Ejercicio de religión escrito por Karl Marx para el examen de bachillerato (Abitur) del Gymnasium Friedrich Wilhelm de Trier en agosto de 1835; el original se conservaba en el archivo del Gymnasium. El profesor de religión, el pastor Johann Abraham Küpper, lo calificó el 17 de agosto de «exposición rica en ideas, brillante y vigorosa, que merece elogio», aunque objetó que no indicaba la esencia de la unión, solo captaba su fundamento por un lado y demostraba mal su necesidad. Publicado en la Marx-Engels-Gesamtausgabe, sección I, tomo 1, segundo semivolumen (Berlín, 1929), pp. 171-174. Traducido de esta edición, sin el juicio del profesor ni el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas del Evangelio se traducen de la versión alemana que usa Marx. Texto original en alemán.
Antes de considerar el fundamento, la esencia y los efectos de la unión de Cristo con los creyentes, queremos ver si esta unión es necesaria, si está condicionada por la naturaleza del hombre, si este no puede alcanzar por sí mismo el fin para el que Dios lo sacó de la nada.
Si volvemos la mirada a la historia, la gran maestra de la humanidad, encontraremos grabado en ella con buril de hierro que todo pueblo, aun cuando hubiera alcanzado el grado más alto de cultura, aun cuando de su seno hubieran brotado los hombres más grandes, aun cuando las artes hubieran hecho salir en él su sol pleno y las ciencias hubieran resuelto las cuestiones más difíciles, no fue capaz, a pesar de todo, de sacudirse las cadenas de la superstición; que no se formó conceptos dignos y verdaderos ni de sí mismo ni de la divinidad; que incluso la moralidad, la moral, nunca aparece en él pura de añadidos extraños, de limitaciones innobles; que incluso sus virtudes nacían más de una grandeza ruda, de un egoísmo desenfrenado, de un ansia de gloria y de hazañas audaces, que del afán de verdadera perfección.
Y los pueblos antiguos, los salvajes, a quienes aún no ha llegado la doctrina de Cristo, muestran una inquietud interior, un temor a la ira de sus dioses, una convicción íntima de su propia abyección, al ofrecer sacrificios a sus dioses, al creer expiar su culpa con sacrificios.
Sí, el mayor sabio de la Antigüedad, el divino Platón, expresa en más de un pasaje un profundo anhelo de un ser superior cuya aparición colmaría el afán insatisfecho de verdad y de luz.
Así nos enseña la historia de los pueblos la necesidad de la unión con Cristo.
También cuando consideramos la historia de los individuos, la naturaleza del hombre, vemos siempre, es cierto, una chispa de la divinidad en su pecho, un entusiasmo por el bien, un afán de conocimiento, un anhelo de verdad; pero las chispas de lo eterno las ahoga la llama del deseo; el entusiasmo por la virtud ensordece la voz seductora del pecado, y es objeto de burla en cuanto la vida nos ha hecho sentir todo su poder; el afán de conocimiento lo desplaza un bajo afán de bienes terrenales, el anhelo de verdad se apaga bajo el poder lisonjero de la mentira; y así está ahí el hombre, el único ser de la naturaleza que no cumple su fin, el único miembro del universo de la creación que no es digno del Dios que lo creó. Pero aquel Creador bondadoso no podía odiar su obra; quiso elevarla hacia sí y envió a su Hijo, y por medio de él nos dice:
«Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado» (Juan 15, 3).
«Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Juan 15, 4).
Después de haber visto así cómo la historia de los pueblos y la consideración de los individuos demuestran la necesidad de la unión con Cristo, queremos considerar la última y más difícil prueba: la palabra de Cristo mismo.
¿Y dónde expresa él con más claridad la necesidad de la unión consigo que en la hermosa parábola de la vid y los sarmientos, en la que se llama a sí mismo la vid, y a nosotros los sarmientos? El sarmiento no puede dar fruto por su propia fuerza; y así, dice Cristo, sin mí nada podéis hacer. Aún con más fuerza se expresa sobre esto cuando dice: «El que no permanece en mí, etc.» (Juan 15, 4, 5, 6).
Sin embargo, esto solo debe entenderse de aquellos que han podido llegar a conocer la palabra de Cristo; pues el designio de Dios sobre los demás pueblos y hombres no podemos juzgarlo, ya que ni siquiera somos capaces de comprenderlo.
Nuestro corazón, la razón, la historia, la palabra de Cristo nos dicen, pues, en voz alta y convincente que la unión con él es absolutamente necesaria, que sin él no podemos alcanzar nuestro fin, que sin él seríamos rechazados por Dios, que solo él podía redimirnos.
Penetrados así de la convicción de que esta unión es absolutamente necesaria, estamos ansiosos por indagar en qué consiste este alto don, este rayo de luz que desde mundos superiores cae vivificante en nuestro corazón y nos eleva purificados hasta el cielo, cuál es su esencia íntima y su fundamento.
En cuanto hemos comprendido la necesidad de la unión, su fundamento —nuestra necesidad de redención, nuestra naturaleza inclinada al pecado, nuestra razón vacilante, nuestro corazón corrompido, nuestra abyección ante Dios— está claro ante nuestros ojos, y ya no necesitamos indagar cuál es.
Pero ¿quién podría expresar más bellamente la esencia de la unión que Cristo en la parábola de la vid y el sarmiento? ¿Quién podría exponer ante los ojos en grandes tratados todas sus partes, lo más íntimo que funda esta unión, de modo tan completo como Cristo con las palabras:
«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador» (Juan 15, 1).
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Juan 15, 5).
Si el sarmiento pudiera sentir, ¡con qué alegría miraría al viñador que lo cuida, que lo limpia solícito de malas hierbas y lo ata firmemente a la vid, de la que saca alimento y savia para flores más hermosas!
En la unión con Cristo volvemos, pues, ante todo hacia Dios los ojos amorosos, sentimos por él la gratitud más ardiente, caemos gozosos de rodillas ante él.
Entonces, cuando por la unión con Cristo ha salido para nosotros un sol más hermoso, cuando sentimos toda nuestra abyección pero al mismo tiempo nos regocijamos de nuestra redención, solo entonces podemos amar al Dios que antes se nos aparecía como soberano ofendido y ahora como padre que perdona, como educador bondadoso.
Pero el sarmiento, si pudiera sentir, no solo levantaría la mirada hacia el viñador: se ceñiría estrechamente a la cepa, se sentiría unido del modo más íntimo a ella y a los sarmientos que han brotado en ella; amaría a los otros sarmientos ya solo porque un mismo viñador los cuida y un mismo tronco les da fuerza.
Así, la unión con Cristo consiste en la comunión más íntima y viva con él, en tenerlo ante los ojos y en el corazón; y al estar así penetrados del amor más alto a él, volvemos al mismo tiempo nuestro corazón hacia los hermanos a los que él ha unido más íntimamente a nosotros y por los que también se sacrificó.
Pero este amor a Cristo no es estéril: no solo nos llena de la más pura veneración y estima por él, sino que hace también que guardemos sus mandamientos sacrificándonos los unos por los otros, siendo virtuosos, pero virtuosos solo por amor a él (Juan 15, vv. 9, 10, 12, 13, 14).
Este es el gran abismo que separa la virtud cristiana de cualquier otra y la eleva por encima de cualquier otra; este es uno de los mayores efectos que la unión con Cristo produce en el hombre.
La virtud ya no es una caricatura sombría, como la presenta la filosofía estoica; no es hija de una dura doctrina del deber, como la encontramos en todos los pueblos paganos, sino que lo que obra lo obra por amor a Cristo, por amor a un ser divino, y cuando brota de esta fuente pura aparece libre de todo lo terrenal y verdaderamente divina. Todo aspecto repelente se sumerge, todo lo terrenal se hunde, todo lo rudo se extingue, y la virtud queda transfigurada, al haberse vuelto a la vez más dulce y más humana.
Nunca la razón humana habría podido presentarla así; su virtud habría sido siempre una virtud limitada, terrenal.
En cuanto un hombre ha alcanzado esta virtud, esta unión con Cristo, esperará tranquilo y sereno los golpes del destino, se enfrentará con valor a la tormenta de las pasiones, soportará impávido la furia del malvado, pues ¿quién puede oprimirlo, quién puede arrebatarle a su Redentor?
Lo que pide sabe que se le concederá, pues solo pide en la unión con Cristo, y por tanto solo pide lo divino; ¿y a quién no elevaría y consolaría esta seguridad que anuncia el Salvador mismo? (Juan 15, v. 7).
¿Quién no soportaría con gusto los sufrimientos, sabiendo que por su perseverancia en Cristo, por sus obras, Dios mismo es glorificado, que su perfección enaltece al Señor de la creación? (Juan 15, v. 8).
Así pues, la unión con Cristo da elevación interior, consuelo en el sufrimiento, confianza serena y un corazón abierto al amor a los hombres, a todo lo noble, a todo lo grande, no por ambición ni por afán de gloria, sino solo por Cristo; así pues, la unión con Cristo da una alegría que el epicúreo se esfuerza en vano por atrapar en su filosofía frívola, y el pensador más profundo en las profundidades más ocultas del saber; una alegría que solo conoce el ánimo sin doblez, infantil, unido con Cristo y, por él, con Dios, y que hace la vida más hermosa y la eleva (Juan 15, 11).