L'Arme de la critique, n.º 1, mayo de 1985 (págs. 17-20). PDF del número completo · Texto original en francés

Hace aproximadamente un año se constituyó un nuevo organismo, fruto de la colaboración de dos organizaciones —la C.W.O. y el P.C.I.-Battaglia Comunista—: el Buró Internacional por el Partido Revolucionario (B.I.P.R.), que publica como tal una revista, la Revue Communiste, cuyo n.º 1, aparecido en abril de 1984, incluye la plataforma del B.I.P.R. Es esta plataforma la que criticamos aquí.

Dirección del B.I.P.R. en Francia: Revue Communiste, c/o L'Herbe Rouge, 1 bis rue d'Alésia, 75014 París.

Como el partido comunista no existe permanentemente, según reconoce el Buró,1 está necesariamente separado del proletariado. Pero la importancia de la separación hoy no viene esencialmente de un simple aumento de la concentración del capital, sino sobre todo de la ruptura histórica cualitativa y cuantitativa que representó la contrarrevolución stalinista a partir de Rusia. Porque lo que la caracteriza no es solo la constitución en capitalismo de Estado, «la forma más avanzada de la dominación capitalista sobre la sociedad»,2 como afirma con razón la plataforma, sino también, e incluso antes de que esa constitución se completara, sus actuaciones policiales y militares contra el proletariado.

Después de que el partido bolchevique hubiera liquidado a las demás tendencias revolucionarias en nombre de la unicidad del partido y de su infalibilidad para dirigir el proletariado, la revolución y sobre todo el Estado, la continuación de la misma política en nombre de la preservación del poder obrero y luego del socialismo va a tener otra base social y económica, que determinará todo el alcance histórico del stalinismo. En efecto, con el fracaso de la revolución en Baviera, en Hungría y luego en Alemania, el aislamiento de Rusia hará resaltar todos los rasgos nefastos hasta entonces más o menos borrados por la dinámica revolucionaria mundial y el internacionalismo de los bolcheviques.

La fijación de un marco económico mercantil, tras los años de comunismo de guerra y de imprecisión debida a la caída de la producción y a los intentos de distribución igualitaria, consagra el vaciamiento de los sóviets y la pérdida de la iniciativa del proletariado en el movimiento social en Rusia.

Este retroceso se ve tanto más acentuado cuanto que no hubo ningún ataque a las relaciones de producción capitalistas, sino, por el contrario, una exaltación de los valores productivistas mercantiles para reactivar una producción exangüe. Ahora bien, los proletarios no hacen la revolución para sobrevivir como antes, y ¿qué significa «trabajar por la revolución» si la jerarquía, las primas, las multas, la productividad y la naturaleza de la producción no se someten a la crítica de los proletarios?

Fue la desmoralización de los proletarios en Rusia, sumada al fracaso, cuando no al aplastamiento, de los de Europa, lo que permitió a ciertas tendencias revolucionarias teorizar el final de la oleada iniciada en 1917. Pero eso3 las llevó a subestimar los movimientos revolucionarios posteriores, surgidos, sin embargo, de la sacudida inicial de 1917, por el carácter arrollador de esta y por su propia naturaleza. Esta subestimación acarrea otra, a saber, la de la contrarrevolución y de su agente directo y principal: el capitalismo de Estado desarrollado en Rusia.

La intervención stalinista, catastrófica para el proletariado en China (1926-1927), fue dictada directamente por los intereses del capital ruso expansionista para su propia acumulación, y si, pese a sus «sabias» maniobras, fracasó como tal, la defensa de sus necesidades e intereses le hizo tomar exactamente el contrapié de los del proletariado. La importancia de esta actividad represiva le hizo sin duda tomar consciencia de su naturaleza, tanto más cuanto que el fracaso del movimiento en China tuvo una repercusión enorme en la oposición rusa —jóvenes revolucionarios y viejos bolcheviques—, cuya agitación e importancia estaban en correlación con la intensidad del movimiento en China.

Pues bien, es el mismo aspecto, pero amplificado esta vez por el sólido asentamiento del stalinismo, el que volvemos a encontrar en España. Con sus tropas (G.P.U., brigadas internacionales, P.«C.» español y francés), sus procesos, sus asesinatos de revolucionarios, el stalinismo consiguió aplastar el movimiento revolucionario en España, que venía ascendiendo desde 1931, y transformar la guerra civil en guerra imperialista. El contragolpe de una victoria obrera a pesar de, si no contra, un P.«C.» habría sido demasiado amenazador para los intereses de Rusia y de sus partidos nacionales (sobre todo en Francia) como para que dejara desarrollarse más el movimiento.

Ahora bien, su apreciación del stalinismo y del período de entreguerras permite al Buró considerar a los P.«C.» como potencias más o menos independientes de Moscú e incluso capaces de formular realmente una política4 nacional, cuando en cada prueba han cerrado filas detrás de Moscú, aun a riesgo de dejarse en ello las plumas. De ahí sin duda5 la nueva quimera creada por el Buró, producto del acoplamiento forzado de «nacional» y «comunista». Parece claro que no se trata de una ocurrencia, y si en todas partes los stalinistas son cantores de la economía nacional, uno puede preguntarse, con todo, qué significan esos «nacional-comunista» y «nacional-socialista».

¿Se trata de una reminiscencia, en un estilo «a la manera de», de los P.C. degenerados a causa de una dirección parásita? ¿O de un sacrificio a los manes del Octubre rojo (la huella de los orígenes)? ¿O de una amalgama con el nacionalsocialismo hitleriano? Lo cual no haría sino desplazar el problema: ¿hay una pizca de socialismo en el nacionalsocialismo, salsa Hitler o salsa Mitterrand? ¿O, más probablemente, se trata de una referencia a la ruptura6 con el internacionalismo cuando Stalin lanzó oficialmente la subyacente «construcción del socialismo en un solo país»? Pero el stalinismo no consistió en un desarrollo del socialismo malogrado por darse en un solo país.

Hubo construcción empírica, y luego consciente y reflexiva, del capitalismo de Estado. Nunca hubo transición al socialismo, ni siquiera en un solo país, porque nunca hubo ataque a las relaciones de producción capitalistas.

Ahora bien, es eso lo que determina la naturaleza de las organizaciones, de los partidos; es lo que hace que los P.«C.» no tengan nada de comunistas, ni siquiera «nacionalmente». Pero eso el Buró solo puede distinguirlo con dificultad, porque precisamente su plataforma no dice una palabra de la transición al comunismo. Se afirma, sí, el capital como una relación social, pero en ningún momento se contempla el paso de un modo social de producción a otro: solo se detallan el derrocamiento del modo político y su sustitución. Es lo que permite a la plataforma llegar a la comprensión del «capitalismo de Estado, forma más avanzada de dominación capitalista sobre la sociedad», pero lo que le impide ir más lejos sin cometer errores.

En efecto, la plataforma contempla la posibilidad de un auténtico poder proletario en un país, a condición, evidentemente, de que sea en el marco de un movimiento de extensión revolucionaria. Pero en ninguna parte piensa el Buró en definir las bases de ese poder, ni contempla la construcción de nuevas relaciones sociales antes de la mundialización neta de ese poder.

Esto significa, dicho claramente, que las relaciones asalariadas de explotación se mantendrán en las zonas bajo dominio proletario. Los proletarios harán, pues, la revolución para ser explotados. Ahora bien, esta concepción, que compartía la mayor parte de los revolucionarios de principios de siglo, resultó particularmente nefasta para la revolución en Rusia (y por ende mundial), y ya no puede aceptarse, se formule como se formule.

El proceso revolucionario consiste justamente en el ataque a las relaciones mercantiles y en el establecimiento de una producción en función de las necesidades, centralizada, definida y defendida por la clase obrera. Esa es la esencia misma de su poder y de su disolución. No solo la toma centralizada del poder no basta para el éxito revolucionario, aunque sea necesaria, sino que tampoco les basta a los proletarios, que, en cuanto tienen fuerza para ello, atacan por sí mismos la organización antigua y crean otra.

A partir de ahí se precisa el papel del Partido. En efecto, puesto que se trata de «conquistar la dirección política de las masas para lanzarlas al asalto»,7 es el partido el que asume la dirección política de la revolución política, y por tanto todo un período en el que negará a las masas la posibilidad de atacar las relaciones capitalistas, en nombre de la generalización del poder político... de las masas.

En primer lugar, esta concepción de la relación Partido/clase revela una ausencia total de consideración por lo que es una clase revolucionaria, es decir, algo distinto de una masa informe que se lanza, como en los bolos, contra las estructuras estatales. El Buró no contempla en absoluto la iniciativa ofensiva y organizativa de los proletarios, y no les da otra posibilidad que seguir sus consignas, no precisadas, pero cuya tendencia se opone a la actividad misma del proletariado.

Además, esta incapacidad del proletariado se extendería al siglo XIX, en el que, aun con un partido comunista, no habría habido perspectiva para el comunismo.8

Ahora bien, el desarrollo del capital conduce a la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción. Esta relación social, basada en el trabajo asalariado, y que produce a sus sepultureros, es una contradicción permanente, y por tanto la cuestión de la revolución se plantea con la dominación del capital sobre la sociedad. Si los utopistas, a quienes Marx y Engels calificaban de socialistas, eran utopistas, es porque su concepción de la instauración del socialismo no era revolucionaria, y sobre todo porque no la entendían como un resultado de la lucha de clases. Ahora bien, cuando los comunistas del siglo XIX hablan de revolución socialista, lo hacen a partir de la lucha de clases de su tiempo. No escriben tanto como profetas sobre la necesidad del comunismo para las generaciones venideras, sino como combatientes por su realización en su época.

El Buró reduce a los internacionalistas del siglo pasado a una banda de energúmenos iluminados que actuaban para la pedagogía de las generaciones futuras. Habrían sido, pues, criminales que empujaban a los proletarios a baños de sangre previstos genialmente para la edificación de un Buró igual de genial, puesto que es el único que extrae de ellos todas las consecuencias.

Permítasenos, sin embargo, dudar del genio del Buró cuando se examina su capacidad para expresar ideas claras sobre un tema tan determinante como la cuestión sindical.9 Tras haber afirmado muy acertadamente que el sindicato nunca ha sido apropiado para la destrucción del capitalismo, que es un engranaje esencial del sistema, que no se puede conquistar ni reformar ninguno, sino solo destruirlos, el Buró concluye que todo eso son principios, pero que la táctica puede ser... muy táctica respecto de los sindicatos. Así, no se puede conquistar ni cambiar los sindicatos, pero fuera de las situaciones revolucionarias el Partido utiliza «todos los espacios que la situación real pone a su disposición».10 Tras el marco de principios, he aquí la acuarela de las tácticas: todos los matices, incluidos los más chillones, quedan avalados de antemano por la gracia que poseen las cuestiones «que corresponden a la elaboración táctica del partido».11

Pero lo más interesante no está ahí. De la comprensión de la naturaleza de los sindicatos el Buró extrae una lección significativa: el sindicato ya no puede ser la correa de transmisión entre el partido y la clase. Y ello más particularmente durante los períodos revolucionarios. En ese momento son los consejos los que cumplen ese papel y los que permiten al partido ser por fin el Partido.12

Este traslado del papel de los sindicatos al de los consejos revela un intento de modernizar las tesis de Lenin. Dura tarea, ¡pero un verdadero bolchevique nunca retrocede! Esta idea es sin duda algo más que una simple variación «táctica». Es la concepción de la historia del Buró la que asoma. El Partido es el sujeto de la historia y la clase es su objeto. Nada de lo que la clase pueda realizar (sin la dirección del partido) tiene importancia. Todo lo que elabora, destruye o imagina carece de sentido si el partido no está a su cabeza. La clase ya no crea el partido; el partido ya no es una fracción más decidida y consciente que cataliza la lucha. No: para el Buró, el partido es una revelación que la clase descubre y reconoce.

El partido ni siquiera necesita afirmar la naturaleza del comunismo ni el proceso que conduce a él a partir de la toma del poder. Ya habrá tiempo de revelarlo cuando los proletarios estén formados en buen orden detrás de los nuevos cuadros.

En resumen, el Buró demuestra una incomprensión del movimiento social en el siglo XIX, y por tanto de la contradicción mortal que representa la clase obrera en cuanto aparece y se manifiesta. Traslada esa contradicción a la crisis y reduce el capital a una relación económica.

Además, hay incomprensión del carácter mundial y total de la contrarrevolución stalinista, subestimación de las capacidades revolucionarias del proletariado en sus manifestaciones de entreguerras, depreciación de esas mismas capacidades en comparación con las de un aparato depositario de la consciencia de clase y, en tal calidad, autorizado a todas las «tácticas» en la lucha cotidiana.

Por último, hay incomprensión de la ruptura con el capitalismo, congelada sin contenido social real, con un único garante: el mantenimiento de una idea del comunismo por el Partido, que dirige una sociedad de fundamentos inalterados.

Por inconsistente que sea en cuanto a las tareas inmediatas y a las tareas de la revolución, lo que puede entenderse como un compromiso (¿táctico?) entre los componentes del Buró, la plataforma entrega su acuerdo mínimo, cuyos puntos centrales delatan un apego a posiciones desmentidas por la experiencia histórica y que no pueden servir en nada (cuando no comprometer) las luchas gigantescas que se avecinan.13

  1. Cf. § 3, final del párrafo. (Las notas 1 a 12 son del FOR y remiten a los apartados de la plataforma del B.I.P.R.) ↩

  2. Cf. § 2, ídem. ↩

  3. Cf. § D, líneas 10 a 12 y 28 a 30 sobre todo. ↩

  4. Cf. § G. ↩

  5. Cf. § 7, línea 13, y § G otra vez. ↩

  6. Cf. § F. ↩

  7. Cf. § 7, líneas 21 a 23. ↩

  8. Cf. § 5, segundo apartado. ↩

  9. Cf. § C. ↩

  10. Cf. § C, final del segundo apartado. ↩

  11. Cf. § C, líneas 20-21. ↩

  12. Cf. § C, líneas 25 a 33. ↩

  13. Hay versión española de este texto en Los vástagos de la Izquierda Comunista Italiana, traducida del francés y sin las notas. La hemos tomado como base, la hemos cotejado con el original francés y la hemos corregido donde se apartaba de él (por ejemplo, «el fracaso del movimiento en China», no «la influencia»; el Buró «traslada esa contradicción a la crisis»), y hemos restituido las notas y la dirección del B.I.P.R. Las notas del FOR se numeran aquí según el orden de aparición (en el original, 11, 12 y 10). ↩