Escrito por Friedrich Engels en el verano de 1844. Publicado en el Vorwärts! de París, núms. 70-73, 75-78, 80, 83 y 84, del 31 de agosto al 19 de octubre de 1844, como continuación anunciada de su reseña de Past and Present de Carlyle; la serie quedó interrumpida tras la segunda parte. Traducido de Marx/Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 550-592), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las de Engels, que se indican. Texto original en alemán.

Vorwärts!, núm. 70, 31 de agosto de 1844.

I. El siglo XVIII

En apariencia, el siglo de la revolución pasó por Inglaterra sin muchos cambios. Mientras en el continente se hacía añicos todo un mundo viejo, mientras una guerra de veinticinco años purificaba la atmósfera,1 en Inglaterra todo seguía tranquilo, ni el Estado ni la Iglesia se vieron amenazados en modo alguno. Y, sin embargo, desde mediados del siglo pasado Inglaterra ha pasado por una conmoción mayor que ningún otro país: una conmoción tanto más rica en consecuencias cuanto más silenciosamente se ha llevado a cabo, y que por eso, con toda probabilidad, alcanzará su meta en la práctica antes que la revolución política francesa o la revolución filosófica alemana. La revolución de Inglaterra es una revolución social y, por tanto, más amplia y de mayor alcance que ninguna otra. No hay terreno del conocimiento humano ni de las relaciones de la vida humana, por apartado que esté, que no haya contribuido a ella y que no haya recibido a su vez de ella una posición cambiada. La revolución social es la única revolución verdadera, en la que tienen que desembocar la revolución política y la filosófica; y esta revolución social está en marcha en Inglaterra desde hace setenta u ochenta años y avanza precisamente ahora a pasos rápidos hacia su crisis.

El siglo XVIII fue la recapitulación, el reagrupamiento de la humanidad desde la dispersión y el aislamiento a que la había arrojado el cristianismo; el penúltimo paso hacia el autoconocimiento y la autoliberación de la humanidad, pero que, por ser el penúltimo, se quedó todavía atascado, unilateral, en la contradicción. El siglo XVIII resumió los resultados de la historia anterior, que hasta entonces solo habían aparecido aislados y bajo la forma de la casualidad, y desarrolló su necesidad y su encadenamiento interno. Los innumerables datos del conocimiento, revueltos sin orden, se ordenaron, se separaron y se pusieron en relación causal; el saber se hizo ciencia, y las ciencias se acercaron a su consumación, es decir, se enlazaron por un lado con la filosofía y por otro con la práctica. Antes del siglo XVIII no había ciencia; el conocimiento de la naturaleza no tomó su forma científica hasta el siglo XVIII o, en algunas ramas, unos pocos años antes. Newton creó la astronomía científica con la ley de la gravitación, la óptica científica con la descomposición de la luz, la matemática científica con el teorema del binomio y la teoría de lo infinito, y la mecánica científica con el conocimiento de la naturaleza de las fuerzas. También la física recibió su carácter científico en el siglo XVIII; la química la crearon Black, Lavoisier y Priestley;2 la geografía se elevó a ciencia con la determinación de la forma de la Tierra y con los muchos viajes que solo ahora se emprendían con provecho para la ciencia; lo mismo la historia natural con Buffon y Linneo; incluso la geología empezó poco a poco a salir del remolino de hipótesis fantásticas en que se perdía. La idea de la enciclopedia fue característica del siglo XVIII; se basaba en la conciencia de que todas estas ciencias están relacionadas entre sí, pero aún no era capaz de establecer las transiciones y por eso solo podía yuxtaponerlas. Lo mismo en la historia: ahora encontramos por primera vez compilaciones de historia universal en muchos tomos, todavía sin crítica y menos aún con filosofía, pero historia general al fin, en lugar de los fragmentos históricos limitados en el espacio y en el tiempo que había hasta entonces. La política se puso sobre una base humana y la economía política fue reformada por Adam Smith. La cumbre de la ciencia del siglo XVIII fue el materialismo, el primer sistema de filosofía de la naturaleza y fruto de aquella consumación de las ciencias naturales. La lucha contra la subjetividad abstracta del cristianismo empujó a la filosofía del siglo XVIII a la unilateralidad opuesta: a la subjetividad se opuso la objetividad; al espíritu, la naturaleza; al espiritualismo, el materialismo; a lo abstractamente singular, lo abstractamente universal, la sustancia. El siglo XVIII fue el renacimiento del espíritu antiguo frente al cristiano; el materialismo y la república, la filosofía y la política del mundo antiguo, resucitaron, y los franceses, representantes del principio antiguo dentro del cristianismo, se adueñaron por un tiempo de la iniciativa histórica.

El siglo XVIII no resolvió, pues, la gran oposición que ha ocupado a la historia desde el principio y cuyo desarrollo constituye la historia, la oposición entre sustancia y sujeto, naturaleza y espíritu, necesidad y libertad; pero enfrentó los lados de la oposición en toda su crudeza y plenamente desarrollados, e hizo así necesaria su superación. La consecuencia de este desarrollo claro y último de la oposición fue la revolución general, que se repartió entre las distintas nacionalidades y cuya próxima consumación será al mismo tiempo la solución de la oposición de la historia anterior. Los alemanes, el pueblo cristiano-espiritualista, vivieron una revolución filosófica; los franceses, el pueblo antiguo-materialista y por tanto político, tuvieron que pasar por la revolución por la vía política; los ingleses, cuya nacionalidad es una mezcla de elementos alemanes y franceses, que llevan por tanto en sí los dos lados de la oposición y son por ello más universales que cada uno de los dos factores por separado, se vieron arrastrados por eso a una revolución más universal, una revolución social. Esto requerirá una exposición más detallada, ya que la posición de las nacionalidades, al menos para la época moderna, se ha tratado hasta ahora muy insuficientemente, o más bien no se ha tratado en absoluto, en nuestra filosofía de la historia.

Que Alemania, Francia e Inglaterra son los tres países dirigentes de la historia actual puedo darlo, creo, por admitido; que los alemanes representan el principio cristiano-espiritualista y los franceses el principio antiguo-materialista, en otras palabras, que aquellos representan la religión y la Iglesia y estos la política y el Estado, es igual de evidente o ya se hará evidente a su tiempo; la significación de los ingleses en la historia moderna salta menos a la vista y es también la más importante para nuestro propósito actual. La nación inglesa se formó de germanos y románicos3 en una época en que ambas naciones apenas acababan de separarse y apenas habían empezado su desarrollo hacia los dos lados de la oposición. Los elementos germánicos y románicos se desarrollaron uno junto a otro y formaron al fin una nacionalidad que lleva en sí, sin mediación, ambas unilateralidades. El idealismo germánico conservó tanto juego libre que hasta pudo trocarse en su contrario, la exterioridad abstracta; la venta de mujeres y niños, todavía legal, y el espíritu mercantil de los ingleses en general, hay que cargarlos decididamente en la cuenta del elemento germánico.4 Del mismo modo, el materialismo románico se trocó en idealismo abstracto, interioridad y religiosidad; de ahí el fenómeno de la pervivencia del catolicismo románico dentro del protestantismo germánico, la Iglesia de Estado, el papado de los príncipes y la manera del todo católica de despachar la religión con formalidades. El carácter de la nacionalidad inglesa es la contradicción no resuelta, la unión de los contrastes más bruscos. Los ingleses son el pueblo más religioso del mundo y al mismo tiempo el más irreligioso; se afanan por el más allá más que ninguna otra nación y, sin embargo, viven como si el más acá lo fuera todo para ellos; su esperanza en el cielo no les impide lo más mínimo creer con la misma firmeza en el «infierno de no ganar dinero».5 De ahí la eterna inquietud interior de los ingleses, que es el sentimiento de la incapacidad de resolver la contradicción y que los empuja, desde sí mismos, a la actividad. El sentimiento de la contradicción es la fuente de la energía, pero de una energía que no hace más que enajenarse hacia fuera; y este sentimiento de la contradicción fue la fuente de la colonización, de la navegación, de la industria y, en general, de la enorme actividad práctica de los ingleses. La incapacidad de resolver la contradicción atraviesa toda la filosofía inglesa y la empuja hacia el empirismo y el escepticismo. Como Bacon no pudo resolver con su razón la contradicción entre idealismo y realismo, la razón en general tenía que ser incapaz de hacerlo, el idealismo había que rechazarlo sin más y había que ver en la experiencia el único medio de salvación. De la misma fuente nacen la crítica de la facultad de conocer y, en general, la orientación psicológica en la que se ha movido exclusivamente desde el principio la filosofía inglesa, y que al final, tras todos los intentos vanos de resolver la contradicción, la declara insoluble, declara insuficiente la razón y busca la salvación en la fe religiosa o en la experiencia. El escepticismo de Hume6 es todavía hoy la forma de todo filosofar irreligioso en Inglaterra. No podemos saber, razona este modo de ver, si existe un Dios; si existe alguno, le es imposible toda comunicación con nosotros, y por tanto tenemos que organizar nuestra práctica como si no existiera. No podemos saber si el espíritu es distinto del cuerpo e inmortal; vivimos, pues, como si esta vida fuera la única y no nos atormentamos con cosas que superan nuestro entendimiento. En una palabra, la práctica de este escepticismo es exactamente el materialismo francés; pero en la teoría metafísica se queda atascado en la incapacidad de decidir definitivamente. Pero como los ingleses llevaban en sí los dos elementos que hicieron avanzar la historia en el continente, fueron capaces, aun sin tener mucho trato con el continente, de seguir el paso del movimiento y hasta de adelantársele a veces. La revolución inglesa del siglo XVII es exactamente el modelo de la francesa de 1789. En el «Parlamento Largo» se distinguen fácilmente las tres etapas que en Francia aparecieron como Asamblea Constituyente, Asamblea Legislativa y Convención Nacional; el paso de la monarquía constitucional a la democracia, el despotismo militar, la restauración y la revolución del justo medio están nítidamente marcados en la revolución inglesa. Cromwell es Robespierre y Napoleón en una sola persona; a la Gironda, a la Montaña y a los hebertistas y babuvistas corresponden los presbiterianos, los independientes y los niveladores;7 el resultado político es en ambas bastante lamentable, y todo el paralelo, que podría desarrollarse con mucha mayor precisión, demuestra de paso que la revolución religiosa y la irreligiosa, mientras sigan siendo políticas, acaban ambas en lo mismo. Es cierto que esta ventaja de los ingleses sobre el continente fue solo momentánea y se fue compensando poco a poco; la revolución inglesa terminó en el justo medio y en la creación de los dos partidos nacionales, mientras que la francesa aún no ha terminado y no puede terminar antes de llegar al mismo resultado al que tienen que llegar la revolución filosófica alemana y la revolución social inglesa.

El carácter nacional inglés es, pues, esencialmente distinto tanto del alemán como del francés; lo que le es propio es la desesperación de superar la oposición y la consiguiente entrega total a la empiria. También el germanismo puro trocó su interioridad abstracta en exterioridad abstracta, pero esa exterioridad nunca perdió la huella de su origen y quedó siempre subordinada a la interioridad y al espiritualismo. También los franceses están del lado material, empírico; pero, como esa empiria es una tendencia nacional inmediata y no la consecuencia secundaria de una conciencia nacional escindida en sí misma, se hace valer de un modo nacional, general, se manifiesta como actividad política. El alemán afirmó la legitimidad absoluta del espiritualismo y por eso trató de desarrollar los intereses generales de la humanidad en la religión y, más tarde, en la filosofía. El francés opuso a ese espiritualismo el materialismo como absolutamente legítimo y, en consecuencia, tomó el Estado por la forma eterna de esos intereses. Pero el inglés no tiene intereses generales; no puede hablar de ellos sin tocar la llaga, la contradicción; desespera de ellos y solo tiene intereses particulares. Esta subjetividad absoluta, la dispersión de lo general en los muchos individuos, es sin duda de origen germánico, pero, como queda dicho, separada de su raíz y por eso solo eficaz empíricamente, y es precisamente lo que distingue la empiria social inglesa de la empiria política francesa. La actividad de Francia fue siempre nacional, consciente desde el principio de su totalidad y generalidad; la actividad de Inglaterra fue el trabajo de individuos independientes, yuxtapuestos, el movimiento de átomos sin enlace que rara vez, y solo por interés individual, actuaban juntos como un todo, y cuya falta de unidad sale a la luz precisamente ahora en la miseria general y en la dispersión completa.

Con otras palabras, solo Inglaterra tiene una historia social. Solo en Inglaterra los individuos como tales, sin representar conscientemente principios generales, han impulsado el desarrollo nacional y lo han acercado a su término. Solo aquí la masa ha actuado como masa, en aras de sus propios intereses particulares; solo aquí los principios se han convertido en intereses antes de poder influir en la historia. Los franceses y los alemanes van llegando también poco a poco a la historia social, pero todavía no la tienen. También en el continente ha habido pobreza, miseria y opresión social, pero eso no tuvo efecto en el desarrollo nacional; en cambio, la miseria y la pobreza de la clase trabajadora de la Inglaterra actual tienen una significación nacional y, más aún, una significación histórico-universal. En el continente, el momento social está todavía enterrado bajo el político, no se ha separado aún de él, mientras que en Inglaterra el momento político ha sido vencido poco a poco por el social y se ha puesto a su servicio. Toda la política inglesa es en el fondo de naturaleza social, y solo porque Inglaterra no ha ido todavía más allá del Estado, porque la política es para ella un recurso de emergencia, solo por eso las cuestiones sociales se manifiestan políticamente.

Mientras el Estado y la Iglesia sean las únicas formas en que se realizan las determinaciones generales de la esencia humana, no se puede hablar de historia social. Por eso la Antigüedad y la Edad Media no pudieron mostrar ningún desarrollo social; solo la Reforma, el primer intento, todavía cohibido y sordo, de reacción contra la Edad Media, produjo un vuelco social: la transformación de los siervos en trabajadores «libres». Pero también este vuelco quedó sin efecto muy duradero en el continente; en realidad, aquí no se impuso hasta la revolución del siglo XVIII; mientras que en Inglaterra, con la Reforma, la estirpe de los siervos se transformó en villains, bordars, cottars8 y así en una clase de trabajadores personalmente libres, y el siglo XVIII desarrolló aquí ya las consecuencias de esta conmoción. Por qué ocurrió esto solo en Inglaterra, queda expuesto más arriba.

Vorwärts!, núm. 71, 4 de septiembre de 1844.

La Antigüedad, que aún no sabía nada del derecho del sujeto y cuya concepción del mundo era esencialmente abstracta, general, sustancial, no podía por eso existir sin la esclavitud. La concepción cristiano-germánica del mundo opuso a la Antigüedad, como principio fundamental, la subjetividad abstracta y, con ella, el arbitrio, la interioridad, el espiritualismo; pero esa subjetividad, precisamente por ser abstracta, unilateral, tenía que trocarse enseguida en su contrario y producir, en lugar de la libertad del sujeto, la esclavitud del sujeto. La interioridad abstracta se convirtió en exterioridad abstracta, en abandono y enajenación del hombre,9 y la primera consecuencia del nuevo principio fue el restablecimiento de la esclavitud en otra forma, menos chocante, pero por eso más hipócrita e inhumana: la servidumbre. La disolución del sistema feudal, la reforma política, es decir, el reconocimiento aparente de la razón y, por tanto, la consumación real de la sinrazón, abolió en apariencia esta servidumbre, pero en realidad no hizo sino volverla más inhumana y más general. Proclamó por primera vez que la humanidad ya no debía mantenerse unida por la coacción, es decir, por medios políticos, sino por el interés, es decir, por medios sociales, y con este nuevo principio sentó la base del movimiento social. Pero, aunque negaba así el Estado, por otro lado lo restableció más que nunca, al devolverle el contenido que hasta entonces le había usurpado la Iglesia y dar así al Estado, vacío y nulo durante la Edad Media, la fuerza para un nuevo desarrollo. De las ruinas del feudalismo nació el Estado cristiano, la consumación del estado cristiano del mundo por el lado político; mediante la elevación del interés a principio general, ese estado cristiano del mundo se consumó por otro lado. Porque el interés es esencialmente subjetivo, egoísta, interés particular, y como tal la cumbre más alta del principio germánico-cristiano de la subjetividad y del aislamiento. La consecuencia de elevar el interés a vínculo de la humanidad es necesariamente, mientras el interés siga siendo inmediatamente subjetivo, simplemente egoísta, la dispersión general, la concentración de los individuos en sí mismos, el aislamiento, la transformación de la humanidad en un montón de átomos que se repelen; y este aislamiento es a su vez la última consecuencia del principio cristiano de la subjetividad, la consumación del estado cristiano del mundo. Además, mientras subsista la enajenación fundamental, la propiedad privada, el interés tiene que ser necesariamente interés particular y su dominio tiene que mostrarse como el dominio de la propiedad. La disolución de la servidumbre feudal ha hecho del «pago al contado el único vínculo de la humanidad».10 La propiedad, el elemento natural, carente de espíritu, opuesto al elemento humano, espiritual, sube así al trono y, en última instancia, para consumar esta enajenación, el dinero, la abstracción enajenada y vacía de la propiedad, se convierte en el amo del mundo. El hombre ha dejado de ser esclavo del hombre y se ha convertido en esclavo de la cosa; la inversión de las relaciones humanas se ha consumado; la servidumbre del mundo moderno del chalaneo, la venalidad desarrollada, perfecta, universal, es más inhumana y más omnímoda que la servidumbre de la época feudal; la prostitución es más inmoral, más bestial que el ius primae noctis.11 Más allá no puede llevarse el estado cristiano del mundo; tiene que hundirse sobre sí mismo y dejar paso a un estado humano, racional. El Estado cristiano no es más que la última forma posible de manifestación del Estado en general, con cuya caída tiene que caer el Estado como tal. La disolución de la humanidad en una masa de átomos aislados que se repelen es ya en sí misma la destrucción de todos los intereses corporativos, nacionales y, en general, particulares, y el último escalón necesario hacia la libre autounificación de la humanidad. La consumación de la enajenación en el dominio del dinero es un paso inevitable si el hombre, como está ahora a punto de hacerlo, ha de volver a sí mismo.

La revolución social en Inglaterra ha desarrollado estas consecuencias de la abolición del sistema feudal hasta tal punto que la crisis que destruirá el estado cristiano del mundo ya no puede estar lejos; más aún, que la época de esta crisis puede predecirse con certeza, si no en años y cuantitativamente, sí cualitativamente: esa crisis tiene que estallar en cuanto se deroguen las leyes de cereales y se implante la Carta del Pueblo, es decir, en cuanto la aristocracia de la nobleza haya sido vencida políticamente por la aristocracia del dinero, y esta por la democracia trabajadora.

Los siglos XVI y XVII habían dado vida a todos los supuestos de la revolución social: habían disuelto la Edad Media, establecido el protestantismo social, político y religioso, creado las colonias, el poder marítimo y el comercio de Inglaterra y colocado junto a la aristocracia una clase media creciente y ya bastante poderosa. Las relaciones sociales se fueron asentando poco a poco tras las agitaciones del siglo XVII y tomaron una forma fija, que conservaron hasta hacia 1780 o 1790.

Había entonces tres clases de propietarios de tierras: los landlords nobles, todavía la única aristocracia del reino, sin que nadie la atacara, que arrendaban sus tierras en parcelas y se gastaban las rentas en Londres o de viaje; los landlords no nobles o country gentlemen (a los que se solía dar el título de squires), que vivían en sus casas de campo, arrendaban sus tierras y disfrutaban, a cambio, entre sus arrendatarios y los demás habitantes de la comarca, de la distinción aristocrática que en las ciudades se les negaba por su bajo nacimiento, su falta de cultura y sus maneras toscas y rústicas. Esta clase ha desaparecido por completo. Los viejos squires, que reinaban con autoridad patriarcal entre los campesinos de la comarca y eran sus consejeros, sus árbitros, todo en una pieza, se han extinguido del todo; sus descendientes se llaman la aristocracia sin título de Inglaterra, compiten en cultura y finos modales, en lujo y aires aristocráticos, con la nobleza, que ya les lleva poca ventaja, y de sus antepasados groseros y toscos solo conservan la propiedad de la tierra. La tercera clase de propietarios eran los yeomen, dueños de pequeñas parcelas que cultivaban ellos mismos, por lo común a la buena manera, vieja y descuidada, de sus antepasados; también esta clase ha desaparecido de Inglaterra; la revolución social la ha expropiado y ha producido la curiosidad de que, al mismo tiempo que en Francia se parcelaba por la fuerza la gran propiedad, en Inglaterra la gran propiedad atraía y se tragaba las parcelas. Junto a los yeomen había pequeños arrendatarios que, además de la labranza, solían tejer; tampoco ellos se encuentran ya en la Inglaterra de hoy: casi toda la tierra está ahora dividida en pocas y grandes fincas y se arrienda así. La competencia de los grandes arrendatarios echó del mercado a los pequeños arrendatarios y a los yeomen y los empobreció; se convirtieron en jornaleros agrícolas y en tejedores dependientes del salario y suministraron las masas cuya afluencia hizo crecer las ciudades con tan asombrosa rapidez.

Los campesinos llevaban, pues, en aquel tiempo una vida tranquila y sosegada, en toda piedad y honradez; vivían sin muchas preocupaciones, pero también sin movimiento, sin interés general, sin cultura, sin actividad espiritual; estaban todavía en la etapa prehistórica. La situación de las ciudades no era muy distinta. Solo Londres era una plaza comercial importante; Liverpool, Hull, Bristol, Mánchester, Birmingham, Leeds y Glasgow no merecían todavía mención. Las principales ramas de la industria, el hilado y el tejido, se practicaban sobre todo en el campo, o al menos fuera de las ciudades, en sus alrededores; la fabricación de objetos de metal y de loza estaba todavía en la etapa artesanal de desarrollo; ¿qué podía pasar entonces en las ciudades? La insuperable sencillez del sistema electoral ahorraba a los burgueses toda preocupación política; uno era nominalmente whig o tory, pero sabía muy bien que en el fondo daba igual, puesto que no tenía derecho de voto; pequeños comerciantes, tenderos y artesanos formaban toda la burguesía y llevaban esa conocida vida de pequeña ciudad, tan incomprensible para el inglés de hoy. Las minas se explotaban todavía poco; el hierro, el cobre y el estaño dormían bastante tranquilos bajo tierra, y el carbón solo se usaba para fines domésticos. En una palabra, Inglaterra se hallaba entonces en un estado en el que, por desgracia, se encuentra todavía la mayor parte de Francia y, sobre todo, de Alemania: un estado de apatía antediluviana ante todo interés general y espiritual, en la infancia social, en la que aún no hay sociedad, ni vida, ni conciencia, ni actividad. Este estado es de facto la continuación del feudalismo y de la irreflexión medieval, y solo se supera con la aparición del feudalismo moderno, con la división de la sociedad en poseedores y desposeídos. Nosotros, en el continente, como he dicho, estamos todavía metidos hasta el fondo en este estado; los ingleses lo han combatido desde hace ochenta años y lo han superado desde hace cuarenta. Si la civilización es una cosa de la práctica, una cualidad social, los ingleses son, desde luego, el pueblo más civilizado del mundo.

Dije antes que las ciencias habían tomado en el siglo XVIII su forma científica y que, en consecuencia, se habían enlazado por un lado con la filosofía y por otro con la práctica. El resultado de su enlace con la filosofía fue el materialismo (que tiene por supuesto tanto a Newton como a Locke), la Ilustración, la revolución política francesa. El resultado de su enlace con la práctica fue la revolución social inglesa.

En 1760 subió al trono Jorge III, echó del gobierno a los whigs, que desde Jorge I habían estado en él casi sin interrupción, aunque, naturalmente, habían gobernado de un modo del todo conservador, y sentó la base del monopolio de los tories, que duró hasta 1830. Con ello el gobierno recuperó su verdad interna: en una época políticamente conservadora de Inglaterra era muy justo que gobernara el partido conservador. El movimiento social absorbió desde entonces las fuerzas de la nación y relegó el interés político; más aún, lo destruyó, pues toda la política interior no es desde entonces más que socialismo encubierto, la forma que adoptan las cuestiones sociales para poder hacerse valer de un modo general, nacional.

En 1763, el doctor James Watt, de Greenock, empezó a ocuparse de la construcción de la máquina de vapor y la terminó en 1768.12

En 1763, Josiah Wedgwood sentó, con la introducción de principios científicos, la base de la alfarería inglesa.13 Gracias a sus esfuerzos, una comarca yerma de Staffordshire se ha transformado en una región industriosa, los Potteries, que ocupa hoy a 60.000 personas y ha desempeñado un papel muy importante en el movimiento político-social de los últimos años.

En 1764, James Hargreaves, de Lancashire, inventó la spinning jenny, una máquina que, movida por un obrero, le permitía hilar dieciséis veces más que con el viejo torno.

En 1768, Richard Arkwright, un barbero de Preston, en Lancashire, inventó la spinning throstle, la primera máquina de hilar concebida desde el principio para la fuerza motriz mecánica. Producía water-twist, es decir, el hilo que se usa como urdimbre al tejer.

En 1776, Samuel Crompton, de Bolton, en Lancashire, inventó la spinning mule, combinando los principios mecánicos aplicados en la jenny y en la throstle. La mule, como la jenny, hila el mule-twist, es decir, la trama del tejedor; las tres máquinas están destinadas a trabajar el algodón.

En 1787, el doctor Cartwright inventó el telar mecánico, que sin embargo sufrió todavía varias mejoras y no pudo emplearse en la práctica hasta 1801.14

Estos inventos dieron impulso al movimiento social. Su consecuencia inmediata fue el nacimiento de la industria inglesa, y en primer lugar de la elaboración del algodón. La jenny había abaratado, ciertamente, la producción del hilo y, con la consiguiente ampliación del mercado, había dado el primer impulso a la industria; pero dejaba bastante intacto el lado social, el modo de explotación de la industria. Solo las máquinas de Arkwright y de Crompton y la máquina de vapor de Watt pusieron en marcha el movimiento al crear el sistema fabril. Primero surgieron fábricas más pequeñas, movidas por caballos o por fuerza hidráulica, pero pronto las desplazaron las fábricas más grandes, movidas por agua o por vapor. La primera hilatura de vapor la instaló Watt en 1785 en Nottinghamshire; la siguieron otras, y pronto el nuevo sistema se generalizó. La expansión de la hilatura de vapor, como todas las demás reformas industriales simultáneas y posteriores, avanzó con una rapidez enorme. La importación de algodón en rama, que en 1770 estaba todavía por debajo de cinco millones de libras al año, subió a 54 millones de libras (1800) y, en 1836, a 360 millones de libras. Ahora llegó a aplicarse en la práctica el telar de vapor y dio nuevo impulso al progreso industrial; todas las máquinas experimentaron innumerables mejoras, pequeñas, pero muy importantes en su conjunto, y cada nueva mejora influyó favorablemente en la expansión de todo el sistema industrial. Todas las ramas de la industria algodonera se revolucionaron; el estampado se elevó infinitamente por el empleo de medios mecánicos y, junto con el tinte y el blanqueo, por el progreso de la química; la fabricación de géneros de punto se vio arrastrada por la corriente; desde 1809 se hicieron a máquina los artículos finos de algodón, el tul, los encajes, etc. Me falta aquí espacio para seguir el progreso de la fabricación de algodón en los detalles de su historia; solo puedo dar el resultado, y este, frente a la industria antediluviana con sus 4 millones de libras de importación de algodón, con su torno de hilar, su carda de mano y su telar de mano, no dejará de causar impresión.

En 1833 se hilaron en el Imperio británico 10.264 millones de madejas de hilo, cuya longitud pasa de 5.000 millones de millas, y se estamparon 350 millones de varas de tejido de algodón; funcionaban 1.300 fábricas de algodón, en las que trabajaban 237.000 hilanderos y tejedores; estaban en marcha más de 9 millones de husos, 100.000 telares de vapor y 240.000 telares de mano, 33.000 telares de medias y 3.500 máquinas de bobbinet;15 33.000 caballos de vapor y 11.000 caballos de fuerza hidráulica movían máquinas para la elaboración del algodón, y millón y medio de personas vivían directa o indirectamente de esta rama industrial. Lancashire vive solo, y Lanarkshire en gran parte, del hilado y el tejido del algodón; Nottinghamshire, Derbyshire y Leicestershire son las sedes principales de las ramas secundarias de la industria algodonera. La cantidad de géneros de algodón exportados se ha multiplicado por ocho desde 1801; la masa de los consumidos en el propio país ha crecido mucho más todavía.

Vorwärts!, núm. 72, 7 de septiembre de 1844.

El impulso dado a la fabricación de algodón se comunicó pronto a las demás ramas de la industria. La industria lanera había sido hasta entonces la principal fuente de ingresos; ahora el algodón la hizo retroceder, pero, en lugar de disminuir, también ella se expandió. En 1785 yacía sin elaborar toda la lana recogida en tres años; los hilanderos no podían trabajarla mientras siguieran con su torpe torno de hilar. Entonces se empezaron a aplicar a la lana las máquinas de hilar algodón, lo que, tras algunas modificaciones, se logró por completo, y la industria lanera experimentó entonces la misma rápida expansión que ya hemos visto en la fabricación de algodón. La importación de lana en bruto subió de 7 millones de libras (1801) a 42 millones de libras (1835); en este último año estaban en funcionamiento 1.300 fábricas de lana con 71.300 obreros, sin contar una masa de tejedores a mano que trabajan en su casa y de estampadores, tintoreros, blanqueadores, etc., etc., que también viven indirectamente de la elaboración de la lana. Las sedes principales de esta rama industrial son el West Riding de Yorkshire y el «Oeste de Inglaterra» (sobre todo Somersetshire, Wiltshire, etc.).

La industria del lino tenía antes su sede principal en Irlanda. Hacia finales del siglo pasado se levantaron las primeras fábricas para elaborar el lino, y fue en Escocia. La maquinaria, sin embargo, era todavía muy imperfecta; el material ponía dificultades que exigían importantes modificaciones de las máquinas. El francés Girard (1810) fue el primero en perfeccionarlas;16 pero estas mejoras no cobraron importancia práctica hasta llegar a Inglaterra. La aplicación del telar de vapor al lino se llevó a cabo todavía más tarde; y desde entonces la fabricación del lino, aunque tuvo que sufrir la competencia del algodón, creció con enorme rapidez. Su centro fue Leeds en Inglaterra, Dundee en Escocia y Belfast en Irlanda. Solo Dundee importó en 1814 3.000 toneladas de lino, y en 1834, 19.000. La exportación de lino de Irlanda, donde el tejido a mano se ha mantenido todavía junto al tejido de vapor, aumentó de 1800 a 1825 en 20 millones de yardas, que fueron casi todas a Inglaterra y desde allí se reexportaron en parte; la exportación de todo el Imperio británico a países extranjeros aumentó de 1820 a 1833 en 27 millones de yardas; en 1835 funcionaban 347 fábricas de lino, 170 de ellas en Escocia; en estas fábricas trabajaban 33.000 obreros, sin contar los numerosos artesanos irlandeses.

La industria de la seda no cobró importancia hasta 1824, con la abolición de unos aranceles agobiantes; desde entonces la importación de seda en bruto se ha duplicado y el número de fábricas ha aumentado a 266, con 30.000 obreros. La sede principal de esta rama industrial es Cheshire (Macclesfield, Congleton y alrededores), luego Mánchester y, en Escocia, Paisley. La sede de la cintería es Coventry, en Warwickshire.

Estas cuatro ramas industriales, la fabricación de hilados y tejidos, quedaron así revolucionadas por completo. En lugar del trabajo doméstico apareció el trabajo en común en grandes edificios; el trabajo manual fue sustituido por la fuerza motriz del vapor y la actividad de las máquinas. Con ayuda de la máquina, un niño de ocho años hacía ahora más que antes veinte hombres adultos; seiscientos mil obreros fabriles, la mitad de ellos niños y más de la mitad del sexo femenino, hacen el trabajo de ciento cincuenta millones de personas.

Pero esto no es más que el comienzo de la conmoción industrial. Hemos visto cómo el tinte, el estampado y el blanqueo se ampliaron por el progreso del hilado y el tejido y, en consecuencia, buscaron ayuda en la mecánica y en la química. Desde que se aplicaron al estampado la máquina de vapor y los cilindros metálicos, un hombre hace el trabajo de doscientos; con el empleo del cloro en lugar del oxígeno en el blanqueo, la duración de la operación se ha reducido de un par de meses a un par de horas. Si la influencia de la revolución industrial se extendió así a los procesos a que se somete el producto después del hilado y el tejido, su repercusión sobre la materia de la nueva industria fue mucho más importante todavía. La máquina de vapor dio por primera vez su valor a los inagotables yacimientos de carbón que se extienden bajo la superficie de Inglaterra; se abrieron en masa nuevas minas de carbón y las viejas se explotaron con doble energía. La fabricación de máquinas de hilar y de telares empezó también a formar una rama industrial propia y se llevó a una perfección que ninguna otra nación ha alcanzado. Las máquinas se hacían con máquinas, y mediante una división del trabajo que llega hasta el último detalle se alcanzó la precisión y la exactitud que constituyen la ventaja de las máquinas inglesas. La fabricación de máquinas repercutió a su vez en la extracción del hierro y del cobre, que sin embargo recibió su impulso principal por otro lado, aunque siempre a raíz del vuelco inicial producido por Watt y Arkwright.

Las consecuencias del impulso industrial, una vez dado, no tienen fin. El movimiento de una rama industrial se comunica a todas las demás. Las fuerzas recién creadas piden alimento, como acabamos de ver; la población trabajadora recién creada trae consigo nuevas condiciones de vida y nuevas necesidades. Las ventajas mecánicas de la fabricación reducen el precio del producto fabricado y abaratan, por tanto, los medios de vida y, en consecuencia, el salario en general; todos los demás productos pueden venderse más baratos y consiguen así un mercado más amplio en proporción a su baratura. El ejemplo de los medios mecánicos aplicados con ventaja, una vez dado, se imita poco a poco en todas las ramas industriales; el aumento de la civilización, que es la consecuencia infalible de todas las mejoras industriales, crea nuevas necesidades, nuevas ramas de fabricación y, con ello, nuevas mejoras. La consecuencia de la revolución en el hilado del algodón tenía que ser una revolución de toda la industria; y si no siempre podemos seguir la transmisión de la fuerza motriz a las ramas más alejadas del sistema industrial, la culpa es solo de la falta de datos estadísticos e históricos. Pero veremos en todas partes que la introducción de medios mecánicos y, en general, de principios científicos fue el resorte del progreso.

La metalurgia es, después del hilado y el tejido, la principal rama industrial de Inglaterra. Warwickshire (Birmingham) y Staffordshire (Wolverhampton) son sus sedes principales. Muy pronto se recurrió a la fuerza del vapor, y con ella, así como con la división del trabajo, los costes de producción de los artículos de metal se redujeron en tres cuartas partes. En cambio, la exportación se cuadruplicó de 1800 a 1835. En el primero de estos años se exportaron 86.000 quintales de artículos de hierro y otros tantos de cobre; en el último, 320.000 quintales de artículos de hierro y 210.000 de cobre y latón. También la exportación de hierro en barras y de hierro colado solo cobró importancia entonces: en 1800 se exportaron 4.600 toneladas de hierro en barras; en 1835, 14.000 toneladas de hierro en barras y 14.000 de hierro colado.

La cuchillería inglesa se hace toda en Sheffield. El uso de la fuerza del vapor, sobre todo para afilar y pulir las hojas, la transformación del hierro en acero, que solo ahora cobró importancia, y el método recién inventado de colar el acero produjeron también aquí una revolución completa. Solo Sheffield consume al año 500.000 toneladas de carbón y 12.000 toneladas de hierro, 10.000 de ellas extranjero (sobre todo sueco).

El consumo de artículos de hierro colado data también de la segunda mitad del siglo pasado y solo en los últimos años ha alcanzado la importancia que tiene ahora. El alumbrado de gas (introducido en la práctica desde 1804) creó una demanda enorme de tubos de hierro colado; los ferrocarriles, los puentes colgantes, etc., la maquinaria, etc., aumentaron todavía más esta demanda. En 1780 se inventó el pudelado, es decir, la transformación del hierro colado en hierro forjable mediante el calor y la eliminación del carbono, y esto dio nueva importancia a las minas de hierro inglesas. Por falta de carbón vegetal, los ingleses habían tenido que traer de fuera hasta entonces todo el hierro forjado. Desde 1790 se hicieron clavos a máquina, y desde 1810, tornillos; en 1760 Huntsman inventó en Sheffield la fundición del acero; el alambre se estiraba con maquinaria y, en general, en toda la industria del hierro y del latón se introdujo una masa de máquinas nuevas, se desplazó el trabajo manual y se impuso el sistema fabril en la medida en que lo permitía la naturaleza de la cosa.

La expansión de las minas fue solo la consecuencia necesaria de esto. Hasta 1788 todo el mineral de hierro se había fundido con carbón vegetal, y la producción de hierro estaba limitada por eso por la escasa cantidad de combustible. Desde 1788 se empezó a emplear el coque (carbón desulfurado)17 en lugar del carbón vegetal, y así se sextuplicó en seis años la producción anual. En 1740 se producían 17.000 toneladas al año; en 1835, 553.000. El rendimiento de las minas de estaño y de cobre se ha triplicado desde 1770. Pero, junto a las minas de hierro, las minas de carbón son las más importantes de Inglaterra. La expansión de la extracción de carbón desde mediados del siglo pasado es incalculable. La masa de carbón que consumen hoy las innumerables máquinas de vapor que funcionan en fábricas y minas, las fraguas, los hornos de fundición y las fundiciones, y la calefacción privada de una población duplicada, no guarda la menor proporción con la cantidad consumida hace cien u ochenta años. Solo la fundición del hierro en bruto consume al año más de tres millones de toneladas (a veinte quintales la tonelada).

La creación de la industria tuvo como consecuencia inmediata la mejora de los medios de comunicación. Los caminos estaban en el siglo pasado tan mal en Inglaterra como en otras partes, y así siguieron hasta que el famoso MacAdam18 redujo la construcción de carreteras a principios científicos y dio con ello un nuevo impulso al progreso de la civilización. De 1818 a 1829 se construyeron en Inglaterra y Gales nuevas carreteras de una longitud total de 1.000 millas inglesas, sin contar los caminos vecinales menores, y casi todas las viejas se renovaron según los principios de MacAdam. En Escocia, la administración de obras públicas construyó desde 1803 más de 1.000 puentes; en Irlanda, los vastos páramos pantanosos del sur, donde vivía una estirpe de bandidos medio salvajes, quedaron atravesados por carreteras. Así se hicieron accesibles todos los rincones del país que hasta entonces habían estado fuera de toda comunicación con el mundo; sobre todo los distritos de habla celta, Gales, las Tierras Altas de Escocia y el sur de Irlanda, se vieron así obligados a conocer el mundo exterior y a aceptar la civilización que se les imponía.

En 1755 se construyó en Lancashire el primer canal digno de mención; en 1759 el duque de Bridgewater empezó su canal de Worsley a Mánchester. Desde entonces se han construido canales con una longitud total de 2.200 millas; además, Inglaterra posee 1.800 millas de ríos navegables, la mayor parte de los cuales tampoco se ha aprovechado hasta los últimos tiempos.

Desde 1807 se empleó la fuerza del vapor para propulsar barcos, y desde el primer barco de vapor británico (1811) se han construido otros 600. En 1835 había en servicio en puertos británicos unos 550 barcos de vapor.

El primer ferrocarril público se construyó en 1801 en Surrey; pero el nuevo medio de comunicación no cobró importancia hasta la apertura del ferrocarril de Liverpool a Mánchester (1830). Seis años después estaban abiertas 680 millas inglesas de ferrocarril y en construcción cuatro grandes líneas, de Londres a Birmingham, a Bristol y a Southampton, y de Birmingham a Mánchester y Liverpool. Desde entonces la red se ha extendido por toda Inglaterra; Londres es el nudo de nueve ferrocarriles, Mánchester de cinco.19

Esta revolución de la industria inglesa es la base de todas las relaciones inglesas modernas, la fuerza motriz de todo el movimiento social. Su primera consecuencia fue la ya apuntada elevación del interés al dominio sobre el hombre. El interés se adueñó de las fuerzas industriales recién creadas y las explotó para sus fines; estas fuerzas, que por derecho pertenecen a la humanidad, se convirtieron, por la acción de la propiedad privada, en el monopolio de unos pocos capitalistas ricos y en el medio de sojuzgar a la masa. El comercio absorbió la industria y se hizo así omnipotente, se convirtió en el vínculo de la humanidad; todo intercambio personal y nacional se disolvió en intercambio comercial y, lo que es lo mismo, la propiedad, la cosa, se elevó a amo del mundo.

Vorwärts!, núm. 73, 11 de septiembre de 1844.

El dominio de la propiedad tenía que volverse necesariamente, en primer lugar, contra el Estado y disolverlo o, al menos, ya que no puede prescindir de él, vaciarlo. Adam Smith empezó este vaciamiento al mismo tiempo que la revolución industrial, al publicar en 1776 su Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones y crear con ello la ciencia de las finanzas. Toda la ciencia de las finanzas anterior había sido exclusivamente nacional; la economía del Estado se había considerado una mera rama del conjunto de los asuntos del Estado, subordinada al Estado como tal; Adam Smith sometió el cosmopolitismo a los fines nacionales20 y elevó la economía del Estado a esencia y fin del Estado. Redujo la política, los partidos, la religión, todo, a categorías económicas, y con ello reconoció la propiedad como la esencia, y el enriquecimiento como el fin del Estado. Por otro lado, William Godwin (Political Justice, 1793) apoyó el sistema republicano de la política, estableció al mismo tiempo que J. Bentham el principio de utilidad, con lo que el republicano salus publica suprema lex21 se llevó a sus consecuencias legítimas, y atacó la esencia misma del Estado con su proposición de que el Estado es un mal.22 Godwin concibe todavía el principio de utilidad de un modo del todo general, como el deber del ciudadano de vivir solo para el bien general, descuidando el interés individual; Bentham, en cambio, desarrolla la naturaleza esencialmente social de este principio al hacer, de acuerdo con la tendencia nacional de su tiempo, del interés particular la base del interés general; reconoce la identidad de ambos en la proposición, desarrollada sobre todo por su discípulo Mill,23 de que el amor a los hombres no es otra cosa que egoísmo ilustrado, y sustituye el «bien general» por la mayor felicidad del mayor número. Bentham comete aquí, en su empirismo, el mismo error que Hegel cometió en la teoría: no se toma en serio la superación de las oposiciones; convierte el sujeto en predicado, somete el todo a la parte y con ello lo pone todo cabeza abajo. Primero habla de la inseparabilidad del interés general y del particular, y después se queda unilateralmente en el burdo interés particular; su proposición no es más que la expresión empírica de esta otra, que el hombre es la humanidad; pero, por estar expresada empíricamente, da los derechos del género no al hombre libre, consciente de sí y que se crea a sí mismo, sino al hombre tosco, ciego, prisionero de las oposiciones. Hace de la libre competencia la esencia de la moralidad, regula las relaciones de la humanidad según las leyes de la propiedad, de la cosa, según leyes naturales, y es así la consumación del viejo estado del mundo, cristiano y surgido de forma natural, la cumbre de la enajenación, pero no el comienzo del estado nuevo que el hombre consciente de sí ha de crear con plena libertad. No va más allá del Estado, pero le quita todo contenido, sustituye los principios políticos por principios sociales, hace de la organización política la forma del contenido social y lleva así la contradicción a su punto culminante.

Al mismo tiempo que la revolución industrial nació el partido demócrata. En 1769, J. Horne Tooke fundó la Society of the Bill of Rights, en la que por primera vez desde la república24 se volvieron a discutir principios democráticos. Como en Francia, los demócratas eran todos hombres de formación filosófica, pero pronto vieron que las clases altas y medias estaban contra ellos y que solo la clase trabajadora prestaba oído a sus principios. En ella encontraron pronto un partido, y este partido era ya bastante fuerte en 1794, pero todavía no lo bastante para poder actuar más que a sacudidas. De 1797 a 1816 no se habló de él; en los agitados años de 1816 a 1823 volvió a estar muy activo, pero luego, hasta la revolución de julio, se hundió de nuevo en la inactividad. Desde entonces ha conservado su importancia junto a los viejos partidos y está en progreso regular, como veremos más adelante.

El resultado más importante del siglo XVIII fue para Inglaterra la creación del proletariado por la revolución industrial. La nueva industria exigía una masa de obreros siempre disponible para las innumerables ramas nuevas del trabajo, y obreros como no los había habido hasta entonces. Hasta 1780 Inglaterra tenía pocos proletarios, como se desprende necesariamente de la situación social de la nación expuesta más arriba. La industria concentró el trabajo en las fábricas y en las ciudades; la unión de la actividad industrial y la agrícola se hizo imposible y la nueva clase obrera quedó reducida exclusivamente a su trabajo. La excepción de antes se convirtió en regla y se fue extendiendo poco a poco también fuera de las ciudades. El cultivo parcelario de la tierra fue desplazado por los grandes arrendatarios, y así se creó una nueva clase de jornaleros agrícolas. Las ciudades triplicaron y cuadruplicaron su población, y casi todo este aumento consistió en meros obreros. La expansión de la minería exigió igualmente un gran número de obreros nuevos, y también estos vivían solo de su jornal.

Por otro lado, la clase media se elevó a aristocracia declarada. En el movimiento industrial los fabricantes multiplicaron su capital de un modo asombrosamente rápido; también los comerciantes recibieron su parte, y el capital creado por esta revolución fue el medio con el que la aristocracia inglesa combatió la Revolución francesa.

El resultado de todo el movimiento fue que Inglaterra está hoy dividida en tres partidos: la aristocracia de la tierra, la aristocracia del dinero y la democracia trabajadora. Estos son los únicos partidos de Inglaterra, los únicos resortes que actúan aquí, y cómo actúan es lo que quizá intentemos exponer en un artículo posterior.

II. La constitución inglesa

Vorwärts!, núm. 75, 18 de septiembre de 1844.

En el artículo anterior se han expuesto los principios según los cuales ha de juzgarse la posición actual del Imperio británico en la historia de la civilización, y se han dado los datos necesarios sobre el desarrollo de la nación inglesa en la medida en que eran indispensables para ese fin, pero menos conocidos en el continente; podemos, pues, una vez fundamentados nuestros supuestos, ir derechos a nuestro objeto.

La situación de Inglaterra ha parecido hasta ahora envidiable a todos los demás pueblos de Europa, y lo es para todo el que se mueve en la superficie y mira solo con ojos de político. Inglaterra es un imperio mundial en el sentido en que hoy puede existir un imperio así y en que, en el fondo, lo fueron también todos los demás imperios mundiales; porque también el imperio de Alejandro y el de César fueron, como el inglés, el dominio de pueblos civilizados sobre bárbaros y colonias. Ningún otro país del mundo puede medirse con Inglaterra en poder y riqueza, y ese poder y esa riqueza no están, como en Roma, en manos de un solo déspota, sino que pertenecen a la parte culta de la nación. El miedo al despotismo, la lucha contra el poder de la corona, no existen ya en Inglaterra desde hace cien años; Inglaterra es innegablemente el país más libre, es decir, menos falto de libertad del mundo, sin exceptuar Norteamérica, y en consecuencia el inglés culto tiene un grado de independencia innata del que ningún francés, y menos aún un alemán, puede jactarse. La actividad política, la prensa libre, el dominio de los mares y la gigantesca industria de Inglaterra han desarrollado tan completamente, casi en cada individuo, la energía inherente al carácter nacional, la capacidad de acción más resuelta junto a la reflexión más serena, que también en esto los pueblos continentales están infinitamente por detrás de los ingleses. La historia del ejército y de la flota ingleses es una serie de victorias brillantes, mientras que Inglaterra apenas ha visto un enemigo en sus costas en ochocientos años; a su literatura solo pueden disputarle el rango la griega antigua y la alemana; en filosofía Inglaterra puede presentar al menos dos grandes nombres, Bacon y Locke, y en las ciencias empíricas innumerables; y si se trata de saber qué pueblo ha hecho más, nadie puede negar que ese pueblo son los ingleses.

Estas son las cosas de que Inglaterra puede jactarse, las ventajas que tiene sobre los alemanes y los franceses, y las he enumerado aquí de entrada para que los buenos alemanes se convenzan desde el principio de mi «imparcialidad»; porque sé muy bien que en Alemania se puede hablar sin miramientos de los alemanes mucho antes que de cualquier otra nación. Y estas cosas que acabo de enumerar forman más o menos el tema de toda la literatura, voluminosa y sin embargo sumamente estéril y superflua, que se ha escrito en el continente sobre Inglaterra. A nadie se le ha ocurrido entrar en la esencia de la historia inglesa y del carácter nacional inglés, y lo lamentable que es toda la literatura sobre Inglaterra se desprende ya del simple hecho de que el lamentable libro del señor Von Raumer25 pasa todavía en Alemania, que yo sepa, por el mejor sobre la materia.

Puesto que hasta ahora solo se ha considerado a Inglaterra desde el lado político, empecemos por este. Examinemos la constitución inglesa, que, según la expresión del tory, es «el producto más perfecto de la razón inglesa», y, para dar todavía un gusto al político, procedamos por el momento de un modo del todo empírico.

Al justo medio la constitución inglesa le parece hermosa sobre todo porque se ha desarrollado «históricamente»; es decir, en buen castellano, porque se ha conservado la vieja base creada por la revolución de 1688 y sobre ese fundamento, como dicen ellos, se ha seguido construyendo. Ya veremos qué carácter ha adquirido así la constitución inglesa; de momento basta comparar sencillamente al inglés de 1688 con el de 1844 para demostrar que un mismo fundamento constitucional para ambos es un absurdo, una imposibilidad. Aun prescindiendo del progreso general de la civilización, el carácter político de la nación es ya muy distinto del de entonces. La Test Act, la Habeas Corpus Act y el Bill of Rights26 fueron medidas whigs, que nacieron de la debilidad y la derrota de los tories de entonces y se dirigían contra esos tories, es decir, contra la monarquía absoluta y el catolicismo abierto o encubierto. Pero ya en los cincuenta años siguientes desaparecieron los viejos tories, y sus descendientes adoptaron los principios que hasta entonces habían sido propiedad de los whigs; desde la subida al trono de Jorge I, los tories monárquico-católicos se convirtieron en un partido aristocrático y de la Iglesia alta, y desde la Revolución francesa, que fue la que les hizo tomar conciencia de sí, los dogmas positivos del torismo se fueron volatilizando cada vez más hasta quedar en la abstracción del «conservadurismo», la defensa desnuda e irreflexiva de lo existente; más aún, incluso esta etapa está ya superada: en sir Robert Peel el torismo se ha resuelto a reconocer el movimiento, ha comprendido que la constitución inglesa es insostenible y ya solo capitula para conservar el mayor tiempo posible ese armatoste podrido. Los whigs han pasado por una evolución igual de importante, ha surgido un nuevo partido, democrático, ¡y el fundamento de 1688 todavía ha de ser lo bastante ancho para 1844! La consecuencia necesaria de esta «evolución histórica» es que las contradicciones internas que constituyen la esencia de la monarquía constitucional, y que quedaron suficientemente al descubierto ya en tiempos en que la filosofía alemana moderna adoptaba todavía el punto de vista republicano, alcanzan su cúspide en la monarquía inglesa moderna. En efecto, la monarquía constitucional inglesa es la consumación de la monarquía constitucional en general; es el único Estado en el que, en la medida en que hoy es todavía posible, una aristocracia nobiliaria real ha conservado su lugar junto a una conciencia popular relativamente muy desarrollada, y en el que, por tanto, existe realmente la trinidad del poder legislativo que en el continente se ha restablecido artificialmente y se mantiene a duras penas.

Si la esencia del Estado, como la de la religión, es el miedo de la humanidad a sí misma, ese miedo alcanza su grado más alto en la monarquía constitucional y, sobre todo, en la inglesa. La experiencia de tres milenios no ha hecho a los hombres más sensatos, sino, al contrario, más confusos, más cohibidos; los ha vuelto locos, y el resultado de esta locura es el estado político de la Europa actual. La monarquía pura da miedo: se piensa en el despotismo oriental y en el romano. La aristocracia pura no es menos temible: no en vano han existido los patricios romanos y el feudalismo medieval, los nobili venecianos y genoveses. La democracia es más espantosa que ambas; Mario y Sila, Cromwell y Robespierre, las cabezas ensangrentadas de dos reyes, las listas de proscripción y la dictadura hablan bastante alto de los «horrores» de la democracia. Además, es notorio que ninguna de estas formas ha podido mantenerse nunca mucho tiempo. ¿Qué había que hacer, pues? En lugar de seguir adelante en línea recta, en lugar de sacar de la imperfección, o más bien de la inhumanidad, de todas las formas de Estado la conclusión de que el Estado mismo es la causa de todas estas inhumanidades y es él mismo inhumano, en lugar de eso uno se tranquilizó con la opinión de que la inmoralidad solo se pegaba a las formas de Estado, dedujo de las premisas anteriores que tres factores inmorales juntos pueden dar un producto moral, y creó la monarquía constitucional.

La primera proposición de la monarquía constitucional es la del equilibrio de los poderes, y esta proposición es la expresión más perfecta del miedo de la humanidad a sí misma. No quiero hablar en absoluto de la ridícula sinrazón, de la total inviabilidad de esta proposición; solo quiero examinar si se cumple en la constitución inglesa; me atendré, como prometí, a lo puramente empírico, tan empírico que quizá lo sea demasiado incluso para nuestros empiristas políticos. Tomo, pues, la constitución inglesa, no tal como está en los Comentarios de Blackstone, en las quimeras de De Lolme27 o en la larga serie de estatutos constituyentes desde la Carta Magna hasta la ley de reforma, sino tal como existe en la realidad.

En primer lugar, el elemento monárquico. Todo el mundo sabe lo que da de sí el soberano rey de Inglaterra, sea varón o hembra. El poder de la corona se reduce en la práctica a cero, y si un hecho notorio en todo el mundo necesitara todavía prueba, bastaría el hecho de que desde hace más de cien años ha cesado toda lucha contra la corona, de que hasta los cartistas, demócratas radicales, saben emplear su tiempo en algo mejor que en esa lucha. ¿Dónde queda, pues, el tercio del poder legislativo que la teoría asigna a la corona? Y, sin embargo —y aquí el miedo alcanza su cumbre—, la constitución inglesa no puede existir sin la monarquía. Quitad la corona, la «cúspide subjetiva»,28 y todo el edificio artificial se viene abajo. La constitución inglesa es una pirámide invertida: la cúspide es al mismo tiempo la base. Y cuanto más insignificante se ha vuelto en la realidad el elemento monárquico, tanto más importante se ha vuelto para el inglés. Como es sabido, en ninguna parte se adora más a la persona que no gobierna que en Inglaterra. Los periódicos ingleses superan con mucho a los alemanes en servilismo de esclavo. Este culto repugnante del rey como tal, la adoración de la representación totalmente vaciada, despojada de todo contenido —no de la representación, de la palabra— «rey», es sin embargo la consumación de la monarquía, como la adoración de la mera palabra «Dios» es la consumación de la religión. La palabra rey es la esencia del Estado, como la palabra Dios es la esencia de la religión, aunque ninguna de las dos palabras signifique absolutamente nada. En ambos casos lo principal es que lo principal, es decir, el hombre que se esconde detrás de esas palabras, no salga a relucir.

Luego, el elemento aristocrático. A este no le va mucho mejor que a la corona, al menos en la esfera que le asigna la constitución. Si la burla con que se ha colmado sin cesar a la Cámara de los Lores desde hace más de cien años se ha convertido poco a poco hasta tal punto en parte de la opinión pública que esta rama del poder legislativo se tiene generalmente por un asilo de inválidos para estadistas jubilados, y que todo miembro de la Cámara de los Comunes que aún no esté del todo gastado considera una ofensa que le ofrezcan un título de par, es fácil imaginar en qué estima se tiene al segundo de los poderes del Estado instituidos por la constitución. En efecto, la actividad de los lores en la Cámara Alta ha descendido a una formalidad vacía e insignificante, y solo rara vez se eleva a una especie de energía de la inercia, como la que se mostró durante el dominio whig de 1830 a 1840; pero incluso entonces los lores no son fuertes por sí mismos, sino por el partido del que son los representantes más puros, los tories; y la Cámara de los Lores, cuya ventaja principal en la teoría de la constitución debería ser su independencia por igual de la corona y del pueblo, depende en la realidad de un partido, es decir, del estado de la opinión popular, y, por el derecho de la corona a nombrar pares, también de esta. Pero cuanto más impotente es la Cámara de los Lores, tanto más firme es el terreno que ha ganado en la opinión pública. Los partidos constitucionales, tories, whigs y radicales, se estremecen por igual ante la idea de abolir esta formalidad vacía, y los radicales observan a lo sumo que los lores, como único poder irresponsable de la constitución, son una anomalía y que, por tanto, habría que sustituir la nobleza hereditaria por una nobleza electiva. Es de nuevo el miedo a la humanidad lo que mantiene esta forma vacía, y los radicales, que exigen una base democrática pura para la Cámara de los Comunes, llevan este miedo todavía más lejos que los otros dos partidos, pues, para no dejar caer por nada del mundo la gastada y caduca Cámara Alta, intentan infundirle todavía un poco de vida mediante una inyección de sangre popular. Los cartistas saben mejor lo que tienen que hacer; saben que, ante el asalto de una Cámara de los Comunes democrática, todo el andamiaje podrido, corona, lores, etc., tiene que venirse abajo por sí solo, y por eso no se fatigan, como los radicales, con la reforma de la nobleza. Y así como la adoración de la corona ha crecido en la misma proporción en que disminuía el poder de la corona, así también el respeto popular por la aristocracia ha aumentado cuanto más insignificante se ha vuelto la influencia política de la Cámara de los Lores. No solo se han conservado las formalidades más humillantes de la época feudal: los miembros de la Cámara de los Comunes, cuando comparecen en calidad oficial ante los lores, tienen que estar de pie con el sombrero en la mano ante los lores sentados y cubiertos; el tratamiento oficial a un noble es: «Plazca a Vuestra Señoría» (May it please your lordship), etc. Lo peor es que todas estas formalidades son realmente la expresión de la opinión pública, que tiene a un lord por un ser de naturaleza superior y siente un respeto por los árboles genealógicos, los títulos sonoros, los viejos recuerdos de familia, etc., que a nosotros, los continentales, nos resulta tan repelente y repugnante como el culto de la corona. También en este rasgo del carácter inglés tenemos otra vez la adoración de una palabra vacía e insignificante, la idea fija, completamente demente, de que una gran nación, de que la humanidad y el universo no podrían existir sin la palabra aristocracia. Con todo, la aristocracia tiene en la realidad una influencia considerable; pero así como el poder de la corona es el poder de los ministros, es decir, de los representantes de la mayoría de la Cámara de los Comunes, y ha tomado por tanto una dirección muy distinta de la que pretendía la constitución, así también el poder de la aristocracia consiste en algo muy distinto de su derecho a un escaño hereditario en el poder legislativo. La aristocracia es fuerte por su enorme propiedad territorial, por su riqueza en general, y comparte por eso esa fuerza con todos los demás ricos no nobles; el poder de los lores no se despliega en la Cámara de los Lores, sino en la de los Comunes, y esto nos lleva a la parte del poder legislativo que, según la constitución, ha de representar el elemento democrático.

Vorwärts!, núm. 76, 21 de septiembre de 1844.

Si la corona y la Cámara de los Lores no tienen poder, la Cámara de los Comunes tiene que reunir necesariamente todo el poder, y así ocurre. En la realidad, la Cámara de los Comunes hace las leyes y las administra por medio de los ministros, que no son más que una comisión suya. Con esta omnipotencia de la Cámara de los Comunes, Inglaterra tendría que ser, pues, una democracia pura, aunque nominalmente subsistieran las otras dos ramas del poder legislativo, con tal de que el elemento democrático mismo fuera realmente democrático. Pero de eso ni hablar. Al fijarse la constitución tras la revolución de 1688, la composición de los Comunes quedó del todo intacta; las ciudades, villas y distritos electorales que antes tenían derecho a enviar un diputado lo conservaron; y ese derecho no era en absoluto un «derecho humano universal» democrático, sino un privilegio completamente feudal que todavía bajo Isabel la corona concedía de un modo del todo arbitrario, por pura gracia, a muchas ciudades que hasta entonces no estaban representadas. Incluso el carácter de representación que las elecciones a la Cámara de los Comunes tenían al menos en su origen lo perdieron pronto por la «evolución histórica». La composición de la vieja Cámara de los Comunes es conocida. En las ciudades, la renovación del diputado estaba en manos de un solo individuo o de una corporación cerrada que se completaba a sí misma; solo unas pocas ciudades eran abiertas, es decir, tenían un número bastante grande de electores, y en ellas el soborno más desvergonzado desplazaba el último resto de representación real. Las ciudades cerradas estaban casi siempre bajo la influencia de un individuo, por lo común un lord; y en los distritos electorales rurales la omnipotencia de los grandes terratenientes ahogaba cualquier impulso más libre y espontáneo que pudiera surgir en un pueblo, por lo demás, políticamente sin vida. La vieja Cámara de los Comunes no era más que una corporación medieval cerrada, independiente del pueblo, la consumación del derecho «histórico», que no podía aducir ni un solo argumento real o aparentemente racional en favor de su existencia, que existía a despecho de la razón y que por eso, en 1794, negó por boca de su comisión que fuera una asamblea de representantes y que Inglaterra fuera un Estado representativo.29 Frente a semejante constitución, la teoría del Estado representativo, incluso la de la monarquía constitucional corriente con una cámara de representantes, tenía que parecer del todo revolucionaria y reprobable; por eso los tories tenían toda la razón cuando calificaban la ley de reforma de medida que iba directamente contra el espíritu y la letra de la constitución y que la socavaba. La ley de reforma, sin embargo, se aprobó, y ahora tenemos que ver en qué ha convertido la constitución inglesa y, sobre todo, la Cámara de los Comunes. Para empezar, las condiciones de la elección de diputados en el campo han seguido siendo exactamente las mismas. Los electores son aquí casi exclusivamente arrendatarios, y estos dependen por completo de su terrateniente, que, como no tienen con él ninguna relación contractual, puede rescindirles el arriendo en cualquier momento. Los diputados de los condados (por oposición a las ciudades) siguen siendo, como antes, diputados de los terratenientes, porque solo en las épocas más agitadas, como en 1831, se atreven los arrendatarios a votar contra los terratenientes. Más aún, la ley de reforma no hizo sino agravar el mal al aumentar el número de diputados de los condados. De los 252 diputados de condado, los tories pueden contar siempre, por eso, con 200 por lo menos, salvo que reine entre los arrendatarios una agitación general que haga imprudente la intervención de los terratenientes. En las ciudades se introdujo al menos formalmente una representación, y se dio el derecho de voto a todo el que habita una casa de un valor de alquiler de diez libras al año como mínimo y paga impuestos directos (contribución de pobres, etc.).30 Con ello queda excluida la inmensa mayoría de las clases trabajadoras; porque, en primer lugar, naturalmente, solo los casados viven en casas propias y, aunque una parte considerable de esas casas cuesta diez libras de alquiler al año, casi todos sus habitantes eluden el pago de los impuestos directos y no son, por tanto, electores. Con el sufragio universal cartista, el número de electores se triplicaría como mínimo. Las ciudades están, pues, en manos de la clase media, y esta, a su vez, en las ciudades más pequeñas depende muy a menudo, directa o indirectamente, de los terratenientes a través de los arrendatarios, que son los principales clientes de los tenderos y artesanos. Solo en las grandes ciudades llega la clase media realmente a dominar, y en las ciudades fabriles más pequeñas, sobre todo las de Lancashire, donde la clase media es insignificante en número y la población rural en influencia, donde, por tanto, ya una minoría de la clase obrera pone un peso decisivo en la balanza, la representación aparente se acerca algo a una real. Por eso estas ciudades, por ejemplo Ashton, Oldham, Rochdale, Bolton, etc., envían al Parlamento casi solo radicales. Una ampliación del derecho de voto según los principios de los cartistas haría aquí de este último partido, como en general en todas las ciudades fabriles, la mayoría de los electores. Pero, además de estas diversas influencias, muy complicadas en la práctica, se hacen valer también distintos intereses locales y, por último, una influencia muy considerable: la del soborno. En el primer artículo de esta serie ya se habló de que la Cámara de los Comunes declaró, por medio de su comisión sobre el soborno, que había sido elegida mediante soborno, y Thomas Duncombe, el único miembro decididamente cartista,31 hace tiempo que le dijo a la Cámara sin rodeos que nadie en toda la asamblea, ni él mismo, podía decir que había llegado a su escaño por la libre elección de sus electores, sin soborno. El verano pasado, Richard Cobden, diputado por Stockport y jefe de la Liga contra las leyes de cereales, declaró en un mitin público en Mánchester que el soborno había alcanzado ahora un grado más alto que nunca, que en el Carlton Club tory y en el Reform Club liberal de Londres se subastaba formalmente al mejor postor la representación de ciudades y que esos clubes actuaban como empresarios: por tantas libras te garantizamos este escaño, etc. Y a todo esto se añade la limpia manera en que se celebran las elecciones, la borrachera general en que se emite el voto, las tabernas en que los electores se emborrachan a costa de los candidatos, el desorden, las riñas y los aullidos de la masa ante las casetas de votación, para completar la nulidad de una representación válida por siete años.

Vorwärts!, núm. 77, 25 de septiembre de 1844.

Hemos visto que la corona y la Cámara de los Lores han perdido su importancia; hemos visto cómo se recluta la omnipotente Cámara de los Comunes; la pregunta es ahora: ¿quién gobierna entonces realmente en Inglaterra? Gobierna la propiedad. La propiedad capacita a la aristocracia para dominar la elección de los diputados rurales y de las pequeñas ciudades; la propiedad capacita a los comerciantes y fabricantes para designar a los diputados de las ciudades grandes y, en parte, también de las pequeñas; la propiedad capacita a unos y otros para aumentar su influencia mediante el soborno. El dominio de la propiedad está reconocido expresamente en la ley de reforma mediante el censo. Y en la medida en que la propiedad y la influencia adquirida por la propiedad constituyen la esencia de la clase media; en la medida, pues, en que la aristocracia hace valer en las elecciones su propiedad y con ello no se presenta como aristocracia, sino que se equipara a la clase media; en la medida en que la influencia de la clase media propiamente dicha es en conjunto mucho más fuerte que la de la aristocracia, en esa medida domina, ciertamente, la clase media. Pero ¿cómo domina y por qué? Porque el pueblo no tiene todavía claro lo que es la propiedad, porque en general, al menos en el campo, está todavía espiritualmente muerto y por eso tolera la tiranía de la propiedad. Inglaterra es, desde luego, una democracia, pero como lo es Rusia: como el pueblo gobierna inconscientemente en todas partes y en todos los Estados el gobierno no es más que otra expresión del grado de cultura del pueblo.

Costará volver desde esta práctica de la constitución inglesa a su teoría. La práctica está en la contradicción más flagrante con la teoría; los dos lados se han extrañado tanto el uno del otro que ya no se parecen en nada. Aquí, una trinidad del poder legislativo; allí, una tiranía de la clase media; aquí, un sistema de dos cámaras; allí, una Cámara de los Comunes omnipotente; aquí, una prerrogativa real; allí, un ministerio elegido por los Comunes; aquí, una Cámara de los Lores independiente con legisladores hereditarios; allí, un asilo de inválidos para diputados caducos. Cada una de las tres partes del poder legislativo ha tenido que ceder su poder a otro elemento: la corona, a los ministros, es decir, a la mayoría de la Cámara de los Comunes; los lores, al partido tory, es decir, a un elemento popular, y a los ministros que crean pares, es decir, en el fondo también a un elemento popular; y los Comunes, a la clase media o, lo que es lo mismo, a la minoría de edad política del pueblo. La constitución inglesa ya no existe en realidad; todo el largo proceso de la legislación es una simple farsa; la contradicción entre teoría y práctica se ha vuelto tan estridente que es imposible que se sostenga mucho tiempo; y aunque con la emancipación de los católicos, de la que todavía tendremos que hablar, y con la reforma parlamentaria y municipal se haya reanimado algo, en apariencia, la vitalidad de la constitución enferma, esas medidas son ya ellas mismas la confesión de que se desespera de conservar la constitución, e introducen en ella elementos que contradicen decididamente sus principios fundamentales y agrandan, por tanto, el conflicto al poner a la teoría en contradicción consigo misma.

Hemos visto cómo la organización de los poderes en la constitución inglesa descansa enteramente en el miedo. Este miedo se muestra todavía más en las reglas por las que se rige la legislación, los llamados standing orders.32 Cada proyecto de ley tiene que leerse en cada una de las dos cámaras tres veces, a ciertos intervalos; después de la segunda lectura se entrega a una comisión que lo examina en detalle; en los casos más importantes «la Cámara se constituye en comisión de toda la Cámara» para deliberar sobre el proyecto y nombra un ponente que, terminada la deliberación, informa con mucha solemnidad a la misma Cámara que ha deliberado sobre la deliberación. Dicho sea de paso, ¿no es este el más bello ejemplo de la «trascendencia dentro de la inmanencia y de la inmanencia dentro de la trascendencia» que pueda desear un hegeliano? «El saber de la Cámara de los Comunes acerca de la comisión es el saber de la comisión acerca de sí misma», y el ponente es la «personalidad absoluta del mediador, en la que ambos son idénticos». Cada proyecto de ley se debate, por tanto, ocho veces antes de poder recibir la sanción real. A todo este procedimiento ridículo le sirve de fundamento, naturalmente, otra vez el miedo a la humanidad. Se comprende que el progreso es la esencia de la humanidad, pero no se tiene valor para proclamar abiertamente el progreso; se dan leyes que han de tener validez absoluta y que, por tanto, ponen barreras al progreso; y con el derecho reservado de modificar las leyes se vuelve a dejar entrar por la puerta de atrás el progreso que se acaba de negar. Pero, eso sí, nada de prisas, nada de precipitaciones. El progreso es revolucionario, es peligroso y hay que ponerle por lo menos un buen freno; antes de decidirse a reconocerlo hay que pensárselo ocho veces. Pero este miedo, que es nulo en sí mismo y solo demuestra que los miedosos no son todavía hombres verdaderos y libres, tiene que errar necesariamente también en sus medidas. En lugar de asegurar una deliberación más amplia de los proyectos, la lectura repetida se vuelve en la práctica del todo superflua y una mera formalidad. El debate principal se concentra por lo general en la primera o en la segunda lectura, a veces también en los debates en comisión, según le convenga más a la oposición. Pero esta multiplicación del debate aparece en toda su nulidad si se piensa que la suerte de cada proyecto está decidida de antemano y, donde no lo está, en el debate no se delibera sobre el proyecto concreto, sino sobre la existencia de un ministerio. El resultado de toda esta farsa repetida ocho veces no es, pues, una deliberación más sosegada en la Cámara misma, sino algo muy distinto, que no entraba en absoluto en la intención de quienes introdujeron la farsa. La lentitud de las deliberaciones da tiempo a la opinión pública para formarse un juicio sobre la medida propuesta y, en caso de necesidad, oponerse a ella con mítines y peticiones, y muchas veces con éxito, como el año pasado con la ley de educación de sir James Graham.33 Pero esto, como he dicho, no es el fin originario y podría conseguirse de un modo mucho más sencillo.

Ya que estamos con los standing orders, podemos mencionar algunos puntos más en los que se delatan el miedo de la constitución inglesa y el carácter corporativo originario de la Cámara de los Comunes. Los debates de la Cámara de los Comunes no son públicos; la admisión es un privilegio y por lo común solo se obtiene mediante una orden escrita de un miembro. Durante la votación se desalojan las galerías; a pesar de este ridículo secretismo, cuya abolición la Cámara siempre ha resistido con vehemencia, los nombres de los miembros que han votado a favor o en contra aparecen al día siguiente en todos los periódicos. Los miembros radicales nunca han podido conseguir una impresión auténtica de las actas (hace solo quince días fracasó una moción en ese sentido); en consecuencia, el impresor de las crónicas parlamentarias que aparecen en los periódicos es el único responsable de su contenido y puede ser demandado por publicar declaraciones difamatorias por cualquiera que se sienta ofendido por unas palabras de un miembro del Parlamento (legalmente, también por el gobierno), mientras que el autor de la difamación está a salvo de toda persecución por su privilegio parlamentario. Estos y otros muchos puntos de los standing orders muestran el carácter exclusivo y antipopular del Parlamento reformado; y la tenacidad con que la Cámara de los Comunes se aferra a estas costumbres muestra con bastante claridad que no tiene ganas de transformarse de corporación privilegiada en asamblea de representantes del pueblo.

Vorwärts!, núm. 78, 28 de septiembre de 1844.

Otra prueba de ello es el privilegio del Parlamento, la posición excepcional de sus miembros frente a los tribunales y el derecho de la Cámara de los Comunes a hacer arrestar a quien quiera. Dirigido originariamente contra las extralimitaciones de una corona despojada desde entonces de todo poder, este privilegio se ha vuelto en los tiempos modernos solo contra el pueblo. En 1771 la Cámara se encolerizó por la insolencia de los periódicos que publicaban los debates, cosa a la que solo tenía derecho la propia Cámara, e intentó poner fin a esa insolencia arrestando a impresores y después a funcionarios que habían puesto en libertad a esos impresores.34 Naturalmente, fracasó; pero el intento demuestra lo que da de sí el privilegio del Parlamento, y el fracaso demuestra que también la Cámara de los Comunes, pese a estar por encima del pueblo, depende de él, que tampoco la Cámara de los Comunes gobierna, por tanto.

En un país donde «el cristianismo es parte esencial de las leyes del país» (Christianity is part and parcel of the laws of the land), la Iglesia de Estado forma parte necesariamente de la constitución. Inglaterra es, según su constitución, esencialmente un Estado cristiano, y un Estado cristiano plenamente desarrollado y fuerte; Estado e Iglesia están completamente fundidos y son inseparables. Pero esta unidad de Iglesia y Estado solo puede darse en una confesión cristiana, con exclusión de todas las demás, y las sectas excluidas quedan así naturalmente señaladas como herejes y expuestas a la persecución religiosa y política. Así en Inglaterra. Por eso, desde siempre se las metió a todas en una sola clase: como no conformistas o disidentes fueron excluidas de toda participación en el Estado, se las molestó y estorbó en su culto y se las persiguió con leyes penales. Cuanto más celosamente se pronunciaban contra la unidad de la Iglesia y el Estado, con tanta más vehemencia defendía esa unidad el partido dominante y la elevaba a punto vital del Estado. Por eso, cuando el Estado cristiano estaba todavía en Inglaterra en plena flor, la persecución de los disidentes y, sobre todo, de los católicos estaba a la orden del día, una persecución menos violenta, ciertamente, pero más universal y más persistente que la de la Edad Media. La enfermedad aguda se hizo crónica; los arrebatos de furia repentinos y sanguinarios del catolicismo se convirtieron en un frío cálculo político que trataba de extirpar la heterodoxia con una presión más suave, pero continua. La persecución se trasladó al terreno secular y se hizo así más insoportable. La incredulidad respecto de los Treinta y Nueve Artículos35 dejó de ser blasfemia, pero en su lugar se la convirtió en delito de Estado.

Pero el progreso de la historia no se dejaba detener; la distancia entre la legislación de 1688 y la opinión pública de 1828 era tan grande que ese año hasta la Cámara de los Comunes se vio obligada a derogar las leyes más opresivas contra los disidentes. Se abolieron la Test Act y los párrafos religiosos de la Corporation Act; al año siguiente siguió la emancipación de los católicos, pese a la furiosa oposición de los tories. Los tories, los representantes de la constitución, tenían toda la razón en esta oposición, puesto que ninguno de los partidos liberales, ni siquiera los radicales, atacaba la constitución misma. La constitución debía seguir siendo también para ellos la base, y en el terreno de la constitución solo los tories eran consecuentes. Comprendieron, y lo dijeron, que esas medidas tenían que traer consigo la caída de la Iglesia alta y, necesariamente, también la de la constitución; que dar al disidente derechos de ciudadanía activa era destruir de facto la Iglesia alta, sancionar los ataques contra ella; que es una grave inconsecuencia para el Estado en general conceder parte en la administración y en la legislación al católico, que reconoce por encima del poder del Estado la autoridad del papa. Los liberales no pudieron responder a sus argumentos; la emancipación se aprobó de todos modos, y las profecías de los tories empiezan ya a cumplirse.

La Iglesia alta se ha convertido así en un nombre vacío y ya solo se distingue de las demás confesiones por los tres millones de libras que percibe al año y por algunos pequeños privilegios que bastan justo para mantener viva la lucha contra ella. Entre ellos están los tribunales eclesiásticos, en los que el obispo anglicano ejerce una jurisdicción exclusiva, pero muy insignificante, y cuya carga consiste sobre todo en las costas judiciales; además, el impuesto eclesiástico local, que se destina al mantenimiento de los edificios a disposición de la Iglesia de Estado; los disidentes están bajo la jurisdicción de esos tribunales y tienen que pagar también ese impuesto.

Pero no solo la legislación contra la Iglesia, sino también la legislación a favor de ella ha contribuido a hacer de la Iglesia de Estado un nombre vacío. La Iglesia de Irlanda ha sido desde siempre un mero nombre, una Iglesia de Estado o de gobierno consumada, una jerarquía completa, desde el arzobispo hasta el vicario, a la que no le falta más que la feligresía y cuya vocación consiste en predicar, rezar y cantar letanías ante las paredes vacías. La Iglesia de Inglaterra tiene, es verdad, un público, aunque también ella ha sido bastante desplazada por los disidentes, sobre todo en Gales y en los distritos fabriles; pero los bien pagados pastores de almas no se preocupan mucho de las ovejas. «Si queréis desacreditar y derribar a una casta sacerdotal, pagadla bien», dice Bentham, y la Iglesia inglesa y la irlandesa dan fe de la verdad de esta máxima. En el campo y en las ciudades de Inglaterra no hay nada más odiado, nada más despreciado por el pueblo que un church-of-England parson.36 Y en un pueblo tan piadoso como el inglés eso quiere decir algo.

Se entiende que, cuanto más vacío e insignificante se vuelve el nombre de la Iglesia alta, tanto más se aferra a él el partido conservador y, en general, el partido decididamente constitucional; la separación de la Iglesia y el Estado podría arrancarle lágrimas incluso a lord John Russell; se entiende igualmente que, cuanto más vacío se vuelve ese nombre, tanto peor y más sensible se hace la opresión. La Iglesia de Irlanda, sobre todo, por ser la más insignificante, es la más odiada; no tiene más fin que exasperar al pueblo, recordarle que es un pueblo sojuzgado al que el conquistador impone su religión y sus instituciones.

Inglaterra está, pues, ahora en el tránsito del Estado cristiano determinado al indeterminado, al Estado que no toma por base una confesión determinada, sino una media de todas las confesiones existentes, el cristianismo indeterminado. Naturalmente, ya el viejo Estado cristiano determinado se había protegido contra la incredulidad, y la ley sobre la apostasía de 1699 la castiga con la pérdida incluso de los derechos de ciudadanía pasiva y con prisión;37 la ley nunca se ha derogado, pero ya no se aplica nunca. Otra ley, que procede de tiempos de Isabel, dispone que todo el que falte a la iglesia el domingo sin la debida excusa (si no me equivoco, está prescrita incluso la Iglesia episcopal, porque Isabel no reconocía capillas disidentes) sea obligado a asistir mediante multa o, en su caso, prisión. Esta ley se aplica todavía con frecuencia en el campo; incluso aquí, en el civilizado Lancashire, a un par de horas de Mánchester, hay algunos jueces de paz beatos que, como expuso hace quince días en la Cámara de los Comunes M. Gibson, diputado por Mánchester,38 han condenado a un montón de gente por no ir a la iglesia, a veces a seis semanas de prisión. Pero las principales leyes contra la incredulidad son las que incapacitan para prestar juramento a todo el que no cree en un Dios o en una recompensa o un castigo en el más allá, y las que castigan la blasfemia. Blasfemia es todo lo que tiende a desacreditar la Biblia o la religión cristiana, y también la negación directa de la existencia de Dios; la pena es prisión, generalmente de un año, y multa.

Vorwärts!, núm. 80, 5 de octubre de 1844.

Pero también el Estado cristiano indeterminado camina ya hacia su decadencia antes de haber llegado al reconocimiento oficial por la vía legislativa. La ley sobre la apostasía, como he dicho, está en desuso;39 el precepto de asistir a la iglesia está también bastante anticuado y su aplicación es solo una excepción; la ley contra la blasfemia empieza igualmente a quedarse anticuada, gracias a la intrepidez de los socialistas ingleses y, sobre todo, de Richard Carlile,40 y solo se aplica aquí y allá en lugares especialmente beatos, por ejemplo Edimburgo; y hasta la negativa a tomar juramento se evita en cuanto se puede. El partido cristiano se ha debilitado tanto que él mismo comprende que una aplicación estricta de estas leyes traería en poco tiempo su derogación, y por eso prefiere quedarse quieto, para que la espada de Damocles de la legislación cristiana siga al menos suspendida sobre la cabeza de los incrédulos y quizá siga actuando como amenaza y escarmiento.

Además de las instituciones políticas positivas juzgadas hasta aquí, hay que incluir en el ámbito de la constitución algunas otras cosas. De los derechos del ciudadano apenas se ha hablado hasta ahora; dentro de la constitución propiamente dicha el individuo no tiene derechos en Inglaterra. Esos derechos existen o por la costumbre o en virtud de estatutos sueltos que no guardan relación alguna con la constitución. Veremos cómo se ha producido esta extraña separación; de momento pasamos a la crítica de esos derechos.

El primero es el derecho de todo el mundo a publicar libremente su opinión, sin autorización previa del gobierno: la libertad de prensa. Es en conjunto cierto que en ninguna parte reina una libertad de prensa más amplia que en Inglaterra; y, sin embargo, esta libertad está todavía aquí muy limitada. La ley de libelos, la ley de alta traición y la ley contra la blasfemia pesan gravemente sobre la prensa, y si los procesos de prensa son raros, no es mérito de la ley, sino del miedo del gobierno a la impopularidad inevitable que acarrearían las medidas contra la prensa. Los periódicos ingleses de todos los partidos cometen a diario delitos de prensa, tanto contra el gobierno como contra particulares, pero se los deja pasar todos tranquilamente, se espera a estar en condiciones de abrir un proceso político y entonces, de paso, se carga también contra la prensa. Así ocurrió con los cartistas en 1842, así ocurrió hace poco con los repealers irlandeses.41 La libertad de prensa inglesa vive desde hace cien años de gracia, ni más ni menos que la libertad de prensa prusiana de 1842.

El segundo «derecho innato» (birthright) del inglés es el derecho de reunión popular, un derecho del que hasta ahora no disfruta ningún otro pueblo de Europa. Este derecho, aunque antiquísimo, se formuló más tarde en un estatuto como «el derecho del pueblo a reunirse para discutir sus agravios y pedir al poder legislativo que los remedie». Aquí hay ya una limitación. Si el resultado de un mitin no es una petición, el mitin adquiere un carácter, si no directamente ilegal, sí muy equívoco. En el proceso de O'Connell la corona subrayó especialmente que los mítines que se describían como ilegales no se habían convocado para deliberar sobre peticiones.42 Pero la limitación principal es la policial: el gobierno central o local puede prohibir de antemano cualquier mitin, o interrumpirlo y disolverlo, y lo ha hecho a menudo, no solo en Clontarf, sino en la misma Inglaterra, en mítines cartistas y socialistas. Pero eso no se considera un ataque a los derechos innatos de los ingleses, porque los cartistas y los socialistas son pobres diablos y, por tanto, no tienen derechos; eso no le importa a nadie, salvo al Northern Star y al New Moral World,43 y por eso en el continente no se sabe nada de ello.

Además, el derecho de asociación. Todas las asociaciones que persiguen fines legales con medios legales están permitidas; pero solo pueden formar cada vez una gran sociedad y no pueden incluir asociaciones filiales. La formación de sociedades que se dividen en secciones locales con organización propia solo está permitida con fines benéficos o, en general, pecuniarios, y solo puede iniciarse con un certificado de un funcionario nombrado al efecto. Los socialistas obtuvieron un certificado así para su asociación indicando un fin de esa clase; a los cartistas se les negó, aunque copiaron literalmente en la suya los estatutos de la sociedad socialista. Ahora se ven obligados a eludir la ley y, con ello, en la situación de que un solo error de pluma de un solo miembro de la asociación cartista puede enredar a toda la sociedad en los lazos de la ley. Pero, aun prescindiendo de esto, el derecho de asociación en toda su extensión es un privilegio de los ricos; para una asociación hace falta ante todo dinero, y a la rica Liga contra las leyes de cereales le es más fácil reunir cientos de miles que a la pobre sociedad cartista o a la Unión de Mineros británicos44 costear los meros gastos de la asociación. Y una asociación que no dispone de fondos significa poco y no puede hacer agitación.

Vorwärts!, núm. 83, 16 de octubre de 1844.

El derecho de habeas corpus, es decir, el derecho de todo acusado (salvo en caso de alta traición) a quedar en libertad bajo fianza hasta la apertura del proceso, ese derecho tan alabado, es otra vez un privilegio de los ricos. El pobre no puede dar fianza y por eso tiene que ir a la cárcel.

El último de estos derechos del individuo es el derecho de cada uno a ser juzgado solo por sus iguales, y también este es un privilegio del rico. Al pobre no lo juzgan sus iguales; lo juzgan en todos los casos sus enemigos natos, porque en Inglaterra los ricos y los pobres están en guerra abierta. Los jurados tienen que reunir ciertas condiciones, y cómo son estas se desprende de que la lista de jurados de Dublín, una ciudad de 250.000 habitantes, solo cuenta ochocientas personas que las reúnan. En los últimos procesos contra los cartistas en Lancaster, Warwick y Stafford,45 a los obreros los juzgaron terratenientes y arrendatarios, en su mayoría tories, y fabricantes o comerciantes, en su mayoría whigs, pero en todo caso enemigos de los cartistas y de los obreros. Pero eso no es todo. Un llamado «jurado imparcial» es en general un absurdo. Cuando juzgaron a O'Connell en Dublín hace cuatro semanas, todos los jurados, como protestantes y tories, eran enemigos suyos. «Sus iguales» habrían sido católicos y repealers; pero ni siquiera estos, porque eran sus amigos. Un católico en el jurado habría hecho imposible el veredicto, cualquier veredicto salvo la absolución. Aquí el caso es flagrante; pero en el fondo ocurre lo mismo en cualquier caso. El tribunal de jurados es por su esencia una institución política y no jurídica; pero, como toda la esfera jurídica es originariamente de naturaleza política, en él se manifiesta lo jurídico verdadero, y el jurado inglés, por ser el más desarrollado, es la consumación de la mentira y de la inmoralidad jurídicas. Se empieza por la ficción del «jurado imparcial»; se inculca a los jurados que olviden todo lo que puedan haber oído sobre el caso antes de la instrucción y que juzguen solo por las pruebas presentadas aquí, ante el tribunal, ¡como si eso fuera siquiera posible! Se hace la segunda ficción del «juez imparcial», que ha de exponer la ley y resumir sin parcialidad, de un modo del todo «objetivo», las razones presentadas por ambas partes, ¡como si eso fuera posible! Más aún, se exige al juez que, especialmente y a pesar de todo, no ejerza ninguna influencia sobre el juicio de los jurados, que no les ponga el veredicto en la boca; es decir, ha de colocar las premisas como hay que colocarlas para sacar la conclusión, pero no ha de sacar él mismo la conclusión, no puede siquiera sacarla para sí, porque eso influiría en su exposición de las premisas; todas estas y otras cien imposibilidades, inhumanidades y necedades se exigen solo para tapar con decoro la necedad y la inhumanidad originarias. Pero la práctica no se deja confundir; en la práctica nadie hace caso de todo eso; el juez da a entender con bastante claridad al jurado qué veredicto tiene que dar, y el jurado obediente lo da regularmente.

¡Sigamos! Al acusado hay que protegerlo de todas las maneras; el acusado es, como el rey, sagrado e inviolable y no puede hacer mal alguno, es decir, no puede hacer nada en absoluto, y si hace algo, no tiene validez. El acusado puede confesar su delito; no le sirve de nada. La ley decide que no es digno de crédito. Creo que fue en 1819 cuando un hombre acusó a su mujer de adulterio después de que ella, durante una enfermedad que le pareció mortal, le hubiera confesado el adulterio cometido; pero el defensor de la mujer objetó que la confesión de la acusada no era prueba, y la demanda fue desestimada.46 La santidad del acusado se lleva luego más lejos en el formalismo jurídico de que está revestido el jurado inglés y que ofrece un campo tan fértil a las triquiñuelas leguleyas de los abogados. Resulta increíble qué ridículos defectos de forma pueden echar abajo todo un proceso. En 1800 un hombre fue declarado culpable de falsificación, pero lo soltaron porque su defensor descubrió, antes de dictarse sentencia, que en el billete falso el nombre estaba abreviado, Bartw, mientras que en el escrito de acusación estaba escrito entero, Bartholomew. El juez, como digo, aceptó la objeción como suficiente y dejó libre al convicto.47 En 1827 una mujer fue acusada en Winchester de infanticidio, pero absuelta porque en el veredicto del jurado del coroner48 este aseguraba «bajo su juramento» (The jurors of our Lord the King upon their oath present that, etc.) que había ocurrido tal y cual cosa, cuando ese jurado de trece hombres no había prestado un juramento, sino trece, y tendría que haber dicho, por tanto: «upon their oaths».49 Hace un año, en Liverpool, sorprendieron con las manos en la masa y detuvieron a un muchacho que le había robado a alguien el pañuelo del bolsillo un domingo por la tarde. Su padre objetó que el agente de policía lo había detenido ilegalmente, porque una ley dispone que nadie puede hacer en domingo el trabajo con el que se gana la vida; por tanto, la policía no podía detener a nadie en domingo. El juez estuvo de acuerdo, pero siguió interrogando al muchacho, y cuando este confesó que era ladrón de profesión, lo multaron con 5 chelines por haber ejercido su oficio en domingo. Podría multiplicar por cien estos ejemplos, pero ya hablan bastante por sí solos. La ley inglesa santifica al acusado y se vuelve contra la sociedad, para cuya protección existe en realidad. Como en Esparta, no se castiga el delito, sino la torpeza con que se ha cometido. Toda protección se vuelve contra aquel al que pretende proteger: la ley quiere proteger a la sociedad y la ataca; quiere proteger al acusado y lo perjudica, porque está claro que todo el que es demasiado pobre para oponer a la leguleyería oficial un defensor igual de leguleyo tiene en contra todas las formas que se crearon para protegerlo. El que es demasiado pobre para poner un defensor o un número suficiente de testigos está perdido en cualquier caso mínimamente dudoso. Solo ve de antemano el escrito de acusación y las declaraciones hechas originariamente ante el juez de paz; no conoce, pues, el detalle de lo que se va a presentar contra él (y eso es precisamente lo más peligroso para el inocente); tiene que responder en cuanto se cierra la acusación, solo puede hablar una vez; si no lo despacha todo, si falta un testigo que no creyó necesario, está perdido.

Vorwärts!, núm. 84, 19 de octubre de 1844.

Pero el remate de todo es la disposición de que los doce jurados tienen que ser unánimes en su veredicto.

Se les encierra en una habitación y no se les suelta hasta que se ponen de acuerdo o hasta que el juez comprende que no es posible ponerlos de acuerdo. Pero es completamente inhumano, y va tanto contra toda la naturaleza humana que resulta ridículo, exigir a doce hombres que tengan exactamente la misma opinión sobre un punto. Pero es consecuente. El procedimiento inquisitorial tortura al acusado física o mentalmente; el tribunal de jurados declara sagrado al acusado y tortura a los testigos con un interrogatorio cruzado que no tiene nada que envidiar al del tribunal de la Inquisición; más aún, tortura a los jurados: tiene que tener un veredicto aunque se hunda el mundo; al jurado se le castiga con prisión hasta que da un veredicto; y si de verdad tuviera el capricho de querer cumplir su juramento, se nombra un nuevo jurado, se repite el proceso, y así sucesivamente, hasta que los acusadores o los jurados se cansan de la lucha y se rinden sin condiciones. Prueba suficiente de que todo lo jurídico no puede existir sin la tortura y es en todos los casos una barbarie. Pero no puede ser de otro modo: si se quiere tener certeza matemática sobre cosas que no admiten tal certeza, se cae necesariamente en el absurdo y la barbarie. La práctica saca otra vez a la luz lo que se esconde detrás de todas estas cosas: en la práctica el jurado se lo pone fácil y rompe su juramento, como no puede ser de otra manera, con toda tranquilidad de espíritu. En 1824 un jurado de Oxford no conseguía ponerse de acuerdo. Uno sostenía: culpable; once: no culpable. Por fin se llegó a un pacto: el único discrepante escribió en el escrito de acusación «culpable» y se retiró; luego llegó el presidente con los demás, tomó el papel y escribió delante de «culpable»: «no» (Wade, British History). Otro caso lo cuenta Fonblanque, director del Examiner, en su obra England under Seven Administrations.50 Aquí un jurado tampoco conseguía terminar, y al final se recurrió a la suerte: se tomaron dos pajas y se echaron a suertes; se adoptó la opinión del partido que sacó la más larga.

Ya que estamos en las instituciones jurídicas, podemos, para completar la visión de conjunto del estado jurídico de Inglaterra, mirar la cosa un poco más de cerca. El código penal inglés es, como se sabe, el más severo de Europa. Todavía en 1810 no tenía nada que envidiar en barbarie a la Carolina;51 quemar, enrodar, descuartizar, sacar las entrañas en vida, etc., eran categorías muy apreciadas. Desde entonces se han abolido, es cierto, las atrocidades más indignantes, pero todavía siguen intactas en el libro de los estatutos una masa de brutalidades e infamias. La pena de muerte se aplica a siete delitos (asesinato, alta traición, violación, sodomía, robo con fractura, robo con violencia e incendio con intención de matar), y la pena de muerte, antes mucho más extendida, no se limitó a este número hasta 1837; y, además de ella, la ley penal inglesa conoce otras dos clases de pena rebuscadamente bárbaras: la deportación, o embrutecimiento por la compañía, y el encierro solitario, o embrutecimiento por la soledad. Ambas no podrían haberse escogido de un modo más cruel y más vil para corromper física, intelectual y moralmente, con una coherencia sistemática, a las víctimas de la ley y hundirlas por debajo de la bestia. El delincuente deportado cae en tal abismo de desmoralización, de bestialidad repugnante, que la mejor naturaleza tiene que sucumbir en él en seis meses; quien tenga ganas de leer los informes de testigos oculares sobre Nueva Gales del Sur y la isla de Norfolk me dará la razón cuando afirmo que todo lo dicho se queda todavía muy corto frente a la realidad. Al encerrado en soledad se le vuelve loco; la cárcel modelo de Londres52 tuvo que entregar a Bedlam, a los tres meses de existencia, a tres locos, por no hablar de la locura religiosa, que generalmente todavía pasa por cordura.

Las leyes penales contra los delitos políticos están redactadas casi exactamente en los mismos términos que las prusianas; sobre todo la «incitación al descontento» (exciting discontent) y el «lenguaje sedicioso» (seditious language) aparecen con la misma formulación vaga que deja tanto margen al juez y al jurado. También aquí las penas son más severas que en otras partes; la deportación es la categoría principal.

Si estas penas severas y estos delitos políticos vagos no tienen en la práctica tanta importancia como debería parecer según la ley, ello se debe, por un lado, al defecto de la propia ley, que está tan enmarañada y es tan oscura que un abogado hábil puede plantear en todas partes dificultades a favor del acusado. La ley inglesa es o derecho común (common law), es decir, derecho no escrito, tal como existía en la época desde la que se empezaron a recopilar los estatutos, y que más tarde compilaron autoridades jurídicas; este derecho es, naturalmente, incierto y dudoso en los puntos más importantes; o derecho estatutario (statute law), que consiste en una serie interminable de leyes del Parlamento sueltas, reunidas desde hace quinientos años, que se contradicen unas a otras y ponen, en lugar de un «estado de derecho», un estado completamente desprovisto de derecho. El abogado lo es todo aquí; quien haya desperdiciado su tiempo a fondo en este embrollo jurídico, en este caos de contradicciones, es todopoderoso en un tribunal inglés. La inseguridad de la ley llevó, naturalmente, a la fe en la autoridad de las decisiones de jueces anteriores en casos parecidos, y con eso no hace más que empeorar, porque esas decisiones se contradicen también entre sí, y el resultado de la causa depende otra vez de las lecturas y de la presencia de ánimo del abogado. Por otro lado, la escasa importancia de la ley penal inglesa no es sino gracia, etc., consideración hacia la opinión pública, que la ley no obliga en absoluto al gobierno a tener; y que el poder legislativo no tiene intención de cambiar este estado de cosas lo muestra la violenta oposición contra todas las reformas legales. Pero que nunca se olvide que domina la propiedad y que, por eso, esa gracia solo se ejerce con los delincuentes «respetables»; sobre el pobre, el paria, el proletario, cae todo el peso de la barbarie legal, y a nadie le importa.

Pero este favor hacia el rico está también formulado expresamente en la ley. Mientras todos los delitos graves se castigan con las penas más graves, casi todas las infracciones menores se castigan con multas, multas que naturalmente son las mismas para pobres y ricos, pero que al rico le hacen poco o ningún daño, mientras que el pobre no puede pagarlas nueve de cada diez veces y entonces, sin más, in default of payment, lo mandan un par de meses a la rueda de andar.53 Basta leer las crónicas de policía del primer diario inglés que caiga en las manos para convencerse de la verdad de esta afirmación. El maltrato de los pobres y el favor a los ricos son en todos los tribunales tan generales, se practican tan abiertamente, tan descaradamente, y los periódicos los cuentan con tan poca vergüenza, que rara vez se puede leer un periódico sin indignarse por dentro. A un rico se le trata siempre con una cortesía extraordinaria, y por brutal que haya sido su delito, a los jueces «siempre les duele mucho» tener que condenarlo a una multa, por lo general de lo más mezquina. La administración de la ley es en este aspecto todavía mucho más inhumana que la propia ley; «Law grinds the poor, and rich men rule the law» («La ley oprime a los pobres, y los ricos gobiernan la ley») y «there is one law for the poor, and another for the rich» («hay una ley para los pobres y otra para los ricos») son expresiones del todo verdaderas y hace tiempo convertidas en proverbio. Pero ¿cómo podría ser de otro modo? Los jueces de paz, como los jurados, son ellos mismos ricos, salen de la clase media y son por eso parciales a favor de sus iguales y enemigos natos de los pobres. Y si se toma en consideración la influencia social de la propiedad, que no puede discutirse ahora, nadie puede asombrarse, en verdad, de un estado de cosas tan bárbaro.

De la legislación directamente social, en la que culmina la vileza, se hablará más adelante. En este lugar, por lo demás, no podría exponerse en todo su alcance.

Resumamos el resultado de esta crítica del estado jurídico de Inglaterra. Lo que se le pueda objetar desde el punto de vista del «Estado de derecho» es de lo más indiferente. Que Inglaterra no sea una democracia oficial no puede predisponernos contra sus instituciones. Para nosotros solo tiene importancia una cosa, la que se nos ha mostrado en todas partes: que la teoría y la práctica están en la contradicción más flagrante. Todos los poderes de la constitución, corona, Cámara de los Lores y Cámara de los Comunes, se han disuelto ante nuestros ojos; hemos visto que las Iglesias de Estado y todos los llamados derechos innatos de los ingleses son nombres vacíos, que incluso el tribunal de jurados no es en la realidad más que una apariencia, que la ley misma no tiene existencia; en una palabra, que un Estado que se ha puesto sobre una base legal exactamente determinada reniega de esa base suya y la maltrata. El inglés no es libre por la ley, sino a pesar de la ley, si es que ha de ser libre.

Hemos visto además qué fárrago de mentiras y de inmoralidad se sigue de este estado de cosas: uno se postra ante nombres vacíos y reniega de la realidad, no quiere saber nada de ella, se resiste a reconocer lo que realmente existe, lo que uno mismo ha creado; uno se miente a sí mismo e introduce un lenguaje convencional con categorías artificiales, cada una de las cuales es un libelo contra la realidad, y se aferra con miedo a esas abstracciones huecas para no tener que confesarse que en la vida, en la práctica, se trata de cosas muy distintas. Toda la constitución inglesa y toda la opinión pública constitucional no son más que una gran mentira, que una serie de pequeñas mentiras apuntala y tapa una y otra vez cuando aquí o allá sale a la luz con demasiada franqueza su verdadera esencia. Y aun cuando se llega a comprender que todo ese tinglado es pura falsedad y ficción, aun entonces uno se aferra a él, más que nunca, para que no se desmoronen las palabras vacías, ese par de letras juntadas sin sentido, porque esas palabras son precisamente los goznes del mundo, ¡y con ellas el mundo y la humanidad tendrían que precipitarse en la noche de la confusión! De este tejido de mentira abierta y encubierta, de hipocresía y de engaño de sí mismo, solo se puede apartar uno con un asco profundo.

¿Puede durar semejante estado de cosas? Ni pensarlo. La lucha de la práctica contra la teoría, de la realidad contra la abstracción, de la vida contra palabras huecas sin significado, en una palabra, del hombre contra la inhumanidad, tiene que decidirse, y no cabe duda de qué lado estará la victoria.

La lucha ya está aquí. La constitución está sacudida hasta sus cimientos. Cómo se configurará el futuro inmediato se desprende de lo dicho. Los elementos nuevos y extraños de la constitución son de naturaleza democrática; también la opinión pública, como se verá, se desarrolla hacia el lado democrático; el futuro inmediato de Inglaterra será la democracia.

Pero ¡qué democracia! No la de la Revolución francesa, cuya opuesta era la monarquía y el feudalismo, sino la democracia cuya opuesta es la clase media y la propiedad. Esto lo muestra todo el desarrollo anterior. Dominan la clase media y la propiedad; el pobre no tiene derechos, se le oprime y se le despelleja, la constitución reniega de él, la ley lo maltrata; la lucha de la democracia contra la aristocracia en Inglaterra es la lucha de los pobres contra los ricos. La democracia hacia la que camina Inglaterra es una democracia social.

Pero la mera democracia no es capaz de curar los males sociales. La igualdad democrática es una quimera; la lucha de los pobres contra los ricos no puede librarse hasta el final en el terreno de la democracia ni, en general, en el de la política. También esta etapa es, pues, solo una transición, el último medio puramente político que queda por probar y del que tiene que desarrollarse enseguida un elemento nuevo, un principio que va más allá de todo lo político.

Ese principio es el del socialismo.

  1. Las guerras de la Revolución francesa y del Imperio napoleónico (1792-1815). ↩

  2. Joseph Black (1728-1799), químico escocés; Antoine-Laurent Lavoisier (1743-1794), químico francés; Joseph Priestley (1733-1804), químico y teólogo inglés, descubridor del oxígeno. ↩

  3. Los anglosajones y los normandos de lengua francesa. ↩

  4. Alusión a la «venta de esposas» (wife selling), costumbre popular inglesa que servía de divorcio a los pobres. ↩

  5. Expresión de Carlyle en Past and Present; véase la reseña de Engels en los Anales franco-alemanes. ↩

  6. David Hume (1711-1776), filósofo e historiador escocés. ↩

  7. Los girondinos, la Montaña (los jacobinos), los hebertistas (partidarios de Jacques-René Hébert) y los babuvistas (partidarios de Babeuf) en la Revolución francesa; los presbiterianos, los independientes (el partido de Cromwell) y los niveladores (levellers, el ala democrática radical del ejército y de los artesanos de Londres) en la inglesa. ↩

  8. Antiguas categorías de campesinos dependientes de la Inglaterra medieval, que registra ya el Domesday Book (1086). ↩

  9. Engels emplea aquí Veräußerung, enajenación en el sentido de venta, de hacer de algo una mercancía. ↩

  10. La fórmula de Carlyle en Past and Present: «cash payment is not the sole nexus of man with man». ↩

  11. El derecho de pernada. ↩

  12. James Watt (1736-1819) patentó en 1769 su máquina de vapor con condensador separado. ↩

  13. Josiah Wedgwood (1730-1795), fabricante de loza fina en Staffordshire. ↩

  14. Edmund Cartwright (1743-1823), clérigo e inventor. ↩

  15. Tul de algodón fabricado a máquina. ↩

  16. Philippe de Girard (1775-1845), inventor de la hiladora mecánica de lino. ↩

  17. El coque se obtiene calentando la hulla sin aire, lo que le quita el azufre y otras materias volátiles. ↩

  18. John Loudon McAdam (1756-1836), ingeniero escocés que introdujo el firme de piedra machacada y compactada. ↩

  19. (Nota de Engels.) Los datos estadísticos anteriores están tomados en su mayor parte de The Progress of the Nation, de G. Porter, funcionario del Board of Trade bajo el ministerio whig; proceden, pues, de fuentes oficiales. ↩

  20. Así en el texto de la MEW; el sentido parece pedir lo contrario, que Smith subordinó los fines nacionales al cosmopolitismo. ↩

  21. «El bien público es la ley suprema.» ↩

  22. William Godwin (1756-1836), An Enquiry concerning Political Justice (1793). Jeremy Bentham (1748-1832), filósofo y jurista, fundador del utilitarismo. ↩

  23. James Mill (1773-1836), economista y filósofo, discípulo de Bentham. ↩

  24. La república inglesa de 1649-1660. ↩

  25. Friedrich von Raumer (1781-1873), historiador prusiano, autor de England im Jahre 1835 (1836). ↩

  26. La Test Act (1673) excluía de los cargos públicos a quien no comulgara según el rito anglicano; la Habeas Corpus Act (1679) protegía contra la detención arbitraria; el Bill of Rights (1689) fijó los derechos del Parlamento frente a la corona tras la revolución de 1688. ↩

  27. William Blackstone (1723-1780), Commentaries on the Laws of England (1765-1769); Jean-Louis de Lolme (1740-1806), Constitution de l’Angleterre (1771). Ambos presentaron la constitución inglesa como modelo de equilibrio de los poderes. ↩

  28. Alusión a la Filosofía del derecho de Hegel, que hace del monarca la cúspide subjetiva del Estado. ↩

  29. (Nota de Engels.) Second Report of the Committee of Secrecy, to whom the Papers referred to in His Majesty’s Message on the 12. May 1794, were delivered (Informe sobre las sociedades revolucionarias de Londres, Londres, 1794), pp. 68 y ss. ↩

  30. Contribución local que pagaban los vecinos para sostener la asistencia a los pobres. ↩

  31. Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical por Finsbury, que presentó en 1842 la petición cartista a la Cámara. ↩

  32. El reglamento permanente de cada cámara. ↩

  33. Sir James Graham (1792-1861), ministro del Interior en el gobierno de Peel. Las cláusulas sobre la educación de los niños de las fábricas que incluía su proyecto de ley fabril de 1843, que ponían las escuelas bajo control de la Iglesia anglicana, tuvieron que retirarse ante la campaña de los disidentes. ↩

  34. En 1771 la Cámara hizo encerrar en la Torre al alcalde de Londres, Brass Crosby, y al regidor Richard Oliver, que habían puesto en libertad a impresores detenidos por orden suya; desde entonces la prensa publicó los debates parlamentarios. ↩

  35. Los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia de Inglaterra (1563-1571), su profesión de fe oficial. ↩

  36. «Clérigo de la Iglesia de Inglaterra.» ↩

  37. Probablemente la ley contra la blasfemia y la profanación de 1697-1698 (9 Guillermo III, c. 35), que castigaba la negación del cristianismo con la incapacidad para los cargos públicos y, en caso de reincidencia, con prisión. ↩

  38. Thomas Milner Gibson (1806-1884), diputado librecambista por Mánchester. ↩

  39. Así en la MEW: «absolut»; por lo dicho más arriba debe de ser errata por «obsolet» (caída en desuso), y así lo traducimos. ↩

  40. Richard Carlile (1790-1843), editor librepensador y republicano, encarcelado en repetidas ocasiones por blasfemia y libelo sedicioso. ↩

  41. Partidarios del movimiento por la derogación (repeal) de la Unión de Irlanda con Gran Bretaña de 1800, dirigido por Daniel O’Connell. ↩

  42. Daniel O’Connell (1775-1847), jefe del movimiento nacional irlandés, fue procesado por conspiración en Dublín a comienzos de 1844 y condenado; en septiembre de 1844 la Cámara de los Lores anuló la sentencia. En octubre de 1843 el gobierno había prohibido el gran mitin convocado en Clontarf, cerca de Dublín, y O’Connell lo desconvocó. ↩

  43. The Northern Star, el periódico de los cartistas, y The New Moral World, el semanario de los owenistas. ↩

  44. La Miners’ Association of Great Britain and Ireland, fundada en 1842. ↩

  45. Los procesos de 1842-1843 contra los cartistas a raíz de la huelga general de agosto de 1842. ↩

  46. (Nota de Engels.) Wade, British History, Londres, 1838. ↩

  47. (Nota de Engels.) Ibídem. ↩

  48. El coroner es el funcionario que, con un jurado, investiga las muertes violentas o sospechosas. ↩

  49. (Nota de Engels.) Ibídem. ↩

  50. Albany Fonblanque (1793-1872), director del semanario radical The Examiner; England under Seven Administrations (1837). ↩

  51. La Constitutio Criminalis Carolina (1532), código penal del Imperio de Carlos V. ↩

  52. La prisión de Pentonville, abierta en 1842 y organizada según el sistema de aislamiento celular. ↩

  53. La treadmill, rueda de escalones que los presos hacían girar caminando durante horas, castigo habitual en las cárceles inglesas. ↩