Siete artículos escritos por Karl Marx en Colonia y publicados en la Rheinische Zeitung entre el 1 y el 16 de enero de 1843. Traducidos de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1962, pp. 152-171), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo la de Marx. Texto original en alemán.

La prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung en el Estado prusiano

Rheinische Zeitung, n.º 1, 1 de enero de 1843

*1 Colonia, 31 de diciembre. La prensa alemana empieza el año nuevo bajo auspicios aparentemente sombríos. La prohibición, recién dictada, de la Leipziger Allgemeine Zeitung2 en los Estados prusianos refuta de forma bastante contundente todos los sueños complacientes de los crédulos sobre las grandes concesiones del futuro. Si la Leipziger Allgemeine Zeitung, que aparece bajo censura sajona, es prohibida por su manera de tratar los asuntos prusianos, con ello se prohíbe al mismo tiempo la esperanza de que nuestros asuntos internos puedan tratarse sin censura. Es una consecuencia de hecho que nadie negará.

Los principales reproches que se han hecho oír contra la Leipziger Allgemeine Zeitung eran poco más o menos los siguientes:

«Publica rumor tras rumor, y después resulta que por lo menos la mitad son falsos. Además, no se atiene a los hechos, sino que husmea los móviles; y por equivocado que sea a menudo su juicio en este punto, siempre lo pronuncia con el patetismo de la infalibilidad y a menudo con la pasión más odiosa. Su conducta es inconstante, “indiscreta”, “inmadura”; en una palabra, una mala conducta.»

Suponiendo que todas estas acusaciones estén fundadas, ¿son acusaciones contra el carácter arbitrario de la Leipziger Allgemeine Zeitung, o no son más bien acusaciones contra el carácter necesario de la joven prensa popular, que apenas está naciendo? ¿Se trata solo de la existencia de cierto tipo de prensa, o se trata de la inexistencia de la prensa real, es decir, de la prensa popular?

La prensa francesa, la inglesa, toda prensa ha empezado de la misma manera que la prensa alemana, y cada una de estas prensas ha merecido y recibido los mismos reproches. La prensa no es nada ni debe ser nada más que el pensar y el sentir diario, en voz alta, de un pueblo que piensa realmente como pueblo, pensar y sentir, desde luego, «a menudo apasionado, exagerado y desacertado en la expresión». Por eso es como la vida: siempre en devenir, nunca acabada. Está en el pueblo y comparte honradamente todas sus esperanzas y sus temores, su amor y su odio, sus alegrías y sus penas. Lo que capta entre la esperanza y el temor lo proclama en voz alta y lo juzga con vehemencia, con pasión, con parcialidad, según lo que en ese instante mueva su ánimo y sus pensamientos. Lo que hoy trajo de erróneo en hechos y juicios, mañana lo refutará. Es la política propiamente «natural», esa que, por lo demás, sus adversarios suelen amar.

Los reproches que en los últimos días se han hecho de un tirón a la joven «prensa» se anulaban unos a otros. Mirad, se decía, qué política firme, mesurada y definida tienen los periódicos ingleses y franceses. Se basan en la vida real; su opinión es la opinión de un poder existente y acabado; no adoctrinan al pueblo: son las verdaderas doctrinas del pueblo y de sus partidos. Vosotros, en cambio, no expresáis los pensamientos, los intereses del pueblo; los fabricáis vosotros, o más bien se los atribuís. Vosotros creáis el espíritu de partido; no sois sus criaturas. Así, se le reprocha a la prensa unas veces que no existan partidos políticos, y otras que quiera remediar esa carencia y crear partidos políticos. Pero eso se entiende por sí mismo. Donde la prensa es joven, el espíritu del pueblo es joven, y el pensar político diario y en voz alta de un espíritu popular que apenas despierta será más inmaduro, más informe, más precipitado que el de un espíritu popular que se ha hecho grande, fuerte y seguro de sí en las luchas políticas. Sobre todo el pueblo cuyo sentido político apenas despierta pregunta menos por la exactitud de hecho de tal o cual acontecimiento que por el alma moral con la que actúa; hecho o fábula, sigue siendo una encarnación de los pensamientos, los temores y las esperanzas del pueblo, un cuento verdadero. El pueblo ve reflejado esto, su ser, en el ser de su prensa, y si no lo viera, la tendría por algo inesencial y no le prestaría ninguna atención, porque a un pueblo no se le engaña. Por mucho que la joven prensa se comprometa cada día, por mucho que penetren en ella malas pasiones, el pueblo ve en ella su propio estado y sabe que, a pesar de todo el veneno que acarreen la maldad o la estupidez, su esencia sigue siendo siempre verdadera y pura, y que en su corriente, siempre en movimiento y siempre crecida, el veneno se convierte en verdad y en medicina saludable. Sabe que su prensa carga con sus pecados, se rebaja por él y, renunciando para gloria de él a la distinción, a la suficiencia y a la irrefutabilidad, representa la rosa del espíritu moral entre las espinas del presente.

Tenemos, pues, que considerar los reproches que se han hecho a la Leipziger Allgemeine Zeitung como reproches contra la joven prensa popular, es decir, contra la prensa real, pues se entiende por sí mismo que la prensa no puede llegar a ser real sin pasar por las etapas de desarrollo necesarias, fundadas en su esencia. Pero tenemos que declarar que el rechazo de la prensa popular es un rechazo del espíritu político del pueblo. Y, sin embargo, al comienzo de nuestro artículo hemos calificado de aparentemente sombríos los auspicios de la prensa alemana. Y así es, porque la lucha contra una existencia es la primera forma de su reconocimiento, de su realidad y de su poder. Y solo la lucha puede convencer tanto al gobierno como al pueblo y a la propia prensa de la legitimidad real y necesaria de la prensa. Solo ella puede mostrar si la prensa es una concesión o una necesidad, una ilusión o una verdad.

La Kölnische Zeitung y la prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung

Rheinische Zeitung, n.º 4, 4 de enero de 1843

* Colonia, 3 de enero. La Kölnische Zeitung3 publicó en su número del 31 de diciembre una correspondencia fechada «Leipzig, 27», que anunciaba casi con regocijo la prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung, mientras que la orden de gabinete que decreta la prohibición de ese periódico, y que viene en la Staatszeitung4 llegada aquí ayer, está fechada el 28 de diciembre. El enigma se resuelve sencillamente observando que el 31 de diciembre la noticia de la prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung llegó al correo de esta ciudad y que la Kölnische Zeitung juzgó oportuno escribir no solo una correspondencia, sino también un corresponsal, y asignar como domicilio a su propia voz la buena ciudad de Leipzig. La fantasía «mercantil» de la Kölnische Zeitung fue lo bastante «hábil» para confundir los conceptos. Vio la residencia de la Kölnische Zeitung en Leipzig porque la residencia de la Leipziger Zeitung en Colonia se había vuelto imposible. Si la redacción de la Kölnische Zeitung, aun reflexionando con más frialdad, quisiera defender el juego de su fantasía como una árida verdad de hecho, nos veríamos obligados a comunicar, a propósito de la mística correspondencia de Leipzig, otro hecho más, que

«rebasa todos los límites del decoro y, también entre nosotros, a toda persona moderada y sensata como una indiscreción incomprensible»

se presentará.

Respecto de la prohibición misma de la Leipziger Allgemeine Zeitung, ya hemos expresado nuestra opinión. No hemos negado, como si fueran inventados, los defectos que se le reprochan a la Leipziger Allgemeine Zeitung, pero hemos afirmado que son defectos que brotan de la esencia misma de la prensa popular y que, por tanto, hay que tolerar en su desarrollo si se quiere tolerar en absoluto su desarrollo.

La Leipziger Allgemeine Zeitung no es toda la prensa popular alemana, pero es una parte necesaria e integrante de ella. Los distintos elementos que forman la naturaleza de la prensa popular deben encontrar, en un desarrollo conforme a su naturaleza, primero cada uno por sí mismo su formación peculiar. El cuerpo entero de la prensa popular se dividirá, pues, en diversos periódicos de caracteres diversos que se completan mutuamente, y si en uno, por ejemplo, el interés predominante es la ciencia política, en otro lo será la práctica política; si en uno es el pensamiento nuevo, en otro lo será el hecho nuevo. Solo si los elementos de la prensa popular reciben un desarrollo libre de trabas, independiente y unilateral, y se independizan en diferentes órganos, puede formarse la «buena» prensa popular, es decir, la prensa popular que reúna armónicamente en sí todos los momentos verdaderos del espíritu del pueblo, de modo que en cada periódico esté tan enteramente presente el verdadero espíritu moral como en cada pétalo de la rosa su perfume y su alma. Pero para que la prensa alcance su destino es necesario ante todo no prescribirle ningún destino desde fuera y concederle el reconocimiento que se suele conceder hasta a la planta: el reconocimiento de sus leyes internas, a las que no debe ni puede sustraerse a su antojo.

La prensa buena y la prensa mala

Rheinische Zeitung, n.º 6, 6 de enero de 1843

* Colonia, 5 de enero. Ya hemos tenido que oír muchas cosas en abstracto sobre la diferencia entre la prensa «buena» y la «mala». ¡Ilustremos de una vez la diferencia con un ejemplo!

La Elberfelder Zeitung del 5 de enero se califica a sí misma, en un artículo fechado en Elberfeld, de «prensa buena». La Elberfelder Zeitung del 5 de enero trae la siguiente noticia:

«Berlín, 30 de diciembre. La prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung ha causado aquí en conjunto una impresión escasa.»

En cambio, la Düsseldorfer Zeitung informa, de acuerdo con la Rheinische Zeitung:

«Berlín, 1 de enero. La prohibición incondicional de la Leipziger Allgemeine Zeitung causa aquí la mayor sensación, ya que los berlineses la leían con mucho gusto», etc.

¡Cuál de las dos prensas, la «buena» o la «mala», es ahora la prensa «verdadera»! ¡Cuál expresa la realidad y cuál la realidad deseada! ¡Cuál representa la opinión pública y cuál la desfigura! ¿Cuál merece, pues, la confianza del Estado?

La explicación de la Kölnische Zeitung nos deja poco satisfechos. En su réplica a nuestra observación sobre el anuncio «casi regocijado» de la prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung, se limita no ya a la parte estadística, sino a una errata. La Kölnische Zeitung sabrá muy bien que en el pasaje:

«El enigma se resuelve sencillamente observando que el 31 de diciembre la noticia de la prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung llegó al correo de esta ciudad», debía decir, y solo por una errata no dice: «el 30 de diciembre». En efecto, el 30 de diciembre a mediodía la Rheinische Zeitung recibió esta noticia del correo de esta ciudad, cosa que podemos probar si es necesario; así pues, también la recibió probablemente la Kölnische.

Réplica al ataque de un periódico «moderado»

Rheinische Zeitung, n.º 8, 8 de enero de 1843

* Colonia, 7 de enero. Un periódico renano moderado, como dice en su lenguaje diplomático la Allgemeine Zeitung de Augsburgo,5 es decir, un periódico de fuerzas moderadas, de carácter muy moderado y de entendimiento moderadísimo, ha transformado nuestra afirmación: «La Leipziger Allgemeine Zeitung es una parte necesaria e integrante de la prensa popular alemana», en la afirmación de que la mentira es una parte necesaria de la prensa. No queremos escandalizarnos mucho de que este periódico moderado arranque una sola frase de nuestro razonamiento y no haya juzgado digna de su alta y honorable consideración la exposición hecha en el artículo en cuestión y en otro anterior. Así como no exigimos a nadie que salte fuera de su propia piel, tampoco podemos pedir a un individuo o a un partido que se arriesgue a dar un salto mortal por encima de su piel espiritual, por encima de los límites de su horizonte intelectual, y menos que a nadie a un partido para el que su estrechez pasa por santidad. No discutimos, pues, lo que aquella habitante del Imperio del Medio intelectual tendría que haber hecho para refutarnos; discutimos solo sus actos reales.

Primero se enumeran los viejos pecados de la Leipziger Allgemeine Zeitung: su conducta en los asuntos de Hannover,6 su polémica partidista contra el catolicismo (¡de ahí esas lágrimas!7 ¿contaría nuestra amiga la misma conducta, solo que en sentido opuesto, entre los pecados mortales de las Münchener politische Blätter?8), sus chismorreos, etc., etc. Nos viene a la memoria a este propósito una ocurrencia de Las avispas de Alphonse Karr.9 El señor Guizot, se dice allí, pinta al señor Thiers, y el señor Thiers pinta al señor Guizot, como traidores a la patria, y por desgracia los dos tienen razón. Si todos los periódicos alemanes de viejo estilo quisieran echarse en cara su pasado, el proceso solo podría girar en torno a la cuestión formal de si pecaron por lo que hicieron o por lo que no hicieron. Con gusto concederíamos a nuestra amiga la inocente ventaja, frente a la Leipziger Allgemeine Zeitung, de no haber sido una existencia mala, sino ninguna existencia en absoluto.

Sin embargo, nuestro incriminado artículo no hablaba del carácter pasado, sino del carácter presente de la Leipziger Allgemeine Zeitung, aunque, como se entiende por sí mismo, contra una prohibición de la Elberfelder Zeitung, del Hamburger Correspondent y de la Rhein- und Mosel-Zeitung, que aparece en Coblenza,10 tendríamos objeciones no menos serias, porque el estado de derecho no se altera por el carácter moral, ni mucho menos por las opiniones políticas y religiosas, de los individuos. Antes bien, el estado de falta de derechos de la prensa queda fuera de toda duda en cuanto se hace depender su existencia de su modo de pensar. Pues hasta ahora no hay todavía ningún código del modo de pensar ni ningún tribunal del modo de pensar.

Pues bien, a la última fase de la Leipziger Allgemeine Zeitung el periódico «moderado» le reprocha los hechos falsos, las deformaciones, las mentiras, y nos acusa con honrada indignación de tener la mentira por un elemento necesario de la prensa popular. ¿Y si admitiéramos esa terrible consecuencia, si afirmáramos que la mentira es un elemento necesario de la prensa popular, en particular de la prensa popular alemana? No nos referimos a la mentira del modo de pensar, a la mentira espiritual; ¡nos referimos a la mentira de los hechos, a la mentira corporal! ¡Lapidadlo! ¡Lapidadlo!, gritaría nuestra cristiana amiga; ¡lapidadlo!, ¡lapidadlo!, se uniría el coro. Pero no nos precipitemos; tomemos el mundo como es, no seamos ideólogos, y demos a nuestra amiga el testimonio de que no es una ideóloga. Que el periódico «moderado» eche una mirada examinadora a sus propias columnas: ¿no publica, como la Preußische Staats-Zeitung, como todos los periódicos alemanes, como todos los periódicos del mundo, mentiras diarias de París, chismes sobre inminentes cambios de ministerio en Francia, falsedades urdidas por algún periódico parisino, que el día siguiente, la hora siguiente, desmienten? ¿Y tiene la Rhein- und Mosel-Zeitung la mentira de hecho por un elemento necesario en las secciones de Inglaterra, Francia, España y Turquía, pero por un crimen condenable y digno de muerte en la sección de Alemania o de Prusia? ¿De dónde esta doble vara de medir? ¿De dónde esta doble opinión sobre la verdad? ¿Por qué el mismo periódico puede ostentar en una columna la frívola despreocupación de un mensajero de novedades y tiene que ostentar en la otra la seca irrefutabilidad de un boletín oficial? Evidentemente, porque para los periódicos alemanes ha de haber un tiempo francés, inglés, turco, español, pero no un tiempo alemán, sino solo una intemporalidad alemana. ¿No hay que elogiar más bien, y elogiar por razón de Estado, a los periódicos que arrebatan al extranjero y conquistan para la patria la atención, el interés febril, la tensión dramática que acompañan a todo lo que está en devenir, y ante todo a la historia contemporánea en devenir? ¡Suponed incluso que provocaran descontento y malhumor! Provocan, al menos, descontento alemán, malhumor alemán; han devuelto al Estado los ánimos que se habían apartado de él, aunque de momento sean ánimos excitados y malhumorados. Y no solo han provocado descontento y malhumor: han provocado temores y esperanzas, alegrías y penas; han provocado sobre todo una verdadera participación en el Estado; han hecho del Estado un asunto del corazón, un asunto de casa de sus miembros; en lugar de Petersburgo, Londres y París, han hecho de Berlín, Dresde, Hannover, etc., las capitales en el mapa del espíritu político alemán, hazaña más gloriosa que el traslado de la capital del mundo de Roma a Bizancio.

Pero si los periódicos alemanes y prusianos que se propusieron hacer de Alemania y de Prusia el interés principal de los alemanes y de los prusianos, convertir el misterioso ser sacerdotal del Estado en un ser laico, luminoso, accesible a todos y propiedad de todos, convertir el Estado en carne y sangre de los ciudadanos, quedan por detrás de los periódicos franceses e ingleses en verdad de hecho, si a menudo se comportan con torpeza y como en un cuento, pensad que el alemán conoce su Estado solo de oídas, que las puertas cerradas no son anteojos, que un Estado secreto no es un Estado público; no hagáis un defecto de los periódicos de lo que es solo un defecto del Estado, un defecto que precisamente estos periódicos tratan de corregir.

Repetimos, pues, una vez más: «La Leipziger Allgemeine Zeitung es una parte necesaria e integrante de la prensa popular alemana.» Ella ha satisfecho preferentemente el interés inmediato por el hecho político; nosotros, preferentemente el interés por el pensamiento político, en el bien entendido de que ni el hecho excluye el pensamiento ni el pensamiento el hecho; pero aquí se trata del carácter predominante, del rasgo distintivo.

Réplica a la denuncia de un periódico «vecino»

Rheinische Zeitung, n.º 10, 10 de enero de 1843

* Colonia, 9 de enero. Habría ido contra todo orden que la prensa «buena» no buscara ahora, desde todos los lados, ganarse a costa nuestra sus espuelas de caballero, con la profetisa Hulda de Augsburgo11 a la cabeza, a la que próximamente, en respuesta a su nuevo desafío, tocaremos a baile. Hoy nos las tenemos que ver con nuestra inválida vecina, ¡con la honorabilísima Kölnische Zeitung! ¡Siempre perdiz!12

Primero, «algo provisional» o un «provisional algo», un recordatorio que queremos enviar por delante de su denuncia de hoy para entendernos, una historieta de lo más encantadora sobre la manera en que la Kölnische Zeitung procura hacerse «respetar» por el gobierno, hace valer la «verdadera libertad» frente a la «arbitrariedad» y sabe ponerse «límites» desde dentro. El benévolo lector recordará cómo en el n.º 4 de la Rheinische Zeitung se acusó abiertamente a la Kölnische Zeitung de haber fabricado ella misma su correspondencia de Leipzig, que anunciaba casi con regocijo la tan comentada prohibición; cómo al mismo tiempo se le desaconsejó con buena intención que defendiera en serio la autenticidad de aquel documento, bajo la amenaza explícita de que, en caso contrario, tendríamos que publicar todavía, «a propósito de la mística correspondencia de Leipzig», un hecho desagradable. El bondadoso lector recordará la réplica mansa y evasiva de la Kölnische Zeitung del 5 de enero, nuestra dúplica rectificadora en el n.º 6 y el «silencio paciente» que la Kölnische Zeitung tuvo a bien guardar a continuación. El hecho en cuestión es este: la Kölnische Zeitung encontró justificada la prohibición de la Leipziger Allgemeine Zeitung por una publicación que

«rebasa todos los límites del decoro y que también entre nosotros a toda persona moderada y sensata tiene que parecerle una indiscreción incomprensible».

Con esto se aludía evidentemente a la publicación de la carta de Herwegh.13 Quizá se podría compartir esta opinión de la Kölnische Zeitung si la propia Kölnische Zeitung no hubiera querido comunicar al público la carta de Herwegh pocos días antes y no hubiera tropezado solo «desde fuera» con «límites» que frustraron su buena intención.

No queremos en modo alguno reprochar con ello a la Kölnische Zeitung un apetito desleal, pero tenemos que dejar al juicio del público si es una discreción comprensible, si no es violar todos los límites del decoro y de la moral pública, reprochar al prójimo como crimen digno de muerte el mismo acto que uno estaba a punto de cometer, y que solo un obstáculo externo impidió que fuera acto propio. Después de esta aclaración se comprenderá que la mala conciencia de la Kölnische Zeitung nos responda hoy con una denuncia. Dice:

«Allí» (en la Rheinische Zeitung) «se afirma que el tono inusualmente agudo, casi cortante, desagradable en todo caso, que la prensa adopta contra Prusia no tiene otro motivo que el de hacerse notar por el gobierno y querer despertarlo. Porque el pueblo, se dice, está ya muy por encima de las formas de Estado existentes, que adolecen de una peculiar vaciedad; el pueblo, como la prensa, no tendría ninguna confianza en estas instituciones, y menos aún en un desarrollo desde dentro de ellas.»

La Kölnische Zeitung acompaña estas palabras de la siguiente exclamación:

«¿No es asombroso que, junto a semejantes manifestaciones, sigan resonando quejas sobre la insuficiente libertad de prensa? ¿Puede pedirse más que la libertad de decirle al gobierno a la cara que “todas las instituciones del Estado son trastos viejos, que ni siquiera sirven para formar la transición a algo mejor”?»

Primero tenemos que ponernos de acuerdo sobre la manera de citar. El autor del artículo en cuestión se plantea la pregunta de dónde viene el tono agudo de la prensa precisamente respecto de Prusia. Y responde: «creo que el motivo hay que buscarlo principalmente en lo siguiente». No afirma lo que le atribuye la Kölnische Zeitung, que no haya ningún otro motivo; da más bien su opinión solo como su creencia, como su opinión individual. El autor concede además, cosa que la Kölnische Zeitung calla, que «el impulso de 184014 se ha volcado en parte en las formas del Estado y ha intentado darles plenitud y vida». Y, sin embargo, se siente, dice, «que el espíritu del pueblo pasa en realidad de largo junto a ellas, apenas las roza, y que tampoco sabe todavía reconocerlas, o al menos respetarlas, como paso hacia un desarrollo ulterior». El autor continúa: «Si tienen razón o no, lo dejamos en suspenso: basta que el pueblo, como la prensa, no tiene plena confianza en las instituciones, y menos aún en la posibilidad de un desarrollo a partir de ellas y de abajo arriba». La Kölnische Zeitung convierte «plena confianza» en ninguna confianza y suprime de la última parte de la frase citada las palabras «y de abajo arriba», con lo que el sentido cambia esencialmente.

La prensa, prosigue nuestro autor, se dirigía por eso constantemente al gobierno, porque «parecía que todavía se trataba de las formas mismas dentro de las cuales la voluntad moral legítima, los deseos ardientes, las necesidades del pueblo» pudieran hablar al gobierno «un lenguaje libre, abierto y de peso». Si reunimos ahora estos pasajes, ¿afirma el artículo en cuestión lo que la Kölnische Zeitung le hace decir «al gobierno a la cara»: «que todas las instituciones del Estado son trastos viejos, que ni siquiera sirven para formar la transición a algo mejor»?

¿Se trata aquí de todas las instituciones del Estado? Se trata solo de las formas de Estado en que «la voluntad del pueblo» pudiera expresarse «de manera libre, abierta y con peso». ¿Y cuáles eran hasta hace poco estas formas de Estado? Evidentemente, solo las Dietas provinciales.15 ¿Ha concedido el pueblo una confianza especial a las Dietas provinciales? ¿Ha esperado de ellas un gran desarrollo popular? ¿Las ha tenido el leal Bülow-Cummerow16 por una expresión verdadera de la voluntad del pueblo? Pero no solo el pueblo y la prensa: también el gobierno ha reconocido que todavía faltaban formas de Estado; ¿o habría tenido, sin ese reconocimiento, siquiera un motivo para crear una nueva forma de Estado, las «comisiones»?17 Y que tampoco las comisiones bastaban en su forma actual, eso no solo lo hemos afirmado nosotros: lo ha afirmado en la Kölnische Zeitung un miembro de las comisiones.

La afirmación ulterior de que las formas de Estado se contraponen todavía, como formas, al contenido y de que el espíritu del pueblo no se siente «en casa» en ellas como en sus propias formas, no las sabe como formas de su propia vida, esta afirmación no hace más que repetir lo que han dicho muchos periódicos prusianos y extranjeros, y sobre todo escritores conservadores, a saber: que la burocracia es todavía demasiado poderosa, que no es tanto el Estado entero como una parte del Estado, el «gobierno», la que lleva una verdadera vida de Estado. Hasta qué punto las formas de Estado actuales son aptas, en parte para llenarse ellas mismas de contenido vivo, en parte para incorporarse las formas de Estado complementarias, la respuesta a esta pregunta tendría que haberla buscado la Kölnische Zeitung allí donde examinamos las Dietas provinciales y las comisiones provinciales en relación con toda nuestra organización del Estado, y habría encontrado allí una información comprensible incluso para su sabiduría: «No pedimos que en la representación popular se haga abstracción de las diferencias realmente existentes; pedimos más bien que se parta de las diferencias reales, creadas y condicionadas por la construcción interna del Estado.» «Pedimos solo el desarrollo consecuente y completo de las instituciones fundamentales prusianas; pedimos que no se abandone de repente la vida real y orgánica del Estado para volver a hundirse en esferas de vida irreales, mecánicas, subordinadas, ajenas al Estado.» (Rheinische Zeitung, año 1842, n.º 345.) ¿Y qué nos hace decir la honorable Kölnische Zeitung? ¡«Que todas las instituciones del Estado son trastos viejos, que ni siquiera sirven para formar la transición a algo mejor»! Casi parece que la Kölnische Zeitung cree poder suplir la falta de audacia propia atribuyendo a otros los descarados engendros de su fantasía cobarde, pero traviesa.

La denuncia de la Kölnische y la polémica de la Rhein- und Mosel-Zeitung

Rheinische Zeitung, n.º 13, 13 de enero de 1843

* Colonia, 11 de enero.

«Poca alegría muestra a mis ojos vuestra frente.
¿Será mi presencia, Erasto, lo que os ofende?
¿Qué ocurre, pues? ¿Qué tenéis? ¿Y por qué disgustos,
cuando me veis, soltáis así suspiros?»18

¡Estas palabras, ante todo, para la vecina «coloniense»! La Kölnische Zeitung no se extiende sobre su «supuesta denuncia»; deja caer este punto principal y solo se queja de que con esta ocasión se haya enredado en la lucha a la «redacción» de una manera no precisamente de las más agradables. Pero, mi querida vecina, si un corresponsal de la Kölnische Zeitung identifica una de nuestras correspondencias de Berlín con la Rheinische Zeitung, ¿por qué la Rheinische Zeitung no habría de poder identificar con la Kölnische Zeitung la correspondencia renana de la Kölnische Zeitung que le replica? Ahora, a propósito de la palabra hecho:

«Ella» (la Rheinische Zeitung) «no nos reprocha ningún hecho, sino una intención.»

No reprochamos a la Kölnische Zeitung solo una intención, sino el hecho de esa intención. Un hecho, la inserción de la carta de Herwegh, se le convirtió a la Kölnische Zeitung en una intención por circunstancias externas, aunque su intención ya se había convertido en un hecho. Todo hecho frustrado vuelve a quedar reducido a mera intención; ¿pertenece por eso menos a los tribunales? En todo caso, sería una extraña virtud la que encontrara la justificación de sus actos en el azar que los frustró y que hizo que no fueran ningún acto, sino la mera intención de un acto. Pero nuestra leal vecina plantea la pregunta, no a la Rheinische Zeitung, de la que tiene la enojosa sospecha de que su «honradez y escrupulosidad» no la dejarían tan fácilmente «en apuros» para responder, sino a «esa pequeña parte del público que quizá todavía no tenga del todo claro qué crédito merecen las sospechas» (querrá decir: las defensas contra las sospechas) «de este periódico»; pero, pregunta, ¿de dónde sabe la Rheinische Zeitung «que con esta intención» (es decir, la de comunicar la carta de Herwegh) «no uníamos también la otra» (signo haud probato)19 «intención de añadir la reprimenda que merecía la pueril petulancia del autor»? Pero ¿de dónde sabe la Kölnische Zeitung qué intención tenía la publicación de la Leipziger Allgemeine Zeitung? ¿Por qué no, por ejemplo, la inocente intención de ser la primera en dar una noticia? ¿Por qué no, por ejemplo, la leal intención de llevar sencillamente aquella carta ante el tribunal de la opinión pública? Vamos a contarle a nuestra vecina una anécdota. En Roma está prohibida la impresión del Corán. Un italiano astuto supo arreglárselas. Publicó una refutación del Corán, es decir, un libro que en la portada se titula «Refutación del Corán», pero que, pasada la portada, es una simple reimpresión del Corán. ¿Y no han sabido todos los herejes jugar esta treta? ¿No fue quemado Vanini,20 aunque en su Theatrum mundi, al proclamar el ateísmo, hace valer con cuidado y con pompa todos los argumentos en contra? ¿No enseñó el propio Voltaire en su Bible enfin expliquée21 la incredulidad en el texto y la fe en las notas, y ha creído alguien en la fuerza purificadora de esas notas? Pero, concluye nuestra honorable vecina,

«si teníamos esa intención, ¿había que poner nuestra inserción de un escrito que, por lo demás, era de dominio público, en la misma línea que su publicación original?»

Pero, mi querida vecina, también la Leipziger Allgemeine Zeitung publicó solo un escrito que circulaba en muchas copias. «En verdad, milord, sois demasiado dado a censurar.»

En la encíclica papal ex cathedra del 15 de agosto de 1832, día de la Asunción de María,22 puede leerse:

«Es un delirio (deliramentum) afirmar que debe concederse a todo hombre la libertad de conciencia; nunca se aborrecerá bastante la libertad de prensa.»

Esta sentencia nos lleva de Colonia a Coblenza, al periódico «moderado», a la Rhein- und Mosel-Zeitung, cuyos lamentos contra nuestra defensa de la libertad de prensa resultarán, después de esa cita, comprensibles y justificados, por extraño que, según esto, sonara que quisiera contarse a sí misma, pongamos por caso, «entre los amigos muy celosos de la prensa». De las columnas «moderadas» del periódico no saltan hoy, ciertamente, dos leones, pero sí una piel de león y un hábito de león,23 a los que queremos dedicar la debida atención de historia natural. El número 1 se expectora, entre otras cosas, en este sentido:

«La lucha es por su parte» (la de la Rheinische Zeitung) «tan leal que de entrada nos da la seguridad de que incluso contra una prohibición de la Rhein- und Mosel-Zeitung se alzaría en nombre del “estado de derecho” que tanto le importa, seguridad que sería tan halagadora como tranquilizadora para nosotros si no fuera porque, casualmente, en el mismo aliento se le escapó al caballero de toda libertad de prensa ofendida una injuria contra las Münchener historisch-politische Blätter, que, como es sabido, hace tiempo que están realmente prohibidas entre nosotros.»

¡Qué extraño que, en el mismo momento en que se pronuncia un veredicto contra la mentira de hecho de los periódicos, se mienta de hecho! El pasaje al que se alude dice literalmente: «Primero se enumeran los viejos pecados de la Leipziger Allgemeine Zeitung: su conducta en los asuntos de Hannover, su polémica partidista contra el catolicismo (¡de ahí esas lágrimas!); ¿contaría nuestra amiga la misma conducta, solo que en sentido opuesto, entre los pecados mortales de las Münchener politische Blätter?» En estas líneas se dice de las Münchener politische Blätter que hacen una «polémica partidista» contra el protestantismo. ¿Hemos justificado con ello su prohibición? ¿Podíamos querer justificarla encontrando en las Münchener politische Blätter «el mismo proceder», «solo que en sentido opuesto», que en la Leipziger Allgemeine Zeitung presentamos como ningún motivo de prohibición? ¡Al contrario! Preguntábamos a la conciencia de la Rhein- und Mosel-Zeitung si el mismo proceder justificaba para ella una prohibición por un lado y no la justificaba por el otro. Le preguntábamos, pues, si condenaba el proceder mismo o si no condenaba más bien solo la dirección del proceder. Y la Rhein- und Mosel-Zeitung ha respondido a nuestra pregunta; ha respondido que no condena, como nosotros, la polémica religiosa partidista, sino solo la polémica partidista que es tan temeraria como para ser protestante. Si en el mismo momento en que defendíamos a la Leipziger Allgemeine Zeitung contra la prohibición «recién dictada» mencionamos, junto con la Rhein- und Mosel-Zeitung, su polémica partidista contra el catolicismo, ¿no podíamos mencionar, sin la Rhein- und Mosel-Zeitung, la polémica partidista de las Münchener politische Blätter, «prohibidas hace tiempo»? El número 1 tuvo, pues, la bondad de aumentar con un motivo nuevo la «escasa publicidad del Estado», la «inmadurez» de un «pensar político» «diario», ruidoso y desacostumbrado, el carácter de la «historia contemporánea en devenir», todos ellos motivos con los que disculpábamos la mentira de hecho de los periódicos: el nuevo motivo es la debilidad mental de hecho de una gran parte de la prensa alemana. La Rhein- und Mosel-Zeitung ha dado en sí misma la prueba de cómo un pensar falso produce necesariamente y sin intención hechos falsos, es decir, deformaciones y mentiras.

Pasamos al número 2, al hábito de león, porque las demás razones del número 1 recorren aquí con más extensión el proceso de su enredo. El hábito de león informa primero al público de sus poco interesantes estados de ánimo. Esperaba, dice, una «efusión de cólera». Y ahora le salimos con un «desaire altivo, en apariencia lanzado a la ligera». A su agradecimiento por este «inesperado miramiento» se mezcla la enojosa duda de

«si aquel inesperado miramiento ha de verse en verdad como un rasgo de clemencia o más bien como consecuencia del malestar y el agotamiento intelectual».

No vamos a explicar a nuestro piadoso señor cómo el bienestar eclesiástico podría muy bien ser motivo de malestar intelectual; queremos pasar enseguida al «contenido de la réplica en cuestión». El piadoso señor confiesa que «por desgracia no puede ocultar» que, a su «moderadísimo entendimiento», la Rheinische Zeitung «solo intenta esconder su apuro tras vacías esgrimas de palabras», y, para no dejar surgir ni por un momento la apariencia de una «humildad o modestia fingida», el piadoso señor documenta enseguida su «moderadísimo» entendimiento con las pruebas más contundentes e irrefutables. Empieza así:

«“Los viejos pecados de la Leipziger Allgemeine Zeitung, su conducta en los asuntos de Hannover, su polémica partidista contra el catolicismo, sus chismorreos”, etc.; pues sí, no pueden negarse; pero, opina nuestra excelente discípula del gran filósofo Hegel, estas faltas quedan perfectamente disculpadas porque también otros periódicos han incurrido en ellas (exactamente igual que un granuja ante el tribunal no puede justificarse con más brillo que invocando las malas pasadas de sus numerosos camaradas que todavía se pasean libres por el mundo).»

¿Dónde hemos dicho que «los viejos pecados de la Leipziger Allgemeine Zeitung quedan perfectamente disculpados porque también otros periódicos han incurrido en ellos»? ¿Dónde hemos intentado siquiera «disculpar» esos viejos pecados? Nuestro razonamiento real, que hay que distinguir muy bien de su reflejo en el espejo del «moderadísimo entendimiento», nuestro razonamiento real decía así: primero, la Rhein- und Mosel-Zeitung enumera los «viejos pecados» de la Leipziger Allgemeine Zeitung. Nosotros especificamos a continuación esos pecados y seguimos: «Si todos los periódicos alemanes de viejo estilo quisieran echarse en cara su pasado, el proceso solo podría girar en torno a la cuestión formal de si pecaron por lo que hicieron o por lo que no hicieron. Con gusto concederíamos a nuestra amiga, la Rhein- und Mosel-Zeitung, la inocente ventaja, frente a la Leipziger Allgemeine Zeitung, de no haber sido una existencia mala, sino ninguna existencia en absoluto.»

No decimos, pues, que también otros periódicos; decimos que todos los periódicos alemanes de viejo estilo, entre los que incluimos expresamente a la Rhein- und Mosel-Zeitung, no es que se disculpen por completo unos a otros, sino que pueden hacerse con razón los mismos reproches. Solo que la Rhein- und Mosel-Zeitung podría reclamar la ambigua ventaja de haber pecado por lo que no hizo, es decir, oponer sus pecados de omisión a los pecados de comisión de la Leipziger Allgemeine Zeitung. Podemos explicarle a la Rhein- und Mosel-Zeitung su maldad pasiva con un ejemplo reciente. Ahora sacia su fanático apetito en la difunta Leipziger Allgemeine Zeitung, mientras que, cuando la Leipziger Allgemeine Zeitung vivía, la extractaba en lugar de refutarla. La comparación con la que el «moderadísimo entendimiento» se esfuerza en aclararse nuestro razonamiento necesita una pequeña pero esencial corrección. No tenía que haber hablado de un granuja que se disculpa ante el tribunal con los demás granujas que corren libres por ahí. Tenía que haber hablado de dos granujas, uno de los cuales, que no se ha enmendado y no es encerrado, triunfa sobre el otro, que es encerrado aunque se ha enmendado.

«Además», continúa el «moderadísimo entendimiento», «además, “el estado de derecho no se altera por el carácter moral, ni mucho menos por las opiniones políticas y religiosas, de los individuos”, y por consiguiente incluso un periódico absolutamente malo tiene, precisamente por ser solamente una existencia mala, también un derecho a ser una existencia mala semejante (exactamente igual que a todo lo demás que es malo en la tierra, precisamente por su existencia mala, no puede negársele tampoco el derecho a existir).»

Parece que el piadoso señor quiere convencernos de que no solo no ha ido a la escuela de ningún filósofo «grande», sino tampoco a la de uno «pequeño».

El pasaje al que nuestro amigo atribuye rasgos tan extrañamente deformados y confusos decía así antes de refractarse en el medio del «moderadísimo entendimiento»:

«Sin embargo, nuestro incriminado artículo no hablaba del carácter pasado, sino del carácter presente de la Leipziger Allgemeine Zeitung, aunque, como se entiende por sí mismo, contra una prohibición, etc., etc., de la Rhein- und Mosel-Zeitung, que aparece en Coblenza, tendríamos objeciones no menos serias, porque el estado de derecho no se altera por el carácter moral, ni mucho menos por las opiniones políticas y religiosas, de los individuos. Antes bien, el estado de falta de derechos de la prensa queda fuera de toda duda en cuanto se hace depender su existencia de su modo de pensar. Pues hasta ahora no hay todavía ningún código del modo de pensar ni ningún tribunal del modo de pensar.»

No afirmamos, pues, otra cosa sino que un hombre no puede ser encarcelado ni privado de su propiedad o de cualquier otro derecho jurídico a causa de su carácter moral, de sus opiniones políticas y religiosas, afirmación esta última que parece alterar especialmente a nuestro religioso amigo. Queremos que el estado de derecho de una existencia mala no corra peligro, no porque sea mala, sino en la medida en que su maldad se queda en el modo de pensar, para el que no hay tribunal ni código. Contraponemos, pues, la existencia del mal modo de pensar, para la que no hay tribunal, a la existencia de las malas acciones, que, si son ilegales, encuentran su tribunal y sus leyes penales. Afirmamos, pues, que una existencia mala, aunque sea mala, con tal de que no sea ilegal, tiene derecho a existir. No afirmamos lo que nos devuelve nuestro falso eco: que a una existencia mala, precisamente porque es «solamente una existencia mala», «no puede negársele el derecho a existir». Más bien se habrá convencido nuestro reverendo protector de que a él y a la Rhein- und Mosel-Zeitung les negamos el derecho a ser una existencia mala y de que por eso queremos transformarlos, en lo posible, en existencias buenas, sin considerarnos por ello autorizados a atacar el «estado de derecho» de la Rhein- und Mosel-Zeitung y de su escudero. Otra prueba más de la «medida de entendimiento» de nuestro piadoso celador:

«Pero si el órgano “del pensamiento político” llega hasta afirmar que periódicos como la Leipziger Allgemeine Zeitung (y muy especialmente ella misma, la Rheinische, como se entiende por sí mismo) “han de ser más bien elogiados, y elogiados por razón de Estado”, porque, aun suponiendo que provoquen descontento y malhumor, provocan al menos descontento alemán y malhumor alemán, no podemos dejar de expresar nuestra duda sobre este curioso “mérito para con la patria alemana”.»

El pasaje aludido dice así en el original: «¿No hay que elogiar más bien, y elogiar por razón de Estado, a los periódicos que arrebatan al extranjero y conquistan para la patria la atención, el interés febril, la tensión dramática que acompañan a todo lo que está en devenir, y ante todo a la historia contemporánea en devenir? ¡Suponed incluso que provocaran descontento y malhumor! Provocan, al menos, descontento alemán, malhumor alemán; han devuelto al Estado los ánimos que se habían apartado de él, aunque de momento sean ánimos excitados y malhumorados. Y no solo han provocado descontento y malhumor, etc.: han provocado sobre todo una verdadera participación en el Estado; han hecho del Estado un asunto del corazón, un asunto de casa, etc.»

Nuestro reverendo omite, pues, los eslabones intermedios que unen el razonamiento. Es como si le dijéramos: ¡Buen hombre! Sea usted agradecido con nosotros: le iluminamos el entendimiento, y aunque le irritemos un poco, siempre es su entendimiento el que sale ganando; y nuestro amigo respondiera: ¡Cómo! ¡Que he de estarle agradecido porque me irrita! Después de estas pruebas del «moderadísimo entendimiento», la fantasía desmesurada de nuestro autor, que ya nos hace recorrer por cohortes las comarcas alemanas «a sangre y fuego», resultará explicable aun sin estudios psicológicos más profundos. Al final, nuestro amigo arroja la máscara. «Ulrich von Hutten y sus compañeros»,24 entre los que, como es sabido, se cuenta también Lutero, perdonarán al hábito de león de la Rhein- und Mosel-Zeitung su impotente enojo. Nosotros solo podemos sonrojarnos ante una exageración que nos coloca junto a hombres tan grandes, y, como un favor merece otro, queremos poner a nuestro amigo junto al pastor principal Goeze. Le gritamos, pues, con Lessing:25

«Y así, solo en breve, mi caballeresco desafío. Escriba usted, señor pastor, y haga escribir, cuanto dé de sí el paño; yo escribo también. Si le doy a usted la razón en la menor cosa en que no la tenga, que no pueda yo volver a mover la pluma.»

La Rhein- und Mosel-Zeitung

Rheinische Zeitung, n.º 16, 16 de enero de 1843

* Colonia, 15 de enero. El número 1 de la Rhein- und Mosel-Zeitung del 11 de enero, al que, como batidor del artículo del león, dedicamos hace unos días una atención fugaz, intenta hoy demostrar con un ejemplo cuán poco

«la que se pasa de rosca en su dialéctica» (la Rheinische Zeitung) «es capaz de entender con claridad una frase sencilla y claramente expresada».

Él, el número 1, no habría dicho en absoluto que la Rheinische Zeitung haya intentado justificar la prohibición de las Münchener politische Blätter,

«sino que en el mismo momento en que se erige en defensora de la libertad de prensa incondicional, no tiene reparo en injuriar a un periódico realmente prohibido, por lo que la caballerosidad con que asegura que querría salir a la liza incluso contra una prohibición de la Rhein- und Mosel-Zeitung no parece cosa de mucho fuste».

El batidor número 1 pasa por alto que dos motivos podían causarle inquietud por nuestro comportamiento caballeresco ante una eventual prohibición de la Rhein- und Mosel-Zeitung, y que se respondió a ambos motivos. O bien, tuvimos que pensar, el buen batidor no se fía de nuestra seguridad porque ve en la supuesta injuria a las Münchener politische Blätter una justificación encubierta de su prohibición. Podíamos suponer tanto más ese razonamiento en el buen batidor cuanto que el hombre del común posee la peculiar astucia de querer interpretar la verdadera opinión a partir de tales manifestaciones que, según le parece, se le han «escapado» a uno inconscientemente. Para este caso tranquilizamos al buen batidor demostrándole que es imposible que exista una relación entre nuestra manifestación sobre las Münchener politische Blätter y una justificación de su prohibición.

O bien, era la segunda posibilidad, el número 1 encuentra en general reprobable y poco caballeroso que reprochemos a un periódico realmente prohibido, como las Münchener politische Blätter, una polémica partidista contra el protestantismo. Ve en ello una injuria. Y para este caso le planteamos al buen batidor la pregunta: «Si en el mismo momento en que defendíamos a la Leipziger Allgemeine Zeitung contra la prohibición “recién dictada” mencionamos, junto con la Rhein- und Mosel-Zeitung, su polémica partidista contra el catolicismo, ¿no podíamos mencionar, sin la Rhein- und Mosel-Zeitung, la polémica partidista de las Münchener politische Blätter, “prohibidas hace tiempo”?» Esto quería decir: no injuriamos a la Leipziger Allgemeine Zeitung al mencionar su polémica partidista anticatólica con el consenso de la Rhein- und Mosel-Zeitung. ¿Se convertirá en injuria nuestra afirmación sobre la polémica partidista católica de las Münchener politische Blätter porque tiene la desgracia de no contar con el consenso de la Rhein- und Mosel-Zeitung?

Por lo demás, el número 1 no ha hecho más que llamar injuria a nuestra afirmación, ¿y desde cuándo nos hemos obligado a creer al número 1 bajo palabra? Dijimos: las Münchener politische Blätter son un periódico de partido católico y, en este aspecto, una Leipziger Allgemeine Zeitung al revés. El batidor de la Rhein- und Mosel-Zeitung dice: no son un periódico de partido ni una Leipziger Allgemeine Zeitung al revés. No serían, dice, un

«almacén igual de falsedades, chismorreos estúpidos y burlas contra las confesiones no católicas».

No somos espadachines teológicos de un bando ni del otro, pero basta leer la descripción psicológica, chismosa y vulgar de Lutero en las Münchener politische Blätter, basta leer lo que la Rhein- und Mosel-Zeitung dice de «Hutten y sus compañeros», para decidir si el periódico «moderado» ocupa el punto de vista desde el que podría decidir qué es polémica partidista religiosa y qué no lo es.

Finalmente, el buen batidor nos promete una «caracterización más detallada de la Rheinische Zeitung». Ya veremos.26 El pequeño partido entre Múnich y Coblenza encontró ya una vez que el sentido «político» de los renanos tenía que ser o bien explotado en favor de ciertas aspiraciones ajenas al Estado, o bien reprimido como «escándalo». ¿Iba a ver constatada en la rápida difusión de la Rheinische Zeitung por la provincia del Rin su completa insignificancia sin escandalizarse? ¿Es el momento actual desfavorable para escandalizarse? Todo esto nos parece pasablemente bien pensado, y solo lamentamos que aquel partido, a falta de un órgano más importante, tenga que conformarse con el buen batidor y su insignificante periódico «moderado». Por el órgano puede juzgarse el poder del partido.

  1. Con este asterisco aparecía en la Rheinische Zeitung el artículo, como los demás de la serie. ↩

  2. Diario liberal de Leipzig (Sajonia). Una orden de gabinete de Federico Guillermo IV, del 28 de diciembre de 1842, lo prohibió en Prusia tras publicar la carta de protesta de Georg Herwegh al rey (véase la nota 13). ↩

  3. Diario de Colonia, el de mayor tirada de Renania y competidor de la Rheinische Zeitung. ↩

  4. La Allgemeine Preußische Staats-Zeitung, periódico oficial del gobierno prusiano, que se publicaba en Berlín. ↩

  5. La Allgemeine Zeitung de Augsburgo, el diario alemán más influyente de la época. ↩

  6. En 1837 el nuevo rey de Hannover, Ernesto Augusto, abolió la constitución de 1833; la protesta de siete profesores de la Universidad de Gotinga, destituidos por ello, conmovió a la opinión liberal alemana. ↩

  7. En latín en el original: hinc illae lacrimae! (Terencio, Andria, I, 1). ↩

  8. Las Historisch-politische Blätter für das katholische Deutschland, revista católica fundada en Múnich en 1838 por el círculo de Joseph Görres, prohibida en Prusia. ↩

  9. Les Guêpes, revista satírica mensual que el escritor francés Alphonse Karr publicaba desde 1839. François Guizot y Adolphe Thiers, jefes rivales de la política francesa de la monarquía de Julio. ↩

  10. Diario católico de Coblenza. ↩

  11. Profetisa del Antiguo Testamento (2 Reyes 22, 14). Marx designa así a la Allgemeine Zeitung de Augsburgo. ↩

  12. En francés en el original: Toujours perdrix!, expresión proverbial del hastío ante lo que se repite. ↩

  13. El poeta Georg Herwegh (1817-1875), tras ser recibido por Federico Guillermo IV en noviembre de 1842 y ver prohibido en Prusia el periódico que preparaba, escribió al rey una carta de protesta que circuló en copias y publicó la Leipziger Allgemeine Zeitung a finales de diciembre. Herwegh fue expulsado de Prusia. ↩

  14. La subida al trono de Federico Guillermo IV en 1840 despertó grandes esperanzas de reformas liberales y de una constitución. ↩

  15. Las Dietas provinciales prusianas, creadas en 1823, eran asambleas estamentales con funciones solo consultivas. ↩

  16. Ernst von Bülow-Cummerow (1775-1851), terrateniente de Pomerania y publicista conservador, autor de escritos sobre la constitución prusiana. ↩

  17. Las comisiones estamentales unidas, formadas por diputados elegidos por las Dietas provinciales, que el rey convocó en Berlín en octubre de 1842. ↩

  18. En francés en el original: «Votre front à mes yeux montre peu d'allégresse! / Serait-ce ma présence, Eraste, qui vous blesse? / Qu'est-ce donc? qu'avez-vous? et sur quels déplaisirs, / Lorsque vous me voyez, poussez-vous des soupirs?» (Molière, Les Fâcheux, acto I, escena 5). ↩

  19. (Nota de Marx.) No constatado por ninguna prueba. ↩

  20. Giulio Cesare (Lucilio) Vanini (1585-1619), filósofo italiano quemado en Toulouse por ateo. ↩

  21. La Bible enfin expliquée (1776), obra de Voltaire. ↩

  22. La encíclica Mirari vos, de Gregorio XVI, contra el liberalismo y Lamennais. ↩

  23. Juego de palabras: Löwenfell, piel de león, y Löwenkutte, cogulla de fraile de león. Marx designa así a los dos artículos de la Rhein- und Mosel-Zeitung; al autor del segundo lo trata de clérigo («el piadoso señor»). ↩

  24. Ulrich von Hutten (1488-1523), humanista y caballero alemán, aliado de Lutero contra Roma. ↩

  25. Gotthold Ephraim Lessing, Eine Parabel. Nebst einer kleinen Bitte und einem eventualen Absagungsschreiben (1778), uno de sus escritos polémicos contra Johann Melchior Goeze, pastor principal de Hamburgo y defensor de la ortodoxia luterana. ↩

  26. En francés en el original: Nous verrons. ↩