Contra la Corriente, n.º 6, agosto de 1943 (págs. 43-48). PDF del número completo
La prensa mundial ha traído y llevado abundantes rumores y noticias sobre un próximo restablecimiento de la Monarquía en España. El propio Franco se ha visto obligado, por segunda vez, a dar a conocer la opinión oficial de su dictadura. Con intervalos diversos se viene hablando de restauración borbónica desde que termino la guerra civil, pero con mayor insistencia desde que el arzobispo yanki Spellman, especialmente delegado por Roosevelt, visitó Roma y pasó por España. Paralelamente, los enemigos emigrados de la revolución socialista se agitan, procuran constituir gobiernos republicanos y se afanan, con insistencia a prueba de puntapiés, por recibir la sanción y el apoyo de Washington y Londres.
El pueblo español, particularmente su parte proletaria y campesina, derribó la Monarquía, secularmente culpable del atraso, el oscurantismo, la miseria y la opresión política en que vivía el país. La República, primer resultado de la conmoción popular, se reveló absolutamente incapaz de resolver ninguno de los problemas heredados de la Monarquía, y por consecuencia, de sacar al país de la miseria, el atraso y la opresión. El decenio que duró la crisis política española, demostró que los males endémicos, sin suprimir los cuales se imposibilita todo progreso, son consustanciales del sistema de la propiedad privada, independientemente de la ordenación política que adopte. La oposición entre propiedad burguesa y propiedad agraria feudal, que en los siglos anteriores dió origen a las revoluciones que aseguraron el gran desarrollo capitalista, propiciando regímenes democrático-burgueses, ha dejado de existir en la época moderna. La propiedad feudal, allí donde no ha sido revolucionariamente aniquilada, ha llegado a fundirse con la propiedad capitalista, mientras ésta, por su parte, se entrelaza de mil maneras con la otra. La oposición entre propiedad y propiedad capitalista, de donde, en su tiempo, tomó la burguesía uno de sus rasgos revolucionarios fundamentales, ha desaparecido, convirtiéndose en yuxtaposición o fusión. El otro de sus principales rasgos revolucionarios, que tenía asiento en la perspectiva de progreso técnico basada en el sistema capitalista, también se ha ido. Por el contrario, ese sistema de propiedad es un obstáculo para el progreso técnico, engendra el paro obrero, la miseria, la opresión política, el descenso de la población, la incultura, y conduce a regímenes dictatoriales, fascistas o militares. La burguesía es ya, por sus cuatro costados, una clase reaccionaria. El mundo en general, y España en particular, sólo encontrarán una salida a la actual hecatombe por medio de la revolución socialista. Los esfuerzos de nuestra organización, tanto en España como en la emigración, deben tender pues, a preparar la toma del poder político por el proletariado y los campesinos. A esta tarea deben subordinarse todas las reivindicaciones parciales; ese cometido es el único digno de las masas revolucionarias, y capaz de satisfacer, con sus intereses, los del progreso histórico.
La República sucedió en España a la Monarquía. Durante su existencia, fué atacada continuamente por la burguesia (conatos continuos de golpes de estado, militarada de 1.932, sublevación militar fascista de 1936), y por el proletariado y los campesinos (huelgas económicas y políticas, insurrección de 1934, insurrección de 1936, insurrección de Mayo de 1937 y conquistas socialistas de principios de la guerra civil). Siguiendo la linea de desenvolvimiento marcada por la evolución histórica, el ciclo revolucionario abierto con la declaración de la República tendió insistentemente a desembocar en la revolución socialista. A causa de la política de las organizaciones obreras, contraria a la revolución, ésta fracasó, pero entonces no quedó más extremo de alternativa que el franquismo. Acontecimientos históricos tanto más irrefutables cuanto mayor magnitud poseen, demuestran que mientras el proletariado y los campesinos tienden a la revolución socialista, la burguesía y demás estratos reaccionarios tienden a regímenes dictatoriales que les otorguen libre derecho de explotación y opresión sobre las masas pobres. De la lucha no decidida entre los extremos capitalista-reaccionario y proletariado-revolucionario, resulta y puede resultar aún, como un producto accesorio y temporal, la República; no la República democrático-burguesa, sino burguesa y pseudo-democrática. Cediendo a la presión revolucionaria de las masas, la monarquía se fué. Sobre el terreno de la República lucharon burguesía y proletariado. La burguesía trató de substituirla por un régimen dictatorial cuantas veces se consideró lo suficientemente fuerte; el proletariado trató de substituirla por el socialismo, a despecho de la oposición de la mayoria de sus organizaciones. Y una vez que conquistó las armas, en un instante toda España fué socializada. Como resultado de la política antisocialista de los dirigentes de las organizaciones obreras españolas, el proletariado fué nuevamente rechazado durante la guerra civil, desarmado, y suprimidas la mayoria de sus conquistas. Cerrado así el camino al socialismo, triunfó la gran burguesía representada por Franco.
Pero el triunfo, en medio de una Europa que ya se estremece de cabo a cabo en busca de la revolución, no le dió toda la tranquilidad y estabilidad deseada. Al verse nuevamente en dificultades, una parte de ella clama por la monarquía; otra, compuesta principalmente por los antiguos partidos republicanos, más los mismos socialistas y stalinistas que cerraron el paso al socialismo, ora por la república y coloca exvotos en el altar de Roosevelt y Churchill. El proletariado debe responder a las dos partes: No, señores monárquicos, vuestro régimen es el pasado odiado y oprobioso, igual, en el fondo, al de Franco. Pero tampoco vosotros, republicanos, porque vuestro régimen, más que impotente para resolver los grandes problemas planteados a España, tiene por objeto impedir soluciones efectivas y verdaderas. Si lo aceptáramos, nos llevaría, por un rodeo, a otra dictadura. El proletariado tiene su propio programa y su propio sistema, los mejores para activar la lucha de las masas contra el fascismo y los únicos que pueden ofrecer soluciones terminantes, mediante la organización de un Estado socialista.
En efecto, el intento de restablecer la monarquía representa, por parte de las clases reaccionarias españolas, más los generales y el clero, una maniobra destinada a evitar la caída revolucionaria del franquismo y la suya propia. Por parte de Estados Unidos e Inglaterra, que apoyarán la maniobra en caso de que les parezca demasiado cínico o arriesgado sostener a Franco, sgnifica, igualmente, un envite jesuítico contra la revolución socialista. Cualquier cambio que por conveniencias imperialistas propicien Estados Unidos e Inglaterra, se valdrá del mismo aparato represivo que utiliza Franco, sin excluir a los falangistas, bautizados con otro nombre. El imperialismo yanki-inglés, aparecerá en toda Europa como aliado y protector de los sirvientes del fascismo. El mundo ha tenido una prueba colosal en el chanchullo de Africa. En Sicilia, el general Alexander disuelve el partido fascista, pero conserva directamente bajo sus órdenes a todas las autoridades del Estado fascista. En consecuencia, los pretendidos demócratas angloamericanos gobernarán en Sicilia, y en Ytalia si la ocupan, por medio de los fascistas más encanallecidos, que son precisamente los seleccionados para todas las funciones de gobierno. Por lo demás, el partido fascista italiano no era ya más que una ficción sostenida por la fuerza del Estado. Esa es la norma fundamental marcada por los imperialistas de habla inglesa para todos los paises actualmente ocupados por Hitler. Idéntico comportamiento seguirán en España si acaso les parece útil a sus intereses financiero-políticos efectuar algún cambio. La monarquía sería tan perjudicial a los intereses y a la libertad política del pueblo español como el falangismo clerical de Franco. Se basaría exactamente sobre los mismos elementos sociales y emplearía, con cambios sin importancia de personas, idéntico sistema de represión. Los militantes españoles de la IV Internacional deben pronunciarse sin embajes contra el restablecimiento y denunciar como una sucia maniobra, actual o en potencia, patrocinada por los imperialistas de Londres y Washington. Ningún medio para combatirla debe ser escatimado. Nuestros militantes necesitan tener presentes y enseñar a las masas pobres, que en el período venidero los Estados Unidos e Inglaterra, se revelarán las potencias más reaccionarias del planeta. Los Estados Unidos en grado superior a Inglaterra.
Otra maniobra de índole y origen diferente, pero igualmente encaminada a ahogar la revolución proletaria en su gérmen, están urdiéndola en el exilio los dirigentes stalinistas, republicanos y socialistas. La urdimbre pretende culminar en una reunión de diputados de las antiguas Cortes. El ex-presidente de las mismas, Martínez Barrio, trata de constituir un Gobierno bajo su égida y probablemente teniéndole como presidente.
Por su parte, parece que el grupo Negrín no se resigna a dejar de ser "gobierno" y exige como condición de cualquier arreglo con los demás grupos, el reconocimiento de su autoridad. Los stalinistas no saben, por el momento, si jugar la carta de Negrín como hasta ahora o cambiarle por Martínez Barrio. Prieto, sondea a los imperialistas que mandan y encuentra que no tienen interés en apoyarlos, pero se muestra favorable a la unidad nacional, es decir, la unidad contra la lucha de clases. Todas las diferencias y rivalidades de grupos no tienen para el proletariado absolutamente ningún valor. Republicanos, socialistas y stalinistas -lo que vale decir tres categorías de republicanos burgueses-, adoptan por bandera común el restablecimiento de la república sobre la base de la carta constitucional de 1931. Se proponen dar a España, como organización tope, la República burguesa.
Los trabajadores españoles no deben dejarse engañar por estos traficantes políticos de espinazo flexible ante los imperialistas. Hablan de democracia y libertad, porque de otra manera no podrían siquiera aspirar a gobernar. Si acaso llegasen nuevamente al poder, lo ejercerían, como en el pasado, con la dictatrial Ley de Defensa de la República, las detenciones gubernativas, el estado de alarma, la censura de prensa, la represión de las manifestaciones obreras, la supresión de sus mítines y la suspensión de periódicos revolucionarios. El proletariado español no puede esperar más libertad ni más derechos que los que él sepa conquistar mediante la lucha contra sus enemigos de clase. El lenguaje de la unidad nacional trata ya, de antemano, de sabotear la lucha del proletariado y los campesinos contra sus explotadores.
Los traficantes políticos stalinistas, socialistas y republicanos, buscan también, como sus competidores monárquicos, el apoyo del imperialismo angloparlante. Para convencerlo de su completa inocuidad política, mejor deicho, de su íntima naturaleza antirrevolucionaria, todos los grupos rivalizan en ofrecimientos de convivencia con los cómplices sanguinarios de Franco y la Falange. Si Indalecio Prieto aplica su ingenio a perfeccionar una versión española del "orden cristiano" esbozado por los representantes de Wall Street, los stalinistas llevan su colaboración hasta los "honrados" comerciantes encarcelados por Franco mismo a causa de sus especulaciones más que escandalosas, hacen llamamientos a los requetés y se prometen atraerse a los generales manchados con sangre obrera. Dícese que, por su parte, Martínez Barrio, en conciliábulos preparatorios, propone anular -y ese sería uno de los primeros actos de las Cortes-, toda la legislación posterior a 1935. El golpe va dirigido contra las conquistas que los trabajadores lograron arrancar al vencer a los sublevados reaccionarios. Cualesquiera que sus divergencias sean hoy dia, todos estos chalanes políticos llegarán fácilmente a un acuerdo tan pronto como tengan alguna posibilidad de ser bendecidos por la burguesia angloamericana. Esta, por el momento, trata con Franco, si le conviene favorecerá la subida al poder de los monárquicos, lo que parece más probable después de los acontecimientos de Italia, pionera de una nueva época de ofensivas proletarias. Y sólo cuando la revolución se muestre gravemente amenazadora, recurrirá para contenerla a la taifa stalinista-republicano-socialista. Entonces esta entraría a gobernar dejando intacta la mayoria de la burocracia creada por el fascismo, su cuerpo de oficiales y sus cuerpos represivos, además del judicial. Con ellos por base, la coalición stalinista-republicana-socialista calaría bayoneta contra la revolución proletaria, al grito de "unidad nacional".
El proletariado no puede esperar nada de los monárquicos ni de los republicanos burgueses, adjetívense comunistas o socialistas. Hoy, más imperiosamente aún que ayer, la revolución proletaria es la única salvación posible. La experiencia de 1931 a 1939 no debe ser olvidada. El proletariado y los campesinos no resolverán sus problemas ni asegurarán garantias de libertad sin prolongar la lucha contra Franco y la Falange hasta alcanzar la revolución socialista. Los del programa republicano, que pretenden meter a España dentro de una República "fuerte", absolutamente impracticable históricamente, volverán a preparar el camino a futuras dictaduras clerigo-militares.
Trabajadores españoles, los monárquicos son los mismos falangistas, con otro nombre, que os martirizan y oprimen actualmente. Pero las gentes del programa republicano son las mismas que permitieron el levantamiento militar y facilitaron su triunfo estrangulando la revolución socialista. Esto hay que tenerlo presente más que nunca. Rechazad y combatid enérgicamente a los primeros. Y a los segundos, que hablan de lucha contra Franco, y de democracia, decidles: Nosotros tenemos nuestro propio programa, el de la revolución socialista mediante la toma del poder por el proletariado. Vosotros nos proponeis la unidad bajo un programa burgués. Este ha revelado ya repetidamente su falacia e impotencia. En el futuro resaltarán aún más brutalmente estas características, agravadas por la mano imperialista angloamericana a cuya sujeción ansiais someteros. La fuerza más interesada en derribar a Franco, y la más numerosa, es el proletariado más los campesinos. Disciplinándose a vuestro programa, tras de emprender un camino falso, deparador de futuras derrotas, disminuirían considerablemnte su capacidad de lucha. El programa de la revolución social es el que más energía puede movilizar entre las masas y excitar mayor capacidad de sacrificio. Vuestro programa burgués de unidad, sobre ser un cepo para la revolución, es el de menor rendimiento antifalangista. Nosotros, aún siendo abrumadora mayoria, no pedimos que os sometais a una unidad basada en nuestro programa so- cialista1. Como Carlos Liebknecht, rechazamos toda unidad que tiene por miras cortarnos el camino de la revolución, pero os ofrecemos el combate, puesto que hablais de derribar a Franco. Vosotros creeis poder instaurar la República como régimen durable; nosotros estamos convencidos, por la propia experiencia de la República, que sólo la revolución proletaria puede dar soluciones radicales y terminar con el peligro fascista. La dictadura falangista de Franco es el primer principal obstáculo en nuestro camino. Os proponemos el combate para derribar ese obstáculo común. Si no aceptais más que "unificándonos" en torno a vuestro programa burgués, es evidente que no os interesa la lucha contra Franco y Falange sino condicionalmente, y la condición es mantener a obreros y campesinos sometidos al yugo del capitalismo. Nosotros no os pedimos ninguna condición para ir juntos al combate por los siguientes puntos:
Amnistía para todos los presos políticos, sin restricciones ni condiciones.
Reintegración a sus trabajos de todos los despedidos por represalias políticas.
Libertad de palabra, reunión, asociación, manifestación e imprenta.
Abajo los asesinos falangistas, abajo Franco.
Por unas elecciones generales municipales convocadas por un gobierno provisional.
La clase trabajadora no puede tolerar que las elecciones sean convocadas por Franco o cualesquiera otros de los elementos comprometidos con él, aunque se llame monárquico. Serían un amaño completo. Igualmente debe rechazar a los gobiernos seudo-legales que puedan constituirse en la emigración sobre la base parlamentaria del ex-Frente Popular. Tendrían por objeto primordial substituir la lucha revolucionaria contra Franco y Falange por las maniobras diplomáticas al servicio de Inglaterra y Estados Unidos. Cualquiera que fuese su composición, sería un Gobierno de reconciliación con los cómplices del falangismo. No se trata, para obreros y campesinos, de declarar y sostener la República burguesa, sino de barrer de arriba abajo todas autoridades falangistas, creando una situación lo más democrática posible, que les permita sopesar su propia fuerza, su grado de radicalismo, y obrar en consecuencia.
La demanda de Gobierno provisional debe tener un carácter complementario de la de elecciones generales municipales. Es, simplemente, una medida para asegurar mayor libertad en la expresión de la votación. Por nuestra parte estamos convencidos de que el proletariado y los campesinos españoles, apenas obtengan el primer triunfo serio contra el fascismo, se lanzarán a la reconstitución de los órganos de democracia proletaria. Los Comités que aparecieron por millares tras la victoria del 19 de Julio. Las elecciones municipales, que indudablemente harían tabla rasa de todos los elementos comprometidos con Franco, crearían una situación propicia a su nacimiento y desarrollo. La posibilidad de pasar inmediatamente a reivindicar el poder para los Comités, existe y queda libre. Y en el caso de que, por cualquier razón, las masas hubieren de pasar por otra etapa parlamentaria pseudo-democrática, antes de ponerse en condiciones de reclamar el poder, también quedarían para ello en las mejores condiciones posibles. Las elecciones a diputados tendrían la máxima expresión democrática posible, dentro de la limitación y falsedad inherentes a la democracia burguesa. Pero un partido revolucionario ni siquiera puede comprometerse a sostener la consigna "asamblea constituyente". Las masas españolas tienen ya una gran experiencia, y lo más probable es que pasen inmediatamente del triunfo contra Franco, a la constitución de sus propios órganos de democracia. Quizás, incluso, se situen del primer golpe en la dualidad de poderes. El deber de los revolucionarios es facilitar la situación que permita a obreros y campesinos, soldados y marinos, formar sus Comités y estructurarlos para la toma del poder.
Todos los programas anti-franquistas de base republicano-burguesa, son, cuando menos, tan antirrevolucionarios como antifranquistas, sino más.
Pongamos fin a las maniobras y a la demagogia pseudodemocrática, dirigidas, en el fondo, contra el proletariado.
¡VIVA LA REVOLUCION SOCIALISTA ESPAÑOLA!
¡VIVA LA REVOLUCION EUROPEA Y MUNDIAL!
GRUPO ESPAÑOL EN MEXICO DE LA IV INTERNACIONAL.
Los obreros que permanecen en los partidos socialista y stalinista, no tienen, propiamente dicho, programa socialista, puesto que sus partidos son totalmente antirrevolucionarios. Pero los obreros, que han observado la conducta de sus partidos durante la guerra civil, se han dado cuenta más o menos vagamente. Para romper con ellos sólo les falta una oportunidad. Es perfectamente legítimo hablar, genéricamente, de programa socialista de los obreros. ↩