Escrito por Friedrich Engels en inglés, en Mánchester, en octubre y noviembre de 1843. Publicado en The New Moral World, semanario de los owenistas, 3.ª serie, núms. 19 y 21, 4 y 18 de noviembre de 1843, con la firma F. Engels. Traducido del original inglés, según la transcripción del Marxists’ Internet Archive, cotejada con la traducción alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 480-496), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.

The New Moral World, núm. 19, 4 de noviembre de 1843.

Siempre me ha sorprendido un poco, desde que trato con socialistas ingleses, que la mayoría de ellos conozca tan poco el movimiento social que se desarrolla en distintas partes del continente. Y, sin embargo, hay en Francia más de medio millón de comunistas, sin contar a los fourieristas y a otros reformadores sociales menos radicales; hay asociaciones comunistas en todos los rincones de Suiza, que envían misioneros a Italia, a Alemania y hasta a Hungría; y la filosofía alemana, tras un largo y penoso rodeo, ha desembocado por fin en el comunismo.

Así pues, los tres grandes países civilizados de Europa, Inglaterra, Francia y Alemania, han llegado todos a la conclusión de que una revolución completa de las relaciones sociales, basada en la comunidad de bienes, se ha convertido ya en una necesidad urgente e ineludible. Este resultado es tanto más notable cuanto que cada una de esas naciones llegó a él con independencia de las otras; y no puede haber prueba más fuerte de que el comunismo no es consecuencia de la situación particular de los ingleses o de cualquier otra nación, sino una conclusión necesaria, que no hay manera de no sacar de las premisas que dan los hechos generales de la civilización moderna.

Debe parecer deseable, por tanto, que las tres naciones se entiendan, que sepan hasta dónde coinciden y hasta dónde discrepan; porque también ha de haber discrepancias, debidas al distinto origen de la doctrina de la comunidad en cada uno de los tres países. Los ingleses llegaron a esa conclusión por la práctica, por el rápido aumento de la miseria, de la desmoralización y del pauperismo en su propio país; los franceses, por la política, pidiendo primero libertad e igualdad políticas y, al ver que no bastaban, añadiendo a sus reivindicaciones políticas la libertad social y la igualdad social; los alemanes se hicieron comunistas por la filosofía, razonando a partir de los primeros principios. Siendo este el origen del socialismo en los tres países, tiene que haber diferencias en puntos secundarios; pero creo que podré mostrar que esas diferencias son insignificantes y perfectamente compatibles con los mejores sentimientos de los reformadores sociales de cada país hacia los de los otros. Lo que hace falta es que se conozcan; logrado esto, estoy seguro de que todos desearán de corazón el éxito de sus hermanos comunistas extranjeros.

I. Francia

Francia es, desde la Revolución, el país político por excelencia de Europa. Ninguna mejora, ninguna doctrina puede alcanzar en Francia importancia nacional si no toma alguna forma política. Parece que el papel que le toca desempeñar a la nación francesa en la etapa actual de la historia de la humanidad es recorrer todas las formas del desarrollo político y llegar, desde un punto de partida meramente político, al punto en que todas las naciones, todos los caminos distintos, han de encontrarse: el comunismo. La evolución del espíritu público en Francia lo muestra con claridad y muestra al mismo tiempo cuál ha de ser la historia futura de los cartistas ingleses.1

La Revolución francesa fue el nacimiento de la democracia en Europa. La democracia es, como a mi juicio todas las formas de gobierno, una contradicción en sí misma, una mentira, en el fondo nada más que hipocresía (teología, como decimos los alemanes). La libertad política es una libertad aparente, la peor esclavitud posible: la apariencia de libertad y, por tanto, la realidad de la servidumbre. Con la igualdad política ocurre lo mismo; por eso la democracia, como cualquier otra forma de gobierno, ha de acabar haciéndose pedazos: la hipocresía no puede subsistir, la contradicción que encierra tiene que salir a la luz; o tenemos una esclavitud en regla, es decir, un despotismo sin disfraz, o una libertad real y una igualdad real, es decir, el comunismo. Las dos consecuencias se manifestaron en la Revolución francesa: Napoleón estableció la primera y Babeuf la segunda.2 Creo que puedo ser breve sobre el babuvismo, puesto que la historia de su conspiración, escrita por Buonarroti, se ha traducido al inglés. La conjura comunista fracasó porque el comunismo de entonces era muy tosco y superficial y porque, por otra parte, el espíritu público no estaba aún lo bastante maduro.

El siguiente reformador social francés fue el conde de Saint-Simon.3 Logró formar una secta y hasta fundar algunos establecimientos, ninguno de los cuales prosperó. El espíritu general de las doctrinas sansimonianas se parece mucho al de los socialistas de Ham Common, en Inglaterra,4 aunque en el detalle de las disposiciones y de las ideas hay una gran diferencia. Las singularidades y extravagancias de los sansimonianos fueron muy pronto víctimas del ingenio y de la sátira franceses, y en Francia todo lo que una vez se ha puesto en ridículo está irremediablemente perdido. Pero, además, hubo otras causas del fracaso de los establecimientos sansimonianos: todas las doctrinas de este partido estaban envueltas en las nubes de un misticismo ininteligible que quizá al principio atraiga la atención de la gente, pero que a la larga tiene que defraudar sus expectativas. Tampoco sus principios económicos estaban libres de reparos: la parte de cada uno de los miembros de sus comunidades en el reparto del producto debía regularse, en primer lugar, por la cantidad de trabajo que hubiera hecho y, en segundo lugar, por el talento que demostrara. Un republicano alemán, Börne,5 replicó con razón a este principio que el talento, en vez de ser recompensado, debía considerarse más bien una ventaja natural y que, por tanto, había que hacer una deducción de la parte de los que tienen talento para restablecer la igualdad.

El sansimonismo, tras haber atraído, como un meteoro brillante, la atención de los hombres que piensan, desapareció del horizonte social. Hoy nadie piensa en él ni habla de él; su tiempo ha pasado.

Casi al mismo tiempo que Saint-Simon, otro hombre dirigió la actividad de su poderosa inteligencia al estado social de la humanidad: Fourier.6 Aunque los escritos de Fourier no muestran aquellas brillantes chispas de genio que encontramos en los de Saint-Simon y algunos de sus discípulos; aunque su estilo es duro y deja ver en buena medida el esfuerzo con que el autor lucha siempre por sacar a la luz sus ideas y decir cosas para las que la lengua francesa no tiene palabras, leemos sin embargo sus obras con más gusto y encontramos en ellas más valor real que en las de la escuela anterior. También hay misticismo, y tan extravagante como el que más, pero se puede recortar y tirar a un lado, y quedará algo que no se encuentra entre los sansimonianos: investigación científica, pensamiento frío, sin prejuicios, sistemático; en una palabra, filosofía social, mientras que el sansimonismo solo puede llamarse poesía social. Fue Fourier quien estableció por primera vez el gran axioma de la filosofía social según el cual, puesto que cada individuo tiene inclinación o predilección por algún tipo de trabajo, la suma de todas las inclinaciones de todos los individuos tiene que constituir, en conjunto, una fuerza suficiente para atender a las necesidades de todos. De este principio se sigue que, si se deja a cada individuo seguir su propia inclinación, hacer y dejar de hacer lo que le plazca, las necesidades de todos quedarán cubiertas sin los medios coercitivos de que se sirve el actual sistema social. La afirmación parece audaz y, sin embargo, tal como Fourier la fundamenta, es del todo inatacable, casi evidente: el huevo de Colón. Fourier demuestra que cada cual nace con inclinación por algún tipo de trabajo, que la ociosidad absoluta es un absurdo, algo que nunca ha existido ni puede existir; que la esencia del espíritu humano es ser activo por sí mismo y poner en actividad al cuerpo, y que, por tanto, no hay ninguna necesidad de hacer activa a la gente por la fuerza, como en el estado actual de la sociedad, sino solo de dar a su actividad natural la dirección acertada. Pasa luego a demostrar la identidad del trabajo y el goce y muestra la irracionalidad del sistema social actual, que los separa, convierte el trabajo en una fatiga y pone el goce fuera del alcance de la mayoría de los trabajadores; muestra además cómo, con una organización racional, el trabajo puede llegar a ser lo que debe ser, un goce, dejando a cada cual seguir sus propias inclinaciones. No puedo, claro está, seguir a Fourier por toda su teoría del trabajo libre, y creo que esto bastará para mostrar a los socialistas ingleses que el fourierismo es un asunto muy digno de su atención.

Otro de los méritos de Fourier es haber mostrado las ventajas, más aún, la necesidad de la asociación. Bastará con mencionar este asunto, pues sé que los ingleses son plenamente conscientes de su importancia.

Hay, sin embargo, una incoherencia en el fourierismo, y muy importante, que es que no suprime la propiedad privada. En sus falansterios o establecimientos asociativos hay ricos y pobres, capitalistas y obreros. Los bienes de todos los miembros se reúnen en un fondo social por acciones; el establecimiento se dedica al comercio, a la agricultura y a la industria manufacturera, y el producto se reparte entre los miembros: una parte como salario del trabajo, otra como recompensa de la habilidad y el talento, y una tercera como beneficio del capital. Así, después de todas esas bellas teorías de la asociación y del trabajo libre, después de muchas declamaciones indignadas contra el comercio, el egoísmo y la competencia, tenemos en la práctica el viejo sistema de la competencia con un plan mejorado, ¡una bastilla de la ley de pobres7 con principios más liberales! Desde luego, aquí no podemos detenernos; y tampoco los franceses se han detenido aquí.

Los progresos del fourierismo en Francia fueron lentos, pero constantes. No hay muchos fourieristas, pero cuentan entre ellos a una parte considerable de las inteligencias que hoy están activas en Francia. Victor Considerant es uno de sus escritores más hábiles.8 Tienen también un periódico, La Phalange, que antes salía tres veces por semana y ahora es diario.

Como los fourieristas tienen ahora también un representante en Inglaterra, el señor Doherty,9 creo haber dicho bastante sobre ellos, y paso al partido más importante y más radical de Francia, los comunistas.

Dije antes que todo lo que en Francia aspira a tener importancia nacional ha de ser de naturaleza política, o no prosperará. Saint-Simon y Fourier no tocaron en absoluto la política, y por eso sus proyectos no llegaron a ser patrimonio común de la nación, sino solo objeto de discusiones privadas. Hemos visto cómo el comunismo de Babeuf nació de la democracia de la primera revolución. La segunda revolución, la de 1830, dio origen a otro comunismo más poderoso. La «gran semana» de 1830 se llevó a cabo gracias a la unión de las clases medias y las clases trabajadoras, de los liberales y los republicanos.10 Una vez hecho el trabajo, se despidió a las clases trabajadoras y las clases medias se adueñaron ellas solas de los frutos de la revolución. Los obreros organizaron varias insurrecciones para abolir el monopolio político y establecer una república, pero fueron siempre derrotados, porque la clase media no solo tenía al ejército de su parte, sino que además formaba ella misma la guardia nacional. Durante este tiempo (1834 o 1835) surgió entre los obreros republicanos una nueva doctrina. Vieron que, aun cuando lograran sus planes democráticos, seguirían siendo los engañados de sus jefes, más dotados y más instruidos, y que su condición social, causa de su descontento político, no mejoraría con ningún cambio político, fuera el que fuese. Volvieron la vista a la historia de la gran revolución y se aferraron con avidez al comunismo de Babeuf. Esto es todo lo que puede afirmarse con seguridad sobre el origen del comunismo moderno en Francia: el asunto se discutió primero en las callejas oscuras y los atestados callejones del arrabal parisino de Saint-Antoine, y poco después en las asambleas secretas de los conspiradores. Los que saben más sobre su origen se cuidan muy mucho de guardarse lo que saben, para evitar «el brazo fuerte de la ley». Sea como fuere, el comunismo se extendió rápidamente por París, Lyon, Toulouse y las demás ciudades grandes y manufactureras del reino; se sucedieron diversas asociaciones secretas, entre las que las más importantes fueron los «Travailleurs égalitaires», o trabajadores igualitarios, y los humanitarios.11 Los igualitarios eran gente más bien «basta», como los babuvistas de la gran revolución; se proponían hacer del mundo una comunidad de trabajadores y suprimir todo refinamiento de la civilización, la ciencia, las bellas artes, etc., como lujos inútiles, peligrosos y aristocráticos, prejuicio que nacía necesariamente de su total ignorancia de la historia y de la economía política. Los humanitarios eran conocidos sobre todo por sus ataques al matrimonio, a la familia y a otras instituciones semejantes. Estos dos partidos, como otros dos o tres, tuvieron una vida muy corta, y la gran masa de las clases trabajadoras francesas adoptó muy pronto las doctrinas expuestas por el señor Cabet, el «père Cabet» (padre Cabet), como lo llaman, que se conocen en el continente con el nombre de comunismo icariano.12

Este bosquejo de la historia del comunismo en Francia muestra en cierta medida cuál ha de ser la diferencia entre el comunismo francés y el inglés. El origen de la reforma social en Francia es político: se descubre que la democracia no puede dar una igualdad real y por eso se llama en su ayuda al proyecto de la comunidad. La mayoría de los comunistas franceses son, por tanto, también republicanos: quieren una sociedad organizada en comunidad bajo una forma republicana de gobierno. Ahora bien, no creo que los socialistas ingleses tengan objeciones serias a esto; porque, aunque ellos son más partidarios de una monarquía electiva, los sé demasiado ilustrados para imponer su forma de gobierno a un pueblo enteramente contrario a ella. Es evidente que intentarlo arrastraría a ese pueblo a desórdenes y dificultades mucho mayores que los que nacerían de su propio modo democrático de gobierno, aun suponiendo que este fuera malo.

Pero hay otras objeciones que podrían hacerse a los comunistas franceses. Se proponen derribar por la fuerza el gobierno actual de su país, y lo han mostrado con su política constante de sociedades secretas. Es verdad. Hasta los icarianos, aunque declaran en sus publicaciones que aborrecen las revoluciones físicas y las sociedades secretas, hasta ellos están asociados de ese modo y aprovecharían con gusto cualquier ocasión de establecer por la fuerza una república. Se objetará esto, me atrevo a decir, y con razón, porque en todo caso las asociaciones secretas son siempre contrarias a la prudencia más elemental, ya que exponen a sus miembros a persecuciones legales innecesarias. No me inclino a defender semejante línea de conducta, pero hay que explicarla, dar cuenta de ella; y se explica por completo por la diferencia entre el carácter nacional y el gobierno franceses y los ingleses. La constitución inglesa lleva ya unos ciento cincuenta años siendo, sin interrupción, la ley del país;13 todo cambio se ha hecho por medios legales, por vías constitucionales; por eso los ingleses han de tener un gran respeto por sus leyes. Pero en Francia, en los últimos cincuenta años, un cambio violento ha seguido a otro; todas las constituciones, desde la democracia radical hasta el despotismo abierto, toda clase de leyes, fueron arrojadas al cabo de una breve existencia y sustituidas por otras: ¿cómo va a respetar entonces el pueblo sus leyes? Y el resultado de todas estas convulsiones, tal como lo consagran hoy la constitución y las leyes francesas, es la opresión de los pobres por los ricos, una opresión sostenida por la fuerza: ¿cómo puede esperarse que los oprimidos amen sus instituciones públicas, que no recurran a los viejos procedimientos de 1792? Saben que, si son algo, lo son oponiendo la fuerza a la fuerza; y, no teniendo de momento otro medio, ¿por qué iban a vacilar un instante en emplearlo? Se dirá además: ¿por qué los comunistas franceses no fundan comunidades, como han hecho los ingleses? Mi respuesta es: porque no se atreven. Si lo hicieran, los soldados acabarían con el primer experimento. Y aunque se lo permitieran, no les serviría de nada. Siempre he entendido que el establecimiento de Harmony14 no era más que un experimento para mostrar la viabilidad de los planes del señor Owen,15 si se llevaran a la práctica, y obligar a la opinión pública a formarse una idea más favorable de los proyectos socialistas para remediar la miseria general. Pues bien, si es así, semejante experimento no serviría de nada en Francia. No mostréis a los franceses que vuestros planes son practicables, porque eso los dejaría fríos e indiferentes. Mostradles que vuestras comunidades no someterán a la humanidad a un «despotismo con cerrojos de hierro», como dijo el cartista señor Bairstow en su reciente debate con el señor Watts.16 Mostradles que la verdadera libertad y la verdadera igualdad solo serán posibles en una organización comunitaria, mostradles que la justicia exige esa organización, y los tendréis a todos de vuestra parte.

Pero volvamos a las doctrinas sociales de los comunistas icarianos. Su «libro sagrado» es el Voyage en Icarie (Viaje por Icaria) del padre Cabet, quien, dicho sea de paso, fue antes fiscal general y diputado. La organización general de sus comunidades difiere muy poco de la del señor Owen. Han incorporado a sus planes todo lo racional que encontraron en Saint-Simon y en Fourier, y por eso son muy superiores a los antiguos comunistas franceses. En cuanto al matrimonio, coinciden plenamente con los ingleses. Se hace todo lo posible por asegurar la libertad del individuo. Los castigos han de abolirse y sustituirse por la educación de los jóvenes y por un tratamiento mental racional de los mayores.

Es curioso, sin embargo, que mientras los socialistas ingleses son en general contrarios al cristianismo y tienen que sufrir todos los prejuicios religiosos de un pueblo verdaderamente cristiano, los comunistas franceses, que forman parte de una nación célebre por su incredulidad, sean ellos mismos cristianos. Uno de sus axiomas favoritos es que el cristianismo es el comunismo, «le christianisme, c’est le communisme». Intentan demostrarlo con la Biblia, con el estado de comunidad en que se dice que vivían los primeros cristianos, etc. Pero todo esto solo muestra que estas buenas gentes no son los mejores cristianos, aunque se llamen así; porque, si lo fueran, conocerían mejor la Biblia y verían que, si algunos pocos pasajes de la Biblia pueden ser favorables al comunismo, el espíritu general de sus doctrinas le es, sin embargo, totalmente contrario, como lo es a toda medida racional.

El nacimiento del comunismo ha sido saludado por la mayoría de los espíritus eminentes de Francia: Pierre Leroux, el metafísico; George Sand, la valerosa defensora de los derechos de su sexo; el abate Lamennais, autor de las Palabras de un creyente, y muchos otros se inclinan más o menos hacia las doctrinas comunistas.17 El escritor más importante en este campo es, sin embargo, Proudhon, un hombre joven que publicó hace dos o tres años su obra ¿Qué es la propiedad? (Qu’est-ce que la propriété?), en la que daba la respuesta: «La propriété, c’est le vol», la propiedad es el robo.18 Es la obra más filosófica de los comunistas en lengua francesa y, si deseo ver algún libro francés traducido al inglés, es este. El derecho de propiedad privada, las consecuencias de esta institución, la competencia, la inmoralidad, la miseria, se desarrollan aquí con una fuerza intelectual y una investigación verdaderamente científica que nunca después he encontrado reunidas en un solo volumen. Además, hace observaciones muy importantes sobre el gobierno y, tras haber demostrado que toda forma de gobierno es igualmente censurable, ya sea democracia, aristocracia o monarquía, que todas gobiernan por la fuerza y que, en el mejor de los casos posibles, la fuerza de la mayoría oprime la debilidad de la minoría, llega por fin a la conclusión: «Nous voulons l’anarchie!». Lo que queremos es la anarquía: que no mande nadie, que cada cual no responda ante nadie más que ante sí mismo.

Sobre este asunto tendré que hablar más cuando llegue a los comunistas alemanes. Ahora solo me queda añadir que se calcula que los comunistas icarianos franceses son alrededor de medio millón, sin contar mujeres y niños. Una falange bastante respetable, ¿no es verdad? Tienen un periódico mensual, Le Populaire, que dirige el padre Cabet; y, además, P. Leroux publica una revista, la Revue indépendante, en la que se defienden filosóficamente los principios del comunismo.

F. Engels
Mánchester, 23 de octubre de 1843

II. Alemania y Suiza

The New Moral World, núm. 21, 18 de noviembre de 1843.

Alemania tuvo sus reformadores sociales ya en la época de la Reforma. Poco después de que Lutero empezara a predicar la reforma de la Iglesia y a levantar al pueblo contra la autoridad espiritual, los campesinos del sur y del centro de Alemania se alzaron en una insurrección general contra sus señores temporales. Lutero declaró siempre que su objetivo era volver al cristianismo primitivo en la doctrina y en la práctica; los campesinos adoptaron exactamente la misma posición y exigieron, por tanto, no solo la práctica eclesiástica, sino también la práctica social del cristianismo primitivo. Entendían que un estado de vasallaje y servidumbre como aquel en que vivían era incompatible con las doctrinas de la Biblia; los oprimía una caterva de barones y condes altaneros, que todos los días los robaban y los trataban como a su ganado; no tenían ley que los protegiera y, si la tenían, no encontraban a nadie que la hiciera cumplir. Semejante estado contrastaba mucho con las comunidades de los primeros cristianos y con las doctrinas de Cristo tal como las expone la Biblia. Por eso se alzaron y empezaron contra sus señores una guerra que solo podía ser de exterminio. Thomas Münzer, un predicador al que pusieron a su cabeza, publicó una proclama llena, desde luego, de los disparates religiosos y supersticiosos de la época, pero que contenía también, entre otros, principios como estos: que, según la Biblia, ningún cristiano tiene derecho a poseer bien alguno exclusivamente para sí; que la comunidad de bienes es el único estado adecuado para una sociedad de cristianos; que a ningún buen cristiano le está permitido tener autoridad o mando sobre otros cristianos, ni ocupar cargo alguno de gobierno o poder hereditario, sino que, por el contrario, así como todos los hombres son iguales ante Dios, deben serlo también en la tierra.19 Estas doctrinas no eran más que conclusiones sacadas de la Biblia y de los propios escritos de Lutero; pero el reformador no estaba dispuesto a ir tan lejos como el pueblo; pese al valor que mostró frente a las autoridades espirituales, no se había librado de los prejuicios políticos y sociales de su época; creía tan firmemente en el derecho divino de los príncipes y de los señores a pisotear al pueblo como en la Biblia. Además, necesitaba la protección de la aristocracia y de los príncipes protestantes, y así escribió un folleto contra los sediciosos en el que no solo negaba toda relación con ellos, sino que exhortaba a la aristocracia a aplastarlos con la mayor severidad, como rebeldes contra las leyes de Dios. «¡Matadlos como a perros!», exclamaba.20 Todo el folleto está escrito con tal animosidad, más aún, con tal furia y fanatismo contra el pueblo, que será siempre una mancha en el carácter de Lutero; muestra que, si había empezado su carrera como hombre del pueblo, ahora estaba enteramente al servicio de sus opresores. La insurrección, tras una sangrientísima guerra civil, fue sofocada y los campesinos volvieron a su antigua servidumbre.

Salvo algunos casos aislados de los que el público no tuvo noticia, no ha habido en Alemania, desde la guerra de los campesinos hasta fecha muy reciente, ningún partido de reformadores sociales. El espíritu público, en los últimos cincuenta años, estuvo demasiado ocupado con cuestiones de naturaleza meramente política o meramente metafísica, cuestiones que tenían que resolverse antes de que la cuestión social pudiera discutirse con la calma y el conocimiento necesarios. Hombres que se habrían opuesto decididamente a un sistema de comunidad si se les hubiera propuesto, preparaban sin embargo el camino para su implantación.

Ha sido en la clase trabajadora de Alemania donde la reforma social ha vuelto a ser últimamente tema de discusión. Como Alemania tiene relativamente poca industria manufacturera, la masa de las clases trabajadoras está formada por artesanos que, antes de establecerse como pequeños maestros, recorren durante algunos años Alemania, Suiza y muy a menudo también Francia. Así, un gran número de obreros alemanes va y viene continuamente de París, y allí tienen que conocer, naturalmente, los movimientos políticos y sociales de las clases trabajadoras francesas. Uno de estos hombres, Wilhelm Weitling, natural de Magdeburgo, en Prusia, un simple oficial de sastre, decidió fundar comunidades en su propio país.21

Este hombre, a quien hay que considerar el fundador del comunismo alemán, después de algunos años de estancia en París, se fue a Suiza y, mientras trabajaba en algún taller de sastre de Ginebra, predicaba su nuevo evangelio a sus compañeros de trabajo. Formó asociaciones comunistas en todas las ciudades y poblaciones de la orilla suiza del lago de Ginebra, y la mayoría de los alemanes que trabajaban allí se hicieron partidarios de sus ideas. Preparados así los ánimos, sacó una revista, La Joven Generación,22 para hacer una agitación más amplia en el país. Este periódico, aunque escrito solo para obreros y por un obrero, ha sido desde el principio superior a la mayoría de las publicaciones comunistas francesas, incluso al Populaire del padre Cabet. Muestra que su director ha tenido que trabajar muy duro para adquirir los conocimientos de historia y de política de los que no puede prescindir un escritor público y de los que le había privado una educación descuidada. Muestra al mismo tiempo que Weitling se esforzaba siempre por reunir sus diversas ideas y pensamientos sobre la sociedad en un sistema completo de comunismo. La Joven Generación empezó a publicarse en 1841; al año siguiente, Weitling publicó una obra, Garantías de la armonía y de la libertad, en la que pasaba revista al viejo sistema social y trazaba las líneas generales de uno nuevo. Quizá dé algún día unos extractos de este libro.

Establecido así el núcleo de un partido comunista en Ginebra y sus alrededores, se fue a Zúrich, donde, como en otras ciudades del norte de Suiza, algunos de sus amigos habían empezado ya a trabajar los ánimos de los obreros. Comenzó entonces a organizar su partido en estas ciudades. Con el nombre de sociedades de canto se formaron asociaciones para discutir la reorganización social. Al mismo tiempo, Weitling anunció su intención de publicar un libro, El evangelio de los pobres pecadores. Pero aquí la policía se interpuso en sus actividades.

En junio pasado, Weitling fue detenido y se le incautaron sus papeles y su libro antes de que saliera de la imprenta. El gobierno de la república nombró una comisión para investigar el asunto e informar al Gran Consejo, la representación del pueblo. El informe se imprimió hace unos meses. Resulta de él que existían muchísimas asociaciones comunistas en todas partes de Suiza, compuestas sobre todo de obreros alemanes; que Weitling era considerado el jefe del partido y recibía de vez en cuando informes sobre sus progresos; que mantenía correspondencia con asociaciones semejantes de alemanes en París y en Londres, y que todas estas sociedades, formadas por hombres que cambiaban de residencia muy a menudo, eran otros tantos semilleros de esas «doctrinas peligrosas y utópicas», que enviaban a sus miembros más antiguos a Alemania, Hungría e Italia e imbuían de su espíritu a todo obrero que estuviera a su alcance. El informe lo redactó el doctor Bluntschli,23 un hombre de opiniones aristocráticas y fanáticamente cristianas, y por eso todo él está escrito más como una denuncia de partido que como un informe oficial sereno. Se denuncia el comunismo como una doctrina peligrosísima, subversiva de todo el orden existente y destructora de todos los vínculos sagrados de la sociedad. El piadoso doctor, además, no encuentra palabras bastante fuertes para expresar lo que siente ante la frívola blasfemia con la que esa gente infame e ignorante intenta justificar sus doctrinas perversas y revolucionarias con pasajes de las Sagradas Escrituras. Weitling y su partido son en esto exactamente como los icarianos de Francia y sostienen que el cristianismo es el comunismo.

El resultado del proceso de Weitling hizo muy poco por satisfacer las expectativas del gobierno de Zúrich. Aunque Weitling y sus amigos fueron a veces muy imprudentes en sus expresiones, la acusación de alta traición y conspiración contra él no pudo sostenerse; el tribunal penal lo condenó a seis meses de prisión y a la expulsión perpetua de Suiza; los miembros de las asociaciones de Zúrich fueron expulsados del cantón; el informe se comunicó a los gobiernos de los demás cantones y a las embajadas extranjeras, pero a los comunistas de otras partes de Suiza apenas se les molestó. La persecución llegó demasiado tarde y los demás cantones la secundaron demasiado poco; no sirvió de nada para destruir el comunismo, y hasta lo favoreció por el gran interés que despertó en todos los países de lengua alemana. El comunismo era casi desconocido en Alemania, pero con esto se convirtió en objeto de la atención general.

Además de este partido, existe en Alemania otro que defiende el comunismo. El primero, por ser un partido plenamente popular, unirá sin duda muy pronto a todas las clases trabajadoras de Alemania; el partido al que me refiero ahora es un partido filosófico, que en su origen no tiene relación alguna con los comunistas franceses ni con los ingleses y que nace de esa filosofía de la que Alemania lleva cincuenta años tan orgullosa.

A la revolución política de Francia la acompañó una revolución filosófica en Alemania. La inició Kant derribando el viejo sistema de la metafísica de Leibniz, que a finales del siglo pasado se enseñaba en todas las universidades del continente. Fichte y Schelling empezaron la reconstrucción y Hegel completó el nuevo sistema. Desde que el hombre empezó a pensar no ha habido un sistema de filosofía tan abarcador como el de Hegel. La lógica, la metafísica, la filosofía de la naturaleza, la filosofía del espíritu, la filosofía del derecho, de la religión, de la historia, todo está unido en un sistema, reducido a un principio fundamental. El sistema parecía del todo inatacable desde fuera, y lo era; solo lo han derribado desde dentro quienes eran hegelianos ellos mismos. Naturalmente, no puedo exponer aquí por completo ni el sistema ni su historia, y debo limitarme, por tanto, a las observaciones siguientes. El avance de la filosofía alemana de Kant a Hegel fue tan coherente, tan lógico, tan necesario, si se me permite decirlo así, que no pudo subsistir ningún otro sistema aparte de los que he nombrado. Hay dos o tres, pero nadie les prestó atención; se les desatendió tanto que nadie quiso siquiera hacerles el honor de refutarlos. Hegel, pese a su enorme erudición y a la profundidad de su pensamiento, estaba tan ocupado con cuestiones abstractas que descuidó librarse de los prejuicios de su época, una época de restauración de los viejos sistemas de gobierno y de religión. Pero sus discípulos tenían opiniones muy distintas sobre estas materias. Hegel murió en 1831, y ya en 1835 apareció la Vida de Jesús de Strauss,24 la primera obra que muestra algún avance más allá de los límites del hegelianismo ortodoxo. Siguieron otras, y en 1837 los cristianos se alzaron contra los que llamaban neohegelianos, los denunciaron como ateos y reclamaron la intervención del Estado. El Estado, sin embargo, no intervino, y la controversia continuó. En aquel tiempo los nuevos, o jóvenes, hegelianos eran tan poco conscientes de las consecuencias de sus propios razonamientos que todos rechazaban la acusación de ateísmo y se llamaban cristianos y protestantes, aunque negaban la existencia de un Dios que no fuera el hombre y declaraban que la historia de los evangelios era pura mitología. Hasta el año pasado, en un folleto del autor de estas líneas, no se admitió que la acusación de ateísmo era justa.25 Pero la evolución siguió adelante. Los jóvenes hegelianos de 1842 eran ateos y republicanos declarados; la revista del partido, los Anales Alemanes,26 era más radical y franca que nunca; se fundó un diario político, y muy pronto toda la prensa liberal alemana estuvo por completo en nuestras manos. Teníamos amigos en casi todas las ciudades de alguna importancia de Alemania; proporcionábamos a todos los periódicos liberales el material necesario y por este medio los convertimos en nuestros órganos; inundamos el país de folletos y pronto gobernábamos la opinión pública en todas las cuestiones. Una relajación pasajera de la censura de prensa27 añadió mucha energía a este movimiento, del todo nuevo para una parte considerable del público alemán. Periódicos publicados con la autorización de un censor del gobierno contenían cosas que, aun en Francia, se habrían castigado como alta traición, y otras que no habrían podido decirse en Inglaterra sin que la consecuencia fuera un proceso por blasfemia. El movimiento fue tan repentino, tan rápido, se llevó adelante con tanta energía, que el gobierno y el público se vieron arrastrados por él durante algún tiempo. Pero este carácter violento de la agitación demostraba que no se apoyaba en un partido fuerte entre el público y que su fuerza solo la producían la sorpresa y la consternación de sus adversarios. Los gobiernos, recobrado el sentido, le pusieron fin con una opresión despótica de la libertad de palabra. Folletos, periódicos, revistas, obras científicas fueron prohibidos por docenas, y la agitación del país se calmó pronto. Ni que decir tiene que semejante intervención tiránica no detendrá el avance de la opinión pública ni sofocará los principios que defendían los agitadores; la persecución entera no ha servido absolutamente de nada a los poderes dominantes, porque, si no hubieran aplastado el movimiento, lo habría frenado la apatía del público en general, un público tan poco preparado para cambios radicales como el de cualquier otro país; y, aun si no hubiera sido así, los propios agitadores habrían abandonado la agitación republicana, pues ahora, desarrollando cada vez más las consecuencias de su filosofía, se hicieron comunistas. Los príncipes y gobernantes de Alemania, en el preciso momento en que creían haber acabado para siempre con el republicanismo, vieron surgir el comunismo de las cenizas de la agitación política; y esta nueva doctrina les parece aún más peligrosa y temible que aquella de cuya aparente destrucción se alegraban.

Ya en el otoño de 1842, algunos miembros del partido sostuvieron que el cambio político era insuficiente y declararon que, a su juicio, una revolución social basada en la propiedad común era el único estado de la humanidad que concordaba con sus principios abstractos. Pero ni siquiera los jefes del partido, como el doctor Bruno Bauer, el doctor Feuerbach y el doctor Ruge, estaban entonces preparados para este paso decisivo.28 El diario político del partido, la Gaceta Renana,29 publicó algunos artículos en defensa del comunismo, pero sin el efecto deseado. El comunismo, sin embargo, era una consecuencia tan necesaria de la filosofía neohegeliana que ninguna oposición pudo sofocarlo y, en el curso de este año, sus iniciadores han tenido la satisfacción de ver a un republicano tras otro unirse a sus filas. Además del doctor Hess,30 uno de los redactores de la ya suprimida Gaceta Renana, que fue en realidad el primer comunista del partido, hay ahora muchísimos otros, como el doctor Ruge, director de los Anales Alemanes, la revista científica de los jóvenes hegelianos, suprimida por acuerdo de la Dieta alemana;31 el doctor Marx, otro de los redactores de la Gaceta Renana; Georg Herwegh, el poeta cuya carta al rey de Prusia tradujeron el invierno pasado la mayoría de los periódicos ingleses,32 y otros; y esperamos que el resto del partido republicano se pase también, poco a poco, a nuestro lado.

Así pues, el comunismo filosófico puede considerarse establecido para siempre en Alemania, pese a los esfuerzos de los gobiernos por sofocarlo. Han aniquilado la prensa en sus dominios, pero sin resultado; los partidos del progreso aprovechan la prensa libre de Suiza y de Francia, y sus publicaciones circulan en Alemania tanto como si se imprimieran en el propio país. Todas las persecuciones y prohibiciones han resultado ineficaces y lo serán siempre; los alemanes son una nación filosófica y no abandonarán, no pueden abandonar el comunismo en cuanto este se funde en sólidos principios filosóficos, sobre todo si se deriva como conclusión ineludible de su propia filosofía. Y este es el papel que ahora nos toca desempeñar. Nuestro partido tiene que demostrar que, o bien todos los esfuerzos filosóficos de la nación alemana, de Kant a Hegel, han sido inútiles, peor que inútiles, o bien tienen que desembocar en el comunismo; que los alemanes o bien tienen que rechazar a sus grandes filósofos, cuyos nombres ostentan como gloria de su nación, o bien tienen que adoptar el comunismo. Y esto se demostrará; los alemanes se verán obligados a afrontar este dilema, y apenas puede caber duda sobre cuál de los dos términos adoptará el pueblo.

En Alemania hay más posibilidades que en ninguna otra parte de que se forme un partido comunista entre las clases cultas de la sociedad. Los alemanes son una nación muy desinteresada; si en Alemania el principio choca con el interés, el principio hará callar casi siempre las exigencias del interés. El mismo amor a los principios abstractos, el mismo desdén por la realidad y por el propio interés que han llevado a los alemanes a un estado de nulidad política, esas mismas cualidades garantizan el éxito del comunismo filosófico en ese país. A los ingleses les parecerá muy extraño que un partido que aspira a destruir la propiedad privada esté formado principalmente por quienes tienen propiedad; y, sin embargo, así ocurre en Alemania. Solo podemos reclutar nuestras filas en las clases que han gozado de una educación bastante buena, es decir, en las universidades y en la clase comercial; y en ninguna de las dos hemos encontrado hasta ahora dificultades de consideración.

En cuanto a las doctrinas particulares de nuestro partido, coincidimos mucho más con los socialistas ingleses que con cualquier otro partido. Su sistema, como el nuestro, se funda en principios filosóficos; luchan, como nosotros, contra los prejuicios religiosos, mientras que los franceses rechazan la filosofía y perpetúan la religión arrastrándola consigo al nuevo estado de la sociedad que proyectan. Los comunistas franceses solo pudieron ayudarnos en las primeras etapas de nuestro desarrollo, y pronto vimos que sabíamos más que nuestros maestros; pero aún tendremos que aprender mucho de los socialistas ingleses. Aunque nuestros principios fundamentales nos dan una base más amplia, puesto que los recibimos de un sistema filosófico que abarca todas las partes del conocimiento humano, en todo lo que toca a la práctica, a los hechos del estado actual de la sociedad, vemos que los socialistas ingleses nos llevan mucha delantera y han dejado muy poco por hacer. Puedo decir, además, que he conocido a socialistas ingleses con los que coincido en casi todas las cuestiones.

No puedo exponer ahora este sistema comunista sin alargar demasiado este artículo; pero me propongo hacerlo pronto, si el director del New Moral World me concede el espacio. Concluyo, pues, afirmando que, pese a las persecuciones de los gobiernos alemanes (me entero de que en Berlín se procesa al señor Edgar Bauer por una publicación comunista, y de que en Stuttgart otro caballero ha sido encarcelado ¡por el delito inédito de «correspondencia comunista»!),33 pese a ello, digo, se están dando todos los pasos necesarios para llevar a cabo con éxito una agitación por la reforma social, fundar una nueva revista y asegurar la difusión de todas las publicaciones que defienden el comunismo.

F. Engels

  1. El cartismo, movimiento obrero inglés de masas que tomó su nombre de la Carta del Pueblo (People’s Charter, 1838), cuyos seis puntos reclamaban ante todo el sufragio universal masculino y un parlamento elegido cada año. ↩

  2. François-Noël, llamado Gracchus, Babeuf (1760-1797), jefe de la Conjura de los Iguales (1796), primer intento de derribar el poder burgués para establecer la comunidad de bienes; fue guillotinado en 1797. Filippo Buonarroti (1761-1837), uno de los conjurados, contó su historia en Conspiration pour l’égalité dite de Babeuf (Bruselas, 1828), traducida al inglés por el cartista Bronterre O’Brien en 1836. ↩

  3. Henri de Saint-Simon (1760-1825), socialista utópico francés. Tras su muerte, sus discípulos, encabezados por Enfantin y Bazard, formaron una iglesia sansimoniana y una comunidad en Ménilmontant (1832), disuelta por los tribunales. ↩

  4. El Concordium de Ham Common, cerca de Londres, comunidad fundada en 1838 por seguidores de James Pierrepont Greaves, socialistas de tendencia mística y ascética. ↩

  5. Ludwig Börne (1786-1837), escritor y crítico alemán, demócrata, emigrado en París desde 1830. ↩

  6. Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés, autor de la Théorie des quatre mouvements (1808) y de Le Nouveau monde industriel et sociétaire (1829). Proyectó una sociedad organizada en falanges que vivirían y trabajarían en edificios comunes, los falansterios. ↩

  7. Las workhouses, casas de trabajo para pobres de la nueva ley de pobres de 1834, a las que el pueblo inglés llamaba «bastillas». ↩

  8. Victor Considerant (1808-1893), jefe de la escuela fourierista tras la muerte de Fourier. La Phalange (1832-1849) dio paso en agosto de 1843 al diario La Démocratie pacifique. ↩

  9. Hugh Doherty, fourierista irlandés, director en Londres de The London Phalanx (1841-1843). ↩

  10. La revolución de julio de 1830, que derribó a Carlos X y llevó al trono a Luis Felipe de Orleans. ↩

  11. Sociedades secretas de tendencia babuvista surgidas en París hacia 1840; los humanitarios publicaron en 1841 el periódico L’Humanitaire. ↩

  12. Étienne Cabet (1788-1856), abogado, procurador general en Córcega tras la revolución de 1830 y diputado desde 1831; condenado por delito de prensa, vivió exiliado en Inglaterra. Expuso su comunismo en la novela utópica Voyage en Icarie (1840) y lo difundió en Le Populaire. ↩

  13. Desde la «revolución gloriosa» de 1688-1689 y la Declaración de Derechos (Bill of Rights) de 1689. ↩

  14. Harmony Hall, en Queenwood (Hampshire), comunidad owenista fundada en 1839 y disuelta en 1845. ↩

  15. Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico inglés, fundador del movimiento cooperativo y de colonias comunistas; The New Moral World, donde se publicó este artículo, era el semanario de su movimiento. ↩

  16. Jonathan Bairstow, orador cartista, y John Watts (1818-1887), conferenciante owenista de Mánchester. ↩

  17. Pierre Leroux (1797-1871), filósofo y socialista francés, antiguo sansimoniano. George Sand, seudónimo de Aurore Dupin (1804-1876), novelista. Félicité de Lamennais (1782-1854), sacerdote y escritor, uno de los fundadores del socialismo cristiano; Paroles d’un croyant es de 1834. ↩

  18. Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865). Qu’est-ce que la propriété? se publicó en 1840. ↩

  19. Thomas Müntzer (hacia 1489-1525), predicador revolucionario, dirigente de la guerra de los campesinos de 1524-1525 en Turingia; fue ejecutado tras la derrota de Frankenhausen. ↩

  20. Wider die räuberischen und mörderischen Rotten der Bauern (Contra las hordas ladronas y asesinas de los campesinos, 1525), donde Lutero escribe que a los sublevados hay que matarlos «como a un perro rabioso». ↩

  21. Wilhelm Weitling (1808-1871), oficial de sastre, el primer teórico del comunismo obrero alemán, miembro dirigente de la Liga de los Justos. ↩

  22. Engels da en inglés los títulos de Weitling. La revista se publicó primero como Der Hülferuf der deutschen Jugend (1841) y luego como Die junge Generation (1842-1843); el libro es Garantien der Harmonie und Freiheit (Vevey, 1842), y Das Evangelium des armen Sünders no se publicó hasta 1845. ↩

  23. Johann Caspar Bluntschli (1808-1881), jurista y político conservador suizo, autor del informe Die Kommunisten in der Schweiz nach den bei Weitling vorgefundenen Papieren (Zúrich, 1843). ↩

  24. David Friedrich Strauss (1808-1874), Das Leben Jesu, kritisch bearbeitet (1835-1836), que trataba los relatos evangélicos como mitos nacidos de la comunidad cristiana; dio origen a la escisión de la escuela hegeliana. ↩

  25. Probablemente Schelling und die Offenbarung (Leipzig, 1842), folleto que Engels publicó sin firma contra las lecciones de Schelling en Berlín. ↩

  26. Los Deutsche Jahrbücher für Wissenschaft und Kunst (Leipzig, 1841-1843), continuación de los Hallische Jahrbücher (1838-1841), dirigidos por Arnold Ruge; fueron prohibidos en enero de 1843. ↩

  27. La instrucción prusiana sobre la censura del 24 de diciembre de 1841, que aparentaba suavizarla y que Marx criticó en sus Observaciones sobre la reciente instrucción prusiana sobre la censura. ↩

  28. Bruno Bauer (1809-1882), teólogo y filósofo, jefe de los jóvenes hegelianos de Berlín; Ludwig Feuerbach (1804-1872), autor de La esencia del cristianismo (1841); Arnold Ruge (1802-1880), publicista, que dirigiría con Marx en 1844 los Deutsch-Französische Jahrbücher. ↩

  29. La Rheinische Zeitung für Politik, Handel und Gewerbe (Colonia, 1 de enero de 1842 - 31 de marzo de 1843), de la que Marx fue redactor jefe desde octubre de 1842. ↩

  30. Moses Hess (1812-1875), publicista, el primero de los jóvenes hegelianos que se declaró comunista; fue él quien ganó a Engels para el comunismo en 1842. ↩

  31. La Dieta Federal de la Confederación Germánica, en Fráncfort, asamblea de los representantes de los gobiernos de los Estados alemanes. ↩

  32. Georg Herwegh (1817-1875), poeta revolucionario. Su carta a Federico Guillermo IV, escrita en diciembre de 1842 tras una audiencia con el rey y publicada sin su permiso, le valió la expulsión de Prusia. ↩

  33. Edgar Bauer (1820-1886), hermano de Bruno, fue procesado por su libro Der Streit der Kritik mit Kirche und Staat (1843) y condenado a cuatro años de fortaleza. ↩