Publicado sin firma («Por un renano») en la Rheinische Zeitung de Colonia, números 125, 128, 130, 132, 135 y 139, del 5 al 19 de mayo de 1842. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 28-77), cotejado con la edición impresa de ese tomo y con la versión inglesa del Marxists' Internet Archive, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Los debates de la sexta Dieta renana.1 Por un renano. Primer artículo2

I

Rheinische Zeitung, n.º 125, 5 de mayo de 1842

Para asombro de toda la Alemania que escribe y que lee, la Preußische Staats-Zeitung3 publicó una bella mañana de primavera berlinesa sus confesiones. Eligió, desde luego, una forma de confesión distinguida, diplomática, no precisamente amena. Se dio la apariencia de querer poner ante sus hermanas el espejo del conocimiento; habló, de manera mística, solo de otros periódicos prusianos, cuando en realidad hablaba del periódico prusiano por excelencia, de sí misma.

Este hecho admite diversas explicaciones. César hablaba de sí mismo en tercera persona. ¿Por qué no habría de hablar la Preußische Staats-Zeitung de terceras personas como si fueran ella misma? Los niños, cuando hablan de sí mismos, no suelen llamarse «yo», sino «Jorge», etc. ¿Por qué no habría de poder usar la Staats-Zeitung, para su «yo», el nombre de la Vossische, de la Spenersche4 o de cualquier otro santo?

La nueva instrucción de censura había aparecido.5 Nuestros periódicos creyeron que debían adoptar el aspecto y las maneras convencionales de la libertad. También la Preußische Staats-Zeitung se vio obligada a despertar y a tener alguna ocurrencia liberal, o al menos propia.

Pero la primera condición necesaria de la libertad es el conocimiento de sí mismo, y el conocimiento de sí mismo es imposible sin la confesión de sí mismo.

Téngase, pues, presente que la Preußische Staats-Zeitung ha escrito confesiones; no se olvide nunca que aquí asistimos al primer despertar a la conciencia de sí de la criatura semioficial de la prensa, y todos los enigmas se resolverán. Uno se convencerá de que la Preußische Staats-Zeitung «pronuncia con calma más de una gran palabra»,6 y solo dudará si debe admirar más la calma de la grandeza o la grandeza de la calma.

Apenas había aparecido la instrucción de censura, apenas se había repuesto la Staats-Zeitung de este golpe, cuando prorrumpe en la pregunta: «¿De qué os ha servido a vosotros, periódicos prusianos, la mayor libertad de censura?».

Evidentemente quiere decir: ¿de qué me han servido los muchos años de estricta observancia de la censura? ¿Qué ha sido de mí, pese a la vigilancia y la tutela más cuidadosas y completas? ¿Y qué va a ser ahora de mí? No he aprendido a andar, ¡y un público ávido de espectáculo espera trenzados de ballet de una derrengada! ¡Lo mismo os pasará a vosotras, hermanas mías! Confesemos al pueblo prusiano nuestras debilidades, pero seamos diplomáticas en nuestra confesión. No le digamos abiertamente que no tenemos interés. Digámosle que, si los periódicos prusianos no tienen interés para el pueblo prusiano, es porque el Estado prusiano no tiene interés para los periódicos.

La audaz pregunta de la Staats-Zeitung y la respuesta, más audaz todavía, no son más que preludios de su despertar, indicaciones como en sueños del texto que va a desarrollar. Despierta a la conciencia, expresa su espíritu. ¡Escuchad a Epiménides!7

Es sabido que la primera actividad teórica del entendimiento, que todavía vacila a medias entre la sensibilidad y el pensamiento, es contar. Contar es el primer acto teórico libre del entendimiento del niño. Contemos, grita la Preußische Staats-Zeitung a sus hermanas. ¡La estadística es la primera ciencia política! Conozco la cabeza de un hombre cuando sé cuántos pelos produce.

Lo que quieras que te hagan a ti, házselo a los demás. ¡Y cómo se nos podría apreciar mejor a nosotros, y sobre todo a mí, la Preußische Staats-Zeitung, que estadísticamente! No solo aparezco con tanta frecuencia como cualquier periódico francés o inglés, sino que la estadística demostrará que me leen menos que a cualquier periódico del mundo civilizado. Descontad a los funcionarios, que tienen que interesarse por mí a medias y a regañadientes; descontad los locales públicos, a los que no puede faltarles un órgano semioficial: ¿quién me lee, pregunto yo, quién? Calculad lo que cuesto, calculad lo que ingreso, y tendréis que reconocer que no es un cargo lucrativo pronunciar con calma grandes palabras. ¡Ya veis qué concluyente es la estadística, cómo el contar hace superfluas operaciones intelectuales más prolijas! ¡Contad, pues! Las tablas de cifras instruyen al público sin excitar sus afectos.

¡Y con su importancia estadística la Staats-Zeitung no solo se coloca al lado del chino, no solo al lado del estadístico universal Pitágoras!8 Muestra que la ha impresionado el gran filósofo de la naturaleza de los últimos tiempos, que quiso un día representar en series numéricas las diferencias de los animales, etc.9

Así pues, la Preußische Staats-Zeitung no carece de fundamentos filosóficos modernos, aunque parezca enteramente positiva.

La Staats-Zeitung lo abarca todo. No se detiene en el número, en la magnitud de tiempo. Lleva más lejos su reconocimiento del principio cuantitativo y proclama también la legitimidad de la magnitud espacial. El espacio es lo primero cuya magnitud impresiona al niño. Es la primera magnitud del mundo de la que el niño tiene experiencia. Por eso toma a un hombre alto por un gran hombre, y la infantil Staats-Zeitung nos cuenta que los libros gruesos son incomparablemente mejores que los delgados, y no digamos que las hojas sueltas, los periódicos, que solo dan un pliego de imprenta al día.

¡Vosotros, los alemanes, solo sabéis expresaros con prolijidad! Escribid libros bien extensos sobre la organización del Estado, libros bien eruditos, que nadie lea más que el señor autor y el señor recensor; pero pensad que vuestros periódicos no son libros. ¡Pensad cuántos pliegos entran en una obra a fondo en tres tomos! No busquéis, pues, el espíritu del día y de la época en los periódicos, que quieren daros tablas estadísticas, sino buscadlo en los libros, cuya magnitud espacial ya garantiza su profundidad.

Pensad, buenos niños, que aquí se trata de cosas «eruditas»; id a la escuela de los libros gruesos, y ya nos cobraréis cariño a nosotros, los periódicos, por nuestro formato ligero, por nuestra soltura de hombres de mundo, que resultan verdaderamente refrescantes después de los libros gruesos.

¡Desde luego! ¡Desde luego! Nuestra época ya no tiene aquel sentido real de la grandeza que admiramos en la Edad Media. Mirad nuestros diminutos tratadillos pietistas, mirad nuestros sistemas filosóficos en octavo menor, y volved luego la vista a los veinte gigantescos infolios de Duns Escoto. No necesitáis leer esos libros; ya su aspecto aventurero os conmueve el corazón, os golpea los sentidos, como un edificio gótico. Estas obras gigantescas, nacidas espontáneamente, actúan materialmente sobre el espíritu; este se siente aplastado bajo la masa, y el sentimiento de opresión es el comienzo de la veneración. No sois vosotros los que tenéis los libros, son ellos los que os tienen a vosotros. Sois un accidente de ellos, y así, opina la Preußische Staats-Zeitung, el pueblo debería ser un accidente de su literatura política.

Así pues, la Staats-Zeitung no carece de fundamentos históricos, propios de la sólida época de la Edad Media, aunque hable de manera enteramente moderna.

Pero si el pensamiento teórico del niño es cuantitativo, su juicio, como su pensamiento práctico, es en primer lugar práctico-sensible. La constitución sensible es el primer lazo que lo une con el mundo. Los sentidos prácticos, sobre todo la nariz y la boca, son los primeros órganos con los que juzga el mundo. Por eso la infantil Preußische Staats-Zeitung juzga el valor de los periódicos, y así su propio valor, con la nariz. Si un pensador griego tenía por las mejores las almas secas,10 la Staats-Zeitung tiene por «buenos» periódicos los periódicos «bien olientes». No se cansa de alabar el «perfume literario» de la Allgemeine Zeitung de Augsburgo y del Journal des Débats.11 ¡Loable, rara ingenuidad! ¡Grande, grandísimo Pompeyo!

Después de habernos permitido así echar, mediante algunas manifestaciones dignas de agradecimiento, profundas miradas a su estado de ánimo, la Staats-Zeitung resume finalmente su concepción del Estado en una gran reflexión, cuyo remate es el gran descubrimiento:

«de que en Prusia la administración del Estado y todo el organismo del Estado están separados del espíritu político, y por tanto no pueden tener interés político ni para el pueblo ni para los periódicos».

Según la opinión de la Preußische Staats-Zeitung, pues, la administración del Estado en Prusia no tendría espíritu político, o el espíritu político no tendría la administración del Estado. ¡Indelicada Staats-Zeitung, que afirma lo que el peor enemigo no podría presentar de manera más malévola: que la vida real del Estado carece de espíritu político y que el espíritu político no vive en el Estado real!

Pero no debemos olvidar el punto de vista infantil y sensible de la Preußische Staats-Zeitung. Nos cuenta que en los ferrocarriles solo hay que pensar en hierro y en vías, en los tratados comerciales solo en azúcar y café, en las fábricas de curtidos solo en cuero. Desde luego, el niño se queda en la percepción sensible, solo ve lo singular, y los hilos nerviosos invisibles que unen esto particular con lo general, que, como en todas partes, también en el Estado hacen de las partes materiales miembros animados del todo espiritual, no existen para el niño. El niño cree que el sol gira alrededor de la tierra, que lo general gira alrededor de lo singular. Por eso el niño no cree en el espíritu, pero sí cree en fantasmas.

Así, la Preußische Staats-Zeitung tiene el espíritu político por un fantasma francés, y cree conjurar el fantasma arrojándole a la cabeza cuero, azúcar, bayonetas y cifras.

Pero, objetará nuestro lector, queríamos discutir sobre los «debates de la Dieta renana», y en lugar de eso se nos presenta al «ángel inocente», a la decrépita criatura de la prensa, la Preußische Staats-Zeitung, y se nos repiten las nanas precoces con que intenta una y otra vez arrullarse a sí misma y a sus hermanas en un provechoso sueño invernal.

Pero ¿no dice Schiller:

«Y lo que no ve el entendimiento de los entendidos,
lo practica en su sencillez un ánimo infantil»?12

La Preußische Staats-Zeitung nos ha recordado «con toda sencillez» que en Prusia, lo mismo que en Inglaterra, tenemos Dietas, cuyos debates la prensa diaria puede discutir, si es capaz; pues la Staats-Zeitung, con una grande y clásica conciencia de sí misma, opina que a los periódicos prusianos no les falta el permiso, sino la capacidad. Esto último se lo concedemos de buen grado a ella como privilegio, mientras nos tomamos al mismo tiempo la libertad, sin más explicaciones sobre su potencia, de llevar a la práctica la ocurrencia que tuvo con toda sencillez.

La publicación de los debates de la Dieta solo se convierte en una verdad cuando se los trata como «hechos públicos», es decir, cuando se convierten en objeto de la prensa. La última Dieta renana es la que tenemos más cerca.

Empezamos por sus «debates sobre la libertad de prensa», y debemos advertir de antemano que, mientras que en esta cuestión nuestra propia opinión positiva intervendrá a veces como un actor más, en los artículos siguientes acompañaremos y expondremos la marcha de los debates más bien como espectadores históricos.

La naturaleza misma de los debates determina esta diferencia de exposición. En todos los demás debates encontramos, en efecto, las distintas opiniones de los diputados al mismo nivel. En la cuestión de la prensa, en cambio, los adversarios de la prensa libre llevan cierta ventaja. Aparte de las consignas y los lugares comunes que flotan en el ambiente, encontramos en estos adversarios un afecto patológico, una parcialidad apasionada, que les da una relación real, no imaginaria, con la prensa, mientras que sus defensores en esta Dieta no tienen, en conjunto, ninguna relación real con su protegida. Nunca han conocido la libertad de prensa como una necesidad. Es para ellos un asunto de la cabeza, en el que el corazón no tiene parte. Es para ellos una planta «exótica», con la que les une un mero «capricho de aficionado». Así ocurre que a las «buenas» razones particulares de los adversarios se opone un razonamiento demasiado general y vago, y la ocurrencia más obtusa se tiene por importante mientras no se le quite la existencia.

Goethe dice en alguna parte que al pintor solo le salen bien aquellas bellezas femeninas cuyo tipo ha amado al menos en algún individuo vivo. También la libertad de prensa es una belleza —aunque no precisamente femenina— que hay que haber amado para poder defenderla. Aquello que amo de verdad lo siento como algo cuya existencia es necesaria, como algo que necesito, sin lo cual mi ser no puede tener una existencia plena, satisfecha, completa. Aquellos defensores de la libertad de prensa parecen existir plenamente sin que exista la libertad de prensa.

II

Rheinische Zeitung, n.º 128, 8 de mayo de 1842

La oposición liberal nos muestra el nivel de una asamblea política, como la oposición en general nos muestra el nivel de una sociedad. Una época en la que es una audacia filosófica dudar de los fantasmas, en la que es una paradoja rebelarse contra los procesos de brujería, es la época legítima de los fantasmas y de los procesos de brujería. Un país que, como la antigua Atenas, trata a los aduladores, los parásitos y los lisonjeros como excepciones de la razón del pueblo, como bufones del pueblo, es el país de la independencia y la autonomía. Un pueblo que, como todos los pueblos de las mejores épocas, reserva a los bufones de la corte el derecho de pensar y decir la verdad, solo puede ser un pueblo de la dependencia y de la falta de personalidad. Una asamblea de estamentos en la que la oposición asegura que la libertad de la voluntad pertenece a la esencia del hombre no es, por lo menos, la asamblea de estamentos de la libertad de la voluntad. La excepción nos muestra la regla. La oposición liberal nos muestra cuál es la posición liberal, hasta qué punto la libertad se ha hecho hombre.

Por eso, si hemos señalado que los defensores de la libertad de prensa en la Dieta no se mueven en modo alguno a la altura de su objeto, esto vale todavía más para la Dieta entera en general.

Y sin embargo empezamos la exposición de los debates de la Dieta por este punto, no solo por un interés particular por la libertad de prensa, sino igualmente por un interés general por la Dieta. En efecto, en ninguna parte encontramos el espíritu específicamente estamental más claro, más decidido y más plenamente acuñado que en los debates sobre la prensa. Esto vale especialmente para la oposición a la libertad de prensa, como en general en la oposición a una libertad general el espíritu de la esfera determinada, el interés individual del estamento particular, la unilateralidad natural del carácter se manifiestan del modo más brusco y desconsiderado y, por así decirlo, enseñan los dientes.

Los debates nos ofrecen una polémica del estamento de los príncipes contra la prensa libre, una polémica del estamento de los caballeros, una polémica del estamento de las ciudades,13 de modo que no es el individuo, sino el estamento, el que polemiza. ¿Qué espejo podría reflejar con más fidelidad el carácter interno de la Dieta que los debates sobre la prensa?

Empezamos por los adversarios de la prensa libre, y, como es justo, por un orador del estamento de los príncipes.14

En la primera parte de su intervención, a saber: «que la libertad de prensa y la censura son ambas males, etc.», no entramos en el fondo, ya que este tema lo desarrolla más a fondo otro orador; solo no podemos pasar por alto la argumentación propia del orador.

«La censura» sería «un mal menor que los desmanes de la prensa». «Esta convicción se afianzó poco a poco hasta tal punto en nuestra Alemania» (cabe preguntar qué parte de Alemania es esa) «que también se dictaron leyes federales al respecto, en cuya elaboración participó Prusia y a las que se sometió.»15

La Dieta delibera sobre la liberación de la prensa de sus ataduras. Esas mismas ataduras, exclama el orador, las cadenas que sujetan a la prensa, demuestran que no está destinada al libre movimiento. Su existencia encadenada da testimonio contra su esencia. Las leyes contra la libertad de prensa refutan la libertad de prensa.

Un argumento diplomático contra toda reforma, que expresa del modo más rotundo la teoría clásica de cierto partido. Toda restricción de la libertad es una prueba de hecho, irrefutable, de que en los que tenían el poder existió alguna vez la convicción de que había que restringir la libertad, y esa convicción sirve luego de norma reguladora para las convicciones posteriores.

Una vez se ordenó que el sol girase alrededor de la tierra. ¿Quedó refutado Galileo?

Así se había formado también legalmente en nuestra Alemania la convicción del Imperio, compartida por cada uno de los príncipes, de que la servidumbre de la gleba era una propiedad de ciertos cuerpos humanos;16 de que la verdad se averigua del modo más evidente mediante operaciones quirúrgicas, queremos decir la tortura; de que las llamas del infierno debían demostrarse al hereje ya mediante las llamas de la tierra.

¿No era la servidumbre legal una prueba de hecho contra la quimera racional de que el cuerpo humano no es objeto de tratamiento y de posesión? ¿No refutaba la tortura, nacida de la naturaleza de las cosas, la teoría hueca de que con sangrías no se le saca a nadie la verdad, de que estirar la espalda en el potro no hace a nadie más franco, de que los calambres no son confesiones?

Así, opina el orador, el hecho de la censura refuta la libertad de prensa; lo cual tiene su exactitud de hecho, es una verdad de tal facticidad que la topografía puede medir su extensión, ya que en ciertas barreras aduaneras deja de ser fáctica y verdadera.

«Ni en la palabra ni en la escritura», se nos enseña a continuación, «ni en nuestra provincia renana ni en toda Alemania aparece encadenado el verdadero y más noble desarrollo espiritual.»

El noble esmalte de verdad de nuestra prensa sería un don de la censura.

Empezamos por volver contra el orador su propia argumentación anterior; en lugar de una razón racional le damos una ordenanza. En la reciente instrucción prusiana de censura se hace saber oficialmente que la prensa ha estado sometida hasta ahora a restricciones excesivas, que todavía tiene que conquistar un verdadero contenido nacional. El orador ve que las convicciones en nuestra Alemania son mudables.

¡Pero qué paradoja tan ilógica considerar la censura como fundamento de nuestra mejor prensa!

El mayor orador de la Revolución francesa, cuya voix toujours tonnante, cuya «voz siempre tronante», resuena todavía hasta nuestros días; el león al que había que oír rugir en persona para gritarle con el pueblo: «¡Bien rugido, león!»;17 Mirabeau, se formó en las cárceles.18 ¿Son por eso las cárceles las escuelas superiores de la elocuencia?

Es un prejuicio verdaderamente principesco creer, si el espíritu alemán se ha convertido en un gran comerciante pese a todos los sistemas de aduanas espirituales, que han sido las barreras aduaneras y los cordones los que lo han hecho gran comerciante. El desarrollo espiritual de Alemania no se ha producido gracias a la censura, sino a pesar de ella. Si la prensa se atrofia y se degrada bajo la censura, se aduce esto como argumento contra la prensa libre, aunque solo da testimonio contra la que no lo es. Si la prensa, pese a la censura, mantiene su esencia llena de carácter, se aduce esto a favor de la censura, aunque solo habla a favor del espíritu y no de las cadenas.

Por lo demás, el «verdadero y más noble desarrollo» tiene su miga.

En la época de estricta observancia de la censura, de 1819 a 1830 (más tarde la censura, si no en «nuestra Alemania», sí en una gran parte de Alemania, fue censurada por las circunstancias de la época y por extrañas convicciones que se habían formado),19 nuestra literatura vivió su «época del periódico de la tarde», que con el mismo derecho puede llamarse «verdadera y noble y espiritual y rica en desarrollo» con que el redactor de la Abendzeitung, que nació «Winkler», se bautizó humorísticamente «Hell», «claro», aunque no podamos atribuirle siquiera la claridad de los pantanos a medianoche.20 Este «Krähwinkler»21 con la razón social «Hell» es el prototipo de la literatura de aquel tiempo, y aquella cuaresma convencerá a la posteridad de que, si unos pocos santos pudieron aguantar cuarenta días sin comer, toda Alemania, que ni siquiera era santa, supo vivir más de veinte años sin consumo ni producción espiritual alguna. La prensa se había vuelto abyecta, y uno solo duda si la falta de entendimiento superaba a la falta de carácter, si la falta de forma superaba a la falta de contenido, o al revés. Para Alemania, la crítica alcanzaría lo más alto si pudiera demostrar que aquel periodo nunca existió. El único campo literario en que todavía latía entonces un espíritu vivo, el filosófico, dejó de hablar alemán, porque la lengua alemana había dejado de ser la lengua del pensamiento. El espíritu hablaba con palabras incomprensibles y misteriosas, porque las palabras comprensibles ya no podían ser sensatas.

En cuanto al ejemplo de la literatura renana —y sin duda este ejemplo le cae bastante cerca a un diputado renano—, podría uno recorrer con la linterna de Diógenes los cinco distritos administrativos y en ninguna parte se encontraría con «ese hombre».22 No lo tenemos por una carencia de la provincia renana, sino más bien por una prueba de su sentido práctico y político. La provincia renana puede engendrar una «prensa libre», pero para una «prensa sin libertad» le faltan destreza e ilusiones.

El periodo literario que acaba de terminar, y que podemos llamar «el periodo literario de la censura estricta», es, pues, la prueba evidente, la prueba histórica, de que la censura ha perjudicado ciertamente el desarrollo del espíritu alemán de un modo funesto e irresponsable, y de que en modo alguno está destinada, como le parecía al orador, a ser magister bonarum artium, maestra de las buenas artes. ¿O se entendía acaso por «prensa más noble y verdadera» una prensa que lleva sus cadenas con decoro?

Si el orador «se permite recordar un conocido proverbio sobre el dedo meñique y la mano entera», nosotros nos tomamos el permiso contrario de preguntar si no es lo que más conviene a la dignidad de un gobierno dar al espíritu de su pueblo no solo una mano entera, sino las dos manos enteras.

Nuestro orador, como hemos visto, ha despachado la cuestión de la relación entre censura y desarrollo espiritual de un modo negligente y distinguido, diplomáticamente sobrio. Representa con más decisión todavía el lado negativo de su estamento en su ataque contra la configuración histórica de la libertad de prensa.

En cuanto a la existencia de la libertad de prensa en otros pueblos,

«Inglaterra no puede servir de medida, ya que allí, desde hace siglos, se han formado por vía histórica unas relaciones que en ningún otro país podrían producirse mediante la aplicación de teorías, sino que tienen su fundamento en la situación peculiar de Inglaterra». «En Holanda, la libertad de prensa no ha podido evitar una deuda nacional abrumadora y ha contribuido en gran parte a provocar una revolución que ha tenido como consecuencia la separación de la mitad de ese país.»23

Pasamos por alto Francia, para volver sobre ella más adelante.

«Por último, en Suiza, ¿se podría encontrar allí un Eldorado dichoso gracias a la libertad de prensa? ¿No se recuerdan con asco las groseras disputas de partido ventiladas en los periódicos de aquel país, en las que los nombres de los partidos, con un justo sentimiento de su escasa dignidad humana, se distinguían según partes del cuerpo de los animales, en hombres de los cuernos y hombres de las pezuñas,24 y se hacían despreciables ante todos sus vecinos con sus vulgares injurias?»

La prensa inglesa no habla a favor de la libertad de prensa en general porque descansa sobre fundamentos históricos. La prensa en Inglaterra solo tiene mérito porque es histórica, no como prensa en general, pues habría tenido que hacerse sin fundamentos históricos. Aquí el mérito es de la historia, y no de la prensa. ¡Como si la prensa no perteneciera también a la historia, como si la prensa inglesa no hubiera sostenido bajo Enrique VIII, María la Católica, Isabel y Jacobo luchas duras, a menudo bárbaras, para conquistar para el pueblo inglés sus fundamentos históricos!

¿Y no hablaría, al contrario, a favor de la libertad de prensa que la prensa inglesa, con la mayor falta de trabas, no actuara de manera destructiva sobre los fundamentos históricos? Pero el orador no es consecuente.

La prensa inglesa no prueba nada a favor de la prensa en general porque es inglesa. La prensa holandesa habla en contra de la prensa en general, aunque solo es holandesa. Una vez se atribuyen todas las ventajas de la prensa a los fundamentos históricos, la otra vez todos los defectos de los fundamentos históricos a la prensa. Una vez la prensa no ha de tener también su parte en la perfección histórica; la otra, la historia no ha de tener también su parte en los defectos de la prensa. Así como la prensa en Inglaterra ha crecido unida a su historia y a su situación peculiar, lo mismo ocurre en Holanda y en Suiza.

¿Debe la prensa reflejar los fundamentos históricos, suprimirlos o desarrollarlos? Cada una de estas cosas se la reprocha el orador.

Reprueba a la prensa holandesa porque es histórica. ¡Habría tenido que impedir la historia, habría tenido que evitar a Holanda la deuda nacional abrumadora! ¡Qué exigencia tan antihistórica! La prensa holandesa no podía impedir la época de Luis XIV; la prensa holandesa no podía impedir que la marina inglesa se elevara bajo Cromwell al primer puesto de Europa; no podía hacer aparecer por arte de magia un océano que librara a Holanda del penoso papel de ser el escenario de las potencias continentales en guerra; tampoco podía, como no pudieron todas las censuras de Alemania juntas, anular los mandatos de Napoleón.

Pero ¿ha aumentado alguna vez la prensa libre las deudas nacionales? Cuando, bajo el regente Orleans, Francia entera se perdió en los delirios financieros de Law,25 ¿quién se enfrentó a ese fantástico periodo de tormenta e ímpetu de la especulación monetaria, sino unos cuantos satíricos, que, por cierto, no recibieron billetes de banco, sino billetes para la Bastilla?

La exigencia de que la prensa evite la deuda nacional, que puede llevarse más lejos hasta pedir que pague también sus deudas a los particulares, recuerda a aquel literato que siempre estaba resentido con su médico porque este le curaba las enfermedades del cuerpo, pero no las erratas de sus escritos. La libertad de prensa no promete, como tampoco el médico, hacer perfecto a un hombre o a un pueblo. Ella misma no es ninguna perfección. Es una manera trivial denigrar lo bueno porque es un bien determinado y no todo el bien a la vez, porque es este bien y no otro. Desde luego, si la libertad de prensa lo fuera todo, haría superfluas todas las demás funciones de un pueblo y al pueblo mismo.

El orador reprocha a la prensa holandesa la revolución belga.

Nadie con alguna formación histórica negará que la separación de Bélgica y Holanda fue incomparablemente más histórica que su unión.

La prensa en Holanda habría causado la revolución belga. ¿Qué prensa? ¿La reformadora o la reaccionaria? Es una pregunta que podemos plantear también en Francia, y si el orador reprueba, por ejemplo, la prensa clerical belga, que era a la vez democrática, repruebe igualmente la prensa clerical en Francia, que era a la vez absolutista. Ambas contribuyeron a derribar a sus gobiernos. En Francia no fue la libertad de prensa, sino la censura, la que hizo la revolución.26

Pero, aparte de esto, la revolución belga apareció primero como revolución espiritual, como revolución de la prensa. La afirmación de que la prensa hizo la revolución belga no tiene otro sentido. ¿Y es eso reprochable? ¿Ha de presentarse la revolución en seguida de forma material? ¿Golpear en lugar de hablar? El gobierno puede materializar una revolución espiritual; una revolución material tiene que empezar por espiritualizar al gobierno.

La revolución belga es un producto del espíritu belga. Por tanto, también la prensa, la forma más libre en que hoy se manifiesta el espíritu, tiene su parte en la revolución belga. La prensa belga no sería la prensa belga si se hubiera mantenido al margen de la revolución, pero tampoco la revolución belga sería belga si no hubiera sido a la vez revolución de la prensa. La revolución de un pueblo es total; es decir, cada esfera se rebela a su manera; ¿por qué no también la prensa como prensa?

El orador no reprueba, pues, en la prensa belga la prensa: reprueba Bélgica. Y aquí encontramos el punto crucial de su visión histórica de la libertad de prensa. El carácter popular de la prensa libre —y es sabido que ni siquiera el artista pinta grandes cuadros históricos a la acuarela—, la individualidad histórica de la prensa libre, que la convierte en la prensa peculiar de su peculiar espíritu del pueblo, repugnan al orador del estamento de los príncipes; exige más bien a las prensas de las distintas naciones que sean prensas de su opinión, prensas de la haute volée, de la alta sociedad, y que giren no alrededor de los astros espirituales, las naciones, sino alrededor de determinados individuos. Esta exigencia aparece sin velos en su juicio sobre la prensa suiza.

Antes de nada nos permitimos una pregunta. ¿Por qué no recordó el orador que la prensa suiza se opuso a la Ilustración volteriana en la persona de Albrecht von Haller? ¿Por qué no recuerda que Suiza, aunque no sea precisamente un Eldorado, ha engendrado al profeta del futuro Eldorado de los príncipes, otro señor Von Haller, que en su Restauración de la ciencia política puso los cimientos de la prensa «más noble y verdadera», del Berliner politisches Wochenblatt?27 Por sus frutos los conoceréis. ¿Y qué suelo del mundo podría oponer a Suiza un fruto de una legitimidad tan jugosa?

El orador le toma a mal a la prensa suiza que haya adoptado los «nombres de partido animales» de los «hombres de los cuernos y de las pezuñas», en suma, que hable en suizo y a suizos, que viven en cierta armonía patriarcal con los bueyes y las vacas. La prensa de este país es la prensa de este país. No hay más que decir. Pero al mismo tiempo es precisamente la prensa libre la que lleva más allá de la estrechez del particularismo local, como demuestra también la prensa suiza.

Sobre los nombres de partido animales en particular, observemos que la religión misma honra lo animal como símbolo de lo espiritual. Nuestro orador condenará en todo caso la prensa india, que con entusiasmo religioso celebró a la vaca Sabala y al mono Hanuman.28 Reprochará a la prensa india la religión india, como a la prensa suiza el carácter suizo; pero hay una prensa que difícilmente querrá someter a la censura: nos referimos a la prensa sagrada, a la Biblia; ¿y no divide esta a la humanidad entera en los dos grandes partidos de los machos cabríos y las ovejas?29 ¿No caracteriza Dios mismo su relación con las casas de Judá y de Israel de este modo: soy para la casa de Judá una polilla y para la casa de Israel una carcoma?30 O, lo que nos cae más cerca a los profanos, ¿no hay una literatura principesca que convierte toda la antropología en zoología, queremos decir la literatura heráldica? Esa trae otras curiosidades además de los hombres de los cuernos y de las pezuñas.

¿Qué ha reprobado, pues, el orador en la libertad de prensa? Que los defectos de un pueblo sean a la vez los defectos de su prensa, que esta sea el lenguaje desconsiderado, la figura manifiesta del espíritu histórico del pueblo. ¿Ha demostrado que el espíritu del pueblo alemán está excluido de este gran privilegio natural? Ha mostrado que cada pueblo expresa su espíritu en su prensa. ¿No ha de corresponder al espíritu de los alemanes, formado en la filosofía, lo que según la propia afirmación del orador se encuentra en los suizos, atados a lo animal?

Por último, ¿cree el orador que los defectos nacionales de la prensa libre no son igualmente defectos nacionales de los censores? ¿Están los censores exentos del conjunto histórico, no tocados por el espíritu de una época? Por desgracia, puede que sea así; pero ¿qué hombre sano no disculpará antes en la prensa los pecados de la nación y de la época que en la censura los pecados contra la nación y la época?

Hemos señalado al principio que en los distintos oradores es su estamento particular el que polemiza contra la libertad de prensa. El orador del estamento de los príncipes empezó presentando razones diplomáticas. Demostró la sinrazón de la libertad de prensa por las convicciones principescas, que se habrían expresado con bastante claridad en las leyes de censura. Opinó que el desarrollo más noble y verdadero del espíritu alemán había sido hecho por las trabas de arriba. Por último, polemizó contra los pueblos y rechazó con noble recato la libertad de prensa como el lenguaje indelicado, indiscreto, vuelto hacia sí mismo, de un pueblo.

III

Rheinische Zeitung, n.º 130, 10 de mayo de 1842

El orador del estamento de los caballeros, al que llegamos ahora, no polemiza contra los pueblos, sino contra los hombres. En la libertad de prensa combate la libertad humana; en la ley de prensa, la ley. Antes de entrar en la cuestión propiamente dicha de la libertad de prensa, aborda la cuestión de la publicación íntegra y diaria de los debates de la Dieta. Le seguimos paso a paso.

«La primera de las peticiones de publicación de nuestros debates ha sido atendida.» «Queda en manos de la Dieta hacer un uso sabio del permiso concedido.»

Ese es precisamente el punctum quaestionis, el punto en litigio. La provincia cree que la Dieta solo queda en sus manos cuando la publicación de los debates ya no se deja al arbitrio de su sabiduría, sino que se ha convertido en una necesidad legal. Tendríamos que calificar la nueva concesión de nuevo retroceso si hubiera de interpretarse en el sentido de que la publicación queda al arbitrio de los diputados.

Los privilegios de los estamentos de la Dieta no son derechos de la provincia. Al contrario, los derechos de la provincia terminan precisamente allí donde se convierten en privilegios de los estamentos de la Dieta. Así, los estamentos de la Edad Media habían absorbido en sí todos los derechos del país y los volvían contra el país como prerrogativas.

El ciudadano no quiere el derecho como privilegio. ¿Puede tener por un derecho que se añadan nuevos privilegios a los viejos privilegios?

Los derechos de la Dieta ya no son, de este modo, derechos de la provincia, sino derechos contra la provincia, y la Dieta misma sería la injusticia más opuesta a la provincia, con el significado místico de tener que pasar por su mayor derecho.

Hasta qué punto ha caído el orador del estamento de los caballeros en esta concepción medieval de la Dieta, con qué falta de reservas defiende el privilegio del estamento contra el derecho del país, lo demostrará la continuación de su discurso.

«La ampliación de este permiso» (el de publicar los debates) «solo podría nacer de la convicción interior, y no de las influencias exteriores.»

¡Un giro sorprendente! La influencia de la provincia sobre su Dieta se califica de algo exterior, al que se contrapone la convicción de los diputados como una delicada interioridad, cuya naturaleza irritable en grado sumo le grita a la provincia: «Noli me tangere!», «¡No me toques!».31 Tanto más memorable es esta floritura elegíaca sobre la «convicción interior», frente al viento del norte, áspero, exterior, sin derecho, de la «convicción pública», cuanto que la petición se dirige precisamente a hacer exterior la convicción interior de los diputados. Desde luego, también aquí encontramos inconsecuencia. Donde le parece más oportuno al orador, en las controversias eclesiásticas, apela a la provincia.32

«Nosotros», continúa el orador, «la» (la publicación) «permitiríamos allí donde nosotros lo consideráramos conveniente, y la limitaríamos allí donde una ampliación nos pareciera inútil o incluso perjudicial.»

Nosotros haremos lo que nosotros queramos. Sic volo, sic jubeo, stat pro ratione voluntas: así lo quiero, así lo mando; en lugar de razón, baste mi voluntad.33 Es un perfecto lenguaje de soberano, que en boca de un moderno señor de estamento tiene, por cierto, un regusto conmovedor.

¿Quiénes son «nosotros»? Los diputados de la Dieta. La publicación de los debates es para la provincia y no para los estamentos, pero el orador nos enseña otra cosa. También la publicación de los debates es un privilegio de los estamentos, que tienen el derecho, cuando les parece oportuno, de dar a su sabiduría el eco multitudinario del tórculo.

El orador solo conoce la provincia de los estamentos, no los estamentos de la provincia. Los estamentos tienen una provincia sobre la que se extiende el privilegio de su actividad, pero la provincia no tiene estamentos por medio de los cuales ella misma actúe. Desde luego, la provincia tiene el derecho de hacerse estos dioses en las condiciones prescritas, pero, en cuanto los ha creado, tiene que olvidar, como el adorador de fetiches, que son dioses hechos por sus manos.

No se ve además, entre otras cosas, por qué una monarquía sin Dieta no valdría más que una monarquía con Dieta, pues si la Dieta no es la representación de la voluntad de la provincia, tenemos más confianza en la inteligencia pública del gobierno que en la inteligencia privada de la propiedad del suelo.

Asistimos aquí al singular espectáculo, fundado quizá en la esencia de las Dietas, de que la provincia no tiene que luchar tanto por medio de sus representantes como contra ellos. Según el orador, la Dieta no tiene los derechos generales de la provincia por sus únicos privilegios —pues en ese caso la publicación diaria e íntegra de los debates de la Dieta sería un nuevo derecho de la Dieta, por serlo del país—, sino que, más bien, el país debe tener las prerrogativas de los estamentos por sus únicos derechos; ¿y por qué no también las prerrogativas de cualquier clase de funcionarios y de la nobleza o de los curas?

Más aún, nuestro orador declara sin disimulo que las prerrogativas de los estamentos disminuyen en la medida en que aumentan los derechos de la provincia.

«Así como le parecía deseable que aquí, en la asamblea, hubiera libertad de discusión y se evitara una medrosa ponderación de las palabras, igualmente necesario le parecía, para conservar esta libertad de palabra y esta espontaneidad del discurso, que nuestras palabras solo fueran juzgadas, por el momento, por aquellos a quienes están destinadas.»

Precisamente porque la libertad de discusión es deseable en nuestra asamblea, concluye el orador —¿y qué libertades no nos serían deseables, cuando se trata de nosotros?—, precisamente por eso la libertad de discusión en la provincia es sumamente indeseable. Porque es deseable que nosotros hablemos con espontaneidad, es todavía más deseable mantener a la provincia en el cautiverio del secreto. Nuestras palabras no están destinadas a la provincia.

Hay que reconocer el tacto con que el orador ha intuido que, mediante la publicación íntegra de sus debates, la Dieta pasaría de ser una prerrogativa de los estamentos a ser un derecho de la provincia; que, convertida en objeto inmediato del espíritu público, tendría que decidirse a ser una objetivación del espíritu público; que, puesta a la luz de la conciencia general, tendría que renunciar a su esencia particular en favor de la general.

Pero si el caballeroso orador toma los privilegios personales, las libertades individuales opuestas al pueblo y al gobierno, por los derechos generales, y con ello ha expresado sin duda certeramente el espíritu exclusivo de su estamento, interpreta en cambio del modo más torcido el espíritu de la provincia cuando convierte también sus exigencias generales en apetitos personales.

Así, el orador parece atribuir a la provincia una curiosidad personal y golosa por nuestras palabras (scilicet, las de las personalidades de la Dieta).

Le aseguramos que la provincia no tiene la menor curiosidad por «las palabras» de los diputados como personas individuales, y solo a «esas» palabras pueden ellos llamar con razón «sus» palabras. La provincia exige, más bien, que las palabras de los diputados se conviertan en la voz del país, audible públicamente.

¡Se trata de si la provincia ha de tener o no conciencia de su representación! ¿Ha de añadirse al misterio del gobierno el nuevo misterio de la representación? También en el gobierno está representado el pueblo. Su nueva representación por los estamentos carece, pues, por completo de sentido si su carácter específico no consiste precisamente en que aquí no se actúa por la provincia, sino que ella misma actúa; en que aquí no es representada, sino que se representa a sí misma. Una representación sustraída a la conciencia de sus mandantes no es tal. Ojos que no ven, corazón que no siente. Es la contradicción sin sentido de que la función del Estado que representa preferentemente la actividad propia de cada provincia esté sustraída incluso a su colaboración formal, al conocimiento compartido; la contradicción sin sentido de que mi actividad propia haya de ser el acto, desconocido para mí, de otro.

Pero una publicación de los debates de la Dieta que queda al arbitrio de los diputados es peor que ninguna, pues si la Dieta no me da lo que es, sino lo que quiere parecerme, la tomo por lo que se presenta, por apariencia; y malo es que la apariencia tenga existencia legal.

Más aún, incluso la publicación diaria e íntegra por medio de la imprenta, ¿se llama con razón íntegra y pública? ¿No es una merma sustituir la palabra por la escritura, las personas por esquemas, la acción real por la acción en el papel? ¿O consiste la publicidad solo en que la cosa real se le refiera al público, y no más bien en que se le refiera al público real, es decir, no al público imaginario de los lectores, sino al público vivo y presente?

Nada hay más contradictorio que el que la suprema acción pública de la provincia sea secreta, que la puerta del tribunal esté abierta para los procesos privados de la provincia y que en su propio proceso ella tenga que quedarse a la puerta.

La publicación íntegra de los debates de la Dieta no puede ser, pues, en su sentido verdadero y consecuente, sino la plena publicidad de la Dieta.

Nuestro orador, al contrario, pasa a considerar la Dieta como una especie de estaminet, de taberna.

«En una larga relación se funda, en la mayoría de nosotros, el buen entendimiento personal en que nos encontramos pese a las opiniones más diversas sobre las cosas, una relación que se hereda a los que van entrando.»

«Precisamente por eso somos los más capaces de apreciar el valor de nuestras palabras, y esto ocurriría con tanta más espontaneidad cuanto menos dejáramos actuar a influencias exteriores, que solo podrían ser de provecho si se pusieran a nuestro lado en forma de un consejo bienintencionado, pero no en forma de un juicio tajante, de una alabanza y un reproche que intentaran influir sobre nuestra personalidad por medio de la publicidad.»

El señor orador habla al sentimiento.

Estamos tan en familia, charlamos con tanta libertad, pesamos con tanta exactitud el valor de nuestras respectivas palabras: ¿íbamos a dejar que alterara nuestra posición, tan patriarcal, tan distinguida, tan cómoda, el juicio de la provincia, que tal vez concede menos valor a nuestras palabras?

Dios nos libre. La Dieta no soporta la luz del día.34 En la noche de la vida privada nos sentimos más a gusto. Si la provincia entera tiene la confianza de confiar sus derechos a unos cuantos individuos, se entiende por sí mismo que estos individuos tengan la condescendencia de aceptar la confianza de la provincia; pero sería verdadera extravagancia exigir que pagaran con la misma moneda y se entregaran confiadamente a sí mismos, sus actuaciones, sus personalidades, al juicio de la provincia, que es la que les ha dado, en primer lugar, un juicio de peso. En todo caso es más importante que la personalidad de los diputados no se vea amenazada por la provincia que el que el interés de la provincia no se vea amenazado por la personalidad de los diputados.

Queremos ser también justos, y hasta muy benévolos. Nosotros, que somos una especie de gobierno, no permitimos, ciertamente, ningún juicio tajante, ninguna alabanza, ningún reproche; no permitimos a la publicidad ninguna influencia sobre nuestra persona sacrosancta, pero admitimos el consejo bienintencionado, no en el sentido abstracto de que tenga buenas intenciones para el país, sino en el sentido más sonoro de que sienta una apasionada ternura por las personas de los diputados, una opinión particular sobre su excelencia.

Podría pensarse, ciertamente, que si la publicidad es perjudicial para nuestro buen entendimiento, nuestro buen entendimiento tiene que ser perjudicial para la publicidad. Pero esta sofística olvida que la Dieta es la jornada de los estamentos y no la jornada de la provincia. ¿Y quién podría resistirse al más contundente de todos los argumentos? Si la provincia nombra constitucionalmente estamentos para representar su inteligencia general, con ello mismo ha renunciado por completo a todo juicio y entendimiento propios, que ahora solo están encarnados en los elegidos. Así como cuentan las leyendas que grandes inventores fueron muertos o, lo que no es leyenda, enterrados vivos en fortalezas, en cuanto habían comunicado su secreto al poderoso, así la razón política de la provincia se arroja cada vez sobre su propia espada en cuanto ha hecho el gran invento de los estamentos de la Dieta, eso sí, para resurgir como el ave fénix en las siguientes elecciones.

Después de estas descripciones, sentidas e insistentes, de los peligros que amenazan desde fuera, es decir, desde la provincia, a las personalidades de los diputados con la publicación de los debates, el orador cierra esta diatriba con la idea rectora que hemos seguido hasta aquí.

«La libertad parlamentaria», una palabra muy bien sonante, «se encuentra en su primer periodo de desarrollo. Tiene que adquirir, con protección y cuidado, la fuerza interior y la autonomía que serían absolutamente necesarias antes de poder exponerla sin perjuicio a las tormentas exteriores.»

Otra vez la vieja y fatal oposición entre la Dieta como lo interior y la provincia como lo exterior.

Hace tiempo, ciertamente, que éramos de la opinión de que la libertad parlamentaria está todavía en el comienzo de su comienzo, y el presente discurso nos ha convencido de nuevo de que las primitiae studiorum in politicis, los primeros estudios en materia política, siguen sin aprobarse. Pero con ello no queremos decir en modo alguno —y el presente discurso confirma de nuevo nuestra opinión— que haya que dar a la Dieta un plazo más largo para que se anquilose por su cuenta contra la provincia. Tal vez el orador entienda por libertad parlamentaria la libertad de los viejos parlamentos franceses.35 Según su propia confesión, entre los diputados reina una relación de muchos años, su espíritu pasa ya como herencia epidémica a los homines novi, a los recién llegados, ¿y todavía no es tiempo de la publicidad? La duodécima Dieta podrá dar la misma respuesta que la sexta, solo que con el giro más decidido de que es demasiado autónoma para dejarse arrebatar el distinguido privilegio del procedimiento secreto.

Desde luego, el desarrollo de la libertad parlamentaria en el sentido de la vieja Francia, la autonomía frente a la opinión pública, el estancamiento del espíritu de casta, se desarrolla del modo más completo mediante el aislamiento; pero precisamente contra ese desarrollo nunca se advertirá lo bastante pronto. Una asamblea verdaderamente política solo prospera bajo el gran protectorado del espíritu público, como lo vivo solo prospera bajo el protectorado del aire libre. Solo las plantas «exóticas», las plantas trasladadas a un clima extraño, necesitan la protección y el cuidado del invernadero. ¿Considera el orador la Dieta como una planta «exótica» en el clima libre y alegre de la provincia renana?

Si nuestro orador del estamento de los caballeros, con una seriedad casi cómica, con una dignidad casi melancólica y un patetismo casi religioso, ha desarrollado el postulado de la alta sabiduría de los estamentos de la Dieta, el profano se asombrará al verle descender, en la cuestión de la libertad de prensa, de la alta sabiduría de la Dieta a la falta de sabiduría general del género humano, de la autonomía y libertad de los estamentos privilegiados, recomendada poco antes, a la falta de libertad y de autonomía de principio de la naturaleza humana. A nosotros no nos asombra encontrarnos con una de las figuras, hoy numerosas, del principio cristiano-caballeresco, feudal-moderno, en una palabra, romántico.

Estos señores, como no quieren deber la libertad, como un don natural, a la luz solar general de la razón, sino, como un regalo sobrenatural, a una constelación especialmente favorable de las estrellas; como consideran la libertad solo como cualidad individual de ciertas personas y estamentos, se ven obligados, en buena lógica, a subsumir la razón general y la libertad general entre las malas intenciones y las quimeras de los «sistemas lógicamente ordenados». Para salvar las libertades particulares del privilegio, proscriben la libertad general de la naturaleza humana. Pero como la mala ralea del siglo XIX y la propia conciencia de los caballeros modernos, contagiada por este siglo, no pueden encontrar comprensible lo que en sí es incomprensible, porque carece de concepto, a saber, cómo determinaciones interiores, esenciales, generales, pueden estar ligadas a ciertos individuos humanos por medio de curiosidades exteriores, contingentes, particulares, sin estar ligadas a la esencia del hombre, a la razón en general, y ser por tanto comunes a todos los individuos, se refugian necesariamente en lo maravilloso y lo místico. Como, además, la posición real de estos señores en el Estado moderno no corresponde en absoluto al concepto que tienen de su posición; como viven en un mundo que está más allá del real; como, por tanto, la imaginación es su cabeza y su corazón, recurren necesariamente, insatisfechos en la práctica, a la teoría, pero a la teoría del más allá, a la religión, que sin embargo adquiere en sus manos una amargura polémica, preñada de tendencias políticas, y se convierte, de manera más o menos consciente, en el manto de santo de deseos muy mundanos, pero a la vez muy fantásticos.

Así encontraremos que nuestro orador opone a las exigencias prácticas una teoría místico-religiosa de la imaginación; a las teorías reales, una sabiduría empírica mezquinamente astuta, pragmáticamente ladina, sacada de la práctica más superficial; a lo humanamente sensato, santidades sobrehumanas, y al verdadero santuario de las ideas, la arbitrariedad y la incredulidad de puntos de vista mezquinos. Del lenguaje más distinguido, más nonchalant y por tanto sobrio, del orador del estamento de los príncipes, pasamos ahora a una afectación patética y a una unción fantástica y exaltada, que antes quedaban todavía más en segundo plano ante el puro patetismo del privilegio.

«Cuanto menos pueda negarse que la prensa es hoy un poder político, tanto más errónea le parece la opinión, también tan extendida, de que de la lucha entre la prensa buena y la mala saldrán la verdad y la luz, y de que cabe esperar una difusión mayor y más eficaz de estas. El hombre, individualmente y en masa, es siempre el mismo. Es por naturaleza imperfecto y menor de edad, y necesita educación mientras dura su desarrollo, que solo termina con la muerte. Pero el arte de educar no consiste en castigar las acciones ilícitas, sino en fomentar las impresiones buenas y mantener alejadas las malas. Ahora bien, de esa imperfección humana es inseparable que el canto de sirena del mal actúe poderosamente sobre las masas y se oponga a la voz sencilla y sobria de la verdad como un obstáculo, si no absoluto, en todo caso difícil de vencer. Mientras la prensa mala solo habla a las pasiones de los hombres, mientras ningún medio le parece demasiado malo cuando se trata de alcanzar su fin excitando las pasiones, fin que no es otro que la mayor difusión posible de malos principios y el mayor fomento posible de malas intenciones, mientras tiene a su favor todas las ventajas de la más peligrosa de las ofensivas, para la que objetivamente no hay límites del derecho, ni subjetivamente leyes de la moralidad, ni siquiera del honor exterior, la prensa buena está siempre reducida a la defensiva. Sus efectos solo pueden ser, en su mayor parte, defensivos, de contención y de consolidación, sin poder jactarse de avances importantes en el terreno enemigo. Bastante suerte es si obstáculos exteriores no le dificultan todavía más esto.»

Hemos extractado este pasaje entero para no debilitar su posible impresión patética sobre el lector.

El orador se ha puesto à la hauteur des principes, a la altura de los principios. Para combatir la libertad de prensa hay que defender la minoría de edad permanente del género humano. Es una afirmación completamente tautológica decir que, si la falta de libertad es la esencia del hombre, la libertad contradice su esencia. Algunos escépticos malvados podrían ser tan temerarios que no creyeran al orador bajo palabra.

Si la minoría de edad del género humano es la razón mística contra la libertad de prensa, en todo caso la censura es un medio sumamente sensato contra la mayoría de edad del género humano.

Lo que se desarrolla es imperfecto. El desarrollo solo termina con la muerte. Por tanto, la verdadera consecuencia consistiría en matar al hombre para librarlo de este estado de imperfección. Así concluye al menos el orador para matar la libertad de prensa. La verdadera educación consiste para él en tener al hombre envuelto en pañales en la cuna toda su vida, pues en cuanto el hombre aprende a andar aprende también a caerse, y solo cayéndose aprende a andar. Pero si todos seguimos siendo niños de pañales, ¿quién nos va a envolver? Si todos estamos en la cuna, ¿quién nos va a mecer? Si todos somos presos, ¿quién va a ser el carcelero?

El hombre es por naturaleza imperfecto, individualmente y en masa. De principiis non est disputandum: sobre los principios no se discute. ¡Concedido, pues! ¿Qué se sigue de ello? Los razonamientos de nuestro orador son imperfectos, los gobiernos son imperfectos, las Dietas son imperfectas, la libertad de prensa es imperfecta, cada esfera de la existencia humana es imperfecta. Si, por tanto, una de estas esferas no ha de existir a causa de esta imperfección, ninguna tiene derecho a existir, el hombre en general no tiene derecho a la existencia.

Supuesta la imperfección de principio del hombre, muy bien, sabemos de antemano de todas las instituciones humanas que son imperfectas; no hay nada más que decir sobre ello, eso no habla a favor ni en contra de ellas, ese no es su carácter específico, ese no es su rasgo distintivo.

¿Por qué precisamente la prensa libre ha de ser perfecta entre todas estas imperfecciones? ¿Por qué exige un estamento imperfecto una prensa perfecta?

Lo imperfecto necesita educación. ¿No es también humana la educación, y por tanto imperfecta? ¿No necesita también la educación ser educada?

Ahora bien, si todo lo humano es imperfecto en su existencia, ¿hemos de mezclarlo todo por ello, estimarlo todo por igual, lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira? La verdadera consecuencia solo puede consistir en que, así como al contemplar un cuadro abandono el punto de vista que solo me da manchas de color, pero no colores, líneas que se cruzan en desorden, pero no un dibujo, abandone también el punto de vista que solo me muestra el mundo y las relaciones humanas en su apariencia más exterior, y lo reconozca incapaz de juzgar el valor de las cosas; pues ¿cómo podría capacitarme para juzgar, para distinguir, un punto de vista que sobre el universo entero solo tiene la ocurrencia trivial de que todo es imperfecto en su existencia? Este punto de vista es él mismo lo más imperfecto de todas las imperfecciones que ve a su alrededor. Tenemos, pues, que aplicar a la existencia de las cosas la medida de la esencia de la idea interior, y dejarnos confundir tanto menos por las instancias de una experiencia unilateral y trivial cuanto que, según esta, toda experiencia desaparece, todo juicio queda anulado, todas las vacas son negras.36

IV

Rheinische Zeitung, n.º 132, 12 de mayo de 1842

Desde el punto de vista de la idea se entiende por sí mismo que la libertad de prensa tiene una legitimidad muy distinta de la de la censura, ya que ella misma es una figura de la idea, de la libertad, un bien positivo, mientras que la censura es una figura de la falta de libertad, la polémica de una concepción del mundo de la apariencia contra la concepción del mundo de la esencia, una naturaleza meramente negativa. ¡No! ¡No! ¡No!, interrumpe nuestro orador. Yo no repruebo el fenómeno, repruebo la esencia. La libertad es lo infame de la libertad de prensa. La libertad da la posibilidad del mal. Por tanto, la libertad es mala.

¡Mala libertad!

«¡La apuñaló en el bosque oscuro
y hundió el cuerpo en el hondo Rin!»

Pero:

«Esta vez tengo que hablarte,
señor y maestro, ¡escúchame con calma!»

¿Es que acaso no existe la libertad de prensa en el país de la censura? La prensa en general es una realización de la libertad humana. Donde hay prensa, hay, pues, libertad de prensa.

En el país de la censura, el Estado no tiene, ciertamente, libertad de prensa, pero la tiene un miembro del Estado: el gobierno. Aparte de que los escritos oficiales del gobierno tienen plena libertad de prensa, ¿no ejerce a diario el censor una libertad de prensa incondicionada, si no directa, indirectamente?

Los escritores son, por así decirlo, sus secretarios. Cuando el secretario no expresa la opinión del principal, este tacha el mamotreto. Así pues, es la censura la que escribe la prensa.

Los trazos transversales del censor son para la prensa lo mismo que las líneas rectas —los kua— de los chinos para el pensamiento.37 Los kua del censor son las categorías de la literatura, y es sabido que las categorías son las almas típicas del contenido ulterior.

La libertad es hasta tal punto la esencia de los hombres que incluso sus adversarios la realizan al combatir su realidad; que quieren apropiarse como el más precioso adorno lo que rechazaban como adorno de la naturaleza humana.

Nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás. Por eso toda clase de libertad ha existido siempre, solo que unas veces como prerrogativa particular y otras como derecho general.

La cuestión ha recibido solo ahora un sentido consecuente. No se pregunta si ha de existir la libertad de prensa, pues existe siempre. Se pregunta si la libertad de prensa es el privilegio de algunos hombres o el privilegio del espíritu humano. Se pregunta si lo que es derecho de un lado ha de ser agravio del otro. Se pregunta si la «libertad del espíritu» tiene más derecho que «la libertad contra el espíritu».

Pero si la «prensa libre» y la «libertad de prensa» han de rechazarse como realización de la «libertad general», la censura y la prensa censurada han de rechazarse todavía más como realización de una libertad particular, pues ¿cómo puede ser buena la especie si el género es malo? Si el orador fuera consecuente, tendría que rechazar no la prensa libre, sino la prensa. Según él, solo sería buena si no fuera producto de la libertad, es decir, si no fuera un producto humano. A la prensa en general solo tendrían derecho, pues, o los animales o los dioses.

¿O hemos de suponer acaso —el orador no se atreve a decirlo— una inspiración divina en el gobierno y en él mismo?

Cuando un particular presume de inspiración divina, en nuestras sociedades solo hay un orador que le refute oficialmente: el médico de locos.

Pero la historia inglesa ha demostrado de sobra cómo la afirmación de la inspiración divina desde arriba engendra la afirmación contraria de la inspiración divina desde abajo, y Carlos I subió al cadalso por inspiración divina desde abajo.38

Nuestro orador del estamento de los caballeros pasa, ciertamente, como oiremos más adelante, a presentar la censura y la libertad de prensa, la prensa censurada y la prensa libre, como dos males, pero no llega a confesar que la prensa en general es el mal.

¡Al contrario! Divide toda la prensa en prensa «buena» y prensa «mala».

De la prensa mala se nos cuenta lo increíble: que su fin es la maldad y la mayor difusión posible de la maldad. Pasamos por alto que el orador espera demasiado de nuestra credulidad cuando nos pide que creamos bajo palabra en una maldad profesional. Solo le recordamos el axioma de que todo lo humano es imperfecto. ¿No será, por tanto, también la prensa mala imperfectamente mala, es decir, buena, y la prensa buena imperfectamente buena, es decir, mala?

Pero el orador nos enseña el reverso. Afirma que la prensa mala es mejor que la buena, pues la mala estaría siempre a la ofensiva y la buena a la defensiva. Ahora bien, él mismo nos ha dicho que el desarrollo del hombre solo termina con la muerte. Con ello, ciertamente, no ha dicho mucho; no ha dicho más que la vida termina con la muerte. Pero si la vida del hombre es desarrollo y la prensa buena está siempre a la defensiva, «solo se comporta de manera defensiva, de contención y de consolidación», ¿no se opone con ello continuamente al desarrollo, es decir, a la vida? Así pues, o bien esta prensa buena y defensiva es mala, o bien el desarrollo es lo malo; con lo cual también la afirmación anterior del orador, de que el fin de la «prensa mala es la mayor difusión posible de malos principios y el mayor fomento posible de malas intenciones», pierde su increíble misterio en la interpretación racional: la mayor difusión posible de principios y el mayor fomento posible de la convicción sería lo malo de la prensa mala.

La relación entre la prensa buena y la mala se vuelve todavía más curiosa cuando el orador nos asegura que la prensa buena es impotente y la mala omnipotente, pues la primera no tendría efecto sobre el pueblo, mientras que la segunda actuaría de modo irresistible. La prensa buena y la prensa impotente son idénticas para el orador. ¿Quiere afirmar entonces que lo bueno es impotente o que lo impotente es bueno?

Opone al canto de sirena de la prensa mala la voz sobria de la buena. Con voz sobria es, sin duda, como mejor y con más efecto se canta. El orador parece haber conocido solo el calor sensual de la pasión, pero no la ardiente pasión de la verdad, no el entusiasmo de la razón, seguro de su victoria, no el patetismo irresistible de las potencias éticas.

Entre las intenciones de la prensa mala incluye «el orgullo que no reconoce ninguna autoridad en la Iglesia y en el Estado», la «envidia» que predica la abolición de la aristocracia, y otras cosas sobre las que volveremos más adelante. Por ahora nos contentamos con preguntar de dónde sabe el orador que esto aislado es lo bueno. Si las potencias generales de la vida son malas, y hemos oído que lo malo es lo omnipotente, lo que actúa sobre las masas, ¿qué y quién tiene todavía derecho a hacerse pasar por bueno? Es la afirmación soberbia de que mi individualidad es lo bueno, de que las pocas existencias que convienen a mi individualidad son lo bueno, y la malvada prensa mala no quiere reconocerlo. ¡La prensa mala!

Si el orador, ya al principio, convirtió el ataque a la libertad de prensa en un ataque a la libertad, aquí lo convierte en un ataque a lo bueno. Su miedo a lo malo resulta ser un miedo a lo bueno. Funda, pues, la censura en un reconocimiento de lo malo y un desconocimiento de lo bueno; ¿o es que no desprecio a un hombre al que le predigo que su adversario tiene que vencerle en la lucha, porque él será un hombre sobrio y un buen vecino, pero un mal héroe; porque llevará armas consagradas, pero no sabrá manejarlas; porque, aunque él y yo, los dos, estemos perfectamente convencidos de su perfección, el mundo nunca compartirá esta convicción; porque su opinión será buena, pero su energía miserable?

Por mucho que las distinciones del orador entre prensa buena y mala hayan hecho superflua toda refutación al enredarse en sus propias contradicciones, no podemos perder de vista lo principal: que el orador ha planteado la cuestión de manera completamente falsa y toma como fundamento lo que debía fundamentar.

Si se quiere hablar de dos clases de prensa, estas diferencias tienen que tomarse de la esencia de la prensa misma, no de consideraciones que estén fuera de ella. Prensa censurada o prensa libre: una de las dos tiene que ser la prensa buena o la mala. Precisamente se debate si la prensa censurada o la prensa libre son buenas o malas, es decir, si corresponde a la esencia de la prensa tener una existencia libre o no libre. Hacer de la prensa mala una refutación de la prensa libre es afirmar que la prensa libre es mala y la censurada buena, que es precisamente lo que había que demostrar.

Las intenciones bajas, las triquiñuelas personales, las infamias, las comparte la prensa censurada con la prensa libre. Su diferencia de género no consiste, pues, en que produzcan productos sueltos de una u otra clase; también en el pantano crecen flores. Aquí se trata de la esencia, del carácter interior que separa la prensa censurada de la prensa libre.

La prensa libre que es mala no corresponde al carácter de su esencia. La prensa censurada, con su hipocresía, su falta de carácter, su lenguaje de eunuco, su servil meneo de cola, no hace más que realizar las condiciones internas de su esencia.

La prensa censurada sigue siendo mala aunque produzca buenos productos, pues estos productos solo son buenos en la medida en que representan la prensa libre dentro de la censurada, y en la medida en que no pertenece a su carácter ser productos de la prensa censurada. La prensa libre sigue siendo buena aunque produzca malos productos, pues estos productos son apóstatas de la naturaleza de la prensa libre. Un castrado sigue siendo un hombre defectuoso aunque tenga buena voz. La naturaleza sigue siendo buena aunque produzca engendros.

La esencia de la prensa libre es la esencia de la libertad, llena de carácter, racional, ética. El carácter de la prensa censurada es la no-esencia sin carácter de la falta de libertad; es un monstruo civilizado, un engendro perfumado.

¿O hace falta todavía demostrar que la libertad de prensa corresponde a la esencia de la prensa y que la censura la contradice? ¿No se entiende por sí mismo que el límite exterior de una vida espiritual no pertenece al carácter interior de esa vida, que la niega y no la afirma?

Para justificar realmente la censura, el orador habría tenido que demostrar que la censura pertenece a la esencia de la libertad de prensa; en lugar de eso, demuestra que la libertad no pertenece a la esencia del hombre. Rechaza el género entero para conservar una especie buena; pues la libertad es, sin duda, el ser genérico de toda existencia espiritual, y por tanto también de la prensa. Para suprimir la posibilidad del mal, suprime la posibilidad del bien y realiza lo malo, pues humanamente bueno solo puede ser lo que es una realización de la libertad.

Tendremos, pues, la prensa censurada por la prensa mala mientras no se nos demuestre que la censura nace de la esencia misma de la libertad de prensa.

Pero aun suponiendo que la censura hubiera nacido con la naturaleza de la prensa, aunque ningún animal, y mucho menos un ser espiritual, viene al mundo con cadenas, ¿qué se seguiría de ello? Que también la libertad de prensa, tal como existe por parte oficial, que también la censura necesitaría censura. ¿Y quién ha de censurar a la prensa del gobierno sino la prensa del pueblo?

Otro orador opina, ciertamente, que el mal de la censura se suprime triplicándolo, sometiendo la censura a una censura provincial, y la censura provincial, a su vez, a la censura de Berlín, y haciendo unilateral la libertad de prensa y multilateral la censura. ¡Tantos rodeos para vivir! ¿Quién ha de censurar a la censura de Berlín? Volvamos, pues, a nuestro orador.

Ya al principio nos había enseñado que de la lucha entre la prensa buena y la mala no saldría ninguna luz; pero, podemos preguntar ahora, ¿no quiere hacer permanente esa lucha inútil? ¿No es, según él mismo, la lucha entre la censura y la prensa una lucha entre la prensa buena y la mala?

La censura no suprime la lucha; la hace unilateral, hace de una lucha abierta una lucha encubierta, hace de una lucha de principios una lucha del principio sin poder contra el poder sin principios. La verdadera censura, fundada en la esencia misma de la libertad de prensa, es la crítica; es el tribunal que esta engendra de sí misma. La censura es la crítica como monopolio del gobierno; pero ¿no pierde la crítica su carácter racional cuando no actúa abiertamente, sino en secreto; no de manera teórica, sino práctica; no por encima de los partidos, sino como un partido más; no con el cuchillo afilado del entendimiento, sino con las tijeras romas de la arbitrariedad; cuando solo quiere ejercer la crítica, no soportarla; cuando se niega a sí misma al darse; cuando, por último, es tan poco crítica que toma a un individuo por la sabiduría universal, las órdenes del poder por sentencias de la razón, las manchas de tinta por manchas solares, los trazos torcidos del censor por construcciones matemáticas y los golpes por argumentos contundentes?

En el curso de la exposición hemos mostrado cómo la mística fantástica, untuosa y blanda de corazón del orador se trastoca en la dureza de corazón de un pragmatismo del entendimiento mezquino y ladino, y en la estrechez de un cálculo empírico sin ideas. En su razonamiento sobre la relación entre la ley de censura y la ley de prensa, las medidas preventivas y las represivas, nos ahorra este trabajo al pasar él mismo a la aplicación consciente de su mística.

«Medidas preventivas o represivas, censura o ley de prensa: de eso solo se trataría, aunque no sería inoportuno considerar algo más de cerca los peligros que habría que evitar por uno u otro lado. Mientras la censura quiere prevenir el mal, la ley de prensa quiere impedir su repetición mediante el castigo. Imperfectas, como toda institución humana, ambas lo seguirían siendo; la cuestión es aquí cuál lo es menos. Como se trata de cosas puramente espirituales, una tarea, y precisamente la más importante en ambas, nunca podría resolverse. Es la de encontrar una forma que exprese la intención del legislador con tanta claridad y precisión que lo justo y lo injusto queden netamente separados y toda arbitrariedad aparezca eliminada. Pero ¿qué es la arbitrariedad sino obrar según la apreciación individual? ¿Y cómo eliminar los efectos de las apreciaciones individuales allí donde se trata de cosas puramente espirituales? Encontrar una regla trazada con tanta nitidez que lleve en sí la necesidad de tener que aplicarla en cada caso particular en el sentido del legislador, esa sería la piedra filosofal, que hasta ahora no se ha encontrado y difícilmente podrá encontrarse; y por tanto la arbitrariedad, si se entiende por ella obrar según la apreciación individual, sería inseparable tanto de la censura como de la ley de prensa. Tendríamos, pues, que considerar ambas en su necesaria imperfección y en las consecuencias de esta. Si la censura sofocara algunas cosas buenas, la ley de prensa no sería capaz de impedir muchas malas. Pero la verdad no se deja sofocar a la larga. Cuantos más obstáculos se le ponen en el camino, con tanta más audacia persigue su fin, tanto más depurada lo alcanza. Pero la palabra mala se parece al fuego griego,39 imparable una vez que ha dejado el proyectil, incalculable en sus efectos, porque nada le es sagrado, e inextinguible, porque encuentra alimento y propagación en la boca y en el corazón de los hombres.»

El orador no es afortunado en sus comparaciones. Le asalta una exaltación poética en cuanto describe la omnipotencia del mal. Ya una vez oímos cómo al canto de sirena del mal respondía, impotente por sobria, la voz del bien. Ahora el mal se convierte nada menos que en fuego griego, mientras que para la verdad el orador no tiene ninguna comparación, y si ponemos por él en una comparación sus palabras «sobrias», la verdad sería, como mucho, el pedernal, que echa chispas tanto más brillantes cuanto más se le golpea. Un buen argumento para los traficantes de esclavos, sacar a latigazos la humanidad del negro; una excelente máxima para el legislador, dar leyes represivas contra la verdad para que persiga su fin con tanta más audacia. El orador parece no tener respeto por la verdad hasta que se vuelve elemental y se demuestra de manera palpable. ¡Cuantos más diques pongáis a la verdad, más robusta será la verdad que obtengáis! ¡Seguid poniendo diques!

¡Pero dejemos cantar a las sirenas!

La mística «teoría de la imperfección» del orador ha dado por fin sus frutos terrenales; nos ha arrojado a la cabeza sus piedras lunares; ¡examinemos las piedras lunares!

Todo es imperfecto. La censura es imperfecta, la ley de prensa es imperfecta. Con ello queda reconocida su esencia. Sobre el derecho de su idea no hay más que decir; no nos queda más que hacer, desde el punto de vista de la empiria más baja, un cálculo de probabilidades sobre de qué lado están los mayores peligros. Es una diferencia puramente temporal que las medidas prevengan el mal mismo mediante la censura o la repetición del mal mediante la ley de prensa.

Se ve cómo el orador, con la frase hueca de la «imperfección humana», sabe esquivar la diferencia esencial, interior, característica, entre la censura y la ley de prensa, y convertir la controversia de una cuestión de principios en la cuestión de feria de si se sacan más narices amoratadas con la ley de censura o con la ley de prensa.

Pero cuando se contraponen la ley de prensa y la ley de censura, no se trata en primer lugar de sus consecuencias, sino de su fundamento; no de su aplicación individual, sino de su derecho general. Ya Montesquieu enseña que el despotismo es más cómodo de aplicar que la legalidad, y Maquiavelo afirma que lo malo tiene para los príncipes mejores consecuencias que lo bueno. Por eso, si no queremos dar la razón al viejo dicho jesuítico de que el buen fin —y hasta de la bondad del fin dudamos— santifica los malos medios, tenemos que examinar ante todo si la censura es, por su esencia, un medio bueno.

El orador tiene razón cuando llama a la ley de censura una medida preventiva: es una medida de precaución de la policía contra la libertad; pero no tiene razón cuando llama a la ley de prensa una medida represiva. Es la regla de la libertad misma, que se hace medida de sus excepciones. La medida de censura no es una ley. La ley de prensa no es una medida.

En la ley de prensa, la libertad castiga. En la ley de censura, la libertad es castigada. La ley de censura es una ley de sospechosos contra la libertad. La ley de prensa es un voto de confianza que la libertad se da a sí misma. La ley de prensa castiga el abuso de la libertad. La ley de censura castiga la libertad como un abuso. Trata a la libertad como a una delincuente; ¿o no se considera en toda esfera una pena infamante estar bajo vigilancia policial? La ley de censura solo tiene la forma de una ley. La ley de prensa es una ley real.

La ley de prensa es una ley real porque es existencia positiva de la libertad. Considera la libertad como el estado normal de la prensa, y la prensa como una existencia de la libertad, y por eso solo entra en conflicto con el delito de prensa como una excepción que combate su propia regla y, por tanto, se suprime a sí misma. La libertad de prensa se impone como ley de prensa contra los atentados contra sí misma, es decir, contra los delitos de prensa. La ley de prensa declara que la libertad es la naturaleza del delincuente. Lo que este ha hecho contra la libertad, lo ha hecho, pues, contra sí mismo, y esta autolesión se le presenta como pena, que es para él un reconocimiento de su libertad.

Así pues, lejos de ser la ley de prensa una medida represiva contra la libertad de prensa, un mero medio para disuadir mediante la pena de la repetición del delito, habría que considerar más bien la falta de una legislación de prensa como la exclusión de la libertad de prensa de la esfera de la libertad jurídica, pues la libertad reconocida jurídicamente existe en el Estado como ley. Las leyes no son medidas represivas contra la libertad, como tampoco la ley de la gravedad es una medida represiva contra el movimiento, porque, si bien como ley de la gravitación impulsa los movimientos eternos de los astros, como ley de la caída me mata si la violo y quiero bailar en el aire. Las leyes son, más bien, las normas positivas, claras, generales, en las que la libertad ha adquirido una existencia impersonal, teórica, independiente de la arbitrariedad del individuo. Un código es la Biblia de la libertad de un pueblo.

La ley de prensa es, pues, el reconocimiento legal de la libertad de prensa. Es derecho porque es existencia positiva de la libertad. Por eso tiene que existir aunque nunca llegue a aplicarse, como en Norteamérica, mientras que la censura, como la esclavitud, nunca puede llegar a ser legal, aunque existiera mil veces como ley.

No hay leyes preventivas en acto. La ley solo previene como mandato. Solo se convierte en ley activa en cuanto se la infringe, pues solo es ley verdadera cuando en ella la ley natural inconsciente de la libertad se ha convertido en ley consciente del Estado. Donde la ley es ley real, es decir, existencia de la libertad, es la existencia real de la libertad del hombre. Las leyes no pueden, pues, adelantarse a las acciones del hombre, ya que son las leyes vitales internas de su propio obrar, los reflejos conscientes de su vida. La ley se retira, por tanto, ante la vida del hombre como vida de la libertad, y solo cuando su acción real ha mostrado que ha dejado de obedecer a la ley natural de la libertad, le obliga, como ley del Estado, a ser libre; del mismo modo que las leyes físicas solo se me presentan como algo ajeno cuando mi vida ha dejado de ser la vida de esas leyes, cuando ha enfermado. Una ley preventiva es, pues, una contradicción sin sentido.

Por eso la ley preventiva no tiene en sí ninguna medida, ninguna regla racional, pues la regla racional solo puede tomarse de la naturaleza de la cosa, aquí de la libertad. Es desmesurada, pues si la prevención de la libertad quiere imponerse, tiene que ser tan grande como su objeto, es decir, ilimitada. La ley preventiva es, pues, la contradicción de una limitación ilimitada, y allí donde se detiene, el límite no lo pone la necesidad, sino el azar de la arbitrariedad, como la censura demuestra a diario ad oculos.

El cuerpo humano es por naturaleza mortal. Por eso no pueden faltar las enfermedades. ¿Por qué no se somete al hombre al médico hasta que enferma, y no cuando está sano? Porque no solo la enfermedad, sino ya el médico, es un mal. Con una tutela médica se reconocería la vida como un mal y el cuerpo humano como objeto de tratamiento para los colegios de médicos. ¿No es más deseable la muerte que una vida que fuera una mera medida preventiva contra la muerte? ¿No pertenece también a la vida el libre movimiento? ¿Qué es toda enfermedad sino una vida trabada en su libertad? Un médico perpetuo sería una enfermedad de la que ni siquiera se tendría la perspectiva de morir, sino de vivir. Que muera la vida: la muerte no debe vivir. ¿No tiene el espíritu más derecho que el cuerpo? Ciertamente, esto se ha interpretado a menudo en el sentido de que a los espíritus de libre movimiento incluso el movimiento corporal les es perjudicial y hay que quitárselo.40 La censura parte de considerar la enfermedad como el estado normal, o el estado normal, la libertad, como una enfermedad. Asegura constantemente a la prensa que está enferma, y aunque esta dé las mejores pruebas de su sana constitución, tiene que dejarse tratar. Pero la censura no es siquiera un médico docto, que aplique distintos remedios internos según la enfermedad. Es un cirujano de pueblo que solo conoce un remedio universal mecánico para todo: las tijeras. Y ni siquiera es un cirujano que persiga mi salud: es un esteta quirúrgico que tiene por superfluo en mi cuerpo todo lo que no le gusta y amputa lo que le produce una impresión desagradable; es un curandero que hace retroceder la erupción para no verla, sin preocuparse de si se echa entonces sobre las partes internas más nobles.

Os parece injusto cazar pájaros. ¿No es la jaula una medida preventiva contra las aves de presa, las balas y las tormentas? Os parece bárbaro cegar a los ruiseñores, ¿y no os parece barbarie sacarle los ojos a la prensa con las afiladas plumas de la censura? Os parece despótico cortarle el pelo a un hombre libre contra su voluntad, y la censura corta cada día en la carne de los individuos espirituales, ¡y solo deja pasar como sanos los cuerpos sin corazón, los cuerpos sin reacción, los cuerpos sumisos!

V

Rheinische Zeitung, n.º 135, 15 de mayo de 1842

Hemos mostrado cómo la ley de prensa es un derecho y la ley de censura un agravio. Pero la censura misma confiesa que no es un fin en sí, que no es nada bueno en y por sí, que descansa, por tanto, en el principio: «El fin santifica los medios». Pero un fin que necesita medios no santos no es un fin santo; ¿y no podría también la prensa adoptar el principio y blasonar de él: «El fin santifica los medios»?

La ley de censura no es, pues, una ley, sino una medida de policía, y además una mala medida de policía, pues no consigue lo que quiere y no quiere lo que consigue.

Si la ley de censura quiere prevenir la libertad como algo mal visto, ocurre precisamente lo contrario. En el país de la censura, todo escrito prohibido, es decir, impreso sin censura, es un acontecimiento. Pasa por mártir, y no hay mártir sin aureola y sin fieles. Pasa por excepción, y si la libertad nunca puede dejar de ser preciosa para el hombre, más aún lo es la excepción a la falta general de libertad. Todo misterio seduce. Donde la opinión pública es un misterio para sí misma, está seducida de antemano por todo escrito que rompe formalmente las barreras místicas. La censura convierte todo escrito prohibido, sea malo o bueno, en un escrito extraordinario, mientras que la libertad de prensa le quita a todo escrito lo que tiene de imponente en lo material.

Pero si la censura es honrada, quiere impedir la arbitrariedad y hace de la arbitrariedad ley. No puede prevenir ningún peligro que sea mayor que ella misma. El peligro mortal para todo ser consiste en perderse a sí mismo. La falta de libertad es, por tanto, el verdadero peligro de muerte para el hombre. De momento, aparte de las consecuencias morales, pensad que no podéis disfrutar de las ventajas de la prensa libre sin tolerar sus inconvenientes. ¡No podéis coger la rosa sin sus espinas! ¿Y qué perdéis con la prensa libre?

La prensa libre es el ojo siempre abierto del espíritu del pueblo, la confianza encarnada de un pueblo en sí mismo, el lazo parlante que une al individuo con el Estado y con el mundo, la cultura incorporada que transfigura las luchas materiales en luchas espirituales e idealiza su tosca figura material. Es la confesión sin reservas de un pueblo ante sí mismo, y es sabido que la fuerza de la confesión es redentora.

Es el espejo espiritual en que un pueblo se contempla a sí mismo, y la contemplación de sí es la primera condición de la sabiduría. Es el espíritu del Estado, que se deja llevar por los buhoneros a cada choza, más barato que el gas material. Es omnilateral, omnipresente, omnisciente. Es el mundo ideal que brota sin cesar del mundo real y vuelve a fluir en él, como un espíritu cada vez más rico, animándolo de nuevo.

El curso de la exposición ha mostrado que la censura y la ley de prensa son distintas como la arbitrariedad y la libertad, como la ley formal y la ley real. Pero lo que vale para la esencia vale también para el fenómeno. Lo que vale para el derecho de ambas, vale para su aplicación. Tan distintas como la ley de prensa y la ley de censura son la posición del juez ante la prensa y la posición del censor.

Nuestro orador, sin embargo, con los ojos puestos en el cielo, ve muy por debajo de sí la tierra como un despreciable montón de polvo, y así no sabe decir de todas las flores sino que están empolvadas. Así, tampoco ve aquí más que dos medidas igual de arbitrarias en su aplicación, pues la arbitrariedad sería obrar según la apreciación individual, la apreciación individual sería inseparable de las cosas espirituales, etc., etc. Si la apreciación de las cosas espirituales es individual, ¿qué derecho tiene una opinión espiritual sobre otra, la opinión del censor sobre la opinión del escritor? Pero entendemos al orador. Da el memorable rodeo de presentar la censura y la ley de prensa como igualmente faltas de derecho en su aplicación para demostrar el derecho de la censura, pues, como sabe que todo lo terrenal es imperfecto, solo le queda la pregunta de si la arbitrariedad ha de estar del lado del pueblo o del lado del gobierno.

Su mística se trastoca en libertinaje al poner la ley y la arbitrariedad en el mismo plano y no ver más que una diferencia formal allí donde se trata de oposiciones éticas y jurídicas, pues no polemiza contra la ley de prensa, polemiza contra la ley. ¿O hay alguna ley que lleve en sí la necesidad de tener que aplicarse en cada caso particular en el sentido del legislador, con exclusión absoluta de toda arbitrariedad? Hace falta una audacia increíble para llamar piedra filosofal a semejante tarea sin sentido, que solo la ignorancia más extrema puede plantear. La ley es general. El caso que ha de decidirse según la ley es singular. Para subsumir lo singular bajo lo general hace falta un juicio. El juicio es problemático. También el juez pertenece a la ley. Si las leyes se aplicaran solas, los tribunales serían superfluos.

¡Pero todo lo humano es imperfecto! Así que: Edite, bibite!, ¡comed, bebed!41 ¿Por qué pedís jueces, si los jueces son hombres? ¿Por qué pedís leyes, si las leyes solo pueden ejecutarlas hombres y toda ejecución humana es imperfecta? ¡Confiaos a la buena voluntad de los superiores! ¡La justicia renana42 es imperfecta como la turca! Así que: Edite, bibite!

¡Qué diferencia entre un juez y un censor!

El censor no tiene más ley que su superior. El juez no tiene más superior que la ley. Pero el juez tiene el deber de interpretar la ley, para aplicarla al caso particular, tal como él la entiende tras un examen concienzudo; el censor tiene el deber de entender la ley tal como se le interpreta oficialmente para el caso particular. El juez independiente no me pertenece ni a mí ni al gobierno. El censor dependiente es él mismo un miembro del gobierno. En el juez interviene, a lo sumo, la falta de fiabilidad de una razón individual; en el censor, la falta de fiabilidad de un carácter individual. Ante el juez se lleva un delito de prensa determinado; ante el censor, el espíritu de la prensa. El juez juzga mi acto según una ley determinada; el censor no solo castiga los delitos, también los hace. Si se me lleva ante un tribunal, se me acusa de infringir una ley existente, y donde ha de violarse una ley, esta tiene que existir. Donde no existe ley de prensa, la prensa no puede violar ninguna ley. La censura no me acusa de violar una ley existente. Condena mi opinión porque no es la opinión del censor y de sus superiores. Mi acto abierto, que quiere exponerse al mundo y a su juicio, al Estado y a su ley, es juzgado por un poder oculto, meramente negativo, que no sabe constituirse en ley, que teme la luz del día, que no está sujeto a ningún principio general.

Una ley de censura es una imposibilidad, porque no quiere castigar delitos, sino opiniones; porque no puede ser otra cosa que el censor formulado; porque ningún Estado tiene el valor de expresar en disposiciones legales generales lo que puede ejercer de hecho por medio del órgano del censor. Por eso también la aplicación de la censura no se encomienda a los tribunales, sino a la policía.

Aunque la censura fuera de hecho lo mismo que la justicia, en primer lugar esto seguiría siendo un hecho sin ser una necesidad. Pero, además, a la libertad no pertenece solo qué vivo, sino igualmente cómo vivo; no solo que haga lo libre, sino también que lo haga libremente. ¿Qué distinguiría si no al arquitecto del castor, sino que el castor sería un arquitecto con piel y el arquitecto un castor sin piel?

Nuestro orador vuelve, por si fuera poco, a los efectos de la libertad de prensa en los países donde existe realmente. Como ya hemos cantado por extenso este tema, aquí solo tocaremos todavía la prensa francesa. Aparte de que los defectos de la prensa francesa son los defectos de la nación francesa, no encontramos el mal donde el orador lo busca. La prensa francesa no es demasiado libre; no es lo bastante libre. No está sometida, ciertamente, a una censura espiritual, pero está sometida a una censura material, las altas fianzas en dinero.43 Por eso actúa materialmente, precisamente porque se ve arrastrada fuera de su verdadera esfera a la esfera de las grandes especulaciones comerciales. Además, para las grandes especulaciones comerciales hacen falta grandes ciudades. Por eso la prensa francesa se concentra en unos pocos puntos, y si la fuerza material, concentrada en pocos puntos, actúa de modo demoníaco, ¿cómo no ha de hacerlo la espiritual?

Pero si os empeñáis en juzgar la libertad de prensa no según su idea, sino según su existencia histórica, ¿por qué no la buscáis allí donde existe históricamente? Los naturalistas intentan, mediante experimentos, presentar un fenómeno natural en sus condiciones más puras. Vosotros no necesitáis experimentos. El fenómeno natural de la libertad de prensa lo encontráis en Norteamérica en sus formas más puras, más conformes a la naturaleza. Pero si Norteamérica tiene grandes fundamentos históricos de la libertad de prensa, Alemania los tiene todavía mayores. La literatura de un pueblo, y la cultura espiritual que ha crecido unida a ella, no son solo, sin duda, los fundamentos históricos directos de la prensa, sino su historia misma. ¿Y qué pueblo del mundo puede jactarse de estos fundamentos históricos inmediatos de la libertad de prensa como el pueblo alemán?

Pero, interrumpe de nuevo nuestro orador, ¡pobre moralidad de Alemania si su prensa fuera libre!, pues la libertad de prensa provoca «una desmoralización interior que intentaría socavar la fe en un destino superior del hombre y, con ella, el fundamento de la verdadera civilización».

La que desmoraliza es la prensa censurada. El vicio elevado a potencia, la hipocresía, es inseparable de ella, y de este su vicio fundamental fluyen todas sus demás dolencias, a las que les falta incluso la disposición a la virtud: sus vicios de la pasividad, repugnantes incluso desde el punto de vista estético. El gobierno solo oye su propia voz, sabe que solo oye su propia voz y, sin embargo, se aferra a la ilusión de oír la voz del pueblo, y exige igualmente del pueblo que se aferre a esa ilusión. El pueblo, por su parte, se hunde así en parte en la superstición política, en parte en la incredulidad política, o, apartado por completo de la vida del Estado, se convierte en chusma privada.

Como la prensa dice cada día de las creaciones de la voluntad del gobierno lo que Dios mismo solo dijo de su propia creación al sexto día: «Y he aquí que todo era bueno», y como un día contradice necesariamente al otro, la prensa miente constantemente, y tiene incluso que negar la conciencia de la mentira y despojarse de la vergüenza.

Como el pueblo tiene que considerar ilegales los escritos libres, se acostumbra a considerar libre lo ilegal, la libertad como ilegal y lo legal como lo no libre. Así mata la censura el espíritu del Estado.

Pero nuestro orador teme por los «particulares» a causa de la libertad de prensa. No piensa que la censura es un atentado constante contra los derechos de las personas privadas y, más aún, contra las ideas. Se pone patético por las personalidades amenazadas, ¿y nosotros no habríamos de ponernos patéticos por lo general amenazado?

No podemos separar con más nitidez nuestra opinión de la suya que oponiendo a sus definiciones de las «malas intenciones» las nuestras.

Mala intención sería «el orgullo que no reconoce ninguna autoridad en la Iglesia y en el Estado». ¿Y nosotros no habríamos de considerar mala intención no reconocer la autoridad de la razón y de la ley? «Es la envidia que predica la abolición de todo lo que la plebe llama aristocracia», y nosotros decimos que es la envidia la que quiere abolir la eterna aristocracia de la naturaleza humana, la libertad, una aristocracia de la que ni siquiera la plebe puede dudar.

«Es la malévola alegría por el mal ajeno, que se recrea en las alusiones personales, sean mentira o verdad, y exige imperiosamente la publicidad para que ningún escándalo de la vida privada quede velado.»

Es la malévola alegría por el mal ajeno la que arranca chismes y alusiones personales de la gran vida de los pueblos, desconoce la razón de la historia y solo predica al público el escándalo de la historia; la que, incapaz en general de juzgar la esencia de una cosa, se aferra a aspectos aislados del fenómeno, a personalidades, y exige imperiosamente el misterio para que toda mancha vergonzosa de la vida pública quede velada.

«Es la impureza del corazón y de la fantasía, excitada por imágenes lascivas.»

Es la impureza del corazón y de la fantasía, que se excita con imágenes lascivas sobre la omnipotencia del mal y la impotencia del bien; es la fantasía cuyo orgullo es el pecado; es el corazón impuro, que esconde su soberbia mundana en imágenes místicas. «Es la desesperación de la propia salvación, que quiere acallar la voz de la conciencia negando a Dios.» Es la desesperación de la propia salvación, que convierte las debilidades personales en debilidades de la humanidad para quitárselas de encima a la propia conciencia; es la desesperación de la salvación de la humanidad, que le impide seguir sus leyes naturales innatas y predica como necesaria la minoría de edad; es la hipocresía, que invoca a un Dios sin creer en su realidad, en la omnipotencia del bien; es el egoísmo, para el que su salvación privada está por encima de la salvación del todo.

Esta gente duda de la humanidad en general y canoniza a algunos hombres. Trazan un cuadro espantoso de la naturaleza humana y nos piden a la vez que caigamos de rodillas ante la imagen de santo de algunos privilegiados. Sabemos que el hombre individual es débil, pero sabemos a la vez que el todo es fuerte.

Por último, el orador recuerda las palabras que resonaron desde las ramas del árbol del conocimiento sobre el goce cuyos frutos nosotros debatimos hoy como entonces:

«De ningún modo moriréis si coméis de él; se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.»44

Aunque dudamos de que el orador haya comido del árbol del conocimiento, de que nosotros (los estamentos de la Dieta renana) negociáramos entonces con el diablo, de lo cual al menos el Génesis no cuenta nada, nos plegamos, sin embargo, a la opinión del orador y solo le recordamos que el diablo no nos mintió entonces, pues Dios mismo dice: «Adán ha llegado a ser como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal».45

El epílogo de este discurso lo dejamos, como es justo, a las propias palabras del orador: «Escribir y hablar son habilidades mecánicas».

Por cansado que esté nuestro lector de estas «habilidades mecánicas», tenemos que dejar, para que la exposición sea completa, que después del estamento de los príncipes y del de los caballeros se desahogue también el estamento de las ciudades contra la libertad de prensa. Tenemos ante nosotros la oposición del bourgeois, no del citoyen.46

El orador del estamento de las ciudades cree sumarse a Sieyès47 con la observación burguesa:

«La libertad de prensa es una cosa bonita mientras no se metan en ella hombres malos.» «Contra esto no se ha encontrado hasta ahora ningún remedio probado», etc., etc.

El punto de vista que llama a la libertad de prensa una cosa es digno de elogio ya por su ingenuidad. A este orador se le puede reprochar todo, menos falta de sobriedad o exceso de fantasía.

Así que la libertad de prensa sería una cosa bonita, también algo que embellece la dulce costumbre de la existencia,48 una cosa agradable, decente. Pero también hay hombres malos que abusan de la lengua para mentir, de la cabeza para intrigar, de las manos para robar, de los pies para desertar. ¡Bonita cosa el hablar y el pensar, las manos y los pies; buena lengua, pensamiento agradable, manos hábiles, pies excelentísimos, si no hubiera hombres malos que abusan de ellos! Todavía no se ha encontrado un remedito contra eso.

«Las simpatías por la constitución y la libertad de prensa tendrían que debilitarse necesariamente al ver que van unidas a una situación eternamente cambiante en aquel país» (scilicet Francia) «y a una inquietante incertidumbre del futuro.»

Cuando se hizo por primera vez el descubrimiento, notorio para todo el mundo, de que la tierra es un mobile perpetuum, un móvil perpetuo, más de un alemán tranquilo se llevaría la mano al gorro de dormir y suspiraría por la situación eternamente cambiante de la madre patria, y una inquietante incertidumbre del futuro le haría aborrecer una casa que a cada momento se pone cabeza abajo.

VI

Rheinische Zeitung, n.º 139, 19 de mayo de 1842

La libertad de prensa hace la «situación cambiante» tan poco como el telescopio del astrónomo hace el movimiento incesante del sistema del mundo. ¡Mala astronomía! ¡Qué tiempos tan bonitos aquellos en que la tierra, como un honrado burgués, estaba sentada en el centro del mundo, fumaba tranquilamente su pipa de barro y ni siquiera tenía que encenderse ella misma la luz, porque el sol, la luna y las estrellas, como otras tantas sumisas lamparillas de noche y «cosas bonitas», bailaban a su alrededor!

«Quien nunca destruye lo que ha construido se queda fijo
en este mundo terrenal, que nunca se queda fijo»,

dice Hariri,49 que no es francés de nacimiento, sino árabe.

El estamento del orador se expresa con toda claridad en esta ocurrencia:

«El verdadero y honrado patriota no puede reprimir en sí el sentimiento de que la constitución y la libertad de prensa no sirven al bien del pueblo, sino a la satisfacción de la ambición de unos cuantos y al dominio de los partidos.»

Es sabido que cierta psicología explica lo grande por causas pequeñas y, en el presentimiento acertado de que todo aquello por lo que lucha el hombre es cosa de su interés, pasa a la opinión desacertada de que solo hay intereses «pequeños», solo los intereses de un egoísmo estereotipado. Es sabido además que esta clase de psicología y de conocimiento de los hombres se encuentra sobre todo en las ciudades, donde además pasa por señal de cabeza astuta ver a través del mundo y ver sentados, detrás de las nubes de ideas y de hechos, unos maniquíes muy pequeños, envidiosos e intrigantes, que mueven el conjunto tirando de hilitos. Pero es sabido igualmente que, cuando uno mira demasiado hondo en el vaso, se da con su propia cabeza, y así el conocimiento de los hombres y del mundo de esta gente lista es, en primer lugar, un golpe mistificado contra la propia cabeza.

También la medianía y la indecisión caracterizan el estamento del orador.

«Su sentimiento de independencia habla a favor de la libertad de prensa» (scilicet en el sentido del autor de la petición), «pero tiene que prestar oídos a la razón y a la experiencia.»

Si el orador hubiera dicho, por último, que su razón hablaba a favor de la libertad de prensa, pero su sentimiento de dependencia en contra, su discurso habría sido un perfecto cuadro de género de la reacción urbana.

«Quien tiene lengua y no habla,
quien tiene espada y no lucha,
¿qué es ese, sino un pobre diablo?»

Llegamos a los defensores de la libertad de prensa, y empezamos por la petición principal. Pasamos por alto lo más general, que se dice de manera certera y buena en las palabras iniciales de la petición, para destacar en seguida el punto de vista peculiar, característico, de esta intervención.

El autor de la petición quiere que la industria de la libertad de prensa no quede excluida de la libertad general de industria, como sigue ocurriendo, con lo cual la contradicción interna aparece como inconsecuencia clásica.

«Los trabajos de brazos y piernas son libres; los de la cabeza están bajo tutela. ¿De cabezas mayores, sin duda? Dios nos libre, eso no importa en los censores. ¡A quien Dios da un cargo, le da también entendimiento!»

Sorprende de entrada ver subsumida la libertad de prensa bajo la libertad de industria. Pero no podemos rechazar sin más la opinión del orador. Rembrandt pintó a la Madre de Dios como una campesina holandesa; ¿por qué no habría de pintar nuestro orador la libertad bajo una figura que le es familiar y corriente?

Tampoco podemos negar al razonamiento del orador una verdad relativa. Si se considera la prensa misma solo como una industria, le corresponde a ella, la industria de la cabeza, una libertad mayor que a la industria de brazos y piernas. La emancipación de brazos y piernas solo adquiere significado humano mediante la emancipación de la cabeza, pues, como es sabido, los brazos y las piernas solo se convierten en brazos y piernas humanos por la cabeza a la que sirven.

Por original que pueda parecer a primera vista el modo de ver del orador, tenemos que atribuirle una ventaja incondicional sobre el razonamiento inconsistente, nebuloso y flotante de aquellos liberales alemanes que creen honrar la libertad trasladándola al cielo estrellado de la imaginación, en lugar de al suelo firme de la realidad. A estos razonadores de la imaginación, a estos entusiastas sentimentales que temen como una profanación todo contacto de su ideal con la realidad vulgar, debemos en parte los alemanes que la libertad haya seguido siendo hasta ahora una imaginación y una sentimentalidad.

Los alemanes son en general propensos a los sentimientos y a las exaltaciones; tienen un tendre, una debilidad, por la música del aire azul. Es, pues, de agradecer que se les demuestre la gran cuestión de la idea desde un punto de vista tosco, real, tomado de su entorno más próximo. Los alemanes son por naturaleza devotísimos, humildísimos, respetuosísimos. Por puro respeto a las ideas, no las realizan. Les consagran un culto de adoración, pero no las cultivan. El camino del orador parece, pues, apropiado para familiarizar al alemán con sus ideas, para mostrarle que aquí no se trata de algo inaccesible, sino de sus intereses más inmediatos; para traducir la lengua de los dioses a la lengua de los hombres.

Es sabido que los griegos creían reconocer en los dioses egipcios, lidios e incluso escitas a su Apolo, su Atenea, su Zeus, y pasaban por alto lo peculiar de los cultos extranjeros como cosa accesoria. Tampoco es, pues, una falta que el alemán tome a la diosa, para él desconocida, de la libertad de prensa por una de sus diosas conocidas y la llame, según estas, libertad de industria o libertad de propiedad.

Pero precisamente porque sabemos reconocer y apreciar el punto de vista del orador, lo sometemos a una crítica tanto más severa.

«Bien podría concebirse que el régimen gremial perdurara junto a la libertad de prensa, porque la industria de la cabeza puede reclamar una potenciación superior, una equiparación con las antiguas siete artes liberales; pero que perdure la falta de libertad de la prensa junto a la libertad de industria es un pecado contra el Espíritu Santo.»

¡Desde luego! La forma subordinada de la libertad queda declarada sin derecho por sí misma si la superior no está justificada. El derecho del ciudadano individual es una necedad si no se reconoce el derecho del Estado. Si la libertad en general está justificada, se entiende por sí mismo que una figura de la libertad está tanto más justificada cuanto más grandiosa y desarrollada es la existencia que la libertad ha alcanzado en ella. Si el pólipo está justificado porque en él la vida de la naturaleza tantea con una sensibilidad oscura, ¿cómo no el león, en el que esa vida se agita y ruge?

Pero, por acertada que sea la conclusión de considerar demostrada la forma superior del derecho por el derecho de una forma inferior, es equivocada la aplicación que hace de la esfera inferior la medida de la superior y retuerce hasta lo cómico sus leyes, racionales dentro de sus propios límites, atribuyéndoles la pretensión de ser leyes no de su esfera, sino de una esfera superior. Es lo mismo que si quisiera obligar a un gigante a vivir en la casa del pigmeo.

La libertad de industria, la libertad de propiedad, de conciencia, de prensa, de los tribunales, son todas especies de un mismo género, de la libertad sin apellido. Pero ¡qué completamente erróneo es olvidar, por la unidad, la diferencia, y hacer incluso de una especie determinada la medida, la norma, la esfera de las demás especies! Es la intolerancia de una especie de libertad, que solo quiere soportar a las demás si reniegan de sí mismas y se declaran sus vasallas.

La libertad de industria es precisamente la libertad de industria y no otra libertad, porque en ella la naturaleza de la industria se configura sin trabas conforme a su regla vital interna; la libertad de los tribunales es la libertad de los tribunales cuando los tribunales obedecen a las leyes propias, innatas, del derecho, y no a las de otra esfera, por ejemplo la religión. Cada esfera determinada de la libertad es la libertad de una esfera determinada, como cada modo de vida determinado es el modo de vida de una naturaleza determinada. ¡Qué equivocada sería la exigencia de que el león se ajustara a las leyes vitales del pólipo! ¡Qué falsamente entendería la conexión y la unidad del organismo corporal si concluyera: puesto que los brazos y las piernas actúan a su manera, los ojos y los oídos, esos órganos que arrancan al hombre de su individualidad y lo convierten en espejo y eco del universo, tienen que tener un derecho de actividad todavía mayor, y ser, por tanto, una actividad potenciada de brazos y piernas!

Así como en el sistema del mundo cada planeta solo se mueve alrededor del sol moviéndose alrededor de sí mismo, así en el sistema de la libertad cada uno de sus mundos solo gira alrededor del sol central de la libertad girando alrededor de sí mismo. Hacer de la libertad de prensa una clase de la libertad de industria es defenderla matándola antes de la defensa; pues ¿no suprimo la libertad de un carácter si le exijo que sea libre a la manera de otro carácter? Tu libertad no es mi libertad, le grita la prensa a la industria. Así como tú quieres obedecer a las leyes de tu esfera, yo quiero obedecer a las leyes de la mía. Ser libre a tu manera es para mí idéntico a la falta de libertad; del mismo modo que el carpintero difícilmente se sentiría edificado si pidiera libertad para su oficio y le dieran como equivalente la libertad del filósofo.

Queremos expresar al desnudo la idea del orador. ¿Qué es la libertad? Respuesta: la libertad de industria; como un estudiante a la pregunta «¿qué es la libertad?» respondería: la noche sin hora de cierre.

Con el mismo derecho que la libertad de prensa podría subsumirse cualquier clase de libertad bajo la libertad de industria. El juez ejerce la industria del derecho; el predicador, la industria de la religión; el padre de familia, la industria de la crianza de los hijos; pero ¿he expresado con ello la esencia de la libertad jurídica, religiosa, moral?

También podría darse la vuelta a la cosa y llamar a la libertad de industria una especie de la libertad de prensa. ¿Trabajan las industrias solo con las manos y las piernas, y no también con la cabeza? ¿Es el lenguaje de la palabra el único lenguaje del pensamiento? ¿No habla el mecánico, en la máquina de vapor, muy audiblemente a mi oído, el fabricante de camas claramente a mi espalda, el cocinero comprensiblemente a mi estómago? ¿No es una contradicción que todas estas especies de la libertad de prensa estén permitidas y solo una no, la que habla a mi espíritu por medio de la tinta de imprenta?

Para defender, y aun para comprender, la libertad de una esfera, tengo que captarla en su carácter esencial, no en relaciones exteriores. Pero ¿es fiel a su carácter, obra conforme a la nobleza de su naturaleza, es libre la prensa que se rebaja a industria? El escritor tiene, desde luego, que ganar dinero para poder existir y escribir, pero en modo alguno tiene que existir y escribir para ganar dinero.

Cuando Béranger canta:

«Solo vivo para hacer canciones;
si me quitáis mi puesto, Monseñor,
haré canciones para vivir»,50

en esta amenaza está la confesión irónica de que el poeta cae de su esfera en cuanto la poesía se le convierte en medio.

El escritor no considera en modo alguno sus trabajos como medios. Son fines en sí; son tan poco medios para él mismo y para los demás que, si es preciso, sacrifica su existencia a la existencia de ellos, y, a su manera, como el predicador de la religión, hace su principio de «obedecer a Dios antes que a los hombres»,51 entre los cuales hombres está incluido él mismo con sus necesidades y deseos humanos. ¡Que viniera en cambio a verme un sastre al que hubiera encargado un frac de París y me trajera una toga romana, porque sería más adecuada a la ley eterna de lo bello!

La primera libertad de la prensa consiste en no ser una industria. Al escritor que la rebaja a medio material le corresponde, como castigo de esta falta de libertad interior, la exterior, la censura; o, más bien, su existencia misma es ya su castigo.

Desde luego, la prensa existe también como industria, pero entonces no es asunto de los escritores, sino de los impresores y los libreros. Aquí, sin embargo, no se trata de la libertad de industria de los impresores y los libreros, sino de la libertad de prensa.

Nuestro orador no se queda, en efecto, en considerar demostrado el derecho de la libertad de prensa por la libertad de industria; exige que la libertad de prensa, en lugar de a sus propias leyes, se someta a las leyes de la libertad de industria. Polemiza incluso contra el ponente de la comisión, que hace valer una concepción más elevada de la libertad de prensa, y cae en exigencias que solo pueden producir un efecto humorístico, pues el humor aparece en cuanto se aplican las leyes de una esfera inferior a una superior, del mismo modo que, a la inversa, produce un efecto cómico que los niños se pongan patéticos.

«Habla de autores autorizados y no autorizados. Lo entiende en el sentido de que también en la libertad de industria vincula siempre el ejercicio de un derecho concedido a alguna condición, más fácil o más difícil de cumplir según el oficio. Los maestros albañiles, carpinteros y constructores tendrían, con buen juicio, que cumplir condiciones de las que están exentas la mayoría de las demás industrias.» «Su petición se refiere a un derecho en lo particular, no en lo general.»

Ante todo, ¿quién ha de conceder la autorización? Kant no habría concedido a Fichte la autorización de filósofo, ni Ptolomeo a Copérnico la de astrónomo, ni Bernardo de Claraval a Lutero la de teólogo.52 Todo erudito cuenta a su crítico entre los «autores no autorizados». ¿O han de decidir los no eruditos quién es un erudito autorizado? Evidentemente, habría que dejar el juicio a los autores no autorizados, pues los autorizados no pueden ser jueces en causa propia. ¿O ha de vincularse la autorización a un estamento? El zapatero Jakob Böhme53 fue un gran filósofo. Algunos filósofos de renombre no son más que grandes zapateros.

Por lo demás, si se habla de autores autorizados y no autorizados, en buena lógica no puede uno contentarse con distinguir a las personas; hay que volver a dividir la industria de la prensa en distintas industrias, hay que expedir distintas licencias de oficio para las distintas esferas de la actividad del escritor; ¿o ha de poder escribir el escritor autorizado sobre todo? De entrada, el zapatero está más autorizado para escribir sobre el cuero que el jurista. El jornalero está tan autorizado como el teólogo para escribir sobre si se debe trabajar en días de fiesta o no. Si vinculamos, pues, la autorización a condiciones objetivas particulares, todo ciudadano será a la vez escritor autorizado y no autorizado: autorizado en los asuntos de su profesión, no autorizado en todo lo demás.

Aparte de que de este modo el mundo de la prensa, en lugar de ser el lazo general del pueblo, se convertiría en el verdadero medio de separación; de que la diferencia de los estamentos quedaría así fijada espiritualmente y la historia de la literatura descendería a historia natural de las razas animales espirituales particulares; aparte de las disputas de límites y las colisiones, que no podrían decidirse ni evitarse; aparte de que se haría ley de la prensa la falta de espíritu y la estrechez de miras, pues de manera espiritual y libre solo considero lo particular en conexión con el todo, y por tanto no separado de él; aparte de todo esto, como leer es tan importante como escribir, tendría que haber también lectores autorizados y no autorizados, una consecuencia que se sacó en Egipto, donde los sacerdotes, los autores autorizados, eran a la vez los únicos lectores autorizados. Y sería muy conveniente que solo a los autores autorizados se les concediera la autorización de comprar y leer sus propios escritos.

¡Qué inconsecuencia! Si reina el privilegio, muy bien, entonces el gobierno tiene pleno derecho a afirmar que él es el único autor autorizado sobre sus propios hechos y omisiones; pues si vosotros os consideráis autorizados, fuera de vuestro estamento particular, para escribir como ciudadanos sobre lo más general, sobre el Estado, ¿no habrían de estar los demás mortales, a los que queréis excluir, autorizados como hombres para juzgar sobre algo muy particular, sobre vuestra autorización y vuestros escritos?

Surgiría la cómica contradicción de que el autor autorizado podría escribir sin censura sobre el Estado, pero el no autorizado solo con censura sobre el autor autorizado.

La libertad de prensa no se conquista, desde luego, reclutando de vuestras filas la tropa de los escritores oficiales. Los autores autorizados serían los autores oficiales: la lucha entre la censura y la libertad de prensa se habría convertido en la lucha entre los escritores autorizados y los no autorizados.

Con razón pide, pues, un miembro del cuarto estamento:54

«que, si ha de subsistir todavía alguna coacción sobre la prensa, sea igual para todos los partidos, es decir, que en este aspecto no se conceda a ninguna clase de ciudadanos más derechos que a otra».

La censura nos somete a todos, como en el despotismo todos son iguales, si no en valor, sí en falta de valor; aquella clase de libertad de prensa quiere introducir la oligarquía en el espíritu. La censura declara a un escritor, a lo sumo, incómodo, impropio dentro de los límites de su reino. Aquella libertad de prensa llega a la pretensión de anticiparse a la historia universal, de adelantarse a la voz del pueblo, que hasta ahora ha sido la única en juzgar qué escritor está «autorizado» y cuál «no autorizado». Si Solón solo se atrevía a juzgar a un hombre después de terminada su vida, después de su muerte,55 esta opinión se atreve a juzgar a un escritor antes de su nacimiento.

La prensa es el modo más general que tienen los individuos de comunicar su existencia espiritual. No conoce acepción de personas, sino solo el prestigio de la inteligencia. ¿Queréis sujetar oficialmente la capacidad de comunicación espiritual a determinados rasgos exteriores? Lo que no puedo ser para los demás, no lo soy para mí y no puedo serlo para mí. Si no puedo existir como espíritu para los demás, no puedo existir como espíritu para mí; ¿y queréis dar a algunos hombres el privilegio de ser espíritus? Así como todo el mundo aprende a escribir y a leer, todo el mundo tiene que poder escribir y leer.

¿Y para quién ha de ser la división de los escritores en «autorizados» y «no autorizados»? Evidentemente no para los verdaderamente autorizados, pues estos se harán valer de todos modos. ¿Para los «no autorizados», pues, que quieren protegerse e imponerse mediante un privilegio exterior?

Además, este paliativo ni siquiera hace prescindible la ley de prensa, pues, como observa un orador del estamento de los campesinos:

«¿No puede también el privilegiado sobrepasar su autorización e incurrir en pena? En todo caso, pues, sería necesaria una ley de prensa, con lo que se tropezaría con las mismas dificultades que con una ley de prensa general.»

Si el alemán vuelve la vista a su historia, encuentra una razón principal de su lento desarrollo político, así como de la miserable literatura anterior a Lessing, en los «escritores autorizados». Los eruditos de oficio, de gremio, de privilegio, los doctores y demás orejudos,56 los escritores universitarios sin carácter de los siglos XVII y XVIII, con sus tiesas coletas, su pedantería distinguida y sus diminutas disertaciones micrológicas, se interpusieron entre el pueblo y el espíritu, entre la vida y la ciencia, entre la libertad y el hombre. Los escritores no autorizados hicieron nuestra literatura. Gottsched y Lessing:57 ¡elegid entre un autor «autorizado» y uno «no autorizado»!

En general, no nos gusta la «libertad» que solo quiere valer en plural. Inglaterra es una prueba, en tamaño histórico natural, de lo peligroso que es el horizonte limitado de las «libertades» para «la libertad».

«Esa palabra, libertades», dice Voltaire, «privilegios, supone el sometimiento. Las libertades son exenciones de la servidumbre general.»58

Si nuestro orador quiere además excluir de la libertad de prensa y someter a la censura a los escritores anónimos y seudónimos, observamos que el nombre no pertenece en la prensa a la cosa, pero que, donde rige una ley de prensa, el editor, y por medio de él también el escritor anónimo y seudónimo, está sometido a los tribunales. Además, cuando Adán dio nombre a todos los animales del paraíso, se olvidó de dar nombre a los corresponsales de los periódicos alemanes, y sin nombre seguirán in saecula saeculorum.

Si el autor de la petición ha intentado limitar a las personas, a los sujetos de la prensa, otros diputados quieren limitar la materia de la prensa, el círculo de su acción y su existencia, y surge un regateo sin espíritu sobre cuánta libertad ha de tener la libertad de prensa.

Un diputado quiere limitar la prensa a la discusión de las relaciones materiales, espirituales y eclesiásticas de la provincia renana; otro quiere «hojas municipales», cuyo nombre expresa su contenido limitado; ¡un tercero quiere incluso que en cada provincia solo se pueda ser franco en un único periódico!

Todos estos intentos recuerdan a aquel maestro de gimnasia que propuso como mejor método para enseñar a saltar llevar al alumno ante una gran zanja e indicarle con hilos sueltos hasta dónde podía saltar por encima de la zanja. Se entiende que el alumno debía ejercitarse primero en saltar y el primer día no podía salvar la zanja entera, pero de vez en cuando había que ir corriendo el hilo. Por desgracia, el alumno se cayó a la zanja en la primera lección, y hasta ahora se ha quedado tendido en la zanja. El maestro era un alemán, y el alumno se llamaba «Libertad».

Según el tipo normal general, los defensores de la libertad de prensa en la sexta Dieta renana no se distinguen, pues, de sus adversarios por el contenido, sino por la dirección. En estos la combate, en aquellos la defiende, la estrechez del estamento particular. Unos quieren el privilegio solo del lado del gobierno; los otros quieren repartirlo entre varios individuos; unos quieren la censura entera, los otros media; unos tres octavos de libertad de prensa, los otros ninguna. ¡Dios me proteja de mis amigos!

Totalmente divergentes del espíritu general de la Dieta son, en cambio, los discursos del ponente y de algunos miembros del estamento de los campesinos.

El ponente observa, entre otras cosas:

«En la vida de los pueblos, como en la de cada hombre, llega el momento en que las cadenas de una tutela demasiado larga se vuelven insoportables, en que se aspira a la autonomía y cada uno quiere responder él mismo de sus actos. Entonces la censura ha terminado su vida; allí donde todavía subsiste, se la considera una coacción odiosa, que prohíbe escribir lo que se dice en público.»

Escribe como hablas y habla como escribes, nos enseñan ya los maestros de primeras letras. Más tarde se dice: habla lo que se te prescribe y escribe lo que repites.

«Cada vez que el avance incontenible del tiempo desarrolla un interés nuevo e importante o hace aparecer una necesidad nueva para los que la legislación existente no contiene disposiciones suficientes, nuevas leyes tienen que regular este nuevo estado de la sociedad. Este es plenamente el caso aquí.»

Esta es la concepción verdaderamente histórica, frente a la imaginaria, que mata la razón de la historia para rendir después a sus huesos un culto histórico de reliquias.

«La tarea» (la de un código de prensa) «no será, ciertamente, del todo fácil de resolver; ¡el primer intento que se haga quizá quede muy imperfecto! Pero todos los Estados estarán agradecidos al legislador que se ocupe de ello el primero, y bajo un rey como el nuestro tal vez le esté reservado al gobierno prusiano el honor de preceder a los demás países en este camino, el único que puede llevar a la meta.»

Hasta qué punto estaba aislada en la Dieta esta opinión viril, digna y decidida, lo ha demostrado toda nuestra exposición; se lo observa al ponente, por si fuera poco, el propio presidente;59 y lo expresa por último un miembro del estamento de los campesinos en una intervención enojada, pero excelente:

«Se le da vueltas a la cuestión como el gato a las gachas calientes.» «El espíritu humano tiene que poder desarrollarse libremente según las leyes que le son inherentes y comunicar lo conquistado; de lo contrario, de un río claro y vivificante se haría un pantano pestilente. Si algún pueblo es apto para la libertad de prensa, es sin duda el tranquilo y bonachón pueblo alemán, que más bien necesitaría que se le aguijoneara para sacarle de su flema que la camisa de fuerza espiritual de la censura. No poder comunicar sin trabas a los semejantes los propios pensamientos y sentimientos tiene mucha semejanza con el sistema norteamericano de aislamiento de los presos,60 que en toda su dureza lleva a menudo a la locura. A quien no puede censurar, tampoco su alabanza tiene valor; parecida en su falta de expresión es una pintura china, a la que le faltan las sombras. ¡Ojalá no nos encontremos asociados a ese pueblo adormecido!»

Si echamos ahora una mirada de conjunto a los debates sobre la prensa, no podemos sobreponernos a la impresión desolada y desagradable que produce una asamblea de representantes de la provincia renana que solo oscilan entre la obstinación deliberada del privilegio y la impotencia natural de un liberalismo a medias; tenemos que señalar con desagrado, ante todo, la falta casi general de puntos de vista generales y amplios, así como esa superficialidad negligente con que se debate y despacha el asunto de la prensa libre; y así nos preguntamos una vez más si la prensa no les quedaba demasiado lejos a los diputados, si no tenía con ellos demasiado poco contacto real como para que pudieran defender la libertad de prensa con el interés profundo y serio de la necesidad.

La libertad de prensa presentó su súplica a los estamentos con la más fina captatio benevolentiae.61

En efecto, ya al comienzo de la Dieta surgió un debate en el que el presidente observó que la impresión de los debates de la Dieta, lo mismo que la de todos los demás escritos, estaba sometida a la censura, pero que aquí él hacía las veces de censor.

¿No coincidió en este único punto la causa de la libertad de prensa con la libertad de la Dieta? Esta colisión es tanto más interesante cuanto que aquí se dio a la Dieta, en su propia persona, la prueba de cómo con la falta de libertad de prensa todas las demás libertades se vuelven ilusorias. Cada figura de la libertad condiciona a la otra, como un miembro del cuerpo al otro. Cada vez que se pone en cuestión una libertad determinada, se pone en cuestión la libertad. Cada vez que se rechaza una figura de la libertad, se rechaza la libertad, y esta ya solo puede llevar una vida aparente, pues entonces es puro azar en qué objeto se ejerce la falta de libertad como poder dominante. La falta de libertad es la regla, y la libertad una excepción del azar y la arbitrariedad. Por eso nada hay más equivocado, cuando se trata de una existencia particular de la libertad, que creer que se trata de una cuestión particular. Es la cuestión general dentro de una esfera particular. La libertad sigue siendo libertad, se exprese en la tinta de imprenta, o en la tierra y el suelo, o en la conciencia, o en una asamblea política; pero el leal amigo de la libertad, cuyo sentimiento del honor ya se sentiría herido si tuviera que votar sobre el ser o no ser de la libertad, este amigo se queda perplejo ante el material peculiar en que aparece la libertad; no reconoce el género en la especie, olvida la libertad por la prensa, cree juzgar un ser extraño y condena su propio ser. Así, la sexta Dieta renana se ha condenado a sí misma al dictar sentencia contra la libertad de prensa.

Los sapientísimos hombres de despacho con práctica, que en silencio y sin razón piensan de sí mismos lo que Pericles proclamaba de sí en voz alta y con razón:

«Soy un hombre que, en el conocimiento de las necesidades del Estado como en el arte de desarrollarlas, puede medirse con cualquiera»,62

estos arrendatarios hereditarios de la inteligencia política se encogerán de hombros y observarán con distinción oracular que los defensores de la libertad de prensa trillan paja vacía, pues una censura suave sería mejor que una libertad de prensa áspera. Les respondemos lo que los espartanos Espertias y Bulis respondieron al sátrapa persa Hidarnes:

«Hidarnes, tu consejo para nosotros no está igualmente sopesado por ambos lados. Pues de lo uno, sobre lo que nos aconsejas, tienes experiencia; lo otro no lo has probado. Sabes, en efecto, lo que es ser esclavo; pero la libertad no la has probado nunca, ni sabes si es dulce o no. Pues si la hubieras probado, nos aconsejarías luchar por ella no solo con lanzas, sino también con hachas.»63

  1. Las Dietas provinciales (Provinziallandtage) se crearon en Prusia en 1823-1824 en lugar de la constitución prometida por Federico Guillermo III en 1815. Solo tenían voto consultivo y deliberaban a puerta cerrada. La Dieta de la provincia renana se reunía en Düsseldorf; su sexta legislatura sesionó del 23 de mayo al 25 de julio de 1841. ↩

  2. Marx proyectaba una serie de artículos sobre la sexta Dieta renana. El segundo, sobre los debates relativos al conflicto de la Iglesia de Colonia, fue prohibido por la censura; el tercero, sobre la ley contra el robo de leña, apareció en la Rheinische Zeitung en octubre y noviembre de 1842. ↩

  3. La Allgemeine Preußische Staats-Zeitung, diario oficioso del gobierno prusiano, publicado en Berlín. ↩

  4. Nombres populares de los dos viejos diarios de Berlín: la Königlich privilegirte Berlinische Zeitung, de la casa Voss, y las Berlinische Nachrichten von Staats- und gelehrten Sachen, de la casa Spener. ↩

  5. La instrucción de censura de 24 de diciembre de 1841, que Marx había analizado en sus Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana de censura. ↩

  6. Goethe, Ifigenia en Táuride, acto I, escena 3: «Pronuncias con calma una gran palabra». ↩

  7. Epiménides, sabio cretense del que contaba la leyenda que durmió durante cincuenta y siete años. Goethe escribió en 1814 el festival dramático El despertar de Epiménides. ↩

  8. Los pitagóricos tenían el número por principio de todas las cosas. ↩

  9. Lorenz Oken (1779-1851), naturalista de la escuela de la filosofía de la naturaleza de Schelling, que pretendía ordenar el reino animal según series numéricas. ↩

  10. Heráclito: «El alma seca es la más sabia y la mejor». ↩

  11. La Allgemeine Zeitung de Augsburgo, el diario alemán de mayor difusión, y el Journal des Débats de París, el gran diario de la burguesía orleanista. ↩

  12. Schiller, «Las palabras de la fe». ↩

  13. En la Dieta renana estaban representados cuatro estamentos: los príncipes (antiguos señores soberanos del Imperio), la nobleza caballeresca, las ciudades y los municipios rurales, es decir, los campesinos propietarios. ↩

  14. Las actas oficiales de la Dieta no daban el nombre de los oradores; de ahí que Marx los designe por su estamento. ↩

  15. Los acuerdos de Karlsbad, aprobados por la Dieta de la Confederación Germánica en septiembre de 1819, que impusieron la censura previa en todos los Estados alemanes. ↩

  16. Juego de palabras: Leibeigenschaft, «servidumbre», contiene Leib, «cuerpo», y Eigenschaft, «propiedad» en el sentido de cualidad. ↩

  17. Shakespeare, El sueño de una noche de verano, acto V, escena 1. ↩

  18. Honoré-Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau (1749-1791), estuvo encerrado varias veces, en virtud de lettres de cachet obtenidas por su padre, en el castillo de If, el fuerte de Joux y el torreón de Vincennes, donde escribió buena parte de sus primeras obras. ↩

  19. Alusión a la Revolución de Julio de 1830 en Francia y a sus repercusiones en varios Estados alemanes, donde la censura se relajó durante algún tiempo. ↩

  20. La Abendzeitung (Periódico de la tarde) de Dresde, órgano de la literatura de entretenimiento de la Restauración, la dirigía Karl Gottfried Theodor Winkler (1775-1856), que firmaba con el seudónimo de Theodor Hell. Hell significa «claro», «luminoso». ↩

  21. Krähwinkel, la ciudad imaginaria de la comedia de Kotzebue Los provincianos alemanes (1803), era el nombre proverbial de la estrechez provinciana; Marx juega con el apellido Winkler. ↩

  22. Se contaba que Diógenes el cínico recorría Atenas en pleno día con una linterna encendida diciendo: «Busco un hombre». La provincia renana estaba dividida en cinco distritos administrativos: Colonia, Düsseldorf, Coblenza, Tréveris y Aquisgrán. ↩

  23. La revolución belga de 1830, que separó Bélgica del Reino Unido de los Países Bajos creado en 1815. ↩

  24. En el cantón suizo de Schwyz, en 1838, los grandes ganaderos y los pequeños campesinos se enfrentaron por el reparto de los pastos comunales; a los primeros se les llamó Hornmänner («hombres de los cuernos») y a los segundos Klauenmänner («hombres de las pezuñas»). ↩

  25. John Law (1671-1729), banquero escocés, controlador general de las finanzas francesas durante la regencia de Felipe de Orleans; su sistema de papel moneda y de especulación con las acciones de la Compañía del Misisipi terminó en la bancarrota de 1720. ↩

  26. La Revolución de Julio de 1830 estalló en París tras las ordenanzas de Carlos X que, entre otras cosas, suprimían la libertad de prensa. ↩

  27. Albrecht von Haller (1708-1777), médico, naturalista y poeta suizo, adversario de Voltaire y de los enciclopedistas. Su nieto Karl Ludwig von Haller (1768-1854) fue autor de La restauración de la ciencia política (1816-1834), teoría del Estado patrimonial y de la monarquía de derecho divino, que dio nombre a la Restauración e inspiró el Berliner politisches Wochenblatt (1831-1841), órgano de los conservadores prusianos del círculo del príncipe heredero. ↩

  28. Sabala, la vaca maravillosa del sabio Vasishtha en el Ramayana; Hanuman, el dios mono, aliado de Rama en la misma epopeya. ↩

  29. Mateo 25, 32-33. ↩

  30. Oseas 5, 12, donde Dios dice: «Seré como polilla para Efraín y como carcoma para la casa de Judá». Marx cita de memoria. ↩

  31. Palabras de Jesús resucitado a María Magdalena (Juan 20, 17). ↩

  32. Alusión a los debates de la Dieta sobre el conflicto entre el Estado prusiano y la Iglesia católica tras la detención del arzobispo de Colonia en 1837. ↩

  33. Variante de un verso de Juvenal, Sátiras, VI, 223. ↩

  34. Juego de palabras: Landtag (Dieta) contiene Tag, «día». ↩

  35. Los parlamentos del Antiguo Régimen francés eran tribunales superiores de justicia, en manos de una nobleza de toga hereditaria, que defendían sus privilegios frente a la Corona y frente a toda reforma. ↩

  36. Hegel, en el prólogo de la Fenomenología del espíritu, se burla del absoluto de Schelling como de «la noche en que todas las vacas son negras». ↩

  37. Los kua (gua) son los trigramas del Libro de las mutaciones (I Ching), formados por líneas enteras y partidas. ↩

  38. Carlos I de Inglaterra, que gobernaba invocando el derecho divino de los reyes, fue decapitado en 1649 tras la victoria de los puritanos en la guerra civil. ↩

  39. Mezcla incendiaria que usaba la flota bizantina y que ardía incluso sobre el agua. ↩

  40. Esta frase y la anterior solo figuran en la Rheinische Zeitung; las ediciones posteriores, como la MEW, las dan en nota. ↩

  41. Estribillo de una canción estudiantil alemana. ↩

  42. En la provincia renana seguía en vigor el derecho francés de la época napoleónica, con tribunales públicos y jurado, que los renanos defendían frente al derecho prusiano. ↩

  43. En la Francia de Luis Felipe, los periódicos políticos tenían que depositar una fianza elevada (cautionnement), que las leyes de septiembre de 1835 aumentaron todavía. ↩

  44. Génesis 3, 4-5. ↩

  45. Génesis 3, 22. ↩

  46. El bourgeois es el miembro de la sociedad civil, el particular con sus intereses privados; el citoyen, el ciudadano en cuanto miembro de la comunidad política. Marx desarrollará esta distinción en Sobre la cuestión judía (1843). ↩

  47. Emmanuel-Joseph Sieyès (1748-1836), autor del folleto ¿Qué es el tercer estado? (1789). ↩

  48. Goethe, Egmont, acto V: «¡Dulce vida! ¡Hermosa, amable costumbre de la existencia y de la actividad!». ↩

  49. Al-Hariri de Basora (1054-1122), autor de las Maqamat, que Friedrich Rückert había traducido al alemán en 1826. ↩

  50. En el original, en francés: «Je ne vis, que pour faire des chansons, / Si vous m'ôtez ma place Monseigneur, / Je ferai des chansons pour vivre». Pierre-Jean de Béranger (1780-1857), el poeta popular francés de la Restauración, perdió su empleo de funcionario por sus canciones. ↩

  51. Hechos de los Apóstoles 5, 29. ↩

  52. Kant se desmarcó públicamente en 1799 de la Doctrina de la ciencia de Fichte. Bernardo de Claraval (1090-1153), el gran doctor de la Iglesia del siglo XII, vivió cuatro siglos antes que Lutero. ↩

  53. Jakob Böhme (1575-1624), zapatero de Görlitz y filósofo místico, al que Hegel consideraba el primer filósofo alemán. ↩

  54. Es decir, del estamento de los municipios rurales, los campesinos. ↩

  55. Según Heródoto (I, 32), Solón respondió a Creso que no podía llamarse feliz a ningún hombre antes de su muerte. ↩

  56. Juego de palabras: die Doktoren und sonstigen Ohren, «los doctores y demás orejas», por la rima entre Doktoren y Ohren. ↩

  57. Johann Christoph Gottsched (1700-1766), catedrático de Leipzig y legislador pedante del gusto literario alemán; Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781), escritor independiente, crítico y dramaturgo, que acabó con su autoridad. ↩

  58. En el original, en francés: «Ce mot des libertés, des privilèges, suppose l'assujettissement. Des libertés sont des exemptions de la servitude générale». ↩

  59. El presidente (Landtagsmarschall) de la Dieta, nombrado por el rey. ↩

  60. El sistema penitenciario de Pensilvania, implantado en Filadelfia en 1829, que mantenía a los presos en aislamiento completo. ↩

  61. Fórmula retórica: el esfuerzo por ganarse la benevolencia del oyente. ↩

  62. Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso, II, 60. ↩

  63. Heródoto, VII, 135. ↩