Escritas por Karl Marx en París el 31 de julio de 1844 y publicadas en el Vorwärts! de París, números 63 y 64, del 7 y el 10 de agosto de 1844. Traducidas de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 392-409), cotejadas con la versión inglesa del Marxists' Internet Archive, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las de Marx. Texto original en alemán.
Vorwärts!, n.º 63, 7 de agosto de 1844
El número 60 del Vorwärts!1 contiene un artículo titulado «El rey de Prusia y la reforma social» y firmado «Un prusiano».23
Primero, el supuesto prusiano resume el contenido de la orden de gabinete del rey de Prusia sobre la sublevación obrera de Silesia4 y la opinión del periódico francés La Réforme5 sobre la orden de gabinete prusiana. La Réforme, dice, considera que la fuente de la orden de gabinete son el «espanto y el sentimiento religioso» del rey. Encuentra incluso en este documento el presentimiento de las grandes reformas que esperan a la sociedad civil. El «prusiano» alecciona a La Réforme como sigue:
«El rey y la sociedad alemana no ha llegado aún al “presentimiento de su reforma”,6 ni siquiera las sublevaciones de Silesia y de Bohemia7 han producido ese sentimiento. Es imposible hacer ver a un país apolítico como Alemania la miseria parcial de los distritos fabriles como un asunto general, y menos aún como un daño de todo el mundo civilizado. El suceso tiene para los alemanes el mismo carácter que una inundación o una hambruna local cualquiera. Por eso el rey lo toma como una deficiencia de la administración o de la beneficencia. Por este motivo, y porque unos pocos soldados bastaron para acabar con los débiles tejedores, la destrucción de las fábricas y de las máquinas tampoco infunde al rey y a las autoridades ningún “espanto”. Más aún, ni siquiera el sentimiento religioso dictó la orden de gabinete: es una expresión muy sobria del arte de gobernar cristiano y de una doctrina que no deja en pie ninguna dificultad ante su única medicina, los “buenos sentimientos de los corazones cristianos”. La pobreza y el crimen son dos grandes males; ¿quién puede curarlos? ¿El Estado y las autoridades? No, sino la unión de todos los corazones cristianos.»
El supuesto prusiano niega el «espanto» del rey, entre otras razones porque unos pocos soldados bastaron para acabar con los débiles tejedores.
¡Así que en un país donde banquetes con brindis liberales y espuma liberal de champán (recuérdese la fiesta de Düsseldorf)8 provocan una orden de gabinete del rey; donde no hizo falta ni un solo soldado para reprimir los apetitos de toda la burguesía liberal de libertad de prensa y constitución; en un país donde la obediencia pasiva está a la orden del día;9 en un país así, el empleo forzoso de la fuerza armada contra débiles tejedores no sería ningún acontecimiento, y no sería un acontecimiento aterrador! Y los débiles tejedores vencieron en el primer encuentro. Fueron sometidos por un número de tropas reforzado después. ¿Es menos peligrosa la sublevación de una masa de obreros porque no haga falta un ejército para sofocarla? Compare el listo prusiano la sublevación de los tejedores de Silesia con las sublevaciones obreras inglesas, y los tejedores silesios le parecerán tejedores fuertes.
A partir de la relación general de la política con los males sociales explicaremos por qué la sublevación de los tejedores no podía infundir al rey ningún «espanto» especial. Por ahora, solo esto: la sublevación no iba dirigida directamente contra el rey de Prusia, sino contra la burguesía. Como aristócrata y monarca absoluto, el rey de Prusia no puede amar a la burguesía; y menos aún puede asustarse si la sumisión y la impotencia de esta aumentan por una relación tensa y difícil con el proletariado. Además: el católico ortodoxo se enfrenta con más hostilidad al protestante ortodoxo que al ateo, como el legitimista se enfrenta con más hostilidad al liberal que al comunista. No porque el ateo y el comunista sean más afines al católico y al legitimista, sino porque le son más ajenos que el protestante y el liberal, porque están fuera de su círculo. El rey de Prusia, como político, tiene su opuesto inmediato en la política, en el liberalismo. Para el rey, la oposición del proletariado existe tan poco como el rey existe para el proletariado. El proletariado tendría que haber alcanzado ya un poder decidido para ahogar las antipatías, las oposiciones políticas, y atraer contra sí toda la hostilidad de la política. Por último: al conocido carácter del rey, ávido de lo interesante y de lo significativo, encontrar en su propio suelo ese pauperismo «interesante» y «tan comentado», y con él una ocasión para volver a hacer hablar de sí, tuvo que depararle incluso una sorpresa alegre y excitante. ¡Qué a gusto debió de sentirse al recibir la noticia de que ahora poseía un pauperismo regio prusiano «propio»!
Nuestro «prusiano» es todavía más desafortunado cuando niega el «sentimiento religioso» como fuente de la orden de gabinete real.
¿Por qué no es el sentimiento religioso la fuente de esta orden de gabinete? Porque es una «expresión muy sobria del arte de gobernar cristiano», una expresión «sobria» de la doctrina que «no deja en pie ninguna dificultad ante su única medicina, los buenos sentimientos de los corazones cristianos».
¿No es el sentimiento religioso la fuente del arte de gobernar cristiano? Una doctrina que tiene su remedio universal en los buenos sentimientos de los corazones cristianos, ¿no se basa en el sentimiento religioso? ¿Deja una expresión sobria del sentimiento religioso de ser una expresión del sentimiento religioso? ¡Más aún! Yo afirmo que es un sentimiento religioso muy pagado de sí mismo, muy ebrio, el que busca en la «unión de los corazones cristianos» la «curación de grandes males» que niega al «Estado y a la autoridad». Es un sentimiento religioso muy ebrio el que, según lo que concede el «prusiano», encuentra todo el mal en la falta de sentido cristiano y remite, por tanto, a las autoridades al único medio de fortalecer este sentido, a la «exhortación». El sentimiento cristiano es, según el «prusiano», el fin de la orden de gabinete. El sentimiento religioso, desde luego, cuando está ebrio, cuando no está sobrio, se tiene por el único bien. Donde ve males, los atribuye a su ausencia, pues si es el único bien, también es el único que puede producir el bien. La orden de gabinete dictada por el sentimiento religioso dicta, pues, consecuentemente, el sentimiento religioso. Un político de sentimiento religioso sobrio no buscaría en su «perplejidad» su «ayuda» en la «exhortación del piadoso predicador al sentimiento cristiano».
¿Cómo demuestra, pues, el supuesto prusiano a La Réforme que la orden de gabinete no es una emanación del sentimiento religioso? Describiendo en todas partes la orden de gabinete como una emanación del sentimiento religioso. ¿Cabe esperar de una cabeza tan ilógica una comprensión de los movimientos sociales? Oigamos lo que charla sobre la relación de la sociedad alemana con el movimiento obrero y con la reforma social en general.
Distingamos lo que el «prusiano» descuida, distingamos las distintas categorías que se han reunido bajo la expresión «sociedad alemana»: gobierno, burguesía, prensa y, por último, los propios obreros. Esas son las distintas masas de que aquí se trata. El «prusiano» reúne estas masas y las condena en masa desde su elevado punto de vista. La sociedad alemana, según él, «no ha llegado aún siquiera al presentimiento de su “reforma”».
¿Por qué le falta este instinto?
«En un país apolítico como Alemania», responde el prusiano, «es imposible hacer ver la miseria parcial de los distritos fabriles como un asunto general, y menos aún como un daño de todo el mundo civilizado. El suceso tiene para los alemanes el mismo carácter que una inundación o una hambruna local cualquiera. Por eso el rey lo toma como una deficiencia de la administración y de la beneficencia.»
El «prusiano» explica, pues, esta concepción equivocada de la miseria obrera por la peculiaridad de un país apolítico.
Se concederá: Inglaterra es un país político. Se concederá además: Inglaterra es el país del pauperismo; hasta la palabra es de origen inglés. El examen de Inglaterra es, pues, el experimento más seguro para conocer la relación de un país político con el pauperismo. En Inglaterra la miseria obrera no es parcial, sino universal; no se limita a los distritos fabriles, sino que se extiende a los distritos rurales. Los movimientos no están aquí naciendo: vuelven periódicamente desde hace casi un siglo.
¿Cómo concibe, pues, el pauperismo la burguesía inglesa, y el gobierno y la prensa ligados a ella?
En la medida en que la burguesía inglesa admite que el pauperismo es culpa de la política, el whig considera al tory, y el tory al whig, como la causa del pauperismo. Según el whig, el monopolio de la gran propiedad territorial y la legislación prohibitiva contra la importación de grano son la fuente principal del pauperismo. Según el tory, todo el mal está en el liberalismo, en la competencia, en el sistema fabril llevado demasiado lejos. Ninguno de los partidos encuentra la causa en la política en general, sino cada uno solo en la política del partido contrario; con una reforma de la sociedad no sueña ninguno de los dos.
La expresión más decidida de la comprensión inglesa del pauperismo (hablamos siempre de la comprensión de la burguesía y el gobierno ingleses) es la economía política inglesa, es decir, el reflejo científico de la situación económica inglesa.
Uno de los mejores y más célebres economistas ingleses, que conoce las circunstancias actuales y tiene que poseer una visión de conjunto del movimiento de la sociedad civil, un discípulo del cínico Ricardo, MacCulloch,10 se atreve todavía en una lección pública, y se atreve entre muestras de aplauso, a aplicar a la economía política lo que Bacon dice de la filosofía:
«El hombre que con sabiduría verdadera e infatigable suspende su juicio, avanza gradualmente y supera uno tras otro los obstáculos que, como montañas, detienen la marcha del estudio, alcanzará con el tiempo la cima de la ciencia, donde se goza de reposo y de un aire puro, donde la naturaleza se ofrece a la vista en toda su belleza, y desde donde, por un sendero de suave pendiente, se puede descender a los últimos detalles de la práctica.»
¡Buen aire puro, la atmósfera pestilente de los sótanos-vivienda ingleses! ¡Gran belleza natural, los fantásticos harapos de los pobres ingleses y la carne marchita y arrugada de las mujeres consumidas por el trabajo y la miseria; los niños tirados en el estiércol; los engendros que produce el exceso de trabajo en la mecánica monótona de las fábricas! Encantadores últimos detalles de la práctica: ¡la prostitución, el asesinato y la horca!
Incluso la parte de la burguesía inglesa que está penetrada del peligro del pauperismo concibe este peligro, y los medios de remediarlo, de una manera no solo particular, sino, por decirlo sin rodeos, pueril y necia.
Así, por ejemplo, el doctor Kay,11 en su folleto Recent measures for the promotion of education in England, lo reduce todo a la educación descuidada. ¡Adivínese por qué motivo! Por falta de educación, dice, el obrero no comprende las «leyes naturales del comercio», leyes que lo rebajan necesariamente al pauperismo. Por eso se rebela. Eso podría «estorbar la prosperidad de las manufacturas y del comercio ingleses, quebrantar la confianza mutua de los hombres de negocios, disminuir la estabilidad de las instituciones políticas y sociales».
Tan grande es la irreflexión de la burguesía inglesa y de su prensa sobre el pauperismo, sobre esta epidemia nacional de Inglaterra.
Supongamos, pues, que los reproches que nuestro «prusiano» dirige a la sociedad alemana estén fundados. ¿Está la causa en la situación apolítica de Alemania? Pero si la burguesía de la Alemania apolítica no sabe hacerse ver el significado general de una miseria parcial, la burguesía de la Inglaterra política, en cambio, sabe desconocer el significado general de una miseria universal, de una miseria que ha hecho visible su significado general, en parte por su retorno periódico en el tiempo, en parte por su extensión en el espacio y en parte por el fracaso de todos los intentos de remediarla.
El «prusiano» achaca además a la situación apolítica de Alemania que el rey de Prusia encuentre la causa del pauperismo en una deficiencia de la administración y de la beneficencia, y busque, por tanto, en medidas administrativas y de beneficencia los medios contra el pauperismo.
¿Es este modo de ver propio del rey de Prusia? Échese una rápida mirada a Inglaterra, el único país donde puede hablarse de una gran acción política sobre el pauperismo.
La actual legislación inglesa de pobres data de la ley del año 43 del reinado de Isabel.1213 ¿En qué consisten los medios de esta legislación? En la obligación de las parroquias de socorrer a sus obreros pobres, en el impuesto de pobres, en la beneficencia legal. Esta legislación, la beneficencia por vía administrativa, ha durado dos siglos. Después de largas y dolorosas experiencias, ¿en qué punto de vista encontramos al Parlamento en su ley de reforma de 1834?14
En primer lugar, explica el espantoso aumento del pauperismo por una deficiencia de la administración.
Por eso se reforma la administración del impuesto de pobres, que estaba formada por funcionarios de las respectivas parroquias. Se forman uniones de unas veinte parroquias, reunidas en una sola administración. Una oficina de funcionarios, el Board of Guardians, de funcionarios elegidos por los contribuyentes, se reúne un día determinado en la sede de la unión y decide si procede el socorro. Estas oficinas están dirigidas y vigiladas por delegados del gobierno, la Comisión central de Somerset House, el ministerio del pauperismo, según la acertada designación de un francés.15 El capital que vigila esta administración casi iguala la suma que cuesta la administración de la guerra en Francia. El número de administraciones locales que ocupa asciende a 500, y cada una de estas administraciones locales pone a su vez en actividad por lo menos a doce funcionarios.
El Parlamento inglés no se detuvo en la reforma formal de la administración.
La fuente principal del estado agudo del pauperismo inglés la encontró en la propia ley de pobres. El medio legal contra el mal social, la beneficencia, favorecía el mal social. En cuanto al pauperismo en general, sería una ley natural eterna, según la teoría de Malthus:
«Como la población tiende incesantemente a rebasar los medios de subsistencia, la beneficencia es una locura, un estímulo público a la miseria. El Estado no puede hacer, pues, otra cosa que abandonar la miseria a su suerte y, a lo sumo, facilitar la muerte de los miserables.»
Con esta teoría filantrópica une el Parlamento inglés la opinión de que el pauperismo es la miseria de los obreros causada por su propia culpa, y que, por tanto, no hay que prevenirla como una desgracia, sino más bien reprimirla y castigarla como un crimen.
Así nació el régimen de las workhouses, es decir, de las casas de pobres, cuya organización interna disuade a los miserables de buscar un refugio contra la muerte por hambre. En las workhouses la beneficencia está ingeniosamente entretejida con la venganza de la burguesía contra el miserable que apela a su beneficencia.
Inglaterra intentó, pues, primero acabar con el pauperismo mediante la beneficencia y las medidas administrativas. Después vio en el avance progresivo del pauperismo no la consecuencia necesaria de la industria moderna, sino más bien la consecuencia del impuesto de pobres inglés. Concibió la miseria universal solo como una particularidad de la legislación inglesa. Lo que antes se derivaba de una falta de beneficencia se derivó ahora de un exceso de beneficencia. Por último, la miseria se consideró culpa de los miserables y como tal se castigó en ellos.
El significado general que la Inglaterra política ha sacado del pauperismo se limita a que, en el curso del desarrollo, a pesar de las medidas administrativas, el pauperismo se ha convertido en una institución nacional y, por tanto, inevitablemente, en objeto de una administración ramificada y muy extensa, una administración que, sin embargo, ya no tiene la tarea de sofocarlo, sino de disciplinarlo, de perpetuarlo. Esta administración ha renunciado a cegar con medios positivos la fuente del pauperismo; se contenta con cavarle con policíaca suavidad una tumba cada vez que brota a la superficie del país oficial. El Estado inglés, lejos de ir más allá de las medidas administrativas y de beneficencia, ha descendido muy por debajo de ellas. Ya solo administra el pauperismo que tiene la desesperación de dejarse atrapar y encerrar.
Hasta ahora, pues, el «prusiano» no ha demostrado nada peculiar en el proceder del rey de Prusia. Pero ¿por qué, exclama el gran hombre con rara ingenuidad, «por qué no ordena el rey de Prusia enseguida la educación de todos los niños abandonados?». ¿Por qué se dirige primero a las autoridades y espera sus planes y propuestas?
El listísimo «prusiano» se tranquilizará cuando sepa que el rey de Prusia es aquí tan poco original como en el resto de sus actos; que incluso ha tomado el único camino que puede tomar el jefe de un Estado.
Napoleón quiso acabar de un golpe con la mendicidad. Encargó a sus autoridades que prepararan planes para la extirpación de la mendicidad en toda Francia. El proyecto se hizo esperar; Napoleón perdió la paciencia, escribió a su ministro del Interior, Crétet;16 le ordenó acabar con la mendicidad en el plazo de un mes; le dijo:
«No hay que pasar por esta tierra sin dejar huellas que recomienden nuestra memoria a la posteridad. No me pidáis tres o cuatro meses más para obtener informes: tenéis jóvenes auditores, prefectos inteligentes, ingenieros de puentes y caminos bien instruidos; ponedlos a todos en movimiento, no os durmáis en el trabajo ordinario de las oficinas.»
En pocos meses todo estuvo hecho. El 5 de julio de 1808 se promulgó la ley que suprime la mendicidad. ¿Por qué medio? Por los dépôts,17 que se transformaron tan rápidamente en establecimientos penales que el pobre pronto solo llegaba a ellos por la vía del tribunal correccional. Y, sin embargo, M. Noailles du Gard, miembro del cuerpo legislativo, exclamó entonces:
«Gratitud eterna al héroe que asegura un refugio a la indigencia y sustento a la pobreza. La infancia ya no estará abandonada, a las familias pobres ya no les faltarán recursos, ni a los obreros estímulo y ocupación. Nuestros pasos ya no se verán detenidos por la imagen repugnante de las enfermedades y de la vergonzosa miseria.»18
El último pasaje cínico es la única verdad de este panegírico.
Si Napoleón se dirige al entendimiento de sus auditores, prefectos e ingenieros, ¿por qué no el rey de Prusia a sus autoridades?
¿Por qué no ordenó Napoleón enseguida la supresión de la mendicidad? Del mismo valor es la pregunta del «prusiano»: «¿Por qué no ordena el rey de Prusia enseguida la educación de los niños abandonados?». ¿Sabe el «prusiano» lo que el rey tendría que ordenar? Nada menos que la aniquilación del proletariado. Para educar a los niños hay que alimentarlos y liberarlos del trabajo asalariado. La alimentación y la educación de los niños abandonados, es decir, la alimentación y la educación de todo el proletariado que está creciendo, sería la aniquilación del proletariado y del pauperismo.
La Convención19 tuvo por un momento el valor de ordenar la supresión del pauperismo, no «enseguida», ciertamente, como el «prusiano» exige a su rey, sino solo después de haber encargado al Comité de Salvación Pública la elaboración de los planes y propuestas necesarios, y después de que este hubiera aprovechado las amplias investigaciones de la Asamblea Constituyente sobre el estado de la miseria francesa y propuesto, por boca de Barère, la creación del Libro de la beneficencia nacional,20 etc. ¿Cuál fue la consecuencia de la orden de la Convención? Que hubo una orden más en el mundo y que un año después mujeres hambrientas asediaban la Convención.
Y, sin embargo, la Convención era el máximo de la energía política, del poder político y del entendimiento político.
Ningún gobierno del mundo ha dictado enseguida, sin entenderse con las autoridades, órdenes sobre el pauperismo. El Parlamento inglés envió incluso comisarios a todos los países de Europa para conocer los distintos remedios administrativos contra él. Pero en la medida en que los Estados se han ocupado del pauperismo, se han quedado en medidas administrativas y de beneficencia, o han descendido por debajo de la administración y de la beneficencia.
¿Puede el Estado proceder de otro modo?
El Estado nunca encontrará en «el Estado y la organización de la sociedad», como exige el prusiano a su rey, la causa de los males sociales. Donde hay partidos políticos, cada uno encuentra la causa de todo mal en que en lugar de él está su adversario al timón del Estado. Incluso los políticos radicales y revolucionarios no buscan la causa del mal en la esencia del Estado, sino en una determinada forma de Estado, que quieren sustituir por otra forma de Estado.
El Estado y la organización de la sociedad no son, desde el punto de vista político, dos cosas distintas. El Estado es la organización de la sociedad. En la medida en que el Estado admite males sociales, los busca o bien en leyes naturales, a las que ningún poder humano puede mandar, o bien en la vida privada, que es independiente de él, o bien en la inadecuación de la administración, que depende de él. Así, Inglaterra encuentra la miseria fundada en la ley natural según la cual la población tiene que rebasar siempre los medios de subsistencia. Por otro lado, explica el pauperismo por la mala voluntad de los pobres, como el rey de Prusia lo explica por el ánimo poco cristiano de los ricos y como la Convención lo explicaba por el sentimiento contrarrevolucionario y sospechoso de los propietarios. Por eso Inglaterra castiga a los pobres, el rey de Prusia exhorta a los ricos y la Convención decapita a los propietarios.
Por último, todos los Estados buscan la causa en deficiencias accidentales o intencionadas de la administración, y por eso el remedio de sus males en medidas de la administración. ¿Por qué? Precisamente porque la administración es la actividad organizadora del Estado.
La contradicción entre el destino y la buena voluntad de la administración, por una parte, y sus medios y su capacidad, por otra, no puede superarla el Estado sin superarse a sí mismo, porque descansa en esta contradicción. Descansa en la contradicción entre la vida pública y la vida privada, en la contradicción entre los intereses generales y los intereses particulares. La administración tiene, pues, que limitarse a una actividad formal y negativa, porque allí donde empieza la vida civil y su trabajo, allí precisamente ha terminado su poder. Más aún, frente a las consecuencias que brotan de la naturaleza antisocial de esta vida civil, de esta propiedad privada, de este comercio, de esta industria, de este saqueo mutuo de los distintos círculos civiles, frente a estas consecuencias, la impotencia es la ley natural de la administración. Pues este desgarramiento, esta bajeza, esta esclavitud de la sociedad civil es el fundamento natural sobre el que descansa el Estado moderno, como la sociedad civil de la esclavitud era el fundamento natural sobre el que descansaba el Estado antiguo. La existencia del Estado y la existencia de la esclavitud son inseparables. El Estado antiguo y la esclavitud antigua, francas oposiciones clásicas, no estaban más estrechamente encadenados el uno a la otra que el Estado moderno y el moderno mundo del mercadeo, hipócritas oposiciones cristianas. Si el Estado moderno quisiera superar la impotencia de su administración, tendría que superar la actual vida privada. Si quisiera superar la vida privada, tendría que superarse a sí mismo, pues solo existe en oposición a ella. Pero ningún ser vivo cree que las deficiencias de su existencia estén fundadas en el principio de su vida, en la esencia de su vida, sino en circunstancias exteriores a su vida. El suicidio es antinatural. Por eso el Estado no puede creer en la impotencia interna de su administración, es decir, de sí mismo. Solo puede ver deficiencias formales y accidentales de ella e intentar remediarlas. Si estas modificaciones son infructuosas, entonces el mal social es una imperfección natural, independiente del hombre, una ley de Dios, o bien la voluntad de los particulares está demasiado corrompida para corresponder a los buenos fines de la administración. ¡Y qué particulares tan absurdos! Refunfuñan contra el gobierno cada vez que limita la libertad, ¡y exigen al gobierno que impida las consecuencias necesarias de esta libertad!
Cuanto más poderoso es el Estado, cuanto más político es, por tanto, un país, tanto menos dispuesto está a buscar la causa de los males sociales en el principio del Estado, es decir, en la actual organización de la sociedad, cuya expresión activa, consciente de sí y oficial es el Estado, y a comprender su principio general. El entendimiento político es entendimiento político precisamente porque piensa dentro de los límites de la política. Cuanto más agudo, cuanto más vivo, tanto más incapaz es de concebir los males sociales. El período clásico del entendimiento político es la Revolución francesa. Lejos de ver en el principio del Estado la fuente de los defectos sociales, los héroes de la Revolución francesa ven más bien en los defectos sociales la fuente de los males políticos. Así, Robespierre ve en la gran pobreza y en la gran riqueza solo un obstáculo para la democracia pura. Por eso desea establecer una frugalidad espartana general. El principio de la política es la voluntad. Cuanto más unilateral, es decir, cuanto más acabado es el entendimiento político, tanto más cree en la omnipotencia de la voluntad, tanto más ciego es ante los límites naturales y espirituales de la voluntad, tanto más incapaz es, por tanto, de descubrir la fuente de los males sociales. No hace falta extenderse más contra la necia esperanza del «prusiano», según la cual el «entendimiento político» está llamado a «descubrir para Alemania la raíz de la miseria social».
Era necio atribuir al rey de Prusia no solo un poder como el que no poseían juntos la Convención y Napoleón; era necio atribuirle un modo de ver que salta por encima de los límites de toda política, un modo de ver de cuya posesión el listo «prusiano» no está más cerca que su rey. Toda esta declaración era tanto más necia cuanto que el «prusiano» nos confiesa:
«Las buenas palabras y los buenos sentimientos son baratos; la comprensión y los actos eficaces son caros; en este caso son más que caros, todavía no se pueden conseguir en absoluto.»
Si todavía no se pueden conseguir en absoluto, reconózcase a todo el que intenta lo que es posible desde su posición. Por lo demás, dejo al tacto del lector decidir si en esta ocasión la jerga mercantil gitana de «barato», «caro», «más que caro», «todavía no se puede conseguir en absoluto» ha de contarse en la categoría de las «buenas palabras» y de los «buenos sentimientos».
Supongamos, pues, que las observaciones del «prusiano» sobre el gobierno alemán y la burguesía alemana (esta última está sin duda comprendida en la «sociedad alemana») estén perfectamente fundadas. ¿Está esta parte de la sociedad más perpleja en Alemania que en Inglaterra y en Francia? ¿Se puede estar más perplejo que, por ejemplo, en Inglaterra, donde se ha convertido la perplejidad en sistema? Si hoy estallan sublevaciones obreras en toda Inglaterra, la burguesía y el gobierno de allí no saben qué hacer mejor que en el último tercio del siglo XVIII. Su único recurso es la fuerza material, y como la fuerza material disminuye en la misma medida en que aumentan la extensión del pauperismo y la comprensión del proletariado, la perplejidad inglesa crece necesariamente en proporción geométrica.
Es falso, falso de hecho, por último, que la burguesía alemana desconozca por completo el significado general de la sublevación silesia. En varias ciudades los maestros intentan asociarse con los oficiales. Todos los periódicos liberales alemanes, los órganos de la burguesía liberal, rebosan de organización del trabajo, reforma de la sociedad, crítica de los monopolios y de la competencia, etc. Todo ello a consecuencia de los movimientos obreros. Los periódicos de Tréveris, Aquisgrán, Colonia, Wesel, Mannheim, Breslau e incluso de Berlín publican a menudo artículos sociales muy sensatos, de los que el «prusiano» bien puede aprender algo. Más aún, en las cartas de Alemania se expresa continuamente el asombro por la escasa resistencia de la burguesía a las tendencias e ideas sociales.
El «prusiano», si estuviera más familiarizado con la historia del movimiento social, habría planteado su pregunta al revés. ¿Por qué incluso la burguesía alemana interpreta de manera relativamente tan universal la miseria parcial? ¿De dónde la animosidad y el cinismo de la burguesía política, y de dónde la falta de resistencia y las simpatías de la burguesía apolítica respecto del proletariado?
Vorwärts!, n.º 64, 10 de agosto de 1844
Vamos ahora a los oráculos del «prusiano» sobre los obreros alemanes.
«Los pobres alemanes», bromea, «no son más listos que los alemanes pobres, es decir, no ven nunca más allá de su hogar, de su fábrica, de su distrito: toda la cuestión está todavía hasta ahora abandonada por el alma política, que todo lo penetra.»
Para poder comparar la situación de los obreros alemanes con la situación de los obreros franceses e ingleses, el «prusiano» tendría que haber comparado la primera forma, el comienzo del movimiento obrero inglés y francés, con el movimiento alemán que está empezando. No lo hace. Su razonamiento se reduce, por tanto, a una trivialidad, por ejemplo, a que la industria no está aún en Alemania tan desarrollada como en Inglaterra, o a que un movimiento tiene en su comienzo otro aspecto que en su avance. Quería hablar de la peculiaridad del movimiento obrero alemán. No dice ni una palabra sobre este, su tema.
Que el «prusiano», en cambio, se sitúe en el punto de vista correcto. Encontrará que ninguna de las sublevaciones obreras francesas e inglesas tuvo un carácter tan teórico y consciente como la sublevación de los tejedores de Silesia.
Recuérdese ante todo la canción de los tejedores,21 esa audaz consigna de lucha, en la que ni siquiera se mencionan el hogar, la fábrica o el distrito, sino que el proletariado proclama a gritos, enseguida, de manera contundente, aguda, despiadada y violenta, su oposición a la sociedad de la propiedad privada. La sublevación silesia empieza precisamente por donde terminan las sublevaciones obreras francesas e inglesas: por la conciencia de la esencia del proletariado. La acción misma lleva este carácter superior. No solo se destruyen las máquinas, esas rivales del obrero, sino también los libros de comercio, los títulos de propiedad, y mientras todos los demás movimientos se volvían primero solo contra el industrial, el enemigo visible, este movimiento se vuelve al mismo tiempo contra el banquero, el enemigo escondido. Por último, ninguna sublevación obrera inglesa se ha llevado a cabo con igual valentía, reflexión y tenacidad.
En lo que se refiere al nivel de instrucción o a la capacidad de instrucción de los obreros alemanes en general, recuerdo los geniales escritos de Weitling, que en el aspecto teórico van a menudo incluso más allá de Proudhon, por mucho que les queden por detrás en la ejecución. ¿Dónde podría mostrar la burguesía, incluidos sus filósofos y sus escribas, una obra semejante a las Garantías de la armonía y de la libertad22 de Weitling en lo que respecta a la emancipación de la burguesía, a la emancipación política? Si se compara la sobria y apocada mediocridad de la literatura política alemana con este debut literario desmesurado y brillante de los obreros alemanes; si se comparan estos gigantescos zapatos de niño del proletariado con la pequeñez enana de los gastados zapatos políticos de la burguesía alemana, hay que profetizar a la Cenicienta alemana una figura de atleta. Hay que reconocer que el proletariado alemán es el teórico del proletariado europeo, como el proletariado inglés es su economista y el proletariado francés su político. Hay que reconocer que Alemania tiene una vocación tan clásica para la revolución social como incapaz es para la política. Pues así como la impotencia de la burguesía alemana es la impotencia política de Alemania, la disposición del proletariado alemán, aun prescindiendo de la teoría alemana, es la disposición social de Alemania. La desproporción entre el desarrollo filosófico y el desarrollo político en Alemania no es ninguna anomalía. Es una desproporción necesaria. Solo en el socialismo puede encontrar un pueblo filosófico su práctica correspondiente, y por tanto solo en el proletariado el elemento activo de su liberación.
Pero en este momento no tengo ni tiempo ni ganas de explicar al «prusiano» la relación de la «sociedad alemana» con la transformación social y, a partir de esta relación, por un lado la débil reacción de la burguesía alemana contra el socialismo y, por otro, las excelentes disposiciones del proletariado alemán para el socialismo. Los primeros elementos para comprender este fenómeno los encontrará en mi Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel (Deutsch-Französische Jahrbücher).23
La listeza de los pobres alemanes está, pues, en relación inversa con la listeza de los alemanes pobres. Pero la gente a la que cualquier objeto tiene que servirle para ejercicios públicos de estilo llega, por esta actividad formal, a un contenido equivocado, mientras que el contenido equivocado imprime a su vez a la forma el sello de la vulgaridad. Así, el intento del «prusiano» de moverse, en una ocasión como los disturbios obreros de Silesia, en la forma de la antítesis lo ha llevado a la mayor antítesis contra la verdad. La única tarea de una cabeza que piensa y ama la verdad, ante un primer estallido de la sublevación obrera de Silesia, no consistía en hacer de maestro de escuela de este acontecimiento, sino más bien en estudiar su carácter peculiar. Para ello hace falta, ciertamente, alguna comprensión científica y algún amor a los hombres, mientras que para la otra operación basta por completo una fraseología ya hecha, mojada en un amor propio hueco.
¿Por qué juzga el «prusiano» con tanto desprecio a los obreros alemanes? Porque encuentra la «cuestión entera», es decir, la cuestión de la miseria obrera, «todavía hasta ahora» abandonada por el «alma política, que todo lo penetra». Explica con más detalle su amor platónico al alma política:
«Todas las sublevaciones que estallen en este funesto aislamiento de los hombres respecto de la comunidad y de sus pensamientos respecto de los principios sociales se ahogarán en sangre y en sinrazón; pero cuando la miseria produzca el entendimiento y el entendimiento político de los alemanes descubra la raíz de la miseria social,24 entonces también en Alemania se sentirán estos acontecimientos como síntomas de una gran transformación.»
Ante todo, permítanos el «prusiano» una observación de estilo. Su antítesis es imperfecta. En la primera mitad dice: cuando la miseria produzca el entendimiento; y en la segunda mitad: cuando el entendimiento político descubra la raíz de la miseria social. El entendimiento simple de la primera mitad de la antítesis se convierte en la segunda mitad en entendimiento político, igual que la simple miseria de la primera mitad de la antítesis se convierte en la segunda mitad en miseria social. ¿Por qué ha dotado el artista del estilo de manera tan desigual las dos mitades de la antítesis? No creo que se haya dado cuenta de ello. Voy a interpretarle su instinto acertado. Si el «prusiano» hubiera escrito: «Cuando la miseria social produzca el entendimiento político y el entendimiento político descubra la raíz de la miseria social», a ningún lector imparcial se le habría escapado el disparate de esta antítesis. Cualquiera se habría preguntado primero: ¿por qué el anónimo no pone el entendimiento social junto a la miseria social y el entendimiento político junto a la miseria política, como manda la lógica más simple? ¡Y ahora, al asunto!
Es tan falso que la miseria social produzca el entendimiento político, que más bien, a la inversa, es el bienestar social el que produce el entendimiento político. El entendimiento político es un espiritualista y se le da al que ya tiene, al que ya está cómodamente arrellanado. Oiga nuestro «prusiano» a este respecto a un economista francés, el señor Michel Chevalier:25
«En el año 1789, cuando la burguesía se levantó, para ser libre solo le faltaba participar en el gobierno del país. La liberación consistía para ella en arrebatar la dirección de los asuntos públicos, las altas funciones civiles, militares y religiosas, de las manos de los privilegiados, que tenían el monopolio de esas funciones. Rica e ilustrada, capaz de bastarse a sí misma y de dirigirse a sí misma, quería sustraerse al régimen del capricho real.»26
Ya hemos demostrado al «prusiano» cuán incapaz es el entendimiento político de descubrir la fuente de la miseria social. Sobre esta opinión suya, todavía una palabra. Cuanto más desarrollado y más general es el entendimiento político de un pueblo, tanto más despilfarra el proletariado, al menos al comienzo del movimiento, sus fuerzas en motines insensatos, inútiles y ahogados en sangre. Como piensa en la forma de la política, ve la causa de todos los males en la voluntad, y todos los medios de remedio en la violencia y en el derrocamiento de una determinada forma de Estado. Prueba: los primeros estallidos del proletariado francés. Los obreros de Lyon27 creían perseguir solo fines políticos, ser solo soldados de la república, cuando en verdad eran soldados del socialismo. Así su entendimiento político les oscureció la raíz de la miseria social, así falseó su comprensión de su fin real, así su entendimiento político engañó a su instinto social.
Pero si el «prusiano» espera que la miseria produzca el entendimiento, ¿por qué pone juntos los «ahogos en sangre» y los «ahogos en sinrazón»? Si la miseria es en general un medio, la miseria sangrienta es incluso un medio muy agudo para producir el entendimiento. El «prusiano» tendría que haber dicho, pues: el ahogo en sangre ahogará la sinrazón y procurará al entendimiento una buena corriente de aire.
El «prusiano» profetiza el ahogo de las sublevaciones que estallen en el «funesto aislamiento de los hombres respecto de la comunidad y en la separación de sus pensamientos respecto de los principios sociales».
Hemos mostrado que la sublevación silesia no tuvo lugar en absoluto en la separación de los pensamientos respecto de los principios sociales. Solo nos queda el «funesto aislamiento de los hombres respecto de la comunidad». Por comunidad hay que entender aquí la comunidad política, el Estado. Es la vieja canción de la Alemania apolítica.
Pero ¿no estallan todas las sublevaciones sin excepción en el funesto aislamiento del hombre respecto de la comunidad? ¿No presupone toda sublevación necesariamente el aislamiento? ¿Habría tenido lugar la revolución de 1789 sin el funesto aislamiento de los ciudadanos franceses respecto de la comunidad? Estaba destinada precisamente a superar ese aislamiento.
Pero la comunidad de la que el obrero está aislado es una comunidad de una realidad completamente distinta y de un alcance completamente distinto que la comunidad política. Esta comunidad, de la que lo separa su propio trabajo, es la vida misma, la vida física y espiritual, la moralidad humana, la actividad humana, el goce humano, la esencia humana. La esencia humana es la verdadera comunidad de los hombres. Así como el funesto aislamiento respecto de esta esencia es incomparablemente más completo, más insoportable, más espantoso y más contradictorio que el aislamiento respecto de la comunidad política, así también la superación de este aislamiento, e incluso una reacción parcial, una sublevación contra él, es tanto más infinita cuanto más infinito es el hombre que el ciudadano del Estado, y la vida humana que la vida política. Por eso la sublevación industrial, por parcial que sea, encierra en sí un alma universal; la sublevación política, por universal que sea, esconde bajo la forma más colosal un espíritu mezquino.
El «prusiano» concluye dignamente su artículo con la siguiente frase:
«Una revolución social sin alma política (es decir, sin la comprensión organizadora desde el punto de vista del todo) es imposible.»
Ya se ha visto. Una revolución social se sitúa en el punto de vista del todo porque, aunque tuviera lugar en un solo distrito fabril, es una protesta del hombre contra la vida deshumanizada; porque parte del punto de vista del individuo real y singular; porque la comunidad contra cuya separación de él reacciona el individuo es la verdadera comunidad del hombre, la esencia humana. El alma política de una revolución consiste, en cambio, en la tendencia de las clases sin influencia política a superar su aislamiento respecto del Estado y del poder. Su punto de vista es el del Estado, un todo abstracto, que solo existe por la separación respecto de la vida real, que es impensable sin la oposición organizada entre la idea general y la existencia individual del hombre. Por eso una revolución de alma política organiza también, de acuerdo con la naturaleza limitada y escindida de esta alma, un círculo dominante en la sociedad a costa de la sociedad.
Queremos confiar al «prusiano» qué es una «revolución social con alma política»; con ello le confiamos al mismo tiempo el secreto de que ni siquiera en las frases sabe elevarse por encima del estrecho punto de vista político.
Una revolución «social» con alma política es, o bien un disparate compuesto, si el «prusiano» entiende por revolución «social» una revolución «social» opuesta a una política y, sin embargo, da a la revolución social un alma política en lugar de un alma social; o bien una «revolución social con alma política» no es más que una paráfrasis de lo que por lo demás se llamaba una «revolución política» o una «revolución sin más». Toda revolución disuelve la vieja sociedad; en ese sentido es social. Toda revolución derroca el viejo poder; en ese sentido es política.
¡Elija el «prusiano» entre la paráfrasis y el disparate! Pero tan parafrástica o absurda como es una revolución social con alma política, tan razonable es una revolución política con alma social. La revolución en general, el derrocamiento del poder existente y la disolución de las viejas relaciones, es un acto político. Pero sin revolución el socialismo no puede realizarse. Necesita este acto político en la medida en que necesita la destrucción y la disolución. Pero allí donde empieza su actividad organizadora, donde aparece su fin en sí mismo, su alma, el socialismo arroja lejos la envoltura política.
Han hecho falta todas estas prolijidades para desgarrar el tejido de errores que se esconden en una sola columna de periódico. No todos los lectores pueden tener la instrucción y el tiempo necesarios para darse cuenta de semejante charlatanería literaria. ¿No tiene, pues, el anónimo «prusiano», frente al público lector, la obligación de renunciar por el momento a toda actividad literaria en lo político y lo social, así como a las declamaciones sobre la situación alemana, y de empezar más bien por un concienzudo esclarecimiento de su propia situación?
París, 31 de julio de 1844
Karl Marx
Vorwärts!, periódico alemán que se publicó en París dos veces por semana en 1844; desde el verano de ese año colaboraron en él Marx, Heine, Herwegh y otros. ↩
(Nota de Marx, al título del artículo.) Razones particulares me mueven a declarar que el presente artículo es el primero que he enviado al Vorwärts!. ↩
El autor era Arnold Ruge (1802-1880), publicista joven hegeliano y codirector con Marx de los Deutsch-Französische Jahrbücher (Anales franco-alemanes), de los que solo salió un número doble, en febrero de 1844. Las diferencias políticas entre ambos, sobre todo ante el comunismo, llevaron a su ruptura ese mismo año. ↩
La sublevación de los tejedores de Peterswaldau y Langenbielau, en Silesia, del 4 al 6 de junio de 1844, contra los fabricantes que les pagaban salarios de hambre. Los tejedores destruyeron casas, libros de cuentas y máquinas, y fueron aplastados por el ejército prusiano, que mató a once de ellos. Fue la primera gran sublevación obrera de Alemania. ↩
Diario democrático y republicano de París (1843-1850). ↩
(Nota de Marx.) Obsérvese el disparate estilístico y gramatical. «El rey de Prusia y la sociedad no ha llegado aún al presentimiento de su» (¿a quién se refiere ese «su»?) «reforma.» ↩
En junio de 1844 hubo también motines de obreros textiles en Praga y en otras localidades de Bohemia. ↩
Un banquete liberal celebrado en Düsseldorf en 1843 en honor de los diputados de la séptima Dieta provincial renana, al que asistieron funcionarios; una orden de gabinete del 18 de julio de 1843 prohibió a los funcionarios participar en tales celebraciones. ↩
En francés en el original: à l'ordre du jour. ↩
John Ramsay MacCulloch (1789-1864), economista escocés, divulgador de la doctrina de David Ricardo. Marx cita el pasaje según la traducción francesa de su Discourse on the Rise, Progress, Peculiar Objects and Importance of Political Economy (1824). ↩
James Phillips Kay (1804-1877), más tarde Kay-Shuttleworth, médico y reformador de la enseñanza pública inglesa. ↩
(Nota de Marx.) Para nuestro propósito no es necesario remontarse hasta el Estatuto de los trabajadores de Eduardo III. ↩
La ley de pobres de 1601, promulgada en el año 43 del reinado de Isabel I. ↩
La Poor Law Amendment Act de 1834, que suprimió el socorro a domicilio de los pobres capaces de trabajar y los obligó a entrar en las workhouses. ↩
Eugène Buret, De la misère des classes laborieuses en Angleterre et en France (1840). ↩
Emmanuel Crétet (1747-1809), ministro del Interior de Napoleón de 1807 a 1809. ↩
Los dépôts de mendicité, depósitos de mendicidad, establecimientos de internamiento de mendigos. ↩
La última frase, en francés en el original: «Nos pas ne seront plus arrêtés par l'image dégoûtante des infirmités et de la honteuse misère.» ↩
La Convención Nacional (1792-1795), asamblea de la Primera República francesa. Las mujeres hambrientas que la asediaron son las de las jornadas populares de germinal y pradial del año III (abril y mayo de 1795). ↩
El Livre de la bienfaisance nationale, registro de socorros a campesinos y artesanos ancianos o inválidos, creado en mayo de 1794 a propuesta de Bertrand Barère, miembro del Comité de Salvación Pública. ↩
Das Blutgericht («El tribunal de sangre»), la canción de los tejedores de Silesia contra los fabricantes de Peterswaldau. ↩
Wilhelm Weitling (1808-1871), oficial sastre, primer teórico comunista salido de la clase obrera alemana; Garantien der Harmonie und Freiheit (1842). ↩
Publicada en esta colección: Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel. Introducción. ↩
El «prusiano» escribe gesellige Not: gesellig significa «social» en el sentido de la vida en compañía, «sociable», y no es el sozial que emplea Marx. La misma palabra aparece en las citas y en el análisis que siguen. ↩
Michel Chevalier (1806-1879), economista francés, antiguo sansimoniano y después librecambista. ↩
En francés en el original: régime du bon plaisir, el régimen del arbitrio del rey. ↩
Las insurrecciones de los obreros de la seda de Lyon de noviembre de 1831 y abril de 1834. ↩