Escrito por Friedrich Engels en Barmen a mediados de octubre de 1844. Publicado en el Deutsches Bürgerbuch für 1845 («Libro del ciudadano alemán para 1845»), editado por Hermann Püttmann, Darmstadt, 1845, pp. 326-340. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 521-535), por la Escuela de marxismo, 2026; se corrigen algunas erratas evidentes de la edición digital. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.

Cuando se habla con la gente de socialismo o de comunismo, se encuentra muy a menudo que le dan a uno toda la razón en el fondo del asunto y declaran que el comunismo es algo muy hermoso; «pero», dicen luego, «es imposible llevar nunca a la práctica nada semejante». Esta objeción se oye tan a menudo que a quien esto escribe le parece útil y necesario responderla con algunos hechos que en Alemania son todavía muy poco conocidos y que la eliminan por completo. Porque el comunismo, la vida y la actividad sociales en comunidad de bienes, no solo es posible, sino que ya se ha llevado realmente a la práctica en muchas comunidades de América y en un lugar de Inglaterra, y con el mejor de los éxitos, como veremos.

Por lo demás, si se examina un poco más a fondo aquella objeción, se encuentra que se descompone en otras dos: primera, que no habría trabajadores que se prestaran a los trabajos manuales bajos y desagradables; y segunda, que, al tener todos el mismo derecho a la propiedad común, la gente se pelearía por ella, y así la comunidad volvería a deshacerse. La primera objeción se resuelve sencillamente así: esos trabajos, una vez en la comunidad, ya no son bajos; y además, pueden suprimirse casi por completo mediante mejores instalaciones, máquinas y cosas por el estilo. Así, en Nueva York, en un gran hotel, las botas se limpian a vapor, y en la colonia comunista de Harmony, en Inglaterra (de la que se hablará más abajo), los retretes, instalados a la cómoda manera inglesa (water closets), no solo se limpian solos, sino que además tienen tuberías que llevan la inmundicia directamente al gran depósito de abono. Y en cuanto a la segunda objeción, hasta ahora todas las colonias comunistas se han hecho tan enormemente ricas al cabo de diez o quince años que tienen de todo lo deseable más de lo que pueden consumir, de modo que no hay ningún motivo de disputa.

El lector verá que la mayoría de las colonias que se describen a continuación han salido de toda clase de sectas religiosas, que en su mayoría sostienen opiniones muy insulsas e irracionales sobre diversas materias, y quien esto escribe solo quiere advertir brevemente que esas opiniones no tienen absolutamente nada que ver con el comunismo. Es también evidente que da lo mismo que quienes demuestran con hechos la viabilidad de la comunidad crean en un dios, en veinte o en ninguno; si tienen una religión irracional, eso es un obstáculo que se interpone en el camino de la comunidad, y si a pesar de ello la comunidad da buen resultado en la vida práctica, cuánto más posible tiene que ser entre otros que estén libres de semejantes locuras. De las colonias más recientes, además, casi todas están completamente libres de patrañas religiosas, y los socialistas ingleses, aunque son muy tolerantes, casi todos carecen por completo de religión, por lo que en la beata Inglaterra tienen muy mala fama y se les calumnia mucho. Pero que en todas esas habladurías no hay nada de cierto tienen que reconocerlo hasta sus adversarios cuando llega la hora de probarlo.

Los primeros que en América, y en general en el mundo, lograron formar una sociedad sobre la base de la comunidad de bienes fueron los llamados shakers.1 Esta gente es una secta particular que tiene opiniones religiosas muy extrañas, no se casa y en general no tolera ningún trato entre los sexos, y otras cosas por el estilo. Pero esto aquí no nos importa. La secta de los shakers nació hace unos setenta años. Sus fundadores eran gente pobre que se unió para vivir en amor fraterno y comunidad de bienes y para adorar a su Dios a su manera. Aunque sus opiniones religiosas, y en especial la prohibición del matrimonio, ahuyentaban a muchos, encontraron sin embargo seguidores y tienen ahora diez grandes comunidades, cada una de trescientos a ochocientos miembros. Cada una de estas comunidades es una ciudad hermosa y bien trazada, con viviendas, fábricas, talleres, casas de reunión y graneros; tienen jardines y huertas, árboles frutales, bosques, viñedos, prados y tierras de labor en abundancia; además, ganado de toda clase, caballos y vacas, ovejas, cerdos y aves de corral, más de los que pueden necesitar y de la mejor raza. Sus graneros están siempre llenos de grano y sus almacenes llenos de telas, de modo que un viajero inglés que los visitó dijo que no podía comprender por qué esa gente, que lo tenía todo en abundancia, seguía trabajando; a no ser que trabajaran por puro pasatiempo, ya que no tenían otra cosa que hacer. Entre esta gente no hay nadie que tenga que trabajar contra su voluntad, ni nadie que busque trabajo en vano. No tienen asilos para pobres ni hospitales, porque no tienen ni un solo pobre ni necesitado, ni viudas ni huérfanos abandonados; no conocen la escasez ni tienen por qué temerla. En sus diez ciudades no hay un solo gendarme ni un solo guardia, ni juez, abogado o soldado, ni cárcel ni presidio; y, sin embargo, todo marcha en orden. Las leyes del país no existen para ellos y, por lo que a ellos respecta, podrían abolirse igual de bien sin que nadie lo echara de menos; porque son los ciudadanos más pacíficos y nunca han dado un solo delincuente a las cárceles. Viven, como se ha dicho, en la más completa comunidad de bienes y entre ellos no tienen comercio ni dinero. Una de estas ciudades, Pleasant Hill, cerca de Lexington, en el estado de Kentucky, fue visitada el año pasado por un viajero inglés llamado Finch,2 que hace de ella la siguiente descripción.

«Pleasant Hill consta de muchas casas grandes y bonitas de ladrillo y sillería, fábricas, talleres, establos y graneros, todo en el orden más perfecto y entre lo mejor de todo Kentucky; las tierras de labor de los shakers se reconocían fácilmente por el hermoso muro de piedra que las cercaba y por su excelente cultivo; en los campos pastaban gran número de vacas y ovejas bien alimentadas, y muchos cerdos gordos recogían en los huertos la fruta caída. Los shakers poseen aquí casi cuatro mil acres americanos de tierra, de los que unos dos tercios están cultivados. Esta colonia la empezó hacia el año 1806 una sola familia; más tarde se añadieron otras, y así fueron aumentando poco a poco; algunos trajeron algo de dinero, otros nada en absoluto. Tuvieron que luchar con muchas dificultades, y como en su mayoría eran muy pobres, al principio tuvieron que pasar muchas privaciones; pero con laboriosidad, ahorro y templanza lo superaron todo, y ahora tienen abundancia de todo y no deben un penique a nadie. Esta sociedad consta en este momento de unos trescientos miembros, entre ellos cincuenta o sesenta niños menores de dieciséis años. No tienen amos ni criados, y mucho menos esclavos; son libres, ricos y felices. Tienen dos escuelas, una para niños y otra para niñas, en las que se enseña a leer, escribir, contar, la lengua inglesa y los principios de su religión; no enseñan a los niños ninguna ciencia, porque creen que no es necesaria para salvarse. Como no toleran el matrimonio, se extinguirían si no les llegaran siempre nuevos miembros; pero aunque la prohibición del matrimonio ahuyenta a muchos miles y algunos de sus mejores miembros se marchan por esa razón, llegan siempre tantos nuevos que su número aumenta constantemente. Se dedican a la ganadería, la agricultura y el cultivo del campo, y producen ellos mismos el lino, la lana y la seda, que hilan y tejen en sus propias fábricas. Lo que hacen de más sobre lo que necesitan lo venden o lo cambian con sus vecinos. Por lo general trabajan mientras hay luz. El consejo de administración tiene una oficina pública en la que se llevan los libros y las cuentas, y todo miembro tiene derecho a revisar esas cuentas cuando le plazca. Ni ellos mismos saben lo ricos que son, porque nunca hacen inventario de sus bienes; les basta con saber que todo lo que tienen les pertenece, puesto que no deben nada a nadie. Solo una vez al año hacen una relación de las sumas que les deben sus vecinos.

»La comunidad está dividida en cinco familias (secciones) de cuarenta a ochenta miembros; cada familia tiene su propia economía y vive junta en una casa grande y bonita; cada cual recibe lo que necesita del almacén general de la comunidad, sin pago alguno y en la cantidad que le haga falta. Cada familia tiene un diácono que cuida de que todos reciban lo que necesitan y que se anticipa en lo posible a los deseos de cada uno. Su ropa es a la manera de los cuáqueros, sencilla, pulcra y limpia; su comida es muy variada y siempre de la mejor calidad. Cuando un nuevo miembro pide su admisión, tiene que dar a la comunidad, según las leyes de esta, todo lo que posee, y nunca puede reclamarlo, ni siquiera si se va; pero, a pesar de ello, a todo el que los deja le devuelven tanto como trajo. Cuando se marcha un miembro que no trajo nada, según las leyes tampoco puede exigir indemnización por su trabajo, puesto que se le alimentó y vistió a costa de todos mientras trabajaba; pero también en este caso es costumbre dar a cada uno un regalo para el camino si se separa de ellos en paz.

»Su gobierno está organizado a la manera de los primeros cristianos. Cada comunidad tiene dos ministros, un hombre y una mujer, que a su vez tienen dos suplentes. Estos cuatro ministros están a la cabeza del conjunto y resuelven todas las disputas. Cada familia de la comunidad tiene a su vez dos ancianos con dos suplentes y un diácono o administrador. Los bienes de la comunidad los administra el consejo de administración, que consta de tres miembros, vigila toda la colonia, dirige los trabajos y comercia con los vecinos. No puede comprar ni vender ninguna tierra sin el consentimiento de la comunidad. Hay además, naturalmente, capataces y encargados en las distintas ramas de trabajo; pero han establecido como regla que nadie dé nunca órdenes, sino que a todos se les convenza con buenas maneras.»

Otra colonia de shakers, Nuevo Líbano, en el estado de Nueva York, la visitó en el año 1842 un segundo viajero inglés llamado Pitkeithley.3 El señor Pitkeithley examinó con el mayor detenimiento toda la ciudad, que cuenta con cerca de ochocientos habitantes y a la que pertenecen de siete a ocho mil acres de tierra, inspeccionó sus talleres y fábricas, sus curtidurías, aserraderos, etc., y declara que toda la colonia es perfecta. También él se asombra de la riqueza de esta gente, que empezó sin nada y se hace cada año más rica, y dice:

«Son felices y alegres entre sí; no hay disputas, sino que, al contrario, la amistad y el amor reinan en toda su residencia, y en todas sus partes hay un orden y una regularidad que no tienen igual.»

Esto en cuanto a los shakers. Viven, como se ha dicho, en completa comunidad de bienes y tienen diez de estas comunidades en los Estados Unidos de Norteamérica.

Pero además de los shakers hay en América otras colonias fundadas sobre la comunidad de bienes. Ante todo hay que mencionar aquí a los rappistas. Rapp es un predicador de Wurtemberg que hacia 1790 se separó con su comunidad de la Iglesia luterana y, como era perseguido por el gobierno, se fue en 1802 a América.4 Sus partidarios lo siguieron en 1804, y así se estableció con unas cien familias en Pensilvania. Tenían en total un patrimonio de unos 25.000 táleros, con los que compraron tierras y herramientas. Su tierra era una selva virgen sin cultivar y les costó tanto como todo su patrimonio; pero no la pagaron sino poco a poco. Se unieron entonces en comunidad de bienes, y concretamente hicieron el siguiente pacto:

  1. Cada uno aporta a la comunidad todo lo que tiene, sin obtener por ello ninguna ventaja. En la comunidad todos son iguales.

  2. Las leyes y reglas de la sociedad obligan por igual a todos.

  3. Todos trabajan solo para el bienestar de toda la sociedad y no cada uno para sí solo.

  4. Quien abandona la sociedad no tiene derecho a remuneración por su trabajo, pero recibe de vuelta todo lo que aportó; y quien no aportó nada y se separa en paz y amistad recibe un regalo voluntario para el camino.

  5. A cambio, la comunidad se obliga a proveer a cada miembro y a su familia de lo necesario para la vida y de los cuidados necesarios en la enfermedad y la vejez, y si los padres mueren o se marchan dejando a sus hijos, la comunidad educará a esos hijos.

En los primeros años de su comunidad, cuando tenían que roturar un desierto y pagar además cada año unos 7.000 táleros del precio de compra de la tierra, las cosas les fueron, naturalmente, mal. Eso ahuyentó a varios de los más ricos, que se marcharon y retiraron su dinero, lo que aumentó todavía mucho las dificultades de los colonos. Pero la mayoría resistió fielmente, y así, ya a los cinco años, en 1810, habían pagado todas sus deudas. En 1815, por diversas razones, vendieron toda su colonia y compraron de nuevo veinte mil acres de selva virgen en el estado de Indiana. Al cabo de un par de años habían levantado allí la bonita ciudad de New Harmony y roturado la mayor parte de la tierra, plantado viñedos y campos de cereal, instalado una fábrica de lana y algodón, y cada día eran más ricos. En 1825 vendieron toda su colonia por doscientos mil táleros al señor Robert Owen5 y se fueron por tercera vez a la selva. Esta vez se establecieron a orillas del gran río Ohio y construyeron la ciudad de Economy, que es más grande y más bonita que cualquiera de las que habitaron antes. En el año 1831 llegó a América el conde León con un grupo de unos treinta alemanes para unirse a ellos.6 Recibieron de buen grado a los recién llegados; pero el conde incitó a una parte de los miembros contra Rapp, por lo que en una asamblea de toda la comunidad se decidió que León y los suyos debían marcharse. Los que se quedaron pagaron a los descontentos más de ciento veinte mil táleros, y con ese dinero León fundó una segunda colonia, que fracasó por su mala administración; sus miembros se dispersaron, y el conde León murió poco después como un vagabundo en Texas. La colonia de Rapp, en cambio, florece hasta el día de hoy. Sobre su situación actual informa el ya mencionado viajero Finch:

«La ciudad de Economy consta de tres calles largas y anchas, cortadas por cinco transversales igual de anchas; tiene una iglesia, una posada, una fábrica de lana, de algodón y de seda, un establecimiento para la cría de gusanos de seda, almacenes públicos para uso de los miembros y para la venta a forasteros, un gabinete de historia natural, talleres para los distintos oficios, edificios de labranza y casas grandes y hermosas para las distintas familias, con un gran jardín junto a cada casa. Las tierras de labor que le pertenecen tienen cerca de dos horas de largo y un cuarto de hora de ancho, y comprenden grandes viñedos y un huerto de treinta y siete acres, además de tierras de labor y prados. El número de miembros es de cerca de cuatrocientos cincuenta, todos bien vestidos, bien alimentados y magníficamente alojados; gente alegre, contenta, feliz y virtuosa, que desde hace muchos años no conoce la escasez.

»También ellos estuvieron durante un tiempo muy prevenidos contra el matrimonio, pero ahora se casan y tienen familia, y desean mucho aumentar el número de miembros si se les ofreciera gente adecuada. Su religión es el Nuevo Testamento, pero no tienen ninguna confesión de fe particular y dejan a cada uno su propia opinión, mientras deje en paz a los demás y no promueva disputas por cuestiones de fe. Se llaman a sí mismos harmonistas. No tienen clérigos pagados; el señor Rapp, que tiene más de ochenta años, es a la vez ministro, administrador y árbitro. Les gusta la música y a veces dan conciertos y veladas musicales. La cosecha se empezó la víspera de mi llegada con un gran concierto en los campos. En sus escuelas se enseña a leer, escribir, contar y lenguas, pero ninguna ciencia, exactamente como entre los shakers. Trabajan mucho más de lo que necesitan, a saber, en invierno y en verano, desde la salida hasta la puesta del sol; todos trabajan, y los que en invierno no encuentran sitio en las fábricas encuentran trabajo en la trilla, el cuidado del ganado, etc. Tienen 75 vacas lecheras, grandes rebaños de ovejas, muchos caballos, cerdos y aves, y de lo que han ahorrado tienen grandes sumas prestadas a comerciantes y cambistas; y aunque por quiebras han perdido una parte considerable de esos créditos, todavía tienen una cantidad de dinero inútil que crece cada año.

»Su empeño fue desde el principio hacer ellos mismos todo lo que necesitaban, para tener que comprar a otros lo menos posible y acabar haciendo más de lo que necesitaban; más tarde trajeron un rebaño de cien ovejas españolas para mejorar la cría de ganado lanar, por el que pagaron quince mil táleros. Estuvieron entre los primeros que empezaron a fabricar en América géneros de lana. Luego empezaron a plantar viñedos, a cultivar lino, a levantar una fábrica de algodón y a dedicarse a la cría de gusanos de seda y a la elaboración de la seda. Pero en todo procuran primero proveerse a sí mismos con abundancia antes de vender nada.

»Viven en familias de veinte a cuarenta personas, cada una de las cuales tiene casa y economía propias. Todo lo que necesita, la familia lo recibe de los almacenes comunes. Tienen abundancia para todos, y todos reciben gratuitamente tanto como desean. Cuando necesitan ropa, van al maestro sastre, a la costurera o al zapatero y se la hacen a su gusto. La carne y los demás alimentos se reparten a cada familia según el número de sus miembros, y lo tienen todo en abundancia y hasta de sobra.»

Otra comunidad que vive en comunidad de bienes se ha establecido en Zoar, en el estado de Ohio. También esta gente son separatistas de Wurtemberg, que se separaron de la Iglesia luterana al mismo tiempo que Rapp y que, después de haber sido perseguidos durante diez años por esta y por el gobierno, emigraron igualmente.7 Eran muy pobres y solo pudieron llegar a su destino con la ayuda de cuáqueros filantrópicos de Londres y de América. Llegaron a Filadelfia en el otoño de 1817 bajo la dirección de su pastor Bäumler y compraron a un cuáquero el terreno que todavía poseen, que tiene siete mil acres. El precio de compra, de cerca de seis mil táleros, debía pagarse poco a poco. Cuando llegaron al lugar y contaron su dinero, encontraron que a cada uno le tocaban justo seis táleros. Eso era todo; del precio de compra del terreno no se había pagado todavía ni un céntimo, y con esos pocos táleros tenían que comprar semilla, aperos y víveres hasta la siguiente cosecha. Encontraron un bosque con un par de cabañas de troncos, que tenían que desbrozar; pero se pusieron a trabajar con brío, pronto dejaron sus campos en estado de cultivo y ya al año siguiente construyeron un molino de grano. Al principio dividieron su tierra en parcelas más pequeñas, cada una de las cuales la cultivaba una familia por su propia cuenta y como su propiedad privada. Pero pronto vieron que así no se podía, porque, como cada uno trabajaba solo para sí, no podían talar y roturar los bosques con suficiente rapidez, no podían en general ayudarse bien unos a otros, y así muchos cayeron en deudas y estuvieron en peligro de quedar en la ruina. Al cabo de año y medio, pues, en abril de 1819, se unieron en una comunidad de bienes, redactaron una constitución y eligieron por unanimidad director a su pastor Bäumler. Pagaron entonces todas las deudas de los miembros, obtuvieron dos años de plazo para el precio de compra del terreno y trabajaron con doble celo y fuerzas unidas. Con esta nueva organización les fue tan bien que cuatro años antes del plazo convenido ya habían pagado, con intereses, todo el precio de compra de sus tierras; y cómo les va en lo demás lo mostrará la siguiente descripción de dos testigos oculares:

Un comerciante americano que va muy a menudo a Zoar describe este lugar como un modelo perfecto de limpieza, orden y belleza, con una magnífica posada, un palacio como vivienda del viejo Bäumler, un hermoso jardín público de dos acres con un gran invernadero y casas y jardines bonitos y bien construidos. Describe a la gente como muy feliz y contenta, trabajadora y ordenada. Su descripción se publicó en el periódico de Pittsburg (Ohio) (Pittsburg Daily Advocate and Advertiser, 17 de julio de 1843).8

El repetidamente citado Finch declara que esta comunidad es la mejor organizada de todas las que viven en comunidad de bienes en América. Da una larga relación de sus riquezas y cuenta que tienen una hilatura de lino y una fábrica de lana, una curtiduría, fundiciones de hierro, dos molinos de grano, dos aserraderos, dos trilladoras y multitud de talleres para todos los oficios posibles. Dice además que sus tierras de labor están mejor cultivadas que cualquier otra que haya visto en América. El Pfennig-Magazin9 calcula los bienes de los separatistas en ciento setenta o ciento ochenta mil táleros, todos ganados en veinticinco años, puesto que no empezaron con nada más que seis táleros por cabeza. Son unos doscientos. También ellos prohibieron durante un tiempo el matrimonio, pero, como los rappistas, han renunciado a ello y ahora se casan.

Finch da una copia de la constitución de estos separatistas, que en lo esencial consiste en lo siguiente:

Todos los funcionarios de la sociedad son elegidos, y precisamente por todos sus miembros mayores de veintiún años y de entre ellos mismos. Estos funcionarios son:

  1. Tres administradores, de los que cada año se elige uno nuevo y a los que la sociedad puede destituir en cualquier momento. Administran todos los bienes de la sociedad y proveen a los miembros de lo necesario para la vida, vivienda, vestido y alimento, tan bien como lo permiten las circunstancias y sin acepción de personas. Nombran subadministradores para las distintas ramas de trabajo, resuelven las pequeñas disputas y pueden, junto con el consejo de la sociedad, dictar nuevas reglas, que nunca pueden contradecir la constitución.

  2. El director, que permanece en su cargo mientras goce de la confianza de la sociedad y dirige todos los asuntos como funcionario supremo. Tiene derecho a comprar y vender y a cerrar contratos, pero en todos los asuntos importantes solo puede actuar con el consentimiento de los tres administradores.

  3. El consejo de la sociedad, que consta de cinco miembros, de los que cada año sale uno, y que posee el poder supremo en la sociedad, dicta leyes junto con los administradores y el director, vigila a los demás funcionarios y resuelve las disputas cuando las partes no están contentas con la decisión de los administradores; y

  4. el tesorero, que es elegido por cuatro años y que es el único de todos los miembros y funcionarios que tiene derecho a guardar dinero.

Por lo demás, la constitución dispone que se establezca un centro de enseñanza; que todos los miembros den para siempre todos sus bienes a la comunidad y no puedan nunca reclamarlos; que los nuevos miembros solo se admitan después de haber vivido un año con la sociedad y si tienen a su favor los votos de todos los miembros; y que la constitución solo pueda modificarse si dos tercios de los miembros están a favor.

Estas descripciones podrían ampliarse fácilmente mucho más, porque casi todos los viajeros que van al interior de América visitan una u otra de las colonias mencionadas, y casi todos los libros de viajes las describen. Pero tampoco ni uno solo de ellos ha podido decir nada malo de esta gente; al contrario, todos no han encontrado sino motivos de elogio y a lo sumo pueden censurar los prejuicios religiosos, sobre todo de los shakers, que evidentemente no tienen nada que ver con la doctrina de la comunidad de bienes. Así, podría citar todavía las obras de miss Martineau, de los señores Melish y Buckingham y de muchos otros;10 pero como en lo que antecede ya se ha dicho bastante, y todos cuentan lo mismo, no es necesario.

El éxito de que gozan los shakers, los harmonistas y los separatistas, así como la necesidad general de un nuevo orden de la sociedad humana y los esfuerzos de los socialistas y comunistas nacidos de ella, han movido a muchas otras personas en América a hacer en los últimos años ensayos parecidos. Así, el señor Ginal, un predicador alemán de Filadelfia, ha formado una sociedad que ha comprado 37.000 acres de bosque en el estado de Filadelfia,11 ha levantado allí más de ochenta casas y ha establecido ya a unas quinientas personas, alemanes en su mayoría. Tienen una gran curtiduría y una alfarería, muchos talleres y almacenes, y les va muy bien. Que viven en comunidad de bienes se sobrentiende, como en todos los ejemplos siguientes. Un señor Hizby, fabricante de hierro de Pittsburg (Ohio), ha fundado en su ciudad natal una sociedad parecida, que el año pasado compró unos 4.000 acres de tierra cerca de aquella ciudad y tiene la intención de establecer en ella una colonia con comunidad de bienes. Existe además una colonia de este tipo en el estado de Nueva York, en Skaneateles, que empezó A. Collins, un socialista inglés, en la primavera de 1843,12 con treinta miembros; luego en Minden, en el estado de Massachusetts, donde desde 1842 se han establecido unas cien personas; luego dos en el condado de Pike, en el estado de Pensilvania, fundadas igualmente hace poco; luego una en Brook Farm, Massachusetts, donde cincuenta miembros y treinta alumnos viven en unos doscientos acres y han establecido una escuela excelente bajo la dirección del predicador unitario G. Ripley;13 además, una en Northampton, en el mismo estado, que existe desde 1842 y ocupa a ciento veinte miembros, en quinientos acres de tierra, en la agricultura, la ganadería, los aserraderos, las fábricas de seda y el tinte; y por último una colonia de socialistas ingleses emigrados en Equality, cerca de Milwaukee, en el estado de Wisconsin, que empezó el año pasado Thomas Hunt y avanza rápidamente. Además de estas, se dice que se han fundado recientemente varias comunidades más, de las que todavía no se tienen noticias. Lo que sí es seguro es que los americanos, y en especial los obreros pobres de las grandes ciudades, Nueva York, Filadelfia, Boston, etc., se han tomado el asunto a pecho y han fundado muchas sociedades para crear colonias de este tipo, y que a cada momento se establecen nuevas comunidades. Los americanos están cansados de seguir siendo los siervos de los pocos ricos que viven del trabajo del pueblo; y dada la gran actividad y la tenacidad de esta nación, es evidente que la comunidad de bienes se habrá implantado pronto en una parte considerable de su país.

Pero no solo en América, también en Inglaterra se ha intentado llevar a la práctica la comunidad de bienes. Aquí el filántropo Robert Owen ha predicado esta doctrina durante treinta años, ha invertido en ella toda su gran fortuna y ha dado lo último que tenía para fundar la colonia hoy existente de Harmony, en Hampshire. Después de que fundara con ese fin una sociedad, esta compró una finca de 1.200 acres y estableció en ella una comunidad según las propuestas de Owen. Cuenta ahora más de cien miembros, que viven juntos en un gran edificio y hasta ahora se han ocupado principalmente en el cultivo del campo. Como se quería organizarla desde el principio como un modelo perfecto del nuevo orden social, hacía falta un capital considerable, y hasta ahora se han invertido en ella cerca de doscientos mil táleros. Una parte de ese dinero se tomó prestado y había que devolverlo de tiempo en tiempo, de modo que de ahí nacieron muchas dificultades, y muchas instalaciones no pudieron terminarse y hacerse rentables por falta de dinero. Y como los miembros de la comunidad no eran los únicos propietarios de la colonia, sino que los gobernaba la dirección de la sociedad de los socialistas, a la que pertenece la colonia, también de ahí nacieron de vez en cuando malentendidos y descontento. Pero a pesar de todo el asunto sigue adelante, los miembros se entienden entre sí, según el testimonio de todos los visitantes, de la mejor manera, se ayudan mutuamente a salir adelante, y pese a todas las dificultades la existencia de la colonia está ahora asegurada. Lo principal es que todas las dificultades no nacen de la comunidad, sino de que la comunidad no está todavía plenamente realizada. Porque si lo estuviera, los miembros no tendrían que emplear todas sus ganancias en pagar intereses y dinero prestado, sino que podrían completar con ellas la colonia y explotarla mejor; y entonces elegirían también ellos mismos su administración y no dependerían siempre de la dirección de la sociedad.

De la colonia misma da la siguiente descripción un economista práctico que recorrió toda Inglaterra para informarse del estado de la agricultura e informar de ello, con la firma «Uno que ha silbado tras el arado», en el periódico londinense Morning Chronicle (Morning Chronicle, 13 de diciembre de 1842).14

Después de atravesar una comarca muy mal cultivada, cubierta más de malas hierbas que de grano, oyó por primera vez en su vida, en un pueblo cercano, algo sobre los socialistas de Harmony. Un hombre acomodado del lugar le contó que cultivaban una gran finca, y que la cultivaban muy bien; que todos los rumores mentirosos que se difundían sobre ellos no eran ciertos; que sería un gran honor para la parroquia si solo la mitad de sus habitantes quisieran comportarse tan decentemente como esos socialistas, y que sería igualmente de desear que los terratenientes de los alrededores dieran a los pobres tanto trabajo y tan ventajoso como aquella gente. Tenían sus propias opiniones sobre la propiedad, pero con todo se comportaban muy bien y daban buen ejemplo a toda la comarca. Y añadió: Sus opiniones religiosas son diversas: unos van a esta iglesia, otros a aquella, y nunca hablan de religión ni de política con la gente del pueblo. A mí, al preguntarles, me contestaron dos de ellos que entre ellos no había ninguna opinión religiosa determinada y que cada uno podía creer lo que quisiera. Todos nos quedamos muy consternados cuando supimos que venían aquí; pero ahora vemos que son muy buenos vecinos, dan a nuestra gente un buen ejemplo de moralidad, emplean a muchos de nuestros pobres, y como nunca intentan inculcarnos sus opiniones, no tenemos ningún motivo para estar descontentos de ellos. Todos se distinguen por un comportamiento decente y bien educado, y nadie aquí en la comarca se atreve a decir nada contra su conducta moral.

Nuestro informante oyó lo mismo de otras personas y fue luego a Harmony. Después de atravesar de nuevo campos mal cultivados, dio con un campo de nabos muy bien llevado, con una cosecha abundante y hermosa, y dijo a su amigo, un arrendatario de la comarca: Si estos son nabos socialistas, la cosa promete. Poco después les salieron al paso setecientas ovejas socialistas, igualmente magníficas, y llegaron luego al gran edificio de viviendas, de buen gusto y sólido. Todo estaba, sin embargo, aún sin terminar: ladrillos y madera de construcción, muros a medio hacer y tierra sin cavar. Entraron, fueron recibidos con cortesía y amabilidad y les enseñaron el edificio. En la planta baja había un gran comedor y la cocina, desde la cual una máquina llevaba las fuentes llenas al comedor y devolvía las vacías a la cocina. Algunos niños enseñaron a los forasteros esa máquina y se distinguían por su ropa limpia y pulcra, su aspecto sano y su comportamiento decente. Las mujeres de la cocina tenían igualmente un aspecto muy limpio y decente, y el visitante se asombró mucho de que, entre toda aquella vajilla sin fregar —acababa de terminar la comida—, pudieran tener todavía un aspecto tan pulcro y limpio. La cocina misma estaba instalada de un modo hermoso por encima de toda descripción, y el arquitecto londinense que la había hecho declaraba que en el propio Londres muy pocas cocinas estaban instaladas de forma tan completa y costosa, observación con la que coincide nuestro visitante. Junto a la cocina había cómodos lavaderos, baños, sótanos y cuartos aparte donde cada miembro podía lavarse al volver del trabajo.

En el piso siguiente había un gran salón de baile y, encima, los dormitorios, todos instalados con mucha comodidad.

El jardín, de veintisiete acres, estaba en el mejor orden, y en general se notaba una gran actividad por todas partes. Se hacían ladrillos, se quemaba cal, se construía y se abrían caminos; ya se habían sembrado cien acres de trigo, y aún se iban a preparar más campos de trigo; se estaba haciendo un estanque para recoger el abono líquido, y del bosquecillo que había en la finca se recogía la tierra vegetal para abonar; en suma, se hacía todo para elevar la fertilidad del suelo.

Nuestro visitante concluye:

«Creo que su finca vale por término medio un arrendamiento anual de tres libras (veintiún táleros) por acre, y no pagan más que quince chelines (cinco táleros). Han hecho un negocio excelente, con tal de que la administren con sensatez, y dígase lo que se quiera de sus casas sociales, hay que reconocer que cultivan su finca de un modo excelente.»

Añadamos a esta descripción algo sobre la organización interna de esta comunidad. Los miembros viven juntos en una casa grande, y cada uno tiene su propio dormitorio, instalado con la mayor comodidad; la economía doméstica la llevan para todos juntos una parte de las mujeres, con lo que, naturalmente, se ahorran muchísimos gastos, tiempo y esfuerzo que se perderían en muchos hogares pequeños, y se logran muchas comodidades que en las economías pequeñas no son en absoluto posibles. Así, el fuego de la cocina calienta a la vez con aire caliente todas las habitaciones de la casa, y por tuberías llega agua caliente y fría a cada habitación, y otras comodidades y ventajas por el estilo que solo pueden darse en una instalación común. Los niños van a la escuela que está unida a la colonia y allí se educan a costa de todos. Los padres pueden verlos cuando quieren, y la educación está pensada tanto para la formación física como para la intelectual y para la vida en común. A los niños no se les atormenta con disputas religiosas y teológicas, ni con griego y latín; en cambio aprenden tanto mejor a conocer la naturaleza, su propio cuerpo y sus facultades intelectuales, y se reponen en los campos del poco tiempo que se les obliga a estar sentados; porque la escuela se da tan a menudo al aire libre como en locales cerrados, y el trabajo forma parte de la educación. La educación moral se limita a la aplicación de un solo principio: No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti; es decir, a la realización de la perfecta igualdad y del amor fraterno.

La colonia está, como se ha dicho, bajo la dirección del presidente y de la junta directiva de la sociedad de los socialistas; esta junta la elige cada año el congreso, al que cada sociedad filial envía un miembro, y tiene plenos poderes dentro de los estatutos de la sociedad, con responsabilidad ante el congreso.15 La comunidad la gobiernan, pues, personas que viven fuera de ella, y así no pueden faltar malentendidos y roces; sin embargo, aun si el ensayo de Harmony fracasara por esto y por los apuros de dinero, de lo que no hay ninguna perspectiva, eso no sería sino una razón más a favor de la comunidad de bienes, puesto que estas dos dificultades solo tienen su causa en que la comunidad no está todavía plenamente realizada. Pero a pesar de todo la existencia de la colonia está asegurada, y aunque no pueda avanzar y completarse con tanta rapidez, los adversarios de la comunidad no vivirán el triunfo de verla hundirse.

Vemos, pues, que la comunidad de bienes no es en absoluto algo imposible, sino que, al contrario, todos estos ensayos han tenido un éxito completo. Vemos también que la gente que vive en comunidad vive mejor con menos trabajo, tiene más tiempo libre para cultivar su espíritu, y que son personas mejores y más morales que sus vecinos, que han conservado la propiedad. Todo esto lo han comprendido ya los americanos, los ingleses, los franceses y los belgas, así como multitud de alemanes. En todos los países hay cierto número de personas que se ocupan de difundir esta doctrina y han tomado partido por la comunidad.

Si este asunto es importante para todos, lo es muy especialmente para los obreros pobres, que no poseen nada, que mañana se comen el salario que han ganado hoy y que en cualquier momento pueden quedarse sin pan por accidentes imprevistos e inevitables. A estos se les ofrece aquí la perspectiva de una existencia independiente, segura y libre de preocupaciones, de una perfecta igualdad de derechos con quienes ahora, por su riqueza, pueden hacer del obrero su esclavo. A estos obreros es a quienes más les concierne el asunto. En otros países los obreros forman el núcleo del partido que exige la comunidad de bienes, y es deber también de los obreros alemanes tomarse el asunto seriamente a pecho.

Si los obreros están unidos entre sí, se mantienen juntos y persiguen un fin, son infinitamente más fuertes que los ricos. Y si además tienen ante los ojos un fin tan razonable y que quiere el bien de todos los hombres como la comunidad de bienes, se comprende por sí mismo que los mejores y más sensatos de entre los ricos se declaren de acuerdo con los obreros y los apoyen. Hay ya, en efecto, en todas las partes de Alemania gran cantidad de personas acomodadas e instruidas que se han declarado abiertamente por la comunidad de bienes y defienden las pretensiones del pueblo sobre los bienes de esta tierra, acaparados por la clase rica.

  1. Los shakers («tembladores»), nombre popular de la Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Venida de Cristo, secta nacida en Inglaterra y llevada a América en 1774 por Ann Lee; sus primeras comunidades se organizaron a finales de la década de 1780. ↩

  2. John Finch (1784-1857), owenista de Liverpool, que viajó por Estados Unidos en 1843 y publicó sus cartas de viaje en el New Moral World. ↩

  3. Lawrence Pitkeithly, cartista de Huddersfield, que viajó a Estados Unidos en 1842. ↩

  4. Johann Georg Rapp (1757-1847), tejedor y predicador pietista de Wurtemberg, fundador de la Harmony Society: Harmony (Pensilvania), New Harmony (Indiana) y Economy (Pensilvania), a orillas del Ohio. ↩

  5. Robert Owen (1771-1858) compró New Harmony para fundar en ella una colonia comunista, que se deshizo en 1827. ↩

  6. Bernhard Müller, que se hacía llamar conde de León; tras la escisión de 1832 fundó con sus partidarios una colonia en Phillipsburg (Pensilvania) y luego otra en Luisiana, donde murió en 1834. ↩

  7. La Sociedad de Separatistas de Zoar, dirigida por Joseph Bäumeler o Bimeler (hacia 1778-1853). ↩

  8. Pittsburgh está en realidad en Pensilvania, no en Ohio. ↩

  9. Das Pfennig-Magazin, semanario ilustrado de divulgación que se publicaba en Leipzig desde 1833. ↩

  10. Harriet Martineau, Society in America (1837); John Melish, Travels in the United States of America (1812); James Silk Buckingham, America, Historical, Statistic, and Descriptive (1841). ↩

  11. Así en el original: Engels confunde la ciudad con el estado, Pensilvania. ↩

  12. La primera edición dice «1813», errata evidente que corrige la edición de las Werke. John A. Collins, el fundador de la comunidad de Skaneateles, era en realidad un abolicionista norteamericano. ↩

  13. George Ripley (1802-1880), predicador unitario y escritor trascendentalista, fundó Brook Farm en 1841. ↩

  14. El periodista Alexander Somerville (1811-1885), que escribía con ese seudónimo en el Morning Chronicle. ↩

  15. La organización nacional de los owenistas, llamada desde 1842 Rational Society, que celebraba un congreso anual. ↩