Manuscrito de Karl Marx, escrito en París en 1844 en un pliego (el cuarto de los manuscritos de París) cosido dentro del tercero de los Manuscritos económico-filosóficos. Marx usó la edición de Johannes Schulze de la Fenomenología del espíritu (Hegel, Werke, tomo II, Berlín, 1832 o 1841), capítulo VIII, «El saber absoluto», pp. 574-591: lo que sigue es en gran parte el texto de Hegel abreviado o resumido por Marx, con algunas observaciones suyas. Publicado por primera vez en la Marx-Engels-Gesamtausgabe, sección I, tomo 3 (Berlín, 1932), pp. 592-596, de donde se traduce, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
[Extracto del último capítulo de la Fenomenología del espíritu de Hegel]
En la Fenomenología, el saber absoluto llegado a ser se describe, pues, así:
En la religión revelada, la autoconciencia efectiva del espíritu no es todavía el objeto de su conciencia; él y sus momentos caen en el representar y en la forma de la objetividad. El contenido del representar es el espíritu absoluto: se trata todavía de superar esta mera forma.
Esta superación del objeto de la conciencia ... no es solo lo unilateral de que el objeto se muestre como retornando al sí mismo, sino, de manera más determinada, de modo ... que no solo se le presenta, en cuanto tal, como algo que desaparece, sino que, más aún, es la enajenación de la autoconciencia la que pone la coseidad, y esta enajenación no tiene solo significado negativo, sino también positivo, y no solo para nosotros o en sí, sino para ella misma. Para ella, lo negativo del objeto o su superarse a sí mismo tiene el significado positivo, o ella sabe la nulidad del objeto, por una parte, porque se enajena a sí misma; pues en esta enajenación se pone a sí misma como objeto, o pone el objeto, en virtud de la inseparable unidad del ser para sí, como a sí misma. ... Por otra parte, va implícito aquí al mismo tiempo este otro momento: que ha superado y recuperado en sí igualmente esta enajenación y objetividad, y que, por tanto, está en su ser otro como tal cabe sí misma ...
Este es el movimiento de la conciencia, y en él la conciencia es la totalidad de sus momentos ... Tiene que comportarse igualmente con el objeto según la totalidad de sus determinaciones, y haberlo aprehendido así según cada una de ellas. Esta totalidad de sus determinaciones hace del objeto en sí una esencia espiritual, y para la conciencia llega a serlo en verdad por la aprehensión de cada una de ellas como del sí mismo, o por el comportamiento espiritual hacia ellas que acabamos de nombrar.
El objeto, por tanto, es en parte ser inmediato o una cosa en general —lo que corresponde a la conciencia inmediata—; en parte un devenir otro de sí mismo, su relación o ser para otro y ser para sí, la determinidad —lo que corresponde a la percepción—; en parte esencia o como universal —lo que corresponde al entendimiento—. (Ser, esencia, concepto: universalidad, particularidad, singularidad; posición, negación, negación de la negación; oposición simple, decidida, superada. Inmediatez. Mediación. Mediación que se supera a sí misma. Estar cabe sí. Enajenación. Retorno de la enajenación a sí. En sí. Para sí. En y para sí. Unidad. Diferencia. Autodiferenciación. Identidad. Negación. Negatividad. Lógica. Naturaleza. Espíritu. Conciencia pura. Conciencia. Autoconciencia. Concepto. Juicio. Silogismo.)1 Como todo, es el silogismo o el movimiento de lo universal, a través de la determinación, hacia la singularidad, así como el inverso, de la singularidad, a través de ella como singularidad superada, o de la determinación, hacia lo universal. — Según estas tres determinaciones, pues, la conciencia tiene que saberlo como a sí misma. Pero este no es el saber como puro concebir del objeto, del que aquí se trata, sino que este saber solo ha de mostrarse en su devenir o en sus momentos por el lado que pertenece a la conciencia como tal, y los momentos del concepto propiamente dicho o del saber puro, en la forma de figuras de la conciencia. Por eso, el objeto no aparece todavía en la conciencia como la esencialidad espiritual, tal como nosotros la hemos expresado, y su comportamiento hacia él no es la consideración del objeto en esta totalidad como tal, ni en su pura forma conceptual, sino en parte figura de la conciencia en general, en parte un número de tales figuras que nosotros reunimos y en las que la totalidad de los momentos del objeto y del comportamiento de la conciencia solo puede mostrarse disuelta en sus momentos.
Respecto del objeto, en cuanto es inmediato, un ser indiferente (sic)2, vimos a la razón observadora buscarse y encontrarse a sí misma en esta cosa indiferente, es decir, ser consciente de su hacer como de un hacer igualmente exterior, del mismo modo que solo es consciente del objeto como de un objeto inmediato ... en su cúspide enuncia su determinación en el juicio infinito de que el ser del yo es una cosa. Y, por cierto, una cosa sensible inmediata; cuando al yo se le llama alma, se lo representa también, es cierto, como cosa, pero como una cosa invisible, impalpable; de hecho, pues, no como ser inmediato, que es lo que se entiende por una cosa. Aquel juicio sin espíritu es, en cambio, por su concepto, lo más rico en espíritu3. Veamos ahora cómo se expresa su interior. La cosa es yo; es decir, la cosa superada; no es nada en sí; solo tiene significado en la relación, solo por el yo y su referencia a ella. — Este momento se ha dado para la conciencia de la pura intelección y de la Ilustración. Las cosas son pura y simplemente útiles y solo han de considerarse según su utilidad ... La autoconciencia cultivada, que ha recorrido el mundo del espíritu extrañado de sí, ha producido por su enajenación la cosa como a sí misma, se conserva todavía, por tanto, en ella, y sabe la falta de independencia de la cosa, o que la cosa es esencialmente solo ser para otro; o, expresada completamente la relación, es decir, lo único que constituye aquí la naturaleza del objeto, la cosa vale para ella como algo que es para sí, enuncia la certeza sensible como verdad absoluta, pero este ser para sí mismo como momento que solo desaparece y pasa a su contrario, al ser para otro abandonado. — Pero con esto no se ha completado aún el saber de la cosa; esta tiene que ser sabida no solo según la inmediatez del ser y según la determinidad, sino también como esencia o interior, como el sí mismo. Esto se da en la autoconciencia moral. Esta sabe su saber como la esencialidad absoluta, o el ser pura y simplemente como la voluntad o el saber puros; no es nada más que esta voluntad y este saber; a lo otro solo le corresponde un ser inesencial, es decir, no que sea en sí, solo su cáscara vacía. En la medida en que la conciencia moral deja salir de sí misma la existencia en su representación del mundo, la recupera igualmente en sí. Como conciencia moral4 ya no es este todavía alternante poner y desplazar la existencia y el sí mismo, sino que sabe que su existencia como tal es esta pura certeza de sí misma; el elemento objetivo en el que se expone hacia fuera al actuar no es otra cosa que el puro saber del sí mismo acerca de sí.
Estos son los momentos de los que se compone la reconciliación del espíritu con su conciencia propiamente dicha; por sí, son singulares, y solo su unidad espiritual es la que constituye la fuerza de esta reconciliación. El último de estos momentos es esta unidad misma, y los une de hecho a todos en sí. El espíritu cierto de sí mismo en su existencia no tiene por elemento de la existencia otra cosa que este saber de sí; el declarar que lo que hace lo hace por convicción del deber, este lenguaje suyo es el valer (dinero) de su actuar5. — El actuar es la primera separación que es en sí de la simplicidad del concepto y el retorno desde esta separación. Este primer movimiento se convierte en el segundo, en cuanto el elemento del reconocimiento se pone como saber simple del deber frente a la diferencia y la escisión que hay en el actuar como tal y que de este modo forma una férrea realidad frente al actuar. En el perdón vimos cómo esta dureza desiste de sí misma y se enajena. La realidad no tiene, pues, aquí para la autoconciencia, tanto en cuanto existencia inmediata, otro significado que el de ser el saber puro; — igualmente en cuanto existencia determinada o en cuanto relación, lo que se enfrenta es un saber, en parte de este sí mismo puramente singular, en parte del saber como universal. Con ello queda puesto al mismo tiempo que el tercer momento, la universalidad o la esencia, solo vale como saber para cada uno de los dos que se enfrentan; y también superan por último la oposición vacía que aún queda, y son el saber del yo = yo, este sí mismo singular que es inmediatamente saber puro o universal.
Reconciliación de la conciencia con la autoconciencia lograda, por tanto, de doble manera: 1) en el espíritu religioso; 2) en la conciencia misma como tal. 1) Reconciliación en la forma del ser en sí; 2) en la forma del ser para sí. Tal como se las ha considerado, caen la una fuera de la otra. Hay que mostrar ahora la unificación de ambos lados: 1) espíritu en sí, contenido absoluto; 2) para sí, forma sin contenido, o según el lado de la autoconciencia; 3) el espíritu en y para sí.
- Esta unificación se da en la religión como retorno de la representación a la autoconciencia, pero no en la forma propiamente dicha, pues el lado religioso es el lado del en sí, que se enfrenta al movimiento de la autoconciencia. La unificación pertenece al otro lado, que en la oposición es el lado de la reflexión en sí, o sea, el que contiene, para sí, a sí mismo y a su contrario, desarrollado o diferenciado. El contenido, así como el otro lado del espíritu en cuanto otro, está presente en su integridad y ha sido mostrado; la unificación que aún falta es la unidad simple del concepto. — Este es, como figura particular de la conciencia, el alma bella, la figura del espíritu cierto de sí mismo que se queda en su concepto. En cuanto se aferra a sí mismo en oposición a su realización, es la figura unilateral, desaparición en vapor vacío; pero también enajenación positiva y movimiento hacia adelante. Mediante esta realización se supera la determinidad del concepto frente a su cumplimiento; su autoconciencia gana la forma de la universalidad. El verdadero concepto, el saber del saber puro como esencia, que es este saber, esta pura autoconciencia, que es, por tanto, al mismo tiempo verdadero objeto, pues es el sí mismo que es para sí.
El cumplimiento de este concepto, en parte en el espíritu que actúa, en parte en la religión ... En aquella primera figura, la forma es el propio sí mismo, pues contiene al espíritu que actúa cierto de sí mismo; el sí mismo lleva a término la vida del espíritu absoluto. Esta figura es aquel concepto simple que, sin embargo, abandona su esencia eterna, está ahí o actúa. El escindirse o surgir lo tiene en la pureza del concepto, pues esta es la abstracción absoluta o negatividad. Igualmente, el elemento del ser o de su realidad lo tiene en él mismo, pues es la inmediatez simple, que es tanto ser y existencia como esencia: aquel, el pensar negativo; esta, el pensar positivo mismo. Hegel desarrolla después el aburrido proceso del alma bella, cuyo resultado es la pura universalidad del saber, que es autoconciencia. — El concepto lleva consigo que el contenido sea el hacer propio del sí mismo; pues este concepto es el saber del hacer del sí mismo dentro de sí como de toda esencialidad y de toda existencia, el saber de este sujeto como de la sustancia, y de la sustancia como de este saber de su hacer.
- El espíritu que se sabe en su figura de espíritu, el saber que concibe. La verdad no es solo en sí igual a la certeza, sino que tiene también la figura de la certeza de sí mismo, o es en su existencia, es decir, para el espíritu que sabe, en la forma del saber de sí mismo. La verdad es el contenido, que en la religión es todavía desigual a su certeza. Pero esta igualdad está en que el contenido ha recibido la figura del sí mismo. Con ello se ha convertido en elemento de la existencia o en forma de la objetividad para la conciencia lo que es la esencia misma: el concepto. El espíritu que aparece a la conciencia en este elemento, o, lo que es lo mismo, producido por ella en él, es la ciencia. Es el puro ser para sí de la autoconciencia; es el yo, que es este y ningún otro yo, y que es igualmente, de manera inmediata, yo universal mediado o superado. Tiene un contenido que diferencia de sí; pues es la pura negatividad o el escindirse; es conciencia. Este contenido es, en su diferencia misma, el yo, pues es el movimiento del superarse a sí mismo, o la misma pura negatividad que es el yo. El yo está en él, en cuanto diferenciado, reflejado en sí; el contenido solo está concebido porque el yo está cabe sí mismo en su ser otro.
Este contenido, indicado de manera más determinada, no es otra cosa que el movimiento que acabamos de expresar; pues es el espíritu que se recorre a sí mismo, y además para sí como espíritu, porque tiene la figura del concepto en su objetividad. En cuanto a la existencia de este concepto, la ciencia no aparece en el tiempo y en la realidad antes de que el espíritu haya llegado a esta conciencia sobre sí. Como el espíritu que sabe lo que es, no existe antes, ni en ninguna otra parte, que tras consumar el trabajo de domeñar su figura imperfecta, de procurarse para su conciencia la figura de su esencia y de igualar de este modo su autoconciencia con su conciencia. Véase la continuación, pp. 583 y ss.6 Oculto, el ser sin sí mismo; manifiesta para sí es solo la certeza de sí mismo. La relación del tiempo con la historia. El espíritu que concibe cancela el tiempo, experiencia y saber; transformación de la sustancia en sujeto, del objeto de la conciencia en objeto de la autoconciencia, es decir, en objeto igualmente superado, o concepto. Solo como este devenir reflejado en sí mismo es en verdad el espíritu. «Por tanto, en cuanto el espíritu es necesariamente este diferenciar en sí, su todo, intuido, se enfrenta a su autoconciencia simple, y como aquel es lo diferenciado, está diferenciado en su puro concepto intuido, en el tiempo, y en el contenido, o el en sí; la sustancia tiene, como sujeto, la necesidad, primero interior, de presentarse en ella misma como lo que es en sí, como espíritu. La presentación objetiva consumada es al mismo tiempo, solo ella, la reflexión de esa presentación o el devenir de ella hacia el sí mismo. Por tanto, mientras el espíritu no se haya consumado en sí, como espíritu del mundo, no puede alcanzar su consumación como espíritu autoconsciente. Por eso el contenido de la religión expresa antes en el tiempo que la ciencia lo que el espíritu es; pero solo esta es su verdadero saber de sí mismo. ... El movimiento, la forma de su saber de sí [...]
El paréntesis es de Marx: un repertorio de las categorías de la Lógica y de la Enciclopedia de Hegel. Según los editores de la MEGA, el tramo que va de «Inmediatez» a «En y para sí» lo añadió después. ↩
Así en el texto de la MEGA; Hegel escribe «ein gleichgültiges Sein». Gleichgültig, «indiferente», es literalmente «de igual valor». Hegel se refiere a la sección «La razón observadora» del capítulo V de la Fenomenología. ↩
Juego de palabras de Hegel entre geistlos, «sin espíritu», y das Geistreichste, «lo más ingenioso», literalmente «lo más rico en espíritu». ↩
Gewissen: la conciencia moral en sentido estricto, distinta de Bewußtsein, la conciencia sin más, y de «la conciencia moral» (das moralische Bewußtsein) de la frase anterior. Hegel trata del Gewissen, del alma bella y del perdón en la última parte del capítulo VI de la Fenomenología. ↩
«das Gelten (Geld)»: el paréntesis lo añadió Marx, que pone al lado del valer (Gelten) del lenguaje de la convicción el dinero (Geld), de la misma raíz. ↩
Marx remite a las páginas de la edición de Schulze de la Fenomenología. ↩