Conferencia celebrada el 3 de septiembre de 1938 en Périgny, cerca de París, en casa de Alfred Rosmer; por seguridad, la prensa de la época la situó en Lausana (Suiza). Traducimos el Programa de transición, de su original ruso escrito por Trotsky, publicado en el Biulleten oppozitsii (Boletín de la Oposición), n.º 66-67, mayo-junio de 1938, como proyecto del Secretariado Internacional sometido a la conferencia, según la transcripción de marxists.org. Todos los demás documentos, de la primera edición en folleto, The Founding Conference of the Fourth International. Program and Resolutions (Nueva York, Socialist Workers Party, enero de 1939), según la transcripción del Encyclopedia of Trotskyism On-Line, cotejada con el escaneo del folleto; usamos esta versión inglesa de época, con este aviso, porque no hay edición libre de los textos franceses de la conferencia. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las dos de la redacción del Biulleten. Texto original en inglés y ruso

Saludo a nuestros mártires vivos y a nuestros muertos heroicos

En el momento en que los representantes de los bolcheviques-leninistas de todos los países, reunidos en una conferencia internacional, constituyen formalmente la IV Internacional (Partido Mundial de la Revolución Socialista), sus pensamientos y sus saludos revolucionarios van ante todo a sus camaradas que, en todo el mundo, son víctimas de la represión del capitalismo y de las dictaduras totalitarias.

Nuestros cuadros son todavía pocos y jóvenes; pero son ya numerosos los camaradas nuestros que yacen en las cárceles o en los campos de concentración levantados en todo el mundo por los regímenes burgueses en descomposición y por los gobiernos reaccionarios. Desde una Indochina oprimida por el imperialismo francés, a través de los barrotes de su celda, nos llega la voz invencible de Ta Thu Thau1, débil, paralizado, pero tan intransigente y leal como siempre.

En Brasil, un joven obrero y militante bolchevique-leninista, Hilcar Leite, enfermo, torturado, condenado ya a cuatro años y medio de cárcel y amenazado con una condena adicional aún más feroz, lejos de flaquear, reafirma, junto con sus compañeros de prisión, su fe inquebrantable en la victoria de nuestra causa, y solo espera su libertad de los triunfos de la IV Internacional.

Nuestros heroicos camaradas griegos, decenas y decenas de los cuales languidecen en las islas-prisión de Metaxas2, mantienen en alto con magnífico valor la bandera de la revolución socialista, agrupados en torno a Stinas3, condenado a cinco años de cárcel y a destierro perpetuo, y a Polioupoulos, cuya suerte se desconoce, y juran vengar a su camarada Scalaios, muerto en el campo de concentración de Acronauplia.

Los campos de concentración de Alemania y Austria están llenos de militantes abnegados, implacables revolucionarios «trotskistas», que hacen frente a los verdugos desencadenados por Hitler.

Los bolcheviques-leninistas polacos no se libran de la dictadura bonapartista de su país4, pero en las cárceles de Polonia continúan la lucha por la causa del socialismo.

Pero no solo de las dictaduras fascistas y bonapartistas son víctimas los trotskistas. Los gobiernos llamados democráticos atacan también con saña a nuestro movimiento y a nuestros camaradas: en Marruecos, en China, en América Latina, en Francia, en los Estados Unidos, en todas partes, nuestros camaradas son objeto de persecución policial. En España, mientras las bandas mercenarias de Franco asesinan, sin distinción de partido, a los mejores combatientes de las trincheras republicanas, el gobierno de Negrín5 persigue a los revolucionarios más combativos y probados, cuando no los abandona sin más a los agentes a sueldo de Stalin.

¡A los heroicos bolcheviques-leninistas españoles que en las líneas republicanas combaten contra los bandidos fascistas, o que en las cárceles de Negrín y de la GPU se mantienen inquebrantables en el programa de la revolución socialista —la única garantía de la victoria sobre Franco—, a Grandizo6 y sus compañeros, el saludo de la primera conferencia internacional de la IV Internacional!

En China la situación es la misma que en España: nuestros camaradas, aun estando en las primeras filas de los ejércitos chinos frente al invasor japonés, son apuñalados por la espalda por los agentes de Chiang Kai-shek y de Stalin, que preparan así el terreno para un compromiso traidor con los bandidos imperialistas japoneses.

La IV Internacional inclina en saludo su bandera sin mancha sobre las tumbas todavía frescas de nuestros heroicos camaradas que en los dos últimos años han caído bajo las balas de Franco en España; bajo el hacha o en los campos de concentración de Hitler, en Alemania y en Austria; en las cárceles y las islas-prisión de Metaxas y de Vargas7, en Grecia y en Brasil; bajo los golpes de las dictaduras bonapartistas en Polonia, en China, etc.; bajo las balas y las torturas estalinistas en la URSS, en España, en China, en Suiza y en Francia.

¡Fauconnet, Pasque, Medeiros, Scalaios, Hans Freund, Isidor Fassner, Erwin Wolf, Reiss, Rossini, Sedoff, Klement!8 ¡Vuestros nombres están escritos en nuestra bandera! Saludamos también a los jóvenes revolucionarios desconocidos que en Rusia caen fusilados por la GPU gritando todavía «¡Viva Trotsky!».

Ninguna de estas represiones, de estas torturas, de estos asesinatos nos detendrá, porque nuestra tarea nos la traza la historia, y no la actividad de la policía ni de las máquinas de terror del Estado, por poderosas y totalitarias que sean.

La primera conferencia internacional del Partido Mundial de la Revolución Socialista envía su saludo y su solidaridad a todos los militantes revolucionarios arrojados a las cárceles burguesas, a las cárceles fascistas y a las cárceles estalinistas. Llama a todos los camaradas, simpatizantes y proletarios conscientes a llevar a la práctica sus sentimientos de solidaridad con todos los militantes que han caído víctimas de la opresión capitalista y del terror fascista y estalinista. La salvación misma de la revolución socialista exige que los militantes sometidos a tan dura prueba sientan que los sostiene una solidaridad internacional activa y eficaz.

El sacrificio de hoy es la garantía del triunfo de mañana. La revolución proletaria, victoriosa bajo la bandera de la IV Internacional, vengará a los camaradas caídos y arrancará de sus cárceles a los que languidecen en ellas.

Saludo a los combatientes de España

La Conferencia de la IV Internacional proclama su completa solidaridad con los combatientes de España, sea cual sea su partido, que con las armas en la mano luchan contra las bandas criminales de Franco, Hitler y Mussolini.

Proclama su firme voluntad de ponerse a trabajar por todos los medios para romper el bloqueo establecido el 6 de agosto de 1936 por el gobierno de Frente Popular francés, el gobierno inglés y el gobierno ruso9.

Recuerda con orgullo que la primera ayuda práctica eficaz, en forma de voluntarios, mientras los partidos del Frente Popular seguían parloteando sobre la neutralidad, la prestaron las secciones de la IV Internacional, en particular la francesa y la belga. Saluda a sus militantes caídos en los primeros días de la lucha contra Franco: Robert de Fauconnet, militante del P.O.I., muerto en Huesca; Pasqué, del P.S.R. belga10, muerto en Irún; así como a otros muchos camaradas heridos o mutilados.

En aquellos días, los obreros revolucionarios, en las milicias, en las fábricas, en la retaguardia y en el frente, eran los dueños. Por eso obtuvieron las primeras victorias decisivas. Hoy, ellos, los vencedores de las primeras victorias, han sido encarcelados y son perseguidos. La burocracia de Stalin, aliada con las cúpulas socialistas, con los dirigentes «anarquistas» y con la burguesía, ha impuesto, a cambio de una ayuda material muy precaria, la represión contra los «trotskistas» y contra los combatientes anarquistas de base. El fin que perseguía este terror estalinista y burgués era la restauración de las relaciones de propiedad burguesas y arrebatar a los obreros sus conquistas de julio de 1936. En esta represión, que descabeza el ejército republicano, se encuentra la causa principal de la derrota.

¡Libertad para los mejores combatientes! ¡Libertad para los militantes del P.O.U.M. y de la F.A.I.!11 ¡Libertad para Munis y Carlini12, antiguos milicianos, militantes de la IV Internacional! Lo único que piden es volver a sus puestos en el frente, en la vanguardia de los ejércitos republicanos. Combatientes obreros, ¡obligad a Negrín y a Stalin a poner fin a sus montajes y persecuciones, importados directamente de Moscú!

Mientras calumnian y persiguen a los revolucionarios en el mundo entero, los dirigentes del Frente Popular, responsables del bloqueo, se limitan a meras frases destinadas a adormecer el espíritu de lucha de los obreros.

La IV Internacional, al tiempo que trata de organizar la solidaridad en todos los terrenos, viene proclamando desde el principio que la mejor y más eficaz ayuda que los obreros del mundo entero pueden dar a sus hermanos españoles está en la acción directa, organizada en especial por los sindicatos de las industrias de guerra, de los transportes y de los puertos, en el boicot de todos los envíos a los fascistas y en la huelga general para derribar a los gobiernos que sostienen el bloqueo.

La IV Internacional proclama que solo la victoria sobre Franco puede volver a abrir la perspectiva de una revolución proletaria. Por eso, a pesar de los montajes y persecuciones del gobierno Negrín-Stalin, y aun combatiendo a ese gobierno de derrota y de reacción, los obreros avanzados deben luchar con todas sus fuerzas por la victoria de los ejércitos republicanos.

EL COMITÉ EJECUTIVO DE LA IV INTERNACIONAL

Saludo de la Conferencia Mundial a León Trotsky

Querido camarada: La Conferencia de la IV Internacional le envía su más caluroso saludo.

La bárbara represión que ataca con saña a nuestro movimiento en general y a usted en particular le ha impedido estar con nosotros para aportar a nuestros debates la contribución del antiguo fundador del Ejército Rojo, del organizador de la insurrección de Octubre, del teórico de la revolución permanente y del sucesor directo de Lenin.

Los enemigos estalinistas, fascistas e imperialistas le han sometido a duras pruebas. León Sedov, Erwin Wolf y Rudolf Klement han muerto, víctimas de la contrarrevolución estalinista13. Ta Thu Thau sufre en las cárceles del imperialismo francés. Numerosos camaradas alemanes y griegos son torturados en las cárceles fascistas. Usted es objeto de constantes intentos de asesinato. Pero todas estas persecuciones, aunque nos asestan golpes dolorosos, tienen como único resultado final reforzar definitivamente nuestra convicción en el valor del programa marxista, del que usted es, a nuestro juicio, desde la muerte de Lenin, el principal intérprete.

Por eso nuestro saludo contiene algo más que el afecto hacia el gran teórico actual del marxismo revolucionario. Contiene también la certeza de que los golpes del enemigo, por duros que sean, no impedirán que la doctrina de la revolución socialista se convierta en la realidad viva de mañana. La Conferencia de la IV Internacional marca un nuevo salto adelante de nuestro movimiento en el camino de la unificación, del fortalecimiento organizativo y del perfeccionamiento de su propaganda con la adopción del programa de transición. Expresamos la firme esperanza de que participe usted durante mucho tiempo en sus éxitos, como ha participado en sus vicisitudes.

La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional (Programa de transición)

(La movilización de las masas en torno a las reivindicaciones transitorias como preparación para la conquista del poder)14

Las premisas objetivas de la revolución socialista

La situación política mundial en su conjunto se caracteriza ante todo por la crisis histórica de la dirección del proletariado.

La premisa económica de la revolución proletaria alcanzó hace ya tiempo el punto más alto que puede alcanzarse bajo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han dejado de crecer. Los nuevos inventos y mejoras ya no conducen a un aumento de la riqueza material. Las crisis coyunturales, en las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, descargan sobre las masas privaciones y sufrimientos cada vez más duros. El aumento del paro agrava a su vez la crisis financiera del Estado y socava los sistemas monetarios ya quebrantados. Los gobiernos democráticos, igual que los fascistas, van de una bancarrota a otra.

La propia burguesía no ve salida. En los países donde se ha visto ya obligada a jugarse su última carta, la del fascismo, ahora se desliza con los ojos cerrados hacia la catástrofe económica y militar. En los países históricamente privilegiados, es decir, en aquellos donde aún puede permitirse durante algún tiempo el lujo de la democracia a costa de las viejas acumulaciones nacionales (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos, etc.), todos los partidos tradicionales del capital se hallan en un estado de desconcierto que linda por momentos con la parálisis de la voluntad. El «New Deal»15, pese a su ostentosa resolución del primer periodo, no es más que una forma particular de desconcierto, posible en un país donde la burguesía ha logrado acumular riquezas incalculables. La crisis actual, que dista mucho de haber dicho su última palabra, ha mostrado ya que la política del «New Deal» en Estados Unidos, como la política del Frente Popular en Francia, no abren ninguna salida del atolladero económico.

El cuadro de las relaciones internacionales no es en absoluto mejor. Bajo la presión creciente de la descomposición capitalista, los antagonismos imperialistas han llegado al límite más allá del cual los choques aislados y los estallidos sangrientos (Abisinia, España, Extremo Oriente, Europa central…) han de fundirse inevitablemente en un incendio mundial. La burguesía se da cuenta, desde luego, del peligro mortal que una nueva guerra representaría para su dominación. Pero hoy es incomparablemente menos capaz de impedir la guerra que en vísperas de 1914.

Todas las habladurías de que las condiciones históricas «no han madurado» todavía para el socialismo son producto de la ignorancia o de un engaño consciente. Las premisas objetivas de la revolución proletaria no solo han «madurado», sino que han empezado a pudrirse. Sin la revolución socialista, y además en el próximo periodo histórico, toda la cultura de la humanidad está amenazada de catástrofe. Ya solo depende del proletariado, es decir, en primer lugar de su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria.

El proletariado y sus direcciones

La economía, el Estado, la política de la burguesía y sus relaciones internacionales están minados de parte a parte por la crisis social que caracteriza el estado prerrevolucionario de la sociedad. El principal obstáculo en el camino de la transformación del estado prerrevolucionario en revolucionario es el carácter oportunista de la dirección del proletariado, su cobardía pequeñoburguesa ante la gran burguesía y su vínculo traidor con ella, incluso en su agonía.

El proletariado está presa de una honda inquietud en todos los países. Masas de millones vuelven una y otra vez al movimiento revolucionario. Pero cada vez tropiezan en ese camino con sus propios aparatos burocráticos conservadores.

El proletariado de España ha hecho, desde abril de 1931, una serie de intentos heroicos de tomar en sus manos el poder y la dirección de los destinos de la sociedad. Sin embargo, sus propios partidos —socialdemócratas, estalinistas, anarquistas y el POUM—, cada uno a su manera, desempeñaron el papel de freno y prepararon así el triunfo de Franco.

En Francia, la poderosa oleada de huelgas «de brazos caídos»16, sobre todo en junio de 1936, puso de manifiesto la plena disposición del proletariado a derribar el sistema capitalista. Sin embargo, las organizaciones dirigentes —socialistas, estalinistas y sindicalistas— consiguieron, bajo la razón social del Frente Popular, canalizar y detener, al menos temporalmente, la corriente revolucionaria.

La oleada sin precedentes de huelgas «de brazos caídos» y el crecimiento fabulosamente rápido de los sindicatos de industria en Estados Unidos (CIO)17 son la expresión más indiscutible del afán instintivo de los obreros norteamericanos de elevarse a la altura de la tarea que la historia les ha planteado. Pero también aquí las organizaciones dirigentes, incluido el CIO de nueva creación, hacen cuanto pueden por contener y paralizar el empuje revolucionario de las masas.

El paso definitivo de la Comintern al lado del orden burgués y su papel cínicamente contrarrevolucionario en el mundo entero, sobre todo en España, Francia, Estados Unidos y otros países «democráticos», han creado extraordinarias dificultades adicionales al proletariado mundial. Bajo el signo de la Revolución de Octubre, la política conciliadora de los «Frentes Populares» condena a la clase obrera a la impotencia y despeja el camino al fascismo.

Los «Frentes Populares», por un lado, y el fascismo, por otro, son los últimos recursos políticos del imperialismo en la lucha contra la revolución proletaria. Desde el punto de vista histórico, sin embargo, ambos recursos son una ficción. La putrefacción del capitalismo prosigue bajo el signo del gorro frigio en Francia igual que bajo el signo de la esvástica en Alemania. Solo el derrocamiento de la burguesía puede abrir una salida.

La orientación de las masas está determinada, por un lado, por las condiciones objetivas del capitalismo en putrefacción y, por otro, por la política traidora de las viejas organizaciones obreras. De estos dos factores el decisivo es, desde luego, el primero: las leyes de la historia son más fuertes que los aparatos burocráticos. Por variados que sean los métodos de los socialtraidores —desde la legislación «social» de Léon Blum hasta los fraudes judiciales de Stalin—, no lograrán quebrar la voluntad revolucionaria del proletariado. Cuanto más avancen, más mostrarán a las masas sus esfuerzos desesperados por detener la rueda de la historia que la crisis de la dirección del proletariado, convertida en crisis de la cultura humana, solo puede resolverla la IV Internacional.

El programa mínimo y el programa de transición

La tarea estratégica del próximo periodo —un periodo prerrevolucionario de agitación, propaganda y organización— consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la inmadurez del proletariado y de su vanguardia (el desconcierto y el desengaño de la generación mayor, la inexperiencia de la más joven). Hay que ayudar a la masa, en el proceso de su lucha cotidiana, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Ese puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias que partan de las condiciones de hoy y de la consciencia de hoy de amplias capas de la clase obrera y conduzcan invariablemente a una misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado.

La socialdemocracia clásica, que actuaba en la época del capitalismo progresivo, dividía su programa en dos partes independientes entre sí: el programa mínimo, que se limitaba a reformas en el marco de la sociedad burguesa, y el programa máximo, que prometía para un futuro indeterminado la sustitución del capitalismo por el socialismo. Entre el programa mínimo y el programa máximo no había ningún puente. La socialdemocracia tampoco necesita ese puente, porque del socialismo solo habla en los días de fiesta. La Comintern ha tomado el camino de la socialdemocracia en la época del capitalismo en putrefacción, cuando en general no puede hablarse de reformas sociales sistemáticas ni de elevación del nivel de vida de las masas; cuando la burguesía quita cada vez con la mano derecha el doble de lo que da con la izquierda (impuestos, aranceles, inflación, «desinflación», carestía, paro, reglamentación policial de las huelgas, etc.); cuando toda reivindicación seria del proletariado, e incluso toda reivindicación progresiva de la pequeña burguesía, lleva inevitablemente más allá de los límites de la propiedad capitalista y del Estado burgués.

La tarea estratégica de la IV Internacional no consiste en reformar el capitalismo, sino en derribarlo. Su objetivo político: la conquista del poder por el proletariado para expropiar a la burguesía. Pero la solución de esta tarea estratégica es impensable sin la atención más cuidadosa a todas las cuestiones de táctica, incluso a las pequeñas y parciales. Todas las partes del proletariado, todas sus capas, oficios y grupos deben ser arrastrados al movimiento revolucionario. Lo que distingue a la época actual no es que libere al partido revolucionario del trabajo duro de cada día, sino que permite llevar esa lucha en relación indisoluble con las tareas de la revolución.

La IV Internacional no desecha las reivindicaciones del viejo programa «mínimo» allí donde y en la medida en que hayan conservado aunque sea una parte de su fuerza vital. Defiende incansablemente los derechos democráticos de los obreros y sus conquistas sociales. Pero inserta ese trabajo cotidiano en el marco de una perspectiva justa, real, es decir, revolucionaria. En la medida en que las viejas reivindicaciones parciales, «mínimas», de las masas chocan con las tendencias destructivas y degradantes del capitalismo decadente —y eso ocurre a cada paso—, la IV Internacional plantea un sistema de reivindicaciones transitorias cuyo sentido consiste en que se dirigen cada vez más abierta y resueltamente contra los fundamentos mismos del régimen burgués. El viejo «programa mínimo» queda relegado por el programa de transición, cuya tarea consiste en la movilización sistemática de las masas para la revolución proletaria.

La escala móvil de salarios y la escala móvil de horas de trabajo

En las condiciones del capitalismo en descomposición, las masas siguen viviendo la vida cotidiana de los oprimidos, a quienes hoy, más que nunca, amenaza el peligro de verse arrojados al fondo del pauperismo. Se ven obligadas a defender su pedazo de pan, si no pueden aumentarlo o mejorarlo. No es posible ni necesario enumerar aquí las reivindicaciones particulares y parciales que brotan en cada caso de circunstancias concretas, nacionales, locales o de oficio. Pero las dos principales calamidades económicas en que se resume el absurdo creciente del sistema capitalista, a saber, el paro y la carestía, exigen consignas y métodos de lucha generalizados.

La IV Internacional declara una guerra implacable a la política de los capitalistas, que, como en gran medida la de sus agentes, los reformistas, tiende a echar sobre los trabajadores toda la carga del militarismo, de la crisis, del desbarajuste de los sistemas monetarios y de las demás calamidades de la agonía capitalista. Exige trabajo y una existencia digna para todos.

Ni la inflación monetaria ni la estabilización pueden servir de consignas al proletariado, porque son dos extremos del mismo palo. Contra la subida a saltos de los precios, que a medida que se acerque la guerra irá tomando un carácter cada vez más desenfrenado, solo se puede luchar bajo la consigna de la escala móvil de salarios. Los convenios colectivos deben garantizar el aumento automático de la retribución del trabajo de acuerdo con la subida de los precios de los artículos de consumo.

So pena de su propia degeneración, el proletariado no puede admitir que una parte creciente de los obreros se convierta en parados crónicos, en pobres que viven de las limosnas de una sociedad en descomposición. El derecho al trabajo es el único derecho serio que el obrero tiene en una sociedad fundada en la explotación. Y, sin embargo, ese derecho se le confisca a cada paso. Contra el paro, tanto «estructural» como «coyuntural», es hora de plantear, junto a la consigna de obras públicas, la consigna de la escala móvil de horas de trabajo. Los sindicatos y las demás organizaciones de masas deben unir a los que trabajan y a los parados con el vínculo de una solidaridad mutua. El trabajo disponible se reparte entre todos los brazos disponibles, y de ello depende la duración de la semana laboral. El salario medio de cada obrero sigue siendo el mismo que con la antigua semana laboral. El salario, con un mínimo estrictamente garantizado, sigue el movimiento de los precios. Ningún otro programa puede aceptarse para el actual periodo catastrófico.

Los propietarios y sus abogados demostrarán la «irrealizabilidad» de estas reivindicaciones. Los capitalistas más pequeños, sobre todo los que se están arruinando, invocarán para ello sus libros de contabilidad. Los obreros rechazan categóricamente esos argumentos y esas invocaciones. No se trata de un choque «normal» de intereses materiales opuestos. Se trata de preservar al proletariado de la descomposición, la desmoralización y la ruina. Se trata de la vida o la muerte de la única clase creadora y progresiva y, con ello, del porvenir de la humanidad. Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que nacen inexorablemente de las calamidades que él mismo engendra, que perezca. La «realizabilidad» o «irrealizabilidad» es en este caso una cuestión de relación de fuerzas, que solo puede resolverse mediante la lucha. Sobre la base de esa lucha, cualesquiera que sean sus éxitos prácticos inmediatos, los obreros comprenderán mejor que nada la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista.

Los sindicatos en la época de transición

Para luchar por las reivindicaciones parciales y transitorias, los obreros necesitan hoy, más que nunca, organizaciones de masas, ante todo sindicatos. El poderoso crecimiento de los sindicatos en Francia y en Estados Unidos es la mejor respuesta a los doctrinarios ultraizquierdistas de la pasividad, que enseñaban que los sindicatos «habían hecho su tiempo».

Los bolcheviques-leninistas están en primera fila en todas las formas de lucha en que se trate aunque sea de los intereses materiales o los derechos democráticos más modestos de la clase obrera. Participan activamente en los sindicatos de masas, cuidando de afianzarlos y de elevar su espíritu de combate. Luchan sin tregua contra todo intento de subordinar los sindicatos al Estado burgués y de atar al proletariado con el «arbitraje obligatorio» y con cualquier otra forma de tutela policial, no solo fascista, sino también «democrática». Solo sobre la base de este trabajo es posible luchar con éxito dentro de los sindicatos contra la burocracia reformista, incluida la estalinista. Los intentos sectarios de construir o conservar pequeños sindicatos «revolucionarios», como segunda edición del partido, significan en realidad renunciar a la lucha por la dirección de la clase obrera. Hay que establecer como regla inquebrantable: el autoaislamiento capitulador respecto de los sindicatos de masas, equivalente a una traición a la revolución, es incompatible con la pertenencia a la IV Internacional.

Al mismo tiempo, la IV Internacional rechaza y condena resueltamente toda clase de fetichismo sindical, propio por igual de los tradeunionistas y de los sindicalistas.

a) Los sindicatos no tienen ni pueden tener, por sus tareas, su composición y su modo de reclutamiento, un programa revolucionario acabado, y por eso no pueden sustituir al partido. La construcción de partidos revolucionarios nacionales, como secciones de la IV Internacional, es la tarea central de la época de transición.

b) Los sindicatos, incluso los más poderosos, no abarcan más del 20 o 25 % de la clase obrera, y sobre todo sus capas más cualificadas y mejor pagadas. La mayoría más oprimida de la clase obrera solo entra en la lucha de manera episódica, en los momentos de auge excepcional del movimiento obrero. En esos momentos es necesario crear organizaciones ad hoc que abarquen a toda la masa en lucha: comités de huelga, comités de fábrica y, por último, sóviets.

c) Como organización de las capas superiores del proletariado, los sindicatos, según atestigua toda la experiencia histórica, incluida la reciente de los sindicatos anarcosindicalistas de España, desarrollan poderosas tendencias a conciliarse con el régimen democrático burgués. En los periodos de lucha de clases aguda, los aparatos dirigentes de los sindicatos procuran adueñarse del movimiento de masas para desactivarlo. Así ocurre ya en las simples huelgas, y sobre todo en las huelgas masivas «de brazos caídos», que sacuden el principio de la propiedad burguesa. En tiempo de guerra o de revolución, cuando la situación de la burguesía se hace especialmente difícil, los jefes sindicales suelen convertirse en ministros burgueses.

Por eso, las secciones de la IV Internacional deben procurar siempre no solo renovar el aparato de los sindicatos, poniendo audaz y resueltamente en los momentos críticos a nuevos dirigentes combativos en lugar de los funcionarios rutinarios y los arribistas, sino también crear, en todos los casos en que sea posible, organizaciones de combate independientes, que respondan mejor a las tareas de la lucha de masas contra la sociedad burguesa, sin detenerse, si es necesario, ni siquiera ante la ruptura directa con el aparato conservador de los sindicatos. Si es criminal volver la espalda a las organizaciones de masas en aras de ficciones sectarias, no lo es menos tolerar pasivamente que el movimiento revolucionario de masas quede sometido al control de camarillas burocráticas abiertamente reaccionarias o encubiertamente conservadoras («progresistas»). Los sindicatos no son un fin en sí mismos, sino solo uno de los medios en el camino de la revolución proletaria.

Los comités de fábrica

El movimiento obrero de la época de transición no tiene un carácter planificado y equilibrado, sino febril y explosivo. Las consignas, como las formas de organización, deben ajustarse a ese carácter del movimiento. Guardándose de la rutina como de la peste, la dirección debe estar atenta a la iniciativa de las propias masas.

Las huelgas de brazos caídos (sit-down strikes), una de las manifestaciones más recientes de esa iniciativa, rebasan los límites del régimen capitalista «normal». Con independencia de las reivindicaciones de los huelguistas, la ocupación temporal de las empresas asesta un golpe al ídolo de la propiedad capitalista. Toda huelga «de brazos caídos» plantea en la práctica la cuestión de quién es el amo en la fábrica: ¿el capitalista o los obreros?

Si la huelga «de brazos caídos» plantea esta cuestión de manera episódica, el comité de fábrica da a esa misma cuestión una expresión organizada. Elegido por todos los obreros y empleados de la empresa, el comité de fábrica crea de inmediato un contrapeso a la voluntad de la dirección de la empresa.

A la crítica reformista de los patronos de viejo cuño, los llamados «realistas económicos»18, como Ford, a diferencia de los explotadores «buenos», «democráticos», oponemos la consigna de los comités de fábrica como centros de lucha contra unos y otros.

Los burócratas sindicales se opondrán, por regla general, a la creación de comités, como se oponen a todo paso audaz en el camino de la movilización de las masas. Sin embargo, quebrar su resistencia será tanto más fácil cuanto mayor sea la amplitud del movimiento. Donde todos los obreros de una empresa están ya en tiempos «de paz» en el sindicato (closed shop)19, el comité coincidirá formalmente con el órgano del sindicato, pero renovará su composición y ampliará sus funciones. La importancia principal de los comités, sin embargo, está en que se convierten en estados mayores de combate de las capas obreras a las que el sindicato no suele ser capaz de llegar. Y precisamente de esas capas más oprimidas saldrán los destacamentos más abnegados de la revolución.

Desde el momento en que surge el comité, se establece de hecho en la fábrica un doble poder. Por su misma esencia es un estado transitorio, porque encierra dos regímenes irreconciliables: el capitalista y el proletario. La importancia de principio de los comités de fábrica consiste precisamente en que abren un periodo, si no directamente revolucionario, sí prerrevolucionario, entre el régimen burgués y el proletario. Las oleadas de huelgas «de brazos caídos» que han recorrido varios países son el mejor testimonio de que la propaganda de los comités de fábrica no es prematura ni artificial. Nuevas oleadas de este tipo son inevitables en un futuro próximo. Es preciso abrir a tiempo una campaña en favor de los comités de fábrica para no ser cogidos desprevenidos.

El «secreto comercial» y el control obrero de la industria

El capitalismo liberal, fundado en la competencia y en la libertad de comercio, ha pasado por completo a la historia. El capitalismo monopolista que lo ha sustituido no solo no ha suavizado la anarquía del mercado, sino que, al contrario, le ha dado un carácter particularmente convulsivo. La necesidad del «control» de la economía, de la «dirección» estatal de la industria y de la «planificación» la reconocen hoy —al menos de palabra— casi todas las corrientes del pensamiento burgués y pequeñoburgués, desde el fascismo hasta la socialdemocracia. Para los fascistas se trata sobre todo del saqueo «planificado» del pueblo con fines militares. Los socialdemócratas se disponen a vaciar el océano de la anarquía con las cucharas de la «planificación» burocrática. Ingenieros y profesores escriben artículos sobre la «tecnocracia». Los gobiernos democráticos chocan, en sus cobardes ensayos de «regulación», con el sabotaje insuperable del gran capital.

La relación real entre los explotadores y los «controladores» democráticos queda caracterizada mejor que por nada por el hecho de que los señores «reformadores» se detienen con piadoso temblor en el umbral del trust, con sus «secretos» industriales y comerciales. Aquí rige el principio de «no intervención». Las cuentas entre el capitalista individual y la sociedad son secreto del capitalista: a la sociedad no le importan. El «secreto» comercial se sigue justificando, como en la época del capitalismo liberal, con los intereses de la «competencia». En realidad, los trusts no tienen secretos entre sí. El secreto comercial de la época actual es una conspiración permanente del capital monopolista contra la sociedad. Los proyectos de limitar la autocracia de los «realistas económicos» seguirán siendo farsas lamentables mientras los propietarios privados de los medios sociales de producción puedan ocultar a productores y consumidores la mecánica de la explotación, del saqueo y del fraude. La abolición del «secreto comercial» es el primer paso hacia un control efectivo de la industria.

Los obreros no tienen menos derecho que los capitalistas a conocer los «secretos» de la empresa, del trust, de la rama de industria y de toda la economía nacional en su conjunto. Los bancos, la industria pesada y el transporte centralizado deben ser puestos antes que nada bajo una campana de cristal.

Las tareas inmediatas del control obrero consisten en esclarecer los ingresos y gastos de la sociedad, empezando por la empresa individual; determinar la parte real del capitalista individual y de todos los explotadores juntos en la renta nacional; poner al descubierto los tratos de trastienda y las estafas de los bancos y los trusts; por último, revelar ante toda la sociedad el espantoso derroche de trabajo humano que resulta de la anarquía capitalista y de la desnuda persecución del lucro.

Ningún funcionario del Estado burgués es capaz de realizar este trabajo, por grandes que sean los poderes de que se le invista. El mundo entero ha visto la impotencia del presidente Roosevelt y del jefe de gobierno Léon Blum ante la conspiración de las «60» o de las «200 familias»20. Para quebrar la resistencia de los explotadores hace falta la presión del proletariado. Los comités de fábrica, y solo ellos, pueden ejercer un control efectivo sobre la producción, recurriendo —como asesores y no como «tecnócratas»— a especialistas honrados y fieles al pueblo: contables, estadísticos, ingenieros, científicos, etc.

La lucha contra el paro es impensable, en particular, sin una organización amplia y audaz de obras públicas. Pero las obras públicas solo pueden tener un significado duradero y progresivo, para la sociedad como para los propios parados, si forman parte de un plan general calculado para varios años. En el marco de ese plan, los obreros exigirán que se reanude, por cuenta de la sociedad, el trabajo en las empresas privadas cerradas a causa de la crisis. En esos casos, el control obrero será sustituido por la gestión obrera directa.

La elaboración de un plan económico, aunque sea el más elemental —desde el punto de vista de los trabajadores y no de los explotadores—, es impensable sin control obrero, sin que la mirada obrera penetre en todos los resortes, visibles y ocultos, de la economía capitalista. Los comités de las distintas empresas deben elegir en las conferencias correspondientes los comités de los trusts, de las ramas de industria, de las regiones económicas y, por último, de toda la industria nacional en su conjunto. Así, el control obrero se convertirá en una escuela de economía planificada. Con la experiencia del control, el proletariado se preparará para la dirección directa de la industria nacionalizada cuando llegue la hora.

A los capitalistas, sobre todo pequeños y medianos, que a veces proponen ellos mismos abrir sus libros de contabilidad ante los obreros —sobre todo para demostrar la necesidad de rebajar los salarios—, los obreros les responden que no les interesa la contabilidad de tal o cual quebrado o medio quebrado, sino la contabilidad de todos los explotadores. Los obreros no pueden ni quieren adaptar su nivel de vida a los intereses de capitalistas aislados que se convierten en víctimas de su propio régimen. La tarea consiste en reorganizar todo el sistema de producción y distribución sobre bases más racionales y dignas. Si la abolición del secreto comercial es condición necesaria del control obrero, el control es el primer paso en el camino de la dirección socialista de la economía.

La expropiación de determinados grupos de capitalistas

El programa socialista de expropiación de los expropiadores, es decir, del derrocamiento político de la burguesía y de la liquidación de su dominación económica, no debe en ningún caso impedir que en el actual periodo de transición se plantee, en distintas ocasiones, la reivindicación de expropiar determinadas ramas de la industria, las más importantes para la existencia nacional, o determinados grupos de la burguesía, los más parasitarios.

Así, a las lastimeras quejas de los señores demócratas sobre la dictadura de las «60 familias» en Estados Unidos o de las «200 familias» en Francia, oponemos la reivindicación de expropiar a esos 60 o 200 señores feudales del capital.

Del mismo modo, exigimos la expropiación de las compañías monopolistas de la industria de guerra, de los ferrocarriles, de las fuentes más importantes de materias primas, etc.

Lo que distingue estas reivindicaciones de la vaga consigna reformista de «nacionalización» es que: 1) rechazamos la indemnización; 2) prevenimos a las masas contra los charlatanes del Frente Popular, que predican la nacionalización de palabra y siguen siendo de hecho agentes del capital; 3) llamamos a las masas a confiar solo en su fuerza revolucionaria; 4) vinculamos el problema de la expropiación a la cuestión del poder de los obreros y campesinos.

La necesidad de plantear la consigna de la expropiación en la agitación cotidiana, y por tanto por partes, y no solo en la propaganda, en su forma general, se debe a que las distintas ramas de la industria se hallan en niveles de desarrollo distintos, ocupan lugares distintos en la vida de la sociedad y pasan por distintas fases de la lucha de clases. Solo el auge revolucionario general del proletariado puede poner a la orden del día la expropiación general de la burguesía. La tarea de las reivindicaciones transitorias es preparar al proletariado para resolver esa tarea.

La expropiación de los bancos privados y la estatización del sistema de crédito

El imperialismo significa la dominación del capital financiero. Junto a los cárteles y los trusts, y con frecuencia por encima de ellos, los bancos concentran en sus manos el mando efectivo de la economía. Por su estructura, los bancos reflejan de forma concentrada toda la estructura del capitalismo contemporáneo: combinan las tendencias del monopolio con las de la anarquía. Organizan los prodigios de la técnica, las empresas gigantescas, los poderosos trusts, y organizan también la carestía, las crisis y el paro. No se puede dar ni un solo paso serio en la lucha contra la arbitrariedad monopolista y contra la anarquía capitalista, que se complementan en su obra destructiva, si se dejan las alturas de mando de los bancos en manos de capitalistas rapaces. Para crear un sistema único de inversión y de crédito, conforme a un plan racional que responda a los intereses de todo el pueblo, hay que unificar todos los bancos en una sola institución nacional. Solo la expropiación de los bancos privados y la concentración de todo el sistema de crédito en manos del Estado pondrán en sus manos los medios reales necesarios, es decir, materiales y no solo de papel y burocráticos, para la planificación económica.

La expropiación de los bancos no significa en ningún caso la expropiación de los depósitos bancarios. Al contrario, para los pequeños depositantes el banco único del Estado podrá crear condiciones más favorables que los bancos privados. Del mismo modo, solo el banco del Estado podrá establecer para los granjeros, artesanos y pequeños comerciantes condiciones de crédito preferente, es decir, barato. Pero más importante aún es que toda la economía, ante todo la gran industria y el transporte, dirigida desde un único estado mayor financiero, servirá a los intereses vitales de los obreros y de todos los demás trabajadores.

Sin embargo, la estatización de los bancos solo dará estos resultados beneficiosos si el propio poder del Estado pasa por completo de manos de los explotadores a manos de los trabajadores.

Los piquetes obreros, los destacamentos de defensa, la milicia obrera, el armamento del proletariado

Las huelgas «de brazos caídos» son una advertencia muy seria de las masas no solo a la burguesía, sino también a las organizaciones obreras, incluida la IV Internacional. En 1919-1920 los obreros italianos ocuparon por propia iniciativa las empresas, señalando así a sus «jefes» la llegada de la revolución social. Los «jefes» no hicieron caso de la señal. El resultado fue la victoria del fascismo.

Las huelgas «de brazos caídos» no son todavía la ocupación de las empresas según el modelo italiano, pero son un paso decisivo hacia ella. La crisis actual puede agudizar extraordinariamente la marcha de la lucha de clases y acercar el momento del desenlace. Pero no hay que pensar que la situación revolucionaria llegará de golpe. En realidad, su proximidad estará marcada por toda una serie de convulsiones. Una de ellas es precisamente la oleada de huelgas «de brazos caídos». La tarea de las secciones de la IV Internacional consiste en ayudar a la vanguardia proletaria a comprender el carácter general y el ritmo de nuestra época y en fecundar a tiempo la lucha de las masas con consignas cada vez más resueltas y con medidas organizativas de combate.

La agudización de la lucha del proletariado significa la agudización de los métodos de respuesta del capital. Nuevas oleadas de huelgas «de brazos caídos» pueden provocar, y sin duda provocarán, enérgicas contramedidas de la burguesía. En los estados mayores de los trusts se está haciendo ya el trabajo preparatorio. ¡Ay de las organizaciones revolucionarias, ay del proletariado, si vuelven a ser cogidos desprevenidos!

La burguesía no se conforma en ninguna parte con la policía y el ejército oficiales. En Estados Unidos mantiene, incluso en tiempos «de paz», destacamentos militarizados de esquiroles y bandas armadas privadas en las fábricas. A ellos hay que añadir hoy las bandas de los nazis norteamericanos. La burguesía francesa, al primer asomo de peligro, movilizó destacamentos fascistas semilegales e ilegales, también dentro del ejército oficial. Basta con que vuelva a crecer el empuje de los obreros ingleses para que las bandas de lord Mosley21 se dupliquen, se tripliquen, se multipliquen por diez de inmediato y emprendan una campaña sangrienta contra los obreros. La burguesía se da cuenta sin equivocarse de que en la época actual la lucha de clases tiende irresistiblemente a convertirse en guerra civil. Los ejemplos de Italia, Alemania, Austria, España y otros países han enseñado mucho más a los magnates y lacayos del capital que a los jefes oficiales del proletariado.

Los políticos de la II y la III Internacional, como los burócratas de las trade unions, cierran conscientemente los ojos ante el ejército privado de la burguesía: de lo contrario, no podrían mantener su alianza con ella ni veinticuatro horas. Los reformistas inculcan sistemáticamente a los obreros la idea de que la sagrada democracia está mejor asegurada cuando la burguesía está armada hasta los dientes y los obreros están desarmados.

El deber de la IV Internacional es acabar de una vez para siempre con esa política servil. Los demócratas pequeñoburgueses —socialdemócratas, estalinistas y anarquistas incluidos— gritan tanto más fuerte sobre la lucha contra el fascismo cuanto más cobardemente capitulan de hecho ante él. A las bandas del fascismo solo pueden hacerles frente con éxito destacamentos obreros armados que sientan a sus espaldas el apoyo de decenas de millones de trabajadores. La lucha contra el fascismo no empieza en la redacción liberal, sino en la fábrica, y termina en la calle. Los esquiroles y los gendarmes privados de las fábricas son las células básicas del ejército del fascismo. Los piquetes de huelga obreros son las células básicas del ejército del proletariado. De ahí hay que partir. Con ocasión de cada huelga y de cada manifestación callejera hay que propagar la idea de la necesidad de crear destacamentos obreros de autodefensa. Hay que inscribir esta consigna en el programa del ala revolucionaria de las trade unions. Hay que construir en la práctica destacamentos de autodefensa allí donde sea posible, empezando por las organizaciones de la juventud, y enseñarles a manejar las armas.

La nueva oleada del movimiento de masas debe servir no solo para aumentar el número de estos destacamentos, sino también para unificarlos por barrios, ciudades y comarcas. Hay que dar una expresión organizada al odio legítimo de los obreros contra los esquiroles y las bandas de gánsteres y fascistas. Hay que plantear la consigna de la milicia obrera como única garantía seria de la inviolabilidad de las organizaciones, las reuniones y la prensa obreras.

Solo mediante este trabajo de agitación y organización sistemático, tenaz, incansable y valeroso, siempre en relación con la experiencia de la propia masa, se pueden extirpar de su consciencia las tradiciones de sumisión y pasividad; educar destacamentos de luchadores heroicos, capaces de dar ejemplo a todos los trabajadores; infligir una serie de derrotas tácticas a las bandas de la contrarrevolución; elevar la confianza en sí mismos de los explotados; desacreditar al fascismo a los ojos de la pequeña burguesía y abrir el camino a la conquista del poder por el proletariado.

Engels definió el Estado como «destacamentos de hombres armados»22. El armamento del proletariado es un elemento constitutivo necesario de su lucha emancipadora. Cuando el proletariado lo quiera, encontrará los caminos y los medios para armarse. También en este terreno la dirección recae naturalmente en las secciones de la IV Internacional.

La alianza de los obreros y los campesinos

El hermano y compañero de armas del obrero industrial en el campo es el obrero agrícola. Son dos partes de una misma clase. Sus intereses son inseparables. El programa de reivindicaciones transitorias de los obreros industriales es también, con unos u otros cambios, el programa del proletariado agrícola.

Los campesinos (granjeros) representan otra clase: son la pequeña burguesía del campo. La pequeña burguesía se compone de diversas capas, desde las semiproletarias hasta las explotadoras. En consecuencia, la tarea política del proletariado industrial consiste en llevar la lucha de clases al campo: solo así podrá separar a los aliados de los enemigos.

Las particularidades del desarrollo nacional de cada país encuentran su expresión más acusada en la situación de los campesinos y, en parte, de la pequeña burguesía urbana (artesanos y comerciantes), pues estas clases, por numerosas que sean, representan en lo esencial supervivencias de formas de producción precapitalistas. Las secciones de la IV Internacional deben elaborar, con toda la concreción posible, programas de reivindicaciones transitorias para los campesinos (granjeros) y para la pequeña burguesía urbana, adaptados a las condiciones de cada país. Los obreros avanzados deben aprender a dar respuestas claras y concretas a las preguntas de sus futuros aliados.

Mientras el campesino siga siendo un pequeño productor «independiente», necesita crédito barato, precios asequibles para la maquinaria agrícola y los abonos, condiciones de transporte ventajosas y una organización honrada de la venta de los productos agrícolas. Sin embargo, los bancos, los trusts y los comerciantes saquean al campesino por todos lados. Solo los propios campesinos, con la ayuda de los obreros, pueden poner freno a este saqueo. Deben entrar en escena los comités de pequeños granjeros, que, junto con los comités obreros y los comités de empleados de banca, han de tomar en sus manos el control de las operaciones de transporte, crédito y comercio que interesan a la agricultura.

Invocando falsamente las exigencias «desmesuradas» de los obreros, la gran burguesía convierte hábilmente la cuestión de los precios de las mercancías en una cuña que luego clava entre los obreros y los campesinos, entre los obreros y la pequeña burguesía de las ciudades. El campesino, el artesano, el pequeño comerciante, a diferencia del obrero, del empleado o del pequeño funcionario, no pueden exigir un aumento de salario en proporción a la subida de los precios. La lucha burocrática oficial contra la carestía solo sirve para engañar a las masas. Pero los campesinos, los artesanos y los comerciantes pueden intervenir activamente, como consumidores, codo con codo con los obreros, en la política de precios. A las lamentaciones de los capitalistas sobre los costes de producción, de transporte y de comercio, los consumidores responden: «enseñad vuestros libros; exigimos el control de la política de precios». Los órganos de este control deben ser los comités de precios, formados por delegados de las fábricas, los sindicatos, las cooperativas, las organizaciones de granjeros, el pueblo menudo de las ciudades, las amas de casa, etc. Por este camino los obreros sabrán demostrar a los campesinos que la causa de los precios altos no son los salarios altos, sino los beneficios desmesurados de los capitalistas y los gastos generales de la anarquía capitalista.

El programa de nacionalización de la tierra y de colectivización de la agricultura debe construirse de modo que excluya de raíz la idea de expropiar a los pequeños granjeros o de colectivizarlos por la fuerza. El granjero seguirá siendo propietario de su parcela mientras él mismo lo considere necesario y posible. Para rehabilitar el programa socialista a los ojos del campesinado hay que desenmascarar implacablemente los métodos estalinistas de colectivización, dictados por los intereses de la burocracia y no por los intereses de los campesinos ni de los obreros.

La expropiación de los expropiadores tampoco significa la enajenación forzosa de los pequeños artesanos y tenderos. Al contrario, el control obrero sobre los bancos y los trusts, y más aún la nacionalización de estas empresas, pueden crear para la pequeña burguesía urbana condiciones de crédito, compra y venta incomparablemente más favorables que bajo el dominio ilimitado de los monopolios. La dependencia respecto del capital privado será sustituida por la dependencia respecto del Estado, que será tanto más atento con sus pequeños colaboradores y agentes cuanto más firmemente tengan los propios trabajadores el Estado en sus manos.

La participación práctica de los granjeros explotados en el control de las distintas ramas de la economía permitirá a los propios granjeros decidir si les conviene pasar al cultivo colectivo de la tierra, en qué plazos y en qué escala. Los obreros industriales se comprometen a prestar en este camino toda clase de ayuda a los granjeros: a través de los sindicatos, de los comités de fábrica y, sobre todo, del gobierno obrero y campesino.

La alianza que el proletariado propone, no a las «clases medias» en general, sino a las capas explotadas de la pequeña burguesía de la ciudad y del campo contra todos los explotadores, incluidos los «medios», no puede basarse en la coacción, sino solo en un libre acuerdo, que debe quedar plasmado en un «contrato» especial. Este «contrato» es precisamente el programa de reivindicaciones transitorias, aceptado voluntariamente por ambas partes.

La lucha contra el imperialismo y la guerra

Toda la situación mundial y, por tanto, también la vida política interior de cada país están bajo la amenaza de una guerra mundial. La catástrofe que se avecina toca ya en lo vivo a las masas más profundas de la humanidad.

La II Internacional repite su política de traición de 1914 con tanta mayor seguridad cuanto que el primer violín del chovinismo lo toca ahora la Comintern. En cuanto el peligro de guerra tomó contornos concretos, los estalinistas, adelantándose con mucho a los pacifistas burgueses y pequeñoburgueses, se convirtieron en heraldos de la llamada «defensa nacional». Solo hacen una excepción con los países fascistas, es decir, con aquellos donde ellos mismos no desempeñan ningún papel. La lucha revolucionaria contra la guerra recae así por entero sobre los hombros de la IV Internacional.

La política de los bolcheviques-leninistas en esta cuestión está formulada en las tesis programáticas del S. I., que conservan hoy toda su vigencia («La IV Internacional y la guerra», 1 de mayo de 1934)23. El éxito del partido revolucionario en el próximo periodo dependerá ante todo de su política en la cuestión de la guerra. Una política justa se compone de dos elementos: una actitud intransigente hacia el imperialismo y sus guerras, y la capacidad de apoyarse en la experiencia de las propias masas.

En la cuestión de la guerra, más que en ninguna otra, la burguesía y sus agentes engañan al pueblo con abstracciones, fórmulas generales y frases patéticas: «neutralidad», «seguridad colectiva», «armamento para defender la paz», «defensa nacional», «lucha contra el fascismo», etc., etc. Todas esas fórmulas se reducen, en último término, a que la cuestión de la guerra, es decir, del destino de los pueblos, debe quedar en manos de los imperialistas, de sus gobiernos, su diplomacia y sus estados mayores, con todas sus intrigas y conspiraciones contra los pueblos.

La IV Internacional rechaza con indignación todas esas abstracciones, que desempeñan entre los demócratas el mismo papel que entre los fascistas el «honor», la «sangre» y la «raza». Pero la indignación no basta. Hay que ayudar a la masa, mediante criterios, consignas y reivindicaciones transitorios y de comprobación, a reconocer la esencia concreta de esas abstracciones fraudulentas.

¿«Desarme»? Pero toda la cuestión está en quién desarmará a quién. El único desarme capaz de prevenir o detener la guerra es el desarme de la burguesía por los obreros. Pero para desarmar a la burguesía es preciso que los obreros se armen ellos mismos.

¿«Neutralidad»? Pero el proletariado no es en absoluto neutral en la guerra entre Japón y China, o entre Alemania y la URSS. ¿Entonces, defensa de China y de la URSS? Desde luego, pero no por mano de los imperialistas, que estrangularían tanto a China como a la URSS.

¿«Defensa de la patria»? Pero bajo esta abstracción la burguesía entiende la defensa de sus beneficios y de sus saqueos. Estamos dispuestos a defender la patria frente a los capitalistas extranjeros si atamos de pies y manos a los nuestros y les impedimos atacar las patrias ajenas; si los obreros y los campesinos de nuestro país se convierten en sus verdaderos dueños; si las riquezas del país pasan de las manos de una pequeña minoría a las manos del pueblo; si el ejército, de instrumento de los explotadores, se convierte en instrumento de los explotados.

Hay que saber desmenuzar estas ideas fundamentales en otras más particulares y concretas, según la marcha de los acontecimientos y la orientación del pensamiento de las masas. Hay que distinguir rigurosamente, además, entre el pacifismo del diplomático, el profesor o el periodista, y el pacifismo del carpintero, el obrero agrícola o la lavandera. En el primer caso, el pacifismo es una tapadera del imperialismo. En el otro, una expresión confusa de desconfianza hacia el imperialismo. Cuando el pequeño granjero o el obrero hablan de defensa de la patria, se representan la defensa de su casa, de su familia y de otras familias como la suya frente a la invasión, las bombas y los gases tóxicos. El capitalista y su periodista entienden por defensa de la patria la conquista de colonias y mercados, la ampliación rapaz de la parte «nacional» de la renta mundial. El pacifismo y el patriotismo burgueses son un engaño de principio a fin. En el pacifismo, e incluso en el patriotismo, de los oprimidos hay un núcleo progresista al que hay que saber agarrarse para sacar las necesarias conclusiones revolucionarias. Hay que saber enfrentar hostilmente entre sí estas dos clases de pacifismo y de patriotismo.

Partiendo de estas consideraciones, la IV Internacional apoya toda reivindicación, incluso insuficiente, que sea capaz de atraer aunque sea en cierta medida a las masas a una política activa, de despertar su crítica y de reforzar su control sobre las maquinaciones de la burguesía.

Desde este punto de vista, nuestra sección norteamericana, por ejemplo, apoya críticamente la propuesta de establecer un referéndum sobre la declaración de guerra24. Ninguna reforma democrática puede, por supuesto, impedir por sí misma que los gobernantes provoquen una guerra cuando lo quieran. Hay que advertirlo abiertamente. Pero, sean cuales sean las ilusiones de las masas respecto del referéndum, esta reivindicación refleja la desconfianza de los obreros y granjeros hacia el gobierno y el parlamento burgueses. Sin apoyar las ilusiones ni tener contemplaciones con ellas, hay que apoyar con todas las fuerzas la desconfianza progresista de los oprimidos hacia los opresores. Cuanto más crezca el movimiento por el referéndum, antes se apartarán de él los pacifistas burgueses, más se comprometerán los traidores de la Comintern y más aguda se hará la desconfianza de los trabajadores hacia los imperialistas.

Desde el mismo punto de vista, hay que plantear la reivindicación del derecho de voto a partir de los 18 años, para hombres y mujeres. Quien mañana sea llamado a morir por la patria debe tener derecho a votar hoy. La lucha contra la guerra debe ser ante todo una movilización revolucionaria de la juventud.

El problema de la guerra hay que iluminarlo por todos sus lados, según la cara que presente a las masas en cada momento.

La guerra es una gigantesca empresa comercial, sobre todo para la industria de guerra. Por eso las «60 familias»25 son los primeros patriotas y los principales provocadores de la guerra. El control obrero sobre la industria de guerra es el primer paso en la lucha contra los fabricantes de la guerra.

A la consigna de los reformistas, el impuesto sobre los beneficios de guerra, oponemos las consignas: confiscación de los beneficios de guerra y expropiación de las empresas de la industria de guerra. Donde la industria de guerra está «nacionalizada», como en Francia, la consigna del control obrero conserva toda su fuerza: el proletariado confía tan poco en el Estado de la burguesía como en cada burgués por separado.

¡Ni un hombre ni un céntimo para el gobierno burgués!

¡Ningún programa de armamentos, sino un programa de obras públicas útiles!

¡Independencia completa de las organizaciones obreras respecto del control militar y policial!

Hay que arrancar de una vez por todas la disposición del destino de los pueblos de las manos de las camarillas imperialistas, codiciosas y despiadadas, que actúan a espaldas de los pueblos.

En consecuencia, exigimos:

La supresión completa de la diplomacia secreta; todos los tratados y acuerdos deben ser accesibles a cada obrero y a cada campesino;

La instrucción militar y el armamento de los obreros y campesinos bajo el control directo de los comités obreros y campesinos;

La creación de escuelas militares para formar mandos salidos de los trabajadores, elegidos por las organizaciones obreras;

La sustitución del ejército permanente, es decir, de cuartel, por una milicia popular unida indisolublemente a las fábricas, las minas, las granjas, etc.

La guerra imperialista es la continuación y la agudización de la política de rapiña de la burguesía. La lucha del proletariado contra la guerra es la continuación y la agudización de su lucha de clases. El estallido de la guerra cambia la situación y, en parte, los procedimientos de la lucha entre las clases, pero no cambia su objetivo ni su orientación fundamental.

La burguesía imperialista domina el mundo. Por su carácter fundamental, la guerra que viene será, por tanto, una guerra imperialista. El contenido fundamental de la política del proletariado internacional será, en consecuencia, la lucha contra el imperialismo y su guerra. El principio fundamental de esta lucha es: «el enemigo principal está en el propio país», o bien: «la derrota del propio gobierno (imperialista) es el mal menor».

Pero no todos los países del mundo son países imperialistas. Al contrario, la mayoría de los países son víctimas del imperialismo. Algunos de los países coloniales o semicoloniales intentarán sin duda aprovechar la guerra para sacudirse el yugo de la esclavitud. Por parte de estos países, la guerra no será imperialista, sino de liberación. El deber del proletariado internacional será ayudar a los países oprimidos en su guerra contra los opresores. Ese mismo deber se extiende a la URSS o a cualquier otro Estado obrero que pueda surgir antes de la guerra o durante ella. La derrota de todo gobierno imperialista en la lucha contra un Estado obrero o contra un país colonial es el mal menor.

Sin embargo, los obreros de un país imperialista no pueden ayudar a un país antiimperialista a través de su gobierno, sean cuales sean en un momento dado las relaciones diplomáticas y militares entre ambos países. Si los gobiernos se encuentran en una alianza temporal y, en el fondo, poco fiable, el proletariado del país imperialista sigue en oposición de clase a su gobierno y presta apoyo a su «aliado» no imperialista con sus propios métodos, es decir, con los métodos de la lucha de clases internacional (agitación en favor del Estado obrero y del país colonial no solo contra sus enemigos, sino también contra sus aliados pérfidos; boicot y huelga en unos casos, renuncia al boicot y a la huelga en otros, etc.).

Al apoyar al país colonial o a la URSS en la guerra, el proletariado no se solidariza en lo más mínimo ni con el gobierno burgués del país colonial ni con la burocracia termidoriana de la URSS. Al contrario, conserva su plena independencia política tanto respecto del uno como de la otra. Ayudando a una guerra justa y progresista, el proletariado revolucionario se ganará las simpatías de los trabajadores de las colonias y de la URSS, afianzará allí la autoridad y la influencia de la IV Internacional y podrá ayudar tanto mejor a derribar al gobierno burgués en el país colonial y a la burocracia reaccionaria en la URSS.

Al comienzo de la guerra, las secciones de la IV Internacional se sentirán inevitablemente aisladas: toda guerra coge desprevenidas a las masas populares y las empuja hacia el aparato del Estado. Los internacionalistas tendrán que nadar contra corriente. Sin embargo, las devastaciones y calamidades de la nueva guerra, que ya en los primeros meses dejarán muy atrás los sangrientos horrores de 1914-1918, traerán pronto el desengaño. El descontento de las masas y su indignación crecerán a saltos. Las secciones de la IV Internacional se encontrarán a la cabeza de la marea revolucionaria. El programa de reivindicaciones transitorias adquirirá una actualidad candente. El problema de la conquista del poder por el proletariado se planteará en toda su magnitud.

Antes de reventar o de ahogar a la humanidad en sangre, el capitalismo envenena la atmósfera mundial con los vapores tóxicos del odio nacional y racial. El antisemitismo es hoy una de las convulsiones más malignas de la agonía capitalista.

La denuncia intransigente de los prejuicios raciales y de todas las formas y matices de la arrogancia nacional y del chovinismo, en particular del antisemitismo, debe formar parte del trabajo diario de todas las secciones de la IV Internacional, como el trabajo educativo más importante en la lucha contra el imperialismo y la guerra. Nuestra consigna fundamental sigue siendo: ¡proletarios de todos los países, uníos!

El gobierno obrero y campesino

Esta fórmula, «gobierno obrero y campesino», apareció por primera vez a lo largo de 1917 en la agitación de los bolcheviques y quedó definitivamente consagrada después de la Revolución de Octubre. En este último caso no era otra cosa que el nombre popular de la dictadura del proletariado ya establecida. La importancia de este nombre consistía sobre todo en que ponía en primer plano la idea de la alianza del proletariado y el campesinado, base del poder soviético.

Cuando la Comintern de los epígonos intentó resucitar la fórmula, enterrada por la historia, de la «dictadura democrática del proletariado y el campesinado», dio a la fórmula del «gobierno obrero y campesino» un contenido completamente distinto, puramente «democrático», es decir, burgués, oponiéndola a la dictadura del proletariado. Los bolcheviques-leninistas rechazaron resueltamente la consigna del «gobierno obrero y campesino» en su interpretación democrático-burguesa. Afirmaban y afirman que, en la medida en que el partido del proletariado se niega a salir del marco de la democracia burguesa, su alianza con el campesinado se convierte simplemente en un sostén del capital, como ocurrió con los mencheviques y los eseristas26 en 1917, con el Partido Comunista chino en 1925-1927, y como ocurre hoy con los «Frentes Populares» en España, en Francia y en otros países.

De abril a septiembre de 1917, los bolcheviques exigían que los eseristas y los mencheviques rompieran con la burguesía liberal y tomaran el poder en sus propias manos. Con esta condición, los bolcheviques prometían a los mencheviques y a los eseristas, como representantes pequeñoburgueses de los obreros y los campesinos, su ayuda revolucionaria contra la burguesía, pero se negaban categóricamente tanto a entrar en el gobierno de los mencheviques y los eseristas como a cargar con la responsabilidad política de ese gobierno. Si los mencheviques y los eseristas hubieran roto de verdad con los kadetes27 y con el imperialismo extranjero, el «gobierno obrero y campesino» creado por ellos solo habría podido acelerar y facilitar el establecimiento de la dictadura del proletariado. Pero precisamente por eso las cúpulas de la democracia pequeñoburguesa se resistieron con todas sus fuerzas a establecer su propio poder. La experiencia de Rusia ha demostrado, y la experiencia de España y Francia confirma de nuevo, que incluso en condiciones muy favorables los partidos de la democracia pequeñoburguesa (eseristas, socialdemócratas, estalinistas, anarquistas) son incapaces de crear un gobierno obrero y campesino, es decir, un gobierno independiente de la burguesía.

No obstante, la exigencia de los bolcheviques a los mencheviques y a los eseristas, «¡romped con la burguesía, tomad el poder en vuestras manos!», tuvo para las masas una enorme importancia educativa. La obstinada negativa de los mencheviques y los eseristas a tomar el poder, que se puso de manifiesto de forma tan dramática en las jornadas de julio28, los hundió definitivamente en la opinión del pueblo y preparó la victoria de los bolcheviques.

La tarea central de la IV Internacional consiste en liberar al proletariado de la vieja dirección, cuyo conservadurismo está en completa contradicción con la situación catastrófica de la descomposición capitalista y es el principal freno del progreso histórico. La acusación principal que la IV Internacional lanza contra las organizaciones tradicionales del proletariado es que no quieren separarse del semicadáver político de la burguesía. En estas condiciones, la exigencia dirigida sistemáticamente a la vieja dirección, «¡romped con la burguesía, tomad el poder!», es un instrumento importantísimo para desenmascarar el carácter traidor de los partidos y organizaciones de la II, la III y la Internacional de Ámsterdam29.

La consigna del «gobierno obrero y campesino» solo es aceptable para nosotros en el sentido que tenía en 1917 en boca de los bolcheviques, es decir, como consigna antiburguesa y anticapitalista, y de ningún modo en el sentido «democrático» que le dieron más tarde los epígonos, al convertirla de puente hacia la revolución socialista en la barrera principal de su camino.

A todos los partidos y organizaciones que se apoyan en los obreros y los campesinos y hablan en su nombre les exigimos que rompan políticamente con la burguesía y emprendan el camino de la lucha por el poder obrero y campesino. En ese camino les prometemos pleno apoyo contra la reacción capitalista. Al mismo tiempo, desarrollamos incansablemente la agitación en torno a las reivindicaciones transitorias que, a nuestro juicio, deberían constituir el programa del «gobierno obrero y campesino».

¿Es posible que las organizaciones obreras tradicionales creen un gobierno así? La experiencia anterior muestra, como ya se ha dicho, que es por lo menos poco probable. Sin embargo, no se puede negar categóricamente de antemano la posibilidad teórica de que, bajo la influencia de una combinación de circunstancias completamente excepcional (guerra, derrota, crac financiero, empuje revolucionario de las masas, etc.), los partidos pequeñoburgueses, incluidos los estalinistas, lleguen más lejos de lo que ellos mismos quisieran en el camino de la ruptura con la burguesía. En todo caso, una cosa es indudable: aun en el caso de que esta variante poco probable llegara a realizarse en algún sitio y en algún momento, y aun en el caso de que el «gobierno obrero y campesino», en el sentido indicado más arriba, llegara a establecerse de hecho, no representaría más que un breve episodio en el camino hacia la verdadera dictadura del proletariado.

Pero no hace falta entregarse a conjeturas. La agitación bajo la consigna del gobierno obrero y campesino conserva en todas las condiciones una enorme importancia educativa. Y no por casualidad: esta consigna general sigue plenamente la línea del desarrollo político de nuestra época (bancarrota y descomposición de los viejos partidos burgueses, hundimiento de la democracia, auge del fascismo, creciente aspiración de los trabajadores a una política más activa y ofensiva). Cada una de nuestras reivindicaciones transitorias debe conducir, por tanto, a una misma conclusión política: los obreros deben romper con todos los partidos tradicionales de la burguesía para establecer, junto con los campesinos, su propio poder.

No se puede prever de antemano cuáles serán las etapas concretas de la movilización revolucionaria de las masas. Las secciones de la IV Internacional deben orientarse críticamente en cada nueva etapa y lanzar las consignas que favorezcan la aspiración de los obreros a una política independiente, ahonden el carácter de clase de esa política, destruyan las ilusiones reformistas y pacifistas, refuercen el vínculo de la vanguardia con las masas y preparen la toma revolucionaria del poder.

Los sóviets

Los comités de fábrica son, como se ha dicho, un elemento de dualidad de poder en la fábrica. Su existencia solo es concebible, por tanto, en condiciones de presión creciente de las masas. Lo mismo vale para las agrupaciones de masas especiales para la lucha contra la guerra, para los comités de precios y para todos los demás nuevos centros del movimiento, cuya sola aparición demuestra que la lucha de clases ha desbordado el marco de las organizaciones tradicionales del proletariado.

Pero estos nuevos órganos y centros pronto sentirán su dispersión y su insuficiencia. Ninguna de las reivindicaciones transitorias puede realizarse por completo mientras se mantenga el régimen burgués. Entretanto, el ahondamiento de la crisis social aumentará no solo los sufrimientos de las masas, sino también su impaciencia, su tenacidad y su empuje. Nuevas y nuevas capas de oprimidos levantarán la cabeza y plantearán sus reivindicaciones. Millones de pequeños trabajadores, en quienes los jefes reformistas no piensan nunca, empezarán a llamar a las puertas de las organizaciones obreras. Se pondrán en movimiento los parados. Los obreros agrícolas, los campesinos arruinados y semiarruinados, las capas bajas de las ciudades, las obreras, las amas de casa, las capas proletarizadas de la intelectualidad, todos buscarán agrupamiento y dirección.

¿Cómo armonizar las distintas reivindicaciones y formas de lucha, aunque solo sea en el marco de una ciudad? La historia ya ha respondido a esta pregunta: mediante los sóviets, que reúnen a los representantes de todos los grupos en lucha. Nadie ha propuesto hasta ahora para ello ninguna otra forma de organización, y difícilmente podría inventarse. Los sóviets no están atados a un programa a priori. Abren la puerta a todos los explotados. Por esa puerta pasan los representantes de las capas arrastradas a la corriente general de la lucha. La organización se amplía junto con el movimiento y se renueva desde sus entrañas. Todas las corrientes políticas del proletariado pueden luchar por la dirección del sóviet sobre la base de la democracia más amplia. Por eso la consigna de los sóviets es la coronación del programa de reivindicaciones transitorias.

Los sóviets solo pueden surgir cuando el movimiento de masas entra en una fase abiertamente revolucionaria. Como eje en torno al cual se unen decenas de millones de trabajadores en su lucha contra los explotadores, los sóviets se convierten, desde el momento de su aparición, en rivales y adversarios de las autoridades locales y, después, del gobierno central. Si el comité de fábrica crea elementos de dualidad de poder en la fábrica, los sóviets abren un periodo de dualidad de poder en el país.

La dualidad de poder es, a su vez, el punto culminante del periodo de transición. Dos regímenes, el burgués y el proletario, se alzan hostiles uno frente a otro. El choque entre ellos es inevitable. De su desenlace depende el destino de la sociedad. En caso de derrota de la revolución, la dictadura fascista de la burguesía. En caso de victoria, el poder de los sóviets, es decir, la dictadura del proletariado y la reconstrucción socialista de la sociedad.

Los países atrasados y el programa de reivindicaciones transitorias

Los países coloniales y semicoloniales son, por su misma esencia, países atrasados. Pero estos países atrasados viven en las condiciones del dominio mundial del imperialismo. Por eso su desarrollo tiene un carácter combinado: une las formas económicas más primitivas con la última palabra de la técnica y la cultura capitalistas. Esto determina la política del proletariado de los países atrasados: se ve obligado a combinar la lucha por las tareas más elementales de la independencia nacional y la democracia burguesa con la lucha socialista contra el imperialismo mundial. Las reivindicaciones democráticas, las reivindicaciones transitorias y las tareas de la revolución socialista no están separadas en su lucha por épocas históricas, sino que brotan directamente unas de otras. Apenas había empezado a construir sindicatos, el proletariado chino tuvo ya que pensar en los sóviets. En este sentido, el presente programa es plenamente aplicable a los países coloniales y semicoloniales, al menos a aquellos en los que el proletariado es ya capaz de una política independiente.

Los problemas centrales de los países coloniales y semicoloniales son la revolución agraria, es decir, la liquidación de la herencia feudal, y la independencia nacional, es decir, el derrocamiento del yugo imperialista. Ambas tareas están estrechamente ligadas entre sí.

El programa democrático no se puede desechar sin más: hace falta que las masas, en la lucha, lo desborden. La consigna de la Asamblea Nacional (o Constituyente) conserva toda su fuerza en países como China o la India. Hay que ligar indisolublemente esta consigna a la tarea de la liberación nacional y a la reforma agraria. Ante todo hay que armar a los obreros con este programa democrático. Solo ellos podrán levantar y agrupar a los campesinos. Sobre la base del programa democrático revolucionario hay que oponer los obreros a la burguesía «nacional».

En cierta etapa de la movilización de las masas bajo las consignas de la democracia revolucionaria pueden y deben surgir sóviets. Su papel histórico en cada periodo dado, en particular su relación con la Asamblea Nacional, está determinado por el nivel político del proletariado, por su vínculo con el campesinado y por el carácter de la política del partido proletario. Tarde o temprano, los sóviets deben derribar la democracia burguesa. Solo ellos son capaces de llevar la revolución democrática hasta el final y de abrir, al mismo tiempo, la era de la revolución socialista.

El peso relativo de las distintas reivindicaciones democráticas y transitorias en la lucha del proletariado, su conexión mutua y su sucesión están determinados por las particularidades y las condiciones específicas de cada país atrasado y, en gran medida, por su grado de atraso. Sin embargo, la dirección general del desarrollo revolucionario puede definirse con la fórmula de la revolución permanente, en el sentido que dieron definitivamente a esta fórmula las tres revoluciones de Rusia (1905, febrero de 1917, octubre de 1917).

La Comintern ha dado a los países atrasados un ejemplo clásico de cómo se puede echar a perder una revolución llena de fuerza y de promesas. Durante el impetuoso auge de masas de China en 1925-1927, la Comintern no lanzó la consigna de la Asamblea Nacional y al mismo tiempo prohibió la creación de sóviets. El partido burgués Kuomintang debía, según el plan de Stalin, «sustituir» tanto a la Asamblea Nacional como a los sóviets. Después del aplastamiento de las masas por el Kuomintang, la Comintern organizó en Cantón una caricatura de sóviet30. Tras el inevitable hundimiento de la insurrección de Cantón, la Comintern emprendió el camino de la guerra de guerrillas y de los sóviets campesinos, con una pasividad completa del proletariado industrial. Metida en un callejón sin salida por este camino, la Comintern aprovechó la guerra chino-japonesa para liquidar de un plumazo la China «soviética», subordinando no solo el «Ejército Rojo» campesino, sino también el llamado Partido «Comunista», al mismo Kuomintang, es decir, a la burguesía.

Después de traicionar la revolución proletaria internacional en nombre de la amistad con los esclavistas «democráticos», la Comintern no podía dejar de traicionar de paso la lucha de liberación de los pueblos coloniales, y además con mayor cinismo aún que la II Internacional antes que ella. La política de los Frentes Populares y de la «defensa nacional» tiene como una de sus tareas convertir a cientos de millones de almas de la población colonial en carne de cañón para el imperialismo «democrático». La bandera de la lucha de liberación de los pueblos coloniales y semicoloniales, es decir, de bastante más de la mitad de la humanidad, pasa definitivamente a manos de la IV Internacional.

El programa de reivindicaciones transitorias en los países fascistas

Han quedado muy atrás los días en que los estrategas de la Comintern proclamaban que la victoria de Hitler no sería más que un peldaño hacia la victoria de Thälmann31. Thälmann lleva ya más de cinco años sin salir de la cárcel de Hitler. Mussolini tiene a Italia encadenada al fascismo desde hace más de dieciséis años. En todos estos años, los partidos de la II y la III Internacional se han mostrado impotentes no solo para suscitar un movimiento de masas, sino incluso para crear una organización clandestina seria que pudiera compararse siquiera de lejos con los partidos revolucionarios rusos de la época del zarismo.

No hay el menor fundamento para ver la causa de estos fracasos en el poderío de la ideología fascista. Mussolini, en el fondo, no ha tenido nunca ideología alguna. La «ideología» de Hitler nunca ha prendido seriamente en los obreros. Las capas de la población a las que en su día se les subió a la cabeza la embriaguez del fascismo, es decir, sobre todo las clases medias, han tenido tiempo de sobra para despejarse. Si, a pesar de todo, la oposición mínimamente perceptible se limita a los círculos eclesiásticos protestantes y católicos, la causa no está en el poderío de las teorías, medio delirantes, medio charlatanescas, de la «raza» y la «sangre», sino en el pavoroso hundimiento de las ideologías de la democracia, de la socialdemocracia y de la Comintern.

Tras el aplastamiento de la Comuna de París, la reacción sorda duró unos ocho años. Tras la derrota de la revolución rusa de 1905, las masas obreras permanecieron entumecidas casi otro tanto. Sin embargo, en ambos casos se trataba solo de derrotas físicas, condicionadas por la correlación de fuerzas. En Rusia se trataba, además, de un proletariado casi virgen. La fracción bolchevique no tenía entonces ni tres años de vida. Muy distinto era el caso de Alemania, donde la dirección pertenecía a partidos poderosos, uno de los cuales tenía setenta años de existencia y el otro unos quince. Estos dos partidos, que contaban con millones de electores, quedaron moralmente paralizados antes de la batalla y se rindieron sin combatir. Una catástrofe así no se había visto aún en la historia. El proletariado alemán no fue vencido por el enemigo en combate. Fue aplastado por la cobardía, la bajeza y la traición de sus propios partidos. No es de extrañar que perdiera la fe en todo aquello en lo que se había acostumbrado a creer durante casi tres generaciones. La victoria de Hitler reforzó, a su vez, a Mussolini.

El fracaso efectivo del trabajo revolucionario en Italia y Alemania no es otra cosa que el precio de la política criminal de la socialdemocracia y la Comintern. El trabajo clandestino no requiere solo la simpatía de la masa, sino el entusiasmo directo de sus capas avanzadas. Pero ¿se puede esperar entusiasmo hacia organizaciones que han hecho bancarrota histórica? Como jefes emigrados se presentan sobre todo agentes del Kremlin y de la GPU desmoralizados hasta la médula, o exministros socialdemócratas de la burguesía que sueñan con que los obreros, por algún milagro, les devuelvan los cargos perdidos. ¿Puede alguien imaginarse siquiera un minuto a estos señores como jefes de la futura revolución «antifascista»?

Tampoco han podido favorecer hasta ahora un auge revolucionario en Italia o en Alemania los acontecimientos de la escena mundial: el aplastamiento de los obreros austriacos, la derrota de la revolución española, la degeneración del Estado soviético. Como los obreros italianos y alemanes dependen en grado decisivo de la radio para la información política, puede decirse con seguridad que la emisora de Moscú, que combina la mendacidad termidoriana con la estupidez y la desfachatez, se ha convertido en un poderoso factor de desmoralización de los obreros en los Estados totalitarios. En este terreno, como en otros, Stalin no es más que un auxiliar de Goebbels.

Entretanto, los antagonismos de clase que llevaron a la victoria del fascismo siguen haciendo su trabajo bajo el dominio del fascismo, y lo van minando poco a poco. Las masas están cada vez más descontentas. Cientos y miles de obreros abnegados siguen realizando, pese a todo, su cauteloso trabajo de topos revolucionarios. Se alzan nuevas generaciones que no han vivido directamente el hundimiento de las grandes tradiciones y esperanzas. Bajo la pesada losa totalitaria avanza la preparación molecular de la revolución proletaria. Pero para convertir la energía oculta en un movimiento abierto es preciso que la vanguardia del proletariado encuentre una nueva perspectiva, un nuevo programa, una nueva bandera sin mancha.

Esta es la dificultad principal. A los obreros de los países fascistas es a quienes más les cuesta orientarse entre los nuevos programas. Un programa se comprueba con la experiencia. Y es precisamente la experiencia del movimiento de masas lo que falta en los países del despotismo totalitario. Es muy posible que haga falta un gran éxito del proletariado en alguno de los países «democráticos» para dar impulso al movimiento revolucionario en el territorio del fascismo. Una catástrofe financiera o militar puede tener un efecto semejante. Ahora hay que realizar sobre todo un trabajo preparatorio de propaganda, que solo en el futuro dará grandes frutos. Una cosa puede decirse ya con plena seguridad: una vez que haya irrumpido al exterior, el movimiento revolucionario en los países fascistas adquirirá de golpe una amplitud grandiosa y en ningún caso se detendrá en experimentos de reanimación de algún cadáver de Weimar.

A partir de este punto empieza la divergencia irreconciliable entre la IV Internacional y los viejos partidos que han sobrevivido físicamente a su bancarrota. El «Frente Popular» de la emigración es la variedad más maligna y traidora de todos los Frentes Populares posibles. En el fondo, significa la añoranza impotente de una coalición con una burguesía liberal que no existe. Si tuviera éxito, solo prepararía una serie de nuevos desastres del proletariado según el modelo español. Por eso la denuncia implacable de la teoría y la práctica del «Frente Popular» es la primera condición de la lucha revolucionaria contra el fascismo.

Esto no significa, desde luego, que la IV Internacional rechace las consignas democráticas. Al contrario, pueden desempeñar en cierto momento un gran papel. Pero las fórmulas de la democracia (libertad de asociación, de prensa, etc.) solo son para nosotros consignas de etapa o episódicas en el movimiento independiente del proletariado, y no un dogal democrático puesto al cuello del proletariado por los agentes de la burguesía (¡España!). En cuanto el movimiento adquiera un carácter mínimamente de masas, las consignas democráticas se entrelazarán con las transitorias; los comités de fábrica surgirán, es de suponer, antes de que los viejos bonzos se pongan, desde sus oficinas, a construir sindicatos; los sóviets cubrirán Alemania antes de que se reúna en Weimar una nueva Asamblea Constituyente. Lo mismo vale para Italia y para los demás países totalitarios y semitotalitarios.

El fascismo ha arrojado a estos países a la barbarie política. Pero no ha cambiado su estructura social. El fascismo es un instrumento del capital financiero, no de la propiedad feudal de la tierra. El programa revolucionario debe apoyarse en la dialéctica de la lucha de clases, obligada también para los países fascistas, y no en la psicología de unos quebrados asustados. La IV Internacional rechaza con asco los métodos de mascarada política que llevan a los estalinistas, antiguos héroes del «tercer periodo»32, a presentarse sucesivamente con las máscaras de católicos, protestantes, judíos, nacionalistas alemanes o liberales, con tal de ocultar su propio rostro, poco atractivo. La IV Internacional se presenta siempre y en todas partes bajo su propia bandera. Propone abiertamente su programa al proletariado de los países fascistas. Ya hoy los obreros avanzados de todo el mundo están firmemente convencidos de que el derrocamiento de Mussolini, de Hitler, de sus agentes e imitadores se producirá bajo la dirección de la IV Internacional.

La situación de la URSS y las tareas de la época de transición

La Unión Soviética salió de la Revolución de Octubre como Estado obrero. La estatización de los medios de producción, condición necesaria del desarrollo socialista, abrió la posibilidad de un rápido crecimiento de las fuerzas productivas. Entretanto, el aparato del Estado obrero sufrió una degeneración completa: de instrumento de la clase obrera se convirtió en instrumento de la violencia burocrática contra la clase obrera y, cada vez más, en instrumento de sabotaje de la economía. La burocratización de un Estado obrero atrasado y aislado y la transformación de la burocracia en una casta privilegiada omnipotente son la refutación más convincente —no solo teórica, sino práctica— de la teoría del socialismo en un solo país.

El régimen de la URSS encierra, pues, contradicciones terribles. Pero sigue siendo el régimen de un Estado obrero degenerado. Tal es el diagnóstico social. El pronóstico político tiene un carácter alternativo: o la burocracia, que se convierte cada vez más en el órgano de la burguesía mundial dentro del Estado obrero, derriba las nuevas formas de propiedad y devuelve el país al capitalismo, o la clase obrera aplasta a la burocracia y abre la salida hacia el socialismo.

Para las secciones de la IV Internacional, los procesos de Moscú no fueron una sorpresa ni el fruto de la locura personal del dictador del Kremlin, sino un producto lógico de Termidor. Nacieron de los roces insoportables dentro de la burocracia soviética, que a su vez reflejan las contradicciones entre la burocracia y el pueblo, así como los antagonismos crecientes dentro del propio «pueblo». La «fantasía» sangrienta de los procesos muestra la intensidad de la tensión de las contradicciones y anuncia así que se acerca el desenlace.

Las declaraciones públicas de antiguos agentes del Kremlin en el extranjero que se negaron a volver a Moscú han confirmado irrefutablemente, por su parte, que en la burocracia hay todos los matices del pensamiento político: desde el bolchevismo auténtico (I. Reiss)33 hasta el fascismo consumado (F. Butenko)34. Los elementos revolucionarios de la burocracia, que son una pequeña minoría, reflejan, pasivamente, eso sí, los intereses socialistas del proletariado. Los elementos fascistas, y en general contrarrevolucionarios, que no dejan de crecer, expresan de forma cada vez más consecuente los intereses del imperialismo mundial. Estos candidatos al papel de compradores35 creen, no sin fundamento, que la nueva capa dirigente solo puede asegurar sus posiciones privilegiadas renunciando a la nacionalización, a la colectivización y al monopolio del comercio exterior, en nombre de la asimilación de la «civilización occidental», es decir, del capitalismo. Entre estos dos polos se sitúan tendencias intermedias, difusas, mencheviques, eseristas36 y liberales, que gravitan hacia la democracia burguesa.

En la propia sociedad llamada «sin clases» existen sin duda los mismos agrupamientos que en la burocracia, solo que menos marcados y en proporción inversa: las tendencias capitalistas conscientes, propias sobre todo de la parte acomodada de los koljosianos, solo caracterizan a una pequeña minoría de la población. Pero encuentran una amplia base en las tendencias pequeñoburguesas a la acumulación personal, que brotan de la penuria general y que la burocracia fomenta conscientemente.

Sobre este sistema de antagonismos crecientes, que rompen cada vez más el equilibrio social, se sostiene, por medio del terror, la oligarquía termidoriana, reducida hoy principalmente a la camarilla bonapartista de Stalin.

Los últimos procesos judiciales han sido un golpe a la izquierda. Esto vale también para el ajuste de cuentas con los jefes de la oposición de derecha, porque, desde el punto de vista de los intereses y las tendencias de la burocracia, el agrupamiento de derecha del viejo partido bolchevique representa un peligro de izquierda. El hecho de que la camarilla bonapartista, que también teme a sus aliados de derecha del tipo de Butenko, se haya visto obligada, para conservarse, a exterminar casi por completo a la vieja generación bolchevique es una prueba indiscutible de la vitalidad de las tradiciones revolucionarias en las masas, así como del descontento creciente de estas.

Los demócratas pequeñoburgueses de Occidente, que ayer todavía tomaban los procesos de Moscú al pie de la letra, repiten hoy con insistencia que «en la URSS no hay ni trotskismo ni trotskistas». Pero no explican por qué toda la purga se hace bajo el signo de la lucha precisamente contra ese peligro. Si se toma el «trotskismo» como un programa acabado, y más aún como una organización, el «trotskismo» es sin duda extremadamente débil en la URSS. Su fuerza indestructible consiste, sin embargo, en que expresa no solo la tradición revolucionaria, sino también la oposición actual de la propia clase obrera. El odio social de los obreros hacia la burocracia: eso es precisamente el «trotskismo» a los ojos de la camarilla del Kremlin. Esta teme mortalmente, y con toda razón, la unión entre la indignación sorda de los obreros y la organización de la IV Internacional.

El exterminio de la vieja generación bolchevique y de los representantes revolucionarios de las generaciones media y joven ha roto todavía más el equilibrio político en favor del ala derecha, burguesa, de la burocracia y de sus aliados en el país. De ahí, es decir, de la derecha, cabe esperar en el periodo inmediato intentos cada vez más decididos de reconstruir el régimen social de la URSS acercándolo a la «civilización occidental», preferentemente en su forma fascista.

Esta perspectiva da gran concreción a la cuestión de la «defensa de la URSS». Si mañana el agrupamiento burgués-fascista, la «fracción Butenko», por así decirlo, se lanza a la conquista del poder, la «fracción Reiss» ocupará inevitablemente su lugar al otro lado de la barricada. Convertida temporalmente en aliada de Stalin, no defenderá, por supuesto, a su camarilla bonapartista, sino la base social de la URSS, es decir, la propiedad arrancada a los capitalistas y estatizada. Si la «fracción Butenko» se alía militarmente con Hitler, la «fracción Reiss» defenderá a la URSS contra la intervención militar, dentro de la URSS y en la arena mundial. Cualquier otra conducta sería una traición.

Así pues, si bien es inadmisible negar de antemano la posibilidad, en casos estrictamente determinados, de un «frente único» con la parte termidoriana de la burocracia contra la ofensiva abierta de la contrarrevolución capitalista, la tarea política principal en la URSS sigue siendo, con todo, el derrocamiento de la propia burocracia termidoriana. Cada día más de su dominio socava los elementos socialistas de la economía y aumenta las probabilidades de una restauración capitalista. En el mismo sentido actúa la Comintern, agente y cómplice de la camarilla estalinista en el estrangulamiento de la revolución española y la desmoralización del proletariado internacional.

Como en los países fascistas, la fuerza principal de la burocracia no está en ella misma, sino en la desilusión de las masas, en la falta de una perspectiva nueva. Como en los países fascistas, de los que el aparato político de Stalin no se distingue en nada salvo en un mayor desenfreno, en la URSS solo es posible por ahora un trabajo preparatorio de propaganda. Como en los países fascistas, el impulso al movimiento revolucionario de los obreros soviéticos lo darán probablemente acontecimientos exteriores. La lucha contra la Comintern en la arena mundial es hoy la parte más importante de la lucha contra la dictadura estalinista. Muchas cosas indican que la descomposición de la Comintern, que no tiene el apoyo directo de la GPU37, precederá a la caída de la camarilla bonapartista y de toda la burocracia termidoriana en general.

El nuevo ascenso de la revolución en la URSS empezará sin duda bajo la bandera de la lucha contra la desigualdad social y la opresión política. ¡Abajo los privilegios de la burocracia! ¡Abajo el estajanovismo38, abajo la aristocracia soviética con sus rangos y condecoraciones! ¡Más igualdad en la remuneración de todas las formas de trabajo!

La lucha por la libertad de los sindicatos y de los comités de fábrica, por la libertad de reunión y de prensa, se desarrollará en lucha por el renacimiento y el desarrollo de la democracia soviética.

La burocracia ha sustituido los sóviets, como órganos de clase, por la ficción del sufragio universal, al estilo de Hitler y Goebbels. A los sóviets hay que devolverles no solo su libre forma democrática, sino también su contenido de clase. Igual que antes no se admitía en los sóviets a la burguesía ni a los kulaks, ahora hay que expulsar de ellos a la burocracia y a la nueva aristocracia. En los sóviets solo hay sitio para los representantes de los obreros, de los koljosianos de base, de los campesinos y de los soldados rojos.

La democratización de los sóviets es impensable sin la legalización de los partidos soviéticos. Los propios obreros y campesinos mostrarán, con su voto libre, qué partidos son soviéticos.

¡Revisión de arriba abajo de la economía planificada en interés de los productores y los consumidores! Los comités de fábrica deben recuperar el derecho de control sobre la producción. Una cooperación de consumo organizada democráticamente debe controlar la calidad de los productos y los precios.

¡Reorganización de los koljoses de acuerdo con la voluntad de los koljosianos y en interés de los koljosianos!

La política internacional conservadora de la burocracia debe ser sustituida por la política del internacionalismo proletario. Toda la correspondencia diplomática del Kremlin debe publicarse. ¡Abajo la diplomacia secreta!

Todos los procesos políticos montados por la burocracia termidoriana deben revisarse, con plena publicidad y libre contradicción entre las partes. Los organizadores de las falsificaciones deben recibir el castigo que merecen.

Este programa no puede realizarse sin el derrocamiento de la burocracia, que se sostiene por la violencia y la falsificación. Solo una insurrección revolucionaria victoriosa de las masas oprimidas puede hacer renacer el régimen soviético y asegurar su avance ulterior hacia el socialismo. Solo el partido de la IV Internacional es capaz de llevar a las masas soviéticas a la insurrección.

¡Abajo la banda bonapartista de Caín-Stalin!

¡Viva la democracia soviética!

¡Viva la revolución socialista internacional!

Contra el oportunismo y el revisionismo sin principios

La política del partido de Léon Blum en Francia muestra una vez más que los reformistas son incapaces de aprender nada de las lecciones más trágicas de la historia. La socialdemocracia francesa copia servilmente la política de la socialdemocracia alemana y va al encuentro del mismo final. Durante decenios, la II Internacional ha ido arraigando en el régimen de la democracia burguesa, se ha convertido en parte inseparable de él y se pudre con él.

La III Internacional tomó el camino del reformismo cuando la crisis del capitalismo puso definitivamente en el orden del día la revolución proletaria. La política actual de la Comintern en España y en China —una política de servilismo ante la burguesía «democrática» y «nacional»— muestra que tampoco la Comintern es ya capaz de aprender ni de cambiar. La burocracia, que se ha convertido en una fuerza reaccionaria en la URSS, no puede desempeñar un papel revolucionario en la arena mundial.

El anarcosindicalismo ha recorrido, en general, una evolución del mismo tipo. En Francia, la burocracia sindical de Léon Jouhaux39 hace tiempo que se ha convertido en agencia de la burguesía dentro de la clase obrera. En España, el anarcosindicalismo se sacudió su revolucionarismo de fachada en cuanto llegó la revolución y se convirtió en la quinta rueda del carro de la democracia burguesa.

Las organizaciones intermedias, centristas, agrupadas en torno al Buró de Londres40, no son más que apéndices «de izquierda» de la socialdemocracia o de la Comintern. Han demostrado una incapacidad completa para orientarse en la situación histórica y sacar de ella conclusiones revolucionarias. Su punto más alto es el POUM41 español, que, en plena revolución, resultó completamente incapaz de una política revolucionaria.

Las trágicas derrotas del proletariado mundial a lo largo de una larga serie de años han condenado a las organizaciones oficiales a un conservadurismo todavía mayor y, al mismo tiempo, han empujado a los «revolucionarios» pequeñoburgueses desengañados a buscar «palabras nuevas». Como siempre en las épocas de reacción y decadencia, han aparecido por todas partes curanderos y charlatanes. Quieren revisar toda la marcha del pensamiento revolucionario. En vez de aprender del pasado, lo «rechazan». Unos descubren la inconsistencia del marxismo, otros proclaman la bancarrota del bolchevismo. Unos cargan a la doctrina revolucionaria la responsabilidad de los errores y crímenes de quienes la traicionaron; otros maldicen la medicina porque no asegura curaciones instantáneas y milagrosas. Los más audaces prometen descubrir la panacea y, mientras tanto, recomiendan suspender la lucha de clases. Numerosos profetas de una moral nueva se proponen regenerar el movimiento obrero con ayuda de una homeopatía ética. La mayoría de estos apóstoles se han convertido ellos mismos en inválidos morales antes de pisar los campos de batalla. Así, bajo la apariencia de palabras nuevas, se ofrecen al proletariado viejas recetas enterradas hace mucho en los archivos del socialismo premarxista.

La IV Internacional declara una guerra implacable a la burocracia de la II, de la III, de la de Ámsterdam42 y de la Internacional anarcosindicalista, así como a sus satélites centristas: al reformismo sin reformas, al democratismo aliado con la GPU, al pacifismo sin paz, al anarquismo al servicio de la burguesía, a los «revolucionarios» que temen mortalmente la revolución. Todas estas organizaciones no son una prenda del futuro, sino supervivencias podridas del pasado. La época de las guerras y las revoluciones no dejará de ellas piedra sobre piedra.

La IV Internacional no busca ni inventa panaceas. Se sitúa por entero en el terreno del marxismo como única doctrina revolucionaria que permite comprender lo que existe, descubrir las causas de las derrotas y preparar conscientemente la victoria. La IV Internacional continúa la tradición del bolchevismo, que mostró por primera vez al proletariado cómo conquistar el poder. La IV Internacional rechaza a los curanderos, a los charlatanes y a los maestros de moral que nadie ha llamado. En una sociedad fundada en la explotación, la moral suprema es la moral de la revolución socialista. Son buenos todos los métodos y medios que elevan la consciencia de clase de los obreros, su confianza en sus propias fuerzas, su disposición a la lucha abnegada. Son inadmisibles los métodos que infunden a los oprimidos miedo y sumisión ante los opresores, que ahogan el espíritu de protesta y de rebeldía o que sustituyen la voluntad de las masas por la voluntad de los jefes, la persuasión por la coacción, el análisis de la realidad por la demagogia y la falsificación. Por eso la socialdemocracia, que ha prostituido el marxismo, igual que el estalinismo, antítesis del bolchevismo, son enemigos mortales de la revolución proletaria y de su moral.

Mirar la realidad cara a cara; no buscar la línea de menor resistencia; llamar a las cosas por su nombre; decir a las masas la verdad, por amarga que sea; no temer los obstáculos; ser fiel en lo pequeño como en lo grande; apoyarse en la lógica de la lucha de clases; atreverse cuando llega la hora de la acción: tales son las reglas de la IV Internacional. Ha demostrado que sabe nadar contra la corriente. La próxima ola histórica la levantará sobre su cresta.

Contra el sectarismo

Bajo la influencia de la traición y la degeneración de las organizaciones históricas del proletariado, en la periferia de la IV Internacional surgen o resurgen estados de ánimo y agrupamientos sectarios de distinto tipo. En su base está la renuncia a la lucha por las reivindicaciones parciales y transitorias, es decir, por los intereses y las necesidades elementales de las masas obreras tal como son. Para los sectarios, prepararse para la revolución significa convencerse a sí mismos de las ventajas del socialismo. Proponen volver la espalda a los «viejos» sindicatos, es decir, a decenas de millones de obreros organizados, ¡como si las masas pudieran vivir fuera de las condiciones de la lucha de clases real! Permanecen indiferentes ante la lucha interna en las organizaciones reformistas, ¡como si se pudiera ganar a las masas sin intervenir en esa lucha! Se niegan a distinguir en la práctica entre la democracia burguesa y el fascismo, ¡como si las masas pudieran no sentir esa diferencia a cada paso!

Los sectarios solo son capaces de distinguir dos colores: el rojo y el negro. Para no caer en la tentación, simplifican la realidad. Se niegan a distinguir entre los campos en lucha en España con el argumento de que ambos tienen carácter burgués. Por la misma razón, consideran necesario mantenerse neutrales en la guerra entre Japón y China. Niegan la diferencia de principio entre la URSS y los países burgueses y, a causa de la política reaccionaria de la burocracia soviética, se niegan a defender contra el imperialismo las formas de propiedad creadas por la Revolución de Octubre. Son incapaces de encontrar acceso a las masas y por eso acusan de buena gana a las masas de ser incapaces de elevarse hasta las ideas revolucionarias.

Un puente en forma de reivindicaciones transitorias no les hace ninguna falta a estos políticos estériles, porque no piensan pasar a la otra orilla. Se quedan dando vueltas en el mismo sitio, satisfechos con repetir las mismas abstracciones raquíticas. Los acontecimientos políticos son para ellos ocasión de comentarios, no de acción. Como los sectarios, igual que en general toda clase de embrollones y taumaturgos, reciben a cada paso papirotazos de la realidad, viven en un estado de irritación perpetua, se quejan sin cesar del «régimen» y de los «métodos» y se hunden en pequeñas intrigas. En sus propios círculos suelen instaurar un régimen de despotismo. La postración política del sectarismo no hace sino completar, como una sombra, la postración del oportunismo, sin abrir ninguna perspectiva revolucionaria. En la política práctica, los sectarios se unen a cada paso con los oportunistas, sobre todo con los centristas, para luchar contra el marxismo.

La mayoría de los grupos y camarillas sectarios de este tipo, que se alimentan de las migajas que caen por azar de la mesa de la IV Internacional, llevan una existencia organizativa «independiente», con grandes pretensiones pero sin la menor posibilidad de éxito. Los bolcheviques-leninistas pueden, sin perder el tiempo, abandonar tranquilamente esos grupos a su propia suerte. Sin embargo, las tendencias sectarias se dan también en nuestras propias filas y ejercen una influencia funesta en el trabajo de algunas secciones. Esto no se puede tolerar ni un día más. Una política correcta respecto a los sindicatos es condición fundamental para pertenecer a la IV Internacional. Quien no busca ni encuentra el camino hacia el movimiento de las masas no es para el partido un combatiente, sino un peso muerto. El programa no se hace para las redacciones, las salas de lectura o los clubes de discusión, sino para la acción revolucionaria de millones. Depurar las filas de la IV Internacional de sectarismo y de sectarios incorregibles es una condición esencial de los éxitos revolucionarios.

¡Paso a la juventud! ¡Paso a la mujer obrera!

La derrota de la revolución española, provocada por sus «jefes», la bancarrota vergonzosa del Frente Popular en Francia y el desenmascaramiento de las estafas judiciales de Moscú: estos tres hechos asestan juntos un golpe incurable a la Comintern y, de paso, heridas graves a sus aliados, los socialdemócratas y los anarcosindicalistas. Esto no significa, desde luego, que los miembros de estas organizaciones vayan a volverse enseguida hacia la IV Internacional. La generación mayor, que ha sufrido un naufragio terrible, quedará en buena parte fuera de combate. Además, la IV Internacional no aspira en modo alguno a convertirse en refugio de inválidos revolucionarios, burócratas desengañados y arribistas. Al contrario, frente a la posible afluencia hacia nosotros de los elementos pequeñoburgueses que hoy dominan los aparatos de las viejas organizaciones, hacen falta medidas preventivas estrictas: un largo periodo de prueba para los candidatos que no sean obreros, sobre todo para los antiguos burócratas; la prohibición de que ocupen cargos de responsabilidad en el partido durante los tres primeros años, etc. En la IV Internacional no hay ni habrá sitio para el arribismo, esa llaga de las viejas Internacionales. Solo encontrarán acceso entre nosotros quienes quieran vivir para el movimiento, y no a costa del movimiento. Los dueños de la casa deben sentirse los obreros revolucionarios. Para ellos las puertas de la organización están abiertas de par en par.

Desde luego, también entre los obreros que antes marchaban en primera fila hay ahora no pocos cansados y desengañados. Se quedarán al margen, al menos en el periodo inmediato. Cuando se gasta un programa o una organización, con ellos se gasta la generación que los llevó sobre sus hombros. La renovación del movimiento se hace por medio de la juventud, libre de responsabilidad por el pasado. La IV Internacional presta una atención excepcional a la joven generación del proletariado. Con toda su política se esfuerza por infundir a la juventud confianza en sus propias fuerzas y en el futuro. Solo el entusiasmo fresco y el espíritu ofensivo de la juventud pueden asegurar los primeros éxitos en la lucha; solo esos éxitos pueden devolver al camino de la revolución a los mejores elementos de la generación mayor. Así fue y así será.

Todas las organizaciones oportunistas, por la fuerza de las cosas, concentran su atención principal en las capas superiores de la clase obrera y, por eso, ignoran tanto a la juventud como a la mujer obrera. Sin embargo, la época de la descomposición del capitalismo asesta los golpes más duros a la mujer, como trabajadora y como ama de casa. Las secciones de la IV Internacional deben buscar apoyo en las capas más oprimidas de la clase obrera y, por tanto, en las mujeres obreras. Allí encontrarán fuentes inagotables de lealtad, abnegación y disposición al sacrificio.

¡Abajo el burocratismo y el arribismo! ¡Paso a la juventud! ¡Paso a la mujer obrera!: estas consignas están escritas en la bandera de la IV Internacional.

¡Bajo la bandera de la IV Internacional!

Los escépticos preguntan: ¿pero ha llegado ya el momento de crear una nueva Internacional? No se puede crear una Internacional «artificialmente», dicen; solo puede surgir de grandes acontecimientos, etc. Todas estas objeciones solo demuestran que los escépticos no sirven para crear una nueva Internacional. Difícilmente sirven para nada.

La IV Internacional ha surgido ya de grandes acontecimientos: de las mayores derrotas del proletariado en la historia. La causa de esas derrotas está en la degeneración y la traición de la vieja dirección. La lucha de clases no tolera interrupciones. La III Internacional, tras la II, ha muerto para la revolución. ¡Viva la IV Internacional!

¿Pero es ya el momento de proclamarla?, insisten los escépticos. La IV Internacional, respondemos, no necesita ser «proclamada». Existe y lucha. ¿Es débil? Sí, sus filas son todavía poco numerosas, porque todavía es joven. Por ahora son, sobre todo, cuadros. Pero esos cuadros son la única prenda del futuro revolucionario. Fuera de esos cuadros no hay en nuestro planeta ni una sola corriente revolucionaria que merezca de verdad ese nombre. Si nuestra Internacional es todavía débil en número, es fuerte por su doctrina, su programa, su tradición y el temple incomparable de sus cuadros. Quien no lo vea hoy, que se quede por ahora al margen. Mañana se verá mejor.

La IV Internacional goza ya hoy del odio merecido de los estalinistas, los socialdemócratas, los liberales burgueses y los fascistas. No tiene ni puede tener sitio en ningún Frente Popular. Se opone irreconciliablemente a todos los agrupamientos políticos ligados a la burguesía. Su tarea es derribar la dominación del capital. Su fin es el socialismo. Su método es la revolución proletaria.

Sin democracia interna no hay educación revolucionaria. Sin disciplina no hay acción revolucionaria. El régimen interno de la IV Internacional se basa en los principios del centralismo democrático: plena libertad en la discusión, plena unidad en la ejecución.

La crisis actual de la cultura humana es la crisis de la dirección proletaria. Los obreros avanzados, unidos por la IV Internacional, muestran a su clase la salida de la crisis. Le proponen un programa basado en la experiencia internacional de la lucha emancipadora del proletariado y de todos los oprimidos en general. Le proponen una bandera en la que no hay una sola mancha.

Obreros y obreras de todos los países, poneos bajo la bandera de la IV Internacional. ¡Es la bandera de vuestra victoria próxima!

¡Contra la guerra imperialista! Manifiesto

¡Unidos contra la explotación, la opresión, la guerra y el fascismo!

¡Adelante por la lucha de clases, el socialismo internacional y la libertad!

Obreros explotados y pueblos coloniales de todos los países:

La conferencia de fundación de la IV Internacional —el Partido Mundial de la Revolución Socialista—, reunida en septiembre de 1938, lanza este llamamiento en un momento en que el mayor de los peligros amenaza a las masas del mundo entero y a la causa de su emancipación de la esclavitud moderna.

Estamos ante los horrores de una nueva guerra imperialista mundial. Es una mentira monstruosa que la guerra vaya a librarse entre naciones «pacíficas» y naciones «belicosas», porque la guerra es inherente al capitalismo mismo, y todas las naciones capitalistas participan en la loca carrera de armamentos.

Es una mentira monstruosa decir que la guerra enfrentará a países «democráticos» y países «dictatoriales», porque las «democracias» están ya aliadas con muchas dictaduras, y cuando estalle la guerra las primeras víctimas serán los derechos y las instituciones democráticas, ya muy socavados en los países «pacíficos».

Es una mentira decir que la guerra se librará por la independencia nacional o la libertad de Checoslovaquia. Es una cruel falsedad, en la que Checoslovaquia desempeña el mismo papel que la «pobre Bélgica» en 1914.

Los imperialistas anglofranceses, que aplastan sin piedad a los luchadores por la independencia en la India, en Siria, en Túnez, en Argelia, en Palestina y en todas partes, no reconocen otra cosa que su «derecho independiente» a explotar a millones de esclavos, negros, morenos y blancos, en el mundo entero.

El mundo capitalista está herido de muerte. En su agonía exhala los venenos del fascismo y de la guerra totalitaria, que amenaza con someter de nuevo a los obreros y campesinos de todas partes a una servidumbre nueva y horrible, y con desatar las fuerzas de destrucción que harán añicos la civilización moderna.

En medio de la abundancia, con un aparato productivo que, bien organizado y dirigido, podría cubrir con creces todas las necesidades actuales de la humanidad, el capitalismo condena a millones de hombres al paro, a subsidios miserables o al hambre.

La clase dominante, que hace mucho tiempo rompió las cadenas del feudalismo en nombre de la democracia y de la igualdad, reúne a los elementos más oscuros de la reacción y a lo más degradado de los bajos fondos de la sociedad para abolir todos los derechos democráticos conquistados por el pueblo. Quiere conservar, con el puñal y el látigo fascista, la soberanía que perdería con la victoria inexorable del socialismo.

El capitalismo es completamente incapaz de asegurar el bienestar de las masas, e igualmente incapaz de asegurar la paz. No ha pasado una generación desde la última «guerra para acabar con la guerra» y ya nos encontramos en el umbral de una nueva guerra mundial, infinitamente más horrible que la anterior.

Una vez más se llama a los explotados a destruirse unos a otros por sus respectivos amos imperialistas. Una vez más se llama a las madres del pueblo a convertirse en cerdas de cría. Una vez más los campos se transformarán en trincheras empapadas de sangre y las ciudades en tumbas devastadas, para que los imperialistas puedan conservar sus beneficios y sus colonias, o adquirir otras nuevas.

Una guerra de bandidos

Todas las clases dominantes de los países capitalistas son bandidos. Su guerra, sean cuales sean sus consignas pretenciosas e hipócritas, será una guerra entre bandidos. No será una guerra de los obreros; al contrario, los obreros, y los explotados en general, serán sus víctimas. No será una guerra por la democracia, porque la verdadera democracia para las masas solo puede conquistarse en la lucha contra la dominación capitalista. Ni siquiera los derechos democráticos de que aún gozan las masas pueden conservarse o ampliarse, como ha mostrado el ejemplo de la guerra civil española, si no es con los métodos de una lucha de clases combativa y revolucionaria por el socialismo.

No será una guerra en interés de los obreros, porque los ataques contra las conquistas sociales de los obreros franceses de junio de 193643, en especial la semana de 40 horas, muestran que la defensa de los intereses económicos y sociales más elementales de las masas —su pan de cada día y su libertad— es incompatible con la defensa de la patria de la burguesía.

Hitler, que destruyó todas las conquistas sociales de la clase obrera alemana y austriaca, dirige la lucha en nombre del capitalismo contra los intereses de los pueblos de Europa. En medio de las amenazas de guerra, subrayamos una vez más que el enemigo principal está en el propio país. La clase obrera no tiene más patria que defender que aquella donde conquista el poder y gobierna. Ningún apoyo a los fautores de la guerra ni a la guerra imperialista —decimos—, sino continuación de la lucha de clases en toda situación y aprovechamiento de la crisis de la guerra para derribar la dominación capitalista, es decir, ¡para derribar la guerra y el capitalismo mismo!

Traidores a los trabajadores

El capitalismo está en bancarrota. Sus relaciones sociales y sus fronteras nacionales estrangulan el desarrollo económico y social del hombre. Está más que maduro para la reorganización socialista. La prolongación de su existencia solo puede añadir horror y miseria sin fin.

La humanidad solo puede salvarse de la nueva barbarie que la amenaza bajo la dirección de la clase obrera revolucionaria, campeona histórica y aliada de los campesinos sin tierra y endeudados, y de los millones de esclavos coloniales negros, morenos y amarillos.

Pero la gran tragedia del proletariado reside hoy en que unas cadenas paralizantes le impiden cumplir su misión emancipadora, cadenas menos poderosas que las del capitalismo mismo, pero urdidas de manera más sutil e insidiosa. Con esas cadenas lo han atado de pies y manos los partidos tradicionales del trabajo, la II y la III Internacional.

Los dirigentes de la II Internacional actúan como agentes directos del imperialismo «democrático»: le ayudan a amortiguar los choques de la lucha de clases, con la esperanza de conservar así su posición en la democracia capitalista en decadencia. Los dirigentes de la III Internacional, traicionando todos sus principios e ideales tradicionales, se han convertido en instrumentos de la burocracia soviética. Las dos viejas Internacionales se diferencian hoy sobre todo en la medida en que existen diferencias entre la burguesía anglofrancesa y la camarilla estalinista dominante.

En lugar de apresurar el envío del cadáver putrefacto del capitalismo al limbo de la historia, la socialdemocracia y el estalinismo se unen para remendarlo y conservarlo. Hace mucho que abandonaron la lucha de clases. Concentran todos sus esfuerzos en poner a la clase obrera al servicio del capitalismo en nombre de una «democracia» falsificada o de un «Frente Popular», en lugar de destruir al monstruo. Apoyan la dominación de los pueblos coloniales por sus respectivos imperialistas y ofrecen su ayuda militar con el mismo fin.

Impotentes ante el fascismo

Ninguna de las dos viejas Internacionales fue capaz de organizar la resistencia proletaria al fascismo en Alemania ni en Austria. Incluso en España, donde el proletariado —a cuyo lado estamos con firmeza y entusiasmo— ha mostrado su capacidad para luchar con eficacia contra las bestias fascistas, los viejos partidos minaron su resistencia y exterminaron brutalmente a las fuerzas revolucionarias en la retaguardia de su propio frente, actuando como agentes del imperialismo anglofrancés y de la burocracia de Moscú.

En realidad, al abandonar la vigilancia de la clase obrera, al abandonar la independencia del movimiento obrero y subordinarlo a la burguesía «democrática», los viejos partidos facilitaron la victoria del fascismo, cuyo objetivo —aplastar al proletariado como movimiento independiente y como clase— lo realizan en parte por adelantado las dos viejas Internacionales.

No menos traidor es el papel que desempeñan la socialdemocracia y el estalinismo ante el peligro inminente de guerra. Con más cinismo que la II Internacional antes de la última guerra —cuando al menos adoptaba formalmente una posición contra la guerra—, las dos Internacionales reclaman hoy para sí la responsabilidad de llevar a las masas al matadero.

No tienen ni el deseo ni la posibilidad de organizar la lucha contra la próxima guerra imperialista. Al contrario, completamente corrompidos por el socialpatriotismo y enarbolando la bandera pirata del imperialismo «democrático», los socialpatriotas actúan ya como sargentos de reclutamiento del imperialismo.

El papel que desempeñan en la defensa de la Unión Soviética es igualmente pérfido. No defienden la gran Revolución rusa, sino la burocracia reaccionaria y usurpadora. No sientan las bases de la sociedad socialista, sino que minan los cimientos puestos hace veinte años por las masas rusas bajo la dirección de los bolcheviques.

Somos leales a la URSS

Nosotros, la IV Internacional, defensores leales de la URSS contra todos sus enemigos, de dentro y de fuera, acusamos al estalinismo de haber sometido la vida económica del país a los intereses de la camarilla burocrática que está en la cúspide. Partidarios de una verdadera democracia proletaria, acusamos al estalinismo de haber privado a las masas soviéticas de todas las grandes libertades que conquistaron con las armas en la mano.

La burocracia reaccionaria ha establecido un régimen odioso y totalitario por medio de un terror sangriento continuo, completado con atentados de gánsteres contra los revolucionarios en el extranjero y con la corrupción de los movimientos obreros e intelectuales. Este régimen desacredita el nombre del socialismo. Los llamados partidos comunistas no son más que las agencias a sueldo de este régimen totalitario, cuyo único objetivo mundial es el mantenimiento del statu quo imperialista. La II Internacional solo se diferencia del estalinismo por su crítica puramente verbal y superficial. El bonapartismo está socavando la revolución bolchevique.

¡Romped las cadenas!

El proletariado mundial no puede avanzar sin romper las cadenas que lo atan a las viejas Internacionales y a su política. El anarquismo, que se ha mostrado, en particular en España, prisionero de sus propias doctrinas, y que capituló ante la burguesía en nombre del Frente Popular, no puede llevar a cabo esa ruptura. Igualmente vanos son los pequeños grupos centristas reunidos en el Buró de Londres44, que se niegan a romper claramente con las viejas Internacionales y a tomar el camino de la lucha de clases hacia el socialismo revolucionario internacionalista.

Solo restaurando las grandes tradiciones del marxismo revolucionario, rompiendo con la colaboración de clases, con el socialpatriotismo y con los sacerdotes de la sumisión en el movimiento obrero, y tomando el camino de una lucha de clases resueltamente ofensiva, tomando por asalto la fortaleza de la burguesía, armados con las armas invencibles forjadas por nuestros grandes maestros, Marx y Engels, Lenin y Trotsky, podrán los explotados del mundo escapar del estancamiento y de la derrota y marchar como una falange compacta hacia el porvenir socialista.

¡Ese es el camino de la IV Internacional! Descansa en los cimientos inquebrantables de los principios del marxismo-leninismo revolucionario. Se proclama con orgullo heredera y continuadora de la I Internacional de Marx, de la Revolución rusa y de la Internacional Comunista de Lenin.

La IV Internacional

La IV Internacional no oculta sus fines. Su programa es conocido por la clase obrera. Es el programa de la oposición irreconciliable y de la lucha de clases contra la injusticia, contra la explotación y contra la opresión.

Sobre todo, en el crucial periodo presente —un periodo de crisis vital para la clase obrera y para toda la humanidad—, la IV Internacional lanza un llamamiento a los obreros y a los pueblos oprimidos del mundo entero.

A los obreros franceses y alemanes en especial, amenazados de destrucción mutua en interés del imperialismo, les decimos: como el proletariado de todas partes, odiáis al verdugo Hitler. Como vosotros, estamos decididos a destruir el fascismo y toda dominación opresora.

Pero el fascismo no puede ser destruido, y no lo será, por las bayonetas del imperialismo francés. Solo la acción de clase independiente del proletariado pondrá fin a la odiosa dominación del fascismo.

Uníos en la lucha de clases incesante contra el fascismo y la guerra imperialista.

Uníos por la libertad de los pueblos coloniales y contra la tiranía de la dominación imperialista.

Uníos en la única guerra justa y sagrada: la guerra contra los opresores, contra los explotadores, contra sus pérfidos agentes en la clase obrera.

¡Viva la IV Internacional!

¡Viva la revolución socialista internacional!

El Comité Ejecutivo de la IV Internacional (Partido Mundial de la Revolución Socialista). 15 de septiembre de 1938

Estatutos de la IV Internacional

1

Todos los militantes proletarios y revolucionarios del mundo que aceptan y aplican los principios y el programa de la IV Internacional están unidos en una sola organización mundial, bajo una dirección internacional centralizada y una sola disciplina. Esta organización lleva el nombre de IV INTERNACIONAL (PARTIDO MUNDIAL DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA) y se rige por los presentes estatutos.

En todos los países, los miembros de la IV Internacional están organizados en partidos o ligas, que constituyen las secciones nacionales de la IV Internacional (Partido Mundial de la Revolución Socialista).

2

Las secciones nacionales se forman sobre la plataforma y de acuerdo con la estructura organizativa definidas y establecidas por el Congreso de fundación de la IV Internacional (septiembre de 1938). En su plataforma, la IV Internacional ha concentrado la experiencia internacional del movimiento marxista revolucionario, y en especial la que se desprende de las conquistas socialistas de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. Asimila todas las experiencias sociales progresistas de la humanidad que llevan a la expropiación de la clase capitalista y a la abolición final de las clases, y se basa en ellas.

4

El régimen interno de la Internacional, a escala local, nacional y mundial, se rige por los principios y la práctica del centralismo democrático.45

Las secciones están obligadas a observar las decisiones y resoluciones de la Conferencia Internacional y, en su ausencia, del Comité Ejecutivo Internacional, representado entre sus reuniones por el Secretariado Internacional, conservando no obstante el derecho de apelar ante los organismos inmediatamente superiores hasta la siguiente Conferencia Internacional.

5

Las secciones nacionales deben pagar a la tesorería del Secretariado Internacional cuotas regulares (mensuales o trimestrales), destinadas al funcionamiento de los organismos internacionales, que serán proporcionales al número de sus miembros.

6

En cada país no puede haber más que una sola sección de la IV Internacional, es decir, solo una organización en cada país puede estar afiliada regularmente a la IV Internacional.

El procedimiento y las medidas prácticas para la formación o el reconocimiento de nuevas secciones nacionales en los países donde no existen los establecerá en cada caso particular el Comité Ejecutivo Internacional, y se someterán a la ratificación de las direcciones nacionales. La fusión entre una organización que evoluciona hacia la IV Internacional y una sección nacional podrá prepararla el Secretariado Internacional y se someterá a la decisión del Comité Ejecutivo Internacional46.

7

El organismo supremo de la IV Internacional a escala mundial es la Conferencia Internacional, que determina la política de la Internacional y de sus secciones en todas las cuestiones políticas importantes, adopta resoluciones y decide en última instancia las cuestiones de organización y los conflictos internos.

La Conferencia Internacional debe reunirse al menos cada dos años. La convocará normalmente el C. E. I. y se compondrá de los delegados, o de sus representantes con mandato, de todas las secciones. Podrá convocarse con carácter extraordinario a petición de más de un tercio de las secciones nacionales.

8

En los intervalos entre las conferencias internacionales, la dirección internacional se confía al Comité Ejecutivo Internacional, compuesto por 15 miembros pertenecientes a las secciones nacionales más importantes y elegidos por la Conferencia.

El C. E. I. se reúne al menos una vez cada tres meses para examinar el trabajo del Secretariado Internacional y decidir sobre los problemas más importantes. De las decisiones del Secretariado Internacional solo se puede apelar ante el C. E. I. o ante la Conferencia Internacional. El C. E. I. podrá reunirse con carácter extraordinario por decisión mayoritaria del S. I. o a petición de al menos tres […]47.

El C. E. I. es responsable ante toda la Internacional de la ejecución de las decisiones y de la aplicación de la línea política adoptada por la Conferencia Internacional.

9

Una sección nacional puede proponer la revocación o la sustitución de uno de sus miembros pertenecientes al C. E. I. Esta medida deberá aprobarla por mayoría de votos el C. E. I.

10

El trabajo administrativo y político cotidiano, así como el enlace regular con las secciones, lo asegura un Secretariado Internacional compuesto por 5 miembros residentes en la sede del Secretariado, elegidos en su mayoría entre los miembros del C. E. I. y por el C. E. I.

El S. I. tendrá al menos un camarada permanente cuya actividad estará enteramente dedicada al trabajo del S. I. y cuyo sueldo garantizarán las contribuciones de las secciones. El S. I. publica un boletín mensual regular, al menos en francés, inglés y alemán, en nombre del C. E. I.

11

Los miembros del S. I. pueden ser sustituidos por decisión mayoritaria del C. E. I., que tendrá también el derecho de llamar a colaboradores cualificados para su trabajo.

12

Con el fin de asegurar un mejor enlace y una mayor cohesión organizativa y política entre los países de los continentes alejados de la sede del S. I., se prevé la formación de subsecretariados, encargados de las mismas funciones que el S. I., pero bajo la jurisdicción del S. I.

La formación de estos subsecretariados la determina en cada caso concreto la Conferencia Internacional o, cuando esta no está reunida, el C. E. I.

13

El C. E. I. tiene el derecho, después de examinar el caso y consultar a las partes interesadas, de pronunciar la expulsión de secciones o de miembros individuales de la IV Internacional. Las decisiones de expulsión son ejecutivas, aunque las partes interesadas conservan el derecho de apelar ante la Conferencia Internacional.

La guerra en Extremo Oriente y las perspectivas revolucionarias

I

El conflicto de Extremo Oriente entre China y Japón pone al desnudo algunos de los síntomas principales de la crisis del capitalismo mundial en su fase final, la más desarrollada, la imperialista, y abre perspectivas de un gran desarrollo revolucionario en una parte decisiva del globo. Por un lado, Japón, eslabón más débil de la cadena del imperialismo mundial, intenta superar los males de su decadencia con una guerra de conquista colonial. Por otro, con su invasión de China, los imperialistas japoneses han provocado una campaña defensiva que, pese a su debilidad e insuficiencia bajo la dirección del Kuomintang, adquiere el carácter de una guerra de liberación nacional. Al mismo tiempo, al perseguir sus fines de rapiña en China, los imperialistas japoneses han agudizado los antagonismos interimperialistas que empujan a la humanidad al borde de una nueva guerra mundial.

II

Japón, que se elevó tardíamente a la talla de potencia imperialista hacia finales del siglo XIX, se encontró con un mundo ya repartido en lo esencial entre sus rivales imperialistas. Además, los imperialistas japoneses se vieron obligados a partir de una base económica sumamente débil en sus planes de imperio. Carentes de materias primas tan vitales como el carbón y el hierro, el cobre, el petróleo y el algodón, se vieron empujados desde el principio a buscar esos suministros más allá de las fronteras naturales de Japón. Hacerse con fuentes de esas materias primas era condición no solo de la expansión, sino incluso de la supervivencia en el mundo competitivo de la rivalidad imperialista. La carrera del imperialismo japonés se inició con la guerra chino-japonesa de 1894-1895, en la que Japón derrotó a China y se apoderó de Corea y de Formosa. Diez años después, Japón venció a la Rusia zarista y se adueñó de la esfera de influencia que esta tenía en Manchuria del Sur. Durante la guerra mundial de 1914-1918, Japón se apoderó de la provincia china de Shandong y presentó a China las famosas «Veintiuna Demandas»48, destinadas a poner toda China bajo el control japonés.

III

La destrucción causada en Europa por la guerra mundial, que creó una demanda cada vez mayor de productos de todas clases, dio un poderoso impulso al desarrollo de la industria japonesa. Sin embargo, el crecimiento de las fuerzas productivas de Japón durante ese periodo agudizó todas las contradicciones de la economía japonesa. En la conferencia de «paz» de Versalles, Japón, como socio menor de las potencias aliadas, recibió solo una parte mezquina del botín de guerra. Tras ceder a Japón unas cuantas islas del Pacífico que antes pertenecían a Alemania, los imperialistas aliados, en la Conferencia de Washington de 192249, obligaron a Japón a evacuar Shandong. Le obligaron también a retirar sus tropas de las provincias marítimas de Siberia, donde habían formado parte de las fuerzas intervencionistas interaliadas empleadas contra el primer Estado obrero, surgido de la Revolución de Octubre en Rusia. Estos acontecimientos coincidieron con el levantamiento de barreras arancelarias y de contingentes —medidas de proteccionismo extremo destinadas a superar la crisis económica de posguerra en los países de Occidente—, que asestaron a Japón un doble golpe en el frente económico. El proteccionismo no solo recortó el comercio de Japón, sino que amenazó también su suministro de materias primas, pues Japón dependía de los ingresos de su comercio de exportación para financiar las compras de materias primas en el extranjero. Los golpes contra el comercio de exportación japonés provocaron, en consecuencia, una sangría de las reservas de oro del país. Una aguda crisis monetaria reflejó toda la inseguridad de la estructura económica japonesa, que quedó aún más dañada por el desastroso terremoto de 193350. El capitalismo japonés estaba condenado a asfixiarse dentro de sus propias fronteras nacionales a menos que encontrara una salida por medio de conquistas coloniales.

IV

El crecimiento de las fuerzas productivas de Japón y el desarrollo de las relaciones económicas capitalistas no dieron lugar, como en los países capitalistas de Occidente, a la aparición de una superestructura social y política correspondiente. El paso de la sociedad feudal a la capitalista se llevó a cabo sin revolución, y la burguesía no tuvo, por tanto, que arrasar las viejas instituciones de dominación social y sustituirlas por otras nuevas. Salida de las filas de la nobleza feudal y de la casta guerrera de los samuráis, la burguesía adaptó las viejas instituciones, con algunas modificaciones, a las necesidades del nuevo sistema de explotación capitalista. Así, antiguas instituciones feudales, como una monarquía «divina», una casta militar semiindependiente y formas semifeudales de explotación, coexisten con un parlamento «democrático» y poderosos trusts industriales y financieros. Sin embargo, de la presencia de estas «supervivencias feudales», por poderosas que parezcan, sería falso deducir que la próxima etapa del progreso social de Japón haya de ser una revolución «democrática». Este es el razonamiento superficial y oportunista de los estalinistas. Las relaciones de propiedad burguesas y el sistema capitalista de explotación, que se extiende tanto sobre el proletariado como sobre el campesinado, imponen el derrocamiento revolucionario de la clase dominante y la instauración de la dictadura del proletariado como el único camino de salvación para obreros y campesinos. Si en la pleamar de la revolución japonesa el partido revolucionario de las masas buscara una solución intermedia, «democrática», para las grandes tareas sociales, el resultado inevitable sería la desorientación y la destrucción de las fuerzas revolucionarias y la devolución del poder a la clase dominante en bancarrota.

V

La casta militar feudal de generales y oficiales, unida superficialmente por la monarquía, no es un cuerpo homogéneo. Mientras que los rangos inferiores de la oficialidad proceden en gran parte de las zonas rurales, de las capas superiores del campesinado, las cúpulas se funden con la burguesía industrial y financiera. En su conjunto, la casta militar se esfuerza por conservar los privilegios tradicionales y la posición semiindependiente que ocupaba en la época feudal. Con este fin se organiza en instituciones típicamente feudales, como la sociedad secreta del Dragón Negro51. Los afanes de la casta militar por mantener intactos sus privilegios y poderes tienden a complicar el problema principal de la clase dominante japonesa en su conjunto, que es mantener sobre el proletariado y el campesinado el actual sistema aplastante de explotación, con toda la opresión que lo acompaña. Periódicamente, esta casta entra en conflicto con el capital industrial y financiero, que trata de contener la sangría que suponen para la economía las necesidades parasitarias de la casta militar. Las revueltas del ejército y el asesinato de destacados representantes políticos de la burguesía industrial y financiera son las expresiones más agudas de este conflicto52. Estas revueltas expresan también, en la medida en que las encabezan los oficiales jóvenes de rango inferior, la rebelión del campesinado contra el capital financiero. Pero como todos los sectores de la clase dominante comprenden los peligros de la desunión de clase, los conflictos se zanjan finalmente sobre la base de concesiones mutuas, cargando nuevos fardos sobre las espaldas de las masas japonesas y acordando en común lanzarse a campañas militares de rapiña para esclavizar a los pueblos vecinos, con lo que se cimentan las grietas del edificio de la dominación de la clase dominante en su conjunto.

VI

China, geográficamente cercana a Japón, con una población de unos 430 millones de personas repartida por una vasta extensión de territorio rica en minerales y otras materias primas básicas, era el escenario lógico de la expansión imperialista japonesa. En China, los imperialistas japoneses veían la perspectiva de una «solución fundamental» de sus dificultades económicas más apremiantes. La contemplación de esta perspectiva despertaba además visiones de poder y grandeza imperiales. China llegó a considerarse no solo la respuesta a los problemas económicos, sino un trampolín para campañas que plantarían la bandera del Sol Naciente en Siberia, al menos hasta el lago Baikal, en la India y Malasia, en Indonesia, en Hawái y Filipinas, en las Antípodas, por no hablar de América Latina y de la parte occidental de los Estados Unidos. Si los imperialistas japoneses no trataron antes de poner toda China bajo su control por medio de la guerra, se debió en gran parte al temor a sus poderosos rivales de Occidente, cuyos intereses en China tendrían inevitablemente que atacar. La revolución china de 1925-1927 dictó a Japón una política de espera vigilante, tanto más cuanto que la oleada antiimperialista de China en ese periodo se dirigía exclusivamente contra Gran Bretaña. La crisis económica mundial que, tras el periodo de reconstrucción de posguerra, golpeó al mundo capitalista dio a Japón a la vez su oportunidad y un nuevo acicate para actuar. Aprovechando que las potencias occidentales estaban absortas en sus propios problemas internos agudos, los imperialistas japoneses se apoderaron de Manchuria en 1931 y al año siguiente establecieron allí su «protectorado» del Manchukuo. En 1933 se apoderaron de la provincia de Jehol, la anexionaron al Manchukuo y procedieron luego a afianzarse en el norte de China. El terror militar con que Japón azota hoy a China representa una etapa más de los planes japoneses de conquista colonial.

VII

Como país «atrasado», China ha sido víctima de la rapacidad imperialista durante más de un siglo. A comienzos del siglo XIX, los cañones imperialistas pusieron fin al secular aislamiento y reclusión de China e introdujeron en el país la industria moderna y las formas capitalistas de explotación. Los imperialistas llegaron a China primero como comerciantes. Pero con el rápido avance de la industria en Occidente y la creciente acumulación de plusvalía resultante de una explotación del trabajo cada vez más intensa, era solo cuestión de tiempo que China pasara a considerarse no solo un mercado de mercancías, sino también un lucrativo campo de inversión de capital. La inagotable reserva de mano de obra barata de China ejerció una atracción magnética sobre el capital extranjero. En una serie de guerras ante las que la decadente dinastía manchú se mostró del todo impotente, las potencias imperialistas se apoderaron de territorio chino, establecieron «concesiones» en las principales ciudades de China y le arrancaron una serie de «privilegios» destinados a proteger su comercio y sus inversiones. Al limitar los derechos de importación chinos al cinco por ciento ad valorem, aseguraron la posición competitiva de sus productos en el mercado chino. Al controlar la recaudación y el desembolso de los ingresos de las aduanas chinas, se aseguraron el pago de las deudas exteriores de China, que crecían rápidamente. Al establecer el principio de «extraterritorialidad» (capitulaciones), lograron que sus empresas quedaran exentas de los impuestos chinos y sus súbditos de la aplicación de la ley china. Los tratados desiguales en que se plasmaron estos «privilegios» fueron los signos de la reducción de China a la condición de país semicolonial.

VIII

La penetración económica imperialista sacudió hasta sus cimientos la economía semifeudal de China, basada en la agricultura y la artesanía. Las mercancías baratas, fabricadas en plantas de propiedad extranjera tanto en China como en los países de Occidente, penetraron en el país a lo largo de los ferrocarriles construidos por los imperialistas. El sector más importante de la vieja clase dominante, en especial la burocracia manchú, se convirtió en intermediario del capital extranjero (compradores53). Los «privilegios» especiales que los imperialistas arrancaron a China impidieron el desarrollo multilateral de una economía capitalista china independiente y mantuvieron las fuerzas productivas del país en una camisa de fuerza política. Sin embargo, durante la guerra mundial, la industria china, como la de Japón, recibió un gran estímulo. El hecho de que las principales potencias imperialistas estuvieran absortas en el hemisferio occidental, aunque dio rienda suelta a las ambiciones coloniales de Japón en China, alivió sin embargo la presión imperialista total sobre el país. La industria nacional avanzó rápidamente.

IX

Fue en ese periodo cuando empezó a surgir la llamada burguesía «nacional», que trataba de establecer su propia base económica en competencia con los imperialistas. El proletariado chino, procedente de la población pauperizada de las aldeas, ganó muchísimo en fuerza numérica y, como resultado de su agrupamiento en grandes fábricas y empresas, en consciencia de clase y en espíritu combativo. Cuando el imperialismo británico, superada la crisis de posguerra, empezó a imponerse de nuevo en China, se vio obligado a dirigir sus cañones contra los obreros chinos en huelga. Las sangrientas matanzas perpetradas por las tropas y la policía imperialistas británicas en 1925-192654, cuyas principales víctimas fueron los obreros y sus aliados estudiantes, levantaron una oleada antiimperialista que amenazaba con engullir todo el edificio de la dominación imperialista en China. La burguesía nacional china, irritada por las humillaciones que le infligían los imperialistas y viendo la ocasión de asestar golpes a sus principales competidores comerciales extranjeros, apoyó el movimiento antiimperialista mediante una juiciosa ayuda económica a los obreros en huelga en las empresas imperialistas. Pero cuando el movimiento huelguístico se extendió, o amenazó con extenderse, a las fábricas nacionales, y cuando además se convirtió en revolución social, los explotadores nacionales enseñaron sus colmillos de clase y se solidarizaron con los imperialistas contra los obreros.

X

El retraso histórico y el sometimiento de China por los imperialistas privaron a la burguesía china del papel progresista que habían desempeñado sus predecesoras europeas en las revoluciones burguesas de Occidente. No pudo ni echar raíces de clase independientes en la sociedad china ni imponerse como clase soberana y dominante. Los compradores, agentes directos de los imperialistas reclutados entre los terratenientes, los comerciantes y la vieja burocracia manchú, fueron los primeros representantes del capitalismo chino. De las filas de los compradores surgió la burguesía «nacional». Mil hilos de interpenetración, de interdependencia y de interés mutuo unían a la burguesía nacional con los compradores. Juntos participaban en la explotación no solo del proletariado, sino también del campesinado, pues sus intereses estaban estrechamente entrelazados con los de los explotadores de la aldea, a los que les unía el sistema bancario extendido por todo el país. En esta trama de relaciones está la explicación de la incapacidad absoluta de la burguesía china para llevar a cabo una lucha consecuente contra el imperialismo, para levantar un Estado moderno unificado o para resolver el problema agrario.

XI

La pequeña burguesía ocupa una posición intermedia entre la gran burguesía y el proletariado. Una inmensa mayoría de esta clase la forman pequeños campesinos propietarios y arrendatarios. En las ciudades está además el numeroso ejército de pequeños tenderos, artesanos, profesionales como maestros, médicos y abogados, y pequeños funcionarios del Estado, todos ellos sometidos a la opresión de la gran burguesía y de los imperialistas. El campesinado, por su posición social intermedia y dependiente, su dispersión por vastos espacios, su diversificación en capas, sus rasgos individualistas y de propietario, su atraso cultural, es incapaz, pese a su preponderancia numérica, de desempeñar ningún papel político dirigente e independiente en la sociedad china. No puede resolver ni siquiera sus problemas más apremiantes recuperando la posesión de la tierra y librándose de la carga del parasitismo de terratenientes y usureros. Mucho menos es capaz de reorganizar toda la economía agrícola sobre un nivel nuevo y más alto, estableciendo una agricultura colectivizada a gran escala. La degeneración y la desaparición de la llamada República Soviética China55, el abandono explícito de la revolución agraria por los dirigentes estalinistas del campesinado, que han devuelto los restos de un grandioso movimiento agrario al redil del Kuomintang de la burguesía y los terratenientes, son una nueva demostración histórica de la debilidad política del campesinado. Como clase, el campesinado puede ser dirigido, pero no puede dirigir. En todos sus movimientos cae bajo la dirección de la burguesía o del proletariado. La pequeña burguesía de las ciudades es igualmente débil y dependiente y no puede desempeñar ningún papel político dirigente. El hundimiento de los grandes movimientos estudiantiles dirigidos en los últimos años contra el Kuomintang y el imperialismo fue consecuencia directa de que esos movimientos no encontraron una base firme en un proletariado activo.

XII

A causa del carácter reaccionario, débil y dependiente de la burguesía, y de la debilidad política de la pequeña burguesía, las tareas nacionales o democráticas (la independencia frente al imperialismo, la creación de un Estado unificado, la revolución agraria) pasaron a ser tareas del proletariado, la única clase de la sociedad que tiene objetivos de clase independientes y progresistas y que carece de todo vínculo de interés mutuo con los imperialistas o con los explotadores nacionales; una clase que, además, pese a su inferioridad numérica, posee una fuerza concentrada capaz de elevarla a la cima de la sociedad. Sobre los hombros del proletariado recayeron las tareas gemelas de dar solución a los problemas nacionales y de abrir camino a la reconstrucción socialista de la sociedad, elevándose a la posición de clase dominante en alianza con todas las masas explotadas de las ciudades y del campo. En 1925-1927, cuando la ola de la revolución subía, la política revolucionaria exigía orientar al proletariado chino de acuerdo con esta perspectiva. Lo que al proletariado le faltaba en fuerza numérica lo suplían los campesinos y los pobres de las ciudades, que representan una poderosa reserva de energía revolucionaria. El proletariado garantizaba una dirección progresista del campesinado. Juntas, estas clases representaban una fuerza invencible contra la cual todas las armas del imperialismo y de la reacción burguesa y terrateniente habrían resultado inútiles, siempre que se hubiera dado a esa fuerza una dirección revolucionaria clara.

XIII

Pero la dirección de Stalin y Bujarin en la Internacional Comunista, volviendo la espalda a toda la experiencia revolucionaria anterior, incluida la todavía fresca experiencia de Rusia, recurrió en China a la política menchevique que se le había impedido aplicar en Rusia en 1917. Contraponiendo las tareas nacionales de la revolución china a la lucha emancipadora de los obreros y campesinos, separando arbitrariamente unas de otra conforme a una teoría muerta de las «etapas», declararon que las tareas inmediatas en China eran la unificación nacional y la expulsión de los imperialistas. Además, de acuerdo con las estrechas concepciones nacionalistas que ya dominaban la política soviética, la burocracia estalinista veía en la burguesía china un posible aliado contra Gran Bretaña, entonces a la cabeza del frente capitalista antisoviético. Stalin y Bujarin asignaron, pues, a la burguesía china el papel dirigente en la lucha nacional. Subordinaron el Partido Comunista al Kuomintang, y el proletariado y el campesinado a la burguesía. La fórmula política de esta subordinación fue el «bloque de las cuatro clases», en el que el proletariado y el campesinado debían unirse con la burguesía y la pequeña burguesía para la lucha «común» contra el imperialismo. Stalin y Bujarin ordenaron a los comunistas chinos que mantuvieran el movimiento huelguístico y la actividad de los campesinos dentro de límites aceptables para la burguesía, para no perturbar el «frente único nacional». Esta traición oportunista a la revolución se hizo pasar por bolchevismo ante el joven e inexperto proletariado chino y ante el aún más joven e inexperto Partido Comunista de China. En la cresta de la ola revolucionaria, la burguesía, bajo la dirección de Chiang Kai-shek, hizo las paces con el imperialismo a cambio de unas cuantas concesiones mezquinas a sus sentimientos «nacionales» y se volvió salvajemente contra los obreros y campesinos confiados, a quienes los comunistas habían enseñado a ver en la burguesía a sus dirigentes y salvadores. La burguesía selló su alianza con el imperialismo con la sangre de las masas insurrectas56.

XIV

Sobre las ruinas de la revolución china de 1925-1927 se levantó el régimen contrarrevolucionario del Kuomintang. Los obreros volvieron a una esclavitud agravada por la nueva dictadura militar de Chiang Kai-shek, que intensificó un reinado de terror y aniquiló todas las organizaciones obreras. Las guerras de los caudillos militares, prueba de la completa desunión del país, revivieron en una escala sin precedentes mientras Chiang Kai-shek trataba de extender su dominio a toda China. El campesinado, azotado por los terratenientes, la usura y las requisas militares, se hundió en una ruina más profunda. El imperialismo, contra el que se había dirigido expresamente el «bloque de las cuatro clases», pudo reforzar todas sus posiciones dominantes. Quedó preparado el camino para la posterior invasión japonesa, con su evidente amenaza para la Unión Soviética. Estos fueron los verdaderos frutos de la política de Stalin y Bujarin en China.

XV

El gobierno del Kuomintang surgido de los acontecimientos de 1925-1927 representó el triunfo de la contrarrevolución burguesa sobre el movimiento popular de las masas. Chiang Kai-shek, jefe de las fuerzas militares del Kuomintang, impuso una dictadura de hierro. Al tiempo que apagaba las últimas brasas de la revolución, «expropió políticamente a la burguesía para salvarla económicamente». Las masas pequeñoburguesas, que habían sido la fuerza motriz del Kuomintang contra los sátrapas militares regionales en la pleamar de la revolución, cayeron en la pasividad política, con la excepción de una parte del campesinado, que, aguijoneada por una explotación más intensa, emprendió el camino de la guerra civil abierta contra los viejos y los nuevos opresores. Así, el Kuomintang se convirtió en un partido de la burguesía con todas las de la ley. Los nuevos gobernantes justificaron su feroz represión de las masas apelando a las doctrinas pequeñoburguesas de Sun Yat-sen, el programa del Kuomintang, en especial al llamado «principio de la democracia», con su prescripción de un periodo de «tutela política» sobre las masas57. La dictadura militar, ejercida bajo el poder único del Kuomintang y con todas las demás tendencias políticas en la clandestinidad, se presentaba como una preparación de las masas para el gobierno «democrático». Pero la democracia no está hoy más cerca de realizarse que hace once años. Este hecho es la prueba viva de que entre la dictadura militar del Kuomintang y la realización de la dictadura del proletariado no puede haber ninguna etapa intermedia, transitoria, «democrática». Quienes, como los estalinistas, sostienen que esa etapa es posible —¡incluso inevitable!— engañan y desorientan a las masas y preparan así la traición y la derrota de la revolución china.

XVI

De la política oportunista funesta que siguieron en 1925-1927, durante el ascenso de la ola revolucionaria, los comunistas chinos viraron al extremo opuesto del aventurerismo en el periodo de la contrarrevolución del Kuomintang. Tras precipitar levantamientos desastrosos y del todo inútiles, que culminaron en el trágico putsch de Cantón58, y cortar así sus lazos con su base obrera, trasladaron su actividad al interior rural. Abandonando al proletariado postrado de las ciudades, se pusieron a la cabeza de los ejércitos campesinos que surgieron como punta de lanza de las revueltas agrarias durante el reflujo de la marea revolucionaria, y se fijaron como meta el establecimiento de una «dictadura democrática del proletariado y el campesinado», precisamente esa etapa intermedia «democrática» que para China y para todos los demás países coloniales y semicoloniales está históricamente excluida. Aunque se desarrolló bajo la consigna de los sóviets, que los comunistas habían rechazado durante la pleamar de la revolución, pero que más tarde serían santificados en la política del «tercer periodo»59, la guerra campesina no logró despertar eco entre los obreros. Sujetos por la dictadura militar de Chiang Kai-shek y por una crisis económica devastadora, desorganizados aún más por la táctica de los «sindicatos rojos» de los comunistas, mantenidos en la pasividad por la negativa de los comunistas a desplegar un programa de reivindicaciones democráticas que respondiera a sus necesidades vitales en la nueva etapa contrarrevolucionaria, los obreros se apartaron de la vida política. Chiang Kai-shek, sin el estorbo del proletariado, pudo por fin, a finales de 1934, aplastar los sóviets campesinos aislados, pese a las muchas batallas heroicas libradas por los ejércitos rojos campesinos.

XVII

La invasión japonesa de Manchuria en 1931 encontró al gobierno del Kuomintang librando una guerra de exterminio contra los campesinos sublevados y reforzando a la vez su dictadura reaccionaria sobre los obreros. Anunciando una política de «no resistencia» al imperialismo japonés, Chiang Kai-shek proclamó como sus tareas supremas el aniquilamiento del movimiento campesino insurrecto y la unificación del país, entendiendo por tal el establecimiento de su propio poder sobre el de sus adversarios provinciales. El reverso de la moneda de la no resistencia fue la enérgica represión del creciente movimiento antijaponés. Revelando una vez más la unidad fundamental de intereses entre los imperialistas y la burguesía nacional, la política de no resistencia del Kuomintang facilita la invasión de China por Japón. Los imperialistas, por su parte, fueron más que generosos al ayudar al Kuomintang a aplastar a los campesinos y a mantener el movimiento obrero postrado.

XVIII

Mientras sujetaba a las masas oprimidas y retrocedía paso a paso ante los invasores japoneses, el Kuomintang se acercó al imperialismo británico y al norteamericano, con la esperanza de que estas potencias, temerosas por sus propios intereses en China, se vieran obligadas a detener la marcha de Japón. Existía también la esperanza de que China ganara al menos un respiro si Japón se enredaba con la URSS. Pero la devastadora crisis económica mundial, que coincidió con la ofensiva colonial de Japón, junto con su propia falta de preparación militar, obligó a Gran Bretaña y a Norteamérica a adoptar en Extremo Oriente una política de espera vigilante, animando al mismo tiempo al Kuomintang a resistir a Japón hasta donde se atreviera. La burocracia estalinista, casada temporalmente con la política del statu quo, estaba dispuesta a hacer numerosas concesiones a Japón para asegurar la construcción ininterrumpida del «socialismo» dentro de las fronteras de la URSS. Cuando el agravamiento de sus dificultades internas y la inmovilidad de sus principales rivales empujaron a Japón en 1937 a campañas militares de alcance creciente —a la toma del norte de China y al ataque al valle del Yangtsé—, el Kuomintang se encontró ante la alternativa de abdicar ante Japón o resistir con la ayuda material que pudiera conseguir en el extranjero. A diferencia de las anteriores ofensivas japonesas, la nueva campaña amenazaba al régimen del Kuomintang en sus propios bastiones y a la burguesía en el centro mismo de su lucro y de su poder, con lo que quedó claro que se había llegado a los límites de la política de no resistencia. El Kuomintang se decidió por una campaña puramente militar y defensiva contra Japón, que dista mucho de una lucha consecuente y de principio contra el imperialismo en su conjunto por la independencia nacional de China. En la decisión del Kuomintang de resistir intervinieron otros factores. Apuntalado por la ayuda financiera británica y norteamericana y por una coyuntura económica ascendente, alentado también por su victoria sobre los sóviets chinos, el régimen se ha vuelto más firme y más seguro de sí mismo. Además, sus rivales provinciales explotaban con éxito creciente contra Chiang Kai-shek la política de no resistencia, unida al auge del sentimiento antijaponés en todo el país.

XIX

La nueva fase de la ofensiva colonial de Japón ha coincidido con la degeneración final de la Internacional Comunista. De instrumentos de la lucha de clases revolucionaria, los partidos comunistas se han convertido en instrumentos de la diplomacia estalinista. Buscando «aliados» entre las potencias capitalistas democráticas ante la creciente amenaza de guerra, la burocracia estalinista ordenó a estos partidos que abandonaran su programa revolucionario y apoyaran a la burguesía de sus respectivos países. Así como Stalin necesitaba a las democracias burguesas de Occidente como «aliadas» contra la Alemania de Hitler, en Extremo Oriente, de acuerdo con su orientación anglo-franco-norteamericana, buscó una vez más una alianza con el Kuomintang burgués, esta vez contra el Japón imperialista. Lo que quedaba del Partido Comunista de China después de que Chiang Kai-shek liquidara por la fuerza los sóviets campesinos ha entregado públicamente los últimos restos de su política revolucionaria para entrar en un «Frente Popular Antijaponés» con el verdugo de la revolución china. Los estalinistas chinos han liquidado formalmente la «China soviética», han entregado a Chiang Kai-shek los restos de los ejércitos rojos campesinos, han renunciado abiertamente a la lucha agraria y han abandonado explícitamente los intereses de clase de los obreros. Abrazando públicamente las doctrinas pequeñoburguesas de Sun Yat-sen, se han proclamado gendarmes de la propiedad privada y, de acuerdo con la práctica estalinista en todas partes, enemigos de la revolución.

XX

Es deber ineludible del proletariado internacional, y sobre todo de la vanguardia revolucionaria, apoyar la lucha de China contra Japón. El crimen de los estalinistas no consiste en apoyar la lucha de China y participar en ella, aun mientras siga bajo la dirección del Kuomintang, sino en entregar su política de lucha de clases, en abandonar los intereses de las masas explotadas, en capitular políticamente ante el Kuomintang, en abdicar del derecho a movilizar independientemente a las masas contra los invasores japoneses, en renunciar a la crítica revolucionaria de la conducción de la guerra por el Kuomintang, en fortalecer la dirección de Chiang Kai-shek, en apoyar y difundir la ilusión de que el Kuomintang y la burguesía nacional pueden conducir la guerra de manera consecuente y hasta un final victorioso. Con estos actos de traición engañan, confunden y desorientan a las masas de China y obstruyen una movilización revolucionaria. Los estalinistas de otros países, impotentes para despertar entre los obreros la solidaridad con la causa de China, «hacen vanos llamamientos a los gobiernos imperialistas “democráticos y pacíficos”» para que salven a China de Japón. No basan estos llamamientos en ningún fundamento revolucionario (no lo hay), sino en la necesidad que tienen los propios imperialistas de preservar sus intereses de bandidos en China y en Extremo Oriente. Instan a los obreros a apoyar a «sus» gobiernos imperialistas en una acción de «seguridad colectiva» contra Japón, que es en realidad la acción de un grupo de bandidos imperialistas contra otro. Así, los estalinistas, siguiendo los pasos de la II Internacional, en bancarrota política, se presentan como traidores socialpatriotas a la clase obrera y a los oprimidos en general, no solo en los países «democráticos» de Occidente, sino también en Oriente.

XXI

El imperialismo británico, con vastos intereses comerciales y una participación inversora de dos mil millones de dólares en China, está cada vez más inquieto por el avance de Japón. Sin embargo, la amenaza a sus intereses en China no es más que un aspecto del temor del imperialismo británico por su imperio en la próxima guerra por un nuevo reparto del mundo, de la que el ataque de Japón a China, tras la toma de Etiopía por Italia y la intervención italoalemana en España, no es más que el comienzo. Gran Bretaña se esfuerza desesperadamente por construir una máquina de guerra capaz de defender sus dispersas posesiones, mientras sigue una estrategia temporal calculada para aplazar el desenlace inevitable. Incapaz por ahora de desafiar a Japón con las armas, sobre todo en vista de sus dificultades en el Mediterráneo, Gran Bretaña trata de estorbar a Japón poniéndole en el camino todos los obstáculos posibles, en particular prestando ayuda material al régimen del Kuomintang y mediante una acción diplomática paralela con los Estados Unidos, calculada para asustar a los imperialistas japoneses con el fantasma de un bloque angloamericano. Gran Bretaña espera que Japón se agote en una larga guerra con China. Cuenta también con la posibilidad de que Japón se enrede en una guerra con la URSS, con lo que se conjuraría la amenaza japonesa a las posesiones e intereses británicos en Extremo Oriente. Una esperanza parecida anima a los imperialistas británicos respecto del bloque italo-germano-japonés en su conjunto, que es hoy el principal contendiente de los intereses mundiales de Gran Bretaña. Mientras tanto, temiendo que las revueltas de sus millones de esclavos coloniales creen una retaguardia peligrosa en la próxima guerra, el imperialismo británico soborna a la burguesía nacional de sus colonias (Constitución de la India, Tratado angloegipcio60) para asegurarse su lealtad. Los «dominios» de Canadá, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, a causa del desarrollo de su propia economía, han adquirido intereses separados de los intereses del Imperio británico en su conjunto y contradictorios con ellos. Estos intereses representan una fuerza centrífuga dentro del Imperio. Australia y Nueva Zelanda en particular, por su cercanía a la caldera de Extremo Oriente, quieren tener libertad para quedarse al margen de las luchas del Imperio con Japón si les resultara ventajoso. Canadá está en una posición parecida respecto de los Estados Unidos. Gran Bretaña trata de contener esos factores de disgregación del Imperio con medios como las preferencias comerciales (acuerdos de Ottawa61) y las Conferencias Imperiales periódicas, destinadas a estrechar los lazos entre los dominios, por una parte, y la metrópoli, por otra. En la presente lucha de Extremo Oriente, al imperialismo británico solo le preocupa la suerte de China en la medida en que la suerte de China afecta a los intereses del imperialismo británico.

XXII

El imperialismo norteamericano, aunque tiene en China intereses efectivos menores y menos numerosos que Gran Bretaña, está alarmado ante la perspectiva de un dominio japonés del Pacífico. Las repetidas quiebras de la economía norteamericana, que se producen a intervalos cada vez más cortos, advierten de que, si el capitalismo norteamericano ha de sobrevivir y expandirse, pronto tendrá que desempeñar un papel más dominante, no solo en la zona del Pacífico, sino en todo el escenario mundial. El discurso de Roosevelt en Chicago en octubre de 1937, dirigido contra las «potencias agresoras»62, dio la clave de la política futura del imperialismo norteamericano. Incapaz por ahora de desafiar a Japón, el gobierno de Washington da bordadas por tortuosos derroteros diplomáticos, como la Conferencia de Bruselas63. Tales empresas, aparentemente desinteresadas, sirven para sembrar ilusiones pacifistas y preparar así a los obreros norteamericanos para luchar por los intereses del imperialismo norteamericano en las próximas guerras. Al mismo tiempo, mientras concede una falsa independencia a Filipinas para ganarse a la burguesía filipina, el gobierno de Washington levanta un poderoso ejército, una marina y una aviación, y consolida su imperio en las Américas por medio de la Unión Panamericana, como preparación para desafiar a todos sus rivales por la supremacía mundial. Aunque consideran inevitable la guerra con Japón, los imperialistas norteamericanos esperan poder entrar en ella lo más tarde posible, creyendo que Gran Bretaña se verá obligada a entrar en guerra con Japón y que ambos saldrán agotados de la lucha. Desde hace algún tiempo, además, los imperialistas norteamericanos cuentan con la perspectiva de que una guerra soviético-japonesa destruya a su rival del Pacífico, pero la crisis interna que sacude a la Unión Soviética, testimonio de toda la inestabilidad del régimen de Stalin, hace que esta perspectiva pase cada vez más a segundo plano. En sus esfuerzos por encubrir sus planes de guerra, los imperialistas norteamericanos reciben la ayuda sin reservas de los estalinistas, que, haciendo pareja con la traición de sus cofrades de China, proclaman el papel «pacífico» del imperialismo norteamericano, piden al gobierno de Washington que salve a China de Japón y ofrecen sus servicios como sargentos de reclutamiento para la guerra.

XXIII

Francia, con un gran imperio de esclavos coloniales, está interesada en el mantenimiento del statu quo en Europa, en África y en Extremo Oriente. Los intereses franceses en China, aunque menores y menos extendidos, son análogos a los de Gran Bretaña. Como se concentran principalmente en la colonia de la Indochina francesa, no entran en la órbita de las ambiciones japonesas inmediatas. De ahí la política francesa de conciliación diplomática con Japón, unida a una ayuda material subrepticia a China, siguiendo en todos los casos la dirección de Gran Bretaña. Esta política, sin embargo, tiene su contrapartida en la explotación y la opresión más crueles de las masas de Indochina (como en todas las demás colonias del imperialismo francés) y en una campaña de violenta persecución de los revolucionarios en ese territorio. Como socios o sostenedores del gobierno imperialista francés del ya difunto Frente Popular, los estalinistas y los «socialistas» de la II Internacional cargan con toda su parte de responsabilidad en todos los crímenes bestiales del imperialismo francés en Indochina.

XXIV

Los Estados fascistas europeos, a diferencia de Gran Bretaña, los Estados Unidos y Francia, tienen en China una participación económica muy pequeña. Su intervención diplomática en la lucha chino-japonesa está destinada, en lo principal, a explotar los antagonismos imperialistas de Extremo Oriente para favorecer sus objetivos europeos primordiales. Hitler maniobra también para recuperar las antiguas posesiones coloniales alemanas de Extremo Oriente, que hoy están en manos de Japón. Pero, como no quiere enemistarse con Japón, al que necesita como aliado contra la URSS, se abstiene de hacer valer esas «reclamaciones» coloniales. La Italia fascista trata de enfrentar a Japón con Gran Bretaña en interés de las ambiciones mediterráneas de Italia. Alemania e Italia juntas tratan de enfrentar a Japón con Gran Bretaña y Francia como parte de sus maniobras para alinear los campos en la próxima guerra mundial. Japón, por su parte, coquetea con el eje Roma-Berlín para chantajear a Gran Bretaña y Francia y para asegurarse un frente contra la URSS en el Oeste.

XXV

La URSS, como Estado obrero, no tiene en China intereses ni objetivos imperialistas. Al contrario, interesa a la URSS ayudar a aplastar al imperialismo en todos sus bastiones coloniales y semicoloniales, prestando la mayor ayuda posible a los pueblos oprimidos en su lucha contra el imperialismo. Cuando el oportunismo estalinista llevó a la ruina la gran revolución china en 1927, se destruyó un poderoso baluarte de la URSS, no solo contra el Japón imperialista, sino contra todo el frente mundial del imperialismo. Cuando Japón se apoderó luego de Manchuria, a Stalin no le quedó más alternativa que ceder a Japón el Ferrocarril Oriental Chino64, el mayor activo estratégico de la URSS en Extremo Oriente, y emprender una retirada constante ante los imperialistas japoneses. En Alemania, la política estalinista facilitó el triunfo de Hitler y acrecentó la amenaza de guerra en las fronteras occidentales de la URSS. Dentro de la Unión Soviética, el sistema de absolutismo burocrático engendró una crisis profunda que, amenazando los cimientos mismos del Estado obrero, ha paralizado la política exterior soviética y la ha privado de todo carácter independiente. Pensando hacer frente y contrarrestar el peligro fascista en Europa, Stalin ha trocado la independencia y la política revolucionaria de los partidos comunistas por pactos con Estados burgueses «democráticos». Deseoso de enfrentar a China con Japón, no en interés de la liberación de China frente al imperialismo, sino únicamente para retrasar el ataque del imperialismo japonés a la Unión Soviética, ha entregado al Kuomintang lo que quedaba del Partido Comunista de China y de los ejércitos rojos campesinos. La política soviética en China está dictada exclusivamente por los intereses conservadores y reaccionarios de la burocracia soviética y carece de todo fundamento revolucionario de principio. Alineado con el Kuomintang y con las potencias imperialistas «democráticas», Stalin no vacila en convertirse en cómplice del imperialismo contra los nuevos comienzos de la revolución china.

XXVI

A la burocracia soviética le interesa que la guerra entre China y Japón se prolongue, sobre todo en vista de la amenaza abierta de los imperialistas japoneses de atacar a la URSS en cuanto realicen sus objetivos en China, y del peligro de que una China derrotada se convierta, aunque solo sea pasivamente, en aliada de Japón y de los Estados fascistas europeos contra la URSS. Por estas razones, después de dejar pasar cuatro preciosos meses, el gobierno estalinista empezó a prestar ayuda material a China, no sobre la base de principio de ayudar a un país oprimido contra el opresor imperialista (tales motivaciones revolucionarias hace mucho que dejaron de ser la estrella polar del gobierno de Stalin), sino puramente como una necesidad militar y estratégica. Para acelerar esa ayuda, el gobierno del Kuomintang concertó un «pacto de no agresión» con Moscú65, tras haberle negado su firma durante cuatro años. Este retraso reflejaba la esperanza del Kuomintang de poder llegar a un acuerdo pacífico con Japón. La ayuda material soviética a China ha ido principalmente al Kuomintang y no al antiguo Ejército Rojo. Además, la ayuda empezó cuando los ánimos capituladores en el partido de la burguesía china ya habían empezado a debilitar la campaña defensiva contra Japón. Es precisamente la falta de toda base revolucionaria de principio en la política soviética lo que priva a esta ayuda de plena eficacia en la lucha de China. Cuantitativamente, la ayuda está seriamente limitada por la aguda crisis interna que la burocracia ha provocado en la Unión Soviética, por la dependencia estalinista del imperialismo anglofrancés en todos los terrenos de la política exterior y por la necesidad de Stalin de evitar cualquier enredo militar prematuro con Japón.

XXVII

Empujado contra su inclinación a resistir a Japón, el Kuomintang se ha limitado a una campaña puramente militar y defensiva que, además de resultar del todo insuficiente, ha costado el sacrificio gratuito de fuerzas vivas. Desde el comienzo mismo de la lucha, al negarse a abolir los privilegios imperialistas de Japón en China, el Kuomintang ha mantenido abierta la puerta a las negociaciones con el enemigo. Obligado a devolver cierta libertad a las masas, ha reprimido al mismo tiempo y empujado a la clandestinidad a aquellas organizaciones populares que no podía circunscribir y controlar. La vanguardia revolucionaria de las masas chinas, la organización de los internacionalistas de la IV Internacional, se ve obligada a vivir en la ilegalidad. A todos los adversarios políticos del régimen del Kuomintang, incluidos heroicos combatientes por la independencia de China, se les tacha de traidores y se les trata como tales. Temeroso de suplir las deficiencias de la defensa de China armando a las masas y llamándolas a participar en la lucha en la escala más amplia, el Kuomintang da a conocer su disposición a tratar con Japón por mediación de «potencias amigas». La especulación desenfrenada, la corrupción y la traición impregnan los círculos del gobierno y llegan hasta el ejército. Las cargas de la guerra recaen sobre las espaldas de las masas, mientras las fortunas de la burguesía quedan intactas. Ante todos los crímenes del Kuomintang y de la clase dominante, los estalinistas, que han renunciado a su independencia política y a su programa revolucionario, guardan un silencio vergonzante. Con ello se hacen cómplices de esos crímenes y de la traición que el Kuomintang viene preparando. En el acoso a los revolucionarios chinos, los estalinistas, como en España y en la Unión Soviética, marchan a la cabeza de la reacción.

XXVIII

El curso de la guerra chino-japonesa ha demostrado que un país atrasado y semicolonial, con una industria débil y pobre en armamento pesado, no puede imponerse por mucho tiempo en una guerra puramente militar y defensiva contra un adversario mucho más poderoso. Las deficiencias técnicas de la defensa de China solo pueden suplirse desarrollando una campaña política en todos los terrenos que, combinada con las operaciones militares, arrastre a la lucha a millones y millones de hombres, disgregue las fuerzas del invasor, atice las brasas de la revolución en el país enemigo e inspire a la clase obrera mundial acciones de solidaridad internacional. Pero las masas solo pueden ser arrastradas a la lucha sobre la base de un programa revolucionario que responda a sus necesidades más apremiantes. Las fuerzas invasoras solo pueden disgregarse con llamamientos revolucionarios. Solo el ejemplo revolucionario puede ayudar a despertar la revolución en el país enemigo. Los llamamientos a la solidaridad obrera internacional solo pueden ser eficaces sobre una base revolucionaria. Una acción en este sentido no puede emprenderla el gobierno burgués de los explotadores, que teme más a las masas y a la revolución que a los imperialistas. Por eso, pese al heroico sacrificio de los soldados chinos, la lucha de China ha mostrado en su primera etapa, bajo la dirección del Kuomintang, una bancarrota y una impotencia tan lamentables.

XXIX

Las masas chinas aún no han podido intervenir en la lucha de la guerra a través de sus propias organizaciones independientes. Al contrario, todas las circunstancias las han obligado a desempeñar el papel de espectadoras más o menos pasivas y de víctimas de los acontecimientos. Postrados durante años bajo la dictadura militar del Kuomintang y la crisis económica, los obreros reanudaron por fin su actividad sobre la base del nuevo giro coyuntural de 1935-1936. La guerra, que ha traído la destrucción física pura y simple de buena parte de la importante zona de concentración industrial de Shanghái y la ocupación militar japonesa de zonas parecidas en el norte de China, ha detenido el proceso de recuperación económica y obra contra cualquier reanimación ininterrumpida del movimiento obrero. A esto se suma que la apostasía del Partido Comunista, coronación de años de oportunismo y aventurerismo, ha ahondado la confusión y la desorientación de las masas. Será necesario un nuevo giro de los acontecimientos, que permita tomar forma a un nuevo partido revolucionario sobre los cimientos sentados por los bolcheviques-leninistas de la IV Internacional, para que las masas chinas puedan emprender el camino revolucionario.

XXX

Pese a la bancarrota del régimen del Kuomintang y al retraso en la entrada independiente de las masas chinas en la guerra, a los imperialistas japoneses les será imposible conquistar China. La insular Gran Bretaña, en el apogeo del capitalismo mundial, pudo construir un imperio de millones de esclavos coloniales en África y Asia, partiendo de una poderosa base económica en la metrópoli. Hoy, los imperialistas británicos se enfrentan a la ruina de su Imperio. El insular Japón, en la era del crepúsculo del capitalismo y partiendo de una base económica débil, tiene históricamente vedado alcanzar el destino imperial con que sueñan sus clases dominantes. Bajo la imponente fachada del imperialismo japonés hay debilidades orgánicas fatales, agravadas ya por la conquista militar de Manchuria. Los recursos del capitalismo japonés han resultado insuficientes para la tarea de construir un imperio. Las nuevas campañas militares tensan el tejido económico del país hasta el punto de ruptura. El capitalismo japonés sobrevive mediante la explotación más intensa del proletariado japonés, mientras los campesinos, que forman la mayor parte de la población de Japón, son víctimas de un empobrecimiento y una miseria crecientes. La guerra aumenta de manera insoportable las cargas de obreros y campesinos. Más de 30 millones de chinos en Manchuria esperan la ocasión de librarse del yugo japonés. Otros 21 millones de coreanos y 5 millones de formosanos luchan por su independencia de Japón. Todos estos factores constituyen el talón de Aquiles del imperialismo japonés y lo condenan de antemano a la destrucción. Las victorias militares que el ejército japonés pueda obtener en China solo tienen una importancia episódica. Los primeros reveses serios, inevitables si la guerra se prolonga, serán el punto de partida de explosiones sociales y políticas en Japón y en los territorios de Manchuria, Corea y Formosa. Cualquiera que sea el desenlace inmediato de la guerra en China, el imperialismo japonés está condenado. La máquina militar de los imperialistas japoneses nunca se ha lanzado todavía contra una potencia de primer orden. Debilitado por lo que resultarán ser victorias pírricas en China, el imperialismo japonés será derrotado en la próxima guerra mundial si la revolución proletaria no pone antes fin a su carrera. En último análisis, la causa de la revolución en Extremo Oriente avanzará en la medida en que las masas de China y de Japón, y de las colonias japonesas, logren impedir que las clases dominantes les carguen el coste de las actuales campañas militares.

XXXI

Si las victorias militares de Japón en las campañas actuales provocaran la caída del régimen del Kuomintang, ello no significaría el fin de la resistencia china a Japón, sino solo el fin de una fase de la lucha. En la nueva fase, la política projaponesa de los sucesores del Kuomintang, unida a la opresión intolerable de los imperialistas japoneses, engendrará inevitablemente, aunque sea con cierto retraso, una guerra civil generalizada que, al dirigirse a la vez contra los imperialistas japoneses y contra el gobierno burgués chino, adquirirá necesariamente el carácter de una revolución social. Tras descubrir por experiencia la bancarrota y la impotencia absolutas del Kuomintang, de la burguesía nacional y de sus aliados estalinistas, las masas chinas se inclinarán cada vez más a confiar en sus propias organizaciones y en sus propias armas. Buscarán la dirección de los bolcheviques-leninistas y se agruparán bajo la bandera revolucionaria de la IV Internacional. El resurgimiento revolucionario en China alentará la reanimación de los movimientos de liberación de Manchuria, Corea y Formosa. La tensión social en Japón se agudizará hasta el punto de la revolución. La interrelación recíproca de estos acontecimientos proporcionará las premisas objetivas de la revolución proletaria y nacional en China y de la revolución proletaria en Japón. La tarea de los revolucionarios es prepararse para estos acontecimientos. En China, en particular, los bolcheviques-leninistas deben participar con valentía en la lucha antijaponesa y levantar en ella, en cada nueva etapa, consignas que respondan a las necesidades de la lucha y a los intereses de las masas. Por estos medios se ganarán la confianza de las masas y podrán movilizarlas en sus propias organizaciones independientes para la acción revolucionaria.

XXXII

Las perspectivas expuestas obligan a los obreros de todos los países, y en especial a la vanguardia revolucionaria, a apoyar por todos los medios posibles la lucha de China contra Japón. La derrota del imperialismo japonés no solo abrirá caminos a la revolución en China y en Japón, sino que alentará nuevas oleadas de revuelta en todas las colonias de las potencias imperialistas. Además, eliminará una grave amenaza para la Unión Soviética y estimulará al proletariado soviético a luchar contra el régimen contrarrevolucionario de Stalin. Sin embargo, el apoyo revolucionario a la lucha de China no significa que los revolucionarios deban encubrir al régimen en bancarrota del Kuomintang y a la burguesía china. Tampoco significa pedir a los gobiernos imperialistas «democráticos» que intervengan contra Japón y salven a China, ni apoyar a esos gobiernos si intervienen contra Japón y cuando lo hagan. Esa es la línea de los traidores estalinistas. Los imperialistas de Occidente solo intervendrán contra Japón para preservar sus propios intereses de bandidos en Extremo Oriente. Si el imperialismo japonés fuera derrotado en China por sus rivales imperialistas, y no por las masas revolucionarias, ello significaría la esclavización de China por el capital angloamericano. La liberación nacional de China y la emancipación de las masas chinas de toda explotación solo pueden lograrlas las propias masas chinas, en alianza con el proletariado y los pueblos oprimidos de todo el mundo. La campaña revolucionaria internacional de ayuda a China debe desarrollarse bajo la bandera de las sanciones obreras contra Japón y encontrar su plena expresión en el impulso a la lucha de clases y a la revolución proletaria.

Tesis sobre el papel mundial del imperialismo norteamericano

Las principales esferas de actividad del imperialismo norteamericano se reparten entre los continentes de Europa, Asia y América Latina, y en cada uno de ellos sigue un rumbo distinto, conforme a sus intereses generales y ajustado a las circunstancias concretas en que se ha desarrollado en relación con las demás potencias.

En América Latina, aunque se enfrenta a un rival poderoso, Gran Bretaña, y en medida menor pero creciente a Japón y Alemania, los Estados Unidos siguen siendo la fuerza imperialista dominante. Los Estados Unidos aparecieron en escena más tarde que países como España, Portugal, Alemania e Inglaterra, pero a comienzos de siglo ya estaban en camino de adelantar a sus rivales. Su rápido desarrollo industrial y financiero, la absorción de las potencias europeas por la guerra mundial y la transformación de los Estados Unidos en acreedor del mundo durante ese periodo facilitaron su ascenso a la cumbre y le permitieron establecer su hegemonía imperialista sobre la mayoría de los países de América Central y del Sur y del mar Caribe. Proclamó su intención de mantener esa hegemonía frente a las intrusiones del imperialismo europeo y japonés. La forma política de esta proclamación es la doctrina Monroe66, que, sobre todo desde que se desplegó una política abiertamente imperialista a finales del siglo XIX, todas las administraciones de Washington han interpretado uniformemente como el derecho del imperialismo norteamericano a la posición dominante en los países latinoamericanos, como paso previo a la conquista de la posición de explotador exclusivo de esos países. En los países de América Central, del Caribe y del norte de América del Sur, en particular, esto ha significado reducir a los pueblos a la condición de colonias o semicolonias oprimidas del imperialismo yanqui e imponer, a menudo con el uso más descarado de la fuerza, gobiernos que no son más que meros títeres en manos de Wall Street, respaldados por la intervención diplomática y militar directa del gobierno de los Estados Unidos. Para conseguir la «puerta cerrada» en América Latina —cerrada, claro está, a todos los rivales y abierta solo a los Estados Unidos—, el «democrático» imperialismo yanqui se ha apuntalado en los países latinoamericanos con las dictaduras militares «nativas» más autocráticas, que a su vez han servido para apuntalar el edificio imperialista y garantizar un flujo sin trabas de superbeneficios hacia el coloso del Norte. El sostén más activo y voluntarioso de las dictaduras militares en los países latinoamericanos es el imperialismo norteamericano, el grueso de cuyos miles de millones de dólares invertidos en el extranjero se concentra en el hemisferio occidental. El verdadero carácter del «democrático» capitalismo norteamericano se revela mejor que en nada en las dictaduras tiránicas de los países latinoamericanos, a las que están inextricablemente unidos su suerte y su política, y sin las cuales tendría contados los días de su dominio imperialista en el hemisferio occidental. Los déspotas sanguinarios bajo cuyo yugo opresor sufren los millones de obreros y campesinos de América Latina, los Vargas y los Batista67, no son en el fondo sino instrumentos políticos de los imperialistas «democráticos» de los Estados Unidos.

En países como Puerto Rico, el imperialismo norteamericano, por medio de su gobernador Winship68, fabrica montajes contra el movimiento nacionalista y lo reprime directa y despiadadamente. La burguesía nacional ascendente de muchos países latinoamericanos, que busca una parte mayor del botín e incluso aspira a un grado mayor de independencia —es decir, a la posición dominante en la explotación de su propio país—, intenta ciertamente aprovechar para ello las rivalidades y los conflictos de los imperialistas extranjeros. Pero su debilidad general y su aparición tardía le impiden alcanzar un nivel de desarrollo superior al de servir a un amo imperialista frente a otro. No puede emprender una lucha seria contra toda dominación imperialista y por una verdadera independencia nacional por miedo a desencadenar un movimiento de masas de los trabajadores del país que a su vez amenazaría su propia existencia social; el ejemplo reciente de Vargas, que intenta aprovechar la rivalidad entre los Estados Unidos y Alemania pero al mismo tiempo mantiene la dictadura más feroz sobre las masas populares, lo ilustra bien.

La administración Roosevelt, pese a todas sus melifluas pretensiones, no ha introducido ningún cambio real en la tradición imperialista de sus predecesores. Ha reiterado enfáticamente la funesta doctrina Monroe. Ha confirmado sus pretensiones monopolistas sobre América Latina en las conferencias de Buenos Aires69; ha consagrado con su aprobación los regímenes infames de Vargas y de Batista; su exigencia de una marina mayor para vigilar no solo el Pacífico, sino también el Atlántico, es una prueba de su determinación de emplear la fuerza armada de los Estados Unidos en defensa de su poderío imperialista en la parte meridional del hemisferio. Con Roosevelt, la política del puño de hierro en América Latina se enfunda en el guante de terciopelo de las pretensiones demagógicas de amistad y «democracia». La política de «buena vecindad» no es más que el intento de unificar el hemisferio occidental bajo la hegemonía de Washington, como un bloque sólido que este maneja en su empeño por cerrar la puerta de los dos continentes americanos a todas las potencias imperialistas extranjeras salvo a sí mismo. Esta política se complementa materialmente con los acuerdos comerciales favorables que los Estados Unidos procuran concluir con los países latinoamericanos con la esperanza de ir desalojando sistemáticamente a sus rivales del mercado. El papel decisivo que el comercio exterior desempeña en la vida económica de los Estados Unidos los empuja a esfuerzos cada vez más resueltos por excluir del mercado latinoamericano a todos los competidores mediante una combinación de producción barata, diplomacia, triquiñuelas y, cuando hace falta, la fuerza. Esto vale especialmente en el momento actual respecto de Alemania y Japón. Mientras que el conflicto imperialista fundamental en América Latina (sobre todo en países como México y la Argentina) sigue siendo el de Inglaterra y los Estados Unidos, este se expresa económicamente ante todo en el terreno de las inversiones.

En el terreno del comercio exterior, en cambio, el principal rival inmediato de los Estados Unidos es Alemania y, cada vez más, Japón; por sus respectivas posiciones e intereses mundiales, los Estados Unidos y Gran Bretaña pueden, pues, colaborar por el momento frente a las intrusiones de Alemania y Japón en América Latina, pero solo a condición de que esa colaboración se produzca bajo la hegemonía del imperialismo yanqui, que la compensa en parte apoyando al imperialismo británico en el continente europeo. Al mismo tiempo, la política del imperialismo norteamericano aumentará necesariamente la resistencia revolucionaria de los pueblos latinoamericanos, a los que tiene que explotar con intensidad creciente. Esta resistencia, a su vez, chocará con la reacción más feroz y con intentos de represión por parte de los Estados Unidos, que se revelarán cada vez más claramente como el gendarme de la explotación imperialista extranjera y el sostén de las dictaduras nativas; por su posición misma, el Washington de Wall Street desempeñará, pues, un papel cada vez más reaccionario en los países latinoamericanos; así, los Estados Unidos siguen siendo el amo predominante y agresivo de América Latina, dispuesto a defender su poder con las armas en la mano contra cualquier asalto serio de sus rivales imperialistas o contra cualquier intento de los pueblos de América Latina de liberarse de su dominio explotador.

La política norteamericana en Europa se ha diferenciado de su intervención directa y abierta en América Latina en varios aspectos, dictados esencialmente por el hecho de que los Estados Unidos aparecieron como factor decisivo en el Viejo Mundo en una etapa más tardía, a saber, en la última generación. Su intervención ha pasado por tres etapas. En la primera, apareció como un agresor brutal en defensa de los enormes intereses financieros que la clase dominante norteamericana tenía en juego en el desenlace de la guerra y, en virtud de su tremendo poderío industrial, financiero y militar, aportó la fuerza decisiva que los Aliados necesitaban para aplastar y postrar a las Potencias Centrales, sobre todo a Alemania.

Así, mientras Inglaterra, Francia, Bélgica e Italia pudieron imponer a Alemania el degradante Tratado de Paz de Versalles y establecer la Sociedad de Naciones como policía encargada de hacer cumplir sus cláusulas, que incluían el despojo de las antiguas colonias alemanas y la exacción de tributos enormes a la propia Alemania, el verdadero vencedor de la guerra resultaron ser los Estados Unidos, que se convirtieron en el principal centro político y financiero del mundo y estuvieron en condiciones de exigir un tributo aún mayor a los vencedores de Versalles en forma de pagos de las deudas de guerra.

En la segunda etapa, inaugurada por la derrota del proletariado alemán a finales de 192370, los Estados Unidos aparecieron a la vez como «pacificador» de Europa y como la mayor fuerza contrarrevolucionaria. En su papel de pacificador de Europa, revitalizaron el dominio del capitalismo en su punto más débil —Alemania— alimentándolo con los millones de los planes Dawes y Young71, contribuyeron a instaurar el régimen de la ilusión democrática en Alemania, Francia e Inglaterra, y plantearon su exigencia de que se frenara la carrera de armamentos, cuyos gastos estorbaban el pago de las deudas de guerra a Wall Street.

La exigencia de «desarme» europeo (sobre todo a la luz de aquella superioridad industrial norteamericana que le permite adelantar en poco tiempo a cualquier nación en armamentos) fue el disfraz pacifista con que el imperialismo norteamericano ejerció su presión para reducir la parte ya menguante del mercado mundial de que disponían entonces sus competidores europeos. En la etapa actual, la última de su intervención, ha quedado demostrado que, lejos de eliminar o siquiera moderar los conflictos entre las propias potencias europeas, las crecientes necesidades del propio imperialismo norteamericano han agravado enormemente los conflictos internos de Europa entre las distintas potencias. Todas ellas se ven arrastradas irresistiblemente hacia una nueva guerra mundial, unas en defensa de su parte actual de las raciones a que el poder de América ha reducido a Europa, otras en lucha por un aumento de su parte que contribuya sustancialmente a resolver sus contradicciones internas.

Si antes el ascenso del imperialismo norteamericano en Europa tuvo el efecto de «pacificar» el continente, ahora tiene objetivamente el efecto de precipitar una nueva guerra mundial, anunciada por la vertiginosa carrera de armamentos, por la violación de Etiopía, por la guerra civil en España, por la invasión japonesa de China: una nueva guerra mundial que será imposible limitar a Europa y a la que se verán arrastrados inexorablemente todos los países importantes de la faz de la tierra. Basta comprender la realidad de la relación de América con la evolución de Europa para refutar las pretensiones del imperialismo de los Estados Unidos a una misión mesiánica como defensor o portador de la paz y la democracia en Europa. Todo lo contrario. Cuanto mayores son sus propias dificultades, tanto más se ve obligado a descargar su peso sobre los hombros de las potencias imperialistas más viejas y más débiles de Europa, y con tanta mayor seguridad y rapidez empuja el capitalismo norteamericano a las clases dominantes del Viejo Mundo hacia la guerra y hacia el régimen del fascismo, bajo el cual la burguesía encuentra menos trabas para preparar la guerra o para llevarla a cabo una vez estallada.

La presión de la nueva potencia mundial, que ha alcanzado una fuerza tan enorme desde la última guerra mundial, empuja a Europa hacia el abismo de la barbarie y la destrucción. Si la influencia ejercida por los Estados Unidos en el periodo pasado fue más o menos «pasiva», formulada en la política de «aislamiento», su tendencia más reciente apunta notablemente en la dirección contraria y presagia su intervención activa, directa y decisiva en el periodo que viene, es decir, en el periodo de la próxima guerra mundial. Tan mundiales son los cimientos del poder imperialista norteamericano y tan importantes sus intereses económicos en la propia Europa (miles de millones invertidos en las empresas industriales de los trusts del teléfono, el telégrafo, el automóvil, la electricidad y otros, así como los miles de millones de las deudas de guerra y de los préstamos de posguerra), que no cabe que los Estados Unidos sigan siendo observadores pasivos de la próxima guerra. Todo lo contrario. No solo participarán activamente como uno de los beligerantes, sino que es fácil predecir que entrarán en la guerra tras un intervalo mucho más corto que el que transcurrió antes de su entrada en la última guerra mundial. Dada la debilidad financiera y técnica de los demás beligerantes en comparación con los todavía poderosos Estados Unidos, estos desempeñarán sin duda un papel aún más decisivo en la resolución de la próxima guerra que en la anterior. Todo indica que, a menos que el imperialismo europeo sea aplastado por la revolución proletaria y la paz se establezca sobre una base socialista, los Estados Unidos dictarán las condiciones de la paz imperialista tras salir vencedores. Su participación no solo decidirá la victoria del bando al que se unan, sino también el reparto del botín, del que reclamarán la parte del león.

Si el rápido establecimiento de su dominio sobre América Latina dictó al imperialismo de los Estados Unidos la agresiva aspiración a la «puerta cerrada» (la doctrina Monroe), su aparición tardía en Asia, cuando el reparto del continente entre Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, Rusia, Portugal e Italia era ya un hecho consumado, le dictó la reivindicación, no menos puramente imperialista, de la «puerta abierta»72, que desde entonces ha sido la formulación clásica de la política de los Estados Unidos en el Extremo Oriente, concretamente en China. Bajo esta forma, el imperialismo norteamericano disputa a sus rivales más antiguos la pretensión de explotar en exclusiva los vastos y ricos recursos de China, tanto naturales como humanos. Detrás de esta consigna «pacífica» está la espada medio desenvainada contra Japón y contra Inglaterra en busca de un derecho cada vez mayor a explotar China y a las masas chinas. Como en todos los demás casos, el imperialismo norteamericano en el Extremo Oriente es un fino disfraz de la expansión imperialista agresiva.

La lucha interimperialista por la dominación de China es al mismo tiempo una lucha por el dominio del Pacífico, en la que los dos contendientes principales son Japón y los Estados Unidos. Dados sus compromisos en el continente europeo, el Mediterráneo y el Oriente Próximo, Gran Bretaña está muy en desventaja para cualquier intento de defender ella sola su posición en el continente asiático. El movimiento panasiático73 fomentado por el imperialismo japonés, que pretende expulsar a Inglaterra de su posición privilegiada en China y a la larga también en la India, no puede ser resistido eficazmente por las solas fuerzas británicas, sobre todo en unas condiciones que hacen improbable la solidaridad de todas las partes del Imperio británico en una guerra contra Japón. Por eso Gran Bretaña depende cada vez más del apoyo militar tácito o directo de los Estados Unidos en el conflicto con Japón. Sin embargo, el imperialismo norteamericano no está dispuesto a intervenir directamente en el Extremo Oriente contra Japón exclusiva o siquiera principalmente con el fin de asegurar la dominación de Inglaterra en el continente asiático. Todo lo contrario: el dominio definitivo del Pacífico por los Estados Unidos, es decir, una derrota decisiva de Japón, significa el principio del fin del dominio y los privilegios británicos en Oriente. Que esto se reconoce incluso dentro del Imperio lo demuestra el hecho de que un sector creciente de la burguesía australiana mira a los Estados Unidos más que a Inglaterra para la defensa de sus intereses, y más concretamente para la lucha común contra Japón. En un sentido más lejano, la reorientación de partes del Imperio británico puede percibirse en el hecho de que el Canadá se ha ido apartando continuamente de Londres para acercarse a Nueva York y a Washington.

Si bien el rival mayor y más importante del imperialismo norteamericano en Oriente sigue siendo Gran Bretaña, el adversario más inmediato de los Estados Unidos en esa parte del mundo es ahora Japón. La cuestión de la guerra entre Japón y los Estados Unidos por la dominación del Pacífico y del Extremo Oriente está, por tanto, a la orden del día. Por temor al resultado de una guerra con los Estados Unidos en el momento actual —que con toda probabilidad lo envolvería al mismo tiempo en una guerra con Inglaterra y con la Unión Soviética—, Japón ha hecho esfuerzos desesperados por aplacar a los Estados Unidos y abrir una brecha entre ellos e Inglaterra, al menos hasta haber consolidado su posición en el continente.

Sin embargo, el imperialismo norteamericano, sobre todo en el pasado reciente, ha ido empujando cada vez más abiertamente hacia la guerra con Japón, cuyos avances en campos potenciales de explotación norteamericana en China y en campos efectivos de explotación norteamericana en América Latina son una amenaza creciente para las posiciones presentes y futuras de la burguesía norteamericana. Los preparativos de la guerra entre Norteamérica y Japón se manifiestan en el tono más duro de la diplomacia norteamericana hacia Japón, en la creciente agitación patriotera antijaponesa de la prensa, en las maniobras norteamericanas prácticamente declaradas contra Japón, en los refuerzos militares y navales de las Aleutianas y de Guam y, sobre todo, en la motivación antijaponesa apenas disimulada que dio Roosevelt a las asignaciones presupuestarias navales, sin precedentes en tiempo de paz, que ha pedido al Congreso.

Así pues, la magnitud misma de los problemas del imperialismo norteamericano, el alcance mundial de sus intereses y los cimientos en que descansa su poder le dictan una política de expansión vigorosa e implacable. Además, hacen de él la principal fuerza motriz que empuja al mundo capitalista hacia otra guerra y el freno más firme del movimiento revolucionario del proletariado mundial y del movimiento de liberación de las colonias y semicolonias.

La época en que los Estados Unidos pudieron mantener un equilibrio aproximado entre la agricultura y la industria, en que sus intereses más allá de sus fronteras eran episódicos y, en todo caso, relativamente insignificantes, en que siguieron una política más o menos «aislacionista» (facilitada además por una posición geográfica única), es una época del pasado. La crisis de la vida económica norteamericana exige un aumento del comercio exterior y un aumento de los miles de millones de dólares ya exportados a todos los rincones de la tierra para invertirlos. Exige, en otras palabras, una explotación más intensa de los campos que ya explotan los Estados Unidos, lo cual significa la represión del movimiento revolucionario proletario en el extranjero y el freno de todos los movimientos nacionalistas revolucionarios por la independencia en sus colonias y esferas de influencia. Exige, en otras palabras, una parte mayor del mercado mundial, tal como está repartido actualmente entre las grandes potencias de la tierra, lo cual significa una nueva guerra mundial. De ahí que la política exterior oficial norteamericana abandone hasta la apariencia de «aislacionismo» y anuncie un rumbo «vigoroso» en todo el mundo.

La lucha contra el imperialismo norteamericano es, por tanto, al mismo tiempo una lucha contra la próxima guerra imperialista y por la liberación de los pueblos coloniales y semicoloniales oprimidos. Por eso es inseparable de la lucha de clases del proletariado norteamericano contra la burguesía dominante, y no puede llevarse a cabo al margen de ella. La clase obrera norteamericana debe ganarse en esta lucha el apoyo de los campesinos pobres de los Estados Unidos, que están bajo la bota del capitalismo monopolista que constituye la base de los amos imperialistas del país. Un aliado indispensable en esta lucha es la masa de millones de negros norteamericanos, en la industria y en la agricultura, que además están unidos por muchos lazos a los demás grupos de pueblos negros oprimidos por el imperialismo norteamericano en el Caribe y en América Latina. Es necesario llevar a cabo una campaña de educación y organización proletarias entre las masas blancas contra la venenosa «superioridad» chovinista que les inculca la clase dominante; es necesario también organizar a las masas negras contra sus opresores capitalistas, contra los demagogos pequeñoburgueses de sus propias filas y contra los agentes del imperialismo japonés que se esfuerzan por ganar a los negros, sobre todo en el Sur, para la traicionera bandera del «panasiatismo».

Una de las preocupaciones primordiales de la sección de los Estados Unidos de la IV Internacional, en la lucha contra el imperialismo norteamericano, es el apoyo a todos los movimientos revolucionarios auténticamente progresistas dirigidos contra el imperialismo norteamericano en América Latina o en el Pacífico (las Filipinas, Hawái, Samoa, etc.) o contra las dictaduras títeres de Wall Street en esos países, conservando al mismo tiempo su completa independencia organizativa y política, reservándose y ejerciendo el derecho a organizar a la clase obrera en un movimiento aparte y el derecho a presentar su propio programa independiente frente al programa y la actividad pequeñoburgueses, vacilantes y a menudo traicioneros de los nacionalistas. Los revolucionarios de los Estados Unidos están obligados a levantar a los obreros norteamericanos contra el envío de cualquier fuerza armada contra los pueblos de América Latina y del Pacífico y por la retirada de esas fuerzas allí donde actúan ahora como instrumentos de la opresión imperialista, así como contra cualquier otra forma de presión imperialista, ya sea «diplomática» o «económica», destinada a violar la independencia nacional de cualquier país o a impedir que la alcance.

Los partidos de la IV Internacional, en todo el hemisferio occidental, defienden la independencia inmediata e incondicional de Puerto Rico, las Islas Vírgenes, las Islas Filipinas, Hawái, Samoa y todas las demás colonias directas, dependencias y protectorados del imperialismo norteamericano. La capitulación de la burguesía nacional de Filipinas ante la dominación imperialista norteamericana, así como los intentos de ciertos sectores de la burguesía norteamericana de abusar del sentimiento de independencia nacional para sus propios fines reaccionarios, revelan que la dirección proletaria de clase de los países coloniales y semicoloniales es indispensable, como única garantía de que se luche seria y consecuentemente por una verdadera independencia nacional y de que se alcance. Al mismo tiempo, los militantes de la IV Internacional señalan que ninguno de los países de América Latina o del Pacífico que están hoy en mayor o menor grado bajo la dominación del imperialismo norteamericano puede conseguir la plena liberación de la opresión extranjera ni conservarla mucho tiempo si limita su lucha a sus propias fuerzas. Solo una unión de los pueblos latinoamericanos, que tienda a la meta de una América socialista unida y esté aliada en la lucha con el proletariado revolucionario de los Estados Unidos, representaría una fuerza lo bastante fuerte para enfrentarse con éxito al imperialismo norteamericano. Del mismo modo que los pueblos del Viejo Mundo solo pueden resistir y quebrar con éxito la presión del coloso norteamericano, que los mantiene empobrecidos y los empuja a la guerra, estableciendo los Estados Unidos de Europa —realizables solo en la forma del dominio socialista revolucionario del proletariado—, así también los pueblos del hemisferio occidental solo pueden asegurarse la más plena independencia nacional, posibilidades ilimitadas de desarrollo cultural y la libertad frente a la explotación de los tiranos extranjeros y nativos uniéndose en la lucha por las Repúblicas Socialistas Unidas de las Américas.

Del mismo modo que las secciones latinoamericanas de la IV Internacional deben popularizar en su prensa y en su agitación las luchas de los movimientos obrero y revolucionario norteamericanos contra el enemigo común, la sección de los Estados Unidos debe dedicar más tiempo y energía en su trabajo de agitación y propaganda a dar a conocer al proletariado de los Estados Unidos la situación y las luchas de los países latinoamericanos y de sus movimientos obreros. Todo acto del imperialismo norteamericano debe denunciarse en la prensa y en los mítines, y en las ocasiones oportunas la sección de los Estados Unidos debe tratar de organizar movimientos de masas de protesta contra actuaciones concretas del imperialismo yanqui. Además, la sección de los Estados Unidos, valiéndose de la lengua española y de la literatura de la IV Internacional, debe tratar de organizar, aunque sea a escala modesta al principio, a las fuerzas revolucionarias combativas entre los millones, doblemente explotados, de filipinos, mexicanos, caribeños y obreros de América Central y del Sur que residen hoy en los Estados Unidos, no solo para vincularlos con el movimiento obrero de los Estados Unidos, sino también para estrechar los lazos con los movimientos obreros y revolucionarios de los países de donde proceden esos obreros. Esta tarea se llevará a cabo bajo la dirección del Secretariado Americano de la IV Internacional, que publicará la literatura necesaria y organizará el trabajo en consecuencia.

Resolución sobre las tareas de la sección francesa

La Conferencia Internacional considera que el problema más importante de la situación del partido en Francia reside en reactivar su actividad y en dar impulso a una reorganización indispensable de su trabajo organizativo. En efecto, la superioridad del bolchevismo sobre el menchevismo no reside solo en lo acertado de su política, sino también en su capacidad para hacer que una organización participe en las luchas revolucionarias del proletariado. El bolchevismo está verdaderamente impregnado del espíritu marxista que encierra la conocida fórmula: no basta con explicar el mundo; hay que transformarlo74.

Ahora bien, la pregunta que se nos plantea de inmediato es la siguiente: ¿cómo es que, con una política que en general ha sido acertada, la sección francesa de la IV Internacional se ha visto obligada a un retroceso organizativo, que se manifiesta en la pérdida de cerca del 15 % de sus militantes activos? No puede explicarse únicamente por la situación objetiva: «unión sagrada» [de los partidos políticos], guerra, el fracaso y la desilusión que despiertan en las masas trabajadoras la desconfianza hacia los intentos de organización obrera y hacia la actividad general del partido.

Un examen atento de la actividad del POI75 durante estos dos últimos años nos permite señalar con precisión una de las causas esenciales del actual estado de desorganización de la sección francesa. En toda organización revolucionaria, la responsabilidad por el estado del progreso y de la actividad organizativos recae principalmente en la dirección. Pues bien, la actividad de la dirección del POI durante el periodo que acaba de pasar se ha caracterizado esencialmente por su insuficiencia en el terreno de la movilización de los miembros de la organización, por la falta de una coordinación constante de sus esfuerzos y de una preocupación constante por aprovechar sus capacidades particulares y, en consecuencia, por la incapacidad de crear dentro de la organización esa cohesión política, ideológica y moral y ese espíritu de equipo sin los cuales toda organización está en peligro y camina hacia la ruina.

Las insuficiencias de la dirección del POI se manifiestan en una creciente relajación organizativa, que trae como secuela la existencia de cierto diletantismo «revolucionario», la falta de una administración seria del partido, de una tesorería nacional que funcione con normalidad y de una redacción de La Lutte Ouvrière76 estable y llena de espíritu de emulación. Naturalmente, estas insuficiencias se deben en cierta medida a la falta de un aparato organizativo, aunque sea modesto, compuesto por camaradas que dediquen todo su tiempo al trabajo del partido.

Pero esta necesidad de un aparato organizativo permanente no nos exime de dejar constancia de que la dirección del POI no ha asimilado, de un modo efectivo y vivo, la idea de lo que es realmente una organización revolucionaria y, por consiguiente, de lo que debe ser la actividad de una dirección. De ahí ese «cada uno a lo suyo» y ese «cada cual hace lo que le parece». Subestimar la importancia de la acción, es decir, la necesidad de traducir en actos concretos las iniciativas que se les ocurren a los militantes, es un defecto que en modo alguno se limita a la base, sino que es común a la base y a la dirección. La situación no es la de una dirección que funciona bien, armada con una política seria, y que no encuentra en la base las fuerzas necesarias para ejecutar sus decisiones, sino, por el contrario, la de una dirección que ante todo no sabe dirigirse a sí misma; de ahí la confusión y la desmoralización de la base, donde el descontento y las aspiraciones de los camaradas se expresan a la vez en estas dos palabras dirigidas a la dirección: «¡Dirigidnos!».

El incumplimiento de los principios esenciales del bolchevismo se pone de manifiesto no solo en el diletantismo revolucionario, sino también en la falta de método en el trabajo organizativo. En la práctica, el bolchevismo produjo en el terreno de la organización, además del tipo del revolucionario profesional, todo un sistema de trabajo riguroso.

El POI, y en particular su dirección, han funcionado durante toda su existencia sin ningún sistema serio de trabajo organizativo. La falta de método en el trabajo del POI se caracteriza por dos rasgos: 1) La falta de agitación, de propaganda y de acción concentradas en puntos decisivos. (Así ocurrió que durante muchos meses secciones locales importantes, las de los distritos 18.º, 19.º y 20.º, se encontraron sin objetivos, mientras que los objetivos en las fábricas Citroën y Renault quedaban sin fuerzas suficientes.) 2) Dentro del propio partido no había un plan de trabajo ni una supervisión rigurosa de su ejecución.

El resultado de un trabajo hecho de manera anárquica, sin objetivo, sin orden ni método, contribuye a que crezca la impresión de una actividad que se pierde en mil ocasiones y que no conduce a nada, impresión fatal para la moral de los miembros del partido. Esta falta de resultados explica también la incapacidad del partido para reclutar nuevos miembros.

Hay que señalar, sin embargo, cierta mejora, como muestran el boletín interno de julio de 1938 y las decisiones de la conferencia del 2 de junio de 1938; una mejora que debe ampliarse en los detalles, acentuarse y sistematizarse. Una vez más proclamamos la necesidad de que el POI concentre lo esencial de su actividad en las principales fábricas de la región de París y, en relación con ello, considere el trabajo sindical (tratado más abajo) la rama principal de su actividad.

En cuanto a París, puede decirse, a modo de simple indicación general, que todas las fuerzas presentes y de futuro inmediato deben centrarse en Renault-Boulogne77, Citroën del distrito 15.º, Citroën del 17.º, el 14.º y Montrouge, y en la periferia, Colombes.

En provincias, donde se ha avanzado algo en la formación de cuadros, el partido necesita, no obstante, hacer eficaces sus esfuerzos, por las notables posibilidades que existen allí, en la importante región del Norte.

Es sumamente acertado afirmar y repetir sin cesar, como han hecho todos los congresos del POI, que la mejora del trabajo del POI, y sobre todo la mejora de la calidad de su dirección, depende directamente de su reclutamiento entre el proletariado, es decir, de que cumpla eficazmente la directriz ya anunciada cien veces: «orientación hacia los sindicatos y las fábricas».

En este terreno, sin embargo, no ha bastado con el reconocimiento general, e incluso solemne, de que esto es de vital necesidad. El POI se estanca a pesar de que reconoce en general esta necesidad. Por eso es absolutamente necesario que los militantes más conscientes, con todas las fuerzas de que sean capaces, impongan con el mayor rigor administrativo la aplicación de las medidas generales que se han recomendado y admitido como acertadas en principio, y que exijan los sacrificios necesarios. Solo si la organización recibe la sacudida necesaria para esta realización práctica mejorará su composición social y, en consecuencia, el trabajo de su dirección.

La verdadera reforma organizativa debe empezar por la dirección del POI. Es la propia dirección la que debe cambiar radicalmente sus métodos de trabajo. Por consiguiente, la Conferencia Internacional opina que las medidas prácticas más urgentes que deben tomarse para obtener buenos resultados son:

a) Constituir dentro del Buró Político un secretariado compuesto por tres camaradas que puedan reunirse regularmente al menos una hora al día. Este secretariado debe tomar las iniciativas políticas necesarias entre las reuniones del Buró Político y asegurarse de que se cumplan las decisiones tomadas por él mismo, por el Buró Político y por el Comité Central.

b) Organizar comisiones (trabajo organizativo, agitación y propaganda, trabajo sindical, trabajo de fábrica, administración del periódico, finanzas, etc.) y poner al frente de cada una a un miembro del Buró Político o del Comité Central. Para formar estas comisiones, recurrir a los camaradas del partido según sus inclinaciones y capacidades. Cada miembro de una comisión debe tener una tarea concreta, determinada sobre la base del plan de trabajo de la comisión y según las necesidades que surjan entre reunión y reunión. La dirección del POI no debe vacilar en recurrir a fuerzas nuevas, aunque no tengan experiencia.

c) Delimitar debidamente las tareas de los miembros del Buró Político y del Comité Central, evitando así que se solapen con el trabajo de otros.

d) Asegurarse de que todos los camaradas de los distintos órganos del partido (comités regionales, secciones locales) tengan cada uno su tarea concreta de semana en semana, sobre la base del plan de trabajo de cada organismo.

e) Organizar reuniones de responsables de las secciones locales y asambleas generales de militantes bien preparadas y que tengan todas como fin una actividad precisa que llevar a cabo. (Informes elaborados de antemano, breves y precisos, y con propuestas concretas del trabajo que se ha de hacer.)

f) Publicar una circular semanal política y organizativa dirigida a los secretarios de todos los órganos del partido, y un boletín interno mensual al servicio de la democracia interna de la organización. El trabajo de sacar estas circulares y boletines internos debe hacerse en el Secretariado Internacional, para que este pueda supervisar la actividad del POI.

g) Garantizar un fondo especial para el funcionario a tiempo completo.

La situación financiera

La situación financiera del POI siempre ha sido muy mala. Las cotizaciones o no se pagan en absoluto o, si se pagan, es por pura casualidad, sin supervisión de la dirección. La dirección tiene el deber de elegir un tesorero nacional serio, que sea activo y vigilante. Así todos los camaradas se acostumbrarán a pagar sus cotizaciones con regularidad, y los tesoreros de las secciones locales a pagar también con regularidad la parte de las cotizaciones que corresponde a la tesorería nacional. La vigilancia de la tesorería nacional debe manifestarse en la publicación periódica de los incumplimientos en un informe mensual del tesorero enviado a toda la organización. De este modo, a quien no pague sus cotizaciones con regularidad deberá retirársele, tras el debido aviso, la condición de miembro del POI.

El sistema de compromisos de aportación que constituyen las cotizaciones especiales de cada miembro requiere una atención sumamente estrecha del tesorero nacional; este sistema se reforzará y ampliará a medida que el partido mejore su trabajo y su actividad, cosa que producirá un gran resurgir de la abnegación revolucionaria y del espíritu de sacrificio. Es igualmente necesario organizar sistemáticamente la recaudación de fondos entre simpatizantes y amigos.

La tarea del tesorero nacional es, pues, dinamizar la comisión de finanzas, repartir las distintas tareas, supervisar su ejecución y señalar al partido todo incumplimiento.

La Lutte Ouvrière

La Lutte Ouvrière, al tratar de convertirse en un supuesto «periódico de masas», se ha vuelto demasiado superficial, e incluso aburrida. La estúpida ideología que se tenía sobre este asunto llegó a tal punto que algunos miembros del partido incluso se oponían a publicar los artículos de Trotsky, unas veces porque eran demasiado largos e incomprensibles para las masas, otras porque eran demasiado violentos contra los estalinistas. La redacción, sobre todo al principio, quedó así paralizada por el temor a caer bajo los golpes de tales críticas. Hay que señalar en los últimos meses cierta mejora desde este punto de vista.

El resultado ha sido que se han alejado de La Lutte los lectores de vanguardia que antes encontraban en nuestro órgano información revolucionaria seria, desde el punto de vista nacional e internacional, así como un instrumento de educación marxista que tomaba los acontecimientos diarios como punto de partida. Los lectores obreros no encontraban respuesta sustancial a sus problemas en sus artículos, redactados a toda prisa. Nuestro órgano abandonó así su misión de educador de los cuadros y constructor de la IV Internacional.

Además, es evidente que los artículos de La Lutte se escribían a menudo sin prestar mucha atención ni a la forma ni al contenido. El lenguaje no es fruto de un esfuerzo consciente por adaptar los artículos a las preocupaciones de los obreros, y por eso mismo es abstracto y carece de franqueza. Importa remediar esta situación lo antes posible, tanto más cuanto que una organización seria de este trabajo permitiría obtener resultados fructíferos, dadas las posibilidades que hay en este terreno.

Ante todo, hay que combatir la ideología estúpida y primitiva que se ha colado bajo la etiqueta prestada de «periódico de masas». Es hora de aprender en este punto la lección de la experiencia francesa, en el espíritu del excelente folleto de nuestro llorado camarada Erwin Wolf78. Un verdadero periódico de masas es el que procura tomar como punto de partida los sucesos diarios, para llevar a los obreros, y ante todo a los obreros avanzados, a la vanguardia, su explicación y las consignas correspondientes. La base de la información deben ser los hechos objetivos en las fábricas, en el campo, etc., y la actualidad política nacional e internacional, expuesta y analizada con claridad. Pero este fin está ante todo ligado al fin del propio partido: forjar cuadros, explicar la situación y no quedarse en meras consignas de agitación que, sin explicación ni generalización política, no logran hacer comprender a los mejores obreros la razón de ser de la IV Internacional, justo en el momento en que, asqueados de los burócratas y del Frente Popular, buscan una nueva salida. En segundo lugar, hay que reorganizar por completo la redacción de La Lutte para facilitar la supervisión por parte de la Internacional, por un lado, y de la base, por otro. Un medio de supervisión será renunciar al anonimato, con excepción del editorial y de ciertos artículos del partido. Los temas [secciones] se repartirán entre varios miembros, y los artículos principales irán firmados, con nombre o con seudónimo. Mediante su supervisión, la redacción impulsará un estudio más profundo de las cuestiones y la especialización. Se dispondrá que medie un día entre la entrega de los artículos a la redacción y su entrega a la imprenta, para permitir su corrección y selección. Los incumplimientos se comunicarán a todo el partido. Cada grupo local de la región parisina podrá enviar un delegado a la reunión plenaria del consejo de redacción. Así, cada vez que cierto espíritu de «me da igual» se camuflaba tras el espíritu de comunismo colectivo y anónimo, se recurría a los antiguos procedimientos de supervisión y de emulación. Por último, la redacción hará un esfuerzo deliberado por adaptar su lenguaje al de los obreros y los campesinos. Es cierto que solo un trabajo tenaz y fructífero en las fábricas y los sindicatos, con la colaboración práctica en el órgano de vanguardia de obreros que participan realmente en la lucha, puede producir un cambio verdaderamente radical en el lenguaje y el tono del periódico. Sin embargo, lejos de limitarse a esperar pasivamente este cambio, que es propiamente obra del partido, los redactores, al informar de los sucesos diarios y de las lecciones de la lucha, deben procurar sistemáticamente obtener la participación directa de quienes toman parte en esa lucha, con todos sus intereses y su lenguaje. En una palabra, el órgano del POI es su instrumento material de agitación, de información y de educación, es decir, de construcción de la IV Internacional.

Mantener su aparición semanal regular es un deber absoluto.

Administración del periódico

Pese a ciertos esfuerzos individuales, puede decirse que, en conjunto, la dirección dejó recaer todo el trabajo administrativo y financiero del periódico en un solo funcionario administrativo, sin crear en torno a la comisión de administración ese espíritu de «movilización permanente» de todo el partido que le habría permitido encontrar recursos financieros y ayuda material. El resultado ha sido que la estabilidad financiera basada en los compromisos de aportación se ha visto progresivamente amenazada y que, por otra parte, las ayudas materiales en las tareas administrativas han ido fallando una tras otra.

Teniendo en cuenta la puesta en práctica de las medidas financieras recomendadas más arriba, la dirección del POI debe tomar en sus manos la marcha del periódico como tarea primordial, elaborar un plan de reorganización con ocasión del congreso del partido, someterlo a la discusión de las secciones locales, apelar a su espíritu de emulación y de abnegación, y garantizar la supervisión diaria de la ejecución de estas tareas, así como el carácter público de esta supervisión, en todo el partido. Es necesario emprender, en los tres meses siguientes a la fecha del congreso, una campaña para duplicar el número de suscriptores y de lectores. Y para ello no se trata tanto de ofrecer premios como de tener buenos artículos y buenas investigaciones documentales.

La revista Quatrième Internationale

El progreso realizado en este terreno consiste en la existencia misma de la revista. Este hecho es ya de por sí un éxito del POI. La revista, arma teórica de la IV Internacional, debe dedicarse también a ofrecer contenidos adaptados a los problemas de las luchas sindicales, a los problemas de los acontecimientos recientes y a los problemas propiamente sindicales de los obreros. Así llegará a ser no solo un arma de clarificación teórica e ideológica, sino también un arma de combate que puedan utilizar los cuadros actuales del movimiento obrero.

Para alcanzar este objetivo, debe funcionar con regularidad un comité de redacción serio, bajo la supervisión del Comité Central.

Trabajo sindical

Esta es la parte de la actividad del partido que merece el mayor cuidado y la máxima concentración y especialización de las fuerzas de que el partido dispone, sin apartarlas por ello del cumplimiento de otras tareas organizativas importantes que quizá no tengan relación directa con su trabajo sindical específico. Aunque se observan esfuerzos fragmentarios y episódicos en este sentido, hay que dejar constancia, no obstante, de que es hoy esta rama de la actividad del partido la más abandonada y dejada a sí misma sin directrices. El trabajo sindical del POI requiere una reorganización total de la actividad del partido, empezando por la dirección. Es aquí donde obtendremos los mayores éxitos si el trabajo se organiza debidamente. Esta será la tarea de la Comisión Sindical.

Trabajo de fábrica

Desde junio de 193679, el POI ha sentido la necesidad de orientar sus fuerzas hacia el trabajo en las fábricas. Junto con el trabajo sindical propiamente dicho, es ahí donde el partido debe presentarse como arma de combate de la clase obrera.

Los logros ya obtenidos en este trabajo permiten señalarlo como la tarea principal en la actividad de las secciones locales del POI. Pero la falta de un trabajo sindical dirigido ha impedido que el desarrollo de las luchas obreras y la comprensión exacta de sus reivindicaciones sean temas realmente vivos en el partido. Así ocurre que, con sus escasas fuerzas, el POI tiene vínculos débiles en las fábricas: un trabajo insuficientemente ligado a la vida diaria de los obreros.

La lucha contra los provocadores

La honradez de la dirección actual del POI le ha permitido defenderse de diversas provocaciones que podrían haberle costado la vida al partido.

Al valorar las debilidades del POI, hay que tener en cuenta también el hecho de que ha sido el partido más atacado por el enemigo; pero esa es solo una razón más para exigirle una organización rigurosa y seria, que es la mejor arma en la lucha contra los provocadores. En segundo lugar, el POI debe ocuparse de crear órganos especiales de vigilancia contra el enemigo, así como de protección de los militantes, en especial de los funcionarios dirigentes, y de todo el partido.

Conclusiones

La Conferencia Internacional expresa su confianza en las posibilidades de una rectificación radical de la actividad y de la organización de la sección francesa de la IV Internacional. Ha prestado especial atención a la situación de la organización francesa porque considera que es en este país donde se concentra principalmente, en este momento, el interés de la revolución socialista. Toma nota de la resolución de la dirección del POI que tiende a poner en práctica una de las bases esenciales del bolchevismo, el profesionalismo revolucionario (la designación de funcionarios a tiempo completo), y a reorganizar todo el partido según un sistema de trabajo riguroso.

Con una aplicación entusiasta de las directrices de la conferencia, el POI avanzará. Trazará una rigurosa línea de demarcación entre sus filas y los diletantes revolucionarios de buen tiempo. Las organizaciones políticas y sindicales centristas verán así desaparecer una de las causas principales de su desarrollo: la debilidad organizativa de la sección francesa de la IV Internacional. Pero si, a pesar de los síntomas y las posibilidades más favorables, que justifican una firme esperanza de rectificación, el POI no logra superar sus graves deficiencias organizativas, entonces una política, por acertada que sea en abstracto, no logrará borrar los éxitos pasajeros del centrismo político y sindical.

Por último, la conferencia, llevando a la práctica el internacionalismo, decide garantizar al POI una ayuda financiera regular de las secciones que estén en condiciones de cooperar, para que la sección francesa pueda sacar su periódico con regularidad y asegurar el funcionamiento de sus actividades y de su trabajo organizativo según las medidas generales aquí recomendadas. La Conferencia Internacional pide al Comité Central del POI que, teniendo en cuenta la experiencia anterior y los hechos concretos, tome estas medidas generales como base para elaborar un plan detallado de reorganización, y que concentre en él la atención y la discusión de su congreso nacional.

Declaración del Secretariado Internacional sobre el grupo Molinier

Declaración del Secretariado Internacional

  1. Recientemente una comisión especial del S. I. ha mantenido negociaciones con una delegación del PCI80 (grupo Molinier) sobre la base de una carta formal de este grupo en la que solicitaba su admisión en la IV Internacional. Estas negociaciones se han roto porque el PCI se negó a dar una respuesta categórica a las propuestas concretas que le presentó el S. I., en particular a la propuesta más importante e inalterable: la exclusión incondicional de R. Molinier81 de toda participación en la sección francesa de la IV Internacional.

  2. Hay que recordar que el citado R. Molinier fue expulsado por la Conferencia Internacional de 1936 por una conducta del todo incompatible con la pertenencia a una organización revolucionaria proletaria, a saber, por intentar valerse de dinero obtenido por medios dudosos para imponer su control personal sobre la organización.

  3. Cuando, con motivo de la conferencia mundial que acaba de celebrarse, el PCI volvió a dirigirse a la IV Internacional y formuló una solicitud de admisión, los órganos responsables de la IV Internacional decidieron aclarar esta cuestión de una vez por todas, abordando su solución con un deseo claro y leal de llevar el asunto a buen término. Para llevar a cabo las negociaciones necesarias e impedir cualquier maniobra dilatoria, el S. I. decidió presentar una resolución precisa de siete puntos con las condiciones para la fusión de las dos organizaciones.

  4. Los intentos preliminares del grupo Molinier de arrastrar al Secretariado Internacional a una «discusión general» se rechazaron exigiéndole una declaración precisa de su actitud ante la IV Internacional, ante las decisiones de sus conferencias y ante su disciplina. Entonces la delegación del PCI entregó una carta formal en la que pedía la admisión y se declaraba dispuesta a observar la disciplina.

  5. El Secretariado Internacional respondió a esta carta con una resolución especial, que dice así:

El S. I., habiendo recibido la carta del PCI fechada el 14 de septiembre, en la que solicita su admisión en las filas de la IV Internacional, propone que la cuestión se resuelva del modo siguiente:

  1. Los miembros del PCI serán admitidos inmediatamente en el POI82 (sección francesa de la IV Internacional), sin demora alguna.

  2. Los miembros del PCI recibirán una representación adecuada en el Comité Central y en el Buró Político del POI antes del congreso.

  3. La base de la unificación la constituyen las decisiones de la Conferencia Internacional, que son obligatorias para todos los miembros de la IV Internacional.

  4. Puesto que el caso personal de R. Molinier fue decidido por la Conferencia Internacional de 1936, con decisiones que la Conferencia de 1938 no ha cambiado ni modificado, este queda completamente fuera de la sección francesa unificada.

  5. Como miembros afiliados del POI, los actuales miembros del PCI tendrán pleno derecho a participar en el próximo congreso del POI y en su preparación y en las discusiones que lo precedan.

  6. Los detalles organizativos de la fusión los establecerá el Comité Central ampliado del POI (con la representación de los actuales miembros del PCI), bajo el control del Secretariado Internacional.

  7. Todas las demás cuestiones de divergencias políticas u organizativas se resolverán en el marco de la sección francesa unificada, de acuerdo con las normas habituales que rigen en ella.

(Resolución aprobada por el S. I. en la sesión del 16 de septiembre de 1938.)

  1. En la primera reunión formal de la delegación del S. I. con representantes del PCI, estos expresaron su temor a represalias contra sus miembros en la sección francesa unificada. Para dar garantías sobre este punto, la delegación del S. I. manifestó por escrito que estaba dispuesta a añadir a la resolución un octavo punto, que dice así:

  2. Una vez que el PCI haya aceptado la resolución del S. I., el S. I. se declara contrario a que se tomen medidas disciplinarias contra ningún camarada a causa de disputas pasadas.

Trent, Legrand, Lebrun, Busson83.

18 de septiembre de 1938.

  1. En la discusión posterior quedó perfectamente claro que el punto 4 (la exclusión de R. Molinier) era el único verdadero punto en litigio. La delegación del PCI pidió garantías oficiales sobre su posible readmisión futura. Se le negaron categóricamente, porque el S. I. no tiene facultades para modificar una decisión de la Conferencia Internacional, y porque la exclusión de R. Molinier es incondicional.

(Los camaradas norteamericanos de la delegación del S. I. declararon bajo su propia responsabilidad que si R. Molinier aceptaba lealmente la decisión tomada en su caso, se apartaba de toda participación, directa o indirecta, en los asuntos de la sección francesa y cambiaba radicalmente sus actividades y su conducta personales, en esas condiciones apoyarían personalmente que la organización internacional volviera a examinar en el futuro su caso personal y ayudarían personalmente a su eventual rehabilitación. Los camaradas norteamericanos subrayaron que su declaración expresaba un sentimiento personal, el mismo que mostrarían normalmente hacia cualquier camarada que se esforzara sinceramente por enmendar su conducta, pero que su declaración no tenía ni podía tener carácter oficial.)

  1. Las negociaciones fracasaron en este punto. La delegación del PCI se negó a dar una respuesta categórica a la resolución del S. I. y propuso simplemente aceptarla como «base de discusión». Entonces se rompieron las negociaciones, que manifiestamente no ofrecían ninguna perspectiva de resultados fructíferos. Está más claro que nunca que toda la cuestión del PCI y del periódico La Commune no tiene ningún significado político, sino que es pura y simplemente la cuestión personal de R. Molinier y de sus asuntos financieros. Ahora como antes, la puerta de la IV Internacional sigue abierta, con plena garantía de los derechos democráticos normales, para los militantes de base del PCI dispuestos a aceptar las resoluciones y decisiones de su conferencia internacional y a acatar la disciplina. La puerta está cerrada para R. Molinier.

Resolución sobre el trabajo de la sección canadiense

  1. La Preconferencia Panamericana y del Pacífico84, tras oír el informe de los delegados canadienses, celebra la fusión lograda de los camaradas de la mayoría con el núcleo activo de la minoría sobre la base del programa de acción acordado en el congreso de Chicago85.

  2. La Preconferencia respalda la iniciativa de los camaradas canadienses de formar un Socialist Policy Group abierto en la CCF86 sobre la base de una declaración sobre la cuestión de la guerra.

  3. La Preconferencia, tras discutirlo con los delegados canadienses, propone el siguiente plan de acción para el futuro inmediato:

a) Los camaradas canadienses deben seguir concentrando sus esfuerzos principales en el trabajo dentro de la CCF, con vistas a culminar su actividad con una lucha programática y política completa en el congreso nacional de otoño de la CCF o en torno a él, en la perspectiva de concluir la experiencia dentro de esta organización reformista en decadencia y de restablecer la sección canadiense de la IV Internacional.

La disminución de la afiliación y de la actividad de la CCF ha aumentado el peso específico de los elementos pequeñoburgueses y el consiguiente atrincheramiento de una burocracia de derecha. Aunque nuestra línea general se orienta hacia la pronta constitución de una sección canadiense independiente de la IV Internacional, eso no excluye la posibilidad de proseguir un trabajo concertado en la CCF en las provincias donde las condiciones objetivas son más favorables que en Ontario.

b) Los camaradas deben esforzarse por fortalecer aún más nuestra propia fracción dentro de la CCF y del grupo mediante una educación sistemática y una acción concertada y disciplinada en todos los campos de su actividad. El Socialist Policy Group atraerá sin duda a algunos elementos centristas confusos que, en una fase posterior, sobre todo en el momento de la escisión, podrán oponerse a nuestro programa. Por consiguiente, es de gran importancia combinar el trabajo educativo con nuestros nuevos reclutas con la vigilancia revolucionaria contra el centrismo.

c) Los camaradas deben intentar de inmediato extender el Socialist Policy Group hasta convertirlo en una tendencia nacional dentro de la CCF, estableciendo la cooperación de nuestros camaradas de Vancouver, Winnipeg y otros lugares.

d) Los camaradas deben elaborar los documentos políticos del SPG de modo que tracen una línea de demarcación completa entre los reformistas, los centristas y ellos mismos en todos los problemas nacionales e internacionales importantes.

e) La conferencia expresa su firme convicción de que esta actividad debe expresarse mediante un órgano regular, multicopiado o impreso (semanal o quincenal), y no mediante boletines ocasionales. Debe elegirse para el órgano un nombre que pueda usarse más tarde para el órgano de una organización independiente, a fin de continuar la tradición de nuestra lucha revolucionaria dentro de la CCF. Debe invitarse a los camaradas de Vancouver a colaborar en la creación de ese órgano.

f) Ante un posible ataque organizativo prematuro de la burocracia de la CCF, nuestros camaradas deben estar dispuestos a responder a cada maniobra organizativa politizando enérgicamente las cuestiones en litigio, para que quede constancia completa y de principio de nuestra posición. A este respecto puede estudiarse la experiencia de nuestros camaradas franceses, belgas y norteamericanos.

  1. Lo más probable es que el restablecimiento de nuestros camaradas en una organización independiente no se produzca con fuerzas suficientes para permitir la creación inmediata de un partido, sino solo de un grupo de propaganda ampliado. Ya desde ahora deben darse pasos preparatorios para la nueva actividad de este grupo:

a) Sistematizando y ampliando nuestro trabajo sindical, que debe llevarse a cabo con un firme centralismo democrático y una colaboración fraternal entre el ejecutivo y los activistas sindicales.

b) En vista de la efervescencia que existe en las filas estalinistas, deben hacerse esfuerzos por establecer contactos dentro de su organización con fines de información y, si es posible, de trabajo fraccional organizado. El nuevo órgano del SPG debe sostener una campaña constante y enérgica contra el estalinismo, tanto dentro de la CCF como fuera de ella. Debe considerarse también la posibilidad de celebrar mítines públicos contra los estalinistas, aprovechando hasta sus últimos límites la «democracia» de los estatutos de la CCF.

c) En cuanto al grupo Field87, la Preconferencia considera que cualquier negociación política con este grupo debe hacerse únicamente sobre la base de una posición intransigente en los principios y la plataforma de la IV Internacional. Mientras que nuestras discusiones políticas con los miembros de la CCF deben llevarse con un espíritu de educación paciente, el objetivo de cualquier acción relativa al fosilizado y sectario grupo Field debe ser desgajar de él a los elementos progresistas y dejar al grupo sin fuerza. Los progresos de nuestro trabajo dentro de la CCF y el posterior restablecimiento de un grupo independiente, junto con la fundación formal de la IV Internacional en la próxima conferencia europea, darán a nuestros camaradas una base firme para ganar a los elementos progresistas del grupo Field mediante un enérgico ataque político contra su esterilidad y su aislamiento internacional. Aunque no se excluye la necesidad de acciones ocasionales de frente único, estas no deben llegar al punto de dar a la dirección de este grupo estancado un prestigio ficticio.

  1. En cuanto al posible desarrollo de la Labor Relations Association, la Preconferencia propone que se reúna más información y que se celebren discusiones en Canadá y en Nueva York, para poder adoptar una posición definida. Debe seguirse el mismo procedimiento para valorar las posibilidades de aplicar a las condiciones canadienses un programa de acción derivado de la tesis internacional (La agonía del capitalismo) que aprobó la sección norteamericana en el último pleno (abril) de su Comité Nacional.

Sobre la unificación de la sección británica

Durante mucho tiempo, los partidarios de la IV Internacional en Gran Bretaña han estado divididos en pequeños grupos separados. Se subestimó lamentablemente la importancia y la necesidad de la unidad organizativa de todos los militantes que se sitúan en una plataforma común de principios. Esta actitud frívola ante la cuestión organizativa condujo no solo a escisiones irreflexivas por diferencias tácticas, sino incluso a escisiones por disputas puramente personales sin ninguna base política discernible (el grupo Lee88). En esta última manifestación se veían con claridad las señales de alarma de la degeneración política. Si el Secretariado Internacional se equivocó al tardar demasiado en poner fin a esta situación insostenible, su intervención decidida en vísperas de la conferencia mundial se hizo tanto más imperiosamente necesaria.

Para todos los partidarios auténticos de la IV Internacional en todas las partes del mundo ha de ser del todo evidente que la presente conferencia mundial representativa, convocada a pesar de las mayores y más inauditas dificultades y obstáculos, y con la participación de delegados de muchos países y de muy lejos, tiene que ser la ocasión de pasar revista definitivamente a nuestras fuerzas. Esta revista pone fin a toda ambigüedad en las relaciones entre nuestra organización internacional y quienes hasta ahora han mantenido, o han dicho mantener, lealtad a sus principios, a sus métodos y a su disciplina.

La presente conferencia significa una delimitación concluyente entre quienes están realmente en la IV Internacional y combaten cada día bajo su bandera revolucionaria, y quienes están simplemente «a favor» de la IV Internacional, es decir, los elementos dudosos que han procurado tener un pie en nuestro campo y otro en el campo de nuestros enemigos.

La unificación de los grupos británicos de la IV Internacional (como la de los grupos griegos, divididos hasta ahora) en vísperas de la conferencia mundial coincide con la salida definitiva de elementos tan ajenos como Sneevliet89 y Vereecken90. Ambos acontecimientos, cada uno a su manera, son igualmente símbolo de un gran paso adelante en la reorganización de la vanguardia revolucionaria sobre los cimientos probados del bolchevismo. Significan a la vez la unificación de los partidarios auténticos y sinceros de la IV Internacional y su separación organizativa de los impostores, los saboteadores y los enemigos encubiertos.

Los grupos británicos y griegos vinieron a la conferencia con programas de unificación elaborados con la ayuda del Secretariado Internacional, porque estaban firmemente decididos a alistarse bajo la bandera de la IV Internacional. Sneevliet y Vereecken, que durante demasiado tiempo se sirvieron de su pertenencia formal al movimiento de la IV Internacional para burlarse de sus principios, sabotear su disciplina y prestar ayuda y aliento a sus enemigos, no tuvieron en el último momento ni siquiera el valor de presentarse en la Conferencia Internacional. Y es solo porque comprendieron que había llegado la hora de rendir cuentas. Temían dar razón de sus políticas y de sus actos ante un tribunal internacional.

La conferencia mundial considera que el acuerdo de unidad concertado entre los tres grupos británicos antes separados es una base adecuada para el desarrollo del trabajo de la organización británica unificada en el periodo que se abre. Respalda el acuerdo de unidad y reconoce a la organización basada en él como la única sección británica de la IV Internacional. Se invita e insta a todos los bolcheviques-leninistas, a todos los obreros revolucionarios de Gran Bretaña que deseen alistarse bajo la bandera de la IV Internacional, a ingresar en la sección británica, la Revolutionary Socialist League91.

La conferencia toma nota con gran satisfacción de que los dirigentes de un nuevo grupo de obreros revolucionarios de Escocia, sin relación anterior con nuestra organización internacional, el Revolutionary Socialist Party, han firmado el acuerdo de unificación, y de que el RSP ha estado representado en la conferencia mundial por su propio delegado. El acercamiento de esta organización a la IV Internacional tiene un significado grande y sintomático. Los obreros serios que buscan la verdad y quieren luchar por el socialismo no pueden encontrar ni encontrarán otro camino que el del bolchevismo, ni otra organización que la IV Internacional. La conferencia mundial da una cordial bienvenida al Revolutionary Socialist Party y expresa su confianza en que la recomendación de su comité dirigente en favor de la fusión organizativa con la sección británica de la IV Internacional será aprobada en el referéndum que el partido tiene pendiente.

Por lo que respecta al grupo Lee, es preciso señalar:

  1. Este grupo nació hace algunos meses a consecuencia de agravios puramente personales que empujaron a Lee y a sus amigos a una escisión organizativa. No había entonces, ni hay ahora, ninguna base política que justifique el mantenimiento de este grupo por separado.

  2. Los dirigentes de este grupo se resistieron a todos los intentos de la delegación del Secretariado Internacional de incluirlo en la unificación general.

  3. Desatendieron la invitación de la delegación del S. I. a que el grupo estuviera representado y expusiera su punto de vista en la conferencia mundial, ya fuera mediante un delegado o por carta; lo único que tenemos es una declaración, dirigida al parecer al mundo en general, que rechaza de antemano cualquier decisión de la conferencia mundial que no se ajuste a sus exigencias insostenibles.

En estas circunstancias, es preciso advertir a los camaradas vinculados al grupo Lee de que se les conduce por un camino de política de camarilla sin principios que solo puede llevarlos al fango. Solo sobre la base de grandes principios es posible mantener y desarrollar una agrupación política revolucionaria de importancia seria. Solo la IV Internacional encarna y representa esos principios. Un grupo nacional solo puede mantener un rumbo revolucionario constante si está firmemente unido en una sola organización con quienes piensan como él en todo el mundo y mantiene con ellos una colaboración política y teórica constante. Solo la IV Internacional es una organización así. Todas las agrupaciones puramente nacionales, todos los que rechazan la organización, el control y la disciplina internacionales, son reaccionarios en su esencia.

Todos los partidarios de la IV Internacional en un mismo país deben estar unidos en una sola sección de la IV Internacional. Quienes rechazan esta regla organizativa elemental de la IV Internacional se colocan en la posición de escisionistas irresponsables y de luchadores de camarilla.

La conferencia mundial invita a los miembros del grupo Lee a reconsiderar sus decisiones, a entrar en la sección británica unificada y, por tanto, en la IV Internacional, y a ocupar su puesto en el trabajo común, con una representación equitativa en sus órganos dirigentes y sin represalias de ninguna clase. La conferencia asegura a la sección británica unificada el pleno apoyo y la colaboración de la organización internacional en su tarea revolucionaria histórica.

Sobre la sección griega

Sobre la base de la resolución del S. I. de diciembre de 1937 y de resoluciones anteriores relativas al movimiento de la IV Internacional en Grecia, la Conferencia Internacional declara:

  1. Que la unificación de la Organización Comunista Internacionalista Unificada con la Liga Comunista Internacional es necesaria porque las divergencias que separan actualmente a ambos grupos (la situación actual en Grecia, la cuestión del archeiomarxismo92), aunque requieren una discusión seria ante la organización internacional, no justifican que siga la separación.

  2. La unificación debe llevarse a cabo sobre la base de la aceptación del Programa de transición de la IV Internacional y de sus estatutos.

  3. Los dos grupos se fusionarán inmediatamente, agrupándose en una nueva organización con el nombre de «Organización Socialista Revolucionaria (Sección griega de la IV Internacional)».

  4. La nueva organización tendrá un nuevo periódico con un nuevo título.

  5. Se formará una dirección provisional paritaria, cuya composición deberá ratificar el S. I.

  6. Los miembros de los dos grupos que están en el extranjero constituirán una comisión cuyo papel será ayudar política y materialmente a la sección griega.

  7. Esta comisión, junto con la dirección en Grecia, preparará con la menor demora posible un congreso de la nueva organización, precedido de una discusión ante la organización internacional. Este congreso trazará la línea política de la organización en el marco de los principios de la IV Internacional y elegirá la nueva dirección sobre una base proporcional.

  8. Hasta el congreso nacional, en caso de divergencias sobre la política que se ha de sostener, decidirá el S. I.

  9. La Comisión griega en el extranjero publicará un boletín internacional sobre la cuestión griega, con todos los documentos de ambas tendencias.

Esta resolución, presentada por los representantes de las dos organizaciones tras un acuerdo previo entre ellas y después de los trabajos de la Comisión griega, fue aprobada por unanimidad por la Conferencia Internacional.

Resolución sobre la situación en Polonia

  1. La disolución del Partido Comunista de Polonia93 disipará las últimas ilusiones que los obreros conservaban hacia el partido que a sus ojos personificaba el pasado heroico del bolchevismo. Las tradiciones del internacionalismo, nacidas con el partido de Ludwik Waryński94, y las tradiciones de lucha de clases que de ellas resultan, unidas a los nombres de Rosa Luxemburg y Tyszka95. Estas herencias pasan ahora a los bolcheviques-leninistas.

Aunque debemos tener en cuenta un ahondamiento pasajero del abatimiento y el desánimo en los medios obreros polacos, y aunque debemos tener en cuenta también los esfuerzos estalinistas por reconstruir un aparato bajo el control de la burocracia del Kremlin, no cabe duda de que el movimiento revolucionario renacerá. La nueva generación revolucionaria se agrupará bajo la bandera y sobre los cimientos del programa bolchevique-leninista.

  1. La entrada de nuestros camaradas bolcheviques-leninistas en el Bund96 solo podía dar resultados positivos en caso de que tuviera éxito nuestro trabajo dentro del Partido Socialista Polaco (PPS). El carácter particular del Bund, que es una organización obrera judía y, por tanto, limitada a la pequeña industria; la atmósfera de petrificación ideológica y de estrechez nacionalista; el contacto puramente indirecto del Bund con los problemas políticos del país, en cuya solución el Bund solo tiene una influencia mínima: todo esto hace imposible una diferenciación ideológica dentro del Bund y aseguró el fracaso de los bolcheviques-leninistas.

La conferencia considera que las tareas principales de la sección polaca son:

a) abandonar la estéril militancia en el Bund;

b) formar una organización independiente;

c) elaborar una plataforma política que contenga las consignas y las tareas que los bolcheviques-leninistas polacos se proponen para su trabajo en Polonia.

  1. Considerando que la colaboración del Secretariado Internacional con la sección polaca ha sido insuficiente, la Conferencia se pronuncia a favor de estrechar los vínculos organizativos con ella.

Sobre la cuestión mexicana

La Conferencia Internacional, tras leer los documentos y declaraciones de la antigua LCI97 (grupo Galicia) y la decisión de la Preconferencia Panamericana de Nueva York, y tras oír el informe de la delegación de los Estados Unidos a México, declara:

Que respalda la recomendación de la Conferencia Panamericana sobre la reorganización del grupo dirigido antes por Galicia y Fernández98 (LCI de México) y no asume ninguna responsabilidad por la política y la actitud anteriores de este grupo.

La conferencia se ve obligada a aprobar esta resolución en vista de la política errónea de la dirección de la antigua LCI de México. Esta política, cuya responsabilidad principal recae en los camaradas Galicia y Fernández, desacreditó gravemente a la IV Internacional en México e impidió un desarrollo sano.

Bajo la guía de sus antiguos dirigentes, la organización siguió en el terreno sindical una política de «tercer periodo»99, que tuvo como resultado la escisión del movimiento sindical de la construcción y la creación de un sindicato «independiente» y «rojo» compuesto solo por miembros de la Liga, aislados de las masas.

En la lucha contra la carestía de la vida, la Liga lanzó consignas irresponsables y aventureras, llamando no solo a la «huelga general», sino también al «sabotaje» y a la «acción directa».

En la lucha contra el imperialismo extranjero en México, la dirección de la LCI (grupo Galicia), en lugar de destacar ante todo en su agitación la lucha contra los bandidos norteamericanos y británicos, puso el acento más bien en el régimen nacionalista burgués de Cárdenas100, atacándolo de un modo unilateral, sectario y, en las circunstancias dadas, objetivamente reaccionario. La prueba concluyente de la irresponsabilidad de la dirección de Galicia la dio esta pocos días antes de la llegada a México de la delegación de los Estados Unidos, cuando indujo a los miembros de la organización a votar la disolución de la Liga, liquidando así la sección mexicana de la Internacional. La decisión posterior, no menos frívola que la primera, de reconstituir la Liga no puede considerarse una decisión responsable, sino más bien una maniobra encaminada a impedir la crítica y los esfuerzos serios por reconstruir el movimiento de la IV Internacional en México sobre una base sana y sólida.

Con el propósito arriba indicado, la Conferencia Internacional encarga al camarada C. que prosiga sus esfuerzos, bajo la supervisión directa del Subsecretariado Internacional, para facilitar la reorganización de la sección mexicana de la IV Internacional.

La Conferencia Internacional invita cordialmente a todos los antiguos y actuales camaradas de la LCI a cerrar filas en la IV Internacional y en su sección mexicana reorganizada, sobre la base de la aceptación de las decisiones de la conferencia y de la disciplina de la IV Internacional.

La Conferencia Internacional declara además que, en lo tocante a la lucha fraccional, carente de principios y de significado político, que han mantenido los camaradas Galicia y O. Fernández, estos dos camaradas podrán ser admitidos como miembros en las filas de la sección reorganizada solo a condición de que durante un periodo de un año no ocupen ningún puesto dirigente en la organización. El nuevo comité ejecutivo de la organización debe estar compuesto, ante todo, por elementos proletarios serios y experimentados.

En cuanto al caso del camarada Diego Rivera101, la Conferencia Internacional declara además que, en vista de las dificultades que han surgido en el pasado con este camarada en las relaciones internas de la sección mexicana, no formará parte de la organización reconstituida, sino que su trabajo y su actividad para la IV Internacional quedarán bajo el control directo del Subsecretariado Internacional.

Sobre la organización de la defensa y la ayuda a los revolucionarios perseguidos

El avance del fascismo en muchos países, la campaña internacional estalinista de persecución, montajes y asesinatos, y los crecientes atropellos de los derechos de los obreros en los países del capitalismo democrático —la oleada mundial de la reacción en sus diversas formas— plantean del modo más imperioso la cuestión de la ayuda y la defensa a los revolucionarios perseguidos. Nunca en la historia moderna se han enfrentado los obreros revolucionarios a semejante persecución, y nunca han pisado un terreno tan estrecho de derechos democráticos y legales.

Además de los duros golpes de la reacción abiertamente burguesa y estalinista, los revolucionarios, que son siempre los más perseguidos, sufren la exclusión y la discriminación sistemáticas por parte de los diversos organismos de ayuda y defensa estalinistas, socialdemócratas y burgueses liberales. Para proporcionar un mínimo de ayuda y protección a los combatientes revolucionarios perseguidos, y en especial a los refugiados de los Estados totalitarios, es necesario que todas las secciones de la IV Internacional se pongan en marcha. Deben tomar la iniciativa en toda la línea para crear organizaciones de ayuda y defensa en las que se pueda confiar para dar a tiempo ayuda moral, económica y jurídica a quienes más la necesitan.

Es lícito cooperar en este trabajo con elementos sinceros de otras tendencias políticas, pero en ningún caso debe aplazarse ni dejarse de lado la formación de organismos nacionales de defensa y ayuda por no conseguir la cooperación de tal o cual organización o persona. La necesidad es absolutamente urgente e inaplazable, y un comité enérgico y abnegado, aunque sea de tamaño modesto y esté compuesto principal o totalmente por los elementos revolucionarios avanzados, es infinitamente mejor que no tener ninguno o que una fachada «imponente» de muchas organizaciones y «grandes nombres» que hace poco o nada y no presta verdadera ayuda a las víctimas en los casos más desesperados y apremiantes.

Es necesario que todas las secciones de la IV Internacional aborden esta cuestión con la máxima seriedad y empiecen a trabajar de inmediato. Camaradas cualificados deben dedicarse a este trabajo y especializarse en él. Hay que organizar la asistencia jurídica. Hay que estudiar los métodos más eficaces para recaudar fondos. Los camaradas especializados en este campo de trabajo deben estudiar todas las leyes y reglamentos relativos a la inmigración en los distintos países. En suma, los partidarios de la IV Internacional, sobre todo en los países democráticos, que ofrecen las mayores facilidades, deben concentrar su atención en la tarea de desarrollar en el menor tiempo posible el mecanismo de ayuda y defensa más eficaz que se pueda.

Un comité internacional, compuesto por personas responsables y conocidas de la mayor autoridad moral, debería coordinar y dirigir con el tiempo el trabajo de las diversas organizaciones nacionales de defensa, ofrecer un centro de asistencia a los refugiados y organizar el intercambio de información y de experiencias entre los distintos organismos nacionales.

Resolución sobre la juventud

El callejón sin salida del capitalismo

  1. El capitalismo, sea autoritario o liberal, reconoce su incapacidad para aportar el menor alivio a la miseria y los sufrimientos de la juventud obrera. Los jóvenes quieren un oficio y, cuando (¡bien pocas veces!) consiente en darles uno, es solo para encadenarlos mejor a una máquina que mañana se parará y los dejará morirse de hambre junto a las mismas riquezas que han producido. Los jóvenes quieren trabajar, producir con sus manos, emplear sus fuerzas, y el capitalismo les ofrece la perspectiva del paro o de «la ejecución de trabajos en condiciones distintas de las condiciones normales de producción», según la excelente e hipócrita definición de los campos de trabajo que da la Sociedad de Naciones, o la de la producción de armamento, que engendra destrucción y no mejora. Los jóvenes quieren aprender, y se les cierra el camino de la cultura. Los jóvenes quieren vivir, y el único porvenir que se les ofrece es morir de hambre o pudrirse en las alambradas de una nueva guerra imperialista. Los jóvenes quieren crear un mundo nuevo, y solo se les permite mantener o consolidar un mundo podrido que se cae a pedazos. Los jóvenes quieren saber qué será el mañana, y la única respuesta que les da el capitalismo es: «Hoy tenéis que apretaros el cinturón un agujero más; mañana, ya veremos... De todos modos, quizá no tengáis mañana».

Dad un porvenir a la juventud, dad un porvenir al mundo

  1. Por eso la juventud se agrupará bajo la bandera de quienes le traen un porvenir. Solo la IV Internacional, porque representa los intereses históricos de la única clase que puede reorganizar el mundo sobre nuevas bases, solo los bolcheviques-leninistas pueden prometer a la juventud un porvenir en el que pueda emplear plenamente sus capacidades. Solo ellos pueden decir a la juventud: «Junto con vosotros queremos hacer un mundo nuevo, donde todos trabajen y se enorgullezcan de trabajar bien, de conocer su oficio hasta los menores detalles; un mundo donde cada uno comerá según su hambre, porque la producción se regulará según las necesidades de los trabajadores y no según las del beneficio; un mundo donde habrá que aprender constantemente, para someter mejor las fuerzas de la naturaleza a la voluntad del hombre; un mundo donde, al extender sin cesar el campo de aplicación de la ciencia, el conocimiento teórico de la humanidad crecerá día a día; un mundo nuevo, un hombre nuevo que pueda hacer realidad todas las esperanzas y todas las fuerzas que lleva dentro». Bajo la enseña de un mundo nuevo y de una humanidad nueva deben la IV Internacional y sus organizaciones juveniles ir a ganar a la juventud obrera; bajo esa enseña la ganarán.

La lucha por el porvenir, la lucha por el pan

  1. La promesa de un porvenir mejor no sería más que demagogia si los bolcheviques-leninistas no lucharan por una mejora inmediata de la situación de la juventud obrera, si no formularan las reivindicaciones inmediatas de la juventud, si no difundieran la necesidad de que la juventud obrera luche con los métodos de la lucha de clases por la satisfacción de esas reivindicaciones y si, mediante esa lucha y sobre la base de la experiencia adquirida en ella, no demostraran a la juventud explotada que sus reivindicaciones solo podrán satisfacerse definitivamente con la instauración de la dictadura del proletariado, que la lucha por esas reivindicaciones debe transformarse en lucha por el poder por medio de la lucha por el control y la gestión del sistema económico.

¡Exigimos el derecho al trabajo!

  1. Para los jóvenes obreros ocupados en la producción, los bolcheviques-leninistas lanzan consignas con el fin de: a) medir el trabajo de los jóvenes no según el afán de sacarle el mayor beneficio posible, sino, al contrario, según su grado de desarrollo físico; b) asegurarles un nivel de vida igual al de los adultos y, por eso mismo, su independencia económica; c) elevar lo más posible su cualificación técnica; d) frente a la igualdad de oportunidades de jóvenes y viejos para ser explotados en el capitalismo, establecer la igualdad de sus derechos.

Para los menores de veinte años formulan además las siguientes reivindicaciones:

Reducción de la semana laboral, con horarios que permitan a los jóvenes obreros practicar deporte al aire libre;

Al menos un mes de vacaciones pagadas al año;

Organización, por fábricas o grupos de fábricas, de cursos de formación, a cargo de los patronos y bajo control obrero;

Horas de formación profesional descontadas de la semana laboral y pagadas a la tarifa normal;

Aplicación del principio «a igual trabajo, igual salario» bajo control obrero;

Fijación de un salario mínimo vital para los jóvenes obreros; fijación de los salarios de los jóvenes obreros bajo el control del conjunto de los trabajadores;

Prohibición del trabajo nocturno, de las tareas agotadoras, insalubres o nocivas; control obrero del empleo de la mano de obra juvenil.

Igualdad de la juventud en la legislación social

¡Todos juntos a la lucha!

  1. Para tomar en sus propias manos la defensa de sus reivindicaciones, los jóvenes obreros deben tener derecho a elegir a sus propios delegados, cuya tarea consistirá ante todo en llamar la atención de los delegados adultos y de los obreros en general sobre las reivindicaciones específicas de la juventud, en unir la lucha por esas reivindicaciones particulares a la lucha por las reivindicaciones generales de la clase obrera. Del mismo modo, en todas las ramas de las organizaciones sindicales hay que crear e imponer a la burocracia sindical comisiones sindicales de jóvenes, cuya tarea será estudiar las reivindicaciones de la juventud y reclutar y educar a los jóvenes obreros. La tarea de los bolcheviques-leninistas es ponerse a la cabeza de la organización de esas comisiones.

Para abrir de par en par las puertas de los sindicatos a la juventud explotada, los bolcheviques-leninistas exigen que se establezcan cuotas reducidas para los jóvenes obreros.

¡Queremos un oficio!

  1. En la lucha contra el paro, las consignas de prolongar la edad escolar y organizar el aprendizaje solo tienen sentido en la medida en que su peso no lo soporte la clase obrera, sino el gran capital. Por eso los bolcheviques-leninistas están obligados a formular así las reivindicaciones de la juventud obrera en este terreno:

Prolongación de la escolaridad hasta los 16 años, con una subvención de ayuda familiar para las familias obreras y de pequeños campesinos.

Reorganización de la escuela en colaboración con la fábrica:

la escuela debe preparar a los niños para la vida y el trabajo; debe unir a la juventud con las generaciones mayores; de ahí la reivindicación del control de las organizaciones obreras sobre la enseñanza técnica.

Reducción del periodo de aprendizaje a un máximo de dos años.

Prohibición de todo trabajo que no tenga relación con el aprendizaje propiamente dicho.

Creación, a cargo de los patronos, en cada empresa o grupo de empresas de la industria, la minería o el comercio, de escuelas de aprendices, con una asistencia de al menos el 3 % del personal empleado en la empresa o grupo de empresas.

Elección de los instructores por los sindicatos.

Control de esas escuelas por una comisión mixta de delegados obreros y de delegados de los propios aprendices.

¡Exigimos nuestro derecho a vivir!

  1. La tarea de salvar a la juventud parada de la miseria, de la desesperación y de la demagogia fascista, de reincorporarla a la producción y unirla así estrechamente a la clase obrera, es una tarea vital para el porvenir del proletariado. Los revolucionarios deben luchar para obligar al capitalismo a) a encargarse de reincorporar a la juventud parada a la producción mediante la organización de la enseñanza y la orientación técnicas; b) a devolver inmediatamente a la juventud parada a la actividad productiva; c) a organizar ese trabajo no con métodos semimilitares, sino sobre la base de salarios normales: ¡abajo los campos de trabajo, voluntarios u obligatorios!; d) a proporcionar a la juventud que arroja a la miseria los medios para vivir. Por eso los bolcheviques-leninistas plantean las siguientes reivindicaciones:

Subsidio de paro igual al de los adultos para todos los jóvenes parados, manuales o intelectuales, desde el momento en que terminan la escuela;

Obligar a los grandes patronos a abrir centros de readaptación técnica bajo control obrero;

Readaptación técnica organizada según las necesidades de la producción, bajo el control general de los sindicatos y de los congresos de delegados obreros;

Reapertura de las fábricas cerradas;

Emprender grandes obras públicas (hospitales, escuelas, viviendas baratas, campos de deporte, estadios, piscinas, centrales eléctricas), pagadas según las tarifas sindicales y bajo control obrero de arriba abajo.

¡Por nuestros hermanos del campo! 8) La miseria de la juventud del campo no es menor que la de la juventud industrial. Para la juventud del campo, los bolcheviques-leninistas formulan las siguientes reivindicaciones generales:

Aplicación estricta de todas las leyes y medidas sociales antes citadas en el campo igual que en la ciudad;

Supresión de la explotación doméstica de los niños pequeños;

Aplicación especialmente estricta del principio «a igual trabajo, igual salario»;

Organización por distritos de la enseñanza técnica a cargo de los grandes propietarios agrícolas del capital financiero;

Alimentación y alojamiento sanos para los jóvenes jornaleros que viven en casa de sus patronos;

Crédito barato para los pequeños campesinos, y en especial para los pequeños campesinos con cargas familiares.

Por nuestro campo

  1. La juventud industrial y agrícola es la parte más explotada de toda la juventud obrera102. Las organizaciones juveniles de la IV Internacional deben prestar especial atención a las siguientes reivindicaciones: aplicación estricta del principio «¡a igual trabajo, igual salario!»;

Un día libre más al mes;

El derecho a la maternidad voluntaria;

Un permiso de maternidad de seis meses;

Ayudas de maternidad para las madres solteras.

¡Abrid las escuelas y las universidades!

  1. Una de las condiciones necesarias para el progreso de la humanidad es que amplios sectores de la juventud obrera tengan acceso a la cultura y la ciencia. Los bolcheviques-leninistas lanzan las siguientes consignas:

Abrir las escuelas y las universidades a todos los jóvenes que quieran estudiar.

Enseñanza gratuita y ayuda para los hijos e hijas de obreros y campesinos. ¡Pan, libros y derechos civiles para los culíes!

  1. En los países coloniales y semicoloniales, la juventud trabajadora es víctima de una doble explotación, capitalista y patriarcal. En esos países, y en los países imperialistas, la defensa de las reivindicaciones de los jóvenes obreros y campesinos coloniales es el primer deber en la lucha contra el imperialismo. Esta lucha se libra en torno a la consigna general: Los mismos derechos para la juventud colonial que para la juventud de la metrópoli imperialista.

Organización de la higiene y de cuidados semejantes en todas las aldeas.

Organización de hogares para los jóvenes obreros, campesinos y culíes, bajo el control de las organizaciones obreras y nacionalistas.

Escuelas para los niños indígenas; enseñanza en la lengua indígena.

Abrir la administración pública a la lengua indígena.

Abrir la administración pública a los intelectuales indígenas.

Tomar los créditos financieros necesarios de los presupuestos de guerra y de policía y de los privilegios imperialistas.

  1. La burguesía reconoce a la juventud trabajadora el derecho a ser explotada, pero le niega el derecho a decir nada sobre esa explotación y la priva de todos los derechos políticos; en algunos países prohíbe incluso a los menores de dieciocho años toda actividad política. La clase obrera responde a estas medidas diciendo: quien tiene derecho a ser explotado tiene también derecho a luchar contra el sistema que lo explota. ¡Plenos derechos políticos para los jóvenes obreros y campesinos!

Derecho al voto desde los 18 años, tanto en las elecciones legislativas y municipales como en la elección de delegados.

Abolición de las leyes especiales que prohíben a la juventud la actividad política.

¡Exigimos nuestro derecho a la felicidad!

  1. La burguesía utiliza la necesidad de esparcimiento de la juventud obrera para embrutecerla o para someterla a una disciplina aún más estricta. El deber de la clase obrera es ayudar a formar una juventud fuerte y capaz de lanzar todas sus fuerzas físicas e intelectuales a la lucha contra el capitalismo; ayudarla a aprovechar el ocio que el capitalismo le deja para aprender a comprender mejor el mundo, a fin de estar en mejores condiciones de transformarlo. Por eso los bolcheviques-leninistas exigen:

Libre acceso a todos los campos de deporte, estadios, museos, bibliotecas, teatros y cines para todos los jóvenes obreros y parados;

Que los propios jóvenes parados organicen su ocio;

Que se recurra a los jóvenes intelectuales parados para organizar conferencias y debates, etc., sobre física, química, mecánica, matemáticas, economía política, historia del movimiento obrero, arte, literatura, etc.;

Creación de hogares abiertos a la juventud obrera y parada, donde los jóvenes no solo tengan ocasión de divertirse e instruirse, sino que puedan también estudiar por sí mismos los problemas sociales a los que se enfrentan; esos hogares los gestionará la propia juventud obrera bajo la supervisión de las organizaciones sindicales locales.

El programa revolucionario

  1. La lucha por estas reivindicaciones no puede separarse de la lucha por las reivindicaciones del conjunto de los trabajadores, ocupados y parados. La desaparición definitiva del paro entre la juventud está estrechamente ligada a la desaparición del paro en general. La lucha por la prolongación de la edad escolar y por la readaptación técnica obligatoria está estrechamente ligada a la lucha por la escala móvil de salarios y de horas de trabajo. La lucha por arrancar al capitalismo las reformas que tienden a desarrollar la consciencia de clase de la juventud trabajadora está estrechamente ligada a la lucha por el control obrero de la industria y por los comités de fábrica. La lucha por las obras públicas está estrechamente ligada a la lucha por la expropiación de los monopolios, por la nacionalización del crédito, de los bancos y de las industrias clave. La lucha por desbaratar todos los intentos de militarización está estrechamente ligada a la lucha contra el desarrollo de las tendencias al Estado autoritario y contra el fascismo, a la lucha por la organización de milicias obreras. Es en el marco del programa de transición de la IV Internacional donde el presente programa debe desarrollarse y aplicarse. Bajo la enseña del proletariado que lucha por el poder conquistará la IV Internacional las reivindicaciones de la juventud explotada.

La Conferencia Internacional de la Juventud de la IV Internacional103

Lausana, 11 de septiembre de 1938

  1. Ta Thu Thau (1906-1945), dirigente trotskista vietnamita, encarcelado varias veces por las autoridades coloniales francesas; fue asesinado en 1945 por el Viet Minh. El folleto escribe aquí «Ta Tu Thau». ↩

  2. Ioannis Metaxas (1871-1941), general que gobernó Grecia como dictador desde agosto de 1936. ↩

  3. Agis Stinas (1900-1987), dirigente del trotskismo griego. ↩

  4. El régimen de los «coroneles» herederos de Piłsudski, muerto en 1935. ↩

  5. Juan Negrín (1892-1956), jefe del gobierno de la República española desde mayo de 1937. ↩

  6. G. Munis (Manuel Fernández Grandizo, 1912-1989), dirigente de la sección española de la IV Internacional, encarcelado desde febrero de 1938 por el gobierno de Negrín. ↩

  7. Getúlio Vargas (1882-1954), presidente de Brasil, que en noviembre de 1937 implantó la dictadura del Estado Novo. ↩

  8. Entre ellos: Erwin Wolf, secretario de Trotsky, desaparecido en Barcelona en 1937 a manos de la GPU; Hans Freund («Moulin»), trotskista alemán secuestrado también en Barcelona en 1937; Ignace Reiss, agente soviético que rompió con Stalin y fue asesinado cerca de Lausana en septiembre de 1937; León Sedov, hijo de Trotsky, muerto en una clínica de París en febrero de 1938; Rudolf Klement, secretario de la IV Internacional, secuestrado y asesinado en París en julio de 1938. ↩

  9. La política de «no intervención» en la guerra de España, propuesta por el gobierno de Léon Blum a comienzos de agosto de 1936 y suscrita por Gran Bretaña, la URSS y las demás potencias europeas. ↩

  10. Parti Socialiste Révolutionnaire, sección belga de la IV Internacional. ↩

  11. Partido Obrero de Unificación Marxista y Federación Anarquista Ibérica. ↩

  12. Munis: véase la nota sobre Grandizo en el documento anterior. Carlini: Domenico Sedran, trotskista italiano, detenido con Munis en 1938. ↩

  13. Véanse las notas al «Saludo a nuestros mártires vivos y a nuestros muertos heroicos». ↩

  14. (Nota de la redacción del Biulleten oppozitsii.) Programa de acción propuesto a discusión por el Secretariado Internacional a las secciones de la IV Internacional. ↩

  15. Programa de intervención económica y social del presidente Franklin D. Roosevelt en Estados Unidos (1933-1938). ↩

  16. En ruso, «sidiachie» («sentadas»): huelgas con ocupación del lugar de trabajo, en inglés sit-down strikes. ↩

  17. Committee (desde 1938, Congress) of Industrial Organizations: confederación de sindicatos de industria formada en 1935 dentro de la AFL y escindida de ella en 1938. ↩

  18. Economic royalists: expresión con que Roosevelt atacó en 1936 a los grandes capitalistas hostiles al New Deal. ↩

  19. Régimen en que la empresa solo contrata a afiliados al sindicato. ↩

  20. Las «60 familias» de Estados Unidos, según el libro de Ferdinand Lundberg America's 60 Families (1937); las «200 familias», los mayores accionistas del Banco de Francia, blanco de la propaganda del Frente Popular. ↩

  21. Oswald Mosley (1896-1980), jefe de la British Union of Fascists. ↩

  22. Paráfrasis de Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), cap. IX, que Lenin destacó en El Estado y la revolución. ↩

  23. (Nota de la redacción del Biulleten oppozitsii.) Estas tesis pueden obtenerse, en número limitado, por medio de la administración del Biulleten oppozitsii (precio: 5 francos). ↩

  24. Se refiere a la enmienda constitucional propuesta en 1937-1938 por el congresista Louis Ludlow, que exigía un referéndum nacional antes de que Estados Unidos declarara la guerra, salvo en caso de invasión; la Cámara de Representantes la rechazó en enero de 1938. ↩

  25. Alusión al libro de Ferdinand Lundberg America's 60 Families (1937), sobre las familias que dominaban la economía de Estados Unidos; en Francia se hablaba de las «doscientas familias». ↩

  26. Miembros del Partido Socialista Revolucionario (eserí), partido de base campesina. ↩

  27. Miembros del Partido Constitucional Demócrata, el principal partido de la burguesía liberal rusa. ↩

  28. Manifestaciones armadas de obreros y soldados en Petrogrado del 3 al 5 (16-18) de julio de 1917, que exigían «todo el poder a los sóviets»; tras ellas el gobierno provisional reprimió a los bolcheviques. ↩

  29. La Federación Sindical Internacional, de orientación socialdemócrata, con sede en Ámsterdam. ↩

  30. La insurrección de Cantón (Guangzhou) de diciembre de 1927, aplastada en tres días. ↩

  31. Ernst Thälmann (1886-1944), presidente del Partido Comunista de Alemania, detenido por los nazis en marzo de 1933 y asesinado en Buchenwald en 1944. ↩

  32. Línea de la Comintern de 1928 a 1934, que anunciaba el hundimiento inminente del capitalismo y calificaba a la socialdemocracia de «socialfascismo». ↩

  33. Ignace Reiss (Ignacy Poretski, 1899-1937), agente de los servicios secretos soviéticos en Europa occidental; en julio de 1937 rompió con Stalin y se declaró por la IV Internacional; la NKVD lo asesinó cerca de Lausana en septiembre de ese año. ↩

  34. Fiódor Butenko, diplomático soviético destinado en Rumanía, que desertó en 1938 y se pasó a Italia, donde hizo declaraciones favorables al fascismo. ↩

  35. Comprador: intermediario nativo al servicio del capital extranjero en los países coloniales y semicoloniales, sobre todo en China. ↩

  36. Del Partido Socialista Revolucionario (eserista, por sus siglas rusas SR), partido populista ruso. ↩

  37. GPU (después OGPU y, desde 1934, NKVD): la policía política soviética. ↩

  38. Movimiento de «emulación» productiva lanzado en 1935 con el nombre del minero Alekséi Stajánov, que sirvió para intensificar el trabajo y diferenciar los salarios. ↩

  39. Léon Jouhaux (1879-1954), secretario general de la Confederación General del Trabajo (CGT) francesa desde 1909. ↩

  40. Buró de Londres (Buró Internacional para la Unidad Socialista Revolucionaria): agrupación internacional de partidos centristas, como el ILP británico, el SAP alemán o el POUM. ↩

  41. Partido Obrero de Unificación Marxista, fundado en 1935 por la fusión del Bloque Obrero y Campesino de Maurín y la Izquierda Comunista de Nin. ↩

  42. La Federación Sindical Internacional, llamada Internacional de Ámsterdam por su sede, de orientación reformista. ↩

  43. Las grandes huelgas con ocupación de fábricas de mayo-junio de 1936, que arrancaron al gobierno de Frente Popular de Léon Blum las vacaciones pagadas, los convenios colectivos y la semana de 40 horas. ↩

  44. Buró Internacional de Unidad Socialista Revolucionaria, con sede en Londres, que agrupaba a partidos centristas como el ILP británico, el SAP alemán y el POUM español. ↩

  45. El folleto de 1939 salta del artículo 2 al 4: no hay artículo 3. ↩

  46. El folleto de 1939, por un error de imprenta, descoloca esta frase (sus líneas aparecen trastocadas entre los artículos 6 y 7); la reponemos en su lugar. ↩

  47. El folleto de 1939 omite por error de imprenta el final de esta frase; en su lugar aparece un fragmento de la frase sobre la fusión del artículo 6. ↩

  48. Exigencias presentadas por Japón a China en enero de 1915, que pretendían convertir el país en un protectorado japonés; China aceptó una parte de ellas en mayo de ese año. ↩

  49. Conferencia naval y sobre el Pacífico celebrada en Washington entre noviembre de 1921 y febrero de 1922; en ella Japón se comprometió a devolver a China la península de Shandong. ↩

  50. Así en el folleto; el gran terremoto de Kantō, que destruyó Tokio y Yokohama, fue en 1923. ↩

  51. Sociedad nacionalista y ultraderechista japonesa (Kokuryūkai), fundada en 1901, partidaria de la expansión en Asia continental. ↩

  52. Alusión a los golpes y asesinatos de los oficiales jóvenes en los años treinta, como el del primer ministro Inukai en mayo de 1932 y la sublevación de Tokio de febrero de 1936. ↩

  53. Intermediarios chinos al servicio de las casas comerciales y de los bancos extranjeros; el término, de origen portugués, pasó a designar a la burguesía china ligada al capital extranjero. ↩

  54. Alusión, sobre todo, a la matanza de Shanghái del 30 de mayo de 1925, cuando la policía de la concesión internacional, al mando británico, disparó contra manifestantes, y a la de Shamian (Cantón) en junio de ese año. ↩

  55. Estado fundado por el Partido Comunista de China en 1931 en Jiangxi y otras zonas rurales; tras la Larga Marcha (1934-1935) y el acuerdo con el Kuomintang de 1937 se transformó en la Región Fronteriza de Shaanxi-Gansu-Ningxia. ↩

  56. Golpe de Chiang Kai-shek en Shanghái el 12 de abril de 1927, con la matanza de miles de obreros y comunistas. ↩

  57. Los «tres principios del pueblo» de Sun Yat-sen (nacionalismo, democracia y bienestar del pueblo) preveían un periodo de «tutela» del partido sobre el pueblo antes del régimen constitucional. ↩

  58. Insurrección de la Comuna de Cantón (11-13 de diciembre de 1927), organizada por orden de la dirección de la Internacional Comunista y aplastada en sangre. ↩

  59. Línea de la Internacional Comunista entre 1928 y 1934, que anunciaba el asalto revolucionario inminente y tachaba de «socialfascista» a la socialdemocracia. ↩

  60. La Ley de Gobierno de la India de 1935 y el tratado angloegipcio de 1936, que concedieron una autonomía limitada. ↩

  61. Acuerdos de preferencia imperial firmados en la Conferencia Económica Imperial de Ottawa de 1932. ↩

  62. Discurso de la «cuarentena», pronunciado por Franklin D. Roosevelt el 5 de octubre de 1937. ↩

  63. Conferencia de los firmantes del tratado de las Nueve Potencias, reunida en Bruselas en noviembre de 1937 sobre la guerra chino-japonesa, que terminó sin resultado. ↩

  64. Ferrocarril de Manchuria construido por Rusia a finales del siglo XIX; la URSS lo vendió al Manchukuo en 1935. ↩

  65. Tratado chino-soviético de no agresión firmado el 21 de agosto de 1937. ↩

  66. Principio enunciado en 1823 por el presidente James Monroe («América para los americanos»), que rechazaba toda intervención europea en el continente americano. ↩

  67. Getúlio Vargas (1882-1954), presidente del Brasil desde 1930, que en noviembre de 1937 implantó la dictadura del Estado Novo; Fulgencio Batista (1901-1973), militar que desde el golpe de 1933 era el hombre fuerte de Cuba. ↩

  68. Blanton Winship (1869-1947), general norteamericano, gobernador de Puerto Rico de 1934 a 1939; bajo su mandato la policía mató en 1937 a una veintena de nacionalistas en la llamada masacre de Ponce. ↩

  69. Conferencia Interamericana para el Mantenimiento de la Paz, celebrada en Buenos Aires en diciembre de 1936 con asistencia de Roosevelt. ↩

  70. El fracaso de la insurrección prevista por el Partido Comunista de Alemania en octubre de 1923. ↩

  71. Planes de 1924 y 1929, que llevan el nombre de los financieros norteamericanos Charles G. Dawes y Owen D. Young, para reescalonar las reparaciones de guerra alemanas, acompañados de grandes préstamos norteamericanos a Alemania. ↩

  72. Política formulada en 1899-1900 por el secretario de Estado John Hay, que reclamaba igualdad de acceso comercial a China para todas las potencias. ↩

  73. Ideología de la unidad de los pueblos asiáticos bajo la dirección de Japón, con la que el imperialismo japonés justificaba su expansión. ↩

  74. Alusión a la undécima de las Tesis sobre Feuerbach de Marx (1845): «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de distintas maneras; lo que importa es transformarlo». ↩

  75. Parti Ouvrier Internationaliste (Partido Obrero Internacionalista), sección francesa de la IV Internacional, fundada en 1936. ↩

  76. La Lutte Ouvrière («La lucha obrera»), semanario del POI. ↩

  77. Las fábricas de automóviles Renault de Boulogne-Billancourt, la mayor concentración obrera de la región de París. ↩

  78. Erwin Wolf (1902-1937), trotskista checoslovaco, secretario de Trotsky en Noruega; secuestrado y asesinado por agentes de la GPU en España en 1937. ↩

  79. Fecha de la oleada de huelgas con ocupación de fábricas que siguió a la victoria electoral del Frente Popular en Francia. ↩

  80. Parti Communiste Internationaliste (Partido Comunista Internacionalista), grupo formado en Francia por Raymond Molinier y Pierre Frank tras su ruptura con la sección oficial en 1935-1936; publicaba La Commune. ↩

  81. Raymond Molinier (1904-1994), uno de los fundadores de la Oposición de Izquierda en Francia. ↩

  82. Parti Ouvrier Internationaliste (Partido Obrero Internacionalista), sección francesa de la IV Internacional fundada en 1936. ↩

  83. Firmas, con seudónimo, de los miembros de la delegación del S. I. ↩

  84. Reunión preparatoria de las secciones americanas y del Pacífico celebrada en Nueva York en 1938, antes de la conferencia de fundación. ↩

  85. Congreso de fundación del Socialist Workers Party norteamericano, celebrado en Chicago entre el 31 de diciembre de 1937 y el 3 de enero de 1938. ↩

  86. Co-operative Commonwealth Federation, partido socialdemócrata canadiense fundado en 1932, en el que habían entrado los trotskistas canadienses. ↩

  87. Grupo de B. J. Field, expulsado de la Liga Comunista de América en 1934, que fundó una pequeña organización propia. ↩

  88. Grupo trotskista británico encabezado por Ralph Lee, militante llegado de Sudáfrica, que se constituyó como Workers' International League. ↩

  89. Henk Sneevliet (1883-1942), dirigente del Partido Socialista Revolucionario Obrero (RSAP) de los Países Bajos, que se apartó de la IV Internacional en 1938. Fue fusilado por los nazis en 1942. ↩

  90. Georges Vereecken, dirigente trotskista belga enfrentado a la línea del Secretariado Internacional. ↩

  91. Liga Socialista Revolucionaria, nombre de la sección británica unificada en 1938. ↩

  92. Corriente comunista griega surgida en los años veinte en torno a la revista Archeio tou Marxismou (Archivo del marxismo), que se adhirió a la Oposición de Izquierda internacional. ↩

  93. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista disolvió el Partido Comunista de Polonia en 1938, tras la ejecución en Moscú de buena parte de sus dirigentes durante las purgas estalinistas. ↩

  94. Ludwik Waryński (1856-1889), fundador en 1882 del partido socialista revolucionario polaco Proletariat. Murió en la fortaleza de Schlüsselburg. ↩

  95. Seudónimo de Leo Jogiches (1867-1919), compañero de Rosa Luxemburg y dirigente de la socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania y luego de la Liga Espartaco; fue asesinado en Berlín en 1919. ↩

  96. Unión General Obrera Judía de Lituania, Polonia y Rusia, partido socialista judío fundado en 1897. ↩

  97. Liga Comunista Internacionalista, sección mexicana de la IV Internacional. ↩

  98. Luciano Galicia y Octavio Fernández, dirigentes trotskistas mexicanos. ↩

  99. Línea de la Internacional Comunista entre 1928 y 1934, que tachaba de «socialfascista» a la socialdemocracia y promovía la creación de sindicatos «rojos» separados de los sindicatos de masas. ↩

  100. Lázaro Cárdenas (1895-1970), presidente de México de 1934 a 1940; en marzo de 1938 nacionalizó el petróleo, en manos de compañías norteamericanas y británicas. ↩

  101. Diego Rivera (1886-1957), pintor muralista mexicano, que había gestionado el asilo de Trotsky en México y lo había alojado en la Casa Azul de Coyoacán. ↩

  102. Así en el folleto. Por las reivindicaciones que siguen (maternidad voluntaria, permiso y ayudas de maternidad), el apartado parece referirse a las muchachas de la industria y del campo; el título inglés, «For Our Countryside», puede ser también una errata. ↩

  103. Conferencia de fundación de la organización juvenil de la IV Internacional, reunida a continuación de la conferencia de la IV Internacional. El lugar, «Lausana», es el que da el folleto; por razones de seguridad, la prensa de la época situó también en Suiza la conferencia de la IV Internacional. ↩