Contra la Corriente, n.º 14, abril de 1944 (págs. 2-3). PDF del número completo
Semana a semana los mercenarios de España Popular tienen el deber de llenar las columnas de su periódico con lo que sea, y nosotros - desgracia de las obligaciones revolucionarias - tenemos el deber de tragárnoslo para ver qué se fabrica en los magines conformados a los intereses del "genial mariscal". El trabajito es muy ingrato para nosotros, pero entre bostezo y mueca de repulsión algo sacamos en claro.
Como cualquiera que por sí mismo lea España Popular, nosotros advertimos que lo que se puede sacar en claro de ella no es lo que ocurre en España, como y por qué luchan allí las masas. Pero el contenido del periodicucho revela a maravilla lo que sus autores quisieran que pasara, y las tremendas limitaciones, así como los métodos anticlasistas a que estaría reducida la lucha si realmente fuera verdad lo que semana a semana embute en sus columnas.
¿Nos habla de una Junta Suprema de Liberación Nacional constituida en Madrid con la participacion de los católicos y la simpatía de los militares?, quiere decir que para los stalinistas el renaciente movimiento revolucionario español debe ser desviado de su propio cauce y metido en el cauce reaccionario bordeado por católicos y militares. ¿Nos asegura "el extraordinario desarrollo" adquirido en el país por la Unión Nacional?, sabemos de antemano que, por fortuna, no es verdad, pero significa que el stalinismo recurrirá a todos los medios para imponer la unidad nacional, desde el reconocimiento de cualquier Badoglio-Aranda, hasta la presión diplomática combinada anglo-soviético-yanki, pasando por el soborno de algunos dirigentes obreros y el asesinato de otros. Y la unidad nacional - téngalo bien presente los obreros -, ya sea en la forma stalinista o en la forma prietista, significa necesariamente la represión del movimiento revolucionario y el imperio de la Guardia civil la clerigalla, la nobleza, la burguesía. Así sucesivamente, en cada una de las noticias, proyectos, pactos o alianzas maquinados en la redacción de España Popular, si no hay nada de cierto, sí hay una intención que ellos piensan poner en práctica con ayuda y en servicio de todas las potencias reaccionarias del Planeta. La clase obrera española debe estar alerta y aprestarse a combatirlos.
En la primera plana de la edición del día 7, el periódico mencionado publica una pretendida información titulada "Incrementación de los sabotajes en todo el país". Se aspira a demostrar en ella que, escuchado ya por el pueblo español el llamado a la unidad nacional hecho por sus "hijos predilectos" (menos Hernández, que ya debe ser universalmente aborrecido), todo el mundo se dedica a provocar explosiones a diestra y siniestra, a sabotear por todos los medios, para demostrar su entusiasmo por la constitución de la Junta Suprema. El sabotaje no puede ser un arma de lucha útil a la clase obrera sino como elemento complementario de la lucha de masas. Empleado al margen de esta última, elevado a la categoría de método, es perjudicial a los intereses revolucionarios. La lucha de masas queda substituida por el terrorismo individual o de grupos. Es lo característico de la pequeña-burguesía e incluso de la burguesía (caso de Europa); el proletariado repudia el método como inservible y perjudicial a sus fines.
Aun suponiendo que los casos de sabotaje referidos por España Popular hubiesen ocurrido, el deber de un periódico obrero, marxista o simplemente revolucionario, sería explicar a los trabajadores españoles que ese no es el camino, sino la movilización de las masas en contra de Franco, Falange y la burguesía en general. Pero todo tiene una causa. Ese no es el camino para quienes pretenden ir con las masas explotadas hacia la meta socialista; es, en cambio, el único camino posible para quienes persiguen finalidades burguesas. De la utilización de la dialéctica del proceso histórico se pasa entonces a la retroacción del mismo; de la lucha de masas al terrorismo individual.
En los albores del movimiento obrero, este mismo, impaciente, pasional y poco experimentado, se dejó arrastrar por métodos terroristas. No se trataba sino de un error metodológico que la experiencia y el crecimiento cuantitativo ha ido corrigiendo paulatinamente. Precisamente el marxismo prestó la mayor contribución a la desaparición del terrorismo como sistema, de las filas proletarias. En el caso del stalinismo no se trata de un error infantil, sino de una necesidad de corrupción. Habiendo renegado del socialismo, su directriz única tiende a enclavarle dentro de la sociedad burguesa. Lucha contra Franco, no porque quiera el socialismo, sino porque necesita otra organización burguesa que le permita medrar sirviéndola. Para conseguirlo, debe dar, de antemano, garantías a las clases propietarias. La más valiosa de todas es la no movilización de las masas. La manera ideal de substituir a Franco sería para el stalinismo, un pronunciamiento de los clásicos que traspasara poderes conservando a las masas bien metidas en cintura. El terrorismo de que se hace gala en España Popular es una propaganda preconcebida para impedir o reducir al mínimo posible la lucha de masas contra Franco.
La cosa tiene, además, otro aspecto del que los plumíferos stalinistas, comprometidos en su marcha hacia la caverna española y de suyo no muy perspicaces, no se han dado cuenta. El artículo citado y otros publicados en las mismas columnas constituyen una declaración de principios en favor del terrorismo individual. Hasta ahora, cada vez que la G.P.U., o directamente el Partido stalinista, asesinaban a un revolucionario, la prensa oficial disculpábase inmediatamente con la cantinela: "somos adversarios del terrorismo individual". A partir de las matanzas de bolcheviques en la U.R.S.S. y de los asesinatos perpetrados en España, todo el mundo sabía que el terrorismo constituía para el stalinismo el arma principal de lucha contra sus adversarios ideológicos. Ahora la propia prensa stalinista viene a hacer una profesión de fé terrorista. Así como la verdad tiende a manifestarse, lo contrarrevolucionario tiende a confesarse. El stalinismo ha alcanzado ya la etapa en que necesita confesarse. Aunque la oficialidad de su doctrina terrorista no tenga mucha importancia en sí, la tiene considerable desde el punto de vista formal. En lo sucesivo, cuando un revolucionario caiga asesinado por los agentes stalinistas, la prensa de la misma tendencia no tendrá ningún argumento para rechazar la culpabilidad. Con sus propias palabras podrá tapársele la boca.
El stalinismo, profundamente contrarrevolucionario, es inseparable del terrorismo individual. Hoy contra Franco para impedir la eclosión revolucionaria de las masas españolas; mañana contra las masas que pugnarán por llevar a término la obra interrumpida del 19 de Julio, y hoy mismo contra aquellos revolucionarios que más ayuda pueden prestar a las masas en el futuro.