú, han resultado todavía más falsos y pérfidos que los primeros.

El resultado de todo ello es un retroceso enorme de la combatividad obrera, un empobrecimiento de las ideas revolucionarias y la ausencia de una organización de la clase que, frente al mercado europeo y mundial, retome y ponga por obra el grito

¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES, UNÍOS!


  1. La «apertura» (ouverture): incorporación al gobierno Rocard, tras la reelección de Mitterrand en 1988, de personalidades ajenas a la izquierda. ↩