Ejercicio de redacción alemana escrito por Karl Marx el 12 de agosto de 1835 para el examen de bachillerato (Abitur) del Gymnasium Friedrich Wilhelm de Trier, donde se conservaba el original; el profesor lo calificó de «bastante bueno», elogiando la riqueza de ideas y la buena disposición, y le reprochó la búsqueda exagerada de expresiones raras y llenas de imágenes. Publicado en la Marx-Engels-Gesamtausgabe, sección I, tomo 1, segundo semivolumen (Berlín, 1929), pp. 164-167. Traducido de esta edición, sin las correcciones del profesor ni el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Texto original en alemán.

Al animal, la naturaleza misma le ha fijado el círculo de actividad en el que ha de moverse, y él lo recorre tranquilamente, sin aspirar a ir más allá, sin presentir siquiera otro distinto. También al hombre le dio la divinidad una meta general, ennoblecer a la humanidad y a sí mismo, pero le dejó a él buscar los medios con los que puede alcanzarla; le dejó elegir la posición en la sociedad que más le conviene, aquella desde la cual mejor puede elevarse a sí mismo y elevar a la sociedad.

Esta elección es un gran privilegio sobre los demás seres de la creación, pero al mismo tiempo un acto que puede destruir toda su vida, frustrar todos sus planes, hacerlo desdichado. Sopesar seriamente esta elección es, pues, sin duda, el primer deber del joven que empieza su carrera y no quiere dejar al azar sus asuntos más importantes.

Cada cual tiene ante los ojos una meta, una meta que al menos a él le parece grande, y que lo es también si la convicción más profunda, la voz más íntima del corazón la llama así, pues la divinidad nunca deja del todo sin guía al hombre terrenal; habla en voz baja, pero segura.

Pero esa voz se ensordece fácilmente, y lo que tuvimos por entusiasmo puede haberlo engendrado el instante, y quizá el instante también lo destruya. Quizá nuestra fantasía se ha inflamado, nuestro sentimiento se ha excitado, imágenes ilusorias revolotean ante nuestros ojos, y nos precipitamos ávidamente hacia la meta que creemos que la divinidad misma nos ha señalado; pero lo que estrechamos ardientemente contra el pecho pronto nos rechaza, y vemos destruida toda nuestra existencia.

Por eso tenemos que examinar seriamente si de verdad nos entusiasma una profesión, si una voz interior la aprueba, o si el entusiasmo era un engaño y lo que tomamos por una llamada de la divinidad era un engaño de nosotros mismos. Pero ¿cómo podemos saberlo, si no es rastreando la fuente misma del entusiasmo?

Lo grande brilla, el brillo despierta la ambición, y la ambición puede fácilmente haber provocado el entusiasmo o lo que nosotros tomamos por tal; pero a quien atrae la furia del afán de honores, la razón ya no puede refrenarlo, y se precipita adonde lo llama el impulso impetuoso: ya no elige él su posición, sino que el azar y la apariencia la determinan por él.

Y no estamos llamados a la posición en la que más podemos brillar; no es esa la que, en la larga serie de años durante los cuales quizá la desempeñemos, nunca nos deja desfallecer, nunca deja hundirse nuestro celo ni enfriarse nuestro entusiasmo; antes bien, pronto veremos nuestros deseos sin colmar, nuestras ideas sin satisfacer, y guardaremos rencor a la divinidad y maldeciremos a la humanidad.

Pero no solo la ambición puede despertar un entusiasmo repentino por una posición, sino que quizá la hemos adornado con nuestras fantasías, y estas la han adornado hasta hacerla lo más alto que la vida puede ofrecer. No la hemos analizado, no hemos considerado toda la carga, la gran responsabilidad que echa sobre nosotros; solo la hemos visto de lejos, y la lejanía engaña.

En esto nuestra propia razón no puede ser la consejera, pues no la apoyan ni la experiencia ni una observación más honda, mientras que el sentimiento la engaña y la fantasía la ciega. Pero ¿hacia quién volveremos la mirada, quién nos ayudará allí donde nuestra razón nos abandona?

Los padres, que ya han recorrido el camino de la vida, que ya han probado el rigor del destino: eso nos dice el corazón.

Y si entonces nuestro entusiasmo persiste, si entonces seguimos amando esa posición y creyéndonos llamados a ella, después de haberla examinado con frialdad, después de haber visto sus cargas y conocido sus penalidades, entonces podemos abrazarla; entonces ni el entusiasmo nos engaña ni la precipitación nos arrastra.

Pero no siempre podemos abrazar la posición a la que nos creemos llamados; nuestras relaciones en la sociedad han empezado ya en cierta medida antes de que estemos en condiciones de determinarlas.

Ya nuestra naturaleza física se nos opone a menudo amenazadora, y nadie ose burlarse de sus derechos.

Podemos, es verdad, elevarnos por encima de ella; pero entonces nos hundimos tanto más deprisa, entonces nos atrevemos a levantar un edificio sobre ruinas carcomidas, entonces toda nuestra vida es una lucha desdichada entre el principio espiritual y el corporal. Pero quien no es capaz de apaciguar en sí mismo los elementos en lucha, ¿cómo podrá oponerse al impulso salvaje de la vida, cómo podrá obrar con calma? Y solo de la calma pueden surgir hechos grandes y hermosos; ella es el único suelo en el que prosperan los frutos maduros.

Aunque con una naturaleza física que no se adecua a nuestra posición no podemos obrar mucho tiempo ni a menudo con alegría, el pensamiento de sacrificar nuestro bienestar al deber nos eleva siempre a obrar con fuerza aun siendo débiles; pero si hemos elegido una posición para la que no tenemos talento, nunca podremos desempeñarla dignamente, pronto reconoceremos avergonzados nuestra propia incapacidad y nos diremos que somos un ser inútil en la creación, un miembro de la sociedad que no puede cumplir su vocación. La consecuencia más natural es entonces el desprecio de uno mismo, ¿y qué sentimiento es más doloroso, cuál puede ser menos reemplazado por todo lo que ofrece el mundo exterior? El desprecio de uno mismo es una serpiente que, hurgando eternamente, roe el pecho, chupa del corazón la sangre de la vida y la mezcla con el veneno de la misantropía y la desesperación.

Engañarse sobre nuestras aptitudes para una posición que hemos considerado más de cerca es una falta que recae vengativamente sobre nosotros mismos y que, aunque el mundo exterior no la censure, provoca en nuestro pecho un tormento más terrible que el que aquel es capaz de causar.

Si hemos sopesado todo esto y nuestras circunstancias de vida nos permiten elegir una posición cualquiera, podremos abrazar la que nos conceda la mayor dignidad, la que se funde en ideas de cuya verdad estemos plenamente convencidos, la que ofrezca el campo más amplio para obrar por la humanidad y acercarnos nosotros mismos a la meta general, para la que toda posición no es más que un medio: la perfección.

La dignidad es lo que más eleva al hombre, lo que confiere una nobleza superior a su obrar, a todos sus esfuerzos, lo que le permite mantenerse intachable, admirado por la multitud y por encima de ella.

Pero la dignidad solo puede concederla la posición en la que no aparecemos como instrumentos serviles, sino en la que creamos con independencia dentro de nuestro círculo; solo puede concederla la posición que no exige actos reprobables, ni siquiera en apariencia, y que el mejor puede abrazar con noble orgullo. La posición que más concede esto no siempre es la más alta, pero sí siempre la más excelente.

Pero así como una posición sin dignidad nos rebaja, sucumbimos sin duda bajo la carga de una que se funda en ideas que más tarde reconocemos falsas.

Entonces no vemos más ayuda que el engañarnos a nosotros mismos, ¡y qué desesperada salvación la que ofrece el autoengaño!

Las posiciones que no intervienen tanto en la vida como se ocupan de verdades abstractas son las más peligrosas para el joven cuyos principios aún no son sólidos, cuya convicción aún no es firme e inquebrantable, aunque al mismo tiempo parezcan las más sublimes cuando han echado raíces hondas en el pecho, cuando somos capaces de sacrificar la vida y todos los esfuerzos a las ideas que reinan en ellas.

Pueden hacer feliz a quien está llamado a ellas, pero destruyen a quien las abraza precipitadamente, irreflexivamente, obedeciendo al instante.

En cambio, la alta opinión que tenemos de las ideas en que se funda nuestra posición nos confiere un punto de vista más elevado en la sociedad, acrecienta nuestra propia dignidad, hace inquebrantables nuestras acciones.

Quien elige una posición que estima en mucho retrocederá con espanto ante la idea de hacerse indigno de ella; obrará con nobleza aunque solo sea porque su lugar en la sociedad es noble.

Pero la guía principal que debe orientarnos en la elección de una posición es el bien de la humanidad, nuestra propia perfección. No se crea que estos dos intereses podrían combatirse como enemigos, que el uno tendría que destruir al otro; al contrario, la naturaleza del hombre está dispuesta de tal modo que solo puede alcanzar su perfeccionamiento obrando por la perfección, por el bien de sus contemporáneos.

Si solo trabaja para sí mismo, podrá llegar a ser un sabio célebre, un gran filósofo, un poeta eminente, pero nunca un hombre consumado, verdaderamente grande.

La historia llama los hombres más grandes a aquellos que se ennoblecieron a sí mismos obrando por lo general; la experiencia alaba como el más feliz a quien ha hecho felices a los más; la religión misma nos enseña que el ideal al que todos aspiran se sacrificó por la humanidad, ¿y quién se atrevería a destruir tales sentencias?

Si hemos elegido la posición en la que más podemos obrar por la humanidad, ninguna carga podrá doblegarnos, porque no son más que sacrificios por todos; entonces no gozaremos de una alegría pobre, limitada, egoísta, sino que nuestra dicha pertenecerá a millones, nuestros actos seguirán viviendo en silencio, pero obrando eternamente, y nuestras cenizas serán regadas por las lágrimas ardientes de hombres nobles.