Escrito por Friedrich Engels en Mánchester en enero de 1844. Publicado por primera vez en los Deutsch-Französische Jahrbücher (Anales franco-alemanes), dirigidos por Arnold Ruge y Karl Marx, París, 1844. Traducido de Marx/Engels, Werke, tomo 1 (Berlín, 1976, pp. 525-549), por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas de Carlyle se traducen de la versión alemana del propio Engels, que es libre en muchos pasajes. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
«Past and Present», de Thomas Carlyle, Londres, 1843
De todos los libros gruesos y folletos delgados que se han publicado el año pasado en Inglaterra para solaz o edificación del «mundo culto», el que nos ocupa es el único que merece leerse.1 Todas esas novelas en muchos tomos, con sus enredos tristes y alegres, todos esos comentarios edificantes y contemplativos, eruditos e iletrados, sobre la Biblia —y novelas y libros de edificación son los dos artículos principales de la literatura inglesa—, todo eso podéis dejarlo tranquilamente sin leer. Quizá encontréis algunos libros de geología o de economía, de historia o de matemáticas que contengan un granito de novedad; pero son cosas que se estudian, no que se leen; es árida ciencia de especialistas, seca herboristería, plantas cuyas raíces llevan mucho tiempo arrancadas del suelo humano general del que sacaban su alimento. Buscad cuanto queráis: el libro de Carlyle es el único que pulsa cuerdas humanas, que expone relaciones humanas y que desarrolla un atisbo de modo humano de ver las cosas.
Es notable lo mucho que han decaído y se han aflojado espiritualmente en Inglaterra las clases altas de la sociedad, lo que el inglés llama respectable people, the better sort of people, etc.2 Toda energía, toda actividad, todo contenido han desaparecido; la nobleza terrateniente va de caza, la nobleza del dinero lleva libros mayores y, como mucho, vaga por una literatura igual de vacía y floja. Los prejuicios políticos y religiosos se heredan de generación en generación; ahora todo se da hecho y nadie tiene que fatigarse ya por los principios como en otros tiempos; le llegan a uno, listos y acabados, ya en la cuna, sin que se sepa de dónde. ¿Qué más hace falta? Uno ha recibido una buena educación, es decir, en la escuela lo han atormentado sin fruto con los romanos y los griegos; por lo demás, es «respetable», es decir, posee tantos o cuantos miles de libras y, por tanto, no tiene que preocuparse de nada más que de buscar mujer, si aún no la tiene.
¡Y no digamos ese espantajo al que la gente llama «espíritu»! ¿De dónde va a salir espíritu en una vida así? Y si viniera, ¿dónde iba a encontrar alojamiento entre ellos? Allí todo está fijado y medido a la china: ¡ay del que rebase los estrechos límites, ay, tres veces ay del que choque con un prejuicio venerable, nueve veces ay de él si ese prejuicio es religioso! Allí no hay para todas las cuestiones más que dos respuestas, una respuesta whig y una respuesta tory; y estas respuestas las han prescrito hace tiempo los sabios maestros de ceremonias de ambos partidos; no os hacen falta reflexiones ni rodeos, todo está listo y acabado: Dicky Cobden o lord John Russell han dicho esto, Bobby Peel o el «duque» por excelencia, es decir, el de Wellington, han dicho aquello, y se acabó.3
A vosotros, buenos alemanes, los periodistas y diputados liberales os repiten todos los años qué gente tan maravillosa y qué hombres tan independientes son los ingleses, y todo gracias a sus instituciones libres; y desde lejos eso hace muy buen efecto. Los debates de las cámaras del Parlamento, la prensa libre, los tumultuosos mítines, las elecciones, los jurados no dejan de impresionar el ánimo tímido de Michel,4 que en su asombro toma toda esa bella apariencia por moneda contante y sonante. Pero, al fin y al cabo, el punto de vista del periodista y del diputado liberal está muy lejos de ser lo bastante elevado para permitir una visión de conjunto, ya sea del desarrollo de la humanidad o siquiera del de una sola nación. La constitución inglesa estuvo muy bien en su tiempo e hizo bastante bien; desde 1828 ha empezado incluso a trabajar en su mejor obra, que es su propia destrucción;5 pero lo que el liberal le atribuye, eso no lo ha hecho. No ha hecho de los ingleses hombres independientes. Los ingleses, es decir, los ingleses cultos, por los que se juzga en el continente el carácter nacional, esos ingleses son los esclavos más despreciables que hay bajo el sol. Solo la parte de la nación inglesa desconocida en el continente, solo los obreros, los parias de Inglaterra, los pobres, son verdaderamente respetables, pese a toda su rudeza y a toda su desmoralización. De ellos vendrá la salvación de Inglaterra; en ellos hay todavía materia moldeable; no tienen cultura, pero tampoco prejuicios; tienen todavía fuerzas que gastar en una gran obra nacional; tienen todavía un porvenir. La aristocracia —y esta incluye hoy también a las clases medias— se ha agotado; el contenido de pensamiento que tenía que gastar se ha elaborado hasta sus últimas consecuencias y se ha llevado a la práctica, y su reino camina a grandes pasos hacia su fin. La constitución es obra suya, y la consecuencia inmediata de esta obra fue envolver a sus autores en una red de instituciones en la que todo movimiento espiritual libre se ha hecho imposible. El dominio del prejuicio público es en todas partes la primera consecuencia de las llamadas instituciones políticas libres, y ese dominio es más fuerte en Inglaterra, el país políticamente más libre de Europa, que en ningún otro lugar, salvo Norteamérica, donde la ley de Lynch ha reconocido legalmente el prejuicio público como poder del Estado. El inglés se arrastra ante el prejuicio público, se le sacrifica a diario, y cuanto más liberal es, más humildemente se pega al polvo ante ese ídolo suyo. Ahora bien, el prejuicio público en los «círculos cultos» es tory o whig, a lo sumo radical, y eso ya no huele del todo bien. Id entre ingleses cultos y decid que sois cartistas o demócratas: dudarán de vuestro sano juicio y huirán de vuestra compañía. O declarad que no creéis en la divinidad de Cristo, y estáis perdidos; confesad encima que sois ateos, y al día siguiente harán como si no os conocieran. Y el inglés independiente, cuando, cosa bastante rara, empieza de veras a pensar y se sacude las cadenas del prejuicio mamado con la leche materna, ni aun entonces tiene valor para expresar libremente su convicción; ni aun entonces deja de fingir ante el público una opinión por lo menos tolerada, y solo se da por satisfecho si de vez en cuando puede hablar claro a solas con alguien que piense como él.
Así, las clases cultas de Inglaterra están cerradas a todo progreso y solo las mantiene algo en movimiento el empuje de la clase trabajadora. No cabe esperar que el pan literario de cada día de esta cultura decrépita sea de otra pasta que ella misma. Toda la literatura fashionable gira en un círculo eterno y es exactamente tan aburrida y estéril como la hastiada y exprimida sociedad fashionable.
Cuando la Vida de Jesús de Strauss y su fama cruzaron el canal, ningún hombre decente se atrevió a traducir el libro, ningún librero respetable a imprimirlo. Por fin lo tradujo un lecturer socialista (para este término técnico de la agitación no hay palabra alemana),6 es decir, un hombre que ocupaba una de las posiciones menos fashionables del mundo; un insignificante impresor socialista lo imprimió en cuadernos de a penique, y los obreros de Mánchester, Birmingham y Londres fueron el único público de Strauss en Inglaterra.
Por lo demás, si de los dos partidos en que se divide la parte culta de los ingleses alguno merece preferencia, son los tories. El whig, dada la situación social de Inglaterra, es él mismo demasiado parte para poder tener un juicio; la industria, ese centro de la sociedad inglesa, está en sus manos y lo enriquece; la encuentra intachable y tiene su expansión por el único fin de toda legislación, porque le ha dado su riqueza y su poder. El tory, en cambio, cuyo poder y dominio exclusivo ha quebrado la industria y cuyos principios esta ha hecho tambalearse, la odia y ve en ella, a lo sumo, un mal necesario. De ahí que se formara esa sección de tories filántropos, cuyos principales jefes son lord Ashley, Ferrand, Walter, Oastler, etc., y que se han impuesto como deber defender a los obreros fabriles frente a los fabricantes.7 También Thomas Carlyle es en su origen un tory y sigue estando más cerca de este partido que de los whigs. Lo cierto es que un whig nunca habría podido escribir un libro la mitad de humano que Past and Present.
Thomas Carlyle se ha dado a conocer en Alemania por sus esfuerzos por hacer accesible a los ingleses la literatura alemana.8 Desde hace varios años se ocupa principalmente de la situación social de Inglaterra —es el único de los hombres cultos de su país que lo hace—, y ya en 1838 escribió una obra más breve, Chartism. Por entonces los whigs estaban en el gobierno y proclamaban con mucha pompa que el «espectro» del cartismo, surgido hacia 1835, había quedado aniquilado. El cartismo era la continuación natural del viejo radicalismo, que la ley de reforma9 había apaciguado durante algunos años y que desde 1835-1836 había vuelto a aparecer con nueva fuerza y en masas más compactas que nunca. Los whigs creían haber aplastado este cartismo, y Thomas Carlyle aprovechó la ocasión para exponer las causas reales del cartismo y la imposibilidad de extirparlo mientras no se extirparan esas causas. El punto de vista de este libro es en conjunto el mismo que el de Past and Present, pero con un tinte tory algo más fuerte, que quizá se deba únicamente a que los whigs, como partido gobernante, eran los que tenía más a mano la crítica. En todo caso, Past and Present contiene todo lo que hay en el libro más breve, con más claridad, más desarrollado y señalando expresamente las consecuencias, y nos dispensa, por tanto, de criticar Chartism.
Past and Present es un paralelo entre la Inglaterra del siglo XII y la del siglo XIX y consta de cuatro libros titulados «Proemio», «El monje de antaño», «El trabajador moderno» y «Horóscopo». Recorramos estos libros por orden; no puedo resistir la tentación de traducir los más hermosos de los pasajes, a menudo maravillosamente hermosos, del libro. La crítica ya se cuidará de sí misma.
El primer capítulo del proemio se titula «Midas».
«La situación de Inglaterra [...] se tiene con razón por una de las más amenazadoras y, en general, más extrañas que se han visto en el mundo. Inglaterra está llena de riqueza de todas clases y, sin embargo, Inglaterra se muere de hambre. Con la misma abundancia de siempre verdea y florece el suelo de Inglaterra, ondulante de doradas cosechas, densamente cubierto de talleres, de instrumentos de trabajo de todas clases, con quince millones de trabajadores que dicen ser los más fuertes, los más hábiles y los más dispuestos que ha tenido nunca nuestra tierra; esos hombres están aquí; el trabajo que han hecho, el fruto que han creado, está aquí en abundancia, por todas partes en la plenitud más exuberante; y he aquí que ha salido una orden funesta, como de un hechicero, que dice: “No lo toquéis, trabajadores, amos trabajadores, amos ociosos; ninguno de vosotros lo tocará, ninguno de vosotros lo disfrutará: esta es fruta encantada”.»
Esa orden recae primero sobre los obreros. En 1842, Inglaterra y Gales contaban 1.430.000 pobres de la beneficencia, de los que 222.000 están encerrados en casas de trabajo, que el pueblo llama bastillas de la ley de pobres. ¡Gracias a la humanidad de los whigs! Escocia no tiene ley de pobres, pero sí pobres en masa. Irlanda, dicho sea de paso, puede jactarse de la cifra enorme de 2.300.000 pobres.
«En los assizes de Stockport (Cheshire), una madre y un padre fueron acusados y declarados culpables de haber envenenado a tres de sus hijos para estafar así a una sociedad de entierros tres libras y ocho chelines, pagaderos a la muerte de cada niño; y las autoridades oficiales, se dice, dan a entender que el caso no es el único y que quizá sea mejor no investigarlo con más detalle. Tales ejemplos son como la cumbre más alta que asoma en el horizonte: debajo hay toda una comarca montañosa y tierras que aún no han emergido. Una madre humana, un padre humano, se dicen el uno al otro: ¿qué haremos para escapar a la muerte por hambre? Hemos caído muy bajo, aquí en nuestro oscuro sótano, y la ayuda está lejos. ¡Oh, en la torre del hambre de Ugolino suceden cosas graves: el pequeño Gaddo, tan querido, ha caído muerto a las rodillas de su padre!10 Los padres de Stockport piensan y dicen: nuestro pobre Tom, pequeño y hambriento, que se pasa el día pidiendo pan a gritos, que no verá en este mundo más que lo malo y nada bueno, ¿y si se librara de golpe de la miseria, y quizá así nos salváramos los demás? Se piensa, se dice y, al final, se hace. Y ahora que Tom ha muerto y todo se ha gastado y consumido, ¿le toca al pobre Jack, pequeño y hambriento, o al pobre Will, pequeño y hambriento? ¡Oh, qué deliberación sobre los medios y arbitrios es esa! En las ciudades sitiadas, en la ruina extrema de Jerusalén, caída bajo la ira de Dios, se había profetizado: las manos de las mujeres miserables se han preparado por comida a sus propios hijos.11 La sombría fantasía del hebreo no podía imaginar un abismo de miseria más negro: era lo último del hombre envilecido, maldito por Dios. ¿Y llegamos a eso nosotros, aquí, en la Inglaterra moderna, en la plenitud de la riqueza? ¿Cómo sucede? ¿De dónde viene, por qué ha de ser así?»
Esto ocurrió en 1841. Puedo añadir que hace cinco meses ahorcaron en Liverpool a Betty Eules, de Bolton, que había envenenado por el mismo motivo a tres hijos propios y a dos hijastros.
Esto, en cuanto a los pobres. ¿Y cómo están los ricos?
«Esta industria próspera, con su riqueza rebosante, no ha hecho rico a nadie hasta ahora; es una riqueza embrujada y no pertenece a nadie. Podemos gastar miles donde antes empleábamos cientos, pero no podemos comprar con ellos nada útil. Hay quien come golosinas más finas, bebe vinos más caros; pero ¿qué bendición mayor hay en ello? ¿Son más bellos, mejores, más fuertes, más valientes? ¿Son siquiera lo que llaman “más felices”?»
El amo trabajador no es más feliz, el amo ocioso, es decir, el noble terrateniente, no es más feliz…
«¿Para quién es, pues, esta riqueza, la riqueza de Inglaterra? ¿A quién bendice, a quién hace más feliz, más bello, más sabio, mejor? Hasta ahora, a nadie. Nuestra industria próspera no tiene hasta ahora ninguna prosperidad: en medio de la abundancia exuberante el pueblo se muere de hambre; entre muros de oro y graneros llenos nadie se siente seguro ni contento. Midas suspiraba por el oro e insultó al Olimpo. Obtuvo el oro, de modo que todo lo que tocaba se volvía oro, y eso, con sus largas orejas, le sirvió de poco. Midas había juzgado mal la música celestial. Midas había insultado a Apolo y a los dioses, y los dioses le concedieron su deseo y, de añadidura, un par de orejas largas, también un buen apéndice. ¡Cuánta verdad hay en estas viejas fábulas!»
«Qué verdadera es —prosigue en el segundo capítulo— la otra vieja fábula de la Esfinge: la naturaleza es la Esfinge, una diosa, pero todavía no del todo liberada, todavía metida a medias en la animalidad, en la falta de espíritu: orden, sabiduría por un lado, pero también oscuridad, fiereza, necesidad del destino.»
La naturaleza-Esfinge —misticismo alemán, dicen los ingleses cuando leen este capítulo— tiene una pregunta para cada hombre y para cada época: dichoso el que la responde bien; el que no la responde, o la responde mal, cae en manos de la parte animal y salvaje de la Esfinge: en lugar de la hermosa novia encuentra una leona desgarradora. Y lo mismo ocurre con las naciones: ¿podéis resolver el enigma del destino? Y todos los pueblos desdichados, como todos los individuos desdichados, han respondido mal la pregunta, han tomado la apariencia por la verdad, han abandonado los hechos internos y eternos del universo por las formas de manifestación externas y pasajeras; y eso es lo que ha hecho también Inglaterra. Inglaterra, como dice él más adelante, ha caído en el ateísmo, y su situación actual es su consecuencia necesaria. Tendremos que hablar de esto más adelante; por ahora basta observar que Carlyle, si ha de admitirse el símil de la Esfinge en el sentido panteísta, al modo del viejo Schelling, que acabamos de ver, podría haberlo llevado algo más lejos: la solución del enigma es hoy, como en la leyenda, el hombre, y la solución en el sentido más amplio. También esto se resolverá a su tiempo.
El capítulo siguiente nos da la descripción que sigue de la insurrección de Mánchester de agosto de 1842:12
«Un millón de trabajadores hambrientos se levantaron, salieron todos a la calle y… se quedaron allí parados. ¿Qué otra cosa iban a hacer? Sus agravios y quejas eran amargos, insoportables; su furia contra ellos era justa; pero ¿quién causa esas quejas, quién quiere remediarlas? Nuestros enemigos son no sabemos quién ni qué; nuestros amigos están no sabemos dónde. ¿Cómo vamos a atacar a alguien, a fusilar a alguien o a dejarnos fusilar por alguien? ¡Oh, si esa maldita pesadilla que, invisible, nos exprime la vida a nosotros y a los nuestros, quisiera tomar una forma y salirnos al paso como tigre de Hircania, como behemot del caos, como el mismísimo archienemigo! ¡En cualquier forma que pudiéramos ver, por la que pudiéramos agarrarlo!»
Pero precisamente esa fue la desgracia de los obreros en la insurrección del verano de 1842: no sabían contra quién tenían que luchar. Su mal era un mal social, y los males sociales no se pueden abolir como se abole la monarquía o los privilegios. Los males sociales no se curan con cartas del pueblo, y el pueblo lo sentía; de lo contrario, la Carta del Pueblo sería hoy la ley fundamental de Inglaterra. Los males sociales hay que estudiarlos y conocerlos, y eso es lo que la masa de los obreros no ha hecho todavía. El gran fruto del levantamiento fue que la cuestión vital de Inglaterra, la cuestión del destino definitivo de la clase trabajadora, como dice Carlyle, quedó planteada de un modo audible para todo oído que piense en Inglaterra. La cuestión ya no puede eludirse: Inglaterra tiene que responderla o perecer.
Pasemos por alto los últimos capítulos de este libro, pasemos por alto también, de momento, todo el siguiente, y tomemos enseguida el tercero, que trata del «trabajador moderno», para tener reunida la descripción de la situación de Inglaterra tal como se inició en el proemio.
Hemos desechado, prosigue Carlyle, la religiosidad de la Edad Media y no hemos recibido nada a cambio; hemos
«olvidado a Dios, hemos cerrado los ojos a la esencia eterna de las cosas y solo los hemos tenido abiertos a la apariencia engañosa de las cosas; nos tranquilizamos pensando que este universo es por dentro un gran Quizá incomprensible y por fuera, a ojos vistas, un gran establo y una casa de trabajo con importantes cocinas y comedores, donde el que es sabio encuentra sitio; toda verdad de este universo es incierta; solo las ganancias y las pérdidas, solo el pienso para el estómago y el aplauso son y siguen siendo evidentes para el hombre práctico. Para nosotros ya no existe ningún Dios; las leyes de Dios se han convertido en un “principio de la mayor felicidad posible”,13 en un ardid parlamentario; el cielo se ha convertido en un reloj astronómico, en un cazadero para los telescopios de Herschel,14 donde se va a la caza de resultados científicos y de sentimentalismos; en nuestro lenguaje y en el del viejo Ben Jonson:15 el hombre ha perdido su alma y empieza ahora a notar su falta. Esa es en verdad la llaga, el centro del cáncer social general. No hay religión, no hay Dios; el hombre ha perdido su alma y busca en vano una sal contra la putrefacción. En vano: en la ejecución de reyes, en revoluciones francesas, en leyes de reforma, en insurrecciones de Mánchester, en nada de eso hay remedio. La lepra podrida, aliviada durante una hora, vuelve a la siguiente más fuerte y desesperada.»
Pero como el lugar de la vieja religión no podía quedar del todo vacío, hemos recibido en su lugar un nuevo evangelio, un evangelio que corresponde a la oquedad y a la falta de contenido de la época: el evangelio de Mamón. El cielo cristiano y el infierno cristiano se han abandonado, aquel por dudoso, este por absurdo, y tenéis un infierno nuevo: el infierno de la Inglaterra moderna es la conciencia de «¡no salir adelante, no ganar dinero!».
«¡En verdad, con nuestro evangelio de Mamón hemos llegado a conclusiones singulares! Lo llamamos sociedad y, sin embargo, establecemos en todas partes la separación y el aislamiento más totales. Nuestra vida no es ayuda mutua, sino hostilidad mutua, sometida a ciertas leyes de la guerra, “competencia razonable” y demás. Hemos olvidado por completo que el pago al contado no es el único vínculo entre hombre y hombre.16 “¿Mis obreros hambrientos?”, dice el rico fabricante. “¿No los he contratado en el mercado, como es justo y razonable? ¿No les he pagado hasta el último céntimo lo que les debía por contrato? ¿Qué más tengo yo que ver con ellos?” ¡En verdad, el culto de Mamón es una fe triste!»
«Una pobre viuda irlandesa pidió en Edimburgo ayuda a una institución benéfica para ella y sus tres hijos. En todas las instituciones la rechazaron; le fallaron las fuerzas y el valor; cayó enferma de tifus, murió y contagió la enfermedad a toda su callejuela, de modo que otras diecisiete personas murieron por su causa. El humano médico que cuenta esta historia, el doctor W. P. Alison,17 pregunta a este propósito: ¿no habría sido más económico ayudar a esa mujer? Cogió el tifus y mató a diecisiete de vosotros. Muy singular. La viuda irlandesa abandonada se dirige a sus semejantes: “Mirad, me muero sin ayuda; tenéis que ayudarme; soy vuestra hermana, hueso de vuestros huesos; ¡un solo Dios nos creó!”. Pero ellos responden: “No, imposible; tú no eres nuestra hermana”. Pero ella demuestra su parentesco: su fiebre los mata a ellos; eran sus hermanos, aunque lo negaran. ¿Cuándo hubo que buscar esta prueba más abajo?»
Carlyle, dicho sea de paso, se equivoca aquí, lo mismo que Alison. Los ricos no sienten compasión ni interés alguno por la muerte de esos «diecisiete». ¿No es una suerte pública que la «población sobrante» se reduzca en diecisiete? Si fueran un par de millones en lugar de unos miserables «diecisiete», tanto mejor. Así razonan los ricos malthusianos18 de Inglaterra.
Y luego, el otro evangelio, todavía peor, el del diletantismo, que ha creado un gobierno que no hace nada, que ha quitado a los hombres toda seriedad y los empuja a querer aparentar lo que no son; la búsqueda de la «felicidad», es decir, de comer y beber bien, que ha elevado al trono la materia más burda y ha destruido todo contenido espiritual: ¿qué va a salir de todo esto?
«¿Y qué diremos de un gobierno como el nuestro, que opone a sus trabajadores una acusación de “sobreproducción”? Sobreproducción, ¿no es esa la cuestión? ¡Vosotros, los diversos individuos que fabricáis, habéis producido demasiado! Os acusamos de haber hecho más de doscientas mil camisas para la desnudez de la humanidad. Y los pantalones que habéis confeccionado de pana de algodón, de cachemir, de tartán escocés, de nanquín y de paño de lana, ¿no son variados? Sombreros y zapatos, sillas para sentarse y cucharas para comer; sí, y producís relojes de oro, joyas, tenedores de plata, cómodas, chiffonniers y sofás tapizados. ¡Oh, cielos, todos los Commercial Bazaars y todos los Howell and James19 no dan abasto para guardar vuestros productos; habéis producido, producido, producido! Quien quiera acusaros no tiene más que mirar a su alrededor: millones de camisas y pantalones vacíos cuelgan ahí como testimonio contra vosotros. Os acusamos de sobreproducción; sois culpables del grave delito de haber producido camisas, pantalones, sombreros, zapatos, etc., en una abundancia que da escalofríos. Y ahora, en consecuencia, hay un estancamiento, y vuestros trabajadores tienen que morirse de hambre.»
«Milores y caballeros, ¿de qué acusan ustedes a esos pobres trabajadores? Ustedes, milores y caballeros, fueron nombrados para cuidar de que no se produjeran estancamientos; tenían que velar por que el reparto del salario por el trabajo hecho se hiciera en orden, por que ningún trabajador se quedara sin su salario, ya fuera en monedas, ya en dogales de cáñamo; ese era su oficio desde tiempo inmemorial. Esos pobres hilanderos han olvidado muchas cosas que deberían haber hecho según la ley interior no escrita; pero ¿qué ley escrita de su condición han olvidado? Los habían puesto a hacer camisas. La comunidad les ordenó: haced camisas, y aquí están las camisas. ¿Demasiadas camisas? ¡En verdad, eso es nuevo en este mundo loco con sus novecientos millones de cuerpos desnudos! Pero, milores y caballeros, a ustedes la comunidad les ordenó: cuidad de que esas camisas se repartan bien; ¿y dónde está el reparto? Dos millones de trabajadores sin camisa o mal encamisados están en las bastillas de la ley de pobres, otros cinco millones en sótanos de hambre como el de Ugolino; y para remediarlo dicen ustedes: ¡aumentad nuestras rentas! Dicen ustedes, triunfantes: ¿queréis zurcir acusaciones, queréis echarnos en cara la sobreproducción? Ponemos al cielo y a la tierra por testigos de que no hemos producido absolutamente nada. En los vastos reinos de la creación no hay una camisa que hayamos hecho nosotros. Somos inocentes de la producción; ¡al contrario, desagradecidos, qué montañas de cosas no hemos tenido que consumir! ¿No han desaparecido esas montañas ante nosotros como si tuviéramos estómagos de avestruz y una especie de facultad divina de devorar? Desagradecidos, ¿no habéis crecido a la sombra de nuestras alas? Vuestras sucias fábricas, ¿no están en nuestras tierras? ¿Y no vamos a poder venderos nuestro grano al precio que nos plazca? ¿Qué creéis que sería de vosotros si nosotros, los propietarios del suelo de Inglaterra, decidiéramos no dejar crecer más grano?»
Este modo de ver de la aristocracia, esta pregunta bárbara —¿qué sería de vosotros si no tuviéramos la bondad de dejar crecer el grano?—, ha producido las «insensatas y miserables leyes de cereales»;20 las leyes de cereales, tan insensatas que no se pueden aducir contra ellas más argumentos que los que «tienen que hacer llorar a un ángel en el cielo y también a un asno en la tierra». Las leyes de cereales demuestran que la aristocracia no ha aprendido todavía a no causar daño, a estarse quieta, a no hacer nada en absoluto, por no hablar de hacer algo bueno; y, sin embargo, ese sería su deber, según Carlyle:
«Por su posición está obligada a guiar y gobernar Inglaterra, y todo trabajador de la casa de trabajo tiene derecho a preguntarle a ella antes que a nadie: ¿por qué estoy aquí? Su pregunta se oye en el cielo y se hará oír también en la tierra si no se le presta atención. Su acusación va contra ustedes, milores y caballeros; ustedes están en la primera fila de los acusados; ustedes, en virtud de la posición que ocupan, tienen que responderle los primeros. ¡El destino de la aristocracia ociosa, tal como se lee su horóscopo en las leyes de cereales, etc., es un abismo que le llena a uno de desesperación! Sí, mis sonrosados hermanos cazadores de zorros, a través de vuestras caras frescas y lozanas, de vuestras mayorías por las leyes de cereales, de vuestras sliding scales,21 de vuestros aranceles protectores, de vuestras elecciones compradas y de vuestros fuegos de Kent,22 un ojo que piensa descubre imágenes espantosas de ruina, demasiado espantosas para decirlas, una escritura de Mene, Mene…23 ¡Dios mío! ¿No declaró lo mismo, hace apenas medio siglo, una aristocracia francesa ociosa: no podemos existir, no podemos seguir vistiéndonos y exhibiéndonos según nuestro rango; la renta de nuestras tierras no basta, tenemos que tener más, tenemos que estar exentos de impuestos y tener una ley de cereales para aumentar nuestra renta? Eso fue en 1789; cuatro años más tarde… ¿habéis oído hablar de la tenería de Meudon, donde los desnudos se hacían pantalones de piel humana?24 ¡Que el cielo misericordioso aparte el presagio; seamos más sabios para ser menos desdichados!»
Y la aristocracia trabajadora cae en las redes de la aristocracia ociosa y, con su «mamonismo», acaba también en una mala situación:
«Los del continente, por lo visto, exportan nuestra maquinaria, hilan algodón y fabrican para sí mismos, nos echan de este mercado y luego de aquel. Tristes noticias, pero ni mucho menos las más tristes. Lo más triste es que, según he oído decir, hayamos de ver nuestra existencia nacional dependiente de nuestra capacidad de vender los tejidos de algodón un céntimo la vara más baratos que todos los demás pueblos. ¡Muy estrecha base para una gran nación es esa! Una base que, a mi parecer, no podremos mantener a la larga por más leyes de cereales que se deroguen. Ninguna gran nación puede sostenerse sobre semejante punta de pirámide, encaramándose más y más alto, haciendo equilibrios sobre el dedo gordo del pie. En una palabra, este evangelio de Mamón, con su infierno del no ganar, oferta y demanda, competencia, libertad de comercio, “laissez faire y el resto que se lo lleve el diablo”, empieza poco a poco a ser el evangelio más miserable que jamás se haya predicado en la tierra. Sí, si mañana se derogaran las leyes de cereales, no se habría acabado nada con ello: solo se habría hecho sitio para empezar cosas de todas clases. Fuera las leyes de cereales, libre el comercio, y es seguro que la parálisis actual de la industria desaparecerá. Tendremos de nuevo un período de empresas comerciales, de victoria y de prosperidad; el lazo estrangulador del hambre que llevamos al cuello se aflojará; tendremos espacio para respirar y tiempo para reflexionar y arrepentirnos: un tiempo tres veces precioso para luchar, como por nuestra vida, por la reforma de nuestros malos caminos, para aliviar, instruir y ordenar a nuestro pueblo, para darle algo de alimento espiritual, algo de verdadera dirección y gobierno. ¡Será un tiempo impagable! Porque nuestro nuevo período de prosperidad, con el viejo método de “la competencia y el resto que se lo lleve el diablo”, resultará y tiene que resultar al final, otra vez, nada más que un paroxismo, y probablemente el último. Porque si en veinte años se duplica nuestra industria, también en veinte años se habrá duplicado nuestra población; estaremos donde estábamos, solo que seremos el doble, y el doble, qué digo, diez veces más indómitos. ¡Ay, a qué parajes hemos ido a parar en este nuestro peregrinaje por la inmensidad de los tiempos, donde los hombres deambulan como cadáveres galvanizados, con ojos fijos y sin pensamiento, sin alma, con solo una febril capacidad industrial y un estómago para digerir! La desesperación demacrada de las fábricas de algodón, de las minas de carbón y de los jornaleros agrícolas de Chandos25 es en estos días dolorosa de ver; pero no es ni de lejos tan dolorosa para el que piensa como esa filosofía y esa sabiduría de la vida brutales, olvidadas de Dios, de ganancias y pérdidas, que oímos pregonar por todas partes, en sesiones del senado, en clubes de debate, en artículos de fondo, desde púlpitos y tribunas, como el evangelio definitivo y el inglés honrado de la vida humana.»
«Tengo la audacia de creer que en ningún tiempo, desde los comienzos de la sociedad, la suerte de los millones mudos y agotados por el trabajo ha sido tan absolutamente insoportable como ahora. No es la muerte, ni siquiera la muerte por hambre, lo que hace desdichado al hombre; todos tenemos que morir, la salida final de todos nosotros es en un carro de fuego de dolor; pero ser desdichado y no saber por qué, trabajar hasta enfermar a cambio de nada, con el corazón agotado y cansado, y estar sin embargo aislado, huérfano, ceñido por un frío laissez faire universal, morir lentamente toda nuestra vida, emparedados en una injusticia sorda, muerta, infinita, como en el vientre maldito de un toro de Falaris:26 eso es y será siempre insoportable para todos los hombres creados por Dios. ¿Y nos asombramos de una Revolución francesa, de una “gran semana”,27 de un cartismo inglés? Los tiempos, si bien lo pensamos, son verdaderamente inauditos.»
Si en tiempos tan inauditos la aristocracia se muestra incapaz de dirigir la cosa pública, es una necesidad expulsarla. De ahí la democracia.
«Hasta dónde ha llegado ya la democracia, cómo avanza con prisa ominosa y siempre creciente, puede verlo cualquiera que quiera abrir los ojos a cualquier terreno de las relaciones humanas. Desde el trueno de las batallas napoleónicas hasta el alboroto por una asamblea parroquial abierta en St. Mary Axe,28 todo anuncia democracia.»
Pero ¿qué es, al fin y al cabo, la democracia?
«Nada más que la falta de amos que puedan gobernaros y la resignación ante esa falta inevitable, el intento de arreglárselas sin ellos. Nadie te oprime, libre e independiente elector; pero ¿no te oprime ese estúpido jarro de cerveza? Ningún hijo de Adán te manda venir o ir; pero ese jarro absurdo, de medida fuerte (heavy weight), ¡ese sí puede, y lo hace! No eres el siervo de Cedric el Sajón,29 sino de tus propios apetitos animales, ¿y hablas de libertad? ¡Tonto de remate! La idea de que la libertad de uno consiste en dar su voto en la elección y decir: mirad, también yo tengo ahora mi veintemilésima parte de un orador en nuestro parlanchinero nacional, ¿no me serán propicios todos los dioses?, esa idea es de las más chistosas del mundo. Y no digamos la libertad que se compra aislándoos unos de otros, sin tener nada que ver entre vosotros más que mediante el dinero contante y los libros mayores: esa libertad acabará mostrándose como la libertad de morirse de hambre para los millones que trabajan y la libertad de pudrirse para los miles y unidades perezosos y ociosos. Hermanos, tras siglos de gobierno constitucional sabemos todavía poco de lo que es la libertad y de lo que es la esclavitud. Pero la democracia seguirá su libre curso; los millones que trabajan, en su necesidad vital, en su anhelo instintivo y apasionado de dirección, arrojarán la falsa dirección y esperarán por un momento que la ausencia de dirección les baste; pero solo por un momento. Podéis arrojar la opresión de vuestros falsos superiores; no os lo reprocho, solo os compadezco y os exhorto; pero, hecho esto, el gran problema sigue sin resolver: el problema de encontrar la dirección de vuestros verdaderos superiores.»
«“La dirección, tal como existe ahora, es sin duda bastante miserable.” En la reciente comisión del Parlamento sobre el soborno30 parecía ser opinión de las cabezas prácticas más sanas que el soborno era inevitable y que, mal que bien, tendríamos que arreglárnoslas sin elecciones limpias. ¡Un Parlamento que se proclama elegido y elegible mediante soborno, qué legislación puede salir de él! El soborno no significa solo venalidad, sino falta de honradez, estafa desvergonzada, insensibilidad de bronce ante la mentira y ante la incitación a mentir. Sed honrados, al menos: abrid en Downing Street una oficina electoral con una tarifa de ciudades: tanta población paga tanto impuesto sobre la renta, valor de las casas tanto, elige dos diputados, elige un diputado, a tanto en dinero contante; Ipswich, tantos miles de libras; Nottingham, tanto. ¡Ahí lo tenéis, bien honradamente, por compra, sin la falta de honradez, sin la desvergüenza, sin la mentira! Nuestro Parlamento se declara elegido y elegible mediante soborno. ¿Qué va a ser de un Parlamento así? Si no son Belial y Belcebú los que gobiernan este universo, un Parlamento así se está preparando para nuevas leyes de reforma. ¡Antes probaremos el cartismo o cualquier otro sistema que contentarnos con esto! Un Parlamento que empieza con una mentira en la lengua tendrá que quitarse él mismo de en medio. Cada día, cada hora, se acerca algún cartista, algún Cromwell armado, para notificar a un Parlamento así: “Vosotros no sois un Parlamento. En nombre del Altísimo, ¡largaos!”.31»
Esta es la situación de Inglaterra según Carlyle. Una aristocracia terrateniente ociosa que «no ha aprendido siquiera a estarse quieta y, al menos, a no causar daño»; una aristocracia trabajadora hundida en el mamonismo, que, cuando debería ser una asamblea de dirigentes del trabajo, de «capitanes de la industria», no es más que un hatajo de bucaneros y piratas industriales; un Parlamento elegido mediante soborno; una filosofía de la vida del mero mirar, del no hacer nada, del laissez faire; una religión gastada y quebradiza; una disolución total de todos los intereses humanos generales; una desesperación universal de la verdad y de la humanidad y, en consecuencia, un aislamiento universal de los hombres en su «tosca singularidad»; una confusión caótica y desolada de todas las relaciones de la vida, una guerra de todos contra todos, una muerte espiritual general, falta de «alma», es decir, de conciencia verdaderamente humana; una clase trabajadora desproporcionadamente fuerte, sometida a una opresión y una miseria insoportables, en salvaje descontento y rebelión contra el viejo orden social y, por eso, una democracia amenazadora que avanza de modo incontenible; por todas partes caos, desorden, anarquía, disolución de los viejos lazos de la sociedad; por todas partes vacío espiritual, falta de pensamiento y relajamiento. Esta es la situación de Inglaterra. Hasta aquí, si descontamos algunas expresiones que se deben al punto de vista particular de Carlyle, tendremos que darle toda la razón. Él, el único de la clase «respetable», ha tenido por lo menos los ojos abiertos a los hechos; ha captado por lo menos correctamente el presente inmediato, y eso, para un inglés «culto», es en verdad muchísimo.
¿Y el porvenir? Tal como está ahora no sigue ni puede seguir. Hemos visto que Carlyle, como él mismo confiesa, no tiene ninguna «píldora Morison»,32 ningún remedio universal para curar los males sociales. También en esto tiene razón. Toda filosofía social, mientras siga presentando un par de proposiciones como su resultado final, mientras siga administrando píldoras Morison, es todavía muy imperfecta; no son los resultados desnudos lo que más necesitamos, sino el estudio; los resultados no son nada sin el desarrollo que ha llevado a ellos, eso lo sabemos ya desde Hegel, y los resultados son peor que inútiles si se fijan por sí mismos, si no se convierten de nuevo en premisas para el desarrollo ulterior. Pero los resultados tienen que tomar también, temporalmente, una forma determinada, tienen que pasar, mediante el desarrollo, de la vaga indeterminación a pensamientos claros, y entonces, en una nación tan puramente empírica como los ingleses, no pueden evitar, desde luego, la forma de «píldora Morison». El propio Carlyle, aunque ha asimilado mucho de lo alemán y está bastante lejos del burdo empirismo, tendría probablemente algunas píldoras a mano si fuera menos impreciso y oscuro sobre el porvenir.
De momento declara que todo es inútil e infructuoso mientras la humanidad persista en el ateísmo, mientras no haya recuperado su «alma». No es que haya que restaurar el viejo catolicismo en su energía y vitalidad, ni siquiera mantener la religión actual; sabe muy bien que rituales, dogmas, letanías y truenos del Sinaí no pueden servir de nada, que todos los truenos del Sinaí no hacen la verdad más verdadera ni asustan a ningún hombre razonable, que la religión del miedo hace mucho que quedó atrás; pero la religión misma tiene que restaurarse: vemos nosotros mismos adónde nos han llevado «dos siglos de gobierno ateo», desde la «bendita» restauración de Carlos II,33 y tendremos que comprender también, poco a poco, que este ateísmo empieza a estar gastado y raído. Pero ya hemos visto lo que Carlyle llama ateísmo: no tanto la incredulidad respecto de un Dios personal como la incredulidad respecto de la esencialidad interna, de la infinitud del universo; la incredulidad respecto de la razón, la desesperación del espíritu y de la verdad; su lucha no va contra la incredulidad respecto de la revelación de la Biblia, sino contra la «incredulidad más terrible, la incredulidad respecto de la Biblia de la historia universal». Esta es el libro eterno de Dios, en el que todo hombre, mientras no se le hayan apagado el alma y la vista, puede ver escribir el dedo de Dios. Burlarse de ella es una incredulidad sin igual, una incredulidad que castigaríais, no con el fuego y la hoguera, pero sí con la orden más rotunda de callar hasta tener algo mejor que decir. ¿Por qué romper con estrépito el feliz silencio solo para pregonar semejantes cosas? Si el pasado no tiene en sí ninguna razón divina, sino solo sinrazón diabólica, que pase para siempre; no habléis más de él; ¡a nosotros, cuyos padres fueron todos ahorcados, mal nos sienta hablar de sogas! «Pero en la historia la Inglaterra moderna no puede creer.» El ojo ve de todas las cosas solo lo que, según la facultad que le es inherente, puede ver. Un siglo sin Dios no puede comprender épocas llenas de Dios. En el pasado (la Edad Media) solo ve discordia vacía, el dominio general de la fuerza bruta; no ve que, al final, la fuerza y el derecho coinciden; ve pura estupidez, sinrazón salvaje, más propia de Bedlam34 que de un mundo humano. De lo cual se sigue, naturalmente, que esas mismas cualidades deberían seguir dominando en nuestro tiempo. Millones encerrados en bastillas; viudas irlandesas que prueban su humanidad mediante el tifus: siempre ha sido así, o peor; ¿qué otra cosa pedís? ¿Qué otra cosa ha sido la historia sino la explotación de la estupidez obstinada por la charlatanería afortunada? En el pasado no había Dios, nada más que mecanismo e ídolos caóticos y bestiales; ¿cómo va a «ver a Dios en el pasado» el pobre «historiador filosófico», para quien su propio siglo está tan dejado de la mano de Dios?
Pero nuestro tiempo no está tan abandonado.
«Sí, en nuestra misma pobre Europa desmembrada, ¿no se han alzado en estos últimos tiempos voces religiosas, con una religión nueva y a la vez la más antigua, indiscutible para el corazón de todos los hombres? Conozco a algunos que no se llamaban ni se creían profetas, pero que en verdad eran una vez más voces sonoras salidas del corazón eterno de la naturaleza, almas eternamente venerables para todos los que tienen alma. Una Revolución francesa es un fenómeno; como complemento y exponente espiritual de ella, un poeta como Goethe y una literatura alemana son para mí también un fenómeno. Si el viejo mundo secular o práctico ha ardido en llamas, ¿no está aquí la profecía y la aurora de un nuevo mundo espiritual, madre de mundos prácticos nuevos, mucho más nobles y más amplios? Una vida de abnegación antigua, de verdad antigua y de heroísmo antiguo ha vuelto a ser posible, es aquí realmente visible para el hombre más moderno, un fenómeno que en toda su calma no se puede comparar con ningún otro. Hay aquí ecos de una nueva música de las esferas, audible de nuevo a través de toda la jerga infinita y de las disonancias de esa cosa que se llama literatura.»
Goethe, el profeta de la «religión del porvenir», y su culto: el trabajo.
«Porque en el trabajo hay una eterna nobleza, y hasta una santidad. Por muy oscurecido que esté, por muy olvidado que tenga su alta vocación, siempre hay esperanza para un hombre que trabaja de verdad y en serio; solo en la pereza hay desesperación eterna. El trabajo, por muy amamonado, por muy envilecido que esté, sigue siendo una unión con la naturaleza; el deseo apremiante de ver hecho su trabajo lo llevará más y más a la verdad, a los designios y a las leyes de la naturaleza. [...] En el trabajo hay un significado infinito; por él se perfecciona el hombre. Se eliminan los pantanos podridos; en su lugar surgen hermosos sembrados y ciudades espléndidas; y, ante todo, el hombre mismo deja de ser un pantano podrido y un desierto preñado de pestilencia. ¡Pensad cómo, aun en las clases de trabajo más humildes, toda el alma del hombre se pone en una cierta armonía en cuanto se entrega al trabajo! La duda, el deseo, la pena, la inquietud, la indignación, la desesperación misma, todos ellos, como perros del infierno, asedian el alma del pobre jornalero como la de cualquier otro; pero él acomete con ánimo libre su tarea del día, y todos ellos retroceden gruñendo a sus cuevas lejanas. El hombre es ahora hombre; el ardor sagrado del trabajo es en él como un fuego purificador en el que todo veneno, y hasta el humo más pestilente, arde en una llama clara y santa. [...] Bendito el que ha encontrado su trabajo; que no pida otra bendición. Tiene un trabajo, un fin en la vida; lo ha encontrado, lo persigue, y ahora su vida corre como un canal de libre corriente, abierto a través de la ciénaga estancada de la existencia, que desagua el agua estancada hasta del junco más lejano y convierte el pantano pestilente en una pradera verde y fértil. El trabajo es vida; en el fondo no tienes más conocimiento que el que has adquirido mediante el trabajo; lo demás es todo hipótesis, materia para disputas escolásticas en las nubes, que flota en interminables remolinos lógicos hasta que lo probamos y lo fijamos. Las dudas de toda clase solo pueden resolverse mediante la actividad. [...] Hermosísimo era el dicho de los viejos monjes: laborare est orare, trabajar es rendir culto. Más antiguo que todo evangelio predicado era este evangelio no predicado, no pronunciado, pero imborrable y eterno: trabaja y encuentra satisfacción en el trabajo. Oh, hombre, ¿no hay en lo más hondo de tu corazón un espíritu de ordenación activa, una fuerza de trabajo, que arde como un fuego que se consume dolorosamente sin dejarte descanso hasta que lo despliegas, hasta que lo escribes en hechos a tu alrededor? Todo lo desordenado y yermo has de hacerlo ordenado, regulado, cultivable, obediente a ti y fructífero para ti. Donde encuentres desorden, allí está tu enemigo eterno; atácalo enseguida, somételo; arráncalo del dominio del caos, ¡ponlo bajo tu dominio, el de la inteligencia y la divinidad! Pero, sobre todo, donde encuentres ignorancia, estupidez, embrutecimiento, atácalos, te digo, golpéalos, sabia e incansablemente, no descanses mientras vivas tú y vivan ellos; ¡golpea, golpea, en nombre de Dios, golpea! Has de obrar mientras es de día; viene la noche, cuando nadie puede obrar.35 Todo trabajo verdadero es sagrado; sudor de la frente, sudor del cerebro y del corazón, incluidos los cálculos de un Kepler, las meditaciones de un Newton; todas las ciencias, todos los cantares de gesta, todo heroísmo realizado, todo martirio, hasta aquella “agonía del sudor de sangre” que todos los hombres han llamado divina. Si eso no es culto, al diablo con todo culto. ¿Quién eres tú, que te quejas de tu vida de trabajo penoso? No te quejes; el cielo es severo contigo, pero no hostil; es una madre noble, como aquella madre espartana que dio a su hijo el escudo: ¡con él o sobre él! No te quejes; tampoco los espartanos se quejaban. Un monstruo hay en el mundo: el ocioso. ¿Cuál es su religión, sino que la naturaleza es un fantasma, que Dios es una mentira y que el hombre y su vida son una mentira?»
Pero también el trabajo se ve arrastrado en el torbellino salvaje del desorden y del caos; el principio que purifica, ilustra y desarrolla ha caído presa del enredo, la confusión y las tinieblas. Esto lleva a la cuestión principal propiamente dicha, al porvenir del trabajo.
«¡Qué tarea será la que nuestros amigos del continente, que llevan ya bastante tiempo buscándola a tientas y de un modo algo absurdo, llaman “organización del trabajo”!36 Hay que quitarla de manos de charlatanes absurdos y entregarla a hombres capaces, sabios y laboriosos; empezarla enseguida, llevarla adelante y a término, si Europa, o al menos si Inglaterra, ha de seguir siendo habitable por mucho tiempo. Cuando miramos a nuestros nobilísimos duques de las leyes de cereales o a nuestros duques espirituales y pastores de almas, “con un mínimo de cuatro mil quinientas libras al año”, nuestras esperanzas, desde luego, se moderan un poco. ¡Pero ánimo! Aún hay en Inglaterra muchos hombres valientes. Tú, indomable lord de fábrica, ¿no hay también en ti alguna esperanza? Hasta ahora has sido un bucanero; pero en ese ceño serio, en ese corazón indomable que es capaz de vencer al algodón, ¿no hay quizá otras victorias, diez veces más nobles?»
«Mirad a vuestro alrededor: vuestros ejércitos mundiales están todos en motín, confusión, abandono; ¡en vísperas de una ruina en llamas, en vísperas de la locura! No quieren seguir marchando según el principio de los seis peniques diarios y de la oferta y la demanda; no quieren, y tienen derecho a ello. Casi los han empujado a las fauces de la locura; sed vosotros más sensatos. Esa gente no seguirá marchando como una chusma confusa y que confunde, sino como una masa compacta y ordenada, con verdaderos jefes a la cabeza. Todos los intereses humanos, todas las empresas comunes, han tenido que organizarse al llegar a cierto grado de desarrollo; y ahora el mayor de todos los intereses humanos, el trabajo, reclama organización.»
Para llevar a cabo esa organización, para poner la verdadera dirección y el verdadero gobierno en lugar de la falsa dirección, Carlyle reclama una «verdadera aristocracia», un «culto de los héroes», y plantea como el segundo gran problema encontrar a los aristoi, a los mejores, cuya dirección ha de «unir la democracia inevitable con la soberanía necesaria».
De estos extractos se desprende con bastante claridad el punto de vista de Carlyle. Toda su manera de ver es esencialmente panteísta, y panteísta a la alemana. Los ingleses no tienen panteísmo, sino solo escepticismo; el resultado de todo el filosofar inglés es la desesperación de la razón, la incapacidad confesada de resolver las contradicciones en que se ha caído en última instancia y, en consecuencia, por un lado, la recaída en la fe y, por otro, la entrega a la pura práctica, sin preocuparse más de metafísica, etc. Carlyle, con su panteísmo procedente de la literatura alemana, es por eso también un «fenómeno» en Inglaterra, y un fenómeno bastante incomprensible para los ingleses prácticos y escépticos. La gente lo mira fijamente, habla de «misticismo alemán», de un inglés retorcido; otros sostienen que, al fin y al cabo, algo hay detrás, que su inglés es desde luego insólito, pero hermoso, que es un profeta, etc.; pero nadie sabe muy bien qué hacer con el conjunto.
Para nosotros, los alemanes, que conocemos los supuestos del punto de vista de Carlyle, la cosa está bastante clara. Restos de romanticismo tory e ideas humanas tomadas de Goethe, por un lado, y la Inglaterra escéptica y empírica, por otro: estos factores bastan para derivar de ellos toda la concepción del mundo de Carlyle. Carlyle, como todos los panteístas, no ha ido aún más allá de la contradicción, y el dualismo es en él tanto peor cuanto que conoce la literatura alemana, pero no su complemento necesario, la filosofía alemana, y por eso todas sus ideas son inmediatas, intuitivas, más schellinguianas que hegelianas. Con Schelling, es decir, con el viejo, no con el Schelling de la revelación,37 Carlyle tiene de hecho un montón de puntos de contacto; con Strauss, cuya manera de ver es también panteísta, coincide en el «culto de los héroes» o «culto del genio». La crítica del panteísmo se ha hecho en los últimos tiempos en Alemania de un modo tan exhaustivo que queda poco que decir. Las tesis de Feuerbach en las Anekdota y los escritos de B[runo] Bauer contienen todo lo que viene al caso.38 Podremos limitarnos, pues, a sacar simplemente las consecuencias del punto de vista de Carlyle y a mostrar que, en el fondo, no es más que un estadio previo del punto de vista de esta revista.
Carlyle se queja del vacío y de la oquedad de la época, de la putrefacción interna de todas las instituciones sociales. La queja es justa; pero con quejarse no basta; para remediar el mal hay que buscar su causa; y si Carlyle lo hubiera hecho, habría encontrado que esta disgregación y esta oquedad, esta «falta de alma», esta irreligión y este «ateísmo» tienen su raíz en la religión misma. La religión es, por su esencia, el vaciamiento del hombre y de la naturaleza de todo contenido, la transferencia de ese contenido al fantasma de un Dios del más allá, que luego, a su vez, deja llegar por gracia al hombre y a la naturaleza algo de su abundancia. Mientras la fe en ese fantasma del más allá es fuerte y viva, el hombre llega por este rodeo, al menos, a algún contenido. La fe robusta de la Edad Media dio así, ciertamente, a toda la época una energía considerable, pero una energía que no venía de fuera, sino que estaba ya en la naturaleza humana, aunque todavía inconsciente, todavía sin desarrollar. La fe se fue debilitando, la religión se desmoronó ante la cultura creciente; pero el hombre seguía sin comprender que había adorado y divinizado su propia esencia como una esencia ajena. En este estado inconsciente y a la vez sin fe el hombre no puede tener ningún contenido, tiene que desesperar de la verdad, de la razón y de la naturaleza; y este vacío y esta falta de contenido, esta desesperación de los hechos eternos del universo, durarán hasta que la humanidad comprenda que la esencia que ha venerado como Dios era su propia esencia, hasta entonces desconocida, hasta que… pero ¿para qué copiar a Feuerbach?
La oquedad existe desde hace mucho, porque la religión es el acto por el que el hombre se vacía a sí mismo; ¿y os asombráis de que ahora, cuando la púrpura que la cubría ha palidecido, cuando se ha disipado la niebla que la envolvía, salga a la luz del día para espanto vuestro?
Carlyle acusa además —y esta es la consecuencia inmediata de lo anterior— a la época de hipocresía y de mentira. ¡Naturalmente: la oquedad y la falta de nervio tienen que taparse con decoro y mantenerse en pie con decorados, ropajes rellenos y ballenas de corsé! También nosotros atacamos la hipocresía del actual estado cristiano del mundo; la lucha contra ella, nuestra liberación de ella y la liberación del mundo de ella son, al fin y al cabo, nuestra única tarea; pero, como hemos llegado a conocer esa hipocresía mediante el desarrollo de la filosofía y como llevamos la lucha de manera científica, la esencia de esa hipocresía ya no nos resulta tan ajena e incomprensible como, desde luego, le resulta todavía a Carlyle. También esta hipocresía la remitimos a la religión, cuya primera palabra es una mentira; ¿o no empieza la religión mostrándonos algo humano y afirmando que es algo sobrehumano, divino? Pero como sabemos que toda esta mentira e inmoralidad proceden de la religión, que la hipocresía religiosa, la teología, es el prototipo de todas las demás mentiras e hipocresías, estamos autorizados a extender el nombre de teología a toda la falsedad y la hipocresía del presente, como han hecho por primera vez Feuerbach y B[runo] Bauer. Que Carlyle lea sus escritos si desea saber de dónde viene la inmoralidad que apesta todas nuestras relaciones.
Hay que fundar, o hay que esperar, una nueva religión, un culto panteísta de los héroes, un culto del trabajo: imposible; todas las posibilidades de la religión están agotadas; después del cristianismo, después de la religión absoluta, es decir, abstracta, después de la «religión como tal», ya no puede surgir ninguna otra forma de religión. El propio Carlyle comprende que el cristianismo católico, el protestante o cualquier otro camina sin remedio hacia su ruina; si conociera la naturaleza del cristianismo, comprendería que después de él ya no es posible ninguna otra religión. ¡Tampoco el panteísmo! El panteísmo es él mismo una consecuencia del cristianismo que no se puede separar de su premisa; al menos lo es el panteísmo moderno, el de Spinoza, el de Schelling, el de Hegel y también el de Carlyle. De nuevo me ahorra Feuerbach la molestia de demostrarlo.
Como he dicho, también a nosotros nos importa combatir la inconsistencia, el vacío interior, la muerte espiritual, la falta de veracidad de la época; contra todas esas cosas libramos una guerra a vida o muerte, lo mismo que Carlyle, y tenemos muchas más probabilidades de éxito que él, porque sabemos lo que queremos. Queremos superar el ateísmo, tal como lo describe Carlyle, devolviendo al hombre el contenido que ha perdido por la religión; no como un contenido divino, sino como un contenido humano, y toda la devolución se reduce sencillamente a despertar la autoconciencia. Queremos quitar de en medio todo lo que se anuncia como sobrenatural y sobrehumano, y suprimir así la falta de veracidad, porque la pretensión de lo humano y lo natural de querer ser sobrehumano, sobrenatural, es la raíz de toda falsedad y de toda mentira. Por eso hemos declarado la guerra de una vez para siempre a la religión y a las representaciones religiosas, y nos importa poco que nos llamen ateos o cualquier otra cosa. Pero si la definición panteísta del ateísmo que da Carlyle fuera correcta, los verdaderos ateos no seríamos nosotros, sino nuestros adversarios cristianos. A nosotros no se nos ocurre atacar los «hechos internos y eternos del universo»; al contrario, somos nosotros quienes los hemos fundamentado de verdad, al demostrar su eternidad y ponerlos a salvo de la arbitrariedad omnipotente de un Dios contradictorio en sí mismo. A nosotros no se nos ocurre declarar que «el mundo, el hombre y su vida son una mentira»; al contrario, son nuestros adversarios cristianos los que cometen esa inmoralidad cuando hacen depender el mundo y el hombre de la gracia de un Dios que en realidad solo nació del reflejo del hombre en la hyle39 caótica de su propia conciencia sin desarrollar. A nosotros no se nos ocurre dudar de la «revelación de la historia» ni despreciarla: la historia es nuestro todo, y la tenemos en más alta estima que ninguna otra orientación filosófica anterior, más incluso que Hegel, para quien, al fin y al cabo, solo debía servir de prueba de su ejemplo de cálculo lógico.
El desprecio de la historia, el menosprecio del desarrollo de la humanidad, está por completo del otro lado; son otra vez los cristianos los que, al establecer una «historia del reino de Dios» aparte, niegan a la historia real toda esencialidad interna y reclaman esa esencialidad solo para su historia del más allá, abstracta y, encima, inventada; los que, con la consumación del género humano en su Cristo, hacen que la historia alcance una meta imaginaria, la interrumpen a mitad de su curso y luego, aunque solo sea por coherencia, tienen que hacer pasar los mil ochocientos años siguientes por un desatino caótico y una pura falta de contenido. Nosotros reclamamos el contenido de la historia; pero no vemos en la historia la revelación de «Dios», sino la del hombre, y solo la del hombre. Para ver la magnificencia de la esencia humana, el desarrollo del género en la historia, su progreso incontenible, su victoria siempre segura sobre la sinrazón del individuo, su superación de todo lo aparentemente sobrehumano, su lucha dura pero victoriosa con la naturaleza hasta la conquista final de la autoconciencia humana libre, de la comprensión de la unidad del hombre con la naturaleza, y la creación libre y espontánea de un mundo nuevo fundado en relaciones de vida puramente humanas y morales; para reconocer todo esto en su grandeza no necesitamos invocar antes la abstracción de un «Dios» y atribuirle todo lo bello, lo grande, lo sublime y lo verdaderamente humano; no necesitamos ese rodeo, no necesitamos imprimir primero a lo verdaderamente humano el sello de lo «divino» para estar seguros de su grandeza y magnificencia. Al contrario: cuanto más «divina», es decir, inhumana, sea una cosa, menos podremos admirarla. Solo el origen humano del contenido de todas las religiones les salva aquí y allá algún título al respeto; solo la conciencia de que hasta la superstición más disparatada contiene en el fondo las determinaciones eternas de la esencia humana, aunque sea en una forma retorcida y deformada, solo esta conciencia salva la historia de la religión, y en especial la de la Edad Media, de la condena total y del olvido eterno, que de otro modo serían, desde luego, el destino de esas historias «llenas de Dios». Cuanto más «llena de Dios», más inhumana, más bestial; y la Edad Media «llena de Dios» produjo, ciertamente, la perfección de la bestialidad humana: la servidumbre, el ius primae noctis,40 etc. La falta de Dios de nuestra época, de la que tanto se queja Carlyle, es precisamente su plenitud de Dios. De aquí se ve también por qué he señalado más arriba al hombre como la solución del enigma de la Esfinge. Hasta ahora la pregunta ha sido siempre: ¿qué es Dios?, y la filosofía alemana la ha resuelto así: Dios es el hombre. El hombre no tiene más que conocerse a sí mismo, medir con su propia medida todas las relaciones de la vida, juzgarlas según su esencia, organizar el mundo de un modo verdaderamente humano según las exigencias de su naturaleza, y habrá resuelto el enigma de nuestro tiempo. La verdad no hay que buscarla en regiones del más allá, sin existencia, ni más allá del tiempo y del espacio, ni en un «Dios» inmanente al mundo u opuesto a él, sino mucho más cerca, en el propio pecho del hombre. La propia esencia del hombre es mucho más magnífica y sublime que la esencia imaginaria de todos los «dioses» posibles, que al fin y al cabo no son más que la imagen más o menos confusa y deformada del hombre mismo. Así pues, cuando Carlyle dice con Ben Jonson que el hombre ha perdido su alma y empieza ahora a notar su falta, la expresión correcta sería esta: el hombre ha perdido en la religión su propia esencia, ha enajenado su humanidad, y ahora que la religión se tambalea por el progreso de la historia, nota su vacío y su falta de sostén. Pero no hay para él otra salvación: no puede reconquistar su humanidad, su esencia, más que mediante una superación a fondo de todas las representaciones religiosas y un regreso decidido y sincero, no a «Dios», sino a sí mismo.
Todo esto está también en Goethe, el «profeta», y quien tenga ojos abiertos puede leerlo en él. A Goethe no le gustaba tener que ver con «Dios»; la palabra lo incomodaba; solo se sentía en casa en lo humano, y esta humanidad, esta emancipación del arte de las cadenas de la religión, es precisamente lo que constituye la grandeza de Goethe. Ni los antiguos ni Shakespeare pueden medirse con él en este aspecto. Pero esta humanidad consumada, esta superación del dualismo religioso, solo puede captarla en todo su significado histórico aquel a quien no le es ajeno el otro lado del desarrollo nacional alemán, la filosofía. Lo que Goethe solo pudo expresar de un modo inmediato, es decir, en cierto sentido, ciertamente, «profético», está desarrollado y fundamentado en la más reciente filosofía alemana. También Carlyle lleva en sí supuestos que, por lógica, han de conducir al punto de vista expuesto más arriba. El panteísmo mismo no es más que el último estadio previo de la manera de ver libre y humana. La historia, que Carlyle presenta como la verdadera «revelación», no contiene sino lo humano, y solo por un golpe de fuerza puede sustraerse su contenido a la humanidad y cargarse en la cuenta de un «Dios». El trabajo, la actividad libre, en la que Carlyle ve también un «culto», es de nuevo un asunto puramente humano y solo por la fuerza puede ponerse en relación con «Dios». ¿Para qué poner siempre en primer plano una palabra que, en el mejor de los casos, solo expresa la infinitud de la indeterminación y que, además, mantiene la apariencia del dualismo? ¿Una palabra que es en sí misma la declaración de la nulidad de la naturaleza y de la humanidad?
Esto, en cuanto al lado interno, religioso, del punto de vista de Carlyle. El juicio sobre el lado externo, político-social, se enlaza directamente con esto: Carlyle tiene todavía religión suficiente para permanecer en un estado de falta de libertad; el panteísmo sigue reconociendo algo más alto que el hombre como tal. De ahí su anhelo de una «verdadera aristocracia», de «héroes»; como si esos héroes pudieran ser, en el mejor de los casos, algo más que hombres. Si hubiera concebido al hombre como hombre, en toda su infinitud, no se le habría ocurrido dividir de nuevo a la humanidad en dos rebaños, ovejas y cabras, gobernantes y gobernados, aristócratas y canalla, señores y necios; habría encontrado que la verdadera posición social del talento no está en gobernar por la fuerza, sino en estimular e ir por delante. El talento tiene que convencer a la masa de la verdad de sus ideas, y entonces no tendrá que fatigarse más por su ejecución, que vendrá por sí sola. La humanidad no pasa por la democracia, desde luego, para acabar llegando otra vez al punto de partida. Por lo demás, lo que Carlyle dice de la democracia deja poco que desear, si exceptuamos lo que acabamos de apuntar, la falta de claridad sobre la meta, sobre el fin de la democracia moderna. La democracia no es, ciertamente, más que un punto de paso, pero no hacia una aristocracia nueva y mejorada, sino hacia la libertad real, humana; del mismo modo que la irreligiosidad de la época conducirá al final a la emancipación completa de todo lo religioso, sobrehumano y sobrenatural, y no a su restauración.
Carlyle reconoce la insuficiencia de la «competencia», de la «oferta y la demanda», del «mamonismo», etc., y está muy lejos de afirmar la legitimidad absoluta de la propiedad de la tierra. ¿Por qué no sacar entonces la conclusión sencilla de todos estos supuestos y rechazar la propiedad en general? ¿Cómo piensa acabar con la «competencia», la «oferta y la demanda», el mamonismo, etc., mientras subsista la raíz de todo ello, la propiedad privada? La «organización del trabajo» no puede hacer nada para eso; sin una cierta identidad de intereses ni siquiera puede llevarse a cabo. ¿Por qué no ir entonces consecuentemente hasta el fondo, proclamar la identidad de intereses, el único estado humano, y poner fin así a todas las dificultades, a toda la indeterminación y la falta de claridad?
Carlyle no menciona con una sola sílaba, en todas sus rapsodias, a los socialistas ingleses. Mientras se quede en su punto de vista actual, sin duda infinitamente más avanzado que el de la masa de los ingleses cultos, pero todavía abstracto y teórico, no podrá simpatizar mucho, desde luego, con sus aspiraciones. Los socialistas ingleses son puramente prácticos, y por eso proponen también medidas, colonización interior, etc., en forma de píldora Morison, por así decir; su filosofía es auténticamente inglesa, escéptica, es decir, desesperan de la teoría y se atienen para la práctica al materialismo, sobre el que se basa todo su sistema social; todo esto agradará poco a Carlyle, pero él es tan unilateral como ellos. Unos y otros solo han superado la contradicción dentro de la contradicción: los socialistas, dentro de la práctica; Carlyle, dentro de la teoría, y aun ahí solo de un modo inmediato, mientras que los socialistas han ido decididamente más allá de la contradicción práctica, y lo han hecho mediante el pensamiento. Los socialistas son todavía ingleses cuando deberían ser solo hombres; de la evolución filosófica del continente solo conocen el materialismo, no también la filosofía alemana; esa es toda su carencia, y trabajan directamente para colmar esa laguna al trabajar por la supresión de las diferencias nacionales. No tenemos por qué darnos tanta prisa en imponerles la filosofía alemana, a la que llegarán por sí mismos y que ahora poco podría servirles. En todo caso, son el único partido de Inglaterra que tiene porvenir, por débiles que sean en proporción. La democracia, el cartismo, tiene que imponerse pronto, y entonces la masa de los obreros ingleses no tendrá más elección que entre la muerte por hambre y el socialismo.
Para Carlyle y su punto de vista, el desconocimiento de la filosofía alemana no es tan indiferente. Es por su cuenta un teórico alemán y, sin embargo, su nacionalidad lo remite a la empiria; está en una contradicción flagrante que solo puede resolver desarrollando el punto de vista teórico alemán hasta su última consecuencia, hasta la reconciliación total con la empiria. A Carlyle ya solo le falta dar un paso para salir de la contradicción en que se mueve; pero, como ha mostrado toda la experiencia en Alemania, es un paso difícil. Es de desear que lo dé, y aunque ya no es joven,41 podrá darlo, sin duda, pues el progreso que muestra su último libro prueba que no ha dejado de desarrollarse.
Después de todo esto, el libro de Carlyle merece una traducción alemana diez mil veces más que todas esas legiones de novelas inglesas que se importan en Alemania a todas horas, y no puedo sino recomendar que se traduzca. ¡Pero que nuestros traductores de fábrica no le pongan las manos encima! Carlyle escribe un inglés muy suyo, y un traductor que no entienda bien el inglés y las alusiones a las circunstancias inglesas cometería los disparates más ridículos.
Después de esta introducción algo general, en los próximos cuadernos de esta revista trataré con más detalle de la situación de Inglaterra y de su núcleo, la situación de la clase trabajadora.42 La situación de Inglaterra tiene una importancia inmensa para la historia y para todos los demás países, porque en el aspecto social Inglaterra va, desde luego, muy por delante de todos los demás países.
F. Engels
Thomas Carlyle (1795-1881), historiador y ensayista escocés. Past and Present (Pasado y presente) se publicó en Londres en 1843. ↩
«Gente respetable», «la mejor clase de gente». ↩
Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Mánchester, jefe de la Liga contra las leyes de cereales; lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs; sir Robert Peel (1788-1850), primer ministro tory de 1841 a 1846; el duque de Wellington (1769-1852), vencedor de Waterloo y jefe de los tories en la Cámara de los Lores. ↩
El «Michel alemán», figura proverbial del alemán bonachón, crédulo y apocado. ↩
En 1828 se derogaron las leyes que excluían de los cargos públicos a los protestantes disidentes (Test and Corporation Acts); siguieron la emancipación de los católicos (1829) y la reforma electoral de 1832. ↩
Conferenciante; en el movimiento owenista, el orador itinerante de propaganda. ↩
Lord Ashley (Anthony Ashley Cooper, más tarde conde de Shaftesbury, 1801-1885), William Busfeild Ferrand (1809-1889), John Walter (1776-1847), propietario del Times, y Richard Oastler (1789-1861) encabezaron la campaña tory por la limitación legal de la jornada en las fábricas. ↩
Carlyle tradujo el Wilhelm Meister de Goethe (1824), escribió una Vida de Schiller (1825) y numerosos ensayos sobre la literatura alemana. ↩
La ley de reforma electoral de 1832 (Reform Bill), que dio el voto a las clases medias urbanas y dejó fuera a los obreros. ↩
Ugolino della Gherardesca, encerrado en Pisa con sus hijos en una torre donde murieron de hambre (Dante, Infierno, XXXIII). Gaddo es uno de los hijos. ↩
Lamentaciones 4, 10. ↩
La huelga general de agosto de 1842 en los distritos industriales de Lancashire, Yorkshire y las Midlands, en la que los huelguistas pararon las fábricas sacando los tapones de las calderas de vapor. ↩
El principio de «la mayor felicidad del mayor número», fundamento de la moral utilitarista de Jeremy Bentham. ↩
William Herschel (1738-1822) y su hijo John Herschel (1792-1871), astrónomos. ↩
Ben Jonson (1572-1637), dramaturgo inglés. ↩
En inglés, «cash payment is not the sole nexus of man with man». La fórmula de Carlyle reaparece en el Manifiesto comunista: la burguesía no ha dejado entre los hombres otro vínculo que el interés desnudo, el «pago al contado». ↩
William Pulteney Alison (1790-1859), médico y profesor en Edimburgo, autor de Observations on the Management of the Poor in Scotland (1840). ↩
Seguidores de Thomas Robert Malthus (1766-1834), para quien la miseria era consecuencia del exceso de población. ↩
Grandes almacenes y tiendas de lujo de Londres; Howell and James eran sederos y joyeros de Regent Street. ↩
Las leyes de cereales (Corn Laws), que desde 1815 gravaban la importación de grano en beneficio de los terratenientes; fueron derogadas en 1846. ↩
La «escala móvil» de los aranceles sobre el grano, que variaban según el precio interior (1828; reformada por Peel en 1842). ↩
El Kentish fire, aplauso rítmico y prolongado con que los mítines protestantes, empezando por los de Kent en 1828-1829, acogían a los oradores contrarios a la emancipación de los católicos. ↩
Mene, mene, tekel, upharsin: las palabras que una mano misteriosa escribió en la pared durante el festín de Baltasar, anunciando su caída (Daniel 5). ↩
Leyenda, difundida por los enemigos de la Revolución, según la cual en 1793-1794 funcionó en Meudon una curtiduría de pieles humanas. ↩
El marqués de Chandos, luego duque de Buckingham (1797-1861), jefe del partido agrario tory, cuya enmienda a la ley de reforma de 1832 dio el voto a los arrendatarios precarios y reforzó la influencia electoral de los terratenientes. ↩
Fálaris, tirano de Agrigento en el siglo VI a. C., que según la tradición asaba a sus víctimas dentro de un toro de bronce. ↩
La revolución de julio de 1830 en Francia. ↩
Calle y parroquia de la City de Londres; Carlyle alude a las disputas por la open vestry, la asamblea parroquial abierta a todos los contribuyentes. ↩
Alusión a Ivanhoe (1819), de Walter Scott, donde el porquero Gurth es siervo de Cedric el Sajón. El texto alemán dice «Cerdik». ↩
La comisión de la Cámara de los Comunes sobre la corrupción electoral de 1842. ↩
Palabras con que, según la tradición, Oliver Cromwell disolvió el Parlamento Largo el 20 de abril de 1653. ↩
Las píldoras vegetales de James Morison (1770-1840), anunciadas como remedio para todas las enfermedades. ↩
La restauración de la monarquía de los Estuardo en 1660. ↩
El hospital de Bethlehem, el manicomio de Londres. ↩
Juan 9, 4. ↩
Organisation du travail era el título del libro de Louis Blanc (1839), cuya fórmula hizo fortuna entre los socialistas franceses. ↩
La «filosofía de la revelación» del último Schelling, que este expuso en sus lecciones de Berlín de 1841-1842 y que Engels había combatido en sus folletos de 1842. ↩
Ludwig Feuerbach, «Vorläufige Thesen zur Reformation der Philosophie», en Anekdota zur neuesten deutschen Philosophie und Publicistik, publicadas por Arnold Ruge (Zúrich y Winterthur, 1843). De Bruno Bauer, en particular, Die Posaune des jüngsten Gerichts über Hegel den Atheisten und Antichristen (1841) y Das entdeckte Christentum (1843). ↩
En griego, «materia», la materia informe. ↩
El derecho de pernada. ↩
Carlyle tenía entonces cuarenta y ocho años. ↩
De los Deutsch-Französische Jahrbücher solo salió un número doble. Engels continuó el tema en la serie del Vorwärts! «La situación de Inglaterra» (agosto-octubre de 1844) y en La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). ↩