Tres correspondencias escritas por Friedrich Engels en Bremen, donde trabajaba desde 1838 como aprendiz en una casa de comercio, y publicadas en el Morgenblatt für gebildete Leser (Stuttgart): la primera en los n.os 181-182, 30-31 de julio de 1840; la segunda en los n.os 249-250, 17-19 de octubre de 1840; la tercera en los n.os 13-16, 15-19 de enero de 1841. Engels firmaba entonces sus colaboraciones como «Friedrich Oswald» o «F. O.», y algunas de estas salieron sin firma. El título de esta página es nuestro; en el periódico cada crónica se titula «Bremen». Traducido de la MEGA¹, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 121-125, 128-131 y 141-146, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
I. Teatro, fiesta de los impresores
Bremen, julio
Que yo sepa, ningún periódico de renombre tiene un corresponsal fijo en Bremen, y de este consensus gentium podría concluirse fácilmente que de aquí no hay nada que escribir; pero no es así. ¿No tenemos acaso un teatro en el que hace poco actuaron en rápida sucesión Agnese Schebest, Caroline Bauer, Tichatschek y madame Schröder-Devrient,1 y cuyo repertorio podría competir en solidez con más de uno, y más famoso? ¿No se han representado ya aquí el Richard Savage de Gutzkow y La exaltación a la moda de Blum?2 De la primera de estas dos obras ya se ha hablado hasta la saciedad; yo sostengo que una recensión aparecida recientemente en los Hallische Jahrbücher, descontadas sus frecuentes animosidades, contiene mucho de verdad y acierta sobre todo en el defecto fundamental: que la relación entre madre e hijo, al no ser libre, no puede nunca servir de base a un drama. Quizá Gutzkow vio este defecto desde el principio, pero hizo bien en no dejar que le impidiera la ejecución; pues si quería abrirse camino en el teatro con una sola obra, tenía que hacer algunas concesiones a la rutina teatral establecida, que más adelante, si le salía bien su plan, siempre podía retirar. Tenía que dar a su obra un fundamento original aunque no resistiera a la crítica poética, aunque sus escenas cayeran en lo melodramático y en el efectismo. Puede censurarse Richard Savage, puede rechazarse, pero ha de admitirse también que Gutzkow ha demostrado con ella su talento dramático. De La exaltación a la moda de Blum ni siquiera hablaría si no se la hubiera pregonado en muchos periódicos como obra «de actualidad». Pero no hay en ella absolutamente nada de actual, ni en los caracteres, ni en la acción, ni en el diálogo. Es verdad que Blum tiene el mérito de haber tenido el valor de llevar el pietismo a la escena; pero de manera tan ligera no se acaba con este pie dislocado del cristianismo. Que se deje de una vez de buscar tras el pietismo el engaño, la codicia o una sensualidad refinada; de potenciaciones y extremos como los que se mostraron en Königsberg, de abusos como los que se permitió Stephan, de Dresde, se aparta decididamente el pietismo propiamente dicho.3 Cuando Stephan estuvo aquí con su desdichada compañía para embarcar hacia Nueva Orleans, y nadie tenía todavía la menor sospecha moral, vi yo mismo con qué desconfianza se comportaban con él los pietistas de aquí. Quien quiera escribir sobre esta corriente, que vaya alguna vez entre los «cuáqueros», como se les llama aquí, y vea con qué amor se tratan estas personas, con qué rapidez se traba la amistad entre dos completos desconocidos que no saben uno de otro más que que son «creyentes», con qué seguridad, coherencia y decisión siguen su camino, con qué fino tacto psicológico saben descubrir todos sus pequeños defectos, y estoy convencido de que no vuelve a escribir La exaltación a la moda. Frente a los reproches de esa pieza, el pietismo tiene tanta razón como sinrazón frente al pensamiento libre de nuestro siglo. Por eso el pietismo de aquí solo se ocupó de la obra para preguntar si contenía «discursos blasfemos».
La fiesta de Gutenberg4 se ha celebrado también aquí, en la ultima Thule de la cultura alemana, y por cierto de manera más grata que en las otras dos ciudades hanseáticas. Los impresores llevaban ya varios años apartando cada semana algo de su salario para celebrar dignamente la fiesta; pronto se formó un comité, pero también aquí la realización encontró dificultades por parte del Estado. Se urdieron pequeñas intrigas, ligadas sobre todo a personalidades, como no puede ser de otro modo en Estados tan pequeños; durante un tiempo no se oyó nada del asunto, y parecía que a lo sumo saldría a la luz una «fiesta de los artesanos». Solo la víspera se generalizó el interés: apareció el programa, el profesor Wilhelm Ernst Weber,5 conocido por sus excelentes traducciones de clásicos antiguos y sus comentarios a poetas alemanes, atrajo con el discurso que pronunció en el Aula la atención sobre la fiesta del día siguiente, y los grandes comerciantes dudaban si no habría que conceder al día siguiente media jornada de fiesta a los empleados de escritorio. Llegó el día de fiesta; todos los barcos del Weser habían izado sus banderas, y en el extremo inferior de la ciudad había dos barcos cuyos mástiles estaban unidos en lo alto por una larga cinta guarnecida de innumerables banderas, formando un inmenso arco de honor. En uno de esos barcos estaba también el único cañón disponible, que tronó durante todo el día. El comité fue con todos los impresores en solemne cortejo a la iglesia y de allí al vapor recién construido Gutenberg, el más hermoso que ha navegado nunca por el Weser, de casco blanco como la nieve con adornos dorados. Para este su primer viaje estaba engalanado de guirnaldas y banderas; el cortejo subió a bordo, remontó el Weser entre música y cantos y se detuvo en el puente, donde se cantó un coral y un impresor pronunció un discurso. Mientras todos los participantes de la fiesta tomaban a bordo un desayuno ofrecido por el armador del barco, el señor Lange, de Vegesack, el Gutenberg pasó con una rapidez que honraba a su constructor por el arco de banderas hasta Lankenau, un lugar de recreo río abajo, mientras miles de personas lo despedían con hurras desde el puente y el muelle. Por el cortejo solemne y este viaje por el Weser cobró la celebración por primera vez el carácter de una fiesta popular, y más aún por el reparto, restringido al principio y luego libre, de las entradas a un jardín público alquilado e iluminado para esa noche, adonde se dirigió el comité después del banquete. Aquí se cerró la fiesta, entre música y resplandor de luces, con Haut-Sauternes, Saint-Julien y champán.
Literatura
Por lo demás, la vida aquí es bastante monótona y provinciana; la haute volée, es decir, las familias de los patricios y de los aristócratas del dinero, pasa el verano en sus fincas; las señoras de las clases medias no pueden separarse ni en la estación hermosa de sus tertulias de té, donde se juega a las cartas y se ejercita la lengua, y los comerciantes van día tras día al Museum, a la Börsenhalle o a la Union6 para hablar de los precios del café y del tabaco y del estado de las negociaciones con la Unión Aduanera; al teatro va poca gente. Aquí no hay participación en la literatura corriente de la patria común; más o menos se piensa que con Goethe y Schiller se pusieron las claves en la bóveda de la literatura alemana, y a lo sumo se admite todavía a los románticos como adornos añadidos después. Se está abonado a un círculo de lectura, en parte por moda, en parte para poder dormir la siesta más cómodamente ante una revista; pero solo despiertan interés el escándalo y todo lo que se diga sobre Bremen en los periódicos. En muchas personas cultas, ciertamente, esta apatía puede deberse a la falta de tiempo libre, pues sobre todo el comerciante está obligado aquí a tener siempre el negocio en la cabeza, y el resto de tiempo que pueda quedarle lo absorbe la etiqueta entre una parentela casi siempre numerosísima, visitas, etc. En cambio, existe aquí una literatura cerrada, que se extiende de sobra en parte en folletos, la mayoría sobre disputas teológicas, y en parte en el periodismo. La Bremer Zeitung, una hoja informativa dirigida con tacto, gozaba de una notable reputación en un amplio contorno, que sin embargo ha disminuido desde sus complicaciones involuntarias en los asuntos políticos del Estado vecino.7 Sus artículos sobre Europa occidental están escritos con ingenio, aunque no sean decididamente liberales. Un suplemento suyo, el Bremisches Conversationsblatt, intentó representar a Bremen en la literatura alemana del día y trajo artículos ingeniosos del profesor Weber y del doctor Stahr, de Oldenburgo; los poemas los aportaba Nicolaus Delius, un joven filólogo de talento que también como poeta podría conquistarse poco a poco una posición honrosa.8 Pero era difícil ganar colaboradores de fuera importantes, y así el periódico tuvo que cerrar por falta de contribuciones. Otra revista, el Patriot, que aspiraba a presentarse como órgano más digno para tratar los intereses locales y a dar a la vez, en lo estético, algo más sólido que las pequeñas hojas locales, murió de su posición vacilante entre periódico local y literario. De una vida más tenaz pueden presumir las hojas locales más pequeñas, a las que se alimenta de escándalos, peleas entre actores, chismes de la ciudad y cosas parecidas. El Unterhaltungsblatt sobre todo ha llegado, gracias a sus numerosos colaboradores (casi todo empleado de escritorio puede presumir de haber escrito unas líneas para el Unterhaltungsblatt), a una rara omnisciencia. Si en el teatro sobresale un clavo de un banco, si en la Union no se ha adquirido un folleto, si un cigarrero borracho ha pasado la noche de juerga por la calle, si no se ha barrido como es debido un arroyo, el primero en darse cuenta es el Unterhaltungsblatt. Si un oficial de la milicia ciudadana ha creído poder cabalgar por las aceras en virtud de su cargo, puede estar seguro de que en el número siguiente de esta hoja aparecerá la pregunta de si los oficiales de la milicia ciudadana pueden cabalgar por las aceras. Podría llamarse a esta excelente hoja la providencia de Bremen. Pero su principal colaborador es Crischan Tripsteert, el seudónimo autor de poemas en bajo alemán. Sería mejor para la lengua bajoalemana que se la suprimiera, según la exigencia de Wienbarg,9 que tener que dejarse maltratar por Crischan Tripsteert para sus poemas. Las demás hojas locales son demasiado ordinarias para traer siquiera su nombre ante el público mayor. Completamente aparte está el Bremer Kirchenbote, una hoja pietista y ascética redactada por tres predicadores, a la que a veces aporta contribuciones Krummacher, el conocido autor de parábolas.10 La hoja se exalta tanto que la censura tiene que intervenir con frecuencia, cosa que, dada la acogida que su tendencia encuentra en las altas esferas, sin duda solo ocurre en caso de necesidad. Polemiza continuamente contra Hegel, el «padre del panteísmo moderno», y contra «su discípulo, el gélido Strauss», como contra todo racionalista que se deje ver en diez millas a la redonda. Próximamente, algo sobre Bremerhafen y sobre la situación social de Bremen.
II. Racionalismo y pietismo
Bremen, septiembre
Por fin vuelve a haber un asunto que va más allá de los chismes de las tertulias de té, que agita a todo el público de nuestro Estado libre, de modo que cada uno toma partido a favor o en contra, y que da que pensar también al más serio. La tormenta en el cielo de la época ha caído también sobre Bremen; la lucha por una concepción más libre o más estrecha del cristianismo se ha encendido también aquí, en la capital de la fe a la letra del norte de Alemania; las voces que se alzaron hace poco en Hamburgo, Kassel y Magdeburgo han encontrado eco en Bremen. El curso del asunto es, en breve, el siguiente: el pastor F. W. Krummacher, el papa de los calvinistas del Wuppertal, el san Miguel de la doctrina de la predestinación,11 visitó a sus padres aquí y predicó dos veces por su padre en la iglesia de San Ansgario. El primer sermón trataba de su espectáculo favorito, el Juicio Final; el segundo, de un pasaje anatematizador de la Epístola a los Gálatas;12 ambos estaban escritos con la elocuencia llameante, con la pompa de imágenes poética, aunque no siempre escogida, que se conoce a este predicador tan dotado; pero ambos, y sobre todo el último, chispean de maldiciones contra los que piensan de otro modo, como no podía esperarse otra cosa de un místico tan intransigente. El púlpito se convirtió en el sillón presidencial de un tribunal de la Inquisición desde el que se hizo rodar la maldición eterna sobre todas las corrientes teológicas que el inquisidor conocía y que no conocía; todo el que no tiene el misticismo craso por el cristianismo absoluto fue entregado al diablo. Y además Krummacher sabía retirarse siempre, con una sofística que resultaba de una ingenuidad curiosa, detrás del apóstol Pablo. «¡No soy yo el que maldice, no! Hijos, pensadlo bien, ¡si es el apóstol Pablo el que condena!» Lo peor del asunto era que el apóstol escribía en griego y que los eruditos todavía no han podido ponerse de acuerdo sobre el significado preciso de algunas de sus expresiones. Entre esas palabras dudosas está también el anathema empleado en este pasaje, al que Krummacher había atribuido aquí sin más el sentido más duro, el de deseo de la condenación eterna. El pastor Paniel, principal representante del racionalismo en aquel púlpito, tuvo la desgracia de entender esta palabra en un sentido más suave y de ser, en general, enemigo de la manera de ver de Krummacher; por eso pronunció sermones de controversia.13 Piénsese lo que se quiera de sus convicciones, no se podrá hacer ningún reproche fundado a su conducta. Krummacher no podrá negar que al redactar sus sermones pensó no solo en la mayoría racionalista de la parroquia, sino también, en especial, en Paniel; no podrá negar que no está bien que un predicador invitado quiera poner a una parroquia en contra de sus pastores titulares; tendrá que admitir que a un tarugo grosero le corresponde una cuña grosera. ¿Qué pintaban aquí todas las invectivas contra Voltaire y Rousseau, a los que en Bremen hasta el peor racionalista teme como al diablo, qué pintaban todas las maldiciones contra la teología especulativa, sobre la que todo su auditorio, con dos o tres excepciones, era tan poco capaz de juzgar como él, qué otra cosa iba a hacer todo eso sino encubrir la tendencia muy determinada, incluso personal, de los sermones? Los sermones de controversia de Paniel se pronunciaron en el espíritu del racionalismo de Paulus14 y adolecen, pese a su elogiada disposición minuciosa y a su patetismo retórico, de todos los defectos de esta corriente. Todo en ellos es vago y lleno de frases; el impulso poético que aparece aquí y allá se parece al trabajo de una máquina de hilar, el tratamiento del texto a una infusión homeopática; Krummacher tiene en tres frases más originalidad que su adversario en los tres sermones. A una hora de Bremen vive un pastor de aldea pietista que aventaja tanto a sus campesinos que ha empezado a tenerse por un gran teólogo y conocedor de lenguas. Publicó contra Paniel un tratado en el que hizo funcionar todo el aparato de un teólogo filólogo del siglo pasado. En un escrito anónimo se le operaron al buen párroco rural sus cataratas científicas de manera muy sensible. Con tanto ingenio como erudición, el anónimo, en el que se quiere descubrir a un benemérito erudito de nuestra ciudad, mencionado varias veces en mi informe anterior, demostró a la sabia «Palabra de Dios desde el campo» todos los disparates que había reunido trabajosamente de manuales anticuados desde hacía mucho. Krummacher lanzó una «réplica teológica» contra los sermones de controversia de Paniel en la que atacaba sin disimulo toda su persona, y por cierto de una manera que paraliza el reproche de injuria que hacía a su adversario. Por hábil que sea esta réplica en atrapar los puntos débiles del racionalismo y, en especial, del adversario, tan torpe se muestra Krummacher en su intento de echar abajo la exégesis de Paniel. Lo más sólido que se escribió desde el punto de vista pietista en esta disputa fue el folleto del predicador vecino Schlichthorst, en el que de manera tranquila y desapasionada se reducía el racionalismo, y precisamente el del pastor Paniel, a su base, la filosofía de Kant, y se le planteaba la pregunta: ¿por qué no sois tan honrados como para confesar que el fundamento de vuestra fe no es la Biblia, sino su exégesis en el sentido de la filosofía kantiana, tal como la introdujo Paulus? Un nuevo escrito de Paniel saldrá de la imprenta uno de estos días. Sea como sea, él ha removido la vieja levadura, ha remitido a los bremenses, que creían en todo menos en sí mismos, a su propia razón, y el pietismo, que hasta ahora consideraba una disposición de Dios que sus adversarios se dividieran entre sí en tantos partidos, que se entere ahora por una vez de que todos nos mantenemos unidos cuando se trata de la lucha contra las tinieblas.
Proyecto naviero. Teatro. Maniobras
Aquí se maneja ahora un plan cuya ejecución tendría las consecuencias más importantes, y no solo para Bremen. Un joven y respetado comerciante de aquí ha vuelto hace poco de Londres, donde se informó con detalle de la instalación del vapor Archimedes, que, como es sabido, se mueve de un modo de nueva invención, mediante un tornillo de Arquímedes.15 Hizo la travesía de prueba de este barco, que supera considerablemente en rapidez a los vapores dispuestos de la manera habitual, alrededor de toda Gran Bretaña e Irlanda, y ahora piensa aplicar el nuevo invento a un vapor proyectado que ha de establecer una comunicación rápida y constante entre Nueva York y Bremen. El barco vacío, el llamado casco, quiere construirlo por su propia cuenta nuestro primer constructor naval, mientras que los costes de la máquina, etc., se reunirán por acciones. Todo el mundo siente la importancia de semejante empresa; aunque algunos de nuestros veleros recorren en el tiempo inconcebiblemente corto de 25 días la distancia de Baltimore hasta aquí, esa rapidez depende siempre del viento, que puede alargar el triple un viaje así, y un vapor que, en caso de viento favorable, esté preparado también para navegar a vela, sin duda solo necesitaría de 11 a 18 días desde un puerto de los Estados Unidos hasta Bremen. Una vez hecho el comienzo de una línea de paquebotes de vapor entre Alemania y el continente americano, el nuevo servicio se desarrollará sin duda pronto y tendrá las mayores consecuencias para la comunicación entre ambos países. No se hará esperar mucho el tiempo en que se podrá llegar a Nueva York desde cualquier parte de Alemania en catorce días, contemplar desde allí en catorce días las curiosidades de los Estados Unidos y estar de vuelta en casa en otros catorce. Unos cuantos ferrocarriles, unos cuantos vapores, y la cosa está hecha; desde que Kant desligó las categorías del espacio y el tiempo de la intuición del espíritu pensante, la humanidad aspira con fuerza a emanciparse también materialmente de estas limitaciones. En nuestro teatro reinó hace poco una vida nunca vista. Nuestro escenario está habitualmente fuera de la vida social; los abonados pagan su cuota y van de vez en cuando, cuando no tienen nada mejor que hacer. Ahora vino Seydelmann,16 y actores y público se entregaron a un fervor al que no estamos acostumbrados en Bremen. Por mucho que se lamente la decadencia del teatro declamado por la preponderancia de la ópera, por mucho que hasta Schiller y Goethe encuentren salas vacías mientras todo el mundo se agolpa para el chirrido de un Donizetti y un Mercadante, mientras el teatro declamado pueda alcanzar todavía semejante triunfo en su más capaz representante, nuestra escena tiene todavía cura de su relajación. Vimos a Seydelmann, además de en algunas piezas de Kotzebue y de Raupach, sobre todo como Shylock, Mefistófeles y Felipe (Don Carlos). Sería llevar agua al mar querer extenderme sobre su conocida concepción de estos papeles. Una imagen en miniatura del campamento de Heilbronn nos la ofrecen las maniobras de la brigada de Oldenburgo y las ciudades hanseáticas que acaban de efectuarse en la parte vecina del territorio de Oldenburgo. En la toma simulada de un pueblo, nuestras tropas se habrían portado tan valientemente que el fuerte fuego de artillería hizo saltar todos los cristales de las ventanas. Los bremenses están contentos de tener otra vez un nuevo lugar de recreo y van en masa a ver el espectáculo, mientras sus hijos y hermanos montan las guardias y pasan allí, entre vino y canciones, las noches más alegres de su vida.
III. La disputa eclesiástica
Bremen, enero
Con el año viejo pueden darse más o menos por cerradas las actas de nuestra disputa eclesiástica. Al menos, los escritos polémicos que todavía cabe esperar ya no pueden contar con el interés del público de que gozaron los anteriores; ya no volverá a ocurrir que varias ediciones se agoten en una semana. Y en tales disputas lo que importa principalmente es esa participación del pueblo; un interés puramente científico no puede despertarlo una cuestión que solo tiene validez en el terreno de corrientes científicamente liquidadas hace mucho. El pastor Paniel justificó la aparición tardía de su escrito contra la «réplica teológica» de Krummacher por la extensión de este. Con diez pliegos arremete contra su adversario. En el prólogo declara que a posibles ataques ulteriores responderá con una historia del pietismo en la que demostrará que esta corriente tiene su fuente en el paganismo. Tendría que ser, desde luego, una fuente à la Aretusa,17 que hubiera corrido mucho tiempo bajo tierra antes de salir a la luz en suelo cristiano. Por lo demás, ejerce contra su agresor el derecho de retorsión devolviéndole concienzudamente, aparte de los reproches que suelen hacerse al pietismo, casi cada palabra hostil. De este modo toda la lucha se reduce al final a una disputa de palabras; afirmaciones a medias verdaderas vuelan de un lado a otro como pelotas, y en última instancia todo dependería de una definición de conceptos que, sin duda, habría debido establecerse antes de la disputa. Pero en esta situación se encontrará siempre el racionalismo frente a la ortodoxia. Se lo debe a su posición vacilante, en la que quiere valer unas veces como desarrollo nuevo del espíritu cristiano y otras como su forma originaria, y en ambos casos hace suyas las consignas bíblicas de la ortodoxia, solo que con un significado cambiado. No es honrado consigo mismo ni con la Biblia; los conceptos de revelación, redención e inspiración tienen en su boca un sentido sumamente vago y bizco. La sequedad propia del entendimiento del racionalismo ha alcanzado en Paniel una altura rara. Con una lógica disuasoria, más de Wolff que de Kant, pone su mayor gloria en hacer resaltar de la manera más chillona todas las articulaciones de su obra. Sus desarrollos no son la carne viva con que reviste el esqueleto lógico; son trapos empapados de sentimentalismo blandengue que cuelga a secar en las esquinas salientes del andamiaje de la iglesia. Luego, esas digresiones acuosas en las que, pese a las consignas más ortodoxas, se reconoce en todas partes al racionalista también le gustan mucho a Paniel; solo que no sabe fundirlas con la aridez del entendimiento, y a menudo se ve obligado a interrumpir el más hermoso torrente de frases con un primero, segundo y tercero. Pero no hay nada más repugnante que esta blandura, de por sí de mal gusto, cuando aparece sistemáticamente. Lo más interesante de todo el libro son los extractos de escritos de Krummacher, en los que la manera de pensar crasa de este hombre resalta con toda su crudeza. La decisión con que se presentó aquí el racionalismo movió a los predicadores del partido contrario a una declaración colectiva, recogida en un folleto y firmada por veintidós predicadores. Contiene los principios de la ortodoxia en exposición coherente y con referencias medio ocultas a los hechos de la disputa pendiente. Una declaración proyectada de los siete predicadores racionalistas no llegó a hacerse. Pero sería un gran error querer estimar la proporción de los partidos en el público por la proporción del número de predicadores.
La gran mayoría de los predicadores pietistas la forman los párrocos del territorio, a quienes han proporcionado sus puestos, en parte, un predominio pasajero de su partido y, en parte, un suave nepotismo. Por el contrario, en el público los racionalistas equilibran por lo menos en número a los pietistas, y solo les faltaba un representante enérgico que les diera conciencia de su posición. En este aspecto, Paniel tiene un valor incalculable para sus partidarios; posee valor, decisión y, en ciertos aspectos, también erudición suficiente, y solo le falta talento retórico y de escritor para lograr algo importante. Desde entonces han aparecido varios escritillos, en su mayoría anónimos, que se quedaron todos sin influencia en el ánimo del público; hace pocos días salió un pliego de «Rimas no pietistas» que no le hace especial honor a su autor y solo debe mencionarse por curiosidad. Del principal portavoz de los pietistas de Bremen, el talentoso predicador F. L. Mallet,18 se anuncia un escrito: El doctor Paniel y la Biblia; pero tampoco este podrá contar apenas con la atención del partido contrario, y así puede darse por terminada la lucha y resumirse los hechos, como cerrados, desde un punto de vista general. Hay que confesar que esta vez el pietismo se ha comportado con más habilidad que su adversario. Tenía además algunas ventajas sobre el racionalismo: una autoridad de dos mil años y una formación científica, aunque unilateral, gracias a los teólogos ortodoxos y semiortodoxos más recientes, mientras que el racionalismo, en su más hermoso desarrollo, quedó entre dos fuegos y fue atacado a la vez por Tholuck y por Hegel.19 El racionalismo nunca ha tenido claridad sobre su posición respecto a la Biblia; la desdichada medianía que al principio parecía decididamente creyente en la revelación, pero que en sus consecuencias ulteriores restringía tanto la divinidad de la Biblia que de ella no quedaba casi nada, esa vacilación pone cada vez en desventaja al racionalismo en cuanto se trata de fundamentar bíblicamente unas tesis. ¿Por qué ensalzar la razón y no proclamar, sin embargo, ninguna autonomía? Porque donde ambas partes reconocen la Biblia como base común, el pietismo tiene siempre razón. Pero, además, esta vez el talento estaba también del lado del pietismo. Un Krummacher dirá en lo particular más de una cosa de mal gusto, pero nunca podrá dar vueltas durante páginas enteras en frases tan insignificantes como hace Paniel. Lo mejor que se escribió por el lado racionalista fueron «Las maldiciones», de las que se reconoció autor W. E. Weber. G. Schwab dijo una vez de Strauss que se distinguía del gran montón de los adversarios de lo positivo por un sentido receptivo para lo bello en toda configuración.20 Con la misma caracterización quisiera yo destacar a Weber del vulgo racionalista. Ha ampliado su horizonte con un conocimiento poco común de los clásicos griegos y alemanes, y aunque no siempre pueda uno sumarse a sus afirmaciones, sobre todo a las dogmáticas, sus convicciones libres y su dicción noble y vigorosa merecerán siempre reconocimiento. A una réplica aparecida hace poco le faltan todas estas cualidades. Un escrito que acaba de llegar aquí, Pablo en Bremen, no está escrito sin ingenio y contiene picantes golpes de soslayo contra la situación política y social de Bremen, pero tampoco cierra nada, igual que los ya mencionados. Para Bremen en particular, esta disputa fue de gran importancia. Los partidos estaban frente a frente sin pensar, sin pasar de pequeñas rencillas. El pietismo perseguía sus propios fines, mientras el racionalismo no se ocupaba de él y precisamente por eso tenía de él más de una idea torcida. En el Ministerium, es decir, la asamblea legal de todos los predicadores reformados y unidos de la ciudad, el racionalismo solo estaba representado hasta ahora por dos miembros, y además muy tímidos; Paniel actuó con más decisión nada más llegar, y ya se oía hablar de desavenencias en el Ministerium. Ahora, desde que Krummacher atizó la disputa, cada partido sabe a qué atenerse. El pietismo sabía desde hacía mucho que su principio de autoridad no podía concordar con la base del racionalismo, la razón, y vio en esta corriente, ya desde que empezó a brotar, y con razón, una apostasía del cristianismo ortodoxo antiguo. Ahora también el racionalista ha comprendido que su convicción no está separada del pietismo por otra exégesis, sino que está en oposición directa con él. Solo ahora, cuando los partidos se reconocen mutuamente, puede producirse la unión en un punto de vista superior, y puede esperarse con calma el futuro con la vista puesta en ello.
Relación con la literatura. Música
Parece como si las ciudades hanseáticas tuvieran que ser arrastradas ahora por la fuerza a la corriente de la literatura. Desde los Esbozos de Beurmann21 se multiplican los comentarios sobre esta materia, interesante, desde luego. El propio Beurmann ha dedicado un espacio considerable a las tres ciudades marítimas libres en Alemania y los alemanes. El Freihafen trajo las «Cartas hanseáticas» de Soltwedel; Hamburgo está ya desde hace bastante tiempo en relación, en más de un aspecto, con la literatura alemana; Lübeck queda algo demasiado apartada y también en lo material ha dejado atrás hace mucho su época de esplendor; con todo, A. Soltwedel quiere fundar ahora allí también una revista. Bremen mira a la literatura con ojos recelosos, porque no tiene la conciencia del todo limpia ante ella y porque esta no suele tratarla con mucha suavidad. Y, sin embargo, no puede negarse que Bremen, por su situación y sus condiciones políticas, se presta más que cualquier otra ciudad a ser un centro de la cultura del noroeste de Alemania. Si se lograra atraer aquí a dos o tres literatos capaces, podría fundarse aquí una revista que tendría la mayor influencia en el desarrollo cultural del norte de Alemania. Los libreros de Bremen tienen suficiente espíritu de empresa, y a varios les he oído decir ya que con gusto pondrían los fondos necesarios y cargarían con las probables pérdidas de los primeros años.
El mejor lado de Bremen es la música. En pocas ciudades de Alemania se hace tanta y tan buena música como aquí. Se ha formado un número relativamente muy grande de sociedades corales, y los frecuentes conciertos están siempre muy concurridos. Además, el gusto musical se ha mantenido casi del todo puro; los clásicos alemanes, Händel, Mozart, Beethoven, entre los más recientes Mendelssohn-Bartholdy y los mejores compositores de lieder, dominan decididamente. La nueva escuela francesa y la nueva escuela italiana casi solo tienen público entre los jóvenes empleados de escritorio. Solo sería de desear que Sebastian Bach, Gluck y Haydn quedaran menos relegados. Al mismo tiempo, no se rechazan en absoluto los fenómenos más recientes; al contrario, habrá pocos sitios donde las producciones de jóvenes compositores alemanes se interpreten con tanta disposición como aquí. Siempre se han encontrado también aquí nombres ventajosamente conocidos en el mundo musical. El talentoso compositor de lieder Stegmayer dirigió durante varios años la orquesta de nuestro teatro; en su puesto ha entrado Kossmaly, que se habrá ganado bastantes amigos en parte por sus composiciones y en parte por artículos que publica casi siempre en la Neue Zeitschrift für Musik de Schumann. Riem, que dirige la Singakademie y la mayoría de los conciertos, es también un compositor reconocido.22 Riem es un anciano encantador con un entusiasmo juvenil y arrebatador en el corazón; nadie sabe como él inflamar a cantantes e instrumentistas para una interpretación viva.
El bajo alemán
Lo primero que llama la atención del forastero aquí es el uso de la lengua bajoalemana, incluso en las familias más distinguidas. En cuanto el bremense se pone cordial y confiado, habla bajo alemán; se aferra tanto a este dialecto que se lo lleva al otro lado del océano. En la Lonja de La Habana se habla tanto bajo alemán de Bremen como español. Conozco gente que ha aprendido perfectamente el dialecto de su ciudad natal en Nueva York y en Veracruz de los bremenses, muy numerosos allí. Pero tampoco hace todavía trescientos años que el alto alemán fue declarado lengua oficial; las leyes fundamentales de la ciudad, la Tafel y la Neue Eintracht,23 están redactadas en bajo alemán, y los primeros sonidos que el lactante aprende a repetir aquí son bajoalemanes. Rara vez empieza un niño a hablar alto alemán antes de los cuatro o cinco años. Los campesinos del territorio no lo aprenden nunca y obligan así a los tribunales, con mucha frecuencia, a sustanciar los procesos en bajo alemán y a levantar acta en alto alemán. Por lo demás, el bajo sajón se sigue hablando aquí del todo puro, y se ha mantenido completamente libre de la mezcla con formas del alto alemán que desfigura el dialecto de Hesse y el del Rin. El dialecto del norte de Hannover aventaja al de Bremen en algunos arcaísmos, pero padece tanto más de múltiples coloraciones locales; el westfaliano se ha perdido en una espantosa anchura de los diptongos, mientras que al oeste del Weser empieza la transición al frisón. Puede considerarse tranquilamente el habla de Bremen como el desarrollo menos mezclado de la antigua lengua escrita bajosajona; la lengua del pueblo tiene incluso todavía tanta conciencia que transforma continuamente palabras del alto alemán según las leyes fonéticas del bajo sajón y las asimila, una capacidad de la que hoy solo pueden alegrarse pocos dialectos populares bajosajones. La lengua del Reineke Vos24 solo aventaja al dialecto actual en formas más plenas, hoy contraídas, mientras que las raíces de las palabras, salvo pocas excepciones, siguen todavía vivas. Por eso los lingüistas han hecho muy bien en considerar el Bremisches Wörterbuch25 en lo léxico como suma media de los idiomas populares bajosajones actuales, y una gramática del dialecto de Bremen que tuviera en cuenta las hablas entre el Weser y el Elba sería un trabajo muy meritorio. Varios eruditos de aquí han mostrado interés por el bajo alemán, y sería muy de desear que alguno de ellos emprendiera este trabajo.
Agnese Schebest (1813-1869), mezzosoprano; Caroline Bauer (1807-1877), actriz; Joseph Tichatschek (1807-1886), tenor de la ópera de Dresde; Wilhelmine Schröder-Devrient (1804-1860), soprano dramática. ↩
Richard Savage oder der Sohn einer Mutter (1839), drama de Karl Gutzkow, cabeza de la Joven Alemania; Die Schwärmerei nach der Mode, comedia de Robert Blum, entonces secretario del teatro de Leipzig y más tarde diputado demócrata, fusilado en Viena en 1848. ↩
En Königsberg, en la década de 1830, un círculo pietista en torno a los predicadores Ebel y Diestel fue procesado por prácticas sexuales; Martin Stephan, pastor luterano de Dresde, emigró en 1838 a Estados Unidos con unos setecientos seguidores y fue depuesto por ellos en 1839 por su conducta. ↩
En junio de 1840 se celebró en toda Alemania el cuarto centenario de la invención de la imprenta. ↩
Wilhelm Ernst Weber (1790-1850), director del Gymnasium de Bremen, filólogo y traductor. ↩
Sociedades y lugares de reunión de los comerciantes de Bremen. ↩
Alusión al conflicto constitucional de Hannover, abierto en 1837 por la derogación de la constitución por el rey Ernesto Augusto. ↩
Adolf Stahr (1805-1876), escritor, entonces profesor en Oldenburgo; Nicolaus Delius (1813-1888), filólogo, más tarde conocido por sus estudios sobre Shakespeare. ↩
Ludolf Wienbarg (1802-1872), teórico de la Joven Alemania, autor de Soll die plattdeutsche Sprache gepflegt oder ausgerottet werden? («¿Hay que cultivar o extirpar el bajo alemán?», 1834). ↩
Friedrich Adolf Krummacher (1767-1845), pastor de San Ansgario en Bremen, autor de Parábolas; padre de Friedrich Wilhelm Krummacher. ↩
Friedrich Wilhelm Krummacher (1796-1868), predicador calvinista de Elberfeld, al que Engels ya había retratado en sus Cartas desde el Wuppertal (1839). ↩
Gálatas 1, 8-9: «Si alguien os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema». ↩
Karl Friedrich Wilhelm Paniel, predicador racionalista de San Ansgario. ↩
Heinrich Eberhard Gottlob Paulus (1761-1851), teólogo de Heidelberg, principal representante de la exégesis racionalista de la Biblia. ↩
El Archimedes (1839), primer vapor de hélice que navegó por alta mar. ↩
Karl Seydelmann (1793-1843), actor del Teatro Real de Berlín. ↩
En el mito griego, la ninfa Aretusa huyó bajo el mar desde Grecia y reapareció como fuente en Siracusa. ↩
Friedrich Ludwig Mallet (1792-1865), predicador reformado de Bremen, cabeza de los pietistas de la ciudad. ↩
August Tholuck (1799-1877), teólogo pietista de Halle. ↩
Gustav Schwab (1792-1850), poeta suabo. ↩
Eduard Beurmann, periodista, autor de Skizzen aus den Hansestädten (1836) y de Deutschland und die Deutschen; Der Freihafen, revista de Altona; Alexander Soltwedel, publicista. ↩
Ferdinand Stegmayer (1803-1863), compositor y director de orquesta; Carl Kossmaly (1812-1893), compositor y crítico musical; Wilhelm Friedrich Riem (1779-1857), organista de la catedral de Bremen. ↩
La Tafel (1433) y la Neue Eintracht (1534), leyes fundamentales de la ciudad de Bremen. ↩
Reynke de vos (Lübeck, 1498), versión bajoalemana de la epopeya del zorro Renart. ↩
El Versuch eines bremisch-niedersächsischen Wörterbuchs (1767-1771), publicado por la Sociedad Alemana de Bremen. ↩