Escritas por Friedrich Engels en inglés, en Bruselas, entre octubre de 1845 y febrero de 1846. Publicadas con el título «The State of Germany» en The Northern Star, el periódico de los cartistas, núms. 415, 417 y 438, del 25 de octubre y el 8 de noviembre de 1845 y el 4 de abril de 1846, con la firma «Su corresponsal alemán». Como el original inglés no está a nuestro alcance en una fuente libre, traducimos de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1972, pp. 564-584), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Carta I
The Northern Star, núm. 415, 25 de octubre de 1845
Al director del Northern Star
Muy señor mío:
Conforme a su deseo, empiezo con esta carta una serie de artículos sobre la situación actual de mi país natal. Para que mis opiniones sobre el asunto se entiendan con claridad y para justificar que están bien fundadas, tendré que trazar en pocas palabras la historia de Alemania desde el acontecimiento que sacudió la sociedad moderna hasta sus mismos cimientos; me refiero, claro está, a la Revolución francesa.
La vieja Alemania se conocía entonces con el nombre de Sacro Imperio Romano, y se componía de Dios sabe cuántos pequeños Estados, reinos, electorados, ducados, archiducados y grandes ducados, principados, condados, baronías y ciudades libres imperiales, cada uno independiente de los demás y sometido solo al poder (si es que lo había, cosa que desde hacía cientos de años no ocurría) del emperador y de la Dieta.1 La independencia de estos pequeños Estados llegaba a tal punto que en cada guerra contra «el enemigo hereditario» (Francia, por supuesto) una parte de ellos se aliaba con el rey de Francia y hacía la guerra abiertamente a su propio emperador. La Dieta, formada por las delegaciones de todos estos pequeños Estados bajo la presidencia del archicanciller del Imperio, y destinada a poner freno al poder del emperador, estaba siempre reunida sin llegar nunca a ningún resultado, ni siquiera al más insignificante. Mataban el tiempo con las más fútiles cuestiones de ceremonial: si la embajada del barón Fulano (compuesta quizá por el preceptor de su hijo y un viejo lacayo de librea o un guardabosques jubilado) debía tener precedencia sobre la embajada del barón Mengano, o si el diputado de una ciudad imperial debía saludar al diputado de otra sin esperar a que este le saludara, etc. Había además tantos cientos de miles de pequeños privilegios, casi todos gravosos para los propios privilegiados, pero que se tenían por cuestiones de honor y por eso se disputaban con la mayor obstinación. Estas y otras cosas igual de importantes ocupaban tanto tiempo a la sabia Dieta que esta honorable asamblea no tenía ni un minuto libre para tratar del bien del Imperio. En consecuencia, el mayor desorden y la mayor confusión imaginables estaban a la orden del día. El Imperio, dividido en sí mismo tanto en tiempo de guerra como de paz, pasó desde la Reforma hasta 1789 por una serie de guerras internas, en cada una de las cuales Francia se aliaba con el partido contrario al débil y fácilmente vencido partido del emperador y se llevaba, naturalmente, la parte del león del botín: primero Borgoña, luego los tres obispados de Metz, Toul y Verdún, luego el resto de Lorena, luego partes de Flandes y de Alsacia, fueron así separados del Sacro Imperio y unidos a Francia. Así se permitió a Suiza independizarse del Imperio; así Bélgica pasó a los españoles por herencia de Carlos V; y a todos estos países les fue mejor después de separarse de Alemania. A esta progresiva ruina exterior del Imperio se sumaba la mayor confusión interior. Cada principillo era para sus súbditos un déspota arbitrario y chupasangres. El Imperio no se preocupaba nunca de los asuntos internos de ningún Estado, salvo por haber creado un tribunal (la Cámara de Justicia Imperial de Wetzlar)2 para atender las demandas de los súbditos contra sus señores; pero aquel precioso tribunal atendía tan bien esos pleitos que no se ha sabido de uno solo que llegara a resolverse. Es casi increíble la cantidad de crueldades y arbitrariedades que cometían los altivos príncipes contra sus súbditos. Estos príncipes, que solo vivían para el placer y el desenfreno, dejaban todo poder despótico a sus ministros y funcionarios, a quienes se permitía así, sin riesgo alguno de castigo, pisotear al desdichado pueblo con la sola condición de que llenaran el tesoro de su amo y le procuraran una provisión inagotable de belleza femenina para su harén. También la nobleza que no era independiente, sino que estaba bajo el dominio de algún rey, obispo o príncipe, solía tratar al pueblo con más desprecio que a los perros y le sacaba todo el dinero que podía al trabajo de sus siervos, pues la servidumbre era entonces cosa muy corriente en Alemania. Tampoco había rastro de libertad en aquellas ciudades imperiales llamadas enfáticamente libres, pues allí un burgomaestre y un senado que se elegía a sí mismo, cargos que en el curso de los siglos se habían vuelto tan hereditarios como la corona imperial, gobernaban con una tiranía mayor todavía. Nada iguala la conducta infame de estos aristócratas pequeñoburgueses de las ciudades, y de verdad no se creería que tal era la situación de Alemania hace cincuenta años si no quedara aún en la memoria de muchos que recuerdan aquel tiempo y si no lo confirmaran cien autoridades. ¡Y el pueblo! ¿Qué decía el pueblo de este estado de cosas? ¿Qué hacía? Pues bien, las clases medias, los burgueses amantes del dinero, encontraban en esta confusión continua una fuente de riqueza; sabían que a río revuelto, ganancia de pescadores; se dejaban oprimir e insultar porque podían tomarse contra sus enemigos una venganza digna de ellos: vengaban sus agravios estafando a sus opresores. Unidos al pueblo, habrían podido derribar los viejos poderes y refundar el Imperio, como las clases medias inglesas lo habían hecho en parte de 1640 a 1688 y como los burgueses franceses estaban entonces a punto de hacerlo. Pero no: las clases medias alemanas no tenían esa energía, nunca pretendieron tener ese valor; sabían que Alemania no era más que un estercolero, pero estaban a gusto en el estiércol porque ellas mismas eran estiércol y el estiércol de alrededor les daba calor. Y el pueblo trabajador no estaba peor que ahora, salvo el campesinado, que en su mayoría era siervo y nada podía hacer sin la ayuda de las ciudades, pues siempre tenía acuarteladas encima tropas mercenarias que amenazaban con ahogar en sangre todo intento de revuelta.
Tal era la situación de Alemania hacia finales del siglo pasado. Era de punta a cabo una masa viva de putrefacción y de repugnante descomposición. Nadie se sentía a gusto. El comercio, la industria y la agricultura del país estaban reducidos casi a nada; campesinos, comerciantes y fabricantes sufrían la doble presión de un gobierno chupasangres y de la mala marcha de los negocios; la nobleza y los príncipes veían que sus rentas, pese a exprimir a sus inferiores, no daban para seguir el ritmo de sus gastos crecientes; todo iba mal y un malestar general reinaba en el país. Ni instrucción, ni medios de obrar sobre el espíritu de las masas, ni prensa libre, ni espíritu público, ni siquiera un comercio extenso con otros países; nada más que mezquindad y egoísmo: un espíritu ruin, rastrero y miserable de tendero impregnaba a todo el pueblo. Todo estaba gastado, se desmoronaba, corría a la ruina, y no había ni la más leve esperanza de un cambio favorable, ni siquiera fuerza bastante en la nación para retirar los cadáveres putrefactos de las instituciones muertas.
La única esperanza de algo mejor estaba en la literatura del país. Aquel siglo, vergonzoso en lo político y en lo social, fue al mismo tiempo la gran época de la literatura alemana. Hacia 1750 nacieron todos los grandes espíritus de Alemania, los poetas Goethe y Schiller, los filósofos Kant y Fichte y, apenas veinte años después, el último gran metafísico alemán, Hegel.3 Toda obra notable de aquel tiempo respira un espíritu de desafío y de rebelión contra el conjunto de la sociedad alemana de entonces. Goethe escribió Götz von Berlichingen, homenaje dramático a la memoria de un rebelde. Schiller, Los bandidos, donde celebra a un joven generoso que declara la guerra abierta a toda la sociedad. Pero estas fueron obras de juventud; al hacerse mayores perdieron toda esperanza: Goethe se limitó a la sátira más aguda, y Schiller habría desesperado de no haber sido por el refugio que le ofrecían la ciencia y en particular la gran historia de la Grecia y la Roma antiguas. Estos dos pueden servir de ejemplo de los demás. Hasta los mejores y más fuertes espíritus de la nación renunciaron a toda esperanza en el porvenir de su país.
De pronto, como un rayo, la Revolución francesa cayó sobre este caos llamado Alemania. El efecto fue tremendo. El pueblo, demasiado poco instruido, demasiado sumido en la vieja costumbre de ser tiranizado, permaneció impasible. Pero las clases medias y la mejor parte de la nobleza saludaron con un solo grito de alegre aprobación a la Asamblea Nacional y al pueblo de Francia. De los cientos o miles de poetas alemanes que vivían entonces, ni uno dejó de cantar la gloria del pueblo francés. Pero este entusiasmo era a la alemana: puramente metafísico, solo pretendía aplicarse a las teorías de los revolucionarios franceses. En cuanto las teorías quedaron relegadas a un segundo plano por el peso y la mole de los hechos; en cuanto la corte y el pueblo franceses ya no pudieron entenderse en la práctica, pese a su unión teórica en la Constitución teórica de 1791; en cuanto el pueblo afirmó prácticamente su soberanía con el «10 de agosto»,4 y cuando además la teoría quedó del todo silenciada el 31 de mayo de 1793 con el derrocamiento de los girondinos,5 entonces el entusiasmo de Alemania se convirtió en un odio fanático contra la revolución. Por supuesto, aquel entusiasmo se refería solo a actos como la noche del 4 de agosto de 1789, en que la nobleza renunció a sus privilegios;6 pero a los buenos alemanes nunca se les ocurrió que tales actos pudieran tener en la práctica consecuencias muy diferentes de las conclusiones que sacaran teóricos benévolos. Los alemanes nunca pretendieron aprobar esas consecuencias, que, como todos sabemos, resultaron bastante serias y desagradables para mucha gente. Así, toda aquella masa que al principio había sido amiga entusiasta de la revolución se convirtió en su mayor enemiga y, recibiendo, naturalmente, de la servil prensa alemana las noticias más deformadas de París, prefirió su viejo y tranquilo estercolero sacrorromano a la tremenda actividad de un pueblo que sacudía con vigor las cadenas de la esclavitud y arrojaba su desafío a la cara de todos los déspotas, aristócratas y curas.
Pero los días del Sacro Imperio estaban contados. Los ejércitos revolucionarios franceses marcharon derechos al corazón de Alemania, hicieron del Rin la frontera de Francia y predicaron por todas partes la libertad y la igualdad. Echaron a manadas a nobles, obispos y abades y a todos aquellos principillos que durante tanto tiempo habían hecho en la historia el papel de marionetas. Hicieron un desmonte, como colonos que avanzan por los bosques vírgenes del Lejano Oeste americano; la selva antediluviana de la sociedad «cristiano-germánica» desapareció ante su marcha victoriosa como las nubes ante el sol naciente. Y cuando el enérgico Napoleón tomó en sus manos la obra revolucionaria, cuando identificó consigo mismo la revolución, aquella misma revolución que después del 9 de termidor de 1794 había sido ahogada por las clases medias amantes del dinero;7 cuando él, la democracia «con una sola cabeza», como lo llamó un autor francés, lanzó una y otra vez sus ejércitos sobre Alemania, la sociedad «cristiano-germánica» quedó destruida definitivamente. Napoleón no fue para Alemania ese déspota arbitrario que dicen sus enemigos; Napoleón fue en Alemania el representante de la revolución, el propagador de sus principios, el destructor de la vieja sociedad feudal. Procedió despóticamente, desde luego, pero ni la mitad que los diputados de la Convención lo habrían hecho, y lo hicieron de hecho, allí donde llegaban; ni la mitad que los príncipes y los nobles a quienes mandó a pedir limosna. Napoleón aplicó el régimen del Terror, que había cumplido su tarea en Francia, a otros países en forma de guerra, y ese «régimen del Terror» le hacía muchísima falta a Alemania. Napoleón disolvió el Sacro Imperio y redujo el número de pequeños Estados alemanes formando otros grandes. Llevó consigo a los países conquistados su código de leyes,8 un código infinitamente superior a todos los existentes y que reconocía en principio la igualdad. Obligó a los alemanes, que hasta entonces solo habían vivido para sus intereses privados, a trabajar en la realización de una gran idea, de un interés social de primer orden. Pero eso fue precisamente lo que soliviantó contra él a los alemanes. Ofendió a los campesinos con las mismas medidas que los liberaban de la opresión del feudalismo, porque atacaba la raíz de sus prejuicios y de sus viejas costumbres. Ofendió a las clases medias con los mismos medios que sentaron las bases de la industria manufacturera alemana: la prohibición de todas las mercancías inglesas y la guerra con Inglaterra hicieron que empezaran a fabricar por su cuenta, pero al mismo tiempo encarecieron mucho el café y el azúcar, el tabaco y el rapé; y eso, naturalmente, bastaba para levantar la indignación de los patrióticos tenderos alemanes. Además, no era gente capaz de entender ninguno de los grandes planes de Napoleón. Lo maldecían porque se llevaba a sus hijos a guerras pagadas con el dinero de la aristocracia y las clases medias inglesas, y aclamaban como amigos a esas mismas clases inglesas que eran la verdadera causa de las guerras, que se beneficiaban de ellas y que engañaron a sus instrumentos alemanes no solo durante la guerra, sino también después. Lo maldecían porque querían seguir encerrados en su vieja y miserable manera de vivir, en la que no tenían que ocuparse más que de su pequeño interés, porque no querían tener nada que ver con grandes ideas ni con el interés público. Y por fin, cuando el ejército de Napoleón quedó destruido en Rusia, aprovecharon la ocasión para sacudirse el yugo de hierro del gran conquistador.
La «gloriosa guerra de liberación» de 1813, 1814 y 1815, el «período más glorioso de la historia alemana», etc., como se la ha llamado, fue una locura que todavía durante mucho tiempo hará subir los colores a la cara de todo alemán honrado e inteligente. Cierto que hubo entonces gran entusiasmo, pero ¿quiénes eran los entusiastas? En primer lugar, los campesinos, la gente más estúpida que existe, que, aferrados a sus prejuicios feudales, se levantaron en masa, dispuestos a morir antes que dejar de obedecer a quienes ellos, sus padres y sus abuelos habían llamado sus amos, y por quienes se dejaban pisotear y azotar. Luego, los estudiantes y la juventud en general, que veían en esta guerra una guerra de principios, más aún, una guerra de religión, porque se creían llamados a luchar no solo por el principio de la legitimidad, al que llamaban su nacionalidad, sino también por la Santísima Trinidad y la existencia de Dios: en todos los poemas, folletos y proclamas de la época se presenta a los franceses como representantes del ateísmo, la incredulidad y la maldad, y a los alemanes como representantes de la religión, la piedad y la rectitud. En tercer lugar, algunos hombres más ilustrados que mezclaban con estas ideas algunas nociones sobre la «libertad», las «constituciones» y la «prensa libre»; pero estos eran una pequeña minoría. Y en cuarto lugar, los hijos de los comerciantes, negociantes, especuladores, etc., que luchaban por el derecho a comprar en el mercado más barato y a beber café sin mezcla de achicoria, disfrazando, naturalmente, sus fines con las expresiones del entusiasmo del día: «libertad», «gran pueblo alemán», «independencia nacional» y demás. Estos fueron los hombres que, con la ayuda de los rusos, los ingleses y los españoles, vencieron a Napoleón.
En mi próxima carta pasaré a la historia de Alemania desde la caída de Napoleón. Permítaseme solo añadir, para matizar la opinión que he dado aquí de este hombre extraordinario, que cuanto más tiempo reinó, más mereció su destino final. No le reprocharé haber subido al trono: el poder de las clases medias en Francia, que nunca se preocuparon del interés público con tal de que sus intereses privados marcharan bien, y la apatía del pueblo, que no veía para sí mismo ningún beneficio definitivo de la revolución y solo se dejaba arrastrar al entusiasmo de la guerra, no permitían otro camino. Pero que se asociara con las viejas dinastías antirrevolucionarias casándose con la hija del emperador de Austria; que, en lugar de destruir todo vestigio de la vieja Europa, procurara más bien transigir con ella; que aspirara al honor de ser el primero de los monarcas europeos y por eso asemejara su corte todo lo posible a las de ellos: ese fue su gran error. Descendió al nivel de los demás monarcas, buscó el honor de ser su igual, se inclinó ante el principio de la legitimidad, y entonces era natural que los legitimistas echaran a patadas de su compañía al usurpador.
15 de octubre de 1845
Atentamente,
Su corresponsal alemán
Carta II
The Northern Star, núm. 417, 8 de noviembre de 1845
Al director del Northern Star
Muy señor mío:
Después de haber descrito en mi primera carta la situación de Alemania antes de la Revolución francesa y durante ella, así como durante el reinado de Napoleón, y de haber contado cómo fue derribado el gran conquistador y por qué partidos, retomo ahora el hilo de mi relato para mostrar qué hizo Alemania de sí misma después de esta «gloriosa restauración» de la independencia nacional.
La visión que he dado de todos estos acontecimientos era diametralmente opuesta a la que suele presentarse; pero mi visión la confirman al pie de la letra los acontecimientos del período siguiente de la historia alemana. Si la guerra contra Napoleón hubiera sido de verdad una guerra de la libertad contra el despotismo, la consecuencia habría sido que todas las naciones sometidas por Napoleón habrían proclamado, tras su caída, los principios de la igualdad y disfrutado de sus beneficios. Pero ocurrió todo lo contrario. En Inglaterra, la guerra la había empezado la aristocracia asustada y la había sostenido la plutocracia, que encontró una fuente de beneficios inmensos en los empréstitos repetidos y en el aumento de la deuda nacional; en la ocasión que se le ofrecía de entrar en los mercados sudamericanos, atiborrarlos de sus propias manufacturas y conquistar las colonias francesas, españolas y holandesas que le parecieran oportunas para llenarse mejor los bolsillos; de hacer despótico el «Britannia, rule the waves»,9 para poder hostigar a su antojo el comercio de cualquier otra nación cuya competencia amenazara con frenar el progreso de su propio enriquecimiento; y, por último, de imponer su derecho a obtener ganancias enormes abasteciendo los mercados europeos contra el sistema continental de Napoleón.10 Tales fueron las causas reales de la larga guerra por parte de aquellas clases en cuyas manos estaba entonces el gobierno de Inglaterra; y en cuanto al pretexto de que la Revolución francesa ponía en peligro los principios fundamentales de la Constitución inglesa, solo demuestra qué preciosa obra de artesanía debía de ser esa «perfección de la razón humana». En España, la guerra había comenzado en defensa del principio de la sucesión legítima y del despotismo inquisitorial del clero. Los principios de la Constitución de 1812 se introdujeron más tarde para dar al pueblo algún aliciente para continuar la lucha, aunque eran ellos mismos de origen francés. Italia nunca se opuso a Napoleón, pues no había recibido de sus manos más que beneficios y le debía su existencia misma como nación. Lo mismo ocurría con Polonia. Lo que Alemania debía a Napoleón lo he contado en mi primera carta.
Todas y cada una de las potencias vencedoras consideraron la caída de Napoleón como la destrucción de la Revolución francesa y el triunfo de la legitimidad. La consecuencia fue, naturalmente, la restauración de este principio en casa, primero bajo el disfraz de sentimentalismos como «Santa Alianza»,11 «paz eterna», «bien público», «confianza entre el príncipe y el súbdito», etc., etc., y después ya sin disfraz, con la bayoneta y el calabozo. La impotencia de los vencedores la demostraba bastante este solo hecho: que el pueblo francés vencido, con una dinastía odiada impuesta y sostenida por 150.000 fusiles extranjeros, inspiró sin embargo tal temor a sus enemigos victoriosos que obtuvo una constitución bastante liberal, mientras que las demás naciones, con todos sus esfuerzos y todas sus jactancias de libertad, no obtuvieron más que buenas palabras primero y duras balas después. El aplastamiento de la Revolución francesa se celebró con las matanzas de republicanos en el sur de Francia,12 con el resplandor de las hogueras inquisitoriales y la restauración del despotismo nativo en España e Italia, y con las leyes mordaza y «Peterloo» en Inglaterra.13 Veremos ahora que en Alemania las cosas siguieron un curso parecido.
El Reino de Prusia fue el primero de todos los Estados alemanes en declarar la guerra a Napoleón. Lo gobernaba entonces Federico Guillermo III, apodado «el Justo», uno de los mayores zoquetes que hayan adornado nunca un trono. Nacido para cabo y para pasar revista a los botones de un ejército; disoluto, sin pasión y a la vez predicador de moral; incapaz de hablar de otro modo que en infinitivo,14 y superado solo por su hijo como redactor de proclamas, no conocía más que dos sentimientos: el miedo y la arrogancia de sargento. Durante la primera mitad de su reinado su estado de ánimo dominante fue el miedo a Napoleón, que lo trató con la generosidad del desprecio devolviéndole la mitad de su reino, que no le pareció digno de quedárselo.15 Fue este miedo el que le llevó a dejar gobernar en su lugar a un partido de reformadores a medias, Hardenberg, Stein, Schön, Scharnhorst, etc.,16 que introdujeron una organización municipal más liberal, la abolición de la servidumbre, la conversión de las prestaciones feudales en una renta o en una suma fija amortizable en veinticinco años y, sobre todo, la organización militar, que da al pueblo un poder tremendo y que algún día se usará contra el gobierno. También «prepararon» una constitución que, sin embargo, aún no ha hecho su aparición. Pronto veremos qué giro tomaron los asuntos de Prusia después del aplastamiento de la Revolución francesa.
Una vez puesto a buen recaudo el «monstruo corso», se celebró enseguida en Viena un gran congreso de grandes y pequeños déspotas para repartirse el botín y el dinero de las presas y ver hasta qué punto podía restaurarse el estado de cosas anterior a la revolución. Las naciones se compraron y vendieron, se dividieron y unieron tal como mejor convenía a los intereses y fines de sus gobernantes. Solo tres Estados presentes sabían lo que hacían: Inglaterra, que quería mantener y extender su supremacía comercial, quedarse con la parte del león del botín colonial y debilitar a todos los demás; Francia, que quería no sufrir demasiado y debilitar a todos los demás; Rusia, que quería ganar fuerza y territorio y debilitar a todos los demás; los restantes se guiaban por sentimentalismos, por un egoísmo mezquino, y algunos incluso por una especie de desinterés ridículo. La consecuencia fue que Francia estropeó el negocio a los grandes Estados alemanes; que Rusia se quedó con la mejor parte de Polonia; y que Inglaterra extendió su poder marítimo más con la paz que con la guerra y obtuvo la superioridad en todos los mercados continentales, cosa que de nada sirvió al pueblo inglés, pero fue un medio de enriquecimiento enorme para las clases medias inglesas. Los Estados alemanes, que no pensaban más que en su querido principio de la legitimidad, fueron engañados una vez más y perdieron con la paz todo lo que habían ganado con la guerra. Alemania siguió dividida en treinta y ocho Estados, cuya división impide todo progreso interior y hace a Francia más fuerte que ella; y que, al seguir siendo el mejor mercado de las manufacturas inglesas, solo sirvieron para enriquecer a las clases medias inglesas. Está muy bien que esta parte del pueblo inglés presuma de la generosidad que la movió a enviar sumas enormes de dinero para sostener la guerra contra Napoleón; pero aun suponiendo que fueran ellas, y no el pueblo trabajador, quienes pagaron en realidad esos subsidios, con su generosidad solo pretendían volver a abrir los mercados continentales, y lo consiguieron tan bien que las ganancias que han sacado desde la paz solo de Alemania les devolverían esas sumas por lo menos seis veces. Es verdaderamente la generosidad de la clase media: primero te hace un regalo en forma de subsidios y después te hace devolvérselo seis veces en forma de ganancias. ¿Habrían tenido tanta prisa por pagar esos subsidios si al final de la guerra hubiera sido probable lo contrario, si Inglaterra hubiera quedado inundada de manufacturas alemanas, en lugar de quedar Alemania en servidumbre comercial de unos cuantos capitalistas ingleses?
Sea como fuere, Alemania fue engañada por todas partes, y sobre todo por sus propios supuestos amigos y aliados. Esto a mí no me importaría mucho, pues sé muy bien que nos acercamos a una reorganización de la sociedad europea que impedirá tales trapacerías por un lado y tales imbecilidades por el otro; lo que quiero mostrar es, en primer lugar, que ni el pueblo inglés ni ningún otro pueblo sacó provecho del engaño a los déspotas alemanes, sino que todo fue en beneficio de otros déspotas o de una clase particular cuyo interés se opone al del pueblo; y en segundo lugar, que el primer acto de los déspotas alemanes restaurados demostró ya su completa incapacidad. Pasamos ahora a los asuntos interiores de Alemania.
Hemos visto cuáles fueron los partidos que, con ayuda del dinero inglés y de la barbarie rusa, aplastaron la Revolución francesa. Se dividían en dos sectores: primero, los exaltados portavoces de la vieja sociedad «cristiano-germánica», los campesinos y la juventud entusiasta, empujados por el fanatismo de la servidumbre, de la nacionalidad, de la legitimidad y de la religión; y segundo, los hombres más sobrios de la clase media, que querían «que se les dejara en paz» para ganar dinero y gastarlo sin que les molestara la impertinente intromisión de los grandes acontecimientos históricos. Este segundo partido quedó satisfecho en cuanto obtuvo la paz, el derecho a comprar en el mercado más barato, a beber café sin mezcla de achicoria y a quedar excluido de todos los asuntos políticos. Los «cristiano-germánicos», en cambio, se convirtieron en los partidarios activos de los gobiernos restaurados e hicieron cuanto estaba en su mano por hacer retroceder la historia hasta 1789. En cuanto a los que deseaban ver al pueblo disfrutar de algunos frutos de sus esfuerzos, habían sido lo bastante fuertes para hacer de sus consignas el grito de guerra de 1813, pero no la práctica de 1815. Obtuvieron algunas bonitas promesas de constituciones, de prensa libre, etc., y eso fue todo; en la práctica todo se dejó cuidadosamente como estaba antes. Las partes afrancesadas de Alemania fueron purgadas en lo posible de las huellas del «despotismo extranjero», y solo las provincias de la orilla izquierda del Rin conservaron sus instituciones francesas. El elector de Hesse llegó a restablecer hasta las coletas de sus soldados, que las manos impías de los franceses habían cortado.17 En suma, Alemania, como cualquier otro país, ofrecía el cuadro de una reacción desvergonzada que solo se distinguía por su carácter timorato y débil; ni siquiera se elevó al grado de energía con que se combatieron los principios revolucionarios en Italia, España, Francia e Inglaterra.
El sistema de engaño al que Alemania había sido sometida en el Congreso de Viena empezó a practicarse ahora entre los distintos Estados alemanes. Prusia y Austria, para debilitar el poder de los distintos Estados, los obligaron a dar una especie de constituciones bastardas que debilitaban a los gobiernos sin dar ningún poder al pueblo, ni siquiera a las clases medias. Como Alemania quedó constituida en una confederación de Estados cuyas delegaciones, enviadas solo por los gobiernos, formaban la Dieta,18 no había peligro de que el pueblo se hiciera demasiado fuerte, pues cada Estado estaba obligado por las resoluciones de la Dieta, que eran ley para toda Alemania sin necesidad de la aprobación de ninguna asamblea representativa. En esta Dieta, naturalmente, Prusia y Austria mandaban de manera absoluta; les bastaba amenazar a los príncipes menores con abandonarlos en su lucha contra sus asambleas representativas para asustarlos y obtener de ellos una obediencia ciega. Por estos medios, por su poder abrumador y por ser los verdaderos representantes del principio del que todo príncipe alemán deriva su poder, se han convertido en los amos absolutos de Alemania. Lo que se haga en los Estados pequeños no tiene ningún efecto en la práctica. Las luchas de las clases medias liberales de Alemania fueron estériles mientras se limitaron a los pequeños Estados del sur; cobraron importancia en cuanto las clases medias de Prusia despertaron de su letargo. Y como apenas puede decirse que el pueblo austriaco pertenezca al mundo civilizado, y por eso se somete tranquilamente a su despotismo paternal, el Estado que puede tomarse como centro de la historia alemana moderna, como barómetro de los movimientos de la opinión pública, es Prusia.
Tras la caída de Napoleón, el rey de Prusia pasó algunos de sus años más felices. Es verdad que lo engañaban por todas partes. Inglaterra lo engañaba; Francia lo engañaba; sus propios y queridos amigos, los emperadores de Austria y de Rusia, lo engañaban una y otra vez; pero él, en la plenitud de su corazón, ni siquiera se daba cuenta; no podía concebir que hubiera en el mundo bribones capaces de engañar a Federico Guillermo III, «el Justo». Era feliz. Napoleón había sido derribado. No tenía miedo. Insistió en el artículo 13 del Acta Federal alemana, que prometía una constitución para cada Estado.19 Insistió en el otro artículo sobre la libertad de prensa. Más aún: el 22 de mayo de 1815 publicó una proclama que empezaba con estas palabras, en las que su benévola felicidad se mezclaba a la perfección con su arrogancia de sargento: «¡Habrá una representación del pueblo!». Ordenaba a continuación que se nombrara una comisión para preparar una constitución para su pueblo; e incluso en 1819, cuando ya había habido síntomas revolucionarios en Prusia, cuando la reacción estaba en su apogeo en toda Europa y el glorioso fruto de los congresos estaba en plena flor, incluso entonces declaró que en adelante no se contraería ningún empréstito público sin el consentimiento de las futuras asambleas representativas del reino.
¡Ay!, aquella época feliz no duró. El miedo a Napoleón fue sustituido demasiado pronto en el ánimo del rey por el miedo a la revolución. Pero de eso hablaré en mi próxima carta.
Solo tengo que añadir una palabra. Cada vez que en los mítines democráticos ingleses se brinda por los «patriotas de todos los países», Andreas Hofer figura siempre entre ellos.20 Ahora bien, después de lo que he dicho de los enemigos de Napoleón en Alemania, ¿merece el nombre de Hofer los vítores de los demócratas? Hofer era un campesino estúpido, ignorante, beato y fanático, cuyo entusiasmo era el de la Vendée, el de «la Iglesia y el emperador». Luchó con valor, pero también los vendeanos lucharon con valor contra los republicanos. Luchó por el despotismo paternal de Viena y de Roma. Demócratas de Inglaterra, por el honor del pueblo alemán, dejad en adelante fuera al beato Andreas Hofer. Alemania tiene patriotas mejores que él. ¿Por qué no mencionar a Thomas Münzer, el célebre jefe de la insurrección campesina de 1525, que fue un verdadero demócrata, en la medida en que era posible en aquel tiempo?21 ¿Por qué no glorificar a Georg Forster, el Thomas Paine alemán, que apoyó la Revolución francesa en París hasta el final, contra todos sus compatriotas, y murió en el cadalso?22 ¿Por qué no a tantos otros que lucharon por realidades y no por quimeras?
Atentamente,
Su corresponsal alemán
Carta III
The Northern Star, núm. 438, 4 de abril de 1846
Al director del Northern Star
Muy señor mío:
Debo rogarle a usted y a sus lectores que disculpen mi aparente negligencia por no haber continuado antes la serie de cartas sobre el tema arriba indicado que empecé a escribir para este periódico. Puede usted estar seguro, sin embargo, de que solo la necesidad de dedicar algunas semanas exclusivamente al movimiento alemán podía apartarme de la grata tarea que he emprendido de informar a la democracia inglesa de la situación de mi país natal.
Sus lectores recordarán quizá lo que expuse en mis cartas primera y segunda. Conté allí cómo los ejércitos franceses arrancaron de raíz la vieja y podrida situación de Alemania entre 1792 y 1813; cómo Napoleón fue derribado por la unión de los señores feudales, o aristócratas, y los burgueses, o clases medias industriales y comerciantes de Europa; cómo en los acuerdos de paz que siguieron los príncipes alemanes fueron engañados por sus aliados e incluso por la Francia vencida; cómo se llegó al Acta Federal alemana y a la situación política actual de Alemania; y cómo Prusia y Austria, al inducir a los Estados menores a dar constituciones, se hicieron dueñas exclusivas de Alemania. Dejando aparte a Austria, como país medio bárbaro, llegamos a la conclusión de que Prusia es el campo de batalla en que se decidirá la suerte futura de Alemania.
Dijimos en nuestra última carta que Federico Guillermo III, rey de Prusia, después de verse libre del miedo a Napoleón y de pasar unos pocos años felices, porque eran años sin miedo, se buscó otro espantajo que lo asustara: «la revolución». Veremos ahora de qué modo se introdujo «la revolución» en Alemania.
Tras la caída de Napoleón, que, debo repetirlo, los reyes y aristócratas de la época identificaban por completo con el aplastamiento de la Revolución francesa, o, como ellos decían, de la revolución, después de 1815 el partido antirrevolucionario tuvo en todos los países las riendas del gobierno. Los aristócratas feudales mandaban en todos los gabinetes, de Londres a Nápoles, de Lisboa a San Petersburgo. Pero las clases medias, que habían pagado el trabajo y habían ayudado a hacerlo, querían su parte del poder. No eran en modo alguno sus intereses los que los gobiernos restaurados colocaban en primer plano. Al contrario, los intereses de la clase media se descuidaban en todas partes y hasta se ignoraban abiertamente. La aprobación de la ley cerealista inglesa de 181523 es el ejemplo más llamativo de un hecho común a toda Europa; y, sin embargo, las clases medias eran entonces más poderosas que nunca. El comercio y las manufacturas se habían extendido por todas partes y habían engordado las fortunas de los gruesos burgueses; su mayor bienestar se manifestaba en un espíritu de especulación más vivo y en una demanda creciente de comodidades y lujos. Era imposible, pues, que se resignaran tranquilamente a ser gobernados por una clase cuya decadencia venía de siglos, cuyos intereses se oponían a los de las clases medias y cuyo regreso momentáneo al poder era obra de los propios burgueses. La lucha entre las clases medias y la aristocracia era inevitable; empezó casi inmediatamente después de la paz.
Las clases medias, poderosas solo por el dinero, no pueden adquirir el poder político más que haciendo del dinero el único requisito para la capacidad legislativa del individuo. Tienen que fundir todos los privilegios feudales, todos los monopolios políticos de épocas pasadas, en el gran privilegio y monopolio del dinero. Por eso, la dominación política de las clases medias tiene una apariencia esencialmente liberal. Destruyen todas las viejas diferencias entre los diversos estamentos que coexisten en un país, todos los privilegios y exenciones arbitrarios; se ven obligadas a hacer del principio electivo el fundamento del gobierno, a reconocer en principio la igualdad, a liberar la prensa de las cadenas de la censura monárquica, a introducir el jurado para librarse de una clase separada de jueces que forma un Estado dentro del Estado. Hasta ahí parecen demócratas cabales. Pero solo introducen todas estas mejoras en la medida en que con ellas todos los antiguos privilegios individuales y hereditarios quedan sustituidos por el privilegio del dinero. Así, mediante el censo de propiedad exigido para elegir y ser elegido, el principio electivo queda reservado a su propia clase. La igualdad se deja de lado de nuevo al restringirla a una mera «igualdad ante la ley», que significa igualdad a pesar de la desigualdad entre ricos y pobres, igualdad dentro de los límites de la principal desigualdad existente; lo que significa, en suma, nada más que dar a la desigualdad el nombre de igualdad. Así, la libertad de prensa es de por sí un privilegio de la clase media, porque para imprimir hace falta dinero, y compradores de lo impreso, compradores que a su vez han de tener dinero. Así, el jurado es un privilegio de la clase media, pues se tiene buen cuidado de no llevar al banco del jurado más que a gente «respetable».
He creído necesario hacer estas pocas observaciones sobre el gobierno de la clase media para explicar dos hechos. El primero es que en todos los países, durante el período de 1815 a 1830, el movimiento esencialmente democrático de las clases trabajadoras quedó más o menos supeditado al movimiento liberal de los burgueses. El pueblo trabajador, aunque más avanzado que las clases medias, no podía ver todavía la diferencia total entre liberalismo y democracia, entre la emancipación de las clases medias y la emancipación de las clases trabajadoras; no podía ver la diferencia entre la libertad del dinero y la libertad del hombre hasta que el dinero no hubiera sido liberado políticamente, hasta que la clase media no se hubiera convertido en la clase exclusivamente dominante. Por eso los demócratas de Peterloo iban a pedir no solo el sufragio universal, sino al mismo tiempo la derogación de las leyes cerealistas; por eso los proletarios lucharon en 1830 en París, y amenazaron con luchar en 1831 en Inglaterra, por el interés político de la burguesía. En todos los países, de 1815 a 1830, las clases medias fueron el componente más poderoso y, por tanto, los dirigentes del partido revolucionario. Las clases trabajadoras son necesariamente instrumentos en manos de las clases medias mientras las clases medias sean ellas mismas revolucionarias o progresistas. Por eso, en este caso, el movimiento propio de las clases trabajadoras tiene siempre una importancia secundaria. Pero desde el mismo día en que las clases medias obtienen el pleno poder político, desde el día en que todos los intereses feudales y aristocráticos quedan aniquilados por el poder del dinero, desde el día en que las clases medias dejan de ser progresistas y revolucionarias y se vuelven ellas mismas estacionarias, desde ese día el movimiento de la clase obrera toma la delantera y se convierte en el movimiento nacional. Derógense hoy las leyes cerealistas, y mañana la Carta será la cuestión principal en Inglaterra; mañana el movimiento cartista mostrará la fuerza, la energía, el entusiasmo y la perseverancia que aseguran el éxito.24
El segundo hecho, para cuya explicación me he permitido hacer algunas observaciones sobre el gobierno de la clase media, se refiere exclusivamente a Alemania. Los alemanes, nación de teóricos y poco experimentada en la práctica, tomaron por verdades sagradas las falacias corrientes que las clases medias francesas e inglesas ponían en circulación. Las clases medias de Alemania se alegraban de que las dejaran solas con sus pequeños negocios privados, que eran todos «en pequeño»; allí donde habían obtenido una constitución presumían de su libertad, pero se metían poco en los asuntos políticos del Estado; allí donde no la tenían, se alegraban de ahorrarse la molestia de elegir diputados y de leer sus discursos. Al pueblo trabajador le faltaba la gran palanca que en Francia y en Inglaterra lo había puesto en pie, las manufacturas extensas, y su consecuencia, el dominio de la clase media. Por eso se quedó tranquilo. Los campesinos de aquellas partes de Alemania en que las instituciones francesas modernas habían sido sustituidas de nuevo por el viejo régimen feudal se sentían oprimidos, pero a ese descontento le faltaba otro estímulo para estallar en rebelión abierta. Así, el partido revolucionario en Alemania, de 1815 a 1830, se componía solo de teóricos. Sus reclutas salían de las universidades; no lo formaban más que estudiantes.
En Alemania había resultado imposible reintroducir el viejo sistema de 1789. Las circunstancias cambiadas de la época obligaron a los gobiernos a inventar un sistema nuevo, que ha sido propio de Alemania. La aristocracia quería gobernar, pero era demasiado débil; las clases medias ni querían gobernar ni eran lo bastante fuertes; ambas, sin embargo, eran lo bastante fuertes para arrancar al gobierno algunas concesiones. La forma de gobierno fue, pues, una especie de monarquía bastarda. En algunos Estados, una constitución daba una apariencia de garantía a la aristocracia y a las clases medias; para el resto había en todas partes un gobierno burocrático, es decir, una monarquía que pretende cuidar de los intereses de la clase media mediante una buena administración, administración que, sin embargo, dirigen aristócratas y cuyos procedimientos se sustraen todo lo posible a la vista del público. La consecuencia es la formación de una clase separada de funcionarios de la administración, en cuyas manos se concentra el poder principal y que se opone a todas las demás clases. Es la forma bárbara del dominio de la clase media.
Pero esta forma de gobierno no satisfacía ni a los «aristócratas», «cristiano-germánicos», «románticos» y «reaccionarios», ni a los «liberales». Por eso se unieron contra los gobiernos y formaron las sociedades secretas de los estudiantes.25 De la unión de estas dos sectas, pues partidos no se las puede llamar, surgió aquella secta de liberales bastardos que en sus sociedades secretas soñaban con un emperador alemán con corona, púrpura, cetro y todo el resto de ese aparato, sin olvidar una larga barba gris o roja, rodeado de una asamblea de estamentos en la que clero, nobleza, burgueses y campesinos estuvieran debidamente separados. Era la mezcla más ridícula que pueda imaginarse de brutalidad feudal y falacias modernas de la clase media. Pero eso era justo lo que convenía a los estudiantes, que querían entusiasmo, no importaba por qué ni a qué precio. Y, sin embargo, estas ridículas extravagancias, junto con las revoluciones de España, Portugal e Italia, los movimientos de los carbonarios en Francia y el movimiento por la reforma en Inglaterra asustaron a los monarcas hasta casi hacerles perder el juicio. Federico Guillermo III tuvo su espantajo, «la revolución», nombre bajo el que se comprendían todos estos movimientos distintos y en parte discordantes.
Unos cuantos encarcelamientos y procesos en masa sofocaron esta «revolución» en Alemania; las bayonetas francesas en España y las austriacas en Italia aseguraron por un tiempo la preponderancia de los reyes legítimos y del derecho divino.26 Hasta el derecho divino del Gran Turco a ahorcar y descuartizar a sus súbditos griegos lo sostuvo un tiempo la Santa Alianza; pero el caso era demasiado flagrante, y se dejó que los griegos escaparan al yugo turco.
Por fin, las tres jornadas de París27 dieron la señal para un estallido general del descontento de la clase media, de la aristocracia y del pueblo en toda Europa. La revolución aristocrática polaca fue aplastada;28 las clases medias de Francia y de Bélgica lograron asegurarse el poder político; las clases medias inglesas consiguieron también ese fin con la ley de Reforma;29 las insurrecciones de Italia, en parte populares, en parte burguesas, en parte nacionales, fueron reprimidas; y en Alemania numerosas insurrecciones y movimientos anunciaron una nueva era de agitación popular y burguesa.
El carácter nuevo y violento de la agitación liberal en Alemania de 1830 a 1834 mostró que las clases medias habían tomado ahora la cuestión en sus propias manos. Pero como Alemania estaba dividida en muchos Estados, casi cada uno con su propia línea aduanera y sus propias tarifas, no había comunidad de intereses en estos movimientos. Las clases medias alemanas querían ser políticamente libres, no para ordenar los asuntos públicos según su interés, sino porque se avergonzaban de su posición servil en comparación con los franceses y los ingleses. A su movimiento le faltaba la base sustancial que había asegurado el éxito del liberalismo en Francia y en Inglaterra; su interés en la cuestión era mucho más teórico que práctico; eran, por término medio, lo que se llama desinteresados. Los burgueses franceses de 1830 no lo eran. Laffitte dijo al día siguiente de la revolución: «Ahora gobernaremos nosotros, los banqueros»;30 y gobiernan hasta hoy. Tampoco las clases medias inglesas ignoraban lo que hacían cuando fijaron el censo de las diez libras;31 pero las clases medias alemanas, gente, como queda dicho, de negocios en pequeño, eran meros entusiastas, admiradores de la «libertad de prensa», del «juicio por jurado», de las «garantías constitucionales para el pueblo», de los «derechos del pueblo», de la «representación popular» y cosas por el estilo, que no tenían por medios sino por fines; tomaron la sombra por la sustancia y por eso no consiguieron nada. Con todo, este movimiento de la clase media bastó para provocar varias docenas de revoluciones, de las que dos o tres lograron de algún modo triunfar; muchos mítines populares, mucha palabrería y fanfarronería periodística, y un levísimo comienzo de movimiento democrático entre estudiantes, obreros y campesinos.
No entraré en los detalles bastante tediosos de este movimiento fanfarrón y fracasado. Allí donde se había conquistado algo de cierta importancia, como la libertad de prensa en Baden, intervino la Dieta alemana y le puso fin.32 Toda la farsa terminó con una repetición de los encarcelamientos en masa de 1819 y 1823 y con una liga secreta de todos los príncipes alemanes, concertada en 1834 en una conferencia de delegados en Viena, para resistir a todo nuevo avance del liberalismo. Las resoluciones de esta conferencia se publicaron hace unos años.
De 1834 a 1840 se extinguió en Alemania todo movimiento público. Los agitadores de 1830 y 1834 estaban presos o dispersos por países extranjeros, adonde habían huido. Los que habían conservado buena parte de su timidez de clase media durante los tiempos de agitación siguieron luchando contra el rigor creciente de la censura y contra el creciente abandono e indiferencia de las clases medias. Los jefes de la oposición parlamentaria siguieron perorando en las cámaras, pero los gobiernos encontraron el modo de asegurarse los votos de las mayorías. No había ya ninguna posibilidad de provocar en Alemania movimiento público alguno; los gobiernos hacían lo que querían.
En todos estos movimientos las clases medias de Prusia no tomaron casi ninguna parte. El pueblo trabajador expresó su descontento en todo el país con numerosos motines, que, sin embargo, no tenían un fin definido y por eso no dieron ningún resultado. La apatía de los prusianos fue la fuerza principal de la Confederación Germánica. Mostraba que no había llegado aún el momento de un movimiento general de la clase media en Alemania. En mi próxima carta pasaré al movimiento de los últimos seis años, siempre que logre reunir los materiales necesarios para caracterizar el espíritu de los gobiernos alemanes por algunos de sus propios actos, comparados con los cuales los de su noble ministro del Interior son puros como los ángeles e inocentes.33
Hasta entonces, muy señor mío, quedo de usted atentamente
Su corresponsal alemán
20 de febrero de 1846
La Dieta del Imperio (Reichstag), asamblea de los estamentos imperiales, reunida de forma permanente en Ratisbona desde 1663 como un congreso de enviados. ↩
El Reichskammergericht, tribunal supremo del Sacro Imperio, con sede en Wetzlar desde finales del siglo XVII hasta 1806; famoso por la lentitud de sus pleitos. ↩
La fecha es aproximada: Kant nació en 1724, Goethe en 1749, Schiller en 1759, Fichte en 1762 y Hegel en 1770. ↩
El 10 de agosto de 1792 el pueblo de París asaltó las Tullerías y derribó la monarquía. ↩
La insurrección parisina del 31 de mayo al 2 de junio de 1793 expulsó de la Convención a los diputados girondinos y abrió paso al gobierno de los jacobinos. ↩
En la noche del 4 de agosto de 1789 la Asamblea Nacional votó la abolición de los privilegios feudales. ↩
El 9 de termidor del año II (27 de julio de 1794) cayó Robespierre, y con él el gobierno revolucionario jacobino. ↩
El Código civil de 1804, llamado Código de Napoleón, que siguió en vigor en la Renania prusiana después de 1815. ↩
«Que Britania gobierne las olas», estribillo de la canción patriótica Rule, Britannia! (1740). ↩
El bloqueo continental, decretado por Napoleón en 1806, que cerraba los puertos del continente al comercio inglés. ↩
La Santa Alianza, pacto concluido en 1815 por los soberanos de Rusia, Austria y Prusia en nombre de los principios cristianos, que se convirtió en el instrumento de la reacción europea. ↩
El «Terror blanco» de 1815, desatado por los realistas tras la segunda Restauración de los Borbones. ↩
El 16 de agosto de 1819, en St. Peter’s Fields (Mánchester), la caballería cargó contra un mitin de decenas de miles de personas por la reforma parlamentaria, con muertos y centenares de heridos; el nombre de «Peterloo» se forjó por burla con el de Waterloo. Las «leyes mordaza» son las leyes represivas de 1817 y 1819 (las Six Acts) contra las reuniones públicas y la prensa radical. ↩
Federico Guillermo III (rey de 1797 a 1840) era famoso por su habla entrecortada, en frases sin verbo conjugado. ↩
Por la paz de Tilsit (1807), Prusia perdió cerca de la mitad de su territorio. ↩
Karl August von Hardenberg, el barón vom Stein, Theodor von Schön y Gerhard von Scharnhorst, autores de las reformas prusianas de 1807-1815: edicto de emancipación de los campesinos (1807), ordenanza municipal (1808) y reforma del ejército, que desembocó en el servicio militar obligatorio. ↩
Guillermo I, elector de Hesse-Kassel, depuesto por Napoleón en 1806, volvió en 1813 y quiso restablecer el estado de cosas anterior, coletas de los soldados incluidas. ↩
La Confederación Germánica, creada en 1815 por el Congreso de Viena; su único órgano común era la Dieta Federal de Fráncfort, formada por los representantes de los gobiernos. ↩
El Acta Federal (Bundesakte) del 8 de junio de 1815 disponía en su artículo 13 que en todos los Estados de la Confederación habría una constitución por estamentos; el artículo 18 anunciaba disposiciones uniformes sobre la libertad de prensa. ↩
Andreas Hofer (1767-1810), jefe del levantamiento del Tirol de 1809 contra Baviera y Francia en nombre de la casa de Austria y de la Iglesia; fue fusilado en Mantua en 1810. ↩
Thomas Müntzer (hacia 1489-1525), predicador revolucionario de la Reforma y dirigente de los campesinos sublevados en Turingia; fue ejecutado tras la derrota de Frankenhausen. ↩
Georg Forster (1754-1794), naturalista y escritor, compañero de Cook en su segundo viaje y dirigente de los jacobinos de Maguncia; murió en París en enero de 1794, pero de enfermedad, no en el cadalso. ↩
La ley cerealista de 1815 prohibía la importación de trigo mientras su precio en Inglaterra no pasara de 80 chelines el quarter. ↩
La Carta del Pueblo (People’s Charter, 1838), programa del cartismo, cuyo primer punto era el sufragio universal masculino. Las leyes cerealistas se derogaron en junio de 1846, dos meses después de publicada esta carta. ↩
Las Burschenschaften, asociaciones de estudiantes nacidas en 1815 con un programa de unidad nacional y vagamente liberal; fueron prohibidas por los decretos de Karlsbad de 1819. ↩
La intervención francesa de 1823 restableció el absolutismo de Fernando VII en España; las tropas austriacas aplastaron en 1821 las revoluciones de Nápoles y del Piamonte. ↩
La revolución de julio de 1830 (27-29 de julio), que derribó a Carlos X. ↩
La insurrección polaca de noviembre de 1830, aplastada por Rusia en 1831. ↩
La ley de Reforma electoral de 1832. ↩
Jacques Laffitte (1767-1844), banquero, jefe del gobierno de Luis Felipe en 1830-1831. ↩
La ley de Reforma de 1832 daba el voto en las ciudades a los ocupantes de una vivienda o local de un valor anual de al menos diez libras. ↩
La ley de prensa de Baden de 1831 fue anulada en 1832 por la Dieta Federal. ↩
Sir James Graham, ministro del Interior de 1841 a 1846, que en 1844 hizo abrir en Correos las cartas de Mazzini. ↩