Escrito por Friedrich Engels en Bremen en diciembre de 1840 y publicado en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), n.os 2-5, enero de 1841, con la firma «F. Oswald» al principio y «F. O.» al final: Engels, que trabajaba entonces de aprendiz de comercio en Bremen y no quería que su familia pietista supiera que escribía, firmaba sus artículos de esos años como «Friedrich Oswald» o «F. O.». Traducido de la MEGA¹, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 96-108, por la Escuela de marxismo, 2026. Las dos notas de la redacción del Telegraph y de Engels van señaladas; las demás son nuestras. Texto original en alemán.

Por F. Oswald1

Como el fiel Eckart de la leyenda, el viejo Arndt está de pie a orillas del Rin y pone en guardia a la juventud alemana, que desde hace ya muchos años mira al otro lado, hacia el Venusberg francés y las muchachas ardientes y seductoras, las ideas, que le hacen señas desde sus almenas.2 Pero los jóvenes salvajes no hacen caso del viejo paladín y se lanzan al otro lado; y no todos se quedan tendidos y sin nervio como el nuevo Tannhäuser, Heine.

Esa es la posición de Arndt ante la juventud alemana de hoy. Por mucho que todos lo estimen, su ideal de la vida alemana no les basta; quieren un obrar más libre, una fuerza vital más plena y desbordante, un latido ardiente y tempestuoso en las arterias de la historia universal que llevan la sangre del corazón de Alemania. Y de ahí la simpatía por Francia; pero no, desde luego, aquella simpatía de sumisión con la que fantasean los franceses, sino otra más alta y más libre, cuya naturaleza expuso tan bien Börne frente a la estrechez teutómana en Menzel, el devorador de franceses.3

Arndt ha sentido que el presente se le ha vuelto extraño, que no lo estima a él por su pensamiento, sino a su pensamiento por su personalidad fuerte y viril. Y por eso, a un hombre sostenido por el talento y las convicciones, y también por la evolución de la época a lo largo de una serie de años, tenía que convertírsele en un deber dejar a su pueblo un monumento de su formación, de su manera de pensar y de su tiempo, como lo ha hecho en sus tan comentados Recuerdos de la vida exterior.4

Haciendo abstracción por ahora de la tendencia, el libro de Arndt es también, desde el punto de vista estético, uno de los fenómenos más interesantes. Este lenguaje recio y vigoroso no se había oído en nuestra literatura desde hacía mucho, y merecería causar una impresión duradera en más de uno de la generación joven. ¡Mejor tenso que flojo! Hay autores, como es sabido, que ven la esencia del estilo moderno en envolver bonitamente con carne blanda cada músculo saliente, cada tendón tenso del discurso, aun a riesgo de parecer afeminados. ¡No; prefiero, desde luego, la osamenta varonil del estilo de Arndt a la manera esponjosa de ciertos estilistas «modernos»! Tanto más cuanto que Arndt ha evitado en lo posible las extravagancias de sus compañeros de 1813 y solo se acerca a lo afectado en el uso absoluto del superlativo (como en las lenguas románicas del sur). Tampoco hay que buscar en Arndt una mezcolanza de lenguas tan horrenda como la que vuelve a estar de moda; al contrario, muestra cuán pocas ramas extranjeras necesitamos injertar en el tronco de nuestra lengua para no vernos en apuros. En verdad, nuestro carro del pensamiento anda mejor en la mayoría de los caminos con corceles alemanes que con franceses o griegos, y con las burlas sobre los extremos de la corriente purista no se resuelve la cuestión.

Acerquémonos al libro. El idilio de la vida juvenil, trazado con mano verdaderamente poética, ocupa la mayor parte de la obra. ¡Bien puede dar gracias a Dios quien haya pasado sus primeros años como Arndt! No en el polvo de una gran ciudad, donde los intereses del conjunto ahogan las alegrías del individuo, no en asilos de párvulos y cárceles filantrópicas donde la fuerza que brota se embota, no: al aire libre, en el campo y en el bosque, formó la naturaleza al hombre de acero al que la generación reblandecida contempla con asombro como a un paladín del Norte. La gran fuerza plástica con que Arndt describe esta etapa de su vida casi le impone a uno la opinión de que todas las obras idílicas son superfluas mientras nuestros autores vivan todavía idilios como los de Arndt. Lo que más extrañará a nuestro siglo es la autoeducación del joven Arndt, que une la castidad germánica a la severidad espartana. Pero esa severidad, cuando canturrea para sí tan ingenua, tan libre de la fanfarronería de un Jahn,5 su hoc tibi proderit olim,6 no se le puede recomendar bastante a nuestra juventud pegada a la estufa. ¡Una juventud que teme el agua fría como un perro rabioso, que a la menor helada se pone ropa triple y cuádruple, que se hace un honor de librarse del servicio militar por debilidad física, es en verdad un bonito sostén de la patria! Y en cuanto a hablar de castidad, pasa por un crimen en una época en que se tiene la costumbre de informarse, en cada ciudad, ante todo por «la puerta donde están las últimas casas». No soy, en verdad, un moralista abstracto; todo desatino ascético me es odioso, y nunca pediré cuentas al amor caído; pero me duele que la seriedad moral amenace con desaparecer y que la sensualidad pretenda ponerse a sí misma como lo más alto. La emancipación práctica de la carne siempre tendrá que sonrojarse al lado de un Arndt.

Con el año 1800 entra Arndt en la profesión que le había tocado. Los ejércitos de Napoleón inundan Europa, y con el poder del emperador de los franceses crece el odio de Arndt contra él; el profesor de Greifswald protesta en nombre de Alemania contra la opresión y tiene que huir. Por fin se levanta la nación alemana y Arndt vuelve. Esta parte del libro sería de desear más extensa; ante el armamento nacional y sus hazañas, Arndt se retira modestamente a un segundo plano. En lugar de dejarnos adivinar que no estuvo inactivo, debería habernos expuesto con más detalle su participación en el desarrollo de la época, debería habernos contado la historia de aquellos días desde el punto de vista subjetivo. Los destinos posteriores se tratan todavía con mucha más brevedad. Es digna de notar aquí, por una parte, la inclinación cada vez más decidida a la ortodoxia en lo religioso y, por otra, la manera misteriosa, casi sumisa y de besar la vara, con que Arndt habla de su suspensión.7 Pero a quien eso haya extrañado, las declaraciones que Arndt ha publicado hace poco en los periódicos, en las que considera su restitución un acto de justicia y no un regalo de la gracia, le habrán convencido de que aún conserva su antigua firmeza y resolución.

Pero el libro de Arndt adquiere una importancia especial por la publicación simultánea de una masa de memorias sobre la guerra de liberación. Así se nos vuelve a acercar de manera viva la época gloriosa en que la nación alemana, por primera vez desde hacía siglos, se alzó y se enfrentó con toda su fuerza y grandeza a la opresión extranjera. Y los alemanes nunca recordaremos bastante aquellas luchas, para mantener despierta nuestra soñolienta conciencia nacional; no, desde luego, en el sentido de un partido que cree haberlo hecho ya todo y que, descansando sobre los laureles de 1813, se contempla complacido en el espejo de la historia, sino más bien en el sentido opuesto. Porque el mayor resultado de la lucha no fue sacudirse la dominación extranjera, cuyo artificio contra natura, encaramado a la fuerza y apoyado solo en los hombros de Atlas de Napoleón, tenía que derrumbarse por sí sola tarde o temprano, ni la «libertad» conquistada, sino que residía en el hecho mismo y en un momento de él que muy pocos contemporáneos sintieron con claridad. Que tomáramos conciencia de la pérdida de los santuarios nacionales, que nos armáramos sin esperar el graciosísimo permiso de los príncipes, que incluso obligáramos a los poderosos a ponerse a nuestra cabeza,8 en una palabra, que por un instante apareciéramos como fuente del poder del Estado, como pueblo soberano: esa fue la ganancia más alta de aquellos años, y por eso los hombres que más claramente lo habían sentido y más resueltamente habían obrado en consecuencia tuvieron que parecer peligrosos a los gobiernos después de la guerra. ¡Pero qué pronto volvió a adormecerse la fuerza motriz! La maldición de la división absorbió en provecho de las partes el impulso tan necesario al conjunto, escindió lo alemán general en una multitud de intereses provinciales e hizo imposible conquistar para Alemania una base de vida política como la que España se dio en la Constitución de 1812.9 Al contrario, la suave lluvia de primavera de promesas generales que nos sorprendió desde «regiones superiores» fue ya demasiado para nuestros corazones abatidos por la opresión, y nosotros, necios, no pensamos que hay promesas cuya ruptura no se puede disculpar nunca desde el punto de vista de la nación, pero que desde el de la personalidad ha de ser muy fácil de disculpar (?). Luego vinieron los congresos10 y dieron a los alemanes tiempo para dormir la borrachera de libertad y para encontrarse, al despertar, en la vieja relación de Altísimo y Humildísimo. A quien todavía no se le había pasado el viejo afán de aspirar a algo, a quien todavía no podía desacostumbrarse de actuar sobre la nación, a ese todos los poderes de la época lo empujaron al callejón sin salida de la teutomanía. Solo unos pocos espíritus eminentes se abrieron paso por el laberinto y encontraron el sendero que lleva a la verdadera libertad.

Los teutómanos querían completar los hechos de la guerra de liberación y liberar también de la hegemonía espiritual del extranjero a la Alemania que había conquistado su independencia material. Pero justamente por eso la teutomanía era negación, y lo positivo de que se jactaba yacía enterrado en una oscuridad de la que nunca salió del todo; lo que de ello llegó a la luz del día de la razón era casi siempre bastante absurdo. Toda su concepción del mundo carecía de fundamento filosófico, porque según ella el mundo entero había sido creado por amor a los alemanes, y los alemanes mismos habían alcanzado hacía mucho el grado más alto de desarrollo. La teutomanía era negación, abstracción en el sentido hegeliano. Formaba alemanes abstractos despojándolos de todo lo que no fuera alemán puro por sesenta y cuatro antepasados y no hubiera brotado de raíz popular. Hasta lo que en ella parecía positivo era negativo, pues conducir a Alemania a sus ideales solo podía hacerse negando un milenio y su desarrollo, y así quería hacer retroceder a la nación a la Edad Media alemana o incluso a la pureza de lo germánico primitivo del bosque de Teutoburgo. El extremo de esta corriente fue Jahn. Esta estrechez hacía de los alemanes el pueblo elegido de Israel y desconocía todos los innumerables gérmenes de la historia universal que habían brotado en suelo no alemán. Contra los franceses sobre todo, cuya invasión había sido rechazada y cuya hegemonía en las cosas exteriores se debe a que dominan con más facilidad que todos los demás pueblos la forma de la cultura europea, la civilización, se volvió con más fuerza la furia iconoclasta. Los grandes y eternos resultados de la Revolución se aborrecieron como «baratija welche» o incluso como «mentira y engaño welches»;11 nadie pensaba en el parentesco de esa inmensa hazaña popular con el levantamiento del pueblo de 1813; lo que había traído Napoleón —la emancipación de los israelitas, los tribunales de jurados, un derecho privado sano en lugar del sistema de las Pandectas— fue condenado únicamente a causa de su autor. El odio a los franceses se convirtió en deber; la maldición de lo antialemán cayó sobre toda manera de ver que supiera conquistarse un punto de vista superior. Así también el patriotismo era esencialmente negativo y dejaba a la patria sin apoyo en la lucha de la época, mientras se afanaba en inventar expresiones germánicas pomposas para extranjerismos germanizados desde hacía mucho. Si esta corriente hubiera sido alemana de manera concreta, si hubiera tomado al alemán desarrollado por dos mil años de historia tal como lo encontraba, si no hubiera pasado por alto el momento más justo de nuestro destino, ser el fiel de la balanza de la historia europea y velar por el desarrollo de los pueblos vecinos, habría evitado todos sus errores. Por otra parte, no hay que callar tampoco que la teutomanía fue una etapa necesaria de la formación de nuestro espíritu popular y que, con la que la siguió, formó la oposición sobre cuyos hombros se alza la concepción moderna del mundo.

Esa oposición a la teutomanía fue el liberalismo cosmopolita de las Cámaras del sur de Alemania,12 que trabajaba por la negación de las diferencias nacionales y por la formación de una gran humanidad libre y aliada. Correspondía al racionalismo religioso, con el que había manado de la misma fuente, la filantropía del siglo pasado, mientras que la teutomanía conducía consecuentemente a la ortodoxia teológica, adonde casi todos sus partidarios (Arndt, Steffens, Menzel) han llegado con el tiempo.13 Las estrecheces del espíritu liberal cosmopolita las han descubierto a menudo sus adversarios —desde puntos de vista, ciertamente, también estrechos—, de modo que puedo ser breve respecto a esta corriente. La revolución de Julio pareció favorecerla al principio, pero todos los partidos explotaron aquel acontecimiento. El aniquilamiento efectivo de la teutomanía, o más bien de su fuerza generadora, data de la revolución de Julio y estaba dado en ella. Pero igualmente la caída del cosmopolitismo; pues el significado de mayor alcance de la gran semana fue precisamente la restitución de la nacionalidad francesa en su posición de gran potencia, con lo que las demás nacionalidades se vieron obligadas a concentrarse también con más firmeza en sí mismas.

Ya antes de esta última conmoción del mundo trabajaban en silencio dos hombres en aquel desarrollo del espíritu alemán al que se llama preferentemente moderno, dos hombres que en vida casi se ignoraron y cuya mutua complementación solo había de reconocerse después de su muerte: Börne y Hegel. A Börne se le ha tachado a menudo, y con la mayor injusticia, de cosmopolita, pero era más alemán que sus enemigos. Los Hallische Jahrbücher vincularon hace poco una discusión de la «práctica política» al señor von Florencourt;14 pero este no es en verdad su representante. Está en el punto en que se tocan los extremos de la teutomanía y del cosmopolitismo, como ocurrió en la Burschenschaft,15 y los desarrollos posteriores del espíritu nacional solo le han rozado superficialmente. El hombre de la práctica política es Börne, y que cumpliera por completo esa vocación, esa es su posición histórica. Arrancó a la teutomanía sus oropeles fanfarrones y descubrió también sin piedad las vergüenzas del cosmopolitismo, que no tenía más que piadosos deseos sin fuerza. Se dirigió a los alemanes con las palabras del Cid: «Lengua sin manos, ¿cuemo osas fablar?».16 Nadie ha descrito la magnificencia de la acción como Börne. Todo en él es vida, todo fuerza. Solo de sus escritos puede decirse que son hechos por la libertad. ¡Que no me vengan aquí con «determinaciones del entendimiento», con «categorías finitas»! La manera en que Börne concebía la posición de las nacionalidades europeas y su destino no es especulativa. Pero la relación entre Alemania y Francia la desarrolló Börne por primera vez en su verdad, y con ello prestó a la idea un servicio mayor que los hegelianos, que entretanto se aprendían de memoria la Enciclopedia de Hegel y creían haber cumplido así con el siglo. Precisamente esa exposición demuestra también cuán por encima de la superficie del cosmopolitismo está Börne. La estrechez propia del entendimiento le era a Börne tan necesaria como a Hegel su desmesurado esquematismo; pero en lugar de comprender esto, no pasamos de los axiomas toscos y a menudo torcidos de las Cartas de París.17

Junto a Börne y frente a él, Hegel, el hombre del pensamiento, presentó a la nación su sistema ya acabado. La autoridad no se tomó el trabajo de abrirse paso a través de las formas abstrusas del sistema y del estilo broncíneo de Hegel; ¿cómo iba a saber tampoco que esta filosofía se aventuraría desde el tranquilo puerto de la teoría en el mar tempestuoso de los acontecimientos, que ya desenvainaba la espada para lanzarse directamente contra la práctica de lo existente? ¡Si el propio Hegel era un hombre tan sólido, tan ortodoxo, cuya polémica iba dirigida precisamente contra las corrientes rechazadas por el poder del Estado, contra el racionalismo y el liberalismo cosmopolita! Pero los señores que llevaban el timón no comprendieron que esas corrientes solo se combatían para dejar sitio a otra más alta, que la nueva doctrina tenía que arraigar primero en el reconocimiento de la nación antes de poder desplegar libremente sus consecuencias vivas. Si Börne atacaba a Hegel, tenía desde su punto de vista toda la razón; pero cuando la autoridad protegía a Hegel, cuando elevaba su doctrina casi a filosofía oficial del Estado prusiano, se dejaba al descubierto, cosa de la que ahora se arrepiente a ojos vistas. ¿O es que Altenstein,18 que, procedente desde luego de una época más liberal, sostenía un punto de vista más alto, tuvo aquí las manos tan libres que todo corrió por su cuenta? Sea como fuere, cuando tras la muerte de Hegel su doctrina recibió el soplo fresco de la vida, de la «filosofía oficial del Estado prusiano» brotaron vástagos que ningún partido había soñado. Strauss en el terreno teológico, Gans y Ruge en el político, seguirán marcando época.19 Solo ahora se resuelven las nebulosas mortecinas de la especulación en las luminosas estrellas de las ideas que han de alumbrar el movimiento del siglo. Puede reprocharse a la crítica estética de Ruge que es prosaica y está presa en el esquematismo de la doctrina; sigue siendo mérito suyo haber expuesto el lado político del sistema de Hegel en su concordancia con el espíritu de la época y haberlo restituido al respeto de la nación. Gans lo había hecho solo indirectamente, al prolongar la filosofía de la historia hasta el presente; Ruge ha proclamado abiertamente el espíritu liberal del hegelianismo, Köppen20 se ha puesto a su lado; ninguno de los dos ha temido enemistades, han seguido su camino aun a riesgo de una escisión de la escuela, ¡y por eso todo honor a su valor! La confianza entusiasta e inquebrantable en la idea, propia del neohegelianismo, es la única fortaleza a la que los espíritus libres pueden retirarse seguros cuando la reacción apoyada desde arriba les gana una ventaja momentánea.

Estos son los momentos más recientes del desarrollo del espíritu político alemán, y la tarea de nuestra época es consumar la compenetración de Hegel y Börne. En el hegelianismo joven hay ya un buen trozo de Börne, y Börne no tendría reparo en firmar más de un artículo de los Hallische Jahrbücher. Pero, en parte, la unión del pensamiento con la acción no es todavía lo bastante consciente y, en parte, no ha penetrado aún en la nación. Desde algún que otro lado se sigue viendo en Börne la estricta antítesis de Hegel; pero así como la importancia práctica de Hegel para el presente (no la filosófica para la eternidad) no puede juzgarse por la teoría pura de su sistema, tampoco le cuadra a Börne un juicio displicente y superficial sobre sus estrecheces y extravagancias, que nunca se han negado.

Creo haber señalado con esto suficientemente la posición de la teutomanía respecto al presente para poder pasar a una discusión más detallada de sus distintos aspectos, tal como Arndt los ha expuesto en su libro. El ancho abismo que separa a Arndt de la generación actual se expresa con la mayor claridad en que le es indiferente precisamente aquello de la vida del Estado por lo que nosotros daríamos sangre y vida. Arndt se declara monárquico decidido; bien. Pero si constitucional o absolutista, de eso no llega a hablar. El punto de discrepancia es este: Arndt y toda su cofradía ponen el bien del Estado en que el príncipe y el pueblo se tengan sincero amor y se salgan al encuentro en la aspiración al bien general. Para nosotros, en cambio, es indudable que la relación entre gobernantes y gobernados tiene que estar primero ordenada jurídicamente antes de poder volverse cordial y seguir siéndolo. ¡Primero el derecho, después la equidad! ¿Qué príncipe sería tan malo que no amara a su pueblo y —hablo aquí de Alemania— no fuera amado por su pueblo ya solo por ser su príncipe? ¿Pero qué príncipe puede jactarse de haber hecho avanzar esencialmente a su pueblo desde 1815? ¿No es obra nuestra todo lo que poseemos, no es nuestro a pesar del control y la vigilancia? Es fácil hablar bonito del amor del príncipe y del pueblo, y desde que el gran poeta de «Heil Dir im Siegerkranz» cantó: «El amor del hombre libre asegura las empinadas alturas donde están los príncipes», desde entonces se ha parloteado sobre ello un sinfín de disparates.21 Podría llamarse a la manera de gobernar con que ahora se nos amenaza desde cierto lado una reacción a la moda. Jurisdicciones patrimoniales para formar una alta nobleza, gremios para resucitar un estamento burgués «honrado», favorecimiento de todos los llamados gérmenes históricos, que en realidad son viejos tocones talados. Pero no solo en este punto se ha dejado la teutomanía escamotear por la reacción declarada la libertad de su pensamiento; también sus ideas constitucionales son insinuaciones de los señores del Berliner politisches Wochenblatt.22 Dolía ver cómo hasta el sólido y sereno Arndt se ha dejado deslumbrar por el oropel sofístico del «Estado orgánico». Las frases sobre el desarrollo histórico, el aprovechamiento de los momentos dados, el organismo y demás deben de haber tenido en su tiempo un encanto del que no podemos hacernos idea, porque vemos que en su mayoría son palabras bonitas que no se toman en serio su propio significado. ¡Vayamos derechos contra los fantasmas! ¿Qué entendéis por un Estado orgánico? Uno cuyas instituciones se han desarrollado con la nación y a partir de ella en el curso de los siglos, y no se han construido a partir de la teoría. Muy bonito; ¡ahora viene la aplicación a Alemania! Ese organismo ha de consistir en que los miembros del Estado se dividan en nobleza, burgueses y campesinos, con todo lo que cuelga de ello. Todo eso ha de estar escondido in nuce en la palabra organismo. ¿No es esto una sofistería miserable, ignominiosa? Autodesarrollo de la nación, ¿no parece justamente libertad? Echáis mano con las dos manos y atrapáis... toda la opresión de la Edad Media y del ancien régime. Por suerte, este juego de manos no corre por cuenta de Arndt. No los partidarios de la división en estamentos, nosotros, sus adversarios, nosotros queremos una vida orgánica del Estado. Por ahora no se trata en absoluto de la «construcción a partir de la teoría»; pero se trata de aquello con que se nos quiere deslumbrar, del autodesarrollo de la nación. Solo nosotros lo tomamos en serio y sinceramente; pero esos señores no saben que todo organismo se vuelve inorgánico en cuanto muere; ponen en movimiento con sus hilos galvánicos los cadáveres muertos del pasado y quieren hacernos creer que eso no es mecanismo, sino vida. Quieren fomentar el autodesarrollo de la nación y le remachan al pie el grillete del absolutismo para que avance más deprisa. No quieren saber que lo que ellos llaman teoría, ideología o Dios sabe cómo ha pasado hace mucho a la sangre y la savia del pueblo y en parte ha entrado ya en la vida; que, por tanto, no somos nosotros, sino ellos quienes vagan por la Utopía de la teoría. Porque lo que hace medio siglo era todavía, desde luego, teoría, se ha formado desde la Revolución como momento independiente en el organismo del Estado. Y, lo que es lo principal, ¿no está el desarrollo de la humanidad por encima del de la nación?

¿Y el régimen estamental? El tabique entre burgueses y campesinos no existe en absoluto; ni la propia escuela histórica lo toma en serio; ese tabique solo se levanta pro forma, para hacernos más plausible la separación de la nobleza. Todo gira en torno a la nobleza; con la nobleza cae el régimen estamental. Pero con el estamento de la nobleza las cosas van todavía peor que con su existencia. Un estamento hereditario, un estamento de mayorazgo, es sin duda lo más disparatado de todo según los conceptos modernos. ¡En la Edad Media, desde luego! Entonces también en las ciudades libres del Imperio (como todavía, por ejemplo, en Bremen) los gremios y sus privilegios eran hereditarios; entonces había pura sangre de panadero y sangre de estañero. Pues ¿qué es el orgullo nobiliario al lado de la conciencia de que «mis antepasados fueron cerveceros hasta la vigésima generación»? Una sangre de matarife o, con el nombre más poético de Bremen, de «rompehuesos», la tenemos todavía en la nobleza, cuya vocación guerrera, fijada por el señor Fouqué,23 es en efecto un continuo matar y romper huesos. Es una arrogancia ridícula de la nobleza tenerse por un estamento, ya que según las leyes de todos los Estados no le corresponde exclusivamente ninguna vocación, ni la guerrera ni la de la gran propiedad territorial. Todo escrito sobre la nobleza podría llevar como lema el verso del trovador Guillermo de Poitiers: «esta canción ha de girar en torno a una nada».24 Y como la nobleza siente su nulidad interior, ningún noble puede ocultar el dolor que eso le causa, desde el muy ingenioso barón von Sternberg25 hasta el muy poco ingenioso C. L. F. W. G. von Alvensleben. Esa tolerancia que quiere dejar a la nobleza el gusto de tenerse por algo aparte, con tal de que no reclame privilegios, está muy fuera de lugar. Porque mientras la nobleza siga representando algo aparte, querrá y tendrá que tener prerrogativas. Nosotros nos atenemos a nuestra exigencia: ¡nada de estamentos, sino una nación de ciudadanos grande, una y con iguales derechos!

Otra exigencia de Arndt para su Estado son los mayorazgos y, en general, una legislación agraria que fije la propiedad territorial en relaciones invariables. También este punto merece atención, aparte de su importancia general, porque la mencionada reacción a la moda amenaza con volver a poner las cosas, también en este aspecto, en el pie de antes de 1789. ¡No hace mucho se ha ennoblecido a muchos con la condición de fundar un mayorazgo que garantice el bienestar de la familia! Arndt está decididamente en contra de la libertad y divisibilidad ilimitadas de la propiedad territorial; ve como su consecuencia inevitable una división del país en parcelas ninguna de las cuales puede alimentar a su hombre. Pero no ve que precisamente la plena liberación de la propiedad del suelo posee los medios para volver a compensar en conjunto y a gran escala todo lo que en particular, aquí y allá, pueda desde luego sacar de quicio. Mientras la enrevesada legislación de la mayoría de los Estados alemanes y las propuestas no menos enrevesadas de Arndt nunca hacen imposibles los inconvenientes en las relaciones agrarias, sino que a lo sumo los dificultan, al mismo tiempo, cuando surgen desproporciones, impiden la vuelta voluntaria al orden debido, hacen necesaria una intervención extraordinaria del Estado y frenan el progreso de esa legislación con cien consideraciones privadas mezquinas, pero ineludibles. En cambio, la libertad del suelo no puede dejar que surja ningún extremo, ni la formación de la gran propiedad territorial en aristocracia ni la fragmentación de los campos en trocitos demasiado pequeños e inútiles. Si un platillo de la balanza se inclina demasiado, el contenido del otro se concentra en seguida para compensarlo. Y aunque la propiedad del suelo vuele de una mano a otra, prefiero el océano agitado con su grandiosa libertad al estrecho lago interior con su superficie tranquila, cuyas olas en miniatura rompen cada tres pasos en una lengua de tierra, en una raíz de árbol, en una piedra. No es solo que el permiso de fundar mayorazgos sea un consentimiento del Estado a la formación de una aristocracia: este encadenamiento de la propiedad del suelo, como toda heredabilidad inalienable, trabaja directamente hacia una revolución. Si la mejor parte del país se remacha a unas pocas familias y se hace inaccesible a los demás ciudadanos, ¿no es eso un desafío directo al pueblo? ¿No descansa la facultad de fundar mayorazgos en una idea de la propiedad que hace mucho no corresponde a nuestro conocimiento? ¡Como si una generación tuviera derecho a disponer sin límites de la propiedad de todas las generaciones futuras, que disfruta y administra momentáneamente; como si la libertad de la propiedad no quedara destruida por una manera de disponer de ella que priva de esa libertad a todos los descendientes! ¡Como si semejante encadenamiento del hombre a la gleba pudiera tener de verdad existencia eterna! Por lo demás, la atención que Arndt dedica a la propiedad del suelo es bien merecida, y la importancia del asunto merecería sin duda una discusión detallada a la altura de la época. Las teorías que hay hasta ahora padecen todas la enfermedad hereditaria de los eruditos alemanes, que ponen su independencia en que cada uno tenga un sistema aparte para sí solo.

Si los aspectos retrógrados de la teutomanía merecían ya un examen más preciso, en parte por el venerable hombre que los defiende como convicción suya, en parte por el favor que han encontrado recientemente en Prusia, hay que rechazar con tanta mayor decisión otra de sus tendencias, porque amenaza en este momento con volver a imponerse entre nosotros: el odio a los franceses. No quiero pedir cuentas a Arndt ni a los demás hombres de 1813, pero la palabrería servil que la falta de convicciones arma ahora en todos los periódicos contra los franceses me repugna profundamente. Hace falta un alto grado de servilismo para convencerse, por el tratado de julio,26 de que la cuestión de Oriente es una cuestión vital para Alemania y de que Mehmet Alí pone en peligro nuestro carácter nacional. Desde este punto de vista, Francia, al apoyar al egipcio, ha cometido desde luego el mismo crimen contra la nacionalidad alemana del que se hizo culpable a comienzos de este siglo. Es triste que desde hace ya medio año no se pueda tomar en la mano una hoja de periódico sin tropezar con la rabia devoradora de franceses que ha vuelto a despertar. ¿Y para qué? ¡Para dar a los rusos suficiente aumento de territorio y a los ingleses suficiente poder comercial para que puedan acorralarnos y aplastarnos del todo a los alemanes! El principio estacionario de Inglaterra y el sistema de Rusia, esos son los enemigos hereditarios del progreso europeo, y no Francia y su movimiento. Pero como dos príncipes alemanes han tenido a bien adherirse al tratado, la cosa se vuelve de repente alemana, Francia es el viejo enemigo hereditario, impío y «welche», y los armamentos completamente naturales de una Francia ofendida, desde luego, son un sacrilegio contra la nación alemana. El griterío estúpido de algunos periodistas franceses que piden la frontera del Rin se considera digno de prolijas réplicas, que por desgracia los franceses no leen en absoluto, y la canción de Becker, «No lo tendrán», se convierte par force en canción popular.27 No le regateo a Becker el éxito de su canción, no quiero examinar siquiera su contenido poético, me alegra incluso oír sentimientos tan alemanes de la orilla izquierda del Rin; pero, como los artículos ya aparecidos en estas páginas que acaban de caer en mis manos, me parece ridículo que se quiera elevar a himno nacional el modesto poema. «¡No lo tendrán!» ¿Otra vez lo negativo? ¿Podéis contentaros con una canción popular que niega? ¿El carácter nacional alemán solo puede encontrar apoyo en la polémica contra el extranjero? El texto de La Marsellesa no vale gran cosa, pese a todo su entusiasmo, pero cuánto más noble es aquí el ir más allá de la nacionalidad hacia la humanidad. Y después de que se nos arrebataran Borgoña y Lorena, después de dejar que Flandes se hiciera francesa y Holanda y Bélgica independientes, después de que Francia avanzara con Alsacia hasta el Rin y solo una parte relativamente pequeña de la antigua orilla izquierda alemana del Rin siga siendo nuestra, no nos avergonzamos ahora de darnos importancia y de gritar: ¡al menos el último trozo no lo tendréis! ¡Ay de los alemanes! Y si los franceses tuvieran el Rin, gritaríamos con el orgullo más ridículo: no lo tendrán, el libre Weser alemán, y así sucesivamente hasta el Elba y el Oder, hasta que Alemania estuviera repartida entre franceses y rusos y no nos quedara más que cantar: ¡no lo tendrán, el libre río de la teoría alemana, mientras fluya ondeando tranquilo hacia el mar de lo infinito, mientras en su fondo un pez de pensamiento poco práctico levante la aleta! En lugar de hacer penitencia con saco y ceniza por los pecados con que hemos perdido todas esas hermosas tierras, por la desunión y la traición a la idea, por el patriotismo provinciano que abandona el conjunto en provecho de la ventaja local, y por la inconsciencia nacional. Es, ciertamente, una idea fija de los franceses que el Rin es propiedad suya, pero la única respuesta digna del pueblo alemán a esa pretensión arrogante es la de Arndt: «¡Devolvednos Alsacia y Lorena!».

Porque yo soy —quizá en contra de muchos cuyo punto de vista comparto por lo demás—, desde luego, de la opinión de que la reconquista de la orilla izquierda del Rin de habla alemana es una cuestión de honor nacional, y la germanización de la Holanda y la Bélgica que han renegado de nosotros, una necesidad política para nosotros. ¿Vamos a dejar que en esos países se oprima por completo la nacionalidad alemana mientras en el Este el eslavismo se alza cada vez con más fuerza? ¿Vamos a comprar la amistad de Francia con la germanidad de nuestras más hermosas provincias? ¿Vamos a tener una posesión de apenas cien años, que ni siquiera ha sabido asimilarse lo conquistado, vamos a tener los tratados de 1815 por una sentencia del espíritu universal en última instancia?

Pero, por otra parte, no somos dignos de los alsacianos mientras no podamos darles lo que ahora poseen: una vida pública libre en un gran Estado. Sin duda llegaremos todavía alguna vez a la lucha entre nosotros y Francia, y entonces se verá quién es digno de la orilla izquierda del Rin. Hasta entonces podemos dejar tranquilamente la cuestión al desarrollo de nuestro carácter nacional y del espíritu universal; hasta entonces queremos trabajar por un entendimiento claro y mutuo de las naciones europeas y aspirar a la unidad interior, que es nuestra primera necesidad y la base de nuestra libertad futura. Mientras persista la división de nuestra patria, seremos políticamente nulos, y la vida pública, el constitucionalismo desarrollado, la libertad de prensa y todo lo demás que pedimos serán piadosos deseos cuya realización se quedará siempre a medias; ¡aspirad, pues, a eso, y no a exterminar a los franceses!

Y, sin embargo, la negación teutómana aún no ha cumplido del todo su tarea: queda todavía bastante que devolver a su casa al otro lado de los Alpes, del Rin y del Vístula. A los rusos queremos dejarles la Pentarquía;28 a los italianos, su papismo y lo que se le pega, su Bellini, su Donizetti y hasta su Rossini, si quieren presumir de él frente a Mozart y Beethoven; a los franceses, sus juicios arrogantes sobre nosotros, sus vodeviles y óperas, su Scribe y su Adam.29 Queremos echar de vuelta a su lugar de origen todas las costumbres y modas extranjeras disparatadas, todos los extranjerismos superfluos; queremos dejar de ser los bufones de los extranjeros y mantenernos unidos en un pueblo alemán uno, indivisible, fuerte y, si Dios quiere, libre.

F. O.

  1. «Un fenómeno muy comentado, juzgado desde el punto de vista del Telegraph.» (Nota de la redacción del Telegraph für Deutschland.) ↩

  2. En la leyenda alemana del Tannhäuser, el fiel Eckart monta guardia ante el Venusberg, la montaña de Venus, y advierte a los que quieren entrar; el caballero Tannhäuser se queda en ella, entregado a los placeres. Heine había tratado el tema en su poema «Der Tannhäuser» (1836). Ernst Moritz Arndt (1769-1860), poeta y publicista de la guerra de liberación contra Napoleón, vivía en Bonn. ↩

  3. Ludwig Börne (1786-1837), escritor demócrata exiliado en París; su panfleto Menzel der Franzosenfresser (1837) iba contra Wolfgang Menzel, crítico literario teutómano y denunciante de la Joven Alemania. ↩

  4. Erinnerungen aus dem äußeren Leben (Leipzig, 1840). ↩

  5. Friedrich Ludwig Jahn (1778-1852), fundador de la gimnasia patriótica alemana, figura de la teutomanía. ↩

  6. «Esto te será útil algún día» (Ovidio, Amores, III, 11, 7: «perfer et obdura; dolor hic tibi proderit olim»). ↩

  7. Arndt, profesor de historia en Bonn, fue suspendido en 1820 durante la persecución de los «demagogos»; Federico Guillermo IV lo repuso en su cátedra en 1840. ↩

  8. «Véase sobre este punto Karl Bade, Napoleon im Jahre 1813, Altona, 1840.» (Nota de Engels.) ↩

  9. La Constitución de Cádiz de 1812, modelo de los liberales europeos de la época. ↩

  10. Los congresos de la Santa Alianza (Viena, 1814-1815; Aquisgrán, 1818; Troppau, Laibach, Verona) y las conferencias de Karlsbad (1819), que fijaron la restauración y la represión en Alemania. ↩

  11. Welsch era el término despectivo de los teutómanos para lo francés y lo latino en general. ↩

  12. Las Cámaras de los Estados constitucionales del sur de Alemania (Baden, Wurtemberg, Baviera), escenario de la oposición liberal en las décadas de 1820 y 1830. ↩

  13. Henrik Steffens (1773-1845), filósofo de la naturaleza y profesor en Berlín, convertido al luteranismo ortodoxo; sobre Menzel, véase la nota 3. ↩

  14. Los Hallische Jahrbücher für deutsche Wissenschaft und Kunst (1838-1841), órgano de los jóvenes hegelianos, dirigido por Arnold Ruge y Theodor Echtermeyer. Franz von Florencourt (1803-1886), publicista. ↩

  15. La Burschenschaft, asociación estudiantil patriótica y liberal fundada en 1815 y prohibida en 1819. ↩

  16. En castellano en el original: «Lengua sin manos, ¿cómo osas hablar?», del Cantar de mio Cid (v. 3328). ↩

  17. Las Briefe aus Paris (1832-1834) de Börne. ↩

  18. Karl vom Stein zum Altenstein (1770-1840), ministro prusiano de Cultos e Instrucción de 1817 a 1840, protector de Hegel y de su escuela. ↩

  19. David Friedrich Strauss (1808-1874), autor de La vida de Jesús (1835-1836); Eduard Gans (1797-1839), jurista hegeliano, que editó la Filosofía de la historia de Hegel; Arnold Ruge (1802-1880), director de los Hallische Jahrbücher. ↩

  20. Karl Friedrich Köppen (1808-1863), joven hegeliano berlinés, amigo de Marx. ↩

  21. «Heil dir im Siegerkranz», himno real prusiano (texto de Heinrich Harries, 1790, adaptado por Balthasar Gerhard Schumacher, 1793), con la melodía del God save the King. ↩

  22. El Berliner politisches Wochenblatt (1831-1841), semanario de la camarilla feudal y ultraconservadora prusiana. ↩

  23. Friedrich de la Motte Fouqué (1777-1843), escritor romántico, cantor de la caballería y de la nobleza. ↩

  24. Guillermo IX de Aquitania, conde de Poitiers (1071-1126), el primer trovador conocido; alusión a su poema «Farai un vers de dreyt nien» («Haré un verso de pura nada»). ↩

  25. Alexander von Ungern-Sternberg (1806-1868), novelista aristocrático. ↩

  26. El Convenio de Londres del 15 de julio de 1840, firmado por Gran Bretaña, Rusia, Austria y Prusia con el sultán, para obligar a Mehmet Alí, bajá de Egipto, apoyado por Francia, a devolver Siria; Francia, excluida, respondió con armamentos y con la reivindicación del Rin. ↩

  27. Nikolaus Becker (1809-1845), autor del «Rheinlied» (1840): «Sie sollen ihn nicht haben, / den freien deutschen Rhein» («No lo tendrán, el libre Rin alemán»). ↩

  28. Alusión al libro anónimo Die europäische Pentarchie (Leipzig, 1839), de tendencia prorrusa. ↩

  29. Eugène Scribe (1791-1861), autor de comedias y libretos; Adolphe Adam (1803-1856), compositor de óperas cómicas. ↩