Congreso celebrado en Ámsterdam, en el Concertgebouw, del 14 al 20 de agosto de 1904. Traducido del protocolo publicado por el partido alemán, Internationaler Sozialisten-Kongreß zu Amsterdam. 14. bis 20. August 1904 (Berlín, Buchhandlung Vorwärts, 1904, pp. 3-78), según el ejemplar digitalizado de Internet Archive; el texto alemán se ha establecido sobre una nueva lectura OCR de la letra gótica, cotejada con las imágenes. Como explica la advertencia preliminar, el protocolo no es una versión taquigráfica completa, sino la crónica del Vorwärts cotejada con la prensa socialista holandesa y francesa, y añade en apéndice las deliberaciones de la comisión de táctica. Las resoluciones aprobadas no se repiten: una línea en cursiva remite a la página del congreso. Completamos con la fecha algunos títulos de sesión. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la que se indica como nota del protocolo. Texto original en alemán.
Advertencia preliminar
Entregamos a continuación a nuestros camaradas de partido el protocolo del Congreso Socialista Internacional de Ámsterdam; no contiene siempre, ciertamente, el texto taquigráfico de los discursos que allí se pronunciaron, pero las crónicas del Vorwärts,1 redactadas a partir de notas taquigráficas, se han cotejado y completado con las crónicas de la prensa de partido holandesa y francesa, de modo que el presente protocolo puede aspirar tanto a ser completo como a ser objetivamente exacto. Antes de la impresión, las pruebas se enviaron al Buró Socialista Internacional, al que el Congreso de Ámsterdam encargó la edición del protocolo oficial en las tres lenguas del congreso, para darle la posibilidad de corregir eventuales inexactitudes u omisiones; con ello resulta también superflua la edición de un llamado protocolo oficial en lengua alemana.
A diferencia de los protocolos de los anteriores congresos socialistas internacionales, a este protocolo se han añadido como apéndice también los debates y acuerdos de una comisión, a saber, la de la llamada comisión de táctica; esta ampliación apenas necesita una justificación especial: en primer lugar, los debates sobre la táctica internacional tuvieron precisamente un alcance general; en segundo lugar, estas deliberaciones de comisión dan, como se comprende, una imagen mucho más fiel de la posición y del modo de ver de los delegados de los distintos países que la discusión final en el pleno; y, por último, son precisamente estas discusiones sobre la resolución de Dresde las que reclaman el interés especial de los camaradas de partido alemanes; por eso su inclusión en el presente protocolo no encontrará, sin duda, ninguna objeción en las filas de nuestros lectores.
La editorial.
La delegación alemana
Alemania estuvo representada en el congreso por los siguientes delegados:
Por la dirección del partido y la fracción del Reichstag: Bebel,2 Molkenbuhr3 y Pfannkuch.
Por las organizaciones del partido o circunscripciones electorales: Bader (Magdeburgo), Baudert (Sajonia-Weimar), Büchner, E. Ernst y H. Werner (Berlín), Ebert (Bremen), Erdmann (Colonia, distrito rural), R. Fischer (Ober-Barnim), Frank (Mannheim-Palatinado), Frohme (Schleswig-Holstein), Gewehr (distrito de agitación del Bajo Rin), Grünwaldt (Hamburgo I), Hug (2.ª circunscripción de Hannover y 2.ª de Oldemburgo), Kaden (4.ª, 5.ª y 6.ª circunscripciones de Sajonia), Kautsky4 y Pollender (Leipzig), Kolb (Baden), König (Westfalia occidental), Kunze (Stettin), Rosa Luxemburg5 (Bromberg), Metzger (Hamburgo III), Peirotes (Alsacia-Lorena), Peus (Anhalt), Pfeiffle (Baden), Plorin (Merseburgo), Quarck (Fráncfort del Meno), Schwartz (Lübeck), Sperka (Wurtemberg), Stadthagen (Nieder-Barnim), Stengele (Hamburgo II), Trapp (París, círculo de lectura socialista alemán), Ulrich (Hesse), Westmeyer (Hannover), Wurm (Reuss, línea menor), Zenker (Westfalia oriental), Zetkin6 y Zietz (organizaciones socialistas de mujeres de Alemania).
Por las organizaciones sindicales: Bischoff, de Hamburgo (Sindicato de Herreros, Sindicato de Grabadores y Cinceladores, Sindicato de Caldereros de Cobre), Bringmann, de Hamburgo (Sindicato de Carpinteros), Bock, de Gotha (Sindicato de Zapateros), Cohen, de Berlín (Sindicato de Metalúrgicos), Decker, de Hamburgo (Sindicato de Portuarios), Deichmann, de Bremen (Sindicato de Tabaqueros), Döring, de Hamburgo (Sindicato de Portuarios), Dupont, de Berlín (Sindicato de Escultores), Friedeberg y Kater, de Berlín (Libre Asociación de Sindicatos Alemanes y Cártel Sindical de Berlín y alrededores), Haack, de Leipzig (Sindicato de Metalúrgicos), Hübsch, de Berlín (Sindicato Textil), Josephson y Steinburg, de Hamburgo (Sindicato de Dependientes de Comercio), Klein (Sindicato Central de Maquinistas), Kretschmar, de Berlín (Sindicato de Panaderos), Kube, de Berlín (Sindicato de Carpinteros), Leipart, de Stuttgart (Sindicato de la Madera), Müller, de Hamburgo (Sindicato Central de Marinos), Ollrich, de Hamburgo (Sindicato de Obreros de Astilleros), Päplow, de Hamburgo (Sindicato de Albañiles), Röske, de Hamburgo (Sindicato de la Madera), Schlicke, de Stuttgart (Sindicato de Metalúrgicos), Robert Schmidt, de Berlín (Sindicato de la Madera), Schrader, de Hamburgo (Sindicato de Carpinteros), Schumann, de Berlín (Sindicato de Transportes), Simon, de Núremberg (Sindicato de Zapateros), Stühmer, de Berlín (Sindicato de Sastres).
Por parte de la delegación alemana fueron enviados como miembros a las distintas comisiones:
- para el punto 5 del orden del día, Reglas internacionales de la táctica socialista: Bebel y Kautsky;
- para el punto 6, Política colonial: Bernstein7 y Stadthagen;
- para el punto 7, Emigración e inmigración: Müller, de Hamburgo, y Quarck;
- para el punto 8, Huelga general: Päplow, de Hamburgo, y Clara Zetkin;
- para el punto 9, Seguro obrero y política social: Molkenbuhr y Wurm; Primero de Mayo y jornada de ocho horas: Ernst, de Berlín, y la señora Zietz, de Hamburgo;
- para el punto 10, Trusts y paro: Rosa Luxemburg y Schlicke, de Stuttgart.
El Congreso Socialista Internacional de Ámsterdam
El domingo 14 de agosto de 1904 se reunió el congreso en la espléndida sala del Concertgebouw. El estrado, en el que tomó asiento la mesa del congreso, estaba, como la tribuna de oradores instalada delante de él, cubierto de paño rojo; sobre la mesa del presidente hay una cesta de geranios fragantes, mientras que el fondo del estrado está adornado con espléndidas plantas de hoja y arbustos y con hortensias en flor, y del techo, como único adorno de banderas, cuelga una enorme bandera roja con la inscripción en lengua holandesa: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
El congreso había sido convocado por el Buró Socialista Internacional de Bruselas y preparado por los camaradas holandeses, que recibieron el reconocimiento general de los delegados por su solución minuciosa y acertada de los difíciles trabajos de organización, que, por desgracia, se había echado de menos más de una vez en los anteriores congresos internacionales.
Las condiciones de admisión al congreso eran las establecidas en su día en el Congreso Internacional de Londres;8 el Buró Socialista Internacional había invitado, pues:
- A los representantes de todos los grupos que aspiran a transformar el orden capitalista de la propiedad y de la producción en el orden socialista de la propiedad y de la producción y que consideran la participación en la legislación y la actividad parlamentaria como un medio necesario para alcanzar este fin.
- A todas las organizaciones sindicales que, aunque como tales no participen en la lucha política, reconozcan la necesidad de la actividad política y parlamentaria. Quedan, por tanto, excluidos los anarquistas.
Por la tarde se celebró en el parque Linneo un mitin internacional al aire libre. En las cuatro esquinas de la gran pradera se habían levantado tribunas sobre grandes carros, desde las que hablaron el delegado japonés Katayama,9 el holandés Troelstra,10 los rusos Plejánov11 y Rubanóvich,12 Ferri,13 de Roma, Adler,14 de Viena, Branting,15 de Estocolmo, Vandervelde,16 de Bruselas, Van Kol,17 de Ámsterdam, Vaillant18 y Rouanet, de París, Hyndman19 y Quelch, de Londres, Olsen, de Dinamarca, Anseele,20 de Gante, Clara Zetkin y Bebel. Entre los aplausos jubilosos de los trabajadores de Ámsterdam, Bebel felicitó a los obreros holandeses por sus éxitos y por la valiente resistencia con que habían vencido el furor persecutorio de sus enemigos, y se refirió en su discurso también a la cuestión de la amenaza que pesa sobre el sufragio universal en Alemania. Había enlazado con unas palabras del delegado danés Olsen, quien, hablando del supuesto amor de la burguesía a la paz, había presentado a Dinamarca como el flautín del gran concierto mundial de la socialdemocracia, y dijo que la socialdemocracia alemana tocaba en ese concierto internacional el contrabajo. Esperaba, sin embargo, que alguna vez tocara también la trompeta que hiciera derrumbarse los muros ya tambaleantes del capitalismo. Al tratar luego de la guerra ruso-japonesa fustigó la política expansionista rusa y el régimen de terror ruso en el interior. También sobre la querida Alemania, expuso, sopla hoy un airecillo ruso. De lo que allí se atreven a hacer contra la socialdemocracia había dado prueba el proceso de Königsberg.21 Las últimas elecciones al Reichstag habían mostrado que más de tres millones de obreros pertenecen hoy al partido, y con esas elecciones la socialdemocracia alemana se había adueñado de 81 escaños del Reichstag. Pero en lugar de contar con este hecho y orientar por él el rumbo de su gobierno, el gobierno del Reich se había vuelto todavía más reaccionario que antes. Ahora los partidos adversarios planean ya abiertamente el robo del sufragio. Pero la clase obrera alemana no permitirá jamás que se empeore el derecho de voto. Desde el día en que se intente ese golpe —y lo declaraba hoy solemnemente por segunda vez—, la clase obrera alemana no tendrá ya el menor interés en la continuidad de la existencia del Imperio alemán. Deberes sin derechos para las masas populares son imposibles en nuestra época. La clase obrera alemana soporta con mucho las mayores cargas para el mantenimiento del ejército alemán. El hecho de que los fusiles cuelguen en su mayor parte de hombros socialistas es bien conocido por el gobierno, y así ha tenido que tenerlo en cuenta. El pueblo alemán es muy fecundo. Crece cada año en alrededor de un millón de personas, de las que nueve décimas partes son proletarios destinados a reforzar el ejército. La socialdemocracia alemana es plenamente consciente de su tarea civilizadora y está resuelta a cumplirla. Y aunque en el interior del partido se manifiesten aquí y allá pequeñas diferencias, frente al enemigo capitalista formará siempre una falange cerrada, hasta que se conquiste el reino de la libertad, de la verdad y de la paz.
Al término de las deliberaciones del congreso, los delegados participaron en una excursión en vapor ofrecida por los camaradas holandeses, en la que los delegados, que durante la semana no habían tenido ocasión de reunirse en privado a causa de los largos y serios trabajos, trabaron entre bromas y alegría un trato personal más estrecho, confirmando así las palabras que el camarada Adler, desde el corazón de todos los delegados, dirigió a los holandeses en la despedida: Como camaradas de partido, unidos por nuestra causa común, vinimos a Holanda; como amigos personales, a quienes estrecha el lazo del afecto, nos despedimos de nuestros queridos amigos holandeses.
Sesión de apertura. Domingo 14 de agosto, a las diez y media de la mañana
Van Kol (Holanda) abre el congreso con comunicaciones de orden práctico; a su lado se sientan, a la derecha, Plejánov (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) y, a la izquierda, Sen Katayama (Japón); actúan como intérpretes Clara Zetkin para el francés y el alemán y Smith (Headingley) para el inglés y el francés.
Troelstra (Holanda) saluda en alemán al congreso en nombre del Partido Obrero Socialdemócrata de Holanda:22 Los serios preparativos de vuestro recibimiento os dirán mejor que las palabras que la socialdemocracia holandesa sabe apreciar el honor de recibiros aquí. Recuerda a quienes han enviado aquí a estos representantes, a los innumerables millones que viven en la necesidad y la miseria. Da la bienvenida a los adelantados de los batallones obreros, a los dirigentes y auxiliadores de los oprimidos, a los representantes del proletariado, que con su propia liberación persigue a la vez la liberación de la humanidad entera. El simple hecho de que el congreso internacional pueda reunirse aquí, en esta sala, es la prueba concluyente de que la Internacional obrera ha vencido en Holanda. En los congresos internacionales de Bruselas, Zúrich y Londres, la mayoría holandesa representó el utopismo, el anarquismo, el antiparlamentarismo. Ahora la vieja Liga Socialdemócrata, que rechazaba toda participación en las elecciones, ha perecido en el oprobio y la vergüenza tras cinco años de languidecer.23 Pero las luchas de los delegados holandeses en los congresos internacionales no han sido más que un pálido reflejo de las duras luchas internas del movimiento obrero holandés. El 26 de agosto de este año celebramos el décimo aniversario del victorioso renacer de la socialdemocracia en Holanda, y hoy podemos decir con satisfacción y orgullo: hemos recuperado para la Internacional al proletariado socialista de Holanda. (Aplausos.) La reunión de este congreso es la corona de nuestros diez años de actividad. Sabemos que aquí, en Holanda, solo hemos echado los cimientos de la lucha política de la clase obrera; pero la prueba de que estos cimientos son inquebrantables la dimos el año pasado, cuando, en defensa de los derechos políticos de la clase obrera, tuvimos que recurrir al medio extremo de la legítima defensa: la huelga general.24 Si hubiéramos tenido un proletariado políticamente organizado y educado, que dispusiera del sufragio universal como medio de lucha, no habríamos tenido que recurrir a ese medio extremo de legítima defensa. Todavía sangran las heridas de aquella lucha; la grande, espléndida y poderosa organización de los ferroviarios está destruida. El hambre, la desesperación y hasta el suicidio han hecho estragos entre las 5000 víctimas de esta lucha. (¡Oíd, oíd!) Y desde esta tribuna han de quedar marcados ante el proletariado del mundo entero, como una vileza infame, esta conducta indigna y este brutal acto de venganza de un gobierno cristiano contra obreros indefensos. (Aplausos atronadores.) Demagogos anarquistas han intentado, por medio de un ridículo llamado tribunal obrero instituido por ellos, levantar sospechas infundadas y presentar la derrota obrera como consecuencia de la traición de la socialdemocracia; vano empeño: consolidados en nuestra grandeza interior y en nuestro prestigio exterior, reforzados en fuerza política, hemos salido de esta crisis, en la que no nos hemos apartado ni un pelo del camino que nos prescribe nuestro programa, de modo que también para Holanda podemos proclamar: el porvenir es de la Internacional. (Aprobación jubilosa.) Y con esto el Partido Obrero Socialdemócrata de Holanda os desea, para el serio y gran trabajo que os espera, una lucha de opiniones viva, a fondo y sin miedo, pero animada por el espíritu de la fraternidad. ¡La Internacional del trabajo, la fuerza combatiente de la masa popular organizada, viva, viva, viva! (Vivos aplausos.)
Van Kol da en nombre del Secretariado Internacional la bienvenida a los delegados, que, unidos en las mismas luchas, bajo la misma bandera, combaten por el mismo fin, y ya no solo en los modernos Estados civilizados de Europa, sino en todas partes donde el capitalismo ejerce su acción explotadora, en Asia y en África como en América y en Australia. Pero envío un saludo especial a los representantes de la socialdemocracia japonesa y rusa, que ha tenido el valor de hacer profesión de amor internacional a la paz y de solidaridad internacional de los trabajadores de todos los países en un momento en que la furia desatada de la guerra devasta los dos países. (Plejánov y Sen Katayama se levantan y se dan la mano en la mesa. El congreso prorrumpe en aplausos atronadores que duran minutos.) Y también a los representantes de las colonias indias, contra las que la administración colonial inglesa tiene tan graves pecados en la conciencia, les envío un cordial saludo. Cuando nosotros, los representantes de los socialistas de todos los países, echamos una mirada retrospectiva a nuestras luchas y a nuestro movimiento del pasado, tenemos que registrar un gran progreso. Nuestro congreso de hoy no es el primer congreso internacional que se reúne en Holanda. Hace 32 años se reunió en La Haya el último congreso de la vieja Internacional;25 la vieja Internacional sucumbió a graves disensiones internas, pero nos dejó la poderosa consigna de combate para todos los trabajadores que están en la lucha de clases: ¡Proletarios de todos los países, uníos! En ningún país había entonces todavía un movimiento obrero socialista serio; en Alemania apenas existían sus primeros inicios, y los graves conflictos entre eisenachianos y lassalleanos26 debilitaban sus esfuerzos: hoy vemos a los trabajadores unidos y con un objetivo claro en un partido que constituye el mayor regimiento de nuestro ejército. Y lo mismo ocurre en todos los países. En Bélgica se esforzaban entonces dos personalidades fuertes por esparcir la semilla del socialismo en un suelo aparentemente estéril, ¡y qué espléndidamente ha germinado hoy esa semilla! Francia sangraba entonces por las mil heridas de la Comuna, aplastada a sangre y fuego, en la que la reacción del mundo entero creyó haber ahogado el movimiento obrero, pero ante cuyo sacrificio y heroísmo los trabajadores de todos los países se inclinan todavía hoy con respeto. En Holanda la socialdemocracia internacional se reunía entonces en un miserable local apartado; entonces el gobierno reaccionario conseguía todavía azuzar a la población, incluso a los obreros, contra los delegados extranjeros; hoy, apenas una generación después —¡y qué breve lapso es ese en el inmenso movimiento de liberación de la clase obrera!—, hoy la socialdemocracia se ha convertido en todos los países civilizados, por la fuerza de su crítica y por el poder de su organización, en un factor esencial de todo progreso, de todo movimiento cultural. Los obreros socialistas son hoy los portadores del progreso de la cultura humana en general. Se ha intentado aplastar a la socialdemocracia con la violencia brutal y corromperla con reformas: en vano; ni con la violencia ni con las reformas se nos ha podido quebrantar, sino que solo se ha acrecentado nuestra capacidad de lucha. Hoy los trabajadores ya no conocen antagonismos de raza; solo dos ejércitos se enfrentan: la clase de las masas que trabajan y pasan privaciones y la clase de la minoría que posee y disfruta, pero no trabaja. Sin duda también en este congreso la discusión será enérgica y apasionada, como enérgico es nuestro movimiento y personalidades llenas de fuerza y de pasión son nuestros adelantados; el examen de la cuestión de la táctica no dejará de traer profundas diferencias de opinión; pero siempre volveremos a encontrarnos fraternalmente, porque la unidad nos es necesaria para la victoria. (Aplausos.) ¡No olvidemos, por lo que nos separa, lo que nos une! ¡Tengamos presente nuestro deber internacional y revolucionario! ¡Concentremos nuestra fuerza contra el enemigo exterior, el capitalismo! ¡A la obra de esta semana, al trabajo! Todos tenemos el mismo fin: la conquista del poder político por la vía de la lucha de clases política, no como fin en sí, sino como medio para el fin común: el paso de los medios de producción de la propiedad privada a la propiedad colectiva. ¡También de este congreso han de escribir los anales de la historia: se ha hecho algo grande, algo elevado, con espíritu de fraternidad! (Vivos aplausos.)
Katayama (saludado con un aplauso jubiloso): Siento vivamente el gran honor y la responsabilidad de tomar aquí la palabra como representante de los trabajadores japoneses, pero siento también la alegría de poder colaborar aquí por primera vez con los socialistas de todos los países en la obra común de la liberación de los trabajadores y, con ella, de la humanidad entera. Me alegra especialmente sentarme precisamente junto al representante de los trabajadores rusos, del país con el que los gobiernos de ambos países han desencadenado una de las guerras más atroces, en la que miles y decenas de miles de proletarios son llevados al matadero. ¿Y por qué? ¿Por el bien del pueblo, de los trabajadores? No: el capitalismo, que nos oprime en ambos países, ha desencadenado también esta guerra, que se hace únicamente para ampliar el poder de sus explotadores y opresores. Y no hay mejor prueba del sinsentido y de la barbarie de esta guerra que su contrapartida: el trabajo común de los proletarios de estos dos países con los socialistas de todos los países, que condenan del modo más rotundo toda guerra. En Japón no hay odio de razas entre los trabajadores a los que ha llegado el mensaje de salvación socialista: no se sienten adversarios de los trabajadores extranjeros, cristianos, inmigrados, sino enemigos unidos de su adversario común, de sus explotadores capitalistas.
El movimiento socialista de Japón es joven; cuando en 1896 volví de América, donde me había hecho socialista, no había en Japón asociaciones socialistas ni sindicatos, ni prensa socialista ni reuniones socialistas; y todavía hoy no somos más que un pequeño puñado que lucha contra el capitalismo, que en Japón se ha desarrollado como en el calor ardiente de un invernadero. Pero no solo tenemos que luchar contra el capitalismo, que en Japón está lleno de frescura y de fuerza juvenil, sino a la vez contra un gobierno reaccionario, contra prejuicios nacionales y contra el espíritu nacional de casta. Las persecuciones del gobierno y el espionaje de la policía han mostrado que en Japón tenemos 3000 socialistas organizados: un número pequeño comparado con los partidos de otros países, pero grande si se tiene en cuenta la juventud de nuestro movimiento y las dificultades que se amontonan contra nosotros. Y ninguna persecución ni dificultad nos impedirá cumplir nuestro deber internacional y alzar bien alto nuestra voz por la paz mundial. (¡Bravo!) En el extranjero se habla a menudo de la constitución japonesa; pero el trabajador no tiene en Japón derecho de voto; nuestro sistema electoral es quizá todavía peor que el sufragio prusiano de las tres clases. Pese a todo, como he dicho, cumpliremos nuestro deber ilustrando a los 40 millones de trabajadores japoneses, que son también los únicos que tienen que soportar con sus bienes y con su sangre los sacrificios de la guerra. Nuestros altos oficiales que caen o quedan inválidos en la guerra cobran altas pensiones; los proletarios tienen que dejarse la piel por los intereses de las clases poseedoras y no reciben nada. (Una voz en la delegación alemana: ¡Igual que entre nosotros!) Pero cuanto más se acerque la hora en que los socialistas de todos los países instauren la república socialista, tanto más firme estará también la socialdemocracia japonesa en la brecha para cumplir las palabras de nuestro gran adelantado Karl Marx: ¡Proletarios de todos los países, uníos! (Grandes aplausos.) En nombre del porvenir: ¡no tenéis nada que perder más que vuestras cadenas, y un mundo entero que ganar! (Aplausos prolongados.)
Plejánov (saludado igualmente con aplausos): Me siento feliz de compartir la presidencia con Katayama, el benjamín del movimiento obrero internacional, y me importa declarar aquí que no es el pueblo ruso, sino su enemigo mortal, el zarismo, el despotismo, el responsable de esta guerra criminal. Aunque Rusia saliera vencedora de esta lucha, no sería Japón el que quedaría en el suelo como vencido, sino el pueblo ruso, que tendrá que soportar los sufrimientos más duros y las cargas más abrumadoras. No ha sido Japón quien ha empezado esta guerra, sino el afán de rapiña, de explotación y de conquista del despotismo ruso, que ha encadenado a sí, con una cadena común, toda una corona de pueblos extranjeros. Y todas las capas de la población rusa le devuelven en odio lo que de él reciben en opresión. Pero ahora parece haber llegado el momento en que el despotismo está ante su bien merecido fin. Y cuando ahora llega una noticia tras otra de derrotas rusas, el zarismo no encuentra simpatías en ninguna parte; está moralmente aislado por completo. Solo frente al extranjero podía parecer fuerte; en Rusia ha sido siempre débil. Se ha puesto en contradicción con todo talento, con todo corazón que siente con grandeza y nobleza, con toda aspiración a la libertad. Por eso todo lo que en Rusia cuenta con el progreso y la libertad vuelve los ojos con confianza hacia el movimiento socialista, hacia la lucha de clases proletaria. La burguesía de todos los países se ha vuelto conservadora. ¿No es una vergüenza ver que incluso la burguesía de una llamada república, como el más firme sostén del despotismo, paga con su oro al verdugo de todas las Rusias?27 (Fuertes aplausos, sobre todo entre los delegados franceses y rusos.) Así, la causa de la socialdemocracia se ha convertido cada vez más en la causa grande, buena y justa de la civilización en general, y todo lo que espera el progreso y lucha por la libertad se agrupa en torno a su bandera. La lucha de clases proletaria se ha convertido en la causa de la liberación, del progreso de la humanidad entera. (Vivos aplausos.)
Por el Partido Obrero Socialista de Francia (guesdistas)28 se propone, a raíz de las intervenciones del delegado japonés y del ruso, la siguiente resolución:
Sigue la resolución contra la guerra: véase la página del congreso.
El congreso da su aprobación unánime a esta resolución. Tras la lectura de numerosas cartas de adhesión y telegramas (entre ellos de camaradas rusos de Ginebra, de camaradas armenios de Londres, de camaradas de Bulgaria, etc.), el congreso suspende la sesión a la una hasta el lunes a las diez de la mañana.
Segunda jornada. Lunes 15 de agosto, sesión de la mañana
Van Kol abre la sesión a las diez y media; a la presidencia son enviados hoy: por Alemania, Molkenbuhr; por Francia, Vaillant; por Italia, Ferri.
Molkenbuhr asume la presidencia y propone deliberar según el orden del día provisional. Este dice así:
- Verificación de los mandatos.
- Elección de la mesa; formación de las secciones; fijación del orden del día.
- Informe del Secretariado.
- Informes de las naciones.
- Reglas internacionales de la política socialista; resolución sobre la táctica del partido (presentada por el partido socialista guesdista de Francia).
- Política colonial (Hyndman: Federación Socialdemócrata de Inglaterra,29 y Van Kol: Partido Socialista de Holanda).
- Emigración e inmigración (Partido Socialista de la República Argentina).
- Huelga general (Partido Obrero Socialista Revolucionario de Francia y Partido Socialista de Holanda).
- Política social y seguro obrero (Molkenbuhr: Partido Socialdemócrata de Alemania). — La jornada de ocho horas (Confederación Sindical de Dinamarca).
- Trusts y paro (Partido Socialista de los Estados Unidos de América).
- Sede del próximo congreso.
- Sede del Buró Socialista Internacional.
- Elección del Buró Socialista Internacional.
El congreso aprueba esta propuesta.
Los demás puntos inscritos en el orden del día provisional, a saber:
- Proteccionismo y librecambio (Partido Laborista Independiente de Inglaterra),30
- Militarismo (Partido Laborista Independiente de Inglaterra),
- El clericalismo y las escuelas (Federación Socialdemócrata de Inglaterra),
- Movimiento sindical y política (Sociedad Fabiana de Inglaterra),
- Tribunales internacionales de arbitraje (Partido Laborista Independiente de Inglaterra),
- Viviendas obreras (Asociación Nacional para las Viviendas Obreras de Inglaterra),
- Solidaridad internacional (Asociación de los socialistas alemanes, austriacos y húngaros en Suiza),
- La cuestión del alcohol (Liga Obrera Alemana de Abstinentes),
no llegan a debatirse por falta de apoyo del congreso.
Vaillant propone que las distintas nacionalidades se reúnan a las dos para elegir a sus delegados en las diversas comisiones; mañana podrían empezar entonces los trabajos propiamente dichos del congreso. Propone que se nombren comisiones para el punto 5 (Reglas internacionales de la política socialista: cuestión de la táctica), el punto 6 (política colonial), el punto 7 (inmigración y emigración), el punto 8 (huelga general) y el punto 9 (política social y seguro obrero).
La mesa aprueba esta propuesta.
Bebel recomienda suprimir también la sesión del congreso del martes por la mañana, para dar a las comisiones la posibilidad de deliberar a fondo.
También esta propuesta es aprobada.
Ferri: Sobre el punto 10 (Trusts y paro) no se ha publicado, es cierto, ningún informe, pero Hyndman y Carrol están dispuestos a presentarlo sin demora; en nombre de la delegación inglesa propone que también este punto se remita a una comisión.
El congreso así lo acuerda.
El secretario del Buró Internacional, Serwy,31 presenta el informe de la comisión de verificación de mandatos de los distintos países; están presentes 476 delegados, a saber:
- Argentina: 2
- Armenia: 1
- Australia: 1
- Bélgica: 38
- Bohemia: 3
- Bulgaria (partido, 4000, y sindicatos, 2400 miembros organizados): 2
- Canadá: 1
- Dinamarca (20 000 miembros organizados): 7
- Alemania (40 por el partido, 28 por los sindicatos): 68
- Inglaterra: Federación Socialdemócrata 34, Partido Laborista Independiente 31, Trade Unions 26, Partido Socialista de Gran Bretaña 2, Comité de Representación Obrera 2,32 Sociedad Fabiana 5, Sociedad Fabiana de Liverpool 1: 101
- Francia: Partido Socialista de Francia (guesdistas) 46, Partido Socialista Francés (jauresistas) 39, Partido Obrero Socialista Revolucionario (allemanistas) 6: 91
- Holanda: 33
- Italia (42 000 miembros organizados): 5
- Japón: 1
- Noruega: 2
- Austria: 13
- Polonia: Partido Socialdemócrata en Austria, Alemania y Rusia 20, Partido Socialdemócrata en Rusia, Polonia y Lituania 6, Partido Socialista Polaco «Proletariat» 3 (este último ha enviado también a Rosa Luxemburg al Buró): 2933
- Rusia: Partido Socialista Revolucionario 31, Partido Obrero Socialdemócrata con 47 organizaciones 6, Unión General Obrera Judía con 27 organizaciones, 56 grupos y 22 990 miembros 8: 4534
- Suecia: 6
- Suiza: 7
- Serbia: 1
- España: 5
- Hungría: 3
- Estados Unidos de Norteamérica: Partido Socialista 9, Partido Obrero Socialista 1, Partido Socialdemócrata de Mujeres 1: 11
De todos los mandatos solo se impugna uno ruso; como la delegación rusa no ha podido ponerse de acuerdo al respecto, el congreso tendrá que decidir sobre él en la próxima sesión.
Para la composición de las comisiones por parte de los distintos países, la comisión propone que cada nación envíe un delegado.
Vaillant aboga por 2 delegados, para dar expresión a las distintas corrientes en los distintos países; también los sindicatos y los partidos políticos deberían poder estar representados; e igualmente cuando existan dos partidos distintos dentro de un país; si estos no lograran ponerse de acuerdo sobre las resoluciones propuestas, deberían tener derecho a votar por separado. En la comisión de la huelga general debería concederse un tercer voto a determinados grupos sindicales.
Allemane35 señala la situación excepcional de Francia; el Partido Obrero Socialista Revolucionario está organizado a escala nacional; es la organización de partido más antigua, pero aquí la más débilmente representada; tampoco puede unirse a uno de los dos grandes partidos. En la cuestión de la huelga general, de los trusts y del militarismo mantiene su propio punto de vista; por eso reclama para sí el mismo derecho que los jauresistas y los guesdistas.
Vandervelde: La mesa es unánime en considerar que la petición de Allemane no puede atenderse. La consecuencia sería que cuantos más grupos se dividiera el partido de un país, tantos más votos obtendría aquí. (Aplausos.) Antes, en cada comisión, cada nación tenía sencillamente un voto; a causa de las lamentables escisiones en algunos países, en Londres y en París hubo que conceder 2 votos; más allá no se puede ir, pues de lo contrario Inglaterra, Rusia y otros seguirían el ejemplo de Francia. Para complacer a Allemane en lo posible, debería encargarse a la mesa que buscara una salida inspirada en el espíritu de camaradería; en principio había que atenerse a que cada nación tenga 2 votos.
Allemane: Aquí se trata de un principio. No queremos fragmentar el socialismo en pequeños grupos; si el congreso decide que cada nación reciba solo 1 voto, bien; pero si las otras dos fracciones reciben un voto cada una, nosotros reclamamos también un voto, como la más antigua, fundada ya en 1878.
Renaudel36 (del grupo de Jaurès): Nos sometemos al acuerdo del congreso, y como mis camaradas y yo hemos luchado siempre por la unidad del partido, aceptaremos sin objeción la decisión de que Francia tenga un solo voto en total.
Vaillant pide que esta cuestión se remita a la mesa.
Molkenbuhr somete a votación la propuesta de Vandervelde de que cada nación tenga dos votos; si en un país existen grupos distintos, estos podrán enviar también un delegado, para exponer su punto de vista, a las comisiones en cuyos asuntos tengan un interés especial.
El congreso aprueba la propuesta, salvo los allemanistas y una gran parte de los jauresistas.
Keir Hardie37 y Herbert Burrows38 proponen en nombre de la delegación inglesa una manifestación de simpatía con los huelguistas de Colorado, que son atropellados del modo más vergonzoso. El mensaje dice así:
Sigue la declaración de simpatía con los mineros de Colorado: véase la página del congreso.
Entre aplausos, el congreso aprueba esta declaración de simpatía.
Se levanta la sesión a las doce.
Tercera jornada. Martes 16 de agosto, sesión de la tarde
A las tres abrió Van Kol la sesión; forman la presidencia Hillquit39 (Norteamérica), Iglesias40 (España) y Cipriani41 (Francia).
Serwy, secretario del Buró Internacional, comunica que varias comisiones no han podido terminar todavía sus trabajos y que por eso parece oportuno aplazar la sesión hasta mañana por la mañana.
Hyndman (Londres) se opone: las sesiones del congreso no son menos importantes que las de las comisiones; que las comisiones continúen mañana sus deliberaciones, pero nosotros podemos tratar aquí al menos los puntos que ya están despachados en las comisiones, a saber, el punto 9: seguro obrero, y el punto 6: política colonial.
Vandervelde mantiene en nombre del Buró la propuesta de este: las comisiones están reunidas y tienen que seguir reunidas hasta terminar sus trabajos. Pero en el debate sobre el seguro obrero tienen que participar todos los delegados. Además, las deliberaciones de la comisión de táctica, que ahora se reúne al mismo tiempo que el pleno, forman un segundo centro de interés y desvían la atención de nuestras sesiones plenarias.
Hyndman modifica entonces su propuesta en el sentido de dejar libre para las comisiones la mañana del miércoles; pero su moción es rechazada por una mayoría bastante grande.
Próxima sesión, el miércoles a las diez.
Se levanta la sesión a las tres y media.
Cuarta jornada. Miércoles 17 de agosto, sesión de la mañana
Van Kol abre la sesión a las diez.
Para reducir en lo posible las dificultades de idioma en la dirección de los debates, desde hoy asumirá la presidencia Van Kol como presidente permanente; a la presidencia del día se envía a Cipriani (Francia), Hillquit (Estados Unidos) e Iglesias (España).
El Buró Internacional propone tratar por ahora en el pleno los puntos del orden del día que estén despachados en comisión. La discusión sobre la cuestión de la táctica internacional exige en la comisión más tiempo del que se había previsto; pero, para llevar a término estas deliberaciones en la comisión y llegar a un acuerdo que, sin herir los sentimientos de nadie, exponga con rigor y claridad de principio la concepción socialista, esta comisión seguirá reunida también durante las sesiones del congreso.
El congreso lo aprueba.
Se tratan, pues, ahora:
Punto 9: Política social y seguro obrero,
Punto 10: Trusts y paro,
Resolución de los delegados de la India británica.
Se da lectura a numerosos escritos de adhesión de los más diversos países, entre ellos de trabajadores socialistas del Japón, de La Habana, de Odesa y de Moguiliov, cuyas manifestaciones de simpatía son acogidas con especiales aplausos.
Serwy, secretario del Buró Internacional, comunica que el número de delegados asciende ya a 483.
Berg (de la Unión de los Trabajadores Judíos de Rusia)42 apela a la decisión del congreso contra el hecho de que esta organización no reciba un voto propio en las votaciones. (El Buró Internacional ha reconocido a esta organización con pleno derecho a participar en el congreso, pero no ha podido concederle un derecho de voto separado de la delegación rusa.) Con ello, la mayor y más antigua de las organizaciones proletarias revolucionarias de Rusia queda de hecho privada de representación en el congreso. La Unión de los Trabajadores Judíos ha organizado para la lucha contra el despotismo y por el socialismo a los elementos más atrasados de Rusia, y cuenta hoy con 30 000 combatientes organizados. Como no pueden ponerse de acuerdo con los otros dos grandes grupos rusos sobre cada votación,43 piden que se les conceda a ellos mismos un voto propio.
Por una mayoría abrumadora, el congreso confirma sin debate la decisión de su Buró.
El congreso entra en el orden del día:
Punto 9: Política social y seguro obrero
Ponente por la comisión es Molkenbuhr; la resolución que la comisión propone al congreso para su aprobación dice:
Sigue la resolución sobre política social y seguro obrero: véase la página del congreso.
Molkenbuhr, señalando algunos errores que alteran el sentido en la traducción francesa e inglesa de su informe escrito, justifica la necesidad de entrar no solo en las objeciones que la comisión opuso a la resolución presentada por el partido alemán, sino también en el razonamiento de su informe impreso. Ya en el congreso de París —expone el ponente— subrayé que el salario mínimo solo puede servir al trabajador cuando tiene trabajo. Pero no solo en ese caso, sino como hombre, tiene derecho a la existencia. A la sociedad burguesa le falta, desde luego, el medio para realizar esta reivindicación. No tiene más que la ley penal contra la mendicidad, y amenaza al pobre con el asilo. Para realizar este derecho a la existencia se propagó en otro tiempo con tanto celo el derecho al trabajo como ahora el derecho a un salario mínimo; pero ambas propuestas son utópicas, nadie ha mostrado un camino para realizarlas, aunque, por ejemplo, la reivindicación del salario mínimo figura también en el proyecto alemán de ley de protección obrera de 1884. En todas partes se ha reconocido como dañina y se ha combatido la explotación abusiva, se han hecho leyes para proteger los bosques e incluso disposiciones internacionales sobre la protección de los peces, pero contra la explotación abusiva de la fuerza de trabajo no se hace nada, o apenas se ha dado un comienzo mínimo a su combate. La sociedad burguesa no tiene, en efecto, ningún interés en proceder también racionalmente en este terreno, porque solo los trabajadores sufren el daño de esa explotación abusiva. Pero nosotros tenemos que exigir que todos carguen con su parte de los daños por accidente, enfermedad, invalidez, etc., y que también se imponga a los patronos una parte de los costes, porque solo así reciben un estímulo para combatir estos males. Mientras combatir un mal les cueste dinero a los capitalistas y el mal mismo no les cueste nada, nunca moverán un dedo para combatirlo. Por deficiente que sea, por ejemplo, el seguro obrero alemán, ha mostrado al menos una cosa: que en el campo de batalla del trabajo se hacen sacrificios de una magnitud insospechada. Solo en Alemania se registraron en el año 1902 488 000 accidentes, 7975 de ellos mortales. Si se añaden los accidentes no sujetos al seguro obligatorio en el comercio, la hostelería y las tabernas, los de los criados, los aprendices y los oficiales del artesanado, los que ocurren en el camino al trabajo y los que, según una famosa receta, se califican de «enfermedad profesional», se llega probablemente, para Alemania, a tres cuartos de millón de accidentes y 10 000 muertos al año. Ni el más sangriento campo de batalla de la guerra es tan sangriento. El seguro obrero alemán ha mostrado el camino para combatir el mal, ha probado que es posible indemnizar por completo a los trabajadores sin arruinar la industria.
Cuando existe un seguro así, se llegan a conocer con exactitud las causas de los males y se recibe con ello el estímulo para prevenirlos. Al trabajador hay que garantizarle por lo menos el mínimo de existencia y poner a su disposición los medios de curación. La sociedad tiene interés en conservar la fuerza de trabajo. Las primeras iniciativas para implantar una protección obrera vinieron, de modo característico, en algunos Estados militares, de las autoridades militares. Así, en Alemania, las primeras disposiciones de protección de la infancia, cuando las autoridades militares se quejaron del número de inútiles para el servicio. En la comisión se propuso costear el seguro obrero enteramente con fondos públicos. Nosotros, los alemanes, no pudimos estar de acuerdo. En primer lugar, aquí se enlazan dos reivindicaciones: la implantación del seguro obrero y la financiación de sus costes con fondos públicos. Y sacar adelante dos reivindicaciones a la vez es mucho más difícil que cada una por separado. El segundo peligro está en que la popular reivindicación del seguro obrero se utilice para arrastrar leyes impopulares. Así utilizó Bismarck el seguro de invalidez en su intento de imponer el monopolio del tabaco, y a ese fin sirvió el mensaje imperial44 que tan gran papel desempeña en los escritos de propaganda sobre el seguro obrero alemán. Con el arancel aduanero, el Centro45 siguió las huellas de Bismarck y trató de hacer popular el arancel mediante el seguro de viudedad y orfandad.
En la comisión se discutió además la cuestión de si se podría alcanzar el fin perseguido por la vía del seguro privado. Ciertamente, los sindicatos ingleses han hecho mucho en este terreno. Pero no se puede justificar que los trabajadores carguen ellos solos con el peso material del seguro. (Viva aprobación.) Por eso es preferible un seguro de derecho público.
Los fabricantes alemanes se quejan de la gran carga que imponen a la industria alemana sus cotizaciones al seguro obrero, en comparación con las industrias de otros países. Que esta carga no oprime lo muestra el desarrollo industrial sin precedentes de Alemania desde 1884. Es verdad que las sumas destinadas al seguro obrero son en apariencia muy grandes; así, en el año 1902 se reunieron en Alemania 451 millones de marcos para el seguro obrero. Pero a cada uno le corresponde solo una cotización mínima. Así, los 800 000 marcos que pagó la empresa Krupp no suponen más que el 2,7 por ciento de la suma de salarios. No a pesar del seguro obrero, sino gracias a él, Alemania lleva ventaja en el mercado mundial, porque conserva al trabajador apto para el trabajo durante más tiempo. Junto con el seguro de enfermedad y el de accidentes había que incluir al mismo tiempo el seguro de paro. La sociedad capitalista procura conservarse el ejército de los parados. Actúan como competidores que hacen bajar los salarios y no cuestan nada. Pero los parados se arruinan física y mentalmente. Con mayor razón hay que obligar a la sociedad a contribuir a su sustento. El paro tiene que costarles dinero a los capitalistas. Solo entonces buscarán ellos también medios y caminos para reducirlo. Y eso se puede hacer mediante una regulación racional de la jornada de trabajo. Es evidente que los trabajadores deben tener la autoadministración de las cajas de seguro. Al fin y al cabo, ellos crean todos los valores de los que salen las cotizaciones, también las de los capitalistas. El presidente Bödiker46 dijo en el congreso internacional de protección obrera que las cotizaciones patronales a los costes del seguro no son otra cosa que una parte fija del salario. Y como el salario pertenece indudablemente a los trabajadores, solo ellos tienen derecho a administrar los fondos del seguro. Otra cosa ocurre con el seguro de vejez y con el de viudedad y orfandad. Aquí los medios deben reunirse mediante recargos sobre los impuestos directos sobre el patrimonio y la renta, y aquí la burocracia puede encargarse también de la administración. Por último, tenemos que exigir un seguro obrero unificado. La división en tres ramas ha sido un gran error de la legislación alemana de seguros; las partes se solapan unas con otras.
Si los trabajadores de todos los países plantean las mismas reivindicaciones respecto al seguro obrero, también se les quita a los capitalistas alemanes el motivo para gritar. Los trabajadores de todos los países tienen interés en impulsar la legislación de seguros de su Estado para que se dé comienzo a un combate racional de las enfermedades, del paro y de los accidentes. Si se realizan estas reivindicaciones, nos habremos acercado un paso a la meta de asegurar a cada hombre un derecho al mínimo de existencia. Y la garantía de la existencia para cada hombre es el ideal fundamental que guía al movimiento obrero. Plantead estas reivindicaciones con la mayor energía posible, para que no se os pueda negar por más tiempo su cumplimiento. (Vivos aplausos.)
Ante una queja de los delegados canadienses, sudafricanos y australianos, el Buró hace constar que De Leon47 (América) no tiene derecho a reclamar los votos nacionales de Australia.
Además, el Buró Internacional comunica que, aparte de la resolución alemana de Molkenbuhr, se ha recibido sobre este punto una segunda resolución de la delegación norteamericana. La resolución dice:
Los socialistas de todos los países defienden en todo momento el seguro estatal del pueblo trabajador contra los accidentes, el paro y la invalidez, y emplearán todos los medios a su alcance para alcanzar este fin.
Luego se hace la pausa del mediodía.
Sesión de la tarde del miércoles 17 de agosto
Van Kol abre la sesión a las dos. Para defender la resolución norteamericana toma la palabra
Hillquit (Nueva York). Formula algunas objeciones a las frases introductorias de la resolución alemana. El hombre no tiene un derecho innato a la existencia; eso es un resto de la filosofía idealista de los enciclopedistas. Solo sobre la base de su posición de fuerza puede la clase obrera exigir e imponer una mejora de su situación. La resolución habla también de un interés de la sociedad. Pero por «interés de la sociedad» se entiende en general el «interés de la clase dominante». También hacemos mal en decir que hay que crear instituciones que tengan por objeto hacer posible la regeneración de la «fuerza de trabajo». No se trata en absoluto de la fuerza de trabajo, eso es cosa de los capitalistas, sino de la vida y la salud de los trabajadores. Precisamente en tiempo de crisis, la «sociedad» no tiene el menor interés en conservar la fuerza de trabajo; lo que le importa, más bien, es eliminar una parte de esa fuerza de trabajo. No estamos llamados a proclamar principios generales para la sociedad. Estas frases son tan generales que cualquier filántropo, cualquier sociedad protectora de animales podría aceptarlas. Estamos aquí como representantes de los trabajadores y tenemos que llamar a la clase obrera a luchar por sus derechos. El orador propone sustituir la segunda frase de la resolución de Molkenbuhr, «considerando, además, que todo hombre tiene derecho a la existencia, etc.», por la frase siguiente:
«Considerando, además, que el partido socialista, como partido de los trabajadores, defiende en todas partes el bienestar físico e intelectual de la clase obrera, el congreso declara que deben crearse instituciones que alivien la miseria de los trabajadores y eliminen los peligros del trabajo».
Vliegen48 (Holanda): La exposición de Molkenbuhr ha dado la impresión de que los fundamentos del seguro alemán fueran buenos. En otros países, y también en Holanda, los partidos burgueses nos recomiendan la legislación alemana de seguros, con cuya implantación tendríamos que darnos por satisfechos. Nosotros, los socialistas, siempre le hemos hecho frente. También el congreso internacional tiene que expresar claramente que la legislación alemana de seguros no es lo que quieren los trabajadores del mundo. En ningún terreno hay tanta ocasión de pseudorreformas como en el del seguro obrero. La jornada de nueve horas vale más que todo el seguro obrero. El gobierno alemán más reaccionario creó el seguro obrero, pero no acortó la jornada de trabajo. A instancias nuestras se incluyó en la resolución la reivindicación de que los costes del seguro de vejez, de invalidez y de orfandad se reúnan mediante recargos sobre los impuestos directos sobre la renta y el patrimonio. Es cierto que los gobiernos burgueses utilizan la implantación de leyes de seguro obrero para arrastrar leyes impopulares. Así, el presidente del gobierno holandés, el doctor Kuyper,49 un Bismarck de bolsillo, ligó a la implantación del seguro la duplicación de los derechos de importación. Pero contra semejante engaño uno puede defenderse. Es más práctico cubrir los costes del seguro gravando la plusvalía ya acaparada por la clase capitalista que con las cotizaciones de los trabajadores. Por lo demás, el orador está de acuerdo con la resolución de Molkenbuhr.
El presidente, Van Kol, comunica que ya se han recibido cuatro enmiendas a la resolución; ruega que solo se presenten mociones de importancia de principio, puesto que en la comisión ya se han discutido a fondo esta cuestión y las mociones.
Paul Louis50 (guesdista) declara en nombre de su partido su acuerdo con la resolución, a la que solo hay que reprochar que no diga con bastante claridad cómo se ha de alimentar el seguro obrero. Los franceses presentaron en la comisión una moción para cargar al Estado los costes del seguro, que solo votaron los holandeses. Los socialistas franceses, que estuvieron en contra del proyecto Millerand51 porque tomaba del salario una parte de las cargas, se reservan, cuando próximamente se les presente en el parlamento el proyecto de un seguro de vejez, considerar las reivindicaciones de la resolución solo como un mínimo que también pueden rebasar.
Wurm52 (Alemania), como miembro de la comisión, defiende la resolución aprobada por unanimidad en ella frente a la crítica de Hillquit. Este ha presentado a la comisión como una sociedad pequeñoburguesa de reformadores sociales. Pero está muy equivocado. Según nuestra concepción socialista, todo hombre tiene derecho a la existencia. Planteamos esta reivindicación en oposición a la sociedad capitalista. Quien realizará este derecho será la sociedad socialista. Las frases que propone Hillquit son tan generales como las de nuestra resolución. Un congreso tan diverso solo puede dar reglas generales. En la resolución seguimos el camino de los principios al decir: la protección del trabajador contra los daños que sufre en el trabajo no puede correr solo a su cargo, asociándose en sindicatos o en corporaciones. Para ello hay que apelar a la legislación, al Estado. Eso es lo esencial. Por primera vez un congreso obrero internacional apelará a la legislación del Estado para el seguro obrero. No entonamos ninguna alabanza de la legislación alemana de seguros; al contrario, la criticamos con dureza implacable como otra forma de la legislación de pobres. Pero, sea como sea, se creó porque un fuerte partido socialdemócrata la conquistó en la lucha de clases. (Vivos aplausos.)
Sexton53 (Partido Laborista Independiente de Inglaterra) propone suprimir, en el penúltimo párrafo de la resolución de la comisión, la frase que empieza con las palabras «Donde no sea así». La ley inglesa de responsabilidad civil54 impone a los patronos toda la obligación de indemnizar. En ningún caso debe hacerse recaer sobre los trabajadores el peso de las cotizaciones.
Con esto se cierra la discusión.
La resolución de la comisión queda aprobada por gran mayoría, rechazándose todas las enmiendas.
La moción Sexton queda rechazada por 23 votos nacionales contra 6 (Inglaterra, 2; Argentina, 2; Norteamérica, 1; Francia, 1 voto).
Por la moción Hillquit votan solo los franceses y los norteamericanos.
El congreso entra en la deliberación de la resolución inglesa, propuesta por la comisión de política colonial, sobre la situación de la población india y la conducta del gobierno inglés con ella, la
Resolución sobre las atrocidades en la India
Esta resolución dice:
Sigue la resolución sobre las atrocidades en la India: véase la página del congreso.
En nombre de la delegación inglesa la defiende
Hobson (Sociedad Fabiana):55 Con nuestra moción queremos apoyar la protesta de los delegados indios y mostrar que no toda Inglaterra aprueba este saqueo de la India, sino que una parte protesta con toda energía contra el infame régimen inglés en la India. Si se miran los ingresos que el Estado inglés y la clase capitalista sacan de la India, la India debería dar la impresión de ser uno de los países más ricos y felices del mundo. Pero los millones y más millones que fluyen hacia Inglaterra son el fruto de una opresión y de una expoliación sin precedentes del pueblo indio. Contra ello los trabajadores de todos los países deben levantar la protesta más enérgica. (Vivos aplausos.)
El presidente, Van Kol, ruega al congreso que siga con religiosa atención la exposición del delegado indio, un anciano de ochenta años que ha sacrificado cincuenta y cinco años de su vida a la lucha por la libertad y la felicidad de su pueblo. Ha venido aquí para representar los intereses de doscientos millones de seres humanos, de un país que podría ser un paraíso en la tierra si la codicia de la raza blanca no lo hubiera convertido en un valle de lágrimas y de miseria para la gran mayoría de la población.
En señal de solidaridad con los sufrimientos del pueblo indio, los delegados se ponen en pie. Saludado con minutos de vítores y aplausos atronadores, toma la palabra:
Dadabhai Naoroji:56 La acusación de explotación contra Inglaterra se puede probar con hechos. Inglaterra ha hecho pocos sacrificios de sangre por la India. Los desdichados pueblos indios han tenido que pagar ellos mismos el tributo de sangre que exigía su sometimiento. De los doscientos millones de rupias que la India recauda cada año en impuestos, cien millones se pagan en pensiones a funcionarios ingleses que estuvieron en la India, y ese dinero se consume fuera del país. En manos de ingleses están las minas y los ricos tesoros naturales del país. Doscientos millones de rupias al año sacan de la India capitalistas y comerciantes ingleses, y el país los pierde. La consecuencia es que se secan las fuentes de la riqueza. De los doscientos millones de indios, según reconocimiento oficial, un millón no está en condiciones de comer a diario hasta saciarse. Por eso hacen estragos la peste y el cólera. El gobierno inglés ha prometido repetidas veces a los indios aliviar sus sufrimientos, pero todo se ha quedado en promesas. Se les sigue negando la igualdad de derechos. Así como es vergonzoso que un fuerte asalte a un débil, también es vergonzoso que una nación fuerte caiga sobre una débil y la desangre. A este sistema de barbarie y de política de rapiña hay que ponerle fin concediendo el autogobierno que tiene cualquier otra colonia inglesa. El orador ha venido aquí para pedir la simpatía y el apoyo del proletariado internacional para los indios oprimidos. El proletariado no puede hacer por la liberación de la raza india menos que por la liberación de los esclavos. La India tiene una cultura milenaria; tanto más dura siente la ignominia y el dolor de su esclavitud. ¡Quien lleve en el corazón la causa de la humanidad y del progreso tiene que hacer suya la causa de la India! (Aplausos atronadores y prolongados.)
La resolución se aprueba a continuación sin discusión y por unanimidad.
Van Kol añade: Hago constar que el congreso de Ámsterdam ha marcado la política colonial de rapiña de los ingleses en la India con el estigma de una ignominia imborrable. (Aplausos atronadores.)
Se pasa a tratar el punto 10:
Trusts y paro
Sobre él se ha presentado la siguiente resolución:
El Congreso Socialista Internacional de Ámsterdam declara:
que no se puede probar en modo alguno que las asociaciones patronales reduzcan el paro, sino que más bien, por su dominio de la producción capitalista, tienen el poder de aumentar el paro en interés de su beneficio.
El congreso repite la resolución de París de 1900 al constatar la completa inutilidad de impedir por la legislación la aparición de las asociaciones patronales o de limitar su crecimiento;
y exhorta a los trabajadores de todos los países a emplear el poder de su organización para alcanzar el orden económico socialista.
Ponente de la comisión es
Wibaut57 (Bélgica): El punto se puso en el orden del día a propuesta de América, pero el partido norteamericano no tuvo tiempo de redactar un informe. A pesar de ello, la comisión trató la cuestión, pero faltó tiempo para elaborar un informe propio. Hyndman presentó, es verdad, un informe detallado a la comisión, pero no trata en él para nada la cuestión del paro. Cuatro de los miembros de la comisión no consideraron necesaria ninguna resolución; los once restantes eran de la opinión contraria. Frente a la opinión de muchos economistas burgueses, hay que subrayar que ningún hecho justifica la idea de que los trusts, los rings o los sindicatos patronales tiendan a reducir el paro. Al contrario, el enorme poder económico que concentran les permite incluso aumentarlo a voluntad en cuanto esperan de ello un aumento de sus beneficios; las experiencias de América, Austria, Alemania, etc., lo confirman. Todas las afirmaciones contrarias de los economistas burgueses son pura fanfarronería. También la legislación se ha mostrado incapaz de hacer frente a los llamados excesos de los trusts o de frenar su desarrollo. América ha tenido treinta años para ello, y los resultados son nulos. Los trusts son la consecuencia necesaria del desarrollo capitalista, y sería una locura exigir al capitalismo que cortara su propio desarrollo. No queda, pues, más que la lucha de la clase obrera por alcanzar su fin último.
Herbert Burrows (Inglaterra) considera insuficiente la resolución y propone devolverla a la comisión para que la reelabore.
El congreso acuerda por gran mayoría devolverla a la comisión.
Se levanta la sesión a las seis.
Quinta jornada. Jueves 18 de agosto, sesión de la mañana
Forman hoy la mesa, junto a Van Kol, Pete Curran (Inglaterra), Knudsen58 (Dinamarca) y Němec59 (Bohemia).
A propuesta del Comité Internacional, hoy se despacharán, si es posible, los siguientes puntos del orden del día: punto 6: la política colonial; punto 8: huelga general; punto 7: emigración e inmigración; punto 9 b: el Primero de Mayo; punto 10: trusts y paro. El viernes por la mañana empiezan los debates sobre la cuestión de la táctica socialista.
El miembro de la comisión de los trusts Hobson (fabiano) comunica que la comisión se ha convencido de la imposibilidad de tratar la cuestión de los trusts y del paro en una sola resolución. Pide permiso para separar la cuestión del paro.
El congreso está de acuerdo.
Pete Curran60 transmite una vez más al congreso, en nombre de la delegación inglesa, los más cordiales saludos y deseos de los trabajadores ingleses. Este congreso será importante por sus acuerdos para el movimiento obrero del mundo entero; pero no viviré un momento más hermoso ni más sublime que el que ya he vivido cuando el representante de la socialdemocracia rusa puso fraternalmente sus manos en las del japonés.61 (Aprobación.) En ese acto conmovedor se expresa la unidad de todos los socialistas y su oposición al mundo capitalista. Por distinta que sea la táctica en cada país, estamos unidos en el odio a la guerra, al militarismo. (Vivos aplausos.) Sabemos que también ahora solo las camarillas del capital han azuzado a los trabajadores de Rusia y del Japón a la guerra unos contra otros. Es cierto que en Inglaterra el movimiento obrero socialista está todavía atrasado, todavía no es claro ni consciente de sus fines. Pero aseguro en nombre de toda la delegación británica, la inglesa, la escocesa, la irlandesa y la galesa, que en Gran Bretaña hay ya decenas de miles de socialistas con conciencia de clase más que hace cuatro años, en tiempos del congreso de París. (Nuevos aplausos.) También en Inglaterra el desarrollo económico ha empujado a latigazos a los trabajadores a la lucha de clases, y aunque en Inglaterra las diferencias de táctica, de organización y de personas son muy grandes, la delegación representa ante el congreso una sola concepción unitaria. (¡Bravo!) Ya hay en Inglaterra más de un millón de trabajadores sindicados que pagan sus cuotas con el fin de formar un partido obrero independiente, separado de los partidos burgueses de la derecha y de la izquierda.62 Una política obrera con conciencia de clase, una acción política independiente, eso es lo que debe practicar el nuevo partido. Es un acontecimiento importante, aunque estos trabajadores no hayan comprendido todavía del todo las enseñanzas económicas de Marx ni las políticas de Lassalle. Por eso el delegado inglés viene a los socialistas de los demás países no solo como hermano, sino también como alumno deseoso de aprender. Empujado hacia adelante por la lógica implacable de los hechos —concluye el orador—, el ejército del proletariado crece cada vez más; su objetivo no es formar un partido independiente, sino la lucha común de todos los trabajadores con el fin de revolucionar toda la sociedad mediante la socialización de los medios de producción, la revolución que por primera vez traerá la libertad y la felicidad al hombre, a la mujer y al niño, a todo lo que lleva rostro humano. (Vivos y prolongados aplausos.)
Serwy, secretario del Buró Internacional, comunica que han llegado de todos los países del mundo numerosos escritos y telegramas de saludo.
Ferri ha presentado la siguiente moción:
Sigue la moción de Ferri sobre los condenados de 1898 en Italia: véase la página del congreso.
La moción Ferri se aprueba por aclamación, entre aplausos y vítores.
A continuación el congreso entra en el orden del día.
Política colonial
Sobre la política colonial informa Van Kol (Holanda): Teníamos que resolver en la comisión un problema complicado, muchas de cuyas cuestiones parciales están todavía poco aclaradas. Por eso es lamentable que los distintos partidos socialistas no hayan atendido en mayor medida la indicación expresa del congreso de París de estudiar a fondo la cuestión colonial.
La posición de la socialdemocracia ante la cuestión colonial es un reflejo de todo su desarrollo. Cuanto más se desarrollaba interna y externamente, más pasaba la socialdemocracia del grito de indignación ante las sangrientas atrocidades, de la pura negación, a la política positiva. Sin debilitar la protesta anterior ni quitarle su rigor de principio, la socialdemocracia intenta ahora, mediante diversas medidas positivas, minar los cimientos del orden capitalista, acrecentar la fuerza del proletariado, hacerlo más capaz de defenderse, para sacar de quicio al mundo capitalista. Así también en la política colonial. Seguiremos levantando sin cesar nuestra protesta contra la política capitalista de rapiña, que chorrea sangre y cuyas atrocidades son inconmensurables. Pero hoy tenemos que examinar también la cuestión: ¿qué podemos hacer para, por un lado, disminuir los crímenes contra los pueblos de las colonias y, por otro, hacer que la política colonial resulte menos gravosa y menos funesta para el proletariado de los países colonizadores? Nos vemos empujados a esta cuestión porque la tendencia a la colonización existe en el plano internacional desde que hay historia. Quizá llegue algún día, desde luego, el tiempo en que Europa tenga que arreglárselas sin colonias. Cuando los aranceles proteccionistas triunfen en toda la línea, cuando el imperio colonial de Chamberlain,63 unificado y poderoso, reúna en un mercado exclusivo una cuarta parte de la superficie de la tierra y una séptima parte de la humanidad, ya no tendremos esta cuestión colonial, pero entonces sobrevendrá por un lado una crisis terrible de proporciones gigantescas y consecuencias espantosas y, frente a ella, quizá la revolución social. Mientras tanto, tenemos que ocuparnos de la cuestión colonial.
Tenemos que protestar contra la extensión violenta de las posesiones coloniales, porque somos enemigos de los horrores de toda conquista, aun cuando no consideremos las posesiones coloniales en sí mismas una desgracia sin más para el país colonizador. Es verdad que hoy las posesiones coloniales solo enriquecen a algunas grandes casas comerciales y a algunas grandes sociedades anónimas de navegación y de armadores, mientras que las cargas tiene que soportarlas el proletariado de los países colonizadores.
Por desgracia, es muy difícil proponer medidas positivas para aliviar estos males, porque los países colonizados son muy distintos por su desarrollo económico y por la raza de su población. ¿Hay que intentar mantener la forma indígena de vida social? ¿O dejar que el capitalismo se implante allí a la velocidad de un invernadero? ¡Nosotros, representantes de la evolución histórica, del progreso, defensores del derecho y de la justicia, nosotros, luchadores por el perfeccionamiento infinito de la sociedad, vamos a dejar a centenares y centenares abandonados a una miseria sin límites y a un completo embrutecimiento intelectual y moral, en vez de protegerlos de los sufrimientos y tormentos del capitalismo! El centro de gravedad de toda reforma colonial es, naturalmente, el autogobierno. Todavía no podemos indicar con precisión las medidas positivas, pero por primera vez la socialdemocracia ha formulado reivindicaciones positivas; el primer paso está dado, y en la buena dirección. Que la acción del proletariado sea también en el futuro digna de su gran causa y de la importancia que tiene la cuestión colonial para el desarrollo de toda la humanidad. (Vivos aplausos.)
El orador propone en nombre de la comisión la siguiente resolución:
Sigue la resolución sobre la política colonial: véase la página del congreso.
En el debate, Terwagne64 (Bélgica) y Marmonnier (jauresista) se suman a la valoración del primer paso positivo hacia la reforma colonial y completan el informe comunicando que la comisión y el Buró invitan a todas las naciones a formar comisiones de estudios coloniales, que han de ponerse en contacto con el secretariado internacional para aclarar la cuestión colonial y desplegar propaganda socialista en las colonias.
Uhry (guesdista) considera imposible, por las experiencias históricas, la adquisición pacífica de colonias y remite al ejemplo de Manchuria y del Transvaal. A pesar de ello, también su partido vota la resolución de la comisión por su valor de principio.
Rossi (Italia) defiende la propuesta de las comisiones de estudio que han de formar los distintos países, a la que el congreso da su conformidad.
En la votación, la resolución de la comisión se aprueba por unanimidad.
Viene a continuación el siguiente punto del orden del día:
La huelga general
La comisión ha aprobado la siguiente resolución de los holandeses:
Sigue la resolución sobre la huelga general: véase la página del congreso.
Informa por la comisión la ponente, señora Henriette Roland Holst65 (Holanda): La comisión ha aprobado esta resolución por 27 votos contra 4. Este resultado satisfactorio muestra que en la concepción del proletariado internacional empieza a producirse un cambio en el juicio sobre la huelga general o, más exactamente, sobre la huelga política de masas. El proletariado es plenamente consciente de las dificultades que lleva consigo la realización de huelgas políticas de masas, pero sabe también qué fuerzas dormitan en su seno. Entre la quimera de la huelga general anarquista y la idea de la huelga política de masas, tal como la han empleado repetidas veces partidos socialistas, hay una diferencia enorme. La resolución quiere expresar con claridad esta oposición insalvable entre huelga general y huelga de masas. La comisión ha rechazado la huelga general anarquista porque es absolutamente irrealizable. Una suspensión del trabajo tan completa como se la imaginan los anarquistas es imposible. Por otra parte, la resolución no fija límites determinados a la extensión en que son admisibles las huelgas políticas de masas. Su alcance y su extensión dependen de las circunstancias históricas. En segundo lugar, había que acabar con la concepción anarquista que interpreta la huelga general como la revolución social, como la liberación definitiva del proletariado. Según nuestra concepción histórica, la conquista del poder político y la socialización de los medios de producción no son obra de un esfuerzo aislado del proletariado. Su condición previa es una revolución de los espíritus, un vuelco en el pensamiento y en el sentimiento del proletariado, un cambio de sus condiciones de vida y la preparación mediante el lento y constante trabajo cotidiano de las organizaciones políticas, sindicales y cooperativas de los trabajadores. La resolución evita tomar posición sobre la llamada huelga general con fines económicos. Decidir sobre su admisibilidad corresponde a las organizaciones sindicales. La huelga política de masas no tiene fines económicos, sino que se dirige contra el Estado capitalista para impedir un empeoramiento de los derechos políticos de los trabajadores o para conquistar otros nuevos. ¿Es posible, pues, una huelga política de masas así? La resolución dice: en determinadas condiciones, sí. Pero las condiciones previas son: organizaciones fuertes, una fuerte disciplina voluntaria y la necesaria preparación para la acción. Si se cumplen estas condiciones es cosa que ha de decidir cada país. Pero si la lucha de clases se agudiza, es posible que la huelga de masas sea el único medio de lucha política del proletariado. El principal adversario de la resolución en la comisión fue Georg Briand66 (de los jauresistas), que la calificó de ambigua, confusa y timorata. Cierto, la resolución es prudente, pero la prudencia se impone. Si abrimos la puerta a la huelga de masas, tenemos que poner a la entrada como guardianes la prudencia, la sensatez, la organización y la disciplina. El ejemplo de los belgas ha mostrado que se puede interrumpir una huelga política también con plena disciplina.67 La oradora se ocupa de la opinión de un socialista revolucionario ruso68 en la comisión que, para el caso de privación de los derechos políticos, no quería que se recomendara la huelga de masas como el único medio de lucha política, sino que deseaba también que se hiciera referencia al terror político. Pero tiene que interrumpirse porque se le ha agotado el tiempo de palabra.
Se hace la pausa del mediodía.
Sesión de la tarde del jueves 18 de agosto
En la discusión sobre la huelga general toma primero la palabra el Dr. R. Friedeberg69, de Berlín: La cuestión de la huelga general es una cuestión táctica. Por eso, para determinar su valor, tenemos que examinar hasta qué punto este medio táctico está sometido a la propia voluntad del proletariado, hasta qué punto se desprende con necesidad natural de la esencia del Estado de clase y en qué medida contribuye a alcanzar el objetivo final y es apropiado para construir y sostener nuestra organización futura. Si desde estos puntos de vista examinamos la táctica seguida hasta ahora, que en lo esencial se proponía conquistar el poder político por medio del parlamentarismo, vemos en primer lugar que con ella combatimos en un campo de batalla creado por las clases dominantes, que estas pueden retirarnos en cualquier momento. El valor principal del parlamentarismo está en la educación de las masas, que también puede hacerse de otro modo. En general, la reivindicación del poder político no es para nosotros más que un medio para el fin —económico— último. Pero, sobre todo, el parlamentarismo ata necesariamente al proletariado a las leyes del Estado de clase. E incluso las leyes favorables a los trabajadores no significan lo más mínimo si no las respalda el poder económico y psicológico del proletariado. Mientras al proletariado le faltó una organización económica propia, el parlamentarismo fue bastante útil, y en Alemania, gracias al antagonismo entre la Corona, el feudalismo y el capital mobiliario, se pudieron obtener algunos éxitos, que, sin embargo, han de ser cada vez menores a medida que se unen las clases dominantes. Así, a la larga, el parlamentarismo resulta un factor que frena el movimiento obrero. El movimiento sindical puede mejorar la situación de los trabajadores mucho más de lo que pudiera hacerlo jamás cualquier acción legislativa. Porque se basa precisamente en que el trabajador es económicamente indispensable como instrumento de producción. En el parlamentarismo se depende siempre de una voluntad ajena; en la huelga cada uno tiene que respaldar las decisiones con toda su persona. Por desgracia, el movimiento sindical más fuerte, el de Inglaterra, no ha estado a la altura de su tarea. Por eso será valiosa la idea de la huelga general, expresión del poder económico y psicológico de la clase obrera. No estorbará la actividad organizativa; al contrario, llama a organizarse. Exige que se eleve la personalidad de cada cual, que cada uno se impregne de la conciencia de clase. Mis amigos y yo no podemos votar la resolución holandesa aunque solo sea porque quería ahondar el antagonismo entre socialistas y anarquistas, en lugar de borrarlo y atenuarlo, como corresponde a la tarea de un congreso internacional. (Se ha agotado el tiempo del orador. Tiene que abandonar la tribuna. Aplausos aislados en la delegación francesa. Se renuncia a las traducciones al inglés, porque la delegación inglesa no está presente, a causa de una reunión de sección.)
Allemane expresa, en nombre de su partido socialista revolucionario de Francia, su alegría porque la idea de la huelga general encuentre ahora más simpatía en Alemania. (Risas en la delegación alemana.) La huelga general es un arma que no se puede falsear ni envenenar, que exige conciencia del objetivo y disciplina. ¿Qué importa una derrota? Puede ser el punto de partida de victorias mayores. Si la idea de la huelga general consolida las organizaciones y las llena de un espíritu consciente de sus fines, si con ella se vence la desconfianza hacia los dirigentes, la clase obrera librará la lucha por su emancipación en la más bella armonía y con toda su fuerza. (Aplausos de los allemanistas.)
Willert70, de París (guesdista), expresa su convicción de que la socialdemocracia no tiene derecho a desdeñar un medio tan revolucionario y tan prometedor para derribar el Estado de clase como la huelga general. Nosotros nunca hemos puesto la huelga general en primer plano; no es más que uno de los medios, nada más, pero un medio que en una revolución puede llegar a ser de gran importancia. Tampoco la consideramos un remedio mágico para traer el socialismo. Nadie duda de la utilidad de las huelgas parciales; ¿por qué, entonces, la de una huelga general? ¿Dónde está la frontera entre huelgas pequeñas, grandes y generales? Por lo demás, esta cuestión es sobre todo una cuestión de los sindicatos, porque solo en el terreno económico puede el proletariado llevar a la victoria su lucha de emancipación.
Meslier71 (diputado jauresista) declara que votará la resolución de la comisión. Los obreros franceses ven a menudo en el parlamentarismo solo un medio para hacer medrar a maniobreros e intrigantes políticos. La mejor manera de combatir esta falsa valoración del parlamentarismo es que los diputados defiendan también la nueva idea de la huelga general.
Robert Schmidt72, de Berlín: Como codelegado de Friedeberg, me veo obligado a responderle algunas cosas. Es una opinión completamente errónea creer que las ideas que él ha defendido aquí encuentran eco en Alemania. (¡Muy cierto!, entre los alemanes.) Me parece muy extraño que un delegado del país donde el socialismo ha conquistado su representación parlamentaria más convincente afirme que la lucha parlamentaria es inútil y superflua. Eso equivaldría a declarar inútiles cuarenta años de trabajo y de lucha de la socialdemocracia alemana. El Partido Socialdemócrata de Alemania no se convertirá nunca a semejante opinión. Si Friedeberg supone eso del partido de los tres millones de votos y de los 81 diputados, el partido mayor y más fuerte de Alemania, no hace más que mostrar la confusión de su pensamiento político. En general, su concepción, sumamente unilateral e individualista, está muy entreverada de confusiones anarquistas. (¡Muy cierto!, entre los alemanes.) Desde luego, el parlamentarismo no es el único medio. El partido alemán ha empleado desde siempre todos los medios de la lucha política y económica. Si de algo se sabe libre es de sobrestimar unilateralmente un medio de lucha, y sobre todo la huelga general. Si ahora dos delegados de la delegación alemana la propagan, esa subestimación del parlamentarismo no es en la vida política de Alemania más que una pompa de jabón que pronto estallará. Los sindicatos alemanes, al trabajar por mejorar la situación de los trabajadores y conseguirlo, han fortalecido al mismo tiempo a los trabajadores para su lucha de clase. Vamos por buen camino si aspiramos a mejorar la situación material de la clase obrera y a liberarla de la esclavitud asalariada tanto por la vía de la lucha parlamentaria como por la de la organización sindical. Friedeberg dice que la huelga general podría sacudir la dominación de clase. Pero también puede sacudir al proletariado y consolidar el Estado de clase. Ese es el lado oscuro de la cuestión, que, por lo demás, un pequeño grupo puso a discusión en Alemania hace solo unas semanas. E incluso dentro de ese pequeño grupo se han vuelto contra esta concepción de Friedeberg buen número de miembros. Los grandes sindicatos alemanes, con sus 900 000 afiliados, que son los únicos que ocupan una posición importante en el movimiento obrero, no consideran que la cuestión de la huelga general sea siquiera discutible. La lucha del proletariado por el poder político y económico no la decidirá la huelga general, sino el trabajo incesante en todos los terrenos de la vida política y económica. (Vivos aplausos, sobre todo en la delegación alemana.)
Oustinoff73 (socialistas revolucionarios rusos): Mi partido comparte la concepción de los franceses sobre la huelga general y votará contra la resolución holandesa, que es demasiado ilusoria y utópica, porque considera perjudicial de antemano toda insurrección armada del pueblo. Somos de la opinión de Karl Marx: que el tiempo y las circunstancias pueden exigir que el arma de la crítica sea apoyada por la crítica de las armas.74
Vliegen, de Holanda: Se nos recomienda la huelga general como un arma nueva. Tenemos que preguntar entonces: ¿es acaso un arma? ¡No lo es! (Viva aprobación entre los alemanes.) (Pfannkuch exclama: «¡Un cuchillo sin hoja!») Es curioso que los partidarios de la huelga general hablen con tanto desdén de la actividad parlamentaria. La idea supuestamente nueva procede de los años de mocedad de nuestro movimiento, de hace veinte años, cuando todavía discutíamos sobre la participación en el parlamentarismo. (¡Muy cierto!) Las objeciones contra el parlamentarismo quedaron refutadas entonces. El proletariado tiene que emprender con toda su fuerza la acción política, para contarse y sentir su poder. Nadie ha dicho que vayamos a implantar la sociedad socialista por medio de votaciones. Eso no está en nuestra mano, como para poder decir de antemano: así o asá irán las cosas. ¿Parte acaso la idea de la huelga general de las organizaciones fuertes de Alemania, de Inglaterra o de Dinamarca? No; procede de Francia y de Holanda, donde el movimiento sindical es muy débil, y de Rusia, donde los sindicatos están directamente prohibidos. (¡Muy cierto!) Es un error hablar con desprecio de la lucha cotidiana y oponerla al gran objetivo. Ambas son una sola cosa y no pueden separarse. El orador declara que ya en el congreso holandés estuvo en contra de la resolución que ahora se presenta, porque, aunque con muchas cláusulas y cautelas, recomienda la huelga general en determinadas condiciones. Se le replicó: «Tenemos que estudiar este medio». Estudiar, todos queremos; pero solo cuando hayamos estudiado el medio podremos adoptarlo. Las experiencias habidas hasta ahora hablan muy en contra de la huelga general. No es un medio, y menos aún el medio del proletariado. La idea de la huelga general puede hacer pensar al proletariado que el pesado trabajo diario, que cuesta tantos sacrificios, es superfluo, que basta un gran golpe. Ante todo deberíamos aclarar las cabezas, y no meter en ellas más malentendidos todavía. (Vivos aplausos de los delegados alemanes.)
Briand (jauresista): Él y sus amigos se sitúan en el terreno del trabajo práctico, y por eso son partidarios de organizar la huelga general. El proletariado tiene que estar equipado con todos los medios de lucha. Sobre el concepto de huelga general reinan ideas muy confusas, y los congresos internacionales anteriores no han hecho más que aumentar la confusión. La huelga general es solo una cuestión de táctica. No es el único medio, sino solo uno de los medios para llegar al objetivo. Si el congreso se sitúa en la cuestión de la táctica en el terreno de la lucha de clases, tiene que aprobar también el arma de la huelga general, que es la que tiene el carácter proletario más acusado. No se trata de organizar a todos los trabajadores y dar luego el gran golpe, sino de llevar a cabo una huelga más o menos extensa que paralice las ramas de la industria especialmente importantes para la vida económica. No habría que caricaturizar la idea hasta el absurdo. La huelga general es un medio de intimidación y de presión para arrancar reformas a la sociedad capitalista. Además, es el medio extremo de resistencia contra la privación de los derechos políticos de la clase obrera. Se habla de la amenaza contra el sufragio universal en Alemania. ¿A qué arma tendrá que recurrir entonces el proletariado? No le quedará más que la huelga general. Si los socialistas se cierran a esta idea, los anarquistas ganarán influencia en el movimiento obrero. La resolución francesa a favor de la huelga general es muy prudente y tímida, y solo invita a estudiar metódicamente la huelga general. Si se rechaza, su grupo se abstendrá en la votación. (Vivos aplausos de los jauresistas.)
Beer, de Viena (metalúrgicos): Ante todo hay que dejar sentado qué se imaginan realmente los partidarios de la huelga general. Una huelga general en la que se paralice todo trabajo es impensable. Lo único que entra en consideración es el paro del trabajo de capas obreras bastante amplias. Precisamente en los países donde más se propaga la huelga general es donde menos se hace por la educación moral del proletariado. Precisamente en los países con una peligrosa falta de toda organización, que, sin embargo, ha de ser ahora la condición previa de la huelga general, se predica ya ahora la huelga general, pero no se hace nada por fortalecer la organización. Sí, sin duda, estos propagandistas de la huelga general son en la práctica los adversarios más decididos del movimiento sindical. (¡Oíd, oíd!) Son ellos los que no paran de señalar que el movimiento sindical ni siquiera contribuye a la emancipación de los trabajadores. Son ellos los que defienden las cuotas bajas y se oponen a que se desarrollen nuestras organizaciones de lucha. En este contexto digo: protestemos del modo más enérgico contra la propaganda de la huelga general e ilustremos al proletariado sobre sus peligros. Sin duda puede llegar el momento histórico en que el proletariado necesite la huelga general para rechazar atentados reaccionarios o para arrancar reformas necesarias. Pero este medio extremo y último no puede negar el trabajo menudo, la agitación incansable, la lucha en el parlamento y en el sindicato. (Aplausos atronadores, sobre todo entre los alemanes y los austriacos.)
Van Kol propone dar ya solo la palabra final al ponente; de lo contrario, no se podrá tratar la importante cuestión de la emigración. Él preferiría ahora la huelga general de los demás oradores.
Sembat75 (Francia) propone limitar el tiempo de palabra a 5 minutos.
La propuesta del presidente es aprobada por gran mayoría.
En su intervención final, Henriette Roland Holst subraya que los méritos de la resolución holandesa consisten en que exige organización y disciplina y en su rechazo del anarquismo, extraordinariamente tajante y preciso. Frente a Friedeberg y a Vliegen, la oradora niega que haya contradicción entre el trabajo menudo práctico y cotidiano y la huelga general como medio último y extremo. Al representante de los socialistas revolucionarios rusos le opone la fidelidad de toda la socialdemocracia internacional a la legalidad, con la que nuestro partido, según la conocida frase de Engels, echa buenos colores.76 Nuestra resolución dice: la subida, la huelga general, es difícil, pero quizá es el único camino que lleva a lo alto de la montaña. (Vivos aplausos.)
Se someten a votación tres resoluciones: primero la de los allemanistas, segundo la de los guesdistas y, por último, la de la comisión.
La resolución de los allemanistas dice:
Considerando que del examen imparcial de los hechos económicos y políticos que en los últimos diez años el proletariado de los distintos países ha conocido bajo las diversas formas de la explotación capitalista;77
considerando que las distintas nacionalidades se han visto llevadas, en sus organizaciones socialistas, a reconocer el arma de la huelga general como el medio más eficaz para el triunfo de las reivindicaciones obreras, así como para asegurar los derechos políticos;
considerando que estos ejemplos muestran hasta qué punto, en tiempos de crisis agudas, el trabajador se vuelve de pronto hacia la huelga general como uno de los medios más eficaces y poderosos de que dispone:
el Partido Obrero Socialista Revolucionario invita al Congreso Internacional de Ámsterdam a exhortar a todas las naciones representadas en el congreso a estudiar la organización racional y metódica de la huelga general internacional, que, si bien no es el único medio de la revolución social, es sin embargo un arma de emancipación, de modo que ningún socialista consciente tiene derecho a menospreciar ni a empequeñecer la huelga general.
Votan a favor los jauresistas, los socialistas revolucionarios rusos, Suiza y Japón; en contra, los guesdistas, los socialdemócratas rusos y todas las demás naciones. Queda, pues, rechazada.
La resolución de los guesdistas dice:
El Congreso Socialista Internacional de Ámsterdam de 1904,
considerando que el paro colectivo del trabajo, o huelga, es la única arma que la legalidad capitalista, en el marco del sistema del salariado, ha dejado a disposición de los proletarios para defender su sustento o su dignidad;
considerando que, al poner de relieve ante los ojos de los más obcecados los antagonismos de intereses de clase que caracterizan el régimen capitalista, la huelga, que despierta en los trabajadores el instinto de clase, es el medio adecuado para llevarlos a la conciencia de clase, que puede y debe hacer de ellos socialistas,
el partido socialista internacional recuerda a todos sus miembros que es su deber exhortar a sus sindicatos respectivos a declararse solidarios con sus camaradas en huelga y a contribuir con todas sus fuerzas a la victoria de sus reivindicaciones de clase.
Considerando, por otra parte, que un paro del trabajo más o menos extenso, o incluso general, puede tener por consecuencia un estallido revolucionario si concurren las organizaciones obreras y las circunstancias, mientras que allí donde los proletarios no poseen medios de acción política, o donde se amenaza con quitárselos, puede imponerse a los trabajadores ese abandono total del trabajo para conquistar los medios de acción política o para conservarlos,
el partido socialista internacional se declara dispuesto a cumplir con su deber en tales casos, sin asumir la responsabilidad de conflictos eventuales que escapen a su influencia;
pero declara con más fuerza que nunca que la socialización de los medios de producción depende de la conquista del poder político por el proletariado organizado,
y que todos los trabajadores conscientes deben pasarse al socialismo revolucionario, el único capaz de despojar a la clase capitalista de su posición de poder político y económico y de asegurar el bienestar y la libertad de todos.
Votan a favor los guesdistas, los socialistas revolucionarios rusos, Suiza y Japón; en contra, todas las demás naciones, de modo que también esta queda rechazada.
A continuación, la resolución de la comisión es aprobada por 36 votos contra 4. Solo votaron en contra Suiza y Japón; Francia y los socialistas revolucionarios rusos se abstuvieron. El resultado de la votación se acoge con aplausos.
Van Kol comunica al congreso que el delegado ucraniano protesta contra la decisión del Buró de no darle un voto propio, separado del de Rusia.
El congreso no da curso a la protesta.
El Buró Internacional comunica las siguientes propuestas para la sesión de mañana: bajo la presidencia de Troelstra (Holanda) —con Branting (Suecia), Sigg (Ginebra) y Anseele (Bruselas) como asesores—78 se discutirá la cuestión de la táctica, sobre la que informará Vandervelde, de 9 a 12 ½ y de 2 a 5. Bebel y Jaurès dispondrán de 30 minutos cada uno, los demás oradores de 10 minutos.
El congreso aprueba las propuestas.
Se levanta la sesión a las 6 ¼.
Sexta jornada. Viernes 19 de agosto, sesión de la mañana
Troelstra, como presidente, abre la sesión a las 9. Tras despachar algunas comunicaciones de trámite, los delegados se ponen en pie en honor del camarada Renou, fallecido ayer. (Victor Renou, de la tendencia de Allemane, era uno de los más antiguos luchadores del socialismo en Francia; cantero de oficio, representó también durante un tiempo en la Cámara la circunscripción parisina de Clichy.)
Se pasa al punto 5 del orden del día:
Reglas internacionales de la táctica socialista
Actúa como ponente de la comisión Vandervelde (Bruselas), sin límite de tiempo, mientras que Bebel y Jaurès disponen de media hora cada uno y los demás oradores de diez minutos. Para ahorrar tiempo, la traducción solo resumirá en términos generales, y la duración de la sesión podrá prolongarse, si es preciso, hasta las 8 de la tarde.
La discusión se basa en las siguientes resoluciones:
En primer lugar, la resolución de Dresde, que la comisión, a propuesta de los guesdistas, ha aprobado como regla de la táctica internacional en la forma siguiente:
Sigue la resolución de Dresde: véase la página del congreso.
A esta resolución, Vandervelde y Adler habían presentado cuatro enmiendas, que la comisión rechazó (por 24 votos contra 16), pero que la delegación inglesa ha vuelto a presentar. Dicen así:
Primera enmienda: el primer párrafo de la resolución de Dresde se sustituirá por el texto siguiente:
«El congreso declara con la mayor resolución que es necesario mantenerse sin vacilación alguna en la táctica del socialismo, probada, coronada por la victoria y basada en la lucha de clases, y que nunca debe sustituirse la lucha por la conquista del poder político mediante la derrota de nuestros adversarios por una política de complacencia con el orden existente».
Segunda enmienda: el segundo párrafo comenzará así:
«La consecuencia de semejante táctica de concesiones sería, etc.».
Tercera enmienda: en el tercer párrafo se suprimirán las palabras «en oposición a las tendencias revisionistas existentes en el partido».
Cuarta enmienda: el número 2 de la resolución de Dresde quedará redactado así:
«En lo que se refiere a los peligros y los inconvenientes de la participación en el poder gubernamental dentro de la sociedad burguesa, el congreso renueva y confirma la resolución Kautsky del Congreso Internacional de 1900».
Por último, la comisión ha aprobado por unanimidad la siguiente resolución sobre la unidad del partido, presentada por Bebel, Kautsky, Ferri, Adler, Troelstra y Vandervelde.
Sigue la resolución sobre la unidad del partido: véase la página del congreso.
Toma la palabra como ponente de la comisión Vandervelde: Como ponente me encuentro en una situación paradójica. Partidario de la minoría, he recibido de la mayoría el encargo de ser su fonógrafo. La vieja disputa alemana entre revisionistas y radicales la decidió en Dresde la resolución aprobada allí por la enorme mayoría de 218 votos contra 11.79 Confirma los principios más esenciales del socialismo y condena las tendencias revisionistas. Aunque nació por entero de las condiciones alemanas, el Partido Obrero Socialdemócrata de Francia, por un acuerdo de su congreso de Lille, propuso extenderla al socialismo internacional. La comisión aprobó esta propuesta por 27 votos contra 3 y 10 abstenciones; pero este resultado no significa que en la comisión reinara la unanimidad. Más bien tengo que pronunciar aquí la oración fúnebre de toda una serie de resoluciones que no han sido aprobadas. Fiel a su historia y a la posición de su país, Suiza adoptó en la comisión el punto de vista de la neutralidad internacional. Pero la mayoría creyó que, una vez planteada la cuestión, el Congreso Internacional tenía necesariamente que reafirmar ante el mundo entero los principios del socialismo internacional.
De Leon y Rubanóvich, en nombre de un partido obrero norteamericano y del partido revolucionario ruso, presentaron otra formulación de la resolución de Dresde, pero no se consideró necesaria. Por último, los holandeses —y defendieron esta resolución con tanto saber y altura de espíritu como talento organizador demuestra este congreso (viva aprobación)— propusieron una resolución que equiparaba el valor del trabajo práctico y el de la agitación por el objetivo final; pero cuando se les objetó que con ello se justificarían desviaciones imperdonables del camino del socialismo, se hicieron el haraquiri, por decirlo con el camarada Katayama. (Grandes risas.)
Quedaron, pues, solo una derecha y una izquierda: la resolución de Dresde y la resolución Adler-Vandervelde. Las dos subrayan la necesidad de no perder de vista el objetivo final por encima de la lucha del presente y rechazan toda teoría de la colaboración de clases. Por las reformas necesarias, ningún partido debe olvidar la emancipación definitiva del proletariado. No para sostener la sociedad burguesa, sino para fortalecer al proletariado, para librar la lucha contra ella.
Hasta aquí estaban todos de acuerdo. Pero en la resolución de Dresde se condenan tendencias, se expresan negaciones. La resolución Adler-Vandervelde, en cambio, se limita a establecer estos principios, se conforma con lo positivo. Esta resolución la somete ahora de nuevo a su decisión la delegación inglesa. En la comisión fue derrotada por 24 votos contra 16. Sus partidarios en la comisión alegaron que la resolución de Dresde, interpretada con mala fe en los países donde hay escisiones, podría conducir a proscripciones, exclusiones y anatemas; que, al remitirse a la resolución Kautsky de París, se contradice a sí misma. Además, en los países donde todavía no hay separación, podría arrojar la manzana de la discordia. Por último, establecería reglas de las que hay que temer que no se cumplan. Y además condena las tendencias revisionistas, que es un concepto específicamente alemán.
Frente a esto, los partidarios de la resolución de Dresde no negaron que llevara la marca de fábrica alemana ni que su redacción no fuera ideal. Pero tenía, decían, importancia histórica y no era en absoluto peligrosa. Antes, los congresos internacionales tenían que llamar a la unión internacional; ahora, cuando no hay más que un partido socialista en tres continentes, con secciones nacionales autónomas, el congreso tenía el derecho y el deber de presentar, en aras de la disciplina internacional, resoluciones lo más claras y terminantes posible. Se trataba de lanzar un no categórico a los que están en pendiente resbaladiza.
Me encuentro ahora ante la tarea casi imposible de darles siquiera una pálida idea de la maravillosa lucha de espíritus y de ideas que durante tres días se libró en la comisión, siempre en las altas cumbres de la discusión de principios, lejos de todo rastro de pequeñas rencillas personales. (¡Bravo!) Tras un discurso magnífico de Jaurès, asistimos a las intervenciones de toda la serie de espíritus dirigentes del mundo socialista. Todos —quizá con una excepción—, desde los más intransigentes hasta los más moderados, reconocieron el deber de los socialistas franceses de combatir la reacción, el clericalismo en su forma más peligrosa, pero creyeron, por otra parte, que en ello no siempre se han tenido bastante en cuenta las tareas particulares de un partido que tiene que representar exclusivamente los intereses del proletariado. Así dijo Bebel: «Queréis conservar la república. Nosotros lo deseamos con vosotros. Queréis combatir a la Iglesia. Nosotros aprobamos por lo menos el propósito. Queréis mantener la paz. Nosotros aspiramos a ello con todas nuestras fuerzas. Pero la diferencia fundamental entre vosotros y nosotros es esta: si entramos en relación con un partido burgués, mañana nos separamos de nuestros aliados de hoy y combatimos a nuestros enemigos eternos. (Vivos aplausos.) Entre nosotros sería imposible tal solidaridad, intimidad y vinculación por medio de una participación personal o anónima en el gobierno, que hubiera que preguntarse si existe todavía un partido socialista independiente o si se ha disuelto ya por completo en la república burguesa. (¡Muy bien!) A la política del bloque burgués tenemos que oponer otra política, la del bloque socialista, que une frente al mundo burgués, en el plano nacional y en el internacional, a todos los partidos del socialismo». (Aplausos atronadores.)
Tendrían que haber oído entonces la respuesta de Jaurès, haber oído rugir al león —ya comprenden, el león no puede rugir de otra manera (Risas atronadoras)—: «Preguntáis qué dijo el proletariado francés al día siguiente de Chalon,80 al día siguiente de la confraternización con Galliffet,81 de nuestro voto a favor del presupuesto militar o del colonial. Os lo diré. Les hemos respondido: hemos salvado la república, la libertad; en la lucha contra la Iglesia hemos dado un gran paso hacia la emancipación de los espíritus; hemos conquistado para el proletariado la jornada de diez horas y numerosas leyes de protección obrera. Por eso, os lo digo, el proletariado nos ha dado su confianza; vamos de victoria en victoria, mientras nuestro rival registra derrota tras derrota». (¡Muy cierto!) Entonces se levantó Guesde. Fue una lucha formidable, no solo de dos hombres, no, de dos ideas y de dos partidos: «¿Habéis salvado la república? No estaba seriamente amenazada por unos generales desunidos; si no, vuestro más bello gesto no la habría protegido. Habéis combatido a las órdenes religiosas, pero las congregaciones siguen siendo igual de numerosas y las escuelas clericales siguen existiendo. Y quizá, cuando logréis la separación de la Iglesia y el Estado, la Iglesia será todavía más poderosa. En reforma social no alcanzáis siquiera a la Alemania semiabsolutista del archirreaccionario señor von Bismarck. Queréis primero la república, luego la lucha contra la Iglesia y, por último, una socialización de la sociedad. Pero nosotros, como socialdemócratas, decimos que solo la emancipación económica de los trabajadores puede hacer efectivas todas esas libertades burguesas y de pensamiento».
Troelstra, Ferri y Renaudel plantearon entonces la pregunta de si estas dos tendencias eran realmente incompatibles. La comisión ha exigido por unanimidad la unidad del partido socialista de cada país. Pero queremos que vosotros, Jaurès y Guesde, traduzcáis en hechos esta unidad salida de los acuerdos del congreso. (Aplausos.) Sin duda, vuestro antagonismo no es mayor que el que hay entre Plejánov y Katayama, cuyos pueblos se matan ahora en una guerra fratricida, ni mayor que el que hay entre Bernstein y Kautsky, que se sientan en un mismo partido. Pero ellos, y todos nosotros, no nos sentimos dictadores del proletariado, sino sus servidores; en las disputas nos sometemos a su decisión y la ejecutamos lo mejor que sabemos. Pensad, camaradas, que a la frase inmortal de Marx, «¡Proletarios de todos los países, uníos!», le corresponde también su contrapartida: «¡Proletarios de cada país, uníos!». (Aprobación jubilosa.) Jaurès y Guesde, daos también vosotros fraternalmente la mano, como aquí, el primer día del congreso, hemos visto dar ejemplo. Entonces Ámsterdam desplegará y afianzará la gran Internacional, la gran obra de Marx y de Engels. (Aplausos prolongados.)
Hyndman (S. F., Inglaterra) pide, por una cuestión de orden, que los traductores den solo un breve resumen y no repitan la retórica de Vandervelde.
El presidente, Troelstra: Frente a esto, creo que debo dar las gracias a Vandervelde en nombre de todo el congreso por no haber pronunciado un informe árido y haber sabido hacer sabroso su informe. (Vivos aplausos.)
Toma la palabra como primer orador Jaurès. Cuando sube a la tribuna, se le recibe con aplausos atronadores. Cuando los aplausos se han calmado, dice
Jaurès: Es una tarea difícil hablar después de un ponente que ha terminado con un llamamiento apasionado a la unidad. Porque tengo que defender una tesis que encontrará oposición. Desde luego, yo también estoy a favor de la unidad, pero esta no puede ni debe convertirse en una uniformidad opresiva; el derecho de la minoría tiene que quedar a salvo. El socialismo se quitaría su propio derecho si quisiera recortar el derecho de la minoría. (¡Bravo!) No hablo en nombre de la minoría Adler-Vandervelde. Porque al defender su resolución se han pronunciado discursos que no han aprobado mi política, que incluso la han condenado. Solo puedo hablar en mi nombre y en el de mis mandantes. La resolución de Dresde es la conclusión de grandes debates teóricos y prácticos. Suscita un mundo de ideas que no hay tiempo de exponer aquí. Solo puedo decir por qué me opongo a ella. No porque esta resolución, si se aprueba aquí, vayan a esgrimirla contra mí los guesdistas. Dirán: «Ahí tenéis la confirmación de que Jaurès ha desertado del terreno del punto de vista de clase, de que el congreso internacional lo ha condenado». Eso no lo temo. El proletariado francés no se dejará confundir. Con nuestra política no abandonamos la lucha de clases. A todas las acusaciones podemos responder señalando nuestros hechos. Hemos salvado la república burguesa, hemos abierto un lugar al libre pensamiento, hemos hecho retroceder al clericalismo, hemos defendido la paz mundial, hemos rechazado el chovinismo, el nacionalismo y el cesarismo. (¡Bravo!) En Francia no tememos la lucha contra esos extraños teóricos que afirman que la república no vale la pena de que el proletariado sacrifique una sola hora de trabajo en su defensa. Esa teoría equivale a creer en la victoria automática del colectivismo y está en plena contradicción con la tradición blanquista. Entre los títulos de gloria de esa tradición figura la lucha por la república y por la libertad burguesa. (¡Bravo!) No son las necesidades prácticas, sino consideraciones generales, las que me hacen tomar posición contra la resolución de Dresde, que, intencionadamente o no, contiene oscuridades y ambigüedades. Esta resolución subraya con razón que el proletariado tiene que organizarse en el terreno de la lucha de clases. Nosotros repetimos sin cesar que el proletariado tiene que agruparse como partido de clase en cuanto a su objetivo y a su organización. Exigimos, como todos los socialistas, la transformación completa de la propiedad privada en propiedad colectiva; combatimos toda forma de explotación. También estamos de acuerdo en que todas las reformas no son solo un medio de aliviar los sufrimientos inmediatos del proletariado, sino que sirven también para aumentar la capacidad de lucha del proletariado por su objetivo final. Vandervelde ha creído necesario volverse contra los reformistas que quieren las reformas como medio para consolidar la sociedad burguesa. ¿Dónde están esos reformistas? Yo no los conozco. Todas las reformas no son más que los peldaños por los que subimos hacia el objetivo. La salvación de la república, la garantía de la libertad política, la laicización de la enseñanza, la separación de la Iglesia y el Estado, una ley de protección obrera, la reforma fiscal: todo eso no son más que medios para alcanzar el objetivo final revolucionario, la emancipación del trabajo oprimido. (Vivos aplausos.) No queremos borrar el antagonismo de clase. Autónomo en su objetivo y en sus medios, el proletariado tiene que organizarse económica y políticamente.
Hasta aquí estoy de acuerdo con la esencia y el sentido de la resolución de Dresde. Pero desconoce que está en el interés mismo de la lucha de clase proletaria apelar a todas las numerosas fuerzas democráticas que dormitan en la sociedad fuera del proletariado y poner a esos demócratas burgueses al servicio del interés del proletariado, para combatir la reacción y lograr reformas. El propio Guesde, en reuniones que yo celebraba antes con él, ha dicho muchísimas veces que a lo sumo 200 000 personas están personalmente interesadas en mantener el orden capitalista. Wilhelm Liebknecht dijo algo parecido. Sería poco inteligente no reunir a todos esos numerosos elementos que, aunque económicamente no pertenecen al proletariado, tampoco pertenecen a las clases explotadoras, y dejar que se desmenucen en el aislamiento. El proletariado tiene que observar los movimientos de esos elementos y ponerlos al servicio de sus propias aspiraciones. Así, los radicales avanzados de Francia (radicaux socialistes)82 no son un partido proletario, pero tampoco un partido de la explotación capitalista. Estos elementos en evolución defienden una serie de reformas que también nosotros reclamamos, como el impuesto progresivo sobre la renta, la separación de la Iglesia y el Estado, la nacionalización de los ferrocarriles, las minas, los bancos, las azucareras y las refinerías, la nacionalización de todas las empresas que tienen carácter de monopolio. Su apoyo es muy aprovechable en la lucha contra la reacción. Seríamos unos necios si quisiéramos rechazar esa ayuda. (Vivos aplausos.) En este aspecto, la resolución de Dresde tiene un carácter sectario. No se puede pretender establecer con esta resolución una unidad internacional de papel y atar la acción del proletariado. ¿Qué hay en el fondo de esta resolución? Una especie de desconfianza hacia el proletariado: que se pierda en componendas, que lo corrompa una cooperación pasajera con la democracia. Por un lado se le señalan al proletariado los objetivos más vastos, se le dice que conquistará un mundo, que creará una nueva sociedad, y por otro se le tiene de nuevo por tan menor de edad e inmaduro que se teme que pueda sucumbir a cualquier seducción. (¡Bravo!) Cuanto más maduro y más fuerte es el proletariado en un país, más decididamente se adhiere a nuestra táctica. Donde reina plena libertad de acción y de movimiento surgen nuevos problemas. Así ocurre en Italia, en Bélgica, en Inglaterra. En Inglaterra el movimiento socialista no es débil porque, como cree Bebel, la burguesía inglesa haya sabido apartar hábilmente a los trabajadores de la organización independiente por medio de pequeñas reformas, sino porque los socialistas ingleses, hipnotizados por la teoría de la catástrofe, no supieron entrar en estrecho contacto con la clase obrera mediante el trabajo práctico cotidiano. Pero ahora se muestra allí el acercamiento de la idea socialista al movimiento sindical. Es un error funesto de los alemanes querer imponer su táctica a todos los demás países por medio de la resolución de Dresde.
Sí, ciudadanos, es imprudente atar con fórmulas tácticas demasiado estrechas al proletariado internacional en un momento en que se ve ante cuestiones nuevas. Y si los socialistas alemanes traen al Congreso Internacional su resolución de Dresde, si quieren convertir en una pauta táctica internacional reglas tácticas que han establecido en su propio país, quizá solo de manera provisional, ceden a una ilusión funesta; se imaginan que la concepción política y socialista de Alemania, con la que tienen que habérselas, puede servir de medida uniforme, de precepto inflexible, de altímetro imperioso para la acción socialista en todos los países. Pues bien, ya que, con propuestas sobre la táctica que apuntan a la política interior de los distintos países, se nos ha obligado a nosotros, al partido socialista francés —y no nos quejamos de ello—, a exponer la política interior de nuestro país, nuestros camaradas de la socialdemocracia alemana nos reconocerán el derecho, porque aquí nos tratamos en pie de igualdad socialista, a hablar con franqueza de su situación interior.
Digo, pues, que si internacionalizáis vuestra resolución de Dresde, sin pensarlo, inoculáis al socialismo internacional el espíritu de incertidumbre, de vacilación, que os domina en este momento. Lo que en el momento presente pesa sobre Europa y sobre el mundo, sobre la garantía de la paz, sobre la salvaguardia de las libertades políticas, sobre el progreso del socialismo y de la clase obrera, lo que oprime el progreso político y social de Europa y del mundo, no son los supuestos compromisos, los intentos audaces de los socialistas franceses que se han aliado con la democracia para salvar la libertad, el progreso, la paz del mundo, sino la impotencia política de la socialdemocracia alemana. (Gran agitación.)
Desde luego, sois un partido grande, admirable, que ha dado al socialismo internacional, no todos los pensadores, como a veces parece que se dice, pero sí algunos de los pensadores más poderosos y perspicaces; que ha dado al socialismo internacional el modelo de una acción consecuente y sistemática, de una organización bien articulada y poderosa, que no retrocede ante ningún sacrificio y no se deja quebrantar por ningún asalto. Sois un gran partido, sois el porvenir de Alemania, uno de los partidos más nobles y gloriosos de la humanidad civilizada y pensante.
Pero entre vuestro poder político aparente, tal como se expresa año tras año en el número creciente de vuestros votos y escaños, entre ese poder aparente y el poder real de influencia y de acción hay una contradicción que parece crecer cuanto más aumenta vuestro poder electoral. Oh, sí, al día siguiente de aquellas elecciones de junio que os dieron los tres millones de votos,83 quedó claro para todos que tenéis una fuerza admirable de propaganda, de reclutamiento, de encuadramiento, pero que ni las tradiciones de vuestro proletariado ni el mecanismo de vuestra constitución os permiten convertir ese poder aparentemente colosal de tres millones de votos en la acción de aprovechamiento y de realización, en acción política. ¿Por qué? Porque os faltan todavía las dos condiciones esenciales, los dos medios esenciales de la acción proletaria: no tenéis ni la acción revolucionaria ni la acción parlamentaria...
(Aquí el presidente, Troelstra, interrumpe al orador observando que se le ha acabado el tiempo. Entre gritos de «¡Que siga!» de todas partes, Jaurès abandona la tribuna. A propuesta de Sigg (Ginebra), se le concede, sin embargo, otro cuarto de hora.)
Jaurès: Agradezco a todo el congreso, sin excepción, que me haya concedido este suplemento de tiempo, y terminaré dentro del plazo que se me ha fijado.
Decía que el defecto esencial de la resolución de Dresde, que se les ha escapado a nuestros camaradas alemanes, es que trata de generalizar las normas de acción, o más bien las necesidades de espera, que se imponen en este momento a la socialdemocracia alemana. Y decía que le faltan hoy los dos resortes con los que el proletariado puede influir con más fuerza en el medio político y social. En primer lugar (le falta) la tradición revolucionaria del proletariado. En el proletariado alemán ha habido ejemplos de una abnegación admirable. Pero en su historia no tiene tradición revolucionaria. No conquistó el sufragio universal en las barricadas. Lo recibió desde arriba. Y si no se puede pensar en arrebatárselo a quienes lo conquistaron ellos mismos, porque pueden reconquistarlo fácilmente, sí se puede pensar, en cambio, en quitar desde arriba lo que desde arriba se dio. Y no podéis dar ninguna garantía contra ello, vosotros, que habéis visto cómo vuestro reino rojo, vuestro reino socialista de Sajonia, soportaba sin resistencia que se le quitara el sufragio universal...84 (Vivos aplausos.)
En los días en que Bebel, en el Reichstag, dirigía al emperador alemán, a propósito del asunto Krupp,85 palabras admirablemente elocuentes y valientes, palabras que nosotros tradujimos y difundimos, os visteis obligados, en el órgano oficial de vuestro partido, en revistas que me denunciaban a diario como el gran corruptor del proletariado, como el «gran pervertidor»…, cuando los patronos alemanes forzaban a los obreros socialistas en los talleres a firmar serviles mensajes de felicitación al emperador, es decir, a abofetearse a sí mismos, os visteis obligados a aconsejarles que no negaran su firma. Y así seguís embotando, enturbiando, debilitando todavía más en el proletariado alemán esa fuerza históricamente demasiado débil de una tradición revolucionaria insuficiente.
Pues bien, como no tenéis esa tradición revolucionaria, la veis con desagrado en los pueblos que recurren a ella, y no habéis tenido más que ataques, vuestros teóricos no han tenido más que desdén para nuestros camaradas belgas, que, para conquistar el sufragio universal, salieron a la calle con riesgo de su vida. (Vivos aplausos.)
Y lo mismo que no tenéis los medios de la acción revolucionaria, la fuerza que os daría una tradición revolucionaria del proletariado, tampoco tenéis, bien lo sabéis, la fuerza parlamentaria. Aunque tuvierais la mayoría en el Reichstag, vuestro país sería el único donde vosotros, donde el socialismo, no sería el amo aun teniendo la mayoría. Porque vuestro parlamento no es más que medio parlamento. Un parlamento no es un parlamento si no tiene en sus manos el poder ejecutivo, el poder de gobierno, si sus resoluciones no son más que deseos que las autoridades del Imperio pueden anular a su arbitrio. Y así os encontráis, lo sabéis, lo sentís bien, ante una situación difícil. Y buscáis una solución. Estoy seguro de que la encontraréis. No se le puede cerrar el camino al destino. ¡Vosotros, proletarios de Alemania, sois el destino, sois la salvación de Alemania! Nadie os cerrará el camino. Pero todavía no sabéis qué camino tomaréis en la práctica, si procederéis de modo revolucionario o parlamentario, cómo implantaréis la democracia en vuestro país.
Se esperaba de vosotros, el mundo socialista esperaba de vosotros, de aquel congreso de Dresde que se celebró tras la victoria de los tres millones de votos, que fijarais una política. Habéis exclamado en vuestros periódicos: «¡Nuestro es el Imperio! ¡Nuestro es el mundo!». No, el Imperio todavía no es vuestro; ni siquiera estáis tan seguros de poder dar hospitalidad en vuestra capital al socialismo internacional. (Aplausos.)
No sabéis, pues, qué camino elegir. Se esperaba de vosotros, a la mañana siguiente de aquella gran victoria, una consigna de lucha, un programa de acción, una táctica. Habéis examinado los hechos, los habéis palpado, los habéis acechado, pero los espíritus no estaban todavía maduros. Y entonces, ante vuestro propio proletariado, ante el proletariado internacional, habéis encubierto vuestra impotencia para actuar tras la intransigencia de fórmulas teóricas que vuestro eminente camarada Kautsky os suministrará hasta el fin de sus días. (Aplausos y risas.)
Por consiguiente, aprobar la resolución de Dresde en este Congreso Internacional significaría que el socialismo internacional, en todos los países, en todos sus elementos, en la figura de todas sus fuerzas, se sumaría a la inacción temporal, pero terrible, de la socialdemocracia alemana.
¿Y dónde, en qué país, ha encontrado vuestra propuesta, en su forma coercitiva, despótica, la mayor resistencia? En Francia, o al menos en una parte de Francia, en Holanda, en Bélgica, en Suiza, en Dinamarca, en Suecia, y creo que también en Inglaterra. Es decir, cuanta más democracia, cuanta más libertad tiene un país, cuanto más capaz es el proletariado de ejercer una acción política eficaz en su parlamento, tanto más lo hiere vuestra propuesta, que será un obstáculo para el desarrollo de la libertad política general y, con ello, del socialismo internacional. (Aplausos prolongados, aclamaciones que se repiten una y otra vez.)
Se suspende la sesión para el almuerzo.
Sesión de la tarde del viernes 19 de agosto
Bebel (recibido con vivos y prolongados aplausos y palmas, que él pide con gestos que cesen): ¡Camaradas! El discurso de hoy de nuestro camarada Jaurès ha vuelto a dar la impresión, completamente falsa, de que hemos sido nosotros, los socialdemócratas alemanes, quienes hemos provocado estos debates. En interés de la verdad histórica hago constar que ni antes ni después de Dresde pensamos en ello un solo minuto; fue más bien una parte de los camaradas franceses la que creyó que nuestra resolución de Dresde era apropiada para convertirse en la base de la táctica de la socialdemocracia en todos los países de régimen parlamentario. Ahora bien, se comprende por sí mismo que defendamos resueltamente nuestra propia resolución, tanto más cuanto que las causas que nos llevaron a adoptarla en Alemania se dan en toda una serie de países, y porque desde el Congreso de París de 1900 se ha visto que, pese a la aprobación unánime de la resolución Kautsky, las prácticas caracterizadas en la resolución de Dresde han continuado y han tomado en algunos países una forma muy palpable. Por eso es hoy doblemente deseable pronunciar un juicio sobre esta corriente.
Al oír a Jaurès, uno no podía dejar de preguntarse: ¿cómo es posible que una resolución semejante haya podido encontrar una mayoría en la comisión? Ha presentado la resolución de tal modo que quienes votaron por ella tendrían que ser idiotas. La ha presentado como si significara la abolición de toda libertad, de todo pensamiento independiente, como una opresión de la minoría; en suma, como el mayor terrorismo intelectual del que pudiera hacerse culpable la socialdemocracia. Pero se le ha pasado por alto por completo que aquellos de nosotros que no pueden avenirse con el texto íntegro de la resolución, pero quieren votar la enmienda Adler-Vandervelde, cambian poco en ella, y que el sentido y el contenido propios de nuestra resolución se mantienen. Ya desde este punto de vista cae por su base toda la crítica de Jaurès a su contenido y a su alcance, y cae doblemente si hago constar que Jaurès votó en la comisión por la resolución Adler-Vandervelde, aunque esta condena su política lo mismo que la nuestra. (¡Oíd, oíd!) ¿A qué, pues, estas acusaciones tan violentas? Una y otra vez se objeta a la resolución de Dresde que está pensada solo para condiciones puramente alemanas y que la situación de Alemania es muy particular. Desde luego, Alemania no solo es una monarquía: se compone de casi dos docenas de monarquías, de modo que, aun para una monarquía, sobran casi dos docenas. (Grandes risas y «¡muy bien!».) Así que en Alemania se dan, en efecto, condiciones excepcionales. Alemania es además un país gobernado de modo predominantemente feudal y policiaco; exceptuando a Rusia y a Turquía, quizá el país gobernado de manera más reaccionaria de Europa. Eso lo sabemos mejor que nadie nosotros, que día tras día tenemos que pelearnos con estas miserables condiciones y sufrimos en nuestra propia carne sus efectos. Por muy negra que pinte un extranjero nuestra situación, nosotros la conocemos todavía mejor que él. Y, sin embargo, la resolución vale no solo para nuestra táctica en el Reichstag y en las dietas de Alemania, sino también para la táctica en los demás países de gobierno burgués.
Lo que dije en la comisión sobre la república y la monarquía lo ha deformado en parte de un modo increíble la prensa burguesa, a falta de informaciones directas. Repito, pues: somos, como es natural, republicanos, republicanos socialistas. (¡Aprobación!) Desde siempre ha sido una de las acusaciones más graves que lanzaban contra nosotros tanto el príncipe Bismarck como ahora el conde Bülow86 y casi toda la prensa alemana, la de que éramos antimonárquicos, republicanos. Pero no por eso nos entusiasmamos con la república burguesa. Por mucho que os envidiemos a vosotros, los franceses, vuestra república y deseemos tener una, no se nos ocurre dejarnos romper la cabeza por ella. (Aplausos atronadores.) Pero monarquía o república burguesa, ambas son Estados de clase, ambas son una forma de Estado para mantener la dominación de clase de la burguesía, ambas están destinadas a proteger el orden social capitalista. Por eso, bajo ambas formas de Estado, la legislación se configura en primer lugar en interés de las clases poseedoras, y los intereses de los trabajadores solo se tienen en cuenta en la medida en que ello pueda hacerse sin poner seriamente en peligro los intereses de las clases dominantes. Porque en el momento en que las clases dominantes corren peligro de perder su poder político, también su posición económica y social está en peligro. Con todo, la república tiene para nosotros muchas ventajas sobre la monarquía. Pero ni la monarquía es tan mala como vosotros la pintáis, ni la república es tan buena como vosotros la presentáis. (Vivos aplausos.) No conozco, por ejemplo, ningún país de Europa cuya legislación fiscal entera sea tan hostil a los trabajadores como la legislación fiscal de Francia, que, con un presupuesto de más de 3500 millones, no conoce como único impuesto directo más que un impuesto de sucesiones que rinde unos 70 millones, mientras que nosotros, incluso en la Prusia gobernada por los junkers, tenemos el impuesto progresivo sobre la renta y el impuesto sobre el patrimonio.
Jaurès presenta como uno de sus objetivos principales nacionalizar los ferrocarriles en Francia. Querido Jaurès, lo que vosotros todavía estáis persiguiendo, nosotros lo tenemos desde hace mucho. (Risas.) Pero cuando se trata de hacer realidad las reivindicaciones de los trabajadores, el derecho de asociación y el de coalición corren a menudo en la república tanto peligro como en la monarquía. Cuando, por ejemplo, los trabajadores luchan con la huelga por mejores condiciones de vida, ¿dónde pueden ser tratados de modo más brutal, más vil y más infame que en la gran república del otro lado del océano? (Aplausos.) ¿Y no se ha movilizado en la pequeña Suiza, solo este verano, una y otra vez a las milicias contra los huelguistas, sin que hubiera para ello el menor motivo serio? ¿Qué vale ya el derecho de coalición de los trabajadores, si casi en cada intento de usarlo el poder del Estado moviliza la fuerza militar para proteger a los patronos?
Ya lo he dicho: os envidiamos en Francia vuestra república, y más aún el sufragio universal para todos los cuerpos representativos; pero os digo una cosa: si nosotros tuviéramos el derecho de voto con la libertad y la extensión con que lo tenéis vosotros, habríamos hecho con él algo muy distinto (Aplausos atronadores) de lo que vosotros habéis hecho hasta ahora. (Nuevos aplausos.) Y, sin embargo, cuando entre vosotros trabajadores y patronos entran en conflicto, también los ministerios radicales emplean el poder del Estado para tener sujetos a los trabajadores de un modo que clama al cielo. En los últimos años no ha habido en Francia ninguna huelga de importancia sin que se movilizara a la tropa contra los trabajadores, tanto por parte del ministerio Waldeck-Rousseau-Millerand87 como ahora bajo el ministerio Combes:88 así, dos veces en Armentières, y además en Brest, en Lille, en Roubaix, en Marsella, en la Martinica, etc., y ayer mismo de nuevo contra los vidrieros en huelga de Normandía. (Fuertes aplausos.) En noviembre pasado la policía de París irrumpió de manera desvergonzada y violenta en la Bolsa del Trabajo e hirió nada menos que a 70 trabajadores. (¡Oíd, oíd!) Pero cuando el camarada Vaillant presentó en la Cámara una interpelación en la que pedía el castigo del comisario de policía que había dirigido la operación, una parte de los jauresistas votó en contra del orden del día correspondiente. (Vivos gritos de «¡fuera!».) A tales connivencias lleva la estrecha alianza con una parte de los partidos burgueses y con el gobierno. ¿Qué es hoy el ejército, en todas partes, sino el instrumento principal para mantener la dominación de clase? Jaurès nos ha dado a los alemanes una lección sobre lo que deberíamos hacer. Yo le respondo: si en Alemania un representante obrero se atreviera a aprobar en favor de un gobierno un orden del día que sacrificara los intereses más importantes del proletariado, al día siguiente habría perdido su mandato y nunca más podría volver a ser representante de los trabajadores. (Aplausos atronadores.) Para eso estamos demasiado bien disciplinados. Pero hechos como los descritos solo son posibles cuando la alianza con el gobierno y con los partidos determinantes es tan estrecha que, por miedo a ofenderlos, ya no se atreve uno a defender sin reservas la propia causa. Jaurès declara que la resolución de Dresde despierta en nuestras propias filas el espíritu de la inseguridad y de la duda, que paraliza al partido. No entiendo cómo un hombre tan inteligente y tan versado en historia como él puede expresar semejante opinión. Ninguna de nuestras diferencias de opinión ha perturbado un solo instante nuestra capacidad de lucha; lo muestran los éxitos en las elecciones al Reichstag y a las dietas, pese a las leyes electorales, miserables en su mayoría, de estas últimas. Y tampoco nos faltan éxitos de otra clase. ¿Hemos rechazado alguna vez con nuestra táctica una medida de reforma verdadera? ¿O hemos dejado de apoyar un progreso apreciable? Precisamente en hacerlo consiste nuestra táctica. Si en Alemania tenemos un poco de progreso social, ¿a quién se debe sino a nosotros? (¡Bravo!) Podemos oponer esto a los ataques de nuestro amigo Jaurès apoyándonos incluso en la autoridad de nuestro enemigo Bismarck. (Aplausos.) Solo nosotros empujamos y azuzamos a nuestros adversarios hacia las reformas; solo nosotros somos los que apremian y aguijonean sin descanso. Y somos tan generosos que aceptamos las concesiones vengan de quien vengan: hoy del gobierno, mañana de los liberales, pasado mañana del Centro, que corteja de manera muy especial los votos obreros. Pero no olvidamos un solo instante el abismo que nos separa de nuestros adversarios. Si las clases dominantes conceden reformas, no lo hacen en perjuicio propio; siempre saben por qué; en eso son más listas que más de uno de nosotros. Esto, escuchadlo, ingleses, no lo ha entendido hasta ahora ningún gobierno europeo mejor que el inglés. ¡La burguesía inglesa es hasta hoy la más lista del mundo! (Hear! hear! entre los ingleses.) Hace siempre concesiones a tiempo para impedir el surgimiento de un movimiento socialista en Inglaterra. (¡Muy cierto!) Si en las próximas elecciones generales de Inglaterra vence el liberalismo, sin duda meterá en el gobierno a un socialista, quizá a John Burns89 (Gritos tumultuosos en la delegación inglesa), y, según las circunstancias, incluso a dos. Pero no para salir al encuentro del socialismo, sino para decir a los trabajadores: mirad, nosotros os damos de buen grado lo que en el continente se os niega. (Vivos aplausos en la delegación inglesa.) Con ello se procura conservar los votos obreros y prevenir el socialismo. (Aplausos atronadores de la delegación inglesa.)
¡Y cuántos méritos se atribuye ahora Jaurès gracias a su unión con los radicales burgueses! (Risas.) Si en los últimos años la república estuvo en peligro en Francia —y lo admito como un hecho—, hicisteis perfectamente bien en salvarla junto con sus defensores burgueses. Nosotros habríamos hecho exactamente lo mismo. Tampoco os reprochamos la lucha contra el clericalismo. Si solos sois todavía demasiado débiles contra él, aliaos con los liberales; nosotros hacemos otro tanto, pero fuera de esa lucha cada uno va por su lado. Pero ¿dónde estuvo en peligro en los últimos años la paz mundial en Europa, que Jaurès y sus amigos también han salvado? (Grandes risas.) También nosotros hemos hablado en favor de la paz mundial. Pero, a diferencia de nosotros, vosotros votasteis el presupuesto del ejército y de la marina (Los jauresistas: ¡No!), el presupuesto colonial (Los jauresistas: ¡No!), los impuestos indirectos (¡¿Acaso no?!), los fondos secretos (Alboroto entre los jauresistas), y apoyasteis con ello todo lo que puede poner en peligro la paz. (Vivos aplausos.) El voto de confianza que supone aprobar un presupuesto no podemos dárselo tampoco a un gobierno burgués que trata a los trabajadores como los trata entre vosotros el actual. (Vivos aplausos.)
Si queremos alcanzar en Alemania un progreso verdadero, también nosotros nos vemos obligados, naturalmente, a apoyar en un caso dado a los partidos burgueses; pero una alianza duradera con esos elementos la rechazamos.
Jaurès cree que también para Alemania la resolución de Dresde solo tendrá una validez provisional. En eso es, me parece, un profeta muy malo. No puedo imaginarme ninguna situación en la que no tuviéramos que obrar según sus principios. Por eso no he oído aún afirmación más absurda que la de que la resolución de Dresde está inspirada por el espíritu de la duda y de la inseguridad. Va dirigida precisamente contra los que dudan, contra los inseguros que quieren desorientarnos respecto de nuestra vieja táctica acreditada. (Aplausos.) Y creo que también es una prueba de nuestra seguridad que nunca hayamos pensado en excomulgar a nadie.
Jaurès habló además de la impotencia política de la socialdemocracia alemana pese a los tres millones de votos. ¿Qué esperaba en realidad de nosotros después de la victoria de los tres millones? ¿Que movilizáramos a los tres millones y marcháramos ante el palacio real para deponer al emperador? (Risas.) Yo dije inmediatamente después de esa victoria, que no me sorprendió, que de momento no cambiaría mucho. Entre nosotros, los tres millones no bastan. Pero dejadnos tener 7 y 8 millones, y entonces ya veremos. (Vivos aplausos.) Lo que habríamos debido emprender ahora frente a una mayoría burguesa de unos ocho millones, no lo sé.
Tenemos apenas un tercio de los votos emitidos, pero solo una quinta parte de los escaños; somos, pues, todavía una minoría, pero una minoría a la que temen sus adversarios. Empujaremos y lucharemos con mucha más energía aún que hasta ahora para ganar cada vez más partidarios, y nos alegraremos si los camaradas de los demás países nos imitan. (Aplausos.) Hoy disponemos del gran peso moral de una minoría fuerte que en todas partes da la talla en la lucha. Si los proyectos de ley y las mociones aprobados con nuestros votos van a parar a la papelera de los gobiernos, pues no salimos perjudicados. Tanto mejor para nuestra agitación. Y si esas propuestas se aprueban, tampoco salimos perjudicados, porque entonces el éxito es nuestro. ¡Hagan lo que hagan nuestros adversarios, nosotros salimos ganando! (Risas y aplausos.)
Pero inmediatamente después de vuestra victoria de los tres millones, dice Jaurès, surgió la idea de suprimir el sufragio para el Reichstag. Pero, camarada Jaurès, ¿qué prueba eso sino el miedo de nuestros enemigos? La gran corriente del sufragio universal rodea una isla, el agua crece y los pobres de esa isla ven acercarse con espanto el momento, calculable de antemano con exactitud matemática, en que el agua inundará la isla. Pero ¿qué pasará en Francia cuando tengáis un día dos millones de votos? ¿Asistirá tranquila vuestra burguesía? (Agitación y risas entre los jauresistas.) ¡Esperad y veréis!
«Vuestra impotencia viene de que el sufragio universal os lo regalaron. No tenéis un pasado revolucionario», dice Jaurès. Pero ¿cómo llegasteis a tenerlo vosotros en Francia? En 1848 trabajadores y burgueses lucharon juntos en la revolución por la república y conquistaron con ella el sufragio universal. Pero el proletariado exigía también reformas sociales decisivas, es decir, pan, y puso a disposición de la república tres meses de hambre.90 Luego, sin embargo, vino la batalla de junio, el proletariado fue aplastado y fue la república honesta91 la que volvió a suprimir el sufragio universal. Si lo recuperasteis, no fue porque lo conquistarais, sino porque el hombre del golpe de Estado, el Napoleón III del Bajo Imperio,92 lo restableció para apuntalar su poder con ayuda de los campesinos. Y la nueva república tampoco la conquistasteis: la recibisteis por obra de vuestro enemigo Bismarck, cuando después de Sedán llevó a Napoleón III a Wilhelmshöhe.93 (¡Muy cierto!) ¡Y no fue para vosotros ni una vergüenza ni un perjuicio! (Grandes risas.) Si Alemania llegara alguna vez a la república en circunstancias parecidas y con antagonismos internos parecidos, no sería la mayor desgracia que pudiera ocurrirnos. También en Alemania, cuando concedió el sufragio universal, Bismarck tuvo que enlazar con la única tradición revolucionaria que poseía Alemania, la conquista de la revolución de 1848 y 1849. Sin el sufragio universal habrían sido imposibles su Confederación del Norte94 y, más tarde, el Imperio alemán. Es cierto que Bismarck, como Napoleón, esperaba ganarse de forma duradera a las masas con ayuda del sufragio universal y tener así en jaque a una burguesía eventualmente opositora. Que no lo consiguiera es mérito de la socialdemocracia alemana. (Aplausos.)
El episodio Millerand ha pasado, pero las funestas disputas nacidas de él, que tanto hacen sufrir a la socialdemocracia francesa, continúan. Esta confusión de los espíritus, como acertadamente dice una hermosa frase de... Jaurès en el «Cosmopolit» de 1898.95 (¡Oíd, oíd!) Allí se lee: «El socialismo no puede aceptar un trozo del poder; tiene que esperar hasta obtener el poder entero. Podemos colaborar en reformas parciales, y de hecho lo hacemos. Pero un partido que se propone como objetivo la transformación completa de la sociedad, la instauración de un nuevo principio de propiedad y de vida en lugar del principio vigente, solo puede aceptar el poder entero. Si solo tiene una parte, no tiene nada, porque esa influencia queda paralizada por los principios dominantes del orden social actual... El nuevo ideal social no se realiza, sino que se compromete, y se produce una crisis de la que el socialismo no sale». (Jaurès: ¡Muy cierto! — ¡Oíd, oíd!) ¡Con qué espíritu profético, camarada Jaurès, previó usted su propia evolución! (¡Jaurès! ¡¿Cómo?! Grandes risas.) Usted mismo se ha comprometido del modo más grave con su apoyo continuado a Millerand. Ese fue el paso más funesto de su vida, el regalo más peligroso que ha podido hacer usted al socialismo internacional. (Viva aprobación.) Millerand no saludó en 1900 al Congreso Socialista Internacional, pero sí hizo reverencias ante el déspota más sanguinario de Europa, el zar.96 Y cuando quisimos depositar en el Père-Lachaise una corona en honor de los comuneros asesinados, nos recibieron la infantería, la caballería y la artillería del ministerio Waldeck-Rousseau-Millerand. Se veían más agentes de policía que diputados, y se hizo todo lo posible para impedir el homenaje internacional a los comuneros. Este solo hecho habría debido bastar ya entonces para hacer imposible a Millerand para siempre. (Aplausos jubilosos.) Y desde entonces vemos que casi en cada votación del parlamento francés la fracción jauresista se divide en dos o tres partes, es decir, ofrece al mundo un espectáculo como el que en Alemania solo nos da el partido capitalista más despreciado, el de los nacional-liberales. Es evidente que semejante confusión en la fracción dirigente tiene que producir necesariamente confusión en el partido, que el partido queda comprometido y desmoralizado, que la masa pierde toda confianza en los dirigentes. En otro tiempo Victor Hugo pudo llamar a la Francia burguesa la «luz del mundo». La misión que en otro tiempo asumió la burguesía francesa para la burguesía del mundo habría debido asumirla la socialdemocracia francesa para el socialismo internacional. Por desgracia, la socialdemocracia francesa nos ofrece un espectáculo que es lo contrario de lo digno de imitación. Tenemos que hacer todo lo posible para que se ponga fin a este triste espectáculo, del que somos corresponsables ante el mundo, para que por fin también el socialismo francés ocupe en el gran movimiento socialista internacional el lugar que le corresponde por sus fuerzas intelectuales y materiales. ¡Por eso, votad la resolución de Dresde! No temo las consecuencias. Al contrario, espero de ella lo mejor. El proletariado francés no sería lo que, según mi firme convicción, es, si no tuviera en cuenta la advertencia del congreso. Aprobad la resolución de Dresde con la mayor unanimidad posible. (Aplausos atronadores, que se renuevan una y otra vez, aun cuando Bebel hace ya rato que ha vuelto a su sitio.)
La Unión General Obrera Judía de Rusia envía un escrito de queja contra la decisión del Buró sobre los mandatos y declara que, durante este congreso, se ha puesto de acuerdo con la delegación rusa.
Bebel, Branting, Bernstein, Van Kol y Keir Hardie presentan una resolución contra la legislación de excepción y la persecución de los judíos en Rusia.
Prosigue el debate sobre la cuestión de la táctica.
Adler (Viena): Me encuentro ante la tarea imposible de tener que exponer en diez minutos un asunto muy complicado; en sí misma nuestra enmienda no es complicada, sino la cosa más sencilla, natural y razonable del mundo; se ha vuelto complicada solo porque amigos y enemigos de ella se han declarado a su favor. Repito lo que ya han declarado Bebel y Vandervelde: estamos por completo en el terreno de los principios de la resolución de Dresde. Es evidentemente necesario y deseable que el Congreso Internacional proclame sus principios con toda claridad. Cuando llegamos al congreso, encontramos este punto del orden del día y, como forma, la resolución de Dresde, que podía ser adecuada en Dresde —no me corresponde pronunciarme aquí sobre ello—, pero que tiene un carácter enteramente nacional, el de un país determinado, nacida de momentos determinados. Por eso procuramos desde el principio internacionalizar esta resolución nacional, quitarle todo lo que no fuera aplicable al uso internacional. Además, la resolución suena distinta en la traducción, como toda traducción, y más aún cuando había que traducirla, por así decir, a lo internacional. No tengo claro si en la aplicación internacional todo el mundo sabe todavía lo que significa «tendencia revisionista»; si condamner no suena un matiz más duro que verurteilen. A nuestro oído, condamner suena como «condenar al infierno».97 Si ya es difícil dar reglas internacionales, más difícil aún es juzgar en sentido negativo la conducta de otros camaradas en otros países y en otras condiciones. Si hay disputas que zanjar, es mejor, a mi juicio, que este congreso establezca de qué manera pueden evitarse, en lugar de venir con la exclusión. Es verdad que en la comisión y aquí se ha dicho: no queremos condenar, no queremos ofender, no queremos anatematizar. Pues bien, entonces no lo hagan. ¿De qué sirve esa garantía si una y otra vez tenemos que oír que no solo Jaurès, sino también otros camaradas se sienten alcanzados, heridos en su sentimiento de socialdemócratas? El Congreso Internacional está para unir, no para levantar barreras. Dejemos, pues, que la resolución de Dresde hable con lenguas de fuego, pero arranquémosle a la vez los dientes, para que no hiera a nadie. Todos nosotros, también Vandervelde, no solo estamos en el terreno de la resolución de Dresde, sino que coincidimos también en mirar al grupo jauresista que aquí se combate con la mayor desconfianza, con la mayor inquietud por el porvenir del movimiento proletario de Francia, como gente que corre peligro de perder el terreno que quiere conservar, pero también como amigos y camaradas de partido a los que gritamos: ¡atrás, estás en peligro!, y no: ¡fuera contigo, estás marcado con hierro candente! Es una desgracia, el peor servicio a esta obra de paz, que el propio Jaurès haya declarado que votará esta resolución, que está en contradicción con él y con la cual él está en contradicción. Esa desgracia les ha ocurrido ya a otros: por la resolución de Dresde votaron también personas a las que no se quería ver entre sus partidarios. Así que tampoco está más comprometida que la resolución de Dresde. (Risas. — Martillo del presidente. «¡Si la guillotina ha de alcanzarme, que al menos no sea la suya!». Aplausos.)
Bebel pensó en Dresde que con la resolución daba un escarmiento a los revisionistas. Bien; los escarmientos pueden estar bien para uso doméstico, aunque también allí hay razones de sobra en contra; dudo que esta nueva institución del escarmiento internacional resulte útil. Pero así como no queremos escarmientos, tampoco queremos premios, una patente de corso para una táctica que nos costará la confianza del proletariado francés. Lamentamos, pues, que Jaurès vote por una resolución cuyo sentido se vuelve contra su táctica. Pero en su descargo quizá podamos decir que lo hace porque en su propio partido hay camaradas que no aprueban su táctica. Es muy lamentable que el partido francés, por causas que aquí no puedo examinar, nos muestre semejante desgarramiento; pero la responsabilidad no es solo de una de las partes. Precisamente nosotros, los austriacos, que hemos creado la unidad en circunstancias mucho más difíciles que aquellas en que tienen que crearla los franceses, que tienen una lengua, una historia y condiciones homogéneas, mientras que nosotros teníamos diez lenguas y diez clases de condiciones, seríamos traidores a nuestra propia causa si no intentáramos, a pesar de todo, superar estas dificultades. Pero yo digo: prefiero equivocarme con mi hermano a separarme de él para tener razón.
Una cosa más: es evidente que nosotros, los austriacos, si nuestra resolución cae, votaremos a favor de la resolución de Dresde, porque su contenido esencial no es censurar faltas tácticas, sino enunciar principios que nosotros hemos aceptado. (Vivos aplausos.)
Troelstra, antes de que tome la palabra Ferri, da lectura a una declaración de simpatía, acogida con fuertes aplausos, en la que se expresa el agradecimiento al partido italiano y al camarada Ferri, condenado hace poco a 14 meses de cárcel, por su valerosa actuación.
Ferri agradece emocionado la ovación: Hablo aquí en nombre de la mayoría de los camaradas italianos, que en su congreso de Bolonia98 aprobaron una resolución parecida a la de Dresde, después de haber practicado durante tres o cuatro años una política revisionista bajo la dirección de camaradas a los que, sin embargo, no hemos condenado. Hoy estamos de nuevo en un terreno real, en el terreno de la lucha de clases. El camarada Treves99 aceptará en nombre de nuestra minoría la resolución Adler-Vandervelde. El revisionismo es un fenómeno natural, está en el aire; la teoría no es inmóvil, pero ha de quedar firme que todos los partidos burgueses dan prueba de solidaridad de clase en cuanto se trata de la propiedad privada. Los italianos hablamos por experiencia; hablamos en nombre de 42 000 afiliados organizados del partido; Cabrini100 representa aquí a 200 000 sindicados, entre ellos 100 000 obreros agrícolas; estos han sentido en su propia carne los hechos de Crispi, por ejemplo las expulsiones, el estado de sitio y los consejos de guerra. Tras una campaña de obstrucción, Crispi fue derribado, y entonces vino el periodo del revisionismo, la alianza con Pelloux.101 Con todo, nuestros revisionistas quieren aliarse con los radicales, casi incapaces. Nosotros nos oponemos para no perder la conciencia proletaria. El gobierno liberal promete libertad de conciencia después de ver que la política de fuerza militar ha fracasado. Se nos respeta porque somos fuertes; de la alianza con los liberales no ha salido nada bueno para los trabajadores. Hemos librado una lucha implacable contra la corrupción en la marina, hemos hecho imposible la visita del zar102 (sonoros aplausos), incluso en los concejos municipales hemos hecho política de clase. Hoy el liberalismo está en quiebra entre nosotros, el partido radical ha hecho un programa del que hasta Turati103 tuvo que decir que no vale nada para los trabajadores. ¡Haced, pues, la unidad, pero la unidad socialista! Sacrificad vuestro amor propio, poned fin a la polémica fratricida, luchad contra el zar y contra los ministros (Aplausos), y después de aprobar la resolución de Dresde no habléis de vencedores y vencidos, sino combatid como hermanos al capitalismo burgués. (Sonoros aplausos.)
Vaillant: Vandervelde ha hecho esta mañana un alegato en favor de su enmienda (Aplausos entre los guesdistas); ha querido dar a la resolución de Dresde un carácter personal, como si se tratara para el congreso de decidir entre Guesde y Jaurès. Eso es muy fácil, pero muy falso; las personas no nos importan, aquí se trata de principios. Jaurès invoca a Marx, a Blanqui: ¿no han librado esos dos la lucha revolucionaria contra la burguesía? ¿Nosotros, los combatientes de la Comuna, no vamos a defender la república? Pero no queremos abandonar la lucha de clases ni aliarnos con la burguesía. Durante tres años el partido socialista tuvo que cargar con la responsabilidad de los actos capitalistas del ministerio Millerand, ¡pero la actual participación anónima en el gobierno es peor que la abierta! ¡Nada de fundirse con la izquierda burguesa, con el «Bloque»,104 sino un bloque socialista! Esa es una regla internacional, y hay que fijarla aquí.
La delegación alemana, que se había retirado a una reunión de sección cuando Ferri tomó la palabra, presenta la enmienda de sustituir en la resolución de Dresde la palabra «condenar» (condamner) por la palabra «rechazar» (repousser). Los autores de la propuesta (los guesdistas) hacen suya esta enmienda.
Anseele: En la comisión quedamos en minoría por 19 votos contra 21, pero llevamos esta votación con bastante tranquilidad. Y tanto más cuanto que hace treinta años estuvimos igualmente en minoría y fuimos vituperados por habernos atrevido a subrayar el vínculo del cooperativismo con el socialismo y a obrar en consecuencia, y hoy incluso los que entonces se burlaban de nosotros nos imitan. Los hechos nos han dado la razón, y ante los hechos se ha inclinado la gente. Pues bien, también se inclinarán ante el nuevo método en cuanto haya dado frutos en un solo país. Veamos, pues, con toda franqueza cómo está planteada la cuestión. La clase obrera se encuentra, en su marcha hacia adelante, ante un camino nuevo. En ciertos países de Europa una fracción de la burguesía necesita la ayuda del proletariado socialista y está dispuesta a hacer concesiones a cambio de nuestra ayuda: nos ofrece una participación directa o indirecta en el poder gubernamental. Vosotros nos gritáis: «Camaradas socialistas, ¡no toméis ese camino! El proletariado socialista no ha llegado todavía tan lejos. El socialismo se encuentra aún en la época de la propaganda de escuela y tiene que estar todavía mucho tiempo sobre aviso». Nosotros, en cambio, decimos: «Camaradas socialistas, tomad ese camino con precaución, con circunspección, con la mayor unidad posible, con la mayor disciplina posible, pero tomadlo con resolución audaz. En ese camino venceréis las dificultades como las habéis vencido en otros caminos; pero no sacrifiquéis ni la lucha de clases ni nuestro objetivo final: el colectivismo». La diferencia de opinión va más allá. Vosotros decís: «La participación directa o indirecta en el gobierno solo puede significar el abandono de la lucha de clases y del objetivo final. Solo puede separarnos de la clase obrera y enajenar a la clase obrera de nuestro partido». Pues bien, para los países donde el proletariado socialista tiene organizaciones fuertes yo no abrigo ese temor. Si un día tenemos en Bélgica, por decisión del partido, el «Bloque» o un ministro socialista, seguiremos en estrecho contacto con el partido obrero, y nuestra conciencia no sufrirá por ello. ¡Al contrario! Los trabajadores saben muy bien que un partido que está en minoría, que un ministro socialista como miembro de un ministerio burgués no puede mandar en el Estado, sino solo exigir el cumplimiento de los pactos de la alianza. Y puesto que hablamos de táctica, hay que aducir hechos, porque una táctica solo se explica por hechos. En Bélgica la situación es la siguiente: en las últimas elecciones hemos perdido escaños.105 ¿Y queréis saber una de las razones? Precisamente porque los liberales han dicho, repetido y hecho creer que no somos un partido dispuesto a entrar en el gobierno. Pues bien, nuestros trabajadores quieren tener reformas lo antes posible, y tienen razón. Vosotros, los de la mayoría, no podéis reprocharnos a los belgas que no hayamos luchado bastante en el terreno sindical, en las cajas de socorro, en el terreno cooperativo, que no hayamos luchado bastante en la Cámara. No podríais demostrar que la Bélgica trabajadora y socialista ha abandonado la lucha de clases. En este aspecto somos casi un modelo para el proletariado del mundo. Hemos ido incluso más lejos. Intentamos arrancar a la reacción el sufragio universal con la huelga de 1902, y fuimos derrotados, y dejamos los cadáveres de nuestros compañeros sobre el empedrado de las calles. Y si un día una fracción de la burguesía nos ofrece introducir el sufragio universal, la enseñanza primaria obligatoria y leyes de protección obrera a condición de que asumamos una parte de la responsabilidad del poder gubernamental, entonces, ¡ay de aquel que se negara y empujara así de nuevo al proletariado belga hacia nuevas hecatombes! ¡Ay de los socialistas belgas que prefieran las sangrientas batallas callejeras a las reformas, aunque las reformas lleven la marca del gobierno! Ahora se nos dice: «No podemos aceptar el poder gubernamental por trozos, tenemos que tenerlo entero: ¡todo o nada!». Dadme el medio de obtenerlo todo de una vez y estaré de vuestro lado, sea cual sea el medio. Pero no veo el medio, y vosotros no me lo daréis. Y si entretanto una fracción de la burguesía me propone realizar con ella una parte de mi programa, ¿debería rechazarlo? ¿Debería dejar a la clase enemiga el monopolio del poder gubernamental? No lo haré, y no tengo derecho a hacerlo. Aunque solo se nos ofrezca una cartera ministerial, la aceptaremos y diremos: muchas gracias, ¿para cuándo la segunda? ¿Cómo? Nuestros trabajadores son manipulados por la Iglesia, embrutecidos por el militarismo, extenuados por jornadas de trabajo excesivas, agotados por la miseria; en la vejez se quedan sin medios, sucumben en la lucha por la existencia; y si una fracción de la burguesía nos propone reformar todo eso a condición de que asumamos una parte de la responsabilidad del gobierno, ¿he de decir que no? Eso no lo diré, y estoy profundamente convencido de que, si el proletariado belga llega a ser lo bastante fuerte para crear una situación semejante, la clase obrera respondería a mi negativa con una bofetada. Los socialistas de Rusia, Bulgaria, España, Polonia y Japón lo tienen muy fácil para rechazar la responsabilidad del gobierno. Sin duda pasarán años y años hasta que se la ofrezcan. Si yo fuera el representante de uno de esos países, me abstendría en esta cuestión y me guardaría mucho de condenar una táctica socialista que yo sería demasiado débil para llevar a la práctica en mi país. Comprendo bien que una minoría sea intransigente, porque solo esa intransigencia le permite forjar los caracteres indispensables para convertirla en mayoría. Pero no puedo admitir que esa minoría imponga su intransigencia a partidos que ya no son tan diminutos como ella y para los que la responsabilidad de gobierno es de día en día más necesaria. Cuando se tiene la responsabilidad, la intransigencia tiene que ceder, y uno no se vuelve más débil ni más incapaz por discutir con burgueses en un ministerio que por discutir con ellos en las salas de reunión. El camarada Adler ha dicho que se llenó de inquietud al examinar de cerca el método seguido en Francia por Jaurès y sus amigos. Pues bien, también yo tengo mis temores, pero respecto de cosas muy distintas. Cuando veo cómo los acontecimientos avanzan y casi se precipitan, cuando veo el rápido desarrollo del capitalismo y cómo, frente a él, carecemos para nuestros sindicatos, para nuestras cooperativas, para todos los trabajos de organización, de gente suficientemente preparada para la administración, entonces tengo mis temores por el día siguiente a ese desarrollo demasiado rápido. Y siento la necesidad de multiplicar las escuelas y de poner en marcha todas las reformas que eleven la situación material y moral del proletariado. Camaradas, he terminado. Os lo ruego: ¡votad la moción Adler-Vandervelde! No contiene ninguna excomunión, ninguna condena. Si llevamos a casa la resolución de Dresde, nuestra clase obrera no comprenderá cómo ni por qué hemos sido condenados. La gente se reirá de vuestra resolución. Y la moción sobre la unidad, con la que todo el mundo está de acuerdo, quedará privada por completo de su eficacia. ¡Votad la moción Adler-Vandervelde!
Una moción de cierre de Van Kol, después de que la delegación inglesa haya renunciado a la palabra, es aprobada por aclamación.
Rosa Luxemburg lee la siguiente protesta: «El camarada Anseele ha afirmado en su discurso que la resolución que va a votarse pretendería imponer a los grandes partidos europeos una táctica determinada por el voto de representantes de naciones como Rusia, Polonia, Bulgaria, España y Japón. Ha señalado con ello que él, Anseele, en lugar de los delegados de esos países, se abstendría más bien en la votación sobre las cuestiones que atañen a las grandes naciones europeas. En nombre de la socialdemocracia rusa, de la socialdemocracia polaca, del Partido Obrero español, del Partido Obrero búlgaro y del Partido Socialdemócrata del Japón, protestamos contra este intento de dividir a los miembros del congreso en activos y pasivos y de formar, por así decir, un concierto europeo de las grandes potencias socialistas, que sería el único con derecho a decidir sobre cuestiones fundamentales del socialismo internacional. Firmado: Plejánov, Luxemburg, Iglesias, Katayama, Rakovski».106 (Aplausos.)
Cuando Iglesias pide la palabra sobre esto, los gritos de «Vote! Vote!» (¡A votar!), sobre todo de la delegación inglesa, ahogan su voz. Finalmente el presidente, Troelstra, hace constar que el congreso no quiere oír ya ninguna declaración más y niega la palabra a las delegaciones española, búlgara, argentina, etc.
En la votación, se aprueba primero por aclamación, entre grandes aplausos y por unanimidad, la resolución sobre la unidad.107
A favor de la enmienda Adler-Vandervelde votan: Inglaterra, 2 votos; Australia-Canadá-Sudáfrica, 2; Bélgica, 2; Austria, 2; Argentina, 2; Dinamarca, 2; Holanda, 2; Suecia y Suiza, 2; Francia, 1; Noruega, 1, y Polonia, 1 voto. En contra: Alemania, Bulgaria, Bohemia, España, América, Hungría, Italia, Japón y Rusia, con 2 votos cada uno; Francia, Noruega y Polonia, con 1 voto cada uno.108
La enmienda Adler-Vandervelde queda, pues, rechazada por 21 votos contra 21. (Aplausos.)
Se somete entonces a votación la resolución de Dresde. Votan a favor: Alemania, Austria, Bohemia, Bulgaria, España, Hungría, Italia, Polonia, Rusia, Japón y Estados Unidos de Norteamérica, con 2 votos cada uno; Inglaterra, Francia y Noruega, con 1 voto cada uno. Votan en contra: Inglaterra, Francia y Noruega, con 1 voto cada uno, y las colonias inglesas, con 2 votos. Se han abstenido: Argentina, Bélgica, Dinamarca, Suecia, Holanda y Suiza, con 2 votos cada uno.
La resolución de Dresde queda, pues, aprobada por 25 votos contra 5 y 12 abstenciones.109
Se levanta la sesión a las 8 y cuarto.
Séptima jornada. Sábado 20 de agosto, sesión de la mañana
Van Kol abre la sesión a las nueve y cuarto; hoy le asisten Adler (por Austria), Daszynski110 (por Polonia) y Thompson (por las colonias inglesas: Australia, Sudáfrica, Canadá).
Se acuerda tratar primero de la inmigración y después del Primero de Mayo, los trusts y el sufragio femenino.
Van Kol da luego la siguiente comunicación sobre el Comité Parlamentario Internacional:
El Congreso Internacional de París de 1900 había acordado crear un Comité Parlamentario Internacional. El viernes por la noche se reunieron para deliberar diputados de los más diversos países; por un error faltaron los alemanes. Se llegó a un acuerdo sobre las siguientes propuestas: los representantes de los distintos cuerpos parlamentarios de cada país formarán entre sí una comisión, de cuyo seno se elegirá un secretario internacional. Este se pondrá en relación con los secretarios de las distintas fracciones para comunicarse mutuamente la información; así se harán posibles también acciones unitarias en los distintos parlamentos. Cada país nombrará dos delegados en el Comité Parlamentario Internacional. La sede del secretario parlamentario internacional estará provisionalmente en Holanda, y los diputados holandeses buscarán una persona adecuada para ello. Las sesiones se celebrarán alternativamente en las capitales de los Estados más grandes. Cuando las circunstancias hagan deseable que países vecinos, por ejemplo Francia e Italia, emprendan acciones unitarias con fines determinados, el secretario internacional convocará con ese objeto una conferencia. De este modo, espera el Buró Internacional, será posible promover de manera aún más eficaz que hasta ahora los intereses del proletariado internacional mediante manifestaciones unitarias en los distintos parlamentos nacionales, proposiciones unitarias y acciones unitarias, y ayudar a la victoria de las reivindicaciones socialistas.
Henriette Roland Holst presenta en nombre de la delegación holandesa la siguiente resolución:
Sigue la resolución sobre el proletariado de Rusia: véase la página del congreso.
La resolución se aprueba por unanimidad entre vivos aplausos.
Se pasa ahora a tratar el punto 7 del orden del día:
Inmigración y emigración
La comisión, por mayoría, ha propuesto la siguiente resolución:
«El congreso declara que el trabajador que emigra es víctima de la dominación capitalista, que le obliga a abandonar la patria para ganarse penosamente la vida o para asegurar su libertad. El congreso no niega lo peligrosa que es para el país de inmigración la afluencia de elementos mal pagados, dóciles y dispuestos a trabajar, atraídos por capitalistas sin escrúpulos para rebajar a los trabajadores autóctonos ofreciendo trabajo barato, para proporcionar esquiroles y para provocar aquí y allá choques sangrientos entre los trabajadores de distintos países. Pero el congreso condena toda medida legal que pretenda impedir la emigración o excluir a los trabajadores extranjeros del país de inmigración o tratarlos peor. Declara, por el contrario, que en todos estos casos se impone una agitación que difunda la ilustración entre los trabajadores atraídos por los patronos con falsas promesas; está convencido de que, bajo la influencia de esta agitación de los socialistas y de los sindicatos, los trabajadores inmigrados se pondrán al cabo de algún tiempo del lado de los trabajadores autóctonos y organizados y exigirán el mismo salario que ellos, y condena la política miope de las organizaciones obreras atrasadas que niegan a los inmigrados el acceso a sus filas.
El congreso declara, además, que es útil que los representantes socialistas en los parlamentos exijan que los gobiernos combatan con un control severo y eficaz los numerosos abusos que provoca esa importación de mano de obra para rebajar los salarios, y que los representantes socialistas defiendan al mismo tiempo una reforma de la legislación según la cual los inmigrantes adquieran en breve plazo los derechos políticos y civiles en el país de inmigración y recuperen esos mismos derechos cuando regresen a su patria, y que los distintos países garanticen a los inmigrantes estos derechos mediante declaraciones de reciprocidad.
El congreso exhorta, por último, a los partidos socialistas y a las organizaciones sindicales de todos los países a desplegar entre los trabajadores inmigrantes, con más energía aún que hasta ahora, la agitación por la organización obrera y la solidaridad internacional».
En cambio, las delegaciones holandesa, norteamericana y australiana proponen la siguiente resolución:
«Teniendo plenamente en cuenta los peligros que trae consigo la inmigración de trabajadores extranjeros, en cuanto puede provocar el descenso de los salarios, el reclutamiento de esquiroles y a veces incluso choques sangrientos entre los trabajadores, el congreso declara:
que, bajo la influencia de la agitación socialista y sindical, los trabajadores inmigrados se pondrán al cabo de algún tiempo del lado de los trabajadores autóctonos y exigirán el mismo salario que ellos.
Por eso el congreso condena toda medida legal que prohíba o impida la inmigración de trabajadores extranjeros a los que la miseria obliga a emigrar.
El congreso, considerando además que los capitalistas importan a menudo trabajadores de razas atrasadas (como chinos, negros, etc.) para mantener bajos a los trabajadores autóctonos con la oferta de trabajo barato, y que estos, que constituyen un objeto de explotación dócil, viven en una esclavitud apenas disimulada, declara que la socialdemocracia tiene que combatir con todas sus fuerzas el empleo de este medio, que sirve para destruir las organizaciones de los trabajadores y frenar así el progreso y la realización eventual del socialismo».
El ponente de la comisión es
Ugarte111 (Argentina): La inmigración ha alcanzado en nuestros días tales dimensiones que entraña sin duda un peligro para algunos países. Sin embargo, la clase obrera no ha adoptado el punto de vista estrecho, que la evolución ha desbaratado hace tiempo, de que el trabajador debe quedarse en su país, sino que ha reivindicado para él el derecho a hacer del mundo entero su patria.
Por otra parte, hay que juzgar el fenómeno muy concreto de una emigración e inmigración en masa, y precisamente provocada de manera artificial. Algunos gobiernos provocan una emigración artificial de amplias masas de la población restringiendo al extremo la libertad política del pueblo trabajador en provecho de las clases dominantes o haciéndole imposible la existencia económica. Otros gobiernos se dejan guiar, al fomentar la emigración en masa, por la concepción imperialista de que el envío masivo de compatriotas a territorios vírgenes podría asegurarles nuevos dominios. Pero ninguno de estos gobiernos se pregunta en qué condiciones se realiza la emigración en masa, cómo se transporta a los emigrantes de manera espantosa, apiñados y hacinados en los barcos de emigrantes de compañías de transporte explotadoras, a qué explotación, a qué opresión y a qué sufrimientos estarán expuestos en el país al que aspiran. Pero la emigración en masa solo puede combatirse mediante reformas profundas que hagan de cada país una verdadera patria para la masa trabajadora del pueblo. Por eso tenemos que pensar ahora en medidas que aseguren a los emigrantes, en su camino de sufrimientos, una travesía humana y protección contra el engaño. Además, los inmigrantes deberían ser naturalizados inmediatamente, para poder defender sus derechos, sin perder la ciudadanía de su antigua patria. De estos puntos de vista parte la resolución que se les ha presentado. (Aplausos.)
Hillquit (América) defiende la resolución de los norteamericanos, los holandeses y la delegación de las colonias inglesas. Todos estos países, dice, se ven obligados a distinguir entre los trabajadores de países civilizados y los de países no civilizados, entre los trabajadores que están en la lucha de clases o al menos en el proceso de desarrollo de la conciencia de clase y aquellos que no reúnen ni siquiera la menor condición previa para ello. Por eso todos los sindicatos norteamericanos tienen prohibida la admisión de chinos. Eso puede sonar reaccionario, pero es inevitable si no queremos arruinar todo el movimiento obrero, pues es un interés vital de nuestro movimiento obrero mantener alejados a los culíes y a los negros.
Nicolas Klein protesta en nombre de la minoría de los delegados norteamericanos contra esa concepción, que contradice la frase «¡Proletarios de todos los países, uníos!» y todo el pensamiento socialista. Los culíes, dice, también son seres humanos, también son trabajadores y tienen el mismo derecho que los demás. Si se empieza a hacer distinciones entre las naciones, habría que mantener alejados de América también a los italianos, a los polacos, etc. (Aplausos.)
Paeplow112 (Hamburgo) no puede aceptar esa interpretación de las palabras de Marx. Nunca habría pedido Marx que se dejara entrar a los trabajadores más atrasados sin consideración alguna a las condiciones concretas del propio país, que se exigiera, por ejemplo, que los obreros alemanes de la construcción dejaran empeorar considerablemente su situación por una inmigración sin límites de trabajadores italianos. A pesar de esta opinión, le es imposible votar la moción de Hillquit, porque esta omite declarar que los sindicatos de cada país tienen el deber de ilustrar a los trabajadores inmigrados y atraerlos a los sindicatos. Eso es lo que omiten también los sindicatos ingleses, que con sus estatutos dificultan mucho la entrada a los trabajadores extranjeros. Contra eso deberían alzar la voz los trabajadores de todos los países. (Vivos aplausos.)
Keir Hardie (Inglaterra) propone retirar del orden del día esta cuestión, que evidentemente no está todavía preparada a fondo. Los ingleses no podrían votar ninguna de las resoluciones presentadas, porque su peor adversario podría utilizar ambas contra ellos. La cuestión de la inmigración y la emigración debería tratarse a fondo en el próximo congreso. Mientras tanto, el Buró Internacional debería reunir material.
La moción se aprueba por aclamación; no obstante, el presidente observa que la sugerencia de Paeplow se incluirá en el protocolo como deseo de todas las naciones. (¡Bravo!)
El secretario internacional da cuenta de la correspondencia recibida: telegramas de felicitación de Viena, Basilea, etc., una declaración para el protocolo sobre la abstención de ayer de los delegados belgas y suecos113 y una resolución de protesta contra las persecuciones desmesuradas de los socialistas húngaros.114 (Aplausos.) El secretario internacional comunica además que el protocolo del Congreso Internacional se publicará en tres lenguas (alemán, inglés y francés). Como sedes del próximo congreso se proponen Stuttgart (por parte de la delegación alemana), Ginebra, Bruselas, Viena y Roma. Los ingleses proponen que el próximo congreso se celebre dentro de dos años; los alemanes, dentro de cuatro. El presidente, Van Kol, propone como solución intermedia tres años. Hyndman pide que el Buró Internacional deje de tener el derecho de aplazar el congreso. Longuet115 (París) ruega que el próximo congreso se celebre dentro de dos años. Precisamente en interés de un contacto más estrecho entre los partidos, para evitar disensiones y divergencias de opinión y para facilitar su arreglo, conviene fijar plazos lo más cortos posible. Sembat se pronuncia por tres años, porque en 1906 se celebran las elecciones en Francia. La votación da como resultado: el próximo congreso se celebrará en 1907.
Se ha examinado y aprobado el informe de cuentas del Secretariado Internacional. Holanda, Italia y Dinamarca piden que se rebajen sus cuotas anuales de 800 francos. A propuesta del Buró, Holanda e Italia pagarán en adelante 400 francos de cuota anual; Dinamarca, 600 francos; Serbia, Japón y Luxemburgo, 100 francos.
La elección de la sede del congreso da lugar a un debate. Las demás sedes han renunciado en favor de Stuttgart. Hyndman pide garantías de que el congreso podrá reunirse libremente en Stuttgart; el presidente lo había declarado, sí —y ya antes se había asegurado lo mismo—, pero luego la situación política, la falta de libertad de palabra, etc., hicieron necesario trasladar el congreso.
Bebel: No nos habríamos atrevido a proponer Stuttgart si no estuviéramos firmemente convencidos de que podemos asumir toda garantía de plena libertad de palabra y de seguridad para cada delegado. La misma medida de libertad y de seguridad que aquí en Ámsterdam podemos garantizarla también en Stuttgart. (Vivos aplausos.)
Se aprueba Stuttgart sin oposición.
Para los puntos que quedan por tratar, Primero de Mayo, trusts y sufragio femenino, los ponentes han renunciado a la palabra. El congreso solo tiene, pues, que votar. Estas resoluciones dicen así:
Sigue la resolución sobre el Primero de Mayo: véase la página del congreso.
Sigue la resolución sobre el sufragio femenino (presentada por las camaradas alemanas): véase la página del congreso.
Sigue la resolución sobre los trusts: véase la página del congreso.
Las resoluciones sobre el Primero de Mayo y el sufragio femenino se aprueban por unanimidad; la resolución sobre los trusts, con pocos votos en contra.
Para una comunicación de trámite toma la palabra
el presidente, Van Kol: Esta noche se celebra en Ámsterdam una reunión convocada por los peores enemigos del movimiento obrero socialista, los anarquistas. El Partido Obrero Socialista de Francia (guesdistas) declara que ningún miembro de su fracción participará en esa reunión de anarquistas. (Vivos aplausos.)
Entre los oradores de la reunión se anuncian, entre otros, los delegados Dr. Friedeberg (Berlín) y Allemane (París).
Allemane declara que también su fracción ha sido invitada, pero ha decidido no participar. Lamenta la lucha entre los hermanos socialistas holandeses, por una parte, y los sindicalistas y anarquistas, por otra, pero su participación se utilizaría contra los socialistas holandeses y no haría sino agravar la discordia entre hermanos (Grandes aplausos); se han limitado a expresar a los sindicatos holandeses, en una resolución escrita, su pesar por que esa discordia entre hermanos les haga imposible la participación.116
Con esto queda zanjado este incidente.
Siguen los
Discursos de clausura
Hyndman: Sé que coincido en el sentimiento con todos los delegados si doy las gracias a nuestros hermanos holandeses por su cordial acogida y por la buena organización del congreso. (Aplausos generales.) Este primer congreso del siglo XX, dice, supera en importancia a todos los congresos internacionales anteriores desde 1864. Por primera vez han acudido representantes de los países más lejanos, como Japón y la India. Y precisamente él, como representante de la clase obrera del país que posee el mayor imperio colonial y practica la explotación más despiadada en las colonias, se cree el más llamado a subrayar aquí la importancia del congreso en el sentido de que ha levantado un dique contra la explotación y la opresión de aquellos pobres indígenas por el capital europeo. Tiene que acabar esa corriente de oro que fluye hacia Europa; así como estamos unidos en nuestras concepciones fundamentales, estamos unidos, los proletarios unidos de todos los países, en nuestra consigna: ¡Asia para los asiáticos! El mundo entero para el proletariado amante de la libertad. (Vivos aplausos.)
Renaudel (del Partido Obrero jauresista) declara que sus compañeros de partido se reunirán inmediatamente después de su regreso y someterán a su organización las decisiones del congreso, y que harán todo lo posible por lograr la unidad deseada. (Abundantes aplausos.) Las propuestas que hagan los camaradas las someterán después al Buró Internacional.
Vaillant declara en nombre del Partido Obrero guesdista que también ellos están siempre por la unidad. Pero esta unidad solo es posible sobre el terreno de la lucha de clases, sobre el terreno de las decisiones de este congreso. También ellos harán todo lo posible por lograr esa unidad. (Vivos aplausos.)
Bebel (recibido con aplausos atronadores y vítores interminables) se suma primero al agradecimiento a los camaradas holandeses y de Ámsterdam y lo extiende al Buró y a los traductores. No defendemos la igualdad de las mujeres, prosigue, solo porque luchamos por la igualdad de todo lo que tiene rostro humano, sino también porque creemos que el sexo femenino, en el lugar adecuado, dará el rendimiento adecuado. Lo hemos podido ver en especial medida precisamente en este congreso. Las mujeres del Buró y de la traducción han demostrado que pueden competir sin más en capacidad con cualquier hombre. No sé si entre nosotros, los hombres, hay alguno que pueda competir con la camarada Zetkin. (Risas atronadoras y aplausos muy vivos. — La señora Henriette Roland Holst entrega a la camarada Zetkin, en nombre del partido holandés, un magnífico ramo de rosas. — Nuevos aplausos.)
Tras cálidas palabras de reconocimiento para el Buró Internacional, Bebel continúa: Todavía algunas observaciones generales. Estamos al final de nuestro trabajo. Tenemos detrás seis días difíciles. Hemos discutido cuestiones, en especial la de la táctica internacional, que han suscitado vivas divergencias de opinión. No hay ninguno entre nosotros que no haya venido a Ámsterdam con el corazón apesadumbrado y con grandes reparos. Cada uno se ha dicho que había que resolver cuestiones en las que podíamos rompernos los dientes y que, aunque al final encontráramos una solución, su efecto quizá no respondería a nuestros deseos. Después de las declaraciones que acabamos de oír a los camaradas Renaudel y Vaillant, tenemos que decir que nuestras expectativas más audaces se han visto ampliamente superadas. En los tres días de debate, la comisión ha ofrecido un cuadro ejemplar y brillante de una deliberación internacional, y solo hemos lamentado que los discursos no hayan podido pronunciarse ante el mundo internacional entero. (Aplausos.) Pero los debates de ayer han estado a la altura de los de la comisión. Los espíritus han chocado con dureza, pero hemos decidido sin favor ni perjuicio para nadie, solo para lograr un entendimiento objetivo y una unificación de los camaradas en los países en que existen diferencias serias o incluso escisiones. Y hoy los camaradas franceses declaran que quieren dar los primeros pasos hacia la unificación inmediatamente después de su regreso. Eso ha superado ampliamente nuestras expectativas y ha avergonzado nuestras dudas. Y os uniréis, camaradas franceses. Porque lo queréis, y donde hay voluntad hay un camino. Os diré otra cosa: os habéis combatido ahora a sangre y fuego, os habéis atacado unos a otros con la mayor dureza, pero todo lo que os habéis dicho y hecho no llega a lo que nosotros nos dijimos e hicimos en Alemania hace treinta o cuarenta años. Y si a pesar de ello nos fue posible entendernos tras ocho años de lucha, también a vosotros os será posible. No de la noche a la mañana, sino poco a poco, en la lucha común contra el adversario común, desaparecerán de vuestros corazones la amargura y la hostilidad mutuas. Al fin y al cabo, todas las partes han querido siempre trabajar por el bien del proletariado; así pues, contra las intenciones, ni reproche ni sospecha. No solo con tranquilidad, sino con un sentimiento de satisfacción y de contento podemos dejar este congreso: tiene un resultado brillante: los trabajadores de todos los países están en una línea de combate cerrada. No hay duda de que en todas partes nuestros objetivos son los mismos; no hay duda de que pronto también nuestros caminos hacia el objetivo serán en todas partes los mismos. Con energía renovada emprendemos en cada país las tareas que tenemos que cumplir. Por eso no puedo terminar mejor que invitándoos a un viva a la unidad socialista internacional y a nuestra victoria. (Tres vivas y aplausos estruendosos.)
Van Kol: Estamos al final de nuestro difícil trabajo. Hemos oído un duelo oratorio como seguramente no se ha visto todavía en ninguna tribuna del mundo. Pero en nuestros corazones resuena el llamamiento a la unidad, tan necesaria en la lucha contra el enemigo común. ¡Adelante, pues! Vayamos hacia un futuro más hermoso, hacia nuevas victorias. ¡Camaradas! Los proletarios de las cinco partes del mundo esperan en nosotros y su esperanza se cumplirá. ¡Viva la Internacional!
Los delegados se levantan de sus asientos y se suman tres veces al viva.
Luego suena el canto de La Internacional, entonado al fondo por un coro masculino holandés. Todas las naciones se unen para cantar el estribillo:
C’est la lutte finale!
Groupons nous, et demain
L’Internationale
Sera le genre humain.117
Clausura del congreso a las doce del mediodía.
Apéndice. Las deliberaciones de la comisión sobre el punto 5 del orden del día: «Reglas internacionales de la táctica socialista»
Primera sesión de la comisión. Lunes 15 de agosto por la tarde
Ocupa la presidencia permanente Troelstra.118
Guesde: Quiero dejar sentado de antemano que no pedimos un juicio sobre nuestras disputas internas; esas podemos dirimirlas nosotros mismos; tampoco pedimos, como se ha afirmado, que el socialismo internacional apoye nuestra política. Pero contra un mal que se manifiesta internacionalmente hay que crear una salvaguardia internacional. Y esta cuestión es una cuestión general; se plantea en Alemania, en Bélgica, en Italia con la misma claridad que en Francia. Es, pues, una cuestión verdaderamente internacional, en cuya solución deberían colaborar los socialistas organizados de todos los países. Que hayamos presentado la resolución de Dresde se explica precisamente porque tiene un carácter general.
Jaurès: He venido con el propósito de la reconciliación. También en mis propias filas hay camaradas que opinan que nos dejamos arrastrar demasiado lejos en la caza de éxitos momentáneos. Otros, en cambio, opinan que deberíamos subrayar más nuestra táctica reformista. Guesde dice que las disputas francesas podrían dirimirse en nuestro propio país; ciertamente, los alemanes, los italianos y los belgas han tratado sus disputas en sus propios congresos y no las han llevado ante el congreso internacional; pero quizá en Francia hayamos llegado ya tan lejos que necesitemos una mediación internacional. Sea; pero nosotros somos de la opinión de que nuestra táctica responde a los intereses y a la voluntad del proletariado francés. En primer lugar, cabe preguntarse si la representación del socialismo internacional está siquiera llamada a resolver esta cuestión. Sin duda el socialismo internacional puede pronunciarse sobre ella, pero cuando ya no juzga sobre principios y reglas generales, sino sobre su aplicación, sobre la táctica que debe guiar el movimiento político en los distintos países, tiene que ser prudente. En las condiciones de vida de cada país existen grandes diferencias, y el congreso no puede dictar prescripciones obligatorias para todos los casos. La cuestión es especialmente difícil y complicada; el socialismo trabaja por la emancipación de todos los proletarios, tanto de los que gimen bajo el yugo autocrático como de aquellos cuyo yugo está más o menos aliviado por la monarquía constitucional, y también de los que gozan de una república. Parece temerse que en Francia estemos cambiando el espíritu de la clase socialista, pero esas diferencias en la táctica no existen solo entre nosotros, en Francia. El congreso tendría que decidir, pues, también entre los terroristas revolucionarios de Rusia y los socialdemócratas que con Plejánov quieren actuar a través de las masas; tendría que decidir también, en Alemania y en Holanda, sobre la huelga general, que tan cruelmente ha dividido a los camaradas. Se nos reprocha que hemos puesto en peligro la pureza de los principios y predicado la colaboración de las clases. Pero nosotros proclamamos igual que vosotros, camaradas, que entre la burguesía y el proletariado se abre un abismo profundo, esencial, insalvable, porque parte de la oposición irreductible de dos sistemas de propiedad. Pero al aprovechar el régimen republicano creemos que el interés de nuestro ideal y de nuestro proletariado nos obliga a apoyar a la burguesía republicana en la realización de tareas emancipadoras, como la secularización del Estado y de la enseñanza; no traicionamos en lo más mínimo el principio de la lucha de clases ni el interés del proletariado, que es lo único que nos guía, como tampoco lo traicionó el socialismo alemán el día en que reconoció con Bebel la necesidad de participar en las elecciones a la Dieta.119
La resolución Kautsky de 1900,120 que también nosotros votamos, declaraba que la participación de los socialistas en el gobierno era peligrosa y solo podía darse excepcionalmente, pero reconocía también que era admisible bajo el control del partido organizado nacionalmente. Hago notar que el texto de la resolución de Dresde ha sido modificado radicalmente. La resolución dice que al proletariado le está prohibido aspirar a la participación, mientras que la traducción que se les ha presentado dice que no puede aceptarla. Pero tal vez esta diferencia sea de importancia secundaria y no queremos detenernos en tales menudencias. Si alguna vez llega la hora en que pueda ser útil aceptar la participación socialista en el gobierno, no hay que avergonzarse de ello, pero tampoco hay que proclamar que nunca llegará una hora en que el proletariado tenga interés en aspirar a ella. ¡Dejan ustedes las puertas abiertas a la ambigüedad! Tengan, pues, el valor de disipar todas las ambigüedades. Pediremos, por tanto, desde este punto de vista, una modificación de la resolución de Dresde. Por último, pregunto a quienes han provocado estos grandes debates: ¿cuál es vuestro propósito? ¿Tenéis la intención de prohibir a los socialistas franceses que piensan como nosotros que continúen la política de secularización y de reformas? ¿Os atreveríais a hacerlo en Holanda, en este país donde la reacción calvinista, unida a la reacción católica —ambas no son más que formas de expresión de la reacción capitalista—, se propone conquistar el poder e imponeros la escuela confesional? El mundo entero está lleno de un movimiento irresistible en dirección a la democratización de la política, que nosotros ponemos en práctica en beneficio del proletariado. Si les place cubrir con el manto de una táctica alemana cierta política revolucionaria seguida en Francia, ¡adelante! Pero entonces permítanme decirles además que se arriesgan a provocar entre Francia y Alemania un grave malentendido. Hace treinta años, una guerra sangrienta separó a los dos pueblos. Hemos luchado por volver a acercarlos. Nuestro partido se ha alzado contra las pasiones y los prejuicios chovinistas y los ha vencido. Si imponen al proletariado francés una táctica que no puede ser la suya, deben temer poner la mano sobre heridas que apenas han cicatrizado y crear un nuevo malentendido que no sería menos funesto que el otro. Vosotros, los alemanes, tuvisteis la Reforma, que quebrantó en parte el poder de la Iglesia católica; yo casi estaría tentado de alegrarme, en cierto sentido, de que en nuestro país la Reforma fuera extirpada: su derrota ha obligado al espíritu francés a llevar a cabo la liberación completa. Por otra parte, vosotros vivís bajo un régimen imperial y feudal. Nosotros tenemos que luchar contra la Iglesia católica, el mayor poder de la reacción política y de la servidumbre social. Pero vivimos bajo un régimen republicano-democrático. Todos nuestros poderes públicos emanan de la soberanía nacional y son responsables ante ella. El sufragio universal de las masas es la base de nuestro sistema político. Tengan en cuenta también la diversidad del medio; cometerían ustedes una imprudencia que sería francamente un crimen si impusieran la misma táctica a nuestras dos grandes naciones. Su táctica, condicionada por la ortodoxia protestante y por el régimen personal, no pueden imponérnosla, porque entre nosotros faltan las condiciones para ella; y en lo que a nosotros respecta, defendemos con orgullo nuestra acción política y nuestro método: nunca nos ha hecho olvidar el alto ideal al que guardamos incesantemente fidelidad. La lucha que hemos librado desde hace cuatro años nunca ha tenido otro fin que acelerar la victoria.
Kautsky: La propuesta de elevar la resolución táctica del congreso de Dresde a norma general del socialismo internacional no parte de la socialdemocracia alemana. Pero no podemos sino saludar con alegría que las otras naciones quieran elevarla a ese rango. Ahora bien, solo podemos aprobarla si no contiene ningún endurecimiento del texto original. Y se ha deslizado uno, aunque involuntario, por un error de traducción que hace decir a la resolución que nos negamos a aceptar una parte del poder gubernamental (accepter), mientras que el original solo rechaza aspirar a ella (rechercher). Jaurès ya lo ha señalado, pero aquí no hay ninguna dificultad, pues los proponentes están dispuestos a aceptar la traducción exacta del texto alemán.
Jaurès opina, sin duda, que en cuanto al fondo no hay ninguna diferencia entre las dos versiones, pues si estoy dispuesto a aceptar un cargo, también he de tener el valor de aspirar a él. La versión alemana sería, pues, simplemente más tímida que la traducción francesa. Pero en eso se equivoca. El pasaje en cuestión se remite a aquella resolución de París que lleva mi nombre. Ahora bien, allí se declara expresamente que un socialista solo puede entrar en un gobierno burgués en situaciones de necesidad. Yo tenía presentes situaciones del tipo de las que se dieron, por ejemplo, en Francia después del 4 de septiembre de 1870, cuando desde el lado socialista se pidió que un socialista, Blanqui o Delescluze, entrara en el gobierno que tenía por fin organizar la defensa nacional.121 Pero la resolución dice expresamente que semejante aceptación de un cargo es un sacrificio que hace la socialdemocracia, una fuente de dificultades y de peligros a la que a veces no puede uno sustraerse, pero a la que nunca se aspira. La distinción entre aspirar y aceptar no es, pues, algo exterior, sino esencial.
Pero en Ámsterdam la cuestión que tenemos que decidir es distinta de la de París: ya no es la cuestión de si un socialista no puede en ningún caso entrar en un gobierno burgués, sino la de qué clase ha de ser nuestra táctica libremente elegida, nuestra aspiración. Y ahí declaramos incondicionalmente que no debe estar dirigida a obtener una parte en un gobierno burgués.
Ahora bien, se declara que semejante regla no puede fijarse internacionalmente, que la táctica es un asunto puramente nacional, en el que no se puede intervenir desde fuera. Pero quienes ahora sientan este principio lo han infringido ellos mismos cuando votaron sin vacilar en París la resolución presentada por mí, que establece reglas tácticas del mismo modo que la resolución de Dresde. Jaurès opina que entonces el congreso internacional tendría que tener también el derecho de decidir sobre la participación en las elecciones a la Dieta prusiana. Pero hay que distinguir entre los principios de la táctica y su aplicación. Eso vale, por ejemplo, también en la guerra. Sin duda es una necedad que a Kuropatkin122 se le indique desde San Petersburgo cómo tiene que organizar su táctica, pero eso no impide que determinadas reglas tácticas, por ejemplo sobre el empleo de la caballería, adquieran validez por igual para todos los ejércitos modernos. Lo mismo ocurre con la participación en las elecciones a los cuerpos legislativos. Se ha convertido en regla general de la socialdemocracia internacional que participe en todas esas elecciones allí donde su fuerza y el derecho electoral lo permiten. Pero no le correspondería a un congreso internacional decidir cómo ha de aplicarse esta regla en un caso particular.
Pero Jaurès se ha referido a las elecciones a la Dieta prusiana también para mostrar lo cambiante que es la táctica y lo difícil que resulta, por tanto, fijarle reglas generales. Pero también aquí vale la misma distinción entre el principio y su aplicación. El modo de aplicar los principios tácticos cambia incesantemente con las situaciones cambiantes; no por eso dejan de poder seguir siendo los mismos los principios tácticos. La cuestión de la participación en las elecciones a la Dieta prusiana no era la de abolir nuestros principios tácticos anteriores, sino un puro problema de cálculo: si éramos lo bastante fuertes para conquistar escaños con el sistema electoral de las tres clases. Los principios tácticos de la resolución de Dresde han tenido validez en la socialdemocracia alemana tanto antes como después de las elecciones a la Dieta prusiana; desde hace una generación los sigue sin cambio alguno, y precisamente en eso vemos una garantía de la fuerza interna de nuestros principios y de que, así como convienen a las diversas situaciones de nuestro desarrollo capitalista, convienen igualmente a los diversos países capitalistas y llevarán allí a la socialdemocracia a las mismas victorias a las que nos han llevado a nosotros.
Jaurès, desde luego, no ve en ellos nada estimulante, sino solo una traba que le impide combatir la reacción junto con el radicalismo burgués y actuar con fruto, conforme a la peculiaridad de Francia. Pero nuestros principios de Dresde no han impedido a la socialdemocracia alemana actuar de ese modo. Ya el Manifiesto comunista declara que los comunistas apoyan a la burguesía radical allí donde actúa de manera revolucionaria. En Alemania apoyamos a la democracia burguesa contra la reacción siempre que estamos en condiciones de hacerlo, por ejemplo en las segundas vueltas electorales. Pero no apoyamos a la democracia burguesa en todas las circunstancias, no también allí donde ella misma es reaccionaria. Jaurès y sus amigos cuentan entre la burguesía revolucionaria que hay que apoyar también a elementos como Galliffet y Rouvier,123 e incluso al rey de Italia. Y apoyan a la burguesía liberal también cuando se alía con el absolutismo ruso. Es el gobierno apoyado por Jaurès y sus amigos al que no en último lugar tenemos que agradecer que los sabuesos sanguinarios de Kishiniov124 sigan hoy en el poder. (Aplausos y agitación.)
En la medida en que nuestra resolución resulte una traba, solo puede serlo como medio para impedir descarrilamientos como los indicados. Pero si en ese sentido resultara prácticamente eficaz, sería a mi juicio una gran ganancia, no en último lugar para el propio Jaurès, a quien así se le impediría seguir una política que le aleja de nosotros. Si la resolución de Dresde adquiere validez internacional, creará el terreno para la unificación de las dos fracciones del socialismo francés y se convertirá así en un poderoso medio para promover y avivar la lucha de clases proletaria. Les ruego, por tanto, que aprueben nuestra resolución. (Aplausos.)
De Leon (Partido Obrero Socialista de los Estados Unidos) recomienda cerrar por completo la puerta al gobierno burgués. Presenta una resolución en el sentido de que la socialdemocracia no puede, sin traicionar los intereses del proletariado, ocupar una posición que no haya conquistado.
Dr. Victor Adler (Viena): No queremos apartarnos de la resolución de Dresde, que expresa en frases concisas el punto de vista de la lucha de clases. Pero aquí debemos establecer reglas sobre la táctica en circunstancias completamente concretas, en un país completamente determinado y en un momento completamente determinado. Y eso lo tengo por imposible, por deseable que fuera. No digo: no debemos, sino: no podemos. Nadie estaría más agradecido que yo si se me diera una regla de decisión para todos los casos dudosos. ¡Sí, si pudiéramos encontrar semejante norma para la lucha de clases, tal como únicamente puede librarse! Pero la táctica depende de las circunstancias. En 1900 el caso Millerand nos obligó a tomar una decisión, y solo pensábamos en ese caso concreto. Así nació la resolución Kautsky. De hecho, el caso Millerand está hoy liquidado; pero hoy ya no se trata solo de la participación en un ministerio, sino de algo mucho más peligroso, que la resolución de Kautsky resuelve de manera del todo insuficiente: el cogobierno anónimo de un gran grupo socialista en un gobierno burgués, sin que una sola persona determinada cargue con la responsabilidad. A un individuo, si se pone del lado del zar y del fusilamiento de huelguistas, se le puede sacudir de encima; pero aquí se trata de un partido que lleva el nombre de socialista. Será un amargo desengaño para el proletariado que la socialdemocracia se meta por ese camino. Contemplo esa evolución con temor y tristeza. Pero así como yo soy responsable de mis actos, aquí solo puedo decir con toda la dureza a los jauresistas: ¡No lo hagáis! Pero no condeno, no excluyo. La resolución de Dresde es una excelente declaración de principios, eso no puede decirse con bastante fuerza. Pero en el congreso internacional no podemos pronunciar una condena que solo podrá revisarse dentro de tres o cuatro años. Tenemos que limitarnos a la declaración positiva del punto de vista de la lucha de clases y advertir al proletariado internacional que no abandone ese camino. Pero no podemos estigmatizar a la minoría, no podemos pronunciar ninguna condena, ningún anatema.
Rubanóvich (Partido Socialista Revolucionario de Rusia) reprocha a Jaurès haber recomendado moderación frente al zarismo. Si en el «Bloque» tiene que haber disciplina, también tiene que haberla en la socialdemocracia internacional. Debemos declarar por principio: nada de alianzas duraderas para una política común; la participación en un gobierno burgués es inadmisible.
Vandervelde (Bélgica) se suma a Adler. Todos los camaradas belgas consideran imposibles unas reglas internacionalmente obligatorias para la táctica. El congreso solo puede pronunciar una confirmación de los principios y decir que nadie quiere sustituir la lucha de clases por la colaboración de las clases. La resolución Kautsky de 1900 era mucho más clara que la resolución de Dresde, pensada para Alemania, que ni siquiera prohíbe la participación en el gobierno. Sin duda es peligroso que un periódico socialdemócrata se convierta en órgano oficial de un ministerio burgués. ¡Pero nada de condenas, nada de anatemas! Unir es nuestra tarea, no separar. El orador propone suprimir en la resolución de Dresde las expresiones de condena y mantener en cambio sin modificaciones la parte positiva de la declaración de principios. Además, el final debe decir: «En cuanto a la participación en el poder gubernamental dentro de una sociedad burguesa, el congreso renueva y confirma la resolución Kautsky de 1900».
Fin de la sesión de la comisión a las siete de la tarde. Próxima sesión: el martes por la mañana.
Segunda sesión de la comisión. Martes 16 de agosto, a las diez y media de la mañana
Adler y Vandervelde presentan la siguiente resolución:
«El congreso declara con la mayor resolución que es necesario mantenerse sin vacilación alguna en la táctica consciente del socialismo, coronada por la victoria y basada en la lucha de clases, y que nunca puede sustituirse la lucha por la conquista del poder político mediante la derrota de nuestros adversarios por una política de complacencia con el orden existente.
La consecuencia de semejante táctica de concesiones sería que un partido que aspira a la transformación más rápida posible de la sociedad burguesa en la sociedad socialista, es decir, un partido revolucionario en el mejor sentido de la palabra, se convertiría en un partido que se contenta con reformar la sociedad burguesa.
Por eso el congreso es de la opinión de que los antagonismos de clase, en lugar de atenuarse, se agudizan cada vez más, y declara:
Que el congreso, en las condiciones políticas y económicas que descansan sobre el modo de producción capitalista, rechaza toda responsabilidad, cualquiera que sea, y por tanto no puede aprobar ningún medio que favorezca el mantenimiento de la dominación de clase existente.
En cuanto a los peligros e inconvenientes de una participación en el poder gubernamental dentro de la sociedad burguesa, el congreso renueva y confirma la resolución Kautsky del Congreso Socialista Internacional de París de 1900.
Vandervelde declara que esta resolución responde por completo a la resolución de Dresde, pero se limita a una declaración de principios y evita pronunciar un juicio. Él y Adler creen satisfacer con esta resolución el deseo general de lograr la unidad socialista.
Ferri (Roma): En lo esencial, se trata para cada uno de nosotros de comunicar los resultados de la experiencia que los hechos políticos nos han permitido adquirir en nuestros países, y no de proponer resoluciones de censura o de estigmatización. El camarada Jaurès me recordó ayer que yo mismo fui en el Congreso de París ponente de la resolución Kautsky. Le respondo simplemente que esa resolución tenía presente un caso particular y que con ella yo solo combatí un particularismo. La resolución de Dresde, en cambio, establece una regla general; al votarla, permanezco fiel a mi pasado socialista, y además la resolución de nuestro congreso de Bolonia es idéntica en su espíritu a la resolución de Dresde. Dos observaciones más: en primer lugar, me siento de acuerdo con los camaradas Adler y Vandervelde en rechazar toda propuesta de estigmatizar a grupos o individuos concretos; por otra parte, ayer tuve la impresión de que la comisión tenía la intención de separar la táctica de los principios. Según Jaurès, sería imposible trazar para todos los países una línea común de conducta política; ciertamente, el partido socialista puede aliarse por un momento con una fracción liberal de la burguesía, pero esa alianza solo puede concertarse con espíritu revolucionario y no puede tener otro fin que asestar con tanto mayor éxito el golpe mortal al partido capitalista. Cuando los socialistas apoyan unánimemente a un gobierno burgués, se borra el carácter de los combatientes y de los diputados socialistas; ya no se ven más que ministeriales y antiministeriales, cuya política, adaptada a las circunstancias, oculta el ideal socialista. Para realizar la unidad entre táctica y principio es necesario en primer lugar que las grandes asambleas internacionales del proletariado establezcan una regla precisa que sea para nosotros lo que la brújula para el navegante. Por eso es también necesario que en todos los países el sueño de la unidad de los socialistas se convierta en realidad. Es cierto que, como dijo Engels en 1872, en nuestro país hay un ala derecha y un ala izquierda, pero esas dos alas tienen que unirse en un ejército fuerte. Pero cuando un partido se divide, por desgracia cada fracción se ve empujada al extremo de sus ideas, y si una parece perder el ideal, la otra, a fuerza de consideraciones de principio, pierde de vista la práctica necesaria.
Plejánov no ve, ni siquiera con el microscopio, pasajes condenatorios o estigmatizadores en la resolución de Dresde. (Vandervelde y Adler declaran haber leído los pasajes en cuestión.) Bernstein no se ha sentido estigmatizado por la resolución; varios de sus partidarios incluso la votaron. La resolución contiene los principios que unen teoría y práctica. Aquí se trata de condenar las teorías revisionistas (no a las personas), que han comprometido a nuestro partido a los ojos del proletariado. Jaurès dijo que, si el congreso hubiera de inmiscuirse en la disputa francesa, tendría que entrometerse también en la disputa rusa entre terroristas y antiterroristas. Pero eso es algo completamente distinto. En cuanto un terrorista se siente en un sillón ministerial o haga su reverencia ante el zar, será el momento de preguntarse si sigue perteneciendo al partido socialista. Si Adler dice que debemos ser prudentes porque solo nos reunimos cada cuatro años, esa es una razón más para aprobar la resolución de Dresde. Las experiencias de los últimos cuatro años nos obligan a adoptar una resolución todavía más clara que la de Kautsky en París en 1900. Y si se dice que la prohibición de participar en el gobierno fortalece el clericalismo, respondo que los clericales son lo bastante astutos para saber a qué socialistas tienen que temer más.
Rakovski (Bulgaria) opina que Jaurès ve su tarea principal en la lucha contra el nacionalismo y el clericalismo. (Jaurès: ¡Muy cierto!) Esa es la táctica de una política «al día», cuyo final no se conoce. Una vez vencido el clericalismo, se dirá después que hay que apoyar al ministerio Combes porque el clericalismo podría volver. Jaurès escribió en L'Humanité:125 continuamos las tradiciones de la Gran Revolución. Pero esas tradiciones son burguesas, aunque revolucionarias en su tiempo, pero no socialistas ni proletarias. Los búlgaros esperamos del congreso una norma para nuestra táctica nacional. Un partido que actúa para el futuro tiene que saber prescindir de ventajas momentáneas. Es mejor no meter a la fuerza en un partido tendencias divergentes. Separados en dos partidos, y colaborando allí donde es posible, podemos actuar con más fruto que en una disputa permanente dentro de un mismo partido.
Ferri presenta una enmienda a la resolución de Dresde en el sentido de que en cada país exista solo un partido, en el que estén unidas las distintas tendencias.
Rosa Luxemburg presenta la subenmienda de que esa unidad del partido solo puede realizarse sobre el terreno de la lucha de clases.
Moor126 (Berna) presenta en nombre de la delegación suiza la moción de que el congreso se declare incompetente para decidir la cuestión de la táctica de un país determinado. Personalmente opina que ningún partido que no haya pasado él mismo por el caso Millerand comprende ese peligro. Adler y Vandervelde no le han hecho ningún favor a Jaurès tratándolo con tanto sentimentalismo; hay que mostrarle con la mayor claridad posible que va por mal camino. Jaurès dice: «Vosotros, los alemanes, no podéis trasladar vuestra táctica desde un Estado semiabsolutista a la Francia democrática, donde la burguesía más bien ha agotado su papel». Pero Suiza no es, en el aspecto político formal, tan distinta de Francia. Pues bien, en Ginebra tuvimos al ministro socialista Thiébaud, y el movimiento socialista está allí completamente postrado y ahora domina el anarquismo. Durante años he combatido a los anarquistas, pero prefiero poner mi cabeza en el tajo como anarquista a sentarme como socialista en el mullido sillón ministerial. Cuando los radicales nos ofrecen puestos de ministro, lo hacen para convertirnos en mansos animales domésticos. Wullschleger,127 uno de nuestros hombres más enérgicos, es ahora presidente del gobierno en Basilea, pero para la agitación se ha perdido por completo. Con una agitación enérgica conseguimos más que con ministros socialistas. Las circunstancias corrompen a los mejores y los dejan impotentes como ministros. En Berna tenemos un ministro de Hacienda socialista, y hace cosas excelentes, entre la admiración de toda la burguesía; pero ¿han luchado los trabajadores treinta años para que uno de los nuestros ponga en orden las finanzas de la burguesía? Este miserable método de corrupción de la burguesía lo ha convertido Jaurès en un magnífico sistema. Pero nuestra experiencia suiza dice: no emprendáis ese camino.
Tercera sesión de la comisión. Martes 16 de agosto, a las tres de la tarde
Abre la discusión Bebel.
Bebel: El camarada Jaurès se ha dirigido en su discurso de un modo especialmente vivo a nosotros, los alemanes, de manera que he tenido la impresión de que quería hacernos responsables de que se presentara la resolución de Dresde sobre la cuestión que nos ocupa. Frente a esto hago constar que ninguno de nosotros, ni los autores de aquella resolución ni quienes acabaron aprobándola en Dresde, sospechaba que esta resolución fuera a someterse un día a la deliberación de un congreso obrero internacional. Pero, ya que eso ha ocurrido sin intervención nuestra, es evidente que nos pronunciamos por su aprobación.
El camarada Jaurès, al comienzo de su discurso, puso en duda la competencia del congreso para intervenir mediante una resolución semejante en la táctica de los partidos de los distintos países. Nuestra competencia reside en nosotros mismos. Muchos más reparos que a la competencia en el caso presente podrían oponerse al intento de fijar la política aduanera y comercial de los distintos países en una resolución obligatoria para todos. Pues cómo pueden medirse por el mismo rasero los grandes intereses económicos de las distintas naciones que entran aquí en juego, tan opuestos entre sí, es para mí, hasta este momento, un enigma. Protestar contra el tratamiento de esa cuestión en un congreso internacional habría estado mucho más en su lugar que en la cuestión de la táctica. Jaurès se equivoca al calificar la resolución de Dresde de resolución que solo convendría a las condiciones alemanas. Las corrientes que en el seno de la socialdemocracia rechaza la resolución de Dresde como funestas para la vida de nuestro partido no son solo alemanas, son de naturaleza internacional; no existen solo en Alemania, no solo en Francia, donde Jaurès es su representante: se han manifestado también con mucha fuerza en Italia, en Austria (Dr. Victor Adler: ¡Oh, eso no!), en Bélgica; esta enfermedad la encontraríamos también en Holanda, donde solo fue eliminada a consecuencia de los acontecimientos del año pasado, por la gran huelga general. (Troelstra: ¡No estábamos enfermos!) Pero estabais en peligro de estarlo. (Risas.) Además, a pesar de la diversidad de las formas de Estado, el carácter del Estado y de la sociedad es en todas partes el mismo: es el Estado burgués y la sociedad burguesa, que descansan ambos en la dominación de clase y tienen por fin mantener esa dominación de clase por medio del poder del Estado.
Nadie piensa en imprimir a todos las mismas ideas, como entiende Jaurès el contenido de la resolución. Quien quisiera tal cosa debería estar en un manicomio. La resolución no se propone más que fijar la táctica de la socialdemocracia en los distintos países dentro de los límites que vienen dados por el carácter de clase del Estado. Por eso no quedan excluidas las diferencias de opinión. Las diferencias de opinión en un partido tampoco son una desgracia; entre nosotros, en Alemania, no han cesado nunca y existirán siempre, porque el temperamento y el modo de ver engendran en cada caso particular las diferencias de opinión. Pero lo que es necesario es la unidad y la cohesión de la socialdemocracia en cada país, y esta solo es posible si nos situamos no solo en el mismo terreno de principios, sino también, en todas las cuestiones de política general, en el mismo terreno táctico. No hay mayor desgracia para el partido de un país que una escisión. Nadie lo ha sentido más que nosotros, los alemanes, antes de 1875, y por eso digo: ¡ay del país en que el partido está dividido!
Se dice que la resolución de Dresde es un anatema, que significa una excomunión y una expulsión; no es ni lo uno ni lo otro, y lo demuestran mejor que nada los acontecimientos de Alemania. Nadie ha sido excomulgado, nadie ha sido expulsado. La resolución se aprobó en el congreso del partido de Dresde por 288 votos contra 11, y entre esos 11 opositores apenas habría dos que la rechazaran por los motivos que aquí se han aducido. La resolución no fue más que un aviso a los representantes de una tendencia que el partido considera funesta y que condena. Pero, si se cree que hay que escandalizarse por algunas palabras de la resolución, estamos de acuerdo en que se cambien. Si tú, querido Victor, quieres decir, por ejemplo, en lugar de «condenar» (condamner), «rechazar» o «desaprobar», nos parece bien. También hay que eliminar la traducción defectuosa de la resolución Guesde-Vaillant, de acuerdo con el texto alemán, a lo que, según sé, están conformes los autores de la propuesta.
Opinamos que la táctica que hemos seguido hasta ahora en Alemania frente a los partidos y los gobiernos burgueses podría y debería seguirse también en Francia y en los demás países. No pedimos que se rechace ninguna concesión valiosa para la clase obrera, venga de donde venga. Siempre hemos aceptado lo que nos parecía realmente bueno, nos lo ofreciera el gobierno o alguno de los partidos burgueses. Pero no por eso dijimos «muchas gracias», y eso no nos ha impedido combatir al momento siguiente, del modo más resuelto y sin la menor contemplación, al gobierno o a esos partidos en cuanto había actos o propósitos que considerábamos perniciosos o funestos. Hemos conservado en todo momento nuestra plena libertad e independencia, sin olvidar el hecho de que tenemos enfrente un Estado que descansa en la dominación de clase. Pero el partido que el camarada Jaurès representa en Francia se encuentra en una alianza formal con el gobierno y con los partidos burgueses reunidos tras él en el llamado Bloque. Eso obliga a estos camaradas a dejar de hacer muchas cosas que deberían exigir en interés de la clase obrera, y a tolerar muchas que deberían combatir en todo caso del modo más resuelto. Una posición así engendra confusión y falta de claridad en las propias filas. Los elementos enérgicos se disgustan, ven en semejante táctica un grave perjuicio para los intereses del proletariado, y la consecuencia es que se da alas al anarquismo y se empuja a sus filas a las mejores fuerzas, mientras que se atrae a entrar en el partido a una multitud de elementos burgueses dudosos. Siempre he sospechado que mi amigo Adler era en el fondo de su corazón un revisionista encubierto (Dr. V. Adler: ¡Oh, oh!), pero lo que expuso ayer sobre los peligros y los reparos que hablan contra la táctica de Jaurès fue excelente; lo suscribo palabra por palabra.
La táctica de Jaurès no empuja a los partidos burgueses hacia la izquierda, sino que obliga a los socialistas a ir hacia la derecha. (¡Muy cierto!) De ello podrían citarse muchísimos ejemplos sacados de los acontecimientos de Francia. Millerand entró en el ministerio como socialista. Pero cuando se celebró en 1900 la Exposición Universal de París, recibió, es verdad, al zar, y recibió a cambio una condecoración rusa; pero cuando se reunió el Congreso Obrero Internacional, no se dejó ver por sus propios camaradas de partido, y menos aún tuvo una palabra de saludo. Y cuando los delegados del congreso, para cumplir un deber de gratitud y de piedad, se presentaron ante el muro de los comuneros asesinados en el Père-Lachaise, el mismo gobierno del que formaba parte Millerand envió a los representantes de la terrenal santísima trinidad burguesa, infantería, caballería y artillería, e hizo dispersar a los delegados por la policía. Apenas se le permitió a Singer hablar un par de minutos.128 Fue un escándalo inaudito. (Fuertes aplausos.) Eso no ocurrió ni siquiera en 1889, cuando estaba en el poder el archirreaccionario Dupuy.129 Entonces pudimos hacer sin que nadie nos molestara lo que en 1900 hizo imposible el ministerio radical Waldeck-Rousseau-Millerand. Si Millerand hubiera tenido una chispa de pundonor, habría tenido que presentar entonces mismo su dimisión. En Alemania, un ministro así habría salido despedido del partido sin vacilar.
Jaurès dice que Francia es una república y Alemania una monarquía gobernada de manera reaccionaria, y que por eso la resolución de Dresde no conviene a Francia. Cierto, tenemos monarquías y se nos gobierna del modo más reaccionario. ¡Mi querido Jaurès! Os envidiamos a los franceses la república, y más aún el sufragio universal que tenéis para todos los cuerpos representativos. Pero vuestra república no ha impedido que, cada vez que en los últimos años estallaba en Francia una huelga de alguna importancia, se movilizara contra los huelguistas no solo a la policía, sino también al ejército en masa. Es decir, que el gobierno republicano, en todos esos casos, tomó partido contra los obreros y a favor de la burguesía. Muy natural. También la república es un Estado de clase; solo que tiene sobre la monarquía la ventaja de que en ella las luchas de clases se desarrollan mucho más al descubierto. Nuestra policía y nuestra justicia tampoco han escatimado hasta ahora los golpes de fuerza contra los obreros, pero desde la gran huelga minera de 1889 no se ha movilizado al ejército contra huelguistas, como ocurre en Francia en cada huelga de alguna importancia. Y no solo en Francia. También en la república de Suiza y en la gran república del otro lado del océano, en los Estados Unidos. El camarada Moor nos ha contado cómo en Suiza, en cada huelga de cierta importancia, se moviliza a la milicia, y además, contra los obreros industriales, preferentemente a las milicias de los distritos rurales. Podría enriquecer sus informaciones; renuncio a ello. Y qué papel han desempeñado en esos sucesos varios de nuestros ministros en Suiza, también lo hemos oído. Creo que con eso tenemos bastante y que no sentimos el deseo, como Moor declaró necesario, de reunir todavía más experiencias de esta clase. Y en cuanto a cómo están las cosas en los Estados Unidos, me basta con recordar los inauditos sucesos de los últimos tiempos en Colorado, en Pensilvania, en Pittsburg, etc.; ningún fiscal monárquico puede proceder con más brutalidad contra los obreros. ¿De dónde viene este trato distinto entre la monarquía y la república? La monarquía tiene que salvaguardar todavía, de buen o mal grado, un poco de su prestigio: necesita a veces, como ocurrió en tiempos de Bismarck, a los obreros contra la burguesía, tiene que darse la apariencia de estar por encima de los partidos, como se intentó en Alemania al crear la llamada legislación social, sobre cuyo valor nunca nos hicimos ilusiones. En la república, en cambio, el gobierno es el representante sin disfraz de las clases dominantes, cuya tarea es defender los intereses de estas. Por eso es también un grosero engaño ver en la admisión de uno o varios socialistas en un gobierno una concesión al socialismo; nuestros adversarios saben muy bien que no son las clases burguesas las que se hacen amigas de los socialistas, sino una parte de los socialistas la que se hace amiga de las clases burguesas, y que los representantes de los socialistas se ven obligados a asumir la responsabilidad de todos los actos de un gobierno burgués.
El país más clásico a este respecto es Inglaterra. Cada vez que los obreros ingleses intentaban convertirse en una potencia política, el gobierno inglés les salía al paso inmediatamente; no solo les hacía todas las concesiones posibles, sino que además tomaba en el gobierno, como subsecretario de Estado, a alguno que otro de sus representantes, y paralizaba así el movimiento obrero como movimiento de oposición. Los estadistas ingleses comprendieron muy pronto, mejor que los obreros ingleses, el antagonismo de clase existente. Lo muestra la novela de Disraeli Sybil, de comienzos de la década de 1840, en la que habla ya de las dos naciones que se enfrentan hostilmente en un Estado industrial.130 A esta táctica se debe esencialmente que hasta hoy no haya en Inglaterra un movimiento socialista fuerte. ¿Debe seguir así la cosa?
Jaurès se refirió también a la lucha contra el clericalismo que ellos libran en Francia y que la aprobación de la resolución de Dresde haría imposible. No sé por qué. En vuestra lucha contra el clericalismo, estimado camarada Jaurès, la resolución de Dresde no os estorba lo más mínimo. También después de la resolución de Dresde podéis ir juntos en cualquier momento con un partido burgués para alcanzar un determinado progreso cultural; lo que la resolución rechaza es una alianza permanente que sacrifique o relegue nuestras reivindicaciones de clase. En esta lucha contra el clericalismo simpatizamos con vosotros, aprobamos esa lucha, aunque quizá no siempre aprobemos los medios que empleáis, pero de eso no hablo. Solo que no os hagáis ilusiones sobre vuestros aliados; tengo grandes dudas de que vayan tan lejos como deberían ir. Tampoco la burguesía puede prescindir de Dios Nuestro Señor como aliado. Consideremos además el sistema tributario francés, al lado del cual el sistema tributario de la Prusia de los junkers parece un ideal. No hay sistema tributario más injusto, que cargue más duramente a las clases trabajadoras, que el francés. A un gobierno que mantiene un sistema tributario semejante yo no le votaría ni un céntimo.
Nuestro punto de vista ha de ser, pues, votar por todas las medidas que beneficien seriamente a la clase obrera y combatir resueltamente todas las que la perjudiquen, conservando nuestra completa libertad de acción y nuestra independencia.
La resolución de Dresde no interviene en la independencia de los socialistas franceses más de lo que lo hace la resolución Kautsky, que votaron Jaurès y sus amigos en 1900. Pero esa resolución de 1900 no basta, como ha mostrado la experiencia; por eso damos un paso más. Es cierto que tampoco se puede fijar la táctica para siempre y para todas las cuestiones, porque la táctica cambia según cambian las circunstancias. Lo demostró un día de manera muy gráfica Liebknecht131 cuando dijo: si hace falta, cambio la táctica 24 veces en 24 horas. Pero nunca debe entrar en contradicción con nuestros principios. Y mientras tengamos que habérnoslas con un Estado de clase, las líneas fundamentales de la táctica siguen siendo las mismas, y la resolución propuesta no pide más.
Tenedlo bien presente, camaradas franceses: también nosotros tenemos que pagar por vuestros errores, y a la inversa; por eso queremos protegernos mutuamente, en lo posible, de tales errores. Como quiera que tengamos que organizar nuestra táctica en cada caso particular, hay una cosa que no debemos olvidar nunca: dentro del mundo burgués los antagonismos de clase subsisten y se agudizan cada vez más. Por eso no vale más que un lado y otro: ¡aquí la burguesía, aquí el proletariado! ¡No hay reconciliación posible! ¡Así pues, lucha hasta el final! (Aplausos atronadores.)
Macdonald (Inglaterra, Partido Laborista Independiente)132 declara que, a su juicio, todas estas querellas personales son demasiado insignificantes para un congreso internacional. Cada país debe tener derecho a realizar el socialismo por su propio camino. La aprobación de la resolución de Dresde tendrá por consecuencia una escisión, y eso sería un crimen. A los ingleses les perjudica mucho más el apoyo de los alemanes a candidatos burgueses en las segundas vueltas que toda la tendencia de Jaurès.
Iglesias (España): El congreso tiene derecho a establecer reglas en materia de táctica. En España, los actos de los que Millerand era responsable han dado armas a los anarquistas, que describían así el régimen francés: «Ninguna libertad para los obreros, expulsión de los socialistas extranjeros, envío de tropas a las zonas de huelga». Y nosotros tuvimos que avergonzarnos de ello y declarar por eso en voz alta: ¡ese hombre no es de los nuestros! Se dice que es normal que también en el socialismo haya un ala derecha y un ala izquierda; pero tenemos que andar con cuidado para que esa ala derecha no se encuentre un día a la derecha del partido.
Hillquit (América) considera que la resolución de París de 1900 fue adecuada en su momento; hoy tenemos que ir más lejos, y por eso la resolución de Dresde es por ahora la manera más feliz imaginable de superar las dificultades. No hay por qué tener miedo de condenar una política; ya lo hemos hecho más de una vez; lo principal es que el movimiento socialista permanezca en el terreno de la lucha de clases.
Troelstra (Holanda): Mi partido ha defendido, no solo hoy, sino desde siempre, en la teoría y sobre todo también en la práctica, el punto de vista que ahora debería convertirse en regla internacional. También los holandeses tienen una tradición revolucionaria burguesa, pero nunca hemos concertado coaliciones con partidos burgueses, y en la Cámara probablemente hemos aceptado del gobierno burgués menos concesiones que cualquier otra fracción socialista en otros parlamentos. Así que tenemos que declarar que rechazamos toda responsabilidad por la unión permanente de Jaurès con los partidos burgueses. La delegación holandesa ha acordado una resolución propia que rechaza toda condena de otra tendencia. El error está en que en Hannover se empezó a clamar contra el «revisionismo» cuando no era más que una corriente vaga sin ninguna idea determinada;133 el revisionismo alemán sigue siendo hoy una mera corriente literaria, nada más. Kautsky escribió contra él un buen libro, pero fue un completo error que Bebel pronunciara contra él un discurso fulminante. Estamos en contra del culto de Estado y de la ciencia de Estado. Un gran partido como el socialista alemán es una especie de Estado dentro del Estado, un enorme pedazo de poder político. Solo cuando el revisionismo pase de la literatura a los hechos habrá llegado para el partido el momento de salir contra él. Dresde es la continuación de Hannover; la disputa ruge menos entre Kautsky y Bernstein que entre Bebel y Vollmar.134 Tampoco en Dresde se habló de hechos revisionistas, como no se habló en Hannover. A pesar de ello se llevó a Bernstein al Reichstag, y allí los revisionistas realizan un trabajo parlamentario tan bueno como los demás. En la práctica, las dos tendencias no se condenan entre sí, sino que actúan juntas en la gran lucha. Las dos tendencias forman parte del partido y juntas constituyen su esencia. Solo tenemos que cuidar de que, por antirrevisionismo, la izquierda no se vuelva anarquista y antiparlamentaria, como en Italia, ni la derecha, por antirradicalismo, burguesa. Lamentamos que lo que en Francia no fue al principio más que una coalición pasajera se haya convertido en una institución permanente. ¡Y la república! Es un tonel hueco en el que se puede verter cualquier cosa. Cuando un día conquistemos el poder, tendremos que levantar nuestra propia república.
Dr. Victor Adler (Austria): Me asombra que Bebel y Plejánov me tengan por un revisionista encubierto. (Plejánov: ¡Yo no he dicho eso!) No, solo lo ha escrito usted. (Grandes risas.) (Plejánov: ¡No era más que un pronóstico!) Ah, sí: un pronóstico equivocado no siempre perjudica al enfermo, pero siempre deja en ridículo al médico. (Grandes risas.) Bebel, porque Vandervelde y yo queremos formular mejor la resolución de Dresde, nos echa nada menos que entre los jauresistas. (Jaurès: ¡Qué vergüenza! Risas atronadoras.) En el discurso de Troelstra se habló continuamente de dos tendencias en el partido. En cada hombre hay dos tendencias. En Bebel hay exactamente tanto revisionismo como en mí. Plejánov ha dicho: lo que no se quiere hay que condenarlo. Pero yo siempre he dejado el juicio a quien lleva la responsabilidad. Precisamente los que aquí claman más alto por la unidad internacional, los rusos y los franceses, son los que más divididos están en su partido nacional. (Plejánov: ¡Los marxistas rusos no!) Sí, si se echa del partido a todos los elementos que se resisten, es fácil lograr una táctica unitaria. (Risas.) Considero muy difícil decidir desde lejos sobre cuestiones de táctica. En Plejánov, en cambio, esa capacidad parece crecer con el cuadrado de la distancia. (Grandes risas.) Podemos indicar el rasgo fundamental general de la política, de la táctica socialista; nada más. (Vivos aplausos.) (Como entretanto ha oscurecido, Vandervelde traduce este discurso de veinte minutos al francés de memoria, palabra por palabra.)
La delegación suiza ha acordado una resolución de protesta en el sentido de que su portavoz, Moor, no defendió ante la comisión la opinión de la delegación, sino su modo de ver personal.
Cuarta sesión de la comisión. Miércoles 17 de agosto, a las nueve y media de la mañana
A propuesta del presidente, Troelstra, se acuerda que solo tomen ya la palabra las naciones o grupos cuyos representantes no hayan hablado todavía; pero Jaurès tendrá la última palabra.
Fournemont (Bélgica): La resolución de Dresde contiene reglas que quizá puedan aplicarse próximamente, a lo sumo, en cinco o seis países, a saber, allí donde se plantee la cuestión de la participación en el ministerio o de la alianza con el partido burgués. Lo mejor sería mostrar lo que sucede en los países nuestros que aquí entran en cuestión. En Bélgica hemos librado durante los dos últimos años, con los liberales, la lucha por la conquista del sufragio universal. (Interrupción de Vandervelde: ¡Y con completa independencia!) Pues claro, también los otros son completamente independientes. Pero cuando en un caso así se hacen valer dentro del partido dos corrientes, hay que encontrar la fórmula fraternal que una todas las fuerzas para la acción común. Pero es imposible, lo repito, pronunciar una vez más una sentencia condenatoria. Por eso la delegación belga ha encargado a sus representantes que elaboren un texto que no pueda interpretarse contra una persona. En la resolución de Dresde, en cambio, se percibe una tendencia de ese tipo contra camaradas determinados.
Renaudel (de la minoría jauresista): Los oradores que me han precedido desconocen ciertos hechos. Se han atribuido tendencias jauresistas a todo nuestro partido sin tener en cuenta que también en él hay una minoría y que la acción de los grupos es a veces un tanto opuesta a la de los diputados. Otro error es creer que el partido socialista francés no fue unánime, en la cuestión de la alianza rusa, contra todos los elementos de la burguesía que favorecían aquella alianza. En la política anticlerical, cuando Millerand emprendió su conocida ofensiva, los diputados de la Unidad Socialista Revolucionaria135 apoyaron al ministerio. Ese fue el error de Bebel respecto de esta delicada situación. Tengo que exponer también, sin duda, las razones que nos han movido a permanecer en nuestro partido. La resolución de Kautsky nos pareció una garantía suficiente y, por otra parte, tampoco queríamos abandonar el campo de lucha común, y creíamos impedir con ello que nuestros camaradas, con toda su buena fe, acabaran yendo tan lejos por su camino que se hubieran separado del socialismo internacional o hubieran sido excluidos de él. Se nos ha dicho que hemos encubierto esa desviación. Pero ¿no se hizo posible esa desviación precisamente por la actitud de quienes nos hacen este reproche? Si se hubieran quedado con nosotros, habríamos resuelto esta cuestión entre nosotros, como se ha resuelto entre los camaradas italianos y alemanes. En Francia se ha producido esa desviación porque hay varias unidades socialistas. (Risas.) La resolución de Dresde es peligrosa porque tiene en contra a las dos corrientes de nuestro partido. Hablo con toda franqueza de las tendencias reformistas, o más bien «legalistas», que combatimos en nuestro grupo. En la sociedad capitalista, el sufragio universal no es un medio de lucha suficiente para llevar a cabo la transformación social. Por eso nuestro grupo está a favor de la huelga general. La clase obrera empleará cada vez más los medios que le son propios. La acción parlamentaria no debe predominar. El error de nuestros diputados procede de que, como no tienen detrás suficientes masas obreras, quieren obtener del gobierno, mediante un sistema de concesiones, lo que el proletariado organizado no puede conquistar con sus propias fuerzas. Por otro lado, la resolución de Dresde, que solo mira al pasado, no puede bastar. Tienen ustedes que indicar exactamente las responsabilidades y los hechos que quieren condenar. Su resolución no debe tener un carácter ambiguo; y, por último, puedo declarar en nombre de mi grupo que, en lo que respecta a la unidad del partido, compartimos plenamente la opinión de Ferri.
Belfort Bax (Federación Socialdemócrata de Inglaterra)136 polemiza con Macdonald, del Partido Laborista Independiente, que, según dice, no es una organización socialista y cuyos candidatos o no son socialistas o no se presentan como socialistas. Macdonald solo representa a una minoría de la delegación inglesa; él, a la mayoría, que se sitúa en el terreno de la resolución de Dresde; solo habría que modificar el pasaje sobre la tarea «civilizadora» y destacar la idea socialista. Hoy, por tarea civilizadora se entiende siempre únicamente el concepto capitalista de civilización. La gran influencia de Jaurès en Francia se explica por su gran personalidad. Pero ¿qué pasará cuando Jaurès no esté? ¿No habrá que ir a buscar de nuevo, consecuentemente, a Millerand?
A las doce y cuarenta y cinco se suspende la sesión hasta las dos.
Quinta sesión de la comisión. Miércoles 17 de agosto, a las dos y media de la tarde
Němec (Praga): Cuanto más dura la discusión, más clara aparece la necesidad de dar aquí una pauta clara, si no se quiere que el proletariado se desilusione y se asquee: ya hoy vemos, como consecuencia de esta táctica sin principios, el crecimiento del anarquismo en Berlín, en Suiza y en el movimiento minero austriaco, pues en Alemania, en Bohemia, etc., se nos hace responsables de la política francesa. No considero tan peligrosa la política «anónima» de Jaurès que aquí se ha citado como la millerandista; la lucha contra el clericalismo es más comprensible para las masas. Jaurès sacrifica demasiado al éxito del momento; está excluido que la clase obrera obtenga de la burguesía concesiones que cambien su situación de clase. El revisionismo no es una mera cuestión literaria, como dice Troelstra, sino una tendencia determinada que todavía no ha podido imponerse. Se declara a favor de la resolución de Dresde.
Rapin (Lausana): Moor no ha expresado el modo de ver de la delegación suiza; al contrario, contradijo el espíritu de la resolución suiza; también su descripción de las condiciones suizas, en lo que toca a las supuestas malas consecuencias de la participación socialista en los ministerios, la contradicen los más antiguos camaradas suizos, como Greulich, Lange y Seidel.137 En Zúrich, por ejemplo, hemos tenido las mejores experiencias. La fijación internacional de una táctica determinada solo puede hacerse cuando esa táctica se ha impuesto ya como generalmente reconocida. También sobre el parlamentarismo tuvo que aclararse primero la opinión y hablar la experiencia. Pero ¿qué vemos hoy? El deseo de fijar internacionalmente la táctica viene de un país donde el propio partido ni siquiera está todavía de acuerdo sobre ello. ¿No deberíamos esperar más bien a que el partido del propio país se ponga de acuerdo? La resolución de Dresde prohíbe sin más la participación en el gobierno. ¿En qué gobierno? ¿En el gobierno central? ¿Y entonces en los Estados federales como Suiza? ¿Y qué pasa con el municipio? Entre nosotros, los municipios y los cantones tienen a menudo los mismos derechos legislativos y administrativos. El Estado y la ciudad de Ginebra, por ejemplo, tienen casi el mismo presupuesto y las mismas atribuciones: ¿adónde vamos a parar entonces? ¿No podemos participar en el gobierno del cantón de Ginebra y sí, en cambio, en el de la ciudad de Ginebra? Por eso tampoco podemos dar reprimendas. Con la reprimenda se empieza y con la condena se acaba. Las condiciones de cada país que entran en juego en la táctica ya son difíciles de juzgar; ¿cómo vamos a determinar de manera definitiva las de otros países? No votamos contra la resolución de Dresde para proteger a Jaurès; nos guardaríamos mucho, además, de decir a luchadores tan veteranos como Vaillant y Guesde: no conocéis las condiciones de vuestro país; nosotros, la pequeña Suiza, os vamos a enseñar el buen camino.
Katayama (Japón): No me considero competente para decidir esta cuestión. Para el Japón he enseñado siempre la táctica de luchar solo con fuerzas propias. También en el Japón han aparecido profesores y reformadores sociales burgueses a favor de leyes de protección obrera, pero no como socialistas ni en interés de los obreros, sino en el de la sociedad burguesa.
Knudsen (Dinamarca): Estoy por completo en el terreno de principios de la resolución de Dresde; pero no puedo aceptar la condena que en ella se pronuncia. Sobre nuestro objetivo final estamos todos de acuerdo: la palabra «revisionismo» no la tengo más que por un tópico hueco detrás del cual no hay nada; nadie piensa en abandonar los fines últimos revolucionarios ni en contentarse con un par de reformas. En Dinamarca hemos concertado desde hace 36 años, caso por caso, alianzas con partidos burgueses, pero nunca hemos abandonado nuestras reivindicaciones socialistas. Como partido popular que quiere dar expresión a la voluntad del pueblo, tenemos que apoyar también un gobierno de minoría. Imaginemos un partido radical burgués que, quizá precisamente en consideración a los obreros socialistas, tenga que actuar de manera revolucionaria: entonces tenemos que apoyarlo y participar en un gobierno así. Si falta esa premisa revolucionaria, entonces no. Si los suizos han sufrido decepciones con sus consejeros de gobierno, la culpa la tienen sin duda los camaradas suizos. No hay que participar en un gobierno para ganar poder, sino que se participa porque se es lo bastante fuerte para ello. Conjura a los franceses a la unidad y, como Suecia y Noruega, se declara a favor de la resolución Vandervelde-Adler.
Branting (Suecia): En líneas generales puedo sumarme a Knudsen. Los suecos, que vivimos nosotros mismos en un estado de excepción, sin sufragio, sabemos lo difícil que es no solo establecer una táctica justa, sino también seguirla. Lo mejor para nosotros sería arreglárnoslas sin alianzas, pero hemos tenido que apoyar repetidamente a los radicales, que se declaraban a favor del sufragio universal, para no afianzar el régimen conservador; pero siempre hemos mantenido nuestra posición de principio. No podemos votar a favor de la propuesta francesa; los suecos no nos arrogamos un juicio mejor que el de los camaradas franceses que, aunque pertenecen al «Bloque», sabemos que tienen buenas intenciones con el socialismo. La lucha actual contra el clericalismo en Francia es tan importante que justifica el apoyo al gobierno. La resolución Kautsky es francamente ofensiva para Jaurès; ahí no puedo acompañarles. Lo que más nos gustaría sería votar la propuesta suiza de pasar al orden del día; pero, como la resolución Adler-Vandervelde recoge el contenido positivo de la resolución de Dresde sin la tendencia condenatoria, sobre todo contra un camarada que, también a juicio de los suecos, ha hecho mucho por la causa del socialismo, votamos por ella.
Kringen (Noruega):138 En Noruega hemos conquistado el sufragio universal y el sufragio femenino con la ayuda de los liberales; pero después, pese a esa alianza, seguimos siendo tan independientes como antes. Por eso los noruegos nos sumamos por completo al modo de ver de Branting.
Rosa Luxemburg (Polonia): Ni un solo orador ha defendido la actitud de Jaurès. ¿Qué otra cosa se ha hecho en estos dos días que condenar a Jaurès, aunque al parecer no se le quería condenar? Ese es el significado histórico de estos tres días. Jaurès advierte contra el establecimiento de reglas generales que luego no se pueden cumplir. ¿Desde cuándo es Jaurès tan escrupuloso? Él y sus amigos han infringido repetidamente las decisiones de los congresos. ¿Qué otra cosa podemos hacer sino establecer reglas para la táctica práctica? Si dejamos de hacerlo, ¿qué significado tendrán entonces los congresos, nuestra solidaridad internacional? Jaurès hace de la lucha de clases, de la solidaridad internacional, una frase. Renaudel no es más que el parapeto de Jaurès. Cuando un ministro socialista en un gobierno burgués no puede llevar a la práctica sus principios, es una cuestión de honor dimitir; cuando un revolucionario en un partido moderado tiene que renegar de sus principios, su honor le ordena marcharse. No quiero la unidad de Renaudel; la división es lamentable, pero existe. Y nada es más revolucionario que reconocer y decir lo que es. Resoluciones perfectas no se han hecho nunca. La resolución de Dresde no es solo un trozo de papel, sino un hecho histórico, un símbolo; aprobadla y prestaréis un gran servicio a la causa del socialismo.
Jaurès: Si siguieran ustedes el consejo de la camarada Luxemburg, eso no significaría solo la ruptura completa en Francia, sino el traslado de la escisión a otros países. Aquí no se trata, se dice, de cuestiones personales, sino de una lucha de opiniones. Naturalmente, aquí no se nos quiere arrancar la cabeza, sino solo destruir las ideas que la habitan; con nuestras cabezas puede pasar luego lo que sea. . . . Una gran alegría he sentido al ver que nuestro eminente maestro y camarada K. Kautsky es mucho más ministerial y mucho más favorable a la participación de socialistas en el poder gubernamental de lo que yo me hubiera podido imaginar. Cuando oí que Kautsky reconoce la posibilidad de una participación en el poder gubernamental en caso de peligro nacional, que reconoce la participación de Blanqui en el gobierno de una república burguesa para rechazar de las fronteras del país a un enemigo invasor, me pregunté si el ministerialismo se convierte en parte de la doctrina ortodoxa en cuanto se mezcla con el nacionalismo, y por qué, en definitiva, ha de ser disculpable el proletario que abandona la lucha de clases para ayudar a defender el país que ha sido administrado y explotado... por la burguesía. Me pregunté si la libertad política e intelectual, la posibilidad de organizarse y cosas semejantes no son para el proletario tan importantes como la «patria» actual. Sí, tengo que confesarlo: en toda su sutileza no consigo comprender el ministerialismo nacionalista de Kautsky.
El problema que aquí nos ocupa tiene un alcance internacional; si en Francia se ha vuelto especialmente apremiante, es porque allí las circunstancias políticas sugieren con particular insistencia al proletariado la participación directa o indirecta en el poder gubernamental parlamentario. Y mantengo mi afirmación: a medida que la vida socialista se desarrolla en cada país, se mezcla más estrechamente con la vida del país mismo; en cierta medida adopta ella misma el carácter de ese país, y, mientras que es fácil establecer reglas generales de la política socialista, cada vez es más difícil controlar la actitud de los partidos socialistas en la maraña de cuestiones complicadas y cambiantes del desarrollo de un país determinado. Por eso un congreso socialista internacional tiene que ser forzosamente prudente al establecer reglas. Como prueba de ello me basta remitir al juicio, en muchos aspectos completamente erróneo, que ha merecido aquí la política de mi partido. La amarga crítica de Bebel y de Kautsky no tuvo en cuenta, como habría sido justo, el conjunto de lo realizado, lo conseguido; se aferró a detalles más o menos significativos y característicos, pero que no bastan para imprimir a una política un sello determinado.
Ante todo, hemos ayudado a salvar la constitución republicana en Francia en aquellos días en que podía esperarse en cualquier momento un golpe de Estado reaccionario. Además, hemos impulsado la laicización de las escuelas, la garantía de la libertad de pensamiento, la legislación de protección obrera, la organización del proletariado; y, por último, hemos prestado grandes servicios al mantenimiento de la paz en Europa al consolidar la situación interior de Francia. Bien sé que república y justicia social no son lo mismo; la república sola no bastaba para garantizar el progreso. Pero en Francia es una condición necesaria del progreso, y por eso el proletariado tiene que defender aquí la república en su más propio interés de clase. La monarquía solo es social por motivos egoístas. La caída de la república en Francia daría nueva fuerza a la reacción en toda Europa: por eso hemos prestado un servicio a todo el proletariado internacional al asegurar su existencia en Francia.
Nuestra lucha contra el clericalismo no tiene nada que ver con el ridículo Kulturkampf de Bismarck.139 (Bebel: ¡Lo concedo!) Viene dada históricamente y conducirá a la separación duradera y completa del Estado y la Iglesia. Se ha profetizado la bancarrota de esta política —Rosa Luxemburg en la Neue Zeit—; los hechos la han desmentido: a la lucha contra las órdenes religiosas ha seguido la expulsión de los curas de la escuela. En 1871, Gambetta, el jefe de la democracia burguesa, y Blanqui, el jefe del comunismo revolucionario, estaban de acuerdo en que esa era la primera tarea de la democracia. Blanqui declaró abiertamente: aunque tengamos que luchar veinte años solo por eso y soportar por ello todas las injurias de los sicofantes que nos acusen de haber traicionado nuestros ideales revolucionarios, lo más importante sigue siendo educar a la juventud mediante la laicización de nuestras escuelas de curas. No sé si eso es un programa de clase ni si Blanqui abandonó con ello el punto de vista de la lucha de clases. En cualquier caso, nosotros hemos hecho todo lo posible por imponer esta reivindicación, y a cambio no hemos cosechado aquí, en el congreso, más que palabras de duda, de reproche, de crítica y de aversión. Sin embargo, el problema clerical está a la orden del día en todos los países, y solo en Francia ha sufrido derrotas el clericalismo. ¡Gracias a nosotros, a quienes aquí se reprocha!
Pero que no se crea que nuestra política anticlerical nos ha apartado de otras tareas. Es lo que se afirma, sí, y uno se lo repite al otro como un loro, ¡pero no por eso es verdad! En Francia hemos impuesto el comienzo de reformas sociales de fondo: en una serie de industrias, la jornada legal de diez horas para los obreros varones adultos; la Cámara de Diputados ha votado además la jornada de ocho horas para los mineros; han seguido leyes de seguro obrero, leyes que garantizan la libertad de huelga, etc. En nuestros talleres del Estado tenemos la jornada de ocho horas, ¡y nuestros obreros del Estado pueden… ser socialistas! También se han acabado las fechorías de la fuerza armada en las huelgas.
No hay que subestimar, creo yo, nuestros méritos en el mantenimiento de la paz europea. Los camaradas alemanes, es cierto, no se han enterado de ello casi en absoluto, y es asombroso que no conozcan mejor este aspecto de nuestra actuación. ¡Hemos puesto en juego nuestra popularidad en Francia para hacer frente a los desmanes de la horda nacionalista y chovinista! Hemos favorecido el acercamiento de Francia a Italia y a Inglaterra, porque con ello disminuye la dependencia de Francia respecto de Rusia y el militarismo recibe un golpe.
Pero ¿hemos sacrificado el «principio» para lograr estos éxitos? Vaillant y Vandervelde han dicho que solo se podía apoyar a los ministerios, y que solo se los ha apoyado, salvaguardando la propia independencia: pues bien, ¿dónde hemos abandonado nosotros la nuestra? En 1895, antes de que se produjera entre nosotros la escisión, todos los socialistas franceses, también Guesde, apoyaron un ministerio burgués, adversario. ¿Qué hacemos hoy de distinto? Solo que entonces nuestros camaradas conservaban todavía una mirada más libre y más amplia. Los camaradas de los países que carecen de constitución o que, como Alemania, no conocen un régimen parlamentario, lo tienen fácil para hablar: ¡tened primero la responsabilidad y entonces hablaréis de otro modo que hoy! Cómo voten los socialdemócratas alemanes en el Reichstag es indiferente para la existencia de un ministerio; si fuera de otro modo, si en sus manos estuviera la decisión entre un ministerio burgués reaccionario y uno progresista, entonces gritarían: «¡Hacemos lo que nos parece más provechoso para el proletariado; tenemos confianza en el proletariado!». Pues bien, nosotros hemos tenido esa confianza y el proletariado nos ha correspondido. Estamos ahí con plena independencia, sin mirar más que al interés de clase del proletariado. Se presenta intencionadamente la cosa como si dependiéramos del «Bloque»; pero ¿no saben ustedes que los reaccionarios afirman que yo soy el dictador del «Bloque»? ¡Así que, por un lado, el prisionero, y por el otro, el dictador! ¡No, ni lo uno ni lo otro! Sirvo libremente al proletariado. Que se nos diga dónde hemos lesionado los intereses del proletariado, dónde hemos abandonado el principio de la lucha de clases. Vandervelde quiere apoyar al gobierno liberal que combata el militarismo y dé el sufragio universal y la enseñanza obligatoria. ¿Es más pobre nuestro programa? Vaillant, para no derribar el gabinete Bourgeois, llegó a abstenerse en la votación de la ley contra los anarquistas.140 ¿Hemos perdido nosotros grandes ayuntamientos y distritos electorales? (Guesde pide la palabra.) Nunca hemos renegado de la lucha de clases, pero con nuestra táctica hemos vencido al nacionalismo y conquistado 43 escaños para la causa del proletariado. ¿Es eso traición a la lucha de clases y corrupción? (Aplausos.)
Jules Guesde: Llevamos dos días sentados aquí y no respondemos a ninguno de los ataques lanzados contra nosotros. Callamos también cuando Jaurès nos acusó de haber pedido la ayuda del congreso al proponer la aprobación de la resolución de Dresde, porque necesitaríamos esa ayuda para llevar la lucha contra su fracción. Callamos también cuando Jaurès declaró que estábamos en minoría y que él y sus amigos tenían detrás a la mayoría de la clase obrera. Ambas cosas son falsas. Hemos pedido al congreso internacional que apruebe la resolución de Dresde porque regula una cuestión de alcance internacional. Y el número de sus afiliados ha bajado en un año de 12 000 a 8000, mientras que el nuestro ha subido de 15 000 a 17 000. Es verdad que ustedes tienen 32 diputados y nosotros solo 12, pero sus diputados eran candidatos del gobierno; les desafío a nombrar uno solo de sus candidatos que haya sido elegido frente a un republicano ministerial. (Pressensé141 interrumpe al orador: Yo he sido elegido en el departamento del Ródano frente a un candidato ministerial que se llama Thévenet. Risas, aplausos, protestas.) Su caso es la excepción que confirma la regla. Jaurès ha citado luego nuestra derrota en Lille, pero esa derrota no es más que obra de la traición de sus amigos, que en Lille llevaron la lucha contra nosotros junto con los republicanos burgueses.142 Ustedes no tienen en absoluto el sentimiento de la lucha de clases de que hablan; nunca la han practicado. Se ve muy bien en el modo en que salvan ustedes la república. Es cierto que la república es para nosotros, como para Marx, el terreno ideal de la revolución; pero ¿por qué? Porque hace aparecer los antagonismos de clase de manera inmediata y clara, sin que los falseen los cálculos dinásticos. Pero esa superioridad del régimen republicano desaparecería en cuanto el proletariado, como quiere Jaurès, tuviera que renunciar cada vez a sus reivindicaciones para salvar la república cuando esta estuviera en peligro. Entonces la república se convertiría en la peor de las formas de gobierno. ¿Ensalzan ustedes la separación de la Iglesia y el Estado, la liberación de los cerebros? Pero todo eso está aún por venir. El propio Jaurès ha insinuado que para la separación de la Iglesia y el Estado no hay mayoría. Pero supongamos que la burguesía republicana llevara a cabo esa separación: no habría derecho a hablar de una liberación de los cerebros. ¡Miren ustedes a América, donde las Iglesias están separadas del Estado! El país está, pese a ello, dominado por los curas, porque no es posible ninguna liberación intelectual antes de la transformación completa de la sociedad capitalista. ¿Debo hablar todavía de la ley de las diez horas, cuyo mérito se atribuyen ustedes? Pero la jornada de diez horas para las mujeres y los niños, y con ella también para los hombres en los establecimientos mixtos, se decidió ya en 1892; solo que su aplicación se retrasó diez años.143 Han anunciado ustedes que se prepara una ayuda a los obreros inválidos; pero no concede a los obreros ni siquiera tanto como los obreros han conquistado en la monarquía de los Hohenzollern. Y en cuanto a sus méritos por la paz, no fueron ustedes, sino nosotros, quienes combatimos desde el principio la alianza rusa como preñada de guerra, lo mismo que la política colonial. Ustedes, en cambio, han votado el presupuesto militar y el colonial. Por lo demás, no tiene nada de extraño que actúen así. Su error es un error de fondo. Ustedes consideran el socialismo como una emanación de la revolución burguesa del siglo XVIII. Nosotros, en cambio, decimos que el socialismo es el resultado de la lucha de clases, que nace de la sociedad capitalista y que produce en todas partes los mismos fenómenos y, pese a la diversidad de las formas de Estado, la misma táctica proletaria. Y por eso precisamente llevamos esta cuestión ante el proletariado de todos los países. Pero vosotros tenéis tan poca comprensión socialista que suponéis que hay diferencias fundadas en el origen histórico y en la situación del momento que contradicen la idea de que existe una práctica socialista unitaria, una acción internacional uniforme del socialismo. Con ello introducen ustedes el nacionalismo en la Internacional; pero para nosotros sigue valiendo la frase de Liebknecht de que para nosotros ya no hay más que dos naciones, la de los explotadores y la de los explotados. Y a esta última nación pertenecemos todos, socialistas franceses y alemanes. No levanten ustedes nuevos mojones fronterizos entre las naciones y confirmen nuestra táctica unitaria, cuya transgresión lleva a la muerte del socialismo. (Aplausos.)
Sesión de clausura de la comisión. Jueves 18 de agosto, a las diez de la mañana
Ugarte (Argentina) declara que no puede votar ninguna resolución que contenga una condena de cualquier grupo. La cuestión en litigio no les afecta.
Retiradas las distintas propuestas presentadas en el curso de la discusión, solo quedan para la votación:
La propuesta suiza de pasar al orden del día.
La propuesta Adler-Vandervelde.
La resolución de Dresde.
A las dos últimas propuestas Mac Donald ha presentado una enmienda,
según la cual la delegación inglesa no se considera llamada a juzgar las discordias de los distintos países, y por eso el congreso debería negarse a resolver las disputas que surjan en los intentos de llevar a la práctica los principios de la resolución de Dresde.
Cada nación tiene 2 votos en la votación.
La votación da el siguiente resultado:
Rechazo de la propuesta suiza por todos los votos contra los de la delegación suiza.
Rechazo de la enmienda Mac Donald contra los votos de las delegaciones inglesa, suiza y danesa.
Rechazo de la resolución Adler-Vandervelde. (Texto en la p. 32 del protocolo.)144 A favor de la resolución votan: Argentina, Austria, Bélgica, Dinamarca, Francia (1 voto, el de los jauresistas), Holanda, Noruega (1 voto), Polonia (1 voto), Suecia, Suiza (1 voto); en total, pues, 16 votos. En contra votan: Inglaterra, Alemania, Bohemia, Bulgaria, España, Francia (1 voto, el de los guesdistas), Hungría, Italia, Japón, Noruega (1 voto), Polonia (1 voto), Rusia, Suiza (1 voto), Estados Unidos de Norteamérica; en total, pues, 24 votos.
Aprobación de la resolución de Dresde. (Texto en la p. 31 del protocolo.)145 A favor votaron: Inglaterra, Alemania, Austria, Bohemia, Bulgaria, España, Francia (1 voto, el de los guesdistas), Holanda, Hungría, Italia, Rusia, Polonia (1 voto), Suiza (1 voto), Estados Unidos de Norteamérica y Japón. En contra: Argentina y Francia (1 voto, el de los jauresistas). Se abstuvieron Bélgica, Dinamarca, Noruega, Polonia (1 voto), Suecia y Suiza (1 voto). Con 10 abstenciones, quedó pues aprobada por 27 votos contra 3.
Sobre la resolución de unidad (Troelstra, Bebel, Adler, Kautsky, Vandervelde, Ferri; texto en la p. 32 del protocolo)146 se hicieron una serie de declaraciones:
Mac Donald: La delegación inglesa vota a favor de la resolución, aunque los camaradas ingleses no pueden obligarse a ella, ya que ellos mismos rechazaron hace poco la propuesta de fusión.
Rubanóvich: Tengo que abstenerme en la votación, porque en Rusia la fusión con el partido socialdemócrata es actualmente imposible.
Vaillant: Votamos con tanto más gusto por la resolución cuanto que siempre hemos defendido la unidad sobre la base de la resolución de Dresde.
Jaurès: Voto por la resolución; siempre hemos trabajado por la unificación. El desacuerdo actual entre nosotros y el socialismo internacional es solo pasajero; la unificación puede realizarse en Francia sin que la clase obrera tenga que renunciar a la táctica que le prescriben las condiciones políticas e históricas de su país; nuestras ideas y nuestra táctica siguen siendo conformes a nuestros principios.
La resolución de unidad se aprueba por unanimidad.
Se entabla un largo debate sobre la forma de la deliberación ante el congreso. Bebel propuso nombrar un ponente que informara con completa imparcialidad sobre las deliberaciones de la comisión. Así se podría, si no evitar del todo la discusión, al menos abreviarla todo lo posible. Propone como ponente a Vandervelde.
Jaurès se opone en la medida en que Vandervelde, que con su resolución ha llevado a la práctica la idea de la reconciliación, ha sido aquí derrotado: no puede, por tanto, actuar como ponente de la mayoría; en cuanto a la discusión en el pleno, él tiene que reservarse del modo más ilimitado todos los derechos de la minoría.
Vandervelde es nombrado ponente; no se ha pretendido, como declaran Bebel y otros, limitar la discusión; esta solo podrá limitarse en la medida en que los delegados se la impongan a sí mismos.
Se levanta la sesión a las doce y media.
Diario central del Partido Socialdemócrata de Alemania, publicado en Berlín. ↩
August Bebel (1840-1913), presidente del Partido Socialdemócrata de Alemania y autor de la resolución de Dresde contra el revisionismo (1903). ↩
Hermann Molkenbuhr (1851-1927), diputado del Reichstag y miembro de la dirección del partido, especialista en seguros sociales. ↩
Karl Kautsky (1854-1938), director de Die Neue Zeit y principal teórico de la socialdemocracia alemana. ↩
Rosa Luxemburg (1871-1919), dirigente de la Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania y del ala izquierda del partido alemán. ↩
Clara Zetkin (1857-1933), directora de Die Gleichheit y dirigente del movimiento socialista de mujeres. ↩
Eduard Bernstein (1850-1932), principal teórico del revisionismo. ↩
El Congreso Socialista Internacional de Londres de 1896, que excluyó definitivamente a los anarquistas. ↩
Sen Katayama (1859-1933), uno de los fundadores del movimiento socialista japonés. ↩
Pieter Jelles Troelstra (1860-1930), fundador y dirigente del Partido Obrero Socialdemócrata holandés. ↩
Gueorgui Plejánov (1856-1918), fundador del marxismo ruso con el grupo Emancipación del Trabajo (1883), del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. ↩
Ilyá Rubanóvich (1859-1922), representante del Partido Socialista Revolucionario ruso en el Buró Socialista Internacional. ↩
Enrico Ferri (1856-1929), criminólogo, director del Avanti! y cabeza de la corriente intransigente del Partido Socialista Italiano. ↩
Victor Adler (1852-1918), fundador y dirigente de la socialdemocracia austriaca. ↩
Hjalmar Branting (1860-1925), dirigente de la socialdemocracia sueca. ↩
Émile Vandervelde (1866-1938), dirigente del Partido Obrero Belga y presidente del Buró Socialista Internacional. ↩
Henri van Kol (1852-1925), diputado del Partido Obrero Socialdemócrata holandés, ponente en la cuestión colonial. ↩
Édouard Vaillant (1840-1915), antiguo miembro de la Comuna de París, dirigente blanquista del Partido Socialista de Francia. ↩
Henry Mayers Hyndman (1842-1921), fundador de la Federación Socialdemócrata inglesa. ↩
Edward Anseele (1856-1938), dirigente del Partido Obrero Belga en Gante y de la cooperativa Vooruit. ↩
Proceso celebrado en Königsberg en julio de 1904 contra nueve socialdemócratas que habían introducido propaganda clandestina en Rusia, acusados de sociedad secreta, de alta traición contra Rusia y de ofensas al zar; fueron absueltos de los cargos principales. ↩
El Sociaal-Democratische Arbeiderspartij (SDAP), fundado en Zwolle el 26 de agosto de 1894. ↩
La Sociaal-Democratische Bond de Ferdinand Domela Nieuwenhuis, que, tras renunciar a la acción parlamentaria, derivó al anarquismo. ↩
En abril de 1903, contra los proyectos del gobierno Kuyper que prohibían la huelga en los ferrocarriles, se declaró en Holanda una huelga general que fracasó; las leyes se aprobaron y siguieron despidos en masa de ferroviarios. ↩
El Congreso de La Haya de la Asociación Internacional de los Trabajadores, en septiembre de 1872. ↩
Los eisenachianos, del Partido Obrero Socialdemócrata fundado en Eisenach en 1869 por Bebel y Wilhelm Liebknecht, y los lassalleanos, de la Asociación General de Obreros Alemanes (1863); se unieron en Gotha en 1875. ↩
Alusión a los empréstitos rusos colocados en Francia, aliada de Rusia desde 1892-1894. ↩
El antiguo Partido Obrero de Francia, de Jules Guesde, se había fundido en 1902 con los blanquistas de Vaillant en el Partido Socialista de Francia; frente a él estaba el Partido Socialista Francés de Jean Jaurès. ↩
La Social Democratic Federation, fundada por Hyndman en 1881 (con este nombre desde 1884), principal organización marxista inglesa. ↩
El Independent Labour Party, fundado en 1893 por Keir Hardie y otros. ↩
Victor Serwy, socialista belga, secretario del Buró Socialista Internacional de 1900 a 1905. ↩
El Labour Representation Committee, creado en 1900, del que nació en 1906 el Partido Laborista. ↩
El Partido Socialista Polaco (PPS), con sus organizaciones de Austria, Alemania y Rusia; la Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania, el partido de Rosa Luxemburg; y el pequeño partido «Proletariat». ↩
Los socialistas revolucionarios (eseristas), el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y la Unión General Obrera Judía (Bund), fundada en 1897. ↩
Jean Allemane (1843-1935), antiguo miembro de la Comuna, dirigente del Partido Obrero Socialista Revolucionario, escindido en 1890 de los posibilistas. ↩
Pierre Renaudel (1871-1935), del Partido Socialista Francés de Jaurès. ↩
James Keir Hardie (1856-1915), minero escocés, fundador del Partido Laborista Independiente y diputado. ↩
Herbert Burrows (1845-1922), de la Federación Socialdemócrata. ↩
Morris Hillquit (1869-1933), abogado de Nueva York nacido en Riga, dirigente del Partido Socialista de América. El acta escribe «Hilquitt». ↩
Pablo Iglesias (1850-1925), fundador y presidente del Partido Socialista Obrero Español y de la Unión General de Trabajadores. ↩
Amilcare Cipriani (1843-1918), revolucionario italiano, combatiente garibaldino y de la Comuna de París, deportado a Nueva Caledonia; vivía en Francia. ↩
La Unión General Obrera Judía de Lituania, Polonia y Rusia (Bund), fundada en Vilna en 1897; se había separado del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en el II Congreso de este (1903). ↩
Los socialdemócratas (Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia) y los socialistas revolucionarios. ↩
El mensaje imperial de 17 de noviembre de 1881, leído en el Reichstag, que anunció los seguros obreros de Bismarck (enfermedad, 1883; accidentes, 1884; invalidez y vejez, 1889). ↩
El Centro (Zentrum), partido católico alemán. El arancel aduanero de 1902 destinó parte del aumento de los derechos sobre los cereales a un futuro seguro de viudedad y orfandad. ↩
Tonio Bödiker (1843-1907), primer presidente de la Oficina Imperial de Seguros (Reichsversicherungsamt) de Alemania, de 1884 a 1897. El acta escribe «Boedicker». ↩
Daniel De Leon (1852-1914), dirigente del Partido Socialista Obrero (Socialist Labor Party) de los Estados Unidos. ↩
Willem Vliegen (1862-1947), uno de los fundadores del SDAP holandés, periodista y luego diputado. ↩
Abraham Kuyper (1837-1920), teólogo calvinista, jefe del Partido Antirrevolucionario y presidente del gobierno holandés de 1901 a 1905; su gobierno aplastó la huelga ferroviaria de 1903. ↩
Paul Louis (1872-1948), periodista y escritor socialista francés, del Partido Socialista de Francia (guesdista). ↩
Alexandre Millerand (1859-1943), socialista que entró como ministro de Comercio en el gobierno Waldeck-Rousseau (1899-1902), primer caso de «ministerialismo»; su proyecto de jubilaciones obreras preveía cotizaciones de los trabajadores. ↩
Emanuel Wurm (1857-1920), diputado socialdemócrata en el Reichstag y redactor de Die Neue Zeit. ↩
James Sexton (1856-1938), secretario del sindicato de estibadores de Liverpool. ↩
La ley de indemnización de los trabajadores (Workmen's Compensation Act) de 1897. ↩
La Sociedad Fabiana (Fabian Society), fundada en Londres en 1884, de socialismo reformista y gradualista. ↩
Dadabhai Naoroji (1825-1917), economista y político indio, uno de los fundadores del Congreso Nacional Indio, diputado en la Cámara de los Comunes de 1892 a 1895 y autor de la tesis de la «sangría» (drain) de la riqueza india hacia Inglaterra. El acta escribe «Navroji». ↩
Probablemente Florentinus Marinus Wibaut (1859-1936), comerciante y socialdemócrata holandés; el acta lo da como belga. ↩
Peter Knudsen (1848-1910), presidente del Partido Socialdemócrata de Dinamarca. ↩
Antonín Němec (1858-1926), dirigente del Partido Socialdemócrata checoslavo de Austria. ↩
Pete Curran (1860-1910), sindicalista y dirigente del Partido Laborista Independiente (Independent Labour Party); diputado desde 1907. ↩
En la sesión de apertura, el ruso Gueorgui Plejánov y el japonés Sen Katayama se habían dado la mano en la tribuna, en plena guerra ruso-japonesa. ↩
El Comité de Representación Obrera (Labour Representation Committee), fundado en 1900 por los sindicatos y los grupos socialistas, que en 1906 tomó el nombre de Partido Laborista. ↩
Joseph Chamberlain (1836-1914), ministro de Colonias británico de 1895 a 1903, que desde 1903 hacía campaña por un sistema de aranceles preferenciales dentro del imperio. ↩
Modeste Terwagne (1864-1945), médico y diputado del Partido Obrero Belga. ↩
Henriette Roland Holst (1869-1952), poeta y teórica marxista holandesa, del ala izquierda del SDAP. ↩
Aristide Briand (1862-1932), entonces diputado del Partido Socialista Francés (jauresista), defensor de la huelga general; el acta lo llama «Georg». ↩
La huelga general de abril de 1902 por el sufragio universal, que el Partido Obrero Belga dio por terminada tras su fracaso parlamentario. ↩
Del Partido Socialista Revolucionario ruso, fundado en 1901-1902, que practicaba el terrorismo contra la autocracia. ↩
Raphael Friedeberg (1863-1940), médico berlinés, socialdemócrata que derivaba hacia el anarcosindicalismo; defendía la huelga general y el antiparlamentarismo. ↩
El acta francesa lo llama Wilm. ↩
Adrien Meslier, diputado por el departamento del Sena, del Partido Socialista Francés. ↩
Robert Schmidt (1869-1934), dirigente sindical y diputado socialdemócrata al Reichstag. ↩
Así en el acta francesa; el texto alemán escribe Oestinoff. Delegado de los socialistas revolucionarios rusos por el comité de Volinia. ↩
Alusión a la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción (1844), de Marx: «El arma de la crítica no puede sustituir, desde luego, a la crítica de las armas». ↩
Marcel Sembat (1862-1922), diputado socialista por París, de la tendencia de Vaillant. ↩
Alusión a la introducción de Engels de 1895 a Las luchas de clases en Francia, de Marx: con los medios legales «echamos músculos firmes y buenos colores». ↩
La frase queda así, incompleta, en el texto alemán. ↩
Jean Sigg, socialista de Ginebra. ↩
Así en el acta; en el congreso de Dresde de la socialdemocracia alemana (septiembre de 1903) la resolución se aprobó por 288 votos contra 11. ↩
En Chalon-sur-Saône, el 2 de junio de 1900, la tropa disparó contra los huelguistas, bajo el gobierno Waldeck-Rousseau, del que formaba parte el socialista Millerand. ↩
El general Gaston de Galliffet, uno de los verdugos de la Comuna de 1871, ministro de la Guerra en el gobierno Waldeck-Rousseau (1899-1900) junto a Millerand. ↩
El Partido Republicano Radical y Radical-Socialista, fundado en 1901, partido de la burguesía republicana. ↩
En las elecciones al Reichstag de junio de 1903, la socialdemocracia obtuvo algo más de tres millones de votos y 81 escaños. ↩
Sajonia, que en 1903 eligió socialdemócratas en 22 de sus 23 distritos para el Reichstag, había sustituido en 1896 el sufragio para su Dieta por un sistema censitario de tres clases. ↩
En noviembre de 1902, tras la muerte del industrial Friedrich Alfred Krupp, a quien el Vorwärts había acusado de homosexualidad, Guillermo II atacó a la socialdemocracia en un discurso en Essen; Bebel le replicó en el Reichstag. ↩
Bernhard von Bülow (1849-1929), canciller del Imperio alemán y primer ministro de Prusia desde 1900. ↩
El gobierno de «defensa republicana» de Pierre Waldeck-Rousseau (1899-1902), en el que Millerand fue ministro de Comercio junto al general Galliffet. ↩
Émile Combes (1835-1921), presidente del Consejo de 1902 a 1905, apoyado por el Bloque de izquierdas, del que formaban parte los socialistas de Jaurès. ↩
John Burns (1858-1943), antiguo dirigente de la huelga de los muelles de Londres de 1889, diputado obrero aliado de los liberales. En diciembre de 1905 entró, en efecto, en el gobierno liberal de Campbell-Bannerman como presidente del Local Government Board. ↩
Eco de la frase de Marx en Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850: los obreros de París «pusieron a disposición de la república tres meses de miseria». ↩
La república de las «gentes honradas» (honnêtes gens), expresión con que Marx designa la república burguesa surgida tras las jornadas de junio de 1848. La ley electoral del 31 de mayo de 1850 suprimió de hecho el sufragio universal; Luis Bonaparte lo restableció con el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851. ↩
Bas-Empire, el Bajo Imperio romano, nombre despectivo del Segundo Imperio francés (1852-1870). ↩
Tras la capitulación de Sedán (2 de septiembre de 1870), Napoleón III quedó prisionero en el castillo de Wilhelmshöhe, junto a Kassel; en París se proclamó la república el 4 de septiembre. ↩
La Confederación de Alemania del Norte (1867-1871), cuyo Reichstag se eligió por sufragio universal masculino. ↩
Así en el acta. Probablemente la revista internacional Cosmopolis, publicada en varias lenguas entre 1896 y 1898, en la que escribió Jaurès. ↩
Alusión a la visita de Nicolás II a Francia en septiembre de 1901, en cuya recepción participó Millerand como ministro. ↩
Verdammen: condenar en el sentido religioso, maldecir. ↩
El VIII Congreso del Partido Socialista Italiano, celebrado en Bolonia en abril de 1904, en el que se impuso la corriente intransigente frente a los reformistas de Turati. ↩
Claudio Treves (1869-1933), socialista italiano de la corriente reformista. ↩
Angiolo Cabrini (1869-1937), diputado socialista reformista, organizador de los sindicatos italianos. ↩
Francesco Crispi (1818-1901), presidente del Consejo en 1887-1891 y 1893-1896, reprimió los Fasci sicilianos con el estado de sitio y los tribunales militares; cayó en 1896 tras la derrota de Adua. La obstrucción parlamentaria de la izquierda, en 1899-1900, se dirigió contra el gobierno del general Luigi Pelloux. ↩
La visita de Nicolás II a Italia, prevista para octubre de 1903, se suspendió ante la campaña de protesta de los socialistas. ↩
Filippo Turati (1857-1932), fundador del Partido Socialista Italiano y jefe de su ala reformista. ↩
El Bloque de izquierdas (Bloc des gauches), coalición de radicales, republicanos y socialistas jauresistas que sostenía al gobierno Combes. ↩
Las elecciones legislativas parciales belgas de mayo de 1904. ↩
Christian Rakovski (1873-1941), socialista búlgaro y rumano, delegado de Bulgaria. ↩
Su texto, en la página del congreso. ↩
Cada nacionalidad disponía de dos votos, que podía repartir entre sus fracciones; por eso Francia (guesdistas y jauresistas), Inglaterra, Noruega y Polonia aparecen a veces con un voto en cada lado. ↩
Su texto, en la página del congreso. ↩
Ignacy Daszyński (1866-1936), dirigente del Partido Socialdemócrata Polaco de Galitzia y diputado en el Parlamento de Viena. ↩
Manuel Ugarte (1875-1951), escritor argentino, delegado del Partido Socialista de la Argentina. ↩
Fritz Paeplow (1860-1934), dirigente del sindicato alemán de albañiles. ↩
En la votación del día anterior sobre la resolución de Dresde. ↩
El protocolo alemán no reproduce su texto; véase la resolución de protesta sobre Hungría en la página del congreso. ↩
Jean Longuet (1876-1938), nieto de Marx, militante del Partido Socialista Francés de Jaurès. ↩
La central sindical holandesa, el Secretariado Nacional del Trabajo (NAS), estaba dominada por anarquistas y sindicalistas, enfrentados con los socialdemócratas desde la huelga ferroviaria de 1903. ↩
(Nota del protocolo.) «¡Esta es la lucha final! / Agrupémonos, y mañana / la Internacional / abarcará a la humanidad entera». ↩
El protocolo fecha esta sesión el «lunes 16 de agosto»; el lunes fue el 15 (la sesión de apertura del congreso se celebró el domingo 14). ↩
La socialdemocracia alemana, que boicoteaba las elecciones a la Dieta de Prusia, elegida por el sufragio de tres clases, decidió participar en ellas con el apoyo de Bebel (congresos de Hamburgo, 1897, y Maguncia, 1900); lo hizo por primera vez en 1903. ↩
La resolución del Congreso de París de 1900 sobre la participación de los socialistas en gobiernos burgueses, redactada por Kautsky a raíz de la entrada de Millerand en el gabinete Waldeck-Rousseau. ↩
Tras la caída del Segundo Imperio se formó en París, el 4 de septiembre de 1870, el Gobierno de la Defensa Nacional, del que quedaron excluidos los revolucionarios. Louis-Auguste Blanqui (1805-1881); Charles Delescluze (1809-1871), que murió en las barricadas de la Comuna. ↩
Alekséi Kuropatkin (1848-1925), general en jefe del ejército ruso en Manchuria durante la guerra ruso-japonesa. ↩
Maurice Rouvier (1842-1911), banquero, ministro de Hacienda del gabinete Combes. ↩
El pogromo de Kishiniov (Besarabia), de abril de 1903, consentido por las autoridades zaristas. El gobierno al que alude Kautsky es el gabinete Combes, aliado de la Rusia zarista. ↩
El diario fundado por Jaurès en abril de 1904. ↩
Carl Moor (1852-1932), socialista suizo de Berna, director del Berner Tagwacht. ↩
Eugen Wullschleger (1862-1931), socialista de Basilea, miembro del gobierno del cantón de Basilea-Ciudad desde 1902. ↩
Paul Singer (1844-1911), dirigente de la socialdemocracia alemana y diputado del Reichstag. En septiembre de 1900, durante el congreso socialista internacional de París, la policía dispersó la manifestación de los delegados ante el Muro de los Federados del cementerio del Père-Lachaise. ↩
Charles Dupuy (1851-1923), presidente del Consejo en 1893, 1894-1895 y 1898-1899. En julio de 1889, cuando se reunió en París el congreso fundador de la II Internacional, presidía el gobierno Pierre Tirard. ↩
Sybil, or the Two Nations (1845), novela de Benjamin Disraeli. ↩
Wilhelm Liebknecht (1826-1900), fundador con Bebel de la socialdemocracia alemana. ↩
James Ramsay MacDonald (1866-1937), del Partido Laborista Independiente (Independent Labour Party), secretario del Comité de Representación Laborista, del que nació en 1906 el Partido Laborista. ↩
En el congreso de Hannover de 1899 la socialdemocracia alemana debatió las tesis revisionistas de Eduard Bernstein; Kautsky le había respondido ese mismo año con Bernstein und das sozialdemokratische Programm. ↩
Georg von Vollmar (1850-1922), jefe de la socialdemocracia bávara y portavoz de la línea reformista. Eduard Bernstein fue elegido diputado del Reichstag en 1902. ↩
La Unidad Socialista Revolucionaria, o Partido Socialista de Francia, formado en 1902 por los guesdistas y los blanquistas de Vaillant. ↩
Ernest Belfort Bax (1854-1926), teórico de la Federación Socialdemócrata (Social Democratic Federation). ↩
Herman Greulich (1842-1925) y Robert Seidel (1850-1933), veteranos de la socialdemocracia suiza. ↩
Olav Kringen (1867-1951), periodista del Partido Obrero noruego. ↩
La lucha de Bismarck contra la Iglesia católica en la década de 1870. ↩
Léon Bourgeois (1851-1925), radical, presidente del Consejo de noviembre de 1895 a abril de 1896. ↩
Francis de Pressensé (1853-1914), diputado socialista por el Ródano desde 1902 y presidente de la Liga de los Derechos del Hombre. ↩
En las elecciones municipales de mayo de 1904 los guesdistas perdieron el ayuntamiento de Lille, que gobernaban desde 1896. ↩
La ley de 2 de noviembre de 1892 limitó a diez horas la jornada de los menores de dieciséis años y a once la de las mujeres; la ley Millerand-Colliard de 1900 fijó la reducción escalonada a diez horas en los establecimientos mixtos, alcanzada en 1904. ↩
Las páginas citadas son las del protocolo alemán; la resolución Adler-Vandervelde figura en la crónica de la sesión plenaria del 19 de agosto. ↩
La resolución de Dresde, en la forma que aprobó el congreso, está en la página del congreso. ↩
Véase la página del congreso. ↩