Escrito por Friedrich Engels en inglés, en Bruselas, entre el 8 y el 11 de septiembre de 1845. Publicado en The Northern Star, núm. 409, 13 de septiembre de 1845, con la nota de la redacción «De nuestro corresponsal». Traducido del original inglés según el texto de Marx/Engels, Collected Works, tomo 4 (pp. 645-648), cotejado con la traducción alemana de Marx/Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 558-561), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en inglés.
La matanza de Leipzig,1 que ustedes comentaron en su último número y de la que dieron un relato más detallado hace algunas semanas, sigue ocupando la atención de los periódicos alemanes. Esta matanza, superada en infamia solo por la de Peterloo,2 es con mucho la canallada más vil que el despotismo militar haya ideado nunca en este país. Cuando el pueblo gritaba: «¡Viva Ronge! ¡Abajo el papismo!»,3 el príncipe Juan de Sajonia, que, dicho sea de paso, es otro de nuestros muchos príncipes rimadores y escritores de libros y ha publicado una pésima traducción del Infierno del poeta italiano Dante,4 este traductor «infernal», digo, intentó añadir la gloria militar a su fama literaria planeando una campaña de lo más cobarde contra la masa desarmada. Ordenó al batallón de cazadores, llamado por las autoridades, que se dividiera en varios destacamentos y bloqueara los accesos al hotel en el que su literaria «alteza real» se había alojado. Los soldados obedecieron y apretujaron a la gente encerrándola en un círculo estrecho y avanzando sobre ella hacia el portal del hotel; y de esta inevitable entrada de la gente en el sagrado portal de la residencia real, provocada por la acción militar ejecutada por orden del príncipe Juan, de esta misma circunstancia se tomó el pretexto para disparar contra la gente; ¡con esta misma circunstancia han intentado los periódicos del gobierno justificar los disparos! Y no es eso todo: la gente quedó atrapada entre los distintos destacamentos, y el plan de su alteza real se ejecutó con un fuego cruzado sobre la masa indefensa; adondequiera que se volvían, se encontraban con descargas repetidas de los fusiles, y si los soldados, más humanos que el príncipe Juan, no hubieran disparado casi siempre por encima de las cabezas de la gente, la carnicería habría sido terrible. La indignación que ha provocado esta canallada es general; los súbditos más leales, los partidarios más ardientes del orden de cosas actual, la comparten y manifiestan su absoluta repugnancia por semejantes procedimientos. El asunto hará mucho bien en Sajonia, una parte de Alemania que más que ninguna otra ha mostrado siempre inclinación a hablar, y donde la acción hacía muchísima falta. Los sajones, con su pequeño gobierno constitucional, sus cámaras parlanchinas, sus diputados liberales, sus curas liberales e ilustrados, etc., eran en el norte de Alemania los representantes del liberalismo moderado, del whiggismo alemán; y, sin embargo, con todo eso, más esclavos del rey de Prusia que los propios prusianos. Lo que el gobierno prusiano resolvía, el ministerio sajón tenía que ejecutarlo; es más, últimamente el gobierno prusiano ni siquiera se tomaba la molestia de dirigirse al ministerio sajón, sino que se dirigía directamente a las autoridades inferiores sajonas, ¡como si no fueran sajonas, sino funcionarios suyos! ¡Sajonia se gobierna en Berlín, no en Dresde! Y con todo su hablar y su jactarse, los sajones saben muy bien que la mano de plomo de Prusia pesa bastante sobre ellos. A todo este hablar y jactarse, a toda esta presunción y autocomplacencia que querrían hacer de los sajones una nación peculiar opuesta a la prusiana, etc., pondrá fin esta matanza de Leipzig. Los sajones tienen que ver ahora que están bajo el mismo régimen militar que todos los demás alemanes, y que, con toda su constitución, sus leyes liberales, su censura liberal y los discursos liberales de su rey,5 la ley marcial es la única que tiene existencia práctica en su pequeño país. Y hay otra cosa que contribuirá a que este asunto de Leipzig propague el espíritu de rebelión en Sajonia: a pesar de todo el hablar de los liberales sajones, la gran mayoría del pueblo sajón no hace más que empezar a hablar; Sajonia es un país manufacturero, y entre sus tejedores de lino, sus calceteros de telar, sus hilanderos de algodón, sus encajeras de bolillos, sus mineros del carbón y de los metales, ha habido desde tiempo inmemorial una miseria espantosa. El movimiento proletario, que desde los motines de Silesia, la batalla de los tejedores, como se la llama, en junio de 1844,6 se ha extendido por toda Alemania, no ha dejado intacta a Sajonia. Hace algún tiempo hubo movimientos en varios lugares entre los obreros de la construcción del ferrocarril y también entre los estampadores de algodón, y es más que probable, aunque ahora no puedan darse pruebas positivas, que el comunismo esté progresando allí, como en todas partes, entre los trabajadores; y si los obreros de Sajonia entran en liza, no se contentarán, con toda seguridad, con hablar como sus patronos, los «burgueses» liberales.
Permítanme dirigir su atención algo más hacia el movimiento de la clase obrera en Alemania. En su periódico de la semana pasada predicen ustedes a este país una revolución gloriosa, y no como la de 1688.7 En esto tienen ustedes toda la razón; solo quisiera corregir, o más bien definir con más claridad, su expresión de que será la juventud de Alemania la que traiga semejante cambio. Esa juventud no hay que buscarla entre las clases medias. Es del corazón mismo de nuestro pueblo trabajador de donde partirá en Alemania la acción revolucionaria. Es cierto que entre nuestras clases medias hay un número considerable de republicanos e incluso de comunistas, y también jóvenes, que, si ahora se produjera un levantamiento general, serían muy útiles en el movimiento; pero esos hombres son «burgueses», traficantes de ganancias, fabricantes de profesión; ¿y quién nos garantiza que no los desmoralizará su oficio, su posición social, que les obliga a vivir del trabajo ajeno, a engordar como sanguijuelas, como «exploiteurs» de las clases trabajadoras? Y aunque sigan siendo proletarios de espíritu, aunque burgueses de profesión, su número será infinitamente pequeño en comparación con el número real de hombres de la clase media que se aferran al orden de cosas existente por interés y no se preocupan más que de llenarse el bolsillo. Afortunadamente, no contamos en absoluto con las clases medias. El movimiento de los proletarios se ha desarrollado con una rapidez tan asombrosa que dentro de un año o dos podremos pasar revista a un glorioso ejército de demócratas y comunistas obreros, pues en este país democracia y comunismo son, en lo que respecta a las clases trabajadoras, completamente sinónimos. Los tejedores de Silesia dieron la señal en 1844; los estampadores de algodón y los obreros del ferrocarril de Bohemia y de Sajonia, los estampadores de algodón de Berlín y, de hecho, las clases manufactureras de casi todas las partes de Alemania respondieron con huelgas y motines parciales, estos últimos provocados casi siempre por las leyes que prohíben las coaliciones. El movimiento es ya casi general en todo el país y avanza en silencio, pero con firmeza, mientras las clases medias pasan el tiempo agitando por «constituciones», «libertad de prensa», «aranceles protectores», «catolicismo alemán» y «reforma de la Iglesia protestante».8 Todos estos movimientos de la clase media, aunque no carezcan de algún mérito, no tocan en absoluto a las clases trabajadoras, que tienen un movimiento propio: un movimiento de cuchillo y tenedor.9 En mi próxima carta, más sobre este asunto.
El 12 de agosto de 1845 las tropas sajonas dispararon en Leipzig contra una manifestación popular que, con motivo de la llegada del príncipe heredero Juan, protestaba contra la persecución de los «católicos alemanes» por el gobierno sajón; hubo varios muertos. ↩
La matanza de St. Peter’s Fields, en Mánchester, el 16 de agosto de 1819, cuando la caballería cargó contra un mitin a favor de la reforma electoral; el nombre, por analogía con Waterloo. ↩
Johannes Ronge (1813-1887), sacerdote católico silesio, uno de los fundadores del movimiento de los «católicos alemanes», que en 1844 se separó de Roma y rechazaba la autoridad del papa. ↩
Juan de Sajonia (1801-1873), rey desde 1854, publicó con el seudónimo de Philalethes una traducción comentada de la Divina comedia, cuyo primer volumen, el Infierno, apareció en 1839. ↩
Federico Augusto II, rey de Sajonia de 1836 a 1854. ↩
El levantamiento de los tejedores de Peterswaldau y Langenbielau, en Silesia, del 4 al 6 de junio de 1844. ↩
La «Revolución Gloriosa» de 1688, que derrocó a Jacobo II Estuardo y llevó al trono a Guillermo de Orange, sobre la base de un compromiso entre la aristocracia terrateniente y la burguesía. ↩
El «catolicismo alemán» de Ronge y, en el campo protestante, el movimiento racionalista de los «Amigos de la Luz» (Lichtfreunde). ↩
Expresión de los cartistas: el predicador Joseph Rayner Stephens había dicho que el cartismo era una «cuestión de cuchillo y tenedor», es decir, del pan de cada día. ↩