L'Arme de la critique, n.º 1, mayo de 1985 (págs. 13-16). PDF del número completo · Texto original en francés
La revista Jalon dedica íntegramente su suplemento n.º 3-4 a nuestra organización. Por una vez, un grupo que se reclama en línea directa de las fracciones de izquierda de la Internacional Comunista se arriesga a subrayar, de manera coherente y fraternal y sin deformar sus posiciones, la importante aportación, desde un punto de vista revolucionario e internacionalista, de los miembros fundadores de la IV Internacional que rompieron con ella. Como no queremos echar más flores de las necesarias, abordaremos la crítica de la crítica que se nos ha hecho. Pasaremos, pues, por alto todos los aspectos elogiosos para entrar de lleno en los puntos polémicos de su texto.
Qué revolución para el futuro
En este tema aparece la primera divergencia seria, que, como veremos, no deja de tener relación con la segunda, relativa al movimiento obrero en España en los años treinta. Después de haber reconocido el acierto del capítulo de Pro segundo manifiesto comunista titulado «Tareas de nuestra época», subrayáis que solo la victoria mundial del proletariado abrirá el verdadero período de transición del capitalismo al comunismo. Geográficamente, según vosotros, la dictadura del proletariado no podría reabsorber el paro, reducir las horas de trabajo, elevar el nivel del conjunto de la población trabajadora, y menos aún, evidentemente, mandar las armas a la chatarra, licenciar los ejércitos, la policía y los parásitos de toda laya. El período de transición, que solo se abriría tras la toma del poder por el proletariado a escala mundial, debe aplicar desde el principio el «uno para todos, todos para uno», sin lo cual la sociedad no se encaminaría hacia el comunismo, sino hacia el capitalismo de Estado.
A nuestro juicio, el período de transición llega un poco tarde en vuestra especulación teórica. En efecto, el peligro de un capitalismo de Estado, y por tanto el fracaso de la revolución, existen desde el principio. El movimiento revolucionario, si movimiento hay, debe evitar ese peligro como la peste y guardarse de reproducir lo que resulta ser un error de los bolcheviques, aunque su estatización del capital no fuera más que una medida destinada a ser superada en espera de la extensión de la revolución en Europa y en el mundo (el célebre Estado burgués sin burguesía de Lenin).
Sin pretender prever con seguridad y de antemano todas las medidas que podrán tomarse, afirmamos que la dictadura del proletariado, allí donde se inicie, deberá atacar la base económica del capital, el trabajo asalariado; sin ello, por obrero que pretenda ser, el Estado, mediante una burocracia termidoriana, administrará el capital gracias a una explotación desenfrenada de un proletariado que se habrá sublevado para nada. Y que no se nos venga a decir que el socialismo es imposible en un solo país. No solo lo sabemos, sino que ese hecho innegable no está en contradicción con lo que defendemos. En efecto, un Estado obrero no puede mantenerse de ningún modo si no estalla la revolución internacional; por tanto, el socialismo no puede establecerse en un solo país, y ello cualquiera que sea la naturaleza de la revolución (política o social). Añadamos a esto que un poder solo puede ser verdaderamente obrero si el proletariado actúa como fuerza independiente contra todo lo que representa la explotación del hombre por el hombre, y por tanto contra el capitalismo como sistema social. Puesto que las condiciones objetivas para el comunismo están más que sobradamente presentes a escala planetaria, no vemos qué otra cosa podría hacer un movimiento subversivo. Además, esa visión política de la revolución, compartida por la extrema izquierda y la mayor parte de lo que se llama ultraizquierda, es una visión burguesa de la toma del poder. En efecto, la burguesía, que necesitaba las riendas del Estado para asentar su dominación, tenía ya en gran parte en sus manos el poder económico y cultural antes de su revolución, y una masa explotable a su disposición. El proletariado no tiene nada de eso, y su revolución se distingue de las anteriores en que solo puede tener por objeto la eliminación de su propio Estado, de las clases mismas y de la explotación.
La cuestión española
En la más pura tradición de la izquierda italiana, Jalon, aun reconociendo más claramente el combate de la clase obrera en España, niega el factor revolucionario de ese movimiento. Como los dos artículos anteriores abordan ampliamente la cuestión, intentaremos no alinear los mismos argumentos, sino insistir un poco más en ciertos aspectos menos desarrollados en ellos.
Para comprender a estos negadores de la revolución en España, hay que poner de relieve desde el principio tres de sus prejuicios: el curso histórico hacia la guerra, su visión política de la revolución y la ausencia del Partido de clase.
En efecto, independientemente de lo que realmente ocurrió en España, consideran que después de 1923 el proletariado está vencido en todo el mundo y que el curso histórico va hacia la guerra. Lo que pasó en España serían, pues, los prolegómenos de la segunda carnicería mundial, en la que se enfrentaban dos fuerzas capitalistas y el proletariado sirve de carne de cañón. La cita que hace Jalon de la revista Octobre (abril de 1938) abunda en ese sentido, pero no prueba absolutamente nada por sí misma. Puesto que lo que se desarrolla en España es una guerra imperialista, hay que aplicar el derrotismo revolucionario volviendo las armas contra la propia burguesía. Pero ni la cita ni el artículo explican en qué fue lo ocurrido en España, desde el principio, una guerra imperialista. Al contrario, el artículo de Jalon reconoce «la huelga insurreccional de masas inicial», aunque esta hubiera sido desviada desde el comienzo hasta transformarse en enfrentamiento fratricida. No, camaradas de Jalon: una insurrección obrera espontánea que pulveriza en las cuatro quintas partes del país al ejército, al clero, a la Falange, que expropia, que colectiviza, no puede considerarse un frente capitalista que se enfrentaría a otro frente capitalista, aunque numerosas organizaciones llamadas obreras acabaran logrando matar la revolución en España gracias a todo el peso del poder contrarrevolucionario de Moscú. No habría habido revolución en España, cuando la punta de lanza de la reacción (el P.«C».E.) se afanaba en proclamar metralleta en mano: «los que hablan de revolución son agentes de Franco; los expropiadores son ladrones; las milicias obreras, tribus de salvajes; aquí no hay siquiera guerra civil, sino una invasión de Hitler y de Mussolini». Es precisamente el gobierno stalinista de Negrín el que liquidará definitivamente la revolución, obra ampliamente iniciada, seamos justos, por el gobierno de Largo Caballero. Este, gracias al apoyo de la CNT y del POUM, inició la destrucción o el sometimiento de los Comités-gobierno, el desarme de las masas, la expropiación del proletariado mediante la nacionalización, la reconstitución de los cuerpos coercitivos y de los tribunales capitalistas, la reconstitución del antiguo ejército. Si tuvieron que hacer todo eso antes de permitir la victoria de la soldadesca franquista, es que algo distinto de una guerra imperialista había ocurrido en suelo español, ¡por Dios! La segunda guerra mundial, que efectivamente se preparaba, solo estalló tras el aplastamiento de una revolución naciente que, en caso de victoria completa, habría podido inflamar al proletariado europeo y mundial y, por eso mismo, evitar la guerra.
Pero —y llegamos al segundo prejuicio— como no hubo una toma centralizada del poder por el proletariado, no habría habido revolución en España. Si es cierto que no hubo centralización del poder, hubo con todo poder obrero. Antes de que el movimiento proletario en España recibiera el golpe decisivo tras las jornadas de mayo de 1937 en Barcelona, todo pasaba por las milicias y los Comités-gobierno. La antigua autoridad (la Generalidad), no destruida formalmente por una estupidez anarquizante, lo estaba virtualmente. Esa falta de concreción de la victoria obrera permitirá, en efecto, la reconstitución del Estado capitalista y el aniquilamiento completo de la revolución. Eso nunca lo hemos negado. Pero para que se reconstruya, hace falta antes que haya sido aniquilado. La derrota del proletariado en España afirma definitivamente la necesidad imperiosa de la dictadura del proletariado, sin medias tintas. Pero eso no puede en modo alguno relegar a segundo plano ni hacer desaparecer las realizaciones sociales proletarias que invalidan o superan lo que se había realizado durante la revolución en Rusia (cf. los dos artículos anteriores).
Llegamos ahora al último prejuicio. En España no había Partido de clase ni programa de la revolución. Pero había una clase que atacaba la base misma de su explotación después de haber hecho fracasar con su insurrección (no organizada por el Frente Popular, dispuesto a capitular) el pronunciamiento de Mola y Franco. Cuando la clase muestra en los hechos de lo que es capaz, los partidarios del partido deus ex machina, sin duda demasiado acostumbrados, digan lo que digan, a una clase objeto, o bien no reconocen a la clase como sujeto de la historia, o bien se inventan justificaciones para minimizar lo que es sumamente prometedor para el futuro. No puede olvidarse que, pese a la derrota, el proletariado en España desborda (1936) y luego se enfrenta (1937) a todas las organizaciones que pretenden representarlo. Jalon reconoce, sin embargo, la lucha heroica de los trabajadores de Barcelona, que supieron trazar una frontera de clase contra la CNT-FAI, el POUM y el P.«C». Reconocer eso es reconocer la profundidad social del movimiento obrero en España, que, porque estaba llevando a cabo una revolución, encontraba frente a sí a quienes precisamente querían evitarla. Cuando los obreros iban a combatir al frente lo hacían con entusiasmo y en nombre del socialismo; por eso, antes de la militarización capitalista de las milicias, el stalinismo lanzó su campaña «primero la guerra, después la revolución». Y no hablamos de la confusión introducida por Durruti cuando proclamó «renunciamos a todo menos a la victoria». Que la revolución haya fracasado no es razón para negarla. Que el movimiento, inicialmente revolucionario, fuera desviado tras su aplastamiento hacia una lucha antifascista no quita nada a su importancia real. Porque, que se sepa, ninguna revolución proletaria ha vencido todavía; de lo contrario se habría extendido y no estaríamos donde estamos. No porque Marx estuviera convencido de la derrota de la Comuna negó su carácter revolucionario. Es más: aunque escéptico, la apoyó con todas sus fuerzas desde Londres, donde residía.
La crisis económica, la consciencia revolucionaria
Decís: «... negarse a querer apoyar la visión de la decadencia en la crisis es cosa de pathos, y no de un análisis marxista de las situaciones». Para no alargar inútilmente este artículo (cf. «Progresividad, decadencia, condiciones objetivas», en este mismo número), haremos una simple observación. Para Jalon, como para RI, de donde procede (¿por qué no están juntos? ¡misterio!), el sistema capitalista es decadente desde 1914. Si la decadencia está irremediablemente ligada a la crisis económica de sobreproducción, ¿cómo explican el gigantesco crecimiento de las fuerzas productivas, por ejemplo, después de la segunda guerra mundial? ¿Volvía a ser progresivo el capitalismo? Las vacaciones pagadas, la seguridad social, etc., ¿no son acaso reformas otorgadas por un capitalismo que tenía posibilidades materiales para ello? El sistema capitalista está en decadencia porque ya no podría conceder nada, dado el estado lamentable de su economía: he ahí una concepción bien estrecha y estática de la decadencia. Si el capitalismo cede ante un movimiento de envergadura, es porque tiene la posibilidad de hacerlo, pero lo hace para evitar la revolución que lo expropiaría. Es lo que hizo el poder reaccionario frentepopulista en 1936 en Francia. Y es lo que el capitalismo será capaz de hacer mañana si es preciso. Sin ser fariseos, os devolvemos el silogismo: ¡gracias, y sin cumplidos!
Esa famosa crisis económica, saludada frenéticamente en los tiempos en que Jalon estaba todavía en RI, es milagrosa. Puede producir la guerra, puede producir la revolución. Puede más aún: devuelve la memoria a generaciones que todavía no habían nacido en el momento de los acontecimientos que se supone que recuerdan. Porque, en fin, Jalon, no llegaréis a decir que las minorías revolucionarias son lo bastante poderosas como para pesar hoy sobre la consciencia obrera. Ahora bien, para el «marxismo», solo unas minorías se reapropian la historia del movimiento obrero. Como defensores asiduos del Partido de clase, deberíais saberlo. Desgraciadamente, ese partido de clase se esconde tan bien detrás de la crisis económica que nadie puede verlo. Seguimos creyendo, pues, no os ofusquéis, que el proletariado es todavía excesivamente ignorante de su propio pasado de clase revolucionaria. Los partidos y sindicatos que conocéis tan bien como nosotros se siguen encargando con éxito de que así sea. Pero nunca hemos sostenido que vaya a ser siempre así. El proletariado no está muerto, y su potencial revolucionario se afirmará a medida que se desmoronen los pilares de la contrarrevolución. Contribuiremos apasionadamente a que se disgreguen. En gran parte, la lucha interimperialista que se libran los dos grandes ayuda, a su pesar, a desenmascarar la mentira «socialista» de los países del Este. Es un hecho de gran importancia, tanto más cuanto que se suma a la lucha librada recientemente por el proletariado en Polonia, pese a sus evidentes limitaciones.
Guerra o revolución es una constatación que siempre hemos hecho, sin dar nunca a entender que hubiera una tercera vía, la del triunfo de un capitalismo de Estado libre de las contradicciones inherentes al sistema, incluida la crisis económica. Decir que habrá una guerra mundial a falta de revolución no precisa el momento exacto en que se producirá. Mientras tanto, el capitalismo sobrevive y se ve obligado a concentrarse y centralizarse. Eso es todo lo que decimos.
Retomar la frase de Trotsky «la crisis de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado» no es una visión voluntarista del Partido. El partido, y también la revolución, son efectivamente el resultado de la actividad histórica de la clase, que segrega a ambos. Pero, se quiera o no, ciertas organizaciones influyen en ciertos momentos más que otras sobre el conjunto de una clase. Lo que esta o estas organizaciones impulsen es de extrema importancia. La prueba histórica de ello es evidente. Cuando unos y otros hablan de la revolución rusa (todas las tendencias juntas, adoradores y detractores), lo que hicieron Trotsky y Lenin pasa a primer plano, hasta el punto de que cabe preguntarse dónde está, en todas esas demostraciones, la clase que los llevó al poder. Los errores de Trotsky permitieron —solo hasta cierto punto— la degeneración de la IV Internacional. Y así sucesivamente. Por otra parte, las experiencias sirven de algo: cuando hablamos de dirección revolucionaria no pensamos en un aparato cuya función, por derecho divino, sería dirigir a una clase objeto incapaz de pensar por sí misma. La confianza del proletariado no se decreta: se gana. Además, la falta de perspectivas claras (dirección) permitió la consolidación del stalinismo, la victoria del capitalismo y, por consiguiente, el aplastamiento del proletariado, cuando las condiciones objetivas estaban y están lo bastante maduras para abrir el camino a la sociedad comunista.
La IV Internacional, la Izquierda Comunista Internacionalista
Trotsky nunca defendió, ni siquiera críticamente, el Frente Popular, ni en España ni en ninguna otra parte. Su correspondencia basta para atestiguarlo, y cuando Andrade (firmante poumista del Frente Popular) le envió uno de sus libros dedicado a su maestro (así lo llamaba) Trotsky, este le respondió que nunca había enseñado la traición política a nadie.
Después de haber afirmado el 22 de abril de 1936 que la revolución socialista se hará en el curso de una lucha implacable contra «la revolución democrática», Trotsky habría dicho dieciséis meses más tarde, según vosotros: «en la guerra civil española la cuestión es democracia o fascismo». ¿Cuál es vuestra fuente? Por nuestra parte, publicamos aquí algunos extractos de «Lección de España», escrita en diciembre de 1937 (en L. Trotsky, Écrits 1928-1940, tomo III, pág. 546, ed. IV Internationale, abril de 1959):
«Las condiciones de la victoria»
Los combatientes del ejército revolucionario deben tener plena consciencia de que luchan por su completa emancipación social y no por el restablecimiento de la antigua forma (democrática) de explotación.
Lo mismo deben comprenderlo los obreros y campesinos, tanto en la retaguardia del ejército revolucionario como en la retaguardia del ejército enemigo.
La propaganda en el propio frente, en el frente del adversario y en la retaguardia de ambos ejércitos debe estar completamente impregnada del espíritu de la revolución social; las consignas «primero la victoria, después las reformas» son la fórmula de los opresores y explotadores, empezando por los reyes bíblicos y terminando por Stalin.
Del ejército revolucionario deben ser expulsados sin piedad los enemigos de la revolución socialista, es decir, los elementos explotadores y sus agentes, aunque se cubran con la máscara de «demócrata», «socialista» o «anarquista».
(FIN DE LA CITA)
Solo lo del entrismo en los partidos socialdemócratas (que, por lo demás, podría examinarse caso por caso) es exacto, pero aun así habría hecho falta explicar, aunque fuera combatiéndolo, ese tacticismo de Trotsky. Lo único que afirmamos es que, como fuerza internacional, la IV, si no hubiera capitulado lamentablemente ante la guerra mundial (cosa que Trotsky nunca preconizó, pese a sus enormes errores políticos; cf. el programa de transición), habría podido rectificar sus posiciones erróneas e imponerse como fuerza revolucionaria internacional. Sin embargo, no somos defensores incondicionales de Trotsky, al contrario. Los iniciadores de nuestra tendencia pusieron en cuestión muy pronto el programa de transición de la IV y, durante el movimiento en España, la concepción de la revolución permanente que Trotsky quería aplicarle a la fuerza. Hoy no defendemos más la actitud de la III Internacional respecto de la izquierda germano-holandesa que la actitud de Trotsky respecto de la izquierda comunista internacional.
En efecto, pese a graves errores (frente único sindical, considerarse durante demasiado tiempo fracción del P.«C». italiano, considerar a los P.«C». partidos oportunistas, etc.), la fracción italiana desarrolló, es cierto, posiciones claras y tajantes, en particular sobre la guerra, el derrotismo y los frentes antifascistas.
No hemos podido desarrollar a fondo todos los temas que ha abordado Jalon. Sin embargo, muchos de ellos, además de los numerosos textos ya existentes, volverán a tratarse en nuestras próximas publicaciones.1
- JALONS: Librairie L'Herbe Rouge, 1 bis rue d'Alésia, París 14.º
- Révolution Internationale: BP 581, París cedex 01
Hay versión española de este texto en Los vástagos de la Izquierda Comunista Italiana, traducida del francés y fechada allí en 1980. La hemos tomado como base y la hemos corregido con el original francés donde se apartaba de él, sobre todo en la última sección («Trotsky nunca defendió, ni siquiera críticamente, el Frente Popular»; «Solo lo del entrismo [...] es exacto»), y hemos restituido las direcciones finales. ↩