Comunismo, n.º 24, mayo de 1933 (págs. 216-219). PDF del número completo

Los últimos acontecimientos en general, y la actuación de la FAI en particular, vienen demostrando que el anarcosindicalismo español ha revestido su táctica de unas formas de locura e insensatez políticas, que el ocultar la crítica despiadada sería nada menos que hacerse cómplices de monstruosos errores indisculpables. El hecho de que la Confederación Nacional del Trabajo sea un potencial revolucionario enorme, un caudal de heroísmo proletario que la insensatez faísta trata de consumir baldíamente, es suficiente para que reaccionemos con la energía suficiente contra unos métodos que si en la intención y en el propósito son francamente revolucionarios, en los resultados y en la táctica son absolutamente contrarrevolucionarios. La franqueza y la intransigencia en política clasista son las bases del acierto en la estrategia y la garantía para no incurrir en nuevos errores. Frente a las lágrimas de cocodrilo de la pequeña burguesía, el proletariado anarcosindicalista, sobre todo en estos momentos de represión desenfrenada, cuenta con nuestra efusiva solidaridad; pero frente a sus errores políticos no puede encontrar más que nuestra crítica severa, no por ello exenta de cordialidad.

La revolución española y el movimiento obrero en general están sufriendo durante hace dos años más intensamente que nunca el anacronismo que supone el que la ideología fantasmagórica del anarquismo haya hecho presa en la mente de importantes sectores del proletariado y de los campesinos españoles. Ciertamente que la mala táctica seguida por el Partido Comunista, táctica impregnada de calumnias y de odios, ha posibilitado la pervivencia de la fuerza anarcosindicalista. Pero no es menos cierto también que la adhesión de nuevas generaciones de trabajadores formados en la clandestinidad de los tiempos de la dictadura han hecho prevalecer en las filas del anarcosindicalismo métodos de lucha desterrados de todos los países donde existe un proletariado con un concepto justo de lo que la lucha de clases es y significa.

La crisis industrial y agrícola, y su consecuencia el paro forzoso, han lanzado justamente a la exasperación a grandes núcleos de trabajadores convertidos por las necesidades de la vida en verdaderos parias sociales. La educación política y, por tanto, la consciencia de clase estimula en el trabajador el espíritu de lucha y el convencimiento de su intervención en las luchas cotidianas del proletariado. El liberalismo exacerbado que es el anarquismo reacciona de la misma manera ante estos hechos que la pequeña burguesía radical. Ello explica que la táctica terrorista sea el método peculiar de la pequeña burguesía cuando está en la oposición y del anarquismo.

La miseria material desmoraliza en el sentido político a esas masas de inconsciencia política y mentalidad impulsiva. Buscan por el procedimiento de la audacia personal lo que sólo puede obtenerse por la acción colectiva. Expuestos al hambre y a la miseria, han aprendido a perder el aprecio por la vida. Y así han surgido esos equipos de jóvenes faístas a los que las contradicciones del régimen capitalista han impedido trabajar hasta ahora y a los que la desmoralización de su situación les induce a resolver su propio problema personal. De aquí que el atracador, producto de la degeneración capitalista, se confunda con el ideólogo libertario. De aquí también surge «el expropiador» como inspirador y dirigente de masas obreras. En unos casos la inercia, en otros la admiración de los abúlicos o de los impotentes hacia la temeridad y el arrojo, hacen que, elevando la cuestión a lo absurdo, el «expropiador» se convierta en el exponente de una corriente obrera revolucionaria.

En parte, sólo en parte, sirve esto también para explicar algo de la crisis interna en que se debate el propio anarcosindicalismo. Se observa tanto en las filas de la FAI como de la Confederación que los viejos militantes han sido desplazados por los equipos de jóvenes ácratas de la postdictadura. Estos son de hecho los que tienen la hegemonía en la dirección de las organizaciones. El proceso interno, íntimo, es razonable. La misma limitación de la seudofilosofía libertaria permite estos contrastes. La inclinación a la divagación y la afición hacia los temas culturales hace caer al anarquista que se sorbe los textos baratos de entretenimientos filosóficos, en el fetichismo intelectual. Y de aquí al reformismo no dista más que un paso. El anarquista que habla con acentos de iluminado sobre la trascendencia de la cultura individual es seguro que comienza a caer en un reformismo vergonzoso. Es exactamente igual que el anarquista que se hace individualista intransigente. En este caso no ofrece duda: es que busca una justificación «decorosa» a su inacción y retiro.

Los anarquistas obedecen a dos posiciones, sin términos medios o matices. O responden a sus impulsos, a su temperamento y a su concepto simplista de acción (la actual generación faísta), o caen en el más desenfrenado reformismo revestido de pedantería cultural (grupo Pestaña, Peiró, etc.). Cuando se vive en situaciones de inquietud revolucionaria, forzosamente se produce el hecho de que el «pestañista» se quede cantando a la luna y el «faísta» resulte triunfante, sobre todo si el partido político del proletariado, atiborrado de fórmulas y de adjetivos, no sabe intervenir como tercero en discordia para establecer el equilibrio a su favor.

La intrepidez del joven faísta con su concepto teatral de la revolución triunfa sobre la cultura abstrusa del pestañista. Ciertamente que el tipo social más corriente de faísta suele desaparecer pronto de la arena política. Tres perspectivas se abren ante muchos: o la consunción en presidio, o la delincuencia común como oficio, o la vida sedentaria del obrero disciplinado y sumiso. Muchas veces, sobre todo en estos últimos tiempos, nos ha ocurrido encontrarnos con ex pistoleros a los que conocimos en los patios de las prisiones o en las incidencias de la actuación revolucionaria y que ahora están convertidos en encargados de obras, en «obreros ejemplares» o simplemente en buenos padres de familia.

¿Y por qué? Sencillamente porque el anarquista actúa por reacciones sentimentales. El simplismo de su concepción ultraigualitaria de la vida les hace revolverse inarticuladamente en busca de una solución por medio de la violencia esporádica. El apoliticismo es la manifestación más típica de su miopía social. Es sencillamente una reacción sentimental más ante un hecho. La sociedad capitalista basada en la explotación del hombre por el hombre está defendida y regentada por los políticos, que son los defensores de los explotadores. La solución para la mente ingenua del anarquista no puede ser más elemental: hay que ir contra los políticos en general para defender otra política, la política ácrata. Y así sobre lo que llaman apoliticismo han fundado la razón fundamental de toda su actuación inmediata.

Socialmente lo más ajeno a toda inquietud humana, a toda sensibilidad en general o simplemente social es el tipo del socialista reformista, y mucho más del agarbanzado pablista. El lirismo cultural o intelectual del libertario es ridículo; pero el analfabetismo y ramplonería del bonzo reformista es repugnante. Humanamente nada hay tan sin interés como un jefe sindical reformista. Sacarle del conocimiento de las disposiciones de los boletines oficiales o del fichero de su organización, y jamás ha sentido la menor emoción. Son en espíritu jefes de negociado de un ministerio si no fueran también en la práctica los criados de la burguesía. Y cuando se asoman al arte, por ejemplo, se emocionan exactamente como los jefes de negociado. Pablo Iglesias se enternecía con los dramas en verso; por lo menos así nos lo cuenta reiteradamente y como un elogio el historiador de portería Juan José Morato.

Independientemente de su aspecto político, el anarquista reacciona ante el comunista y el socialista de distintas maneras, aunque quizás con más violencia contra el comunista, lo que demuestra su natural inconsciencia. Para el anarquista, el comunista es el amante de la autoridad, de la fuerza coactiva del Estado; es, en suma, el «autoritario». Para ellos el socialista es el hombre emancipado, el cobarde por definición, el conformista y enemigo de toda inquietud. Como tipos humanos nada hay tan antagónico. Son la temeridad y la insensatez, y la «cordura» y la «sensatez». No hay la más mínima posibilidad de comprensión. El odio implacable del libertario contra el comunista es porque estimándole más afín y conociendo que no descarta por principio la violencia, estima que sólo preconizamos ésta para imponer la «autoridad del Estado». Podría decirse, claro está, que buscando sólo la paradoja, que el anarquista ante el comunista siente odio y ante el socialista desprecio.

Pero volvamos al objeto que nos proponíamos. La nueva generación libertaria española ha nacido con la desmoralización general imperante después de la guerra y a consecuencia de la crisis. La depresión que produce la falta de trabajo y la carencia de una justa consciencia de clase se exterioriza en forma de violencia sistemática. Este fenómeno se observa principalmente en los países europeos. En aquellas naciones que han pasado por la revolución o en la que ésta ha abortado, estos estratos sociales de obreros descalificados o simplemente desmoralizados se convierten en fuerza de reserva de la más negra reacción. Es una de las bases sociales del fascismo en Alemania. Son estos elementos los que han abandonado a su partido de clase para nutrir las fuerzas de choque del hitlerismo.

Sin embargo, en aquellos países que ni siquiera han conocido la más mínima anticipación de la revolución social y viven todavía en los albores de la revolución política democrática, el ilusionismo de ésta les hace caer en la exasperación extremista libertaria. Tal es el caso de España. La FAI es políticamente la expresión de la desesperación de un conjunto heteróclito de elementos sociales.

La impaciencia imperiosa de éstos les hace querer impulsar mediante una violencia sin plan el proceso revolucionario. De esta forma asistimos en los últimos tiempos a una reiterada gimnasia de huelgas revolucionarias sin resultado práctico alguno y que cansan cada vez más a los trabajadores y cuestan valiosas vidas humanas. La tensión revolucionaria se mantiene a través de la Prensa anarquista durante hace meses, hablando en términos que si no fueran peligrosos resultarían infantiles, sobre la revolución inminente que prepara y realizará sólo la FAI y su apéndice sindical de hecho, la Confederación Nacional del Trabajo. Su concepción de una revolución no puede ser más primitiva. Puede decirse que la formulan sin siquiera tener en cuenta los medios modernos de combate de que dispone la burguesía.

Hemos asistido durante los días 9 y 10 a un nuevo ensayo, desgraciadamente demasiado a lo vivo, con víctimas de verdad y todo, de la revolución social que vienen prometiéndonos los libertarios. A pesar de las experiencias que del movimiento pueden deducirse, no será el último. En el frenesí de la insensatez que atraviesan los faístas hasta los fracasos se convierten en móviles de incentivo de nuevos intentos sin corrección alguna. Son vidas obreras y nos duele en el alma que se sacrifiquen tan ineficazmente. Esto sólo serviría para que levantáramos nuestra voz con energía para tratar de parar ese cúmulo de errores que persistentemente, desde la proclamación de la República, viene cometiendo la FAI. Pero es que hay algo más grave: es que con esos procedimientos, con ese pustchismo desenfrenado y sin ton ni son, se viene aniquilando una organización tan rica en potencia revolucionaria como la Confederación Nacional del Trabajo.

Se impone sencillamente una delimitación neta en las propias filas de la C. N. T. Los viejos líderes anarquistas que antes de la dictadura ocuparon la dirección han sido sobrepasados por los acontecimientos y han derivado hacia un pernicioso reformismo. Ni la menor transigencia en el terreno ideológico, no en el orgánico, es posible con ellos. Pero tampoco es posible que el atraquismo se quiera elevar a sistema político y que los atracadores pasen a ser los exponentes de un movimiento sindical. Esto es la disolución, la muerte de la Confederación. La última huelga ha demostrado palpablemente el cansancio por estos movimientos caóticos que comienzan a sentir las masas confederales. No puede ser más sintomático que en Barcelona, feudo tradicional del anarquismo, haya sido la población en donde las masas obreras han respondido menos unánimemente al movimiento de huelga general.

¿Cómo establecer esta delimitación en las filas de la Confederación? Sólo es posible mediante el restablecimiento de la democracia sindical. Es necesario luchar incansablemente, para ello se contará cada día más con el apoyo de los obreros cansados de las aventuras faístas, volver a su justo equilibrio revolucionario a la Confederación.

EMILIO RUIZ.