Contra la Corriente, n.º 15-16, mayo-junio de 1944 (págs. 28-32). PDF del número completo

Como es sabido, los cinco partidos italianos dichos antifascistas (stalinistas y socialistas incluidos), han capitulado ante la monarquía y Badoglio, que llevan veintitantos años de prestar servicios al fascismo. Hasta hace varios meses, social-democratas, liberales de Benedetto Croce y monarquicos del conde Sforza, impelidos por la potente presión revolucionaria del pueblo italiano, se pronunciaron contra la monarquía. Es muy sugestiva a este respecto, la evolución de Sforza. Al salir de los Estados Unidos rumbo a Italia, se declaró devoto de la monarquía; al llegar a Inglaterra y recibir nuevas más directas de Italia rechazó a Victor Manuel y abogó por la elevación del principe Humberto; al desembarcar en Italia, y considerando el ambiente existente, repudió la monarquía en general. Se perfilaba entonces como una especie de Alcalá Zamora.

Los otros partidos, reconstruidos a la improvista al calor del formidable movimiento de huelgas y manifestaciones políticas que precedió y siguió a la caida del hombre de la quijada, Mussolini, aparecían aún más manifiestamente adversos a la monarquía que el partido de Sforza, constituido por burgueses del tipo mas acomodaticio. El propio partido stalinista, en el primer momento, hubo de pronunciarse contra la monarquía. Pero en el stalinismo nada hay decisivo hasta que llegan las órdenes de Moscú. A Italia llegaron con el avión que condujo a Ercoli (Togliatti), del Kremlin a Nápoles. Inmediatamente el stalinismo inició un trabajo de fuerza en el Comité de Liberación (esclavistas enmascarados de libertadores) para convencer a los restantes cuatro partidos de que era indispensable la colaboración con la monarquía. Al parecer, no hubo de vencer mas que oposiciones de forma, puesto que los cinco partidos se hayan ya comodamente instalados en los ministerios, a la sombra reconfortante de la monarquía. La máscara de libertadores ha durado poco tiempo. Incluso la comedia de la liberación ha sido juzgada peligrosa por sus iniciadores; consideran mas prudente pasar sin hipócritas preámbulos a la fusión con los esclavistas. ¡Evolución sintomática para Europa y para todo el mundo en general!

Vivimos una época de universal engaño, de mentira oficial mediante la prensa, la radio, el cinema, la literatura y la educación dirigidas. Nada de cuanto se hace y se dice con la aprobación de los gobiernos constituidos -e independientemente, por falta de medios, casi nada se puede decir- carece de una intención reaccionaria destinada a salvar el mundo burgués de los embates de la revolución socialista. En esto las Naciones Unidas no se diferencian de las del Eje sino en los métodos. El segundo sector ha fracasado en el intento doble de aniquilar la revolución socialista y asegurar la hegemonía del capitalismo germano-italo-nipón sobre los demás. Al otro sector corresponde pues, asegurada ya la dominación de su capital, coronarla con la aniquilación de la revolución socialista. Ninguna mentira, ninguna perfidia, ninguna "colaboración "obrera" puede escatimar en su propósito. Tanto mas cuanto que su guerra ha sido desplegada bajo una gran mentira: la de dar libertad a los pueblos. Mas cuanto desde Londres, Washington, Moscú o cualquier otra capital subsidiaria se dice al mundo, no logra encubrirle. La verdad oficial es ya a los ojos de la inmensa mayoría una monstruosa mentira. Los pueblos de Europa han aprendido dolorosamente a juzgar el grado de su libertad, no por las palabras de los gobiernos o los partidos existentes, sino por las relaciones sociales de propiedad. Todo movimiento de defensa proletario tiende a expropiar inmediatamente a los capitalistas. La vieja fraseología democrática que sirvió primero a la Segunda Internacional, después a la Tercera, para castrar las ofensivas revolucionarias, surte ahora poco o ningún efecto. La evolución social ha alcanzado un punto en que no son posibles mas que la dictadura revolucionaria del proletariado o la dictadura reaccionaria de la burguesía. Los viejos partidos pseudo-obreros, que conservaban sus posiciones en el seno de la clase trabajadora practicando una política de oposición parlamentario-democrática a las tendencias reaccionarias, mientras que se le sometían en todo lo fundamental, no son posibles en lo sucesivo. Lo fundamental debe pasar a primer plano; lo secundario tender a desaparecer completamente. El oportunismo parlamentario debe transformarse abiertamente en solidario de la reacción; de otra manera corre el peligro de favorecer la revolución proletaria y aniquilarse a sí mismo.

No es extraño que sea el stalinismo quien haya tomado la iniciativa, precisamente en Italia, de convertir los partidos liberales y pseudo-obreros en colaboradores directos y sin tapujos de la reacción. Por una parte el stalinismo ruso, matriz de todos los demás, tiene por única posibilidad de salvación convertirse con su base burocrática en una nueva clase burguesa; por otra parte, la caida de Mussolini marca el momento de renovación de la actividad revolucionaria del proletariado mundial, en una escala y con una consciencia muy superior a las desplegadas en el intervalo de las dos guerras imperialistas. El stalinismo obedece a la doble necesidad de favorecer su propia conversión en burguesía, en el interior de la URSS, y de evitar o aplastar las sacudidas revolucionarias europeas que harían inútiles los multiplicados esfuerzos de la burocracia en ese sentido. Su obstinada prédica en favor de la colaboración con la monarquía expresa el pánico de la burocracia stalinista al progreso de la revolución europea. Y la fácil sumisión de los socialistas demuestra que las masas explotadas nada pueden esperar de ellos, excepto entrega al enemigo.

En esa incondicional entrega de los partidos obreros a la reacción, la revolución italiana encuentra un poderoso escollo. Sin su colaboración apoyada en los ejércitos de invasión yanki-británicos, la monarquía habría fenecido ya ahogada en su propia ignominia. Así ha sido reconocido incluso por los representantes del imperialismo. El esfuerzo poderoso de las masas contra el fascismo, penosisimamente preparado durante décadas y pagado con abundante sangre y sufrimientos, ha sido momentaneamente inutilizado por obra de stalinistas y socialistas. En el apoyo a la monarquía coinciden no solamente con sus colegas, con las fuerzas de ocupación imperialista, y con los capitalistas asustados de la renovada actividad proletaria; coinciden con todo el aparato represivo estatal deslizado incolumemente del fascismo mussolinesco al nuevo régimen impuesto por las bayonetas del AMGOT. Como era de esperar, el partido fascista se rehace incubado por las necesidades antirrevolucionarias de la burguesía italiana y el imperialismo yanki-británico. El "Partido azul" que tras el triunfo de Mussolini se fundió en el partido fascista, ha reaparecido inmediatamente después de la caida de Mussolini, inflado por las convergentes necesidades reaccionarias del imperialismo ocupante y la burguesía nativa. Con él hacen bloque los llorones liberales burgueses y los degradados stalinistas y socialistas. El amasijo contrarevolucionario así formado constituye una ancha muralla interpuesta en el camino de las masas pobres.

Lejos de representar un fenómeno específicamente italiano, el bloque así formado constituirá el prototipo para todas las luchas de clases venideras en el mundo. Particularmente en Europa. La lucha de clases ha llegado a un grado de aspereza que excluye los términos medios. Por una parte, la burguesía se totalitariza irremisiblemente. Todas sus engañifas propagandísticas respecto a la democracia y la libertad se desdoblan prácticamente en opresión, brutalidad y persecución de las masas pobres. Por otra parte, la tensión social a que han sido sometidas estas últimas durante los últimos cuarenta años, sus sufrimientos, sus decepciones y derrotas, las traiciones de que ha sido objeto, mas la impulsión potente de las necesidades históricas y sociales, les otorga un objetivo diáfano como nunca: poder político del proletariado, expropiación del capital. La alternativa de la lucha de clases, marcada con índice de fuego hace cerca de cien años en el Manifiesto Comunista, alcanza en los momentos actuales su mayor concreción y perentoreidad: capitalismo o socialismo. Dicho en términos políticos, fascismo o democracia proletaria (dictadura del proletariado). La aspereza de esta lucha admite pocas ambiguedades, lo que es esencialmente capitalista debe manifestarse como tal; lo que es proletario revolucionario tiene que ponérsele frente a frente. Los líderes "obreristas" de la II Internacional y la ex-III, subsidiarios del capitalismo en todo lo fundamental, vense obligados a pasar públicamente a su campo. ¡A cada uno su filiación verdadera! ¡Fuera tapujos! He ahí el lema de la época, puesto a flor de tierra por la segunda carnicería imperialista. Lo que ha ocurrido en Italia, lejos de ser exclusivo, da idea de la futura actitud de todo el pseudo-obrerismo europeo y mundial. Igual que en Italia será en Francia, Alemania, Grecia, Yugoeslavia, España, para no hablar de Inglaterra y Estados Unidos, mecas del imperialismo. El totalitarismo de Hitler y Mussolini se irguió sobre la destrucción del movimiento obrero, incluso el stalinista y el reformista. El totalitarismo yanki-británico ha descubierto que tanto los incondicionales de Moscú como las piltrafas reformistas pueden desempeñar perfectamente, en su particular sistema totalitario, el mismo papel acordado por Hitler, Mussolini, Franco, etc., a sus respectivas organizaciones sindicales. El rumbo general del mundo capitalista hacia el totalitarismo, no se interrumpe por la victoria o la derrota de cualquiera de los bandos. La guerra ha tratado de dilucidar a cual de ellos correspondería el señorío. Si el Eje, por una concatenación histórica particular presentóse al principio como adalid contrarrevolucionario, el imperialismo yanki-británico, para vencer realmente, ha tenido que recoger la bandera sustentada por el Eje. El momento de su victoria será también el de su máxima solidaridad con los fascistas de Berlin y Tokio, quienes encontrarán en Londres y Washington bayonetas, pólvora y engañifas propagandísticas suficientes para rechazar el ataque de sus respectivos proletariados. El círculo se habrá completado entonces. Si antes de la guerra Hitler, Mussolini, Franco, etc., encontraron en Washington y Londres todos los apoyos necesarios para destruir la revolución amenazante, las burguesías de Alemania, Japón, Italia, España, etc., se someterán incondicionalmente a la burguesía yanki-británica para que les evite la revolución. Servicio por servicio, y adelante el mundo capitalista.

Poderosos obstáculos al desarollo del movimiento revolucionario nacen del paso descarado al totalitarismo imperialista de stalinianos y reformistas. Pero de ahí nace también una gran ventaja ulterior. Tan nítidamente como el campo imperialista, se delimita el campo revolucionario. De una parte, stalinistas y socialistas hacen rancho común con fascistas, monárquicos e imperialistas; por otra parte, la IV Internacional enarbola el programa de la revolución proletaria y de los Estados Unidos Socialistas de Europa. Si por parte de stalinianos y reformistas, incluso las reivindicaciones inmediatas (democráticas) de las masas, son traicionadas, por otra, la 4 Intern. se convierte en vocero exclusivo de las mismas y es la única organización italiana que señala a las masas la salida histórica de la crisis social. Desconocemos hasta ahora si existe una organización anarquista y sus posiciones. La lección inmediata, válida para todas las naciones de Europa, es que los seis partidos italianos, stalinista y socialista incluidos, se solidarizan con el nuevo totalitarismo, y con el imperialismo. Frente a ellos no hay mas que 2 factores: la impulsión elemental, semi-consciente de las masas, y el programa revolucionario de la 4 Int., que dá a éstas expresión, canal de desenvolvimiento y objetivos precisos.

Los 4 Int. italianos, ya organizados y en pie de lucha, tienen una importante responsabilidad. Han de precipitar la evolución y la lucha de las masas, mediante la demanda de todas las libertades democráticas, sufragio universal, asamblea constituyente y república democrática, hasta la constitución de los organos obreros de poder y la conquista del poder político. Habiendo pasado inmediatamente al enemigo todos los demas partidos, tanto las masas como la 4 Int. encontrarán graves dificultades de desarollo en la primera etapa. Por el contrario, progresarán vertiginosamente tan pronto como la experiencia demustre a la masas que de los 6 colaboradores con la monarquía, nada pueden esperar. Se proclamará seguramente la república y se congregará una asamblea constituyente; las libertades democráticas serán siempre reducidas al mínimo, perseguidos y encarcelados los revolucionarios, prepotente la iglesia como bajo el fascismo, e igualmente privados de tierras los campesinos. Cuando esto sea comprendido, las masas comenzarán a acudir en gran escala a la 4 Int. y a organizarse para la toma del poder político. La miserable capitulación de los 6 partidos se convertirá, a la larga, en una ventaja para la revolución italiana.

Estamos seguros de que nuestros camaradas italianos sabrán aconsejar a las masas el camino de la revolución y darles el ejemplo con la mas intransigente lucha contra los 6 lacayos y contra los conciliadores con los lacayos, que sin duda existirán. Pero esa lucha, a condición de ser bién dirigida, puede considerarse como ganada. El peligro mas grande para la revolución italiana está en las tropas de ocupación yankibritanicas. Ellas apoyan a los traidores internos y los traidores internos buscarán el sostén de sus bayonetas contra las masas. La revolución italiana corre el riesgo de ser aplastada desde Washington-Londres y Moscú. El peligro debe ser denunciado desde ahora ante las masas italianas y mundiales, principalmente las británicas y estadunidenses. Toda la energía crítica y combativa debe ser arrojada sobre los aliados de los ocupantes y sobre todo el que se muestre tolerante a este respecto. El grito "fuera la ocupación aleman", que ha dado al pueblo italiano una gran fuente de energía para luchar contra la guerra, debe ser completado por este otro: "fuera la ocupación yanki-británica". No son revolucionarios quienes se detienen en el primer grito. Hace falta completar así la consigna y no volverla nebulosa hablando sólo de manos fuera de Italia.

Sobre nuestros camaradas también recae la responsabilidad de esta lucha inmediata contra la ocupación imperialista. En su despliegue deberán procurar interesar tanto a los soldados de las Naciones Unidas como a los del Eje. Sus respectivos opresores esperan servirse de ellos contra la sublevación de las masas; las masas deben dirigirse a ellos en demanda de fraternización: "no sirvais de verdugos a vuestros explotadores; apliquemos en común nuestras armas contra nuestros respectivos capitalistas." En el momento en que el Sur campesino encuentre la poderosa impulsión del Norte proletario, el trabajo de fraternización podrá ser emprendido con mayor amplitud y éxito. Esperemos que los soldados ingleses y americanos sabrán revolverse contra los designios liberticidas de sus respectivos mandos y solidarizarse con las masas sufrientes italianas y europeas. En ello va la suerte de la revolución, la paz del mundo, la libertad y la abundancia para los eternos privados de ella.