Conferencia celebrada el 3 de septiembre de 1938 en Périgny, cerca de París, en casa de Alfred Rosmer; por seguridad, la prensa de la época la situó en Suiza. No se publicaron actas de la conferencia en su época, y no hay otra crónica de época de sus sesiones en una fuente libre que esta: «Thirty Delegates From Eleven Countries Raise New Banner» (Treinta delegados de once países levantan una nueva bandera), crónica sin firma del Socialist Appeal (Nueva York), vol. II, n.º 46, 22 de octubre de 1938, sección 1, pp. 1 y 3, transcrita por nosotros del escaneo del número en el Encyclopedia of Trotskyism On-Line. La conferencia trabajó en una sola jornada, y la crónica la cuenta por temas, no por sesiones. Los títulos internos son del periódico; el de la sesión es nuestro. Los documentos aprobados no se repiten: los enlaces llevan a ellos en la página de la conferencia, 1938 Conferencia de fundación de la IV Internacional. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
Las sesiones del sábado 3 de septiembre de 1938
La IV Internacional ha quedado fundada.
Reunidos en medio de la amenazadora crisis de guerra en Europa, treinta delegados de once países proclamaron el nuevo Partido Mundial de la Revolución Socialista. Al mismo tiempo se creó una Internacional Juvenil.
Los delegados representaban a organizaciones de los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania, la Unión Soviética, Italia, América Latina, Polonia, Bélgica, Holanda y Grecia.
No pudieron enviar delegados, por razones de distancia, de ilegalidad y otros factores adversos, las organizaciones afiliadas a la IV Internacional en España, Checoslovaquia, Austria, Indochina, China, el Marruecos francés, la Unión Sudafricana, Canadá, varios países de América Latina, Australia, Nueva Zelanda, Dinamarca, Noruega, Lituania, Palestina, Rumanía y algunos otros países. Estas organizaciones habían manifestado ya de antemano su adhesión a la nueva bandera.
El congreso mundial que levantó la nueva bandera internacionalista se reunió en la más estricta ilegalidad, «en algún lugar de Suiza», el 3 de septiembre de 1938. A causa de las condiciones extremadamente difíciles que creaba la crisis de guerra, los observadores elegidos para el congreso por el Partido Socialista Obrero y Campesino de Francia1 y por el POUM de España2 no pudieron asistir a las sesiones mismas del congreso. Más tarde se reunió una comisión especial con representantes de la primera de esas organizaciones.
Nunca se había reunido una conferencia de revolucionarios en circunstancias más tensas y amenazadoras, ni había tenido ante sí tareas de una gravedad histórica tan suprema como esta.
Han pasado más de cinco años desde que el núcleo que trabajaba por la reconstrucción de la Internacional revolucionaria hizo un balance valiente de la humillante derrota del proletariado alemán, que trajo consigo tantos otros golpes mortíferos contra la clase obrera del mundo, y de Europa en particular.
Tras la miserable capitulación ante el fascismo del único partido de Alemania que reivindicaba oficialmente las tradiciones de la Revolución rusa —el Partido Comunista— y tras la aprobación cínica y sin reservas de esa capitulación por toda la Internacional estalinista, los bolcheviques-leninistas de entonces, organizados en la Oposición de Izquierda Internacional, proclamaron con audacia la necesidad de organizar una nueva Internacional, la IV, heredera auténtica y continuadora de las grandes tradiciones de las Internacionales que la habían precedido y enemiga implacable de los calumniadores oficiales del movimiento obrero.
Unidos en 1933, en el famoso Pacto de los Cuatro por la nueva Internacional,3 al Partido Socialista Obrero de Alemania y al Partido Socialista Independiente y al Partido Socialista Revolucionario de Holanda, los bolcheviques-leninistas, la Liga Comunista Internacional, ganando fuerza e influencia en un país tras otro, fueron los únicos que se mantuvieron fieles, con coherencia, a los principios y a la promesa enunciados en el pacto.
Los mejores elementos de la vanguardia de los grupos que habían roto con la III Internacional, corrompida e incorregible, así como los elementos decididos y serios de diversos grupos centristas e incluso de secciones de la II Internacional, se sumaron al movimiento por la IV Internacional, a pesar de la granizada históricamente sin precedentes de injurias, tergiversaciones, calumnias y persecuciones a la que la sometieron por todos lados sus adversarios oficiales.
Los cinco años de lucha ininterrumpida por las ideas de la IV Internacional permitieron al movimiento que las representaba reunirse en su conferencia de fundación sin tener que hacer frente a ningún aspirante serio al nombre o a la posición de dirección del movimiento internacionalista revolucionario.
Nuestra conferencia se reunió en un momento en que lo que todavía lleva el nombre de II «Internacional» se ponía en evidencia del modo más repugnante. Ante el peligro de un nuevo holocausto imperialista mundial, los dirigentes de la mayor sección que le queda a esa «Internacional», el Partido Laborista británico, no encontraron nada más apropiado que reclamar a voz en grito que se acelerara el programa de armamento de guerra del imperialismo británico.
Casi al mismo tiempo que nuestra asamblea, sir Walter Citrine4 y sus asociados se reunieron con los dirigentes de la socialdemocracia francesa para discutir la crisis de guerra. Como sus amos imperialistas, ni se molestaron en consultar a los representantes de sus partidos «hermanos» checos, por no hablar de sus «camaradas» alemanes y austriacos. En cuanto a la propia Internacional Obrera Socialista, su Ejecutivo no se reunió en toda la crisis o, si lo hizo, no se dejó oír ni con una sílaba ni con un susurro. En los momentos más graves de la crisis, en otras palabras, la II Internacional ni siquiera pretendió aconsejar, y menos aún dirigir, al movimiento obrero del mundo.
No menos significativo fue el silencio de la «Internacional Comunista», autoproclamada campeona de la lucha por la paz y contra el fascismo: tan silenciosa como el propio Kremlin. Solo sus ramas francesa y británica se mostraron activas y ruidosas, corriendo en cada país detrás de acuerdos con los políticos burgueses archinacionalistas y levantando un clamor furioso por una guerra santa contra el fascismo que dirigirían los notorios demócratas de los bancos ingleses y del trust francés del acero; un clamor al que la clase obrera, por fortuna, no prestó la menor atención.
En esta atmósfera, creada por los imperialistas de un lado y por sus servidores en la dirección oficial del movimiento obrero del otro, se reunió la conferencia de la IV Internacional.
El secuestro y el brutal asesinato por la GPU del camarada Rudolf Klement,5 militante noble y abnegado que nos había servido tanto tiempo y con tanta capacidad como secretario administrativo del Buró por la IV Internacional, habían hecho sentir a cada delegado la grandísima responsabilidad que Klement tenía a su cargo; y se comprenderá por eso que nuestra conferencia se viera obligada, y bien aconsejada, a reunirse en condiciones de precaución y de ilegalidad tales que ni siquiera le permitieron terminar sus sesiones cantando el tradicional himno de combate del movimiento, La Internacional.
A pesar de las dificultades creadas por nuestros enemigos —la policía burguesa y sus aliados de la GPU—, las sesiones y el trabajo de la conferencia se llevaron a término con éxito y eficacia en una sola jornada completa, con la asistencia de treinta delegados que representaban a once países, al antiguo Secretariado Internacional y a una delegación del Buró de la Juventud por la IV Internacional.
Además, el secretario pudo informar de que el Partido Socialista Obrero y Campesino de Francia, así como el POUM de España, habían aceptado nuestra invitación a asistir a la conferencia como observadores, mandato que las excepcionales condiciones materiales en que nos reunimos impidieron por desgracia ejercer a esos dos partidos.
Informe de organización
Si se tiene en cuenta que pocos movimientos sociales en la historia han estado sometidos a las persecuciones y represiones feroces y de todo tipo que nos han tocado en suerte, se comprenderá cuán satisfactorio fue el informe de organización presentado a la conferencia. Mostró que la bandera de la IV Internacional ondea ya en todos los continentes del globo. Si las numerosas secciones de la Internacional no estuvieron todas representadas en la conferencia, se debió a las condiciones de ilegalidad en algunos países o a dificultades económicas —no estamos financiados por gobiernos burgueses, como la socialdemocracia francesa, ni por la burocracia estalinista, como el Comintern en su conjunto—, o a ambas cosas.
La conferencia se abrió bajo dos signos favorables: la unificación de los grupos bolcheviques-leninistas de Gran Bretaña en la Liga Socialista Revolucionaria, que incorpora a nuestro movimiento un nuevo afiliado (el grupo militante de marxistas revolucionarios de Escocia) —una unificación de la que ya ha informado en detalle el Appeal—, y la fusión de los dos grupos de la IV Internacional en Grecia, el surgido del antiguo grupo «Spartakos» y el surgido de los antiguos «arqueomarxistas».6 En ambos casos, delegaciones del Secretariado Internacional habían contribuido de manera decisiva a los resultados obtenidos.
Integración del movimiento
Estos dos pasos simbolizaron para la conferencia la integración creciente de nuestro movimiento internacional, hecha posible por toda nuestra trayectoria anterior, basada no en la idea de avances superficiales, temporales y engañosos, sino en la idea del proceso de selección revolucionaria, el único que lleva a la creación y a la victoria del partido revolucionario templado.
¡Cómo trataron en el pasado nuestros enemigos y adversarios de divertirse a nuestra costa con alusiones desdeñosas a nuestro supuesto sectarismo y a nuestra insignificancia! En cuanto a esto último, ellos mismos embotaron el filo de sus mordacidades con su preocupación permanente y creciente por nuestra existencia, nuestras críticas y nuestras actividades. En cuanto al escaso número de miembros de nuestro movimiento, que fue tema de tantas pobres ocurrencias, los burócratas socialdemócratas han buscado juiciosamente otros blancos para su humor, sobre todo desde que su política contribuyó de manera tan palmaria, en un país tras otro, a la aniquilación de sus «grandes organizaciones» y a su conversión en impotentes sectas de emigrados.
La impotencia estalinista
En cuanto a los «partidos» comunistas —que ya no son partidos propiamente dichos, sino mecanismos manejados por el Ministerio de Asuntos Exteriores soviético—, su condena se pronunció hace mucho. Fue otro símbolo impresionante de nuestra conferencia que nos reuniéramos inmediatamente después de que Stalin hubiera ofrecido a los coroneles que gobiernan Polonia otra prenda de capitulación en forma de la disolución oficial del Partido Comunista de Polonia.7 Difícilmente podría haber subrayado con más fuerza la caducidad de la III Internacional y el hecho de que nuestra Internacional es la heredera indiscutida de sus tradiciones heroicas.
Aunque los estalinistas planearon asestar un duro golpe a nuestra conferencia eliminando al camarada Klement —y fue y sigue siendo un duro golpe—, los delegados lograron despachar todos los puntos del orden del día con eficacia y sin rodeos. Sobre un fondo de acuerdo firmemente adquirido en los principios fundamentales, la conferencia pudo adoptar las tesis del «Programa de reivindicaciones transitorias» (publicado en otro lugar de este número) con solo unas pocas modificaciones menores. Lo facilitó el hecho de que entre los miembros de la Internacional había tenido lugar ya una amplia discusión internacional de ese programa, que permitió a los delegados presentarse ante la conferencia con opiniones concretas.
En muchos aspectos, el programa de reivindicaciones transitorias de la IV Internacional es el documento más importante que se haya producido en los quince largos años de historia de nuestro movimiento. ¡Qué contraste ofrece con las vagas generalizaciones y las abstracciones engañosas que las direcciones oficiales de la clase obrera proponen como guías para la acción en la tumultuosa situación mundial de hoy! No es, o más bien no es tanto, el programa básico de la IV Internacional como su programa de acción para el período inmediato en que vivimos.
Fruto de un cuarto de siglo de historia social, presenta a cada obrero y a cada campesino las respuestas concretas que la IV Internacional da a todos los problemas inmediatos y apremiantes a los que se enfrentan los explotados y oprimidos. No es solo una crítica de lo que es, sino una guía de lo que debe ser si no se quiere que la clase obrera sea aniquilada bestialmente por una reacción virulenta y que la propia civilización moderna retroceda por generaciones.
Si en el pasado los bolcheviques-leninistas estaban armados sobre todo con un análisis profundo del orden social presente y, en general, con el conocimiento de los principios y los métodos por los que puede alcanzarse la nueva sociedad, ahora están equipados además con el indispensable programa de acción que puede permitirles defender no solo el mañana del proletariado, sino también su hoy. El programa de reivindicaciones transitorias contiene las líneas directrices para la lucha cotidiana. No es solo el programa del obrero revolucionario convencido, de la vanguardia, sino de la clase obrera en su conjunto; no solo para la lucha contra el capitalismo mismo, sino para la lucha contra los efectos cotidianos de la crisis capitalista que todo lo corroe: el paro permanente, el fascismo y los horrores de la guerra imperialista.
No es exagerado decir que ahora, más que nunca, no hay en la clase obrera un solo grupo o tendencia que presente una respuesta a las cuestiones candentes del día de un modo tan completo, tan realista, tan comprensible y tan concreto como lo hace la IV Internacional en su programa de reivindicaciones transitorias.
Sobre la Unión Soviética
El debate en la conferencia versó esencialmente sobre apartados concretos del programa. La conferencia ratificó la línea del programa sobre la Unión Soviética, discutida con bastante frecuencia en nuestras filas, y rechazó el punto de vista de la minoría de algunas secciones que afirmaba el carácter capitalista del Estado soviético. Al mismo tiempo, a petición del comité del partido norteamericano, se tomaron disposiciones para que pudiera continuar la discusión sobre las formulaciones del programa relativas a las relaciones entre los sóviets renacientes y la burocracia estalinista y la aristocracia obrera; no obstante, la conferencia adoptó esas formulaciones como posición de la Internacional.
Hubo también discusión sobre la cuestión de cómo aplicar la línea del programa sobre la ocupación de fábricas (huelgas de brazos caídos) y los comités de fábrica a la situación concreta de los diversos países, y también sobre la parte del programa que trata de la cuestión del pacifismo y del patriotismo tal como se manifiestan entre las propias masas. Sobre este último punto se decidió una nueva redacción del proyecto de programa para eliminar toda posibilidad de mala interpretación o de malentendido sobre la posición de la IV Internacional.
Sobre la Internacional
El debate más largo tuvo lugar sobre la cuestión de la llamada «proclamación» de la IV Internacional, en la que los delegados de la sección polaca defendieron que nuestro movimiento siguiera como antes con el nombre de movimiento «por la IV Internacional». Alegaron que el movimiento obrero estaba en un valle entre dos olas ascendentes y que, como ningún partido grande se había declarado aún por la nueva Internacional, nuestro movimiento era todavía demasiado pequeño para llamarse la Internacional y asumir las funciones que le incumbían. El resto de la conferencia, sin embargo, estuvo unánimemente a favor de cambiar el nombre equívoco de nuestro movimiento mundial, que se había adoptado dos años antes con el fin de facilitar una posible colaboración con grupos centristas que entonces todavía se movían en nuestra dirección.
Se hizo ver que, sobre todo en este período crítico, era imperativo que el movimiento se centralizara en un partido mundial en funcionamiento, capaz de guiar el desarrollo de la única corriente que hoy defiende la IV Internacional; que a nuestro movimiento se lo llamaba ya generalmente IV Internacional, sin el calificativo «por», que había perdido ya su sentido.
Después de la votación, los delegados polacos presentaron una declaración en la que afirmaban que la sección polaca seguía afiliada a la Internacional. De acuerdo con la nueva decisión, se adoptaron unos estatutos para la IV Internacional que declaran su objeto y su estructura organizativa, establecen un funcionamiento disciplinado y centralizado y la democracia internacional de partido, y prevén un Comité Ejecutivo Internacional y un Secretariado Internacional representativos y de funcionamiento regular, además de subsecretariados que podrán establecerse según las circunstancias y en diferentes partes del mundo.
La conferencia tuvo tiempo de discutir y resolver los problemas que habían surgido en diversas secciones nacionales. Ya se ha hablado de los felices progresos logrados en la unificación del movimiento en Gran Bretaña y en Grecia. Además, se informó de contactos ya establecidos o en perspectiva con grupos revolucionarios importantes de los países coloniales y, por primera vez, de Irlanda. Se adoptaron también resoluciones sobre la situación en el partido francés, en relación con las cuales se había elegido una delegación de la Internacional para tratar la carta del grupo Molinier8 en la que pedía su admisión en el movimiento (se habla de los resultados de sus negociaciones en otro lugar de este número).
Otros problemas examinados
La situación en Polonia, donde los bolcheviques-leninistas han trabajado en el Bund9 y en el Partido Socialista, se trató también en detalle, sobre todo a la luz de las amplias perspectivas que nos abre ahora la disolución del partido estalinista. La Conferencia Internacional examinó la resolución de la Conferencia preliminar panamericana sobre la reorganización de la sección mexicana, se ocupó de la apelación del grupo Galicia10 y ratificó en lo sustancial la decisión inicial.
Entre las demás decisiones importantes de la conferencia, además de el Manifiesto publicado en otro lugar sobre la candente cuestión del peligro de guerra, el saludo a los combatientes revolucionarios contra el fascismo en España y la resolución sobre nuestros mártires caídos y los presos de la guerra de clases, estuvieron la adopción de un documento que expone la necesidad de una organización internacional de defensa y de ayuda para socorrer a los combatientes y refugiados que las organizaciones estalinistas y socialdemócratas han dejado en la estacada, una resolución sobre la cuestión de la juventud que trazó la política que debía seguirse en la Conferencia Internacional de la Juventud celebrada después, y resoluciones sobre la guerra en Extremo Oriente y sobre la posición del imperialismo norteamericano en el mundo de hoy.
Antes de clausurarse, la conferencia adoptó una carta de saludo cordial al ausente —¡y sin embargo no ausente!— dirigente del pensamiento y de la acción del marxismo revolucionario de nuestros días, León Trotsky.
Sin bombo ni platillos, la conferencia internacional se reunió y cumplió plenamente su tarea. Apoyándose en las ricas experiencias de los últimos tiempos y en las necesidades inaplazables de la situación, firmemente asentada en el terreno del internacionalismo, lanzó la IV Internacional, no sin dificultades, no a la ligera ni en el mar social más tranquilo, sino con la profunda consciencia de estar suficientemente fortalecida por el pasado contra las tormentas que se avecinen y de tener suficiente confianza en su carta de navegación para avanzar con la convicción de que la victoria final, la liberación de la humanidad de la esclavitud, está por delante y se alcanzará.
El Partido Socialista Obrero y Campesino (PSOP), fundado en junio de 1938 por Marceau Pivert y la izquierda expulsada del Partido Socialista francés. ↩
El Partido Obrero de Unificación Marxista, fundado en 1935, perseguido por el estalinismo desde mayo de 1937. ↩
La declaración firmada en París en agosto de 1933 por la Liga Comunista Internacional (la Oposición de Izquierda), el Partido Socialista Obrero de Alemania (SAP) y los dos partidos holandeses citados, que llamaba a preparar una nueva Internacional. ↩
Walter Citrine (1887-1983), secretario general del Congreso de las Trade Unions británico y presidente de la Federación Sindical Internacional. ↩
Rudolf Klement (1910-1938), comunista alemán, antiguo secretario de Trotsky, secuestrado en París en julio de 1938; su cuerpo descuartizado apareció en el Sena. ↩
Los arqueomarxistas, organización comunista griega de oposición surgida en los años veinte; el grupo Spartakos era el de Pandelís Puliópulos. ↩
El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista disolvió el Partido Comunista de Polonia en agosto de 1938, tras haber hecho fusilar en Moscú a buena parte de sus dirigentes. ↩
Raymond Molinier (1904-1994), trotskista francés, excluido en 1935; su grupo publicaba La Commune. ↩
La Unión General Obrera Judía de Lituania, Polonia y Rusia, partido socialista judío. ↩
El grupo de Luciano Galicia, militante de la sección mexicana que había roto con su dirección. ↩