II Congreso de la Internacional Comunista, inaugurado en Petrogrado el 19 de julio de 1920 y continuado en Moscú del 23 de julio al 7 de agosto. Traducido del ruso de la edición de las actas del congreso: Второй конгресс Коминтерна. Июль — август 1920 г., Moscú, Partizdat, 1934, pp. 467-592 (archive.org), sin el aparato editorial de esa edición; las resoluciones se han cotejado con la edición de Petrogrado de 1920, Резолюции и устав Коммунистического Интернационала, принятые Вторым конгрессом (archive.org), que difiere en detalles de redacción (sobre todo en las tesis complementarias sobre la cuestión nacional y colonial, traducidas dos veces al ruso). Lengua de redacción: en ruso las tesis de Lenin (tareas fundamentales, cuestión nacional y colonial, cuestión agraria), las condiciones de admisión (Lenin y Zinóviev), las tesis de Zinóviev (papel del partido, soviets, estatutos), Bujarin (parlamentarismo) y Rádek (sindicatos), el Manifiesto (Trotski) y los llamamientos; en inglés las tesis complementarias de M. N. Roy. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en ruso

Sobre las tareas fundamentales de la Internacional Comunista

  1. El momento actual del desarrollo del movimiento comunista internacional se caracteriza por que en todos los países capitalistas los mejores representantes del proletariado revolucionario han comprendido plenamente los principios fundamentales de la Internacional Comunista, a saber: la dictadura del proletariado y el poder soviético, y se han puesto con abnegado entusiasmo del lado de la Internacional Comunista. Un paso adelante todavía más importante y de mayor alcance es que en todas partes, entre las masas más amplias no solo del proletariado urbano, sino también de la parte avanzada de los obreros del campo, se ha definido plenamente su incondicional simpatía por estos principios fundamentales. Por otro lado, se han puesto de manifiesto dos errores o debilidades del movimiento comunista internacional, que crece con extraordinaria rapidez. Uno, muy grave y que representa un peligro inmediato enorme para el éxito de la causa de la liberación del proletariado, consiste en que una parte de los viejos jefes y de los viejos partidos de la II Internacional, en parte cediendo de un modo semiinconsciente a los deseos y a la presión de las masas, en parte engañándolas conscientemente para conservar su antiguo papel de agentes y auxiliares de la burguesía dentro del movimiento obrero, declaran su adhesión condicional o incluso incondicional a la III Internacional, mientras siguen de hecho, en toda la práctica de su trabajo político y de partido, al nivel de la II Internacional. Semejante estado de cosas es de todo punto inadmisible, porque introduce una corrupción directa de las masas, impide la formación y el desarrollo de un partido comunista fuerte y menoscaba el respeto por la III Internacional, con la amenaza de que se repitan traiciones como la de los socialdemócratas húngaros, que a toda prisa se bautizaron comunistas.1 El otro error, mucho menos importante, que es más bien una enfermedad de crecimiento del movimiento, consiste en la tendencia al «izquierdismo», que lleva a valorar equivocadamente el papel y las tareas del partido respecto de la clase y de la masa, y la obligación de los comunistas revolucionarios de trabajar en los parlamentos burgueses y en los sindicatos reaccionarios.

El deber de los comunistas no es callar las debilidades de su movimiento, sino criticarlas abiertamente para librarse de ellas cuanto antes y de raíz. Con este fin es necesario, en primer lugar, definir de manera más concreta, sobre todo a partir de la experiencia práctica ya adquirida, el contenido de los conceptos de «dictadura del proletariado» y «poder soviético»; en segundo lugar, mostrar en qué puede y debe consistir exactamente en todos los países el trabajo preparatorio inmediato y sistemático que lleve a la práctica estas consignas; en tercer lugar, indicar los caminos y los medios para corregir los defectos de nuestro movimiento.

I. La esencia de la dictadura del proletariado y del poder soviético

  1. La victoria del socialismo (como primera fase del comunismo) sobre el capitalismo exige que el proletariado, como única clase verdaderamente revolucionaria, cumpla las tres tareas siguientes. La primera: derrocar a los explotadores, y en primer término a la burguesía, que es su principal representante económico y político; derrotarlos por completo; aplastar su resistencia; hacer imposible cualquier intento por su parte de restaurar el yugo del capital y la esclavitud asalariada. La segunda: arrastrar y conducir tras la vanguardia revolucionaria del proletariado, tras su partido comunista, no solo a todo el proletariado o a su inmensa y aplastante mayoría, sino a toda la masa de los trabajadores y explotados por el capital; ilustrarlos, organizarlos, educarlos y disciplinarlos en el curso mismo de la lucha abnegadamente audaz e implacablemente firme contra los explotadores; arrancar a esta aplastante mayoría de la población de todos los países capitalistas de la dependencia de la burguesía; inspirarle, mediante la experiencia práctica, confianza en el papel dirigente del proletariado y de su vanguardia revolucionaria. La tercera: neutralizar o hacer inofensivas las inevitables vacilaciones entre la burguesía y el proletariado, entre la democracia burguesa y el poder soviético, de la clase de los pequeños propietarios de la agricultura, la industria y el comercio, todavía bastante numerosa en casi todos los países avanzados aunque sea una minoría de la población, y de la capa de intelectuales, empleados, etc., que se agrupa en torno a esa clase.

La primera y la segunda tareas son tareas independientes, y cada una exige sus propios procedimientos de acción respecto de los explotadores y respecto de los explotados. La tercera tarea se deriva de las dos primeras y solo requiere una combinación hábil, oportuna y flexible de los procedimientos del primer y del segundo tipo, según las circunstancias concretas de cada caso particular de vacilación.

  1. En la situación concreta que en todo el mundo, y sobre todo en los países capitalistas más avanzados, poderosos, ilustrados y libres, han creado el militarismo, el imperialismo, el estrangulamiento de las colonias y de los países débiles, la carnicería imperialista mundial y la «paz» de Versalles, admitir siquiera la idea de una sumisión pacífica de los capitalistas a la voluntad de la mayoría de los explotados, de un paso pacífico y reformista al socialismo, no es solo la más extrema estupidez filistea, sino un engaño directo a los obreros, un modo de embellecer la esclavitud asalariada capitalista, de ocultar la verdad. La verdad es que la burguesía, aun la más ilustrada y democrática, ya no se detiene hoy ante ningún engaño ni crimen, ante la matanza de millones de obreros y campesinos, para salvar la propiedad privada de los medios de producción. Solo el derrocamiento violento de la burguesía, la confiscación de su propiedad, la destrucción de todo el aparato estatal burgués de arriba abajo, parlamentario, judicial, militar, burocrático, administrativo, municipal, etc., hasta la expulsión o el internamiento en masa de los explotadores más peligrosos y obstinados, el establecimiento sobre ellos de una vigilancia estricta para combatir los inevitables intentos de resistencia y de restauración de la esclavitud capitalista, solo medidas de este tipo pueden asegurar la sumisión efectiva de toda la clase de los explotadores.

Por otro lado, es un embellecimiento igual del capitalismo y de la democracia burguesa, un engaño igual a los obreros, la idea, habitual en los viejos partidos y en los viejos jefes de la II Internacional, de que la mayoría de los trabajadores y explotados sería capaz, en las condiciones de la esclavitud capitalista, bajo el yugo de la burguesía, que adopta formas infinitamente variadas —tanto más refinadas y a la vez crueles e implacables cuanto más culto es el país capitalista de que se trate—, de que sería capaz de adquirir una plena claridad de consciencia socialista, firmeza de convicciones y de carácter socialistas. En realidad, solo después de que la vanguardia del proletariado, apoyada por toda esta clase, la única revolucionaria, o por su mayoría, derroque a los explotadores, los aplaste, libere a los explotados de su situación de esclavos y mejore de inmediato sus condiciones de vida a costa de los capitalistas expropiados, solo entonces y en el curso mismo de una lucha de clases aguda es posible ilustrar, educar y organizar a las más amplias masas trabajadoras y explotadas en torno al proletariado, bajo su influencia y su dirección, librarlas del egoísmo, la dispersión, los vicios y la debilidad que engendra la propiedad privada, y convertirlas en una libre asociación de trabajadores libres.

  1. Para el éxito de la victoria sobre el capitalismo hace falta una relación correcta entre el partido dirigente, el partido comunista, la clase revolucionaria, el proletariado, y la masa, es decir, el conjunto de los trabajadores y explotados. Solo el partido comunista, si es de verdad la vanguardia de la clase revolucionaria, si reúne en su seno a todos sus mejores representantes, si se compone de comunistas plenamente conscientes y abnegados, instruidos y templados por la experiencia de una tenaz lucha revolucionaria, si ha sabido unirse indisolublemente a toda la vida de su clase y, a través de ella, a toda la masa de los explotados, y ganarse la plena confianza de esa clase y de esa masa, solo un partido así es capaz de dirigir al proletariado en la lucha más implacable, decidida y final contra todas las fuerzas del capitalismo. Por otro lado, solo bajo la dirección de un partido así es capaz el proletariado de desplegar todo el poderío de su empuje revolucionario, reduciendo a nada la inevitable apatía, y en parte la resistencia, de la pequeña minoría de la aristocracia obrera corrompida por el capitalismo, de los viejos jefes tradeunionistas y cooperativistas, etc.; es capaz de desplegar toda su fuerza, que, en virtud de la propia estructura económica de la sociedad capitalista, es incomparablemente mayor que su proporción en la población. Por último, solo una vez liberada ya de hecho del yugo de la burguesía y del aparato estatal burgués, solo una vez que ha obtenido la posibilidad de organizarse de un modo verdaderamente libre (de los explotadores) en sus soviets, puede la masa, es decir, el conjunto de los trabajadores y explotados, desplegar por primera vez en la historia toda la iniciativa y toda la energía de decenas de millones de personas aplastadas por el capitalismo. Solo cuando los soviets se han convertido en el único aparato del Estado es posible la participación efectiva en la administración de toda la masa de los explotados, que, incluso con la democracia burguesa más ilustrada y libre, siempre estuvo de hecho excluida en sus noventa y nueve centésimas partes de la participación en la administración. Solo en los soviets empieza la masa de los explotados a aprender de verdad, no en los libros, sino en su propia experiencia práctica, la obra de la construcción socialista, la creación de una nueva disciplina social, la de la libre asociación de trabajadores libres.

II. ¿En qué debe consistir la preparación inmediata y general de la dictadura del proletariado?

  1. El momento que vivimos en el desarrollo del movimiento comunista internacional se caracteriza por que en la inmensa mayoría de los países capitalistas no ha terminado —y muy a menudo ni siquiera ha empezado de un modo sistemático— la preparación del proletariado para ejercer su dictadura. De ello no se deduce que la revolución proletaria sea imposible en un futuro muy próximo; es perfectamente posible, porque toda la situación económica y política es extraordinariamente rica en materias inflamables y en motivos para que prendan de forma inesperada; la otra condición de la revolución, además de la preparación del proletariado, a saber, el estado general de crisis en todos los partidos gobernantes y en todos los partidos burgueses, también se da. Pero de lo dicho se deduce que la tarea del momento para los partidos comunistas consiste ahora en acelerar la revolución, sin provocarla, sin embargo, artificialmente, sin la preparación suficiente; la preparación del proletariado para la revolución debe reforzarse con la acción. Por otro lado, los casos señalados más arriba en la historia de muchos partidos socialistas obligan a velar por que el reconocimiento de la dictadura del proletariado no pueda quedarse en palabras.

Por eso, desde el punto de vista del movimiento proletario internacional, la tarea principal de los partidos comunistas en este momento es agrupar las fuerzas comunistas dispersas, formar en cada país un partido comunista único (o fortalecer y renovar el partido ya existente) para decuplicar el trabajo de preparación del proletariado para la conquista del poder del Estado, y precisamente para la conquista del poder en la forma de dictadura del proletariado. El trabajo socialista habitual de los grupos y partidos que reconocen la dictadura del proletariado dista todavía mucho de haber pasado en medida suficiente por la transformación radical, la renovación radical, que es necesaria para que ese trabajo pueda considerarse comunista y a la altura de las tareas de la víspera de la dictadura proletaria.

  1. La conquista del poder político por el proletariado no pone fin a su lucha de clase contra la burguesía; al contrario, la hace especialmente amplia, aguda e implacable. Todos los grupos, partidos y militantes del movimiento obrero que se sitúan total o parcialmente en el terreno del reformismo, del «centro», etc., debido a la extrema agudización de la lucha, se pasan inevitablemente al lado de la burguesía, o se suman a los vacilantes, o bien (lo que es más peligroso) entran en el número de los amigos poco fiables del proletariado victorioso. Por eso, la preparación de la dictadura del proletariado exige no solo intensificar la lucha contra las tendencias reformistas y centristas, sino también cambiar el carácter de esa lucha. La lucha no puede limitarse a aclarar lo erróneo de estas tendencias, sino que debe desenmascarar sin descanso y sin piedad a todo militante del movimiento obrero en quien se manifiesten esas tendencias, pues sin eso el proletariado no puede saber con quién irá a la lucha más decisiva contra la burguesía. Esta lucha es tal que en cualquier momento puede sustituir —y sustituye, como ya ha demostrado la experiencia— el arma de la crítica por la crítica de las armas.2 Toda inconsecuencia o debilidad en el desenmascaramiento de quienes se muestran reformistas o centristas significa un aumento directo del peligro de que la burguesía derroque el poder del proletariado, pues mañana aprovechará para la contrarrevolución lo que hoy a los miopes les parece solo una «discrepancia teórica».

  2. En particular, no basta con el habitual rechazo de principio de toda colaboración del proletariado con la burguesía, de todo «colaboracionismo». La simple defensa de la «libertad» y la «igualdad», si se mantiene la propiedad privada de los medios de producción, se convierte, en las condiciones de la dictadura del proletariado, que nunca estará en condiciones de suprimir de golpe y por completo la propiedad privada, se convierte en «colaboración» con la burguesía, que socava directamente el poder de la clase obrera. Porque la dictadura del proletariado significa consolidar y proteger por medio del Estado, con todo el aparato del poder estatal, la «falta de libertad» del explotador para proseguir su obra de opresión y explotación, la «desigualdad» entre el propietario (es decir, el que se ha apropiado personalmente de determinados medios de producción creados por el trabajo social) y el desposeído. Lo que antes de la victoria del proletariado parece solo una discrepancia teórica sobre la cuestión de la «democracia», se convierte inevitablemente mañana, tras la victoria, en una cuestión que se decide por la fuerza de las armas. Por consiguiente, sin un cambio radical de todo el carácter de la lucha contra los centristas y los «defensores de la democracia», es imposible incluso la preparación previa de las masas para el ejercicio de la dictadura del proletariado.

  3. La dictadura del proletariado es la forma más decidida y revolucionaria de la lucha de clase del proletariado contra la burguesía. Esta lucha solo puede triunfar cuando la vanguardia más revolucionaria del proletariado arrastra tras de sí a su aplastante mayoría. Por eso, la preparación de la dictadura del proletariado exige no solo explicar el carácter burgués de todo reformismo, de toda defensa de la democracia que mantenga la propiedad privada de los medios de producción; no solo desenmascarar las manifestaciones de tales tendencias, que significan en la práctica defender a la burguesía dentro del movimiento obrero, sino que exige también sustituir a los viejos jefes por comunistas en absolutamente todos los tipos de organizaciones proletarias, no solo políticas, sino también sindicales, cooperativas, educativas, etc. Cuanto más duradero, completo y sólido ha sido el dominio de la democracia burguesa en un país, tanto más ha logrado la burguesía colocar en esos puestos de dirección a militantes educados por ella, impregnados de sus ideas y prejuicios y, muy a menudo, sobornados por ella directa o indirectamente. Es necesario, con cien veces más audacia que hasta ahora, desalojar a estos representantes de la aristocracia obrera o a estos obreros aburguesados de todos sus puestos y sustituirlos aunque sea por los obreros más inexpertos, con tal de que estén ligados a la masa explotada y gocen de su confianza en la lucha contra los explotadores. La dictadura del proletariado exigirá nombrar a obreros de este tipo, sin experiencia, para los puestos de mayor responsabilidad del Estado; de lo contrario, el poder del gobierno obrero será impotente y la masa no lo apoyará.

  4. La dictadura del proletariado es el ejercicio más completo de la dirección de todos los trabajadores y explotados, oprimidos, embrutecidos, aplastados, atemorizados, divididos y engañados por la clase de los capitalistas, por parte de la única clase preparada para ese papel dirigente por toda la historia del capitalismo. Por eso la preparación de la dictadura del proletariado debe comenzar en todas partes y de inmediato, mediante, entre otros, el procedimiento siguiente.

En todas las organizaciones, uniones y asociaciones sin excepción, en primer lugar las proletarias y después también las de la masa trabajadora y explotada no proletaria (políticas, sindicales, militares, cooperativas, educativas, deportivas, etc., etc.), deben crearse grupos o células de comunistas, preferentemente abiertos, pero también clandestinos, obligatorios en todos los casos en que quepa temer que la burguesía los ponga fuera de la ley o detenga o expulse a sus miembros; estas células, estrechamente ligadas entre sí y con el centro del partido, intercambiando su experiencia, realizando un trabajo de agitación, propaganda y organización, adaptándose a absolutamente todos los ámbitos de la vida social, a absolutamente todas las variedades y subdivisiones de la masa trabajadora, deben educar sistemáticamente con este trabajo multilateral tanto a sí mismas como al partido, a la clase y a las masas.

Para ello es sumamente importante elaborar en la práctica la necesaria diferencia de procedimientos en todo el trabajo: por un lado, respecto de los «jefes» o «representantes responsables», a menudo irremediablemente corrompidos por los prejuicios pequeñoburgueses e imperialistas (estos «jefes» deben ser desenmascarados sin piedad y expulsados del movimiento obrero); por otro, respecto de las masas, que, sobre todo después de la carnicería imperialista, en su mayor parte están dispuestas a escuchar y asimilar la doctrina de la necesidad de la dirección del proletariado como única salida de la esclavitud capitalista; a las masas hay que aprender a acercarse con especial paciencia y cuidado, para saber comprender las particularidades, los rasgos psicológicos propios de cada capa, de cada oficio, etc., de esa masa.

  1. En particular, uno de los grupos o células de comunistas merece la atención y el cuidado excepcionales del partido, a saber: la fracción parlamentaria, es decir, el grupo de miembros del partido que son diputados en una institución representativa burguesa (ante todo en la del Estado, y luego también en las locales, municipales, etc.). Por un lado, precisamente esta tribuna tiene una importancia especial a los ojos de las capas más amplias de la masa trabajadora atrasada o impregnada de prejuicios pequeñoburgueses; por eso, precisamente desde esta tribuna deben los comunistas, de manera obligada, realizar su trabajo de propaganda, agitación y organización, y explicar a las masas por qué en Rusia fue legítima (y lo será en su momento en cualquier país) la disolución del parlamento burgués por el Congreso de los Soviets de toda la nación.3

Por otro lado, toda la historia de la democracia burguesa ha hecho de la tribuna parlamentaria, sobre todo en los países avanzados, el escenario principal, o uno de los principales, de estafas inauditas, de engaños financieros y políticos al pueblo, de arribismo, de hipocresía, de opresión de los trabajadores. Por eso es plenamente legítimo el odio ardiente a los parlamentos de los mejores representantes del proletariado revolucionario. Por eso los partidos comunistas y todos los partidos que se adhieren a la III Internacional —sobre todo en los casos en que estos partidos no han surgido de una escisión de los viejos partidos y de una lucha larga y tenaz contra ellos, sino del paso (a menudo nominal) de los viejos partidos a la nueva posición— deben tratar con un rigor excepcional a sus fracciones parlamentarias: sometimiento completo de estas al control y a las instrucciones del Comité Central del partido; inclusión en ellas preferentemente de obreros revolucionarios; análisis minucioso en la prensa del partido y en las reuniones del partido de los discursos de los parlamentarios desde el punto de vista de su firmeza comunista; envío de los diputados a hacer agitación entre las masas; expulsión de estas fracciones de quienes manifiesten tendencias de la II Internacional, etc.

  1. Una de las principales causas que dificultan el movimiento obrero revolucionario en los países capitalistas desarrollados consiste en que, gracias a las posesiones coloniales, a las superganancias del capital financiero, etc., el capital ha conseguido separar aquí una capa relativamente más amplia y estable de una pequeña minoría: la aristocracia obrera. Esta disfruta de mejores condiciones de salario y es la que está más impregnada de espíritu gremial estrecho y de prejuicios filisteos e imperialistas. Es el verdadero «sostén» social de la II Internacional, de los reformistas y de los centristas, y en este momento es casi el principal sostén social de la burguesía. Ni siquiera una preparación previa del proletariado para el derrocamiento de la burguesía es posible sin una lucha inmediata, sistemática, amplia y abierta contra esta capa, que sin duda —como ya ha demostrado plenamente la experiencia— proporcionará no pocos elementos a la guardia blanca burguesa después de la victoria del proletariado. Todos los partidos adheridos a la III Internacional deben llevar a la práctica a toda costa las consignas «más hondo en las masas», «un vínculo más estrecho con las masas», entendiendo por masas el conjunto de los trabajadores y explotados por el capital, en especial los menos organizados e ilustrados, los más oprimidos y los menos accesibles a la organización.

El proletariado solo se vuelve revolucionario en la medida en que no se encierra en estrechos marcos gremiales, en la medida en que actúa, en todas las manifestaciones y en todos los terrenos de la vida social, como jefe de toda la masa trabajadora y explotada; y no puede ejercer su dictadura si no está dispuesto y capacitado para los mayores sacrificios por la victoria sobre la burguesía. Tiene en este sentido una importancia tanto de principio como práctica la experiencia de Rusia, donde el proletariado no habría podido ejercer su dictadura ni ganarse el respeto y la confianza reconocidos por toda la masa trabajadora si no hubiera hecho más sacrificios y no hubiera pasado más hambre que todas las demás capas de esa masa en los tiempos más difíciles de la ofensiva, la guerra y el bloqueo de la burguesía mundial.

En particular, el apoyo multilateral y abnegado del partido comunista y de todo el proletariado avanzado es especialmente necesario respecto del amplio movimiento huelguístico, espontáneo y de masas, que es el único capaz, bajo el yugo del capital, de despertar de verdad a las masas, sacudirlas, ilustrarlas y organizarlas, de inculcarles una plena confianza en el papel dirigente del proletariado revolucionario. Sin esta preparación no es posible ninguna dictadura del proletariado, y las personas capaces de pronunciarse públicamente contra las huelgas, como Kautsky en Alemania o Turati en Italia, son absolutamente intolerables en las filas de los partidos adheridos a la III Internacional. Esto vale todavía más, por supuesto, para los jefes tradeunionistas y parlamentarios que a menudo traicionan a los obreros y les enseñan, con la experiencia de las huelgas, el reformismo y no la revolución (por ejemplo, Jouhaux en Francia, Gompers en América, J. H. Thomas en Inglaterra).4

  1. Para todos los países, incluso para los más libres, «legales» y «pacíficos», en el sentido de una menor agudización de la lucha de clases, ha madurado plenamente el periodo en que resulta absolutamente necesario para todo partido comunista combinar sistemáticamente el trabajo legal y el ilegal, la organización legal y la ilegal. Porque en los países más ilustrados y libres, con el régimen democrático-burgués más «estable», los gobiernos recurren ya sistemáticamente, pese a sus declaraciones mentirosas e hipócritas, a llevar listas secretas de comunistas, a violar sin cesar su propia constitución para apoyar de forma semisecreta y secreta a los guardias blancos y los asesinatos de comunistas en todos los países, a preparar en secreto detenciones de comunistas, a introducir provocadores entre los comunistas, etc., etc. Solo el filisteísmo más reaccionario, por bellas que sean las frases «democráticas» y pacifistas con que se cubra, puede negar este hecho o la conclusión obligada que se desprende de él: que todos los partidos comunistas legales formen de inmediato organizaciones ilegales para el trabajo ilegal sistemático y la plena preparación ante el momento en que se desate la persecución burguesa. El trabajo ilegal es especialmente necesario en el ejército, la flota y la policía, porque después de la gran carnicería imperialista todos los gobiernos del mundo han empezado a temer al ejército popular abierto a campesinos y obreros, y han empezado a recurrir a escondidas a toda clase de procedimientos para seleccionar unidades militares especialmente reclutadas entre la burguesía y dotadas especialmente de una técnica particularmente perfeccionada.

Por otro lado, es igualmente necesario, en todos los casos sin excepción, no limitarse al trabajo ilegal, sino llevar también un trabajo legal, venciendo para ello todas las dificultades, fundando órganos de prensa legales y organizaciones legales con los nombres más diversos y, en caso necesario, cambiándolos a menudo. Así obran los partidos comunistas ilegales en Finlandia, en Hungría, en parte en Alemania, en Polonia, en Letonia, etc. Así deben obrar los IWW en América,5 así tendrán que obrar todos los partidos comunistas hoy legales si los fiscales tienen a bien abrir procesos sobre la base de las resoluciones de los congresos de la Internacional Comunista, etc.

La necesidad de principio, absoluta, de combinar el trabajo ilegal y el legal está determinada no solo por el conjunto de las particularidades del periodo que vivimos, el periodo de la víspera de la dictadura proletaria, sino también por la necesidad de demostrar a la burguesía que no hay ni puede haber ámbito ni terreno de trabajo que los comunistas no conquisten, y sobre todo por el hecho de que en todas partes hay todavía amplias capas del proletariado, y aún más de la masa trabajadora y explotada no proletaria, que todavía confían en la legalidad democrático-burguesa y a las que es para nosotros de la mayor importancia sacar de su error.

  1. En particular, la situación de la prensa obrera en los países capitalistas más avanzados muestra de modo especialmente palpable tanto toda la falsedad de la libertad y la igualdad en la democracia burguesa como la necesidad de combinar sistemáticamente el trabajo legal y el ilegal. Tanto en la Alemania vencida como en la América vencedora, se ponen en juego toda la fuerza del aparato estatal de la burguesía y todas las artimañas de sus reyes de las finanzas para arrebatar a los obreros su prensa: procesos judiciales, detenciones (o asesinatos a manos de sicarios) de los redactores, prohibición del envío por correo, retirada del papel, etc., etc. Además, el material informativo indispensable para un diario está en manos de las agencias telegráficas burguesas, y los anuncios, sin los cuales un gran periódico no cubre gastos, están a la «libre» disposición de los capitalistas.

En suma, la burguesía, mediante el engaño y la presión del capital y del Estado burgués, arrebata al proletariado revolucionario su prensa.

Para combatirlo, los partidos comunistas deben crear un tipo nuevo de prensa periódica para su difusión masiva entre los obreros: en primer lugar, publicaciones legales que aprendan, sin llamarse comunistas ni declarar su pertenencia al partido, a aprovechar el más mínimo resquicio de legalidad, como los bolcheviques bajo el zar después de 1905; en segundo lugar, hojas ilegales, aunque sean de muy poca extensión y aparezcan de forma irregular, pero reimpresas por los obreros en multitud de imprentas (en secreto o, si el movimiento se ha fortalecido, mediante la ocupación revolucionaria de las imprentas), y que den al proletariado una información libre y revolucionaria y consignas revolucionarias.

Sin una lucha revolucionaria por la libertad de la prensa comunista que arrastre a las masas, la preparación de la dictadura del proletariado es imposible.

III. Rectificación de la línea —y en parte también de la composición— de los partidos adheridos a la Internacional Comunista o que desean adherirse a ella

  1. El grado de preparación del proletariado de los países más importantes, desde el punto de vista de la economía mundial y de la política mundial, para ejercer su dictadura se caracteriza con la mayor objetividad y exactitud por el hecho de que los partidos más influyentes de la II Internacional, el Partido Socialista Francés, el Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, el Partido Laborista Independiente de Inglaterra y el Partido Socialista Americano, han salido de esa Internacional amarilla y han decidido adherirse condicionalmente a la III Internacional. Esto demuestra que no solo la vanguardia, sino también la mayoría del proletariado revolucionario, convencida por todo el curso de los acontecimientos, ha empezado a pasarse a nuestro lado. Lo principal ahora es saber completar ese paso y consolidar de forma sólida y organizada lo conseguido, para poder avanzar en toda la línea sin la menor vacilación.

  2. Toda la actividad de los partidos mencionados (a los que hay que añadir el Partido Socialista Suizo, si son ciertas las noticias telegráficas sobre su decisión de adherirse a la III Internacional) demuestra —y cualquier publicación periódica de estos partidos lo confirma palpablemente— que esa actividad no es todavía comunista y que a menudo va directamente en contra de los principios fundamentales de la III Internacional, a saber: el reconocimiento de la dictadura del proletariado y del poder soviético en lugar de la democracia burguesa.

Por eso el II Congreso de la Internacional Comunista declara que no considera posible admitir de inmediato a estos partidos; que confirma la respuesta que el Comité Ejecutivo de la III Internacional dio a los «independientes» alemanes;6 que confirma su disposición a negociar con cualquier partido que salga de la II Internacional y desee acercarse a la Tercera; que concede a los delegados de tales partidos voz consultiva en todos sus congresos y conferencias; que pone las siguientes condiciones para la plena unión de estos partidos (y de otros semejantes) con la Internacional Comunista:

  1. Publicación de todas las resoluciones de todos los congresos de la Internacional Comunista y de su Comité Ejecutivo en todas las publicaciones periódicas del partido.

  2. Discusión de las mismas en reuniones especiales de todas las secciones u organizaciones locales del partido.

  3. Convocatoria, tras esa discusión, de un congreso especial del partido para hacer balance de estas discusiones. Este congreso debe convocarse lo antes posible y a más tardar cuatro meses después del II Congreso de la Internacional Comunista.

  4. Depuración del partido de los elementos que siguen actuando en el espíritu de la II Internacional.

  5. Paso de todos los órganos periódicos del partido a manos de redacciones exclusivamente comunistas.

  6. Los partidos que quisieran ahora entrar en la III Internacional, pero que hasta ahora no han cambiado radicalmente su táctica anterior, deben procurar, antes de su ingreso, que en su Comité Central y en todas las instituciones centrales más importantes del partido haya no menos de dos tercios de camaradas que ya antes del II Congreso de la Internacional Comunista se hubieran pronunciado pública e inequívocamente a favor del ingreso en la III Internacional. Pueden admitirse excepciones con la aprobación del Comité Ejecutivo de la III Internacional. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a hacer excepciones también para los representantes del «centro» mencionados en el § 7.7

  7. Los miembros del partido que rechacen por principio las condiciones y las tesis formuladas por la Internacional Comunista deben ser expulsados del partido.

Esto se aplica también a los delegados a los congresos extraordinarios del partido.

El Segundo Congreso de la III Internacional encarga a su Comité Ejecutivo que admita formalmente en la III Internacional a los partidos mencionados y a otros semejantes, tras comprobar previamente que todas estas condiciones se han cumplido de hecho y que el carácter de la actividad del partido se ha vuelto comunista.

  1. En cuanto a la cuestión de cuál debe ser la conducta de los comunistas que hoy son minoría en los puestos de responsabilidad de los partidos mencionados y de otros semejantes, el II Congreso de la Internacional Comunista resuelve que, dada la rapidez con que se desarrolla hoy el espíritu revolucionario en las masas, no es deseable que los comunistas salgan de estos partidos mientras puedan trabajar dentro de ellos en el espíritu del reconocimiento de la dictadura del proletariado y del poder soviético, y mientras sea posible criticar a los oportunistas y centristas que aún quedan en ellos. Sin embargo, en cuanto el ala izquierda de un partido centrista haya adquirido fuerza suficiente, podrá salir en bloque del partido y formar el partido comunista, si ello es útil para el desarrollo del comunismo.

Al mismo tiempo, el II Congreso de la III Internacional se pronuncia también por la adhesión de los grupos y organizaciones comunistas o simpatizantes del comunismo de Inglaterra al Partido Laborista (Labour Party), aunque este forme parte de la II Internacional. Porque, mientras este partido conserve para las organizaciones que lo componen su actual libertad de crítica y libertad de actividad propagandística, de agitación y de organización a favor de la dictadura del proletariado y del poder soviético, mientras conserve su carácter de unión de todas las organizaciones sindicales de la clase obrera, los comunistas deben sin falta dar todos los pasos y aceptar ciertos compromisos para poder influir en las más amplias masas obreras, desenmascarar a sus jefes oportunistas desde una tribuna más alta y más visible para las masas, y acelerar el paso del poder político de los representantes directos de la burguesía a los «lugartenientes obreros de la clase capitalista»,8 para curar cuanto antes a las masas de sus últimas ilusiones a este respecto.

  1. Respecto del Partido Socialista Italiano, el II Congreso de la III Internacional, reconociendo que la revisión del programa aprobada el año pasado por el congreso del partido en Bolonia marca una etapa muy importante en el camino del desarrollo del partido hacia el comunismo,9 y que las propuestas hechas al Consejo Nacional del Partido Socialista Italiano por la sección de Turín de este partido y publicadas en la revista L'Ordine Nuovo («El Orden Nuevo») del 8 de mayo de 1920 responden a todos los principios fundamentales de la III Internacional,10 pide al Partido Socialista Italiano que en su próximo congreso, que debe convocarse conforme a los estatutos del partido y a las disposiciones generales sobre las condiciones de admisión en la III Internacional, discuta estas propuestas, así como todas las resoluciones de los dos congresos de la Internacional Comunista, en especial las cuestiones de la fracción parlamentaria, de los sindicatos y de los elementos no comunistas del partido.

  2. El Segundo Congreso de la III Internacional considera erróneas las ideas sobre la relación del partido con la clase y con la masa, y sobre el carácter no obligatorio de la participación de los partidos comunistas en los parlamentos burgueses y en los sindicatos más reaccionarios, que se refutan detalladamente en resoluciones especiales de este congreso y que defienden del modo más completo el Partido Comunista Obrero de Alemania y, en parte, el Partido Comunista de Suiza, el órgano del Secretariado de Europa Oriental de la Internacional Comunista, Kommunismus, de Viena, y algunos camaradas holandeses, y además algunas organizaciones comunistas de Inglaterra, por ejemplo, la Federación Socialista Obrera, etc., así como los IWW en América y el Comité de Delegados de Taller (Shop Stewards Committee) en Inglaterra, etc.11

No obstante, el II Congreso de la III Internacional considera posible y deseable la adhesión inmediata a la Internacional Comunista de aquellas de estas organizaciones que todavía no se han adherido oficialmente, porque en este caso, sobre todo en lo que respecta a los IWW de América y de Australia, así como a los delegados de taller de Inglaterra, nos hallamos ante un movimiento profundamente proletario y de masas que en lo esencial se sitúa de hecho en el terreno de los principios fundamentales de la Internacional Comunista. En estas organizaciones, las ideas erróneas sobre la participación en los parlamentos burgueses no se explican tanto por el papel de elementos procedentes de la burguesía, que traen sus propias ideas, en el fondo pequeñoburguesas, como suelen ser a menudo las de los anarquistas, como por la inexperiencia política de proletarios plenamente revolucionarios y ligados a la masa.

Por eso el Segundo Congreso de la III Internacional pide a todas las organizaciones y grupos comunistas de los países anglosajones que, aun en el caso de que no llegue a producirse la adhesión inmediata a la III Internacional de los IWW y de los delegados de taller, practiquen una política de relaciones lo más amistosas posible con estas organizaciones, de acercamiento a ellas y a la masa que simpatiza con ellas, de explicación amistosa, desde el punto de vista de la experiencia de todas las revoluciones, y en especial de las tres revoluciones rusas del siglo XX,12 de lo erróneo de sus ideas antes señaladas, y que no renuncien a intentar una y otra vez fusionarse con estas organizaciones en un partido comunista único.

  1. En relación con esto, el Congreso llama la atención de todos los camaradas, en especial en los países latinos y anglosajones, sobre el hecho de que entre los anarquistas de todo el mundo se está produciendo desde la guerra una profunda división ideológica en torno a la actitud ante la dictadura del proletariado y el poder soviético. Y precisamente entre los elementos proletarios, a quienes a menudo empujaba al anarquismo un odio totalmente legítimo al oportunismo y al reformismo de los partidos de la II Internacional, se observa especialmente una comprensión correcta de estos principios, que además se extiende tanto más cuanto más conocen la experiencia de Rusia, Finlandia, Hungría, Letonia, Polonia y Alemania.

Por eso el Congreso considera deber de todos los camaradas apoyar por todos los medios el paso de todos los elementos proletarios de masas del anarquismo al lado de la III Internacional. El Congreso señala que el éxito del trabajo de los partidos verdaderamente comunistas debe medirse, entre otras cosas, por la medida en que hayan logrado atraer a su lado a todos los elementos verdaderamente proletarios del anarquismo.

Sobre el papel del partido comunista en la revolución proletaria

El proletariado mundial está en vísperas de batallas decisivas. Vivimos la época de las guerras civiles abiertas. La hora decisiva está próxima. En casi todos los países donde existe un movimiento obrero de cierta importancia, a la clase obrera le espera en un futuro próximo una serie de encarnizados choques con las armas en la mano.

Hoy, más que nunca, la clase obrera necesita una organización cohesionada. La clase obrera debe prepararse sin descanso para la lucha decisiva que se avecina, sin perder ni una sola hora del precioso tiempo que le queda.

Si en tiempos de la Comuna de París (1871) la clase obrera hubiera tenido un partido comunista cohesionado, aunque fuera pequeño, la primera insurrección heroica del proletariado francés habría sido mucho más fuerte, y se habrían evitado miles de errores y debilidades.

La lucha que hoy espera al proletariado, en una situación histórica distinta, influirá en los destinos históricos de la clase obrera mucho más que la de 1871.

Partiendo de ello, el II Congreso mundial de la Internacional Comunista llama a los obreros revolucionarios del mundo entero a prestar atención a lo siguiente:

  1. El partido comunista es una parte de la clase obrera, precisamente su parte más avanzada, más consciente y, por eso mismo, más revolucionaria. El partido comunista se forma mediante la selección de los obreros mejores, más conscientes, más abnegados y más clarividentes. El partido comunista no tiene intereses distintos de los intereses de toda la clase obrera. El partido comunista se distingue de la masa de los obreros en que abarca con la mirada todo el camino histórico de la clase obrera en su conjunto y procura, en todos los recodos de ese camino, defender los intereses no de grupos sueltos ni de oficios sueltos, sino los de la clase obrera en su conjunto. El partido comunista es la palanca organizativa y política con cuya ayuda la parte más avanzada de la clase obrera conduce por el camino justo a toda la masa del proletariado y del semiproletariado.

  2. Mientras el poder del Estado no haya sido conquistado por el proletariado, mientras el proletariado no haya afianzado de una vez para siempre su dominación ni la haya puesto a salvo de la restauración burguesa, hasta entonces el partido comunista solo tendrá, por regla general, una minoría de los obreros en sus filas organizadas. Antes de la toma del poder y en el periodo de transición, el partido comunista puede, en circunstancias favorables, ejercer una influencia ideológica y política indiscutida sobre todas las capas proletarias y semiproletarias de la población, pero no puede reunirlas organizativamente en sus filas. Solo después de que la dictadura proletaria haya despojado a la burguesía de instrumentos de influencia tan poderosos como la prensa, la escuela, el parlamento, la Iglesia, el aparato administrativo, etc., solo después de que la derrota definitiva del régimen burgués se haya hecho evidente para todos, empezarán a entrar en las filas del partido comunista todos o casi todos los obreros.

  3. El concepto de partido debe distinguirse con el mayor rigor del concepto de clase. Los miembros de los sindicatos obreros «cristianos» y liberales de Alemania, Inglaterra y otros países son, sin duda, parte de la clase obrera. Los círculos más o menos considerables de obreros que todavía siguen a los Scheidemann, los Gompers y compañía13 son, sin duda, parte de la clase obrera. En determinadas condiciones históricas, en la clase obrera pueden darse estratos reaccionarios muy numerosos. La tarea del comunismo no consiste en adaptarse a esas partes atrasadas de la clase obrera, sino en elevar a toda la clase obrera al nivel de su vanguardia comunista. La confusión de estos dos conceptos, partido y clase, puede conducir a los mayores errores y embrollos. Así, por ejemplo, es claro que, frente al estado de ánimo y los prejuicios de cierta parte de las masas obreras durante la guerra imperialista, el partido obrero debía alzarse a toda costa contra ese estado de ánimo y esos prejuicios, defendiendo los intereses históricos del proletariado, que exigían del partido proletario que declarase la guerra a la guerra.

Así, por ejemplo, al comienzo de la guerra imperialista, en 1914, los partidos socialtraidores de todos los países, al apoyar a la burguesía de «su» país, invocaban invariablemente que esa era la voluntad de la clase obrera. Y olvidaban con ello que, aunque así fuera, la tarea del partido proletario en tal situación habría sido alzarse contra el estado de ánimo de la mayoría de los obreros y defender, pese a todo, los intereses históricos del proletariado. Así, en el cambio de siglo, los mencheviques rusos de entonces (los llamados «economistas»)14 rechazaban la lucha política abierta contra el zarismo con el argumento de que la clase obrera en su conjunto no había madurado todavía para comprender la lucha política.

Del mismo modo, en Alemania los independientes de derecha invocan en todos sus pasos a medias la voluntad de las masas, sin comprender que el partido existe precisamente para marchar al frente de las masas y señalarles el camino.

  1. La Internacional Comunista está firmemente convencida de que la bancarrota de los viejos partidos «socialdemócratas» de la II Internacional no puede presentarse en modo alguno como la bancarrota del partido proletario en general. La época de la lucha directa por la dictadura del proletariado alumbra un nuevo partido del proletariado: el partido comunista.

  2. La Internacional Comunista rechaza del modo más resuelto la opinión de que el proletariado puede hacer su revolución sin tener un partido político propio e independiente. Toda lucha de clases es una lucha política. El objetivo de esta lucha, que inevitablemente se transforma en guerra civil, es la conquista del poder político. Pero el poder político no puede ser tomado, organizado y dirigido más que por uno u otro partido político. Solo si el proletariado cuenta como dirigente con un partido organizado y probado, de objetivos rigurosamente definidos y con un programa concreto y elaborado de acción inmediata, tanto en política interior como exterior, la conquista del poder político no será un episodio fortuito, sino que servirá de punto de partida para una larga construcción comunista del proletariado.

Esa misma lucha de clases exige la unificación en un solo centro y la dirección común de las diversas formas del movimiento del proletariado (sindicatos, cooperativas, comités de fábrica, trabajo cultural y educativo, elecciones, etc.). Ese centro común, unificador y dirigente, solo puede serlo un partido político. Renunciar a crearlo y fortalecerlo y a subordinarse a él significa renunciar a la unidad en la dirección de los distintos destacamentos de combate del proletariado que actúan en los diversos terrenos de la lucha. Por último, la lucha de clases del proletariado exige una agitación concentrada, que ilumine las distintas etapas de la lucha desde un punto de vista único y centre la atención del proletariado, en cada momento dado, en determinadas tareas comunes a toda la clase. Esto no puede hacerse sin un aparato político centralizado, es decir, al margen de un partido político. Por eso la propaganda de los sindicalistas revolucionarios y de los partidarios de los IWW contra la necesidad de un partido obrero independiente ha ayudado y ayuda objetivamente tan solo a la burguesía y a los «socialdemócratas» contrarrevolucionarios. En su propaganda contra el partido comunista, al que los sindicalistas y los industrialistas quieren sustituir por los meros sindicatos o por unas uniones obreras «generales» sin forma, los sindicalistas y los industrialistas coinciden con oportunistas declarados: los mencheviques rusos, tras la derrota de la revolución de 1905, predicaron durante varios años el llamado congreso obrero, que debía sustituir al partido revolucionario de la clase obrera15; los «laboristas» amarillos de toda laya, en Inglaterra y en América, que en los hechos aplican una política abiertamente burguesa, predican a los obreros la creación de uniones obreras sin forma o de agrupaciones difusas, exclusivamente parlamentarias, en lugar de un verdadero partido político. Los sindicalistas revolucionarios y los industrialistas quieren luchar contra la dictadura de la burguesía y no saben cómo hacerlo. No se dan cuenta de que la clase obrera sin un partido político independiente es un tronco sin cabeza.

El sindicalismo revolucionario y el industrialismo representan un paso adelante solo en comparación con la vieja, rancia y contrarrevolucionaria ideología de la II Internacional. Pero en comparación con el marxismo revolucionario, es decir, con el comunismo, el sindicalismo y el industrialismo representan un paso atrás. La declaración de los comunistas «de izquierda» de Alemania (hecha en la declaración programática de su congreso constituyente de abril) de que crean un partido, «pero no un partido en el sentido tradicional habitual de la palabra» («keine Partei im überlieferten Sinne»), es una capitulación ideológica ante aquellas concepciones del sindicalismo y del industrialismo que son concepciones reaccionarias.

La clase obrera no puede alcanzar la victoria completa sobre la burguesía valiéndose solo de la huelga general y de la táctica de los «brazos cruzados». El proletariado debe recurrir a la insurrección armada. Quien lo haya comprendido debe comprender también que de ello se sigue inevitablemente la necesidad de un partido político organizado, y que las uniones obreras sin forma no bastan para ese fin.

Los sindicalistas revolucionarios hablan a menudo de la gran importancia de una minoría revolucionaria resuelta. Pero, en realidad, la minoría revolucionaria resuelta de la clase obrera, la minoría comunista que quiere actuar, que tiene un programa y que se propone la organización de las masas, esa minoría será precisamente el partido comunista.

  1. La tarea más importante de un partido verdaderamente comunista consiste en estar siempre en estrecho contacto con los más amplios círculos del proletariado.

Para lograrlo, los comunistas deben trabajar también en agrupaciones que, aun sin ser de partido, abarcan a amplias masas obreras, como, por ejemplo, las organizaciones de mutilados de guerra en diversos países, los comités «Hands off Russia» («Manos fuera de Rusia») en Inglaterra16, las uniones de inquilinos proletarios, etc. Es especialmente importante el ejemplo de las llamadas conferencias sin partido de obreros y campesinos en Rusia. Conferencias de este tipo se convocan en casi cada ciudad, en cada barrio obrero y en cada aldea. En las elecciones a estas conferencias participan los círculos más amplios de las masas obreras más atrasadas. En estas conferencias se discuten las cuestiones más candentes, como el abastecimiento, la vivienda, la instrucción, la situación militar, las tareas políticas del día, etc. Los comunistas se esfuerzan con todas sus fuerzas por hacer valer su influencia en estas conferencias «sin partido», y lo hacen con mucho éxito para el partido.

Los comunistas consideran su tarea más importante el trabajo sistemático de organización y educación en el seno de estas amplias organizaciones. Pero, precisamente para llevar a cabo con éxito ese trabajo, para impedir que los enemigos del proletariado revolucionario se adueñen de estas amplias organizaciones obreras, los obreros comunistas conscientes deben formar su propio partido comunista, independiente y disciplinado, que actúe de forma organizada y sea capaz de defender, en cualquier giro de los acontecimientos y bajo cualquier forma del movimiento, los intereses generales del comunismo.

  1. Los comunistas no rehúyen en absoluto las organizaciones obreras de masas sin partido. Incluso cuando estas tienen un carácter abiertamente reaccionario, ultrarreaccionario17 (sindicatos amarillos, sindicatos cristianos, etc.), los comunistas, en determinadas circunstancias, no se detienen ante la posibilidad de participar en ellas y de utilizarlas. Pero el partido comunista lleva constantemente su trabajo dentro de estas organizaciones y demuestra sin descanso a los obreros que la idea del apartidismo, como principio, la cultivan conscientemente entre los obreros la burguesía y sus lacayos para apartar a los proletarios de la lucha organizada por el socialismo.

  2. La vieja división «clásica» del movimiento obrero en tres formas (partido, sindicatos y cooperativas) ha caducado a todas luces. La revolución proletaria en Rusia ha puesto en primer plano la forma fundamental de la dictadura obrera: los soviets. En un futuro próximo se impondrá en todas partes una nueva división: 1) el partido, 2) los soviets y 3) los sindicatos de industria. Pero también el trabajo en los soviets, igual que en los sindicatos de industria revolucionados, debe dirigirlo de manera invariable y sistemática el partido del proletariado, es decir, el partido comunista. La vanguardia organizada de la clase obrera, el partido comunista, debe dirigir por igual la lucha económica, la política y la cultural y educativa de la clase obrera en su conjunto. El partido comunista debe ser el alma de los sindicatos de industria, de los soviets de diputados obreros y de todas las demás formas de organización proletaria.

La aparición de los soviets como principal forma históricamente dada de la dictadura del proletariado no merma en lo más mínimo el papel dirigente del partido comunista en la revolución proletaria. Cuando los comunistas «de izquierda» alemanes (véase el llamamiento de su partido al proletariado alemán del 14 de abril de 1920, firmado «Partido Comunista Obrero de Alemania») declaran que «también el partido debe adaptarse cada vez más a la idea de los consejos y adoptar un carácter proletario» —«dass auch die Partei sich immer mehr dem Rätegedanken anpasst und proletarischen Charakter annimmt» (Kommunistische Arbeiterzeitung, n.º 54)—, eso es la expresión confusa de la idea de que el partido comunista debería disolverse en los soviets, de que los soviets podrían sustituir al partido comunista.

Esta idea es profundamente errónea y reaccionaria.

En la historia de la revolución rusa hemos visto todo un periodo en que los soviets iban contra el partido proletario y apoyaban la política de los agentes de la burguesía. Lo mismo se ha observado en Alemania. Y lo mismo es posible en otros países.

Para que los soviets puedan cumplir su misión histórica es necesaria, por el contrario, la existencia de un partido comunista lo bastante fuerte para no limitarse a «adaptarse» a los soviets, sino para estar en condiciones de influir decisivamente en su política, de obligarlos a renunciar ellos mismos a «adaptarse» a la burguesía y a la socialdemocracia blanca, de saber llevar a los soviets, a través de las fracciones comunistas de los soviets, tras el partido comunista.

Quien propone al partido comunista «adaptarse» a los soviets, quien ve en esa adaptación un refuerzo del «carácter proletario» del partido, presta un flaco servicio tanto al partido como a los soviets: no comprende ni la importancia del partido ni la importancia de los soviets. La «idea soviética» triunfará tanto más pronto cuanto más fuerte sea el partido comunista que sepamos crear en cada país. La «idea soviética» la reconocen hoy de palabra muchos socialistas «independientes», e incluso los socialistas de derecha. Solo podremos impedir que estos elementos desfiguren la idea soviética si tenemos un partido comunista fuerte, capaz de determinar la política de los soviets y de llevarlos tras de sí.

  1. La clase obrera necesita el partido comunista no solo antes de la conquista del poder ni solo durante la conquista del poder, sino también después de que el poder haya pasado a manos de la clase obrera. La historia del Partido Comunista de Rusia, que lleva tres años en el poder en un país inmenso, muestra que el papel del partido comunista tras la conquista del poder por la clase obrera no solo no ha disminuido, sino que, al contrario, ha crecido extraordinariamente.

  2. Al día siguiente de la toma del poder por el proletariado, su partido sigue siendo, con todo, como antes, solo una parte de la clase obrera. Pero es precisamente la parte de la clase obrera que ha organizado la victoria. El partido comunista, a lo largo de dos decenios, como hemos visto en Rusia, y a lo largo de una serie de años, como vemos en Alemania, ha ido absorbiendo en sus filas, en lucha no solo contra la burguesía sino también contra los «socialistas» que son vehículo de las influencias burguesas sobre el proletariado, a los luchadores más firmes, más clarividentes y más avanzados de la clase obrera. Solo contando con esa organización cohesionada de la mejor parte de la clase obrera es posible vencer todas las dificultades que se alzan ante la dictadura obrera al día siguiente de la victoria. La organización de un nuevo Ejército Rojo proletario, la destrucción efectiva del aparato estatal burgués y su sustitución por los gérmenes de un nuevo aparato estatal proletario, la lucha contra las tendencias gremiales de grupos sueltos de obreros, la lucha contra el «patriotismo» local y regional, la apertura de caminos para crear una nueva disciplina del trabajo: en todos estos terrenos la palabra decisiva corresponde al partido de los comunistas, cuyos miembros arrastran con su ejemplo vivo a la mayoría de la clase obrera.

  3. La necesidad de un partido político del proletariado solo desaparece con la abolición completa de las clases. En el camino hacia esa victoria definitiva del comunismo es posible que cambie el peso relativo de las tres organizaciones proletarias fundamentales de nuestro tiempo (partido, soviets y sindicatos de industria) y que poco a poco cristalice un tipo único de organización obrera. Pero el partido comunista solo se disolverá por completo en la clase obrera cuando el comunismo deje de ser objeto de lucha y toda la clase obrera se haya vuelto comunista.

  4. El II Congreso de la Internacional Comunista no solo debe confirmar la misión histórica del partido comunista en general, sino que debe indicar al proletariado internacional, siquiera en sus rasgos fundamentales, qué partido comunista, precisamente, necesitamos.

  5. La Internacional Comunista considera que, sobre todo en la época de la dictadura del proletariado, el partido comunista debe construirse sobre la base de un férreo centralismo proletario. Para dirigir con éxito a la clase obrera en la larga y tenaz guerra civil que se ha echado encima, el partido comunista debe crear él mismo, dentro de sus filas, un orden militar de hierro. La experiencia del Partido Comunista de Rusia, que ha dirigido con éxito durante tres años la guerra civil de la clase obrera, ha mostrado que sin la disciplina más estricta, un centralismo acabado y la más completa confianza de camaradas de todas las organizaciones del partido en el centro dirigente del partido, la victoria de los obreros es imposible.

  6. El partido comunista debe construirse sobre los principios del centralismo democrático. El principio fundamental del centralismo democrático es la elección de la instancia superior por la inferior, el carácter absolutamente obligatorio de todas las directivas de la instancia superior para la instancia subordinada a ella, y la existencia de un centro de partido con autoridad, cuya autoridad sea indiscutible para todos los camaradas dirigentes del partido de un congreso a otro.

  7. Toda una serie de partidos comunistas de Europa y de América, a causa del estado de sitio impuesto por la burguesía contra los comunistas, se ven obligados a existir en la ilegalidad. Hay que recordar que, en tal estado de cosas, a veces hay que apartarse de la aplicación estricta del principio electivo y conceder a los órganos dirigentes del partido el derecho de cooptación, como se hizo en su día en Rusia. Bajo un estado de sitio de hecho, el partido comunista no solo no puede recurrir, para cada cuestión seria, a un referéndum democrático entre todos los miembros del partido (propuesta de una parte de los comunistas norteamericanos), sino que, al contrario, debe dar a su centro dirigente la posibilidad de tomar rápidamente, en el momento necesario, decisiones importantes para todos los miembros del partido.

  8. La prédica de una amplia «autonomía» para las distintas organizaciones locales del partido no hace hoy más que debilitar las filas del partido comunista, socava su capacidad de acción y favorece las tendencias centrífugas pequeñoburguesas y anarquistas.

  9. En los países donde todavía está en el poder la burguesía o la socialdemocracia contrarrevolucionaria, los partidos comunistas deben aprender a combinar de forma metódica el trabajo legal con el ilegal, y el trabajo legal debe estar siempre bajo el control efectivo del partido ilegal. Las fracciones parlamentarias comunistas, tanto en las instituciones estatales centrales como en las locales, deben estar total y absolutamente subordinadas al partido comunista en su conjunto, independientemente de que el partido en su conjunto sea en ese momento una organización legal o ilegal. Los diputados que de una u otra forma se nieguen a subordinarse al partido deben ser expulsados de las filas comunistas.

La prensa legal (periódicos, editoriales) debe estar incondicional y totalmente subordinada al partido en su conjunto y a su Comité Central. En este terreno no son admisibles concesiones de ningún tipo.

  1. El principio fundamental de todo el trabajo organizativo del partido de los comunistas debe ser la creación de células comunistas en todas partes donde haya aunque sea un pequeño número de proletarios y semiproletarios. En cada soviet de diputados obreros, en cada sindicato, en cada cooperativa, en cualquier taller, en cada comité de vecinos, en cada institución del Estado, en todas partes donde haya aunque sea tres personas que simpaticen con el comunismo, hay que organizar inmediatamente una célula comunista. Solo la organización de los comunistas permite a la vanguardia de la clase obrera llevar tras de sí a toda la clase obrera. Todas las células de comunistas que actúan en organizaciones sin partido están subordinadas incondicionalmente a la organización del partido en su conjunto, independientemente de que el partido trabaje en ese momento legal o ilegalmente. Las células comunistas de todo tipo deben estar subordinadas unas a otras en un orden jerárquico estricto y en un sistema lo más preciso posible.

  2. El partido comunista nace casi en todas partes como partido urbano, como partido de los obreros industriales, que viven principalmente en las ciudades. Para que la victoria de la clase obrera sea lo más fácil y rápida posible, es necesario que el partido comunista llegue a ser partido no solo de las ciudades, sino también del campo. El partido comunista debe llevar su propaganda y su organización entre los jornaleros agrícolas y los campesinos pequeños y medios. El partido comunista debe procurar con especial esmero la organización de células comunistas en el campo.

La organización internacional del proletariado solo puede ser sólida si en todos los países donde viven y luchan comunistas se impone la concepción expuesta más arriba sobre el papel del partido comunista. La Internacional Comunista invita a sus congresos a todo sindicato que reconozca los principios de la III Internacional y esté dispuesto a romper con la Internacional amarilla18. La Internacional Comunista organizará a su lado una sección internacional de los sindicatos rojos que se sitúan en el terreno del comunismo. La Internacional Comunista no renunciará a colaborar con ninguna organización obrera sin partido que quiera librar una lucha revolucionaria seria contra la burguesía. Pero la Internacional Comunista señalará siempre a los proletarios de todo el mundo lo siguiente:

  1. El partido comunista es el instrumento principal y fundamental de la liberación de la clase obrera. En cada país debemos tener ya no grupos y corrientes, sino un partido comunista.

  2. En cada país debe existir un único partido comunista unificado.

  3. El partido comunista debe construirse sobre el principio de la centralización más estricta y, en la época de la guerra civil, debe implantar en sus filas una disciplina militar.

  4. Allí donde haya aunque sea diez proletarios o semiproletarios, el partido comunista debe tener su célula organizada.

  5. En cada institución sin partido debe existir una célula comunista de partido, estrictamente subordinada al partido en su conjunto.

  6. Defendiendo con firmeza y abnegación el programa y la táctica revolucionaria del comunismo, el partido comunista debe estar siempre estrechamente ligado a las amplias organizaciones obreras y huir del sectarismo tanto como de la falta de principios.

Resolución sobre las cuestiones nacional y colonial

  1. A la democracia burguesa, por su propia naturaleza, le es propio plantear de forma abstracta o formal la cuestión de la igualdad en general, incluida la igualdad nacional. Bajo la apariencia de la igualdad de la persona humana en general, la democracia burguesa proclama la igualdad formal o jurídica del propietario y del proletario, del explotador y del explotado, induciendo así a las clases oprimidas al mayor de los engaños. La idea de igualdad, que es ella misma reflejo de las relaciones de la producción mercantil, la convierte la burguesía en arma de lucha contra la abolición de las clases, so pretexto de una supuesta igualdad absoluta de las personas humanas. El sentido real de la reivindicación de la igualdad consiste únicamente en la reivindicación de la abolición de las clases.

  2. De acuerdo con su tarea fundamental de luchar contra la democracia burguesa y desenmascarar su mentira e hipocresía, el partido comunista, como expresión consciente de la lucha del proletariado por derribar el yugo de la burguesía, debe poner también en la cuestión nacional como piedra angular no principios abstractos y formales, sino, en primer lugar, una apreciación exacta de la situación histórica concreta y, ante todo, de la situación económica; en segundo lugar, una clara separación de los intereses de las clases oprimidas, de los trabajadores, de los explotados, respecto del concepto general de los intereses del pueblo en general, que significa los intereses de la clase dominante; en tercer lugar, una distinción igual de clara entre las naciones oprimidas, dependientes, sin igualdad de derechos, y las naciones opresoras, explotadoras, con plenitud de derechos, frente a la mentira democrático-burguesa que encubre el sojuzgamiento colonial y financiero, propio de la época del capital financiero y del imperialismo, de la inmensa mayoría de la población de la Tierra por una ínfima minoría de países capitalistas avanzados riquísimos.

  3. La guerra imperialista de 1914-1918 ha puesto al descubierto con especial claridad ante todas las naciones y ante las clases oprimidas del mundo entero la falsedad de las frases democrático-burguesas. La guerra, que ambos bandos libraron al amparo de frases sobre la liberación de los pueblos y el derecho de las naciones a la autodeterminación, ha mostrado, por un lado con la paz de Brest-Litovsk y la de Bucarest, y por otro con la paz de Versalles y la de Saint-Germain19, con qué desenfado la burguesía vencedora fija también las fronteras «nacionales» con arreglo a sus intereses económicos. Para la burguesía, también las fronteras «nacionales» no son más que objeto de regateo. La llamada «Unión de los Pueblos» («Sociedad de Naciones») no es otra cosa que un contrato de seguro mediante el cual los vencedores de esta guerra se garantizan mutuamente su botín; las aspiraciones a restablecer la unidad nacional, a la «reunificación con las partes cedidas del país», no son, en el designio de la burguesía, sino un intento de los vencidos de reunir fuerzas para nuevas guerras. La reunificación de las naciones desgarradas artificialmente corresponde en parte también a los intereses del proletariado; pero la verdadera libertad y unidad nacional solo puede conquistarlas el proletariado mediante la lucha revolucionaria y el derrocamiento de la burguesía. La Sociedad de Naciones y toda la política de posguerra de la Entente imperialista ponen al descubierto con más claridad y crudeza aún esta verdad, intensificando en todas partes la lucha revolucionaria tanto del proletariado de los países avanzados como de todas las masas trabajadoras de los países coloniales y dependientes, y acelerando la quiebra de las ilusiones nacionales pequeñoburguesas sobre la posibilidad de una convivencia pacífica y de la igualdad de las naciones bajo el capitalismo.

  4. De las tesis fundamentales expuestas se desprende que la piedra angular de toda la política de la Internacional Comunista en las cuestiones nacional y colonial debe ser el acercamiento de los proletarios y de las masas trabajadoras de todas las naciones y países para la lucha revolucionaria común por el derrocamiento de los terratenientes y de la burguesía. Pues solo ese acercamiento garantiza la victoria sobre el capitalismo, sin la cual es imposible abolir la opresión y la desigualdad nacionales.

  5. La situación política mundial ha puesto ahora a la orden del día la dictadura del proletariado, y todos los acontecimientos de la política mundial se concentran inevitablemente en torno a un punto central, a saber: la lucha de la burguesía mundial contra la República Soviética de Rusia, que debe agrupar inevitablemente en torno a sí, por un lado, los movimientos soviéticos de los obreros avanzados de todos los países y, por otro, todos los movimientos de liberación nacional de las colonias y de los pueblos oprimidos, que se convencen por amarga experiencia de que no hay para ellos salvación fuera de la alianza con el proletariado revolucionario y de la victoria del poder soviético sobre el imperialismo mundial.

  6. Por consiguiente, no se puede uno limitar hoy al mero reconocimiento o proclamación del acercamiento de los trabajadores de las distintas naciones, sino que es preciso llevar una política que realice la alianza más estrecha de todos los movimientos de liberación nacional y colonial con la Rusia soviética, determinando las formas de esa alianza según el grado de desarrollo del movimiento comunista en el proletariado de cada país o del movimiento revolucionario de liberación en los países atrasados o entre las nacionalidades atrasadas.

  7. La federación es una forma de transición hacia la unidad completa de los trabajadores de las distintas naciones. La federación ha demostrado ya en la práctica su conveniencia tanto en las relaciones de la RSFSR con otras repúblicas soviéticas (la húngara, la finlandesa y la letona en el pasado; la azerbaiyana y la ucraniana en el presente) como dentro de la RSFSR respecto de las nacionalidades que antes no tenían ni existencia estatal ni autonomía (por ejemplo, las repúblicas autónomas bashkir y tártara de la RSFSR, creadas en 1919 y 1920)20.

  8. La tarea de la Internacional Comunista consiste a este respecto tanto en seguir desarrollando como en estudiar y contrastar con la experiencia estas nuevas federaciones que surgen sobre la base del régimen soviético y del movimiento soviético. Reconociendo la federación como forma de transición hacia la unidad completa, hay que aspirar a una unión federativa cada vez más estrecha, teniendo presente, en primer lugar, que es imposible defender la existencia de las repúblicas soviéticas, rodeadas por las potencias imperialistas de todo el mundo, incomparablemente más poderosas en el terreno militar, sin la unión más estrecha de las repúblicas soviéticas; en segundo lugar, la necesidad de una estrecha unión económica de las repúblicas soviéticas, sin la cual es irrealizable la restauración y el desarrollo de las fuerzas productivas destruidas por el imperialismo y la garantía del bienestar de los trabajadores; en tercer lugar, la tendencia a crear una economía mundial única, como un todo, regulada según un plan común por el proletariado de todas las naciones, tendencia que se manifiesta con toda claridad ya bajo el capitalismo y que está llamada sin duda a seguir desarrollándose y a consumarse plenamente bajo el socialismo.

  9. En el terreno de las relaciones dentro de los Estados, la política nacional de la Internacional Comunista no puede limitarse al reconocimiento desnudo, formal, puramente declarativo y que en la práctica no obliga a nada, de la igualdad de derechos de las naciones, al que se limitan los demócratas burgueses, tanto da que se reconozcan abiertamente como tales o que se cubran con el nombre de socialistas, como los socialistas de la II Internacional.

No solo deben denunciarse sin descanso en toda la propaganda y la agitación de los partidos comunistas, desde la tribuna parlamentaria y fuera de ella, las constantes violaciones de la igualdad de derechos de las naciones y de las garantías de los derechos de las minorías nacionales en todos los Estados capitalistas, pese a sus constituciones «democráticas», sino que es necesario también, en primer lugar, explicar constantemente que solo el régimen soviético es capaz de dar de hecho la igualdad de derechos a las naciones, uniendo primero a los proletarios y luego a toda la masa de los trabajadores en la lucha contra la burguesía; en segundo lugar, es necesaria la ayuda directa de todos los partidos comunistas a los movimientos revolucionarios de las naciones dependientes o sin igualdad de derechos (por ejemplo, en Irlanda, entre los negros de América, etc.) y en las colonias.

Sin esta última condición, especialmente importante, la lucha contra la opresión de las naciones dependientes y de las colonias, así como el reconocimiento de su derecho a la separación estatal, siguen siendo un rótulo mentiroso, como vemos en los partidos de la II Internacional.

  1. El reconocimiento del internacionalismo exclusivamente de palabra, y su sustitución en los hechos, en toda la propaganda, la agitación y el trabajo práctico, por el nacionalismo y el pacifismo pequeñoburgueses, es un fenómeno de lo más corriente no solo entre los partidos de la II Internacional, sino también entre los que han salido de esa Internacional, y a menudo incluso entre los que hoy se llaman comunistas. La lucha contra este mal, contra los prejuicios nacionales pequeñoburgueses más arraigados (que se manifiestan en todas las formas posibles, como el odio racial, el hostigamiento nacional, el antisemitismo), pasa tanto más al primer plano cuanto más acuciante se vuelve la tarea de transformar la dictadura del proletariado de nacional (es decir, existente en un solo país e incapaz de determinar la política mundial) en internacional (es decir, la dictadura del proletariado al menos de varios países avanzados, capaz de ejercer una influencia decisiva en toda la política mundial). El nacionalismo pequeñoburgués llama internacionalismo al reconocimiento de la igualdad de derechos de las naciones y nada más, conservando intacto el egoísmo nacional (por no hablar del carácter puramente verbal de tal reconocimiento), mientras que el internacionalismo proletario exige, en primer lugar, la subordinación de los intereses de la lucha proletaria en un país a los intereses de esa lucha a escala mundial; en segundo lugar, exige que la nación que consuma la victoria sobre la burguesía sea capaz y esté dispuesta a hacer los mayores sacrificios nacionales en aras del derrocamiento del capital internacional.

Así pues, en los Estados ya plenamente capitalistas, que tienen partidos obreros que son de verdad la vanguardia del proletariado, la lucha contra las deformaciones oportunistas y pequeñoburguesas pacifistas del concepto y de la política del internacionalismo es la primera y más importante tarea.

  1. Con respecto a los Estados y naciones más atrasados, en los que predominan las relaciones feudales o patriarcales y patriarcal-campesinas, hay que tener presentes en especial los puntos siguientes:

a) Todos los partidos comunistas deben prestar a los movimientos revolucionarios de liberación de estos países una ayuda efectiva, y la forma del apoyo debe discutirse con el partido comunista del país en cuestión allí donde exista. La obligación de prestar la ayuda más activa recae en primer término sobre los obreros del país del que la nación atrasada depende en el aspecto colonial o financiero.

b) Es necesario luchar contra la influencia reaccionaria y medieval del clero, de las misiones cristianas y de otros elementos semejantes.

c) Es necesaria la lucha contra el panislamismo, el movimiento panasiático y corrientes semejantes, que intentan unir la lucha de liberación contra el imperialismo europeo y norteamericano con el reforzamiento del poder del imperialismo turco y japonés, de la nobleza, de los grandes terratenientes, del clero, etc.

d) Es especialmente necesario apoyar el movimiento propiamente campesino de los países atrasados contra los terratenientes, contra la gran propiedad de la tierra, contra toda manifestación o residuo del feudalismo; hay que procurar dar al movimiento campesino el carácter más revolucionario posible, organizando, donde se pueda, a los campesinos y a todos los explotados en soviets, y realizando así la alianza más estrecha posible del proletariado comunista de Europa occidental con el movimiento revolucionario de los campesinos de Oriente, de las colonias y de los países atrasados en general.

e) Es necesaria una lucha resuelta contra el intento de pintar con los colores del comunismo las corrientes revolucionarias de liberación de los países atrasados que no son verdaderamente comunistas; la Internacional Comunista debe apoyar los movimientos revolucionarios de las colonias y de los países atrasados solo a condición de que los elementos de los futuros partidos proletarios, comunistas no solo de nombre, se agrupen en todos los países atrasados y se eduquen en la consciencia de sus tareas particulares, las tareas de la lucha contra los movimientos democrático-burgueses dentro de su nación; la Internacional Comunista debe concertar acuerdos temporales, e incluso alianzas, con la democracia burguesa de las colonias y de los países atrasados, pero no fundirse con ella, sino mantener incondicionalmente la independencia del movimiento proletario, aun en su forma más embrionaria.

f) Es necesario explicar y denunciar sin descanso entre las más amplias masas trabajadoras de todos los países y naciones, y en especial de los atrasados, el engaño que practican sistemáticamente las potencias imperialistas, con ayuda de las clases privilegiadas de los países oprimidos, so capa de crear Estados políticamente independientes, dando vida en realidad a Estados enteramente dependientes de ellas en lo económico, lo financiero y lo militar. Un ejemplo claro del engaño a las masas trabajadoras de una nación oprimida, perpetrado por los esfuerzos conjuntos del imperialismo de la Entente y de la burguesía de la nación correspondiente, es la empresa palestina de los sionistas, como en general el sionismo, que, so capa de crear un Estado judío en Palestina, entrega de hecho a la explotación inglesa a la población trabajadora árabe de Palestina, donde los trabajadores judíos no forman más que una minoría insignificante21. En la situación internacional actual, fuera de la unión de las repúblicas soviéticas no hay salvación para las naciones dependientes y débiles.

  1. La opresión secular de los pueblos coloniales y débiles por las potencias imperialistas ha dejado en las masas trabajadoras de los países oprimidos no solo rencor, sino también desconfianza hacia las naciones opresoras en general, incluido el proletariado de esas naciones. La vil traición al socialismo por parte de la mayoría de los jefes oficiales de ese proletariado en 1914-1919, cuando los socialchovinistas encubrían con la «defensa de la patria» la defensa del «derecho» de «su» burguesía a oprimir a las colonias y saquear a los países financieramente dependientes, no podía sino reforzar esa desconfianza, plenamente legítima. Como la desconfianza y los prejuicios nacionales solo pueden desaparecer tras la extirpación del imperialismo y del capitalismo en los países avanzados y tras un cambio radical de toda la base de la vida económica de los países atrasados, la extinción de estos prejuicios no puede menos de ser muy lenta. De ahí la obligación del proletariado comunista consciente de todos los países de tratar con especial cautela y especial atención las supervivencias de los sentimientos nacionales en los países y pueblos oprimidos durante más tiempo, y asimismo la obligación de hacer ciertas concesiones para acabar más deprisa con esa desconfianza y esos prejuicios. Sin la aspiración voluntaria a la alianza y a la unidad por parte del proletariado, y luego de todas las masas trabajadoras de todos los países y naciones del mundo, la obra de la victoria sobre el capitalismo no puede llevarse a buen término.

Tesis complementarias sobre las cuestiones nacional y colonial

  1. Una de las cuestiones más importantes que tiene ante sí el II Congreso de la III Internacional es la determinación más concreta de la actitud de la Internacional Comunista hacia los movimientos revolucionarios de los países dominados por el imperialismo capitalista, como, por ejemplo, China y la India. La historia de la revolución mundial ha entrado en un periodo en que es necesaria una comprensión justa de esta actitud. La gran guerra europea y sus resultados han mostrado con claridad que las masas populares de los países sometidos no europeos están indisolublemente ligadas al movimiento proletario de Europa, a consecuencia de la centralización del capitalismo mundial, como lo muestra, por ejemplo, el envío al frente durante la guerra de tropas coloniales y de ejércitos enteros de trabajadores, etc.

  2. Una de las principales fuentes de las que el capitalismo europeo saca su fuerza fundamental son las posesiones coloniales y los países dependientes. Sin el dominio de vastos mercados coloniales y de un amplio campo de explotación colonial, las potencias capitalistas de Europa no podrían mantener su existencia. Inglaterra, baluarte del imperialismo, sufre de sobreproducción desde hace ya más de cien años. Sin las vastas posesiones coloniales, tan necesarias para dar salida a su producción y como fuente de materias primas para su industria en continuo crecimiento, el régimen capitalista de Inglaterra se habría hundido hace mucho bajo su propio peso. Esclavizando a cientos de millones de habitantes de Asia y de África, el imperialismo inglés consigue por ahora mantener al proletariado británico bajo el poder de la burguesía.

  3. La superganancia obtenida en las colonias es la principal fuente de recursos del capitalismo moderno, y mientras este no sea privado de esa fuente de superganancias, no le será fácil a la clase obrera europea derribar el régimen capitalista. Gracias a la posibilidad de explotar extensiva e intensivamente el trabajo humano y los recursos naturales de las colonias, los países capitalistas de Europa intentan, no sin éxito, reponerse de su bancarrota actual. Explotando a las masas coloniales, el imperialismo europeo está en condiciones de conceder una serie de dádivas a la aristocracia obrera de las metrópolis. Mientras que, por un lado, el imperialismo europeo procura rebajar el nivel de vida del proletariado de las metrópolis, valiéndose de la producción de los obreros peor pagados de los países sometidos, por otro lado no vacilará en llegar incluso a sacrificar la superganancia en la metrópoli con tal de seguir obteniendo sus enormes superganancias en las colonias.

  4. La abolición de la dominación colonial, junto con la revolución proletaria en las metrópolis, derribará el sistema capitalista en Europa. La Internacional Comunista debe, por consiguiente, ampliar la esfera de su actividad. Debe establecer contacto con las fuerzas revolucionarias que aspiran a derribar el imperialismo en los países oprimidos política y económicamente. Para asegurar el éxito definitivo de la revolución mundial es necesaria la acción conjunta de estas dos fuerzas.

  5. La Internacional Comunista es la voluntad concentrada del proletariado revolucionario mundial. Su misión es organizar a la clase obrera del mundo entero para derribar el régimen capitalista e instaurar el comunismo. La III Internacional es una organización de combate que debe asumir la tarea de unir las fuerzas revolucionarias de todos los países del mundo. Impregnada hasta la médula de cultura burguesa, encabezada por un puñado de politicastros, la II Internacional no supo apreciar toda la importancia de la cuestión colonial. Para ella el mundo fuera de Europa no existía. No pudo comprender la necesidad de coordinar el movimiento revolucionario de Europa con el movimiento revolucionario de los países no europeos. En lugar de prestar ayuda moral y material al movimiento revolucionario de las colonias, los miembros de la II Internacional se convirtieron ellos mismos en imperialistas.

  6. El imperialismo extranjero, que impuso su dominación a los pueblos orientales, les impidió desarrollarse social y económicamente a la par de los pueblos de Europa y América. A causa de la política imperialista, que obstaculiza el desarrollo industrial de las colonias, el proletariado, en el sentido estricto de la palabra, solo ha podido surgir allí en tiempos recientes. La industria artesana local fue destruida para dejar sitio a la industria centralizada de los países imperialistas; la mayoría de la población se vio obligada por ello a volver a la tierra para producir productos agrícolas y materias primas destinados a la exportación. Por otro lado, se produjo una rápida concentración de la tierra en manos de los terratenientes, de los capitalistas y del Estado, lo que crea un numeroso campesinado sin tierra. La inmensa mayoría de la población fue mantenida en la ignorancia. Como resultado de esta política, la rebeldía latente en todo pueblo oprimido solo encontraba expresión a través de una reducida capa media instruida.

La dominación extranjera frena el libre desarrollo de las fuerzas sociales; por eso su derrocamiento debe ser el primer paso de la revolución en las colonias. Ayudar a derribar la dominación extranjera en las colonias no significa, pues, apoyar las aspiraciones nacionalistas de la burguesía indígena, sino solo abrir el camino al proletariado colonial oprimido.

  1. En los países dependientes existen dos movimientos distintos, que cada día se alejan más el uno del otro. Uno es el movimiento nacionalista democrático-burgués, con un programa de independencia política en el marco del régimen burgués; el otro, la lucha de masas de los campesinos y obreros pobres e ignorantes por su liberación de toda forma de explotación. El primer movimiento intenta dirigir al segundo, y a menudo con cierto éxito, pero la Internacional Comunista y los partidos afines deben luchar contra esa dirección y ayudar al desarrollo de la consciencia de clase de las masas obreras de las colonias. Para derribar el capitalismo extranjero, como primer paso de la revolución en las colonias, es útil aprovechar la colaboración de los elementos nacional-revolucionarios burgueses. Pero la tarea primera y necesaria es la creación de partidos comunistas que organicen a los campesinos y a los obreros y los lleven a la revolución y a la instauración de repúblicas soviéticas. De este modo, las masas de los países atrasados podrán llegar al comunismo no a través del desarrollo capitalista, sino bajo la dirección del proletariado con consciencia de clase de los países capitalistas avanzados.

  2. La verdadera fuerza de los movimientos de liberación de las colonias ya no se reduce al estrecho círculo de los nacionalistas democrático-burgueses. En la mayoría de las colonias existen ya partidos revolucionarios organizados que aspiran a una estrecha relación con las masas obreras. Las relaciones de la Internacional Comunista con el movimiento revolucionario de las colonias deben llevarse por medio de estos partidos o grupos, porque son la vanguardia de la clase obrera de sus países. Por ahora no son muy grandes, pero reflejan las aspiraciones de las masas, y estas los seguirán a la revolución. Los partidos comunistas de los distintos países imperialistas deben trabajar en estrecho contacto con los partidos proletarios de las colonias y, por medio de ellos, prestar toda la ayuda moral y material posible al movimiento revolucionario en su conjunto.

  3. La revolución en las colonias no será, en sus primeras etapas, una revolución comunista, pero si desde el principio la dirección está en manos de una vanguardia comunista, las masas revolucionarias irán por el camino justo hacia el objetivo propuesto, adquiriendo gradualmente experiencia revolucionaria. Por supuesto, en muchos de los países orientales sería completamente erróneo intentar resolver la cuestión agraria sobre la base de principios puramente comunistas. En sus primeras etapas, la revolución en las colonias debe llevarse a cabo con un programa que incluya muchos puntos de reformas pequeñoburguesas, como el reparto de la tierra, etc. Pero de ello no se sigue en absoluto que la dirección de la revolución en las colonias deba dejarse a los demócratas burgueses. Al contrario, los partidos proletarios deben hacer una propaganda enérgica y sistemática de la idea de los soviets y crear soviets de campesinos y obreros en cuanto sea posible. Estos soviets trabajarán en colaboración con las repúblicas soviéticas creadas en los países capitalistas avanzados para el próximo derrocamiento definitivo del régimen capitalista en el mundo entero.

Condiciones de admisión en la Internacional Comunista

El I Congreso, constituyente, de la Internacional Comunista no elaboró condiciones precisas para la admisión de los distintos partidos en la III Internacional. Cuando se convocó el I Congreso, en la mayoría de los países solo existían corrientes y grupos comunistas.

El II Congreso mundial de la Internacional Comunista se reúne en otras condiciones. Hoy, en la mayoría de los países, no existen ya solo corrientes y tendencias comunistas, sino partidos y organizaciones comunistas.

Cada vez con más frecuencia se dirigen ahora a la Internacional Comunista partidos y grupos que hasta hace poco pertenecían a la II Internacional, que desean ahora entrar en la III Internacional, pero que no se han hecho comunistas en los hechos. La II Internacional está definitivamente deshecha. Los partidos y grupos intermedios del «centro», al ver que la II Internacional no tiene remedio alguno, intentan arrimarse a la Internacional Comunista, cada vez más fuerte, con la esperanza, sin embargo, de conservar una «autonomía» que les permita seguir aplicando su anterior política oportunista o «centrista». La Internacional Comunista se está convirtiendo, hasta cierto punto, en una moda.

El deseo de algunos grupos dirigentes del «centro» de entrar en la III Internacional confirma indirectamente que la Internacional Comunista se ha ganado la simpatía de la inmensa mayoría de los obreros conscientes del mundo entero y que se convierte día a día en una fuerza mayor.

La Internacional Comunista corre el peligro de verse diluida por grupos vacilantes y a medias, que todavía no han roto con la ideología de la II Internacional.

Además, en algunos partidos grandes (Italia, Suecia, Noruega, Yugoslavia y otros), cuya mayoría está en el terreno del comunismo, sigue habiendo hasta hoy un ala reformista y socialpacifista considerable, que solo espera el momento de volver a levantar cabeza, emprender el sabotaje activo de la revolución proletaria y ayudar así a la burguesía y a la II Internacional.

Ningún comunista debe olvidar las lecciones de la República Soviética Húngara. La unificación de los comunistas húngaros con los llamados socialdemócratas «de izquierda» le costó cara al proletariado húngaro.

Por ello, el II Congreso mundial de la Internacional Comunista considera necesario establecer condiciones del todo precisas para la admisión de nuevos partidos, así como señalar a los partidos ya admitidos en la Internacional Comunista las obligaciones que les incumben.

El II Congreso de la Internacional Comunista resuelve que las condiciones de pertenencia a la Internacional Comunista son las siguientes:

  1. La propaganda y la agitación cotidianas deben tener un carácter verdaderamente comunista y ajustarse al programa y a todas las resoluciones de la III Internacional. Todos los órganos de prensa que estén en manos del partido deben estar dirigidos por comunistas de confianza, que hayan dado pruebas de su entrega a la causa del proletariado. De la dictadura del proletariado no hay que hablar simplemente como de una fórmula manida y aprendida de memoria; hay que propagarla de tal modo que su necesidad se desprenda, para cada obrero, obrera, soldado o campesino de a pie, de los hechos de la vida, que nuestra prensa debe señalar sistemáticamente día tras día.

La prensa periódica y no periódica y todas las editoriales del partido deben estar enteramente subordinadas al Comité Central del partido, con independencia de que el partido en su conjunto sea legal o ilegal en ese momento. Es inadmisible que las editoriales abusen de su autonomía y lleven una política que no se ajuste por completo a la política del partido.

En las páginas de los periódicos, en las asambleas populares, en el sindicato, en la cooperativa —en todas partes adonde tengan acceso los partidarios de la III Internacional—, es necesario estigmatizar sistemáticamente y sin piedad no solo a la burguesía, sino también a sus auxiliares, los reformistas de todos los matices.

  1. Toda organización que desee pertenecer a la Internacional Comunista está obligada a apartar de forma metódica y sistemática de los puestos de alguna responsabilidad en el movimiento obrero (organización del partido, redacción, sindicato, grupo parlamentario, cooperativa, ayuntamiento, etc.) a los reformistas y partidarios del «centro», y a poner en su lugar a comunistas de confianza, sin arredrarse porque a veces, al principio, haya que sustituir a militantes «experimentados» por obreros de a pie.

  2. En casi todos los países de Europa y América la lucha de clases entra en la fase de la guerra civil. En estas condiciones, los comunistas no pueden tener confianza alguna en la legalidad burguesa. Están obligados a crear en todas partes un aparato ilegal paralelo que, en el momento decisivo, pueda ayudar al partido a cumplir su deber ante la revolución. En todos los países donde los comunistas, a causa del estado de sitio o de leyes de excepción, no pueden realizar legalmente todo su trabajo, es absolutamente necesario combinar el trabajo legal con el ilegal.

  3. El deber de difundir las ideas comunistas implica una necesidad especial de hacer propaganda perseverante y sistemática en el ejército. Allí donde esta agitación esté prohibida por leyes de excepción, debe llevarse a cabo ilegalmente. Renunciar a este trabajo equivaldría a traicionar el deber revolucionario y sería incompatible con la pertenencia a la III Internacional.

  4. Es necesaria una agitación sistemática y metódica en el campo. La clase obrera no puede consolidar su victoria si no tiene detrás al menos a una parte de los jornaleros agrícolas y de los campesinos más pobres y si no ha neutralizado con su política a una parte del resto del campo. El trabajo comunista en el campo adquiere en la época actual una importancia de primer orden. Hay que llevarlo a cabo principalmente a través de obreros comunistas revolucionarios de la ciudad y del campo que tengan vínculos con el campo. Renunciar a este trabajo o dejarlo en manos poco fiables, semirreformistas, equivale a renunciar a la revolución proletaria.

  5. Todo partido que desee pertenecer a la III Internacional está obligado a desenmascarar no solo el socialpatriotismo declarado, sino también la falsedad y la hipocresía del socialpacifismo: a demostrar sistemáticamente a los obreros que, sin el derrocamiento revolucionario del capitalismo, ningún tribunal internacional de arbitraje, ningún acuerdo de reducción de armamentos, ninguna reorganización «democrática» de la Sociedad de Naciones salvarán a la humanidad de nuevas guerras imperialistas.

  6. Los partidos que deseen pertenecer a la Internacional Comunista están obligados a reconocer la necesidad de una ruptura completa y absoluta con el reformismo y con la política del «centro» y a propagar esta ruptura en los círculos más amplios de los afiliados del partido. Sin ello no es posible una política comunista consecuente.

La Internacional Comunista exige incondicionalmente, a modo de ultimátum, que esta ruptura se lleve a cabo en el plazo más breve.

La Internacional Comunista no puede tolerar que oportunistas notorios como, por ejemplo, Turati, Kautsky, Hilferding, Hillquit, Longuet, MacDonald, Modigliani y otros tengan derecho a considerarse miembros de la III Internacional22. Ello haría que la III Internacional se pareciera en gran medida a la difunta II Internacional.

  1. En la cuestión de las colonias y de las nacionalidades oprimidas es necesaria una línea especialmente nítida y clara de los partidos de aquellos países cuya burguesía posee colonias y oprime a otras naciones.

Todo partido que desee pertenecer a la III Internacional está obligado a desenmascarar sin piedad las maniobras de «sus» imperialistas en las colonias, a apoyar, no de palabra sino con hechos, todo movimiento de liberación en las colonias, a exigir la expulsión de sus imperialistas nacionales de esas colonias, a inculcar en el corazón de los obreros de su país una actitud verdaderamente fraternal hacia la población trabajadora de las colonias y de las nacionalidades oprimidas y a llevar a cabo en sus tropas una agitación sistemática contra toda opresión de los pueblos coloniales.

  1. Todo partido que desee pertenecer a la Internacional Comunista está obligado a desarrollar de forma sistemática y perseverante un trabajo comunista dentro de los sindicatos, de los soviets de diputados obreros, de los comités de fábrica, de las cooperativas y de las demás organizaciones obreras de masas. Dentro de estas organizaciones es necesario formar células comunistas, que, con un trabajo largo y tenaz, deben ganar los sindicatos, etc., para la causa del comunismo. Estas células están obligadas a desenmascarar a cada paso del trabajo cotidiano la traición de los socialpatriotas y las vacilaciones del «centro». Estas células comunistas deben estar enteramente subordinadas al partido en su conjunto.

  2. Todo partido perteneciente a la Internacional Comunista está obligado a librar una lucha tenaz contra la «Internacional» de Ámsterdam de los sindicatos amarillos. Debe propagar con insistencia entre los obreros sindicados la necesidad de romper con la Internacional amarilla de Ámsterdam. Debe apoyar por todos los medios la agrupación internacional de los sindicatos rojos adheridos a la Internacional Comunista, que está naciendo.

  3. Los partidos que deseen pertenecer a la III Internacional están obligados a revisar la composición de sus grupos parlamentarios, apartar de ellos a los elementos poco fiables, subordinar estos grupos, no de palabra sino con hechos, a los comités centrales de los partidos y exigir de cada parlamentario comunista que subordine toda su actividad a los intereses de una propaganda y una agitación verdaderamente revolucionarias.

  4. Los partidos pertenecientes a la Internacional Comunista deben estar construidos según el principio del centralismo democrático. En la época actual de guerra civil exacerbada, el partido comunista solo podrá cumplir su deber si está organizado de la manera más centralizada, si en él reina una disciplina de hierro, rayana en la disciplina militar, y si su centro es un órgano con autoridad y poder, con amplias atribuciones, que goce de la confianza general de los afiliados del partido.

  5. Los partidos comunistas de aquellos países en que los comunistas realizan legalmente su trabajo deben llevar a cabo depuraciones periódicas (reinscripciones) de los efectivos de las organizaciones del partido, a fin de limpiar sistemáticamente el partido de los elementos pequeñoburgueses que inevitablemente se le pegan.

  6. Todo partido que desee pertenecer a la Internacional Comunista está obligado a prestar un apoyo sin reservas a toda república soviética en su lucha contra las fuerzas contrarrevolucionarias. Los partidos comunistas deben hacer una propaganda constante para que los obreros se nieguen a transportar material de guerra destinado a los enemigos de las repúblicas soviéticas, y hacer por todos los medios, legales o ilegales, propaganda entre las tropas enviadas a estrangular las repúblicas obreras, etc.

  7. Los partidos que hasta ahora conservan todavía los viejos programas socialdemócratas están obligados a revisar esos programas en el plazo más breve posible y a elaborar, conforme a las condiciones particulares de su país, un nuevo programa comunista en el espíritu de las resoluciones de la Internacional Comunista. Por regla general, el programa de cada partido perteneciente a la Internacional Comunista debe ser aprobado por el congreso ordinario de la Internacional Comunista o por su Comité Ejecutivo. Si el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista no aprueba el programa de un partido, ese partido tiene derecho a apelar al congreso de la Internacional Comunista.

  8. Todas las resoluciones de los congresos de la Internacional Comunista, así como las resoluciones de su Comité Ejecutivo, son obligatorias para todos los partidos que forman parte de la Internacional Comunista. La Internacional Comunista, que actúa en una situación de guerra civil sumamente exacerbada, debe estar construida de un modo mucho más centralizado de lo que estaba la II Internacional. Al mismo tiempo, la Internacional Comunista y su Comité Ejecutivo, en todo su trabajo, están obligados, por supuesto, a tener en cuenta toda la diversidad de condiciones en que tienen que luchar y actuar los distintos partidos, y a adoptar decisiones de obligado cumplimiento general solo en las cuestiones en que tales decisiones son posibles.

  9. En relación con todo ello, todos los partidos que deseen entrar en la Internacional Comunista deben cambiar de nombre. Todo partido que desee entrar en la Internacional Comunista debe llevar el nombre de Partido Comunista de tal o cual país (sección de la III Internacional Comunista). La cuestión del nombre no es solo una cuestión formal, sino una cuestión política de gran importancia. La Internacional Comunista ha declarado una lucha resuelta a todo el mundo burgués y a todos los partidos socialdemócratas amarillos. Es necesario que a cada trabajador de a pie le quede del todo clara la diferencia entre los partidos comunistas y los viejos partidos oficiales «socialdemócratas» o «socialistas», que han traicionado la bandera de la clase obrera.

  10. Todos los órganos de prensa dirigentes de los partidos de todos los países están obligados a reproducir todos los documentos oficiales importantes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.

  11. Todos los partidos que pertenecen a la Internacional Comunista o que han presentado una solicitud de ingreso en ella están obligados a convocar, en el plazo más breve y nunca más tarde de cuatro meses después del II Congreso de la Internacional Comunista, un congreso extraordinario de su partido para discutir todas estas condiciones. Los comités centrales deben procurar además que todas las organizaciones locales conozcan las resoluciones del II Congreso de la Internacional Comunista.

  12. Los partidos que quisieran ahora entrar en la III Internacional, pero que hasta ahora no han cambiado radicalmente su táctica anterior, deben procurar, antes de su ingreso, que en su Comité Central y en todas las instituciones centrales más importantes del partido haya no menos de dos tercios de camaradas que ya antes del II Congreso de la Internacional Comunista se hubieran pronunciado pública e inequívocamente a favor del ingreso en la III Internacional. Pueden admitirse excepciones con la aprobación del Comité Ejecutivo de la III Internacional. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a hacer excepciones también para los representantes del «centro» mencionados en el § 7.

  13. Los afiliados del partido que rechacen por principio las condiciones y tesis formuladas por la Internacional Comunista deben ser expulsados del partido.

Esto se aplica también a los delegados a los congresos extraordinarios de los partidos.

Los partidos comunistas y el parlamentarismo

I. La nueva época y el nuevo parlamentarismo

La actitud de los partidos socialistas ante el parlamentarismo consistió desde el principio, ya en la época de la I Internacional, en utilizar los parlamentos burgueses con fines de agitación. La participación en el parlamento se consideraba desde el punto de vista del desarrollo de la consciencia de clase, es decir, del despertar de la hostilidad de clase del proletariado hacia las clases dominantes. Esta actitud cambió, no por influencia de una doctrina, sino por influencia de la marcha del desarrollo político. Sobre la base del crecimiento de las fuerzas productivas y de la ampliación del campo de la explotación capitalista, el capitalismo, y con él los Estados parlamentarios, adquirieron una estabilidad duradera.

De ahí surgió la adaptación de la táctica parlamentaria de los partidos socialistas a la labor legislativa «orgánica» del parlamento burgués y la importancia cada vez mayor de la lucha por reformas dentro del marco del capitalismo, el predominio del llamado programa mínimo de la socialdemocracia y la conversión del programa máximo en una plataforma para debatir sobre un «objetivo final» muy lejano. Sobre esta base se desarrollaron los fenómenos del arribismo parlamentario, de la corrupción y de la traición, abierta o encubierta, de los intereses más elementales de la clase obrera.

La actitud de la III Internacional ante el parlamentarismo no la determina una doctrina nueva, sino el cambio del papel del propio parlamentarismo. En la época histórica pasada, el parlamento, como instrumento del capitalismo en desarrollo, realizó en cierto sentido una labor históricamente progresista. En las condiciones actuales de imperialismo desenfrenado, el parlamento se ha convertido en uno de los instrumentos de la mentira, el engaño, la violencia y la charlatanería enervante frente a las devastaciones, los saqueos, las violencias, los pillajes y las destrucciones imperialistas; las reformas parlamentarias, desprovistas de sistema, de solidez y de plan, pierden toda importancia práctica para las masas trabajadoras.

Junto con toda la sociedad burguesa, también el parlamentarismo pierde su estabilidad. El paso de la época orgánica a la época crítica crea la base para una nueva táctica del proletariado en el terreno del parlamentarismo. Así, por ejemplo, el partido obrero ruso (los bolcheviques) elaboró ya en el periodo anterior la esencia del parlamentarismo revolucionario, porque Rusia, desde 1905, había salido de su estado de equilibrio político y social y había entrado en un periodo de tormentas y sacudidas.

En la medida en que algunos socialistas que se inclinan hacia el comunismo alegan que en sus países aún no ha llegado el momento de la revolución y se niegan a romper con los oportunistas parlamentarios, parten en el fondo de una valoración, consciente o semiconsciente, de la época que se avecina como una época de estabilidad relativa de la sociedad imperialista, y creen que, sobre esa base, en la lucha por reformas, una coalición con Turati y Longuet puede dar resultados prácticos.

El comunismo debe partir de la aclaración teórica del carácter de la época actual (culminación del capitalismo; su autonegación y autodestrucción imperialistas; crecimiento ininterrumpido de la guerra civil, etc.). En los distintos países, las formas de las relaciones y agrupaciones políticas pueden ser distintas. Pero el fondo es en todas partes el mismo: se trata para nosotros de la preparación política y técnica inmediata de la insurrección del proletariado para destruir el poder burgués e instaurar el nuevo poder del proletariado.

En el momento actual, el parlamento no puede ser en modo alguno para los comunistas el escenario de la lucha por reformas, por la mejora de la situación de la clase obrera, como ocurría en ciertos momentos de la época pasada. El centro de gravedad de la vida política se ha desplazado plena y definitivamente fuera del parlamento. Por otra parte, la burguesía, no solo por su relación con las masas trabajadoras, sino también por las complejas relaciones dentro de las clases burguesas, se ve obligada a hacer pasar de un modo u otro una parte de sus medidas por el parlamento, donde las distintas camarillas regatean por el poder, muestran sus puntos fuertes y dejan ver sus puntos débiles, se comprometen, etc., etc.

Por eso, la tarea histórica inmediata de la clase obrera consiste en arrancar estos aparatos de manos de las clases dominantes, romperlos, destruirlos y crear en su lugar los nuevos órganos del poder proletario. Al mismo tiempo, el estado mayor revolucionario de la clase obrera está profundamente interesado en tener sus servicios de información en las instituciones parlamentarias de la burguesía, para facilitar esta tarea destructiva. De ahí resulta del todo clara la diferencia radical entre la táctica del comunista que ha entrado en el parlamento con un fin revolucionario y la táctica del parlamentario socialista. Este último parte del supuesto de la estabilidad relativa y de la duración indefinida del régimen existente. Se propone conseguir reformas por todos los medios y está interesado en que la masa valore debidamente cada conquista como un mérito del parlamentarismo socialista (Turati, Longuet y compañía).

En lugar del viejo parlamentarismo acomodaticio llega un nuevo parlamentarismo, que es uno de los instrumentos para la destrucción del parlamentarismo en general. Pero las repugnantes tradiciones de la vieja táctica parlamentaria empujan a algunos elementos revolucionarios al campo de los adversarios por principio del parlamentarismo (los IWW, los sindicalistas revolucionarios, el Partido Comunista Obrero de Alemania). Teniendo esto en cuenta, el II Congreso de la Internacional Comunista llega a las siguientes conclusiones.

II. El comunismo, la lucha por la dictadura del proletariado y por la utilización de los parlamentos burgueses

  1. El parlamentarismo, como sistema de Estado, se ha convertido en la forma «democrática» de la dominación de la burguesía, que, en una determinada fase de su desarrollo, necesita la ficción de una representación popular que, en apariencia, se presenta como la organización de una «voluntad popular» por encima de las clases, pero que en esencia es un instrumento de represión y opresión en manos del capital dominante.

  2. El parlamentarismo es una forma determinada de régimen político. Por eso no puede ser en modo alguno la forma de la sociedad comunista, que no conoce clases, ni lucha de clases, ni poder estatal de ningún tipo.

  3. El parlamentarismo tampoco puede ser la forma de la administración estatal proletaria en el periodo de transición de la dictadura de la burguesía a la dictadura del proletariado. En el momento de la lucha de clases exacerbada, que se convierte en guerra civil, el proletariado debe construir inevitablemente su organización estatal como una organización de combate, en la que no se admite a los representantes de las clases antes dominantes; en esta fase, toda ficción de «voluntad de todo el pueblo» es directamente perjudicial para el proletariado; el proletariado no necesita la división parlamentaria de poderes, que le es perjudicial; la forma de la dictadura proletaria es la república soviética.

  4. Los parlamentos burgueses, que constituyen uno de los aparatos importantes de la máquina estatal burguesa, no pueden ser conquistados, como no puede el proletariado conquistar el Estado burgués en general. La tarea del proletariado consiste en hacer saltar la máquina estatal de la burguesía, destruirla, y con ella las instituciones parlamentarias, sean republicanas o de monarquía constitucional.

  5. Lo mismo vale para las instituciones municipales de la burguesía, que es teóricamente erróneo contraponer a los órganos del Estado. En realidad son aparatos del mismo tipo del mecanismo estatal de la burguesía, que el proletariado revolucionario debe destruir y sustituir por soviets locales de diputados obreros.

  6. Por consiguiente, el comunismo niega el parlamentarismo como forma de la sociedad futura; lo niega como forma de la dictadura de clase del proletariado; niega la posibilidad de conquistar de forma duradera los parlamentos; se propone como objetivo la destrucción del parlamentarismo. Por eso solo puede tratarse de utilizar las instituciones estatales burguesas con el fin de destruirlas. En este sentido, y solo en este, puede plantearse la cuestión.

II

  1. Toda lucha de clases es una lucha política, pues es, en última instancia, una lucha por el poder. Cualquier huelga que se extienda a todo el país empieza a amenazar al Estado burgués y adquiere con ello un carácter político. Esforzarse por derribar a la burguesía y destruir su Estado es librar una lucha política. Crear un aparato de clase proletario propio para gobernar y para reprimir a la burguesía que se resiste, sea cual sea ese aparato, es conquistar el poder político.

  2. Por consiguiente, la cuestión de la lucha política no se reduce en absoluto a la cuestión de la actitud ante el parlamentarismo. Es la cuestión general de la lucha de clases del proletariado, en la medida en que esta lucha pasa de ser pequeña y parcial a ser una lucha por el derrocamiento del orden capitalista en general.

  3. El método más importante de lucha del proletariado contra la burguesía, es decir, contra su poder estatal, es ante todo el de las acciones de masas. Estas acciones de masas las organizan y dirigen las organizaciones revolucionarias de masas del proletariado (sindicatos, partidos, soviets) bajo la dirección general de un partido comunista cohesionado, disciplinado y centralizado. La guerra civil es una guerra.

En esta guerra el proletariado debe tener su buen cuerpo de oficiales políticos, su buen estado mayor político, que dirija todas las operaciones en todos los terrenos de la lucha.

  1. La lucha de masas es todo un sistema de acciones en desarrollo, que se agudizan en su forma y conducen lógicamente a la insurrección contra el Estado capitalista. En esta lucha de masas, que se despliega en guerra civil, el partido dirigente del proletariado debe, por regla general, asegurarse todas y cada una de las posiciones legales, convirtiéndolas en puntos de apoyo auxiliares de su trabajo revolucionario y subordinando estas posiciones al plan de la campaña principal, la campaña de la lucha de masas.

  2. Uno de estos puntos de apoyo auxiliares es la tribuna del parlamento burgués. Contra la participación en la lucha parlamentaria no puede esgrimirse en modo alguno el argumento de que se trata de una institución estatal burguesa. El partido comunista entra en esta institución, no para hacer en ella un trabajo orgánico, sino para ayudar a las masas, desde el seno mismo del parlamento, a hacer saltar mediante su acción la máquina estatal de la burguesía y el propio parlamento desde dentro (por ejemplo, la actividad de Liebknecht en Alemania, la de los bolcheviques en la Duma zarista, en la «Conferencia Democrática», en el «Preparlamento» de Kérenski, en la «Asamblea Constituyente», en las dumas municipales y, por último, la actividad de los comunistas búlgaros)23.

  3. Este trabajo en los parlamentos, que se reduce principalmente a la agitación revolucionaria desde la tribuna parlamentaria, a desenmascarar a los adversarios y a cohesionar ideológicamente a las masas, que, sobre todo en las regiones atrasadas, miran hacia la tribuna parlamentaria todavía llenas de ilusiones democráticas, debe estar enteramente subordinado a los fines y tareas de la lucha de masas fuera del parlamento.

La participación en la campaña electoral y la propaganda revolucionaria desde la tribuna parlamentaria tienen una importancia especial para la conquista política de aquellas capas de trabajadores que, como, por ejemplo, las masas trabajadoras rurales, se han mantenido hasta ahora al margen del movimiento revolucionario y de la vida política.

  1. Si los comunistas obtienen la mayoría en las instituciones municipales, deben: a) constituir una oposición revolucionaria al poder central burgués; b) hacer todo lo posible por prestar servicios a la población más pobre (medidas económicas, organización o intento de organización de una milicia obrera armada, etc.); c) señalar en cada ocasión los obstáculos que el poder estatal burgués pone a todo cambio verdaderamente importante; d) desarrollar sobre esa base una propaganda revolucionaria resuelta, sin temor al conflicto con el poder estatal; e) en determinadas circunstancias, sustituir los órganos locales de autogobierno por soviets locales de diputados obreros. Así, todo el trabajo de los comunistas en las instituciones municipales debe ser parte de su labor para descomponer el sistema capitalista.

  2. La campaña electoral misma debe llevarse, no con el afán de conseguir el mayor número posible de escaños parlamentarios, sino con el espíritu de la movilización revolucionaria de las masas en torno a las consignas de la revolución proletaria. La lucha electoral debe llevarla toda la masa de los afiliados del partido, y no solo su cúpula. Para ello es necesario aprovechar todas las acciones de masas (huelgas, manifestaciones, movimientos entre los soldados y marineros, etc.) que tengan lugar en ese momento y establecer con ellas un estrecho vínculo. Es necesario incorporar al trabajo activo a todas las organizaciones proletarias de masas.

  3. Si se cumplen estas condiciones, así como las mencionadas en una instrucción especial, el trabajo parlamentario es todo lo contrario de la sucia politiquería que practican los partidos socialdemócratas de todos los países, que entran en el parlamento para sostener esa institución «democrática» o, en el mejor de los casos, para «conquistarla». El partido comunista solo puede estar, exclusivamente, por la utilización revolucionaria del parlamentarismo en el espíritu de Karl Liebknecht y de los bolcheviques.

III

  1. El «antiparlamentarismo» de principio, en el sentido de una negativa absoluta y categórica a participar en las elecciones y en el trabajo revolucionario parlamentario, es, por tanto, una doctrina ingenua, infantil, que no resiste la crítica; una doctrina que a veces tiene como fundamento una sana repugnancia hacia los parlamentarios politiqueros, pero que al mismo tiempo no ve la posibilidad de un parlamentarismo revolucionario. Además, esta doctrina va a menudo unida a una idea completamente errónea del papel del partido, que ve en el partido comunista, no la vanguardia combativa y centralizada de los obreros, sino un sistema descentralizado de grupos mal enlazados entre sí.

  2. Por otra parte, del reconocimiento de principio del trabajo parlamentario no se sigue en modo alguno el reconocimiento absoluto, en todas y cada una de las condiciones, de la necesidad de unas elecciones concretas y de una participación concreta en las sesiones parlamentarias. Esto depende de una serie de condiciones específicas. Con una determinada combinación de estas condiciones puede ser necesario salir del parlamento. Así lo hicieron los bolcheviques cuando abandonaron el Preparlamento para hacerlo saltar, para dejarlo de inmediato sin fuerzas y contraponerle tajantemente el Soviet de Petrogrado, que se disponía a dirigir la insurrección; así lo hicieron en la Asamblea Constituyente el día de su disolución, desplazando el centro de gravedad de los acontecimientos políticos al III Congreso de los Soviets. En otras circunstancias puede ser necesario el boicot de las elecciones y la destrucción violenta inmediata tanto de todo el aparato estatal burgués como de la camarilla parlamentaria burguesa, o bien la participación en las elecciones con boicot del propio parlamento, etc.

  3. Así, pues, aun reconociendo como regla general la necesidad de participar en las elecciones, tanto a los parlamentos centrales como a los órganos de autogobierno local, así como de trabajar en estas instituciones, el partido comunista debe resolver la cuestión en concreto, partiendo de la valoración de las particularidades específicas del momento. El boicot de las elecciones o del parlamento, así como la salida de este, son admisibles principalmente cuando se dan las condiciones para pasar de inmediato a la lucha armada por el poder.

  4. Al mismo tiempo, hay que tener siempre presente la importancia relativamente pequeña de esta cuestión. Puesto que el centro de gravedad está en la lucha extraparlamentaria por el poder del Estado, es evidente que la cuestión de la dictadura proletaria y de la lucha de masas por ella no tiene medida común con la cuestión particular de la utilización del parlamentarismo.

  5. Por eso la Internacional Comunista subraya con toda rotundidad que considera un error grave toda escisión o intento de escisión dentro del partido comunista que siga esta línea y solo por este motivo. El Congreso llama a todos los elementos que están en el terreno del reconocimiento de la lucha de masas por la dictadura proletaria, bajo la dirección de un partido centralizado del proletariado revolucionario que ejerza su influencia en todas las organizaciones de masas de la clase obrera, a lograr la plena unanimidad de los elementos comunistas, pese a las discrepancias que pueda haber sobre la cuestión de la utilización de los parlamentos burgueses.

III. El parlamentarismo revolucionario

Para garantizar la aplicación efectiva de una táctica parlamentaria revolucionaria es necesario lo siguiente:

  1. El partido comunista en su conjunto y su Comité Central deben velar sistemáticamente, ya en la fase preparatoria, es decir, antes de las elecciones parlamentarias, por la buena calidad de los miembros de los grupos parlamentarios. El Comité Central del partido comunista debe ser responsable de todo el trabajo del grupo parlamentario comunista. El Comité Central del partido comunista debe tener el derecho indiscutible de rechazar a cualquier candidato de cualquier organización si no tiene la seguridad de que ese candidato, una vez elegido para el parlamento, vaya a llevar una política verdaderamente comunista.

Los partidos comunistas deben abandonar la vieja costumbre socialdemócrata de hacer elegir diputados exclusivamente a los llamados parlamentarios «experimentados», sobre todo abogados y similares. Por regla general, hay que presentar como candidatos a obreros, sin arredrarse porque a veces sean afiliados de a pie del partido sin gran experiencia parlamentaria. El partido comunista debe perseguir sin piedad a los elementos arribistas que se pegan a los partidos comunistas para llegar al parlamento. Los comités centrales de los partidos comunistas deben aprobar solo las candidaturas de aquellas personas que con largos años de trabajo hayan demostrado su entrega incondicional a la clase obrera.

  1. Una vez terminadas las elecciones, la organización del grupo parlamentario debe estar enteramente en manos del Comité Central del partido comunista, con total independencia de que el partido en su conjunto sea legal o ilegal en ese momento. El presidente y la mesa del grupo parlamentario comunista deben ser aprobados por el Comité Central del partido. El Comité Central del partido debe tener en el grupo parlamentario un representante permanente con derecho de veto. En todas las cuestiones políticas importantes, el grupo parlamentario está obligado a pedir previamente directrices al Comité Central del partido. El Comité Central tiene el derecho y el deber, ante cada intervención importante de los comunistas en el parlamento, de designar o recusar al orador del grupo, de exigirle que presente previamente las tesis de su discurso o el discurso mismo para que el Comité Central los apruebe, etc. A cada candidato que figure en la lista comunista debe exigírsele, de forma totalmente oficial, un compromiso firmado de que, a la primera indicación del Comité Central del partido, renunciará a su escaño, para que, en caso necesario, el partido pueda llevar a cabo de forma organizada la decisión de salir del parlamento.

  2. En los países en los que ya han conseguido penetrar en el grupo parlamentario comunista elementos reformistas, semirreformistas o simplemente arribistas (y eso ha ocurrido ya en algunos países), los comités centrales de los partidos comunistas están obligados a llevar a cabo una depuración radical de los miembros del grupo, partiendo del principio de que para la causa de la clase obrera es mucho más útil tener un grupo pequeño, pero verdaderamente comunista, que un grupo numeroso sin una línea comunista firme.

  3. El diputado comunista, por decisión del Comité Central, está obligado a combinar el trabajo legal con el ilegal. En los países donde el diputado comunista goza todavía de cierta inmunidad parlamentaria ante las leyes burguesas, esa inmunidad debe utilizarse para ayudar a la organización y a la propaganda ilegales del partido.

  4. Los diputados comunistas deben subordinar todas sus intervenciones parlamentarias al trabajo extraparlamentario de su partido. La presentación regular de proyectos de ley demostrativos, destinados no a ser aprobados por la mayoría burguesa, sino a la propaganda, la agitación y la organización, debe hacerse siguiendo las indicaciones del partido y de su Comité Central.

  5. En las manifestaciones obreras en la calle y en otras acciones revolucionarias, el diputado comunista está obligado a estar en primera fila, en un lugar visible, a la cabeza de las masas proletarias.

  6. Los diputados comunistas deben establecer por todos los medios a su alcance (bajo el control del partido) relaciones por escrito y de cualquier otro tipo con los obreros, campesinos y demás trabajadores revolucionarios, sin parecerse en ningún caso a los diputados socialdemócratas, que andan a la caza de relaciones de negocios con sus electores. Deben estar en todo momento a disposición de la organización comunista para cualquier trabajo de propaganda en el país.

  7. Todo diputado comunista en el parlamento debe recordar que no es un «legislador» que tenga que buscar acuerdos con otros legisladores, sino un agitador del partido enviado al campo enemigo para aplicar allí las decisiones del partido. El diputado comunista no responde ante la masa dispersa de los electores, sino ante su partido comunista, legal o ilegal.

  8. Los diputados comunistas deben hablar en el parlamento un lenguaje que entienda cualquier obrero, campesino, lavandera o pastor de a pie, de modo que el partido pueda reeditar sus discursos en octavillas y difundirlos hasta los rincones más apartados de las aldeas de su país.

  9. Los obreros comunistas de a pie deben intervenir sin apuro en los parlamentos burgueses, sin ceder el paso a los llamados parlamentarios experimentados, aun cuando los obreros sean novatos en la actividad parlamentaria. En caso necesario, los diputados obreros pueden leer sus discursos directamente de sus apuntes, para que luego el discurso pueda imprimirse en los periódicos o en octavillas.

  10. Los diputados comunistas deben utilizar la tribuna parlamentaria para desenmascarar no solo a la burguesía y a sus lacayos declarados, sino también a los socialpatriotas, a los reformistas, a los políticos a medias del «centro» y a los demás adversarios del comunismo, y para una amplia propaganda de las ideas de la III Internacional.

  11. Los diputados comunistas, aun en el caso de que sean solo uno o dos en todo el parlamento, deben desafiar al capitalismo con toda su conducta y no olvidar nunca que solo es digno del nombre de comunista quien, no de palabra sino con hechos, es enemigo mortal del orden burgués y de sus servidores socialpatriotas.

El movimiento sindical, los comités de fábrica y la III Internacional

  1. Los sindicatos, creados por la clase obrera en el periodo de desarrollo pacífico del capitalismo, eran la organización de los obreros para luchar por elevar el precio de la fuerza de trabajo en el mercado de trabajo y mejorar las condiciones de su empleo. Los marxistas revolucionarios se esforzaban, con su influencia ideológica, por vincularlos al partido político del proletariado, a la socialdemocracia, para luchar juntos por el socialismo. Por las mismas razones por las que la socialdemocracia internacional resultó ser, salvo pocas excepciones, no un instrumento de la lucha revolucionaria del proletariado por derribar el capitalismo, sino una organización que, en interés de la burguesía, apartaba al proletariado de la revolución, los sindicatos resultaron ser en la mayoría de los casos, durante la guerra, una parte del aparato bélico de la burguesía y la ayudaron a exprimir de la clase obrera todo el sudor posible para que la sangre del proletariado pudiera correr con tanta mayor abundancia en aras del beneficio capitalista. Abarcando sobre todo a los obreros cualificados, los mejor pagados por los patronos; limitados por su estrechez de oficio; encadenados por un aparato burocrático separado de las masas; corrompidos por sus jefes oportunistas, los sindicatos traicionaron no solo la causa de la revolución social, sino incluso la causa de la lucha por mejorar las condiciones de vida de los obreros que ellos mismos organizaban. Abandonaron el terreno de la lucha sindical contra los patronos y la sustituyeron por un programa de arreglo pacífico con los capitalistas a toda costa. Esa política la siguieron no solo los sindicatos liberales de Inglaterra y América, no solo los sindicatos libres supuestamente «socialistas» de Alemania y Austria, sino también los sindicatos sindicalistas de Francia.

  2. Las consecuencias económicas de la guerra, la completa desorganización de la economía mundial, la carestía desenfrenada, el empleo masivo del trabajo de las mujeres y de los jóvenes, el empeoramiento de las condiciones de vivienda: todo ello empuja a las más amplias masas del proletariado al camino de la lucha contra el capitalismo. Esta lucha, por su amplitud y por el carácter que va adquiriendo cada día más, es una lucha revolucionaria que destruye objetivamente los cimientos del régimen capitalista. El aumento de salario que hoy consigue con la lucha económica una u otra categoría de obreros queda reducido a cero al día siguiente por la carestía, que tiene que crecer, porque la clase capitalista de los países vencedores, al arruinar con su política de explotación la Europa central y oriental, no solo es incapaz de organizar la economía mundial, sino que la desorganiza sin cesar. Para tener éxito en su lucha económica, las más amplias masas obreras, que hasta ahora estaban fuera de los sindicatos, afluyen a sus filas en un caudal poderoso. En todos los países capitalistas se observa un crecimiento grandioso de los sindicatos, que son ahora la organización no solo de la parte avanzada del proletariado, sino de sus amplias masas. Al afluir a los sindicatos, estas masas intentan hacer de ellos el instrumento de su lucha. Las contradicciones de clase, cada vez más agudas, obligan a los sindicatos a llevar huelgas que se extienden en una ancha oleada por todo el mundo capitalista e interrumpen constantemente el proceso de la producción y del intercambio capitalistas. Al elevar sus reivindicaciones a medida que crecen la carestía y su propio agotamiento, las masas obreras destruyen la base de todo cálculo capitalista, esa premisa elemental de cualquier economía ordenada. Los sindicatos, que durante la guerra se convirtieron en órganos para influir sobre las masas obreras en interés de la burguesía, se convierten ahora en órganos de destrucción del capitalismo.

  3. A este cambio de carácter de los sindicatos se oponen por todos los medios la vieja burocracia sindical y las viejas formas de organización de los sindicatos. La vieja burocracia sindical intenta por todos los medios conservar los sindicatos como organización de la aristocracia obrera; mantiene estatutos que cierran el acceso a los sindicatos a las categorías de obreros peor pagadas. La vieja burocracia sindical todavía hoy intenta sustituir la lucha huelguística de los obreros, que cada día adquiere más el carácter de un choque revolucionario entre la burguesía y el proletariado, por una política de arreglos con los capitalistas, por una política de contratos a largo plazo que han perdido todo sentido aunque solo sea por la incesante y desenfrenada carrera de los precios. Intenta empujar a los obreros a la política de «colaboración práctica» (Arbeitsgemeinschaften)24, de consejos industriales (Joint Industrial Councils)25, y con ayuda del Estado capitalista intenta poner trabas legales a las huelgas. En los momentos más tensos de la lucha siembra la discordia entre las masas obreras en lucha e impide que las luchas de las distintas categorías de obreros se fundan en una lucha de clase común. En estos intentos la ayuda la vieja organización de los sindicatos por oficios, que divide a los obreros de una misma rama de la producción en grupos profesionales separados, pese a que los une el proceso de la explotación capitalista. Se apoya en la fuerza de la ideología tradicional de la vieja aristocracia obrera, aunque esta se debilita constantemente por el proceso de supresión de los privilegios de grupos particulares del proletariado como resultado de la descomposición general del capitalismo, cuando la situación de la clase obrera se nivela y la miseria y la inseguridad se convierten en su suerte común. De este modo, la burocracia sindical divide el poderoso caudal del movimiento obrero en débiles arroyuelos, sustituye los fines revolucionarios generales del movimiento por reivindicaciones reformistas parciales y, en general, frena la transformación de la lucha del proletariado en lucha revolucionaria por la abolición del capitalismo.

  4. Teniendo en cuenta la afluencia de enormes masas obreras a los sindicatos, teniendo en cuenta el carácter objetivamente revolucionario de la lucha económica que esas masas libran a despecho de la burocracia sindical, los comunistas deben entrar en todos los países en los sindicatos para hacer de ellos órganos conscientes de la lucha por el derrocamiento del capitalismo y por el comunismo. Deben tomar la iniciativa de crear sindicatos allí donde no existan. Todo apartamiento voluntario del movimiento sindical, todo intento artificial de crear sindicatos propios sin que obliguen a ello actos excepcionales de violencia de la burocracia sindical (disolución de secciones locales revolucionarias de los sindicatos por los centros oportunistas) o su política estrechamente aristocrática, que cierra a las amplias masas de obreros poco cualificados el acceso a la organización, representa un peligro enorme para el movimiento comunista. Amenaza con separar a los obreros más avanzados, más conscientes, de las masas que están en camino hacia el comunismo; amenaza con entregar esas masas a los jefes oportunistas, que hacen el juego a la burguesía. Las vacilaciones de las masas obreras, su indecisión ideológica, su receptividad a los argumentos de los jefes oportunistas solo podrán superarse en el proceso de una lucha cada vez más aguda, a medida que las capas más amplias del proletariado aprendan con su propia experiencia, con sus victorias y derrotas, que ya es objetivamente imposible conseguir condiciones humanas de vida sobre la base del sistema económico capitalista; a medida que los obreros comunistas avanzados aprendan en la lucha económica a ser no solo propagandistas de las ideas del comunismo, sino los dirigentes más resueltos de la lucha económica y de los sindicatos. Solo así será posible apartar de los sindicatos a sus jefes oportunistas; solo así podrán los comunistas ponerse a la cabeza del movimiento sindical y hacer de él un órgano de la lucha revolucionaria por el comunismo. Solo así sabrán impedir la fragmentación de los sindicatos y sustituirlos por uniones de industria, apartar a la burocracia separada de las masas y sustituirla por un aparato de delegados de fábrica, dejando a los centros solo las funciones más necesarias.

  5. Poniendo el fin y la esencia de las organizaciones sindicales por encima de su forma, los comunistas no deben detenerse en el movimiento sindical ante la escisión de las organizaciones sindicales si renunciar a la escisión equivale a renunciar al trabajo revolucionario en los sindicatos, a renunciar al intento de hacer de ellos un instrumento de la lucha revolucionaria, a renunciar a organizar a la parte más explotada del proletariado. Pero aun cuando tal escisión resulte necesaria, solo debe llevarse a cabo cuando los comunistas hayan logrado, mediante una lucha incesante contra los jefes oportunistas y su táctica y mediante la participación más viva en la lucha económica, convencer a las amplias masas obreras de que la escisión no se produce por los fines todavía lejanos de la revolución, que aún no comprenden, sino por los intereses concretos e inmediatos de la clase obrera en el desarrollo de su lucha económica. En caso de que la escisión sea necesaria, los comunistas deben examinar continua y atentamente si la escisión no llevará al aislamiento de los comunistas respecto de la masa obrera.

  6. Allí donde la escisión entre el movimiento sindical oportunista y el revolucionario se produjo ya antes, donde existen, como en América, junto a los sindicatos oportunistas, sindicatos con tendencias revolucionarias, aunque no comunistas26, los comunistas están obligados a apoyar a esos sindicatos revolucionarios, a ayudarles a liberarse de los prejuicios sindicalistas y a situarse en el terreno del comunismo, que es la única brújula segura en las complejas cuestiones de la lucha económica. Allí donde, dentro de los sindicatos o fuera de ellos, se crean en las empresas organizaciones como los delegados de taller (Shop Stewards Committees) o los comités de fábrica, que se proponen luchar contra las tendencias contrarrevolucionarias de la burocracia sindical y apoyar las acciones inmediatas y directas del proletariado, los comunistas, ni que decir tiene, deben apoyar con todas sus fuerzas a esas organizaciones. Pero el apoyo a los sindicatos revolucionarios no debe significar que los comunistas abandonen los sindicatos oportunistas que están en efervescencia y pasan al terreno de la lucha de clases. Al contrario, acelerando esta evolución de los sindicatos de masas que van camino de la lucha revolucionaria, los comunistas sabrán desempeñar el papel de elemento que une ideológica y orgánicamente a los obreros sindicados para la lucha común por la abolición del capitalismo.

  7. En la época de la descomposición del capitalismo, la lucha económica del proletariado se transforma en lucha política mucho más deprisa que en la época de desarrollo pacífico del capital. Todo gran choque económico puede terminar en un enfrentamiento abiertamente revolucionario que ponga a los obreros directamente ante la cuestión de la revolución. Por eso es obligación de los comunistas señalar a los obreros, en todas las fases de la lucha económica, que el éxito de esta lucha solo es posible si la clase obrera vence en combate abierto a la clase capitalista y, mediante la dictadura, emprende la construcción socialista. Partiendo de ello, los comunistas deben esforzarse por crear la unidad más completa posible entre los sindicatos y el partido comunista, por subordinar los sindicatos a la dirección efectiva del partido como vanguardia de la revolución obrera. Con este fin, los comunistas deben crear en todas partes, en los sindicatos y en los comités de fábrica, fracciones comunistas, adueñarse ideológicamente con su ayuda del movimiento sindical y dirigirlo.

II

  1. La lucha económica del proletariado por el aumento de los salarios y la mejora general de las condiciones de vida de las masas obreras choca cada día más con un callejón sin salida. La ruina económica, que se extiende de un país a otro en proporciones siempre crecientes, muestra incluso a los obreros atrasados que no basta luchar por el aumento de los salarios y por la reducción de la jornada de trabajo, que la clase capitalista es cada día menos capaz de restablecer la economía y de garantizar a los obreros siquiera las condiciones de vida que les daba antes de la guerra mundial. De esta consciencia creciente de las masas obreras nace su aspiración a crear organizaciones que puedan emprender la lucha por salvar la economía mediante el control obrero de la producción por parte de los comités de fábrica. La aspiración a crear comités de fábrica, que cada día prende más entre los obreros de diversos países, puede explicarse por las causas más variadas (lucha contra la burocracia contrarrevolucionaria, desengaño tras las derrotas sindicales, aspiración a crear una organización que abarque a todos los obreros), pero en definitiva lleva a la lucha por el control de la industria, que es la tarea histórica específica de los comités de fábrica. Por eso es un error querer organizar los comités de fábrica solo con los obreros que ya están en el terreno de la dictadura del proletariado. Al contrario, la tarea del partido comunista es organizar a todos los obreros sobre la base de la ruina económica y llevarlos a la lucha por la dictadura del proletariado precisamente extendiendo y ahondando la lucha por el control obrero de la producción, que todos ellos comprenden.

  2. El partido comunista podrá resolver esta tarea si, en el curso de la lucha de los comités de fábrica, ahonda en las masas la consciencia de que ahora es imposible restablecer de forma planificada la economía sobre la base de la sociedad capitalista, lo que significaría un nuevo sometimiento de la economía al Estado en interés de la clase capitalista. Una organización de la economía que responda a los intereses de las masas obreras solo es posible cuando el Estado esté en manos de la clase obrera, cuando la mano firme de la dictadura obrera emprenda la eliminación del capitalismo y la nueva construcción socialista.

  3. La lucha de los comités de fábrica contra el capitalismo tiene como objetivo general inmediato el control obrero de la producción. Los obreros de cualquier empresa, de cualquier rama de la industria, sea cual sea su oficio, sufren el sabotaje de la producción por los capitalistas, que a menudo consideran más ventajoso renunciar a continuar la producción para obligar con el hambre a los obreros a aceptar las condiciones de trabajo más duras, o para no hacer nuevas inversiones de capital en la producción en un momento de carestía general. La defensa contra este sabotaje de la producción por los capitalistas une a los obreros independientemente de sus convicciones políticas, y por eso los comités de fábrica, elegidos por todos los obreros de la empresa, son las organizaciones de masas más amplias del proletariado. Pero la desorganización de la economía capitalista es resultado no solo de la voluntad consciente de los capitalistas, sino en mayor medida aún de la incontenible descomposición del capitalismo. Por eso, en su lucha contra las consecuencias de esa descomposición, los comités de fábrica tendrán que salir de los límites del control en cada fábrica; los comités de fábrica de las distintas fábricas se verán pronto ante la cuestión del control obrero de ramas enteras de la producción y de su conjunto. Y como la burguesía y los gobiernos capitalistas responderán al intento de los obreros de controlar el abastecimiento de materias primas a las fábricas y las operaciones financieras de los fabricantes con las medidas más enérgicas contra la clase obrera, la lucha por el control obrero de la producción lleva a la clase obrera a la lucha por la toma del poder.

  4. La agitación por los comités de fábrica debe llevarse de modo que arraigue en la consciencia de las más amplias masas populares, incluso de las que no pertenecen directamente al proletariado fabril, la convicción de que la culpable de la ruina es la burguesía, mientras que el proletariado, al lanzar la consigna del control obrero de la industria, lucha por la organización de la producción, por la eliminación de la especulación, de la desorganización y de la carestía. La tarea de los partidos comunistas es la lucha por el control de la producción sobre la base de las cuestiones más candentes, de la falta de combustible, de la ruina del transporte; la unión de las partes dispersas del proletariado y la atracción a su lado de amplios círculos de la pequeña burguesía, que se proletariza cada día más y sufre de veras de forma inaudita por el hundimiento económico.

  5. Los comités de fábrica no pueden sustituir a los sindicatos. Solo en el proceso de la lucha pueden salir del marco de las empresas y talleres sueltos, agruparse por ramas de producción y crear un aparato común para dirigir toda la lucha. Los sindicatos son ya hoy órganos de combate centralizados, aunque no abarcan masas obreras tan amplias como pueden abarcar los comités de fábrica, que son una organización amplia, abierta a todos los obreros de la empresa. La división de tareas entre los comités de fábrica y los sindicatos es resultado del desarrollo histórico de la revolución social. Los sindicatos organizan a las masas obreras para la lucha por el aumento de los salarios y la reducción de la jornada de trabajo a escala de todo el Estado. Los comités de fábrica se organizan para el control obrero de la producción, para la lucha contra la ruina económica; abarcan a todos los obreros de las empresas, pero su lucha solo puede adquirir gradualmente el carácter de una lucha a escala de todo el Estado. Solo a medida que los sindicatos superen las tendencias contrarrevolucionarias de su burocracia y se conviertan conscientemente en órganos de la revolución, deben los comunistas apoyar la tendencia a transformar los comités de fábrica en células de fábrica de los sindicatos.

  6. La tarea de los comunistas consiste en llenar tanto a los sindicatos como a los comités de fábrica de un mismo espíritu de lucha resuelta, de la consciencia y la comprensión de los mejores métodos de esa lucha, es decir, del espíritu del comunismo. Al cumplir esta tarea, los comunistas deben subordinar de hecho los comités de fábrica y los sindicatos a la dirección del partido comunista y crear así un órgano de masas de los proletarios, la base para un poderoso partido centralizado del proletariado que abarque todas las organizaciones de la lucha proletaria y las conduzca por un mismo camino a la victoria de la clase obrera: a través de la dictadura del proletariado, al comunismo.

  7. Al forjar con los sindicatos y los comités de fábrica poderosos instrumentos de la revolución, los comunistas preparan a estas organizaciones de masas para la gran tarea que les corresponderá tras la instauración de la dictadura proletaria: la de ser el principal apoyo en la nueva organización de la vida económica sobre una base socialista. Los sindicatos, constituidos como uniones de industria y apoyados en los comités de fábrica como en sus células de fábrica, familiarizarán a las masas obreras con sus tareas productivas, promoverán a los obreros más experimentados como dirigentes de las empresas, pondrán bajo su control a los especialistas técnicos y, junto con los representantes del poder proletario, elaborarán y llevarán a la práctica los planes de la política económica socialista.

III

Ya en la época de paz los sindicatos tendían a unirse internacionalmente, porque los capitalistas, durante las huelgas, recurrían a traer obreros de otros países como esquiroles. Pero la Internacional sindical de antes de la guerra solo tenía una importancia secundaria. Se ocupaba de la ayuda económica de un sindicato a otro, de organizar la estadística social, y no de organizar la lucha común, porque los sindicatos dirigidos por los oportunistas procuraban evitar toda lucha revolucionaria a escala internacional. Los jefes oportunistas de los sindicatos, que durante la guerra fueron, cada uno en su país, lacayos de su burguesía, aspiran ahora a reconstruir la Internacional sindical intentando hacer de ella un arma de la lucha directa del capital mundial internacional contra el proletariado. Bajo la dirección de Legien, Jouhaux y Gompers27 crean una «oficina del trabajo»28 junto a la Sociedad de Naciones, esa organización del bandidaje capitalista internacional. Intentan en todos los países ahogar el movimiento huelguístico mediante leyes que obligan a los obreros a someterse al arbitraje de los representantes del Estado capitalista. Intentan en todas partes, mediante arreglos con los capitalistas, conseguir concesiones para los obreros cualificados, a fin de romper así la creciente unidad de la clase obrera.

La Internacional sindical de Ámsterdam es, pues, la sustituta de la II Internacional de Bruselas, que ha quebrado. Los obreros comunistas que militan en los sindicatos de todos los países deben, al contrario, procurar crear un frente internacional de combate de los sindicatos. No se trata ahora de ayuda económica en caso de huelga, sino de que, en el momento de peligro para la clase obrera de un país, los sindicatos de los demás países, como organizaciones de las más amplias masas, salgan en su defensa e impidan que la burguesía de su país preste ayuda a la burguesía de otro país enfrentada a la clase obrera. La lucha económica del proletariado se vuelve en todos los países cada día más una lucha revolucionaria. Por eso los sindicatos deben emplear conscientemente todas sus fuerzas en apoyo de toda lucha revolucionaria, tanto en su país como en los demás. Con este fin deben procurar la mayor centralización posible de su lucha, no solo en cada país, sino también a escala internacional, ingresando en la Internacional Comunista y uniéndose en ella en un solo ejército cuyos destacamentos se apoyen unos a otros y luchen juntos.

Resolución sobre la cuestión agraria

  1. Solo el proletariado urbano e industrial, dirigido por el partido comunista, puede liberar a las masas trabajadoras del campo del yugo del capital y de la gran propiedad terrateniente, de la ruina y de las guerras imperialistas, inevitables una y otra vez mientras se mantenga el régimen capitalista. Las masas trabajadoras del campo no tienen otra salvación que la alianza con el proletariado comunista, el apoyo abnegado a su lucha revolucionaria por derribar el yugo de los terratenientes (grandes propietarios de tierras) y de la burguesía.

Por otra parte, los obreros industriales no pueden cumplir su misión histórica universal de liberar a la humanidad del yugo del capital y de las guerras si se encierran en intereses estrechamente gremiales, estrechamente profesionales, y se limitan satisfechos a afanarse por mejorar su situación, a veces de un pasable bienestar pequeñoburgués. Así ocurre precisamente en muchos países avanzados con la «aristocracia obrera», que es la base de los partidos supuestamente socialistas de la II Internacional y que en realidad representa a los peores enemigos del socialismo, sus traidores, chovinistas pequeñoburgueses, agentes de la burguesía dentro del movimiento obrero. El proletariado solo es una clase realmente revolucionaria, que actúa de modo realmente socialista, a condición de que se presente y obre como vanguardia de todos los trabajadores y explotados, como su jefe en la lucha por derribar a los explotadores; y esto es irrealizable sin llevar la lucha de clases al campo, sin agrupar a las masas trabajadoras del campo en torno al partido comunista del proletariado urbano, sin que este eduque a aquellas.

  1. Las masas trabajadoras y explotadas del campo, a las que el proletariado urbano debe llevar a la lucha o, en todo caso, ganar para su causa, están representadas en todos los países capitalistas por los grupos siguientes:

En primer lugar, por el proletariado agrícola, los obreros asalariados (por años, por temporadas o por días), que se ganan la vida trabajando a jornal en empresas capitalistas agrícolas o en empresas industriales ligadas a ellas. (La organización independiente de esta clase, separada de los demás grupos de la población rural y que incluya a los obreros forestales, los artesanos de las fincas, etc. (organización política, militar, sindical, cooperativa, cultural y educativa, etc.), la intensa propaganda y agitación entre ella y su atracción al lado del poder soviético y de la dictadura del proletariado son la tarea fundamental de los partidos comunistas en todos los países.

En segundo lugar, por los semiproletarios o campesinos parcelarios, es decir, los que se ganan la vida en parte con el trabajo asalariado en empresas capitalistas agrícolas e industriales y en parte trabajando una parcela propia o arrendada que solo da una porción de los alimentos de su familia. Este grupo de la población trabajadora rural es muy numeroso en todos los países capitalistas; los representantes de la burguesía y los «socialistas» de la II Internacional ocultan su existencia y su situación particular, en parte engañando conscientemente a los obreros, en parte cediendo ciegamente a la rutina de las ideas filisteas y confundiéndolo con la masa general del «campesinado». Este procedimiento burgués de embaucar a los obreros se observa sobre todo en Alemania y en Francia, y luego en América y en otros países. Si el partido comunista organiza bien su trabajo, este grupo será un partidario seguro suyo, porque la situación de estos semiproletarios es muy dura y lo que ganan con el poder soviético y la dictadura del proletariado es gigantesco e inmediato.

En algunos países no hay un límite estricto entre el primer grupo y el segundo. Por eso es admisible, en condiciones particulares, organizarlos juntos.

En tercer lugar, el pequeño campesinado, es decir, los pequeños agricultores que poseen, en propiedad o en arriendo, parcelas de tierra tan pequeñas que, cubriendo las necesidades de su familia y de su explotación, no recurren a contratar fuerza de trabajo ajena. Esta capa gana sin duda con la victoria del proletariado, que le da en el acto y por completo: a) la liberación del pago de la renta de la tierra o de la parte de la cosecha que se entrega en aparcería (por ejemplo, los métayers, aparceros, en Francia, y lo mismo en Italia, etc.) a los grandes propietarios; b) la liberación de las deudas hipotecarias; c) la liberación de las múltiples formas de opresión y dependencia respecto de los grandes propietarios (bosques, prados y su aprovechamiento, etc.); d) la ayuda inmediata a su explotación por parte del poder estatal proletario (acceso al uso de los aperos agrícolas y, en parte, de los edificios de las grandes explotaciones capitalistas expropiadas por el proletariado; transformación inmediata, por el poder estatal proletario, de las cooperativas rurales y las sociedades agrícolas, que bajo el capitalismo servían sobre todo a los campesinos ricos y medios, en organizaciones que ayudarán ante todo a los pobres, es decir, a los proletarios, los semiproletarios y los pequeños campesinos, etc.).

Al mismo tiempo, el partido comunista debe tener claro que en el periodo de transición del capitalismo al comunismo, es decir, durante la dictadura del proletariado, son inevitables en esta capa, al menos en parte, vacilaciones hacia la libertad de comercio sin límite alguno y la libertad de ejercer los derechos de la propiedad privada, porque esta capa, que ya es (aunque en pequeña medida) vendedora de artículos de consumo, está corrompida por la especulación y por los hábitos de propietario. Sin embargo, con una política proletaria firme, con un ajuste de cuentas completamente resuelto del proletariado victorioso con los grandes propietarios y los grandes campesinos, las vacilaciones de esta capa no pueden ser considerables ni son capaces de cambiar el hecho de que, en conjunto, estará del lado de la revolución proletaria.

  1. Tomados juntos, los tres grupos indicados forman en todos los países la mayoría de la población rural. Por eso el éxito final de la revolución proletaria está asegurado no solo en las ciudades, sino también en el campo. La opinión contraria está muy extendida, pero solo se sostiene, en primer lugar, en el engaño sistemático de la ciencia y la estadística burguesas, que ocultan por todos los medios el profundo abismo entre dichas clases del campo y los explotadores, terratenientes y capitalistas, así como entre los semiproletarios y los pequeños campesinos, por un lado, y los grandes campesinos, por otro; en segundo lugar, se sostiene por la incapacidad y la falta de voluntad de los héroes de la II Internacional y de la «aristocracia obrera», corrompida por los privilegios imperialistas, para llevar un trabajo verdaderamente proletario y revolucionario de propaganda, agitación y organización entre la población rural trabajadora; toda la atención de los oportunistas se ha dirigido y se dirige a idear la conciliación teórica y práctica con la burguesía, incluido el campesinado grande y medio, y no al derrocamiento revolucionario del gobierno burgués y de la burguesía por el proletariado; en tercer lugar, se sostiene por la fuerza de un prejuicio tenaz (ligado a todos los prejuicios democrático-burgueses y parlamentarios), la incomprensión de una verdad plenamente demostrada por el marxismo teórico y plenamente confirmada por la experiencia de la revolución proletaria en Rusia, a saber: que, con excepción de los obreros agrícolas, que ya están del lado de la revolución, la población rural de las tres categorías mencionadas, dispersa, embrutecida, aplastada, condenada en todos los países, incluso en los más avanzados, a condiciones de vida semibárbaras, aun estando económica, social y culturalmente interesada en la victoria del socialismo, solo es capaz de apoyar resueltamente al proletariado revolucionario después de que este conquiste el poder político, después de que ajuste cuentas resueltamente con los grandes propietarios y los capitalistas, después de que esas personas oprimidas vean en la práctica que tienen un jefe y defensor organizado, lo bastante poderoso y firme para ayudarles y dirigirles, para mostrarles el camino justo.

  2. Por «campesinado medio», en sentido económico, hay que entender a los pequeños agricultores que poseen, en propiedad o en arriendo, parcelas de tierra también pequeñas, pero tales que bajo el capitalismo dan, por regla general, no solo un mantenimiento escaso para la familia y la explotación, sino también la posibilidad de obtener cierto excedente, que al menos en los años buenos puede convertirse en capital, y que recurren con bastante frecuencia a contratar fuerza de trabajo ajena. Ejemplo de campesinado medio en un país capitalista avanzado puede ser en Alemania, según el censo de 1907, el grupo de explotaciones de 5 a 10 hectáreas, en el que el número de explotaciones que emplean obreros agrícolas asalariados es cerca de un tercio del total de explotaciones de ese grupo. En Francia, donde están más desarrollados los cultivos especiales, por ejemplo la viticultura, que exigen aplicar a la tierra una cantidad de trabajo especialmente grande, el grupo correspondiente emplea probablemente en proporción aún mayor fuerza de trabajo asalariada ajena.

El proletariado revolucionario no puede proponerse, al menos para el futuro inmediato y para el comienzo del periodo de la dictadura del proletariado, ganar a esta capa para su causa. Debe limitarse a la tarea de neutralizarla, es decir, de hacer que no preste apoyo activo a la burguesía en su lucha contra el proletariado. Las vacilaciones de esta capa entre una fuerza y otra son inevitables, y al comienzo de la nueva época su tendencia predominante, en los países capitalistas desarrollados, será a favor de la burguesía, porque en ella predominan la concepción del mundo y el estado de ánimo de los propietarios. El proletariado victorioso dará a esta capa una mejora inmediata de su situación, suprimiendo la renta de la tierra y las hipotecas, poniendo a su disposición máquinas, aplicando la electrificación a la producción agrícola, etc. De una abolición inmediata y completa de la propiedad privada por el poder proletario no puede ni hablarse en la mayoría de los Estados capitalistas.

Sin embargo, el poder estatal proletario suprimirá para esta capa todas las obligaciones derivadas del derecho de propiedad. En todo caso, garantizará tanto al pequeño como al mediano campesinado no solo la conservación de sus parcelas, sino su ampliación hasta la superficie total que suelen arrendar (supresión de la renta).

La combinación de medidas de este tipo con una lucha implacable contra la burguesía garantiza plenamente el éxito de la política de neutralización. El paso a la agricultura colectiva debe realizarlo el poder estatal proletario solo con una enorme prudencia y gradualmente, con la fuerza del ejemplo, mediante la entrega de máquinas, la introducción de mejoras técnicas y la electrificación, pero sin violencia alguna contra el campesinado medio.

  1. El gran campesinado lo forman los empresarios capitalistas de la agricultura, que explotan su tierra, por regla general, con varios obreros asalariados y que solo están ligados al «campesinado» por su bajo nivel cultural, por su modo de vida y por su trabajo físico personal en la explotación. Es la más numerosa de las capas burguesas y es enemiga directa y resuelta del proletariado revolucionario. A la lucha contra esta capa, a la liberación de la mayoría trabajadora y explotada de la población rural de la influencia ideológica y política de estos explotadores, debe dirigirse la atención principal del trabajo de los partidos comunistas en el campo.

Tras la victoria del proletariado en las ciudades son del todo inevitables, por parte de esta capa, toda clase de manifestaciones de resistencia, de sabotaje y acciones armadas directas de carácter contrarrevolucionario. Por eso el proletariado revolucionario debe empezar en el acto la preparación ideológica y organizativa de las fuerzas necesarias para desarmar por completo a esta capa y, a la vez que derriba a los capitalistas en la industria, asestarle a la primera manifestación de resistencia el golpe más resuelto, implacable y aniquilador, armando para ello al proletariado rural y organizando en el campo soviets en los que no puede haber sitio para los explotadores y en los que debe asegurarse el predominio de los proletarios y semiproletarios.

Sin embargo, la expropiación incluso de los grandes campesinos no puede ser tarea inmediata del proletariado victorioso, porque para la socialización de tales explotaciones no se dan todavía las condiciones materiales, en particular técnicas, ni tampoco las sociales. En casos aislados, probablemente excepcionales, se confiscarán las partes de sus tierras que se den en pequeño arriendo o que sean especialmente necesarias para la población de pequeños campesinos de los alrededores; a esta última se le debe garantizar también el uso gratuito, en ciertas condiciones, de parte de las máquinas agrícolas del gran campesino, etc. Por regla general, el poder estatal proletario puede dejar a los grandes campesinos sus tierras, confiscándolas solo en caso de resistencia al poder de los trabajadores y explotados. La experiencia de la revolución proletaria rusa, en la que la lucha contra el gran campesinado se complicó y se prolongó por una serie de condiciones particulares, ha mostrado, sin embargo, que esta capa, tras recibir una buena lección por el menor intento de resistencia, es capaz de cumplir lealmente las tareas que le encomienda el Estado proletario, e incluso empieza a sentir, aunque con extraordinaria lentitud, respeto por un poder que defiende a todo trabajador y es implacable con los ricos parásitos.

Las condiciones particulares que complicaron y retrasaron la lucha del proletariado, vencedor de la burguesía, contra el gran campesinado en Rusia se reducen principalmente a que la revolución rusa, tras la insurrección del 25 de octubre (7 de noviembre) de 191729, pasó por la fase de lucha «democrática general», es decir, democrático-burguesa en su fondo, de todo el campesinado en conjunto contra los terratenientes; a la debilidad cultural y numérica del proletariado urbano; y, por último, a las enormes distancias y a las pésimas vías de comunicación. En la medida en que en los países avanzados no existen estas condiciones retardatarias, el proletariado revolucionario de Europa y América debe preparar con más energía y llevar a término mucho más deprisa, mucho más resueltamente y con mucho más éxito la victoria completa sobre la resistencia del gran campesinado, quitándole por completo la menor posibilidad de resistir. Esto es de una necesidad apremiante, porque hasta esa victoria completa y total las masas de proletarios, semiproletarios y pequeños campesinos del campo no pueden reconocer como plenamente estable el poder estatal proletario.

  1. El proletariado revolucionario debe someter a confiscación inmediata e incondicional, sin excepción alguna, todas las tierras de los terratenientes, de los grandes propietarios, es decir, de las personas que en los países capitalistas, directamente o a través de sus arrendatarios, explotan sistemáticamente la fuerza de trabajo asalariada y al pequeño campesinado de los alrededores, y a menudo también al mediano, sin tomar parte alguna en el trabajo físico, y que pertenecen en su mayoría a los descendientes de los señores feudales (la nobleza en Rusia, Alemania y Hungría, los señores restablecidos en sus derechos en Francia, los lores en Inglaterra, los antiguos esclavistas en América) o a magnates financieros especialmente enriquecidos, o a una mezcla de ambas categorías de explotadores y parásitos.

No es admisible en modo alguno en las filas de los partidos comunistas la propaganda o la aplicación de una indemnización a los grandes propietarios por las tierras que se les expropian, porque en las condiciones actuales de Europa y América eso significaría traicionar el socialismo e imponer un nuevo tributo a las masas trabajadoras y explotadas, las que más han sufrido con la guerra, que ha multiplicado el número de millonarios y los ha enriquecido.

Para los países capitalistas avanzados, la Internacional Comunista considera justo conservar preferentemente las grandes explotaciones agrícolas y llevarlas al modo de las haciendas soviéticas de Rusia. Es igualmente conveniente apoyar la formación de explotaciones colectivas (artels agrícolas, comunas)30.

En Rusia, por su atraso económico, predominó en la mayoría de los casos el reparto de esas tierras para su usufructo por el campesinado. Solo como excepción relativamente rara se convirtieron las fincas en las llamadas «haciendas soviéticas», que el Estado proletario explota por su cuenta, transformando a los antiguos obreros asalariados en trabajadores por encargo del Estado y en miembros de los soviets que administran el Estado. La conservación de la gran producción agrícola es lo que mejor asegura los intereses de la capa revolucionaria de la población rural, los obreros agrícolas sin tierra y los campesinos parcelarios semiproletarios, que se ganan el sustento principalmente con el trabajo asalariado en las grandes explotaciones. Además, la nacionalización de las grandes explotaciones hace a la población urbana, al menos en parte, independiente del campesinado en lo que se refiere al abastecimiento de víveres.

Por otra parte, allí donde los restos del régimen medieval, del sistema de prestaciones personales, dan lugar a formas particulares de explotación, donde aún existen servidumbres o el sistema de aparcería a medias, etc., allí es necesario, en ciertas condiciones, entregar a los campesinos una parte de las tierras de las grandes fincas.

En los países y regiones donde la gran producción agrícola desempeña un papel relativamente pequeño y, en cambio, hay un gran número de pequeños campesinos que aspiran a obtener tierra, el reparto de la tierra de los grandes propietarios es el medio más seguro de ganar al campesinado para la revolución, mientras que la conservación de las grandes explotaciones no tiene gran importancia para el abastecimiento de las ciudades.

Asegurar la victoria proletaria y su estabilidad es, en todas las condiciones, la primera y principal tarea del proletariado. En aras del éxito de la revolución, el proletariado no tiene derecho a detenerse ni siquiera ante una disminución temporal de la producción. Y no puede haber estabilidad del poder proletario sin neutralizar al campesinado medio y sin asegurarse el apoyo de una parte muy considerable, si no de todo, el pequeño campesinado. En todo caso, allí donde se reparten las grandes propiedades deben atenderse en primer lugar los intereses del proletariado rural.

Los aperos de las grandes explotaciones deben ser confiscados sin falta y convertidos en propiedad de todo el Estado, con la condición indispensable de que, una vez provistas de ellos las grandes explotaciones del Estado, los pequeños campesinos de los alrededores puedan usarlos gratuitamente, observando las condiciones establecidas por el Estado proletario.

Si en los primeros tiempos tras la revolución proletaria es absolutamente necesaria no solo la confiscación inmediata de las fincas de los grandes propietarios, sino también su expulsión o internamiento en masa, como jefes de la contrarrevolución y opresores implacables de toda la población rural, a medida que el poder proletario se consolide, no solo en las ciudades, sino también en el campo, hay que procurar sistemáticamente que las fuerzas de esta clase que posean una experiencia, unos conocimientos y unas aptitudes de organización valiosos sean aprovechadas (bajo la vigilancia especial de los obreros comunistas más seguros y el control de los soviets rurales) para crear una gran agricultura socialista.

  1. La victoria del socialismo sobre el capitalismo, la consolidación del socialismo, solo podrán considerarse aseguradas cuando el poder estatal proletario, tras aplastar definitivamente toda resistencia de los explotadores y asegurarse una estabilidad perfecta y una sumisión completa, reorganice toda la industria sobre los principios de la gran producción colectiva y de una base técnica moderna (fundada en la electrificación de toda la economía). Solo esto permitirá una ayuda tan radical, técnica y social, de la ciudad al campo atrasado y disperso, que esa ayuda cree la base material para un enorme aumento de la productividad del trabajo agrícola y rural en general, incitando así a los pequeños agricultores, con la fuerza del ejemplo y en su propio provecho, a pasar a la agricultura grande, colectiva y mecanizada.

Precisamente en el campo, la posibilidad real de una lucha victoriosa por el socialismo exige lo siguiente: en primer lugar, que todos los partidos comunistas eduquen en el proletariado industrial la consciencia de la necesidad de sacrificios por su parte para derribar a la burguesía y consolidar el poder proletario, porque la dictadura del proletariado significa tanto la capacidad del proletariado de organizar y arrastrar tras de sí a todas las masas trabajadoras y explotadas como la capacidad de la vanguardia de llegar con este fin al máximo sacrificio y heroísmo; en segundo lugar, para el éxito se requiere que la masa trabajadora y más explotada del campo obtenga de la victoria de los obreros una mejora inmediata y grande de su situación a costa de los explotadores, porque sin ello el proletariado industrial no tiene asegurado el apoyo del campo y, en particular, no podrá de otro modo asegurar el abastecimiento de víveres a las ciudades.

  1. La enorme dificultad de organizar y educar para la lucha revolucionaria a las masas trabajadoras agrícolas, que el capitalismo ha colocado en condiciones de particular embrutecimiento, dispersión y a menudo de dependencia semimedieval, exige de los partidos comunistas una atención especial a la lucha huelguística en el campo, un apoyo intenso y un desarrollo en todos los sentidos de las huelgas de masas de los proletarios y semiproletarios agrícolas. La experiencia de las revoluciones rusas de 1905 y 1917, confirmada y ampliada ahora por la experiencia de Alemania, Polonia, Italia, Inglaterra y otros países avanzados, demuestra que solo la lucha huelguística de masas en desarrollo (con la participación, en ciertas condiciones, de los pequeños campesinos) es capaz de romper el letargo del campo, despertar la consciencia de clase y la consciencia de la necesidad de la organización de clase en las masas explotadas del campo, y mostrarles de manera palpable y práctica la importancia de su alianza con los obreros de la ciudad. Por estas razones es particularmente necesario el apoyo a las organizaciones sindicales de los obreros agrícolas y la participación de los comunistas en los sindicatos de obreros agrícolas y forestales.

El apoyo de los partidos comunistas es necesario también para organizar cooperativas (sociedades de producción) que surjan en el seno de la población rural explotada y estén en estrecha relación con el movimiento obrero revolucionario. Además, es necesario llevar una agitación especial entre el pequeño campesinado.

El Congreso de la Internacional Comunista estigmatiza como renegados y traidores a los socialistas (que hay, por desgracia, no solo en la amarilla II Internacional, sino también entre los partidos, especialmente importantes en Europa, que han salido de esa Internacional) capaces no solo de mostrarse indiferentes ante la lucha huelguística en el campo, sino también (como la burocracia sindical, los scheidemannianos y los Kautsky) de oponerse a ella alegando el peligro de que disminuya la producción de artículos de consumo. Ningún programa ni las declaraciones más solemnes tienen valor alguno si no está demostrado en la práctica, con hechos, que los comunistas y los jefes obreros saben poner por encima de todo en el mundo el desarrollo de la revolución proletaria y su victoria, saben llegar por ella a los sacrificios más duros, porque de otro modo no hay salida ni salvación del hambre, de la ruina y de nuevas guerras imperialistas.

  1. Los partidos comunistas deben hacer todos los esfuerzos para pasar cuanto antes a fundar en el campo soviets de diputados, en primer lugar de los obreros asalariados y de los semiproletarios. Es necesario también hacer propaganda por la formación de soviets del pequeño campesinado. Solo si están ligados a la lucha huelguística de masas y a la clase más oprimida podrán los soviets cumplir su cometido y consolidarse lo bastante para someter a su influencia y, luego, incorporar a su seno al pequeño campesinado mediante la fusión de los soviets del pequeño campesinado con los soviets de obreros agrícolas. Pero si la lucha huelguística aún no está desarrollada y la organización del proletariado agrícola es débil, tanto por el peso de la opresión de los terratenientes y los grandes campesinos como por la falta de apoyo de los obreros industriales y de sus sindicatos, la formación de soviets en el campo exige una larga preparación mediante la creación de células comunistas, aunque sean pequeñas, una agitación intensa que exponga las reivindicaciones del comunismo del modo más popular y las explique con el ejemplo de las diversas formas de explotación y opresión, y además mediante la organización de giras sistemáticas de agitación de obreros industriales al campo, etc.

Cuándo y en qué condiciones se pueden crear soviets de diputados obreros

  1. Los soviets de diputados obreros nacieron por primera vez en Rusia en 1905, en un momento de gran auge del movimiento revolucionario de los obreros rusos. El Soviet de diputados obreros de Petersburgo daba ya en 1905 los primeros pasos instintivos por el camino de la conquista del poder. Y el Soviet de Petersburgo fue fuerte en aquella época solo en la medida en que tenía posibilidades de conquistar el poder político. En cuanto la contrarrevolución zarista se afianzó y el movimiento obrero entró en reflujo, el soviet, tras una breve existencia vegetativa, dejó por completo de existir.

  2. Cuando en 1916, al comienzo de un nuevo y amplio auge revolucionario, empezó a surgir en Rusia la idea de organizar de inmediato soviets de diputados obreros, el partido bolchevique advirtió a los obreros contra la formación inmediata de soviets y les señaló que la formación de soviets de diputados obreros solo sería oportuna en el momento en que la revolución hubiera empezado ya y se pusiera al orden del día la lucha directa por el poder.

  3. Al comienzo de la Revolución de Febrero de 1917, los soviets de diputados obreros de Rusia se transformaron en el acto en soviets de diputados obreros y soldados, atrajeron a su esfera de influencia a los círculos más amplios de las masas populares y obtuvieron en el acto una autoridad inmensa, porque la fuerza real estaba de su lado, en sus manos. Pero cuando la burguesía liberal se repuso de la sorpresa de los primeros golpes revolucionarios y cuando los socialtraidores, eseristas y mencheviques, ayudaron a la burguesía rusa a tomar el poder en sus manos, la importancia de los soviets empezó a declinar. Solo después de las jornadas de julio y del fracaso de la intentona contrarrevolucionaria de Kornílov31, cuando las masas populares más amplias se pusieron en movimiento y se acercaba ya el hundimiento del gobierno contrarrevolucionario de conciliación con la burguesía, los soviets de diputados obreros volvieron a florecer y pronto adquirieron una importancia decisiva en el país.

  4. La historia de las revoluciones alemana y austriaca ha mostrado lo mismo. Cuando las amplias masas populares se alzaron, cuando la ola revolucionaria subió especialmente alto y barrió los baluartes de las monarquías de los Hohenzollern y de los Habsburgo, en Alemania y en Austria nacieron espontáneamente soviets de diputados obreros y soldados. En los primeros tiempos la fuerza real estaba de su lado, y los soviets iban camino de convertirse en el poder efectivo. Pero en cuanto, por toda una serie de condiciones históricas, el poder empezó a pasar a la burguesía y a los socialdemócratas contrarrevolucionarios, los soviets enseguida empezaron a languidecer y quedaron en nada. En los días de la fracasada sublevación contrarrevolucionaria de Kapp y Lüttwitz32 en Alemania, los soviets volvieron a renacer durante unos días, pero en cuanto la lucha terminó de nuevo con la victoria de la burguesía y de los socialtraidores, esos soviets, que empezaban a levantar cabeza, volvieron a languidecer.

  5. Los hechos expuestos muestran que para crear soviets hacen falta determinadas premisas. Organizar soviets de diputados obreros y transformarlos en soviets de diputados obreros y soldados solo es posible si se dan tres condiciones determinadas:

a) un auge revolucionario de masas entre los círculos más amplios de obreros y obreras, de soldados y de la población trabajadora en general;

b) una agudización de la crisis económica y política en tal grado que el poder empiece a escapársele de las manos al gobierno existente;

c) que en las filas de capas considerables de obreros, y ante todo en las filas del partido comunista, haya madurado la firme decisión de emprender una lucha resuelta, sistemática y planificada por el poder.

  1. Cuando faltan estas condiciones, los comunistas pueden y deben hacer propaganda sistemática y tenaz de la idea de los soviets, popularizarla entre las masas, demostrar a las capas más amplias de la población que los soviets son la única forma adecuada del Estado de transición al comunismo pleno. Pero proceder a la organización directa de soviets cuando faltan las condiciones indicadas es imposible.

  2. El intento de los socialtraidores de Alemania de cercenar los soviets, desnaturalizar su carácter e incluirlos luego en el sistema constitucional general democrático-burgués es objetivamente una traición a la causa obrera y un engaño a los obreros. Porque los verdaderos soviets solo son posibles como forma de organización del Estado que sustituye a la democracia burguesa, que rompe la democracia burguesa y la reemplaza por la dictadura obrera.

  3. La propaganda de los jefes de derecha de los independientes (Hilferding, Kautsky y otros), encaminada a demostrar que el «sistema de soviets» es compatible con una Asamblea Constituyente burguesa, es o una incomprensión completa de las leyes del desarrollo de la revolución proletaria o un engaño consciente de la clase obrera. Los soviets son la dictadura del proletariado. La Asamblea Constituyente es la dictadura de la burguesía. Unir y conciliar la dictadura de los obreros con la dictadura de la burguesía es imposible.

  4. La propaganda de algunos representantes de los independientes de izquierda en Alemania, que ofrecen a los obreros un plan artificioso y libresco de «sistema soviético» desligado del curso concreto de la guerra civil, es doctrinarismo que aparta a los obreros de las tareas apremiantes de la verdadera lucha por el poder.

  5. Los intentos de algunos grupos comunistas de Francia, Italia, América e Inglaterra de crear soviets que no abarcan a las amplias masas obreras y que, por tanto, no pueden entrar en la lucha directa por el poder, solo perjudican la verdadera preparación de la revolución soviética. Tales «soviets» artificiales, de invernadero, se convierten en el mejor de los casos en pequeñas sociedades de propaganda de las ideas del poder soviético y, en el peor, esos «soviets» raquíticos solo sirven para desacreditar la idea del poder soviético a los ojos de amplios círculos del pueblo.

  6. Se ha creado hoy una situación particular en Austria, donde la clase obrera ha logrado mantener los soviets, que agrupan a amplias masas de obreros33. Aquí la situación recuerda el periodo entre febrero y octubre de 1917 en Rusia. Los soviets de Austria representan un factor político considerable y son el germen de un nuevo poder.

Ni que decir tiene que, en tal estado de cosas, los comunistas deben participar en los soviets, ayudar a los soviets a penetrar en toda la vida económica, social y política del país, crear en ellos fracciones comunistas y ayudar por todos los medios a su desarrollo.

  1. Sin revolución los soviets son imposibles. Los soviets sin revolución proletaria se convierten inevitablemente en una parodia de soviets.

Los soviets de masas auténticos son la forma históricamente dada de la dictadura del proletariado. Todos los partidarios sinceros y serios del poder soviético deben tratar con cuidado la idea de los soviets y, mientras la propagan sin descanso entre las masas, solo deben proceder a la realización directa de los soviets cuando se den las condiciones indicadas más arriba.

Estatutos de la Internacional Comunista

En 1864 se fundó en Londres la Asociación Internacional de los Trabajadores, la I Internacional. Los estatutos de esta Asociación Internacional de los Trabajadores decían34:

«que la emancipación de la clase obrera solo puede ser conquistada por la propia clase obrera;

que, al luchar por su emancipación, los obreros no deben aspirar a crear nuevos privilegios y monopolios, sino a establecer derechos y deberes iguales para todos y a abolir toda dominación de clase;

que el sometimiento económico del obrero al monopolizador de los medios de producción, es decir, de todas las fuentes de vida, es la causa principal de la esclavitud en todas sus formas, de toda la miseria social, de toda la degradación espiritual y de la sumisión política de la clase obrera;

que la emancipación económica de la clase obrera es el gran fin al que todo movimiento político debe subordinarse como medio;

que todos los esfuerzos dirigidos a alcanzar ese fin han fracasado hasta ahora por falta de solidaridad entre los obreros de los diferentes oficios en cada país y por la ausencia de una unión fraternal entre los obreros de los diferentes países;

que la emancipación del trabajo, que no es un problema local ni nacional, sino social, abarca a todos los países en los que existe la sociedad moderna y, para resolverse, requiere el concurso teórico y práctico de los países más avanzados;

que el actual renacimiento simultáneo del movimiento obrero en los países industriales de Europa, a la vez que despierta nuevas esperanzas, advierte seriamente contra la repetición de los viejos errores y exige la unificación inmediata de los movimientos todavía desligados unos de otros»

La II Internacional, fundada en París en 188935, se comprometió a continuar la obra de la I Internacional, pero en 1914, al comienzo de la matanza mundial, sufrió un hundimiento completo. La II Internacional pereció minada por el oportunismo y abatida por la traición de sus jefes, que se pasaron al lado de la burguesía.

La III Internacional, la Internacional Comunista, fundada en marzo de 1919 en la capital de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, la ciudad de Moscú, declaró solemnemente ante el mundo entero que asumía la continuación y la culminación de la gran obra emprendida por la I Asociación Internacional de los Trabajadores.

La III Internacional Comunista se formó en el momento en que terminaba la guerra imperialista de 1914-1918, en la que la burguesía imperialista de los diferentes países sacrificó a 20 millones de personas.

—¡Recuerda la guerra imperialista! Esto es lo primero que la Internacional Comunista dice a todo trabajador, viva donde viva y hable la lengua que hable. ¡Recuerda que, por existir el régimen capitalista, un puñado de capitalistas pudo durante cuatro largos años obligar a los obreros de los diferentes países a degollarse entre sí! ¡Recuerda que la guerra burguesa hundió a Europa y al mundo entero en el hambre y la miseria más espantosas! Recuerda que, sin el derrocamiento del capitalismo, la repetición de estas guerras de rapiña no solo es posible, sino inevitable.

La Internacional Comunista se propone como fin la lucha por todos los medios, también con las armas en la mano, por el derrocamiento de la burguesía internacional y la creación de la República Soviética Internacional, como etapa de transición hacia la completa abolición del Estado. La Internacional Comunista considera la dictadura del proletariado el único medio que permite liberar a la humanidad de los horrores del capitalismo. Y la Internacional Comunista considera el poder soviético la forma históricamente dada de esa dictadura del proletariado.

La guerra imperialista ha unido con especial estrechez el destino de los obreros de un país al de los proletarios de todos los países. La guerra imperialista ha confirmado una vez más lo que decían los estatutos de la I Internacional: la emancipación de los obreros no es un problema local o nacional, sino internacional.

La Internacional Comunista rompe de una vez para siempre con la tradición de la II Internacional, para la que en la práctica solo existían los hombres de piel blanca. La Internacional Comunista se plantea como tarea la emancipación de los trabajadores del mundo entero. En las filas de la Internacional Comunista se unen fraternalmente los hombres de piel blanca, amarilla y negra, los trabajadores de toda la tierra.

La Internacional Comunista apoya por entero y sin reservas las conquistas de la gran revolución proletaria en Rusia, la primera revolución socialista victoriosa de la historia mundial, y llama a los proletarios de todo el mundo a seguir el mismo camino. La Internacional Comunista se compromete a apoyar con todas sus fuerzas a cada república soviética, dondequiera que se forme.

La Internacional Comunista sabe que, para alcanzar antes la victoria, la Asociación Internacional de los Trabajadores, que lucha por la abolición del capitalismo y la instauración del comunismo, debe tener una organización bien trabada y centralizada. En sustancia, la Internacional Comunista debe representar real y efectivamente un único partido comunista mundial, cuyas secciones son los partidos que actúan en cada país. El aparato organizativo de la Internacional Comunista debe asegurar a los trabajadores de cada país la posibilidad de recibir en cada momento la máxima ayuda de los proletarios organizados de los demás países.

Con este fin, la Internacional Comunista aprueba los siguientes artículos de sus estatutos:

§ 1. La nueva Asociación Internacional de los Trabajadores se funda para organizar la acción común de los proletarios de los diferentes países que persiguen un mismo fin: el derrocamiento del capitalismo, la instauración de la dictadura del proletariado y de la República Soviética Internacional para la completa abolición de las clases y la realización del socialismo, esta primera fase de la sociedad comunista.

§ 2. La nueva Asociación Internacional de los Trabajadores recibe el nombre de Internacional Comunista.

§ 3. Todos los partidos que forman parte de la Internacional Comunista llevan el nombre de Partido Comunista de tal o cual país (sección de la Internacional Comunista).

§ 4. El órgano supremo de la Internacional Comunista es el congreso mundial de todos los partidos y organizaciones que la integran. El congreso mundial se reúne, por regla general, una vez al año. Solo el congreso mundial tiene derecho a modificar el programa de la Internacional Comunista. El congreso mundial discute y resuelve las cuestiones de programa y de táctica más importantes relacionadas con la actividad de la Internacional Comunista. El número de votos deliberativos de cada partido y organización en el congreso mundial se fija por una resolución especial del congreso.

§ 5. El congreso mundial elige el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, que es el órgano dirigente de la Internacional Comunista en los periodos entre congresos mundiales de la Internacional Comunista y que solo rinde cuentas ante el congreso mundial.

§ 6. La sede del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista la fija en cada ocasión el congreso mundial de la Internacional Comunista.

§ 7. Un congreso mundial extraordinario de la Internacional Comunista puede convocarse bien por resolución del Comité Ejecutivo, bien a petición de la mitad de los partidos que formaban parte de la Internacional Comunista en el último congreso mundial.

§ 8. La parte principal del trabajo del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista recae en el partido del país donde, por resolución del congreso mundial, tiene su sede el Comité Ejecutivo.

El partido de ese país envía al Comité Ejecutivo cinco representantes suyos con voto deliberativo. Además, forman parte del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista un representante con voto deliberativo por cada uno de los diez a trece partidos comunistas más importantes, cuya lista aprueba el congreso mundial ordinario de la Internacional Comunista. Los demás partidos y organizaciones admitidos en la Internacional Comunista tienen derecho a enviar al Comité Ejecutivo un representante cada uno con voto consultivo.

§ 9. El Comité Ejecutivo dirige todo el trabajo de la Internacional Comunista de un congreso a otro, publica en no menos de cuatro lenguas el órgano central de la Internacional Comunista (la revista La Internacional Comunista), lanza los llamamientos necesarios en nombre de la Internacional Comunista y da a todos los partidos y organizaciones que forman parte de la Internacional Comunista directivas obligatorias para todos. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a exigir de los partidos afiliados la expulsión de los grupos y personas que infrinjan la disciplina internacional, así como a expulsar de la Internacional Comunista a los partidos que infrinjan las resoluciones del congreso mundial. Estos partidos tienen derecho a apelar al congreso mundial. En caso de necesidad, el Comité Ejecutivo organiza en los diferentes países sus oficinas técnicas y otras oficinas auxiliares, enteramente subordinadas al Comité Ejecutivo. Los representantes del Comité Ejecutivo cumplen sus cometidos políticos en el más estrecho contacto con el Comité Central del partido comunista del país correspondiente.

§ 10. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a admitir en su seno, con voto consultivo, a representantes de organizaciones y partidos no admitidos en la Internacional Comunista, pero que son organizaciones simpatizantes de la Internacional Comunista y que se acercan a ella.

§ 11. Los órganos de prensa de todos los partidos y organizaciones que forman parte de la Internacional Comunista o figuran entre sus simpatizantes están obligados a publicar todas las resoluciones oficiales de la Internacional Comunista y de su Comité Ejecutivo.

§ 12. La situación general en toda Europa y América obliga a los comunistas de todo el mundo a crear organizaciones comunistas ilegales paralelamente a la organización legal. El Comité Ejecutivo está obligado a velar por que esto se lleve a la práctica en todas partes.

§ 13. Por regla general, todas las relaciones políticas importantes entre los distintos partidos que forman parte de la Internacional Comunista se llevan a cabo a través del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. En los casos urgentes, las relaciones se mantienen directamente, pero se informa de ello al mismo tiempo al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.

§ 14. Los sindicatos que se sitúan en el terreno del comunismo y se unen a escala internacional bajo la dirección del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista forman la sección sindical de la Internacional Comunista. Estos sindicatos envían sus representantes a los congresos mundiales de la Internacional Comunista por medio de los partidos comunistas de sus países. La sección sindical de la Internacional Comunista delega a uno de sus representantes en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista con voto deliberativo. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a enviar a la sección sindical de la Internacional Comunista un representante suyo con voto deliberativo.

§ 15. La Internacional Comunista de la Juventud es miembro de pleno derecho de la Internacional Comunista y está subordinada a su Comité Ejecutivo. En el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene asiento, con voto deliberativo, un representante del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista de la Juventud. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene derecho a enviar al órgano ejecutivo de la Internacional Comunista de la Juventud un representante suyo con voto deliberativo.

§ 16. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista nombra al secretario internacional del movimiento comunista de mujeres y organiza la sección femenina de la Internacional Comunista.

§ 17. Al trasladarse de un país a otro, todo miembro de la Internacional Comunista recibe el apoyo fraternal de los miembros locales de la III Internacional.

Manifiesto del II Congreso de la Internacional Comunista

I. Las relaciones internacionales después de Versalles

La burguesía del mundo entero recuerda con nostalgia el día de ayer. Todos los cimientos de las relaciones internacionales e internas han sido derribados o quebrantados. El día de mañana se cierne sobre el mundo de los explotadores como una negra amenaza. La guerra imperialista ha destruido definitivamente el viejo sistema de alianzas y garantías mutuas sobre el que descansaban el equilibrio internacional y la paz armada. La paz de Versalles no ha creado ningún equilibrio nuevo que lo sustituya36.

Primero Rusia, después Austria-Hungría y Alemania quedaron fuera del juego mundial. Potencias que ocupaban un lugar de primer orden en el sistema de las conquistas mundiales se vieron convertidas ellas mismas en objeto de saqueo y de reparto. Ante el imperialismo victorioso de la Entente se abrió un campo nuevo e inmenso de explotación colonial, que empieza inmediatamente al otro lado del Rin, abarca toda la Europa central y oriental y se extiende hasta el océano Pacífico. ¿Acaso pueden el Congo o Siria, Egipto o México compararse siquiera con las estepas, los bosques y las montañas de Rusia y con la fuerza de trabajo cualificada de Alemania? El nuevo programa colonial de los vencedores se definía por sí solo: derribar la república obrera de Rusia, saquear las materias primas rusas, obligar al obrero alemán a transformarlas con ayuda del carbón alemán, poner al patrono alemán, armado, en el papel de capataz, y recibir a su disposición los productos acabados y, con ellos, el beneficio. El programa de «organizar Europa», lanzado por el imperialismo alemán en el momento de sus mayores éxitos militares, pasó en herencia a la Entente vencedora. Al sentar en el banquillo a los bandidos vencidos del Imperio alemán, los gobernantes de la Entente los juzgan verdaderamente como un tribunal de iguales.

Pero también en el propio campo de los vencedores hubo vencidos.

Embriagada por los vapores chovinistas de una victoria que ganó para otros, la Francia burguesa se cree dueña de Europa. En realidad, Francia nunca se había encontrado, en los fundamentos mismos de su existencia, en una dependencia tan servil de otros más fuertes —Inglaterra y Norteamérica— como ahora. Francia dicta a Bélgica un programa económico y militar determinado, convirtiendo a su aliada más débil en una provincia sojuzgada, pero respecto de Inglaterra la propia Francia hace el papel de Bélgica, solo que de un tamaño algo mayor.

Los imperialistas ingleses dejan por ahora que los usureros franceses hagan su voluntad dentro de los límites del continente que ellos les han señalado, desviando hábilmente de este modo hacia Francia la indignación más aguda de los trabajadores de Europa y de la propia Inglaterra. El poderío de una Francia desangrada y arruinada tiene un carácter ilusorio, casi de atrezo; un día antes o un día después esto les resultará claro incluso a los cerebros de los socialpatriotas franceses.

Aún más ha caído el peso específico de Italia en las relaciones mundiales. Sin carbón, sin pan, sin materias primas, completamente desequilibrada por dentro a causa de la guerra, la Italia burguesa, pese a toda su mala voluntad, es incapaz de ejercer plenamente sus derechos al saqueo y a la violencia ni siquiera en los rincones coloniales que Inglaterra le ha asignado.

El Japón, desgarrado por las contradicciones capitalistas dentro de una envoltura feudal, está en vísperas de una profundísima crisis revolucionaria que, ya ahora, pese a una situación internacional favorable, paraliza su impulso imperialista.

Solo quedan dos Estados verdaderamente mundiales: Gran Bretaña y los Estados Unidos.

El imperialismo inglés se ha librado de la rivalidad asiática del zarismo y de la temible competencia alemana. El poderío marítimo de Gran Bretaña ha alcanzado su apogeo. Rodea los continentes con una cadena de pueblos sometidos. Tras echar mano sobre Finlandia, Estonia y Letonia, priva a Suecia y Noruega de los últimos restos de su independencia y convierte el mar Báltico en uno de los golfos británicos. A través de El Cabo, Egipto, la India, Persia y Afganistán, convierte el océano Índico en un mar británico37. Dueña de los océanos, Inglaterra controla los continentes. Su papel de soberana del mundo solo tiene por límites la república americana del dólar y la república rusa de los soviets.

La guerra mundial ha arrancado definitivamente a los Estados Unidos de su conservadurismo continental. El programa de un capitalismo nacional que desplegaba las alas —«América para los americanos» (la doctrina Monroe)38— ha cedido el paso al programa del imperialismo: «El mundo entero para los americanos». De la explotación comercial, industrial y bursátil de la guerra, del lucro neutral a costa de la sangre europea, América pasó a intervenir en la guerra, desempeñó un papel decisivo en la derrota de Alemania y metió las manos en todas las cuestiones de la política europea y mundial.

Bajo la bandera de la Sociedad de Naciones, los Estados Unidos intentaron extender al otro lado del océano su experiencia de unión federal de grandes masas de población de razas diversas, uncir a su carro de oro a los pueblos de Europa y de las demás partes del mundo y asegurarse su gobierno desde Washington. La Sociedad de Naciones debía ser, en el fondo, una firma monopolista mundial, «Yanqui y Cía.»

El presidente de los Estados Unidos, gran profeta de los lugares comunes, bajó del monte Sinaí para conquistar Europa con sus 14 puntos en la mano39. Los bolsistas, los ministros, los hombres de negocios de la burguesía no se engañaron ni un minuto sobre el sentido de la nueva revelación. En cambio, los «socialistas» europeos, fermentados con levadura kautskiana, cayeron en un estado de éxtasis religioso y, danzando como el rey David, acompañaron el arca santa de Wilson.

Al pasar a las cuestiones prácticas, el apóstol americano comprendió que, pese a la magnífica cotización del dólar, el primer puesto en todas las rutas marítimas que unen y separan a las naciones sigue perteneciendo a Gran Bretaña, porque esta tiene una flota más poderosa, un cable más largo y una vieja experiencia en el saqueo mundial. Además, en su camino Wilson tropezó con la república soviética y con el comunismo. Ofendido, el mesías americano renegó de la Sociedad de Naciones, que Inglaterra había convertido en una de sus cancillerías diplomáticas, y volvió la espalda a Europa40.

Sería, sin embargo, infantil creer que el imperialismo americano, rechazado por Inglaterra en su primera ofensiva, va a encerrarse en el caparazón de la doctrina Monroe. No. Mientras siguen sometiendo cada vez con más violencia el continente americano y convirtiendo los países de América Central y del Sur en su colonia, los Estados Unidos, a través de sus dos partidos gobernantes, los demócratas y los republicanos, se disponen a crear, frente a la Sociedad de Naciones inglesa, la suya propia, es decir, una con Norteamérica como centro del sistema mundial. Para empezar la tarea por el buen extremo, se proponen hacer en los próximos tres a cinco años su marina de guerra más poderosa que la británica. Con ello se le plantea a la Inglaterra imperialista la cuestión de ser o no ser. La rivalidad rabiosa de los dos gigantes en la construcción naval va acompañada de una lucha no menos rabiosa por el petróleo.

Francia, que contaba con desempeñar el papel de árbitro entre Inglaterra y los Estados Unidos, pero que se ha visto arrastrada a la órbita británica como satélite secundario, ve en la Sociedad de Naciones una carga insoportable y busca una salida atizando el antagonismo entre Inglaterra y Norteamérica.

Así, las fuerzas más poderosas trabajan en la preparación de un nuevo duelo mundial.

El programa de liberación de las pequeñas naciones, proclamado durante la guerra, ha llevado a la ruina y el avasallamiento completos de los pueblos balcánicos, vencedores y vencidos, y a la balcanización de una parte considerable de Europa. Los intereses imperialistas empujaron a los vencedores a desgajar de las grandes potencias que habían derrotado pequeños Estados nacionales separados. No hay aquí ni rastro del llamado principio nacional: el imperialismo consiste en la superación de los marcos nacionales, aun de los de las grandes potencias. Los nuevos pequeños Estados burgueses no son más que un subproducto del imperialismo. Creando como apoyo provisional para sí una cadena de pequeñas naciones, abiertamente oprimidas u oficialmente protegidas, pero vasallas en el fondo —Austria, Hungría, Polonia, Yugoslavia, Bohemia, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Armenia, Georgia, etc.—, y dominándolas por medio de los bancos, los ferrocarriles y el monopolio del carbón, el imperialismo las condena a dificultades económicas y nacionales insoportables, a conflictos sin fin y a choques sangrientos.

¡Qué burla monstruosa de la historia es el hecho de que la restauración de Polonia, que figuraba en el programa de la democracia revolucionaria y de las primeras manifestaciones del proletariado internacional, la haya llevado a cabo el imperialismo para oponerse a la revolución, y que la Polonia «democrática», cuyos precursores morían en las barricadas de toda Europa, desempeñe hoy el papel del instrumento más sucio y sanguinario, en manos de la banda de salteadores anglofrancesa, contra la primera república proletaria del mundo!41

Junto a Polonia, la Checoslovaquia «democrática», vendiéndose al capital francés, suministra destacamentos de guardias blancos contra la Rusia soviética y la Hungría soviética.

El heroico intento del proletariado húngaro de salir del caos estatal y económico de la Europa central por el camino de la federación soviética —único camino de salvación— fue estrangulado por la reacción capitalista coaligada en un momento en que el proletariado de los Estados más fuertes de Europa, engañado por sus partidos, se mostró todavía incapaz de cumplir su deber para con la Hungría socialista y para consigo mismo.

El gobierno soviético de Budapest fue derribado con la ayuda de los socialtraidores, que, tras mantenerse en el poder tres días y medio, fueron arrojados de él por una canalla contrarrevolucionaria desenfrenada, que superó con sus crímenes sangrientos a Kolchak, Denikin, Wrangel y demás agentes de la Entente... Pero aun aplastada temporalmente, la Hungría soviética alumbra como un faro a los trabajadores de la Europa central42.

El pueblo turco no quiere someterse a la paz infame que le ha preparado la tiranía de Londres43. Para imponer sus condiciones, Inglaterra ha armado a Grecia y la ha lanzado contra Turquía. Por este camino, la península balcánica y el Asia anterior, turcos y griegos por igual, quedan condenados a la devastación definitiva y al exterminio mutuo.

En la lucha de la Entente contra Turquía, Armenia ha desempeñado el mismo papel de programa que Bélgica en la lucha contra Alemania y que Serbia en la lucha contra Austria-Hungría. Una vez creada Armenia —sin fronteras y sin posibilidad de vivir—, Wilson renunció al mandato armenio que le ofrecía la «Sociedad de Naciones»: el suelo de Armenia no oculta ni petróleo ni platino. La Armenia «liberada» está hoy menos protegida que nunca.

Casi cada uno de los Estados «nacionales» de nueva creación tiene su irredenta, es decir, su absceso nacional interno.

Al mismo tiempo, la lucha nacional en los dominios de los países vencedores ha alcanzado su máxima tensión. La burguesía inglesa, que quiere tutelar a los pueblos de las cuatro partes del mundo, se muestra incapaz de resolver la cuestión irlandesa delante de sus narices.

Aún más amenazadora se presenta la cuestión nacional en las colonias. Egipto, la India y Persia se ven sacudidos por insurrecciones. De los proletarios avanzados de Europa y América, los trabajadores de las colonias aprenden la consigna de la federación soviética.

La Europa oficial, estatal, nacional, civilizada, burguesa —tal como ha salido de la guerra y de la paz de Versalles— parece un manicomio. Pequeños Estados artificialmente troceados, que se ahogan económicamente dentro de sus límites, se muerden y guerrean por puertos, provincias y ciudades insignificantes. Buscan la protección de Estados mayores, cuyos antagonismos vuelven a crecer de un día para otro. Italia se enfrenta hostilmente a Francia y está dispuesta a apoyar contra ella a Alemania en cuanto esta sea capaz de levantar cabeza. Francia está envenenada por la envidia hacia Inglaterra y, para cobrar sus intereses, está dispuesta a prender de nuevo fuego a Europa por los cuatro costados. Inglaterra, con ayuda de Francia, mantiene a Europa en un estado de impotencia caótica, dejándose así las manos libres para operaciones mundiales dirigidas contra América. Los Estados Unidos dejan que el Japón se empantane en la Siberia oriental, para asegurar entretanto a su flota la superioridad sobre la británica hacia 1925, a menos que Inglaterra se decida a medir sus fuerzas antes de que venza ese plazo.

En consonancia con este cuadro de las relaciones mundiales, el oráculo militar de la burguesía francesa, el mariscal Foch, advierte que la guerra futura empezará donde se detuvo la anterior: con aviones y tanques, con el fusil automático y la ametralladora en lugar del fusil de mano, con la granada en lugar de la bayoneta44.

¡Obreros y campesinos de Europa, América, Asia, África y Australia! Habéis dado 10 millones de muertos y 20 millones de heridos y mutilados. ¡Ahora al menos sabéis lo que habéis conseguido a ese precio!

II. La situación económica

Entretanto, la ruina de la humanidad sigue su curso.

La guerra destruyó mecánicamente los lazos económicos mundiales cuyo desarrollo constituía una de las conquistas más importantes del capitalismo. Desde 1914 Inglaterra, Francia e Italia quedaron aisladas de la Europa central y del Próximo Oriente; desde 1917, de Rusia.

Durante los varios años de una guerra que aniquiló lo que habían creado generaciones enteras, el trabajo humano, reducido al mínimo, se aplicó sobre todo en las ramas en que era preciso dar a las reservas existentes de materias primas la forma de mercancías acabadas, principalmente de instrumentos y medios de destrucción.

En las ramas fundamentales de la economía, aquellas en que el hombre entra en lucha directa con la avaricia y la inercia de la naturaleza y extrae de sus entrañas el combustible y las materias primas, el trabajo se fue extinguiendo progresivamente. La victoria de la Entente y la paz de Versalles no detuvieron la destrucción y la decadencia económicas, sino que solo modificaron sus vías y sus formas. El bloqueo de la Rusia soviética y la guerra civil atizada artificialmente en sus fértiles regiones periféricas causaban y causan un daño incalculable al bienestar de toda la humanidad. Con una ayuda técnica mínima —la Internacional lo atestigua ante el mundo entero—, Rusia podría, gracias a las formas soviéticas de economía, dar a Europa el doble y el triple de víveres y materias primas que daba la Rusia zarista. En lugar de ello, el imperialismo anglofrancés obliga a la república de los trabajadores a dedicar todas sus fuerzas a la defensa. Para privar de combustible a los obreros rusos, Inglaterra tuvo en sus garras Bakú, del que solo podía sacar para sí una parte ínfima de la extracción. La riquísima cuenca hullera del Donets era asolada periódicamente por las bandas blancas de la Entente. Los instructores y zapadores franceses trabajaron no poco en la destrucción de los puentes y ferrocarriles rusos. El Japón sigue saqueando y arruinando todavía hoy la Siberia oriental.

La técnica alemana y la alta productividad del trabajo alemán, esos factores principalísimos del renacimiento de la economía mundial, quedan paralizados tras la paz de Versalles aún más que durante la guerra. La Entente se encuentra ante una contradicción insoluble. Para obligar a pagar, hay que dejar trabajar. Para dejar trabajar, hay que dejar vivir. Y dejar vivir a una Alemania derrotada, desmembrada y exhausta significa darle la posibilidad de resistir. El miedo a la revancha alemana dicta la política de Foch: apretar sin cesar el tornillo de la tenaza militar que debe impedir que Alemania renazca.

A todos les falta y todos necesitan. La balanza comercial no solo de Alemania, sino también de Francia e Inglaterra, es marcadamente deficitaria. La deuda pública francesa ha crecido hasta los 300.000 millones de francos, y, según afirma el senador francés reaccionario Gaudin de Villaine, dos tercios de esta suma proceden de saqueos, robos y desorden.

La obra de reconstrucción de las regiones devastadas por la guerra que se ha llevado a cabo en Francia es una gota en el mar de la devastación. La escasez de combustible, de materias primas y de brazos crea obstáculos insalvables.

Francia necesita oro, Francia necesita carbón. Señalando las innumerables tumbas de los cementerios militares, el burgués francés exige sus intereses. ¡Alemania debe pagar! Al fin y al cabo, el general Foch todavía tiene soldados negros para ocupar las ciudades alemanas. ¡Rusia debe pagar! Para inculcar esta idea al pueblo ruso, el gobierno francés gasta en devastar Rusia los miles de millones que recauda para la reconstrucción de Francia.

El acuerdo financiero internacional que debía aliviar la carga fiscal de Francia mediante una anulación más o menos completa de las deudas de guerra no se ha producido: los Estados Unidos no han mostrado el menor deseo de regalar a Europa 10.000 millones de libras esterlinas.

La emisión de papel moneda continúa en proporciones cada vez mayores. Mientras que en la Rusia soviética el aumento del papel moneda y su depreciación, junto con el desarrollo simultáneo de la economía socializada, de la distribución planificada de los productos y del pago cada vez mayor del salario en especie, no son más que el resultado de la extinción de la economía mercantil y monetaria, en los países capitalistas el crecimiento de la masa de billetes impresos señala el ahondamiento del caos económico y la inevitable bancarrota.

Las conferencias de la Entente se trasladan de un sitio a otro, buscando inspiración en todos los balnearios de Europa45. Todos tienden la mano y exigen intereses según el número de muertos en la guerra. Esta bolsa ambulante de cadáveres, que cada dos semanas vuelve a decidir si Francia debe recibir el 50 o el 55 % de una contribución que Alemania no puede pagar, es la coronación de la anunciada «organización» de Europa.

El capitalismo ha degenerado en el curso de la guerra. La extracción metódica de plusvalía en el proceso de producción —base de la economía del lucro— les parece una ocupación demasiado insípida a los señores burgueses, que se han acostumbrado a duplicar y decuplicar su capital en pocos días mediante especulaciones basadas en el saqueo internacional.

El burgués ha perdido algunos prejuicios que le estorbaban y ha adquirido algunos hábitos que no tenía. La guerra lo ha acostumbrado al bloqueo por hambre de países enteros, al bombardeo aéreo y al incendio de ciudades y aldeas, a la propagación metódica de bacilos del cólera, al transporte de dinamita en valijas diplomáticas, a la falsificación de los billetes del adversario, al soborno, al espionaje y al contrabando en proporciones nunca vistas. Los métodos de la guerra han seguido siendo, después de firmada la paz, los métodos del comercio. Las principales operaciones comerciales se funden hoy con la actividad del Estado, que se presenta como una banda mundial de salteadores armada con todos los medios de violencia. Cuanto más estrecha es la base mundial de la producción, más feroces y despilfarradores son los métodos de apropiación.

¡Saquear! He ahí la última palabra de la política del capital, que ha venido a sustituir al librecambio y al proteccionismo. La incursión de los forajidos rumanos en Hungría, de donde se llevaban locomotoras y sortijas, es el símbolo de la filosofía económica de Lloyd George y de Millerand46.

En su política económica interior, la burguesía se debate entre un programa de nuevas nacionalizaciones, regulaciones y controles, por un lado, y las protestas contra la intervención estatal desarrollada durante la guerra, por otro. El parlamento francés se ocupa de la cuadratura del círculo: crear un «mando único» en la red ferroviaria de la república sin perjuicio de los intereses de las compañías ferroviarias capitalistas privadas. Al mismo tiempo, la prensa capitalista de Francia lleva a cabo una campaña furiosa contra el «estatismo», que limita la iniciativa privada. Los ferrocarriles de América, desorganizados por el Estado durante la guerra, han caído en una situación todavía más grave tras la supresión del control estatal. Entretanto, el Partido Republicano promete en su programa liberar la vida económica de las intervenciones arbitrarias del Estado. El jefe de las trade-unions americanas, Samuel Gompers, viejo perro guardián del capital, combate la nacionalización de los ferrocarriles que en América, en Francia y en otros países proponen como panacea los ingenuos y los charlatanes del reformismo. En realidad, las intrusiones violentas y dispersas del Estado no hacen más que rivalizar con la especulación en la tarea de introducir aún más caos en la economía capitalista de la época de la descomposición. Pasar las ramas más importantes de la producción y del transporte de manos de los distintos trusts a manos de la «nación», es decir, del Estado burgués, es decir, del trust capitalista más poderoso y rapaz, no significa suprimir el mal, sino solo generalizarlo.

Los hechos de la bajada de los precios y de la mejora de las monedas no son más que fenómenos superficiales y pasajeros sobre la base de una ruina que continúa. Las oscilaciones de los precios no anulan los hechos fundamentales: la escasez de materias primas y el descenso de la productividad del trabajo.

La masa obrera, que ha soportado la tensión espantosa de la guerra, es incapaz de trabajar al ritmo de antes en las condiciones de antes. La destrucción en pocas horas de valores creados durante años, la danza descarada de los miles de millones en manos de la camarilla financiera, que se encumbra cada vez más sobre los huesos y las ruinas: estas lecciones de cosas de la historia son poco capaces de mantener en la clase obrera la disciplina automática del trabajo asalariado. Los economistas y publicistas burgueses hablan de una «ola de pereza» que recorre Europa socavando su futuro económico. Los administradores intentan poner remedio concediendo privilegios a las capas superiores de la clase obrera. ¡En vano! Para que la productividad del trabajo renazca y siga aumentando, la clase obrera ha de tener la seguridad de que cada martillazo elevará su bienestar y su instrucción sin exponerla al peligro de un nuevo exterminio mutuo. Esa seguridad solo puede dársela la revolución social.

La subida de los precios de las subsistencias es un poderoso factor de agitación revolucionaria en todos los países. La burguesía de Francia, Italia, Alemania y otros Estados intenta con dádivas aliviar las penurias de la carestía y contener el aumento de las huelgas. Para pagar a los terratenientes una parte de los costes de producción de la fuerza de trabajo, el Estado endeudado se entrega a oscuras especulaciones y se roba a sí mismo para retrasar la hora de rendir cuentas. Si determinadas categorías de obreros viven hoy incluso mejor que antes de la guerra, este hecho no guarda ninguna correspondencia con el estado económico real de los países capitalistas. Ese resultado efímero se consigue mediante préstamos de charlatán tomados al día de mañana, que llegará con todas sus privaciones y calamidades catastróficas.

¿Y los Estados Unidos? «¡América es la esperanza del género humano!», repite el burgués francés por boca de Millerand la frase de Turgot47, con la esperanza de que le perdonen las deudas, él que no perdona las suyas a nadie. Pero los Estados Unidos son incapaces de sacar a Europa del atolladero económico. En los seis últimos años han agotado sus reservas de materias primas. La adaptación del capitalismo americano a las necesidades de la guerra mundial ha estrechado su base industrial. La emigración desde Europa se ha detenido. La corriente de retorno ha arrancado de la industria americana a cientos y cientos de miles de alemanes, italianos, polacos, serbios y checos, llamados por las movilizaciones militares o atraídos por el espejismo de una patria recobrada. La escasez de materias primas y de mano de obra pesa sobre la república de ultramar y engendra una profunda crisis económica, sobre cuya base el proletariado americano entra en una nueva fase revolucionaria de la lucha. América se europeíza rápidamente.

Tampoco los países neutrales se han librado de las consecuencias de la guerra y del bloqueo: como el líquido en los vasos comunicantes, la economía de los Estados capitalistas ligados entre sí, grandes y pequeños, beligerantes y neutrales, vencedores y vencidos, tiende a un mismo nivel de miseria, hambre y extinción.

Suiza vive al día, y cualquier imprevisto amenaza con hacerle perder el equilibrio. En Escandinavia, la abundante afluencia de oro no resuelve el problema del abastecimiento; el carbón hay que conseguirlo de Inglaterra poco a poco y con el sombrero en la mano. Pese al hambre que hay en Europa, la pesca atraviesa en Noruega una crisis sin precedentes.

España, de la que Francia extraía hombres, caballos y víveres, no sale de una grave situación de abastecimiento, que acarrea huelgas tempestuosas y manifestaciones callejeras de las masas hambrientas.

La burguesía cuenta firmemente con el campo. Sus economistas afirman que el bienestar del campesinado ha aumentado extraordinariamente. Es una ilusión. Es cierto que el campesinado que lleva sus productos al mercado se ha lucrado más o menos en todos los países durante la guerra. Vendía sus productos a precio alto y pagó con dinero barato las deudas contraídas en la época en que el dinero era caro. Esa es su ganancia. Pero su explotación se ha desorganizado y degradado durante la guerra. Necesita productos industriales. Y los precios de estos han subido en la misma proporción en que el dinero se ha abaratado. Las exigencias del fisco se han vuelto monstruosas y amenazan con devorar al campesino con sus productos y con su tierra. Así, tras un periodo de mejora pasajera de su bienestar, el pequeño campesinado cae en dificultades cada vez más insoportables. Su descontento con los resultados de la guerra irá en aumento y, en la persona del ejército permanente, el campesinado prepara a la burguesía no pocas sorpresas desagradables.

La recuperación económica de Europa, de la que hablan sus ministros, es una mentira. Europa se arruina, y con ella se arruina el mundo entero.

Sobre bases capitalistas no hay salvación. La política del imperialismo no lleva a suprimir la penuria, sino a agravarla mediante el pillaje rapaz de las reservas existentes.

La cuestión del combustible y de las materias primas es una cuestión internacional que solo puede resolverse sobre la base de una producción planificada, socializada, socialista.

Hay que anular las deudas públicas. Hay que liberar el trabajo y sus frutos del tributo monstruoso pagado a la plutocracia mundial. Hay que derrocar a la plutocracia. Hay que suprimir las barreras estatales que fragmentan la economía mundial. El Consejo Económico Supremo de los imperialistas de la Entente hay que sustituirlo por un consejo económico supremo del proletariado mundial para la explotación centralizada de todos los recursos económicos de la humanidad48.

Hay que matar al imperialismo para que el género humano pueda seguir viviendo.

III. El régimen burgués después de la guerra

Todas las fuerzas de los poseedores se concentran en dos cuestiones: sostenerse en la lucha internacional e impedir que el proletariado se adueñe del país. En consonancia con ello, las antiguas agrupaciones políticas en el seno de la burguesía han perdido su fuerza. No solo en Rusia, donde la bandera del partido kadete49 se convirtió, en el periodo decisivo de la lucha, en la bandera de todos los poseedores contra la revolución obrera y campesina, sino también en los países de cultura política más antigua y profunda, los viejos programas que separaban a los distintos sectores de la burguesía se borraron casi sin dejar rastro aun antes de la ofensiva abierta de la revolución proletaria.

Lloyd George se erige en heraldo de la unión de conservadores, unionistas y liberales para la lucha común contra la dominación de la clase obrera que se avecina. El viejo demagogo pone como piedra angular a la piadosa Iglesia, a modo de central eléctrica que alimenta por igual con su corriente a todos los partidos de las clases poseedoras.

En Francia, la época del anticlericalismo, tan reciente aún y tan ruidosa, parece un fantasma de ultratumba: radicales, monárquicos y católicos forman hoy un bloque del orden nacional contra el proletariado que levanta la cabeza. Tendiendo la mano a todas las fuerzas de la reacción, el Gobierno francés apoya al ultrarreaccionario Wrangel50 y reanuda las relaciones diplomáticas con el Vaticano.

El neutralista y germanófilo Giolitti51 toma el timón del Estado italiano como jefe común de intervencionistas, neutralistas, clericales y mazzinianos, dispuesto a maniobrar en las cuestiones secundarias de la política exterior e interior para oponer una resistencia tanto más despiadada a la ofensiva de los proletarios revolucionarios de la ciudad y del campo. El Gobierno de Giolitti se considera con razón la última baza seria de la burguesía italiana.

La política de todos los gobiernos alemanes y de todos los partidos gubernamentales desde la caída de los Hohenzollern ha consistido en buscar con las clases dominantes de la Entente un terreno común de odio al bolchevismo, es decir, a la revolución proletaria.

Mientras el Shylock anglofrancés estrangula cada vez con más saña al pueblo alemán, la burguesía alemana, sin distinción de partidos, pide a su enemigo que afloje el lazo lo justo para poder estrangular con sus propias manos a la vanguardia del proletariado alemán. A eso se reducen las conferencias y los acuerdos periódicos sobre el desarme y la entrega del material de guerra.

En Norteamérica se ha borrado por completo la frontera entre republicanos y demócratas. Estas poderosas organizaciones políticas de los explotadores, adaptadas al círculo cerrado de las relaciones norteamericanas, han revelado su completa vacuidad en cuanto la burguesía norteamericana ha salido a la palestra del bandidaje mundial.

Nunca las intrigas de los distintos jefes y camarillas —en la oposición como en los ministerios— se habían distinguido por una franqueza tan cínica como ahora. Pero al mismo tiempo todos los jefes, camarillas y partidos de la burguesía de todos los países forman un frente común contra el proletariado revolucionario. Mientras los obtusos socialdemócratas siguen oponiendo la vía de la democracia a la vía violenta de la dictadura, los últimos restos de la democracia son pisoteados y aniquilados en todos los Estados del mundo.

Después de la guerra, durante la cual las representaciones nacionales desempeñaron el papel de pantalla patriótica, impotente pero ruidosa, de las camarillas imperialistas gobernantes, los parlamentos han caído en un estado de postración completa. Todas las cuestiones serias se resuelven fuera de los parlamentos. Nada cambia en esto la ostentosa ampliación de las prerrogativas parlamentarias que proclaman solemnemente los malabaristas del imperialismo en Italia y en otros países. Los verdaderos amos y árbitros de los destinos de los Estados —lord Rothschild y lord Weir, Morgan y Rockefeller, Schneider y Loucheur, Hugo Stinnes y Felix Deutsch, Rizello y Agnelli52—, magnates del oro, del carbón, del petróleo y del metal, actúan entre bastidores y envían a los parlamentos a sus dependientes de segunda fila para que dirijan sus trabajos.

Entretenido con el procedimiento de las tres lecturas de proyectos de ley insignificantes, el Parlamento francés, el más desacreditado por la retórica de la mentira y el cinismo de la venalidad, se entera de improviso de que los 4.000 millones que había destinado a las regiones devastadas de Francia los ha gastado Clemenceau en fines completamente distintos, sobre todo en seguir devastando las regiones de Rusia.

La inmensa mayoría de los diputados del Parlamento inglés, supuestamente todopoderoso, sabe de las verdaderas intenciones de Lloyd George y Curzon respecto de la Rusia soviética, e incluso de Francia, poco más de lo que saben las viejas indias en las aldeas de Bengala. En los Estados Unidos el Parlamento es un coro, dócil o gruñón, al servicio del presidente, que es hechura de la maquinaria electoral, que es a su vez el aparato político de los trusts; y ahora, después de la guerra, en un grado incomparablemente mayor que antes.

El tardío parlamentarismo alemán, aborto de una revolución burguesa que es ella misma un aborto de la historia, padece ya en la cuna todas las enfermedades de una vejez de perro. El Reichstag «más democrático del mundo» de la república de Ebert es impotente no solo ante el bastón de mariscal de Foch, sino también ante las maquinaciones bursátiles de sus Stinnes, igual que ante las conspiraciones militares de su camarilla de oficiales. La democracia parlamentaria alemana es un vacío entre dos dictaduras.

En la composición misma de la burguesía se han producido durante la guerra cambios profundos. Sobre el fondo del empobrecimiento general del mundo entero, la concentración de los capitales ha dado de golpe un gran salto adelante. Han pasado a primer plano firmas que antes permanecían en la sombra. La solidez, la estabilidad, la inclinación a los compromisos «razonables», el respeto de cierto decoro tanto en la explotación como en el disfrute de sus frutos: todo eso lo han barrido las olas del diluvio imperialista.

Ocupan el proscenio los nuevos ricos: proveedores del ejército, especuladores de baja estofa, advenedizos, aventureros internacionales, contrabandistas, delincuentes cubiertos de brillantes, una chusma desenfrenada, ávida de lujo, dispuesta a las peores atrocidades contra la revolución proletaria, que no puede depararle otra cosa que la soga.

El orden existente, como dominación de los ricos, se presenta ante las masas en toda su desnudez. En Norteamérica, en Francia, en Inglaterra, el lujo de la posguerra ha adquirido carácter de frenesí. París, saturado de parásitos patrióticos internacionales, se parece, según reconoce Le Temps, a Babilonia en vísperas de la catástrofe.

Con esta burguesía se alinean la política, la justicia, la prensa, el arte y la Iglesia. Todo freno ha sido arrojado por la borda. Wilson, Clemenceau, Millerand, Lloyd George y Churchill no se detienen ante el engaño más descarado ni ante la mentira más burda y, sorprendidos en el deshonor, pasan tranquilamente a nuevas hazañas delictivas. Las reglas clásicas de la perfidia política, tal como las expuso el viejo Maquiavelo, parecen aforismos inocentes de un ingenuo de provincias al lado de los principios por los que se guían los actuales gobernantes burgueses. La justicia, que antes cubría con el oropel de la democracia su esencia burguesa, se ha convertido hoy abiertamente en un órgano de escarnio de clase y de provocación contrarrevolucionaria. Los jueces de la Tercera República absuelven sin pestañear al asesino de Jaurès53. Los tribunales de Alemania, que fue proclamada república socialista, alientan a los asesinos de Liebknecht, de Rosa Luxemburg y de otros muchos mártires del proletariado. Los tribunales de las democracias burguesas se han convertido en órganos de legalización solemne de todos los crímenes del terror blanco.

La prensa burguesa lleva abiertamente en la frente el sello de la venalidad, como una marca de fábrica. Los principales periódicos de la burguesía mundial son monstruosas fábricas de mentiras, de calumnias y de envenenamiento espiritual.

El ánimo de la burguesía salta con el mismo nerviosismo que los precios de su mercado. En los primeros meses que siguieron al final de la guerra, a la burguesía internacional, y en particular a la francesa, la sacudía la fiebre del miedo ante el comunismo que se avecinaba. Medía el grado del peligro inmediato por el volumen de los crímenes sangrientos que había cometido. Pero resistió la primera embestida. Los partidos socialistas y los sindicatos de la II Internacional, unidos a ella por las cadenas de una responsabilidad común, le prestaron un último servicio al recibir sobre sí el primer golpe de la ira de los trabajadores.

Al precio del hundimiento completo de la II Internacional, la burguesía obtuvo una prórroga. Bastaron las elecciones parlamentarias contrarrevolucionarias organizadas por Clemenceau, unos meses de equilibrio inestable y el fracaso de la huelga de mayo54 para que la burguesía francesa se llenara de confianza en la solidez inquebrantable de su régimen. Su altanería de clase subió al nivel que antes había alcanzado su miedo.

La amenaza se ha convertido en el único argumento de la burguesía. No cree en las frases y exige hechos: detenciones, disoluciones, confiscaciones, fusilamientos. Los ministros y parlamentarios burgueses tratan de impresionar a la burguesía haciendo el papel de hombres de temple de acero. Lloyd George aconseja secamente a los ministros alemanes que fusilen a sus comuneros, a ejemplo de Francia en 1871. Cualquier funcionario de tercera fila puede contar con los aplausos entusiastas de la Cámara si termina su escuálido informe con amenazas dirigidas a los obreros.

Mientras el aparato estatal oficial se convierte cada vez más abiertamente en una organización de represión sangrienta de los trabajadores, a su lado y a su servicio se forman y actúan diversas organizaciones contrarrevolucionarias privadas: para reventar las huelgas por la fuerza, para acciones de provocación, para montar procesos falsos, para destruir las organizaciones revolucionarias y asaltar los locales comunistas, para pogromos e incendios, para asesinar a los jefes revolucionarios y para otras medidas semejantes de protección de la propiedad y de la democracia.

Los hijos de terratenientes y de la gran burguesía, los pequeñoburgueses desarraigados y, en general, los elementos desclasados, entre ellos en primer lugar los emigrados burgueses y nobles de la Rusia soviética, forman una reserva inagotable para los destacamentos irregulares de la contrarrevolución. A su cabeza está la oficialidad que ha pasado por la escuela de la matanza imperialista.

Una veintena de miles de oficiales de carrera del ejército de los Hohenzollern forman —sobre todo desde el golpe de Kapp y Lüttwitz— un sólido núcleo contrarrevolucionario que la democracia alemana es incapaz de disolver y que solo puede quebrar el martillo de la dictadura proletaria. Esta organización centralizada de terroristas del antiguo régimen se completa con destacamentos de guerrilleros blancos en las haciendas de los junkers.

En los Estados Unidos, asociaciones como la Liga Nacional de Seguridad (National Security League) o los Caballeros de la Libertad (Knights of Liberty) son las tropas de choque del capital, en cuyo flanco extremo actúan auténticas bandas de salteadores en forma de agencias privadas de espionaje («Detective agencies»).

En Francia, la «Liga Cívica» (Ligue Civique) es una organización de esquiroles de alto copete, mientras que la reformista Confederación del Trabajo es declarada fuera de la ley.

La mafia de oficiales de la Hungría blanca, que existe paralelamente al Gobierno de verdugos contrarrevolucionarios sostenido por Inglaterra, ha mostrado al proletariado del mundo entero qué significan la civilización y la humanidad que Wilson y Lloyd George oponen al poder soviético y a la violencia revolucionaria.

Los gobiernos «democráticos» de Finlandia y Georgia, de Letonia y Estonia hacen esfuerzos denodados por igualarse con el elevado modelo húngaro.

En Barcelona actúa al servicio de la policía una banda clandestina de asesinos. Y así sucesivamente, y en todas partes.

Incluso en la derrotada y arruinada Bulgaria, la oficialidad que se ha quedado sin ocupación se agrupa en sociedades secretas que se preparan para demostrar a la primera ocasión su patriotismo sobre los cráneos de los obreros búlgaros.

El programa de atenuación de las contradicciones, de colaboración de clases, de reformas parlamentarias, de socialización gradual y de unión nacional parece una bufonada siniestra a la luz del régimen burgués tal como ha salido de la guerra mundial.

La burguesía ha renunciado radicalmente a la idea de reconciliar consigo al proletariado mediante reformas. Corrompe con dádivas a sus insignificantes capas superiores y mantiene sometidas a las grandes masas con el hierro y con la sangre.

No hay hoy una sola cuestión seria que se resuelva contando votos. De la democracia no queda más que el recuerdo en la cabeza de los reformistas. La organización del Estado se reduce cada vez más a su fundamento primero: a destacamentos de hombres armados. La burguesía no cuenta votos: cuenta los fusiles, ametralladoras y cañones de que dispondrá cuando la cuestión del poder y de la propiedad se plantee sin rodeos.

No hay lugar ni para la colaboración ni para la mediación. Para salvarse hay que derribar a la burguesía. Y eso solo puede hacerlo la insurrección del proletariado.

IV. La Rusia soviética

En medio de las fuerzas desatadas del chovinismo, la codicia y la destrucción, solo el principio del comunismo ha dado muestras de una gran vitalidad y de fuerza creadora. Aunque, por el curso del desarrollo histórico, el poder soviético se afirmó primero en el país más atrasado y arruinado de Europa, rodeado por una multitud de enemigos poderosos, no solo ha resistido en la lucha contra obstáculos sin precedentes, sino que ha mostrado en los hechos las grandes posibilidades que encierra el comunismo. El desarrollo y la consolidación del poder soviético en Rusia es el hecho histórico más importante del periodo transcurrido desde la fundación de la Internacional Comunista.

La sociedad de clases se ha acostumbrado a ver en la creación de un ejército el examen supremo de la construcción económica y estatal. Por la fuerza o la debilidad del ejército juzga la fuerza o la debilidad de la economía y del Estado.

El poder soviético ha creado bajo el fuego una poderosa fuerza armada. El Ejército Rojo ha mostrado su indiscutible superioridad tanto en la lucha contra la vieja Rusia burguesa y monárquica, que el imperialismo intenta restaurar por medio de los ejércitos blancos de Kolchak, Denikin, Yudénich, Wrangel y demás, como en la lucha contra los ejércitos nacionales de aquellas «democracias» que el imperialismo mundial implanta para sus necesidades (Finlandia, Estonia, Letonia, Polonia).

En el terreno de la economía, la República soviética ha realizado el mayor de los milagros con solo haberse sostenido durante los tres primeros y más difíciles años. Ha resistido y se desarrolla porque ha arrancado de manos de la burguesía los instrumentos de explotación y los ha convertido en medios de una economía planificada. Bajo el estruendo de los combates en frentes inmensos, la Rusia soviética no ha dejado escapar ninguna posibilidad de construcción económica y cultural. En el intervalo entre la derrota de Denikin y la agresión de bandoleros de Polonia, el poder soviético emprendió una amplia organización del trabajo obligatorio, un registro y un empleo más correctos de las fuerzas y medios de producción, la incorporación de unidades militares a tareas de trabajo y, ante todo, la reconstrucción del transporte.

Solo el monopolio del Estado socialista sobre los principales artículos de alimentación, junto con una lucha implacable contra la especulación, ha salvado a las ciudades rusas de morir de hambre y ha permitido alimentar al Ejército Rojo. Solo la unificación estatal de las plantas, las fábricas y los ferrocarriles y barcos dispersos en manos privadas ha hecho posible producir y transportar.

La concentración de la industria y del transporte en manos del Estado conduce a la socialización de la técnica misma mediante su normalización. El establecimiento de un número mínimo de tipos de locomotoras, de vagones y de vapores admitidos para la fabricación y la reparación, y la regulación periódica de las piezas de las máquinas con vistas a la producción en serie normalizada, solo son posibles sobre bases socialistas y representan ventajas inmensas para la producción. En el camino del progreso económico ulterior, de la organización científica de la industria y de la aplicación de los métodos del taylorismo —sin sus rasgos capitalistas de explotación extenuante—, la Rusia soviética ya no tiene más obstáculos que los que le pone desde fuera la violencia imperialista.

Mientras en el mundo entero los intereses nacionales, al cruzarse con las pretensiones del imperialismo, son fuente de conflictos, sublevaciones y guerras incesantes, la Rusia socialista ha mostrado que el Estado obrero es capaz de conjugar sin traumas las necesidades nacionales con las económicas, depurando las primeras del chovinismo y liberando las segundas del imperialismo. El socialismo tiende a unir todas las regiones, todas las comarcas y todas las nacionalidades en la unidad de un plan económico. Pero el centralismo económico, libre de la explotación de una clase por otra y de una nación por otra, y por ello igualmente provechoso para todos, se conjuga sin menoscabo con una libertad efectiva de desarrollo nacional.

Con la experiencia de la Rusia soviética, los pueblos de Europa central, del sudeste balcánico y de los dominios británicos, todas las naciones y tribus oprimidas, egipcios y turcos, indios y persas, irlandeses y búlgaros, se convencen de que la colaboración fraternal de todas las partes nacionales de la humanidad solo es realizable por medio de una federación de repúblicas soviéticas.

La revolución ha hecho de Rusia la primera potencia del proletariado. En sus tres años de existencia, sus fronteras han cambiado sin cesar. Se estrechaban bajo la presión militar exterior del imperialismo mundial. Se ensanchaban cuando la presión aflojaba. La lucha por la Rusia soviética se ha fundido con la lucha contra el capitalismo mundial. La cuestión de la Rusia soviética se ha convertido en la piedra de toque de todas las organizaciones de la clase obrera. La segunda traición, la más vil, de la socialdemocracia alemana desde el 4 de agosto de 191455 consistió en que, puesta a la cabeza del Estado, buscó la protección del imperialismo en Occidente en lugar de buscar la alianza con la revolución en Oriente. ¡Una Alemania soviética unida a la Rusia soviética habría sido de golpe más fuerte que todos los Estados capitalistas juntos!

La Internacional Comunista ha declarado suya la causa de la Rusia soviética. El proletariado internacional no envainará la espada hasta que la Rusia soviética no se incorpore como un eslabón a la federación de repúblicas soviéticas del mundo entero.

V. La revolución proletaria y la Internacional Comunista

La guerra civil está a la orden del día en el mundo entero. Su bandera es el poder soviético.

El capitalismo ha proletarizado a la inmensa mayoría de la humanidad. El imperialismo ha sacado a esas masas de su equilibrio y las ha puesto en movimiento revolucionario. El concepto mismo de masa ha cambiado en los últimos años. Lo que en la época del parlamentarismo y del tradeunionismo se consideraba la masa se ha convertido ahora en las capas superiores. Millones y decenas de millones que vivían al margen de la vida política se convierten hoy en masa revolucionaria. La guerra puso en pie a todos, despertó la atención política de las capas más atrasadas, alentó en ellas ilusiones y esperanzas, y las engañó.

El aislamiento gremial del trabajo y la relativa estabilidad de la existencia en las capas superiores del proletariado, la desesperanza obtusa y apática en las capas más profundas —esas bases sociales de las viejas formas del movimiento obrero— han pasado irrevocablemente a la historia. Nuevos millones han sido arrastrados a la lucha.

Las mujeres, que han perdido a sus maridos y a sus padres y se han visto obligadas a sustituirlos en el trabajo, afluyen al movimiento en ancha corriente. La juventud obrera, crecida entre los rayos y truenos de la guerra mundial, recibe la revolución como su elemento natural.

En los distintos países la lucha atraviesa etapas distintas. Pero es la lucha final. Las olas del movimiento se vierten a menudo en formas de organización caducas y les dan por un tiempo nueva vida. Viejos rótulos y consignas medio borradas flotan aquí y allá en la superficie de la corriente. Hay en las cabezas mucha confusión, oscuridad, prejuicios e ilusiones. Pero el movimiento en su conjunto tiene un carácter profundamente revolucionario. Lo abarca todo y es incontenible. Se extiende, se fortalece, se depura, arrojando de sí los viejos trastos. No se detendrá hasta llevar al proletariado mundial al poder.

La forma fundamental de este movimiento es la huelga. Su causa más simple y poderosa es la subida de los precios de los artículos de consumo. La huelga nace a menudo de conflictos locales aislados. Surge como respuesta impaciente de las masas al trajín parlamentario de los socialistas.

Nace del sentimiento de solidaridad con los oprimidos del propio país y de otros países. Une las consignas económicas con las políticas. En ella se combinan a menudo fragmentos de reformismo con consignas del programa de la revolución social. Se apacigua, cesa y renace de nuevo, sacudiendo la producción, manteniendo en tensión el aparato del Estado, y saca tanto más de quicio a la burguesía cuanto que aprovecha cualquier ocasión para enviar su saludo a la Rusia soviética. El presentimiento no engaña a los explotadores: esta huelga caótica es en realidad el pase de lista y la movilización del proletariado internacional para la revolución social.

La profunda dependencia de cada país respecto de los demás, que se reveló de modo tan catastrófico durante la guerra, da una importancia especial a las ramas del trabajo que enlazan unos países con otros y sitúa en primer plano a los ferroviarios y, en general, a los obreros del transporte. Los proletarios del transporte han tenido ocasión de mostrar una parte de su fuerza en el boicot a la Hungría blanca y a la Polonia blanca. La huelga y el boicot, métodos que la clase obrera empleó en los albores de su lucha tradeunionista, es decir, aun antes de servirse del parlamentarismo, adquieren hoy un alcance sin precedentes y un nuevo y temible significado, como preparación artillera del asalto final.

La creciente impotencia del individuo ante el empuje ciego de los acontecimientos históricos empuja a las organizaciones sindicales no solo a nuevas capas de obreros y obreras, sino también a empleados, funcionarios e intelectuales pequeñoburgueses. Antes de que el curso de la revolución proletaria obligue a crear soviets, que se situarán de golpe por encima de todas las viejas organizaciones obreras, los trabajadores afluyen a los sindicatos tradicionales y soportan por el momento su vieja forma, su programa oficial y su cúpula dirigente, pero introduciendo en la organización el empuje revolucionario creciente de masas de millones de personas nunca vistas hasta ahora.

Levantan la cabeza los más bajos de los de abajo: los proletarios rurales, los jornaleros agrícolas. En Italia, en Alemania y en otros países se observa un magnífico crecimiento del movimiento revolucionario de los obreros agrícolas y de su acercamiento fraternal al proletariado de las ciudades.

Cambia la actitud de las capas más pobres del campesinado hacia el socialismo. Si los coqueteos de los reformistas parlamentarios con los prejuicios de propietario del mujik resultaban estériles, el movimiento verdaderamente revolucionario del proletariado, su lucha intransigente contra los opresores, hace nacer un destello de esperanza en el alma del propietario rural más atrasado, más aplastado contra la tierra, más arruinado.

El océano de la miseria y de la ignorancia humanas no tiene fondo. Tras cada capa que se ha levantado aparece otra nueva que apenas se dispone a levantarse. Pero la vanguardia no debe esperar a la pesada retaguardia para entrar en combate. La tarea de despertar, levantar y educar a sus capas más atrasadas la clase obrera solo la llevará a cabo después de haber tomado el poder.

Se han despertado los trabajadores de los países coloniales y semicoloniales. En los inmensos espacios de la India, de Egipto y de Persia, sobre los que se cierne el pulpo gigantesco del imperialismo inglés, en ese océano humano incalculable, se realiza un trabajo interno incesante que levanta altas olas, las cuales hacen temblar en la City las acciones y los corazones.

En el movimiento de los pueblos coloniales, el elemento social se combina en formas diversas con el nacional, pero ambos se dirigen contra el imperialismo. El camino desde los primeros pasos infantiles hasta las formas maduras de lucha se recorre en las colonias y en los países atrasados en general a marchas forzadas, bajo la presión del imperialismo moderno y bajo la dirección del proletariado revolucionario.

El prometedor acercamiento de los pueblos musulmanes y no musulmanes, atados por las cadenas comunes de la dominación británica y, en general, extranjera; la depuración interna del movimiento, la eliminación de la influencia del clero y de la reacción chovinista; la lucha simultánea contra los opresores extranjeros y sus auxiliares indígenas, señores feudales, curas y usureros, convierten el creciente ejército de la sublevación colonial en una fuerza histórica de primer orden, en una poderosa reserva del proletariado mundial.

Los parias se levantan. Su pensamiento despierto se vuelve ávido hacia la Rusia soviética, hacia los combates de barricadas en las calles de las ciudades alemanas, hacia la lucha huelguística que se enciende en Gran Bretaña, hacia la Internacional Comunista.

El socialista que, directa o indirectamente, sostiene la situación privilegiada de unas naciones a costa de otras; que se resigna a la esclavitud colonial; que establece diferencias de derechos entre personas de distintas razas y colores de piel; que ayuda a la burguesía de la metrópoli a mantener su dominación sobre las colonias, en lugar de ayudar a la causa de la insurrección armada de las colonias; el socialista británico que no apoya por todos los medios las sublevaciones de Irlanda, de Egipto y de la India contra la plutocracia de Londres: semejante «socialista» merece, si no una bala, sí el estigma de la infamia, y en ningún caso el mandato ni la confianza del proletariado.

Ahora bien, en sus esfuerzos de acción revolucionaria internacional, el proletariado tropieza no tanto con las líneas medio derruidas de alambradas que aún subsisten entre los países desde la guerra como con el egoísmo, el conservadurismo, la estupidez y la traición de las viejas organizaciones del partido y de los sindicatos, que se encumbraron a sus espaldas en la época anterior.

Los jefes de los viejos sindicatos contrarrestan por todos los medios la lucha revolucionaria de las masas obreras, la paralizan o, si no hay otro remedio, adoptan las huelgas para reducirlas a nada con mayor seguridad mediante maquinaciones entre bastidores.

La traición histórica cometida por la socialdemocracia internacional no tiene igual en la historia de la opresión y de la lucha. Donde se ha manifestado del modo más terrible ha sido en Alemania. La derrota del imperialismo alemán fue al mismo tiempo la derrota del sistema capitalista de economía. Aparte del proletariado, no había ni una sola clase que pudiera aspirar al poder del Estado. El desarrollo de la técnica, el número y el nivel cultural de la clase obrera garantizaban plenamente el éxito de la revolución socialista. Pero en el camino del cumplimiento de esa tarea se interpuso la socialdemocracia alemana. Mediante complicadas maniobras, en las que la astucia se combinaba con la estupidez, apartó la energía del proletariado de su tarea natural y necesaria: la conquista del poder.

Durante decenios, la socialdemocracia fue acumulando la confianza de las masas obreras para luego, en el momento decisivo, cuando la suerte de la sociedad burguesa estaba en juego, poner toda su autoridad a disposición de los explotadores.

La traición del liberalismo y la quiebra de la democracia burguesa son episodios insignificantes en comparación con la monstruosa felonía de los partidos socialistas para con las clases trabajadoras. Incluso el papel de la Iglesia, la central eléctrica del conservadurismo, como la definió Lloyd George, pasa a segundo plano ante el papel antisocialista de la II Internacional.

Durante la guerra, la socialdemocracia justificaba su traición a la revolución con la consigna de la defensa nacional. Después de firmada la paz, encubre su política contrarrevolucionaria con la consigna de la democracia. Defensa nacional y democracia: tales son las fórmulas solemnes de la capitulación del proletariado ante la voluntad de la burguesía.

Pero la caída no se detiene ahí. Desarrollando su política de defensa del orden capitalista, la socialdemocracia se ve obligada, siguiendo a la burguesía, a pisotear abiertamente la «defensa nacional» y la «democracia». Scheidemann y Ebert lamen la mano del imperialismo francés buscando su apoyo contra la revolución soviética. Noske se convierte en la encarnación del terror blanco de la contrarrevolución burguesa.

Albert Thomas se transforma en agente a sueldo de la Sociedad de Naciones, esa sucia agencia del imperialismo56. Vandervelde, encarnación elocuente de la superficialidad de la II Internacional, que él presidía, se convierte en ministro del rey, auxiliar del clerical Delacroix57, defensor de los curas católicos belgas y abogado de las atrocidades capitalistas contra los negros del Congo.

Henderson, que imita como un mono a los grandes hombres de la burguesía y figura alternativamente como ministro del rey y como oposición obrera de Su Majestad; Tom Shaw58, que exige al Gobierno soviético pruebas fehacientes de que en el Gobierno de Londres se sientan saqueadores, bandidos y embusteros: ¿qué son estos señores sino enemigos jurados de la clase obrera?

Renner y Seitz, Němec y Tusar, Troelstra y Branting, Daszyński y Chjeidze59, cada uno de ellos traduce a la lengua de sus mezquinas intrigas de pequeña potencia la vergonzosa bancarrota de la II Internacional.

Por último, Karl Kautsky, antiguo teórico de la II Internacional, antiguo marxista, se convierte en un consejero balbuciente de la prensa amarilla de todos los países.

Bajo la presión de las masas, los elementos más flexibles del viejo socialismo, sin cambiar en el fondo, cambian de envoltura y de color, rompen o se disponen a romper con la II Internacional, retrocediendo invariablemente ante toda acción auténticamente revolucionaria y de masas, e incluso ante la preparación seria de la acción.

Para caracterizar y a la vez estigmatizar esta mascarada, basta decir que el Partido Socialista Polaco, cuyo jefe es Daszyński y cuyo patrón es Piłsudski, partido del cinismo filisteo y del fanatismo chovinista, anuncia su salida de la II Internacional.

La cúpula parlamentaria dirigente del Partido Socialista francés, que vota ahora contra el presupuesto y contra el Tratado de Versalles, sigue siendo en el fondo uno de los pilares de la república burguesa. Sus gestos de oposición no van más allá de lo necesario para restablecer de vez en cuando la media confianza de las capas más conservadoras del proletariado.

En las cuestiones fundamentales de la lucha de clases, el socialismo parlamentario francés sigue disgregando la voluntad de la clase obrera, inculcándole que el momento actual es desfavorable para la toma del poder porque Francia está demasiado arruinada, como ayer fue desfavorable a causa de la guerra, como en vísperas de la guerra lo impedía el auge industrial y antes la crisis industrial. Paralelamente al socialismo parlamentario —y sin estar ni un ápice por encima de él— se desenvuelve el sindicalismo charlatán y embustero de la firma Jouhaux y sus cofrades.

La creación en Francia de un partido comunista sólido, forjado en un espíritu de unidad y disciplina, es una cuestión de vida o muerte para el proletariado francés.

En las huelgas y en las insurrecciones se educa y se templa una nueva generación de obreros alemanes. Paga su experiencia con un número de víctimas tanto mayor cuanto más tiempo se mantiene en el Partido Socialdemócrata Independiente la influencia de los conservadores y rutinarios socialdemócratas, que miran hacia atrás, hacia la socialdemocracia de los tiempos de Bebel, no comprenden el carácter de la actual época revolucionaria, se apartan de la guerra civil y del terror revolucionario, van a remolque de los acontecimientos y esperan un milagro que acuda en auxilio de su incapacidad. El partido de Rosa Luxemburg y de Karl Liebknecht enseña a los obreros alemanes, en el fuego de la lucha, a encontrar el verdadero camino.

El inmovilismo en las alturas del movimiento obrero de Inglaterra es tal que allí ni siquiera se ha sentido todavía la necesidad de rearmarse: los jefes del Partido Laborista británico se empeñan en mantenerse dentro del marco de la II Internacional.

Mientras el curso de los acontecimientos de los últimos años, al minar la estabilidad de la vida económica de la conservadora Inglaterra, ha hecho a sus masas trabajadoras más receptivas que nunca al programa revolucionario, la maquinaria oficial de la nación burguesa —la Corona, la Cámara de los Lores, la Cámara de los Comunes, la Iglesia, las trade-unions, el Partido Laborista, Jorge V, el arzobispo de Canterbury y Henderson— permanece intacta, como un potente freno automático del desarrollo. Solo un partido comunista libre de rutina y de sectarismo y estrechamente ligado a las organizaciones de masas puede oponer las capas proletarias de abajo a esas cúpulas oficiales.

En Italia, donde la propia burguesía reconoce abiertamente que las llaves del destino futuro del país están en manos del Partido Socialista, la política del ala derecha, encabezada por Turati, se esfuerza por encauzar la revolución proletaria, que se desarrolla con fuerza, por el cauce de las reformas parlamentarias. Este sabotaje interno representa en este momento el mayor de los peligros.

Proletarios de Italia, acordaos de Hungría, cuyo ejemplo ha pasado a la historia como una advertencia terrible de que, en la lucha por el poder igual que después de conquistarlo, el proletariado debe mantenerse firme sobre sus propios pies, apartando todos los elementos de indecisión y de vacilación y aplastando con mano implacable toda tentativa de traición.

Las conmociones de la guerra, que han dejado como herencia una profunda crisis económica, abren un nuevo capítulo en el movimiento obrero de los Estados Unidos, así como en el de los demás países del continente americano. La liquidación de la algarabía y la mentira del wilsonismo es al mismo tiempo la liquidación de ese socialismo norteamericano que es una mezcla de ilusiones pacifistas y de espíritu práctico de feria y que completa pacíficamente por la izquierda el tradeunionismo de Gompers y compañía. La más estrecha agrupación de los partidos y organizaciones proletarias revolucionarias del continente americano —desde la península de Alaska hasta el cabo de Hornos— en una sección americana de la Internacional estrechamente unida, frente al poderoso enemigo que es el imperialismo de los Estados Unidos, es una tarea que debe cumplirse y se cumplirá en lucha contra todas las fuerzas movilizadas por el dólar en su defensa.

Los socialistas gubernamentales y semigubernamentales de los distintos países han tenido muchas ocasiones de acusar a los comunistas de provocar, con su táctica intransigente, las acciones de la contrarrevolución y de ayudarla a cerrar filas. Esta acusación política no es más que un eco tardío de las quejas del liberalismo. Era este quien afirmaba que la lucha independiente del proletariado empuja a los poseedores al campo de la reacción. Es indiscutible. Si la clase obrera no atentara contra los fundamentos de su dominación, la burguesía no necesitaría la represión. El concepto mismo de contrarrevolución no existiría si la historia no conociera la revolución. Si las insurrecciones del proletariado traen inevitablemente consigo la unión de la burguesía para la autodefensa y la contraofensiva, ese hecho solo significa que la revolución es la lucha de dos clases irreconciliables, que solo puede terminar con la victoria definitiva de una de ellas.

El comunismo rechaza con desprecio la política que se reduce a mantener inmóviles a las masas asustándolas con el garrote de la contrarrevolución.

A la descomposición y al caos del mundo capitalista, que con un último esfuerzo de sus fuerzas amenaza con destruir toda la cultura humana, la Internacional Comunista opone la lucha unida del proletariado internacional por la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y por la reorganización de la economía nacional y mundial sobre la base de un plan económico único, establecido y realizado por una sociedad solidaria de productores. Reuniendo bajo la bandera de la dictadura del proletariado y del sistema estatal soviético a millones de trabajadores de todas las partes del mundo, la Internacional Comunista depura, construye y agrupa sus propias filas en el fuego de la lucha.

La Internacional Comunista es el partido de la insurrección revolucionaria del proletariado internacional. Rechaza todas las organizaciones y grupos que, de forma abierta o encubierta, adormecen, desmoralizan y debilitan al proletariado, incitándolo a inclinarse ante los fetiches que encubren la dictadura de la burguesía: la legalidad, la democracia, la defensa nacional, etc.

La Internacional Comunista tampoco puede admitir en sus filas a las organizaciones que, después de inscribir en su programa la dictadura del proletariado, siguen practicando una política calculada a todas luces para una solución pacífica de la crisis histórica. El reconocimiento del sistema soviético no resuelve la cuestión. En la organización soviética no hay ninguna fuerza milagrosa. La fuerza revolucionaria está en el propio proletariado. Es preciso que se alce en insurrección y conquiste el poder: solo entonces la organización soviética mostrará sus cualidades como instrumento insustituible en sus manos.

La Internacional Comunista exige la expulsión de las filas del movimiento obrero de todos los jefes ligados por una colaboración política directa o indirecta con la burguesía. Necesitamos jefes que no tengan con la sociedad burguesa más relación que un odio mortal, que organicen al proletariado para una lucha intransigente, que estén dispuestos a llevar al combate al ejército de los sublevados, que no se detengan a mitad de camino pase lo que pase y que no teman recurrir a medidas de represión implacable contra todos los que intenten detenerlos por la fuerza.

La Internacional Comunista es el partido internacional de la insurrección proletaria y de la dictadura proletaria. No tiene otros fines ni otras tareas que los fines y las tareas de la propia clase obrera. Las pretensiones de las pequeñas sectas, cada una de las cuales se propone salvar a la clase obrera a su manera, son ajenas y hostiles al espíritu de la Internacional Comunista. No crea recetas ni conjuros universales; se apoya en la experiencia mundial de la clase obrera en el pasado y en el presente, depura esa experiencia de sus errores y desviaciones, generaliza sus conquistas y solo reconoce y adopta las fórmulas revolucionarias que son fórmulas de acción de masas.

La organización sindical, la huelga económica y política, el boicot, las elecciones parlamentarias y municipales, la tribuna parlamentaria, la agitación legal e ilegal, los puntos de apoyo clandestinos en el ejército, el trabajo cooperativo, la barricada: ninguna de las formas de organización o de lucha creadas por el desarrollo del movimiento obrero es rechazada por la Internacional Comunista, y ninguna es consagrada por ella como panacea.

El sistema soviético no es un principio abstracto que los comunistas opongan al principio del parlamentarismo. El sistema soviético es un aparato de clase que, en la lucha y por medio de la lucha, debe abolir el parlamentarismo y ocupar su lugar. Al tiempo que libra una lucha implacable contra el reformismo en los sindicatos y contra el cretinismo y el arribismo parlamentarios, la Internacional Comunista condena los llamamientos sectarios a abandonar las filas de las organizaciones sindicales de millones de miembros o a volver la espalda a las instituciones parlamentarias y municipales. Los comunistas no se separan de las masas engañadas y traicionadas por los reformistas y los patriotas, sino que libran contra estos una lucha intransigente en el terreno de las organizaciones de masas y de las instituciones creadas por la sociedad burguesa, para derribarla así con mayor seguridad y rapidez.

Mientras que, bajo el amparo de la II Internacional, los métodos de organización y de lucha de clase, una lucha casi exclusivamente legal, quedaron en última instancia sometidos al control y la dirección de la burguesía a través de su agencia reformista, que hacía de brida puesta a la clase revolucionaria, la Internacional Comunista, por el contrario, arranca la brida de manos de la burguesía, se adueña de todos los métodos y organizaciones del movimiento obrero, los une bajo una dirección revolucionaria y, por su medio, pone ante el proletariado un fin único: la conquista del poder para destruir el Estado burgués e instaurar la sociedad comunista.

En toda su labor, como dirigente de una huelga revolucionaria, como organizador de grupos clandestinos, como secretario de un sindicato, como agitador en los mítines de masas o como diputado, como cooperativista o como combatiente de barricada, el comunista sigue siendo él mismo: miembro disciplinado del partido comunista, luchador abnegado, enemigo mortal de la sociedad capitalista, de su base económica, de sus formas de Estado, de su mentira democrática, de su religión y de su moral, soldado sacrificado de la revolución proletaria e incansable heraldo de la nueva sociedad.

¡Obreros y obreras!

En la tierra solo hay una bandera por la que merece la pena luchar y morir. Es la bandera de la Internacional Comunista. El II Congreso mundial de la Internacional Comunista.

Respuesta al telegrama de saludo de la Comunidad de Trabajo (Arbeitsgemeinschaft) de socialdemócratas revolucionarios de Austria

¡Estimados camaradas!

El congreso de la III Internacional ha tomado nota con satisfacción de vuestro saludo. Los partidos de todos los países que se han adherido a la III Internacional han decidido en este congreso llevar a la práctica la idea de los soviets en todos los países mediante una disciplina rigurosa y una acción solidaria. En la Austria alemana60 esta lucha la libra el partido comunista. Si de verdad aspiráis a la victoria final de la revolución mundial, os espera en la Austria alemana un deber serio y sagrado: emprender una lucha demoledora contra la parte de la socialdemocracia germanoaustriaca que encabezan los jefes reformistas y socialtraidores Renner, Bauer, Fritz Adler, Huber, Tomschik, Domes, por citar solo a los más conocidos.61 La ruptura sin reservas con la socialdemocracia reformista y la unión con el Partido Comunista de la Austria alemana, la lucha en el consejo de diputados obreros por que se cumplan las reivindicaciones comunistas, no los reconocimientos de palabra, sino una acción revolucionaria implacable, conducirán en un futuro próximo a la victoria de la revolución mundial.

A todos los miembros del Partido Socialista Francés, a todos los proletarios conscientes de Francia

Del presidium del II Congreso de la Internacional Comunista

El último congreso del Partido Socialista Francés62 decidió por una inmensa mayoría salir de la II Internacional, a la que todos los obreros conscientes del mundo reconocen ya como una organización traidora. Pero ese mismo congreso, por una mayoría de cerca de dos tercios de los votos, renunció a ingresar de inmediato en la Internacional Comunista y se limitó a una resolución ambigua: entablar solamente ciertas relaciones con la III Internacional y dedicarse a organizar los partidos intermedios, situados entre la II y la III Internacional.

Dos delegados de la mayoría del congreso, Marcel Cachin y Frossard,63 han venido a Rusia para negociar con nosotros acerca de la resolución de dicho congreso. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, en su composición ampliada (con la participación de delegados de Italia, Inglaterra, América, Austria, Hungría, Alemania, Bulgaria y otros países), dedicó dos sesiones completas a aclarar las cuestiones relacionadas con la llegada de Cachin y Frossard. El Comité Ejecutivo celebró además con esos dos delegados del Partido Socialista Francés una serie de reuniones más estrechas. Hemos recibido de ellos tres informes escritos, que se han publicado en la prensa oficial de la Internacional Comunista en todas las lenguas. Invitamos a Cachin y a Frossard, con voz consultiva, al II Congreso mundial de la Internacional Comunista. Escuchamos a Cachin y a Frossard en una comisión del congreso. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista considera, naturalmente, su deber tratar con la mayor atención a cada delegación de todo partido o grupo que quiera romper con la II Internacional y tenga la intención de entrar en las filas de la Internacional Comunista.

Agradecemos al Partido Socialista Francés que, al enviarnos a sus delegados, nos haya dado la ocasión de explicarnos con vosotros abiertamente, con toda franqueza, como corresponde a revolucionarios. Por las líneas que siguen sabréis cómo vemos nosotros la situación en Francia. Estamos seguros de que nuestra respuesta se publicará de inmediato en Francia y será objeto de discusión de todos los obreros conscientes franceses.

Al valorar la situación del partido obrero en Francia, ponemos en primer plano dos circunstancias: 1) el papel internacional que desempeña hoy la burguesía francesa; 2) la situación interna del propio Partido Socialista Francés.

La burguesía francesa, por toda una serie de condiciones, desempeña en la actualidad, sin duda alguna, el papel más reaccionario del mundo entero. La Francia burguesa se ha convertido en el baluarte de la reacción mundial.

El capital imperialista francés ha asumido, a la vista del mundo entero, el papel de gendarme internacional. La burguesía francesa es la que más ha hecho por estrangular la república soviética proletaria de Hungría. A la burguesía francesa le correspondió y le corresponde el primer papel en la organización de la expedición de bandidaje contra la Rusia soviética. La burguesía francesa desempeña en los Balcanes el papel del verdugo más sucio. Y, por último, es también la burguesía francesa la que ha asumido el principal «trabajo» de estrangular la revolución proletaria que se desarrolla en Alemania. A ella le correspondió el papel principal en la elaboración de la paz de bandidaje de Versalles. Ella envía tropas negras a ocupar ciudades alemanas.64 Ella se ha aliado de hecho con la burguesía alemana contra la clase obrera alemana. No hay crimen monstruoso que no haya cometido el gobierno de la burguesía francesa. La revolución mundial en desarrollo no tiene peor enemigo que el gobierno de los capitalistas franceses.

Esto impone un deber internacional de especial importancia a los obreros franceses y a su partido. La historia ha querido que sobre vosotros, proletarios franceses, recaiga la tarea pesada, de altísima responsabilidad, pero agradecida, de hacer frente al destacamento más rabioso, más desenfrenadamente reaccionario de la burguesía internacional.

El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista se ve obligado a constatar con pesar —y aquí pasamos a la segunda de las circunstancias señaladas— que la situación interna del Partido Socialista Francés es lo que menos favorece que podáis cumplir la misión histórica que el curso de los acontecimientos ha puesto sobre vuestros hombros.

Los proletarios avanzados de Francia estarán sin duda de acuerdo con nosotros si decimos que durante los cuatro años de guerra imperialista en ninguna parte, salvo en Alemania, se cometió una traición tan baja al socialismo como precisamente en vuestro país, por obra de la antigua mayoría de vuestro partido. La conducta de los jefes de la antigua mayoría, Renaudel, Albert Thomas, Sembat y otros,65 después del 4 de agosto de 1914 no fue en nada mejor que la conducta sucia y traidora de los Scheidemann y los Noske en Alemania. Los jefes de vuestro partido no solo votaron los créditos de guerra, sino que pusieron toda la prensa del partido y todo el aparato del partido al servicio de la burguesía imperialista y bandida. Estos jefes del Partido Socialista Francés envenenaron el alma del soldado y del obrero de a pie. Ayudaron a la burguesía imperialista a levantar en todo el país una ola turbia de chovinismo inaudito, monstruoso. Ayudaron a la burguesía a implantar un régimen de servidumbre en las fábricas, a destruir hasta las leyes más moderadas de protección del trabajo. Asumieron plena responsabilidad por la carnicería imperialista. Se sentaron en el gobierno de la burguesía francesa. Cumplieron los encargos más sucios de los cabecillas de la Entente. Cuando estalló la Revolución de Febrero (1917) en Rusia, Albert Thomas, en nombre del partido y por encargo de los imperialistas franceses, vino a Rusia para convencer a los obreros y soldados rusos de que continuaran la carnicería imperialista. Los socialpatriotas franceses ayudaron a los capitalistas franceses a organizar la campaña de la guardia blanca rusa, que declaró la guerra a la clase obrera y al campesinado de Rusia.

En cuanto a la antigua minoría de vuestro partido, nunca libró contra su repugnante mayoría una lucha de principio, vigorosa y nítidamente definida, la lucha que era su sagrado deber. (Convertida en mayoría, sigue hasta hoy, como antes, una política ambigua, sin mostrar ni la decisión debida ni la energía necesaria, y prosigue la triste línea oportunista de antes.)

Albert Thomas, Renaudel, Jouhaux y otros siguen desempeñando todavía hoy el papel reaccionarísimo de servidores de la burguesía. En las filas de vuestro partido, no solo los socialpatriotas declarados, sino también muchos representantes destacados del «centro» (Longuet y otros)66 siguen afirmando aún que la carnicería imperialista de bandidaje de 1914-1918 fue para Francia una defensa de la patria (défense nationale). Vuestro partido, en la persona de su mayoría centrista, no ha dicho todavía con claridad a los obreros de Francia que la última guerra mundial fue, tanto por parte de la burguesía alemana como por parte de la francesa, una guerra de rapiña, una guerra de verdugos, una guerra de bandidaje. Los discursos de Longuet, Faure, Pressemane y otros jefes vuestros sobre la «defensa de la patria», pronunciados todavía en el congreso de Estrasburgo, están muy cerca del socialpatriotismo.

Debemos deciros con franqueza, camaradas, que la situación interna del Partido Socialista Francés es peor incluso que la de los independientes alemanes. Os habéis quedado atrás incluso respecto del ritmo de desarrollo alemán. No os habéis separado todavía de vuestros traidores declarados, los socialpatriotas. No habéis hecho siquiera lo que hicieron los independientes alemanes ya en 1916. En vuestro partido siguen estando traidores como Albert Thomas, que no le hace ascos a ocupar un cargo de responsabilidad en la Sociedad de Naciones de bandidos. En vuestro partido militan todavía personajes como Pierre Renaudel, servidor celosísimo de la burguesía francesa. Seguís tolerando a traidores a la causa obrera como Jouhaux y sus correligionarios, que hoy resucitan la Internacional amarilla de los sindicatos. En vuestras filas toleráis a gente que, por encargo de los capitalistas de la Entente, representa la comedia de organizar la Oficina Internacional del Trabajo. En vuestro partido siguen siendo miembros de pleno derecho diputados que tuvieron la desvergüenza de abstenerse en la votación cuando en la Cámara de Diputados francesa se decidía sobre el vergonzoso, sangriento y rapaz Tratado de Versalles.

Convendréis, camaradas, en que semejante situación dentro del partido no favorece en modo alguno que podáis cumplir la misión que os ha encomendado la historia.

No es de extrañar, camaradas, que en tal estado de cosas también la actual mayoría oficial del Partido Socialista Francés, que se tiene por internacionalista y revolucionaria, siga en los hechos una política llena de vacilaciones, ambigüedades y medias tintas.

Examinemos uno por uno los terrenos más importantes de vuestro trabajo cotidiano actual: 1) vuestro trabajo parlamentario; 2) vuestra prensa; 3) vuestra propaganda en el campo y en el ejército; 4) vuestra actitud hacia los sindicatos; 5) vuestra actitud ante los recientes actos de violencia del gobierno francés; 6) vuestra actitud hacia el ala izquierda comunista de vuestro propio partido; 7) vuestra actitud hacia la Internacional.

  1. El trabajo parlamentario de vuestro grupo socialista en la Cámara de Diputados sigue sin ser revolucionario, ni proletario, ni socialista. Cada diputado socialista actúa como le place. El grupo parlamentario en su conjunto no se somete de hecho al partido. Solo cumple las decisiones de la mayoría del partido que le agradan. No sirve de portavoz a las masas proletarias de Francia, que arden de indignación contra la vileza de la burguesía francesa. No rinde cuentas ante las masas obreras. No denuncia las fechorías del gobierno francés. No hace agitación revolucionaria entre los muchos millones de excombatientes. No se ha propuesto describir a las masas trabajadoras de Francia todo el carácter criminal de la carnicería imperialista que acaba de terminar. No llama a los obreros a armarse. En una palabra, no solo no prepara la revolución proletaria, sino que, al contrario, la sabotea con todas sus fuerzas. Muchos de vuestros diputados siguen siendo, no luchadores políticos de la clase obrera, sino politicastros. Con toda su conducta, muchos de vuestros diputados provocan en las masas obreras de Francia una repugnancia por cualquier trabajo parlamentario y llevan así el agua al molino de los anarquistas. Con su oportunismo, vuestro grupo parlamentario no hace más que alimentar y reforzar los errores y prejuicios del sindicalismo. Como resultado de la conducta de vuestros diputados, en las masas proletarias no hace más que afianzarse el desprecio hacia los intrigantes parlamentarios, hacia esa gente que se llama socialista y en realidad anda a partir un piñón con los peores enemigos de la clase obrera.

  2. Vuestra prensa diaria, en primer lugar los periódicos L'Humanité y Le Populaire, no es una prensa revolucionaria proletaria. No vemos en estos órganos una propaganda y una agitación cotidianas y sistemáticas a favor de las ideas de la revolución proletaria. En el mejor de los casos, se pronuncian en ellos palabras secas y sin alma sobre la dictadura del proletariado, pero esas palabras no toman carne y hueso en toda vuestra agitación escrita de cada día. Vuestros órganos se parecen a menudo como dos gotas de agua a los órganos de la burguesía francesa. Igual que ellos, dais el lugar principal a las naderías parlamentarias y a los pequeños «acontecimientos» de las «esferas» burguesas. Vuestros órganos no saben ni quieren ser auténticos portavoces de la cólera revolucionaria acumulada de las masas proletarias. Vuestros órganos no pintan las calamidades populares que sufren las masas trabajadoras de Francia a consecuencia de la guerra. Vuestros órganos se limitan a protestas secas, formales, pedantes, platónicas. Vuestro órgano de propaganda entre los campesinos lo habéis dejado en manos de Compère-Morel,67 socialpatriota notorio.

Es necesario que renunciéis al método inadmisible de la representación proporcional, que abre las páginas de vuestra prensa de partido a los escritos envenenados de Renaudel y compañía.

  1. Lo mismo hay que decir de vuestra agitación en el campo y en el ejército. Esta agitación o no existe en absoluto o tiene un carácter abiertamente reformista. ¿Dónde y cuándo ha explicado vuestro partido a los soldados franceses sus deberes revolucionarios proletarios? Que nosotros sepamos, en ninguna parte y nunca. Si la correlación de fuerzas en Francia es hoy tal que los socialistas no pueden hacerlo legalmente, el deber de todo proletario honrado consiste en completar el trabajo legal con el ilegal, pero cumplir con su deber hacia la clase obrera de su propio país y hacia los proletarios del mundo entero.

  2. Vuestra actitud hacia los sindicatos (syndicats) está llena de ambigüedad. No solo no libráis una lucha ideológica sistemática contra los jefes socialpatriotas de la Confederación General del Trabajo, sino que los encubrís. Cuando Jouhaux y compañía ayudan a la burguesía a restablecer en Ámsterdam la Internacional amarilla de los sindicatos, cuando ese mismo Jouhaux y compañía, junto con Albert Thomas, acuden a la conferencia internacional del trabajo organizada por los imperialistas, cuando los dirigentes de la Confederación General del Trabajo hacen fracasar del modo más traidor la huelga del 21 de julio de 1919,68 vosotros no emprendéis una campaña contra ellos, no los ponéis en la picota ante los obreros de toda Francia, no los desenmascaráis como los más viles traidores a la causa obrera. No: seguís «colaborando» con ellos. En el mejor de los casos los regañáis con benevolencia, pero no lucháis contra ellos. No os proponéis arrancar los sindicatos franceses de la influencia corruptora de los agentes del capital.

Durante las últimas grandes huelgas de mayo, cuando el gobierno os metía en la cárcel y las compañías os echaban a la calle, uno de vuestros camaradas, Paul-Boncour,69 solo reprochó al gobierno en el parlamento haber olvidado el patriotismo que Jouhaux demostró el 2 de agosto de 1914 y sus grandes méritos durante la guerra y después de ella.

  1. La burguesía francesa comete en los últimos tiempos actos de violencia inauditos dirigidos especialmente contra el ala izquierda del movimiento obrero francés. Arroja a la cárcel a Loriot, Monatte, Souvarine70 y a otros camaradas. ¿Qué habéis hecho para responder a esta ofensiva de los capitalistas franceses? ¿Por qué no tocáis a rebato? ¿Por qué no levantáis una campaña en todo el país? ¿Por qué os limitáis a una agitación casi filantrópica?

  2. Vuestra actitud hacia el ala izquierda comunista de vuestro propio partido deja mucho que desear. No buscáis el acercamiento a los comunistas franceses. Al contrario, organizáis la lucha contra ellos. Ponéis a la orden del día el ingreso en la Internacional Comunista, pero al mismo tiempo no hacéis nada, o casi nada, por un acercamiento sincero y fraternal a los comunistas de vuestro propio país.

  3. Y, por último, vuestra actitud hacia la Internacional. Permanecisteis en las filas de la amarilla y traidora II Internacional hasta que salieron de ella los independientes alemanes y hasta que los obreros franceses obligaron a los actuales jefes del «centro» socialista francés a romper con la Internacional amarilla. Enviasteis a vuestros delegados a la famosa Conferencia de Berna.71 Algunos de ellos, es cierto, defendieron allí la revolución rusa, pero también hubo allí intentos de salvar a la agonizante II Internacional. Intentasteis crear una nueva corriente intermedia, la de los llamados «reconstructores». Ahora no declaráis abiertamente vuestro ingreso en la Internacional Comunista. Declarasteis vuestra salida de la II Internacional y al mismo tiempo os declarasteis solidarios con los «socialistas» belgas, es decir, con el socialtraidor Vandervelde, jefe de la II Internacional. Declarasteis vuestro deseo de entrar en la III Internacional y, al mismo tiempo, vuestro representante oficial, Mistral72, firma durante el golpe de Kapp una declaración junto con el Buró de la II Internacional que llama al proletariado alemán a defender la república con Noske y Scheidemann. O bien silenciáis la existencia de la III Internacional, o bien hacéis contra ella una propaganda medio encubierta.

Vuestro representante Frossard, en el informe que nos entregó en Moscú, sigue todavía hoy explicando que no hayáis ingresado en la Internacional Comunista porque en nuestra Internacional no habrían entrado aún los partidos más grandes de Europa occidental. Pero no debéis olvidar que, si por los partidos más grandes de Europa occidental entendéis partidos todavía contaminados de socialpatriotismo, esos partidos no los necesitamos y nunca los admitiremos en las filas de la Internacional Comunista. Todos los partidos verdaderamente revolucionarios de Europa y de América están ya en nuestras filas.

La Internacional Comunista se ha convertido en una fuerza tan grande que para algunos socialistas empieza ya a ser una moda. Algunos partidarios del «centro» empiezan a llamarse comunistas y creen que se puede entrar en la III Internacional siguiendo de hecho la vieja política semirreformista. Esto la Internacional Comunista no puede consentirlo. No permitiremos que se agüe nuestra organización. La Internacional Comunista debe seguir siendo una camaradería internacional combativa de obreros comunistas.

Pasamos ahora a las preguntas directas que nos plantea el primer informe escrito de vuestro representante Frossard. Este informe nos pregunta, entre otras cosas, por nuestra actitud hacia los sindicatos (syndicats) en Francia. Es una cuestión de suma importancia, y es necesario detenerse en ella.

Por nuestras tesis y otros documentos oficiales de la Internacional Comunista sabéis que nos oponemos del modo más resuelto a los poco numerosos comunistas «de izquierda» que proponen salir de las filas de los sindicatos reaccionarios, desentenderse de esos sindicatos y organizar frente a ellos unas «uniones obreras generales» nuevas e informes. Este criterio nuestro no se refiere solo a los sindicatos socialdemócratas «libres»-amarillos de Legien y compañía, sino también a los sindicatos franceses encabezados por Jouhaux y compañía. Estamos en contra de que los revolucionarios y los comunistas abandonen los sindicatos de masas incluso en los casos en que esos sindicatos tienen aún la desgracia de seguir a los Legien y a los Jouhaux. Los revolucionarios y los comunistas deben estar donde están las masas obreras. También los comunistas rusos estuvieron mucho tiempo en minoría en los sindicatos. Los comunistas rusos supieron luchar por sus ideas en el marco de las organizaciones obreras más atrasadas e incluso abiertamente reaccionarias.

Exigimos a nuestros partidarios en Francia que en ningún caso abandonen las filas de los sindicatos. Al contrario, si quieren cumplir su deber para con la Internacional Comunista, están obligados a intensificar su trabajo dentro de los sindicatos.

El último refugio de los socialpatriotas son hoy precisamente los sindicatos. La II Internacional, como organización política, se ha derrumbado como un castillo de naipes, pero la nueva Internacional de Ámsterdam de los sindicatos amarillos es todavía una base considerable para los socialtraidores. La Internacional amarilla de Ámsterdam es hoy más nociva y peligrosa para la revolución mundial que la Sociedad de Naciones. A través de los Legien, los Gompers y los Jouhaux, la burguesía intenta hacer de la Internacional sindical de Ámsterdam el mismo instrumento de sus fines de rapiña que fueron los partidos socialdemócratas de todo el mundo durante la guerra imperialista.

Esto nos impone a nosotros, los comunistas, el deber de decuplicar nuestra atención hacia el movimiento sindical. Debemos arrancar a toda costa estos sindicatos de manos de los capitalistas y de los socialtraidores. Para ello debemos estar dentro de estos sindicatos; para ello debemos dirigir allí nuestras mejores fuerzas.

Nuestros partidarios permanecerán dentro de los sindicatos, pero no actuarán allí dispersos, no como polvo humano. En cada sindicato, en cada sección de sindicato, debemos organizar un grupo comunista, una célula comunista. Dentro de los sindicatos, en el terreno de la lucha cotidiana, estamos obligados a desenmascarar las maniobras de los Jouhaux grandes y pequeños. Debemos abrir los ojos a los afiliados de base. Debemos expulsar de los sindicatos a los jefes socialtraidores. Debemos, mediante una lucha sistemática y tenaz, arrancar sindicato tras sindicato de la influencia de los socialtraidores y de los sindicalistas amarillos del tipo de Jouhaux. Los bolcheviques rusos supieron cumplir esta tarea con un trabajo de largos años. Todavía en vísperas de la Revolución de Octubre los comunistas rusos estaban en minoría en los sindicatos. Tras tomar el poder en sus manos y poner en manos de los obreros conscientes nuevos medios de propaganda, los bolcheviques rusos supieron conquistar en poco tiempo después de la revolución a la inmensa mayoría del movimiento sindical. Este es el camino que deben seguir los comunistas y los revolucionarios del mundo entero.

Si Frossard declara en su informe escrito de Moscú: «La Confederación General del Trabajo no hará la revolución sin nosotros (el partido); nosotros no haremos la revolución sin ellos (los sindicatos)», esta frase es, por lo menos, insuficientemente clara. No se puede hacer la revolución con quienes no quieren hacerla. La revolución proletaria no la haréis con los señores Jouhaux, que han consagrado todos sus pensamientos y todos sus esfuerzos a hacer fracasar la revolución proletaria. La revolución proletaria la haréis solo a pesar de Jouhaux y contra él, como a pesar de Albert Thomas y de Pierre Renaudel. Si limpiáis el partido de oportunismo, si vuestros diputados en el parlamento hacen propaganda comunista, si echáis a los amarillos de las filas de vuestro propio partido, si os hacéis, en una palabra, comunistas, entonces los obreros de base, los afiliados a los sindicatos, os seguirán contra Jouhaux. Tanto antes venceréis los prejuicios del sindicalismo cuanto antes acabéis vosotros mismos con el oportunismo.

Los sindicatos rojos han empezado a organizarse a escala internacional. Por iniciativa del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, los sindicatos de izquierda de Italia, Rusia e Inglaterra han creado una triple alianza que convoca para agosto o septiembre un congreso internacional de los sindicatos rojos, destinado a contraponerse a la Internacional de Ámsterdam de los sindicatos amarillos.73 Apoyad esta iniciativa en Francia. Conseguid que también vuestros sindicatos se adhieran a la Internacional de los sindicatos rojos y rompan de una vez para siempre con la amarilla. Esa es la tarea de los verdaderos revolucionarios en Francia.

En el informe de Frossard se nos plantea también, en forma de medio reproche, la pregunta de si seguimos insistiendo en la expulsión de determinadas personas de vuestro partido.

Esta cuestión tiene, desde luego, una importancia seria, pero no es solo ella la que determina nuestra actitud hacia vosotros. Sí, os lo decimos sin rodeos: os habéis quedado atrás, incluso respecto de los independientes alemanes. Mientras los independientes alemanes han planteado ya por fin la cuestión de la expulsión de Kautsky, y por tanto de los kautskianos, en vuestro partido siguen siendo miembros de pleno derecho Albert Thomas y Renaudel, es decir, los Noske y Scheidemann franceses. Sí, declaramos con toda precisión que, pese a la lucha que Longuet libra a favor de la revolución rusa, pese a su aceptación de palabra de la dictadura del proletariado, la posición ideológica y la actividad general de Longuet en la prensa y en el parlamento se parecen como dos gotas de agua a la propaganda que hace Kautsky en Alemania. Sí, inevitablemente tendréis que separaros de toda una serie de vuestros dirigentes de derecha, contaminados de reformismo hasta la médula.

Pero la cuestión principal que os planteamos no es la de la expulsión de personas: es la de la ruptura con una determinada tradición reformista. La Internacional Comunista no os exige que «hagáis» de inmediato la revolución soviética. Quien os presenta la exigencia de la Internacional Comunista bajo esa luz tergiversa nuestra posición. Solo exigimos una cosa: que en vuestro trabajo cotidiano, en la prensa, en los sindicatos, en el parlamento, en las reuniones, hagáis de modo sistemático e indeclinable una propaganda honrada e inequívoca a favor de las ideas de la dictadura y del comunismo, que despejéis el camino a la revolución proletaria, que luchéis de buena fe contra las ideas burguesas reformistas.

Esto es lo principal que queríamos deciros, camaradas.

Vuestros delegados Cachin y Frossard, en vísperas de su partida, nos declararon oficialmente que están de acuerdo con las condiciones que plantea el II Congreso mundial de la Internacional Comunista. Declararon que, a su regreso a Francia, propondrán al Partido Socialista Francés la ruptura radical con la vieja táctica reformista y el paso a la vía comunista.

Huelga añadir que nos alegraremos mucho si el movimiento obrero francés sale por fin de verdad al ancho camino real. Seguiremos atentamente el curso ulterior de los acontecimientos en el Partido Socialista Francés. El II Congreso dará al Comité Ejecutivo plenos poderes para admitir a vuestro partido en las filas de la Internacional Comunista si las condiciones planteadas por el congreso son aceptadas por vosotros y llevadas efectivamente a la práctica.

Para terminar, os formulamos algunos puntos precisos, que nos parecen los principales y sobre los cuales esperaremos de vosotros una respuesta del todo exacta y clara.

Confirmamos íntegramente nuestra respuesta a los independientes alemanes, que se ha publicado también en la prensa comunista de París. Esa respuesta va dirigida casi por entero también a vosotros, la actual mayoría del Partido Socialista Francés.

Aplicados a vuestras condiciones francesas, planteamos los 10 puntos siguientes:

  1. El Partido Socialista Francés debe cambiar radicalmente el carácter de su propaganda y su agitación cotidianas en la prensa, en el sentido indicado más arriba.

  2. En la cuestión colonial es necesaria una línea especialmente nítida y clara de todos los partidos de aquellos países cuya burguesía extiende su dominio sobre pueblos coloniales. El partido francés debe desenmascarar implacablemente las maniobras de los imperialistas franceses en las colonias, apoyar no de palabra sino de hecho todo movimiento de liberación en las colonias, popularizar la consigna «¡Imperialistas, fuera de las colonias!», inculcar a los obreros de Francia una actitud verdaderamente fraternal hacia la población trabajadora de las colonias y hacer una agitación sistemática en las tropas francesas contra la opresión de las colonias.

  3. El partido francés debe desenmascarar la falsedad y la hipocresía del socialpacifismo, demostrar sistemáticamente a los obreros que, sin el derrocamiento revolucionario del capitalismo, ningún tribunal internacional de arbitraje ni ninguna charla sobre la reducción de armamentos salvarán a la humanidad de nuevas guerras imperialistas.

  4. El Partido Socialista Francés debe empezar a organizar a los elementos revolucionarios comunistas dentro de la Confederación General del Trabajo para luchar contra los jefes socialtraidores de esa Confederación.

  5. El Partido Socialista Francés debe llevar a cabo, no de palabra sino de hecho, la subordinación más estricta del grupo parlamentario al partido en su conjunto. Debe reconocer como grupo del partido solo a aquellos diputados que cumplan de buena fe las decisiones del partido y que cambien todo su trabajo parlamentario cotidiano en el sentido indicado más arriba.

  6. La actual mayoría del Partido Socialista Francés debe cambiar radicalmente su actitud hacia el ala izquierda comunista del movimiento obrero francés. El partido debe abrir las páginas de todos sus órganos a los representantes de los comunistas. La actual mayoría debe buscar un acercamiento sincero a los elementos comunistas de Francia.

  7. El partido francés debe romper radicalmente con el reformismo y llevar a cabo una depuración sistemática de sus filas, apartando a los elementos que no quieran seguir el nuevo camino revolucionario.

  8. El partido francés debe cambiar también su nombre y presentarse ante el mundo entero como Partido Comunista de Francia.

  9. Los camaradas franceses deben reconocer la necesidad de combinar el trabajo legal con el ilegal en una época en que la burguesía impone el estado de sitio a los obreros y a sus jefes.

  10. El partido francés, como todos los partidos que quieran formar parte de la III Internacional, debe reconocer como incondicionalmente obligatorias para sí todas las decisiones de la Internacional Comunista. La Internacional Comunista es plenamente consciente de toda la diversidad de condiciones en que tienen que luchar los obreros de los distintos países. Los congresos de la Internacional Comunista tendrán siempre en cuenta esas condiciones y solo adoptarán decisiones obligatorias para todos en aquellas cuestiones en que sea posible adoptarlas.

Os pedimos que deis a conocer la presente respuesta a todos los obreros franceses.

Camaradas, os hemos dicho con toda franqueza nuestra opinión sobre toda una serie de grandes cuestiones. Sabemos que solo un pequeño número de vuestros jefes se adherirá por ahora a lo que hemos dicho. Pero estamos seguros de que la inmensa mayoría de los obreros socialistas conscientes y de los sindicalistas revolucionarios honrados de Francia están de corazón con nosotros. Se desarrollen como se desarrollen nuestras relaciones en el próximo futuro, tenemos la firme convicción de que el proletariado francés se forjará un poderoso partido comunista y ocupará uno de los primeros puestos en la familia internacional del proletariado en lucha. No puede ser que la clase obrera revolucionaria de Francia, con sus admirables tradiciones revolucionarias, con su cultura, con su disposición al sacrificio, con su magnífico temperamento combativo, no cree un poderoso partido comunista en una época en que ha empezado a todas luces la agonía del orden burgués.

Camaradas, el año próximo el proletariado internacional celebrará el cincuentenario de la Comuna de París, aquel gran levantamiento obrero cuya continuación es la revolución proletaria en Rusia. Deseamos de corazón al proletariado francés que este cincuentenario de la gran Comuna de París os encuentre organizados en un poderoso partido comunista proletario que continúe las mejores tradiciones de los comuneros de París y esté dispuesto a lanzarse al asalto de las fortalezas del capitalismo.

¡Viva la clase obrera de Francia!

¡Viva el Partido Comunista Francés unido y poderoso!

Con saludos de camaradas,

El presidium del II Congreso de la Internacional Comunista.

Moscú, 29 de julio de 1920.

La III Internacional a los sindicatos de todos los países

¡Obreros, miembros de los sindicatos de todos los países!

Hasta el obrero más atrasado, hasta la organización obrera más atrasada tienen que reconocer ya que el mundo burgués se derrumba. Las viejas relaciones sociales se han roto; la estabilidad del orden burgués ha resultado ilusoria. La burguesía no puede reconstruir la economía arruinada por la guerra. En la sangrienta guerra civil está naciendo un mundo nuevo y libre del trabajo y de la fraternidad verdadera.

La humanidad entera se ha dividido hoy en dos partes: de un lado, la burguesía, magníficamente organizada, dueña de todos los medios técnicos del Estado moderno, impregnada de una alta consciencia de clase; y, del otro, el proletariado, menos consciente que la burguesía, peor organizado que su enemigo de clase y, sobre todo, insuficientemente soldado a escala internacional.

Los últimos años han demostrado con la mayor claridad la alta consciencia de clase de la burguesía: pese a la aguda rivalidad de los imperialismos nacionales, pese a la exacerbada competencia económica, pese incluso a la guerra, las clases dominantes de todos los países formaron desde los primeros días de la Revolución de Octubre en Rusia un frente internacional único, antiobrero y antirrevolucionario. La derrota de la burguesía en un país la viven las clases dominantes de otro país, y con toda la razón, como su propia derrota. Esta solidaridad de clase de los explotadores de todos los países la han sufrido en sus propias espaldas la Rusia soviética y la Hungría soviética. No hubo un solo rincón del globo, del Japón al Canadá, del Brasil a Noruega, grandes potencias incluidas, donde la burguesía y la prensa que ella mantiene no lanzaran rayos y truenos contra la «barbarie» de la revolución rusa, contra las «monstruosas pretensiones» del proletariado y el «criminal atentado» contra los fundamentos «sagrados» de la propiedad privada. Más aún: los países que ayer guerreaban entre sí encuentran enseguida un lenguaje común en cuanto se trata de la revolución proletaria. Lo ha demostrado la reciente conferencia de Spa74, donde el ministro inglés Lloyd George y el representante de la república burguesa alemana, Simons, abordaron por igual la cuestión del desarme desde el punto de vista del «peligro bolchevique». La burguesía internacional forma un bloque único en cuanto se trata del «sagrado beneficio». Tanto la burguesía inglesa como la francesa ayudarán de buena gana a la alemana a aplastar el movimiento revolucionario de los obreros, igual que los burgueses alemanes y sus carniceros militares están dispuestos a ahogar en sangre el movimiento socialista en Francia o en Inglaterra.

Esta alta consciencia, este agudo sentimiento de clase de la comunidad de intereses y esta magnífica organización son la fuerza principal de la burguesía en su lucha contra la clase obrera. Pero eso solo no basta para explicar las victorias de la burguesía en todo el frente internacional, salvo el ruso. La burguesía internacional es fuerte no solo por su organización y por su aparato, que funciona a la perfección, sino, sobre todo, por la insuficiente consciencia y el atraso de los obreros, y porque en su lucha contra la revolución se apoya en ciertas organizaciones obreras. Es monstruoso, pero es un hecho histórico indiscutible. Basta mirar los principales países de Europa y de América para convencerse de que la fuerza de la burguesía y sus victorias descansan en los sindicatos de esos países.

En efecto, durante los largos años de guerra los sindicatos de casi todos los países fueron el apoyo y el pilar de la política de guerra de sus gobiernos. ¿Quién lanzó y sostuvo la idea de la tregua de clases? Los sindicatos «neutrales». ¿Quién predicó a los obreros durante la guerra que se abstuvieran de toda acción revolucionaria, e incluso de las huelgas económicas? Los sindicatos libres socialdemócratas. ¿Quién sirvió de vehículo al alargamiento de la jornada de trabajo, a la explotación intensificada del trabajo de mujeres y niños, a la abolición de los derechos conquistados? ¿Quién atizó los sentimientos nacionalistas y chovinistas que se habían apoderado de amplias masas de la población? ¿Quién libró una lucha cruel y despiadada contra quienes, fieles a los preceptos de la solidaridad internacional, hacían agitación contra la guerra imperialista? Los sindicatos «socialistas» y «sindicalistas».

Si la guerra se alargó sin fin, si en los campos de Europa perecieron decenas de millones de personas, si la humanidad ha sido llevada al grado extremo de agotamiento, si la burguesía logró durante esta guerra someter a cientos de millones de personas y sacar beneficios inauditos del exterminio mutuo de los pueblos, una parte enorme de la culpa recae sobre aquellos dirigentes del movimiento sindical que olvidaron los principios elementales de la solidaridad internacional de clase y estamparon el sello de las organizaciones obreras en la sangrienta pelea de los bandidos.

Y cuando la guerra terminó, esos mismos dirigentes sindicales que habían prometido a los obreros maravillas si sus gobiernos vencían, esos mismos dirigentes que decían que la unión sagrada y la colaboración de clases eran un fenómeno pasajero, provocado por el peligro nacional, y que después de la guerra la lucha de clases renacería, esos mismos dirigentes, terminada la guerra, no solo no llamaron a los obreros a la lucha, sino que pasaron del acuerdo con la burguesía a escala nacional a la colaboración de clases a escala internacional.

En cuanto terminó la guerra, los jefes del movimiento sindical nacional —los señores Legien, Oudegeest, Jouhaux, Appleton, Gompers y compañía75— emprendieron la creación de agrupaciones internacionales que debían consolidar a escala internacional lo que antes se había practicado en cada país durante la tregua del proletariado con la burguesía. Para ello unos traidores probados de la clase obrera han creado dos instituciones: una se llama «Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones»; la otra, «Federación Sindical Internacional».

La «Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones», compuesta por 6 representantes de los sindicatos, 6 representantes de los patronos organizados y 12 representantes de los gobiernos «neutrales», tiene por objeto servir de válvula de escape para el movimiento revolucionario de los distintos países. Con esta Oficina del Trabajo, a cuyo frente está un especialista en traicionar a los obreros como Albert Thomas, la burguesía internacional piensa librarse de las reivindicaciones sociales de las amplias masas obreras con pequeñas limosnas. Aquí, en presencia de los representantes «neutrales» de los gobiernos burgueses, los representantes del trabajo y del capital tienen que ponerse de acuerdo y encontrar un lenguaje común. Ni que decir tiene que la base de las negociaciones y de los acuerdos es la inviolabilidad de la propiedad privada, la intangibilidad de la dominación del capital. Los representantes de los patronos organizados hablan de reformas sociales con tanto más gusto cuanto que esas conversaciones no los obligan a nada. Solo obligan a los llamados «representantes» obreros a predicar en sus países la solución pacífica de la cuestión social y a sembrar la ilusión de que la rapaz «Sociedad de Naciones» y sus órganos pueden ayudar a la clase obrera a salir del callejón sin salida al que la ha empujado la larga guerra imperialista. Y eso es todo lo que necesita la burguesía internacional.

Al mismo tiempo que en Berna se creaba la Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones, en Ámsterdam se ponían los cimientos de la «Federación Sindical Internacional», a cuyo frente están los mismos lacayos que hacen los recados de la Sociedad de Naciones imperialista. ¿Cuál es el programa de la Federación Sindical Internacional de Ámsterdam? ¿Qué opina esa federación de los acontecimientos que estamos viviendo? ¿Cómo piensa resolver los problemas que tiene planteados la clase obrera? ¿Qué actitud adopta ante la guerra civil, cada vez más aguda? ¿Qué piensa de la revolución social? ¿Qué ha hecho para ayudar a los proletarios de los distintos países que están en lucha? A la propia Federación Sindical de Ámsterdam le costaría responder a estas preguntas. Pero por todos sus actos, igual que por su composición, se ve que está enteramente en el punto de vista de la Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones, es decir, en el punto de vista de la propia Sociedad de Naciones burguesa. Se ve, en primer lugar, en que los dirigentes responsables de la Federación Sindical Internacional de Ámsterdam son al mismo tiempo representantes en la Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones y, en segundo lugar, en que el llamamiento de mayo de la confederación internacional de Ámsterdam termina con la consigna: «Aplicación de las resoluciones de la Conferencia de Washington»76.

Así pues, el dominio de los elementos socialpatriotas y renegados en los sindicatos de los mayores países ha conducido a la creación de dos organizaciones amarillas que, por su misma esencia, son el mejor apoyo de la burguesía en su lucha contra el proletariado revolucionario. Y no podía ser de otro modo, porque la II Internacional, formada por los traidores a la clase obrera de cada país, no puede representar otra cosa que la unión de los traidores de todos los países. Así, la traición a los intereses obreros ha quedado ahora consolidada a escala internacional. La clase obrera tiene en sus propias filas una representación organizada de la burguesía. La agrupación de Ámsterdam es la agencia de la burguesía en el campo obrero. Por eso la clase obrera tiene que saber que la lucha de clases consiste hoy no solo en luchar contra las clases dominantes, sino ante todo, y principalmente, en una lucha encarnizada y despiadada contra los «lugartenientes del capital» en su propio seno.

La lucha contra la herencia de la guerra imperialista y contra la representación organizada de la burguesía en las organizaciones obreras se ve facilitada por el hecho de que la masa obrera ha entrado ahora en amplio torrente en los sindicatos. Donde los sindicatos contaban cientos o miles de miembros, cuentan hoy decenas y centenares de miles. El obrero busca en el sindicato respuesta a todas las malditas cuestiones que la guerra imperialista le ha planteado. Los viejos lazos se han deshecho, las viejas relaciones se han quebrado. Los obreros más atrasados, apegados a la cultura burguesa, que habían absorbido los prejuicios pequeñoburgueses y burgueses de toda una época, incluso esos obreros, arrancados de su ambiente habitual, acuden al sindicato en busca de una vida mejor, en busca de un apoyo firme para su situación económica, sumamente precaria. Los obreros acuden a los sindicatos para resolver colectivamente los problemas planteados a cada proletario, porque el obrero aislado es todavía más impotente que en vísperas de la guerra.

La masa obrera llena los sindicatos. Los sindicatos del mundo entero cuentan hoy más de 30 millones de miembros. Es un ejército colosal, de cuya orientación depende el destino de la humanidad. Un ejército así, si estuviera impregnado del espíritu de la lucha de clases revolucionaria, podría dar la vuelta al mundo entero. Y, sin embargo, este ejército colosal, en el que hay decenas de millones de proletarios de ánimo indudablemente revolucionario, sigue todavía bajo la influencia ideológica y la dirección orgánica de los viejos jefes pasados al lado de la burguesía. ¿Quién es la base de toda la política burguesa y demagógica de Lloyd George? ¿Quién sostiene sobre sus hombros todo el sistema colonial de Inglaterra? Las viejas trade-unions inglesas. ¿Quién, a lo largo de toda la revolución en Alemania, ha suministrado batallones contra la revolución social? ¿Quién, en el periodo de las crisis más agudas de Alemania, durante el golpe reaccionario de Kapp, se presentó como salvador de la unión contra natura de la burguesía y el proletariado? ¿Quién es el portador de la ideología de la paz social y de la solución gradual de la cuestión social en Alemania? Los llamados sindicatos libres alemanes, que siguen a los Legien. ¿Quién frena hoy en Francia la marcha de la lucha revolucionaria? ¿Quién hace fracasar el movimiento revolucionario en ese país? La famosa Confederación General del Trabajo, la organización que durante largos años había predicado la revolución social. Y cuando la revolución social se puso a la orden del día, los dirigentes de esa confederación se pasaron con todo su bagaje al campo de la burguesía. Lo mismo vemos en América, en Austria, en Bélgica, en Hungría y en otros países. Resulta este fenómeno monstruoso: las masas obreras, que se revolucionan, acuden en amplio torrente a los sindicatos, y estos siguen con su vieja política de «colaboración de clases y paz social», como instrumento en manos de la burguesía.

¿Dónde está la causa del atraso de los sindicatos? ¿Por qué los sindicatos de la mayoría de los países siguen haciendo de barrera contra la revolución social? Porque los sindicatos, pese a la enorme afluencia de nuevos miembros, pese a haberse multiplicado muchas veces, han conservado su viejo aparato, sus viejas formas de organización, sus viejos hábitos y sus viejos jefes aburguesados. Los obreros acuden a los sindicatos para plantear colectivamente la cuestión de la liberación del trabajo del yugo del capital y, al llegar a ellos, se encuentran con burócratas, con gente comprometida durante la guerra, con líderes que han vendido al por mayor y al por menor a los obreros de sus países. Y en el mismo momento en que crece el odio social en las masas obreras, en que se acumula la energía de clase, en que la miseria creciente y la barbarie capitalista empujan a la masa obrera a la insurrección, en ese mismo momento los sindicatos, que deberían reflejar la energía revolucionaria de las masas y llevarla a la práctica, actúan como una fuerza conservadora que frena a los obreros. Las masas obreras están por la revolución; las viejas organizaciones sindicales, en contra.

¿Qué debe hacer cada obrero revolucionario ante semejante traición del movimiento sindical? ¿Qué debe hacer el revolucionario cuando choca con el sabotaje consciente de los jefes? ¿Salir del sindicato, abandonar estas organizaciones de masas y crear sus propios sindicatitos? ¿Dejar a millones de obreros animados por el odio de clase bajo la dirección ideológica de los viejos jefes, arrancando del sindicato a los elementos más revolucionarios y activos? ¡Sería una táctica suicida! ¡Es el harakiri! El Segundo Congreso de la Internacional Comunista conoce perfectamente lo que valen los jefes amarillos y la medida de su traición.

Aun así, se pronuncia con firmeza y de manera categórica contra la salida de las organizaciones obreras de masas. Los comunistas deben estar allí donde está la masa obrera. Todo obrero debe saber y recordar que en Europa occidental y en América la revolución social es imposible sin el ejército de millones de los sindicatos y que, por eso, hay que conquistar los sindicatos que frenan el movimiento revolucionario, hay que expulsar de las filas de la clase obrera, de sus organizaciones obreras, a los elementos que, en el momento del mayor choque entre el trabajo y el capital, hacen de esquiroles respecto de su clase. No la salida pasiva de los sindicatos, sino la lucha activa en su interior y la expulsión de los traidores, los jefes amarillos: esta es la consigna que debe aplicarse con toda la decisión revolucionaria y con toda la energía necesaria. Esta lucha contra la política traidora de las cúpulas del movimiento sindical hay que librarla a través de los comités de fábrica. Conquistar los comités de fábrica, someterlos a la influencia de los partidos comunistas y revolucionarios, hacer de ellos el instrumento para transformar los sindicatos corporativos en organizaciones de industria y un poderoso ariete que derribe el orden económico del capitalismo: esa es la tarea del día. Esta tarea puede y debe llevarla a cabo en cada país el partido comunista, que debe arrastrar consigo a todos los que se dan cuenta de la gran catástrofe social que se está produciendo ante nuestros ojos.

Esta tarea es tanto más fácil de llevar a cabo cuanto que las nuevas capas obreras que han llenado los viejos sindicatos no se resignan a las tradiciones de traición de los jefes sindicales. El último año ha sido rico en hechos que atestiguan un enorme cambio en este sentido. En Inglaterra, en Alemania e incluso en América se observan dos fenómenos de suma importancia: por un lado, un sindicato tras otro, sustrayéndose a la influencia de los viejos jefes vendidos a la burguesía, se desplaza, aunque lentamente, hacia la izquierda; por otro, se producen huelgas enormes en contra de las decisiones de la burocracia sindical, al margen de ella y contra ella. Estos hechos demuestran mejor que nada que la burocracia sindical, incluso la más reaccionaria, puede ser atenazada con mano de hierro: basta con saber ganarse a la masa obrera.

Expulsar a los traidores del movimiento sindical y hacer de los sindicatos un poderoso instrumento de la revolución social a escala internacional: ese es uno de los caminos para resolver el problema. Pero la revolución socialista es internacional; el pleito entre el trabajo y el capital, iniciado en cada país por separado, solo se resolverá y se consolidará cuando nuestras organizaciones internacionales se impregnen de la energía revolucionaria y de la consciencia comunista necesarias para derrocar al capital internacional. Por eso, al mismo tiempo que conquistan el movimiento sindical en cada país, los miembros de los sindicatos de todos los países tienen ante sí la tarea de crear un centro internacional del movimiento sindical que forme con la Internacional Comunista un todo único, un solo bloque de acero. Esta tarea se cumplirá cuando los sindicatos den la espalda a la Oficina del Trabajo creada junto a la Sociedad de Naciones imperialista por los traidores del movimiento sindical de los distintos países, y den la espalda a la federación internacional de sindicatos amarillos de Ámsterdam, ligada espiritual y materialmente al mundo capitalista. La Internacional Comunista llama a todos los obreros que están en el terreno de la revolución social y de la dictadura del proletariado a librar una lucha decidida por la adhesión de sus sindicatos al Consejo Internacional de Sindicatos, creado el 15 de julio en Moscú por los sindicatos de Rusia, Inglaterra, Italia, España, Yugoslavia, Bulgaria, Francia y Georgia, y por la salida de los sindicatos de todos los países de esa guarida llamada Oficina del Trabajo de la Sociedad de Naciones y de la federación de sindicatos amarillos de Ámsterdam, ligada a esa guarida.

El programa del Consejo Internacional de Sindicatos es el programa de la Internacional Comunista, es decir: el derrocamiento revolucionario de la burguesía, la instauración de la dictadura del proletariado, la república mundial de los soviets y la unión estrecha e indisoluble entre los partidos comunistas y los sindicatos. De aquí se desprende claramente que el centro sindical de Ámsterdam, refugio de los inválidos políticos de la II Internacional en bancarrota y último baluarte del capital internacional, esa Internacional amarilla, debe ser destruido. Todos los sindicatos revolucionarios de clase deben convertirse, a través de su Consejo Internacional de Sindicatos, en parte inseparable de la III Internacional Comunista.

¡Afiliados de base de los sindicatos, comunistas, revolucionarios!

El Segundo Congreso mundial de la Internacional Comunista os llama a la lucha activa por los sindicatos. Conquistad los comités de fábrica, transformad los sindicatos estrechamente gremiales y corporativos en sindicatos de industria. Tomad en vuestras manos estas poderosas organizaciones, no os detengáis ante la lucha más decidida contra quienes convierten las organizaciones obreras en instrumento de la política burguesa. A menudo os asustan con la escisión y la expulsión. Pero solo la gente sin voluntad y pasiva puede asustarse de la expulsión o de la escisión. La Internacional Comunista no quiere la escisión del movimiento sindical, no la busca, pero tampoco la teme. Lo mismo debe decir todo obrero revolucionario, todo socialista que piense con honradez. El sindicato, como toda organización obrera, no es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin. Por eso ni la escisión ni la unidad son un absoluto. No hace falta escindir el movimiento sindical; lo que hace falta es expulsar de los sindicatos a esos grupos traidores de jefes que hacen de las organizaciones obreras un juguete del imperialismo. Esa es la tarea que tienen ante sí los comunistas de todos los países, todos los proletarios conscientes, de ánimo revolucionario y que piensan con honradez.

¡Fuera de los sindicatos los jefes amarillos traidores!

¡Vivan los sindicatos revolucionarios proletarios que luchan por la dictadura del proletariado!

¡Viva la unión indisoluble entre los partidos comunistas y los sindicatos de todos los países!

¡Viva la Internacional Comunista!

A los obreros de Petrogrado

¡Hermanos! El Segundo Congreso mundial de la Internacional Comunista, al abrir sus sesiones en el Petrogrado rojo77, os dirige su cálido saludo a vosotros, obreros y obreras de Petrogrado, soldados rojos, marinos y todos los trabajadores. Nosotros, delegados de las organizaciones obreras del mundo entero, hemos considerado un deber abrir la primera sesión del congreso entre vosotros, en Petrogrado, para rendir un tributo de respeto y de amor al proletariado del Petrogrado rojo, que fue el primero en alzarse contra la burguesía y que, en una heroica tensión de fuerzas y de voluntad, derribó el poder del capital en una de las ciudadelas más importantes del mundo burgués.

Los proletarios de todos los países saben cuánto habéis sufrido vosotros, proletarios de Petrogrado, en los tres últimos años, cuánta hambre habéis pasado, cuántos de vuestros mejores hijos han caído en los frentes defendiendo la gran causa del comunismo. Los obreros del mundo entero os quieren con especial ardor porque en los momentos de mayor peligro para Petrogrado y para toda la República soviética nunca vacilasteis, sino que defendisteis la bandera roja regada con sangre con una bravura de león, con un valor y una firmeza intrépidos.

La Internacional Comunista os dice: la Comuna de Petrogrado continúa dignamente la obra de la Comuna de París, evitando las debilidades y los errores de esta y llevando a la victoria a los batallones proletarios. La Internacional Comunista está segura de que los obreros del Petrogrado rojo seguirán siendo el mejor destacamento del ejército internacional del trabajo.

¡Viva el glorioso proletariado de Petrogrado!

¡Viva la Internacional Comunista!

Al Ejército Rojo y a la Flota Roja de la RSFSR

¡Hermanos! El Segundo Congreso mundial de la Internacional Comunista envía un cálido saludo fraternal a todo el Ejército Rojo, a toda la Flota Roja, a cada unidad militar roja, desde la más pequeña hasta la más grande, a vosotros, soldados rojos y marinos rojos, a todos juntos y a cada uno por separado, y en especial a los camaradas del frente.

Los trabajadores del mundo entero siguen con amor y conteniendo el aliento vuestra lucha contra los capitalistas y los terratenientes, los generales zaristas y los imperialistas. Los obreros del mundo entero han vivido con vosotros vuestras derrotas y con vosotros celebran vuestras victorias. La población trabajadora del mundo entero sigue con entusiasmo cómo, a costa de un gran esfuerzo, habéis vencido a Kolchak, Denikin, Yudénich y Miller78 y habéis desbaratado las maquinaciones de los capitalistas ingleses y franceses.

El Segundo Congreso mundial de la Internacional Comunista saluda calurosamente al Ejército Rojo, que en este momento combate en los frentes occidental y suroccidental contra los señores blancos polacos, enviados por la burguesía de la Entente para estrangular a la República Soviética Rusa de los obreros y campesinos.

Hermanos soldados rojos, sabedlo: vuestra guerra contra los señores polacos es la guerra más justa que haya conocido jamás la historia. No combatís solo por los intereses de la Rusia soviética, sino por los intereses de toda la humanidad trabajadora, por la Internacional Comunista.

Las masas trabajadoras no pueden destruir el yugo de los ricos y la esclavitud asalariada si no es con las armas en la mano. Vosotros fuisteis los primeros en volver las armas contra los opresores. Vosotros fuisteis los primeros en crear un Ejército Rojo obrero y campesino disciplinado y poderoso. Vosotros fuisteis los primeros en mostrar el camino a los oprimidos y explotados del mundo entero. Por eso os bendicen los proletarios de todos los países.

La Internacional Comunista sabe que vuestras victorias sobre los enemigos de los obreros y los campesinos se han pagado al precio de sacrificios y privaciones incontables. Sabemos que no os escatimáis. Sabemos cuántos de los mejores hijos del Ejército Rojo han dado la vida por nuestra causa. Vuestro heroísmo no se olvidará jamás en la historia.

Sabedlo, camaradas: el Ejército Rojo es hoy una de las fuerzas principales de la historia mundial. Sabedlo: ya no estáis solos. Los trabajadores del mundo entero están de vuestro lado. Se acerca el día en que se forme el Ejército Rojo internacional.

¡Viva el gran Ejército Rojo victorioso!

¡Viva el ejército de la Internacional Comunista!

Contra los verdugos de Hungría

¡Proletarios de todos los países! ¡Obreros! ¡Obreras! En los días en que la Rusia soviética rechaza victoriosamente el ataque de la criminal camarilla de la nobleza polaca, en que por todo el mundo se alza una ola de indignación obrera contra los gobiernos capitalistas, en que los proletarios revolucionarios, en el congreso internacional de los comunistas, construyen la gran unión de un ejército obrero de millones, hay un país cubierto todo él de cadáveres de los combatientes de vanguardia de la revolución. Ese país es Hungría.

El capital internacional, ese monstruo repugnante y vil, ha matado a la joven República soviética de Hungría. En la campaña contra ella se unieron todas las fuerzas del viejo mundo: los asesinos profesionales con charreteras de general y los curas cristianos, los banqueros de Londres y la chusma noble de Rumanía, los usureros franceses y los socialtraidores de todos los países, los mercenarios negros y los Kulturträger79 «civilizados». Estrangulada por todos lados, con los brazos y las piernas rotos, la República soviética de Hungría murió entre atroces tormentos en el Gólgota de la contrarrevolución, para resucitar en cuanto la ayudemos.

Esta contrarrevolución feroz, dirigida por la escoria de la banda de oficiales del mercenario de Inglaterra, el almirante Horthy, baila ahora una danza repugnante sobre los cadáveres de los obreros. No hay ferocidad, no hay bajeza, no hay cinismo bestial que no haya mostrado el poder desenfrenado del «orden» cristiano y de los generales. Miles de ahorcados y fusilados, decenas de miles encarcelados, asesinados y apuñalados a traición, arrojados a las cloacas, envenenados, desaparecidos sin dejar rastro, saqueados, violados, mutilados por la tortura: ese es el orden que ha restablecido, con la ayuda de la II Internacional, la democrática «Sociedad de Naciones».

«¡Ay de los vencidos!», dice el coronel inglés, y fusila a los obreros comunistas. «¡Ay de los vencidos!», grita el terrateniente enfurecido, y viola a la obrera. «¡Ay de los vencidos!», dice el carcelero de la guardia blanca, y encierra bajo llave a los obreros que todavía no han sido enterrados.

¡Proletarios! ¡Obreras!

En la hora en que os llega el crujido de los huesos del proletariado de Hungría, que perece, tenéis el deber de alzar la voz y detener la mano criminal de los verdugos burgueses, que despellejan vivas a las personas, les hacen comer excrementos humanos, violan a las mujeres y abren en canal a las comunistas.

Hasta los lacayos del capital, los héroes de la agrupación socialpatriota de sindicalistas de Ámsterdam, asustados de su propia vileza, han declarado el boicot a la Hungría blanca. Y su comisión ha comprobado miles de los actos más bandidescos del gobierno inglés y de toda la banda de Horthy. Pero para eso son traidores: para traicionar hasta su propio llamamiento80.

La Internacional Comunista, en su congreso mundial, en nombre de millones de obreros, en el umbral del combate mundial contra el capital, se dirige a todo el proletariado con este llamamiento:

¡Alzaos todos a la lucha contra los verdugos de Hungría!

¡Emplead todos los medios en esta lucha!

¡Detened los trenes cargados de armas! ¡Volad todo transporte militar que se dirija a la Hungría de Horthy!

¡Neutralizad a los oficiales que van a matar obreros!

¡Con poderosas huelgas intermitentes desorganizad la producción de toda clase de armas, sin excepción! ¡Armaos solo vosotros! ¡Haced todos los esfuerzos de palabra y de obra para descomponer el ejército del imperialismo! ¡Rodead con un muro de odio el país de los asesinos y estranguladores!

¡Obreros! ¡Con vuestra indiferencia os convertís en cómplices de los verdugos!

¡Entrad todos en las filas de los combatientes! ¡Salvad vuestro honor proletario! ¡Salvad al martirizado proletariado húngaro!

¡Obreros húngaros, valor! El proletariado del mundo entero está con vosotros. La Internacional Comunista os envía su amor y su fraternidad.

La Hungría soviética ha muerto. ¡Viva la Hungría soviética!

A los proletarios y proletarias de todos los países

El Segundo Congreso mundial de la Internacional Comunista se reúne en el momento en que, bajo los poderosos golpes del Ejército Rojo de los obreros y campesinos rusos, cae la Polonia blanca, baluarte de la reacción capitalista mundial. Lo que ardientemente deseaban todos los obreros y obreras revolucionarios del mundo entero se ha cumplido.

Los obreros y campesinos rusos han marchado contra la insolente guardia blanca polaca con el mismo empuje con que se alzaron para aplastar a la contrarrevolución rusa, las tropas de Yudénich, Kolchak y Denikin. Los capitalistas y terratenientes polacos rechazaron las honradas propuestas de paz de la Rusia soviética con la esperanza de recibir ayuda del capital mundial y en la plena convicción de que la Rusia soviética había agotado todas sus fuerzas en la lucha contra la contrarrevolución. Lanzaron sus tropas contra la Rusia soviética y se encuentran ahora en vísperas de una enorme derrota militar. Sus tropas han refluido presas del pánico de Ucrania y de Bielorrusia, y las tropas de la Rusia soviética las persiguen.

Los bandidos del capital mundial, los terratenientes y capitalistas polacos, gritan ahora: «Polonia está en gran peligro». Se dirigen a los gobiernos de los países capitalistas pidiendo una ayuda rápida para que la cultura europea no perezca por culpa de los «bárbaros» de la revolución rusa. Y vemos que el gobierno inglés, que armó a los polacos para su criminal campaña contra la Rusia soviética y que, junto con sus aliados, se negó a contener a Polonia cuando la Rusia soviética propuso el 3 de abril abrir negociaciones en Londres, vemos cómo esa misma Inglaterra capitalista amenaza con insolencia con un nuevo ataque conjunto de todos los aliados si la Rusia soviética no concierta un armisticio con los polacos que han invadido Rusia. Los cabecillas del capital mundial, que juegan con el destino de los pueblos como con peones, se presentan ahora como defensores de la «independencia» de Polonia. El gobierno francés, que todavía en 1917 estaba dispuesto a dejar Polonia al gobierno zarista de Rusia si este reconocía las pretensiones del imperialismo francés sobre la orilla izquierda del Rin; el gobierno inglés, que durante la guerra declaró muchas veces confidencialmente, a través de sus agentes, al gobierno alemán que entregaría Polonia a las potencias centrales con tal de que el imperialismo alemán evacuara Bélgica, donde representaba una amenaza para Inglaterra: todos estos mercaderes de carne humana gritan ahora que la Rusia soviética amenaza la independencia de Polonia y procuran preparar con esta consigna a la opinión pública del mundo entero para una nueva campaña contra los obreros y campesinos rusos.

¡Obreros y obreras de todos los países!

No hace falta que os expliquemos que la Rusia soviética no alberga el menor designio de conquista respecto del pueblo polaco. La Rusia soviética defendió la independencia de Polonia en Brest-Litovsk frente a los verdugos del pueblo polaco, frente a Hoffmann y Beseler81. La Rusia soviética estaba dispuesta a concluir la paz incluso con los capitalistas polacos y, para conseguir la paz, no solo reconocía la independencia de Polonia, sino que le cedía amplias regiones fronterizas. La Rusia soviética cuenta en sus filas con miles de los mejores combatientes polacos. La Rusia soviética está estrechamente unida a las masas obreras polacas por decenios de lucha común. Para la Rusia soviética la autodeterminación del pueblo polaco es un derecho sagrado e inviolable y, aunque ni un solo soldado defendiera Polonia, la tierra polaca seguiría siendo propiedad del pueblo polaco y el pueblo polaco decidiría libremente por sí mismo su destino.

Pero, mientras en Polonia gobierne una camarilla de aventureros capitalistas y de terratenientes que han arrastrado al país a una criminal aventura militar, mientras los capitalistas de la Entente suministren armas a Polonia, la Rusia soviética se halla en estado de guerra defensiva. Si la Rusia soviética da hoy una tregua a los guardias blancos polacos, si les da la posibilidad de rehacer su ejército deshecho y de volver a armarlo con la ayuda de la Entente, mañana mismo se verá obligada a arrancar de nuevo del arado y de la máquina a cientos de miles de sus mejores hijos y a enviarlos al frente para una nueva guerra defensiva.

¡Obreros y obreras!

Si la canalla capitalista del mundo entero grita que la independencia de Polonia está amenazada para preparar una nueva campaña contra Rusia, sabed una cosa: vuestros esclavistas tiemblan de miedo de que se derrumbe uno de los pilares de su dominación, de su orden mundial de reacción, explotación y opresión; temen que, si bajo los golpes del Ejército Rojo se desintegra la Polonia blanca y los obreros polacos toman el poder en sus manos, también a los obreros alemanes, austriacos, italianos y franceses les resulte más fácil liberarse de sus explotadores, y que tras ellos vayan también los obreros de Inglaterra y de América. Si la canalla capitalista vocifera que la independencia de Polonia corre peligro, lo hace por miedo a que vuestra servidumbre, vuestra dependencia, obreros y obreras, dé paso a la liberación de las cadenas de la esclavitud capitalista. La tarea de los proletarios de todos los países consiste, por tanto, en impedir con todas sus fuerzas que los gobiernos de Inglaterra, Francia, América e Italia presten ayuda de ningún tipo a los guardias blancos polacos.

¡Proletarios de los países de la Entente!

Vuestros gobiernos seguirán engañándoos: afirmarán, como han hecho hasta ahora, que no prestan apoyo a Polonia. Vuestro deber es montar guardia en todos los puertos, en todas las fronteras, y vigilar que ni un tren ni un barco con víveres y armas sea enviado a Polonia. ¡Montad guardia! No os dejéis engañar por indicaciones falsas sobre el destino de los envíos: pueden encaminarlos a Polonia por rodeos. Y allí donde los gobiernos y los capitalistas privados no cedan a vuestras protestas, organizad huelgas, actuad por la fuerza y en ningún caso ayudéis a los terratenientes y capitalistas polacos a matar a vuestros hermanos rusos.

¡Proletariado de Alemania!

Cuando caiga la Polonia blanca, los capitalistas de los países de la Entente harán la paz con los generales alemanes, con los capitalistas alemanes; les ayudarán a equipar numerosas tropas mercenarias, y esas tropas aplastarán al proletariado alemán para convertir Alemania en base de la lucha contra la Rusia soviética. Los capitalistas de los países de la Entente no se detendrán ante nada con tal de convertir Alemania en un montón de ruinas y hacer de ella una avanzada de la lucha contra la Rusia soviética y la Polonia soviética.

¡Obreros y obreras alemanes!

Ha sonado la hora en que podéis cumplir en los hechos lo que habéis prometido mil veces en las grandes manifestaciones: poneros del lado de vuestros hermanos rusos y luchar junto a ellos por vuestra liberación. No consintáis en suelo alemán ninguna tentativa de ayudar a la Polonia blanca, no consintáis ningún nuevo reclutamiento de mercenarios. Vigilad estrechamente todos los trenes que van hacia el Este, vigilad con el máximo rigor lo que ocurre en Danzig82 y haced todo lo que exijan las circunstancias. Ni un vagón ni un barco deben salir de Alemania hacia Polonia.

¡Proletarios de todos los demás países!

Recordad: el enemigo es ahora la Polonia blanca. La tarea de la hora presente es aplastar a ese enemigo.

¡Proletarios de todos los países!

Recordad: ahora no hay que dejarse llevar por los discursos engañosos de los jefes obreros traidores o vacilantes, no hay que dejarse llevar por las promesas engañosas de los gobiernos. Ahora hay que actuar, ahora hay que reunir todas las fuerzas para bloquear Polonia. Hay que reunir todas las fuerzas para demostrar en los hechos la solidaridad del proletariado mundial con la Rusia soviética.

¡Obreros y obreras!

Vuestra solidaridad con la Rusia soviética es al mismo tiempo solidaridad con los proletarios polacos. El proletariado polaco, bajo la dirección del partido comunista, ha luchado sin descanso contra la guerra con la Rusia soviética. Las cárceles polacas están llenas de nuestros hermanos polacos, los comunistas de Polonia. Las derrotas de los guardias blancos polacos despiertan el mayor entusiasmo en el corazón de los obreros polacos. En Polonia se levanta una ola de huelgas. Los obreros polacos procuran aprovechar las derrotas de sus explotadores para asestar el último golpe al enemigo de clase debilitado y unirse a los obreros rusos en la lucha común por la liberación.

El bloqueo de Polonia es una ayuda directa a la lucha de liberación de los obreros polacos; es el camino para liberar a Polonia de las cadenas que la atan al carro de los capitalistas victoriosos de Londres y de París, para que se convierta en una república independiente de los obreros y campesinos polacos.

El Segundo Congreso mundial de la Internacional Comunista os hace este llamamiento: salid a la calle y mostrad a vuestros gobiernos que no consentiréis ninguna ayuda a la Polonia blanca, que no consentiréis ninguna injerencia en los asuntos de la Rusia soviética. Abandonad todo trabajo, detened todo transporte si veis que la camarilla capitalista de todos los países, pese a vuestras protestas, prepara una nueva ofensiva contra la Rusia soviética. No dejéis pasar ni un tren ni un barco hacia Polonia. Demostrad que la solidaridad del proletariado existe en los hechos y no solo de palabra.

¡Viva la Rusia soviética!

¡Viva el Ejército Rojo de los obreros y campesinos rusos!

¡Abajo la Polonia blanca!

¡Abajo la intervención!

¡Viva la Polonia soviética!

  1. En marzo de 1919 el Partido Socialdemócrata de Hungría se fusionó con el Partido Comunista y formó con él el gobierno de la República Húngara de los Consejos; muchos de sus dirigentes contribuyeron después a su caída, en agosto de 1919. ↩

  2. Alusión a Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción (1844): «el arma de la crítica no puede sustituir a la crítica de las armas». ↩

  3. La Asamblea Constituyente rusa, disuelta por el poder soviético en enero de 1918; el III Congreso de los Soviets de toda Rusia, reunido pocos días después, aprobó la disolución. ↩

  4. Léon Jouhaux, secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) francesa; Samuel Gompers, presidente de la American Federation of Labor; James Henry Thomas, dirigente del sindicato ferroviario británico y diputado laborista. ↩

  5. Industrial Workers of the World («Trabajadores Industriales del Mundo»), organización sindical revolucionaria fundada en Chicago en 1905; el texto ruso traduce el nombre. A sus partidarios se los llamaba «industrialistas». ↩

  6. El congreso de Leipzig del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), en diciembre de 1919, había decidido buscar contactos con la Internacional Comunista; el Comité Ejecutivo le respondió con una carta abierta a comienzos de 1920. ↩

  7. El punto 7 de las condiciones de admisión en la Internacional Comunista, aprobadas por este mismo congreso, nombra como reformistas notorios a Turati, Modigliani, Kautsky, Hilferding, Hillquit, Longuet y MacDonald. ↩

  8. «Labor lieutenants of the capitalist class», expresión del socialista norteamericano Daniel De Leon que Lenin cita con frecuencia. ↩

  9. El XVI Congreso del Partido Socialista Italiano, en Bolonia (octubre de 1919), aprobó un programa que hacía suya la dictadura del proletariado y la adhesión a la III Internacional. ↩

  10. L'Ordine Nuovo, semanario turinés de Gramsci, Togliatti, Tasca y Terracini. El texto aludido es «Por una renovación del Partido Socialista», redactado por Gramsci. ↩

  11. El Partido Comunista Obrero de Alemania (KAPD) se formó en abril de 1920 con la oposición expulsada del KPD. La Federación Socialista Obrera (Workers' Socialist Federation) era la organización de Sylvia Pankhurst. Los shop stewards eran los delegados elegidos en los talleres de las fábricas británicas. ↩

  12. La de 1905 y las de febrero y octubre de 1917. ↩

  13. Philipp Scheidemann (1865-1939), dirigente socialdemócrata alemán, jefe del Gobierno en 1919. ↩

  14. Corriente de la socialdemocracia rusa de finales del siglo XIX y comienzos del XX que reducía la acción obrera a la lucha económica y dejaba la política a los liberales; Lenin la combatió en ¿Qué hacer? (1902). ↩

  15. Propuesta de Pável Axelrod y otros mencheviques de convocar un «congreso obrero» amplio, sin partido, que fundase una organización obrera en lugar del partido socialdemócrata. ↩

  16. Campaña obrera británica, lanzada en 1919, contra la intervención militar en la Rusia soviética. ↩

  17. En el original, «черносотенный», de las Centurias Negras, bandas monárquicas y antisemitas de la Rusia zarista; el adjetivo se usaba para cualquier fuerza ultrarreaccionaria. ↩

  18. La Federación Sindical Internacional, reconstituida en Ámsterdam en 1919 (la «Internacional de Ámsterdam»). ↩

  19. Tratados de Brest-Litovsk (marzo de 1918, entre la Rusia soviética y las potencias centrales) y de Bucarest (mayo de 1918, impuesto a Rumanía); de Versalles (junio de 1919, con Alemania) y de Saint-Germain (septiembre de 1919, con Austria). ↩

  20. La República Soviética Autónoma Bashkir se constituyó en 1919 y la Tártara en mayo de 1920. ↩

  21. Alusión a la Declaración Balfour (1917) y al mandato británico sobre Palestina, asignado en la conferencia de San Remo en abril de 1920. ↩

  22. Filippo Turati y Giuseppe Emanuele Modigliani, dirigentes reformistas del Partido Socialista Italiano; Karl Kautsky y Rudolf Hilferding, del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD); Morris Hillquit, del Partido Socialista de Estados Unidos; Jean Longuet, del «centro» del Partido Socialista francés; Ramsay MacDonald, del Partido Laborista Independiente británico. ↩

  23. Karl Liebknecht votó en el Reichstag, en diciembre de 1914, contra los créditos de guerra. La Conferencia Democrática (septiembre de 1917) formó el Consejo Provisional de la República o «Preparlamento», que los bolcheviques abandonaron el 7 (20) de octubre de 1917. El Partido Comunista Búlgaro (los antiguos socialistas «estrechos») tenía en 1919-1920 un grupo numeroso en la Asamblea Nacional. ↩

  24. Comunidades de trabajo entre patronal y sindicatos; la principal, la Zentralarbeitsgemeinschaft nacida del acuerdo Stinnes-Legien de noviembre de 1918 en Alemania. ↩

  25. Consejos paritarios de patronos y obreros por ramas de industria, creados en Gran Bretaña desde 1917 a propuesta de la comisión Whitley (de ahí el nombre de «consejos Whitley»). ↩

  26. Alusión sobre todo a los IWW, frente a la American Federation of Labor. ↩

  27. Carl Legien, presidente de la Comisión General de los sindicatos alemanes y de la Federación Sindical Internacional. ↩

  28. La Oficina Internacional del Trabajo, creada en 1919 por el Tratado de Versalles en el marco de la Sociedad de Naciones. ↩

  29. Fecha de la insurrección de Octubre según el calendario juliano, vigente entonces en Rusia; entre paréntesis, la del calendario gregoriano. ↩

  30. Artel: asociación tradicional rusa de trabajo en común; aquí, explotación agrícola colectiva con reparto de la cosecha. ↩

  31. Intento de golpe militar del general Lavr Kornílov contra Petrogrado a finales de agosto (calendario juliano) de 1917. ↩

  32. Golpe de Estado de Wolfgang Kapp y el general Walther von Lüttwitz en marzo de 1920, derrotado por una huelga general. ↩

  33. Los consejos obreros austriacos nacidos en 1918, que se mantuvieron hasta los primeros años veinte bajo dirección socialdemócrata. ↩

  34. Los Estatutos generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, redactados por Marx en 1864; la cita reproduce los considerandos de su preámbulo. ↩

  35. En el congreso obrero socialista internacional celebrado en París en julio de 1889, en el centenario de la Revolución francesa. ↩

  36. Tratado de paz entre los aliados y Alemania, firmado en Versalles el 28 de junio de 1919. ↩

  37. El Cabo: la antigua colonia británica de El Cabo, en el sur de África, integrada desde 1910 en la Unión Sudafricana. ↩

  38. Doctrina enunciada en 1823 por el presidente James Monroe, que rechazaba toda intervención europea en el continente americano. ↩

  39. El presidente Woodrow Wilson expuso sus 14 puntos para la paz ante el Congreso de los Estados Unidos el 8 de enero de 1918. ↩

  40. El Senado de los Estados Unidos rechazó ratificar el Tratado de Versalles (noviembre de 1919 y marzo de 1920), y el país no ingresó en la Sociedad de Naciones. ↩

  41. Alusión a la guerra polaco-soviética: Polonia lanzó su ofensiva en abril de 1920; mientras se celebraba el congreso, el Ejército Rojo avanzaba sobre Varsovia. ↩

  42. La República Soviética Húngara duró del 21 de marzo al 1 de agosto de 1919. La sucedió un gobierno socialdemócrata, el de Gyula Peidl, derribado pocos días después; siguió el terror blanco que culminó con Horthy. Kolchak, Denikin y Wrangel fueron los principales generales blancos de la guerra civil rusa. ↩

  43. El Tratado de Sèvres, impuesto por los aliados al Imperio otomano y firmado el 10 de agosto de 1920. En junio de 1920 el ejército griego había iniciado su ofensiva en Anatolia. ↩

  44. Ferdinand Foch (1851-1929), generalísimo de los ejércitos aliados en 1918. ↩

  45. Las conferencias aliadas de 1920 (San Remo en abril, Hythe y Boulogne en mayo y junio, Spa en julio) se ocuparon en gran parte de las reparaciones alemanas; en Spa se asignó a Francia el 52 % de ellas. ↩

  46. Las tropas rumanas ocuparon Budapest en agosto de 1919 y requisaron en Hungría material ferroviario, ganado y bienes de todo tipo. David Lloyd George era primer ministro británico; Alexandre Millerand, presidente del Consejo de Ministros francés. ↩

  47. Anne Robert Jacques Turgot (1727-1781), economista y ministro de Luis XVI, escribió en 1778, en una carta a Richard Price, que el pueblo americano era «la esperanza del género humano». ↩

  48. El Consejo Económico Supremo, creado por los aliados en febrero de 1919, durante la conferencia de paz de París. En ruso, «consejo» es aquí sovet, la misma palabra que «soviet». ↩

  49. Los kadetes (KD), Partido Demócrata Constitucional, principal partido liberal de la burguesía rusa, fundado en 1905. ↩

  50. El general Piotr Wrangel, al mando de los blancos en Crimea en 1920; Francia reconoció su gobierno en agosto de ese año. El original lo llama «черносотенец», miembro o partidario de las Centurias Negras, organizaciones monárquicas y antisemitas de la Rusia zarista. ↩

  51. Giovanni Giolitti, presidente del Consejo de Ministros de Italia desde junio de 1920; en 1914-1915 se opuso a la entrada de Italia en la guerra. ↩

  52. William Weir, industrial escocés y ministro del Aire británico en 1918; Louis Loucheur, industrial y ministro francés de Armamento y después de Reconstrucción industrial; Felix Deutsch, presidente de la compañía eléctrica alemana AEG; Giovanni Agnelli, fundador de la FIAT. ↩

  53. Jean Jaurès fue asesinado el 31 de julio de 1914 por el nacionalista Raoul Villain, al que un jurado absolvió en marzo de 1919. ↩

  54. La huelga general de los ferroviarios franceses, ampliada por la CGT a otros sectores, de mayo de 1920; su derrota fue seguida de despidos masivos y de un proceso judicial para disolver la CGT. ↩

  55. El 4 de agosto de 1914 la fracción socialdemócrata del Reichstag votó los créditos de guerra. ↩

  56. Albert Thomas, socialista francés y ministro de Armamento durante la guerra, dirigía desde 1919 la Oficina Internacional del Trabajo, vinculada a la Sociedad de Naciones. ↩

  57. Émile Vandervelde, presidente del Buró Socialista Internacional, era ministro de Justicia en el Gobierno del católico Léon Delacroix (1918-1920). ↩

  58. Tom Shaw, dirigente sindical del textil y diputado laborista británico. ↩

  59. Karl Renner y Karl Seitz, socialdemócratas austriacos, canciller y presidente de la Asamblea Nacional; Antonín Němec y Vlastimil Tusar, socialdemócratas checos, este último primer ministro de Checoslovaquia; Pieter Jelles Troelstra, jefe de los socialdemócratas neerlandeses; Hjalmar Branting, primer ministro de Suecia en 1920; Ignacy Daszyński, jefe del Partido Socialista Polaco; Nikolái Chjeidze, menchevique georgiano, presidente del Soviet de Petrogrado en 1917. ↩

  60. Deutschösterreich, nombre oficial del Estado austriaco desde noviembre de 1918 hasta octubre de 1919, cuando, tras el tratado de Saint-Germain, pasó a llamarse República de Austria. ↩

  61. Otto Bauer, ministro de Asuntos Exteriores en 1918-1919 y principal teórico del austromarxismo; Friedrich (Fritz) Adler, que en 1916 mató al primer ministro Stürgkh; Josef Tomschik y Franz Domes, dirigentes de los sindicatos ferroviario y metalúrgico. ↩

  62. Congreso de Estrasburgo de la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), 25-29 de febrero de 1920. ↩

  63. Marcel Cachin, director de L'Humanité, y Ludovic-Oscar Frossard, secretario general del partido; a su vuelta defendieron la adhesión, aprobada en el congreso de Tours (diciembre de 1920), del que nació el Partido Comunista francés. ↩

  64. En abril de 1920 tropas francesas, entre ellas unidades coloniales, ocuparon Fráncfort, Darmstadt y otras ciudades alemanas. ↩

  65. Pierre Renaudel, jefe de la mayoría socialpatriota; Marcel Sembat, ministro de Obras Públicas (1914-1916). ↩

  66. Jean Longuet, nieto de Marx, jefe de la minoría «centrista» durante la guerra y luego de la mayoría del partido. ↩

  67. Adéodat Compère-Morel, diputado y especialista del partido en la cuestión agraria. ↩

  68. Huelga general internacional convocada para el 21 de julio de 1919 en defensa de las revoluciones rusa y húngara; la CGT la desconvocó en el último momento. ↩

  69. Joseph Paul-Boncour, diputado socialista. En mayo de 1920 la huelga ferroviaria y las huelgas de solidaridad acabaron con detenciones y con el despido de decenas de miles de ferroviarios. ↩

  70. Fernand Loriot, Pierre Monatte y Boris Souvarine, dirigentes del Comité de la III Internacional, detenidos en mayo de 1920 bajo la acusación de complot contra la seguridad del Estado. ↩

  71. Conferencia socialista internacional de Berna (febrero de 1919), primer intento de reconstruir la II Internacional tras la guerra. ↩

  72. Paul Mistral, diputado socialista por el Isère. ↩

  73. El Consejo Internacional Provisional de los Sindicatos Rojos se constituyó en Moscú en julio de 1920; el congreso fundacional de la Internacional Sindical Roja no se celebró hasta julio de 1921. ↩

  74. Conferencia aliada celebrada en Spa (Bélgica) del 5 al 16 de julio de 1920, la primera a la que asistieron delegados alemanes; trató del desarme de Alemania y de las reparaciones. Walter Simons era entonces ministro de Asuntos Exteriores alemán. ↩

  75. Jan Oudegeest, sindicalista holandés, secretario de la Federación Sindical Internacional; William Appleton, secretario de la General Federation of Trade Unions británica. ↩

  76. Primera Conferencia Internacional del Trabajo, reunida en Washington en octubre y noviembre de 1919; aprobó, entre otros, el convenio de la jornada de ocho horas. ↩

  77. En el original, «Piter», nombre familiar de Petrogrado (San Petersburgo). El congreso celebró su sesión inaugural en Petrogrado el 19 de julio de 1920 y continuó después en Moscú. ↩

  78. Generales y almirante blancos de la guerra civil: Aleksandr Kolchak (Siberia), Antón Denikin (sur de Rusia), Nikolái Yudénich (ofensiva contra Petrogrado de 1919) y Yevgueni Miller (norte, Arcángel). ↩

  79. «Portadores de cultura», expresión alemana usada con ironía para los colonizadores. ↩

  80. La Federación Sindical Internacional de Ámsterdam proclamó en junio de 1920 un boicot contra la Hungría de Horthy, que abandonó al cabo de unas semanas. ↩

  81. El general Max Hoffmann, jefe de la delegación militar alemana en las negociaciones de Brest-Litovsk, y el general Hans von Beseler, gobernador general alemán de la Polonia ocupada. ↩

  82. Ciudad libre bajo la Sociedad de Naciones desde 1920 (hoy Gdańsk), puerto de llegada de los suministros de guerra aliados para Polonia, cuyos estibadores se negaron a descargarlos en el verano de 1920. ↩