II Congreso de la Internacional Comunista, inaugurado en Petrogrado el 19 de julio de 1920 y continuado en Moscú del 23 de julio al 7 de agosto. Traducido del ruso, lengua de la edición oficial del informe taquigráfico (2-ой конгресс Коммунистического Интернационала. Стенографический отчет, 1921; hubo también una edición alemana, Hamburgo, 1921), según su reedición en Второй конгресс Коминтерна. Июль — август 1920 г. (Moscú, Partizdat, 1934, pp. 5-465, con el prefacio de 1921; ejemplar digitalizado de Internet Archive), sin el aparato editorial de 1934: introducción, notas, «materiales», apéndices e índices. El texto ruso se ha establecido sobre una nueva lectura OCR, corregida en parte por cotejo con las imágenes, y puede conservar alguna errata de lectura; en las páginas 446-447, duplicadas en el escaneo, se ha suprimido la copia defectuosa. Como advierte el prefacio de 1921, faltaron taquígrafos y muchas intervenciones, sobre todo las pronunciadas en inglés, solo se conservaron en traducción. Los documentos aprobados no se repiten: una línea en cursiva remite a la página del congreso. Completamos con el día de la semana los títulos de las sesiones. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en ruso.
Prefacio a la edición de 1921
El II Congreso mundial de la Internacional Comunista se convocó en un país aislado de los demás por el bloqueo. Las dificultades derivadas de esta situación se han reflejado también en la edición del acta taquigráfica que ahora hacemos pública.
Como la Rusia soviética estaba aislada del resto del mundo, no fue posible reunir a tiempo para el congreso un número suficiente de colaboradores que dominaran lenguas extranjeras, y en particular de taquígrafos franceses, alemanes e ingleses. Así, para tomar los discursos hubo solo dos taquígrafos alemanes reclutados de circunstancias, uno solo francés y ninguno inglés.
Esto provocó ante todo un lamentable retraso en la edición del acta. Solo la transcripción llevó casi dos meses.
Cuando pudo empezarse la redacción del acta, la mayoría de los delegados, naturalmente, ya se había marchado. Resultó que el texto estaba muy desfigurado, que tenía grandes lagunas, que las citas de los oradores, las enmiendas presentadas y los títulos de periódicos y libros faltaban casi por completo y, por último, que muchos discursos, sobre todo los pronunciados en inglés, solo se conservaban en traducción. Restablecer un texto con sentido llevó muchísimo tiempo. Toda una serie de lagunas no pudo restablecerse en absoluto: en esos casos se indica cada vez en el lugar correspondiente del acta.
La atención principal se centró en publicar lo antes posible un texto fiable. Hubo que conformarse con defectos de forma y de lengua.
Esperamos y deseamos que el próximo congreso mundial de la Internacional Comunista se celebre en condiciones más favorables, que esté mejor preparado y organizado y que la próxima acta se publique más deprisa y con mejor factura técnica. La Redacción.
Moscú
Diciembre de 1920
Primera sesión, lunes 19 de julio de 1920 (en Petrogrado)
Zinóviev. Camaradas, por encargo del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista declaro abierto el II Congreso mundial de la Internacional Comunista. (Aplausos tempestuosos y prolongados. Gritos de «¡Hurra!». La orquesta toca «La Internacional».) Camaradas, nuestra primera palabra, la de los obreros reunidos de todo el mundo, debe dedicarse a la memoria de nuestros mejores amigos y dirigentes, caídos por la causa de la Internacional Comunista. Sabéis que en el curso de este año no ha habido país donde no se haya derramado la sangre de obreros comunistas y de los mejores dirigentes de la clase obrera. Basta recordar los nombres de nuestros amigos húngaros, basta recordar a los camaradas Leviné1, Tibor Szamuely2, Jogiches3 y tantos otros que se han unido a la legión de revolucionarios caídos en los mismos comienzos de las revoluciones alemana y rusa. En Finlandia, en Estonia, en Hungría han perecido en este tiempo cientos y miles de los mejores hijos de la clase obrera. Al abrir el congreso, honramos ante todo la memoria de los mejores de los nuestros, que han caído por la causa de la Internacional Comunista.
En honor de los camaradas caídos propongo a todo el congreso que se ponga en pie. (Todos se levantan. La orquesta toca una marcha fúnebre.)
Y recordamos también a aquellos de nuestros camaradas que en este momento están en las cárceles de diversas repúblicas burguesas. Recordamos a nuestros amigos franceses, los camaradas Loriot, Monatte4 y otros muchos camaradas, encarcelados poco antes de nuestro congreso. Enviamos un saludo a todos los numerosos luchadores de la revolución obrera que languidecen en las cárceles alemanas, húngaras, francesas, inglesas y americanas. Estrechamos fraternalmente la mano a los obreros comunistas americanos, que en el último año han sido perseguidos con especial crueldad. A los obreros comunistas, y en general a los revolucionarios, la burguesía americana los está rindiendo por hambre, en el sentido literal de la palabra. Nuestros amigos no pueden encontrar trabajo allí; los tienen encerrados en mazmorras de piedra. No hay crueldad que la burguesía americana no haya empleado contra los obreros que militan en las filas de los comunistas, o en las de los Industrial Workers of the World5, o de otras organizaciones revolucionarias que siguen el mismo camino que sigue la Internacional Comunista.
Expresamos nuestra más profunda convicción de que se cumplirán las palabras que pronunció no hace mucho un camarada francés tras la detención de Loriot, Monatte y otros. Dijo: sí, vivimos un tiempo en que la burguesía gobernante, los «demócratas» y los llamados «socialistas» encarcelan a los mejores dirigentes del comunismo; pero estamos seguros de que pronto se invertirán los papeles, y los que hoy se sientan en los gobiernos burgueses serán mañana encarcelados por la clase obrera, y los que la burguesía ha encarcelado serán mañana puestos en el poder por la clase obrera. (Aplausos.)
Camaradas, la Internacional Comunista se fundó hace apenas un año y un trimestre. Es del todo comprensible que ante todo tuviera que cruzar la espada con la II Internacional, con la que entramos en lucha directa. Amigos y enemigos, ante el congreso de hoy, que se ha convertido en un congreso mundial en el sentido literal de la palabra, en el que están presentes representantes de toda Europa y también de América, tienen que reconocer el hecho de que nuestra lucha contra la II Internacional se ha visto coronada por el éxito. Hoy tenemos pleno derecho a declarar que la II Internacional ha sido derrotada por completo por la III Internacional Comunista. (Aplausos tempestuosos.)
Camaradas, ¿qué significa este hecho? ¿Qué quiere decir que hemos vencido a la II Internacional? La lucha entre nosotros y la II Internacional no es una lucha entre dos fracciones de un mismo movimiento proletario revolucionario, no es una lucha de matices, no es una lucha de corrientes dentro de un solo campo de clase: es de hecho una lucha de clases. Sí, en las filas de la II Internacional hay muchos hermanos nuestros de clase. Y, sin embargo, nuestra lucha contra la II Internacional no es una lucha de fracciones dentro de una misma clase, sino algo incomparablemente mayor.
El hundimiento de la II Internacional refleja el hundimiento del propio régimen burgués. Ese es el quid de la cuestión. Hemos vencido a la II Internacional porque ha empezado el «crepúsculo de los dioses» del capitalismo. Hemos vencido a la II Internacional porque la burguesía de todo el mundo no ha podido ni podrá liquidar la herencia de la guerra imperialista. Hemos vencido a la II Internacional porque la Sociedad de Naciones, y toda la Entente, y toda la burguesía son impotentes para hacer nada serio por la reconstrucción de la vida económica de Europa. Hemos vencido a la II Internacional porque la burguesía se ha mostrado impotente para resolver las tareas que se le plantean de modo imperioso y que tiene que resolver si no quiere, en sentido histórico, presentar su dimisión.
La II Internacional ligó su destino al de la burguesía desde el primer disparo de 1914. Los socialpatriotas de cada país apoyaron a «su» burguesía y a «su» «patria» burguesa.
Así fueron las cosas hasta el final mismo de la guerra. Y, terminada la guerra, la II Internacional volvió a ligar su destino al de la burguesía, esta vez sobre todo al del grupo de países burgueses que salieron victoriosos de la guerra imperialista.
Recordaréis los primeros intentos de reconstruir la II Internacional cuando acabó la matanza imperialista. Recordaréis las conferencias de Berna y de Lucerna6, en las que la llamada parte dirigente de la II Internacional quería a toda costa emparentarse con la Sociedad de Naciones. Los jefes de la II Internacional «renaciente» se agarraron a los faldones de Wilson. Recordaréis, camaradas, que en la conferencia de Berna el presidente, al abrir aquella conferencia de la II Internacional, saludó a Wilson y lo puso al lado de Jaurès, ofendiendo así la sombra del tribuno caído de los obreros franceses. Terminada ya la guerra, la II Internacional quiso ligar su destino al de la burguesía: al de aquella parte de ella que la II Internacional tenía por la fiera más fuerte de todas, la Sociedad de Naciones. Eso es lo que quiso. Por eso precisamente todos los golpes que la clase obrera mundial y su vanguardia, la III Internacional, han asestado a la burguesía en el curso de este año han alcanzado también a la II Internacional. La II Internacional, la amarilla, ha ligado indisolublemente su destino al de una clase que perece ante nuestros ojos. Por eso es tan significativa nuestra victoria sobre la II Internacional. No es, repetimos, la victoria de una fracción del movimiento obrero sobre otra, no es la victoria de un partido sobre otro. No, aquí hay algo incomparablemente mayor: toda organización que intenta ligar su destino al de la clase burguesa perece ella misma. Ese es el sentido histórico de la victoria de la Internacional Comunista sobre la II Internacional. La clase obrera, como clase joven, es una estrella ascendente. Va hacia el poder, mientras que la estrella de la burguesía, ahogada en la sangre de la clase obrera, se ha puesto por completo. La burguesía chochea y decae. Y como el muerto se agarra al vivo, así la burguesía se agarra a la II Internacional, medio viva, y la asfixia en su abrazo mortífero. Las dos perecen ante nuestros ojos. La burguesía y su agencia, la Internacional amarilla, están cerca de su fin (en sentido histórico un año vale lo que un minuto); las dos están en la agonía. Pronto la tierra quedará limpia del yugo burgués y de todas las organizaciones que mantenían a la clase obrera en cautiverio espiritual. Pronto nuestra Asociación Internacional de los Trabajadores podrá empezar a construir tranquilamente el mundo nuevo, fundado en los principios fraternales del comunismo.
Camaradas, en el curso de este año la idea de la «democracia» se ha marchitado ante nuestros ojos y ahora vive sus últimos días. El documento más significativo del I Congreso, el constituyente, de la Internacional Comunista, y quizá incluso el documento más importante del movimiento comunista de los últimos años en general, son a mi juicio las tesis sobre el papel de la democracia burguesa que aprobó el I Congreso7. Estas tesis han dado la vuelta al mundo. Los obreros de todo el mundo, la parte consciente de los campesinos y de los soldados las han estudiado. Y el curso de los acontecimientos en estos 15-16 meses se ha encargado de confirmar a cada paso la justeza del análisis que el I Congreso de la Internacional Comunista dio al juzgar la democracia burguesa, trazado en esas tesis. Cuando la burguesía americana, a la vista de todo el mundo, abolió todas sus propias leyes, todas las garantías constitucionales para la clase obrera (se llega al punto de que comunistas elegidos según todas las reglas del arte parlamentario, conforme a la ley, no son admitidos en el parlamento, sino encarcelados), cuando un país tan clásico de la democracia burguesa como América violaba a cada paso los principios de la democracia, daba con ello una lección palpable de cuánta razón tiene la Internacional Comunista, que en sus tesis programáticas señaló el papel histórico real de la llamada democracia.
Camaradas, lo que tenemos ante nosotros es precisamente un congreso mundial de la Internacional Comunista. En nuestro congreso está representada la vanguardia combatiente de los obreros de todo el mundo. Plantearemos ante el congreso mundial una serie de cuestiones que en este momento son objeto de controversia en el seno del movimiento comunista internacional. Hemos invitado al congreso a toda una serie de organizaciones obreras que todavía no son plenamente comunistas, que todavía están cristalizando. La situación internacional de la clase obrera, tras una guerra tan larga, tras una crisis tan desesperada, es tal que en algunos lugares las organizaciones obreras están en una encrucijada; es como si les cambiara la voz, como les pasa a los muchachos. Todavía no han fijado definitivamente su táctica, todavía no han elegido definitivamente su camino. Hemos invitado a trabajar con nosotros a todas las organizaciones obreras de las que estamos seguros de que quieren luchar honradamente contra el capitalismo. Hablaremos con ellas como con nuestros hermanos de lucha, de sufrimientos, como con hermanos de clase dispuestos a dar con nosotros la vida por la causa de la emancipación de la clase obrera. No nos pareceremos a la II Internacional, que solo sabía ridiculizar y acosar a los obreros revolucionarios que pensaban de otro modo, que era un Jano de dos caras: a la derecha una sonrisa dulce, a la izquierda unas fauces que enseñaban los dientes con rabia. Estamos profundamente convencidos de que la vida enseña. La guerra imperialista ha enseñado mucho a los obreros. Los elementos revolucionarios honrados del sindicalismo, del anarquismo, del industrialismo y de los shop stewards8 se pasarán (y se están pasando ya) al lado del comunismo. Nuestra tarea es ayudarles a hacerlo más deprisa.
Por otra parte, en nuestro congreso están presentes representantes del Partido Independiente alemán, del Partido Socialista Francés y del Partido Socialista Americano, que hace muy poco han abandonado por fin las filas de la II Internacional9. Con los obreros revolucionarios honrados que están en las filas de estos partidos queremos una alianza comunista.
Camaradas, sabéis que, a medida que se fortalecía la III Internacional, unos diez grandes partidos antiguos (no voy a enumerarlos) abandonaron las filas de la II Internacional. Ahora empieza ya otra fase: vemos que los viejos partidos no solo salen de las filas de la II Internacional, sino que intentan ya directamente entrar en las filas de la III Internacional. Varios representantes de esos partidos, como he dicho, están entre nosotros. El congreso comunista planteará abiertamente todas las cuestiones candentes ante los obreros alemanes y franceses. El congreso comunista no admitirá en ningún caso, en la medida que sea, ninguna falsedad ideológica, no hará la menor concesión de principio. Las cuestiones fundamentales de la revolución proletaria tienen que plantearse sin rodeos. Necesitamos claridad, claridad y otra vez claridad. No consentiremos que la III Internacional se convierta simplemente en una moda. Las cuestiones planteadas interesan a millones de obreros. Diremos a los obreros alemanes, a los obreros franceses que militan en el Partido Socialista Francés, lo que pensamos de todas las cuestiones candentes del día. Esperaremos a que la inmensa mayoría de los obreros franceses y alemanes sepan hacer en sus filas la depuración necesaria y sepan pasar a las filas de la Internacional Comunista, de modo que nadie pueda siquiera pensar que son simple lastre para la Internacional Comunista, y no gente que ha venido a nosotros para luchar con nosotros, en un trabajo común y fraternal, contra la burguesía.
Nos proponemos presentar a este congreso los estatutos de la Internacional Comunista. Pensamos que, así como en cada país los comunistas, para vencer a la burguesía, necesitan ante todo un partido centralizado, poderoso, fuerte, fundido de una sola pieza, así también ha llegado la hora de emprender esa tarea a escala internacional. Luchamos contra la burguesía internacional, contra todo un mundo de enemigos armados hasta los dientes, y debemos tener una organización proletaria internacional de hierro, que sepa golpear a su enemigo en todas partes, que sepa prestar en cada momento dado a cualquiera de sus destacamentos la máxima ayuda posible, que elabore las formas de organización más poderosas, flexibles y ágiles, para estar plenamente armada frente al enemigo con el que tiene que vérselas. En el proyecto de estatutos de la Internacional Comunista citamos una frase de los estatutos de la I Asociación Internacional de los Trabajadores, cuyos dirigentes fueron Marx y Engels. En esos estatutos Marx y Engels decían: si hasta ahora la lucha de la clase obrera no se ha visto coronada por el éxito, es, entre otras cosas y en primer lugar, porque los obreros no tenían entendimiento internacional, no tenían una organización internacional bien trabada, no tenían apoyo mutuo a escala internacional. Sí, camaradas, es una verdad sencilla, pero hubo que esperar cincuenta años largos, hubo que pasar más de cuatro años de matanza sangrienta, pasar por los horrores que la humanidad ha vivido en el último periodo, para que esta idea sencilla dejara de estar al alcance solo de individuos sueltos o de grupos aislados y entrara en la carne y en la sangre de millones de masas obreras. Estamos ardientemente convencidos de que ahora esta idea se ha hecho de verdad patrimonio de las masas. Comprendemos que, para vencer a la burguesía, hay que llevar por fin a la práctica esta idea elemental y sencilla que señalaba la Internacional, la I Asociación Internacional de los Trabajadores, cuyas tradiciones y principios hacemos hoy nuestros en muchas cuestiones para realizarlos. Están aquí presentes representantes de los obreros y obreras de Petrogrado, que fueron los primeros en alzarse en octubre de 1917. Les digo: camaradas, hoy se produce en Petrogrado un gran acontecimiento histórico: el II Congreso de la Internacional Comunista ha entrado en la historia desde el momento mismo en que ha abierto sus sesiones. ¡Recordad este día! Sabed que es la recompensa por todas vuestras privaciones y por toda vuestra lucha valerosa y firme. ¡Contad y explicad a vuestros hijos el significado del día de hoy! ¡Grabad en vuestros corazones este momento solemne!
Ante vosotros se produce un acontecimiento grandioso en su sencillez. ¿Qué puede haber más sencillo? Los obreros de distintos países se unen para liberarse del yugo de los ricos. Y, a la vez, ¿qué puede haber más grandioso? ¿Acaso no oís conmigo, camaradas, el rumor de las alas de la victoria? Nuestra tierra será libre. La esclavitud asalariada será abolida. El comunismo vencerá...
Camaradas, al terminar mi discurso, recuerdo que dentro de unos meses se cumplirán cincuenta años de la primera gran insurrección histórica de los obreros europeos, que nos mostró el camino a vosotros y a mí. Hablo de la Comuna de París. Hablo de la heroica insurrección de los proletarios parisinos, que, pese a todas sus debilidades y errores (nosotros procuramos evitarlos), escribieron una página de oro en la historia del movimiento proletario internacional y abrieron el camino por el que avanzan hoy millones de trabajadores.
Me permito expresar el deseo de que para el cincuentenario de la Comuna de París tengamos en Francia una República Soviética Francesa. (Aplausos tempestuosos y sonoros.)
Camaradas, en un artículo escrito inmediatamente después del Congreso constituyente de la Internacional Comunista, titulado «Perspectivas de la revolución internacional», me ocurrió decir, con cierto entusiasmo, que quizá pasaría solo un año y empezaríamos ya a olvidar que en Europa se había librado una lucha por el poder soviético, porque esa lucha habría terminado ya en Europa y pasaría a otros países. Un profesor alemán burgués ha desenterrado esa frase, y estos días he leído un artículo en el que, tras citar ese pasaje, comenta con malicia: pues bien, pronto se abrirá el II Congreso, ha pasado más de un año, y en Europa, por lo visto, todavía no hay una victoria completa del poder soviético.
A esto podemos responder tranquilamente a ese burgués instruido: tal vez sea así, tal vez de verdad nos dejamos llevar por el entusiasmo, tal vez de verdad harán falta no uno, sino dos y tres años para que toda Europa se haga soviética. Pero si es usted tan modesto que considera una dicha nunca vista un aplazamiento de uno o dos años, podemos felicitarle por esa modestia. Y podemos expresar la seguridad de que, un año antes o un año después (esperaremos todavía un poco), tendremos la República Soviética Internacional, cuyo dirigente será nuestra Internacional Comunista.
¡Viva la clase obrera de todo el mundo! ¡Viva la Internacional Comunista! (Aplausos tempestuosos y prolongados.)
Zinóviev. El congreso pasa a la elección de la presidencia. Tiene la palabra, en nombre del Comité Ejecutivo, el camarada Bujarin.
Bujarin. En nombre del Comité Ejecutivo de la III Internacional se proponen los siguientes candidatos a la presidencia: Levi, Alemania; Rosmer, Francia; Serrati, Italia; Lenin y Zinóviev, Rusia.
Zinóviev. ¿Hay otras propuestas sobre la composición de la presidencia? No. Queda elegida la presidencia en la composición propuesta por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista: Levi, Alemania; Rosmer, Francia; Serrati, Italia; Lenin y Zinóviev, Rusia.
Camaradas, toda una serie de organizaciones desearían saludar a nuestro congreso, pero nos vemos obligados a ahorrar tiempo. En nombre del Comité Ejecutivo proponemos dar la palabra solo al representante de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, que tiene hoy la grandísima dicha de acoger el congreso en su territorio, el presidente del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia, camarada Kalinin10. (Aplausos.)
Kalinin. ¡Camaradas! En nombre de los obreros y campesinos de la Rusia soviética saludo al II Congreso mundial de la III Internacional Comunista. ¡Camaradas, miembros de la Internacional Comunista! El Partido Comunista bolchevique y la clase obrera de Rusia no estuvieron en el pasado mimados por la legalidad ni por el parlamentarismo. Los últimos decenios fueron años de lucha cruel y directa de la clase obrera contra el zarismo ruso. En aquella época oscura el Partido Comunista bolchevique no perdió la esperanza de que no estaba lejos el momento en que los obreros se pondrían bajo su dirección y derribarían al zarismo ruso y a la burguesía rusa. En los últimos tres años, camaradas, la clase obrera rusa y los campesinos rusos han hecho sacrificios incalculables, han pasado enormes dificultades y han mostrado una abnegada capacidad de lucha por los ideales de la humanidad. Y esta lucha de tres años, camaradas, ha templado a la clase obrera y a los campesinos de Rusia, les ha enseñado a intervenir y luchar directamente por los intereses de los obreros y campesinos. Ha permitido crear nuestro glorioso e invencible Ejército Rojo, que en este momento asesta duros golpes al enemigo en el frente polaco.
Camaradas, al obrero ruso, e incluso al campesino ruso no consciente, le forma mejor que los libros y los discursos la lucha que se despliega contra la burguesía rusa y el capital internacional, en la que participa cada vez más. Si antes había que explicar al campesino y al obrero, hacer agitación ante ellos, que era necesario derribar también a la burguesía mundial si se quería derribar a la burguesía rusa, ahora está claro para todo obrero y campesino ruso que no luchamos solo contra la burguesía rusa, no solo contra los terratenientes zaristas (con ellos habríamos acabado hace tiempo, hace tiempo que estaríamos tranquilos), sino que detrás de ellos está, y los apoya resueltamente, la contrarrevolución mundial. Por eso es del todo natural que la clase obrera rusa y las masas campesinas rusas vuelvan hoy la mirada con la mayor atención hacia las clases oprimidas de Occidente y hacia las masas oprimidas de Oriente. Esperan el momento en que esas clases oprimidas, junto con los obreros rusos y los campesinos rusos, se lancen a la lucha directa por la dictadura del proletariado.
De todo corazón deseo al II Congreso de la III Internacional que su apertura sea el comienzo y la prenda de la lucha directa de las clases oprimidas de Oriente y de las clases oprimidas de Occidente, de la lucha directa por la dictadura del proletariado. ¡Viva el II Congreso de la III Internacional Comunista!
Zinóviev. El primer punto es el informe del Comité Ejecutivo; el segundo, los informes de los partidos respectivos. El Comité Ejecutivo ha decidido limitarse, en los puntos primero y segundo, a repartir informes escritos. Los informes impresos del Comité Ejecutivo ya se han repartido. Los informes de los distintos partidos en parte se han presentado y en parte se presentarán. De este modo todos los delegados conocerán los informes por escrito. Pasamos al tercer punto del orden del día, que dice: «La situación internacional y las tareas fundamentales de la Internacional Comunista».
Se concede la palabra para el informe al camarada Lenin. (Ovación clamorosa. Todos se levantan y aplauden. El orador intenta hablar, pero los aplausos y las exclamaciones en todas las lenguas continúan. La ovación dura largo rato.)
Lenin. Camaradas, las tesis sobre las tareas fundamentales de la Internacional Comunista se han publicado en todas las lenguas y (en particular para los camaradas rusos) no representan nada esencialmente nuevo, porque en gran medida extienden algunos rasgos fundamentales de nuestra experiencia revolucionaria y las lecciones de nuestro movimiento revolucionario a toda una serie de países occidentales, a Europa occidental. Por eso en mi informe me detendré algo más, aunque sea a grandes rasgos, en la primera parte del tema que se me ha encomendado, es decir, en la situación internacional.
La base de toda la situación internacional, tal como se ha formado hoy, son las relaciones económicas del imperialismo. A lo largo de todo el siglo XX se ha definido plenamente esta nueva fase del capitalismo, la fase superior y última. Todos sabéis, naturalmente, que los rasgos más característicos y esenciales del imperialismo han sido que el capital ha alcanzado dimensiones gigantescas. El lugar de la libre competencia lo ha ocupado el monopolio, de proporciones gigantescas. Un número ínfimo de capitalistas ha podido concentrar en sus manos a veces ramas enteras de la industria; estas han pasado a manos de asociaciones, cárteles, sindicatos patronales y trusts, a menudo de carácter internacional. Así, ramas enteras de la industria han quedado en poder de los monopolistas en el aspecto financiero, en el de la propiedad y en parte en el de la producción, y no solo en países sueltos, sino en todo el mundo. Sobre esta base se ha desarrollado un dominio nunca visto de un número ínfimo de grandes bancos, de reyes de las finanzas, de magnates financieros, que de hecho convertían incluso las repúblicas más libres en monarquías financieras. Antes de la guerra lo reconocían abiertamente escritores nada revolucionarios, como Lysis11 en Francia.
Este dominio de un puñado de capitalistas alcanzó su pleno desarrollo cuando todo el globo terrestre quedó repartido, no solo en el sentido de que los grandes capitalistas se apoderaron de las diversas fuentes de materias primas y de los medios de producción, sino también en el sentido de que había concluido el reparto previo de las colonias. Hace unos cuarenta años se contaba en las colonias una población de algo más de doscientos cincuenta millones, sometida a seis potencias capitalistas. Antes de la guerra de 1914 se contaban ya en las colonias unos 600 millones de habitantes, y si añadimos países como Persia, Turquía y China, que ya entonces estaban en situación de semicolonias, obtenemos en números redondos mil millones de habitantes oprimidos, mediante la dependencia colonial, por los países más ricos, más civilizados y más libres. Y sabéis que, además de la dependencia estatal y jurídica directa, la dependencia colonial supone toda una serie de relaciones de dependencia financiera y económica, supone toda una serie de guerras que no se consideraban guerras porque a menudo se reducían a una carnicería, en la que las tropas imperialistas europeas y americanas, armadas con los instrumentos de exterminio más perfeccionados, masacraban a los habitantes inermes e indefensos de los países coloniales.
De este reparto de toda la tierra, de este dominio del monopolio capitalista, de esta omnipotencia de un número ínfimo de grandes bancos (dos, tres, cuatro, cinco por Estado, no más), surgió inevitablemente la primera guerra imperialista, la de 1914-1918. Esta guerra se libró para repartir de nuevo el mundo entero. La guerra se libró para decidir cuál de los ínfimos grupos de grandes Estados, el inglés o el alemán, obtendría la posibilidad y el derecho de saquear, estrangular y explotar toda la tierra. Sabéis cómo la guerra resolvió esta cuestión a favor del grupo inglés. Y como resultado de esta guerra tenemos una agudización inconmensurablemente mayor de todas las contradicciones capitalistas. La guerra arrojó de golpe a cerca de doscientos cincuenta millones de habitantes de la tierra a una situación equivalente a la colonial. Arrojó a ella a Rusia, cuya población hay que calcular en unos 130 millones, y a Austria-Hungría, Alemania y Bulgaria, con no menos de 120 millones. Doscientos cincuenta millones de habitantes en países que en parte, como Alemania, figuran entre los más avanzados, los más ilustrados, los más cultos, técnicamente a la altura del progreso moderno. La guerra, mediante el Tratado de Versalles, les impuso unas condiciones tales que pueblos avanzados se encontraron en situación de dependencia colonial, de miseria, de hambre, de ruina y de falta de derechos, porque el tratado los ata por muchas generaciones y los pone en unas condiciones en las que no ha vivido ningún pueblo civilizado. Tenéis el cuadro del mundo: después de la guerra, de golpe, no menos de mil doscientos cincuenta millones de habitantes sufren la opresión colonial, la explotación de un capitalismo feroz que presumía de amor a la paz, y que hace unos cincuenta años tenía cierto derecho a presumir de ello, mientras la tierra no estaba repartida, mientras no dominaba el monopolio, mientras el capitalismo podía desarrollarse de modo relativamente pacífico, sin conflictos militares colosales. Ahora, después de esa época pacífica, hemos obtenido una agudización monstruosa de la opresión; vemos el retorno a una opresión colonial y militar todavía peor que antes. El Tratado de Versalles ha puesto a Alemania y a toda una serie de Estados vencidos en una situación de imposibilidad material de existencia económica, de completa falta de derechos y de humillación. ¿Cuántas naciones se han beneficiado de ello? Para responder a esta pregunta debemos recordar que la población de los Estados Unidos de América, el único país que ha ganado plenamente con la guerra, que de país cargado de deudas se ha convertido por completo en un país al que todos deben, no pasa de 100 millones. La población del Japón, que ha ganado mucho manteniéndose al margen del conflicto euroamericano y apoderándose del inmenso continente asiático, es de 50 millones. La población de Inglaterra, que después de esos países es la que más ha ganado, llega a 50 millones. Y si añadimos los Estados neutrales, de población muy reducida, que se han enriquecido durante la guerra, obtenemos en números redondos doscientos cincuenta millones.
Obtenéis así, en sus rasgos fundamentales, el cuadro del mundo tal como ha quedado después de la guerra imperialista. Mil doscientos cincuenta millones en las colonias oprimidas, en países que se reparten en vida, como Persia, Turquía y China, en países vencidos y arrojados a la situación de colonias. No más de doscientos cincuenta millones en los países que han conservado su antigua situación, pero todos ellos han caído en la dependencia económica de América y durante la guerra estuvieron todos en dependencia militar, porque la guerra abarcó al mundo entero y no permitió a ningún Estado permanecer neutral de verdad. Y tenemos, por último, no más de doscientos cincuenta millones de habitantes en los países en los que, por supuesto, solo la cúspide, solo los capitalistas, se han beneficiado del reparto de la tierra. En total, unos mil setecientos cincuenta millones, que forman toda la población de la tierra. Querría recordaros este cuadro del mundo, porque todas las contradicciones fundamentales del capitalismo, del imperialismo, que conducen a la revolución, todas las contradicciones fundamentales del movimiento obrero, que han llevado a la lucha más encarnizada contra la II Internacional, de la que ha hablado el camarada presidente, todo eso está ligado al reparto de la población de la tierra.
Por supuesto, estas cifras ilustran el cuadro económico del mundo solo en sus rasgos toscos y fundamentales. Y, camaradas, es natural que sobre la base de semejante reparto de la población de toda la tierra la explotación del capital financiero, de los monopolios capitalistas, haya crecido muchas veces.
No solo los países coloniales y vencidos caen en situación de dependencia, sino que también dentro de cada país vencedor se han desarrollado contradicciones más agudas; todas las contradicciones capitalistas se han agudizado. Lo mostraré brevemente con unos cuantos ejemplos.
Tomad las deudas públicas. Sabemos que las deudas de los principales Estados europeos se han multiplicado de 1914 a 1920 por no menos de siete. Citaré otra fuente económica que adquiere una importancia especialmente grande: Keynes12, diplomático inglés, autor del libro Las consecuencias económicas de la paz, que por encargo de su gobierno participó en las negociaciones de paz de Versalles, las observó directamente desde un punto de vista puramente burgués, estudió el asunto paso a paso y en detalle, y participó como economista en las reuniones. Ha llegado a conclusiones que son más contundentes, más gráficas y más aleccionadoras que cualquier conclusión de un comunista revolucionario, porque las saca un burgués notorio, un adversario implacable del bolchevismo, al que se representa, como el filisteo inglés que es, bajo un aspecto deforme, feroz y bestial. Keynes ha llegado a la conclusión de que Europa y el mundo entero, con la paz de Versalles, van a la bancarrota. Keynes dimitió, arrojó a la cara del gobierno su libro y dijo: estáis cometiendo una locura. Os daré sus cifras, que en general se resumen en lo siguiente.
¿Cómo han quedado las relaciones de deuda entre las principales potencias? Convierto las libras esterlinas en rublos oro, a razón de 10 rublos oro por libra esterlina. Y esto es lo que resulta: los Estados Unidos tienen un activo de 19 000 millones y un pasivo de cero. Antes de la guerra eran deudores de Inglaterra. El camarada Levi, en el último congreso del Partido Comunista de Alemania, el 14 de abril de 1920, señaló con razón en su informe13 que han quedado dos potencias que actúan hoy de modo independiente en el mundo: Inglaterra y América. Solo América ha resultado absolutamente independiente en el aspecto financiero. Antes de la guerra era deudora; ahora es solo acreedora. Todas las demás potencias del mundo están endeudadas. Inglaterra ha llegado a una situación en la que su activo es de 17 000 millones y su pasivo de 8000 millones: está ya a medias en la situación de deudor. Además, en su activo figuran unos 6000 millones que debe Rusia. Los suministros militares que Rusia hizo durante la guerra se incluyen en su deuda. Hace poco, cuando Krasin14 tuvo ocasión de conversar con Lloyd George, como representante del Gobierno soviético de Rusia, sobre los acuerdos de deudas, explicó claramente a los sabios y políticos, a los jefes del gobierno inglés, que, si cuentan con cobrar las deudas, están en un extraño error. Y ese error ya lo había puesto al descubierto el diplomático inglés Keynes.
No se trata, por supuesto, solo, ni siquiera en absoluto, de que el gobierno revolucionario ruso no quiera pagar las deudas. Ningún gobierno podría pagarlas, porque esas deudas son un recargo usurario sobre lo que ya se ha pagado veinte veces, y ese mismo burgués Keynes, que no simpatiza lo más mínimo con el movimiento revolucionario ruso, dice: «Se comprende que no se pueden tener en cuenta estas deudas». Respecto a Francia, Keynes da cifras de este tipo: su activo asciende a tres mil quinientos millones y su pasivo a diez mil quinientos. Y se trata de un país del que los propios franceses decían que era el usurero del mundo entero, porque sus «ahorros» eran colosales; el saqueo colonial y financiero, que le había procurado un capital gigantesco, le permitía prestar miles y miles de millones, sobre todo a Rusia. Esos préstamos le daban unos ingresos gigantescos. Y, pese a la victoria, Francia ha caído en la situación de deudor.
Una fuente burguesa americana, que cita el camarada Braun, comunista, en su libro ¿Quién debe pagar las deudas de guerra? (Leipzig, 1920), determina así la proporción de las deudas respecto a la riqueza nacional: en los países vencedores, en Inglaterra y en Francia, las deudas representan más del 50 % de toda la riqueza nacional. En Italia este porcentaje es de 60-70, en Rusia de 90; pero a nosotros, como sabéis, estas deudas no nos preocupan, porque un poco antes de que apareciera el libro de Keynes seguimos su excelente consejo: anulamos todas las deudas. (Aplausos tempestuosos.)
Keynes, sin embargo, muestra aquí la rareza habitual del filisteo: al dar su consejo de anular todas las deudas, dice que, por supuesto, Francia no hará más que ganar con ello, Inglaterra no perderá mucho, porque de todos modos a Rusia no se le saca nada; América perderá bastante, pero Keynes cuenta con la «nobleza» americana. En este punto discreparemos de Keynes y de los demás pacifistas filisteos. Pensamos que, para que se anulen las deudas, tendrán que esperar a otra cosa y trabajar en alguna otra dirección, no en la de contar con la «nobleza» de los señores capitalistas.
De estas brevísimas cifras se ve que la guerra imperialista ha creado una situación imposible también para los países vencedores. Lo indica también la enorme desproporción entre los salarios y la subida de los precios. El Consejo Económico Supremo15, institución que protege el orden burgués del mundo entero contra la revolución creciente, adoptó el 8 de marzo de este año una resolución que termina con un llamamiento al orden, a la laboriosidad y al ahorro, a condición, por supuesto, de que los obreros sigan siendo esclavos del capital. Este Consejo Económico Supremo, órgano de la Entente, órgano de los capitalistas de todo el mundo, hizo el siguiente balance.
Los precios de los productos subieron por término medio en los Estados Unidos de América un 120 %, mientras que los salarios solo aumentaron allí un 100 %. En Inglaterra, los productos un 170 % y los salarios un 130 %. En Francia, los precios de los productos un 300 % y los salarios un 200 %. En el Japón, los productos un 130 % y los salarios un 60 % (comparo las cifras del camarada Braun en el folleto antes citado y las del Consejo Económico Supremo publicadas en The Times del 10 de marzo de 1920). Está claro que en semejante situación el aumento de la indignación de los obreros, el auge de los estados de ánimo y de las ideas revolucionarias, el auge de las huelgas espontáneas de masas son inevitables. Porque la situación de los obreros se hace insoportable. Los obreros se convencen por experiencia de que los capitalistas se han enriquecido desmesuradamente con la guerra y cargan los gastos y las deudas sobre las espaldas de los obreros. Hace poco el telégrafo nos comunicó que América quiere deportarnos a Rusia otros 500 comunistas para librarse de los «agitadores nocivos». Aunque América nos deportara no 500, sino 500 000 «agitadores» rusos, americanos, japoneses y franceses, la cosa no cambiaría, porque seguirá existiendo esa desproporción de precios contra la que no pueden hacer nada. Y no pueden hacer nada porque la propiedad privada está entre ellos protegidísima, es «sagrada»; no hay que olvidarlo, porque la propiedad privada de los explotadores solo se ha destruido en Rusia. Contra esta desproporción de precios los capitalistas no pueden hacer nada, y los obreros no pueden vivir con el viejo salario. Contra esta calamidad no se puede hacer nada con ninguno de los viejos métodos; ni las huelgas aisladas, ni la lucha parlamentaria, ni las votaciones pueden hacer nada, porque «la propiedad privada es sagrada» y los capitalistas han acumulado tales deudas que el mundo entero está sojuzgado por un puñado de personas; y entretanto las condiciones de vida de los obreros se hacen cada vez más insoportables. No hay más salida que la abolición de la «propiedad privada» de los explotadores.
El camarada Lapinski16, en su folleto Inglaterra y la revolución mundial, del que nuestro Vestnik Narodnogo Komissariata Inostrannyj Del publicó en febrero de 1920 valiosos extractos, señala que en Inglaterra los precios de exportación del carbón han resultado el doble de lo que suponían los círculos industriales oficiales.
En el Lancashire se ha llegado a que la revalorización de las acciones se ha cifrado en un 400 %. Los beneficios de los bancos son del 40-50 % como mínimo, y hay que señalar además que, al determinar los beneficios de los bancos, todos los banqueros saben hacer pasar de tapadillo la parte del león de los beneficios, de modo que no se llama beneficio, sino que se esconde bajo la forma de gratificaciones, tantos por ciento de consejeros, etc. Así que también aquí hechos económicos indiscutibles muestran que la riqueza de un puñado ínfimo de personas ha crecido de modo increíble, que un lujo inaudito rebasa todos los límites, y que al mismo tiempo la miseria de la clase obrera se agrava cada vez más. Hay que señalar en especial otra circunstancia que subrayó de modo muy gráfico el camarada Levi en su informe antes citado: el cambio del valor del dinero. El dinero se ha depreciado en todas partes a causa de las deudas, de la emisión de papel moneda, etc. La misma fuente burguesa que ya he citado, es decir, la declaración del Consejo Económico Supremo del 8 de marzo de 1920, calcula que en Inglaterra la depreciación del dinero respecto al dólar es aproximadamente de un tercio; en Francia e Italia, de dos tercios, y en Alemania llega al 96 %.
Este hecho muestra que la «mecánica» de la economía capitalista mundial se descompone por entero. Las relaciones comerciales en las que descansa, bajo el capitalismo, la obtención de materias primas y la venta de los productos no pueden continuar; no pueden continuar precisamente sobre la base de la subordinación de toda una serie de países a un solo país, debido al cambio del valor del dinero. Ningún país, ni el más rico, puede existir ni puede comerciar, porque no puede vender sus productos ni obtener materias primas.
Y así resulta que la misma América empieza a tener dificultades para comprar y vender en el extranjero. Y el mismo Keynes, que se las sabe todas tras pasar por las negociaciones de Versalles, se ve obligado a reconocer esta imposibilidad, pese a toda su inflexible decisión de defender el capitalismo, pese a todo su odio al bolchevismo. Dicho sea de paso, no creo que ningún llamamiento comunista, ni en general revolucionario, pueda compararse por su fuerza con las páginas de Keynes en las que describe a Wilson y el «wilsonismo» en la práctica. Wilson era el ídolo de los filisteos y de los pacifistas como Keynes y de una serie de héroes de la II Internacional, e incluso de la Internacional «dos y media»17, que rezaban a los «14 puntos» y escribían incluso libros «sabios» sobre las «raíces» de la política de Wilson, con la esperanza de que Wilson salvaría la «paz social», reconciliaría a los explotadores con los explotados y realizaría reformas sociales. Keynes ha mostrado de modo palpable cómo Wilson resultó un bobo, y todas esas ilusiones se hicieron añicos al primer contacto con la política práctica, mercachifle y tendera del capital, en la persona de los señores Clemenceau y Lloyd George. Las masas obreras ven ahora cada vez más claro por la experiencia de su vida, y los sabios pedantes podrían verlo incluso por el libro de Keynes, que las «raíces» de la política de Wilson se reducían a una estupidez de cura, a la frase pequeñoburguesa, a una completa incomprensión de la lucha de clases.
En virtud de todo esto se derivan de modo completamente inevitable y natural dos condiciones, dos situaciones fundamentales. Por un lado, la miseria y la ruina de las masas han crecido de modo inaudito, y ante todo para mil doscientos cincuenta millones de personas, es decir, el 70 % de toda la población de la tierra. Son los países coloniales, dependientes, con una población jurídicamente privada de derechos, países sobre los que se ha entregado un «mandato» a los bandidos financieros. Además, la esclavitud de los países vencidos la han sellado el Tratado de Versalles y los tratados secretos que existen respecto a Rusia, que, es verdad, en cuanto a su vigencia, son a veces tan reales como los papeles en los que está escrito que debemos tantos y cuantos miles de millones. Tenemos en la historia mundial el primer caso de consagración jurídica del saqueo, de la esclavitud, de la dependencia, de la miseria y del hambre para mil doscientos cincuenta millones de personas.
Y, por otro lado, en cada uno de los países que han resultado acreedores, los obreros se han encontrado en una situación insoportable. La guerra ha traído una agudización inaudita de todas las contradicciones capitalistas; esa es la fuente de la profundísima efervescencia revolucionaria que no deja de extenderse. En la guerra los hombres estaban sometidos a la disciplina militar, eran enviados a la muerte o se les amenazaba con un castigo militar inmediato. Las condiciones de la guerra no permitían mirar la realidad económica. Los escritores, los poetas, los curas, toda la prensa se dedicaban a glorificar la guerra, y nada más. Ahora que la guerra ha terminado, han empezado las revelaciones. Ha quedado desenmascarado el imperialismo alemán con su paz de Brest-Litovsk. Ha quedado desenmascarada la paz de Versalles, que debía ser la victoria del imperialismo y ha resultado su derrota. El ejemplo de Keynes muestra, entre otras cosas, cómo decenas y cientos de miles de personas de la pequeña burguesía, de los intelectuales, de la gente simplemente algo instruida y alfabetizada de Europa y de América tendrán que seguir el camino que siguió Keynes, que dimitió y arrojó a la cara de su gobierno un libro que lo acusa. Keynes ha mostrado lo que pasa y pasará en la consciencia de miles y cientos de miles de personas cuando comprendan que todos esos discursos sobre la «guerra por la libertad», etc., eran un puro engaño, que como resultado solo se ha enriquecido un número insignificante, y los demás se han arruinado y han caído en la servidumbre. ¡Si el burgués Keynes dice que los ingleses, para salvar su vida, para salvar la economía inglesa, deben conseguir que se restablezcan las relaciones comerciales libres entre Alemania y Rusia! ¿Y cómo se puede conseguir eso? ¡Anulando todas las deudas, como propone Keynes! No es una idea solo del sabio economista Keynes. A esta idea llegan y llegarán millones. Y millones de personas oyen decir a los economistas burgueses: no hay más salida que la anulación de las deudas, y por eso, dicen, «¡malditos sean los bolcheviques!» (que han anulado las deudas), ¡y apelemos a la «nobleza» de América! Creo que a esos economistas, agitadores en favor del bolchevismo, habría que enviarles en nombre del congreso de la Internacional Comunista un mensaje de agradecimiento.
Si, por un lado, la situación económica de las masas se ha hecho insoportable y si, por otro, entre la ínfima minoría de los omnipotentes países vencedores ha empezado y se acentúa la descomposición que ilustra Keynes, tenemos ante nosotros precisamente el crecimiento de las dos condiciones de la revolución mundial.
Tenemos ahora ante los ojos un cuadro algo más completo del mundo entero. Sabemos lo que significa esa dependencia de mil doscientos cincuenta millones de personas respecto a un puñado de ricos, personas a las que se pone en condiciones de existencia imposibles. Y, por otra parte, cuando se presentó a los pueblos el pacto de la Sociedad de Naciones, según el cual la Sociedad de Naciones declara que ha puesto fin a las guerras y que en adelante no permitirá a nadie romper la paz, cuando ese pacto, como última esperanza de las masas trabajadoras de todo el mundo, entró en vigor, resultó ser una grandísima victoria para nosotros. Cuando todavía no había entrado en vigor, se decía: no se puede dejar de someter a un país como Alemania a condiciones especiales; ya veréis, cuando haya pacto, qué bien saldrá. ¡Y cuando se publicó el pacto, los adversarios más furibundos del bolchevismo tuvieron que renegar de él! ¡Cuando el pacto empezó a entrar en vigor, resultó que se había puesto a un grupo ínfimo de los países más ricos, a esos «cuatro gordos» (Clemenceau, Lloyd George, Orlando y Wilson), a organizar las nuevas relaciones! ¡Cuando se puso en marcha la máquina del pacto, condujo a la descomposición completa!
Lo hemos visto en las guerras contra Rusia. Una Rusia débil, arruinada, aplastada, el país más atrasado, lucha contra todas las naciones, contra la alianza de las potencias ricas y poderosas que dominan toda la tierra, y resulta vencedora. No podíamos oponerles una fuerza que fuera ni de lejos igual, y hemos resultado vencedores. ¿Por qué? Porque entre ellos no había ni sombra de unidad, porque una potencia actuaba contra otra. Francia quería que Rusia le pagara las deudas y fuera una fuerza temible contra Alemania; Inglaterra quería el reparto de Rusia; Inglaterra intentó apoderarse del petróleo de Bakú y firmar un tratado con los Estados periféricos de Rusia. Y entre los documentos oficiales ingleses hay un libro donde se enumeran con extraordinaria escrupulosidad todos los Estados (se contaron catorce) que hace medio año, en diciembre de 1919, prometieron tomar Moscú y Petrogrado. Sobre esos Estados construía Inglaterra su política, les prestaba millones y millones. Pero ahora todos esos cálculos se han venido abajo y todos los préstamos se han ido a pique.
Esa es la situación que ha creado la Sociedad de Naciones. Cada día de existencia de este pacto es la mejor agitación en favor del bolchevismo. Porque los defensores más poderosos del «orden» capitalista muestran que en cada cuestión se ponen la zancadilla unos a otros. Por el reparto de Turquía, Persia, Mesopotamia y China hay una rebatiña rabiosa entre el Japón, Inglaterra, América y Francia. La prensa burguesa de estos países está llena de los ataques más rabiosos, de las salidas más enconadas contra sus «colegas» porque les quitan el botín delante de las narices. Vemos una descomposición completa en lo alto, entre este puñado del número más ínfimo de países riquísimos. Es imposible que mil doscientos cincuenta millones de personas vivan como quiere esclavizarlas el capitalismo «avanzado» y civilizado, y eso es el 70 % de la población de la tierra. Y el puñado ínfimo de las potencias más ricas, Inglaterra, América y el Japón (el Japón tuvo la posibilidad de saquear los países orientales, asiáticos, pero no puede tener ninguna fuerza financiera ni militar propia sin el apoyo de otro país), esos dos o tres países no son capaces de organizar las relaciones económicas y orientan su política a hacer fracasar la política de sus copartícipes y socios en la Sociedad de Naciones. De ahí se deriva la crisis mundial. Y estas raíces económicas de la crisis son la causa fundamental de que la Internacional Comunista obtenga éxitos brillantes.
¡Camaradas! Llegamos ahora a la cuestión de la crisis revolucionaria como base de nuestra acción revolucionaria. Y aquí hay que señalar, ante todo, dos errores extendidos. Por un lado, los economistas burgueses presentan esta crisis como una simple «inquietud», según la elegante expresión de los ingleses. Por otro lado, a veces los revolucionarios intentan demostrar que la crisis no tiene absolutamente ninguna salida. Es un error. No hay situaciones absolutamente sin salida. La burguesía se comporta como una fiera de presa insolente que ha perdido la cabeza; comete una tontería tras otra, agravando la situación y acelerando su perdición. Todo eso es así. Pero no se puede «demostrar» que no haya absolutamente ninguna posibilidad de que adormezca a tal o cual minoría de los explotados con tales o cuales concesioncillas, de que aplaste tal o cual movimiento o levantamiento de tal o cual parte de los oprimidos y explotados. Intentar «demostrar» de antemano la falta «absoluta» de salida sería pura pedantería o un juego de conceptos y de palabrejas. La verdadera «demostración» en esta y en otras cuestiones semejantes solo puede darla la práctica. El régimen burgués de todo el mundo atraviesa la mayor crisis revolucionaria. Hay que «demostrar» ahora con la práctica de los partidos revolucionarios que tienen la suficiente consciencia, organización, vínculo con las masas explotadas, decisión y habilidad para aprovechar esta crisis en favor de una revolución afortunada, de una revolución victoriosa. Para preparar esta «demostración» nos hemos reunido, principalmente, en este congreso de la Internacional Comunista.
Como ejemplo de hasta qué punto domina todavía el oportunismo en los partidos que desean adherirse a la III Internacional, de lo lejos que está todavía el trabajo de algunos partidos de preparar a la clase revolucionaria para aprovechar la crisis revolucionaria, citaré al jefe del «Partido Laborista Independiente» inglés, Ramsay MacDonald18. En su libro Parlamento y revolución, dedicado precisamente a las cuestiones fundamentales que también a nosotros nos ocupan ahora, MacDonald describe la situación más o menos con el espíritu de los pacifistas burgueses. Reconoce que hay una crisis revolucionaria, que el estado de ánimo revolucionario crece, que las masas obreras simpatizan con el poder soviético y con la dictadura del proletariado (fijaos: se trata de Inglaterra), que la dictadura del proletariado es mejor que la actual dictadura de la burguesía inglesa.
Pero MacDonald sigue siendo de pies a cabeza un pacifista burgués y un conciliador, un pequeñoburgués que sueña con un gobierno por encima de las clases. MacDonald reconoce la lucha de clases solo como un «hecho descriptivo», igual que todos los embusteros, sofistas y pedantes de la burguesía. MacDonald pasa en silencio la experiencia de Kérenski y de los mencheviques y eseristas en Rusia, la experiencia análoga de Hungría, de Alemania, etc., en cuanto a la creación de un gobierno «democrático» y supuestamente por encima de las clases. MacDonald adormece a su partido y a los obreros que tienen la desgracia de tomar a este burgués por un socialista y a este filisteo por un jefe, con estas palabras: «Sabemos que esto (es decir, la crisis revolucionaria, la efervescencia revolucionaria) pasará, se calmará». La guerra, dice, provocó inevitablemente la crisis, pero después de la guerra, aunque no sea enseguida, ¡«todo se calmará»!
Y así escribe un hombre que es jefe de un partido que desea adherirse a la III Internacional. Tenemos aquí una revelación, de una franqueza poco común y por eso tanto más valiosa, de lo que se observa no con menos frecuencia en las alturas del Partido Socialista Francés y del Partido Socialdemócrata «Independiente» alemán, a saber: no solo la incapacidad, sino también la falta de voluntad de aprovechar en sentido revolucionario la crisis revolucionaria, o, con otras palabras, la incapacidad y la falta de voluntad de llevar a cabo una preparación verdaderamente revolucionaria del partido y de la clase para la dictadura del proletariado.
Ese es el mal fundamental de muchísimos partidos que ahora se apartan de la II Internacional. Y precisamente por eso, en las tesis que he presentado a este congreso, me detengo sobre todo en la definición más concreta y precisa posible de las tareas de preparación para la dictadura del proletariado.
Otro ejemplo más. Acaba de publicarse un nuevo libro contra el bolchevismo. Libros de este tipo salen ahora en Europa y en América en cantidad extraordinaria, y cuantos más libros salen contra el bolchevismo, con más fuerza y rapidez crecen en las masas las simpatías hacia él. Me refiero al libro de Otto Bauer19 ¿Bolchevismo o socialdemocracia?. Aquí se muestra de modo palpable a los alemanes lo que es el menchevismo, cuyo papel vergonzoso en la revolución rusa han comprendido bastante bien los obreros de todos los países. Otto Bauer ha dado un panfleto menchevique de pies a cabeza, aunque haya ocultado su simpatía por el menchevismo. Pero en Europa y en América es preciso ahora difundir un conocimiento más exacto de lo que es el menchevismo, porque es el concepto genérico de todas las corrientes supuestamente socialistas, socialdemócratas, etc., hostiles al bolchevismo. A nosotros, los rusos, nos aburriría escribir para Europa sobre lo que es el menchevismo. Otto Bauer lo ha mostrado en la práctica en su libro, y damos las gracias de antemano a los editores burgueses y oportunistas que lo editen y lo traduzcan a distintas lenguas. El libro de Bauer será un complemento útil, aunque peculiar, de los manuales de comunismo. Tomad cualquier párrafo, cualquier razonamiento de Otto Bauer y demostrad dónde está ahí el menchevismo, dónde están las raíces de las ideas que llevan a la práctica de los traidores al socialismo, de los amigos de Kérenski, de Scheidemann, etc.: esa sería una tarea que con provecho y con éxito podría ponerse en los «exámenes» para comprobar si se ha asimilado el comunismo. Si no sois capaces de resolver esta tarea, todavía no sois comunistas y más vale que no entréis en el partido comunista. (Aplausos.)
Otto Bauer ha expresado de modo excelente toda la esencia de las ideas del oportunismo mundial en una frase por la que, si mandáramos libremente en Viena, deberíamos levantarle un monumento en vida. El empleo de la violencia en la lucha de clases de las democracias modernas, ha sentenciado O. Bauer, sería una «violencia contra los factores sociales de poder».
¿Quizá os parezca que suena extraño e incomprensible? He aquí un ejemplo de hasta dónde han llevado el marxismo, de a qué trivialidad y a qué defensa de los explotadores se puede llevar la teoría más revolucionaria. Hace falta la variedad alemana del filisteísmo, y obtendréis la «teoría» de que los «factores sociales de poder» son el número, la organización, el lugar en el proceso de producción y distribución, la actividad, la instrucción. Si el jornalero agrícola en el campo, el obrero en la ciudad ejercen la violencia revolucionaria contra el terrateniente y el capitalista, eso no es en absoluto la dictadura del proletariado, no es en absoluto violencia contra los explotadores y opresores del pueblo. Nada de eso. Es «violencia contra los factores sociales de poder».
Quizá mi ejemplo haya resultado un poco humorístico. Pero tal es la naturaleza del oportunismo actual, que su lucha contra el bolchevismo se convierte en humorismo. Arrastrar a la clase obrera, a todo lo que hay en ella de pensante, a la lucha del menchevismo internacional (los MacDonald, los O. Bauer y compañía) contra el bolchevismo es lo más útil, lo más urgente para Europa y para América.
Aquí debemos plantear la cuestión de qué explica la solidez de tales corrientes en Europa y por qué este oportunismo es más fuerte en Europa occidental que entre nosotros. Pues porque los países avanzados han creado y crean su cultura gracias a la posibilidad de vivir a costa de mil millones de personas oprimidas. Porque los capitalistas de esos países obtienen mucho más de lo que podrían obtener como ganancia del saqueo de los obreros de su propio país.
Antes de la guerra se calculaba que los tres países más ricos, Inglaterra, Francia y Alemania, obtenían al año, solo por la exportación de capital al extranjero, sin contar otros ingresos, de 8000 a 10 000 millones de francos de renta.
Se comprende que de esta bonita suma se pueden echar aunque sea quinientos millones como dádiva a los jefes obreros, a la aristocracia obrera, para toda clase de sobornos. Todo se reduce precisamente al soborno. Se hace por mil caminos distintos: elevando la cultura en los centros más grandes, creando instituciones educativas, creando miles de puestecillos para los jefes de las cooperativas, para los jefes de las trade-unions, para los jefes parlamentarios. Y esto se hace en todas partes donde existen relaciones capitalistas modernas y civilizadas. Y estos miles de millones de superbeneficios son la base económica sobre la que se sostiene el oportunismo en el movimiento obrero. Tenemos en América, en Inglaterra, en Francia una obstinación inconmensurablemente más fuerte de los jefes oportunistas, de la cúspide de la clase obrera, de la aristocracia obrera; oponen una resistencia más fuerte al movimiento comunista. Y por eso debemos estar preparados para que la liberación de los partidos obreros europeos y americanos de esta enfermedad sea más difícil que entre nosotros. Sabemos que desde la fundación de la III Internacional se han hecho enormísimos progresos en la curación de esta enfermedad, pero no hemos llegado todavía al final decisivo: la depuración de los partidos obreros, de los partidos revolucionarios del proletariado de todo el mundo, de la influencia burguesa, de los oportunistas en su propio seno, dista mucho de haber concluido.
No me detendré en cómo debemos llevarla a cabo en concreto. De ello se habla en mis tesis, que están publicadas. Mi tarea aquí es señalar las profundas raíces económicas de este fenómeno. Esta enfermedad se ha prolongado; su curación se ha prolongado más de lo que podían esperar los optimistas. El oportunismo es nuestro enemigo principal. El oportunismo en las alturas del movimiento obrero es un socialismo no proletario, sino burgués. Está demostrado en la práctica que los dirigentes del movimiento obrero que pertenecen a la corriente oportunista son mejores defensores de la burguesía que los propios burgueses. Sin su dirección de los obreros la burguesía no podría sostenerse. Lo demuestra no solo la historia del régimen de Kérenski en Rusia; lo demuestra la república democrática de Alemania, con su gobierno socialdemócrata a la cabeza; lo demuestra la actitud de Albert Thomas20 hacia su gobierno burgués. Lo demuestra la experiencia análoga de Inglaterra y de los Estados Unidos. Ahí está nuestro enemigo principal, y tenemos que vencer a ese enemigo. Tenemos que salir del congreso con la firme decisión de llevar esta lucha hasta el final en todos los partidos. Esa es la tarea principal.
Comparada con esta tarea, la corrección de los errores de la corriente «izquierdista» del comunismo será una tarea fácil. En toda una serie de países observamos un antiparlamentarismo que no tanto lo traen gentes procedentes de la pequeña burguesía como lo sostienen algunos destacamentos avanzados del proletariado, por odio al viejo parlamentarismo, por un odio legítimo, justo y necesario a la conducta de los parlamentarios en Inglaterra, en Francia, en Italia, en todos los países. Hay que dar directrices de la Internacional Comunista, hacer conocer a los camaradas más de cerca, más estrechamente, la experiencia rusa, el significado de un verdadero partido político proletario. En resolver esta tarea consistirá nuestro trabajo. Y la lucha contra estos errores del movimiento proletario, contra estos defectos, será mil veces más fácil que la lucha contra la burguesía que, bajo la apariencia de reformistas, entra en los viejos partidos de la II Internacional y orienta todo su trabajo con un espíritu no proletario, sino burgués.
Camaradas, para terminar, me detendré todavía en otro aspecto del asunto. El camarada presidente ha dicho aquí que el congreso merece el nombre de mundial. Creo que tiene razón, sobre todo porque tenemos aquí no pocos representantes del movimiento revolucionario de los países coloniales y atrasados. Es solo un débil comienzo, pero ya es importante que se haya hecho ese comienzo. La unión de los proletarios revolucionarios de los países capitalistas avanzados con las masas revolucionarias de los países donde no hay proletariado o casi no lo hay, con las masas oprimidas de los países coloniales, orientales: esta unión se está produciendo en el presente congreso. Y depende de nosotros (estoy seguro de que lo haremos) consolidar esta unión. El imperialismo mundial tiene que caer cuando la embestida revolucionaria de los obreros explotados y oprimidos dentro de cada país, venciendo la resistencia de los elementos filisteos y la influencia de la ínfima cúspide de la aristocracia obrera, se una a la embestida revolucionaria de los cientos de millones de seres humanos que hasta ahora han estado fuera de la historia, que se han considerado solo como su objeto.
La guerra imperialista ha ayudado a la revolución: la burguesía ha sacado soldados de las colonias, de los países atrasados, de su abandono, para que participaran en esta guerra imperialista. La burguesía inglesa inculcaba a los soldados de la India que la tarea de los campesinos indios era defender a Gran Bretaña contra Alemania; la burguesía francesa inculcaba a los soldados de las colonias francesas que la tarea de los negros era defender a Francia. Les enseñaron a manejar las armas. Es un saber extraordinariamente útil, y por ello podríamos dar las gracias más profundas a la burguesía, darle las gracias en nombre de todos los obreros y campesinos rusos y en especial en nombre de todo el Ejército Rojo ruso. La guerra imperialista ha arrastrado a los pueblos dependientes a la historia mundial. Y una de nuestras tareas más importantes ahora es pensar cómo poner la primera piedra de la organización del movimiento soviético en los países no capitalistas. Allí los soviets son posibles; no serán soviets obreros, serán soviets campesinos o soviets de trabajadores.
Hará falta mucho trabajo, serán inevitables los errores, se encontrarán muchas dificultades en este camino. La tarea fundamental del II Congreso es elaborar o esbozar los principios prácticos para que el trabajo, que hasta ahora se hacía de modo desorganizado entre cientos de millones de personas, se haga de modo organizado, cohesionado y sistemático.
Un año, o poco más, después del congreso de la Internacional Comunista, nos presentamos ahora como vencedores frente a la II Internacional; las ideas soviéticas están ahora difundidas no solo entre los obreros de los países civilizados, no solo les son comprensibles y conocidas; los obreros de todos los países se ríen de los sabihondos, entre los que no pocos se llaman socialistas y razonan a lo liberal, a lo filisteo, sobre el «sistema» soviético, como gustan de decir los alemanes sistemáticos, o sobre la «idea» soviética, como dicen los socialistas «gremiales» ingleses; estos razonamientos sobre el «sistema» y la «idea» soviéticos a menudo enturbian los ojos y las mentes de los obreros. Pero los obreros barren esa basura pedante y empuñan el arma que les han dado los soviets. La comprensión del papel y del significado de los soviets se ha extendido ahora también a los países de Oriente.
Se ha puesto el comienzo del movimiento soviético en todo Oriente, en toda Asia, entre todos los pueblos coloniales.
La tesis de que el explotado debe alzarse contra el explotador y crear sus soviets no es demasiado complicada. Después de nuestra experiencia, después de dos años y medio de república soviética en Rusia, después del I Congreso de la III Internacional, se hace accesible a cientos de millones de masas oprimidas por los explotadores en todo el mundo; y si en Rusia nos vemos ahora obligados a menudo a concertar compromisos, a ganar tiempo, porque somos más débiles que los imperialistas internacionales, sabemos que los mil doscientos cincuenta millones de habitantes son la masa cuyos intereses defendemos. Por ahora nos estorban las trabas, los prejuicios, la ignorancia, que cada hora que pasa se quedan en el pasado; pero cuanto más avanzamos, más representamos y defendemos de hecho a ese 70 % de la población de la tierra, a esa masa de trabajadores y explotados. Podemos decir con orgullo: en el primer congreso no éramos, en el fondo, más que propagandistas, solo lanzábamos al proletariado de todo el mundo las ideas fundamentales, solo lanzábamos el llamamiento a la lucha, solo preguntábamos: ¿dónde están los hombres capaces de seguir este camino? Ahora tenemos en todas partes un proletariado avanzado. Hay en todas partes un ejército proletario, aunque a veces mal organizado y necesitado de reorganización, y si nuestros camaradas internacionales nos ayudan ahora a organizar un ejército único, ningún defecto nos impedirá llevar a cabo nuestra obra. Esa obra es la obra de la revolución proletaria mundial, la obra de la creación de la república soviética mundial. (Aplausos largos y prolongados. La orquesta toca «La Internacional».)
Zinóviev. El discurso del camarada Lenin no se traducirá a las demás lenguas durante la sesión, pero se repartirá a los delegados una traducción escrita. Tiene la palabra el camarada Rosmer.
Rosmer21 (Francia). En nombre de los obreros y campesinos de Francia, doy las gracias a los trabajadores de Petrogrado por la acogida fraternal que ha conmovido profundamente a todos los delegados franceses. Tuvisteis una idea magnífica al decidir recibir a todos los delegados en el Smolny, para mostrar a través de qué sufrimientos y pruebas ha llegado el proletariado ruso a la victoria que hoy celebramos. Las palabras del camarada Kalinin, que dijo que ya es hora de que el proletariado internacional demuestre su solidaridad con el pueblo ruso, han quedado grabadas en la memoria de todos los presentes. Los obreros franceses son conscientes de que no han prestado al pueblo ruso una ayuda bastante enérgica, en parte porque no conocían lo suficiente su situación, en parte porque los había engañado una propaganda malintencionada y en parte porque no eran lo bastante fuertes para imponer su voluntad. Ahora los delegados franceses, de regreso en Francia, podrán dar a conocer a los obreros y campesinos franceses lo que ocurre en Rusia. Prometen que pondrán una energía diez veces mayor en conseguir que los obreros y campesinos franceses comprendan que aquí se lucha y se muere por la causa común del mundo entero. Prometen hacer todos los esfuerzos para lograr que también los obreros franceses entren en las filas del proletariado que actúa. Consideran su deber saludar con especial calor al proletariado del Petrogrado rojo, que con un heroísmo, una abnegación y una firmeza excepcionales ha rechazado todas las maquinaciones de la contrarrevolución y se ha ganado el respeto particular del proletariado mundial. Rosmer lee el texto del saludo al proletariado de Petrogrado, que dice así:
Sigue el saludo «A los obreros de Petrogrado», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.
Zinóviev. El congreso desea dirigir un saludo al Ejército Rojo de la República rusa. Tiene la palabra el camarada Serrati, representante de los obreros italianos.
Serrati22 (Italia). En nombre del Partido Socialista Italiano, adherido a la Internacional Comunista, saludo al valeroso Ejército Rojo de Rusia, defensor del gran ideal del proletariado mundial. Cuando estalló la guerra mundial, los traidores a la clase obrera quisieron convencerla en Italia de que era necesario pasarse al lado de la burguesía. Difundían entonces la teoría de que, puesto que el proletariado tendría las armas en la mano, podría conseguir la paz y hacer realidad sus reivindicaciones. Pero el Partido Socialista Italiano rompió con aquellos socialtraidores. Decía que, con fusiles o sin fusiles, lucharía siempre del lado de la clase obrera contra la burguesía.
Y ahora el gran Ejército Rojo lo ha demostrado con la experiencia. Ha escrito en la historia con letras de oro que los cañones y los fusiles solo son armas cuando la clase obrera sabe cómo emplearlos, cuando comprende que todo eso solo le servirá para conquistar el gran ideal del proletariado contra la burguesía del mundo entero. Ese valeroso y gran ejército que combate y obtiene victoria tras victoria, en el frente del Sur contra Wrangel y en el Oeste contra los polacos, ese Ejército Rojo no está solo: con él luchan también los obreros ingleses, los marinos italianos y los marinos alemanes de Kiel. Y en todas partes donde hay proletarios, estos impiden con huelgas y otros medios que se envíen armas mortíferas al frente polaco. En todas partes donde demuestran con su lucha sangrienta que no quieren servir a los intereses de la burguesía, en todas partes hay defensores y partidarios del gran Ejército Rojo proletario.
¡Que esté cerca el día en que el Ejército Rojo proletario no se componga solo de proletarios rusos, sino de proletarios del mundo entero; en que todos los trabajadores, unidos por la consciencia del gran ideal del socialismo, formen un solo ejército grande e invencible, capaz de abatir de una vez para siempre el capitalismo y acabar con todo lo que es su herencia; en que los proletarios del mundo entero y los valerosos soldados rojos puedan librarse definitivamente de su servidumbre a la guerra y puedan, no solo con los cañones, sino también con la vuelta al trabajo pacífico, liberar al mundo entero de lo que siempre ha oprimido a la clase obrera!
En nombre de esta gran idea, y sin hablar ya de los servicios que el Ejército Rojo ha prestado al proletariado mundial, propongo en nombre de todos los partidos representados en la Internacional Comunista que se apruebe el siguiente saludo al Ejército Rojo y a la Flota Roja de la RSFSR:
Sigue el saludo «Al Ejército Rojo y a la Flota Roja de la RSFSR», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.
Zinóviev. El congreso se propone dirigir un llamamiento especial a todos los obreros del mundo a propósito de uno de nuestros destacamentos, que se encuentra ahora en una situación especialmente penosa y sufre sacrificios inmensos: me refiero al proletariado húngaro. Tiene la palabra el representante de los comunistas austriacos, camarada Steinhardt.
Steinhardt23 (Austria). ¡Camaradas! En marzo del año pasado, cuando el congreso de la III Internacional terminaba sus trabajos y comenzaba el VIII Congreso del Partido Comunista de Rusia, recibimos en Moscú un telegrama del camarada Béla Kun24 en el que comunicaba que los obreros de Hungría habían tomado el poder en sus manos y que se había constituido la República Soviética Húngara. Pese a toda nuestra alegría por este gran acontecimiento, pensábamos no sin inquietud en las circunstancias en que se había producido. Porque el poder de los soviets en Hungría no se había conquistado mediante una larga y sangrienta lucha con la burguesía; el poder se había tomado sin lucha de manos de la burguesía y con la participación de gentes que el proletariado internacional conoce como pertenecientes a las capas más reaccionarias de los partidos socialdemócratas de todos los países, a saber, con la participación de los socialdemócratas húngaros.
Lo que temíamos es lo que sucedió luego en la realidad. Desde los primeros días comenzó el sabotaje por parte del Partido Socialdemócrata Húngaro, que se había unido con el partido comunista (esta unificación es el mayor error del Partido Comunista Húngaro); el sabotaje por parte de las organizaciones sindicales; la burguesía y el capital internacional, todos se unieron para derribar al gobierno soviético húngaro. Y lo que inevitablemente tenía que ocurrir, ocurrió. El gobierno soviético húngaro, amenazado por los boyardos y los bandidos rumanos, acosado por las tropas mercenarias inglesas, marcadas para siempre en la historia universal junto con Horthy25, amenazado por el norte por los checoslovacos y abandonado sin apoyo por la Austria alemana, pues la socialdemocracia austriaca le había declarado la guerra, y sin apoyo por parte de Alemania, tuvo que librar desde los primeros días una lucha desesperada.
Y sin embargo, camaradas, aquella revolución fue un gran acontecimiento, porque por primera vez en la historia del comunismo surgió una República Soviética entre los Estados capitalistas de Europa occidental, justo en medio del campo enemigo; y eso era, a ojos de los capitalistas de Occidente, un crimen que había que expiar a cualquier precio. Las infamias que se cometen desde hace un año en Hungría son sencillamente indescriptibles: no hay nada más inhumano que lo que hacen las bandas de Horthy con los obreros, sean comunistas, socialdemócratas o incluso socialistas cristianos. Esa es la situación en que se encuentra un país indefenso.
El deber de la Internacional Comunista en este lugar histórico, en esta hora histórica excepcional, es protestar, pero no solo con palabras: protestar con la acción más resuelta contra las bandas de Horthy. Del mismo modo que los obreros de Checoslovaquia se unieron para no enviar a Polonia ni armas ni un solo vagón de material de guerra, del mismo modo que en la Austria alemana y en Alemania nuestros obreros y los comités de fábrica se pusieron de acuerdo para que no se enviara ni un solo vagón contra la Rusia soviética, del mismo
modo debemos unirnos también nosotros para, junto con nuestros camaradas, convertir de nuevo la Hungría actual de Horthy en una Hungría soviética, en un país civilizado, y expulsar de allí por todos los medios a esa horda salvaje.
Por eso os pido, camaradas, que aprobéis por unanimidad y sin debate el siguiente llamamiento a todos los proletarios, y que en todos los países actuéis a cada hora con arreglo a su espíritu, porque es precisamente en la acción donde está todo:
Sigue el llamamiento «Contra los verdugos de Hungría», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.
Marchlewski26 (Polonia). Permitidme describir aquí la situación de Polonia. Los obreros rusos saben que los obreros revolucionarios polacos estuvieron en 1905-1906 entre los iniciadores de la revolución contra el zarismo ruso. Pese a que la liberación del Estado polaco —una liberación, a decir verdad, ilusoria, porque ese Estado se ha convertido en instrumento en manos de la Entente—, pese a que la destrucción del yugo bajo el que vivía el pueblo polaco fue obra de la revolución, los obreros polacos no supieron aprovechar esta feliz coincidencia de circunstancias. La cuestión es que la guerra europea, la guerra imperialista, dispersó al proletariado polaco en todas direcciones: cientos de miles de obreros polacos fueron evacuados a Rusia, cientos de miles a Alemania. Y entonces unos aventureros, esos señores que solo tienen detrás a las capas pequeñoburguesas, lograron hacerse con el poder y luego, con ayuda de la Entente, lograron formar grandes fuerzas para luchar contra la Rusia soviética. Desde el primer momento los comunistas polacos lucharon contra ese crimen, y esa lucha les ha costado mucha sangre. Sabéis que la invasión de Rusia empezó con el asesinato vergonzoso y vil, a manos de gendarmes polacos, de la misión de la Cruz Roja que encabezaba uno de nuestros mejores hombres, el camarada Wesołowski27. Habéis leído que las tropelías que se cometen en Polonia contra los comunistas solo pueden compararse con las de Hungría. Sabéis que allí actúan ahora, aliados con la burguesía, los socialtraidores, Daszyński28 y compañía, que son quizá aún peores que los mencheviques rusos y los scheidemannianos alemanes. Pero ha llegado la hora en que el proletariado de Polonia empieza a abrir los ojos, en que la embriaguez imperialista que se había apoderado de una parte de la clase obrera de Polonia ha quedado destruida, y ahora, cuando el victorioso Ejército Rojo avanza, cuando ayuda a destruir la fuerza que hasta ahora dominaba Polonia, tenemos la firme esperanza de que la causa de la revolución polaca avanzará rápidamente. Pero, camaradas, recordemos que tenemos entre manos una tarea difícil; recordemos que el acto insolente de lord Curzon29, que el gobierno soviético se ha visto obligado a rechazar, contiene amenazas. Es posible que las tropas inglesas y francesas no acudan en ayuda de la Polonia blanca contra la revolución polaca y contra la República Soviética rusa, pero nuestros enemigos tratarán de lanzar contra nosotros al ejército rumano y quizá a las tropas que ya les ha organizado el señor Noske. Puede que cientos de miles de voluntarios alemanes vayan al frente polaco para estrangular a la Polonia revolucionaria y a la Rusia soviética.
Por eso, camaradas, el congreso de la III Internacional debe recordar que queremos distinguirnos de la II Internacional y ser no una Internacional de palabras, sino una Internacional de hechos. Vuestro deber ahora es ayudar a que esta guerra criminal termine pronto, y entonces, no lo dudo, las hordas de la burguesía que nos amenazan acabarán precisamente como ha acabado hasta ahora todo ejército derrotado. Cuando los ejércitos ruso, alemán y austriaco sufrieron derrotas, se volvieron revolucionarios. Lo mismo ocurrirá en Polonia, y entonces triunfará en ella la República Soviética polaca. Por esta victoria, por esta causa, tendremos todavía, sin embargo, que librar una dura lucha. Nosotros, los comunistas polacos, os juramos que no nos rendiremos, ¡y os pedimos vuestro apoyo, camaradas!
Zinóviev. El congreso tiene la intención de publicar un manifiesto político sobre esta importante cuestión. Voy a dar ahora la palabra, para presentar una propuesta al respecto, al delegado de los comunistas alemanes, camarada Levi.
Levi (Alemania). El camarada Serrati acaba de describir con elocuencia los sentimientos que el proletariado europeo y el proletariado del mundo entero abrigan hacia el Ejército Rojo. Habéis respondido a esas palabras con aplausos entusiastas, y debo decir que me sorprende que sigáis premiando con aplausos que se os hable de los sentimientos del proletariado europeo. Porque los sentimientos del proletariado europeo hacia la revolución rusa y el Ejército Rojo hace mucho que están definidos. Y sin embargo, pese a todos los sentimientos, fueron los proletarios europeos y alemanes quienes impusieron en su día a Rusia el yugo de la paz de Brest-Litovsk; fue el proletariado alemán el que atravesó la región del Báltico y aplastó la revolución en Ucrania y en el sur de Rusia. Pero ahora ha llegado para el proletariado alemán y europeo la hora en que debe mostrar que es capaz de pasar de los sentimientos de simpatía a lo único que puede ayudar a la revolución rusa: a la acción viva.
Precisamente en este momento las tropas rojas avanzan cada vez más y se acercan a Varsovia. Pero aquí, en Polonia, las tropas rojas se encontrarán por primera vez cara a cara con el imperialismo europeo y medirán con él sus fuerzas. Aquellos a quienes han vencido hasta ahora, Denikin, Yudénich y Kolchak, no eran más que sus agentes insignificantes. En torno a Polonia, en cambio, se agrupa el imperialismo europeo, porque Polonia no es en absoluto un mercenario errante de la Entente, sino el destacamento avanzado del imperialismo europeo. Aquí habrá que medir las fuerzas, y aquí el proletariado europeo tendrá que mostrar hasta qué punto es consciente de ello y si es capaz de batir en Polonia no solo a la burguesía polaca, sino también al capitalismo europeo, de batirlo y batirlo hasta quebrarlo. Ese será el primer eslabón de una acción común en la que los proletarios de todos los países tendrán que tomar parte activa. Os proponemos que desde aquí, hacia donde se dirigen las miradas de los proletarios del mundo entero, aprobéis el siguiente llamamiento:
Sigue el llamamiento «A los proletarios y proletarias de todos los países», aprobado por el congreso: véase la página del congreso.
Esta es la tarea a la que llamamos a los proletarios del mundo entero, y «Rusia espera que cada cual cumpla con su deber»30.
Se votan los cuatro saludos, que quedan aprobados.
Se declara clausurada la primera sesión del congreso.
Segunda sesión, viernes 23 de julio de 1920
Lenin declara abierta la sesión.
Serrati da lectura al siguiente reglamento:
Las sesiones plenarias del congreso se celebran de las 11 de la mañana a las 3 de la tarde y de las 6 a las 9 de la noche.
Los ponentes disponen de una hora para su informe y, además, de media hora para el resumen final una vez terminado el debate.
A los coponentes se les concede el mismo tiempo.
Sobre el orden del día cada orador tiene derecho a hablar una sola vez, dos minutos.
Sobre cada cuestión todo delegado tiene derecho a hablar solo dos veces (diez minutos la primera y cinco la segunda).
La palabra solo puede pedirse por escrito.
La votación nominal solo se efectúa a petición de al menos tres delegaciones con voto deliberativo.
Toda propuesta (también sobre el orden del día) debe presentarse a la presidencia por escrito (en una de las dos lenguas oficiales). Al autor de la propuesta solo se le concede la palabra una vez cumplido este requisito.
Serrati da lectura luego al orden del día propuesto por la presidencia:
Papel y estructura del partido comunista antes y después de la conquista del poder por el proletariado.
Los sindicatos y los comités de fábrica.
La cuestión del parlamentarismo.
Las cuestiones nacional y colonial.
La cuestión agraria. 6. Actitud ante las nuevas corrientes del «centro» y condiciones de admisión en la Internacional Comunista.
Estatutos de la Internacional Comunista.
Cuestiones de organización (organizaciones legales e ilegales, organizaciones de mujeres, etc.).
El movimiento comunista de la juventud.
Elecciones.
Varios.
Reed31 (EE. UU.). En nombre de 29 delegados propongo modificar el orden del día poniendo la cuestión del parlamentarismo antes de la cuestión de los sindicatos y los comités de fábrica. Para nosotros, representantes de los países occidentales, es muy importante que la cuestión sindical se discuta a fondo y que se pueda traducir y estudiar todo el material referente a ella, así como preparar enmiendas y adiciones sobre esta cuestión. Propongo además que, para la discusión de esta cuestión, se admita el inglés como una de las lenguas oficiales. Tengo a mi disposición una lista de más de 40 delegados que entienden el inglés. Aquí hay muchos más delegados que entienden el inglés que delegados que entiendan el francés y no sepan inglés.
Serrati. En nombre de la presidencia propongo que se rechace esta propuesta. Hago constar, de paso, que en el Comité Ejecutivo estos mismos camaradas, que ahora proponen discutir la cuestión sindical en tercer lugar, insistían en que se discutiera en primer lugar. El Comité Ejecutivo estableció el orden del día propuesto con plena consciencia de la importancia de unas y otras cuestiones. En cuanto a las lenguas oficiales, declaramos que es imposible admitir el inglés como lengua oficial, porque complicaría demasiado los debates. Por lo demás, los camaradas ingleses pueden hablar en inglés, y se tomarán todas las medidas para que se les traduzcan inmediatamente todos los discursos. Hemos tomado esta decisión con el fin de acelerar los debates.
Se pone a votación la propuesta de Reed y es rechazada por una inmensa mayoría contra 14 votos.
Lenin concede la palabra a Zinóviev para el informe sobre el papel y la estructura del partido comunista antes y después de la conquista del poder por el proletariado.
Zinóviev. ¡Camaradas! Por desgracia, tengo que informar sobre una cuestión bastante compleja en una lengua que no domino lo suficiente. Sin embargo, sobre esta cuestión hay unas tesis detalladas en las cuatro lenguas, de modo que en este informe puedo detenerme solo en algunas de las más importantes.
Vivimos en una época en que se revisan todos los valores y en que, en ciertos círculos, se adopta una actitud negativa ante la cuestión del papel del partido y de la necesidad misma de su existencia. Es notable que también en los medios obreros de países tan avanzados como Inglaterra, América y Francia se observan corrientes bastante fuertes que no comprenden el papel de un partido político propio e incluso lo niegan abiertamente. Y quizá lo más característico del difícil momento que atravesamos sea precisamente la posibilidad misma de plantear semejante cuestión. A mi juicio, ese es el indicador más alto de la crisis que han atravesado el movimiento obrero y el socialismo durante la guerra. Y el hecho mismo de que esta cuestión la planteen ahora círculos bastante amplios y a menudo de forma bastante aguda es consecuencia y expresión de esa crisis, expresión del hundimiento de la II Internacional.
Sabéis que todo un grupo de camaradas que se llaman comunistas y están ligados al movimiento de masas niegan, sin embargo, el partido o comprenden mal su significado. Este punto de vista, o más bien este estado de ánimo, se expresa del modo más acusado en el camarada Pannekoek32, cuyo folleto sobre esta cuestión hemos impreso y os repartiremos hoy o mañana. Encontraréis en ese folleto una veneración ciega por las masas, a las que intenta contraponer al partido como tal. Creo que el folleto de Pannekoek sobre esta cuestión es la mejor propaganda contra el grupo que no comprende el papel del partido comunista y lo niega, como hace, por ejemplo, el Partido Comunista Obrero de Alemania junto con Pannekoek. ¿Qué es, pues, el partido comunista?
Digo en mis tesis: el partido comunista es una parte de la clase obrera, a saber, su parte más avanzada, más consciente y, por tanto, más revolucionaria. Se nos puede objetar: así debería ser, pero no siempre es así. Y es verdad. En efecto, muchos partidos que pertenecían a la II Internacional siguieron tal política, degeneraron hasta tal punto, que al final no estaba con ellos la mejor parte de la clase obrera, no su parte más consciente. Aun así, afirmamos que el partido comunista, en su desarrollo, irá agrupando a la mejor y más consciente parte de la clase obrera. Nos parece imposible contraponer en este sentido el partido a las masas, del mismo modo que es imposible contraponer la cabeza a todo el tronco, o la mano derecha de un hombre a su cuerpo. El partido es precisamente la cabeza de la clase obrera; la organización, la mano derecha del proletario en su lucha por la emancipación.
En la revolución rusa hemos visto masas de miles y de millones, hemos trabajado con ellas codo con codo, juntos hemos sufrido derrotas y juntos hemos vencido. Y a cada paso pudimos comprobar que las masas obreras solo podían actuar con éxito cuando a su cabeza estaba un partido organizado, fuerte por su cohesión, que les indicaba el camino.
A veces los camaradas que se pronuncian contra la necesidad de que exista el partido se sienten en la posición de una oposición de izquierda. A mi modo de ver, no es una oposición de izquierda; al contrario, ese estado de ánimo de protesta contra el partido es una supervivencia de la influencia burguesa sobre el proletariado. La burguesía bebe vino y aconseja al proletariado que beba agua. Todo buen burgués, a los 21 años de edad, ya es miembro de un partido político, pero al obrero acude con la propaganda del apoliticismo de partido, y con bastante frecuencia consigue que el proletario muerda ese anzuelo.
Incluso ahora, después de tres años de revolución, tenemos que comprobar que también en Rusia muerden ese anzuelo sectores bastante amplios de la clase obrera.
La burguesía sigue una política completamente definida al predicar a la clase obrera que no pertenezca a ningún partido. No puede acercarse a los obreros y decirles: «Entrad en nuestro partido burgués», porque los obreros no seguirían ese consejo. Por eso precisamente se lanza una «teoría» que dice a los obreros: no te hace falta un partido, te bastan los sindicatos y otras asociaciones; y no vale la pena que te rompas la cabeza con un programa político. Y como la burguesía tiene en sus manos poderosos medios de propaganda —la escuela, la prensa, el arte, el parlamento—, ha conseguido que la idea del partido le resulte ajena a una parte bastante considerable de la clase obrera y le ha inculcado la falsa idea de que el obrero no necesita partido.
Los círculos que protestan contra el partido y se consideran de izquierda no comprenden lo que sucede y no hacen más que repetir lo que la burguesía les ha inculcado durante decenios con el aparato que tenía en sus manos. Y además, los camaradas que creen que en nuestra época se puede luchar sin la dirección de un partido demuestran con ello que en el fondo no comprenden la época revolucionaria y la subestiman. Si comprendieran que hemos entrado de verdad en un periodo de lucha de clases de lo más tenaz y encarnizada, ante todo verían claro que en un periodo así necesitamos un estado mayor: un partido centralizado. Es evidente que, tras el hundimiento de la II Internacional, después de que quebrara toda una serie de partidos con el socialdemócrata alemán y el francés a la cabeza, en la mente de muchos obreros tenía que surgir inevitablemente la idea de que la idea misma de partido había quebrado. Y, en efecto, se dice a menudo que durante la guerra fracasó la idea misma de partido. Frente a eso decimos en la tesis 4:
«La Internacional Comunista está firmemente convencida de que el hundimiento de los viejos partidos “socialdemócratas” de la II Internacional no puede presentarse en modo alguno como el hundimiento del partido proletario en general. La época de la lucha directa por la dictadura del proletariado engendra un nuevo partido del proletariado: el partido comunista.»
Insistimos en este principio también frente a los sindicalistas revolucionarios, los camaradas de la unión de los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW) y del movimiento de los shop stewards, a quienes consideramos nuestros amigos y hermanos, pero que en esta cuestión mantienen una posición errónea. La bancarrota de los partidos socialpatriotas, la bancarrota de la II Internacional, no es todavía la bancarrota de la idea misma de partido. Con el mismo derecho podríamos objetar a los sindicalistas que también han quebrado Legien33 y los llamados sindicatos «libres» —libres y amarillos— de Alemania, y los sindicalistas franceses con Jouhaux34 a la cabeza. Sin embargo, no sacamos de ello la conclusión de que haya fracasado también la idea misma de los sindicatos. Por consiguiente, tampoco podemos decir que la bancarrota de la II Internacional y de toda una serie de partidos políticos equivalga a la bancarrota del principio mismo de partido. El confusionista «de izquierda» Rühle35 declaró hace poco solemnemente que el principio de partido debe quebrar junto con el principio de la democracia burguesa. Pero eso es sencillamente una tontería. El sistema soviético no solo no excluye la existencia de un partido proletario, sino que, al contrario, la presupone. Desde luego, ese partido tiene que estar hecho de otra pasta que los partidos socialdemócratas de la II Internacional, es decir, tiene que ser un verdadero partido comunista, que organice a la vanguardia de la clase obrera y por medio de ella conduzca a todo el proletariado a la victoria. Si queremos analizar las raíces de esta negación del partido, son las siguientes: la primera y más fundamental es la influencia de la ideología burguesa. Aquí se ha asimilado lo que la burguesía nos ha estado predicando durante años, es decir, que el obrero puede ser «apolítico», que el partido político en general no es necesario y que bastan los sindicatos. Es una concesión a la ideología burguesa y nada más.
La segunda causa es que durante la guerra imperialista toda una serie de viejos partidos socialdemócratas se convirtieron ante nuestros ojos en partidos que traicionan la causa de la clase obrera. Decimos a nuestros camaradas de las filas sindicalistas, de la unión de los Trabajadores Industriales del Mundo y de los shop stewards que la consigna de la época no es en absoluto la negación del partido. No: la tarea de la época en que vivimos, cuando la lucha se hace cada vez más ardiente y tenaz, consiste en que debemos decir: los viejos partidos han fracasado, abajo los viejos partidos, ¡viva el nuevo partido comunista, que debe crearse ahora en las nuevas condiciones! Ocurrirá lo mismo que con el parlamentarismo. Por la traición de todo un grupo de parlamentarios socialdemócratas, sectores muy considerables de la clase obrera se convirtieron en adversarios por principio del parlamentarismo. Pero ahora ya empieza a ser evidente que la nueva época debe traer también hombres nuevos, incluso en esos mismos parlamentos burgueses. Estos camaradas actuarán como verdaderos luchadores y demostrarán a la clase obrera con su actividad que también en el parlamento burgués puede haber auténticos comunistas, que también allí se pueden prestar valiosos servicios al proletariado, como hizo Karl Liebknecht. Debemos hacer propaganda no solo con la palabra, sino también con la acción.
Toda una serie de partidos demuestran con su actividad que es posible crear un partido comunista nuevo, verdaderamente proletario. En nuestras tesis hemos dicho a los sindicalistas que la propaganda de los sindicalistas revolucionarios y de los partidarios de la unión de los Trabajadores Industriales del Mundo que niega la necesidad de que exista un partido obrero independiente solo ha beneficiado objetivamente a la burguesía y a los «socialdemócratas» contrarrevolucionarios. En la medida en que los sindicalistas y los industrialistas hacen agitación contra el partido comunista, al que quieren sustituir por los sindicatos o por unas informes asociaciones obreras «generales», se acercan a los oportunistas declarados. Así, los mencheviques rusos, tras la derrota de la revolución de 1905, predicaron durante varios años la idea del llamado congreso obrero, que debía sustituir al partido revolucionario de la clase obrera. Y los «laboristas» de toda laya de Inglaterra y de América, aplicando en la práctica una política notoriamente burguesa, predican a los obreros la creación de informes uniones obreras en lugar de un partido político. Los sindicalistas revolucionarios y los industrialistas quieren luchar contra la dictadura de la burguesía, pero no saben cómo hacerlo. No se dan cuenta de que la clase obrera sin un partido político independiente es un tronco sin cabeza.
El sindicalismo revolucionario y el industrialismo solo suponen un paso adelante en comparación con la vieja, rancia y contrarrevolucionaria ideología de la II Internacional; pero en comparación con el marxismo revolucionario, es decir, con el comunismo, el sindicalismo y el industrialismo representan un paso atrás. La declaración de los comunistas «de izquierda» de Alemania, hecha en la declaración programática de su congreso constituyente de abril, de que crean un partido, pero «no un partido en el sentido corriente de la palabra», es una capitulación ideológica ante esas concepciones del sindicalismo y del industrialismo, que son reaccionarias.
He conversado con buenos amigos míos, sindicalistas revolucionarios, que dicen: «Haremos todo lo que nos proponéis, crearemos un gobierno soviético y conduciremos a la clase obrera contra la burguesía; pero todo eso lo harán los sindicalistas y nuestros sindicatos; ¿para qué entonces el partido?». Yo pregunto a estos amigos: si de verdad estáis por la creación de un gobierno soviético, ante todo tenéis que tener un programa que ese gobierno lleve a cabo. Tenéis que tener un programa sobre la cuestión agraria, un programa de política exterior e interior; tenéis que explicarnos vuestra actitud ante los campesinos medios, decir cómo vais a construir el ejército, cómo vais a construir la escuela, etc. Y en cuanto empecéis a formular y a fijar con precisión vuestra actitud ante estas cuestiones, desde ese momento empezaréis ya a convertiros en un partido. Lo mismo decimos a nuestros obreros sin partido en Rusia.
Tenemos todavía muchos miles de obreros sin partido que, sin embargo, nos apoyan y van con nosotros. Organizamos conferencias de esos obreros sin partido, discutimos con ellos todas las cuestiones complejas, les decimos: tenemos que resolver la cuestión del abastecimiento, la cuestión de la guerra con Polonia; tenemos que dar respuesta a las cuestiones agraria y escolar; ¿queréis resolver estas cuestiones junto con nosotros? Si es así, discutámoslas. Y si llegamos a un acuerdo sobre todas estas cuestiones, eso será la mayor parte del programa del partido comunista. Si queremos unir a los mejores elementos, necesitamos tener una organización determinada. Esa organización es el partido comunista.
Lo mismo debemos decir a los camaradas que ayer admitimos entre nosotros con voto deliberativo, a los que van y deben llegar al comunismo. Debemos decirles que el camino hacia la victoria es tanto más corto y fácil cuanto más fuerte es nuestro partido de clase. Ese partido, ahora que nos espera la lucha, debe elaborar su programa no en el fragor del combate, sino precisamente ya, día a día, y reunir en torno a sí a los mejores y más conscientes elementos de la clase obrera, para incorporarlos a sus filas en el momento decisivo. En cada empresa los mejores deben ser miembros de nuestro partido. Es cierto que al principio serán solo una minoría, pero, con un programa claro, siendo los más conscientes y gozando de la confianza de los obreros, en el momento necesario se convertirán en dirigentes del movimiento de masas. Nos espera la mayor de las luchas, cuya verdadera escala nadie se ha representado hasta ahora concretamente. Solo ahora empezamos a comprender qué grande será la lucha que tendremos que sostener.
No serán unas informes uniones obreras, que viven solo de los intereses cotidianos, las que indicarán a la clase obrera el camino justo, sino el partido que ha unido a las mejores fuerzas del proletariado, que se ha ido formando a lo largo de años y ha constituido un núcleo cohesionado. Se trata de la necesidad de organizar la vanguardia de la clase obrera, que pueda de verdad llevar tras de sí a las masas en la lucha.
Es lógicamente claro que los camaradas que se oponen al partido toman a menudo, de forma completamente inconsciente, como punto de partida no la época de lucha encarnizada que vivimos, sino la anterior, la época pacífica, el tiempo en que casi todo el trabajo del partido consistía en la propaganda (y a menudo en mala propaganda). No comprenden que, aunque la propaganda deba seguir siendo, por supuesto, una parte considerable de nuestro trabajo de partido, ya no es nuestra única tarea: que ahora hay que actuar, que ha llegado la guerra civil, que necesitamos la acción revolucionaria día tras día, hora tras hora, y que no tenemos nada que hacer con organizaciones que ni ellas mismas saben hoy qué posición adoptarán mañana en las cuestiones más candentes de la política proletaria.
Necesitamos un partido. Pero ¿cuál? Y aquí debemos decir con toda claridad a los elementos de derecha todo lo que hay que decirles. No necesitamos partidos como los de la II Internacional, ni como lo son todavía hoy algunos partidos centristas. Tales partidos desempeñan objetivamente un papel reaccionario. Así, por ejemplo, la socialdemocracia alemana desempeñó y sigue desempeñando un papel no revolucionario, sino abiertamente contrarrevolucionario, en el sentido propio de la palabra. Demostrarlo es superfluo: está claro que la lucha de la clase obrera en Alemania es hoy tan difícil precisamente porque allí existe un partido socialdemócrata tan fuerte, tan bien organizado, pero burgués. No necesitamos partidos que quieran seguir en adelante las peores tradiciones de la II Internacional. No necesitamos partidos que se rijan por el simple principio de captar el mayor número posible de miembros. No necesitamos partidos que se han vuelto pequeñoburgueses y solo han organizado a la aristocracia obrera, en los que muy a menudo la burocracia obrera se convierte en una casta que persigue solo sus propios intereses. No necesitamos partidos que, por ejemplo, en las elecciones presentan candidatos que entraron en el partido la víspera. No necesitamos fracciones parlamentarias donde, en lugar de obreros, tengamos 46 profesores, 45 abogados o más, y de las que tengamos que decir: ¡45 abogados, estás perdida, revolución proletaria! (Aplausos.) No necesitamos fracciones parlamentarias como las de Italia y Alemania, donde hay gente que —lo sabemos a ciencia cierta— en el momento más crítico o se pasará al lado de la burguesía o se quedará sentada entre dos sillas y saboteará nuestra lucha.
Debemos vigilar atentamente, con lupa, la composición social de nuestro partido; debemos procurar que
no entren en él elementos antiproletarios. Debemos aspirar a que nuestros partidos sean auténticamente proletarios. Es del todo comprensible que en este momento muchos obreros —y no la peor parte de ellos—, obreros que se toman en serio la lucha contra la burguesía, se desorienten al ver partidos como el alemán o fracciones parlamentarias como la italiana. En Italia la tensión ha llegado casi al límite: toda la clase obrera está por el comunismo, por una política revolucionaria, y sin embargo en el parlamento puede hablar en nombre del partido Turati, que durante decenios ha hecho una política burguesa y sigue haciéndola hasta hoy. Se comprende que en tales condiciones surjan corrientes que niegan el partido como tal. Lo mismo en Alemania, donde por la fracción parlamentaria de los independientes hablan hombres como Henke36, que a menudo dicen sobre las cuestiones fundamentales lo mismo que Scheidemann, solo que con palabras algo distintas. En tal caso se comprende que también allí obreros nada malos digan: mejor ningún partido que un partido así. Pero, desde luego, su conclusión es errónea si dicen: mejor ningún partido que uno así. No; nosotros decimos: si tal o cual partido es malo, debemos organizar a toda costa un partido verdadero y bueno; al principio debemos organizarnos como minoría y trabajar paso a paso para atraer a nuestras filas a los mejores elementos de la clase obrera.
Por eso, cuando se nos pregunta qué partido necesitamos, decimos: hay toda una serie de partidos que incluso manifiestan el deseo de entrar en la III Internacional y de los que, sin embargo, debemos decir: he aquí un ejemplo de lo que no debe ser un partido comunista. Es aquí precisamente donde hay que dar la alarma de inmediato, convencer a la mejor parte de la clase obrera y depurar a toda costa ese partido, sin detenerse, si es necesario, ante la escisión, y formar a toda costa un partido auténticamente comunista.
Quiero añadir algo más sobre la cuestión de qué partido necesitamos. Aquí es necesario tocar, aunque sea a grandes rasgos, también la cuestión de organización.
¿Qué partido necesitamos desde el punto de vista organizativo? Debemos adaptarnos en cada caso concreto a las condiciones existentes. En el movimiento obrero hay fenómenos comunes a todos los países, pero hay también casos en que hay que adaptarse a las condiciones nacionales correspondientes. No me extenderé sobre esos casos concretos, y añadiré solo una cosa. Hay una corriente que se pronuncia contra el principio de la centralización estricta del partido; hay círculos que niegan el partido en general, y hay círculos que admiten la necesidad de su existencia, pero no reconocen la necesidad de su centralización ni de una disciplina de hierro. Y esta afirmación no la oímos solo por parte de los intelectuales, de los revisionistas, sino también de una parte de los miembros de la unión de los Trabajadores Industriales del Mundo y de los shop stewards. Examinemos la cuestión general de si de verdad necesitamos o no un partido centralizado.
Se habla a menudo de la experiencia de la revolución rusa. Pero lo más esencial de esa experiencia es precisamente que sin un partido centralizado, militarizado, forjado con una disciplina de hierro, que hemos ido creando a lo largo de 20 años, nos habrían derrotado sin duda ya 20 veces. En eso consiste la experiencia de la revolución rusa, y esa verdad os la confirmará cualquier obrero, cualquier miembro de nuestro partido. Eso es lo que hemos aprendido.
No se puede tomar esta cuestión a la ligera; hay que pensar en lo que significa en realidad la guerra civil. Es muy fácil decir: empecemos la guerra civil. Pero es bastante difícil soportar una guerra civil durante uno, dos, tres años, cuando hay que enviar al frente a muchas decenas de miles de camaradas, de miembros del partido, que mueren en masa; cuando hay que exigir a los miembros del partido los mayores sacrificios; cuando hay que tomar decisiones de enorme importancia en 24 horas o incluso en 24 minutos; cuando hay que gozar de la confianza absoluta de los obreros para conseguir algo. La circunstancia de que vamos ahora al encuentro de una lucha titánica, de que verdaderamente ha sonado la hora en que hemos alzado la espada contra la burguesía, esta situación nos obliga a declarar, no solo respecto de los distintos partidos nacionales, sino también respecto de la Internacional: necesitamos una organización centralizada con una disciplina de hierro de tipo militar. Solo entonces lograremos lo que realmente necesitamos. En este sentido deberíamos aprender de nuestros enemigos. Debemos comprender que en condiciones tan duras solo conseguiremos vencer cuando estemos de verdad bien y ordenadamente organizados. Volveremos sobre esto con más detalle cuando tengamos que elaborar los estatutos de la Internacional Comunista y discutir esta cuestión a escala internacional.
A veces se oye decir a algunos camaradas: «Sí, ahora, mientras vivimos bajo el régimen burgués, mientras todavía no hemos tomado el poder en nuestras manos, quizá necesitemos todavía de verdad un partido; pero cuando hayamos vencido, ya no necesitaremos para nada el partido». He hablado de esto con buenos obreros comunistas alemanes, les he oído estos razonamientos, y me permitiré remitirme también en este caso a la experiencia del partido ruso. Precisamente después de tomar el poder, precisamente después de formar el gobierno, el papel del partido no solo no disminuyó, sino que creció y aumentó día a día. Nunca había sido tan grande en Rusia la importancia del partido como ahora, después de nuestra victoria. Para resolver todas las grandes cuestiones es necesario un control efectivo del partido.
Gentes como Kautsky nos dicen: en Rusia no tenéis la dictadura de la clase obrera, sino la dictadura del partido. Creen reprochárnoslo con ello. Nada de eso. Tenemos la dictadura de la clase obrera, y precisamente por eso también la dictadura del partido comunista. (Aplausos.) La dictadura del partido comunista no es más que una función, un rasgo y una expresión de la dictadura de la clase obrera. ¿Qué es nuestro partido? No hay que confundirlo con los partidos compuestos de abogados. Lo forman entre 600.000 y 700.000 de los mejores obreros, el destacamento avanzado del proletariado. Y es del todo natural que de los asuntos de la clase obrera se ocupen sus mejores representantes. Así se establece a la vez la dictadura del proletariado y la del partido comunista. Al partido le corresponde el derecho de control sobre las diversas organizaciones, el derecho a depurarlas; y así debe ser durante la revolución proletaria. Después de la victoria el papel del partido no disminuye, sino que, al contrario, crece.
La idea del poder soviético ha conquistado ya las mentes de los obreros de casi todo el mundo. La clase obrera, en parte consciente y en parte inconscientemente, está convencida de que la humanidad camina hacia el establecimiento del sistema soviético. Es cierto. Pero de ahí se saca a menudo la conclusión de que con los soviets no necesitamos el partido, de que los soviets deben sustituirlo, de que el partido debe disolverse en ellos, debe «adaptarse» a la idea de los soviets. También aquí debemos remitirnos a la experiencia de la primera revolución proletaria victoriosa. Nosotros, los rusos, conseguimos en 1917 conquistar tan rápidamente los soviets, que durante ocho meses habían estado contra la política obrera, precisamente porque teníamos un partido cohesionado, lleno de resolución y activo. Y si en los soviets la influencia del comunismo es hoy tan fuerte es precisamente porque nuestro partido es fuerte. La existencia de los soviets no solo no excluye la necesidad de que exista el partido, sino que, al contrario, el partido es su premisa necesaria: es su fuerza dirigente, la cabeza, el cerebro de los soviets, su componente más importante. Declaramos con toda claridad a los camaradas: no solo cuando no hacemos más que hablar de los soviets, sino también cuando ya los tenemos, necesitamos un partido comunista fuerte, que crezca día a día. A menudo se nos objeta que en los soviets está organizada casi toda la clase obrera y en el partido solo una minoría, y que así será siempre en adelante. No será siempre así, y ya ahora no es así. En la época de la II Internacional se decía que el partido socialdemócrata nunca podría organizar en sus filas a la mayoría de la clase obrera. Entonces era cierto. Mientras el poder pertenece a la burguesía, mientras esta posee la prensa, la escuela, el parlamento y el arte, una parte considerable de la clase obrera se corrompe y es empujada al campo de la burguesía por la propaganda de la burguesía y de sus agentes. Se comprende que la prensa burguesa prive al partido de una parte de la clase obrera. Pero cuando se haya hecho realidad la libertad de prensa para la clase obrera, cuando nos hayamos adueñado de la escuela y de la prensa, llegará un tiempo —y no está tan lejos— en que poco a poco, día a día, grandes grupos de la clase obrera se pasarán a nuestro lado, y llegará por fin el momento en que organicemos directamente en las filas de nuestro partido a la mayoría de la clase obrera. La perspectiva es ya completamente distinta. Por consiguiente, necesitamos el partido también después de la formación de los soviets.
La antigua división tripartita, la llamada clásica, de las organizaciones obreras —en partido, sindicatos y cooperativas— no es válida para el tiempo presente. Ahora ha sido sustituida por otra: partido, soviets y sindicatos. Quizá también en este terreno se produzcan cambios, surjan formas nuevas; quizá tal o cual revolución aporte o cree algo nuevo; probablemente así será. Pero, en la medida en que podemos preverlo ahora, guiándonos por el ejemplo de la revolución rusa, la división tripartita es hoy esta: partido comunista, soviets, sindicatos. La propaganda del comunismo debemos hacerla en todas partes: en los parlamentos, en los sindicatos, en las organizaciones de partido. Pero la fuerza dirigente, el alma de todo el movimiento, sigue siendo el partido.
Así pues, ni el gobierno soviético ni los sindicatos revolucionarizados excluyen la necesidad de que exista el partido. Se nos puede objetar que el partido es necesario mientras existan sindicatos amarillos, pero que, si tenemos buenos sindicatos revolucionarios, el partido no hará falta. A eso respondo: no. Incluso cuando hay sindicatos revolucionarios, incluso cuando estos son comunistas por entero y de forma consecuente, como entre nosotros, el partido es, sin embargo, necesario.
Hemos visto el esquema gráfico del futuro tal como se lo representa la unión de los Trabajadores Industriales del Mundo. Se representan ese futuro de la siguiente manera: en el centro, el consejo central de los sindicatos, y en la periferia, toda una serie de sindicatos particulares. Bien. Pero cabe preguntar: ¿con qué medios conquistarán el poder? ¿Cómo crearán el Ejército Rojo? Porque está claro que no puede haber revolución proletaria sin Ejército Rojo. ¿Acaso van a construir el Ejército Rojo según el principio sindical, un ejército de metalúrgicos, un ejército paralelo de textiles, etc., y formarán sobre las mismas bases un consejo superior de los Ejércitos Rojos de esos sindicatos? Eso es imposible. Con una estructura así tampoco podemos resolver la cuestión del abastecimiento. Necesitamos una organización estatal, y solo el partido puede dirigirla, porque la organización político-estatal es la que abarca a los mejores elementos de la clase obrera de todo el país. Ahora, en Rusia, los sindicatos van de la mano con nosotros. Pero no siempre fue así. Antes de la Revolución de Octubre los sindicatos estaban en manos de los mencheviques, y a comienzos de las jornadas de julio la mayoría pertenecía a los mencheviques. Pero formamos allí células y fracciones comunistas, y ahora una fuerte mayoría está de nuestro lado. Y, sin embargo, el papel del partido no ha disminuido, sino que ha crecido, porque los sindicatos, en la medida en que son comunistas, se han sometido a la dirección del partido. Y no podía ser de otro modo. Ya Marx defendía este punto de vista, señalando la falsedad de la opinión de que el partido se ocupa solo del lado político del movimiento y los sindicatos del económico. No es así. Según la concepción marxista, el partido comunista es una organización que está en contacto con todos los aspectos sin excepción del movimiento obrero. Sus principios deben servir de guía a los soviets, a los sindicatos, a la escuela, a la cooperación, a todas las organizaciones que agrupan a la clase obrera. Eso es el auténtico marxismo.
El partido comunista no es solo un órgano político; no discute solo cuestiones políticas, no es solo un aparato necesario para las elecciones o un aparato parlamentario, como querrían los oportunistas. No: es una organización a la que se suma todo lo mejor que hay en el movimiento obrero, que dirige todos los órganos sociales y toda la lucha de la clase obrera en toda su amplitud y en todas sus manifestaciones. Y por eso decimos a todos los que creen que unas uniones obreras informes pueden sustituir al partido: no tenéis razón. También en este caso necesitamos un partido comunista, marxista, que dirija a los sindicatos, que les infunda nuevas fuerzas, que les indique el camino, que sea para ellos una estrella polar.
Por eso consideramos que el congreso comunista debe declarar breve y claramente: ahora que estamos ante la revolución proletaria, todo obrero debe tener clara consciencia de que, tanto antes de la toma del poder como durante la insurrección armada y después de ella, una vez tomado el poder, necesitamos por igual un partido comunista, obrero por su composición, que no dé cobijo a elementos pequeñoburgueses. Es cierto que puede concertar con estos últimos acuerdos políticos temporales, pero no dentro del partido, porque el partido como tal no puede absorber elementos pequeñoburgueses ni unirse a ellos. Debe defender en los parlamentos contrarrevolucionarios la idea del parlamentarismo revolucionario en el espíritu de Karl Liebknecht. Debe enviar allí a simples obreros revolucionarios, y no a abogados hábiles, capaces de defender solo la causa de la burguesía. Necesitamos un partido que pueda indicar a los soviets en cada momento, y en la situación más difícil y compleja, el camino revolucionario justo.
Camaradas, imaginaos por un instante que en 1871, durante la Comuna de París, hubiéramos tenido un partido comunista. Desde luego, comprendemos por qué no lo hubo entonces: en aquel tiempo faltaban las condiciones y premisas importantes necesarias para ello. Sin embargo, si entonces hubiera existido un partido comunista, aunque fuera pequeño, pero decididamente comunista, nuestros predecesores franceses habrían evitado sin duda muchos errores, aunque quizá eso no habría asegurado la victoria a la clase obrera francesa. Con ello no queremos en modo alguno empequeñecer el heroísmo de la hazaña de los comuneros, pero queremos prevenir al proletariado contra la repetición de sus errores.
En muchos países se ha creado hoy una situación tal que de un día para otro puede estallar allí una insurrección de la mayor envergadura. Y si en cada uno de esos países falta un partido comunista, aunque sea pequeño, pero cohesionado y consciente, sufriremos grandes sacrificios inútiles. Es necesario reparar lo descuidado, recuperar el tiempo perdido. En los países donde no tenemos un partido comunista fuerte, como por ejemplo en Inglaterra y en América, donde los camaradas se resisten a organizarlo, lamentarán amargamente con el tiempo este error suyo. Cuando empiece la lucha, comprobarán en los hechos qué ligereza fue no forjar a tiempo el arma, no encender la estrella polar que en la hora necesaria pudiera indicar el camino a la clase obrera.
Camaradas, creo que puedo terminar aquí, subrayando una vez más, para concluir, que si queremos aprovechar la experiencia de la revolución rusa debemos asimilar en primer lugar, antes que ninguna otra idea, esta idea fundamental: necesitamos un partido comunista, un partido centralizado, con una disciplina de hierro. Sin él no podemos pasar en la época de la más cruel guerra civil que vivimos. Necesitamos un partido de hierro, fundido de una sola pieza. Debéis tomar de los obreros rusos lo que de verdad merece imitarse. Desde luego, también en nuestro movimiento hay puntos débiles. Somos conscientes de ellos y no pretendemos en absoluto erigirnos en maestros. Pero diré una cosa. Durante más de 20 años, día tras día, hemos forjado esta arma: nuestro partido bolchevique, que luego pasó a ser comunista. Es un buen ejemplo. En la cárcel, en Siberia, en el destierro y en el extranjero, nuestra estrella polar fue siempre el partido. Lo mejor que hemos inculcado a los obreros rusos es el amor al partido. El partido es para el obrero ruso avanzado algo sagrado, lo más alto, le es más querido que la vida, más amado y más cercano que todo lo demás, su faro y su estrella polar. Y en este sentido la clase obrera del mundo entero debería imitar al obrero ruso. (Aplausos tempestuosos y prolongados.)
Ramsay (Inglaterra, shop stewards). Por desgracia, la Internacional Comunista, pese a todos los documentos e informes de que dispone, no parece estar suficientemente informada de lo que es en realidad el movimiento conocido con el nombre de shop stewards. Debo recordaros cuán fragmentadas estaban las organizaciones obreras cuando nació este movimiento, y cuántos esfuerzos tuvieron que hacer los shop stewards para dar comienzo al movimiento comunista. Los shop stewards hacen también ahora todo lo posible para contribuir al crecimiento del movimiento comunista. Todo nuestro trabajo de propaganda se orienta en este sentido, y proponemos a todos nuestros miembros y organizaciones que pertenecen al ala comunista que actúen con este espíritu. McLaine37 (Partido Socialista Británico). En el punto 6 de estas tesis, en su parte final, hay una directiva a los partidos comunistas para que mantengan la relación más estrecha posible con el movimiento general de la clase obrera. Pero como este punto no es lo bastante claro, consideraría necesario presentarle una enmienda que tiene especial interés para el movimiento inglés. Queremos que la Internacional Comunista establezca sin reserva alguna una línea de conducta determinada que debamos seguir en nuestras condiciones particulares.
En Inglaterra existe un gran Partido Laborista no comunista, al que, sin embargo, está adherido un partido comunista. Me refiero al Partido Laborista inglés, que es el partido de masas del movimiento obrero inglés. No es un partido en el sentido corriente, es decir, sus miembros no entran en sus filas individualmente, como personas que se han comprometido a apoyar plenamente al partido, sino colectivamente, en grandes masas, en la medida en que entran en el partido sus trade-unions. En el movimiento socialista de Inglaterra se ha discutido mucho tiempo la cuestión de si los comunistas debían
entrar o no en este partido. El Partido Socialista Británico ha resuelto esta cuestión en sentido afirmativo, pero algunos otros grupos han respondido negativamente. El Partido Laborista no es un partido socialista, pero representa la parte fundamental de la clase obrera organizada en la fase actual de su desarrollo político. De hecho, es la sección política del movimiento tradeunionista. Nuestros camaradas del movimiento de los shop stewards reconocen que es necesario trabajar dentro del movimiento tradeunionista en su expresión económica, pero niegan la utilidad del trabajo dentro del movimiento político tradeunionista. Nosotros afirmamos, por el contrario, que se puede utilizar el aparato nacional y local del Partido Laborista, aprovechar sus conferencias y mítines para los fines de la propaganda comunista y llevar así a los obreros al comunismo.
Permanecemos en el Partido Laborista no porque queramos fortalecerlo, sino porque en él están las masas y en él se puede encontrar acceso a ellas. Podemos desenmascarar, y desenmascaramos, a sus jefes en The Call38, en nuestras intervenciones y en todas partes donde se nos presenta la ocasión. Pero si no nos adherimos a este partido, perderemos el campo más rico para la actividad comunista. Aunque el Partido Laborista no es un partido socialista, posee un gran aparato, posee prensa, tiene sus representantes en el parlamento y en los municipios, y sería un acto de suicidio renunciar a la posibilidad de hacer propaganda en las trade-unions y en todas partes utilizando ese gran aparato. El grupo al que represento no desea ese suicidio y querría recibir las indicaciones correspondientes de la Internacional Comunista. Además, subrayo que el Partido Socialista Británico y otros partidos se han reafirmado en los últimos tiempos en la posición adoptada tanto más cuanto que el Partido Laborista, que no es socialista ni revolucionario, se va, sin embargo, desplazando poco a poco hacia la izquierda. Y el hecho de que, bajo la presión de las masas, los jefes de derecha y las antiguas organizaciones vayan desapareciendo poco a poco es también, a mi juicio, una razón para seguir en las filas de esta organización.
Quisiera expresar mi mayor satisfacción por la declaración del camarada Ramsay. Ha declarado que está por la unidad comunista en Inglaterra. Me alegra mucho oírlo. En el pasado el movimiento de los shop stewards era antiparlamentario, e incluso antipolítico, en todo su trabajo y su propaganda. Eso dificultaba la situación de los comunistas. Y declaro que, si su declaración significa que él y sus amigos entrarán en el partido comunista y serán miembros leales de él, que luchen por el derrocamiento del capitalismo, si es así, nadie se alegrará de ello más que nosotros, los miembros del Partido Socialista Británico.
La enmienda que quiero presentar está firmada por los dos delegados del Partido Socialista Británico y dice así:
«En los países donde un partido político no comunista de la clase obrera es el factor dominante en la política de la clase obrera, el partido comunista puede entrar en ese partido con el fin de organizar y dar forma a la oposición comunista que crece en su interior y de orientar los fines políticos de la clase obrera organizada por un cauce comunista. Pero esto solo debe hacerse a condición de que el partido comunista conserve su libertad en el terreno de la propaganda y la organización comunistas.»
Pestaña39 (Confederación Nacional del Trabajo de España). El movimiento sindical como tal es mucho más importante de lo que podría parecer, y son importantes sus dos corrientes, tanto la de derecha como la de izquierda. No se puede juzgar a los sindicatos partiendo solo de la medida en que están cerca o lejos del comunismo, y en este sentido Rusia es el mejor ejemplo. Lo que importa ante todo es el espíritu que domina en los sindicatos; y ese espíritu es el que debe ser revolucionario.
El camarada Zinóviev afirma que, si algunas capas de obreros niegan la necesidad de un partido político obrero, eso se debe exclusivamente a la influencia de la burguesía.
Es una explicación demasiado simplificada: en efecto, ¿se puede admitir que un movimiento tan revolucionario como el sindicalista no tenga otras fuentes que la propaganda reaccionaria? Desde luego que no. Tampoco es cierto que los dirigentes de los sindicatos declaren que no quieren ocuparse de política. No se abstienen en absoluto de todo trabajo político. Ha habido incluso momentos en que la burguesía en España aconsejaba a los obreros precisamente que se ocuparan de política, porque eso, decía, respondía a los intereses de los obreros. Mi posición se ve dificultada por el hecho de que no pertenezco a ningún partido político, y por eso pueden mirar mi política con prevención. Nunca he dicho que los sindicatos deban perseguir fines estrechamente profesionales. Todo depende del espíritu del que estén impregnados. No estoy de acuerdo en que la creación del Ejército Rojo, del que dispone el Partido Comunista de Rusia, sea mérito suyo. No es así. Puedo remitirme al ejemplo de la Revolución francesa como prueba de que siempre hay un ejército y un partido político que contribuyen a la toma del poder. Lo principal es que los sindicatos existan como organizaciones revolucionarias y de combate, y que esos sindicatos sean capaces de acelerar el comienzo de la lucha y de la revolución.
Tanner40 (Inglaterra, shop stewards). El centro de gravedad de la argumentación del camarada Zinóviev estaba en demostrar la absoluta necesidad de un partido comunista rigurosamente disciplinado y centralizado, y en que la dictadura del proletariado es sinónimo de la dictadura del partido comunista. Pero no demostró con suficiente claridad que esa tesis sea correcta. Lo que ha sucedido y sucede ahora en Rusia no debe presentarse, con todo, como modelo para todos los demás países. Estamos convencidos de que en Inglaterra la situación se desarrollará de un modo completamente distinto. En Inglaterra la situación es completamente distinta de la de la Rusia prerrevolucionaria. Para nosotros, para el movimiento de los shop stewards, la dictadura del proletariado significa algo completamente distinto de lo que entiende por ella el camarada Zinóviev. Tal como la entendemos, la dictadura del proletariado ha de ejercerla una minoría, la minoría revolucionaria del proletariado inglés, encarnada en el movimiento de los comités de shop stewards. Los miembros de los partidos políticos pueden no estar de acuerdo con esto, pero deben comprender que en Inglaterra hay muchos más proletarios con consciencia de clase de los que había en Rusia, proletarios dispuestos y capaces de ejercer la dictadura. La dictadura del proletariado tiene un significado perfectamente real y definido para nosotros, los obreros revolucionarios ingleses.
McLaine nos ha reprochado que el movimiento de los shop stewards tenga una orientación antipolítica, y ha afirmado que nos abstenemos de toda actividad política. No es cierto. Muchos de nosotros rechazamos el parlamentarismo, pero eso no significa que nos pronunciemos contra la acción política en el verdadero sentido de la palabra. McLaine expresó además su alegría por la declaración del camarada Ramsay41 de que los representantes del movimiento de los shop stewards quieren volver a trabajar con su partido. Muchos militantes activos del movimiento de los shop stewards fueron miembros de partidos políticos, socialistas, pero los abandonaron porque consideraban que iban por un camino equivocado. Nunca hemos perdido la fe ni hemos dejado de propagar los principios del comunismo. No puede ni hablarse de que volvamos como pecadores arrepentidos. Nunca hemos renunciado a nuestras ideas, y con nuestro trabajo entre los obreros industriales hemos hecho mucho más por llevar esas ideas a la práctica que la mayoría de los partidos políticos. ¿Acaso quería decir McLaine que el Partido Socialista Británico42 es el único partido revolucionario de Inglaterra, o la única fuerza que lucha por la revolución en este país? Una serie de representantes del movimiento de los shop stewards no considera especialmente necesaria la formación de un partido, porque, por la experiencia de su paso por otros partidos, se han convencido de que participar en la actividad de esos partidos, y en especial del Partido Socialista Británico, no es más que perder el tiempo. Pero aunque esas personas no pertenezcan a un partido político, de ahí no se sigue en absoluto que sean menos revolucionarias; al contrario, tienen incluso una actitud más revolucionaria. Se plantean problemas prácticos y los resuelven desde un punto de vista revolucionario. Tienen en cuenta las dificultades que les quedan por superar y se preparan para ello. Aquí se ha criticado a los industrialistas. Pero ¿no han demostrado ellos que su táctica y sus métodos eran correctos? ¿Es que los partidos políticos socialistas no han aprendido nada de los industrialistas? Al fin y al cabo, solo hace muy poco que en Inglaterra algunos partidos políticos, y únicamente después de muchas vacilaciones, han reconocido la necesidad de la acción directa, de la huelga general, etc. En cambio, el movimiento de los shop stewards siempre ha propagado la «acción directa», y los obreros empiezan ya a comprender su significado y a asimilar sus métodos. Ahora se vuelven a hacer esfuerzos para ganar a los obreros para el parlamentarismo, aunque todos están de acuerdo en que hay que acabar con él lo antes posible. Los obreros ingleses están perdiendo la fe en la acción parlamentaria. Habrá que hacer grandes esfuerzos para resucitar esa fe, y todo eso solo para volver a destruirla más tarde. En la cuestión de la entrada en el Partido Laborista no conseguiréis más que la resistencia de los obreros con consciencia de clase. Los obreros dirán que los comunistas tratan de arrastrarlos por un camino falso. Recordad que los obreros agrupados en el movimiento de los shop stewards serán las tropas de choque de la revolución. Fuimos los primeros en pronunciarnos por la acción directa, y no solo para alcanzar objetivos económicos, sino también para objetivos políticos, para objetivos de carácter general.
El camarada Zinóviev ha dicho que solo por medio de un partido político puede uno actuar activamente en los distintos terrenos de la vida social y cultural. Todo depende de qué entienda él por la palabra «partido». Nosotros, en Inglaterra, tenemos organizaciones llamadas comités sociales o consejos, que se ocupan de cuestiones de carácter social. Los camaradas rusos no deben basar sus juicios únicamente en la experiencia de Rusia. Durante años han estado privados de todo contacto con las masas de otros países. Solo después de haber estado en Inglaterra y en otros países de Europa occidental, de haber estudiado las condiciones y las nuevas ideas de los obreros y de haberlas comparado con la situación de Rusia, solo entonces podrá el camarada Zinóviev formarse un juicio acertado sobre la política y su relación con la revolución.
Y yo pregunto a los camaradas rusos y a los demás: ¿es que no tenéis ya nada que aprender de la experiencia de la lucha y del movimiento revolucionario de otros países? ¿Es que no habéis venido aquí a aprender, sino solo a dar lecciones? La revolución en Inglaterra la haremos nosotros; nuestros camaradas rusos no pueden hacerla; pueden ayudarnos, pero los que tendremos que actuar seremos nosotros, y estamos aprendiendo y preparándonos para ello.
Para terminar, quiero subrayar que la II Internacional pereció sobre todo por su falta de carácter, por la vaguedad e indefinición de sus objetivos. Es necesario que la III Internacional no caiga en el extremo opuesto y no se vuelva demasiado dogmática.
Hay que procurar que a cada organización se le conceda suficiente libertad de acción dentro de su país, para que pueda actuar de acuerdo con las condiciones específicas y adaptarse a ellas. La Tercera Internacional debe basarse en una plataforma que permita a los distintos partidos ponerse de acuerdo en las cuestiones de principio y de método más importantes. Todo lo demás hay que dejarlo al criterio de cada partido.
Rákosi43 (Hungría). La Hungría soviética era en todos los aspectos un país más desarrollado que la Rusia soviética. Los obreros húngaros eran más cultos, el país estaba más centralizado, tenía una red ferroviaria más densa, las carreteras estaban en mejor estado y la agricultura se encontraba en un grado de desarrollo más alto.
Así pues, en todos los aspectos estábamos más cerca de los países occidentales que la Rusia soviética. Y, sin embargo, nuestra experiencia confirma por entero que la concepción rusa del partido comunista es correcta. Mientras nuestro partido comunista, siguiendo el ejemplo ruso, estuvo rigurosamente centralizado y rigurosamente disciplinado, mientras solo se admitía como miembros a camaradas que habían pasado cierta prueba y en el partido reinaba un régimen estricto, el Partido Comunista Húngaro fue, igual que el Partido Comunista de Rusia, una auténtica vanguardia del proletariado. Pero desde el momento en que nuestro partido se unificó con los socialdemócratas44 y, por ello, entraron en sus filas las capas atrasadas del proletariado y una gran cantidad de pequeña burguesía que antes llenaba el partido socialdemócrata, nuestro partido dejó de expresar la voluntad de la mejor parte del proletariado.
Además, al instaurarse la dictadura surgió una enorme demanda de obreros conscientes, capaces de actuar por su cuenta. Nos vimos obligados a sacar de las filas del partido unificado a todos los elementos útiles y colocarlos en los distintos puestos soviéticos. Como resultado, el partido quedó debilitado y no servía para nada. Así, también en las cuestiones políticas, cuando teníamos que apelar a todo el proletariado, nos veíamos obligados a dirigirnos a los sindicatos, en cuyas filas estaba casi todo el proletariado. El resultado fue algo parecido a la situación a la que aspiran los camaradas de la IWW o de los shop stewards: el sindicato cumplía también las tareas del partido. Se vio que con la instauración de la dictadura cambian mucho las funciones y las tareas de los sindicatos. Los sindicatos tuvieron que cumplir una serie de tareas nuevas, como, por ejemplo, la organización de la producción, el establecimiento de la disciplina del trabajo, etc. Y, sin embargo, los sindicatos estaban tan ocupados en recibir la avalancha de nuevos afiliados que ni siquiera esas tareas podían cumplir satisfactoriamente.
Las dificultades y las sacudidas tienen que venir inevitablemente en todo país tras la instauración de la dictadura del proletariado, en parte porque los sindicatos no están en condiciones de resolver a tiempo la enorme cantidad de cuestiones urgentes que se plantean desde los primeros días de la revolución. Y de ahí surgen ciertas dificultades. Por la debilidad del partido, en Hungría nos vimos obligados, además de las tareas mencionadas, a encomendar a los sindicatos otras tareas, políticas, como, por ejemplo, la creación del Ejército Rojo, la reorganización de la enseñanza, el reparto de los víveres, etc. Pero se vio que los sindicatos no estaban en condiciones de resolver esas cuestiones. Aunque asumían esas tareas, no lograron resultados mínimamente satisfactorios en ningún terreno; y no solo porque en su mayoría fueran reaccionarios (había sindicatos que eran revolucionarios ya antes de la dictadura), sino también porque no habían sido creados para resolver cuestiones políticas. Al cabo de unos meses nos vimos ante la necesidad ineludible de crear un nuevo partido comunista fuerte. Así, a las pesadas tareas que nos imponía la dictadura tuvimos que añadir otra más, que en Rusia se había resuelto ya antes de la toma del poder por el proletariado, porque en Rusia ya existía antes un partido comunista.
Nos vimos obligados a crear en el plazo más breve un partido que se pareciera en todo al ruso. La descomposición interna y las derrotas militares redujeron a la nada este propósito nuestro. Pero debo repetir una vez más que toda la experiencia de la República Soviética Húngara ha confirmado en todos los aspectos que el punto de vista de los camaradas rusos es correcto. Y allí donde nos apartamos de él cometimos grandes errores y tuvimos que pagarlo con sacrificios incalculables. Más tarde, cuando emprendimos la reorganización de nuestras fuerzas, llegamos a la conclusión de que la mayor desgracia del poder soviético húngaro había sido que durante la dictadura no tuviéramos un partido más fuerte y más disciplinado. Emprendimos entonces la creación de un partido rigurosamente centralizado, con una disciplina de hierro. Estoy convencido de que nuestro nuevo partido, cuando se instaure por segunda vez la dictadura del proletariado en Hungría, aplicará con firmeza todos los principios del Partido Comunista de Rusia y con ello confirmará y reforzará la experiencia de los camaradas rusos. Wijnkoop45 (Holanda). Según el reglamento debería hablar en alemán. Pero preferiría hablar en inglés, porque quiero tocar el tema que han planteado los camaradas ingleses.
Creo que el congreso haría mejor en no aprobar la adición del camarada McLaine. En las tesis del camarada Zinóviev no se toca esa cuestión, y creo que los camaradas ingleses deberían alegrarse de que el camarada Zinóviev no la haya tocado en sus tesis, porque así podrían resolver ese asunto suyo en su propio país. Pero he aquí que sale el camarada McLaine y propone que el congreso de la Internacional confirme que es necesario entrar en el Partido Laborista; ya se sabe que el Partido Socialista Británico quiere seguir en él. Propongo que no tomemos semejante decisión. Es muy difícil, como escribió el camarada Lenin en su folleto La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo, tomar aquí una decisión. Propongo, por tanto, que se deje a los camaradas ingleses resolver la cuestión por sí mismos, también porque en Inglaterra se está tratando de reunir todas las fuerzas comunistas en un partido comunista único. Los camaradas Ramsay y Tanner han hablado de esta cuestión muy oportunamente. Y ya sabéis que, en la cuestión de la creación de un partido comunista único, la cuestión del Partido Laborista será un serio obstáculo.
Si el congreso internacional decide de antemano que el Partido Socialista Británico puede seguir en las filas del Partido Laborista, eso significa que, o bien no se conseguirá crear en Inglaterra un partido comunista único, o bien se creará sin el Partido Socialista Británico. Tanto lo uno como lo otro sería malo, a mi juicio. El partido comunista inglés debe crearse con ayuda del Partido Socialista Británico, y que las condiciones las acuerden ellos mismos en Inglaterra. Y si aquí tenemos que tomar una decisión tan importante en esta cuestión puramente inglesa, primero hay que discutirla a fondo; pero examinar aquí todos sus aspectos y toda la historia de las condiciones particulares del Partido Laborista inglés sería muy difícil.
Creo necesario referirme además a lo que ha dicho aquí el camarada Tanner. Mi partido no comparte el punto de vista del camarada Tanner, pero, con todo, debo decir que he escuchado atentamente sus palabras, porque en ellas se notaba un deseo real de entrar en la Internacional Comunista. El camarada Tanner ha prevenido contra el dogmatismo excesivo. Y en eso tiene toda la razón. El camarada Lenin, en el folleto que ya he mencionado, nos prevenía contra el dogmatismo hacia la derecha. Escribía que el dogmatismo puro no es en realidad más que una frase, y nosotros debemos evitar las frases. Pero si renunciamos al dogmatismo hacia la derecha, tampoco se puede ser dogmático con los camaradas de la izquierda. Y el camarada Tanner ha observado con toda razón que no hay que olvidar que las condiciones en otros países son completamente distintas de las de Rusia. Los camaradas rusos lo saben bien. Se ha dicho a menudo, al fin y al cabo, que la revolución rusa, por difícil que fuera, era a fin de cuentas más fácil de lo que será la revolución en otros países. La construcción es algo completamente distinto de la revolución. No se puede seguir de forma doctrinaria el ejemplo de los camaradas rusos. La revolución rusa debe ser una lección, pero no podemos seguirla en todo. No se puede aplicar sin más el modelo ruso a las condiciones de Europa occidental o de América. El camarada Tanner ha dicho que no hay que ser dogmático, sino flexible, conciliador. Solo por ese camino llegaremos a una Internacional que debe unir y unirá a todos los grupos verdaderamente revolucionarios.
Levi (Alemania). Cuando hablamos de la naturaleza del partido, tenemos que partir de la contraposición entre el partido y la clase, que se relacionan entre sí como el sujeto con el objeto, o bien como la almendra con la cáscara, que juntas forman el fruto. Y si nos preguntamos en qué se distingue el partido de la clase, tenemos que decir que el partido se distingue esencialmente por tener un objetivo claramente consciente, una razón clara, un programa claramente delimitado. Y en este aspecto estoy completamente de acuerdo con el camarada Zinóviev, que dice en sus tesis: «Solo si el proletariado tiene como dirigente un partido organizado y probado, con objetivos rigurosamente definidos y un programa concreto de acción inmediata tanto en política interior como exterior, la conquista del poder político no será un episodio casual, sino que servirá de punto de partida de una larga construcción comunista del proletariado».
Así como la almendra sin la cáscara se seca, así el partido se marchita y se convierte inevitablemente en una secta si no sabe encontrar el camino para fundirse con la masa revolucionaria viva. Y creo que, en la medida en que los aquí reunidos somos comunistas, todos estamos de acuerdo en que el partido debe tener un programa claro y debe ser resuelto en su acción. Sobre esto no tenemos nada que discutir.
La cuestión principal para nosotros es cómo encontrar el camino de la comunicación con la masa. A mi juicio, debemos utilizar todos los caminos que nos lleven a las masas; debemos trabajar en los sindicatos, en los soviets, allí donde se formen organizaciones soviéticas, en los parlamentos y también en las organizaciones sin partido, en la medida en que surjan de lo más hondo de la vida social, de la estratificación social y económica de la sociedad. Partiendo de la necesidad de esta limitación, no puedo estar de acuerdo con el ponente, concretamente con lo que dice en la tesis 6: «Los comunistas apoyan sin reservas la formación, junto al partido comunista, de las más amplias organizaciones obreras sin partido. Los comunistas consideran su tarea más importante el trabajo sistemático de organización y educación dentro de esas amplias organizaciones obreras. Pero precisamente para que ese trabajo sea fecundo, precisamente para que los adversarios del proletariado revolucionario no puedan adueñarse de esas amplias organizaciones obreras, los obreros comunistas avanzados deben tener siempre su propio partido comunista, independiente y cohesionado…».
En mi opinión, esta tesis no contiene esa limitación: hay que señalar ciertos límites, para que la formación de fracciones obreras y de organizaciones obreras sin partido no se convierta en un deporte y para que no se inventen artificialmente nuevas formas de organización que no sean producto de una necesidad social y económica. Al formar nuevas organizaciones debemos ser sumamente prudentes, y allí donde esas organizaciones ya existen debemos evitar su ampliación arbitraria e incondicional. Al decir esto pienso sobre todo en Alemania, donde los sindicatos tienen casi 9 millones de afiliados y donde, sin embargo, hay camaradas que llevan su afán de nuevas organizaciones tan lejos que quieren inducirnos a los comunistas a salir de los sindicatos, que son un campo tan amplio para nuestro trabajo.
Creo que hace falta la mayor prudencia no solo al crear organizaciones sin partido, sino también al crear partidos. Nuestra historia alemana, la experiencia del Partido Comunista de Alemania, es muy instructiva en este aspecto. El congreso debe aprovechar nuestra experiencia al tomar una decisión sobre la cuestión planteada por los camaradas ingleses.
Soy enteramente de la opinión (y en esta cuestión nosotros, los representantes del Secretariado de Europa Occidental46,
discrepamos del Buró de Ámsterdam47) de que el Partido Socialista Británico debe sin duda alguna seguir en el Partido Laborista, a través del cual tiene contacto con las masas.
Pero hay que ser especialmente prudentes al crear nuevas formaciones que se llaman a sí mismas «sin partido». Creo que también en este congreso habrá delegados que discrepen de nosotros, los comunistas, sobre la cuestión de hasta qué punto es necesario crear organizaciones sin partido en lugar de organizaciones de partido con objetivos políticos claros. Dejo que respondan a esta cuestión los más competentes en ella, por ejemplo los camaradas españoles, pero debo decir que, por cierta experiencia, no cuento con el éxito. Me parece que la disputa entre el comunismo, por un lado, y las ideas anarquistas de los camaradas españoles, por otro, no entra en absoluto entre las tareas del congreso y no está en absoluto en interés de lo que el mundo exige en este momento de la Internacional Comunista: una línea única y definida. No nos acercamos en absoluto a la solución de esta tarea si, en lugar de trazar esa línea única y clara, nos dedicamos aquí a discutir una cuestión que la inmensa mayoría de los obreros de Europa occidental dejó atrás hace ya decenas de años.
Al contrario, entre las tareas del congreso está indicar a los camaradas ingleses que no se puede desdeñar a las organizaciones sin partido, que no se puede salir del Partido Laborista. El congreso debe trazar de una vez para siempre una línea de conducta única y definida para todos los casos semejantes.
McLaine. Propongo, dado lo avanzado de la hora (las 10 de la noche), aplazar la continuación del debate hasta la próxima sesión.
Serrati. En nombre de la presidencia propongo que continúe la sesión y que se proponga a la comisión examinar punto por punto las tesis del camarada Zinóviev.
Se somete a votación la propuesta de Serrati y se aprueba. Serrati (Italia). La delegación italiana acepta por entero todas las tesis del camarada Zinóviev porque, al analizar el corporativismo, el sindicalismo, el industrialismo, el anarquismo y el relativismo y subrayar el espíritu pequeñoburgués de estas corrientes, defienden la causa del proletariado, la centralización y la disciplina en nombre de la instauración de la dictadura del proletariado por el partido comunista. Pero consideramos que algunas formulaciones contenidas en las tesis no son suficientemente claras, por ejemplo en la cuestión de los campesinos medios. Hay que determinar el contenido exacto de ese término; de lo contrario corremos el peligro de caer en el posibilismo. Al fin y al cabo, los que se llaman «campesinos medios» son en realidad el elemento más atrasado.
En cuanto al punto 6, estamos de acuerdo con la opinión del camarada Levi. Los comunistas deben dirigir toda su energía a crear organizaciones comunistas, y no neutrales, aunque están obligados a trabajar en estas últimas. El camarada McLaine ha pedido que se permita al Partido Socialista Británico seguir en el Partido Laborista. Pero yo, personalmente, en este caso estoy más bien de acuerdo con los representantes de los shop stewards, que consideran que el Partido Laborista es un partido político. Durante la guerra tuvo una orientación puramente política, como lo prueba la actuación de Henderson48. Y si permitimos que los comunistas sigan en organizaciones semejantes, abrimos una vez más, y de par en par, las puertas al posibilismo. Otro punto de las tesis dice que los comunistas pueden entrar en asociaciones neutrales o incluso reaccionarias, por ejemplo en los sindicatos cristianos. Pero un sindicato cristiano no es neutral en modo alguno. Entrar en él es ser cristiano. El congreso debe examinar también la cuestión de la entrada de los comunistas en las asociaciones masónicas, que son organizaciones impregnadas del espíritu del radicalismo pequeñoburgués y del oportunismo político. Pedimos que el congreso prohíba a los comunistas ingresar en organizaciones semejantes.
Lenin. ¡Camaradas! Quisiera hacer algunas observaciones sobre los discursos de los camaradas Tanner y McLaine. El camarada Tanner ha dicho que él y otros camaradas están por la dictadura del proletariado, pero que entienden por ella algo distinto de lo que entendemos nosotros. Ha dicho: por dictadura del proletariado entendemos, en el fondo, la dictadura de su minoría organizada y consciente. Pero en las condiciones del capitalismo, cuando las masas obreras están sometidas a una explotación incesante y no pueden desarrollar sus capacidades humanas, uno de los rasgos más característicos de los partidos políticos obreros es precisamente que solo pueden abarcar a una minoría de su clase. Un partido político solo puede abarcar a una minoría de la clase, del mismo modo que los obreros verdaderamente conscientes no son en toda sociedad capitalista más que una minoría del conjunto de los obreros. Por eso nos vemos obligados a reconocer que solo esa minoría consciente puede dirigir a las amplias masas obreras y llevarlas tras de sí. Y si el camarada Tanner dice que está en contra del partido, pero a favor de que la minoría revolucionaria de los proletarios más decididos y conscientes dirija a toda la clase obrera, yo digo que en realidad no hay diferencia entre nosotros. ¿Qué es una minoría organizada? Si esa minoría es verdaderamente consciente, si sabe llevar tras de sí a las masas y es capaz de dar respuesta a todas las cuestiones que están en el orden del día, entonces es, en el fondo, un partido. Y si camaradas como el camarada Tanner, a quienes tenemos especialmente en cuenta como representantes de un movimiento de masas, cosa que difícilmente puede decirse del Partido Socialista Británico, si estos camaradas están por que exista una minoría que luche decididamente por la dictadura y eduque a las masas en ese sentido, entonces esa minoría es, en el fondo, un partido. El camarada Tanner ha dicho que esa minoría debe organizar y llevar tras de sí a toda la masa obrera. Si el camarada Tanner y los demás camaradas del movimiento de los shop stewards y de la IWW reconocen esto (y diariamente vemos, en cada conversación con ellos, que realmente lo reconocen), que la minoría comunista consciente de la clase obrera puede llevar tras de sí al proletariado, entonces deben reconocer que ese es precisamente el sentido de todas nuestras resoluciones. Y entonces la única diferencia que existe entre nosotros consiste solo en que ellos evitan la palabra «partido», porque entre los camaradas ingleses hay cierto prejuicio contra el partido político. Piensan que un partido político es algo así como los partidos de Gompers49 y de Henderson, partidos de traficantes parlamentarios, de traidores a la clase obrera. Y si entienden por parlamentarismo la forma actual del parlamentarismo inglés o norteamericano, también nosotros estamos en contra de ese parlamentarismo y de esos partidos políticos. Necesitamos partidos nuevos, partidos distintos. Necesitamos partidos que estén realmente en contacto permanente con las masas, que sepan dirigir a las masas.
Paso ahora a la tercera cuestión que quería tocar aquí. El camarada McLaine es partidario de la entrada del partido comunista de Inglaterra en el Partido Laborista. Ya me he pronunciado sobre esta cuestión en mis tesis sobre la admisión en la III Internacional. En mi folleto dejé abierta esta cuestión. Pero, después de hablar con muchos camaradas, he llegado a la convicción de que la decisión de seguir en el Partido Laborista es la única táctica correcta. Pero he aquí que sale el camarada Tanner y declara: no seáis demasiado dogmáticos. Esa expresión está aquí completamente fuera de lugar. El camarada Ramsay dice: dejadnos a nosotros, los comunistas ingleses, resolver esta cuestión. Pero ¿qué Internacional sería esta si cualquier grupito viniera y dijera: algunos de nosotros estamos a favor de esto, otros en contra, dejadnos resolverlo a nosotros? ¿Para qué hacen falta entonces la Internacional, el congreso y la discusión? El camarada McLaine solo ha hablado del papel del partido político, pero esto se refiere también a los sindicatos y al parlamentarismo. Es cierto que la mayor parte de los mejores revolucionarios están en contra de la adhesión al Partido Laborista, porque también tienen una actitud negativa hacia el parlamentarismo como medio de lucha.
Por eso quizá lo mejor sea pasar esta cuestión a una comisión. Esta debe discutirla y estudiarla, y la cuestión debe resolverse sin falta en este congreso. No podemos decir: esto solo concierne a los comunistas ingleses. Debemos decir en general qué táctica es la correcta.
Paso ahora a la argumentación del camarada McLaine sobre el Partido Laborista inglés. Hay que decirlo abiertamente: el partido comunista puede entrar en el Partido Laborista si conserva la libertad de crítica y la posibilidad de hacer su propia política. Esto es lo más importante. Cuando el camarada Serrati habla a este respecto de colaboración de clases, yo declaro: esto no es colaboración de clases. Cuando los camaradas italianos dejan en el partido a oportunistas como Turati y compañía, es decir, a elementos burgueses, eso sí es realmente colaboración de clases. En el caso del Partido Laborista, en cambio, se trata solo de la colaboración de la minoría avanzada con la inmensa mayoría de los obreros ingleses. En el Partido Laborista están todos los miembros de las trade-unions. Es una estructura muy original, que no existe en ningún otro país. El Partido Laborista abarca a unos 6 o 7 millones de obreros de todos los sindicatos. No se les pregunta por sus convicciones políticas. Demuestre usted, camarada Serrati, que se nos impedirá criticar allí. Cuando lo haya demostrado, solo entonces habrá demostrado que el camarada McLaine se equivoca. El Partido Socialista Británico puede decir libremente que Henderson es un traidor y, a pesar de ello, seguir en el Partido Laborista. Es la colaboración de la vanguardia de la clase obrera con los obreros atrasados, con la retaguardia. Esto es tan importante para todo el movimiento que insistimos categóricamente en que los comunistas ingleses sirvan de eslabón entre el partido, es decir, la minoría de la clase obrera, y el resto de la masa obrera. Si la minoría no sabe dirigir a las masas, establecer el contacto con las masas, entonces no es un partido, entonces no vale nada, se llame partido o Comité Nacional de los shop stewards. Que yo sepa, los shop stewards tienen en Inglaterra un Comité Nacional, una dirección central, y eso ya es un paso hacia el partido. Por consiguiente, si no se refuta que el Partido Laborista inglés está formado por proletarios, se trata de la colaboración de la vanguardia de la clase obrera con los obreros atrasados, y si esa colaboración no se lleva a cabo sistemáticamente, entonces el partido comunista no vale nada y entonces no puede hablarse de dictadura del proletariado. Si nuestros camaradas italianos no aportan argumentos más convincentes, debemos resolver aquí definitivamente la cuestión más adelante y, sobre la base de lo que sabemos, llegar a la conclusión de que la entrada es la táctica correcta.
Los camaradas Tanner y Ramsay dicen: la mayoría de los comunistas ingleses no estará de acuerdo con esto. Pero ¿es que tenemos que estar forzosamente de acuerdo con la mayoría? En absoluto. Quizá, si aún no ha comprendido la táctica correcta, se pueda esperar. Incluso la existencia paralela de dos partidos durante cierto tiempo sería mejor que negarse a responder a la cuestión de qué táctica es la correcta. Naturalmente, no insistiréis en que aquí, partiendo de la experiencia de todos los delegados del congreso y sobre la base de los argumentos expuestos, se cree de inmediato un partido comunista único en todos los países. Eso es imposible. Pero decir abiertamente nuestra opinión, dar directivas, eso sí podemos hacerlo. Debemos estudiar la cuestión de la delegación inglesa en una comisión especial y decir luego: la táctica correcta es la entrada en el Partido Laborista. Si la mayoría está en contra, debemos organizar a la minoría por separado. Eso tendrá un valor educativo. Si la mayoría de los obreros ingleses todavía cree en la táctica anterior, en el próximo congreso comprobaremos nuestras conclusiones. Pero no podemos decir que estas son cuestiones solo inglesas: eso sería imitar las peores costumbres de la II Internacional. Debemos decir abiertamente nuestra opinión. Si los comunistas de Inglaterra no llegan a un acuerdo y aún no se ha creado el partido de masas, la escisión es de todos modos inevitable.
Trotski (Rusia). Camaradas, puede parecer bastante extraño que tres cuartos de siglo después de la aparición del Manifiesto Comunista se plantee en un congreso comunista internacional la cuestión de si hace falta o no un partido. El camarada Levi ha subrayado precisamente este aspecto del debate, observando que para la mayor parte de los obreros de Europa occidental y de América esta cuestión está resuelta desde hace tiempo, y piensa en general que discutirla no contribuye a elevar el prestigio de la Internacional Comunista. Por mi parte, creo que los acontecimientos históricos están en contradicción bastante aguda con la opinión, expresada aquí con tanta magnanimidad marxista, de que las amplias masas obreras saben ya perfectamente que el partido es necesario. Ni que decir tiene que, si tuviéramos que vérnoslas aquí con los señores Scheidemann o Kautsky, o con sus correligionarios ingleses, no haría ninguna falta convencer a estos señores de que la clase obrera necesita un partido. Ellos crearon para la clase obrera un partido y lo pusieron al servicio de la burguesía y de la sociedad capitalista. Pero cuando pensamos en el partido proletario, vemos que en los distintos países atraviesa etapas distintas en su desarrollo. En Alemania, país clásico de la vieja socialdemocracia, vemos cómo una clase obrera gigantesca, que está a un alto nivel cultural, avanza sin cesar en su lucha arrastrando tras de sí considerables restos de viejas tradiciones. Lo vemos en el ejemplo del Partido Socialdemócrata Independiente. Vemos, por otro lado, que precisamente los partidos que pretenden hablar en nombre de la mayoría de la clase obrera, los partidos de la II Internacional, que expresan el estado de ánimo de una parte de la clase obrera, nos obligan a plantear la cuestión de si hace falta o no un partido. Precisamente porque sé que el partido es necesario, y sé muy bien lo que vale el partido, y precisamente porque veo, por un lado, a Scheidemann y, por otro, a los sindicalistas norteamericanos, españoles o franceses, que no solo quieren luchar contra la burguesía, no como quería Scheidemann, sino que quieren de verdad cortarle la cabeza, digo: prefiero entenderme con estos camaradas españoles, norteamericanos y franceses, para demostrarles que, para cumplir la misión que la historia les ha confiado, la destrucción de la burguesía, hace falta un partido. Se lo demostraré como camarada, basándome en mi propia experiencia, y no les opondré la larga experiencia de Scheidemann diciendo: para la mayoría esta cuestión ya está resuelta.
Camaradas, vemos qué grande es la influencia de las tendencias antiparlamentarias en los viejos países del parlamentarismo y la democracia, como por ejemplo Francia, Inglaterra, etc. En Francia tuve ocasión de observar al comienzo de la guerra cómo las primeras voces valientes contra la guerra (precisamente cuando los alemanes estaban a las puertas de París) se alzaron en las filas de un pequeño grupo de sindicalistas franceses: eran las voces de mis amigos Monatte50, Rosmer y otros. En aquel momento no podíamos plantear la cuestión de formar un partido comunista: esos elementos eran demasiado pocos. Pero con los camaradas Monatte, Rosmer y otros, que tenían un pasado anarquista, me sentía como un camarada con otro. En cambio, ¿qué tenía yo en común con un Renaudel51, que comprende perfectamente la necesidad del partido, o con Albert Thomas y otros señores a los que no quiero ni nombrar para no faltar a las reglas de la decencia?
Camaradas, los sindicalistas franceses hacen un trabajo revolucionario en los sindicatos. Cuando hablo ahora, por ejemplo, con el camarada Rosmer, nos encontramos en un terreno común. Los sindicalistas franceses, frente a las tradiciones de la democracia, sus engaños y sus ilusiones, dijeron: no queremos ningún partido, estamos por los sindicatos proletarios y por la minoría revolucionaria dentro de ellos, que aplica la acción directa, la acción de masas. Lo que significaba esa minoría para los sindicalistas franceses no lo tenían claro ni ellos mismos. Era una anticipación del desarrollo posterior, y eso, a pesar de los prejuicios y las ilusiones, no impidió a esos mismos camaradas sindicalistas desempeñar un papel revolucionario en Francia y dar de sí esa pequeña minoría que ha venido a nosotros, al congreso internacional.
¿Qué es esa minoría para nuestros amigos? Es la parte selecta de la clase obrera francesa, que tiene su programa claro y su organización, en la que discuten todas las cuestiones, y no solo las discuten, sino que las resuelven, y que está ligada por cierta disciplina. Pero el sindicalismo francés, partiendo de la experiencia de la lucha de la clase obrera contra la burguesía, de su propia experiencia y de la de otros países, se verá obligado a crear un partido comunista. El camarada Pestaña dice: «No quiero tocar esta cuestión; soy sindicalista, no quiero hablar de política, y menos aún quiero hablar del partido». Esto es sumamente interesante. No quiere hablar del partido comunista para no ofender a la revolución. Eso significa que la crítica del partido comunista, de su necesidad, le parece, en el marco de la revolución rusa, una ofensa a la revolución. Y así es, porque el partido, en el proceso de la revolución, se ha identificado con ella. Lo mismo ocurrió en Hungría.
El camarada Pestaña, que es un sindicalista español influyente, ha venido aquí, con nosotros, porque aquí hay camaradas que en mayor o menor medida se sitúan en el terreno del sindicalismo, hay también camaradas, por así decirlo, parlamentaristas, y hay camaradas que no son ni parlamentaristas ni sindicalistas, pero están por las acciones de masas, etc. ¿Y qué le proponemos? Le proponemos un partido comunista internacional, es decir, la unión de los elementos avanzados de la clase obrera, que vienen con su experiencia, la comparten con los demás, se critican unos a otros, toman decisiones, etc. Cuando el camarada Pestaña vuelva a España con esas decisiones, sus camaradas le preguntarán: ¿con qué vuelves de Moscú? Entonces les presentará las tesis y propondrá votar a favor o en contra de ellas; tendrá que defender esas tesis, y los sindicalistas españoles que se unan sobre la base de las tesis que les proponga formarán ni más ni menos que el partido comunista español.
Hoy hemos recibido del gobierno polaco una propuesta para concluir la paz. ¿Quién resolverá esta cuestión? Tenemos el Consejo de Comisarios del Pueblo, pero también él tiene que estar sometido a cierto control. ¿Al control de quién? ¿Al control de la clase obrera como masa informe y caótica? No. Se convoca el Comité Central del partido para discutir la propuesta y resolver la cuestión. Y cuando tenemos que hacer la guerra, crear nuevas divisiones, escoger para ellas los mejores elementos, ¿a quién nos dirigimos? Al partido. Al Comité Central. Y este da instrucciones a cada comité local para que envíe comunistas al frente. Lo mismo ocurre con la cuestión agraria, con la del abastecimiento y con todas las demás cuestiones. ¿Quién resolverá esas cuestiones en España? El partido comunista español, y estoy seguro de que el camarada Pestaña será uno de los fundadores de ese partido.
El camarada Serrati, a quien desde luego no hace falta demostrarle la necesidad del partido (él mismo es dirigente de un gran partido), nos pregunta irónicamente qué entendemos en realidad por campesinos medios y semiproletarios, y si no es oportunismo hacerles distintas concesiones. Pero ¿qué es el oportunismo, camaradas? Entre nosotros está en el poder la clase obrera, dirigida y llevada tras de sí por el partido comunista, que es su representante. Pero no tenemos solo una clase obrera avanzada; tenemos distintos elementos atrasados y sin partido que parte del año trabajan en el campo y parte del año en la fábrica, tenemos diversas capas del campesinado. Nada de eso lo ha creado nuestro partido: lo hemos recibido en herencia del pasado feudal y capitalista. La clase obrera está en el poder y dice: esto no lo puedo cambiar ni hoy ni mañana; aquí tengo que hacer una concesión a unas relaciones atrasadas, bárbaras. Hay oportunismo cuando, representando a la clase trabajadora, se hacen a la clase dominante concesiones que le facilitan seguir en el poder. También Kautsky nos ha reprochado que nuestro partido hace supuestamente demasiadas concesiones al campesinado. La clase obrera, estando en el poder, debe acelerar el proceso de revolucionarización de una enorme parte del campesinado, ayudándole a pasar del modo de pensar feudal al comunismo, y no puede dejar de hacer ciertas concesiones a los elementos atrasados. Así pues, creo que la cuestión que ha encontrado una solución que al camarada Serrati le parece oportunista no es una cuestión que rebaje la dignidad del partido comunista en Rusia. Pero aunque así fuera, aunque hubiéramos cometido tal o cual error, eso solo significaría que actuamos en una situación muy complicada y tenemos que maniobrar. Teníamos el poder en nuestras manos y, sin embargo, retrocedimos ante el imperialismo alemán en Brest-Litovsk, y luego ante el imperialismo inglés. En este caso maniobramos entre las distintas capas del campesinado: a unas las atraemos, a otras las rechazamos, a otras las aplastamos con el puño acorazado. Es la maniobra de una clase revolucionaria que está en el poder y puede cometer errores, pero esos errores entran en el inventario del partido, que concentra toda la experiencia acumulada por la clase obrera. Así es como concebimos nuestro partido, así es como concebimos nuestra Internacional.
Souchy52 (Alemania, Unión Obrera General). Al elaborar los principios rectores del movimiento obrero internacional no debemos partir de premisas teóricas preconcebidas, sino que debemos averiguar las tendencias que efectivamente han aparecido en el movimiento obrero de los distintos países y contribuir a su desarrollo ulterior en un sentido revolucionario. Nuestra teoría no debe ser otra cosa que el desarrollo consciente de las tendencias y formas de lucha que se han formado en el proceso de la lucha de la clase obrera contra la burguesía. Tales son, en Inglaterra, el movimiento de los shop stewards; en América, la IWW; en Noruega, los comités de fábrica. Estas formas representan tendencias engendradas por las propias condiciones de la lucha entre el capital y el trabajo.
Hay que renunciar a los intentos de llevar estos movimientos, por consideraciones puramente teóricas, a un cauce completamente distinto con el pretexto de que no son comunistas. Si abandonamos el camino empírico y entramos en el camino del doctrinarismo, no podremos crear una Internacional de lucha. Por eso no quisiera dedicarme a teorizar, sino solo detenerme en las tendencias que han aparecido durante la revolución. Esas tendencias debemos estudiarlas atentamente y tratar de desarrollarlas. Debemos tratar de captar el espíritu del movimiento obrero vivo, nacido en las entrañas de la clase obrera y no en la cabeza de algunos teóricos. Al intervenir aquí como representante de los sindicalistas, y sin querer entrar en una discusión teórica de los argumentos de los camaradas rusos, debo tratar de demostrar, con todo, que el sindicalismo no es un movimiento semiburgués, como aquí se lo ha pintado. Y en este punto también tengo que desviarme al terreno de la teoría para refutar las tesis teóricas que se han expuesto aquí. Así, el camarada Zinóviev ha afirmado que la burguesía persuade a los obreros de que no creen organizaciones políticas, y que, si en el sindicalismo existe una tendencia contraria a la organización de los obreros en partido político, en la base de esa tendencia del sindicalismo está ese prejuicio burgués. Eso no corresponde a los hechos. ¿Qué dice la burguesía, por ejemplo, del movimiento sindicalista, de la IWW y de otras organizaciones semejantes? ¿Acaso la burguesía acoge con agrado el movimiento de los industrialistas?, le pregunto al camarada Zinóviev. ¿Y no tratará de combatirlo exactamente igual que combate a los partidos políticos? A la burguesía no le conviene que el proletariado cree partidos políticos, pero ¿le conviene a la burguesía que el proletariado tenga un movimiento industrialista? ¡De ningún modo! Por el hecho de que se persiga a los sindicalistas en todos los países vemos que este movimiento inspira a la burguesía el mismo miedo que cualquier movimiento político. Por esta razón no podemos estar de acuerdo con el punto de vista de que el industrialismo no es tan peligroso para la burguesía. Al contrario, y puede demostrarse con una serie de ejemplos, el movimiento sindicalista es tan dañino desde el punto de vista de la burguesía como el movimiento político revolucionario, aunque la burguesía no teme a los partidos políticos como tales. Al contrario, los partidos políticos son una creación de la burguesía. Si nos fijamos en la Revolución francesa, veremos que los jacobinos, tras cuyas huellas iba la burguesía, apoyaban la idea de crear partidos políticos. La herencia burguesa no es la idea de crear organizaciones industriales, sino la idea de formar partidos políticos. Si quisiéramos dedicarnos a malabarismos teóricos, me sería muy fácil demostrároslo.
El camarada Zinóviev dice además que lo que se quiere adoptar no es el viejo parlamentarismo, sino sus nuevas formas. También en este caso querría aclarar la cuestión no desde el punto de vista teórico, sino remitiéndome a las tendencias que existen en el movimiento obrero actual. Hay que reconocer que la inclinación al parlamentarismo desaparece cada vez más en el medio obrero revolucionario. Al contrario, en las filas de la parte avanzada del proletariado se observa una fuerte corriente antiparlamentaria. Tomemos, por ejemplo, el movimiento de los shop stewards, el sindicalismo español: todos están contra el parlamentarismo. La IWW tiene una actitud absolutamente antiparlamentaria. Y no solo eso. Diréis: los sindicalistas no tienen ninguna importancia en Alemania. Sin embargo, somos más de doscientos mil. Quiero señalar que la idea del antiparlamentarismo penetra cada vez más en Alemania, no solo por la influencia de las teorías sindicalistas, sino gracias a la propia revolución. Tenemos que tenerlo en cuenta. En Alemania la mayoría de los comunistas está actualmente contra el parlamentarismo. Desde este ángulo debemos examinar la cuestión, y no se puede, desde un punto de vista teórico y doctrinario, después de haber echado al parlamentarismo por la puerta con bombo y platillos, dejarlo entrar por la ventana con la idea de que es útil para fines de agitación.
El camarada Trotski ha tocado en su intervención los puntos más importantes. El camarada Zinóviev dice que los sindicatos no tienen un programa que vayan a aplicar al día siguiente de la revolución. Ha señalado que los sindicatos no estarían en condiciones de cumplir las tareas económicas y sociales. Cabe preguntarse: ¿qué organizaciones están llamadas a organizar la vida económica de la sociedad? ¿Unos elementos burgueses cualesquiera agrupados en un partido y sin contacto con la vida económica, o los elementos que están en la raíz misma de la producción y del consumo? Todo el mundo tiene que reconocer que solo esas organizaciones, ligadas del modo más estrecho a la producción, están llamadas a organizar la vida económica y tomarla en sus manos. No cabe ninguna duda (lo vemos también en Rusia) de que a los sindicatos les está reservado un papel enorme en la vida económica.
Ramsay (Inglaterra, shop stewards). Seré lo más breve posible. Hablo aquí en nombre de los comunistas que rechazan el punto de vista del Partido Socialista Británico, que no están de acuerdo con la entrada en el Partido Laborista. Afirmo que solo el Partido Socialista Británico sostiene ese punto de vista. Los demás grupos están en contra de participar en el Partido Laborista. Creo que sería un error táctico dictar desde aquí directivas sobre esta cuestión: hay que conocer toda la situación en la propia Inglaterra para orientarse en esta cuestión y dar directivas desde aquí. Hay que reconocer también el derecho del Partido Comunista de Inglaterra a obrar según su criterio en la cuestión de la adhesión al Partido Laborista. La adhesión causaría el mayor de los daños a los comunistas ingleses, porque la clase obrera está harta de la táctica del Partido Laborista y cansada de ella.
Serrati. Se propone cerrar el debate. Los que estén a favor, que levanten la mano. ¿En contra? Se aprueba la propuesta. La presidencia propone nombrar esta noche, para discutir este punto del orden del día, una comisión formada por los siguientes camaradas:
Fraina: Estados Unidos de América; Ramsay y McLaine: Inglaterra; Meyer: Alemania; Graziadei: Italia; Bujarin: Rusia; Kabakchiev: Bulgaria; Steinhardt: Austria; Wijnkoop: Holanda; Zinóviev: Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.
Estos camaradas deben reunirse mañana por la tarde y discutir las objeciones a las tesis, y luego, mañana mismo a las 8 de la noche, informar al pleno. (Se propone a Levi en lugar de Meyer.) ¿Quién está a favor de esta comisión? (Votación.) ¿En contra? (Votación.) Queda elegida la comisión. Se ruega a los camaradas de la comisión que se queden aquí unos minutos más.
Se levanta la sesión.
Tercera sesión, sábado 24 de julio de 1920
Serrati. La comisión nombrada ayer por la tarde ha terminado su trabajo y está dispuesta a informar sobre él. Como los miembros de la presidencia aún no han llegado, propongo que esperemos para abrir la sesión.
Se abre la sesión a las 10 de la noche.
Serrati. Empezamos con dos horas de retraso. Pero la presidencia propone un método de trabajo que acortará notablemente los debates. Para examinar las distintas tesis se nombrarán 7 comisiones, de 7 a 11 miembros cada una. Cada delegación tendrá derecho a proponer un representante para cada comisión. La presidencia elige a los representantes en las comisiones entre los candidatos propuestos por las delegaciones. Cada comisión nombra un ponente de entre sus miembros, y el congreso examina definitivamente la cuestión.
Pestaña (España). Me parece que la propuesta de la presidencia no es lógica. Propongo que las delegaciones de las distintas nacionalidades nombren por sí mismas a los miembros de las comisiones.
Serrati. La presidencia lo aceptaría con gusto si conociera a todos los delegados presentes, pero aquí hay muchos a los que vemos por primera vez.
Pestaña. Precisamente porque la presidencia reconoce que no conoce suficientemente a los miembros de las delegaciones, me parece más lógico encomendar a las propias delegaciones toda la responsabilidad del nombramiento de los miembros de las comisiones.
Serrati. La presidencia fijará solo el número de miembros de cada comisión; su calidad la determinarán las distintas delegaciones.
Pestaña. ¿Habrá luego discusión?
Serrati. Desde luego, y el congreso podrá expresar libremente su opinión. Someto a votación la propuesta de la presidencia.
Se aprueba la propuesta de la presidencia por una inmensa mayoría.
Serrati. Doy lectura a la propuesta aprobada:
«El congreso se divide en comisiones, que deben discutir las tesis sobre las cuestiones principales del orden del día del congreso.
Cada comisión se compone de 7 a 11 miembros.
Cada delegación nacional tiene derecho a nombrar un miembro para cada comisión.
La presidencia elige definitivamente a los miembros de las distintas comisiones.
Cada comisión nombra un ponente, que informa al congreso de la decisión de la comisión.
Las comisiones deberán examinar y proponer resoluciones sobre las siguientes cuestiones del orden del día:
El parlamentarismo.
Los sindicatos.
Las cuestiones nacional y colonial.
La cuestión agraria.
Las condiciones de admisión en la Internacional Comunista.
Los estatutos, las cuestiones de organización, las organizaciones de la juventud y de las mujeres.
La situación internacional actual y las tareas de la Internacional Comunista».
La presidencia ha recibido la siguiente declaración de la delegación norteamericana al congreso de la Internacional Comunista:
«De acuerdo con la resolución del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y con las necesidades del propio movimiento comunista norteamericano, es necesario unificar los dos partidos comunistas53.
En consecuencia, saludamos la formación del Partido Comunista Unificado, compuesto por el Partido Comunista Obrero (Communist Labor Party) y por una parte considerable del Partido Comunista (Communist Party). Pero esta unificación no es completa.
Ante la necesidad de una unificación completa del movimiento comunista norteamericano, nosotros, los delegados del Partido Comunista y del Partido Comunista Obrero, hemos llegado al acuerdo de:
Actuar en el congreso como un grupo único.
Pedir al Comité Ejecutivo de la Internacional que obligue una vez más, de forma perentoria, a todos los elementos que se opongan a la fusión completa de estos partidos a unirse sobre la plataforma de la Internacional.
Atenernos a las resoluciones del Comité Ejecutivo de la Internacional sobre la cuestión de la unificación.
Por el Partido Comunista de América: Louis Fraina, Alexander Stoklitsky.
Por el Partido Comunista Obrero de América: John Reed, John Jurgis, Alexander Bilan». (Aplausos.)
Hemos recibido además el siguiente telegrama de la Liga Socialista Internacional de Sudáfrica54:
«Al secretario de la III Internacional. Moscú.
¡Queridos camaradas! En el último congreso de la Liga Socialista Internacional de Sudáfrica, celebrado en Johannesburgo el 4 de enero de 1920, se decidió por unanimidad la adhesión a la III Internacional. Me puse en contacto con el Partido Socialista Obrero inglés55 y, a través de él, con el camarada Rutgers56, del Buró de Ámsterdam. Este me aconsejó dirigirme a ustedes por medio del buró con la solicitud de adhesión. Adjuntamos nuestro programa y nuestros estatutos, que creo que les convencerán de que nuestra política coincide plenamente con la de los partidos comunistas de Europa y de todo el mundo. Si nos lo piden, les daremos con mucho gusto explicaciones más completas. ¡Por la revolución socialista! Con un saludo fraternal, W. H. Andrews57.
Secretario organizador de la Liga Socialista Internacional de Sudáfrica». (Aplausos.)
Serrati. Se ruega a las distintas delegaciones nacionales que nombren a sus representantes en las comisiones.
La presidencia ha propuesto nombrar una comisión de mandatos. La presidencia pide que se apruebe su composición. La forman: Rosmer, Meyer, Bombacci, Bujarin, Rádek y Rudnyánszky.
El congreso aprueba la propuesta.
Continúa la discusión de la cuestión del papel del partido comunista en la revolución proletaria. John Reed (Partido Comunista Obrero de América). Propongo que se adopte el inglés como una de las lenguas oficiales del congreso. Entre los delegados presentes en esta sala hay más que hablan inglés que, por ejemplo, francés. Se nos prometió un intérprete de inglés, pero aún no lo hemos recibido.
Serrati. Trataremos de complacer al camarada Reed en lo que se refiere al intérprete. Pero, como ya se ha declarado repetidas veces a los camaradas, la presidencia no puede aceptar la propuesta del camarada Reed de reconocer el inglés como lengua oficial del congreso.
Balabánova. Camarada Reed, es la tercera vez que renueva usted su propuesta. Y la cuestión está resuelta.
Zinóviev. ¡Camaradas! Debo informaros del trabajo de la comisión que elegimos ayer. En la comisión estaban representantes de 8 países: Alemania, Rusia, Francia, Inglaterra, América, Italia, Holanda y Bulgaria. Asistieron también a la comisión representantes de los sindicalistas revolucionarios y del movimiento de los shop stewards. Puedo comunicaros el grato hecho de que la comisión ha aprobado la resolución por unanimidad. (Aplausos.)
Os daré a conocer las modificaciones hechas por la comisión. Advierto de antemano que todavía queda por hacer un trabajo de redacción y estilo. La comisión eligió de entre sus miembros una pequeña subcomisión de redacción de tres camaradas. Pero la subcomisión aún no ha tenido tiempo de terminar su trabajo. De todos modos, se trata solo de enmiendas de carácter puramente estilístico.
En primer lugar, la comisión decidió redactar una nueva introducción a las tesis, porque la introducción anterior se escribió antes del congreso y ahora queremos formularla de otra manera. La nueva introducción es la siguiente:
«El proletariado mundial está en vísperas de batallas decisivas. Vivimos una época de guerras civiles directas. Se acerca la hora decisiva. En casi todos los países donde hay un movimiento obrero considerable, a la clase obrera le espera en un futuro próximo una serie de encarnizados combates con las armas en la mano.
Ahora, más que nunca, la clase obrera necesita una organización cohesionada. La clase obrera debe prepararse incansablemente para la lucha decisiva que se avecina, sin perder ni una sola hora del precioso tiempo que queda.
Si durante la Comuna de París (1871) la clase obrera hubiera tenido un partido comunista cohesionado, aunque fuera pequeño, la primera insurrección heroica del proletariado francés habría sido mucho más fuerte y se habrían evitado miles de errores y debilidades.
La lucha que espera ahora al proletariado, en una situación histórica distinta, influirá mucho más en los destinos históricos de la clase obrera que en 1871. Partiendo de esto, el II Congreso mundial de la Internacional Comunista llama a los obreros revolucionarios de todo el mundo a prestar atención a lo siguiente».
En la tesis 3, donde se trata de la confusión de los conceptos de partido y de clase y se ponen ejemplos tomados exclusivamente de la vida rusa, hemos decidido dar también una serie de ejemplos paralelos del movimiento obrero de distintos países.
El parágrafo 5 se refiere a nuestras divergencias con los sindicalistas revolucionarios y con los partidarios de la IWW. Este parágrafo también se ha aprobado por unanimidad. Se ha decidido hacer dos adiciones más. En la primera debe señalarse que el último medio de lucha para nosotros no es la huelga general, sino la insurrección armada. Y esto debe ser
para nosotros un argumento más a favor de la creación de un partido con una disciplina de hierro. Nos parece que algunos camaradas de las filas de los sindicalistas revolucionarios, de la IWW y, en parte, del movimiento de los shop stewards subestiman la importancia de un partido político de combate porque muchos de ellos se figuran que el medio de lucha más extremo para nosotros es la táctica de los brazos cruzados, la huelga general. No es así.
El medio decisivo de lucha para nosotros es la insurrección armada, y para ello hace falta precisamente la organización de las fuerzas revolucionarias, una organización sobre pie de guerra y, por consiguiente, un partido centralizado.
Hemos decidido añadir esto en nuestras tesis para que lo comprenda todo obrero, todo sindicalista revolucionario.
La mejor parte de los sindicalistas ha afirmado siempre que el papel de la minoría revolucionaria (la minorité initiative) es extraordinariamente grande en la revolución. Es completamente cierto. Los tomamos al pie de la letra y les decimos: puesto que es verdad, debéis comprender que la minoría revolucionaria, de orientación comunista, es precisamente el partido comunista. Así pues, también este argumento se añade a las tesis.
Luego, en la comisión se discutió bastante tiempo el parágrafo 6, que ayer criticaron muchos. El parágrafo 6 se refiere a nuestra actitud hacia las organizaciones sin partido. La comisión ha decidido, para evitar malentendidos, no utilizar la expresión «sin partido» y sustituirla por la expresión «no partidarias».
Pero esto es solo una enmienda de estilo. La discusión en la comisión nos ha mostrado que es un punto muy importante, que requiere una aclaración detallada.
Algunos camaradas creían que aquí se pensaba en los sindicatos neutrales. Pero es una opinión errónea. Nos pronunciamos decididamente contra la neutralidad de los sindicatos y declaramos que esa neutralidad es sencillamente imposible. Cuando hablamos de organizaciones no partidarias o sin partido, pensamos en algo completamente distinto.
Necesitamos un partido rigurosamente centralizado, pero que esté siempre estrechamente ligado a las masas. Lo más importante, aquello sobre lo que debemos llamar especialmente la atención de los comunistas de todos los países, es que en todas las etapas de la lucha debemos tener un estrecho contacto con las masas obreras, utilizando para ello todas las posibilidades, entre otras también el camino de la colaboración con organizaciones, grupos y conferencias sin partido, no partidarios. Expliquemos nuestra idea con algunos ejemplos:
En Inglaterra ha surgido la organización «¡Manos fuera de Rusia!» (Hands off Russia!)58, una organización bastante influyente. Es un movimiento sin partido que, sin embargo, ha ganado a masas bastante amplias. Somos de la opinión de que los comunistas deben participar a toda costa en un movimiento semejante. Los comunistas deben desempeñar en él un papel dirigente y darle orientación. Además, en los últimos tiempos se han convocado, a escala nacional e internacional, grandes conferencias de «víctimas e inválidos de la guerra mundial». En este caso tenemos que ver con millones de personas que se organizan, aunque sea temporalmente, sobre esa base. ¿Deben los comunistas mantenerse al margen de ellas? No; al contrario, debemos influir por todos los medios en esas organizaciones.
El tercer ejemplo, que tomamos de la vida austriaca, es la cuestión de la vivienda. La cuestión de la vivienda es extraordinariamente aguda en Viena y agita muchísimo a la clase obrera. En Viena hay un consejo de diputados obreros, que sin embargo está en manos de los socialpatriotas. Los socialpatriotas se niegan a atender a los obreros. Por ello reina una fuerte agitación en Viena y en otras ciudades. Es posible que se formen organizaciones, aunque sean temporales y poco estructuradas (lose), de obreros inquilinos. ¿Deben los comunistas mantenerse al margen de este movimiento? De ningún modo. Aunque en Viena tenemos una organización comunista de partido, debemos apoyar una organización no partidaria semejante, dirigirla, utilizando también este camino para llevar a esas masas al comunismo.
Tomemos ahora un ejemplo de la revolución rusa. Nuestro partido es bastante fuerte y, sin embargo, organizamos conferencias proletarias sin partido, y también conferencias campesinas sin partido. Estas conferencias tienen para nosotros gran importancia. Hay una parte considerable de los obreros que declaran con orgullo que no son de ningún partido. Tomamos a ese obrero al pie de la letra y le decimos: «No eres de ningún partido, pero eres proletario. Queremos organizar una conferencia de todos los obreros sin partido de tal empresa, de tal distrito o de tal ciudad. ¿Estás dispuesto a participar en esa conferencia?». Responde: «Sí». Se convoca esa conferencia. ¿Qué cuestiones se discuten en ella? Las cuestiones más candentes: la del abastecimiento, la de la guerra polaca, la de la enseñanza, etc. ¿Debemos mantenernos al margen de esa conferencia? ¡De ningún modo! Debemos ir a ella y participar en ella. Organizamos para ello un núcleo comunista y por ese camino acercamos a nuestro partido a toda una masa de obreros que ayer todavía no eran de ningún partido. Es una de las mejores formas de contacto con las masas. Estas conferencias son lose Organisationen, quizá semiorganizaciones, aunque gozan de amplios derechos en virtud de nuestros decretos. Pueden, por ejemplo, elegir inspectores, y gozan de los derechos de inspectores del Estado en distintas cuestiones importantes. Quizá todo esto pueda organizarse de otra manera, pero el ejemplo es muy ilustrativo. Y llamamos la atención sobre esta tesis a los partidos que, como el inglés, el norteamericano y algunos otros, son todavía jóvenes y, por desgracia, aún no están suficientemente ligados a las masas. Es muy importante comprender que por este camino se puede lograr el más estrecho contacto con los obreros y con los campesinos más pobres. Creemos que en todos los países, también en Alemania, se puede hacer todavía muchísimo en este sentido, para atraer al partido no solo a la parte selecta del proletariado, sino también a sus amplias capas, llevándolas así al comunismo.
En las demás tesis solo se han hecho pequeñas modificaciones. Para los camaradas ingleses y norteamericanos es importante saber que, allí donde hablamos de los laboristas y declaramos que los laboristas de todo tipo predican a los obreros en Inglaterra y en América la creación de uniones obreras informes en lugar de un partido político, se ha añadido: los laboristas «amarillos»; aquí no se trata de los shop stewards, sino de los partidarios de Henderson. Los laboristas amarillos predican la apoliticidad o bien, como lo hemos formulado, crean agrupaciones puramente parlamentarias y políticas de carácter difuso. Una organización difusa de ese tipo es precisamente el Partido Laborista; por lo menos, los Henderson quieren que su partido sea así.
Estas son las modificaciones más importantes que hemos hecho. Hemos decidido discutir aparte la adición del camarada McLaine. Él ha estado de acuerdo. Discutiremos detalladamente en una comisión especial las condiciones inglesas y quizá las norteamericanas, y daremos una respuesta precisa sobre esta cuestión a los camaradas ingleses y norteamericanos.
Este ha sido el trabajo de la comisión y, como ya he subrayado, la comisión ha aprobado la resolución por unanimidad.
Quisiera decir todavía un par de palabras sobre algunos argumentos que se expusieron ayer contra mi informe y que hasta ahora no han tenido respuesta. Ante todo, la objeción del sindicalista español camarada Pestaña. Dice: «Sí, si hay que aceptar la existencia del partido, entonces, como ocurrió en Francia, ese partido debe ser el resultado de la revolución: al fin y al cabo, el partido jacobino nació como resultado de la Revolución francesa». El camarada Pestaña quería decir con esto que también nosotros, ahora, ante la revolución proletaria, debemos proceder del mismo modo. Concibe el partido solo como resultado de la revolución. ¿Es eso cierto? No lo creo. Aunque así hubiera sido (y no fue así), ¿es eso realmente un argumento para que ahora, en 1920, cuando tenemos que luchar contra los partidos burgueses de todo el mundo, armados de pies a cabeza, planteemos la cuestión de modo que solo debamos crear el partido «como resultado de la revolución»? ¿Y qué haremos entonces durante la revolución? ¿Quién organizará las mejores filas de los obreros al comienzo de la revolución? ¿Quién la preparará, elaborará el programa y lo propagará? Creo que debemos decir a todo obrero, y también a todo sindicalista revolucionario que simpatice sinceramente con la revolución proletaria (y sé que el camarada Pestaña es uno de esos camaradas seriamente entregados a la causa de la revolución), que de esto hay que sacar la conclusión de que no debemos esperar a que llegue la revolución, nos coja desprevenidos y, como resultado, cristalice el partido. Debemos empezar ahora mismo, sin perder una sola hora, a organizar ese partido.
El camarada Pestaña dice además: «No fueron los comunistas, sino el pueblo, quien hizo la revolución en Rusia». Es completamente cierto. No pretendemos en absoluto negar que la revolución la hizo el pueblo, si es que se puede hablar en general de «hacer» la revolución. Pero el partido comunista es la mejor parte del pueblo trabajador, ni más ni menos, y no es poca cosa ser el núcleo organizado que marcha al frente de las masas populares, que reúne en sí a los mejores y lleva tras de sí a las masas obreras.
Quisiera decir algo más sobre la «autonomía» de la que se habló ayer. Ayer oímos desde distintos lados que la solución de tales o cuales cuestiones debe dejarse a los partidos de los países respectivos, que no se puede vulnerar la autonomía. Creo que son ecos de aquella autonomía que propagaba la II Internacional. Debemos decirlo abiertamente. Naturalmente, cada partido debe gozar de cierta autonomía; nadie se opone a eso. Pero hay autonomías y autonomías. Sabemos que los revisionistas lanzaron hace ya 15 años la consigna de la autonomía y se presentaron siempre, no solo a escala internacional, sino también en el seno de su propio partido, con declaraciones de este tipo: Berlín debe ser autónomo, Leipzig debe ser autónomo; en una palabra, cada ciudad debe ser autónoma. La experiencia de nuestra revolución rusa enseña que, si nos hubiéramos atenido a ese criterio, no habría habido un partido, sino una multitud de partidos. Así están ahora las cosas en Francia: allí se dice «el partido de París», «el partido de Lyon», etc.; ese es el término técnico. Eso es lo que significa la autonomía en la interpretación de la II Internacional. No necesitamos un partido que sea «autónomo» en cada ciudad. Necesitamos un partido centralizado, tanto a escala nacional como a escala internacional.
Sé muy bien que, aunque ahora creemos unos estatutos de la III Internacional basados en el principio del centralismo, eso no significa todavía que tengamos ya una Internacional revolucionaria única. Todavía tendremos que luchar por ella. Y se comprende que no puede ser de otro modo, que hay que someterse. Es mejor cometer a veces algunos errores sometiéndose al todo que practicar una «autonomía» que signifique la fragmentación de las fuerzas de la clase obrera. En los estatutos de Marx de la I Internacional se dice: si seguimos siendo esclavos asalariados, si la lucha del proletariado tarda tanto en dar resultados, es porque estamos tan desunidos, porque los obreros no comprenden la necesidad de una organización cohesionada59. Han pasado cincuenta años, un largo periodo de la historia mundial. La guerra imperialista nos ha mostrado, y todo obrero lo comprende ya, que la suerte de la clase obrera de cada país está estrechamente ligada a la suerte de la clase obrera de todos los demás países. La guerra nos lo ha mostrado de forma demasiado convincente. Ahora solo se trata de que saquemos de ello las conclusiones necesarias y convenzamos de su justeza a las masas obreras, para que comprendan que necesitan una organización internacional centralizada de ese tipo.
La aprobación unánime de una resolución que pone de relieve el papel histórico del partido comunista en la revolución proletaria, la unanimidad que esperamos alcanzar sobre esta cuestión también en el congreso, tiene una enorme importancia histórica. El socialismo ha atravesado una crisis tremenda. Por todas partes hay fermentación. En todos los países surgen grupos diversos; los obreros buscan el verdadero camino. Y no debemos, como la II Internacional, burlarnos de los obreros que todavía no están del todo de acuerdo con nosotros, aunque se nos hayan unido, ni perseguirlos. Así es precisamente como ocurría en la II Internacional en cuanto despuntaban en ella tendencias de izquierda. Nosotros, al contrario, debemos acoger en nuestras filas a esos camaradas, examinar con ellos las cuestiones, discutir y aclararles sus errores para curarlos de ellos. Esa será la mejor prueba de la vitalidad de la III Internacional. La esencia de la III Internacional consiste justamente en que unimos a todos los elementos revolucionarios de la clase obrera, sin importar que ayer fueran sindicalistas o pertenecieran al movimiento de los shop stewards; lo único importante es que esos camaradas comprendan claramente lo que es la lucha revolucionaria, que sean partidarios de la dictadura, que demuestren que quieren luchar junto con nosotros, y entonces deben estar en nuestras filas. Y entonces cada nuevo día los convencerá de que nuestro camino es el acertado.
Si llevamos a la práctica estos principios fundamentales y convertimos cada palabra en hechos, eso significará que empezamos por fin a crear un partido comunista internacional verdaderamente único. Eso es lo que debemos llegar a ser. Debemos ser un partido comunista único con secciones en los distintos países. (Aplausos.) Ese es el sentido de la Internacional Comunista. Cuando los comunistas rusos dieron los primeros el ejemplo y se llamaron no socialdemócratas, sino comunistas, entre nosotros se propuso que nos llamáramos no Partido Comunista Ruso, sino sencillamente partido comunista. Debemos ser un partido único con secciones en Rusia, Alemania, Francia, etc., un partido que siga su camino de manera plenamente consciente y sistemática. Solo entonces concentraremos nuestras fuerzas; solo con esta condición cada grupo del proletariado internacional podrá prestar en cada momento la máxima ayuda a los obreros de los demás países. Debemos decírselo a los camaradas con claridad y precisión.
En este momento hay todavía en la Internacional Comunista, entre los partidos que se nos han adherido, elementos extraños, ajenos a nosotros. Me refiero a los reformistas. Lo decimos en cada uno de nuestros discursos y lo seguiremos repitiendo hasta el momento en que se ponga fin a esto. Al comienzo de la guerra imperialista se lanzó la tesis: «El enemigo está en el propio país»; con ello se quería decir la burguesía. En la medida en que todavía toleramos el ala reformista en un partido que se llama comunista, por ejemplo en el italiano, en la medida en que vemos en nuestras filas a reformistas consumados, es decir, a ideólogos burgueses, debemos dar la alarma y declarar que el enemigo está en nuestra propia casa. (Aplausos.)
Por eso decimos a los camaradas italianos: el enemigo está en vuestra casa; debéis echarlo de ella.
Como nos acercamos a la victoria, los reformistas tratan de colarse en nuestras filas. Estos señores tienen buen olfato: barruntan su derrota, y si los echan por la puerta, entran por la ventana. (Aplausos.) A veces firman nuestras resoluciones y siguen siendo al mismo tiempo lo que eran. Siguen siendo reformistas, siguen siendo defensores de la causa de la burguesía en el campo del proletariado. La burguesía existe hoy solo gracias a los socialpatriotas, que no comprenden que la clase burguesa es nuestro adversario. La burguesía no podría sostenerse hoy ni medio año si no fuera por los señores socialpatriotas, si no fuera por la Internacional amarilla de Ámsterdam60, si no hubiera entre nosotros esa gente que se sienta en los partidos obreros y en los sindicatos para sabotear allí nuestra lucha. Un simple obrero de Helsingfors (Finlandia), que trabajó en la clandestinidad durante año y medio bajo el terror blanco en Finlandia, me contaba hace poco lo difícil que es luchar allí y cómo, a pesar de todo, los obreros finlandeses han logrado organizarse. Y añadió: «Ahora, entre nosotros, cada simple obrero revolucionario sabe que, cuando llegue la hora, lo primero que habrá que hacer es romper con los socialdemócratas blancos y ajustar cuentas con los traidores. (Aplausos ruidosos.) La burguesía está ya a punto de oír sonar su hora final, pero lo primero es ajustar cuentas con esos traidores a la causa obrera: ellos son responsables de que hayan sido asesinados decenas de miles de nuestros camaradas, de que el terror blanco haga estragos por todas partes».
Estos sentimientos sencillos del obrero finlandés son una auténtica verdad política; no son como las malas intervenciones diplomáticas de algunos de nuestros buenos camaradas... Turati61 compuso hace veinticinco años un buen himno obrero; quizá sea ahora un buen padre de familia; ¿debemos por eso conservar en el partido a ese hombre que sabotea el partido proletario? Puede que Hilferding62 se digne declarar una vez más que hay que agarrar a la burguesía por el cuello; ¿debemos por eso encargar a ese traidor socialpatriota, a ese socialpacifista, la dirección de nuestro órgano?
No, eso no pasará. Tiene razón el simple obrero finlandés, que ha comprendido bien la situación después de todo lo que ha sufrido en su propia piel durante estos años terribles. Debemos decir clara y francamente a nuestros camaradas que quizá todo esto será una gran tragedia para muchos camaradas veteranos, que tendrán que romper con sus viejos amigos, pero no hay más remedio. Ha empezado un nuevo capítulo de la historia. A la mejor parte de los viejos dirigentes le decimos: debéis comprender que ha empezado una nueva época; debéis decir: nos equivocamos, venimos a vosotros, queremos continuar ahora con vosotros la causa de la revolución proletaria.
Eso es lo que debe significar la aprobación unánime de las tesis sobre el papel extraordinariamente importante del partido comunista en la revolución proletaria que se avecina, que crece y se acerca. (Aplausos tempestuosos.) Pausa.
Zinóviev. Declaro abierta la sesión. Se somete a discusión la cuestión del papel del partido comunista. Decidamos primero si abrimos debate sobre esta cuestión o pasamos directamente a votar. Yo, personalmente, soy partidario de pasar directamente a la votación, pero es el congreso quien debe decidirlo.
Serrati. ¿Hay propuestas de continuar el debate? Parece que no. En tal caso, pasamos a votar. Los que estén a favor de las tesis con las enmiendas aquí presentadas, que levanten la mano. ¿Quién está en contra? Que levante la mano. ¿Hay abstenciones? Las tesis quedan aprobadas por unanimidad. Proponemos una pausa de media hora para que las delegaciones puedan preparar las listas de sus candidatos a las comisiones. Después, la presidencia, una vez examinadas las listas, presentará al congreso la lista definitiva.
Balabánova. Sometemos a votación la propuesta de la presidencia. Los que estén a favor, que levanten la mano. ¿Quién está en contra? Se aprueba la propuesta por unanimidad.
(Se hace una pausa de media hora.)
Serrati da lectura a la lista de las comisiones.
Shatskin (KIM63). Propongo que se modifique la composición de la comisión de organización. Propongo que en la comisión de organización, que examina también la cuestión de la Internacional de la Juventud, esta tenga su representante. Ha sido la juventud la que ha presentado las tesis que examinará la comisión y, por consiguiente, le corresponde el derecho de defenderlas. Es muy extraño que los autores de esas tesis no hayan sido incluidos en la comisión, pese a haberlo solicitado. Zinóviev. La presidencia tenía previsto que se eligieran dos subcomisiones especiales, sobre la cuestión de la mujer y sobre la juventud. En esas subcomisiones deben entrar no uno ni dos, sino un número considerable de representantes tanto del movimiento femenino como de la juventud. Así es como nos representábamos las cosas. La cuestión de la estructura orgánica, de los estatutos de la Internacional, es muy importante. Luego entran en escena otras cuestiones. Por eso la presidencia ha decidido crear dos subcomisiones especiales dentro de la comisión de organización: sobre el movimiento femenino y sobre la cuestión de la juventud. Creo que esta solución es la más adecuada y que el congreso se sumará a ella.
Se somete la cuestión a votación. La propuesta de la presidencia se aprueba íntegramente, sin enmiendas, por unanimidad.
Zinóviev. Hemos elegido una comisión para elaborar las condiciones de admisión en la Internacional Comunista. Se propone invitar a esa comisión, en nombre del congreso, también a representantes del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y del Partido Socialista Francés. Se trata de sus partidos, y su presencia en la discusión de estas cuestiones es muy deseable. Wijnkoop (Holanda). Camaradas, si he entendido bien la propuesta, se invita al Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y al Partido Socialista Francés a participar en nuestra comisión sobre la cuestión del ingreso en la Internacional. Debo decir que no entiendo esta propuesta y, en nombre de mi partido, me pronuncio en contra.
Ya en el Comité Ejecutivo propusimos que esos dos partidos, que no son comunistas, no fueran admitidos en absoluto a las sesiones del congreso. Mi partido considera que no tenemos nada de qué hablar con el Partido Socialdemócrata Independiente, que forma parte de la presidencia del Reichstag, pues no se puede tener nada en común con un partido de gobierno. Con el partido francés la cosa es algo distinta; es poco mejor, cierto, pero mejor al fin y al cabo.
No voy a exponer aquí nuestro punto de vista sobre la admisión de estos partidos en la Internacional Comunista; de eso se hablará más adelante. En general, me imagino que la cuestión de la admisión de tales partidos en la Internacional Comunista puede plantearse, pero solo debe discutirse cuando hayan presentado una declaración oficial al respecto; del mismo modo, el derecho a estar presentes aquí, en el congreso, solo puede concederse a esos partidos y a sus delegados después de que hayan pedido su admisión en la Internacional Comunista. Pero de una declaración de ese tipo yo hasta ahora no sé nada, no he oído nada, y la discutiremos solo cuando realmente llegue. Por ahora no sabemos si hemos recibido declaraciones de ambos partidos pidiendo su admisión en la III Internacional. Pero si llega una propuesta semejante del Partido Socialdemócrata Independiente, sin duda debe ser rechazada. No se puede negociar con un partido de gobierno.
En cuanto al partido francés, lo primero, una vez más, es que exista su declaración. Y si no la hay, no se puede admitir a participar en la comisión que examina las propuestas sobre las futuras condiciones de ingreso en la III Internacional a partidos que no nos pertenecen, que no son revolucionarios ni comunistas. Presenté otras propuestas en el Comité Ejecutivo, pero fueron rechazadas. Ahora propongo que no se admita a estos partidos a participar en nuestra comisión.
Rádek (Rusia). Camaradas, la propuesta del delegado holandés contradice ante todo el curso sensato de las ideas del congreso. Los delegados del Partido Socialdemócrata Independiente han sido confirmados por la comisión de mandatos con voz consultiva. Pero quien tiene voz consultiva puede y debe saber en qué condiciones puede entrar en la organización internacional. Y, al margen de este aspecto formal del asunto, la propuesta contradice la lógica más elemental. Todos sabemos que estamos negociando con el Partido Socialdemócrata Independiente sobre su ingreso en la
Internacional. Todos saben que los millones de obreros alemanes que están detrás de ese partido han luchado con tenacidad e insistencia por el ingreso en la III Internacional. Y si esas amplias masas obreras nos envían aquí a sus delegados para que discutan con nosotros las condiciones de ingreso en la III Internacional, no solo obraríamos incorrectamente con esos delegados, sino que iríamos contra las masas obreras alemanas que los han enviado, si aceptáramos la propuesta del camarada Wijnkoop. Se comprende por sí mismo que los delegados del Partido Socialdemócrata Independiente deben tener la posibilidad no solo de informarnos de lo que quieren, sino también de saber a tiempo lo que queremos nosotros. El ingreso en la III Internacional no se produce en absoluto como se lo imagina el camarada Wijnkoop: «Acusado, ¿qué tiene que decir en su defensa?». Es una especie de acto contractual entre partidos que desean unirse. Partiendo de esto, propongo rechazar la propuesta del camarada Wijnkoop.
Van Leuven (Holanda). ¡Camaradas! El camarada Wijnkoop, delegado conmigo, ha dicho que se pronuncia en nombre del partido holandés contra la admisión en la comisión del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y de los socialistas franceses. Probablemente, o incluso con seguridad, tiene derecho a decirlo. Digo: «Probablemente tiene derecho». Hay que hacer constar, sin embargo, que esta cuestión no se ha discutido en nuestro partido. No podíamos saber de antemano que tendríamos que enfrentarnos aquí a un caso de este tipo. Así pues, con toda probabilidad, tiene razón. Pero yo personalmente veo las cosas de un modo algo distinto. Creo, por ejemplo, que los delegados del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania han venido aquí bajo la presión del ala izquierda del partido, es decir, de las masas obreras. Pero estoy de acuerdo con la opinión del camarada Wijnkoop de que esos delegados no deben ser admitidos aquí. Tuvimos ocasión de hacer a esos delegados alemanes una serie de preguntas en el Comité Ejecutivo. Así, el camarada Rádek les planteó nueve preguntas, otros no menos, y por último yo mismo les hice también algunas preguntas relativas a las tesis del camarada Lenin de la página 107, sobre las condiciones de la plena unificación. Como ya he dicho, también otros camaradas, entre ellos el camarada Levi, les plantearon preguntas. Y me sorprende muchísimo que se quiera admitir aquí a esa gente ya ahora, sin haber recibido de ellos respuesta a esas preguntas y, por tanto, sin conocer el verdadero objetivo de su viaje. Esto, lo repito, me asombra muchísimo. Si el camarada Rádek dice que la propuesta del camarada Wijnkoop contradice la sana lógica humana, me veo obligado a preguntar: ¿es lógico admitir aquí a esa gente sin haber recibido de ellos respuesta a las preguntas que se les han hecho?
Rádek. Propongo cerrar el debate. Hay que pasar a la votación.
Guilbeaux64 (Francia). Comparto la opinión del camarada Wijnkoop. En cuanto al Partido Socialista Francés, no ha enviado una solicitud formal de adhesión a la Internacional Comunista; ha enviado a Moscú a dos representantes para entablar negociaciones, pero no están autorizados a pedir la admisión de su partido. Sería inadmisible que participaran en los trabajos de la Internacional Comunista.
Serrati. No se trata de participar en los trabajos, sino de dar información y explicaciones a la comisión.
Guilbeaux. Ya han tenido oportunidad de sobra de informarse y explicarse en varias sesiones del Comité Ejecutivo. Pero continúo: tanto más cuanto que, desde que están en Moscú, han enviado a Francia una serie de comunicados que no harán sino aumentar la confusión allí; estorbarán la propaganda de nuestros camaradas, que trabajan en interés de la Internacional Comunista. Insisto en que no se les admita a participar en el trabajo de la comisión.
Rádek. ¡Camaradas! Si al delegado de un gran partido se le concede voz consultiva, quien comprende en qué consiste ese derecho no tiene ya nada que discutir. Pero después de que dos camaradas de la delegación holandesa y el camarada Guilbeaux han expuesto las «profundas» razones por las que la voz consultiva debería consistir en el más completo silencio, me permitiré volver una vez más sobre esta cuestión.
El camarada Van Leuven ha dicho que el Comité Ejecutivo hizo a los delegados del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania una serie de preguntas a las que todavía no han contestado. Como secretario del Comité Ejecutivo, estoy obligado a hacer constar que no podían contestar a esas preguntas, porque, en primer lugar, hasta ahora no se ha celebrado una nueva sesión y, en segundo lugar, porque nosotros mismos pedimos a los camaradas que esperasen para decidir sobre esas cuestiones, a fin de que pudieran hacerse cargo primero de los problemas generales del congreso. Quien hace preguntas tiene que saber esperar la respuesta.
El camarada Van Leuven tendrá una ocasión magnífica de asomarse a los recovecos del alma del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania precisamente cuando se le admita a participar en la comisión que examina las condiciones de admisión en la III Internacional.
Nosotros mismos hemos formulado una serie de acusaciones contra el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, y creo que nuestros méritos ante la Internacional Comunista en la lucha contra los independientes no son menores que los de Van Leuven y Wijnkoop juntos. Pero si los representantes del Partido Socialdemócrata Independiente consideran que parte de esas acusaciones son falsas en los hechos, estamos obligados a darles la posibilidad de fundamentar y defender su punto de vista. En cuanto al partido francés, ya se ha dicho que ninguno de los dos partidos ha presentado todavía su solicitud de ingreso en la Internacional. Y si es así, ¿por qué les hemos concedido, sin embargo, voz consultiva? ¿Y para qué negociamos con ellos? Yo personalmente considero que este debate no llevará de ningún modo a aclarar la cuestión; al contrario, solo es un triste síntoma de un radicalismo verbal que no se apoya en una voluntad revolucionaria de acción.
Däumig65 (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). No me propongo examinar en el fondo la cuestión que ocupa en este momento al congreso. Que el congreso decida por sí mismo sobre nuestra admisión como le parezca justo. Tampoco considero necesario analizar las afirmaciones del camarada Wijnkoop, que revelan su completo desconocimiento de las circunstancias del caso. Pero, como viejo militante político, debería saber que el Partido Socialdemócrata Independiente no es en absoluto un partido de gobierno, sino que, al contrario, está en la oposición al gobierno. Protesto de la manera más categórica contra que se llame a nuestro partido no revolucionario. Nuestro partido cuenta miles de víctimas que han derramado su sangre, miles de muertos y heridos; miles de nuestros camaradas languidecen en las cárceles y son llevados ante los tribunales. No puedo admitir que aquí se declare no revolucionario a nuestro partido. De todo lo demás hablaremos cuando la cuestión se examine en la comisión.
Wijnkoop (Holanda). Camaradas, considero vergonzoso ya el mero hecho de que personas como Däumig intenten emplear sus procedimientos demagógicos en este congreso. Considero mi deber declarar que, por lo que yo sé, ese mismo Däumig, ya durante el putsch de Kapp66, decía a los obreros que no debían armarse. Y ahora viene a hablar aquí, en Rusia, donde todo el mundo sabe a ciencia cierta que la victoria solo puede lograrse mediante la guerra civil. Pero el camarada Rádek ha dicho aquí que hacemos gala de radicalismo verbal.
Rádek. ¡Loco!
Wijnkoop. En opinión del camarada Rádek, yo soy un loco... Ah, retira sus palabras. Pero llamo la atención de los camaradas sobre el carácter indigno que ha tomado ya esta discusión por obra del camarada Rádek. Los camaradas, por lo visto, no se dan cuenta de lo que significa para nosotros, que trabajamos en Europa occidental, que personas como Däumig y políticos como Cachin67 se pongan aquí, en la III Internacional, al mismo nivel que los representantes de partidos verdaderamente comunistas y revolucionarios que llevan mucho tiempo trabajando. Os prevengo, camaradas, de las consecuencias. Termino, porque se me acaba el tiempo. Espero que los camaradas den a estos señores no más de lo que merecen, a saber: al Partido Independiente de Alemania, absolutamente nada, y a los socialistas franceses, si piden la admisión, la confianza que se han ganado.
Zinóviev. Camaradas, no necesito repetir aquí que luchamos y lucharemos contra las vacilaciones y las medias tintas del ala derecha del Partido Independiente alemán. Pero lo que ha dicho aquí el camarada Wijnkoop es francamente ridículo; sus palabras no comprometen a nuestro congreso, sino al propio Wijnkoop y al partido que lo ha enviado aquí. No puede caber duda de que sentimos, y debemos sentir, el más profundo respeto por los diez u once mil miembros del Partido Independiente alemán que languidecen hoy en las cárceles. Son luchadores; son proletarios que luchan por la causa del socialismo. No sé cuántos miembros del partido de Wijnkoop están hoy en la cárcel, cuántas veces ha sido llevado Wijnkoop en persona ante un tribunal burgués ni cuánto tiempo ha pasado en la cárcel por su participación en la lucha del proletariado. Más de una vez discutiremos todavía con los camaradas del Partido Independiente de Alemania; más de una vez cruzaremos todavía nuestras espadas con ellos, pero nunca olvidaremos que miles de obreros independientes fueron fusilados por la burguesía y por la canalla capitalista. Nunca olvidaremos que en todos los combates los miembros del Partido Independiente alemán constituyeron el núcleo fundamental del ejército revolucionario. Declaro abiertamente que, para la revolución proletaria, para la III Internacional, el papel objetivamente revolucionario de esos 800.000 obreros que, pese a la mala dirección y a las vacilaciones y medias tintas de sus dirigentes, siguen formando parte de la organización del Partido Independiente de Alemania, pesará en la balanza de la historia mucho más que el de dos o tres mil «tribunistas»68 holandeses, con los socialistas cristianos por añadidura.
Ya lo hemos dicho y ahora lo repetimos: con todo partido de masas que, aunque se equivoque, quiera luchar con nosotros por la causa proletaria, negociaremos y buscaremos el acercamiento. Igual que tratamos a los obreros que participan en el movimiento inglés de los shop stewards, aunque todavía no sean comunistas, así trataremos a los obreros revolucionarios que militan en el Partido Independiente alemán. Si hiciéramos concesiones a la podrida ideología del señor Kautsky, entonces tendríais razón, pero no lo hemos hecho. Sería absurdo y ridículo que hiciéramos caso a Wijnkoop, que habla en nombre de un partido que, tras quince años de trabajo, cuenta mil quinientos miembros, y nos negáramos a admitir a los representantes de un partido que abarca a cientos de miles de simples obreros organizados, que luchan todo el tiempo codo con codo con los comunistas y que son, como todos los proletarios, auténticos y honrados revolucionarios.
Por eso insisto en mi propuesta de invitar a estos camaradas, hablar con ellos sin silenciar ni ocultar nada y presentarles nuestras condiciones. Y estamos convencidos de que, dentro de un par de meses, la inmensa mayoría de los obreros del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania pertenecerá a la III Internacional no solo moralmente, sino también formalmente, orgánicamente.
Levi (Partido Comunista de Alemania). Camaradas, hasta esta tarde pensaba que el camarada Wijnkoop pertenecía a esas personas que, aunque no hayan aprendido nada, todavía pueden aprender. Hace dos días traté de explicarle que la presidencia del Reichstag alemán se forma de manera puramente mecánica, según el número de votos de los representantes de las distintas fracciones; que la presidencia no tiene la menor relación con la composición del gobierno; que formar parte de la presidencia no significa en absoluto formar parte del gobierno, porque la presidencia del Reichstag no tiene absolutamente nada que ver con el gobierno. Entonces, hace dos días, me pareció que el camarada Wijnkoop había entendido algo de mis explicaciones. Y, sin embargo, hoy, como si nada, vuelve a machacar con el «partido de gobierno»; a mi juicio, eso demuestra que lo que busca ante todo es la frase. Lo demuestra además el hecho de que habla de Alemania como alguien que no ha leído en su vida un solo periódico alemán. Sí, camarada Wijnkoop, no se reiría usted con esa risa tan tonta si hubiera participado aunque fuera en la décima parte de los combates revolucionarios en los que hemos luchado codo con codo con los independientes.
Desde luego, hemos luchado contra el Partido Independiente alemán y seguimos luchando contra él a cada paso, empujándolo hacia delante y señalándole cada día sus pecados. Pero cuando llegan unos señores de Holanda, gente que hasta ahora no ha movido un dedo por la revolución alemana ni por la revolución mundial, cuando vienen aquí y empiezan a cubrir de reproches a los independientes, entonces consideramos nuestro deber dar testimonio en favor de Héctor y declarar: sí, han sido decenas y cientos de miles de obreros alemanes los que han luchado en las filas de los independientes; y esos cientos de miles de obreros han obligado a los camaradas que están aquí a venir. Todo el aparato organizativo e ideológico del partido se oponía a las aspiraciones de esos cientos de miles de obreros, y aun así obligaron a sus dirigentes a venir a Moscú. Y aquí, en Moscú, toma la palabra un hombre que estuvo dispuesto a grandes hazañas revolucionarias cuando se trataba de conseguir un escaño en el parlamento holandés al precio de prometer no luchar contra la Entente en el momento en que la Rusia soviética estaba amenazada de un peligro mortal. Sí, camarada Wijnkoop, a esta acusación no ha podido usted dar hasta ahora ninguna justificación. Y si todavía consideramos necesario hablar con estos camaradas del Partido Socialdemócrata Independiente de sus pecados y plantearles exigencias, desde luego no es a usted, camarada Wijnkoop, a quien corresponde el derecho de hacer de acusador.
Quiero recordarles algo más. Quiero recordarles cómo el verano del año pasado, en el momento más duro de nuestra existencia clandestina, cuando casi todos nuestros camaradas estaban en la cárcel, nos dirigimos a su partido pidiendo ayuda, pedimos a sus camaradas que vinieran a Alemania. Nos dirigimos a esos mismos camaradas en cuyo nombre pronuncia usted ahora discursos indignados, y les pedimos que nos enviaran a Pannekoek y a Gorter.
Wijnkoop y Van Leuven. ¡Mentira!
Levi. Y en ese momento difícil, cuando nos faltaba gente incluso para el trabajo de redacción de los periódicos y pedimos que nos enviaran redactores desde Holanda, ¡no vino nadie!
Van Leuven. Pero Crispien y Dittmann69 todavía no han muerto.
Levi. Y si el camarada declara tan indignado que Dittmann y Crispien todavía no han muerto, tengo que responderle que tampoco yo he muerto todavía, y que usted, camarada, también sigue vivo. Y sin embargo también usted tuvo ocasión de morir en Alemania; cientos y miles de obreros del Partido Independiente de Alemania cayeron en los combates, mientras usted se quedaba tan tranquilo en Holanda junto a sus sacos de café, y hoy es usted un revolucionario.
Rádek (a Van Leuven). ¡Corredor de bolsa!
Bujarin. Camaradas, creo que no vale la pena armar tanto alboroto por el representante de un partido tan revolucionario que ha creído necesario proveer de un largo mandato a uno de los miembros de una organización clerical-cristiana. Por eso propongo cerrar inmediatamente esta discusión y pasar al orden del día.
La presidencia somete a votación la propuesta de Bujarin. Se aprueba la propuesta por una mayoría aplastante.
Zinóviev somete a votación la admisión de los representantes del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y del Partido Socialista Francés en la comisión.
Se aprueba la propuesta por una mayoría considerable.
A continuación se procede a la elección de las subcomisiones.
La presidencia da lectura a la propuesta de McLaine de crear una comisión especial para examinar la cuestión del Partido Laborista inglés. La propuesta se somete a votación y se aprueba.
Zinóviev. Propongo fijar el horario de las sesiones de cada comisión. La presidencia propone que mañana trabajen las cuatro comisiones siguientes: 1) la comisión de las cuestiones nacional y colonial, a partir de las 12 del mediodía; 2) la comisión de la cuestión sindical, a partir de las 12 del mediodía; 3) la comisión de la cuestión del parlamentarismo, a partir de las 12 del mediodía, y 4) la comisión de las condiciones de admisión en la III Internacional, a partir de las 5. Las cuatro comisiones trabajarán aquí: dos en la sala grande y dos en las salas contiguas.
Para el lunes se fija la sesión de las tres comisiones restantes: la comisión de organización a las 11, la comisión agraria a las 11 y la comisión de las tareas fundamentales del congreso a la 1 de la tarde. Si las cuatro primeras comisiones no terminan sus trabajos mañana, seguirán trabajando también el lunes. Luego, el lunes, a las 8 de la tarde, habrá sesión plenaria, y esperamos que para entonces al menos una o dos comisiones hayan terminado su trabajo.
Serrati. Se levanta la sesión del congreso.
Cuarta sesión, lunes 26 de julio de 1920
Zinóviev. Declaro abierta la sesión. Me dirijo a todas las delegaciones para pedirles que presenten lo antes posible informes escritos sobre la situación de sus partidos. Hasta ahora solo hemos recibido tres informes, y rogamos encarecidamente a los camaradas que nos entreguen estos materiales en los próximos dos o tres días.
Desde la última sesión plenaria han trabajado las distintas comisiones, pero todavía no han terminado sus trabajos. Lo que más ha avanzado es el trabajo de la comisión de las cuestiones nacional y colonial, que puede presentar ya su informe. Por eso proponemos que en la sesión de hoy se pongan a discusión las cuestiones nacional y colonial. ¿Quién está en contra? Por lo visto, nadie. Pasamos, pues, a la discusión. Tiene la palabra como ponente el camarada Lenin.
Lenin. Camaradas, me limitaré a una breve introducción, y después el camarada Maring70, que ha sido secretario de nuestra comisión, les presentará un informe detallado sobre los cambios que hemos introducido en las tesis. Tras él tomará la palabra el camarada Roy71, que ha formulado las tesis complementarias. Nuestra comisión ha aprobado por unanimidad tanto las tesis iniciales con los cambios como las complementarias. Así pues, hemos logrado llegar a una unanimidad completa en todas las cuestiones más importantes. Ahora haré unas breves observaciones.
En primer lugar, ¿cuál es la idea más importante, la idea fundamental de nuestras tesis? La distinción entre naciones oprimidas y naciones opresoras. Subrayamos esta distinción, en contraposición a la II Internacional y a la democracia burguesa. Para el proletariado y para la Internacional Comunista es especialmente importante, en la época del imperialismo, hacer constar los hechos económicos concretos y, al resolver todas las cuestiones coloniales y nacionales, partir no de tesis abstractas, sino de los fenómenos de la realidad concreta.
El rasgo característico del imperialismo consiste en que el mundo entero, como vemos, se divide actualmente en un gran número de naciones oprimidas y un número ínfimo de naciones opresoras, que disponen de riquezas colosales y de una poderosa fuerza militar. La inmensa mayoría, que suma más de mil millones, probablemente mil doscientos cincuenta millones de personas, si tomamos la población total de la Tierra en mil setecientos cincuenta millones, es decir, cerca del 70 % de la población de la Tierra, pertenece a las naciones oprimidas, que o bien se encuentran en dependencia colonial directa, o bien son Estados semicoloniales como, por ejemplo, Persia, Turquía o China, o bien, vencidas por el ejército de una gran potencia imperialista, han caído, en virtud de los tratados de paz, en una fuerte dependencia de ella. Esta idea de la distinción, de la división de las naciones en opresoras y oprimidas, recorre todas las tesis, no solo las primeras, que aparecieron con mi firma y se publicaron antes, sino también las tesis del camarada Roy. Estas últimas están escritas sobre todo desde el punto de vista de la situación de la India y de otros grandes pueblos de Asia oprimidos por Inglaterra, y en ello reside su importancia principal para nosotros.
La segunda idea directriz de nuestras tesis es que, en la situación mundial actual, después de la guerra imperialista, las relaciones mutuas entre los pueblos, todo el sistema mundial de Estados, están determinados por la lucha de un pequeño grupo de naciones imperialistas contra el movimiento soviético y los Estados soviéticos, a cuya cabeza está la Rusia soviética. Si perdemos esto de vista, no podremos plantear correctamente ninguna cuestión nacional o colonial, aunque se trate del rincón más remoto del mundo. Solo partiendo de este punto de vista pueden los partidos comunistas plantear y resolver correctamente las cuestiones políticas, tanto en los países civilizados como en los atrasados.
En tercer lugar, quisiera subrayar especialmente la cuestión del movimiento democrático-burgués en los países atrasados. Fue precisamente esta cuestión la que suscitó algunas discrepancias. Discutimos si sería o no acertado, en principio y en teoría, declarar que la Internacional Comunista y los partidos comunistas deben apoyar el movimiento democrático-burgués en los países atrasados; como resultado de esta discusión llegamos a la decisión unánime de hablar de movimiento nacional-revolucionario en lugar de movimiento «democrático-burgués». No cabe la menor duda de que todo movimiento nacional solo puede ser democrático-burgués, porque la masa principal de la población de los países atrasados la forma el campesinado, que es representante de relaciones burguesas-capitalistas. Sería una utopía pensar que los partidos proletarios, en la medida en que puedan surgir en general en esos países, podrán aplicar en esos países atrasados una táctica comunista y una política comunista sin mantener determinadas relaciones con el movimiento campesino, sin apoyarlo en los hechos. Pero aquí se objetó que, si hablamos de movimiento democrático-burgués, se borrará toda diferencia entre el movimiento reformista y el revolucionario. Ahora bien, esa diferencia se ha manifestado en los últimos tiempos con plena claridad en los países atrasados y coloniales, porque la burguesía imperialista se esfuerza por todos los medios en implantar un movimiento reformista también entre los pueblos oprimidos. Entre la burguesía de los países explotadores y la de los países coloniales se ha producido cierto acercamiento, de modo que con mucha frecuencia —quizá incluso en la mayoría de los casos— la burguesía de los países oprimidos, aunque apoya los movimientos nacionales, al mismo tiempo, de acuerdo con la burguesía imperialista, es decir, junto con ella, lucha contra todos los movimientos revolucionarios y todas las clases revolucionarias. En la comisión esto quedó demostrado de manera irrefutable, y consideramos que lo único acertado era tener en cuenta esta diferencia y sustituir casi en todas partes la expresión «democrático-burgués» por la expresión «nacional-revolucionario». El sentido de esta sustitución es que nosotros, como comunistas, solo debemos apoyar y apoyaremos los movimientos burgueses de liberación en los países coloniales en los casos en que esos movimientos sean realmente revolucionarios, en que sus representantes no nos impidan educar y organizar con espíritu revolucionario al campesinado y a las amplias masas de explotados. Si no se dan estas condiciones, los comunistas deben luchar también en esos países contra la burguesía reformista, a la que pertenecen también los héroes de la II Internacional. En los países coloniales existen ya partidos reformistas, y a veces sus representantes se llaman socialdemócratas y socialistas. La diferencia mencionada se ha introducido ahora en todas las tesis, y creo que gracias a ello nuestro punto de vista está formulado ahora con mucha más precisión.
Quería hacer además una observación sobre los soviets campesinos. El trabajo práctico de los comunistas rusos en las colonias que antes pertenecían al zarismo, en países atrasados como el Turquestán y otros, nos ha planteado la cuestión de cómo aplicar la táctica y la política comunistas en condiciones precapitalistas. El rasgo característico más importante de esos países es que en ellos dominan todavía relaciones precapitalistas, y por eso allí no puede ni hablarse de un movimiento puramente proletario. En esos países casi no hay proletariado industrial. A pesar de ello, también allí hemos asumido y debemos asumir el papel de dirigentes. Nuestro trabajo nos ha mostrado que en esos países hay que vencer dificultades colosales, pero los resultados prácticos de nuestro trabajo han mostrado también que, a pesar de esas dificultades, es posible despertar en las masas la aspiración a un pensamiento político propio y a una actividad política propia incluso allí donde casi no hay proletariado. Este trabajo ha sido más difícil para nosotros que lo sería para los camaradas de los países de Europa occidental, porque el proletariado en Rusia está desbordado por el trabajo estatal. Se comprende perfectamente que los campesinos que se hallan en una dependencia semifeudal pueden muy bien asimilar la idea de la organización soviética y llevarla a la práctica. Está claro también que las masas oprimidas, explotadas no solo por el capital comercial, sino también por los señores feudales y por un Estado de base feudal, pueden emplear esta arma, este tipo de organización, también en sus condiciones. La idea de la organización soviética es sencilla, y puede aplicarse no solo a las relaciones proletarias, sino también a las relaciones campesinas feudales y semifeudales. Nuestra experiencia en este terreno no es todavía muy grande, pero el debate en la comisión, en el que participaron varios representantes de los países coloniales, nos ha demostrado de manera completamente irrefutable que en las tesis de la Internacional Comunista hay que indicar que los soviets campesinos, los soviets de explotados, son un medio adecuado no solo para los países capitalistas, sino también para los países con relaciones precapitalistas, y que es deber incondicional de los partidos comunistas y de los elementos dispuestos a crear partidos comunistas propagar la idea de los soviets campesinos, de los soviets de trabajadores, en todas partes y en todo lugar, tanto en los países atrasados como en las colonias; y, allí donde las condiciones lo permitan, deben intentar de inmediato crear soviets del pueblo trabajador.
Aquí se abre ante nosotros un campo de trabajo práctico muy interesante e importante. Nuestra experiencia común en este aspecto no es todavía especialmente grande, pero poco a poco iremos acumulando cada vez más materiales. No cabe la menor duda de que el proletariado de los países avanzados puede y debe ayudar a las masas trabajadoras atrasadas, y de que el desarrollo de los países atrasados podrá salir de su fase actual cuando el proletariado victorioso de las repúblicas soviéticas tienda la mano a esas masas y pueda prestarles apoyo.
Sobre esta cuestión hubo en la comisión debates bastante animados, no solo en relación con las tesis firmadas por mí, sino todavía más en relación con las tesis del camarada Roy, que él defenderá aquí y a las que se aprobaron por unanimidad algunas enmiendas.
La cuestión se planteó así: ¿podemos dar por acertada la afirmación de que la fase capitalista de desarrollo de la economía nacional es inevitable para los pueblos atrasados que ahora se liberan y en cuyo seno se observa ahora, después de la guerra, un movimiento por la senda del progreso? Respondimos negativamente a esta pregunta. Si el proletariado revolucionario victorioso realiza entre ellos una propaganda sistemática y los gobiernos soviéticos acuden en su ayuda con todos los medios de que disponen, entonces es erróneo suponer que la fase capitalista de desarrollo sea inevitable para los pueblos atrasados. En todas las colonias y países atrasados no solo debemos formar cuadros propios de luchadores, organizaciones de partido, no solo emprender de inmediato la propaganda a favor de la organización de soviets campesinos y procurar adaptarlos a las condiciones precapitalistas, sino que la Internacional Comunista debe establecer y fundamentar teóricamente la tesis de que, con ayuda del proletariado de los países avanzados, los países atrasados pueden pasar al régimen soviético y, a través de determinadas etapas de desarrollo, al comunismo, saltándose la fase capitalista de desarrollo.
Qué medios son necesarios para ello no es posible indicarlo de antemano. Nos lo dirá la experiencia práctica. Pero ha quedado establecido de manera definida que la idea de los soviets es accesible a todas las masas trabajadoras, también a las de los pueblos más remotos; que estas organizaciones, los soviets, deben adaptarse a las condiciones del régimen social precapitalista, y que el trabajo del partido comunista en este sentido debe empezar inmediatamente en el mundo entero.
Quisiera señalar además la importancia del trabajo revolucionario de los partidos comunistas no solo en su propio país, sino también en los países coloniales, y en particular entre las tropas de que se sirven las naciones explotadoras para mantener sometidos a los pueblos coloniales.
El camarada Quelch72, del Partido Socialista Británico, habló de esto en nuestra comisión. Dijo que el obrero inglés de a pie consideraría una traición ayudar a los pueblos sojuzgados en sus insurrecciones contra la dominación inglesa. Es cierto que la aristocracia obrera de Inglaterra y de América, de espíritu jingoísta y chovinista, representa el mayor peligro para el socialismo y el apoyo más fuerte de la II Internacional, y que aquí estamos ante la mayor traición por parte de los dirigentes y de los obreros que pertenecen a esa Internacional burguesa. También en la II Internacional se discutió la cuestión colonial. El Manifiesto de Basilea73 hablaba de ello con toda claridad. Los partidos de la II Internacional prometieron actuar de manera revolucionaria, pero no vemos en los partidos de la II Internacional un verdadero trabajo revolucionario ni una ayuda a los pueblos explotados y dependientes en sus insurrecciones contra las naciones opresoras, ni tampoco, creo, en la mayoría de los partidos que han salido de la II Internacional y desean entrar en la III Internacional. Debemos declararlo públicamente, y esto no puede ser refutado. Veremos si se intenta refutarlo. Todas estas consideraciones son las que han servido de base a nuestras resoluciones, que sin duda son demasiado largas, pero creo que, a pesar de todo, serán útiles y contribuirán al desarrollo y a la organización de un trabajo verdaderamente revolucionario en las cuestiones nacional y colonial, que es en lo que consiste nuestra tarea principal.
Zinóviev. Tiene la palabra el secretario de la comisión, camarada Maring.
Maring. Camaradas, presento el informe sobre el trabajo de la comisión de las cuestiones nacional y colonial. La comisión ha examinado las tesis del camarada Lenin y las tesis complementarias del camarada Roy. En las tesis del camarada Lenin se han introducido los cambios y enmiendas siguientes.
En la primera tesis, al final, en lugar de Vernichtung der Klassen hay que leer: Abschaffung der Klassen.
La tercera tesis decía: «La guerra imperialista de 1914-1918 ha puesto al descubierto con especial claridad ante todas las naciones y ante las clases oprimidas del mundo entero la falsedad de las frases democrático-burguesas, al mostrar en la práctica que el Tratado de Versalles de las famosas “democracias occidentales” es una violencia todavía más bestial y vil contra las naciones débiles que el Tratado de Brest-Litovsk de los junkers alemanes y del káiser»...
Se modificó del siguiente modo: «La guerra imperialista de 1914-1918 ha puesto al descubierto con especial claridad ante todas las naciones y ante las clases oprimidas del mundo entero la falsedad de las frases democrático-burguesas. La guerra, que ambos bandos libraron al amparo de frases sobre la liberación de los pueblos y el derecho de las naciones a la autodeterminación, mostró, por una parte con la paz de Brest-Litovsk y la de Bucarest y, por otra, con la paz de Versalles y la de Saint-Germain, con qué falta de escrúpulos la burguesía vencedora fija incluso las fronteras “nacionales” conforme a sus intereses económicos. Para la burguesía, también las fronteras “nacionales” son solo objeto de regateo. La llamada “Unión de los Pueblos” (“Sociedad de Naciones”) no es otra cosa que un contrato de seguros mediante el cual los vencedores de esta guerra se garantizan mutuamente su botín; las aspiraciones a restablecer la unidad nacional, a la “reunificación con las partes cedidas del país”, no son, en la intención de la burguesía, otra cosa que un intento de los vencidos de reunir fuerzas para nuevas guerras. La reunificación de las naciones desgarradas artificialmente responde en parte también a los intereses del proletariado; pero la auténtica libertad y unidad nacionales solo puede conquistarlas el proletariado por medio de la lucha revolucionaria y del derrocamiento de la burguesía».
La cuarta tesis (p. 52 de la edición alemana, 3.ª línea desde arriba) debe leerse: «y de las masas trabajadoras de todas las naciones y países».
En la quinta tesis (p. 52, línea 18) hay que tachar «agrupa a su alrededor» y añadir: «debe agrupar a su alrededor». En la misma tesis, línea 20, léase así: «que no tienen salvación sino en la alianza con el proletariado revolucionario y en la victoria del poder soviético sobre el imperialismo mundial».
Sexta tesis, línea 10 desde arriba: en lugar de «movimiento de liberación democrático-burgués» hay que leer: «movimiento revolucionario de liberación». De la línea 11 de la tesis se han tachado las palabras «de los obreros y campesinos».
En la octava tesis, línea 9 desde arriba, en lugar de «sin base» hay que leer: «sobre la base».
Décima tesis, línea 2: añádase la palabra «exclusivamente»; debe leerse: «exclusivamente de palabra».
En la línea 12, tras la palabra «prejuicios», añádase entre paréntesis: «que se manifiestan en todas las formas posibles, como, por ejemplo, el odio racial, la persecución nacional, el antisemitismo».
En la tesis 11, el primer párrafo debe leerse: «todos los partidos comunistas deben prestar ayuda efectiva a los movimientos revolucionarios de liberación de esos países, y la forma de apoyo debe discutirse con el partido comunista del país en cuestión allí donde exista tal partido».
El párrafo 2 debe leerse: «es necesario luchar contra la influencia reaccionaria y medieval del clero, de las misiones cristianas y de otros elementos semejantes».
El párrafo 3 debe leerse: «es necesaria la lucha contra el panislamismo, contra el movimiento panasiático y corrientes semejantes...».
En el párrafo 4, tras las palabras «carácter revolucionario», añádase: «uniendo, donde sea posible, a los campesinos y a todos los explotados en soviets». En el § 5, sustitúyanse las palabras «democrático-burgués» por la palabra «revolucionario».
Párrafo 6, línea 5, debe leerse: «las potencias imperialistas con ayuda de las clases privilegiadas».
En el § 12, táchese la frase que empieza con las palabras «por otra parte» y termina con las palabras «estrechez nacional».
Las tesis del camarada Roy han sido examinadas a fondo por la comisión y aprobadas en la forma en que el camarada Roy las leerá ahora al congreso. Creo que se pueden incorporar ya directamente a las tesis todos los cambios introducidos por la comisión.
Roy. Camaradas, como representante de la India británica he sometido a la consideración del congreso y de la comisión algunas tesis complementarias, que deben leerse aquí, puesto que no se han impreso. Empiezo dando lectura a estas tesis complementarias. (Lee.)
He aceptado algunas de las enmiendas de la comisión a mis tesis. Permítanme llamar especialmente la atención del congreso sobre estas cuestiones tan importantes. Me alegra mucho tener ocasión de participar por primera vez en una discusión seria de la cuestión colonial en un congreso del proletariado revolucionario. Hasta ahora, los partidos europeos han prestado una atención insuficiente a esta cuestión; estaban demasiado ocupados con sus propios asuntos y no tenían en cuenta la cuestión colonial. Y, sin embargo, esta cuestión tiene en el periodo actual una gran importancia para el movimiento internacional. Después de la guerra, la cuestión colonial se ha convertido en una de las cuestiones más importantes. Inglaterra es hoy la más poderosa de las potencias imperialistas, sobre todo gracias a sus vastas posesiones coloniales. Ha adquirido una importancia, un poderío y una posición social estable enormes, y todo ello se debe a la existencia de las posesiones coloniales. Y aunque no puede decirse lo mismo de Alemania, puesto que ahora está privada de colonias, la cuestión colonial no es importante solo para Inglaterra. Los camaradas alemanes deben prestar atención a esta cuestión, porque ha adquirido una importancia internacional. Las relaciones económicas entre Europa y las colonias son ahora la base de todo el sistema capitalista. La plusvalía que en el pasado se creaba en Inglaterra se invierte ahora en parte en las colonias. Además, en la propia Inglaterra se producen las mercancías que se exportan al mercado colonial. Inglaterra ha organizado su economía de tal modo que sus propios productos alimenticios solo le bastan para tres meses al año. Inglaterra ha explotado siempre del modo más bestial a sus obreros, y esos mismos métodos de saqueo, de expropiación y de aplastamiento de la persona del trabajador los aplica también en los países sojuzgados. La India británica sola tiene una población de no menos de 315 millones. Además de la India británica, Inglaterra explota a muchos millones más de población de color de otras colonias.
Puesto que la Internacional Comunista ha reconocido la cuestión colonial como una cuestión propia, ahora hay que dar el segundo paso y decidir cuál es la mejor manera de contribuir al desarrollo del movimiento colonial. Hasta los últimos tiempos, en las colonias solo ha habido movimientos nacional-revolucionarios
de la burguesía, cuyo único objetivo consistía en desplazar a los explotadores extranjeros para explotar ella misma a las masas trabajadoras.
Si no se aborda la cuestión de manera doctrinaria, sino que se discute detalladamente en el congreso, es posible convencerse de la enorme importancia que tiene para la Internacional Comunista el movimiento nacional-revolucionario de los pueblos de la India. Durante la guerra e inmediatamente después se han producido en la India grandes cambios. Antes, el capitalismo inglés siempre había obstaculizado el desarrollo de la industria india, pero hace poco ha cambiado de política a este respecto. En los últimos años la industria de la India británica se ha desarrollado a un ritmo excepcionalmente rápido; y en Europa no se tiene ni idea de ello. Si se tiene en cuenta que en los últimos tiempos el número de proletarios industriales de la India británica ha aumentado un 15 % y que el capital invertido en la industria india ha aumentado un 2.000 %, puede uno hacerse una idea de la rapidez del desarrollo del capitalismo en la India británica. El mismo proceso lo vemos en Egipto, en las Indias Neerlandesas y en China. Al mismo tiempo, entre las masas explotadas de la India ha surgido un nuevo movimiento, que se ha extendido rápidamente y ha desembocado en una gigantesca oleada de huelgas. Este movimiento de masas no está dirigido por los nacionalistas revolucionarios; se desarrolla por sí mismo, aunque los nacionalistas intentan utilizarlo para sus fines. Este movimiento de masas tiene sin duda un carácter revolucionario, aunque no puede decirse que los obreros y campesinos que participan en él estén imbuidos de consciencia de clase. En cualquier caso, su ánimo es revolucionario: así lo dicen sus actos, así lo indican las formas que toma el movimiento.
Camaradas, la fase actual del movimiento revolucionario de masas abre a la Internacional Comunista un nuevo campo de actividad. Solo hay que encontrar los métodos adecuados para recoger con rapidez los frutos del trabajo entre estas masas. Es natural que la revolución que levanten estas masas no sea comunista en su primera fase; es natural que en la primera fase desempeñe un papel el nacionalismo revolucionario. Pero en cualquier caso también el nacionalismo revolucionario llevará al hundimiento del imperialismo europeo, lo que tendría una importancia enorme para el proletariado europeo.
Para terminar, pido encarecidamente a los miembros del congreso que no rechacen en ningún caso el apoyo que los pueblos coloniales ofrecen ahora al proletariado revolucionario internacional. Espero que el congreso trate esta cuestión con toda seriedad. Espero que los camaradas a quienes mis tesis muevan a intervenir aprovechen la ocasión para aportar, mediante una discusión exhaustiva, más claridad a esta cuestión, tan importante para los comunistas de Europa y de América. (Aplausos.)
Reed (EE. UU.). En América viven diez millones de negros, concentrados sobre todo en los estados del Sur, pero en los últimos años muchos miles de ellos se han trasladado al Norte. En el Norte los negros trabajan en la industria, mientras que la mayoría de los negros del Sur son jornaleros agrícolas o pequeños granjeros arrendatarios. La situación de los negros, sobre todo en los estados del Sur, es espantosa. Están privados de todos los derechos políticos. La decimoquinta enmienda a la Constitución de los Estados Unidos concede a los negros plenos derechos de ciudadanía. Sin embargo, en la mayoría de los estados del Sur los negros están privados de esos derechos. En otros estados, donde por ley los negros tienen derecho de voto, no se atreven a ejercerlo.
Los negros no pueden viajar en el mismo vagón que los blancos, frecuentar los mismos hoteles y restaurantes ni vivir en los mismos barrios de las ciudades. Hay escuelas separadas, y además peores, para los negros, e iglesias separadas. Este sistema de segregación de los negros se llama «sistema Jim Crow», y el clero de las iglesias del Sur predica el paraíso según el «sistema Jim Crow». En la industria los negros trabajan como obreros no cualificados. Hasta hace poco no se les admitía en la mayoría de los sindicatos que forman parte de la Federación Americana del Trabajo (American Federation of Labor). Los Trabajadores Industriales del Mundo (IWW), por supuesto, organizaban a los negros. Pero el viejo Partido Socialista no hizo ningún intento serio de organizarlos. En algunos estados no se admitía en absoluto a los negros en el partido, en otros se los separaba en secciones especiales, y en los estatutos del partido de los estados del Sur se prohibía, en general, gastar fondos del partido en propaganda entre los negros.
En el Sur el negro carece, en general, de derechos y no goza de la protección de la ley. Los blancos pueden matar negros impunemente. La «gran hazaña» de los blancos del Sur es el linchamiento de negros. Es un asesinato cometido por la multitud; por lo general se embadurna al negro de petróleo, se le cuelga de un poste de telégrafo y luego se le quema. Toda la población de la ciudad —hombres, mujeres, niños— acude corriendo al espectáculo y se lleva a casa «de recuerdo» jirones de la ropa y de la carne del negro martirizado. Tengo demasiado poco tiempo para exponer aquí las raíces históricas de la cuestión negra en los Estados Unidos. Los negros son descendientes de esclavos cuya emancipación fue solo una medida militar durante la Guerra de Secesión, cuando todavía no tenían ningún desarrollo político ni económico; después se les concedieron plenos derechos políticos para provocar en el Sur una enconada lucha de clases que frenara allí el desarrollo del capitalismo hasta que los capitalistas del Norte se apoderaran de todos los recursos del país.
Hasta hace poco los negros no mostraban ninguna consciencia nacional activa. Su primer despertar se produjo después de la guerra hispano-estadounidense, en la que los regimientos negros combatieron con extraordinaria valentía y de la que volvieron con la consciencia de su igualdad con los soldados blancos. Hasta entonces el único movimiento entre los negros había sido una especie de movimiento educativo semifilantrópico, encabezado por Booker T. Washington74 y sostenido por capitalistas blancos. Este movimiento se traducía en la creación de escuelas que debían educar a los negros como obreros dóciles e inculcarles la resignación ante su suerte de pueblo oprimido. Después de la guerra hispano-estadounidense surgió entre los negros un fuerte movimiento reformista que planteó la exigencia de igualdad social y política con los blancos. Al comenzar la guerra mundial, medio millón de negros reclutados en el ejército estadounidense fueron enviados a Francia; allí, al encontrarse en las mismas unidades que los soldados franceses, se vieron de pronto en pie de igualdad en lo social y en todos los demás aspectos. El Estado Mayor estadounidense pidió al alto mando francés que no se permitiera a los negros frecuentar los lugares a los que iban los blancos y que se les tratara como a inferiores. Después de la guerra, con esta experiencia a cuestas, los negros, muchos de los cuales habían recibido condecoraciones al valor de los gobiernos francés y belga, volvieron a los pueblos del Sur, donde muchos de ellos fueron linchados por haberse atrevido a aparecer por la calle con uniforme y condecoraciones.
Al mismo tiempo, entre los negros que se habían quedado en los Estados Unidos surgió un fuerte movimiento. Emigraban por miles al Norte, se pusieron a trabajar en la industria de guerra y entraron en contacto con la corriente hirviente del movimiento obrero. Los salarios altos no lograban, aun así, seguir el ritmo del increíble encarecimiento de los artículos de primera necesidad. Además, los negros se rebelaban con mucha más fuerza contra la intensificación del trabajo, contra el despiadado acoso en el trabajo, que los obreros blancos, acostumbrados desde hacía tiempo a esa explotación espantosa.
Los negros fueron a la huelga junto con los obreros blancos y comprendieron muy pronto la unidad de sus intereses con los del proletariado industrial en su conjunto. Se mostraron extraordinariamente receptivos a la propaganda revolucionaria. En esa época se fundó la revista The Messenger75, dirigida por un joven negro socialista, Randolph. La revista unía la propaganda socialista con llamamientos a la consciencia racial de los negros y a organizar la autodefensa frente a los ataques salvajes de los blancos. Pero al mismo tiempo insistía en la alianza más estrecha con los obreros blancos, pese a que estos participaban a veces en pogromos contra los negros. La revista subrayaba que el antagonismo racial entre blancos y negros lo alimentan los capitalistas en su propio interés.
El regreso del ejército del frente arrojó de golpe al mercado de trabajo a cuatro millones de obreros blancos. Esto provocó desempleo, y la impaciencia de los soldados desmovilizados alcanzó proporciones tan amenazadoras que los patronos, para desviar ese descontento hacia otro cauce, se vieron obligados a decir a los soldados que sus puestos estaban ocupados por negros; con ello incitaban a los obreros blancos a matar negros. El primero de estos estallidos se produjo en la capital del país, Washington, donde los pequeños funcionarios de las oficinas del gobierno, al volver de la guerra, encontraron sus puestos ocupados por negros. Esos funcionarios eran en su mayoría sureños. Organizaron asaltos nocturnos a los barrios negros para expulsar por el terror a los negros de los puestos que ocupaban. Para sorpresa general, los negros salieron a la calle bien armados, se trabó combate, y los negros lucharon de tal modo que por cada negro muerto cayeron tres blancos. Unos meses más tarde estalló la matanza de Chicago, que duró varios días, con muchos muertos por ambas partes. Más tarde aún se produjo la tercera matanza, en Omaha76. En todos estos choques los negros mostraron por primera vez que estaban armados, bien organizados y que no tenían ningún miedo a los blancos. Esta resistencia de los negros trajo consigo, en primer lugar, la tardía intervención del gobierno y, en segundo lugar, la apertura de los sindicatos de la Federación Americana del Trabajo a los obreros negros.
Entre los propios negros la consciencia racial ha crecido enormemente. Entre los negros ha surgido y existe una corriente partidaria de la insurrección armada contra los blancos. Los soldados negros que volvieron de la guerra organizaron por todas partes sociedades de autodefensa para luchar contra los aficionados blancos al linchamiento. Señalaré aquí que los comunistas, aun apoyando decididamente el movimiento negro de autodefensa, deben pronunciarse al mismo tiempo contra la idea de una insurrección armada separada de los negros. Muchos piensan que una insurrección negra daría la señal de la revolución general en América. Pero sabemos que, sin el apoyo del proletariado blanco, semejante insurrección solo sería la señal de la contrarrevolución. La tirada de The Messenger, cuyo tono se hacía cada vez más audaz, fue aumentando, y en este momento se difunden 150.000 ejemplares al mes. Al mismo tiempo las ideas socialistas echan raíces y se extienden rápidamente entre los negros empleados en la industria. Como pueblo oprimido y esclavizado, los negros nos plantean una doble tarea: por una parte, se desarrolla entre ellos un fuerte movimiento racial y social; por otra, un fuerte movimiento obrero, con una consciencia de clase que crece rápidamente. Los negros no plantean la reivindicación de la independencia nacional. Ningún movimiento que aspire a una existencia nacional independiente tiene éxito entre ellos, como, por ejemplo, el movimiento de «vuelta a África», que existió hace unos años. Se consideran ante todo norteamericanos, cuya patria son los Estados Unidos. Esto simplifica muchísimo la tarea de los comunistas.
La política de los comunistas norteamericanos respecto a los negros debe consistir en considerarlos ante todo como obreros. Los jornaleros agrícolas y los arrendatarios del Sur nos plantean las mismas tareas que el proletariado agrícola blanco, a pesar de que el atraso de los negros es muy grande. Entre los obreros industriales negros del Norte se puede hacer propaganda comunista. Tanto en el Norte como en el Sur hay que procurar organizar a los negros en sindicatos comunes con los blancos: es el mejor y más rápido medio de acabar con los prejuicios raciales y de desarrollar la solidaridad de clase.
Pero los comunistas no deben mantenerse al margen del movimiento de los negros por la igualdad social y política, que ahora, en un momento de crecimiento de la consciencia racial, se extiende ampliamente entre las masas negras. Los comunistas deben aprovechar este movimiento para mostrar la vacuidad de la igualdad burguesa y la necesidad de la revolución social, que no solo libera a los obreros de la esclavitud, sino que es también el único medio de liberar a los negros como pueblo oprimido.
Fraina77 (Partido Comunista de América). El orador anterior ha hablado de los negros como de un pueblo oprimido en los Estados Unidos. Pero nosotros tenemos otros dos pueblos oprimidos: los obreros extranjeros y la población de las colonias.
La feroz represión de las huelgas y del movimiento revolucionario en los Estados Unidos no ha sido una consecuencia de la guerra, sino una expresión política más aguda que antes de la actitud de siempre hacia los obreros no organizados y no cualificados. Las huelgas de estos obreros se aplastan con métodos salvajes. ¿Por qué? Porque esos obreros no organizados y no cualificados (que constituyen aproximadamente el 60 % del proletariado industrial) son en su mayoría extranjeros. Y los obreros extranjeros de los Estados Unidos se encuentran de hecho en la situación de esclavos coloniales. Después de la Guerra de Secesión (1861-1865), el capitalismo empezó a desarrollarse con rapidez; las enormes regiones vírgenes del Oeste quedaron abiertas al desarrollo capitalista tras la construcción de la red de ferrocarriles transcontinentales. El capital vino de los estados del Este y de Europa; los inmigrantes, en cambio, se convirtieron en «materia prima» humana, igual que lo son los pueblos de un país colonial atrasado «desarrollado» por el imperialismo. Comenzó la concentración de la industria, surgieron los monopolios, signos típicos de un imperialismo interior, formados antes de que los Estados Unidos empezaran a desarrollar su imperialismo exterior. Los horrores a que se somete a los obreros extranjeros en los Estados Unidos no tienen nada que envidiar a los horrores de la esclavitud colonial.
Por ejemplo, en 191278 hubo una huelga de mineros del carbón en Ludlow: se hizo venir a las tropas, los mineros fueron expulsados de sus viviendas y tuvieron que instalarse en tiendas de campaña. Un día, durante un choque entre los mineros y la guardia de las minas que tuvo lugar a unas millas del campamento, un destacamento de soldados rodeó las tiendas y les prendió fuego, y murieron abrasados cientos de mujeres y niños.
En estas condiciones, la lucha de clases en los Estados Unidos toma en parte una forma racial. Y así como una insurrección de los negros sería el comienzo no de la revolución proletaria, sino de la contrarrevolución burguesa, también una insurrección de los obreros extranjeros puede llevar a los mismos resultados. Nuestra gran tarea consiste en unirlos con los obreros norteamericanos en un único movimiento revolucionario.
Toda América Latina, y no solo las colonias en sentido propio, como las islas Filipinas, etc., debe considerarse una colonia de los Estados Unidos. Los Estados Unidos mantienen en completa sumisión a Centroamérica por medio de un ejército de ocupación. Pero ese poder se extiende también a México y a Sudamérica, donde se ejerce por dos vías: en primer lugar, mediante la penetración económica y financiera, que se ha reforzado todavía más tras la expropiación de los capitales alemanes en esos países; en segundo lugar, mediante la doctrina Monroe, que en su forma original pretendía proteger a América de las intrigas monárquicas y más tarde se convirtió en un instrumento para asegurar el dominio del imperialismo de los Estados Unidos en América Latina. Un año antes de la guerra, el presidente Wilson interpretó la doctrina Monroe como el derecho del gobierno norteamericano a impedir que los capitalistas ingleses compraran nuevos pozos de petróleo en México. Dicho de otro modo, América Latina es la base colonial del imperialismo de los Estados Unidos. Mientras las relaciones económicas en el resto del mundo se resquebrajan cada vez más, el imperialismo de los Estados Unidos se resarce con la explotación de América Latina. Para luchar contra ese imperialismo es necesario desarrollar el movimiento revolucionario en América Latina, igual que para luchar contra el imperialismo británico hay que desarrollar el movimiento revolucionario en sus colonias.
El movimiento obrero de los Estados Unidos no ha prestado hasta ahora atención al movimiento de América Latina, y como consecuencia ese movimiento se halla ideológicamente bajo la influencia de España y no de los Estados Unidos. El movimiento de América Latina debe liberarse de esa influencia, con sus prejuicios sindicalistas. La Federación Americana del Trabajo y el reaccionario Partido Socialista intentan crear organizaciones panamericanas, pero, por supuesto, no con fines revolucionarios. El movimiento comunista de los Estados Unidos y la Internacional Comunista en su conjunto deben intervenir activamente en el movimiento de América Latina. Ese movimiento y el de los Estados Unidos deben considerarse como un todo único. Nuestra estrategia y nuestra táctica deben determinarse por los intereses de la revolución americana a escala de toda América. La tarea fundamental de la Internacional Comunista, cuyo cumplimiento asegurará la victoria de la revolución mundial, es la destrucción del imperialismo de los Estados Unidos, y esa destrucción solo es posible mediante un gigantesco movimiento revolucionario que abarque toda América y en el que cada unidad nacional deba subordinarse a las tareas generales de la revolución americana.
Rádek (Rusia). En los congresos de la II Internacional se alzaron muy a menudo protestas contra los manejos de los gobiernos imperialistas en los países coloniales; también ahora, en las conferencias de la II Internacional, se discute largamente la cuestión colonial, y Huysmans79, Henderson y compañía reparten a diestro y siniestro la «independencia» a los pueblos, incluso cuando estos no la piden en absoluto. Si se tratara solo de presentarse ante el mundo entero con trompetazos de protesta contra la política imperialista y de «reconocer» la independencia de los pueblos coloniales, nuestra tarea sería muy sencilla. Pero entramos en un terreno completamente nuevo, el de la lucha práctica en los países coloniales. No basta con esbozar los fundamentos de la política comunista; además no hay que sacárselos de la manga, sino elaborarlos a partir del estudio concreto de las condiciones coloniales; toda la cuestión está en el apoyo real, práctico, a la lucha en las colonias. El camarada Lenin ha citado las palabras del camarada Quelch, que declaró en la comisión colonial que, si estallara una insurrección en la India, la prensa jingoísta conseguiría influir en gran parte de los obreros ingleses para que se dejaran utilizar en su aplastamiento. Si el camarada Quelch solo quiere señalar que en los medios obreros ingleses existe una fuerte corriente imperialista, es un hecho indudable. Pero si esta afirmación llevara a que nuestros camaradas ingleses permanecieran pasivos en caso de una insurrección colonial, a que pensaran que contra ese estado de ánimo no se puede luchar sino votando resoluciones de protesta, entonces podría decirse que la Internacional Comunista todavía tiene que enseñar a sus miembros el abecé de la política comunista. Si los obreros ingleses, en lugar de alzarse contra los prejuicios burgueses, apoyan las acciones del imperialismo inglés o las contemplan pasivamente, contribuyen con ello al aplastamiento de todo movimiento revolucionario en la propia Inglaterra. El proletariado inglés no podrá librarse del yugo del capitalismo si no apoya el movimiento revolucionario colonial. Cuando llegue la hora y los obreros ingleses se alcen contra sus propios capitalistas, se encontrarán ante el hecho de que Inglaterra, en el mejor de los casos, solo puede cubrir con productos de su propia producción el 30 % de sus necesidades de artículos de consumo. Se encontrarán en una situación en la que América intentará bloquear a la Inglaterra proletaria; y aunque los barcos de los capitalistas americanos no puedan cortar por mucho tiempo el suministro de víveres a la Europa proletaria (porque los americanos tienen que venderlos en alguna parte), es muy posible que el capital inglés esté en condiciones de comprar durante uno o dos años el trigo americano para impedir que llegue a Inglaterra. En semejante situación, la suerte de la revolución inglesa dependerá en gran medida de que los campesinos y obreros de Irlanda, la India, Egipto, etc., vean en los obreros ingleses a sus defensores, o se acostumbren a ver en la clase obrera inglesa a una cómplice del imperialismo inglés. El congreso obrero de Scarborough80 aprobó una resolución importante en la que exige la independencia de la India y de Egipto. Y ni un solo comunista se levantó para decir al congreso que los MacDonald apoyan a la burguesía inglesa embaucando a los obreros ingleses con la «independencia» de Irlanda, la India y Egipto. Porque es pura hipocresía y estafa que esas mismas personas que, al intervenir en el Parlamento sobre la matanza de Amritsar81, no fueron capaces de llamar al general Dyer lo que es, un vulgar asesino, se presenten como defensores de la independencia de las colonias. Lamentamos mucho que nuestros camaradas de partido que están en el Partido Laborista no hayan arrancado la máscara a esos estafadores.
La Internacional no juzgará a los comunistas ingleses por los artículos que escriben en The Call y en el Workers' Dreadnought; los juzgará por el número de camaradas encarcelados por hacer agitación en las colonias. Indicamos a los camaradas ingleses que su deber es apoyar con todas sus fuerzas el movimiento irlandés, hacer agitación entre las tropas inglesas y oponerse por todos los medios a la política del sindicato inglés de obreros del transporte y de los ferrocarriles, que consiente el transporte de tropas a Irlanda. En Inglaterra es hoy muy fácil hablar contra la intervención en Rusia, cuando contra ella se pronuncia incluso la izquierda burguesa. Mucho más difícil es para los camaradas ingleses luchar por la independencia de Irlanda y por el trabajo antimilitarista. Pero tenemos derecho a exigir a los camaradas ingleses que cumplan esa tarea difícil.
Tendremos que hablar todavía de esta cuestión y de la cuestión del parlamentarismo, pero ya hoy importa señalar a los camaradas ingleses de los shop stewards que quieren apoyar el movimiento comunista lo infantil de su proceder cuando sueltan de la mano uno de los instrumentos de lucha al no participar en la actividad parlamentaria. Los campesinos de la India no pueden saber que nuestros shop stewards luchan contra su opresión; pero si uno de ellos llamara en el Parlamento, sin más rodeos, a las cosas por su nombre, el presidente de la Cámara de los Comunes lo echaría sin duda de la sala de sesiones. Y la agencia Reuter no dejaría de anunciar al mundo entero que en el Parlamento inglés se ha encontrado un «traidor» que ha llamado asesino a un asesino. El capital inglés se apoya en una burguesía fuerte; no se le puede derribar solo en Londres, Sheffield, Mánchester y Glasgow; hay que vencerlo en las colonias. Allí está su talón de Aquiles. Y el deber de los comunistas ingleses es ir a las colonias y luchar allí a la cabeza de las masas populares sublevadas, y apoyarlas.
En la historia de la vieja Internacional no conocemos casi ni un caso en que un partido socialdemócrata fuera el combatiente de vanguardia por la liberación de los pueblos coloniales. Cuando a los desdichados hereros los empujaron a millares hacia los desiertos82, los socialistas alemanes se abstuvieron en la votación, declarando que no conocían las causas de la insurrección y que no podían formarse un juicio sobre la cuestión.
El deber de la Internacional Comunista es crear una atmósfera en la que resulte imposible tomar parte aquí, en el congreso, sin poder demostrar la ayuda práctica prestada a la insurrección de las colonias. Se trata de la cuestión vital más grande e importante de la Internacional Comunista. Así como en cada país debemos intentar utilizar para nuestra lucha a los elementos pequeñoburgueses que se inclinan hacia el proletariado, la Internacional Comunista debe servir de estrella polar a los pueblos sublevados de Asia y de África. La Internacional Comunista debe golpear al capitalismo mundial con ayuda no solo de las masas populares europeas, sino también de las coloniales. El capitalismo se apoyará en los pueblos coloniales no solo económicamente, sino también en el terreno militar. La revolución social en Europa tendrá que vérselas todavía con tropas negras. La Internacional Comunista debe pasar a la acción. La República Soviética Rusa ha emprendido ya este camino, y si en Inglaterra se considera nuestro difícil trabajo en Oriente, nuestra agitación consciente para formar organizaciones soviéticas en el Turquestán y en el Cáucaso, los primeros tentáculos que extendemos hacia Persia y Turquía, como pasos de la república soviética encaminados a preparar complicaciones a los ingleses, eso demuestra una completa incomprensión de la política exterior del gobierno soviético. Es parte del programa de la Internacional Comunista, es el cumplimiento de su deber por la Rusia soviética como parte de la Internacional Comunista. No consideramos la agitación en Oriente como un medio auxiliar en la lucha contra el capital europeo; la vemos como una lucha a la que nos obligan los intereses duraderos del proletariado europeo. La ayuda no debe consistir en crear artificialmente partidos comunistas allí donde no hay ningún terreno para el comunismo. No: puede consistir en contribuir directamente a la lucha de liberación de esos pueblos.
El camarada Lenin ha señalado que no hay ninguna razón teórica para que todos los pueblos pasen por la fase del capitalismo. No todos los Estados hoy capitalistas llegaron al capitalismo a través del período manufacturero. El Japón pasó directamente del feudalismo a la cultura imperialista. Si las masas proletarias de Alemania, Francia e Inglaterra consiguen conquistar el socialismo, llevaremos a los pueblos coloniales no solo todos los medios de producción modernos que nos ha dejado el capitalismo, sino también los nuevos métodos de producción que cree el socialismo. Les ayudaremos a encontrar el camino directo de la barbarie feudal a una producción en la que sabrán aplicar la técnica moderna sin pasar por las fases del artesanado y de la manufactura.
Estamos al comienzo de una nueva época. El capitalismo europeo teme el despertar de los pueblos orientales, parlotea sobre el «peligro amarillo», y puede decirse que, si el capitalismo se sostiene más tiempo, surgirá de verdad un «peligro amarillo». El campesino proletarizado de China o de Turquía, al que le arrancan la piel tres veces, tendrá que emigrar en busca de trabajo, y para defenderse empezará una nueva gran migración de pueblos. Pero el comunismo no tiene por qué temer el «peligro amarillo»: puede tender la mano a todos los pueblos oprimidos, porque no les lleva explotación, sino ayuda fraternal.
Rosmer. Se ha presentado la propuesta de cerrar la lista de oradores.
Wijnkoop. A mi juicio, todavía no se puede cerrar la lista. La cuestión es demasiado importante, sobre todo para el futuro. El debate, a decir verdad, ni siquiera ha empezado; puede que ni lo haya.
Serrati (Italia). Hago notar que tenemos todavía 12 oradores. Quizá tenga razón el camarada Wijnkoop al decir que la verdadera discusión aún no ha empezado, pero veo que el debate va por mal camino. Aquí se ha hablado de los negros, de Corea, de las islas Åland, etc., y se ha examinado toda una serie de cuestiones nacionales particulares, cuando lo que hay que discutir son las cuestiones generales. Creo que podremos reanudar el debate mañana y cerrar la lista de oradores, pidiendo a los camaradas que no hablen de cuestiones particulares, sino que discutan las cuestiones generales.
Guilbeaux (Francia). Propongo levantar ahora la sesión, pero no cerrar la lista de oradores. La discusión aún no ha empezado. Cerrar la lista de oradores significaría escamotear una cuestión de enorme importancia. Se podría limitar el tiempo de cada orador, pero no creo que se pueda impedir a nadie que hable.
Maring (Indias Neerlandesas). Insisto en que no se apruebe la propuesta del camarada Serrati. Sería muy malo que no diéramos a los representantes de las colonias la posibilidad de decir unas breves palabras sobre su movimiento. El propio camarada Serrati sabe que hoy no había ni un solo italiano en la comisión colonial; tanto más extraño es que sea él quien haga esa propuesta.
Rádek (Rusia). Me pronuncio contra la propuesta de la presidencia. Comprendo que los presentes están bien orientados en esta cuestión, pero en la discusión no se puede partir de que tal o cual camarada conoce el asunto. Hay que partir de la importancia política de la cuestión colonial. Políticamente nos interesa que los obreros lean las actas de nuestro congreso y vean que aquí hablaron representantes de los pueblos oprimidos, que tomaron parte en nuestras deliberaciones. No podemos dar a cada uno reglas exhaustivas de táctica comunista, pero incluso un simple obrero puede aportar mucho para aclarar la situación de su país. Se trata de que cada cual diga lo que sabe, y cuanto más concretamente hable, mejor. Veo que los representantes de Irlanda quieren intervenir. Es muy importante que el imperialismo inglés se convenza de que allí hay elementos que quieren establecer lazos con nosotros y luchar junto a nosotros.
Serrati (Italia). No quisiera que mi propuesta se entendiera como una renuncia a la discusión. Y ante todo declaro que mi propuesta no se hizo ni en nombre de la presidencia ni en nombre de la delegación italiana. Aquí se ha hablado durante diez minutos de los habitantes negros de Chicago. No se pueden desmenuzar así las cuestiones: hay que examinarlas sintéticamente y, además, formularlas con claridad y precisión. Tampoco quisiera que se pensara que no deseaba dejar hablar a los representantes de los países atrasados, como se los llama en las tesis del camarada Lenin. Si propuse cerrar la lista fue precisamente porque entre los inscritos están todos los representantes de los países atrasados: China, Persia, Japón, Turquía, Corea, etc. Si hay más representantes de países atrasados que se inscriban, nos pondremos a estudiar la historia de los distintos pueblos del mundo. Propongo levantar la sesión, y en la próxima sesión veremos si cerramos la lista o la seguimos.
Wijnkoop. Propongo que se someta a votación la propuesta de Serrati, sin aplazarla a la próxima sesión.
Serrati. Visto que la oposición es tan grande, retiro mi propuesta.
Rosmer. La discusión continuará pasado mañana a las diez de la mañana.
Se levanta la sesión a las dos y media de la madrugada.
Quinta sesión, miércoles 28 de julio de 1920
Se abre la sesión a las once de la mañana, bajo la presidencia de Zinóviev. Continúa el debate sobre las cuestiones nacional y colonial.
Sultan-Zadé83 (Persia). La II Internacional, al examinar la cuestión colonial en la mayoría de sus congresos, votaba resoluciones rimbombantes que nunca se llevaban a la práctica. A menudo esta cuestión se debatía y se tomaban decisiones sin la participación de representantes de los países atrasados. Diré más: cuando, después del aplastamiento de la revolución persa84 por los verdugos rusos e ingleses, el Partido Demócrata persa pidió apoyo a la II Internacional, que entonces representaba al proletariado europeo, la resolución sobre esta cuestión ni siquiera se sometió a votación.
Por primera vez, ahora, en el congreso de la Internacional Comunista, se examina esta cuestión en todos sus aspectos y a fondo, en presencia de representantes de casi todos los países coloniales o semicoloniales de Oriente y de América. La decisión adoptada por nuestra comisión responde plenamente a las aspiraciones y esperanzas de las masas trabajadoras de los pueblos oprimidos y da un impulso definido al movimiento soviético en esos países.
A primera vista puede parecer extraño que hablemos de movimiento soviético en esos países todavía feudales o semifeudales, pero las dudas al respecto deben desaparecer cuando se examina con más atención la estructura social de esos países. El camarada Lenin ya ha mencionado la experiencia del Partido Comunista Ruso en el Turquestán, Bashkiria y Kirguizia. Si el sistema soviético ha podido arraigar en esos países, con mayor amplitud se desarrollará el movimiento soviético en Persia y en la India, donde el proceso de diferenciación de clases avanza a pasos de gigante.
Hacia 1870 dominaba en esos países el capital comercial. La situación ha cambiado poco desde entonces. La política colonial de las grandes potencias, al ahogar el desarrollo de la industria nacional, convirtió a esos países en mercados suyos y en fuentes de materias primas para los grandes centros europeos. La importación de mercancías europeas mató los oficios artesanos indígenas.
Si en los países europeos el rápido crecimiento del capitalismo industrial convirtió casi de golpe en proletarios a la masa de los antiguos trabajadores artesanos y creó una ideología completamente nueva de esa clase, en Oriente esas mismas causas provocaron la emigración a Europa y América de millones de proletarios mendigos. En todos estos países coloniales y semicoloniales existe además otra clase, el campesinado, cuya situación, en cuanto a condiciones de vida, es verdaderamente espantosa. Todo Oriente, en su conjunto, atraviesa una época de servidumbre feudal. El peso de los tributos y los impuestos recae allí por entero sobre los hombros de estas capas desheredadas de la población. El campesinado, única clase productora, tiene que alimentar a legiones enteras de comerciantes, explotadores y empresarios; y, por otra parte, la opresión que sufre constantemente le impide crear un partido propio fuerte y organizado. Al mismo tiempo, tampoco entre las clases dominantes hay unidad de intereses ni, por consiguiente, de concepción del mundo. La política colonial de las grandes potencias responde a los intereses de los círculos comerciales, pero esa misma injerencia extranjera lesiona los intereses de la burguesía. Y si el clero protesta contra la importación de tejidos y fulmina en sus sermones a los impíos países europeos, a los mercaderes esa misma política les viene muy, pero que muy bien, y no se niegan en absoluto a entablar con ellos relaciones de todo tipo. Unidad de intereses en las clases gobernantes no la hay ni puede haberla.
El conjunto de factores señalados crea una atmósfera extraordinariamente asfixiante, y la tormenta revolucionaria nacional que se avecina puede transformarse rápidamente en revolución social, dada la extrema debilidad de la burguesía de esos países. Tal es la situación en la mayor parte de los países coloniales de Asia. Pero ¿se sigue de ello, como afirma el camarada Roy, que la suerte del comunismo mundial depende de la victoria de la revolución social en Oriente? Desde luego que no. Pero muchos camaradas, del Turquestán por ejemplo, caen en el mismo error. Es completamente cierto que la explotación de las colonias provoca allí una efervescencia revolucionaria, pero, por otra parte, ese mismo hecho de la explotación de las colonias provoca un estado de ánimo contrarrevolucionario en la aristocracia obrera de la metrópoli. El capitalismo procura frenar la revolución intentando atraerse a pequeños círculos de la aristocracia obrera, arrojándoles las migajas de su mesa capitalista. Imaginemos que hoy estalla en la India una revolución comunista. ¿Podrán los obreros de ese país rechazar el ataque de la burguesía sin la ayuda del movimiento revolucionario de Inglaterra y de toda Europa? Desde luego que no. Así nos lo ha demostrado la triste experiencia de la derrota de las revoluciones persa y china. Y si hoy los revolucionarios turcos y persas desafían a la todopoderosa Inglaterra, no es porque ahora se hayan hecho más fuertes, sino por la debilidad de los bandidos del imperialismo mundial. Los truenos de la revolución en Occidente han sacudido el suelo de Oriente y han dado fuerzas a los revolucionarios de Persia y Turquía. Ha llegado la época de la revolución mundial.
Me parece que el párrafo de las tesis que habla de la necesidad de apoyar el movimiento democrático burgués en los países atrasados solo es aplicable en la medida en que ese movimiento exista allí únicamente en germen; pero allí donde tenemos ante nosotros una experiencia de diez años o más, o donde, como en Persia por ejemplo, la democracia burguesa es la base y el sostén del poder, aplicar semejante táctica significa empujar a las masas a los brazos de la contrarrevolución. En ese caso se trata de crear y apoyar un movimiento puramente comunista, en contraposición a las corrientes democráticas burguesas. Cualquier otra valoración de los hechos, cualquier otra conclusión podría llevarnos a los resultados más lamentables.
Graziadei85 (Italia). Quiero declarar ante todo que hablaré solo en mi propio nombre.
Después de los últimos cambios introducidos en las tesis del camarada Lenin en su redacción definitiva, después de las enmiendas y aclaraciones de la comisión, sobre todo a la tesis 11, que en su redacción inicial me inquietaba mucho, me alegra poder adherirme, en lo fundamental, a lo que propone el camarada Lenin.
Si he entendido bien, el camarada Lenin plantea la cuestión del modo siguiente: así como dentro de cada nación hay explotados y explotadores, también a escala internacional hay naciones que explotan a todas las demás. La concepción pequeñoburguesa, adoptada también por la II Internacional, la idea abstracta de los derechos del hombre, procuraba enmascarar la lucha de clases; del mismo modo, la idea de la igualdad teórica de derechos de las naciones procura ocultar la lucha económica e ideológica que existe entre las naciones imperialistas y las oprimidas.
Antes se caía en dos errores diametralmente opuestos. La II Internacional tendía a plantear la cuestión nacional tal como la planteaba la burguesía; por otra parte, una parte de los socialistas, protestando contra ese error fundamental y funesto, creía librarse de un problema tan importante simple y llanamente ignorándolo.
El camarada Lenin, por el contrario, procura dar una concepción marxista y realista de esta cuestión. Digo «marxista» en el sentido de que se mantiene fiel a la única parte intocable del marxismo: el método. En efecto, la concepción crítica y materialista del camarada Lenin corresponde tanto a la situación de antes de la guerra como, y todavía mejor, a la situación creada después de la guerra imperialista.
No hay ninguna contradicción entre las tesis del camarada Lenin y nuestra definición de la guerra de 1914. La guerra que llamamos imperialista no lo fue en igual medida para todas las naciones; hay que distinguir, porque las naciones pequeñas, y sobre todo las colonias, fueron arrastradas a la guerra por las grandes potencias y resultaron más bien víctimas del imperialismo. Solo las naciones más fuertes y ricas pudieron sacar provecho de una guerra tan larga y agotadora; las naciones más pequeñas perdieron las condiciones económicas de su independencia real; e incluso en los casos en que su situación territorial, empleando esta expresión en el viejo sentido de la palabra, mejoró, su situación empeoró extraordinariamente.
De ello se desprenden dos hechos que tienen hoy una importancia decisiva: por un lado, la lucha de las grandes potencias imperialistas contra la Rusia soviética, a la que arrastran también a los pueblos pequeños (Polonia, Rumanía, etc.), y, por otro, la posibilidad para la Rusia soviética de encontrar un arma poderosa en su lucha contra el imperialismo capitalista en la insurrección de las nacionalidades pequeñas y también de las colonias contra el imperialismo explotador de las grandes potencias.
Aunque todo esto sea cierto, debo hacer, sin embargo, una observación. A mi juicio, no se puede separar la III Internacional del gobierno soviético de Rusia; solo la victoria de este hizo posibles la fundación y los éxitos de la III Internacional, del mismo modo que la caída de la Comuna de París acarreó la ruina de la I Internacional. Pero no se puede negar, sin embargo, que la lucha que nuestros camaradas rusos libran con tanto heroísmo y talento contra tantos enemigos puede, bajo la presión de la necesidad y contra su voluntad, llevarlos a una especie de oportunismo de izquierda que una organización como la III Internacional debe procurar evitar. Por eso es necesaria la formulación más precisa de nuestros principios. Hay que subrayar que nuestra acción debe ser distinta en los países donde existe un verdadero imperialismo capitalista y en los países atrasados y las colonias. Además, hay que dar garantías a los partidos locales. He aquí las enmiendas que propongo a las tesis del camarada Lenin, subrayando que no insisto en la letra de estas enmiendas, sino en su sentido general.
Propongo comenzar la tesis 11 de este modo: «En los países donde existen condiciones que permiten a las clases dominantes llevar una política nacional imperialista y donde, por consiguiente, hay un proletariado industrial bastante fuerte, los partidos comunistas correspondientes deben librar una lucha directa e intransigente. Pero…», y seguir después como en el texto: «con respecto», etc. En la primera línea del primer punto de la tesis 11, en lugar de «la necesidad de ayudar», decir: «la necesidad de un interés activo (l'intérêt actif)».
En las líneas 3.ª y 4.ª, en lugar de «la obligación de prestar la ayuda más activa», decir: «la obligación de ese interés activo».
En la línea 5.ª del párrafo 5.º de la tesis 11, en lugar de «debe apoyar», decir: «debe interesarse».
Línea 13.ª: en lugar de «debe ir en alianza temporal», decir: «debe entrar en relaciones temporales».
En lugar del añadido de la comisión: «la forma de apoyo debe discutirse con el partido comunista del país de que se trate», poner: «el interés activo de la Internacional Comunista por el movimiento nacional de que se trate debe estar condicionado a que los partidos comunistas correspondientes discutan la forma de su acción y a que se cumplan todas las condiciones enumeradas más abajo, así como las que dicten la situación y la experiencia». De la tesis 12, suprimir la última parte de la penúltima frase, desde las palabras «asimismo la obligatoriedad» hasta las palabras «de dichos prejuicios».
La fórmula «apoyo» que se emplea en las tesis es más estrecha que «interés activo». Esa fórmula solo prevé un caso, y además el más peligroso. «La necesidad de un interés activo» incluye también el apoyo, pero solo como uno de los casos posibles. Lo mejor sería poder utilizar en todas partes y rápidamente el movimiento nacional para agudizar la situación. Lo mismo puede decirse de las «alianzas». Es solo uno de los casos de relaciones posibles, y además no el más deseable en absoluto.
Lau Siu-jau86 (China). A finales de 1918 China estaba en plena guerra civil. En el Sur se había formado un gobierno revolucionario provisional cuyo objetivo era la lucha sin cuartel contra el gobierno de Pekín. A la cabeza del gobierno del Sur estaba el célebre jefe de la primera revolución china, Sun Yat-sen, pero algún tiempo después Sun Yat-sen salió del gobierno de Cantón a causa de sus conflictos con los representantes de la vieja burocracia que seguían en el gobierno del Sur. Desde entonces no ha vuelto a tomar parte oficialmente en los asuntos de gobierno.
El gobierno del Sur prosigue hasta hoy su lucha contra el de Pekín, y esa lucha se libra bajo las consignas proclamadas por el grupo de Sun Yat-sen. Las principales son estas: devolución de sus derechos al antiguo Parlamento y al antiguo presidente, y dimisión del gobierno de Pekín. La lucha tiene suerte variable, pero no hay duda de que el gobierno del Sur tiene más posibilidades de éxito, aunque podría parecer que el Norte está en condiciones más favorables en el aspecto financiero. Hace unos días se informó de que las tropas del gobierno del Sur habían ocupado Hunan, es decir, una de las provincias centrales, y avanzaban hacia Pekín.
Cuando el viejo y reaccionario gobierno de Pekín se sumó en 1917 a la coalición de los países de la Entente contra Alemania, prometió al país ventajas de todo tipo por su participación en la guerra. Los partidos revolucionarios protestaron y lucharon contra ello, pero en vano: se declaró la guerra. El pueblo chino, con todo, creyó esas promesas y depositó grandes esperanzas en la Conferencia de Versalles. Cuál no sería su decepción cuando esta, lejos de dar nada a China, aún confirmó al Japón todos los derechos y adquisiciones territoriales que este había hecho durante la guerra a costa de China. Y así, tras el regreso de la delegación china de la Conferencia de Versalles, empieza en el país un poderoso movimiento contra el gobierno y contra el Japón87. A la cabeza del movimiento se pone el estudiantado, organizado en uniones. El centro del movimiento fue Shanghái. Los estudiantes despliegan una amplia agitación: organizan manifestaciones y huelgas, publican llamamientos, etc. Entre otras cosas, lanzaron la consigna del boicot a las mercancías japonesas. Es cierto que los resultados de este movimiento fueron muy escasos. Fue aplastado por la fuerza, y en toda una serie de casos se fusiló a los manifestantes. Y, sin embargo, pese a todo, este movimiento desempeñó un papel considerable, porque despertó el espíritu revolucionario en las masas.
Últimamente, los estudiantes, viendo que solos no pueden hacer nada, han empezado a atraer a la causa a la masa obrera. También los obreros chinos han empezado a comprender que son una fuerza, aunque representan a un proletariado industrial que apenas está naciendo. Así, el año pasado tuvimos en Shanghái toda una serie de huelgas, de carácter puramente económico, es verdad. Pero también el partido socialista, cuyo centro está en Shanghái, gana cada vez más popularidad entre los obreros. Este partido es marxista. Por su revista, que lleva el modesto nombre de Semanario, podemos juzgar que este movimiento tiene un carácter verdaderamente serio. Así, en el número del 1 de mayo encontramos las consignas siguientes: «El que no trabaja no come», «El mundo entero debe pertenecer al proletariado», etc. Esta revista propaga incansablemente las ideas del socialismo frente al nacionalismo e insiste en una estrecha alianza fraternal con la Rusia soviética. Protesta contra el tratado chino-japonés del año pasado, cuyo objetivo era la conquista de Siberia. En todos los artículos se sostiene y se subraya la idea de que el proletariado debe vencer a la burguesía y de que el principio del nacionalismo y de la democracia burguesa debe ceder el paso al principio del socialismo. Esta revista goza de gran popularidad. Vemos, pues, aquí el comienzo de una organización que abarca no solo al proletariado industrial, sino también a los artesanos.
La crisis de la industria europea ha repercutido también en China, que está inundada de una enorme cantidad de mercancías extranjeras. La industria china no se desarrolla, y la situación del proletariado chino es muy lamentable. En una palabra, la intelectualidad, el estudiantado y los obreros chinos tienen abundante material para la agitación revolucionaria. En cuanto al campesinado, aunque en China no hay gran propiedad de la tierra, los campesinos más ricos van comprando poco a poco la tierra, con lo que aumenta sin duda el número de campesinos pobres. Ni que decir tiene que esta parte de la población seguirá de buen grado al proletariado urbano en el movimiento revolucionario. En este momento China es una serie de provincias casi independientes, al frente de las cuales hay gobernadores investidos de la plenitud del poder. Todos ellos, igual que los miembros del gobierno, pertenecen al partido militar Anfu88, es decir, al partido de los viejos burócratas militares, la mayoría de los cuales ocupaban ya cargos importantes en la época de la monarquía. Todos estos gobernadores son casi independientes del gobierno de Pekín, y si apoyan su lucha contra el Sur, lo hacen guiados exclusivamente por intereses personales. Las finanzas del país están por entero en manos de los gobernadores, que fijan a su antojo los ingresos del gobierno central. Por eso los recursos del gobierno son, naturalmente, muy escasos, y tiene que recurrir a empréstitos, sobre todo del Japón. Y como este no presta esa clase de servicios gratis, por supuesto, es natural que sus derechos y ventajas materiales en China no dejen de crecer. Así, en toda una serie de provincias chinas el Japón reina sin rival, como en un país conquistado. Por otra parte, el poder autocrático de los gobernadores de que ya hemos hablado y la existencia de un ejército indisciplinado de dos millones de hombres, que solo obedece a quien tiene dinero, dan un cuadro de completa anarquía. Todo esto explica la efervescencia revolucionaria constante y el espíritu de oposición en las masas.
En este momento toda la oposición contra los dos gobiernos chinos se concentra, en sus principales representantes, en Shanghái. Allí está Sun Yat-sen con su grupo de partidarios de la primera revolución; allí están también la federación central del estudiantado, los sindicatos obreros y el partido socialista. Todos estos grupos se han unido en la lucha contra el Japón, el gobierno de Pekín y la burguesía, y se distinguen por un firme espíritu revolucionario.
Para resumir una vez más todo lo que he dicho aquí, hay que subrayar que en este momento China ofrece un amplio campo a la propaganda revolucionaria. El congreso de la III Internacional debe prestar la más seria atención a este hecho. El apoyo a la revolución china no solo tiene importancia para la propia China, sino para todo el movimiento revolucionario mundial, porque en el momento actual el único factor que puede oponerse al voraz imperialismo japonés, que ha echado hondas raíces en Asia y extiende sus designios imperialistas a Siberia, a las islas del océano Pacífico e incluso a América del Sur, es un movimiento revolucionario fuerte y poderoso de las masas trabajadoras de China.
Pak Din-shun89 (Corea). En el momento actual tenemos que examinar aquí la cuestión colonial en condiciones completamente distintas de las del momento de la fundación de la II Internacional, hace treinta años. Toda la tarea de la III Internacional en la cuestión colonial consiste en corregir los errores que cometieron los jefes de la II Internacional. Toda la historia de la II Internacional, muerta sin gloria, ha demostrado que el proletariado de Europa occidental no podrá vencer en la lucha contra su burguesía mientras las colonias sigan siendo la fuente de su poder. Los jefes oficiales eran conscientes de ello, pero estos ideólogos del parlamentarismo eran ajenos a la heroica lucha de los pueblos coloniales y, al abordar el problema oriental, el problema de los pueblos coloniales, temblaban no menos que los ideólogos burgueses.
Pero aquí, en el congreso, el trabajo de la comisión ya ha mostrado que tanto todos los delegados de Oriente como los representantes de todo el proletariado de Europa occidental se dan perfecta cuenta de que solo llegará el día dichoso —el día del triunfo de la Internacional Comunista, el día de la revolución social— cuando podamos alzar en insurrección a todos esos pueblos coloniales, cuando el proletariado de Europa occidental aseste un golpe mortal a su burguesía y cuando los pueblos coloniales, a su vez, puedan asestar un golpe en el corazón de la burguesía de Occidente. La consciencia de la necesidad de una lucha revolucionaria común de los pueblos de Oriente y del proletariado de Europa occidental ha ido creciendo cada vez más, y Rusia, que es el eslabón que une a todo el Occidente proletario con el Oriente revolucionario, nos ha dado ahora, en la práctica, la posibilidad de examinar esa misma cuestión dolorosa que fue la causa del oportunismo y de las vacilaciones de la II Internacional. Espero que nuestro congreso adopte ahora sobre la cuestión colonial decisiones que aceleren la efervescencia revolucionaria y la propia revolución en Oriente.
Permitidme ahora hablar del movimiento revolucionario en nuestro país, Corea. Una parte de las cuestiones ya las hemos resuelto aquí. Solo quisiera detenerme un poco en la aplicación práctica de algunas de las cuestiones aquí planteadas, porque el movimiento revolucionario ya nos ha puesto ante algunas de ellas. Hace diez años todo el pueblo coreano se mostró indiferente ante la anexión de Corea90. Con la misma indiferencia acogía los discursos más ardientes sobre la democracia, sobre la independencia de Corea, sobre una vida libre y feliz. Y de pronto ese mismo pueblo lleva ahora dieciocho meses luchando con abnegación y heroísmo. No puede decirse que en los últimos diez años haya subido considerablemente el nivel cultural general del pueblo coreano. Los japoneses no han podido elevar en diez años no ya la consciencia de clase de las masas coreanas, sino ni siquiera su consciencia nacional. Si nuestros maestros decían que la revolución es la locomotora de la historia, nosotros debemos decir que el combustible que hace avanzar esa locomotora por el camino de la revolución es la economía.
Hoy, a causa de la ocupación, Corea es el país más desdichado. Tomemos el campesinado: paga entre un 300 y un 350 % más de impuestos que antes de la anexión. Esto, naturalmente, arruina al campesinado, y la política de traslado forzoso de colonos del Japón a Corea que lleva a cabo el Banco Agrario Japonés irrita a la mayoría del campesinado, sobre todo al campesinado medio. Además, los japoneses no dan a los coreanos la posibilidad de recibir una instrucción útil, no permiten a la juventud estudiantil entrar en los centros de enseñanza superior de los que podrían salir ingenieros y buenos instructores militares. Por eso no solo una parte de la intelectualidad, sino toda la juventud estudiantil, está en contra de la ocupación japonesa. Tomemos ahora la burguesía. La política del Japón, encaminada a mantener a Corea como colonia, priva a la burguesía coreana de la posibilidad de construir fábricas en Corea. Esta es también una de las causas que han apartado del Japón a la burguesía coreana. Por estas causas, la burguesía luchó junto con las masas trabajadoras, y durante dos o tres años no pudimos trazar una línea divisoria entre ellas. Y no lo conseguiremos, desde luego, mientras las condiciones económicas no nos den esa posibilidad. Pero nuestro partido se esforzará por llevar a cabo esa delimitación de clases y por dirigir el movimiento revolucionario, que en Corea tiene un carácter puramente agrario. Hoy todo señor feudal, todo gran terrateniente sabe lo que es el movimiento de liberación nacional en Corea. Este movimiento no se dirige solo contra el imperialismo japonés, no solo contra el yugo de los imperialistas extranjeros, sino también contra la burguesía del país, la mayoría de la cual está formada por grandes terratenientes. Al fin y al cabo, cuando Corea se sacuda por fin el yugo nacional, bastarán dos o tres años para que la burguesía comprenda que una Corea independiente no podrá darle la felicidad que ansiaba. Sabe que una Corea independiente significa para ella la pérdida de todas sus ventajas materiales, y por eso ya ahora está contra la revolución coreana y une su suerte a la del imperialismo japonés.
El año pasado, la Conferencia de Versalles fue objeto de discrepancias entre las corrientes revolucionarias. El ala derecha, que agrupa a todos los nacionalistas, a los grandes partidos políticos que forman un bloque nacional único y a las uniones de organizaciones pequeñoburguesas, estaba a favor de la Sociedad de Naciones y esperaba que Wilson, ese falso salvador, liberase a los pueblos esclavizados de Oriente. Todos ellos insistían en enviar una delegación a la conferencia de paz. Pero nosotros sabíamos que los imperialistas de América, del Japón y de Inglaterra no serían en ningún caso tan magnánimos como para renunciar a las ventajas que obtienen de sus colonias. Por eso planteamos la cuestión sin rodeos: ¿París o Moscú? Nuestra valoración histórica resultó completamente acertada. En la Conferencia de Versalles la delegación coreana no tuvo ningún éxito, y nuestra influencia en las masas empezó a crecer, y sigue creciendo ahora. Nuestro partido es hoy uno de los grandes partidos y goza de una fuerte influencia entre las masas. Espero que las tesis que apruebe el presente congreso sean su guía. Nuestro partido, que ha marchado siempre bajo la bandera de la Internacional Comunista, ha unido ahora indisolublemente su suerte al movimiento revolucionario del proletariado mundial y cumplirá con su deber. Marchará junto con el proletariado revolucionario del mundo entero hacia el objetivo final, la construcción del comunismo; será una de las principales fuerzas que harán de la Corea esclavizada una de las partes de la república soviética federativa mundial.
Connolly91 (Irlanda). En las tesis del camarada Lenin se esbozan los fundamentos de la táctica de la Internacional Comunista con respecto a los movimientos nacionales revolucionarios de los países oprimidos. Para que estas tesis puedan aplicarse de verdad en la práctica, la Internacional Comunista debe tener informaciones exactas sobre el desarrollo económico e histórico de esos países; además, debe poder valorar correctamente la importancia revolucionaria de las distintas fuerzas que actúan en cada país. Por eso nos proponemos, sin discutir las tesis en su conjunto, presentar un informe detallado sobre la situación en Irlanda. La solución de la cuestión irlandesa, como cuestión de una nacionalidad oprimida, puede abordarse desde tres puntos de vista distintos: desde el punto de vista del movimiento nacional revolucionario, desde el de los socialdemócratas pequeñoburgueses y los liberales y desde el de la III Internacional.
La primera tendencia considera a Irlanda como una unidad nacional aparte, oprimida económica y políticamente por Inglaterra durante setecientos años, y ve la única solución de la cuestión en la independencia completa de Irlanda respecto del Imperio británico. Para ello es necesario establecer un Estado irlandés democrático burgués, siguiendo el modelo de las repúblicas democráticas de Europa occidental. De lo contrario, Irlanda nunca podrá alcanzar su pleno desarrollo económico y cultural.
Desde el punto de vista de los liberales, que con pequeñas variaciones comparten también los socialdemócratas pequeñoburgueses, Irlanda es ya económica y políticamente parte integrante del Imperio británico. Por eso Irlanda, para satisfacer sus reivindicaciones nacionales, solo necesita unas pocas concesiones políticas razonables en forma de un autogobierno limitado dentro del imperio, siempre que el alcance de la autonomía política no amenace la integridad del imperio.
Desde el punto de vista de la Internacional Comunista, en cambio, la cosa no se resuelve con tanta sencillez. La situación de todas las minorías nacionales y de las colonias en la última etapa del capitalismo es sumamente embrollada. En la mayoría de estos pueblos y razas oprimidos existe un movimiento revolucionario dirigido contra el imperialismo. Y aunque la lucha de la Internacional Comunista va en otra dirección, esta debe utilizar para reforzar la revolución mundial esos movimientos revolucionarios que se desarrollan en relación con las aspiraciones de esas nacionalidades a liberarse del imperialismo. La Internacional Comunista debe alentar y apoyar activamente a toda fuerza capaz de estorbar a las potencias imperialistas en su lucha contra la creciente revolución mundial. Pero la Internacional Comunista no solo debe contribuir a los movimientos nacionales en su conjunto, sino al mismo tiempo reforzar y unir a todos los grupos o corrientes comunistas que toman parte en esa lucha. Esta política favorecerá la formación de un partido comunista que, bajo la presión de la dictadura militar de los imperialistas, se verá obligado a ser centralizado, rigurosamente disciplinado y capaz, una vez liberado del yugo imperialista, de librar contra su burguesía nacional una lucha victoriosa por el poder.
Teniendo en cuenta todo esto, hay que fijar los métodos con los que la Internacional Comunista apoyará estos movimientos nacionales revolucionarios. El único método que asegura el éxito es el apoyo activo a los movimientos nacionales solo por medio de los grupos comunistas de cada país, por débiles que sean esos grupos. Esto vale especialmente para Irlanda; si la Internacional Comunista o su sección británica no quisieran prestar allí apoyo solo por medio de los grupos comunistas, no harían sino debilitar a estos, porque ese método es el único gracias al cual podrán desempeñar un papel considerable e importante ya en el primer período de la lucha revolucionaria. Los nacionalistas revolucionarios se sirven de cualquier arma en la lucha contra el imperialismo británico, y si la lucha de la Internacional Comunista o de su sección británica se lleva solo por medio de los grupos comunistas, aunque sean pequeños, eso obligará a los nacionalistas revolucionarios irlandeses a mantener la neutralidad con respecto a los comunistas, que de este modo podrán reunir fuerzas y consolidarse. Es posible que los nacionalistas lleguen incluso a apoyar activamente a estos grupos comunistas, con lo que, sin saberlo, les facilitarán su trabajo de propaganda.
La consecuencia directa de que no hubiera un movimiento comunista en Irlanda, tanto si siguiera bajo el yugo de la actual dictadura militar como si se convirtiera en un Estado burgués, sería que Irlanda se convertiría en una base para acciones contrarrevolucionarias contra la revolución social que madura en Inglaterra, sobre todo si se tiene en cuenta que la flota desempeñará un gran papel en la lucha que se desarrollará en Inglaterra y que Irlanda posee magníficos puertos y bases para submarinos que la flota blanca podría utilizar para bloquear Inglaterra. Esto nos lleva de nuevo a la primera parte de nuestro informe, donde se examina la posición estratégica de Irlanda desde el punto de vista de su importancia para la causa del comunismo. Si consideramos la situación internacional como una lucha encarnizada entre el centro de la revolución mundial, la Rusia soviética, en torno a la cual se agrupan los Estados pequeños, por un lado, y la Sociedad de Naciones, encabezada por el imperialismo británico, por otro, no podemos dejar de reconocer que Irlanda, ese foco permanente de revolución en el corazón mismo del imperio, que inmoviliza a 200.000 soldados británicos, tiene una importancia definida para el movimiento revolucionario internacional. Además, hay que hacer todo lo posible para impedir que Irlanda se utilice como base para los verdugos de la revolución inglesa, como ya se ha señalado antes.
En cuanto a los irlandeses que viven en América y en todo el territorio del Imperio británico, todo el mundo sabe el vivo interés que muestran por la evolución política de su patria y con qué rapidez responden a sus llamamientos. Siendo así, la evolución de la política irlandesa hacia el comunismo arrastrará consigo a las masas de irlandeses que viven en los dominios ingleses y en los Estados Unidos, lo que a su vez contribuiría a reforzar el movimiento comunista en esos países y el movimiento proletario internacional en su conjunto.
(Connolly lee a continuación el informe, publicado íntegro en el n.º 12 de La Internacional Comunista.)
McAlpine (Irlanda). Llamo la atención del congreso sobre la tesis 12: «La opresión secular de las nacionalidades coloniales y débiles por las potencias imperialistas ha dejado en las masas trabajadoras de los países oprimidos no solo rencor, sino también desconfianza hacia las naciones opresoras en general, incluido el proletariado de esas naciones». Como ilustración de esta tesis puede servir la actitud de las masas trabajadoras irlandesas hacia el proletariado inglés. Los obreros irlandeses a menudo no son capaces de distinguir entre las clases gobernantes de Inglaterra y los obreros ingleses. Esta actitud de los obreros irlandeses se explica hasta cierto punto por el hecho de que el movimiento obrero inglés se ha mostrado hasta ahora incapaz de comprender la cuestión irlandesa.
La mayoría de los revolucionarios polacos con los que he hablado de la situación actual en Irlanda se han quedado asombrados de su parecido con la situación de Polonia en 1905. Ese parecido salta a la vista; pero, aunque la época revolucionaria nos sea favorable, no debemos perder de vista la posibilidad de que la burguesía inglesa utilice las aspiraciones nacionales irlandesas en caso de crisis social revolucionaria. Hasta ahora el movimiento revolucionario inglés ha tratado a Irlanda o bien con una tolerancia condescendiente, o bien siguiendo la táctica de los socialdemócratas, la táctica del apoyo verbal a las aspiraciones de los nacionalistas revolucionarios. Se diría que se ha olvidado por completo el hecho de que Irlanda, por un lado, es un arma importante en la lucha contra el imperialismo británico y, por otro, puede convertirse en un arma peligrosa contra la revolución social. El movimiento de los shop stewards fue, al parecer, el primero en comprender toda la importancia de la cuestión irlandesa y su relación con el movimiento revolucionario inglés. La discusión de esta cuestión y la resolución aprobada en la conferencia de los shop stewards en Londres a comienzos de este año despertaron el interés de los obreros irlandeses por este movimiento y contribuyeron a mejorar las relaciones entre el proletariado de ambos países.
Es muy importante que los comunistas ingleses presten un apoyo activo a Irlanda, que hagan propaganda entre las tropas inglesas que están en Irlanda y que muevan a las trade-unions inglesas a oponerse al transporte de tropas y de material militar a Irlanda. Es interesante señalar que la actitud del movimiento obrero inglés ante esta cuestión ha llevado a los ferroviarios irlandeses a salir de la Unión Nacional de Ferroviarios, y que hace unos meses los mecánicos del sur de Irlanda salieron de la Sociedad Unida de Mecánicos.
Sin embargo, los comunistas ingleses no deben entrar en relación con el movimiento nacional irlandés directamente, sino exclusivamente a través de los comunistas irlandeses, o tras haber discutido previamente la cuestión con ellos. Es necesario también que los comunistas ingleses, al apoyar la lucha nacional, actúen al mismo tiempo por su cuenta; deben subrayar que su actitud hacia Irlanda no es una reacción burguesa humanitaria contra la opresión, sino que nace de los intereses de clase comunes del proletariado y del campesinado de ambos países.
«La actitud de los obreros ingleses hacia Irlanda es el barómetro del estado de ánimo social revolucionario en Gran Bretaña», dijo hace poco Herman Gorter. A esto puede añadirse que la actitud de los comunistas ingleses hacia Irlanda es la medida de la claridad del pensamiento comunista en Inglaterra. En cuanto a la afirmación hecha en la comisión de que los obreros ingleses verán en el apoyo a la lucha revolucionaria de las colonias contra el imperialismo inglés una traición a Inglaterra, puede decirse que cuanto antes aprendan los obreros ingleses a traicionar al Estado burgués, mejor para el movimiento revolucionario. Ese apoyo es necesario aunque solo sirviera para educar a las masas obreras.
En cuanto a la enmienda propuesta por nuestro camarada italiano Graziadei, de sustituir en el primer párrafo de la tesis 11 las palabras «prestar apoyo» por las palabras «mostrar un interés activo», protesto enérgicamente contra esa sustitución. Es una frase wilsoniana que, como todas las frases de ese caballero, no significa nada; es una manera disimulada de suprimir por completo este punto y recuerda los métodos de actuación de la Internacional con respecto a las nacionalidades pequeñas.
Quería detenerme todavía en algunas cuestiones, pero por falta de tiempo solo las tocaré de pasada. La situación del Úlster, o al menos de la parte nordeste de esta provincia, es distinta de la del resto de Irlanda. En muchos aspectos plantea a los comunistas problemas menos complejos que la situación de las demás partes de Irlanda.
La mayoría de la población de esta parte del país es antinacionalista y hostil al resto de Irlanda. Aunque a primera vista parece que esto complica la situación, la necesidad de la lucha de clases aparece aquí con más claridad, porque en la mente de los obreros la opresión política no se confunde con la opresión económica. El hecho de que el Úlster sea el centro industrial de Irlanda, de que la cuestión nacional desempeñe aquí un papel subordinado y de que el Úlster se considere parte inseparable del Imperio británico equipara los problemas de su movimiento obrero a los de cualquier gran centro industrial de Inglaterra.
El tiempo no me permite detenerme en la cuestión de la cooperación, que empieza a desempeñar un papel muy importante en la economía irlandesa. El crecimiento de las cooperativas en el campo contribuye mucho a destruir la ideología de la propiedad privada, que tantas dificultades crea a los comunistas en su trabajo, sobre todo entre el campesinado. Gracias a las cooperativas se desarrolla la idea de la gran producción sobre bases colectivas. Además, las cooperativas alivian el hambre de tierra de los obreros agrícolas y de los semiproletarios.
Apoyamos las tesis en su conjunto, con los añadidos introducidos por el camarada Roy. Ismail Hakki Pasha (Turquía). Hablaré de las tesis del camarada Lenin, en particular del punto que trata del islamismo. Es precisamente esta cuestión la que hay que conocer con más detalle.
Desde el momento en que los sultanes turcos conquistaron Siria y Asiria, en que el camino de los «lugares santos» del islam cayó en sus manos, desde ese momento los soberanos turcos procuraron unir a todos los pueblos que profesan el islam y habitan Oriente, África y otros países. Desde el momento en que los «lugares santos», y sobre todo las líneas de ferrocarril, cayeron en manos de los sultanes, desde el momento en que cayó en sus manos, por así decirlo, el corazón del islam, los sultanes turcos predicaron por todos los medios el panislamismo y quisieron unir en torno a Turquía a todos los pueblos, a todos los países musulmanes de Oriente y de África.
Pero estalló en 1908 la revolución de los Jóvenes Turcos, y el poder pasó a manos de los Jóvenes Turcos. La burguesía liberal, que había tomado el poder, empezó a buscar nuevos caminos para unir a todos estos pueblos. En aquel tiempo gemían bajo el yugo del zarismo en Rusia los tártaros, los turquestanos, los baskires, los turcos del Cáucaso y toda una serie de otros pueblos. Y por eso precisamente en aquel tiempo surgió la idea del panturquismo, que se oponía al panislamismo. El panislamismo no podía unir a pueblos distintos que hablaban lenguas distintas. El panturquismo, que más tarde adoptaron los Jóvenes Turcos, aspiraba a unir a todos los pueblos turcos, desde Kazán y el Turquestán hasta el Cáucaso, toda Turquía y una parte de Persia. Ese territorio colosal era el que soñaban unir los panturquistas. Pero todos esos sueños se quedaron en el papel.
Después de la revolución rusa, después del reparto de Turquía por los imperialistas europeos, cuando el verdadero rostro de los capitalistas ingleses y franceses quedó claro para el pueblo turco, desde ese momento empieza en Turquía un nuevo movimiento, un movimiento de liberación. El movimiento de Anatolia, encabezado hoy por los partidos democráticos, es la mejor respuesta a la desvergonzada explotación a la que la Entente sometía a Turquía. Sobre todo la ocupación de Constantinopla echó leña al fuego, y el movimiento empezó a extenderse todavía más deprisa. Hoy el Estado revolucionario de Anatolia, que agrupa en torno a sí a todas las fuerzas contrarias a la Entente, imbuidas de un odio secular al imperialismo, se prepara para la lucha contra el imperialismo europeo. La Turquía trabajadora no tolerará otra vez la opresión de la Entente. Y gracias a la revolución rusa, que es la mejor amiga de la Turquía trabajadora, el pueblo turco alcanzará en breve la libertad completa y, junto con los trabajadores de todos los países, emprenderá la lucha contra los imperialistas del mundo entero.
Serrati. Se propone cerrar la lista de oradores. Se han inscrito todavía 12 camaradas. ¿Hay otras propuestas?
Walcher92 (Alemania). Se podría decir todavía mucho sobre la cuestión que se discute. Pero creo que con este modo de discutir no se podrá llegar a ningún resultado positivo; por eso presento la propuesta de cerrar el debate.
Maring (Indias Neerlandesas). Advierto enérgicamente contra la aprobación de la propuesta del camarada Walcher: no tiene ningún sentido. Se acaba de decidir que se dé a los representantes de los países atrasados la posibilidad de hablar en el congreso sobre esta cuestión. Quiero señalar que han hablado los representantes de todas las colonias, salvo Java, y que esa colonia ocupa el primer lugar después de la India británica, que solo en Java se ha hecho una experiencia marxista y se ha trabajado con espíritu marxista; y quisiera esperar que la delegación alemana muestre algún interés por informarse sobre unas condiciones de las que no sabemos nada. Pido al congreso que dé a los representantes de los pueblos coloniales la posibilidad de hablar, como se acordó ayer por la tarde.
Serrati. La camarada Frumkina propone que se conceda la palabra a quienes hayan presentado alguna propuesta.
Wijnkoop (Holanda). Estoy en contra de que se conceda la palabra solo a quienes hayan presentado alguna propuesta. Ya hemos oído aquí enmiendas muy importantes que no se han discutido en absoluto. Hay que poder discutir las enmiendas más importantes. Creo que hay que dar la palabra a todos los oradores.
Serrati. Hago notar que nadie ha propuesto retirar la palabra a los oradores inscritos.
Lozovski. Propongo conceder la palabra solo a los representantes de los países que todavía no han intervenido.
Serrati. Se ha presentado una propuesta que excluye todas las demás, es decir, la de cerrar por completo el debate. Los que estén a favor de cerrar el debate, que levanten la mano. La mayoría está en contra de cerrar el debate. Someto ahora a votación la propuesta del camarada Lozovski. La propuesta queda aprobada por una mayoría considerable. Tiene la palabra el camarada Maring.
Maring (Indias Neerlandesas). Una de las cuestiones más importantes es la de las Indias Neerlandesas. Quisiera hablar aquí de tres puntos. En primer lugar, quisiera exponer algunas experiencias del movimiento en las Indias Orientales; en segundo lugar, hacer algunas observaciones de principio sobre las tesis, y en tercer lugar, hacer algunas propuestas prácticas sobre el trabajo en las colonias. Espero que en el próximo congreso haya aquí javaneses y malayos que puedan tomar parte en el debate. Pero como mi trabajo durante siete años ha estado estrechamente ligado al movimiento de las Indias, espero que al congreso le interese la experiencia que he adquirido como marxista revolucionario en esos países. A mi juicio, en todo el orden del día no hay otra cuestión de importancia tan colosal para el desarrollo ulterior de la revolución mundial como las cuestiones nacional y colonial. Las demás cuestiones no son más que pleitos del movimiento obrero, que surgen cada vez que la revolución se estanca. Para semejantes discusiones no habría tiempo si la revolución siguiera avanzando.
Las colonias neerlandesas son las más importantes después de la India británica. Se cuentan entre las colonias más ricas del planeta. Su población es mayor que la del Japón y casi igual a la de Alemania. De sus 50 millones de habitantes, la mayor parte vive en las cuatro islas principales, Sumatra, Java, Bali y Lombok, que tienen 40 millones de habitantes. De los trescientos años de saqueo colonial de esos países, lo más importante para nosotros es el último período. Desde los años setenta del siglo pasado empezó a desarrollarse allí el capitalismo. Desde 1905, en contra de lo que afirma el camarada italiano, comenzó en Holanda el período del imperialismo, que se desarrolló a pasos rápidos. En diez años la dominación neerlandesa se consolidó en la mayor parte de Sumatra, en Borneo, Célebes y Nueva Guinea. Esto coincide por completo con lo que estableció la camarada Rosa Luxemburg en su libro La acumulación del capital y con lo que comprobó la camarada H. Roland Holst93, a saber, que los apetitos de rapiña del capitalismo no tienen límites: se inquieta en cuanto oye hablar de nuevos yacimientos de oro, fuentes de petróleo, etc., que todavía no se explotan; empuja al gobierno a nuevas expediciones y sostiene que nunca se emplean a fondo el dinero y los hombres para saquear el mundo y someter a los pueblos y tribus de los países atrasados.
A partir de 1905 el desarrollo capitalista de esos países asiáticos avanzó a un ritmo muy rápido. Si se tiene en cuenta que hoy mil quinientos millones, la tercera parte de todos los capitales de Holanda, están invertidos en las colonias; si se sabe que en 1917 no menos de 25 millones de libras esterlinas afluyeron de las colonias a Holanda, que junto al capital holandés hay capital americano, japonés e inglés invertido en plantaciones de azúcar, cacao, café y otras, que rinden ganancias enormes, entonces puede uno hacerse una idea de la gran importancia del nuevo capitalismo del Extremo Oriente para la reestructuración de todo el capitalismo mundial. Quisiera señalar lo que escribía el mayor periódico burgués holandés, a saber, que aunque llegara a ser posible nacionalizar todas las empresas en Europa, aunque aquí suprimiéramos la propiedad privada, a la clase capitalista en su conjunto se le abren nuevas posibilidades en las colonias, y además mejores y más ricas que en Europa.
Para terminar este breve esbozo, diré un par de palabras sobre la situación de la población indígena. Ciento cincuenta mil europeos son los saqueadores del Extremo Oriente. En la práctica cotidiana solo existe para ellos una regla, aquella de la que hablaba Rudyard Kipling, a saber, que al este del canal de Suez los diez mandamientos dejan de regir. Junto a los europeos hay allí además un millón de chinos y cierto número de japoneses, que también están desarrollando ahora la gran industria en Java. Basta oír la cifra de que en Java hay 200 grandes fábricas de azúcar, solo ellas, con un proletariado considerable, para comprender que esos países orientales tienen de verdad alguna importancia para la revolución. La situación de los campesinos, que forman la mayor parte de la población (solo en Java son 25 millones, contando a sus familias), es tal que su ingreso anual no pasa de 110 florines holandeses, gravados con un impuesto del 20 %, y que pueden gastar 6 florines en vivienda y solo unos pocos florines al año en aperos de labranza. Los campesinos tienen la propiedad de la tierra, pero en realidad están completamente proletarizados, porque tienen que arrendar parte de su tierra al capital europeo, y las clases privilegiadas de Java acaban de despojarlos, de modo que no pueden vivir de su explotación campesina y tienen que ir a trabajar a las fábricas de azúcar. Si se tiene en cuenta que en Java hay en este momento un proletariado de un millón de personas con un salario medio de medio florín diario, que el encarecimiento general de la vida alcanza también a Java, que la mayoría de los javaneses no pueden comer arroz durante todo el año más que una vez al día, entonces puede uno hacerse una idea de que el terreno para la propaganda revolucionaria en Java está plenamente maduro. Si se sabe que el analfabetismo es allí tan grande que de cada mil hombres adultos solo 15 saben leer y escribir, y que menos del 10 % de los niños van a la escuela, entonces se puede comprender lo que debe sentir un marxista que observa la gigantesca labor que se está haciendo ahora en Rusia en el terreno de la educación, y cómo debe arder en su corazón el deseo de que también los pueblos de Oriente puedan participar en esa labor cultural. No me extenderé más sobre la situación de la población. He entregado a la secretaría un informe escrito, que se publicará en La Internacional Comunista. He citado aquí estos hechos solo porque me ha quedado la impresión de que, con pocas excepciones, tampoco este congreso de la III Internacional ha comprendido del todo la enorme importancia de la cuestión oriental.
Quisiera decir unas palabras sobre el movimiento en Java. Este movimiento surgió en 1907 como movimiento nacional y al principio tuvo un carácter revolucionario. Un Zubátov94 de las Indias cambió el carácter de ese movimiento, y puede decirse que hoy en las Indias Neerlandesas la importancia del movimiento nacional auténticamente revolucionario es muy pequeña. Mucho más importante es el movimiento de masas, que cuenta hoy con cerca de un millón y medio de miembros y que desde 1912 reúne en una sola unión a obreros y campesinos, haciendo grandes progresos. Esta organización, pese a su nombre religioso, Sarekat Islam95, ha adquirido un carácter de clase. Si se presta atención a que el programa de este movimiento incluye la lucha contra el capitalismo criminal, a que la lucha se dirige no solo contra el gobierno, sino también contra la nobleza javanesa, quedará claro que el movimiento socialista revolucionario tiene el deber de establecer un estrecho contacto con esta organización de masas, Sarekat Islam. El gobierno intentó en 1916 interesar a este movimiento en su propaganda militarista, pero el resultado fue que surgió en Semarang una fuerte oposición de los jóvenes.
Cuando los socialistas europeos decidieron por fin cumplir con su deber en el Extremo Oriente y desarrollar allí el movimiento revolucionario, lograron entrar en contacto con las organizaciones locales de Sarekat Islam. Una parte considerable de los miembros de esta organización de masas, sin ser todavía socialistas conscientes, son, con todo, revolucionarios en el mismo sentido en que lo decía el camarada Roy de la India británica. Ayer, en la comisión, oí a uno de los ingleses decir que las acciones de masas en la India solo pueden traer desgracias y matanzas, porque esas masas todavía no están maduras. Yo sostengo que solo mediante acciones de masas se puede organizar un movimiento de resistencia verdaderamente socialista y oponer así al capitalismo una fuerza real. Hemos comprobado en Java que las clases medias no tuvieron éxito en sus intentos de interesar a las masas por la cuestión nacional. Pero cuando fuimos a los proletarios de las ciudades y de las comarcas de la industria azucarera y les hablamos de los salarios bajos, de las cifras de mortalidad, de los impuestos agobiantes, etc., ganamos cierta confianza para el movimiento socialista revolucionario. Ese sentimiento vive en las masas. Son muy receptivas a nuestra propaganda. En Java se puede leer en cada periódico malayo sobre los éxitos mundiales de las ideas de la Rusia soviética. Esto tiene una gran importancia para un congreso como el nuestro.
Mientras el movimiento socialista durante muchos años no prestó atención a las colonias, los capitalistas apreciaron mejor la importancia de las colonias que muchos socialistas revolucionarios. Los capitalistas comprendieron lo que podía aportar al capitalismo el desarrollo de Oriente. En 1917 se desarrolló un fuerte movimiento entre los socialistas revolucionarios, y entonces los reformistas se pusieron abiertamente del lado del gobierno, diciendo de nuestros amigos: esta gente nos traerá tantas desgracias como Trotski y Lenin trajeron a Rusia. Cuando uno oye que en 1918 no hubo un solo mitin de masas en las ciudades y en las comarcas de la industria azucarera al que no asistieran por lo menos tres o cuatro mil obreros, comprende que en esos hombres de piel oscura ha despertado un espíritu nuevo, que tiene gran importancia para todo nuestro movimiento. Naturalmente, también trabajamos entre los marineros de la flota colonial y entre los soldados, como corresponde a elementos revolucionarios. A finales de ese año llegó una fuerte reacción. Los dirigentes de los marineros y soldados, y yo con ellos, fuimos expulsados de las Indias por el gobierno. Muchos de nuestros amigos fueron detenidos y condenados a diversas penas. Trece miembros del consejo de soldados fueron condenados a 40 años de cárcel. Más tarde recibimos pruebas de que este movimiento siguió desarrollándose, no por voluntad de sus iniciadores, sino porque las condiciones económicas son tales que permiten que se desarrolle un movimiento de masas, y el terreno está preparado para la agitación y la propaganda revolucionarias.
Pasando al segundo punto, declaro que no veo ninguna diferencia entre las tesis del camarada Lenin y las del camarada Roy. Por su sentido son una sola cosa. La dificultad consiste solo en encontrar la orientación correcta en las relaciones entre el movimiento nacionalista revolucionario y el movimiento socialista en los países atrasados y las colonias. En la práctica esta dificultad no existe. Allí la necesidad de trabajar junto con los elementos nacionalistas revolucionarios es evidente por sí misma, y solo hacemos la mitad del trabajo si ignoramos ese movimiento y nos las damos de marxistas doctrinarios. Debemos adoptar ahora para las colonias no el llamado marxismo de Cunow96, sino comprender que las colonias pueden saltarse el desarrollo capitalista. Como mostró Rádek para el Japón, el desarrollo fue allí completamente distinto del de Europa; del mismo modo, también las colonias se desarrollan de una manera completamente distinta. Me alegró especialmente que Rádek explicara ayer por la tarde al congreso que no vamos a la India para explotarla, sino que le llevamos la mejora de su situación. El proletariado se conquista la esperanza de una vida nueva y de la libertad cultural y económica. Rádek recordó a la clase obrera inglesa su deber y mostró que la clase obrera inglesa no debe olvidar las colonias en su agitación política y sindical, que, si no apoya la lucha revolucionaria en las colonias, no es más que cómplice de los capitalistas. Y yo digo que, mientras los obreros ingleses no lo comprendan, quizá reúnan muchos votos en las elecciones, pero no harán ningún trabajo de importancia verdaderamente revolucionaria. No debemos limitarnos a aprobar largas resoluciones; debemos hacer algo práctico en el Extremo Oriente. He mostrado que allí hay terreno para la agitación. En breve tendremos que estar en el congreso de Bakú97. Pero no nos hacemos ilusiones de que ese congreso vaya a tener gran importancia también para el Extremo Oriente. Es imposible. Propondría que las tesis que hemos aprobado aquí las publique la III Internacional en varias lenguas orientales y se difundan especialmente entre los revolucionarios chinos e indios. Propondría además organizar también en el Extremo Oriente una oficina de propaganda de la Internacional Comunista; como el movimiento tiene hoy tanta importancia, hay que reunir en una oficina el trabajo que ya se hace allí y llevar de forma concentrada la propaganda que no se puede llevar satisfactoriamente desde Moscú. Por último, tengo todavía una petición: ayer el camarada Reed dijo aquí que los negros deberían venir para conocer la realidad rusa. Hago la propuesta siguiente: la Internacional Comunista debe dar a los dirigentes del Extremo Oriente la posibilidad de vivir aquí medio año y seguir algunos cursos comunistas, para que comprendan bien lo que aquí ocurre y puedan llevar a la práctica las ideas de las tesis, implantar la organización soviética y emprender el trabajo comunista en las colonias. Lo considero deseable porque Moscú y Petrogrado son la nueva Meca de Oriente, y los gobiernos capitalistas lo intentarán todo para impedir que nuestros hachíes comunistas lleguen a Moscú y a Petrogrado. Debemos dar a los revolucionarios orientales la posibilidad de recibir aquí, en Rusia, una formación teórica, para que el Extremo Oriente se convierta en un miembro activo de la Internacional Comunista.
Frúmkina98 (Bund99). Creo que es necesario tener en cuenta también a las minorías nacionales, es decir, a las minorías que no ocupan un territorio determinado. Me sorprende muchísimo que el congreso repita en esta cuestión el error de la II Internacional. Aquí se habla todo el tiempo de autonomía territorial y, al mismo tiempo, no se tiene en cuenta a las minorías nacionales. Quisiera que el congreso tomara en consideración a las minorías nacionales de los distintos países, y por eso propongo una enmienda al § 9. Pero antes de hacerlo quisiera recordar a los camaradas presentes la experiencia del partido comunista y del poder soviético en Rusia. Entre las organizaciones del Partido Comunista de Rusia y entre las instituciones del poder soviético hay órganos especiales y comisariados de las nacionalidades que se ocupan de los asuntos de las minorías nacionales y examinan todo lo que atañe, por ejemplo, a la cuestión judía.
Propongo el siguiente añadido en la página 43, al final de la tesis 9, antes de pasar a la tesis 10:
«Al mismo tiempo, los partidos comunistas de todos los países, tanto en su política general como en su propaganda, deben librar una lucha decidida contra la concepción burguesa del derecho de propiedad exclusiva de tal o cual mayoría nacional sobre el territorio en que vive, y contra el principio defendido por los grupos nacionalsocialistas, que consideran a la mayoría nacional como absolutamente dominante y tratan como extraños a las minorías nacionales extraterritoriales que viven en ese territorio (Polonia, Ucrania).
El apoyo incondicional a las aspiraciones revolucionarias a restablecer la independencia de los países oprimidos de población heterogénea, si no se supedita a la exigencia categórica de que se hagan efectivos en la práctica los derechos de las minorías nacionales que habitan en esos países (derechos que solo la dictadura del proletariado puede garantizar sin reservas), lleva en sí el peligro de que las masas pequeñoburguesas antes oprimidas se conviertan en opresoras.
La experiencia del poder soviético y del Partido Comunista de Rusia, que abren a las masas obreras de todas las naciones una posibilidad real de desarrollo cultural mediante un sistema muy ramificado de instituciones estatales (secciones de instrucción de las minorías nacionales, comisariados para los asuntos de las nacionalidades, etc.), con lo que se ha logrado una convivencia verdaderamente fraternal de todas las nacionalidades, esa experiencia debe ponerse en la base del programa sobre la cuestión nacional, obligatorio para todos los partidos comunistas.»
Existe la tendencia (en Polonia, en Ucrania) a considerar elemento advenedizo, extranjero, a todas las minorías extraterritoriales. Todos los países deben aprovechar la experiencia del poder soviético y del Partido Comunista de Rusia, que abren a las masas trabajadoras de todas las minorías nacionales la posibilidad de un pleno desarrollo cultural, poniendo a su servicio todas las organizaciones e instituciones que necesitan, como, por ejemplo, la sección de instrucción de las minorías nacionales y los comisariados que defienden especialmente los intereses de las minorías nacionales. Este ejemplo debe servir a todos los partidos comunistas de base para resolver la cuestión nacional.
Propongo además que en la tesis 11, punto 1, en la página 56, después de las palabras «en estos países», se intercale: «así como en los países donde las minorías nacionales luchan por afirmar sus derechos».
En el punto 6, después de las palabras «de los países atrasados», intercalar: «y de las naciones».
Después del punto 6 añado la siguiente observación: «Como ejemplo del engaño del que son víctimas las masas trabajadoras de las naciones oprimidas, engaño que sin duda debe anotarse en el haber tanto de la Entente como de la burguesía de la nación correspondiente, puede servir la empresa de los sionistas en Palestina, que, con el pretexto de crear un Estado judío independiente, han sometido al yugo inglés a la masa trabajadora árabe, cuando los judíos no son allí más que una minoría de la población.
Este engaño sin precedentes debe desenmascararse a toda costa, y con tanta mayor decisión cuanto que los sionistas trabajan en todos los países entre los trabajadores judíos atrasados y se esfuerzan por crear grupos proletarios de tendencia sionista (Poalei Zion100), que últimamente procuran adoptar la fraseología comunista.»
Daré aquí uno de los ejemplos más llamativos del movimiento sionista.
En Palestina la población judía no es mayoritaria. Se trata de una minoría que aspira a someter al yugo de la Entente a la masa trabajadora, que constituye la mayoría del país.
Contra tendencias de este tipo debemos luchar con la mayor energía. Los sionistas se esfuerzan por ganar partidarios en todos los países, y con su propaganda y su agitación sirven a los intereses de la clase capitalista. Y la Internacional Comunista debe combatir este movimiento de la manera más resuelta.
Murphy101 (Inglaterra). Como no estábamos en la sala durante el debate, no pudimos participar en la elección de los representantes de las distintas naciones que intervienen sobre la cuestión colonial. Pido que se conceda el derecho a hablar sobre esta cuestión a dos camaradas de la delegación inglesa que representan las dos corrientes que existen en ella.
Serrati. ¿Está de acuerdo el congreso en continuar el debate y cree posible atender la petición de la delegación inglesa? (El congreso da su conformidad.)
Así pues, se invita a los camaradas ingleses a dar los nombres de sus ponentes. Tiene la palabra el camarada McLaine.
McLaine (Inglaterra). No perderé el tiempo discutiendo en qué medida tal o cual parte del movimiento revolucionario británico participa en la lucha contra el imperialismo británico y en la ayuda a los pueblos coloniales oprimidos. El movimiento revolucionario británico no está muy desarrollado y ha hecho poco en este terreno. Debo, sin embargo, replicar al camarada Rádek, que dijo que los obreros británicos no han hecho nada, aparte de aprobar resoluciones, para impedir el ataque de Inglaterra contra Rusia. La respuesta es el siguiente hecho: el general Golovín, en su informe secreto a Sazónov102, en el que describe una entrevista con Churchill, escribe que Churchill lamenta no haber podido prestar más ayuda a Kolchak y a sus amigos a causa de la resistencia de la clase obrera británica; la ayuda que Gran Bretaña presta actualmente a los guardias blancos tiene que mantenerse en secreto.
Se han interpretado mal las palabras que Thomas Quelch pronunció en la comisión, según las cuales una gran insurrección revolucionaria en la India se consideraría una traición a Gran Bretaña y permitiría al gobierno británico, gracias a su control de la prensa, poner al pueblo británico en contra de los obreros indios. Quelch estaba lejos de pensar que por ese motivo debamos renunciar a la actividad revolucionaria en esa dirección. Solo quería decir que debemos tener en cuenta los hechos y procurar también que los sucesos de Amritsar no se repitan a mayor escala.
La tarea de la III Internacional consiste en elaborar una línea de acción y unos principios que lleven a la revolución mundial. El mayor obstáculo para su desarrollo es el capitalismo imperialista, y Gran Bretaña es el Estado capitalista imperialista más poderoso.
Por eso la cuestión colonial es en gran medida la cuestión de cómo combatir mejor al capitalismo británico. El capitalismo británico funda su poderío en la explotación tanto de los obreros de la metrópoli como de los pueblos coloniales. En sus orígenes el capitalismo británico no sacaba sus recursos de fuera; ahora recauda tributo en el mundo entero. El parasitario capitalismo británico explota en todas partes a los pueblos oprimidos.
Hoy las importaciones superan con mucho a las exportaciones, lo que prueba que Gran Bretaña es un Estado parasitario. En el futuro el capitalismo británico procurará dar a los obreros un salario que corresponda al valor íntegro de su trabajo, a condición de que consientan en la explotación de los pueblos oprimidos.
Por eso consideramos un deber participar en la lucha revolucionaria en Inglaterra y apoyar todos los movimientos coloniales verdaderamente revolucionarios. Todo movimiento nacional revolucionario que lucha por una separación efectiva de Gran Bretaña contribuye al desarrollo de la revolución mundial, porque asesta un golpe a la base de la reacción imperialista, que es Gran Bretaña. Hay que apoyar todos esos movimientos.
Wijnkoop (Holanda). Dije ayer por la tarde que la cuestión que ahora discutimos es muy importante, y ahora nos convencemos de ello. Hay que tener en cuenta que el imperialismo y la guerra mundial han hecho completamente imposible abastecer a los países agrarios de las máquinas y los productos acabados que necesitan de los países industriales y que, por otra parte, los acontecimientos políticos ligados a la guerra mundial han cortado el acceso de los productos agrícolas a las masas proletarias de los países industriales. Si se reflexiona seriamente sobre esta cuestión, se ve que nos lleva mucho más lejos que todas las demás cuestiones del orden del día.
Hay que darse clara cuenta de qué decisiones contienen, en realidad, las tesis del camarada Lenin y del camarada Roy. En el curso de la discusión las tesis se han armonizado plenamente entre sí. En ellas se desarrolla ahora efectivamente la idea de que en nuestra lucha en las colonias no debemos aspirar a la dominación nacional, como predica la burguesía, sino a los soviets de obreros y campesinos, y se subraya que, para alcanzar ese objetivo, debemos apoyar los movimientos revolucionarios. Se emplea la palabra «apoyo» porque se sobrentiende que queremos apoyar realmente esos movimientos. Queremos apoyar las acciones revolucionarias de las masas, aunque esos movimientos no sean socialistas, y apoyarlas por medio de los partidos comunistas que existen en las colonias. Esta táctica parte de que no es en absoluto necesario que el imperialismo extranjero implante por la fuerza el capitalismo como etapa necesaria del desarrollo para que los países no capitalistas pasen al comunismo. Al contrario, queremos impedirlo en la medida de lo posible con nuestra táctica y con nuestro apoyo al movimiento revolucionario. Por consiguiente, no luchamos solo contra la dominación política del imperialismo extranjero, sino también contra la implantación del capitalismo nacional. Así pues, lo más importante, a mi juicio, de las tesis del camarada Lenin y del camarada Roy es la exigencia de apoyar los movimientos nacionales revolucionarios de masas y la lucha contra la convicción de que la implantación del capitalismo en las colonias es condición previa necesaria para que pasen al socialismo.
Si se plantea así la cuestión, es difícil estar de acuerdo con la enmienda del camarada Graziadei. Si he entendido bien al camarada Graziadei, propone que estas tesis no se apliquen, por ejemplo, en Italia, que los comunistas no apoyen allí los movimientos nacionalistas que surjan. Teme que contemos también a Italia entre esos países atrasados y por eso considera necesaria su enmienda; pero creo que sobra, porque, a mi entender, nadie podrá pensar que la tesis 11 pueda referirse a un país como Italia. Se refiere a los Estados y naciones atrasados, de modo que un país como Italia no puede de ningún modo incluirse en ese apartado. También en la comisión discutimos si no habría que definir con más precisión qué debe entenderse por país atrasado, pero llegamos a la conclusión de que no se puede concretar más. Si se acepta la enmienda del camarada Graziadei a este párrafo, surgirán enseguida nuevas dificultades: ¿es tal o cual otro país, por ejemplo Bulgaria o Grecia, un país atrasado? Esas cuestiones surgirán siempre, y solo pueden resolverse en la práctica. Lo mejor es que las resuelvan por sí mismos los partidos comunistas de los distintos países con ayuda de estas tesis y de las directivas de la Internacional Comunista. Por eso considero poco razonable aceptar el añadido del camarada Graziadei, aunque creo que su finalidad práctica es muy buena.
Lo mismo ocurre con las demás enmiendas particulares que ha presentado. El camarada irlandés ya ha polemizado contra la enmienda del camarada Graziadei, que proponía sustituir las palabras «apoyo activo» por «interés efectivo». Puede que ese orador no entendiera al camarada Graziadei, pero si en esas palabras cabe ese sentido, ya no sirven. Debemos oponernos a esa enmienda. Queremos que los obreros muestren un interés activo por la lucha comunista, y queremos que apoyen también los movimientos nacionales revolucionarios. El camarada Graziadei quiere lo mismo, pero cree que sería mejor expresarlo con las palabras que propone. En las tesis hablamos precisamente de apoyo. Por eso propongo rechazar la formulación del camarada Graziadei. Estoy de acuerdo con lo que ha dicho la camarada Frúmkina. No sé si esa enmienda es buena. Si no conviene a algunos países, habrá que discutirla en la comisión.
El camarada Maring ha hablado tanto de Java que no tenemos nada que añadir. Me adhiero por completo a él. Para demostrar que allí se da un verdadero desarrollo capitalista con todos sus rasgos característicos, basta decir que los 209 ingenios azucareros de que habló el camarada Maring están concentrados en manos de tres trusts, que extienden su poder también a otras producciones y ramas de la industria. Esto es ya un fenómeno de capitalismo muy desarrollado, contra el que los proletarios deben luchar, y luchan.
Paso a la intervención del camarada Rádek. Me alegran las palabras del camarada Rádek de que el imperialismo inglés no puede ser vencido en Londres, sino solo en las colonias. Creo que muchos camaradas ingleses no lo entienden. El camarada Rádek lo entiende muy bien, pero hay que entenderlo no de una manera mezquina, sino en su conjunto. Cuando el camarada Rádek pregunta cuántos camaradas ingleses han estado ya en la cárcel por hacer agitación en las colonias, creo que los camaradas ingleses no deberían siquiera responder a semejante pregunta. No preguntamos si los camaradas han estado o no en la cárcel. Preguntamos si los camaradas han cumplido con su deber, y a eso nos ha respondido brevemente el camarada McLaine. A mi juicio, el camarada Rádek ha sobrestimado en esto el parlamentarismo. Cree que si un camarada nuestro dice una sola palabra contra el imperialismo en el parlamento, la agencia Reuter dará ya la noticia. En realidad, la Reuter calla esas cosas. En Holanda nos enteramos con mucho retraso, y por fuentes completamente distintas, de la manifestación de mujeres en el parlamento. La Reuter no informa de esas cosas.
Walcher. Rádek no ha dicho eso.
Wijnkoop. Para terminar, una cuestión más. Se nos dice que debemos ir a las colonias. Desde luego, eso no es lo más importante para los partidos comunistas de los distintos países. No podemos enviar a todos nuestros agitadores a los países coloniales. Debemos crear las condiciones previas necesarias para que cada país colonial desarrolle por sí mismo su propio movimiento revolucionario. Por supuesto, para eso hacen falta agitadores, pero no se trata de enviar a nuestros agitadores a las colonias. Si se toma el trabajo en las colonias como barómetro del valor revolucionario de un partido, entonces precisamente el partido holandés ha hecho todo lo que podía. Ha tenido en las colonias camaradas como Sneevliet, Baars y Brandsteder, que han apoyado y desarrollado los movimientos revolucionarios indígenas. Los tribunistas y los comunistas holandeses han sido los más activos en esta labor, y por eso no se puede hablar de su partido como se ha hecho hasta ahora. Precisamente el partido holandés ha mostrado qué estrecha relación guarda esta cuestión con la lucha revolucionaria. Si en Holanda se nos teme y se nos persigue, no es porque podamos hacer la revolución en ese país, puesto que de hecho no podemos hacerla sin enlazar con Inglaterra o con Alemania, sino porque damos pocas alegrías a los señores capitalistas en sus negocios coloniales. Merezhin103 (Buró Central de las Secciones Judías del PC(b)R). Las secciones judías del Partido Comunista de Rusia están plenamente de acuerdo con la actitud hacia el sionismo y hacia el Partido Comunista Judío Poalei Zion que se ha expresado en el discurso de la camarada Frúmkina, y no deseo repetirme.
Solo quiero detenerme en otra cuestión: la defensa de los derechos de las minorías nacionales en los territorios de población mixta. Los partidos de la II Internacional idearon un medio de defender esos derechos por medio de la autonomía nacional personal (teoría de Otto Bauer y de Renner), y en Ucrania, en Bielorrusia y en Lituania intentaron aplicar esa teoría. Allí, bajo la Rada Central104 y otros gobiernos pequeñoburgueses, se creó la autonomía nacional personal, y esa experiencia debe tenerse en cuenta y valorarse. Hay que hacer constar que esa experiencia ha mostrado el completo fracaso de la autonomía nacional personal.
El paso del poder de la gran burguesía a la pequeña, republicano-democrática, no ha disminuido ni un ápice la opresión nacional. Los socialtraidores, una vez en el poder, han superado todo lo imaginable. Mientras concedían de palabra la autonomía nacional personal, en los hechos superaron incluso al zarismo con sus crueldades
en la lucha contra la dictadura del proletariado. La nacionalización forzosa, pese a la autonomía nacional personal oficialmente proclamada, prosiguió sin interrupción. Pero ¿qué decir de la nacionalización, cuando esos mismos partidos pequeñoburgueses que sobre el papel habían aceptado la autonomía nacional personal llegaron incluso al exterminio físico de las minorías nacionales, en especial el llamado «Directorio Nacional Ucraniano»105 y el gobierno de Piłsudski, Moraczewski106 y otros (pogromos atrocísimos, asaltos, etc.)?
Pero no es solo esto lo que importa señalar. Hay que hacer constar, además, que la autonomía nacional personal empeora de por sí la situación del proletariado de las minorías nacionales. Esto se debe a que la pequeña burguesía de las minorías nacionales es sobre todo una pequeña burguesía urbana. Y esa pequeña burguesía urbana es mucho menos revolucionaria que la pequeña burguesía de las mayorías nacionales. Porque en las mayorías nacionales, sobre todo en el este de Europa, la pequeña burguesía es sobre todo campesina, rural; en la lucha contra los terratenientes por la tierra se revoluciona. En la práctica, el proletariado de las minorías nacionales ha tenido que apelar muy a menudo a los «extraños» contra la autonomía nacional personal que se le había «otorgado». Cara a cara con su propia burguesía y su propia pequeña burguesía, se encontró aislado y en peor situación de la que habría tenido sin autonomía nacional personal.
Por estos motivos, propongo que se apruebe la siguiente tesis después de la tercera:
«La experiencia de las relaciones entre las naciones de la mayoría y las naciones de la minoría en los territorios de población mixta (en Ucrania, en Polonia, en Bielorrusia) ha mostrado que el paso del poder de la gran burguesía a manos de grupos pequeñoburgueses que construyen Estados republicano-democráticos no solo no atenúa, sino que, por el contrario, agudiza extremadamente los roces nacionales internos. La democracia republicana, obligada en su lucha contra el proletariado a sustituir la lucha de clases por la lucha nacional, se impregna rápidamente de exclusivismo nacional y asimila con facilidad, adopta y repite con ardor la experiencia de los más viejos maestros de la opresión nacional en el arte de azuzar a las masas de una nación contra las masas de otra y de organizar con ayuda del aparato del Estado pogromos masivos con el fin de combatir la dictadura del proletariado: crecimiento del antisemitismo en la «democracia» ucraniana a finales de 1917 y comienzos de 1918, bajo la Rada Central; pogromos feroces a finales de 1918 y en la primera mitad de 1919, organizados por los órganos del «Directorio Nacional Ucraniano»; movimiento de pogromos en la «República Democrática de Polonia», tanto bajo el dominio del partido de la II Internacional (el PPS107, gobierno de Moraczewski) como bajo el régimen mixto de Piłsudski y Skulski108. Esa misma experiencia ha mostrado que ninguna forma «democrática» de defensa de los derechos de las minorías nacionales en los territorios de población mixta, incluida la autonomía nacional personal que defendía la socialdemocracia austríaca, puede asegurar bajo un régimen republicano-democrático los intereses culturales de las minorías nacionales ni garantizarles una auténtica igualdad de derechos y la misma influencia en la marcha de los asuntos del Estado.
La autonomía nacional personal sobre la base del sufragio universal, además de dividir al proletariado en compartimentos nacionales, conduce también a una completa desnaturalización de la lucha revolucionaria, a atar las fuerzas proletarias, y conduce incluso a empeorar la situación cultural del proletariado de la minoría nacional. Esto se debe a que, dentro de cada minoría nacional, la pequeña burguesía nacional, más numerosa y más fuerte que el proletariado, al ser sobre todo urbana, es mucho más reaccionaria que la mayoría pequeñoburguesa de la nación mayoritaria, formada por campesinos revolucionados por la lucha contra los terratenientes.»
Quiero también tratar específicamente la cuestión de los pogromos.
Las secciones judías del Partido Comunista de Rusia proponen sobre esta cuestión la siguiente resolución: «1. En su sangrienta campaña contra la dictadura del proletariado, la contrarrevolución mundial se abate con especial crueldad sobre la población judía más pobre de Rusia, Ucrania, Polonia, Hungría, Palestina, etc. 2. Con sus vejaciones a la población judía más pobre, que superan las atrocidades no solo del zarismo, sino también de la Inquisición medieval, la contrarrevolución mundial procura sembrar la discordia y la hostilidad en las filas de los obreros de las distintas nacionalidades, para apartar su atención de la lucha directa contra el régimen burgués.
El II Congreso de la III Internacional hace constar ante el mundo entero:
- que la culpa de todos los pogromos antijudíos de los últimos tiempos, en Ucrania, Polonia, Rumanía, Hungría, Palestina, etc., recae por entero sobre la Entente, que encabeza todas las acciones contrarrevolucionarias contra la revolución comunista; que, mientras abastece de toda clase de medios de exterminio y apoya moralmente a guardias blancos de toda laya, que cubren cada palmo de tierra que ocupan con cientos de miles de víctimas inocentes, la Entente no mueve un dedo para contener a los autores de los pogromos y ni siquiera presta atención a las protestas de las masas trabajadoras contra los pogromos.
Más aún, los agentes de la Entente, presentes en las filas de los ejércitos contrarrevolucionarios de Rusia, Ucrania, Polonia, Hungría y otros países, participan directamente en esos pogromos, lo que se manifestó con el mayor relieve en el pogromo de Jerusalén109 de abril de este año, organizado por agentes del gobierno inglés.
- Que los partícipes morales y materiales de los pogromos, acompañados del exterminio de cientos de miles de mujeres y niños, son los partidos pertenecientes a la II Internacional amarilla, que han estado y están en el poder en Ucrania, en la persona del «Directorio Nacional Ucraniano», y en Polonia, en la del gobierno de Piłsudski, y que han inundado Ucrania y Polonia de ríos de sangre inocente en su lucha contra la dictadura del proletariado.
Por eso el II Congreso de la III Internacional, que expresa la voluntad del proletariado revolucionario del mundo entero, protesta del modo más resuelto contra los pogromos antijudíos, obra de la contrarrevolución mundial. Llama a los obreros de todos los países a luchar activamente contra ellos, de palabra y de obra, para arrancar la máscara a los hipócritas diplomáticos de la «Sociedad de Naciones», poner al descubierto su verdadero e infame papel e instaurar en todas partes la dictadura del proletariado, la única capaz de poner fin a todos los pogromos, extirpar todos los prejuicios nacionales, derribar todas las barreras nacionales e instaurar en todo el globo terrestre una auténtica fraternidad de los pueblos.
En especial, el II Congreso de la III Internacional dirige su llamamiento a los obreros de todas las naciones oprimidas para que se unan más estrechamente y cierren filas bajo la bandera de la Internacional Comunista, que trae a toda la humanidad la liberación definitiva de todas las injusticias del régimen capitalista.»
Murphy (Inglaterra). Una de las particularidades curiosas de este congreso es que los delegados más interesados en las cuestiones más importantes que tiene planteadas no pueden seguir la discusión, porque el inglés no se ha admitido como lengua oficial. No tengo la posibilidad de hablar con la amplitud que desearía, y por eso me limitaré a los puntos más importantes.
Nadie negará que Inglaterra y América son las mayores naciones imperialistas del mundo. Todos están de acuerdo en que, si la revolución no alcanza a fondo a las colonias y a los pueblos oprimidos que están bajo el dominio de Inglaterra y de América, no podrá desarrollarse con éxito. De América no hablaré. En cuanto a Inglaterra, además de las colonias en sentido estricto, domina la India, Irlanda, Egipto, África del Sur, etc. La liberación de los pueblos de esos países significa la caída del Imperio británico. La tarea de esa liberación se plantea por igual al proletariado de Inglaterra y al proletariado de las colonias. Hubo un tiempo en que no costaba nada declararse internacionalista, pero ahora hemos dejado atrás el período de las resoluciones piadosas y hemos entrado en la etapa de la práctica revolucionaria; hoy es inútil declarar simpatía por los pueblos oprimidos sin confirmar esa simpatía con hechos. Ha habido insurrecciones repetidas veces en Irlanda, en la India y en Egipto, y sin embargo nadie dirá que el proletariado inglés o el movimiento revolucionario de Inglaterra hayan apoyado de verdad a los pueblos de esos países. ¿No se oyeron, al contrario, reproches de que esas insurrecciones eran prematuras, etc., etc.? Hay que acabar con esa estrechez de miras. Hay que decir que no solo es necesario «sacrificar los intereses de un país a los intereses del proletariado mundial», sino que el proletariado de las potencias dominantes debe a toda costa ayudar de hecho a los pueblos oprimidos en su aspiración a liberarse.
El proletariado inglés evitará mejor que se repitan sucesos como el «incidente de Amritsar» si crea un movimiento capaz de desafiar a los responsables de esos «incidentes», si se une tan estrechamente al movimiento revolucionario de las colonias y de las naciones oprimidas que pueda asegurar una acción del proletariado simultánea con él.
El ritmo del movimiento revolucionario es distinto en los distintos países. En Irlanda el movimiento dura ya años, y el movimiento inglés, en su estrechez, se ha mostrado casi incapaz de ayudarle con algo más que la expresión de piadosas simpatías... ¡Eso no basta! Es de suma importancia que los partidos comunistas de estos países se liberen a sí mismos y liberen a su proletariado de esa estrechez. Hay que organizar la Internacional Comunista de manera que se asegure un contacto orgánico entre las masas populares de las naciones dominantes y las de las naciones oprimidas y los países coloniales; eso nos permitirá aplastar al imperialismo y poner en práctica el internacionalismo.
Kon. Gracias a algunos de los oradores que acaban de intervenir, el debate ha tomado un giro con el que no podrá estar de acuerdo nadie que conozca las necesidades de la política nacional comunista. Antes de pasar a las intervenciones de los camaradas Frúmkina y Merezhin, que han dado ese giro al debate, quisiera hacer una observación.
En las tesis sobre la cuestión nacional se trata ante todo de los pueblos concentrados en un territorio, es decir, de las nacionalidades oprimidas que se encuentran bajo el dominio de un poder exterior. De las minorías nacionales que viven mezcladas con otras no se habla en absoluto. Solo en la tesis 9 se habla de garantías de los derechos de las minorías nacionales. Presenté en la comisión el siguiente añadido a esa tesis: en el segundo párrafo, después de las palabras «en la lucha contra la burguesía», intercalar: «en segundo lugar, pronunciarse a favor de instituciones públicas que faciliten la satisfacción de las necesidades culturales y socioeconómicas de las masas trabajadoras de las minorías nacionales». Es necesario fijar con toda precisión las reivindicaciones organizativas que los partidos comunistas de cada país deben plantear y defender. Pero la comisión llegó a la conclusión de que la tesis 9, aunque en forma general, expresa con toda claridad la necesidad de defender los derechos de las minorías nacionales y de crear instituciones públicas que hagan efectivos esos derechos, y que debemos evitar introducir en las tesis reivindicaciones detalladas. En vista de ello, había accedido a retirar mi añadido. Pero, temiendo que pueda prosperar la propuesta del camarada Merezhin, porque los delegados no conocen bastante la situación, vuelvo a presentar el añadido citado y lo propongo al congreso. Esta tesis corresponde plenamente a las reivindicaciones del partido al que pertenezco, Poalei Zion. El proletariado judío quedará plenamente satisfecho con que se le garanticen instituciones públicas que le aseguren plenamente la satisfacción de sus necesidades culturales y socioeconómicas, en la medida en que sea posible dentro del marco general de la constitución soviética y no contradiga las tareas de combate del Estado soviético.
La resolución del camarada Merezhin sobre la autonomía nacional personal se apoya en hechos mal entendidos y, sobre todo, lleva a conclusiones erróneas. Cuando dice que los intentos de aplicar la autonomía nacional personal en Ucrania tuvieron consecuencias nocivas porque con ello se puso la mayoría en las instituciones nacionales autónomas, y con ella el poder, en manos de la burguesía judía reaccionaria, olvida que eso ocurrió en tiempos de un gobierno democrático, que en esas instituciones regía el sufragio universal y que esos resultados no podían sorprender a ningún comunista. Si, por el contrario, se organizan instituciones para satisfacer las necesidades culturales y socioeconómicas de las minorías nacionales, con una autonomía determinada y estrictamente limitada, bajo el control del poder soviético y bajo la dirección del proletariado comunista de la nación correspondiente, no hay que temer de ellas más consecuencias nocivas que de cualquier otra institución pública. Por lo demás, creo que ni la propuesta de la camarada Frúmkina, que exige la autonomía nacional, ni la mía deben presentarse de forma destacada, porque los gobiernos soviéticos, impulsados por las necesidades del proletariado y sobre la base de su propia constitución, tendrán que dar posibilidad de autogobierno también a las minorías nacionales. Quisiera señalar brevemente que el camarada Merezhin ha caído en un error muy característico. Ha dicho que Renner y Otto Bauer exigían teóricamente la autonomía nacional personal. Es un error. Esos dos jefes de los oportunistas austríacos solo construyeron una teoría de la autonomía nacional de los pueblos mayoritarios, y para las minorías no exigían más que ciertas garantías jurídicas.
En cuanto a la resolución del camarada Merezhin sobre el antisemitismo, llamo la atención sobre el añadido de la comisión a la tesis 10, donde se subraya con bastante claridad la necesidad de combatir ese fenómeno reaccionario. La larga resolución del camarada Merezhin daría la impresión de que queríamos aprovechar el congreso para organizar también en esta cuestión un torneo entre representantes de los proletarios judíos sobre el papel de la Entente. Creo que el congreso debe ocuparse de cosas más importantes.
En cuanto a los fenómenos de odio nacional, de odio a los representantes de otra nación, y a los pogromos provocados por las autoridades reaccionarias, todo ello está expresado con suficiente claridad en la tesis mencionada. En parte por esa misma razón me pronuncio del modo más resuelto contra la resolución de la camarada Frúmkina. Con el contenido de su primera parte podemos estar de acuerdo. Desde luego, en todas las circunstancias debemos luchar resueltamente contra el sionismo burgués, ese movimiento burgués que por fuerza ha de ponerse al servicio del imperialismo inglés si no quiere resultar utópico desde el principio. Y precisamente los partidarios del Poalei Zion comunista son los que con más energía libran esa lucha. Pero lo que el congreso y la Internacional Comunista en su conjunto deben decir sobre esto ya está dicho en el punto 6 de la tesis 11. Allí se dice: «La necesidad de explicar y denunciar sin descanso entre las más amplias masas trabajadoras de todos los países, y sobre todo de los países atrasados, el engaño que practican sistemáticamente las potencias imperialistas, que, so capa de crear Estados políticamente independientes, crean Estados enteramente dependientes de ellas en lo económico, lo financiero y lo militar...». Así pues, esa resolución de la camarada Frúmkina resulta completamente superflua, porque no hay ninguna necesidad de combatir aquí el sionismo burgués. De lo contrario, se podría arrastrar al congreso a votar una serie de largas resoluciones contra otros movimientos nacionalistas burgueses, los llamados movimientos de liberación, que están al servicio de tal o cual potencia de la Entente.
Cuáles eran aquí las verdaderas intenciones lo vemos por la segunda parte de la resolución. Tienen ustedes delante una muestra directa de esas malditas rencillas que desde hace muchos años envenenan la vida política de los obreros judíos. El partido de la camarada Frúmkina, el Bund comunista, quiere simplemente aprovechar la ocasión para calentar su sopa al fuego de la mezquina lucha de partidos que quería encender en el congreso. La camarada Frúmkina, representante de un partido que todavía ayer apoyaba a todos los gobiernos contrarrevolucionarios de Rusia y cuyos jefes Dan y Líber110 pasaban por las figuras más destacadas de la contrarrevolución menchevique, afirma que nosotros, los representantes del Poalei Zion, encubrimos nuestra actividad con un velo comunista. Lo dice de nosotros, que fuimos en Rusia los primeros de los partidos judíos en ponernos del lado de los bolcheviques en su lucha contra la contrarrevolución y que también en otros países empezamos antes que todas las demás corrientes de la clase obrera judía la lucha por la revolución mundial. Fundamenta su resolución en unas cuantas afirmaciones generales que revelan un completo desconocimiento de las condiciones locales. Quisiera contarles algo al respecto, tanto más cuanto que se trata de países de los que hoy aún no se ha hablado, aunque han caído en la esfera de influencia del imperialismo inglés y en el futuro han de desempeñar un papel importante en todos los sentidos: me refiero a los países del Asia árabe, Mesopotamia, Siria, Arabia. La camarada Frúmkina quisiera presentar el movimiento que se extendió por el Oriente árabe durante la guerra mundial como un movimiento nacional de liberación. En realidad, se trata del afán de las tribus nómadas del desierto de Arabia, principalmente del Hiyaz, de implantar, bajo la influencia de sus jefes religiosos y de los ancianos de los clanes, las formas más antiguas de servidumbre de la población sedentaria de esos países, es decir, una organización feudal de la dominación de los jefes de esas tribus sobre la población campesina. ¡La Internacional Comunista apoyando ese movimiento y a su jefe, el rey del Hiyaz, el emir Faisal111, y a otros «luchadores por la libertad» semejantes: empresa harto extraña!
¿Cómo están, en realidad, las cosas en el Oriente árabe? La mayor parte de la población está formada por felás árabes, que bajo el duro yugo del gobierno turco han conservado la organización económica más primitiva. Pero un factor favorable, que contenía su completo empobrecimiento, era la existencia allí de una especie de propiedad colectiva de la tierra, que al parecer se funda en ciertos preceptos comunistas primitivos de la ley islámica. Las aspiraciones de los jeques beduinos que dirigen la llamada lucha «nacional» tienden a expropiar la tierra que pertenece a los felás y a introducir una explotación aún peor de la población trabajadora. En esto encuentran el más completo apoyo del imperialismo inglés. La burguesía inglesa fue la primera en llevar a cabo la más radical «liberación» de la población campesina de su tierra. Podemos leerlo en el tomo I de El capital, en el capítulo sobre la acumulación originaria. Y la camarada Frúmkina quisiera, por lo visto, que la Internacional Comunista apoyara esa «liberación» llevada a cabo por los caudillos beduinos con la venia de la burguesía inglesa.
¿Cuál es nuestra actitud, la del Poalei Zion comunista, hacia Palestina? Ante todo, no queremos crear ningún Estado, y menos que nada con el apoyo del imperialismo inglés. Pero estamos convencidos de que, a medida que las masas judías se incorporen a la producción, a medida que se las atraiga a un trabajo útil y socialmente necesario, en la época de la revolución social, cierta parte de los judíos emigrará de los países donde ahora viven en masa, como, por ejemplo, Ucrania, Lituania y, sobre todo, Polonia. Una parte de esos emigrantes irá a Palestina y se dedicará allí a la agricultura. De ello solo se desprende para nosotros la reivindicación de que sean posibles la libre inmigración y la colonización de ese país mientras esté en manos de la burguesía inglesa o de otra. Planteamos esa reivindicación únicamente para regular la emigración y la actividad colonizadora del proletariado judío y de cualquier otro, en la medida en que tal actividad sea posible para el proletariado bajo el régimen capitalista, con la ayuda y la solidaridad de la Internacional Comunista proletaria y en lucha encarnizada contra la burguesía judía y mundial. Cuando Palestina, al desarrollarse la revolución social, se convierta en un Estado soviético que forme parte de una federación con otros Estados soviéticos, la cuestión de la colonización judía de ese país pasará a formar parte de la cuestión general de atraer a las masas judías al trabajo productivo y de su participación en la construcción social de una sociedad humana libre de trabajadores. Esa cuestión se resolverá en el marco de una explotación racional de las riquezas naturales de los países coloniales poco poblados y de una aplicación adecuada en la industria de una fuerza de trabajo humana hasta ahora completamente desaprovechada o muy mal aprovechada. Estas ideas nuestras no tienen nada que ver con la idea de un Estado judío, y menos que nada con la de un Estado judío burgués. Al contrario, nuestro movimiento, que surge en todos los países de las necesidades del proletariado judío, está en todas partes en las primeras filas de la lucha contra el imperialismo. Y en Palestina y en toda el Asia árabe, el Partido Socialista de Palestina (Poalei Zion), que se nos ha adherido, es el único grupo proletario y comunista que lucha en las condiciones más difíciles contra el imperialismo inglés y que está llamado a llevar tras de sí en esa lucha a las masas trabajadoras del Oriente árabe. (El presidente interrumpe al orador.)
La resolución propuesta ignora además una serie de hechos sociales de la mayor importancia y pretende poner al congreso en ridículo. Es un hecho indudable que, del mismo modo que la burguesía judía fue la primera en introducir en ese país las formas capitalistas modernas de relaciones económicas y de explotación (formas que, por cierto, si por voluntad del Bund comunista se nos diera a elegir entre distintos sistemas de explotación, preferiríamos en todo caso a las feudales recomendadas por la camarada Frúmkina), así también los obreros judíos inmigrados constituyen allí el único proletariado moderno, realmente desposeído de toda propiedad y, además, lleno de consciencia de clase y animado de voluntad de lucha. Las masas árabes que trabajan en las fincas de los grandes terratenientes judíos y de los efendis árabes poseen en su mayor parte tierra y solo pueden llamarse semiproletarias. Su vanguardia natural, que las llevará a la lucha revolucionaria y despertará en ellas la consciencia política, es nuestro partido de allí, que sirve fielmente a los principios de la Internacional Comunista y hace entre esas masas una propaganda revolucionaria muy activa. (El presidente pide al orador que termine su discurso.)
La resolución de la camarada Frúmkina contradice tanto los hechos señalados como el espíritu y el sentido de las tesis, que exigen que, allí donde existan grupos proletarios comunistas, se los apoye contra las aspiraciones nacionales revolucionarias burguesas. Esa resolución causaría muchísimo daño al movimiento comunista del proletariado judío en el mundo entero y, en especial, al movimiento comunista del Oriente árabe. Por eso pido al congreso que no se deje utilizar para las peores rencillas sectarias y que rechace esa resolución, para caracterizar la cual no encuentro palabras lo bastante corteses.
Frúmkina. Protesto contra la acusación lanzada aquí contra el Bund, que siempre ha sido partidario del poder soviético, aun antes de estar en las filas del partido comunista.
Zinóviev. Propongo votar a favor o en contra de las tesis, remitiendo las enmiendas a la comisión para que las examine. Espero que allí no haya discrepancias sobre esta cuestión, y si, contra lo previsto, las hubiera, la comisión informará de ellas al congreso.
Serrati (Italia). En un principio me proponía pronunciar todo un discurso sobre esta cuestión, pero prefiero limitarme a una breve declaración antes de la votación.
Personalmente, encuentro en las tesis sobre las cuestiones nacional y colonial que los camaradas Lenin y Roy han presentado al congreso no solo algunas contradicciones, sino también un peligro especialmente grave para la posición del proletariado comunista de los países avanzados, que, sobre todo en el período prerrevolucionario, debe mantenerse abiertamente hostil a toda colaboración de clases.
La definición de «país atrasado» es demasiado vaga e imprecisa, lo cual ofrece un terreno magnífico a toda clase de interpretaciones chovinistas.
En general, ninguna actividad de liberación nacional de las fracciones democrático-burguesas, aunque recurra a los medios de la insurrección, es una acción revolucionaria. Esas acciones se llevan a cabo o en interés del naciente imperialismo nacional, o en interés del imperialismo capitalista de otro Estado que compite con el Estado antes dominante. La actividad de liberación nacional solo puede dar resultados revolucionarios a condición de que la clase obrera se mantenga en ella completamente aislada. La lucha de clases, incluso en los llamados países atrasados, solo puede librarse si se conserva la completa independencia del proletariado respecto de todos sus explotadores, incluidos los demócratas burgueses que figuran con el nombre de «nacionalistas revolucionarios».
La verdadera revolución de los pueblos oprimidos solo puede alcanzarse por medio de la revolución proletaria y del poder soviético, y no por medio del apoyo (aunque sea indirecto, en forma de alianzas temporales) de los comunistas a los partidos burgueses llamados nacionalistas revolucionarios.
Alianzas de esa clase solo pueden llevar a oscurecer la consciencia del proletariado, sobre todo en los países todavía poco curtidos en la lucha contra el capitalismo.
La insuficiente precisión de las tesis puede crear el peligro de que pongamos en manos del chovinismo seudorrevolucionario de Europa occidental un arma contra la causa comunista internacionalista.
Por estas consideraciones, declaro que me abstengo en la votación. Wijnkoop (Holanda). ¡Aquí está pasando algo inaudito! Si el camarada Serrati se abstiene, es asunto suyo, desde luego. Pero no ha participado en toda la discusión ni ha expuesto sus argumentos, como podía y debía hacer. En lugar de eso, viene ahora y dice que estas tesis, muy bien elaboradas, son contrarrevolucionarias. ¡Eso hay que discutirlo! Al decirlo solo ahora, nos priva de la posibilidad de replicarle. ¡Y así actúa un camarada al que se tiene en tanta estima! Luego vendrán la burguesía y los obreros que están a nuestra derecha o a nuestra izquierda y dirán que toda nuestra política en la cuestión colonial es contrarrevolucionaria.
El congreso, si se respeta a sí mismo, debe obligar al camarada Serrati a discutir aquí esta cuestión, y por eso propongo que se ponga aquí a discusión el contenido de su protesta y su abstención.
Serrati (Italia). No sé si el camarada Wijnkoop me tiene a mí el mismo respeto que él personalmente goza por parte del camarada Levi, pero mi conducta nunca ha puesto en manos de los adversarios de mi partido un arma contra él. Mi actividad en el movimiento comunista internacional es tan clara y definida que los adversarios no pueden aprovechar en su favor ni una sola de mis declaraciones. Nunca he firmado ninguna declaración en favor de Alemania ni en favor de Francia para conseguir unos votos de más. Siempre he sido independiente, y por eso también mi declaración de ahora tiene cierto valor para todo el movimiento comunista internacional. Soy consciente de mis deberes para con ese movimiento y los cumpliré siempre, a pesar de todo. No me inquieta en lo más mínimo la opinión que de mí tenga la burguesía, y menos la italiana, porque siempre he querido ser un traidor a sus ojos. Pero no me gustan las disputas estériles. El camarada Wijnkoop ha discutido mucho y nadie se lo ha impedido. En cuanto a mí, no tengo nada que discutir. Estoy convencido de que el congreso debe votar a favor de las tesis que se le proponen. Ustedes tienen el derecho y el deber de votar a favor. Hay situaciones sin salida. Pero mi situación personal es completamente distinta. Durante seis años seguidos he defendido en mi periódico el socialismo revolucionario y he luchado con ardor contra tesis de esta clase. No quiero traicionarme ahora. No temo, al volver a Italia, seguir de nuevo la misma línea política entre el proletariado italiano. Por eso les pido, queridos camaradas, que pasen al orden del día.
Wijnkoop. Está usted obligado a explicarse.
Serrati. Desde luego, me explicaré si ustedes lo exigen, pero estoy en una situación muy desventajosa en comparación con ustedes. Debo decir, queridos camaradas de Holanda, que el objetivo de mi viaje aquí era lograr la solidaridad, y no en absoluto la crítica. Perseguiré ese objetivo hasta el final.
Zinóviev (Rusia). En nombre de la delegación rusa quisiera declarar que consideramos la declaración del camarada Serrati muy poco propia de un camarada. El camarada Serrati tuvo plena posibilidad de participar en las reuniones de la comisión y presentar allí sus objeciones. Para eso existen esas reuniones. El congreso internacional se ha reunido para examinar la experiencia de los distintos países y luego hacer balance. No se entiende por qué se pone al congreso en esta situación. No podemos obligar a nadie a discutir, pero si el camarada Serrati se pronuncia contra nosotros con una declaración oficial, nosotros debemos hacer una contradeclaración oficial.
Se nos acusa de querer apoyar los movimientos revolucionarios burgueses. No lo queremos. Lo que aquí se ha dicho es esto: los comunistas apoyan todo movimiento revolucionario. No sé qué combates particulares ha habido en Italia. Tenemos la experiencia de una serie de países y consideramos que, como comunistas, estamos obligados a apoyar todo movimiento revolucionario.
Repito que no nos queda más remedio que hacer una contradeclaración. No entendemos por qué el camarada Serrati no quiso expresar sus dudas en la comisión. Un nuevo debate es imposible. Que los obreros italianos juzguen quién tiene razón, y creo que de cada 100 obreros italianos 99 dirán que la razón la tiene el congreso y no el camarada Serrati.
Niego en absoluto toda posibilidad de interpretar erróneamente unas tesis que, en conjunto, no hacen más que restablecer las posiciones de Marx y Engels.
Roy. Serrati ha llamado contrarrevolucionarias las tesis de Lenin y las mías.
Serrati. ¡No, no!
Roy. Estoy plenamente convencido de que ningún proletario considerará reaccionario el apoyo que se presta a los pueblos oprimidos en su lucha contra la opresión extranjera. En los países atrasados la revolución nacional es un paso adelante. No sería científico distinguir distintas formas de revoluciones. Toda revolución no es más que una variedad de la revolución social. Los pueblos de los países explotados, cuya evolución económica y política se ha visto frenada, tienen que atravesar etapas revolucionarias que los pueblos europeos dejaron atrás hace mucho. Quien piense que ayudar a esos pueblos en su lucha nacional es reaccionario es él mismo un reaccionario y un partidario del imperialismo.
Protesto contra la declaración de Serrati y propongo que no conste en acta.
Wijnkoop (Holanda). Ningún representante del movimiento revolucionario tiene derecho a hablar así. Serrati se ha jactado aquí de no haber hecho nunca declaraciones en favor de Francia o de Alemania. Esa frase tiene, a mi juicio, un sentido oculto. Afirmo que la declaración hecha no corresponde a la realidad y pido que se haga constar este hecho. Exijo que se abra una investigación sobre ello. Por último, exijo que la declaración de Serrati no conste en acta, puesto que el congreso no la ha discutido. El camarada Serrati tendrá tiempo y ocasión de sobra para exponer su punto de vista en el próximo congreso del partido italiano.
Serrati (Italia). No veo nada reprobable en que se investiguen las acusaciones formuladas contra el partido holandés. Yo personalmente no lo he acusado, sino que me he limitado a repetir lo que dijo el camarada Levi. Eso es muy distinto. Hago constar, ya que el camarada me da ocasión de hablar, que una declaración de voto no está sujeta a discusión. No he planteado esta cuestión porque no me gustan las disputas, pero me parece muy extraño que los camaradas me concedan el derecho a explicarme, cuando ellos mismos ni siquiera tienen derecho a discutir mi declaración de voto. Y todavía más extraña es la exigencia de uno de los camaradas de que mi declaración no figure en el acta de la sesión. En ese caso yo podría proponer que se suprimieran del acta también todas las tonterías que aquí se han dicho. Podría proponer que la acusación del camarada Levi contra Wijnkoop no constara en acta. Es sin duda más importante que mi declaración clara y definida, que pido que conste en acta en cualquier caso.
El camarada Roy no ha entendido mi declaración. Digo que no la ha entendido porque creo haberme expresado con bastante claridad. He dicho que las tesis, en la forma en que se presentan, no son lo bastante claras y pueden dar pie a interpretaciones chovinistas y nacionalistas. Pero si yo pensara que estas tesis son contrarrevolucionarias, querido camarada Roy, tendría la honradez y la sinceridad de votar en contra, y, en realidad, no pasaría nada malo si en un congreso comunista alguien votara contra cierta formulación de una propuesta.
El camarada Roy ha dicho que toda revolución tiene carácter social, pero esa es, por desgracia, la argumentación de que se sirvieron durante la guerra todos los agentes y cómplices de la burguesía. Nos decían: la guerra revolucionaria es al mismo tiempo una guerra social, por eso hay que participar en ella. Y nosotros respondíamos: no, no participaremos.
El camarada Zinóviev ha hecho una declaración en nombre del Partido Comunista de Rusia exigiendo que se hable con claridad y precisión. Así lo he hecho siempre. También he hablado claro al decir que me siento en una situación desventajosa al discutir esta cuestión, cuyo mismo planteamiento excluye la posibilidad de discutirla. Tenía intención de proponer una resolución sobre esta cuestión, pero hasta ahora no lo he hecho por temor a que al discutirla no se guardara la objetividad necesaria.
Quería proponer la siguiente resolución: «El congreso envía el más caluroso saludo fraternal a los pueblos que sufren bajo el yugo de las potencias imperialistas. Expresa a las nacionalidades oprimidas la sincera y activa simpatía que siente por todos los explotados en su lucha contra sus opresores, y declara que, en su lucha contra el yugo del capitalismo, la clase obrera tiene derecho a aprovechar toda insurrección nacional para llevarla hasta la revolución social.»
Mi idea es aquí completamente clara. En lugar de decir que el partido comunista y la clase obrera pueden, en determinados casos, en ciertas condiciones y con ciertas garantías, unirse a movimientos pequeñoburgueses, yo digo: no, la clase obrera puede aprovechar un movimiento revolucionario de carácter burgués para hacer que desemboque, en último término, en la revolución social. Pero de ningún modo, y sobre todo en los países atrasados, puede apoyar a la clase burguesa so pena de perder su posición de clase y su orientación de clase, tanto más cuanto que en los países atrasados, donde el proletariado no tiene todavía una consciencia social firme y a menudo sigue ciegamente a sus jefes, le es más fácil desviarse de su posición de clase que en los países avanzados.
El camarada Zinóviev ha declarado que los obreros mismos juzgarán la línea de conducta de sus representantes en el congreso internacional. Por supuesto, al volver a sus países, los delegados rendirán cuentas a las masas que los enviaron. Y ellas juzgarán nuestra conducta. Yo, personalmente, he sido siempre intransigente con la pequeña burguesía. He seguido esa misma línea, en particular, en el congreso nacional de Florencia, y el congreso aprobó mi punto de vista.
Wijnkoop. El camarada Serrati ha intentado acusar a nuestro partido, ha intentado calumniarme, alegando además que yo ya había hablado. Pero él mismo quiere hablar por segunda vez. No podía suponer que el camarada Serrati, que él mismo propuso cerrar el debate, obtendría dos veces la palabra por alusiones. Propongo que, por lo menos, se me conceda a mí la palabra.
Zinóviev. Propongo que se vote la propuesta de cerrar el debate. Es inútil continuar estos ataques personales. El camarada Serrati tiene derecho a exigir que la declaración que ha hecho conste en acta. (Exclamaciones de Wijnkoop.) El acta es un espejo en el que se refleja todo lo ocurrido; por eso la declaración debe figurar en el acta. Proponemos que todas las resoluciones y propuestas se remitan a la comisión.
Wijnkoop. Sin discusión eso no vale.
Levi. Se vota la propuesta de cerrar el debate.
Se aprueba la propuesta con 5 votos en contra.
Wijnkoop. He presentado una propuesta contra el cierre del debate.
Levi. ¿Quién está a favor de la propuesta de Wijnkoop? ¿Quién está a favor de que se reabra el debate después de que se acaba de cerrar?
Se rechaza la propuesta de Wijnkoop por mayoría contra 8 votos.
Levi. Por una mayoría abrumadora queda rechazada la propuesta del camarada Wijnkoop. Pasamos a la votación de las tesis. Las tesis deben votarse ahora. Todas las propuestas se remitirán a la comisión. Si en la comisión surgen discrepancias, informará otra vez al congreso.
Se vota la propuesta de remitir a la comisión todas las demás cuestiones. Se aprueba por unanimidad.
Frúmkina. Aquí se ha dicho que el Bund participó en la agitación contrarrevolucionaria de la II Internacional. El Bund no participó en la agitación contra la revolución socialista; al contrario, puso todas sus fuerzas en defender al gobierno soviético, incluso cuando todavía no era comunista. Ya que se menciona la II Internacional, el camarada Kon debería recordar que el partido Poalei Zion de Palestina pidió apoyo a la II Internacional y quedó muy contento de recibirlo. La propuesta del Poalei Zion de admitir aquí a sus representantes fue rechazada por el Comité Ejecutivo.
Serrati (Italia). El camarada Wijnkoop ha dicho que quisiera que se abriera una investigación sobre la acusación que yo he formulado contra el partido holandés. Subrayo que no he formulado ninguna acusación, sino que me he limitado a repetir lo que dijo el camarada Levi sin ninguna objeción por parte del camarada Wijnkoop, y lo que dijeron también los camaradas del Comité Ejecutivo sin provocar con ello ninguna protesta.
Bombacci112 (Italia). Declaro que no comparto el punto de vista del camarada Serrati formulado en su declaración.
Wijnkoop. He pedido la palabra no por alusiones, sino para hacer una propuesta, pero ahora que tengo la palabra debo declarar que todo lo que el camarada Serrati ha esgrimido a este respecto contra mi partido no corresponde a la realidad. Que en esa mentira suya se apoye en el camarada Levi no es cosa mía. Era y sigue siendo una mentira, y hay que hacerlo constar. Los camaradas del Comité Ejecutivo no dijeron lo que dice el camarada Serrati. El Buró de Ámsterdam no puede identificarse con el partido holandés, y este no tiene nada que ver con lo que el camarada Serrati se ha permitido esgrimir contra nuestro partido porque yo lo he criticado. Propongo que no conste en acta la protesta del camarada Serrati, puesto que no se ha discutido. Hago esta propuesta porque el camarada Serrati puede igualmente presentar esa protesta, que a mi juicio es un manifiesto contra el congreso, en el congreso del partido italiano.
Pestaña (Confederación del Trabajo de España). Puesto que no represento a un partido político, sino solo a una organización sindicalista, y puesto que no quiero asumir obligaciones que no estoy seguro de poder cumplir, me abstengo en la votación.
Graziadei (Italia). Mi posición se conoce por la declaración que he hecho aquí. Voto a favor de las tesis con las enmiendas que he propuesto.
Zinóviev. Hay una propuesta del camarada Wijnkoop de que la declaración del camarada Serrati no conste en acta. Somos de la opinión, y pido al congreso que respalde la opinión de la presidencia, de que semejante votación es de todo punto imposible. Quien apoye esta opinión, que levante la mano. ¿Quién está en contra? Parece que no hay nadie en contra. Se propone votar las tesis y cerrar el debate.
Se aprueba la propuesta.
Zinóviev. Se someten a votación las tesis sobre las cuestiones colonial y nacional. Dicen así (se da lectura a las tesis).
La asamblea pasa a votar. Las tesis se aprueban por unanimidad, con 3 abstenciones. (Aplausos.)
Zinóviev. Todas las cuestiones en litigio se remitirán a la comisión. Si esta las resuelve por unanimidad, comunicará su dictamen al congreso; si no, las someterá a la decisión y al dictamen del congreso. Someto a votación esta propuesta. (Se aprueba la propuesta.)
Zinóviev. Mañana, a las 11, habrá sesión plenaria sobre la cuestión de las condiciones de admisión en la III Internacional. Hay que acelerar la discusión de esta cuestión, porque los delegados franceses tienen que marcharse de Moscú mañana mismo.
Se levanta la sesión a las 5.
Sexta sesión, jueves 29 de julio de 1920 (mañana)
Serrati abre la sesión. Se discuten las condiciones de admisión en la III Internacional. El informe corre a cargo del camarada Zinóviev.
Zinóviev. Llegamos a una de las cuestiones más importantes de nuestro orden del día, a la cuestión que debe determinar qué somos propiamente, como Internacional Comunista, y qué queremos ser. Ante todo, unas palabras de informe formal sobre el trabajo de la comisión. La comisión, como sabéis, se amplió con representantes del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y del Partido Socialista Francés. Ambas delegaciones asistieron a las sesiones y tomaron parte muy activa en los debates. Se ha cambiado algo en las tesis, pero el contenido general sigue siendo el mismo. Por supuesto, os daremos a conocer las enmiendas introducidas, y tendréis ocasión de juzgarlas. Allí donde pudimos tener en cuenta las opiniones de los camaradas en cuestión, naturalmente atendimos a sus deseos y las aceptamos.
En la edición alemana falta el punto 2, que figura en la francesa. Dice así:
«Toda organización que desee pertenecer a la Internacional Comunista está obligada a apartar de manera planificada y sistemática de todos los puestos de alguna responsabilidad en el movimiento obrero (organización del partido, redacción, sindicato, grupo parlamentario, cooperativa, municipio, etc.) a los reformistas y partidarios del “centro”, y a poner en su lugar a comunistas de confianza, sin arredrarse por el hecho de que a veces, al principio, haya que sustituir a militantes “experimentados” por obreros de base.»
Además, se ha hecho un cambio importante en la tesis 7, que antes decía:
«La Internacional Comunista no puede tolerar que reformistas notorios como, por ejemplo, Turati, Modigliani113 y otros tengan derecho a considerarse miembros de la III Internacional.»
Ahora la comisión ha considerado más acertado no nombrar solo a oportunistas italianos: somos, al fin y al cabo, la Internacional Comunista y debemos por tanto estigmatizar también a los reformistas de otros países. Decidió nombrar por lo menos a uno de ellos por cada país. Así pues, en lugar de «Turati, Modigliani y otros» debe leerse: «Turati, Modigliani, Kautsky, Hilferding, Longuet, MacDonald, Hillquit114 y otros».
Una voz: ¡Grimm!115
Zinóviev. La lista no está completa, hay que reconocerlo. Quizá el congreso la complete. Además, se han añadido los puntos 18 y 19. Dicen así:
«18. Todos los órganos de prensa dirigentes de los partidos de todos los países están obligados a reproducir todos los documentos oficiales importantes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.
- Todos los partidos que pertenecen a la Internacional Comunista o que han presentado su solicitud de ingreso en ella están obligados a convocar en el plazo más breve posible, y a más tardar cuatro meses después del II Congreso de la Internacional Comunista, un congreso extraordinario de su partido para discutir todas estas condiciones. Los comités centrales deben ocuparse a este respecto de que todas las organizaciones locales conozcan las resoluciones del II Congreso de la Internacional Comunista.»
Después llegó una propuesta personal del camarada Lenin.
Esta propuesta se discutió en la comisión y fue aprobada por cinco votos contra tres y dos abstenciones. Sin embargo, debo declarar en nombre de la delegación rusa que nos inclinamos a retirarla en su forma anterior y que la formulamos solo como un deseo, no como una condición o una directiva. Somos de la opinión de que basta con que el congreso exprese ese deseo.
Además, se han hecho algunos otros cambios de carácter estilístico, sobre todo en el punto en que hablamos del trabajo legal e ilegal. Se os presentarán todavía en su forma definitiva.
Paso ahora a la fundamentación de estos principios. Antes, en la página 79, se decía: «En determinadas circunstancias, la Internacional Comunista puede verse amenazada por el peligro de ser diluida por grupos vacilantes y a medias que aún no han roto con la ideología de la II Internacional.»
La comisión lo cambió y decidió expresarse aquí de manera mucho más categórica y decir, no «en determinadas circunstancias», sino que «la Internacional Comunista se ve amenazada por el peligro de ser diluida», e hizo bien. En efecto, es cierto que la Internacional Comunista ya está amenazada hoy por el peligro de verse diluida por partidos que hasta hace tan poco pertenecían a la II Internacional y que ahora vienen a nosotros bajo la presión de las masas, por necesidad, por así decirlo. Aunque quisieran, no les es tan fácil despojarse del viejo Adán burgués y pequeñoburgués. Durante nuestro congreso, al fundarse la III Internacional, nos amenazaban multitud de peligros, pero el peligro de dilución y de admitir elementos demasiado heterogéneos no existía todavía. Hace quince meses éramos aún un grupo pequeño del que se intentaba hacer burla diciendo: «Toda vuestra Internacional Comunista cabe en diez sillones; no tiene ninguna influencia. Los grandes partidos veteranos siguen en la II Internacional». Ahora no es así. Los viejos partidos aspiran ahora a entrar en la III Internacional. En la medida en que las masas obreras han evolucionado hacia el comunismo, debemos admitirlas. Pero no hay que olvidar que vienen con todo su viejo bagaje, es decir, con los viejos jefes que durante la guerra, y también después, libraron una lucha encarnizada contra el comunismo.
¿Qué era la III Internacional al fundarse en marzo de 1919? Nada más que una sociedad de propaganda, y siguió siéndolo durante todo el primer año. No es poca cosa ser una sociedad de propaganda a escala internacional en el momento en que las masas obreras buscan caminos nuevos tras una guerra tan terrible y devastadora como la que ha vivido Europa. Pero debo decir abiertamente que entonces no era más que una sociedad de propaganda ampliamente organizada que quería llevar a las masas las ideas del comunismo. Ahora queremos ser algo más y algo distinto. Ahora no queremos ser una sociedad de propaganda: queremos ser la organización de combate del proletariado internacional. El segundo congreso debe abrir en este sentido un capítulo nuevo. Queremos organizarnos como una organización de combate que no solo haga propaganda del comunismo, sino que lo realice en los hechos y que, con este fin, aspire a dotarse de una organización internacional.
Hace poco leí un artículo de Paul Louis116 en el que afirma que la I Internacional se hundió porque no fue capaz de impedir la guerra de 1870-1871. Lo mismo tenía que ocurrirle a la II Internacional. Estalló la guerra, no hubo posibilidad de impedirla y, por tanto, también ella se hundió. La I Internacional se encontró en su día en la misma situación que ahora la II Internacional.
Esto es una mentira socialpatriota, quizá semiconsciente, pero no por ello menor. La I Internacional quiso impedir la guerra. Luchó y pereció en la lucha. La II Internacional no quiso esa lucha y la eludió. La I Internacional pereció heroicamente; sus mejores combatientes cayeron durante la Comuna de París en la lucha contra la burguesía. La II Internacional se hundió vergonzosamente. Tenemos la obligación de decírselo a los obreros con claridad y precisión; debemos, por tanto, condenar ese paralelo, porque está destinado a sostener el socialpatriotismo y el kautskismo.
La I Internacional era una organización muy centralizada. Aspiraba incluso a dirigir desde el centro cada huelga económica importante, y hasta cierto punto lo conseguía, porque el movimiento era aún joven, aún débil. Hoy no podemos tener un centro así, que dirija directamente cada gran huelga económica. Actualmente, cada día, cada hora, estalla alguna huelga económica de cuya existencia ni siquiera tenemos noticia. Un centro así está hoy fuera de toda cuestión, porque el movimiento ha crecido hasta proporciones gigantescas. La II Internacional no era una organización centralizada; no era más que un conglomerado. La I y la II Internacional fueron una especie de tesis y antítesis. Ahora, cuando necesitamos establecer las condiciones de unas relaciones nuevas, llegamos, por así decir, a la síntesis en sentido social. Necesitamos tener esto muy claro cuando queremos discutir las condiciones de admisión.
Un número considerable de camaradas dirigentes que hasta hace poco pertenecían a la II Internacional piensan que la adhesión a la III Internacional no les impondrá grandes obligaciones. Tengo un recorte del Berner Tagwacht (órgano de Robert Grimm) con un artículo de Grimm. Afirma que la II Internacional y su órgano ejecutivo no eran más que un buzón. Muy cierto. Pero ¿qué propone el autor del artículo a la III Internacional? Sí, la III Internacional debe ser distinta: debe organizar «grandes acciones» en los distintos países; en concreto, debe ocuparse de crear un órgano de información y de organizar «intervenciones simultáneas en los parlamentos». Ya veis que viene a ser lo mismo: un buzón algo más hondo y más amplio, pero el mismo buzón al fin y al cabo.
Un órgano de información nos hace falta, no lo discuto. Nuestra información es muy deficiente y necesita una organización más perfecta. También en cuanto a las intervenciones parlamentarias no estaría de más actuar a la vez en distintos países y, por ejemplo, estigmatizar la Sociedad de Naciones como una asociación de bandidos o presentar simultáneamente una propuesta contra los reformistas. Pero eso dista mucho de ser una organización de combate a escala internacional. Tampoco el apoyo económico es hoy lo principal. La idea que Grimm y los que piensan como él tienen de la III Internacional es en el fondo la misma que tenían de la II: un buzón más amplio, mejor construido, pintado de rojo y barnizado. ¡No es eso lo que debe ser la III Internacional! He leído además varias declaraciones de distintos reformistas «de izquierda», por ejemplo de Claudio Treves117, en la Revue Communiste de los camaradas franceses. Treves está por el ingreso inmediato en la III Internacional, pero con la condición de que no les aten las manos y de que no se den consignas políticas a cada país. Lo que quieren decir es que desean adherirse enseguida, pero sin comprometerse, con una «autonomía» que les permita seguir actuando como hasta ahora. Quien lo expresó con más claridad fue Modigliani, el «también socialista» italiano. Ahora es formalmente miembro de la III Internacional, pero no es camarada nuestro. Hace poco estuvo en París y trató de convencer a Longuet de que ingresara en la III Internacional, con este argumento: ¿por qué no entrar en la III Internacional? Si no nos obliga a nada. Basta con mandar una tarjeta postal al Comité Ejecutivo cada dos semanas. Nada más. ¿Por qué no habríamos de hacerlo?
Quien conozca a Modigliani y su cinismo oportunista lo reconocerá por entero en estas palabras. A estos señores del campo reformista les parece que se puede entrar en la III Internacional como en un hotel. Todo nuestro pasado, nuestra existencia de quince meses, breve pero elocuente, ha mostrado a cualquier político serio que en la III Internacional no hay sitio para gente que, una vez dentro, sigue haciendo lo que le place. Queremos construir una Internacional de la acción. No compartimos la opinión de Kautsky de que la Internacional es solo un «instrumento de paz». No: debe ser un instrumento de lucha en tiempo de paz, en tiempo de insurrección, antes y después de la insurrección, el centro de agrupación de las fuerzas, la organización de combate de aquella parte del proletariado internacional que es consciente de su objetivo y quiere luchar por él.
A menudo se presentan las cosas como si existiera una cierta oposición entre «Oriente» y «Occidente». Se ha intentado meter en la cabeza de los obreros que la III Internacional es una organización de la clase obrera de Oriente y que Occidente se mantiene al margen. Los jefes franceses y los literatos del Partido Socialdemócrata Independiente han intentado plantear la cuestión así: nosotros (es decir, los centristas) no entraremos enseguida y solos en la III Internacional; primero tenemos que atraer hacia la III Internacional a toda la masa obrera de Occidente. Esa oposición entre «Oriente» y «Occidente» no existe en absoluto en la realidad; en cambio existe otra oposición, la oposición entre comunismo y reformismo, entre comunismo y socialpacifismo. La oposición entre Oriente y Occidente es un invento sacado de la manga. Vemos en todos los países la misma división del movimiento en tres partes: 1) un ala derecha claramente oportunista, que es hoy el principal apoyo de la burguesía; 2) una corriente intermedia más o menos marcada, la ciénaga, el centro, que es también un apoyo de la burguesía, y 3) un ala izquierda, más o menos comunista o que se inclina hacia el comunismo. Está claro que la clase obrera de Occidente, digamos de Inglaterra, sabe perfectamente lo que pasa en Moscú; sabe lo que significa el gobierno soviético. Cada manifestación muestra que la clase obrera de Inglaterra se da plena cuenta de ello. Hace mucho que es hora de acabar con esa leyenda del abismo entre «Oriente» y «Occidente» y de dejar de servir a la clase obrera de Inglaterra el consejo de esperar a que se sume «Occidente».
Ante todo, no olvidemos las lecciones de la República Soviética Húngara. El camarada húngaro ya habló de ello a propósito de la cuestión del papel del partido. Es una cuestión de enorme importancia histórica. Recordad cómo fueron las cosas. El Partido Comunista Húngaro abrió muy fácilmente el acceso a los socialdemócratas, que fueron admitidos en un abrir y cerrar de ojos. Cuando discutíamos en la comisión las condiciones de admisión, algunos camaradas dijeron tener la impresión de que muchos partidos de la II Internacional aceptan ahora nuestras condiciones con la misma facilidad con que ocurrió en la República Soviética Húngara. El partido húngaro se llamó «socialista-comunista». Al principio pareció una mera disputa de nombres. Los húngaros estaban combatiendo y no queríamos atacarlos por la espalda. Nuestro Comité Ejecutivo tuvo la debilidad de ceder y aceptó la fusión de los partidos. Se dijo que, al fin y al cabo, no importaba cómo se llamara el partido. Sin embargo, después resultó que era una cuestión de importancia histórica, y quizá la suerte de la República Soviética en Hungría quedó predeterminada en un 50 % por el hecho de que los comunistas, por desgracia, acogieron bajo su techo a la mayor parte de los viejos socialdemócratas, y estos señores, en el momento decisivo, se pasaron al lado de la burguesía. Algunos de nuestros amigos del partido italiano han dicho que en su próximo congreso propondrán cambiar el nombre de su partido, que ahora se llama socialista, por el de socialista-comunista también. No olvidemos, pues, el ejemplo de Hungría. No se trata aquí de buscarle tres pies a las palabras, sino de saber si se puede confiar en esos señores, los viejos socialistas, que no quieren romper con la vieja ideología y tratan de disimularlo. La lección ha costado a la clase obrera de Hungría y del mundo entero suficientes víctimas para saber ya que basta tender al reformismo el dedo meñique para que agarre la mano entera, luego la cabeza, y acabe perdiéndolo todo.
La cuestión es que debemos crear una Internacional Comunista con una línea clara y precisa. Debemos luchar por el comunismo, que no puede crearse en un mes, sino que ha de conquistarse tras muchos combates, con ayuda de una organización lo más centralizada posible y de una táctica clara y precisa. A esos señores que piensan despacharnos con tarjetas postales les cerraremos la puerta antes de que tengan tiempo de entrar.
En efecto, existe el peligro de que la III Internacional se ponga de moda tras el vergonzoso hundimiento de la II. La II Internacional se ha convertido en una ciénaga pestilente, en un cadáver en descomposición. Se comprende por sí solo que algunas de sus partes se desprendan e intenten continuar en la III Internacional su labor anterior, «solo que con palabras un poco distintas». Muchos de ellos no son conscientes de ello más que a medias, pero objetivamente es así.
Ese peligro existe, y debemos combatirlo con decisión. Hoy he recibido un artículo de la Freiheit del 15 de julio titulado «El problema de la Internacional». La Freiheit opina que, si insistimos en nuestra carta abierta del 5 de febrero de 1920 (firmada por mí) al Partido Socialdemócrata Independiente, no es posible ningún acuerdo.
Declaro de manera totalmente clara y totalmente oficial (y espero que esa sea también la opinión del congreso) que, en general, plantearemos ahora las mismas condiciones que planteamos en la carta del 5 de febrero y que, lo digo categóricamente, rechazamos toda colaboración con los jefes del ala derecha, como Longuet, Kautsky y Hilferding. Los franceses nos dicen: quizá Longuet cambie ahora de opinión. Tanto mejor si ahora comparte nuestras opiniones; lo saludaríamos si las aceptara sincera y seriamente. Lo mismo digo a aquellos camaradas alemanes que quizá quieran cambiar de opinión. Pero declaramos con toda oficialidad que con esa ala derecha y sus jefes no trabajaremos. No como ponente de la comisión, sino como representante de la delegación rusa, quiero hacer una declaración oficial: en nuestro Comité Central se celebró una reunión en la que llegamos a la siguiente decisión: en caso de que nuestros camaradas italianos u otros camaradas exigieran la unión con esos elementos de derecha, nuestro partido está dispuesto a quedarse completamente solo antes que unirse a unos elementos que consideramos burgueses. Hago esta declaración en nombre de nuestro partido. Ahora intentaré examinar concretamente la situación tanto de los partidos que quieren ingresar en la III Internacional y lo solicitan como de los que ya pertenecen a ella. Intentaré hacerlo país por país. Así pues, primero, los partidos que hasta ahora no nos pertenecían pero que ahora quieren adherirse. He reunido un material muy abundante sobre el partido francés. No tengo posibilidad de exponéroslo todo; señalaré solo lo más importante. Debo advertiros de antemano que no pretendemos en absoluto andar buscando faltas en opiniones pasadas. Se comprende que cualquiera puede equivocarse y luego arrepentirse. Citaremos solo lo que es de principio y nos limitaremos a lo principal.
Primero, Cachin, de cuya sinceridad personal no cabe la menor duda: todos los que conocen su pasado saben que se ha equivocado, pero que es un luchador honrado. Tengo un artículo suyo sobre la Sociedad de Naciones del 7 de enero de 1920. Todavía en enero llama al señor Wilson «el último gran burgués» de nuestro tiempo. Afirma además que la «democracia americana» hizo todo lo posible para evitar lo que ocurrió. Para un comunista es evidente que se trata de una forma de pensar abiertamente socialpacifista. Y el socialpacifismo no es socialismo. Es el espíritu del difunto dirigente Jaurès, que por desgracia tampoco fue más que un socialpacifista. No podemos dejar de decirlo, con todo el respeto que merecen sus grandes méritos. Sus tradiciones se han conservado en Francia y en otros estados. Ese pacifismo y ese wilsonismo son fenómenos muy tenaces, que no han perdonado ni siquiera a muchos comunistas. Ved, por ejemplo, lo que ocurrió en el congreso anterior: Fritz Platten118, un camarada suizo de izquierda, trajo el acta taquigráfica impresa de uno de sus discursos en el parlamento, en el que afirmaba que Wilson es un hombre honrado que desea resolver por vía pacífica el problema de la guerra. Así pues, incluso nuestros camaradas que se cuentan entre los comunistas caen todavía a veces en la tentación de ese socialpacifismo, porque los jefes los han acostumbrado a él durante decenios. No lo hemos combatido lo suficiente. Es hora de acabar con esto y de decir a nuestros amigos franceses con toda claridad: es mucho más fácil aceptar las condiciones formales de ingreso en la III Internacional que agarrar por el cuello al socialpacifismo. El socialpacifismo es una peligrosa ideología burguesa que paraliza la lucha. Se pueden aceptar mil condiciones, pero, si se sigue siendo socialpacifista, no se puede ser comunista ni pertenecer a la III Internacional. Por eso hay que declarar francamente si se quiere romper definitivamente con él o no.
Debo decir además algo más sobre los camaradas franceses. Aquí está un artículo de Frossard119 del 13 de febrero de 1920 sobre la actitud ante la III Internacional. Frossard declara en él: en cuanto a la política de nuestro partido, es muy probable que siga siendo la misma después del ingreso en la III Internacional; se acercan las elecciones, y la III Internacional no puede en modo alguno impedirnos concertar alianzas con otros partidos.
Ya veis: es la misma idea de que la III Internacional es un buen hotel donde los representantes de los distintos países cantarán La Internacional y se harán cumplidos, y luego se dispersarán y seguirán con su práctica de antes. Esa maldita práctica de la II Internacional no la consentiremos jamás.
Podría citar otras muchas cosas que caracterizan la práctica de los camaradas franceses. Me limitaré, sin embargo, a lo ya citado. En L'Humanité existe una especie de sistema proporcional para los editoriales, según me explicaron Cachin y Frossard: a los centristas se les conceden 8 artículos por semana, a la izquierda 4, y 2 o 3 a Renaudel y compañía. Comprenderéis que esto es algo completamente inadmisible. Es como la mezcla siguiente: 8 gotas de aqua destillata, 3 gotas de veneno y luego, como antídoto, 4 gotas de leche. (Aplausos.) Esto no puede seguir así. Quizá se explique por la historia del movimiento francés, pero precisamente esa vieja tradición es la que hay que extirpar. Antes de salir de París, Frossard declaró: me gustaría ir a Moscú sin Renaudel; tendremos negociaciones difíciles con los camaradas rusos; es mejor que se quede en casa. Y en la carta correspondiente Frossard llama a Renaudel «nuestro amigo». Hay que acabar con esos modales franceses. Y ni siquiera son del todo franceses. «Mi amigo», así escribe también Modigliani a Serrati y Serrati a Prampolini120. Ese método francés e italiano no puede ser nuestro método. Espero que encarguéis al Comité Ejecutivo exigir a cada partido un informe mensual en el que, como en un espejo, se vea lo que ocurre.
Paso ahora a los independientes alemanes.
Me limitaré a citar algunos extractos de la última respuesta oficial del Comité Central del Partido Socialdemócrata Independiente, que nos han entregado los representantes de ese partido que han venido. El primer reproche dice:
«Sorprende especialmente que el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, que ya por su posición debería considerar un deber salir al encuentro, con toda la lealtad posible, de las organizaciones obreras revolucionarias extranjeras que entablan negociaciones con él, construya su respuesta sobre la afirmación de que “los obreros que pertenecen al Partido Socialdemócrata Independiente tienen una disposición completamente distinta de la del ala derecha de sus jefes”, frase que recorre como un hilo rojo toda la carta de respuesta…»
Es cierto que esa frase recorre, en efecto, como un hilo rojo toda nuestra declaración de principios. Si en este momento de relativa calma unos 10.000 miembros del Partido Socialdemócrata Independiente están en la cárcel, me inclino ante esos camaradas. Digo: son luchadores serios, son militantes serios. Debemos intentar acercarnos a esos obreros. Pero eso no contradice lo que dije sobre la existencia de un ala derecha, con Kautsky, Hilferding y Ströbel121 a la cabeza. Crispien estuvo con Hilferding en Lucerna y no quería salir de la II Internacional. El ala derecha existe.
Se nos dice: pero ¿a quién le importa hoy Kautsky? A nadie. A esto respondo: no es verdad. El kautskismo es un fenómeno internacional, y muchos de los dirigentes del Comité Central del Partido Socialdemócrata Independiente que de palabra han renegado de Kautsky reproducen en los hechos la política de Kautsky. Lo único que pudimos hacer fue tener en cuenta que en las filas del Partido Socialdemócrata Independiente hay obreros que libran una lucha seria y están en oposición a los jefes de derecha, que sabotean la lucha revolucionaria y que hasta ahora han prestado los mejores servicios a la burguesía. «No hay jefes de derecha en Alemania», se nos dice. «Es desleal por parte del Comité Ejecutivo —se nos dice— introducir esa división entre jefes de derecha y de izquierda.» Estamos obligados a ser leales en grado sumo con los hermanos que luchan de verdad contra la burguesía en otros países. Pero la lealtad hacia Kautsky, Hilferding y Ströbel equivaldría a una traición a la clase obrera, y esa «lealtad» la rechazamos. Entre Hilferding, que supo negociar como un camarada con los oficiales ingleses, y nosotros hay todo un abismo. El hilo rojo que recorre toda nuestra carta consiste precisamente en esa diferencia entre los obreros que luchan junto a nosotros y los jefes que sabotean la lucha. El Comité Central escribe: «Es para nosotros un verdadero enigma en qué se basa el reproche de “orientación hacia la Entente” dirigido a los “jefes de derecha” del Partido Socialdemócrata Independiente. Hasta ahora ese reproche procedía sobre todo de los partidos de derecha. Precisamente cuando el año pasado tuvimos que luchar contra la demagogia nacionalista y las maquinaciones militaristas a favor de la firma del tratado de paz, oímos de los partidos burgueses reaccionarios el reproche de que éramos “agentes de los gobiernos de la Entente”. El curso posterior de los acontecimientos ha justificado nuestra posición, del mismo modo que en su día la posición de los comunistas rusos en la cuestión de la paz resultó dictada por una dura necesidad, y esa posición, como es sabido, les valió el reproche de haberse aliado con el militarismo alemán del káiser.»
Cuando Rusia se hallaba en vísperas de la paz de Brest, la situación era clara. La clase obrera de nuestro país tenía el poder en sus manos. Pasaba hambre, pero seguía luchando. El imperialismo alemán nos tenía agarrados por el cuello, y la clase obrera alemana era demasiado débil para prestarnos una ayuda inmediata. Nos dijimos: para conseguir un respiro (esa palabra se puso entonces en circulación) tenemos que firmar por ahora la paz con esos bandidos y ganar tiempo. ¿Y cuál era la situación en Alemania en 1918-1919? El poder estaba en manos de la burguesía, o en manos de los Scheidemann, que es lo mismo. En Alemania las cosas no fueron como en Rusia. El astuto zorro de Scheidemann decía: yo me lavo las manos, estoy en contra de la firma del tratado de paz de Versalles. Engañó del modo más fino a la heroica clase obrera de Alemania. Se presentaron las cosas como si Scheidemann estuviera contra la paz de Versalles. Y he aquí que entonces apareció el Partido Socialdemócrata Independiente y se puso a ayudar a Scheidemann con todas sus fuerzas; gritaba en todos los tonos: ¡hay que firmar la paz! ¡Y ahora decís que la situación de Alemania en aquel momento era la misma que la de Rusia antes de la paz de Brest! Vosotros, en Alemania, pasasteis por alto esa pequeña diferencia: que entre nosotros la clase obrera estaba en el poder y la burguesía había sido vencida, mientras que en Alemania la burguesía estaba en el poder y los obreros habían sido vencidos y traicionados mil veces. ¿De dónde salió esa «pequeña» confusión? Pues de aquí: en marzo de 1919, a muchos líderes de derecha del Partido Socialdemócrata Independiente las cosas se les presentaban así: Scheidemann o yo, poca diferencia hay. (Aplausos.) Al fin y al cabo, son partes de una misma clase obrera, al fin y al cabo es la vieja socialdemocracia. Ese estado de ánimo inconsciente dentro del Partido Socialdemócrata Independiente hizo que pudiera presentarse una afirmación tan clamorosamente falsa y que pudieran confundirse dos situaciones distintas: cuando el poder pertenecía a la clase obrera y cuando el poder pertenecía a la burguesía, y los Hindenburg y los Scheidemann pisoteaban y aplastaban a la clase obrera. A menudo se nos ha dicho: «No tenemos con vosotros grandes divergencias de opinión. Kautsky no tiene gran influencia en nuestro partido». ¿Y acaso no habla el espíritu de Kautsky en esta carta que ahora nos han traído los delegados del Partido Socialdemócrata Independiente?
«Lo mismo que con la cuestión de la dictadura ocurre con la cuestión del terror y de la guerra civil. También aquí la forma específicamente rusa de la dictadura del proletariado se erige en principio fundamental para el proletariado internacional. Con ello la forma ahoga el contenido y dificulta la marcha de la revolución, porque no se tienen suficientemente en cuenta las circunstancias que, con un contenido sociológico distinto, hacen necesaria también otra forma de revolución. Al examinar el problema de la violencia hay que recordar que entre la violencia y el terror existe una diferencia. Si la dictadura del proletariado, como cualquier otra dictadura, incluso la que se cubre con un ropaje democrático, no puede prescindir del empleo de la violencia, el grado de su empleo depende, con todo, de la resistencia contrarrevolucionaria. El terrorismo como método político significa la instauración del reino del espanto, significa el empleo de los medios de la violencia estatal también contra inocentes con el fin de prevenir, mediante la intimidación, cualquier idea de resistencia. Contra esto hay que decir que la socialdemocracia internacional ha rechazado ese terror no solo por humanidad y justicia, sino también por razones de conveniencia. Si de la violencia puede decirse que no es más que la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en su seno una nueva, y que no puede traer al mundo la nueva sociedad antes de que esta haya madurado en el vientre de la vieja, del terror hay que decir (y la historia lo ha confirmado mil veces) que su empleo es expresión, no de la fuerza del movimiento, sino, al contrario, de su debilidad interna. Nuestro partido actúa, pues, de acuerdo con la doctrina marxista y con la experiencia histórica cuando rechaza la glorificación del terror. Respetar estos principios no significa la “desmoralización de la consciencia revolucionaria de los obreros”, de la que se nos acusa en la carta de respuesta del Comité Ejecutivo. Al contrario, significa asegurar los intereses duraderos del socialismo.»
¡Y esto está escrito después de la insurrección de enero en Berlín, después de que esa insurrección nos arrebatara lo más precioso que tenían los obreros, después de todo lo que sabemos de la guerra civil en Rusia, en Finlandia, en Georgia, en Hungría, etc.! ¡Estas líneas las ha dictado una máquina pequeñoburguesa, y no el corazón de un revolucionario! Me parece que habría que haber dicho «por los intereses duraderos de la burguesía», y no «por los intereses duraderos del socialismo». Esta declaración se sitúa total y completamente en el terreno del kautskismo. Si Kautsky ya no tiene ninguna importancia, como han dicho aquí Dittmann y Crispien, ¿para qué copiar en esta carta de respuesta todas las vulgaridades, las tonterías, toda la basura contrarrevolucionaria que ha escrito? Cuando aquí, en Moscú, preguntamos a los representantes de izquierda de los independientes si habían firmado aquello, no pudieron negar que lo habían firmado. Respondieron que no habían tenido tiempo, que todo se hizo «a la carrera». Esos no son motivos políticos. Lo malo es precisamente que el Comité Central del partido de los independientes resuelva tales cuestiones «a la carrera». Vemos cómo el Kautsky muerto arrastra de los pelos al agua al Däumig vivo y lo hunde, cuando lo que debería hacer Däumig, lleno de fuerzas, es apartar de un empujón al Kautsky muerto con toda su basura contrarrevolucionaria.
Esto, en cuanto al Partido Socialdemócrata Independiente.
Sigamos. Debemos aplicar la misma medida, pertenezca ya el partido a nosotros o no. El hecho de que nos pertenezca no lo libra de nuestra crítica. Tenemos la obligación de ser críticos y de decir lo que hay.
Paso, pues, ante todo, al partido italiano. Siempre lo hemos subrayado y lo subrayamos también ahora: es uno de los mejores partidos salidos de la II Internacional. La clase obrera italiana es una clase obrera heroica; todos la queremos porque se toma en serio la revolución y el comunismo. Pero no podemos decir lo mismo de los jefes. «Otra vez la tomaréis con Turati —nos dirá el camarada Serrati—. Esto se está volviendo aburrido.» Sí, camarada Serrati, no dejaremos de repetirlo mientras gente como Turati se considere de los nuestros. Porque ahora mismo Turati es miembro de la III Internacional, ya que es miembro del partido italiano. ¿No es eso una vergüenza? Cuando tengamos carnés para cada miembro de la III Internacional, Turati y Modigliani recibirán también su carné de miembro de la III Internacional. ¡Y esa gente hace propaganda contrarrevolucionaria en Italia! Turati pronunció hace unos días en el parlamento un gran discurso, como los que ha pronunciado ya tantas veces en su vida. Turati vino a decir: ¿veis, señores burgueses, que estáis en una situación tan difícil como la clase obrera? Ayudémonos, pues, unos a otros. En la cuestión agraria, en la cuestión de la vivienda, en la cuestión de los abastos, os propongo un programa semiburgués consecuente. El Avanti! no cuenta cómo lo acogió la burguesía italiana. Después de esto, el partido italiano sometió a Turati a juicio. ¿Quién llamará serio a un partido en el que son posibles tales situaciones? Tendría muchas otras cosas que hacer en lugar de abrir procesos contra gente que lleva treinta años diciendo lo mismo, porque son reformistas consecuentes.
Tengo un montón de citas italianas, quizá unas 200 o 300. No puedo citároslas todas. Publicaremos un Libro Rojo sobre Italia y sobre otros países. El camarada Serrati recibirá de mí ese libro. Olerá muy bien, ese ramillete de citas, y le dará un gran placer. Turati, cuando le preguntaron por qué sigue en el partido, respondió: «Porque así puedo influir en la clase obrera». Turati no tiene nada que ocultar. Declara abiertamente que pertenece al partido porque, como reformista, puede intervenir en el parlamento y en los mítines con la aureola de socialista, de miembro del partido. Le resulta más cómodo hacer sus negocios dentro del partido. ¿Para qué iba a salir de él? Aconsejamos a nuestros amigos que presten atención a lo que ha declarado el propio Turati. No se puede permitir a estos señores quedarse en nuestro partido y sabotear nuestra lucha. Tenemos demasiados enemigos declarados para dejar en el partido a los enemigos encubiertos.
Después de un discurso de Bombacci, que habló como representante del partido en el congreso sindical de los obreros de la industria química de todo el país, el primero en intervenir fue Turati, que soltó toda clase de disparates reformistas. El comunista italiano Bombacci intervino con bastante suavidad. Pregunto: ¿por qué se permite a Turati intervenir en una asamblea sindical y soltar a los obreros discursos reformistas a los que luego Bombacci replica de forma suave? Mientras Turati sea miembro del partido, Bombacci, naturalmente, no puede decir: este es nuestro enemigo de clase. No debemos dedicarnos en absoluto a brindar a estos señores la posibilidad de hacer en nuestro nombre propaganda de sus opiniones reformistas ante los afiliados de base de los sindicatos. Paso al partido sueco. Por desgracia, no están presentes el camarada Höglund122 y otros que participaron con nosotros en la fundación de la III Internacional. Pero también sobre esta cuestión debemos decir lo que hay. La izquierda sueca no se ha llamado hasta hoy partido comunista. Ahora está claro que no es casualidad. Los camaradas publican un órgano teórico que se llama Zimmerwald. Más allá de Zimmerwald no han ido. En ese órgano se publican artículos de los independientes alemanes de derecha. Y tampoco eso es casualidad, porque simpatizan unos con otros. Lo más importante es que en el partido de izquierda sueco se sientan reformistas declarados. No hablaré ya de Lindhagen123, aunque también él sigue siendo miembro del partido. El 12 de marzo de 1920 propuso con toda franqueza que Suecia ingresara en la Sociedad de Naciones; elaboró cuidadosamente y presentó cinco enmiendas a los estatutos de la Sociedad de Naciones.
Aunque el partido lo desautorizó en un artículo, Lindhagen sigue en el partido y por ello es, formalmente, miembro de la III Internacional.
Uno de los diputados del partido sueco, Einberg, afirma en un artículo en el que plantea la reivindicación socialpatriota del desarme que ahora se podría, es decir, con el acuerdo del gobierno, suprimir por completo el ministerio de la Guerra. Expresa además la esperanza de que los socialdemócratas de derecha, es decir, Branting124, le presten en esta cuestión el más amplio apoyo. Luego un conocido diputado o camarada dirigente, el sueco Ivar Vennerström, se expresó en el sentido de que Branting había dicho: parece que el partido socialdemócrata de izquierda quiere casarse con nosotros. Höglund replicó a esto que él, al menos personalmente, no deseaba en absoluto contraer matrimonio con el viejo Branting. Pero en la prensa del partido de izquierda se declaró que son posibles condiciones en las que semejante matrimonio podría ponerse a discusión.
Debemos reconocer los servicios prestados a la III Internacional por la socialdemocracia de izquierda sueca. Es un movimiento joven, surgido del movimiento juvenil. Sabemos que en él participan muchos verdaderos revolucionarios. Pero debemos decirles sin rodeos que necesitamos un partido comunista que no ponga a discusión la cuestión del matrimonio con Branting, que tire por la borda la cuestión del desarme, y que no estamos llamados a enmendar los estatutos de la Sociedad de Naciones, sino a enterrarla.
En el proyecto de programa de la izquierda danesa se dice: el partido afirma que la supresión del militarismo aumenta las posibilidades de una revolución incruenta. Sí, desde luego, si se suprimiera el militarismo burgués tendríamos más posibilidades de una revolución incruenta. Pero la cuestión es precisamente cómo suprimir el militarismo sin derramar la sangre de la burguesía y la nuestra propia.
Paso al partido noruego. El Comité Central tolera un ala derecha en el partido. Scheflo125 declaró en la comisión: una parte de nuestros miembros son antisocialistas. ¿Por qué ha ocurrido esto? Porque admiten en el partido a sindicatos enteros. Eso no sirve. Podemos mantener buenas relaciones con los sindicatos, podemos formar fracciones comunistas en los sindicatos, pero admitir sindicatos enteros, con un 10 % de elementos cristiano-sociales y demás elementos antisocialistas, es un error. Llamamos sobre ello la atención de nuestro partido noruego.
Paso al partido yugoslavo. Ahora se llama partido comunista. Pero antes hemos tenido que leer multitud de artículos reformistas en el órgano central de nuestros camaradas yugoslavos. Es cierto que el partido les replica. Pero semejante situación no se puede ni se debe tolerar. Debemos llamar la atención de nuestro partido yugoslavo sobre lo inadmisible que es la presencia de reformistas declarados en las filas del partido, que se ponga nuestra prensa a su servicio, etc. En todo lo demás, el Partido Comunista de Yugoslavia es un partido excelente.
Es posible que otros partidos encuentren también algo que reprocharnos a nosotros, los rusos. Se comprende por sí solo que todo partido que pertenezca a la III Internacional tiene derecho a decírselo a nuestro partido si cometemos errores. Es su deber internacional. Debemos considerar la Internacional como un partido internacional único, que tiene sus secciones en todos los países; cada una de ellas tiene derecho a «intervenir» y a expresar sus opiniones. Tenemos partidos comunistas que son verdaderamente comunistas y forman el núcleo de la Internacional Comunista. Pero, por desgracia, tenemos también muchos partidos que dan a los reformistas la posibilidad de engañar a la clase obrera y de robarnos una parte de la confianza que la clase obrera tiene en nosotros. Está claro que Treves, como miembro del senado, nos roba cada día una parte de la confianza de las masas, y que a Bombacci y a Serrati les roban los «camaradas» Turati y Modigliani. Tenemos muchos partidos grandes y veteranos que quieren adherirse a nosotros y en los que una parte de los obreros está con nosotros, por la instauración de la dictadura del proletariado, y otra parte vacila todavía. No proponemos admitir de inmediato al partido francés ni al Partido Socialdemócrata Independiente, sino facultar al Comité Ejecutivo para que prosiga las negociaciones y compruebe si se cumplen las condiciones que ha planteado, siga día a día la prensa y, pasado cierto tiempo, adopte una u otra decisión. En la comisión, los camaradas franceses nos declararon que en general están de acuerdo con nuestras condiciones. Los representantes del Partido Socialdemócrata Independiente declararon aproximadamente lo mismo. Nosotros, por nuestra parte, haremos todo lo posible para favorecer el acercamiento. Lo más importante es estudiar con atención y conciencia los artículos que se publiquen y que en nombre del congreso se nos dé el mandato oficial de vigilar durante cierto período si se cumplen esas condiciones. Se pueden aceptar 18.000 condiciones y seguir siendo kautskista. Se trata de los hechos. Hemos planteado estas condiciones para tener un criterio, para tener la posibilidad de comprobar objetivamente lo que quiere el congreso. En todo caso, espero que el congreso aporte claridad y nos dé un punto de apoyo, para que todo obrero comprenda lo que quiere la III Internacional. Afirmo con plena seguridad: que el Comité Central del Partido
Socialdemócrata Independiente nos trate como quiera, que los jefes del Partido Socialista Francés se comporten como les plazca: da igual, los corazones de los obreros de todos los países nos pertenecen. Cada día estarán más con nosotros, porque ha sonado la última hora de la burguesía y de la II Internacional semiburguesa. Ha sonado la hora de la verdadera lucha por el socialismo.
Un poco antes o un poco después, todos los obreros lo comprenderán. Por encima de las cabezas de sus jefes vacilantes nos tenderán la mano, y se creará una auténtica organización de combate de la clase obrera revolucionaria. (Aplausos fuertes y prolongados.)
Balabánova. Se ha presentado la siguiente propuesta: los partidos que forman parte de la III Internacional deben excluir de sus filas a aquellos de sus miembros que pertenezcan a la masonería, como organización pequeñoburguesa; esto significa que los camaradas que forman parte de la III Internacional, sobre todo en Occidente, no tienen derecho a ser masones. Esta propuesta la ha presentado el camarada Serrati. La cuestión se discutirá más tarde. Solo lo comunicamos ahora para que los camaradas sepan que será objeto de debate.
Rádek (Rusia). Después de la sesión de la comisión que discutió las condiciones de ingreso en la III Internacional, después de que los camaradas franceses y alemanes expresaran su conformidad con esas condiciones, los que estábamos en la comisión recordamos casi unánimemente las palabras que dijo Béla Kun tras la unificación con la socialdemocracia húngara. Dijo que tenía la impresión de que todo había sucedido «demasiado fácilmente». Ese sentimiento lo experimentamos también nosotros en este momento, y nadie puede librarse de él.
Quien examine el partido francés y el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania no solo a partir de unos cuantos artículos de su prensa comprenderá por qué no me sitúo en el punto de vista de «lo pasado, pasado está», sino que quiero aquí, en el congreso, volver a grabar en la consciencia del proletariado alemán cómo vemos la evolución del Partido Socialdemócrata Independiente. Porque es imposible que un partido, firmando un pedazo de papel, firmando unas condiciones, pueda cambiar su carácter de golpe, en un solo día.
Debemos tener en cuenta dos hechos. Uno es la revolucionarización en curso de la clase obrera alemana, hecho que nos impulsa y obliga, que nos impone el deber de entrar en contacto con los obreros independientes y de ver en ellos a nuestros compañeros de lucha. Los obreros independientes, tras los primeros meses del gobierno Ebert-Scheidemann, entraron en lucha contra ese gobierno. Cuando llegué a Alemania, mi primera impresión fue que nueve décimas partes de los obreros participaban en la lucha contra el gobierno. En los combates de enero y de marzo, los obreros independientes marcharon codo con codo con los obreros comunistas y combatieron junto a ellos, allí donde hizo falta, con las armas en la mano. En todas las cárceles donde estaban presos nuestros camaradas había también con ellos obreros independientes.
Al mismo tiempo vemos que la mayoría de los jefes del Partido Socialdemócrata Independiente, los jefes que ante el mundo exterior aparecen como el factor decisivo del partido, desempeñaron en este movimiento el papel, no ya de un factor que empujaba hacia adelante, sino incluso de un factor de freno; que solo avanzaban empujados por sus propios obreros, y que a cada paso adelante procuraban confundir a los obreros.
Zinóviev ya ha citado algunas palabras de la carta de respuesta del Partido Socialdemócrata Independiente. Quiero solo establecer a grandes rasgos algunos puntos. En la carta de respuesta se niega que el Partido Socialdemócrata Independiente rompiera la solidaridad con la Rusia soviética y que sea responsable de la ruptura de relaciones diplomáticas que se tradujo en la expulsión de la embajada rusa. El gobierno de Scheidemann, con el príncipe Max de Baden a la cabeza, sería supuestamente el primer culpable de esa ruptura. Pero el Partido Socialdemócrata Independiente ya formaba parte del gobierno cuando la embajada rusa se encontraba en Borísov custodiada por ametralladoras alemanas, y, pese a los numerosos telegramas de la embajada y a las conversaciones con sus representantes, no movió un dedo. Los independientes declararon: que Ioffe126 vuelva a Rusia; primero hay que investigar si no ha ofendido a su majestad el trono, y entonces se podrá hablar de nuevo de reanudar las relaciones. Me limitaré a la cita siguiente. Aquí está el acta de la sesión del Consejo de Comisarios del Pueblo127 del 19 de noviembre de 1918. Dice: «1. Continuación de la discusión de la cuestión de las relaciones de Alemania con la República soviética. Haase aconseja seguir una táctica dilatoria (dilatorisch vorzugehen)… Kautsky se adhiere a Haase: la decisión debe aplazarse. “El gobierno soviético no se sostendrá mucho tiempo, sino que será liquidado dentro de unas semanas…”». Es el acta oficial de la sesión del gobierno, y la confirma, en sus memorias, un independiente que se sentaba en el gobierno junto a Haase y Dittmann: Barth.
Y si reprochamos a los independientes haber ayudado a llevar la revolución alemana a remolque de la Entente, eso lo confirma el hecho siguiente: cuando el gobierno soviético realizó un acto simbólico y notificó a los entonces comisarios del pueblo que enviaba dos trenes de cereales (y no pretendíamos en absoluto que pudiéramos enviar cada día dos trenes de grano, sino que queríamos solo subrayar que era necesario unir los destinos de ambos pueblos), se recibió la respuesta de Haase, en la que declaraba que el gobierno americano se había comprometido a suministrar cereales a Alemania y que agradecía mucho aquel obsequio, que sería mejor emplear para aliviar el hambre de la población sufriente de Rusia. Cuando estábamos ante el aparato y recibimos esa respuesta, sentimos que el vínculo que se había mantenido, a pesar de las críticas, desde Zimmerwald hasta Estocolmo, se rompía de golpe. Con ello se nos daba a entender: «Vosotros pasáis hambre, y nosotros ponemos nuestras esperanzas en los poderosos de este mundo, en el capitalismo americano». Nos entenderemos con los obreros independientes alemanes, pero en la historia de un partido obrero hay cosas que no se pueden olvidar. Con los jefes que, junto con Haase, son responsables de esto, no queremos tener nada que ver. Hay cosas que un revolucionario es incapaz de hacer, por mucho que lo induzcan a error, a saber: romper la solidaridad con la clase obrera que ofrece su ayuda.
Si el Partido Socialdemócrata Independiente dice: estamos contra la Sociedad de Naciones, respondemos: ¡no tiene mucho mérito estar hoy contra la Sociedad de Naciones! Tras la paz de Versalles, cuando Hilferding, Dittmann y Longuet se reunieron en Lucerna, incluso ellos propusieron la revisión de los tratados. ¿Qué significa esto? El mismo día gritan por la revolución mundial y no pierden la esperanza de que se pueda llegar a un arreglo con Wilson, Lloyd George y Clemenceau. En aquellos días se puso de manifiesto con especial claridad el carácter del Partido Socialdemócrata Independiente. No debemos olvidar que después de la derrota de nuestros camaradas en Berlín, en marzo, cuando por obra y gracia de Noske todavía tronaban los cañones, el Partido Socialdemócrata Independiente incluyó en su programa un punto sobre la conquista de la dictadura. Y allí donde los obreros se pronunciaban por la dictadura en los hechos, los jefes del Partido Socialdemócrata Independiente se les cruzaban en el camino para desorientarlos. Tenemos la obligación de ser prudentes y de gritar a los obreros del Partido Socialdemócrata Independiente: estad siempre alerta, sed siempre prudentes, porque a la cabeza de vuestro partido hay gente que en el momento decisivo puede llevar el tren por una vía equivocada y que es capaz de defraudar vuestra confianza por falta de consciencia revolucionaria o de voluntad revolucionaria.
Se ha planteado la pregunta de por qué los camaradas no ingresaron en la III Internacional después de salir del gobierno y convertirse en un partido revolucionario. Tengo ante mí el informe de los debates de la Conferencia Nacional del Partido Socialdemócrata Independiente del 10 de septiembre de 1919, según la Freiheit del 11 de septiembre de 1919. En esa conferencia, Hilferding (de quien nadie dirá que haya muerto para el partido como Kautsky, porque es el spiritus rector, el jefe espiritual del partido), Hilferding dijo: en la cuestión de la adhesión a la Internacional de Moscú debemos tener en cuenta la circunstancia de que quizá estemos amarrando nuestra barca a un barco que se hunde, porque el bolchevismo ruso es precisamente la III Internacional. En el momento en que las tropas de la contrarrevolución, en particular las de Denikin y Kolchak, emprendían su campaña contra la Rusia soviética, cuando para todo obrero que había puesto sus sentimientos y su alma en la causa de la revolución estaba claro que en esa hora había que acudir por todos los medios en ayuda de la Rusia soviética, en ese momento se levanta un hombre que dirige el Partido Socialdemócrata Independiente y dice: ese barco lo están volcando las tormentas; no le amarréis, por Dios, nuestra barca, podemos perecer.
El congreso no está obligado a elaborar la lista de los camaradas cuya exclusión exigimos. Pero está obligado a exigir a los obreros que no toleren como jefe a un especulador de la revolución que se atreve a decir a los obreros alemanes: no os unáis a los obreros rusos, porque están en peligro. Decimos a los obreros alemanes: si os fiáis de condiciones escritas y ponéis a vuestra cabeza a gente que actúa así en el momento del peligro, estáis vendidos y traicionados de antemano. Cuándo sonará la hora del peligro, no lo sabemos, pero sabemos muy bien cómo actuarán esos especuladores de la revolución. Por boca de la oposición se ha dicho: todavía tenemos en cuenta el sentimiento de independencia del propio partido; queremos limpiar nuestra casa nosotros mismos. Limpiad vuestra casa, pero no con escoba, sino con hierro candente, porque no se trata solo de echar del partido a Hilferding: se trata de extirpar del partido con hierro candente la pusilanimidad cobarde, la débil voluntad revolucionaria. Si el Partido Socialdemócrata Independiente no lo hace, la adhesión será solo un gesto y adquiriremos almas muertas para la Internacional Comunista. Estoy firmemente convencido de que los obreros del Partido Socialdemócrata Independiente y su ala izquierda actuarán de otro modo que hasta ahora. Debemos declarar abiertamente que las cosas no son así: de un lado los independientes de derecha y del otro las masas probadas en el combate. Y si la izquierda ha rehuido hasta ahora la lucha abierta por sus derechos, es solo porque creía posible desplazar del partido a los independientes de derecha mediante no se sabe qué operaciones especiales. Vuestro ingreso en la Internacional Comunista no pasará de ser una frase si no lucháis codo con codo con los comunistas contra el pasado del partido, que consiste en llamar a la revolución sin creer en ella, en decir: aquí está, como si le hubiera caído a alguien sobre la cabeza. No se trata de que Stoecker esté teóricamente por la III Internacional, de que Däumig escriba artículos sobre la dictadura soviética, sino de llevar una política propia contra los jefes si los jefes frenan al partido.
Los jefes del Partido Socialdemócrata Independiente se han pronunciado en la comisión incondicionalmente por la adhesión a la III Internacional. Sin embargo, Crispien declaró en la segunda edición de su folleto que «la creación de la III Internacional es un intento prematuro», y más adelante: «¡Qué fácil les parece a algunos resolver la cuestión de la Internacional: a Moscú, vamos a Moscú! Pero ese camino no nos llevará a la solución de la cuestión si seguimos fieles a nuestros principios socialistas revolucionarios, si, como partido socialista revolucionario, no queremos suicidarnos». Hay muchos cadáveres vivientes en la Internacional. Crispien es nuestro huésped y nos alegramos mucho de verlo aquí con vida. Pero su venida aquí es resultado de la presión de los obreros. Además, Crispien declaró en el congreso del partido: «El camino de Moscú nos lo han cerrado los propios moscovitas con sus decisiones y sus actos contra los independientes. Con arreglo a esas resoluciones, solo podremos entrar en el Kremlin cuando nos sometamos ciegamente a los comunistas y nos disolvamos en una organización internacional comunista-sindicalista». El Partido Socialdemócrata Independiente se vio obligado a ir a Moscú bajo la presión de sus obreros. Vino a nosotros sin objetar nada ni a nuestro programa ni a nuestra táctica cuando se enteró de que los delegados franceses ya habían sido enviados aquí. Los obreros deben sacar de ello sus conclusiones y cambiar el estado de cosas que impera entre ellos, porque los representantes de los independientes son jefes derrotados, no por nosotros, sino por los obreros revolucionarios, como malos jefes del proletariado alemán. Vemos en el Partido Socialdemócrata Independiente un buen partido revolucionario en la medida en que se trata de sus masas obreras. La tarea de los obreros alemanes consiste en llevar las cosas hasta el final y convertir el Partido Socialdemócrata Independiente en un partido revolucionario que no deje sus principios en el papel, sino que los cumpla y los lleve a la práctica a diario.
Cachin (Partido Socialista Francés). Camaradas, me limitaré a leeros una declaración firmada por mí y por el camarada Frossard. Hela aquí:
«¡Camaradas! Puesto que el camarada Frossard y yo hemos sido enviados a vosotros con el fin determinado y exclusivo de una información mutua, solo podemos hacer, como vosotros mismos comprendéis, una breve declaración en nuestro propio nombre. Hemos leído con la mayor atención las tesis sobre las condiciones de admisión en la III Internacional presentadas en nombre del Comité Ejecutivo y de la comisión correspondiente. Hemos conversado a fondo sobre ello con muchos camaradas responsables. Acabamos de escuchar los comentarios del camarada Zinóviev. No estamos facultados para discutir esta cuestión en cuanto al fondo. De todo lo que hemos oído de distintas fuentes tomaremos nota de las ideas principales y rectoras.
Exigís que los partidos que deseen adherirse a vosotros renuncien primero, en principio y en la práctica, en su prensa y en su propaganda, a las ideas reformistas y oportunistas. Deseáis que muestren la esterilidad de esas ideas, que combatan sus manifestaciones en todos los terrenos y que dirijan todos sus esfuerzos a hacer comprender la necesidad de la acción revolucionaria en todas sus formas.
Estamos plenamente de acuerdo con ello.
De esta exigencia fundamental se derivan conclusiones prácticas a las que tendrán que ajustarse los partidos que deseen adherirse a la III Internacional.
En primer lugar, será necesario que cada camarada del partido elija de una vez por todas entre el reformismo y la revolución. No es una cuestión de personas, y tenéis toda la razón al insistir en ello. En la coyuntura histórica actual no puede haber sitio en las filas del partido de la clase obrera para quien todavía intente colaborar con la sociedad burguesa en el momento en que en todas partes ha comenzado la lucha social decisiva.
Estamos dispuestos a exigir a todos los camaradas que trabajen como socialistas tanto en los sindicatos como en el partido. Estamos dispuestos a colaborar fraternalmente con los luchadores revolucionarios de las organizaciones sindicalistas que reconocen la necesidad de la lucha política.
En segundo lugar, hay que llevar, con más energía que nunca, una propaganda contra la ideología imperialista y contra quienes la sostienen y la favorecen.
Hace ya dos años que nuestro grupo socialista en el parlamento vota contra los créditos y contra el presupuesto en su conjunto. Nuestro partido ha condenado de la manera más tajante toda colaboración en un ministerio burgués. Esa es nuestra posición en tiempo de paz.
Si la guerra mundial pudiera volver a estallar, la culpa principal recaería sobre la actual política imperialista criminal de la burguesía francesa.
Nos negaremos a participar en la guerra en cualquier forma que sea (votando créditos o colaborando en el ministerio). Recordaremos que, en tales circunstancias, cuando los intereses nacionales se confunden con los intereses de la plutocracia, no hay para el proletariado obligación más alta que su deber de clase.
Será necesario revisar el programa de nuestro partido y ponerlo en consonancia con el espíritu de la III Internacional. Una centralización reforzada, un control estricto de la actividad parlamentaria y de la prensa del partido, una disciplina severa a la que deba someterse todo miembro del partido: tales nos parecen las condiciones fundamentales para reanudar la lucha que plantean las duras exigencias de nuestro tiempo.
Exigís que apoyemos sin reservas a las repúblicas soviéticas en su lucha contra la contrarrevolución. Con más energía aún que en el pasado señalaremos a los trabajadores la necesidad de negarse a cargar armas y municiones para los contrarrevolucionarios. Entre las tropas a las que se encargue combatir las revoluciones soviéticas haremos por todos los medios propaganda contra la intervención.
¡Camaradas! Esta es la declaración que podemos haceros, teniendo en cuenta los estrechos límites de nuestra misión. Estamos convencidos de que, si nuestro amigo Longuet hubiera podido estar aquí, habría llegado, tras examinar la cuestión, a la misma conclusión.
Volveremos a Francia, donde daremos a conocer vuestras condiciones. Las transmitiremos fielmente al partido, así como toda la literatura de la III Internacional. Al mismo tiempo desplegaremos una campaña activa y ardiente sobre la situación de la revolución rusa.
Dentro de unas semanas, cuando todas las secciones del partido estén informadas de los hechos y después de que los hayan discutido seriamente, se reunirá el congreso del partido. Frossard y yo nos pronunciaremos por la adhesión a la III Internacional. Hasta entonces es inútil multiplicar las seguridades y las promesas verbales. Nos pondremos manos a la obra para romper con el pasado. Sobre este paso decisivo la III Internacional podrá juzgar más adelante.»
Lefebvre128 (Francia). ¡Camaradas! En el congreso de Estrasburgo129, el Partido Socialista Francés decidió entrar en relación con algunos otros partidos socialistas para, según la expresión de la mayoría del Partido Socialista Francés, «reconstruir» la Internacional. Entre otras cosas, se preveía visitar también Moscú, sede de la III Internacional. Y he aquí que en esa visita los camaradas Cachin y Frossard, deslumbrados por la grandeza de la revolución rusa, han cambiado al parecer por completo su punto de vista. Hace un par de días oímos a nuestro camarada Cachin decir desde esta misma tribuna: «La reconstrucción es una consigna absurda». He aquí una condena clara y tajante de todo el pasado.
En efecto, camaradas, después del congreso de Estrasburgo el Partido Socialista Francés —me refiero a su mayoría— ha efectuado una evolución continua y rápida hacia la derecha, como movido por un mecanismo especial. Ciertamente, ante el crecimiento rápido y continuo de la fracción de izquierda que se declaró partidaria de la III Internacional, la fracción de Loriot, como se la llama habitualmente, y, por otro lado, ante una disminución tal de los efectivos de la vieja fracción —la fracción de Renaudel, si todavía quieren ustedes llamar a las fracciones por sus nombres— que esta última ha perdido toda importancia práctica en nuestro partido (al menos entre los afiliados, porque en el grupo parlamentario y en los municipios conserva una preponderancia absoluta), era perfectamente natural que la actual mayoría del partido se volviera contra aquellos cuya influencia creciente empezaba a inquietarla. En Estrasburgo asistimos a la boda de Renaudel y Paul Faure y presenciamos los aplausos unánimes de la fracción de derecha y del centro cuando Paul Faure tronaba contra el bluff revolucionario y decía con ironía, dirigiéndose a los partidarios de la III Internacional: «Ustedes hablan todo el tiempo a las masas de revolución y no saben qué es una revolución. No saben lo que hace falta para levantar un movimiento revolucionario en las masas francesas, que el 16 de noviembre130 demostraron que son conservadoras y que les tienen miedo a ustedes». (La mayoría del Partido Socialista Francés concede un valor religioso a todo lo que tiene que ver con las elecciones.) «Las masas no les seguirán en su evolución demagógica. Ustedes creen que hacen una propaganda eficaz porque convocan las reuniones de costumbre, donde las mismas personas pronuncian los mismos discursos gastados; pero intenten exigir de la clase obrera una acción poderosa y eficaz para impedir el envío de tropas a Rusia o, sobre todo, para tomar el poder, y verán hasta qué punto les siguen las masas».
Pressemane131, hablando en particular del campesinado francés, adujo argumentos análogos. Se esforzó en presentar a los ojos de las masas francesas a quienes en Francia todavía se llama «extremistas», es decir, a la fracción de la III Internacional, por oposición a los viejos y respetables miembros del partido, como unos fanáticos, unos intransigentes exaltados que ni siquiera saben qué es una organización política. Pressemane olvidó añadir que él mismo y sus amigos, fieles a una tradición demagógica que se conserva, solo saben hablar a las masas de revolución dentro del estricto mínimo necesario para arrancar aplausos, y nunca hacen nada que pueda llevarla a la victoria.
Quisiera pedir al congreso que me permita aclarar la acusación que formulo aquí con un breve ejemplo de la vida interna del Partido Socialista Francés. En la práctica, a los ojos de las masas, la actividad del Partido Socialista Francés se define por la labor de su grupo parlamentario. Lo que ocurre dentro del partido solo lo conocen los propios afiliados, o a veces sale a la luz por casualidad durante las giras de agitación. Pero el hombre que no va a los mítines ni lee periódicos revolucionarios, «el hombre de la calle», como dicen en Inglaterra, ve el grupo parlamentario y sus debates, y para él este es la encarnación del socialismo. No exagero si digo que el grupo parlamentario socialista francés es tan profundamente conservador como todos los demás grupos burgueses de esa asamblea. Afirmo que en la manera de hablar de sus representantes no hay ni la ira ni la pasión del hombre que tiene que luchar sin cesar contra un grupo enemigo. Si tuviera más tiempo, intentaría trazar unos breves esbozos biográficos de los principales jefes del grupo parlamentario socialista, hombres como Paul-Boncour, Varenne y Albert Thomas132, que es el jefe reconocido del grupo parlamentario socialista. ¿Se sabe realmente en la Internacional hasta dónde llega la actividad de un Varenne, periodista, redactor de una serie de periódicos burgueses que aparecen y desaparecen uno tras otro, pero que se alimentan todos de una y la misma fuente financiera? O de un Albert Thomas, que junto con Jouhaux colabora en el periódico L'Information ouvrière et sociale, financiado por el señor Dulot, redactor de Le Temps, el periódico oficial de la burguesía francesa. Por último, cada uno de estos hombres llega al parlamento, gracias a un sistema electoral particular, no tanto por la voluntad general de los obreros socialistas como gracias al apoyo electoral de unos cuantos burgueses anticlericales. De ahí la importancia que hombres como Léon Blum conceden a la insignificante cuestión de la reanudación de relaciones con el Vaticano.
Podría darles una serie de ejemplos sueltos, pero no me alcanza el tiempo. Como ejemplo típico citaré el caso del diputado Aubry, un joven maestro que llegó al parlamento por la extrema izquierda del Partido Socialista Francés. En pocas semanas se contagió hasta tal punto de la traición general del grupo parlamentario socialista que, poco después de ser elegido, firmó junto con el general Boissoudy y el arzobispo de Rennes un llamamiento a suscribir el empréstito nacional; y esto es cosa corriente, es casi una regla general en el grupo socialista, y a nadie le sorprende. Hace poco se produjo en la Cámara de Diputados una escena cómica que pinta con toda franqueza el estado de ánimo «revolucionario» de uno de los diputados socialistas. La fiscalía de Ruan abrió diligencias contra el diputado del Paso de Calais Barthélemy, que junto con nuestro camarada Méric había organizado una reunión en Sotteville. Se acusaba a Barthélemy de haber dicho que, si estallaba la revolución, estaría en las primeras filas de las barricadas e iría a la muerte al frente del ejército proletario. La cuestión de este delito se planteó de inmediato ante la Cámara. Pero el diputado Barthélemy subió en el acto a la tribuna. «¡Cómo! —exclamó—. ¿Un diputado socialista francés se atrevería a decir semejante cosa? ¿Hablar de ponerse al frente de los revolucionarios y dejarse matar? Jamás he pronunciado tales palabras». Y el parlamento le creyó inmediatamente. Tan sólida es la reputación conservadora del grupo socialista.
Lo repito: hechos menudos de este género se repiten a diario. Hace poco, en la Comisión Administrativa del partido, cuando nuestro camarada Morin, de la fracción «de izquierda» de la «reconstrucción», hablaba de cómo hay que hacer la propaganda en Francia, explicó con franqueza cínica que la propaganda debe organizarse de modo que favorezca la reelección de los camaradas ya elegidos y prepare la elección de otros nuevos; por eso, antes de pronunciar un discurso, hay que informarse por las autoridades locales de los pequeños chismes del lugar y, de acuerdo con ellos, decir algo perfectamente oportunista, que corresponda a los intereses materiales inmediatos de la situación preelectoral de la localidad.
Pero hay algo todavía más importante que la vida parlamentaria de un grupo que se ha desacreditado a los ojos de las masas en Francia.
En este momento, a todo diputado, salvo dos o tres excepciones, se le considera un traidor o no se le tiene en cuenta. El parlamento francés está definitivamente desacreditado a los ojos de las masas. Este es quizá el mejor resultado de la traición del grupo parlamentario socialista. Los municipios tienen gran importancia. El Partido Socialista Francés tuvo un gran éxito en las elecciones municipales. Tenemos en nuestras manos la mayor parte de los ayuntamientos de las grandes ciudades francesas. Tenemos entre 1.500 y 1.800 municipios, lo que supone un total bastante imponente. Con el propósito, en sí mismo muy bueno, de coordinar la actividad de estos municipios, se convocó un congreso en Boulogne, en vísperas de mi partida hacia Rusia, y allí se discutieron varias cuestiones. Ante todo, se decidió, en lugar de dejar quebrar a las compañías concesionarias, cargar sobre los hombros de los obreros que viven en esas ciudades enormes impuestos adicionales. La propuesta de dejar quebrar a algunas compañías concesionarias se juzgó revolucionaria y fue rechazada de inmediato. Cuando se planteó la cuestión de prohibir a los municipios socialistas (me veo obligado a escoger al azar unos cuantos ejemplos que permitan a la III Internacional saber qué regalo quieren hacerle) participar en las fiestas chovinistas del 14 de julio, la propuesta fue retirada, y Mistral, representante de la mayoría actual, impidió que se presentara al Consejo Nacional. En cuanto a la mayoría del congreso municipal, se declaró resueltamente en contra de esa propuesta. Y hace poco, poco después de la huelga de mayo133, cuando el gobierno perseguía con todas sus fuerzas a los afiliados del partido, se encontró un diputado, el honorable Delory134, viejo militante del partido al que todos ustedes conocen, que solicitó por propia iniciativa el alto honor de recibir en Lille, de la que es alcalde, a dos ministros que debían imponer a la ciudad una condecoración militar. Así se llevan los asuntos en los municipios conquistados por el Partido Socialista Francés.
Después de esto, no tiene nada de extraño que los mejores elementos revolucionarios se aparten del partido con asco; y cuando en cada congreso se reprocha a los partidarios de la III Internacional que quieren romper la unidad, respondemos que no se puede romper lo que no existe, y la unidad no existe. No existe porque en el partido están sentados hombres que no tienen lugar en él, y los que deberían estar en él no están. La unidad solo se realizará el día en que se haga una depuración a fondo (una depuración prometida desde hace tiempo por la actual mayoría del partido, pero que todavía esperamos) y, en segundo lugar, cuando los sindicalistas revolucionarios, que ahora se desvían hacia el sindicalismo anarquista, pertenezcan por fin a un partido comunista depurado y disciplinado y entreguen al comunismo sus fuerzas y su actividad, conforme a las tesis que aquí se han elaborado.
Quería contarles cómo transcurrió entre nosotros la huelga de mayo, cuáles fueron sus consecuencias (y son enormes) y cuáles sus lecciones, pero no me alcanza el tiempo. Sepan solo que mentían quienes afirmaban en Estrasburgo que las masas no se moverían. Se movieron, y a fondo, en multitudes inmensas, y solo la falta de voluntad revolucionaria de los dirigentes causó la derrota. Por eso puede decirse que la única conclusión que cabe sacar de esta experiencia sangrienta es la necesidad de crear un partido comunista fuerte.
El cambio de convicciones de nuestros camaradas Cachin y Frossard no es más que un hecho aislado. De vuelta en Francia, darán a conocer su declaración ante la atención expectante de todos. Cabe temer que, por influencia de un largo pasado oportunista y de sus hábitos de pensamiento (al decir esto no dudo de la sinceridad absoluta de nuestros camaradas), cabe temer, digo, que al encaminar a su partido hacia la III Internacional le impongan un programa mínimo que para nosotros, los franceses, tendría el grave inconveniente de que nuestra pertenencia a la III Internacional resultaría puramente platónica, y a ustedes, camaradas, les causaría un daño incomparablemente mayor al introducir aquí el espíritu traidor de la II Internacional. Afirmo que en Francia la atmósfera es irrespirable, y eso hay que cambiarlo. El cambio de convicciones de dos hombres no debe influir en sus decisiones. Debemos ser inflexibles, y afirmo que las masas en Francia les seguirán sin vacilar si ustedes mismos no vacilan. No hay que permitir que a la justa concepción marxista elaborada en Moscú se le añadan dudosas opiniones francesas salidas del Palacio Borbón, ni que la aplicación de las tesis aquí discutidas se convierta en una burla precisamente por habernos fiado de hombres que durante seis años no han dejado de comprometer la palabra «socialismo» y han obligado a sustituirla por la palabra «comunismo».
Graziadei (Italia). Pedí la palabra para tratar una cuestión que ya había planteado, entre otros, el camarada Serrati. Pero como, en la forma en que la planteó el camarada Serrati, la discusión era imposible, aprovecho mi turno para presentar la propuesta de añadir a las tesis sometidas al congreso la tesis siguiente:
«Todo partido que desee pertenecer a la Internacional Comunista debe prohibir a sus miembros que se afilien a la francmasonería. En realidad, la francmasonería es en muchos países una organización política que, tanto por su concepción abstracta, formal y pequeñoburguesa de las relaciones sociales como por su misma composición, sirve al orden burgués en el plano nacional y en el internacional. Su influencia puede ser tanto más peligrosa cuanto que la francmasonería es una organización secreta».
Basta leer el texto para comprender mi idea. Esta cuestión no interesa a los rusos, pero tiene una importancia enorme en los países latinos, en Inglaterra y en América. La francmasonería goza de gran influencia en esos países. Es una organización política que aspira a conquistar y conservar el poder; agrupa a funcionarios, científicos, hombres de negocios. Esta organización se basa en una concepción del mundo radicalmente opuesta a la concepción socialista, marxista. Los francmasones intentan difuminar las diferencias entre las clases y entre las naciones, escudándose en una concepción abstracta y formal de los derechos teóricos. Además, es una organización secreta y, como en muchos países nosotros mismos todavía no tenemos organizaciones ilegales, respecto de la francmasonería estamos en peor situación: los camaradas que se afilian a la francmasonería pueden controlarnos, mientras que nosotros no tenemos posibilidad de controlarlos a ellos en su organización. En Italia hicimos una experiencia interesante en este terreno. En el congreso del partido en Ancona135, celebrado antes de agosto de 1914, declaramos incompatible la pertenencia simultánea al partido y a la francmasonería. Pocos meses después estalló la guerra. Hoy estamos completamente seguros de que sin aquel acuerdo nuestro partido nunca habría podido adoptar una posición tan intransigente frente a la guerra. En todo caso, se habría escindido en uno de los momentos más difíciles.
Una de las causas principales de la crisis que atraviesa en este momento el Partido Socialista Francés es la presencia en sus filas de un gran número de francmasones. Por eso pido al congreso que tome en consideración la propuesta de Serrati y mi añadido, y propongo que se apruebe este último como adición a las tesis presentadas por la comisión. El congreso debe resolver de manera clara esta cuestión, que interesa en grado sumo a muchos países.
Guilbeaux (Francia). El primer año de existencia de la III Internacional fue un año de formación, un año de construcción de partidos y grupos. Me parece que en este momento hemos entrado en una nueva fase del desarrollo de la Internacional Comunista: la fase de la lucha de tendencias dentro de la propia Internacional. Los debates a los que asistimos desde el comienzo del congreso demuestran la existencia de una lucha entre la tendencia de derecha y la de izquierda, y en parte veo en ello un signo de la gran vitalidad del comunismo. Pero empiezo a distinguir en la tendencia de derecha una orientación que puede desarrollarse y contra la cual los representantes de la izquierda deben empezar a luchar desde ahora.
El manifiesto del primer congreso, el congreso fundacional de la Internacional Comunista, señalaba que había que combatir el centrismo, al que con razón se consideraba la tendencia más peligrosa del movimiento socialista. Aquel manifiesto recomendaba la ruptura con el centro y la organización en todos los países de partidos y grupos puramente comunistas. Me parece sintomático que el congreso de la Internacional examine la cuestión de una nueva posición respecto del centro. El mero hecho de que se admita la posibilidad de recibir en la Internacional Comunista a determinados elementos centristas indica el comienzo de un arreglo con los reformistas y los centristas.
Por un lado, en las tesis propuestas se condena a la derecha del Partido Socialista Italiano, representada por Turati; por otro, se admite dirigirse a partidos centristas como los independientes de Alemania y el Partido Socialista Francés. Veo en ello una contradicción. Entre Cachin y Turati hay, con todo, una diferencia. El partido italiano adoptó durante la guerra una posición incomparablemente más digna de socialistas que el Partido Socialista Francés, que fue culpable de todas las formas de la traición más vil.
Por otro lado, en las tesis propuestas se repite que ningún comunista debe olvidar las lecciones de la República Soviética Húngara, porque la alianza de los reformistas con los comunistas le costó cara a la Hungría soviética.
Ya de por sí, la discusión con los representantes de los partidos del centro entraña un gran peligro. Sé bien que se procura recordarles todos los errores que han cometido desde el comienzo de la guerra, pero sé también que en la Internacional Comunista, e incluso en el Partido Comunista de Rusia, existe una cierta tendencia de derecha que pone grandes esperanzas en el Partido Socialista Francés y en el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania. La argumentación de la derecha es esta: a esos partidos los siguen las masas, mientras que los partidos comunistas de Francia y de Alemania tienen mucha menos influencia desde el punto de vista de las masas. Por mi parte, creo que es un modo muy artificial de ganar a las masas para nuestra causa hablarles por medio de sus viejos dirigentes, que expresan las distintas tendencias del socialpatriotismo, el socialpacifismo, la socialconfusión y el socialcamaleonismo.
No creo que haya que entusiasmarse porque los representantes de algunos partidos centristas, al encontrarse en Moscú, trasladados de golpe a la atmósfera particular de la revolución, se hayan declarado convertidos al comunismo. No dudo en absoluto de su sinceridad, pero me pregunto: cuando vuelvan a encontrarse en París, en la atmósfera apestada del partido socialista o de la Cámara de Diputados, ¿no reanudarán sus viejos extravíos?
Recuerden que la fundación de la II Internacional, que tuvo lugar en 1889, se preparó durante varios años. Los camaradas que negocian ahora con los partidos socialistas creen poder crear en un día una organización y una prensa aptas para los fines últimos de la revolución. Pecan de una especie de «futurismo». Debemos organizar los cuadros de un partido comunista sólido. A esas filas atraeremos a las masas, cosa que no conseguiremos con procedimientos artificiales.
Insisto en lo que ya ha demostrado el camarada Lefebvre: el Partido Socialista Francés es, en conjunto, un partido parlamentario al que no se puede admitir en la Internacional Comunista, pese a las declaraciones de sus representantes. La escisión necesaria, por desgracia, todavía no se ha producido, y solo después de ella existirá en Francia un partido comunista al que se adherirán los partidarios del camarada Loriot y los sindicalistas del tipo de Rosmer y Monatte, y al que seguirán las masas. Las masas francesas no nos seguirán en absoluto si transformamos artificialmente el Partido Socialista Francés en un partido comunista.
Si después de una prueba de seis meses o de un año admitimos partidos que nos traicionaron y anduvieron extraviados durante largos años, mucho me temo que pronto estarán en mayoría en la Internacional Comunista y sustituirán con éxito su bandera roja por otra muy parecida a la bandera de la II Internacional. No debemos entablar negociaciones con partidos que, pese a todas sus declaraciones, no pueden darnos ninguna garantía para el futuro.
Herzog136 (Suiza). En esta discusión hay que examinar también brevemente la situación del partido de Suiza. Como saben, en el último congreso del partido en Suiza se decidió salir de la II Internacional e ingresar en la III Internacional. Pero al mismo tiempo se aprobó una resolución según la cual esa decisión debía someterse antes a votación general de los afiliados del partido socialdemócrata. El resultado de la votación fue este: el partido debía salir de la II Internacional, pero no ingresar en la III, y en cambio se facultaba y obligaba a la dirección del partido a entrar en relación con todos los partidos revolucionarios para formar una amplia Internacional revolucionaria, es decir, una IV Internacional. La dirección del partido hizo entonces todo lo posible por llevar a la práctica esta decisión. Se celebraron negociaciones en Berna con los socialistas franceses. La dirección del partido envió también a un camarada a Alemania para negociar con el Partido Socialdemócrata Independiente. Cuando nosotros, los comunistas, denunciamos esta maniobra, el periódico Basler Vorwärts puso un empeño especial en disimularla. Así, en este asunto, la dirección del partido logró salir bien librada.
Esta política que observamos en Suiza cuando el partido salió de la II Internacional, esta política vacilante, la ha seguido constantemente la socialdemocracia en Suiza en los últimos tiempos. Como es sabido, decidió adherirse a Kienthal y a Zimmerwald137, pero cuando nosotros, los obreros revolucionarios, empezamos a insistir en que esas resoluciones se llevaran a la práctica, en que con adherirse a Kienthal y a Zimmerwald no estaba todo hecho, sino que había que cumplir el programa, en que era necesario hacer un intento de organizar acciones revolucionarias, en que había que emprender la propaganda en el ejército y revolucionar a los soldados, entonces el partido hizo todo lo posible para que nuestro trabajo resultara imposible.
Nos vimos obligados a organizar a los obreros revolucionarios en grupos especiales dentro del partido. En todas las localidades de cierta importancia intentamos formar estos grupos comunistas, con los cuales construimos así una organización centralizada, con un programa propio. No nos quedamos ahí; comprendimos que teníamos que empezar el trabajo, la propaganda en el ejército, conforme a los principios fundamentales proclamados en Zimmerwald. Teníamos que decir a los obreros que debían llevar a cabo por sí mismos acciones de masas si sus dirigentes de partido no las llevaban a cabo. Esto fue la causa del conflicto y de la expulsión de los comunistas del partido socialdemócrata de Suiza. Hicimos esta propaganda de forma sistemática, repartimos decenas de miles de octavillas en el ejército, cumpliendo nuestro deber revolucionario de comunistas. Por eso nos echaron. En Zúrich hubo una gran huelga general. Yo dije que había que hacerla y, cuando hicimos agitación en su favor, nos expulsaron del partido. Fue expulsada toda la organización de los viejos grupos revolucionarios. Para no morir políticamente, tuvimos que emprender la fundación de un partido comunista. Gracias a un trabajo intenso conseguimos formar secciones comunistas en todas las localidades más importantes. Conseguimos ganarnos las simpatías de amplias masas obreras.
La dirección del partido teme que las masas obreras se pasen a nosotros. En ese temor hay que buscar el sentido de su maniobra: la convocatoria en Olten de una conferencia del partido, formada por socialistas de izquierda y por el centro, en la que se decidió enviar a dos representantes a Moscú para incorporar a Suiza a la III Internacional. Así se dan la posibilidad de declarar: «Estamos en la III Internacional, somos comunistas revolucionarios». Esperan retener a las masas obreras ingresando en la III Internacional. Y la tarea de nuestro congreso consiste en decir también a estos señores de la socialdemocracia suiza: «Tienen que demostrar en la práctica que de verdad se proponen luchar de forma revolucionaria. Solo cuando lo hayan demostrado con hechos podrán ser admitidos en la III Internacional».
Tenemos ante nosotros el gran peligro de que entren en la III Internacional muchos elementos oportunistas y centristas, y puede ocurrir que lleguen a predominar en la III Internacional. Contra este peligro hay que luchar con mucha energía, y al partido suizo debemos aplicarle el mismo principio que aplicamos a los independientes alemanes y al partido francés. Solo filtrando rigurosamente estos elementos lograremos evitar que se introduzcan elementos de descomposición en la organización de la III Internacional e impedir que la actividad revolucionaria de las masas se debilite en los próximos años.
Goldenberg (Francia). Por mi parte, no votaré las tesis del camarada Zinóviev, porque me parece que encierran un grave error de método. Intentaré explicar brevemente ese error.
Cuando a nosotros, partidarios de la III Internacional, nos preguntan cómo se explica nuestra posición en el partido socialista, respondemos lo siguiente. La guerra dividió al proletariado internacional en dos campos enemigos. De un lado está el campo contrarrevolucionario, que representa a la aristocracia obrera, esa capa del proletariado que, a medida que se desarrolla el capitalismo, se acerca cada vez más a las capas inferiores de la burguesía; y del otro, el campo revolucionario, que representa a las capas inferiores del proletariado. Estas dos fracciones existían ya antes de la guerra en el marco de los mismos partidos socialistas nacionales. La guerra demostró que entre ellas es imposible cualquier acuerdo. Y si antes este antagonismo se manifestaba en las disputas entre tendencias dentro de los distintos partidos socialistas nacionales, ahora, después de la guerra, se manifiesta ya en la lucha armada. Según las palabras del camarada Lenin, el arma de la crítica ha cedido el puesto a la crítica de las armas. De estas dos fracciones opuestas, una se ha unido a la burguesía y la otra se ha mostrado como la auténtica representante del proletariado revolucionario. Nosotros pertenecemos a esta última.
La III Internacional es la organización internacional del proletariado revolucionario. ¿Cuál debe ser su posición respecto de los partidos socialistas en los que todavía no se ha producido la escisión entre los socialreformistas, los contrarrevolucionarios, por un lado, y los socialistas revolucionarios, los comunistas, por otro? Esta es la pregunta a la que ahora tenemos que responder.
Las tesis que nos ha propuesto el camarada Zinóviev plantean una serie de condiciones cuyo cumplimiento permitirá a los partidos socialistas, a los llamados «centristas», entrar en la III Internacional. No puedo aprobar semejante modo de proceder. La III Internacional, organización internacional del proletariado revolucionario, que debe estar formada únicamente por representantes del proletariado revolucionario de todos los países, no puede tolerar en su seno elementos no comunistas que se han revelado como elementos contrarrevolucionarios, como agentes de la burguesía.
Las condiciones que se imponen a los partidos centristas son tales que permiten al Partido Socialista Francés, al Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, al Partido Socialista Noruego, etc., entrar en la III Internacional con tal de que esos partidos declaren estar dispuestos a aceptar esas condiciones o empiecen a seguir la táctica comunista.
Declaro que semejante modo de proceder solo puede aumentar la confusión que ya existe en esos partidos. Quisiera hablar aquí en particular del Partido Socialista Francés, que conozco mejor que los demás. El Partido Socialista Francés representa casi por entero esa capa particular de la aristocracia obrera que durante la guerra se mostró profundamente reaccionaria. Todos los dirigentes del Partido Socialista Francés, sin excepción, entraron durante la guerra en la lucha del lado de la burguesía contra el proletariado internacional. Votaron los créditos de guerra hasta el final mismo de la guerra, e incluso varios meses después de firmado el armisticio. Aquí hay un representante de ese grupo parlamentario que votó el presupuesto de guerra. Aquí hay incluso un diputado francés que el año pasado declaró en la Cámara francesa que se negaba a votar los tres doceavos provisionales del presupuesto que le pedía el gobierno, pero que estaba dispuesto a votar dos doceavos. Una parte de esos créditos estaba destinada expresamente a ayudar a las expediciones contrarrevolucionarias de Kolchak y Denikin. Mientras el proletariado ruso luchaba desesperadamente contra estos bandidos internacionales, los representantes del Partido Socialista Francés en la Cámara votaban créditos de guerra para sostener a los ejércitos contrarrevolucionarios.
¿Cuál fue la posición del Partido Socialista Francés después de la guerra? Lefebvre acaba de decir que en el congreso de Estrasburgo se notó un retroceso. Yo digo que no hubo retroceso alguno, sino que el congreso mostró lo que es en realidad el Partido Socialista Francés. Los dirigentes del Partido Socialista Francés, para engañar a las masas populares, han adoptado la fraseología revolucionaria. Se han declarado partidarios de la dictadura del proletariado contra la burguesía. Se han proclamado seguidores del materialismo histórico; pero cuando se encontraron ante el problema de la defensa de la patria, se vio que en la alianza de Paul Faure con Renaudel no había nada de inverosímil: en ella se reflejaba la verdadera orientación de los hombres agrupados en ese partido, lo mismo da que estén en su flanco derecho, en el centro o incluso en el flanco izquierdo. El Partido Socialista Francés es un partido podrido de reformistas pequeñoburgueses. Si ingresa en la III Internacional, su podredumbre penetrará también en ella.
Las tesis del camarada Zinóviev contienen una serie de condiciones para el ingreso en la III Internacional. Ya ven con qué facilidad aceptan esas condiciones incluso quienes ayer mismo eran sus adversarios más encarnizados. Los representantes del Partido Socialista Francés presentes en este congreso estaban entre quienes más celosamente se esforzaron por desacreditar por todos los medios a la III Internacional. Si están aquí, no es porque sus corazones estén con nosotros, sino porque sienten que la III Internacional es la única fuerza revolucionaria del mundo a la que ninguna otra organización puede resistir.
Hicieron todo lo posible por crear, frente a esta III Internacional, una extraña organización que incluyera a todos los elementos que quisieran entrar en ella, con la única condición de que se pronunciaran contra los principios de la III Internacional. Buscaron por toda Europa partidos a los que se pudiera lanzar en campaña contra la III Internacional.
Recuerdo cuál fue su comportamiento en el partido y en la prensa socialista. Intentaron no solo desacreditar las ideas de la III Internacional, sino también denigrar a los miembros más prestigiosos del Partido Socialista Francés. Recuerdo la campaña de calumnias que llevaron contra quienes representaban a la III Internacional en Francia. ¡Y a estos hombres nos disponemos a invitar a la III Internacional solo porque declaran reconocer sus principios, solo porque manifiestan una solidaridad verbal con esos principios!
No entra en mis intenciones examinar la sinceridad de Cachin y de Frossard. No piso ese terreno. Declaro simplemente que unos hombres que, pese a su fraseología revolucionaria, se han revelado como contrarrevolucionarios declarados no pueden convertirse en comunistas en unas pocas semanas. El tono de la declaración que se nos acaba de leer muestra hasta qué punto se han impregnado Cachin y Frossard de los principios comunistas. ¿Cuál será, a su regreso a Francia, su actitud hacia quienes allí han defendido tanto tiempo los principios de la III Internacional? En Francia existe un comité que se ha propuesto difundir las ideas de la III Internacional entre las masas y en el propio partido. ¿Cuál deberá ser el comportamiento de Cachin y de Frossard hacia ese comité y hacia los camaradas del partido que forman parte de él, si hasta ahora han sido sus adversarios más encarnizados? Pregunto qué posición deberemos adoptar nosotros cuando Cachin y Frossard, de vuelta en Francia, digan: «Estamos plenamente de acuerdo con los dirigentes de la III Internacional. Hemos discutido con ellos las cuestiones. En realidad, nada nos separa». Acabo de leer varios números de L'Humanité en los que se describe la visita de Cachin y Frossard a Rusia, donde supuestamente nuestros amigos rusos los recibieron con entusiasmo. Fueron admitidos en una de las sesiones del Soviet de Moscú, donde no hubo más que un intercambio amistoso de opiniones entre camaradas a los que no separa ninguna discrepancia esencial. Eso afirma L'Humanité, y eso mismo afirmarán Cachin y Frossard a su regreso a Francia. Volverán a asegurar, como antes de su viaje a Rusia, que el camarada Lenin, si viviera en Francia, estaría de acuerdo con ellos y no con nosotros.
Protesto contra este modo artificial de introducir en la Internacional Comunista elementos que no sirven para ella. En nombre de mis camaradas que languidecen en las cárceles, en nombre de los verdaderos intereses del proletariado francés, declaro que no puedo aprobar semejante modo de proceder. El proletariado revolucionario francés tiene una sola manera de luchar contra la II Internacional: crear en Francia un partido comunista sólidamente organizado que contenga únicamente elementos comunistas. La tragedia de la situación en Francia consiste en que hasta ahora no hemos tenido la posibilidad de emprender esta tarea. Nos hemos visto obligados a limitarnos a la lucha de tendencias dentro del partido. No hemos podido emprender la obra de organización y de educación, que es la única que permitirá crear un partido comunista bien organizado.
El punto de vista que defiendo aquí consiste en que al Partido Socialista Francés no se le puede decir: «Con tales y cuales condiciones estamos dispuestos a admitirles en la III Internacional», sino que hay que adoptar una posición que obligue a los elementos reformistas y revolucionarios del partido a romper entre sí, ruptura que hasta ahora no ha podido producirse, pero sin la cual es imposible crear un partido comunista único, formado por los socialistas de izquierda y los sindicalistas comunistas. Después de eso se abrirá la posibilidad de un trabajo comunista de organización y de educación que hasta ahora no hemos podido comenzar, pero que es el único que asegurará la fuerza y el éxito no solo de la Internacional Comunista, sino de la revolución proletaria en su conjunto.
Bordiga138 (Italia). Quiero hacer algunas observaciones que propongo incluir en la introducción a las tesis presentadas por la comisión, y después les propondré añadir otra condición concreta.
Este congreso tiene una importancia extraordinaria: debe defender y afirmar los principios fundamentales de la III Internacional. Cuando, creo que en abril de 1917, el camarada Lenin volvió a Rusia y esbozó a grandes rasgos el nuevo programa del partido comunista, nos habló de la reconstrucción de la Internacional. Dijo que esta tarea debía descansar sobre dos bases principales: que había que apartar, por un lado, a los socialpatriotas y, por otro, a los socialdemócratas, a aquellos partidarios de la II Internacional que admiten la posibilidad de emancipar al proletariado sin una lucha de clases llevada hasta el choque armado, sin la necesidad de ejercer la dictadura del proletariado después de la victoria, en el periodo de la insurrección.
La revolución en Rusia nos devolvió así al marxismo. El movimiento revolucionario salvado de las ruinas de la II Internacional se orientó según ese programa, y el trabajo emprendido condujo a la constitución oficial del nuevo organismo mundial. Creo que, en la situación actual, que no es fruto del azar sino que está determinada por el curso mismo de la historia, nos amenaza el peligro de que penetren entre nosotros los elementos de derecha y de centro que habíamos apartado.
Después de que el proletariado ruso y el internacional proclamaran la consigna del «régimen soviético», la ola revolucionaria se levantó en cuanto terminó la guerra y el proletariado del mundo entero se puso en movimiento. Vimos que en todos los países se producía en el seno de los viejos partidos socialistas una selección natural. Surgieron partidos comunistas que entablaron la lucha revolucionaria contra la burguesía.
Por desgracia, a esto siguió un periodo de calma, cuando la burguesía aplastó la revolución en Alemania, en Baviera y en Hungría.
La guerra queda ya lejos en el pasado. La cuestión de la guerra y de la defensa de la patria no se plantea ahora de forma inmediata, y ahora es muy fácil decir que en la próxima guerra no se volverá a caer en los errores de antes, es decir, en los errores de la unión sagrada y de la defensa de la patria. La revolución está todavía lejos en el futuro; para los centristas no es aún una tarea que exija solución inmediata. Y declaran que reconocen las tesis de la Internacional: el poder de los soviets, la dictadura del proletariado, el terror rojo.
Pero sería por nuestra parte un error muy peligroso admitir a estos hombres entre nosotros.
La III Internacional no puede acelerar el curso de la revolución. Lo único que podemos hacer es preparar al proletariado. Pero es necesario, camaradas, que nuestro movimiento conserve la ventaja que le han dado la experiencia de la guerra y la de la revolución rusa. Creo que a esto hay que prestar la mayor atención.
Los elementos de derecha aceptan nuestras tesis, pero no del todo. Las aceptan con reservas; nosotros, los comunistas, en cambio, debemos exigir que se acepten íntegra e incondicionalmente, tanto en el terreno de la teoría como en la práctica.
Hemos visto la primera aplicación grandiosa del método y la teoría de Marx en Rusia, es decir, en un país donde el grado de desarrollo de las clases es bajo. Por consiguiente, este método debe aplicarse con mayor nitidez y coherencia todavía en Europa occidental, donde el capitalismo está más desarrollado.
Aquí se ha hablado de la diferencia entre «reformistas» y «revolucionarios». Esa terminología ha envejecido. Ya no puede haber reformistas, porque la crisis burguesa frena todo trabajo en el terreno de las reformas. Los socialistas de derecha lo saben, y hablan de la crisis del régimen, se llaman a sí mismos «revolucionarios», pero esperan que esta lucha no tenga el mismo carácter que en Rusia.
Creo, camaradas, que la Internacional Comunista debe ser intransigente y conservar invariablemente su carácter político revolucionario.
De los socialdemócratas hay que separarse con una barrera que haga imposible el paso.
Hay que obligar a estos partidos a proclamar sus principios con la mayor precisión. Habría que introducir un programa común para todos los partidos comunistas del mundo, cosa que por desgracia todavía no es posible. La III Internacional no dispone de medios prácticos para cerciorarse de que estos hombres llevarán a cabo el programa comunista.
No obstante, propongo añadir la condición siguiente: en la tesis 16, allí donde se dice: «Los partidos que todavía conservan sus viejos programas socialdemócratas están obligados a revisar esos programas en el plazo más breve posible y a elaborar, de acuerdo con las condiciones particulares de su país, un nuevo programa comunista en el espíritu de los acuerdos de la Internacional Comunista...», suprimir las palabras «de acuerdo con las condiciones particulares de su país» y «en el espíritu de los acuerdos de la Internacional Comunista», sustituyéndolas por las palabras: «en los que los principios de la Internacional Comunista deben exponerse de forma inequívoca y en plena conformidad con las resoluciones de los congresos internacionales. La minoría de cada partido que se pronuncie contra tal programa se colocará por eso mismo fuera de las filas de la organización del partido. Los partidos que, tras haber modificado sus programas y haberse adherido a la III Internacional, todavía no hayan cumplido esta condición deben convocar inmediatamente un congreso del partido para cumplirla».
Hay que plantear con claridad esta cuestión de las minorías de derecha. Sobre esta cuestión todavía no he oído la opinión de los representantes del Partido Socialista Francés, que no han dicho si van a echar de su partido a Renaudel y compañía.
Quienes voten contra el nuevo programa están obligados a salir del partido. En la cuestión de la aceptación del programa no hay disciplina que valga: el programa se acepta o no se acepta, y si no se acepta, se sale del partido. El programa es algo común a todos, y no algo establecido por la mayoría de los afiliados. Esto es lo que debe exigirse a los partidos que deseen ser admitidos en la III Internacional. Por fin, solo hoy, se establece la diferencia entre el deseo de ingresar en la III Internacional y la admisión efectiva en ella.
Creo que, después de este congreso, hay que dar tiempo al Comité Ejecutivo para que vigile el cumplimiento de todas las condiciones planteadas por la III Internacional. Pasado este periodo, por así decir, organizativo, hay que cerrar las puertas, y debe quedar una sola vía de adhesión: el ingreso individual en el partido comunista del país correspondiente.
Propongo aprobar la propuesta retirada del camarada Lenin de que los partidos que deseen entrar en la III Internacional tengan un determinado porcentaje de comunistas en sus órganos dirigentes. Yo preferiría que estuvieran formados enteramente por comunistas.
Hay que combatir el oportunismo en todas partes. Pero esta tarea será muy difícil si, en el momento en que se toman medidas para depurar la III Internacional, se abren las puertas para dejar entrar a quienes se han quedado fuera. En nombre de la izquierda del Partido Socialista Italiano declaro que nos comprometemos a luchar contra los oportunistas en Italia y a echarlos, pero no querríamos que, apartados por nosotros, entraran por otros caminos en la III Internacional. Les decimos: después de haber trabajado aquí junto con ustedes, debemos volver a nuestros países y formar un frente internacional único contra los socialistas traidores, contra quienes sabotean la revolución comunista.
Serrati. Les informamos de que la conferencia comunista internacional de mujeres139 se inaugurará en el Teatro Bolshói mañana, viernes, a las 6. Les rogamos que asistan a la inauguración.
La sesión continuará hoy a las 8 y media de la tarde.
Se levanta la sesión.
Séptima sesión, jueves 29 de julio de 1920 (tarde)
Se abre la sesión a las 8 y 30.
Milkić (Yugoslavia). No tenía intención de tomar la palabra sobre esta cuestión y quería limitarme a votar. Pero considero mi deber replicar desde esta tribuna a lo que dijo aquí el camarada Zinóviev y declarar que el partido yugoslavo no es oportunista.
Zinóviev. Es cierto.
Milkić. Me alegra mucho oír al camarada Zinóviev confirmar mis palabras. En 1905 el Partido Socialista Yugoslavo expulsó a varios de sus dirigentes, que eran partidarios de la colaboración de clases. Lo mismo hizo en 1912.
Es verdad que muchos dirán que eso fue hace tiempo y que ahora el partido ha perdido su antigua audacia y su decisión revolucionarias. Camaradas, es un error.
Hoy el camarada Zinóviev me ha pasado periódicos serbios, y en ellos he leído que el Partido Socialista Yugoslavo ha cambiado de nombre y ahora se llama partido comunista. El primer acto del Comité Central del partido comunista fue publicar un ardiente llamamiento en favor de los comunistas húngaros.
Tras conocer todos los documentos relativos a su actividad, puedo decir sin exagerar que el partido comunista de Yugoslavia puede ponerse como ejemplo a todos los demás partidos comunistas. Estoy firmemente convencido de que su táctica futura dará excelentes resultados.
Nuestros camaradas han difundido entre las masas campesinas un manifiesto en el que llaman a los campesinos a liberarse del yugo de los terratenientes. El gobierno, naturalmente, aprovechó la ocasión para perseguir a los autores del manifiesto.
Termino mi breve declaración expresando mi plena convicción de que el partido comunista de Yugoslavia es un partido del que la Internacional Comunista puede estar orgullosa. No merece lo que de él dijo el camarada Zinóviev. Sin duda lo dijo para consolar a los independientes alemanes, uno de los partidos que criticó lo mismo que al yugoslavo.
Bombacci (Italia). No creo que, a propósito de la cuestión que se discute, sea especialmente útil adentrarse en el terreno de la teoría. Todo se reduce a saber si la aceptación de tal o cual punto responde a los intereses de la III Internacional. Es una cuestión importante cuando se trata de partidos con treinta años de tradiciones reformistas que no les permiten asimilar el espíritu de la época revolucionaria.
El Partido Socialista Italiano se adhirió a la III Internacional, pero desde el congreso de Bolonia140, donde yo, a diferencia del camarada Bordiga, estuve en contra de la expulsión de los reformistas y del cambio de nombre del partido, nada ha cambiado en él. Este hecho muestra, por desgracia, que algunos de los elementos que forman parte de este partido son totalmente incapaces de ser verdaderamente fieles a la Internacional Comunista. No basta con echar a Turati. Modigliani y otras 50 o 60 personas forman la corriente reformista. Hay que depurar el partido entero, sin detenerse ante la expulsión de sus viejos dirigentes reformistas.
Todavía más me opongo a la admisión en la Internacional Comunista del Partido Socialista Francés y del Partido Socialdemócrata Independiente, porque estos partidos no pueden impregnarse de la ideología revolucionaria comunista.
Sobre esta cuestión propongo una adición a las tesis que se discuten. Esta adición trata del examen de la composición de los partidos que se admiten en la Internacional Comunista y de la concesión al Comité Ejecutivo del derecho a expulsar a los distintos partidos y a los afiliados que resulten inaceptables en las organizaciones comunistas. Con estas grandes reservas admito la posibilidad de incluir en la III Internacional a esos partidos, de los que, por principio, desconfío. Considero también del todo inadmisible que un comunista pertenezca a la francmasonería, que es una organización puramente burguesa. (Aplausos.)
Polano141 (Italia). Intervengo en nombre de la juventud socialista italiana para darles a conocer, camaradas, su actividad. Esta organización existe desde 1907. En lo fundamental está plenamente de acuerdo con el Partido Socialista Italiano, al que, no obstante, hemos empujado constantemente hacia la izquierda. Hemos exigido sin descanso que el Partido Socialista Italiano se depure de sus elementos reformistas, y esperamos que la Internacional Comunista venga en nuestra ayuda. La Internacional Comunista debe exigir al Partido Socialista Italiano una mayor cohesión, que solo puede alcanzarse si comprende mejor su misión histórica. Su tarea fundamental es la preparación de la revolución. Este trabajo queda paralizado por la lucha, dentro del partido, de dos ideologías: la socialdemócrata, por un lado, y la comunista, por otro. No hay posibilidad alguna de conciliar estas dos tendencias. Y no puede uno sino asombrarse de que los elementos marxistas del partido socialista no hayan advertido todavía esta contradicción, de que no hayan comprendido su importancia, de que no hayan tomado medidas para apartar del partido a todos los elementos que les impiden actuar, cuando su deber es dirigir el movimiento.
El Partido Socialista Italiano decidió adherirse en bloque a la III Internacional. Pese a ello, en sus filas siguen habiendo hombres como Modigliani, que no dejan de hacer la propaganda más enérgica contra la Internacional Comunista y contra la dictadura del proletariado. Este mismo Modigliani declaró hace poco que hay que establecer un contacto estrecho entre el partido socialista y los elementos pequeñoburgueses. Turati, que, como saben, pertenece también al Partido Socialista Italiano, ha afirmado en estos últimos tiempos que la táctica comunista es una chiquillada y una locura.
Un partido auténticamente comunista no puede estar formado por elementos tan heterogéneos. La Internacional Comunista debe acudir en ayuda de la juventud socialista en su trabajo de depuración del oportunismo.
Me permito llamar la atención del congreso sobre el apartado 7 de las tesis, donde se dice que todos los partidos que deseen adherirse a la III Internacional deben romper inmediatamente con los elementos oportunistas y centristas. Llamo también la atención del congreso sobre el apartado 18, donde se dice que todos los partidos que se adhieran a la Internacional Comunista deben adoptar el nombre de partido comunista. Creo firmemente que el Partido Socialista Italiano tendrá en cuenta estas tesis y se convertirá en un partido verdaderamente comunista.
Pero para cumplir esta tarea necesitamos apoyo. Hay que tenerlo presente. La Internacional Comunista no podrá ayudar a la juventud socialista y al Partido Socialista Italiano en su trabajo si admite en sus filas a grupos como el Partido Socialista Francés y el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania. Porque es realmente imposible, por un lado, depurar el Partido Socialista Italiano de sus elementos oportunistas y, por otro, volver a admitir esos mismos elementos en la Internacional Comunista.
Rákosi (Hungría). La cuestión que tiene ante sí la III Internacional se parece mucho a la que tuvimos ante nosotros hace unos 16 meses, cuando la socialdemocracia de todos los matices, incluidas aquellas partes suyas que recordaban de manera amenazadora al Partido Socialdemócrata Independiente, vio su bancarrota completa y, bajo la presión de las masas, se vio forzada a renunciar a su programa y a situarse plenamente en el terreno de la dictadura del proletariado y de la III Internacional. Entonces se vio que esos hombres habían cedido a esa presión solo para seguir en el poder, y no por haberse convencido de que sus antiguas ideas no servían. Tuvimos una experiencia de lo más triste con esos socialdemócratas de izquierda, y quiero prevenir a los camaradas para que ese ejemplo no se repita ahora a una escala mucho mayor.
Tengo que insistir enérgicamente en esta advertencia porque en los discursos de los camaradas Crispien y Dittmann encuentro a cada paso los rasgos característicos de nuestra socialdemocracia. Reconocieron sin rechistar la dictadura del proletariado, pero, igual que Däumig, se opusieron al terror y exigieron una «aplicación suave» de la dictadura cuando ya se conocían las atrocidades de la guardia blanca en Finlandia, en Ucrania y en otros lugares; y si ahora, después de tres años de revolución, los camaradas Dittmann y Crispien, que han sido testigos del asesinato de decenas de miles de independientes o de comunistas, todavía se presentan en Moscú con la mayor impasibilidad para oponerse al terror, eso significa que estos hombres no son capaces de comprender este sistema. También con su dictadura soviética hablarán contra el terror y esperarán a que el terror blanco les inculque una idea justa del terror en general.
Veo en el ejemplo de los camaradas Crispien y Dittmann que sus cerebros están hechos exactamente igual que los de sus congéneres húngaros y que beben de la misma fuente. Los socialdemócratas húngaros estudiaron atentamente la experiencia rusa no para evitar errores, sino para sacar de ella la posibilidad de justificar su propia conducta. Lo mismo que el camarada Crispien vio en los rusos a los mayores maestros del compromiso, así procedió también nuestra socialdemocracia. Hizo de todo para justificarse de sus pecados. Los independientes de derecha, además de una incomprensión total de la dictadura proletaria, tienen una rutina muy peligrosa, que se ha manifestado en que han sabido obligar a los demás camaradas de izquierda a que la inaudita resolución del Partido Socialdemócrata Independiente contra el Comité Ejecutivo de la III Internacional se redactara supuestamente en nombre de todo el partido socialdemócrata.
Dittmann. ¿De dónde ha sacado usted esa sabiduría?
Rákosi. La he sacado de usted y del camarada Däumig. Sé muy bien cómo se hacen estas cosas. He prevenido contra ello porque veo en el ejemplo del proletariado húngaro que unos hombres que después de tres años de revolución mundial no saben lo que es el terror y la dictadura no se volverán más listos en los años siguientes, sino que cometerán exactamente los mismos errores, que luego pagará con su sangre el proletariado alemán. Nuestros socialdemócratas no se volvieron más listos ni siquiera después de la caída de la dictadura, aunque deberían haber visto que no tenían razón. No sé si el camarada Dittmann sabe que una parte de los afiliados del Partido Socialdemócrata Húngaro se llama a sí misma «independientes», y que uno de sus dirigentes es el peor enemigo de la dictadura y ha causado al proletariado un daño enorme. Es el corresponsal en Viena de Freiheit142. Escribe columnas enteras al estilo de Kautsky sobre los asuntos de Europa oriental. Estos artículos no sorprenden a nadie, porque corresponden al espíritu de Freiheit.
Debo decir que estoy a favor de la propuesta del camarada Lenin, que introduce para la admisión del Partido Socialdemócrata Independiente una nueva condición no incluida en las tesis, y estoy dispuesto a defender toda condición que limite la admisión indiscriminada en la Internacional Comunista de miembros del Partido Socialdemócrata Independiente y de otros centristas, porque sé por experiencia que estos hombres solo cambian de palabra, aparentando que luchan por la dictadura, mientras en realidad hacen lo que hacen ahora en Alemania y lo que hicieron en Hungría durante la dictadura.
Serrati (Italia). He encontrado en los periódicos rusos de la tarde una declaración del diputado Dugoni, miembro de la delegación italiana, sobre su visita a Rusia.
Debo declarar que no sé si Dugoni hizo realmente esa declaración. En todo caso, declaro que ningún miembro de la delegación italiana autorizó a Dugoni a hacerla. Hemos enviado radiotelegramas e informaciones sobre nuestra estancia en Rusia al periódico Avanti! En ellos expresamos nuestras opiniones de manera muy clara. Todas las demás declaraciones que pudieran atribuírsenos son absolutamente falsas. Como esta mañana oí algo a este respecto, he encargado al camarada D'Aragona143, que ha partido hoy hacia Italia, que averigüe en la dirección del partido si las declaraciones aparecidas en la prensa italiana y atribuidas a Dugoni proceden realmente de él.
En caso de que la respuesta sea afirmativa, he exigido su expulsión inmediata del partido.
Meyer144 (Alemania). ¡Camaradas! Al discutir aquí la cuestión de la admisión del Partido Socialdemócrata Independiente en la III Internacional, nos hemos convencido una vez más de lo difícil que es hacerse una idea clara del carácter general del Partido Socialdemócrata Independiente. A todas las objeciones, a toda crítica al Partido Socialdemócrata Independiente, sus representantes responden remitiendo a otros giros, a otras declaraciones de otros de sus miembros, y al final resulta un cuadro en el que el Partido Socialdemócrata Independiente no representa nada unitario ni claro, sino que muestra de arriba abajo una posición confusa.
Un rasgo típico del carácter del Partido Socialdemócrata Independiente, manifiesto ya desde su misma fundación, es su actitud hacia la III Internacional. Es verdad que el congreso del partido en Leipzig145 decidió adherirse a la III Internacional, pero si se examina de cerca este acuerdo resulta que, en el fondo, no es un acuerdo de ingreso, sino la exigencia de negociaciones previas con los llamados partidos socialrevolucionarios para llegar a un acuerdo con ellos y, en caso de que esas negociaciones resultaran infructuosas, entrar en relación con Moscú. En la declaración hecha a este respecto en Leipzig, el camarada Crispien afirmó claramente que el acuerdo no significaba la adhesión directa a Moscú, sino negociaciones previas. Este acuerdo es confuso, y al examinar su ejecución nos hundimos todavía más en la niebla. ¿Qué han hecho los independientes desde el congreso de Leipzig para cumplir el acuerdo? ¿Para qué han enviado aquí a sus representantes? La conducta de la delegación aquí presente no aclara qué quieren. La delegación no ha traído ninguna comunicación ni propuesta sobre el deseo del Partido Socialdemócrata Independiente de ingresar ahora en la Internacional Comunista. Cuando les preguntamos en la comisión si deseaban entablar negociaciones con la Internacional Comunista sobre su adhesión —la misma pregunta se les hizo en el Comité Ejecutivo—, no obtuvimos ninguna respuesta precisa, sino solo la declaración siguiente: estas negociaciones no significan que por nuestra parte nos propongamos poner condiciones especiales para nuestro ingreso en la III Internacional; el objetivo de nuestras negociaciones es disipar un cúmulo de malentendidos que, al parecer, se han formado respecto de nosotros en Moscú y en la III Internacional. Pero esos llamados malentendidos no pueden impedir a nadie declarar su acuerdo o su desacuerdo con la III Internacional.
La nueva carta de respuesta del Comité Central del Partido Socialdemócrata Independiente tampoco arroja luz sobre su actitud hacia Moscú. En ella se intenta refutar algunas afirmaciones de la respuesta del Comité Ejecutivo, pero no se dice nada de lo que quieren, ni de en qué forma y con qué condiciones desean adherirse a la III Internacional, ni de por qué esa adhesión no se ha producido hasta ahora.
Sin embargo, la respuesta a esto la encontramos en la discusión que se desarrolla dentro del Partido Socialdemócrata Independiente entre su ala izquierda y su ala derecha. Está completamente claro que a elementos como Kautsky, Hilferding o Ströbel, que todavía hoy, estando en el Partido Socialdemócrata Independiente, miran de reojo hacia la II Internacional, les resultaría mucho más agradable ir a Basilea o a Ginebra que a Moscú. Y solo porque las masas les cerraron el camino de Lucerna146 se encaminan a tientas y con sigilo hacia Moscú, cediendo al deseo de las masas de ingresar en la III Internacional, pues no cabe ninguna duda de que las amplias masas del Partido Socialdemócrata Independiente quieren la adhesión directa a Moscú. Cuando el Partido Comunista de Alemania publicó la carta de respuesta de Moscú al Partido Socialdemócrata Independiente y se discutió en asambleas públicas, casi todos los afiliados del Partido Socialdemócrata Independiente dijeron que su Comité Central había obrado mal al elegir solo la vía de las negociaciones y no publicar esa carta de respuesta.
Una parte considerable de los dirigentes del Partido Socialdemócrata Independiente sigue mirando hacia la II Internacional, y precisamente por eso no quieren ir directamente a la III Internacional. Estos dirigentes temían, y todavía hoy temen, solidarizarse con Rusia y con la Internacional Comunista. En la carta de respuesta del Comité Central del Partido Socialdemócrata Independiente al Comité Ejecutivo de Moscú se critica mucho de la posición adoptada por Moscú, no solo en su mensaje de respuesta, sino también en la política que aquí se lleva. Se reprocha al Comité Ejecutivo que intente, supuestamente, trasladar de manera puramente esquemática los métodos de Moscú a otras circunstancias. ¿Qué es esto sino negarse a solidarizarse con Rusia, sino una crítica, aunque tímida, de la línea de conducta de los comunistas, sino una negativa a trasladar a Alemania los llamados métodos puramente rusos? ¿Qué es esto sino una renuncia a la táctica puramente comunista en general y un intento de emprender el camino oportunista, que en el fondo significa la negación del comunismo?
Lo que más retiene a los independientes de adherirse a Moscú es la exigencia, claramente expresada y planteada por toda la Internacional, de expulsar del Partido Socialdemócrata Independiente a los elementos reformistas. No quieren esa escisión del partido, que sin embargo es necesaria. Por medio de su Comité Central, el Partido Socialdemócrata Independiente responde a Moscú que no permitirá que se le prescriba esa escisión, que considera esta exigencia una injerencia en la vida del partido alemán y que la unidad del partido le importa más que la táctica puramente comunista. Esto está expresado con suficiente claridad en la carta de respuesta.
De ello se sigue que en el Partido Socialdemócrata Independiente hay un ala derecha y un ala izquierda: la derecha, que está todavía en el terreno de la dictadura burguesa y solo ha hecho algunas concesiones verbales a la dictadura del proletariado, y el ala izquierda, que, aunque está en el terreno de la dictadura del proletariado, sigue haciendo en la práctica concesiones a la derecha, a la democracia burguesa.
En el Parteitag de Leipzig, incluso los representantes de la izquierda se pronunciaron con toda claridad en el sentido de renunciar a aplicar la dictadura del proletariado con todas sus consecuencias: es el clamor contra el empleo del terror. En la respuesta se subraya de nuevo la oposición entre violencia y terror, una oposición que en realidad no existe en absoluto y que solo se crea artificialmente para desmarcarse de forma encubierta del partido ruso y de la Internacional Comunista, para no declarar su solidaridad con la revolución y con la Internacional Comunista.
Si el camarada Rádek ha expresado hoy en su discurso la esperanza de que la izquierda se decida por fin a una política claramente definida y rechace la ideología de la democracia burguesa, debo decir que no comparto esa esperanza. En la práctica, la izquierda se ha sometido a la política de la derecha. Un ejemplo de ello lo vemos aquí, en el propio congreso: los oradores que han intervenido no son representantes de la izquierda, sino de la derecha: Dittmann y Crispien. Hemos oído más de una vez que entre la derecha y la izquierda hay agudas discrepancias, pero no se llega a hacerlas públicas: la izquierda se niega a discutir abiertamente las discrepancias ante las amplias masas. Y aquí, en el congreso, los representantes de la izquierda han declarado que no quieren la escisión del partido, y lo mismo se dice en la carta de respuesta firmada por Däumig y Stoecker.
Si también aquí defendemos lo que defendimos en Alemania, a saber, que el Partido Socialdemócrata Independiente, para convertirse en comunista, debe desprenderse de los elementos oportunistas, no lo hacemos por intereses de partido. La crítica que existe dentro de nuestro propio partido muestra que no tenemos miedo de decir nosotros mismos lo que tenemos de erróneo y de corregirlo. Si aplicamos la misma actitud crítica a otro partido, no es para destruir ese partido como tal, sino para dar impulso al movimiento revolucionario y encaminar a las masas obreras en su conjunto por el buen camino.
La izquierda, que no consideró necesario publicar para los obreros la respuesta del Comité Ejecutivo de Moscú, firmó ella misma la carta de respuesta a Moscú y se la ocultó a las amplias masas. En esa carta se trasluce cierta altivez, que se apoya en una campaña electoral afortunada, en un número elevado de votos obtenidos, y que quizá se explica por cierto temor a cambios radicales dentro del partido, que podrían resultar de que Moscú se dirigiera directamente a las masas de los independientes.
Esto es típico: el Partido Socialdemócrata Independiente no va por delante de la revolución, sino que corre detrás de las masas. Los soviets de diputados obreros y soldados exigieron en 1918 la colaboración con Scheidemann. Y el Partido Socialdemócrata Independiente se sometió y siguió a esa parte inmadura de las masas. Más tarde, cuando la respuesta de Moscú condenó la idea de combinar los soviets y el parlamento, también para eso encontró una justificación el Partido Socialdemócrata Independiente: en aquella situación existía, decían, el peligro de que se suprimieran los soviets por completo, y por eso tal compromiso resultó necesario. En el marco de un discurso breve es imposible examinar a fondo todas las cuestiones, pero basta señalar algunos detalles para llegar a la conclusión de que hay que ser prudentes con la admisión de este partido. La condición previa de la admisión debe ser una práctica puramente comunista del Partido Socialdemócrata Independiente y la decisión de expulsar a los reformistas y a los oportunistas. Nosotros, representantes del Partido Comunista de Alemania, no creemos que pueda lograrse tal práctica por medio de negociaciones; pensamos que las masas del Partido Socialdemócrata Independiente encontrarán por sí mismas el camino hacia Moscú, y que desde aquí debemos establecer relaciones directas con las masas, más o menos como se hizo con la primera carta del Comité Ejecutivo. Tampoco creemos que las negociaciones aquí, en el congreso, vayan a dar resultados particulares, y deseamos que el Comité Ejecutivo se dirija directamente a las masas de los independientes y les diga cuál es su opinión sobre el Partido Socialdemócrata Independiente, y que no es de las instancias del Partido Socialdemócrata Independiente, sino de los obreros del Partido Socialdemócrata Independiente, de quienes se espera la realización de sus deseos, a saber: la acción común con los comunistas del mundo entero, con los comunistas rusos, con la Rusia soviética.
Wijnkoop (Holanda). Ya se han hecho muchas de las observaciones que también yo quería hacer. Debo declarar que, si tuviéramos que votar ahora mismo, la propuesta del Comité Ejecutivo sería rechazada de plano. Hemos oído aquí a gente que aducía toda clase de argumentos contra la propuesta del Comité Ejecutivo. Al menos, sus argumentos hablaban en contra; quizá ellos mismos no sacaron las conclusiones debidas, eso, naturalmente, no lo sé. Y ahora se nos dice: si yo y otros estamos contra esta propuesta del Comité Ejecutivo, es porque solo tenemos en cuenta el pasado y no a las masas. Pero en este punto estoy de acuerdo con lo que ha dicho el camarada Rádek. Ha dicho: es un hecho que las masas del Partido Socialdemócrata Independiente van hacia la revolución, que se vuelven cada vez más revolucionarias. El camarada Meyer lo ha expresado muy bien: los jefes de izquierda del Partido Socialdemócrata Independiente no marchan a la cabeza de la revolución, no revolucionan el movimiento, sino que corren detrás de la parte menos consciente de las masas. La cuestión se reduce a esto: ¿cómo proseguir la labor de revolucionar a las masas? Y en este caso me parece que el camino elegido por el Comité Ejecutivo es equivocado. Por ese camino no se prosigue la labor de revolucionar a las masas que están detrás del Partido Socialdemócrata Independiente en Alemania y a las masas de otros países, sino que se frena esa labor. Esa es mi convicción. Que no se me diga: usted no tiene en cuenta a las masas que realmente están detrás de esos partidos. Las tengo en cuenta, pero digo que, si el Comité Ejecutivo de la III Internacional prestara un nuevo apoyo a esos jefes embusteros de los independientes alemanes y de los socialistas franceses, eso llevaría de nuevo a las masas a desengañarse de lo que ya les han enseñado la gran revolución y la III Internacional. En esto se funda nuestro desacuerdo.
Otros camaradas ya han dicho que los jefes, en todos esos países, no hacen otra cosa que frenar. Si se libra sin interrupción una lucha implacable contra esos señores, serán derribados y las masas quedarán libres para la lucha revolucionaria. Pero si se va a su encuentro, en la forma que sea, con ello solo se reforzarán sus propias ideas falsas, volverán y proseguirán su labor con más osadía que antes.
El camarada Bombacci nos ha contado su experiencia en Italia. Lamenta su debilidad anterior en esta cuestión. Sabía bien que entonces fue demasiado blando, pero ahora ha comprendido que obró mal, porque el partido en Italia, gracias a esa condescendencia, no se volvió más revolucionario, sino menos, y siente que ahora debe seguir el camino al que entonces renunció. Ha hablado con razón, y nosotros, en la Internacional, debemos aprovechar esa experiencia. Los camaradas suizos han confirmado esa experiencia.
¿Qué significa para un oportunista un pedazo de papel? Firmará, si es preciso, y seguirá haciendo lo que le parezca. Es siempre hombre de dos caras y de dos lenguas. Así obran esos señores en Suiza, los Troelstra147 en Holanda, los Cachin, los Crispien, etc. Para conservar su influencia sobre las masas firmarán lo que sea, y luego harán lo que crean conveniente. Desde luego, ya sé que el Comité Ejecutivo está convencido de su poder: que firmen, y ya sabremos nosotros obligarlos a cumplir lo que han firmado. Es un error. Estoy completamente de acuerdo con el Comité Ejecutivo de la III Internacional en que hay que introducir una disciplina más estricta, en que el Comité Ejecutivo debe gozar de mayor influencia, en que así debe ser y así será. Pero considero que en este momento el Comité Ejecutivo todavía no goza de esa influencia, y con su misma condescendencia hacia esos señores demuestra que aún no es capaz de obligarlos de verdad a seguir el camino que, como revolucionarios, deben seguir. Debo decir que, examinando los resultados obtenidos hasta ahora, hay que reconocer cuán errónea es esa táctica.
Esta mañana los franceses han sido objeto de una crítica severa; con los independientes se ha sido más suave, aunque son peores. Es verdad que la diferencia entre ellos no es grande, pero a unos se les ha criticado con suavidad y a los Cachin con mucha más dureza.
Precisamente a causa de la posición adoptada por el Comité Ejecutivo no hemos podido oír aquí la crítica del Partido Comunista Obrero de Alemania contra el Partido Comunista de Alemania. Debíamos haberla oído aquí, pero no la hemos oído. Se ha hablado del Partido Socialdemócrata Independiente, pero también habría que ocuparse de una crítica amistosa de los partidos comunistas. Es el mejor modo de enseñar a las masas cómo hay que tratar a los jefes oportunistas, a saber: echándolos. Mientras aquí toda la crítica se ha concentrado en el Partido Socialdemócrata Independiente, un partido reformista, no se quiere oír la crítica, si no amistosa, al menos benévola, que el Partido Comunista Obrero de Alemania hace al Partido Comunista de Alemania. ¿Ha ido siempre el Partido Comunista de Alemania a la cabeza de las masas? Esta pregunta debe plantearse aquí y debemos recibir respuesta. Pero ahora, en presencia del Partido Socialdemócrata Independiente, no es oportuno. No estamos entre nosotros, estamos aquí junto con los señores socialistas gubernamentales, y nos hace falta estar entre nosotros y decirnos toda la verdad. Eso lo ha impedido el Comité Ejecutivo.
El camarada Serrati ha respondido muy bien esta mañana a la pregunta de por qué Turati ha seguido en el partido italiano: porque de ese modo puede hacer su propaganda. Cabe preguntar: ¿para qué han venido ahora aquí esos oportunistas y nos obligan a hacerles preguntas? El camarada Meyer acaba de decir: no obtendremos de ellos una respuesta clara; aquí son todavía más desvergonzados que en Alemania. La razón por la que esos señores entablan aquí negociaciones con la Internacional Comunista es precisamente que quieren hacer su propaganda dentro del gran partido comunista que debe existir y existirá en Alemania. Como ha dicho muy bien el camarada Meyer, hay que dirigirse, por encima de la cabeza de esos jefes, a las masas, con las que los señores reformistas quieren quedarse para hacer su propaganda nociva para la revolución. No pueden confesarlo abiertamente, pero es la verdad. Si lo dijeran sin rodeos, les responderíamos: muchas gracias, vuélvanse a casa. Por eso se ven obligados a expresarse con diplomacia. El camarada Zinóviev ha dicho esta mañana algo también muy acertado: ha llamado filistea toda la mecánica de esos independientes. Y es esa mecánica filistea la que nos disponemos a adoptar aquí. ¡Eso no puede ser! Debemos atenernos a los principios que ha propuesto aquí el camarada Rádek: debemos ir a las masas. Pero, en tal caso, no se pueden hacer las cosas de esta manera, mediante negociaciones con los jefes. Subrayo que a esos señores del Partido Socialdemócrata Independiente, y también a Cachin y Frossard, se les ha puesto aquí en una situación especial. Es un error, y se pagará.
En general, aquí se han entremezclado ahora dos cuestiones. A grandes rasgos se ha discutido aquí la cuestión: ¿cuáles deben ser las condiciones de ingreso en la III Internacional? Eso debe expresarse en las tesis, y creo en general que las tesis tienen mucho de bueno. Es posible, naturalmente, que tal o cual enmienda cambie todavía algo. Y hay, además, otra cuestión: ¿cómo queremos que sean los partidos que ya pertenecen a la III Internacional? De nosotros, los comunistas, se esperan decisiones sobre esta cuestión, y en eso esos señores no tienen por qué meterse. ¡Y, sin embargo, participan en la comisión de redacción de esas tesis!
La otra cuestión, que en lo fundamental debe discutirse aquí, es si vamos a continuar las negociaciones con esos señores. Y estas son las cuestiones que aquí se han entremezclado. Ya he dicho que el Comité Ejecutivo ha puesto a esos señores en una situación especial. Ya en la comisión protesté contra ello, pero en vano. Esos señores están entre nosotros, los comunistas; están aquí. No tengo nada contra tal o cual persona, pero estoy contra los jefes de doble cara, porque la historia nos ha mostrado que esa gente no puede librarse de sus antiguas debilidades. Solo las masas pueden obligarlos a cambiar de posición, pero eso tiene que suceder de un modo completamente distinto de como se ha intentado hacer aquí.
Para terminar: este modo de proceder de la Internacional Comunista tendrá una influencia negativa no solo en Alemania y en Francia, sino en todo el mundo. Producirá una impresión muy desfavorable en Inglaterra y en América. Y también producirá mala impresión porque se nota que la Internacional Comunista, junto con los jefes de los independientes, se orienta hacia la derecha. No hay ninguna diferencia entre Hilferding y Crispien; aquí, es cierto, se ha hablado contra Hilferding, pero no contra Crispien. ¿Cómo se puede revolucionar a las masas en todos esos países? Solo no tendiendo la mano a los parlamentarios embusteros, y eso es lo que aquí se hace con los independientes y también con Cachin. Cuando Cachin vuelva a Francia, las masas, que precisamente ahora han comprendido que con el parlamentarismo hay que obrar de otro modo que como lo han hecho hasta ahora los señores socialdemócratas, verán que esta nueva Internacional vuelve a entrar en compromisos con los viejos jefes. Por ese camino el viejo parlamentarismo embustero se reforzará de nuevo, y las masas lo notarán y nos darán la espalda. No hay que correr tras el número de las masas que nominalmente están detrás de un partido, pero que en realidad, gracias a la experiencia de la III Internacional, se han pasado a nuestro lado.
Por eso espero que se rompan las negociaciones con esos jefes de partidos parlamentarios, que el congreso no apruebe la táctica seguida hasta ahora por el Comité Ejecutivo y que se adopten todas las medidas previstas al principio para dirigirse directamente a las masas de Francia y Alemania. Por ese camino se alcanzará mucho antes uno de los objetivos más próximos: la escisión de las partes revolucionarias de los viejos partidos.
Münzenberg (Internacional Comunista de la Juventud)148. Camaradas, no entiendo al camarada Wijnkoop, que acusa al Comité Ejecutivo de que el Partido Comunista Obrero de Alemania no esté representado en el congreso. Si no está representado, es exclusivamente por culpa de sus delegados. Se había decidido admitirlos en el congreso con voz consultiva, e incluso estaba previsto que presentaran una contraponencia sobre todos los puntos en litigio. No hicieron uso de ese derecho, no se presentaron en el congreso y abandonaron el campo de batalla antes del combate149. No sé qué piensan de esto los miembros del Partido Comunista Obrero de Alemania, pero sin duda la mayor parte de los obreros alemanes coincidirá en condenar severamente semejante conducta, y esos dos camaradas que han obrado de un modo tan irresponsable son, a mi juicio, intolerables en el movimiento revolucionario alemán.
Paso a la cuestión de las condiciones de admisión en la III Internacional. Los acontecimientos políticos de este año han demostrado brillantemente que el programa y la línea táctica del congreso de la Internacional Comunista en Moscú eran acertados. Es la táctica de la que dice el Manifiesto150: «Si la I Internacional previó el desarrollo futuro y trazó sus caminos, si la II Internacional reunió y organizó a millones de proletarios, la III Internacional es la Internacional de la acción abierta de masas, la Internacional de la realización revolucionaria, la Internacional de los hechos».
Camaradas, este método de propaganda revolucionaria, esta táctica de dirigirse directamente a las masas obreras sin atender a las instancias e instituciones de partido, de crítica implacable de todos los errores del movimiento obrero, ha influido poderosamente en el despertar y el desarrollo de las fuerzas subjetivas de la revolución proletaria en Europa occidental. El éxito de la Internacional Comunista en el último año no consiste, a mi juicio, tanto en la nutrida asistencia a este congreso como en el hecho de que, pese al lamentable estado de las organizaciones de los partidos comunistas el año pasado, pese a la estricta delimitación por la derecha —la línea no pasaba como hoy: Turati, Kautsky, Longuet, Grimm, sino: Däumig, Nobs—, en el año transcurrido cientos de miles de obreros en Alemania, en Hungría y en otros Estados han luchado con las armas en la mano y han derramado su sangre por el programa y los objetivos de la Internacional Comunista. Ese es el gran éxito práctico de la propaganda revolucionaria, mucho más valioso para la revolución proletaria que mil carnés de partido nuevos. La Internacional Comunista ha tenido una influencia tan fuerte sobre los obreros alemanes que, incluso cuando salían a la calle por llamamiento del Partido Socialdemócrata Independiente, no se manifestaban por el contenido ideológico de ese partido, sino por la Internacional Comunista. Una y otra vez se oían los gritos: «¡Viva la Rusia soviética, viva la Internacional Comunista, viva la revolución proletaria!».
Lo mismo se observa en la actitud de los obreros de Inglaterra, Francia y América. Si hasta ahora no se ha conseguido llevar a las masas a pasar a las últimas batallas revolucionarias y derribar a la burguesía en esos países, la propaganda revolucionaria las ha elevado moralmente hasta tal punto que, en todo caso, se opondrán a la intervención militar de sus gobiernos contra la Rusia soviética. Lo atestiguan también las resoluciones adoptadas en los últimos días por diversas organizaciones para impedir el suministro y el transporte de material de guerra a Polonia. Es verdad que eso no es todo lo que debemos exigir allí a nuestros camaradas, pero es ya el comienzo de una solidaridad internacional práctica. Y eso es importante precisamente porque la época más próxima de la revolución proletaria mundial se expresará en una serie de guerras revolucionarias. La guerra polaca no es más que un eslabón en la cadena de los ataques militares, cada vez más amplios, de la Entente y sus cómplices contra la Rusia soviética.
Camaradas, si seguimos el desarrollo del comunismo durante el último año, veremos que no tenemos motivos para cambiar nuestra táctica y, por ganar grupos de partido, sacrificar quizá la conquista de las amplias masas para acciones revolucionarias vivas.
En una de las sesiones del Comité Ejecutivo se dijo que la fundación de la Internacional Comunista había sido prematura. No comparto esa opinión, pero creo que se ha ampliado demasiado pronto su círculo. El camarada Zinóviev ya ha señalado en su informe diversos fenómenos oportunistas en el partido italiano y en los partidos sueco, noruego, danés y yugoslavo. Se ha hablado del enemigo en la propia casa.
A esto se añade la ausencia en Inglaterra, en América y en Francia de partidos comunistas firmes, fuertes y disciplinados. Ahora el Partido Socialista Español se ha pronunciado por la adhesión a la III Internacional, y también el partido suizo intenta colarse en la Internacional Comunista. Si a eso se suman el Partido Socialista Francés y el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, en su composición actual, no puedo librarme de la sensación de que a la III Internacional la amenaza un gran peligro, el peligro de que se contaminen y se debiliten la propaganda y la acción revolucionarias.
Lenin. ¿Y quién quiere admitir al Partido Socialdemócrata Independiente?
Münzenberg. Lo han mostrado las negociaciones en el Comité Ejecutivo. El hecho de que camaradas que hace apenas unas semanas, o incluso días, combatían por todos los medios a la III Internacional declaren hoy que están dispuestos a firmar sin objeción alguna las condiciones que se les han puesto es una prueba indudable de que esas condiciones no están formuladas con el rigor y la contundencia suficientes.
En el momento actual de la lucha revolucionaria no se trata solo de hacer propaganda comunista y de fundar partidos comunistas, sino también de impulsar acciones revolucionarias de masas directas y contribuir así a que las masas se incorporen rápidamente a la política, a su aprendizaje revolucionario y al desarrollo de todas las fuerzas revolucionarias subjetivas, y al mismo tiempo de aumentar las dificultades del imperialismo agonizante, agudizar los conflictos y obrar así en interés de la realización más rápida de la revolución proletaria. Eso es lo que ante todo debemos exigir a los partidos y organizaciones que quieren ser miembros de la III Internacional. Ya por el informe del Comité Ejecutivo se ve claramente cuán importante es aplicar el método de las acciones revolucionarias de masas. El Comité Ejecutivo estableció en su manifiesto que, exclusivamente a causa del fracaso de la acción internacional de masas prevista para el 21 de julio de 1919151, miles de obreros de Petrogrado tuvieron que volver a derramar su sangre. Del mismo modo fracasaron las acciones internacionales previstas para el 7 de noviembre de 1919 y para el aniversario de la muerte de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg. Por eso es sumamente necesario que precisamente en este aspecto se pongan condiciones estrictas a todos los partidos.
Del mismo modo son del todo insuficientes las exigencias planteadas en cuanto a la preparación militar. No basta con hacer propaganda comunista en los ejércitos burgueses y crear en ellos células de agitación; no: el estado actual de guerra civil exige imperiosamente pasar en todos los países a la preparación organizativa y técnico-militar del proletariado para la batalla final con la burguesía. Entrego a la presidencia dos propuestas de enmiendas en este sentido.
Lozovski (Rusia). La cuestión de la admisión de los partidos socialistas centristas es una de las más serias que se han sometido a la discusión del congreso. Si tomamos el Partido Socialista Francés como tipo de los partidos que en este momento evolucionan hacia el comunismo, veremos que ese partido es una combinación bastante abigarrada de tendencias muy diversas.
Cuando los camaradas Frossard y Cachin comparecieron ante el Comité Ejecutivo, se les hizo toda una serie de preguntas. Como es sabido, se les preguntó qué piensan hacer con Albert Thomas, que es actualmente director de la Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones, y si no creen que es imposible traer a la III Internacional a socialistas de ese tipo. Frossard respondió oficialmente que el asunto de Albert Thomas se resolvería en el próximo congreso nacional del Partido Socialista Francés.
El Partido Socialista Francés contiene elementos centristas, como Cachin y Frossard, junto a enemigos declarados del socialismo, miembros de la Sociedad de Naciones; en una palabra, gente que en los últimos años ha luchado contra todo movimiento obrero, tanto revolucionario como sindical.
El Partido Socialista Francés padece una enfermedad que podría llamarse no solo oportunismo, sino también afán de «unidad a cualquier precio» y con quien sea.
Cuando en el Comité Ejecutivo se planteó a Marcel Cachin y a Frossard la cuestión de la defensa de la patria, no pudieron decidirse a asumir ningún compromiso para el futuro. Solo dieron respuestas evasivas. Pero esta es una cuestión de extraordinaria importancia, es la base de todo el movimiento comunista, el principio fundamental de la III Internacional. Es evidente que, incluso después de la depuración...
Goldenberg. No la harán.
Lozovski. ... que se hará en el próximo congreso, ellos no entrarán en la III Internacional. Pero a los obreros franceses les incumbe el deber de venir por sí mismos a la III Internacional y dejar a la puerta a los jefes que no pueden decidirse a las acciones necesarias.
Quisiera llamar también vuestra atención sobre otra cuestión importante. Si leéis L'Humanité, veréis cómo se libró la lucha (como dice Cachin) contra la paz de Versalles. Fue una lucha muy extraña, que recordaba mucho a un juego de niños. Los diputados socialistas votaron, en efecto, contra el Tratado de Versalles, pero hay que saber cómo lo hicieron: se limitaron a protestar contra algunos puntos de ese tratado, y no contra la paz de Versalles en su conjunto.
Debéis tomar nota de otro hecho más: Cachin nos ha leído aquí esta mañana una nueva declaración que no tiene nada que ver con la que hizo hace unos días. Sabiendo que esta declaración se publicará en Francia, ha dado formulaciones mucho más vagas que las que dio hace ocho días, es decir, cuando no estaba seguro de que se publicaran en Francia.
Esta declaración, que elude todas las cuestiones más agudas, demuestra a las claras que el Partido Socialista Francés, en su mayoría, tanto desde el punto de vista de las ideas como desde el de la acción, no es capaz de estar en las filas de la III Internacional. En su declaración Cachin no dice ni una palabra de la táctica futura del partido y pasa en silencio la cuestión de la lucha de clases y del derrocamiento del capitalismo, como si fuera una charlatanería sin valor.
Entre los partidos socialistas que se han adherido a la III Internacional se ha mencionado muchas veces desde esta tribuna el Partido Socialista Italiano. Debo subrayar que en ese partido conviven el bolchevismo y el menchevismo.
Pero si preguntáramos a nuestros camaradas italianos: «¿Se puede volver a unir a bolcheviques y mencheviques?», sin duda responderían que no. Quizá añadirían que Italia todavía no vive un período de revolución. Pero en Rusia no fue la revolución lo que nos separó de los mencheviques; el abismo entre nosotros se abrió mucho antes. Y nosotros, que tenemos esa experiencia, podemos decir a nuestros camaradas italianos: «¡Tened cuidado! Precisamente durante la revolución, en el momento más serio, cuando las masas estén ya en la calle, en ese momento recibiréis los golpes del oportunismo».
Recuerdo a este propósito un hecho inolvidable en Petrogrado, durante la Revolución de Octubre. Había negociaciones entre los bolcheviques, los mencheviques y los socialistas revolucionarios para coordinar la acción152. ¿Sabéis lo que nos propusieron oficialmente los mencheviques? ¡El desarme de los obreros de Petrogrado y la entrada de los cosacos en los barrios obreros! Os lo digo con toda exactitud, porque participé en las negociaciones. Yo mismo era entonces un conciliador furibundo y echaba rayos y centellas contra la intransigencia de nuestros camaradas del Comité Central bolchevique. Ellos, los mencheviques, nos decían que si desarmábamos a los obreros y si los cosacos entraban en los barrios obreros, nos garantizaban que no matarían a los obreros. ¡Eso es lo que proponían nuestros oportunistas!
Camaradas, a partir de nuestra experiencia revolucionaria, tememos que un buen día los oportunistas de vuestro país os propongan también algo parecido en lo más encarnizado de la lucha decisiva que tendréis que librar.
Crispien (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). Camaradas, a la pregunta de por qué estamos en Moscú y qué queremos, responderemos brevemente. Debo observar, es cierto, que la pregunta me parece, a decir verdad, un poco extraña. No hemos venido a Moscú, desde luego, para visitar la ciudad, sino que hemos llegado aquí, como comunicamos de manera del todo oficial al Comité Ejecutivo, por invitación escrita del Comité Ejecutivo, para discutir aquí, en Moscú, de acuerdo con la resolución de nuestro congreso de partido, junto con la III Internacional, la cuestión del acercamiento con nuestro partido. Más adelante expondré las razones por las que, a mi juicio, debíamos elegir el camino de las negociaciones.
Pero permitidme decir antes unas palabras sobre nuestro partido. De todas las declaraciones que he escuchado he sacado en claro que los camaradas extranjeros no están informados ni de los asuntos alemanes en general ni de los asuntos del partido en particular. Es notorio que también la socialdemocracia alemana, cuando estalló la guerra, se vino abajo por completo. Pero probablemente es menos sabido que en Alemania, entonces mismo, sin vacilaciones ni demoras, en el seno de la vieja socialdemocracia hubo camaradas que se alzaron enseguida contra el viejo partido y contra la guerra, no solo con protestas, no solo con resoluciones, sino con un trabajo práctico durísimo durante los cuatro años de guerra. Imaginaos: un partido gigantesco, que durante decenios había atraído a su órbita a los sectores más avanzados del proletariado alemán —un millón de afiliados tenía el viejo partido socialdemócrata, dos millones y medio los sindicatos—, y además una enorme cantidad de obreros indiferentes arrastrados por el huracán de la guerra, y encima la dictadura militar, la persecución cruel de todos los que no estaban a favor de la guerra; y comprenderéis lo que eso significaba y lo difícil que era mantener en alto la bandera del socialismo en tales condiciones. Era un puñado minúsculo, que con la difusión de literatura clandestina y de las cartas de Espartaco...
Fuchs. ¿Quién?
Crispien. Sí, y nosotros participamos en ello. Los camaradas confirmarán que yo, por ejemplo, también tomé parte en ello.
Walcher. Pero entonces todavía no estaba usted por la «colaboración práctica» (Arbeitsgemeinschaft).
Crispien. Hablo ahora del comienzo de la guerra y pregunto si puede usted negar que cumplí con mi deber de socialista revolucionario. (Walcher asiente.) Ya durante la guerra organizábamos acciones de masas contra la guerra. No solo las masas hacían sacrificios y se desangraban, sino también esos «malditos embusteros», esos «hombrecillos miserables», esos jefes que están sentados aquí entre vosotros: también ellos participaron en las acciones de masas y por ello tuvieron que pagar exactamente igual que todos los demás proletarios, y sufrieron los mismos castigos conocidos con que el capitalismo amenaza a todo proletario revolucionario. En torno a ese puñado de socialdemócratas de Alemania que luchaban contra la guerra se fue agrupando cada vez más la oposición, y se comprende que entraran también en ella elementos que no rechazaban por principio la guerra y la defensa de la patria, sino que estaban contra la guerra por algún otro motivo. Es natural y comprensible, y en las condiciones de aquella dura lucha no teníamos ni tiempo ni posibilidad de encauzar a los obreros por el buen camino en grandes asambleas de esclarecimiento. Ni siquiera podíamos celebrar reuniones; nos perseguían, teníamos que trabajar en la clandestinidad y no podíamos acercarnos a las masas. Los camaradas que al principio se habían sometido en el parlamento a la disciplina del partido defendían ya durante la guerra, en la prensa, la lucha de clases. Luego vino el hundimiento militar. Entonces se abrió la posibilidad de actuar abiertamente.
Fuchs. Ustedes se pronunciaron contra Liebknecht.
Dittmann. Eso lo refutaré yo.
Crispien. El camarada Dittmann, que fue diputado, acaba de declarar que responderá a eso.
Cuando la insurrección de obreros y soldados puso fin a la guerra, el proletariado alemán se encontró de repente ante una tarea grandiosa. Y si el proletariado no la resolvió en sentido socialista, se debe ante todo a que no había posibilidad de dirigir un movimiento tan grande de obreros y soldados en un sentido conscientemente proletario y revolucionario, y de empujarlo hacia adelante. Esa es una de las causas principales. No miréis, pues, las cosas con tanta ligereza ni penséis que unos jefes traicionaron la causa y que por eso, supuestamente, fracasó.
Una voz. Ustedes estaban contra la dictadura.
Crispien. La dictadura del proletariado no es un nuevo invento de la Internacional Comunista; figuraba ya en el viejo programa del partido socialista, donde se decía: la conquista del poder político por la clase obrera es la condición previa para la realización del socialismo. Es un viejo principio marxista. Que la vieja socialdemocracia lo siguiera en la práctica es otra cuestión. Nosotros, como socialdemócratas, estábamos también por la dictadura del proletariado. Y si no se pudo realizar inmediatamente después del fin de la guerra, se debe a que no tenía en qué apoyarse. Los consejos de soldados no representaban ningún apoyo; en su mayoría no eran socialistas revolucionarios, todavía no habían llegado a eso, y solo cuando estalló la revolución se nos abrió la posibilidad de llegar de verdad a las masas. Entonces empezó el proceso de esclarecimiento, el proceso de orientación, también para nuestro partido. En el congreso (Parteitag) de marzo153 fijamos nuestra posición ante la situación general, y ya entonces planteamos y formulamos con toda claridad en el programa la dictadura del proletariado.
Una voz. ¡La legalización del sistema de consejos!
Crispien. Ya entonces subrayamos: el parlamentarismo no nos dará el socialismo; es solo uno de los instrumentos que el proletariado necesita en su lucha. En la gran confusión del desarrollo histórico, difícilmente habrá un partido que haya salido a escena con una pureza angelical y haya obrado de manera infalible y sin errores. Permitidme deciros: quien está en lo más ardiente de la lucha política puede siempre ser objeto de crítica. Eso es muy fácil. A nosotros nos critican los comunistas, pero en Alemania a los comunistas los critica con más fuerza todavía el Partido Comunista Obrero. A vuestros ojos nosotros somos traidores, y a los ojos del Partido Comunista Obrero vosotros sois traidores a la clase obrera. Que luego, de marzo al congreso de Leipzig, nuestro partido siguió desarrollándose y en Leipzig adoptó formulaciones más claras de nuestro programa, eso no lo discutimos. Pero quisiera llamar la atención sobre el hecho de que eso ocurrió precisamente bajo la dirección de los «malditos jefes». Fueron ellos quienes propusieron el programa. No se aprobó bajo la presión de las masas, no: se preparó para el congreso del partido y lo defendió allí la dirección del partido de entonces. Nosotros, la dirección del partido, obramos con honradez y buena fe, de acuerdo con las resoluciones del congreso. En Alemania hemos tenido acciones de masas en muchos casos junto con los comunistas alemanes. Y si se nos reprochan vacilaciones en nuestra política y nuestra táctica, quisiera señalar que el mismo reproche podríamos hacerlo nosotros a los comunistas, que un día se pronunciaron contra el parlamentarismo y ahora están a favor. El Partido Comunista de Alemania ha vacilado en una serie de cuestiones, y si hay que confesarse, tendrá que reconocer que tampoco él está libre de pecado.
Se dice que las masas no son como sus jefes, esos «embusteros» que tenéis delante. Solo falta que Wijnkoop nos declare agentes de la policía. Os equivocáis profundamente si creéis que esa táctica —infamar aquí, ante el congreso, a los jefes con la esperanza de que las masas nos den la espalda— causará impresión en Alemania. A las masas alemanas hay que acercarse con hechos. Los camaradas y los obreros alemanes nos conocen desde hace decenios y no nos reelegirían para puestos de responsabilidad si fuéramos traidores. Consideráis que las masas de los independientes tienen una disposición comunista, y sin embargo esas masas comunistas del Partido Socialdemócrata Independiente eligen a los jefes que aquí queréis desacreditar. Aquí algo no cuadra. Si pensáis ganaros a las masas poniéndolas contra los jefes del partido, esa táctica no tendrá éxito. Hablamos de esto en Alemania sin el menor temor a no poder hacerle frente.
Y ahora, sobre vuestra irritación por nuestra carta de respuesta. ¿Qué susceptibilidad de doncella es esa? Recibimos del Comité Ejecutivo una carta venenosa. No derramamos lágrimas ni encajamos los golpes en silencio, sino que dimos una respuesta clara y expusimos sin adornos nuestra opinión. No dijimos, como ha afirmado el camarada Zinóviev, que el reproche de estar en contradicción con las masas solo se aplica a los jefes de derecha. El Comité Ejecutivo declaró en su escrito dirigido a nosotros: todos los jefes del Partido Socialdemócrata Independiente en su conjunto están en contradicción con las masas, y toda la política de las masas la determinan por entero los jefes de derecha del Partido Socialdemócrata Independiente. Y he aquí que he vivido para ver cómo también a mí se me cuenta aquí entre los jefes de derecha. Eso podía decirse aquí, en Moscú, pero no en Alemania. La política de nuestro partido la determina el congreso del partido, y las decisiones las toman los afiliados. Quien no cumple esas decisiones no puede llegar a la dirección del partido; no se le elige.
Rádek ha dicho que en Lucerna me pronuncié a favor de la Sociedad de Naciones. Es un error. En Lucerna me pronuncié contra la Sociedad de Naciones. (Rádek interrumpe.) Camarada Rádek, no sé si tiene usted el texto de mi discurso. Allí intervine contra la Sociedad de Naciones. Ya en el invierno de 1918 escribí en Stuttgart, en nuestro periódico, que la Sociedad de Naciones es un instrumento de los gobiernos capitalistas para someter a los pueblos, y en modo alguno una unión de los pueblos. Eso dije entonces, y en ese punto de vista sigo hoy. Protesté contra la Sociedad de Naciones. Fuimos a Lucerna porque considerábamos importante desenmascarar a los socialistas de derecha alemanes ante el proletariado internacional. No fue un crimen por nuestra parte pensar que la situación en Alemania no se conocía bastante en el extranjero y que, aprovechándolo, los socialistas de derecha podrían fácilmente sacar partido y atraerse a otros pueblos. Declaramos que la Internacional no puede renacer y que la historia ha acabado con ella. Y si escribí en mi folleto que la Internacional de Moscú es una formación precipitada, debo decir que hoy mantengo la misma convicción. El camarada Rádek debería haber seguido leyendo, donde se dice por qué considero prematuro el nacimiento de la Internacional de Moscú. Expliqué en mi folleto que a la fundación de la nueva Internacional debe preceder el esclarecimiento de las tareas de la nueva Internacional por los obreros de cada país. Los obreros deben aclararse el concepto de dictadura del proletariado, de lucha de clases internacional, y solo cuando se hayan aclarado la situación en sus propios países sabrán desempeñar un papel en el plano internacional. Que eso no es un mal tan grande lo demuestra todo el discurso del camarada Zinóviev. ¿Quiénes son, en realidad, los elegidos y llamados a la Internacional Comunista? Solo los comunistas rusos se han librado de la crítica. Y de los partidos adheridos ninguno ha escapado a ella. Y precisamente los representantes de esos partidos que aquí han sido criticados rompen la espada sobre los malvados independientes de Alemania. Pierden por completo de vista que nosotros nos separamos de los socialistas de derecha, que no nos asustó la escisión cuando se hizo históricamente inevitable.
Pero no hay que tomarse la escisión a la ligera. Comprendo que la escisión a veces es necesaria. Ejemplo: el Partido Socialdemócrata Independiente en Alemania. Pero es una amarga necesidad. Antes de escindirse hay que procurar ganar a los obreros para una táctica clara y de principios. Y para eso hacen falta tiempo y paciencia. Es mucho más fácil dividir a los obreros que atraerlos y soldarlos para la revolución en Alemania. Uno de los espectáculos más trágicos en Alemania es que toda el ala izquierda de los obreros esté fragmentada en tres o cuatro partidos: el Partido Socialdemócrata Independiente, el Partido Comunista de Alemania, el Partido Comunista Obrero de Alemania, y ahora se propaga además algo nuevo: la Unión Obrera154. Eso es sumamente perjudicial para el movimiento alemán, para la revolución proletaria mundial y, en particular, para la Internacional. Necesitamos una Internacional capaz de actuar, y eso supone que creemos una organización de los obreros firmemente cohesionada. De lo contrario no llevaremos a cabo ninguna acción internacional. Lo importante es cohesionar a las masas y situarlas en el terreno de la revolución proletaria, si todavía no están en él.
Es verdad que en Leipzig me pronuncié contra la adhesión inmediata a Moscú. ¿Por qué? Pues porque, camaradas, en el I Congreso de Moscú se decidió aniquilar al Partido Socialdemócrata Independiente, destruirlo, reducirlo a nada, borrarlo de la faz de la tierra. Y comprenderéis que el representante de un partido que debe ser aniquilado desee entenderse primero con los camaradas que han decidido aniquilarnos, con la esperanza de lograr la unión mediante un acuerdo. No estábamos contra la adhesión, pero queríamos que ante todo se anularan las resoluciones hostiles dirigidas contra nosotros. No se puede dar una paliza a alguien y esperar que te diga: somos vuestros amigos, porque nos habéis dado una paliza. Todo eso hay que comprenderlo y sopesarlo. (Exclamaciones.)
En cuanto a la firma del tratado de paz, en esa cuestión las masas en Alemania estaban enteramente con nosotros. Entonces se libraba la lucha contra el chovinismo en Alemania, y nos alegrábamos de haber conseguido por fin desplazar al nacionalismo. Y los nacionalistas alemanes querían volver a hacer de esa cuestión un aquelarre nacionalista y chovinista. Por eso consideramos nuestro deber oponernos a ello.
Walcher. Ustedes los ayudaron a salir del apuro.
Crispien. Eso es una tontería. Alemania estaba tan debilitada por la guerra que, si hubiéramos vuelto a sufrir el bloqueo, la miseria de las masas en Alemania habría sido aún más espantosa. Considerábamos sumamente importante dar a las masas capacidad de lucha y, mediante una lucha prolongada contra las tendencias capitalistas al empobrecimiento, elevar en lo posible su nivel de vida. Las capas completamente empobrecidas, hundidas en el lumpenproletariado, nunca están en la vanguardia, no harán ninguna revolución; solo son capaces de ello las capas obreras que han sabido elevar relativamente su bienestar. Así pues, tampoco está justificado en modo alguno el reproche que se nos ha hecho por la firma del tratado de paz.
Paso a la cuestión del terror y la violencia. Consideramos que son dos cosas distintas. No podemos renunciar a la violencia si queremos mantener la dictadura. Donde se emplea la violencia, en determinadas circunstancias ocurre que a veces caen personas a las que se habría perdonado si se hubiera podido investigar a fondo quién es culpable y quién no. Pero una cosa es declarar ahora, cuando aún no tenemos el poder: debemos aplicar el terror como principio político, debemos instaurar el reino del espanto, y otra decir que no podemos renunciar a la violencia. La medida para el empleo de la violencia es aquello a lo que nos obliguen las circunstancias existentes.
Puedo decir que nunca hemos injuriado a los bolcheviques; más aún, siempre me he sentido solidario con los camaradas rusos. Cuando en Núremberg se reprochó a los comunistas que hubieran recibido dinero de los rusos, declaré que yo me sentiría orgulloso de ello como de un acto de solidaridad internacional. Siempre hemos salido en defensa de los bolcheviques y hemos explicado que tienen que librar una lucha dura y que no tenemos derecho a desacreditarlos. (Una voz: ¿Y Kautsky?) Sí, Kautsky, desde luego, ha criticado, pero no dirige el partido. Es un gran error. (Una voz: ¿Y Ledebour?) Tampoco Ledebour ha desacreditado a los bolcheviques. Vuelven a equivocarse. Ledebour ha luchado abiertamente por la revolución, sin escatimar su vida. Solo opina que no se puede proclamar el terror como principio político.
Y ahora quisiera señalar aquí que también nuestros amigos de Rusia pecan de oportunismo. Nos acusaban de no apoyar sus reivindicaciones en la cuestión agraria. Sobre esta cuestión declaramos en nuestro escrito de respuesta lo siguiente:
«En cuanto a la cuestión agraria, para nuestra sorpresa debemos constatar que el Comité Ejecutivo recomienda al proletariado revolucionario de Alemania métodos que significan una recaída directa en un pensamiento pequeñoburgués superado hace tiempo. Se nos recomienda explicar a los pequeños campesinos que el proletariado, después de conquistar el poder del Estado, mejorará inmediatamente su situación a costa de la gran propiedad agraria expropiada, los librará del yugo de los grandes terratenientes, les entregará como clase las grandes fincas, los liberará de deudas, etc. Esta propuesta no significa otra cosa que un abandono de nuestra concepción marxista, según la cual la gran propiedad agraria debe ser socializada inmediatamente, es decir, convertida en propiedad social y explotada sobre bases colectivas. En lugar de eso, debemos decir a los pequeños campesinos que recibirán las grandes fincas, que serán liberados de deudas, etc. Eso significa sacrificar los intereses del proletariado en favor del campesinado, significa trasladar involuntariamente a Alemania las condiciones de Rusia, donde la tierra se ha entregado a los campesinos; a Alemania, cuyo desarrollo social y económico quedaría minado de raíz por semejantes medidas».
¿Creéis que en Alemania sería una acción revolucionaria entregar la tierra a los pequeños campesinos?
Walcher. Para atraer a los pequeños campesinos a nuestro lado.
Crispien. Con esos medios oportunistas no los atraeremos a nuestro lado. La gran propiedad agraria debe ser expropiada, las fincas deben explotarse sobre bases cooperativas y no repartirse entre los jornaleros agrícolas y los pequeños campesinos. Estos tienen que madurar primero para el cultivo cooperativo de la tierra en beneficio de la sociedad.
El camarada Meyer ha preguntado qué hemos hecho para llevar a cabo la adhesión. Supongo que también el camarada Meyer ha leído nuestro informe oficial sobre el asunto. ¿Qué hemos hecho? Hemos procurado con tesón encontrarnos con Moscú. Por fin, al cabo de cuatro meses, recibimos respuesta. Era entonces el momento más intenso de nuestra resistencia al golpe militar155; luego estuvimos ocupados con la campaña electoral, e inmediatamente después partimos hacia Moscú. Si nos consultamos con otros partidos, fue porque así lo dispuso el congreso del partido al darnos su mandato, y las decisiones del congreso del partido hay que cumplirlas. Sin embargo, rehusamos convocar una conferencia internacional con otros partidos. Queríamos dar la preferencia a Moscú.
No es cierto que Koenen156 dijera en Suiza: creamos
una nueva Internacional. Dijimos que, si Moscú nos rechazaba, tendríamos que discutir qué hacer después. ¿Vamos a dejar que se nos excluya de la política internacional? ¿Creéis posible que un movimiento tan grande como el Partido Socialdemócrata Independiente no sea activo en el terreno de la acción internacional? Supongamos que vosotros, comunistas alemanes, nos condenasteis a muerte desde el momento en que nacimos como partido. Vuestras esperanzas en nuestra próxima muerte ya no nos inquietan.
Quisiera añadir todavía una observación general: no veo que en el debate nadie haya tenido en cuenta el desarrollo histórico. Hay quien piensa que con la III Internacional vino al mundo de golpe el marxismo, como algo completamente nuevo. No es cierto. La Primera Internacional, creada con la esperanza de que tras la revolución burguesa seguiría inmediatamente la revolución proletaria, y que tenía como objetivo la realización inmediata del socialismo, dejó de existir por las causas que ha indicado Zinóviev. Resultó, como decía también Marx, que en el propio proletariado faltaban entonces las condiciones previas para tomar y mantener el poder político, y que la tarea más próxima era la organización del proletariado y el desarrollo de su capacidad de lucha por la conquista del poder político. Eso se logró mediante la reducción de la jornada de trabajo, el aumento de los salarios, la lucha general por reformas políticas y económicas, etc. Tales fueron las tareas históricas de la época en que dominó la II Internacional. Y en la actualidad las condiciones previas para la lucha por la conquista y el mantenimiento del poder político existen también en la clase obrera, del mismo modo que las condiciones previas del socialismo han madurado hoy en la sociedad capitalista. Ahora vivimos una época en que se trata de la conquista del poder político. En Rusia ya se ha conquistado. En otros países, espero, también se sabrá conquistarlo pronto. Solo así hay que valorar el desarrollo recorrido por el movimiento obrero para comprender que la III Internacional sigue construyendo allí donde en épocas anteriores dejaron de construir sus predecesoras. Y si los partidos que todavía hoy siguen siendo socialistas de derecha no han tomado consciencia de sus tareas, lo pagarán con su hundimiento, con su ruina. Nosotros sí hemos tomado consciencia de ellas, obramos en consecuencia y practicamos en Alemania una política revolucionaria. Lo afirmo categóricamente, y podemos demostrarlo con documentos en cualquier momento.
Formulad vuestra respuesta como queráis: estamos animados por el honrado afán, por el honrado deseo de crear un frente común con la III Internacional. No podéis negarnos nuestras convicciones, nuestra disposición y nuestra actividad revolucionarias. Revolucionarios seguimos siendo, por mucho que se nos tache de oportunismo. Juzgad como queráis: seguiremos poniendo en Alemania todas nuestras fuerzas al servicio de la revolución proletaria mundial. Y si nos dais una respuesta que el proletariado alemán que está en nuestras filas acoja con alegría, tanto mejor para la creación del frente proletario internacional.
Dittmann (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). ¡Camaradas! Por casualidad me toca hablar a continuación de mi amigo Crispien. No saquéis de ello, por favor, la conclusión de que, como nos ha echado en cara el camarada Wijnkoop, nos proponemos comportarnos aquí con más desvergüenza todavía que en Alemania. (Risas.) Es, de verdad, pura casualidad que en la lista de oradores hayamos quedado uno junto a otro.
A nosotros, y en particular a Crispien y a mí, se nos ha reprochado que en el congreso de Leipzig no nos pronunciáramos por la adhesión directa e inmediata a la III Internacional. Y las mismas personas que nos han hecho ese reproche, al intervenir aquí, nos han presentado una larga lista de pecados que creen necesario echarnos en cara para demostrar que no somos dignos de ser admitidos en la III Internacional. Creo que en eso hay una fuerte contradicción, y quizá justifica la decisión adoptada por nuestro partido en Leipzig: entablar primero negociaciones con la III Internacional para establecer si es posible o no la unión en un frente común único. Con ese fin hemos venido aquí, y se nos ha dado como base para las negociaciones el programa de acción aprobado por nuestro congreso de Leipzig. Este programa de acción —supongo que lo conocéis— se sitúa en el terreno de la conquista del poder político por el proletariado, de la dictadura del proletariado y del sistema de consejos, y además con claridad y sin rodeos. Me parece que no muchos de los partidos cuyos representantes nos han criticado aquí a nosotros, los independientes, podrían presentar un programa que precisamente en estos puntos decisivos fuera tan claro e inequívoco como el nuestro.
Camaradas, después de la explicación de mi amigo Crispien no voy a tocar aquí esas cuestiones generales. He pedido la palabra sobre todo para rechazar los ataques que algunos oradores nos han dirigido durante el debate.
Debo prestar especial atención al camarada Rádek. Ante todo, ha hecho dos reproches a los independientes, cuyos representantes formaban parte del primer gobierno revolucionario de Alemania. Ha reprochado al Partido Socialdemócrata Independiente que sus representantes rechazaran entonces el acto simbólico del proletariado ruso, expresado en el ofrecimiento al proletariado alemán de dos trenes de trigo. Y además ha criticado al Partido Socialdemócrata Independiente porque supuestamente impidió entonces el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre la Alemania de la primera semana de la Revolución de Noviembre de 1918 y la Rusia soviética.
Sé que el camarada Rádek pertenece a esos camaradas extranjeros que conocen mejor que otros las condiciones alemanas. Y, sin embargo, se pone de manifiesto muy a menudo que tampoco él conoce lo bastante a fondo las condiciones alemanas para ser un juez realmente competente. No lo digo como reproche, sino que me limito a constatar un hecho. Y tampoco conozco en esta sala a nadie cuya inteligencia universal pueda abarcar las condiciones de todos los países hasta el punto de trazar en cualquier situación las directivas políticas adecuadas al momento que debe seguir el proletariado de cada país para servir mejor a la causa de la revolución. Eso supera las fuerzas humanas. Y por eso en este caso estoy lejos de hacer reproches. Quien quiera juzgar las condiciones de Alemania en noviembre y diciembre de 1918 no debe contentarse con los hechos sueltos que le comuniquen algunos camaradas cuando llegue a Alemania. No hay que pensar que sobre la base de esos hechos sabrá formarse un juicio absolutamente exacto.
¿Cuál era, pues, la situación? Alemania, derrotada en el campo de batalla, ofrecía también en el interior del país un cuadro de ruina económica. El pueblo estaba quebrantado física y moralmente. Lo amenazaba directamente el peligro de un hambre total. Esa era entonces la situación en Alemania. Sin embargo, pese a todo lo ocurrido, los militaristas alemanes todavía en octubre de 1918 no habrían dado la partida por perdida si no se les hubiera comunicado de fuente competente que nuestras reservas de trigo solo alcanzarían hasta comienzos de enero de 1919. Y entonces, el fin: entonces el pueblo moriría de hambre.
Esa era la situación, y el gobierno que tomó entonces el timón no podía dejar de comprender que había que impedir que el pueblo muriera de hambre y que, antes de que se consumieran las reservas de trigo existentes, había que conseguir trigo de donde fuera, aunque fuera de la luna. Por eso nadie habría asumido la responsabilidad de una política que condenara a todo un pueblo a morir de hambre.
A ese momento corresponde la conversación de Rádek con Haase157 por el aparato Hughes158. ¿Y qué respondió el camarada Haase? Quisiera que el camarada Rádek reprodujera la respuesta completa de Haase. Declaró: vemos en el ofrecimiento hecho un acto de solidaridad del proletariado ruso con el proletariado alemán, vemos en él un símbolo de la solidaridad internacional, pero sabemos que también Rusia pasa hambre y, en lo que se refiere al abastecimiento de Alemania, América ya ha prometido enviar a Alemania trigo en cantidad suficiente para asegurar hasta la nueva cosecha las raciones distribuidas hasta ahora. Eso es lo que declaró entonces por el aparato el camarada Haase al camarada Rádek. Cabe preguntar: ¿dónde está aquí la traición a la solidaridad internacional del proletariado? El camarada Haase obró con toda corrección al explicar: sabemos que vosotros mismos necesitáis trigo y, por otra parte, sabemos que nosotros recibiremos trigo; por tanto, quedaos con vuestro trigo. ¿Acaso el sentido del ofrecimiento consiste en que los trenes rueden? Lo valioso es precisamente que se hiciera el ofrecimiento. Eso basta como prueba de solidaridad, y si Haase respondió que veíamos en ello un acto de solidaridad, que lo agradecíamos, eso correspondía a la situación dada, y no comprendo cómo puede el camarada Rádek, sobre la base de esa conducta, reprocharnos que hayamos caído en el «wilsonismo» porque, como gobierno, aceptamos trigo de América. ¿De dónde, si no, podíamos obtener trigo en Alemania para salvar a nuestro pueblo de morir de hambre, sino del único país del mundo que entonces estaba en condiciones de suministrar trigo a nuestro pueblo, hambriento hasta quedar medio muerto? Se puede juzgar a América como se quiera, pero América nos proporcionó trigo, y no solo trigo, sino también otros productos alimenticios.
Paso ahora a la expulsión de la embajada rusa. Que yo sepa, el 4 o el 5 de noviembre de 1918 el gobierno del príncipe Max von Baden, último canciller del Reich del régimen guillermino, decidió expulsar de Berlín a la embajada rusa, con el pretexto de que Ioffe había abusado de su condición de embajador haciendo propaganda revolucionaria en Alemania. Por eso el gobierno imperial alemán lo expulsó. Cuando estalló la revolución alemana, el camarada Ioffe se encontraba en la frontera ruso-alemana. Aún no se habían resuelto ciertas formalidades relativas al paso de la frontera, y eso explica que estuviera allí. Y en esas condiciones, cuando el camarada Ioffe supo que en Alemania había estallado la revolución y que en el gobierno estaban los independientes, envió un telegrama a Berlín. Telegrafió al camarada Haase, y Haase declaró enseguida en el Consejo de Comisarios del Pueblo —así se llamaba entonces el gobierno, del que yo formaba parte junto con Haase y Barth159— que nosotros, los tres independientes, considerábamos necesario llamar de nuevo inmediatamente a Ioffe. Esa fue la posición que adoptamos en el acto, pero los socialistas de derecha, apoyados por el ministro de Asuntos Exteriores, Solf160, declararon que de eso no se podía ni hablar.
Walcher. ¡El acta dice otra cosa!
Dittmann. Hablaré también del acta; dejadme exponer las circunstancias, las conozco mejor que nadie aquí, porque fui uno de los participantes. Luego Solf, y con él Landsberg, Scheidemann y Ebert, declararon que daba completamente igual que Ioffe hubiera querido apoyar la revolución en Alemania o que hubiera hecho propaganda reaccionaria: un embajador, según declararon, debe abstenerse en todas las circunstancias de intervenir en los asuntos internos del país. Subrayamos en vano que ese era un punto de vista formal que nosotros, como revolucionarios, no podíamos aprobar en modo alguno. Ioffe había obrado en interés de la revolución alemana y mundial, y nos sentíamos solidarios con él y no podíamos dejar de insistir en que volviera como embajador. No una, sino innumerables veces, discutimos sobre esta cuestión durante noviembre y diciembre.
Wolfstein161. ¿¡Y la votación!?
Dittmann. El Consejo de Comisarios del Pueblo estaba formado por tres socialistas de derecha y tres independientes. Podíamos, por tanto, impedirlo si los socialistas de derecha hubieran querido conseguir la expulsión de Ioffe de Berlín, mientras esta todavía no se había producido. Pero para hacer aprobar una propuesta positiva de llamar de nuevo a Ioffe no teníamos mayoría. Eran tres contra tres, y no teníamos posibilidad de conseguir que el camarada Ioffe fuera llamado de nuevo a Alemania. Vuestros cuchicheos ahí detrás, en la mesa de la presidencia, no demuestran nada. No podéis exigir a nadie más que defender lo que desea hacer aprobar... Esperaré, si queréis interrumpirme, porque me resulta difícil hablar... ¿Qué podíais exigirnos en esa situación? Evidentemente, solo lo que podíamos hacer aprobar, e hicimos todo lo posible. Declaramos, sin embargo, que volveríamos sobre esta cuestión, que no la dábamos por zanjada, y en cada ocasión propicia volvíamos a plantearla.
Pero eso se nos hizo sumamente difícil precisamente por la conducta del camarada Rádek. Un día viene el camarada Haase, terriblemente agitado, y me dice: usted conoce al camarada Rádek; ¡imagínese qué tontería hace este hombre inteligente! Acaban de llamarme desde Moscú al aparato Hughes. Este aparato es a la vez de escritura, de modo que una conversación por él no puede quedar sin ser escuchada, hecho sin duda conocido también por Rádek y que debería obligarle a ser prudente en sus comunicaciones. Y Rádek comunica que llegará a Alemania una delegación para el primer congreso de los consejos y que esa delegación traerá consigo a personas que dominan las lenguas correspondientes, encargadas de hacer propaganda revolucionaria entre los ingleses y los franceses en los campos de prisioneros de guerra de Alemania. (Exclamaciones: ¡Bravo!)
Rádek. ¡Qué horror!
Dittmann. Como socialista revolucionario, lo celebro, pero otra cosa es comunicar oficialmente al gobierno, y al mismo tiempo a funcionarios que no están del lado de la revolución, que se piensa enviar agentes a los campos de prisioneros de guerra para hacer allí propaganda revolucionaria. Eso significaba, dicho de otro modo, poner el hecho en conocimiento de todo el mundo burgués de Alemania, y además informar de ello, muy previsoramente, a la Entente, esa misma Entente con la que el gobierno alemán se había visto obligado a concluir un armisticio de cuatro semanas. Ni que decir tiene que la Entente habría considerado esa propaganda, en caso de que el gobierno alemán la aprobara, una violación del armisticio. Por eso el camarada Haase no tuvo otra salida que responder a Rádek por el aparato: «No se puede ni hablar de que aceptemos semejante propuesta». A lo que Rádek declaró: «En tal caso retiramos la propuesta».
Levi y Rádek. Ya lo ve usted.
Dittmann. Ese «ya lo ve usted» no demuestra nada: la propuesta se hizo, llegó al Ministerio de Asuntos Exteriores y la conocieron Solf y los funcionarios burgueses con los que teníamos que contar.
Rádek. ¿Y por qué no los echaron?
Dittmann. Eso es salirse del tema. Soy el último de los que condenan la propaganda revolucionaria, pero aun así debemos tener en cuenta las circunstancias y comprender la situación dada. No tenemos por qué discutir sobre lo que nos gustaría. A causa de todo esto se creó para nosotros, los independientes, en el gabinete una situación que dificultó extraordinariamente nuestras gestiones para restablecer las relaciones con la Rusia soviética, porque Landsberg, Scheidemann y Ebert, y también Solf, no tardaron en decirnos: «Ya ven lo que nos espera si vuelve esa embajada. Nos llevará a las más graves complicaciones con la Entente y a la ruptura del armisticio, y eso ahora, cuando nuestras tropas se están retirando de la orilla izquierda del Rin. La Entente entrará tras ellas y Alemania quedará ocupada». Nadie se habría atrevido a provocar sin necesidad semejante giro de los acontecimientos sin correr el riesgo de poner en contra a toda la población de Alemania, también a los medios obreros, y eso hay que comprenderlo de una vez por todas. Cuando Solf y los demás volvieron a declarar que no se podía ni hablar del regreso de Ioffe, no nos quedó más remedio que aplazar la cuestión. No queríamos renunciar a ella, seguíamos esperando poder sacarla adelante a pesar de todo, y a ese momento corresponde el acta publicada por el Vorwärts.
El Vorwärts, sin embargo, se abstuvo de publicar otras actas, por las que quedaría completamente claro todo lo que os he expuesto aquí.
Walcher y Rádek. Eso lo ha confirmado Barth.
Dittmann. No he sido tan descortés como para citar a Barth. Habla de usted en un tono muy poco delicado, queridísimo camarada Rádek. Creo que usted ha sacado de contexto la cita reproducida en el Vorwärts. En el libro de Barth, por el contrario, se dice: «Los socialistas de derecha vinieron con el radiograma de Rádek, en el que anunciaba la lucha común en el Rin contra la Entente capitalista. No se podía decir mayor tontería que esa frase absurda por el aparato, que causó el mayor daño a la revolución mundial». Así se expresa Barth. Habría obrado usted con más inteligencia si no hubiera citado a Barth. Puedo leer también el pasaje relativo a Ioffe, que supuestamente dio dinero a Haase y a Barth para la revolución. En el libro se dice: «Los radiogramas de Ioffe los considero más que estúpidos, y si yo también me pusiera a dar nombres, esos camaradas seguramente ya no estarían vivos: los habría asesinado la contrarrevolución». Por más que me he esforzado, no he podido descubrir en todo el folleto de Barth nada que suene más o menos favorable para usted, camarada Rádek. Solo he encontrado esos dos pasajes, que no habría citado de no ser por sus réplicas.
Y después, nosotros salimos entretanto del gobierno y no somos responsables de lo que ocurrió luego. No hemos dejado de pronunciarnos públicamente por la reanudación de las relaciones tanto diplomáticas como económicas con la Rusia soviética. Hace poco hemos vuelto a presentar en el Reichstag una propuesta en ese mismo sentido. Los camaradas Stoecker y Crispien están encargados de defenderla en el parlamento. En ella sostenemos el punto de vista de la evidente necesidad de restablecer las relaciones entre la Rusia soviética y Alemania. Muy recientemente, cuando el imperialismo polaco emprendió su campaña de rapiña contra Rusia, nuestro partido organizó una manifestación grandiosa con la consigna: «¡Manos fuera de Rusia! Exigimos relaciones pacíficas con Rusia». No sé si conocen todo esto los camaradas que siguen creyendo todos esos informes y noticias sobre la supuesta actitud hostil de los independientes hacia la Rusia soviética. Creo que no lo conocen; de lo contrario, no se habrían formado de los independientes la opinión que aquí se ha expresado.
Y ahora, unas palabras más para terminar. Toda una serie de oradores se ha pronunciado en el sentido de que, junto con otros partidos, tampoco nuestro partido puede ser admitido en la III Internacional porque no es revolucionario. Mi amigo Crispien ha demostrado a grandes rasgos lo injusto que es ese reproche, y si hubiera posibilidad de desplegar ante vosotros toda la historia de nuestro partido desde la revolución alemana, muchos cambiarían de opinión sobre nuestro partido. Como personas honradas, tendrían que cambiarla. Creedme que cinco millones de personas162 no votarían a un partido al que los periódicos del partido comunista lanzan las acusaciones aquí formuladas, y cientos de otras más, si ellas mismas no estuvieran convencidas de que esos reproches carecen de fundamento. Hemos conquistado nuestra posición en la lucha más dura contra los socialistas mayoritarios y contra la burguesía. Tenemos derecho a declarar que detrás del Partido Socialdemócrata Independiente en Alemania están las masas del proletariado revolucionario. Como sabemos que la revolución mundial avanza y que es necesario que el proletariado de todos los países pase a la ofensiva en un frente común único e intente derribar el capitalismo, por eso hemos venido a Moscú, y no porque, como afirmáis, hayamos cedido a la presión de las masas obreras. Nosotros mismos somos obreros y proletarios, somos obreros por nuestro origen y nuestra educación, y hace ya un cuarto de siglo que participamos en el movimiento obrero. Damos toda nuestra vida al movimiento, y en los tiempos más duros de la guerra supimos mantenernos firmes, no temimos ningún sacrificio y más de una vez caímos en manos de los agentes de policía del Estado de clase capitalista. Y si aquí se nos presenta como gente desprovista de toda aspiración revolucionaria, tenemos derecho a señalar las cicatrices que hemos recibido en la lucha revolucionaria del proletariado.
Y si queréis lo mismo que nosotros, es decir, cohesionar al proletariado de Rusia y de Alemania, y a través de ellos al proletariado del mundo entero, en una sola columna compacta, esforzaos con la misma seriedad con que nos hemos esforzado aquí nosotros en encontrar también en las negociaciones posteriores un camino que nos permita reunirnos pronto con vosotros y librar juntos la batalla contra el capitalismo por el bien de todo el proletariado mundial.
Rosmer. Es la una de la madrugada. Se levanta la sesión.
Octava sesión, viernes 30 de julio de 1920
Serrati abre la sesión.
Zinóviev. Quiero comunicar que mañana está prevista una reunión sobre la cuestión sindical, no solo de la comisión, sino de todos los camaradas a los que interese esta cuestión. Los detalles se pueden pedir al camarada Steinhardt. La reunión tendrá lugar mañana a las diez de la mañana. Pese a nuestras reiteradas peticiones de que se nos entreguen cuanto antes los informes por escrito, hemos recibido muy pocos. Rogamos encarecidamente a todas las delegaciones que atiendan esta petición no más tarde del lunes. Tenemos que mandarlos a la imprenta, y quien no entregue su informe antes del lunes debe saber que no se imprimirá.
Rádek. La propuesta del camarada Steinhardt significa desorganizar el trabajo de la comisión. Llevamos ya tres días allí reunidos, debatiendo. Hay que terminar el debate. Si mañana nos reunimos todos, empezará un debate general de pleno, y la comisión sindical no tendrá nunca ocasión de presentar un informe que exprese sus opiniones. Si el camarada Steinhardt y otros sienten la necesidad de hablar de los sindicatos no ante el pleno, sino ante un auditorio más amplio, que elijan un día en que la comisión haya terminado ya sus trabajos sobre esta cuestión.
Steinhardt (Austria). Hay aquí un gran malentendido por parte del camarada Rádek. Queríamos que los camaradas rusos nos informaran sobre el papel de los sindicatos en el proceso de producción y sobre los cambios que se han producido en el proceso de producción en estos tres años, para hacernos una idea exacta del movimiento durante este tiempo.
Walcher. ¡Para eso está la sesión plenaria!
Steinhardt. No, no para eso. No a todos los camaradas les interesa esta cuestión especial. Esta cuestión no está ligada a un punto determinado del orden del día, y debemos elegir un día en que el pleno no se reúna. Podemos fijar el sábado, ocupado por la conferencia de mujeres. No hay por qué temer que esto estorbe los trabajos de la comisión sindical. Walcher. ¡No tiene usted mandato para eso!
Steinhardt. No estamos en Alemania, camarada Walcher, y no necesito mandato de nadie, y menos que de nadie del camarada Walcher. Me ha dado el mandato mi sentido del deber, y no la autoridad prusiana. Me pondré de acuerdo con el camarada Lozovski y, si hay suficientes camaradas interesados, fijaremos un día. Si al camarada Walcher no le interesa, tampoco hace falta que venga. Es posible que solo le interesen las cuestiones políticas.
Zinóviev. Para pasar al orden del día, propongo cerrar el debate. Steinhardt puede ponerse de acuerdo con algunos camaradas y fijar un día. (Se aprueba la propuesta.)
Rakovski163 (Rusia). Me propongo detenerme especialmente en la declaración de la delegación francesa leída por el camarada Cachin. Pero antes quisiera decir unas palabras sobre la cuestión que tocó ayer el camarada Dittmann, a saber, la de la embajada rusa en Berlín. Me limitaré a valorar los hechos.
La conducta del llamado gobierno revolucionario de Alemania fue algo más grave de lo que se ha presentado. No se trataba solo de la expulsión de la embajada rusa de Berlín: el gobierno de Haase y de Kautsky, que dirigía en aquel momento el Ministerio de Asuntos Exteriores, tenía la intención de llegar a la ruptura con Rusia.
Ni siquiera tuvieron poder y autoridad suficientes para permitir el paso hacia Viena de la embajada rusa destinada a Austria, que había sido detenida en Berlín. Mientras la misión rusa de Berlín estuvo retenida diez días en Borísov, custodiada por soldados alemanes, oficiales y enviados diplomáticos del antiguo gobierno imperial, un condesito se arrogó sus funciones hasta el final del cautiverio de nuestra misión. Todos los telegramas que enviamos a Berlín quedaron sin respuesta.
Ayer oímos las explicaciones del camarada Dittmann. Dijo: «Si rechazamos el trigo ruso, que estaba ya en la frontera alemana, fue porque pesaba sobre nosotros una responsabilidad demasiado grande; pero apreciamos mucho este acto de solidaridad de los rusos. Pese a todos nuestros esfuerzos, no pudimos conseguir que la misión rusa volviera a Berlín». Dittmann podría haber añadido: no estábamos en condiciones de dejar pasar a Viena a la embajada rusa, aunque ya la había reconocido el gobierno austriaco de Victor Adler164; y todo ello por la razón más sencilla: porque los independientes estaban en minoría en el gobierno; la mayoría la formaban la burguesía o los socialistas de derecha, y todas las exigencias de la minoría, de los socialistas independientes, se desatendían.
Pero no es esa la cuestión. En el fondo, en lo que dice el camarada Dittmann no veo más que un simple relato histórico de lo que todos sabemos. Hay que saber si se han sacado las conclusiones lógicas de esta colaboración ministerial: la conclusión de que los socialistas, en un gobierno burgués, no pueden imponer su voluntad. Es algo sabido y archisabido, y esa es precisamente la razón de que estuviéramos contra la colaboración ministerial, contra la colaboración de clases. Sin embargo, no he notado en las palabras del camarada Dittmann ni una sola expresión de pesar por la participación de los independientes en el gobierno de Scheidemann y Ebert, que fue una traición a los intereses de la clase obrera alemana y de la revolución rusa.
El camarada Dittmann nos leyó con cierto placer un documento que reproduce el texto de un telegrama del camarada Rádek. No sé si su contenido está bien transmitido.
Rádek. Ese telegrama no existe.
Rakovski. ¡Y aunque existiera! Porque, aunque el telegrama no existiera en realidad, para todo revolucionario estaba claro que Alemania, que acababa de sacudirse el yugo de Guillermo II, Alemania, que acababa de vivir una revolución proletaria, esa nueva Alemania iría con la Rusia soviética contra la Entente. Pero eso es precisamente lo que los independientes no han comprendido hasta hoy, aunque nos digan que Alemania estaba en una situación extremadamente difícil, por la amenaza del hambre y la gran mortalidad, y que entonces, para salvar Alemania, entraron en el gobierno sabiendo de antemano que allí serían, como los socialistas mayoritarios, servidores de la burguesía alemana y de la Entente capitalista. Y, para justificarse, no hacen más que repetirnos una sola cosa: «No teníamos pan».
Pero, si esta justificación es seria, debía haberles servido de argumento contra el partido mayoritario y contra la burguesía. Debían haber dicho a la burguesía: «Nosotros no tomamos el poder; pero, si no queréis cargar con la responsabilidad de que Alemania se quede sin pan, ceded el poder a los obreros alemanes».
Hay que crear en Alemania un gobierno proletario. Pero los independientes, fieles a su costumbre de asentir a los argumentos de la burguesía, no dejaron de atenerse a la vieja teoría de la colaboración ministerial en cuanto surgió la cuestión del pan. Y hasta ahora hemos oído el mismo argumento en Francia, en Rusia, en Inglaterra; en una palabra, casi en todas partes. En cierto momento la burguesía se encuentra en una situación difícil; entonces se dirige a la clase obrera y le dice: «Compartamos la responsabilidad del poder». Pero, si la situación de la burguesía es difícil, me parece que ese es precisamente el momento oportuno para la clase revolucionaria y el partido revolucionario de poner a la burguesía contra la pared y aplastarla, y no de entrar en colaboración con ella.
Me he detenido en esta cuestión no para responder al discurso del camarada Dittmann, sino únicamente para establecer los hechos y sacar de ellos la conclusión general de que, por desgracia, los independientes alemanes, representados aquí por los camaradas Dittmann y Crispien, al parecer no han olvidado nada ni aprendido nada en estos dos o tres años.
Ese es el punto principal de nuestra controversia.
Los errores del pasado tienen dos significados distintos. Se pueden cometer (y el proletariado los comete por necesidad), pero hay que sacar de ellos las lecciones correspondientes, y no pronunciar largos discursos que tienen más carácter de defensa que de confesión revolucionaria. No hay que recurrir a todos los artificios, a todos los medios del procedimiento parlamentario, para justificar la conducta del Partido Socialdemócrata Independiente.
La cuestión de que se trata es la siguiente. La falta principal de los independientes, la que la Internacional les señala desde hace dos años, su falta ante el proletariado, ante la Alemania obrera, consiste en que en aquel momento crítico —me refiero al momento en que estábamos en Borísov— vacilaron entre la revolución y el imperialismo y, al final, eligieron el imperialismo. No salvaron Alemania. Eso es un error. La perdieron. Son responsables de todas las consecuencias de la colaboración que aceptaron en el primer momento. Son responsables también del fracaso de los movimientos revolucionarios proletarios que siguieron a esa colaboración. Sí, el proletariado alemán fue adormecido y engañado por esta colaboración de los independientes y los socialistas mayoritarios. Esperaban la salvación de Alemania de la Entente, la esperaban de Wilson y de Versalles, y ahora que es evidente que el resultado para Alemania no ha sido más que calamidades, la responsabilidad debe recaer sobre los independientes y los socialistas de derecha. Camaradas, paso a la declaración de los socialistas franceses. A diferencia de los socialistas independientes de Alemania, los socialistas franceses, tanto en sus manifestaciones privadas como en sus declaraciones públicas, e incluso con el hecho mismo de su silencio, parecen mostrar cierto remordimiento. Es como si lamentaran el pasado y se dieran cuenta de los errores cometidos. Compartiendo con otros esta impresión general, me he sentido algo decepcionado al leer con atención su declaración. Aquí la tengo, delante de mí. Algunas cosas ya me habían llamado la atención al escuchar al camarada Cachin. Al releer el texto de la declaración que nos leyó, me asombran no solo la prudencia, sino también la reserva, los silencios —diría incluso: las reservas mentales— que contiene esta declaración.
Ante todo, esta declaración guarda un silencio absoluto sobre el pasado, y —lo que es aún más sospechoso que el silencio mismo— no lo hace por vergüenza de confesar ante los camaradas los errores cometidos, como podría pensarse, sino por el afán de no comprometerse en nada para el futuro. Esto se desprende directamente de la declaración que se nos ha leído.
Al principio mismo, hablando de la colaboración de clases, la declaración dice: «En la coyuntura histórica actual no puede haber lugar en las filas del partido de la clase obrera para quien todavía intente colaborar con la sociedad burguesa en un momento en que en todas partes ha empezado la lucha social decisiva».
Por consiguiente, también para la colaboración de clases hay coyunturas históricas, momentos en que está permitida, y si se produjo en el pasado, es que la coyuntura histórica lo exigía. Como las circunstancias históricas favorecen ahora la revolución, renunciamos a esa colaboración. Pero si, supongamos por un momento, la burguesía recupera mañana sus fuerzas y supera algunas dificultades, entonces para el socialismo francés, que se ha vuelto revolucionario temporalmente, cambiará la coyuntura histórica, y no tendrá obstáculos para volver de nuevo a sus antiguos extravíos.
Más adelante leo lo siguiente: «Si la guerra mundial pudiera estallar de nuevo, la culpa principal recaería sobre la actual política imperialista criminal de la burguesía francesa».
Esta palabra, «actual», hará de ancla de salvación para la delegación del Partido Socialista Francés en los debates parlamentarios franceses y en la prensa francesa. Le servirá de prueba y le permitirá decir: en el pasado es otra cosa; entonces la responsabilidad de la guerra no recae sobre nuestra burguesía, sino sobre el imperialismo alemán; y toda nuestra política de defensa de la patria, en lo que toca al pasado, está plenamente justificada.
Más adelante: «Nos negaremos a participar en la guerra en cualquier forma (votando los créditos o colaborando en el ministerio). Recordaremos que en tales circunstancias, cuando los intereses nacionales se confunden con los de la plutocracia, no hay para el proletariado obligación superior a su deber de clase».
Llamo vuestra atención sobre esto: «cuando los intereses nacionales se confunden con los de la plutocracia», como si en la sociedad burguesa hubiera momentos en que los intereses de la plutocracia y de la burguesía no se confunden con los intereses nacionales. Es otra vez una justificación de la táctica del pasado y una puerta abierta a toda clase de subterfugios.
Camaradas, aquí vemos de nuevo un medio para justificar cualquier traición en el futuro. Y, sin embargo, hay que decirlo: si nuestro interés vital es que el proletariado de algún país se vuelva revolucionario, ese es precisamente el proletariado de Francia. Francia es hoy la ciudadela de la contrarrevolución armada. Así que hay que saber bien qué dificultades nos quedan todavía por vencer en este terreno.
Los socialistas franceses, como oportunistas, se parecen a todos los demás oportunistas. Y como este oportunismo conduce a la colaboración de clases, habrá que combatir en cada país los prejuicios particulares en que se manifiesta.
En cuanto a Francia, hay que decir lo siguiente: antes de la guerra el Partido Socialista Francés se inspiraba en el socialismo democrático de la Revolución francesa, y no en el marxismo. En su día los alemanistas y los posibilistas se opusieron al ministerio de Constans no para ir con el general Boulanger, sino para hacer la revolución165; ya entonces opinaban que debían tomar el poder. El Partido Obrero Socialista Francés se preparaba para aprovechar la guerra para organizar la insurrección. Ya veis qué diferencia hay entre aquel tiempo y el de ahora. Qué caída, puede decirse, la del socialismo francés, que en 1889, pese a su debilidad, creía que en determinados momentos, ante la amenaza de la contrarrevolución, el deber de la clase obrera era tomar el poder. Pero este socialismo revolucionario fue enterrado en 1904 en Ámsterdam, y Jules Guesde, al aceptar la unificación con los jauresistas, mató el guesdismo166. Quedó solo el reformismo, es decir, Jaurès. Jaurès, al entrar en el partido, aceptó un programa revolucionario, y murió reformista. Es inútil seguir las discusiones que hubo en Francia sobre el método de Jaurès y el método de Ferri.
Así pues, camaradas, es precisamente en este punto donde hay que insistir especialmente en Francia. No se trata solo de revisar el programa —en un programa se puede meter cualquier cosa—, sino de revisar el método y la táctica.
Para terminar, haré otra observación sobre el discurso del camarada Bordiga. Creo que su método no puede dar buenos resultados o, más bien, que solo puede arraigar ideas falsas sobre la revolución.
Bordiga nos ha dicho: «No preparamos la revolución, sino que preparamos al proletariado para la revolución». Me temo mucho que esta fórmula de la revolución al margen del partido provoque y refuerce los extravíos que se manifiestan hoy en los movimientos socialistas, en el movimiento obrero e incluso en algunos movimientos comunistas, sobre todo en Italia. Aquí, desde luego, hace falta una corrección.
Camaradas, no son las condiciones de admisión en la III Internacional las que nos darán la garantía: hay que verlas como un mínimo y, si es necesario, hacerlas más estrictas. Pero creo que la III Internacional encontrará otra garantía. Solo creando un verdadero centro del movimiento internacional, un verdadero estado mayor revolucionario dotado de plenos poderes para dirigir el movimiento en todo el mundo, se podrá tener la seguridad de que se cumplen las condiciones exigidas para adherirse a la III Internacional. Pero para ello, desde luego, es absolutamente necesario que este centro tenga amplios poderes.
Serrati (Italia). Estoy de acuerdo con el camarada Bordiga en que este debate sobre las condiciones de admisión en la III Internacional debería haberse celebrado después de la discusión general del programa de la Internacional Comunista y de las demás tesis. Porque solo conociendo a grandes rasgos lo que debe ser la III Internacional se puede admitir en ella a alguien o negarle la admisión.
Tanto más, camaradas, cuanto que nuestra situación es muy curiosa. En los congresos de la II Internacional se reunían personas que se conocían desde hacía mucho. Todos sabían que tal participante destacaba por su gran ingenio, que tal otro era buen orador, etc. Eran, en general, congresos de abogados. No es eso lo que vemos aquí. No nos conocemos lo bastante, quizá porque las condiciones históricas actuales de los distintos países nos resultan demasiado oscuras para tener una idea clara y exacta unos de otros y de la situación de cada país. Basta recordar, queridos camaradas, que durante cinco o seis años hemos estado separados no solo por los teatros de operaciones militares, sino también por la prensa burguesa, que era la única que gozaba de libertad y que sembraba por todas partes mentiras y calumnias. Es evidente, pues, que este estado de cosas, sumamente importante y embarazoso, tiene que influir en nuestros juicios. No voy a dar ejemplos que demuestren lo poco que nos conocemos. Daré solo uno, insignificante pero muy revelador. El camarada Zinóviev, al caracterizar mi estado de ánimo y mi manera de pensar, señaló que yo me tuteo con Prampolini. Pero, querido amigo Zinóviev, nuestros antepasados romanos tuteaban al emperador. Los socialistas italianos nos tuteamos todos. Es una vieja costumbre del Partido Socialista, donde todos deben ser hermanos. Y no creo que merezca reproche. Al contrario. Solo puede contarse en nuestro haber. No nos gusta el fetichismo; siempre procuramos no dar a nuestras fracciones el nombre de sus jefes. Y todos los que afirman que en Italia existen las fracciones de Serrati, de Bombacci, de Turati, se equivocan, porque hacemos todo lo posible para que nuestras fracciones se llamen por las ideas y no por los nombres de las personas.
No repitamos, pues, los errores de la II Internacional. Como sabéis, al principio se admitió en ella a los anarquistas, y la cosa acabó casi a puñetazos. Tras ir demasiado lejos hacia la izquierda, luego se cargaron en exceso hacia la derecha. Nosotros tenemos una línea de conducta bien definida y debemos seguirla hasta el final.
Tanto más, queridos camaradas, cuanto que este congreso es verdaderamente extraordinario. Nunca me he sentido tan impotente en ningún congreso nacional o internacional como aquí, en Moscú. Nunca, en ningún congreso, ha habido tal diferencia —por no hablar ya de la lengua y la cultura de los reunidos— en su influencia. ¿Qué soy yo comparado con el camarada Lenin? Él encarna la revolución rusa. Yo soy representante de un partido socialista-comunista bastante pequeño. Lo repito cada vez: socialista, porque para mí no hay otro socialismo que el comunista. Pero ¿qué representan los demás, si nuestro Partido Socialista Italiano es uno de los mejores? Y, sin embargo, vosotros, camaradas ingleses, tenéis el mismo derecho de voto que el camarada Lenin. Wijnkoop es una magnitud muy pequeña comparado con el camarada Lenin, cuya importancia es inmensa. Si estamos en esta situación, es evidente que no podemos dejar de tenerlo en cuenta.
Después de estas observaciones generales sobre la composición de nuestro congreso, diré unas palabras sobre la situación en los distintos países.
Ante todo, debemos decir: ¿estamos por la revolución, queremos la revolución internacional? En Basilea declaramos que los socialistas debían aprovechar la situación económica, política y moral creada por la guerra para hacer la revolución.
Vosotros, queridos camaradas rusos, habéis sabido cumplir vuestra palabra. Habéis obrado admirablemente. Y el deber de todo el proletariado internacional es seguir vuestro ejemplo, porque en todas partes las condiciones económicas, políticas y morales permiten declarar la guerra a la burguesía y acelerar la revolución.
Para hacer esa revolución debemos valernos de todos los medios. Pero no asumamos en este congreso el papel de maestros de escuela que ponen notas más o menos satisfactorias a unos y a otros. Nos hemos reunido para valorar las fuerzas revolucionarias del proletariado internacional.
No me atrevo a juzgar quién tiene más derecho a entrar en la III Internacional, si los franceses o los alemanes. Creo que hay que abrir de par en par las puertas de la Internacional Comunista a todos los partidos que puedan hacer con nosotros la revolución, y discutir después.
Wijnkoop. ¿Y a los anarquistas?
Serrati. Con su permiso, querido Wijnkoop, llegaré no solo a los anarquistas, sino también a los holandeses.
No hay ninguna necesidad de discutir la conducta de Crispien o de Dittmann; basta con plantear sencillamente la cuestión de cuál es la situación en Francia, en Alemania, cuál es la situación en el Partido Socialista Francés, en el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania.
Diré con franqueza que, aunque pertenezco a la raza latina, no creo en absoluto en el carácter revolucionario del Partido Socialista Francés, porque la situación en Francia no es revolucionaria.
Un buen día los socialistas franceses nos dijeron: «Sí, queridos camaradas italianos y rusos, haremos una huelga general en favor de la revolución rusa». No lo discutiré; creo que lo prometieron sinceramente...
Goldenberg. Y no eran sinceros.
Serrati. Ay, querido amigo, no llevamos en el bolsillo un sincerómetro, un medidor de la sinceridad.
Lenin. Ya encontraremos ese medidor de la sinceridad.
Serrati. Me gustaría creerlo, porque no haría sino servir a mi argumentación.
Así pues, repito, yo consideraba sinceras sus promesas. Pero ¿qué hacen en el momento decisivo? No declaran la huelga general. Nos traicionan durante la campaña electoral. Se valen del nombre del camarada Sadoul167. Dicen: está condenado a muerte, hay que ponerlo a la cabeza de la lista. Hay que hacer las elecciones en interés de la república soviética. Pero los resultados electorales decepcionan a los socialistas franceses. Entonces se asustan y se dicen: si hubiéramos apostado no por el bolchevismo, sino por el reformismo, habríamos tenido más éxito.
Siempre pasa así. Su situación les obliga a ese modo de obrar doble, equívoco, a ese vaivén ora a la derecha, ora a la izquierda, sin darse cuenta de qué es lo que quieren en realidad. Creo que no se puede admitir a gente que está en semejante situación. No se puede admitir a un partido que no quiere cumplir con su deber.
Necesitamos en Alemania y en Francia una vanguardia fuerte, que avance con firmeza y se esfuerce con todas sus fuerzas por atraerse al proletariado. Francia salió vencedora de la guerra. El pequeño campesinado se ha llenado los bolsillos de dinero. La situación económica allí es quizá mejor que en ninguna otra parte. Muy distinta es la situación en Alemania. No estoy al corriente de los hechos que se reprochan a Dittmann y a Crispien. Pero sé que en Alemania la situación es revolucionaria. Sé que el partido de los independientes es en Alemania una fuerza poderosa entre las masas obreras. Lo repito: las condiciones históricas en Alemania son revolucionarias. Por eso necesitamos acercarnos al proletariado de ese país. No lo discuto: hay que escoger y separar el buen grano de la cizaña. Creo que con los independientes se puede ir más lejos y más abiertamente que con los socialistas franceses. Nuestro congreso no debe juzgar a personas concretas; debe formarse una idea concreta de la situación revolucionaria de cada país. Debe recordar firmemente que no son los hombres los que crean la situación, sino la situación la que crea a los hombres.
Tras estas palabras preliminares, permitidme volver a mi tema, es decir, a Italia. Pese a vuestra severa crítica, amigos rusos, nos queremos mucho. Es verdad que de vez en cuando nos lleváis un rapapolvo. Así es, pero es con cariño... (Risas.)
No se trata de hablar a cada momento de Turati y de Modigliani, sino de hacer la revolución en Italia. En Italia hay una situación revolucionaria más claramente definida que en cualquier otro de los llamados países vencedores.
La situación económica es muy triste. El Estado está en bancarrota, los campesinos están descontentos. Es verdad que tienen más dinero que antes de la guerra, pero ya nadie quiere trabajar para el amo. «Quiero trabajar en mi fábrica, en mi campo», dice el obrero. La situación es verdaderamente revolucionaria, tanto desde el punto de vista económico como desde el psicológico.
Hacemos en el país una intensa agitación revolucionaria. Es cierto que la gente sin rumbo se deja llevar por la corriente de Turati. Todavía leéis —se nos ha dicho— Critica Sociale. Hace mucho que pasó el tiempo en que la leíamos. Conozco su tirada con exactitud: 953 ejemplares justos.
Bordiga. Que la prensa burguesa reproduce.
Serrati. Es un órgano socialista científico que durante casi treinta años condujo a los jóvenes socialistas al marxismo, que en Italia venció al bakuninismo. Hoy ese órgano no tiene ninguna influencia. Igual que Turati, no desempeña ningún papel en el partido. En Bolonia, cuando examinamos la cuestión de la posición de nuestro partido y revisamos el viejo programa de 1892, Turati, para retener todavía a unos cuantos partidarios, tuvo que esconderse detrás de Costantino Lazzari168. Aceptó una resolución que habla de manera muy vaga de la dictadura del proletariado, de la violencia, etc. En el congreso nacional de Florencia los reformistas, después de sus discursos, no se atrevieron a proponer una resolución, porque sentían que sus discursos no encontraban ninguna simpatía en el congreso.
Existe un movimiento obrero determinado con el que tenemos que contar. No se nos puede alabar ni censurar por ser italianos, como tampoco a vosotros por ser rusos. En Italia se tiene simpatía y cariño a quienes siempre expresan con claridad sus ideas y nunca han traicionado a su partido. En Italia se siente un profundo respeto por quien promete poco y da mucho.
Durante una larga serie de años tuvimos a los Labriola y los De Ambris169, que llamaban a las masas obreras a romper con los jefes que las traicionaban. Y en realidad fueron precisamente ellos los traidores. Turati siempre cumplió lo prometido y siempre respetó la disciplina del partido.
Y mientras se exige la expulsión de hombres así, se dispone uno a admitir en la Internacional Comunista a partidos en cuyas filas hay todavía gente que durante la guerra recorría toda Europa con los bolsillos llenos de billetes destinados a sobornar a la clase obrera. Se nos dice que debemos expulsar a Turati, que votó contra la guerra no solo como pacifista, sino como socialista, como enemigo de todo oportunismo burgués. Hay aquí una contradicción evidente.
En el congreso de Roma de 1918 el camarada Bombacci se refirió a Turati con grandes elogios y se pronunció contra su expulsión. Señaló, con toda razón, que Turati nunca habría consentido que se disparara contra la multitud. En cuanto a mí, no voy a reducir aquí la cuestión a las personas; para mí es solo una cuestión de conveniencia. Si Turati nos es útil, lo conservaremos; si nos es peligroso, lo apartaremos. No tengo sentimientos personales hacia nadie.
Lenin. Sin sentimentalismos, por favor.
Serrati. Sabe usted perfectamente que mi conducta no es la de un hombre sentimental. He dicho que hay que librarse de esa gente, pero sin perder por ello el contacto con las masas. Debemos sacar al partido de semejante situación. Lo he intentado muchas veces.
Zinóviev ha mencionado el congreso de los obreros de la industria química en el que Turati pronunció un discurso predicando la colaboración de clases. Yo me pronuncié enérgicamente contra él. Y fueron precisamente los obreros quienes lo defendieron, diciendo: «Sí, no tiene razón, pero es un hombre valiente». Hay que esperar a que llegue el momento en que no se pueda decir eso de él. Pero no será tan fácil. El último discurso de Turati en el parlamento, del que habló el camarada Zinóviev, no tenía el sentido que él le ha dado. Al contrario, es un discurso sumamente hábil. Esto es lo que decía Turati a la burguesía: «Os advierto que ya sois incapaces de mantener el poder, no tenéis fuerzas para gobernar la sociedad. Marchaos; ahora nos toca a nosotros. Tomaremos el poder en nuestras manos, utilizaremos a los especialistas burgueses como técnicos y les haremos trabajar a nuestro gusto». Eso no es en absoluto lo que le ha atribuido el camarada Zinóviev.
He declarado muchas veces que estoy por la depuración del partido, y que Turati debe salir de él, pero no por vía de expulsión. Se lo he dicho al camarada Lenin y lo he escrito en Avanti! y en Il Comunismo. Hay que hacerlo con habilidad, para retener a las masas obreras y no perder siquiera a los jefes cuya importancia es puramente decorativa. Por lo demás, las tesis dicen lo mismo. Y yo las acepto por estas razones. Se ha dicho que todos los partidos que incluyen todavía elementos socialdemócratas deben hacer una revisión de sus fuerzas y formar partidos comunistas adaptados a las nuevas condiciones. Aunque soy un partidario decidido del centralismo (hasta el punto de que en Italia se me considera demasiado dogmático, demasiado implacable con los camaradas que no cumplen hasta el final su deber de comunistas), creo que hay que saber adaptarse a las condiciones particulares de cada país. Por lo demás, esta idea se confirma en otra parte de las tesis:
«Al mismo tiempo, la Internacional Comunista y su Comité Ejecutivo, en todo su trabajo, están obligados, por supuesto, a tener en cuenta toda la diversidad de condiciones en que tienen que luchar y actuar los distintos partidos, y a adoptar decisiones de obligado cumplimiento general solo en aquellas cuestiones en que tales decisiones son posibles».
Entonces os pregunto, camaradas: si, por ejemplo, al volver ahora a Italia nos encontramos con que la reacción se nos echa encima —y es muy posible—, si nos encontramos con una ofensiva del imperialismo contra nosotros, ¿podéis vosotros, camaradas del Comité Ejecutivo, aconsejarnos que en semejante situación vayamos a la escisión?
No, queridos camaradas, dejad que el Partido Socialista Italiano elija por sí mismo el momento de la depuración. Todos os lo prometemos —y no creo que nadie pueda reprocharnos que alguna vez no hayamos cumplido la palabra dada—: la depuración se hará, pero dadnos la posibilidad de hacerla de modo que sea útil para las masas obreras, para el partido, para la revolución que estamos preparando en Italia.
Lenin. ¡Camaradas! Serrati ha dicho: todavía no hemos inventado el sincerómetro (es una palabra francesa nueva que designa un instrumento para medir la sinceridad); semejante instrumento no se ha inventado aún. No necesitamos tal instrumento; en cambio, tenemos ya un instrumento para determinar las tendencias. El error del camarada Serrati —de esto hablaré más adelante— consiste en que ha dejado sin usar este instrumento, conocido desde hace mucho.
Del camarada Crispien quisiera decir solo unas palabras. Siento mucho que no esté presente.
Dittmann. ¡Está enfermo!
Lenin. Es una pena. Su discurso es uno de los documentos más importantes, y expresa exactamente la línea política del ala derecha del Partido Socialdemócrata Independiente. No hablaré de circunstancias personales ni de episodios aislados, sino de las ideas claramente expresadas en el discurso de Crispien. Creo que lograré demostrar que todo ese discurso fue un discurso kautskiano de cabo a rabo, y que el camarada Crispien comparte las opiniones kautskianas sobre la dictadura del proletariado. A una interrupción Crispien respondió: la dictadura no es una novedad, ya se habla de ella en el programa de Erfurt. En el programa de Erfurt no se dice nada de la dictadura del proletariado, y la historia ha demostrado que no es casualidad. Cuando en 1902-1903 elaborábamos el primer programa de nuestro partido, tuvimos siempre delante el ejemplo del programa de Erfurt, y Plejánov, el mismo Plejánov que entonces dijo con razón: «O Bernstein enterrará a la socialdemocracia, o la socialdemocracia lo enterrará a él», Plejánov subrayaba especialmente que, si en el programa de Erfurt no se hablaba de la dictadura del proletariado, eso era teóricamente erróneo y, en la práctica, una concesión cobarde a los oportunistas. Y desde 1903 nuestro programa incluye la dictadura del proletariado.
Si el camarada Crispien dice ahora que la dictadura del proletariado no es una novedad y añade: «siempre hemos estado por la conquista del poder político», eso es eludir el fondo de la cuestión. Se reconoce la conquista del poder político, pero no la dictadura. Toda la literatura socialista, no solo la alemana, sino también la inglesa y la francesa, atestigua que los jefes de los partidos oportunistas —por ejemplo, en Inglaterra, MacDonald— son partidarios de la conquista del poder político. Todos ellos, ¡ahí es nada!, son socialistas sinceros, ¡pero están contra la dictadura del proletariado! Si tenemos delante un partido comunista revolucionario bueno, digno de mención, de lo que se trata es de hacer propaganda de la dictadura del proletariado, a diferencia de las viejas concepciones de la II Internacional. Eso es lo que el camarada Crispien ha difuminado y enmascarado, y en eso consiste el error fundamental propio de todas las concepciones kautskianas.
«Somos jefes elegidos por las masas», prosigue el camarada Crispien. Es un punto de vista formal, y erróneo, porque en el último congreso del partido de los independientes alemanes vimos con toda claridad la lucha de tendencias. No hace falta buscar un medidor de la sinceridad ni hacer bromas al respecto, como el camarada Serrati, para establecer el simple hecho de que existe y debe existir una lucha de tendencias: una tendencia, la de los obreros revolucionarios que acaban de venir a nosotros, adversarios de la aristocracia obrera; la segunda tendencia, la aristocracia obrera, a la que en todos los países civilizados representan los viejos jefes. ¿Se adhiere Crispien a la tendencia de los viejos jefes y de la aristocracia obrera, o a la de la nueva masa obrera revolucionaria, que está contra la aristocracia obrera? Esa es precisamente la cuestión que el camarada Crispien ha eludido.
¿Y en qué tono habla el camarada Crispien de la escisión? Ha dicho que la escisión es una amarga necesidad, y se ha lamentado largamente de ello. Eso es a la manera de Kautsky. ¿Escisión con quién? ¿Con Scheidemann? ¡Por supuesto! Crispien ha dicho: hemos hecho la escisión. ¡En primer lugar, la hicisteis demasiado tarde! Ya que se habla de ello, nos vemos obligados a señalarlo. Y, en segundo lugar, los independientes no deben lamentarse por ello, sino decir: la clase obrera internacional está todavía bajo el yugo de la aristocracia obrera y de los oportunistas. Así ocurre en Francia y en Inglaterra. El camarada Crispien razona sobre la escisión no de modo comunista, sino enteramente en el espíritu de Kautsky, que supuestamente no tiene ninguna influencia. Luego Crispien se puso a hablar de los salarios altos. En Alemania, dice, las circunstancias son tales que los obreros viven bastante bien en comparación con los obreros rusos y en general con los obreros de Europa oriental. La revolución, según él, solo puede hacerse si no provoca un empobrecimiento «demasiado» grande de los obreros. Pregunto: ¿es admisible hablar en ese tono en un partido comunista? Eso es contrarrevolucionario. En Rusia el nivel de vida es sin duda más bajo que en Alemania, y cuando implantamos la dictadura, el resultado fue que los obreros pasaron más hambre y su nivel de vida descendió todavía más. La victoria de los obreros es imposible sin sacrificios, sin un empeoramiento temporal de su situación. Debemos decir a los obreros lo contrario de lo que dijo Crispien. Si se quiere preparar a los obreros para la dictadura y se les habla de un empobrecimiento «no demasiado grande», se olvida lo principal, a saber, que la aristocracia obrera surgió porque ayudaba a «su» burguesía a conquistar y estrangular el mundo entero por la vía imperialista, y de este modo consiguió salarios más altos. Si los obreros alemanes quieren ahora hacer la obra de la revolución, deben hacer sacrificios y no asustarse por ello.
En un sentido histórico-universal general es cierto que el culí chino en un país atrasado no está en condiciones de hacer la revolución; pero en los pocos países más ricos, donde gracias al saqueo imperialista se vive mejor, decir a los obreros que deben temer un empobrecimiento «demasiado grande» es contrarrevolucionario. Hay que decir lo contrario. La aristocracia obrera, que teme empobrecerse «demasiado» durante la lucha revolucionaria, no tiene sitio en el partido. De otro modo la dictadura es imposible, sobre todo en los países de Europa occidental.
¿Qué dice Crispien del terror y de la violencia? Son, según él, dos cosas distintas. Quizá en un manual de sociología pueda hacerse tal distinción, pero no en la política práctica, sobre todo aplicada a las condiciones alemanas. Contra gente que actúa como los oficiales alemanes en el asesinato de Liebknecht y Rosa Luxemburg, contra gente como Stinnes y Krupp, que compran la prensa, contra gente así nos vemos obligados a emplear la violencia y el terror. Desde luego, no hace falta anunciar de antemano que recurriremos sin falta al terror, pero si los oficiales alemanes y los partidarios de Kapp170 siguen siendo como ahora, si Krupp y Stinnes siguen siendo como ahora, entonces tendremos que aplicar el terror. No solo Kautsky, sino también Ledebour y Crispien hablan del terror y de la violencia con un espíritu completamente contrarrevolucionario. Un partido que se conforma con semejantes ideas no puede participar en la dictadura; está claro.
Luego, la cuestión agraria. Aquí Crispien se acaloró especialmente y se propuso acusarnos de pequeñoburgueses. Conseguir algo para los pequeños campesinos a costa de la gran propiedad terrateniente sería, dice, pequeñoburgués. La gran propiedad terrateniente debe, dice, ser expropiada, y la tierra entregada a sociedades cooperativas. Es un punto de vista pedante. Incluso en los países muy desarrollados, Alemania incluida, hay no pocos latifundios, no pocas fincas que se cultivan no mediante la gran producción capitalista, sino de modo semifeudal, no pocas parcelas de las que se puede cortar algo para los pequeños campesinos sin destruir las grandes explotaciones. Se puede conservar la gran producción y dar, sin embargo, al pequeño campesino algo muy importante para él. Por desgracia, no se piensa en esto; pero en la práctica hay que hacerlo, o se cometerá un error. Lo confirma, por ejemplo, el libro de Varga (antiguo comisario del pueblo de Economía Nacional de la República Soviética Húngara), que escribe que bajo la dictadura proletaria nada cambió en el campo húngaro, que los jornaleros agrícolas no notaron nada y los pequeños campesinos no recibieron nada. En Hungría hay grandes latifundios; allí se cultivan grandes superficies de tierra de modo semifeudal. Siempre se encontrarán, y deben encontrarse, partes de las grandes fincas de las que se pueda dar algo a los pequeños campesinos —quizá no en propiedad, sino en arriendo—, para que al pequeño campesino parcelario le toque algo de la propiedad confiscada. De otro modo el pequeño campesino no notará la diferencia entre lo que había antes y la dictadura soviética. Si el poder del Estado proletario no aplica esta política, no podrá sostenerse.
Si Crispien ha dicho: «no podéis negarnos convicciones revolucionarias», yo respondo: se las niego categóricamente. Se las niego no en el sentido de que no quieran ustedes actuar de modo revolucionario, sino en el sentido de que no saben pensar de modo revolucionario. Apuesto a que se puede elegir cualquier comisión de personas instruidas, darles diez libros de Kautsky y el discurso de Crispien, y esa comisión dirá: este discurso es kautskiano de cabo a rabo, está impregnado de principio a fin de las ideas de Kautsky. Todos los métodos de la argumentación de Crispien son kautskianos de cabo a rabo, y aquí se presenta Crispien y dice: «Kautsky ya no tiene ninguna influencia en nuestro partido». Quizá no tenga ninguna influencia sobre los obreros revolucionarios que se adhirieron después. Pero hay que considerar absolutamente demostrado el hecho de que Kautsky ha ejercido y sigue ejerciendo una enorme influencia sobre Crispien, sobre todo el curso del pensamiento y todas las ideas del camarada Crispien. Lo demuestra el discurso de Crispien. Por eso, sin inventar un sincerómetro ni un medidor de la sinceridad, se puede decir: la tendencia de Crispien no corresponde a la Internacional Comunista. Si decimos esto, con ello fijaremos la línea fundamental para toda la Internacional Comunista.
Si los camaradas Wijnkoop y Münzenberg han expresado su descontento porque hemos invitado al Partido Socialdemócrata Independiente y hablamos con sus representantes, considero que no tienen razón. Si Kautsky se pronuncia contra nosotros y escribe libros, polemizamos con él como con un enemigo de clase. Pero si el Partido Socialdemócrata Independiente, que ha crecido gracias a la afluencia de obreros revolucionarios, viene aquí a negociar, estamos obligados a hablar con sus representantes, porque representan a una parte de los obreros revolucionarios. Con los independientes alemanes, con los franceses, con los ingleses no podemos ponernos de acuerdo de golpe sobre la cuestión de la Internacional. El camarada Wijnkoop demuestra con cada uno de sus discursos que comparte todos los errores del camarada Pannekoek. Wijnkoop ha declarado, es verdad, que no comparte las opiniones de Pannekoek, pero con sus discursos demuestra lo contrario. Ese es el error fundamental de este grupo «de izquierda». Pero es en general un error del movimiento proletario que crece. Los discursos de los camaradas Crispien y Dittmann son discursos burgueses de cabo a rabo, con los que no se puede preparar la dictadura del proletariado. Pero si los camaradas Wijnkoop y Münzenberg van más allá en la cuestión del Partido Socialdemócrata Independiente, no estamos de acuerdo con ellos.
No tenemos, desde luego, un medidor de la sinceridad, como ha dicho el camarada Serrati, para comprobar la buena fe de las personas, y estamos plenamente de acuerdo en que no se trata de juzgar a las personas, sino de valorar la situación. Lamento que Serrati haya pronunciado un discurso sin decir nada nuevo. Su discurso era de los que oíamos en la II Internacional.
Serrati no tenía razón al decir: en Francia no hay situación revolucionaria; en Alemania hay situación revolucionaria; en Italia hay situación revolucionaria.
Pero incluso en el caso de que la situación fuera contrarrevolucionaria, la II Internacional se equivoca y carga con una gran culpa al no querer organizar la propaganda y la agitación revolucionarias, porque incluso en una situación no revolucionaria se puede y se debe hacer propaganda revolucionaria: lo demuestra toda la historia del Partido Bolchevique. En eso consiste precisamente la diferencia entre socialistas y comunistas: en que los socialistas se niegan a actuar como actuamos nosotros en cualquier situación, es decir, a hacer trabajo revolucionario.
Serrati no hace más que repetir lo que dijo Crispien. No queremos decir que tal o cual día estemos obligados sin falta a expulsar a Turati. Esta cuestión se ha tratado ya en el Comité Ejecutivo, y Serrati nos dijo: «nada de expulsiones, pero una depuración del partido, quizá sí». Debemos decir sencillamente a los camaradas italianos que a la orientación de la Internacional Comunista corresponde la orientación de los miembros de L'Ordine Nuovo171, y no la de la actual mayoría de los jefes del Partido Socialista y de su grupo parlamentario. Se afirma que esos jefes quieren defender al proletariado de la reacción. Chernov172, los mencheviques y otros muchos también «defienden» al proletariado de la reacción, pero eso no es en absoluto un argumento para admitirlos entre nosotros.
Por eso debemos decir a los camaradas italianos y a todos los partidos que tienen un ala derecha: esta tendencia reformista no tiene nada que ver con el comunismo.
Os pedimos, camaradas italianos, que convoquéis un congreso y deis a conocer en él nuestras tesis y resoluciones. Y estoy convencido de que los obreros italianos querrán permanecer en la Internacional Comunista.
Serrati. Todos me confundís con Turati. ¿Será quizá a propósito?
Lenin. Nadie confunde a Serrati con Turati, salvo el propio Serrati, al defenderlo.
Levi (Alemania). ¡Camaradas! Ante todo debo agradecer al camarada Wijnkoop la indulgencia con que ha tratado al Partido Comunista de Alemania, al declarar que no puede expresar en este círculo todas sus objeciones contra el partido alemán, porque aquí no hay solo comunistas. Le estoy tanto más agradecido a Wijnkoop por su indulgencia cuanto que no apruebo las razones por las que nos ha reconocido circunstancias atenuantes de nuestra culpa. Son precisamente esas razones las que nos aclaran por qué antes se rebelaba tanto contra la presencia de cuatro independientes en esta sala. Wijnkoop, al parecer, temía no sin fundamento ser el primero en caer bajo la influencia de los independientes; porque los argumentos que ha dado Wijnkoop para explicar por qué no quiere criticarnos demuestran que ese temor suyo estaba justificado: son argumentos típicos del Partido Socialdemócrata Independiente, que con ellos encubre todos sus pecados. Recurre a un argumento del ala izquierda del Partido Socialdemócrata Independiente contra el que hemos luchado sin cesar y con tenacidad, y esa ala también dice siempre: no queremos poner al descubierto nuestras divergencias, no queremos decir nada de ellas cuando hay extraños presentes. Y nosotros decimos que semejante conducta revela una incomprensión funesta de la importancia de las divergencias en el seno del proletariado alemán. Si se han cometido errores, debemos ponerlos al descubierto, estén presentes o no los adversarios. Esta ideología del camarada Wijnkoop es tan típica de los independientes que esta fórmula explica toda la actuación de la delegación de los independientes en este congreso y toda la política de los independientes durante la revolución alemana. ¿Cuál es en el fondo el sentido más profundo de las divergencias con Dittmann y Crispien que se pusieron de manifiesto aquí ayer por la tarde? La afirmación, repetida hasta el cansancio: estábamos en contacto con las masas; estábamos donde estaban las masas; las masas aprobaban nuestra conducta. Esa manera de entender el papel del partido respecto de las masas es radicalmente errónea. Porque, tan cierto como que el partido no puede llevar adelante la lucha revolucionaria sin la participación de las masas, es peligroso que el partido se limite a escuchar a cada minuto lo que hacen las masas y a decir a cada minuto solo lo que puede halagar a las masas. Sin embargo, ese es el método político que ha seguido hasta ahora el Partido Socialdemócrata Independiente, que incluso presume de defender en cada momento solo lo que las masas desean. Por eso su historia es una historia de extravíos y errores, en general una historia del fracaso de las masas alemanas. Donde se equivocaban las masas, se equivocaban también los independientes alemanes; donde las masas no eran conscientes de su fuerza, tampoco los independientes apelaban a su fuerza, sino que mostraban debilidad junto con las masas.
Una voz. ¡Detrás de las masas! Nunca han comprendido el papel dirigente del partido revolucionario.
Levi. Y todavía hoy quieren demostrar que tenían razón en todos sus errores, cuando lo más importante sería decir en qué consistieron sus errores, establecer qué ocurrió y cómo, no para darnos el gusto de verlos como pecadores arrepentidos (no necesitamos la penitencia de Crispien y Dittmann), sino —y esto, en mi convicción, debe ser la parte más importante de la explicación entre los independientes y la III Internacional— para que las masas obreras alemanas que están hoy en el Partido Socialdemócrata Independiente tomen consciencia de toda su debilidad en el pasado, de todos sus errores. Por esta razón, y por esas masas obreras, en la explicación entre nosotros la regla principal debe ser ahora: que entre nosotros reine la verdad. Opino que, con toda la sinceridad subjetiva que han mostrado aquí los camaradas Dittmann y Crispien, todo lo que han dicho es falso, falso en cada línea. Confieso que es demasiado que Crispien, que tuvo en otro tiempo un pasado mejor, se valga de sus antiguas relaciones con la Liga Espartaco para identificar la oposición de la Liga Espartaco con la historia del nacimiento del Partido Socialdemócrata Independiente, cuando Crispien sabe perfectamente que la organización del Partido Socialdemócrata Independiente tuvo otro origen, que no se formó principalmente con miembros de la Liga Espartaco, sino con la oposición de agosto de 1914, confusa, vaga y semipacifista —Bernstein, Ledebour, Kautsky y otros—, que no tenía clara ni una sola cuestión y estaba en desacuerdo en todas. Recuerdo la posición de Ledebour en octubre de 1914, cuando declaró: «Cuando los rusos estén en Fráncfort del Óder, entonces estaré de acuerdo en votar los créditos». Presentar las cosas como si el Partido Socialdemócrata Independiente hubiera surgido de una oposición a la guerra pequeña, consciente y consecuente es engañar a las masas alemanas.
Y más. Del mismo modo que el camarada Crispien ha presentado de manera confusa el comienzo de la historia del Partido Socialdemócrata Independiente, Dittmann y Crispien han descrito falsamente la conducta del Partido Socialdemócrata Independiente durante la guerra. No es verdad que el Partido Socialdemócrata Independiente hiciera propaganda antimilitarista y difundiera literatura clandestina. ¡Todo lo contrario, camarada Dittmann! Uno de los momentos más estremecedores de la guerra fue para mí aquel en que, en la sesión del Reichstag en que el canciller Michaelis reprochó a los independientes su propaganda antimilitarista en la flota, el Partido Socialdemócrata Independiente renegó del camarada Reichpietsch y de los otros camaradas que yacían ya en la tumba173, las primeras golondrinas de la revolución, los primeros muertos caídos por la revolución.
Dittmann. ¡Falso! ¡Todo lo contrario!
Levi. No, es verdad que los independientes se justificaron entonces diciendo que no habían hecho propaganda antimilitarista y que solo habían dado a aquellos hombres el programa del Partido Socialdemócrata Independiente. No dijisteis: «Son nuestros camaradas». No dijisteis: «Por el camino por el que fueron los caídos deben seguir miles».
Dittmann. ¡Mentira!
Levi. Retire la palabra «mentira»; le leeré el acta taquigráfica.
La misma falsedad que se ha contado aquí sobre la conducta del Partido Socialdemócrata Independiente durante la guerra se ha contado también sobre la posición del Partido Socialdemócrata Independiente después de la guerra. Dittmann ha expuesto con detalle las circunstancias que llevaron a la ruptura definitiva de relaciones con Rusia. Alega que la expulsión del camarada Ioffe fue de hecho obra del príncipe Max. Pero está establecido, y puede demostrarse documentalmente en cualquier momento, que Ioffe estaba todavía al alcance del gobierno alemán cuando el gobierno «socialista» llegó al poder. Fue precisamente el gobierno «socialista» el que llevó a cabo la expulsión del camarada Ioffe. Expondré brevemente los hechos: el Consejo de Obreros y Soldados de Berlín, en su sesión del 10 de noviembre, aprobó la siguiente resolución: «El Consejo de Obreros y Soldados decide que el gobierno debe reanudar inmediatamente las relaciones con el gobierno ruso y espera a los representantes de este en Berlín». Pero el Consejo de Comisarios del Pueblo decidió por unanimidad no ejecutar esta resolución. El 19 de noviembre se celebró una reunión del gabinete, cuya acta se ha publicado y que citó ayer el camarada Rádek. En la reunión participaron, además de los comisarios del pueblo, el doctor David, Kautsky y el consejero privado Nadolny. El acta dice textualmente: «Continuación del debate sobre las relaciones de Alemania con la República Soviética. Haase aconseja actuar con lentitud... Kautsky se suma a Haase; hay que aplazar la decisión. El poder soviético no durará mucho y será derribado en pocas semanas»... Este punto de vista de Haase, Kautsky y Barth fue aprobado por unanimidad por el gabinete, según informó el Vorwärts (Vorwärts del 18 de diciembre de 1918).
Al camarada Dittmann le ha ocurrido la desgracia de demostrar más de lo que debía demostrar. Porque, si fueran ciertos los hechos que ha aducido el camarada Dittmann, de que ellos, los independientes, estuvieron todo el tiempo por la reanudación de las relaciones con Rusia, no haría falta demostrar que la no reanudación de esas relaciones se justificaba por la difícil situación de Alemania en aquel momento.
Y más: se sabe que el Consejo Ejecutivo de Berlín decidió invitar a delegados de la República Soviética Rusa al primer congreso de los consejos. Moscú aceptó la invitación, y la delegación soviética, encabezada por Rádek, se puso en camino. Entonces el consejo central de Kovno preguntó por telégrafo al gabinete qué actitud debía adoptar ante la entrada de la delegación. El Consejo de Comisarios del Pueblo decidió, con el voto en contra de Barth, pero con el apoyo de Haase y de Wilhelm Dittmann, responder lo siguiente:
«Rogamos comuniquen a la delegación rusa que, teniendo en cuenta la situación en Alemania, debe renunciar a su propósito de venir. Por tanto, no se le permitirá la entrada».
En la sesión del Reichstag del 15 de febrero de 1919 Noske174 declaró —y quiero decir a los camaradas del Partido Socialdemócrata Independiente: si Ledebour afirmó en el congreso de Leipzig del partido que el ingreso en la III Internacional quita al Partido Socialdemócrata Independiente el derecho moral a polemizar contra Noske, que vean Ledebour y los demás que existen otros hechos que dan a Noske motivo para atacar a los independientes—; así pues, en la sesión del 15 de febrero Noske dijo lo siguiente:
«El señor Haase se queja de las relaciones con Rusia creadas por el gobierno. Un colega me ha informado de que en noviembre de 1918, en una reunión del gabinete en la que participaba el señor Haase, Kautsky propuso no reanudar las relaciones con la Rusia bolchevique, porque con ello se atraería uno un descontento todavía mayor de la Entente. El señor Haase estuvo de acuerdo. Cuando el Consejo Ejecutivo de Berlín invitó a Rádek y al embajador Ioffe, expulsado antes de Berlín, al congreso de los consejos de obreros y soldados, el gabinete, que estaba al completo, y por tanto con la participación del señor Haase y del señor Dittmann, decidió por cinco votos contra uno rechazar esa visita como indeseable».
Está documentalmente probado que los independientes no fueron en absoluto derrotados por mayoría de votos, porque su propia prensa aprobó esa conducta suya. En un recorte del número 57 de Freiheit, del 10 de diciembre de 1918, leemos lo siguiente:
«El Consejo de Comisarios del Pueblo actuó solo bajo la más fuerte presión de las circunstancias cuando pidió a los camaradas rusos que se abstuvieran de entrar en Alemania. Ante la enorme superioridad de fuerzas de la Entente, no podía ni debía asumir la responsabilidad de un empeoramiento de las condiciones de paz que podría haber sido consecuencia de la entrada de los camaradas rusos».
¡Y todavía decís que en vuestro partido no había wilsonismo! Aquí se planteó en toda su magnitud una cuestión histórico-universal: ¿Wilson o la revolución rusa? Y vosotros estuvisteis por Wilson. Diréis: sí, entonces quizá; pero ahora el wilsonismo está ya superado en el partido. Pues puedo contaros aún más. El 4 de junio de 1920 apareció en Freiheit, cuya autoridad dentro del Partido Socialdemócrata Independiente no puede negarse, lo siguiente:
«En el cuestionario que las sociedades pacifistas de Alemania enviaron a todos los candidatos y a las direcciones de los partidos, y que contenía entre otras las preguntas de si Alemania debe entrar en la Sociedad de Naciones, si la revisión del Tratado de Versalles debe buscarse solo por vía pacífica y si, conforme a la Constitución del Reich, debe impartirse en todas las escuelas una educación en el espíritu de la reconciliación entre los pueblos, las direcciones del partido del Centro, del Partido Demócrata y del Partido Popular Nacional-Demócrata se pronunciaron de manera incondicionalmente afirmativa, igual que los órganos centrales de los socialistas de derecha y de los independientes. Numerosos candidatos de dichos partidos respondieron en el mismo sentido. De los dos partidos de derecha no se ha recibido respuesta».
Más. En Alemania no ha terminado todavía la lucha entre Occidente y Oriente, entre Wilson y la revolución rusa. La situación de Alemania se volverá grave y trágica. Volverá a llegar el momento en que el destino de la revolución mundial quedará durante meses, quizá durante años, en manos del proletariado alemán. Si el conflicto entre la Entente y Rusia se agudiza todavía más y se llega a enfrentamientos, la posición del proletariado alemán tendrá una importancia decisiva. Pero ¿qué leemos a este respecto en el último número de Freiheit? Acabo de recibir el Berliner Tageblatt del 23 de julio de 1920, y en él se citan las palabras de Breitscheid175 sobre las relaciones germano-rusas:
«Con la actual correlación de fuerzas, Alemania, siguiendo esta política, puede verse en una situación muy difícil; no puede dejar de reconocerse. La posibilidad de una resistencia armada está casi por completo excluida. No se puede imitar el ejemplo que dio Bélgica en 1914. No podemos llegar a una nueva guerra con Francia e Inglaterra. Con todo, debemos subrayar con todas nuestras fuerzas nuestro derecho y, en la medida de lo posible, dificultar a los gobiernos aliados la violación de la neutralidad».
¿Sabéis, camaradas del Partido Socialdemócrata Independiente, lo que contienen estas líneas? Una propuesta directa a la Entente de regatear la neutralidad del proletariado alemán o, mejor dicho, el deseo del proletariado alemán de luchar mano a mano y hombro con hombro con el proletariado ruso: ya una vez se vendió así al proletariado alemán a la Entente. No citaré los pasajes, ya citados aquí muchas veces, del discurso que pronunció Hilferding en Leipzig, donde fundaba su negativa a actuar junto con Rusia en que la Rusia soviética estaba, según él, en vísperas de la bancarrota, y donde declaró con victoriosa seguridad: «Nosotros, en Alemania, no estamos en vísperas de la ruina».
¿Y cuál fue la posición de Ledebour? Se pronunció contra el terrorismo y por una moral política superior; y para aclarar lo que entiende por terrorismo dijo lo siguiente: «Los actos en que pienso no son en absoluto aquellos de que hablan los adversarios de los bolcheviques, sino los actos que los propios bolcheviques reconocen haber cometido. Son la supresión de la libertad de opinión, la supresión de toda la prensa hostil, así como de toda clase de reuniones, y también la creación de comisiones extraordinarias a las que se dan poderes judiciales ilimitados, mientras que los acusados no tienen ninguna garantía jurídica para defenderse del ejercicio de esas funciones judiciales. Esto es lo que debemos censurar, camarada Stoecker, aunque podemos reconocer circunstancias sumamente atenuantes de la culpa de los bolcheviques».
Hilferding, por su parte, dijo en su discurso lo siguiente: «Lo que censuramos sin reconocer en absoluto circunstancias atenuantes es el terror». Y luego continuó diciendo que ese es precisamente el punto en que es imposible un acuerdo. Ledebour lo apoyó en esto.
A todo esto se añade el funesto programa de acción de Leipzig176. Se parece a un terrón de arcilla con el que, a voluntad, se puede modelar una cara bonita o una jeta horrible. Del programa de acción elaborado en Leipzig solo he sacado una cosa en limpio, a saber, el hecho de que en Leipzig estaban presentes las corrientes más diversas.
Cuando nosotros teníamos diferentes corrientes, lo decíamos con claridad y no hacíamos lo que os reprocho. En el programa de acción, en cambio, solo veo claramente que lo votaron Kautsky y Hilferding, por un lado, y Däumig y Stoecker, por otro. ¡De eso precisamente os enorgullecíais! (Una voz: «Kautsky no votó».) Pero Hilferding sí votó, ¿no? Y si Kautsky no votó, ¿por qué mantenéis en vuestro partido a gente que no está de acuerdo con el programa de acción? ¿Qué habéis hecho con los que no están de acuerdo con él?
Y con este programa de acción, que no es ni carne ni pescado, se presentan en Moscú y dicen: «Si el programa de Moscú concuerda con nuestro programa de acción, nos adheriremos». Este programa de acción vuestro es tan amplio que con él se puede «concordar» todo. Por eso exigimos explicaciones precisas sobre este punto. En la prensa francesa, en L'Humanité, apareció el informe del camarada Frossard sobre sus conversaciones con Crispien en Suiza, donde Crispien mantenía el mismo punto de vista: «Tenemos nuestro programa de acción, y no entraremos en la III Internacional ni sans conditions, ni sans concessions»177.
Explicadnos, pues, ahora claramente en qué consiste vuestro programa de acción; poned de una vez toda esta historia sobre una base política, y que Crispien nos diga qué condiciones y concesiones tiene en mente. En lugar de un programa de acción que concilia a Hilferding con Stoecker y que consta solo de frases, dadnos de una vez un verdadero programa político, para que se pueda saber cuáles son vuestras opiniones. Entonces tendréis lo que los independientes necesitan ahora. Y no hablo en absoluto de la escisión, con la que tanto os gusta asustar; digo solamente que os veréis obligados a decir a las masas lo que queréis vosotros y lo que quieren los otros. Esta exposición de los principios fundamentales, importante y decisiva a mi juicio, es precisamente el punto en que debe insistir la III Internacional. Yo mismo soy demasiado abogado...
Dittmann. Totalmente cierto.
Levi. … como para no saber cuán imperfectas son las obras de los abogados. Y por eso debo confesar que soy muy escéptico respecto a la formulación de los 19 puntos; con ella no se consigue lo que hoy es más importante en la vida del Partido Socialdemócrata Independiente: que las masas comprendan de qué se trata; no se consigue lo que las masas buscan y lo que los independientes no les han dado hasta ahora: un programa político claro. Y la tarea principal del congreso, a mi juicio, consistirá en hablar con palabras claras y comprensibles a los obreros alemanes que simpatizan con nosotros y decirles qué
es, dónde está y cómo es esa ala derecha que hasta ahora ha sabido encubrirse con tanta habilidad inventando las frases revolucionarias que las masas pedían. Así he entendido hasta ahora la lucha contra los independientes alemanes. Tenemos que formular con claridad la crítica para la que en las filas del Partido Socialdemócrata Independiente aún no se han hallado el valor y la fuerza, expresar con nitidez el sentimiento de vago descontento que allí existe, el impulso de ir más allá de la política actual del Partido Socialdemócrata Independiente. Así debemos ayudar a nuestro partido y a las masas del Partido Socialdemócrata Independiente, y llevar adelante nuestra crítica. Debemos decir a las masas lo que hasta ahora no han oído de boca de sus propios dirigentes, ni siquiera de los de izquierda. Sabemos muy bien que, en respuesta a esta crítica nuestra, querrán desacreditarnos diciendo que solo nos preocupamos del Partido Comunista de Alemania y que solo tenemos en vista los intereses de nuestro partido. Pero, a pesar de ello, lograremos que las masas nos comprendan y obligaremos antes al ala derecha a alzar por fin la visera. En este sentido seguiremos con nuestra crítica, no por nosotros, sino por las masas que militan en el Partido Socialdemócrata Independiente, a las que, con todos los golpes de nuestra crítica, debemos decir:
«El dios Amor te atormenta
porque te ama y desea
que seas puro y feliz».
Zinóviev. Para terminar hoy el debate, propongo denegar la palabra a todos los que la piden por segunda vez y no permitir a los oradores hablar más de diez minutos. (Se rechaza la propuesta.)
Humbert-Droz (Suiza).178 Me parece que en el debate que se ha desarrollado el lugar principal lo ha ocupado la cuestión de la adhesión del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y del Partido Socialista Francés. En cambio, las condiciones generales de admisión en la III Internacional no se discuten. Y, sin embargo, aquí hay dos cuestiones muy distintas. Por un lado, nos corresponde fijar las condiciones generales para todos los partidos que desean ingresar en la III Internacional, incluidos el Partido Socialdemócrata Independiente y el Partido Socialista Francés. La otra cuestión es específicamente la de la adhesión de los independientes y del Partido Socialista Francés. Solo podremos discutirla más adelante, cuando esos partidos hayan discutido ya nuestras condiciones generales y se dirijan a nosotros con una petición concreta de admisión. Hoy eso no ha ocurrido todavía, y debemos ampliar el objeto del debate, porque en la misma situación que el partido independiente y el francés se encuentran también otros partidos, aunque desde luego menos importantes, como el español, el suizo y otros. Si el ala izquierda del partido suizo no hubiera enviado una delegación propia, su Dirección habría enviado una delegación semejante a las de los partidos francés e independiente, y quizá habríamos visto a Naine o a Graber,179 que fueron enconados adversarios de la dictadura del proletariado, en el congreso de la III Internacional con voz consultiva. Es característica del partido suizo esa orientación vacilante, propia de los centristas, que se inclina ora a la derecha, ora a la izquierda, según las influencias dominantes. En el congreso de agosto del año pasado el partido suizo abandonó por unanimidad la II Internacional y, por una enorme mayoría de votos, se adhirió a la III Internacional. Pero fueron nombrados secretarios dos ponentes que en el congreso habían intervenido contra la III Internacional: Jeiler y Graber. En el referéndum, celebrado cuando todos estaban ocupados con las elecciones, la adhesión fue rechazada por unos 15.000 votos contra 8.000.
Entonces la propia Dirección del partido tomó la iniciativa de la «reconstrucción» de la Internacional. Al principio esa reconstrucción se entendía como la creación de una Internacional centrista de la que quedarían excluidos, por la derecha, los elementos socialpatriotas y, por la izquierda, todo lo «ambiguo, propenso al anarquismo» que había entrado en la III Internacional.
Después del congreso de los independientes alemanes, esa idea cedió el puesto al plan de los independientes: entrar en la III Internacional poniendo sus condiciones y tratando de hacer más difusos sus fundamentos teóricos.
Varias veces hubo en Berna negociaciones entre representantes de los partidos independiente, francés y suizo; cuando el partido de los independientes nos dice que las negociaciones con él deben llevarse sobre la base de su programa de Leipzig, nosotros le reprochamos haber negociado con la Dirección de nuestro partido, que combatía los puntos principales del programa de Leipzig: la dictadura del proletariado y el sistema de los soviets. El Comité Central del partido no aprobó esa táctica de «reconstrucción». En abril se aprobó la propuesta de Grimm, que se oponía a la resolución sobre la «reconstrucción» presentada por Graber. Esa resolución de Grimm se pronuncia por la adhesión a la III Internacional por la razón de que la III Internacional permite servirse de la democracia en el periodo prerrevolucionario. Sin embargo, al día siguiente la Dirección del partido tranquilizó a los partidarios franceses de la «reconstrucción» comunicando por telégrafo al periódico Le Populaire180 que aquella propuesta había sido por parte de Grimm solo una argucia táctica para evitar la escisión con la izquierda. Las negociaciones continuaron. Mientras la delegación de los independientes y de los socialistas franceses viajaba a Rusia, Paul Faure, el representante de los independientes y el partido suizo proseguían sus negociaciones de Berna sobre la «reconstrucción». La Dirección del partido había decidido enviar una delegación a Rusia para hacer allí el mismo trabajo de «reconstrucción» que los independientes, pero renunció a ello cuando el ala izquierda envió su propia delegación.
Ahora hay una cosa clara: ninguna «reconstrucción» es posible. Ese intento estaba condenado de antemano al fracaso, porque contenía todos los puntos débiles de la II Internacional, cuyo espíritu y orientación refleja: la falta de programa y de fundamentos teóricos, la falta de centralización internacional, toda esa pobreza de principios, ese federalismo que constituyeron la debilidad de la II Internacional e hicieron imposible la «reconstrucción» de la Internacional. Ante el cadáver de la II Internacional y la imposibilidad de reconstruir la Internacional, los viejos partidos socialistas se acercan a la III Internacional sin impregnarse de su espíritu, sin reconocer sus principios, temiendo su disciplina y su control. Pero, para no quedar aislados, esos partidos centristas aceptarán todas las condiciones con la esperanza de transformar la III Internacional desde dentro. Graber declaró en un congreso del partido que el partido se vería obligado a adherirse a la III Internacional, pero que se reservaría la posibilidad de trabajar en su seno para ensanchar sus bases. Ante el peligro de semejante invasión y contaminación por partidos centristas y oportunistas, la Internacional está desarmada. Esos elementos firmarán todas las condiciones que se les puedan proponer. Una veintena de tesis no nos ayudará a cerrar la puerta a los elementos oportunistas.
Por lo demás, creo que la propuesta del camarada Bordiga de obligar a esos partidos a excluir a la minoría que vote contra el programa de la III Internacional es útil para una primera depuración del partido de su extrema derecha. La palabra «escisión» asusta a todos los oportunistas, que ponen por encima de todo la unidad del partido. Esa primera depuración será, desde luego, incompleta, pero será el primer paso hacia la creación de un auténtico partido comunista.
La segunda condición esencial me parece que es un control estricto y sin desmayo del Comité Ejecutivo de la III Internacional sobre los partidos adheridos a ella. Los «reconstructores» y los oportunistas de todos los países tienen esta única preocupación común: la independencia de los partidos nacionales respecto del Comité Ejecutivo de la Internacional. «Queremos garantías», repiten en todos los tonos. Quieren tener en la III Internacional la misma libertad, la libertad de traicionar, que tenían en la II Internacional. Hay que dar al Comité Ejecutivo el derecho de imponer a ciertos partidos, según las circunstancias, además de las condiciones generales aprobadas por el congreso, condiciones especiales de admisión que respondan a su situación. Es necesario que el Comité Ejecutivo controle la actividad de los partidos y obligue a la depuración necesaria a los partidos que todavía están bajo la influencia de los oportunistas o que los admiten en sus filas. Däumig (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). He seguido con gusto y con atención el debate sobre este punto del orden del día, porque concedo gran importancia al resultado de estas deliberaciones, no solo para el partido que me ha enviado aquí, sino para toda la Internacional.
Partiendo de los debates de ayer y de hoy, y sobre todo de los discursos pronunciados por los representantes de pequeños grupos, podría llegar a la conclusión de que la Internacional Comunista debe ser y seguir siendo una Internacional de sectas y grupos, una Internacional de sociedades de propaganda, a las que es muy fácil llevar a una teoría común, a una línea común.
Sé con certeza que nuestros camaradas rusos no comparten esa opinión. No creo que aquí se quiera dar a Kautsky la gloria de profeta. En su nuevo folleto Pasado y futuro de la Internacional, partiendo de sus conocidas opiniones democráticas, socialreformistas y antibolcheviques, Kautsky escribe: «Lo que impedirá desde el principio a la III Internacional reunir en su seno a todos los partidos socialistas de masas es ese carácter de exclusividad que le es propio, como organización de una sola secta. Se limitará a la Europa oriental y a algunos disidentes de la Europa occidental». No creo que los camaradas rusos opinen que a la III Internacional le espera semejante porvenir. Pero si no es así, si la III Internacional no debe seguir siendo una sociedad de propaganda, sino que debe convertirse en una poderosa organización del proletariado de todo el mundo, entonces el congreso tiene que tener presente que a la III Internacional pueden atraerse también otros grandes partidos. Cuando se discute con partidos que tienen un gran número de afiliados y que llevan a sus espaldas décadas enteras de actividad política, naturalmente se encuentran en ellos muchos más puntos de ataque y motivos de crítica que en partidos que no han tenido que nadar en la corriente de la vida política. No me propongo invocar aquí ninguna circunstancia atenuante especial en defensa de mi partido. Pero una cosa sí quiero decir: que a mi partido no se le puede juzgar solo por esos aspectos generales, por esas declaraciones teóricas y esas voces de la prensa que hasta ahora han servido aquí de base para criticar al Partido Socialdemócrata Independiente. ¡No se puede generalizar como se ha hecho aquí casi siempre! No se puede ni es lícito decir que el Partido Socialdemócrata Independiente ha hecho esto o aquello, que ha pecado en tal o cual terreno. En Alemania las cosas son muy particulares; pero también de Alemania puede decirse que allí, desde la guerra mundial, todos los partidos están en fermentación y en estado de inestabilidad.
Contra lo que aquí se ha dicho pueden objetarse muchas cosas. Solo quiero dejar sentada una: después de la revolución de noviembre de 1918 surgieron en el seno del Partido Socialdemócrata Independiente dos corrientes radicalmente opuestas. Una estaba todavía impregnada de las viejas ideas democráticas y reformistas heredadas del partido de los socialistas de derecha; la otra, desde el primer día de la revolución, desde el primer día de la formación del gobierno de coalición, se situó en el terreno de la dictadura del proletariado, en el terreno del sistema de los soviets. Al principio la parte que defendía la dictadura del proletariado era minoría en el partido. Sin embargo, desde entonces hasta hoy esa minoría lo ha hecho todo para llevar cada vez más al Partido Socialdemócrata Independiente al terreno de la dictadura del proletariado. Sabéis que aún no está dicha la última palabra, que nos espera una lucha dura para alcanzar el objetivo; pero, con todo, en ese camino se ha recorrido ya bastante.
Cuando aquí varios oradores, Rádek y otros, discutían con Dittmann y Crispien y criticaban no sin razón la conducta de entonces del gobierno de los comisarios del pueblo, yo quisiera subrayar que junto a los comisarios del pueblo existía en Berlín el Consejo Ejecutivo,181 que, aunque en él predominaban los socialistas de derecha y los soldados, se pronunció con toda energía contra la diplomacia al estilo de Solf, por el restablecimiento de las relaciones con Rusia y por la recepción de una delegación de Rusia. Si no logramos imponernos, si nuestros esfuerzos no se vieron coronados por el éxito, hay que tener en cuenta que a nosotros, en Alemania, nos cuadran muy bien las palabras de Trotski: que tuvimos que luchar muy duramente contra la resistencia de la materia. Porque hay que distinguir: en ninguna parte, salvo en Inglaterra, hay una escisión tan profunda en el seno del proletariado como en Alemania. Tenemos que luchar con una capa nada desdeñable de obreros que van a la zaga del partido socialista de derecha, que siguen todavía bajo la influencia del clericalismo y nos cuelgan de los pies como pesas. Además, tenemos todavía un número considerable de obreros que se sitúan en el terreno burgués, y una masa informe, aún no organizada políticamente, indiferente a la política, a la que solo se puede hacer avanzar con ayuda de los obreros revolucionarios. Teniendo en cuenta estos hechos, lo hemos intentado todo para hacer clara la idea de la aplicación práctica de la dictadura a esos obreros, educados durante décadas en la ideología parlamentaria. En nuestro partido hubo diferencias muy agudas sobre si el sistema de los soviets es el único sistema sobre cuya base se puede construir la dictadura del proletariado. Hay que hacer constar que en esa lucha la ventaja fue quedando y se mantuvo cada vez más del lado de los defensores de la dictadura del proletariado. En esa lucha contra las ideas democrático-oportunistas, que sin duda existían y en parte existen todavía, se impusieron cada vez más las opiniones del ala izquierda.
Junto a ello, en Alemania hubo también una actividad revolucionaria muy tenaz. Solo quisiera señalar brevemente que desde 1918 no nos hemos limitado a exponer teóricamente nuestras opiniones en las asambleas y en toda clase de ocasiones públicas legales, sino que hasta hoy, en todos los terrenos, en la medida de nuestras fuerzas y medios, hemos cumplido con nuestro deber, como lo seguiremos cumpliendo. Que no hayamos encontrado el apoyo correspondiente en el partido se comprende fácilmente por la historia de su desarrollo y por sus concepciones fundamentales. Con la conciencia tranquila puedo decir que la opinión sobre la necesidad de los medios ilegales y la idea de la dictadura del proletariado las ha asimilado ya todo nuestro partido, y que hemos pasado a llevar esa comprensión a la práctica.
En nuestro congreso de marzo estaban todavía muy vivas las tendencias e ideas democráticas, pero, por otra parte, la propaganda a favor del sistema de los soviets se había reforzado tanto que ya no se la podía ahogar, y por eso se formuló: «incorporación del sistema de los soviets a la Constitución». Y todo el desarrollo posterior ha llevado a que nuestro partido, en su acción, se haya situado incondicionalmente en el camino revolucionario y deba considerarse plenamente revolucionario. Aunque en el plano teórico esa clarificación no se ha completado todavía, hay que decir que el congreso del partido de Leipzig significa un paso adelante de importancia histórica respecto al congreso de marzo en Berlín. Pero tampoco el congreso de Leipzig representa un valor eterno. Estoy convencido de que dentro de pocos meses, precisamente bajo la influencia de lo que hemos visto aquí, elaboraremos un programa todavía más concreto que el actual programa de acción de Leipzig. Y como, por otra parte, la III Internacional en su conjunto debe ser no una sociedad de agitación sino una sociedad de acción, estoy convencido de que la organización y la actividad de mi partido experimentarán cambios conforme a las exigencias que le plantee la III Internacional como Internacional de acción, y yo mismo pondré en ello todo mi empeño. No será tan fácil, porque nuestra organización, en contraposición a la centralización democrático-reformista del viejo partido socialdemócrata, se ha vuelto descentralizada. En el viejo partido fuimos testigos, como oposición, de cómo la Dirección del partido de los Scheidemann y los Ebert actuaba dictatorialmente, disponía de la caja del partido, robaba periódicos y cometía toda clase de atropellos, y gracias a ello surgió entre los obreros avanzados de Alemania una fuerte aversión a la dirección centralizada y a la estructura centralizada de la Dirección. Y esa aversión tuvo como consecuencia una fuerte descentralización del partido. No tenemos la plenitud de poder que tiene y debe tener el Comité Central ruso en la época revolucionaria que vivimos. El desarrollo revolucionario en Alemania, sin duda severo, nos habría obligado también a nosotros a adaptar nuestra organización a las necesidades de la revolución. Ahora el impulso para ello va de Moscú a Alemania, y podremos y deberemos superar nuestra estructura organizativa descentralizada. Porque las cosas son así: las dificultades teóricas que existen entre nosotros, que tiene cada partido, también el mío, encuentran un fuerte contrapeso en el ejemplo de nuestros camaradas rusos, a quienes no me propongo hacer cumplidos, pero de quienes, tras una observación serena y sobria, puede decirse que aquí una voluntad clara y firme tiene en sus manos a un pueblo entero, una voluntad que, por los canales que parten de la Internacional, ejercerá su influencia también en Alemania. El segundo contrapeso es este: cada kilómetro que recorre el Ejército Rojo es un estímulo para la revolución, un paso adelante hacia la revolución en Alemania (Aplausos); ese hecho nos obliga a responder a las exigencias del momento.
No todo lo que se quiere y se desea sale bien; pero estoy convencido de que, si ahora oímos hablar de una grandiosa manifestación de los obreros de Berlín con motivo de la detención de Béla Kun, en ello ha desempeñado un papel nada desdeñable la actividad del Partido Socialdemócrata Independiente, que llamaba a los obreros a luchar por la Rusia soviética, por la revolución en Alemania; el Partido Socialdemócrata Independiente seguirá actuando y trabajando así para ser un miembro digno de la III Internacional.
No es verdad que nuestro partido sea un partido gubernamental. A un partido hay que juzgarlo (no concedo gran importancia a este argumento) también por los juicios que de él hacen sus adversarios. Repasad los periódicos, no solo el Vorwärts, sino toda la prensa provincial de derechas, y os haréis una idea de la lucha desesperada que se libra contra el Partido Socialdemócrata Independiente; tendréis que hacer constar que al Partido Socialdemócrata Independiente, junto con el Partido Comunista, se le considera enemigo del Estado.
Quisiera decir algo más sobre el Partido Comunista de Alemania. Se fundó, en mi opinión y en la de muchos otros, en un momento no especialmente favorable para el campo comunista. (Una voz: ¡Pero si entonces queríais fundar el partido juntos!)
Däumig. Lo queríamos; ¿y por qué no salió nada de ello? Porque el primer congreso del partido comunista adoptó por principio una posición que luego dejó de reconocerse, y porque en el congreso fundacional estuvieron presentes no pocos elementos que el partido comunista se vio obligado después a apartar de sí. Pero precisamente bajo la influencia de esos elementos se formularon las condiciones y se fundó el partido comunista. Y una vez creada una organización para esos fines, adquirió intereses propios, y en estos años se ha hecho mucho de lo que hay que llamar falta de claridad en la táctica y ataques injustos contra el Partido Socialdemócrata Independiente. Puedo decirlo respecto a la cuestión de los soviets y también respecto a otras cuestiones. Aquí no hay lugar para malentendidos. Es muy fácil mirar por encima del hombro, desde la altura de la propia sabiduría teórica, a la gente a la que le toca el trabajo menudo. También el trabajo revolucionario exige muchísimas tareas pequeñas. Una vez le dije al camarada Levi que en Alemania el partido comunista es el maestro de la revolución, y el Partido Socialdemócrata Independiente le sirve a la revolución de chivo expiatorio.
Pero considero que vivimos un momento histórico tan importante que nos aguarda una misión grandísima. Estoy firmemente convencido de que todos los desdichados obstáculos que frenan la marcha victoriosa de la revolución en Alemania pueden y deben ser eliminados por la influencia que parte de aquí y en la que participamos también nosotros. Creo que será posible situar al Partido Socialdemócrata Independiente en el terreno de la III Internacional; si llevamos hasta el final la discusión teórica, se verá que entre independientes y comunistas ya no existe contradicción alguna. Entonces, con buena voluntad por ambas partes, se resolverá por sí misma también la segunda cuestión, la de organización.
Por nuestra parte, las pruebas han de ser los actos que se produzcan en el futuro próximo, y me los figuro así: en la medida en que puedo hablar por mí personalmente, llevaremos a Alemania todas las indicaciones y tesis de la III Internacional y haremos todo lo posible para que no quede ni una sola organización que no las haya discutido, reconocido, llevado a cabo y aplicado en la práctica, todo esto tan necesario.
Cuando hayamos dado a conocer a nuestro aparato del partido los deseos de la Internacional —y todo nuestro aparato del partido debe trabajar en esa dirección—, convocaremos un congreso de nuestro partido, y entonces se verá si su mayoría está en el terreno de la III Internacional. Si es así, entre nosotros ya no habrá sitio para gente como Kautsky; debe tener la honradez de despedirse del partido ante el mundo entero; y vosotros, sobre la base de la centralización, de la concentración de fuerzas, tendréis siempre la posibilidad de vigilar nuestros periódicos, la Dirección del partido, etc. Apartaremos a los elementos que no estén en el terreno de la III Internacional.
No se nos ha dado mandato de adherirnos, sino solo de escuchar las condiciones y de decir que estamos firmemente decididos a llevar la III Internacional Comunista mucho más allá de la tan imperfecta Internacional anterior, ¡y a convertirla en una Internacional sólida, fuerte y auténtica de todo el proletariado mundial!
Dahlström (Suecia).182 Si he pedido la palabra, no es para replicar a las observaciones insignificantes que el camarada Zinóviev ha hecho contra mi partido, sino para dar al congreso alguna idea de la situación en nuestro partido.
Cuando en Suecia se formó el partido socialista de izquierda,183 ello ocurrió a raíz del intento del socialpatriota Branting de expulsar del partido socialdemócrata a nuestros camaradas Höglund, Kilbom y otros, que eran los militantes más radicales de la Unión de la Juventud. En la creación del nuevo partido participaron, entre otros, Carl Lindhagen, Ivar Vennerström y Carl Winberg, procedentes del viejo partido.
La Unión de la Juventud Socialdemócrata fue el núcleo del nuevo partido. Para no ser aplastados en seguida por el viejo y poderoso partido, nos vimos obligados a construir el partido sobre las bases más amplias posibles. Carl Lindhagen nunca se ha sometido a las decisiones del partido, y tampoco lo hace ahora: se llama a sí mismo «salvaje» y no tiene la menor idea de lo que es la disciplina de partido. Últimamente ha fundado una unión humanitaria; esa unión lucha muy a menudo contra nuestro partido. La posición que adopta Lindhagen respecto a la Sociedad de Naciones es absurda. El Partido Socialista de Izquierda no puede tener nada que ver con esa institución burguesa e imperialista.
Carl Winberg ve la cuestión del desarme de la manera siguiente. Debemos, dice, actuar en el parlamento a favor del desarme y no aprobar ningún crédito militar; al mismo tiempo, reconoce el armamento de la clase obrera como consecuencia necesaria de la época revolucionaria que vivimos, en la que una clase lucha contra otra. Esa es también la actitud de Ivar Vennerström, que no ha contraído ningún «matrimonio espiritual» con Branting y su partido, como dijo el camarada Zinóviev. Con ese partido de Branting ya no tenemos nada que ver. El Partido Socialista de Izquierda sueco surgió sobre la base de la Unión de la Juventud Socialdemócrata, que es el núcleo del partido, y esa unión de la juventud fue el motivo de la escisión del viejo partido y de la fundación del nuevo.
Höglund es desde hace muchos años la fuerza dirigente y, junto con Fredrik Ström, ha llevado al partido a través de los diversos obstáculos que se le han cruzado en el camino.
Comparto plenamente la opinión del camarada Zinóviev de que camaradas como Carl Lindhagen no sirven ni para nuestro partido ni para ningún otro partido político.
Nos hemos situado sin reservas en el terreno de la III Internacional y reconocemos sin reservas el Manifiesto comunista de Karl Marx. Para nosotros, la dictadura del proletariado y el armamento de la clase obrera son las premisas para llevar a cabo con éxito la revolución social. Además, el camarada Zinóviev ha dicho que es característico el nombre de nuestro órgano teórico dirigente: Zimmerwald. Para nosotros, en Suecia, Zimmerwald significó un punto de inflexión en el movimiento; ese nombre se ha conservado como símbolo de aquel giro, como una palabra que para nosotros solo tiene ese significado.
Stoecker (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania).184 ¡Camaradas! El camarada Ernst Meyer, del Partido Comunista de Alemania, exigió ayer públicamente la escisión del Partido Socialdemócrata Independiente. Para mi enorme sorpresa, esa exigencia contradice toda la táctica del Partido Comunista de Alemania desde nuestro congreso de Leipzig. En privado, el camarada Meyer me ha reconocido que se le escapó la frase, pero una declaración tan importante debe retirarse también públicamente.
En su momento, en diciembre de 1918, consideré la separación del partido comunista de nuestro partido un error fatal. Ese aislamiento se ha vengado cruelmente desde entonces.
La escisión del Partido Socialdemócrata Independiente sería ahora un error igual de grave. No hemos ocultado nuestro pesar por la separación de los comunistas. Además, hemos declarado aquí que, en caso de adherirnos a la III Internacional, procuraremos ante todo acercarnos al Partido Comunista de Alemania con el fin de llegar a un pleno acuerdo. Si nuestras relaciones con los comunistas se han visto a veces muy enturbiadas durante este año y medio, se ha debido en no pequeña medida a los errores y extravíos que hubo tanto en ellos como en nosotros. Ellos han ido aclarando su programa y su táctica en una dura lucha interna, y también nosotros tenemos detrás un largo proceso de desarrollo.
No es ningún secreto que en nuestro partido existían fuertes diferencias. Así, por ejemplo, tuvimos diferencias durante la guerra a propósito de las opiniones e ideas pacifistas que entonces defendían muchos camaradas; luego sobre la entrada en el primer gobierno revolucionario y sobre el carácter y el modo del trabajo en común con los socialistas de derecha, así como sobre muchas medidas de ese gobierno. Más tarde surgió la lucha sobre las cuestiones «¿Asamblea Nacional o sistema de los soviets?», «¿democracia o dictadura del proletariado?». Nadie puede negar que todas esas cuestiones las ha resuelto nuestro partido en el sentido que correspondía al curso posterior de la revolución.
En el momento actual todo nuestro partido está en el terreno de la revolución social y de la dictadura proletaria, y rechaza la falsa democracia burguesa, aunque no siempre se representa con toda la claridad necesaria la esencia y los métodos de la dictadura del proletariado.
Desearía a muchos de nuestros camaradas una voluntad revolucionaria más fuerte, una mayor claridad teórica. Pero, con todo, nuestro partido ha vivido un fuerte proceso de radicalización hacia la izquierda, y no hay duda de que seguirá desarrollándose en la misma dirección.
En Leipzig elaboramos un programa comunista que ha ejercido una poderosa influencia en el pensamiento revolucionario del proletariado alemán. Nadie discutirá que nuestro partido ha sido el principal participante en todas las acciones revolucionarias de masas en Alemania durante el último año y medio. El propio Comité Ejecutivo de la III Internacional ha reconocido que gran parte de los mejores elementos del proletariado alemán está en las filas de nuestro partido. Eso, desde luego, no habría ocurrido si nuestro partido no hubiera sido plenamente revolucionario en su actividad práctica y si no se hubiera desplazado fuertemente a la izquierda.
¿Quién nos distingue ahora de los comunistas, después de que estos se han situado en un terreno marxista claro? (Voces de protesta.)
Desde luego, todavía hoy existen entre nosotros diferencias sobre toda una serie de cuestiones. Por ejemplo, el camarada Levi ha citado aquí una declaración de Ledebour sobre la cuestión del terrorismo. Ledebour está casi solo en nuestro partido con sus opiniones bastante singulares. En la cuestión del empleo de la violencia estamos plenamente de acuerdo, salvo pocas excepciones, que siempre existirán en un gran partido de masas. En cuanto al terror, en Leipzig yo mismo repliqué a Ledebour y declaré que puedo muy bien imaginarme una situación revolucionaria en la que las medidas terroristas sean inevitables. Y estad seguros de que, si a la revolución alemana le ponen el cuchillo en la garganta, como a vosotros cuando Denikin estaba en Oriol, Yudénich ante Petrogrado y Kolchak en el Volga, la revolución alemana recurrirá sin duda a las mismas medidas revolucionarias que vosotros habéis aplicado en Rusia. Pero una cosa es tener clara esa necesidad y otra propagar abiertamente el terror como táctica programática. Estoy firmemente convencido de que ninguno de los partidos comunistas adheridos a la III Internacional ha reconocido en su programa la necesidad del terror como medida táctica.
Tomemos, por ejemplo, el Partido Comunista de Alemania. En el programa del partido, redactado por la camarada Luxemburg,185 se lee: «En las revoluciones burguesas, el derramamiento de sangre, el terror, el asesinato político eran el arma indispensable en manos de las clases ascendentes. La revolución proletaria no necesita el terror para alcanzar sus fines; odia y aborrece el asesinato».
Rádek. ¡Siga leyendo!
Stoecker. Espere, camarada Rádek, voy a seguir leyendo. Tras el rechazo terminante del terror, aquí se admite el empleo de medios violentos. Más adelante se dice: «La revolución proletaria no es un intento desesperado de una minoría de transformar el mundo por la fuerza según su ideal, sino la acción de la gran masa de millones del pueblo… A la violencia de la contrarrevolución burguesa hay que oponer la violencia revolucionaria del proletariado… La lucha por el socialismo es la guerra civil más encarnizada que haya visto la historia universal, y la revolución proletaria debe preparar para esa guerra civil las armas necesarias, aprender a manejarlas, a luchar y a vencer». Esas líneas son también para nosotros evidentes por sí mismas. La guerra civil en Alemania ya existe; participamos en ella y hacemos todo lo que está en nuestras manos para preparar a la clase obrera para las batallas decisivas que se avecinan.
Unas palabras más sobre dos puntos de nuestra carta de respuesta que han suscitado críticas. Ante todo, la cuestión de la continuidad (Kontinuität) de la vida económica durante la revolución. Se comprende que durante la lucha revolucionaria que se avecina el proceso de producción tropezará con serios obstáculos. En primer lugar, por las graves consecuencias de la guerra civil y de sus vicisitudes militares; en segundo lugar, porque emprenderemos de inmediato la transformación de la producción capitalista en socialista, y por la resistencia y el sabotaje de los empresarios que ello provocará. Quien aspira a la revolución social tiene que resignarse también a la alteración del curso regular del proceso de producción. En todo caso, en un país industrial como Alemania daremos más importancia al mantenimiento de la vida económica de la que se le dio en un país agrario como Rusia. Y aquí llego a nuestra formulación de que los métodos rusos no deben trasladarse mecánicamente a los países de Europa occidental. En Alemania no existe un ejército de millones de campesinos de ánimo revolucionario, como en Rusia, sino un campesinado contrarrevolucionario que probablemente nos causará las mayores dificultades. Además, tenemos un ejército de millones de trabajadores intelectuales: empleados de comercio, empleados de banca, técnicos, ingenieros, pequeños funcionarios, etc., una parte de los cuales debe ser con nosotros portadora consciente de la dictadura proletaria si no queremos que esta esté condenada a la derrota desde el principio. Así pues, en Alemania existen otras premisas para alcanzar la dictadura del proletariado y, probablemente, en algunos casos también otras formas de aplicar esa dictadura en la práctica. En general, desde luego, las lecciones de la revolución proletaria en Rusia sirven también para Alemania.
Si nuestro partido no ha llegado a la Internacional Comunista tan deprisa como habríamos querido, se debe en no pequeña medida a que en Alemania existe un partido comunista por el que las masas juzgan a la Internacional Comunista, y no podemos ni debemos callar que ese partido, con excepción de su Comité Central, en casi todas sus organizaciones locales y de distrito siguió durante mucho tiempo la política del actual Partido Comunista Obrero de Alemania.
Si menciono las enormes dificultades de la revolución social en Alemania, no es en modo alguno porque miremos el futuro con pesimismo. Al contrario: también entre nosotros el capitalismo se acerca cada vez más a su fin. En el terreno económico, financiero y del abastecimiento nos acercamos cada vez más deprisa a la catástrofe del capitalismo. Pronto, quizá dentro de pocos meses, tendremos que sostener nuevos combates revolucionarios en Alemania. Haremos todo lo posible por agudizar las contradicciones. Derrotaremos a la burguesía y crearemos la República Soviética Alemana. Y entonces lucharemos por la revolución mundial codo con codo con la Rusia soviética y la Internacional Comunista.
Jørgensen (Dinamarca). No tenía intención de tomar la palabra en este debate, pero algunas observaciones del camarada Zinóviev sobre el programa del partido socialista de izquierda danés me obligan a decir unas palabras sobre el programa y la actividad de ese partido.
Se comprende que es del todo imposible, en un discurso relativamente breve, tratar con detalle las relaciones de partido en Dinamarca. Solo quisiera señalar que nuestro partido se formó por la unión de tres partidos distintos:
el Partido Obrero Socialista Danés, que tenía un programa puramente comunista y pertenecía a la III Internacional ya desde comienzos de 1919;
la Socialdemocracia Independiente Danesa, que surgió al mismo tiempo que el partido obrero socialista, en abril de 1918, y tenía carácter pequeñoburgués;
la Unión de la Juventud Socialdemócrata, que, hasta la formación del partido unificado el 9 de noviembre de 1919, consideraba posible permanecer en el seno de la socialdemocracia.
Ya estos hechos indican que nuestro partido se formó con los elementos más diversos. Pero tanto el desarrollo económico como el político han obligado a nuestro partido a desplazarse cada vez más a la izquierda, y nuestro programa es el resultado de ese rápido desarrollo.
En nuestro congreso fundacional del 29 de febrero al 1 de marzo de este año no solo se decidió por unanimidad ingresar en la III Internacional, sino que se aprobó casi por unanimidad un programa que debe ser reconocido como comunista.
El camarada Zinóviev ha encontrado un punto débil en ese programa. Y el camarada Zinóviev tiene realmente motivo para ironizar sobre la frase que ha citado. Pero debo llamar la atención sobre el hecho de que 1) la traducción de esa frase que leyó era muy mala, y 2) el contexto general en que se encuentra la frase demuestra que nosotros, los comunistas daneses, no creemos que la revolución deba ser absolutamente incruenta, sino que solo afirmamos que quizá podría transcurrir sin derramamiento de sangre.
Quizá me permitáis leer una parte de nuestro programa que aclara nuestra posición respecto a la revolución y a la dictadura del proletariado.
«El curso de los acontecimientos ha demostrado plenamente que toda fe en un paso gradual e imperceptible al socialismo debe considerarse una utopía. La socialización de los medios de producción solo puede producirse mediante la culminación de la lucha de clases, cada vez más intensa, en la revolución social. Que sea incruenta y que termine pronto depende de que la propia burguesía comprenda que su papel ha concluido; de la conducta de la burguesía depende indirectamente también la duración de la dictadura del proletariado que la seguirá, necesaria para transformar el modo de producción y de distribución. La toma de posesión de todos los medios de producción y de toda la propiedad, también del cultivo de la tierra, debe hacerse por medio de los consejos de obreros de la ciudad y del campo, que al mismo tiempo toman el poder político y sustituyen al parlamento burgués.
»El Partido Socialista de Izquierda Danés considera su tarea unir a la clase obrera sobre esta base y prepararla para el gran combate decisivo entre la clase superior y la inferior.
»El partido no aspira simplemente a la dictadura de una clase social determinada, sino que la considera solo un estado de transición inevitable. Esa dictadura no puede establecerse mediante intentos desordenados de putsch o de revolución. El partido tiene como objetivo final el establecimiento de relaciones sociales armoniosas en las que quede abolido el sistema de opresión y violencia, y por ello lucha con todas sus fuerzas contra el militarismo.
»En su lucha, el partido se apoyará principalmente en la instrucción socialista de las masas y en las acciones extraparlamentarias, pero junto a ello se servirá también del parlamentarismo (participación en las elecciones parlamentarias y municipales) hasta que llegue el momento revolucionario en que pueda crear, a través de los consejos de obreros de la ciudad y del campo, una forma de gobierno basada en la igualdad política y económica general: la democracia del trabajo».
Como veis por el programa, en él no hay ni una palabra sobre la necesidad de una revolución pacífica e incruenta. Solo se habla de la posibilidad de una revolución incruenta en Dinamarca. En esto coincidimos con Lenin, que ha declarado y escrito muchas veces que en ciertos países económicamente atrasados es posible una revolución incruenta.
Lo importante no es si la revolución será sangrienta o incruenta. Lo principal es que la clase obrera conquiste el poder, no importa por qué medios. Personalmente, creo que la revolución será y tendrá que ser sangrienta en todos los países económicamente desarrollados, probablemente mucho más sangrienta que la revolución rusa, porque la burguesía europea es mucho más fuerte y está mucho mejor armada de lo que lo estaba la burguesía rusa.
Dinamarca es un país económicamente atrasado, y el pueblo danés se compone de pequeños campesinos y de pequeña burguesía. Una revolución en Dinamarca es del todo impensable mientras no se produzca la revolución en Alemania. Dependemos por completo del desarrollo del movimiento en los grandes Estados.
Reconozco que nuestro programa no es perfecto. Pero, con todo, el punto sobre la dictadura del proletariado, por ejemplo, está expresado en él de un modo mucho más claro y preciso que, por ejemplo, en el programa del partido socialista de izquierda sueco.
Pueden encontrarse muchos más motivos para criticar nuestra actividad que nuestro programa. Pero, con todo, en el breve tiempo de nuestra existencia hemos hecho un trabajo del que no tenemos por qué avergonzarnos. En un periodo relativamente corto, del 9 de noviembre al 1 de junio, hemos fundado 45 secciones de nuestro partido y hemos desarrollado ampliamente su trabajo. Hemos hecho también un trabajo de propaganda, sobre todo por medio de nuestro diario Arbejdet.
Tenemos que luchar con grandes dificultades, y todos los que conocen aunque sea un poco las condiciones danesas deben reconocer que Dinamarca tiene, relativamente, el partido socialdemócrata más fuerte y más corrompido.
Precisamente por nuestra comprensión de la necesidad de la dictadura proletaria, tenemos que luchar no solo contra los socialdemócratas, sino también contra los sindicalistas, que por principio están contra toda dictadura.
Pero estoy dispuesto a reconocer que a nosotros, los comunistas daneses, hay que empujarnos cada vez más a la izquierda, y no podemos sino estar agradecidos de recibir de la III Internacional impulsos hacia una agitación cada vez más revolucionaria y hacia acciones cada vez más revolucionarias.
Friis (Noruega)186 lee la siguiente declaración: «La delegación noruega llama la atención sobre el hecho de que, al establecer las condiciones de admisión en la Internacional Comunista, no se ha tenido en cuenta la forma organizativa particular del Partido Obrero Noruego, a saber, la afiliación colectiva al partido de sindicatos enteros.
»Remitiéndose a su informe sobre la actividad del partido, la delegación propone que se reanuden las negociaciones entre el Comité Ejecutivo y los partidos correspondientes que admiten la afiliación colectiva».
Zinóviev. Sobre esto solo puedo declarar que aprovecharemos la ocasión para examinar a fondo la situación, y aconsejamos a los camaradas noruegos que consigan una composición distinta del partido, sustituyendo la admisión colectiva por la admisión individual.
El partido sueco ha confirmado también lo que se ha dicho aquí.
El partido yugoslavo no es un partido oportunista, cosa que yo tampoco quise decir, sino un partido revolucionario. Pero no debe tolerar oportunistas en su seno.
A continuación presento la siguiente propuesta. (Lee la propuesta.)
A los partidos de todos los países les será muy útil temer un poco a la Internacional Comunista. Siempre debemos tener un espejo en el que los partidos vean su propio reflejo.
Ayer se preguntó al Comité Ejecutivo por qué no hay representantes del Partido Comunista Obrero de Alemania. Los representantes del Partido Comunista Obrero de Alemania, Rühle y Merges, declararon en el último minuto que no querían asistir al congreso. Al principio les habíamos dado voz consultiva, y en el último minuto les propusimos voto deliberativo, porque queríamos atraerlos a la discusión. Sin embargo, renunciaron a participar, declarando que, después de leer nuestras tesis, se habían convencido de que éramos demasiado oportunistas para ellos. Huyeron del congreso sin encontrar en sí mismos el valor de defender sus opiniones ante un auditorio como el congreso de la Internacional Comunista. Así pues, no están aquí porque no quieren estar aquí.
Estoy de acuerdo con los camaradas que dicen que la última declaración de Cachin y Frossard es cierto paso atrás. Al recibir su declaración, les escribí la siguiente carta. (Lee.)
Me respondieron con una carta. (Lee.)
Así pues, ahora nos toca esperar a ver qué sucede después.
Paso ahora al grupo de oradores que ha criticado el trabajo del Comité Ejecutivo «por la izquierda». Wijnkoop y otros han dicho que el Comité Ejecutivo ha actuado mal hasta ahora al admitir siquiera a gente como el Partido Socialdemócrata Independiente y los socialistas franceses. Pregunto al congreso: ¿hemos perdido algo realmente por habernos explicado tan detallada y claramente con esos representantes? ¿Será malo que se publique el acta taquigráfica de ayer y de hoy y que los obreros la lean? Al contrario. Es bueno que esas opiniones queden ahora claras para todo el mundo.
El camarada Goldenberg ha pronunciado todo un largo discurso sobre lo inadmisible que es aceptar en la III Internacional a semejantes elementos. ¡Pero si nosotros no lo proponemos en absoluto! Solo pedimos que se autorice al Comité Ejecutivo a comprobar después del congreso si se han cumplido las condiciones. Hemos entregado a la delegación francesa, en nombre de la presidencia del congreso, una carta que quizá hayáis leído ya hoy en los periódicos rusos. Les hemos dicho que Longuet no es un revolucionario, sino un socialpacifista, que su pasado y el de sus amigos es vergonzoso. La unidad con Renaudel y Thomas es lo mismo que la unidad con el perro Noske. Les hemos dicho sin rodeos lo que había que decir. Y en Francia esa carta la publicarán los comunistas, y quizá también el periódico L'Humanité; los franceses la leerán y podrán juzgar. Así hablaremos a los obreros que todavía tienen cierta confianza en los centristas. ¿Y qué habríamos podido decirles si no hubiéramos negociado con Cachin y Frossard?
No tenemos nada que temer del kautskismo de Crispien. No hemos propuesto al congreso admitir a esos elementos en la III Internacional. Por eso no tenéis por qué empujar una puerta abierta. El Partido Socialdemócrata Independiente y el Partido Socialista Francés, tal como existen ahora, no serán admitidos por nosotros. Exigimos la depuración de esos partidos y el cambio de toda su política, y lo conseguiremos.
Cuando en todas partes, en las fábricas y en las asambleas, se lean nuestras tesis, eso será un paso adelante.
Que los centristas escriban sus contratesis y se las presenten a las masas. Ahora la cosa está en marcha. Por eso digo: esa llamada oposición «de izquierda» no tiene fundamento y cojea de las dos piernas. Es ese mismo «futurismo» del que habló Guilbeaux.
Repito que la única propuesta que hemos hecho es la siguiente: primero, que el Comité Ejecutivo se cerciore de si realmente se han cumplido todas nuestras condiciones, y después el Comité Ejecutivo debe tener poderes para admitir a esos partidos y, conforme a los estatutos de la Internacional Comunista, al mismo tiempo el derecho de expulsarlos en cualquier momento. Estamos suficientemente armados y no tenemos nada que temer.
Al camarada Serrati quiero decirle lo siguiente: en Italia la situación es insoportable para la Internacional Comunista. Todo el movimiento sindical en Italia está en manos de los reformistas. La culpa es del partido. Camaradas, debo comunicaros que los sindicatos italianos no han convocado un congreso desde hace siete años, ¡y eso lo tolera un partido que pertenece a la III Internacional! Gente como D'Aragona sabe que los obreros los echarán cuando convoquen un congreso. ¡Esos compromisos son vergonzosos! ¿Cómo queréis hacer la revolución proletaria cuando a la cabeza de los sindicatos están reformistas declarados? Así pues, camaradas, veis que la cosa no es ni mucho menos tan inocente y agradable como la ha pintado Serrati en su discurso. Eso no puede permitirlo la III Internacional. Y si los dirigentes del partido italiano siguen tolerándolo, nos dirigiremos por encima de sus cabezas a los obreros italianos.
Una palabra más, camaradas, sobre el ala izquierda del Partido Socialdemócrata Independiente. Sabemos con certeza que el Partido Socialdemócrata Independiente es un bloque informe de dos tendencias. Escuchando a Crispien, hay que reconocerlo: dice lo mismo que Kautsky. Los representantes del ala izquierda del Partido Socialdemócrata Independiente nos han consolado. Esos camaradas han dicho: «Al fin y al cabo avanzamos. No seáis tan impacientes, todo se arreglará, esperad». Pregunto: ¿es eso todo lo que tenía que decirnos, camarada Däumig? Creo, camaradas, que es muy poco. ¿Acaso las dificultades que se nos presentan son realmente motivo para que nos crucemos de brazos impotentes? «Al fin y al cabo avanzamos», dice para consolarnos la izquierda del Partido Socialdemócrata Independiente, en lugar de actuar. Hasta ahora nos enorgullecíamos de que nuestro partido fuera un factor de la historia, de que acelerásemos el curso de la historia. El consuelo del Partido Socialdemócrata Independiente no sirve para nada. Camarada Däumig, usted ha firmado una declaración del Comité Central del Partido Socialdemócrata Independiente que no es precisamente un episodio brillante en la historia del Partido Socialdemócrata Independiente. ¿Cómo ha sido posible? Porque el ala izquierda del Partido Socialdemócrata Independiente no está organizada, no sabe ella misma lo que quiere, porque no puede zafarse del abrazo de los oportunistas de derecha, medio muertos. El proletariado tuvo que ir por delante de ustedes.
Hemos aprobado una resolución sobre el papel del partido. ¿Por qué no se han pronunciado ustedes sobre ese punto? Hemos mostrado cómo al comienzo de la guerra, en la riada de chovinismo, los bolcheviques supieron nadar, cuando hacía falta, contra la corriente. Nuestra tarea histórica consiste en marchar a la cabeza de la clase obrera, no en esperar a que empiecen a empujarnos hacia delante.
Hemos esperado bastante. La clase obrera ha esperado bastante. Ahora ha llegado el momento de los combates decisivos. Es posible que en Alemania a la clase obrera le espere ya en los próximos meses la lucha decisiva. ¿Cómo pueden ustedes vacilar todavía en la cuestión del terror? Me parece que a nosotros, los rusos, ya nos han apaleado bastante. Deben aprender también de nuestros errores. Tuvimos la experiencia del general Krasnov, que, después de que lo soltáramos, organizó la guerra civil. Ustedes olvidan las lecciones de su propia revolución alemana, el asesinato de Liebknecht. En los barrios obreros de las grandes ciudades alemanas no hay casi ni una calle en la que no se haya derramado sangre obrera. La guerra civil ya está aquí. No podemos olvidar las lecciones de la guerra civil. Asimilaremos esas lecciones.
Pido al congreso que apruebe ahora las condiciones y las pase a la comisión para su redacción definitiva, y que luego se sometan a votación. Pero quien firme estos puntos no está todavía «bautizado» como comunista, y nosotros debemos vigilar si los partidos cumplen realmente esas condiciones; y espero que el Comité Ejecutivo lo haga.
No necesitamos reverencias ante la revolución rusa ni ante la Internacional Comunista. Solo necesitamos que en los demás países todos cumplan con sus obligaciones y con su deber. No solo nos sentimos un partido que gobierna un gran país, sino que nos sentimos —y de ello estamos orgullosos— un partido comunista que, junto con otros partidos, fundó la Internacional Comunista. No en vano hablamos de la revolución mundial; y la Internacional Comunista no es una organización rusa, sino mundial. Estamos orgullosos de que el congreso haya podido reunirse en nuestro país. Es natural que sintamos orgullo cuando muchos de vosotros decís que en Rusia ya se ha hecho algo. Pero debemos exigir que no se nos despache con frases, sino que se nos diga abierta y francamente cuándo, por fin, se liberará el movimiento sindical italiano, la gloriosa clase obrera italiana, cuándo, por fin, se formarán en todas partes partidos auténticamente comunistas.
Por eso, camaradas, os pido que aprobéis las siguientes tesis. (Lee.)
Se cierra el debate general. Algunos camaradas han pedido la palabra para una declaración personal.
Serrati (Italia). Es posible que las declaraciones que hice en mi breve discurso sobre las tesis en discusión no se hayan entendido. Dije que las acepto plenamente y que votaré a favor, porque creo que el Comité Ejecutivo de la III Internacional las aplicará con la flexibilidad suficiente, conforme a los §§ 16 y 17.
Quiero decir además que Zinóviev tiene toda la razón al lamentar que la Confederación General del Trabajo italiana no haya convocado un congreso desde hace seis o siete años. Pero no ha sido por razones políticas ni personales, respondo al camarada Zinóviev, sino por razones de orden puramente estatutario. Por lo demás, el congreso de la Confederación General del Trabajo italiana se está preparando. En cuanto a Dugoni, daré sobre él una pequeña aclaración. Yo fui el único que se opuso a que se enviara a Rusia al grupo parlamentario. Ayer por la tarde envié un telegrama para restablecer la verdad tergiversada por Dugoni y exigí que Dugoni fuera expulsado inmediatamente del partido si de verdad hizo las declaraciones que se le atribuyen.
Wijnkoop (Holanda). El camarada Levi me ha entendido como si yo no quisiera criticar al Partido Comunista de Alemania porque está presente aquí el partido de los independientes. Se equivoca. Solo quiero hacer constar un hecho: como estaba presente el partido de los independientes, el Partido Comunista de Alemania no fue objeto de crítica. Lo lamenté y dije que las conclusiones sacadas de esos hechos eran erróneas.
Dittmann (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). Cuando el camarada Levi, esta mañana, nos reprochó haber renegado de los marineros muertos en Kiel y en Wilhelmshaven, olvidó que yo declaré desde la tribuna que aquellos marineros cayeron como héroes y mártires de la revolución alemana, declaración que la prensa reaccionaria no dejó de subrayar; por lo demás, el papel de esos marineros y de sus actos solo se conoce por sus consecuencias. Levi ha aportado desde la tribuna un hecho falso.
Levi (Partido Comunista de Alemania). No he acusado al partido de los independientes, sino solo a tres personas, a tres dirigentes de ese partido que renegaron de nuestros marineros revolucionarios. No renegaron de ellos en el sentido literal de la palabra, sino que se limitaron a renegar de aquel acto desde el punto de vista político. De lo contrario, habrían tenido que llamar al proletariado y al ejército a seguirlos, cosa de la que prudentemente se abstuvieron. (Aprobación.)
Dittmann. No creo que se pueda hacer aquí esa distinción. Comprenderéis que no llevo en el bolsillo las actas de todas las sesiones del Reichstag en las que he tenido que intervenir. Lo que dije en el Reichstag sobre los hechos mismos es la pura verdad. Solo cruzamos de pasada unas palabras con los marineros y les dimos folletos de agitación de nuestro partido. Cuáles eran las intenciones de los marineros, eso entonces todavía no lo sabíamos.
Levi. El camarada Wijnkoop me ha entendido mal. Le reproché haberse contagiado de la ideología del Partido Socialdemócrata Independiente, puesto que no quiso pronunciarse en presencia de los representantes del Partido Comunista de Alemania.
El camarada Dittmann ha subrayado aquí con toda razón que los tres representantes del Partido Socialdemócrata Independiente no llegaron a olvidarse de sí mismos hasta el punto de quitar a los marineros, además, su honor personal. Rindieron honores personales a los marineros fusilados. Pero de lo que se trata es de si en aquel momento el Partido Socialdemócrata Independiente estuvo políticamente del lado de los marineros y declaró su solidaridad con ellos. El Partido Socialdemócrata Independiente renegó de los marineros muertos. No aprovechó la ocasión para hacer propaganda a favor del fin de la guerra. Políticamente se desmarcó de aquellos hombres, y sigue en esa posición hasta hoy. Dittmann. Considero que distinguir entre defensa personal y defensa política es una argucia de abogado.
Levi. Quisiera recordar a los camaradas que a menudo distinguimos entre el punto de vista personal y el político. Por ejemplo, las acciones de los anarquistas en Rusia nos inspiraban a todos respeto personal hacia quienes las llevaban a cabo, pero de ningún modo podíamos aprobarlas en el sentido político.
Dittmann. Camaradas, por desgracia todo el asunto se ha presentado bajo una luz falsa. El golpe iba dirigido contra los representantes del Partido Socialdemócrata Independiente con el fin de privarlos de la inmunidad parlamentaria. De ahí surgió todo este asunto. En nuestros discursos en el parlamento siempre defendimos que se pusiera fin a esa horrible matanza de seres humanos. Y de verdad no veo diferencia alguna entre mi valoración personal del acto de los marineros, que expresé en el Reichstag, y nuestra valoración política.
Goldenberg (Francia). Votaré en contra de las tesis propuestas por el Comité Ejecutivo. Pido que se me permita leer una declaración de voto o bien entregarla a la presidencia para que conste en el acta.
Serrati. Si se trata de una declaración personal, tiene usted derecho a leerla.
Goldenberg. Se trata de una declaración de carácter personal. Hela aquí: «El curso normal del desarrollo del régimen capitalista, interrumpido por la guerra imperialista de 1914-1918, ha dividido al proletariado de todos los países en dos campos opuestos: la fracción de los reformistas y la fracción de los revolucionarios. La expresión de esa tendencia revolucionaria es el partido comunista. La Internacional Comunista, que une a los partidos comunistas de todos los países, es la organización internacional del proletariado revolucionario.
»Puesto que se ha fijado como objetivo el derrocamiento violento del régimen capitalista y la instauración del comunismo por medio de la dictadura del proletariado, es muy importante no admitir en ella a elementos que en el momento decisivo podrían traicionar la causa de la revolución. Por consiguiente, todos los elementos que no sean plenamente comunistas deben ser excluidos de la Internacional Comunista.
»Por eso no puede ni hablarse de la posibilidad de admitir a los llamados partidos centristas en la Internacional Comunista. A los partidos centristas, que son representantes de la aristocracia obrera impregnada de ideología burguesa, les faltan las condiciones necesarias para entrar en la Internacional Comunista, de la que son los adversarios más decididos. A llamar a las puertas de la Internacional Comunista los ha obligado únicamente el fracaso de su intento de reunir en torno a sí a todos los partidos o fracciones hostiles a la Internacional Comunista. En tales condiciones, su reconocimiento verbal de los principios del comunismo solo puede ser una manifestación de monstruosa hipocresía.
»La táctica que debe seguir la Internacional Comunista con respecto a esos partidos centristas, en los que todavía no se ha producido la escisión entre reformistas y revolucionarios, debe consistir en favorecer esa escisión y la formación de un partido puramente comunista que sea la expresión de la fracción revolucionaria del proletariado.
»Pero esa escisión no puede provocarse desde fuera ni de manera artificial. Debe ser el resultado de un movimiento profundo en el seno de las masas. La aceptación verbal de los principios y de la táctica comunistas por los dirigentes oportunistas, que distan mucho de alentar ese movimiento, solo puede, por el contrario, perjudicarlo, aumentando la confusión en los espíritus. Solo puede desacreditar el comunismo y retrasar el nacimiento del auténtico partido de la clase obrera.
»Así pues, la Internacional Comunista debe responder a todas las solicitudes de adhesión de los partidos centristas con una crítica abierta e implacable de la posición y de la política de esos partidos: debe mostrar a las masas que los siguen que estas tienen que romper con la ideología pequeñoburguesa de sus dirigentes oportunistas y situarse por entero, sin segundas intenciones, en el punto de vista de la minoría comunista. En todo caso, la Internacional debe actuar en estrecho contacto con esas minorías y facilitarles su actividad en su propio medio. Por último, allí donde la escisión sea posible, la III Internacional debe favorecerla enérgicamente, como único medio de unir a las masas sobre la base de un programa de acción revolucionario claro. Apartarse de ese camino para facilitar el acceso a la III Internacional de los partidos centristas sería introducir el contagio en el cuerpo sano de la Internacional Comunista, acoger en su seno a enemigos que, en el momento decisivo de la acción, le clavarán un puñal por la espalda».
Serrati. El camarada Zinóviev me comunica que rechaza las tesis del camarada Goldenberg.
Guilbeaux. En la presidencia hay varias enmiendas que, a mi juicio, deben devolverse a la comisión. Pero propongo que se vote ahora mismo la propuesta de Serrati y Graziadei que prohíbe a los comunistas pertenecer a la secta de los francmasones.
Serrati. Se somete a votación la propuesta de Guilbeaux. (Se aprueba por unanimidad.)
Serrati. Propongo que se voten las tesis en su conjunto y que las propuestas se devuelvan a la comisión. (Se aprueba.)
Wijnkoop. Propongo que al menos una propuesta se examine aquí y no en la comisión. Me refiero a la propuesta según la cual en todo partido que desee adherirse a la Internacional Comunista al menos dos tercios del Comité Central deberán estar compuestos por quienes se hayan pronunciado antes del presente congreso por la adhesión a la III Internacional.
Rádek. Propongo que esta propuesta pase a la comisión. Hay que discutir seriamente si la salvación de la situación ha de verse en sustituir el Comité Central del Partido Socialdemócrata Independiente en tres cuartas partes o en dos tercios. Yo, personalmente, después de las intervenciones de los camaradas Däumig y Stoecker, he perdido la esperanza de que puedan producir un cambio real en la táctica del partido, aunque llegaran a ser las tres cuartas partes del Comité Central. Propongo que esta cuestión pase a la comisión.
Serrati. Someto ahora a votación la propuesta de Wijnkoop. Se rechaza la propuesta. Pasa a la comisión de enmiendas. Someto ahora a votación las tesis del camarada Zinóviev en la forma en que se han presentado aquí. (Las tesis se aprueban por todos los votos contra dos.)
Gruber. He votado contra las tesis en señal de protesta por el rechazo de la propuesta de Wijnkoop, que, a mi parecer, tiene una importancia enorme.
Serrati. Ahora hay que fijar el orden de nuestros trabajos. La presidencia había previsto terminar el debate a las 5. Ahora son las 6. Por hoy se ha terminado el trabajo. Mañana se celebra la conferencia de mujeres. El domingo deben trabajar todas las comisiones. El lunes, a las 11 de la mañana, habrá sesión plenaria sobre la cuestión del parlamentarismo. La comisión de la cuestión agraria se reúne en la sala pequeña a las 8 de la tarde.
Wijnkoop. Habría que votar si damos al Comité Ejecutivo poderes para continuar las negociaciones con el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y con el Partido Socialista Francés tal como las ha iniciado y llevado hasta ahora.
Serrati. Puesto que la propuesta del camarada Wijnkoop se ha hecho en el último minuto, ruego al camarada Wijnkoop que la retire y la vuelva a presentar mañana.
Wijnkoop. Con mucho gusto.
Rádek pide la palabra.
Serrati se la niega, porque la sesión ya se ha levantado.
Se levanta la sesión a las 6.
Novena sesión, lunes 2 de agosto de 1920 (mañana)
Zinóviev. Se abre la sesión.
Hoy se cumple exactamente un año de la caída de la República Soviética de Hungría. En este año, como sabéis, hemos perdido en Hungría a miles de nuestros mejores camaradas. Hoy se cumple también un año de la muerte de nuestro mejor amigo, el camarada Tibor Szamuely, que cayó como primera víctima de la contrarrevolución húngara. Propongo al congreso que honre en pie la memoria de este camarada. (Todos se ponen en pie.) Expreso la esperanza de que no esté lejano el día en que volvamos a ver en Hungría una república soviética. El año pasado sucumbió: ¡viva la República Soviética de Hungría!
Dittmann (Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania). En nombre del camarada Crispien, a quien la enfermedad ha impedido asistir hoy al congreso, leeré la siguiente declaración:
«En la sesión del congreso del 30 de julio de 1920, en la que por desgracia no pude participar por enfermedad, el ponente me llamó en su discurso de resumen socialpacifista, es decir, un hombre que sueña con la reconciliación de las clases o que cree que las contradicciones de clase pueden suprimirse por vía pacífica.
En mis más de veinticinco años de actividad en el movimiento obrero nunca he sido partidario de las ideas socialpacifistas. Las rechazo resueltamente.
Estoy convencido de que el régimen capitalista de clases solo puede superarse mediante la lucha de clases implacable e independiente del proletariado, mediante la conquista del poder político por la clase obrera y la dictadura del proletariado.
Moscú, 30 de julio de 1920. Crispien»
Wijnkoop (Holanda). Ya dije en la última sesión que había que hacer una votación más. El presidente, Serrati, no la hizo entonces. Por ello propongo que se someta ahora a votación si el Comité Ejecutivo recibe o no poderes para continuar las negociaciones con el Partido Socialdemócrata Independiente y con el Partido Socialista Francés con el mismo espíritu con que se llevan ahora. Hay que votar esos poderes, y propongo que se haga ahora mismo. Junto con los delegados de Bulgaria y de México, propongo además que la votación no se haga como hasta ahora, sino que cada país vote por separado.
Rádek. Cabría pensar que, después de haber tenido el camarada Wijnkoop el sábado y el domingo para reflexionar sobre esta cuestión, no volvería a plantearla, puesto que ya está resuelta. Hemos aprobado, en efecto, una resolución según la cual, una vez que los partidos correspondientes acepten en sus congresos nuestras condiciones y se vea en los hechos si las cumplen o no, el Comité Ejecutivo queda facultado para decidir si los admite o no en la III Internacional. Si damos al Comité Ejecutivo el derecho de decidir si se admite o no a un partido determinado, no vamos a quitarle el derecho de continuar las negociaciones con ese partido. La cuestión no admite discusión, ya está resuelta, y propongo que, sin más debate, pasemos directamente al orden del día.
Zinóviev. Se presenta la propuesta de cerrar el debate. Ante todo, someto a votación esta cuestión. (Se cierra el debate.) Pasamos ahora a la votación sobre el fondo. Los que estén a favor de la propuesta del camarada Wijnkoop, que levanten la mano. (Se rechaza la propuesta.)
Propongo ahora que pasemos del francés al inglés por la siguiente razón: han llegado otros seis o siete camaradas que no entienden el francés. La mitad del congreso se ha desarrollado en francés. Ahora tenemos que ahorrar tiempo y, dado que vamos a discutir sobre todo cuestiones relativas a los sindicatos y al parlamentarismo, hablaremos en inglés.
En el orden del día, el informe del camarada Bujarin.
Bujarin (Rusia). ¡Camaradas! Ante todo pido disculpas por la lengua. No va a ser precisamente alemán, sino algo que lo sustituye. Hemos repartido el trabajo de la siguiente manera: primero haré yo un informe sobre el planteamiento de principio de la cuestión y su solución correspondiente; después la camarada Wolfstein informará sobre el trabajo de nuestra comisión, y a continuación vendrá el coinforme del camarada Bordiga, representante de la opinión de que en esta época de hundimiento del sistema capitalista mundial no debemos participar en absoluto en ningún parlamento.
Vamos al grano. En general, cada vez que planteamos un problema, debemos partir de la valoración de la época concreta. Y aquí se abre una diferencia de principio entre la época anterior de desarrollo pacífico y la actual, que es la época del hundimiento del sistema capitalista, la época de las guerras de clases, de las guerras civiles y de la dictadura del proletariado. La época «pacífica» —y esta época, desde luego, no fue pacífica si se tienen en cuenta las colonias— puede caracterizarse como la época de cierta comunidad de intereses entre el proletariado y la burguesía. Esta comunidad se basaba, sobre todo en el proletariado de los países capitalistas muy desarrollados, en que los grandes países capitalistas practicaban una amplia política imperialista. Por eso las clases capitalistas de esos países estaban en condiciones de obtener superbeneficios y de pagar con ellos salarios más altos al proletariado de sus propios países. En general, es falso por principio, como sostuvo en su día Kautsky, que la política imperialista no reportara ningún provecho a la clase obrera. Si se considera la cuestión desde el punto de vista de los intereses momentáneos de la clase obrera, podría sostenerse que la política imperialista reportó cierto provecho, a saber, salarios más altos para los obreros pagados con los superbeneficios de los capitalistas.
Si esta época puede considerarse como la época de cierta comunidad de intereses entre el proletariado y la burguesía, con ello está dado el segundo rasgo característico de esta época, a saber, el de época de la integración de las organizaciones obreras en el aparato del Estado burgués. Lo que los reformistas llaman integración gradual en el socialismo fue la integración de la clase obrera y de las organizaciones obreras en el aparato del Estado burgués. Este fenómeno se manifestó con especial relieve en la época del capitalismo de Estado, cuando prácticamente todas las organizaciones obreras —y organizaciones obreras de masas bastante grandes— se convirtieron en partes integrantes del aparato capitalista de Estado. Si examináramos los grandes partidos políticos de la clase obrera, la socialdemocracia amarilla y los sindicatos durante la guerra, veríamos que todas estas organizaciones de masas se convirtieron entonces en partes integrantes del sistema capitalista y del aparato del Estado. Quedaron nacionalizadas en el sentido burgués. El punto de partida de esta evolución estaba ya preparado antes de la guerra. Estaba dado en el proceso de esa integración en el capitalismo, cuando casi todas las organizaciones de la clase obrera se vieron arrastradas a ese proceso de integración. Así podemos afirmar también que la representación parlamentaria de la clase obrera y las fracciones de los partidos obreros se integran en el parlamento burgués. En vez de dirigirse contra todo el sistema en su conjunto y contra el parlamento burgués, se convirtieron, por el contrario, en parte integrante del aparato parlamentario como tal. Así fue la época anterior del capitalismo pacífico, y esos fenómenos los observamos todavía al comienzo de la guerra.
Luego llegó la nueva época, la del hundimiento del capitalismo y de las guerras civiles. En cuanto a la clase obrera como clase, perdió en este proceso su anterior ideología, bastante imperialista. Esta ideología, que alcanzó su apogeo en la consigna de la «defensa de la patria» (défense nationale), se vino abajo, y con ella se vinieron abajo también sus consecuencias. Las organizaciones obreras, de partes integrantes del sistema capitalista, se convirtieron poco a poco en aparatos de la lucha de clases. Por consiguiente, de aparatos para el sostenimiento del sistema capitalista pasaron a ser instrumentos de su destrucción. Paralelamente se produjo la transformación de las fracciones parlamentarias, que, de partes integrantes de todo el aparato parlamentario, se convirtieron en instrumentos de su destrucción. Y así nació un nuevo parlamentarismo, del que nosotros, los comunistas, podemos y debemos ser partidarios.
Camaradas, no voy a comentar todos los parágrafos de nuestras tesis, que son muy extensas. Escogeré solo algunos puntos principales para la discusión. Una vez discutidos, podremos resolver todas las cuestiones en litigio.
Teniendo ante nosotros estas dos épocas de carácter completamente distinto, podemos decir ya a priori que el proceso de paso de una época a otra, del viejo parlamentarismo al nuevo, debe considerarse como un proceso que en cada momento concreto arrastra consigo diversos restos de las viejas concepciones que existían en la clase obrera. Cuanto más avance este proceso, más irán desapareciendo esos restos. Pero hoy todavía podemos observar claramente esas supervivencias de las viejas ideas en muchos partidos, incluso en los que ya han entrado en la III Internacional. En general, el oportunismo y los partidos vacilantes existen aún en el movimiento obrero, la ideología de la colaboración con la burguesía se mantiene todavía en parte, y eso se refleja en la presencia del viejo parlamentarismo.
Examinemos primero el cuadro completo de la actividad parlamentaria de la clase obrera. Tomemos la composición de las distintas fracciones parlamentarias y obtendremos un cuadro singular. Por ejemplo, el Partido Socialdemócrata Independiente. Este partido tiene ahora 82 diputados en el parlamento. Si examinamos, dentro de un partido ya de por sí bastante moderado y oportunista como tal, la composición de su fracción parlamentaria, obtenemos aproximadamente las cifras siguientes: de estos 82 miembros de la fracción parlamentaria, unos 20 pertenecen decididamente a la derecha, unos 40 a la «charca» conciliadora y unos 20 a los independientes de izquierda. Así pues, el porcentaje de la derecha y de la «charca» —subrayo: «dentro del Partido Socialdemócrata Independiente», que ya de por sí es bastante oportunista— es bastante grande.
Tomemos el partido italiano y su fracción parlamentaria. Es de los nuestros y forma parte de la III Internacional. Es uno de nuestros mejores partidos, y podemos afirmar que, si dividimos a los miembros de esta fracción parlamentaria en tres partes, a saber, partidarios de Turati y Lazzari, partidarios de Serrati y los llamados bombaccianos, obtenemos las cifras siguientes: el 30 % de toda la fracción pertenece a la tendencia de Turati, el 55 % al centro y el 15 % a la izquierda. El camarada Serrati me ha dado cifras algo distintas. Según él, los reformistas cuentan con 41 escaños. Es un dato oficial del camarada Serrati, y muestra la presencia de un porcentaje muy considerable de reformistas dentro del partido comunista.
Si tomamos el partido francés, obtenemos las cifras siguientes: 68 parlamentarios, entre ellos 40 reformistas declarados dentro de un partido ya de por sí oportunista, y el grupo del centro, pero no en nuestro sentido de la palabra, sino que la palabra designa aquí el centro del partido francés, es decir, el centro al cuadrado. En cuanto a los comunistas, tienen probablemente 2 votos.
Si pasamos al partido noruego, bastante bueno, su fracción parlamentaria cuenta con 19 miembros, de los cuales unos 11 son de derecha, 6 de centro y 2 comunistas. En cuanto a Suecia, la fracción parlamentaria sueca cuenta con bastantes camaradas a los que en modo alguno se puede considerar comunistas.
Así pues, en resumidas cuentas, un cuadro bastante triste. La composición de las fracciones parlamentarias está por debajo de toda crítica. Y si buscamos la causa de este fenómeno, consiste en que estos partidos, también como partidos, no son lo bastante claramente comunistas, porque hay en ellos un número bastante grande de oportunistas. Por eso toleran tales elementos también en sus fracciones parlamentarias.
Paso ahora de la composición de los partidos a su política, es decir, a su política parlamentaria, y aquí tenemos derecho a afirmar que esta política dista del parlamentarismo revolucionario tanto como el cielo de la tierra. Tomo como modelo, otra vez, al Partido Socialdemócrata Independiente. Durante la guerra, cuando había que apelar a los pueblos para poner fin a la guerra, ellos apelaban al gobierno. Recuerdo mi conversación con el camarada Haase. Cuando estuvimos en Berlín, quiso demostrarnos que ellos practicaban un auténtico parlamentarismo revolucionario. Como mejor prueba citó uno de sus discursos, en el que afirmaba que el gobierno alemán había cometido una ilegalidad al enviar tropas alemanas a Finlandia.187 Porque podía abusarse de esas tropas. Como si el envío de tropas al frente francés no fuera una ilegalidad y, cuando se envían a Finlandia, entonces sí lo fuera. Esto es prueba no de un parlamentarismo revolucionario, sino de uno oportunista. Tomad todo lo que se ha escrito y dicho en el parlamento alemán sobre la cuestión de la socialización. Es sencillamente ridículo. Cuando se leen esos discursos no se advierte en ellos nada revolucionario. Y el camarada Däumig, por lo que sé, todavía en 1920 defendía un planteamiento oportunista de la cuestión cuando escribía sobre los planes de socialización. O, por ejemplo, el discurso sobre la constitución de Oskar Cohn,188 representante de los independientes. Es un discurso bastante largo, pero no hay en él absolutamente ningún rastro de un planteamiento revolucionario de la cuestión. Oímos aquí que la constitución está enferma. Los enfermos somos nosotros, de esas doctrinas. De Noske, ni una palabra. Es el método de Kautsky. Cuando discute la cuestión de la democracia burguesa, habla de monos y de salvajes. Así es también el discurso del camarada Oskar Cohn. Aquí se podía haber desarrollado de modo plenamente revolucionario nuestro punto de vista de principio. Tomad, por ejemplo, la historia de la comisión investigadora sobre los culpables de la guerra,189 esa comedia pura y simple: pues bien, sobre la base del material presentado por el Ministerio de Asuntos Exteriores, los independientes quieren investigar parlamentariamente la cuestión. No hay en ello la menor señal de acción revolucionaria alguna. Tomemos la propuesta de Oskar Cohn en el parlamento alemán de derogar la ley sobre la detención preventiva administrativa (Schutzhaftgesetz). Esa ley afectaba solo a los presos políticos. Aquí tenéis todo lo que queráis, menos el punto de vista revolucionario de un comunista revolucionario.
Tomemos lo que hemos oído aquí, en esta sala, a los camaradas independientes. Cuando se disculpaban por no habernos dado respuesta a tiempo, el camarada Dittmann u otro representante, si no me equivoco, dijo: estábamos entonces ocupados con las elecciones, y era un asunto tan importante que no pudimos redactar enseguida la respuesta. He aquí un ejemplo escandaloso, que asesta un golpe mortal a los camaradas que lo invocan. Porque, si tienen por un lado las elecciones y por otro la causa de toda la Internacional, está claro para cualquier revolucionario que hay que librar la lucha electoral bajo la consigna de la Internacional. Contraponer la Internacional a las elecciones es compatible con cualquier cosa menos con la pertenencia a la III Internacional. Podemos repasar toda la actividad parlamentaria de los camaradas independientes y nunca encontraremos una táctica clara, consciente de su objetivo, en nuestro sentido.
Si examinamos el Partido Socialista Francés u otros partidos, obtenemos también un cuadro bastante triste. No voy a dedicarle demasiada atención, porque basta con citar un ejemplo para hacerse enseguida una idea de toda la situación. En todos estos fenómenos, tanto en la composición de las fracciones parlamentarias como en su táctica, se esconden restos del viejo parlamentarismo que tenemos, literalmente, que extirpar, porque, si conservamos también en el futuro esa práctica, esos métodos, esa composición de las fracciones parlamentarias, no podremos desplegar una actividad revolucionaria y, con semejante lastre, nos veremos absolutamente privados de la posibilidad de librar la lucha revolucionaria.
Pasamos ahora a otra cuestión, la del antiparlamentarismo de principio. Este antiparlamentarismo es hijo legítimo del oportunismo antes descrito y de la vieja actividad parlamentaria con todos sus pecados. Fue ella la que más tarde, como contrapeso, engendró el antiparlamentarismo de principio. Este antiparlamentarismo de principio nos es mucho más simpático que el parlamentarismo oportunista. Entre los partidarios del antiparlamentarismo podemos distinguir, a mi juicio, dos grupos principales: el primero, que rechaza realmente por principio toda participación en la actividad parlamentaria, y el segundo, que rechaza el parlamentarismo por una valoración particular y específica de las posibilidades de la actividad parlamentaria. En nuestra época podemos señalar como representantes de la primera tendencia a los IWW americanos (Trabajadores Industriales del Mundo). Como representante de la segunda corriente intervendrá hoy aquí el camarada Bordiga.
En cuanto al antiparlamentarismo de principio, del primer grupo de sus partidarios puede decirse que esa doctrina o esa táctica, si se las examina teóricamente, descansan en una completa confusión de los conceptos fundamentales de la vida política. Así, por ejemplo, los IWW no se representan con claridad lo que significa propiamente la lucha política. Creen que, si llevan a cabo una huelga general de carácter económico, dirigida de hecho contra el Estado burgués pero conducida no por un partido político sino por los sindicatos, eso no es lucha política. No comprenden, por tanto, en absoluto lo que se llama propiamente lucha política. Confunden la lucha política con la actividad parlamentaria. Creen que por lucha política solo debe entenderse la actividad parlamentaria o la actividad de los partidos parlamentarios. No voy a detenerme aquí a examinar esta cuestión, porque está claramente expuesta en nuestras tesis. Basta, pues, con que los camaradas lean las tesis. Está completamente claro que esta actitud negativa hacia el parlamentarismo se basa en diversos errores de principio y, ante todo, en una falsa comprensión de la esencia de la lucha política. Si se repasa la historia del parlamentarismo americano, muestra tanta bajeza y tanta venalidad que muchos elementos honrados se pasan al campo del antiparlamentarismo de principio. El obrero no piensa en absoluto de manera abstracta: es un empírico bastante tosco, y si no le demostráis por la vía de la experiencia que el parlamentarismo revolucionario es posible, sencillamente niega toda la historia. Tales elementos, que no han visto más que bajezas, se pasan en gran número al campo de los antiparlamentaristas de principio.
Paso al punto de vista del segundo grupo, representado en esta sala por Bordiga. Él afirma que su punto de vista
no debe confundirse en modo alguno con el antiparlamentarismo de principio, y debo decir que su punto de vista, desde el lado formal, se basa en premisas puramente teóricas y no en otras. El camarada Bordiga afirma que precisamente desde el punto de vista de la época actual de combates de masas del proletariado, desde el punto de vista de la valoración de esta época como época de guerras civiles, que solo desde este punto de vista histórico específico no se puede ir a los parlamentos. Así piensa él. Yo, en cambio, pienso, y puede demostrarse, que existe un puente de principio entre la táctica del camarada Bordiga y la táctica de los adversarios de principio del parlamentarismo. El camarada Bordiga ha elaborado sus propias tesis, y en ellas leemos, por ejemplo, lo siguiente:
«Es preciso acabar de una vez por todas con la mentira burguesa que hace creer que todos los choques entre partidos políticos enemigos, toda lucha por la conquista del poder, deben desarrollarse en el marco del mecanismo democrático, mediante elecciones y debates parlamentarios. Es imposible alcanzar este objetivo si no se rompe definitivamente con los métodos tradicionales —llamar a los obreros a unas elecciones en las que participan codo con codo con los miembros de la clase burguesa— y si no se acaba con el espectáculo de la tribuna parlamentaria, donde los delegados del proletariado trabajan junto con los delegados de sus explotadores»
Aquí el camarada Bordiga cree que, si un delegado de la clase obrera se encuentra físicamente en una misma habitación con los burgueses, eo ipso (por eso mismo) trabaja en contacto con la clase burguesa. Es una idea ingenua, típica de los IWW.
Al final del § 9 de sus tesis leemos: «Por eso los partidos comunistas nunca tendrán un éxito considerable en la propaganda del método del marxismo revolucionario si no basan su lucha directa por la dictadura del proletariado y por los soviets de diputados obreros en el abandono de todo contacto con el sistema de la democracia burguesa»
Así pues, el mero contacto físico en una misma habitación es ya la caída en el pecado, y se acabó la historia.
Considero que este error puede resultar aún más grave, porque no siempre disponemos de soviets de diputados obreros. El camarada Bordiga está de acuerdo con nosotros en que no podemos organizar inmediatamente soviets de diputados obreros en todos los países. Los soviets son organizaciones de combate del proletariado. Si no existen las condiciones para librar esa lucha directa, tampoco tiene sentido crear soviets. Se convierten entonces en apéndices culturales de otras organizaciones, impregnados de un espíritu completamente reformista, y surge el gran peligro de que los soviets de diputados obreros se organicen, por así decirlo, según el modelo francés, cuando se reúnen unas cuantas personas para formar una organización humanitaria y pacifista sin ningún valor revolucionario. Pero todas esas organizaciones aún no existen, no existen todavía realmente, mientras que el parlamento burgués existe realmente. Nosotros decimos en nuestras tesis: debemos tener en esas instituciones a nuestros agentes revolucionarios; ahí nuestros exploradores proletarios trabajan codo con codo con la clase burguesa.
Aquí se ha presentado una idea completamente negativa, no elaborada lógicamente, pero perfectamente comprensible desde el punto de vista emocional. Pero desde el punto de vista de la lógica y de la conveniencia revolucionarias, el momento decisivo de todo el planteamiento de la cuestión es que nosotros, los comunistas revolucionarios, afirmamos: se puede ir a los parlamentos burgueses para intentar hacerlos saltar desde dentro. Antes, cuando las fracciones parlamentarias se integraban en las instituciones parlamentarias, se convertían en partes integrantes de todo el sistema como tal. Nosotros, en cambio, queremos llevar nuestro trabajo de modo que salga a la luz cada vez más la aguda contradicción entre el sistema parlamentario y nuestra fracción. Huelga decir que para nosotros lo principal es que nuestra actividad parlamentaria esté ligada del modo más estrecho a las masas de la clase obrera.
Sigamos con las tesis del camarada Bordiga. Primero, una pequeña observación. Afirmo que algunos camaradas defienden el antiparlamentarismo de principio porque sencillamente temen actuar como parlamentarios revolucionarios, ya que ese terreno es para ellos demasiado peligroso, y procuran escapar de algún modo de esa difícil tarea durante la revolución. Invocan a los grandes partidos para demostrar que tal actividad es imposible en general. No digo esto del camarada Bordiga, pero en su fracción hay tales elementos, puesto que viene a nosotros y dice en el § 12 de sus tesis:
«La naturaleza misma de los debates en el parlamento y en los demás órganos democráticos excluye toda posibilidad de pasar de la crítica de la política de los partidos enemigos a la propaganda contra el principio mismo del parlamentarismo, a acciones que rebasen el marco del reglamento parlamentario»
El camarada Bordiga dice que técnicamente no es posible utilizar el parlamento; ¡pero eso hay que demostrarlo! Nadie dirá que bajo el zarismo teníamos en nuestra Duma mejores condiciones que hoy en la Cámara de Diputados italiana. Nadie ha intentado intervenir como es debido. ¿Por qué afirmáis entonces ya a priori que es imposible? Probad primero, armad diversos escándalos, dejad que os detengan, provocad un gran proceso político. No habéis emprendido nada de eso. Hay que desarrollarlo en progresión cada vez mayor. Y yo afirmo que es posible. Los camaradas franceses, por ejemplo Lefebvre, dicen que en la Cámara de Diputados francesa no se puede pronunciar ni una sola palabra dura contra Clemenceau. Pero nadie lo ha probado, nadie ha hecho siquiera el intento. Creo que esto se explica sencillamente por miedo. La gente dice: sí, es demasiado peligroso. Podemos llevar mediante la propaganda un trabajo puramente legal. Ellos mismos se desenmascaran: como el terreno es demasiado peligroso, sencillamente quieren escapar de esa difícil tarea.
El camarada Bordiga, en el § 10, aduce el siguiente argumento contra las elecciones parlamentarias: «La enorme importancia que en la práctica se concede a la campaña electoral y a sus resultados, el hecho de que el partido le dedique durante bastante tiempo todas sus fuerzas, todos sus recursos, sus hombres, su prensa y sus medios materiales, todo esto, por un lado, contribuye, pese a todos los discursos de mitin y a todas las declaraciones teóricas, a reforzar la idea de que las elecciones son el verdadero medio fundamental para alcanzar los fines del comunismo y, por otro, lleva a una paralización casi completa del trabajo de organización y preparación de la revolución, dando a la organización del partido un carácter técnico que está en completa contradicción con las necesidades del trabajo revolucionario, tanto legal como ilegal»
Puede que algo semejante exista en Italia, pero tenéis que demostrarnos por qué es lógicamente necesario. Si os situáis en el punto de vista del camarada Dittmann y decís que la lucha electoral es lo contrario de la cuestión de la Internacional, tenéis razón. Pero nuestro punto de vista es que toda la campaña debe desarrollarse con una perspectiva revolucionaria. Entonces no aparecerá tal contradicción. No hay ninguna contradicción lógica cuando decimos que debemos librar toda la lucha electoral bajo consignas revolucionarias completamente claras, que debemos ir a las aldeas y trabajar allí donde todavía no hay interés político, para soldar a la gente en organizaciones de masas y mantener en contacto todos esos elementos heterogéneos. Sí, decís vosotros, eso es precisamente matar el trabajo revolucionario. El camarada Bordiga ha escrito así porque ha visto pocas campañas electorales verdaderamente revolucionarias, igual que los camaradas de los IWW, que tampoco han visto el parlamentarismo revolucionario. Por eso el camarada Bordiga presenta afirmaciones que, por lo menos, debería fundamentar. Creo que, a pesar de ello, hay muchas pruebas empíricas a favor del parlamentarismo revolucionario. Las repetiré; los nombres nos son conocidos. Fue la actividad de Liebknecht, la actividad de Höglund, después la de los camaradas búlgaros y la nuestra. Hemos tenido parlamentarismo revolucionario en las circunstancias históricas más diversas, por ejemplo, durante la II Duma, o en el preparlamento de Kerenski,190 o en la Asamblea Constituyente. No temimos trabajar codo con codo con los burgueses, con los socialistas revolucionarios o con los kadetes, porque teníamos una táctica revolucionaria firme y una línea táctica completamente clara.
Por eso esta cuestión, es decir, la cuestión del partido, es la cuestión cardinal. Si tenéis un verdadero partido comunista, no tenéis nada que temer al enviar a un miembro de vuestro partido al parlamento burgués, porque actuará como debe actuar un revolucionario. Pero si tenéis en el partido una mezcla de todo un poco, con un 40 % de oportunistas declarados, entonces, desde luego, son precisamente esos señores los que se cuelan en las fracciones parlamentarias y en los puestos donde mejor se acomodan. Por eso son casi todos miembros de las fracciones parlamentarias. Entonces no podéis cumplir vuestros deberes parlamentarios revolucionarios y comunistas. Esto está ligado a la cuestión del partido. Si tenemos en general, entre los partidos de la Internacional Comunista, verdaderos partidos comunistas, en cuyo seno no hay ni oportunistas ni reformistas, si ya hemos hecho esa depuración, tenemos la garantía de que no habrá entre nosotros el viejo parlamentarismo, sino un verdadero parlamentarismo revolucionario y el método justo para destruir la burguesía, todo el aparato del Estado burgués y el sistema burgués.
Wolfstein (Alemania). Camaradas, haré brevemente un informe sobre el trabajo de la comisión parlamentaria. En lugar del primer apartado, en la página 60, se ha decidido dar una introducción histórica detallada sobre la cuestión del parlamentarismo. El título general de estas tesis dice ahora: «Los partidos comunistas y el parlamentarismo». El primer apartado, «La nueva época y el nuevo parlamentarismo», dice ahora, en lugar del anterior:
«La actitud de los partidos socialistas hacia el parlamentarismo consistió desde el principio, ya en la época de la I Internacional, en utilizar los parlamentos burgueses con fines de agitación. La participación en el parlamento se consideraba desde el punto de vista del desarrollo de la consciencia de clase, es decir, del despertar de la hostilidad de clase del proletariado hacia las clases dominantes. Esta actitud cambió no por influencia de la doctrina, sino por influencia del curso del desarrollo político. Sobre la base del crecimiento de las fuerzas productivas y de la ampliación del campo de la explotación capitalista, el capitalismo, y con él los Estados parlamentarios, adquirieron una estabilidad duradera.
De ahí surgieron la adaptación de la táctica parlamentaria de los partidos socialistas a la labor legislativa «orgánica» del parlamento burgués y la importancia cada vez mayor de la lucha por las reformas en el marco del capitalismo, el dominio del llamado programa mínimo de la socialdemocracia, la transformación del programa máximo en una plataforma para debatir sobre un «objetivo final» muy lejano. Sobre esta base se desarrollaron los fenómenos del arribismo parlamentario, de la corrupción, de la traición abierta o encubierta a los intereses más elementales de la clase obrera.
La actitud de la III Internacional hacia el parlamentarismo no está determinada por una nueva doctrina, sino por el cambio del papel del propio parlamentarismo. En la época histórica pasada, el parlamento, como instrumento del capitalismo en desarrollo, realizó en cierto sentido una labor históricamente progresiva. En las condiciones actuales de imperialismo desenfrenado, el parlamento se ha convertido en uno de los instrumentos de la mentira, del engaño, de la violencia y de la cháchara enervante ante las devastaciones, los saqueos, las violencias, los pillajes y las destrucciones imperialistas; las reformas parlamentarias, carentes de sistema, de solidez y de plan, pierden toda importancia práctica para las masas trabajadoras.
Junto con toda la sociedad burguesa, también el parlamentarismo pierde su estabilidad. El paso de la época orgánica a la crítica crea la base para una nueva táctica del proletariado en el terreno del parlamentarismo. Así, por ejemplo, el partido obrero ruso (bolcheviques) elaboró ya en el período anterior la esencia del parlamentarismo revolucionario, porque Rusia, desde 1905, se vio arrancada de su estado de equilibrio político y social y entró en un período de tormentas y sacudidas.
En la medida en que algunos socialistas que se inclinan hacia el comunismo alegan que en sus países aún no ha llegado el momento de la revolución y se niegan a romper con los oportunistas parlamentarios, parten en el fondo de una valoración, consciente o semiconsciente, de la época que se abre como una época de relativa estabilidad de la sociedad imperialista, y creen que, en la lucha por las reformas, sobre esa base, la coalición con Turati y Longuet191 puede dar resultados prácticos.
El comunismo debe partir del esclarecimiento teórico del carácter de la época actual (culminación del capitalismo; su autonegación y autodestrucción imperialista; crecimiento ininterrumpido de la guerra civil, etc.). En los distintos países, las formas de las relaciones y agrupaciones políticas pueden ser diferentes. Pero la esencia es en todas partes la misma: se trata para nosotros de la preparación política y técnica inmediata de la insurrección del proletariado con el fin de destruir el poder burgués e instaurar el nuevo poder del proletariado.
En el momento actual, el parlamento no puede ser en modo alguno para los comunistas la arena de la lucha por las reformas, por la mejora de la situación de la clase obrera, como ocurría en ciertos momentos de la época pasada. El centro de gravedad de la vida política se ha desplazado completa y definitivamente fuera del parlamento. Por otro lado, la burguesía, no solo por su relación con las masas trabajadoras, sino también por las complejas relaciones en el seno de las clases burguesas, se ve obligada a hacer pasar de un modo u otro parte de sus medidas por el parlamento, donde las diversas camarillas regatean por el poder, muestran sus puntos fuertes y dejan ver los débiles, se comprometen, etc., etc.
Por eso la tarea histórica inmediata de la clase obrera consiste en arrancar esos aparatos de manos de las clases dominantes, romperlos, destruirlos y crear en su lugar nuevos órganos del poder proletario. Al mismo tiempo, el estado mayor revolucionario de la clase obrera tiene un profundo interés en contar con su servicio de información en las instituciones parlamentarias de la burguesía, para facilitar esa tarea destructiva. De aquí se desprende con toda claridad la diferencia radical entre la táctica del comunista que ha entrado en el parlamento con un fin revolucionario y la táctica del parlamentario socialista. Este último parte de la premisa de la relativa estabilidad, de la duración indefinida del régimen existente. Se propone conseguir reformas por todos los medios y está interesado en que cada conquista sea debidamente valorada por la masa como mérito del parlamentarismo socialista (Turati, Longuet y Cía.)
Al viejo parlamentarismo de adaptación le sucede un nuevo parlamentarismo, que es uno de los instrumentos para la destrucción del parlamentarismo en general. Sin embargo, las repugnantes tradiciones de la vieja táctica parlamentaria empujan a algunos elementos revolucionarios al campo de los adversarios de principio del parlamentarismo (IWW, sindicalistas revolucionarios, Partido Comunista Obrero de Alemania). Teniendo esto en cuenta, el II Congreso de la Internacional Comunista llega a las conclusiones siguientes»
A continuación se introducen una serie de cambios en todos los parágrafos. El primer parágrafo también ha sido algo modificado por la comisión y ahora está formulado así:
«El parlamentarismo, como sistema de Estado, se ha convertido en la forma "democrática" de dominación de la burguesía, que, en una determinada fase de desarrollo, necesita la ficción de una representación popular que, en apariencia, se presenta como organización de una "voluntad popular" por encima de las clases y, en realidad, es un instrumento de represión y opresión en manos del capital dominante»
Después, § 9, línea 4: «Estas acciones de masas son organizadas y dirigidas por las organizaciones revolucionarias de masas del proletariado (sindicatos, partidos, soviets) bajo la dirección general de un partido comunista cohesionado, disciplinado y centralizado». El parágrafo 11, línea 8, dice ahora: «...y para ayudar, desde el seno del parlamento, a las masas a hacer saltar mediante la acción la máquina del Estado burgués y el propio parlamento desde dentro...»
En el § 12, en la línea 5, se ha añadido: «...miran hacia la tribuna parlamentaria, llenos todavía de ilusiones democráticas...»
Además, el § 13 en su forma anterior se ha suprimido por completo y en su lugar se ha introducido uno nuevo, en el que se dice cómo deben comportarse los comunistas si conquistan la mayoría en las instituciones municipales. Así pues, este nuevo parágrafo dice:
«Si los comunistas obtienen la mayoría en las instituciones municipales, deben: a) constituir una oposición revolucionaria frente al poder central burgués; b) hacer todo lo posible por prestar servicios a la población más pobre (medidas económicas, organización o intento de organización de una milicia obrera armada, etc.); c) señalar en cada ocasión los obstáculos que el poder del Estado burgués pone a todo cambio realmente importante; d) sobre esta base, desarrollar una propaganda revolucionaria decidida, sin temer el conflicto con el poder del Estado; e) en determinadas circunstancias, sustituir los órganos de autogobierno local por soviets locales de diputados obreros. Así, toda la labor de los comunistas en las instituciones municipales debe formar parte de su labor de descomposición del sistema capitalista».
En el § 15, en la última línea, se ha tachado el nombre de Höglund, puesto que Höglund solo durante un tiempo determinado desarrolló una actividad revolucionaria en el parlamento. Ahora ya no actúa con ese espíritu. La sección II se titula ahora: «El parlamentarismo revolucionario». Aquí solo se han hecho algunos cambios sin importancia, principalmente de redacción.
El trabajo principal de la comisión, que aprobó las tesis por todos los votos contra dos, consistió en general en elaborar un buen texto en alemán, francés e inglés. Sin duda fue una tarea más difícil que resolver la cuestión de las tesis de Bordiga, que en la comisión obtuvieron dos votos. Los resultados de las demás votaciones son estos: la introducción, aprobada con 2 votos en contra; §§ 1-6, por unanimidad; § 7, con 2 votos en contra; §§ 8-9, por unanimidad; §§ 10-18, con 1 voto en contra; § 19, por unanimidad. Sección III: §§ 1-4, con 1 voto en contra; 5, con 2 votos en contra; §§ 6-7, por unanimidad; los demás parágrafos, con 1 abstención. Los dos votos emitidos por principio contra las tesis correspondían a los representantes de Suiza y de los IWW. En la última sesión de la comisión, el representante de los IWW no estuvo presente por enfermedad.
Bordiga (Italia). La fracción de izquierda del Partido Socialista Italiano se atiene al antiparlamentarismo por razones que tienen validez no solo para Italia, sino para todos los demás países.
¿Es una cuestión de principio? Desde luego que no. En principio todos somos antiparlamentaristas, porque rechazamos el parlamentarismo como medio de emancipación del proletariado y como forma política del Estado proletario. Los anarquistas son antiparlamentaristas de principio, en la medida en que se declaran contrarios a toda delegación de poderes de un individuo a otro. Los sindicalistas, adversarios de toda actividad política del partido, que tienen una concepción completamente distinta del proceso de emancipación del proletariado y de la nueva sociedad, son también antiparlamentaristas.
En cuanto a nosotros, nuestro antiparlamentarismo se basa en la crítica marxista de la democracia burguesa. No repetiré aquí la argumentación del comunismo crítico, que desenmascara la mentira burguesa de la igualdad política, que se alzaría por encima de la desigualdad económica y de la lucha de clases. Nuestra concepción está ligada a una idea del proceso histórico según la cual la lucha de clases culmina en la emancipación del proletariado tras una lucha violenta apoyada en la dictadura del proletariado. Esta concepción teórica, expuesta en el Manifiesto Comunista, encontró su primera realización histórica en la revolución rusa. Entre estos dos hechos transcurrió mucho tiempo, y el desarrollo del mundo capitalista durante ese período fue extraordinariamente complejo. El movimiento marxista degeneró en ese período en movimiento socialdemócrata y creó un campo de actividad común para los pequeños intereses corporativos de determinados grupos de obreros y la democracia burguesa. Esta degeneración se manifiesta a la vez en los sindicatos y en los partidos socialistas.
Así pues, se olvidó casi por completo la tarea marxista del partido marxista: actuar en nombre de la clase obrera en su conjunto y llamarla a cumplir su tarea histórica revolucionaria. Se creó una ideología que no tenía nada en común con el marxismo, que rechazaba la violencia y la dictadura del proletariado y las sustituía por la ilusión de una transformación socialpacifista y democrática.
La revolución rusa fue una brillante confirmación de la justeza de la teoría marxista, al demostrar la necesidad de aplicar los métodos de la lucha violenta y de instaurar la dictadura del proletariado.
Pero las condiciones históricas del desarrollo de la revolución rusa no se parecen a las condiciones en que se desarrollará la revolución proletaria en los países democráticos de Europa occidental y de América. La situación de Rusia puede compararse más bien con la de Alemania en 1848, donde también se produjeron dos revoluciones, una tras otra: la revolución democrática y la proletaria. La experiencia táctica de la revolución rusa no puede trasladarse a otros países donde la democracia burguesa existe desde hace mucho tiempo y donde la crisis revolucionaria será un paso directo del régimen político existente a la dictadura del proletariado.
La significación marxista de la revolución rusa consiste en que su fase final (disolución de la Asamblea Constituyente y toma del poder por los soviets) pudo comprenderse y defenderse sobre la base del marxismo, y en que la revolución rusa preparó el terreno para el desarrollo de un nuevo movimiento internacional, para la Internacional Comunista, que rompió resueltamente con la socialdemocracia, vergonzosamente quebrada durante la guerra.
En Europa occidental, el problema de la revolución exige ante todo salir del marco de la democracia burguesa. Hay que demostrar toda la falsedad de las afirmaciones de la burguesía según las cuales toda la lucha política debería desarrollarse en el marco del mecanismo parlamentario; demostrar la necesidad de trasladar la lucha a un terreno nuevo: el de la acción revolucionaria directa para la conquista del poder.
Hace falta una nueva organización técnica del partido, es decir, una nueva formación histórica. Esto se realiza en el partido comunista, que, según la definición de las tesis del Comité Ejecutivo sobre el papel del partido, ha nacido de la época de la lucha directa por la dictadura del proletariado (tesis 4)
Así pues, el primer mecanismo burgués que hay que destruir, antes de pasar a la construcción económica del comunismo, antes incluso de construir el nuevo mecanismo del Estado proletario que ha de sustituir al viejo aparato de gobierno, es el parlamento.
La democracia burguesa es un medio de defensa indirecta contra las masas, mientras que el aparato ejecutivo del Estado se mantiene preparado para poner en marcha los medios de la violencia directa en cuanto fracasen los últimos intentos de retener al proletariado en el terreno de la democracia. Por eso es sumamente importante desenmascarar este juego de la burguesía y mostrar a las masas toda la doblez del parlamentarismo burgués.
La práctica de los partidos socialistas tradicionales ya antes de la guerra mundial provocó una reacción antiparlamentaria en las filas del proletariado: la reacción anarcosindicalista, que negaba toda importancia al trabajo político y tendía a concentrar la actividad del proletariado en el terreno de las organizaciones económicas, difundiendo así una idea falsa del trabajo político como actividad exclusivamente electoral y parlamentaria.
Hay que luchar contra esta ilusión no menos que contra las ilusiones socialdemócratas; esta concepción está demasiado lejos del método verdaderamente revolucionario y lleva al proletariado, en su lucha de emancipación, por un camino falso. Hay que introducir la mayor claridad posible en nuestra propaganda: hay que presentar a las masas las consignas más sencillas y de mayor efecto.
Partiendo de los principios marxistas, proponemos que la agitación por la dictadura del proletariado en los países donde el régimen democrático existe desde hace mucho tiempo se base en el boicot de las elecciones y de los órganos democráticos burgueses.
La enorme importancia que en la práctica se concede a la actividad electoral encierra un doble peligro: por un lado, crea la impresión de que esa actividad es la más importante y, por otro, al absorber todas las fuerzas y medios del partido, lleva a que la actividad y el trabajo de preparación en los demás terrenos del movimiento queden casi completamente abandonados. No solo los socialdemócratas conceden una enorme importancia a las elecciones; también las tesis propuestas por el Comité Ejecutivo hablan de la importancia de utilizar en la campaña electoral todos los medios de agitación (tesis 15). La organización del partido que participa en la campaña electoral adquiere un carácter técnico muy particular, que está en completo contraste con el carácter de las organizaciones que responden a las necesidades de la actividad revolucionaria legal e ilegal. El partido se convierte (o sigue siendo) un sistema de comités electorales, ocupados exclusivamente en la preparación y la movilización de los electores. Cuando se trata de un viejo partido socialdemócrata que se adhiere al movimiento comunista, surge un peligro muy grande de que siga llevando el trabajo parlamentario del mismo modo que lo llevaba antes. Hay muchos ejemplos de ello. En cuanto a las tesis propuestas y defendidas por los ponentes, estoy casi enteramente de acuerdo con la primera parte de su introducción histórica. Allí se dice que la I Internacional utilizaba el parlamentarismo con fines de agitación, de propaganda y de crítica. Más tarde, en la II Internacional, se hizo sentir la influencia corruptora del parlamentarismo, que llevó al reformismo y a la colaboración de clases. De ahí la introducción saca la conclusión de que la III Internacional debe volver a la táctica parlamentaria de la I Internacional, con el fin de destruir el propio parlamento desde dentro.
Al contrario, si la III Internacional acepta la doctrina de la Internacional, debe, dada la enorme diferencia de las condiciones históricas, atenerse a una táctica completamente distinta y no colaborar en la democracia burguesa.
En su primera parte, las tesis no se apartan en nada de mi punto de vista. La discrepancia empieza solo cuando se trata de utilizar la campaña electoral y la tribuna parlamentaria para las acciones de masas. No rechazamos el parlamentarismo porque sea un medio legal. No se lo puede utilizar en el mismo sentido que la prensa, la libertad de reunión, etc. En un caso se trata de uno de los medios de lucha; en el otro, de una institución burguesa que debe ser sustituida por instituciones proletarias, por los consejos obreros. No pensamos, desde luego, renunciar después de la revolución a servirnos de la prensa, de la propaganda, etc., pero nos proponemos ante todo romper el aparato democrático y sustituirlo por la dictadura del proletariado. Tampoco podemos aducir este argumento, ni el otro, el de los «jefes» del movimiento. No puede ni hablarse de prescindir de los jefes. Sabemos perfectamente, y se lo hemos dicho constantemente a los anarquistas desde el comienzo de la guerra, que no basta con renunciar al parlamentarismo para librarse de los jefes; siempre harán falta propagandistas, periodistas, etc. No cabe duda de que durante la revolución hace falta un partido centralizado que dirija las acciones del proletariado. Naturalmente, ese partido necesitará jefes, pero el papel de esos jefes será completamente distinto del que tienen en la práctica tradicional de los socialdemócratas. El partido dirige las acciones proletarias en el sentido de que asume el trabajo más peligroso, el que exige el mayor sacrificio. Los jefes del partido no son solo los jefes de la revolución victoriosa; en caso de derrota, son ellos los primeros que caen bajo los golpes del enemigo. Su situación no se parece en nada a la de los jefes parlamentarios, que ocupan los puestos más ventajosos de la sociedad burguesa.
Se nos dice que desde la tribuna parlamentaria se puede hacer propaganda. Responderé con un argumento un tanto infantil: lo que se dice en la tribuna se repite en la prensa. Si se trata de la prensa burguesa, todo quedará deformado en ella; y si se trata de la nuestra, es un trabajo inútil decir antes desde la tribuna lo que se puede imprimir de todos modos.
Los ejemplos aducidos por los ponentes no quebrantan en absoluto las tesis que proponemos. Liebknecht actuó en el Reichstag en una época en que nosotros admitíamos la posibilidad de la actividad parlamentaria, tanto más cuanto que no se trataba de sancionar el parlamentarismo mismo, sino de criticar el poder burgués.
Pero si en un platillo de la balanza ponemos a Liebknecht, a Höglund y otros ejemplos, muy poco numerosos, de actividad revolucionaria en el parlamento, y en el otro toda la larga cadena de traiciones de los socialdemócratas, el balance resulta de lo más desfavorable para el parlamentarismo revolucionario.
En cuanto a la cuestión de los bolcheviques en la Duma, en la prensa, en el preparlamento de Kerenski, en la Asamblea Constituyente, todo eso tuvo lugar en condiciones completamente distintas de aquellas en que nosotros proponemos abandonar la táctica del parlamentarismo, y no volveré sobre la cuestión de la diferencia entre el desarrollo de la revolución rusa y el desarrollo futuro de la revolución en los demás países burgueses.
Tampoco puedo estar de acuerdo con la idea de conquistar mediante las elecciones las instituciones municipales burguesas. Tampoco puedo pasar en silencio un problema muy importante. Me refiero a la utilización de la campaña electoral para la agitación y la propaganda de la revolución comunista. Pero esa agitación será todavía más eficaz cuando llamemos a las masas al boicot de las elecciones burguesas.
Además, no se puede prever con exactitud en qué consistirá el trabajo destructivo que pueden realizar los diputados comunistas en el parlamento. El ponente nos presenta sobre esta cuestión un proyecto de reglamento de la actividad comunista en el parlamento burgués. Pero eso es, si se me permite la expresión, la más pura utopía. Nunca se conseguirá organizar intervenciones parlamentarias que contradigan los principios mismos del parlamentarismo y rebasen el marco del reglamento parlamentario.
Dos palabras todavía sobre los argumentos del camarada Lenin en su folleto La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo.192 Creo que no se puede condenar nuestra corriente antiparlamentaria del mismo modo que la que exige salir de los sindicatos. Los sindicatos, aun cuando estén corrompidos, siguen siendo un medio obrero. La salida de los sindicatos socialdemócratas responde a las ideas de algunos sindicalistas que quieren unirse en órganos revolucionarios de lucha de otro tipo económico. Desde el punto de vista del marxismo sería un error, pero no tiene nada en común con la argumentación en que se basa nuestro antiparlamentarismo.
Las tesis del ponente dicen, por lo demás, que la cuestión del parlamentarismo es secundaria para el movimiento comunista; otra cosa es la cuestión de los sindicatos. Creo que de la oposición a la actividad parlamentaria no se pueden sacar juicios definitivos sobre determinados camaradas o sobre partidos comunistas.
El camarada Lenin, en su interesante obra, nos da a conocer la táctica comunista, defendiendo una táctica muy flexible, que responde a un análisis muy atento de la situación del mundo burgués, y proponiendo a la vez aplicar en los países capitalistas la experiencia de la revolución rusa. Subraya también la necesidad de tener muy en cuenta las particularidades de los distintos países.
No me propongo discutir aquí este método. Solo observaré que el movimiento marxista de los países democráticos occidentales exige una táctica mucho más directa que la que fue necesaria en la revolución rusa.
El camarada Lenin nos acusa de querer eludir el problema de la actividad comunista en el parlamento porque su solución nos parece muy difícil y porque la táctica antiparlamentaria nos exigirá mucho menos esfuerzo. Estamos completamente de acuerdo en que las tareas de la revolución proletaria son extraordinariamente difíciles y complejas. Estamos plenamente convencidos de que, resuelto el problema de la actividad parlamentaria tal como nos proponemos resolverlo, nos encontraremos ante otros problemas, mucho más importantes, cuya solución tampoco resultará fácil.
Pero precisamente por esta razón consideramos necesario trasladar el centro de gravedad del movimiento comunista a un trabajo mucho más importante que el parlamento. Y no porque nos asusten las dificultades. Solo observaremos que los oportunistas parlamentarios, que también prefieren la táctica más fácil, están sin embargo completamente absorbidos por la actividad parlamentaria.
Concluimos de ello que, para resolver el problema del parlamentarismo comunista conforme a las tesis del ponente (si las aprobamos), harán falta esfuerzos decuplicados y un trabajo decuplicado, y para la actividad verdaderamente revolucionaria quedarán todavía menos medios y energías.
Las etapas de la evolución del mundo burgués que hay que tener en cuenta incluso después de la revolución, en la transformación económica del capitalismo en comunismo, no se trasladan al terreno de la política. El paso del poder de los explotadores a los explotados trae consigo un cambio del aparato de representación. El parlamentarismo burgués debe ser sustituido por el sistema de los soviets.
Esta vieja máscara democrática de la lucha de clases debe ser arrancada para que se pueda pasar a la acción revolucionaria directa.
Tal es nuestro punto de vista sobre el parlamentarismo, plenamente conforme con el método del marxismo revolucionario.
Para terminar, puedo expresar una idea que comparto con el camarada Bujarin. Esta cuestión no puede ni debe ser causa de escisión en el movimiento comunista. Si la Internacional Comunista decide emprender la creación de un parlamentarismo comunista, nos someteremos a su decisión. No creemos que este plan tenga éxito, pero declaramos que no haremos nada para impedirlo.
Deseo que el próximo congreso de la Internacional Comunista no se ocupe de discutir los resultados de la actividad parlamentaria, sino que haga más bien el balance de las victorias de la revolución comunista en muchos países. Y si eso resulta imposible, deseo que el camarada Bujarin nos presente un cuadro del parlamentarismo comunista menos triste que aquel con el que ha tenido que empezar su informe.
Bordiga lee a continuación las tesis sobre el parlamentarismo presentadas por él en nombre de la fracción comunista abstencionista del Partido Socialista Italiano:
«1) El parlamentarismo es la forma de representación política propia del régimen capitalista. La crítica de principio de los marxistas comunistas al parlamentarismo y a la democracia burguesa en general demuestra que el derecho de voto concedido a todos los ciudadanos de todas las clases sociales en las elecciones a los órganos representativos del Estado no puede impedir que todo el aparato de gobierno del Estado constituya un comité de defensa de los intereses de la clase dominante de los capitalistas, ni que el Estado se organice como órgano histórico de la lucha de la burguesía contra la revolución proletaria.
Los comunistas niegan categóricamente la posibilidad de que la clase obrera conquiste el poder del Estado mediante la mayoría de los escaños parlamentarios; solo la lucha revolucionaria armada la llevará a ese fin. La conquista del poder por el proletariado, punto de partida de la construcción económica comunista, lleva a la supresión violenta e inmediata de los órganos democráticos y a su sustitución por los órganos del poder proletario, los soviets de diputados obreros. La clase de los explotadores quedará así privada de todo derecho político y se realizará la dictadura del proletariado, es decir, el sistema de gobierno y de representación de esta clase. La supresión del parlamentarismo es, por consiguiente, el objetivo histórico del movimiento comunista. Más aún, la primera forma de la sociedad burguesa que ha de ser suprimida, antes que la propiedad capitalista e incluso antes que la máquina burocrática del Estado, es precisamente la representación democrática.
Lo mismo debe ocurrir con las instituciones municipales y locales burguesas, que es teóricamente erróneo contraponer a los órganos de gobierno. En realidad, sus aparatos son idénticos al mecanismo de gobierno de la burguesía. También ellas deben ser destruidas por el proletariado revolucionario y sustituidas por soviets locales de diputados obreros. 4) Mientras el aparato ejecutivo, militar y policial del Estado burgués organiza la acción directa contra la revolución proletaria, la representación democrática es un medio de defensa indirecta, que difunde entre las masas la ilusión de que es posible una vía pacífica para su emancipación. Al mismo tiempo difunde la ilusión de que la forma del Estado proletario puede ser también el parlamentarismo, con derecho de representación para la minoría burguesa. El resultado de esta influencia democrática sobre las masas proletarias fue la corrupción, tanto en el terreno de la teoría como en el de la práctica, del movimiento socialista y de la II Internacional.
La tarea de los comunistas en el momento actual consiste en la preparación ideológica y material de la revolución y, ante todo, en liberar al proletariado de las ilusiones y prejuicios que se difundieron en sus filas con la ayuda de los viejos jefes socialdemócratas, que lo desvían de su camino. Esta tarea adquiere una importancia excepcional y debe ponerse en primer plano entre los problemas de la preparación de la revolución en los países donde el régimen democrático existe desde hace mucho tiempo y donde ha penetrado profundamente en la consciencia y en los hábitos tanto de las grandes masas como de los viejos partidos socialistas.
En el período en que la conquista del poder no era todavía una posibilidad cercana para el movimiento obrero internacional y en que aún no se hablaba de la preparación inmediata de la dictadura del proletariado, la participación en las elecciones y en la actividad parlamentaria podía ofrecer posibilidades de propaganda, de agitación y de crítica. Por otro lado, en los países donde todavía está en curso la revolución burguesa y se crean nuevas instituciones, la entrada de los comunistas en esos órganos representativos en la fase de su formación puede darles la posibilidad de influir en el desarrollo de los acontecimientos para llevar la revolución hasta la victoria del proletariado. En el período histórico actual, abierto por el fin de la guerra mundial con sus consecuencias para la organización social de la burguesía, abierto por la revolución rusa como primera realización de la idea de la conquista del poder por el proletariado y por la formación de la nueva Internacional en oposición a la socialdemocracia de los traidores, en los países donde el régimen democrático se formó hace ya mucho tiempo no existe ninguna posibilidad de utilizar la tribuna parlamentaria para la obra revolucionaria de los comunistas; la claridad de la propaganda, igual que la preparación eficaz del combate final por la dictadura, exigen de los comunistas la agitación por el boicot de las elecciones por parte de los obreros. 8) En estas condiciones históricas, cuando el problema central del movimiento ha pasado a ser la conquista revolucionaria del poder por el proletariado, toda la actividad política del partido de clase debe consagrarse a este fin inmediato. Es preciso acabar de una vez por todas con la mentira burguesa que hace creer que todos los choques entre partidos políticos enemigos, toda lucha por la conquista del poder, deben desarrollarse en el marco del mecanismo democrático, mediante elecciones y debates parlamentarios. Es imposible alcanzar este objetivo si no se rompe definitivamente con los métodos tradicionales —llamar a los obreros a unas elecciones en las que participan codo con codo con los miembros de la clase burguesa— y si no se acaba con el espectáculo de la tribuna parlamentaria, donde los delegados del proletariado trabajan junto con los delegados de sus explotadores.
La práctica ultraparlamentaria de los viejos partidos socialistas difundió demasiado ampliamente la peligrosa idea de que todo trabajo político consiste en la actividad electoral y parlamentaria. Por otro lado, la repugnancia del proletariado hacia esta práctica traidora creó un terreno favorable para los errores sindicalistas y anarquistas, que niegan toda importancia al trabajo político y a la actividad del partido. Por eso los partidos comunistas nunca tendrán un éxito considerable en la propaganda del método del marxismo revolucionario si no basan su lucha directa por la dictadura del proletariado y por los soviets de diputados obreros en el abandono de todo contacto con el sistema de la democracia burguesa. 10) La enorme importancia que en la práctica se concede a la campaña electoral y a sus resultados, el hecho de que el partido le dedique durante bastante tiempo todas sus fuerzas, todos sus recursos, sus hombres, su prensa y sus medios materiales, todo esto, por un lado, contribuye, pese a todos los discursos de mitin y a todas las declaraciones teóricas, a reforzar la idea de que las elecciones son el verdadero medio fundamental para alcanzar los fines del comunismo y, por otro, lleva a una paralización casi completa del trabajo de organización y preparación de la revolución, dando a la organización del partido un carácter técnico
que está en completa contradicción con las necesidades del trabajo revolucionario, tanto legal como ilegal.
- Para los partidos que han pasado a la III Internacional por decisión de su mayoría, la participación continuada en la actividad electoral dificulta la necesaria depuración de los elementos socialdemócratas, sin cuya eliminación la III Internacional no podrá cumplir su papel histórico ni será ya el ejército disciplinado y monolítico de la revolución mundial. 12) La naturaleza misma de los debates en el parlamento y en los demás órganos democráticos excluye toda posibilidad de pasar de la crítica de la política de los partidos enemigos a la propaganda contra el principio mismo del parlamentarismo, a acciones que rebasen el marco del reglamento parlamentario. Del mismo modo, es imposible obtener un mandato que dé derecho a intervenir en el parlamento si uno se niega a someterse a todas las formalidades establecidas para la campaña electoral.
El éxito de la esgrima parlamentaria (escrime) dependerá siempre únicamente de la destreza con que se maneje esta arma común, de los principios en que se apoya esta institución como tal y de las sutilezas del reglamento, del mismo modo que el éxito de una campaña electoral se mide siempre por el número de votos y de escaños obtenidos.
Todo intento de los partidos comunistas de dar un carácter completamente distinto a la práctica del parlamentarismo solo llevará a malgastar energías en ese trabajo de Sísifo. Mientras tanto, la causa de la revolución comunista exige sin demora el ataque directo contra el sistema capitalista de explotación»
Zinóviev. En nombre de la presidencia presento la siguiente propuesta. Se han inscrito 19 oradores. Pero creemos que a partir de hoy debemos trabajar más deprisa para terminar nuestra labor el jueves. Se han presentado dos proyectos de tesis, y proponemos designar a los oradores principales, por ejemplo, tres por las tesis de Bujarin y tres por las tesis de Bordiga, y limitarnos a eso en esta cuestión.
Rádek. Propongo dar la palabra a un orador a favor y a otro en contra de la participación en el parlamento. Toda esta historia parlamentaria ya nos tiene bastante hartos. Las consideraciones generales ya se han expuesto. Propongo, por tanto, dar la palabra solo a un orador a favor y a otro en contra, y después a los dos ponentes.
Se votan las dos propuestas. Se aprueba la propuesta de Zinóviev.
Zinóviev. Ahora tenemos que hacer una pequeña consulta. Pregunto quién está por las tesis de Bujarin y quién por las tesis de Bordiga. Los dos grupos deben reunirse para designar a sus oradores principales.
Gallacher193 (Inglaterra, shop stewards). Lamento tener que hacer constar que la III Internacional se dispone a tomar el camino del oportunismo. Porque, en lugar de buscar las vías y los medios para despertar en las masas el espíritu de rebeldía, aquí se piensa en participar en las elecciones parlamentarias. Es ingenuo creer que los elementos poco fiables, una vez en el parlamento, lucharán por la III Internacional y por la revolución. En Inglaterra tenemos muchos ejemplos de ello. ¿Qué ocurre allí? Sobre todo se afanan por participar en las elecciones por la vía legal. A menudo se dice: entrando en el parlamento se pueden pronunciar discursos y hacer así agitación. Pero el resultado es que el proletariado se va impregnando poco a poco de fe en las instituciones democráticas. De quienes llegan al parlamento no se pueden esperar actos. Los partidos comunistas de todo el mundo tienen ahora cosas más importantes que hacer que perder el tiempo en elecciones al parlamento. Ahora hay que estudiar las vías y los medios revolucionarios, la táctica revolucionaria, y he aquí que ustedes quieren desviar de ese objetivo la atención de los obreros, y esto se hace en nombre del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. El Partido Comunista que se está formando ahora en Inglaterra insiste en adherirse a la III Internacional. Hoy eso está de moda, igual que está de moda pronunciarse por la dictadura del proletariado. Pero ¿de qué sirven las palabras? ¿Está dispuesto a actuar en favor de la dictadura del proletariado? Respondo: ¡no, de ningún modo!
Liebknecht, desde luego, hizo una gran obra, pero solo en la medida en que actuó fuera del parlamento, junto con las masas. Si se hubiera limitado a pronunciar discursos en el parlamento, habría seguido con vida, como tantos otros, como MacDonald. En cuanto al ejemplo ruso, tiene su propia historia y no se puede generalizar. La lucha y la experiencia de los revolucionarios rusos se han pagado con lágrimas y sangre. La conducta de los bolcheviques en la Duma rusa fue el resultado de largos años de dura lucha de las masas obreras. A la III Internacional, como a los pueblos de todos los países, se le presenta hoy la elección entre dos tácticas: una, con toda clase de frases democráticas, desarrolla en el pueblo el sentimiento de sumisión; la otra sostiene el espíritu revolucionario de las masas. Es típica la suerte del diputado Maclean194, que en los grandes mítines electorales decía que era bolchevique y que ayudaría a destruir el parlamento. Y desde que fue elegido al parlamento se ha convertido en un socialista pequeñoburgués y declara que no es bolchevique. Debemos concentrar nuestra energía en la lucha revolucionaria, llevando sus ideas a las masas. La III Internacional tiene ahora que elegir entre el camino de la sumisión y el camino de la lucha.
Shablin195 (Bulgaria). ¡Camaradas! El Partido Comunista de Bulgaria posee ya una experiencia parlamentaria que muestra que, allí donde existe todavía un parlamento burgués, los partidos comunistas pueden y deben unir la lucha revolucionaria de las masas obreras con la lucha en el parlamento.
Pese a la fraseología marxista de las contratesis que nos ha presentado el camarada Bordiga, hay que reconocer que no tienen nada en común con la verdadera idea del marxismo, según la cual el partido comunista debe aprovechar todas las posibilidades que nos ofrece la burguesía para entrar en contacto con las masas oprimidas y contribuir a que triunfen entre ellas las ideas del comunismo. Estas contratesis no son más que supervivencias de prejuicios pequeñoburgueses que se conservan todavía en el movimiento obrero de algunos países. Creo que la experiencia de Bulgaria es la mejor respuesta a las contratesis del camarada Bordiga. Por eso pediré su atención y hablaré brevemente de esta cuestión, tanto más cuanto que en mi respuesta no habrá frases vacías, supuestamente marxistas, sino hechos tomados de la vida.
El Partido Comunista de Bulgaria196 libró una lucha enérgica contra la guerra balcánica de 1912-1913197. Cuando esa guerra terminó con la derrota y con una fuerte crisis económica en el país, la influencia del partido sobre las masas creció hasta tal punto que en la campaña electoral de 1914 el partido, que hizo una agitación estrictamente de principios, obtuvo 45.000 votos y 11 escaños en el parlamento.
El grupo parlamentario protestó en voz alta repetidas veces contra la decisión del gobierno búlgaro de participar en la guerra mundial y votó siempre, de manera ostensible, contra los créditos de guerra. El partido emprendió una lucha encarnizada contra la guerra imperialista, una vez declarada, tanto en el interior del país como en el frente, mediante folletos y octavillas ilegales y mediante la agitación y la propaganda clandestinas. Por esta actividad revolucionaria, todo el partido y el grupo parlamentario fueron perseguidos. Tres diputados comunistas, Lukánov, Dimitrov y Tsiporánov198, fueron condenados durante la guerra por un tribunal militar a penas de 3 a 5 años de cárcel y cumplieron varios meses de reclusión; después fueron amnistiados. Cientos de camaradas fueron condenados a castigos de toda clase y decenas de comunistas, fusilados. El Estado Mayor del ejército prohibió a los soldados leer el órgano del partido, el periódico Rabotnicheski Vestnik199, y los soldados que infringían esta orden eran arrestados, perseguidos e incluso fusilados.
Y precisamente esta lucha encarnizada contra la guerra, el hundimiento completo de la política de conquista de la burguesía, así como la profunda crisis engendrada por la guerra, todo esto permitió al partido comunista ampliar su campo de acción y su influencia sobre las masas y convertirse en uno de los partidos políticos más fuertes de nuestro país. En las elecciones de 1919 el partido comunista obtuvo 120.000 votos y llevó al parlamento 47 diputados comunistas. Los socialpatriotas, los «socialistas anchos», solo pudieron enviar 34 diputados, a pesar de que el ministerio del Interior estaba en manos de uno de los jefes de ese partido, el Noske búlgaro, Pastújov200, de triste memoria. La burguesía, asustada por este éxito del partido comunista, que sabe utilizar la tribuna parlamentaria para fines puramente revolucionarios, disolvió la cámara y convocó nuevas elecciones, que se celebraron en marzo de 1920. Estas, a pesar del terror gubernamental dirigido exclusivamente contra nosotros (miles de camaradas detenidos, cientos de ellos vejados y golpeados en las cárceles, muchos muertos; tribunales militares, censura, gendarmería, tropas, guardias blancos y todo el mecanismo estatal de soborno y opresión: todo se lanzó contra nosotros), dieron al partido comunista una brillante victoria: no solo conservó sus posiciones anteriores, sino que las afianzó sólidamente. Obtuvo 187.000 votos y 50 diputados, y el número de escaños de los «socialistas anchos» cayó de 39 a 9. El gobierno quedó en minoría. Para fabricarse una mayoría, violó la ley electoral y el reglamento de la cámara, declarando nulas las actas de 9 diputados comunistas, a los que expulsaron brutalmente del parlamento. De este modo, el gobierno redujo el grupo parlamentario comunista a 41 diputados.
Pero con ello la burguesía se arrancó la máscara de su hipócrita lealtad y destruyó a ojos de las masas los fundamentos de la legalidad del parlamento democrático burgués, perjudicando ella misma su influencia entre las masas trabajadoras del país. Los obreros y campesinos de dos circunscripciones, Filipópolis201 y Vratsa, cuyos diputados habían sido expulsados del parlamento, organizaron enormes mítines de protesta y declararon su firme propósito de luchar por la destrucción del parlamento burgués, donde los verdaderos representantes del pueblo no tienen cabida, y por su sustitución por soviets de obreros y campesinos.
El partido comunista se presentó a la lucha electoral con su programa comunista, aprobado en el congreso de mayo de 1919; declaró abiertamente que no alimentaba ninguna ilusión sobre el parlamento, que la toma del poder por el proletariado solo es posible mediante la acción revolucionaria de las masas, hasta la insurrección armada bajo la dirección de los soviets de obreros y campesinos, mediante la destrucción del parlamento y la destrucción del propio Estado burgués.
En el parlamento, el partido comunista libra una lucha implacable contra todos los partidos burgueses, de derecha y de izquierda. Somete a una crítica encarnizada todos los proyectos de ley del Estado y en cada ocasión propicia expone su punto de vista de principio y sus consignas. Así utiliza el partido comunista la tribuna parlamentaria para desplegar lo más ampliamente posible su agitación entre las masas. Explica a las masas la necesidad de luchar por los soviets de obreros y campesinos, destruye la autoridad y la importancia del parlamento y llama a las masas a sustituir la dictadura de la burguesía por la dictadura del proletariado. El Partido Comunista de Bulgaria une la lucha en el parlamento con la lucha en las filas de las masas. Así, el grupo parlamentario tomó parte activísima en la gran huelga de los obreros del transporte, que duró 53 días, de diciembre de 1919 a febrero de 1920202. Por esta actividad revolucionaria los diputados comunistas fueron declarados fuera de la ley y algunos de ellos detenidos. Los camaradas Stefan Dimitrov, diputado por Dúpnitsa, y Temelko Nenkov, diputado por Pernik, fueron condenados, el primero a 12 y el segundo a 5 años de cárcel, por resistencia armada a la autoridad. Ambos camaradas están ya en la cárcel. Contra un tercer diputado comunista, Kosta Tsiporánov, se ha abierto causa ante un tribunal militar acusado de alta traición. Tres diputados, miembros del Comité Central, fueron perseguidos por la enérgica lucha que libraron en el parlamento y entre las masas contra la ayuda del gobierno búlgaro a los contrarrevolucionarios rusos. Solo se les puso en libertad provisional bajo una fianza de 300.000 leva, reunidos y pagados por el proletariado de Sofía en dos días. Todos los discursos de los diputados comunistas en la cámara contra la burguesía tienen tal fuerza que provocan grandes escándalos, y no pocas veces llegan a las manos la mayoría gubernamental y el grupo comunista.
El grupo parlamentario comunista está bajo el control directo del Comité Central. Los diputados trabajan constantemente entre las masas y se valen de su inmunidad para tomar la parte más activa posible en la lucha de las masas proletarias.
A comienzos de 1919 apareció en el partido una débil corriente contraria a la participación del partido comunista en las elecciones y en el parlamento. Los representantes de esta corriente proponían boicotear el parlamento burgués. Pero el congreso nacional del partido, celebrado en mayo de 1919 en Sofía, rechazó por unanimidad el punto de vista antiparlamentario y adoptó el punto de vista del Comité Central, es decir, reconoció la necesidad de utilizar las elecciones y la tribuna parlamentaria para la lucha revolucionaria del proletariado contra el sistema parlamentario burgués y por los soviets de obreros y campesinos. Algún tiempo después este punto de vista fue confirmado por una circular del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y por la influencia que los resultados de las elecciones parlamentarias y municipales ejercieron sobre el desarrollo de nuestras organizaciones políticas y sindicales.
La campaña electoral, igual que la lucha en el parlamento y en los municipios, contribuyó notablemente al desarrollo y al fortalecimiento de las organizaciones comunistas y a la difusión de la consciencia comunista entre las masas proletarias. En la actualidad el partido cuenta con cerca de 40.000 afiliados, el sindicato con 35.000 obreros, y el órgano diario del partido tira 30.000 ejemplares.
El partido comunista participó también activamente en las elecciones a los municipios y a los consejos de distrito. En las elecciones municipales de diciembre de 1919 y en las de los consejos de distrito de enero de 1920, el partido obtuvo 140.000 votos y conquistó la mayoría de los municipios en casi todas las ciudades y en cerca de un centenar de pueblos. En muchos otros municipios urbanos y rurales el partido está representado por una mayoría considerable. Para los municipios y los consejos de distrito el partido tiene un programa que tiende a crear en las ciudades y en los pueblos soviets de obreros y campesinos, cuyas secciones especiales deberán, en el momento de la revolución, sustituir a los actuales municipios y consejos de distrito y asumir sus funciones. Hasta ahora el partido comunista lucha por la autonomía de los municipios donde tiene mayoría; llama a los obreros y a los campesinos pobres a sostener con acciones de masas los presupuestos votados por los municipios comunistas, que imponen a la burguesía un impuesto progresivo que llega hasta la confiscación del capital y eximen de todo impuesto a la clase trabajadora; se destinan grandes sumas a obras públicas, a escuelas populares y a otros fines exclusivamente en interés de la mayoría, los obreros y los pobres, y en perjuicio de los intereses de la minoría, la burguesía y los capitalistas.
Utilizamos la lucha en los municipios comunistas para explicar a las masas que solo ellas, con su organización, pueden obligar al poder central a respetar las decisiones tomadas por los concejales comunistas sobre las cuestiones de abastecimiento, vivienda, carestía y todas las necesidades inmediatas de la población obrera. Todas las propuestas de los municipios comunistas se someten primero al examen de los comités locales del partido y después se ponen a discusión general en mítines, y se invita a toda la población obrera a tomar parte en la discusión y a dar su opinión. Las cuestiones controvertidas se someten a referéndum. Todos los concejales comunistas están dirigidos, a escala de todo el país, por una comisión central que tiene su sede en Sofía y está bajo el control del Comité Central del partido.
Se comprende por sí solo que el poder central burgués no puede tolerar semejante actividad de los municipios comunistas; con los pretextos más insignificantes persigue a los concejales comunistas, tratando de hacer imposible el trabajo revolucionario de nuestro partido en los municipios. El gobierno detuvo a la mayoría comunista del municipio de Filipópolis y disolvió el concejo; ha perseguido y fusilado a decenas de camaradas, concejales de diversos municipios comunistas. Pero todas estas persecuciones solo consiguen que las masas de obreros y de descontentos se agrupen en torno al partido comunista.
Para defender nuestras «comunas» llamamos a las masas a sostenerlas por todos los medios; les mostramos la necesidad de extender su lucha a la conquista del poder central del Estado, que reduce a nada todos los esfuerzos de los obreros por defender sus intereses en los municipios mediante la aplicación de las decisiones de la mayoría comunista. Gracias a la lucha en defensa de los municipios comunistas, las masas mismas llegan al convencimiento de que hay que luchar directamente contra el Estado burgués, y ya no con papeletas electorales, sino con la acción directa de las masas y la insurrección armada.
Así, la lucha de clases en los municipios se convierte en un arma poderosa en manos del partido comunista para poner en movimiento a las masas, para organizarlas, ahondar su consciencia de clase y unir todos sus esfuerzos de emancipación, dirigiéndolos hacia el frente principal de la lucha revolucionaria por la conquista de la ciudadela del poder burgués: el Estado capitalista.
La experiencia de nuestro partido ha mostrado que se puede y se debe unir la acción revolucionaria de las masas con la lucha revolucionaria en el parlamento burgués y en los municipios. Por eso nuestra delegación apoya las tesis presentadas al congreso por el Comité Ejecutivo.
Se levanta la sesión a las 5 y 15.
Décima sesión, lunes 2 de agosto de 1920 (tarde)
Se abre la sesión a las 9 y 30.
Herzog (Partido Comunista de Suiza). ¡Estimados camaradas! Aquí se intenta hacer aprobar una decisión para que los partidos comunistas apliquen el parlamentarismo revolucionario en todos aquellos países de los que Bujarin ha dicho que hasta ahora no ha habido en sus parlamentos actividad revolucionaria alguna según el modelo ruso; y esto pese a que el desarrollo económico de esos países, como, por ejemplo, Francia, Inglaterra y Suiza, está maduro desde hace tiempo para la revolución proletaria. ¿Por qué razón, entonces, el proletariado de esos países se ha quedado tan atrás en su táctica revolucionaria? Precisamente porque en esas repúblicas y democracias existía la posibilidad de mejorar la vida del proletariado. Allí se podían conseguir con el parlamentarismo muchas reformas buenas para el proletariado, y, como eso era posible, se comprende que no pudiera manifestarse allí ninguna actividad revolucionaria. Esa es la razón por la que en esos países el proletariado se abre paso tan lentamente hacia la revolución y asimila con tanto esfuerzo la fuerza de voluntad revolucionaria que tienen los rusos.
En Rusia, en cambio, las cosas eran completamente distintas. El proletariado no podía trabajar legalmente, no podía conseguir reformas ni mejorar su situación. Tenía que salir a la calle y recurrir a acciones revolucionarias. Por eso aquí, en Rusia, no pudo desarrollarse el parlamentarismo como en los países de Europa occidental.
Y ahora llegan nuestros camaradas rusos y dicen: «En adelante, en Europa occidental las cosas irán de otro modo que hasta ahora. Hasta ahora no había posibilidad de actuar revolucionariamente en el parlamento, pero ahora nos encontramos en otra situación, y ahora esa posibilidad existe también en Europa occidental y en América. Daremos directrices precisas a todos los partidos comunistas. Explicaremos a los grupos parlamentarios cómo deben trabajar, y entonces también allí se trabajará revolucionariamente». Pero yo considero que eso es imposible. En primer lugar, porque estos reglamentos dejan abierta la posibilidad de que también los partidos comunistas actúen con espíritu oportunista. Hemos discutido largamente en la comisión sobre cómo deben comportarse los representantes comunistas en los municipios y qué deben hacer los representantes comunistas en los municipios si forman mayoría. A eso el camarada Bujarin observó: «Si tienen la mayoría, deben tratar de mejorar la situación de los obreros, para agudizar las contradicciones entre el municipio comunista y el Estado». Pero eso mismo es lo que nos dicen los oportunistas cuando entran en los parlamentos. Dicen: «Venimos aquí para agudizar en este terreno el conflicto entre el proletariado y el Estado. Defenderemos mejoras, pero todo ello tiene un único fin: agudizar el conflicto entre el capital y el trabajo».
Con esto se da la posibilidad precisamente a los elementos oportunistas que ya están en la III Internacional de actuar de manera oportunista también como partidos comunistas y de llevar todo el parlamentarismo por esa pendiente.
Una segunda posibilidad la abre el camino que elige la III Internacional para acoger en sus filas a todos los partidos «revolucionarios». Dentro de poco entrará en ella la mayoría del Partido Socialdemócrata Independiente y del Partido Socialista Francés. Ni que decir tiene que entrará también la mayoría de los pequeños partidos socialdemócratas. A Platten ya lo han enviado a Suiza con ese encargo. De este modo, muchos más elementos oportunistas entrarán todavía en la III Internacional, y no se convertirán en un minuto en comunistas revolucionarios. Harán también en la III Internacional exactamente la misma política que han hecho hasta ahora en la II Internacional.
Ese es el peligro que vemos y que nos obliga a reconocer que el parlamentarismo, en la forma en que aquí se ha presentado, no puede aplicarse de hecho en los países occidentales. He aquí un ejemplo práctico. Hoy se nos ha dicho que el Partido Comunista de Bulgaria es un modelo de parlamentarismo revolucionario. Su grupo parlamentario, al parecer, trabaja magníficamente. Hace poco leí un artículo en el que se decía exactamente lo contrario. Además, he hablado con un camarada búlgaro que, en calidad de parlamentario, fue de Moscú a Bulgaria y allí, al ver la actividad del grupo parlamentario comunista búlgaro, se hizo partidario del antiparlamentarismo y volvió siéndolo. He aquí la prueba de que no en todos los países se puede practicar el parlamentarismo como lo practicaban antes los comunistas en Rusia. También los socialdemócratas de Alemania, el viejo Wilhelm Liebknecht y Bebel, declaraban: «Vamos al parlamento solo para utilizar revolucionariamente la tribuna». Pero esa actividad revolucionaria se convirtió muy pronto en oportunismo y reformismo, porque se había creado la posibilidad para ello, y hoy el partido socialdemócrata es un partido abiertamente socialtraidor.
Ni que decir tiene que ustedes pueden decidir que los partidos comunistas deben practicar el parlamentarismo. No somos tan doctrinariamente antiparlamentarios como para decir que no nos someteremos a una decisión de la III Internacional. Podemos hacer provisionalmente el experimento, pero estamos convencidos de que no saldrá bien, y de que dentro de uno o dos años, en el próximo congreso, sobre la base de la práctica y de la experiencia, se dirá: habría sido mejor no ocuparnos de este asunto y gastar todas nuestras fuerzas en las fábricas, en el ejército y entre los campesinos. Y eso habría sido mucho más útil para el desarrollo de la revolución y para la III Internacional.
Murphy (Inglaterra). En la cuestión del parlamentarismo tendré que pronunciarme en contra de mi camarada de los shop stewards que ha hablado esta mañana. Creo que todos los ataques al parlamentarismo y toda la crítica que se le ha dirigido aquí se referían al parlamentarismo reformista, y no al parlamentarismo revolucionario.
Es verdad que algunos representantes del movimiento socialista, al entrar en el parlamento, se volvieron traidores; pero eso solo no basta para condenar toda nuestra actividad en las instituciones parlamentarias. Todavía no he oído a nadie afirmar que la táctica del camarada Liebknecht en el Reichstag alemán o la táctica de los diputados bolcheviques en la Duma rusa hayan dado otra cosa que buenos resultados para el movimiento revolucionario.
Es inútil sostener que no debemos entrar en una organización solo porque las personas que la componen tienen opiniones burguesas: entonces tendríamos que no entrar en las trade-unions y en organizaciones semejantes, porque, aunque sus miembros pertenecen a la clase obrera, nadie puede negar que su ideología es, en el fondo, pequeñoburguesa.
Nuestra tarea no consiste en conservarnos inmaculados del contacto con el mundo, sino en llevar la lucha revolucionaria no solo a las organizaciones de la clase obrera, sino también al campo enemigo. Aquí se han aducido muchos argumentos sobre la importancia agitativa y propagandística del parlamentarismo revolucionario, y no quiero repetirlos. En mi opinión, esta cuestión tiene otros aspectos muy importantes, cuyo examen mostrará que el parlamentarismo revolucionario tiene y puede tener una gran importancia incluso allí donde las organizaciones industriales de los obreros han alcanzado un alto grado de desarrollo.
Ningún gran choque extraparlamentario de los obreros con la clase patronal se produce sin provocar un fuerte eco entre las paredes del propio parlamento. Nos lo ha mostrado bien la experiencia del movimiento de los shop stewards. Muchas veces, cuando emprendían una gran lucha económica, se ponía en marcha contra ellos el aparato del Estado; e incluso aquellos de ellos que se declaraban adversarios del parlamentarismo se veían inevitablemente obligados a servirse de los representantes del Partido Laborista en el parlamento y a participar en la agitación dentro del parlamento. Más de una vez miembros del movimiento obrero, incluidos adversarios del parlamentarismo, se pusieron en relación con representantes del Partido Laborista y con otros miembros del parlamento para obtener su ayuda a fin de expresar protestas y organizar la agitación dentro de esa institución. Esta táctica se impone a los participantes en el movimiento de lucha por la naturaleza misma de las situaciones cambiantes en que de vez en cuando se encuentran los obreros. No siempre es posible hacer una huelga, y el entusiasmo de los huelguistas no se mantiene siempre al mismo nivel. Hay momentos en que se puede arrojar el guante al adversario y negarse a toda negociación con él, en que se puede lanzar un ataque frontal. Pero hay también tiempos en que el entusiasmo se apaga y los adversarios resultan más fuertes que nosotros. Entonces es necesario acumular fuerzas por todos los medios, retroceder, hacer ataques de flanco, protestar aquí y allá; en una palabra, hacerlo todo para impedir que nuestras fuerzas se dispersen. En tales circunstancias es cuando más reconocemos el valor de las fuerzas de agitación dentro del parlamento, y precisamente tales circunstancias han obligado a nuestro movimiento a recurrir a ellas.
No hay que olvidar que las crisis no surgen solo en las organizaciones industriales, sino también en otros centros. Muchas veces hemos visto cómo se presentaban en el parlamento propuestas y medidas cuya aplicación habría repercutido sensiblemente en el movimiento que se desarrolla fuera del parlamento. Hemos sido testigos de cómo esas propuestas y medidas se convertían en ley sin la menor agitación para oponerse a su aplicación en la vida productiva y social de las masas. Si en el parlamento hubiera revolucionarios en relación viva con el movimiento extraparlamentario organizado, el mero intento de presentar tales proyectos de ley sería la señal no solo de una protesta dentro del parlamento, sino también del levantamiento de las masas y de la movilización de sus fuerzas para la lucha fuera del parlamento.
Tales situaciones y tal experiencia nos obligan a reconocer la naturaleza múltiple de nuestra lucha. Por eso sería el colmo de la locura desechar un arma como la representación comunista en el parlamento y quedar en la humillante situación de tener que recurrir a la ayuda de los liberales y de los miembros reformistas del Partido Laborista. Debemos luchar como revolucionarios dentro del parlamento, como revolucionarios que saben adaptarse a las diversas fases de la lucha y que no temen entrar en relación con los enemigos cuando las circunstancias lo exigen.
El parlamentarismo revolucionario no es un fin, sino un medio, y allí donde convertimos nuestros partidos comunistas en auténticos órganos revolucionarios de lucha es un medio muy eficaz para movilizar a las masas para la conquista del poder. Por estas razones apoyo las tesis del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista sobre el parlamentarismo.
Souchy (Alemania, Unión General Obrera). ¡Camaradas! Ante todo hago constar con cierta satisfacción que aquí, en el congreso, al que han acudido socialdemócratas radicales, el punto de vista del antiparlamentarismo no lo defienden solo los anarcosindicalistas, sino también comunistas. Es una concesión al punto de vista de los anarquistas, establecido hace cuarenta años.
Al oír hoy cómo defendía el camarada Bujarin su punto de vista, se tiene la impresión de que defiende algo en lo que él mismo, en el fondo, no cree. Y creo que no he sido el único en sentirlo. El camarada Bujarin ha defendido el parlamentarismo como un medio que no puede llevar al socialismo. Todos están de acuerdo en que el parlamentarismo no es un medio que lleve al comunismo. Y sin embargo, se propone ese medio a los obreros revolucionarios. ¡Es un punto de vista asombroso! Proponer un medio que se considera inadecuado para alcanzar el fin es un absurdo. Y ese absurdo es justamente el que comete el Comité Ejecutivo de la III Internacional al recomendar ese punto de vista.
Debemos estar de acuerdo en que precisamente el parlamentarismo es lo que más ha contribuido a adormecer a las masas, y precisamente el parlamentarismo es lo que les ha impedido recurrir a medios verdaderamente revolucionarios y aplicar la acción directa. Es un viejo argumento; pero el punto de vista que se pretende presentar aquí como un nuevo parlamentarismo es igual de viejo y gastado; y aquí se intenta servirlo como algo «nuevo». ¿No saben ustedes que precisamente ahora el parlamentarismo ha sufrido la bancarrota más completa en Finlandia, en Alemania, en Rusia? ¿No es una vergüenza volver a proponer ahora a los obreros ese parlamentarismo en bancarrota? Desde luego, señores como los independientes, políticos de profesión, intentarán imponérselo a los obreros; pero los obreros, y también una parte considerable de los comunistas, le vuelven cada vez más la espalda. Los señores que defienden aquí el parlamentarismo son los mismos que en la semana de Kapp, en Alemania, trataron de hacer fracasar la huelga general. Se les presenta a ustedes la posición adoptada por la III Internacional respecto al parlamentarismo como un «nuevo parlamentarismo revolucionario». Pero este nuevo parlamentarismo resulta ser el viejo error de la socialdemocracia cuando estaba en mantillas, porque exactamente ese mismo punto de vista sostenía la socialdemocracia en sus orígenes. Aquí se repiten los errores de antes. Se buscan argumentos nuevos en favor del viejo e inservible parlamentarismo.
Aquí hay marxistas, y con eso está dicho mucho. Son gentes con prejuicios teóricos, dogmáticos. Los marxistas han absorbido la idea del parlamentarismo desde la infancia, con la leche materna. El parlamentarismo ha penetrado en la carne y en la sangre de estos dogmáticos y se ha fundido orgánicamente no solo con su pensamiento, sino también con sus sentimientos y su voluntad. En estos dogmáticos el parlamentarismo no tiene sus raíces en la consciencia ni en el terreno de la lógica, sino en el subconsciente, en el terreno de la psique. Si, por tanto, los revolucionarios hablan todavía hoy de la aplicabilidad del parlamentarismo, no estamos ante un medio de lucha lógicamente fundado, sino ante un fenómeno psicológico. Después se trata de justificar lógicamente lo que de antemano se considera el mejor medio. Esa es la raíz del parlamentarismo «nuevo, revolucionario»: no una argumentación lógica, sino un dogmatismo preconcebido. Así pues, el parlamentarismo es una ilusión oportunista, y de ningún modo un arma de lucha del obrero revolucionario por el comunismo. Como tal ilusión hay que considerar esta llamada arma de lucha, y no como un parlamentarismo «nuevo, revolucionario», según acaba de decir el camarada Murphy.
Se dice que por este camino no se puede llegar al comunismo, pero que se quiere, según dicen, utilizar el parlamento como tribuna para influir en los círculos a los que de otro modo no hay acceso. Afirmo que este punto de vista está lógicamente muy mal fundado. Si no hubiera ningún otro medio, entonces tal vez habría que recurrir también a este. Pero no es verdad: hay otros medios; busquémoslos, dejando a un lado todo prejuicio, y los encontraremos. Reconozcamos, pues, que precisamente al proponer el parlamentarismo apartamos de nosotros a los elementos revolucionarios de las masas obreras que no admiten el parlamentarismo. Si se sopesan, por un lado, los elementos a los que se aparta y, por otro, los que se puede atraer temporalmente, me parece que los primeros serán mucho más importantes para la revolución social que los segundos. Por eso este punto de vista no resiste la crítica. Pero si, a pesar de ello, se adopta el punto de vista del parlamentarismo con fines de agitación, se puede hacer agitación sin ser diputado. Así, por ejemplo, un antimilitarista de Viena arrojó octavillas antiparlamentarias desde la tribuna del público del parlamento. He aquí un ejemplo de cómo se puede utilizar el parlamento como tribuna de agitación sin participar en las trampas electorales, sin gastar tantas fuerzas, energía y dinero en las elecciones. Una acción así es mucho más importante para los obreros. Escriban sobre ello en sus periódicos y obtendrán lo que buscan: la agitación desde el seno del parlamento.
Lenin. El camarada Bordiga, por lo visto, ha querido defender aquí el punto de vista de los marxistas italianos, pero, sin embargo, no ha respondido a ninguno de los argumentos que han aducido aquí otros marxistas en defensa de la actividad parlamentaria.
El camarada Bordiga ha reconocido que la experiencia histórica no se crea artificialmente. Acaba de decirnos que hay que trasladar la lucha a otro terreno. Pero ¿acaso no sabe que toda crisis revolucionaria ha ido acompañada de una crisis parlamentaria? Es cierto que ha dicho que hay que trasladar la lucha a otro terreno, a los soviets. Pero el propio camarada Bordiga ha reconocido que los soviets no se pueden crear artificialmente. El ejemplo de Rusia demuestra que los soviets solo pueden crearse o bien durante la revolución, o bien inmediatamente antes de la revolución. Todavía en tiempos de Kerenski la composición de los soviets era tal (a saber, menchevique) que de ningún modo podían constituir un poder proletario. El parlamento es un producto del desarrollo histórico, y no podemos librarnos de él mientras no seamos lo bastante fuertes para disolver el parlamento burgués. Solo siendo miembro del parlamento se puede, partiendo de las condiciones históricas dadas, luchar contra la sociedad burguesa y contra el parlamentarismo. El mismo medio del que se sirve la burguesía en la lucha debe utilizarlo también el proletariado, desde luego con fines completamente distintos. Ustedes no pueden negar que esto es así; y si quisieran negarlo, tendrían que borrar con ello la experiencia de todos los acontecimientos revolucionarios del mundo. Han dicho ustedes que también los sindicatos son oportunistas, que también ellos representan un peligro; pero, por otro lado, han dicho que para los sindicatos hay que hacer una excepción, porque son una organización obrera. Pero eso solo es cierto hasta cierto punto. También en los sindicatos hay elementos muy atrasados. Una parte de la pequeña burguesía proletarizada, los obreros atrasados y los pequeños campesinos: todos estos elementos creen de verdad que en el parlamento están representados sus intereses; contra eso hay que luchar con el trabajo en el parlamento y mostrar a las masas la verdad con los hechos. A las masas atrasadas no se las convence con teoría: necesitan la experiencia.
Eso lo vimos también en Rusia. Nos vimos obligados a convocar la Asamblea Constituyente203 cuando el proletariado ya había vencido, para demostrar al proletariado atrasado que con la Asamblea Constituyente no conseguiría nada. Para comparar una y otra experiencia tuvimos que contraponer concretamente los soviets a la Constituyente y mostrarle a la vista de todos que los soviets son la única arma.
El camarada Souchy, sindicalista revolucionario, ha defendido las mismas teorías, pero la lógica no está de su parte. Ha dicho que no es marxista, así que eso se entiende por sí solo. Pero si usted, camarada Bordiga, afirma que es marxista, se le puede exigir más lógica. Hay que saber de qué manera se puede destruir el parlamento. Si pueden hacerlo en todos los países mediante la insurrección armada, muy bien. Ustedes saben que nosotros, en Rusia, no solo en la teoría, sino también en la práctica, hemos demostrado nuestra voluntad de destruir el parlamento burgués. Pero han perdido de vista el hecho de que eso es imposible sin una preparación bastante larga y de que en la mayoría de los países todavía no es posible destruir el parlamento de un solo golpe. Para destruir el parlamento nos vemos obligados a luchar en el parlamento. Ustedes sustituyen por su voluntad revolucionaria las condiciones que determinan la línea política de todas las clases de la sociedad actual, y por eso olvidan que nosotros, para destruir el parlamento burgués en Rusia, tuvimos primero que convocar la Asamblea Constituyente, incluso después de nuestra victoria. Han dicho ustedes: «Es verdad que la revolución rusa es un ejemplo que no corresponde a las condiciones de Europa occidental». Pero no han aducido ni un solo argumento de peso para demostrárnoslo. Nosotros pasamos por un periodo de democracia burguesa. Lo atravesamos rápidamente en la época en que nos vimos obligados a hacer agitación para las elecciones a la Asamblea Constituyente. Y todavía después, cuando la clase obrera tenía ya la posibilidad de tomar el poder, el campesinado creía aún en la necesidad de un parlamento burgués.
Teniendo en cuenta a esos elementos atrasados, tuvimos que convocar elecciones y mostrar a las masas con el ejemplo, con los hechos, que aquella Asamblea Constituyente, elegida en un momento de la mayor miseria general, no expresaba las aspiraciones y las reivindicaciones de las clases explotadas. Con ello el conflicto entre el poder soviético y el poder burgués quedó completamente claro, y no solo para nosotros, para la vanguardia de la clase obrera, sino también para la inmensa mayoría del campesinado, para los pequeños empleados, para la pequeña burguesía, etc. En todos los países capitalistas existen elementos atrasados de la clase obrera que están convencidos de que el parlamento es la verdadera representación del pueblo y no ven que allí se emplean medios sucios. Se dice que es un instrumento con el que la burguesía engaña a las masas. Pero este argumento debe volverse contra ustedes, y se vuelve contra sus tesis. ¿Cómo revelarán ustedes a las masas verdaderamente atrasadas, engañadas por la burguesía, el verdadero carácter del parlamento, si no entran en él? ¿Cómo desenmascararán tal o cual maniobra parlamentaria, la posición de tal o cual partido, si no están en el parlamento? Si son ustedes marxistas, deben reconocer que las relaciones entre las clases en la sociedad capitalista y las relaciones entre los partidos están estrechamente ligadas. ¿Cómo, repito, mostrarán todo esto si no son miembros del parlamento, si renuncian a la actividad parlamentaria? La historia de la revolución rusa ha mostrado claramente que a las grandes masas de la clase obrera, del campesinado y de los pequeños empleados no se las habría podido convencer con ningún argumento si no se hubieran convencido por su propia experiencia.
Aquí se ha dicho que perdemos mucho tiempo participando en la lucha parlamentaria. ¿Se puede imaginar alguna institución en la que todas las clases participen en la misma medida que en el parlamento? Algo así no se puede crear artificialmente. Si todas las clases se ven arrastradas a participar en la lucha parlamentaria, es porque los intereses y los conflictos de clase se reflejan en el parlamento. Si fuera posible organizar en todas partes a la vez, pongamos por caso, una huelga general decisiva para derribar el capitalismo de un solo golpe, la revolución ya se habría producido en varios países. Pero hay que tener en cuenta los hechos, y el parlamento es una arena de la lucha de clases. El camarada Bordiga y quienes comparten su punto de vista deberían haber dicho a las masas la verdad. Alemania es el mejor ejemplo de que un grupo comunista en el parlamento es posible, y por eso ustedes deberían haber dicho abiertamente a las masas: somos demasiado débiles para crear un partido con una organización sólida. Esa sería la verdad que habría que decir. Pero si confesaran ustedes esa debilidad suya a las masas, estas no se convertirían en partidarias suyas, sino en adversarias suyas, en partidarias del parlamentarismo.
Si dijeran ustedes: «Camaradas obreros, somos tan débiles que no podemos crear un partido lo bastante disciplinado que sepa obligar a los diputados a someterse al partido», los obreros los abandonarían, porque se dirían: «¿Cómo vamos a construir la dictadura del proletariado con gente tan débil?».
Son ustedes muy ingenuos si piensan que el día de la victoria del proletariado los intelectuales, la clase media, la pequeña burguesía se harán comunistas.
Si no tienen esa ilusión, deben preparar ya desde ahora al proletariado para que imponga su línea. En ningún terreno del trabajo del Estado encontrarán una excepción a esta regla. Al día siguiente de la revolución verán por todas partes abogados oportunistas que se llaman comunistas, pequeñoburgueses que no reconocen ni la disciplina del partido comunista ni la disciplina del Estado proletario. Si no preparan a los obreros para crear un partido verdaderamente disciplinado, que obligue a todos sus miembros a someterse a su disciplina, nunca prepararán la dictadura del proletariado. Creo que por eso no quieren reconocer que es precisamente la debilidad de muchísimos partidos comunistas nuevos lo que les hace rechazar el trabajo parlamentario. Estoy convencido de que la inmensa mayoría de los obreros verdaderamente revolucionarios nos seguirá y se pronunciará contra sus tesis antiparlamentaristas.
Bordiga (Italia). Las objeciones del camarada Lenin a las tesis que he presentado y a mis argumentos plantean cuestiones extraordinariamente interesantes, que no quiero ni siquiera tocar aquí y en las que se refleja el problema general de la táctica marxista.
Sin duda, los acontecimientos parlamentarios y las crisis ministeriales están estrechamente ligados al desarrollo de la revolución y a la crisis de la organización burguesa. Pero, para establecer las formas en que la acción política del proletariado influye en el curso de los acontecimientos, hay que tener en cuenta las razones que, ya antes de la guerra, llevaron a los marxistas de izquierda del movimiento socialista internacional a rechazar la participación en los ministerios y el apoyo parlamentario a los ministerios burgueses, aunque estos sean, sin duda, medios de intervenir en el curso de los acontecimientos.
La necesidad misma de unir las fuerzas revolucionarias de la clase obrera y de organizarlas en nombre del fin último del comunismo nos lleva a una táctica basada en determinadas reglas generales de acción, aunque esta táctica pueda parecer demasiado simple y poco flexible.
Creo que nuestra misión histórica en el momento actual nos lleva a una táctica nueva, a saber, a renunciar a la participación en el parlamento, que ya no es un medio de influir en sentido revolucionario en el curso de los acontecimientos.
El argumento de que ahora hay que resolver el problema práctico de una actividad parlamentaria comunista dirigida por el partido, porque en el periodo posrevolucionario habrá que saber crear instituciones de toda clase con gentes del medio burgués y semiburgués, este argumento puede aducirse también en favor de la necesidad de tener ministros socialistas bajo el régimen burgués dominante.
Pero ahora no es momento de ahondar en este problema, y me limito a declarar que mantengo mi opinión sobre la cuestión que nos ocupa y que estoy más convencido que nunca de que la Internacional Comunista no conseguirá una actividad parlamentaria verdaderamente revolucionaria.
Por último, puesto que se ha reconocido que las tesis que he presentado se apoyan en principios puramente marxistas y no tienen nada en común con la argumentación de los anarquistas y los sindicalistas contra el parlamentarismo, espero que solo voten por ellas aquellos camaradas antiparlamentaristas que las aceptan en su conjunto y en lo esencial y comparten los principios marxistas en que se fundan.
Bujarin. Primero, camaradas, una pequeña observación previa. En mi primer discurso no consideré necesario repetir lo que ya está expuesto en las tesis. Sin embargo, los camaradas que me han replicado han hablado mucho de cosas que son completamente indiscutibles. En su primer discurso el camarada Bordiga habló de la diferencia entre la democracia burguesa y el poder soviético, de los distintos rasgos característicos de la democracia burguesa. Todas estas son cosas indiscutibles, con las que estamos completamente de acuerdo y de las que fuimos los primeros en hablar. Por consiguiente, los primeros discursos del camarada Bordiga, como los de algunos otros, contenían cosas sobre las que no hay nada que discutir, puesto que todos estamos de acuerdo con ellas. Y en mi intervención de clausura no voy a repetirlas. Desde luego, cuando llega el camarada Gallacher y declara: «Estamos por la acción directa», eso no es una cosa de importancia secundaria, sino de primera importancia. Pero no voy a hablar de ello, porque todos estamos de acuerdo y no hace falta detenerse mucho en ello.
El camarada Lenin ha hablado de las debilidades de los comunistas y ha señalado con razón que precisamente los partidos comunistas más débiles son los que se pronuncian por principio contra el parlamentarismo. Él ha llegado a esta conclusión, por así decirlo, por vía deductiva, y yo se lo he demostrado empíricamente a algunos camaradas. He hablado con un antiparlamentarista, el camarada Herzog, y me ha dicho: «Sí, desde luego, si tuviéramos un partido tan fuerte como el vuestro, sería otra cosa». La camarada Marie Nielsen204, también antiparlamentarista, me ha dicho: «Si el Comité Ejecutivo y la III Internacional nos dieran gente para la actividad parlamentaria, sería otra cosa». He aquí dos pruebas, y estos dos antiparlamentaristas, es decir, el 40 % de todos los antiparlamentaristas aquí presentes, confirman el argumento del camarada Lenin de que son antiparlamentaristas por debilidad. Esta es, quizá, la mejor prueba de la inconsistencia interna de la posición antiparlamentarista supuestamente de principio.
Podemos demostrarlo también a mayor escala. Rusia, que tiene el partido comunista más fuerte, está por la utilización del parlamento; Alemania, también por la utilización del parlamento; Italia, en su mayor parte, también está a favor. Pero Suiza y Dinamarca, donde solo existen pequeños grupitos comunistas, están contra la utilización del parlamento.
Pasemos ahora a algunos argumentos dirigidos contra nosotros. Nosotros decimos: está demostrado empíricamente que el parlamentarismo revolucionario es posible, y aducimos el ejemplo de Liebknecht y de otros. ¿Qué se nos objeta? El camarada Bordiga dice: tuvimos a Liebknecht, pero tuvimos también a la socialdemocracia amarilla, y el balance general de esa actividad parlamentaria es muy malo: en la balanza con que se juzga el parlamentarismo, la actividad traidora de la socialdemocracia pesa más que la actividad de Liebknecht. Pero para cualquiera está claro que este argumento es completamente erróneo. Nosotros hablamos del parlamentarismo comunista. No se pueden traer aquí cosas diferentes por principio. Es un truco con el que se nos quiere engañar. El camarada Gallacher dice: el trabajo de Liebknecht solo era necesario en la medida en que estaba en la calle junto con las masas. ¡Pero nosotros sostenemos precisamente la opinión de que el trabajo parlamentario debe estar ligado al trabajo en la calle! Además, el camarada Gallacher sabe muy bien que Liebknecht llamó a la insurrección desde la tribuna parlamentaria. Nadie se atreverá a decir que eso fue perjudicial.
El tercer oponente, el sindicalista camarada Souchy, dice: «En un momento en que el parlamentarismo ha fracasado de tal modo en Rusia y en Finlandia, ustedes predican el parlamentarismo». Pero, por un lado, en Rusia el parlamentarismo sufrió un fracaso completo; y, por otro, nosotros aceleramos en parte ese fracaso también luchando en el parlamento. Es un hecho. Por lo demás, hoy, para Rusia, ese planteamiento de la cuestión es erróneo. Hoy en Rusia ya no puede ni hablarse de parlamentarismo. Pero lo que tiene usted que demostrar es precisamente que nuestra táctica anterior era errónea cuando participábamos en el parlamento, y no ha aducido para ello ni un solo argumento. Vencimos porque nuestra táctica era acertada.
El camarada Bordiga intenta encontrar diversos argumentos muy ingeniosos. Dice, por ejemplo: «Podemos, desde luego, emplear diversos medios, pero el parlamentarismo no es un medio, sino una institución». Y cree haber aducido un argumento tan de peso que con él se vienen abajo todas nuestras pruebas. Pero dígame, camarada Bordiga, ¿cómo y cuándo se puede trazar una diferencia de principio entre medio e institución? Tomemos un ejemplo: un gobierno imperialista moviliza para la guerra. Se nos plantea la cuestión de si debemos boicotear el ejército o, al contrario, entrar en él. Nosotros, desde el comienzo mismo de la guerra, estuvimos por entrar en el ejército; ya al principio de la guerra decíamos que el pueblo podrá vencer con mayor facilidad cuando esté armado. Aprovechad esta ocasión para tomar las armas en vuestras manos. ¿Es el ejército una institución? Desde luego, es una institución burguesa en manos del capital financiero. ¿Puede alguien decir que no utilizamos ese ejército como un medio? Claro que como un medio. Con este ejemplo el camarada Bordiga puede convencerse fácilmente de que no existe contradicción alguna entre medio e institución. He puesto este ejemplo para mostrar que incluso este instrumento de represión del capital, el más importante, puede convertirse en nuestras manos en un arma contra el capital. Lo hemos demostrado con la experiencia. Subrayo una vez más que aquí no se trata de personas, ni de fórmulas teóricas, ni de frases, sino de hechos reales.
El camarada Bordiga oscila en general entre dos puntos de vista. Unas veces defiende un punto de vista del que he dicho que es distinto del de los anarquistas y los sindicalistas. Y otra cosa son sus tesis, en las que dice que, al sentarnos en el parlamento, trabajamos codo con codo con la burguesía. Esta es una argumentación anarquista. Cuando dice luego que el parlamento no se puede utilizar a causa de una serie de condiciones específicas, ese es ya otro tipo de argumentación. Pero en él todas las clases de pruebas están tan entrelazadas y enredadas que es bastante difícil desatar el nudo.
Paso al argumento del camarada Gallacher. Dice: «Hemos tenido muchas veces la experiencia de que un hombre, al entrar en el parlamento, se volvía allí un traidor». Otro camarada, creo que Herzog, ha dicho que en el parlamento se esconden en general grandes posibilidades de corrupción. Desde luego, contamos con que esas posibilidades existen, pero pregunto al camarada Gallacher: ¿acaso no sabe que tales posibilidades se esconden también en las trade-unions? Hay un ejemplo clásico de corrupción de un secretario de trade-union... ¿O acaso no hemos tenido casos en que el director de un periódico antes revolucionario se convertía en un canalla? Conocemos muchísimos casos así también en nuestra práctica. Nosotros, por ejemplo, teníamos un partido ilegal, y después de la primera revolución, la de Febrero, resultó que en algunas de nuestras organizaciones del partido casi la mitad de los miembros eran soplones. Todos los oportunistas nos decían entonces: «¿Veis adónde lleva el partido ilegal? La ilegalidad va siempre unida al espionaje. Debemos pronunciarnos contra el trabajo ilegal, porque el partido ilegal es un nido de provocadores de toda clase». En todos los países los oportunistas salen con argumentos semejantes. Todo oportunista, con noble orgullo, llama anarquistas y provocadores a los que están a su izquierda. Eso debería servir, al parecer, de argumento contra el trabajo ilegal. Lo mismo ocurre con el parlamentarismo. Del hecho de que en Italia y en Francia los grupos parlamentarios sean muy oportunistas y no hagan en absoluto una política comunista, algunos camaradas sacan la conclusión de que todo parlamentarismo, incluso el revolucionario, va necesariamente unido a la traición a la clase obrera. Pero eso no se puede demostrar de ningún modo, porque los hechos muestran otra cosa.
Una de dos: o consideramos la época presente una época verdaderamente revolucionaria, o no. Los camaradas que están por principio contra el parlamentarismo consideran la época actual revolucionaria en grado sumo, y si parten de esta premisa deben decir que precisamente el carácter revolucionario de la época es la mejor garantía contra esa corrupción, contra el oportunismo de los grupos parlamentarios, y el mejor terreno para la formación de un partido auténticamente comunista y centralizado. Estas dos premisas son lo principal, y no necesitamos ninguna otra garantía. Por un lado, el rápido desarrollo revolucionario de la clase obrera y, por otro, el control del partido comunista centralizado que se está organizando son las mejores garantías contra el oportunismo dentro del grupo parlamentario. Esto, a mi juicio, es también un argumento contra el camarada Herzog. Dice que Bebel era un oportunista; pero no entiendo por qué ha dicho lo mismo de Wilhelm Liebknecht. Puedo confirmar que Bebel era un gran oportunista, para mí eso no admite la menor duda, como tampoco que Jaurès, con todas sus tradiciones de la Revolución francesa, se habría convertido en un socialpatriota. Pero Bebel es la encarnación de la época anterior. ¿Cómo se le puede poner de ejemplo en las condiciones actuales, diametralmente opuestas? El ejemplo es bastante desafortunado.
Una pequeña observación más sobre el discurso del sindicalista alemán. Ha dicho de mí que en el fondo de mi alma estoy contra el parlamentarismo, pero que me veo obligado a defender esta cosa mala. Y ha dicho que no ha podido librarse de esa impresión durante todo mi discurso. Pero también yo he tenido ciertas impresiones durante su discurso, a saber: la impresión de que estaba llorando a alguien. Creo que no ha aducido en absoluto ni un solo argumento sustancial. Al menos, yo no he notado ninguno en su discurso. Lo que el camarada Bordiga ha dicho en su último discurso era un testimonio contra su propio punto de vista. Vemos en ello una prueba más de que nuestra táctica es acertada, y llamamos a todos los camaradas a ir al parlamento con la consigna: «¡Abajo el parlamentarismo!».
Murphy (Inglaterra). Los representantes del movimiento de los shop stewards aquí presentes me han asegurado que en ninguna circunstancia han recurrido a la ayuda de miembros del Partido Laborista en la Cámara de los Comunes. Como no deseo presentar a nadie bajo una luz falsa, ruego que se haga pública esta declaración y que se supriman de mi discurso todas las alusiones personales. Tomo nota de su declaración.
Por lo demás, esto no cambia el sentido de mi argumentación.
Shablin (Bulgaria). ¡Camaradas! En su discurso el camarada Herzog se ha tomado la libertad de negar la veracidad de los hechos que he expuesto aquí sobre la actividad parlamentaria del Partido Comunista de Bulgaria. Nos asombra la osadía de este camarada que, sin informarse ante nuestra delegación y sacando sus datos de fuentes sucias y parciales, se ha permitido ofender y calumniar a nuestro partido. En nombre de la delegación búlgara protesto contra esa conducta y ese modo de proceder del camarada Herzog, que son indignos de un camarada de partido. La actividad revolucionaria de nuestro partido comunista se ha desarrollado abiertamente y es conocida de todos. Para dar a conocer los detalles que puedan interesar a los camaradas del congreso, he aducido decenas de los hechos más importantes, los nombres de los camaradas diputados condenados más conocidos y las fechas. La calumnia que ha puesto en circulación Herzog no puede alcanzar a nuestro partido.
Goldenberg (Francia). Propongo introducir la siguiente enmienda en las tesis del camarada Bujarin:
«En los periodos de crisis revolucionaria, favorables a la insurrección armada y a la toma del poder, el boicot de las elecciones es una necesidad imperiosa. En efecto, en ese momento, cuando se entabla la lucha entre el parlamento, órgano de la dictadura de la burguesía, y el poder soviético, forma de la dictadura del proletariado, invitar a los obreros a participar en las elecciones a las instituciones legislativas significa sembrar la confusión en sus mentes y traicionar la causa del proletariado. Semejante conducta solo puede afianzar las posiciones de la burguesía, dándole tiempo para concentrar sus fuerzas en perjuicio del proletariado, cuya acción revolucionaria queda así paralizada. En efecto, no hay que olvidar que la actividad parlamentaria está subordinada a la actividad extraparlamentaria y que la lucha por el poder que se libra fuera del parlamento es el centro de gravedad de la lucha del proletariado contra la burguesía. Esto explica la escasa importancia de la cuestión del parlamentarismo en comparación con las cuestiones de la dictadura del proletariado y de la lucha de las masas por la toma del poder».
Polano (Italia). Estando personalmente de acuerdo con las tesis sobre el parlamentarismo presentadas por el Comité Ejecutivo, voto por estas tesis, declarando, sin embargo, que este voto mío no corresponde a la posición adoptada sobre esta cuestión por la Federación Juvenil Socialista Italiana, a la que represento en este congreso.
La Federación Juvenil Socialista Italiana, para evitar una escisión entre los partidarios de las elecciones y sus adversarios, decidió en su último congreso no tocar la cuestión electoral y dejó a sus miembros plena libertad para adherirse, sin salir del Partido Socialista Italiano, a aquella de las fracciones comunistas (partidaria o adversaria de las elecciones) que mejor corresponda a sus convicciones personales.
Declaro que, a mi regreso a Italia, haré todos los esfuerzos por sacar a la Federación Juvenil Socialista Italiana de esta posición ambigua y situarla en la plataforma de las tesis por las que ahora voto.
Declaro además que mi voto tiene también el carácter de una protesta contra la actividad, poco compatible con el comunismo, del grupo parlamentario socialista italiano, y espero que la Dirección del Partido Socialista Italiano sabrá someter a ese grupo a una disciplina estricta y llevarlo por el camino del comunismo.
Serrati (Italia). Permítanme ante todo dar las gracias al camarada Bujarin, que me ha convertido en jefe de un grupo político: yo solo soy director del Avanti! y miembro de la Dirección del partido. Bordiga se ríe y pide la palabra.
Serrati. ¡No tienes derecho a reírte, camarada! Nunca he pretendido ser jefe de un grupo; no hay ninguna «tendencia Serrati», sino solo un miembro del partido que siempre cumple con su deber de comunista.
Declaro mi acuerdo con las tesis presentadas por la mayoría de la comisión, porque corresponden a lo que se decidió en el congreso de Bolonia (1919) y a lo que, por iniciativa de la Dirección y teniendo en cuenta las condiciones locales, se dispone a hacer en Italia nuestro partido. Considero especialmente necesario concentrar las atribuciones en el partido, suprimir toda autonomía del grupo parlamentario y someterlo al control más estricto de la Dirección.
Al mismo tiempo, considero necesario declarar que la división del grupo parlamentario socialista italiano que ha hecho aquí el camarada Bujarin es un tanto arbitraria y solo corresponde de manera muy aproximada a la situación real de ese grupo.
Es cierto que dentro del grupo parlamentario italiano ha habido actuaciones anticomunistas; pero ha habido también otras, mucho más numerosas, de excelente carácter revolucionario. Por ejemplo, en la primera sesión del parlamento italiano nuestro grupo parlamentario aplicó los principios comunistas de la acción parlamentaria según Bujarin: nuestros diputados desplegaron ante el rey la bandera roja y abandonaron el salón cantando La Internacional205.
Bordiga. Eso todavía no es la revolución.
Serrati. Es sabotaje del régimen parlamentario burgués. Lo practicamos sin cesar y sistemáticamente.
Bordiga interrumpe.
Serrati. No me interrumpas, camarada Bordiga. Yo, para no interrumpirte a ti, me he pasado durmiendo todo tu discurso. (Risas.)
En la Cámara italiana, el camarada Graziadei defendió con ardor la república soviética, y todo el grupo parlamentario lo apoyó. Es una intervención parlamentaria plenamente revolucionaria.
Somos también partidarios de presentar proyectos de ley revolucionarios en el parlamento burgués. Hay que proponer leyes no para que se aprueben, sino para mostrar al proletariado lo que la burguesía no puede hacer y lo que debe hacer el proletariado.
Así pues, votaré sin reservas por las tesis del Comité Ejecutivo.
Herzog (Suiza). La delegación búlgara ha visto una calumnia en lo que dije sobre la actividad del grupo parlamentario comunista. Ese reproche no resiste la crítica. Las fuentes de las que obtuve el material para mi intervención me parecen plenamente dignas de crédito, y no considero necesario retirar lo dicho. Tanto más cuanto que la delegación búlgara, después de acusarme de calumnia, ni siquiera ha intentado demostrarme la falta de limpieza, real o supuesta, de esas fuentes.
Zinóviev. El camarada Bordiga presenta sus tesis frente a las tesis presentadas por el camarada Bujarin.
Propongo cerrar el debate. Los que estén a favor, que levanten la mano. (Se aprueba.)
Pasamos a la votación de las tesis sobre el parlamentarismo. Después oiremos a la comisión de mandatos.
Las tesis se aprueban por gran mayoría, contra 7 votos, con 3 votos a favor de las tesis de Bordiga. Todas las enmiendas se remiten a la comisión.
Zinóviev. Tiene la palabra el camarada Rádek, ponente de la comisión de mandatos.
Rádek. Creo que no hace falta que os lea los nombres de los delegados. Se os repartirán las listas. Por países, la composición del congreso es la siguiente:
La comisión de mandatos ha concedido voto deliberativo a 6 delegados de Inglaterra pertenecientes al Partido Socialista Británico. Alemania tiene 5 votos deliberativos de representantes del Partido Comunista de Alemania. De los 5 delegados de Francia, dos pertenecen al partido comunista y 3 al Comité de la III Internacional206. Suecia está representada por 2 socialdemócratas de izquierda; Austria, por 4 delegados del Partido Comunista de Austria. A España la representa el camarada Pestaña, miembro de la Confederación Nacional del Trabajo de España; a Hungría, 2 representantes del partido comunista; a Bulgaria, 3 comunistas búlgaros; a Yugoslavia, 1; a Italia la representan 3 socialistas italianos; a México, 2 comunistas; a Suiza, 3 comunistas y 2 socialdemócratas de izquierda. Como representantes de Turquía han llegado 2 delegados de la Oficina de las organizaciones comunistas y 1 delegado del grupo comunista de Constantinopla. También han enviado comunistas los países siguientes: Polonia, 1; Galitzia Oriental, 2; Lituania y Bielorrusia, 2; Georgia, 5; Letonia, 3; Persia, 1; Corea, 1; Finlandia, 5; Holanda, 2; Armenia, 2; Bélgica, 1; Azerbaiyán, 1; Rusia, 63. A América la representan 3 miembros del Partido Comunista Obrero y 2 delegados del Partido Comunista de los Estados Unidos. Han enviado una representación mixta, comunista y socialista: las Indias Holandesas, 2; Noruega, 8; Dinamarca, 2; Estonia, 2; Checoslovaquia ha enviado 2 socialdemócratas de izquierda.
Las uniones juveniles y la Internacional Juvenil están representadas con 13 votos: Alemania ha enviado uno; Rusia, 4; Noruega, 2; Italia, Francia, Suiza y Georgia han enviado un delegado cada una, y la Internacional Juvenil, 2. Hay en el congreso 42 delegados con voto consultivo: 4 de ellos delegados por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (comunistas); dos por Irlanda (comunistas), cinco por Italia (comunistas), dos por Letonia (comunistas), uno por Bujará (comunista), dos por Checoslovaquia (comunistas). Han enviado una delegación mixta, comunista y socialista, con voto consultivo: Italia, 5; Alemania, 5; Persia, 2; Estonia, 1; Austria, 1; Finlandia, 3; Francia, 3; América y México, uno cada una; la India y Australia, dos cada una. Un delegado con voto consultivo lo ha enviado la Liga Nacional de la Juventud Obrera de Inglaterra; dos, la Oficina Central de los Obreros Chinos en Rusia, y dos, el Bund comunista207. No hemos podido resolver qué hacer con Galitzia Oriental. Todavía no está liberada, no pertenece ni a Polonia ni a Hungría y no es independiente. La hemos admitido como país independiente con dos votos.
En la comisión se impugnó el mandato del camarada suizo Burgsdorf; se afirmaba que dicho camarada había sido hasta hace poco redactor de un periódico burgués. Resultó que el camarada había sido redactor de un periódico así hace mucho tiempo, pero que luego se hizo socialista y dejó la redacción del periódico. La cuestión se aclaró en Suiza y el asunto quedó zanjado.
En cuanto al reparto de los votos, se ha cambiado muy poco la propuesta del Comité Ejecutivo. En líneas generales, hemos aceptado el reparto adoptado por el Comité Ejecutivo. Solo en un caso, del que hablaré luego, se ha reducido el número de votos. Se ha decidido conceder 10 votos a Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia, América e Italia; 7 votos a Austria y Holanda; 4 votos a México, Persia, la India, Suiza, Turquía, Bulgaria y, en caso necesario, a Irlanda, Letonia y Corea, y 2 a Lituania.
La comisión ha decidido proponer al congreso que se concedan a Holanda 4 votos en lugar de 7. Esta decisión se adoptó en el Comité Ejecutivo por mayoría de votos. Un número de votos más alto para Holanda contradice la situación real. Ni el país ni el partido son tan grandes como para concederles el segundo puesto en la Internacional.
Hemos recibido una protesta contra el reconocimiento del mandato de Palestina. La comisión tendrá que ocuparse todavía de ello. El congreso tendrá que resolver aún dos cuestiones: el reparto de los votos ingleses y el de los americanos. Los ingleses se dividen en dos partes: el Partido Socialista Británico y los delegados de los shop stewards. Yo personalmente soy de la opinión de que hay que dividir los votos por la mitad. El congreso tendrá que resolver esta cuestión. En cuanto a América, la situación es la siguiente: hemos recibido la noticia de la fusión de dos partidos, el Partido Comunista de América y el Partido Comunista Obrero de América. Pero la unificación aún no es completa.
Una parte de uno de los partidos no quiere adherirse al partido unificado. Y se nos plantea la cuestión de cómo repartiremos los mandatos. El partido comunista unificado declara que quiere tener todos los mandatos. Una parte de los delegados que no han entrado en ese partido reclama para sí una parte de los mandatos. El congreso tendrá que resolver también esta cuestión.
Zinóviev. Se nos plantea la cuestión de si debemos aprobar el informe de la comisión de mandatos o abrir debate. Lo someto a votación: los que estén a favor de abrir el debate, que levanten la mano. (Votación.) Los que estén a favor de que aprobemos en nombre del congreso todas las propuestas de la comisión de mandatos, que levanten la mano. Se aprueba la propuesta de aprobar el informe de la comisión de mandatos.
Se levanta la sesión a las 11 y media.
Undécima sesión, martes 3 de agosto de 1920 (mañana)
Zinóviev. Declaro abierta la sesión. Permitidme leer el telegrama de saludo de la Comunidad de Trabajo (Arbeitsgemeinschaft) de los Socialdemócratas Revolucionarios de Austria y la respuesta de la III Internacional. (Lee el telegrama.)
«Al Congreso de la Internacional Comunista. La Comunidad de Trabajo de los Socialdemócratas Revolucionarios de Austria, mayoría del último congreso de los consejos, lucha como extrema izquierda dentro del partido por la dictadura de los consejos y por la adhesión a la III Internacional. Estrechamente unidos a vosotros en espíritu, esperamos estar representados en el próximo congreso. Saludamos con entusiasmo al proletariado combatiente de la Rusia soviética y esperamos con impaciencia el momento en que, con nuestras fuerzas unidas, alcancemos la victoria final de la revolución mundial. Deseamos pleno éxito a vuestro congreso.
Con saludos revolucionarios. Por encargo de la Comunidad de Trabajo de los Socialdemócratas Revolucionarios de Austria: Franz Rothe, Josef Benisch, Ernst Fabri». 31 de julio de 1920.
(Lee el texto de la respuesta.)
Sigue la «Respuesta al telegrama de saludo de la Comunidad de Trabajo (Arbeitsgemeinschaft) de socialdemócratas revolucionarios de Austria», aprobada por el congreso: véase la página del congreso.
Zinóviev. Pasamos ahora al orden del día, a saber, a la cuestión de los sindicatos. Tiene la palabra el ponente, camarada Rádek.
Rádek. ¡Camaradas! La cuestión de la actitud de la Internacional Comunista ante los sindicatos es la más importante y la más seria de nuestro movimiento. Los sindicatos son las organizaciones de masas más amplias del proletariado; desempeñan un papel decisivo en la lucha económica, ese elemento principal de la descomposición del capitalismo, y después de la victoria de la revolución serán precisamente los sindicatos las organizaciones de masas llamadas en primer lugar a trabajar en el terreno de la construcción económica del socialismo. Ya el solo hecho de la importancia de los sindicatos en una lucha económica cada vez más aguda y en la construcción del socialismo impide abordar esta cuestión de otro modo que mediante la más rigurosa comprobación de los hechos, si no queremos dejarnos llevar por nuestros deseos y queremos partir de una valoración real de las posibilidades del desarrollo futuro.
Al comienzo de la guerra, muchos de nosotros pensábamos que el movimiento sindical ya había cumplido su papel. Muchos opinaban que, como antes de la guerra los sindicatos habían luchado contra los capitalistas principalmente por medio de sus cajas, al terminar la guerra fracasarían ante las enormes tareas que se les iban a plantear. Y una dirigente tan grande como Rosa Luxemburg consideraba, al comienzo de la revolución alemana, que el papel de los sindicatos estaba acabado. Es muy característico que en el congreso constituyente del Partido Comunista de Alemania esta cuestión no desempeñara ningún papel, ni siquiera en el debate.
Si seguimos el desarrollo de los sindicatos en los países más importantes antes de la guerra, durante la guerra y durante la revolución, obtenemos aproximadamente las cifras siguientes: en Alemania, antes del comienzo de la guerra, los sindicatos tenían 2½ millones de afiliados. Durante la guerra la curva bajó notablemente y la cifra fue menor. Después de la guerra, desde diciembre de 1918, cuando los sindicatos no llegaban a millón y medio de afiliados, su número subió hasta 8 millones. En Inglaterra, los efectivos de los sindicatos pasaron de 4½ millones al comienzo de la guerra a 6½ millones. En Francia, el número de obreros organizados creció de 400 000 a 2 millones; en Italia, de 450 000 a 2 millones. Incluso en América los efectivos sindicales crecieron de 2 millones al comienzo de la guerra a 4 millones. Uno de los dirigentes del Partido Comunista Obrero de Alemania, Schröder208, declaró a propósito de estas cifras, en su folleto sobre los comités de fábrica, que no son indicio de un crecimiento sano, sino solo de una hinchazón deforme. Si todo se redujera a poner malas notas a los fenómenos históricos que no nos gustan, podríamos contentarnos con ver en los sindicatos tumores sobre el cadáver del capitalismo. Pero como no se trata de eso, hay que reconocer los hechos siguientes:
Es verdad que durante la guerra la masa obrera se convenció de la traición de los dirigentes sindicales y en su mayor parte está llena de rencor contra la burocracia sindical; pero, por otra parte, la guerra acostumbró a la masa obrera a actuar de forma organizada, en batallones y cuerpos de ejército, y ahora, cuando le esperan las mayores batallas económicas, cuando se le vienen encima una subida de precios increíble, todo el peso del problema de la vivienda y la ruina económica, procura crear y reforzar en la lucha su potencia. Para ello no tiene otro camino que entrar en los sindicatos y hacer de ellos una amplia organización de masas. Y ese es el camino que sigue la masa obrera. Es un rasgo característico que en ningún país veamos un crecimiento notable de los llamados sindicatos revolucionarios. Los Industrial Workers of the World (IWW) de América son muy débiles en el plano organizativo, y eso no se explica solo por la persecución del gobierno; el número de sindicalistas en Alemania ha crecido, es verdad, pero en proporción muy limitada; la masa obrera va directamente a los grandes sindicatos. Desde luego, con esto no queda resuelta la cuestión de qué son estos sindicatos y cuáles son sus funciones. Al valorar nuestra actitud ante los sindicatos debemos partir del análisis de las posibilidades y de los caminos de la lucha comunista. Tenemos que responder a la pregunta: ¿hay para la emancipación de la clase obrera otro camino que el que siguen los sindicatos, limitándose a reforzar sus antiguos métodos de lucha? O, simplificando la fórmula, cabe plantear así la cuestión: ¿en qué podrían consistir las tareas de unos sindicatos revolucionarios?
A menudo encontramos la contraposición entre los sindicatos revolucionarios y los sindicatos en general. Preguntémonos, pues, a nosotros mismos: ¿en qué consiste la desintegración del capital, cuáles son los medios de lucha de la clase obrera y qué pueden aportar los sindicatos si quieren llevar a cabo esa lucha? Ante todo, sabemos que, para salir de la situación, la burocracia sindical, de acuerdo con sus aspiraciones contrarrevolucionarias, practica una política de liquidación completa de la lucha económica. Los sindicatos alemanes empezaron, desde la victoria de la revolución, a crear comunidades de trabajo (Arbeitsgemeinschaften)209, es decir, organizaciones de conciliación duradera de las contradicciones entre obreros y capitalistas, en las que, por supuesto, la clase obrera es la parte vencida. En Inglaterra, los comités Whitley (Whitley Committees)210 se han convertido en consejos industriales mixtos (Joint Industrial Councils), que responden enteramente a la idea de la «comunidad de trabajo»: un intento de acuerdo duradero entre obreros y capitalistas, una organización que tiene por fin resolver los conflictos. Esta táctica de los dirigentes sindicales es una táctica de renuncia a la lucha de clases, y no necesito extenderme aquí sobre el hecho de que no podemos tener nada en común con ella y de que, al contrario, debemos combatirla con la mayor dureza. Pero esa lucha no debe llevarse a cabo en nombre de la consigna de alguna nueva táctica sindical, porque lo nuevo aquí lo introducen precisamente los dirigentes sindicales. Cuando se plantea la cuestión de una nueva táctica de los sindicatos, de la posibilidad de una táctica sindical revolucionaria particular, debemos decir lo siguiente: el proceso de desintegración del capitalismo consiste en la ruptura de la continuidad del proceso económico. El hecho de que el capital anglosajón trate de sacar del proceso económico a la mitad del continente europeo, la mitad que suministra al mercado mundial la mayor parte de las materias primas para la industria, y de convertir a esos países en sus esclavos, lleva a la ruptura del proceso de división del trabajo en toda la economía mundial, y ese intento, a su vez, conducirá en último término al hundimiento del sistema capitalista también en Inglaterra y en América. La ruptura de la continuidad de la producción y el enorme paro no dejan duda de que esos países van al encuentro de una terrible crisis económica.
En la literatura americana hay estudios, como por ejemplo el libro de Spargo211, que presentan a Rusia como «un asunto americano» y en los que se demuestra que América se encuentra ante una crisis terrible. Esta ruptura del proceso económico a escala mundial va acompañada de una subida de precios verdaderamente demencial. Hemos vivido un aumento colosal de los precios en el mercado mundial, agravado aún por la diferencia de cambio entre las monedas de los países vencidos y los vencedores. Ahora empezamos a vivir una caída de los precios. Y mientras que la subida de los precios llevó, por un lado, a una especie de coyuntura inflada (Schwindelkonjunktur) y, por otro, al agotamiento completo de los Imperios Centrales, la caída de los precios significa ahora una nueva crisis de la producción. La situación general de la clase obrera es tal que toda idea de una táctica reformista, de una elevación gradual del salario real de la clase obrera, de su standard of life, es una ilusión completamente oportunista. La posibilidad de una mejora gradual de la situación de la clase obrera es una utopía reaccionaria. Esto se comprende perfectamente si se repasan los datos estadísticos que aporta Kuczynski212: llega a la conclusión de que en Alemania una familia de 4 personas necesita, con el nivel de vida más bajo, inferior al de antes de la guerra, 16 000 marcos al año, y calcula que apenas un 10 % de la población percibe un salario así. Por otro lado, si tomamos las cifras de América, es decir, de una parte, un país capitalista muy desarrollado y vencido y, de otra, el triunfador de la guerra, esta situación se confirma por entero. En un artículo, «The High Cost of Labor» («El alto precio del trabajo»), que cita The Nation213 de Washington del 19 de junio de 1920, encontramos estas cifras: según los cálculos estadísticos para 1919, el mínimo vital anual de una familia compuesta por el marido, la mujer y tres hijos era de 2500 dólares, y se señala que eso no es el standard of life americano, sino un nivel de vida «con el que la familia corre peligro de degeneración física y moral». Otros estadísticos, cuya opinión recoge el artículo, indican la cifra de 2180 dólares. La revista calcula el salario de 103 oficios y llega a la conclusión de que solo el 10 % de los metalúrgicos percibe un salario de 6,5 a 8,5 dólares, que corresponde a ese presupuesto anual, de modo que, según el cálculo de The Nation, en todo caso el 90 % vive en una situación en la que, a juicio de los estadísticos americanos, le amenaza el peligro de degeneración física y moral. Y la publicación burguesa reconoce que, en todo caso, la cuarta parte de la clase obrera sufre una desnutrición verdaderamente grave y falta de ropa. Esa era la situación en América antes de que empezara la crisis. En tales circunstancias está claro que la táctica de los sindicatos y las tareas de la lucha comunista no deben consistir en reparar el edificio capitalista, sino en un trabajo consciente dirigido a derribar el capital. ¿Por qué camino podemos llevar esa lucha? En el ala «izquierda» del comunismo encontramos a menudo esta opinión: dado que con la subida de los salarios no se puede mejorar la situación de la clase obrera, es inútil luchar por esa subida. La lucha económica es inútil; hay que esperar hasta que la indignación se acumule hasta el punto de que la clase obrera acabe de un solo golpe con el capitalismo. Por otro lado, nos encontramos con la propaganda del sabotaje del trabajo industrial como camino hacia el hundimiento más rápido del capital. Ambas opiniones son erróneas. Aunque la clase obrera no puede salvarse mediante la subida de los salarios, no por eso debe ser indiferente a la lucha por esa subida. No cabe la menor duda de que si, por ejemplo, los metalúrgicos berlineses no suben sus salarios en proporción al aumento de los precios, su situación será peor en marzo de lo que era en enero. Por consiguiente, si la subida de los salarios no puede resolver la cuestión, es con todo un medio de sostener a los obreros y de hacerlos capaces de luchar. En segundo lugar, no cabe imaginar en absoluto que el hundimiento del capital llegue mecánicamente un buen día, como se derrumba una casa a la que se le han quitado las vigas. El capitalismo podría, aun en medio de la mayor miseria, sobrevivir todavía durante largos años si el proceso de su desintegración no desatara fuerzas hostiles a él. La clase obrera solo puede convencerse de que la situación del capitalismo no tiene salida si, empujada por la necesidad, entra en lucha y en esa lucha se convence de que es imposible salvarse en el terreno del capitalismo. La lucha por la subida de los salarios tiene la gran importancia de movilizar a amplias masas obreras para la lucha revolucionaria.
Por otra parte, la consigna del sabotaje, en la medida en que se trata del sabotaje en el plano técnico, es una consigna francamente contrarrevolucionaria. Ya de por sí recibiremos una herencia bastante pequeña, puesto que la guerra civil trae inevitablemente consigo la destrucción de valores productivos y de medios de producción, y en todo caso la destrucción de los recursos técnicos solo puede convertirse en tarea de la clase obrera en caso de necesidad extrema. El sabotaje del trabajo, la resistencia pasiva, no es una consigna de combate. Desde luego, no nos corresponde decir a los obreros que se esfuercen especialmente por los capitalistas. Pero la resistencia pasiva no es un medio de provocar el hundimiento del capitalismo. Los medios de lucha de la clase obrera son medios activos: ampliar el frente de combate atrayendo a millones de obreros en lucha, agudizar y prolongar la lucha y unir a las masas combatientes.
La tarea consiste en que los combates sin resultado acaben por desembocar en un ataque general de las masas obreras contra el capitalismo. En esta lucha no hay medios nuevos. Si en esas grandes organizaciones de masas, los sindicatos, acabamos con las tendencias contrarrevolucionarias de la burocracia, si la apartamos, entonces esas organizaciones proletarias de masas serán los órganos más adecuados para llevar la lucha del proletariado en un amplio frente.
Pasamos ahora a la cuestión de la posibilidad práctica de transformar los sindicatos reaccionarios. En nuestras tesis, repartidas a los miembros del congreso, damos como regla general para los comunistas la consigna: entrar en los sindicatos y luchar dentro de los grandes sindicatos por conquistarlos. Pero, al señalar esta regla general, no debemos cerrar los ojos ante las dificultades que se nos han hecho especialmente claras durante las largas reuniones de nuestra comisión. Las dificultades
consisten en que, al elaborar las tesis, quizá tuvimos presente sobre todo la experiencia rusa y la alemana. Los sindicatos alemanes, con sus 8 millones de obreros organizados, abarcan una enorme masa del proletariado alemán, una buena mitad, y por eso ya no son organizaciones de la aristocracia obrera. En Alemania tenemos hasta 600 000 obreros agrícolas organizados, lo que nos abre las mejores perspectivas. Pero si se tiene en cuenta que en América solo hay 4 millones de obreros sindicados, y que esos obreros están fragmentados en estrechas agrupaciones de oficio, en América nos encontraremos con el hecho de que, en primer lugar, los obreros organizados representan sobre todo a la aristocracia obrera; en segundo lugar, esa aristocracia se cierra herméticamente a las amplias masas obreras, y, en tercer lugar, incluso esa aristocracia obrera está dividida en multitud de pequeñas organizaciones de viejo tipo. En América y en Inglaterra existen organizaciones sindicales de viejo tipo, en las que la burocracia sindical es elegida de por vida. Teniendo esto en cuenta, debemos estar de acuerdo con la tendencia general de los comunistas americanos a crear nuevos sindicatos. Hay para nosotros un terreno fértil allí donde la propia aristocracia obrera renuncia voluntariamente al papel dirigente de organizador, es decir, entre los numerosos oficios de obreros no cualificados, sin formación. Si en nuestras tesis señalamos un solo caso, la opresión de los obreros no cualificados por la burocracia sindical, en el que la única salida es organizar nuevos sindicatos, debemos decir a los comunistas americanos: vuestra obligación es tomar la iniciativa de organizar a los obreros no cualificados. Allí tenemos en los IWW una organización que asume esa tarea. Esa organización está todavía llena de desvaríos románticos, pero aun así todos los escorpiones del capitalismo se han abatido sobre ella y desde 1914 es la más perseguida. Declaramos abiertamente que no nos pronunciaremos contra el romanticismo revolucionario de los IWW, sino que los apoyaremos con todas nuestras fuerzas en sus intentos de organizar un movimiento de masas. Frente a los IWW, afirmamos que los esfuerzos de los comunistas por organizar a las amplias masas obreras no deben conducir al aislamiento de la Federación Americana del Trabajo en el movimiento angloamericano. No solo debemos asaltar el capitalismo con ayuda de organizaciones nuevas, sino que debemos ir también a la Federación del Trabajo. Los camaradas americanos nos responden que llevan decenios intentando transformar esa Federación del Trabajo. Pero el argumento difícilmente convence. En cuanto a la Federación Americana del Trabajo, los obreros entraban en los sindicatos con la buena intención de empuñar las armas enseguida, pero allí no había, desde luego, solo elementos revolucionarios. Además, no hay que perder de vista que todos esos intentos se emprendieron en una época de desarrollo pacífico, cuando los obreros de Inglaterra y de América ni siquiera podían pensar en la revolución. Ahora la Federación del Trabajo vive ella misma un proceso de transformación. Tengo a favor de esto testigos tan competentes como el Times de Londres, que en su número conmemorativo del año pasado escribía: «Durante la guerra y, al parecer, como consecuencia de ella, el movimiento sindical ha crecido mucho. Las huelgas se han hecho mucho más frecuentes que en tiempos normales, y el descontento con el señor Gompers, si no formal y públicamente, sí en privado, se ha expresado en voz alta... La existencia de un fuerte grupo socialista dentro de la Federación se reveló hace tiempo y se manifestó en reiterados intentos de apartar a Gompers de la presidencia. En opinión de observadores experimentados, ese grupo es mucho más fuerte de lo que parece a juzgar por los actos del congreso, sus resoluciones o su votación en las elecciones del presidente y del Comité Ejecutivo. Además, ha habido toda una serie de casos en que presidentes experimentados y capaces de sindicatos concretos han sido derrotados en las elecciones y sustituidos por hombres de convicciones socialistas extremas». Esto se escribió el 4 de julio del año pasado. He leído el informe sobre el último congreso de la Federación del Trabajo, celebrado en enero de 1920. En ese informe, aparecido en el órgano de Sidney Webb, el New Statesman214, se dice que el congreso no solo aprobó, por una mayoría de 29 000 votos contra 8000, el proyecto de nacionalización de los ferrocarriles americanos, sino que presentó además un proyecto según el cual el traspaso de los ferrocarriles se haría bajo el control de una comisión mixta de obreros y representantes de la administración; un proyecto que, aunque reformista en sí mismo, marca sin embargo un viraje en el movimiento sindical americano. El New Statesman escribe sobre los resultados del debate en el congreso: «El señor Gompers ha sido reelegido presidente. Por primera vez en toda su carrera ha manifestado el deseo de renunciar al cetro. Siente que su trono se tambalea y que su tiempo ha pasado. Los radicales se han marchado jubilosos. Han obtenido su primera victoria decisiva en la conferencia de la Federación Americana del Trabajo y, como dijo uno de los delegados, han mostrado “cómo se ponen palos en las ruedas”».
No puedo en absoluto suscribir este juicio optimista. Es muy posible que el desarrollo tome otra dirección, pero en todo caso los hechos muestran que la Federación del Trabajo ya no es un monolito. Han aparecido en ella grietas, y el deber de los comunistas americanos es ensancharlas. Si los comunistas americanos me preguntan con qué medios se puede al menos neutralizar, si no derribar, a la burocracia de la Federación del Trabajo, les diré lo siguiente: si los comunistas entran en la Federación del Trabajo con la consigna, adoptada de antemano, de destruirla, destruirán su propio trabajo. Pero si como resultado de su trabajo se pone de manifiesto que es necesario destruir la Federación, entonces deberán hacerlo. En todo caso, ninguna consideración táctica nos obliga a obstinarnos en no entrar en la Federación. Nuestra tarea consiste en trabajar dentro de la Federación y actuar en ella como factor que une las oleadas que afluyen desde fuera con el estado mayor de los obreros ingleses y americanos organizados en la Federación, cuya soberbia aristocrática quedará quebrada por todos los sufrimientos que el capitalismo en descomposición les traerá también en América.
Así pues, como regla general planteamos la lucha por la conquista de los sindicatos. Otra cuestión que hay que resolver es la de las diversas organizaciones espontáneas que, en el curso de la lucha durante la guerra y ahora, empiezan a surgir, con los orígenes más variados. Estas formaciones nuevas exigen de nuestra parte la mayor atención. Son organizaciones como los shop stewards, los comités de fábrica en Inglaterra, o como los comités de fábrica en Alemania; en su fase inicial representan, en el sentido organizativo, un caos, pero un caos del que nace una vida nueva. Hay que ser un obtuso gremialista alemán para no ver vida nueva en este movimiento. Hemos visto cómo surgieron los shop stewards cuando la burocracia sindical inglesa renunció durante la guerra a las huelgas: los propios obreros organizaron comités para dirigir las huelgas. Hemos visto después cómo, tras la guerra, esos comités de fábrica se convierten en el centro de la parte más activa de la clase obrera inglesa, cómo vuelven a organizar huelgas al margen de la burocracia sindical, cómo, por último, se plantean conscientemente la tarea de neutralizar a la burocracia sindical, de apartarla, y cómo los shop stewards se convierten así en una organización llamada a renovar la vida sindical inglesa. Cuanto más se desarrolla la lucha y cuanto más adquiere este movimiento un carácter conscientemente revolucionario, tanto más empiezan los shop stewards a verse a sí mismos como dirigentes de la actividad revolucionaria política. Se convierten en el centro de la «acción directa» de las masas en Inglaterra. Si pasamos a Alemania, vemos que los comités de fábrica surgen en la mayoría de los casos a raíz de la decepción con los sindicatos. Mientras nuevas masas desorganizadas afluyen a los sindicatos, se aparta de ellos un núcleo de obreros que comprenden, que sienten que los sindicatos no les satisfacen, porque están encabezados por una burocracia contrarrevolucionaria, porque son organizaciones de oficio, porque dividen y fragmentan a las masas. Vemos cómo esos comités de fábrica intentan, bajo el yugo del capitalismo, bajo el dominio de Noske, crear las bases del futuro orden económico socialista.
Ahora estamos ante la tarea de principio de examinar y sopesar las posibilidades que se abren en los países capitalistas gracias al trabajo de los sindicatos. No hace falta subrayar que estamos obligados a apoyar a toda organización de fábrica del proletariado de nueva aparición que se proponga romper la omnipotencia de la burocracia sindical, no solo en Inglaterra, sino también en Alemania, en Francia y en todos los demás países. Cuando examinamos las relaciones entre los comités de fábrica y los sindicatos en Alemania, y vemos que no solo los Legien, sino también los independientes de derecha —los Dissmann215 y otros— se esfuerzan por meter a esas organizaciones a la fuerza en el aparato sindical, justificándolo por la necesidad de economizar las fuerzas revolucionarias (hay que luchar unidos, dicen), conocemos demasiado bien esos trucos como para no descubrir sus intenciones. Si las cosas fueran de tal modo que los Legien y los Dissmann fueran los dirigentes de la lucha revolucionaria del proletariado, diríamos a los comités de fábrica: ¡a formar en las filas! Pero la cuestión no se plantea así en absoluto: los Legien son los jefes de la contrarrevolución alemana, y si se observa el trabajo de los independientes de derecha en los sindicatos, si se observa la política de Dissmann en el sindicato de los metalúrgicos, no se encontrará la menor diferencia entre esa política y la política de Legien. Por eso, el afán de incorporar los comités de fábrica al aparato de los sindicatos significa un intento de destruir esas organizaciones revolucionarias, que en el momento de la lucha pueden actuar como órganos de la revolución. En cuanto al afán de hacer de ellos una organización sistemática capaz de facilitar el paso al socialismo, es, desde luego, una ilusión, y creo que los camaradas que han trabajado en esa dirección tendrán que reconocerlo. Es imposible, bajo el palo del capitalismo y del estado de sitio, construir una organización que pueda constituir el aparato de la futura economía socialista. Lo que sí es cierto es que el movimiento, por diversas causas, crece, abarca a las partes más activas del proletariado, lucha contra la opresión plomiza de la burocracia sindical y, cuanto más avance, más se irá convirtiendo en una organización de lucha y de control de la producción.
Cuando el proceso de desintegración de la economía capitalista avance, no solo al obrero más consciente, sino también al último obrero de cada fábrica se le planteará la pregunta: ¿de dónde sacar el carbón, las materias primas, etc.? De todas estas circunstancias nace una lucha que penetra en la empresa y cuyo portador pasa a ser la masa. Los sindicatos por sí solos no pueden llevar esa lucha: no abarcan a toda la masa de obreros ocupados en la producción, siguen siendo organizaciones de oficio. Aquí hace falta una organización revolucionaria que actúe como fuerza revolucionaria y que en este caso se plantee como tarea principal poner en movimiento a las masas, llevarlas al combate. Si hemos dicho que los comunistas deben ponerse a la cabeza de los sindicatos, no contentarse con la sola propaganda comunista, sino intentar convertirse en la parte dirigente del movimiento, se sobrentiende que en la actividad de los comités de fábrica, de los shop stewards, etc., la iniciativa debe estar en manos de los comunistas. Si se nos pregunta si hay que crear nuevas organizaciones junto a los sindicatos y cuáles serán las relaciones de esas nuevas organizaciones con los sindicatos, responderemos: mientras la burocracia domine en los sindicatos, esas nuevas organizaciones serán nuestros puntos de apoyo contra ella. Cuando los comunistas se pongan a la cabeza del movimiento sindical, llegará el momento de fundir ambas corrientes en una sola y convertir los comités de fábrica en órganos de los sindicatos. Todo intento de entregar ya ahora los comités de fábrica a los sindicatos es un intento contrarrevolucionario.
Hay todavía una cuestión ante la que debemos definir nuestra actitud: la cuestión del industrialismo y de los sindicatos de industria. Cuando oímos cómo se hace propaganda del industrialismo desde distintos lados, nos parece que estamos ante un nuevo fetiche. Se afirma que los sindicatos, como organizaciones de oficio, ya no pueden servir a la revolución; los sindicatos de industria: he ahí lo más elevado y lo más perfecto. Es un planteamiento puramente metafísico de la cuestión. La práctica ha demostrado ya que es posible también un industrialismo reaccionario. Si la clase obrera se organiza en sindicatos de industria para llegar a un acuerdo con los capitalistas, en ello no hay en el fondo nada de revolucionario; y, por otra parte, es perfectamente posible que organizaciones profesionales todavía más atrasadas que los sindicatos de oficio se unan en la lucha revolucionaria si están imbuidas de espíritu revolucionario. La ideología de los sindicatos de industria puede reducirse en realidad a una afirmación muy sencilla, a saber, que es mejor organizar a los obreros por ramas de producción que por oficios. La tendencia a organizar sindicatos de industria es progresista. La apoyaremos, pero no debemos hacer de ella un ídolo, porque de lo contrario no solo no impediremos la división de las masas obreras, sino que junto a 20 sindicatos de oficio crearemos un 21.º sindicato de industria, en el que incluiremos otra centésima parte de la masa. El camino hacia los sindicatos de industria debe pasar por nuestra lucha en los sindicatos. Si emprendiéramos el camino de la escisión de los sindicatos para crear un sindicato de industria, el resultado no sería en absoluto el que deseamos. Lo vemos en el ejemplo de América, donde los sindicatos, incluso después de la aparición de los sindicatos obreros de industria, que se proponían unificar a la clase obrera, han seguido tan fragmentados como antes. La cuestión del industrialismo está relacionada con la del sindicalismo. Y si una parte de nuestros camaradas vuelve a ella una y otra vez, veo en ello una tendencia, una inclinación hacia el movimiento sindicalista, que está contra el Estado proletario, contra la dictadura proletaria. La lucha contra esta corriente es especialmente difícil en los países anglosajones, donde los obreros nunca han visto ni un partido verdaderamente revolucionario ni una lucha revolucionaria. No hay que hacer esa lucha todavía más difícil adhiriéndose a la ideología sindicalista.
La actitud de la Internacional Comunista ante las corrientes sindicalistas queda clara por la decisión del congreso sobre la admisión de las organizaciones sindicalistas en la Internacional. Con ello la Internacional Comunista ha mostrado que es completamente ajena al viejo espíritu de la socialdemocracia. Como en el sindicalismo solo vemos una enfermedad de la época de transición entre los obreros revolucionarios, procuramos acercarnos a ellos, aliarnos con ellos y, cuando sea posible, luchar hombro con hombro a su lado. Pero al mismo tiempo debemos señalarles todas las confusiones de su punto de vista, y en lo que se refiere al movimiento sindical debemos recordar que las amplias masas obreras no están en el campo sindicalista. Debemos tenerlo en cuenta, y en el plano organizativo nuestros esfuerzos deben ir encaminados a acercarnos a las masas.
Llegamos al final. La tarea del comunismo respecto a los sindicatos es a la vez muy difícil y muy gratificante. Aquí, en los sindicatos, vemos la confluencia de millones de obreros llamados por la historia a ser el ejército principal de la revolución social. Llegan aquí con todos sus prejuicios, con toda su inercia y sus rápidos cambios de ánimo. Y, sin embargo, esas masas entablarán batallas decisivas, y por eso la tarea de los comunistas consiste en no ver solo a los Legien en primer plano, sino en no perder de vista a esas mismas masas y trabajar en los sindicatos mientras sea necesario. Los camaradas dicen: sí, si tuviéramos tiempo para trabajar unos cuantos años, conquistaríamos esas organizaciones. Pero nadie puede determinar cuánto tiempo hará falta hasta que el pie victorioso de la revolución social pise el cuello del capitalismo. Y si es necesario ganar a las masas para las ideas del comunismo, para ello no hace falta menos tiempo que para conquistar los sindicatos. Solo hay un camino: no temer ninguna dificultad, entrar en las organizaciones y llevar la lucha dentro de ellas. Digo a los camaradas alemanes del partido: hasta ahora ni siquiera habéis fundado un semanario sindical que lleve una lucha sistemática. ¿Dónde existen en los sindicatos fracciones cohesionadas de comunistas y de independientes? ¿Dónde se ha intentado romper desde abajo la organización de la burocracia sindical? Estamos solo al comienzo de nuestra lucha sistemática y no tenemos derecho a quejarnos de lo escaso de sus resultados. En cuanto a las condiciones de los países anglosajones, debemos decir: menos dudas y más optimismo comunista; eso os será útil. Para terminar: la prensa del Partido Socialdemócrata Independiente sostenía, respecto a la burocracia sindical, el mismo punto de vista que defendemos ahora nosotros. Aquí llegamos a la última cuestión del movimiento sindical, que es también, desde luego, una cuestión del comunismo. Entre nosotros y la teoría y la práctica del Partido Socialdemócrata Independiente en esta cuestión hay todo un abismo, no tanto en la forma como en los hechos. No se trata solo de si entramos o no en los sindicatos, sino de lo que vamos a hacer en esos sindicatos. Los independientes, en los sindicatos, solo han conseguido poner a Dissmann en el lugar de Legien. No se trata solo de entrar en los sindicatos, sino de librar, aun con peligro de escisión, que no tememos si se produce en la lucha, la batalla contra la vieja burocracia sindical y contra todo su espíritu. Si los miembros del Partido Socialdemócrata Independiente se contentan con la victoria en el congreso de los metalúrgicos y enseguida vuelven a cargar sobre sus hombros el peso de las elecciones proporcionales, dejando en la dirección a la vieja burocracia sindical; si, como miembros de la Confederación General de los Sindicatos Alemanes216, están en la práctica atados a la política de la «comunidad de trabajo»; si a cada paso miran hacia atrás, eso no es, desde luego, la conquista de los sindicatos; eso solo significa que el lugar de Legien lo ha ocupado el Partido Socialdemócrata Independiente, que sigue aplicando su política. Somos partidarios de entrar en los parlamentos, y los independientes también. Pero nosotros vamos allí para hacer propaganda y agitación revolucionarias, para provocar choques e incluso, si hace falta, para entrar en las comisiones, donde mejor pueden obtenerse los materiales necesarios. Los independientes, en cambio, actúan de otro modo. Pondré un ejemplo. Durante la guerra el camarada Haase formaba parte de la comisión de asuntos exteriores, pero temía revelar en el parlamento los secretos de esa comisión, incluso cuando iban dirigidos contra el pueblo alemán. Consideraba muy importante guardar los secretos de Estado. Creo que, cuando nuestros camaradas entren en las comisiones, actuarán de otro modo. Lo mismo ocurre con la cuestión de los sindicatos. Vamos a los sindicatos para derribar a la burocracia y, si es necesario, para escindir los sindicatos. Vamos allí para convertir los sindicatos en instrumento de lucha. Y el resultado del primer año de trabajo de los independientes en los sindicatos es que quieren poner los comités de fábrica, organizaciones revolucionarias del proletariado, bajo el yugo de la burocracia sindical. La diferencia está en el espíritu mismo, en la voluntad de acción y de lucha, en el deseo de hacer de los sindicatos un instrumento de la revolución. El partido comunista construye su política sirviéndose de los elementos que quedan de la sociedad burguesa. Procuraremos convertir los sindicatos en órganos de lucha. Pero si la resistencia de la burocracia sindical resulta más fuerte de lo que pensamos, no vacilaremos en destruirlos, porque comprendemos que lo importante no es la forma, sino la capacidad organizativa de los obreros y su voluntad de lucha revolucionaria. Iremos a los sindicatos, pondremos todas nuestras fuerzas en conquistarlos, sin atarnos al mismo tiempo con nada. No permitiremos que la burocracia sindical nos ate de pies y manos, y allí donde, en el curso de la lucha, intente restringir las posibilidades de nuestra lucha revolucionaria, nos pondremos a la cabeza de las masas y la echaremos de los sindicatos. No vamos a los sindicatos para conservarlos, sino para crear la cohesión de la clase obrera sobre cuya base podrán surgir ya los grandes sindicatos de industria de la revolución social. Lo más importante es unir dos cosas: estar con las masas y, al mismo tiempo, ir por delante de ellas, y no arrastrarse a la zaga de ellas. Esa es la línea de la política comunista en los sindicatos. En los comités de fábrica vemos organizaciones del proletariado que surgen espontáneamente y, en la medida en que los sindicatos se nieguen a servir a la revolución, en la medida en que la burocracia sindical se alce como un muro contra ella, defenderemos la independencia de los comités de fábrica y los ayudaremos, para llevar con ellos a las masas al combate. Esto es todo lo que quería decir. Ahora unas palabras más sobre la cuestión formal. La comisión elegida por el congreso ha tenido que superar grandes dificultades. Consistían en que la resolución propuesta enfocaba la cuestión de forma demasiado estrecha. En nuestras tesis se tenían demasiado poco en cuenta las condiciones angloamericanas, y confieso que al principio me costaba incluso entender qué querían los camaradas. Al final nos convencimos de que entre nuestro punto de vista y el angloamericano no hay ninguna diferencia de principio. Todos estuvieron unánimes en que el trabajo en los sindicatos es nuestro deber. Solo un camarada americano propuso en sus tesis que los comunistas permanecieran fuera de la Federación del Trabajo. Luego surgió la cuestión de establecer los casos en que deben trabajar fuera de los sindicatos. Un caso estaba ya señalado en nuestras tesis, a saber: cuando la agitación revolucionaria es reprimida por la burocracia sindical. Establecimos un segundo caso al comprobar que en América el 80 % de los obreros no están organizados y que la Federación del Trabajo elude conscientemente organizar a las amplias masas, exigiendo para el ingreso altas cuotas de entrada. Está claro que a los comunistas les corresponde la tarea de organizar a esas masas. La última dificultad, que no pudimos resolver en la comisión, es la siguiente: los camaradas americanos señalan que toda una serie de estatutos sindicales hace completamente imposible el trabajo en esos sindicatos, que allí la burocracia es inamovible, que en muchos sindicatos no se convocan congresos durante años, etc. En teoría admitimos la posibilidad de casos así, pero, con todo, he dicho francamente a los camaradas que sospecho en ellos una tendencia a facilitarse las cosas y a huir de los sindicatos. Por eso no asumo la responsabilidad de esta enmienda. Los camaradas americanos deben concretar aquí esos casos. Si las condiciones son como dicen los camaradas, entonces, desde luego, no se podrá evitar que en tales casos funden sindicatos aparte.
Otra cuestión es la de los comités de fábrica. La resolución describe los comités de fábrica en su última fase, cuando en el curso de la lucha ya empiezan a ejercer el control de la producción. Da la impresión de que ese punto solo describe perspectivas futuras. Por eso decidimos detenernos en la resolución también en las fases anteriores del desarrollo de los comités de fábrica.
El último punto se refiere a la cuestión de la organización internacional de los sindicatos. Sobre esta cuestión hay dos puntos de vista. La comisión sindical rusa ha propuesto una formulación cuyo punto de partida es la declaración de los sindicatos de Inglaterra, Italia, Rusia y Bulgaria, que convocan un congreso. Esta resolución rusa señala que los sindicatos deben convertirse en parte de la Internacional Comunista. Los camaradas americanos se han pronunciado contra el llamamiento de los sindicatos italianos, rusos e ingleses. Han formulado toda una serie de acusaciones al respecto. Los propios camaradas os expondrán la esencia de estas discrepancias. Dejamos que el congreso mismo resuelva esta cuestión. No leeré aquí las distintas enmiendas, por la sencilla razón de que de todos modos las redactará la comisión. Solo repetiré que se refieren a los casos en que deben crearse organizaciones especiales, a saber, en caso de represión de la organización revolucionaria de los sindicatos; además, establecen la necesidad de apoyar a los shop stewards y a los comités de fábrica como organizaciones de combate del proletariado, señalando que esas organizaciones deben seguir siendo independientes mientras la burocracia sindical contrarrevolucionaria domine en los sindicatos, y, por último, se refieren a la cuestión aún no resuelta de la Internacional de los sindicatos.
Se concede la palabra a Baba-Ajunde-Salímov, presidente de la delegación de Jorezm217, para leer el siguiente saludo:
Baba-Ajunde-Salímov (lee).
«¡Estimados camaradas!
Nosotros, representantes plenipotenciarios de Jorezm, os traemos un saludo sincero en nombre de los pobres de Jorezm. El presente congreso de la III Internacional es símbolo de la unión de los trabajadores de todo el mundo. Por eso os felicitamos, queridos camaradas, por haber tenido la posibilidad de uniros en esta gran asamblea, y nos consideramos especialmente dichosos de estar presentes aquí en esta buena hora.
¡Camaradas! Nosotros, los trabajadores de Jorezm, en los tiempos de la dominación de los capitalistas europeos, estábamos aplastados bajo el yugo político y económico de sus zares y sus parlamentos, pues ellos encerraban en mazmorras a los pueblos pequeños como el nuestro y solo concedían la libertad a los ricos.
Hoy, con la ayuda del poder soviético de Rusia, nosotros, los oprimidos, nos hemos puesto en pie, nos hemos librado de la pesada mano de los opresores y hemos proclamado nuestro país república soviética independiente.
Creemos sinceramente que, con la ayuda del Oriente, que hace poco ha empezado a despertar gracias al poder soviético de Rusia, los trabajadores de todo el mundo serán liberados en breve de la mano de los violentos y de los capitalistas, y que los pueblos de Oriente no soltarán las armas de sus manos hasta que los trabajadores de todo el mundo se unan en una sola familia.
¡Viva la unión de los trabajadores de todo el mundo!
¡Viva el proletariado europeo y la vanguardia de la revolución mundial, el partido comunista!
¡Viva la III Internacional!
¡Viva la república soviética mundial!
¡Viva el jefe de la revolución mundial, camarada Lenin, y el que ha consolidado la revolución en Jorezm, camarada Broido!
¡Viva el partido comunista de Jorezm y la República Soviética de Jorezm!»
Fraina (Partido Comunista de América). El debate en la comisión sindical ha mostrado que estamos de acuerdo unos con otros en una medida mucho mayor de lo que cabía esperar. Las cuestiones que siguen en disputa son principalmente diferencias de matiz en las formulaciones o diferencias de carácter práctico: no hay divergencias de principio.
Las divergencias surgieron primero a propósito de la declaración que llama a convocar una conferencia para organizar una Internacional de los sindicatos obreros revolucionarios. Algunos de los rasgos fundamentales de esa declaración eran absolutamente inaceptables. Por ejemplo, la condena de los revolucionarios que abandonan los sindicatos estaba expresada de una forma que excluía la posibilidad de crear una nueva organización obrera, lo que paralizaría el movimiento americano; mientras que en nuestro país, donde el 80 % de los obreros no está organizado y donde en las trade-unions predomina la aristocracia obrera, la creación de una nueva organización obrera revolucionaria es un deber revolucionario directo. Además, la admisión de los sindicatos de industria aislados en la conferencia queda supeditada al consentimiento de la organización obrera central de cada país. Más aún: no se prevé la presencia en el comité organizador de la conferencia de representantes de organizaciones obreras internacionales como los Industrial Workers of the World y el movimiento de los shop stewards en Inglaterra, dos organizaciones de extraordinaria importancia para el desarrollo de la lucha revolucionaria de masas.
Nuestras objeciones a las tesis del camarada Rádek (de las que solo algunas han quedado salvadas, puesto que aceptó varias enmiendas nuestras) se referían ante todo a su manera de entender la esencia del movimiento sindical. Rádek abordó la tarea casi exclusivamente desde el punto de vista de ganar para el comunismo a las masas afiliadas a los sindicatos. Se sobrentiende que esa es la tarea fundamental. Pero no es menos importante considerar los sindicatos como órganos de la lucha revolucionaria y como factores de la reconstrucción económica de la sociedad después de la conquista del poder político. Las condiciones que pone el camarada Rádek para organizar nuevos sindicatos obreros son también demasiado estrechas y artificiales. Por último, según las tesis de Rádek, resultaba que nuestra tarea consiste en apoderarnos del aparato burocrático de los sindicatos; y las organizaciones extrasindicales (como los comités de fábrica, el movimiento de los shop stewards, etc.) no se consideraban instrumentos de la lucha ofensiva contra la burocracia y de la movilización de las masas para la acción.
En los Estados Unidos llegamos a las ideas revolucionarias a través del movimiento sindical revolucionario. Esas ideas consistían en la necesidad de la acción extraparlamentaria para conquistar el poder político, destruir el aparato del Estado burgués y organizar el Estado proletario no sobre una base geográfica, sino sobre una base de producción. Esas ideas nos facilitaron la comprensión de los fundamentos de la táctica de la revolución rusa; al mismo tiempo, tuvimos que sostener una tenaz lucha teórica contra la idea de los Industrial Workers of the World de que para derribar el capitalismo bastan los sindicatos de industria, sin soviets y sin dictadura proletaria. El movimiento comunista americano ha realizado un trabajo muy importante al conciliar las viejas concepciones revolucionarias del sindicalismo industrial con las nuevas concepciones del bolchevismo. Y una parte necesaria de nuestro trabajo es el reconocimiento del papel revolucionario de los sindicatos obreros.
Los Industrial Workers of the World fueron en los Estados Unidos una auténtica fuerza revolucionaria no tanto porque hicieran agitación a favor de la idea de los sindicatos de industria, ni porque intentaran boicotear y destruir la Federación Americana del Trabajo —ni lo uno ni lo otro tuvo especial éxito—; los Industrial Workers of the World fueron una fuerza revolucionaria gigantesca en el movimiento americano ante todo porque expresaban el despertar de la consciencia de clase y de la voluntad de acción de enormes masas de obreros desorganizados, sin formación, excluidos de la Federación Americana del Trabajo. Todos los intentos de destruir la Federación Americana del Trabajo saliendo de las viejas trade-unions han acabado hasta ahora en fracaso. Durante la guerra, cuando los viejos sindicatos se pusieron a colaborar con el gobierno, los miembros de los Industrial Workers of the World se vieron obligados a unirse a las viejas trade-unions, y fueron ellos quienes con su agitación desde dentro provocaron en ellas una poderosa efervescencia revolucionaria. Por consiguiente, la experiencia de América confirma la necesidad de trabajar (con espíritu revolucionario) dentro de los viejos sindicatos. Pero esa misma experiencia confirma igualmente la necesidad de crear nuevos sindicatos (de acuerdo con las condiciones objetivas) para fundir el trabajo revolucionario dentro de los viejos sindicatos con el trabajo fuera de ellos.
Sobre la necesidad de trabajar en los viejos sindicatos no tenemos divergencias. En esta cuestión estamos todos unánimes. Si los comunistas americanos rechazaran el trabajo en los viejos sindicatos y lanzaran la consigna «¡Destruid la Federación Americana del Trabajo!», eso no destruiría las trade-unions reaccionarias, sino el movimiento comunista.
Nuestra divergencia se reduce a la cuestión de los métodos y los fines del trabajo en los viejos sindicatos. Pensamos que lo principal no es apoderarse del aparato burocrático de los sindicatos, sino liberar a las masas del poder de esa burocracia, movilizar a las masas a pesar de la burocracia. En los viejos sindicatos la burocracia es de hecho inamovible, está impuesta a las masas e impide la acción de las masas. En los Estados Unidos la burocracia de las trade-unions no solo se sirve de medios estatutarios, de la larga duración de los cargos y de trucos parlamentarios, sino también de bandidos a sueldo para aplastar a la oposición indócil en las trade-unions. Lo cito como argumento no contra el trabajo en los sindicatos reaccionarios, sino contra la idea de apoderarse del aparato burocrático; debemos combatir a esa burocracia en los sindicatos, pero apoderarse de ese aparato burocrático o destruirlo solo será posible durante la revolución o después de ella.
Un trabajo verdaderamente revolucionario en los sindicatos debe perseguir dos fines importantes:
la organización de grupos comunistas, que deben existir en todas las organizaciones obreras;
la formación de organizaciones extrasindicales (comités de fábrica, shop stewards, etc.).
Son las organizaciones obreras dentro de los sindicatos que expresan las necesidades de la lucha económica cotidiana de los obreros y que luchan contra la burocracia y contra la estrechez de las formas organizativas de los sindicatos. La formación de esas organizaciones extrasindicales no significa que los obreros deban abandonar los viejos sindicatos; al contrario, deben permanecer en ellos, pero para organizar su oposición. Más aún: esas organizaciones extrasindicales actúan tanto dentro como fuera de los sindicatos obreros y, si no son capaces de obligar a los sindicatos a actuar en un momento crítico, actúan con independencia de ellos y de su burocracia; son el mejor instrumento para empujar a los sindicatos por el camino de la acción revolucionaria y para movilizar a las masas en la lucha ofensiva contra el capitalismo. En Inglaterra y en los Estados Unidos esas organizaciones extrasindicales las ha creado la vida misma, han surgido de la experiencia de la lucha proletaria; creando precisamente organizaciones así es como los comunistas pueden convertirse con más seguridad en dirigentes de la lucha económica inmediata de la clase obrera. No insistimos en salir de los viejos sindicatos, sino en librar una lucha enérgica y decidida dentro de los sindicatos y contra la burocracia.
Es necesario también llevar esa lucha más allá de los límites de los viejos sindicatos. Esto debe hacerse organizando nuevos sindicatos independientes. Es absolutamente necesario que la creación de esos sindicatos (y la separación de los viejos) se apoye en la existencia de condiciones objetivas y sea expresión de la propia lucha de las masas. Pero también es necesario no tener miedo de esos nuevos sindicatos. Es igual de perjudicial oponerse a toda escisión y a la formación de nuevos sindicatos (si se trata de las masas) que insistir doctrinariamente en la separación y en la fundación de nuevos sindicatos, aislándose con ello de las masas. Sea como sea, la separación es una acción agresiva decidida y puede servir a los fines de la agitación revolucionaria en mayor medida que años de trabajo pacífico y rutinario en los sindicatos. Más aún: uniendo los sindicatos de industria independientes con las organizaciones extrasindicales en las viejas trade-unions, obtenemos una fuerza que golpeará desde dentro y desde fuera; inspirada y dirigida por los comunistas, será un poderoso instrumento de movilización de las masas para la acción. Vivimos en una época revolucionaria y nuestra tarea fundamental consiste en liberar a las masas para la acción; no podemos confiar en un proceso pacífico de adueñarnos poco a poco del aparato burocrático de los sindicatos.
Junto a la cuestión de las organizaciones extrasindicales está la cuestión de los sindicatos de industria, contrapuestos a las formas de oficio del movimiento sindical. Esta tarea puede considerarse desde tres lados:
Los sindicatos de industria son una forma de organizar a los obreros desorganizados y no cualificados (que constituyen en los Estados Unidos la mayoría del proletariado industrial). La creación de nuevos sindicatos supone en general aplicar el principio de industria, que es la base del desarrollo del movimiento sindical revolucionario.
La agitación a favor de los sindicatos de industria es parte necesaria de nuestro trabajo en los viejos sindicatos. Estos sindicatos, organizados en su mayoría según anticuados principios de oficio, son incapaces, en las condiciones de una industria concentrada, de unir de verdad a los obreros y de llevar una lucha ofensiva. Los obreros de los viejos sindicatos se rebelan contra la estrechez de las formas y de los fines de los sindicatos. Y debemos convencerlos de la conveniencia de la forma organizativa de los sindicatos de industria; es una fase necesaria de nuestra lucha por transformar y revolucionar los viejos sindicatos.
Después de la conquista del poder político, los sindicatos se convertirán en órganos de dirección de la industria en el Estado proletario. Los sindicatos de oficio no sirven para eso, porque su forma de organización no corresponde a la industria integrada y no está adaptada a la dirección de la industria. Hacen falta sindicatos de industria, como lo demuestra la experiencia de Rusia. Cuanto más amplios sean los propios sindicatos de industria y la comprensión del principio de industria en su organización, más fácil será cumplir las tareas de la reconstrucción económica después de la toma revolucionaria del poder.
Esta es nuestra concepción de la organización sindical, desarrollada y formulada por el movimiento americano, y estamos convencidos de que es una etapa inevitable de la táctica comunista.
Tanner (Inglaterra). Hablo en nombre del movimiento de los shop stewards. Por el discurso del camarada Rádek he visto claro que entre nosotros no hay discrepancias de principio. Quisiera subrayarlo una vez más. Lo más importante es aclarar las relaciones entre los comunistas, el movimiento de los shop stewards y las organizaciones revolucionarias que van surgiendo. Aquí se ha señalado que entre los comunistas y todas las demás organizaciones revolucionarias deben existir unas relaciones determinadas. Durante la guerra, cuando surgió el movimiento de los shop stewards, muchos creían que con el fin de la guerra se acabaría también su papel. Pero eso no se corresponde con la realidad. Siguen desempeñando hoy un papel revolucionario. En cuanto al objetivo de estas organizaciones, una de sus tareas más difíciles es la lucha contra el burocratismo de las trade-unions. Aunque es sumamente difícil, hay que perseguir con tenacidad ese objetivo. ¿Cuál es la posición de los partidarios del movimiento de los shop stewards ante la cuestión aquí planteada? Aunque las trade-unions no están organizadas democráticamente, estamos muy lejos de afirmar que en ninguna circunstancia se pueda entrar en las viejas trade-unions.
Considerando que hay que salir de ellas, comprendemos al mismo tiempo que la situación debe distinguirse rigurosamente en cada caso concreto. Para nosotros, el centro de gravedad está en la lucha de clases revolucionaria, que debe librarse también contra la vieja burocracia sindical de las trade-unions. Aquí se ha dicho que debemos poner de manifiesto una vez más nuestra posición y nuestra táctica respecto al movimiento de los soviets. El objetivo de nuestro movimiento es vencer al capitalismo y destruir el sistema del trabajo asalariado. Teniendo en cuenta que la revolución solo puede llevarse a cabo mediante la acción de masas de los obreros, debo subrayar el hecho de que la posición de los shop stewards respecto a las trade-unions ya existentes no puede ser simplemente hostil; antes bien, puede decirse que el movimiento de los shop stewards y el de los comités de fábrica aspiran a transformar las trade-unions sobre una base revolucionaria, cambiando su estructura actual. Ese objetivo revolucionario solo puede alcanzarse mediante una propaganda tenaz dentro de las viejas trade-unions y una participación más activa en el trabajo de esas organizaciones. Con esto quiero decir que el movimiento de los shop stewards no sostiene en absoluto que en ningún caso se pueda trabajar en las trade-unions. Pero se niegan a participar en la Internacional Roja de los sindicatos. La posición expresada en la declaración que estamos discutiendo es inaceptable para el movimiento de los shop stewards, porque en ella se dice que no se puede salir de los viejos sindicatos. En esas condiciones, los representantes del movimiento de los shop stewards no pueden aceptar esta propuesta. El hecho de que se haya presentado semejante propuesta demuestra que no se han tenido en cuenta las condiciones de cada país. Creo que esta declaración debe someterse a la crítica del congreso y devolverse a la comisión. Los camaradas que han trabajado en la comisión han mostrado que no comparten el punto de vista de esta declaración.
Se levanta la sesión.
Duodécima sesión, martes 3 de agosto de 1920 (tarde)
Se abre la sesión a las 10.
Walcher (Alemania). ¡Camaradas! Esta mañana el ponente ha señalado con razón el hecho importante de que a muchos de nosotros, al comienzo de la revolución, nos parecía que los sindicatos no tenían ninguna tarea por delante. Pero se equivoca al pensar que la camarada Rosa Luxemburg compartía esa opinión. Puedo dar fe de que en el congreso constituyente del partido218 se pronunció claramente contra quienes estaban dispuestos a resolver toda la cuestión con la consigna «¡Fuera de los sindicatos!».
En cuanto al fondo del asunto, diré que veo con escepticismo el informe del camarada Rádek y las comunicaciones de los oradores siguientes, de las que se desprendería que en la comisión se ha alcanzado un acuerdo de principio sobre las cuestiones en disputa. Mucho de lo dicho en la comisión demuestra que los camaradas, tanto en Europa como en América, quieren luchar contra la burocracia sindical reaccionaria y anquilosada fundando nuevos sindicatos y saliendo de los viejos. Muchas de las intervenciones en la comisión estaban impregnadas del espíritu del Partido Comunista Obrero de Alemania y me resultaron muy conocidas.
En Inglaterra y en América la situación es, desde luego, sumamente complicada. Pero si los camaradas ingleses quieren, sin dejar los sindicatos, participar al mismo tiempo en el movimiento de los shop stewards (delegados de taller), no entiendo por qué se pronunciaron desde el principio de forma tan tajante y categórica contra las tesis.
Ya antes hemos expuesto la idea fundamental de que los comunistas están obligados a crear células comunistas en todas las organizaciones y a hacer propaganda. Por consiguiente, los camaradas ingleses no solo tienen derecho, sino también la obligación, con independencia de su actividad en los sindicatos, de trabajar en nuestro espíritu también en los comités de shop stewards. Y si, pese a ello, se opusieron por principio a las tesis, me parece que eso demuestra que los camaradas ingleses y norteamericanos, en la cuestión sindical y en la del parlamentarismo, se dejan guiar por el sentimiento. A mi juicio, hay que evitar introducir el elemento sentimental en esta cuestión, sobre todo en tiempos de revolución. Nosotros, los marxistas, no debemos olvidar que los sindicatos no han llegado por casualidad a ser lo que son hoy, sino que eso es resultado de décadas enteras de dominio del reformismo, gracias al cual los sindicatos se han ido soldando cada vez más estrechamente a la sociedad capitalista. La situación objetivamente revolucionaria del momento presente nos permite revolucionar los viejos sindicatos. Si algunos camaradas dudan de esa posibilidad, pierden de vista el cambio de principio en la situación objetiva, que hoy nos impone como obligación lo que antes de la guerra podía parecer una utopía. A los camaradas les parece que la cosa se alargará demasiado, que el camino es demasiado difícil. Pero no estaría de más que todos los camaradas supieran que no podremos cumplir nuestra tarea sin los millones de obreros que están en los sindicatos, y que por eso es necesario cargar con esa pesada labor de trabajar en los sindicatos. La consigna de salir de los sindicatos es un intento de rodear unos obstáculos que nos estorban, lo cual, por desgracia, no los aparta del camino.
No entiendo cómo hay gente que afirma que las masas están maduras y que podríamos conquistar el mundo entero, y al mismo tiempo niega la posibilidad de conquistar ideológicamente a las masas sindicadas. Yo digo, en cambio, que es posible, y que podemos y debemos hacerlo. Se nos objeta: «Pero si no necesitamos grandes masas; las revoluciones siempre son obra de una minoría». Por lo visto, los camaradas piensan en las llamadas revoluciones de palacio, como ocurrió en Portugal o en otros lugares. La revolución que tenemos que hacer solo puede ser obra de las grandes masas.
Se dirá: «Sí, las masas están maduras, pero la culpa es de los jefes». De ahí se deduce que basta con apartar a los jefes y asunto concluido. Toda la táctica de los independientes alemanes en los sindicatos se dirige a ocupar con partidarios suyos determinados puestos de dirección. Al hacerlo, se desatiende por completo la actividad revolucionaria entre las propias masas. Los Wolffheim y los Rühle219 dicen que ni siquiera la eliminación de la burocracia cambia las cosas en lo esencial. Los mismos argumentos aducen los camaradas ingleses en sus tesis. ¡Contradicción asombrosa! Por un lado, la culpa es de los jefes; por otro, da igual que los jefes sigan o no.
En Alemania, los Wolffheim y los Rühle han hecho un experimento ejemplar. Consideramos un deber advertir con insistencia contra su repetición. Entre nosotros hubo una lucha encarnizada precisamente por esta cuestión, y la causa de la escisión del Partido Comunista de Alemania fue sobre todo la actitud ante la cuestión sindical. Tenemos no una, sino cientos de pruebas de que la burocracia sindical habría celebrado solemnemente el día en que los comunistas se hubieran retirado de sus filas. Yo mismo tuve que luchar mucho tiempo para conquistar el derecho a ser
miembro del sindicato metalúrgico. No daremos ese gusto a la burocracia sindical. Nuestros camaradas saben que eso equivaldría a desenganchar la locomotora del tren y correr con ella a solas por el mundo, abandonando el tren entero a su suerte.
Con toda razón se ha señalado, tanto en las tesis como en las intervenciones de los ponentes, que en los sindicatos no solo debemos hacer propaganda comunista, sino también defender todos los intereses del proletariado e intervenir enérgicamente en todas las cuestiones. Precisamente en los sindicatos —lo he comprobado por experiencia propia— el comunista se gana tanta más confianza de las masas cuanto más abnegada y enérgicamente lucha por las necesidades y los intereses de sus compañeros.
Además, sería deseable incluir en las tesis lo que ha dicho el camarada Rádek sobre el sabotaje y la resistencia pasiva. Tras la experiencia que hemos hecho con el sabotaje como medio de lucha en el movimiento sindical, lo consideraría muy oportuno. Desde luego, hay situaciones en las que hay que recurrir al sabotaje. Pero, en general, el sabotaje no sirve, y debo advertir contra su empleo.
Diré todavía unas palabras sobre la situación de los comités de fábrica. Las tesis que se nos han presentado dicen con toda razón que la división de tareas entre los comités de fábrica y los sindicatos es resultado del desarrollo histórico. Pero el camarada Rádek ha declarado que todo intento de entregar los comités de fábrica a los sindicatos es contrarrevolucionario. En principio considero acertada esa declaración; pero, en la situación que se ha creado ahora entre nosotros en Alemania, puede dar lugar a malentendidos.
En Alemania se discute desde hace varios meses si los comités de fábrica deben existir como organizaciones independientes o si deben integrarse en los sindicatos. La disputa enfrenta a la burocracia sindical, por un lado, y a la central de los comités de fábrica, por otro. Nosotros apoyamos a los independientes de izquierda en su empeño de unir los comités de fábrica en organizaciones independientes; pero nuestros esfuerzos no han tenido éxito hasta ahora por razones en las que no quiero extenderme aquí. Diré solo que en esta lucha, ahora —como, por lo demás, también antes—, una parte del Partido Socialdemócrata Independiente estaba del lado de unos y otra del lado de los otros; ambos grupos paralizaron mutuamente sus esfuerzos y, en la práctica, eso llevó a que los sindicatos, apoyándose en el ala derecha del Partido Socialdemócrata Independiente, pudieran imponer sus puntos de vista. En la actualidad esta lucha puede darse por terminada, y debemos decir que, por ahora, Legien ha salido vencedor. Porque la federación de los viejos sindicatos alemanes aprobó por unanimidad su propuesta, y ya se ha anunciado que pronto se celebrará un congreso de los comités de fábrica de toda Alemania. Nuestros camaradas se proponen participar en él para continuar la lucha contra Legien también en ese terreno. Los partidarios de Legien procuran hacer de los comités de fábrica órganos de la «colaboración práctica» conciliadora; pero estamos seguros de que no lo conseguirán. Trataremos de impedírselo: uniremos en todas partes a los camaradas, formaremos con ellos fracciones también en los comités de fábrica, y cuando se conviertan en defensores del proletariado en todas las necesidades que nacen de la descomposición del orden capitalista, conseguiremos convertir los comités de fábrica y los sindicatos en órganos que dirijan con plena consciencia su fuerza de choque contra la sociedad capitalista y luchen conscientemente por el comunismo.
Bombacci (Italia). Quisiera decir unas palabras sobre por qué no puedo aceptar las tesis del camarada Rádek. Lo que aquí se propone no corresponde ni al desarrollo histórico de los sindicatos ni al momento histórico actual en general. Temo —y creo que esto vale para toda Europa occidental— que las tesis del camarada Rádek no tienen en cuenta el peligro de que los sindicatos suplanten al partido. Subrayo que comprendo la situación lo bastante bien como para darme cuenta de que es imposible sustituir el partido por los sindicatos, pero esa es la tendencia.
Niego rotundamente que los sindicatos tengan función revolucionaria alguna. Me remito al ejemplo de América y de Europa occidental. Y también en Rusia, aunque existe un movimiento sindical, este no ha desempeñado ninguna función verdaderamente revolucionaria. Los sindicatos eran algo así como un intermediario entre el proletariado y la burguesía, y por eso sería un error atribuirles papel revolucionario alguno.
Tanto menos admisible es dar a los sindicatos la posibilidad de sustituir al partido. Los sindicatos son una tribuna de propaganda, con la diferencia de que en el parlamento la propaganda se limita a un número determinado de personas, mientras que en los sindicatos uno se dirige a toda la clase obrera.
Durante la guerra surgió en Italia la tendencia a crear un partido del trabajo. También en Alemania, en los días del golpe de Kapp, los sindicatos declararon: si se nos entrega el poder, lo ejerceremos en nombre de los sindicatos. En todos estos fenómenos veo un síntoma peligroso. También en Italia se trata de crear un partido del trabajo, pero eso no entra en el círculo de tareas de los sindicatos. No se puede permitir que los sindicatos desempeñen funciones políticas. Los sindicatos solo despliegan una actividad reformista y no son capaces de cumplir tareas revolucionarias. Quisiera llamar la atención de los camaradas ingleses y norteamericanos sobre este peligro. Me remito en este caso a la experiencia de Italia, donde se intentó unificar las distintas formas del movimiento y donde ese intento, naturalmente, fracasó.
¿Cuáles son, pues, las tareas del partido comunista en los sindicatos? El ejemplo de Italia muestra que unos sindicatos eran sindicalistas y otros reformistas. Ante todo, hay que sustituir en los sindicatos a los jefes oportunistas por comunistas, para que también en los sindicatos haya una dirección comunista. Pero los sindicatos como tales no pueden desempeñar ningún papel político.
Lozovski220. Camaradas, la cuestión de los sindicatos y de su papel en la revolución que estamos viviendo tiene la máxima importancia, no solo para este congreso, sino también para la lucha que se desarrolla actualmente en todos los países.
A mi juicio, muchos camaradas que han hablado del movimiento sindical han caído en un gran error, porque contemplan el movimiento sindical desde un punto de vista completamente falso.
Así, el camarada Bombacci, que acaba de hablar del movimiento sindical, declara que es absolutamente imposible, por ejemplo en Italia, incorporar los sindicatos al movimiento comunista.
Otros camaradas, sobre todo los norteamericanos y los ingleses, tras estudiar el movimiento sindical de su país, llegan a conclusiones muy pesimistas y declaran que el movimiento sindical no puede utilizarse en interés de la revolución social.
¿Se corresponden con la verdad estas conclusiones?
Cuando hablamos de los sindicatos y del movimiento sindical, ¿nos referimos con ello a las formas organizativas, a los sindicatos, a los soviets, etc.? Si se piensa solo en los jefes, es evidente que esa gente no es material para la revolución social. Pero nosotros, cuando hablamos del movimiento sindical y de los sindicatos, pensamos en las masas que han entrado en esas organizaciones. Y si los camaradas pesimistas declaran que es absolutamente imposible conquistar los sindicatos, y si, por otro lado, fuera cierto que en Francia y en Italia los sindicatos han estado y estarán siempre del lado del reformismo, entonces esos camaradas tienen que reconocer que en esos países la revolución social es imposible. Porque el sindicato moderno no es una organización estrecha, sino una organización de masas que agrupa a millones de obreros. Si es verdad que no podemos adueñarnos de esa organización, tenemos que perder la fe en la posibilidad misma de la revolución.
Al mismo tiempo, el camarada Bombacci nos ha dicho que la revolución en Italia avanza, que su realización es cuestión de unas pocas semanas. Entonces le pregunto: ¿con quién vais a hacer vuestra revolución? ¿Y quién la va a hacer? ¿Qué harán los sindicatos durante la revolución? ¿Cuál será su papel? El camarada debe responder a estas preguntas.
En todo caso, no tenemos derecho a afirmar que no se puede contar con estas organizaciones.
No pondremos como ejemplo los sindicatos rusos, que apenas han cumplido tres años. En efecto, no nacimos hasta 1917. Todavía somos jóvenes.
Pero mirad los viejos países capitalistas, por ejemplo América o Alemania, donde los sindicatos existen desde hace muchos años, o Inglaterra, donde existen desde hace un siglo entero, y veréis que en los últimos años, en los últimos meses, millones de obreros entran en los sindicatos y los transforman.
No se trata de los jefes; hay que echarlos; pero lo importante es conquistar a las masas.
Toda táctica que lleve a que los elementos avanzados del proletariado salgan de los sindicatos es una táctica reaccionaria, que equivale a reconocer: «Somos tan débiles que no podemos conquistar a las masas».
Pero, camaradas, cuanto más difícil es la tarea, más fuerzas hay que dedicarle. Debemos entrar en los sindicatos y adueñarnos de ellos.
Si ya tenéis un sindicato organizado, como en Alemania el sindicato metalúrgico, ¿vais a crear acaso otro nuevo a su lado? Si en Inglaterra tenéis un sindicato plenamente constituido, ¿hay que crear otro?
De ahí se ve claro que algunos camaradas que se han mostrado muy revolucionarios en sus discursos nos proponen en el fondo una táctica reaccionaria, que debe ser rechazada.
Un congreso de comunistas que ve con claridad el estado de cosas, que espera y cree que la masa obrera irá del brazo de los comunistas, dirá: «Entrad en los sindicatos y ganadlos para nuestra causa». Esta es la condición más importante para la toma del poder y para el derrocamiento del Estado burgués.
A esto se une la cuestión de los comités de fábrica, que se plantea de manera distinta en los distintos países. Pregunté a un camarada alemán: ¿cuántos obreros abarcan en Alemania los comités de fábrica? Me dijo: «Tenemos 17 millones».
Se ha hablado también de los Shop Stewards Committees ingleses. No son comités de fábrica como los que vemos en Rusia y en Alemania. Son un grupo de obreros de las mismas convicciones que se unen y forman comités llamados Shop Stewards Committees. No son comités de fábrica: son una fracción de comunistas o de revolucionarios en las fábricas, lo que no es lo mismo.
Si se nos habla de los Shop Stewards Committees, respondemos que es una cuestión completamente aparte, porque su situación no tiene nada que ver con la de los comités de fábrica de Alemania y de Rusia.
Hay que entenderse. Si queréis decir que en cada sindicato hay que organizar una fracción comunista o una vanguardia, bien, hacedlo. Si queréis crear comités de fábrica fuera de los sindicatos, comités que abarquen a todos los obreros, os respondemos que actuáis mal al crearlos fuera de los sindicatos. Algunos camaradas dicen: los sindicatos son reaccionarios; por eso hay que crear frente a ellos, junto a ellos, otras organizaciones. No: esas organizaciones hay que crearlas dentro de los propios sindicatos. Si creáis los comités de fábrica como organizaciones situadas fuera de los sindicatos, tendréis en contra a toda la masa de los obreros sindicados. Pero si en las fábricas creáis comités de fábrica que hagan el mismo trabajo que los sindicatos, como órganos auxiliares, pero que al mismo tiempo, con su actividad, transformen los sindicatos, los sacudan, entonces conseguiréis al final, con constancia, trabajo y propaganda, transformar los sindicatos. Este resultado no se alcanza con palabras, sino con hechos; y esa obra la harán los soviets, los comités de fábrica. Solo desde este punto de vista se puede comprender el trabajo de los comités de fábrica y organizarlos.
Nosotros transformamos los comités de fábrica antes de la Revolución de Octubre. No con propaganda de palabra, sino con la acción, transformaremos los sindicatos antes incluso de que llegue la revolución social, porque los sindicatos deben convertirse en órganos de esa revolución.
Si no nos adueñamos de los sindicatos antes de que llegue el combate decisivo, si no podemos utilizar en todos los países la disciplina sindical en interés de la revolución social, seremos derrotados. Hay que adueñarse de los sindicatos antes de que llegue la revolución social, para que sean la base de la dictadura del proletariado. Esa es la conclusión que puede sacarse de la experiencia de la revolución rusa.
Unas palabras más sobre el movimiento internacional.
Hemos conversado con algunos de los camaradas norteamericanos sobre la perspectiva de una organización internacional de los sindicatos. Decían que la organización creada no es lo bastante revolucionaria. Aquí, en Moscú, hemos puesto los cimientos de una nueva organización221. Seis días y seis noches discutimos con los camaradas ingleses. ¿En qué consistían nuestras discrepancias? Os lo diré: los mismos camaradas que hoy nos reprochaban falta de espíritu revolucionario no quisieron firmar el punto sobre la dictadura del proletariado. Nos dijeron: «Hay que derrocar el Estado». Les preguntamos: ¿qué Estado? Nosotros decimos: hay que derrocar el Estado burgués. Les declaramos: queremos la revolución, pero no queremos ambigüedades.
Fueron precisamente estas discrepancias las que impidieron a los comités de shop stewards y a la IWW adherirse a la declaración que firmamos. Quisiera que esa declaración constara en el acta del congreso. Esta declaración, firmada por los delegados de siete países, contiene tres puntos esenciales:
Creamos ahora una organización dirigida contra la Internacional de Ámsterdam.
Esta organización se sitúa en el terreno de la dictadura del proletariado y del derrocamiento violento del orden burgués.
Los elementos avanzados no deben salir de los sindicatos, sino adueñarse de ellos.
Los que se sienten demasiado débiles para luchar por la conquista de los sindicatos no comparten este punto de vista. Nosotros, en cambio, pensamos que el movimiento obrero avanza a pasos de gigante en todos los países y empuja a los obreros hacia la revolución social. Y es tarea de los comunistas hacer todos los esfuerzos para conquistar los sindicatos (hoy oportunistas) y utilizar la disciplina sindical en beneficio de la revolución social. No es todo lo que quisiera decir, pero casi todo lo que he podido decir en el breve tiempo que se me ha concedido.
Zinóviev. La presidencia propone cerrar el debate y pasar a la votación. Hay todavía 16 oradores inscritos. Hemos escuchado un informe y dos coinformes, en los que se han expuesto suficientemente los puntos de vista. La comisión se ha reunido 6 veces durante cinco horas, y la cuestión está suficientemente aclarada también en la literatura.
Reed. No tengo nada en contra de cerrar la lista de oradores, pero me opongo a que se cierre el debate. Se quiere cerrar el debate deliberadamente, para evitar una discusión sobre esta cuestión con los delegados ingleses y norteamericanos. En las reuniones de la comisión, el camarada Rádek eludió discutir la cuestión sindical con el argumento de que había discrepancias de principio, y hoy declara que no hay discrepancia alguna. De todo esto se ve claro que el debate es necesario, aunque se prolongue toda la noche, porque esta cuestión, en el fondo, no se ha discutido aquí en absoluto.
Rádek. El discurso de Reed no peca de exceso de temor a deformar la verdad. Todo el cuadro que ha pintado de lo ocurrido en la comisión es objetivamente falso. Las cosas fueron así en la comisión: durante dos reuniones, pese a todos nuestros esfuerzos, no logramos arrancar al camarada Reed una sola palabra. Por fin, el camarada Reed, junto con sus camaradas, nos presentó sus tesis. En esas tesis se desarrollaba, como punto de vista de principio, la idea de que las organizaciones sindicales deben ser suprimidas. Defendía por principio la opinión de que los sindicatos deben ser destruidos. A eso respondí que entre sus tesis y las nuestras había una contradicción de principio. Por eso el debate punto por punto resultó inútil. En la comisión estaban también los camaradas Murphy y Fraina. Por sus explicaciones se podía entender el fondo del asunto, que no había manera de sacar de los discursos de Reed. Ayer celebramos una reunión sobre esta cuestión. Los delegados norteamericanos e ingleses opinaban que habíamos llegado a un acuerdo, que no existía ninguna divergencia de principio. El punto de vista de Reed fracasó. Reed personalmente no presentó ni una sola propuesta. Aunque no se propuso ningún otro punto de vista, los camaradas norteamericanos e ingleses han presentado hoy dos coponentes. Y si después de esto Reed tiene el valor de declarar que se cierra el debate por miedo a que John Reed arroje luz sobre esta cuestión, eso es de mala fe. Él tiene tiempo para discutir hasta la mañana. Los demás no lo tienen.
MacAlpine (Irlanda). Pido que se cierre la lista de oradores, pero que no se cierre el debate. Lo que Rádek dijo durante dos horas enteras se nos tradujo en 20 minutos. Es extraño que aquí se ahorre tanto el tiempo, cuando no se nota que en Rusia se tenga la costumbre de valorarlo mucho. Pido encarecidamente que se dediquen al debate otras 6 o 7 horas y que se dé ocasión de hablar a los camaradas de lengua inglesa.
Gallacher. Creo que el camarada Rádek debería ser más imparcial. No se nos ha querido dar tiempo suficiente para discutir las tesis. Los camaradas de lengua inglesa tienen la impresión de que aquí se quiere sencillamente eludir la discusión de las tesis. Pedimos que continúe el debate y que se dé al camarada Reed la posibilidad de exponer su punto de vista.
Zinóviev. Hemos tenido seis reuniones de la comisión. Hoy hemos tenido debate en sesión plenaria todo el día, y después de eso se nos dice que se les quiere tapar la boca, que no damos la palabra a sus representantes, etc. ¡Pero no se puede debatir hasta perder el sentido! Han hablado siete oradores: tres del grupo angloamericano, tres partidarios de las tesis de Rádek y un séptimo, Bombacci, que adoptó un punto de vista bastante próximo al inglés. El debate estuvo repartido con toda justicia. Los camaradas de lengua inglesa fueron la mitad, si no más. Por eso me parece que, si nuestros amigos ingleses se acaloran tanto aquí, no tienen razón. Después de un debate tan largo declaran ahora que actuamos con ellos de forma desleal. Después de tantas concesiones como se les han hecho, eso es por su parte algo inaudito. Propongo cerrar el debate.
Tanner. Insisto en que se nos dé la palabra y en que no se cierre la lista de oradores. En la comisión se nos prometió discutir la cuestión a fondo, ya que es una de las cuestiones más importantes. Las tesis, las enmiendas y las propuestas presentadas no se tradujeron.
Y los miembros de la comisión casi no tuvieron posibilidad de conocerlas. Si se dedicaron dos días y medio a discutir la admisión de los socialistas franceses y del Partido Socialdemócrata Independiente, la cuestión sindical, que es más importante, debe someterse a una discusión más larga.
Rádek. Nunca había oído que un grupo desautorizara a sus propios ponentes. El grupo angloamericano ha presentado dos ponentes. Después de que hayan hablado, se presenta Tanner y declara que no han desarrollado suficientemente sus argumentos. ¿Cree Reed que hacen falta dos días para desarrollar su idea? Aquí no se trata de la duración del debate. ¡Reed no representa un partido político independiente ni una tendencia independiente! La corriente a la que pertenece Reed estuvo representada por los ponentes angloamericanos. Si no presentaron a Reed como coponente, con ello demostraron que no ven en él al representante de una corriente independiente. Tuvieron plena posibilidad de exponer aquí su punto de vista. Fraina y Tanner hablaron en nombre del grupo. Si aquí se dice que no es cierto que Reed exigiera salir de los sindicatos, citaré las tesis que propuso. En ellas se dice:
«El aparato de los sindicatos debe ser destruido, igual que debe ser destruido por nosotros el Estado burgués».
No entiendo qué quedará de los sindicatos una vez destruido el aparato de los sindicatos. Además, hay que tener en cuenta que en esta sesión no tomaremos ninguna decisión definitiva. No haré uso de la palabra para el resumen final. La cuestión se devolverá a la comisión, porque alargar la discusión no es todavía resolver la cuestión.
Zinóviev. No se han inscrito nuevos oradores. Pasamos a la votación. Quienes estén a favor de la propuesta de la presidencia —cerrar el debate y someter las tesis a votación—, que levanten la mano. Quienes estén a favor de cerrar el debate, que levanten la mano con la tarjeta roja. 50 a favor y 25 en contra. Queda cerrado el debate. (Reed quiere hacer una declaración.) Pasamos a votar las tesis. Si algún grupo desea hacer una declaración sobre la votación, le daré la palabra durante dos minutos.
Reed. En nombre de los delegados norteamericanos declaro que nos negamos a participar en la votación de estas tesis.
Tanner. En nombre de la delegación inglesa declaro que, si la presidencia considera esta cuestión tan poco importante, nos negamos tanto a participar en la comisión como a votar las tesis.
Serrati (Italia). Declaro que votaré a favor de las tesis del camarada Rádek. No he propuesto enmiendas, pero creo que harán falta en el curso del trabajo de nuestra organización. En el próximo congreso se verá qué enmiendas introducimos. De modo semejante puede plantearse la cuestión para la delegación norteamericana. No estoy del todo de acuerdo con el camarada Rádek en lo que se refiere a la posibilidad de cambiar la orientación de la Federación Americana del Trabajo. Es una organización cerrada, que lleva ya 5 años sin cambiar y reaccionaria. Contra eso es imposible luchar. Votaré las tesis porque corresponden a la orientación de nuestro partido y siempre nos hemos atenido a ellas. En cambio, me abstendré en la cuestión de la Internacional Roja de los sindicatos. A mi juicio, esa organización no debe depender de la III Internacional; debe ser autónoma y amistosamente dispuesta hacia la Internacional Comunista.
Rádek. Me parece que aquí ha habido un malentendido. El camarada Serrati no sabía que se trataba de la votación definitiva; pensaba que se trataba de devolver las enmiendas a la comisión, como se hizo con otras cuestiones y como yo había declarado.
Wijnkoop (Holanda). De las palabras de Rádek entendí que quería decir que se someten a votación estas enmiendas y no sus tesis. Lamento mucho que, después de que el camarada Rádek haya planteado así la cuestión, sea imposible seguir discutiendo y el debate quede así cortado. Entendí que el propio camarada Rádek proponía no someter ahora mismo sus tesis a votación. Si dijo que sus tesis se votarán solo como base, entonces no hay diferencia con el procedimiento seguido con las demás tesis. Sin embargo, me pareció que quería establecer aquí alguna diferencia. Creo que también otros camaradas entendieron así las cosas cuando votaron el cierre del debate: que a las 6 debía celebrarse aquí una reunión de la comisión, donde se podría mantener el debate que ahora se nos niega. Pero, puesto que se nos propone votar sin debate, creo que en esas condiciones no podemos votar.
Pestaña (España). Protesto contra la manera incorrecta de dirigir el debate. No se nos traduce nada al francés. Y la cuestión del movimiento sindical es una de las más importantes, incluso la más importante de este congreso. Por eso me abstengo en la votación.
Zinóviev. Se trata de votar las tesis como base. La cuestión volverá a la comisión y se seguirá examinando en ella. Observaré además que no estaría de más abstenerse de amenazar con abandonar el congreso: en primer lugar, nadie se asustará de esas amenazas y, en segundo lugar, eso está fuera de lugar en un congreso comunista.
Maring (Indias Neerlandesas). Camaradas, me parece que el asunto puede arreglarse. Lo mismo ocurrió con la cuestión colonial. El asunto se devolvió a la comisión. Si allí no se hubiera alcanzado una unanimidad completa, la comisión habría tenido que remitir de nuevo la cuestión al congreso. Así pues, si la comisión no llega ahora a un acuerdo completo sobre la cuestión sindical —y hasta ahora no veo esa posibilidad—, la cuestión volverá a discutirse en el congreso. Si es así, estoy de acuerdo con el procedimiento propuesto.
Zinóviev. Pasamos a la votación. Quienes estén a favor de que las tesis propuestas por el camarada Rádek se aprueben como base, de modo que las enmiendas pasen a la comisión, se discutan allí de nuevo y, en caso de desacuerdo, vuelvan a examinarse aquí, que levanten la mano. (Votación.) Se aprueba la propuesta por 64 votos y 13 abstenciones.
La presidencia presenta además la propuesta siguiente. Debemos tener un texto exacto de todas nuestras resoluciones. Tenemos cuatro grandes grupos, y pedimos a cada uno de ellos que elija a un camarada responsable; estos revisarían todos los textos, los comprobarían y prepararían el texto definitivo en cuatro lenguas. De lo contrario tendremos malentendidos constantes.
Mañana a las 11, sesión plenaria para discutir la cuestión agraria. Mañana, después de comer, la cuestión de organización.
Se levanta la sesión.
Decimotercera sesión, miércoles 4 de agosto de 1920 (mañana)
Se abre la sesión a las 12 y media.
Zinóviev. Se abre la sesión. Tiene la palabra la camarada Balabánova para una comunicación.
Balabánova. ¡Camaradas! Para nuestro más profundo pesar, nos vemos obligados a daros una noticia tan triste para vosotros como para nosotros. Anteayer, cuando la camarada Augusta Aasen222, venida de Noruega y que llevaba ya 20 años trabajando en el movimiento, visitaba el aeródromo para ver la Flota Aérea Roja, se produjo un accidente del que fue víctima. No hace falta deciros cuán terrible y dolorosa es para nosotros esta gran pérdida. Os pedimos que honréis en pie la memoria de la fallecida. (La asamblea se pone en pie.) Os lo agradezco. Pedimos a todos los camaradas que no duden de que el proletariado ruso no olvidará a la camarada fallecida y de que, aunque su muerte deba atribuirse solo a un accidente, lo cierto es que vino aquí y murió en la lucha por el proletariado y por amor a la Internacional Comunista.
Zinóviev. La presidencia propone expresar en nombre del congreso su más profundo pésame al partido hermano noruego. Pasamos al orden del día. Se discute la cuestión agraria. Tiene la palabra el ponente, camarada Ernst Meyer.
Meyer (Alemania). ¡Camaradas! Como el verdadero ponente de esta cuestión, el camarada Marchlewski, no puede intervenir a causa de los felices éxitos del Ejército Rojo, debo presentar en su lugar el informe, que contiene un breve resumen de las tesis del camarada Lenin y del trabajo de la comisión.
Gracias a la revolución social en Europa oriental y central, la cuestión agraria se ha puesto al orden del día y exige una solución no solo teórica, sino también práctica. Los trabajos preparatorios han sido hasta ahora muy escasos, y la II Internacional no hizo casi nada en este terreno. En general, se contentaban con bellas estampas de la futura producción agrícola, cuando el socialismo ya fuera una realidad. Pero cómo puede ganarse a la población rural para la revolución proletaria y qué lucha hay que librar para alcanzar ese objetivo ideal, de eso la II Internacional dijo muy poco, y tampoco hizo nada por prepararlo en la práctica. Los mejores elementos de la II Internacional se contentaban con polemizar contra el ala oportunista, que, sobre la base de una interpretación falsa de los datos estadísticos, afirmaba en general que no podía ni hablarse de socializar la propiedad de la tierra y que, por tanto, la revolución social no podía encontrar terreno en el campo. Con los datos numéricos de los estadísticos alemanes, los revisionistas intentaban demostrar que las teorías marxistas no eran aplicables al campo. Y sobre la base de esas teorías rechazaban la lucha social, rechazaban la revolución social. Quienes replicaban a los reformistas (gente como Kautsky) lo hacían sobre todo con el fin de demostrar que la teoría marxista también era aplicable en este terreno; pero de ahí no se sacaban luego conclusiones prácticas.
La actitud de la III Internacional ante esta cuestión es otra. Para nosotros, la cuestión consiste en cómo revolucionar en la práctica el campo, porque no cabe la menor duda de que, sin la participación activa de las grandes masas de la población rural, es imposible asegurar y consolidar la dictadura del proletariado. Para nosotros, para la Internacional Comunista, asegurar la revolución está en primer plano, y todas las cuestiones relacionadas con la cuestión agraria solo pueden examinarse y resolverse desde ese ángulo. Así pues, la tarea de la Internacional Comunista en la cuestión agraria se reduce, en pocas palabras, a lo siguiente: ¿cómo llevaremos la lucha de clases, la lucha revolucionaria, al campo? La revolucionarización de la población rural, cuyas necesidades solo pueden satisfacerse con la revolución, está al orden del día de la historia.
Ya la pequeña experiencia hecha en Rusia y la experiencia de las «reformas agrarias» en Europa central confirman la tesis que sirve de estrella polar a los debates de todo el congreso: que la democracia burguesa es incapaz de resolver esta cuestión, que solo puede resolverse positivamente mediante la revolución y la dictadura del proletariado. Los partidos que pretenden defender los intereses de la población rural, como los socialistas revolucionarios en Rusia y los diversos partidos campesino-burgueses en Europa, traicionaron su propio programa cuando tuvieron el poder en sus manos y pudieron aplicarlo en la práctica. La democracia burguesa es incapaz de resolver esta cuestión. No lo demuestra solo la conducta práctica de los socialistas revolucionarios en los Estados periféricos de Rusia. Todos los intentos de reforma agraria en otros países tienden también a fragmentar y repartir una parte de las grandes fincas para crear así un nuevo elemento proletario o semiproletario, que ha de servir de objeto barato de explotación a la gran propiedad territorial existente. Todo lo que se ha hecho en Alemania en materia de legislación sobre pequeños asentamientos o se ha quedado en el papel o se reduce a crear objetos de explotación de ese tipo para la gran propiedad territorial. Como única excepción, quizá parezca algo más seria la reforma realizada en Bohemia223, pero solo porque con ella se acentúa la oposición nacional entre los checos, por un lado, y los elementos judíos y alemanes, por otro, ya que los campesinos checos fueron satisfechos en parte mediante la expropiación de tierras a esos otros elementos.
Pero la Internacional Comunista debe ir más allá de la obra de la democracia burguesa y, en particular, debe aspirar a suprimir la oposición entre la ciudad y el campo y a unir a la población proletaria urbana y rural para la lucha común, para la revolución proletaria. Eso se logrará también gracias a nuestro empeño en conceder a los obreros agrícolas todas las ventajas de que gozan los obreros urbanos, y reforzando en el proletariado urbano la consciencia de que es necesario trabajar en el campo.
La cuestión de cómo puede llevarse la revolución proletaria a las aldeas, al campo, solo puede resolverse tras un análisis previo y exacto de cada capa de la población rural por separado. Las tesis que se someten a vuestra atención intentan dividir la población rural en distintas capas: en primer lugar, el proletariado agrícola, los obreros asalariados; en segundo lugar, los semiproletarios y los campesinos parcelarios; en tercer lugar, los pequeños campesinos; en cuarto lugar, los campesinos medios; en quinto lugar, los grandes campesinos y, en sexto lugar, los grandes terratenientes. Naturalmente, las tesis solo dan un esquema general. Dada la composición tan diversa de la población rural en los distintos países, hay que estudiar con exactitud el estado de cosas en cada país para poder determinar en cada caso concreto qué puntos de apoyo puede encontrar allí la revolución proletaria. Aquí, en el congreso, solo pueden darse los principios generales por los que deben guiarse los partidos comunistas al analizar la situación de la población rural y al trabajar entre ella.
Los grupos que están interesados en primer lugar y plenamente en la revolución proletaria son los obreros agrícolas y forestales, así como los obreros ocupados en empresas industriales vinculadas a la agricultura, como las lecherías, las destilerías, etc. Además, hay que contar también con las grandes explotaciones hortícolas, en las que trabaja un número considerable de obreros asalariados. La situación social de esta capa de la población rural es muy dura y mala, pero es tan conocida que no hace falta hablar aquí de ella. La mala situación económica, la remuneración ínfima y las malas condiciones de vivienda se unen a la opresión política y social de los terratenientes; estos elementos proletarios se sumarán de inmediato a la revolución. Esta capa figura entre los elementos más activos de la revolución proletaria, y su capacidad de organización, pese a su escasa experiencia, es actualmente muy grande. Basta recordar que la federación de obreros agrícolas de Alemania figura hoy entre los mayores sindicatos libres y cuenta con 500.000 afiliados. En un país tan pequeño como Italia, el sindicato de obreros agrícolas tiene más de 800.000 afiliados. Esto muestra cuán grande es la importancia de esta capa para la revolución social y, a la vez, qué relativamente fácil será atraerla a nuestras filas. Hay que organizar a estas masas no solo en el plano sindical, sino que deben ser abarcadas también, y todavía más, por nuestras organizaciones políticas, los partidos comunistas. Partiendo de ahí, hay que hacer todo lo posible también en otras direcciones para ganar a estas masas (mediante la labor educativa, etc.).
Quisiera añadir aquí algo sobre el trabajo entre las mujeres del campo. Se trata tanto de las criadas como de las mujeres de los pequeños campesinos, que, a causa de la guerra y de las relaciones sociales actuales, se ven obligadas a realizar en parte por sí solas todo el trabajo de la explotación. Nuestra actividad en este terreno promete un gran éxito y en ningún caso debe descuidarse.
Las cuestiones ya resueltas por el congreso —el trabajo en los sindicatos y en el parlamento— adquieren desde este ángulo una importancia particular. Si los adversarios del trabajo en los sindicatos dicen que ya hay bastantes posibilidades para organizar al proletariado y hacer agitación, esa objeción quizá sea cierta para el proletariado industrial. En cambio, al proletariado rural se le alcanza más fácilmente mediante el trabajo de los comunistas en los sindicatos de obreros agrícolas y la participación en la lucha electoral. Por estas dos vías puede atraerse con relativa facilidad a amplias masas de la población rural al círculo de la agitación revolucionaria. El éxito de la agitación sistemática es muy grande. Me remito a la experiencia de Rusia y de Alemania. En los combates de marzo, al rechazar el golpe de Kapp, el proletariado rural de Alemania se comportó bien y con valor. Los propietarios de las fincas fueron expulsados o encarcelados, y la producción agrícola se mantuvo por completo. Los obreros agrícolas llevaron enseguida a la ciudad el excedente de víveres, se unieron y pusieron a disposición del proletariado urbano
cuadros revolucionarios de combate. No solo durante la lucha por la conquista del poder, sino también después de conquistado, el proletariado agrícola será uno de los apoyos más firmes del poder soviético. Se trata de dar forma organizada a este movimiento más o menos espontáneo del proletariado rural. La formación de soviets en las fincas es la mejor forma de unir estas fuerzas espontáneas y tumultuosas.
De modo semejante, aunque no tan fácilmente como los obreros agrícolas, puede ganarse para la revolución proletaria la segunda capa de la población rural: los semiproletarios y los campesinos parcelarios. También esta capa depende de la gran propiedad territorial. Sufre las mismas cargas que sufren los obreros agrícolas; su situación es quizá todavía más dura, porque a los campesinos parcelarios se les añaden, además de todo lo demás, las preocupaciones personales por su trozo de tierra. En la mayoría de los países es conveniente incluir estos elementos semiproletarios en las organizaciones de los obreros agrícolas propiamente dichos.
La cosa es algo más difícil con los pequeños campesinos y arrendatarios, que con el cultivo de su tierra pueden ganarse el sustento, pero no recurren a la contratación de fuerza de trabajo ajena. Aquí entran también los pequeños propietarios de huertos y jardines. No tienen un ánimo revolucionario; aun así, hay que contar en parte también con ellos para nuestras filas de combate. Se trata de hacerles comprender la necesidad de la revolución social y sus propios intereses. En realidad, estos pequeños campesinos sufren mucho con el estado de cosas existente. También ellos dependen, aunque en su mayor parte de forma indirecta, de la gran propiedad territorial y del capital; también ellos entregan trabajo no pagado en forma de intereses hipotecarios, de los altos precios que pagan por la maquinaria agrícola, etc. El modo de vida de esta capa es también a menudo proletario. El peso de los impuestos, los precios de compra, etc., la carestía general que sufre esta masa: todas son cuestiones que debemos hacer penetrar en su consciencia con una agitación sistemática. No se excluye tampoco crear entre esta masa una organización adecuada. Así, el año pasado se formó en Alemania una federación de obreros agrícolas y pequeños campesinos, pero entonces se vio que no era conveniente formar una federación especial fuera del sindicato, y la federación se disolvió. Pese a ello, los pequeños campesinos de Alemania del Sur nos pidieron que la apoyáramos y que siguiéramos publicando para ellos nuestra revista, porque se interesan especialmente por nuestras ideas. Así, en Alemania hemos llegado a crear para los campesinos una organización más libre, pero que no por ello deja de tener su importancia. Animamos también a los pequeños campesinos a unirse en soviets de pequeños campesinos, no solo para defender sus intereses económicos, sino también para librar la lucha política y social. Debo añadir que hasta ahora este trabajo no ha tenido éxito. En muchísimas aldeas teníamos soviets en las fincas, pero los pequeños campesinos todavía no se han incorporado a ellos; aun así, no hemos abandonado esta agitación. En parte se ha conseguido convencer a los pequeños campesinos de que el reparto de la tierra no les reportará ninguna ventaja particular y de que sería más conveniente unirse en soviets de pequeños campesinos y en cooperativas que administraran en común las grandes fincas expropiadas.
Hay que subrayar que en muchos países, sobre todo en las pequeñas democracias occidentales, los pequeños campesinos son reaccionarios, y por eso, en general, hay que suponer que durante la lucha por la dictadura del proletariado esta masa oscilará unas veces hacia la propiedad privada y otras hacia el proletariado. Precisamente estos pequeños propietarios están desmoralizados por las concepciones capitalistas privadas. Para eliminar esas oscilaciones y ganarnos sus simpatías, debemos ayudarles a tomar consciencia de que también ellos sufren el sistema actual, y explicarles qué ventajas les traerán la dictadura del proletariado y la consolidación del poder estatal proletario. Debemos garantizarles que podrán conservar su pequeña propiedad de la tierra, porque no tiene ningún sentido quitársela, ya que en el periodo de la lucha revolucionaria no hay posibilidad política ni técnica de administrar sobre bases sociales todas esas pequeñas propiedades contra la voluntad de sus dueños. No solo debemos prometer que conservarán su propiedad, sino que debemos hacer también todo lo posible por suprimir la usura que padecen. La liberación del yugo de los impuestos, de la renta del arrendamiento, del peso de las hipotecas: esas son las ventajas que el proletariado debe conceder inmediatamente al pequeño campesinado. Además, deben quedar libres de la dependencia respecto de la gran propiedad territorial en el derecho de uso de los bosques y los pastos. Debe prometérseles ayuda mediante la entrega de edificios, máquinas, aperos y semillas, que han de expropiarse a las grandes propiedades. Por último, hay que decirles que las cooperativas, que hoy están en casi todos los países en manos de los campesinos ricos, se convertirán en organizaciones al servicio exclusivo de los intereses de los pequeños campesinos. En los países donde existe cierta limitación del libre comercio y entrega obligatoria de víveres, hay que decirles también que, aunque esa entrega obligatoria deba mantenerse, el aparato organizativo necesario para llevarla a cabo será y deberá ser arrebatado a la burocracia y puesto en manos de los propios pequeños campesinos. Debe llamarse la atención de los pequeños campesinos sobre el hecho de que, en general, obtendrán ventajas de la socialización de las grandes empresas y del abaratamiento de la maquinaria agrícola. Al mismo tiempo, hay que llevar a cabo una labor educativa sistemática entre los pequeños campesinos. Hay que explicarles su propia situación social. Si la agitación se plantea así, cabe esperar que los campesinos irán en parte con el proletariado o, por lo menos, no se convertirán en adversarios de la dictadura proletaria.
Tomados en conjunto, los grupos de obreros agrícolas, semiproletarios y campesinos parcelarios constituyen un terreno magnífico para el trabajo del partido comunista. Y, tras la conquista del poder por el proletariado, estas tres capas comprenderán que adherirse al poder estatal proletario es la mejor manera de satisfacer sus propios intereses.
Todavía más difícil que con los pequeños campesinos es la cosa con los campesinos medios. Estos emplean en parte fuerza de trabajo ajena y tienen propiedades lo bastante grandes como para producir un excedente de víveres. Esta capa no es en absoluto pequeña. En las tesis se indica que en Alemania (con propiedades de 5 a 10 hectáreas) suma más de medio millón. Está claro que es imposible expulsar a esta capa de sus tierras, porque eso significaría reducir la producción de víveres. Por consiguiente, hay que proceder de otro modo con ella: hay que intentar neutralizarla. Kautsky señalaba que es necesario tratar al campesinado de modo que no preste apoyo activo a la burguesía. Tampoco respecto de los campesinos medios puede hablarse de abolir inmediatamente la propiedad privada. Es posible incluso que haya que darles más tierra, en lo que se refiere a la tierra que ya tenían arrendada; así los campesinos medios obtendrán además la ventaja de que también para ellos quedará suprimida la renta del arrendamiento. Se entiende que todas estas ventajas solo pueden concederse a los campesinos medios a condición de que reconozcan el poder soviético, entreguen víveres y no opongan resistencia.
La experiencia de Rusia muestra también aquí que con esa táctica puede llevarse a los campesinos medios a una actitud leal hacia el poder soviético. Esa actitud hacia los campesinos medios, conservando la propiedad privada, es necesaria, porque la posición de estas capas del campesinado se reduce más o menos a lo que un campesino ruso expresó en una mala ocurrencia: «Estamos con el poder soviético, pero contra el comunismo». Que estos campesinos se someterán y llegarán a un acuerdo con el poder estatal proletario si se sigue con ellos una línea adecuada, lo muestra el ejemplo de Rusia. En el Ejército Rojo, un número considerable de campesinos medios cumple con su deber en la lucha contra el enemigo exterior.
En cambio, los grandes campesinos, que por regla general emplean trabajo ajeno, figuran entre los adversarios más numerosos y decididos del poder soviético, y hay que esperar que no solo ahora (en la época de la lucha por el poder soviético), sino también más tarde (cuando se haya instaurado el poder soviético), empleen todas las formas de sabotaje y de resistencia armada. Hay que tener presente este peligro y prepararse en todos los aspectos para rechazar esa resistencia y aplastarla allí donde se manifieste. Hay que llevar a cabo el desarme de los grandes campesinos. Pero tampoco respecto de estos campesinos es la expropiación la tarea inmediata de la revolución. Hay que quitarles las parcelas de tierra que dan en arriendo y que necesitan los pequeños y medianos campesinos. Pero si oponen una resistencia tenaz, entonces hay que expropiárselo todo de inmediato. Si no es así, dejaremos a los grandes campesinos su tierra. Lo único importante es que se elimine la resistencia política y armada de esta capa. La experiencia de Rusia muestra una vez más que puede lograrse una actitud semileal también por parte de esta capa. En cuanto la victoria de la revolución proletaria esté asegurada, se verá que también los grandes campesinos se atienen a los hechos.
Los grandes terratenientes, una parte de los cuales hizo durante la guerra grandes compras adicionales de tierra, deben ser expropiados inmediatamente, sin excepción y sin indemnización alguna. No puede ni hablarse de la indemnización propuesta por Kautsky y otros independientes. ¿Qué hacer con la tierra expropiada? Lo más natural y conveniente es entregarla, sobre bases sociales, a los obreros agrícolas que hasta ahora la trabajaban. Deben crearse explotaciones soviéticas que, por encargo del poder estatal proletario y como órganos suyos, administren esas fincas, se mantengan a sí mismas y entreguen el excedente al poder soviético. Según las circunstancias, cabe crear explotaciones colectivas que cultiven esa tierra sobre bases cooperativas. Estas dos soluciones son las mejores tanto para los obreros agrícolas y los semiproletarios como para la población urbana, que gracias a ello se hará en parte independiente del campesinado en materia de abastecimiento.
La condición previa para esta solución es que el proletariado agrícola posea cierto caudal de experiencia técnica. Pero como esa condición previa no se da en todas partes, hay que tener en cuenta que en casos especiales pueden hacerse excepciones; excepciones de este tipo se hicieron en Rusia, donde las grandes propiedades fueron repartidas en parte. Esta excepción no es una violación de los principios del comunismo, como quería demostrar Kautsky, porque la tarea principal del poder proletario consiste en asegurar antes que nada su propia existencia y la de la revolución proletaria, en crear las bases del comunismo. Todas las demás cuestiones deben ceder ante esta tarea fundamental. Incluso la reducción de la producción, que puede tener una repercusión muy sensible, no es tan importante como para no pasar a segundo plano ante esta cuestión.
¿Cuándo debe repartirse la gran propiedad territorial? Solo puede hablarse de reparto cuando la finca está arrendada a pequeños campesinos, cuando, por tanto, no se explota como una sola unidad. En ese caso el reparto no significa en absoluto renunciar a la gran producción. Además, el reparto es posible cuando la gran finca está fragmentada y se encaja entre asentamientos de pequeños campesinos. Ahí el hambre de tierra es tan grande que, dadas las condiciones, debe satisfacerse en interés de la seguridad de la revolución. En Alemania del Sur es posible repartir las pocas grandes fincas que hay allí. Y, por último, allí donde el proletariado rural está demasiado atrasado, puede plantearse el reparto entre campesinos experimentados. En todo caso, lo importante es que los propietarios de las fincas no se queden en ellas, sino que sean expulsados; y si sin ellos no puede mantenerse la gran explotación, hay que atraer al campesinado al cultivo de esa tierra. Una vez consolidado el poder proletario, se podrá atraer a los especialistas burgueses a colaborar bajo el control del poder soviético.
La condición previa para ganar al proletariado rural es la lucha decidida del proletariado urbano por la revolución social, una lucha que no se detenga ante ningún sacrificio; en ella los partidos comunistas deben actuar como vanguardia.
Para atraer a las capas que todavía vacilan o que son receptivas a las ideas comunistas, hay que concederles diversas ventajas económicas inmediatamente después de la victoria de la revolución proletaria. Los semiproletarios y los pequeños y medianos campesinos deben sentir que ellos mismos sacan provecho del nuevo orden, y esas ventajas deben concedérseles a costa de los explotadores.
Para acelerar este movimiento en el campo, hay que sumarse a la lucha económica en el campo, en primer lugar al movimiento huelguístico. En casi todos los Estados el movimiento huelguístico ha echado hondas raíces en el campo, y los partidos comunistas deben aprovecharlo para convencer al proletariado agrícola de que la verdadera mejora de su situación no se alcanzará con salarios más altos, sino solo con la victoria de la revolución proletaria. Para sumarse a esta lucha económica, los partidos comunistas deben penetrar en el campo y crear allí sus propias organizaciones. Hay que convencer al proletariado rural de que, para la lucha de liberación, debe organizarse en forma de soviets. A los obreros industriales del campo, que en su mayoría proceden de la población urbana, les corresponde un papel especial en el reforzamiento de este movimiento en el campo, y los partidos comunistas deben dirigirse a ellos para, con su ayuda, llevar el movimiento al campo y consolidarlo. También es necesaria una agitación especial entre los pequeños campesinos. Debe realizarse por todos los medios posibles. En las tesis se dan indicaciones más detalladas sobre cómo puede revolucionarse el campo mediante la agitación, las asambleas, la colaboración en los sindicatos y la discusión de las cuestiones agrarias en el parlamento.
Este es un breve resumen de las tareas planteadas en las tesis que se proponen al congreso. La comisión se ha ocupado detenidamente de las tesis en varias reuniones y ha introducido un número considerable de cambios; en el texto alemán original se han introducido además muchas correcciones de estilo. Estas tesis solo deben dar un cañamazo general para la actividad de los partidos comunistas en el campo. Sería conveniente que los comunistas de cada país elaboraran su propio programa agrario con propuestas específicas. Quisiera señalar que, por ejemplo, el Partido Comunista de Alemania tiene un programa agrario de ese tipo.
En cuanto a los cambios de fondo, en el § 2, en la pág. 33, después de las palabras «trabajo asalariado en las empresas agrícolas capitalistas» se ha añadido: «y en las empresas industriales vinculadas a ellas»; más adelante, después de las palabras «la organización de esta clase», se ha añadido: «incluidos los obreros forestales, los artesanos de las fincas, etc.».
En la pág. 34 se ha añadido: «En algunos países no hay un límite estricto entre el primer y el segundo grupo. Por eso, en condiciones especiales, es admisible su organización conjunta».
En la pág. 38, punto 4, se han tachado varias líneas en las que se oponían los intereses de los campesinos medios a los de los obreros asalariados, a saber, desde las palabras «porque aquí predominan la concepción del mundo y el estado de ánimo de los propietarios» hasta las palabras «el proletariado victorioso». En la pág. 39 se ha añadido: «en la mayoría de los Estados capitalistas no puede ni hablarse de una abolición inmediata y completa de la propiedad privada por el poder proletario».
Los mayores cambios los introdujo la comisión en el § 6. En la redacción original se subrayaban con demasiada fuerza las excepciones a la regla de que la tierra no debe repartirse. La comisión tachó en el párrafo la frase que decía que sería un error no proceder al reparto de la tierra e insertó una frase nueva: el principio de que debe conservarse la gran producción. Los cambios son tan numerosos que no quisiera leerlos todos ahora ante el pleno. Corresponden casi literalmente a la propuesta del camarada Marchlewski. En el texto alemán, en la pág. 43, desde el lugar donde empieza un nuevo párrafo, «Sería, sin embargo, el mayor de los errores...», se ha tachado y modificado todo hasta el párrafo de la pág. 45: «El inventario de las grandes explotaciones...». A partir de ahí sigue el texto antiguo con pequeños cambios. Luego, en la pág. 46, se ha tachado la polémica contra la II Internacional, los independientes alemanes e ingleses y los longuetistas franceses224, porque la misma idea se expresa en otro lugar.
Estos son los cambios esenciales. Para terminar, quisiera señalar de nuevo cuán importante es que los partidos comunistas lleven la revolución social al campo. La victoria solo estará asegurada, sobre todo en Europa central y occidental, cuando el proletariado rural se sitúe en las filas de la vanguardia del proletariado urbano. Las circunstancias especialmente favorables que existían en Rusia, donde también el campesinado estaba interesado en el poder proletario gracias a la consigna «Paz y tierra», desaparecen en parte en Europa central y occidental. Tanto más necesario es que los partidos comunistas se apoyen en el campo en aquellas partes del proletariado rural que sufren el estado de cosas existente en la misma medida que el urbano, y en parte todavía más.
La comisión espera que las ideas aquí expuestas den sus frutos en la práctica de los distintos partidos comunistas en cada país.
Graziadei (Italia). ¡Camaradas! Hablaré en mi propio nombre. Ante todo quiero declarar que, en general, acepto las tesis propuestas por el camarada Lenin, sobre todo después de las enmiendas, dignas de gran atención, que ha introducido la comisión, en particular en la tesis 6.
Pese a la diferencia de contenido, hay una semejanza asombrosa entre las tesis del camarada Lenin sobre la cuestión nacional y colonial y las tesis sobre la cuestión agraria. A cuestiones distintas se aplica un mismo método, que consiste en dividir a los adversarios haciéndoles concesiones según el momento y según a quién se hagan. Es un método que podría llamarse del esfuerzo mínimo para conquistar el poder de manera más fácil y rápida y para crear las condiciones que aseguren su conservación una vez conquistado.
Me limitaré a señalar que esta tendencia encierra un peligro que podría llamarse peligro de oportunismo de izquierda. Pero el hecho de que estas tesis y su aplicación estén confiadas a hombres como el camarada Lenin y los demás camaradas rusos nos da la seguridad de que ese peligro seguirá siendo teórico. Es verdad que, tratándose de otros países y de otras condiciones, puedo aseguraros que no concedería tanta confianza.
Para facilitar la conquista del poder político por el proletariado, las tesis del camarada Lenin dividen a las masas campesinas, analizándolas con toda justeza, en varios grupos, y dicen: a una parte de ellas podemos arrastrarla con nosotros; otra parte puede ser neutralizada. Pero queda aún una parte que siempre nos será hostil y contra la cual debemos librar una lucha incesante.
La segunda parte de las tesis del camarada Lenin trata de qué hacer cuando se haya conquistado el poder. Con las enmiendas introducidas, esta tesis puede aceptarse. No obstante, debo hacer algunas observaciones prácticas. En la tesis sobre los pequeños y medianos propietarios, el camarada Lenin es muy original. Procura evitar dos errores opuestos que hasta ahora han cometido los socialistas. Hay muchísimos socialistas que creyeron librarse de la gran cuestión de los pequeños propietarios diciendo: en realidad están condenados a desaparecer en la sociedad burguesa y, por tanto, no tenemos por qué ocuparnos de ellos. Esta opinión era completamente errónea, porque, ante todo, no es cierto en absoluto que la ley de la concentración del capital se cumpla en todas partes tal como la describió Marx. En todo caso, la forma en que se intentó aplicar la ley de la concentración a los pequeños propietarios era a todas luces absurda. Más aún, comprendéis perfectamente que, al declarar al pequeño campesinado condenado a desaparecer, nos exponemos a un doble peligro: lo ignoramos por completo y lo entregamos en manos de nuestros adversarios. Porque si nos ponemos a demostrar a los pequeños propietarios que deben desaparecer y que queremos aniquilarlos artificialmente, está claro que semejante política armará a millones de personas contra nosotros. El otro error, opuesto al primero, en que incurrieron los socialistas consistía en que, como a su juicio los pequeños campesinos no están condenados a desaparecer, hay que organizarlos y solo después hacer la revolución. Eso significa dejar la revolución para las calendas griegas, y eso es imposible.
El camarada Lenin propone, entre estos dos errores diametralmente opuestos, una posición que considero bastante acertada y aceptable. Dice que debemos mostrar a los pequeños campesinos que, yendo con nosotros, no pueden sino ganar. Bien. Pero, al pasar a la forma de organización y de lucha que se propone para el periodo anterior a la conquista del poder político, debo hacer algunas objeciones. En la penúltima tesis, es decir, en la 8, se habla de la huelga de los obreros agrícolas asalariados, a la que en algunos casos pueden sumarse también los pequeños propietarios. Estoy lejos de negar toda la importancia revolucionaria de las huelgas en el campo —en Italia ha habido huelgas grandísimas, de profundas consecuencias—, pero haré, con todo, las dos objeciones siguientes. No entiendo por qué se dice que en algunos casos los pequeños propietarios pueden tomar parte en la huelga. No creo que eso sea posible. Por otro lado, es erróneo afirmar que la huelga sea en todos los países la única arma principal de lucha. Porque hay países en que las organizaciones de obreros agrícolas asalariados han alcanzado tal fuerza que ya ahora pueden llevar a cabo una política de realización de sus intereses incluso dentro de la sociedad burguesa. Entre nosotros, en Italia, existen organizaciones obreras que se encargan directamente de obras públicas. Hay también cooperativas que compran y toman en arriendo parcelas de tierra para cultivarlas colectivamente. He ahí un medio de lucha y de transformación de enorme importancia que no se puede ignorar. Por eso propongo, al final de la tesis 8, el siguiente añadido: «Solo en un grado muy alto de su organización, en condiciones especiales y en determinados países (por ejemplo, en Italia), las masas rurales más explotadas pueden organizarse también en el terreno de la cooperación (para ejecutar obras públicas, para el cultivo colectivo, total o parcial, de parcelas compradas o arrendadas, etc.). Los comunistas deben prestar atención a estas organizaciones y esforzarse por dirigirlas con el fin, entre otros, de impedir que caigan en compromisos políticos».
Diré aún unas palabras sobre la cuestión de los pequeños propietarios. En muchos países ya se han organizado en cooperativas de compra, venta y transformación de productos. Muy a menudo son nuestros adversarios quienes los organizan. El objetivo principal de los socialistas no es organizar a los pequeños propietarios, pero si entre estos se advierte una tendencia a organizarse, debemos entrar en sus organizaciones, porque hay que entrar en todas las organizaciones donde haya trabajadores. Por eso propongo, al final de la tesis 8, el siguiente añadido:
«En cuanto a los pequeños campesinos, los comunistas deben entrar en sus organizaciones y cooperativas de compra y venta para ejercer sobre ellas una influencia cada vez mayor, con el fin de neutralizar las tendencias contrarias y de dar a esas organizaciones un carácter lo menos estrecho posible».
Observaré además lo siguiente. Acepto, con las modificaciones introducidas por la comisión, la definición de lo que debe hacer el gobierno proletario en cuanto esté en condiciones de ocuparse de la cuestión agraria. Pero, en cuanto a la reorganización de la agricultura, querría hacer un pequeño añadido al final del segundo apartado de la tesis 6. Es completamente cierto que no debemos admitir la indemnización de los grandes terratenientes. Me parece muy oportuno recordar a los socialistas y a los comunistas que eso sería antisocialista y, más aún, anticomunista. Y me parece extraño que camaradas italianos, austriacos y alemanes hayan apoyado la propuesta de indemnizar a los capitalistas. Eso significaría echar una pesada carga sobre las masas rurales. Pero, como de todos modos es necesario facilitar la transformación dentro de lo posible, hay que procurar, pasado el primer periodo de lucha, aprovechar las capacidades de algunos propietarios. Con esta circunstancia hay que contar.
Así pues, propongo al final del segundo apartado de la tesis 6 el siguiente añadido:
«Si la idea de una indemnización en forma de capital debe rechazarse sin reservas, cabe sin embargo, en determinadas condiciones, aceptar un sueldo personal para los antiguos grandes terratenientes cuya edad no les permita trabajar y adaptarse con rapidez a las nuevas condiciones de vida».
Naturalmente, todo dependerá de su conducta política: sería ridículo dar lo que sea a los contrarrevolucionarios. Pero si algunos de ellos aceptan las nuevas condiciones, conviene aliviarles un poco su suerte.
Por último, me parece que en la tesis 3, línea 2, no debería decirse «en todos los países capitalistas», sino «en casi todos los países capitalistas», ya que no en todos los países capitalistas las masas rurales constituyen la inmensa mayoría de la población; en Inglaterra, por ejemplo, son una minoría.
Shablin (Bulgaria). ¡Camaradas! En Bulgaria existe ya en las ciudades una industria bastante desarrollada, mientras que en el campo la forma de propiedad predominante es la pequeña propiedad de la tierra. Los obreros están concentrados en las ciudades, y es ahí donde el Partido Comunista saca sus fuerzas principales. Pero, como el proceso de proletarización de los pequeños propietarios avanza con rapidez y la situación de los pequeños campesinos que han logrado conservar su pedazo de tierra se ha vuelto extremadamente penosa a consecuencia de la guerra, la influencia del Partido Comunista empieza a extenderse también al campo.
La forma de propiedad predominante en el campo búlgaro es la pequeña propiedad de la tierra. En Bulgaria hay 495 000 propietarios de tierra, y la superficie media de cada explotación es de 9 decáreas. Pero estas explotaciones se distribuyen del modo siguiente:
225 000 hasta 50 decáreas
175 000 hasta 100 decáreas
95 000 hasta 1000 decáreas
936 más de 1000 decáreas
La primera categoría, y la más numerosa, la forman semiproletarios a los que no les alcanza la tierra para sus necesidades personales; buena parte del año se ven obligados a trabajar para los campesinos ricos, en las minas, en las fábricas o en las ciudades. Esta categoría nos proporciona el mayor contingente de nuestros cuadros en el campo.
A la segunda categoría pertenecen los pequeños propietarios a los que la tierra apenas les alcanza para cubrir las necesidades inmediatas de su familia; no se sirven del trabajo ajeno y cultivan ellos mismos la tierra. El Partido Comunista trabaja en su medio y ha logrado resultados considerables. En efecto, con la caída de la productividad agrícola, debida a la destrucción de los aperos durante la guerra, la situación económica de esta categoría se ha vuelto muy inestable.
Estas dos categorías —semiproletarios y pequeños campesinos— constituyen en conjunto las cuatro quintas partes de la población campesina de Bulgaria. De la burguesía y del Estado burgués no pueden esperar más que un aumento de los impuestos para cubrir los gastos de la guerra y, por consiguiente, una agravación de la miseria. El Partido Comunista despliega entre ellos una agitación y una propaganda muy intensas. Nuestro partido no oculta a los semiproletarios y a los pequeños campesinos su programa máximo, que exige la socialización de la tierra. La pequeña propiedad de la tierra da entre nosotros un ingreso tan ínfimo, y la miseria de los semiproletarios y de los pequeños propietarios es tan grande, que la idea de la necesidad de aumentar la producción agrícola mediante la propiedad social de la tierra gana cada día nuevos partidarios. Pero al mismo tiempo les declaramos que, una vez en el poder, el proletariado expropiará las tierras de los grandes terratenientes, y no las de los pequeños campesinos y semiproletarios, y dejará libertad para disponer de su tierra incluso a los propietarios medianos. Los semiproletarios y los pequeños propietarios llegarán por sí mismos a la idea de la posesión y el cultivo colectivos de la tierra cuando el Estado proletario les muestre en los hechos las ventajas del nuevo régimen socialista y cuando el empleo de aperos agrícolas perfeccionados, la electrificación de la agricultura y el desarrollo de los conocimientos agronómicos hagan económicamente posibles la posesión colectiva y el cultivo colectivo de la tierra.
Tal es la orientación fundamental de nuestra agitación, que tiene en cuenta la situación real de los semiproletarios y de los pequeños propietarios rurales. Además, procuramos arrancar a las masas trabajadoras de la población campesina de la influencia de la burguesía urbana y rural, de la influencia de los partidos burgueses y pequeñoburgueses, y ganarlas para la revolución proletaria. Hay que subrayar aquí que en este terreno hemos logrado ya éxitos considerables. El Partido Comunista ha creado un periódico comunista para los campesinos; tiene en las aldeas mil organizaciones y grupos comunistas, con 25 000 obreros agrícolas, semiproletarios y pequeños propietarios, a los que prepara para la revolución. Las consignas en favor de los soviets de obreros y campesinos son acogidas con entusiasmo por estas masas, que han perdido su antigua confianza en la burguesía, en el Estado burgués y en el parlamento burgués. Trabajamos para que la mayoría de estas masas esté con nosotros en el momento de la revolución y para, de este modo, con su apoyo, paralizar los esfuerzos de la burguesía por aplastar con ayuda de los campesinos al proletariado revolucionario de las ciudades, que, dicho sea de paso, está ya enteramente imbuido de las ideas comunistas.
Los campesinos medios, es decir, los que venden en el mercado sus productos agrícolas, han acumulado durante la guerra no poco dinero, y muchos de ellos se han enriquecido. Representan en el campo una clase reaccionaria, pero entre nosotros son poco numerosos y tienen poca importancia.
Menos numerosos aún son entre nosotros los grandes terratenientes, que junto con el campesinado medio representan la reacción campesina en la que se apoya actualmente el poder burgués en Bulgaria. Entre nosotros, como en los demás países capitalistas, la burguesía campesina (los propietarios medianos y grandes) ha adquirido una gran influencia y desempeña un papel más importante en la política gracias a su papel predominante en el mercado de los productos agrícolas, cuyos precios han subido considerablemente. Estos campesinos burgueses pertenecen al campo de la reacción y de la contrarrevolución; en la actualidad son aliados de la burguesía urbana tanto en la especulación y la explotación de las masas por medio de los bancos y las sociedades anónimas como en la política sangrienta de estrangulamiento de la revolución proletaria con todas las medidas más crueles a que recurre la dictadura de la burguesía. Pero, lo repito, entre nosotros la burguesía campesina no es más que una capa muy delgada de la población rural, y si logramos atraer a nuestro lado a la mayor parte de los semiproletarios y de los pequeños propietarios, en el momento de la revolución podremos quebrar la resistencia de la burguesía campesina. Por eso en el campo ponemos en tensión todas nuestras fuerzas para organizar a los obreros agrícolas (agrupándolos en un sindicato), pero, sobre todo, procuramos atraer al comunismo a los semiproletarios y a los pequeños propietarios del campo, que constituyen la inmensa y aplastante mayoría de la población rural.
Vemos también con claridad la necesidad de dirigir nuestras fuerzas a neutralizar durante la revolución al campesinado medio. No lo asustamos con la perspectiva de la expropiación de sus tierras, porque, en efecto, con los medios técnicos de que disponemos en la actualidad no podríamos reorganizar de golpe la agricultura sustituyendo la explotación agrícola privada de los propietarios medios por el cultivo colectivo de la tierra. Nuestro objetivo es la expropiación de los grandes terratenientes. Si logramos neutralizar a los campesinos medios, partiremos en dos las fuerzas del bloque reaccionario, al que entonces nos será más fácil quebrar.
En cuanto a la creación de soviets campesinos, pensamos que está estrechamente ligada a la creación de soviets obreros en las ciudades. Cuando la lucha revolucionaria alcance su punto culminante, cuando la clase obrera y los pobres de las ciudades, ampliando la lucha, decidan llegar hasta la creación de soviets y la insurrección armada (porque, para que los soviets de obreros y campesinos puedan existir como órganos revolucionarios para la toma y el ejercicio del poder del proletariado, es preciso que los obreros y los campesinos los defiendan con las armas en la mano), solo entonces habrá que proceder a crear soviets campesinos, de los que formarán parte los campesinos pobres, los proletarios y los semiproletarios del campo. Por eso la delegación búlgara acepta y apoya las tesis propuestas por el Comité Ejecutivo, con las enmiendas introducidas por la comisión y presentadas al congreso por el ponente de la comisión, el camarada Meyer.
Serrati (Italia). He pedido la palabra para evitar que el camarada Wijnkoop me reproche que hago una declaración en el momento de la votación.
A mi juicio, al congreso no le interesa esta cuestión. Es un congreso de camaradas venidos de países industriales y que no saben hasta qué punto es importante la cuestión.
Por lo que a mí respecta, haré solo una declaración: creo que el próximo congreso, que tendrá aún más experiencia, discutirá esta cuestión con mayor detenimiento. Me abstendré en la votación. Personalmente estoy en contra de las tesis, que no me parecen del todo conformes con las exigencias de la revolución en Occidente. Nuestro partido en Italia todavía no se ha pronunciado definitivamente sobre esta cuestión de suma importancia, y no me considero con derecho a imponer mi voluntad a los camaradas que me han delegado en el congreso.
En general, me parece que aquí se confunden las necesidades del periodo posrevolucionario, en el que el Estado proletario tiene que adaptarse por fuerza a ciertas condiciones, con las necesidades del periodo prerrevolucionario, en el que los comunistas están obligados a trazar una línea de demarcación tajante que los separe de todos los partidos burgueses y pequeñoburgueses.
Al igual que las tesis sobre la cuestión colonial y nacional, las tesis sobre la cuestión agraria no tienen en cuenta que las concesiones que se hacen a determinadas capas sociales para atraerlas o, por lo menos, para neutralizarlas en el momento del choque revolucionario pueden resultar muy peligrosas para las capas proletarias y empujarlas por el camino de concesiones cada vez más oportunistas. En general, los pequeños campesinos de Europa occidental son muy ávidos de ganancia y saben muy bien cuál ha de ser su posición política para defender sus intereses. No basta con expresarles nuestra simpatía: necesitan algo práctico. Están por el proteccionismo, contra la industrialización de la agricultura, por la autonomía administrativa. Y eso es lo que les prometieron los partidos que los organizaron. ¿Podemos prometérselo nosotros a nuestra vez? ¿Nos creerán? Además, hay que recordar que en los países más avanzados los campesinos —pequeños y medianos propietarios— tienen ya sus propios partidos, y son partidos reaccionarios. Lo vemos en Suiza y en Francia.
Los pequeños y medianos propietarios y arrendatarios de esos mismos países luchan contra los obreros agrícolas, que ya ahora están dispuestos a expropiarles la tierra. En Italia esta lucha dura ya veinte años, y de vez en cuando se llega a derramar sangre. ¿Podemos decirles que estábamos equivocados?
La pequeña propiedad es una forma de explotación que tiene su justificación en algunas comarcas, sobre todo en la montaña. Los comunistas no deben irritar al pequeño campesinado. Deben tomar algunas decisiones inevitables durante la revolución y después de ella. Deben comprender y hacer comprender que, tras la caída del régimen burgués, son posibles acuerdos incluso con el campesinado medio. Pero antes de la revolución los comunistas están obligados —y en ello les va su interés— a no hacer ninguna concesión a la pequeña burguesía rural, para no perjudicar los intereses de las masas proletarias.
Por estas razones, y porque no conozco bien la opinión de la Dirección de nuestro partido al respecto, me abstendré en la votación.
Sokólnikov225 (Rusia). El camarada Graziadei ha dicho que considera una puerilidad la teoría de Marx aplicada a la cuestión agraria.
Graziadei. No he dicho eso. He dicho que la teoría de la concentración del capital no se confirma en todas partes en el sentido en que se expone en El capital. He dicho que es una puerilidad por parte de algunos camaradas sacar de la ley de la concentración del capital la conclusión de que en el mundo burgués todos los pequeños propietarios deben desaparecer.
Sokólnikov (Rusia). No vale la pena discutir por palabras. El camarada Graziadei ha dicho que la teoría de Marx es errónea en lo que toca a la concentración del capital en la agricultura. El camarada Graziadei es, si no me equivoco, un excelente profesor de economía política, pero en este caso, que atañe a la teoría marxista, creo de veras que se equivoca, siguiendo el ejemplo de los profesores de economía política que más de una vez han declarado que en ciertas cuestiones las teorías marxistas no valen absolutamente para nada. Si de verdad la teoría de Marx no se confirmara en la agricultura, habría que sacar de ahí la conclusión inevitable y admitir que toda la concepción socialista y comunista tiene que venirse abajo, puesto que en la agricultura la teoría de Marx no tendría ningún valor. Es evidente que, si es imposible organizar la producción socialista en la agricultura sobre las bases dadas por el desarrollo del capitalismo, eso supone el hundimiento del régimen socialista en la industria.
Por lo demás, creo que el camarada Graziadei no puede dejar de constatar que los centros de la producción agrícola se han desplazado. Europa central ha dejado de ser el granero de Europa. La gran producción agrícola se encuentra hoy al otro lado del océano. La América del Norte, y en los últimos años también la del Sur: he ahí quién alimenta ahora a la industria europea y permite organizar el abastecimiento de la clase obrera de Europa. Y esto nos obliga a hablar de los cambios que se han producido en Europa y en América durante la guerra y en el último año. Querría también hacer una observación a propósito de lo que ha dicho el camarada Serrati, quien considera que la guerra, lejos de proletarizar al campesino, lo ha enriquecido. Pone como ejemplo a los campesinos italianos, que ahora se han llenado los bolsillos de oro. Me parece que aquí se ha deslizado cierta inexactitud. No cabe duda de que una parte del campesinado, los que tuvieron la posibilidad de vender su grano, producto de su pequeña propiedad, se ha enriquecido, pero de una manera muy relativa. Volveré sobre esta cuestión, pero debo observar ya ahora que un número enorme de campesinos, al contrario, ha quedado arruinado por la guerra. La guerra ha segado a cientos de miles de hombres en el medio campesino. Las masas campesinas están ahora condenadas a la miseria más completa. Muchísimos campesinos han emigrado o se han ido a trabajar a las fábricas. La guerra ha asestado sin duda un golpe terrible a los pequeños propietarios y a los campesinos, llevándolos a la ruina.
Pasemos ahora a la mayoría de quienes tuvieron la posibilidad de vender los productos de su pequeña explotación. Es verdad que se han llenado los bolsillos de dinero. ¡Pero dudo mucho de que sea oro! Son billetes de banco, es papel. Y esa es una forma de expropiación de la propiedad campesina por la guerra imperialista. En realidad, se les ha despojado de su propiedad, se les ha expropiado. A cambio de sus bienes reales han recibido papelitos que casi no valen nada y se deprecian cada vez más. Ha puesto usted como ejemplo a Suiza; pero Suiza no participó en la guerra y, además, es un Estado pequeño. No cabe duda de que en Francia, en Alemania y en Rusia la guerra ha sido una de las formas de expropiación del pequeño campesinado.
Y si el camarada Serrati dice que no cree en la conveniencia real de cambiar nuestra táctica respecto del pequeño campesinado en general, debo constatar que, sin embargo, se ha producido un cambio de táctica por nuestra parte. No es un cambio de táctica del Partido Comunista, sino un cambio en la situación del pequeño campesinado. No se puede comparar la situación del pequeño campesinado en Europa en 1851, en tiempos del golpe de Estado de Napoleón226, con la actual. Se han producido grandes cambios con el desarrollo del capitalismo. El pequeño campesino se ha proletarizado de manera muy marcada y ha caído en una fuerte dependencia del capitalismo. Los grandes bancos, los sindicatos de exportación, las organizaciones capitalistas han creado de diversas maneras al pequeño campesinado, al pequeño propietario de tierra, una situación que poco se diferencia de la del proletario. Y precisamente este cambio en las condiciones de vida del pequeño campesino lo ha convertido en esclavo y enemigo del capitalismo. Por eso el Partido Comunista se dirige en el momento actual a estos pequeños propietarios, a este pequeño campesinado, con mayores esperanzas de éxito.
La situación del pequeño campesino ha cambiado en los últimos años gracias al desarrollo del capitalismo; también la guerra ha producido cambios profundos. De ahí esa proletarización del campesinado que hoy constatamos. La guerra ha sido la causa de la expropiación del pequeño campesinado. Por eso el Partido Comunista puede contar ahora con que los pequeños campesinos y los semiproletarios entren en sus filas y luchen codo con codo con los obreros de las ciudades contra el capitalismo y por la revolución social.
Lefebvre (Francia). Camaradas, he pedido la palabra para discutir algunas afirmaciones de Serrati, que ha construido su argumentación intransigente sobre consideraciones puramente oportunistas y ha declarado que la táctica de los comunistas debe basarse exclusivamente en la alianza con los obreros agrícolas contra los pequeños campesinos. Partía para ello de que los pequeños campesinos no les creerían bajo palabra cuando, al
día siguiente de la toma del poder, los comunistas les digan: «Conserváis vuestras ventajas, e incluso recibiréis otras nuevas».
Me parece —y pido perdón por la palabra— una demagogia desvergonzada decir o defender algo solo en la medida en que se esperan de ello resultados inmediatos y provecho para la propaganda del momento, cuando nos hemos reunido aquí no solo para elaborar un plan de propaganda para el momento presente con vistas a la toma del poder, sino también para estudiar en qué condiciones podremos organizar en nuestros países la sociedad comunista. Además, Serrati ha hablado en nombre de Europa occidental. Me parece que usted ha dicho que las condiciones de Europa occidental son tales que la táctica propuesta en las tesis no puede satisfacer las necesidades de la propaganda.
No comparto esa opinión. Al contrario, creo (hablo aquí solo de Francia, porque la conozco relativamente bien) que se adapta perfectamente a las condiciones de Francia. Ante todo, me parece casi imposible hacer nada teniendo en contra a la masa de los pequeños propietarios de Francia. Por otro lado, sin ir tan lejos como el camarada Sokólnikov y sin compartir su optimismo, creo que la situación puede llegar a ser así en poco tiempo también en Francia. Quiero decir que, si la guerra no ha proletarizado a los pequeños propietarios en Francia, ha ejercido sin embargo una fuerte influencia. Desde luego, los pequeños propietarios campesinos de Francia se han enriquecido en apariencia con la guerra, pero en una sociedad en descomposición las riquezas aparecen y desaparecen con la misma rapidez con que surgieron, y ya puede preverse por qué y en virtud de qué proceso la pequeña propiedad campesina quedará minada por lo que podría llamarse las condiciones de posguerra. En Francia, en interés de la campaña electoral, la gran burguesía parecía en apariencia defender los intereses del pequeño campesinado; pero ahora, después de la ley que se discutió hará cosa de mes y medio, se ve que la gran burguesía ha renunciado abiertamente a defender los intereses del pequeño campesinado en la cuestión del trigo, de modo que dentro de poco la situación de los pequeños propietarios será entre nosotros bastante grave.
Tiene razón Sokólnikov cuando dice que la riqueza de los campesinos es una riqueza de papel. Hay que añadir que hasta ahora los pequeños propietarios se han aprovechado efectivamente de las ventajas que les trajo la guerra, en el sentido de que han redimido sus hipotecas con papel. Ahora los pagos hipotecarios se han acabado entre nosotros, y el papel se queda en las cajas de los campesinos. Y en la actualidad el campesino francés se interesa extraordinariamente por la cuestión de cuánto valen los papeles que tiene que guardar en casa. Pero entre nosotros, como creo que en todas partes, el campesino siente desprecio por quienes piden préstamos, y eso engendra en él desprecio por el Estado capitalista, porque en Francia no hay más política que la de los empréstitos incesantes.
Por esta razón la propaganda comunista despierta entre nosotros la atención más viva. Allí donde no encontraba eco, ahora se la acoge con simpatía. Se compran folletos, se forman grupos, y una política que se granjeara enemigos irreconciliables en esta clase sería de lo más funesta. Más aún, sería imposible organizar la producción agrícola inmediatamente después de la toma del poder sin una estrecha colaboración con el pequeño campesinado. Pero me opongo al punto de vista del camarada Graziadei, que querría que se añadiera a las tesis un párrafo en favor de los grandes terratenientes. Se entiende por sí mismo que aquellos de ellos que se pongan del lado del gobierno soviético serán aceptados como colaboradores y pasarán a ser empleados de las instituciones. Pero no hay por qué añadir a las tesis un párrafo especial: les daría no sé qué derechos.
Meyer (Alemania). Camaradas, me limitaré a unas pocas palabras. Me alegro mucho de que los camaradas italianos hayan tomado parte en la discusión y nos hayan contado algo sobre la cuestión agraria en Italia. Por desgracia, por razones fraccionales, no enviaron representantes a la comisión. Espero que no se nieguen a hacer nuevas comunicaciones en la comisión agraria. Propongo remitir a la comisión las propuestas del camarada Graziadei para que las tome en consideración. Estoy de acuerdo con el camarada Lefebvre en que no hay que mencionar la remuneración de los antiguos grandes terratenientes. El otro añadido, sobre las cooperativas, lo hará de buen grado la comisión agraria de una u otra forma, puesto que ella misma ya ha discutido esa cuestión.
En cuanto al papel de los pequeños campesinos, me sumo a lo que ha expuesto el camarada Sokólnikov. Es completamente cierto que durante la guerra, tanto en los países beligerantes como en los neutrales, una parte del pequeño campesinado no solo cubrió con sus productos sus necesidades personales, sino que además convirtió los excedentes en capital. Así fue, y en parte sigue siéndolo todavía. Pero al mismo tiempo los precios de todos los artículos de primera necesidad, en especial de la ropa y de los aperos agrícolas, han subido tanto y, por otro lado, la carga de los impuestos se ha agravado tanto para las capas pobres de la población que las ventajas que le tocaron también al pequeño campesinado se han reducido a cero. Si esto no se ha hecho sentir aún en todos los países, se hará sentir, y no puede dejar de hacerse sentir con fuerza, en un futuro muy próximo. Estoy plenamente de acuerdo con el camarada Sokólnikov en que hay que señalar ahora a los pequeños campesinos el inevitable empeoramiento futuro de sus condiciones de vida.
Las tesis no contradicen en absoluto el programa socialista. El camarada Serrati está en contra de ellas porque piensa que la Internacional Comunista ha renunciado a la idea de nacionalizar las grandes empresas. Eso no es cierto en absoluto. Solo se ha señalado que en la actualidad la socialización de la pequeña propiedad de la tierra es prácticamente irrealizable. Lo que ocurre es que el proletariado rural, en general, no está suficientemente preparado para la explotación colectiva, y faltan también los medios técnicos. Por eso se hace una concesión y, por el momento, se mantiene la propiedad privada de los pequeños y medianos campesinos y de una parte de los grandes. Se prevén todas las medidas para superar esta fase de transición: la influencia moral sobre los pequeños y medianos campesinos en el sentido de la explotación colectiva y la explicación de todas las ventajas del cultivo social de la tierra. Ese es uno de los caminos propuestos. En segundo lugar, con el fortalecimiento del poder del proletariado, aun al precio de concesiones a determinadas capas de la población rural, se crearán las premisas técnicas para la extensión de la gran producción. El poder estatal del proletariado debe fortalecerse lo bastante como para adueñarse por completo de la gran industria y estar en condiciones de producir más maquinaria agrícola. En cuanto se hayan creado estas condiciones técnicas previas, se abrirá la posibilidad de fusionar esas pequeñas y medianas explotaciones. Así pues, no hay ninguna ruptura con nuestro programa anterior; aquí solo se indican con detalle los caminos que nos llevarán a la socialización de la agricultura. Ese es el sentido de las tesis.
Creo haber respondido así a las cuestiones discutidas aquí en el debate. Propongo aprobar en principio las tesis y remitir a la comisión las propuestas presentadas por el camarada Graziadei. No habrá ya más cambios sustanciales.
Zinóviev. Propongo pasar a la votación de las tesis.
Se aprueban las tesis por unanimidad, con una abstención.
Se levanta la sesión a las 4.
Decimocuarta sesión, miércoles 4 de agosto de 1920 (tarde)
Zinóviev. En nombre de la presidencia propongo votar la siguiente lista de camaradas, a los que se encarga la redacción definitiva de todas las tesis. (Votación.) Pasamos a la cuestión de los estatutos. Como ponente tiene la palabra el camarada Kabakchiev.
Kabakchiev227 (Bulgaria). ¡Camaradas! Examinaré en primer lugar los principios fundamentales en que se basan los estatutos de la Internacional Comunista propuestos por el Comité Ejecutivo; después me detendré en las objeciones más importantes formuladas en la comisión.
El hundimiento de la II Internacional se produjo cuando la burguesía logró destruir la solidaridad internacional del proletariado. Por eso una de las primeras tareas de la III Internacional es restablecer la solidaridad proletaria. Solo mediante la lucha revolucionaria dirigida a derribar el régimen capitalista pueden crearse las condiciones previas necesarias para la solidaridad y la unidad del proletariado de los distintos países. La necesidad de la unidad en la lucha revolucionaria del proletariado de todos los países resulta evidente ya por el solo hecho de la unidad internacional de la contrarrevolución. Esta está organizada y encabezada en la actualidad por la Entente, por el consejo supremo de los gobiernos de las grandes potencias capitalistas y por su agencia y criatura, la «Sociedad de Naciones». La cohesión y la centralización de las fuerzas del proletariado son la condición fundamental del éxito de la revolución proletaria en la lucha contra el frente unido de la contrarrevolución burguesa. La única organización que realizará esa cohesión de las fuerzas del proletariado del mundo entero solo puede ser la Internacional Comunista.
Otra causa del hundimiento de la II Internacional es que admitía en sus filas a todos los partidos sobre la base de sus propias declaraciones orales o escritas, sin procurar en absoluto conocer la táctica real de esos partidos que se adherían a ella. Toleraba en sus filas a partidos cuya conducta y táctica estaban en su conjunto en una contradicción espantosa con la táctica del proletariado revolucionario. Más aún, admitía a partidos pequeñoburgueses que no tenían nada que ver con el socialismo. La experiencia de la II Internacional nos enseña que, para cumplir sus tareas y alcanzar su objetivo, la III Internacional debe llegar a ser una organización poderosa, disciplinada, rigurosamente centralizada, que controle, dirija y coordine la actividad práctica, las acciones revolucionarias del proletariado de todos los países.
La victoria del proletariado revolucionario de Rusia nos ha demostrado claramente la necesidad de una fuerte centralización de cada partido comunista y, por consiguiente, de la propia Internacional Comunista. El Partido Comunista de Rusia puede servirnos de modelo y de inspiración no solo por su clarividencia política y por su acción marxista consecuente, sino también por la disciplina de hierro y la estricta centralización de su organización. El principio del centralismo y de la disciplina de partido del Partido Comunista de Rusia, que se manifestó durante toda la actividad revolucionaria del proletariado ruso, se reforzó aún más tras la toma del poder: se aplicó también a la organización de la República Soviética y contribuyó a consolidar sólidamente las conquistas de la revolución. Sin una organización centralizada y disciplinada, el proletariado ruso no habría vencido; sin una organización igualmente centralizada y disciplinada, el proletariado internacional no destruirá la dominación del capital. Es imposible imaginar cómo podría el proletariado, sin centralización, vencer la dominación de la burguesía y el Estado burgués, ese aparato de clase centralizado que dispone de todos los terribles medios de coerción.
Coincidimos en que la victoria de la revolución proletaria solo es posible en la forma de la dictadura del proletariado. Por eso, quien dice «dictadura del proletariado» debe dar por supuesta, en la clase que ejerce esa dictadura y en el partido que dirige a esa clase, la existencia de una organización centralizada y muy disciplinada. Sin esa disciplina de hierro y sin esa organización centralizada, la Internacional Comunista no puede contar con realizar la dictadura proletaria. La tarea de la Internacional Comunista consiste en unir y organizar en una alianza de combate a los partidos políticos y demás organizaciones proletarias revolucionarias del mundo entero.
La crisis económica, resultado de la guerra imperialista, ha creado en la mayoría de los países capitalistas una situación revolucionaria que asegura un rápido desarrollo de la Internacional Comunista. La Internacional Comunista debe atraer a las organizaciones de las masas proletarias. Pero, para que el rápido crecimiento de la Internacional Comunista no amenace la integridad de su táctica revolucionaria, no hay otro medio más decidido de precaverse contra ese peligro que la organización sobre la base de un centralismo consecuente. La aprobación de las tesis propuestas al congreso no es todavía garantía suficiente de que los partidos que se adhieren a la Internacional Comunista permanezcan fieles a sus principios y a su táctica. Al contrario, solo la adopción del centralismo en la organización y la sumisión sincera y voluntaria a los estatutos de la Internacional Comunista servirán de punto de apoyo a todos los partidos que ya se adhieren y que en el futuro puedan adherirse al comunismo.
Los estatutos propuestos trazan las bases de la organización de la Internacional Comunista. Esta deberá desarrollarse, sobre todo en el futuro, a medida que se fortalezca y se desarrolle el movimiento revolucionario del proletariado internacional. Una de las principales objeciones de principio que se hicieron al proyecto de estatutos se refiere al pasaje de la parte general donde se dice: «La Internacional Comunista se propone como fin la lucha armada para derribar a la burguesía internacional». Los camaradas que hicieron observaciones sobre este punto razonan así: 1) no hay que reconocer ni declarar abiertamente que la Internacional Comunista, para alcanzar sus fines, debe servirse de la fuerza armada; 2) por otro lado, si en los estatutos se habla solo de «lucha armada», puede sacarse la conclusión de que todos los demás medios de lucha quedan rechazados y de que la Internacional Comunista solo reconoce como medios de lucha los fusiles y las ametralladoras. El primer argumento no resiste ninguna crítica seria. Ya hace setenta años, los fundadores del socialismo revolucionario, Marx y Engels, terminaron su célebre Manifiesto comunista con la siguiente declaración: «Los comunistas consideran superfluo ocultar sus ideas y propósitos. Declaran abiertamente que sus fines solo pueden alcanzarse derrocando por la violencia el orden social existente».
¿Es posible hoy, cuando tenemos ante nosotros el ejemplo de la revolución proletaria rusa (una revolución que ha vencido gracias al empleo de las armas), cuando el gran Ejército Rojo victorioso asesta golpes mortales al imperialismo de la Entente y despeja el camino a la revolución proletaria mundial, cuando declaramos que vivimos una época revolucionaria, cuando la burguesía organiza abiertamente contra nosotros a los guardias blancos y comienza la guerra civil en toda una serie de países, es posible, después de todo esto, que se nos proponga ahora seguir callando y se obligue a la Internacional Comunista a silenciar la necesidad de emplear los medios de lucha más poderosos, de los que depende la victoria definitiva de la revolución proletaria? No, camaradas, la Internacional Comunista proclamará a los cuatro vientos en sus estatutos la necesidad de recurrir a la lucha armada. Es inútil ocultar el empleo de ese medio; eso no nos librará de las persecuciones de la burguesía dominante, porque, hay que decirlo abiertamente, la burguesía conoce perfectamente nuestros verdaderos fines revolucionarios y nuestros medios de lucha, y precisamente porque se da buena cuenta de ello organiza la guardia blanca en ayuda de los demás medios que tiene a su disposición. Ante el mundo entero, la Internacional Comunista debe declarar abiertamente que las consignas de la revolución que viene solo pueden ser la lucha a vida o muerte, la lucha con las armas en la mano contra el capitalismo, por el comunismo.
Del mismo modo podemos responder a los camaradas de la comisión que han considerado peligroso declarar (véase el § 12 de los estatutos) la necesidad de crear organizaciones ilegales junto a las legales. Si la burguesía de un país dado hubiera considerado necesario en su interés poner fuera de la ley al partido comunista, lo habría hecho hace tiempo; cuando lo crea necesario, lo hará, como ya lo ha hecho en toda una serie de países.
Ahora bien, ¿puede eso servir de motivo para que el partido comunista oculte sus fines y se abstenga de propagar la idea de la necesidad de la lucha armada? De ningún modo. En estas condiciones, silenciar la cuestión de la necesidad de crear también organizaciones ilegales es una precaución superflua que siembra confusión. Más aún, camaradas, esa cautela diplomática es peligrosa, porque hoy la organización ilegal no es menos importante que la legal, y no solo importante, sino del todo necesaria, inevitable. Y, como sabéis, el congreso ha aprobado ya unas tesis que responden sin rodeos a esta cuestión y obligan a construir organizaciones ilegales. Los camaradas que ya han votado esas tesis, y el congreso que las aprobó, se contradirían a sí mismos si se negaran a aprobar este párrafo de los estatutos. Suprimiendo de los estatutos el punto sobre las organizaciones ilegales no evitaremos los golpes de la burguesía; aprobando ese punto y creando organizaciones ilegales, sabremos frustrar las maquinaciones de la burguesía y escapar a su vigilancia. Para eso necesitamos la experiencia y la destreza de los revolucionarios.
La cuestión de la composición del Comité Ejecutivo suscitó en la comisión vivos debates. Se hicieron las siguientes objeciones de fondo: algunos camaradas, partiendo de la debilidad del partido comunista de su país, declararon que les era imposible prescindir siquiera de un camarada para delegarlo a trabajar de manera permanente en el Comité Ejecutivo. Por otro lado, se señaló que los partidos comunistas de algunos países no podrán mantener un enlace regular con sus delegados en el Comité Ejecutivo y que, por consiguiente, esos delegados estarán mal informados de la situación de su país y del estado del movimiento revolucionario. Estos argumentos me parecen de poco peso comparados con el papel que desempeña y debe desempeñar la Internacional Comunista y su Comité Ejecutivo. Si es cierto que vivimos una época revolucionaria en la que cada día plantea a la Internacional Comunista tareas importantes, inaplazables y de alcance mundial; si es cierto que la Internacional Comunista debe ser una poderosa organización de combate centralizada, se sigue de ello que debe estar dirigida por un centro en el que estén representados de manera permanente los partidos comunistas más fuertes. Las tareas de la Internacional Comunista son tan grandes que es necesario que cada partido comunista elija en su seno a un camarada a la altura de esas tareas, que asegure a la vez la representación de su partido y su estrecha relación con la Internacional Comunista. En sus decisiones, el Comité Ejecutivo no podría basarse en un análisis de la situación internacional real si no contara en su seno con representantes de los grandes partidos comunistas de los distintos países. Además, cabe temer que los partidos comunistas que no tengan representantes en el Comité Ejecutivo se nieguen en algunos casos a considerar obligatorias para ellos las decisiones del Comité Ejecutivo, alegando que este no tiene en cuenta la situación real de su país o que toma decisiones sin consultarlos.
Algunos camaradas se pronunciaron por que el Comité Ejecutivo se constituyera con representantes de todos los partidos adheridos a la Internacional Comunista, concediendo a cada uno de ellos voto deliberativo. Los camaradas que presentaron esta propuesta temen que, de lo contrario, los partidos pequeños y los países pequeños queden sin representación en el Comité Ejecutivo. Yo represento a un país pequeño, pero con un partido comunista fuerte que agrupa a obreros y campesinos, y estoy convencido de que el congreso, al designar a los candidatos al Comité Ejecutivo, tendrá en cuenta no la extensión del territorio de cada país, sino la fuerza real de los partidos comunistas. En cambio, si se concediera a todos los partidos que forman parte de la Internacional Comunista el derecho a tener sus representantes con voto deliberativo en el Comité Ejecutivo, este podría convertirse en un aparato demasiado pesado y correr el riesgo de quedar encabezado por partidos pequeños y débiles y de no tener nunca una composición bien definida. El Comité Ejecutivo debe ser constituido definitivamente por el congreso no desde el punto de vista de las personas que lo integran, sino desde el punto de vista de los partidos que han de estar representados en él. Basta con que los estatutos permitan a todos los partidos estar representados en el Comité Ejecutivo con voto consultivo.
En la comisión se discutió la cuestión de conceder al Comité Ejecutivo el derecho a expulsar a personas, grupos e incluso partidos «que infrinjan las resoluciones del congreso mundial» (§ 9 de los estatutos). Pero este derecho no es más que la confirmación efectiva de todos los demás derechos que los estatutos conceden al Comité Ejecutivo. ¿Podrían acaso las decisiones del Comité Ejecutivo tener la autoridad necesaria y fuerza obligatoria si este no dispusiera de ese derecho de expulsión? No conceder ese derecho al Comité Ejecutivo significa volver a la vieja práctica de la II Internacional.
Por último, los estatutos conceden al Comité Ejecutivo el derecho a admitir con voto consultivo a representantes de organizaciones y partidos que simpatizan con el comunismo.
Se planteó también la cuestión de si el Comité Ejecutivo tiene derecho a admitir con voto deliberativo a dos partidos de un mismo país. La comisión no resolvió esta cuestión y la dejó abierta en los estatutos. Creo que en la Internacional Comunista debe haber un solo partido comunista por cada país; es una condición necesaria para preservar la unidad del movimiento comunista en cada país. Si la Internacional Comunista empieza a seguir el ejemplo de la II Internacional, es decir, a admitir en sus filas a dos o más partidos de un mismo país, que rivalizan entre sí y cuya discordia ha sido creada a veces por elementos poco conscientes, y en ocasiones inspirada y sostenida por la propia burguesía, el desarrollo del movimiento comunista se verá frenado.
La experiencia que ha hecho el Comité Ejecutivo con los burós auxiliares de Ámsterdam y de Berlín228 nos demuestra la necesidad de subordinar directamente al Comité Ejecutivo todos sus burós y órganos y de limitar su acción al marco de las directivas del Comité Ejecutivo. Solo así crearemos una organización comunista internacional centralizada y disciplinada.
Bamatter (Suiza). La comisión encargada de examinar los estatutos encomendó a la comisión de redacción que introdujera en ellos los cambios de redacción y las enmiendas. No ha sido un trabajo fácil para nosotros, porque nos servían de base tres proyectos traducidos del ruso y ninguna de las traducciones era correcta; por eso todavía no podemos daros el texto definitivo de los estatutos, y solo os leeré las enmiendas y los cambios de principio y de estilo que ha aprobado la comisión de redacción. Los estatutos deben volver una vez más a la comisión.
En la traducción alemana, en la primera línea del segundo párrafo, falta una frase que debe insertarse. En el texto francés de los estatutos esa frase figura. Hay además pequeños cambios de estilo que no voy a leer. En la página 2 se ha introducido un cambio sobre el que hubo largas discusiones en la comisión. Se trata de la línea en que se dice: «La Internacional Comunista se propone como fin, etc.». Se ha cambiado de este modo: «La Internacional Comunista se propone como fin la lucha por todos los medios, también con las armas en la mano», etc. Otro cambio se ha introducido en la página 3, en el primer párrafo; la última frase de ese párrafo dirá: «La Internacional Comunista se compromete a apoyar con todas sus fuerzas a toda república soviética dondequiera que se constituya». Los párrafos 1, 2 y 3 se aprobaron por unanimidad sin cambios. En el § 4 se introdujo en la segunda frase el siguiente cambio: en lugar de «El congreso mundial se reúne por regla general no menos de», «El congreso mundial se reúne por regla general una vez al año». Se suprimieron la tercera frase y la última del § 4. Los párrafos 5, 6 y 7 se aprobaron sin cambios sustanciales. En el § 8 se introdujeron algunos cambios de estilo; por ejemplo, antes decía: «El peso principal y la responsabilidad», y ahora: «La parte principal del trabajo en el Comité Ejecutivo», etc. Más adelante, en la penúltima frase del § 8, en lugar de «los 10 partidos más grandes», «los 10 a 13 partidos comunistas más importantes». Al final del § 9 se añadió: «Los representantes del Comité Ejecutivo cumplen sus misiones políticas en el más estrecho contacto con el Comité Central del partido comunista del país correspondiente». La última frase del § 10 dice ahora: «que simpatizan con la Internacional Comunista y se acercan a ella». El párrafo 11 se aprobó sin cambios. En el § 12, después de la frase: «La situación general en toda Europa y América obliga a los comunistas del mundo entero a crear organizaciones comunistas ilegales paralelamente a la organización legal», se añadió: «El Comité Ejecutivo está obligado a velar por que esto se lleve a la práctica en todas partes». La primera frase del § 13, en lugar de: «Por regla general, todas las comunicaciones políticas más importantes, etc.», dice ahora: «Por regla general, todas las relaciones políticas más importantes entre los distintos partidos que forman parte de la Internacional Comunista se llevan a cabo por medio del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista». En el § 14, en la primera frase, en lugar de «bajo el control» figura «bajo la dirección del Comité Ejecutivo». En la segunda frase, en lugar de «Los sindicatos comunistas envían», «Estos sindicatos envían». En el § 15 se introdujo el siguiente cambio: «La Internacional Comunista de la Juventud es miembro de pleno derecho de la Internacional Comunista y está subordinada a su Comité Ejecutivo». Se suprimió la última frase del § 15. Los párrafos 16 y 17 se aprobaron sin cambios.
A esto se reducen todos los cambios. Los estatutos corregidos se distribuirán más tarde.
Bilan (Partido Comunista Obrero de América229). Los estatutos de nuestra organización son una de las cuestiones más importantes que hemos de resolver. El ponente ha señalado que la disciplina del Partido Comunista de Rusia lo ha ayudado a desempeñar un papel tan enorme. Por eso debemos valorar con rigor los estatutos y, una vez aprobados, tratarlos con la debida seriedad, estar dispuestos a aplicarlos en toda su extensión y no considerarlos un simple pedazo de papel. Debo señalar que en las traducciones de los estatutos a las distintas lenguas han aparecido discrepancias, y por eso los miembros de la comisión no han podido llegar a un acuerdo en algunas cuestiones.
En la cuestión de la lucha armada es necesario cambiar la redacción. A mi juicio, el texto de este apartado está formulado de tal modo que la noción de medio puede confundirse fácilmente con la de fin.
Ahora bien, debemos presentar la lucha armada no como el fin del movimiento revolucionario, sino como un medio a cuyo empleo nos vemos obligados. Debemos también determinar con claridad en qué circunstancias esa lucha armada se vuelve una necesidad. De lo contrario, si llamamos a ella «en general», no está excluido que se repitan casos en que las acciones anarquistas de un puñado de dinamiteros se consideraron lucha armada en el espíritu de la Internacional Comunista. Si proclamamos la necesidad de la lucha armada como regla general, sin tener en cuenta las condiciones de cada país, es decir, si las premisas han madurado lo suficiente y si esa lucha armada es realmente necesaria y prácticamente posible, puede ocurrir que en algunos países donde aún no se dan las premisas para semejante lucha ese llamamiento actúe como una provocación. Como ejemplo citaré el Partido Comunista Obrero de Alemania, que no trató la idea de la lucha armada con la debida seriedad, lo que tuvo consecuencias nocivas. En la comisión presenté varias enmiendas a algunos párrafos de los estatutos, que sin embargo la comisión rechazó. Por eso las someto a la discusión del pleno. Presento el siguiente añadido: «La Internacional Comunista se propone como fin el derrocamiento de la burguesía internacional para liberar a la humanidad de las cadenas de la esclavitud y de la explotación. Está dispuesta a servirse de la lucha armada contra la burguesía internacional como el mejor medio para alcanzar ese fin».
Además, en el § 12 se dice: «La situación general en toda Europa y América, etc.». Pero hay países donde todavía existe la posibilidad de hacer agitación y trabajo legales en interés del comunismo, y si dejamos este párrafo con esa redacción daremos a los gobiernos la posibilidad de señalar que los partidos de esos países pertenecen a la III Internacional y que esta llama a construir organizaciones ilegales. Eso les daría pretexto para perseguir a los camaradas incluso allí donde, en otras condiciones, tal vez habrían tenido la posibilidad de luchar legalmente. Por eso propongo modificar ligeramente el párrafo mencionado, suprimiendo las palabras según las cuales los partidos pertenecientes a la III Internacional deben crear obligatoriamente organizaciones ilegales. En mi redacción, este párrafo diría: «La situación general en toda Europa y América obliga a los comunistas del mundo entero a crear organizaciones comunistas».
Wijnkoop (Holanda). En la comisión no voté los estatutos, y creo que no se podía hacerlo, porque primero deben someterse al examen de los partidos de cada país. Considero que los estatutos son una cosa muy importante y que en cada país deben saber con exactitud lo que hemos decidido al respecto. Eso solo es posible después de que los partidos de cada país hayan discutido esta cuestión. La discusión de esta noche aquí y la discusión en la comisión no bastan todavía. Por eso no voté en la comisión y me abstendré también en el pleno. Declaro que los estatutos son un asunto muy importante, porque creo que deben llevarse a la práctica, hacerse realidad, y eso solo es posible si recogen lo que los distintos partidos, en los distintos países, tras la discusión correspondiente, expresen como su voluntad.
Para mí lo más importante es el § 8, donde se dice: «La parte principal del trabajo en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista recae en el partido del país donde, por resolución del congreso mundial, tiene su sede el Comité Ejecutivo», etc. Parecería que aquí se forma un Comité Ejecutivo internacional, pero en realidad no es así: se forma un Comité Ejecutivo ruso ampliado. Que se me entienda bien: no tengo nada en contra de un Comité Ejecutivo ruso, si hace falta, y quizá ahora haga falta. Si realmente no podemos tener un Comité Ejecutivo internacional, debemos tener uno ruso, porque el partido ruso es el más revolucionario y el más fuerte. No tengo nada en contra, pero entonces hay que decirlo así, no hay que aparentar que tendremos un Comité Ejecutivo internacional. Hay que decir: en el momento actual solo podemos tener un Comité Ejecutivo ruso; el presente congreso pone el poder ejecutivo en manos del Comité Ejecutivo ruso. Yo estaría a favor.
Pero ¿por qué creo que se trata solo de un comité ruso ampliado, y por qué pienso que en el momento actual no se puede tener otro Comité Ejecutivo? Porque no veo el bloqueo con tanto optimismo como algunos camaradas. Sigue existiendo para Rusia y quizá no se afloje tan pronto, aunque hay quien piensa que ya se ha aflojado. Si así fuera, mi argumento estaría, naturalmente, fuera de lugar. Pero por ahora no es así. Daré un solo ejemplo: si estamos aquí, es decir, si enviamos aquí a delegados de los partidos más grandes, esos delegados no podrán seguir la situación mundial, porque no recibirán ninguna información sobre la política mundial. No estarán suficientemente al tanto de lo que ocurre en las organizaciones de los distintos países; solo sabrán lo que pasa aquí. Si se envía aquí a los diez mejores hombres del movimiento internacional, perderán el contacto con su propio país, solo recibirán información de Rusia y, tengan más o menos carácter e inteligencia, tendrán que guiarse por la información rusa y seguir al Comité Ejecutivo ruso. No puede ser de otro modo, no es concebible de otro modo, porque perderán el contacto con su propio país. Cuando el Comité Ejecutivo tome resoluciones, es posible que en los países de donde vinieron esos delegados se diga: allí está nuestro dirigente, también él estuvo presente y, sin embargo, se tomó tal o cual resolución que quizá no sirve, porque no tiene en cuenta la situación real de los países de Europa y América. ¿Qué dirán los obreros de esos países? Se apartarán aún más de su dirigente, que vino aquí para mantener el contacto entre Moscú y el mundo exterior, porque verán que ha perdido la comprensión justa de la situación mundial. Por consiguiente, creo que así no se puede. He presentado la propuesta de que el Comité Ejecutivo tenga su sede fuera de Rusia. A mi juicio, esta cuestión debe discutirse aquí. He propuesto que el Comité Ejecutivo resida en Italia o en Noruega, porque creo que el movimiento obrero es allí ahora lo bastante fuerte como para lograr que pueda reunirse allí un Comité Ejecutivo internacional. El camarada Levi ha propuesto trasladar el Comité Ejecutivo a Alemania. No tengo nada en contra de Alemania, como tampoco de Noruega e Italia, por un lado porque allí hay un movimiento obrero bastante fuerte y, por otro, porque allí se está informado de la situación mundial. La delegación rusa también puede ir a Noruega o a Italia. El camarada Levi cree que puede ir también a Alemania. Propongo que se discuta esta cuestión. Si el congreso considera imposible cambiar la sede del Comité Ejecutivo, entonces en el momento actual no puede haber un Comité Ejecutivo verdaderamente internacional, y habrá que conformarse con uno ruso. Y esta cuestión es muy importante, porque damos al Comité Ejecutivo un poder muy grande, que llega tan lejos que el Comité Ejecutivo puede incluso expulsar a partidos enteros, a grupos y a personas. Pero solo puede hacerlo si conoce con exactitud la situación de los distintos países. Por eso considero que no se pueden aprobar los estatutos en su forma actual sin que se discutan en cada país.
Zinóviev. Se ha presentado la propuesta de cerrar la lista de oradores. ¿Hay alguna objeción? (Se aprueba la propuesta.)
Levi (Alemania). Las cuestiones que aquí se examinan son tan serias que es una gran lástima que se discutan ahora, cuando los delegados, por el cansancio, ya no están en condiciones de seguir el debate.
Ante todo, propongo suprimir del § 8 las palabras «por lo menos». La frase quedaría entonces así: «El partido del país correspondiente envía al Comité Ejecutivo 5 representantes suyos con voto deliberativo». El añadido «por lo menos» puede dar lugar a malentendidos y puede sacarse de él la conclusión, que a mi juicio no entraba en las intenciones de quienes propusieron el proyecto, de que el país en el que tiene su sede el Comité Ejecutivo tiene derecho a delegar en el Comité Ejecutivo cualquier número de representantes. Debe tener cinco representantes, ni más ni menos.
Además, a mi juicio, en el discurso del camarada Wijnkoop hay algo de cierto, a saber, que todo representante que sea delegado aquí desde el extranjero perderá al cabo de algún tiempo el vínculo vivo con el partido de su país. Yo no lo formularé como el camarada Wijnkoop, como si poco después de que el delegado se encuentre en suelo ruso tuviera que valerse exclusivamente de información rusa, sino así: desde el momento en que llegue a Rusia, solo dispondrá de las fuentes de información de que disponen los camaradas rusos.
Cuando el camarada Rádek objeta que en cualquier otro país ocurriría lo mismo, eso es cierto en principio, pero en la práctica las cosas son de otro modo. Allí, por ejemplo, no se da la situación de que las cartas y los periódicos, aunque sea desde Alemania, tarden 10 días en llegar. Y considero que esto originará sin duda grandes dificultades, pues cuando el Comité Ejecutivo tenga que resolver cuestiones, la insuficiente posibilidad de información influirá sin duda en sus decisiones. Hasta qué punto esto responde a la realidad lo mostré ayer en la comisión con un ejemplo. Los camaradas rusos dieron un encargo a los camaradas holandeses. Cuando en Alemania nos enteramos, dijimos enseguida que era un error. Y cuando en Holanda se conocieron esos poderes, se dijo enseguida lo mismo.
De todo esto no saco la conclusión de que el Comité Ejecutivo no deba permanecer aquí —hay otras razones que hablan con demasiada fuerza a favor de ello—, sino que digo: debemos crear la posibilidad de que las decisiones importantes que no admiten demora se tomen de manera que los representantes que han venido aquí expresamente con ese fin puedan realmente adoptarlas. Por eso presento la propuesta de añadir al § 8: «El pleno del Comité Ejecutivo se reúne cada tres meses». Con ello, a mi juicio, se dirá lo que hay que decir para garantizar que las decisiones especialmente importantes las tomen representantes de los partidos que están precisamente al corriente de esas cuestiones y se hallan en el más estrecho contacto con su partido.
Además, propongo modificar el § 12 del modo siguiente: suprimir hasta las palabras «el Comité Ejecutivo» e introducir en su lugar: «El Comité Ejecutivo está obligado», etc. En mi opinión, no hace falta reservar en los estatutos un lugar especial a las organizaciones ilegales aquí previstas. Lo que teníamos que decir sobre las organizaciones ilegales figura ya en alguna de nuestras tesis. Por tanto, basta por completo la disposición general de que el Comité Ejecutivo debe ocuparse de llevar a la práctica las decisiones del congreso. Con esto queda todo dicho, y creo que muchos partidos que se han adherido a la Internacional Comunista no harán más que ganar si no se mencionan esas organizaciones ilegales.
Gallacher (Inglaterra, shop stewards). Los estatutos que aquí se han leído exigen la creación de un partido comunista único, pero los comunistas de Inglaterra que actúan ahora bajo la bandera del Partido Comunista inglés se agarran en realidad con una mano a la III Internacional y con la otra a la II. No se han situado definitivamente en la plataforma de la III Internacional. El Partido Socialista Británico se considera también un partido comunista, y sin embargo forma parte del Partido Laborista. El Partido Laborista es un conglomerado de diferentes partidos que sostienen puntos de vista opuestos. Veo en ello una contradicción que me da motivos suficientes para plantear la cuestión de si el Partido Socialista Británico puede considerarse de verdad un partido comunista. El camarada Rádek me preguntó si yo mismo no pertenezco al Partido Laborista como funcionario de una trade-union. Le respondí que no soy funcionario, sino miembro del sindicato. Hay una diferencia entre quien se ve obligado a entrar en una organización obrera y quien ingresa voluntariamente en una organización que en modo alguno es comunista. Para tomar realmente el poder en nuestras manos, debemos ocuparnos en primer lugar de levantar a los obreros a una lucha decidida contra los capitalistas y los industriales. Ese es el primer paso y el más importante. Después debemos crear una organización que represente la fuerza material necesaria para la lucha armada. El Partido Socialista Británico, al que aquí se considera un partido comunista, está en realidad, por su espíritu, en contra de la lucha armada o física. Tiene una orientación pacifista, aunque el camarada Quelch lo niegue. Sin embargo, él mismo ha dicho que está en contra de todo empleo de la violencia en esta lucha.
El movimiento sindical en Inglaterra nunca podrá ser ganado para el comunismo. Al contrario, debemos considerar esa organización como un instrumento para defender el capitalismo contra la revolución social. Algunos delegados, representantes de las trade-unions, que vinieron aquí y fueron recibidos con los brazos abiertos, hablaron a su regreso a Inglaterra en mítines de masas y contaron cómo se les había agasajado aquí. Pero cuando se trata de luchar de verdad por la causa obrera, participan en los tribunales de arbitraje y con ello perjudican la lucha revolucionaria.
Reed (EE. UU.). No estoy de acuerdo con los camaradas que quieren suprimir de las tesis el punto sobre la insurrección armada. Lo digo basándome en la experiencia norteamericana. Los obreros no comprenderán cómo se ha podido pasar en silencio una cuestión tan importante. Al enterarse, interpretarían ese silencio como miedo del partido a las consecuencias. La experiencia ha demostrado que, por muy legalmente que nos expresemos, el gobierno, cada vez que necesita promulgar una ley de excepción contra los comunistas o los revolucionarios, sabe interpretar las formulaciones más legales como ilegales. Por esta razón estoy en contra de suprimir este punto. Además, quisiera que el § 14, que habla de la Internacional Roja de los sindicatos, no se incluyera en los estatutos o, por lo menos, no se sometiera
a votación hasta que toda la cuestión del movimiento sindical haya sido examinada en la comisión y discutida en el congreso. Ayer se declaró de manera terminante que todas las cuestiones relacionadas con los sindicatos serían examinadas primero por la comisión y solo después pasarían a discusión del congreso. Además, aquí se ha señalado que el vínculo de la Internacional de los sindicatos con la Internacional Comunista no debe ser demasiado estrecho. Pero, según el § 14, la Internacional de los sindicatos parece que ha de convertirse en una sección de la Internacional Comunista en su conjunto. Os llamo la atención sobre el hecho de que, según los nuevos estatutos, incluso a la Internacional de la Juventud se le concede una autonomía mucho mayor que a la Internacional de los sindicatos, y por eso os rogaría que no sometierais ahora esta cuestión a votación.
Fraina (EE. UU.). Ante todo, quisiera subrayar lo que Reed ha dicho sobre la Internacional de los sindicatos. Es una cuestión importante. Del mismo modo que hemos destrozado la II Internacional socialista, debemos destrozar ahora la Internacional sindical de Ámsterdam. Es una condición necesaria de nuestra lucha contra el imperialismo mundial. Me pronuncio a favor del plan de organización internacional de los sindicatos propuesto por la Comintern. Pero creemos que esta cuestión debe examinarse por separado, y no como parte de los estatutos, porque requiere una atención seria, y quisiéramos presentar al respecto una serie de propuestas.
En cuanto a los estatutos, me opongo resueltamente a la propuesta de los camaradas Wijnkoop y Levi de que el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tenga su sede en algún otro país y no en Rusia. Antes del congreso, muchos camaradas temían que, a causa del bloqueo, de la falta de información completa sobre el movimiento mundial y de las exigencias de la «política práctica», habría que trasladar el Comité Ejecutivo a algún otro país. Pero ahora ha quedado establecido que todos esos temores eran infundados. Los camaradas rusos están perfectamente informados de lo que ocurre en el mundo, y nadie en este congreso ha mostrado un internacionalismo mejor que los camaradas del partido ruso. El argumento de que el Comité Ejecutivo debe estar en el país que en ese momento es el centro de la revolución mundial hay que considerarlo acertado. Hemos dejado atrás la fase de la mera agitación y estamos en la fase de la acción activa; la revolución mundial se ha convertido en un hecho, y la estrategia y la táctica de la Internacional Comunista deben ajustarse a él.
Sobre el país que en el momento actual es el centro de la revolución mundial (en este caso, sobre Rusia) se dirigen todas las fuerzas mundiales del imperialismo y de la revolución; obligan al movimiento comunista de ese país a mantener a toda costa una posición internacionalista, pues de lo contrario perecería. Todo lo que ocurre en el mundo afecta de cerca a los camaradas rusos, no como cuestión de teoría y de tendencia de los acontecimientos futuros, sino como cuestión de vida o muerte. Lo que ocurre ahora en Inglaterra concierne a Rusia mucho más que a los Estados Unidos; lo que ocurre en los Estados Unidos concierne a Rusia mucho más que a Inglaterra. Y así con cada país. Los caminos de la política mundial se cruzan en la Rusia soviética; los camaradas rusos están a menudo mucho mejor informados que nosotros de los aspectos ocultos de la política de nuestros propios gobiernos imperialistas. Además de todo lo demás, las condiciones objetivas hacen obligatorio para los camaradas rusos el punto de vista internacionalista. El hecho de que la dirección del Comité Ejecutivo esté en sus manos nos garantiza que todas las cuestiones se resolverán con el espíritu de la Internacional Comunista. Es absurdo proponer el traslado del Comité Ejecutivo a Berlín. Teníamos un secretariado de Europa occidental en Berlín; era limitado, estrecho, en cierta medida nacionalista y no internacionalista.
Es sorprendente que haya delegados al congreso que se opongan a incluir en los estatutos el punto sobre el trabajo ilegal. La combinación del trabajo legal con el ilegal no solo es absolutamente necesaria, sino que debe proclamarse abiertamente e imponerse como obligación. Allí donde el partido está en situación legal, se desarrolla en él una tendencia contraria al trabajo ilegal, y allí donde el partido es ilegal, se desarrolla en él una tendencia contraria a la utilización de las posibilidades legales. Debemos insistir en la combinación de uno y otro trabajo. No debemos engañarnos: hoy nuestro partido es legal, y mañana puede volverse ilegal. Hemos sufrido mucho por esto en Norteamérica. Éramos conscientes de que a fin de cuentas acabaríamos en la ilegalidad, pero no sacábamos de ello las conclusiones prácticas en la medida debida. Como resultado, la reacción, al abatirse sobre nosotros, nos cogió desprevenidos. Pero incluso cuando el partido es completamente legal, hay formas de trabajo necesario —como, por ejemplo, la agitación entre los soldados y los marineros— que requieren una organización ilegal.
Estoy firmemente convencido de que la cuestión de la centralización es nuestra cuestión fundamental. La enorme diferencia entre la II y la III Internacional reside precisamente en esta cuestión. Se me puede responder que la centralización es una cuestión exclusivamente de organización y en modo alguno de principio; pero ese es un argumento puramente menchevique. La centralización viene impuesta por la necesidad revolucionaria. La Tercera Internacional es una organización estrictamente centralizada precisamente porque es revolucionaria, y la II Internacional era descentralizada y autónoma porque era una federación poco cohesionada de organizaciones reformistas, no revolucionarias. El imperialismo mundial centraliza sus fuerzas (aunque solo en parte, pues predomina la rivalidad de intereses), pero esa centralización de fuerzas es un hecho en la medida en que se refiere a la lucha contra la revolución mundial.
El proletariado y los partidos comunistas de todo el mundo tienen intereses completamente idénticos y pueden crear una centralización inaccesible a los imperialistas, hecho que representa para nosotros una enorme ventaja. La revolución mundial es un problema que requiere flexibilidad, que requiere adaptarse a las particularidades del desarrollo de los acontecimientos en todo el mundo, que requiere una estrategia y una táctica únicas. No venceremos mientras la Internacional Comunista no sea cohesionada, centralizada, y actúe como un todo único en la dirección que determine el curso de los acontecimientos. Hace falta concentración de fuerzas, unidad de dirección, para que la Internacional y las organizaciones que pertenecen a ella actúen unidas y puedan concentrar sus fuerzas en cada nueva etapa de la revolución mundial. La Internacional debe tener derecho a dar directivas a las organizaciones nacionales locales, debe poseer la autoridad suficiente para decir qué hay que hacer y qué no en relación con tales o cuales acontecimientos. Así venceremos.
Zinóviev. Camaradas, contra nuestro proyecto se han hecho tres objeciones de principio. En primer lugar, por parte de los camaradas norteamericanos, que han propuesto suprimir el § 14 y no tocar en absoluto las cuestiones del movimiento sindical. Estos camaradas han afirmado que les prometimos esperar a que la comisión de cuestiones del movimiento sindical cumpliera su tarea. Camaradas, considero que eso no es exacto. En el § 14 se dice:
«Los sindicatos que se sitúan en el terreno del comunismo y que se unen a escala internacional bajo la dirección del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista forman la sección sindical de la Internacional Comunista. Estos sindicatos envían sus representantes a los congresos mundiales de la Internacional Comunista por medio de los partidos comunistas de sus países respectivos. La sección sindical de la Internacional Comunista delega a uno de sus representantes en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista con voto deliberativo. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a enviar a la sección sindical de la Internacional Comunista un representante suyo con voto deliberativo».
No tenemos ninguna necesidad de esperar a que la comisión termine sus trabajos para declarar lo que debe estar claro para todo comunista. Queremos que la Internacional Comunista organice no solo a los partidos políticos, sino también a todas las organizaciones proletarias de masas que se sitúan en el punto de vista comunista; en esto consiste el principio fundamental de la Internacional Comunista. ¿Creen los camaradas Fraina y Reed que se pueden impugnar estas tesis? Se ha mencionado repetidas veces que construimos sobre las mismas bases que la I Internacional, que queremos seguir las tradiciones de la Internacional. Una de las tradiciones más importantes de la I Internacional consistía en el empeño de unir no solo a los partidos políticos, sino también a todas las organizaciones proletarias de masas que se sitúan en el punto de vista comunista. Eso es lo que aquí se dice, ni más ni menos. Si lo ponemos en duda, no podremos construir la Internacional Comunista. Debemos incluir no solo a los partidos políticos, sino también a los sindicatos proletarios revolucionarios, y está completamente claro que, cuando las organizaciones sindicales se adhieran a nosotros, habrá que organizarlas de algún modo como sección de la Internacional Comunista, como parte de la Comintern. Es una verdad indiscutible.
Las cuestiones que aquí se han planteado —si hay que permanecer en los sindicatos norteamericanos, si hay que escindir ahora los sindicatos ingleses o no—, todas esas cuestiones no tienen nada que ver con esto. Esas cuestiones controvertidas deben someterse una vez más a discusión en la comisión. Aquí nos limitamos únicamente a declarar: queremos tener en la Internacional Comunista no solo a los partidos políticos, sino a todas las organizaciones proletarias y, en primer término, a los sindicatos. Es el abecé de la Internacional Comunista.
Nuestro primer principio consiste en que los sindicatos deben tener sus representantes en el congreso mundial, organizarse como sección de la Internacional Comunista y tener representación recíproca en los órganos ejecutivos correspondientes. Para todo comunista serio no puede haber dudas al respecto; de lo contrario, resucitaremos la práctica de la II Internacional.
Pero nosotros queremos resucitar, en las nuevas condiciones históricas, la práctica de la I Internacional, llevar adelante las tradiciones de Marx, según las cuales el partido comunista es el dirigente no solo de la política, sino de todas las formas del movimiento obrero. Eso es lo que nos obliga a emprender la organización de todas las formas del movimiento obrero del mundo entero en la Internacional Comunista.
Pasamos a la segunda cuestión, al § 8, relativo al Comité Ejecutivo. El camarada Wijnkoop ha propuesto trasladar la sede del Comité Ejecutivo, por ejemplo, a Noruega. Se pueden presentar diferentes proyectos, se pueden encontrar también diversas repúblicas exóticas. Pero yo, por mi parte, debo hacer constar que en el § 8, como en todos los estatutos, no hay ni una palabra sobre Rusia. Es una cuestión especial, que debe discutirse y decidirse aparte. En los estatutos se dice que el congreso fija la sede del Comité Ejecutivo. Si la revolución proletaria triunfa en Francia o en Inglaterra, estaremos de acuerdo, ni que decir tiene, en que la sede del Comité Ejecutivo se traslade a uno de esos países. Aquí no se habla para nada de Rusia. Es una cuestión independiente, que ahora no se prejuzga. Aquí solo se establece el principio de que el congreso debe decidir la cuestión de la sede del Comité Ejecutivo.
Luego, la cuestión de la composición del Comité Ejecutivo. Los estatutos dicen: el Comité Ejecutivo se compone de cinco camaradas del país donde se encuentra el Comité Ejecutivo y de un camarada por cada uno de los 10 partidos más importantes. Apoyo la enmienda del camarada Levi de suprimir las palabras «no menos de 5 camaradas» y decir «5 camaradas». Wijnkoop objeta que en tal caso el Comité Ejecutivo será un comité ruso ampliado. Yo respondo: quizá sea un comité holandés ampliado. Se trata únicamente de que el Comité Ejecutivo se componga de 15 personas: cinco de un país y 10 de otros partidos de diferentes países adheridos a la III Internacional. Será un comité internacional. ¿Cómo se puede afirmar entonces que será un comité exclusivamente ruso ampliado? El comité será internacional por su composición siempre que estos 10 partidos envíen a sus representantes; hacerlo es su obligación. Aquí se ha dicho que es imposible que todos los partidos envíen aquí a sus representantes. No estoy de acuerdo. Por lo visto, se considera un lujo tener aquí a camaradas capaces: hacen falta, dicen, en Alemania o en algún otro lugar. Si consideramos el Comité Ejecutivo el instrumento más importante del movimiento obrero, cada partido de cierta importancia está obligado a delegar en él a un camarada destacado, que tome parte en el trabajo del Comité Ejecutivo. Es la organización más importante del movimiento internacional, que tiene también una enorme importancia para el movimiento comunista de cada país. Solo exigimos un camarada del país correspondiente, y si los partidos cambian de vez en cuando a sus representantes, creo que el número previsto en los estatutos quedará garantizado en cada momento. Este sacrificio debemos y estamos obligados a hacerlo por la Internacional Comunista.
Me opongo, además, a la opinión de que el camarada que se quede aquí perderá el contacto con su organización, sobre todo si se trata de un viejo camarada de lucha. En dos o tres meses no se pierde el vínculo. Nosotros pasamos largos años en la emigración y no perdimos nuestro vínculo con Rusia. Ahora el movimiento se ha hecho más amplio. Nos representamos la cosa de modo que el delegado en cuestión sea al mismo tiempo el secretario principal del Comité Ejecutivo para su país. El camarada alemán debe ser el secretario para Alemania, etc. Se comprende perfectamente que es mejor, en lo posible, no cambiar con mucha frecuencia de representante, o hacer que, aun siendo sustituido, siga siendo secretario. Puede tener un ayudante técnico, pero la dirección debe quedar en manos del representante correspondiente del partido; solo en ese caso tendremos un verdadero Comité Ejecutivo. En algunos casos el Comité Ejecutivo es incluso más importante que el congreso. Aquí hemos discutido toda una serie de cuestiones, pero no podemos preverlo todo. Las cuestiones más importantes pueden plantearse de nuevo dentro de dos semanas en circunstancias completamente cambiadas. Ya hemos subrayado que actuamos en una época de combates revolucionarios. El Comité Ejecutivo debe ayudarnos y dar respuestas claras a las cuestiones que maduren. Por consiguiente, la composición del Comité Ejecutivo debe ser tal que tenga el derecho formal y moral de hablar en nombre de la III Internacional. Por eso debemos insistir en que el Comité Ejecutivo se constituya con 15 personas y en que los 10 partidos más importantes estén realmente representados en él. Si no se cumple esta condición, el valor de nuestro trabajo se reducirá a la mitad. El papel de nuestro congreso consiste precisamente en construir una organización sólida: el estado mayor internacional del proletariado combatiente. Si no sabemos crear un Comité Ejecutivo capaz de trabajar, reduciremos a la nada por lo menos la mitad de nuestro trabajo. El primer año no fuimos más que una sociedad de propaganda; el Comité Ejecutivo todavía no funcionaba como órgano centralizado. Era una organización rusa. Lo declaramos abiertamente y queremos cambiarlo. Ahora necesitamos crear una organización internacional centralizada que pueda dar directivas en todo momento. Hemos dotado al Comité Ejecutivo de grandes poderes, hasta el derecho de excluir a partidos enteros. Por consiguiente, los partidos deben preocuparse de tener en él a sus representantes. De lo contrario, nuestro trabajo se irá al traste y no podremos declarar ante el proletariado mundial: «Ahora tenemos una Internacional centralizada».
Por eso me pronuncio en contra de la propuesta del camarada Levi, a saber, que se celebre una vez cada tres meses una sesión plenaria del Comité Ejecutivo. Ayer, en la comisión, vacilé un poco y era de la opinión de hacer concesiones a los camaradas alemanes. Pero si se medita la propuesta del camarada Levi, es decir, que los partidos solo envíen a sus representantes en casos especiales, o solo una vez cada tres meses, entonces todos los partidos obrarán así, y una vez cada tres meses tendremos una sesión de gala, y entre una y otra no habrá de hecho un Comité Ejecutivo que trabaje.
Por eso debemos explicar a nuestros camaradas que, a pesar de las dificultades que se derivan de la presencia permanente aquí de un camarada, están obligados a hacer este sacrificio. Pues se hace en beneficio de su propio partido. Los comunistas no son los independientes, que en esta cuestión juegan un doble juego y para los cuales una cosa es la lucha electoral y otra la III Internacional; hay que decirles que no se puede separar lo uno de lo otro. Constituimos un partido internacional único, que tiene sus secciones en los diferentes países. El trabajo en la Internacional no es menos importante para Alemania que para Rusia. Por eso debemos insistir sin falta en mantener esta formulación, es decir, el Comité Ejecutivo debe componerse de 5 representantes de un país y de 10 representantes de otros diferentes países, que deben ser los secretarios principales para sus países y trabajar en común.
Por último, pasemos a la última cuestión controvertida, al § 12, relativo a las organizaciones ilegales. Este parágrafo dice: «La situación general en toda Europa y en América impone a los comunistas del mundo entero crear organizaciones comunistas ilegales paralelamente a la organización legal. El Comité Ejecutivo está obligado a velar por que esto se lleve a la práctica en todas partes». En la comisión ya pensamos que quizá habría que expresarlo con algo más de cautela. Pero, tras escuchar todas las consideraciones, me he quedado con la opinión de que es necesario mantenerlo todo en su forma original; quizá tenga algunos aspectos negativos, pero los positivos, de todos modos, pesan más.
En los llamados países clásicos de las libertades burguesas, como Inglaterra y Norteamérica, hasta ahora ni se pensaba en crear organizaciones ilegales; quizá se admitiera en teoría, pero en la práctica nunca se llevó a cabo. Solo ahora, tras la detención de 5.000 comunistas en Norteamérica230, se empieza a comprender allí la necesidad de organizaciones ilegales. La experiencia alemana confirma también esta tesis. Allí el partido se encuentra unas veces en situación legal, otras en situación ilegal, y luego de nuevo durante algunas semanas en situación legal. El proletariado internacional debe sacar de ello una lección: es imprescindible que tengamos una organización ilegal. Esto es importante para todos los países y lo dicta la experiencia de quince meses de existencia de la Internacional Comunista. Es importante decirlo y llevarlo a la práctica. Debemos decirlo en la forma más obligatoria posible para todos nosotros, para que lo sepamos y lo apliquemos. Pasemos ahora a las consideraciones prácticas que se esgrimen en contra: veamos si no podemos limitarnos a una organización únicamente legal. ¡No, de ningún modo! Con el ejemplo de Alemania, el camarada Levi demuestra que la burguesía se ha acostumbrado tanto al trabajo legal de los comunistas que no se atreverá a emprender nada para combatirlo. Los camaradas alemanes dicen, por tanto: mencionemos o no en los estatutos la organización ilegal, la burguesía no está, de todos modos, en condiciones de privarnos de la existencia legal. En Italia el partido es tan fuerte que la burguesía no podrá privarlo de la existencia legal. La experiencia búlgara confirma también nuestra tesis. Allí tenemos que ver con un viejo partido legal, que cuenta con 40 o más diputados, que han sufrido diversas persecuciones. Estamos a favor de decirlo abierta y claramente. La experiencia de los Balcanes, de Alemania, de Austria y de Italia es para nosotros un hecho decisivo. Es posible que este punto le cause algunos disgustos a tal o cual partido, pero el aspecto positivo es para nosotros mucho más importante, y la experiencia nos dice que en los estatutos debemos decirlo con claridad, pues a la burguesía no le importa si la ahorcamos legal o ilegalmente. Lo que le importa es si de verdad la vamos a ahorcar, si de verdad luchamos por el comunismo. Nuestras formas de organización no son para ella lo principal; de eso ya nos hemos convencido con las armas en la mano. Así pues, camaradas, el fiscal citará de todos modos estas tesis, y el resultado será el mismo. Nosotros, en cambio, solo saldremos perdiendo si no decimos claramente lo que todo obrero y toda obrera necesita y debe saber. Por eso insistimos en mantener el punto sin cambios. Debemos inculcar al proletariado internacional que, al entrar ahora en la época de los combates decisivos, debe construir sistemáticamente en todas partes sus organizaciones ilegales, para que en la hora decisiva, cuando la burguesía pisotee sus organizaciones legales, no se encuentre desarmado y desorganizado. Por eso debemos formularlo con claridad.
Creo que el congreso estará plenamente de acuerdo con la decisión de la mayoría de la comisión, que por unanimidad, con una abstención, se ha pronunciado en general a favor de la aprobación de los estatutos. Propongo aprobar los estatutos por unanimidad. Es muy importante que la constitución de nuestro partido internacional se apruebe en lo posible por unanimidad, para demostrar ante el mundo entero que ya no somos simplemente una sociedad de propaganda. Hemos crecido y nos hemos convertido en un partido internacional único, que tiene estatutos y sabe lo que quiere y qué obligaciones internacionales le incumben. Los miembros de este partido saben que están ligados por una disciplina de camaradas y que ahora vamos a luchar de verdad juntos por el comunismo. Someto a votación primero las diferentes enmiendas, ante todo al § 8 (se aprueba por unanimidad en la redacción original).
Ahora se vota el conjunto de los estatutos, que dicen lo siguiente (lee).
(Se aprueban los estatutos por unanimidad.)
Zinóviev. ¡Camaradas! La Internacional Comunista tiene sus estatutos. Por fin nos hemos organizado como partido internacional. Felicito por ello al congreso. Considero que es una de las conquistas más importantes del proletariado mundial. Por fin estamos organizados formalmente. ¡Viva la III Internacional!
Se levanta la sesión.
Decimoquinta sesión, jueves 5 de agosto de 1920
Serrati. Se abre la sesión. Tiene la palabra, en nombre de la comisión de mandatos, el camarada Rádek.
Rádek. La comisión de mandatos tenía que resolver la cuestión de los mandatos de los camaradas norteamericanos. Aquí están representados los dos partidos norteamericanos, el Partido Comunista y el Partido Comunista Obrero. Ahora bien, el delegado norteamericano, camarada Flynn, ha traído la noticia de que se ha producido la fusión de ambos partidos, pero en esa unificación una parte de los comunistas declaró que no estaba de acuerdo con la fusión de los partidos y que se quedaba fuera del partido unificado; por eso los representantes del Partido Comunista insisten en conservar sus mandatos, mientras que el camarada Flynn propone anular los mandatos de los camaradas Fraina y Stoklitsky. En la comisión decidimos seguir reconociendo como delegados a los camaradas mencionados; partimos para ello de que la situación en Norteamérica es muy cambiante; en este caso solo conocemos el hecho desnudo de la formación del Partido Comunista Unificado; no estamos en absoluto en condiciones de juzgar aquí hasta qué punto eran fundados los motivos que llevaron a la minoría a quedarse fuera del partido. No reconocer los mandatos significaría que nos solidarizamos de antemano con el Partido Comunista Unificado. Es posible que eso resulte necesario en el futuro, cuando se reciban informaciones más detalladas, pero sobre la base de datos insuficientes no podemos rechazar a toda una organización comunista. Por eso decidimos mantener los mandatos de ambos partidos. Puesto que el camarada Fraina no niega en absoluto que, también según sus datos, la mayoría de los comunistas organizados se ha adherido al Partido Comunista Unificado, decidimos repartir los mandatos de modo que a los representantes del Partido Unificado les correspondan 6 votos y a los representantes del Partido Comunista 4 votos. El camarada Fraina nos declaró que, aunque él y el camarada Stoklitsky no son en absoluto partidarios de la escisión, están en contra de entrar sin condiciones en el partido unificado. En nombre de la comisión de mandatos, ruego al congreso que se sume a esta decisión.
A instancias de los camaradas ucranianos, debo declarar que la comisión de mandatos no ha aprobado el mandato del Partido Comunista Ucraniano231. Probablemente los camaradas saben que, al lado del gran Partido Comunista de Ucrania, se ha formado un grupo que cuenta de 100 a 500 miembros; está claro que se trata de un grupo muy pequeño, que no tiene nada en común con un trabajo verdaderamente comunista.
Flynn (Partido Comunista Unificado de América). Protesto contra la propuesta del camarada Rádek sobre el reconocimiento de los mandatos del Partido Comunista de América. Como resultado de esfuerzos especiales, se ha formado por fin en Norteamérica el Partido Comunista Unificado, que cuenta con unos 30.000 miembros del antiguo Partido Comunista y 20.000 miembros del antiguo Partido Comunista Obrero. Este partido ha empezado recientemente el trabajo ilegal, y sobre ese terreno se ha producido en él una especie de escisión, porque no todo el partido se pronunció a favor del trabajo ilegal. Como resultado, una parte del Partido Comunista se separó del Partido Unificado. Los mandatos del Partido Comunista podrían todavía reconocerse si la unificación se hubiera producido por iniciativa de los camaradas norteamericanos. Pero en realidad no fue así. Para llevar a cabo esa fusión, la Internacional Comunista envió a Norteamérica a su delegado. Puesto que la fusión ya se ha realizado, no comprendemos que la III Internacional, al reconocer los mandatos del Partido Comunista, sancione la posición de los adversarios de la unificación.
Fraina (Partido Comunista de América). Lamento mucho que esta disputa se haya llevado al pleno del congreso, tanto más cuanto que la cuestión ya ha sido resuelta por la comisión de mandatos. Por encargo de mi partido llegué a Rusia hace un mes junto con el segundo delegado, el camarada Stoklitsky.
Al llegar a Moscú, examiné la situación con el camarada Stoklitsky y, ya antes de la llegada del camarada Flynn, propusimos a los delegados del Partido Comunista Obrero lo siguiente: nosotros, representantes del movimiento comunista norteamericano, reconocemos la necesidad de una unificación completa y definitiva; intervenimos y trabajamos en el congreso como un grupo único, proponemos al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista que tome medidas para lograr la unidad completa del movimiento norteamericano y nos comprometemos a cumplir las decisiones del Comité Ejecutivo.
La intervención de Flynn tiene un carácter fraccional, no refleja los intereses del movimiento comunista norteamericano en su conjunto. El reconocimiento del Partido Comunista no agravará las discrepancias; al contrario, ayudará a establecer la unidad completa; más aún, contribuirá a una comprensión clara y sin compromisos de los principios y de la táctica revolucionarios, porque el Partido Comunista es más consecuente que el Partido Comunista Obrero. La propuesta de privar al Partido Comunista del derecho a participar en el congreso solo puede proceder de un fraccionalista de la peor especie.
El camarada Stoklitsky y yo tenemos el derecho indiscutible de participar en este congreso como representantes de nuestro partido.
La cuestión de si el Partido Comunista es numeroso o poco numeroso no tiene aquí nada que ver; así solo puede razonar un menchevique.
Admito que la mayoría del Partido Comunista se haya unido al Partido Comunista Obrero, pero no me consta, y la intervención fraccional de Flynn me hace dudar de la exactitud de esa afirmación.
Solo se nos puede excluir del congreso si el propio Partido Comunista nos retira como delegados o si el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista decide excluir al Partido Comunista de América de las filas de la Internacional Comunista.
En el Partido Comunista están representados, tanto en el pasado como en el presente, los elementos comunistas más consecuentes del movimiento norteamericano, mientras que el antiguo Partido Comunista Obrero representaba los elementos menos consecuentes y menos desarrollados. En este sentido, el Partido Comunista es de vital necesidad para el movimiento norteamericano; debe tener la posibilidad de defender, en la próxima unificación, su concepción consecuente de la revolución.
Se presenta una propuesta de cerrar el debate.
Reed. Estoy en contra de cerrar el debate, porque también tengo objeciones contra la aprobación de la propuesta del camarada Rádek.
Se aprueba la propuesta de cerrar el debate; a continuación se somete a votación la propuesta de la comisión de mandatos y se aprueba por 19 votos contra 9.
Zinóviev. Camaradas, creo que todos conocéis las condiciones en que es posible la creación de soviets de diputados obreros y soldados (en la edición alemana de nuestras tesis, págs. 73-77). Por eso me permito expresar la esperanza de que, a título excepcional, aprobemos estas tesis sin debate, puesto que de las conversaciones con diferentes delegados se ha desprendido una plena unanimidad sobre esta cuestión.
De estas tesis debe quedar claro para todos los camaradas que la creación de soviets solo es posible si se dan determinadas condiciones históricas. No hay que crear organizaciones artificiales, para no comprometer la idea de los soviets. Todos sabemos que la idea de los soviets se apodera de la clase obrera no solo de Europa, sino del mundo entero. La clase obrera ha comprendido que la próxima etapa histórica de la vida política se desarrollará en la forma de soviets. Es una gran suerte para la III Internacional que esta idea se haya adueñado de las masas. En ella hay una fuerza enorme, porque se ha convertido en la idea de la clase obrera. Sin embargo, vemos cómo en diferentes países, donde faltan todavía por completo las condiciones históricas correspondientes, diversos grupos impotentes crean soviets. Así ha ocurrido en Francia y en otros países. En nombre del congreso queremos llamar la atención de la clase obrera del mundo entero sobre el hecho de que la idea de los soviets debe propagarse constantemente —para esa propaganda el momento siempre está maduro—, mientras que para la formación de soviets, por desgracia, no en todos los países ni siempre se dan las condiciones históricas adecuadas.
La historia de esta nueva idea se expone brevemente en mis tesis. Como seguramente todos sabéis, la idea de los soviets de diputados obreros surgió por primera vez en 1905; esta idea, pues, solo tiene 15 años de vida. Durante la primera revolución rusa, en 1905, se formó por primera vez el Soviet de Petrogrado; su historia muestra que para el nacimiento de los soviets hacen falta condiciones históricas especiales. Los soviets de 1905 fueron aniquilados inmediatamente, en cuanto el zarismo se impuso a la revolución. Una vez que la ola del movimiento revolucionario empezó a refluir, se hizo evidente que los soviets no podrían mantenerse por más tiempo. Y ya entonces se expresaba la «inteligente» idea que sostienen ahora los mencheviques y los independientes de derecha, a saber, que los soviets son solo organizaciones de clase del proletariado y no pueden convertirse en órganos del poder del Estado. La misma idea sostuvieron Kautsky y sus partidarios durante la revolución alemana.
La historia de los últimos 15 años ha mostrado que los soviets solo tienen importancia cuando no son organizaciones de clase corrientes, cotidianas, como los sindicatos, sino cuando se convierten en organización estatal, en forma de la dictadura del proletariado. La primera revolución rusa, el primer capítulo de nuestra segunda revolución, es decir, los ocho meses del gobierno de Kérenski, y las revoluciones alemana y austriaca, en particular la alemana, han confirmado esta tesis. Tras la victoria de la clase obrera alemana, en noviembre de 1918, surgieron espontáneamente consejos de diputados obreros y soldados. Pero cuando la socialdemocracia traicionó la causa de la clase obrera y la burguesía, junto con la socialdemocracia contrarrevolucionaria, derrotó a los obreros, los consejos empezaron enseguida a extinguirse. La última chispa de vida de los consejos la vimos durante las jornadas «de Kapp». En este breve episodio histórico se refleja, como en una gota de agua, todo el destino de los soviets. Cuando los obreros estaban en camino de vencer, los consejos intentaron resucitar, pero en cuanto triunfó la reacción empezaron enseguida a extinguirse. Este último episodio muestra claramente que los soviets solo adquieren importancia cuando surgen realmente como resultado de un gran movimiento de masas que aspira a convertirlos en poder del Estado.
A comienzos de 1917, cuando todavía estábamos en la emigración, cuando el movimiento revolucionario en Rusia ya había subido bastante y nuestros camaradas habían emprendido ya la formación de soviets de diputados obreros, les señalamos que esta idea todavía no tenía apoyo; proponíamos hacer propaganda a favor de los soviets, pero proclamar la consigna de la formación de soviets solo cuando estuviéramos convencidos de que se daban las premisas para ellos, de que las propias masas estaban a favor de los soviets y dispuestas a combatir por ellos. Por eso estamos ahora en contra de los intentos de nuestros camaradas franceses: siendo un pequeño grupo, editan un órgano en el que se presentan como soviet en nombre de unos cuantos centenares de miembros y consideran eso un movimiento «soviético». He leído muchas octavillas de nuestros camaradas suizos publicadas durante la campaña electoral en Suiza; cuando todos van a las elecciones, nuestros camaradas de partido salen con la consigna: «Exigimos soviets». Aquí la exigencia de formar soviets va dirigida a la burguesía, al gobierno. Pero no se puede exigir la formación de soviets: se forman allí donde la clase obrera está dispuesta para la revolución. ¿Es comunista plantear semejante exigencia? Primero hay que organizar a la clase obrera, ponerla en movimiento, prepararla, y allí donde el momento ha llegado ya no hay que «exigir» soviets.
Creo que en el momento actual, cuando las cuestiones de la lucha por el poder y de la revolución se han puesto con toda agudeza en el orden del día y la idea de los soviets ha conquistado a la clase obrera de los más diversos países, la cuestión que se plantea ante la III Internacional no es la de popularizar la idea soviética. Eso ya está hecho; la idea se ha hecho bastante popular. Se trata de algo más serio: hay que inculcar a la clase obrera del mundo entero la comprensión de las condiciones en las que se pueden crear soviets. Ese es el segundo paso que debemos dar. Las tesis que proponemos tienen precisamente esto en vista. Debemos decir claramente a la clase obrera en qué condiciones podemos y debemos crear soviets. Pues si los creáramos artificialmente, no haríamos más que el juego a los adversarios de esta idea. Se reirán de nosotros, como ya ha ocurrido en algunos países, y la gran idea quedará comprometida. No se puede jugar con ella; hay que explicar a los obreros clara y exactamente en qué condiciones se pueden crear soviets.
En las tesis que proponemos hemos intentado analizar la experiencia de los diferentes partidos. En Austria se ha creado una situación peculiar, aproximadamente como la nuestra en el primer periodo del kerenskismo. Allí hay un consejo de diputados obreros bastante fuerte, en el que la mayoría pertenece a los socialpatriotas y al centro. Los comunistas están allí en minoría, pero su fuerza crece de día en día. Los consejos en Austria tienen cierto poder, rivalizan con el gobierno legal de Renner232 y compañía y son una especie de gobierno paralelo. Una situación análoga, en otro contexto histórico, la tuvimos también nosotros en los primeros ocho meses de la revolución. Un movimiento así tiene ya un carácter serio, y nuestros camaradas deben participar en él, reforzando su influencia en los consejos y librando dentro de los consejos la lucha por el poder.
Otra es la situación de los consejos en Alemania. Allí se han escrito toda una serie de libros, buenos y malos, sobre el sistema de consejos. Nuestros camaradas alemanes salen siempre con el «sistema». Pues bien, tienen el «sistema», pero no tienen consejos. Sería preferible lo contrario: tener un «sistema» no tan bueno, pero en cambio buenos consejos. Todos los planes de incluir el sistema de consejos en la república burguesa, socialdemócrata y contrarrevolucionaria son artificiales. Y por eso a veces son incluso objetivamente contrarrevolucionarios, porque no explican a la clase obrera en qué condiciones se pueden crear consejos.
En las tesis hemos intentado aprovechar la experiencia de Alemania y, ni que decir tiene, en primer lugar la experiencia de Rusia, donde nació la idea de los soviets. Basándonos en la experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y de la primera mitad de 1917, así como de las dos revoluciones de 1918 en Alemania y en Austria, queremos mostrar a los obreros en qué condiciones se pueden crear soviets.
Estoy convencido de que el II Congreso de la Internacional Comunista es el precursor del congreso internacional de las repúblicas soviéticas. Quienes de nosotros no sean todavía muy viejos vivirán para ver ese momento. Pero, para acercarlo, debemos ver con claridad los caminos que conducen a él, conservar la idea en su pureza y explicar concretamente a la clase obrera por qué camino podremos llegar de verdad a la República Soviética Internacional.
Se votan las tesis y se aprueban.
Rádek. Camaradas, de acuerdo con la decisión del pleno, la comisión sobre la cuestión de los sindicatos ha tomado como base las tesis del Comité Ejecutivo, completándolas solo con una serie de enmiendas. Antes de pasar a exponerlas, quisiera señalar que en uno de los puntos fundamentales la comisión no ha llegado a una decisión unánime, y por eso intervendrá aquí también un representante de la minoría.
El caso es que, so capa de enmiendas, los camaradas norteamericanos querían de hecho reducir a la nada las tesis fundamentales. A juzgar por los resultados de la votación, la posición del congreso consiste en imponer como obligación a todos los camaradas, a todos los partidos comunistas, el trabajo en los sindicatos. La minoría de la comisión, en primer lugar en la persona de los camaradas norteamericanos, se mostró externamente de acuerdo con esta tesis: en todo caso, de palabra no presentaron ninguna contrapropuesta, pero con las enmiendas presentadas intentaron de hecho anular la decisión del congreso. En mi informe ya señalé que las tesis que proponemos son, en cierto sentido, efectivamente estrechas, porque no tienen en cuenta el hecho de que en Norteamérica el 80 % de los obreros no está organizado, que la Federación Americana del Trabajo233 no solo no hace nada por organizar a los obreros no cualificados, sino que, al contrario, con sus elevadas cuotas de ingreso impide el acceso de los obreros no cualificados a los sindicatos. Teniendo esto en cuenta, proponemos que, junto a los casos en que la causa de la salida de los viejos sindicatos y de la formación de otros nuevos es la represión de la agitación revolucionaria en los sindicatos, se señale además un segundo caso, a saber, la necesidad de formar nuevos sindicatos cuando los viejos, por el predominio en ellos de las capas superiores aristocráticas de la clase obrera, no organizan a los obreros no cualificados. Pero esto no satisface a los camaradas norteamericanos. Proponen una formulación que daría a los comunistas norteamericanos la posibilidad de sabotear las resoluciones del congreso. No citaré aquí toda la enmienda, que debe sustituir tres puntos de nuestra resolución, sino solo el punto correspondiente. Allí se dice lo siguiente (lee desde «nuevos sindicatos» hasta «representan»). Bajo estas tres rúbricas, que establecen cuándo es lícito salir de los viejos sindicatos y formar otros nuevos, se puede incluir cualquier caso. Los comunistas que no quieren trabajar en los sindicatos y consideran más comunista llenar las columnas de los periódicos con artículos sobre la inutilidad de la burocracia sindical y quedarse fuera de los sindicatos siempre podrán decir o bien que la estructura de los sindicatos no permite cambiarlos, o bien que el estado de ánimo revolucionario del proletariado es tan fuerte que la permanencia en esos sindicatos se vuelve superflua. La resolución del Partido Comunista Unificado de América atestigua que no tenemos que ver con un fantasma, sino con una propuesta concreta de boicot por principio de los grandes sindicatos norteamericanos. En el número de la revista del Partido Comunista que acabamos de recibir encontramos una resolución sobre los sindicatos. En esta resolución se dice lo siguiente (lee). Así pues, en esta resolución se sostiene la negación completa de la decisión que hemos aprobado, que impone a los comunistas la obligación de luchar desde dentro por la conquista de los sindicatos. Esta resolución no solo plantea la cuestión de si hay que entrar en los viejos sindicatos para destruirlos, sino que niega en general la necesidad de minarlos desde dentro y de luchar en el interior de los sindicatos. Esta tesis contradice nuestras tesis, y lo que defienden aquí los camaradas del Partido Comunista Unificado no significa otra cosa que la negación manifiesta de nuestro punto de vista. Para salvar su posición, estos camaradas intentan pasar de la defensa al ataque; señalan que hace unos meses el propio Comité Ejecutivo compartía el punto de vista que ha adoptado ahora el Partido Comunista Unificado. Se remiten para ello a una carta del Comité Ejecutivo a los camaradas norteamericanos en la que se dice (lee). No quiero declarar que esa carta fuera errónea, aunque no la aprobó el Comité Ejecutivo en pleno, ni decir que los camaradas no tengan derecho formal a remitirse a esa carta, aunque el punto de vista que en ella se sostiene no es del todo idéntico al suyo, pues ese llamamiento se refiere específicamente a la Federación Americana del Trabajo. Pero ahora no se trata de si el Comité Ejecutivo cometió un error o no; lo importante es establecer si los representantes del Partido Comunista Unificado expresan abiertamente el punto de vista de su partido o no. Tuvieron la posibilidad de expresar aquí el punto de vista de su partido, pero no lo hicieron. Tras declararse en principio adversarios de la escisión, intentan modificar de contrabando nuestras resoluciones. Considero que el congreso no solo debe rechazar enmiendas de este tipo, sino también señalar en una resolución especial que el punto de vista de los camaradas norteamericanos es contrario al punto de vista de la Internacional Comunista. En esta cuestión el congreso debe pronunciarse con toda contundencia, porque no se trata solo de la organización norteamericana, y no se trata de si concedemos a los camaradas norteamericanos el derecho a destruir esa organización contrarrevolucionaria, si pueden hacerlo, sino que se trata de la existencia misma del partido.
Puesto que este punto ha encontrado eco también en el camarada Bombacci, considero necesario decir aún unas palabras sobre ello. El punto de vista del camarada Bombacci se diferencia del norteamericano en que aborda esta cuestión de manera infantil, y no revolucionaria. Cuando los camaradas norteamericanos dicen: «Abajo la Federación Americana del Trabajo», añaden enseguida: «Viva la IWW, crearemos nuevos sindicatos». Otra cosa es el camarada Bombacci, que declara sin miramientos: nos importan un bledo los sindicatos, porque están condenados a ser contrarrevolucionarios. Si el camarada Bombacci parte de que en Italia los sindicatos están en manos de sindicalistas o de reformistas de respetables barbas, le responderemos abiertamente que eso es un juego infantil, un deporte, pero no una política comunista. Si el camarada Bombacci defiende los principios marxistas, debe luchar por ellos en el partido italiano, y no afirmar aquí que los sindicatos no tienen ninguna importancia, que siempre serán contrarrevolucionarios. Protestamos contra semejante actitud ante las cuestiones más serias del movimiento obrero y concedemos una importancia especial a que el congreso adopte una posición completamente clara sobre esta cuestión.
Hace poco todavía me mostraba dispuesto a aceptar algunas enmiendas, pero ahora, tras esta resolución del Partido Comunista Unificado, todo compromiso y toda concesión se han vuelto, a mi juicio, imposibles. De comunismo solo se puede hablar allí donde empieza el trabajo verdaderamente comunista y terminan los hábitos sectarios.
La siguiente cuestión que hay que discutir es nuestra actitud ante los comités de fábrica. Proponemos una enmienda en la que se dice: «Solo en la medida en que los sindicatos superen las tendencias contrarrevolucionarias de su burocracia y se conviertan conscientemente en órganos de la revolución, deben los comunistas apoyar la tendencia a convertir los comités de fábrica en células de fábrica de los sindicatos». Esto significa que en los países donde la burocracia sindical tiene las riendas en sus manos, los comunistas están obligados a apoyar la lucha de los comités de fábrica y de las organizaciones análogas por su existencia independiente. Solo lograrán los comunistas tomar en sus manos las riendas del movimiento sindical si forman con estas organizaciones de fábrica las células germinales de nuevos sindicatos y de sus organizaciones comunistas de fábrica. Debo completar y aclarar estas enmiendas. Ante todo, allí donde se dice: «Allí donde, en el marco de los sindicatos o fuera de ellos, en las empresas, se crean organizaciones como los shop stewards (Shop Stewards Committees), los comités de fábrica, que se proponen como fin la lucha contra las tendencias contrarrevolucionarias de la burocracia sindical y el apoyo a las acciones inmediatas y directas del proletariado, los comunistas, ni que decir tiene, deben apoyar con todas sus fuerzas esas organizaciones». Se nos ha objetado: si sois adversarios de formar, cuando no hay necesidad de ello, pequeños sindicatos revolucionarios en oposición a los grandes, ¿cómo podéis exigir el apoyo a todas esas organizaciones de fábrica? Llamo la atención sobre el hecho de que en nuestro texto se dice: organizaciones que se crean en el marco de los sindicatos o fuera de ellos, pero no contra ellos. Los comités de fábrica en Alemania no están destinados en modo alguno a ser los sepultureros de los sindicatos. Tienen en parte sus propias funciones independientes, y en parte están destinados a empujar a la burocracia sindical. En lo que se refiere a la organización, no son adversarios de los sindicatos. Las organizaciones que actúan contra los sindicatos no pueden contar con nuestro apoyo, puesto que en las tesis hemos indicado con exactitud en qué casos consideramos conveniente la creación de sindicatos separados.
Paso ahora a la segunda cuestión. Declaramos que solo en la medida en que los sindicatos se revolucionen apoyaremos su tendencia a subordinar a los comités de fábrica. Aquí se ha aludido a Alemania, a la existencia allí principalmente de comités de fábrica legales, en los que los comunistas procuran en primer lugar ampliar sus funciones más allá de los límites de la ley, y al hecho de que esos comités de fábrica ya están subordinados a los sindicatos. Basándome en los datos de que dispongo, afirmo que no es así. La lucha de la burocracia sindical por subordinarse los comités de fábrica todavía está en curso, y consideramos obligación de todo comunista luchar contra los afanes de los Legien por apoderarse de estos comités. Hay que hacerlo incluso en el caso de que resulte que no tenemos fuerzas suficientes para ello. Considero un error renunciar de antemano a la lucha, porque aquí no se trata de una cuestión formal, sino de la futura posición de los comunistas en los comités de fábrica. Aunque la mayoría de los comités de fábrica decidiera subordinarse voluntariamente a los sindicatos y la existencia independiente de unos respecto de otros resultara inoportuna, nuestra lucha actual, que pone en guardia a las masas contra los señores Legien y sus fines, no sería vana, pues en el futuro reforzará nuestra posición en los comités de fábrica subordinados a los sindicatos. Otra cuestión es si hay que recurrir a la separación de pequeños grupos en el caso de que la lucha se vuelva desesperada; si la lucha no ha llevado todavía a la victoria, la continuaremos en los comités de fábrica subordinados a los sindicatos. Pero por ahora la cuestión no se plantea así. En los grandes distritos industriales, en Alemania central y en Berlín, la lucha está en plena ebullición, y si los comunistas alemanes dicen que no hay que convertir la lucha contra los Legien en una lucha por una forma puramente externa, nosotros les decimos: es asunto vuestro procurar que vuestra lucha conserve su carácter de principio y no convertirla en una lucha sobre la cuestión de a quién deben subordinarse los comités de fábrica. Se trata de una cuestión de principio, de reforzar el espíritu de resistencia contra la burocracia sindical.
Para terminar, proponemos una enmienda que debe reunir en un solo parágrafo todas las observaciones sobre el papel futuro de los sindicatos que antes estaban dispersas por la resolución. Este parágrafo dice:
«Los comunistas, al forjar con los sindicatos y los comités de fábrica poderosos instrumentos de la revolución, preparan estas organizaciones de masas para la gran tarea que les corresponderá tras la instauración de la dictadura proletaria: la tarea de ser el principal apoyo de la nueva organización de la vida económica sobre una base socialista. Los sindicatos, construidos como sindicatos de industria y apoyados en los comités de fábrica como sus células de fábrica, familiarizarán a las masas obreras con sus tareas de producción, promoverán a los obreros más experimentados como dirigentes de las empresas, tomarán bajo su control a los especialistas técnicos y, junto con los representantes del poder proletario, elaborarán y llevarán a la práctica los planes de la política económica socialista».
Quiero, además, señalar en pocas palabras la diferencia que existe entre nuestra concepción y la sindicalista del papel de los sindicatos después de la toma del poder por el proletariado. Los sindicalistas se representan el desarrollo del socialismo del modo siguiente: el proletariado, tras derribar mediante la huelga general la dominación de la burguesía, se organiza en una federación de sindicatos de industria ligados entre sí por libre contrato, que, junto con los comunistas, dirige la vida económica sin recurrir a la organización del Estado proletario. Consideramos este punto de vista erróneo. En primer lugar, el proletariado no está en condiciones de tomar el poder sin la dictadura, sin crear el Estado proletario como órgano con cuya ayuda el proletariado aplasta la resistencia de la burguesía; en segundo lugar, la dirección de la vida económica del país no puede ser asunto de sindicatos aislados ni algo que se realice mediante un libre contrato entre los sindicatos, pues en ese caso determinadas categorías de obreros que desempeñan el papel más importante en el proceso de producción podrían crear para sus miembros una situación aristocrática, privilegiada, y utilizarla contra los obreros de las ramas menos importantes y atrasadas. En el Estado proletario la economía debe organizarse de manera que una a los obreros no solo según las distintas ramas de la producción, sino también según las tareas generales de la producción. Junto a las organizaciones que consideran las tareas desde el punto de vista de una rama determinada de la industria, la clase obrera, en la forma del Estado proletario, debe representar los intereses del proletariado en su conjunto. Todo el plan económico y su realización deben subordinarse a los intereses del proletariado en su conjunto. Por esta razón vemos aquí cómo, junto al papel destacado y decisivo de los sindicatos, se ha formado la forma reguladora de la organización estatal, los soviets, y los sindicatos participan en la dirección de la economía a través de los órganos de todo el Estado.
A esto se reducen las enmiendas más importantes a las tesis. Subrayan, en mayor medida que en el primer proyecto, que los sindicatos de muchos países practican una política aristocrática, y en los casos correspondientes imponemos a los comunistas la obligación de emprender por sí mismos la organización de las masas obreras en sindicatos. Luego obligamos a los comunistas a apoyar a los comités de fábrica, esas nuevas organizaciones económicas del proletariado que nacen espontáneamente. Los comunistas deben defender la independencia de los comités de fábrica frente a las intromisiones de la burocracia sindical. Pero al mismo tiempo deben considerarlos parte integrante de los sindicatos allí donde los sindicatos son revolucionarios.
La tercera enmienda señala las tareas de los sindicatos después de la conquista del poder político.
La cuarta cuestión se refiere a la unificación internacional de los sindicatos.
Sobre esta cuestión, la comisión se ha limitado a aprobar el apartado III, ya impreso, de nuestras tesis. No ha tocado la situación concreta actual, la formación del Consejo Internacional de los Sindicatos Rojos, creado aquí en Moscú por representantes de los sindicatos italianos, rusos, búlgaros y de una parte de los ingleses. Por un lado se ha puesto de manifiesto el punto de vista angloamericano, que considera esta formación, en su forma actual, desacertada y prematura; por otro, el punto de vista de los camaradas del partido ruso, que han propuesto su resolución. Pero, puesto que algunos miembros del Comité Ejecutivo la rechazaron y debido a lo avanzado de la hora, me abstuve en la comisión de toda conclusión sobre este asunto, y hoy el camarada Zinóviev intervendrá sobre esta misma cuestión con sus propuestas. En la cuestión sindical existen discrepancias profundas. Es cierto que en el congreso no han adquirido un carácter de principio. Pero no debemos cerrar los ojos ante el hecho de que en todos los países la efervescencia en que se encuentra la clase obrera lleva a intentos de crear nuevos sindicatos y de que muchos miembros de los partidos comunistas sostienen ese punto de vista. No debemos cerrar los ojos ante el peligro que amenaza por ese lado. El congreso debe tener en cuenta este peligro y señalar a los partidos comunistas una línea de conducta clara.
La segunda cuestión a la que el congreso debe prestar atención y que en el futuro despertará un interés todavía mayor en la Internacional es la de los comités de fábrica, la de todas las nuevas organizaciones como los Shop Stewards Committees, etc. Esta cuestión todavía no está suficientemente aclarada; se encuentra todavía en fase de desarrollo, y debemos tener en cuenta que la revolución puede crear en este terreno fenómenos completamente nuevos, a los que los comunistas no deben acercarse con la vieja medida inmóvil. Lo que se podía decir al respecto hemos procurado exponerlo en nuestras tesis, pero cada uno de nosotros sentía que esta no es la última palabra, que estas organizaciones se desarrollarán y en un futuro próximo nos plantearán cuestiones completamente nuevas, que tendremos que resolver entonces. La Internacional Comunista se creó en una época de efervescencia revolucionaria, cuando a muchos les parecía un caos lo que luego adquiría una forma nítida y adecuada a su fin. Subrayo a propósito el carácter todavía no del todo definido de los fenómenos antes señalados para que la III Internacional esté preparada y no caiga en el error en que caen los sindicatos anquilosados, que se muestran hostiles a todo lo nuevo. Todavía no sabemos en qué desembocará el movimiento de los shop stewards ingleses, porque apenas se está desarrollando; tampoco conocemos el destino ulterior de los comités de fábrica alemanes, que por ahora son todavía producto de la ola revolucionaria que ha refluido. Se crearon en una época en que los obreros se aferraban a la idea de los consejos sin crear, sin embargo, consejos políticos. Todavía no sabemos qué vida nueva infundirá a estos comités la nueva ola revolucionaria, que sin duda va en aumento. Ni siquiera sabemos si estas organizaciones se convertirán en un factor de revolucionarización de los sindicatos. Debemos decir, sin embargo, que en el estado actual de cosas la obligación de los comunistas consiste en explicar a los obreros que no se puede permitir la destrucción de los sindicatos, estas grandísimas organizaciones de masas del proletariado. Lo segundo que quisiera añadir aquí es que intentamos a tientas determinar la importancia de los comités de fábrica y deslindar sus funciones de las de los sindicatos, tratamos de aclarar las relaciones mutuas entre estas dos organizaciones. Pero esta no es en modo alguno nuestra última palabra. Si la revolución en Europa occidental adquiere un carácter prolongado, si la descomposición del capitalismo es duradera, si la clase obrera no conquista el poder con un asalto rápido y decidido, entonces puede surgir en este terreno un nuevo campo de actividad para las masas que hemos preparado, si nos acercamos a estos fenómenos no con fórmulas petrificadas, sino con espíritu inquisitivo y con voluntad, con disposición a actuar y a abrir nuevos caminos.
No me detendré mucho en las tareas de los comunistas en los sindicatos. Está completamente claro que en el movimiento proletario de masas y en las organizaciones de masas podemos contar con el éxito de la propaganda comunista. Al dar nuestras indicaciones a los comunistas, partimos de la sencilla consideración de que no se puede destruir organizaciones que cuentan decenas de millones de obreros. La comparación de los sindicatos con el Estado burgués cojea de los dos pies. Por muy repugnante que sea la burocracia sindical, por mucho que se arrastre como un lacayo ante la burguesía, solo marcará la pauta en los sindicatos mientras los acontecimientos no reciban un fuerte impulso hacia delante. En cuanto eso ocurra, la propia clase obrera determinará inmediatamente el carácter de los sindicatos. Gorter234, que es ahora el teórico del comunismo «de izquierda», dice en su folleto: «la fuerza de la burocracia sindical reside en la insuficiente independencia de las masas», y al mismo tiempo afirma que es imposible conquistar los sindicatos. Evidentemente, este camarada ultrarradical, que cree que la próxima revolución mundial se producirá en veinticuatro horas, está convencido de que puede provocarla a pesar de la sumisión y la falta de independencia de las masas que existen; pues si cuenta con que se acabe esa falta de independencia, ya no tiene derecho a afirmar que los sindicatos están condenados a ser y a seguir siendo una célula de la sociedad capitalista. Miramos el desarrollo de los sindicatos con el sano optimismo revolucionario en que debe basarse en general el movimiento revolucionario. Estamos convencidos de que las masas se pondrán en movimiento y se sacudirán su sumisión servil. Partiendo de esta convicción, y al llamar a la lucha contra la burocracia sindical, lo hacemos porque sabemos que la historia no se desarrolla al margen de nuestra voluntad, sino que nosotros mismos debemos ser un factor de su desarrollo. Estamos firmemente convencidos de que los sindicatos son para los comunistas un amplio campo de actividad, en el que deben ganar para el comunismo a las masas fundamentales de los obreros no mediante la propaganda o los razonamientos, sino mediante la acción directa, la participación en la lucha. En este sentido proponemos al congreso no solo que apruebe nuestras tesis, sino que las reconozca como hilo conductor del trabajo en los sindicatos.
Reed (EE. UU.). Protesto contra la acusación de querer sabotear la decisión de la comisión. No se trata de sabotaje, sino de discrepancias y contradicciones de principio. Los camaradas ingleses y norteamericanos no consideran en absoluto obligatorio salir de los sindicatos, sino que solo consideran necesario cambiar en lo posible su espíritu y su estructura. Sin entrar en el fondo de nuestras discrepancias, el camarada Rádek propone de hecho mantener el viejo espíritu reaccionario de los sindicatos, como se hacía en el pasado. Mientras que el fin de nuestras enmiendas es la transformación del espíritu de los viejos sindicatos, el camarada Rádek no propone nada para acabar con ese viejo espíritu. El camarada Rádek se limita a una «toma» mecánica de los sindicatos, mientras que nuestras enmiendas prevén un cambio de principio de su espíritu, su forma y sus fines. En estas divergencias entre dos concepciones es donde hay que concentrar el centro de gravedad de nuestro debate. Basándome en una serie de documentos demostraré que el camarada Rádek se contradice en sus tesis; salta a la vista en especial la contradicción entre las tesis y las cartas de la Internacional Comunista a los Trabajadores Industriales del Mundo y a todos los obreros norteamericanos
Considero que en las tesis del camarada Rádek no hay una concepción comunista de la cuestión sindical. No contienen ni una alusión a la necesidad de cambiar el espíritu de los sindicatos. Me remito, por ejemplo, al segundo punto de las enmiendas; en general, creo que los puntos 8 a 11 de las tesis podrían suprimirse, porque unos no son lo bastante precisos, otros no son lo bastante claros ni abarcan la cuestión con suficiente amplitud, y en conjunto rompen la armonía de las tesis. El único camarada que ha expresado aquí de verdad el punto de vista del movimiento obrero de Europa occidental sobre esta cuestión es el camarada Bombacci. Él ha adoptado una posición clara; los demás, o bien han pasado la cuestión en silencio, o bien han mostrado que la entienden mal. Sobre la cuestión de la Internacional Roja de los sindicatos dejo que otros camaradas expongan el punto de vista definitivo de la minoría.
Hay que tener presente que se trata de una discrepancia de principio entre el camarada Rádek y la minoría. Doy lectura al proyecto de nuestras enmiendas, en particular de las que fijan las condiciones en que se permite a los comunistas abandonar los viejos sindicatos, y de las que el camarada Rádek ha dicho que, por su carácter, son aplicables a cualquier situación y pueden dar a cualquier comunista un pretexto para salirse de los sindicatos. Yo rechazo esa afirmación.
Lo repito: es una cuestión de importancia de principio, que el congreso debe discutir. Señalo que en las tesis del camarada Rádek, en sus ideas sobre las relaciones entre los sindicatos obreros y la Internacional Comunista, se esconden muchas contradicciones. La Internacional Comunista debe pronunciarse sobre esta cuestión de manera clara y precisa.
Las delegaciones inglesa y americana aspiran a infundir un espíritu nuevo en las viejas trade-unions. Pero eso será imposible si las tesis se aprueban en su forma actual. Los comunistas tienen que transformar las trade-unions; de lo contrario se quedarán solos, seguirán siendo un partido pequeño y aislado, se convertirán en un estado mayor sin ejército, porque los soldados de ese ejército estarán fuera del alcance de la influencia de los dirigentes.
Gallacher (shop stewards). Cuando llegué a Rusia, en Petrogrado, conocí el folleto del camarada Lenin La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo235, en el que se menciona también mi nombre a propósito de mi actividad; acepté los reproches como un niño acepta la reprimenda de su padre. Ahora el camarada Rádek intenta repetir lo mismo, pero no lo conseguirá. Si se empeña en mantener su punto de vista, comprobará que no le espera una tarea fácil. Es absurdo y ridículo pensar en conquistar las viejas trade-unions con su anquilosado aparato burocrático. Se puede poner en movimiento a las masas obreras agitando no solo dentro de los sindicatos, sino también fuera de ellos, bajo la bandera de una organización sindical de izquierda. Los camaradas ingleses llevan ya unos veinticinco años trabajando en las trade-unions y, sin embargo, no han sido capaces de revolucionarlas. Hemos comprobado que, incluso cuando se consigue meter a nuestros camaradas en el aparato de los sindicatos, el resultado no es un cambio de la táctica sindical, sino la corrupción de nuestros camaradas. A menudo hemos logrado colocar a nuestros camaradas en puestos de responsabilidad en las trade-unions, pero resultó que la causa del comunismo y de la revolución no avanzaba con ello ni un ápice. De hecho, las masas no están representadas en los sindicatos; por ejemplo, en un sindicato de 500 afiliados no suelen asistir a las asambleas más de 30, y aun estos están bajo la influencia absoluta de la burocracia. Con las masas solo se puede enlazar directamente en las fábricas y talleres.
Yo mismo he trabajado mucho tiempo en las trade-unions y en el aparato tradeunionista; mis conclusiones son fruto de la experiencia personal. Como ejemplo citaré este hecho: con ocasión de la visita de Lloyd George a Glasgow, los funcionarios tradeunionistas decidieron organizarle un recibimiento solemne. Yo luché contra ello, y mientras conseguía imponerme en el comité oficial, se creó un comité no oficial para organizar el recibimiento. Mis camaradas y yo emprendimos la agitación en las fábricas y talleres, y hoy Glasgow es una ciudad en la que Lloyd George no se atreve a presentarse, porque los obreros de Glasgow se han revolucionado gracias a la agitación hecha en las fábricas y talleres. Si se aprueban las tesis del camarada Rádek, que llaman a las masas a la lealtad hacia los viejos sindicatos y sus jefes, se reirán de nosotros. Hablar de conquistar los sindicatos desde dentro es tan absurdo como soñar con conquistar el Estado capitalista desde dentro. Hay que dar a los camaradas ingleses y americanos la posibilidad de luchar por el comunismo fuera de los sindicatos.
Zinóviev. Se propone conceder la palabra alternativamente a un orador a favor y a uno en contra de las tesis.
(Se aprueba la propuesta.)
Zinóviev. ¡Camaradas! Tenemos que conseguir sin falta una claridad completa en esta cuestión, y creo que no haremos ninguna concesión a los camaradas ingleses, porque lo que ellos quieren se reduce de hecho a la destrucción de la III Internacional. Si adoptáramos su punto de vista, resultaría que no destruiríamos los sindicatos, sino el comunismo.
Los camaradas ingleses y americanos, por un lado, son demasiado optimistas: creen que la revolución social llegará de hoy a mañana, que la victoria sobre la burguesía ya la tienen en el bolsillo, etc. Pero cuando se trata de los sindicatos, muestran de repente el más profundo pesimismo respecto de la clase obrera. Estos camaradas dicen: quitaremos de en medio fácilmente a los Rockefeller y a los Morgan, acabaremos con el capitalismo, pero a la burocracia sindical no la eliminaremos jamás. Los sindicatos siempre tendrán estatutos reaccionarios. Pero eso no les librará, como no librará a la burguesía, de la mano dura de los obreros. A los camaradas ingleses y americanos les parece que la burocracia sindical es lo peor del mundo. Desde luego no es así: hay fieras todavía más temibles que Gompers, a quien ya se le han embotado los colmillos y a quien podemos arrancar los últimos dientes sin recurrir al instrumental quirúrgico. Es cierto que los estatutos de los sindicatos son reaccionarios y que las cuotas son muy altas. Pero la clase obrera se revoluciona no de día en día, sino de hora en hora; se dispone a derribar todo el régimen capitalista, y con los estatutos de los sindicatos hará lo que hay que hacer: tirarlos por la ventana.
Nadie puede negar que los sindicatos agrupan a millones de obreros. Nuestra consigna es «¡A las masas!». Y esta consigna vale sobre todo para nuestros partidos inglés y americano. Tienen que ir a las masas, porque todavía no están ligados a ellas. Camaradas, si escucháis con atención los discursos de los camaradas ingleses y americanos, podréis comprobar justamente una proporción inversa: cuantos menos obreros organizados tiene el partido, más radical es. Se dice que no necesitamos las viejas organizaciones sindicales, que crearemos otras nuevas. Ahora bien, en Inglaterra y en América hay una clase obrera enorme, de millones, y un capitalismo muy desarrollado que oprime a los obreros. Tenemos allí una clase obrera que se revoluciona cada día más. Pero hasta ahora la masa que hemos organizado apenas cuenta. Así, el Partido Comunista Unificado de América236 tiene en total unos pocos miles de afiliados. Es sencillamente ridículo. Todavía no han dado ni los primeros pasos. Tienen que permanecer en los sindicatos, en los que están organizados millones de obreros. ¿Y cuál es la situación en Inglaterra? Allí tenemos varios partidos comunistas, cada uno de los cuales cuenta con unos cuantos cientos de afiliados. Y allí mismo, una enorme masa obrera que se vuelve más revolucionaria cada día. Nuestra tarea es estar con las masas, ir delante de ellas y mostrarles el camino allí donde bullen y están en pleno desarrollo. ¿Podemos renunciar a participar en los sindicatos, en los que están agrupados millones de obreros? Tengo delante la resolución del congreso del Partido Comunista Unificado de América. No cabe imaginar mayor confusión que la de la parte en que se habla de la necesidad de destruir los sindicatos americanos.
El camarada Gallacher ha declarado que debemos actuar contra los sindicatos igual que actuamos contra el Estado burgués. Es ridículo. Los sindicatos están formados por obreros, mientras que el Estado representa a la burguesía, y se nos dice que son lo mismo. ¿Adónde vamos, en realidad? Eso sería una burla de la Internacional.
A los sindicatos, que agrupan a millones de obreros, no hay que destruirlos, sino revolucionarlos y llevarlos por nuestro camino. No podremos salir vencedores en la revolución proletaria si los millones de obreros organizados en los sindicatos se ponen en contra nuestra. El camarada Gallacher dice que se reirán de nosotros si seguimos trabajando en los sindicatos. Yo le respondo: revolucionad los sindicatos. Hicisteis bien en no querer recibir a Lloyd George. Ahora organizad grupos ilegales dentro de los sindicatos, para luchar no solo con la palabra, sino también con las armas. En Alemania ya se lucha con las armas en la mano. Nuestros camaradas del partido comunista han luchado a menudo con las armas en la mano contra los sindicatos amarillos. Si nos vamos de los sindicatos, será el mejor regalo que podamos hacer a los Legien y compañía. Seguramente dirán: los comunistas son tan tontos que nos han dejado a los obreros. Eso es precisamente lo que quieren los Legien y los Gompers, pero nosotros no lo haremos nunca. No somos una secta. Queremos ser una verdadera Internacional Comunista, que alcance la victoria, y para eso necesitamos millones de obreros.
Dificultades hay muchas, desde luego, y es muy fácil decir: nos vamos, no queremos tener nada que ver con esa gente, construiremos un sindicato obrero «puro». Es posible que en ese sindicato tengamos 20.000 obreros frente a los 8 millones que tienen los Legien. Así lo hizo el Partido Comunista Obrero de Alemania. Creó una pequeña unión obrera frente a los millones de obreros de Legien. Eso es una chiquillada. ¿Con qué masas haremos la revolución proletaria en Alemania? ¿Con esa unión obrera desorganizada y sin centralizar? Tenemos que entrar en los sindicatos.
A menudo os inclináis ante la experiencia de la revolución rusa; pero os pedimos también que la estudiéis. También nosotros teníamos sindicatos conciliadores, pero a los pocos meses de la revolución bolchevique éramos mayoría en ellos. Luchamos por eso durante decenios y conquistamos los sindicatos, y si entonces nos hubiéramos ido de ellos, los mencheviques habrían hecho su negocio. Los camaradas ingleses y americanos dicen: somos comunistas puros, buenos, no entraremos en los sindicatos porque las masas obreras están bajo la influencia de traidores. Camaradas, ¿no significa eso convertirse en un arma en manos de los oportunistas? Lo que propone el camarada Reed solo favorece a los señores Gompers. Si lo hiciéramos, los Huysmans y los Vandervelde se frotarían las manos y dirían: lleváis el agua a nuestro molino.
Nuestra consigna es: ¡siempre con las masas! Pero eso no significa en absoluto que les demos la razón en todo. Les decimos: no tenéis razón, pero nos quedamos con vosotros para dirigir cada uno de vuestros pasos. La Tercera Internacional no cometerá ese error fatal ni se apartará de las masas, porque de lo contrario perecería. Tarde o temprano el socialismo triunfaría también en ese caso, pero quizá solo al cabo de un decenio, y nuestra tarea consiste en contribuir a que venza cuanto antes.
Por eso los camaradas ingleses y americanos deben recordar que, si quieren pertenecer a la III Internacional, no deben abandonar los sindicatos, sino, al contrario, entrar en ellos, luchar allí, revolucionar a las masas, mostrarles el camino, tener un partido comunista fuerte que sea capaz de revolucionar los sindicatos y llevar a las masas proletarias a la revolución.
Fraina (EE. UU.). Me pregunto por qué se inquietan los camaradas Zinóviev y Rádek. Insisten en que hay que trabajar en las trade-unions; pero eso solo es un argumento contra el representante del Partido Comunista Unificado de América, que se opone al trabajo en los viejos sindicatos.
Pero la posición del Partido Comunista Unificado de América no coincide en modo alguno con la de los demás camaradas que critican las tesis del camarada Rádek.
Ya en mi primer discurso subrayé que estamos de acuerdo en trabajar en los viejos sindicatos, no solo por las razones que aquí se han dado, sino también porque así lo exige toda la experiencia del movimiento americano. ¿Acaso los shop stewards están en contra del trabajo en los viejos sindicatos? Afirmarlo sería sencillamente absurdo. El movimiento de los shop stewards y las organizaciones semejantes forman parte de los viejos sindicatos; son ellos quienes expresan de la forma más consecuente el punto de vista de Rádek y Zinóviev sobre la necesidad de trabajar en las trade-unions. En cuanto a los EE. UU., allí el 80 % de los obreros no está organizado; aun así, salirse de los viejos sindicatos reaccionarios es inadmisible, aunque solo sea por la razón siguiente: la mayoría de los obreros no organizados son extranjeros, mientras que la mayoría de los organizados son americanos. Tenemos que establecer el contacto con los obreros americanos, porque ellos serán inevitablemente los que dirijan la revolución, no en la teoría, sino en la acción revolucionaria.
Pero ¿cómo trabajar en los viejos sindicatos? Esa es la cuestión decisiva: la cuestión de los métodos y los medios. Cuando decís «trabajad en los viejos sindicatos», lo decís todo y no decís nada. Hacen falta grupos comunistas en los viejos sindicatos; pero ¿qué deben hacer? ¿Deben limitarse a predicar un comunismo abstracto? Rádek dice: no, deben ponerse al frente de la lucha económica de los obreros. Muy bien, pero ¿con qué medios se consigue eso? Y esos medios, decimos nosotros, no consisten en la penetración pacífica en las trade-unions, ni en elegir nuevos funcionarios en lugar de los viejos, ni en hacer un fetiche de las viejas formas de organización del tradeunionismo; esos medios consisten en la lucha ofensiva dentro de las trade-unions, en movilizar a las masas contra la burocracia sindical y liberarlas de ella, en la agitación por crear organizaciones al margen de los sindicatos y sindicatos de industria, y en crearlos.
Todo esto el camarada Rádek lo reconoce y lo acepta; pero no lo convierte en parte orgánica de sus tesis. Rádek está tan absorbido por los asuntos de Alemania, donde algunos han lanzado la consigna «Abandonad los viejos sindicatos», que ha doblado el palo en sentido contrario.
Y, de nuevo por concentrar toda su atención en los asuntos alemanes, el camarada Rádek aborda con mucha cautela la cuestión de organizar nuevos sindicatos, y de los que nacen de la escisión de los viejos.
En ciertas condiciones la escisión es necesaria. No hay que forzarla, pero tampoco es admisible que nos la impongan; no debemos ser corderitos: en la cuestión de los nuevos sindicatos necesitamos una política que ponga la iniciativa en nuestras manos y no en las de nuestros enemigos.
En última instancia, la escisión es, en cierta medida, un acto revolucionario. Ocurre que mediante una escisión se puede dar a las masas un empujón que no darían meses y años de agitación corriente; a veces incluso es necesario forzar la escisión. Nosotros insistimos en la acción. Las escisiones deben producirse precisamente sobre la base de la acción, y no de discrepancias teóricas.
Además, insistimos en que se reconozcan las nuevas formas que se desarrollan en el movimiento sindical. Este desarrollo adquiere una importancia especialmente grande en América y en Inglaterra. Hay que someterlo a un estudio objetivo, hay que aprender de él, hay que adaptar nuestra teoría a la diversidad y a las infinitas particularidades de la vida misma. A eso se llama práctica revolucionaria; eso es lo que hace falta sobre todo en la cuestión del movimiento sindical.
Tenemos que liberar a las masas tradeunionistas para la acción. Por medio de su lucha económica, comprendiendo las diversas formas de organización y de acción que las masas engendran y adaptándonos a ellas, podemos movilizar a esas masas para la revolución. No debemos pensar de modo abstracto o doctrinario; debemos recordar constantemente que es precisamente de la acción de las masas de donde nacen los medios y las formas del combate revolucionario decisivo.
Lo repito una vez más: nuestras discrepancias con el camarada Rádek no son de principio. La cuestión es dónde se pone el acento. Pero nuestros camaradas rusos deben tener en cuenta las formas nuevas y diversas del movimiento sindical que se desarrollan hoy; deben comprender que en nuestros países el movimiento sindical es, mucho más que en el suyo, un factor vital de la revolución.
Se aprueba la propuesta de cerrar el debate.
Reed propone que se vote la propuesta de la minoría y, en primer lugar, las enmiendas. Se aprueban por votación las tesis de Rádek. Siguen intervenciones por alusiones.
Bombacci (Italia). Me sorprende que se haya dicho de mí que juego a la ligera con la cuestión de los sindicatos. Al contrario, en mi opinión es precisamente el camarada Rádek, que ha reconocido él mismo que ni leyó ni oyó mi discurso, quien da muestras de gran ligereza en las cuestiones del movimiento sindical. Llevo ya quince años participando en el movimiento sindical, fui diez años secretario de un sindicato y tengo sobre esta cuestión una posición perfectamente definida. Nunca se me ha pasado por la cabeza decir que los comunistas no deban interesarse por las cuestiones del movimiento sindical. Os recordaré que desde 1914 los comunistas italianos se han esforzado por arrancar la dirección de los sindicatos de manos de los reformistas. He declarado muchas veces que los sindicatos son las minas de las que la revolución debe extraer el mineral precioso, mientras que el parlamento no es más que una tribuna insignificante en comparación con los sindicatos. Pero los sindicatos no son revolucionarios ni lo serán nunca.
Rádek. Las últimas palabras del camarada Bombacci confirman lo que dije de él. Ha declarado que los sindicatos nunca han sido, no son y nunca serán organizaciones revolucionarias. Con eso ha confirmado mis palabras. Nuestra actitud hacia los sindicatos, dice, debe ser la misma que hacia el parlamento. Hay que utilizar los sindicatos para hacer dentro de ellos propaganda comunista. Pero nunca llegarán a ser organizaciones revolucionarias para la conquista de la dictadura del proletariado. Eso mismo dice el camarada Bombacci según la crónica detallada de Izvestia. Sus objeciones me resultan tanto más incomprensibles cuanto que su discurso fue interpretado precisamente así no solo por sus adversarios, sino por toda la delegación italiana, a la que pregunté al respecto. El camarada Bombacci señala que ha trabajado quince años en los sindicatos. Me permito preguntarle: ¿con qué fundamento? Si considera los sindicatos una institución contrarrevolucionaria y al mismo tiempo no lucha, junto con el partido, por destruirla, adopta una posición indigna de un revolucionario.
Reed propone que se voten las enmiendas a las tesis.
Se procede a la votación.
Zinóviev. El camarada Rádek ya señaló en su informe que la comisión aún tiene que redactar una disposición sobre la Internacional Roja de los sindicatos. Propongo a este respecto un añadido (lo lee). Me permitiré justificarlo brevemente. Todos sabéis que el 15 de julio se constituyó en Moscú una unión internacional de los sindicatos que están en la plataforma de la Internacional Comunista. A ella se ha adherido ya toda una serie de sindicatos, entre ellos la minoría francesa, en la persona del camarada Rosmer, los sindicatos rusos en bloque, los italianos y otros. Se ha publicado una declaración que como plataforma sería insuficiente, pero que merece atención y apoyo como primer paso para convocar cuanto antes un congreso internacional de los sindicatos rojos. Propongo que esto se apruebe como propuesta independiente; continuaremos esta labor para unir cuanto antes a los sindicatos rojos. Propongo además que se encargue al Comité Ejecutivo redactar un llamamiento a los sindicatos de todo el mundo en el que se explique el papel de la amarilla Internacional sindical de Amsterdam y se les proponga ingresar en la Internacional Roja de los sindicatos.
Tanner explica las relaciones entre la Internacional amarilla y la Internacional Roja de los sindicatos.
Zinóviev. Camaradas, la Internacional Roja de los sindicatos que se ha organizado cuenta con los 5 millones de afiliados de los sindicatos rusos, 2 millones de italianos revolucionarios (aunque D'Aragona sea un reformista), la minoría revolucionaria de los sindicatos franceses, representada por Rosmer, que cuenta varios millones, los sindicatos de Bulgaria, con varios cientos de miles, y algunos otros: en total, unos 8 millones de obreros organizados en sindicatos.
A estos 8 millones de obreros organizados queremos unirlos ahora en una Internacional sindical. Os pregunto: ¿es eso malo?
El reformista D'Aragona lo ha firmado porque los obreros italianos están con nosotros, con los soviets, con la dictadura del proletariado. Esperamos que, cuando después de siete años de interrupción vuelva por fin a reunirse el congreso de los sindicatos italianos, quien esté a su cabeza ya no sea un reformista, sino un marxista revolucionario. Teniendo detrás a cerca de 10 millones de obreros que están en la plataforma de la III Internacional, sería criminal no organizarlos. Tanner dice: nosotros tenemos contacto con las masas. ¿Cuántos afiliados tiene la organización de los shop stewards? 250.000. También a ella la hemos invitado, porque decimos que es una organización de masas a la que debemos apoyar. Pero sois verdaderamente modestísimos al declarar que tenéis suficiente contacto con las masas inglesas. No debemos contentarnos con eso, sino actuar como organización internacional. Nuestro principal adversario está en Amsterdam, no en Bruselas. Se habla de la burocracia sindical. D'Aragona es un burócrata. Pero ¿significa eso que no debemos formar una Internacional?
Amsterdam es una fuerza, porque detrás tiene a varios millones de obreros dirigidos por socialtraidores, y por esa razón son reaccionarios. Tenemos que escindirlos y atraerlos a nuestro lado. Esa es nuestra tarea principal; el primer paso que damos ahora en esa dirección es importantísimo: podemos proponer ya a cualquier sindicato que salga de la Internacional de Amsterdam e ingrese en la Internacional Roja de los sindicatos. Quizá esto no sea más que Zimmerwald, pero tras él vendrá Kienthal y luego Moscú. En todo caso es un paso adelante.
Invitamos a los shop stewards a unirse a nosotros, pero no quisieron firmar el manifiesto porque en él se habla de la dictadura del proletariado. Ahora han atendido a la voz de la razón. Se nos puede preguntar por qué no creamos la Internacional Roja de los sindicatos sobre una base más amplia. Responderemos que hemos preferido la forma actual porque contamos ya con 10 millones de afiliados, y tarde o temprano todos los sindicatos vendrán a nuestra Internacional.
El camarada Tanner cree que aquí hay una contradicción: a escala nacional nos quedamos en los viejos sindicatos, y a escala internacional queremos construir un órgano independiente. Pero nos quedamos en los sindicatos nacionales para atraer a las masas, para no dejar los sindicatos en la Internacional de Amsterdam, sino unirlos y ponerlos bajo la dirección de la Internacional Comunista. Tenemos que conquistar los sindicatos a toda costa. Hay que ser doctrinario de los pies a la cabeza para quedarse al margen ahora, cuando existe por un lado la Internacional de Amsterdam y por otro la unión de Moscú. ¿No debería yo aliarme con Robert Williams contra Henderson? Desde luego que sí. Williams está al frente de la Triple Alianza237. ¿Por qué los camaradas de los shop stewards no están al frente de esa organización de un millón de miembros? Con ello solo demuestran que son sectarios y no revolucionarios. Como revolucionarios, tendrían que echar a Williams y ponerse al frente del movimiento. Pero forman grupitos, y allí donde empieza un movimiento de millones se quedan a un lado. En vez de estar con las masas, a la cabeza del movimiento, rehúyen la lucha.
Considero un gran paso adelante la formación del núcleo de una Internacional sindical. Es un golpe gravísimo para la burguesía. No importa que D'Aragona sea un oportunista: él se irá, y los obreros italianos se quedarán. Apartaremos a la burocracia sindical, y millones nos seguirán contra el capitalismo y contra la Internacional sindical amarilla.
Rudnyánszky propone cerrar el debate.
Se aprueba la propuesta. Se vota la propuesta de Tanner y Reed de remitir esta cuestión a la comisión. A favor de esta propuesta se pronuncian 13 votos; la mayoría, por la propuesta de Zinóviev, con 1 abstención.
Se levanta la sesión.
Decimosexta sesión, viernes 6 de agosto de 1920
Zinóviev abre la sesión.
Zinóviev. La presidencia propone terminar con esta sesión los trabajos del congreso.
Münzenberg. En nombre de los representantes de las organizaciones juveniles aquí presentes, propongo que no se clausure el congreso sin haber discutido antes la cuestión del movimiento juvenil. Por un lado, los representantes de la juventud tienen interés en que las cuestiones del movimiento comunista juvenil y de sus relaciones con la Internacional Comunista se discutan en el pleno; por otro, la importancia de este movimiento es tan grande para el partido comunista que el congreso en su conjunto debe discutir esta cuestión. Si es posible resolverla hoy mismo, no tenemos nada que oponer a la propuesta de la presidencia. En caso contrario, nos pronunciamos en contra, porque la cuestión del movimiento juvenil debe discutirse a toda costa.
Sylvia Pankhurst.238 El congreso lleva reunido tanto tiempo que, en mi opinión, bien puede seguir reunido algún tiempo más. La cuestión que tenemos que discutir todavía no está del todo clara. Estoy en contra de terminar los trabajos del congreso.
Goldenberg. Me sumo a la opinión de Münzenberg, a saber, que la cuestión de la juventud debe discutirse antes de clausurar el congreso.
Zinóviev. Voy a defender la propuesta de la presidencia. Los camaradas que, como Sylvia Pankhurst, por desgracia han llegado con mucho retraso, saben que llevamos ya dos semanas discutiendo estas cuestiones y que antes las discutimos durante dos o tres meses en el Comité Ejecutivo. Por eso proponemos terminar hoy el congreso; en ese caso, naturalmente, no podremos discutir hoy a fondo la cuestión de la juventud. Para discutirla en todos sus aspectos es necesario que también los representantes del movimiento juvenil tomen parte en el debate. Quisiera señalar además que muchos delegados llevan ya aquí más de dos semanas. Creo que será útil para el movimiento juvenil y para toda la Internacional que les demos la posibilidad de regresar. Propongo, pues, terminar hoy los trabajos y resolver esta cuestión brevemente, sin debate. (Se aprueba la propuesta.)
Zinóviev. Camaradas, hemos decidido terminar hoy los trabajos del congreso y por eso tenemos que ahorrar tiempo. Para cada cuestión se han inscrito ya doce oradores, así que presento la propuesta siguiente: las enmiendas nuevas que no se hayan discutido en la comisión solo se leerán, sin someterlas a debate. La comisión tomará después una decisión definitiva sobre ellas. En segundo lugar, sobre la cuestión del ingreso en el Partido Laborista solo se admitirán dos oradores a favor y dos en contra.
Wijnkoop. Camaradas, me opongo a esta forma de debate, porque la cuestión del Partido Laborista y del Partido Socialista Británico es extraordinariamente importante. Precisamente porque es muy importante, y no solo para Inglaterra, sino para el mundo entero, me parece que habría que discutirla con entera libertad. Si se admiten solo dos defensores de un punto de vista y dos del otro, de ese derecho solo podrá hacer uso, en la práctica, la delegación inglesa. Es posible que dos hablen en contra, uno a favor, y que algún otro partido, aparte de los ingleses, tenga ocasión de dar su opinión. Pero eso no basta. Los obreros del mundo entero tienen derecho a saber por qué hemos adoptado uno u otro punto de vista. Esto es muy importante, y por eso yo estaría por un debate libre sobre esta cuestión. Pero aunque limitemos el debate, creo que dos oradores a favor y dos en contra no bastan; hay que dar también a los demás partidos la posibilidad de expresarse. Propongo, en contra de la propuesta de la presidencia, que se abra un debate libre sobre esta cuestión.
Se aprueba por votación la propuesta de Zinóviev.
Pankhurst (Inglaterra, Federación Socialista Obrera). Es muy característico de Inglaterra que entre la política de los diversos partidos que forman parte del Partido Laborista239 no exista una delimitación clara que permita a todos, y sobre todo a los obreros, distinguir un partido de otro. Por eso es muy difícil explicar a los obreros en qué se distinguen los partidarios del partido comunista de los partidarios de otros partidos. Para demostrarlo no me limitaré al ejemplo del camarada Williams, de quien se pensaba que estaba en la plataforma de los soviets y que, como ahora se ha visto, era partidario de que los obreros ingleses cargaran armas para Polonia. Lo digo para recordar lo fácil que es equivocarse. Así pues, por un lado se proclama la adhesión al comunismo y, por otro, en virtud de la pertenencia al Partido Laborista y de la disciplina de partido, se aplica por fuerza la política de este. Y otro ejemplo: la situación que se crea en determinada fase de una campaña electoral. Hay que aclarar, pongamos por caso, la diferencia entre dos candidatos como representantes de uno u otro programa. Y eso es imposible por la estructura del Partido Laborista, en el que dominan las viejas tradiciones y en el que hay que vérselas con funcionarios a sueldo. Los miembros de todos los partidos que forman parte del Partido Laborista están sometidos a la disciplina más estricta. Hasta las intervenciones en el parlamento están sometidas a las exigencias de la disciplina de partido. Tampoco hay que olvidar que, aunque las secciones locales del Partido Laborista tienen derecho a presentar sus candidatos a los órganos electivos locales, los candidatos al parlamento solo se designan según las indicaciones del Consejo General del Partido Laborista. Lo mismo vale para las intervenciones y las votaciones. Los miembros del Partido Laborista Independiente240 ya han comprendido bien que, por la disciplina existente, es muy difícil ser miembro del Partido Laborista y pertenecer al mismo tiempo a otra organización revolucionaria. Puede servir de ejemplo a este respecto el camarada Newbold241, miembro muy radical del Partido Laborista Independiente. Fue presentado como candidato al parlamento, y yo tuve ocasión de conocer su programa electoral antes y después de que lo aprobara el Partido Laborista. Pude comprobar hasta qué punto lo había cambiado el Consejo General del Partido Laborista. Lo repito: la disciplina del partido ata de pies y manos. Además, no hay que olvidar ni la estructura anquilosada del Partido Laborista ni el carácter de las trade-unions adheridas a él. En una palabra, el cuadro que se ofrece a nuestra vista es muy distinto del que querríamos ver. Es imposible, quedándose en el Partido Laborista, cambiar su organización en ningún aspecto.
En cuanto al parlamentarismo, en Inglaterra estamos en una situación más difícil que en otros países. Inglaterra es un país de viejas tradiciones parlamentarias, de tradiciones auténticamente democráticas, profundamente arraigadas en la clase obrera; y si se propone a los obreros ingleses participar en las elecciones para enfrentarse al Partido Laborista, no lo entenderán. No pueden entenderlo, porque están bajo la fuerte influencia de la prensa burguesa. No se puede comparar Inglaterra con Rusia. En Inglaterra, cada obrero, al volver del trabajo a casa, lee algún periódico burgués. Yo he comprobado personalmente —y soy una de las oradoras que más a menudo han hablado sobre la revolución rusa— que lo que más nos costaba explicar a los obreros era la actitud de los rusos hacia el parlamentarismo. Nos preguntaban para qué había hecho falta convocar la Asamblea Constituyente si luego se la disolvió. Los prejuicios democráticos han echado raíces profundas en la clase obrera inglesa, y hay que contar con ello. Tengo otra razón más para estar en contra del punto de vista adoptado por la Internacional Comunista. Creo que, si proponemos a los partidos que se adhieran al Partido Laborista y se aten a una disciplina y una acción comunes, con ello pondremos el destino de la revolución proletaria inglesa en manos de las viejas trade-unions. Todos los argumentos que aquí se han dado hablan en contra de ello, y cada día comprobamos lo difícil que es infundir un espíritu nuevo en las viejas trade-unions. Proponer al partido comunista inglés que entre en el Partido Laborista equivaldría a poner el destino de los sindicatos y de los soviets de diputados obreros en manos de las viejas y anquilosadas trade-unions. Por eso pido que se tengan en cuenta las condiciones particulares de Inglaterra. Quisiera mencionar una observación del camarada Lenin, que dijo que no hay que caer en el «izquierdismo». A mi juicio, en cambio, hay que ser todavía más extremista que hasta ahora. Hay pocas personas valientes, sobre todo en Inglaterra. Soy socialista, pero luché mucho tiempo en las filas de las sufragistas y comprobé lo importante que es adoptar una posición extrema y defender con valentía las propias ideas. En política hay que defender las ideas más extremas. Que esta opinión mía es acertada se ha confirmado en la cuestión de la ayuda al poder soviético en Inglaterra y, en general, en todas partes donde hacía falta valor. Por eso insisto en mi punto de vista y pido al congreso que rechace la propuesta presentada.
McLaine (Inglaterra, Partido Socialista Británico). Nada de lo que se ha dicho aquí es nuevo, porque todo el mundo sabe cuál es la actitud de la camarada Pankhurst hacia el parlamentarismo. La decisión propuesta por la comisión del congreso es el desarrollo lógico de los acuerdos ya adoptados sobre otras cuestiones. Creo que no es casual que precisamente los camaradas que más insisten en el ingreso del partido comunista en el Partido Laborista sean representantes de un país en el que ya existe la dictadura proletaria. Hablo de los camaradas rusos.
¿Qué es, en el fondo, el Partido Laborista? No es otra cosa que la expresión política de los obreros organizados en las trade-unions, que defienden en el Partido Laborista el punto de vista económico del proletariado sobre una u otra cuestión. Nueve décimas partes de los miembros del Partido Laborista son al mismo tiempo miembros de las trade-unions. El ejemplo que ha dado la camarada Pankhurst es pueril, porque se ha referido únicamente a los sindicatos más reaccionarios. En general, nadie negará que los obreros organizados en las trade-unions se están radicalizando. Vemos cómo, bajo la influencia de los acontecimientos, el movimiento sindical cambia de carácter. No podemos considerar a los sindicatos y a sus miembros como algo fijado para siempre. Recordaré la gran huelga de los mecánicos de Manchester de 1917, en la que participaron algunos de los camaradas aquí presentes. Participaron también comunistas, que expresaron a la luz del movimiento comunista el punto de vista de los huelguistas. Podemos referirnos también a los acontecimientos más recientes en el Partido Laborista. Primero se propuso que el Partido Laborista se adhiriera a la III Internacional; la propuesta ni siquiera se sometió a votación, pero el mero planteamiento de la cuestión despertó un gran interés político. La cuestión se discutió en toda Inglaterra, en todas las organizaciones locales del Partido Laborista, que de otro modo nunca habrían oído hablar de la III Internacional. Todo ello dio lugar a una gran labor de agitación. Contra la opinión aquí expresada, el Partido Socialista Británico, aunque está adherido al Partido Laborista, conserva plena libertad de crítica. Yo mismo y mis camaradas de partido hemos criticado muchas veces a los dirigentes del Partido Laborista en la prensa, en los congresos, etc., y ello no ha tenido para nosotros ninguna consecuencia desagradable. Insisto en las tesis siguientes: primera, que el Partido Laborista es la expresión política de los obreros organizados en las trade-unions y debemos entenderlo precisamente así; y segunda, que los miembros de los demás partidos adheridos al Partido Laborista conservan plena libertad de acción y de crítica.
Gallacher (Inglaterra, shop stewards). Lamento que el congreso tenga que oír las mismas frases manidas que el Partido Socialista Británico lleva repitiendo en el movimiento obrero inglés desde hace ya veinte años, y que ahora vuelve a defender el punto de vista adoptado aquí. Sus representantes dicen que se pronuncian por el ingreso en el Partido Laborista sobre todo porque de ese modo, según ellos, es más fácil enlazar con las masas. Pero nosotros ya estamos ligados a las masas. Hay que distinguir entre quienes están realmente ligados a la masa y quienes no lo quieren en absoluto. Para confirmarlo puedo dar muchos ejemplos del último periodo de lucha en Escocia, donde los partidarios del Partido Laborista Independiente y del Partido Socialista Británico se comportaron con mucha modestia: se pusieron en contacto con la burguesía junto con los reformistas y ni siquiera intentaron hacerle frente. Nosotros, en cambio, organizamos grandes manifestaciones en Escocia. Los mejores oradores de Inglaterra llegaron a Escocia e intentaron pronunciar allí discursos socialpatriotas. Trajeron consigo toda una jauría de secuaces de la hez de la sociedad para asegurarse apoyo. Pero, aunque los representantes del Partido Laborista nos aconsejaron que cerráramos la boca, impedimos que esos oradores se adueñaran de la multitud y organizamos contramanifestaciones de masas, a pesar de todos los obstáculos. A eso llamo yo un contacto estrecho con las masas. Permitidme recordaros nuestra experiencia durante la guerra, cuando, pese al chovinismo entonces dominante, los obreros escoceses consiguieron que se tratara humanamente a las mujeres y los hijos de los alemanes internados, mientras que otros partidos obreros, al chocar con la resistencia de la burguesía, no lograron nada en este terreno. Recordaré también a socialpatriotas de todos conocidos, como Thomas242 y Henderson, que tantas veces han traicionado a los obreros. Os pregunto: ¿podemos hablar en nombre de un partido cuyo representante es Henderson? Buen ejemplo es también lo que pasó con un artículo mío contra el chovinismo. El periódico que entonces no quiso publicarlo fue The Call. Quisiera explicaros las relaciones que existen de hecho entre el «intransigente» Partido Socialista Británico y el Partido Laborista. ¿No es ridículo que el camarada Lenin y otros compartan el punto de vista del camarada McLaine? Sin duda, el camarada McLaine asume una grave responsabilidad al convencer a otros comunistas de que tienen razón unas ideas suyas que van contra los verdaderos intereses del movimiento. A mi juicio, lo más importante es hacer que las masas comprendan la situación existente mediante la agitación y la acción. Hay que suscitar la indignación en la clase obrera, hay que intentar por todos los medios llevar a las masas a la acción directa, y no valerse de medios que solo pueden desviarlas del camino de la lucha revolucionaria. Termino mi discurso pidiendo que se rechace esta propuesta, que llevará a desnaturalizar el carácter del partido comunista. Pido a los camaradas que representan aquí en el congreso a los distintos partidos que no apoyen esta propuesta. Dadnos la posibilidad de organizar un partido auténticamente comunista sobre una base sólida, busquemos las vías de comunicación con las masas. Entonces daremos de verdad a las masas la posibilidad de resolver ellas mismas esta cuestión. No se nos puede exigir que apoyemos aquello contra lo que hemos luchado durante largos años. Esa es la opinión de los elementos revolucionarios y comunistas, y os ruego encarecidamente que no creéis para los camaradas escoceses una situación en la que se les impongan decisiones que no son capaces de defender, porque contradicen todo lo que han defendido hasta ahora, todo lo que les ha valido el respeto y la popularidad de que gozan entre los obreros.
Lenin. ¡Camaradas! El camarada Gallacher ha empezado su discurso lamentando que tengamos que oír aquí por centésima y milésima vez frases que el camarada McLaine y otros camaradas ingleses han repetido ya miles de veces en discursos, periódicos y revistas. Creo que no hay por qué lamentarlo. El método de la vieja Internacional consistía en dejar estas cuestiones a la decisión de cada partido en su país. Eso era radicalmente erróneo. Es muy posible que no conozcamos con toda exactitud las condiciones de tal o cual país, pero aquí se trata de fundamentar en los principios la táctica del partido comunista. Esto es muy importante, y aquí, en nombre de la III Internacional, debemos exponer con entera claridad el punto de vista comunista.
Ante todo, quisiera señalar una pequeña inexactitud del camarada McLaine con la que en ningún caso se puede estar de acuerdo. Él llama al Partido Laborista sección política del movimiento tradeunionista. Lo ha repetido una vez más: el Partido Laborista «es la expresión política del movimiento sindical». He encontrado muchas veces esta opinión en el periódico del Partido Socialista Británico. Es incorrecta, y con este error provocan la oposición, quizá una oposición justa en esta cuestión, de los obreros revolucionarios británicos. En efecto, la idea de «sección política del movimiento tradeunionista» o de «expresión política» de ese movimiento es errónea. Desde luego, el Partido Laborista se compone en su mayor parte de obreros. Pero que un partido sea o no realmente un partido político obrero no depende solo de que esté formado por obreros, sino también de quién lo dirige y de cuál es el contenido de su acción y de su táctica política. Solo esto determina si tenemos ante nosotros un verdadero partido político del proletariado. Desde este punto de vista, el único correcto, el Partido Laborista es un partido completamente burgués, porque, aunque está formado por obreros, lo dirigen reaccionarios, y los peores reaccionarios, que actúan por entero con el espíritu de la burguesía; es una organización de la burguesía que existe para engañar sistemáticamente a los obreros con ayuda de los Noske y Scheidemann ingleses.
Pero tenemos ante nosotros otro punto de vista, el de la camarada Sylvia Pankhurst y el camarada Gallacher; ellos nos cuentan cómo ven la cuestión. ¿Cuál ha sido el contenido de los discursos de Gallacher y de muchos de sus amigos? Nos dicen: no estamos lo bastante ligados a las masas, pero tomad el Partido Socialista Británico: su ligazón con las masas es todavía peor, es muy débil. Y el camarada Gallacher nos ha contado aquí cómo él y sus camaradas organizaron realmente de manera excelente el movimiento revolucionario en Glasgow, en Escocia, y cómo durante la guerra maniobraron muy bien en el terreno táctico, cómo supieron apoyar a los pacifistas pequeñoburgueses Ramsay MacDonald y Snowden243 cuando llegaban a Glasgow, para organizar con ese apoyo un gran movimiento de masas contra la guerra.
Nuestro objetivo consiste precisamente en introducir este excelente movimiento revolucionario nuevo, representado por el camarada Gallacher y sus amigos, en un partido comunista con una táctica verdaderamente comunista, es decir, marxista. Esa es la tarea. Por un lado, el Partido Socialista Británico es demasiado débil y no sabe hacer como es debido la agitación entre las masas; por otro, tenemos elementos revolucionarios jóvenes, tan bien representados aquí por el camarada Gallacher, que, aunque están en contacto con las masas, no son un partido político y, en ese sentido, son todavía más débiles que el Partido Socialista Británico y no saben en absoluto organizar su trabajo político. En esta situación debemos decir con toda franqueza nuestra opinión sobre la táctica correcta. Cuando el camarada Gallacher ha dicho que el Partido Socialista Británico es «desesperadamente reformista» (hopelessly reformist), ha exagerado. Pero el sentido general y el contenido de todas las resoluciones que hemos aprobado aquí muestran con absoluta precisión que exigimos un cambio de la táctica del Partido Socialista Británico en este sentido, y la única táctica correcta para los amigos de Gallacher consiste en entrar en el partido comunista y rehacer la táctica de ese partido en el espíritu de nuestras resoluciones. Si tenéis tantos partidarios que podéis organizar en Glasgow mítines populares de masas, no os será difícil incorporar al partido a más de diez mil. El último congreso del Partido Socialista Británico, celebrado en Londres hace tres o cuatro días244, decidió cambiar el nombre del partido por el de comunista e incluyó en el programa un punto sobre la participación en las elecciones parlamentarias y el ingreso en el Partido Laborista. Allí estaban representados diez mil miembros organizados. Por eso a los camaradas escoceses no les sería nada difícil incorporar a este «Partido Comunista de Gran Bretaña» a más de diez mil obreros revolucionarios que dominan mejor el arte de trabajar entre las masas, y cambiar así la vieja táctica del Partido Socialista Británico en el sentido de una agitación más acertada, de una acción más revolucionaria. La camarada Sylvia Pankhurst ha dicho varias veces, también en la comisión, que en Inglaterra necesitamos extremistas. Yo, naturalmente, le respondí que es completamente cierto, pero que no hay que pasarse de «izquierdismo». Ella dijo que «somos mejores pioneros, hacemos mucho más ruido (noisy)». No lo entiendo en absoluto en mal sentido, sino en el buen sentido de la palabra: que saben hacer mejor la agitación revolucionaria. Eso lo valoramos y debemos valorarlo. Lo hemos expresado en todas nuestras resoluciones, porque siempre subrayamos que podemos reconocer a un partido como partido obrero cuando, y solo cuando, está realmente ligado a las masas y lucha contra los viejos jefes, podridos hasta la médula, tanto contra los chovinistas del ala derecha como contra los que ocupan una posición intermedia, como los independientes de derecha en Alemania. En todas nuestras resoluciones lo hemos afirmado y repetido diez veces y más, y eso significa precisamente que exigimos la transformación del viejo partido en el sentido de una ligazón más estrecha con las masas.
Sylvia Pankhurst preguntaba: «¿Es admisible que un partido comunista entre en otro partido político que pertenece a la II Internacional?». Y respondía que no es posible. Pero en el Partido Laborista inglés tenemos unas condiciones completamente peculiares: es un partido muy original, no es un partido en el sentido corriente de la palabra. Está formado por los miembros de todas las organizaciones sindicales y cuenta ahora con unos cuatro millones de afiliados. Da bastante libertad a todos los partidos políticos que forman parte de él. Agrupa así a una enorme masa de obreros ingleses que va a remolque de los peores elementos burgueses, de socialtraidores todavía peores que Scheidemann, Noske y demás señores de esa ralea. Pero al mismo tiempo el Partido Laborista permite que el Partido Socialista Británico esté en sus filas y que este partido tenga órganos de prensa en los que los miembros del Partido Laborista pueden declarar libre y abiertamente que los jefes son socialtraidores. McLaine ha citado con exactitud declaraciones de este tipo del Partido Socialista Británico. He confirmado repetidamente que también yo he leído en el periódico del Partido Socialista Británico, The Call, que los jefes del Partido Laborista son socialpatriotas y socialtraidores. Esto significa, por lo tanto, que un partido que forma parte del Partido Laborista no solo puede criticar duramente, sino también hablar con toda franqueza, citando nombres, de los viejos jefes como socialtraidores. Es una situación muy original: un partido que agrupa a enormes masas de obreros como si fuera un partido político se ve obligado, sin embargo, a concederles plena libertad. El camarada McLaine ha señalado aquí que, por ejemplo, en el congreso del Partido Laborista esos Scheidemann se vieron obligados a plantear abiertamente la cuestión del ingreso en la III Internacional, y todas las organizaciones y secciones locales de ese partido tuvieron que discutirla. En tales condiciones es un error no entrar en ese partido. En una conversación privada, la camarada Pankhurst me dijo: «Si somos de verdad revolucionarios y entramos en el Partido Laborista, esos señores nos expulsarán». Pero eso no estaría nada mal. En nuestra resolución se dice que estamos por el ingreso en la medida en que el Partido Laborista conceda suficiente libertad de crítica. En este punto somos consecuentes hasta el fin. El camarada McLaine ha subrayado además que en Inglaterra se han creado ahora unas condiciones tan originales que un partido político que de verdad quiere y puede ser un partido obrero revolucionario está, a pesar de ello, ligado a esta peculiar organización obrera de cuatro millones de miembros, medio sindical, medio política, y dirigida por jefes burgueses. En estas condiciones sería un gravísimo error de los mejores elementos revolucionarios no hacer todo lo posible por quedarse en ese partido. Que los señores Thomas y demás socialtraidores, a los que vosotros llamáis así, os expulsen. Eso producirá un efecto excelente en las masas de obreros ingleses.
Los camaradas subrayan que la aristocracia obrera es en Inglaterra más fuerte que en otros países. Así es, en efecto. Allí tiene detrás no decenios, sino siglos. Allí la burguesía, que tiene una experiencia mucho mayor —una experiencia democrática—, ha sabido sobornar a los obreros y crear una capa amplia, más amplia que en otros países, aunque insignificante en comparación con las grandes masas obreras, que está impregnada hasta la médula de prejuicios burgueses y practica una política completamente burguesa y reformista. Así, en Irlanda vemos doscientos mil soldados ingleses que reprimen a los irlandeses con un terror espantoso. Los socialistas ingleses no hacen propaganda revolucionaria entre estos soldados. Y en nuestras resoluciones hemos indicado claramente que solo admitimos como miembros de la Internacional Comunista a los partidos ingleses que hagan una propaganda verdaderamente revolucionaria entre los obreros y soldados ingleses. Subrayo que ni aquí ni en la comisión hemos encontrado objeciones contra esto.
Los camaradas Gallacher y Sylvia Pankhurst no pueden negarlo. No son capaces de refutar que el Partido Socialista Británico, permaneciendo en las filas del Partido Laborista, goza de libertad suficiente para escribir que tales y cuales jefes del Partido Laborista son traidores; que esos viejos jefes representan los intereses de la burguesía; que son agentes de la burguesía en el movimiento obrero; esto es absolutamente cierto. Cuando los comunistas gozan de esa libertad, están obligados —si quieren tener en cuenta la experiencia de los revolucionarios de todos los países, y no solo de la revolución rusa, pues aquí no estamos en un congreso ruso, sino internacional— a entrar en el Partido Laborista. El camarada Gallacher ha bromeado aquí diciendo que nos ha convencido el Partido Socialista Británico. No, nos ha convencido la experiencia de todas las revoluciones en todos los países. Y creemos que debemos decírselo a las masas. El partido comunista inglés debe conservar libertad suficiente para desenmascarar y criticar a los traidores de los obreros, que en Inglaterra son mucho más fuertes que en otros países. No es tan difícil de entender. No es cierta la afirmación del camarada Gallacher de que, si decidimos entrar en el Partido Laborista, los mejores obreros revolucionarios ingleses no vendrán con nosotros. Tenemos que comprobarlo en la práctica. Estamos convencidos de que todas nuestras resoluciones y acuerdos que adopte el congreso se publicarán en todos los periódicos socialistas revolucionarios ingleses y de que todas las organizaciones y secciones locales los discutirán. Todo el contenido de nuestras resoluciones dice con meridiana claridad que somos los representantes de la táctica revolucionaria de la clase obrera en todos los países y que nuestro objetivo es la lucha contra el viejo reformismo y el oportunismo. Los acontecimientos muestran que nuestra táctica vence de verdad al viejo reformismo. Y entonces vendrán a nosotros los mejores elementos revolucionarios de la clase obrera, descontentos con la lentitud del desarrollo, que en Inglaterra será quizá todavía más lento que en otros países. El ritmo lento del desarrollo se debe a que la burguesía inglesa tiene la posibilidad de crear mejores condiciones para la aristocracia obrera. Así se frena el movimiento revolucionario en Inglaterra. Por eso los revolucionarios de Inglaterra deben aspirar no solo a revolucionar a las masas, cosa que hacen magníficamente —el camarada Gallacher lo ha demostrado—, sino al mismo tiempo a crear un verdadero partido de la clase obrera. Ni el camarada Gallacher ni Sylvia Pankhurst, que han intervenido los dos aquí, pertenecen todavía a un partido comunista revolucionario. Una organización proletaria tan excelente como los shop stewards no tiene hasta ahora un partido político. Si os organizáis políticamente, veréis que nuestra táctica se basa en el desarrollo político de los últimos decenios bien comprendido, y que un verdadero partido obrero revolucionario solo puede crearse de modo que absorba los mejores elementos de la clase revolucionaria y aproveche al mismo tiempo toda posibilidad de luchar contra los jefes reaccionarios precisamente allí donde estos jefes reaccionarios actúan.
Si el partido comunista inglés empieza por actuar de modo revolucionario en el Partido Laborista, y si los señores Henderson se ven obligados a expulsar a este partido, será una gran victoria del movimiento obrero comunista y revolucionario en Inglaterra.
Zinóviev. Someto a votación la cuestión del ingreso de los partidos ingleses en el Partido Laborista. Los que estén a favor de la propuesta de la comisión, es decir, del ingreso en el Partido Laborista, que levanten la mano.
Se aprueba la propuesta por 58 votos contra 24, con abstenciones.
Antes de pasar a votar la resolución en su conjunto, daremos la palabra a algunos camaradas para hacer declaraciones.
Serrati (Italia). Votaré contra las tesis por dos razones: primera, por la discrepancia en las cuestiones inglesa y norteamericana; segunda, por la crítica que contienen a la Dirección del partido italiano. No retendré la atención del congreso con largas explicaciones, pero me permito entregar a la presidencia una declaración más detallada para que conste en acta.
Graziadei (Italia). Proponemos que el § 17 quede redactado así:
«Con respecto al Partido Socialista Italiano, el II Congreso de la III Internacional, reconociendo que la revisión del programa acordada el año pasado por el congreso del partido en Bolonia marca una etapa muy importante en el camino de la evolución del partido hacia el comunismo, y que las propuestas presentadas al Consejo Nacional del Partido Socialista Italiano por la Sección de Turín de ese partido y publicadas en la revista L'Ordine Nuovo del 8 de mayo de 1920 responden a todos los principios fundamentales de la III Internacional, pide al Partido Socialista Italiano que en el próximo congreso del partido, que deberá convocarse conforme a los estatutos del partido y a las disposiciones generales sobre las condiciones de admisión en la III Internacional, examine esas propuestas, así como todas las decisiones de los dos congresos de la Internacional Comunista, en especial las cuestiones de la fracción parlamentaria, de los sindicatos y de los elementos no comunistas del partido». Graziadei, Bombacci, Polano.
Zinóviev. En nombre de tres miembros de la delegación rusa, a saber, los camaradas Lenin, Bujarin y yo mismo, declaro que aceptamos la redacción propuesta por Graziadei y esperamos que también la mayoría de la comisión esté de acuerdo con ella.
Wijnkoop (Holanda). Quiero declarar que, pese a mi desacuerdo en la cuestión inglesa, votaré a favor de las tesis, puesto que expresan una posición tajante frente a los oportunistas, y en la comisión se formularon de manera aún más tajante precisamente en la cuestión italiana.
Serrati (Italia). Pese a las declaraciones que acaban de hacer Graziadei y otros miembros de la comisión, mantengo mi declaración, porque de hecho no hay ninguna diferencia entre la redacción de las tesis y lo que se acaba de decir aquí. Quizá unos abogados lograrían encontrar aquí alguna diferencia, pero no estamos en un congreso de abogados, sino de comunistas. Las tesis significan desautorizar a la Dirección del partido italiano y al Avanti! Hay que decirlo abiertamente.
Zinóviev. Debo decir que el camarada Serrati tiene toda la razón. En realidad es lo mismo; pero lo propusieron los camaradas italianos y hemos querido complacerlos. A los camaradas que desean luchar contra los abogados siempre estamos dispuestos a hacerles concesiones en la forma. En este sentido, la mayoría de la comisión y del congreso está de acuerdo con el camarada Serrati.
Bordiga (Italia). En nombre de la fracción comunista abstencionista del Partido Socialista Italiano declaro que no damos ninguna importancia a la forma en que se exprese la tesis referida al Partido Socialista Italiano.
Después de todo lo que se ha dicho aquí sobre este partido, en particular por los camaradas Lenin y Zinóviev, hago constar que la posición del Partido Socialista Italiano desde el Congreso de Bolonia no es compatible con su ingreso en la Internacional Comunista, puesto que en sus filas hay elementos oportunistas y socialdemócratas.
En cuanto a las cuestiones del antiparlamentarismo, nos sometemos a la disciplina del congreso, pero exigimos que todas las demás resoluciones aprobadas por el congreso sean cumplidas exactamente por el partido italiano respecto de los miembros no comunistas de ese partido y de su fracción parlamentaria, y respecto de los sindicatos dirigidos por reformistas. Estamos firmemente convencidos de que el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista velará por el cumplimiento de estas decisiones.
Zinóviev. Pasamos ahora a votar las tesis en su conjunto.
Las tesis sobre las tareas fundamentales de la Internacional Comunista se aprueban por mayoría contra dos votos y una abstención.
Zinóviev. Se da por concluida la cuestión. Pasamos al informe de la segunda comisión, sobre las condiciones de admisión en la III Internacional. Tiene la palabra para el informe el camarada Meyer.
Meyer (Alemania). En la comisión encargada de examinar las tareas del II Congreso se discutieron también las condiciones de admisión en la III Internacional, tal como estaban formuladas en las tesis del camarada Lenin. En la página 107 se enumeran cinco condiciones de admisión. Al discutirlas se señaló que el congreso ya había aprobado las tesis sobre las condiciones de admisión. Después la cuestión se debatió en una comisión mixta, compuesta por 7 miembros de la comisión encargada de elaborar las condiciones de admisión y 7 miembros de la comisión sobre las tareas de la Internacional Comunista.
Esta comisión conjunta propone modificar algo las tesis sobre las condiciones de admisión en la Internacional Comunista. En el § 7 (página 82 de la edición alemana) se citan los nombres de reformistas notorios: Kautsky, Turati, Hillquit, MacDonald, etc. La nueva comisión ha decidido añadirles también a Hilferding.
Luego la comisión se ocupó de las propuestas hechas en el pleno y remitidas a la comisión para su examen. La comisión mixta aprobó la propuesta de los miembros de la delegación rusa según la cual en todos los órganos centrales de los partidos que deseen adherirse a la III Internacional debe haber no menos de dos tercios de camaradas que ya antes del II Congreso de la Internacional Comunista se hubieran pronunciado por el ingreso en la Internacional Comunista.
Luego se aprobó una propuesta que obliga a los partidos adheridos y a los que desean adherirse a la III Internacional a convocar lo antes posible, y como máximo en un plazo de cuatro meses después del II Congreso de la Comintern, congresos extraordinarios del partido para discutir en ellos todas las condiciones aprobadas. Se aprobó asimismo una propuesta que obliga a los partidos que deseen pertenecer a la Internacional Comunista a expulsar a los miembros que no estén de acuerdo con los principios de la Internacional Comunista. Lo mismo vale para los delegados de los congresos extraordinarios del partido que se pronuncien contra el ingreso en la Internacional Comunista.
La subcomisión de condiciones de admisión, tras conocer las decisiones de la comisión mixta, introdujo en ellas pequeñas modificaciones, que consisten en conceder al Comité Ejecutivo el derecho de hacer excepciones en lo referente a la formación de los órganos del partido con partidarios de la Internacional Comunista y en lo referente a la expulsión de algunos reformistas. Los párrafos correspondientes dicen ahora literalmente:
«19. Todos los partidos que pertenecen a la Internacional Comunista o que han solicitado su ingreso en ella están obligados a convocar en el plazo más breve, y como máximo cuatro meses después del congreso de la Internacional Comunista, un congreso extraordinario de su partido para discutir todas estas condiciones. Al mismo tiempo, los Comités Centrales deben cuidar de que todas las organizaciones locales conozcan las resoluciones del congreso de la Internacional Comunista.
Los partidos que quisieran ingresar ahora en la III Internacional, pero que hasta ahora no han cambiado radicalmente su táctica anterior, deben cuidar, antes de ingresar en ella, de que en su Comité Central y en todos los órganos centrales más importantes del partido haya no menos de dos tercios de camaradas que, ya antes del congreso de la Internacional Comunista, se hayan pronunciado pública e inequívocamente por el ingreso en la III Internacional. Se podrán admitir excepciones con la aprobación del Comité Ejecutivo de la III Internacional. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a hacer excepciones también para los representantes del «centro» mencionados en el § 7.
Los miembros del partido que rechacen por principio las condiciones y las tesis establecidas por la Internacional Comunista deben ser expulsados del partido. Esto se aplica también a los delegados de los congresos extraordinarios del partido».
La comisión, que aprobó estas modificaciones por mayoría de votos, os propone que las ratifiquéis. Ahora habrá que hacer referencia a estas 21 condiciones en las tesis sobre las tareas del II Congreso de la Internacional Comunista.
Zinóviev. Se han inscrito 2 oradores; propongo, sin embargo, que pasemos a la votación sin más debate. Se aprueba la propuesta por abrumadora mayoría.
Zinóviev. Pasamos ahora a votar las 21 condiciones tal como acaban de formularse aquí.
Se aprueban por mayoría contra dos votos.
Zinóviev. Pasamos ahora a la cuestión de los estatutos. Solo se ha presentado una enmienda. En los estatutos se propone constituir el Comité Ejecutivo del modo siguiente: 5 representantes del país que sea sede del Comité Ejecutivo y 10 representantes de los demás partidos. En nombre del Partido Comunista de Rusia propongo, en lugar de 10, de 10 a 13. Al confeccionar la lista se ha visto que muchos partidos importantes no estarían representados en el Comité Ejecutivo si solo hubiera 10 representantes. Si decimos de 10 a 13, tendremos un Comité Ejecutivo de no más de 18 miembros. Si nadie pide la palabra en contra, someto a votación esta enmienda.
Se aprueba la propuesta por unanimidad.
Zinóviev. Ahora queda votar los estatutos con la enmienda aprobada.
Una voz desde los escaños: Los estatutos se aprobaron ayer.
Zinóviev. En tal caso, la votación es superflua. Tenemos que decidir ahora la cuestión de la sede del Comité Ejecutivo para el próximo periodo, hasta que un nuevo congreso mundial vuelva a resolver esta cuestión. Se propone Rusia.
Se decide por unanimidad mantener la sede del Comité Ejecutivo en Rusia.
Zinóviev. Ahora solo quedan las cuestiones del movimiento femenino y de la organización de la juventud. Proponemos remitir estas dos cuestiones a la decisión del nuevo Comité Ejecutivo, junto con representantes de las mujeres y de la juventud, no porque no demos a estas cuestiones la importancia debida —tienen gran importancia—, sino porque es imposible resolverlas en media hora.
Se decide por mayoría de votos remitir al Comité Ejecutivo la cuestión del movimiento femenino y la de la juventud.
Zinóviev. La cuestión siguiente es el informe de la comisión sobre el parlamentarismo.
Wolfstein (Alemania). A la comisión solo le quedaba votar las enmiendas presentadas por los camaradas Levi y Bujarin. Todos los miembros de la comisión se han pronunciado a favor. Os proponemos las tesis discutidas en el pleno, con las enmiendas correspondientes. Solo nos queda votarlas. (Se aprueba.)
Meyer (Alemania). Queda por incluir además la propuesta sobre las cooperativas presentada por el camarada Graziadei. La comisión está de acuerdo con ella. Si el congreso también lo está, propongo que no se discuta esta cuestión y se dé por concluida.
Zinóviev. Propongo que la comisión elabore la redacción definitiva.
Se aprueba la propuesta.
Zinóviev. Queda aún la propuesta del camarada Pestaña sobre el esperanto.
Pestaña (España). Teniendo en cuenta que la traducción a varias lenguas de todos los discursos pronunciados en congresos internacionales como el presente complica el trabajo del congreso, propongo que en el futuro cada orador hable en la lengua que le resulte más fácil y que cada discurso se traduzca solo a una lengua auxiliar, el esperanto. Es una lengua fácil de aprender y muy útil para la causa. Empleada para las traducciones, ahorraría mucho tiempo y trabajo.
Zinóviev. Con el acuerdo del camarada Pestaña, propongo remitir esta cuestión al examen del nuevo Comité Ejecutivo. (Se aprueba.)
Con esto queda agotado el orden del día.
Tenemos la intención de celebrar mañana una sesión solemne del congreso junto con el Soviet de diputados obreros de Moscú y el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia. Allí haremos balance de los trabajos del congreso. La sesión tendrá lugar mañana a las 4 de la tarde en el Teatro Bolshói.
Münzenberg (KIM). Por desgracia, el congreso no ha tenido ocasión de ocuparse de las cuestiones relativas al movimiento juvenil. Por eso hemos decidido convocar mañana a las 12 una conferencia de representantes del movimiento juvenil, a la que se invita también a todos los camaradas del partido interesados en esta cuestión. La conferencia empezará a las 12 en punto en el Kremlin, en el edificio del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia.
Rádek. Es posible que muchos camaradas deseen recibir sus pasaportes. Los tranquilizaré comunicándoles que mañana el Comité Ejecutivo fijará el orden de la «evacuación». Para ello se ha designado ya a un camarada, de modo que los camaradas delegados pueden estar del todo tranquilos.
Zinóviev. La cuestión del Comité Ejecutivo aún no está resuelta. Hemos fijado el número de partidos, pero no hemos indicado cuáles. Tengo una lista provisional, que voy a leeros. (Lee.)
Esta es la lista de los partidos que tienen derecho a enviar un representante con voto deliberativo al Comité Ejecutivo.
Wijnkoop (Holanda). No estoy de acuerdo con la lista propuesta, porque no incluye al partido holandés. Ya he expuesto antes mis argumentos para incluir a un representante de Holanda en el Comité Ejecutivo. El único partido verdaderamente combativo y revolucionario que no está representado en el Comité Ejecutivo sigue siendo el Partido Comunista de Holanda. No puedo aceptar este estado de cosas y considero que el Comité Ejecutivo debe revisar su decisión. Si se mantiene en ella y Holanda no queda representada, me veré obligado a protestar.
Rádek. No es la primera vez en este congreso que tenemos que intercambiar expresiones muy poco amables con los camaradas holandeses; por eso me resulta desagradable intervenir una vez más contra la protesta del camarada Wijnkoop. Las razones por las que no figura un representante de Holanda en la lista de países a los que se propone enviar su representante al Comité Ejecutivo no son de carácter político, sino exclusivamente práctico, ya que partimos del tamaño del partido. La misma tendencia que representa en líneas generales el partido holandés está representada también por la delegación norteamericana y en parte por la inglesa. ¿Qué países figuran en la lista? O bien son países con un gran movimiento revolucionario, como Rusia, Alemania, Italia; o bien países que ya han sido repúblicas soviéticas, como Hungría y Finlandia, o países como Polonia, que cuenta con treinta años de movimiento revolucionario de masas, o, por último, países como Inglaterra, Francia, Norteamérica, donde es verdad que el movimiento comunista es aún débil, pero que tienen una importancia decisiva en la política de la Internacional y con cuyos representantes debemos consultar en cada caso más o menos importante.
El Partido Comunista de Holanda tiene méritos que nadie niega; fue uno de los primeros en atreverse a romper con los socialdemócratas; los camaradas holandeses permanecieron fieles a la bandera del comunismo en el momento crítico. Nadie lo discute, y les rendimos el tributo que merecen. Pero es un partido pequeño, que no desempeña un papel destacado en la política internacional. Quizá se lo habría tenido en cuenta si dispusiera de grandes fuerzas teóricas. Pero el grupo de los camaradas Pannekoek y Gorter, como reconoce el camarada Wijnkoop, está fuera del movimiento holandés. No tienen fuerzas suficientes para destinar a nadie al Comité Ejecutivo. Cuando en su momento los camaradas alemanes les pidieron ayuda, no pudieron conseguir a nadie de allí. Nuestra propuesta se basa en motivos puramente prácticos, sin ninguna animosidad hacia los camaradas holandeses, con los que, pese a la divergencia de opiniones, esperamos luchar juntos, como camaradas. Esperamos que el Partido Comunista de Holanda tenga quizá pronto más fuerzas y pueda entonces ponerlas a disposición de la Internacional Comunista.
Wijnkoop (Holanda). Agradezco al camarada Rádek su amistosa oposición a nosotros. Debo decir, sin embargo, que no queremos en absoluto ser miembros honorarios del Comité Ejecutivo. No es eso lo que pedimos. Somos uno de los partidos comunistas más honrados y siempre hemos hecho todo lo que deben hacer los comunistas. Reclamamos lo que nos corresponde porque somos una fuerza comunista, y el Comité Ejecutivo lo reconoció en su día al crear el buró auxiliar de Ámsterdam. Esta cuestión ya se discutió en el Comité Ejecutivo. Errar es propio de todos, y no me detendré en ello. Hemos cumplido todo lo que puede exigirse a unos comunistas; en este terreno no se nos puede reprochar nada. El buró auxiliar se nos dio en razón de nuestra importancia; ahora se ha olvidado. El camarada Rádek ha hablado de los camaradas Pannekoek y Gorter. El primero trabajó en Alemania, no en el movimiento comunista holandés. En todo caso, no se pueden medir las fuerzas de un partido comunista por dos personas, por Gorter y Pannekoek. Quien conozca bien De Tribune sabe que no fueron Gorter ni Pannekoek quienes dirigieron el periódico, sino los camaradas Van Ravesteyn, Ceton245 y yo. Esas son las fuerzas del movimiento comunista de Holanda, y siguen existiendo. Se nos reprocha que no tenemos un gran movimiento. Creo que en este caso se juega demasiado con las grandes cifras. Aunque seamos pocos, nuestro partido es disciplinado, revolucionario y goza de gran influencia en el país. Lo demuestra el hecho de que tenemos desde hace tiempo un órgano diario del partido, cosa que no hay en muchos países. Lo confirma también que tenemos muchos miembros del partido en los concejos municipales y gozamos de gran influencia en el movimiento sindical.
Considero que el Comité Ejecutivo debe revisar su decisión y concedernos un puesto en el Comité Ejecutivo precisamente por nuestra posición en el congreso. No siempre hemos estado de acuerdo con el Comité Ejecutivo, pero eso no es en absoluto obligatorio. Hay discusiones en el Comité Ejecutivo en las que hay que prestar oído atento a voces distintas. Considero que el Comité Ejecutivo tiene todos los motivos para conceder un voto a Holanda. Espero que lo haga; de lo contrario, tendré que protestar.
Maring (Indias Holandesas). Estamos plenamente de acuerdo en que los pueblos de Oriente, aunque no tengan un partido organizado, deben estar representados en el Comité Ejecutivo con voto deliberativo. Con ello se reconocerá que Oriente tiene gran importancia para la Internacional Comunista. Pero quiero señalar que un solo representante para todo Oriente no basta, ya que la situación en el Oriente Próximo y en el Extremo Oriente no es la misma, y es difícil encontrar un representante que pueda reflejar suficientemente los intereses de ambas partes de Asia. Existe el temor de que los camaradas rusos, y posiblemente también otros camaradas, conozcan personalmente mejor a los representantes del Oriente Próximo que a los del Extremo Oriente. Por eso propongo que entre en el Comité Ejecutivo un representante de aquellas partes de Asia que, desde el punto de vista de nuestro movimiento y del imperialismo, son las más importantes. Proponemos, por tanto, incluir a dos representantes con voto deliberativo, uno del Oriente Próximo y otro del Extremo Oriente. Espero que sea posible y que el congreso decida llevar a la práctica en el futuro inmediato las tesis de los camaradas Lenin y Roy, que tienen una importancia de primer orden para la Internacional Comunista.
Roy. Partiendo de las mismas consideraciones, me sumo a la propuesta del camarada Maring.
Vaněk (Checoslovaquia). Sobre la base de las opiniones expuestas aquí por los camaradas que me han precedido, propongo al congreso que adopte la siguiente resolución: «Se concede al Comité Ejecutivo el derecho de cooptar miembros del Comité Ejecutivo, para dar así a los partidos cuyo poder y número adquieran importancia mundial para la revolución social la posibilidad de estar representados en el Comité Ejecutivo». Considero innecesario fundamentar más mi propuesta y creo que esta flexibilidad, que permitirá al Comité Ejecutivo completar su composición en caso de necesidad, corresponde plenamente a los amplios poderes de que ya está investido el Comité Ejecutivo.
Zinóviev. Sobre la cuestión de los representantes de Holanda, quiero añadir a las palabras del camarada Rádek que de la interpretación del camarada Wijnkoop podría sacarse la conclusión errónea de que la importancia del Partido Comunista de Holanda y de los camaradas holandeses se rebaja porque no se les concede un puesto en el Comité Ejecutivo. Huelga decir que no partimos de tales consideraciones, sino de que no estamos en condiciones de incluir en el Comité Ejecutivo a representantes de todos los partidos. A los representantes de Oriente no les damos muchos puestos no porque queramos restringir los derechos de ningún país, sino porque lo que necesitamos no es un congreso, sino un Comité Ejecutivo. Si viene a nosotros un partido grande y cumple todas las condiciones exigidas, el Comité Ejecutivo deberá tener, a título excepcional, el derecho de admitir a ese partido.
Bringolf (Suiza). Quiero decir unas palabras sobre Suiza. Nuestro partido se encuentra todavía en una situación tal que no tenemos derecho, por deseable que sea, a reclamar representación en el Comité Ejecutivo. El camarada Humbert-Droz ya ha señalado que al completar el Comité hay que tener en cuenta a Suiza; el partido suizo se halla en un proceso de revisión de valores, por lo que para él es sumamente importante estar en relación directa con Rusia. En el informe al Comité Ejecutivo hemos expuesto estas consideraciones y esperamos que las tenga en cuenta.
Se vota la lista; se aprueba con dos enmiendas; se aprueba también la propuesta de Vaněk.
Zinóviev. Esta cuestión está concluida. Ahora tenemos que examinar los proyectos de diversos manifiestos, y en primer lugar el proyecto de llamamiento al Partido Comunista Obrero de Alemania. Debemos darles una respuesta después de que sus representantes hayan abandonado el congreso.
Se aprueba la propuesta de remitir el proyecto de llamamiento al examen del Comité Ejecutivo.
Zinóviev. Tenemos la intención de publicar un gran manifiesto político, que está ya casi listo. El trabajo principal lo hace el camarada Trotski, que redactó también el primer manifiesto. Si es posible, el manifiesto se leerá mañana; de lo contrario, remitiremos también esta cuestión al criterio del Comité Ejecutivo, para publicar el manifiesto con la firma de todas las delegaciones, quizá con la firma de dos delegados de cada país.
Se aprueba la propuesta.
Zinóviev. Anuncio que mañana a las 11 de la mañana se celebrará la primera sesión del nuevo Comité Ejecutivo. Ruego por tanto a todas las delegaciones que designen a sus representantes. Los Comités Centrales de los partidos representados en el Comité Ejecutivo conservan el derecho de cambiar a sus representantes. Pero primero las delegaciones deben designar a los suyos. Se levanta la sesión.
La sesión termina con el canto de «La Internacional» y con ovaciones solemnes en honor de la República Soviética y de la revolución mundial.
Discurso de clausura de Zinóviev en la sesión solemne conjunta del II Congreso de la Internacional Comunista, el VTsIK, el Soviet de Moscú, el Comité de Moscú y los comités de distrito del PCR(b), el VTsSPS, los comités de fábrica y el MGSPS en el Teatro Bolshói, 7 de agosto de 1920
Zinóviev. ¡Camaradas! Durante tres semanas han estado reunidos en Moscú los representantes de las organizaciones obreras del mundo entero, y cada día se ha ido fortaleciendo su alianza fraternal. Cuando hace algún tiempo planteamos por primera vez la posibilidad de convocar legalmente el congreso en Moscú, muchos dudaban de que se pudiera conseguir. La idea misma parecía demasiado audaz. La burguesía del mundo entero, que persigue a su peor enemigo, la Internacional Comunista, con el odio más feroz y con todos sus escorpiones, parecía que iba a impedirlo.
Pero, camaradas, el impulso de los obreros de todo el mundo hacia nosotros era tan grande, el grito de «¡A Moscú!» era tan general, que, pese a toda la resistencia de la burguesía mundial, pese a todos los obstáculos que se nos ponían, ya lo veis: hemos convocado el congreso, y ahora podemos decir con pleno derecho al mundo entero que este congreso ha sido un éxito completo, que ha sido de verdad un congreso mundial del proletariado. (Aplausos.)
Camaradas, como la tierra espera la lluvia después de una larga sequía, así los obreros de todo el mundo, desde que terminó la maldita guerra, ansían la unión internacional. Esta sed, este impulso de los obreros hacia la unión, es el mayor factor de la historia mundial, la principal fuerza motriz de la Internacional Comunista. Es especialmente importante la consciencia de los obreros de todo el mundo de que solo en estrecha alianza podrán alcanzar lo que la historia les ha señalado. Esta consciencia es la fuerza vital más importante de la Internacional Comunista y de la historia universal. Gracias a ella, pese al bloqueo, aún no levantado, y pese a que en toda una serie de países nuestros partidos hermanos se ven obligados a llevar una existencia ilegal, el congreso ha sido un éxito. Tengo delante una simple lista de las delegaciones. Ocupa varias hojas. Enumero solo los países que han estado representados: Inglaterra, Alemania, Francia, Suecia, Austria, España, Hungría, Bulgaria, Yugoslavia, Italia, México, Suiza, Turquía, Polonia, Galitzia Oriental, Lituania, Bielorrusia, Georgia, Letonia, Persia, Corea, Norteamérica, Indias Holandesas, Noruega, Dinamarca, Finlandia, Estonia, Checoslovaquia, Holanda, Armenia, Bélgica, Azerbaiyán, Rusia. En total, 37 países. Las delegaciones de algunos de estos países no eran numerosas. Pero, en cualquier caso, las delegaciones representan todo lo que hay de vivo, de combativo, de revolucionario en el mundo entero.
Tiene una importancia gigantesca el hecho de que entre nosotros haya muchos representantes no solo del proletariado europeo y norteamericano, sino también no pocos representantes de los obreros y campesinos pobres de Oriente: de Turquía, de Persia, de la India, de las colonias británicas, etc. Esto es prenda de que el movimiento empieza también en Oriente. Esto es garantía de que la burguesía no logrará con ninguna fuerza del mundo llevar a remolque el movimiento de las naciones oprimidas de Oriente. ¡No! Los movimientos nacionales de Oriente se fundirán con el movimiento europeo y norteamericano y asestarán el golpe definitivo al capitalismo.
En nuestro congreso han estado representados diversos matices del movimiento obrero revolucionario. El movimiento obrero atraviesa en este momento un proceso de fermentación, de cristalización. Es comprensible. Después de la terrible crisis que ha vivido la clase obrera mundial, después del monstruoso hundimiento de la Segunda Internacional y de la espantosa sangría infligida a los obreros de todo el mundo, es muy comprensible que ahora no pueda haber plena claridad política entre los obreros. Si la clase obrera estuviera unida, si fuera plenamente consciente de sus tareas fundamentales, hace tiempo que habríamos vencido a la burguesía.
La maldición de nuestra clase consiste en que una parte de nuestros hermanos ha sido engañada durante muchos decenios por nuestros enemigos, y otra parte está organizada en partidos y sindicatos que objetivamente ayudan a la burguesía. La clase obrera de algunos países se encuentra ahora en una encrucijada. Busca el camino justo después de la terrible tormenta que ha vivido la humanidad entera durante la guerra imperialista. Y por eso nos hemos propuesto la tarea de unir bajo el ala de la Internacional Comunista todo lo que hay de vivo, de honrado y de revolucionario en la clase obrera, para luchar contra la burguesía. Hemos invitado conscientemente a las filas de la Internacional Comunista también a organizaciones que aún no han tomado una forma acabada. En nuestro congreso hemos tenido a representantes de la mejor parte de los sindicalistas y de los anarquistas, hemos tenido entre nosotros a los shop stewards de Inglaterra y de Australia, a representantes de los Trabajadores Industriales del Mundo, etc. La corriente principal del movimiento obrero mundial discurre por el cauce comunista. Hemos visto ante nosotros un enorme río comunista. Pero a su lado corren toda una serie de arroyos y riachuelos que aún han de desembocar en nuestra Internacional Comunista común. Vemos toda una serie de movimientos del proletariado que aún están en fermentación, que vienen a nosotros a medias, que en muchos aspectos están contagiados de prejuicios anarquistas y sindicalistas, que no comparten plenamente nuestro programa, pero que luchan junto a nosotros en filas comunes contra la burguesía y a los que por eso consideramos hermanos.
Rompemos con las odiosas tradiciones de la Segunda Internacional, que trataba con altivez a todos los obreros de espíritu revolucionario que se atrevían a criticar. En la Segunda Internacional mandaba un puñado de respetables papaítos «socialistas» que daban con la puerta en las narices a todo grupo de obreros que intentara criticar su política. Nosotros abrimos de par en par las puertas a todas las organizaciones proletarias revolucionarias honradas que hoy no son aún del todo comunistas, pero que mañana serán comunistas, porque ya hoy están dispuestas a combatir con nosotros, con las armas en la mano, contra el capital mundial. (Aplausos.)
En nuestro congreso estuvo presente un grupo al que algunos llamaban «oposición de izquierda», pero que en realidad no representa en absoluto tal oposición, porque para el comunismo no puede haber oposición alguna por la izquierda; el «izquierdismo» del grupo significaba en realidad solo un cierto atraso del grupo. Y junto a este grupo «de izquierda» tuvimos en el congreso un grupo de derecha de pecadores arrepentidos. Me refiero a los representantes del Partido Socialista Francés, del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania y del Partido Socialista de Norteamérica. Todos estos partidos son grandes organizaciones obreras que tienen un pie en el viejo campo, pero con el otro intentan salir al nuevo camino. Me parece que la presencia de estos grupos ha dado aún más trascendencia a nuestro congreso. Estos representantes de los viejos partidos comparecieron ante el tribunal del congreso, y la cosa se redujo a que algunos de ellos solicitaban una amnistía, que la Internacional Comunista dijera: «Culpable, pero merece indulgencia». (Aplausos.) En lo que se refiere a los jefes que cargan con la responsabilidad de la guerra imperialista, nuestro lenguaje ha sido absolutamente implacable. Nuestra respuesta a los representantes del Partido Socialista Francés es nuestra carta, que ya se ha publicado. En ella hemos descrito con detalle las señas del Partido Socialista Francés en la persona de sus jefes y de su Comité Central, en la persona de los artífices de su parlamentarismo amarillo. Les hemos dado lo que los alemanes llaman un Steckbrief246, es decir, una carta con tales señas que en ella todo obrero honrado reconoce enseguida al malhechor que estorba hoy al proletariado mundial. Y ese obrero dirá: mirad, obreros, cómo no debe ser un jefe de la clase obrera.
Camaradas, en las filas del partido francés milita un número considerable de obreros. El órgano central de este partido tira 250 000 ejemplares. En Alemania, el partido de los independientes tiene cerca de un millón de miembros. En las cárceles alemanas hay unos 11 000 miembros del partido, en su mayoría obreros. Naturalmente, estos obreros encerrados en las cárceles de la «república» alemana nos inspiran el mayor respeto, y estamos dispuestos a quitarnos el sombrero ante ellos. Por supuesto, para ellos tenemos un lenguaje amistoso, procuramos explicarles los errores que cometen, procuramos unirnos con ellos. En relación con esto, nuestro congreso ha elaborado toda una serie de condiciones: 21 puntos de condiciones para la admisión en la Internacional Comunista. Creo que todo obrero comunista, cuando conozca estas condiciones, dirá con nosotros: así como no le es nada fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, así, espero, a los partidarios del «centro» que sigan siéndolo no les será fácil colarse por las 21 condiciones que ha planteado la Tercera Internacional. (Aplausos.)
Hemos planteado estas condiciones para que los obreros organizados en las filas del partido francés y en las de los independientes alemanes sepan qué exige el estado mayor internacional de la revolución proletaria, para que pongan a sus jefes en careo, los pongan contra la pared y les exijan una respuesta directa a las preguntas sobre todas estas condiciones. Y, camaradas, esperamos que estas condiciones alcancen su objetivo. Si hace año y medio se nos decía que la Internacional Comunista corría el peligro de quedarse con poca gente, ahora nos amenaza otro peligro: la Internacional Comunista se está poniendo de moda entre algunos señores. La Internacional de Bruselas, que está reunida ahora en Ginebra247, ha aprobado, según dicen, una resolución a favor de la huelga general. Parece que la Segunda Internacional procura correr a la zaga de Moscú. Aún no sabemos con exactitud cuántas sombras vivientes se han reunido allí, pero para todos está claro que la Segunda Internacional es hoy un montón de ruinas. Y entre los viejos jefes, esos socialistas, por así decirlo, oficiales, hay muchos que quieren estar siempre en la mayoría, que quieren arrimarse a alguna fuerza. Esa fuerza, a escala internacional, es hoy la Internacional Comunista. Quieren arrimarse a nosotros, hacernos concesiones de palabra, reservándose una «autonomía» para seguir con lo de antes. Esperamos que nuestro II Congreso de la Internacional Comunista haya cerrado la puerta con suficiente firmeza ante estos señores. Las decisiones que hemos adoptado bastarán para escindir los viejos partidos. Quien quiera luchar honradamente por el comunismo, que venga a nuestras filas. Y todo lo podrido saldrá volando como el polvo y no volverá a estorbar la marcha adelante de la clase obrera.
Ante el congreso han pasado una serie de cuestiones, la principal de las cuales era la del papel del partido comunista. En esta sala, donde se ha reunido, puedo decirlo con seguridad, una inmensa mayoría de miembros del partido comunista, sería ridículo demostrar la necesidad del partido comunista. Pero en un congreso internacional, al que asistían personas de los países más diversos, con historias distintas, con tradiciones distintas, era necesario aclarar hasta el fondo el papel y la importancia del partido comunista.
Los viejos partidos han quebrado, y se comprende que hayan inculcado a toda una serie de obreros la idea de que no solo se ha derrumbado la Segunda Internacional, sino en general la política de partido socialista, la idea misma de partido. Era necesario aclarar el papel y la importancia del partido en la revolución proletaria. Y espero que os resulte claro que para nosotros fue una victoria inmensa que votaran a favor de nuestra resolución los mejores representantes del sindicalismo revolucionario, que votaran a favor los mejores representantes de otras organizaciones obreras que no son puramente comunistas.
Ahora debemos decir a los obreros sindicalistas, a los anarquistas y a otros elementos que no creían en la importancia del partido: ¿no creíais que pudiera haber otro partido que el de Scheidemann, no creíais que pudiera haber un verdadero partido obrero que lleve a la clase obrera al asalto del capital? ¡Mirad y convenceos: ahí está el Partido Comunista de Rusia, ahí está la obra de sus manos! ¡Ahí está el Partido Comunista de Hungría, ahí está el partido alemán de los espartaquistas: mirad lo que ha hecho por la ilustración de la clase obrera de Alemania! ¡Ahí están los partidos obreros comunistas de toda una serie de países: mirad y aprended! ¡Ese es el modelo de lo que queremos, esos son los partidos que debéis crear!
Después se discutió la cuestión nacional y colonial. Y me parece que la aprobación unánime de esta resolución es también una enorme victoria moral nuestra. Sabéis que en la II Internacional se abordó más de una vez la llamada política colonial. La Segunda Internacional era «tolerante» con la política colonial burguesa. En 1907, en Stuttgart248, se iba formando una mayoría a favor de que los socialistas pudieran apoyar la llamada política colonial civilizadora, que en realidad era la política de rapiña del imperialismo. La Segunda Internacional acostumbró a los hombres de piel amarilla y negra a la mayor desconfianza. La Tercera Internacional tenía que volver también en esto a las tradiciones de la Primera Internacional; tenía que decir, y lo ha dicho, que quiere ser no solo la Internacional de los trabajadores de piel blanca, sino también la Internacional de los trabajadores de piel negra y amarilla, la Internacional de los trabajadores del mundo entero. (Aplausos.)
Considero que la alianza fraternal que hemos sellado en el congreso con los representantes de la India, de Corea, de Turquía y de toda una serie de otros países oprimidos será el golpe más fuerte asestado de lleno en el corazón del capital internacional. Es una conquista inmensa para la clase obrera.
Hemos discutido, además, la cuestión de los sindicatos. Sabéis que hemos creado en Moscú la primera célula internacional de los sindicatos rojos. Afirmo que esto tiene también una importancia histórica mundial. El último apoyo del capitalismo es la organización sindical internacional amarilla de Ámsterdam. Atraer de ella a nuestro lado a la mejor parte de los obreros significa dejar a la Segunda Internacional amarilla completamente sin masas, significa agrupar en torno a nosotros todo lo que hay de vivo en la clase obrera. En el congreso hemos tenido que polemizar intensamente con toda una serie de camaradas nuestros, con los camaradas ingleses y norteamericanos, que han vivido una historia singular, que han tenido que luchar contra la monstruosa traición de sus jefes, que no tienen un partido comunista fuerte y que no quieren ninguna utilización del parlamentarismo. El II Congreso de la III Internacional ha dicho a todos estos partidos: nuestra primera preocupación, y lo primero que nos dice la experiencia de la revolución rusa, es que en Inglaterra, en Norteamérica, en todas partes, los comunistas deben estar siempre con las masas obreras. A veces tendréis que equivocaros junto con ellas, pero no salgáis de las organizaciones de masas de la clase obrera, por reaccionarias que sean en un momento dado.
Debemos destruir los Estados burgueses; los sindicatos obreros, en cambio, debemos conquistarlos, reeducarlos y tomarlos en nuestras manos. Sin eso es imposible la victoria del comunismo. En esta cuestión hemos tenido que cruzar la espada más de una vez con algunos camaradas, pero la palabra que ha dicho la Internacional Comunista será ley para todos nosotros, incluida la minoría que sostenía otro punto de vista.
En Norteamérica, en Inglaterra y en otros países existen hoy dos partidos comunistas en cada uno. La Internacional Comunista se propone conseguir que en cada país haya un solo partido comunista. En un solo río poderoso deben confluir todas las corrientes del verdadero y sano movimiento proletario revolucionario. La autoridad gigantesca de que goza la Internacional Comunista a los ojos de toda la clase obrera mundial es garantía de que esta tarea se realizará fácilmente y de que lograremos la unificación.
Camaradas, es especialmente significativo comparar el cuadro de nuestro congreso con lo que ocurre en los círculos burgueses. ¿No es notable? Mientras en Moscú, en unas pocas semanas, nos poníamos de acuerdo en lo fundamental sobre toda una serie de cuestiones capitales con obreros venidos de Norteamérica, de Australia y de todos los países de Europa, pese a la diferencia de culturas, de historia y de tradiciones, y sentíamos cómo el vínculo fraternal se estrechaba cada hora, ¿no es instructivo ver cómo, al mismo tiempo, arriba, en los círculos burgueses gobernantes, un grupo le pone la zancadilla a otro? La burguesía inglesa se pronuncia contra nosotros y espera ser más astuta que su rival francés. Se muerden unos a otros. La burguesía no es capaz de construir nada entero. La Segunda Internacional, al intentar renacer en 1919, ligó su suerte a la Sociedad de Naciones, decidiendo que no había fiera más fuerte que la Sociedad, que había que arrimarse a la Sociedad de Naciones porque, según ellos, iba a ser la dueña del mundo durante varios decenios. Ha pasado poco más de un año, y vemos ahora cómo la Sociedad de Naciones se descompone ante nuestros ojos y se convierte en una ficción. Todos los «aliados» se ponen zancadillas y se engañan unos a otros. La Segunda Internacional ligó su suerte a la Sociedad de Naciones y con ella perece políticamente, se hunde.
Al mismo tiempo crece la verdadera fraternidad internacional de los obreros de todo el mundo. Estoy profundísimamente convencido de que el II Congreso mundial es precursor de otro congreso mundial: el congreso mundial de las repúblicas soviéticas. (Aplausos.)
Lo más notable es que la única resolución que se aprobó en el congreso sin el menor debate, con total unanimidad de todos los representantes, es la resolución sobre los soviets. La idea del Estado soviético, de esta forma de la dictadura proletaria, ha penetrado de tal modo en las amplias masas obreras, ha llegado hasta las capas más bajas de los obreros, ha conquistado las mentes de millones y decenas de millones de la clase obrera, que en el congreso mundial de la Internacional Comunista no solo no se discute sobre esta cuestión, sino que ni siquiera se debate: se la considera una conquista fundamental. Es una idea sencilla. Es el cimiento sólido, de hierro, sobre el que se alza nuestra Internacional Comunista.
Terminamos nuestro trabajo; hemos intercambiado experiencias con los representantes venidos de toda una serie de países, hemos sopesado toda una serie de cuestiones controvertidas, hemos trazado la ruta para largos meses de lucha. No sabemos qué vicisitudes del destino esperan a uno u otro partido hermano, qué golpe caerá sobre uno u otro partido hermano. Pero sabemos firmemente una cosa: que hemos construido una organización que en cada momento sabrá prestar el máximo apoyo a los obreros de todo el mundo.
Hemos aprobado los estatutos de la Internacional Comunista. No es una simple formalidad. Es la consolidación del hecho de que creamos un único partido internacional de los comunistas, que en los distintos países no tiene más que sus secciones. (Aplausos.) En estos estatutos hemos recordado las palabras de los estatutos de la Primera Internacional, fundada por Marx: si hasta ahora la clase obrera está esclavizada, no está liberada, es porque en la clase obrera no había unión, porque entre los obreros de los distintos países no había suficiente solidaridad. Es una verdad sencilla, una idea sencilla. Pero hicieron falta decenios para que la clase obrera del mundo entero la asimilara. Y hemos añadido en los estatutos de la Internacional Comunista: la primera palabra que la Internacional Comunista dice a los obreros de todo el mundo es esta: ¡recuerda la guerra imperialista, esa guerra que nos ha costado decenas de millones de víctimas; si dejas entero e intacto el capitalismo, puedes volver a tener guerras así! Nuestra fraternidad internacional ha nacido tras duras pruebas de fuego y de hierro. Y cuando tengas que tomar decisiones de responsabilidad, parte de que hubo una carnicería imperialista que destruyó las organizaciones obreras y costó decenas de millones de vidas a la clase obrera; recuerda que en cualquier momento puede volver a estallar una guerra así si no borramos de la faz de la tierra el capitalismo. La aprobación de los estatutos significa que hemos cerrado definitivamente filas, que tenemos ahora una Asociación Internacional de los Trabajadores, una organización soldada con sangre, centralizada a escala internacional.
Hemos dicho a nuestros camaradas que, así como en Rusia, en el curso de la guerra civil, tuvimos que crear una organización centralizada de hierro, fundida de una sola pieza, con disciplina militar, que a cada uno de nosotros, a cada miembro del partido, le resulta a veces extraordinariamente penosa y exige la mayor tensión y sacrificios, así también debemos crear ahora, a escala internacional, una organización internacional fundida de una sola pieza, con la misma disciplina de hierro, con la misma centralización, con una confianza absoluta de unos en otros y con la misma abnegada disposición a sacrificarse por la causa común de la victoria de la revolución proletaria. (Aplausos.)
Los camaradas se marcharán de aquí a toda una serie de países, donde les esperan el estado de sitio, las cárceles, los escorpiones y las traiciones de los socialdemócratas de Europa occidental y de otros mercenarios capitalistas. Deseamos a nuestros camaradas ánimo en esta lucha. Y les pedimos que en los momentos difíciles recuerden que la República Soviética está dispuesta a compartir con ellos todo lo que tiene. El Partido Comunista de Rusia considera un deber del máximo honor acudir en ayuda de los partidos hermanos con todo lo que pueda. Deseamos más fuerzas, ánimo y confianza a nuestros hermanos, que parten ahora a cumplir la más alta misión histórica y la mayor tarea que jamás se haya planteado ante el proletariado en lucha.
¡Viva la III Internacional!
¡Vivan nuestros camaradas, que parten a los países burgueses a hacer propaganda del comunismo en el mundo entero! (Aplausos tempestuosos, gritos de «¡Hurra!».) ¡Camaradas! Declaro clausurado el II Congreso de la Tercera Internacional.
Eugen Leviné (1883-1919), del Partido Comunista de Alemania, dirigente de la República Soviética de Baviera; fusilado en Múnich en junio de 1919. ↩
Tibor Szamuely (1890-1919), comunista húngaro, comisario del pueblo en la República Soviética de Hungría; murió en agosto de 1919 al intentar huir a Austria tras la caída de la república. ↩
Leo Jogiches (1867-1919), fundador con Rosa Luxemburg de la socialdemocracia polaca y dirigente de la Liga Espartaco; asesinado en Berlín en marzo de 1919. ↩
Fernand Loriot (1870-1932), socialista francés, secretario del Comité de la III Internacional; Pierre Monatte (1881-1960), sindicalista revolucionario, fundador de La Vie ouvrière. Fueron detenidos en mayo de 1920, acusados de complot, tras la huelga ferroviaria. ↩
Industrial Workers of the World (IWW), sindicato revolucionario fundado en Chicago en 1905; sus militantes sufrieron una dura represión en los Estados Unidos durante la guerra y la posguerra. ↩
Conferencia socialista internacional de Berna (febrero de 1919), primer intento de reconstruir la II Internacional tras la guerra; la reunión de Lucerna (agosto de 1919) continuó ese trabajo. ↩
«Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado», redactadas por Lenin y aprobadas por el I Congreso de la Internacional Comunista (Moscú, marzo de 1919). ↩
Shop stewards: delegados de taller elegidos directamente por los obreros en las fábricas británicas; durante la guerra formaron un movimiento propio, al margen de las direcciones sindicales. ↩
El USPD decidió salir de la II Internacional en su congreso de Leipzig (diciembre de 1919), y el Partido Socialista Francés (SFIO) en su congreso de Estrasburgo (febrero de 1920). ↩
Mijaíl Kalinin (1875-1946), bolchevique, presidente del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia desde marzo de 1919. ↩
Lysis, seudónimo del publicista francés Eugène Letailleur, autor de Contre l'oligarchie financière en France (1908). ↩
John Maynard Keynes (1883-1946), economista inglés; representó al Tesoro británico en la conferencia de paz de París, dimitió en junio de 1919 y publicó ese mismo año The Economic Consequences of the Peace. ↩
Paul Levi, presidente del Partido Comunista de Alemania; el congreso aludido es el IV congreso del partido (Berlín, abril de 1920). ↩
Leonid Krasin (1870-1926), comisario del pueblo de Comercio Exterior; desde mayo de 1920 negoció en Londres con el gobierno de Lloyd George. ↩
Consejo Económico Supremo, organismo de los Aliados creado en febrero de 1919, durante la conferencia de paz de París, para coordinar las cuestiones económicas. ↩
Paweł Łapiński (Lapinski), socialista polaco, colaborador del Comisariado del Pueblo de Negocios Extranjeros, cuyo boletín era el Vestnik citado. ↩
Nombre que daban los comunistas a los partidos centristas que habían salido de la II Internacional sin entrar en la III; en febrero de 1921 formaron en Viena la Unión Internacional de Partidos Socialistas. ↩
Ramsay MacDonald (1866-1937), dirigente del Independent Labour Party y del Partido Laborista británico; su libro Parliament and Revolution es de 1919. ↩
Otto Bauer (1881-1938), dirigente de la socialdemocracia austriaca y teórico del austromarxismo; Bolschewismus oder Sozialdemokratie? se publicó en Viena en 1920. ↩
Albert Thomas (1878-1932), socialista francés, ministro de Armamento durante la guerra y, desde 1919, director de la Oficina Internacional del Trabajo. ↩
Alfred Rosmer (1877-1964), sindicalista revolucionario francés del grupo de La Vie ouvrière, internacionalista durante la guerra. ↩
Giacinto Menotti Serrati (1872-1926), dirigente del Partido Socialista Italiano y director de Avanti!. ↩
Karl Steinhardt (1875-1963), cofundador del Partido Comunista de Austria; asistió al I Congreso de la IC con el nombre de Gruber. ↩
Béla Kun (1886-1938), dirigente del Partido Comunista de Hungría y figura principal de la República Soviética Húngara (21 de marzo - 1 de agosto de 1919). ↩
Miklós Horthy (1868-1957), almirante, jefe del ejército contrarrevolucionario húngaro y regente de Hungría desde marzo de 1920; su régimen desató el «terror blanco». ↩
Julian Marchlewski (1866-1925), socialdemócrata polaco, cofundador con Rosa Luxemburg de la Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania; poco después presidió el Comité Revolucionario Provisional de Polonia. ↩
Bronisław Wesołowski (1870-1919), veterano socialdemócrata polaco; la misión de la Cruz Roja rusa que encabezaba fue asesinada por gendarmes polacos a comienzos de 1919. ↩
Ignacy Daszyński (1866-1936), dirigente del Partido Socialista Polaco (PPS); en julio de 1920 era viceprimer ministro del gobierno de defensa nacional. ↩
La nota del ministro de Exteriores británico, lord Curzon, de 11-12 de julio de 1920, que exigía a la Rusia soviética un armisticio con Polonia en una línea de demarcación fijada por la Entente, bajo amenaza de apoyar a Polonia; el gobierno soviético la rechazó el 17 de julio. ↩
En inglés en el original, parodiando la señal de Nelson en Trafalgar (1805): «England expects that every man will do his duty» («Inglaterra espera que cada cual cumpla con su deber»). ↩
John Reed (1887-1920), periodista estadounidense, autor de Diez días que estremecieron el mundo y fundador del Communist Labor Party; murió en Moscú en octubre de 1920. ↩
Anton Pannekoek (1873-1960), astrónomo y marxista neerlandés, teórico de la izquierda comunista germano-holandesa. ↩
Carl Legien (1861-1920), presidente de la Comisión General de los sindicatos socialdemócratas alemanes, los llamados sindicatos «libres». ↩
Léon Jouhaux (1879-1954), secretario general de la CGT francesa desde 1909, partidario de la «unión sagrada» durante la guerra. ↩
Otto Rühle (1874-1943), diputado socialdemócrata que en 1915 votó con Liebknecht contra los créditos de guerra; en 1920, del KAPD. ↩
Alfred Henke (1868-1946), socialdemócrata de Bremen, diputado del USPD. ↩
William McLaine, delegado del Partido Socialista Británico (BSP), partido marxista fundado en 1911 que fue el núcleo del Partido Comunista de Gran Bretaña, constituido a comienzos de agosto de 1920. ↩
The Call, semanario del Partido Socialista Británico. ↩
Ángel Pestaña (1886-1937), dirigente de la CNT, delegado de esta en el congreso. ↩
Jack Tanner (1889-1965), mecánico metalúrgico, delegado del movimiento de shop stewards y comités obreros británico; más tarde presidente del sindicato de metalúrgicos (AEU). ↩
David Ramsay, delegado del movimiento de shop stewards y comités obreros. ↩
British Socialist Party (BSP), fundado en 1911; fue el núcleo principal del Partido Comunista de Gran Bretaña, constituido unos días después del congreso (31 de julio-1 de agosto de 1920). ↩
Mátyás Rákosi (1892-1971), comunista húngaro, comisario en la República Soviética Húngara de 1919. ↩
El 21 de marzo de 1919 el Partido Comunista de Hungría y el Partido Socialdemócrata se fusionaron en el Partido Socialista de Hungría; ese mismo día se proclamó la República Soviética, que cayó el 1 de agosto de 1919. ↩
David Wijnkoop (1876-1941), dirigente del Partido Comunista de Holanda. ↩
Oficina de la Internacional Comunista en Berlín, creada en 1919 para el trabajo en Europa occidental. ↩
Buró auxiliar de la Internacional Comunista en Ámsterdam (Rutgers, Wijnkoop, Gorter, Pannekoek y otros), creado a finales de 1919; cercano a las posiciones de la izquierda antiparlamentaria, el Comité Ejecutivo lo disolvió en la primavera de 1920. ↩
Arthur Henderson (1863-1935), secretario del Partido Laborista; formó parte del gobierno de coalición durante la guerra. ↩
Samuel Gompers (1850-1924), presidente de la Federación Americana del Trabajo (AFL). ↩
Pierre Monatte (1881-1960), sindicalista revolucionario francés, fundador de la revista La Vie ouvrière (1909). ↩
Pierre Renaudel (1871-1935), dirigente de la mayoría socialpatriota del Partido Socialista francés y director de L'Humanité durante la guerra. ↩
Augustin Souchy (1892-1984), anarcosindicalista alemán, de la Unión Libre de Obreros de Alemania (FAUD). «Unión Obrera General» es la forma de la edición rusa. ↩
El Partido Comunista de América y el Partido Comunista Obrero nacieron en 1919 de la escisión del ala izquierda del Partido Socialista norteamericano. En mayo de 1920 el Partido Comunista Obrero y una parte del Partido Comunista formaron el Partido Comunista Unificado. ↩
International Socialist League, fundada en 1915 por socialistas sudafricanos contrarios a la guerra; fue la base del Partido Comunista de Sudáfrica (1921). ↩
Socialist Labour Party, pequeño partido marxista británico fundado en 1903, de influencia deleonista. ↩
Sebald Justinus Rutgers (1879-1961), ingeniero y comunista holandés, secretario del Buró de Ámsterdam. ↩
William H. Andrews (1870-1950), sindicalista sudafricano, dirigente de la Liga y luego del Partido Comunista de Sudáfrica. ↩
Campaña británica de 1919-1920 contra la intervención en Rusia; en mayo de 1920 los estibadores de Londres se negaron a cargar el Jolly George con armas destinadas a Polonia. ↩
Paráfrasis libre de los considerandos de los Estatutos de la Asociación Internacional de los Trabajadores (1864), redactados por Marx. ↩
La Federación Sindical Internacional, reconstituida en el congreso de Ámsterdam de 1919 y dirigida por sindicalistas reformistas; los comunistas la llamaban «Internacional amarilla» o «de Ámsterdam». ↩
Filippo Turati (1857-1932), fundador del Partido Socialista Italiano y jefe de su ala reformista; autor de la letra del Inno dei lavoratori (1886). ↩
Rudolf Hilferding (1877-1941), economista socialdemócrata, autor de El capital financiero (1910); dirigente del USPD y director de su diario Freiheit. ↩
Internacional Comunista de la Juventud, fundada en Berlín en noviembre de 1919. Lazar Shatskin era uno de sus dirigentes y del Komsomol ruso. ↩
Henri Guilbeaux (1884-1938), escritor francés, internacionalista durante la guerra, editor en Ginebra de la revista Demain. ↩
Ernst Däumig (1866-1922), dirigente del ala izquierda del USPD y de los delegados revolucionarios (Revolutionäre Obleute) de Berlín. ↩
Golpe militar de marzo de 1920 encabezado por Wolfgang Kapp y el general von Lüttwitz contra el gobierno de la República de Weimar; fracasó ante la huelga general. ↩
Marcel Cachin (1869-1958), director de L'Humanité; acudió a Moscú con Louis-Oscar Frossard como enviado del Partido Socialista Francés. ↩
Nombre de los marxistas de izquierda holandeses, por su periódico De Tribune; expulsados del Partido Obrero Socialdemócrata, fundaron en 1909 el Partido Socialdemócrata (SDP), que en 1918 tomó el nombre de Partido Comunista de Holanda. ↩
Arthur Crispien (1875-1946) y Wilhelm Dittmann (1874-1954), dirigentes del USPD, que formaban parte de su delegación en Moscú. ↩
Seudónimo de Henk Sneevliet (1883-1942), socialista holandés, fundador en 1914 de la Asociación Socialdemócrata de las Indias (ISDV), en las Indias Neerlandesas. ↩
Manabendra Nath Roy (1887-1954), revolucionario indio; en 1919 había participado en México en la fundación del partido comunista. ↩
Tom Quelch, delegado del Partido Socialista Británico (BSP), hijo del socialdemócrata Harry Quelch. ↩
Manifiesto aprobado por el congreso extraordinario de la II Internacional en Basilea (noviembre de 1912) contra la amenaza de guerra. ↩
Booker T. Washington (1856-1915), educador negro, director del Instituto Tuskegee de Alabama, partidario de la conciliación con los blancos. ↩
The Messenger, revista fundada en Nueva York en 1917 por A. Philip Randolph y Chandler Owen. ↩
Los motines raciales de Washington (julio de 1919), Chicago (julio-agosto de 1919) y Omaha (septiembre de 1919), durante el llamado «Verano Rojo». ↩
Louis C. Fraina (1892-1953), uno de los fundadores del Partido Comunista de América (1919). ↩
La huelga de los mineros de Colorado empezó en septiembre de 1913; la matanza de Ludlow tuvo lugar el 20 de abril de 1914. ↩
Camille Huysmans (1871-1968), socialista belga, secretario del Buró Socialista Internacional de la II Internacional desde 1905. ↩
Conferencia anual del Partido Laborista británico, celebrada en Scarborough en junio de 1920. ↩
El 13 de abril de 1919, en el Jallianwala Bagh de Amritsar (Punyab), tropas a las órdenes del general Reginald Dyer dispararon contra una multitud desarmada y mataron a varios centenares de personas. ↩
Alusión a la represión de la insurrección de los hereros en el África del Sudoeste alemana (1904), cuando el ejército del general Lothar von Trotha empujó a los supervivientes al desierto de Omaheke, donde murieron en masa. ↩
Avetis Sultan-Zadé (1889-1938), comunista iraní, dirigente del Partido Comunista de Persia, fundado en junio de 1920. ↩
La revolución constitucional persa (1905-1911), liquidada en 1911 con la intervención militar rusa y el acuerdo de Inglaterra. ↩
Antonio Graziadei (1872-1953), economista y diputado del Partido Socialista Italiano. ↩
Liu Shaozhou, delegado de la Unión de Obreros Chinos en Rusia. ↩
El Movimiento del 4 de Mayo de 1919, iniciado por los estudiantes de Pekín contra la cesión al Japón de los derechos alemanes en Shandong decidida en Versalles. ↩
La camarilla de Anfu (Anhui-Fujian), facción militarista agrupada en torno a Duan Qirui que dominaba el gobierno de Pekín desde 1918; fue derrotada precisamente en julio de 1920. ↩
Pak Chin-sun, delegado del Partido Socialista Coreano. ↩
El Japón se anexionó Corea en 1910. El 1 de marzo de 1919 comenzó un levantamiento independentista de masas, duramente reprimido. ↩
Roderick (Roddy) Connolly (1901-1980), hijo del dirigente socialista James Connolly, fusilado tras el alzamiento de Pascua de 1916; delegado del Partido Socialista de Irlanda. ↩
Jacob Walcher (1887-1970), dirigente del Partido Comunista de Alemania (KPD). ↩
Henriette Roland Holst (1869-1952), poeta y marxista neerlandesa. ↩
Serguéi Zubátov (1864-1917), jefe de la policía política zarista en Moscú, que organizó a principios de siglo sindicatos obreros tutelados por la policía para apartar a los trabajadores de la revolución. ↩
Sarekat Islam («Unión Islámica»), fundada en 1911-1912, la mayor organización de masas de las Indias Neerlandesas; su sección de Semarang, dirigida por Semaun, estuvo en el origen del Partido Comunista de Indonesia. ↩
Heinrich Cunow (1862-1936), teórico socialdemócrata alemán que durante la guerra justificó el imperialismo y la política colonial. ↩
El Congreso de los Pueblos de Oriente, convocado por la Internacional Comunista en Bakú del 1 al 8 de septiembre de 1920. ↩
Esther (Maria) Frumkina, dirigente del Bund; después, de las secciones judías del Partido Comunista de Rusia. ↩
Unión General Obrera Judía de Lituania, Polonia y Rusia, fundada en Vilna en 1897. ↩
«Obreros de Sion»: corriente obrera socialista y sionista; su ala izquierda formó en Rusia, en 1919, un Partido Comunista Judío (Poalei Zion). ↩
John Thomas Murphy (1888-1965), dirigente del movimiento de los shop stewards (delegados de taller) y del Partido Socialista Obrero (SLP) británico. ↩
Nikolái Golovín, general zarista, representante del almirante Kolchak en Londres en 1919; Serguéi Sazónov, ministro de Asuntos Exteriores del zar hasta 1916, llevaba entonces en París las relaciones exteriores de Kolchak y Denikin. ↩
Abram Merezhin, dirigente de las secciones judías (Evsektsiya) del Partido Comunista de Rusia. ↩
Órgano de gobierno de Ucrania constituido en Kiev en 1917 y derrocado en abril de 1918. ↩
Gobierno de la República Popular Ucraniana desde diciembre de 1918, encabezado por Vinnichenko y luego por Petliura. ↩
Jędrzej Moraczewski (1870-1944), del Partido Socialista Polaco, jefe del gobierno de Polonia de noviembre de 1918 a enero de 1919. ↩
Partido Socialista Polaco. ↩
Leopold Skulski (1877-1940), jefe del gobierno de Polonia de diciembre de 1919 a junio de 1920. ↩
Disturbios de Nebi Musa, del 4 al 7 de abril de 1920, en Jerusalén, bajo la administración militar británica. ↩
Fiódor Dan (1871-1947) y Mark Líber (1880-1937), dirigentes mencheviques; Líber lo era también del Bund. ↩
Faisal ibn Husein (1885-1933), hijo del rey Husein del Hiyaz y caudillo de la rebelión árabe de 1916-1918 contra los turcos; proclamado rey de Siria en marzo de 1920, los franceses lo expulsaron en julio de ese año. ↩
Nicola Bombacci (1879-1945), dirigente de la fracción maximalista del Partido Socialista Italiano. ↩
Giuseppe Emanuele Modigliani (1872-1947), diputado y dirigente reformista del Partido Socialista Italiano. ↩
Morris Hillquit (1869-1933), dirigente del Partido Socialista de América. ↩
Robert Grimm (1881-1958), socialdemócrata suizo, presidente de la conferencia de Zimmerwald (1915) y director del Berner Tagwacht. ↩
Paul Louis (1872-1948), periodista e historiador socialista francés. ↩
Claudio Treves (1869-1933), diputado reformista del Partido Socialista Italiano, colaborador de Turati. ↩
Fritz Platten (1883-1942), socialista suizo; organizó en 1917 el viaje de Lenin desde Suiza a Rusia y participó en el I Congreso de la Internacional Comunista (1919). ↩
Ludovic-Oscar Frossard (1889-1946), secretario general del Partido Socialista Francés desde 1918; fue el primer secretario general del Partido Comunista Francés (1920-1923). ↩
Camillo Prampolini (1859-1930), dirigente socialista reformista de Reggio Emilia. ↩
Heinrich Ströbel (1869-1944), periodista y dirigente del ala derecha del USPD. ↩
Zeth Höglund (1884-1956), dirigente del Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia, participante en el movimiento de Zimmerwald. ↩
Carl Lindhagen (1860-1946), alcalde de Estocolmo y miembro del Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia. ↩
Hjalmar Branting (1860-1925), jefe del Partido Socialdemócrata sueco y primer ministro en 1920. ↩
Olav Scheflo (1883-1943), dirigente del ala izquierda del Partido Laborista noruego y delegado en este congreso. ↩
Adolf Ioffe (1883-1927), embajador de la Rusia soviética en Berlín en 1918, expulsado de Alemania en noviembre de ese año. ↩
Consejo de Comisarios del Pueblo (Rat der Volksbeauftragten): gobierno provisional alemán formado en noviembre de 1918 por el SPD (Ebert, Scheidemann) y el USPD (Haase, Dittmann, Barth); los independientes lo abandonaron a finales de diciembre de 1918. ↩
Raymond Lefebvre (1891-1920), escritor socialista francés, uno de los animadores del Comité de la III Internacional y del grupo Clarté. Desapareció en el mar en octubre de 1920, al regresar de Rusia. ↩
Congreso de la SFIO celebrado en Estrasburgo en febrero de 1920: acordó salir de la II Internacional y buscar la «reconstrucción» de una Internacional con otros partidos, en lugar de adherirse a la III. ↩
Elecciones legislativas del 16 de noviembre de 1919, ganadas por el Bloque Nacional. El texto ruso dice «10 de noviembre». ↩
Adrien Pressemane (1879-1929), diputado socialista por el Alto Viena, del centro del partido. ↩
Joseph Paul-Boncour (1873-1972), Alexandre Varenne (1870-1947) y Albert Thomas (1878-1932), diputados socialistas. Thomas fue ministro de Armamento durante la guerra y en 1920 pasó a dirigir la Oficina Internacional del Trabajo. Léon Jouhaux era el secretario general de la CGT. ↩
La huelga ferroviaria iniciada el 1 de mayo de 1920, que la CGT extendió con huelgas «por oleadas»; terminó en derrota, con despidos masivos y procesos contra dirigentes sindicalistas y comunistas. ↩
Gustave Delory (1857-1925), diputado socialista y alcalde de Lille. ↩
Congreso del PSI de abril de 1914 en Ancona, que declaró incompatible la pertenencia al partido y a la masonería. ↩
Jakob Herzog, dirigente de un grupo comunista de Zúrich expulsado del Partido Socialdemócrata Suizo. ↩
Conferencias socialistas internacionales contra la guerra celebradas en Suiza: Zimmerwald (septiembre de 1915) y Kienthal (abril de 1916). ↩
Amadeo Bordiga (1889-1970), dirigente de la fracción comunista abstencionista del PSI y de su periódico Il Soviet, de Nápoles. ↩
Primera Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, inaugurada en Moscú el 30 de julio de 1920. ↩
Congreso del PSI de octubre de 1919 en Bolonia, que acordó la adhesión a la III Internacional sin expulsar a los reformistas. ↩
Luigi Polano (1897-1984), de la Federación Juvenil Socialista Italiana. ↩
Freiheit, diario central del USPD, en Berlín. ↩
Ludovico D'Aragona (1876-1961), secretario general de la Confederación General del Trabajo italiana; como Enrico Dugoni, diputado socialista, formaba parte de la delegación italiana que visitó Rusia. ↩
Ernst Meyer (1887-1930), miembro de la Central del Partido Comunista de Alemania. ↩
Congreso extraordinario del USPD celebrado en Leipzig en diciembre de 1919, que acordó salir de la II Internacional y negociar con otros partidos y con la III. ↩
En Lucerna se reunió en agosto de 1919 una conferencia de la II Internacional; en Ginebra, su congreso de julio-agosto de 1920. ↩
Pieter Jelles Troelstra (1860-1930), dirigente del Partido Obrero Socialdemócrata (SDAP) de los Países Bajos; en noviembre de 1918 llamó desde el parlamento a la toma del poder y se retractó a los pocos días. ↩
Willi Münzenberg (1889-1940), comunista alemán, secretario de la Internacional Comunista de la Juventud, fundada en Berlín en noviembre de 1919. ↩
Los delegados del KAPD, Otto Rühle y August Merges, llegaron a Moscú pero se marcharon antes de la apertura del congreso. ↩
El Manifiesto de la Internacional Comunista a los proletarios del mundo entero, aprobado por el I Congreso (Moscú, marzo de 1919). ↩
Huelga internacional convocada para el 21 de julio de 1919 en solidaridad con la Rusia soviética y la Hungría de los consejos; en Francia la CGT la desconvocó a última hora y en otros países tuvo escaso eco. ↩
Alude a las negociaciones de comienzos de noviembre de 1917, impulsadas por el sindicato ferroviario (Vikzhel), para formar un gobierno de coalición de todos los partidos socialistas. Lozovski, partidario de ese acuerdo, fue expulsado del Partido Bolchevique poco después y readmitido en 1919. ↩
Congreso extraordinario del USPD celebrado en Berlín en marzo de 1919. El de Leipzig, citado a continuación, se celebró en diciembre de 1919. ↩
La Unión General Obrera de Alemania (Allgemeine Arbeiter-Union Deutschlands, AAU), organización de fábrica afín al KAPD, fundada en febrero de 1920. ↩
El golpe de Kapp, en marzo de 1920, derrotado por la huelga general. Las elecciones al Reichstag se celebraron en junio de 1920. ↩
Wilhelm Koenen (1886-1963), diputado y dirigente del USPD, que se pasó al KPD con la mayoría del USPD en 1920. ↩
Hugo Haase (1863-1919), presidente del USPD y copresidente del Consejo de Comisarios del Pueblo; murió en noviembre de 1919 a consecuencia de un atentado. ↩
Telégrafo impresor que permitía conversar a distancia por escrito, muy usado entonces en las comunicaciones oficiales. ↩
Emil Barth (1879-1941), dirigente de los delegados revolucionarios de las fábricas de Berlín y miembro, por el USPD, del Consejo de Comisarios del Pueblo. ↩
Wilhelm Solf (1862-1936), secretario de Estado de Asuntos Exteriores en el gobierno de Max von Baden, cargo que conservó hasta diciembre de 1918. Otto Landsberg, Philipp Scheidemann y Friedrich Ebert eran los tres miembros socialdemócratas (SPD) del Consejo de Comisarios del Pueblo. ↩
Rosi Wolfstein (1888-1987), miembro del Partido Comunista de Alemania desde su fundación. ↩
En las elecciones al Reichstag de junio de 1920 el USPD obtuvo cerca de cinco millones de votos. ↩
Christian Rakovski (1873-1941), revolucionario de origen búlgaro-rumano, presidente desde 1919 del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania. ↩
Victor Adler (1852-1918), fundador de la socialdemocracia austriaca, secretario de Estado de Asuntos Exteriores de la Austria alemana en noviembre de 1918; murió el 11 de ese mes. ↩
Posibilistas: corriente reformista de Paul Brousse; alemanistas: los seguidores de Jean Allemane, que se separaron de ellos en 1890. Ernest Constans, ministro del Interior en 1889, combatió el movimiento del general Georges Boulanger (1886-1889). ↩
El congreso de la II Internacional celebrado en Ámsterdam en 1904 condenó el revisionismo y la participación ministerial y pidió la unidad de los socialistas franceses, que se fundieron en 1905 en la SFIO. Jules Guesde fue ministro en el gobierno de unión sagrada de 1914 a 1916. ↩
Jacques Sadoul (1881-1956), oficial de la misión militar francesa en Rusia que se pasó a los bolcheviques; condenado a muerte en rebeldía en Francia en 1919, el Partido Socialista lo presentó como candidato en las legislativas de noviembre de ese año. ↩
Costantino Lazzari (1857-1927), secretario del Partido Socialista Italiano de 1912 a 1919. En el congreso de Bolonia (octubre de 1919) el partido sustituyó su programa de 1892 y votó la adhesión a la Internacional Comunista. ↩
Arturo Labriola (1873-1959) y Alceste De Ambris (1874-1934), dirigentes del sindicalismo revolucionario italiano, partidarios de la intervención en la guerra; Labriola era desde junio de 1920 ministro de Trabajo con Giolitti. ↩
Hugo Stinnes (1870-1924), magnate de la industria pesada que compró numerosos periódicos. ↩
L'Ordine Nuovo, semanario fundado en Turín en mayo de 1919 por Antonio Gramsci, Angelo Tasca, Palmiro Togliatti y Umberto Terracini. ↩
Víktor Chernov (1873-1952), jefe del Partido Socialista Revolucionario y presidente de la Asamblea Constituyente disuelta en enero de 1918. ↩
Max Reichpietsch y Albin Köbis, marineros fusilados en septiembre de 1917 por los motines de la flota de aquel verano. En octubre de 1917 el canciller Georg Michaelis acusó en el Reichstag al USPD de haberlos instigado. ↩
Gustav Noske (1868-1946), socialdemócrata mayoritario, ministro de Defensa del Reich de 1919 a 1920; dirigió la represión de los levantamientos obreros de 1919. ↩
Rudolf Breitscheid (1874-1944), diputado y portavoz de política exterior del USPD. ↩
Programa aprobado en el congreso extraordinario del USPD en Leipzig (diciembre de 1919), que acordó también salir de la II Internacional y negociar con la Internacional Comunista. ↩
«Ni sin condiciones ni sin concesiones». ↩
Jules Humbert-Droz (1891-1971), pastor y socialista de La Chaux-de-Fonds, dirigente de la izquierda del Partido Socialista Suizo; luego fue secretario de la Internacional Comunista. ↩
Charles Naine (1874-1926) y Ernest-Paul Graber (1875-1956), dirigentes socialistas de la Suiza francófona (Neuchâtel), que habían participado en el movimiento de Zimmerwald. ↩
Periódico de la tendencia centrista de Jean Longuet en el Partido Socialista francés (SFIO). ↩
El Consejo Ejecutivo (Vollzugsrat) de los consejos de obreros y soldados de Berlín, elegido el 10 de noviembre de 1918. ↩
Kata Dahlström (1858-1923), agitadora socialista sueca, del Partido Socialdemócrata de Izquierda. ↩
El Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia, fundado en 1917 por la izquierda expulsada del partido socialdemócrata de Hjalmar Branting. Zeth Höglund y Karl Kilbom procedían de la Unión de la Juventud; Carl Lindhagen era alcalde de Estocolmo. ↩
Walter Stoecker (1891-1939), dirigente de la izquierda del USPD; pasó luego al Partido Comunista y murió en el campo de concentración de Buchenwald. ↩
«¿Qué quiere la Liga Espartaco?» (diciembre de 1918), adoptado como programa por el congreso fundacional del Partido Comunista de Alemania. ↩
Jakob Friis (1883-1956), periodista del Partido Obrero Noruego, que se había adherido a la Internacional Comunista en 1919. ↩
En la primavera de 1918 Alemania envió tropas a Finlandia en apoyo de los blancos en la guerra civil finlandesa. ↩
Oskar Cohn (1869-1934), abogado, diputado del USPD en la Asamblea Nacional de Weimar. ↩
La comisión de investigación de la Asamblea Nacional alemana sobre las responsabilidades de la guerra, constituida en 1919. ↩
El Consejo Provisional de la República, convocado en octubre de 1917, del que los bolcheviques se retiraron en su primera sesión. ↩
Jean Longuet (1876-1938), nieto de Marx, dirigente de la tendencia centrista del Partido Socialista Francés. ↩
Escrito por Lenin en abril-mayo de 1920 y repartido a los delegados del congreso. ↩
William Gallacher, dirigente del movimiento de los shop stewards del Clyde (Glasgow); más tarde, miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña y diputado comunista. ↩
Probablemente Neil Maclean, elegido en 1918 diputado laborista por Govan (Glasgow); no confundir con John Maclean. ↩
Seudónimo del comunista búlgaro Iván Nedelkov. ↩
Hasta mayo de 1919, Partido Obrero Socialdemócrata Búlgaro (socialistas «estrechos»), separado desde 1903 de los socialistas «anchos», reformistas; en mayo de 1919 tomó el nombre de Partido Comunista y se adhirió a la Internacional Comunista. ↩
Las dos guerras balcánicas: la primera (1912-1913), de Bulgaria, Serbia, Grecia y Montenegro contra el Imperio otomano; la segunda (1913), en la que Bulgaria fue derrotada por sus antiguos aliados, Rumanía y el Imperio otomano. ↩
Todor Lukánov, Georgi Dimitrov, entonces dirigente sindical y más tarde secretario general de la Internacional Comunista, y Kosta Tsiporánov. ↩
«El Noticiero Obrero», órgano central del partido. ↩
Krastiu Pastújov, dirigente de los socialistas «anchos», ministro del Interior en el gobierno de coalición de Aleksandar Stamboliiski. Gustav Noske, socialdemócrata alemán, dirigió como ministro la represión de los movimientos revolucionarios de 1919. ↩
Nombre antiguo de Plovdiv. ↩
Huelga de ferroviarios y de trabajadores de correos y telégrafos, reprimida por el gobierno de Stamboliiski. ↩
Elegida en noviembre de 1917, se reunió el 5 (18) de enero de 1918 y fue disuelta al día siguiente por el poder soviético. ↩
Marie Nielsen, maestra, dirigente de la izquierda socialista danesa y después del Partido Comunista de Dinamarca. ↩
En la sesión inaugural de la Cámara, el 1 de diciembre de 1919, los diputados socialistas abandonaron el salón cantando La Internacional a la llegada del rey Víctor Manuel III. ↩
Comité de la III Internacional: tendencia del Partido Socialista francés (SFIO), dirigida por Loriot y Souvarine, que propugnaba la adhesión a la Internacional Comunista. ↩
Fracción comunista del Bund (Unión General Obrera Judía de Lituania, Polonia y Rusia). ↩
Karl Schröder (1884-1950), uno de los dirigentes del Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD). ↩
Alusión a la Zentralarbeitsgemeinschaft, acuerdo de noviembre de 1918 entre las organizaciones patronales (Stinnes) y los sindicatos (Legien). ↩
Comités mixtos de patronos y obreros propuestos en 1917 por la comisión que presidió el diputado liberal John Henry Whitley. ↩
John Spargo (1876-1966), socialista estadounidense que dejó el Partido Socialista en 1917 por su apoyo a la guerra; autor de Russia as an American Problem (1920). ↩
Robert René Kuczynski (1876-1947), estadístico y economista alemán, autor de estudios sobre salarios y coste de la vida. ↩
The Nation: semanario liberal estadounidense. ↩
New Statesman: semanario fundado en Londres en 1913 por Sidney y Beatrice Webb. ↩
Robert Dissmann (1878-1926), del USPD, presidente del Sindicato de Metalúrgicos Alemanes (DMV) desde el congreso de Stuttgart de octubre de 1919. ↩
Allgemeiner Deutscher Gewerkschaftsbund (ADGB), confederación de los sindicatos socialdemócratas, constituida en 1919. ↩
Jorezm: antiguo kanato de Jiva, en Asia Central; tras el derrocamiento del kan en 1920 se proclamó la República Popular Soviética de Jorezm. ↩
El congreso fundacional del KPD, celebrado en Berlín del 30 de diciembre de 1918 al 1 de enero de 1919. ↩
Fritz Wolffheim (1888-1942), dirigente, con Heinrich Laufenberg, de la oposición de Hamburgo; Otto Rühle (1874-1943), diputado que en 1915 votó con Liebknecht contra los créditos de guerra. La oposición contraria al trabajo en los sindicatos y en el parlamento quedó fuera del KPD tras el congreso de Heidelberg (octubre de 1919) y fundó en abril de 1920 el KAPD. ↩
Solomon Lozovski (1878-1952), dirigente sindical soviético; desde 1921, secretario general de la Internacional Sindical Roja. ↩
El Consejo Internacional Provisional de los Sindicatos Rojos, constituido en Moscú el 15 de julio de 1920, antecedente de la Internacional Sindical Roja (1921). ↩
Augusta Aasen, dirigente del movimiento de mujeres del Partido Laborista Noruego; murió en un accidente durante una visita a un aeródromo cercano a Moscú, en los días del congreso. ↩
La reforma agraria checoslovaca de 1919-1920, que confiscaba los latifundios por encima de cierta extensión, en buena parte de la nobleza alemana. ↩
Partidarios de Jean Longuet, cabeza de la tendencia centrista del Partido Socialista francés. Los «independientes ingleses» son el Independent Labour Party. ↩
Grigori Sokólnikov, bolchevique, miembro del Comité Central del Partido Comunista de Rusia; más tarde comisario del pueblo de Finanzas. ↩
El golpe de Estado de Luis Bonaparte, el futuro Napoleón III, el 2 de diciembre de 1851. ↩
Jristo Kabakchiev, dirigente del Partido Comunista Búlgaro. ↩
Oficinas auxiliares creadas por el Comité Ejecutivo en 1919-1920: el Buró de Ámsterdam, disuelto en la primavera de 1920, y el Secretariado de Europa Occidental, en Berlín. ↩
Communist Labor Party of America, uno de los dos partidos comunistas surgidos en 1919 de la escisión del Partido Socialista de EE. UU. ↩
Las redadas organizadas por el fiscal general A. Mitchell Palmer; en la mayor, la del 2 de enero de 1920, se detuvo a miles de comunistas y radicales. ↩
El Partido Comunista Ucraniano («ukapistas»), formado en enero de 1920 por el ala izquierda de la socialdemocracia independentista ucraniana, distinto del Partido Comunista (bolchevique) de Ucrania. ↩
Karl Renner (1870-1950), socialdemócrata austriaco, canciller de la República de Austria de 1918 a 1920. ↩
American Federation of Labor (AFL), fundada en 1886 y dirigida por Samuel Gompers; agrupaba sobre todo a los obreros cualificados, organizados por oficios. ↩
Herman Gorter (1864-1927), poeta holandés, teórico del comunismo de izquierda y del Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD). ↩
Escrito por Lenin en abril-mayo de 1920 y publicado en junio, poco antes del congreso; en el capítulo sobre Inglaterra critica una carta de Gallacher publicada en el Workers' Dreadnought. ↩
United Communist Party, formado en mayo de 1920 por la fusión del Communist Labor Party con una parte del Communist Party of America; actuaba en la ilegalidad. ↩
Robert Williams (1881-1936), secretario de la Federación Nacional de los Trabajadores del Transporte. La Triple Alianza, formada en 1914, unía a los sindicatos de mineros, ferroviarios y trabajadores del transporte. ↩
Sylvia Pankhurst (1882-1960), sufragista y socialista inglesa, dirigente de la Workers' Socialist Federation y directora del semanario Workers' Dreadnought. ↩
El Labour Party británico, fundado en 1900 como federación de sindicatos y sociedades socialistas; no admitió afiliación individual hasta 1918. ↩
Independent Labour Party (ILP), fundado en 1893 y adherido al Partido Laborista. ↩
J. T. Walton Newbold (1888-1943), del ILP; en 1922 fue elegido diputado por Motherwell como comunista. ↩
J. H. Thomas (1874-1949), secretario general del sindicato ferroviario (NUR) y diputado laborista. ↩
Philip Snowden (1864-1937), dirigente del ILP; como MacDonald, se opuso a la guerra desde posiciones pacifistas. ↩
El congreso de fundación del Partido Comunista de Gran Bretaña, celebrado en Londres el 31 de julio y el 1 de agosto de 1920. ↩
Willem van Ravesteyn y Jan Ceton, dirigentes, con Wijnkoop, del Partido Comunista de Holanda y redactores de su órgano, De Tribune. ↩
En alemán, «orden de busca y captura» con las señas del perseguido. Zinóviev se refiere a la carta del Comité Ejecutivo al Partido Socialista Francés, publicada durante el congreso. ↩
El congreso de la Segunda Internacional reconstituida se celebró en Ginebra del 31 de julio al 5 de agosto de 1920; su secretariado tenía sede en Bruselas. ↩
Congreso de la Segunda Internacional celebrado en Stuttgart en agosto de 1907; en la comisión colonial, una mayoría se pronunció por una «política colonial socialista», aunque el pleno rechazó esa fórmula por estrecho margen. ↩