Escrito por Friedrich Engels en Barmen entre septiembre de 1844 y marzo de 1845, a partir de lo que vio y reunió durante su estancia en Manchester (1842-1844). Publicado en Leipzig por Otto Wigand en 1845 con el subtítulo Según observaciones propias y fuentes auténticas. Traducido de la primera edición según Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 2 (Berlín, 1957); la dedicatoria y los prólogos de 1887 y 1892 a las ediciones en inglés, de los originales ingleses de Engels. Los añadidos de Engels a las ediciones de 1887 y 1892 se señalan. Las figuras proceden de la primera edición. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las señaladas como de Engels. Texto original.

Prólogo de Engels a la edición norteamericana de 1887

Escrito por Friedrich Engels en inglés, en Londres, el 26 de enero de 1887. Publicado en The Condition of the Working-Class in England in 1844 (Nueva York, 1887) y ese mismo año, aparte, como folleto con el título The Labor Movement in America («El movimiento obrero en Norteamérica»). Traducido del original inglés.

Han pasado diez meses desde que, a petición de la traductora,1 escribí el Apéndice de este libro, y en estos diez meses se ha consumado en la sociedad norteamericana una revolución que en cualquier otro país habría necesitado por lo menos diez años. En febrero de 18862 la opinión pública norteamericana era casi unánime en este punto: que en Norteamérica no había clase obrera en el sentido europeo de la palabra; que, por consiguiente, en la República norteamericana no era posible una lucha de clases entre obreros y capitalistas como la que desgarraba a la sociedad europea, y que, por tanto, el socialismo era un producto de importación extranjera que nunca podría echar raíces en suelo norteamericano. Y, sin embargo, en ese mismo momento la lucha de clases que se avecinaba proyectaba ya ante sí su sombra gigantesca en las huelgas de los mineros del carbón de Pensilvania y de muchos otros oficios, y sobre todo en los preparativos, por todo el país, del gran movimiento por las ocho horas, que había de estallar, y estalló, en el mes de mayo siguiente.3 Que yo aprecié entonces debidamente estos síntomas, que preví un movimiento obrero a escala nacional, lo muestra mi Apéndice; pero nadie podía prever entonces que en tan poco tiempo el movimiento estallaría con una fuerza tan irresistible, se extendería con la rapidez de un incendio en la pradera y sacudiría la sociedad norteamericana hasta sus mismos cimientos.

El hecho está ahí, tozudo e indiscutible. Hasta qué punto había llenado de terror a las clases dominantes norteamericanas me lo revelaron, de manera divertida, unos periodistas norteamericanos que me hicieron el honor de visitarme el verano pasado: la «nueva orientación» los había sumido en un espanto y una perplejidad impotentes. Pero entonces el movimiento estaba apenas en sus comienzos; no había más que una serie de levantamientos confusos y en apariencia inconexos de aquella clase que, con la supresión de la esclavitud de los negros y el rápido desarrollo de la industria, se había convertido en el estrato más bajo de la sociedad norteamericana. Antes de terminar el año, estas desconcertantes convulsiones sociales empezaron a tomar una dirección determinada. Los movimientos espontáneos, instintivos, de estas enormes masas de trabajadores en una enorme extensión del país, el estallido simultáneo de su descontento común con una situación social miserable, igual en todas partes y debida a las mismas causas, les hicieron conscientes de que formaban una clase nueva y distinta de la sociedad norteamericana: una clase de asalariados —hablando en términos prácticos— más o menos hereditarios, de proletarios. Y con verdadero instinto norteamericano, esta conciencia los llevó enseguida a dar el paso siguiente hacia su liberación: la formación de un partido político obrero, con un programa propio y con la conquista del Capitolio y de la Casa Blanca como meta. En mayo, la lucha por la jornada de ocho horas, los disturbios de Chicago, Milwaukee, etc., los intentos de la clase dominante de aplastar con la fuerza bruta y con una brutal justicia de clase el levantamiento naciente del trabajo; en noviembre, el nuevo Partido Obrero organizado en todos los grandes centros, y las elecciones de Nueva York, Chicago y Milwaukee.4 Mayo y noviembre solo habían recordado hasta ahora a la burguesía norteamericana el pago de los cupones de los bonos de los Estados Unidos; en adelante, mayo y noviembre le recordarán también las fechas en que la clase obrera norteamericana presentó al cobro sus cupones.

En los países europeos, la clase obrera necesitó años y años para darse plena cuenta de que formaba una clase distinta y, en las condiciones sociales existentes, permanente de la sociedad moderna; y necesitó de nuevo años hasta que esta conciencia de clase la llevó a constituirse en un partido político distinto, independiente de todos los viejos partidos políticos formados por las diversas fracciones de las clases dominantes y opuesto a ellos. En el suelo más favorable de Norteamérica, donde ninguna ruina medieval cierra el paso, donde la historia empieza con los elementos de la sociedad burguesa moderna tal como se desarrollaron en el siglo XVII, la clase obrera ha recorrido estas dos etapas de su desarrollo en diez meses.

Con todo, esto no es más que un comienzo. Que las masas trabajadoras sientan la comunidad de sus agravios y de sus intereses, su solidaridad como clase frente a todas las demás clases; que, para dar expresión y eficacia a este sentimiento, pongan en marcha la maquinaria política prevista para ello en todo país libre: ese es solo el primer paso. El paso siguiente es encontrar el remedio común para estos agravios comunes e incorporarlo al programa del nuevo Partido Obrero. Y este paso, el más importante y el más difícil del movimiento, está todavía por dar en Norteamérica.

Un partido nuevo tiene que tener un programa positivo definido; un programa que puede variar en los detalles según varíen las circunstancias y según se desarrolle el propio partido, pero sobre el que, en cada momento, el partido esté de acuerdo. Mientras no se haya elaborado un programa así, o mientras solo exista en forma rudimentaria, el nuevo partido tendrá también una existencia solo rudimentaria; podrá existir localmente, pero no todavía a escala nacional; será un partido en potencia, pero no en acto.

Ese programa, sea cual sea su primera forma, tiene que desarrollarse en una dirección que puede determinarse de antemano. Las causas que han abierto el abismo entre la clase obrera y la clase capitalista son las mismas en Norteamérica que en Europa; los medios para colmar ese abismo son igualmente los mismos en todas partes. Por consiguiente, el programa del proletariado norteamericano coincidirá a la larga, en cuanto a la meta final que ha de alcanzarse, con el que, tras sesenta años de discordias y discusiones, se ha convertido en el programa adoptado por la gran masa del proletariado militante europeo. Proclamará como meta final la conquista de la supremacía política por la clase obrera para llevar a cabo la apropiación directa de todos los medios de producción —la tierra, los ferrocarriles, las minas, la maquinaria, etc.— por la sociedad en su conjunto, para que todos los exploten en común por cuenta y en beneficio de todos.

Pero si el nuevo partido norteamericano, como todos los partidos políticos de todas partes, aspira por el hecho mismo de su formación a la conquista del poder político, todavía está lejos de estar de acuerdo sobre qué hacer con ese poder una vez alcanzado. En Nueva York y en las demás grandes ciudades del Este, la organización de la clase obrera se ha hecho siguiendo las líneas de las sociedades de oficio, que forman en cada ciudad una poderosa Central Labor Union.5 En Nueva York, la Central Labor Union eligió en noviembre pasado como abanderado a Henry George,6 y en consecuencia su programa electoral provisional ha quedado muy impregnado de sus principios. En las grandes ciudades del Noroeste la batalla electoral se libró con un programa obrero bastante indefinido, y la influencia de las teorías de Henry George apenas se dejó ver, si es que se vio. Y mientras en estos grandes centros de población y de industria el nuevo movimiento de clase llegaba a cristalizar políticamente, encontramos por todo el país dos organizaciones obreras muy extendidas: los Caballeros del Trabajo (Knights of Labor) y el Partido Socialista Obrero (Socialist Labor Party), de las cuales solo la segunda tiene un programa en consonancia con el punto de vista europeo moderno resumido más arriba.

De las tres formas más o menos definidas en que se presenta así el movimiento obrero norteamericano, la primera, el movimiento de Henry George en Nueva York, tiene por el momento una significación sobre todo local. Nueva York es sin duda, con mucho, la ciudad más importante de los Estados Unidos; pero Nueva York no es París, y los Estados Unidos no son Francia. Y me parece que el programa de Henry George, en su forma actual, es demasiado estrecho para servir de base a nada que no sea un movimiento local o, a lo sumo, una fase efímera del movimiento general. Para Henry George, la expropiación de la tierra a la masa del pueblo es la causa grande y universal de la división del pueblo en ricos y pobres. Ahora bien, esto no es del todo exacto históricamente. En la Antigüedad asiática y clásica, la forma predominante de la opresión de clase era la esclavitud, es decir, no tanto la expropiación de la tierra a las masas como la apropiación de sus personas. Cuando, en la decadencia de la República romana, se expropió a los campesinos libres de Italia de sus fincas, formaron una clase de «blancos pobres» parecida a la de los estados esclavistas del Sur antes de 1861; y entre esclavos y blancos pobres, dos clases igualmente incapaces de emanciparse a sí mismas, el mundo antiguo se vino abajo. En la Edad Media, no fue la expropiación del pueblo de la tierra, sino, al contrario, su sujeción a la tierra lo que se convirtió en la fuente de la opresión feudal. El campesino conservaba su tierra, pero estaba atado a ella como siervo o villano, y obligado a pagar al señor tributo en trabajo y en productos. Solo en los albores de los tiempos modernos, hacia finales del siglo XV, la expropiación del campesinado en gran escala sentó las bases de la clase moderna de los asalariados, que no poseen más que su fuerza de trabajo y solo pueden vivir vendiendo esa fuerza de trabajo a otros. Pero si la expropiación de la tierra dio existencia a esta clase, fue el desarrollo de la producción capitalista, de la industria moderna y de la agricultura en gran escala, lo que la perpetuó, la acrecentó y la configuró como una clase distinta con intereses distintos y una misión histórica distinta. Todo esto lo ha expuesto a fondo Marx (El capital, sección VIII: «La llamada acumulación originaria»).7 Según Marx, la causa del actual antagonismo de las clases y de la degradación social de la clase obrera es su expropiación de todos los medios de producción, entre los que, naturalmente, está incluida la tierra.

Si Henry George declara que el monopolio de la tierra es la única causa de la pobreza y de la miseria, encuentra naturalmente el remedio en que la sociedad en su conjunto recupere la tierra. Ahora bien, también los socialistas de la escuela de Marx exigen que la sociedad recupere la tierra, y no solo la tierra, sino igualmente todos los demás medios de producción. Pero, aun dejando estos de lado, hay otra diferencia. ¿Qué se ha de hacer con la tierra? Los socialistas modernos, representados por Marx, exigen que se posea y se trabaje en común y por cuenta común, y lo mismo todos los demás medios de producción social, minas, ferrocarriles, fábricas, etc.; Henry George se limitaría a arrendarla a particulares como ahora, regulando solo su distribución y destinando las rentas a fines públicos, en lugar de, como ahora, a fines privados. Lo que exigen los socialistas implica una revolución total de todo el sistema de producción social; lo que exige Henry George deja intacto el actual modo de producción social y, de hecho, lo anticipó ya la fracción extrema de los economistas burgueses ricardianos, que también exigían la confiscación de la renta de la tierra por el Estado.8

Sería injusto, desde luego, suponer que Henry George ha dicho su última palabra de una vez para siempre. Pero estoy obligado a tomar su teoría tal como la encuentro.

La segunda gran sección del movimiento norteamericano la forman los Caballeros del Trabajo.9 Y esta parece ser la sección más característica del estado actual del movimiento, como es sin duda, con mucho, la más fuerte. Una inmensa asociación extendida por una inmensa extensión del país en innumerables «asambleas», que representan todos los matices de la opinión individual y local dentro de la clase obrera; todas ellas cobijadas bajo un programa de una vaguedad correspondiente y unidas mucho menos por su impracticable constitución que por el sentimiento instintivo de que el hecho mismo de juntarse por su aspiración común las convierte en una gran potencia en el país; una paradoja verdaderamente norteamericana que viste las tendencias más modernas con las mascaradas más medievales y oculta el espíritu más democrático e incluso rebelde tras un despotismo aparente, pero en realidad impotente: tal es el cuadro que los Caballeros del Trabajo ofrecen a un observador europeo. Pero si no nos dejamos detener por meras extravagancias exteriores, no podemos dejar de ver en esta vasta aglomeración una inmensa cantidad de energía potencial que se va convirtiendo lenta pero seguramente en fuerza real. Los Caballeros del Trabajo son la primera organización nacional creada por la clase obrera norteamericana en su conjunto; sean cuales sean su origen y su historia, sus defectos y sus pequeños absurdos, su programa y su constitución, ahí están, obra prácticamente de toda la clase de los asalariados norteamericanos, el único lazo nacional que los mantiene unidos, que les hace sentir su fuerza a ellos mismos no menos que a sus enemigos y que los llena de la orgullosa esperanza de futuras victorias. Pues no sería exacto decir que los Caballeros del Trabajo son susceptibles de desarrollo. Están constantemente en pleno proceso de desarrollo y de revolución: una masa de material plástico que se agita y fermenta buscando la figura y la forma adecuadas a su naturaleza inherente. Esa forma se alcanzará con la misma seguridad con que la evolución histórica tiene, como la evolución natural, sus propias leyes inmanentes. Que los Caballeros del Trabajo conserven entonces o no su nombre actual no tiene importancia; pero a un observador de fuera le parece evidente que aquí está la materia prima con la que ha de moldearse el futuro del movimiento obrero norteamericano y, con él, el futuro de la sociedad norteamericana en su conjunto.

La tercera sección es el Partido Socialista Obrero.10 Esta sección solo es un partido de nombre, porque hasta ahora no ha podido presentarse realmente como partido político en ninguna parte de Norteamérica. Además, es hasta cierto punto extraña a Norteamérica, ya que hasta hace poco estaba formada casi exclusivamente por inmigrantes alemanes que usaban su propia lengua y en su mayoría no dominaban la lengua común del país. Pero si procedía de una cepa extranjera, venía al mismo tiempo armada con la experiencia adquirida durante largos años de lucha de clases en Europa y con una comprensión de las condiciones generales de la emancipación obrera muy superior a la alcanzada hasta ahora por los obreros norteamericanos. Es una circunstancia afortunada para los proletarios norteamericanos, que pueden así apropiarse y aprovechar los frutos intelectuales y morales de cuarenta años de lucha de sus compañeros de clase europeos, y acelerar así la hora de su propia victoria. Porque, como dije antes, no puede caber duda de que el programa definitivo de la clase obrera norteamericana tiene que ser, y será, esencialmente el mismo que ha adoptado ahora toda la clase obrera militante de Europa, el mismo que el del Partido Socialista Obrero germano-norteamericano. En este sentido, este partido está llamado a desempeñar un papel muy importante en el movimiento. Pero para hacerlo tendrá que despojarse de todo resto de su indumentaria extranjera. Tendrá que hacerse norteamericano de pies a cabeza. No puede esperar que los norteamericanos vayan a él; son ellos, la minoría y los inmigrantes, los que tienen que ir a los norteamericanos, que son la inmensa mayoría y los nativos. Y para eso tienen que aprender, ante todo, inglés.

El proceso de fusión de estos diversos elementos de la vasta masa en movimiento —elementos que no son en realidad discordantes, sino que están aislados entre sí por sus diversos puntos de partida— llevará algún tiempo y no se producirá sin muchos roces, como los que ya ahora se ven en distintos puntos. Los Caballeros del Trabajo, por ejemplo, están aquí y allá, en las ciudades del Este, en guerra local con las trade unions11 organizadas. Pero este mismo roce existe dentro de los propios Caballeros del Trabajo, donde reina todo menos la paz y la armonía. No son síntomas de decadencia de los que puedan alegrarse los capitalistas. Son simplemente señales de que las innumerables huestes de los trabajadores, puestas en movimiento por primera vez en una dirección común, no han encontrado todavía ni la expresión adecuada de sus intereses comunes, ni la forma de organización más apropiada para la lucha, ni la disciplina necesaria para asegurar la victoria. Son todavía las primeras levas en masa (levées en masse) de la gran guerra revolucionaria, reclutadas y equipadas localmente y por separado, que convergen todas para formar un ejército común, pero todavía sin organización regular ni plan de campaña común. Las columnas que convergen se cruzan aquí y allá: surgen la confusión, disputas airadas, incluso amenazas de conflicto. Pero la comunidad del fin último acaba por superar todas las dificultades menores; dentro de poco los batallones dispersos y pendencieros formarán en una larga línea de batalla, presentando al enemigo un frente bien ordenado, amenazadoramente silencioso bajo sus armas relucientes, apoyado por audaces tiradores en vanguardia y por reservas inquebrantables en la retaguardia.

Llegar a este resultado, la unificación de los diversos cuerpos independientes en un ejército nacional del trabajo, con un programa provisional por insuficiente que sea, siempre que sea un programa verdaderamente obrero: ese es el próximo gran paso que hay que dar en Norteamérica. Para conseguirlo, y para que ese programa sea digno de la causa, el Partido Socialista Obrero puede contribuir mucho, con solo que actúe del mismo modo que actuaron los socialistas europeos en la época en que no eran más que una pequeña minoría de la clase obrera. Esa línea de conducta se fijó por primera vez en el Manifiesto Comunista de 184712 con las siguientes palabras:

«Los comunistas» —tal era el nombre que tomamos entonces y que todavía hoy estamos lejos de repudiar— «los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los demás partidos obreros.

»No tienen intereses separados de los intereses de toda la clase obrera.

»No establecen principios sectarios propios con los que pretendan moldear el movimiento proletario.

»Los comunistas solo se distinguen de los demás partidos obreros en esto: 1) en las luchas nacionales de los proletarios de los diferentes países, señalan y hacen valer los intereses comunes de todo el proletariado, independientes de toda nacionalidad; 2) en las diferentes fases de desarrollo por las que tiene que pasar la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista, representan siempre y en todas partes los intereses del movimiento en su conjunto.

»Los comunistas son, pues, por una parte, en la práctica, la fracción más avanzada y más resuelta de los partidos obreros de todos los países, la fracción que siempre impulsa a las demás; por otra parte, en la teoría, tienen sobre la gran masa de los proletarios la ventaja de comprender con claridad la marcha, las condiciones y los resultados generales últimos del movimiento proletario.

»Luchan, pues, por alcanzar los fines inmediatos, por hacer valer los intereses momentáneos de la clase obrera; pero en el movimiento presente representan y defienden al mismo tiempo el porvenir del movimiento.»13

Esta es la línea de conducta que el gran fundador del socialismo moderno, Karl Marx, y con él yo y los socialistas de todas las naciones que trabajaron con nosotros, hemos seguido durante más de cuarenta años, con el resultado de que ha llevado a la victoria en todas partes y de que en este momento la masa de los socialistas europeos, en Alemania y en Francia, en Bélgica, Holanda y Suiza, en Dinamarca y en Suecia, así como en España y Portugal, lucha como un solo ejército bajo una y la misma bandera.

Prólogo de Engels a la edición inglesa de 1892

Escrito por Friedrich Engels en inglés, en Londres, el 11 de enero de 1892. Publicado en The Condition of the Working-Class in England in 1844 (Londres, Swan Sonnenschein & Co., 1892). Traducido del original inglés.

El libro cuya traducción inglesa se reedita aquí apareció por primera vez en Alemania en 1845. El autor era entonces joven, tenía veinticuatro años, y su obra lleva el sello de su juventud, con sus rasgos buenos y sus defectos, de ninguno de los cuales se avergüenza. Lo tradujo al inglés en 1885 una dama norteamericana, la señora F. Kelley Wischnewetzky, y se publicó al año siguiente en Nueva York.14 Como la edición norteamericana está prácticamente agotada y nunca circuló mucho a este lado del Atlántico, la presente edición inglesa con derechos de autor sale con el pleno consentimiento de todas las partes interesadas.

Para la edición norteamericana el autor escribió en inglés un nuevo prólogo y un apéndice. El primero tenía poco que ver con el libro mismo: trataba del movimiento obrero norteamericano del momento, y por eso se omite aquí por no venir al caso; el segundo —el prólogo original— se aprovecha en gran parte en las presentes observaciones preliminares.

El estado de cosas descrito en este libro pertenece hoy, en muchos aspectos, al pasado, en lo que a Inglaterra se refiere. Aunque no lo digan expresamente nuestros tratados reconocidos, es una ley de la economía política moderna que cuanto mayor es la escala en que se lleva la producción capitalista, menos puede tolerar los pequeños recursos de la estafa y la ratería que caracterizan sus primeras fases. Las mezquinas triquiñuelas comerciales del judío polaco, el representante en Europa del comercio en su grado más bajo, esas triquiñuelas que tan bien le sirven en su país y que allí se practican de manera general, las encuentra anticuadas y fuera de lugar cuando llega a Hamburgo o a Berlín; y a su vez el comisionista que viene de Berlín o de Hamburgo, judío o cristiano, tras frecuentar unos meses la Bolsa de Manchester, descubre que, para comprar barato hilo o tela de algodón, también él hará mejor en dejar esos ardides y subterfugios algo más refinados, pero todavía miserables, que en su país se consideran el colmo de la habilidad. El hecho es que esas triquiñuelas ya no rinden en un gran mercado, donde el tiempo es dinero y donde se desarrolla inevitablemente cierto nivel de moralidad comercial, puramente como medio de ahorrar tiempo y molestias. Y lo mismo ocurre con la relación entre el fabricante y sus «manos».

La reanimación del comercio tras la crisis de 1847 fue el alba de una nueva época industrial. La derogación de las leyes de cereales y las reformas financieras que la siguieron dieron a la industria y al comercio ingleses todo el margen que habían pedido. Siguió en rápida sucesión el descubrimiento de los yacimientos de oro de California y de Australia. Los mercados coloniales desarrollaron a un ritmo creciente su capacidad de absorber productos manufacturados ingleses. En la India, el telar mecánico de Lancashire acabó con millones de tejedores a mano. China se fue abriendo cada vez más. Sobre todo, los Estados Unidos —entonces, comercialmente hablando, un simple mercado colonial, pero con mucho el mayor de todos— experimentaron un desarrollo económico asombroso incluso para un país de progreso tan rápido. Y, por último, los nuevos medios de comunicación introducidos al final del periodo anterior —ferrocarriles y vapores transoceánicos— se explotaron ahora a escala internacional; hicieron realidad lo que hasta entonces solo había existido en potencia: un mercado mundial. Este mercado mundial estaba compuesto al principio por una serie de países principal o enteramente agrícolas agrupados en torno a un centro manufacturero, Inglaterra, que consumía la mayor parte de sus excedentes de productos brutos y les proporcionaba a cambio la mayor parte de los artículos manufacturados que necesitaban. No es de extrañar que el progreso industrial de Inglaterra fuera colosal y sin precedentes, y tal que la situación de 1844 nos parece ahora relativamente primitiva e insignificante. Y en la misma proporción en que se producía este crecimiento, la industria manufacturera se fue moralizando en apariencia. La competencia de fabricante contra fabricante por medio de pequeños hurtos a los trabajadores ya no compensaba. El negocio había dejado atrás estos medios mezquinos de hacer dinero; no merecía la pena que los practicara el fabricante millonario, y solo servían para mantener viva la competencia de los comerciantes más pequeños, que se daban por contentos con rascar un penique dondequiera que podían. Así se suprimió el truck system,15 se promulgó la ley de las diez horas16 y se introdujeron otras reformas secundarias, muy en contra del espíritu del librecambio y de la competencia desenfrenada, pero igualmente muy en favor del capitalista gigante en su competencia con sus hermanos menos favorecidos. Además, cuanto mayor era la empresa, y con ella el número de obreros, mayores eran las pérdidas y las molestias causadas por cada conflicto entre patronos y obreros; y así se apoderó de los patronos, sobre todo de los grandes, un nuevo espíritu que les enseñó a evitar las disputas innecesarias, a aceptar la existencia y el poder de las trade unions y, por último, incluso a descubrir en las huelgas —en el momento oportuno— un poderoso medio para servir a sus propios fines. Los fabricantes más grandes, antes los jefes de la guerra contra la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía. Y por una razón muy buena. El hecho es que todas estas concesiones a la justicia y a la filantropía no eran sino medios para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos, para quienes las mezquinas exacciones suplementarias de años anteriores habían perdido toda importancia y se habían convertido en verdaderas molestias, y para aplastar tanto más rápida y seguramente a sus competidores más pequeños, que no podían llegar a fin de mes sin esos gajes. Así, el desarrollo de la producción sobre la base del sistema capitalista ha bastado por sí solo —al menos en las industrias principales, porque en las ramas menos importantes no ocurre ni mucho menos— para acabar con todos esos agravios menores que agravaban la suerte del obrero en sus primeras fases. Y así pone cada vez más en evidencia el gran hecho central de que la causa de la mísera situación de la clase obrera hay que buscarla no en esos agravios menores, sino en el propio sistema capitalista. El asalariado vende al capitalista su fuerza de trabajo por una determinada suma diaria. Al cabo de unas horas de trabajo ha reproducido el valor de esa suma; pero la sustancia de su contrato es que tiene que trabajar otra serie de horas para completar su jornada, y el valor que produce durante estas horas adicionales de plustrabajo es plusvalía, que no le cuesta nada al capitalista, pero que va a parar a su bolsillo. Esta es la base del sistema que tiende cada vez más a dividir la sociedad civilizada en unos pocos Rothschild y Vanderbilt,17 dueños de todos los medios de producción y de subsistencia, por un lado, y un número inmenso de asalariados, dueños solo de su fuerza de trabajo, por otro. Y que este resultado no se debe a este o aquel agravio secundario, sino al sistema mismo, es un hecho que el desarrollo del capitalismo en Inglaterra desde 1847 ha puesto vivamente de relieve.

Además, las repetidas visitas del cólera, el tifus, la viruela y otras epidemias han mostrado al burgués británico la urgente necesidad de sanear sus pueblos y ciudades, si quiere evitar caer víctima de esas enfermedades él y su familia. En consecuencia, los abusos más clamorosos descritos en este libro han desaparecido o se han hecho menos visibles. Se ha introducido o mejorado el alcantarillado; se han abierto amplias avenidas a través de muchos de los peores slums que tuve que describir. La «Pequeña Irlanda» ha desaparecido, y los «Seven Dials» son los siguientes en la lista de lo que hay que barrer.18 Pero ¿qué significa eso? Barrios enteros que en 1844 podía describir como casi idílicos han caído ahora, con el crecimiento de las ciudades, en el mismo estado de ruina, de incomodidad y de miseria. Lo único es que ya no se toleran los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha hecho nuevos progresos en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Pero que en cuanto a sus viviendas no se ha producido ninguna mejora sustancial lo demuestra de sobra el informe de la Comisión Real sobre la vivienda de los pobres (on the Housing of the Poor), de 1885.19 Y lo mismo ocurre en otros aspectos. Ha habido reglamentos de policía a montones; pero solo pueden cercar la miseria de los obreros, no pueden suprimirla.

Pero mientras Inglaterra ha superado así la fase juvenil de la explotación capitalista que yo describí, otros países acaban de llegar a ella. Francia, Alemania y sobre todo Norteamérica son los temibles competidores que en este momento —como yo preví en 1844— van rompiendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Sus manufacturas son jóvenes comparadas con las de Inglaterra, pero crecen a un ritmo mucho más rápido que estas; y, cosa curiosa, han llegado en este momento aproximadamente a la misma fase de desarrollo que la manufactura inglesa en 1844. Respecto de Norteamérica, el paralelismo es verdaderamente sorprendente. Es cierto que las circunstancias externas en que se encuentra la clase obrera en Norteamérica son muy distintas, pero actúan las mismas leyes económicas, y los resultados, aunque no sean idénticos en todos los aspectos, tienen que ser del mismo orden. Por eso encontramos en Norteamérica las mismas luchas por una jornada más corta, por una limitación legal del tiempo de trabajo, en especial de las mujeres y los niños en las fábricas; encontramos el truck system en plena floración, y el sistema de los cottages, en los distritos rurales, utilizado por los bosses, los patrones, como medio de dominio sobre los obreros. Cuando recibí en 1886 los periódicos norteamericanos con las noticias de la gran huelga de 12 000 mineros del carbón de Pensilvania en el distrito de Connellsville,20 me pareció estar leyendo mi propia descripción de la huelga de los mineros del norte de Inglaterra de 1844. La misma estafa a los trabajadores con medidas falsas; el mismo truck system; el mismo intento de quebrar la resistencia de los mineros con el último, pero aplastante, recurso de los capitalistas: el desahucio de los hombres de sus viviendas, los cottages propiedad de las compañías.

No he intentado, en esta traducción, poner el libro al día ni señalar en detalle todos los cambios que se han producido desde 1844. Y por dos razones. En primer lugar, para hacerlo como es debido habría que duplicar más o menos el tamaño del libro; y en segundo lugar, el primer tomo de El capital de Karl Marx, del que hay una traducción inglesa al alcance del público,21 contiene una descripción muy amplia de la situación de la clase obrera británica tal como era hacia 1865, es decir, en el momento en que la prosperidad industrial británica alcanzó su punto culminante. Habría tenido, pues, que volver a recorrer el terreno ya cubierto por la célebre obra de Marx.

No hará falta señalar que el punto de vista teórico general de este libro —filosófico, económico, político— no coincide exactamente con mi punto de vista de hoy. El socialismo internacional moderno, que desde entonces se ha desarrollado plenamente como ciencia, sobre todo y casi exclusivamente gracias a los trabajos de Marx, todavía no existía en 1844. Mi libro representa una de las fases de su desarrollo embrionario; y así como el embrión humano, en sus primeras fases, reproduce todavía los arcos branquiales de nuestros antepasados los peces, así este libro muestra por todas partes las huellas de la descendencia del socialismo moderno de uno de sus antepasados, la filosofía alemana. Así, se insiste mucho en la idea de que el comunismo no es una mera doctrina de partido de la clase obrera, sino una teoría que abarca la emancipación de la sociedad entera, incluida la clase capitalista, de sus actuales condiciones estrechas. Esto es bastante cierto en abstracto, pero completamente inútil, y a veces algo peor, en la práctica. Mientras las clases ricas no solo no sientan necesidad de ninguna emancipación, sino que se opongan con todas sus fuerzas a la autoemancipación de la clase obrera, la revolución social tendrá que prepararla y llevarla a cabo la clase obrera sola. También los burgueses franceses de 1789 declaraban que la emancipación de la burguesía era la emancipación de todo el género humano; pero la nobleza y el clero no querían verlo; la proposición —aunque por entonces, respecto del feudalismo, fuera una verdad histórica abstracta— se convirtió pronto en un mero sentimentalismo y desapareció del todo en el fuego de la lucha revolucionaria. Y hoy, la gente que, desde la «imparcialidad» de su punto de vista superior, predica a los obreros un socialismo que se cierne muy por encima de sus intereses y de sus luchas de clase y que tiende a reconciliar en una humanidad superior los intereses de las dos clases en lucha, esa gente o son neófitos que tienen todavía mucho que aprender, o son los peores enemigos de los obreros: lobos con piel de oveja.

En el texto se da como periodo de recurrencia de las grandes crisis industriales el de cinco años. Este era el periodo que parecía indicar el curso de los acontecimientos de 1825 a 1842. Pero la historia industrial de 1842 a 1868 ha mostrado que el periodo real es de diez años; que las sacudidas intermedias eran secundarias y tendían cada vez más a desaparecer. Desde 1868 la situación ha vuelto a cambiar, y de ello hablaremos más adelante.

Me he guardado de suprimir del texto las muchas profecías, entre ellas la de una inminente revolución social en Inglaterra, que mi ardor juvenil me llevó a aventurar. Lo asombroso no es que bastantes de ellas resultaran erróneas, sino que tantas hayan resultado acertadas, y que la situación crítica del comercio inglés, provocada por la competencia continental y sobre todo norteamericana, que entonces preví —aunque en un plazo demasiado corto—, se haya producido ahora efectivamente. En este aspecto puedo, y debo, poner el libro al día reproduciendo aquí un artículo que publiqué en el Commonweal22 de Londres del 1 de marzo de 1885 con el título «Inglaterra en 1845 y en 1885». Da al mismo tiempo un breve esbozo de la historia de la clase obrera inglesa durante esos cuarenta años, y dice así:

«Hace cuarenta años, Inglaterra se encontraba ante una crisis que, según todas las apariencias, solo podía resolverse por la fuerza. El inmenso y rápido desarrollo de la industria había dejado atrás la expansión de los mercados exteriores y el aumento de la demanda. Cada diez años la marcha de la industria se veía interrumpida violentamente por un crac comercial general, al que seguían, tras un largo periodo de depresión crónica, unos pocos y breves años de prosperidad, que acababan siempre en una superproducción febril y en un nuevo hundimiento. La clase capitalista clamaba por el librecambio de los cereales y amenazaba con imponerlo devolviendo a la población hambrienta de las ciudades a los distritos rurales de donde había venido, para invadirlos, como decía John Bright,23 “no como indigentes que piden pan, sino como un ejército acantonado en tierra enemiga”. Las masas obreras de las ciudades exigían su parte del poder político, la Carta del Pueblo; las apoyaba la mayoría de la pequeña burguesía, y la única diferencia entre ambas era si la Carta había de imponerse por la fuerza física o por la fuerza moral. Entonces llegaron el crac comercial de 1847 y la hambruna irlandesa, y con ambos la perspectiva de la revolución.

»La revolución francesa de 1848 salvó a la burguesía inglesa. Los pronunciamientos socialistas de los obreros franceses victoriosos asustaron a la pequeña burguesía de Inglaterra y desorganizaron el movimiento, más estrecho pero más práctico, de la clase obrera inglesa. En el momento mismo en que el cartismo debía afirmarse con toda su fuerza, se hundió por dentro antes incluso de hundirse por fuera el 10 de abril de 1848.24 La acción de la clase obrera quedó relegada a segundo plano. La clase capitalista triunfó en toda la línea.

»La reforma electoral de 1831 había sido la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia terrateniente. La derogación de las leyes de cereales fue la victoria del capitalista industrial no solo sobre la aristocracia terrateniente, sino también sobre las fracciones de capitalistas cuyos intereses estaban más o menos ligados a los de la propiedad de la tierra: banqueros, bolsistas, rentistas, etc. El librecambio significaba el reajuste de toda la política comercial y financiera, interior y exterior, de Inglaterra de acuerdo con los intereses de los capitalistas industriales, la clase que ahora representaba a la nación. Y pusieron manos a la obra con decisión. Se eliminó sin piedad todo obstáculo a la producción industrial. Se revolucionaron el arancel y todo el sistema de impuestos. Todo se subordinó a un único fin, pero un fin de la mayor importancia para el capitalista industrial: el abaratamiento de todos los productos brutos, y en especial de los medios de vida de la clase obrera; la reducción del coste de las materias primas y el mantenimiento a raya —si no todavía la rebaja— de los salarios. Inglaterra había de convertirse en el “taller del mundo”; todos los demás países habían de ser para Inglaterra lo que ya era Irlanda: mercados para sus productos manufacturados, que le suministraran a cambio materias primas y alimentos. Inglaterra, el gran centro manufacturero de un mundo agrícola, con un número cada vez mayor de Irlandas productoras de trigo y de algodón girando a su alrededor, el sol industrial. ¡Qué perspectiva tan gloriosa!

»Los capitalistas industriales emprendieron la realización de este gran objetivo suyo con ese fuerte sentido común y ese desprecio por los principios tradicionales que siempre los han distinguido de sus colegas más estrechos de miras del continente. El cartismo se estaba extinguiendo. La reanimación de la prosperidad comercial, natural una vez agotada la sacudida de 1847, se atribuyó por entero al mérito del librecambio. Estas dos circunstancias habían convertido a la clase obrera inglesa, políticamente, en la cola del “gran Partido Liberal”, el partido dirigido por los fabricantes. Una vez ganada esta ventaja, había que perpetuarla. Y los capitalistas industriales, por la oposición de los cartistas, no al librecambio, sino a la transformación del librecambio en la única cuestión nacional vital, habían aprendido, y aprendían cada vez más, que la burguesía nunca puede obtener el pleno poder social y político sobre la nación si no es con ayuda de la clase obrera. Así cambiaron poco a poco las relaciones entre ambas clases. Las leyes fabriles, antes el coco de todos los fabricantes, no solo se acataron de buena gana, sino que se toleró su ampliación a leyes que regulaban casi todos los oficios. Las trade unions, consideradas hasta entonces invenciones del mismísimo diablo, eran ahora mimadas y protegidas como instituciones perfectamente legítimas y como medios útiles para difundir entre los obreros sanas doctrinas económicas. Incluso de las huelgas, que hasta 1848 eran lo más nefasto que había, se descubrió poco a poco que a veces eran muy útiles, sobre todo cuando las provocaban los propios patronos en el momento elegido por ellos. De las leyes que ponían al obrero en un nivel inferior o en desventaja frente al patrono se derogaron al menos las más indignantes. Y en la práctica, aquella horrible “Carta del Pueblo” se convirtió en realidad en el programa político de los mismos fabricantes que se habían opuesto a ella hasta el final. “La abolición del requisito de propiedad” y “el voto secreto” son ahora ley del país. Las leyes de reforma de 1867 y 188425 se acercan mucho al “sufragio universal”, al menos tal como existe ahora en Alemania; el proyecto de redistribución que ahora examina el Parlamento crea “distritos electorales iguales”, en conjunto no más desiguales que los de Alemania; las “dietas para los diputados” y los parlamentos más cortos, si no precisamente “anuales”, se vislumbran claramente en la lejanía; y todavía hay quien dice que el cartismo ha muerto.

»La revolución de 1848, al igual que muchas de sus predecesoras, ha tenido extraños compañeros de cama y extraños sucesores. Los mismos que la aplastaron se han convertido, como solía decir Karl Marx, en sus albaceas testamentarios. Luis Napoleón tuvo que crear una Italia independiente y unida, Bismarck tuvo que revolucionar Alemania y restablecer la independencia húngara,26 y los fabricantes ingleses tuvieron que promulgar la Carta del Pueblo.

»Para Inglaterra, los efectos de este dominio de los capitalistas industriales fueron al principio asombrosos. El comercio se reanimó y se expandió hasta un grado inaudito incluso en esta cuna de la industria moderna; las asombrosas creaciones anteriores del vapor y de la maquinaria quedaron en nada comparadas con la inmensa masa de producción de los veinte años de 1850 a 1870, con las cifras abrumadoras de exportaciones e importaciones, de riqueza acumulada en manos de los capitalistas y de fuerza de trabajo humana concentrada en las grandes ciudades. El progreso se vio interrumpido, es cierto, como antes, por una crisis cada diez años, en 1857 lo mismo que en 1866; pero ahora se consideraban estas sacudidas como acontecimientos naturales, inevitables, a los que había que someterse con fatalismo y que al final siempre se arreglaban solos.

»¿Y la situación de la clase obrera durante este periodo? Hubo una mejora pasajera incluso para la gran masa. Pero esta mejora volvió a caer siempre al antiguo nivel por la afluencia del gran ejército de reserva de los parados, por la continua sustitución de obreros por maquinaria nueva y por la inmigración de la población agrícola, también ella cada vez más desplazada ahora por las máquinas.

»Solo puede reconocerse una mejora permanente en dos sectores “protegidos” de la clase obrera. En primer lugar, los obreros fabriles. La fijación por ley del Parlamento de su jornada dentro de unos límites relativamente racionales ha restablecido su constitución física y les ha dado una superioridad moral, reforzada por su concentración local. Están sin duda mejor que antes de 1848. La mejor prueba es que, de cada diez huelgas que hacen, nueve las provocan los fabricantes en su propio interés, como único medio de asegurar una reducción de la producción. Nunca se conseguirá que los patronos se pongan de acuerdo para trabajar “jornada reducida”, por invendibles que sean las mercancías; pero conseguid que los obreros vayan a la huelga, y los patronos cierran sus fábricas hasta el último.

»En segundo lugar, las grandes trade unions. Son las organizaciones de los oficios en los que predomina el trabajo de hombres adultos, o en los que solo este puede emplearse. Aquí ni la competencia de las mujeres y los niños ni la de la maquinaria han debilitado hasta ahora su fuerza organizada. Los mecánicos, los carpinteros y ebanistas, los albañiles son cada uno de ellos una potencia, hasta tal punto que, como en el caso de los albañiles y sus peones, pueden incluso resistir con éxito la introducción de la maquinaria. Que su situación ha mejorado notablemente desde 1848 no admite duda, y la mejor prueba de ello es que desde hace más de quince años no solo sus patronos han estado en excelentes relaciones con ellos, sino ellos con sus patronos. Forman una aristocracia dentro de la clase obrera; han conseguido imponerse una posición relativamente cómoda y la aceptan como definitiva. Son los obreros modelo de los señores Leone Levi y Giffen,27 y son hoy, en verdad, gente muy agradable de tratar para cualquier capitalista sensato en particular y para toda la clase capitalista en general.

»Pero en cuanto a la gran masa de los trabajadores, el estado de miseria y de inseguridad en que viven es hoy tan bajo como siempre, si no más. El East End de Londres es una charca de miseria y desolación estancadas que no deja de extenderse, de hambre cuando no hay trabajo y de degradación física y moral cuando lo hay. Y lo mismo en todas las demás grandes ciudades, haciendo abstracción de la minoría privilegiada de los obreros; y lo mismo en las ciudades más pequeñas y en los distritos agrícolas. La ley que reduce el valor de la fuerza de trabajo al valor de los medios de subsistencia necesarios, y la otra ley que reduce su precio medio, por regla general, al mínimo de esos medios de subsistencia, actúan sobre ellos con la fuerza irresistible de una máquina automática que los aplasta entre sus ruedas.

»Esta fue, pues, la situación creada por la política librecambista de 1847 y por veinte años de dominio de los capitalistas industriales. Pero entonces llegó un cambio. Al crac de 1866 siguió, es cierto, una leve y breve reanimación hacia 1873; pero no duró. No pasamos, es verdad, por la crisis completa en el momento en que tocaba, en 1877 o 1878; pero desde 1876 vivimos en un estado crónico de estancamiento en todas las ramas principales de la industria. Ni llega el crac completo, ni el periodo de la anhelada prosperidad a la que solíamos tener derecho antes y después de él. Una depresión sorda, una saturación crónica de todos los mercados para todos los negocios: en eso vivimos desde hace casi diez años. ¿A qué se debe?

»La teoría del librecambio se basaba en un supuesto: que Inglaterra había de ser el único gran centro manufacturero de un mundo agrícola. Y el hecho es que este supuesto ha resultado ser una pura ilusión. Las condiciones de la industria moderna, la fuerza del vapor y la maquinaria, pueden establecerse dondequiera que haya combustible, sobre todo carbón. Y además de Inglaterra, otros países —Francia, Bélgica, Alemania, Norteamérica, incluso Rusia— tienen carbón. Y la gente de allí no vio la ventaja de convertirse en campesinos irlandeses en la indigencia solo para mayor riqueza y gloria de los capitalistas ingleses. Se pusieron resueltamente a fabricar, no solo para sí mismos, sino para el resto del mundo; y la consecuencia es que el monopolio manufacturero de que disfrutó Inglaterra durante casi un siglo está irremediablemente roto.

»Pero el monopolio manufacturero de Inglaterra es el eje del actual sistema social de Inglaterra. Incluso mientras duró ese monopolio, los mercados no podían seguir el ritmo de la creciente productividad de la industria inglesa; las crisis decenales eran la consecuencia. Y los mercados nuevos escasean cada día más, tanto que ahora se quiere imponer incluso a los negros del Congo28 la civilización que acompaña a las indianas de Manchester, la loza de Staffordshire y la quincalla de Birmingham. ¿Qué pasará cuando las mercancías continentales, y sobre todo las norteamericanas, afluyan en cantidades cada vez mayores, cuando la parte predominante que todavía tienen los fabricantes británicos se reduzca de año en año? ¡Responde, librecambio, tú, panacea universal!

»No soy el primero en señalarlo. Ya en 1883, en la reunión de la British Association29 en Southport, el señor Inglis Palgrave,30 presidente de la sección económica, dijo sin rodeos que “los días de los grandes beneficios comerciales en Inglaterra habían pasado, y que se había producido una pausa en el progreso de varias grandes ramas del trabajo industrial. Casi podría decirse que el país estaba entrando en el estado no progresivo”.

»Pero ¿cuál será la consecuencia? La producción capitalista no puede detenerse. Tiene que seguir creciendo y expandiéndose, o morir. Ya ahora la mera reducción de la parte del león de Inglaterra en el abastecimiento de los mercados del mundo significa estancamiento, miseria, exceso de capital aquí, exceso de trabajadores parados allá. ¿Qué será cuando el aumento de la producción anual se detenga por completo?

»Aquí está el punto vulnerable, el talón de Aquiles de la producción capitalista. Su base misma es la necesidad de una expansión constante, y esta expansión constante se vuelve ahora imposible. Termina en un callejón sin salida. Cada año que pasa Inglaterra se ve más cerca de la pregunta: o el país se hace pedazos, o se hace pedazos la producción capitalista. ¿Cuál de los dos ha de ser?

»¿Y la clase obrera? Si incluso con la expansión comercial e industrial sin precedentes de 1848 a 1868 tuvo que pasar por semejante miseria; si incluso entonces su gran mayoría experimentó, en el mejor de los casos, una mejora solo pasajera de su situación, mientras que solo una minoría pequeña, privilegiada, “protegida” se benefició de manera permanente, ¿qué ocurrirá cuando este periodo deslumbrante llegue definitivamente a su fin, cuando el triste estancamiento actual no solo se intensifique, sino que este estado intensificado se convierta en el estado permanente y normal del comercio inglés?

»La verdad es esta: durante el periodo del monopolio industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa ha participado hasta cierto punto de los beneficios del monopolio. Estos beneficios se repartieron entre ella de manera muy desigual; la minoría privilegiada se embolsó la mayor parte, pero incluso la gran masa tuvo por lo menos, de vez en cuando, una participación pasajera. Y esa es la razón por la que, desde la extinción del owenismo, no ha habido socialismo en Inglaterra. Con el hundimiento de ese monopolio, la clase obrera inglesa perderá esa posición privilegiada; se encontrará en general —sin exceptuar a la minoría privilegiada y dirigente— al mismo nivel que sus compañeros de trabajo del extranjero. Y esa es la razón por la que volverá a haber socialismo en Inglaterra.»

A esta exposición del asunto, tal como se me presentaba en 1885, tengo poco que añadir. No hace falta decir que hoy hay en verdad «socialismo de nuevo en Inglaterra», y en abundancia: socialismo de todos los matices; socialismo consciente e inconsciente, socialismo en prosa y en verso, socialismo de la clase obrera y de la clase media, porque, en verdad, esa abominación de las abominaciones, el socialismo, no solo se ha vuelto respetable, sino que se ha puesto incluso traje de etiqueta y se arrellana perezosamente en los causeuses31 de los salones. Esto muestra la incurable volubilidad de ese terrible déspota de la «buena sociedad», la opinión pública de la clase media, y justifica una vez más el desprecio que los socialistas de una generación pasada sentimos siempre por esa opinión pública. Por lo demás, no tenemos motivo para quejarnos del síntoma mismo.

Lo que considero mucho más importante que esta moda momentánea de los círculos burgueses de afectar un socialismo tibiamente diluido, e incluso más que el progreso real que el socialismo ha hecho en Inglaterra en general, es el despertar del East End de Londres. Esa inmensa guarida de la miseria ya no es la charca estancada que era hace seis años. Se ha sacudido su desesperación entumecida, ha vuelto a la vida y se ha convertido en la cuna de lo que se llama el «nuevo sindicalismo» (New Unionism), es decir, de la organización de la gran masa de los obreros «no cualificados».32 Esta organización puede adoptar en gran medida la forma de las antiguas uniones de obreros «cualificados», pero es esencialmente distinta por su carácter. Las antiguas uniones conservan las tradiciones de la época en que se fundaron y consideran el sistema del salario como un hecho establecido de una vez para siempre, definitivo, que a lo sumo pueden modificar en interés de sus miembros. Las nuevas uniones se fundaron en un momento en que la fe en la eternidad del sistema del salario estaba seriamente quebrantada; sus fundadores y promotores eran socialistas, por convicción consciente o por sentimiento; las masas, cuya adhesión les dio fuerza, eran toscas, abandonadas, despreciadas por la aristocracia de la clase obrera; pero tenían esta inmensa ventaja: sus mentes eran tierra virgen, enteramente libre de los prejuicios burgueses «respetables» heredados que estorbaban los cerebros de los unionistas «viejos», mejor situados. Y así vemos ahora a estas nuevas uniones tomar la dirección del movimiento obrero en general y llevar cada vez más a remolque a las ricas y orgullosas uniones «viejas».

Sin duda, los del East End han cometido errores colosales; también los cometieron sus predecesores, y los cometen los socialistas doctrinarios que los miran por encima del hombro. Una gran clase, como una gran nación, nunca aprende mejor ni más deprisa que sufriendo las consecuencias de sus propios errores. Y a pesar de todas las faltas cometidas en el pasado, en el presente y en el futuro, el despertar del East End de Londres sigue siendo uno de los hechos más grandes y fecundos de este fin de siècle, y estoy contento y orgulloso de haber vivido para verlo.

Prólogo de Engels a la segunda edición alemana de 1892

Escrito por Friedrich Engels en Londres el 21 de julio de 1892. Publicado en Die Lage der arbeitenden Klasse in England (segunda edición revisada, Stuttgart, Dietz, 1892). Traducido de MEW, tomo 22.

El libro que con esto se pone de nuevo al alcance del público alemán apareció por primera vez en el verano de 1845. Para bien y para mal, lleva el sello de la juventud de su autor. Yo tenía entonces veinticuatro años; hoy tengo tres veces esa edad, y al releer este trabajo de juventud encuentro que no tengo en absoluto por qué avergonzarme de él. No pienso, pues, borrar de ningún modo ese sello de trabajo de juventud. Lo vuelvo a presentar al lector sin cambios. Solo he precisado algunos pasajes no del todo claros y he añadido aquí y allá alguna nota breve nueva, señalada con la fecha (1892).

De las vicisitudes de este libro solo mencionaré que en 1887 apareció en Nueva York en traducción inglesa (de la señora Florence Kelley-Wischnewetzky) y que esta traducción se reeditó en 1892 en Londres, en la casa Swan Sonnenschein & Co. El prólogo a la edición norteamericana sirve de base al de la inglesa, y este a su vez al presente prólogo alemán. La gran industria moderna nivela hasta tal punto las condiciones económicas de todos los países de que se apodera que apenas tengo que decir al lector alemán otra cosa que al norteamericano y al inglés.

El estado de cosas descrito en este libro pertenece hoy en su mayor parte —al menos en lo que a Inglaterra se refiere— al pasado. Aunque no figure expresamente en los manuales reconocidos, es una ley de la economía política moderna que cuanto más se desarrolla la producción capitalista, menos puede subsistir con las pequeñas prácticas de estafa y de trampa que caracterizan sus primeras fases. Las mezquinas astucias del judío polaco, representante del comercio europeo en su grado más bajo, esas mismas mañas que tan excelentes servicios le prestan en su tierra y que allí se emplean en general, le dejan en la estacada en cuanto llega a Hamburgo o a Berlín. Asimismo, el comisionista, judío o cristiano, que llegaba de Berlín o de Hamburgo a la Bolsa de Manchester descubría, al menos hasta no hace mucho, esto: si quería comprar barato hilo o tejido, tenía que deshacerse ante todo de aquellas maniobras y artimañas, apenas un poco más refinadas, pero todavía lamentables, que en su tierra pasaban por el colmo de la sagacidad comercial. Es verdad que, según se dice, con el progreso de la gran industria muchas cosas han cambiado también en Alemania, y que sobre todo desde el Jena industrial de Filadelfia33 ha caído en descrédito incluso el viejo principio del honrado alemán: ¡a la gente solo puede agradarle que primero le mandemos buenas muestras y después mala mercancía! Y en efecto, esas artimañas y mañas ya no rinden en un gran mercado, donde el tiempo es dinero y donde se desarrolla cierto nivel de moralidad comercial, no por exaltación virtuosa, sino sencillamente para no perder tiempo y trabajo inútilmente. Y exactamente lo mismo ha pasado en Inglaterra en la relación del fabricante con sus obreros.

La reanimación de los negocios tras la crisis de 1847 fue el comienzo de una nueva época industrial. La abolición de las leyes de cereales y las demás reformas financieras que de ella se siguieron necesariamente dieron a la industria y al comercio de Inglaterra todo el margen de maniobra que deseaban. Inmediatamente después vino el descubrimiento de los yacimientos de oro de California y de Australia. Los mercados coloniales desarrollaron en medida creciente su capacidad de absorber productos industriales ingleses. El telar mecánico de Lancashire hizo desaparecer de una vez por todas a millones de tejedores a mano de la India. China se fue abriendo cada vez más. Pero sobre todo se desarrolló Norteamérica con una rapidez inaudita incluso para este país del progreso gigantesco; y Norteamérica, no lo olvidemos, era entonces solo un mercado colonial, el más grande de todos, es decir, un país que suministraba productos brutos y se procuraba los productos industriales fuera, en este caso en Inglaterra.

Pero a todo esto se añadió que los nuevos medios de comunicación introducidos al final del periodo anterior —ferrocarriles y vapores transoceánicos— se realizaron ahora a escala internacional, y con ello establecieron de hecho lo que hasta entonces solo existía en germen: el mercado mundial. Este mercado mundial se componía entonces todavía de una serie de países principal o exclusivamente agrícolas agrupados en torno a un gran centro industrial: Inglaterra. Inglaterra consumía la mayor parte de sus productos brutos excedentes y los abastecía a cambio de la mayor parte de los productos industriales que necesitaban. No es de extrañar, pues, que el progreso industrial de Inglaterra fuera colosal e inaudito, tanto que la situación de 1844 nos parece hoy relativamente insignificante y casi primitiva.

Pero en la misma medida en que se producía este progreso, en esa misma medida la gran industria se volvía también moral, según las apariencias externas. La competencia de fabricante contra fabricante por medio de pequeños hurtos a los obreros ya no rendía. El negocio había dejado atrás esos miserables medios de ganar dinero; el fabricante millonario tenía cosas mejores que hacer que perder el tiempo con semejantes triquiñuelas mezquinas. Eso, a lo sumo, era bueno para gente pequeña, necesitada de dinero, que tenía que atrapar cada céntimo si no quería sucumbir a la competencia. Así desapareció el truck system de los distritos fabriles; se aprobaron el proyecto de ley de las diez horas y toda una serie de reformas menores, cosas todas que daban de lleno en la cara al espíritu del librecambio y de la competencia desenfrenada, pero que hacían aún más superior la competencia del capitalista gigante frente a sus colegas de negocio menos favorecidos.

Hay más. Cuanto mayor era una instalación industrial, cuanto más numerosos sus obreros, tanto mayores eran el perjuicio y el disgusto comercial con cada conflicto con los obreros. Por eso con el tiempo se apoderó de los fabricantes, sobre todo de los más grandes, un nuevo espíritu. Aprendieron a evitar las disputas innecesarias, a avenirse con la existencia y el poder de las trade unions y, por último, incluso a descubrir en las huelgas —con tal de que se iniciaran en el momento oportuno— un medio eficaz para realizar sus propios fines. Así ocurrió que los fabricantes más grandes, antes los caudillos de la lucha contra la clase obrera, eran ahora los primeros en llamar a la paz y a la armonía. Y por muy buenas razones.

Todas estas concesiones a la justicia y al amor al prójimo no eran en realidad más que medios para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos y para aplastar a los competidores más pequeños, que no podían vivir sin esas ganancias extraordinarias. En manos de estos pocos, las pequeñas exacciones accesorias de años anteriores no solo habían perdido toda importancia, sino que ahora estorbaban directamente al negocio en gran escala. Y así el desarrollo de la producción capitalista ha bastado por sí solo, al menos en las ramas industriales principales —porque en las menos importantes no ocurre ni mucho menos—, para eliminar todos aquellos agravios menores que en años anteriores empeoraban la suerte del obrero, y así pasa cada vez más a primer plano el gran hecho fundamental de que la causa de la miseria de la clase obrera no hay que buscarla en aquellos males menores, sino en el propio sistema capitalista. El obrero vende al capitalista su fuerza de trabajo por una determinada suma diaria. Al cabo de unas pocas horas de trabajo ha reproducido el valor de esa suma. Pero su contrato de trabajo dice que ahora tiene que seguir bregando otra serie de horas para completar su jornada. Ahora bien, el valor que produce en estas horas adicionales de plustrabajo es plusvalía, que no le cuesta nada al capitalista, pero que va a parar a su bolsillo. Esta es la base del sistema que divide cada vez más a la sociedad civilizada, por un lado, en unos pocos Rothschild y Vanderbilt, dueños de todos los medios de producción y de subsistencia, y, por otro, en una masa inmensa de asalariados, dueños de nada más que su fuerza de trabajo. Y que este resultado no se debe a este o aquel agravio secundario, sino únicamente al sistema mismo, es un hecho que el desarrollo del capitalismo en Inglaterra ha puesto hoy a la luz más cruda.

Hay más. Las repetidas visitas del cólera, el tifus, la viruela y otras epidemias le han metido en la cabeza al burgués británico la urgente necesidad de sanear sus ciudades si no quiere caer víctima de estas plagas con su familia. En consecuencia, los abusos más clamorosos descritos en este libro se han eliminado hoy, o al menos se han hecho menos visibles. Se ha introducido o mejorado el alcantarillado; se han abierto amplias calles a través de muchos de los peores entre los «barrios malos». La «Pequeña Irlanda» ha desaparecido; los «Seven Dials» serán los próximos. Pero ¿qué significa eso? Barrios enteros que en 1844 todavía podía describir como casi idílicos han caído ahora, con el crecimiento de las ciudades, en el mismo estado de ruina, de inhabitabilidad y de miseria. Es verdad que ya no se toleran los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha hecho nuevos progresos en el arte de ocultar la desgracia de la clase obrera. Pero que en lo que toca a las viviendas obreras no se ha producido ningún progreso sustancial lo demuestra de sobra el informe de la comisión real on the Housing of the Poor («sobre la vivienda de los pobres»), de 1885. Y lo mismo en todo lo demás. Los reglamentos de policía se han hecho tan frecuentes como las moras; pero solo pueden cercar la miseria de los obreros, no pueden suprimirla.

Pero mientras Inglaterra ha superado la fase juvenil de la explotación capitalista que yo describí, otros países acaban de llegar a ella. Francia, Alemania y sobre todo Norteamérica son los rivales amenazadores que, como yo preví en 1844, van rompiendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Su industria es joven comparada con la inglesa, pero crece a una velocidad mucho mayor que esta, y hoy ha llegado más o menos a la misma fase de desarrollo en que estaba la inglesa en 1844. Respecto de Norteamérica, el paralelismo es especialmente llamativo. Es verdad que las circunstancias externas de la clase obrera norteamericana son muy distintas, pero actúan las mismas leyes económicas, y los resultados, aunque no sean idénticos en todos los aspectos, tienen que ser del mismo orden. Por eso encontramos en Norteamérica las mismas luchas por una jornada más corta, fijada por ley, sobre todo para las mujeres y los niños en las fábricas; encontramos el truck system en plena floración y el sistema de los cottages, en las zonas rurales, explotado por los bosses, los capitalistas y sus representantes, como medio de dominar a los obreros. Cuando en 1886 recibí los periódicos norteamericanos con las noticias de la gran huelga de los mineros de Pensilvania en el distrito de Connellsville, me pareció estar leyendo mi propia descripción de la huelga de los mineros del carbón del norte de Inglaterra en 1844. La misma estafa a los obreros con medidas falsas; el mismo truck system; el mismo intento de quebrar la resistencia de los mineros con el último y aplastante recurso del capitalista: el desahucio de los obreros de sus viviendas, que pertenecen a la administración de la mina.

Ni aquí ni en las ediciones inglesas he intentado adaptar el libro al estado actual de las cosas, es decir, enumerar en detalle los cambios producidos desde 1844. Y ello por dos razones. En primer lugar, habría tenido que duplicar el volumen del libro. Y en segundo lugar, el primer tomo de El capital de Marx da una exposición detallada de la situación de la clase obrera británica para la época de hacia 1865, es decir, el momento en que la prosperidad industrial británica alcanzó su punto culminante. Habría tenido, pues, que repetir lo dicho por Marx.

No hará falta advertir que el punto de vista teórico general de este libro —en lo filosófico, lo económico y lo político— dista mucho de coincidir exactamente con mi punto de vista actual. En 1844 todavía no existía el socialismo internacional moderno, que desde entonces, sobre todo y casi exclusivamente gracias a los trabajos de Marx, se ha desarrollado como ciencia. Mi libro representa solo una de las fases de su desarrollo embrionario. Y así como el embrión humano, en sus primeras fases de desarrollo, sigue reproduciendo los arcos branquiales de nuestros antepasados los peces, así este libro delata por todas partes las huellas de la descendencia del socialismo moderno de uno de sus antepasados: la filosofía clásica alemana. Así, se insiste mucho —sobre todo al final— en la afirmación de que el comunismo no es una mera doctrina de partido de la clase obrera, sino una teoría cuya meta final es la liberación de toda la sociedad, incluidos los capitalistas, de las estrechas condiciones actuales. Esto es exacto en sentido abstracto, pero en la práctica casi siempre peor que inútil. Mientras las clases poseedoras no solo no sientan ninguna necesidad de liberación, sino que además se opongan con todas sus fuerzas a la autoliberación de la clase obrera, la clase obrera se verá obligada, quiérase o no, a iniciar y llevar a cabo sola la transformación social. También los burgueses franceses de 1789 declaraban que la liberación de la burguesía era la emancipación de todo el género humano; pero la nobleza y el clero no querían entenderlo; la afirmación —aunque entonces, en lo que respecta al feudalismo, fuera una verdad histórica abstracta e innegable— degeneró pronto en pura palabrería sentimental y se esfumó por completo en el fuego de la lucha revolucionaria. Hoy tampoco falta gente que, desde la imparcialidad de su punto de vista superior, predica a los obreros un socialismo elevado por encima de todos los antagonismos y luchas de clase. Pero son o novatos que todavía tienen muchísimo que aprender, o los peores enemigos de los obreros: lobos con piel de oveja.

En el texto se da como periodo del ciclo de las grandes crisis industriales el de cinco años. Esta era la determinación del plazo que parecía desprenderse de la marcha de los acontecimientos de 1825 a 1842. Pero la historia de la industria de 1842 a 1868 ha demostrado que el periodo real es de diez años, que las crisis intermedias eran de naturaleza secundaria y han ido desapareciendo cada vez más desde 1842. Desde 1868 la situación ha vuelto a cambiar; de ello hablaremos más abajo.

No se me ha ocurrido suprimir del texto las muchas profecías, y menos que ninguna la de una revolución social inminente en Inglaterra, tal como me la inspiraba entonces mi ardor juvenil. No tengo motivo para presentar mi trabajo y a mí mismo mejores de lo que éramos entonces los dos. Lo asombroso no es que tantas de estas profecías fallaran, sino que tantas se cumplieran, y que la situación crítica de la industria inglesa a consecuencia de la competencia continental, y sobre todo norteamericana, que yo preveía entonces para un futuro desde luego demasiado próximo, se haya producido efectivamente desde entonces. En este punto estoy obligado a poner el libro de acuerdo con el estado actual de las cosas. Lo hago reproduciendo aquí un artículo que apareció en inglés en el Commonweal de Londres del 1 de marzo de 1885 y en alemán en Die Neue Zeit34 de junio del mismo año (cuaderno 6).

«Hace cuarenta años, Inglaterra estaba ante una crisis que, según todas las apariencias, solo la fuerza estaba llamada a resolver. El inmenso y rápido desarrollo de la industria había dejado muy atrás la expansión de los mercados exteriores y el aumento de la demanda. Cada diez años la marcha de la producción se interrumpía violentamente por una crisis comercial general, a la que seguían, tras un largo periodo de languidez crónica, unos pocos y breves años de prosperidad, para terminar siempre de nuevo en una superproducción febril y, finalmente, en un nuevo hundimiento. La clase capitalista exigía a gritos el librecambio del grano y amenazaba con imponerlo devolviendo a la población hambrienta de las ciudades a los distritos rurales de donde había venido; pero, como decía John Bright, “no como necesitados que mendigan pan, sino como un ejército que se acuartela en territorio enemigo”. Las masas obreras de las ciudades exigían su parte del poder político, la Carta del Pueblo; las apoyaba la mayoría de los pequeños burgueses, y la única diferencia entre ambos era si la Carta había de imponerse por la violencia o por la vía legal. Entonces llegaron la crisis comercial de 1847 y la hambruna irlandesa, y con ambas la perspectiva de la revolución.

»La revolución francesa de 1848 salvó a la burguesía inglesa. Las proclamas socialistas de los obreros franceses victoriosos asustaron a la pequeña burguesía inglesa y desorganizaron el movimiento de los obreros ingleses, que se desarrollaba dentro de límites más estrechos, pero más inmediatamente prácticos. En el momento mismo en que el cartismo debía desplegar toda su fuerza, se derrumbó por dentro, ya antes de derrumbarse por fuera el 10 de abril. La actividad política de la clase obrera quedó relegada a segundo plano. La clase capitalista había vencido en toda la línea.

»La reforma parlamentaria de 1831 fue la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia terrateniente. La abolición de los aranceles del grano fue la victoria de los capitalistas industriales no solo sobre la gran propiedad de la tierra, sino también sobre las fracciones de capitalistas cuyos intereses eran más o menos idénticos a los de la propiedad de la tierra o estaban ligados a ellos: banqueros, bolsistas, rentistas, etc. Librecambio significaba la transformación de toda la política financiera y comercial, interior y exterior, de Inglaterra de acuerdo con los intereses de los capitalistas industriales, la clase que ahora representaba a la nación. Y esta clase puso seriamente manos a la obra. Se eliminó sin piedad todo obstáculo a la producción industrial. Se trastocaron de arriba abajo el arancel y todo el sistema de impuestos. Todo se subordinó a un único fin, pero a un fin de la mayor importancia para el capitalista industrial: el abaratamiento de todas las materias primas y, en especial, de todos los medios de vida de la clase obrera; la reducción del coste de las materias primas35 y la contención, si no todavía la rebaja, del salario. Inglaterra había de convertirse en “el taller del mundo”; todos los demás países habían de ser para Inglaterra lo que ya era Irlanda: mercados para sus productos industriales, fuentes de sus materias primas y de sus alimentos. Inglaterra, el gran centro industrial de un mundo agrícola, con un número cada vez mayor de satélites productores de grano y de algodón girando en torno al sol industrial. ¡Qué espléndida perspectiva!

»Los capitalistas industriales emprendieron la realización de este gran objetivo suyo con el vigoroso y sano sentido común y el desprecio por los principios tradicionales que siempre los han distinguido de sus competidores, más filisteos, del continente. El cartismo se estaba extinguiendo. La vuelta de la prosperidad de los negocios, natural y casi obvia una vez agotado el crac de 1847, se apuntó exclusivamente en la cuenta del librecambio. A consecuencia de ambas circunstancias, la clase obrera inglesa se había convertido políticamente en la cola del “gran Partido Liberal”, el partido dirigido por los fabricantes. Había que perpetuar esta ventaja una vez ganada. Y por la violenta oposición de los cartistas, no al librecambio, sino a la transformación del librecambio en la única cuestión vital de la nación, los fabricantes habían comprendido, y comprendían cada día más, que la burguesía nunca puede conquistar el pleno dominio social y político sobre la nación si no es con ayuda de la clase obrera. Así cambió poco a poco la actitud recíproca de ambas clases. Las leyes fabriles, antes el coco de todos los fabricantes, no solo las cumplían ahora de buen grado, sino que se extendieron más o menos a toda la industria. Las trade unions, que poco antes todavía tenían fama de obra del diablo, eran ahora halagadas y protegidas por los fabricantes como instituciones del todo legítimas y como medio útil para difundir sanas doctrinas económicas entre los obreros. Incluso las huelgas, que antes de 1848 habían sido proscritas, resultaban ahora muy útiles en ocasiones, sobre todo cuando los señores fabricantes las habían provocado ellos mismos en el momento oportuno. De las leyes que habían despojado al obrero de la igualdad de derechos frente a su patrono se abolieron al menos las más indignantes. Y la Carta del Pueblo, antes tan temible, se convirtió en lo esencial en el programa político de los mismos fabricantes que se le habían opuesto hasta el último momento. La abolición del censo para ser elegible y el voto secreto se han implantado por ley. Las reformas parlamentarias de 1867 y 1884 se acercan ya mucho al sufragio universal, al menos tal como existe ahora en Alemania; el proyecto de distritos electorales que el Parlamento está debatiendo ahora crea distritos electorales iguales, en conjunto por lo menos no más desiguales que los de Francia o Alemania. Las dietas y una duración más corta del mandato, aunque no precisamente parlamentos elegidos cada año, se vislumbran como conquistas indudables del futuro próximo; y todavía dicen algunos que el cartismo ha muerto.

»La revolución de 1848, como muchas de sus predecesoras, ha tenido destinos extraños. Los mismos que la aplastaron se han convertido, como solía decir Karl Marx, en sus albaceas testamentarios. Luis Napoleón se vio obligado a crear una Italia unida e independiente; Bismarck se vio obligado a revolucionar Alemania a su manera y a devolver a Hungría cierta independencia, y los fabricantes ingleses no tienen nada mejor que hacer que dar fuerza de ley a la Carta del Pueblo.

»Los efectos de este dominio de los capitalistas industriales fueron al principio asombrosos para Inglaterra. El negocio se reanimó y se extendió en un grado inaudito incluso en esta cuna de la industria moderna. Todas las grandiosas creaciones anteriores del vapor y de la maquinaria quedaron en nada comparadas con el gigantesco auge de la producción en los veinte años de 1850 a 1870, con las cifras abrumadoras de la exportación y de la importación, de la riqueza que se acumulaba en manos de los capitalistas y de la fuerza de trabajo humana que se concentraba en ciudades gigantescas. El progreso se vio interrumpido, desde luego, como antes, por el retorno de una crisis cada diez años, en 1857 lo mismo que en 1866; pero estos reveses se consideraban ahora acontecimientos naturales e inevitables, por los que no hay más remedio que pasar y que al final vuelven también a su cauce.

»¿Y la situación de la clase obrera durante este periodo? Hubo mejoras pasajeras, incluso para la gran masa. Pero esta mejora volvía a quedar reducida una y otra vez al antiguo nivel por la afluencia de la gran masa de la reserva desocupada, por el continuo desplazamiento de obreros por maquinaria nueva y por la inmigración de los trabajadores agrícolas, también ellos cada vez más desplazados ahora por las máquinas.

»Solo se encuentra una elevación duradera en dos sectores protegidos de la clase obrera. El primero de ellos son los obreros fabriles. La fijación legal en su favor de una jornada normal al menos relativamente racional ha restablecido relativamente su constitución física y les ha dado una superioridad moral, reforzada todavía por su concentración local. Su situación es sin duda mejor que antes de 1848. La mejor prueba es que, de cada diez huelgas que hacen, nueve las provocan los propios fabricantes en su propio interés, como único medio de restringir la producción. Nunca conseguiréis que los fabricantes se pongan todos de acuerdo para trabajar jornada reducida, por invendibles que sean sus productos. Pero haced que los obreros vayan a la huelga, y los capitalistas cierran sus fábricas hasta el último.

»En segundo lugar, las grandes trade unions. Son las organizaciones de las ramas de trabajo en las que solo puede emplearse, o al menos predomina, el trabajo de hombres adultos. Aquí ni la competencia del trabajo de las mujeres y los niños ni la de la maquinaria han sido capaces hasta ahora de quebrar su fuerza organizada. Los ajustadores mecánicos, los carpinteros y ebanistas, los obreros de la construcción son cada uno por su lado una potencia, hasta tal punto que pueden incluso, como hacen los obreros de la construcción, resistir con éxito la introducción de la maquinaria. Su situación ha mejorado sin duda notablemente desde 1848; la mejor prueba de ello es que desde hace más de quince años no solo sus patronos han estado muy contentos con ellos, sino también ellos con sus patronos. Forman una aristocracia dentro de la clase obrera; han logrado imponerse una situación relativamente cómoda, y aceptan esta situación como definitiva. Son los obreros modelo de los señores Leone Levi y Giffen (y también del honrado Lujo Brentano),36 y son en verdad gente muy agradable y tratable para cualquier capitalista sensato en particular y para la clase capitalista en general.

»Pero en cuanto a la gran masa de los obreros, el nivel de miseria y de inseguridad de su existencia es hoy para ellos tan bajo como siempre, si no más bajo. El East End de Londres es una ciénaga que se extiende sin cesar, de miseria estancada y de desesperación, de hambre cuando no hay trabajo, de degradación física y moral cuando lo hay. Y lo mismo en todas las demás grandes ciudades, con la sola excepción de la minoría privilegiada de los obreros; y lo mismo en las ciudades más pequeñas y en los distritos rurales. La ley que limita el valor de la fuerza de trabajo al precio de los medios de vida necesarios, y la otra ley que, por regla general, rebaja su precio medio al mínimo de esos medios de vida, estas dos leyes actúan sobre ellos con la fuerza irresistible de una máquina automática que los aplasta entre sus ruedas.

»Esta fue, pues, la situación creada por la política librecambista de 1847 y por veinte años de dominio de los capitalistas industriales. Pero entonces llegó un giro. A la crisis de 1866 siguió, en efecto, un breve y ligero auge de los negocios hacia 1873, pero no duró. Es verdad que en el momento en que tocaba, en 1877 o 1878, no pasamos por una crisis completa, pero desde 1876 vivimos en un estado crónico de estancamiento de todas las ramas industriales dominantes. No acaba de llegar ni el hundimiento completo ni el tiempo tan esperado de la prosperidad de los negocios, al que creíamos tener derecho tanto antes como después del crac. Una presión mortal, una saturación crónica de todos los mercados para todos los negocios: ese es el estado por el que pasamos desde hace casi diez años. ¿A qué se debe?

»La teoría del librecambio tenía por fundamento un único supuesto: que Inglaterra había de convertirse en el único gran centro industrial de un mundo agrícola, y los hechos han desmentido por completo este supuesto. Las condiciones de la industria moderna, la fuerza del vapor y la maquinaria, pueden crearse en todas partes donde haya combustible, sobre todo carbón, y además de Inglaterra hay otros países que tienen carbón: Francia, Bélgica, Alemania, Norteamérica, incluso Rusia. Y la gente de allí no era de la opinión de que le interesara convertirse en arrendatarios irlandeses famélicos solo para mayor gloria y riqueza de los capitalistas ingleses. Empezaron a fabricar, no solo para sí mismos, sino también para el resto del mundo, y la consecuencia es que el monopolio industrial que Inglaterra ha tenido durante casi un siglo está ahora irremediablemente roto.

»Pero el monopolio industrial de Inglaterra es el eje del sistema social inglés existente. Incluso mientras duró este monopolio, los mercados no pudieron seguir el ritmo de la productividad creciente de la industria inglesa; las crisis decenales fueron la consecuencia. Y ahora los mercados nuevos escasean cada día más, tanto que se quiere imponer incluso a los negros del Congo la civilización que mana de las indianas de Manchester, la loza de Staffordshire y los artículos de metal de Birmingham. ¿Qué ocurrirá cuando las mercancías continentales, y sobre todo norteamericanas, afluyan en masa cada vez mayor, cuando la parte del león que todavía corresponde a las fábricas inglesas en el abastecimiento del mundo se encoja de año en año? ¡Responde, librecambio, tú, remedio universal!

»No soy el primero en señalarlo. Ya en 1883, en la reunión de la British Association en Southport, el señor Inglis Palgrave, presidente de la sección económica, dijo sin rodeos que

»“los días de los grandes beneficios comerciales en Inglaterra habían pasado y se había producido una pausa en el desarrollo de varias grandes ramas de la industria. Casi podría decirse que Inglaterra estaba a punto de pasar a un estado que ya no es de progreso”.

»Pero ¿cuál será el final de todo esto? La producción capitalista no puede estabilizarse; tiene que crecer y expandirse, o morir. Ya ahora, la mera reducción de la parte del león de Inglaterra en el abastecimiento del mercado mundial significa estancamiento, miseria, exceso de capital aquí, exceso de obreros desocupados allá. ¿Qué será cuando el aumento de la producción anual quede detenido del todo? Aquí está el vulnerable talón de Aquiles de la producción capitalista. Su condición de vida es la necesidad de una expansión continua, y esta expansión continua se vuelve ahora imposible. La producción capitalista desemboca en un callejón sin salida. Cada año pone a Inglaterra más cerca de la pregunta: o la nación se hace pedazos, o se hace pedazos la producción capitalista. ¿Cuál de las dos tiene que caer?

»¿Y la clase obrera? Si incluso con la expansión inaudita del comercio y de la industria de 1848 a 1868 tuvo que pasar por semejante miseria, si incluso entonces su gran masa experimentó, en el mejor de los casos, solo una mejora pasajera de su situación, mientras que solo una pequeña minoría privilegiada, protegida, obtuvo una ventaja duradera, ¿qué ocurrirá cuando este periodo deslumbrante llegue definitivamente a su fin, cuando el actual estancamiento opresivo no solo se agrave, sino que este estado agravado de presión mortífera se convierta en el estado duradero, normal, de la industria inglesa?

»La verdad es esta: mientras duró el monopolio industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa participó hasta cierto punto de las ventajas de este monopolio. Estas ventajas se repartieron entre ella de manera muy desigual; la minoría privilegiada se embolsó la mayor parte, pero incluso la gran masa tuvo por lo menos de vez en cuando, pasajeramente, su parte. Y esa es la razón por la que desde la extinción del owenismo no ha habido socialismo en Inglaterra. Con el hundimiento del monopolio, la clase obrera inglesa perderá esa posición privilegiada. Se verá un día, en general —sin exceptuar a la minoría privilegiada y dirigente—, llevada al mismo nivel que los obreros del extranjero. Y esa es la razón por la que volverá a haber socialismo en Inglaterra.»

Hasta aquí el artículo de 1885. En el prólogo inglés del 11 de enero de 1892 proseguía así:

«A esta descripción de la situación, tal como se me presentaba en 1885, tengo poco que añadir. No hace falta decir que hoy “vuelve a haber de verdad socialismo en Inglaterra”, y en masa: socialismo de todos los matices, socialismo consciente e inconsciente, socialismo en prosa y en verso, socialismo de la clase obrera y de la clase media. Porque, en verdad, esa abominación de las abominaciones, el socialismo, no solo se ha vuelto respetable, sino que se ha puesto ya traje de sociedad y gandulea indolente en los sofás de los salones. Esto demuestra una vez más de qué volubilidad incurable es aquel terrible déspota de la buena sociedad, la opinión pública de la clase media, y justifica una vez más el desprecio que los socialistas de una generación pasada sentimos siempre por esa opinión pública. Por lo demás, no tenemos motivo para quejarnos de este nuevo síntoma.

»Lo que considero mucho más importante que esta moda momentánea de los círculos burgueses de presumir con una disolución aguada de socialismo, e incluso más importante que el progreso que el socialismo ha hecho en Inglaterra en general, es el despertar del East End de Londres. Este inmenso campamento de la miseria ya no es la charca estancada que era todavía hace seis años. El East End se ha sacudido su rígida desesperación; ha vuelto a la vida y se ha convertido en la patria del “nuevo sindicalismo”, es decir, de la organización de la gran masa de los obreros “no cualificados”. Esta organización puede adoptar en algunos aspectos la forma de las antiguas uniones de obreros “cualificados”; pero es esencialmente distinta por su carácter. Las antiguas uniones conservan las tradiciones de la época en que se fundaron; consideran el sistema del salario como un hecho dado de una vez para siempre, definitivo, que en el mejor de los casos pueden suavizar un poco en interés de sus miembros. Las nuevas uniones, en cambio, se fundaron en una época en que la fe en la eternidad del sistema del salario estaba ya fuertemente quebrantada. Sus fundadores y promotores eran socialistas, conscientes o por sentimiento; las masas que acudían a ellas, y en las que reside su fuerza, eran toscas, abandonadas, miradas por encima del hombro por la aristocracia de la clase obrera. Pero tienen esta única e inmensa ventaja: sus mentes son todavía tierra virgen, del todo libre de los prejuicios burgueses, heredados y “respetables”, que confunden las cabezas de los unionistas “viejos”, mejor situados. Y así vemos ahora cómo estas nuevas uniones toman la dirección del movimiento obrero en general y llevan cada vez más a remolque a las ricas y orgullosas uniones “viejas”.

»Sin duda, la gente del East End ha cometido pifias colosales; pero también las cometieron sus predecesores, y todavía hoy las cometen los socialistas doctrinarios que les hacen ascos. Una gran clase, como una gran nación, nunca aprende más deprisa que con las consecuencias de sus propios errores. Y a pesar de todas las faltas posibles en el pasado, en el presente y en el futuro, el despertar del East End de Londres sigue siendo uno de los acontecimientos más grandes y fecundos de este fin de siècle, y estoy contento y orgulloso de haberlo vivido.»

Desde que escribí lo anterior, hace seis meses, el movimiento obrero inglés ha dado de nuevo un buen paso adelante. Las elecciones parlamentarias, que hemos dejado atrás hace unos días, han notificado en toda regla a los dos partidos oficiales, tanto a los conservadores como a los liberales, que en adelante los dos tendrán que contar con un tercer partido, el partido obrero. Este partido obrero está apenas en formación; sus elementos todavía están ocupados en sacudirse prejuicios heredados de toda clase —burgueses, del viejo sindicalismo, e incluso ya socialistas doctrinarios— para poder encontrarse por fin en el terreno que les es común a todos. Y, sin embargo, el instinto que los une era ya tan grande que produjo resultados electorales inauditos hasta ahora en Inglaterra. En Londres se presentan a la elección dos obreros, y además abiertamente como socialistas; los liberales no se atreven a oponerles uno de los suyos, y los dos socialistas salen elegidos con una mayoría abrumadora e inesperada.37 En Middlesbrough un candidato obrero se presenta contra un liberal y un conservador y sale elegido a pesar de ambos;38 en cambio, los nuevos candidatos obreros que habían concluido una alianza con los liberales fracasan sin remedio, con la excepción de uno solo. Entre los llamados representantes obreros que había hasta ahora, es decir, la gente a la que se le perdona su condición de obreros porque ellos mismos querrían ahogarla de buena gana en el océano de su liberalismo, el representante más importante del viejo sindicalismo, Henry Broadhurst,39 ha sufrido una derrota sonada porque se había declarado contra la jornada de ocho horas. En dos distritos de Glasgow, en uno de Salford y en varios otros más se presentaron candidatos obreros independientes contra candidatos de los dos viejos partidos; fueron derrotados, pero también lo fueron los candidatos liberales. En una palabra, en cierto número de distritos de las grandes ciudades y de los distritos industriales los obreros han roto decididamente toda relación con los dos viejos partidos y han obtenido así éxitos directos o indirectos como en ninguna elección anterior. Y la alegría que esto ha causado entre los obreros es indescriptible. Por primera vez han visto y sentido lo que pueden hacer cuando utilizan su derecho de voto en interés de su clase. La superstición del «gran Partido Liberal», que ha dominado a los obreros ingleses durante casi cuarenta años, está rota. Han visto con ejemplos contundentes que ellos, los obreros, son el poder decisivo en Inglaterra con solo que quieran y sepan lo que quieren; y las elecciones de 1892 han sido el comienzo de ese saber y de ese querer. Del resto se encargará el movimiento obrero continental; los alemanes y los franceses, que ya tienen una representación tan abundante en los parlamentos y en los consejos locales, mantendrán bastante viva, con nuevos éxitos, la emulación de los ingleses. Y si en un futuro ya no lejano resulta que este nuevo Parlamento no puede hacer nada con el señor Gladstone, ni el señor Gladstone con este Parlamento,40 el partido obrero inglés estará ya, sin duda, suficientemente constituido para poner fin en breve al juego de balancín de los dos viejos partidos, que se relevan uno a otro en el gobierno y que precisamente así perpetúan el dominio de la burguesía.

Londres, 21 de julio de 1892

F. Engels

La situación de la clase obrera en Inglaterra (1845)

Según observaciones propias y fuentes auténticas

A las clases trabajadoras de Gran Bretaña

¡Obreros!

Os dedico una obra en la que he intentado ofrecer a mis compatriotas alemanes un cuadro fiel de vuestras condiciones de vida, de vuestros sufrimientos y vuestras luchas, de vuestras esperanzas y perspectivas. He vivido entre vosotros el tiempo suficiente para saber algo de vuestras circunstancias; he dedicado a conocerlas mi atención más seria y he estudiado los diversos documentos oficiales y no oficiales que he podido conseguir. No me he contentado con eso: quería algo más que un conocimiento meramente abstracto de mi tema, quería veros en vuestras casas, observaros en vuestra vida diaria, charlar con vosotros de vuestra situación y vuestras quejas, ser testigo de vuestras luchas contra el poder social y político de vuestros opresores. Y así lo hice: renuncié a la compañía y a las cenas, al oporto y al champán de las clases medias, y dediqué mis horas libres casi exclusivamente al trato con simples obreros; y me alegro de haberlo hecho y me enorgullezco de ello. Me alegro, porque así me vi llevado a pasar muchas horas felices mientras aprendía a conocer las realidades de la vida, muchas horas que, de otro modo, se habrían perdido en charlas de sociedad y en una etiqueta tediosa; me enorgullezco, porque así tuve ocasión de hacer justicia a una clase de hombres oprimida y calumniada que, con todos sus defectos y con todas las desventajas de su situación, merece el respeto de cualquiera salvo de un mercachifle inglés; y me enorgullezco también porque así me hallé en condiciones de salvar al pueblo inglés del desprecio creciente que en el continente ha sido la consecuencia necesaria de la política brutalmente egoísta y de la conducta general de vuestra clase media dominante.

Como al mismo tiempo tuve ocasión sobrada de observar a las clases medias, vuestras adversarias, pronto llegué a la conclusión de que tenéis razón, toda la razón, al no esperar de ellas ningún apoyo. Su interés es diametralmente opuesto al vuestro, aunque siempre intentarán sostener lo contrario y haceros creer en su más cordial simpatía por vuestra suerte. Sus actos las desmienten. Espero haber reunido pruebas más que suficientes de que, digan lo que digan, las clases medias no se proponen en realidad otra cosa que enriquecerse con vuestro trabajo mientras puedan vender su producto, y abandonaros al hambre en cuanto ya no puedan sacar beneficio de este comercio indirecto de carne humana. ¿Qué han hecho para probar la buena voluntad que dicen teneros? ¿Han prestado alguna vez una atención seria a vuestras quejas? ¿Han hecho algo más que pagar los gastos de media docena de comisiones de investigación cuyos voluminosos informes están condenados a dormir eternamente entre montones de papel viejo en los estantes del Home Office?41 ¿Han llegado siquiera a compilar, a partir de esos libros azules42 que se pudren, un solo libro legible en el que cualquiera pudiera informarse con facilidad sobre la situación de la gran mayoría de los «británicos nacidos libres»? Desde luego que no: son cosas de las que no les gusta hablar, y han dejado a un extranjero la tarea de informar al mundo civilizado de la situación degradante en que tenéis que vivir.

Extranjero para ellos, no para vosotros, espero. Aunque mi inglés no sea puro, espero que lo encontraréis claro. Ningún obrero de Inglaterra (ni de Francia, dicho sea de paso) me ha tratado nunca como a un extranjero. Con el mayor placer he visto que estáis libres de esa maldición funesta, el prejuicio y el orgullo nacionales, que al fin y al cabo no son más que egoísmo al por mayor; he visto que simpatizáis con todo aquel que dedica seriamente sus fuerzas al progreso humano, sea inglés o no; que admiráis todo lo grande y bueno, haya crecido o no en vuestro suelo natal; he descubierto que sois algo más que simples ingleses, miembros de una nación aislada: he descubierto que sois hombres, miembros de la gran familia universal de la humanidad, que sabéis que vuestro interés y el de todo el género humano son el mismo. Y como tales, como miembros de esta familia de la humanidad «una e indivisible»,43 como seres humanos en el sentido más enfático de la palabra, como tales os saludamos yo y muchos otros en el continente por vuestros progresos en todos los terrenos y os deseamos un pronto éxito.

Seguid, pues, como hasta ahora. Mucho queda aún por soportar; sed firmes, no os acobardéis: vuestro éxito es seguro, y ninguno de los pasos que tengáis que dar en vuestra marcha hacia adelante se perderá para nuestra causa común, la causa de la humanidad.

Barmen (Prusia renana), 15 de marzo de 1845

Las páginas que siguen tratan de un asunto que al principio quise presentar solo como un capítulo de un trabajo más amplio sobre la historia social de Inglaterra, pero cuya importancia pronto me obligó a darle un tratamiento independiente.

La situación de la clase obrera es el terreno real y el punto de partida de todos los movimientos sociales de nuestro tiempo, porque es la cima más alta y más descarnada de la miseria social que hoy existe. El comunismo obrero francés y alemán es producto directo de ella; el fourierismo y el socialismo inglés, así como el comunismo de la burguesía culta alemana, lo son indirectamente. Para dar una base firme a las teorías socialistas, por un lado, y a los juicios sobre su legitimidad, por otro, y para acabar con todas las ensoñaciones y fantasías pro et contra, el conocimiento de las condiciones proletarias es, por tanto, una necesidad ineludible. Pero las condiciones proletarias solo existen en su forma clásica, en su perfección, en el Imperio británico, y en especial en Inglaterra propiamente dicha; y al mismo tiempo, solo en Inglaterra se ha reunido el material necesario, y lo han hecho constar investigaciones oficiales, con la amplitud que exige una exposición mínimamente completa del asunto.

Durante veintiún meses tuve ocasión de conocer de cerca al proletariado inglés, sus aspiraciones, sus penas y sus alegrías, por observación y trato personales, y a la vez de completar lo que vi con el uso de las fuentes auténticas necesarias. Lo que he visto, oído y leído está elaborado en este escrito. Estoy preparado para ver atacados desde muchos lados no solo mi punto de vista, sino también los hechos expuestos, sobre todo si mi libro llega a manos de ingleses; sé igualmente que aquí y allá podrán señalarme alguna inexactitud sin importancia, inevitable incluso para un inglés en un asunto tan vasto y con unos supuestos tan extensos, y que podrán hacerlo con tanta más facilidad cuanto que ni siquiera en Inglaterra existe todavía una sola obra que, como la mía, trate de todos los obreros; pero no vacilo un instante en desafiar a la burguesía inglesa a que me demuestre una inexactitud en un solo hecho que tenga alguna importancia para el punto de vista del conjunto, y a que lo demuestre con pruebas tan auténticas como las que yo he aducido.

Para Alemania en particular tiene gran importancia, y en el momento actual sobre todo, la exposición de las condiciones clásicas del proletariado en el Imperio británico. El socialismo y el comunismo alemanes han partido, más que ningún otro, de supuestos teóricos; los teóricos alemanes conocíamos aún demasiado poco del mundo real para que las condiciones reales nos empujaran directamente a reformar esta «mala realidad». De los defensores públicos de tales reformas, casi ninguno ha llegado al comunismo por otra vía que la disolución de la especulación hegeliana llevada a cabo por Feuerbach.44 Las verdaderas condiciones de vida del proletariado se conocen tan poco entre nosotros que incluso las bienintencionadas «Asociaciones para la elevación de las clases trabajadoras»,45 en las que nuestra burguesía maltrata ahora la cuestión social, parten continuamente de las opiniones más ridículas y disparatadas sobre la situación de los obreros. A nosotros, los alemanes, nos hace falta ante todo conocer los hechos en esta cuestión. Y aunque las condiciones proletarias de Alemania no hayan alcanzado el grado clásico de las inglesas, en el fondo tenemos el mismo orden social, que tarde o temprano tendrá que llegar al mismo extremo al que ya ha llegado al otro lado del mar del Norte, a menos que la sensatez de la nación adopte a tiempo medidas que den una base nueva a todo el sistema social. Las mismas causas fundamentales que han producido en Inglaterra la miseria y la opresión del proletariado existen también en Alemania y a la larga tienen que producir los mismos resultados. Entretanto, la miseria inglesa, una vez comprobada, nos dará ocasión de comprobar también nuestra miseria alemana y una medida con que calcular su extensión y la magnitud del peligro (puesto de manifiesto en los disturbios de Silesia y de Bohemia)46 que por este lado amenaza la tranquilidad inmediata de Alemania.

Por último, tengo que hacer dos observaciones. Primera: que he empleado siempre la expresión clase media en el sentido del inglés middle-class (o, como se dice casi siempre, middle-classes), que, igual que el francés bourgeoisie, designa la clase poseedora, en especial la clase poseedora distinta de la llamada aristocracia: la clase que en Francia y en Inglaterra está directamente en posesión del poder del Estado, y en Alemania indirectamente, como «opinión pública». Del mismo modo, he usado siempre como equivalentes las expresiones obreros (working men) y proletarios, clase obrera, clase desposeída y proletariado. Segunda: que en la mayoría de las citas he indicado el partido de mis informantes, porque casi siempre los liberales tratan de destacar la miseria de los distritos agrícolas y de negar la de los distritos fabriles, mientras que, a la inversa, los conservadores reconocen la penuria de los distritos fabriles pero no quieren saber nada de la de las comarcas agrícolas. Por esa razón, a falta de documentos oficiales, en la descripción de los obreros industriales he preferido siempre un testimonio liberal, para batir a la burguesía liberal con sus propias palabras, y en general solo he recurrido a tories o a cartistas cuando conocía por observación propia la exactitud de lo dicho o cuando el carácter personal o literario de mis autoridades me permitía estar convencido de la verdad de su testimonio.

Barmen, 15 de marzo de 1845
F. Engels

Introducción

La historia de la clase obrera en Inglaterra comienza en la segunda mitad del siglo pasado, con la invención de la máquina de vapor y de las máquinas para trabajar el algodón. Estos inventos dieron, como es sabido, el impulso a una revolución industrial, una revolución que transformó al mismo tiempo toda la sociedad burguesa y cuya importancia para la historia universal solo ahora empieza a reconocerse. Inglaterra es el terreno clásico de esta transformación, que fue tanto más poderosa cuanto más silenciosa fue su marcha, y por eso Inglaterra es también el país clásico para el desarrollo de su resultado principal, el proletariado. Solo en Inglaterra puede estudiarse el proletariado en todas sus relaciones y en todos sus aspectos.

No nos ocupamos aquí, por el momento, de la historia de esta revolución ni de su enorme importancia para el presente y el futuro. Esa exposición ha de quedar reservada para un trabajo futuro y más amplio.47 De momento tenemos que limitarnos a lo poco que es necesario para entender los hechos que siguen, para entender la situación actual de los proletarios ingleses.

Antes de la introducción de las máquinas, el hilado y el tejido de las materias primas se hacían en casa del obrero. La mujer y las hijas hilaban el hilo, que el hombre tejía o que ellas vendían si el padre de familia no lo trabajaba él mismo. Estas familias de tejedores vivían casi siempre en el campo, cerca de las ciudades, y podían arreglarse bastante bien con su salario, porque el mercado interior era todavía el decisivo para la demanda de tejidos, casi el único mercado, y el poder abrumador de la competencia, que irrumpió más tarde con la conquista de mercados extranjeros y la expansión del comercio, aún no pesaba sensiblemente sobre el salario. A esto se sumaba un aumento constante de la demanda en el mercado interior, que iba al paso del lento crecimiento de la población y daba ocupación a todos los obreros, y además la imposibilidad de una competencia violenta de los obreros entre sí, que nacía del aislamiento rural de sus viviendas. Así ocurría que el tejedor solía estar en condiciones de ahorrar algo y de arrendar una pequeña parcela, que cultivaba en sus ratos libres, y tenía tantos como quería, porque podía tejer cuando y cuanto le apeteciera. Es verdad que era un mal campesino y llevaba su labranza con descuido y sin mucho rendimiento real; pero al menos no era un proletario: había clavado, como dicen los ingleses, una estaca en el suelo de su patria, estaba asentado y ocupaba en la sociedad un peldaño más alto que el obrero inglés de hoy.

De este modo los obreros vegetaban en una existencia del todo cómoda y llevaban una vida honrada y apacible, en toda piedad y honestidad; su situación material era mucho mejor que la de sus sucesores; no necesitaban matarse a trabajar, no hacían más de lo que les apetecía y aun así ganaban lo que necesitaban; tenían tiempo libre para un trabajo sano en su huerto o en su campo, un trabajo que ya era para ellos un descanso, y podían además tomar parte en los recreos y juegos de sus vecinos; y todos estos juegos, los bolos, la pelota, etc., contribuían a conservar la salud y a fortalecer el cuerpo. Eran en su mayoría gente fuerte y bien formada, en cuya constitución física apenas se notaba diferencia, o ninguna, con sus vecinos campesinos. Sus hijos crecían al aire libre del campo, y si alguna vez podían ayudar a sus padres en el trabajo, esto ocurría solo de cuando en cuando, y de una jornada diaria de ocho o doce horas no se hablaba siquiera.

Cuál era el carácter moral e intelectual de esta clase puede adivinarse. Apartados de las ciudades, en las que nunca entraban porque el hilo y el tejido se entregaban a agentes ambulantes a cambio del pago del salario; tan apartados que había viejos que vivían muy cerca de una ciudad y nunca iban a ella, hasta que al fin las máquinas les quitaron su sustento y los obligaron a buscar trabajo en las ciudades, se encontraban en el nivel moral e intelectual de la gente del campo, con la que, por lo demás, casi siempre estaban unidos directamente por su pequeño arriendo. Consideraban a su squire (el mayor terrateniente de la comarca) como su superior natural, le pedían consejo, le sometían sus pequeñas disputas para que las resolviera y le rendían todos los honores que traía consigo esta relación patriarcal. Eran gente «respetable» y buenos padres de familia, vivían moralmente porque no tenían ocasión de vivir de otro modo, ya que no había tabernas ni casas de mala nota en sus cercanías, y porque el posadero en cuya casa apagaban de vez en cuando la sed era también un hombre respetable, por lo general un gran arrendatario, que se preciaba de tener buena cerveza, buen orden y cerrar temprano. Tenían a sus hijos todo el día en casa, consigo, y los educaban en la obediencia y el temor de Dios; la relación patriarcal de la familia se mantenía intacta mientras los hijos no se casaban; los jóvenes crecían en idílica sencillez y confianza con sus compañeros de juego hasta que se casaban, y aunque el trato sexual antes del matrimonio era casi general, solo se daba cuando ambas partes reconocían la obligación moral de casarse, y la boda posterior lo arreglaba todo. En resumen, los obreros industriales ingleses de entonces vivían y pensaban del mismo modo que aún se encuentra aquí y allá en Alemania: aislados y retirados, sin actividad intelectual y sin oscilaciones violentas en sus condiciones de vida. Rara vez sabían leer, y menos aún escribir; iban regularmente a la iglesia, no hacían política, no conspiraban, no pensaban, se divertían con ejercicios físicos, escuchaban la lectura de la Biblia con una devoción heredada y, en su humildad sin pretensiones, se llevaban de maravilla con las clases más distinguidas de la sociedad. Pero a cambio estaban intelectualmente muertos, vivían solo para sus mezquinos intereses privados, para su telar y su huertecillo, y no sabían nada del poderoso movimiento que agitaba fuera a la humanidad. Se sentían a gusto en su tranquila vida vegetativa, y sin la revolución industrial nunca habrían salido de esa existencia, muy romántica y acogedora, sin duda, pero indigna de un ser humano. No eran, en efecto, seres humanos, sino meras máquinas de trabajo al servicio de los pocos aristócratas que hasta entonces habían dirigido la historia; la revolución industrial no hizo más que llevar esto hasta sus últimas consecuencias, al convertir a los obreros por completo en simples máquinas y arrancarles de las manos el último resto de actividad independiente, pero precisamente así los empujó a pensar y a exigir una condición humana. Igual que en Francia la política, en Inglaterra fueron la industria y el movimiento de la sociedad burguesa en general los que arrastraron al torbellino de la historia a las últimas clases que seguían hundidas en la apatía ante los intereses humanos generales.

El primer invento que produjo un cambio profundo en la situación que hasta entonces tenían los obreros ingleses fue la jenny48 del tejedor James Hargreaves,49 de Standhill, cerca de Blackburn, en el norte de Lancashire (1764). Esta máquina, tosco comienzo de la posterior mule, se movía a mano, pero en lugar de un huso, como el torno de hilar corriente, tenía entre dieciséis y dieciocho, movidos por un solo obrero. Con ello fue posible producir mucho más hilo que antes; mientras que antes, cuando un tejedor daba trabajo siempre a tres hilanderas, nunca había hilo suficiente y el tejedor tenía que esperarlo a menudo, ahora había más hilo del que podían tejer los obreros existentes. La demanda de tejidos, que ya iba en aumento, creció todavía más por el precio más barato de estos tejidos, consecuencia de los menores costes de producción del hilo gracias a la nueva máquina; hacían falta más tejedores, y el salario de los tejedores subió. Ahora que el tejedor podía ganar más en su telar, fue abandonando poco a poco su ocupación agrícola y se dedicó por entero a tejer. Por entonces, una familia de cuatro adultos y dos niños, a los que se ponía a hacer canillas, podía ganar con una jornada de diez horas cuatro libras esterlinas a la semana (veintiocho táleros prusianos en moneda corriente),50 y a menudo más si el negocio iba bien y el trabajo apremiaba; ocurría con bastante frecuencia que un solo tejedor ganara en su telar dos libras semanales. Así fue desapareciendo por completo la clase de los tejedores agricultores, que se disolvió en la nueva clase de los simples tejedores, que vivían solo del salario, no tenían ninguna propiedad, ni siquiera la apariencia de propiedad de un arriendo, y por tanto se convirtieron en proletarios (working men). A esto se añadió que también se deshizo la antigua relación entre el hilandero y el tejedor. Hasta entonces, en la medida de lo posible, el hilo se hilaba y se tejía bajo un mismo techo. Ahora que la jenny exigía, igual que el telar, una mano vigorosa, también los hombres empezaron a hilar, y familias enteras vivían solo de ella, mientras que otras, por el contrario, tenían que arrinconar el torno de hilar, ya anticuado y superado, y vivir solo del telar del padre de familia cuando les faltaban los medios para comprar una jenny. Así empezó la división del trabajo entre el tejido y el hilado, que la industria posterior desarrolló hasta el infinito. Mientras con esta primera máquina, todavía muy imperfecta, se desarrollaba ya el proletariado industrial, esa misma máquina dio lugar también al nacimiento del proletariado agrícola. Hasta entonces había habido una gran cantidad de pequeños propietarios de tierras, llamados yeomen,51 que habían vegetado en la misma calma e irreflexión que sus vecinos, los tejedores agricultores. Cultivaban sus pedacitos de tierra exactamente a la vieja y descuidada manera de sus padres y se oponían a toda innovación con la terquedad propia de esos hombres de costumbres que han permanecido inmóviles durante generaciones. Entre ellos había también muchos pequeños arrendatarios, pero no arrendatarios en el sentido actual de la palabra, sino gente que, por arrendamiento hereditario según contrato o en virtud de una antigua costumbre, había recibido su pedacito de tierra de sus padres y abuelos y hasta entonces había estado asentada en él con tanta firmeza como si le perteneciera en propiedad. Ahora, al retirarse de la agricultura los obreros industriales, quedaron libres muchas tierras, y en ellas se instaló la nueva clase de los grandes arrendatarios, que tomaban en arriendo cincuenta, cien, doscientos o más acres52 juntos, eran tenants-at-will, es decir, arrendatarios cuyo arriendo podía rescindirse cada año, y que supieron aumentar el rendimiento de las tierras con una agricultura mejor y una explotación en mayor escala. Podían vender sus productos más baratos que el pequeño yeoman, y a este, como su tierra ya no lo alimentaba, no le quedó otro remedio que venderla y comprarse una jenny o un telar, o bien ajustarse como jornalero, como proletario agrícola, con el gran arrendatario. Su indolencia heredada y la manera descuidada de cultivar su tierra, que había recibido de sus antepasados y de la que no era capaz de salir, no le dejaron otra salida cuando se vio obligado a competir con gente que llevaba su arriendo según principios más racionales y con todas las ventajas que da una explotación grande y la inversión de capitales en la mejora del suelo.

Pero el movimiento de la industria no se detuvo ahí. Algunos capitalistas empezaron a instalar jennies en grandes edificios y a moverlas con fuerza hidráulica, lo que les permitió reducir el número de obreros y vender su hilo más barato que los hilanderos sueltos, que movían la máquina solo a mano. Se sucedían continuamente las mejoras de la jenny, de modo que a cada momento una máquina quedaba anticuada y había que modificarla o incluso desecharla; y si el capitalista, gracias al uso de la fuerza hidráulica, podía sostenerse aun con máquinas más viejas, al hilandero individual esto le resultaba a la larga imposible. Y si aquí estaba ya el comienzo del sistema fabril, este recibió una nueva extensión con la spinning-throstle, que Richard Arkwright,53 un barbero de Preston, en el norte de Lancashire, inventó en 1767. Esta máquina, que en alemán suele llamarse Kettenstuhl,54 es, junto con la máquina de vapor, el invento mecánico más importante del siglo XVIII. Está concebida desde el principio para una fuerza motriz mecánica y se basa en principios enteramente nuevos. Uniendo las particularidades de la jenny y de la throstle, Samuel Crompton,55 de Firwood (Lancashire), construyó en 1785 la mule,56 y como Arkwright inventó por la misma época las máquinas de cardar y de hilado previo, el sistema fabril pasó a ser con ello el único dominante en el hilado del algodón. Poco a poco se empezó a adaptar estas máquinas, con algunos cambios insignificantes, al hilado de la lana y más tarde (en la primera década de este siglo) también al del lino, desplazando así también ahí al trabajo manual. Tampoco quedó la cosa en esto: en los últimos años del siglo pasado, el doctor Cartwright,57 un párroco rural, había inventado el telar mecánico y hacia 1804 lo había perfeccionado lo bastante como para competir con éxito con los tejedores a mano; y todas estas máquinas adquirieron doble importancia gracias a la máquina de vapor de James Watt,58 inventada hacia 1764 y empleada desde 1785 para mover máquinas de hilar.

Con estos inventos, que desde entonces se han seguido mejorando cada año, quedó decidida la victoria del trabajo mecánico sobre el trabajo manual en las ramas principales de la industria inglesa, y toda la historia de esta no cuenta desde entonces otra cosa que cómo los trabajadores manuales fueron expulsados por las máquinas de una posición tras otra. Las consecuencias fueron, por un lado, la rápida caída de los precios de todas las manufacturas, el florecimiento del comercio y de la industria, la conquista de casi todos los mercados extranjeros no protegidos, el rápido aumento de los capitales y de la riqueza nacional; por el otro, un aumento todavía mucho más rápido del proletariado, la destrucción de toda propiedad y de toda seguridad de sustento para la clase obrera, la desmoralización, la agitación política y todos esos hechos, tan sumamente desagradables para los ingleses acomodados, que tendremos que examinar en las páginas siguientes. Si ya hemos visto qué transformación produjo en las relaciones sociales de las clases bajas una sola máquina torpe como la jenny, nadie se extrañará de lo que causa un sistema completo y engranado de maquinaria finamente elaborada, que recibe de nosotros la materia prima y nos devuelve el tejido acabado.

Sigamos, sin embargo, con algo más de detalle el desarrollo de la industria inglesa,59 y empecemos por su rama principal, la industria algodonera. En los años de 1771 a 1775 se importaron por término medio, cada año, menos de cinco millones de libras de algodón en rama;60 en 1841, quinientos veintiocho millones,61 y la importación de 1844 ascenderá por lo menos a seiscientos millones de libras. En 1834 Inglaterra exportó 556 millones de yardas62 de tejidos de algodón, 76 millones y medio de libras de hilo de algodón y artículos de punto de algodón por valor de 1 200 000 libras esterlinas. Ese mismo año trabajaban al servicio de la industria algodonera más de ocho millones de husos de mule, 110 000 telares mecánicos y 250 000 telares manuales, sin contar los husos de throstle, y según el cálculo de MacCulloch,63 vivían entonces, directa o indirectamente, de esta rama de la industria casi millón y medio de personas en los tres reinos, de las cuales 220 000 trabajaban en las fábricas; la fuerza que empleaban estas fábricas era de 33 000 caballos de vapor y 11 000 caballos de fuerza hidráulica. Hoy todas estas cifras se quedan muy cortas, y puede suponerse tranquilamente que en el año 1845 la fuerza y el número de máquinas, así como el número de obreros, serán una mitad mayores que en 1834. La sede principal de esta industria es Lancashire, donde también nació; ha revolucionado este condado de arriba abajo, lo ha transformado de un pantano oscuro y mal cultivado en una comarca animada y laboriosa, ha multiplicado por diez su población en ochenta años y ha hecho brotar del suelo, como por arte de magia, ciudades gigantescas como Liverpool y Manchester, con 700 000 habitantes entre las dos, y sus ciudades satélites, Bolton (60 000 habitantes), Rochdale (75 000), Oldham (50 000), Preston (60 000), Ashton y Stalybridge (40 000), y toda una masa de otras ciudades fabriles. La historia del sur de Lancashire conoce los mayores prodigios de los tiempos modernos, y sin embargo nadie habla de ella, y todos estos prodigios los ha obrado la industria algodonera. Además, Glasgow forma un segundo centro para el distrito algodonero de Escocia, Lanarkshire y Renfrewshire, y también aquí la población de la ciudad central ha pasado de 30 000 a 300 000 habitantes desde la introducción de esta industria. La fabricación de medias de Nottingham y Derby recibió igualmente un nuevo impulso por la rebaja del precio del hilo, y otro por una mejora del telar de medias que permitía tejer dos medias a la vez en un mismo telar; la fabricación de encajes se convirtió también en una rama importante de la industria desde 1777, año en que se inventó la máquina de encaje; pronto Lindley inventó la máquina de point-net y en 1809 Heathcote la de bobbinet,64 con lo que la confección de encajes se simplificó infinitamente y el consumo creció en la misma medida gracias a los precios baratos, de modo que hoy viven de esta fabricación por lo menos 200 000 personas. Tiene sus sedes principales en Nottingham, Leicester y el oeste de Inglaterra (Wiltshire, Devonshire, etc.). La misma expansión han experimentado las ramas de trabajo que dependen de la industria algodonera: el blanqueo, el tinte y el estampado. El blanqueo, por el empleo del cloro en lugar del oxígeno en el blanqueo rápido; el tinte y el estampado, por el rápido desarrollo de la química, y el estampado, además, por una serie de brillantísimos inventos mecánicos, recibieron un impulso que, sumado a la expansión de estos ramos debida al aumento de la fabricación de algodón, los llevó a un florecimiento nunca visto.

En la elaboración de la lana se desplegó la misma actividad. Había sido hasta entonces la rama principal de la industria inglesa, pero la masa de la producción de aquellos años no es nada comparada con lo que se fabrica hoy. En 1782 toda la cosecha de lana de los tres años anteriores seguía sin elaborar por falta de obreros, y habría tenido que quedarse así si la maquinaria recién inventada no hubiera acudido en ayuda para hilarla. La adaptación de estas máquinas al hilado de la lana se llevó a cabo con el mejor de los éxitos. Ahora se produjo en los distritos laneros el mismo desarrollo rápido que hemos visto en los distritos algodoneros. En 1738 se habían hecho en el West Riding de Yorkshire65 75 000 piezas de paño de lana; en 1817 se hicieron 490 000, y tan rápida fue la expansión de la industria lanera que en 1834 se exportaron ya 450 000 piezas de paño más que en 1825. En 1801 se elaboraron 101 millones de libras de lana (7 millones de ellas importadas); en 1835, 180 millones de libras (42 millones importadas). El distrito principal de esta industria es el West Riding de Yorkshire, donde en Bradford se trabaja sobre todo la lana inglesa larga para hilos de punto, etc., y en las demás ciudades, Leeds, Halifax, Huddersfield, etc., la lana corta para hilos de torsión fuerte y para tejer paño; luego, la parte contigua de Lancashire, la comarca de Rochdale, donde además del algodón se hace mucha franela, y el oeste de Inglaterra, que fabrica los paños más finos. El crecimiento de la población es también aquí notable:

Bradford tenía en 1801 29 000 habitantes, y en 1831, 77 000
Halifax tenía en 1801 63 000, y en 1831, 110 000
Huddersfield tenía en 1801 15 000, y en 1831, 34 000
Leeds tenía en 1801 53 000, y en 1831, 123 000
y todo el West Riding tenía en 1801 564 000, y en 1831, 980 000

una población que desde 1831 tiene que haber crecido todavía, por lo menos, entre un 20 y un 25 por ciento. La hilatura de lana ocupaba en 1835, en los tres reinos, 1313 fábricas con 71 300 obreros; estos, por lo demás, son solo una pequeña parte de la multitud que vive directa o indirectamente de la elaboración de la lana, y excluyen a casi todos los tejedores.

En la industria del lino el progreso llegó más tarde, porque aquí la naturaleza de la materia prima dificultaba mucho el empleo de la máquina de hilar. Es cierto que ya en los últimos años del siglo pasado se hicieron ensayos de este tipo en Escocia, pero hasta 1810 no consiguió el francés Girard66 organizar de modo práctico la hilatura del lino, y aun las máquinas de Girard solo adquirieron la importancia que les correspondía gracias a las mejoras que recibieron en Inglaterra y a su empleo general en suelo británico, en Leeds, Dundee y Belfast. Pero entonces la industria inglesa del lino se extendió con rapidez. En 1814 se importaron en Dundee 3000 toneladas67 de lino; en 1833, unas 19 000 toneladas de lino y 3400 de cáñamo. La exportación de lienzos irlandeses a Gran Bretaña subió de 32 millones de yardas (1800) a 53 millones (1825), de los cuales buena parte se reexportaba; la exportación de tejidos de lino ingleses y escoceses subió de 24 millones de yardas (1820) a 51 millones (1833). El número de hilaturas de lino era en 1835 de 347, con 33 000 obreros; la mitad estaban en el sur de Escocia, más de 60 en el West Riding de Yorkshire (Leeds y alrededores), 25 en Belfast, en Irlanda, y el resto en Dorsetshire y Lancashire. El tejido se practica en el sur de Escocia y aquí y allá en Inglaterra, pero sobre todo en Irlanda.

Con el mismo éxito se dedicaron los ingleses a la elaboración de la seda. Aquí recibían la materia ya hilada del sur de Europa y de Asia, y el trabajo principal consistía en torcer juntos los hilos finos (torcido). Hasta 1824, el fuerte arancel sobre la seda en bruto (4 chelines por libra) entorpeció mucho la industria sedera inglesa, y solo el mercado de Inglaterra y de sus colonias, gracias a los aranceles protectores, estaba a su disposición. Entonces el derecho de entrada se rebajó a un penique, y en el acto aumentó considerablemente el número de fábricas; en un solo año el número de husos de doblar pasó de 780 000 a 1 180 000, y aunque la crisis comercial de 1825 paralizó un momento esta rama de la industria, ya en 1827 se fabricó más que nunca, pues la destreza mecánica y la experiencia de los ingleses aseguraron a sus máquinas de torcer la primacía sobre las torpes instalaciones de sus competidores. En 1835 el Imperio británico tenía 263 fábricas de torcido con 30 000 obreros, situadas en su mayoría en Cheshire (Macclesfield, Congleton y alrededores), Manchester y Somersetshire. Además hay muchas fábricas para trabajar los desperdicios de seda de los capullos, de los que se hace un artículo especial (spun silk, seda hilada) con el que los ingleses abastecen incluso los telares de París y de Lyon. El tejido de la seda así torcida e hilada se hace sobre todo en Escocia (Paisley, etc.) y en Londres (Spitalfields),68 pero también en Manchester y en otros lugares.

Pero el gigantesco auge que ha tomado la industria inglesa desde 1760 no se limita a la fabricación de tejidos para vestir. El impulso, una vez dado, se extendió a todas las ramas de la actividad industrial, y una cantidad de inventos que no tenían relación alguna con los mencionados hasta ahora adquirieron doble importancia por coincidir en el tiempo con el movimiento general. Pero al mismo tiempo, una vez demostrada en la práctica la inmensa importancia de la fuerza mecánica en la industria, se puso todo en movimiento para explotar esa fuerza en todas direcciones y explotarla en provecho de los inventores y fabricantes individuales; y además la demanda de maquinaria, combustible y materias para elaborar puso directamente a una masa de obreros y oficios a trabajar el doble. La máquina de vapor dio por primera vez importancia a los extensos yacimientos de carbón de Inglaterra; solo entonces nació la construcción de maquinaria, y con ella un nuevo interés por las minas de hierro, que suministraban la materia prima para las máquinas; el mayor consumo de lana impulsó la cría de ovejas en Inglaterra, y la creciente importación de lana, lino y seda provocó un aumento de la marina mercante inglesa. Sobre todo creció la producción de hierro. Las montañas de Inglaterra, ricas en hierro, apenas se habían explotado hasta entonces; el mineral de hierro se había fundido siempre con carbón vegetal, que con el mejor cultivo del suelo y la tala de los bosques se volvía cada vez más caro y escaso; solo en el siglo pasado se empezó a usar para ello hulla desulfurada (coke), y desde 1780 se descubrió un nuevo método para convertir el hierro fundido con coque, que hasta entonces solo servía como hierro colado, en hierro forjado utilizable. Este método, que consiste en extraer el carbono que se mezcla con el hierro durante la fundición, lo llaman los ingleses puddling (pudelado), y con él se abrió a la producción inglesa de hierro un campo enteramente nuevo. Los altos hornos se hicieron cincuenta veces más grandes que antes, se simplificó la fundición del hierro mediante el soplado de aire caliente y así se pudo producir el hierro tan barato que una cantidad de cosas que antes se hacían de madera o de piedra se fabricaron ahora de hierro. En 1788 Thomas Paine, el conocido demócrata,69 construyó en Yorkshire el primer puente de hierro, al que siguieron muchísimos, de modo que hoy casi todos los puentes, sobre todo en los ferrocarriles, se hacen de hierro colado, y en Londres se ha construido con este material incluso un puente sobre el Támesis, el puente de Southwark; las columnas de hierro, los bastidores de las máquinas, etc., son de uso general, y desde la introducción del alumbrado de gas y de los ferrocarriles se han abierto nuevas salidas a la producción inglesa de hierro. Poco a poco también los clavos y los tornillos se fueron haciendo a máquina; Huntsman,70 un vecino de Sheffield, encontró en 1760 un método para fundir el acero, con lo que se ahorró mucho trabajo y se hizo posible la fabricación de mercancías enteramente nuevas y baratas; y gracias a la mayor pureza del material de que disponía, así como a instrumentos más perfectos, maquinaria nueva y una división del trabajo más detallada, la producción de artículos de metal de Inglaterra alcanzó solo entonces importancia. La población de Birmingham creció de 73 000 habitantes (1801) a 200 000 (1844); la de Sheffield, de 46 000 (1801) a 110 000 (1844), y el consumo de carbón de esta última ciudad ascendió por sí solo, en 1836, a 515 000 toneladas. En 1805 se exportaron 4300 toneladas de artículos de hierro y 4600 de hierro en lingotes; en 1834, 16 200 toneladas de artículos de hierro y 107 000 de hierro en lingotes, y toda la producción de hierro, que en 1740 era todavía de solo 17 000 toneladas, subió en 1834 a casi 700 000. La fundición del hierro en lingotes consumía por sí sola más de 3 millones de toneladas de carbón al año, y no puede uno hacerse idea de la importancia que en general han adquirido las minas de carbón en el curso de los últimos sesenta años. Hoy se explotan todos los yacimientos de carbón ingleses y escoceses, y solo las minas de Northumberland y Durham suministran más de 5 millones de toneladas al año para embarque y ocupan entre 40 000 y 50 000 obreros. Según el Durham Chronicle, en esos dos condados había en explotación

en 1753, 14 minas de carbón
en 1800, 40
en 1836, 76
y en 1843, 130

Además, todas las minas se explotan hoy con mucha más actividad que antes. Una actividad semejante se ha desplegado en las minas de estaño, de cobre y de plomo, y junto a la expansión de la fabricación de vidrio nació una nueva rama de la industria en la fabricación de loza, que cobró importancia hacia 1763 gracias a Josiah Wedgwood.71 Este redujo toda la fabricación de loza a principios científicos, introdujo un gusto mejor y fundó las alfarerías (potteries) del norte de Staffordshire, un distrito de ocho millas inglesas en cuadro72 que, antes un desierto estéril, está hoy sembrado de fábricas y viviendas y da de comer a más de 60 000 personas.

Todo fue arrastrado a este torbellino general del movimiento. También la agricultura sufrió una transformación. Y no solo porque, como vimos antes, la propiedad de la tierra pasó a manos de otros propietarios y cultivadores, sino que la agricultura se vio afectada además de otros modos. Los grandes arrendatarios invirtieron capital en la mejora del suelo, derribaron cercas innecesarias, drenaron, abonaron, emplearon mejores aperos e introdujeron una rotación sistemática de cultivos (cropping by rotation). También a ellos les ayudó el progreso de las ciencias; sir H. Davy73 aplicó con éxito la química a la agricultura, y el desarrollo de la mecánica les proporcionó una cantidad de ventajas. Además, con el aumento de la población creció tanto la demanda de productos agrícolas que de 1760 a 1834 se roturaron 6 840 540 acres ingleses de tierra baldía y, pese a ello, Inglaterra pasó de ser un país exportador de grano a ser importador.

La misma actividad en la construcción de las comunicaciones. De 1818 a 1829 se construyeron en Inglaterra y Gales 1000 millas inglesas de carreteras de la anchura legal de 60 pies,74 y casi todas las antiguas se renovaron según el principio de MacAdam.75 En Escocia, la autoridad de obras públicas construyó desde 1803 unas novecientas millas de carretera y más de mil puentes, con lo que la gente de las Tierras Altas quedó de golpe cerca de la civilización. Los montañeses habían sido hasta entonces, en su mayoría, cazadores furtivos y contrabandistas; ahora se convirtieron en laboriosos agricultores y artesanos, y aunque se han creado escuelas gaélicas para conservar la lengua, las costumbres y la lengua gaélicas y celtas desaparecen rápidamente ante el avance de la civilización inglesa. Lo mismo en Irlanda. Entre los condados de Cork, Limerick y Kerry había hasta entonces una franja desierta, sin ningún camino transitable, que por lo inaccesible era el refugio de todos los delincuentes y el principal baluarte de la nacionalidad celta irlandesa en el sur de Irlanda; se la cortó con carreteras y se abrió así a la civilización el acceso también a esta comarca salvaje. Todo el Imperio británico, pero sobre todo Inglaterra, que hace sesenta años tenía caminos tan malos como entonces Alemania y Francia, está hoy cubierto por una red de magníficas carreteras, y también estas son, como casi todo en Inglaterra, obra de la industria privada, pues el Estado ha hecho poco o nada por ellas.

Antes de 1755 Inglaterra casi no tenía canales; en 1755 se construyó en Lancashire el canal de Sankey Brook a St. Helens, y en 1759 James Brindley hizo el primer canal importante, el del duque de Bridgewater,76 que va de Manchester y las minas de carbón de los alrededores a la desembocadura del Mersey y cruza el río Irwell por un acueducto en Barton. De aquí data la red de canales inglesa, a la que solo Brindley dio importancia. A partir de entonces se abrieron canales en todas direcciones y se hicieron navegables los ríos. Solo en Inglaterra hay 2200 millas de canales y 1800 millas de ríos navegables; en Escocia se construyó el canal de Caledonia, que atraviesa el país de lado a lado, y en Irlanda también diversos canales. También estas obras, como los ferrocarriles y las carreteras, son casi todas obra de particulares y de compañías.

Los ferrocarriles son de construcción muy reciente. El primero de cierta importancia fue el de Liverpool a Manchester (inaugurado en 1830); desde entonces todas las grandes ciudades se han unido entre sí por vías férreas. Londres, con Southampton, Brighton, Dover, Colchester, Cambridge, Exeter (por Bristol) y Birmingham; Birmingham, con Gloucester, Liverpool, Lancaster (por Newton y Wigan y por Manchester y Bolton), y además con Leeds (por Manchester y Halifax y por Leicester, Derby y Sheffield); Leeds, con Hull y Newcastle (por York). A esto se suman las muchas líneas menores, en construcción y en proyecto, que pronto permitirán viajar de Edimburgo a Londres en un día.

Igual que el vapor había revolucionado las comunicaciones por tierra, dio también un aspecto nuevo a las comunicaciones por agua. El primer barco de vapor navegó en 1807 por el Hudson, en Norteamérica; el primero del Imperio británico, en 1811, por el Clyde. Desde entonces se han construido en Inglaterra más de seiscientos, y en 1836 más de quinientos estaban en servicio en puertos británicos.

Esta es, en resumen, la historia de la industria inglesa en los últimos sesenta años, una historia que no tiene igual en los anales de la humanidad. Hace sesenta u ochenta años, un país como todos los demás, con ciudades pequeñas, poca industria y sencilla, y una población agrícola escasa pero relativamente grande; y hoy, un país como ningún otro, con una capital de dos millones y medio de habitantes, con ciudades fabriles colosales, con una industria que abastece al mundo entero y que lo hace casi todo con las máquinas más complicadas, con una población laboriosa, inteligente y densa, de la que dos tercios están ocupados en la industria y que está compuesta por clases muy distintas; más aún, que forma una nación completamente distinta, con otras costumbres y otras necesidades que entonces. La revolución industrial tiene para Inglaterra la misma importancia que la revolución política para Francia y la filosófica para Alemania, y la distancia entre la Inglaterra de 1760 y la de 1844 es por lo menos tan grande como la que hay entre la Francia del ancien régime y la de la revolución de julio.77 Pero el fruto más importante de esta transformación industrial es el proletariado inglés.

Hemos visto antes cómo el proletariado nació con la introducción de las máquinas. La rápida expansión de la industria exigía brazos; el salario subió, y en consecuencia multitudes de obreros emigraron de los distritos agrícolas a las ciudades. La población creció de forma vertiginosa, y casi todo el aumento correspondió a la clase de los proletarios. Además, en Irlanda solo desde comienzos del siglo XVIII se había instaurado un estado de cosas ordenado; también allí la población, más que diezmada por la barbarie inglesa en los disturbios anteriores, creció deprisa, sobre todo desde que el auge de la industria empezó a atraer a Inglaterra a una multitud de irlandeses. Así nacieron las grandes ciudades fabriles y comerciales del Imperio británico, en las que por lo menos tres cuartas partes de la población pertenecen a la clase obrera y la pequeña burguesía se compone solo de tenderos y de muy, muy pocos artesanos. Pues así como la nueva industria solo llegó a ser importante al convertir las herramientas en máquinas y los talleres en fábricas, y con ello a la clase media trabajadora en proletariado trabajador y a los antiguos comerciantes al por mayor en fabricantes; así como ya aquí fue desplazada la pequeña clase media y la población quedó reducida a la oposición entre obreros y capitalistas, lo mismo ocurrió, fuera del campo de la industria en sentido estricto, en los oficios e incluso en el comercio. En lugar de los antiguos maestros y oficiales aparecieron grandes capitalistas y obreros que nunca tenían perspectiva de elevarse por encima de su clase; los oficios se explotaron al modo de las fábricas, la división del trabajo se aplicó con rigor y los pequeños maestros, que no podían competir con los grandes establecimientos, fueron empujados hacia abajo, a la clase de los proletarios. Pero al mismo tiempo, con la abolición de la antigua organización artesanal y con la destrucción de la pequeña burguesía, se le quitó al obrero toda posibilidad de llegar a ser él mismo burgués. Hasta entonces siempre había tenido la perspectiva de establecerse en algún sitio como maestro asentado y quizá tomar más tarde oficiales; pero ahora, cuando los propios maestros eran desplazados por los fabricantes, cuando para explotar por cuenta propia un trabajo hacían falta grandes capitales, el proletariado se convirtió por primera vez en una clase real y estable de la población, mientras que antes a menudo no era más que un paso hacia la burguesía. Quien ahora nacía obrero no tenía otra perspectiva que seguir siendo proletario toda la vida. Solo ahora, pues, estaba el proletariado en condiciones de emprender movimientos independientes.

De este modo se reunió la enorme masa de obreros que hoy llena todo el Imperio británico y cuya situación social se impone cada día más a la atención del mundo civilizado.

La situación de la clase obrera, es decir, la situación de la inmensa mayoría del pueblo inglés, la pregunta de qué va a ser de estos millones de desposeídos que hoy consumen lo que ganaron ayer, que con sus inventos y su trabajo han creado la grandeza de Inglaterra, que cada día son más conscientes de su poder y cada día exigen con más urgencia su parte en las ventajas de las instituciones sociales, esta cuestión se ha convertido desde la Reform Bill78 en la cuestión nacional. Todos los debates parlamentarios de alguna importancia pueden reducirse a ella; y aunque la clase media inglesa no quiera reconocerlo todavía, aunque intente esquivar esta gran cuestión y presentar sus intereses particulares como los verdaderamente nacionales, de nada le sirve. Con cada sesión del Parlamento la clase obrera gana terreno y los intereses de las clases medias pierden importancia, y aunque la clase media es la fuerza principal, más aún, la única fuerza del Parlamento, la última sesión, la de 1844, fue un debate continuo sobre las condiciones de los obreros (la ley de pobres, la ley de fábricas, la ley sobre la relación entre amos y criados),79 y Thomas Duncombe,80 el representante de la clase obrera en la Cámara de los Comunes, fue el gran hombre de la sesión, mientras que la clase media liberal, con su moción para abolir las leyes de cereales,81 y la clase media radical, con su propuesta de negarse a pagar impuestos, hicieron un papel lamentable. Incluso los debates sobre Irlanda no fueron en el fondo más que debates sobre la situación del proletariado irlandés y los medios de remediarla. Y ya es hora de que la clase media inglesa haga concesiones a los obreros, que no piden, sino que amenazan y exigen, porque dentro de poco podría ser demasiado tarde.

Pero con todo eso la clase media inglesa, y sobre todo la manufacturera, que se enriquece directamente con la miseria de los obreros, no quiere saber nada de esa miseria. Ella, que se siente la clase poderosa, la que representa a la nación, se avergüenza de poner al descubierto ante los ojos del mundo la llaga de Inglaterra; no quiere reconocer que los obreros son miserables, porque sería ella, la clase poseedora e industrial, la que tendría que cargar con la responsabilidad moral de esa miseria. De ahí la cara burlona que suelen poner los ingleses cultos (y solo a estos, es decir, a la clase media, se conoce en el continente) cuando uno empieza a hablar de la situación de los obreros; de ahí la ignorancia total de toda la clase media sobre todo lo que concierne a los obreros; de ahí las ridículas pifias que esta clase comete, dentro y fuera del Parlamento, cuando salen a relucir las condiciones del proletariado; de ahí la sonriente despreocupación con que vive sobre un suelo socavado bajo sus pies, que puede hundirse cualquier día y cuyo próximo hundimiento es tan seguro como cualquier ley matemática o mecánica; de ahí el prodigio de que los ingleses no tengan todavía un solo libro completo sobre la situación de sus obreros, aunque llevan ya quién sabe cuántos años investigándola y poniéndole parches. Pero de ahí también el profundo rencor de toda la clase obrera, de Glasgow a Londres, contra los ricos, que la explotan sistemáticamente y luego la abandonan sin piedad a su suerte; un rencor que dentro de no mucho tiempo (casi puede calcularse cuándo) tendrá que estallar en una revolución al lado de la cual la primera Revolución francesa y el año 1794 serán un juego de niños.

El proletariado industrial

El orden en que hemos de examinar las distintas secciones del proletariado se desprende por sí solo de la historia de su nacimiento que acabamos de exponer. Los primeros proletarios pertenecían a la industria y fueron engendrados directamente por ella; los obreros industriales, los que se ocupan en elaborar materias primas, reclamarán, pues, en primer lugar nuestra atención. La producción del material industrial, de las propias materias primas y de los combustibles, solo adquirió importancia a raíz de la revolución industrial y pudo así generar un nuevo proletariado: los obreros de las minas de carbón y de metal. En tercer lugar, la industria repercutió sobre la agricultura, y en cuarto sobre Irlanda, y conforme a ello hay que asignar su lugar a las fracciones del proletariado correspondientes. Veremos también que, salvo quizá los irlandeses, el grado de instrucción de los distintos obreros está en proporción exacta con su vinculación a la industria, y que, por tanto, los obreros industriales son los más conscientes de sus intereses, los mineros lo son menos y los agrícolas casi nada todavía. Incluso entre los proletarios industriales volveremos a encontrar este orden y veremos cómo los obreros fabriles, estos hijos primogénitos de la revolución industrial, han sido desde el principio hasta hoy el núcleo del movimiento obrero, y cómo los demás se han ido sumando al movimiento exactamente en la medida en que su oficio era alcanzado por la transformación de la industria; así aprenderemos a comprender, con el ejemplo de Inglaterra, por el paso igual que el movimiento obrero ha llevado con el movimiento industrial, la importancia histórica de la industria.

Pero como en este momento casi todo el proletariado industrial está ganado por el movimiento y la situación de las distintas secciones, precisamente porque todas son industriales, tiene mucho en común, tendremos que tratar esto de antemano, para poder examinar después con tanta mayor precisión cada rama en su particularidad.

Ya se ha indicado antes cómo la industria concentra la propiedad en manos de unos pocos. Requiere grandes capitales, con los que levanta establecimientos colosales y arruina así a la pequeña burguesía artesana, y con los que pone a su servicio las fuerzas de la naturaleza para echar del mercado al trabajador manual aislado. La división del trabajo, el uso de la fuerza hidráulica y sobre todo de la del vapor y el mecanismo de la maquinaria: estas son las tres grandes palancas con las que la industria trabaja desde mediados del siglo pasado para sacar al mundo de quicio. La pequeña industria creó la clase media; la grande creó la clase obrera y elevó al trono a los pocos elegidos de la clase media, pero solo para derribarlos algún día con tanta mayor seguridad. Entretanto, sin embargo, es un hecho no negado y fácil de explicar que la numerosa pequeña clase media de los «buenos viejos tiempos» ha sido destruida por la industria y disuelta en ricos capitalistas, por un lado, y obreros pobres, por el otro.82

Pero la tendencia centralizadora de la industria no se queda ahí. La población se centraliza igual que el capital; muy naturalmente, pues en la industria el hombre, el obrero, se considera solo como un trozo de capital al que el fabricante, a cambio de que se le entregue para su uso, le paga un interés con el nombre de salario. El gran establecimiento industrial requiere muchos obreros que trabajen juntos en un edificio; tienen que vivir juntos; ya con una fábrica de tamaño moderado forman un pueblo. Tienen necesidades, y para satisfacerlas necesitan a otras personas; acuden artesanos, sastres, zapateros, panaderos, albañiles y carpinteros. Los habitantes del pueblo, sobre todo la generación más joven, se acostumbran al trabajo fabril, se familiarizan con él, y cuando la primera fábrica, como se comprende, no puede dar ocupación a todos, el salario baja y la consecuencia es que se establecen nuevos fabricantes. Así el pueblo se convierte en una pequeña ciudad, y la pequeña ciudad en una grande. Cuanto mayor es la ciudad, mayores son las ventajas de establecerse en ella. Se tienen ferrocarriles, canales y carreteras; la posibilidad de elegir entre obreros experimentados es cada vez mayor; pueden instalarse nuevos establecimientos más baratos que en una comarca más apartada, gracias a la competencia entre los constructores y los fabricantes de maquinaria, que se tienen al alcance de la mano, mientras que allí habría que transportar primero la madera de construcción, la maquinaria, los constructores y los obreros fabriles; se tiene un mercado, una bolsa donde se agolpan los compradores; se está en relación directa con los mercados que suministran la materia prima o que compran la mercancía acabada. De ahí el crecimiento asombrosamente rápido de las grandes ciudades fabriles. Es verdad que el campo tiene a su vez la ventaja de que allí el salario suele ser más bajo; el campo y la ciudad fabril siguen así en competencia continua, y si hoy la ventaja está del lado de la ciudad, mañana el salario baja tanto fuera que resulta más ventajoso hacer nuevas instalaciones en el campo. Pero con todo, la tendencia centralizadora de la industria sigue en pleno vigor, y cada nueva fábrica que se instala en el campo lleva en sí el germen de una ciudad fabril. Si fuera posible que este loco trajín de la industria siguiera así otros cien años, cada uno de los distritos industriales de Inglaterra sería una sola gran ciudad fabril, y Manchester y Liverpool se encontrarían en Warrington o en Newton; pues también en el comercio esta centralización de la población actúa exactamente del mismo modo, y por eso un par de grandes puertos como Liverpool, Bristol, Hull y Londres monopolizan casi por completo el comercio marítimo del Imperio británico.

Como en estas grandes ciudades la industria y el comercio alcanzan su desarrollo más completo, también es aquí donde sus consecuencias para el proletariado se manifiestan con más claridad y a la vista de todos. Aquí la concentración de la propiedad ha llegado a su punto más alto; aquí las costumbres y las relaciones de los buenos viejos tiempos se han destruido más a fondo; aquí se ha llegado tan lejos que el nombre de Old merry England (la vieja y alegre Inglaterra) ya no evoca nada, porque ni siquiera se conoce la vieja Inglaterra por los recuerdos y los relatos de los abuelos. Por eso aquí solo hay una clase rica y una pobre, pues la pequeña burguesía desaparece cada día más. Ella, antes la clase más estable, se ha convertido ahora en la más inestable; ya solo se compone de los pocos restos de un tiempo pasado y de un número de gentes que quieren hacer fortuna, auténticos caballeros de industria y especuladores, entre los que por cada uno que se hace rico, noventa y nueve quiebran, y de esos noventa y nueve más de la mitad viven solo de quebrar.

Pero la inmensa mayoría en estas ciudades son los proletarios, y vamos a examinar ahora cómo les va, qué influencia ejerce sobre ellos la gran ciudad.

Las grandes ciudades

Una ciudad como Londres, en la que se puede caminar horas y horas sin llegar siquiera al principio del fin, sin encontrar el menor indicio de que el campo está cerca, es una cosa singular. Esta centralización colosal, esta aglomeración de dos millones y medio de personas en un solo punto, ha multiplicado por cien la fuerza de esos dos millones y medio; ha elevado a Londres a capital comercial del mundo, ha creado los gigantescos muelles y ha reunido los miles de barcos que cubren siempre el Támesis. No conozco nada más imponente que el espectáculo que ofrece el Támesis cuando se sube desde el mar hacia el puente de Londres. Las masas de casas, los astilleros a ambos lados, sobre todo desde Woolwich río arriba, los innumerables barcos a lo largo de las dos orillas, que se apiñan cada vez más y al final solo dejan libre un estrecho paso en el centro del río, un paso por el que cien vapores se cruzan a toda velocidad: todo eso es tan grandioso, tan masivo, que uno no vuelve en sí y se queda asombrado ante la grandeza de Inglaterra antes incluso de pisar suelo inglés.83

Pero los sacrificios que ha costado todo esto solo se descubren más tarde. Cuando uno ha vagado un par de días por el empedrado de las calles principales, cuando se ha abierto paso a duras penas entre el hervidero humano y las filas interminables de coches y carros, cuando ha visitado los «barrios malos» de la metrópoli universal, solo entonces se da cuenta de que estos londinenses han tenido que sacrificar la mejor parte de su humanidad para realizar todas las maravillas de la civilización de las que rebosa su ciudad; de que cien fuerzas que dormían en ellos han quedado inactivas y han sido sofocadas para que unas pocas pudieran desarrollarse más plenamente y multiplicarse uniéndose a las de otros. Ya el hervidero de las calles tiene algo de repugnante, algo contra lo que se rebela la naturaleza humana. Estos cientos de miles de personas de todas las clases y de todas las condiciones que se cruzan empujándose, ¿no son todos seres humanos con las mismas cualidades y capacidades y con el mismo interés en ser felices? ¿Y no tienen todos, al fin y al cabo, que buscar su felicidad por los mismos medios y caminos? Y sin embargo pasan corriendo unos junto a otros como si no tuvieran nada en común, nada que ver entre sí, y el único acuerdo entre ellos es el tácito de que cada uno vaya por el lado de la acera que le queda a la derecha, para que las dos corrientes de la multitud que se cruzan no se estorben mutuamente; y sin embargo a nadie se le ocurre dignarse siquiera mirar a los demás. La indiferencia brutal, el aislamiento insensible de cada individuo en sus intereses privados, resulta tanto más repugnante e hiriente cuanto más apretados están estos individuos en un espacio pequeño; y aunque sabemos que este aislamiento del individuo, este egoísmo estrecho, es en todas partes el principio fundamental de nuestra sociedad actual, en ninguna parte se muestra tan desvergonzadamente al desnudo, tan consciente de sí mismo, como precisamente aquí, en el hervidero de la gran ciudad. La disolución de la humanidad en mónadas, cada una de las cuales tiene un principio vital propio y un fin propio, el mundo de los átomos, ha llegado aquí a su extremo.

De ahí viene también que la guerra social, la guerra de todos contra todos, esté aquí abiertamente declarada. Igual que el amigo Stirner,84 la gente solo se ve mutuamente como sujetos utilizables; cada uno explota al otro, y el resultado es que el más fuerte pisotea al más débil y que los pocos fuertes, es decir, los capitalistas, se lo apropian todo, mientras que a los muchos débiles, a los pobres, apenas les queda la vida desnuda.

Y lo que vale para Londres vale también para Manchester, Birmingham y Leeds, vale para todas las grandes ciudades. En todas partes indiferencia bárbara y dureza egoísta por un lado y miseria indecible por el otro; en todas partes guerra social, la casa de cada cual en estado de sitio; en todas partes saqueo mutuo bajo la protección de la ley, y todo ello con tanto descaro, con tanta franqueza, que uno se asusta ante las consecuencias de nuestro estado social tal como aparecen aquí sin velo, y de nada se asombra salvo de que todo este loco trajín se mantenga aún en pie.

Como en esta guerra social el capital, la posesión directa o indirecta de los medios de vida y de los medios de producción, es el arma con que se lucha, es evidente que todas las desventajas de semejante situación recaen sobre el pobre. Nadie se preocupa de él; arrojado al torbellino confuso, tiene que abrirse paso como pueda. Si tiene la suerte de encontrar trabajo, es decir, si la burguesía le hace la merced de enriquecerse a su costa, le espera un salario que apenas basta para mantener juntos el cuerpo y el alma; si no encuentra trabajo, puede robar, si no teme a la policía, o morirse de hambre, y la policía se ocupará también de que se muera de hambre de una manera tranquila, que no ofenda a la burguesía. Durante mi estancia en Inglaterra, por lo menos veinte o treinta personas han muerto directamente de hambre en las circunstancias más indignantes, y en la investigación judicial de la muerte rara vez hubo un jurado que tuviera el valor de decirlo claramente. Por claras e inequívocas que fueran las declaraciones de los testigos, la burguesía, de la que salía el jurado, siempre encontraba una puerta trasera por la que escapar al terrible veredicto: muerto de hambre. En estos casos la burguesía no puede decir la verdad: pronunciaría su propia sentencia. Pero también indirectamente han muerto de hambre muchos, muchísimos más que directamente, porque la falta continuada de alimento suficiente provocaba enfermedades mortales y se llevaba así a sus víctimas, o porque los debilitaba tanto que ciertas circunstancias que de otro modo habrían pasado sin consecuencias acarreaban por fuerza enfermedades graves y la muerte. Los obreros ingleses llaman a esto asesinato social y acusan a toda la sociedad de cometer continuamente este crimen. ¿Les falta razón?

Es cierto que solo mueren de hambre algunos individuos sueltos; pero ¿qué garantía tiene el obrero de que mañana no le tocará a él? ¿Quién le asegura su puesto? ¿Quién le garantiza que, si mañana su patrón lo despide con razón o sin ella, podrá salir adelante con los suyos hasta encontrar otro que le «dé pan»? ¿Quién le asegura al obrero que la buena voluntad de trabajar basta para conseguir trabajo, que la honradez, la laboriosidad, el ahorro y todas las demás virtudes que le recomienda la sabia burguesía son para él de verdad el camino de la felicidad? Nadie. Sabe que hoy tiene algo y que no depende de él tener algo también mañana; sabe que cualquier viento, cualquier capricho del patrono, cualquier mala coyuntura comercial puede devolverlo al torbellino salvaje del que se ha salvado temporalmente y en el que es difícil, a menudo imposible, mantenerse a flote. Sabe que, si hoy puede vivir, es muy incierto que pueda hacerlo también mañana.

Pasemos, sin embargo, a examinar con más detalle la situación en que la guerra social coloca a la clase desposeída. Veamos qué salario, en vivienda, vestido y alimento, paga de verdad la sociedad al obrero por su trabajo, qué existencia concede a quienes más contribuyen a la existencia de la sociedad; y empecemos por las viviendas.

Toda gran ciudad tiene uno o varios «barrios malos» en los que se apiña la clase obrera. Es verdad que a menudo la pobreza vive en callejuelas escondidas pegadas a los palacios de los ricos; pero, en general, se le ha asignado un territorio aparte, donde, desterrada de la vista de las clases más afortunadas, puede arreglárselas sola como mejor pueda. Estos barrios malos están organizados de manera bastante parecida en todas las ciudades de Inglaterra: las peores casas en la peor zona de la ciudad; casi siempre edificios de ladrillo de una o dos plantas en largas hileras, a ser posible con sótanos habitados y casi siempre dispuestos de forma irregular. Estas casitas de tres o cuatro habitaciones y una cocina se llaman cottages85 y son, en toda Inglaterra, con excepción de algunas partes de Londres, la vivienda corriente de la clase obrera. Las calles mismas suelen estar sin pavimentar, llenas de baches, sucias, cubiertas de desperdicios vegetales y animales, sin alcantarillas ni cunetas, pero provistas, eso sí, de charcos estancados y malolientes. Además, la ventilación se ve dificultada por la mala y confusa construcción de todo el barrio, y como aquí vive mucha gente en poco espacio, es fácil imaginarse el aire que reina en estos barrios obreros. Las calles sirven además de tendedero cuando hace buen tiempo: de casa a casa se tienden cuerdas de lado a lado de la calle y se cuelga en ellas la ropa mojada.

Recorramos algunos de estos barrios malos. Primero está Londres,86 y en Londres la famosa «madriguera» (rookery)87 de St. Giles, que ahora por fin va a ser atravesada por un par de calles anchas y destruida así. Este St. Giles está en el centro de la parte más poblada de la ciudad, rodeado de calles anchas y brillantes por las que pasea el gran mundo de Londres, muy cerca de Oxford Street y Regent Street, de Trafalgar Square y del Strand. Es una masa desordenada de casas altas, de tres o cuatro pisos, con calles estrechas, torcidas y sucias, en las que hay por lo menos tanta vida como en las arterias principales de la ciudad, solo que en St. Giles únicamente se ve gente de la clase obrera. En las calles se hace mercado; los cestos de verdura y fruta, todo malo, naturalmente, y apenas comestible, estrechan todavía más el paso, y de ellos, como de las carnicerías, sale un olor repugnante. Las casas están habitadas desde el sótano hasta el mismo tejado, sucias por fuera y por dentro, y tienen tal aspecto que nadie querría vivir en ellas. Pero todo esto no es nada al lado de las viviendas de los patios estrechos y las callejuelas que hay entre las calles, a los que se entra por pasadizos cubiertos entre las casas y en los que la suciedad y el estado ruinoso superan toda imaginación: casi no se ve un cristal entero, las paredes se desmoronan, los marcos de las puertas y de las ventanas están rotos y sueltos, las puertas, hechas con tablas viejas clavadas, o no existen: aquí, en este barrio de ladrones, no hacen falta puertas, porque no hay nada que robar. Por todas partes hay montones de basura y de ceniza, y los líquidos sucios que se vierten ante las puertas se juntan en charcos malolientes. Aquí viven los más pobres de los pobres, los obreros peor pagados, revueltos con ladrones, estafadores y víctimas de la prostitución; la mayoría son irlandeses o descendientes de irlandeses, y los que todavía no se han hundido en el torbellino de degradación moral que los rodea se hunden cada día más, pierden cada día más la fuerza para resistir las influencias desmoralizadoras de la miseria, de la suciedad y del mal ambiente.

Pero St. Giles no es el único «barrio malo» de Londres. En el enorme ovillo de calles hay cientos y miles de callejas y callejuelas escondidas cuyas casas son demasiado malas para quien todavía puede gastar algo en una vivienda humana; a menudo se encuentran estos escondrijos de la miseria más amarga pegados a las casas espléndidas de los ricos. Así, hace poco, con ocasión de una investigación judicial de una muerte, se describió una zona muy cercana a Portman Square, una plaza pública muy decente, como residencia de «una multitud de irlandeses desmoralizados por la suciedad y la pobreza». Así, en calles como Long Acre, etc., que no son elegantes pero sí decentes, se encuentra una multitud de viviendas en sótanos de las que salen a la luz del día figuras de niños enfermizos y mujeres medio muertas de hambre y harapientas. En las inmediaciones del teatro de Drury Lane, el segundo de Londres, están algunas de las peores calles de toda la ciudad, Charles, King y Parker Street, cuyas casas también están habitadas desde los sótanos hasta el tejado por familias pobres. En las parroquias de St. John y St. Margaret, en Westminster, vivían en 1840, según el Journal de la Sociedad de Estadística,88 5366 familias obreras en 5294 «viviendas», si merecen ese nombre: hombres, mujeres y niños, amontonados sin consideración de edad ni de sexo, 26 830 individuos en total, y de dicho número de familias tres cuartas partes tenían una sola habitación. En la aristocrática parroquia de St. George, Hanover Square, vivían según la misma fuente 1465 familias obreras, unas 6000 personas en total, en las mismas condiciones: también aquí más de dos tercios del total, apiñados a razón de una habitación por familia. ¡Y cómo explotan por vía legal las clases poseedoras la pobreza de estos desgraciados, en cuya casa ya ni los ladrones esperan encontrar nada! Las horribles viviendas de Drury Lane que acabamos de mencionar pagan los alquileres siguientes: dos viviendas en sótano, 3 chelines89 (1 tálero); una habitación en la planta baja, 4 chelines; en el primer piso, 4 chelines y medio; en el segundo, 4 chelines; las buhardillas, 3 chelines a la semana; de modo que solo los hambrientos habitantes de Charles Street pagan a los caseros un tributo anual de 2000 libras esterlinas (14 000 táleros), y las 5366 familias de Westminster mencionadas, un alquiler anual de 40 000 libras esterlinas (270 000 táleros) entre todas.

Pero el mayor distrito obrero está al este de la Torre, en Whitechapel y Bethnal Green,90 donde se concentra la masa principal de los obreros de Londres. Oigamos lo que dice el señor G. Alston, predicador de St. Philip's, en Bethnal Green, sobre el estado de su parroquia:

«Contiene 1400 casas, habitadas por 2795 familias, o unas 12 000 personas. El espacio en que vive esta gran población mide menos de 400 yardas (1200 pies) en cuadro, y con semejante hacinamiento no es nada raro que un hombre, su mujer, cuatro o cinco hijos y a veces además el abuelo y la abuela se encuentren en una sola habitación de diez a doce pies en cuadro, donde trabajan, comen y duermen. Creo que, antes de que el obispo de Londres llamara la atención pública sobre esta parroquia tan sumamente pobre, en el West End se sabía tan poco de ella como de los salvajes de Australia o de las islas de los Mares del Sur. Y si llegamos a conocer por nuestros propios ojos los sufrimientos de estos desgraciados, si los observamos en su escasa comida y los vemos abatidos por la enfermedad o el paro, encontraremos tal masa de desamparo y de miseria que una nación como la nuestra debería avergonzarse de que sea posible. Yo fui párroco cerca de Huddersfield durante los tres años en que peor marchaban las fábricas; pero nunca he visto un desamparo tan absoluto de los pobres como desde entonces en Bethnal Green. Ni un padre de familia de cada diez en todo el vecindario tiene más ropa que la de trabajo, y aun esta es todo lo mala y harapienta que cabe; más aún, muchos no tienen por la noche más manta que estos harapos y por cama nada más que un saco de paja y virutas.»

Ya por la descripción anterior vemos qué aspecto suelen tener estas viviendas por dentro. Por si fuera poco, acompañemos todavía a las autoridades inglesas, que a veces van a parar allí, a algunas viviendas proletarias.

Con ocasión de una investigación judicial que el señor Carter, coroner91 de Surrey, hizo el 14 de noviembre de 1843 sobre el cadáver de Ann Galway, de 45 años, los periódicos cuentan lo siguiente sobre la vivienda de la difunta: había vivido en el número 3 de White Lion Court, Bermondsey Street, Londres, con su marido y su hijo de 19 años, en una pequeña habitación en la que no había ni armazón de cama, ni ropa de cama, ni ningún otro mueble. Yacía muerta junto a su hijo sobre un montón de plumas esparcidas sobre su cuerpo casi desnudo, porque no había ni manta ni sábana. Las plumas se le habían pegado tanto por todo el cuerpo que el médico no pudo examinar el cadáver hasta que lo limpiaron, y entonces lo encontró completamente consumido y cubierto de mordeduras de parásitos. Parte del suelo de la habitación estaba levantado, y la familia usaba el agujero como letrina.

El lunes 15 de enero de 1844 llevaron ante el tribunal de policía de Worship Street, en Londres, a dos muchachos porque, de hambre, habían robado de una tienda una pata de vaca a medio cocer y se la habían comido en el acto. El juez de policía se vio movido a investigar más y pronto recibió de los agentes la siguiente aclaración: la madre de estos muchachos era la viuda de un viejo soldado, más tarde agente de policía, y desde la muerte de su marido lo había pasado muy mal con sus nueve hijos. Vivía en el número 2 de Pool's Place, Quaker Street, Spitalfields, en la mayor miseria. Cuando el agente fue a verla, la encontró con seis de sus hijos literalmente apiñados en un cuartucho interior, sin muebles, salvo dos viejas sillas de enea sin asiento, una mesita con dos patas rotas, una taza rota y una fuentecilla. En el hogar, apenas una chispa de fuego, y en el rincón tantos trapos viejos como una mujer podría llevar en el delantal, que servían de cama a toda la familia. Para taparse no tenían más que su ropa miserable. La pobre mujer le contó que el año anterior había tenido que vender la cama para comer; las sábanas las había dejado al tendero de comestibles en prenda por algunos víveres, y en general había tenido que venderlo todo solo para conseguir pan. El juez de policía dio a la mujer un adelanto considerable de la caja de los pobres.

En febrero de 1844 se recomendó a la caridad del juez de policía de Marlborough Street a una viuda de sesenta años, Theresa Bishop, con su hija enferma, de 26 años. Vivía en el número 5 de Brown Street, Grosvenor Square, en un cuartito interior no mayor que un armario, en el que no había un solo mueble. En un rincón había unos trapos sobre los que dormían las dos; una caja servía a la vez de mesa y de silla. La madre ganaba algo limpiando habitaciones; según dijo el casero, vivían en ese estado desde mayo de 1843, habían ido vendiendo o empeñando poco a poco todo lo que aún tenían y, aun así, nunca habían pagado el alquiler. El juez de policía les hizo llegar una libra de la caja de los pobres.

No se me ocurre afirmar que todos los obreros de Londres vivan en una miseria como la de las tres familias anteriores; sé muy bien que por cada uno a quien la sociedad pisotea tan por completo hay diez que están mejor; pero afirmo que miles de familias laboriosas y honradas, mucho más honradas, mucho más respetables que todos los ricos de Londres juntos, se encuentran en esta situación indigna de un ser humano, y que cualquier proletario, todos sin excepción, sin culpa suya y a pesar de todos sus esfuerzos, puede correr la misma suerte.

Pero con todo, aún son afortunados los que tienen algún techo, del tipo que sea; afortunados comparados con los que no tienen ninguno. En Londres se levantan cada mañana cincuenta mil personas sin saber dónde reclinarán la cabeza la noche siguiente. Los más afortunados de este número, los que consiguen ahorrar al anochecer uno o un par de peniques, van a una de las llamadas casas de dormir (lodging-houses), de las que hay muchas en todas las grandes ciudades, y donde por su dinero encuentran alojamiento. ¡Pero qué alojamiento! La casa está llena de camas de arriba abajo, cuatro, cinco, seis camas en un cuarto, tantas como caben. En cada cama se meten cuatro, cinco, seis personas, también tantas como caben: enfermos y sanos, viejos y jóvenes, hombres y mujeres, borrachos y sobrios, como caiga, todo revuelto. Y entonces hay peleas, golpes y heridas; y si los compañeros de cama se entienden, es todavía peor: se traman robos o se hacen cosas cuya bestialidad no quieren expresar con palabras nuestras lenguas, que se han vuelto más humanas. ¿Y los que no pueden pagarse una cama así? Pues duermen donde encuentran sitio, en pasajes, en soportales, en cualquier rincón donde la policía o los dueños los dejen dormir en paz; algunos encuentran acogida en los asilos que la beneficencia privada ha levantado aquí y allá; otros duermen en los bancos de los parques, justo debajo de las ventanas de la reina Victoria. Oigamos lo que dice el Times de octubre de 1843:

«Por nuestra crónica de policía de ayer se ve que un promedio de cincuenta seres humanos duermen cada noche en los parques sin más protección contra el tiempo que los árboles y algunas cavidades de los taludes. La mayoría son muchachas jóvenes que, seducidas por soldados, fueron traídas a la capital y arrojadas al ancho mundo, a todo el desamparo de la miseria en una ciudad extraña, a toda la salvaje despreocupación del vicio precoz.

»Esto es verdaderamente terrible. Pobres tiene que haberlos en todas partes. La necesidad se abrirá camino por doquier y se instalará con toda su espantosa fealdad en el corazón de una ciudad grande y opulenta. En las mil calles y callejuelas estrechas de una metrópoli populosa siempre tendrá que haber, nos tememos, mucho sufrimiento, mucho que ofende la vista, mucho que nunca sale a la luz del día.

»¡Pero que en el círculo que se han trazado la riqueza, la alegría y el lujo, que cerca de la regia grandeza de St. James, junto al resplandeciente palacio de Bayswater, donde se encuentran el viejo y el nuevo barrio aristocrático, en una zona donde el cauto refinamiento del urbanismo moderno se ha guardado de levantar ni la más pequeña choza para la pobreza, en una zona que parece consagrada a los goces más exclusivos de la riqueza, que allí desfilen la necesidad y el hambre y la enfermedad y el vicio con todos los horrores que los acompañan, devorando cuerpo tras cuerpo, alma tras alma!

»Es en verdad un estado de cosas monstruoso. ¡Los goces más altos que pueden proporcionar la salud física, el estímulo intelectual y los placeres más inocentes de los sentidos, en contacto inmediato con la miseria más dura! ¡La riqueza riendo desde sus salones resplandecientes, riendo con brutal irreflexión junto a las heridas ignoradas de la necesidad! ¡La alegría burlándose, inconsciente pero cruel, del dolor que gime allá abajo! Todos los contrastes en lucha, todos en pugna, salvo el vicio que tienta y el vicio que se deja tentar... Pero recuerden todos los hombres esto: que en el distrito más brillante de la ciudad más rica de la tierra hay, noche tras noche, invierno tras invierno, mujeres jóvenes en años, viejas en pecados y sufrimientos, proscritas de la sociedad, pudriéndose de hambre, suciedad y enfermedad. Recuérdenlo y aprendan, no a hacer teorías, sino a obrar. ¡Bien sabe Dios que hoy hay mucho campo para obrar!»

Antes he hablado de los asilos para gente sin techo. Dos ejemplos pueden enseñarnos lo abarrotados que están. Un asilo recién abierto, el «Refuge of the Houseless» (refugio de los sin techo), en Upper Ogle Street, que puede alojar cada noche a 300 personas, acogió desde su apertura, el 27 de enero, hasta el 17 de marzo de 1844, a 2740 personas por una o varias noches; y aunque la estación se iba haciendo más benigna, el número de solicitantes, tanto en este como en los asilos de Whitecross Street y de Wapping, iba en fuerte aumento, y cada noche había que rechazar por falta de sitio a muchos sin techo. En otro, el asilo central de Playhouse Yard, se dieron en los tres primeros meses del año 1844 una media de 460 camas cada noche, se alojó en total a 6681 personas y se repartieron 96 141 raciones de pan. Aun así, el comité directivo declara que tampoco esta institución bastó mínimamente a la afluencia de necesitados hasta que se abrió también el asilo del este para acoger a gente sin techo.

Dejemos Londres para recorrer por orden las demás grandes ciudades de los tres reinos. Empecemos por Dublín, una ciudad cuya entrada por mar es tan encantadora como imponente la de Londres; la bahía de Dublín es la más hermosa de todo el reino insular británico, y los irlandeses suelen incluso compararla con la de Nápoles. También la ciudad tiene grandes bellezas, y sus barrios aristocráticos están trazados mejor y con más gusto que los de cualquier otra ciudad británica. Pero, en cambio, los barrios pobres de Dublín se cuentan entre lo más repugnante y feo que puede verse en el mundo. Es verdad que en ello tiene su parte el carácter del pueblo irlandés, que en ciertas circunstancias solo se siente a gusto en la suciedad; pero como en todas las grandes ciudades de Inglaterra y de Escocia encontramos también miles de irlandeses, y como toda población pobre tiene que hundirse poco a poco en la misma falta de limpieza, la miseria de Dublín ya no es algo específico, algo propio solo de la ciudad irlandesa, sino algo común a todas las grandes ciudades del mundo entero. Los distritos pobres de Dublín son extensísimos, y la suciedad, el estado inhabitable de las casas y el abandono de las calles superan toda idea. Puede uno hacerse una idea de cómo se hacinan aquí los pobres sabiendo que en 1817, según el informe de los inspectores del workhouse,92 en Barrack Street vivían 1318 personas en 52 casas con 390 habitaciones, y en Church Street y sus alrededores, 1997 personas en 71 casas con 393 habitaciones; que

«en este distrito y en el contiguo hay una multitud de callejuelas y patios hediondos (foul); que algunos sótanos solo reciben luz por la puerta y que en varios de ellos los habitantes duermen sobre la tierra desnuda, aunque la mayoría tiene al menos armazones de cama; pero que, por ejemplo, Nicholson's Court alberga en 28 cuartos pequeños y miserables a 151 personas en la mayor penuria, de modo que en todo el patio solo había dos armazones de cama y dos mantas».

La pobreza es tan grande en Dublín que una sola institución benéfica, la de la «Mendicity Association»,93 acoge cada día a 2500 personas, es decir, al uno por ciento de toda la población, les da de comer durante el día y por la noche las despide.

Lo mismo nos cuenta el doctor Alison94 de Edimburgo, otra ciudad cuyo emplazamiento espléndido, que le ha valido el nombre de Atenas moderna, y cuyo brillante barrio aristocrático de la ciudad nueva contrastan violentamente con la miseria hedionda de los pobres en la ciudad vieja. Alison afirma que esta gran parte de la ciudad es tan inmunda y horrible como los peores distritos de Dublín, y que la «Mendicity Association» tendría que socorrer en Edimburgo a una proporción de necesitados tan grande como en la capital irlandesa; más aún, dice que los pobres de Escocia, sobre todo de Edimburgo y Glasgow, están peor que en cualquier otra región del Imperio británico, y que los más miserables no son irlandeses, sino escoceses. El predicador de la iglesia vieja de Edimburgo, el doctor Lee, declaró en 1836 ante la Comisión de Instrucción Religiosa:95

«Que nunca había visto antes una miseria como la de su parroquia. La gente estaba sin muebles, sin nada; a menudo vivían dos matrimonios en una habitación. En un solo día había estado en siete casas en las que no había cama, y en algunas ni siquiera paja; personas de ochenta años dormían sobre el suelo de tablas, y casi todos pasaban la noche vestidos. En un sótano había encontrado a dos familias escocesas venidas del campo; poco después de su llegada a la ciudad habían muerto dos niños, y el tercero se estaba muriendo en el momento de su visita; para cada familia había un montón de paja sucia en un rincón, y encima el sótano, tan oscuro que de día no se podía distinguir a nadie dentro, albergaba además un burro. Ver semejante miseria en un país como Escocia haría sangrar un corazón de diamante.»

Algo semejante cuenta el doctor Hennen en el Edinburgh Medical and Surgical Journal. Por un informe parlamentario96 se sabe qué falta de limpieza (como cabía esperar en tales circunstancias) reina en las casas de los pobres de Edimburgo. Las gallinas pasan la noche en los postes de las camas, los perros e incluso los caballos duermen con las personas en una misma habitación, y la consecuencia natural es que en estas viviendas hay una suciedad y un hedor espantosos y ejércitos de parásitos de toda clase. La construcción de Edimburgo favorece todo lo posible este estado de cosas horrible. La ciudad vieja está edificada en las dos laderas de una colina por cuyo lomo corre la calle Alta (High Street). De ella bajan por ambos lados una multitud de callejuelas estrechas y torcidas, llamadas wynds por sus muchas revueltas, que forman el barrio proletario. Las casas de las ciudades escocesas son en general altas, de cinco y seis pisos, como en París, y, a diferencia de Inglaterra, donde en lo posible cada cual tiene su casa aparte, están habitadas por un gran número de familias distintas; con ello aumenta todavía más el hacinamiento de mucha gente en poco espacio.

«Estas calles», dice una revista inglesa en un artículo sobre las condiciones sanitarias de los obreros en las ciudades,97 «estas calles son a menudo tan estrechas que se puede pasar de la ventana de una casa a la de la casa de enfrente, y además las casas están tan amontonadas piso sobre piso que la luz apenas consigue penetrar en el patio o en la callejuela que queda entre ellas. En esta parte de la ciudad no hay alcantarillas ni desagües o letrinas que pertenezcan a las casas; por eso, toda la basura, los desperdicios y los excrementos de por lo menos 50 000 personas se tiran cada noche a las cunetas, de modo que, pese a todo el barrido de las calles, se forma una masa de inmundicia reseca y un vaho hediondo que no solo ofenden la vista y el olfato, sino que ponen en el más alto peligro la salud de los habitantes. ¿Puede extrañar que en semejantes lugares se descuiden por completo todas las consideraciones de salud, de moral y aun de la decencia más elemental? Al contrario, todos los que conocen de cerca el estado de los habitantes darán testimonio del alto grado que han alcanzado aquí la enfermedad, la miseria y la desmoralización. En estas zonas la sociedad ha caído a un nivel indescriptiblemente bajo y miserable. Las viviendas de la clase más pobre son por lo general muy sucias y, por lo que se ve, nunca se limpian de ningún modo; consisten en la mayoría de los casos en una sola habitación que, pese a la pésima ventilación, es fría por las ventanas rotas y mal ajustadas; a veces húmeda y en parte bajo tierra, siempre mal amueblada y del todo inhabitable, de modo que un montón de paja sirve a menudo de cama a toda una familia, y en él yacen hombres y mujeres, jóvenes y viejos, en una confusión indignante. El agua solo puede conseguirse en las fuentes públicas, y el esfuerzo con que hay que ir a buscarla favorece, naturalmente, toda clase de porquerías.»

En otras grandes ciudades portuarias las cosas no están mejor. Liverpool, con todo su comercio, su lujo y su riqueza, trata a sus obreros con la misma barbarie. Una quinta parte entera de la población, es decir, más de 45 000 personas, vive en sótanos estrechos, oscuros, húmedos y mal ventilados, de los que hay 7862 en la ciudad. A esto se suman 2270 patios (courts), es decir, pequeñas plazas cerradas por edificios en sus cuatro lados, con un solo acceso estrecho, casi siempre abovedado, que por tanto no permiten ninguna ventilación, suelen estar muy sucios y están habitados casi exclusivamente por proletarios. De estos patios tendremos que hablar más cuando lleguemos a Manchester. En Bristol se visitó en una ocasión a 2800 familias obreras, y de ellas el 46 por ciento tenía una sola habitación.

Exactamente lo mismo encontramos en las ciudades fabriles. En Nottingham hay en total 11 000 casas, de las cuales entre 7000 y 8000 están construidas espalda con espalda, de modo que no es posible ninguna ventilación de lado a lado; además, casi siempre hay una sola letrina común para varias casas. En una inspección hecha hace poco se encontraron muchas hileras de casas construidas sobre zanjas de desagüe poco profundas, cubiertas solo con las tablas del suelo. En Leicester, Derby y Sheffield las cosas no son distintas. De Birmingham informa el artículo del Artizan citado antes:

«En las partes más antiguas de la ciudad hay muchas zonas malas, sucias y descuidadas, llenas de charcos estancados y de montones de basura. Los patios son muy numerosos en Birmingham, más de dos mil, y contienen a la mayor parte de la clase obrera. Suelen ser estrechos, cenagosos, mal ventilados y con malos desagües; contienen de ocho a veinte casas, que en su mayoría solo pueden ventilarse por un lado, porque comparten la pared trasera con otro edificio, y al fondo del patio hay casi siempre un pozo de cenizas o algo parecido cuya suciedad no puede describirse. Hay que señalar, sin embargo, que los patios más nuevos están trazados con más sensatez y se mantienen con más decencia; y aun en los patios los cottages están mucho menos apiñados que en Manchester y Liverpool, por lo que Birmingham, durante las epidemias, tuvo muchos menos fallecimientos que, por ejemplo, Wolverhampton, Dudley y Bilston, que están a solo unas millas. Las viviendas en sótanos también son desconocidas en Birmingham, aunque algunos sótanos se usan, inadecuadamente, como talleres. Las casas de dormir para proletarios son bastante numerosas (más de 400), sobre todo en patios del centro de la ciudad; casi todas son de una suciedad repugnante y lóbregas, refugio de mendigos, vagabundos» (trampers; sobre el sentido preciso de esta palabra, más adelante), «ladrones y rameras, que comen, beben, fuman y duermen aquí sin consideración alguna por la decencia ni la comodidad, en una atmósfera que solo pueden soportar estos seres degradados.»

Glasgow se parece en muchos aspectos a Edimburgo: los mismos wynds, las mismas casas altas. Sobre esta ciudad observa el Artizan:

«La clase obrera forma aquí cerca del 78 por ciento de toda la población (unos 300 000 habitantes) y vive en barrios que en miseria y horror superan a los escondrijos más bajos de St. Giles y Whitechapel, a los Liberties de Dublín y a los wynds de Edimburgo. Zonas así abundan en el corazón de la ciudad, al sur del Trongate, al oeste del Saltmarket, en el Calton, a los lados de la calle Alta, etc.: laberintos interminables de callejas estrechas o wynds, en los que casi a cada paso desembocan patios o callejones sin salida formados por casas viejas, mal ventiladas, altísimas, sin agua y ruinosas. Estas casas están literalmente atestadas de habitantes; contienen tres o cuatro familias, quizá veinte personas, en cada piso, y a veces cada piso se alquila por camas, de modo que quince o veinte personas están amontonadas, no nos atrevemos a decir alojadas, en una sola habitación. Estos distritos albergan a los miembros más pobres, más depravados y más despreciables de la población y hay que considerarlos como el foco de esas terribles epidemias de fiebre que desde aquí extienden la devastación por todo Glasgow.»

Oigamos cómo describe estos barrios J. C. Symons, comisionado del Gobierno en la investigación sobre la situación de los tejedores a mano:98

«He visto la miseria en algunas de sus peores fases, tanto aquí como en el continente, pero antes de visitar los wynds de Glasgow no creía que en ningún país civilizado pudiera existir tanto crimen, tanta miseria y tanta enfermedad. En las casas de dormir más bajas duermen revueltas en el suelo diez, doce y a veces hasta veinte personas de ambos sexos y de todas las edades, en distintos grados de desnudez. Estos alojamientos son por lo general (generally) tan sucios, húmedos y ruinosos que nadie querría meter en ellos a su caballo.»

Y en otro lugar:

«Los wynds de Glasgow contienen una población flotante de quince a treinta mil personas. Este barrio se compone solo de callejas estrechas y de patios cuadrados en cuyo centro hay siempre un estercolero. Por indignante que fuera el aspecto exterior de estos lugares, yo estaba aún poco preparado para la suciedad y la miseria de dentro. En algunos de estos dormitorios, que visitamos de noche» (el superintendente de policía capitán Miller y Symons) «encontramos una capa completa de seres humanos tendidos en el suelo, a menudo de quince a veinte, unos vestidos, otros desnudos, hombres y mujeres revueltos. Su lecho era una capa de paja podrida mezclada con algunos trapos. Había pocos muebles o ninguno, y lo único que daba a estos agujeros una apariencia de vivienda era un fuego en la chimenea. El robo y la prostitución son las principales fuentes de ingresos de esta población. Nadie parecía tomarse la molestia de barrer este establo de Augías, este pandemonio, este ovillo de crimen, suciedad y peste en el centro de la segunda ciudad del reino. Un extenso reconocimiento de los distritos más bajos de otras ciudades nunca me mostró nada que fuera ni la mitad de malo, ni en la intensidad de la infección moral y física ni en la densidad relativa de la población. En este barrio, la mayoría de las casas han sido declaradas ruinosas e inhabitables por el Court of Guild,99 pero precisamente estas son las más habitadas, porque según la ley no se puede exigir alquiler por ellas.»

El gran distrito industrial del centro de la isla británica, la franja densamente poblada del oeste de Yorkshire y del sur de Lancashire, con sus muchas ciudades fabriles, no tiene nada que envidiar a las demás grandes ciudades. El distrito lanero del West Riding de Yorkshire es una comarca encantadora, una hermosa tierra verde de colinas cuyas alturas se vuelven cada vez más escarpadas hacia el oeste, hasta alcanzar su punto más alto en la abrupta cresta de Blackstone Edge, la divisoria de aguas entre el mar de Irlanda y el mar del Norte. Los valles del Aire, a cuya orilla está Leeds, y del Calder, por el que pasa el ferrocarril de Manchester a Leeds, se cuentan entre los más amenos de Inglaterra y están sembrados por todas partes de fábricas, aldeas y ciudades; las casas grises de mampostería parecen tan limpias y cuidadas al lado de los ennegrecidos edificios de ladrillo de Lancashire que da gusto verlas. Pero cuando se entra en las ciudades mismas, se encuentra poco que alegre la vista. Leeds está situada, tal como la describe el Artizan (lugar citado) y como yo mismo pude comprobar,

«en una suave pendiente que baja al valle del Aire. Este río serpentea por la ciudad a lo largo de una milla y media aproximadamente100 y está expuesto a fuertes inundaciones durante el deshielo o las lluvias violentas. Los barrios occidentales, más altos, son limpios para una ciudad tan grande, pero las zonas más bajas, en torno al río y sus arroyos afluentes (becks), son sucias, estrechas y ya de por sí suficientes para acortar la vida de los habitantes, sobre todo de los niños pequeños; si a esto se añade el estado repugnante de los distritos obreros en torno a Kirkgate, March Lane, Cross Street y Richmond Road, que se debe principalmente a las calles sin pavimentar y sin desagüe, a la construcción irregular, a los muchos patios y callejones sin salida y a la ausencia total aun de los medios de limpieza más corrientes, todo ello junto nos da razones de sobra para explicarnos la excesiva mortalidad de estas desdichadas regiones de la miseria más sucia. A consecuencia de las inundaciones del Aire» (que, hay que añadir, como todos los ríos puestos al servicio de la industria, entra en la ciudad por un extremo claro y transparente y sale por el otro espeso, negro y hediondo de toda clase de inmundicias) «las casas y los sótanos se llenan a menudo de tanta agua que hay que sacarla a la calle con bombas; y en esas épocas el agua sube, incluso donde hay alcantarillas, desde ellas a los sótanos,101 produce exhalaciones miasmáticas, muy cargadas de ácido sulfhídrico, y deja un residuo repugnante y sumamente perjudicial para la salud. Durante la inundación de la primavera de 1839, los efectos de semejante atasco de las alcantarillas fueron tan nocivos que, según el informe del registrador del estado civil, en este barrio hubo durante el trimestre tres defunciones por cada dos nacimientos, mientras que en el mismo trimestre todos los demás barrios de la ciudad tuvieron tres nacimientos por cada dos defunciones.»

Otros distritos densamente poblados no tienen desagüe alguno o lo tienen tan malo que no les sirve de nada. En algunas hileras de casas los sótanos rara vez están secos; en otros distritos varias calles están cubiertas de un barro blando de un pie de profundidad. Los habitantes han intentado en vano reparar de vez en cuando estas calles con paletadas de ceniza; pero, pese a ello, el purín y el agua sucia que se tira desde las casas se quedan estancados en todos los hoyos hasta que el viento y el sol los secan (véase el informe del concejo municipal en el Statistical Journal, vol. 2, pág. 404). Un cottage corriente de Leeds no ocupa más superficie que cinco yardas en cuadro y consta normalmente de un sótano, una sala y un dormitorio. Estas viviendas estrechas, llenas de gente día y noche, son otro punto peligroso para la moralidad y para la salud de los habitantes. Y lo hacinadas que están estas viviendas lo cuenta el informe antes citado sobre el estado sanitario de la clase obrera:

«En Leeds encontramos hermanos y hermanas y huéspedes de ambos sexos que compartían el mismo dormitorio con los padres; de ello resultan consecuencias ante cuya consideración retrocede horrorizado el sentimiento humano.»

Lo mismo ocurre en Bradford, que está a solo siete millas de Leeds, en el punto de encuentro de varios valles, a orillas de un riachuelo negro como la pez y maloliente. Desde las alturas de alrededor, la ciudad ofrece en un domingo hermoso (porque los días laborables la envuelve una nube gris de humo de carbón) una vista espléndida; pero dentro reinan la misma suciedad y la misma inhabitabilidad que en Leeds. Los barrios viejos están construidos en pendientes empinadas, de manera estrecha e irregular; en las callejas, callejones sin salida y patios se amontonan la basura y los escombros; las casas son ruinosas, sucias e inhabitables, y en la proximidad inmediata del río y del fondo del valle encontré muchas cuyo piso bajo, medio enterrado en la ladera, era del todo inhabitable. En general, los lugares del fondo del valle donde las viviendas obreras se han metido entre las altas fábricas son los peor construidos y los más sucios de toda la ciudad. En los barrios más nuevos de esta, como de cualquier otra ciudad fabril, los cottages están dispuestos con más regularidad, en hileras, pero también aquí comparten todos los males ligados a la manera tradicional de alojar a los obreros, de los que hablaremos con más detalle a propósito de Manchester. Lo mismo vale para las demás ciudades del West Riding, sobre todo Barnsley, Halifax y Huddersfield. Esta última, con su emplazamiento encantador y su construcción moderna, la más bonita con mucho de todas las ciudades fabriles de Yorkshire y Lancashire, tiene, sin embargo, también sus barrios malos; pues un comité nombrado por una asamblea de vecinos para inspeccionar la ciudad informó el 5 de agosto de 1844:

«Que es notorio que en Huddersfield calles enteras y muchas callejas y patios no están pavimentados ni provistos de alcantarillas ni de otros desagües; que aquí se amontonan desperdicios, inmundicias y suciedad de toda clase, que fermentan y se pudren, y que casi en todas partes se acumula agua estancada en charcos; que, en consecuencia, las viviendas contiguas son por fuerza malas y sucias, de modo que en tales lugares se engendran enfermedades que amenazan la salud de toda la ciudad.»

Si cruzamos Blackstone Edge, o lo atravesamos en tren, llegamos al suelo clásico en que la industria inglesa ha realizado su obra maestra y del que parten todos los movimientos obreros: al sur de Lancashire, con su ciudad central, Manchester. De nuevo tenemos una hermosa tierra de colinas que desciende suavemente desde la divisoria de aguas hacia el oeste, hacia el mar de Irlanda, con los encantadores valles verdes del Ribble, del Irwell y del Mersey y de sus afluentes; una tierra que hace cien años era todavía, en su mayor parte, simple pantano y poco poblada, y hoy está sembrada de ciudades y aldeas y es la comarca más poblada de Inglaterra. En Lancashire, y especialmente en Manchester, la industria del Imperio británico tiene a la vez su punto de partida y su centro; la Bolsa de Manchester es el termómetro de todas las oscilaciones del tráfico industrial; el arte moderno de la fabricación ha alcanzado en Manchester su perfección. En la industria algodonera del sur de Lancashire, el aprovechamiento de las fuerzas de la naturaleza, la sustitución del trabajo manual por la maquinaria (sobre todo en el telar mecánico y en la selfactor-mule)102 y la división del trabajo aparecen en su punto más alto, y si hemos reconocido en estos tres elementos lo característico de la industria moderna, tenemos que admitir que también en ellos la elaboración del algodón ha ido por delante de todas las demás ramas de la industria desde el principio hasta hoy. Pero al mismo tiempo, aquí tenían también que desarrollarse con la mayor plenitud y pureza las consecuencias de la industria moderna para la clase obrera, y el proletariado industrial tenía que aparecer en su forma más clásica; la degradación a la que el empleo de la fuerza del vapor, de la maquinaria y de la división del trabajo reduce al obrero, y los intentos del proletariado de salir de esa situación envilecedora, tenían también que llevarse aquí al extremo y hacerse conscientes con la mayor claridad. Por eso, pues, porque Manchester es el tipo clásico de la ciudad industrial moderna, y también porque la conozco tan bien como mi propia ciudad natal, mejor que la mayoría de sus habitantes, tendremos que detenernos aquí algo más.

Las ciudades de los alrededores de Manchester se distinguen poco de la ciudad central en lo que respecta a los barrios obreros, salvo que en ellas los obreros forman, si cabe, una parte todavía mayor de la población. Estas localidades son, en efecto, puramente industriales y hacen que todos sus negocios comerciales se lleven en Manchester y a través de Manchester; dependen de Manchester en todos los sentidos y por eso solo las habitan obreros, fabricantes y tenderos de poca monta, mientras que Manchester tiene todavía una población comercial muy importante, sobre todo casas de comisión y comercios al por menor de prestigio. Por eso Bolton, Preston, Wigan, Bury, Rochdale, Middleton, Heywood, Oldham, Ashton, Stalybridge, Stockport, etc., aunque casi todas son ciudades de treinta, cincuenta, setenta y hasta noventa mil habitantes, son casi enteramente grandes barrios obreros, interrumpidos solo por fábricas y por unas pocas calles principales con tiendas en sus fachadas, y provistos de algunas carreteras de acceso a lo largo de las cuales se alzan, como villas, los jardines y las casas de los fabricantes. Las ciudades mismas están mal construidas y sin orden, con patios, callejas y callejones traseros sucios, llenas de humo de carbón, y tienen un aspecto especialmente inhóspito por el ladrillo, al principio de un rojo vivo pero ennegrecido con el tiempo por el humo, que es aquí el material de construcción general. Las viviendas en sótanos son aquí corrientes; dondequiera que es posible se construyen estos agujeros subterráneos, y una parte muy considerable de la población vive en ellos.

Entre las peores de estas ciudades, después de Preston y Oldham, está Bolton, situada once millas al noroeste de Manchester. Por lo que pude observar en mis varias estancias, solo tiene una calle principal, y bastante sucia por cierto, Deansgate, que sirve a la vez de mercado, y aun con el tiempo más hermoso sigue siendo un agujero sombrío y feo, aunque fuera de las fábricas no tiene más que casas bajas de una y dos plantas. Como en todas partes, la parte más vieja de la ciudad es especialmente ruinosa e inhabitable. La atraviesa un agua negra de la que uno duda si es un arroyo o una larga hilera de charcos hediondos, y que contribuye por su parte a infectar del todo un aire que ya de por sí no es puro.

Luego está Stockport, que, aunque se halla en la orilla del Mersey que pertenece a Cheshire, forma parte del distrito industrial de Manchester. Está en un valle estrecho a lo largo del Mersey, de modo que por un lado la calle baja en fuerte pendiente y por el otro vuelve a subir igual de empinada, y el ferrocarril de Manchester a Birmingham pasa por encima de la ciudad y de todo el valle sobre un alto viaducto. Stockport es conocido en todo el distrito como uno de los nidos más sombríos y más llenos de humo, y su aspecto es, en efecto, sumamente desapacible, sobre todo visto desde el viaducto. Pero mucho más desapacibles son los cottages y las viviendas en sótanos de los proletarios, que se extienden en largas hileras por todas las partes de la ciudad, desde el fondo del valle hasta lo alto de las colinas. No recuerdo haber visto en ninguna otra ciudad de este distrito, proporcionalmente, tantos sótanos habitados.

Unas pocas millas al nordeste de Stockport está Ashton-under-Lyne, una de las localidades fabriles más nuevas de la comarca. Se halla en la ladera de una colina a cuyo pie corren el canal y el río Tame, y en general está construida según el sistema más nuevo y más regular. Cinco o seis calles largas y paralelas recorren la colina de través y las cortan en ángulo recto otras que bajan al valle. Con esta disposición, todas las fábricas quedan desplazadas fuera de la ciudad propiamente dicha, aunque la cercanía del agua y de la vía fluvial no las hubiera atraído ya a todas al fondo del valle, donde se apiñan y vierten un humo espeso por sus chimeneas. Gracias a ello Ashton tiene un aspecto mucho más agradable que la mayoría de las demás ciudades fabriles; las calles son anchas y más limpias, los cottages parecen nuevos, de un rojo fresco, y habitables. Pero el nuevo sistema de construir cottages para los obreros tiene también sus lados malos: cada calle tiene su callejón trasero escondido, al que lleva un paso estrecho y que, por eso mismo, está tanto más sucio. Y también en Ashton, aunque no he visto ningún edificio, salvo algunos a la entrada, que pudiera tener más de cincuenta años, también en Ashton hay calles en las que los cottages se vuelven malos y viejos, en cuyas esquinas los ladrillos ya no aguantan y se desplazan, en las que las paredes se agrietan y dejan desprenderse la cal blanqueada del interior; calles cuyo aspecto sucio y ennegrecido por el humo no tiene nada que envidiar a las demás ciudades del distrito, solo que en Ashton esto es la excepción y no la regla.

Una milla más al este está Stalybridge, también a orillas del Tame. Cuando se llega de Ashton por encima de la colina, se tienen arriba, en la cima, a derecha e izquierda, hermosos jardines grandes con espléndidas casas de aire de villa en el centro, construidas casi todas en estilo «isabelino», que es al gótico exactamente lo que la religión protestante anglicana es a la católica apostólica. Cien pasos más allá, y Stalybridge aparece en el valle; ¡pero qué contraste tan violento con las espléndidas casas de campo, violento incluso con los modestos cottages de Ashton! Stalybridge está en una garganta estrecha y sinuosa, mucho más estrecha todavía que el valle de Stockport, cuyas dos laderas están ocupadas por una maraña desordenada de cottages, casas y fábricas. Al entrar, ya los primeros cottages son estrechos, ahumados, viejos y ruinosos, y como las primeras casas, así toda la ciudad. Pocas calles están en el estrecho fondo del valle; la mayoría se cruzan en todas direcciones, cuesta arriba y cuesta abajo; en casi todas las casas, por esta situación en pendiente, la planta baja está medio enterrada, y desde los montes, desde donde aquí y allá se ve la ciudad casi a vista de pájaro, puede verse qué masa de patios, callejones traseros y rincones apartados resulta de esta construcción confusa. Si a esto se añade la espantosa suciedad, se comprende la impresión repugnante que causa Stalybridge pese a sus bonitos alrededores.

Pero basta de estas ciudades menores. Cada una tiene su peculiaridad, pero en conjunto los obreros viven en ellas exactamente igual que en Manchester; por eso solo he descrito en particular su construcción característica, y me limito a señalar que todas las observaciones más generales sobre el estado de las viviendas obreras en Manchester se aplican plenamente también a las ciudades de los alrededores. Pasemos ahora a la ciudad central misma.

Plano de Manchester y sus arrabales, de la primera edición (1845). Leyenda: 1, la Bolsa; 2, la iglesia vieja; 3, el asilo de pobres (workhouse); 4, el cementerio de pobres; entre ambos, la estación de los ferrocarriles de Liverpool y Leeds; 5, iglesia de San Miguel; 6, Scotland Bridge sobre el Irk (la calle de 2 a 6 se llama Long Millgate); 7, Ducie Bridge sobre el Irk; 8, Little Ireland. El barrio comercial va sombreado con rayado descendente de izquierda a derecha.
Plano de Manchester y sus arrabales, de la primera edición (1845). Leyenda: 1, la Bolsa; 2, la iglesia vieja; 3, el asilo de pobres (workhouse); 4, el cementerio de pobres; entre ambos, la estación de los ferrocarriles de Liverpool y Leeds; 5, iglesia de San Miguel; 6, Scotland Bridge sobre el Irk (la calle de 2 a 6 se llama Long Millgate); 7, Ducie Bridge sobre el Irk; 8, Little Ireland. El barrio comercial va sombreado con rayado descendente de izquierda a derecha.

Manchester está al pie de la ladera sur de una cadena de colinas que avanza desde Oldham entre los valles del Irwell y del Medlock y cuya última cima es Kersall Moor, el hipódromo y a la vez el mons sacer103 de Manchester. Manchester propiamente dicho está en la orilla izquierda del Irwell, entre este río y los dos más pequeños, el Irk y el Medlock, que desembocan aquí en el Irwell. En la orilla derecha del Irwell, encerrado en un fuerte meandro del río, está Salford,104 y más al oeste Pendleton; al norte del Irwell están Higher y Lower Broughton, y al norte del Irk, Cheetham Hill; al sur del Medlock está Hulme, más al este Chorlton-on-Medlock y más allá todavía, casi al este de Manchester, Ardwick. Todo este conjunto de casas se llama en la vida corriente Manchester y abarca más bien más que menos de cuatrocientas mil personas. La ciudad misma está construida de un modo peculiar, de manera que uno puede vivir en ella años y años y entrar y salir a diario sin pasar nunca por un barrio obrero ni tener siquiera contacto con obreros, mientras uno se limite, claro está, a ir a sus negocios o a pasear. Pero esto se debe principalmente a que, tanto por un acuerdo inconsciente y tácito como por una intención consciente y declarada, los distritos obreros están separados con el mayor rigor de las partes de la ciudad reservadas a la clase media o, donde esto no es posible, se los cubre con el manto de la caridad. Manchester tiene en su centro un distrito comercial bastante extenso, de una media milla de largo y otro tanto de ancho, compuesto casi solo de oficinas y almacenes (warehouses). Casi todo el distrito está deshabitado, y por la noche queda solitario y desierto: solo los policías de guardia recorren con sus linternas sordas las callejas estrechas y oscuras. Cruzan esta zona algunas calles principales por las que se apiña un tráfico enorme y cuyas plantas bajas están ocupadas por tiendas brillantes; en estas calles hay aquí y allá pisos altos habitados, y en ellas hay bastante vida en la calle hasta tarde. Con excepción de este distrito comercial, todo Manchester propiamente dicho, todo Salford y Hulme, una parte considerable de Pendleton y de Chorlton, dos tercios de Ardwick y algunas franjas de Cheetham Hill y de Broughton son todo distrito obrero, que se extiende alrededor del barrio comercial como un cinturón de milla y media de ancho por término medio. Fuera, más allá de este cinturón, vive la burguesía alta y media: la media, en calles regulares cerca de los barrios obreros, sobre todo en Chorlton y en las partes bajas de Cheetham Hill; la alta, en las casas con jardín, a modo de villas, más alejadas, de Chorlton y Ardwick, o en las aireadas alturas de Cheetham Hill, Broughton y Pendleton, en un aire de campo libre y sano, en viviendas espléndidas y cómodas ante las que pasan cada media hora o cada cuarto de hora los ómnibus que van a la ciudad. Y lo mejor del caso es que estos ricos aristócratas del dinero pueden ir por el camino más corto, atravesando todos los barrios obreros, a sus locales de negocio en el centro de la ciudad sin darse siquiera cuenta de que pasan junto a la miseria más sucia, que se encuentra a derecha e izquierda. Pues las calles principales que salen de la Bolsa en todas direcciones hacia fuera de la ciudad están bordeadas a ambos lados por una hilera casi ininterrumpida de tiendas y están así en manos de la burguesía media y pequeña, que ya en su propio interés cuida y puede cuidar de tener un aspecto decente y limpio. Es verdad que estas tiendas guardan siempre cierto parentesco con los distritos que hay detrás de ellas y que, por tanto, son más elegantes en el barrio comercial y cerca de los distritos burgueses que allí donde tapan sucios cottages obreros; pero en todo caso bastan para ocultar a los ojos de los señores y las señoras ricos, de estómago fuerte y nervios débiles, la miseria y la suciedad que forman el complemento de su riqueza y de su lujo. Así, por ejemplo, Deansgate, que va en línea recta desde la iglesia vieja105 hacia el sur, está edificada primero con almacenes y fábricas, luego con tiendas de segunda categoría y algunas cervecerías, más al sur, donde deja el barrio comercial, con tiendas más modestas, que, cuanto más se avanza, son más sucias y están cada vez más interrumpidas por tabernas y despachos de aguardiente, hasta que en el extremo sur el aspecto de las tiendas no deja ninguna duda de que sus clientes son obreros, y solo obreros. Lo mismo Market Street, que sale de la Bolsa hacia el sudeste: al principio, tiendas brillantes de primera categoría y, en los pisos altos, oficinas y almacenes; más adelante, en su prolongación (Piccadilly), hoteles y almacenes colosales; en la prolongación siguiente (London Road), en la zona del Medlock, fábricas, tabernas, tiendas para la baja burguesía y para obreros; luego, en Ardwick Green, viviendas para la burguesía alta y media, y de allí en adelante grandes jardines y casas de campo para los fabricantes y comerciantes más ricos. De este modo, si se conoce Manchester, se pueden deducir desde las calles principales los distritos contiguos, pero muy rara vez se consigue ver desde ellas los distritos obreros reales. Sé muy bien que esta construcción hipócrita es más o menos común a todas las grandes ciudades; sé igualmente que los comerciantes al por menor, ya por la naturaleza de su negocio, tienen que acaparar las grandes calles de paso; sé que en esas calles hay en todas partes más casas buenas que malas y que cerca de ellas el valor del suelo es más alto que en las zonas apartadas; pero en ninguna parte he encontrado un aislamiento tan sistemático de la clase obrera respecto de las calles principales, un encubrimiento tan delicado de todo lo que podría ofender la vista y los nervios de la burguesía, como en Manchester. Y sin embargo Manchester está construida, por lo demás, con menos plan o según las ordenanzas de policía, y más al azar, que ninguna otra ciudad; y cuando considero al mismo tiempo las celosas afirmaciones de la clase media de que a los obreros les va de maravilla, me da la impresión de que los fabricantes liberales, los big whigs106 de Manchester, no son del todo inocentes de esta pudorosa construcción.

Solo señalaré, de pasada, que las instalaciones fabriles siguen casi todas el curso de los tres ríos o de los diversos canales que se ramifican por la ciudad, y paso luego a describir los propios distritos obreros. Primero está la ciudad vieja de Manchester, situada entre el límite norte del barrio comercial y el Irk. Aquí las calles, incluso las mejores, son estrechas y torcidas, como Todd Street, Long Millgate, Withy Grove y Shude Hill; las casas, sucias, viejas y ruinosas, y la construcción de las calles laterales, francamente abominable. Si se entra en Long Millgate desde la iglesia vieja, se tiene enseguida a la derecha una hilera de casas antiguas en las que ni una sola fachada ha quedado vertical; son los restos del viejo Manchester preindustrial, cuyos antiguos habitantes se han ido con sus descendientes a distritos mejor construidos y han dejado las casas, demasiado malas para ellos, a una raza obrera muy mezclada con sangre irlandesa. Aquí está uno de verdad en un barrio obrero casi sin disimulo, porque ni siquiera las tiendas y las tabernas de la calle se toman la molestia de parecer algo limpias. Pero todo esto no es nada al lado de las callejas y los patios que hay detrás, a los que solo se llega por accesos estrechos y techados en los que no pueden cruzarse dos personas. No puede uno hacerse idea del revoltijo desordenado de las casas, que se burla de toda arquitectura razonable, ni de la apretura con que están aquí literalmente empaquetadas unas contra otras. Y la culpa no es solo de los edificios que ha dejado la época antigua de Manchester; la confusión se ha llevado al extremo en tiempos más recientes, porque dondequiera que la construcción de la época anterior dejaba todavía un pedacito de espacio se ha edificado y remendado después, hasta que al fin no ha quedado entre las casas ni una pulgada de sitio que pudiera aún edificarse. Para confirmarlo, reproduzco aquí un pedacito del plano de Manchester; no es el peor trozo y no es ni la décima parte de toda la ciudad vieja.

Casas y patios entre Long Millgate, Todd Street y Fennel Street, a orillas del Irk (primera edición, 1845)
Casas y patios entre Long Millgate, Todd Street y Fennel Street, a orillas del Irk (primera edición, 1845)

Este dibujo bastará para caracterizar la demencial construcción de todo el distrito, sobre todo de la parte próxima al Irk. La orilla del Irk es aquí, por el lado sur, muy empinada, y tiene entre quince y treinta pies de altura; en esta pared en pendiente se han plantado además, casi siempre, tres hileras de casas, la más baja de las cuales se alza directamente desde el río, mientras que la fachada de la más alta está al nivel de la cresta de la colina, en Long Millgate. Entre ellas hay además fábricas junto al río; en una palabra, la construcción es aquí tan estrecha y desordenada como en la parte baja de Long Millgate. A derecha e izquierda salen de la calle principal multitud de pasos techados que llevan a los numerosos patios, y si se entra en ellos se cae en una suciedad y una inmundicia repugnante que no tienen igual, sobre todo en los patios que bajan hacia el Irk y que contienen sin duda las viviendas más horribles que he visto hasta ahora. En uno de estos patios, justo a la entrada, donde termina el pasadizo cubierto, hay una letrina sin puerta y tan sucia que los vecinos solo pueden entrar en el patio o salir de él atravesando el charco estancado de orina podrida y excrementos que la rodea; es el primer patio sobre el Irk aguas arriba de Ducie Bridge, por si alguien tiene ganas de ir a verlo; abajo, junto al río, hay varias tenerías que llenan todo el contorno de un olor de descomposición animal. A los patios que hay aguas abajo de Ducie Bridge se baja casi siempre por escaleras estrechas y sucias, y solo se llega a las casas pasando por encima de montones de escombros y basura. El primer patio aguas abajo de Ducie Bridge se llama Allen's Court y en tiempos del cólera107 estaba en tal estado que la policía sanitaria lo hizo vaciar, barrer y fumigar con cloro; el doctor Kay da en un folleto108109 una descripción espeluznante del estado de este patio en aquel tiempo. Desde entonces parece que se ha derribado en parte y se ha vuelto a construir; desde Ducie Bridge se ven al menos todavía varias ruinas de muros y altos montones de escombros junto a algunas casas de construcción más reciente. La vista desde este puente, que un pretil de obra de la altura de un hombre oculta delicadamente a los mortales de menor estatura, es en general característica de todo el distrito. Abajo corre, o más bien se estanca, el Irk, un río estrecho, negro como la pez y hediondo, lleno de basura y desperdicios que arroja a la orilla derecha, más llana; con tiempo seco queda en esta orilla una larga hilera de charcos de fango de un verde negruzco repugnante, de cuyo fondo suben sin cesar burbujas de gases miasmáticos que despiden un olor insoportable incluso arriba, en el puente, a cuarenta o cincuenta pies sobre el nivel del agua. Además, el río queda detenido a cada paso por altas presas, detrás de las cuales el fango y los desperdicios se depositan en masas espesas y se pudren. Aguas arriba del puente hay altas tenerías, y más arriba tintorerías, molinos de huesos y fábricas de gas, cuyos vertidos y desechos van a parar todos al Irk, que recibe además el contenido de las alcantarillas y letrinas contiguas. Puede uno imaginarse, pues, de qué naturaleza son los residuos que deja el río. Aguas abajo del puente se ven los montones de escombros, la basura, la suciedad y la ruina de los patios de la orilla izquierda, la empinada; una casa está siempre pegada detrás de la otra, y por la subida de la orilla se ve un trozo de cada una, todas ennegrecidas por el humo, desmoronándose, viejas, con los cristales y los marcos de las ventanas rotos. El fondo lo forman viejos edificios fabriles de aspecto de cuartel. En la orilla derecha, la más llana, hay una larga hilera de casas y fábricas: ya la segunda casa es una ruina sin tejado, llena de escombros, y la tercera está tan baja que el piso inferior es inhabitable y, por tanto, no tiene ni ventanas ni puertas. El fondo lo forman aquí el cementerio de los pobres, las estaciones de los ferrocarriles de Liverpool y de Leeds y, detrás, el workhouse, la «Bastilla de la Ley de Pobres»110 de Manchester, que desde una colina, detrás de altos muros y almenas, mira amenazador, como una ciudadela, al barrio obrero de enfrente.

Aguas arriba de Ducie Bridge la orilla izquierda se vuelve más llana y la derecha, en cambio, más empinada, pero el estado de las viviendas a ambos lados del Irk es más bien peor que mejor. Si aquí se deja la calle principal, que sigue siendo Long Millgate, por la izquierda, uno está perdido: va a parar de un patio a otro, todo son esquinas, rincones y pasadizos estrechos y sucios, hasta que a los pocos minutos ha perdido toda orientación y no sabe ya adónde dirigirse. Por todas partes edificios medio o del todo en ruinas (algunos están realmente deshabitados, y eso aquí quiere decir mucho); en las casas, rara vez un suelo de tablas o de piedra, y en cambio casi siempre ventanas y puertas rotas y mal ajustadas, ¡y qué suciedad! Montones de escombros, desperdicios e inmundicia por todas partes; charcos estancados en lugar de cunetas, y un olor que bastaría por sí solo para que a cualquier persona mínimamente civilizada le resultara insoportable vivir en un distrito así. La prolongación del ferrocarril de Leeds, recién construida, que cruza aquí el Irk, ha barrido una parte de estos patios y callejuelas, pero en cambio ha dejado otros todavía más a la vista. Así, justo debajo del puente del ferrocarril hay un patio que supera con mucho a todos los demás en suciedad y horror, precisamente porque hasta ahora estaba tan cerrado, tan apartado, que solo se podía entrar en él con dificultad; yo mismo no lo habría encontrado nunca sin el hueco abierto por el viaducto del ferrocarril, aunque creía conocer bien toda esta zona. Por una orilla llena de baches, entre postes y cuerdas de tender la ropa, se llega a este caos de chozas pequeñas, de una planta y una habitación, la mayoría sin ningún suelo artificial: cocina, sala y dormitorio, todo en uno. En uno de estos agujeros, que apenas tenía seis pies de largo y cinco de ancho, vi dos camas (¡y qué armazones y qué camas!) que, junto con una escalera y un fogón, bastaban justo para llenar toda la habitación. En varios otros no vi nada en absoluto, aunque la puerta estaba abierta de par en par y los habitantes apoyados en ella. Delante de las puertas, por todas partes, escombros y basura; que debajo hubiera alguna clase de pavimento no se veía, solo se notaba aquí y allá con los pies. Todo este montón de establos habitados por personas estaba limitado por dos lados por casas y una fábrica y por el tercero por el río, y aparte del estrecho sendero de la orilla solo un estrecho portalón llevaba fuera, a otro laberinto de viviendas casi tan mal construido y tan mal cuidado.

¡Basta! Así está edificado todo el lado del Irk: un caos de casas amontonadas sin plan, más o menos cercanas a la inhabitabilidad, cuyo interior sucio corresponde perfectamente a su entorno inmundo. ¡Cómo va a ser limpia la gente! Ni siquiera para satisfacer las necesidades más naturales y cotidianas hay facilidades adecuadas. Las letrinas son aquí tan escasas que o se llenan todos los días o a la mayoría les quedan demasiado lejos. ¡Cómo va a lavarse la gente, si solo tiene cerca el agua sucia del Irk y las conducciones de agua y las fuentes solo existen en los barrios decentes! De verdad, no se les puede reprochar a estos ilotas111 de la sociedad moderna que sus viviendas no estén más limpias que las pocilgas que hay aquí y allá en medio de ellas. ¡Y los caseros no se avergüenzan de alquilar viviendas como los seis o siete sótanos del muelle, justo debajo de Scotland Bridge, cuyo suelo está por lo menos dos pies por debajo del nivel del agua (con el agua baja) del Irk, que corre a menos de seis pies de ellos, o como el piso alto de la casa de la esquina de la orilla opuesta, justo encima del puente, cuya planta baja es inhabitable, sin nada que cierre los huecos de puertas y ventanas! Aunque este es un caso nada raro en toda esta zona, y entonces este piso bajo abierto lo usa por lo general todo el vecindario como letrina, a falta de otros lugares.

Si dejamos el Irk para volver a penetrar en el centro de las viviendas obreras por el lado opuesto de Long Millgate, llegamos a un barrio algo más nuevo, que se extiende desde la iglesia de St. Michael hasta Withy Grove y Shude Hill. Aquí hay por lo menos algo más de orden: en lugar de la construcción caótica encontramos aquí al menos callejas y callejones sin salida largos y rectos, o patios construidos a propósito, casi siempre cuadrados; pero si antes era cada casa, aquí es por lo menos cada calleja y cada patio lo que está construido arbitrariamente y sin consideración alguna a la situación de los demás. Ora una calleja va en una dirección, ora en otra; a cada paso se cae en un callejón sin salida o se dobla una esquina cerrada que lleva justo de vuelta al punto de partida: quien no haya vivido un buen tiempo en este laberinto no encuentra seguro la salida. La ventilación de las calles (si puedo usar esta palabra hablando de este distrito) y de los patios resulta así tan imperfecta como la de la zona del Irk; y si este distrito tiene alguna ventaja sobre el valle del Irk (las casas son, desde luego, más nuevas, y las calles tienen al menos a veces cunetas), tiene en cambio una vivienda en sótano debajo de casi cada casa, cosa que en el valle del Irk rara vez se encuentra, precisamente por la mayor antigüedad y la construcción más descuidada de las casas. Por lo demás, la suciedad, los montones de escombros y de ceniza y los charcos de las calles son comunes a ambos barrios, y en el distrito del que hablamos ahora encontramos además otra circunstancia muy perjudicial para la limpieza de los habitantes: la multitud de cerdos que se pasean por todas partes por las callejas husmeando la basura o están encerrados en pequeñas pocilgas en los patios. Los engordadores de cerdos alquilan aquí, como en la mayoría de los distritos obreros de Manchester, los patios y ponen en ellos pocilgas; casi en cada patio hay uno o incluso varios de estos rincones cercados, en los que los vecinos del patio echan todos los desperdicios y la basura; así engordan los cerdos, y el aire, ya encerrado de por sí en estos patios cerrados por sus cuatro lados, se estropea del todo con las materias vegetales y animales en descomposición. Se ha abierto a través de este distrito una calle ancha y bastante decente, Millers Street, y se ha tapado con bastante éxito lo que hay detrás; pero si la curiosidad lo lleva a uno a meterse en uno de los numerosos pasadizos que llevan a los patios, puede ver repetida cada veinte pasos esta auténtica porquería de cerdos.

Esta es la ciudad vieja de Manchester, y si vuelvo a leer mi descripción tengo que confesar que, en lugar de exagerar, está muy lejos de ser lo bastante cruda para dar una idea de la suciedad, la degradación y la inhabitabilidad, de la construcción, que se burla de toda consideración de limpieza, ventilación y salud, de este distrito que alberga por lo menos de veinte a treinta mil habitantes. ¡Y semejante barrio existe en el centro de la segunda ciudad de Inglaterra, de la primera ciudad fabril del mundo! Si se quiere ver cuán poco espacio para moverse, cuán poco aire (¡y qué aire!) para respirar necesita el hombre en caso de necesidad, con cuán poca civilización puede existir, no hay más que venir aquí. Es cierto que es la ciudad vieja, y a eso apela la gente de aquí cuando se le habla del estado horrible de este infierno en la tierra; pero ¿qué quiere decir eso? Todo lo que aquí provoca con más violencia nuestra repugnancia y nuestra indignación es de origen reciente, pertenece a la época industrial. Los pocos cientos de casas que pertenecen al viejo Manchester hace mucho que las abandonaron sus primeros habitantes; solo la industria las ha atiborrado con las multitudes de obreros que hoy se alojan en ellas; solo la industria ha edificado cada pedacito de terreno entre estas casas viejas para conseguir techo para las masas que se trajo de las comarcas agrícolas y de Irlanda; solo la industria permite a los dueños de estos establos alquilarlos como vivienda a seres humanos por un alquiler alto, explotar la pobreza de los obreros, minar la salud de miles para enriquecerse ellos solos; solo la industria ha hecho posible que el obrero, apenas liberado de la servidumbre, pudiera volver a ser usado como mero material, como cosa, que tenga que dejarse encerrar en una vivienda demasiado mala para cualquier otro y que ahora, pagándola bien cara, tiene derecho a dejar que se arruine del todo. Eso lo ha hecho solo la industria, que no habría podido vivir sin estos obreros, sin la pobreza y la servidumbre de estos obreros. Es verdad que la disposición original de este barrio era mala y que no se podía sacar mucho bueno de ella; pero ¿han hecho algo los propietarios del suelo, ha hecho algo la administración para mejorarla al edificar de nuevo? Al contrario: donde quedaba libre un rinconcito se ha plantado una casa; donde había todavía una salida superflua, se ha tapiado; el valor del suelo subió con el florecimiento de la industria, y cuanto más subía, más locamente se construía sobre él, sin consideración alguna por la salud y la comodidad de los habitantes (no hay barraca tan mala que no se encuentre algún pobre que no pueda pagar otra mejor), con la sola consideración de la mayor ganancia posible. Pero, en fin, es la ciudad vieja, y con eso se tranquiliza la burguesía; veamos, pues, qué tal se presenta la ciudad nueva (the New Town).

La ciudad nueva, llamada también la Ciudad Irlandesa (the Irish Town), sube, más allá de la ciudad vieja, por una colina arcillosa entre el Irk y St. George's Road. Aquí termina todo aspecto urbano: hileras sueltas de casas o grupos de calles se alzan aquí y allá como pequeñas aldeas sobre el suelo arcilloso desnudo, en el que ni siquiera crece la hierba; las casas, o mejor dicho los cottages, están en mal estado, nunca se reparan, son sucios y tienen viviendas en sótanos húmedas y sucias; las callejas no están pavimentadas ni tienen desagües, pero sí numerosas colonias de cerdos, encerrados en pequeños patios y pocilgas o paseando sin reparo por la ladera. El barro de los caminos es aquí tanto que solo con tiempo muy seco tiene uno probabilidades de pasar sin hundirse a cada paso por encima de los tobillos. Cerca de St. George's Road los distintos trozos edificados se juntan más, y uno entra en una serie continua de callejas, callejones sin salida, callejones traseros y patios, que se vuelven más apretados y desordenados cuanto más se acerca uno al centro de la ciudad. Es verdad que, a cambio, están más a menudo pavimentados o al menos tienen aceras pavimentadas y cunetas; pero la suciedad, el mal estado de las casas y sobre todo de los sótanos siguen siendo los mismos.

Será oportuno hacer aquí algunas observaciones generales sobre la manera habitual de construir los barrios obreros en Manchester. Hemos visto cómo en la ciudad vieja casi siempre el puro azar decidía la agrupación de las casas. Cada casa está construida sin consideración a las demás, y los espacios intermedios y angulosos entre las distintas viviendas se llaman patios (courts) a falta de otro nombre. En las partes algo más nuevas del mismo barrio y en otros barrios obreros que datan de los primeros tiempos del auge de la industria, encontramos una disposición algo más planificada. El espacio entre dos calles se divide en patios más regulares, casi siempre cuadrados, más o menos así:

Manzana de cottages con patios interiores entre dos calles (primera edición, 1845)
Manzana de cottages con patios interiores entre dos calles (primera edición, 1845)

que se trazaron así desde el principio y a los que llevan desde las calles pasadizos cubiertos. Si la construcción completamente sin plan ya era muy perjudicial para la salud de los habitantes porque impedía la ventilación, esta manera de encerrar a los obreros en patios cerrados por todos lados por edificios lo es todavía mucho más. El aire no puede salir de ninguna manera: las chimeneas de las propias casas son, mientras se mantiene encendido el fuego, las únicas salidas para el aire encerrado del patio.112

A esto se suma que las casas que rodean estos patios están casi siempre construidas por partida doble, de dos en dos, espalda con espalda, y eso basta ya para impedir toda ventilación buena de lado a lado. Y como la policía de calles no se preocupa del estado de estos patios, como todo lo que se tira en ellos se queda allí tranquilamente, nadie debe extrañarse de la suciedad y de los montones de ceniza y basura que se encuentran aquí. ¡He estado en patios (están en Millers Street) que quedaban por lo menos medio pie más bajos que la calle principal y que no tenían el menor desagüe para el agua que se acumulaba en ellos cuando llovía!

En tiempos más recientes se ha empezado a construir de otra manera, que es hoy la general. Los cottages obreros ya casi nunca se construyen sueltos, sino siempre por docenas y aun por sesentenas: un solo contratista construye de una vez una o un par de calles. Estas se disponen entonces del modo siguiente: un frente (véase el dibujo de abajo) lo forman cottages de primera categoría, que tienen la suerte de poseer una puerta trasera y un pequeño patio y que dan el alquiler más alto. Detrás de las tapias de los patios de estos cottages hay una calleja estrecha, el callejón trasero (back street), cerrado por edificios en ambos extremos, al que se llega por un camino estrecho o por un pasadizo cubierto lateral. Los cottages que dan a esta calleja pagan el alquiler más bajo y son en general los más descuidados. Comparten la pared trasera con la tercera hilera de cottages, que dan por el lado opuesto a la calle y rinden menos alquiler que la primera hilera, pero más que la segunda. La disposición de las calles es, pues, más o menos esta:

Tres hileras de cottages: tercera hilera, hilera del medio, callejón trasero y primera hilera con patios, entre calles (primera edición, 1845)
Tres hileras de cottages: tercera hilera, hilera del medio, callejón trasero y primera hilera con patios, entre calles (primera edición, 1845)

Con esta construcción se consigue, desde luego, una ventilación bastante buena para la primera hilera de cottages, y la de la tercera hilera al menos no empeora respecto de la de las hileras correspondientes de la construcción anterior; en cambio, la hilera central está por lo menos tan mal ventilada como las casas de los patios, y el callejón trasero mismo siempre en el mismo estado sucio y feo que ellos. Los contratistas prefieren esta construcción porque les ahorra espacio y les da ocasión de explotar con tanto más éxito a los obreros mejor pagados mediante alquileres más altos en los cottages de la primera y de la tercera hilera.

Estas tres formas de construir cottages se encuentran en todo Manchester, e incluso en todo Lancashire y Yorkshire, a menudo mezcladas, pero casi siempre lo bastante separadas como para poder deducir de ellas la antigüedad relativa de los distintos barrios de la ciudad. El tercer sistema, el de los callejones traseros, es el claramente dominante en el gran distrito obrero al este de St. George's Road, a ambos lados de Oldham Road y de Great Ancoats Street, y es también el más frecuente en los demás distritos obreros de Manchester y de sus arrabales.

En el gran distrito mencionado, que se conoce con el nombre de Ancoats, están, junto a los canales, la mayoría de las fábricas más grandes de Manchester: edificios colosales de seis y siete pisos que, con sus esbeltas chimeneas, se alzan muy por encima de los bajos cottages obreros. Por eso la población del distrito se compone sobre todo de obreros fabriles y, en las peores calles, de tejedores a mano. Las calles más cercanas al centro de la ciudad son las más viejas y, por tanto, las peores, aunque están pavimentadas y tienen desagües; cuento entre ellas las paralelas más próximas a Oldham Road y a Great Ancoats Street. Más allá, hacia el nordeste, se encuentran algunas calles de construcción reciente; aquí los cottages parecen bonitos y limpios, las puertas y las ventanas son nuevas y recién pintadas, las habitaciones interiores están bien blanqueadas; las calles mismas son más aireadas, y los solares vacíos entre ellas, mayores y más frecuentes. Pero esto solo puede decirse del menor número de viviendas; a lo que se suma que casi debajo de cada cottage hay viviendas en sótanos, que muchas calles están sin pavimentar y sin desagües, y sobre todo que este aspecto bonito no es más que apariencia, una apariencia que desaparece ya a los diez primeros años. Pues la construcción de cada cottage no es menos reprobable que el trazado de las calles. Todos estos cottages parecen al principio bonitos y sólidos, los macizos muros de ladrillo engañan la vista, y si se recorre una calle obrera recién construida sin fijarse más en los callejones traseros o en la construcción de las casas mismas, uno se suma a la afirmación de los fabricantes liberales de que en ninguna parte viven los obreros tan bien como en Inglaterra. Pero si se mira más de cerca, se ve que los muros de estos cottages son tan delgados como es posible hacerlos. Los muros exteriores, que sostienen el piso del sótano, la planta baja y el tejado, tienen como mucho el grueso de un ladrillo entero, de modo que en cada hilada horizontal los ladrillos se juntan por su lado largo muro de un ladrillo; pero he visto bastantes cottages de la misma altura (algunos todavía en construcción) cuyos muros exteriores tenían solo medio ladrillo de grueso, y en los que, por tanto, los ladrillos no estaban colocados a lo ancho sino a lo largo, tocándose por el lado corto muro de medio ladrillo. Esto se hace en parte para ahorrar material, pero en parte también porque los contratistas nunca son los propietarios del suelo, sino que, según la costumbre inglesa, solo lo han arrendado por veinte, treinta, cuarenta, cincuenta o noventa y nueve años,113 al cabo de los cuales vuelve, con todo lo que hay encima, a su primer propietario, sin que este tenga que pagar nada por las obras hechas. El arrendatario calcula, pues, las construcciones para que al vencer el plazo del contrato valgan lo menos posible; y como estos cottages se levantan a menudo solo veinte o treinta años antes de esa fecha, es fácil comprender que los contratistas no gastarán demasiado en ellos. A esto se suma que estos contratistas, casi siempre albañiles y carpinteros o fabricantes, en parte para no reducir el rendimiento del alquiler y en parte porque se acerca la reversión del solar, gastan poco o nada en reparaciones; que a causa de las crisis comerciales y del paro que les sigue se quedan a menudo calles enteras vacías, y que por todo ello los cottages se arruinan muy deprisa y se vuelven inhabitables. Se calcula, en efecto, por lo general, que las viviendas obreras solo siguen siendo habitables por término medio cuarenta años; esto suena bastante asombroso cuando se ven los hermosos y macizos muros de los cottages recién construidos, que parecen prometer una duración de un par de siglos; pero así es: la tacañería de la construcción original, el abandono de toda reparación, el frecuente estar vacíos, el continuo y rápido cambio de inquilinos y, además, los destrozos que hacen los habitantes durante los últimos diez años de habitabilidad, irlandeses en su mayoría, que con bastante frecuencia arrancan la madera y la usan para calentarse: todo esto convierte estos cottages en ruinas al cabo de cuarenta años. De ahí viene también que el distrito de Ancoats, construido solo desde el auge de la industria, y en su mayor parte solo en este siglo, cuente ya con una cantidad de casas viejas y ruinosas, y que incluso la mayoría de las casas se encuentren ya en la última fase de su habitabilidad. No quiero hablar de cuánto capital se derrocha de esta manera, de con cuán poco más en la construcción original y en las reparaciones posteriores podría mantenerse todo este distrito limpio, decente y habitable durante largos años; aquí solo me importa la situación de las casas y de sus habitantes, y entonces hay que decir, desde luego, que no existe sistema más dañino y desmoralizador para alojar a los obreros que precisamente este. El obrero se ve obligado a habitar estos cottages degradados porque no puede pagar otros mejores, o porque no hay otros mejores cerca de su fábrica, o quizá incluso porque pertenecen al fabricante y este solo le da trabajo si ocupa una de esas viviendas. Naturalmente, lo de los cuarenta años no se cumple con tanta exactitud, porque cuando las viviendas están en un barrio muy edificado, y por tanto, con un arriendo del suelo caro, hay muchas probabilidades de encontrar siempre inquilinos, los contratistas hacen también algo para mantenerlas más allá de los cuarenta años en un estado más o menos habitable; pero desde luego no más que lo indispensable, y estas viviendas reparadas son precisamente las peores de todas. A veces, cuando amenaza una epidemia, la conciencia, por lo demás muy dormida, de la policía sanitaria se agita un poco, y entonces emprende incursiones en los distritos obreros y cierra hileras enteras de sótanos y de cottages, como ha ocurrido, por ejemplo, con varias callejas cerca de Oldham Road; pero esto no dura mucho: las viviendas proscritas encuentran pronto nuevos ocupantes, y a los propietarios les sale más a cuenta buscarse de nuevo inquilinos. ¡Ya se sabe que la policía sanitaria no volverá tan pronto!

Este lado este y nordeste de Manchester es el único donde no se ha instalado la burguesía, por la razón de que el viento del oeste y del suroeste, que sopla aquí diez u once meses al año, empuja siempre hacia este lado el humo de todas las fábricas, que no es poco. Ese pueden respirarlo los obreros solos.

Al sur de Great Ancoats Street hay un gran distrito obrero a medio edificar: una franja de tierra accidentada y desnuda, ocupada por hileras sueltas de casas o manzanas dispuestas sin orden. Entre ellas, solares vacíos, desiguales, arcillosos, sin hierba y, por tanto, apenas transitables con tiempo húmedo. Los cottages son todos sucios y viejos, están a menudo en hoyos profundos y en general recuerdan a la ciudad nueva. La franja que atraviesa el ferrocarril de Birmingham es la más edificada y, por tanto, también la peor. Aquí corre, con innumerables meandros, el Medlock por un valle que en algunos trechos está al mismo nivel que el del Irk. A ambos lados del río, de nuevo negro como la pez, estancado y hediondo, desde su entrada en la ciudad hasta su confluencia con el Irwell, se extiende un ancho cinturón de fábricas y viviendas obreras, estas últimas todas en el peor estado. La orilla es casi siempre empinada y está edificada hasta dentro del río, exactamente como hemos visto en el Irk, y el trazado de las casas y las calles es igual de malo tanto si están del lado de Manchester como del de Ardwick, Chorlton o Hulme. Pero el lugar más abominable (si quisiera detallar todos los lugares uno por uno no acabaría nunca) está del lado de Manchester, justo al suroeste de Oxford Road, y se llama la Pequeña Irlanda (Little Ireland).114 En un hoyo bastante profundo, rodeado en semicírculo por el Medlock y por los cuatro lados por altas fábricas, altas orillas edificadas o terraplenes, hay, en dos grupos, unos 200 cottages, casi todos con paredes traseras comunes a cada dos viviendas, en los que viven en total unas 4000 personas, casi todas irlandesas. Los cottages son viejos, sucios y de la clase más pequeña; las calles, desiguales, llenas de baches y en parte sin pavimentar y sin desagües; una cantidad enorme de basura, desperdicios y barro repugnante yace por todas partes entre charcos estancados; la atmósfera está infectada por sus exhalaciones y oscurecida y cargada por el humo de una docena de chimeneas fabriles; una multitud de niños y mujeres harapientos vagan por aquí, tan sucios como los cerdos que se regodean en los montones de ceniza y en los charcos; en una palabra, todo este nido ofrece un aspecto tan desagradable, tan repulsivo como apenas los peores patios del Irk. La raza que vive en estos cottages ruinosos, detrás de las ventanas rotas y tapadas con hule, de las puertas agrietadas y los postes podridos, o incluso en los sótanos oscuros y mojados, en medio de esta suciedad y este hedor sin límites, en esta atmósfera como encerrada a propósito, esa raza tiene que estar de verdad en el nivel más bajo de la humanidad: esa es la impresión y la conclusión que impone el simple exterior de este distrito. Pero ¿qué decir cuando uno se entera115 de que en cada una de estas casitas, que tiene como mucho dos habitaciones y el desván, y quizá un sótano, viven por término medio veinte personas; de que en todo el distrito solo hay una letrina (naturalmente, casi siempre del todo inaccesible) para unas 120 personas, y de que, a pesar de todas las prédicas de los médicos y de la alarma que el estado de la Pequeña Irlanda provocó en la policía sanitaria en tiempos del cólera, todo sigue hoy, en el año de gracia de 1844, casi en el mismo estado que en 1831? El doctor Kay cuenta que no solo los sótanos, sino incluso las plantas bajas de todas las casas de este distrito son húmedas; que antes se rellenó de tierra una cantidad de sótanos, pero que poco a poco se han vuelto a vaciar y hoy los habitan irlandeses; que en un sótano el agua, como el suelo del sótano estaba más bajo que el río, brotaba continuamente de un sumidero tapado con barro, de modo que el habitante, un tejedor a mano, tenía que achicar cada mañana el agua de su sótano y echarla a la calle.

Más abajo, en la orilla izquierda del Medlock, está Hulme, que en realidad no es más que un gran barrio obrero y cuyo estado coincide casi por completo con el del distrito de Ancoats. Las zonas más edificadas, casi siempre malas y a punto de arruinarse; las menos pobladas, de construcción más reciente, más aireadas, pero casi siempre hundidas en el barro. La situación húmeda de los cottages es general, como también la construcción con callejones traseros y viviendas en sótanos. En la orilla opuesta del Medlock, en Manchester propiamente dicho, hay un segundo gran distrito obrero, que se extiende a ambos lados de Deansgate hasta el barrio comercial y que en parte no tiene nada que envidiar a la ciudad vieja. Sobre todo en las inmediaciones del barrio comercial, entre Bridge Street y Quay Street, Princess Street y Peter Street, la apretura de la construcción supera en algunos puntos a los patios más estrechos de la ciudad vieja. Aquí se encuentran callejas largas y estrechas entre las que hay patios y pasajes angostos y angulosos, cuyas salidas y entradas están dispuestas con tal desorden que en este laberinto uno se mete a cada momento en un callejón sin salida o sale por el sitio más equivocado si no conoce exactamente cada pasaje y cada patio. En estas zonas estrechas, ruinosas y sucias vive, según el doctor Kay, la clase más desmoralizada de todo Manchester, cuyo oficio es el robo o la prostitución, y a juzgar por las apariencias tiene razón todavía hoy. Cuando en 1831 la policía sanitaria hizo también aquí su incursión, encontró en este distrito una suciedad tan grande como en el Irk o en Little Ireland (de que ahora la cosa no está mucho mejor puedo dar fe), y entre otras cosas, en Parliament Street, una sola letrina para trescientas ochenta personas, y en Parliament Passage, una sola para treinta casas muy pobladas.

Si cruzamos el Irwell hacia Salford, encontramos en una península formada por este río una ciudad que cuenta ochenta mil habitantes y que en realidad no es más que un gran distrito obrero atravesado por una sola calle ancha. Salford, antes más importante que Manchester, era entonces la localidad principal del distrito circundante y todavía le da su nombre (Salford Hundred).116 De ahí que también aquí haya un distrito bastante viejo y, por tanto, hoy muy insalubre, sucio y ruinoso, que está frente a la iglesia vieja de Manchester y en un estado tan malo como la ciudad vieja del otro lado del Irwell. Más lejos del río hay un distrito más nuevo, pero que también tiene ya más de cuarenta años y, por tanto, está bastante ruinoso. Todo Salford está construido en patios o en callejas estrechas, tan angostas que me recordaron las más estrechas que he visto, las callejuelas de Génova. En este aspecto la construcción media de Salford es todavía bastante peor que la de Manchester, y lo mismo ocurre con la limpieza. Si en Manchester la policía al menos de vez en cuando (una vez cada seis a diez años) iba a los distritos obreros, cerraba las peores viviendas y hacía barrer los lugares más sucios de este establo de Augías, en Salford parece que no ha hecho nada en absoluto. Las estrechas callejas laterales y los patios de Chapel Street, Greengate y Gravel Lane no se han limpiado, sin duda, desde que se construyeron; ahora el ferrocarril de Liverpool pasa por en medio sobre un alto viaducto y se ha llevado por delante algunos de los rincones más sucios, pero ¿de qué sirve? Cuando se pasa por este viaducto se ve todavía desde arriba suciedad y miseria de sobra, y si uno se toma la molestia de recorrer estas callejuelas y de mirar por las puertas y ventanas abiertas los sótanos y las casas, puede convencerse a cada momento de que los obreros de Salford viven en viviendas en las que la limpieza y la comodidad son imposibles. Exactamente lo mismo encontramos en las partes más alejadas de Salford, en Islington, en Regent Road y detrás del ferrocarril de Bolton. Las viviendas obreras entre Oldfield Road y Cross Lane, donde a ambos lados de Hope Street hay multitud de patios y callejas en el peor estado, compiten en suciedad y en hacinamiento con la ciudad vieja de Manchester; en esta zona encontré a un hombre que por su aspecto tendría sesenta años y vivía en un establo de vacas: se había arreglado este cajón cuadrado, sin ventanas, sin suelo de tablas ni empedrado, con una especie de chimenea, había metido dentro un armazón de cama y vivía allí, aunque la lluvia goteaba por el tejado malo y ruinoso. El hombre era demasiado viejo y débil para un trabajo regular y se ganaba la vida acarreando estiércol, etc., con su carretilla; el charco del estiércol llegaba hasta su establo.

Estos son los distintos distritos obreros de Manchester tal como tuve ocasión de observarlos yo mismo durante veinte meses. Si resumimos el resultado de nuestro recorrido por estas zonas, tenemos que decir que trescientos cincuenta mil obreros de Manchester y sus arrabales viven casi todos en cottages malos, húmedos y sucios; que las calles que ocupan están casi siempre en el estado peor y más sucio y se han trazado sin consideración alguna a la ventilación, con la sola consideración de la ganancia que obtiene el constructor; en una palabra, que en las viviendas obreras de Manchester no es posible ninguna limpieza, ninguna comodidad y, por tanto, ninguna vida doméstica; que en estas viviendas solo puede sentirse a gusto y en su casa una raza deshumanizada, degradada, rebajada intelectual y moralmente a la bestialidad, físicamente enfermiza. Y no soy el único que lo afirma; hemos visto que el doctor Kay da exactamente la misma descripción, y, por si fuera poco, citaré además las palabras de un liberal, de una autoridad reconocida y muy estimada de los fabricantes, de un enemigo fanático de todo movimiento obrero independiente, las palabras del señor Senior:117118

«Cuando recorrí las viviendas de los obreros fabriles en la Ciudad Irlandesa, en Ancoats y en la Pequeña Irlanda, solo me asombró que fuera posible conservar en semejantes viviendas una salud aceptable. Estas ciudades (porque lo son por su extensión y su número de habitantes) se han levantado con el más absoluto desprecio de todo lo que no fuera el provecho inmediato de los constructores especuladores. Un carpintero y un albañil se asocian para comprar una serie de solares» (es decir, para arrendarlos por cierto número de años) «y cubrirlos de supuestas casas; en un lugar encontramos una calle entera que seguía el curso de una zanja, para obtener sótanos más profundos sin el gasto de la excavación: sótanos no para trasteros ni almacenes, sino para viviendas de seres humanos. Ni una sola casa de esta calle se libró del cólera. Y en general las calles de estos arrabales están sin pavimentar, con un montón de estiércol o un charco en medio; las casas, construidas espalda con espalda y sin ventilación ni drenaje, y familias enteras están reducidas al rincón de un sótano o de un desván.»

Ya he mencionado antes la actividad inusual que desplegó la policía sanitaria en Manchester en tiempos del cólera. Cuando, en efecto, se acercaba esta epidemia, un terror general se apoderó de la burguesía de esta ciudad; de pronto se acordó de las viviendas insalubres de los pobres y tembló ante la certeza de que cada uno de estos barrios malos sería un foco de la epidemia, desde el que esta extendería sus estragos en todas direcciones hasta las residencias de la clase poseedora. Se nombró en el acto una comisión de sanidad para examinar estos distritos e informar con exactitud al concejo municipal sobre su estado. El doctor Kay, miembro él mismo de la comisión, que inspeccionó uno por uno todos los distritos de policía salvo el undécimo, da algunos extractos de su informe. Se inspeccionaron en total 6951 casas, naturalmente solo en Manchester propiamente dicho, excluidos Salford y los demás arrabales; de ellas, 2565 necesitaban con urgencia un encalado interior; en 960 se habían descuidado reparaciones necesarias (were out of repair); 939 carecían de desagües suficientes; 1435 eran húmedas; 452 estaban mal ventiladas; 2221 no tenían letrina. De las 687 calles inspeccionadas, 248 estaban sin pavimentar, 53 solo en parte pavimentadas, 112 mal ventiladas, y 352 tenían charcos estancados, montones de basura, desperdicios y cosas parecidas. Naturalmente, barrer semejante establo de Augías antes de la llegada del cólera era del todo imposible; por eso se contentaron con limpiar algunos de los peores rincones y dejaron todo lo demás como estaba; y se comprende que en los lugares limpiados, como demuestra la Pequeña Irlanda, al cabo de un par de meses se hubiera restablecido la antigua inmundicia. Y sobre el estado interior de estas viviendas la misma comisión informa de cosas parecidas a las que hemos oído de Londres, Edimburgo y otras ciudades:

«A menudo toda una familia irlandesa está apiñada en una cama; a menudo un montón de paja sucia y unas mantas de vieja arpillera los cubren a todos en un montón indistinguible, en el que todos están igualmente degradados por la necesidad, el embrutecimiento y el desorden. A menudo los inspectores encontraron dos familias en una casa de dos habitaciones; en una dormían todos, la otra era comedor y cocina comunes; y a menudo vivía más de una familia en un sótano húmedo de una sola pieza, en cuya atmósfera pestilente se apiñaban de doce a dieciséis personas; a estas y otras fuentes de enfermedad se sumaba que se tenían cerdos dentro y que se encontraban otras porquerías de la clase más indignante.»119

Tenemos que añadir que muchas familias que solo tienen una habitación admiten en ella huéspedes y compañeros de cama a cambio de un pago; que estos huéspedes de ambos sexos no rara vez duermen incluso en la misma cama que el matrimonio, y que, por ejemplo, según el «Informe sobre el estado sanitario de la clase obrera», el caso de un hombre, su mujer y su cuñada adulta durmiendo en una cama se encontró en Manchester seis o más veces. Las casas de dormir baratas son también aquí muy numerosas; el doctor Kay da su número en 1831 en 267 en Manchester propiamente dicho, y desde entonces tiene que haber aumentado mucho. Cada una acoge entre veinte y treinta huéspedes, y todas juntas albergan, pues, cada noche entre cinco y siete mil personas; el carácter de las casas y de sus clientes es el mismo que en las demás ciudades. En cada habitación hay de cinco a siete camas en el suelo, sin armazón, y en ellas se acuesta a cuanta gente se presenta, todos revueltos. Qué atmósfera física y moral reina en estas cuevas del vicio no hace falta que lo diga. Cada una de estas casas es un foco del crimen y el escenario de actos que sublevan a la humanidad y que quizá, sin esta centralización violenta de la inmoralidad, nunca se habrían llevado a cabo. El número de personas que viven en sótanos lo da Gaskell120121 para Manchester propiamente dicho en 20 000. El Weekly Dispatch122 lo da, «según informes oficiales», en un 12 por ciento de la clase obrera, lo que concordaría con lo anterior: suponiendo el número de obreros en 175 000, el 12 por ciento son 21 000. Las viviendas en sótanos de los arrabales son por lo menos igual de numerosas, de modo que el número de personas que viven en sótanos en el Manchester en sentido amplio no será inferior a 40 000 o 50 000. Hasta aquí, lo que se refiere a las viviendas de los obreros en las grandes ciudades. La manera de satisfacer la necesidad de techo dará una medida de la manera en que se satisfacen todas las demás necesidades. Ya puede deducirse que en estos agujeros sucios solo puede estar una población harapienta y mal alimentada. Y así es. La ropa de la inmensa mayoría de los obreros está en muy mal estado. Ya los tejidos que se emplean no son los más adecuados; el lino y la lana casi han desaparecido del guardarropa de ambos sexos, y su lugar lo ha ocupado el algodón. Las camisas son de percal blanqueado o de color; los vestidos de las mujeres, casi siempre de percal estampado, y las enaguas de lana también se ven rara vez en los tendederos. Los hombres llevan casi siempre pantalones de pana de algodón o de otros tejidos de algodón pesados, y chaquetas o chaquetones del mismo género. La pana de algodón (fustian) se ha convertido incluso proverbialmente en el traje de los obreros: fustian-jackets, «chaquetas de pana», así se llama a los obreros y así se llaman ellos mismos, frente a los señores de paño de lana (broadcloth), palabra que se usa también para designar a la clase media. Cuando Feargus O'Connor,123 el jefe cartista, vino a Manchester durante la insurrección de 1842,124 se presentó, en medio de los aplausos más frenéticos de los obreros, con un traje de pana de algodón. En Inglaterra el sombrero es la prenda general también de los obreros, sombreros de las formas más diversas, redondos, cónicos o cilíndricos, de ala ancha, de ala estrecha o sin ala; solo la gente más joven lleva gorra en las ciudades fabriles. El que no tiene sombrero se pliega con papel un gorro bajo y cuadrado. Toda la ropa de los obreros, aun suponiendo que esté en buen estado, está poco de acuerdo con el clima. El aire húmedo de Inglaterra, que con sus rápidos cambios de tiempo provoca resfriados más que ningún otro, obliga a casi toda la clase media a llevar franela sobre la piel desnuda del torso; las bufandas, chaquetas y fajas de franela son de uso casi general. La clase obrera no solo carece de esta precaución, sino que casi nunca está en condiciones de emplear siquiera una hebra de lana en su ropa. Y los pesados tejidos de algodón, aunque más gruesos, más rígidos y más pesados que el paño de lana, protegen mucho menos que este del frío y de la humedad, se quedan mojados más tiempo por su grosor y por la naturaleza del material y en general no tienen la densidad del paño de lana abatanado. Y si el obrero puede comprarse alguna vez una chaqueta de lana para el domingo, tiene que ir a una de las «tiendas baratas», donde le dan un paño malo, el llamado devil's dust,125 hecho «solo para venderse, no para llevarse», que a los quince días se rompe o se queda raído, o tiene que comprar al ropavejero una chaqueta vieja medio gastada, cuyos mejores tiempos han pasado y que solo le presta buen servicio unas pocas semanas. A esto se suma, en la mayoría, el mal estado de su guardarropa y la necesidad de llevar de vez en cuando las mejores prendas a la casa de empeño. Pero en un número muy, muy grande, sobre todo los de sangre irlandesa, la ropa son verdaderos harapos, que a menudo ya no admiten remiendo o en los que, de tanto remiendo, ya no se reconoce el color original. Los ingleses o los angloirlandeses todavía remiendan, y han llegado a una notable destreza en este arte (lana o arpillera sobre pana, o al revés, les da igual); pero los irlandeses auténticos, los inmigrados, casi nunca remiendan, solo en caso de extrema necesidad, cuando la prenda se partiría si no en dos pedazos; normalmente los jirones de la camisa cuelgan por los rotos de la chaqueta o de los pantalones; llevan, como dice Thomas Carlyle,126127

«un traje de andrajos que ponerse y quitarse es una de las operaciones más difíciles y que solo se emprende en días de fiesta y en momentos especialmente propicios».

Los irlandeses han traído también la costumbre de ir descalzos, antes desconocida en Inglaterra. Hoy se ve en todas las ciudades fabriles a mucha gente, sobre todo niños y mujeres, que va descalza, y la costumbre va entrando poco a poco también entre los ingleses más pobres.

Lo mismo que con la ropa ocurre con la comida. Los obreros reciben lo que es demasiado malo para la clase poseedora. En las grandes ciudades de Inglaterra se puede tener todo de la mejor calidad, pero cuesta caro, y el obrero, que tiene que arreglárselas con sus cuatro cuartos, no puede gastar tanto. Además, casi siempre se le paga el salario el sábado por la tarde (se ha empezado a pagar ya el viernes, pero esta excelente costumbre está todavía lejos de ser general), y así no llega al mercado hasta el sábado a las cuatro, a las cinco o a las siete de la tarde, cuando la clase media ya se ha llevado por la mañana lo mejor. Por la mañana el mercado rebosa de las mejores cosas, pero cuando llegan los obreros lo mejor ya no está, y aunque estuviera, probablemente no podrían comprarlo. Las patatas que compra el obrero suelen ser malas; las verduras, mustias; el queso, viejo y de mala calidad; el tocino, rancio; la carne, flaca, vieja, dura, de animales viejos, a menudo enfermos o reventados, y muchas veces ya medio podrida. Los vendedores son casi siempre pequeños buhoneros que compran género malo y pueden revenderlo tan barato precisamente porque es malo. Los obreros más pobres tienen que recurrir todavía a otra artimaña para salir adelante con su poco dinero, aun con la peor calidad de los artículos que compran. Como a las doce de la noche del sábado tienen que cerrar todas las tiendas y el domingo no se puede vender nada, entre las diez y las doce se liquidan a precios irrisorios las mercancías que se estropearían antes del lunes por la mañana. Pero de lo que a las diez todavía queda sin vender, nueve décimas partes ya no son comestibles el domingo por la mañana, y precisamente estas mercancías forman la mesa dominical de la clase más pobre. La carne que reciben los obreros es muy a menudo incomestible, pero como ya la han comprado, tienen que comérsela. El 6 de enero de 1844 (si no me equivoco mucho) hubo en Manchester tribunal de mercado (court leet),128 en el que se multó a once carniceros por haber vendido carne incomestible. Cada uno de ellos tenía una res entera, o un cerdo, o varias ovejas, o de 50 a 60 libras de carne, todo lo cual se confiscó en ese estado. A uno de ellos se le embargaron 64 gansos de Navidad rellenos que no se habían vendido en Liverpool y que por eso se habían llevado a Manchester, donde llegaron al mercado podridos y apestosos. Toda la historia, con nombres e importes de las multas, la contó entonces el Manchester Guardian.129 En las seis semanas del 1 de julio al 14 de agosto, el mismo periódico informa de tres casos del mismo tipo: según el número del 3 de julio, en Heywood se confiscó un cerdo de 200 libras que se había encontrado muerto y podrido y que un carnicero había troceado y expuesto para la venta; según el del 31 de julio, dos carniceros de Wigan, uno de los cuales ya había sido culpable antes del mismo delito, fueron multados con 2 y 4 libras esterlinas por exponer carne incomestible; y según el número del 10 de agosto, a un tendero de Bolton se le embargaron 26 jamones incomestibles, que se quemaron públicamente, y se le multó con 20 chelines. Pero estos no son ni con mucho todos los casos, ni siquiera una media para un período de seis semanas a partir de la cual pudiera calcularse la media anual: a menudo hay épocas en que cada número del Guardian, que sale dos veces por semana, trae un caso así de Manchester o del distrito fabril de alrededor; y si se piensa cuántos casos tienen que escapar a los inspectores de mercado, con los extensos mercados que se alinean a lo largo de todas las calles principales y con la escasa vigilancia (¿cómo se explicaría si no el descaro con que se ponen a la venta reses enteras?); si se piensa lo grande que tiene que ser la tentación con las multas inconcebiblemente bajas que hemos visto; si se piensa en qué estado tiene que estar ya un trozo de carne para que los inspectores lo confisquen por totalmente incomestible, es imposible creer que los obreros reciban por término medio carne buena y nutritiva. Pero la codicia de la clase media los estafa también de otras maneras. Los tenderos y los fabricantes adulteran todos los alimentos de un modo irresponsable y con el mayor desprecio por la salud de quienes han de consumirlos. Antes hemos dejado hablar al Manchester Guardian; oigamos ahora otro periódico de la clase media (me gusta tomar a mis adversarios por testigos), oigamos al Liverpool Mercury:130

«Se vende mantequilla salada por fresca, ya cubriendo los bloques con una capa de mantequilla fresca, ya poniendo encima una libra fresca para probar y vendiendo después de esta prueba las libras saladas, ya lavando la sal y vendiendo luego la mantequilla por fresca. Al azúcar se le mezcla arroz molido u otras cosas baratas y se vende a precio completo. Los residuos de las fábricas de jabón se mezclan también con otras sustancias y se venden como azúcar. Al café molido se le mezcla achicoria u otro género barato, e incluso al café sin moler, dando a la mezcla la forma de granos de café. El cacao se adultera muy a menudo con una tierra parda fina frotada con sebo de carnero, que así se mezcla más fácilmente con el cacao auténtico. El té se mezcla con hojas de endrino y otras porquerías, o se secan hojas de té ya usadas, se tuestan en planchas de cobre calientes para que recobren el color y se venden así por frescas. La pimienta se adultera con polvo de cáscaras, etc.; el oporto se fabrica directamente (con colorantes, alcohol, etc.), pues es notorio que solo en Inglaterra se bebe más del que se cría en todo Portugal, y el tabaco, en todas las formas que se dan a este artículo, se mezcla con sustancias repugnantes de toda clase.»

(Puedo añadir que, a causa de la adulteración general del tabaco, varios de los comerciantes de tabaco más respetables de Manchester declararon públicamente el verano pasado que ningún negocio de este tipo podía sostenerse sin adulteración y que ni un solo cigarro que cueste menos de 3 peniques es todo de tabaco.) Naturalmente, la cosa no se queda en los fraudes en los alimentos, de los que podría citar todavía una docena (entre otras, la infamia de mezclar yeso o tiza con la harina); en todos los artículos se engaña: la franela, las medias, etc., se estiran para que parezcan más grandes y encogen al primer lavado; se vende paño estrecho por paño una pulgada y media o tres pulgadas más ancho;131 la loza se vidria tan fina que el vidriado es prácticamente nulo y salta enseguida, y otras cien vilezas. Exactamente como en nuestra tierra (tout comme chez nous); pero quienes más cargan con las malas consecuencias del fraude son los obreros. Al rico no se le engaña, porque puede pagar los precios altos de las grandes tiendas, que tienen que cuidar su buena fama y serían las más perjudicadas si tuvieran mercancía mala y adulterada; el rico está acostumbrado a la buena comida y nota el engaño con más facilidad gracias a su fino paladar. Pero el pobre, el obrero, para quien un par de peniques son mucho, que tiene que conseguir mucha mercancía por poco dinero, que no puede ni debe fijarse tanto en la calidad porque nunca ha tenido ocasión de afinar el gusto, ese es el que recibe toda la mercancía adulterada, y a menudo envenenada; tiene que ir a pequeños tenderos, quizá incluso comprar fiado, y estos tenderos, que por su pequeño capital y sus mayores gastos de negocio ni siquiera pueden vender tan barato como los grandes minoristas a igual calidad, tienen que comprar mercancía adulterada, a sabiendas o sin saberlo, ya por los precios más bajos que se les exigen y por la competencia de los demás. Además, si un gran minorista que tiene invertido un gran capital en su negocio queda arruinado, junto con su crédito, cuando se descubre un fraude, ¿qué le importa a un tendero de esquina, que abastece una sola calle, que le prueben fraudes? Si en Ancoats ya no se fían de él, se muda a Chorlton o a Hulme, donde nadie lo conoce, y vuelve a empezar a engañar desde el principio; y muy pocas adulteraciones están castigadas por la ley, salvo que impliquen a la vez un fraude a los impuestos de consumo.132 Pero al obrero inglés no solo se le engaña en la calidad, sino también en la cantidad de las mercancías; los pequeños tenderos tienen en gran parte pesas y medidas falsas, y en las crónicas de policía pueden leerse a diario cantidades increíbles de sanciones por esta clase de delitos. Lo general que es este tipo de fraude en los distritos fabriles pueden mostrarlo un par de extractos del Manchester Guardian; abarcan solo un período breve, y aun de este no tengo todos los números a mano:

Guardian, 16 de junio de 1844. Sesiones133 de Rochdale: 4 tenderos multados con 5 a 10 chelines por pesas demasiado ligeras. Sesiones de Stockport: 2 tenderos multados con 1 chelín; uno de ellos tenía siete pesas ligeras y una balanza falsa, y los dos habían sido advertidos antes.
Guard., 19 de junio. Sesiones de Rochdale: un tendero multado con 5 chelines y dos campesinos con 10.
Guard., 22 de junio. Juzgado de paz de Manchester: 19 tenderos multados con 2 chelines y medio a 2 libras.
Guard., 20 de junio. Sesiones de Ashton: 14 tenderos y campesinos multados con 2 chelines y medio a 1 libra esterlina. Sesión menor de Hyde: 9 campesinos y tenderos condenados en costas y a 5 chelines de multa.
Guard., 6 de julio. Manchester: 16 tenderos condenados en costas y a multas de hasta 10 chelines.
Guard., 13 de julio. Manchester: 9 tenderos multados con 2 chelines y medio a 20 chelines.
Guard., 24 de julio. Rochdale: 4 tenderos multados con 10 a 20 chelines.
Guard., 27 de julio. Bolton: 12 tenderos y taberneros condenados en costas.
Guard., 3 de agosto. Bolton: tres más, a multas de 2 chelines y medio a 5 chelines.
Guard., 10 de agosto. Bolton: uno más, a 5 chelines de multa.

Y por las mismas razones por las que el fraude en la calidad de las mercancías recaía principalmente sobre los obreros, recae también sobre ellos el fraude en la cantidad.

La alimentación corriente de cada obrero varía, naturalmente, según el salario. Los obreros mejor pagados, sobre todo aquellos obreros fabriles en cuya familia cada miembro puede ganar algo, tienen, mientras eso dura, buena alimentación: carne a diario y por la noche tocino y queso. Donde se gana menos, solo se encuentra carne los domingos o dos o tres veces por semana, y a cambio más patatas y pan; si bajamos poco a poco, encontramos el alimento animal reducido a un poco de tocino cortado entre las patatas; más abajo todavía desaparece también este, y solo quedan queso, pan, gachas de avena (porridge) y patatas, hasta que en el escalón más bajo, entre los irlandeses, solo las patatas forman el alimento. Además, se bebe en general un té flojo, quizá mezclado con algo de azúcar, leche o aguardiente; el té pasa en Inglaterra, e incluso en Irlanda, por una bebida tan necesaria e indispensable como entre nosotros el café, y donde ya no se bebe té reina siempre la miseria más amarga. Pero todo esto suponiendo que el obrero tenga trabajo; si no lo tiene, queda enteramente a merced del azar y come lo que le regalan, lo que consigue mendigando o lo que roba; y si no consigue nada, se muere de hambre, sin más, como hemos visto antes. Se comprende, en general, que la cantidad de alimento, como la calidad, depende del salario, y que entre los obreros peor pagados, sobre todo si encima tienen familia numerosa, reina el hambre incluso cuando tienen trabajo pleno; y el número de estos obreros peor pagados es muy grande. Sobre todo en Londres, donde la competencia entre los obreros crece en la misma medida que la población, esta clase es muy numerosa, pero la encontramos también en todas las demás ciudades. Entonces se recurre a toda clase de expedientes: a falta de otro alimento se comen mondas de patata, desperdicios de verdura y vegetales podridos,134135 y se recoge con avidez todo lo que quizá pueda contener todavía un átomo de sustancia nutritiva. Y si el salario semanal se ha consumido antes del final de la semana, ocurre con bastante frecuencia que la familia no recibe en los últimos días nada de comer, o solo lo estrictamente necesario para no morirse de hambre. Semejante modo de vida solo puede, naturalmente, engendrar enfermedades en masa, y cuando estas llegan, sobre todo cuando cae enfermo el hombre, de cuyo trabajo vive principalmente la familia y cuya actividad agotadora exige más alimento, y que por tanto es también el primero en sucumbir, entonces la miseria es verdaderamente grande, entonces aparece con toda su crudeza la brutalidad con que la sociedad abandona a sus miembros precisamente cuando más necesitan su ayuda.

Resumamos, para terminar, una vez más brevemente los hechos expuestos. Las grandes ciudades están habitadas principalmente por obreros, ya que, en el caso más favorable, hay un burgués por cada dos obreros, a menudo por cada tres, y aquí y allá por cada cuatro; estos obreros no tienen ellos mismos ninguna propiedad y viven del salario, que casi siempre va de la mano a la boca; la sociedad, disuelta en átomos, no se preocupa de ellos, les deja que se ocupen de sí mismos y de sus familias, y sin embargo no les da los medios para poder hacerlo de una manera eficaz y duradera; por eso todo obrero, incluso el mejor, está siempre expuesto a quedarse sin pan, es decir, a morir de hambre, y muchos sucumben; las viviendas de los obreros están en todas partes mal agrupadas, mal construidas, mal conservadas, mal ventiladas, húmedas e insalubres; los habitantes están reducidos al espacio más pequeño, y en la mayoría de los casos duerme por lo menos una familia en una habitación; el mobiliario interior de las viviendas es pobre, en distintos grados, hasta la falta absoluta aun de los muebles más necesarios; la ropa de los obreros es igualmente escasa por término medio, y en una gran cantidad de ellos, harapienta; la alimentación, en general mala, a menudo casi incomestible y en muchos casos, al menos por temporadas, insuficiente en cantidad, de modo que en el caso extremo sobreviene la muerte por hambre. La clase obrera de las grandes ciudades nos ofrece así una escala de situaciones de vida diversas: en el caso más favorable, una existencia temporalmente soportable, buen salario por un trabajo agotador, buena vivienda y una alimentación que no es precisamente mala (todo ello, naturalmente, bueno y soportable desde el punto de vista del obrero); en el peor, una miseria amarga que puede llegar a la falta de techo y a la muerte por hambre; pero la media está mucho más cerca del peor caso que del mejor. Y esta escala no se divide, por ejemplo, solo en clases fijas, de modo que pudiera decirse: a esta fracción de los obreros le va bien, a aquella mal, y así sigue y así ha sido siempre; sino que, aunque esto ocurra aquí y allá, aunque algunas ramas de trabajo gocen en conjunto de ventaja sobre otras, la situación de los obreros de cada ramo oscila tanto que cualquier obrero puede llegar a recorrer toda la escala entre una relativa comodidad y la necesidad extrema, hasta la muerte por hambre; y en efecto casi todo proletario inglés sabe contar considerables vuelcos de fortuna. Vamos a examinar ahora algo más de cerca sus causas.

La competencia

Hemos visto en la introducción cómo la competencia, ya en los comienzos del movimiento industrial, creó el proletariado: al aumentar la demanda de tejidos, hizo subir el salario de los tejedores e indujo así a los campesinos tejedores a abandonar el cultivo de sus tierras para ganar tanto más en el telar; hemos visto cómo desplazó a los pequeños campesinos mediante el sistema de la explotación agrícola en gran escala, los rebajó a proletarios y los atrajo luego, en parte, a las ciudades; cómo, además, arruinó en su mayor parte a la pequeña burguesía y la hundió igualmente en el proletariado, y cómo centralizó el capital en manos de unos pocos y la población en las grandes ciudades. Estos son los diversos caminos y medios por los que la competencia, tal como alcanzó en la industria moderna su plena manifestación y el libre desarrollo de sus consecuencias, creó y extendió el proletariado. Ahora tendremos que examinar su influencia sobre el proletariado ya existente. Y aquí hemos de exponer en primer lugar las consecuencias de la competencia de los obreros entre sí.

La competencia es la expresión más acabada de la guerra de todos contra todos que impera en la sociedad burguesa moderna. Esta guerra, una guerra por la vida, por la existencia, por todo, y, por tanto, llegado el caso, una guerra a vida o muerte, no se libra solo entre las distintas clases de la sociedad, sino también entre los miembros individuales de esas clases; cada uno le estorba al otro, y por eso cada uno procura desplazar a todos los que le estorban y ocupar su lugar. Los obreros compiten entre sí como compiten entre sí los burgueses. El tejedor mecánico compite con el tejedor a mano; el tejedor a mano parado o mal pagado, con el que tiene trabajo o está mejor pagado, y procura desplazarlo. Pero esta competencia de los obreros entre sí es el lado peor de la situación actual para el obrero, el arma más afilada contra el proletariado en manos de la burguesía. De ahí el empeño de los obreros por suprimir esa competencia mediante asociaciones; de ahí la rabia de la burguesía contra esas asociaciones y su júbilo ante cada revés que se les inflige.

El proletario está desamparado; no puede vivir por sí mismo ni un solo día. La burguesía se ha arrogado el monopolio de todos los medios de vida, en el sentido más amplio de la palabra. Lo que el proletario necesita solo puede obtenerlo de esa burguesía, cuyo monopolio protege el poder del Estado. El proletario es, pues, de derecho y de hecho, el esclavo de la burguesía; ella puede disponer de su vida y de su muerte. Le ofrece sus medios de vida, pero a cambio de un «equivalente», a cambio de su trabajo; incluso le deja la apariencia de que actúa por su libre voluntad, de que, con un consentimiento libre y sin coacción, como persona mayor de edad, cierra un contrato con ella. ¡Bonita libertad, en la que al proletario no le queda más elección que firmar las condiciones que le pone la burguesía o… morirse de hambre, morirse de frío, irse a dormir desnudo con las bestias del bosque! ¡Bonito «equivalente», cuya cuantía queda enteramente al arbitrio de la burguesía! Y si el proletario es tan necio que prefiere morirse de hambre antes que plegarse a las «equitativas» propuestas de los burgueses, sus «superiores naturales»,136 pues bien, enseguida se encuentra otro: hay proletarios de sobra en el mundo, y no todos están tan locos, no todos prefieren la muerte a la vida.

Ahí tenemos la competencia de los proletarios entre sí. Si todos los proletarios declarasen su voluntad de morirse de hambre antes que trabajar para la burguesía, esta tendría que renunciar a su monopolio; pero no es el caso, e incluso es un caso casi imposible, y por eso la burguesía sigue tan campante. Esta competencia de los obreros tiene un solo límite: ningún obrero querrá trabajar por menos de lo que necesita para subsistir; si ha de morirse de hambre, preferirá morirse de hambre ocioso antes que trabajando. Ciertamente, este límite es relativo; uno necesita más que otro, uno está acostumbrado a más comodidades que otro: el inglés, que todavía tiene algo de civilizado, necesita más que el irlandés, que va en harapos, come patatas y duerme en una pocilga. Pero eso no impide al irlandés competir con el inglés y rebajar poco a poco el salario, y con él el grado de civilización del obrero inglés, al nivel del irlandés. Ciertos trabajos exigen un determinado grado de civilización, y entre ellos se cuentan casi todos los industriales; por eso el salario tiene que ser aquí, en interés de la propia burguesía, lo bastante alto para permitir al obrero mantenerse en esa esfera. El irlandés recién inmigrado, que acampa en el primer establo que encuentra y al que, incluso en una vivienda pasable, ponen cada semana en la calle porque se lo bebe todo y no puede pagar el alquiler, sería un mal obrero fabril; por eso hay que dar a los obreros fabriles lo suficiente para que puedan educar a sus hijos en el trabajo regular, pero tampoco más, para que no puedan prescindir del salario de sus hijos y hacer de ellos otra cosa que simples obreros. También aquí el límite, el mínimo del salario, es relativo; donde trabajan todos los de la familia, cada uno necesita recibir tanto menos, y la burguesía ha aprovechado a fondo, para rebajar el salario, la ocasión que le brindó el trabajo con máquinas de emplear a mujeres y niños y sacarles rendimiento. Naturalmente, no en todas las familias pueden trabajar todos, y una familia así saldría malparada si quisiera trabajar por el mínimo de salario calculado para una familia enteramente apta para el trabajo; por eso el salario se fija aquí en un promedio con el que a la familia enteramente apta le va bastante bien y a la que cuenta con miembros menos aptos, bastante mal. Pero, en el peor de los casos, todo obrero preferirá renunciar a la pizca de lujo o de civilización a la que estaba acostumbrado con tal de conservar la mera existencia; preferirá una pocilga a no tener techo alguno, harapos a no tener ropa, y solo patatas a morirse de hambre. Preferirá, con la esperanza de tiempos mejores, conformarse con medio salario antes que sentarse en silencio en la calle y morir a la vista del mundo, como lo han hecho tantos que se quedaron sin pan. Esa pizca, pues, ese algo más que nada, es el mínimo del salario. Y si hay más obreros de los que la burguesía juzga oportuno emplear, si, por tanto, al final de la lucha competitiva todavía queda un número que no encuentra trabajo, ese número tendrá sencillamente que morirse de hambre; pues lo más probable es que el burgués no les dé trabajo si no puede vender con beneficio los productos de su trabajo.

Vemos por aquí cuál es el mínimo del salario. El máximo lo determina la competencia de los burgueses entre sí, pues hemos visto que también ellos compiten. El burgués solo puede aumentar su capital mediante el comercio o la industria, y para ambos fines necesita obreros. Incluso si coloca su capital a interés, los necesita indirectamente, pues sin comercio ni industria nadie le pagaría intereses por él, nadie podría emplearlo. Así pues, el burgués necesita sin duda al proletario, pero no para vivir directamente —podría vivir de su capital—, sino como se necesita un artículo de comercio o una bestia de carga: para enriquecerse. El proletario le elabora al burgués las mercancías que este vende con beneficio. Por tanto, cuando crece la demanda de esas mercancías, de modo que todos los obreros que compiten entre sí encuentran ocupación y quizá falten algunos, desaparece la competencia de los obreros, y los burgueses empiezan a competir entre sí. El capitalista que busca obreros sabe muy bien que, con los precios en alza por el aumento de la demanda, obtiene una ganancia mayor, y prefiere, por tanto, pagar algo más de salario a dejar escapar toda la ganancia; tira la salchicha para alcanzar el jamón, y con tal de conseguir este, le deja de buen grado la salchicha al proletario. Así, un capitalista le quita los obreros a otro, y el salario sube. Pero solo tanto como lo permite el aumento de la demanda. El capitalista, que bien puede sacrificar algo de su ganancia extraordinaria, se guarda muy bien de pagar un salario superior al medio si con ello hubiera de sacrificar también algo de su ganancia ordinaria, es decir, de la ganancia media.

De aquí podemos determinar el salario medio. En circunstancias medias, es decir, cuando ni los obreros ni los capitalistas tienen motivos especiales para competir entre sí, cuando hay justamente tantos obreros como pueden emplearse para fabricar las mercancías que justamente se demandan, el salario será algo superior al mínimo. Cuánto lo supere dependerá de las necesidades medias y del grado de civilización de los obreros. Si los obreros están acostumbrados a comer carne varias veces por semana, los capitalistas tendrán que avenirse a pagarles un salario suficiente para que esa alimentación esté a su alcance. No menos, porque los obreros no compiten entre sí y no tienen, por tanto, motivo para conformarse con menos; no más, porque la falta de competencia entre los capitalistas no da a estos ocasión de atraerse a los obreros con ventajas extraordinarias.

Esta medida de las necesidades medias y de la civilización media de los obreros se ha vuelto, por las complicadas condiciones de la industria inglesa actual, muy enrevesada y distinta para las diferentes clases de obreros, como ya se ha indicado más arriba. Sin embargo, la mayoría de los trabajos industriales exigen cierta destreza y regularidad, y para ellos, que exigen también cierto grado de civilización, el salario medio tiene que ser tal que induzca al obrero a adquirir esa destreza y a someterse a esa regularidad en el trabajo. De ahí viene que el salario de los obreros industriales sea por término medio más alto que el de los simples mozos de cuerda, jornaleros, etc., y sobre todo más alto que el de los obreros del campo, a lo cual contribuye también, desde luego, la carestía de los víveres en las ciudades.

O, dicho en plata: el obrero es, de derecho y de hecho, esclavo de la clase poseedora, de la burguesía; tan esclavo suyo que se le vende como una mercancía y, como una mercancía, sube y baja de precio. Si sube la demanda de obreros, los obreros suben de precio; si baja, bajan de precio; si baja tanto que cierto número de obreros no son vendibles, que «se quedan en el almacén», pues se quedan arrinconados, y como del simple estar arrinconados no pueden vivir, se mueren de hambre. Porque, por hablar en el lenguaje de los economistas, los costes empleados en su sustento no se «reproducirían», serían dinero tirado, y para eso nadie suelta su capital. Y hasta ahí el señor Malthus137 tiene toda la razón con su teoría de la población. Toda la diferencia con la vieja esclavitud, la esclavitud franca, es solo que el obrero de hoy parece libre, porque no se le vende de una vez, sino por partes, por día, por semana, por año, y porque no es un propietario quien lo vende a otro, sino que es él quien tiene que venderse así a sí mismo, ya que no es esclavo de un individuo, sino de toda la clase poseedora. Para él, en el fondo, la cosa sigue siendo la misma, y aunque esa apariencia de libertad le dé por un lado alguna libertad real, tiene por otro el inconveniente de que nadie le garantiza su sustento, de que su amo, la burguesía, puede despedirlo en cualquier momento y abandonarlo a la muerte por hambre en cuanto deja de tener interés en ocuparlo, en que exista. La burguesía, en cambio, sale mucho mejor parada con este arreglo que con la vieja esclavitud: puede despedir a su gente cuando le place sin perder por ello un capital invertido, y en general consigue que el trabajo se le haga mucho más barato de lo que puede hacerse con esclavos, como le calcula Adam Smith138139 para su consuelo.

De aquí se sigue también que Adam Smith tiene toda la razón cuando sienta (lugar citado) la tesis:

«que la demanda de obreros, exactamente igual que la demanda de cualquier otro artículo, regula la producción de obreros, la cantidad de seres humanos producidos, acelera esa producción cuando avanza demasiado despacio y la frena cuando avanza demasiado deprisa».

Exactamente igual que con cualquier otro artículo de comercio: si hay demasiado poco, suben los precios, es decir, el salario; a los obreros les va mejor, aumentan los matrimonios, se engendran más seres humanos, se crían más niños, hasta que se han producido obreros suficientes; si hay demasiados, bajan los precios, sobrevienen el paro, la miseria, el hambre y, a consecuencia de ellos, las epidemias, que se llevan por delante a la «población sobrante». Y Malthus, que desarrolla la tesis de Smith citada, tiene también razón a su manera cuando afirma que siempre hay población sobrante, que siempre hay demasiada gente en el mundo; solo se equivoca cuando afirma que hay más gente de la que pueden alimentar los medios de subsistencia existentes. La población sobrante la produce más bien la competencia de los obreros entre sí, que obliga a cada obrero a trabajar cada día tanto como sus fuerzas le permiten a duras penas. Si un fabricante puede ocupar a diez obreros nueve horas diarias, solo podrá ocupar a nueve si los obreros trabajan diez horas diarias, y el décimo se queda sin pan. Y si el fabricante, en un momento en que la demanda de obreros no es muy grande, puede obligar a los nueve obreros, con la amenaza del despido, a trabajar por el mismo salario una hora más al día, es decir, diez horas, despide al décimo y se ahorra su salario. Lo que ocurre aquí en pequeño ocurre en grande en una nación. El rendimiento de cada uno, llevado a su máximo por la competencia de los obreros entre sí, la división del trabajo, la introducción de la maquinaria y el aprovechamiento de las fuerzas naturales dejan sin pan a una multitud de obreros. Pero estos obreros sin pan salen del mercado: ya no pueden comprar nada; la cantidad de mercancías que antes demandaban ya no se demanda, ya no hace falta fabricarla; los obreros ocupados antes en fabricarla se quedan a su vez sin pan, se retiran también del mercado, y así sucesivamente, siempre el mismo círculo… o, mejor dicho, así ocurriría si no intervinieran otras circunstancias. La introducción de los medios industriales de aumentar la producción antes mencionados trae consigo, a la larga, precios más bajos de los artículos producidos y, como consecuencia, un consumo mayor, de modo que gran parte de los obreros que se quedaron sin pan acaban por colocarse de nuevo, ciertamente tras largos padecimientos, en nuevas ramas de trabajo. Si a esto se añade, como ha ocurrido en Inglaterra en los últimos sesenta años, la conquista de mercados extranjeros, de modo que la demanda de manufacturas crece de manera continua y rápida, crece también la demanda de obreros y, con ella, la población en la misma proporción. Así, en lugar de disminuir, el número de habitantes del Imperio británico ha aumentado a un ritmo vertiginoso y sigue aumentando sin cesar, y, pese a toda la creciente expansión de la industria, pese a toda la demanda de obreros, que en conjunto no deja de crecer, Inglaterra tiene, a confesión de todos los partidos oficiales (es decir, de los tories, los whigs y los radicales),140 una población excedente y sobrante permanente; en conjunto, la competencia entre los obreros sigue siendo siempre mayor que la competencia por los obreros.

¿De dónde viene esta contradicción? De la naturaleza de la industria y de la competencia, y de las crisis comerciales que en ella tienen su fundamento. Con la actual producción y distribución desordenadas de los medios de vida, que no se emprenden para satisfacer directamente las necesidades, sino para ganar dinero, con un sistema en el que cada cual trabaja y se enriquece por su cuenta, tiene que producirse a cada momento un estancamiento. Inglaterra, por ejemplo, abastece a multitud de países de las mercancías más diversas. Aunque el fabricante sepa cuánto se consume al año de cada artículo en cada país, no sabe cuánto suman allí en cada momento las existencias, y mucho menos cuánto envían sus competidores. Solo puede sacar de los precios, siempre oscilantes, una conclusión insegura sobre el estado de las existencias y de las necesidades; tiene que enviar sus mercancías a la buena de Dios; todo se hace a ciegas, a tontas y a locas, más o menos bajo la sola égida del azar. A las primeras noticias favorables, cada cual envía lo que puede, y al poco tiempo el mercado está atiborrado de mercancías, la venta se estanca, los capitales no retornan, los precios caen y la industria inglesa ya no tiene ocupación para sus obreros. En los comienzos del desarrollo industrial, estos estancamientos se limitaban a ramas aisladas de la fabricación y a mercados aislados; pero por el efecto centralizador de la competencia, que arroja a los obreros que se quedan sin pan en una rama de trabajo a las ramas restantes que más fácilmente se aprenden, y las mercancías que ya no pueden colocarse en un mercado a los demás mercados, y que va acercando así las pequeñas crisis aisladas, estas se han fundido poco a poco en una sola serie de crisis que retornan periódicamente. Una crisis así suele seguir cada cinco años a un breve período de prosperidad y de bienestar general; el mercado interior, como todos los mercados extranjeros, está repleto de productos ingleses, que solo puede consumir lentamente; el movimiento industrial se paraliza en casi todas las ramas; los fabricantes y comerciantes más pequeños, que no pueden resistir el que no les retornen sus capitales, quiebran; los mayores dejan de hacer negocios mientras dura la peor época, paran sus máquinas o solo hacen trabajar «jornada corta», es decir, más o menos media jornada; el salario cae por la competencia de los que se han quedado sin pan, por la reducción del tiempo de trabajo y por la falta de ventas rentables; la miseria general se extiende entre los obreros, los pequeños ahorros que algunos pudieran tener se consumen rápidamente, las instituciones benéficas se ven desbordadas, la contribución de pobres se duplica, se triplica y aun así no alcanza, aumenta el número de los que mueren de hambre, y de pronto aparece en número aterrador toda la masa de la población «sobrante». Esto dura algún tiempo; los «sobrantes» salen adelante como pueden, o no salen; la beneficencia y las leyes de pobres ayudan a muchos a ir tirando penosamente; otros encuentran aquí y allá, en ramas de trabajo menos expuestas a la competencia, más alejadas de la industria, un mísero sustento —¡y con qué poco puede el ser humano ir tirando durante un tiempo!—. Poco a poco la situación mejora; las existencias de mercancías acumuladas se consumen, el abatimiento general de los hombres del comercio y de la industria impide que los huecos se llenen demasiado deprisa, hasta que por fin la subida de los precios y las noticias favorables que llegan de todas partes reaniman la actividad. Los mercados suelen estar muy lejos; hasta que pueden llegar allí los primeros envíos nuevos, la demanda no deja de subir y, con ella, los precios; la gente se pelea por las primeras mercancías que llegan, las primeras ventas animan aún más el tráfico, los envíos que todavía se esperan prometen precios aún más altos; en espera de nuevas subidas se empieza a comprar para especular y a sustraer así al consumo, precisamente cuando más falta hacen, las mercancías destinadas a él; la especulación hace subir aún más los precios, pues anima a otros a comprar y se adelanta a los nuevos envíos; todo esto se comunica a Inglaterra, los fabricantes vuelven a trabajar a todo vapor, se levantan fábricas nuevas, se ponen en juego todos los medios para aprovechar la época favorable; también aquí entra la especulación, con el mismo efecto que en los mercados extranjeros, haciendo subir los precios, sustrayendo las mercancías al consumo, empujando con ambas cosas la producción industrial a su máximo esfuerzo; luego llegan los especuladores «poco sólidos», que trabajan con capital ficticio, viven del crédito y están arruinados si no pueden vender enseguida y bien, y se lanzan a esta carrera general y desordenada en pos del lucro, aumentan el desorden y la prisa con su propia pasión desenfrenada, que empuja los precios y la producción hasta la locura; es un ajetreo frenético que arrastra incluso a los más tranquilos y experimentados; se martillea, se hila, se teje como si hubiera que equipar de nuevo a la humanidad entera, como si se hubieran descubierto en la Luna un par de miles de millones de consumidores nuevos. De pronto, allá lejos, los especuladores poco sólidos, que necesitan dinero, empiezan a vender —por debajo del precio de mercado, se entiende, porque el asunto corre prisa—; a esa venta siguen otras, los precios vacilan, los especuladores, asustados, arrojan sus mercancías al mercado, el mercado se desordena, el crédito se tambalea, una casa tras otra suspende pagos, quiebra sigue a quiebra, y se descubre que en plaza y en camino hay tres veces más mercancía de la que exigiría el consumo. Las noticias llegan a Inglaterra, donde entretanto se ha seguido fabricando con todas las fuerzas; un pánico se apodera también aquí de los ánimos, las quiebras de allá arrastran otras en Inglaterra, el estancamiento hunde además a un montón de casas, y con el miedo también aquí se lanzan enseguida al mercado todas las existencias, con lo que el pánico se exagera todavía más. Ese es el comienzo de la crisis, que vuelve a seguir exactamente el mismo curso que la anterior y más tarde vuelve a tornarse en un período de prosperidad. Y así sin parar: prosperidad, crisis, prosperidad, crisis; y este círculo eterno en el que se mueve la industria inglesa suele cerrarse, como se ha dicho, cada cinco o seis años.

De ello resulta que en todo momento, salvo en los breves períodos de máxima prosperidad, la industria inglesa tiene que disponer de una reserva de obreros desocupados, precisamente para poder producir durante los meses de mayor animación las masas de mercancías que el mercado demanda. Esta reserva es más o menos numerosa según que la situación del mercado permita ocupar a una parte menor o mayor de ella. Y aunque en el momento de mayor auge del mercado los distritos agrícolas, Irlanda y las ramas de trabajo menos tocadas por el auge puedan proporcionar, al menos temporalmente, cierto número de obreros, estos son por un lado una minoría y, por otro, pertenecen igualmente a la reserva, con la sola diferencia de que solo cada auge muestra que pertenecen a ella. Cuando se pasan a las ramas de trabajo más animadas, en casa uno se apaña con menos para notar menos su falta, se trabaja más horas, se emplea a mujeres y a gente más joven, y cuando, despedidos al llegar la crisis, regresan, se encuentran con que sus puestos están ocupados y ellos sobran, al menos en gran parte. Esta reserva, a la que pertenece durante la crisis una masa enorme y, en los períodos que pueden tomarse como término medio entre prosperidad y crisis, todavía un buen número, es la «población excedente» de Inglaterra, que arrastra una existencia mísera mendigando y robando, barriendo las calles, recogiendo estiércol de caballo, haciendo portes con carretillas o con burros, vendiendo por las calles o con pequeños trabajos ocasionales. En todas las grandes ciudades se ve a una multitud de gente así, que con pequeñas ganancias ocasionales «mantiene juntos cuerpo y alma», como dicen los ingleses. Es curioso a qué oficios recurre esta «población sobrante». Los barrenderos de cruces de Londres (cross sweeps)141 son mundialmente conocidos; pero hasta ahora no solo esos cruces, sino también las calles principales de otras grandes ciudades las barrían parados contratados para ello por la administración de pobres o por la de caminos; ahora hay una máquina que recorre a diario las calles con estrépito y les ha estropeado a los parados este medio de ganarse la vida. En las grandes carreteras que llevan a las ciudades y por las que pasan muchos carruajes se ve a una multitud de gente con pequeños carros que, con peligro de su vida, recogen de entre los coches y ómnibus que pasan rodando el estiércol de caballo recién caído para venderlo; por ello tienen que pagar a menudo, encima, un par de chelines semanales a la administración de caminos, y en muchos sitios está totalmente prohibido, porque si no la administración de caminos no podría vender como abono la basura que barre, que ya no contendría la debida proporción de estiércol de caballo. Felices los «sobrantes» que consiguen una carretilla y pueden hacer portes con ella; más felices todavía los que logran reunir dinero para un burro con su carro: el burro tiene que buscarse él mismo la comida, o recibe un poco de desperdicios recogidos aquí y allá, y aun así puede aportar algún dinero.

La mayoría de los «sobrantes» se dedican a la venta ambulante. Sobre todo los sábados por la noche, cuando toda la población obrera está en la calle, se ve reunida a la multitud que vive de ella. Cordones de zapatos, tirantes, galones, naranjas, pasteles, en una palabra, toda clase de artículos los ofrecen innumerables hombres, mujeres y niños; y también en otros momentos se ve a cada paso a estos vendedores, con naranjas, pasteles, ginger beer o nettle beer,142 parados en las calles o yendo de un lado a otro. Las cerillas y cosas por el estilo, el lacre, los preparados patentados para encender el fuego, etc., son también artículos de comercio de esta gente. Otros —los llamados jobbers— van por las calles buscando pequeños trabajos ocasionales; algunos consiguen así un jornal; muchos no tienen tanta suerte.

«A las puertas de todos los muelles de Londres», cuenta el reverendo W. Champney, predicador en el distrito este de Londres,143 «aparecen cada mañana de invierno, ya antes del alba, cientos de pobres que esperan a que se abran las puertas con la esperanza de conseguir un jornal, y cuando han contratado a los más jóvenes, a los más fuertes y a los más conocidos, cientos de ellos regresan todavía, abatidos por la esperanza frustrada, a sus míseras viviendas.»

¿Qué otra cosa les queda a estas gentes, si no encuentran trabajo y no quieren rebelarse contra la sociedad, que mendigar? Y entonces no cabe extrañarse de la multitud de mendigos, la mayoría hombres aptos para el trabajo, con los que la policía tiene que lidiar sin cesar. Pero la mendicidad de estos hombres tiene un carácter peculiar. Un hombre así suele ir de un lado a otro con su familia, cantar por las calles una canción suplicante o apelar en una pequeña arenga a la caridad de los vecinos. Y llama la atención que estos mendigos se encuentren casi solo en los barrios obreros, que casi solo vivan de lo que les dan los obreros. O bien la familia se planta en silencio en una calle concurrida y, sin decir palabra, deja actuar la mera visión de su desamparo. También aquí cuentan solo con la compasión de los obreros, que saben por experiencia lo que es el hambre y pueden verse en cualquier momento en la misma situación; pues esta interpelación muda, y sin embargo tan conmovedora, casi solo se encuentra en las calles frecuentadas por obreros y a las horas en que pasan por ellas obreros; pero sobre todo los sábados por la noche, cuando en general los «misterios» de los barrios obreros se revelan en las calles principales y la clase media se retira todo lo posible de esos parajes así mancillados. Y aquel de entre los sobrantes que tiene valor y pasión suficientes para oponerse abiertamente a la sociedad y responder a la guerra encubierta que le hace la burguesía con la guerra abierta contra la burguesía, ese se va y roba, y asalta, y mata.

De estos sobrantes hay, según los informes de los comisarios de la Ley de Pobres,144 por término medio un millón y medio en Inglaterra y Gales; en Escocia la cifra no puede determinarse por falta de leyes de pobres, y de Irlanda tendremos que hablar aparte. Por lo demás, este millón y medio solo incluye a quienes piden realmente ayuda a la administración de pobres; la gran masa de los que van saliendo adelante sin recurrir a este último y tan temido expediente no está incluida; en cambio, una buena parte de la cifra anterior corresponde a los distritos agrícolas y no entra aquí, por tanto, en consideración. Durante una crisis, esta cifra aumenta, naturalmente, de manera considerable, y la penuria llega a su grado extremo. Tomemos, por ejemplo, la crisis de 1842, que, por ser la última, fue también la más violenta, pues la intensidad de las crisis crece con cada repetición, y la próxima, que se producirá a más tardar en 1847,145 será según todas las apariencias más violenta y duradera todavía. Durante esa crisis, la contribución de pobres alcanzó en todas las ciudades un nivel nunca visto. Entre otras, en Stockport hubo que pagar, por cada libra que se pagaba de alquiler, ocho chelines de contribución de pobres, de modo que la contribución por sí sola suponía el 40 por ciento del importe de los alquileres de toda la ciudad; además, había calles enteras vacías, de manera que había al menos 20 000 habitantes menos que de costumbre, y en las puertas de las casas vacías se encontraba escrito: «Stockport to let», «Se alquila Stockport». En Bolton, donde en años normales el importe de los alquileres sujetos a la contribución de pobres era por término medio de 86 000 libras esterlinas, bajó a 36 000; en cambio, el número de pobres que había que socorrer subió a 14 000, es decir, a más del 20 por ciento de toda la población. En Leeds, la administración de pobres tenía un fondo de reserva de 10 000 libras esterlinas; ese fondo, así como una colecta de 7000 libras, se agotó por completo antes incluso de que la crisis llegara a su punto culminante. Así ocurrió en todas partes; un informe que un comité de la Liga contra las Leyes de Cereales presentó en enero de 1843 sobre el estado de los distritos industriales en 1842, y que se basaba en datos detallados de los fabricantes, declara que la contribución de pobres había sido por término medio el doble que en 1839 y que el número de necesitados de socorro se había triplicado y aun quintuplicado desde entonces; que muchos solicitantes pertenecían a una clase que hasta entonces nunca había pedido socorro, etc.; que la clase obrera disponía de más de dos tercios menos de víveres que en 1834-1836; que el consumo de carne había sido considerablemente menor, en algunos sitios un 20 por ciento, en otros hasta un 60 por ciento; que incluso los artesanos corrientes, herreros, albañiles, etc., que otras veces, en los períodos más difíciles, todavía tenían trabajo completo, habían sufrido también mucho por la falta de trabajo y la reducción de los salarios, y que incluso ahora, en enero de 1843, el salario seguía bajando. ¡Y estos son informes de fabricantes!

Los obreros sin pan, cuyas fábricas estaban paradas, cuyos patronos no podían darles trabajo, estaban por todas partes en las calles, mendigaban solos o en grupos, asediaban en tropel las carreteras y pedían ayuda a los transeúntes; pero no pedían arrastrándose, como los mendigos corrientes, sino amenazadores por su número, sus gestos y sus palabras. Así estaban las cosas en todos los distritos industriales, de Leicester a Leeds y de Manchester a Birmingham. Aquí y allá estallaban disturbios aislados, como en julio en las alfarerías del norte de Staffordshire; entre los obreros reinaba la más terrible agitación, hasta que por fin estalló en agosto en la insurrección general de los distritos fabriles. Cuando llegué a Manchester a finales de noviembre de 1842, en todas partes había todavía multitud de parados en las esquinas, y muchas fábricas seguían paradas; en los meses siguientes, hasta mediados de 1843, los forzados ociosos de las esquinas fueron desapareciendo poco a poco, y las fábricas volvieron a funcionar.

No hace falta que diga qué masa de miseria y de penuria reina entre estos parados durante una crisis así. La contribución de pobres no alcanza, ni de lejos; la beneficencia de los ricos es como un golpe en el agua, cuyo efecto se desvanece en un instante; la mendicidad, donde hay tantos, solo puede ayudar a unos pocos. Si los pequeños tenderos no vendieran a crédito a los obreros en esas épocas mientras pueden —aunque luego se lo hacen pagar bien caro— y si los obreros no se ayudaran unos a otros mientras pueden, cada crisis se llevaría por delante, ciertamente, a masas de «sobrantes» por el hambre. Pero como la época de mayor penuria es corta, dura un año, a lo sumo dos o dos años y medio, la mayoría escapan aún con lo puesto y con duras privaciones. Ya veremos que indirectamente, por enfermedades, etc., cada crisis se cobra multitud de víctimas. Por ahora, pasemos a otra causa de la degradación a la que están entregados los obreros ingleses, una causa que no deja de trabajar para hundir a esa clase más y más.

La inmigración irlandesa

Ya hemos mencionado varias veces, de pasada, a los irlandeses que se han establecido en Inglaterra, y ahora tendremos que examinar más de cerca las causas y los efectos de esa inmigración.

La rápida expansión de la industria inglesa no habría podido producirse si Inglaterra no hubiera tenido en la numerosa y pobre población de Irlanda una reserva de la que disponer. El irlandés no tenía nada que perder en su tierra y mucho que ganar en Inglaterra, y desde que se supo en Irlanda que en la orilla oriental del canal de San Jorge había trabajo seguro y buen salario para brazos fuertes, han venido cada año bandadas de irlandeses. Se calcula que hasta ahora han inmigrado de este modo más de un millón y que todavía inmigran cada año unos cincuenta mil, que se lanzan casi todos a los distritos industriales, en particular a las grandes ciudades, y forman allí la clase más baja de la población. Así, hay 120 000 irlandeses pobres en Londres, 40 000 en Manchester, 34 000 en Liverpool, 24 000 en Bristol, 40 000 en Glasgow y 29 000 en Edimburgo.146147 Estas gentes, criadas casi sin civilización alguna, acostumbradas desde jóvenes a privaciones de toda clase, toscas, dadas a la bebida, despreocupadas del futuro, llegan así y traen consigo todas sus costumbres brutales a una clase de la población inglesa que, a decir verdad, tiene pocos estímulos para la cultura y la moralidad. Dejemos hablar a Thomas Carlyle:148

«Las salvajes caras milesias,149150 con su aire de falsa astucia, maldad, sinrazón, miseria y burla, os saludan en todas nuestras calles y callejas. El cochero inglés, al pasar rodando, le da un latigazo al milesio; este lo maldice con su lengua, tiende el sombrero y mendiga. Es el peor mal con que tiene que luchar este país. Con sus harapos y su risa asilvestrada, está dispuesto a hacer cualquier trabajo que solo exija brazos fuertes y una espalda fuerte, por un salario que le alcance para comprar patatas. Como condimento solo necesita sal; duerme tan contento en la primera pocilga o perrera que encuentra, anida en los graneros y lleva un traje de andrajos cuyo quitar y poner es una de las operaciones más difíciles, que solo se emprende en días de fiesta y en momentos especialmente propicios. El sajón que no puede trabajar en esas condiciones se queda sin pan. El irlandés incivilizado, no por su fuerza, sino por lo contrario, expulsa al sajón nativo y toma posesión de su puesto. Allí vive, en su suciedad y su despreocupación, en su violencia de borracho y su falsedad, como núcleo acabado de degradación y desorden. Quien todavía se esfuerza por nadar, por mantenerse a flote, puede ver aquí un ejemplo de cómo puede existir el hombre no nadando, sino hundido… Que la situación de la masa inferior de los obreros ingleses se acerca cada vez más a la de los irlandeses, que compiten con ellos en todos los mercados; que todo trabajo que pueda despacharse con la mera fuerza física, sin mucha destreza, no se hace por un salario inglés, sino por algo que se aproxima al salario irlandés, es decir, por algo más que “estar medio saciado de patatas de la peor clase durante treinta semanas al año”, algo más, pero acercándose a esa meta con la llegada de cada nuevo vapor de Irlanda, ¿quién no lo ve?»

Carlyle tiene en esto toda la razón, si exceptuamos su condena exagerada y unilateral del carácter nacional irlandés. Estos obreros irlandeses, que cruzan a Inglaterra por cuatro peniques (3 1/3 Silbergroschen)151 en la cubierta de los vapores, donde a menudo van apretados como ganado, anidan en todas partes. Por lo demás, las peores viviendas son lo bastante buenas para ellos; sus ropas les dan poco trabajo mientras se sostengan con un hilo; no conocen los zapatos; su alimento son patatas, y solo patatas; lo que ganan por encima de eso se lo beben: ¿para qué necesita mucho salario una raza así? Los peores barrios de todas las grandes ciudades están habitados por irlandeses; allí donde un distrito destaca por una suciedad y una ruina especiales, puede contarse con encontrar sobre todo esas caras célticas, que se distinguen a primera vista de las fisonomías sajonas de los nativos, y con oír el cantarín y aspirado acento irlandés, el brogue, que el verdadero irlandés no pierde nunca. A veces he oído hablar incluso irlandés, la lengua céltica, en las partes más densamente pobladas de Manchester. La mayoría de las familias que viven en sótanos son casi en todas partes de origen irlandés. En suma, los irlandeses han descubierto, como dice el doctor Kay, cuál es el mínimo de las necesidades vitales, y ahora se lo enseñan a los obreros ingleses. También han traído consigo la suciedad y la embriaguez. Esa falta de aseo, que en el campo, donde la población vive dispersa, no hace tanto daño, pero que se ha convertido para el irlandés en una segunda naturaleza, aquí, en las grandes ciudades, por la concentración, se vuelve aterradora y peligrosa. Tal como el milesio estaba acostumbrado en su tierra, también aquí arroja toda la basura y los desperdicios delante de la puerta de su casa y forma así los charcos y montones de inmundicia que afean los barrios obreros y apestan su aire. Como en su tierra, se construye la pocilga pegada a la casa, y si no puede, deja que el cerdo duerma con él en la habitación. Esta nueva y anómala forma de ganadería en las grandes ciudades es de origen enteramente irlandés; el irlandés quiere a su cerdo como el árabe a su caballo, solo que lo vende cuando está lo bastante gordo para la matanza; por lo demás, come con él y duerme con él, sus hijos juegan con él, se le suben encima y se revuelcan con él en el fango, como puede verse miles de veces en todas las grandes ciudades de Inglaterra. Y no hay modo de hacerse una idea de la suciedad y de la incomodidad que reinan en las propias casas. El irlandés no está acostumbrado a los muebles: un montón de paja y unos cuantos harapos, que ya no sirven en absoluto como ropa, le bastan para pasar la noche. Un trozo de madera, una silla rota, un viejo cajón en lugar de mesa: no necesita más; una tetera, unos cuantos pucheros y cacharros bastan para equipar su cocina, que es a la vez dormitorio y cuarto de estar. Y cuando le falta combustible, todo lo que arde a su alcance, sillas, jambas de puertas, molduras, tablas del suelo, si es que las hay, va a parar a la chimenea. Además, ¿para qué necesita mucho espacio? Allá, en su choza de barro, había una sola pieza interior para todos los usos domésticos; tampoco en Inglaterra necesita la familia más de una habitación. Así, también este hacinamiento de muchos en una sola habitación, hoy tan general, lo ha introducido principalmente la inmigración irlandesa. Y como el pobre diablo tiene que disfrutar de algo, y la sociedad lo ha excluido de todos los demás goces, se va y bebe aguardiente. El aguardiente es lo único que hace que al irlandés le valga la pena vivir; el aguardiente y, a lo sumo, su temperamento despreocupado y alegre; y por eso se entrega también al aguardiente hasta la borrachera más brutal. El carácter meridional y ligero del irlandés, su rudeza, que lo pone poco por encima de un salvaje, su desprecio de todos los goces más humanos, de los que es incapaz justamente por esa rudeza, su suciedad y su pobreza, todo ello favorece en él la embriaguez: la tentación es demasiado grande, no puede resistirla, y en cuanto consigue dinero, tiene que echárselo al gaznate. ¿Cómo iba a hacer otra cosa? La sociedad que lo pone en una situación en la que casi necesariamente tiene que volverse un bebedor, que lo descuida en todo y lo deja embrutecerse, ¿cómo va a acusarlo después cuando de verdad se convierte en un borracho?

Con un competidor así tiene que luchar el obrero inglés: con un competidor que está en el escalón más bajo posible en un país civilizado y que por eso necesita también menos salario que ningún otro. De ahí que no pueda ser de otro modo sino que, como dice Carlyle, el salario del obrero inglés se vea rebajado cada vez más en todas las ramas en que el irlandés puede competir con él. Y estas ramas de trabajo son muchas. Todas las que exigen poca o ninguna destreza están abiertas al irlandés. Ciertamente, para los trabajos que exigen un largo aprendizaje o una actividad regular y continuada, el irlandés, desordenado, voluble y borracho, está demasiado bajo. Para hacerse mecánico (en inglés, mechanic es todo obrero empleado en la fabricación de maquinaria) o para hacerse obrero fabril, tendría que adoptar primero la civilización inglesa y las costumbres inglesas; en suma, hacerse primero inglés en lo esencial. Pero donde se trata de un trabajo sencillo, menos preciso, donde importa más la fuerza que la destreza, el irlandés vale tanto como el inglés. Por eso estas ramas de trabajo son las más invadidas por los irlandeses: entre los tejedores a mano, los peones de albañil, los mozos de cuerda, los jobbers y demás hay masas de irlandeses, y la intrusión de esta nación ha contribuido mucho aquí a la degradación del salario y de la propia clase obrera. Y aunque los irlandeses que penetraron en otras ramas de trabajo tuvieron que civilizarse, quedó todavía bastante de los viejos hábitos para ejercer también allí, además de la influencia que debía producir en general el contacto con los irlandeses, un efecto degradante sobre sus compañeros de trabajo ingleses. Pues si en casi todas las grandes ciudades una quinta o una cuarta parte de los obreros son irlandeses o hijos de irlandeses criados en la suciedad irlandesa, no extrañará que la vida de toda la clase obrera, sus costumbres, su posición intelectual y moral, todo su carácter, haya adoptado una parte considerable de ese modo de ser irlandés; se comprenderá cómo la indignante situación de los obreros ingleses, provocada ya por la industria moderna y sus consecuencias inmediatas, pudo verse elevada a un grado tan alto de envilecimiento.

Resultados

Ahora que hemos examinado con bastante detalle las condiciones en que vive la clase obrera inglesa de las ciudades, es hora de sacar de estos hechos otras conclusiones y de compararlas a su vez con la realidad. Veamos, pues, qué ha sido de los propios obreros en tales circunstancias, qué clase de gente tenemos en ellos, cómo es su estado físico, intelectual y moral.

Cuando un individuo causa a otro un daño corporal, y precisamente un daño que le acarrea la muerte, lo llamamos homicidio; si el autor sabía de antemano que el daño sería mortal, llamamos a su acto asesinato. Pero cuando la sociedad152 pone a cientos de proletarios en una situación tal que caen necesariamente víctimas de una muerte prematura, antinatural, una muerte tan violenta como la muerte por la espada o por la bala; cuando priva a miles de las condiciones de vida necesarias, los coloca en circunstancias en las que no pueden vivir; cuando los obliga, con el fuerte brazo de la ley, a permanecer en esas circunstancias hasta que llega la muerte, que tiene que ser la consecuencia de ellas; cuando sabe, sabe demasiado bien, que esos miles tienen que sucumbir a tales condiciones, y sin embargo deja que esas condiciones subsistan, eso es asesinato, lo mismo que el acto del individuo, solo que un asesinato encubierto, alevoso, un asesinato contra el que nadie puede defenderse, que no parece un asesinato porque no se ve al asesino, porque todos y a la vez nadie son ese asesino, porque la muerte de la víctima parece natural y porque es menos un pecado de obra que un pecado de omisión. Pero sigue siendo asesinato. Tendré que demostrar ahora que la sociedad en Inglaterra comete a diario y a todas horas este asesinato social, que los periódicos obreros ingleses llaman con toda razón por su nombre; que ha puesto a los obreros en una situación en la que no pueden conservar la salud ni vivir mucho tiempo; que socava así la vida de esos obreros poco a poco, gradualmente, y los lleva antes de tiempo a la tumba; tendré que demostrar, además, que la sociedad sabe cuán perjudicial es tal situación para la salud y la vida de los obreros, y que sin embargo no hace nada por mejorarla. Que conoce las consecuencias de sus instituciones y que su modo de obrar no es, por tanto, un simple homicidio, sino un asesinato, lo habré demostrado ya si puedo aducir documentos oficiales, informes parlamentarios y gubernamentales como autoridad sobre el hecho del homicidio.

Que una clase que vive en las condiciones descritas más arriba y que está tan mal provista de lo más imprescindible para vivir no puede estar sana ni llegar a una edad avanzada, se entiende de antemano. Repasemos, sin embargo, una vez más las distintas circunstancias, y en especial con respecto al estado de salud de los obreros. Ya la centralización de la población en las grandes ciudades ejerce una influencia desfavorable; la atmósfera de Londres nunca puede ser tan pura, tan rica en oxígeno, como la de un distrito rural; dos millones y medio de pulmones y doscientos cincuenta mil fuegos, apiñados en tres o cuatro millas geográficas cuadradas,153 consumen una cantidad enorme de oxígeno, que solo se repone con dificultad, porque la manera de construir las ciudades dificulta ya de por sí la ventilación. El ácido carbónico producido por la respiración y la combustión permanece en las calles a causa de su peso específico, y la corriente principal del viento pasa por encima de los tejados de las casas. Los pulmones de los habitantes no reciben la cantidad plena de oxígeno, y la consecuencia es un decaimiento físico y mental y un debilitamiento de la fuerza vital. Por eso los habitantes de las grandes ciudades están mucho menos expuestos que los campesinos, que viven en una atmósfera libre y normal, a las enfermedades agudas, especialmente las inflamatorias, pero en cambio padecen tanto más males crónicos. Y si ya la vida en las grandes ciudades no es de por sí saludable, cuán grande no será la influencia perjudicial de una atmósfera anómala en los barrios obreros, donde, como hemos visto, se reúne todo lo que puede viciar la atmósfera. En el campo puede ser bastante inofensivo tener un charco de estiércol pegado a la casa, porque allí el aire tiene libre acceso por todas partes; pero en medio de una gran ciudad, entre callejas y patios cerrados por las construcciones y aislados de toda corriente de aire, es algo muy distinto. Toda materia animal y vegetal en putrefacción desprende gases decididamente perjudiciales para la salud, y si esos gases no tienen libre salida, tienen que apestar la atmósfera. La basura y los charcos estancados de los barrios obreros de las grandes ciudades tienen, por tanto, las peores consecuencias para la salud pública, porque producen precisamente los gases que engendran enfermedades; y lo mismo las emanaciones de los ríos contaminados. Pero esto no es ni mucho menos todo. Es realmente indignante cómo trata la sociedad actual a la gran masa de los pobres. Se los atrae a las grandes ciudades, donde respiran una atmósfera peor que en su tierra rural. Se los relega a barrios que, por su manera de estar construidos, están peor ventilados que todos los demás. Se les quitan todos los medios de aseo; se les quita el agua, porque solo se tienden tuberías a cambio de pago y se contaminan los ríos hasta el punto de que ya no sirven para lavarse; se los obliga a echar a la calle todos los desperdicios y barreduras, toda el agua sucia, y a menudo hasta toda la inmundicia repugnante y el estiércol, porque se les quitan todos los medios de deshacerse de ellos de otro modo; se los obliga así a apestar sus propios distritos. Y no basta con eso. Todos los males posibles se amontonan sobre la cabeza de los pobres. Si la población de la ciudad es ya de por sí demasiado densa, a ellos se los apiña todavía más en un espacio reducido. No contentos con haber viciado la atmósfera de la calle, se los encierra por docenas en una sola habitación, de modo que el aire que respiran de noche acaba por ser asfixiante. Se les dan viviendas húmedas, sótanos que no son impermeables por abajo o buhardillas que no lo son por arriba. Se construyen sus casas de modo que el aire viciado no pueda salir. Se les dan ropas malas, andrajosas o que pronto lo serán, y alimentos malos, adulterados e indigestos. Se los expone a los más exasperantes cambios de ánimo, a las más violentas oscilaciones entre el miedo y la esperanza; se los acosa como a la caza y no se los deja llegar al descanso ni a un tranquilo disfrute de la vida. Se les quitan todos los goces, salvo el sexual y la bebida, y en cambio se los hace trabajar a diario hasta el agotamiento completo de todas sus fuerzas físicas e intelectuales, con lo que se los incita sin cesar a los más locos excesos en los dos únicos goces que están a su alcance. Y si todo esto no basta, si sobreviven a todo esto, caen víctimas del paro de una crisis, en la que se les quita también lo poco que hasta entonces se les había dejado.

¿Cómo es posible que, en tales circunstancias, la clase más pobre esté sana y viva mucho tiempo? ¿Qué otra cosa cabe esperar sino una proporción excesiva de defunciones, una presencia permanente de epidemias, un debilitamiento físico progresivo y seguro de la generación trabajadora? Veamos cómo están los hechos.

Que las viviendas de los obreros en los barrios malos, unidas a las demás condiciones de vida de esta clase, provocan multitud de enfermedades, nos lo atestiguan todas las partes. El artículo del Artizan citado más arriba afirma con toda razón que las enfermedades pulmonares tienen que ser la consecuencia necesaria de tales condiciones y que son de hecho especialmente frecuentes entre los obreros. Que la mala atmósfera de Londres, y en particular de los barrios obreros, favorece en grado sumo el desarrollo de la tisis lo muestra el aspecto héctico de tanta gente con la que uno se cruza por la calle. Si uno recorre un poco las calles a primera hora de la mañana, cuando todo el mundo va al trabajo, se asombra de la cantidad de gente con aspecto medio o del todo tísico con que se encuentra. Ni siquiera en Manchester tiene la gente ese aspecto; estos espectros pálidos, espigados, estrechos de pecho y de ojos hundidos, con los que uno se cruza a cada instante, estas caras fláccidas, sin fuerza, incapaces de toda energía, solo las he visto en Londres en cantidad tan llamativa, aunque también en las ciudades fabriles del norte la tisis se lleva cada año multitud de víctimas. Con la tisis compite, además de otras enfermedades pulmonares y de la escarlatina, sobre todo la enfermedad que causa los estragos más terribles entre los obreros: el tifus.154 Este mal, tan generalizado, lo deriva directamente el informe oficial sobre el estado sanitario de la clase obrera del mal estado de las viviendas en cuanto a ventilación, desagüe y limpieza. Este informe —que, no hay que olvidarlo, elaboraron los primeros médicos de Inglaterra sobre la base de los datos de otros médicos— afirma que un solo patio mal ventilado, un solo callejón sin salida y sin desagües, sobre todo si los vecinos viven hacinados y hay materias orgánicas descomponiéndose en las cercanías, es capaz de engendrar la fiebre, y casi siempre la engendra. Esta fiebre tiene casi en todas partes el mismo carácter y se convierte casi en todos los casos en un tifus declarado. Se da en los barrios obreros de todas las grandes ciudades, incluso en calles sueltas mal construidas y mal cuidadas de localidades más pequeñas, y alcanza su mayor difusión en los barrios malos, aunque, naturalmente, busca también víctimas aisladas en los distritos mejores. En Londres reina desde hace mucho tiempo; su extraordinaria virulencia en 1837 dio lugar al mencionado informe oficial. Según el informe anual del doctor Southwood Smith sobre el Hospital de Fiebres de Londres de 1843, el número de enfermos atendidos fue de 1462, 418 más que en cualquier año anterior. En las zonas húmedas y sucias de los distritos este, norte y sur de Londres, esta enfermedad había hecho estragos con extraordinaria violencia. Muchos de los pacientes eran obreros inmigrados del campo que en el camino y tras su llegada habían sufrido las más duras privaciones, habían dormido en las calles medio desnudos y medio muertos de hambre, no habían encontrado trabajo y así habían caído presa de la fiebre. Esta gente llegaba al hospital tan débil que hubo que emplear una cantidad extraordinariamente grande de vino, coñac, preparados amoniacales y otros estimulantes. De todos los enfermos murió el 16 1/2 por ciento. También en Manchester se encuentra esta fiebre maligna; en los barrios obreros peores de la ciudad vieja, Ancoats, Little Ireland, etc., casi nunca se extingue, aunque no reina aquí, como en general en las ciudades inglesas, en la extensión que cabría esperar. En Escocia y en Irlanda, en cambio, el tifus causa estragos con una violencia que supera toda idea; en Edimburgo y en Glasgow se presentó con especial furia en 1817, tras la carestía, y en 1826 y 1837, tras las crisis comerciales, y cada vez, después de causar estragos durante unos tres años, remitió algo durante un tiempo; en Edimburgo, durante la epidemia de 1817 cayeron enfermas de fiebre unas 6000 personas, y en la de 1837 unas 10 000, y no solo el número de enfermos, sino también la violencia de la enfermedad y la proporción de defunciones aumentaron con cada nueva repetición de la epidemia.155 Pero la furia de la enfermedad en todos los períodos anteriores parece haber sido un juego de niños comparada con su aparición tras la crisis de 1842. Una sexta parte de todos los pobres de toda Escocia contrajo la fiebre, y los mendigos ambulantes llevaron el mal de un lugar a otro con rapidez vertiginosa; no llegó a las clases medias y altas de la sociedad; en dos meses hubo más enfermos de fiebre que en los doce años anteriores. En Glasgow enfermó de fiebre en 1843 el doce por ciento de la población, 32 000 personas, de las que murió el 32 por ciento, mientras que la mortalidad en Manchester y en Liverpool suele ser solo del ocho por ciento. La enfermedad tenía sus crisis en los días séptimo y decimoquinto; en este último el paciente solía ponerse amarillo, lo que nuestra autoridad considera prueba de que la causa del mal debe buscarse también en la agitación y la angustia del ánimo.156 También en Irlanda estas fiebres epidémicas son cosa habitual. Durante veintiún meses de los años 1817-1818 pasaron por el hospital de Dublín 39 000 enfermos de fiebre, y en un año posterior, según el sheriff Alison (en el segundo tomo de los Principles of Population), hasta 60 000. En Cork, el hospital de fiebres tuvo que acoger en 1817-1818 a la séptima parte de la población; en Limerick estaba enferma de fiebre por la misma época la cuarta parte de los habitantes, y en el barrio malo de Waterford, diecinueve vigésimas partes.157

Si se recuerdan las circunstancias en que viven los obreros, si se piensa en lo apiñadas que están sus viviendas, en lo atestado de gente que está cada rincón, en que enfermos y sanos duermen en una habitación, en un mismo lecho, aún habrá que extrañarse de que una enfermedad contagiosa como esta fiebre no se extienda todavía más. Y si se piensa en la poca asistencia médica de que disponen los enfermos, en cuántos quedan privados de todo consejo médico e ignoran las prescripciones dietéticas más corrientes, la mortalidad parece todavía baja. El doctor Alison, que conoce a fondo esta enfermedad, la atribuye directamente a la penuria y a la miserable situación de los pobres, igual que el informe citado; afirma que las privaciones y la satisfacción insuficiente de las necesidades vitales hacen el cuerpo propenso al contagio y que son ellas las que hacen terrible la epidemia y la propagan con rapidez. Demuestra que cada período de privaciones —una crisis comercial o una mala cosecha— ha provocado tanto en Escocia como en Irlanda la aparición epidémica del tifus, y que la furia de la enfermedad ha recaído casi exclusivamente sobre la clase obrera. Es digno de notarse que, según su testimonio, la mayoría de los individuos que sucumben al tifus son padres de familia, es decir, precisamente aquellos de quienes menos pueden prescindir los suyos; lo mismo declaran varios médicos irlandeses citados por él.

Otra serie de enfermedades tiene su causa inmediata menos en la vivienda que en la alimentación de los obreros. La comida de los obreros, ya de por sí indigesta, es del todo inadecuada para los niños pequeños; y sin embargo al obrero le faltan los medios y el tiempo para procurar a sus hijos un alimento más apropiado. A ello se añade la costumbre, muy extendida, de dar a los niños aguardiente o incluso opio, y de todo esto, con el concurso de las demás condiciones de vida perjudiciales para el desarrollo físico, nacen las más diversas enfermedades de los órganos digestivos, que dejan su huella para toda la vida. Casi todos los obreros tienen el estómago más o menos débil y se ven obligados, a pesar de ello, a seguir siempre con la dieta que fue la causa de su mal. ¿Cómo iban a saber qué es lo que tiene la culpa? Y si lo supieran, ¿cómo iban a poder seguir una dieta más apropiada mientras no se los ponga en otras condiciones de vida y no reciban otra educación? Pero de esta mala digestión nacen, ya durante la infancia, nuevas enfermedades. La escrófula158 está casi generalizada entre los obreros, y los padres escrofulosos tienen hijos escrofulosos, sobre todo si la causa original de la enfermedad vuelve a actuar sobre la predisposición escrofulosa heredada por estos. Una segunda consecuencia de esta alimentación insuficiente del cuerpo durante el desarrollo es el raquitismo (enfermedad inglesa, excrecencias nudosas en las articulaciones), que también se encuentra con mucha frecuencia en los hijos de los obreros. El endurecimiento de los huesos se retrasa, el esqueleto queda en general frenado en su formación, y junto a las afecciones raquíticas habituales se encuentra con bastante frecuencia la deformación de las piernas y de la columna vertebral. No hace falta que diga cuánto empeoran todos estos males por las vicisitudes a que están expuestos los obreros por las oscilaciones del comercio, el paro y el salario escaso de las crisis. La falta temporal de alimento suficiente, a la que casi todo obrero se ve expuesto al menos una vez en la vida durante algún tiempo, no hace sino agravar las consecuencias de la alimentación mala, aunque suficiente. Los niños que, justamente en la época en que más necesitarían el alimento, solo comen hasta quedar medio saciados —¡y cuántos hay así en cada crisis, e incluso en los mejores períodos del tráfico!—, esos niños tienen que volverse necesariamente débiles, escrofulosos y raquíticos en alto grado. Y que lo son lo muestra la simple vista. El abandono al que está condenada la gran masa de los hijos de los obreros deja huellas imborrables y tiene por consecuencia el debilitamiento de toda la generación trabajadora. Si a esto se añaden la ropa inadecuada de esta clase y la imposibilidad, aquí acrecentada, de protegerse de los enfriamientos, luego la necesidad de trabajar mientras el malestar lo permita, la penuria de la familia, que crece en caso de enfermedad, y la falta, demasiado habitual, de toda asistencia médica, podrá uno hacerse una idea aproximada de cuál es el estado de salud de los obreros ingleses. De las consecuencias perjudiciales propias de determinadas ramas de trabajo, tal como hoy se ejercen, no quiero ni hablar todavía.

A esto se añaden otras influencias que debilitan la salud de un gran número de obreros. Ante todo, la bebida. Todos los atractivos, todas las tentaciones posibles se juntan para llevar a los obreros a la embriaguez. El aguardiente es para ellos casi la única fuente de alegría, y todo se conjura para ponérselo bien a mano. El obrero vuelve a casa cansado y extenuado de su trabajo; encuentra una vivienda sin la menor comodidad, húmeda, inhóspita y sucia; necesita con urgencia algo que lo anime, tiene que tener algo que haga que el trabajo valga la pena y que haga soportable la perspectiva del próximo día amargo; su humor abatido, desazonado e hipocondríaco, que nace ya de su estado insano, en particular de la indigestión, lo exacerban hasta lo insoportable el resto de sus condiciones de vida, la inseguridad de su existencia, su dependencia de toda clase de azares y su incapacidad para hacer nada por asegurar su situación; su cuerpo debilitado, debilitado por el aire malo y la mala comida, exige con violencia un estímulo exterior; su necesidad de compañía solo puede satisfacerla en una taberna, no tiene ningún otro sitio donde pueda encontrarse con sus amigos; y con todo eso, ¿no iba a tener el obrero la más fuerte tentación de entregarse a la bebida, iba a ser capaz de resistir a sus atractivos? Al contrario, existe la necesidad moral y física de que, en estas circunstancias, una cantidad muy grande de obreros tenga que caer en la bebida. Y aparte de las influencias más bien físicas que empujan al obrero a beber, el ejemplo de la gran masa, la educación descuidada, la imposibilidad de proteger a los más jóvenes de la tentación, en muchos casos la influencia directa de padres bebedores que dan ellos mismos aguardiente a sus hijos, la certeza de olvidar en la borrachera, al menos durante unas horas, la penuria y la opresión de la vida, y cien circunstancias más actúan con tanta fuerza que, a decir verdad, no se les puede reprochar a los obreros su afición al aguardiente. La embriaguez ha dejado aquí de ser un vicio del que pueda hacerse responsable al vicioso; se vuelve un fenómeno, la consecuencia necesaria, inevitable, de determinadas condiciones sobre un objeto carente de voluntad, al menos frente a esas condiciones. Que carguen con la responsabilidad quienes han hecho del obrero un mero objeto. Pero con la misma necesidad con que una gran cantidad de obreros cae en la bebida, la bebida produce sus efectos destructores sobre el espíritu y el cuerpo de sus víctimas. Todas las predisposiciones a la enfermedad que nacen de las condiciones de vida de los obreros se ven favorecidas por ella; el desarrollo de las enfermedades pulmonares y abdominales, así como la aparición y la propagación del tifus, encuentran en ella el mayor estímulo.

Otra causa de males físicos para la clase obrera reside en la imposibilidad de procurarse, en caso de enfermedad, la asistencia de médicos competentes. Es cierto que multitud de instituciones benéficas tratan de remediar esta carencia; que, por ejemplo, el hospital de Manchester atiende cada año a unos 22 000 enfermos, en parte ingresándolos, en parte con consejo médico y medicinas; pero ¿qué es todo eso en una ciudad donde, según el cálculo de Gaskell,159 tres cuartas partes de los habitantes necesitan cada año asistencia médica? Los médicos ingleses cobran honorarios altos, y los obreros no están en condiciones de pagarlos. Así que, o no pueden hacer nada, o se ven obligados a recurrir a curanderos baratos y a remedios de charlatán, con los que a la larga se hacen más daño que bien. Un número enorme de esos curanderos campan por sus respetos en todas las ciudades inglesas y se procuran, mediante anuncios, carteles y otras artimañas, una clientela entre las clases más pobres. Pero además se vende multitud de las llamadas medicinas de patente (patent medicines) para todos los males posibles e imposibles: las píldoras de Morrison, las píldoras de la vida de Parr, las píldoras del doctor Mainwaring y otras mil píldoras, esencias y bálsamos, que tienen todos la propiedad de curar todas las enfermedades del mundo. Estas medicinas rara vez contienen sustancias directamente nocivas, pero muy a menudo resultan perjudiciales para el cuerpo si se toman con frecuencia y en abundancia, y como en todos los anuncios se predica a los obreros ignorantes que nunca se toma demasiado, no hay que extrañarse de que traguen sin cesar grandes cantidades, con motivo o sin él. No es nada raro que el fabricante de las píldoras de la vida de Parr venda en una semana de 20 000 a 25 000 cajas de estas saludables píldoras, y se las toman: este contra el estreñimiento, aquel contra la diarrea, contra la fiebre, la debilidad y todos los males posibles. Igual que nuestros campesinos alemanes se aplicaban ventosas o se hacían sangrar en ciertas épocas del año, los obreros ingleses toman ahora su medicina de patente para hacerse daño a sí mismos y meterle el dinero en el bolsillo a su fabricante. Uno de los más perjudiciales de estos remedios de patente es una pócima preparada con opiáceos, en particular láudano, que se vende con el nombre de Godfrey's Cordial. Las mujeres que trabajan en casa y tienen que cuidar de niños propios o ajenos les dan esta pócima para que estén tranquilos y, según creen muchas, para que se pongan más fuertes. A menudo empiezan a medicarlos nada más nacer, sin conocer las consecuencias nocivas de este «cordial», hasta que los niños mueren. Cuanto más se insensibiliza el organismo del niño a los efectos del opio, mayores cantidades se le dan. Cuando el «cordial» ya no hace efecto, se le da también láudano puro, a menudo de 15 a 20 gotas de una vez. El coroner de Nottingham declaró ante una comisión gubernamental160161 que un solo boticario, según su propia declaración, había empleado en un año trece quintales de jarabe en preparar Godfrey's Cordial.162 Es fácil imaginar las consecuencias para los niños así tratados. Se vuelven pálidos, mustios y débiles, y la mayoría mueren antes de cumplir los dos años. El empleo de esta medicina está muy extendido en todas las grandes ciudades y distritos industriales del reino.

La consecuencia de todas estas influencias es un debilitamiento general del cuerpo entre los obreros. Se encuentra entre ellos poca gente fuerte, bien constituida y sana, al menos entre los obreros industriales, que en su mayoría trabajan en locales cerrados, y solo de ellos se trata aquí. Casi todos son enclenques, de osamenta angulosa pero no robusta, flacos, pálidos y, salvo los músculos especialmente esforzados en su trabajo, de fibra fláccida. Casi todos padecen de mala digestión y son por ello más o menos hipocondríacos y de humor sombrío y desazonado. Su cuerpo debilitado no está en condiciones de resistir una enfermedad, y por eso cae presa de ella a la menor ocasión. Por eso envejecen pronto y mueren jóvenes. Las tablas de mortalidad aportan de ello una prueba irrefutable.

Según el informe del registrador general G. Graham, la mortalidad anual de toda Inglaterra y Gales es algo inferior al 2 1/4 por ciento, es decir, cada año muere una persona de cada 45.163164 Al menos esta fue la media de los años 1839-1840; al año siguiente la mortalidad disminuyó algo y fue solo de una de cada 46. Pero en las grandes ciudades la proporción es muy distinta. Tengo ante mí (en el Manchester Guardian del 31 de julio de 1844) tablas oficiales de mortalidad según las cuales la mortalidad de algunas grandes ciudades se calcula así: en Manchester, incluidos Salford y Chorlton, 1 de cada 32,72, y sin Salford y Chorlton, 1 de cada 30,75; en Liverpool, incluido West Derby (un suburbio), 1 de cada 31,90, y sin West Derby, 1 de cada 29,90; mientras que la media de todos los distritos indicados de Cheshire, Lancashire y Yorkshire —que incluyen una multitud de distritos total o parcialmente rurales, además de muchas ciudades pequeñas—, con una población de 2 172 506 personas, da una mortalidad de 1 de cada 39,80. Hasta qué punto están en peor situación los obreros en las ciudades lo muestra la mortalidad de Prescot, en Lancashire, un distrito habitado por mineros del carbón y que, como el trabajo en las minas no es muy saludable, en salud está incluso por debajo de los distritos agrícolas. Pero los obreros viven en el campo, y la mortalidad es de 1 de cada 47,54, es decir, casi 2 1/2 más favorable que la media de toda Inglaterra. Todos estos datos se basan en las tablas de mortalidad de 1843. Aún más alta es la proporción de la mortalidad en las ciudades escocesas: en Edimburgo, en 1838-1839, 1 de cada 28,165 y en 1831, solo en la ciudad vieja, incluso 1 de cada 22; en Glasgow, según el doctor Cowan (Vital Statistics of Glasgow), por término medio desde 1830 1 de cada 30, y en algunos años 1 de cada 22 a 24. Que este enorme acortamiento de la duración media de la vida recae principalmente sobre la clase obrera, y hasta que la media de todas las clases mejora todavía gracias a la menor mortalidad de las clases altas y medias, nos lo atestiguan todas las partes. Uno de los testimonios más recientes es el del médico P. H. Holland, de Manchester, que por encargo oficial166 investigó el suburbio de Manchester de Chorlton-on-Medlock. Clasifica las casas y las calles en tres clases cada una, y encontró las siguientes diferencias de mortalidad:

Mortalidad
Calles de primera clase: casasde 1.ª clase1 de cada 51
de 2.ª clase1 de cada 45
de 3.ª clase1 de cada 36
Calles de segunda clase: casasde 1.ª clase1 de cada 55
de 2.ª clase1 de cada 38
de 3.ª clase1 de cada 35
Calles de tercera clase: casasde 1.ª claseno hay
de 2.ª clase1 de cada 35
de 3.ª clase1 de cada 25

De otras varias tablas dadas por Holland se desprende que la mortalidad en las calles de segunda clase es un 18 por ciento mayor, y en las de tercera clase un 68 por ciento mayor, que en las de primera clase; que la mortalidad en las casas de segunda clase es un 31 por ciento mayor, y en las de tercera clase un 78 por ciento mayor, que en las de primera clase; que la mortalidad en las calles malas que fueron mejoradas ha disminuido un 25 por ciento. Concluye con una observación muy franca para un burgués inglés:

«Cuando vemos que la mortalidad es en algunas calles cuatro veces mayor que en otras, y en clases enteras de calles el doble que en otras clases; cuando vemos, además, que es casi invariablemente alta en las calles que están en mal estado y casi invariablemente baja en las calles en buenas condiciones, no podemos resistirnos a la conclusión de que masas de nuestros semejantes, cientos de nuestros vecinos más próximos, mueren cada año aniquilados (destroyed) por falta de las precauciones más corrientes.»

El informe sobre el estado sanitario de las clases trabajadoras contiene un dato que prueba el mismo hecho. En Liverpool, en 1840, la duración media de la vida era de 35 años en las clases altas (gentry, profesiones liberales, etc.), de 22 años entre los comerciantes y artesanos acomodados, y de solo 15 años entre los obreros, jornaleros y la clase de los criados en general. Los informes parlamentarios contienen multitud de hechos parecidos.

Las listas de mortalidad suben tanto sobre todo por las numerosas defunciones de niños pequeños de la clase obrera. El cuerpo delicado de un niño es el que menos resiste las influencias desfavorables de una condición de vida baja; el abandono al que a menudo está expuesto, cuando trabajan los dos padres o uno de ellos ha muerto, se paga muy pronto, y así no hay que extrañarse de que, por ejemplo, en Manchester, según el último informe citado, más del 57 por ciento de los hijos de obreros mueran antes de cumplir cinco años, mientras que de los hijos de las clases altas solo muere el 20 por ciento, y de todos los niños menores de cinco años en los distritos rurales, en la media de todas las clases, no llega a morir el 32 por ciento.167168 El artículo del Artizan mencionado varias veces nos da datos más precisos sobre esto, al comparar las proporciones de defunciones por distintas enfermedades infantiles en las ciudades con las del campo, demostrando así que las epidemias son en general tres veces más mortíferas en Manchester y en Liverpool que en los distritos rurales; que las enfermedades del sistema nervioso se quintuplican en las ciudades y las afecciones del estómago se duplican con creces, mientras que las defunciones por enfermedades pulmonares en las ciudades son a las del campo como 2 1/2 a 1. Las defunciones de niños pequeños por viruela, sarampión, tos ferina y escarlatina se cuadruplican; las debidas a hidrocefalia se triplican, y las debidas a convulsiones se decuplican en las ciudades. Para citar todavía una autoridad concluyente, doy aquí una tabla que el doctor Wade ofrece en su History of the Middle and Working Classes (Londres, 1835, 3.ª ed.) según el informe de la comisión parlamentaria de las fábricas del año 1832.169

De cada 10 000 personas muerenmenores de 5 añosde 5 a 19de 20 a 39de 40 a 59de 60 a 69de 70 a 79de 80 a 89de 90 a 99de 100 y más
en el condado de Rutland, distrito agrícola sano286589112751299118914289381123
en el condado de Essex, distrito agrícola pantanoso31591110152614139631019630773
en la ciudad de Carlisle, 1779-1787, antes de la introducción de las fábricas44089111006120194082653315322
en la ciudad de Carlisle, después de la introducción de las fábricas473893012611134677727452801
en la ciudad de Preston, ciudad fabril4947113613791114553532298383
en la ciudad de Leeds, ciudad fabril528692712281198593512225292

Pero además de estas diversas enfermedades, que son la consecuencia necesaria del actual abandono y opresión de la clase más pobre, hay todavía otras influencias que contribuyen a aumentar la mortalidad de los niños pequeños. En muchas familias la mujer trabaja fuera de casa igual que el hombre, y la consecuencia es el completo abandono de los niños, a los que o se deja encerrados o se da a cuidar por dinero. No es de extrañar, entonces, que cientos de esos niños pierdan la vida por toda clase de accidentes. En ningún sitio hay tantos niños atropellados por coches y caballos, en ningún sitio caen tantos y se matan, se ahogan o se queman como en las grandes ciudades de Inglaterra. Son especialmente frecuentes las muertes por quemaduras o escaldaduras con agua hirviendo: en Manchester, durante los meses de invierno, casi una por semana; en Londres, igualmente frecuentes, aunque allí rara vez se lee algo en los periódicos; solo tengo a mano un dato del Weekly Dispatch del 15 de diciembre de 1844, según el cual en la semana del 1 al 7 de diciembre se habían producido seis casos de ese tipo. Estos pobres niños, que pierden la vida de manera tan espantosa, son pura y simplemente víctimas de nuestro desorden social y de la clase poseedora interesada en mantener ese desorden; y sin embargo no se sabe si esa misma muerte terrible y atroz no fue un beneficio para los niños, al librarlos de una larga vida de fatigas y miseria, rica en sufrimientos y pobre en goces. A esto se ha llegado en Inglaterra, y la burguesía lee todo esto a diario en los periódicos y no se preocupa por ello. Pero tampoco podrá quejarse si, a la vista de los testimonios oficiales y no oficiales citados, que tiene que conocer, la acuso abiertamente de asesinato social. O se encarga de que se ponga remedio a esta situación espantosa, o cede la administración de los intereses generales a la clase obrera. Y lo segundo no tiene ganas de hacerlo, mientras que para lo primero, mientras siga siendo burguesía y presa de los prejuicios burgueses, no tiene fuerza; pues si ahora, por fin, después de que han caído cientos de miles de víctimas, adopta algunas mezquinas medidas de previsión para el futuro, promulga una Metropolitan Buildings Act170 que limita un poco, al menos, el hacinamiento más desconsiderado de las viviendas; si alardea de medidas que, lejos de atacar la raíz del mal, no alcanzan ni de lejos las disposiciones de la policía sanitaria más elemental, no podrá por ello limpiarse de la acusación. La burguesía inglesa solo puede elegir entre seguir gobernando con la irrefutable acusación de asesinato sobre los hombros, y a pesar de ella, o abdicar en favor de la clase obrera. Hasta ahora ha preferido lo primero.

Pasemos de la situación física a la situación intelectual de los obreros. Si la burguesía les deja de la vida lo justo y necesario, no debemos extrañarnos de que tampoco les dé más instrucción que la que interesa a la burguesía. Y eso, a decir verdad, no es mucho. Los medios de instrucción son en Inglaterra desproporcionadamente escasos en relación con la población. Las pocas escuelas diurnas a disposición de la clase obrera solo pueden frecuentarlas poquísimos y además son malas; los maestros —obreros que ya no sirven para el trabajo y otra gente inútil que se hizo maestro de escuela solo para poder vivir— carecen en su mayoría hasta de los conocimientos elementales más indispensables, de la formación moral tan necesaria para el maestro y de todo control público. También aquí reina la libre competencia y, como siempre, los ricos sacan el provecho, y los pobres, para quienes la competencia no es precisamente libre, que no tienen los conocimientos necesarios para poder juzgar, cargan con el perjuicio. No existe en ninguna parte la enseñanza obligatoria, y en las fábricas propiamente dichas, como veremos, solo de nombre, y cuando en la legislatura de 1843 el Gobierno quiso poner en vigor esta aparente obligación escolar, la burguesía fabril se opuso con todas sus fuerzas,171 aunque los obreros se pronunciaron decididamente a favor de la enseñanza obligatoria. Por otra parte, una gran cantidad de niños trabaja toda la semana en las fábricas y en casa y no puede, por tanto, ir a la escuela. Pues las escuelas nocturnas, a las que deberían ir los que están ocupados durante el día, casi no las frecuenta nadie, y sin provecho. Realmente sería pedir demasiado que jóvenes obreros que se han matado a trabajar doce horas fueran todavía a la escuela de ocho a diez. Y los que lo hacen se duermen allí casi siempre, como consta en cientos de declaraciones del informe de la Children's Employment Commission. Es verdad que se han creado escuelas dominicales, pero también están dotadas de maestros de manera sumamente deficiente y solo pueden ser útiles a los que ya han aprendido algo en la escuela diaria. El intervalo de un domingo a otro es demasiado largo para que un niño completamente inculto no haya olvidado en la segunda lección lo que aprendió en la primera, ocho días antes. El informe de la Children's Employment Commission ofrece miles de pruebas, y la propia comisión se pronuncia de la manera más categórica en el sentido de que ni las escuelas diarias ni las dominicales responden ni de lejos a las necesidades de la nación. Este informe aporta pruebas de una ignorancia en la clase obrera de Inglaterra que no cabría esperar de un país como España o Italia. Pero no puede ser de otro modo; la burguesía tiene poco que esperar y bastante que temer de la instrucción de los obreros; el Gobierno, en todo su colosal presupuesto de 55 000 000 de libras esterlinas, solo tiene una única y minúscula partida de 40 000 libras para la instrucción pública; y si no fuera por el fanatismo de las sectas religiosas, que estropea por lo menos tanto como mejora aquí y allá, los medios de enseñanza serían todavía mucho más miserables. Pero así es como la Iglesia oficial crea sus National Schools172 y cada secta sus escuelas, con el único propósito de conservar en su seno a los hijos de sus correligionarios y de arrebatar, si es posible, aquí y allá a las otras sectas alguna pobre alma infantil. La consecuencia es que la religión, y precisamente el lado más estéril de la religión, la polémica, se eleva a materia principal de la enseñanza, que se atiborra la memoria de los niños de dogmas incomprensibles y distinciones teológicas, que se despiertan lo antes posible el odio sectario y la beatería fanática y que se descuida vergonzosamente toda formación racional, intelectual y moral. Los obreros han pedido muchas veces al Parlamento una educación pública puramente laica, dejando la religión a los eclesiásticos de cada secta; hasta ahora no han encontrado ningún ministerio que les haya concedido nada parecido. Naturalmente. El ministro es el criado obediente de la burguesía, y esta se divide en innumerables sectas; pero cada secta solo concede al obrero esa educación, peligrosa por lo demás, si este tiene que tragarse de paso el antídoto de los dogmas propios de esa secta. Y como esas sectas siguen hasta hoy disputándose la supremacía, la clase obrera se queda entretanto sin instrucción. Es verdad que los fabricantes se jactan de haber enseñado a leer a la gran mayoría, pero es un leer que deja mucho que desear, como muestra el informe de la Children's Employment Commission. Quien conoce el alfabeto dice que sabe leer, y con eso se quedan tranquilos los fabricantes. Y si se piensa en la confusa ortografía inglesa, con la que leer es un verdadero arte que solo se aprende tras una larga enseñanza, esta ignorancia resulta comprensible. Escribir, ya no digamos, saben muy pocos; y escribir con ortografía no saben ni muchísimos «cultos». Las escuelas dominicales de la Iglesia oficial, de los cuáqueros y, creo, de algunas otras sectas no enseñan a escribir en absoluto, «porque es una ocupación demasiado mundana para el domingo». Cómo están por lo demás las cosas con la instrucción que se ofrece a los obreros, lo mostrarán un par de ejemplos. Están tomados del informe de la Children's Employment Commission, que por desgracia no se extiende a la industria fabril propiamente dicha.

«En Birmingham», dice el comisario Grainger, «los niños que he examinado carecen en su conjunto por completo de todo lo que, ni de lejos, pudiera llamarse una educación útil. Aunque en casi todas las escuelas solo se da enseñanza religiosa, mostraron en general también sobre ella la más crasa ignorancia.» — «En Wolverhampton», cuenta el comisario Horne,173 «encontré, entre otros, los siguientes ejemplos: una niña de 11 años había ido a una escuela diaria y a una dominical, y “nunca había oído hablar de otro mundo, del cielo ni de otra vida”. Otro, de 17 años, no sabía cuántos son dos por dos ni cuántos farthings» (cuartos de penique) «hay en 2 peniques, ni siquiera cuando se le puso el dinero en la mano. Algunos muchachos nunca habían oído hablar de Londres, ni siquiera de Willenhall, aunque este queda solo a una hora de donde viven y está en constante comunicación con Wolverhampton. Algunos nunca habían oído el nombre de la reina ni nombres como Nelson, Wellington o Bonaparte. Pero era notable que los que nunca habían oído hablar siquiera de san Pablo, de Moisés o de Salomón estaban muy bien informados sobre la vida, los hechos y el carácter de Dick Turpin, el salteador de caminos, y sobre todo de Jack Sheppard, el ladrón y fugado de cárceles.174 Un muchacho de 16 años no sabía cuántos son dos por dos ni cuánto hacen cuatro farthings; un muchacho de 17 años afirmaba que diez farthings son diez medios peniques, y un tercero, de 17 años, respondió secamente a unas cuantas preguntas muy sencillas: “Que él no sabía nada de nada (he was ne judge o' nothin')”» (Horne, Rept., App. Part II, Q. 18, núms. 216, 217, 226, 233, etc.).

Estos niños, a los que se atormenta durante cuatro o cinco años con dogmas religiosos, al final saben tanto como antes.

Un niño «ha ido regularmente durante cinco años a la escuela dominical; no sabe quién era Jesucristo, aunque ha oído el nombre; nunca ha oído hablar de los doce apóstoles, de Sansón, de Moisés, de Aarón, etc.» (ibid. Evid. p. q. 39, l. 33). Otro «ha ido regularmente seis años a la escuela dominical. Sabe quién era Jesucristo: murió en la cruz para derramar su sangre para salvar a nuestro Salvador; nunca ha oído hablar de san Pedro ni de san Pablo» (ibid. p. q. 36, l. 46). Un tercero «ha estado siete años en distintas escuelas dominicales; solo sabe leer en los libros finos, palabras fáciles de una sílaba; ha oído hablar de los apóstoles, no sabe si san Pedro era uno o san Juan, a no ser que sea san Juan Wesley (fundador de los metodistas)175», etc. (ibid. p. q. 34, l. 58). A la pregunta de quién era Jesucristo, Horne recibió además, entre otras, las siguientes respuestas: «Era Adán»; «era un apóstol»; «era el hijo del Señor del Salvador (he was the Saviour's Lord's Son)», y de un muchacho de dieciséis años: «Era un rey de Londres hace mucho, mucho tiempo».

En Sheffield, el comisario Symons176 hizo leer a los alumnos de la escuela dominical; no eran capaces de decir lo que habían leído ni qué clase de gente eran los apóstoles de los que acababan de leer. Después de preguntarles a todos por turno por los apóstoles sin obtener una respuesta correcta, un chiquillo de aire listo exclamó con gran seguridad:

«¡Yo lo sé, señor, eran los leprosos!» (Symons, Rept., App. Part I, pp. E 22 y ss.)

De los distritos alfareros y de Lancashire se informa de cosas parecidas.

Ya se ve lo que la burguesía y el Estado han hecho por la educación y la formación de la clase obrera. Por suerte, las condiciones en que vive esta clase son tales que le dan una formación práctica, que no solo sustituye a los cachivaches escolares, sino que hace también inofensivas las confusas representaciones religiosas ligadas a ellos y pone incluso a los obreros a la cabeza del movimiento nacional de Inglaterra. La necesidad enseña a rezar y, lo que es más, a pensar y a actuar. El obrero inglés, que apenas sabe leer y menos aún escribir, sabe sin embargo muy bien cuál es su propio interés y el de toda la nación; sabe también cuál es el interés particular de la burguesía y qué tiene que esperar de esa burguesía. Si no sabe escribir, sabe hablar, hablar en público; si no sabe hacer cuentas, sabe calcular con los conceptos de la economía política lo suficiente para calar y refutar a un burgués partidario de abolir las leyes de cereales; si, pese a todos los esfuerzos de los curas, las cuestiones celestiales le resultan muy oscuras, tanto mejor se entiende en las cuestiones terrenales, políticas y sociales. Tendremos que hablar de esto más adelante, y pasamos ahora a la caracterización moral de nuestros obreros.

Que la enseñanza moral, que en todas las escuelas de Inglaterra va unida a la religiosa, no puede tener mejor efecto que esta es bastante evidente. Los principios simples que regulan para el ser humano la relación del hombre con el hombre, principios que ya por el estado social, la guerra de todos contra todos, caen en la confusión más espantosa, tienen que resultarle al obrero inculto del todo oscuros y ajenos si se mezclan con dogmas religiosos incomprensibles y se le presentan en la forma religiosa de una orden arbitraria y sin fundamento. Las escuelas, según confiesan todas las autoridades, en especial la Child. Empl. Comm., no contribuyen casi en nada a la moralidad de la clase obrera. ¡Tan desconsiderada, tan estúpidamente obtusa es la burguesía inglesa en su egoísmo, que ni siquiera se toma la molestia de inculcar a los obreros la moral actual, una moral que la burguesía, sin embargo, ha pergeñado en su propio interés y para su propia protección! Hasta ese cuidado de sí misma le cuesta demasiado esfuerzo a la burguesía, cada vez más floja e indolente; hasta eso le parece superfluo. Ciertamente llegará el día en que se arrepentirá, demasiado tarde, de su descuido. Pero no tiene derecho a quejarse si los obreros no saben nada de esa moral y no se rigen por ella.

Así pues, los obreros están, igual que física e intelectualmente, también moralmente expulsados y abandonados por la clase que tiene el poder. La única atención que todavía se les presta es la ley, que se les echa encima en cuanto se acercan demasiado a la burguesía; como con los animales irracionales, solo se emplea con ellos un medio educativo: el látigo, la fuerza bruta, que no convence, sino que solo intimida. No es de extrañar, pues, que los obreros, tratados así como animales, o bien se conviertan de verdad en animales, o bien solo puedan conservar la conciencia y el sentimiento de su humanidad mediante el odio más ardiente, mediante una sublevación interior constante contra la burguesía que detenta el poder. Solo son seres humanos mientras sienten la cólera contra la clase dominante; se vuelven animales en cuanto se someten pacientemente a su yugo y solo procuran hacerse agradable la vida bajo el yugo, sin querer romper el yugo mismo.

Esto es, pues, todo lo que la burguesía ha hecho por la formación de la clase obrera, y si consideramos las demás circunstancias en que vive esta, no podremos en absoluto tomarle a mal la rabia que alberga contra la clase dominante. La formación moral que no se le da al obrero en la escuela tampoco se le ofrece en el resto de sus condiciones de vida; al menos no la formación moral que vale algo a los ojos de la burguesía. Toda su posición y su entorno encierran las más fuertes inclinaciones a la inmoralidad. Es pobre, la vida no tiene atractivo para él, casi todos los goces le están vedados, los castigos de la ley ya no tienen nada de terrible para él: ¿por qué va a cohibirse en sus apetitos, por qué va a dejar al rico en el disfrute de sus bienes en lugar de apropiarse él mismo de una parte? ¿Qué razones tiene el proletario para no robar? Todo eso está muy bien y suena bastante agradable al oído del burgués cuando se habla de la «santidad de la propiedad»; pero para quien no tiene propiedad, la santidad de la propiedad deja de existir por sí sola. El dinero es el dios de este mundo. El burgués le quita al proletario su dinero y lo convierte así en un ateo práctico. No es de extrañar, pues, que el proletario dé pruebas de su ateísmo y no respete ya la santidad y el poder del dios terrenal. Y cuando la pobreza del proletario llega hasta la falta real de lo más imprescindible para vivir, hasta la miseria y el paro, el estímulo para despreciar todo orden social crece todavía más. Eso lo saben también en gran parte los propios burgueses. Symons observa177 que la pobreza ejerce sobre el espíritu el mismo efecto devastador que la embriaguez sobre el cuerpo, y el sheriff Alison les explica a los poseedores con toda exactitud cuáles tienen que ser para los obreros las consecuencias de la opresión social.178 La miseria solo deja al obrero la elección entre morirse de hambre lentamente, matarse deprisa o tomar lo que necesita donde lo encuentre; dicho en plata: robar. Y no podremos extrañarnos de que la mayoría prefiera el robo a la muerte por hambre o al suicidio. Es cierto que también entre los obreros hay cierto número que tiene la moral suficiente para no robar ni aun llevados al extremo, y esos se mueren de hambre o se matan. El suicidio, que antes era el envidiable privilegio de las clases altas, se ha puesto de moda en Inglaterra también entre los proletarios, y multitud de pobres se matan para escapar de la miseria, de la que no saben salvarse de otro modo.

Pero mucho más desmoralizadora que la pobreza resulta para los obreros ingleses la inseguridad de su situación, la necesidad de vivir del salario al día, en una palabra, lo que hace de ellos proletarios. Nuestros pequeños campesinos de Alemania son también en gran parte pobres y a menudo pasan necesidad, pero dependen menos del azar; tienen al menos algo seguro. Pero el proletario, que no tiene nada más que sus dos manos, que consume hoy lo que ganó ayer, que depende de toda clase de azares, que no posee la menor garantía de su capacidad de ganarse lo más imprescindible para vivir —cada crisis, cada capricho de su patrón puede dejarlo sin pan—, el proletario está en la situación más indignante y más inhumana que pueda imaginarse para un ser humano. Al esclavo, al menos, le asegura la existencia el interés propio de su amo; el siervo tiene al menos un trozo de tierra del que vive; ambos tienen al menos una garantía de la mera supervivencia; pero el proletario está reducido a sí mismo y, al mismo tiempo, está incapacitado para emplear sus fuerzas de modo que pueda contar con ellas. Todo lo que el proletario puede hacer por sí mismo para mejorar su situación desaparece como una gota en un cubo frente al aluvión de vicisitudes a que está expuesto y sobre las que no tiene el menor poder. Es el objeto sin voluntad de todas las combinaciones posibles de circunstancias, y puede darse por afortunado si salva la mera vida aunque sea por poco tiempo. Y, como se comprende por sí mismo, su carácter y su modo de vida se ajustan a su vez a esas circunstancias. O bien procura mantenerse a flote en este remolino, salvar su humanidad, y eso solo puede hacerlo, a su vez, en la rebelión179 contra la clase que lo explota tan despiadadamente y luego lo abandona a su suerte, que trata de obligarlo a permanecer en esa situación indigna de un ser humano: contra la burguesía; o bien abandona la lucha contra su situación por inútil y procura sacar todo el provecho que puede de los momentos favorables. Ahorrar no le sirve de nada, porque a lo sumo puede reunir lo que necesita para alimentarse un par de semanas, y si se queda sin pan, no se queda en un par de semanas. Adquirir propiedad de manera duradera no puede, y si pudiera, tendría que dejar de ser obrero, y otro ocuparía su lugar. ¿Qué mejor puede hacer, entonces, cuando recibe un buen salario, que vivir bien de él? El burgués inglés se asombra y se escandaliza en grado sumo de la vida alegre de los obreros en las épocas en que el salario es alto; y sin embargo no solo es completamente natural, sino incluso completamente razonable por parte de esa gente que disfruten de la vida cuando pueden, en lugar de acumular tesoros que no les sirven de nada y que al final se comen, de todos modos, la polilla y el orín,180 es decir, los burgueses. Pero una vida así es desmoralizadora como ninguna otra. Lo que Carlyle dice de los hilanderos de algodón vale para todos los obreros industriales ingleses:

«Para ellos el negocio está hoy floreciente y mañana marchito: un continuo juego de azar, y así viven también como jugadores, hoy en el lujo, mañana en el hambre. Los consume un negro descontento amotinado, el sentimiento más miserable que puede habitar en el pecho del hombre. El comercio inglés, con sus convulsiones y oscilaciones que abarcan el mundo, con su inconmensurable Proteo de vapor, ha hecho inseguros para ellos todos los caminos, como por un hechizo; la sobriedad, la firmeza, la tranquila permanencia, las primeras bendiciones del hombre, les son ajenas… Este mundo no es para ellos un hogar, sino una cárcel sofocante llena de afanes locos e infructuosos, de rebelión, de rencor, de rabia contra sí mismos y contra todos los hombres. ¿Es un mundo verde y florido, hecho y gobernado por un Dios, o es un Tofet181 sombrío y burbujeante de humo de vitriolo, polvo de algodón, alboroto de borrachos, furia y tormento del trabajo, hecho y gobernado por un Diablo?»182

Y más adelante, en la p. 40:

«Si la injusticia, la infidelidad a la verdad, a los hechos y al orden de la naturaleza es el único mal bajo el sol, y la conciencia de sufrir agravio, injusticia, el único sentimiento insoportablemente doloroso, nuestra gran pregunta sobre la situación de los obreros sería esta: ¿es esto justo? Y, sobre todo: ¿qué piensan ellos mismos de la justicia de la cosa? Sus palabras son respuesta suficiente, y sus actos todavía más… La rebelión, un súbito impulso vengativo de rebelión contra las clases altas, un respeto cada vez menor por las órdenes de sus superiores temporales, una fe cada vez menor en las enseñanzas de sus superiores espirituales, se convierten cada vez más en el estado de ánimo general de las clases bajas. Ese estado de ánimo podrá censurarse, podrá castigarse, pero todos tienen que reconocer que existe realmente, tienen que saber que es triste y que, si no se cambia, será funesto.»

Carlyle tiene toda la razón en cuanto a los hechos y solo se equivoca al censurar la pasión salvaje de los obreros contra las clases altas. Esa pasión, esa cólera, es más bien la prueba de que los obreros sienten lo inhumano de su situación, de que no quieren dejarse rebajar a la condición de animales y de que algún día se liberarán de la servidumbre de la burguesía. Lo vemos en los que no comparten esa cólera: o bien se someten humildemente al destino que les toca, viven como honrados particulares lo mejor que pueden, no se preocupan de la marcha del mundo, ayudan a la burguesía a forjar más firmemente las cadenas de los obreros y se quedan en el punto de vista espiritualmente muerto del período preindustrial; o bien se dejan zarandear por el destino y juegan con él, pierden también interiormente el apoyo firme que ya han perdido exteriormente, viven al día, beben aguardiente y corren detrás de las chicas; en ambos casos son animales. Estos últimos son también los que más contribuyen al «rápido aumento del vicio» que tanto horroriza a la sentimental burguesía, después de haber puesto ella misma en movimiento sus causas.

Otra fuente de desmoralización entre los obreros es la condena al trabajo. Si la actividad productiva libre es el goce más alto que conocemos, el trabajo forzado es el tormento más duro y degradante. Nada hay más terrible que tener que hacer todos los días, de la mañana a la noche, algo que a uno le repugna. Y cuanto más humanamente siente el obrero, más odioso tiene que serle su trabajo, porque siente la coacción y la falta de sentido para él mismo que hay en él. ¿Por qué trabaja, entonces? ¿Por el placer de crear? ¿Por instinto natural? De ningún modo. Trabaja por el dinero, por una cosa que nada tiene que ver con el trabajo mismo; trabaja porque tiene que hacerlo, y además trabaja tanto tiempo y de manera tan ininterrumpidamente monótona que, solo por eso, el trabajo tiene que volverse para él un tormento desde las primeras semanas, si es que todavía siente de un modo mínimamente humano. La división del trabajo ha multiplicado aún más los efectos embrutecedores del trabajo forzado en general. En la mayoría de las ramas de trabajo, la actividad del obrero se limita a una manipulación mezquina, puramente mecánica, que se repite minuto tras minuto y sigue siendo la misma año tras año.183184 Quien desde niño ha hecho cada día, doce horas o más, cabezas de alfiler o ha limado ruedas dentadas y ha vivido además en las condiciones de un proletario inglés, ¿cuántos sentimientos y facultades humanos podrá conservar al llegar a los treinta años? Lo mismo ocurre con la introducción de la fuerza del vapor y de las máquinas. La actividad del obrero se vuelve ligera, se ahorra el esfuerzo de los músculos, y el trabajo mismo se vuelve insignificante, pero monótono en grado sumo. No le ofrece ningún campo para la actividad intelectual y, sin embargo, ocupa su atención justo lo suficiente para que, si quiere hacerlo bien, no pueda pensar en otra cosa. ¡Y una condena a semejante trabajo —un trabajo que absorbe todo el tiempo disponible del obrero, que apenas le deja tiempo para comer y dormir, ni siquiera para el ejercicio físico al aire libre, para el disfrute de la naturaleza, por no hablar de la actividad intelectual—, una condena así no habría de rebajar al ser humano a la condición de animal! El obrero vuelve a tener solo la alternativa de resignarse a su suerte, convertirse en un «buen obrero», velar «fielmente» por los intereses del burgués —y entonces se embrutece con toda seguridad—, o resistirse, luchar por su humanidad mientras pueda, y eso solo puede hacerlo en la lucha contra la burguesía.

Y cuando todas estas causas han producido una masa de desmoralización en la clase obrera, se añade una causa nueva para extender aún más esa desmoralización y llevarla a su cima más alta: la centralización de la población. Los escritores ingleses de la burguesía ponen el grito en el cielo por los efectos desmoralizadores de las grandes ciudades; estos Jeremías al revés no entonan sus lamentaciones por la destrucción de las ciudades, sino por su florecimiento.185 El sheriff Alison atribuye casi todo, y el doctor Vaughan,186 autor de un libro titulado The Age of Great Cities, todavía mucho más, a esta causa. Naturalmente. En las demás causas que actúan destructivamente sobre el cuerpo y el espíritu de los obreros entra en juego demasiado directamente el interés de la clase poseedora. Si dijeran que la pobreza, la inseguridad de la situación, el exceso de trabajo y el trabajo forzado son la causa principal, todo el mundo, y ellos mismos, tendrían que responderse: entonces demos propiedad a los pobres, garanticémosles su existencia, promulguemos leyes contra el exceso de trabajo; y eso la burguesía no puede admitirlo. Pero las grandes ciudades han crecido así, completamente por sí solas, la gente se ha ido a ellas por su libre voluntad, y la conclusión de que solo la industria y la clase media que se beneficia de ella han creado esas grandes ciudades queda tan lejos que a la clase dominante tiene que ocurrírsele con demasiada facilidad cargar toda la desgracia sobre esta causa aparentemente inevitable, cuando lo cierto es que las grandes ciudades solo pueden dar un desarrollo más rápido y más maduro a la desgracia, que existe ya al menos en germen. Alison es por lo menos lo bastante humano para reconocerlo; no es un burgués industrial y liberal plenamente desarrollado, sino solo un burgués tory a medio desarrollar, y por eso tiene a veces los ojos abiertos allí donde los verdaderos burgueses están ciegos del todo. Dejémosle hablar:

«Es en las grandes ciudades donde el vicio tiende sus tentaciones y la lujuria sus redes, donde la culpa se ve espoleada por la esperanza de la impunidad y la ociosidad por el ejemplo frecuente. Aquí, a estos grandes depósitos de la corrupción humana, huyen de la sencillez de la vida del campo los malvados y los libertinos; aquí encuentran víctimas para su maldad y ganancias como recompensa de los peligros a que se exponen. La virtud queda envuelta en la oscuridad y sofocada, la culpa madura en la dificultad de ser descubierta, el desenfreno se ve recompensado con el goce inmediato. Quien recorra de noche St. Giles, las callejuelas estrechas y atestadas de Dublín o los barrios más pobres de Glasgow lo verá confirmado, y no se extrañará de que haya tanto crimen en el mundo, sino de que haya tan poco… La gran causa de la depravación de las grandes ciudades es la naturaleza contagiosa del mal ejemplo y la dificultad de esquivar la seducción del vicio cuando se pone en contacto cercano y diario con la generación que crece. Los ricos no son mejores eo ipso; tampoco ellos podrían resistir a la tentación en la misma situación; la desgracia particular de los pobres es que en todas partes tienen que encontrarse con las figuras seductoras del vicio y las tentaciones de los placeres prohibidos… La demostrada imposibilidad de ocultar los atractivos del vicio a la parte más joven de los pobres en las grandes ciudades es la causa de la desmoralización.»

Tras una larga descripción de costumbres, nuestro autor prosigue:

«Todo esto no viene de una depravación extraordinaria del carácter, sino de la naturaleza casi irresistible de las tentaciones a que están expuestos los pobres. Los ricos que censuran la conducta de los pobres cederían probablemente con la misma rapidez a la influencia de causas semejantes. Hay un grado de miseria, un acoso del pecado, al que rara vez es capaz de hacer frente la virtud y al que la juventud, sobre todo, no suele poder resistir. El progreso del vicio en tales circunstancias es casi tan seguro, y a menudo tan rápido, como el del contagio físico.»

Y en un pasaje posterior:

«Cuando las clases altas, en su provecho, han reunido a los obreros en grandes masas en un espacio estrecho, el contagio del crimen se vuelve vertiginoso e inevitable. Las clases bajas, tal como están ahora situadas en lo que respecta a la enseñanza religiosa y moral, a menudo apenas son más culpables de ceder a las tentaciones que las asaltan que de caer víctimas del tifus.»187

¡Basta! El semiburgués Alison nos revela, aunque sea con una forma de expresarse obtusa, las malas consecuencias de las grandes ciudades para el desarrollo moral de los obreros. Otro, un burgués de cuerpo entero, un hombre según el corazón de la Liga contra las Leyes de Cereales, el doctor Andrew Ure,188189 nos revela el otro lado. Nos cuenta que la vida en las grandes ciudades facilita las intrigas entre los obreros y da poder a la plebe. Si los obreros no son educados aquí (es decir, educados en la obediencia a la burguesía), verán las cosas de manera unilateral, desde el punto de vista de un egoísmo siniestro, y se dejarán seducir fácilmente por demagogos astutos; incluso son capaces de mirar con ojo celoso y hostil a su mejor bienhechor, el capitalista frugal y emprendedor. Aquí solo puede ayudar una buena educación; de lo contrario sobrevendrán la bancarrota nacional y otros horrores, pues de otro modo no podrá dejar de producirse una revolución de los obreros. Y nuestro burgués tiene toda la razón en sus temores. Si la centralización de la población actúa ya sobre las clases poseedoras de manera estimulante y les hace desarrollarse, empuja todavía mucho más deprisa el desarrollo de los obreros. Los obreros empiezan a sentirse como clase en su conjunto, se dan cuenta de que, aunque débiles por separado, juntos son un poder; se favorece su separación de la burguesía y la formación de concepciones e ideas propias de los obreros y de su posición en la vida; surge la conciencia de estar oprimidos, y los obreros adquieren importancia social y política. Las grandes ciudades son el foco del movimiento obrero; en ellas empezaron los obreros a reflexionar sobre su situación y a luchar contra ella, en ellas se manifestó por primera vez el antagonismo entre proletariado y burguesía, de ellas han salido las asociaciones obreras, el cartismo y el socialismo. Las grandes ciudades han convertido la enfermedad del cuerpo social, que en el campo aparece en forma crónica, en una enfermedad aguda, y así han sacado a la luz su verdadera naturaleza y, a la vez, el modo justo de curarla. Sin las grandes ciudades y su influencia estimulante sobre el desarrollo de la inteligencia pública, los obreros estarían muy lejos de haber llegado adonde están hoy. Además, han destruido el último resto de la relación patriarcal entre los obreros y los patronos, a lo que contribuyó también la gran industria al multiplicar el número de obreros que dependen de un solo burgués. La burguesía, desde luego, se lamenta de ello, y tiene razón, pues con aquella relación el burgués estaba bastante a salvo de una rebelión de los obreros. Podía explotarlos y dominarlos a placer y recibir, de propina, obediencia, gratitud y afecto de ese pueblo bobo, con tal de darle, además del salario, un poco de amabilidad, que no le costaba nada, y quizá algunas pequeñas ventajas; todo ello aparentemente por pura bondad de corazón, superflua y abnegada, y sin embargo ni la décima parte de lo que le debía. Como burgués individual, colocado en unas condiciones que él mismo no había creado, cumplía ciertamente con su deber, al menos en parte; pero como miembro de la clase gobernante, que ya por el hecho de gobernar es responsable de la situación de toda la nación y asume la salvaguarda del interés general, no hacía nada de lo que había asumido con su posición, sino que encima explotaba a toda la nación en su propio provecho privado. En la relación patriarcal, que encubría hipócritamente la esclavitud de los obreros, el obrero tenía que seguir siendo un muerto espiritual, totalmente ignorante de sus propios intereses, un mero individuo privado. Solo cuando se alejó de su patrono, cuando se hizo evidente que solo estaba unido a él por el interés privado, solo por la ganancia de dinero, cuando desapareció por completo el aparente afecto, que no resistía la menor prueba, solo entonces empezó el obrero a reconocer su posición y sus intereses y a desarrollarse de manera independiente; solo entonces dejó de ser, también en sus pensamientos, sentimientos y manifestaciones de voluntad, el esclavo de la burguesía. Y a ello han contribuido principalmente la industria en gran escala y las grandes ciudades.

Otro factor que ha tenido una influencia considerable en el carácter de los obreros ingleses es la inmigración irlandesa, de la que ya se ha hablado en este sentido. Es cierto que, como hemos visto, por un lado ha degradado a los obreros ingleses, los ha arrancado de la civilización y ha empeorado su situación; pero, por otro, ha contribuido con ello a ahondar el abismo entre obreros y burguesía y, así, a acelerar la crisis que se aproxima. Pues el curso de la enfermedad social que padece Inglaterra es el mismo que el de una enfermedad física: se desarrolla según ciertas leyes y tiene sus crisis, la última y más violenta de las cuales decide la suerte del enfermo. Y como la nación inglesa no puede sucumbir en esta última crisis, sino que tiene que salir de ella renovada y regenerada, no cabe sino alegrarse de todo lo que lleva la enfermedad al extremo. Y a ello contribuye además la inmigración irlandesa por el carácter irlandés, apasionado y vivo, que aclimata en Inglaterra e introduce en la clase obrera inglesa. Irlandeses e ingleses son entre sí, en muchos aspectos, como franceses y alemanes, y la mezcla del temperamento irlandés, más ligero, excitable y ardiente, con el inglés, tranquilo, perseverante y juicioso, solo puede ser a la larga favorable para ambas partes. El áspero egoísmo de la burguesía inglesa habría arraigado mucho más en la clase obrera si no se le hubiera añadido el carácter irlandés, generoso hasta el despilfarro y dominado sobre todo por el sentimiento, que, por un lado mediante la mezcla de estirpes y por otro mediante el trato corriente, ha suavizado el frío carácter inglés, puramente racional.

Después de todo esto, ya no nos extrañará que la clase obrera se haya convertido poco a poco en un pueblo completamente distinto de la burguesía inglesa. La burguesía tiene más parentesco con todas las demás naciones de la Tierra que con los obreros que viven pegados a ella. Los obreros hablan otros dialectos, tienen otras ideas y representaciones, otras costumbres y otros principios morales, otra religión y otra política que la burguesía. Son dos pueblos completamente distintos, tan distintos como solo puede hacerlos la diferencia de raza, y de los cuales en el continente solo hemos conocido hasta ahora uno, la burguesía. Y sin embargo, es precisamente el otro, el pueblo formado por los proletarios, el que con mucho importa más para el futuro de Inglaterra.190191

Del carácter público de los obreros ingleses, tal como se expresa en las asociaciones y en los principios políticos, tendremos que seguir hablando; aquí solo queremos mencionar los resultados de las causas que acabamos de reunir en la medida en que actúan sobre el carácter privado de los obreros. El obrero es, con mucho, más humano en la vida corriente que el burgués. Ya he mencionado más arriba que los mendigos suelen dirigirse casi solo a los obreros y que, en general, los obreros hacen más por el sustento de los pobres que la burguesía. Este hecho —que, por lo demás, puede verse confirmado todos los días— lo confirma, entre otros, también el señor Parkinson, canónigo de Manchester:192

«Los pobres se dan más unos a otros de lo que los ricos dan a los pobres. Puedo confirmar mi aserto con el testimonio de uno de nuestros médicos más antiguos, hábiles, observadores y humanos, el doctor Bardsley.193 Este ha declarado públicamente que la suma total que los pobres se dan cada año unos a otros supera la que aportan los ricos en el mismo tiempo.»194

También en otros aspectos la humanidad de los obreros se manifiesta en todas partes de manera gratificante. Ellos mismos han conocido destinos duros y pueden, por tanto, sentir compasión por aquellos a quienes les va mal; para ellos todo hombre es un hombre, mientras que para el burgués el obrero es menos que un hombre; por eso son más tratables, más amables, y aunque necesitan el dinero más que los poseedores, están menos ávidos de él, porque el dinero solo tiene valor para ellos por lo que pueden comprar con él, mientras que para el burgués tiene un valor especial, inherente, el valor de un dios, y hace así del burgués un vulgar y sucio «hombre de dinero». El obrero, que no conoce ese sentimiento de veneración por el dinero, no es por eso tan codicioso como el burgués, que todo lo hace solo por ganar dinero y que ve la finalidad de su vida en amontonar sacos de dinero. Por eso el obrero es también mucho más desprejuiciado, tiene los ojos mucho más abiertos a los hechos que el burgués y no lo mira todo a través de las gafas del interés propio. De los prejuicios religiosos lo protege su educación deficiente; no entiende nada de ellos y no se atormenta con ellos, no conoce el fanatismo que tiene presa a la burguesía, y si acaso tiene algo de religión, es solo nominal, ni siquiera teórica; en la práctica vive solo para este mundo y procura asentarse en él. Todos los escritores de la burguesía coinciden en que los obreros no tienen religión y no van a la iglesia. Si acaso, hay que exceptuar a los irlandeses y a algunas personas mayores, y luego a los semiburgueses, los vigilantes, los capataces y gente parecida. Pero en la masa se encuentra casi en todas partes una completa indiferencia hacia la religión y, a lo sumo, un poco de deísmo, demasiado poco desarrollado para servir más que para frases hechas o para provocar algo más que un vago temor ante expresiones como infidel (infiel) y atheist (ateo). El clero de todas las sectas está muy mal visto entre los obreros, aunque solo en los últimos tiempos ha perdido su influencia sobre ellos; pero ahora ha llegado al punto de que el simple grito de he is a parson, «¡es un cura!», basta a menudo para echar a un eclesiástico de la tribuna de las asambleas públicas. Y como ya las condiciones de vida en general, también la falta de formación religiosa y de cualquier otra clase contribuye a mantener a los obreros más desprejuiciados, más libres de principios fijos heredados y de opiniones preconcebidas que el burgués. Este está metido hasta las orejas en sus prejuicios de clase, en los principios que le han inculcado desde niño; no hay nada que hacer con él; es esencialmente conservador, aunque sea en forma liberal; su interés ha crecido entrelazado con lo existente; está muerto para todo movimiento. Se retira de la cabeza del desarrollo histórico; los obreros ocupan su lugar, primero de derecho y algún día también de hecho.

Esto, y la actividad pública de los obreros que de ello se deriva y de la que nos ocuparemos más adelante, son los lados favorables del carácter de esta clase; los desfavorables se resumen con la misma rapidez y se siguen con la misma naturalidad de las causas indicadas. La embriaguez, el desorden en las relaciones sexuales, la rudeza y la falta de respeto por la propiedad son los puntos principales que le reprocha el burgués. No cabe esperar otra cosa sino que los obreros beban mucho. El sheriff Alison afirma que en Glasgow cada sábado por la noche hay unos treinta mil obreros borrachos, y la cifra no es sin duda demasiado baja; que en esa ciudad había en 1830 una taberna de aguardiente por cada doce casas, y en 1840 una por cada diez; que en Escocia se pagó el impuesto sobre el aguardiente por 2 300 000 galones195 en 1823 y por 6 620 000 en 1837, y en Inglaterra por 1 976 000 galones en 1823 y por 7 875 000 en 1837.196 La ley de la cerveza de 1830,197 que facilitó la apertura de cervecerías, los llamados jerry shops, cuyos dueños tienen licencia para vender cerveza to be drunk on the premises (para beberla en el propio local), facilitó también la propagación de la embriaguez, al poner la taberna casi a la puerta de cada cual. Casi en cada calle se encuentran varias de estas cervecerías, y en el campo, donde hay dos o tres casas juntas, es seguro que una de ellas es un jerry shop. Hay además hush shops, es decir, tabernas clandestinas sin licencia, en cantidad, y otras tantas destilerías de aguardiente que producen grandes cantidades de esta bebida en plena gran ciudad, en barrios apartados que la policía rara vez visita. Gaskell (lugar citado) calcula el número de estas últimas solo en Manchester en más de cien y su producción anual en al menos 156 000 galones. En Manchester hay además más de mil tabernas, es decir, en proporción al número de casas por lo menos tantas como en Glasgow. En todas las demás grandes ciudades ocurre lo mismo. Y si, además de las consecuencias habituales de la embriaguez, se piensa que hombres y mujeres de todas las edades, incluso niños, a menudo madres con sus pequeños en brazos, se juntan aquí con las víctimas más hundidas del régimen burgués, con ladrones, estafadores y muchachas prostituidas; si se piensa que más de una madre da a beber aguardiente al niño de pecho que lleva en brazos, habrá que admitir, desde luego, el efecto desmoralizador de frecuentar tales lugares. Sobre todo los sábados por la noche, cuando se ha pagado el salario y se deja el trabajo algo antes de lo habitual, cuando toda la clase obrera se vierte desde sus barrios malos a las calles principales, puede verse la embriaguez en toda su brutalidad. Rara vez he salido de Manchester una noche así sin encontrarme con multitud de borrachos que se tambaleaban o yacían en los arroyos. El domingo por la noche suele repetirse la misma escena, aunque con menos alboroto. Y cuando se acaba el dinero, los bebedores van a la primera casa de empeños que encuentran —en cada gran ciudad hay multitud de ellas, en Manchester más de sesenta y en una sola calle de Salford (Chapel Street) de diez a doce— y empeñan lo que todavía tienen. Muebles, ropa de domingo, donde la hay, y vajilla se sacan en masa de las casas de empeño cada sábado por la noche para volver a entrar en ellas casi siempre antes del miércoles siguiente, hasta que al final algún azar hace imposible el desempeño y una pieza tras otra queda en poder del usurero, o hasta que este ya no quiere adelantar ni un céntimo por la mercancía gastada y usada. Quien ha visto con sus propios ojos la difusión de la embriaguez entre los obreros en Inglaterra cree de buen grado la afirmación de lord Ashley198199 de que esta clase gasta cada año unos veinticinco millones de libras esterlinas en bebidas alcohólicas, y cualquiera puede figurarse fácilmente qué empeoramiento de la situación exterior, qué terrible ruina de la salud intelectual y física, qué destrucción de todas las relaciones domésticas resultan de ello. Las sociedades de templanza han hecho ciertamente mucho, pero ¿qué representan un par de miles de teetotallers200 frente a los millones de obreros? Cuando el padre Mathew, el apóstol irlandés de la templanza,201 recorre las ciudades inglesas, a menudo hacen el pledge (el voto) de treinta a sesenta mil obreros, pero al cabo de cuatro semanas la mayoría lo ha olvidado. Si se suman, por ejemplo, las masas que en los últimos tres o cuatro años han hecho en Manchester el voto de templanza, sale más gente de la que vive en toda la ciudad, y sin embargo no se nota que disminuya la bebida.

Junto al desenfreno en el consumo de bebidas alcohólicas, el desenfreno en las relaciones sexuales constituye uno de los principales vicios de muchos obreros ingleses. También este se sigue con férrea coherencia, con necesidad ineludible, de la situación de una clase abandonada a sí misma sin poseer los medios de hacer un uso adecuado de esa libertad. La burguesía solo le ha dejado esos dos goces, mientras le ha impuesto multitud de fatigas y sufrimientos, y la consecuencia es que los obreros, para sacar algo de la vida, concentran toda su pasión en esos dos goces y se entregan a ellos con exceso y de la manera más desordenada. Si se pone a la gente en una situación que solo puede convenir a un animal, no le queda más remedio que rebelarse o hundirse en la bestialidad. Y si encima la propia burguesía contribuye honradamente con su parte al fomento directo de la prostitución —¿cuántas de las 40 000 mujeres públicas que cada noche llenan las calles de Londres202 viven de la virtuosa burguesía?, ¿cuántas de ellas deben a la seducción de un burgués el tener que ofrecer su cuerpo a los transeúntes para vivir?—, es ella, desde luego, la que menos derecho tiene a reprochar a los obreros su brutalidad sexual.

Los defectos de los obreros pueden reducirse en general al desenfreno en el afán de goce, a la falta de previsión y de sumisión al orden social, en general a la incapacidad de sacrificar el goce del momento a la ventaja más lejana. Pero ¿cómo extrañarse de ello? Una clase que, a cambio de un trabajo penoso, solo puede comprarse pocos goces, y solo los más sensuales, ¿no ha de arrojarse loca y ciegamente sobre esos goces? Una clase de cuya formación nadie se preocupa, que está sometida a toda clase de azares, que no conoce la menor seguridad en su situación, ¿qué razones, qué interés tiene para ser previsora, para llevar una vida «sólida» y, en lugar de aprovechar el favor del momento, pensar en un goce más lejano, que precisamente para ella y para su posición, siempre oscilante y llena de vuelcos, es todavía muy incierto? A una clase que tiene que cargar con todos los inconvenientes del orden social sin disfrutar de sus ventajas, a una clase a la que ese orden social solo se le presenta como hostil, ¿encima se le exige que respete ese orden social? Eso es, a decir verdad, demasiado. Pero la clase obrera no puede escapar del orden social mientras este exista, y si el obrero individual se levanta contra él, el mayor daño recae sobre él. Así, el orden social le hace al obrero casi imposible la vida de familia; una casa inhóspita y sucia, apenas buena para refugiarse de noche, mal amueblada y a menudo con goteras y sin calefacción, una atmósfera sofocante en la habitación llena de gente, no permiten vida doméstica alguna; el hombre trabaja todo el día, quizá también la mujer y los hijos mayores, todos en sitios distintos; solo se ven por la mañana y por la noche; a ello se suma la tentación constante de beber aguardiente: ¿dónde puede existir así la vida de familia? Y sin embargo, el obrero no puede escapar de la familia, tiene que vivir en familia, y la consecuencia son continuas desavenencias familiares y riñas domésticas, que actúan de manera desmoralizadora en grado sumo tanto sobre los cónyuges como, sobre todo, sobre sus hijos. El descuido de todos los deberes domésticos, y en particular el abandono de los hijos, es demasiado frecuente entre los obreros ingleses y lo producen en demasía las instituciones existentes de la sociedad. ¡Y niños que crecen así, asilvestrados, en el entorno más desmoralizador, del que a menudo forman parte los propios padres, han de volverse luego finamente morales! Es realmente demasiado ingenuo lo que el burgués satisfecho de sí mismo exige del obrero.

El desprecio del orden social se manifiesta con la mayor claridad en su extremo, en el delito. Si las causas que desmoralizan al obrero actúan con más fuerza y concentración que de costumbre, el obrero se vuelve delincuente con la misma seguridad con que el agua pasa a 80 grados Réaumur203 del estado líquido al gaseoso. El trato brutal y embrutecedor de la burguesía convierte al obrero precisamente en una cosa tan carente de voluntad como el agua, y con la misma necesidad está sometido a las leyes de la naturaleza; en él, a partir de cierto punto, cesa toda libertad. Por eso, con la expansión del proletariado ha aumentado también el delito en Inglaterra, y la nación británica se ha convertido en la más delincuente del mundo. De las «tablas criminales» que publica cada año el Ministerio del Interior se desprende que en Inglaterra el aumento del delito se ha producido con una rapidez inconcebible. El número de detenciones por delitos graves204 fue de

en 18054605
en 18105146
en 18157818
en 182013 710
en 182514 437
en 183018 107
en 183520 731
en 184027 187
en 184127 760
en 184231 309

solo en Inglaterra y Gales; es decir, las detenciones se multiplicaron por siete en 37 años. De estas detenciones correspondían en 1842 solo a Lancashire 4497, es decir, más del 14 por ciento, y a Middlesex (incluido Londres) 4094, es decir, más del 13 por ciento. Vemos así que dos distritos que comprenden grandes ciudades con mucho proletariado producen por sí solos más de la cuarta parte de toda la delincuencia, aunque su población total no llega ni de lejos a la cuarta parte de la de todo el país. Las tablas criminales demuestran también directamente que casi toda la delincuencia recae sobre el proletariado, pues en 1842, de cada 100 delincuentes, por término medio 32,35 no sabían leer ni escribir, 58,32 leían y escribían de manera imperfecta, 6,77 leían y escribían bien, 0,22 habían recibido una instrucción superior, y de 2,34 no pudo indicarse la instrucción. En Escocia el delito ha aumentado todavía mucho más deprisa. Allí se habían producido en 1819 solo 89 detenciones por delitos graves, en 1837 ya 3176 y en 1842 incluso 4189. En Lanarkshire, donde el propio sheriff Alison redactó el informe oficial, la población se ha duplicado en 30 años, y la delincuencia cada 5 1/2 años, es decir, ha crecido seis veces más deprisa que la población. Los delitos mismos son, como en todos los países civilizados, en su inmensa mayoría delitos contra la propiedad, es decir, delitos que tienen su origen en carencias de uno u otro tipo, pues lo que uno tiene no lo roba. La proporción de los delitos contra la propiedad respecto a la población, que en los Países Bajos era de 1 : 7140 y en Francia de 1 : 1804, era en Inglaterra, cuando escribió Gaskell, de 1 : 799; la de los delitos contra las personas respecto a la población, en los Países Bajos de 1 : 28 904, en Francia de 1 : 17 573 y en Inglaterra de 1 : 23 395; la de la delincuencia en general respecto a la población, en los distritos agrícolas de 1 : 1043 y en los distritos fabriles de 1 : 840;205 en toda Inglaterra es ahora apenas de 1 : 660,206 ¡y hace apenas diez años que apareció el libro de Gaskell!

Estos hechos son de sobra suficientes para hacer entrar en razón a cualquiera, incluso a un burgués, y hacerle reflexionar sobre las consecuencias de semejante situación. Si la desmoralización y los delitos siguen aumentando veinte años más en esta proporción —y si la industria inglesa tiene en esos veinte años menos suerte que hasta ahora, la progresión del delito no hará más que acelerarse—, ¿cuál será entonces el resultado? Ya vemos ahora la sociedad en plena disolución; no podemos coger un periódico sin tener que leer, en los hechos más elocuentes, el aflojamiento de todos los lazos sociales. Echo mano al azar al montón de periódicos ingleses que tengo delante; ahí está un Manchester Guardian (30 de octubre de 1844) que informa de tres días; ya ni se toma la molestia de dar noticias precisas sobre Manchester y cuenta solo los casos más interesantes: que en una fábrica los obreros han parado el trabajo para conseguir un salario más alto y el juez de paz los ha obligado a reanudarlo; que en Salford un par de muchachos han cometido robos y un comerciante en quiebra ha querido estafar a sus acreedores. Las noticias de las localidades vecinas son más detalladas: en Ashton, dos robos, un robo con fractura, un suicidio; en Bury, un robo; en Bolton, dos robos, un fraude en los impuestos de consumo; en Leigh, un robo; en Oldham, un paro del trabajo por el salario, un robo, una pelea entre irlandesas, un sombrerero que no pertenece a la asociación obrera maltratado por miembros de la asociación, una madre golpeada por su hijo; en Rochdale, una serie de peleas, un ataque a la policía, un robo en una iglesia; en Stockport, descontento de los obreros con el salario, un robo, una estafa, una pelea, un hombre que maltrata a su mujer; en Warrington, un robo y una pelea; en Wigan, un robo y un robo en una iglesia. Los informes de los periódicos de Londres son todavía mucho peores; estafas, robos, asaltos, desavenencias familiares se atropellan unos a otros; me cae ahora mismo en las manos un Times (12 de septiembre de 1844), que solo informa de los sucesos de un día y que habla de un robo, un ataque a la policía, una sentencia de alimentos contra el padre de un hijo ilegítimo, el abandono de un niño por sus padres y el envenenamiento de un hombre por su mujer. Cosas parecidas se encuentran en todos los periódicos ingleses. En este país la guerra social ha estallado por completo; cada uno está solo y lucha solo contra todos los demás, y si ha de causar daño o no a todos los demás, que son sus enemigos declarados, depende únicamente de un cálculo egoísta de lo que le resulte más ventajoso. A nadie se le ocurre ya entenderse por las buenas con sus semejantes; todas las diferencias se arreglan con amenazas, tomándose uno la justicia por su mano o ante los tribunales. En suma, cada uno ve en el otro un enemigo al que quitar de en medio o, a lo sumo, un medio que explotar para sus fines. Y esta guerra, como demuestran las tablas criminales, se vuelve de año en año más violenta, más apasionada, más irreconciliable; la hostilidad se divide poco a poco en dos grandes campos que luchan entre sí: la burguesía aquí y el proletariado allí. Esta guerra de todos contra todos y del proletariado contra la burguesía no debe extrañarnos, pues no es más que la aplicación consecuente del principio contenido ya en la libre competencia; pero sí puede extrañarnos que la burguesía, contra la que se acumulan a diario nuevos y amenazadores nubarrones, permanezca con todo ello tan tranquila y serena, que pueda leer estas cosas a diario en los periódicos sin sentir, no diremos indignación por el estado social, sino ni siquiera miedo a sus consecuencias, a un estallido general de lo que en el delito sale a la luz de forma aislada. Pero para eso precisamente es burguesía, y desde su punto de vista no puede percibir ni siquiera los hechos, y menos aún sus consecuencias. Lo único asombroso es que los prejuicios de clase y las opiniones preconcebidas, metidas a fuerza de tambor, puedan herir a toda una clase de seres humanos de una ceguera tan grande, diría yo que tan demencial. El desarrollo de la nación sigue entretanto su curso, tengan o no ojos para él los burgueses, y una buena mañana sorprenderá a la clase poseedora con cosas que su sabiduría ni siquiera sueña.

Las distintas ramas de trabajo

Los obreros fabriles propiamente dichos

Si hemos de entrar ahora con más detalle en las distintas ramas, las más importantes, del proletariado industrial inglés, tendremos que empezar, según el principio establecido más arriba, por los obreros fabriles, es decir, por los que están sujetos a la ley fabril.207 Esta ley regula el tiempo de trabajo de las fábricas en las que se hila o se teje lana, seda, algodón y lino con ayuda de la fuerza hidráulica o del vapor, y se extiende, por tanto, a las ramas más importantes de la industria inglesa. La clase que vive de ellas es la más numerosa, la más antigua, la más inteligente y la más enérgica, pero por eso también la más inquieta y la más odiada por la burguesía de todos los obreros ingleses; ella, y en especial los obreros de las fábricas de algodón, está a la cabeza del movimiento obrero, igual que sus patronos, los fabricantes, sobre todo los de Lancashire, están a la cabeza de la agitación burguesa.

Ya vimos en la introducción cómo la población que trabajaba en los artículos mencionados fue también la primera en ser arrancada de sus condiciones anteriores por las nuevas máquinas. No debe extrañarnos, por tanto, que el progreso de la invención mecánica la afectara también en los años posteriores de manera más intensa y continuada que a ninguna otra. La historia de la fabricación del algodón, tal como la leemos en Ure,208 Baines209210 y otros, tiene en cada página nuevas mejoras que contar, y en las demás ramas industriales mencionadas la mayoría de ellas se han introducido igualmente. Casi en todas partes el trabajo manual ha sido sustituido por el trabajo de las máquinas, casi todas las manipulaciones las hace la fuerza del agua o del vapor, y cada año trae todavía nuevas mejoras.

En un estado social ordenado, tales mejoras solo serían motivo de alegría; en el estado de la guerra de todos contra todos, unos pocos se apoderan de la ventaja y privan así a la mayoría de los medios de existencia. Cada mejora de la maquinaria deja a obreros sin pan, y cuanto más importante es la mejora, más numerosa es la clase que se queda sin trabajo; cada una produce, por tanto, sobre cierto número de obreros el efecto de una crisis comercial, engendra penuria, miseria y delito. Tomemos algunos ejemplos. Como ya el primer invento, la jenny (véase más arriba), movida por un obrero, rendía por lo menos seis veces lo que el torno de hilar podía hacer en el mismo tiempo, cada nueva jenny dejaba sin pan a cinco hilanderos. La throstle, que a su vez rendía bastante más que la jenny y también necesitaba un solo obrero, dejó sin pan a más todavía. La mule, que de nuevo empleaba menos obreros en proporción al producto, tuvo el mismo efecto, y cada mejora de la mule, es decir, cada aumento del número de husos de la mule, volvió a reducir el número de obreros necesarios. Pero este aumento del número de husos de la mule es tan considerable que por él se han quedado sin pan multitudes enteras de obreros; pues si antes un «hilandero» con un par de niños (piecers)211 ponía en movimiento 600 husos, ahora podía vigilar de 1400 a 2000 husos en dos mules: dos hilanderos adultos y parte de los piecers empleados por ellos se quedaban así sin pan. Y desde que en una parte muy considerable de las hilaturas de mules se han introducido las self-actors, el papel del hilandero desaparece por completo y lo hace la máquina. Tengo ante mí un libro212 que procede del reconocido dirigente de los cartistas de Manchester, James Leach.213 Este hombre ha trabajado durante años en distintas ramas industriales, en fábricas y en minas de carbón, y lo conozco personalmente como persona honrada, de fiar y capaz. Gracias a su posición en el partido tenía a su disposición los más amplios detalles sobre las distintas fábricas, reunidos por los propios obreros, y ofrece tablas de las que se desprende que en 1829 había en 35 fábricas 1083 hilanderos de mule más que en 1841, aunque el número de husos en esas 35 fábricas había aumentado en 99 429. Menciona 5 fábricas en las que ya no hay ningún hilandero, porque solo tienen self-actors. Mientras que el número de husos aumentaba un 10 por ciento, el de hilanderos disminuyó en más de un 60 por ciento. Y, añade Leach, desde 1841 se han introducido tantas mejoras, duplicando las hileras de husos (double decking) y de otras maneras, que en algunas de las fábricas mencionadas se ha vuelto a despedir desde 1841 a la mitad de los hilanderos; en una sola fábrica, donde hace poco había 80 hilanderos, quedan 20; los demás han sido despedidos o tienen que hacer trabajo de niños por un salario de niños. Lo mismo informa Leach de Stockport, donde en 1835 había empleados 800 hilanderos y en 1843 solo 140, aunque la industria de Stockport ha crecido considerablemente en los últimos 8 o 9 años. En la maquinaria de cardar se han hecho ahora mejoras parecidas, con las que la mitad de los obreros se queda sin pan. En una fábrica se han instalado máquinas de doblar214 mejoradas que de ocho muchachas dejaron a cuatro sin pan, y además el fabricante rebajó el salario de las cuatro restantes de 8 a 7 chelines. Lo mismo ha ocurrido con el tejido. El telar mecánico se ha apoderado de una rama del tejido a mano tras otra, y como produce mucho más que el telar de mano y un obrero puede atender dos telares mecánicos, también aquí se han quedado sin pan multitud de obreros. Y en todas las clases de fabricación, en la hilatura del lino y de la lana, en el torcido de la seda, ocurre lo mismo; incluso el telar mecánico empieza a apoderarse de algunas ramas del tejido de lana y de lino; solo en Rochdale hay más telares mecánicos que de mano en el tejido de franela y otros géneros de lana. La burguesía suele responder a esto que las mejoras de las máquinas, al reducir los costes de producción, entregan la mercancía acabada a un precio más bajo, y que ese precio más bajo produce tal aumento del consumo que los obreros que se han quedado sin pan pronto vuelven a encontrar ocupación de sobra en las fábricas nuevas que surgen. Ciertamente, la burguesía tiene toda la razón en que, en ciertas circunstancias favorables para el desarrollo industrial general, toda rebaja del precio de una mercancía cuya materia prima cuesta poco hace subir mucho el consumo y da lugar a nuevas fábricas; pero por lo demás cada palabra de su afirmación es una mentira. No tiene en cuenta para nada que pasan años hasta que se producen esas consecuencias de la rebaja de precios, hasta que se construyen las fábricas nuevas; nos oculta que todas las mejoras de las máquinas descargan cada vez más el trabajo propiamente dicho, el trabajo fatigoso, sobre la máquina y convierten así el trabajo de los hombres adultos en una mera vigilancia que una mujer débil o incluso un niño puede hacer igual de bien, y que hace por la mitad o la tercera parte del salario; que, por tanto, los hombres adultos se ven desplazados cada vez más de la industria y no vuelven a encontrar ocupación con el aumento de la fabricación; nos oculta que ramas de trabajo enteras desaparecen por ello o se transforman de tal modo que hay que aprenderlas de nuevo, y se guarda muy bien de confesar aquí lo que en otras ocasiones esgrime cuando se trata de prohibir el trabajo de los niños pequeños, a saber, que el trabajo fabril hay que aprenderlo en la más temprana juventud y antes de los diez años para aprenderlo como es debido (véase, por ejemplo, Factories Inq. Comm. Rept., en distintos pasajes); no dice que el proceso de mejora de las máquinas avanza sin cesar y que, en cuanto el obrero se ha asentado en una nueva rama de trabajo —si es que eso llega a ocurrir de verdad—, también esta se le arrebata, y con ella el último resto de seguridad en su situación que todavía tenía. Pero la burguesía saca provecho de la mejora de la maquinaria; durante los primeros años, cuando todavía funcionan muchas máquinas viejas y la mejora aún no se ha generalizado, tiene la mejor ocasión de amontonar dinero, y sería pedir demasiado que tuviera ojos también para los inconvenientes de las máquinas mejoradas.

Que las máquinas mejoradas rebajan el salario lo ha negado también vehementemente la burguesía, mientras que los obreros lo han afirmado una y otra vez. La burguesía insiste en que, aunque el salario por pieza ha bajado al facilitarse la producción, el salario semanal ha subido más bien en conjunto, y la situación de los obreros más bien ha mejorado que empeorado. Es difícil llegar al fondo del asunto, porque los obreros invocan casi siempre la caída del salario por pieza; sin embargo, hay algo seguro: también el salario semanal ha bajado en distintas ramas de trabajo a causa de la maquinaria. Los llamados hilanderos de finos (que hilan hilo fino de mule) reciben ciertamente un salario alto, de 30 a 40 chelines semanales, porque tienen una fuerte asociación para mantener la tarifa de hilado y porque su trabajo cuesta mucho aprenderlo; en cambio, los hilanderos de gruesos, que tienen que competir con las máquinas automáticas (self-actors), no aplicables al hilo fino, y cuya asociación quedó debilitada por la introducción de estas máquinas, tienen un salario muy bajo. Un hilandero de mule me dijo que no ganaba más de 14 chelines semanales, y con ello coinciden las declaraciones de Leach de que en distintas fábricas los hilanderos de gruesos ganan menos de 16 1/2 chelines semanales, y de que un hilandero que hace tres años ganaba 30 chelines ahora apenas puede sacar 12 1/2, y que tampoco ganó más por término medio el año pasado. El salario de las mujeres y de los niños quizá haya bajado menos, pero solo porque desde el principio no se fijó alto. Conozco a varias mujeres viudas y con hijos que ganan a duras penas de 8 a 9 chelines semanales, y cualquiera que conozca los precios de lo más imprescindible para vivir en Inglaterra me concederá que con eso no pueden vivir decentemente con su familia. Pero que el salario en general ha sido rebajado por la maquinaria mejorada es la declaración unánime de todos los obreros; que la afirmación de la burguesía fabril de que la situación de las clases trabajadoras ha mejorado con la fabricación mecánica la desmiente esta clase misma en voz bien alta, puede oírse en cualquier asamblea obrera de los distritos fabriles. E incluso si fuera cierto que solo ha bajado el salario relativo, el salario por pieza, y que el absoluto, la suma que se gana por semana, se ha mantenido, ¿qué se sigue de ello? Que los obreros han tenido que contemplar tranquilamente cómo los señores fabricantes se llenaban la bolsa y sacaban provecho de cada mejora sin cederles ni la más pequeña parte. Cuando lucha contra los obreros, la burguesía olvida incluso los principios más corrientes de su propia economía política. Ella, que en otras ocasiones jura por Malthus, objeta en su miedo a los obreros: ¿de dónde habrían sacado trabajo sin la maquinaria los muchos millones en que ha aumentado la población de Inglaterra?215 ¡Necedad! ¡Como si la burguesía no supiera de sobra que sin las máquinas y el auge industrial que estas han producido esos «millones» ni siquiera se habrían engendrado ni criado! Lo que la maquinaria ha aprovechado a los obreros es simplemente que les ha enseñado la necesidad de una reforma social por la cual las máquinas ya no trabajen contra los obreros, sino a su favor. Que los sabios señores burgueses pregunten a la gente que en Manchester y en otras partes barre las calles (eso, ciertamente, ya se ha acabado, porque también para ello se han inventado e introducido máquinas) o tiene que vender sal, cerillas, naranjas y cordones de zapatos por las calles, o ir a mendigar, qué eran antes; ¡y cuántos responderán: obreros fabriles que se quedaron sin pan por la maquinaria! Las consecuencias de las mejoras de las máquinas para el obrero son, en las condiciones sociales actuales, solo desfavorables y a menudo opresivas en grado extremo; cada nueva máquina trae paro, miseria y penuria, y en un país como Inglaterra, donde casi siempre hay de por sí una «población excedente», el despido es en la mayoría de los casos lo peor que puede ocurrirle al obrero. E incluso prescindiendo de eso, ¡qué influencia debilitadora y enervante tiene que ejercer sobre los obreros, ya de por sí en una situación tan inestable, esta incertidumbre de su posición, que nace del incesante progreso de la maquinaria y, con él, del paro! Para escapar de la desesperación, también aquí solo le quedan al obrero dos caminos: la rebelión interior y exterior contra la burguesía, o la bebida y el desorden en general. Y a ambos suelen recurrir los obreros ingleses. La historia del proletariado inglés cuenta cientos de motines contra las máquinas y contra la burguesía en general, y del desorden ya hemos hablado. Este no es, en verdad, sino otra forma de desesperación.

Los que viven más oprimidos son los obreros que tienen que competir con una máquina que se abre paso. El precio del artículo que fabrican se rige por el del mismo artículo fabricado a máquina, y como la máquina trabaja más barato, el obrero que compite con ella tiene el peor salario. Esta situación se da con todo obrero que trabaja en una máquina vieja que compite con máquinas posteriores y mejoradas. Naturalmente: ¿quién otro iba a cargar con el perjuicio? El fabricante no quiere tirar su máquina, tampoco quiere cargar con el perjuicio; contra la máquina muerta no tiene recurso, así que se las toma con el obrero vivo, el chivo expiatorio general de la sociedad. De estos obreros que compiten con las máquinas, los más maltratados son los tejedores a mano de la industria algodonera. Esta gente recibe el salario más bajo y, aun con trabajo completo, no puede ganar más de 10 chelines semanales. El telar mecánico les disputa un género de tejido tras otro, y además el tejido a mano es el último refugio de todos los obreros que se han quedado sin pan en otros ramos, de modo que está siempre atestado. De ahí que, en períodos normales, el tejedor a mano se considere afortunado si puede ganar de 6 a 7 chelines semanales, y aun para conseguir esa suma tiene que pasarse de 14 a 18 horas diarias sentado al telar. La mayoría de los tejidos exigen además un local de trabajo húmedo para que el hilo de trama no se rompa a cada momento, y en parte por eso y en parte por la pobreza de los obreros, que no pueden pagar una vivienda mejor, los talleres de los tejedores a mano suelen carecer de suelo de tablas o de baldosas. He estado en muchas viviendas de tejedores a mano, en patios y callejas apartados y malos, por lo general en sótanos. A menudo vivían juntos media docena de estos tejedores, algunos de ellos casados, en un cottage que tenía uno o dos cuartos de trabajo y un gran dormitorio para todos. Su alimentación consiste casi únicamente en patatas, quizá algo de gachas de avena, rara vez leche y casi nunca carne; muchísimos de ellos son irlandeses o de origen irlandés. ¡Y estos pobres tejedores a mano, a los que cada crisis alcanza los primeros y abandona los últimos, tienen que servir a la burguesía de asidero para resistir los ataques contra el sistema fabril! ¡Mirad —exclama triunfante la burguesía—, mirad cómo tienen que pasar hambre estos pobres tejedores mientras a los obreros fabriles les va bien, y luego juzgad el sistema fabril!216 ¡Como si no fueran precisamente el sistema fabril y la maquinaria que lo acompaña los que han hundido tan ignominiosamente a los tejedores a mano, como si la burguesía no lo supiera tan bien como nosotros! Pero la burguesía está interesada, y entonces no le importan un par de mentiras e hipocresías.

Examinemos un poco más de cerca este hecho: que la maquinaria desplaza cada vez más el trabajo del obrero adulto varón. El trabajo con las máquinas, tanto en la hilatura como en el tejido, consiste principalmente en anudar los hilos rotos, porque todo lo demás lo hace la máquina; este trabajo no exige fuerza, sino mayor agilidad de los dedos. Los hombres no solo son, pues, innecesarios para él, sino que, por el mayor desarrollo de los músculos y los huesos de sus manos, son incluso menos aptos que las mujeres y los niños, y así se han visto, naturalmente, desplazados casi por completo de esta clase de trabajo. Por tanto, cuanto más se descarga la actividad de los brazos, el esfuerzo físico, sobre la fuerza del agua o del vapor mediante la introducción de máquinas, menos hombres hace falta emplear; y como las mujeres y los niños son además más baratos y, como se ha dicho, trabajan mejor que los hombres en estas ramas, se los emplea a ellos. En las hilaturas, en las throstles solo se encuentran mujeres y muchachas; en las mules, un hilandero, un hombre adulto (que desaparece con las self-actors), y varios piecers para anudar los hilos, casi siempre niños o mujeres, a veces jóvenes de 18 a 20 años, y aquí y allá algún viejo hilandero que se ha quedado sin pan.217218 En los telares mecánicos trabajan sobre todo mujeres de 15 a 20 años y más, y también algunos hombres, que sin embargo rara vez siguen en esta ocupación pasados los veintiún años. En las máquinas de prehilado se encuentran también solo mujeres, si acaso algunos hombres para afilar y limpiar las cardas. Además de todos estos, las fábricas emplean cierto número de niños para quitar y poner las bobinas (doffers) y algunos hombres adultos como capataces en las salas, un mecánico y un maquinista para la máquina de vapor, quizá también carpinteros, un portero, etc. Pero el trabajo propiamente dicho lo hacen mujeres y niños. Los fabricantes niegan también esto y el año pasado publicaron unas tablas considerables que debían demostrar que las máquinas no desplazaban a los hombres. De esas tablas se desprende que de todos los obreros fabriles algo más de la mitad (el 52 por ciento) eran mujeres y alrededor del 48 por ciento varones, y que de esos obreros más de la mitad tenían más de 18 años. Hasta aquí, muy bien. Pero los señores fabricantes se guardaron muy bien de decirnos cuántos de los adultos eran varones y cuántos mujeres. Y ese es precisamente el quid. Además, es evidente que contaron a los mecánicos, carpinteros y a todos los hombres adultos que tenían alguna relación con sus fábricas, quizá incluso a los oficinistas, etc., y aun así no tienen el valor de exponer los hechos completos. Estos datos rebosan en general de falsedades y de interpretaciones torcidas y sesgadas, de cálculos de medias que para el profano prueban mucho y para el entendido nada, de ocultaciones precisamente de los puntos más importantes, y solo prueban la ceguera egoísta y la deshonestidad de estos fabricantes. Tomaremos del discurso con el que lord Ashley presentó el 15 de marzo de 1844 en la Cámara de los Comunes la moción de las diez horas219 algunos datos sobre la proporción de edades y sexos que los fabricantes, cuyos datos, además, solo se refieren a una parte de la industria fabril inglesa, no han refutado. De los 419 590 obreros fabriles del Imperio británico (1839), 192 887, es decir, casi la mitad, tenían menos de 18 años, y 242 296 eran mujeres, de las cuales 112 192 tenían menos de 18 años. Quedan, pues, 80 695 obreros varones menores de 18 años y 95 599 obreros varones adultos, es decir, el 23 por ciento, ni siquiera una cuarta parte del total. En las fábricas de algodón, el 56 1/4 por ciento de todos los obreros eran mujeres; en las de lana, el 69 1/2; en las de seda, el 70 1/2, y en las hilaturas de lino, el 70 1/2. Estas cifras bastan para demostrar el desplazamiento de los obreros varones adultos. Pero basta con entrar en la primera fábrica que se encuentre para verlo confirmado. De ello se sigue necesariamente esa inversión del orden social existente que, precisamente por ser forzada, tiene para los obreros las consecuencias más funestas. El trabajo de las mujeres disuelve ante todo por completo la familia; pues si la mujer pasa de 12 a 13 horas al día en la fábrica y el hombre trabaja allí mismo o en otro sitio, ¿qué va a ser de los niños? Crecen salvajes como la mala hierba; se los da a cuidar por uno o uno y medio chelines a la semana, y ya puede imaginarse el trato que reciben allí. Por eso en los distritos fabriles aumentan de manera aterradora los accidentes de que son víctimas los niños pequeños por falta de vigilancia. Las listas de los coroners de Manchester registraban (según el informe de la Fact. Inq. Comm., Rept. of Dr. Hawkins, p. 3) en 9 meses 69 muertos por quemaduras, 56 ahogados, 23 por caídas y 67 por otros accidentes, es decir, en total 215 accidentes,220 mientras que en Liverpool, que no es ciudad fabril, en doce meses solo hubo 146 accidentes mortales. En ambas ciudades se excluyen los accidentes de las minas de carbón, y hay que tener en cuenta que el coroner de Manchester no tiene autoridad en Salford, de modo que la población de los dos distritos es bastante parecida. El Manchester Guardian informa casi en cada número de una o varias muertes por quemaduras. Que la mortalidad general de los niños pequeños aumenta también por el trabajo de las madres se entiende por sí mismo y está fuera de toda duda por los hechos. Las mujeres vuelven a menudo a la fábrica ya a los tres o cuatro días del parto y dejan, naturalmente, en casa a su niño de pecho; en las horas libres tienen que correr a casa para darle el pecho y, de paso, comer ellas algo; ya se ve qué clase de lactancia será esa. Lord Ashley recoge las declaraciones de algunas obreras:

«M. H., de veinte años, tiene dos hijos; el más pequeño, de pecho, lo cuida el otro, algo mayor; ella va a la fábrica por la mañana poco después de las cinco y vuelve a las ocho de la noche; durante el día la leche le chorrea del pecho de tal modo que le empapa la ropa. H. W. tiene tres hijos, sale de casa el lunes a las cinco y no vuelve hasta el sábado a las siete de la tarde; tiene entonces tanto que hacer por sus hijos que no puede acostarse antes de las tres de la mañana. A menudo empapada literalmente por la lluvia hasta los huesos y obligada a trabajar en ese estado. “Los pechos me han dado los dolores más terribles, y he estado chorreando leche.”»

El empleo de narcóticos para tener tranquilos a los niños no hace sino verse favorecido por este sistema infame y ha alcanzado realmente en los distritos fabriles un alto grado de difusión; el doctor Johns, registrador principal del distrito de Manchester, opina que esta costumbre es la causa principal de las frecuentes muertes por convulsiones. El empleo de la mujer en la fábrica disuelve necesariamente por completo la familia, y esta disolución tiene, en el estado actual de la sociedad, que descansa sobre la familia, las consecuencias más desmoralizadoras, tanto para los cónyuges como para los hijos. Una madre que no tiene tiempo de ocuparse de su hijo, de prestarle durante los primeros años los cuidados de cariño más corrientes, una madre que apenas llega a ver a su hijo, no puede ser una madre para ese niño; tiene que volverse necesariamente indiferente hacia él, tratarlo sin amor, sin solicitud, como a un niño completamente ajeno; y los niños que se han criado en tales condiciones quedan más tarde completamente estropeados para la familia, nunca pueden sentirse en casa en la familia que ellos mismos fundan, porque solo han conocido una vida aislada, y tienen por eso que contribuir al socavamiento, ya general de por sí, de la familia entre los obreros. Una disolución parecida de la familia la provoca el trabajo de los hijos. Cuando llegan a ganar más de lo que les cuesta a sus padres su manutención, empiezan a darles a los padres una cantidad fija por la comida y el alojamiento y a gastar el resto en sí mismos. Esto ocurre a menudo ya a los catorce y quince años. (Power, Rept. on Leeds, passim; Tufnell, Rept. on Manchester, p. 17, etc., en el informe fabril.)221 En una palabra, los hijos se emancipan y consideran la casa paterna como una casa de huéspedes, que además cambian a menudo por otra cuando no les gusta.

En muchos casos la familia no se disuelve del todo por el trabajo de la mujer, sino que se pone patas arriba. La mujer mantiene a la familia, el hombre se queda en casa, cuida de los niños, barre las habitaciones y cocina. Este caso es muy, muy frecuente; solo en Manchester podrían reunirse varios cientos de hombres así, condenados a las tareas domésticas. Puede imaginarse qué justa indignación provoca entre los obreros esta castración de hecho y qué inversión de todas las relaciones familiares produce, mientras las demás relaciones sociales siguen siendo las mismas. Tengo ante mí una carta de un obrero inglés, Robert Pounder, Baron's Buildings, Woodhouse Moor-Side, en Leeds (que la burguesía vaya a buscarlo allí; por ella doy la dirección exacta), dirigida a Oastler,222 cuya ingenuidad solo puedo reproducir a medias; la ortografía puede imitarse más o menos, pero el dialecto de Yorkshire no hay manera de imitarlo en alemán. Cuenta en ella cómo otro obrero conocido suyo, yendo una vez de camino en busca de trabajo, encontró en St. Helens, en Lancashire, a un viejo amigo.

«Pues Señor, lo encontro, y cuando yego a su barraca que hera, que os parese, pues un sotano umedo y vajo, la descricion que dio de los muebles hera como sige: dos siyas viejas, una mesa redonda de 3patas un cajon ninguna Cama sino un Monton de Paja Bieja en un rincon con un par de savanas sucias encima i 2 trozos de Leña junto a la chimenea Y cuando mi Pobre amigo entro alli estava el Pobre jack sentado Junto al fuego en la leña y que acia El os parese? Estava sentado y le Sursia a su mujer las medias con la Aguja de sursir y en cuanto vio a Su viejo amigo en el Marco de la puerta, Intento Esconderlo Pero Joe que asi se yama Mi conosido Lo Avia bisto y Dijo jack Que demonios aces tu donde Esta tu mujer es que Ese es tu travajo el Pobre jack se abergonzo Y dijo no yo se que Eso no es mi travajo pero mi pobre Mujer esta en la favrica tiene que Ir a las 5 y 1/2 y Travajar asta las 8 de la Noche y esta tan Rendida que No Puede Acer nada cuando yega a Casa asi que tengo que acerle Todo lo que Puedo porque yo no tengo travajo Ni lo e tenido en Mas de 3 años Y no voy a tener travajo en mi Vida, y Entonses yoro un Lagrimon no Joe dijo hay Travajo vastante para las mujeres Y los niños Aqui en la comarca Pero ninguno para los ombres antes encuentras sien Libras en la calle Que travajo pero Yo nunca abria Creido Que tu O algun otro me Vieran sursiendo las medias de mi mujer, Porque es un travajo Malo Pero Ella ya casi no se Tiene en pie tengo Miedo de que se Ponga Mala del todo Y entonses no se Que sera de nosotros Porque ella ya ase Mucho que es el ombre De la casa. Y yo La mujer es un Mal travajo joe Y yoro Amargamente y Dijo no siempre a sido asi No Jack Dijo Joe Y si no as tenido travajo todo ese tienpo Como te as mantenido te lo Dire Joe Como se a podido Pero se a podido Bastante mal tu Saves que cuando Me case Tenia travajo de sovra Y sabes que yo no Era Bago no Eso no lo Eras. – y Teniamos una Casa Bien amueblada Y Mary no tenia que travajar yo Podia travajar por los dos pero Aora el mundo esta del Reves Mary tiene Que travajar Y yo tengo que Quedarme aqui a Cuidar a los niños Y barrer y Lavar Cocer el pan Y remendar porque cuando la pobre mujer Yega a casa por la noche Esta Cansada Y rota ya Saves joe Eso es Duro para uno Que estava acostumbrado a otra cosa joe Dijo. Si chico Es duro Y entonses jack se Puso otra vez A yorar Y deseava no Averse casado Nunca y No aver nacido pero no avia Pensado cuando se caso Con Mary Que le iba a pasar Esto. yo e yorado Bastantes beses por eso Dijo jack pues bien señor cuando Joe Oyo Esto Me dijo Que avia Maldecido Y condenado las fabricas Y a los Fabricantes y al Govierno Con todas las maldisiones Que avia aprendido desde muchacho en la favrica.»

¿Puede imaginarse una situación más disparatada, más absurda que la descrita en esta carta? Y sin embargo, esta situación, que desvirila al hombre y le quita a la mujer su feminidad, sin ser capaz de dar al hombre una verdadera feminidad ni a la mujer una verdadera masculinidad, esta situación que degrada de la manera más vergonzosa a ambos sexos y, en ellos, a la humanidad, es la última consecuencia de nuestra tan alabada civilización, el último resultado de todos los esfuerzos que cientos de generaciones han hecho por mejorar su propia situación y la de sus descendientes. O tenemos que desesperar francamente de la humanidad y de su querer y su afán al ver todos nuestros esfuerzos y trabajos convertidos así, en sus mismos resultados, en un juego de niños, o tenemos que admitir que la sociedad humana ha buscado hasta ahora su felicidad por un camino equivocado; tenemos que admitir que una inversión tan total de la posición de los sexos solo puede venir de que los sexos se colocaron desde el principio en una relación falsa el uno frente al otro. Si el dominio de la mujer sobre el hombre, tal como lo produce necesariamente el sistema fabril, es inhumano, también tiene que serlo el dominio originario del hombre sobre la mujer. Si ahora la mujer, como antes el hombre, puede basar su dominio en que aporta la mayor parte, o incluso todo, a la comunidad de bienes de la familia, se sigue necesariamente que esa comunidad de bienes no es verdadera ni racional, puesto que un miembro de la familia todavía hace valer la mayor cuantía de su aportación. Si la familia de la sociedad actual se disuelve, en esa misma disolución se muestra que en el fondo lo que mantenía unida a la familia no era el amor familiar, sino el interés privado, conservado necesariamente en esa comunidad de bienes invertida.223 La misma relación se da también entre los hijos que mantienen a sus padres sin trabajo, cuando no les dan, como se ha dicho, una pensión por su manutención. El doctor Hawkins atestigua en el informe fabril que esta relación es bastante frecuente, y en Manchester es en general notoria. Como la mujer, en este caso los hijos son los amos de la casa, de lo que lord Ashley da un ejemplo en su discurso (sesión de la Cámara de los Comunes del 15 de marzo de 1844). Un hombre riñó a sus dos hijas porque habían estado en una taberna, y ellas declararon que estaban hartas de que las mandaran: Damn you, we have you to keep («Váyase al diablo, somos nosotras las que lo mantenemos»), y que también querían disfrutar algo de su trabajo; se marcharon de la casa paterna y abandonaron a su padre y a su madre a su suerte.

Las solteras que se crían en las fábricas no están mejor que las casadas. Se entiende por sí mismo que una muchacha que ha trabajado en la fábrica desde los nueve años no ha podido familiarizarse con las tareas domésticas, y de ahí viene que todas las obreras fabriles sean completamente inexpertas en ellas y no estén en absoluto preparadas para ser amas de casa. No saben coser ni hacer punto, cocinar ni lavar; desconocen las tareas más corrientes de un ama de casa, y de cómo hay que tratar a los niños pequeños no saben absolutamente nada. El informe de la Fact. Inq. Comm. da docenas de ejemplos de este hecho, y el doctor Hawkins, comisario para Lancashire, expresa su opinión de este modo (p. 4 del informe):

«Las muchachas se casan pronto y sin reflexión; no tienen ni los medios, ni el tiempo, ni la ocasión de aprender los deberes corrientes de la vida doméstica, y si tuvieran todo eso, en el matrimonio no tendrían tiempo de cumplir esos deberes. La madre está ausente de su hijo más de doce horas diarias; al niño lo cuida una muchacha o una vieja a la que se alquila; además, con demasiada frecuencia la vivienda de la gente de las fábricas no es un hogar (home), sino a menudo un sótano que no contiene utensilios de cocina ni de lavar, nada para coser ni remendar, al que le falta todo lo que podría hacer la vida agradable y civilizada y atractivo el hogar. Por estas y otras razones, y sobre todo en atención a las mayores probabilidades de vida de los niños pequeños, no puedo sino desear y esperar que llegue un tiempo en que las mujeres casadas estén excluidas de las fábricas.»

Para ejemplos y declaraciones particulares, véase Fact. Inq. Comm. Report, Cowell, evid. pp. 37, 38, 39, 72, 77, 50; Tufnell, evid. pp. 9, 15, 45, 54, etc.

Pero todo esto es todavía lo de menos. Las consecuencias morales del trabajo de las mujeres en las fábricas son todavía mucho peores. La reunión de ambos sexos y de todas las edades en una sala de trabajo, la inevitable proximidad entre ellos, la acumulación en un espacio reducido de gente a la que no se ha dado ninguna formación intelectual ni moral no son precisamente apropiadas para tener consecuencias favorables en el desarrollo del carácter femenino. El fabricante, aunque esté atento, solo puede intervenir cuando ocurre de verdad algo escandaloso; la influencia continua y menos llamativa de los caracteres disolutos sobre los más morales, y sobre todo sobre los más jóvenes, no puede conocerla ni, por tanto, impedirla. Pero esa influencia es precisamente la más dañina. El lenguaje que se emplea en las fábricas se lo describieron muchos a los comisarios fabriles de 1833224 como «indecente», «malo», «sucio», etc. (Cowell, evid. pp. 35, 37, y en otros muchos pasajes). La cosa es la misma en pequeño que la que vimos en grande en las grandes ciudades. La centralización de la población produce los mismos efectos sobre la misma gente, ya actúe sobre ella en una gran ciudad o en una fábrica más pequeña. Si la fábrica es más pequeña, la proximidad es mayor y el trato más inevitable. Las consecuencias no se hacen esperar. Un testigo de Leicester dice que preferiría ver a su hija mendigar antes que dejarla ir a la fábrica; que son verdaderos agujeros del infierno y que la mayoría de las mujeres públicas de la ciudad tienen que agradecérselo a las fábricas (Power, evid. p. 8); otro de Manchester «no tiene reparo en afirmar que tres cuartas partes de las jóvenes obreras fabriles de 14 a 20 años no son castas» (Cowell, evid. p. 57). El comisario Cowell se pronuncia en general en el sentido de que la moralidad de los obreros fabriles está algo por debajo de la media de la clase obrera (p. 82), y el doctor Hawkins dice (Rept. p. 4):

«Una estimación de la moralidad sexual no se deja reducir bien a cifras, pero si puedo fiarme de mis propias observaciones y de la opinión general de aquellos con quienes hablé, así como del tenor de los testimonios que se me presentaron, se ofrece una perspectiva sumamente desalentadora de la influencia de la vida fabril sobre la moralidad de la juventud femenina.»

Por lo demás, se entiende que la servidumbre fabril, como cualquier otra, y aún más, otorga al patrono el jus primae noctis.225 También en este aspecto el fabricante es dueño del cuerpo y de los encantos de sus obreras. El despido es castigo suficiente para vencer, en nueve casos de cada diez, si no en noventa y nueve de cada cien, toda resistencia en muchachas que no tienen de por sí grandes motivos para la castidad. Si el fabricante es lo bastante vil —y el informe de la comisión cuenta varios casos—, su fábrica es a la vez su harén; y que no todos los fabricantes hagan uso de su derecho no cambia en absoluto las cosas para las muchachas. En los comienzos de la industria fabril, cuando la mayoría de los fabricantes eran advenedizos sin instrucción y sin miramientos por la hipocresía social, tampoco se dejaban estorbar por nada en el ejercicio de su derecho «bien adquirido».

Para juzgar correctamente las consecuencias del trabajo fabril sobre el estado físico del sexo femenino, será necesario examinar antes el trabajo de los niños y la naturaleza misma del trabajo. Desde el comienzo de la nueva industria se empleó a niños en las fábricas; al principio, por el pequeño tamaño de las máquinas, más tarde agrandadas, casi exclusivamente, y se tomaba a los niños de los asilos de pobres y se los alquilaba en tropel a los fabricantes como «aprendices» por muchos años. Se los alojaba y vestía en común y eran, naturalmente, esclavos completos de sus patronos, que los trataban con la mayor desconsideración y barbarie. Ya en 1796 la indignación pública contra este sistema escandaloso se expresó con tanta energía por boca del doctor Percival y de sir R. Peel (padre del actual ministro y él mismo fabricante de algodón)226 que el Parlamento aprobó en 1802 una Apprentice Bill (ley de aprendices) que suprimió los abusos más clamorosos. Poco a poco entró la competencia de los obreros libres y desplazó todo el sistema de aprendices. Las fábricas se fueron instalando cada vez más en las ciudades, las máquinas se agrandaron y los locales se construyeron más aireados y sanos; poco a poco hubo también más trabajo para adultos y jóvenes, y así disminuyó algo la proporción de niños que trabajaban, y la edad a la que se empezaba a trabajar subió algo. Ya se empleaba a pocos niños menores de 8 o 9 años. Más tarde, como veremos, el poder legislativo intervino todavía varias veces para proteger a los niños contra el ansia de dinero de la burguesía.

La gran mortalidad entre los hijos de los obreros, y en especial de los obreros fabriles, es prueba suficiente de lo insalubre de la situación en que pasan sus primeros años. Estas causas actúan también sobre los niños que sobreviven, solo que, naturalmente, no con tanta fuerza como sobre los que sucumben a ellas. Su efecto es, por tanto, en el caso más leve, una predisposición a la enfermedad o un desarrollo frenado y, por ello, una fuerza física inferior a la normal. El niño de nueve años de un obrero fabril, que se ha criado en la penuria, las privaciones y unas condiciones cambiantes, en la humedad, el frío y con ropa y vivienda insuficientes, no tiene ni de lejos la capacidad de trabajo del niño criado en condiciones de vida más sanas. A los nueve años se le envía a la fábrica y trabaja 6 1/2 horas diarias (antes 8, y antes aún de 12 a 14, e incluso 16 horas) hasta los trece años, y desde entonces hasta los dieciocho, 12 horas. Las causas debilitantes persisten, y se añade el trabajo. No puede negarse, desde luego, que un niño de nueve años, incluso el de un obrero, pueda aguantar un trabajo diario de 6 1/2 horas sin que su desarrollo sufra un daño visible y que pueda atribuirse claramente a esa causa; pero en ningún caso la permanencia en la atmósfera sofocante, húmeda y a menudo húmeda y caliente a la vez de la fábrica contribuye a su salud. En cualquier caso, es injustificable sacrificar el tiempo de los niños, que debería dedicarse por completo a su desarrollo físico e intelectual, a la codicia de una burguesía insensible, sustraer a los niños de la escuela y del aire libre para explotarlos en provecho de los señores fabricantes. Es verdad que la burguesía dice: si no empleamos a los niños en las fábricas, se quedan en unas condiciones que no son favorables para su desarrollo, y eso es en conjunto cierto; pero ¿qué significa eso, reducido a su verdadero valor, sino que la burguesía pone primero a los hijos de los obreros en malas condiciones y luego explota en su provecho esas malas condiciones? Invoca algo que es tan culpa suya como el sistema fabril; disculpa el pecado que comete hoy con el que cometió ayer. ¡Y si la ley fabril no les atara al menos un poco las manos, cómo velarían por los intereses de esos obreros estos burgueses «benévolos» y «humanos», que en realidad solo han levantado sus fábricas por el bien de los obreros! Oigamos cómo se comportaban antes de tener al inspector de fábricas pegado a los talones; su propio testimonio reconocido, el informe de la comisión fabril de 1833, ha de condenarlos.

El informe de la comisión central cuenta que los fabricantes rara vez empezaban a emplear a los niños a los cinco años, con frecuencia a los seis, muy a menudo a los siete y la mayoría de las veces a los ocho o nueve; que el tiempo de trabajo duraba a menudo de 14 a 16 horas diarias (sin contar las pausas para las comidas); que los fabricantes permitían que los capataces pegaran y maltrataran a los niños, y a menudo ellos mismos ponían manos a la obra; se cuenta incluso el caso de un fabricante escocés que salió a caballo detrás de un obrero de dieciséis años que se había escapado, le obligó a volver corriendo delante de él tan deprisa como trotaba el caballo, ¡y no paró de darle con un largo látigo! (Stuart, evid. p. 35). En las grandes ciudades, donde los obreros se resistían más, ocurrían ciertamente menos cosas así. Pero ni siquiera esa larga jornada bastaba a la codicia de los capitalistas. Se trataba de hacer rentable por todos los medios posibles el capital invertido en edificios y máquinas, de hacerlo trabajar lo más posible. Por eso los fabricantes introdujeron el vergonzoso sistema del trabajo nocturno; algunos tenían dos clases fijas de obreros, cada una lo bastante numerosa para ocupar toda la fábrica, y una clase trabajaba las doce horas del día y la otra las doce de la noche. Es fácil imaginar qué consecuencias tenía que tener esa privación continua del descanso nocturno, que ningún sueño diurno puede reemplazar, sobre el estado físico, sobre todo de los niños pequeños y mayores, e incluso de los adultos. La excitación de todo el sistema nervioso, unida a un debilitamiento y una flojedad generales de todo el cuerpo, eran los resultados necesarios. A ello se añadían el fomento y la excitación de la embriaguez y de las relaciones sexuales desordenadas: un fabricante atestigua (Tufnell, evid. p. 91) que durante los dos años en que se trabajó de noche en su fábrica nació el doble de hijos ilegítimos y se produjo en general tal desmoralización que tuvo que abandonar el trabajo nocturno. Otros fabricantes procedieron de manera aún más bárbara: hacían trabajar a muchos obreros de 30 a 40 horas seguidas, y eso varias veces por semana, porque su personal de relevo no estaba completo y solo servía para reemplazar en cada momento a una parte de los obreros y permitirle dormir un par de horas. Los informes de la comisión sobre esta barbarie y sus consecuencias superan todo lo que conozco en esta materia. Atrocidades como las que aquí se cuentan no se encuentran en ninguna otra parte, y veremos que la burguesía invoca continuamente el testimonio de la comisión en su favor. Las consecuencias no tardaron en manifestarse: los comisarios cuentan que se encontraron con multitud de lisiados que debían claramente su deformidad a la larga jornada de trabajo. Esta deformidad consiste habitualmente en la desviación de la columna y de las piernas, y Francis Sharp, M. R. C. S. (miembro del Real Colegio de Cirujanos), de Leeds, la describe así:

«Nunca vi la peculiar torsión de los extremos inferiores del fémur antes de venir a Leeds. Al principio creí que era raquitismo, pero la cantidad de pacientes que se presentaban en el hospital y la aparición de la enfermedad a una edad (de 8 a 14 años) en que los niños ya no suelen estar expuestos al raquitismo, así como el hecho de que el mal solo había empezado desde que los niños trabajaban en la fábrica, me movieron pronto a cambiar de opinión. Hasta ahora he visto unos cien casos así y puedo afirmar del modo más categórico que son consecuencia del exceso de trabajo; que yo sepa, todos eran niños de fábrica, y ellos mismos atribuyen el mal a esa causa. El número de casos de columna desviada que he visto, evidentemente consecuencia de estar demasiado tiempo de pie, no será inferior a trescientos» (doctor Loudon, evid. pp. 12, 13).

Lo mismo el doctor Hey, de Leeds, médico del hospital durante 18 años:

«Deformaciones de la columna muy frecuentes entre la gente de las fábricas. Algunas, consecuencia del mero exceso de trabajo; otras, efecto del trabajo prolongado sobre una constitución originalmente débil o debilitada por la mala alimentación.» «Las deformidades parecían ser más frecuentes que estas enfermedades; las rodillas estaban dobladas hacia dentro, los ligamentos de los tobillos muy a menudo distendidos y flojos, y los huesos largos de las piernas, arqueados. Sobre todo, los extremos gruesos de esos huesos largos estaban torcidos y excesivamente desarrollados, y estos pacientes venían de las fábricas en las que a menudo se trabajaba muchas horas» (doctor Loudon, evid. p. 16).

Lo mismo declaran los cirujanos Beaumont y Sharp, de Bradford. Los informes de los comisarios Drinkwater, Power y el doctor Loudon contienen multitud de ejemplos de tales deformidades, y los de Tufnell y del doctor sir David Barry, que se ocupan menos de este punto, algunos casos sueltos (Drinkwater, evid. p. 69, dos hermanos; pp. 72, 80, 146, 148, 150, dos hermanos; 155 y otros muchos; Power, evid. pp. 63, 66, 67 dos veces, 68 tres veces, 69 dos veces; en Leeds, pp. 29, 31, 40, 43, 53 y ss.; doctor Loudon, evid. p. 4, 7 cuatro veces, 8 varias veces, etc.; sir D. Barry, pp. 6, 8, 13, 21, 22, 44, 55 tres veces, etc.; Tufnell, pp. 5, 16, etc.). Los comisarios para Lancashire, Cowell, Tufnell y el doctor Hawkins, han descuidado casi por completo este aspecto de los resultados médicos del sistema fabril, aunque este distrito puede rivalizar plenamente con Yorkshire en número de lisiados. Rara vez he paseado por Manchester sin encontrarme con tres o cuatro lisiados que padecían precisamente las mismas desviaciones de la columna y de las piernas que las descritas, y he prestado atención a esto con bastante frecuencia y he podido hacerlo. Conozco personalmente a un lisiado que responde exactamente a la descripción del doctor Hey y que adquirió su estado en la fábrica del señor Douglas, en Pendleton, que todavía goza entre los obreros de la más bonita reputación por la larga jornada de antaño, prolongada durante noches enteras. A esta clase de lisiados se les ve enseguida de dónde viene su deformidad; todos tienen exactamente el mismo aspecto: las rodillas dobladas hacia dentro y hacia atrás, los pies torcidos hacia dentro, las articulaciones deformes y gruesas, y a menudo la columna desviada hacia delante o hacia un lado. Pero quienes más lejos parecen haber llegado son los filantrópicos fabricantes del distrito sedero de Macclesfield, lo que se debe en parte a que en esas fábricas trabajaban niños muy pequeños, de cinco y seis años. En los testimonios complementarios del comisario Tufnell encontramos las declaraciones de un director de fábrica llamado Wright (p. 26), cuyas dos hermanas quedaron lisiadas de la manera más vergonzosa y que en una ocasión había contado el número de lisiados en varias calles, algunas de ellas de las más limpias y aseadas de Macclesfield; encontró en Townley Street diez, en George Street cinco, en Charlotte Street cuatro, en Watercots quince, en Bank Top tres, en Lord Street siete, en Mill Lane doce, en Great George Street dos, en el asilo de pobres dos, en Park Green uno y en Pickford Street dos lisiados, cuyas familias declararon todas unánimemente que se habían deformado por el exceso de trabajo en las fábricas de torcido de seda. En la p. 27 se presenta a un muchacho tan deformado que no podía subir una escalera, y se mencionan ejemplos de muchachas lisiadas de la espalda y de las caderas.

Otras deformaciones han nacido también de este exceso de trabajo, en especial los pies planos, que sir D. Barry encontró con frecuencia (por ejemplo, p. 21, dos veces, y ss.) y que también los médicos y cirujanos de Leeds (Loudon, pp. 13, 16, etc.) señalan como frecuentes. En los casos en que una constitución más fuerte, una alimentación mejor y otras circunstancias permitieron al joven obrero resistir estos efectos de una explotación bárbara, encontramos por lo menos dolores en la espalda, las caderas y las piernas, tobillos hinchados, varices o grandes y tenaces úlceras en los muslos y las pantorrillas. Estos males se han encontrado casi generalmente entre los obreros; los informes de Stuart, Mackintosh y sir D. Barry contienen cientos de ejemplos, y casi no conocen a nadie que no padezca alguno de ellos; y en los demás informes muchos médicos atestiguan al menos la aparición de las mismas consecuencias. Los informes sobre Escocia dejan fuera de duda, con innumerables ejemplos, que un trabajo de trece horas produce al menos estas consecuencias incluso en obreros y obreras de dieciocho a veintidós años, tanto en las hilaturas de lino de Dundee y Dunfermline como en las fábricas de algodón de Glasgow y Lanark.

Todos estos males se explican fácilmente por la naturaleza del trabajo fabril, que es, ciertamente, como dicen los fabricantes, muy «ligero», pero precisamente por su ligereza más agotador que ningún otro. Los obreros tienen poco que hacer, pero tienen que estar de pie todo el tiempo, sin poder sentarse. Al que se sienta, por ejemplo, en el alféizar de una ventana o en un cesto, se le castiga; y esta posición erguida permanente, esta presión mecánica continua de la parte superior del cuerpo sobre la columna, las caderas y las piernas, produce necesariamente las consecuencias mencionadas. Ciertamente, estar de pie no es necesario para el trabajo, como lo prueba el que en Nottingham se hayan introducido asientos al menos en las salas de doblado (la consecuencia fue la desaparición de aquellos males y, con ello, la buena disposición de las obreras a aceptar largas jornadas); pero en una fábrica en la que el obrero solo trabaja para el burgués y tiene poco interés en hacer bien su trabajo, probablemente haría más uso de ellos de lo que sería agradable y ventajoso para el fabricante; y para que al burgués se le estropee algo menos de materia prima, los obreros tienen que sacrificar la salud de sus miembros.227 Esta posición erguida prolongada produce además, unida a la atmósfera casi siempre mala de las fábricas, un considerable debilitamiento de todas las fuerzas del cuerpo y, como consecuencia, toda clase de otros males, menos locales que generales. La atmósfera de las fábricas suele ser a la vez húmeda y caliente, por lo general más caliente de lo necesario, y, si la ventilación no es muy buena, muy impura, sofocante y pobre en oxígeno, cargada de polvo y del vaho del aceite de las máquinas, que casi en todas partes ensucia el suelo, penetra en él y se pone rancio; los propios obreros, ya por el calor, no van muy abrigados y se enfriarían por fuerza si la temperatura de la sala fuera desigual; la corriente de aire les resulta desagradable con el calor; la progresiva flojedad que se va adueñando de todas las funciones corporales disminuye el calor animal, que tiene que mantenerse desde fuera, y así nada prefiere el propio obrero a quedarse con las ventanas completamente cerradas en el cálido aire de su fábrica. A ello se añade el efecto de los frecuentes y bruscos cambios de temperatura al salir de la atmósfera caliente de la fábrica al aire libre, helado o frío y húmedo, la incapacidad de los obreros para protegerse suficientemente de la lluvia o para cambiar la ropa mojada por otra seca, circunstancias todas que producen sin cesar enfriamientos. Y si se piensa que con todo ello casi ningún músculo del cuerpo se esfuerza de verdad, se pone de verdad en actividad, salvo quizá los de las piernas; que nada contrarresta el efecto debilitador y enervante de las circunstancias mencionadas, sino que falta todo ejercicio que pudiera dar fuerza a los músculos y elasticidad y consistencia a las fibras; que desde niños a los obreros les falta todo tiempo para moverse al aire libre, ya no nos extrañará la declaración casi unánime de los médicos en el informe fabril de que han encontrado en los obreros fabriles, de manera muy particular, una gran falta de resistencia ante los ataques de las enfermedades, una depresión general de todas las actividades vitales, un agotamiento continuo de todas las fuerzas intelectuales y físicas. Oigamos primero a sir D. Barry:

«Las influencias desfavorables del trabajo fabril sobre los obreros son las siguientes: 1) la ineludible necesidad de forzar sus esfuerzos físicos e intelectuales a llevar el mismo paso que los movimientos de una maquinaria impulsada por una fuerza uniforme e incesante; 2) la permanencia en posición erguida durante períodos antinaturalmente largos y que se suceden con demasiada rapidez; 3) la privación del sueño (por la larga jornada, los dolores de piernas y un malestar físico más general). A esto se añaden a menudo salas de trabajo bajas, atestadas, polvorientas o húmedas, aire impuro, atmósfera recalentada, sudor continuo. Por eso, sobre todo los muchachos, con muy pocas excepciones, pierden muy pronto la frescura sonrosada de la infancia y se vuelven más pálidos y delgados que otros muchachos. Incluso el aprendiz del tejedor a mano, que está descalzo sobre el suelo de tierra de su taller, conserva mejor aspecto, porque de vez en cuando sale un poco al aire libre. Pero el niño de la fábrica no tiene un momento libre, salvo para comer, y nunca sale al aire libre más que cuando va a comer. Todos los hilanderos adultos son pálidos y delgados, padecen de apetito caprichoso y de indigestión, y como todos se han criado desde jóvenes en la fábrica y entre ellos hay pocos o ningún hombre alto y atlético, la conclusión está justificada de que su ocupación es muy desfavorable para el desarrollo de la constitución masculina. Las mujeres soportan el trabajo mucho mejor» (muy natural, pero veremos que también ellas tienen sus enfermedades). (General Report by sir D. Barry.)

Lo mismo Power:

«Puedo decir sin rodeos que el sistema fabril ha producido en Bradford una cantidad muy grande de lisiados… y que el efecto del trabajo prolongado sobre el cuerpo no solo se manifiesta como deformidad propiamente dicha, sino también, de manera todavía mucho más general, como crecimiento insuficiente, flojedad de los músculos y constitución endeble» (Power, Rept. p. 74).

Además, el ya citado cirujano228 F. Sharp, de Leeds:

«Cuando me trasladé de Scarborough a Leeds, me llamó enseguida la atención que el aspecto general de los niños era aquí mucho más pálido y su fibra mucho menos firme que en Scarborough y sus alrededores. Encontré también que muchos niños eran extraordinariamente pequeños para su edad… He visto innumerables casos de escrófula, enfermedades pulmonares, afecciones mesentéricas e indigestión de los que, como médico, no tengo la menor duda de que se originaron por el trabajo en las fábricas. Opino que la energía nerviosa del cuerpo se debilita con el trabajo prolongado y se pone el fundamento de muchas enfermedades; si no llegara continuamente gente del campo, la raza de los obreros fabriles degeneraría pronto por completo.»

Igualmente Beaumont, cirujano de Bradford:

«En mi opinión, el sistema con que se trabaja aquí en las fábricas produce una flojedad peculiar de todo el organismo y hace así a los niños propensos en grado sumo tanto a las epidemias como a las enfermedades ocasionales… Considero, de manera decidida, que la ausencia de toda prescripción adecuada sobre ventilación y limpieza en las fábricas es una de las causas principales de esa peculiar tendencia o propensión a las afecciones morbosas que tan a menudo he encontrado en mi práctica.»

Del mismo modo atestigua William Sharp, hijo:

«1) que he tenido ocasión de observar los efectos del sistema fabril sobre la salud de los niños en las circunstancias más favorables» (en la fábrica de Wood en Bradford, la mejor instalada de la localidad, donde era médico de la fábrica); «2) que este efecto es decididamente perjudicial, y en una medida muy amplia, incluso en esas condiciones favorables; 3) que en 1832 traté médicamente a tres quintas partes de todos los niños empleados en la fábrica de Wood; 4) que el efecto más perjudicial no es el predominio de constituciones deformes, sino de constituciones debilitadas y enfermizas; 5) que todo esto ha mejorado mucho desde que Wood redujo a diez horas la jornada de los niños.»

El propio comisario doctor Loudon, que aduce estos testimonios, dice:

«Creo que ha quedado suficientemente probado que se ha hecho trabajar a los niños durante un tiempo irrazonable y despiadadamente largo, y que incluso los adultos han tenido que asumir una cantidad de trabajo que apenas puede soportar un ser humano. La consecuencia es que muchos han muerto antes de tiempo y otros han quedado de por vida aquejados de una constitución defectuosa, y el temor de una descendencia debilitada por las constituciones quebrantadas de los supervivientes está, fisiológicamente hablando, demasiado fundado.»

Y finalmente el doctor Hawkins sobre Manchester:

«Creo que a la mayoría de los viajeros les llama la atención la pequeñez y la delicadeza de la estatura y la palidez que se encuentran con tanta generalidad en Manchester, y sobre todo entre los obreros fabriles. Nunca he estado en ninguna ciudad de Gran Bretaña o de Europa en la que la degeneración de la figura y del color respecto a la norma nacional fuera tan evidente. A las mujeres casadas les faltan de manera muy llamativa todos los rasgos característicos de la mujer inglesa, etc. … Debo confesar que los muchachos y muchachas de las fábricas de Manchester que me presentaron tenían en general un aspecto abatido y un color pálido; en la expresión de sus caras no había nada de la movilidad, la vivacidad y la alegría habituales de la juventud. Muchos me declararon que no sentían ningunas ganas de corretear al aire libre los sábados por la noche y los domingos, sino que preferían quedarse tranquilamente en casa.»

Insertemos aquí mismo otro pasaje del informe de Hawkins que, aunque solo viene a cuento a medias, puede por eso mismo estar tan bien aquí como en otro sitio:

«La intemperancia, el libertinaje y la falta de previsión para el futuro son los principales vicios de la población fabril, y estos males pueden atribuirse fácilmente a costumbres que se forman con el sistema actual y que nacen casi inevitablemente de él. Se admite generalmente que la indigestión, la hipocondría y la debilidad general afectan a esta clase en una medida muy grande; tras doce horas de trabajo monótono es demasiado natural buscar un estimulante de uno u otro tipo, y si encima se añaden los estados morbosos citados, se recurrirá rápidamente y una y otra vez a las bebidas alcohólicas.»

Para todas estas declaraciones de los médicos y comisarios, el propio informe ofrece cientos de casos probatorios. Que el crecimiento de los jóvenes obreros se ve frenado por el trabajo lo atestiguan cientos de datos del informe; entre otros, Cowell da los pesos de 46 muchachos, todos de 17 años y de una escuela dominical, de los cuales 26, empleados en fábricas, pesaban por término medio 104,5 libras inglesas, y 20 que no trabajaban en fábricas, pero pertenecían a la clase obrera, pesaban por término medio 117,7 libras inglesas.229 Uno de los fabricantes más importantes de Manchester y jefe de la oposición de los fabricantes contra los obreros —creo que Robert Hyde Greg—230 dice él mismo en una ocasión que, si esto seguía así, los obreros fabriles de Lancashire pronto serían una raza de pigmeos.231 Un teniente de reclutamiento (Tufnell, p. 59) declara que los obreros fabriles sirven poco para el servicio militar; tendrían un aspecto delgado y enclenque y a menudo los médicos los rechazarían por no aptos. En Manchester apenas podría conseguir hombres de 5 pies y 8 pulgadas; casi todos tendrían solo 6 o 7 pulgadas, mientras que en los distritos agrícolas la mayoría de los reclutas tendrían 8 (la diferencia entre la medida inglesa y la prusiana es de unas 2 pulgadas en 5 pies, en las que la inglesa es menor).

Los hombres quedan, por efecto de estas influencias, muy pronto deshechos. La mayoría están incapacitados para el trabajo a los cuarenta años; unos pocos aguantan hasta los cuarenta y cinco, casi ninguno hasta los cincuenta. Esto se debe, además de a la debilidad física general, en parte también a un debilitamiento de la vista, consecuencia del hilado en mule, en el que el obrero tiene que fijar los ojos en una larga hilera de hilos finos y paralelos y forzarlos así mucho. De 1600 obreros empleados en varias fábricas de Harpur y Lanark, solo 10 tenían más de 45 años; de 22 094 obreros de distintas fábricas de Stockport y Manchester, solo 143 tenían más de 45 años. De esos 143, a 16 se los conservaba por un favor especial, y uno hacía trabajo de niño. Una lista de 131 hilanderos solo contenía siete de más de 45 años, y sin embargo los 131 habían sido rechazados por «demasiado viejos» por los fabricantes a los que pedían trabajo. De 50 hilanderos desechados en Bolton, solo dos tenían más de 50 años, y el resto no llegaba por término medio a los 40, ¡y todos estaban sin pan por ser demasiado viejos! El señor Ashworth,232 un fabricante importante, admite él mismo en una carta a lord Ashley que hacia los 40 años los hilanderos ya no pueden sacar la cantidad debida de hilo y que por eso «a veces» se les despide; ¡llama «viejos» a los obreros de cuarenta años!233 Del mismo modo habla el comisario Mackintosh en el informe de 1833:

«Aunque ya estaba preparado por la manera en que se emplea a los niños, me resultaba difícil creer a los obreros de más edad lo que me decían sobre su edad: tan pronto envejece esta gente.»

El cirujano Smellie, de Glasgow, que trata sobre todo a obreros fabriles, dice igualmente que para ellos cuarenta años son ya una edad avanzada (old age) (Stuart, evid. p. 101). Testimonios concordantes se encuentran en Tufnell, evid. pp. 3, 9, 15; Hawkins, Rept. p. 4; evid. p. 14, etc., etc. En Manchester este envejecimiento prematuro de los obreros es tan general que a casi cualquier hombre de cuarenta años se le echan diez o quince más, mientras que las clases acomodadas, tanto los hombres como las mujeres, conservan muy bien su aspecto, si no beben demasiado.

El efecto del trabajo fabril sobre el cuerpo femenino es también de una clase muy particular. Las deformaciones que son consecuencia de la larga jornada se vuelven en la mujer todavía mucho más graves; las deformaciones de la pelvis, en parte por una posición y un desarrollo incorrectos de los propios huesos pélvicos, en parte por una desviación de la parte inferior de la columna vertebral, las produce con frecuencia esta causa.

«Aunque —dice el doctor Loudon en su informe— no me he encontrado ningún ejemplo de pelvis deformada ni de algunos otros males, estas cosas son de tal naturaleza que todo médico tiene que presentarlas como consecuencia probable de semejante jornada en los niños, y además las garantizan hombres de la más alta credibilidad médica.»

Que las obreras fabriles tienen partos más difíciles que otras mujeres lo atestiguan varias comadronas y tocólogos, y también que abortan con más frecuencia; por ejemplo, el doctor Hawkins, evid. pp. 11 y 13. A ello se añade que las mujeres padecen la debilidad general común a todos los obreros fabriles y que, cuando están embarazadas, trabajan en las fábricas hasta la hora del parto; naturalmente, si dejan de trabajar demasiado pronto, tienen que temer que se ocupe su puesto y se las despida; además pierden el salario. Ocurre con mucha frecuencia que mujeres que todavía trabajaban por la noche han dado a luz a la mañana siguiente, e incluso no es demasiado raro que den a luz en las propias fábricas, entre las máquinas. Y aunque los señores burgueses no encuentren en ello nada de particular, quizá sus mujeres me concedan que es una crueldad, una barbarie infame, obligar indirectamente a una mujer embarazada a pasarse hasta el día del parto doce o trece horas diarias (antes, más todavía) trabajando de pie y agachándose con frecuencia. Pero eso no es todo. Si después del parto las mujeres no tienen que trabajar durante catorce días, se dan por contentas y les parece mucho. Algunas vuelven a la fábrica ya a los ocho días, e incluso a los tres o cuatro, para cumplir la jornada completa; una vez oí a un fabricante preguntar a un capataz: «¿Todavía no ha vuelto Fulana?» «No.» «¿Cuánto hace que dio a luz?» «Ocho días.» «Pues ya podía haber vuelto hace tiempo. Aquella de allí suele quedarse en casa solo tres días.» Naturalmente; el miedo a ser despedidas, el miedo a quedarse sin pan las empuja a la fábrica a pesar de su debilidad, a pesar de sus dolores; el interés del fabricante no tolera que sus obreros se queden en casa por enfermedad; no pueden ponerse enfermos, no pueden atreverse a dar a luz, porque entonces él tendría que parar sus máquinas o romperse su altísima cabeza disponiendo un arreglo provisional; y antes que hacer eso, despide a su gente si se atreve a sentirse mal. Escuchad (Cowell, evid. p. 77):

«Una muchacha se siente muy enferma, apenas puede hacer su trabajo. ¿Por qué no pide permiso para irse a casa? “Ay, señor, el amo es muy especial en eso; si faltamos un cuarto de jornada, nos arriesgamos a que nos echen.”»

O (sir D. Barry, evid. p. 44): Thomas MacDurt, obrero, tiene una fiebre leve:

«no puede quedarse en casa, al menos no más de cuatro días, porque si no tiene que temer perder su trabajo».

Y así ocurre en casi todas las fábricas. El trabajo de las muchachas jóvenes produce además, en su período de desarrollo, multitud de otras irregularidades. En algunas, sobre todo en las mejor alimentadas, el calor de las fábricas acelera el desarrollo más de lo habitual, de modo que algunas muchachas de 12 a 14 años están completamente desarrolladas; Roberton, el ya mencionado tocólogo de Manchester, «eminente» según el informe fabril, cuenta en el North of England Medical and Surgical Journal que se encontró con una niña de once años que no solo era una mujer completamente desarrollada, sino que incluso estaba embarazada, y que en Manchester no era nada raro que dieran a luz muchachas de 15 años. En tales casos el calor de las fábricas actúa exactamente igual que el de los climas tropicales, y, como en esos climas, el desarrollo excesivamente precoz se paga también con una vejez y una flojedad prematuras. A menudo, sin embargo, se encuentra un desarrollo sexual retrasado del cuerpo femenino; los pechos se forman tarde o no se forman, de lo que Cowell, p. 35, da ejemplos; la menstruación aparece en muchos casos solo a los diecisiete o dieciocho años, a veces solo a los veinte, y a menudo falta por completo (doctor Hawkins, evid. p. 11; doctor Loudon, p. 14, etc.; sir D. Barry, p. 5, etc.). La menstruación irregular, acompañada de muchos dolores y males, en particular la clorosis,234 es muy frecuente, y en ello coinciden unánimemente los informes médicos.

Los hijos nacidos de tales mujeres, sobre todo si tienen que trabajar durante el embarazo, no pueden ser fuertes. Al contrario, el informe los describe, sobre todo en lo que se refiere a Manchester, como muy enclenques, y solo Barry afirma que son sanos, pero dice también que en Escocia, donde él hizo su inspección, casi no trabajaba ninguna mujer casada; además, la mayoría de las fábricas están allí, salvo en Glasgow, en el campo, y eso contribuye mucho a la robustez de los niños. Los hijos de los obreros en los alrededores inmediatos de Manchester están casi todos lozanos y frescos, mientras que en la ciudad tienen un aspecto pálido y escrofuloso; pero a los nueve años el color desaparece de golpe, porque entonces se los manda a la fábrica, y pronto ya no se los distingue de los niños de la ciudad.

Pero además hay algunas ramas del trabajo fabril que tienen consecuencias especialmente perjudiciales. En muchas salas de las hilaturas de algodón y de lino vuela una gran cantidad de polvo fibroso que produce afecciones del pecho, sobre todo en las salas de cardado y de rastrillado.235 Algunas constituciones pueden soportarlo, otras no. Pero el obrero no tiene elección; tiene que aceptar la sala donde encuentra trabajo, esté bien o no de los pulmones. Las consecuencias más habituales de este polvo inhalado son los esputos de sangre, la respiración pesada y silbante, los dolores en el pecho, la tos, el insomnio, en suma, todos los síntomas del asma, que en el peor de los casos acaban en la consunción (véase Stuart, pp. 13, 70, 101; Mackintosh, p. 24, etc.; Power, Rept. on Nottingham, on Leeds; Cowell, p. 33, etc.; Barry, p. 12 {cinco en una fábrica}, pp. 17, 44, 52, 60, etc.; igualmente en su informe; Loudon, p. 13, etc., etc.). Pero especialmente insalubre es el hilado en húmedo del hilo de lino, que hacen muchachas jóvenes y niños. El agua les salpica de los husos al cuerpo, de modo que la parte delantera de su ropa está continuamente empapada hasta la piel, y en el suelo hay agua continuamente. En menor medida ocurre también en las salas de doblado de las fábricas de algodón, y la consecuencia son enfriamientos y afecciones del pecho continuos. Una voz ronca y áspera es común a todos los obreros fabriles, pero sobre todo a los hilanderos en húmedo y a los dobladores. Stuart, Mackintosh y sir D. Barry se pronuncian en los términos más duros sobre la insalubridad de este trabajo y la escasa consideración de la mayoría de los fabricantes por la salud de las muchachas que lo realizan. Otro efecto del hilado del lino son torsiones peculiares del hombro, en especial el resalte del omóplato derecho, que se derivan de la naturaleza del trabajo. Esta forma de hilar, así como el hilado de algodón en throstle, producen también a menudo enfermedades de la rótula, que se emplea para detener el huso mientras se anudan los hilos rotos. El agacharse con frecuencia en estas dos ramas de trabajo y la poca altura de las máquinas tienen en general por consecuencia un crecimiento deficiente. En la sala de throstles de la fábrica de algodón de Manchester en la que estuve empleado,236 no recuerdo haber visto ni una sola muchacha bien formada y esbelta; todas eran pequeñas, mal formadas y de complexión peculiarmente achaparrada, decididamente feas en toda su constitución. Pero además de todas estas enfermedades y deformidades, los obreros sufren todavía daños en sus miembros de otra manera. El trabajo entre las máquinas ocasiona multitud de accidentes, más o menos graves, que encima tienen para el obrero la consecuencia de incapacitarlo parcial o totalmente para su trabajo. Lo más frecuente es que una falange de un dedo quede aplastada; ya es más raro que dedos enteros, media mano o la mano entera, un brazo, etc., sean atrapados y triturados por las ruedas. Con mucha frecuencia, tras estos accidentes, incluso tras los más leves, sobreviene el trismo, que acarrea la muerte.237 En Manchester, además de los muchos lisiados, se ve andar por la calle a un gran número de mutilados; a uno le falta el brazo entero o la mitad, a otro el pie, a un tercero media pierna; uno cree vivir entre un ejército que vuelve de campaña. Pero los puntos más peligrosos de la maquinaria son las correas que transmiten la fuerza motriz del eje a cada una de las máquinas, sobre todo si tienen hebillas, que sin embargo ya rara vez se encuentran. Al que es atrapado por estas correas, la fuerza motriz lo arrastra en sus vueltas con la rapidez de una flecha, lo golpea arriba contra el techo y abajo contra el suelo con tanta violencia que rara vez queda un hueso entero en el cuerpo, y la muerte es instantánea. Entre el 12 de junio y el 3 de agosto de 1844, el Manchester Guardian informa de los siguientes accidentes graves (los más leves ni los menciona): 12 de junio, un muchacho murió en Manchester de trismo a consecuencia de una mano aplastada entre unas ruedas. 15 de junio, un muchacho de Saddleworth, atrapado y arrastrado por una rueda, murió destrozado. 29 de junio, un joven de Greenacres Moor, cerca de Manchester, que trabajaba en una fábrica de maquinaria, cayó bajo una muela que le rompió dos costillas y lo desgarró mucho. 24 de julio, una muchacha de Oldham murió tras ser arrastrada cincuenta veces por una correa; no le quedó un hueso entero. 27 de julio, en Manchester, una muchacha cayó en el blower238 y murió de las mutilaciones sufridas. 3 de agosto, un tornero de bobinas murió en Dukinfield arrastrado por una correa; tenía todas las costillas rotas. Solo en el año 1843, el hospital de Manchester tuvo que curar 962 heridas y mutilaciones causadas por la maquinaria, mientras que el número de todos los demás accidentes en el ámbito del hospital ascendió a 2426, de modo que por cada cinco accidentes debidos a todas las demás causas hubo dos debidos a la maquinaria. No se incluyen aquí los accidentes ocurridos en Salford, ni tampoco los que curaron médicos particulares. En tales accidentes, incapaciten o no para el trabajo, los fabricantes pagan a lo sumo el médico y, como mucho, el salario mientras dura la cura; adónde vaya a parar después el obrero si no puede trabajar les es indiferente.

El informe fabril dice sobre este asunto que en todos los casos debería hacerse responsable al fabricante, pues los niños no podrían tener cuidado y los adultos ya lo tendrían en su propio interés. Pero los que escriben el informe son burgueses, y por eso tienen que contradecirse y soltar luego toda clase de sermones sobre la «temeridad culpable» (culpable temerity) de los obreros. Da igual. La cosa es así: si los niños no pueden tener cuidado, hay que prohibir el trabajo infantil. Si los adultos no tienen el debido cuidado, o bien tienen que ser como niños, estar en un grado de formación que no les permite reconocer el peligro en toda su magnitud —¿y quién tiene la culpa sino la burguesía, que los mantiene en una situación en la que no pueden formarse?—, o bien las máquinas están mal dispuestas y hay que rodearlas de barandillas o de cercados, lo que también corre a cargo del burgués, o bien el obrero tiene motivos que pesan más que el peligro que le amenaza: tiene que trabajar deprisa para ganar dinero y no tiene tiempo de tener cuidado, etc.; también de eso tiene la culpa el burgués. Muchos accidentes ocurren, por ejemplo, cuando los obreros quieren limpiar las máquinas mientras están en movimiento. ¿Por qué? Porque el burgués obliga a los obreros a limpiar las máquinas durante las horas libres, cuando están paradas, y el obrero, naturalmente, no tiene ganas de que le roan nada de su tiempo libre. Tanto vale para el obrero cada hora libre que a menudo prefiere ponerse dos veces por semana en peligro de muerte antes que sacrificársela al burgués. Que los fabricantes tomen del tiempo de trabajo el tiempo necesario para limpiar las máquinas, y a ningún obrero se le ocurrirá ya limpiar maquinaria en marcha. En suma, en todos los casos la culpa última recae sobre el fabricante, al que, en el caso más leve, habría que exigir la manutención de por vida del obrero que ha quedado incapacitado o, en caso de muerte, de su familia. En los primeros tiempos de la industria, los accidentes eran proporcionalmente mucho más numerosos que ahora, porque las máquinas eran peores, más pequeñas, más apiñadas y casi no tenían protecciones. Pero, como prueban los datos anteriores, su número sigue siendo bastante grande para suscitar serias dudas sobre un estado de cosas que permite que se produzcan tantas mutilaciones y heridas en beneficio de una sola clase y que tantos obreros laboriosos queden expuestos a la penuria y al hambre por un accidente sufrido a su servicio y por culpa de la burguesía.

¡Bonita serie de enfermedades, producidas únicamente por la abominable codicia de dinero de la burguesía! ¡Mujeres incapacitadas para parir, niños lisiados, hombres debilitados, miembros aplastados, generaciones enteras echadas a perder, infectadas de debilidad y achaques, solo para llenarle la bolsa a la burguesía! Y cuando además se lee la barbarie de cada caso, cómo los capataces sacaban desnudos de la cama a los niños y los echaban a la fábrica con la ropa en el brazo a fuerza de golpes y patadas (por ejemplo, Stuart, p. 39, y en otros lugares), cómo les quitaban el sueño a golpes, cómo aun así se dormían sobre el trabajo, cómo un pobre niño, todavía dormido y después de parada la máquina, se levantó de un salto al grito del capataz e hizo con los ojos cerrados los movimientos de su trabajo; cuando se lee cómo los niños, demasiado cansados para irse a casa, se escondían en el secadero entre la lana para dormir allí y solo con la correa se los podía echar de la fábrica, cómo cientos de ellos llegaban cada noche a casa tan cansados que de sueño y falta de apetito no podían comerse la cena, cómo sus padres los encontraban de rodillas ante la cama, donde se habían dormido rezando; cuando se lee todo esto y cien infamias y vilezas más en este solo informe, todas atestiguadas bajo juramento, confirmadas por varios testigos, declaradas por hombres a los que los propios comisarios consideran dignos de crédito; cuando se piensa que es un informe «liberal», un informe de la burguesía, hecho para echar abajo el anterior de los tories y restablecer la pureza de corazón de los fabricantes, que los propios comisarios están del lado de la burguesía y cuentan todo esto contra su voluntad, ¿no ha de indignarse uno, no ha de enfurecerse contra esta clase, que se jacta de filantropía y de abnegación mientras lo único que le importa es llenarse la bolsa à tout prix? Oigamos, sin embargo, a la burguesía hablar por boca de su lacayo predilecto, el doctor Ure.

Se ha dicho a los obreros, cuenta este en su Philosophy of Manufactures, pp. 277 y ss., que su salario no guarda proporción con sus sacrificios, y se ha perturbado así el buen entendimiento entre amos y obreros. En lugar de eso, los obreros deberían haberse hecho valer con su laboriosidad y su atención y alegrarse del provecho de sus amos; entonces habrían llegado a ser capataces, gerentes y por último socios, y con ello (¡oh, sabiduría, hablas como una paloma!) «habrían aumentado a la vez la demanda de trabajo en el mercado». «Si los obreros no fueran tan inquietos, el sistema fabril se habría desarrollado de manera todavía mucho más beneficiosa.» Sigue luego una larga jeremiada sobre las muchas insubordinaciones de los obreros y, con ocasión de una huelga de los obreros mejor pagados, los hilanderos de finos, la siguiente ingenua sentencia:

«Sí, fue su alto salario lo que les permitió mantener un comité pagado y cebarse hasta la hipertrofia nerviosa con una dieta demasiado fuerte y excitante para su trabajo» (p. 298).

Oigamos cómo describe el burgués el trabajo de los niños:

«He visitado muchas fábricas en Manchester y sus alrededores y nunca he visto niños maltratados, castigados físicamente o siquiera de mal humor. Todos parecían alegres (cheerful) y despiertos, disfrutando (taking pleasure) del juego ligero de sus músculos, gozando plenamente de la movilidad natural de su edad. La escena de la industria, lejos de producir emociones tristes en mi ánimo, me resultaba siempre alegre. Era delicioso (delightful) observar la rapidez con que volvían a unir los hilos rotos mientras retrocedía el carro de la mule, y verlos descansar, cómo, después de que sus deditos delicados habían estado unos segundos en actividad, se divertían en todas las posturas imaginables hasta que terminaban de nuevo el estirado y el devanado. El trabajo de estos vivarachos (lively) elfos parecía semejante a un juego, en el que su práctica les daba una graciosa destreza. Conscientes de su habilidad, se complacían en mostrarla a cualquier forastero. De agotamiento, ni rastro, pues cuando salían de la fábrica empezaban enseguida a corretear en el primer lugar de juegos con la misma vivacidad que chicos que acaban de salir de la escuela» (p. 301).

(¡Naturalmente, como si mover todos los músculos no fuera una necesidad inmediata del cuerpo, que se ha quedado rígido y a la vez flojo! Pero Ure debería haber esperado para ver si esa excitación momentánea no desaparecía al cabo de un par de minutos. Y además, Ure solo podía ver esto a mediodía, tras cinco o seis horas de trabajo, ¡pero no por la noche!) En cuanto a la salud de los obreros, el burgués tiene la insolencia ilimitada de aducir el informe de 1833, que acabamos de citar y extractar en mil lugares, como testimonio de la excelente salud de esta gente, de querer probar con citas sueltas arrancadas de su contexto que entre ellos no se encuentra rastro de escrófula y que, lo cual es muy cierto, el sistema fabril los libra de todas las enfermedades agudas (que a cambio se les echan encima todas las crónicas, se lo calla, naturalmente). Hay que saber que el informe consta de tres gruesos tomos en folio, que a ningún burgués inglés bien alimentado se le ocurre estudiar de cabo a rabo, para comprender la insolencia con que nuestro amigo Ure le endosa al público inglés las mentiras más groseras. Oigamos todavía cómo se pronuncia sobre la ley fabril de 1833, que promulgó la burguesía liberal y que, como veremos, solo impone al fabricante las limitaciones más indispensables. Esta ley, y en particular la enseñanza obligatoria, sería una medida absurda y despótica contra los fabricantes. Todos los niños menores de doce años se habrían quedado por ella sin trabajo, ¿y cuál sería la consecuencia? Los niños, despedidos así de su trabajo ligero y útil, no recibirían ahora educación alguna; expulsados de la cálida sala de hilado al frío mundo, solo subsistirían mendigando y robando: ¡una vida que contrasta tristemente con su situación, siempre en vías de mejora, en la fábrica y en su escuela dominical! Esta ley, bajo la máscara de la filantropía, agravaría los sufrimientos de los pobres y entorpecería extremadamente, si no detendría por completo, al fabricante escrupuloso en su útil trabajo (pp. 405, 406 y ss.).

Los efectos destructores del sistema fabril empezaron pronto a atraer la atención general. De la ley de aprendices de 1802 ya hemos hablado. Más tarde, hacia 1817, el que luego fundaría el socialismo inglés, entonces fabricante en New Lanark (Escocia), Robert Owen,239 empezó a exponer al poder ejecutivo, mediante peticiones y memoriales, la necesidad de garantías legales para la salud de los obreros, y en especial de los niños. El difunto sir R. Peel y otros filántropos se unieron a él y consiguieron sucesivamente las leyes fabriles de 1819, 1825 y 1831, de las cuales las dos primeras no se cumplieron en absoluto y la última solo aquí y allá. Esta ley de 1831, basada en una propuesta de sir J. C. Hobhouse,240 establecía que en ninguna fábrica de algodón trabajaran de noche, es decir, entre las siete y media de la tarde y las cinco y media de la mañana, personas menores de 21 años, y que en todas las fábricas los jóvenes menores de 18 años trabajaran como máximo 12 horas diarias y 9 los sábados. Pero como los obreros no podían declarar contra sus patronos sin ser despedidos, esta ley sirvió de poco. En las grandes ciudades, donde los obreros eran más inquietos, se llegó a lo sumo a un acuerdo de los fabricantes más importantes de someterse a la ley, pero incluso aquí hubo muchos que, como los fabricantes del campo, no se preocupaban lo más mínimo de la ley. Entretanto había despertado entre los obreros la exigencia de una ley de diez horas, es decir, de una ley que prohibiera a todos los jóvenes menores de dieciocho años trabajar más de diez horas; las asociaciones obreras convirtieron con su agitación este deseo en el de toda la población fabril; la sección humanitaria del partido tory, encabezada entonces por Michael Sadler, recogió este proyecto y lo llevó al Parlamento. Sadler obtuvo una comisión parlamentaria para investigar el sistema fabril, y esta presentó su informe en la legislatura de 1832. Este informe era decididamente partidista, redactado por enemigos declarados del sistema fabril y con fines de partido. Sadler se dejó arrastrar por su noble pasión a las afirmaciones más sesgadas e inexactas; ya por la manera de formular sus preguntas arrancaba a los testigos respuestas que contenían cosas verdaderas, pero en forma torcida y sesgada. Los fabricantes, horrorizados ante un informe que los pintaba como monstruos, pidieron entonces ellos mismos una investigación oficial; sabían que un informe exacto solo podía beneficiarles ahora; sabían que en el timón del Estado estaban los whigs, auténticos burgueses, con los que se llevaban bien y cuyos principios eran contrarios a toda limitación de la industria; obtuvieron, en efecto, una comisión formada exclusivamente por burgueses liberales, cuyo informe es el mismo que he citado hasta ahora con tanta frecuencia. El informe se acerca algo más a la verdad que el de la comisión de Sadler, pero sus desviaciones de ella van en sentido contrario. Muestra en cada página simpatía por los fabricantes, desconfianza hacia el informe de Sadler, aversión hacia los obreros que actúan por su cuenta y hacia los partidarios de la ley de diez horas; en ninguna parte reconoce el derecho de los obreros a una existencia humana, a una actividad propia y a opiniones propias; les reprocha que con la ley de diez horas no piensen solo en los niños, sino también en sí mismos; llama a los obreros que hacen agitación demagogos, malintencionados, malévolos, etc.; en suma, está del lado de la burguesía; y sin embargo no puede blanquear a los fabricantes, y sin embargo, según su propia confesión, sigue pesando sobre los hombros de los fabricantes tal cantidad de vilezas que, incluso según este informe, la agitación por la ley de diez horas, el odio de los obreros contra los fabricantes y los calificativos más duros de la comisión contra estos últimos están plenamente justificados. Con la sola diferencia de que, mientras el informe de Sadler reprocha a los fabricantes una brutalidad abierta y sin disimulo, ahora resultaba que esa brutalidad se ejercía casi siempre bajo la máscara de la civilización y la humanidad. ¡Si hasta el doctor Hawkins, el comisario médico para Lancashire, se declara decididamente a favor de la ley de diez horas ya en la primera línea de su informe! Y el comisario Mackintosh declara él mismo que su informe no contiene toda la verdad, porque solo con mucha dificultad se conseguía que los obreros declararan contra sus patronos, y los fabricantes —obligados ya de por sí por la agitación entre los obreros a mostrarse más condescendientes con ellos— se habían preparado a menudo para la visita de la comisión, habían barrido las fábricas, habían reducido la velocidad de las máquinas, etc. Sobre todo en Lancashire emplearon la artimaña de presentar a la comisión a los capataces de las salas de trabajo como «obreros», para que dieran testimonio de la humanidad de los fabricantes, del efecto saludable del trabajo y de la indiferencia, e incluso la aversión, de los obreros hacia la ley de diez horas. Pero estos capataces ya no son verdaderos obreros; son desertores de su clase, que por un salario más alto se han puesto al servicio de la burguesía y luchan contra los obreros en interés de los capitalistas. Su interés es el de la burguesía, y por eso los obreros los odian casi más que a los propios fabricantes. Y sin embargo, el informe basta perfectamente para mostrar la más vergonzosa desconsideración de la burguesía fabril hacia sus obreros, toda la infamia del sistema industrial de explotación en su plena inhumanidad. Nada hay más indignante que ver aquí, en este informe, de un lado las largas listas de enfermedades y deformidades por exceso de trabajo y, frente a ellas, del otro, la fría y calculadora economía política del fabricante, que trata de demostrar con cifras que él, y con él toda Inglaterra, tendría que irse a pique si no se le permitiera seguir lisiando cada año a tantos y tantos niños; solo el lenguaje desvergonzado del señor Ure, que acabo de citar, sería todavía más indignante si no fuera demasiado ridículo.

La consecuencia de este informe fue la ley fabril de 1833, que prohibió el trabajo de los niños menores de nueve años (salvo en las fábricas de seda), limitó la jornada de los niños de 9 a 13 años a 48 horas semanales o a 9 como máximo en un día, la de los jóvenes de 14 a 18 años a 69 semanales o a 12 como máximo en un día, fijó un mínimo de 1 1/2 horas de pausa para las comidas y volvió a prohibir el trabajo nocturno para todos los menores de 18 años. Al mismo tiempo se introdujo para todos los niños menores de 14 años la asistencia obligatoria a la escuela durante dos horas diarias, y se declaró punible al fabricante que empleara a niños sin certificado de edad del médico de la fábrica o sin certificado de asistencia escolar del maestro. A cambio, podía retener cada semana del salario del niño un penique para el maestro. Además se nombraron médicos de fábrica e inspectores que podían entrar en la fábrica en cualquier momento, tomar declaración jurada a los obreros y tenían que velar por el cumplimiento de la ley denunciando ante el juez de paz. ¡Esta es la ley contra la que tanto despotrica el doctor Ure!

La consecuencia de la ley, y en particular del nombramiento de inspectores, fue que la jornada se redujo por término medio a doce o trece horas y que los niños se sustituyeron en la medida de lo posible. Con ello desaparecieron casi por completo algunos de los males más clamorosos; las deformidades ya solo se daban en constituciones muy débiles, y los efectos del trabajo salían a la luz de manera menos ostensible. Sin embargo, en el informe fabril tenemos suficientes testimonios de que los males más leves —hinchazón de los tobillos, debilidad y dolores en las piernas, las caderas y la columna, varices, úlceras en las extremidades inferiores, debilidad general, en especial del abdomen, propensión a vomitar, falta de apetito alternando con hambre voraz, mala digestión, hipocondría, luego las afecciones del pecho a consecuencia del polvo y de la mala atmósfera de las fábricas, etc., etc.— se daban también todos en las fábricas y en aquellos individuos que trabajaban según las prescripciones de la ley de sir J. C. Hobhouse, es decir, de doce a trece horas como máximo. Hay que comparar aquí sobre todo los informes de Glasgow y de Manchester. Estos males han subsistido también después de la ley de 1833 y siguen hasta el día de hoy socavando la salud de la clase obrera. Se ha procurado que la brutal codicia de la burguesía adoptara una forma hipócrita y civilizada, que los fabricantes, apartados por el brazo de la ley de las vilezas demasiado burdas, tengan tanto más motivo aparente para alardear complacidos de su falsa humanidad; eso es todo. Si hoy saliera una nueva comisión fabril, encontraría casi todo como antes. En cuanto a la enseñanza obligatoria improvisada, se quedó completamente sin efecto, porque el Gobierno no se ocupó al mismo tiempo de que hubiera buenas escuelas. Los fabricantes contrataron a obreros que ya no servían, a los que mandaban a los niños dos horas diarias, cumpliendo así la letra de la ley; los niños no aprendían nada. E incluso los informes de los inspectores de fábricas, que se limitan a lo que es de su incumbencia, es decir, al cumplimiento de la ley fabril, dan material suficiente para poder concluir que los males mencionados persisten necesariamente. Los inspectores Horner y Saunders,241 en sus informes de octubre y diciembre de 1843, cuentan que muchos fabricantes, en las ramas de trabajo en que se puede prescindir del trabajo de los niños o sustituirlo por adultos que se han quedado sin pan en otras partes, hacen trabajar de 14 a 16 horas y más. Entre ellos habría sobre todo muchos jóvenes que acaban de salir de la edad protegida por la ley. Otros violan la ley abiertamente, acortan las pausas, hacen trabajar a los niños más de lo permitido y se arriesgan a una denuncia, porque la multa que pueda caerles es de todos modos muy pequeña comparada con el beneficio que sacan de la infracción. Sobre todo ahora, cuando el negocio va especialmente bien, los fabricantes tienen una gran tentación de hacerlo.

Entre los obreros, sin embargo, no cesó la agitación por las diez horas; en 1839 volvía a estar en pleno auge, y en el lugar del difunto Sadler entró en la Cámara de los Comunes lord Ashley y, además de él, Richard Oastler, ambos tories. Oastler en particular, que hacía agitación sin descanso en los distritos obreros y ya la había hecho en tiempos de Sadler, se convirtió en el favorito especial de los obreros. Lo llamaban siempre su «buen viejo rey», el «rey de los niños de las fábricas», y en todos los distritos fabriles no hay un niño que no lo conozca y lo venere, que no salga con los demás en procesión a su encuentro cuando llega a la ciudad. Oastler se opuso también con mucha energía a la Nueva Ley de Pobres, y por eso un tal señor Thornhill, un whig, en cuya finca era administrador y al que debía una suma, lo hizo encarcelar por deudas. Los whigs le ofrecieron varias veces pagar su deuda y favorecerlo de otros modos si abandonaba su oposición a la Ley de Pobres. En vano. Se quedó en la cárcel y desde allí envió sus Fleet Papers242 contra el sistema fabril y la Ley de Pobres.

El Gobierno tory de 1841 volvió a ocuparse de las leyes fabriles. El ministro del Interior, sir James Graham, propuso en 1843 un proyecto de ley por el que la jornada de los niños se limitaba a 6 1/2 horas y se endurecía la enseñanza obligatoria; pero lo principal en él era la creación de mejores escuelas. Este proyecto fracasó, sin embargo, por los celos de los disidentes;243 aunque la obligación no se extendía a la enseñanza religiosa para los hijos de los disidentes, la escuela en general quedaba bajo la vigilancia de la Iglesia oficial, y como la Biblia había de ser el libro de lectura general y la religión, por tanto, debía servir de base a toda la enseñanza, los disidentes se sintieron amenazados. Los fabricantes y, en general, los liberales se pusieron de su lado; los obreros estaban divididos por la cuestión eclesiástica y por eso permanecieron inactivos; la oposición al proyecto, aunque fue derrotada en las grandes ciudades fabriles, como Salford y Stockport, y en otras, como Manchester, solo pudo atacar algunos puntos del proyecto por miedo a los obreros, reunió con todo cerca de dos millones de firmas para sus peticiones, y Graham se dejó intimidar hasta el punto de retirar todo el proyecto. Al año siguiente suprimió las disposiciones sobre las escuelas y se limitó a proponer, en lugar de las prescripciones anteriores, fijar el trabajo de los niños de ocho a trece años en 6 1/2 horas diarias, y de modo que tuvieran libre por completo o la mañana o la tarde, y el de los jóvenes de trece a dieciocho años y el de todas las mujeres en doce horas, e introducir además algunas limitaciones a la elusión de la ley, hasta entonces frecuente. Apenas lo había presentado cuando empezó la agitación por las diez horas con más violencia que nunca. Oastler quedó libre —algunos de sus amigos y una colecta entre los obreros habían pagado su deuda— y se lanzó con todas sus fuerzas al movimiento. Los defensores de la ley de diez horas en la Cámara de los Comunes habían aumentado; las masas de peticiones a favor de la ley de diez horas que llegaban de todas partes les procuraron nuevos partidarios; el 19 de marzo de 1844 lord Ashley consiguió que se aprobara, por una mayoría de 179 votos contra 170, la resolución de que la expresión «noche» en la ley fabril designara el tiempo entre las seis de la tarde y las seis de la mañana, con lo que, al estar prohibido el trabajo nocturno, la jornada quedaba fijada en 12 horas con las pausas incluidas y, en la práctica, en 10 sin ellas. Pero el ministerio no estaba de acuerdo. Sir James Graham empezó a amenazar con la dimisión del gabinete, ¡y en la siguiente votación sobre un artículo del proyecto la Cámara rechazó, por pequeñas mayorías, tanto las diez como las doce horas! Graham y Peel declararon entonces que presentarían un nuevo proyecto y que, si no se aprobaba, dimitirían; el nuevo proyecto era exactamente el viejo proyecto de doce horas, solo con cambios de forma, ¡y la misma Cámara de los Comunes que en marzo había rechazado este proyecto en sus puntos principales lo aceptó ahora, en mayo, de cabo a rabo! La causa fue que la mayoría de los partidarios de la ley de diez horas eran tories, que preferían dejar caer el proyecto antes que el ministerio; pero, hayan sido cuales hayan sido los motivos, la Cámara de los Comunes, con estas votaciones que se anulan unas a otras, se ha ganado el mayor desprecio de todos los obreros y ha demostrado ella misma de la manera más brillante la necesidad de su reforma, que sostienen los cartistas. Tres diputados que antes habían votado contra el ministerio votaron después a favor y lo salvaron así. En todas las votaciones, el grueso de la oposición votó a favor del gabinete y el grueso de los ministeriales, en contra.244 Las propuestas de Graham antes citadas, sobre el trabajo de 6 1/2 y de 12 horas, respectivamente, de las dos clases de obreros, son, pues, ahora ley, y con ello, así como con la limitación de la recuperación del tiempo perdido (cuando se rompía la maquinaria o la fuerza hidráulica era insuficiente por las heladas o la sequía) y otras limitaciones menores, se ha hecho casi imposible una jornada de más de doce horas. No cabe duda, sin embargo, de que dentro de muy poco tiempo se aprobará de verdad la ley de diez horas. Los fabricantes están, naturalmente, casi todos en contra; quizá no haya diez a favor; han puesto en juego todos los medios, honrados y deshonestos, contra esta propuesta que odian, pero eso no les sirve de nada salvo para atraerse cada vez más el odio de los obreros. La ley se aprobará de todos modos; lo que los obreros quieren, lo pueden, y que quieren la ley de diez horas lo demostraron la primavera pasada. Los argumentos económicos de los fabricantes —que una ley de diez horas encarecería los costes de producción, que incapacitaría con ello a la industria inglesa para luchar contra la competencia extranjera, que el salario tendría que bajar necesariamente, etc.— son ciertamente medio verdaderos, pero no prueban nada, salvo que la grandeza industrial de Inglaterra solo puede mantenerse mediante un trato bárbaro a los obreros, solo mediante la destrucción de la salud, mediante el abandono social, físico e intelectual de generaciones enteras. Naturalmente, si la ley de diez horas fuera una medida definitiva, Inglaterra se arruinaría con ella; pero como trae consigo necesariamente otras medidas, que tienen que llevar a Inglaterra por un camino completamente distinto del seguido hasta ahora, por eso será un progreso.

Pasemos ahora a otro aspecto del sistema fabril, que todavía menos que las enfermedades que de él se derivan puede eliminarse mediante prescripciones legales. Ya hemos hablado en general de la naturaleza del trabajo, y con el detalle suficiente para poder sacar de lo dicho otras conclusiones. La vigilancia de las máquinas, el anudar los hilos rotos, no es una actividad que ocupe el pensamiento del obrero, y es, por otro lado, de tal naturaleza que le impide ocupar su espíritu en otras cosas. Al mismo tiempo, hemos visto que este trabajo tampoco ofrece campo alguno a los músculos, a la actividad física. Así pues, en realidad no es un trabajo, sino puro aburrimiento, lo más mortificante y agotador que existe; el obrero fabril está condenado a dejar que sus fuerzas físicas e intelectuales se echen a perder por completo en ese aburrimiento; tiene por oficio aburrirse todo el día desde los ocho años. Y encima no puede apartarse ni un momento: la máquina de vapor marcha todo el día, las ruedas, las correas y los husos le zumban y le traquetean sin parar en los oídos, y si quiere descansar aunque sea un momento, enseguida tiene detrás al capataz con el libro de multas. Esta condena a ser enterrado vivo en la fábrica, a vigilar sin descanso la máquina incansable, la sienten los obreros como la tortura más dura. Pero actúa también, en grado sumo, embotando tanto el cuerpo como el espíritu del obrero. No puede inventarse de verdad mejor método para embrutecer que el trabajo fabril, y si, a pesar de ello, los obreros fabriles no solo han salvado su inteligencia, sino que la han formado y aguzado más que otros, solo ha sido posible, una vez más, por la rebelión contra su destino y contra la burguesía, lo único que todavía podían pensar y sentir mientras trabajaban. Y si esa indignación contra la burguesía no se convierte en el sentimiento predominante del obrero, la consecuencia necesaria es la bebida y, en general, todo lo que suele llamarse desmoralización. Ya el agotamiento físico y las enfermedades generalizadas por el sistema fabril le bastaron al comisario oficial Hawkins para deducir de ellos la necesidad de esa desmoralización; ¡cuánto más cuando a ello se añade el agotamiento intelectual y las circunstancias ya mencionadas, que inducen a todo obrero a la desmoralización, hacen sentir también aquí su influencia! Por eso no debemos extrañarnos en absoluto de que, sobre todo en las ciudades fabriles, la embriaguez y el desenfreno sexual hayan alcanzado la altura que ya he descrito antes.245

Más aún. La esclavitud en que la burguesía tiene encadenado al proletariado no sale a la luz con más claridad en ningún sitio que en el sistema fabril. Aquí cesa toda libertad, de derecho y de hecho. El obrero tiene que estar en la fábrica a las cinco y media de la mañana; si llega un par de minutos tarde, se le multa; si llega diez minutos tarde, no se le deja entrar hasta que termina el desayuno, y pierde un cuarto de jornada de salario (aunque solo deja de trabajar 2 1/2 horas de 12). Tiene que comer, beber y dormir a la voz de mando. Para satisfacer sus necesidades más apremiantes tiene el tiempo mínimo indispensable para despacharlas. Que su vivienda esté a media hora o a una hora de la fábrica no le importa al fabricante. La campana despótica lo saca de la cama, lo llama a dejar el desayuno y la comida.

¡Y qué le pasa ya en la fábrica! Aquí el fabricante es legislador absoluto. Dicta reglamentos de fábrica como le da la gana; modifica su código y le hace añadidos como le place; y aunque meta en él las cosas más disparatadas, los tribunales le dicen al obrero:

«Erais vuestro propio dueño, no teníais por qué firmar semejante contrato si no queríais; pero ahora que os habéis sometido voluntariamente a este contrato, ahora tenéis que cumplirlo.»

Y así el obrero tiene que aguantar, encima, la burla del juez de paz, que es él mismo un burgués, y de la ley, que dio la burguesía. Sentencias así se han dictado muchas veces. En octubre de 1844, los obreros del fabricante Kennedy, de Manchester, dejaron el trabajo. Kennedy los denunció basándose en una norma colgada en la fábrica según la cual nunca podían despedirse de cada sala más de dos obreros a la vez. ¡Y el tribunal le dio la razón a él y a los obreros la respuesta citada! (Manchester Guardian, 30 de octubre.) ¡Y cómo son, por lo general, estas normas! Escuchad: 1. La puerta de la fábrica se cierra 10 minutos después del comienzo del trabajo y no se deja entrar a nadie hasta el desayuno. Quien esté ausente durante ese tiempo pagará una multa de 3 peniques por cada telar. 2. Todo tejedor (de telar mecánico) al que se encuentre ausente en cualquier otro momento, mientras la máquina está en marcha, pagará por cada hora y por cada telar que tenga a su cargo 3 peniques. Quien abandone la sala durante el horario de trabajo sin permiso del capataz será multado igualmente con 3 peniques. 3. Los tejedores que no lleven tijeras encima pagarán 1 penique por día. 4. Todas las lanzaderas, cepillos, aceiteras, ruedas, ventanas, etc., que se rompan deberá pagarlas el tejedor. 5. Ningún tejedor puede dejar el empleo sin avisar con una semana de antelación. El fabricante puede despedir a cualquier obrero sin previo aviso por trabajo mal hecho o conducta impropia. 6. Todo obrero al que se sorprenda hablando con otro, cantando o silbando pagará 6 peniques de multa. Quien deje su puesto durante el trabajo, también 6 peniques.246 Tengo ante mí otro reglamento de fábrica según el cual a todo el que llega tres minutos tarde se le descuenta un cuarto de hora de salario, y a todo el que llega veinte minutos tarde, un cuarto de jornada. Quien falte del todo hasta el desayuno, 1 chelín el lunes y 6 peniques cualquier otro día, etc., etc. Este último es el reglamento de los Phoenix Works, en Jersey Street, Manchester. Se me dirá que tales normas son necesarias para asegurar en una fábrica grande y ordenada el necesario engranaje de las distintas manipulaciones; se dirá que una disciplina tan estricta es aquí tan necesaria como en el ejército; muy bien, puede ser, pero ¿qué clase de orden social es ese que no puede subsistir sin tan vergonzosa tiranía? O el fin santifica los medios, o la conclusión que va de la maldad de los medios a la maldad del fin está plenamente justificada. Y quien ha sido soldado sabe lo que significa estar, aunque sea por poco tiempo, sometido a la disciplina militar; pero estos obreros están condenados a vivir desde los nueve años hasta su muerte bajo la férula física y espiritual; son esclavos peores que los negros de América, porque se los vigila más estrechamente, ¡y encima se exige que vivan humanamente, que piensen y sientan humanamente! ¡A decir verdad, solo pueden hacerlo, una vez más, en el odio más ardiente contra sus opresores y contra el orden de cosas que los pone en semejante situación, que los rebaja a máquinas! Pero todavía es mucho más vergonzoso que, según la declaración general de los obreros, haya multitud de fabricantes que cobran las multas impuestas a los obreros con el rigor más despiadado para aumentar su ganancia con los céntimos robados a proletarios desposeídos. También Leach afirma que a menudo los obreros encuentran por la mañana el reloj de la fábrica adelantado un cuarto de hora y, en consecuencia, la puerta cerrada al llegar, mientras el escribiente recorre dentro las salas con el libro de multas y apunta a la gran cantidad de ausentes. Leach dice haber contado él mismo una vez 95 obreros así dejados fuera ante una fábrica cuyo reloj iba por la noche un cuarto de hora por detrás y por la mañana un cuarto de hora por delante de los relojes públicos de la ciudad. El informe fabril cuenta cosas parecidas. En una fábrica se atrasaba el reloj durante el horario de trabajo, de modo que se trabajaba más tiempo del debido sin que el obrero recibiera por ello más salario; en otra se trabajaba sin más un cuarto de hora más; en una tercera había un reloj normal y un reloj de máquina que indicaba el número de revoluciones del eje principal; si la maquinaria iba despacio, se trabajaba por el reloj de máquina hasta completar el número de revoluciones calculado para 12 horas; si el trabajo iba bien, de modo que ese número se completaba antes de la hora, los obreros tenían que seguir trabajando de todos modos hasta el final de la duodécima hora. El testigo añade que conoció a algunas muchachas que tenían buen trabajo y hacían horas extraordinarias, pero que prefirieron echarse en brazos de la prostitución antes que soportar esta tiranía (Drinkwater, evid. p. 80). Leach cuenta, volviendo a las multas, que vio repetidas veces cómo mujeres en avanzado estado de gestación, que se habían sentado un momento durante el trabajo para descansar, eran multadas con 6 peniques por esa falta. Las multas por trabajo mal hecho se imponen de manera totalmente arbitraria; la mercancía se revisa en el almacén, y allí el encargado que la revisa apunta las multas en una lista sin llamar siquiera al obrero; este solo se entera de que ha sido multado cuando el capataz le paga el salario y la mercancía quizá ya se ha vendido y en todo caso está fuera de su alcance. Leach posee una de esas listas de multas que, cosida, mide diez pies de largo y suma 35 libras, 17 chelines y 10 peniques. Cuenta que en la fábrica donde se redactó esa lista se despidió a un nuevo encargado del almacén porque multaba demasiado poco y así le hacía ganar al fabricante cinco libras (34 táleros) semanales menos (Stubborn Facts, pp. 13-17). Y repito una vez más que conozco a Leach como un hombre completamente digno de confianza e incapaz de mentir.

Pero también fuera de esto el obrero es esclavo de su patrono. Si al rico señor le gusta la mujer o la hija del obrero, no tiene más que ordenar, más que hacer una seña, y ella tiene que sacrificarle sus encantos. Si el fabricante desea cubrir de firmas una petición en defensa de los intereses de la burguesía, no tiene más que enviarla a su fábrica. Si quiere sacar adelante una elección al Parlamento, envía a sus obreros con derecho a voto en filas cerradas a las mesas electorales,247 y tienen que votar por el burgués, quieran o no. Si quiere tener mayoría en una asamblea pública, los deja salir media hora antes de lo habitual y les procura sitio junto a la tribuna, donde puede vigilarlos como es debido.

Pero a esto se añaden además dos instituciones que contribuyen muy especialmente a someter al obrero a la autoridad del fabricante: el truck system y el sistema de los cottages. Truck llaman los obreros al pago del salario en mercancías, y esta forma de pago era antes completamente general en Inglaterra. El fabricante abría, «para comodidad de los obreros y para protegerlos de los precios altos de los tenderos», una tienda en la que se vendían por su cuenta mercancías de toda clase; y para que el obrero no fuera a otras tiendas donde podía conseguir las mercancías más baratas —las mercancías truck de la tommy shop248 solían ser entre un 25 y un 30 por ciento más caras que en otros sitios—, se le daba también, en lugar del dinero, un vale para la tienda por el importe de su salario. La indignación general contra este sistema infame dio lugar en 1831 a la Truck Act, que declaró nulo e ilegal para la mayoría de los obreros el pago en mercancías y lo castigó con multas; sin embargo, esta ley, como la mayoría de las leyes inglesas, solo ha cobrado fuerza efectiva aquí y allá. En las ciudades se cumple, ciertamente, con bastante exactitud, pero en el campo el truck system directo e indirecto sigue en pleno florecimiento. También en la ciudad de Leicester es muy frecuente. Tengo ante mí una docena aproximada de casos de condenas por este delito, ocurridos entre noviembre de 1843 y junio de 1844, de los que informan en parte el Manchester Guardian y en parte el Northern Star.249 Naturalmente, este sistema ya no se practica tan abiertamente; al obrero casi siempre se le paga su dinero, pero el fabricante tiene medios de sobra para obligarlo a comprar sus mercancías en la tienda truck y en ninguna otra parte. Por eso rara vez se puede atrapar a los fabricantes del truck, porque ahora pueden hacer sus fechorías al amparo de la ley con tal de poner de verdad el dinero en las manos del obrero. El Northern Star del 27 de abril de 1844 publica una carta de un obrero de Holmfirth, cerca de Huddersfield, en Yorkshire, cuya ortografía quiero reproducir en la medida de lo posible y que se refiere a un fabricante llamado Bowers:

«Es mui Estraño De pensar, Que Que el maldito Sistema Truk Pueda existir en Tal estension Como lo ase en Holmfirth Y que no se encuentre Nadie Que Tenga El Balor de ponerle al Fabricante 1 palo en la rueda. aqui sufren 1 gran cantida de onrados tejedores a mano Por este Maldito Sistema Aqui ba 1 muestra entre muchas De la Generosa Pandiya del livre Canvio250 Ay 1 fabricante Que tiene La maldision De toda La comarca Por Su Avominable comportamiento con Sus Pobres tejedores cuando Tienen una pieza Acavada que Bale 34 o 36 Chelines Les da 20 Che. En dinero Y el resto en Paño O jenero de ropa Y un 40 o 50 por Siento mas caro Que en Los otros Bendedores Y cuantas beses Los jeneros estan encima Podridos. pero Como dise El Mercurio del livre Canvio251 No Estan oblijados A tomarlos Esta del todo a Su eleccion O Si pero Tienen Que Tomarlos o Morirse de hambre. Si quieren Mas De los 20 Chel. En Dinero Entonses. Pueden Esperar 8 o 14 dias Por una urdimbre Pero si Toman Los 20 Che. Y los jeneros Entonses siempre ay 1 Urdimbre para ellos. Eso Es livre Canvio. lord Brohom (Brougham)252 dise que Devemos aorrar Algo en Nuestros Años mozos Para no Nesesitar la caja de los pobres cuando Seamos viejos es que tenemos que aorrar Los jeneros podridos. si esto No viniera de un Lord avria que decir Que su seso Esta Tan podrido como Los jeneros con que nos Pagan nuestro travajo. Cuando salieron Los periodicos sin timbre253 avia Una Pila que los Denunsiavan a la polisia en Holmfirth Estavan los Blyth, los Eatwood Y d. m. etcet. Pero donde Estan aora pero Es otra cosa nuestro fabricante del Truk es de Los Piadosos del livre canvio Ba 2 beses A la iglesia Cada domingo Y le dise Al cura Devotamente Hemos dejado De acer Las cosas Que deviamos aver echo Y emos echo Las cosas que Deviamos aver dejado de acer y en Nosotros no ay nada bueno Pero perdonanos Señor nuestro» (palabras de la letanía anglicana) «si perdonanos asta Mañana Que volveremos a pagar A nuestros Tejedores en jeneros podridos.»

El sistema de los cottages parece mucho más inocente y ha nacido también de una manera mucho más inocente, aunque tiene los mismos efectos avasalladores para el obrero. Cerca de las fábricas del campo faltan a menudo viviendas para los obreros; el fabricante se ve muchas veces obligado a construirlas, y lo hace de buena gana, porque le rinden una abundante ganancia sobre el capital invertido. Si los propietarios de cottages obreros obtienen alrededor de un 6 por ciento anual de su capital, puede calcularse que los cottages le rinden al fabricante el doble, porque, mientras su fábrica no se pare por completo, siempre tiene inquilinos, y precisamente inquilinos que pagan siempre. Está, pues, libre de los dos inconvenientes principales que afectan a los demás propietarios de casas: nunca tiene cottages vacíos y no corre ningún riesgo. Pero el alquiler de un cottage se calcula de modo que cubra esos inconvenientes, y si el fabricante cobra, por tanto, el mismo alquiler que los demás, hace con un 12 a 14 por ciento un negocio brillante a costa de los obreros. Pues es evidentemente injusto que, si hace negocio alquilando casas, obtenga una ganancia mayor, incluso el doble, que sus competidores y les quite a la vez toda posibilidad de competir con él. Pero es doblemente injusto que obtenga esa ganancia del bolsillo de la clase desposeída, que tiene que administrar cada céntimo; aunque él ya está acostumbrado, pues toda su riqueza la ha adquirido a costa de sus obreros. Pero la injusticia se convierte en infamia cuando el fabricante, como ocurre muy a menudo, obliga a los obreros que tienen que vivir en sus casas so pena de despido a pagar un alquiler más alto que el corriente, o incluso a pagar el alquiler de una casa en la que ni siquiera viven. El Halifax Guardian, citado por el liberal Sun, afirma que cientos de obreros de Ashton-under-Lyne, Oldham, Rochdale, etc., son obligados por sus patronos a pagar el alquiler de casas, vivan o no en ellas.254 El sistema de los cottages es general en los distritos fabriles rurales; ha hecho surgir localidades enteras, y casi siempre el fabricante tiene poca o ninguna competencia con sus casas, de modo que no necesita ajustar en absoluto su alquiler a lo que piden otros, sino que puede fijarlo como quiera. ¡Y qué poder da además el sistema de los cottages al fabricante en los conflictos con los obreros! Si estos paran el trabajo, no tiene más que rescindirles el alquiler, y el plazo de preaviso es de solo una semana; pasado ese plazo, los obreros no solo están sin pan, sino también sin techo: son vagabundos, caen bajo el peso de la ley, que sin piedad los manda un mes a la rueda de molino.255

Este es el sistema fabril, descrito con todo el detalle que permite mi espacio y con toda la imparcialidad que permiten las hazañas de la burguesía contra obreros indefensos, hazañas ante las que es imposible permanecer indiferente, ante las que la indiferencia sería un crimen. Comparemos, pues, la situación del inglés libre de 1845 con la del siervo sajón bajo el látigo del barón normando de 1145. El siervo estaba glebae adscriptus, atado a la gleba; también lo está el obrero libre, por el sistema de los cottages. El siervo debía al señor el jus primae noctis, el derecho de la primera noche; el obrero libre no solo le debe eso a su amo, sino incluso el derecho de todas las noches. El siervo no podía adquirir propiedad; todo lo que adquiría podía quitárselo el señor de la tierra; el obrero libre tampoco tiene propiedad, no puede adquirirla por la presión de la competencia, y lo que ni siquiera hacía el normando lo hace el fabricante: con el truck system se arroga a diario la administración de aquello de lo que el obrero saca su sustento inmediato. La relación del siervo con el señor estaba regulada por leyes que se cumplían porque correspondían a las costumbres, así como por las propias costumbres; la relación del obrero libre con su amo está regulada por leyes que no se cumplen porque no corresponden ni a las costumbres ni al interés del amo. El señor no podía separar al siervo de la gleba, no podía venderlo sin ella y, como casi todo era mayorazgo y en ninguna parte había capital, no podía venderlo en absoluto; la burguesía moderna obliga al obrero a venderse a sí mismo. El siervo era esclavo de la tierra en que había nacido; el obrero es esclavo de lo más imprescindible para vivir y del dinero con el que tiene que comprarlo: ambos son esclavos de la cosa. El siervo tiene una garantía de su existencia en el orden social feudal, en el que cada uno tiene su lugar; el obrero libre no tiene ninguna garantía, porque solo tiene un lugar en la sociedad cuando la burguesía lo necesita; si no, se le ignora, se le considera como si no existiera. El siervo se sacrifica por su señor en la guerra; el obrero fabril, en la paz. El señor del siervo era un bárbaro y consideraba a su siervo como una cabeza de ganado; el amo del obrero es civilizado y lo considera como una máquina. En suma, ambos están más o menos igual en todo, y si de algún lado hay desventaja, es del lado del obrero libre. Esclavos son los dos, solo que la servidumbre de uno es sin hipocresía, abierta, honrada, y la del otro hipócrita, solapadamente oculta a sí mismo y a todos los demás, una servidumbre teológica peor que la antigua. Los tories humanitarios tenían razón cuando dieron a los obreros fabriles el nombre de white slaves, esclavos blancos. Pero la servidumbre hipócrita, que se esconde, reconoce al menos en apariencia el derecho a la libertad; se inclina ante la opinión pública amante de la libertad, y en eso consiste el progreso histórico frente a la vieja esclavitud: en que al menos se ha impuesto el principio de la libertad; y los oprimidos ya se encargarán de que ese principio se lleve también a la práctica.

Para terminar, unas cuantas estrofas de un poema que expresa la opinión de los propios obreros sobre el sistema fabril. Es de Edward P. Mead, de Birmingham,256 y expresión fiel del sentir que reina entre los obreros.

Hay un rey que vive, un príncipe airado,
no el rey soñado por el poeta,
un tirano que el esclavo blanco conoce,
y el vapor es ese rey feroz.

Tiene un brazo, un brazo de hierro,
y aunque solo tiene uno,
en ese brazo obra una fuerza mágica
que hiere a millones.

Como Moloc el terrible, su antepasado,
que se asentaba antaño en el valle de Hinnón,
tiene ardiente fuego en las entrañas,
y los niños son su pasto.

Su tropa de sacerdotes, ajena a la humanidad,
llena de sed de sangre, de orgullo y de rabia,
guía —¡oh, vergüenza!— su mano gigante
y saca oro de la sangre con sus hechizos.

Pisotean en el polvo el derecho humano
por el vil oro, su dios;
el dolor de la mujer es para ellos broma,
las lágrimas del hombre, su burla.

Música es para su oído el grito
del pobre en su agonía;
esqueletos de doncellas y muchachos llenan
los infiernos del rey Vapor.

¡Infiernos en la tierra! Siembran la muerte
por todo el reino desde que reina el vapor,
pues el cuerpo y el alma del hombre
se asesinan en ellos a la vez.

¡Abajo, pues, el vapor, el feroz Moloc!
¡Miles que trabajáis, todos,
atadle la mano, o a nuestro país
lo hundirá de la noche a la mañana!

¡Y a sus terribles capataces, los orgullosos señores de las fábricas,
ahítos de oro y rojos de sangre,
la cólera del pueblo tiene que derribarlos
como al monstruo, su dios!257

Las demás ramas de trabajo

Si al describir el sistema fabril tuvimos que detenernos más tiempo, porque es una creación enteramente nueva de la era industrial, con los demás obreros podremos ser tanto más breves, ya que a ellos se aplica, del todo o en parte, lo que se ha dicho de los proletarios industriales en general o del sistema fabril en particular. Solo tendremos que contar, pues, hasta qué punto el sistema fabril ha sabido introducirse en cada una de las ramas de trabajo y qué otras particularidades se encuentran en ellas.

Las cuatro ramas de trabajo a las que se extiende la ley fabril tienen por objeto la fabricación de tejidos para el vestido. Lo mejor será que vengan aquí a continuación los obreros que reciben de esas fábricas su material, y en primer lugar los calceteros de Nottingham, Derby y Leicester. Acerca de estos obreros informa el Child. Empl. Rept.258 que la larga jornada (impuesta por el bajo salario), unida a la vida sedentaria y al esfuerzo de la vista que se deriva de la naturaleza misma del trabajo, vuelve por lo común enfermizo el cuerpo en general y debilita en especial los ojos. Por la noche no se puede trabajar sin una luz muy fuerte, y por eso los tejedores suelen emplear bolas de cristal para concentrar la luz, lo que daña mucho la vista. A los cuarenta años casi todos tienen que usar gafas. Los niños que se ocupan en devanar y en coser (hacer dobladillos) sufren por lo común un daño considerable en su salud y en su constitución. Trabajan desde los seis, siete u ocho años, diez o doce horas, en cuartos pequeños y húmedos. Muchos se desmayan durante el trabajo, quedan demasiado débiles para las tareas domésticas más corrientes y tan miopes que ya en la infancia tienen que llevar gafas. Los comisarios encontraron a muchos con todos los síntomas de una constitución escrofulosa, y los fabricantes se niegan casi siempre a dar trabajo en la fábrica a las muchachas que han trabajado así, por su debilidad. El estado de estos niños se califica de «una mancha para un país cristiano» y se expresa el deseo de una protección legal (Grainger, Rept. App. Pt. 1, p. F. 16, ss. 132-142). El informe fabril añade que los calceteros son los obreros peor pagados de Leicester: ganaban 6 chelines, y con gran esfuerzo 7, a la semana, por un trabajo de dieciséis a dieciocho horas diarias. Antes ganaban de 20 a 21 chelines, pero la introducción de los telares ampliados les había arruinado el oficio; la gran mayoría seguía trabajando en los telares antiguos y sencillos y competía a duras penas con el progreso de la maquinaria. ¡También aquí, pues, cada progreso es un retroceso para el obrero! Y sin embargo, cuenta el comisario Power, los calceteros están orgullosos de ser libres y de no tener campana de fábrica que les mida el tiempo para comer, dormir y trabajar. En cuanto al salario, la situación de esta clase de obreros no es mejor todavía que en 1833, cuando la comisión fabril dio los datos anteriores; de ello se encarga la competencia de los calceteros sajones, que apenas tienen ellos mismos qué llevarse a la boca. Esa competencia derrota a los ingleses en casi todos los mercados extranjeros y, en las calidades inferiores, hasta en el mercado inglés. ¿No será una alegría para el patriótico calcetero alemán dejar sin pan, con su hambre, también a los calceteros ingleses, y no seguirá pasando hambre, orgulloso y contento, para mayor gloria de la industria alemana, puesto que el honor de Alemania exige que su plato esté medio vacío? ¡Ah, qué hermosa cosa es la competencia y la «carrera de las naciones»! En el Morning Chronicle259 —otra vez un periódico liberal, el periódico de la burguesía por excelencia— aparecieron en diciembre de 1843 algunas cartas de un calcetero de Hinckley sobre la situación de sus compañeros de trabajo. Habla, entre otras cosas, de 50 familias, con 321 personas en total, que vivían de 109 telares; cada telar rendía por término medio 5 1/6 chelines, y cada familia ganaba por término medio 11 chelines y 4 peniques a la semana. De ahí había que descontar, por alquiler de la vivienda, alquiler del telar de medias, carbón, luz, jabón y agujas, 5 chelines y 10 peniques en total, de modo que para comida quedaban a cada cabeza 1 1/2 peniques al día —15 pfennigs prusianos— y para ropa, nada en absoluto.

«Ningún ojo», dice el calcetero, «ha visto, ningún oído ha oído y ningún corazón ha podido abarcar la mitad de los sufrimientos que padece esta pobre gente.»

Faltaban las camas del todo o a medias, los niños andaban harapientos y descalzos; los hombres decían con lágrimas en los ojos: «Hace mucho, mucho tiempo que no comemos carne, casi hemos olvidado a qué sabe»; y al final algunos trabajaban en domingo, aunque la opinión pública perdona cualquier cosa antes que eso y aunque el estrépito del telar se oye en todo el vecindario.

«Pero», dijo uno, «mirad a mis hijos y dejad de preguntar. Mi pobreza me obliga a ello; no puedo ni quiero oír eternamente a mis hijos pedir pan a gritos sin probar el último medio con el que puedo ganarme el pan honradamente. El lunes pasado me levanté a las dos y trabajé hasta casi medianoche; los demás días, desde las seis de la mañana hasta entre las once y las doce de la noche. Estoy harto, no quiero llevarme a la tumba. Ahora lo dejo todas las noches a las diez y recupero el tiempo perdido los domingos.»

El salario no ha subido respecto de 1833 ni en Leicester ni en Derby ni en Nottingham, y, lo que es peor, en Leicester impera en gran escala el truck system, como ya dijimos antes. No es de extrañar, por tanto, que los calceteros de esa comarca hayan tomado parte muy viva en todos los movimientos obreros, y de manera tanto más activa y eficaz cuanto que los telares los mueven en su mayoría hombres.

En la misma comarca donde viven los calceteros está también la sede principal de la fabricación de encajes. En los tres condados mencionados funcionan en total 2760 máquinas de encaje, mientras que en el resto de Inglaterra solo existen 786. La fabricación de encajes se ha vuelto muy complicada por una división del trabajo llevada a rajatabla y tiene multitud de ramas. Primero hay que devanar el hilo en las bobinas, cosa que hacen muchachas de catorce años en adelante (winders, devanadoras); luego unos muchachos (threaders, enhebradores) de ocho años en adelante colocan las bobinas en la máquina y enhebran el hilo por unos finos orificios, de los que cada máquina tiene por término medio 1800, y lo conducen a su destino; después el obrero hace el encaje, que sale de la máquina como un paño ancho y que unos niños muy pequeños separan en piezas sueltas sacando los hilos que las unen: esto se llama running o drawing lace, y a los propios niños, lace-runners. Luego se preparan los encajes para la venta. Ni las devanadoras ni los enhebradores tienen una jornada fija, pues se les reclama en cuanto se vacían las bobinas de una máquina; y como los obreros tejen también de noche, se les puede llamar a cualquier hora a la fábrica o al taller del tejedor. Esta irregularidad del empleo, el frecuente trabajo nocturno y la vida desordenada que de ello se sigue engendran multitud de males físicos y morales, sobre todo un trato sexual precoz y desordenado, en lo que coinciden todos los testigos. El trabajo mismo es muy perjudicial para la vista; aunque no está establecido con carácter general que los enhebradores sufran un daño permanente, el trabajo les produce inflamaciones de los ojos y, durante el enhebrado mismo, dolores, lagrimeo, turbación momentánea de la vista, etc. En cambio, está demostrado que el trabajo de las devanadoras daña seriamente los ojos y que, además de las frecuentes inflamaciones de la córnea, no rara vez produce cataratas y amaurosis. El trabajo de los tejedores mismos es muy duro, porque con el tiempo las máquinas se han ido haciendo cada vez más anchas, de modo que ahora casi solo las hay que trabajan tres hombres, cada uno de los cuales releva al otro al cabo de cuatro horas, de manera que entre los tres trabajan las veinticuatro horas y cada uno ocho horas diarias. Así se entiende por qué las devanadoras y los enhebradores tienen que ir tan a menudo al trabajo de noche: para que la máquina no esté parada demasiado tiempo. Enhebrar las bobinas en 1800 orificios lleva por sí solo dos horas a tres niños. Algunas máquinas se mueven también a vapor, con lo que desplazan el trabajo de los hombres, y como el Ch. E. Rept. siempre habla de «fábricas de encajes» adonde se llamaría a los niños, de ello parece seguirse que en los últimos tiempos o bien el trabajo de los tejedores se ha trasladado a grandes salas de fábrica, o bien se ha generalizado bastante el tejido a vapor. En ambos casos, progreso del sistema fabril. Pero el trabajo más insalubre es el de los runners, que son casi todos niños de siete años, y aun de cinco o cuatro. El comisario Grainger encontró incluso a un niño de dos años ocupado en este trabajo. Seguir con la vista un mismo hilo, que se saca con la aguja de un tejido artificiosamente entrelazado, es muy nocivo para los ojos, sobre todo si el trabajo se prolonga, como es lo corriente, catorce o dieciséis horas. En el caso más leve sobreviene una miopía muy acusada; en el peor, que se da con bastante frecuencia, una ceguera incurable por amaurosis. Pero además los niños, por estar continuamente sentados y encorvados, se vuelven enclenques, estrechos de pecho y, a consecuencia de la mala digestión, escrofulosos; los trastornos de las funciones del útero son casi generales entre las muchachas, y lo mismo la desviación de la columna vertebral, de modo que «a los runners se les reconoce a todos por su manera de andar». Las mismas consecuencias, tanto para los ojos como para toda la constitución, tiene el bordado de los encajes. Los testigos médicos coinciden todos en que la salud de todos los niños empleados en hacer encajes sufre gravemente, en que estos niños son pálidos, delicados, débiles, demasiado pequeños para su edad y mucho menos capaces que otros de resistir una enfermedad. Sus males habituales son: debilidad general, desmayos frecuentes, dolores de cabeza, de costado, de espalda y de caderas, palpitaciones, náuseas, vómitos y falta de apetito, desviación de la columna, escrófulas y consunción. Sobre todo, la salud del cuerpo femenino se ve minada continua y profundamente; se quejaban en general de clorosis, partos difíciles y abortos (Grainger, Report, passim). Además, el mismo funcionario subalterno de la Child. Empl. Comm. informa de que los niños van muy a menudo mal vestidos y harapientos y reciben una alimentación insuficiente, casi siempre solo pan y té, muchas veces sin carne durante meses. En cuanto a su estado moral, informa:

«Todos los habitantes de Nottingham, la policía, el clero, los fabricantes, los obreros y los propios padres de los niños están unánimemente convencidos de que el actual sistema de trabajo es una fuente fecundísima de inmoralidad. A los threaders, casi todos muchachos, y a las winders, casi todas muchachas, se les reclama en la fábrica al mismo tiempo, a menudo en plena noche, y como sus padres no pueden saber cuánto tiempo se les necesitará allí, tienen la mejor ocasión de trabar relaciones indebidas y de vagar juntos después del trabajo. Esto ha contribuido en no pequeña medida a la inmoralidad que, según la voz pública, existe en Nottingham en una extensión espantosa. Además, la tranquilidad y la comodidad domésticas de las familias a las que pertenecen los niños y los jóvenes se sacrifican por completo a este estado de cosas sumamente antinatural.»

Otra rama de la fabricación de encajes, el encaje de bolillos, se practica en los condados, por lo demás agrícolas, de Northampton, Oxford, Bedford y Buckingham, y en su mayoría la hacen niños y jóvenes, que se quejan en general de la mala alimentación y rara vez comen carne. El trabajo mismo es sumamente insalubre. Los niños trabajan en cuartos pequeños, mal ventilados y húmedos, siempre sentados y encorvados sobre la almohadilla de los bolillos. Para sostener el cuerpo en esta postura fatigosa, las muchachas llevan un corsé con una ballena de madera que, dada la tierna edad de la mayoría, en la que los huesos están todavía muy blandos, y la postura encorvada, les desplaza por completo el esternón y las costillas y provoca por lo general estrechez de pecho. Por eso la mayoría, tras haber padecido durante algún tiempo, a causa del trabajo sedentario y del aire viciado, los efectos más dolorosos (severest) de la mala digestión, muere de tisis. Apenas reciben instrucción alguna, y menos que ninguna la moral; les gustan los adornos, y a consecuencia de ambas cosas su estado moral es muy lamentable y la prostitución es entre ellas casi epidémica (Ch. Empl. Comm., Burns, Report).

Ese es el precio con que la sociedad compra a las bellas damas de la burguesía el placer de llevar encajes; ¿y no es un precio muy barato? Solo un par de miles de obreros ciegos, solo unas cuantas hijas de proletarios tísicas, solo una generación enfermiza de la masa plebeya, que legará su enfermedad a sus hijos y a los hijos de sus hijos, igual de plebeyos: ¿qué es todo eso? Nada, absolutamente nada; nuestra burguesía inglesa dejará a un lado con indiferencia el informe de la comisión del gobierno y seguirá adornando con encajes a sus esposas y a sus hijas. ¡Qué hermosa cosa es la serenidad de ánimo de un burgués inglés!

En Lancashire, Derbyshire y el oeste de Escocia trabaja un gran número de obreros en las estampaciones de indianas. En ninguna rama de la industria inglesa ha producido la mecánica resultados tan brillantes, pero en ninguna tampoco ha oprimido tanto al obrero como en esta. El empleo de cilindros grabados movidos a vapor y la invención de la manera de estampar con esos cilindros cuatro a seis colores a la vez han desplazado el trabajo manual tan por completo como lo hicieron las máquinas en la hilatura y el tejido del algodón, y estas nuevas instalaciones han desplazado en las estamperías muchos más obreros todavía que en la fabricación de los tejidos. Un hombre, ayudado por un niño, hace con la máquina el trabajo que antes tenían que hacer a mano 200 obreros; una sola máquina entrega cada minuto 28 yardas (80 pies) de tela estampada. A consecuencia de ello, los estampadores de indianas están en una situación muy mala; los condados de Lancaster, Derby y Chester produjeron en 1842 (según la petición de los estampadores a la Cámara de los Comunes) once millones de piezas de indiana estampada; de ellas, 100 000 se estamparon solo a mano, 900 000 en parte con máquinas y con ayuda de la estampación manual, y 10 millones solo con maquinaria, con uno a seis colores. Como las máquinas son en su mayoría de fecha reciente y no dejan de perfeccionarse, el número de estampadores a mano es demasiado grande para la cantidad de trabajo disponible, y naturalmente muchos —la petición dice que una cuarta parte del total— están del todo sin pan, mientras que los demás solo trabajan por término medio uno o dos días, tres a lo sumo, a la semana, y están mal pagados. Leach260 afirma de una estampería (Deeply Dale, cerca de Bury, en Lancashire) que los estampadores a mano no ganaban allí por término medio más de 5 chelines (Stubb. Facts, p. 47), aunque sabe muy bien que los que trabajan en las máquinas están bastante bien pagados. Las estamperías se han incorporado, pues, por completo al sistema fabril, pero sin estar sometidas a las restricciones legales que pesan sobre este. Fabrican un artículo de moda y por eso no tienen una jornada regular. Si tienen pocos encargos, trabajan media jornada; si dan en el blanco con un dibujo y el negocio marcha bien, se trabaja hasta las diez o las doce, y aun toda la noche. Cerca de mi casa, en las afueras de Manchester, había una estampería que muchas veces, cuando yo volvía a casa, seguía iluminada hasta muy entrada la noche, y oí decir a menudo que allí los niños tenían que trabajar a veces tanto tiempo que intentaban robar unos instantes de descanso y de sueño en las escaleras de piedra y en los rincones del zaguán. No sé con certeza jurídica si es verdad; si no, daría el nombre de la firma. El informe de la Ch. E. Comm. es muy somero en este punto; solo dice que, al menos en Inglaterra, los niños van por lo común bastante bien vestidos y alimentados (esto es relativo, según que sus padres ganen mucho o no), que no tienen instrucción alguna y que moralmente valen poco. Basta con pensar que estos niños están bajo el sistema fabril y, remitiéndonos a lo dicho sobre él, podemos seguir adelante.

De los demás obreros ocupados en la fabricación de tejidos para el vestido poco nos queda por decir; los blanqueadores tienen un trabajo muy insalubre, en el que han de respirar continuamente cloro, una de las sustancias más dañinas para el pulmón; el trabajo de los tintoreros es ya más sano, y en muchos casos muy sano, porque exige el esfuerzo de todo el cuerpo; de cómo se paga a estas clases se oye poco, y eso basta para concluir que no cobran por debajo del salario medio, porque si no ya se quejarían. Los cortadores de pana, que con el gran consumo de pana de algodón son bastante numerosos y llegan a 3000 o 4000, han sufrido indirectamente muy duros golpes por la influencia del sistema fabril. La mercancía, que antes se hacía en telares a mano, no estaba tejida del todo pareja y exigía una mano experta para cortar cada una de las hileras de hilos; desde que se hace en telares mecánicos, las hileras salen del todo parejas, cada hilo de trama es exactamente paralelo al anterior, y el corte ya no tiene mucho arte. Los obreros que la maquinaria ha dejado sin pan se echan sobre el corte de la pana y hunden el salario con su competencia; los fabricantes descubrieron que podían emplear mujeres y niños para cortar la pana, y el salario bajó al de las mujeres y los niños, mientras cientos de hombres quedaban desplazados; los fabricantes descubrieron que podían hacer que el trabajo se hiciera en su local de fábrica más barato que en el taller del obrero, cuyo alquiler, al fin y al cabo, pagaban indirectamente; desde entonces, los pisos altos, de techo bajo, de muchos cottages, dispuestos como talleres de corte, están vacíos o se alquilan como viviendas, mientras que el cortador de pana ha perdido la libertad de elegir sus horas de trabajo y ha quedado sometido al dominio de la campana de la fábrica. Un cortador de pana que tendría unos 45 años me contó que recordaba la época en que por el mismo trabajo que ahora tiene que hacer a 1 penique la yarda recibía 8 peniques; es verdad que puede cortar el tejido, más parejo, más deprisa que el de antes, pero en una hora no puede hacer ni de lejos el doble de lo que hacía antes en el mismo tiempo, de modo que su salario semanal ha bajado a menos de la cuarta parte del de antes. Leach da (Stubb. F., p. 35) una lista de los salarios que se pagaban en 1827 y en 1843 por diversos tejidos, de la que resulta que los artículos por los que en 1827 se pagaban 4 peniques, 2 1/2 peniques, 2 3/4 peniques y 1 penique por yarda solo recibían en 1843 1 1/2 peniques, 3/4 de penique, 1 penique y 3/8 de penique por yarda en concepto de corte. La relación de la ganancia semanal media queda así según Leach: en 1827, 1 libra, 6 chelines y 6 peniques; 1 libra, 2 chelines y 6 peniques; 1 libra; 1 libra, 6 chelines y 6 peniques; y por las mismas mercancías en 1843, 10 chelines y 6 peniques; 7 chelines y 6 peniques; 6 chelines y 8 peniques; 10 chelines; y hay cientos de obreros que ni siquiera llegan a estos últimos salarios. Ya hemos hablado de los tejedores a mano de la industria algodonera; los demás tejidos los hacen casi exclusivamente tejedores a mano, que en su mayoría han sufrido igual que los cortadores de pana por la irrupción de los obreros desplazados por las máquinas y que además, como los obreros fabriles, están sometidos a un severo código penal por el trabajo defectuoso. Tomemos a los tejedores de seda. El fabricante de sedas Brocklehurst, uno de los más importantes de toda Inglaterra, presentó a una comisión parlamentaria unas listas sacadas de sus libros de las que resulta que por los mismos artículos por los que en 1821 pagaba 30 chelines, 14 chelines, 3 1/2 chelines, 3/4 de chelín, 1 1/12 chelines y 10 chelines de salario, en 1831 solo pagaba 9 chelines, 7 1/2 chelines, 2 1/4 chelines, 1/3 de chelín, 1/2 chelín y 6 1/4 chelines, aunque aquí no se había introducido ninguna mejora de la maquinaria. Y lo que hace el señor Brocklehurst puede tomarse sin duda como norma para toda Inglaterra. De las mismas listas resulta que la ganancia media de sus tejedores, una vez hechos todos los descuentos, era en 1821 de 16 1/2 chelines semanales, y en 1831 solo de 6 chelines. Desde entonces el salario ha bajado todavía más: los tejidos que en 1831 daban 1/3 de chelín o 4 peniques de salario de tejido por yarda solo pagan en 1843 2 1/2 peniques (se trata de los single sarsnets, tafetanes sencillos), y gran número de tejedores del campo solo consigue trabajo si acepta esos tejidos a 1 1/2 o 2 peniques. A esto se añaden los descuentos arbitrarios del salario. Todo tejedor que va a buscar una urdimbre recibe con ella una tarjeta en la que suele estar escrito: que el trabajo se recibe a tales o cuales horas del día; que el tejedor que no pueda trabajar por enfermedad debe hacerlo avisar en la oficina en el plazo de tres días, pues de lo contrario la enfermedad no vale como excusa; que no se aceptará como excusa suficiente que el tejedor diga que ha tenido que esperar el hilo para la trama; que por ciertas faltas en el trabajo (por ejemplo, si en un determinado largo del tejido entran más hilos de trama de los prescritos, etc.) se descontará no menos de la mitad del salario, y que, si el tejido no está terminado en el plazo fijado, se descontará un penique por cada yarda de la pieza encargada. Los descuentos de salario a consecuencia de estas tarjetas son tan considerables que, por ejemplo, un hombre que va dos veces por semana a Leigh, en Lancashire, a recoger los tejidos, lleva cada vez a su fabricante por lo menos quince libras (100 táleros prusianos) en multas. Así lo dice él mismo, y pasa por uno de los más tolerantes. Antes, estas cosas las decidían árbitros, pero como a los obreros se les solía despedir si insistían en ello, la costumbre ha caído en completo desuso, y el fabricante procede con total arbitrariedad: es acusador, testigo, juez, legislador y verdugo, todo en una pieza. Y si el obrero acude al juez de paz, se le dice: al aceptar la tarjeta habéis celebrado un contrato, y ahora tenéis que cumplirlo. Exactamente igual que con los obreros fabriles. Además, el fabricante hace firmar cada vez al obrero un documento en el que este declara que «consiente en los descuentos efectuados». Y si se resiste, todos los fabricantes de la ciudad saben enseguida que es un hombre que, como dice Leach,

«se opone al orden y a la legalidad sellados por las tarjetas y tiene la insolencia de dudar de la sabiduría de quienes, como debería saber, son sus superiores en la sociedad» (Stubb. Facts, p. 37-40).

Naturalmente, los tejedores son perfectamente libres; el fabricante no los obliga a aceptar sus urdimbres y sus tarjetas, pero les dice, como Leach lo traduce a buen inglés:

«Si no queréis que os fría en mi sartén, podéis ir directamente a pasearos por el fuego» (if you don't like to be frizzled in my frying-pan, you can take a walk into the fire).

Los tejedores de seda de Londres, sobre todo los de Spitalfields, viven desde hace bastante tiempo periódicamente en la miseria más extrema, y que tampoco ahora tienen motivo para estar contentos con su situación se deduce de que toman una parte activísima en todos los movimientos obreros ingleses, y en especial en los de Londres. La miseria reinante entre ellos fue la causa de la fiebre que estalló en la parte oriental de Londres y que motivó la creación de la comisión encargada de investigar las condiciones sanitarias de la clase obrera.261 Pero por el último informe del hospital de fiebres de Londres vemos que esa fiebre sigue haciendo estragos.

Después de los tejidos para el vestido, la clase más importante de los artículos que produce la industria inglesa son, por encima de todas las demás, los artículos de metal. Esta fabricación tiene sus sedes principales en Birmingham, donde se hacen artículos de metal más finos de todo tipo; en Sheffield, donde se hace toda la cuchillería, y en Staffordshire, sobre todo en Wolverhampton, donde se hacen los artículos más bastos, cerraduras, clavos, etc. Empecemos por Birmingham al describir la situación de los obreros ocupados en estas ramas industriales. En Birmingham, como en general en la mayoría de los lugares donde se trabaja el metal, la organización del trabajo ha conservado algo del antiguo carácter artesanal; siguen existiendo los pequeños maestros, que trabajan con sus aprendices, bien en el taller de su casa, bien, si emplean la fuerza del vapor, en grandes edificios fabriles divididos en pequeños talleres que se alquilan uno a uno a los maestros y provistos en todas las salas de un eje movido por la máquina de vapor, por medio del cual se puede accionar a su vez otra maquinaria. Léon Faucher262 (autor de una serie de artículos sobre la situación de los obreros ingleses en la Revue des deux Mondes, que al menos revelan estudio y en todo caso son mejores que lo que hasta ahora han escrito sobre el tema tanto ingleses como alemanes) designa esta situación, por oposición a la gran industria de Lancashire y Yorkshire, con el nombre de démocratie industrielle, y observa que no tiene resultados muy favorables para la situación ni de los maestros ni de los oficiales. La observación es muy acertada, porque los muchos pequeños maestros, entre los que se reparte la ganancia regulada por la competencia, que de otro modo absorbería un único gran fabricante, no pueden sostenerse bien así. La tendencia centralizadora del capital los mantiene abatidos; por cada uno que se enriquece se arruinan diez, y cien quedan peor que antes por la presión de ese único rico que puede vender más barato que ellos. Y en los casos en que tienen que competir desde el principio con grandes capitalistas, es evidente que solo a duras penas pueden hacer frente a esa competencia. Los aprendices, como veremos, lo pasan con los pequeños maestros por lo menos tan mal como con los fabricantes, con la única diferencia de que más tarde llegan a ser ellos mismos maestros y obtienen así cierta independencia; es decir, la burguesía los explota menos directamente que en las fábricas. Así, estos pequeños maestros no son ni verdaderos proletarios —puesto que en parte viven del trabajo de los aprendices y no venden el trabajo mismo, sino el producto acabado— ni verdaderos burgueses, puesto que lo que los mantiene es, en lo principal, siempre su propio trabajo. Esta posición peculiar, intermedia, de los obreros de Birmingham tiene la culpa de que muy rara vez se hayan unido plena y abiertamente al movimiento obrero inglés. Birmingham es una ciudad políticamente radical, pero no decididamente cartista. Sin embargo, existen también multitud de fábricas mayores por cuenta de capitalistas, y en ellas impera plenamente el sistema fabril: la división del trabajo, llevada aquí hasta el más mínimo detalle (por ejemplo, en la fabricación de agujas), así como la fuerza del vapor, permite emplear una gran cantidad de mujeres y niños, y aquí (en el Ch. E. Rept.) volvemos a encontrar exactamente los mismos rasgos que nos daba el informe fabril: trabajo de las mujeres hasta la hora del parto, incapacidad para llevar la casa, abandono del hogar y de los hijos, indiferencia, y aun aversión, por la vida familiar, y desmoralización; además, desplazamiento de los hombres del trabajo, continuo perfeccionamiento de las máquinas, emancipación temprana de los hijos, hombres mantenidos por sus mujeres y sus hijos, etc., etc. A los niños se los describe medio muertos de hambre y harapientos; se dice que la mitad no sabe lo que es saciarse; muchos viven todo el día de tanto pan como pueden comprar por un penique (10 pfennigs prusianos), o no reciben alimento alguno antes de la comida del mediodía; hubo incluso ejemplos de niños que no comían nada desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde. La ropa, muy a menudo, apenas basta para cubrir su desnudez; muchos van descalzos incluso en invierno. Por eso son todos pequeños y débiles para su edad y rara vez se desarrollan con algún vigor; y si se piensa que a estos escasos medios para reproducir las fuerzas físicas se añade además un trabajo duro y prolongado en locales cerrados, nadie se extrañará de que en Birmingham se encuentren pocos adultos aptos para el servicio militar.

«Los obreros», dice un médico de reclutamiento, «son pequeños, enjutos y de muy escasa fuerza física; muchos, para colmo, contrahechos del pecho o de la columna.»

Según un suboficial de reclutamiento, la gente de Birmingham es más baja que en ninguna otra parte, de 5 pies y 4 o 5 pulgadas263 por lo general, y de 613 reclutas alistados solo 238 fueron declarados aptos. En lo que toca a la instrucción, ya más arriba se dio una serie de declaraciones y ejemplos de los distritos metalúrgicos, a los que me remito aquí; por lo demás, del Ch. E. Rept. se desprende que en Birmingham más de la mitad de los niños de 5 a 15 años no va a ninguna escuela de ningún tipo, que los niños que van a la escuela cambian a menudo, de modo que es imposible darles una instrucción duradera, y que a todos los niños se los saca muy pronto de la escuela y se los pone a trabajar. Qué clase de maestros se emplean lo muestra también este informe; una maestra, a la que se preguntó si daba también clase de moral, contestó que no, que por 3 peniques semanales de escuela no se le podía pedir eso; otras varias ni siquiera entendieron la pregunta, y otras no lo consideraban en absoluto parte de su deber. Una maestra dijo que moral no enseñaba, pero que se esforzaba en inculcar a los niños buenos principios, y al decirlo cometió una gruesa falta de gramática. En las escuelas mismas, el comisario encontró ruido y desorden continuos. Por eso el estado moral de los propios niños es lamentable en grado sumo; la mitad de todos los delincuentes tiene menos de 15 años, y en un solo año se condenó a 90 delincuentes de diez años, entre ellos 44 por causas criminales. El trato sexual desordenado parece, en opinión de los comisarios, casi general, y ya a una edad muy temprana (Grainger, Rept. et evid.).

En el distrito del hierro de Staffordshire las cosas están todavía peor. En los artículos de hierro bastos que aquí se hacen, no cabe aplicar mucha división del trabajo (con ciertas excepciones), ni la fuerza del vapor ni maquinaria. Por eso aquí —en Wolverhampton, Willenhall, Bilston, Sedgeley, Wednesfield, Darlaston, Dudley, Walsall, Wednesbury, etc.— hay menos fábricas, pero tantas más pequeñas forjas, en las que los pequeños maestros trabajan solos con uno o varios aprendices, obligados a servirles hasta los veintiún años. Los pequeños maestros están más o menos en la misma situación que los de Birmingham, pero los aprendices lo pasan casi siempre mucho peor. Casi no les dan de comer más que carne de animales enfermos y muertos, o carne podrida y pescado podrido, y también terneros nacidos antes de tiempo y cerdos asfixiados en el ferrocarril. Y esto no solo lo hacen pequeños maestros, sino también fabricantes más grandes que tienen de 30 a 40 aprendices. En Wolverhampton parece ser verdaderamente lo general. La consecuencia natural son frecuentes enfermedades del vientre y de otro tipo. Además, los niños no suelen comer hasta saciarse y rara vez tienen otra ropa que la de trabajo, de modo que ya por eso no van a la escuela dominical. Las viviendas son malas y sucias, a menudo hasta tal punto que de ellas nacen enfermedades, y por eso, pese a un trabajo por lo demás casi siempre sano, los niños son pequeños, mal formados, débiles y en muchos casos gravemente lisiados. En Willenhall, por ejemplo, hay innumerables personas que, de tanto limar sin descanso en el tornillo de banco, tienen joroba y una pierna torcida —la pierna de atrás, hind-leg, como la llaman—, de modo que las piernas tienen la forma de una K; además, se dice que por lo menos la tercera parte de los obreros de allí tiene una hernia. Tanto aquí como en Wolverhampton se encontraron innumerables ejemplos de pubertad retrasada, tanto en muchachas —¡también ellas trabajan en las forjas!— como en muchachos, hasta los diecinueve años incluso. En Sedgeley y sus alrededores, donde casi solo se forjan clavos, la gente vive y trabaja en míseras chozas parecidas a establos, de una suciedad sin igual. Muchachas y muchachos manejan el martillo desde los diez o doce años y no se les considera obreros plenamente formados hasta que entregan mil clavos al día. Por 1200 clavos el salario es de 5 3/4 peniques, algo menos de 5 silbergroschen. Cada clavo recibe 12 golpes, y como el martillo pesa 1 1/4 libras, el obrero tiene que levantar 18 000 libras hasta ganar este mísero salario. Con este trabajo tan duro y la alimentación insuficiente, los niños tienen que tener por fuerza un cuerpo mal desarrollado, pequeño y débil, como confirman también los datos de los comisarios. Sobre el nivel de instrucción en este distrito se han dado ya más arriba algunos datos. La instrucción está en este distrito realmente a un nivel increíblemente bajo; la mitad de todos los niños no va ni siquiera a una escuela dominical, y la otra mitad solo lo hace muy irregularmente; muy pocos, en comparación con otros distritos, saben leer, y con la escritura la cosa está todavía mucho peor. Naturalmente, porque a los niños se los pone a trabajar entre los siete y los diez años, justo cuando empiezan a ser capaces de sacar provecho de una escuela, y los maestros de la escuela dominical —herreros o mineros— a menudo apenas saben leer y ni siquiera escribir su nombre. El estado moral corresponde a estos medios de educación. En Willenhall, afirma el comisario Horne —y aporta abundantes pruebas—, no existe entre los obreros sentimiento moral alguno. En general, encontró que los niños ni conocían deberes para con sus padres ni sentían afecto por ellos. Eran tan poco capaces de reflexionar sobre lo que decían, tan embrutecidos, de una estupidez tan animal, que a menudo afirmaban que se les trataba bien, que les iba de maravilla, cuando tenían que trabajar de doce a catorce horas, andaban en harapos, no comían hasta saciarse y les pegaban de tal modo que lo seguían sintiendo días después. No conocían otra forma de vida que matarse a trabajar de la mañana a la noche hasta que se les permitía parar, y ni siquiera entendían la pregunta, inaudita para ellos, de si estaban cansados (Horne, Rept. and evid.).

En Sheffield el salario es mejor, y con él también la situación exterior de los obreros. En cambio, hay que señalar aquí algunas ramas de trabajo por sus efectos extraordinariamente perjudiciales sobre la salud. Ciertas operaciones exigen la presión continua de las herramientas contra el pecho y producen a menudo la tisis; otras, como el picado de limas, impiden el desarrollo general del cuerpo y provocan trastornos del vientre; el corte de hueso (para mangos de cuchillo) trae consigo dolores de cabeza, males biliares y, en las muchachas, muchas de las cuales trabajan en ello, clorosis. Pero el trabajo con mucho más insalubre es el afilado de hojas y tenedores, que, sobre todo cuando se hace en piedras secas, acarrea infaliblemente una muerte temprana. Lo insalubre de este trabajo está en parte en la postura encorvada, que comprime el pecho y el estómago, pero sobre todo en la cantidad de polvo metálico de aristas cortantes que salta al afilar, llena la atmósfera y se respira por fuerza. Los afiladores en seco llegan por término medio apenas a los 35 años; los afiladores en húmedo, rara vez pasan de los 45. El doctor Knight, de Sheffield, dice:

«Solo puedo dar una idea algo clara de lo nocivo de esta ocupación declarando que los más bebedores de entre los afiladores son los más longevos, porque son los que más tiempo faltan al trabajo. En total hay en Sheffield unos 2500 afiladores. Unos 150 (30 hombres y 70 muchachos) son afiladores de tenedores; estos mueren entre los 28 y los 32 años; los afiladores de navajas de afeitar, que afilan tanto en húmedo como en seco, mueren entre los 40 y los 45 años, y los afiladores de cuchillos de mesa, que afilan en húmedo, mueren entre los 40 y los 50 años.»

El mismo médico describe así el curso de su enfermedad, el llamado asma de los afiladores:

«Suelen empezar a trabajar a los catorce años y, si tienen buena constitución, rara vez notan muchas molestias antes de los veinte. Entonces empiezan a manifestarse los síntomas de su enfermedad característica: al menor esfuerzo, al subir escaleras o cuestas, se les acaba enseguida el aliento; levantan los hombros para aliviar la falta de aire, constante y creciente; se inclinan hacia delante y parecen encontrarse más a gusto en la postura encorvada en que trabajan; su tez se vuelve de un amarillo sucio, sus facciones expresan angustia, se quejan de opresión en el pecho; su voz se vuelve ronca y bronca, tosen fuerte, como si el aire pasara por un tubo de madera. De vez en cuando expectoran cantidades considerables de polvo, mezclado con flemas o en masas esféricas o cilíndricas con una fina capa de flema. Esputos de sangre, incapacidad de estar acostados, sudores nocturnos, diarreas colicuativas y un adelgazamiento extraordinario, con todos los síntomas habituales de la tisis pulmonar, acaban llevándoselos después de haber languidecido meses, y a menudo años, incapaces de alimentarse a sí mismos y a los suyos con su trabajo. Debo añadir que todos los intentos hechos hasta ahora para prevenir o curar el asma de los afiladores han fracasado por completo.»

Esto lo escribía Knight hace diez años; desde entonces han aumentado el número de afiladores y la virulencia de la enfermedad, pero también se ha intentado prevenirla con muelas cubiertas y evacuando el polvo mediante una corriente de aire. Estos intentos han tenido éxito, al menos en parte, pero los propios afiladores no quieren que se apliquen y en algunos sitios han llegado a destrozar los aparatos, porque creen que así entrarían más obreros en su oficio y les bajarían el salario; están por «una vida corta, pero alegre». El doctor Knight ha dicho muchas veces a afiladores que acudían a él con los primeros síntomas del asma: os buscáis la muerte si volvéis a la muela. Pero nunca ha servido de nada; quien había sido una vez afilador estaba perdido sin remedio, como si se hubiera vendido al diablo. La instrucción está en Sheffield a un nivel muy bajo; un clérigo que se había ocupado mucho de la estadística de la enseñanza opinaba que de 16 500 niños de la clase obrera en condiciones de ir a la escuela apenas 6500 sabían leer; esto se debe a que a los niños se los saca de la escuela ya a los siete años, y a más tardar a los doce, y a que los maestros no valen nada (uno de ellos era un ladrón convicto que, al salir de la cárcel, no encontró otro medio de ganarse la vida que... ¡la enseñanza!). La inmoralidad parece ser entre la juventud de Sheffield mayor que en ninguna otra parte (aunque apenas se sabe a qué ciudad otorgar el premio, y cuando uno lee los informes cree de cada una que lo merece). Los jóvenes pasan los domingos tirados en la calle todo el día, juegan a cara o cruz o azuzan perros unos contra otros, frecuentan con asiduidad las tabernas de aguardiente y se sientan allí con sus novias hasta que, ya tarde, salen por parejas a pasear por lugares solitarios. En una taberna que visitó el comisario había de 40 a 50 jóvenes de ambos sexos, casi todos menores de 17 años, cada muchacho con su muchacha. Aquí y allá se jugaba a las cartas; en otras mesas se cantaba o se bailaba; en todas partes se bebía. Entre ellos había prostitutas declaradas, de oficio. No es de extrañar, pues, que, como declaran todos los testigos, el trato sexual temprano y desordenado y la prostitución juvenil sean extraordinariamente frecuentes en Sheffield ya entre individuos de 14 y 15 años. Los delitos, y por cierto de índole muy salvaje y desesperada, están a la orden del día; un año antes de la llegada del comisario se detuvo a una banda, formada sobre todo por jóvenes, justo cuando se disponía a pegar fuego a la ciudad; estaban completamente equipados con lanzas y materias incendiarias. Veremos más adelante que el movimiento obrero de Sheffield tiene el mismo carácter salvaje (Symons, Rept. and evid.).

Además de estos centros principales de la metalurgia, hay también fábricas de alfileres en Warrington (Lancashire), donde igualmente reinan entre los obreros, y sobre todo entre los niños, mucha miseria, inmoralidad e ignorancia, y cierto número de forjas de clavos en la comarca de Wigan (Lancashire) y en el este de Escocia; los informes de estos últimos distritos coinciden casi por completo con los de Staffordshire. Nos queda todavía una sola rama de esta industria: la construcción de maquinaria, que se practica sobre todo en los distritos fabriles, en especial en Lancashire, y cuya particularidad es la fabricación de máquinas por medio de máquinas, con lo que a los obreros desplazados por otras se les ha vuelto a quitar el último refugio: el empleo en la fabricación de las máquinas que los dejaron sin pan. Las máquinas de cepillar y de taladrar, las máquinas que cortan tornillos, ruedas, tuercas, etc., los tornos mecánicos han dejado también aquí sin pan a multitud de obreros que antes trabajaban con regularidad a buen salario, y quien tenga ganas puede ver a muchos de ellos en Manchester.

Al norte del distrito del hierro de Staffordshire hay un distrito industrial al que vamos a dirigirnos ahora: el de la alfarería (potteries), cuya sede principal es el municipio (borough) de Stoke, que comprende las localidades de Henley, Burslem, Lane End, Lane Delph, Etruria, Coleridge, Langport, Tunstall y Golden Hill, con 60 000 habitantes en total. El Ch. E. Rept. informa al respecto: en algunas ramas de esta fabricación —de loza— los niños tienen una ocupación ligera en salas cálidas y aireadas; en otras, en cambio, se les exige un trabajo duro y fatigoso, sin que reciban ni alimentación suficiente ni buena ropa. Muchos niños se quejan: «No tengo bastante de comer, casi siempre me dan patatas y sal, nunca carne, nunca pan; no voy a la escuela, no tengo ropa ninguna.» «Hoy no he comido nada a mediodía; en casa nunca hay comida, casi siempre me dan patatas y sal, a veces pan.» «Esta es toda la ropa que tengo, en casa no hay ropa de domingo.» Entre los niños cuyo trabajo es especialmente perjudicial hay que señalar a los mould-runners, que tienen que llevar la pieza recién moldeada, con el molde, al secadero, y después, cuando la pieza está bien seca, devolver el molde vacío. Así tienen que ir y venir todo el día con un peso grande para su edad, y la alta temperatura en que tienen que hacerlo aumenta todavía considerablemente su agotamiento. Estos niños, casi sin una sola excepción, son flacos, pálidos, enclenques, pequeños y mal formados; casi todos padecen males de estómago, vómitos y falta de apetito, y muchos de ellos mueren de consunción. Casi igual de enclenques son los muchachos a los que se llama jiggers, por la rueda (jigger) que tienen que hacer girar. Pero con mucho el trabajo más dañino es el de los que tienen que sumergir la pieza acabada en un líquido que contiene grandes cantidades de plomo y a menudo también mucho arsénico, o tomar en las manos la pieza recién sumergida. Las manos y la ropa de estos obreros —hombres y niños— están siempre mojadas con ese líquido; la piel se ablanda y se desprende al tocar continuamente objetos ásperos, de modo que los dedos sangran a menudo y están siempre en un estado que favorece en grado sumo la absorción de esas sustancias peligrosas. Las consecuencias son dolores violentos y enfermedades graves del estómago y de los intestinos, estreñimiento pertinaz, cólicos, a veces consunción y, con muchísima frecuencia, epilepsia en los niños. En los hombres sobreviene por lo común una parálisis parcial de los músculos de la mano, colica pictorum264 y la parálisis de miembros enteros. Un testigo cuenta que dos muchachos que trabajaban con él murieron de convulsiones durante el trabajo; otro, que de muchacho ayudó dos años en la inmersión, cuenta que al principio tuvo violentas molestias de vientre, luego una convulsión a consecuencia de la cual estuvo dos meses en cama; desde entonces, convulsiones cada vez más frecuentes, ahora todos los días, a menudo de diez a veinte ataques epilépticos en un solo día. Tiene paralizado el lado derecho y, según le dijeron los médicos, nunca recobrará el uso de sus miembros. En una fábrica, en el taller de inmersión, cuatro hombres, todos epilépticos y aquejados de violentos cólicos, y once muchachos, de los que algunos eran ya epilépticos también. En una palabra, esta espantosa enfermedad es consecuencia general de esta ocupación, ¡y también eso para mayor ganancia de la burguesía! En las salas en que se pule la loza, la atmósfera está llena de polvo de sílice finamente pulverizado, cuya inhalación es tan nociva como la del polvo de acero para los afiladores de Sheffield. A los obreros les falta el aliento, no pueden estar acostados tranquilos, padecen llagas de garganta y tos violenta, y se les queda una voz tan débil que apenas se les oye. También ellos mueren todos de tisis. Se dice que en las potteries hay relativamente muchas escuelas que ofrecen a los niños ocasión de instruirse, pero como se les manda tan pronto a las fábricas y tienen que trabajar tanto tiempo (casi siempre doce horas y a menudo más), no están en condiciones de aprovechar las escuelas, y por eso tres cuartas partes de los niños examinados por el comisario no sabían leer ni escribir, y todo el distrito estaba sumido en la ignorancia más profunda. Niños que habían ido años enteros a escuelas dominicales no eran capaces de distinguir una letra de otra, y en todo el distrito, además de la instrucción intelectual, también la moral y la religiosa están a un nivel muy bajo (Scriven, Rept. and evid.).

También en la fabricación de vidrio hay trabajos que a los hombres parecen dañarles poco, pero que los niños no pueden soportar. El trabajo duro, la irregularidad de la jornada, el frecuente trabajo nocturno y sobre todo el gran calor de los locales de trabajo (de 100 a 130 grados Fahrenheit265) producen en los niños debilidad y enfermedad generales, crecimiento deficiente y sobre todo males de los ojos, enfermedades del vientre y afecciones bronquiales y reumáticas. Muchos niños están pálidos, tienen los ojos rojos, a menudo ciegos durante semanas, padecen náuseas violentas, vómitos, tos, resfriados y reumatismo. Al sacar las piezas de los hornos, los niños tienen que meterse muchas veces en un calor tal que se les prenden fuego bajo los pies las tablas sobre las que están. Los sopladores de vidrio mueren casi todos pronto, de debilidad y de enfermedades del pecho (Leifchild, Rept. App. Pt. II, p. L 2, ss. 11, 12; Franks, Rept. App. Pt. II, K 7, s. 48; Tancred, Evid. App. Pt. II, p. i 76, etc., todos en el Ch. E. Rept.).

En general, el mismo informe atestigua en todas las ramas de la industria la penetración paulatina, pero segura, del sistema fabril, que se da a conocer sobre todo por el empleo de mujeres y niños. No he creído necesario seguir en todas partes los progresos de la maquinaria y el desplazamiento de los hombres adultos. Quien conozca algo la industria podrá completarlo fácilmente por sí mismo, mientras que a mí me falta aquí espacio para seguir en sus detalles este aspecto del actual sistema de producción, cuyos resultados ya expuse a propósito del sistema fabril. En todas partes se emplean máquinas y se destruye con ello el último vestigio de la independencia del obrero. En todas partes la familia se disuelve por el trabajo de la mujer y de los hijos, o queda incluso patas arriba porque el hombre se ha quedado sin pan; en todas partes la inevitabilidad de la maquinaria pone en manos del gran capitalista el negocio, y con él a los obreros. La centralización de la propiedad avanza incontenible, la división de la sociedad en grandes capitalistas y obreros sin propiedad se agudiza cada día, el desarrollo industrial de la nación marcha a pasos de gigante hacia una crisis inevitable.

Ya dije más arriba que en los oficios artesanos el poder del capital y, a veces, también la división del trabajo han producido el mismo resultado, han desplazado a la pequeña burguesía y han puesto en su lugar a grandes capitalistas y a obreros sin propiedad. Sobre estos artesanos hay en el fondo poco que decir, puesto que todo lo que les atañe ha encontrado ya su lugar cuando se habló del proletariado industrial en general; además, en el tipo de trabajo y en su influencia sobre la salud poco ha cambiado aquí desde el comienzo del movimiento industrial. Pero el contacto con los obreros industriales propiamente dichos, la presión de los grandes capitalistas, mucho más sensible que la de los pequeños maestros, con quienes el oficial todavía mantenía una relación personal, las influencias de la vida de las grandes ciudades y el descenso del salario han convertido a casi todos los artesanos en participantes activos de los movimientos obreros. Enseguida hablaremos de ello; entretanto nos ocuparemos de una clase de la población trabajadora de Londres que merece especial atención por la barbarie extraordinaria con que la explota la codicia de la burguesía. Me refiero a las modistas y a las costureras.

Es curioso que precisamente la confección de aquellos artículos que sirven para el adorno de las damas de la burguesía esté ligada a las consecuencias más tristes para la salud de los obreros ocupados en ella. Ya lo vimos más arriba con la fabricación de encajes, y ahora tenemos como prueba de esta afirmación las tiendas de modas de Londres. Estos establecimientos emplean una multitud de muchachas jóvenes —se dice que son en total 15 000—, que viven y comen en la casa, vienen casi todas del campo y son así esclavas completas de sus patrones. Durante la temporada elegante, que dura unos cuatro meses al año, incluso en los mejores establecimientos la jornada es de quince horas diarias y, cuando hay encargos urgentes, de dieciocho; en la mayoría de las tiendas, sin embargo, se trabaja durante esa época sin horario fijo alguno, de modo que las muchachas nunca tienen libres para descansar y dormir más de seis horas de cada veinticuatro, a menudo solo tres o cuatro, y a veces solo dos, y se trabaja de diecinueve a veintidós horas, ¡cuando no tienen que trabajar, como sucede con bastante frecuencia, toda la noche seguida! El único límite que se pone a su trabajo es la absoluta incapacidad física de manejar la aguja un minuto más. Hay casos en que estas criaturas desvalidas no se quitaron la ropa durante nueve días seguidos y solo de vez en cuando podían descansar unos instantes sobre un colchón, en que se les servía la comida cortada en trocitos para que pudieran tragarla en el menor tiempo posible; en una palabra, a estas desdichadas muchachas se las mantiene, con el látigo moral del esclavo —la amenaza del despido—, en un trabajo tan continuo e incesante como no podría soportarlo ningún hombre fuerte, y mucho menos unas delicadas muchachas de 14 a 20 años. A ello se suman el aire viciado de los talleres y también de los dormitorios, la postura encorvada, la comida mala y difícil de digerir: todo eso, pero sobre todo el largo trabajo y el encierro lejos del aire libre, produce los resultados más tristes para la salud de las muchachas. Muy pronto aparecen el cansancio y la flojedad, la debilidad, la pérdida del apetito, los dolores de hombros, de espalda y de caderas, pero sobre todo los dolores de cabeza; luego, la desviación de la columna, los hombros altos y deformes, el adelgazamiento, los ojos hinchados, llorosos y doloridos, que pronto se vuelven miopes, la tos, la estrechez de pecho y la respiración corta, así como todas las enfermedades del desarrollo femenino. En muchos casos los ojos sufren tanto que sobreviene una ceguera incurable, una desorganización completa del ojo, y si la vista se conserva lo bastante para permitir seguir trabajando, suele ser la tisis la que pone fin a la vida breve y triste de estas modistas. Incluso en las que dejan este trabajo lo bastante pronto, la salud del cuerpo queda destruida para siempre y la fuerza de la constitución quebrantada; están continuamente enfermizas y débiles, sobre todo en el matrimonio, y traen al mundo hijos enfermizos. Todos los médicos interrogados por el comisario (de la Ch. Empl. Comm.) se pronunciaron unánimemente en el sentido de que no podría inventarse forma de vida que tendiera más que esta a destruir la salud y a provocar una muerte temprana.

Con la misma crueldad, solo que de manera algo más indirecta, se explota en general a las costureras de Londres. Las muchachas que se dedican a hacer corsés tienen un trabajo duro, penoso, que cansa la vista, ¿y cuál es el salario que reciben? No lo sé, pero sí sé que el contratista, que tiene que dar fianza por el material que se le entrega y reparte el trabajo entre las costureras, recibe por pieza 1 1/2 peniques, 15 pfennigs prusianos. De ahí hay que descontar todavía su beneficio, que es por lo menos de 1/2 penique; así que a lo sumo 1 penique va a parar al bolsillo de la pobre muchacha. Las muchachas que cosen corbatas tienen que comprometerse a trabajar dieciséis horas y reciben 4 1/2 chelines semanales, 1 1/2 táleros prusianos, con los que pueden comprar más o menos lo mismo que con 20 silbergroschen en la ciudad más cara de Alemania.266 Pero las peor paradas son las que cosen camisas. Reciben por una camisa corriente 1 1/2 peniques; antes recibían de 2 a 3 peniques, pero desde que el asilo de pobres de St. Pancras, administrado por una autoridad burguesa-radical, empezó a aceptar trabajo a 1 1/2 peniques, las pobres mujeres tuvieron que hacerlo también. Por camisas finas, adornadas, que pueden terminarse en un día trabajando dieciocho horas, se pagan 6 peniques, 5 silbergroschen. Según esto, y según múltiples declaraciones de obreras y de contratistas, el salario de estas costureras, con un trabajo muy intenso, prolongado hasta muy entrada la noche, ¡es de 2 1/2 a 3 chelines semanales! Y lo que corona esta infame barbarie es que las costureras tienen que depositar en parte el valor de los materiales que se les confían, cosa que naturalmente no pueden hacer —y así lo saben también los propietarios— más que empeñando una parte de ellos y desempeñándolos con pérdida o, si no pueden rescatar las telas, yendo a parar ante el juzgado de paz, como le ocurrió a una costurera en noviembre de 1843. Una pobre muchacha que se encontraba en este caso y no sabía qué hacer se ahogó en agosto de 1844 en un canal. Estas costureras suelen vivir en pequeñas buhardillas, en la miseria más extrema, apiñadas en un cuarto tantas como lo permite el espacio, y donde en invierno el calor animal de las presentes es casi siempre el único medio de calefacción. Allí están, encorvadas sobre su trabajo, cosiendo desde las cuatro o las cinco de la mañana hasta medianoche; arruinan su salud en un par de años y se llevan a sí mismas a una tumba temprana, sin poder procurarse siquiera lo más indispensable,267 mientras abajo, a sus pies, pasan rodando los relucientes carruajes de la alta burguesía y mientras, quizá diez pasos más allá, un miserable dandi pierde en una noche al faraón268 más dinero del que ellas pueden ganar en todo el año.


Esta es la situación del proletariado industrial inglés. Adondequiera que nos volvamos, encontramos miseria permanente o temporal, enfermedades que nacen de la situación o del trabajo, desmoralización; en todas partes, aniquilación, socavamiento lento pero seguro de la naturaleza humana, tanto en lo físico como en lo espiritual. ¿Es este un estado de cosas que pueda durar?

Este estado de cosas no puede durar ni durará. Los obreros, la gran mayoría del pueblo, no lo quieren. Veamos lo que ellos dicen de este estado de cosas.

Movimientos obreros

Se me concederá, aunque no lo hubiera demostrado tantas veces en detalle, que los obreros ingleses no pueden sentirse felices en esta situación; que la suya no es una situación en la que un hombre, o toda una clase de hombres, pueda pensar, sentir y vivir humanamente. Los obreros tienen que esforzarse, pues, por salir de esta situación que los embrutece, por procurarse una posición mejor, más humana, y no pueden hacerlo sin luchar contra el interés de la burguesía como tal, que consiste precisamente en la explotación de los obreros; pero la burguesía defiende su interés con todas las fuerzas que es capaz de movilizar gracias a la propiedad y al poder del Estado, que está a su disposición. En cuanto el obrero quiere salir del estado de cosas actual, el burgués se convierte en su enemigo declarado.

Pero el obrero nota además a cada instante que la burguesía lo trata como a una cosa, como a una propiedad suya, y ya solo por eso se presenta como enemigo de la burguesía. Más arriba he demostrado con cien ejemplos, y habría podido demostrarlo con otros cien, que en las condiciones actuales el obrero solo puede salvar su humanidad por el odio y la rebelión contra la burguesía. Y de que pueda protestar con la pasión más violenta contra la tiranía de los poseedores se encargan su educación, o más bien su falta de educación, y la mucha sangre irlandesa ardiente que ha pasado a la clase obrera inglesa. El obrero inglés ya no es un inglés, no es un hombre de dinero, calculador, como su vecino propietario; tiene sentimientos más plenamente desarrollados, y la frialdad nórdica que trae de nacimiento la compensa la libertad sin trabas con que sus pasiones han podido formarse y adueñarse de él. La formación del entendimiento, que tanto desarrolla la disposición egoísta del burgués inglés, que ha hecho del egoísmo su pasión dominante y ha concentrado toda la fuerza de su sentimiento en el único punto de la codicia, le falta al obrero, y en cambio sus pasiones son fuertes y poderosas como las de un extranjero. La nacionalidad inglesa está aniquilada en el obrero.

Si, como hemos visto, al obrero no le queda un solo campo en que ejercer su humanidad más que la oposición a todas sus condiciones de vida, es natural que sea precisamente en esa oposición donde los obreros aparezcan más amables, más nobles, más humanos. Veremos que toda la fuerza, toda la actividad de los obreros se dirige a ese único punto y que incluso sus esfuerzos por adquirir cualquier otra cultura humana están todos en relación directa con él. Tendremos que hablar, desde luego, de algunos actos de violencia e incluso de brutalidad, pero hay que tener siempre presente que en Inglaterra la guerra social existe abiertamente, y que, si a la burguesía le interesa librar esa guerra con hipocresía, bajo la apariencia de la paz e incluso de la filantropía, al obrero solo puede servirle poner al descubierto las verdaderas relaciones, destruir esa hipocresía; que, por tanto, incluso las hostilidades más violentas de los obreros contra la burguesía y sus servidores no son más que la expresión abierta, sin disimulo, de lo que la burguesía hace a los obreros a escondidas y con alevosía.

La rebelión de los obreros contra la burguesía empezó poco después del desarrollo industrial y ha pasado por diversas fases. No es este el lugar para exponer más de cerca la significación histórica de esas fases para el desarrollo del pueblo inglés; tengo que reservármelo para un trabajo posterior y limitarme por el momento a los meros hechos, en la medida en que sirven para caracterizar la situación del proletariado inglés.

La primera forma de esta rebelión, la más tosca y la más estéril, fue el delito. El obrero vivía en la penuria y la miseria y veía que a otros les iba mejor que a él. Su entendimiento no alcanzaba a ver por qué tenía que sufrir en esas circunstancias precisamente él, que hacía más por la sociedad que el rico holgazán. La necesidad venció, además, el respeto heredado por la propiedad: robó. Hemos visto cómo el delito aumentaba con la expansión de la industria, cómo el número anual de detenciones guarda una proporción constante con el de balas de algodón consumidas.

Pero los obreros comprendieron pronto que esto no servía de nada. Los delincuentes solo podían protestar contra el orden social existente cada uno por su lado, solo como individuos, con su robo; todo el poder de la sociedad se echaba sobre cada uno de ellos y lo aplastaba con una superioridad abrumadora. Además, el robo era la forma de protesta más inculta, más inconsciente, y ya por eso nunca fue la expresión general de la opinión pública de los obreros, aunque esta lo aprobara quizá en silencio. La clase obrera no se puso en oposición a la burguesía hasta que se resistió por la fuerza a la introducción de la maquinaria, como sucedió ya al comienzo mismo del movimiento industrial. Los primeros inventores, Arkwright269 y otros, sufrieron ya persecuciones de este tipo y vieron destrozadas sus máquinas; más tarde hubo multitud de motines contra la maquinaria, en los que las cosas pasaron casi exactamente igual que en los disturbios de los estampadores de Bohemia en junio de 1844: se demolían las fábricas y se hacían añicos las máquinas.

También esta forma de oposición era aislada, limitada a ciertas localidades, y se dirigía solo contra un único aspecto de las condiciones actuales. Una vez alcanzado el objetivo del momento, todo el peso del poder social caía sobre los malhechores, de nuevo indefensos, y los castigaba a su antojo, mientras la maquinaria se introducía de todos modos. Había que encontrar una nueva forma para la oposición.

A ello ayudó una ley dictada por el viejo Parlamento sin reformar, oligárquico y tory, una ley que más tarde, cuando el Reform Bill sancionó legalmente el antagonismo entre burguesía y proletariado y elevó a la burguesía a clase dominante, nunca más habría pasado por la Cámara de los Comunes. Esta ley se aprobó en 1824 y derogó todas las leyes que hasta entonces habían prohibido las asociaciones de obreros con fines obreros.270 Los obreros obtuvieron el derecho de libre asociación, que hasta entonces solo había pertenecido a la aristocracia y a la burguesía. Es cierto que siempre había habido asociaciones secretas entre los obreros, pero nunca habían podido lograr grandes resultados. En Escocia, entre otras, según cuenta Symons (Arts and Artizans, p. 137 y ss.), ya en 1812 hubo entre los tejedores de Glasgow un paro general del trabajo organizado por una asociación secreta. Se repitió en 1822, y en esa ocasión a dos obreros que no quisieron unirse a la asociación, y a los que por eso los asociados consideraban traidores a su clase, les arrojaron vitriolo a la cara, con lo que perdieron la vista. Asimismo, en 1818 la asociación de los mineros escoceses fue lo bastante poderosa para imponer un paro general del trabajo. Estas asociaciones hacían prestar a sus miembros un juramento de fidelidad y de silencio, tenían registros regulares, cajas, contabilidad y ramificaciones locales. Pero el secreto con que se hacía todo paralizaba su desarrollo. En cambio, cuando en 1824 los obreros obtuvieron el derecho de libre asociación, estas organizaciones se extendieron muy pronto por toda Inglaterra y se hicieron poderosas. En todas las ramas de trabajo se formaron asociaciones de este tipo (trades unions) con el propósito declarado de proteger al obrero individual contra la tiranía y el abandono de la burguesía. Sus fines eran: fijar el salario y negociar en masse, como poder, con los patronos; regular el salario según la ganancia del patrono, subirlo cuando se presentaba la ocasión y mantenerlo igual de alto en todas partes dentro de cada oficio; por eso solían negociar con los capitalistas una escala de salarios de observancia general y retirar el trabajo a todo patrono que se negara a adherirse a esa escala. Además, mantener siempre viva la demanda de obreros limitando la admisión de aprendices, y con ello mantener alto el salario; oponerse en lo posible a las rebajas solapadas del salario con que los fabricantes acompañan la introducción de nuevas máquinas y herramientas, etc.; y, por último, socorrer con dinero a los obreros sin trabajo. Esto se hace directamente de la caja de la asociación o mediante una tarjeta en la que consta la necesaria acreditación y con la que el obrero va de un lugar a otro, socorrido por sus compañeros de oficio e informado de la mejor ocasión de encontrar trabajo. Esta peregrinación la llaman los obreros the tramp, y al que así peregrina, tramper. Para alcanzar estos fines se nombra un presidente y un secretario con sueldo —pues es de esperar que ningún fabricante dará empleo a gente así— y un comité que recauda las cuotas semanales y vigila su empleo para los fines de la asociación. Cuando era posible y resultaba ventajoso, los compañeros de oficio de distintos distritos se unían también en una federación y celebraban en fechas fijas asambleas de delegados. En algunos casos se ha intentado unir a los compañeros de un oficio de toda Inglaterra en una sola gran asociación y, varias veces —la primera en 1830—, formar una asociación obrera general de todo el reino, con una organización propia de cada oficio dentro de ella.271 Estas asociaciones, sin embargo, nunca duraron mucho, y rara vez llegaron a formarse siquiera por un momento, porque solo una agitación general extraordinaria es capaz de hacer posible y eficaz una asociación semejante.

Los medios que estas asociaciones suelen emplear para alcanzar sus fines son los siguientes. Si uno o varios patronos se niegan a pagar el salario fijado por la asociación, se le envía una delegación o se le presenta una petición (como se ve, los obreros saben reconocer el poder del fabricante absoluto en su pequeño Estado); si esto no sirve, la asociación ordena dejar el trabajo y todos los obreros se van a casa. Este paro del trabajo (turn-out o strike) es parcial, si son uno o varios los patronos del oficio que se niegan a regular el salario según las propuestas de la asociación, o general, si se niegan todos. Hasta aquí llegan los medios legales de la asociación, siempre que el paro se haga con aviso previo, cosa que no siempre ocurre. Pero estos medios legales son muy débiles mientras haya obreros que estén fuera de la asociación o que se dejen apartar de ella por ventajas momentáneas que les ofrece el burgués. Sobre todo en los paros parciales, el fabricante puede reclutar fácilmente gente entre estas ovejas sarnosas (llamadas knobsticks)272 y hacer así inútiles los esfuerzos de los obreros unidos. Por lo general, los miembros de la asociación amenazan entonces a esos knobsticks, los insultan, los golpean o los maltratan de otro modo; en una palabra, los intimidan por todos los medios; sigue una denuncia, y como la burguesía, tan amante de la ley, todavía tiene el poder, la fuerza de la asociación queda casi siempre rota por el primer acto ilegal, por la primera denuncia judicial contra sus miembros.

La historia de estas asociaciones es una larga serie de derrotas de los obreros, interrumpida por unas pocas victorias aisladas. Es natural que todos estos esfuerzos no puedan cambiar la ley de la economía según la cual el salario se rige por la relación entre la demanda y la oferta en el mercado de trabajo. Por eso estas asociaciones son impotentes contra todas las causas grandes que actúan sobre esa relación; en una crisis comercial, la asociación tiene que rebajar ella misma el salario o disolverse del todo, y si la demanda de trabajo aumenta considerablemente no puede subir el salario más de lo que de todos modos lo subiría por sí sola la competencia entre los capitalistas. Pero contra causas menores, que actúan aisladamente, sí son poderosas. Si el fabricante no tuviera que esperar de los obreros una oposición concentrada, en masa, iría rebajando poco a poco, en su propio provecho, el salario cada vez más; la lucha de la competencia que tiene que sostener con los demás fabricantes le obligaría incluso a ello, y el salario caería pronto a su mínimo. Pero esta competencia de los fabricantes entre sí queda frenada, en circunstancias normales, por la oposición de los obreros. Todo fabricante sabe que una rebaja del salario no justificada por circunstancias a las que también estén sometidos sus competidores tendría por consecuencia una huelga que le causaría un perjuicio seguro, porque su capital estaría ocioso mientras durase y su maquinaria se oxidaría, mientras que en tal caso es muy dudoso que logre imponer su rebaja, y tiene la certeza de que, si lo consigue, sus competidores le seguirán, bajarán los precios del producto y le quitarán así de nuevo la ganancia. Además, las asociaciones consiguen a menudo, después de una crisis, que el salario suba más deprisa de lo que subiría sin ellas; el fabricante tiene interés en no subir el salario antes de que le obligue a ello la competencia de los demás fabricantes, mientras que ahora son los propios obreros los que exigen un salario más alto cuando el mercado mejora, y en tales circunstancias, al haber menos obreros entre los que elegir, a menudo pueden obligar al fabricante a subirlo mediante un paro. Pero, como hemos dicho, contra las causas más importantes que alteran el mercado de trabajo las asociaciones no tienen efecto. En esos casos el hambre empuja poco a poco a los obreros a volver al trabajo en cualesquiera condiciones, y en cuanto algunos han vuelto, el poder de la asociación queda roto, porque esos pocos knobsticks, junto con las existencias de mercancías que todavía quedan en el mercado, ponen a la burguesía en condiciones de evitar las peores consecuencias de la paralización del negocio. Los fondos de la asociación se agotan pronto por la cantidad de personas a las que hay que socorrer; el crédito que dan los tenderos a un interés alto se niega a la larga, y la miseria obliga a los obreros a volver al yugo de la burguesía. Pero como los fabricantes, en su propio interés —aunque solo la oposición de los obreros ha hecho que sea su interés—, tienen que evitar toda rebaja innecesaria del salario, mientras que los obreros sienten en cada rebaja impuesta por la situación comercial un empeoramiento de su suerte contra el que tienen que defenderse en lo posible, la mayoría de las huelgas acaban en perjuicio de los obreros. Se preguntará por qué los obreros dejan el trabajo en esos casos, en los que la inutilidad de la medida salta a la vista. Sencillamente porque tienen que protestar contra la rebaja del salario e incluso contra la necesidad de esa rebaja; porque tienen que declarar que ellos, como hombres, no han de plegarse a las circunstancias, sino que son las circunstancias las que han de plegarse a ellos, a los hombres; porque su silencio sería un reconocimiento de esas circunstancias, un reconocimiento del derecho de la burguesía a explotar a los obreros en los buenos tiempos del comercio y a dejarlos morir de hambre en los malos. Los obreros tienen que protestar contra esto mientras no hayan perdido todo sentimiento humano, y si protestan así y no de otro modo es porque son ingleses, gente práctica, que presenta su protesta con un hecho, y no como los teóricos alemanes, que se van a dormir tranquilos en cuanto su protesta queda debidamente levantada en acta y archivada, para dormir allí tan tranquila como los que protestan. La protesta de hecho del inglés, en cambio, tiene su efecto: mantiene la codicia de la burguesía dentro de ciertos límites y conserva viva la oposición de los obreros contra la omnipotencia social y política de la clase poseedora, aunque también les obliga a reconocer que hace falta algo más que asociaciones obreras y huelgas para romper el dominio de la burguesía. Pero lo que da a estas asociaciones y a las huelgas que de ellas surgen su verdadera importancia es que son el primer intento de los obreros de abolir la competencia. Presuponen la comprensión de que el dominio de la burguesía descansa únicamente en la competencia de los obreros entre sí, es decir, en la fragmentación del proletariado, en la oposición de unos obreros contra otros. Y precisamente porque se dirigen, aunque sea de manera parcial y limitada, contra la competencia, contra el nervio vital del orden social actual, precisamente por eso son tan peligrosas para este orden social. El obrero no puede atacar a la burguesía, y con ella a toda la organización existente de la sociedad, en ningún punto más sensible que en este. Si se perturba la competencia de los obreros entre sí, si todos los obreros están decididos a no dejarse explotar más por la burguesía, el reino de la propiedad se ha terminado. El salario depende de la relación entre la demanda y la oferta, de la situación fortuita del mercado de trabajo, únicamente porque los obreros han consentido hasta ahora que se les trate como una cosa que se compra y se vende. Si los obreros deciden no dejarse comprar y vender más, si al determinar cuál es en realidad el valor del trabajo se presentan como hombres que, además de fuerza de trabajo, tienen voluntad, se acabó toda la economía política actual y las leyes del salario. Es cierto que las leyes del salario volverían a imponerse a la larga si los obreros se quedaran en la abolición de la competencia entre ellos mismos; pero eso no pueden hacerlo sin abandonar todo su movimiento anterior, sin restablecer esa competencia de los obreros entre sí; es decir, no pueden hacerlo en absoluto. La necesidad los obliga a abolir no solo una parte de la competencia, sino la competencia en general, y eso es lo que harán. Los obreros comprenden ya cada día mejor lo que les trae la competencia; comprenden mejor que los burgueses que también la competencia de los poseedores entre sí, al producir las crisis comerciales, pesa sobre el obrero, y que también hay que suprimirla. Pronto comprenderán cómo tienen que hacerlo.

No hace falta decir que estas asociaciones contribuyen mucho a alimentar el odio y la exasperación de los obreros contra la clase poseedora. Por eso de ellas parten —con o sin conocimiento de sus dirigentes—, en tiempos de agitación extraordinaria, algunos actos que solo pueden explicarse por un odio llevado hasta la desesperación, por una pasión salvaje que rompe todas las barreras. De este tipo son los casos antes mencionados de rociar con vitriolo y una serie de otros, de los que voy a contar algunos. En 1831, durante un violento movimiento obrero, el joven Ashton, fabricante en Hyde, cerca de Manchester, fue muerto a tiros una noche mientras atravesaba los campos, y nunca se descubrió rastro del autor. No hay duda de que fue un acto de venganza de obreros. Los incendios provocados y los intentos de voladura son muy frecuentes. El viernes 29 de septiembre de 1843 se intentó volar el taller del fabricante de sierras Padgin, en Howard Street, Sheffield. El medio fue un tubo de hierro lleno de pólvora y cerrado con una cuña; los daños fueron considerables. Al día siguiente, el 30 de septiembre, hubo un intento parecido en la fábrica de cuchillos y limas de Ibbetson, en Shales Moor, cerca de Sheffield. El señor Ibbetson se había hecho odiar por su participación activa en los movimientos de la burguesía, por los bajos salarios, por emplear exclusivamente knobsticks y por explotar en su provecho las leyes de pobres (durante la crisis de 1842 obligó a los obreros a aceptar salarios bajos denunciando a la administración de pobres a los que se negaban como gente que podía tener trabajo, pero no quería, y que por tanto no merecía socorro). La explosión causó bastantes daños, y todos los obreros que fueron a verlos solo lamentaban «que no hubiera volado todo el tinglado». El viernes 6 de octubre de 1843, un intento de incendio en la fábrica de Ainsworth y Crompton, en Bolton, no causó daños; era el tercer o cuarto intento en muy poco tiempo y en la misma fábrica. En la sesión del ayuntamiento de Sheffield del miércoles 10 de enero de 1844, el comisario de policía presentó una máquina de hierro fundido hecha a propósito para volar edificios que, cargada con cuatro libras de pólvora y provista de una mecha encendida, pero apagada después, se había encontrado en la fábrica del señor Kitchen, en Earl Street, Sheffield. El domingo 20 de enero de 1844 se produjo una explosión en el aserradero de Bentley y White, en Bury, Lancashire, causada por paquetes de pólvora arrojados al interior, que causó daños considerables. El jueves 1 de febrero de 1844 se prendió fuego a las Soho Wheel Works de Sheffield, que fueron pasto de las llamas. Son seis casos de este tipo en cuatro meses, todos los cuales tienen su razón de ser únicamente en la exasperación de los obreros contra los patronos. No necesito decir qué estado social tiene que ser aquel en el que cosas así son siquiera posibles. Estos hechos son prueba suficiente de que en Inglaterra, incluso en épocas de negocios prósperos, como a finales de 1843, la guerra social está declarada y se libra abiertamente; ¡y sin embargo la burguesía inglesa sigue sin entrar en razón! Pero el caso que habla más alto es el de los thugs de Glasgow,273 que se vio ante la audiencia de esa ciudad del 3 al 11 de enero de 1838.274 De la vista se desprendió que la asociación de los hiladores de algodón, que existía allí desde 1816, tenía una organización y una fuerza poco comunes. Los miembros estaban obligados por juramento a acatar las decisiones de la mayoría, y durante cada huelga tenían un comité secreto, desconocido para la gran masa de los miembros, que disponía sin límites de los fondos. El comité ponía precio a la cabeza de knobsticks y de fabricantes odiados, y a los incendios de fábricas. Así se prendió fuego a una fábrica en la que se empleaba a mujeres knobsticks para hilar en lugar de los hombres; se asesinó a una tal señora MacPherson, madre de una de esas muchachas, y los dos asesinos fueron enviados a América por cuenta de la asociación. Ya en 1820 se había disparado contra un knobstick llamado MacQuarry, que resultó herido, por lo que el autor recibió de la asociación 15 libras esterlinas. Más tarde se disparó igualmente contra un tal Graham; el autor recibió 20 libras, pero fue descubierto y deportado de por vida. Por último, en mayo de 1837, a raíz de una huelga en las fábricas de Oatbank y Mile End, hubo disturbios en los que se maltrató a una docena de knobsticks; en julio del mismo año los disturbios continuaban, y un tal Smith, knobstick, fue maltratado de tal manera que murió. Entonces se detuvo al comité, se abrió la instrucción y, a consecuencia de ella, el presidente y los principales miembros fueron declarados culpables de pertenecer a asociaciones ilegales, de maltratar a los knobsticks y de incendiar la fábrica de James y Francis Wood, y deportados por siete años. ¿Qué dicen nuestros buenos alemanes a esta historia?275

La clase poseedora, y en especial su parte fabricante, que está en contacto directo con los obreros, arremete con la mayor violencia contra estas asociaciones y trata continuamente de demostrar a los obreros su inutilidad con razones que son muy exactas desde el punto de vista de la economía política, pero que precisamente por eso son en parte falsas y del todo ineficaces para el entendimiento de un obrero. El celo mismo de la burguesía demuestra ya que no es desinteresada en el asunto, y, aparte del perjuicio inmediato de una huelga, las cosas están aquí de tal modo que lo que va a parar al bolsillo del fabricante tiene que salir necesariamente del bolsillo del obrero. Y aunque los obreros no supieran demasiado bien que las asociaciones mantienen en cierta medida a raya el afán de sus patronos de rebajar a porfía los salarios, seguirían en ellas ya solo porque así perjudican a los fabricantes, sus adversarios. En la guerra, el perjuicio de un bando es el provecho del otro, y como los obreros están en pie de guerra con sus patronos, no hacen sino lo mismo que hacen los altos potentados cuando se tiran de los pelos. Por encima de todos los demás burgueses, el enemigo más furioso de toda asociación obrera vuelve a ser nuestro amigo el doctor Ure. Echa espuma de indignación contra los «tribunales secretos» de los hiladores de algodón, la sección obrera más poderosa, tribunales que se jactan de poder paralizar a cualquier fabricante desobediente «y arruinar así al hombre que durante años les dio el sustento». Habla de una época «en que la cabeza inventiva y el corazón vivificante de la industria estaban sometidos a servidumbre por los inquietos miembros inferiores» —lástima que los obreros ingleses no se dejen apaciguar tan fácilmente con tu fábula como los plebeyos romanos, ¡nuevo Menenio Agripa!276— y cuenta por último la siguiente bonita historia: los hiladores de mule de hilo grueso habían abusado una vez de sus fuerzas hasta lo insoportable. Los salarios altos, en lugar de conducirlos a la gratitud hacia el fabricante y a la formación intelectual (en ciencias inofensivas, y aun útiles para la burguesía, se entiende), habían producido en muchos casos orgullo y habían proporcionado fondos para sostener el espíritu rebelde en huelgas con las que se había castigado de manera completamente arbitraria a un fabricante tras otro. Durante un desdichado alboroto de este tipo en Hyde, Dukinfield y las localidades vecinas, los fabricantes de la comarca, temiendo verse expulsados del mercado por los franceses, los belgas y los norteamericanos, se dirigieron a la fábrica de máquinas de Sharp, Roberts y Cía. con el ruego de que orientara el talento inventivo del señor Sharp hacia la construcción de una mule automática, para «salvar el negocio de una esclavitud amarga y de una ruina inminente».

«En pocos meses estuvo lista una máquina dotada en apariencia de la capacidad de pensar, del sentimiento y del tacto del obrero experimentado. Así salió el hombre de hierro, como lo llaman los obreros, de las manos del moderno Prometeo a la orden de Minerva: una criatura destinada a restablecer el orden entre las clases industriales y a asegurar a los ingleses el dominio de la industria. La noticia de este prodigio hercúleo sembró el espanto en la asociación obrera, y antes incluso de salir, por así decir, de la cuna, estranguló a la hidra de la anarquía.»

Así demuestra además Ure que la invención de la máquina con la que se estampan cuatro y cinco colores a la vez fue consecuencia de los disturbios entre los estampadores de indianas, que la insubordinación de los encoladores de urdimbre en las tejedurías mecánicas dio lugar a una nueva máquina de encolar perfeccionada, y otros casos semejantes.277 ¡Y el mismo Ure se toma poco antes el trabajo de demostrar a lo largo de varios pliegos que la maquinaria es ventajosa para los obreros! Por lo demás, Ure no es el único; en el informe fabril, el señor Ashworth, el fabricante, y muchos otros no dejan pasar ocasión de desahogar su cólera contra estas asociaciones. Estos sabios burgueses hacen exactamente lo mismo que ciertos gobiernos y atribuyen todos los movimientos que no entienden a la influencia de agitadores malintencionados, de gente mal dispuesta, de demagogos, de vocingleros y de jóvenes; afirman que los agentes pagados de estas asociaciones tienen interés en la agitación porque viven de ella, ¡como si no fuera la burguesía la que hace necesario ese pago, porque no quiere dar empleo a gente así!

La increíble frecuencia de estos paros es la mejor prueba de hasta qué punto se ha abatido ya la guerra social sobre Inglaterra. No pasa semana, y casi ni un día, sin que haya aquí o allá una huelga: unas veces por una rebaja del salario, otras por la negativa a subirlo, otras por el empleo de knobsticks, otras por la negativa a corregir abusos o malas instalaciones, otras por una maquinaria nueva, otras por otras cien causas. Estas huelgas no son todavía, desde luego, más que escaramuzas de avanzadilla, a veces también combates de mayor importancia; no deciden nada, pero son la prueba más segura de que se acerca la batalla decisiva entre el proletariado y la burguesía. Son la escuela de guerra de los obreros, en la que se preparan para la gran lucha, que ya no puede evitarse; son los pronunciamientos de las distintas ramas de trabajo sobre su adhesión al gran movimiento obrero. Y si se repasa un año entero del Northern Star, el único periódico que informa de todos los movimientos del proletariado, se verá que todos los obreros de las ciudades y de la industria rural se han unido en asociaciones y han protestado de vez en cuando con paros generales contra el dominio de la burguesía. Y como escuela de guerra su efecto es insuperable. En ellas se desarrolla la valentía peculiar del inglés. En el continente se dice que los ingleses, y en especial los obreros, son cobardes, que no podrían hacer una revolución porque no se amotinan a cada momento como los franceses, porque soportan con aparente tranquilidad el régimen de la burguesía. Esto es completamente falso. Los obreros ingleses no ceden en valor a ninguna nación; son tan inquietos como los franceses, pero luchan de otro modo. Los franceses, que son de naturaleza enteramente política, luchan también contra los males sociales por la vía política; los ingleses, para quienes la política solo existe en razón del interés, en razón de la sociedad burguesa, luchan directamente contra la burguesía en lugar de contra el gobierno, y esto, por el momento, solo puede hacerse con eficacia por la vía pacífica. El estancamiento de los negocios y la miseria que le siguió produjeron en 1834, en Lyon, la insurrección por la república;278 en 1842, en Manchester, la huelga general por la Carta del Pueblo y por salarios altos. Pero es evidente que para una huelga hace falta también valor, y valor considerable, a menudo un valor mucho más alto, una resolución mucho más audaz y firme que para un motín. No es en verdad poca cosa para un obrero que conoce la miseria por experiencia ir a su encuentro con mujer e hijos, soportar meses enteros el hambre y la necesidad y mantenerse firme e inquebrantable. ¿Qué es la muerte, qué son las galeras que esperan al revolucionario francés, comparadas con la lenta muerte por hambre, con la visión diaria de la familia que se muere de hambre, con la certeza de la venganza futura de la burguesía, que el obrero inglés prefiere a someterse al yugo de la clase poseedora? Más abajo veremos un ejemplo de este valor tenaz, invencible, del obrero inglés, que solo cede a la fuerza cuando toda resistencia sería inútil y absurda. Y precisamente en esta tranquila perseverancia, en esta resolución prolongada que tiene que superar cien pruebas cada día, precisamente aquí desarrolla el obrero inglés el lado más respetable de su carácter. Gente que soporta tanto para doblegar a un solo burgués será capaz también de romper el poder de toda la burguesía. Pero aun aparte de esto, el obrero inglés ha demostrado valor con bastante frecuencia. Que la huelga de 1842 no tuviera más consecuencias se debió a que los obreros, en parte, fueron empujados a ella por la burguesía y, en parte, no tenían claro su objetivo ni estaban de acuerdo sobre él. Pero, por lo demás, cuando se trataba de fines sociales determinados, han demostrado su valor con bastante frecuencia. Por no hablar de la insurrección galesa de 1839,279 mientras yo estaba en Manchester (en mayo de 1843) se libró allí un verdadero combate. Una fábrica de ladrillos (Pauling & Henfrey) había aumentado el tamaño de los ladrillos sin subir el salario, y naturalmente vendía los ladrillos más grandes a mayor precio. Los obreros, a los que se negó un salario más alto, se marcharon, y la asociación de los ladrilleros declaró a la firma en entredicho. Con mucho trabajo, la firma consiguió, sin embargo, procurarse obreros en los alrededores y entre los knobsticks, contra los que primero se recurrió a la intimidación. La firma puso a vigilar el patio a doce hombres, todos antiguos soldados y policías, y los armó con fusiles. Como la intimidación no sirvió de nada, una noche, a las diez, un grupo de ladrilleros que avanzaba en orden militar, con las primeras filas armadas de fusiles, asaltó el patio, que está a menos de cuatrocientos pasos de un cuartel de infantería.280 Los hombres entraron y, en cuanto vieron a los guardianes, dispararon contra ellos, pisotearon los ladrillos húmedos extendidos en el suelo, derribaron las hileras apiladas de los ya secos, demolieron todo lo que encontraron a su paso y entraron en un edificio donde destrozaron los muebles y maltrataron a la mujer del capataz que vivía allí. Entretanto, los guardianes se habían apostado detrás de un seto desde el que podían disparar seguros y sin estorbo; los asaltantes estaban delante de un horno de ladrillos encendido que los iluminaba vivamente, de modo que todas las balas de sus adversarios daban en el blanco, mientras que todos los disparos de su lado erraban. Con todo, el tiroteo siguió más de media hora, hasta que se agotó la munición y se cumplió el objetivo de la visita: la destrucción de todo lo destructible que había en el patio. Entonces llegó la tropa, y los ladrilleros se retiraron hacia Eccles (a tres millas de Manchester). Poco antes de Eccles pasaron lista, llamando a cada hombre por su número en la sección, y luego se dispersaron, naturalmente solo para caer con tanta mayor seguridad en manos de la policía, que llegaba por todas partes. El número de heridos debió de ser muy considerable, pero solo se supo de los que fueron detenidos después. Uno de ellos había recibido tres balazos, en el muslo, en la pantorrilla y en el hombro, y así se había arrastrado más de cuatro millas. Esta gente ha demostrado, me parece, que también tiene valor revolucionario y que no teme una lluvia de balas; pero si unas masas desarmadas, que ni siquiera saben bien lo que quieren, son contenidas en plazas de mercado cerradas por un par de dragones y de policías que ocupan los accesos, como ocurrió en 1842, eso no es en absoluto falta de valor: la masa tampoco se habría movido si no hubieran estado allí los servidores del poder público, es decir, burgués. Donde el pueblo tuvo ante sí fines determinados, mostró valor de sobra, por ejemplo en el ataque a la fábrica de Birley,281 que después hubo que proteger emplazando artillería.

A propósito de esto, unas palabras sobre el respeto sagrado a la ley en Inglaterra. Ciertamente, para el burgués la ley es sagrada, porque es obra suya, dictada con su consentimiento y para su protección y provecho. Sabe que, aunque una ley concreta le perjudique en especial, el conjunto de la legislación protege sus intereses, y que, sobre todo, la santidad de la ley, la intangibilidad del orden establecido de una vez por la manifestación activa de la voluntad de una parte de la sociedad y la pasiva de la otra, es el más fuerte sostén de su posición social. Porque el burgués inglés se reencuentra a sí mismo en la ley como en su Dios, por eso la tiene por sagrada, por eso la porra del policía, que en realidad es su propia porra, tiene para él un poder tranquilizador maravilloso. Pero para el obrero, desde luego que no. El obrero sabe demasiado bien, y lo ha experimentado demasiadas veces, que la ley es para él una vara que el burgués ha atado para azotarlo, y cuando no está obligado no hace caso de la ley. Es ridículo afirmar que el obrero inglés tiene miedo a la policía, cuando en Manchester la policía recibe palos todas las semanas y el año pasado se llegó a intentar incluso el asalto de una comisaría protegida con puertas de hierro y pesados postigos. El poder de la policía en la huelga de 1842 residía, como ya se ha dicho, únicamente en la perplejidad de los propios obreros.

Ahora bien, como los obreros no respetan la ley, sino que se limitan a aceptar su poder allí donde no tienen el poder de cambiarla, lo más natural es que al menos tengan propuestas para cambiarla, que quieran poner en lugar de la ley de la burguesía una ley del proletariado. Esta ley propuesta por el proletariado es la Carta del Pueblo (People's Charter), que en su forma es puramente política y exige una base democrática para la Cámara de los Comunes. El cartismo es la forma compacta de la oposición a la burguesía. En las asociaciones y en las huelgas, la oposición seguía siendo siempre aislada: eran obreros o secciones de obreros aislados los que luchaban contra burgueses aislados; si la lucha se hacía general, rara vez era por propósito de los obreros, y cuando era deliberado, en el fondo del propósito estaba el cartismo. Pero en el cartismo es toda la clase obrera la que se alza contra la burguesía y ataca, ante todo, su poder político, la muralla legal con que se ha rodeado. El cartismo ha salido del partido demócrata, que se desarrolló en los años ochenta del siglo pasado a la vez que el proletariado y dentro de él, ganó fuerza durante la Revolución francesa, apareció tras la paz282 como partido «radical», tenía entonces su sede principal en Birmingham y en Manchester, como antes en Londres, arrancó a los oligarcas del viejo Parlamento el Reform Bill uniéndose con la burguesía liberal y desde entonces se ha consolidado cada vez más claramente como partido obrero frente a la burguesía. En 1838, un comité de la Asociación General de Obreros de Londres (Working Men's Association), con William Levett283 a la cabeza, redactó la Carta del Pueblo, cuyos «seis puntos» son los siguientes: 1) sufragio universal para todo hombre mayor de edad que esté en su sano juicio y no haya sido condenado por ningún delito; 2) parlamentos renovados cada año; 3) dietas para los miembros del Parlamento, para que también los que carecen de medios puedan aceptar una elección; 4) votación secreta, para evitar el soborno y la intimidación por parte de la burguesía; 5) distritos electorales iguales, para asegurar una representación igualmente justa, y 6) abolición del requisito —de todos modos ilusorio— de poseer bienes raíces por valor de 300 libras esterlinas para ser elegible, de modo que todo elector sea también elegible. Estos seis puntos, que se limitan todos a la composición de la Cámara de los Comunes, por inocentes que parezcan, bastan sin embargo para hacer añicos la Constitución inglesa con reina y Cámara de los Lores incluidas. El llamado elemento monárquico y aristocrático de la Constitución solo puede mantenerse porque la burguesía tiene interés en conservarlo en apariencia; y ninguno de los dos tiene ya más que una existencia aparente. Pero en cuanto toda la opinión pública esté detrás de la Cámara de los Comunes, en cuanto esta exprese la voluntad no ya solo de la burguesía, sino de toda la nación, absorberá todo el poder tan completamente que caerá también el último halo de santidad de la cabeza del monarca y de la aristocracia. El obrero inglés no respeta ni a los lores ni a la reina, mientras que la burguesía, aunque en los hechos cuenten poco para ella, idolatra sus personas. El cartista inglés es políticamente republicano, aunque nunca, o rara vez, pronuncie la palabra; simpatiza, eso sí, con los partidos republicanos de todos los países y prefiere llamarse demócrata. Pero es algo más que un simple republicano; su democracia no es una democracia meramente política.

Es cierto que el cartismo fue desde su comienzo, en 1835,284 sobre todo un movimiento entre los obreros, pero aún no estaba claramente separado de la pequeña burguesía radical. El radicalismo obrero iba de la mano del radicalismo de la burguesía; la Carta era el shibboleth285 de ambos, celebraban juntos cada año sus «convenciones nacionales», parecían un solo partido. La pequeña burguesía estaba entonces, precisamente por la decepción ante los resultados del Reform Bill y por los malos años comerciales de 1837 a 1839, en un ánimo muy belicoso y sanguinario, de modo que la violenta agitación cartista le parecía muy bien. De la violencia de esa agitación no se tiene idea en Alemania. Se exhortaba al pueblo a armarse, y a menudo también directamente a sublevarse; se fabricaban picas, como antes en tiempos de la Revolución francesa, y en 1838, entre otros, andaba de un lado a otro un tal Stephens,286 predicador metodista, que dijo al pueblo de Manchester reunido:

«No tenéis que temer el poder del gobierno, los soldados, las bayonetas y los cañones que están a disposición de vuestros opresores; tenéis un medio mucho más poderoso que todo eso, un arma contra la que nada pueden las bayonetas y los cañones, y un niño de diez años puede blandir esa arma: no tenéis más que coger un par de cerillas y un haz de paja empapado en pez, y ya veré yo qué pueden el gobierno y sus cientos de miles de soldados contra esta sola arma, si se emplea con audacia.»287

Pero al mismo tiempo se mostraba ya entonces el carácter peculiar, social, del cartismo obrero. El mismo Stephens dijo en una asamblea de 200 000 personas en Kersall Moor, el ya mencionado Mons Sacer de Manchester:

«El cartismo, amigos míos, no es una cuestión política en la que se trate de que obtengáis el derecho de voto, etc.; el cartismo es una cuestión de cuchillo y tenedor: la Carta quiere decir buena vivienda, buena comida y bebida, buen pasar y jornada corta.»

Así, ya en aquella época los movimientos contra la nueva Ley de Pobres y por el proyecto de ley de las diez horas estaban en la relación más estrecha con el cartismo. En todos los mítines de esa época participaba el tory Oastler, y junto a la Petición Nacional por la Carta del Pueblo, adoptada en Birmingham, se adoptaron cientos de peticiones por la mejora social de la situación de los obreros; en 1839 la agitación siguió con la misma viveza, y cuando a finales de año empezó a decaer algo, Bussey, Taylor y Frost288 se apresuraron a hacer estallar un motín al mismo tiempo en el norte de Inglaterra, en Yorkshire y en Gales. Frost, al ser delatado su plan, tuvo que lanzarse demasiado pronto, y por eso fracasó su empresa; los del norte se enteraron del desgraciado desenlace todavía a tiempo para poder retirarse; dos meses más tarde, en enero de 1840, estallaron en Yorkshire varios de los llamados motines policiales (spy outbreaks),289 por ejemplo en Sheffield y en Bradford, y la agitación fue decayendo poco a poco. Entretanto, la burguesía se lanzó a proyectos más prácticos y más ventajosos para ella, sobre todo a las leyes de cereales; se formó en Manchester la Asociación contra las Leyes de Cereales, y la consecuencia fue que se aflojaron los lazos entre la burguesía radical y el proletariado. Los obreros comprendieron pronto que la abolición de las leyes de cereales podía servirles a ellos de poco, mientras que a la burguesía le era sin duda muy ventajosa, y por eso no hubo manera de ganarlos para este proyecto. Estalló la crisis de 1842. La agitación volvió a ser tan viva como en 1839. Pero esta vez participó también en ella la burguesía rica y fabricante, que sufría muy duramente precisamente esta crisis. La Liga contra las Leyes de Cereales —así se llamaba ahora la asociación nacida de los fabricantes de Manchester— adoptó una tendencia muy radical y violenta. Sus periódicos y sus agitadores usaban un lenguaje abiertamente revolucionario, que tenía su razón también en que desde 1841 gobernaba el partido conservador. Como antes los cartistas, ahora eran ellos los que incitaban directamente a la rebelión, y los obreros, que eran los que más sufrían la crisis, tampoco estaban inactivos, como lo demuestra la Petición Nacional de ese año con sus 3 1/2 millones de firmas. En una palabra, si los dos partidos radicales se habían distanciado algo, ahora volvieron a aliarse; el 15 de febrero de 1842, en una reunión de liberales y cartistas en Manchester, se redactó una petición que exigía tanto la abolición de las leyes de cereales como la implantación de la Carta y que al día siguiente adoptaron ambos partidos. La primavera y el verano pasaron entre una agitación violenta y una miseria creciente. La burguesía estaba decidida a imponer la abolición de las leyes de cereales con ayuda de la crisis, de la miseria que la seguía y de la agitación general. Esta vez, como gobernaban los tories, renunció incluso a medias a su legalidad; quería hacer la revolución, pero con ayuda de los obreros. Los obreros tenían que sacarle las castañas del fuego y quemarse los dedos en beneficio de la burguesía. Desde muchas partes se volvió a la idea, lanzada ya antes (1839) por los cartistas, de un «mes sagrado», de un paro general de todos los obreros; pero esta vez no eran los obreros los que querían parar, sino los fabricantes, que querían cerrar sus fábricas, mandar a los obreros a los municipios rurales, a las fincas de la aristocracia, y obligar así al Parlamento tory y al gobierno a suprimir los aranceles del grano. Naturalmente, la consecuencia habría sido una sublevación, pero la burguesía estaba segura en segundo plano y podía esperar el resultado sin comprometerse, en el peor de los casos. A finales de julio el negocio empezó a mejorar; era el último momento, y para no dejar pasar la ocasión, ahora, con una coyuntura al alza (véanse los informes comerciales de Manchester y Leeds de finales de julio y comienzos de agosto), tres firmas de Salybridge290 rebajaron el salario; si por su cuenta o de acuerdo con los demás fabricantes y en especial con la Liga, no lo decidiré yo. Dos de ellas, sin embargo, se volvieron atrás; la tercera, William Bailey y Hermanos, se mantuvo firme y dijo a los obreros que se quejaban que, si aquello no les convenía, quizá harían mejor en pasarse un tiempo jugando. Los obreros acogieron esta frase burlona con hurras, dejaron la fábrica, recorrieron el pueblo y llamaron a todos los obreros a parar. En pocas horas estaban paradas todas las fábricas, y los obreros marcharon en procesión a Mottram Moor para celebrar un mitin. Esto fue el 5 de agosto. El 8 de agosto marcharon a Ashton y a Hyde, cinco mil hombres, pararon todas las fábricas y minas de carbón y celebraron mítines en los que, sin embargo, no se habló de abolir las leyes de cereales, como había esperado la burguesía, sino de «un jornal honrado por una jornada de trabajo honrada» (a fair day's wage for a fair day's work). El 9 de agosto marcharon sobre Manchester, las autoridades, que eran todas liberales, les dejaron entrar, y pararon las fábricas; el 11 estaban en Stockport, donde no se les opuso resistencia hasta que asaltaron el asilo de pobres, ese niño mimado de la burguesía; el mismo día hubo en Bolton paro general y disturbios, a los que tampoco se opusieron las autoridades; pronto la sublevación se había extendido por todos los distritos industriales, y todos los trabajos, salvo la recogida de la cosecha y la preparación de alimentos, estaban parados. Pero también los obreros sublevados se mantuvieron tranquilos. Los habían empujado a esta sublevación sin que ellos lo quisieran; los fabricantes, con la única excepción del tory Birley, de Manchester, no se habían opuesto al paro, muy en contra de su costumbre; la cosa había empezado sin que los obreros tuvieran un fin determinado. Por eso, aunque todos estaban de acuerdo en no dejarse fusilar en beneficio de sus fabricantes abolicionistas de las leyes de cereales, por lo demás unos querían imponer la Carta del Pueblo y otros, que lo consideraban prematuro, solo arrancar las tarifas salariales de 1840. En eso fracasó toda la insurrección. Si hubiera sido desde el principio una insurrección obrera deliberada, consciente, habría triunfado sin duda; pero esas masas, a las que sus patronos habían echado a la calle sin que ellas lo quisieran, que no tenían ningún propósito determinado, no podían hacer nada. Entretanto la burguesía, que no había movido un dedo para cumplir la alianza del 15 de febrero, comprendió muy pronto que los obreros no querían prestarse a ser sus instrumentos y que la inconsecuencia con que ella se había apartado de su punto de vista «legal» la ponía a ella misma en peligro; volvió por eso a su vieja legalidad y se puso del lado del gobierno contra los obreros, a los que ella misma había incitado primero a la sublevación y empujado después a ella. Se hizo tomar juramento como agentes especiales,291 a sí misma y a sus fieles servidores —también los comerciantes alemanes de Manchester participaron y desfilaron por la ciudad con sus gruesos bastones, el cigarro en la boca, de la manera más inútil—; hizo disparar contra el pueblo en Preston, y así la sublevación popular sin propósito tuvo de pronto frente a sí no solo la fuerza militar del gobierno, sino también a toda la clase poseedora. Los obreros, que de todos modos no tenían ningún fin, se fueron dispersando poco a poco, y la insurrección se extinguió sin malas consecuencias. Después, la burguesía cometió todavía una infamia tras otra, trató de lavarse las manos con un horror a la intervención violenta del pueblo que casaba mal con su lenguaje revolucionario de la primavera, echó la culpa de la sublevación a los «agitadores» cartistas, etc., cuando ella había hecho mucho más que estos para provocarla, y volvió a adoptar con una desvergüenza sin igual su antiguo punto de vista del respeto sagrado a la ley. Los cartistas, que no habían contribuido casi en nada a la sublevación, que solo habían hecho lo mismo que se proponía también la burguesía, es decir, aprovechar la ocasión, fueron llevados ante los tribunales y condenados, mientras la burguesía salía indemne y había vendido con ganancia sus existencias durante el paro.

El fruto de la sublevación fue la separación completamente decidida del proletariado respecto de la burguesía. Los cartistas apenas habían ocultado hasta entonces que impondrían su Carta por cualquier medio, incluso por una revolución; la burguesía, que de golpe comprendió ahora lo peligrosa que era para su posición toda conmoción violenta, ya no quería saber nada de la «fuerza física» y solo quería realizar sus fines por la «fuerza moral», como si esta fuera otra cosa que la amenaza directa o indirecta de la fuerza física. Este era uno de los puntos de discordia, que, sin embargo, quedó eliminado en la práctica por la declaración posterior de los cartistas —que son tan dignos de crédito como la burguesía liberal— de que tampoco ellos apelaban a la fuerza física. Pero el segundo punto de discordia, el principal, el que hizo aparecer precisamente el cartismo en su pureza, era la cuestión de las leyes de cereales. En ella estaba interesada la burguesía radical, pero no el proletariado. El partido cartista existente hasta entonces se dividió por eso en dos partidos cuyos principios políticos declarados coinciden por completo, pero que son totalmente distintos e incompatibles. En la Convención Nacional de Birmingham, en enero de 1843,292 Sturge, el representante de la burguesía radical, propuso suprimir el nombre de la Carta de los estatutos de la asociación cartista, supuestamente porque, a raíz de la insurrección, ese nombre estaba ligado a recuerdos revolucionarios violentos, un vínculo que, por lo demás, existía desde hacía años y contra el que el señor Sturge no había tenido nada que objetar hasta entonces. Los obreros no quisieron renunciar al nombre, y cuando Sturge fue derrotado en la votación, el cuáquero, que de pronto se había vuelto leal, salió de la sala con la minoría y fundó con la burguesía radical una Complete Suffrage Association. Tan repugnantes se le habían vuelto estos recuerdos al burgués que poco antes era jacobino, ¡que cambió incluso el nombre de sufragio universal (universal suffrage) por el ridículo de sufragio completo (complete suffrage)! Los obreros se rieron de él y siguieron tranquilamente su camino.

A partir de ese momento el cartismo fue una causa puramente obrera, libre de todos los elementos burgueses. Los periódicos «completos» —Weekly Dispatch, Weekly Chronicle, Examiner, etc.— cayeron poco a poco en la manera soñolienta de los demás periódicos liberales, defendieron el librecambio, atacaron el proyecto de ley de las diez horas y todas las propuestas exclusivamente obreras y, en conjunto, dejaron que el radicalismo se notara poco. La burguesía radical se unió en todos los choques a los liberales contra los cartistas y, en general, hizo de la cuestión de las leyes de cereales, que para el inglés es la cuestión de la libre competencia, su tarea principal. Con ello cayó bajo el dominio de la burguesía liberal y desempeña ahora un papel lamentabilísimo.

Los obreros cartistas, en cambio, abrazaron con doble celo todas las luchas del proletariado contra la burguesía. La libre competencia ha hecho sufrir bastante a los obreros como para que la odien; sus representantes, los burgueses, son sus enemigos declarados. El obrero no puede esperar más que perjuicios de la completa liberación de la competencia. Sus reivindicaciones de hasta ahora —el proyecto de ley de las diez horas, la protección del obrero contra el capitalista, un buen salario, una posición garantizada, la abolición de la nueva Ley de Pobres—, cosas todas que pertenecen al cartismo por lo menos tan esencialmente como los «seis puntos», van directamente contra la libre competencia y el librecambio. No es de extrañar, pues, que los obreros, cosa que toda la burguesía inglesa es incapaz de entender, no quieran saber nada de la libre competencia, del librecambio ni de la abolición de las leyes de cereales, y que ante esta última sean por lo menos sumamente indiferentes y estén en cambio exasperados en grado sumo contra quienes la defienden. Esta cuestión es precisamente el punto en que el proletariado se separa de la burguesía, el cartismo del radicalismo, y un entendimiento burgués no puede comprenderlo porque no puede comprender al proletariado.

Pero en ello reside también la diferencia entre la democracia cartista y toda la democracia burguesa, política, que ha habido hasta ahora. El cartismo es de naturaleza esencialmente social. Los «seis puntos», que para el burgués radical lo son todo y a lo sumo han de traer consigo algunas reformas más de la Constitución, para el proletario no son más que el medio. «El poder político, nuestro medio; la felicidad social, nuestro fin»: esta es ahora la divisa claramente proclamada de los cartistas. La «cuestión de cuchillo y tenedor» del predicador Stephens solo era una verdad para una parte de los cartistas de 1838; en 1845 lo es para todos. Entre los cartistas ya no hay simples políticos. Y aunque su socialismo esté todavía muy poco desarrollado, aunque hasta ahora su principal remedio contra la miseria consista en la parcelación de la propiedad de la tierra (allotment-system),293 que ya ha sido superada por la industria (véase la Introducción), aunque en general la mayoría de sus propuestas prácticas (protección del obrero, etc.) sean en apariencia de naturaleza reaccionaria, por una parte en estas mismas medidas está ya fundada la necesidad de que o bien sucumban de nuevo al poder de la competencia y restablezcan el estado de cosas anterior, o bien acarreen la abolición de la competencia misma; y, por otra, la actual situación confusa del cartismo, su separación del partido puramente político, determina que sean precisamente los rasgos distintivos del cartismo, que residen en su lado social, los que tengan que seguir desarrollándose. La aproximación al socialismo no puede dejar de producirse, sobre todo cuando la próxima crisis —que tiene que seguir al actual estado animado de la industria y del comercio a más tardar en 1847,294 pero probablemente ya el año próximo, una crisis que superará con mucho a todas las anteriores en violencia y en furia— remita a los obreros por la miseria cada vez más a los remedios sociales en lugar de a los políticos. Los obreros impondrán su Carta, eso es natural; pero hasta entonces verán claras todavía muchas cosas que pueden imponer por medio de la Carta y de las que ahora saben aún poco.

Entretanto avanza también la agitación socialista. El socialismo inglés solo nos interesa aquí en la medida en que influye en la clase obrera. Los socialistas ingleses piden la implantación gradual de la comunidad de bienes en «colonias interiores» (home colonies) de 2000 a 3000 personas que practiquen la industria y la agricultura y gocen de iguales derechos y de igual educación, así como facilitar el divorcio, implantar un gobierno racional con plena libertad de opinión y abolir las penas, que han de sustituirse por un tratamiento racional del delincuente. Estas son sus propuestas prácticas; los principios teóricos no nos interesan aquí. El socialismo partió de Owen, un fabricante, y por eso, aunque en el fondo va más allá del antagonismo entre burguesía y proletariado, en su forma procede con mucha indulgencia hacia la burguesía y con mucha injusticia hacia el proletariado. Los socialistas son de lo más mansos y pacíficos; reconocen como justificadas las condiciones existentes, por malas que sean, en la medida en que rechazan cualquier otro camino que no sea el de convencer a la opinión pública, y al mismo tiempo son tan abstractos que, en la forma actual de sus principios, nunca ganarían esa opinión pública. Además, se quejan continuamente de la desmoralización de las clases bajas, son ciegos para el elemento de progreso que hay en esa disolución del orden social y no reparan en que la desmoralización del interés privado y de la hipocresía en las clases poseedoras es mucho peor. No reconocen ningún desarrollo histórico y quieren por eso trasladar a la nación sin más, sin llevar la política hasta el punto en que se disuelve a sí misma, al estado comunista de golpe. Comprenden, sí, por qué el obrero está irritado contra el burgués, pero consideran estéril esa exasperación, que es sin embargo el único medio de hacer avanzar a los obreros, y predican una filantropía y un amor universal todavía mucho más estériles para la Inglaterra actual. Solo reconocen el desarrollo psicológico, el desarrollo del hombre abstracto, que está fuera de toda relación con el pasado, cuando todo el mundo descansa sobre ese pasado, y con él cada hombre. Por eso son demasiado doctos, demasiado metafísicos, y consiguen poco. Se reclutan en parte en la clase obrera, de la que, sin embargo, solo han atraído a una parte muy pequeña, aunque sea la más instruida y la de carácter más firme. En su forma actual, el socialismo nunca podrá convertirse en patrimonio común de la clase obrera; tendrá incluso que rebajarse a retroceder por un momento al punto de vista cartista; pero el socialismo auténticamente proletario, que haya pasado por el cartismo y se haya depurado de sus elementos burgueses, tal como se está desarrollando ya en muchos socialistas y en muchos dirigentes cartistas, que son casi todos socialistas,295 desempeñará sin duda, y en poco tiempo, un papel importante en la historia del desarrollo del pueblo inglés. El socialismo inglés, que en su base va mucho más allá que el comunismo francés, pero que en su desarrollo se queda detrás de él, tendrá que volver por un momento al punto de vista francés para superarlo más tarde. Para entonces, naturalmente, también los franceses habrán seguido desarrollándose. El socialismo es al mismo tiempo la expresión más decidida de la irreligiosidad que reina entre los obreros, y lo es tan decididamente que los obreros irreligiosos de manera inconsciente, solo en la práctica, retroceden a menudo ante lo tajante de esta expresión. Pero también aquí la miseria obligará a los obreros a abandonar una fe de la que comprenden cada vez más que solo sirve para hacerlos débiles y resignados ante su suerte, obedientes y fieles a la clase poseedora que los chupa.

Vemos, pues, que el movimiento obrero está dividido en dos secciones, los cartistas y los socialistas. Los cartistas son los más atrasados, los menos desarrollados, pero en cambio son proletarios auténticos, de carne y hueso, los representantes del proletariado. Los socialistas, de miras más amplias, proponen medios prácticos contra la miseria, pero salieron originariamente de la burguesía y por eso no son capaces de fundirse con la clase obrera. La fusión del socialismo con el cartismo, la reproducción del comunismo francés a la inglesa, será lo próximo, y ya ha empezado en parte. Solo cuando esto se haya consumado será la clase obrera de verdad la dueña de Inglaterra; entretanto, el desarrollo político y social seguirá adelante y favorecerá a este partido que está naciendo, a este progreso del cartismo.

Estas distintas secciones de obreros, a menudo coincidentes, a menudo separadas —miembros de las asociaciones, cartistas y socialistas—, han fundado por su cuenta multitud de escuelas y salas de lectura para elevar su cultura intelectual. Cada institución socialista y casi cada institución cartista tiene un establecimiento de este tipo, y lo mismo muchos oficios. Aquí se da a los niños una educación auténticamente proletaria, libre de todas las influencias de la burguesía, y en las salas de lectura solo hay, o casi solo hay, periódicos y libros proletarios. Estos establecimientos son muy peligrosos para la burguesía, que ha conseguido sustraer a la influencia proletaria cierto número de institutos parecidos, los Mechanics' Institutions,296 y convertirlos en órganos para difundir entre los obreros las ciencias útiles para la burguesía. Aquí se enseñan ahora las ciencias naturales, que apartan a los obreros de la oposición a la burguesía y tal vez les ponen en las manos los medios para hacer inventos que reporten dinero a la burguesía, cuando al obrero el conocimiento de la naturaleza le es ahora de verdad completamente inútil, porque a menudo ni siquiera llega a ver la naturaleza en su gran ciudad y con su larga jornada; aquí se predica la economía política, cuyo ídolo es la libre competencia y cuyo único resultado para el obrero es que lo más razonable que puede hacer es morirse de hambre con callada resignación; aquí toda la enseñanza está dispuesta de manera mansa, dócil, servicial con la política y la religión dominantes, de modo que para el obrero no es en realidad más que un sermón continuo de obediencia tranquila y de pasividad, de resignación ante su suerte. Naturalmente, la masa de los obreros no quiere saber nada de estos institutos y se vuelve hacia las salas de lectura proletarias, hacia las discusiones sobre las condiciones que afectan directamente a sus propios intereses; y entonces la burguesía, pagada de sí misma, pronuncia su Dixi et salvavi297 y se aparta con desprecio de una clase que «prefiere los arrebatos de ira apasionados de demagogos malintencionados a una formación sólida». Por lo demás, que los obreros tienen sentido también para la «formación sólida» cuando se les ofrece sin mezcla de la sabiduría interesada de la burguesía lo demuestran las frecuentes conferencias sobre temas de ciencias naturales, de estética y de economía política que se dan a menudo en todos los institutos proletarios, sobre todo en los socialistas, y que están muy concurridas. A veces he oído a obreros cuyas chaquetas de pana ya no se sostenían hablar de geología, de astronomía y de otras materias con más conocimientos de los que tiene sobre ellas más de un burgués culto de Alemania. Y hasta qué punto ha conseguido el proletariado inglés adquirir una cultura propia se ve sobre todo en que las obras que hacen época de la literatura filosófica, política y poética moderna casi solo las leen los obreros. El burgués, que es siervo de la situación social y de los prejuicios ligados a ella, se asusta, se santigua y se persigna ante todo lo que funda de verdad un progreso; el proletario tiene ojos para ello y lo estudia con gusto y con provecho. En este sentido, sobre todo los socialistas han hecho muchísimo por la cultura del proletariado: han traducido a los materialistas franceses, Helvétius, Holbach, Diderot, etc., y los han difundido, junto con lo mejor de lo inglés, en ediciones baratas. La Vida de Jesús de Strauss y La propiedad de Proudhon298 circulan también solo entre proletarios. Shelley, el genial y profético Shelley, y Byron, con su ardor sensual y su amarga sátira de la sociedad existente, tienen la mayoría de sus lectores entre los obreros; los burgueses solo tienen ediciones castradas, family editions, recortadas según la moral hipócrita de hoy. Los dos filósofos prácticos más grandes de los últimos tiempos, Bentham y Godwin,299 son también, sobre todo el segundo, propiedad casi exclusiva del proletariado; aunque Bentham tenga una escuela en la burguesía radical, solo el proletariado y los socialistas han conseguido sacar de él un progreso. Sobre estas bases el proletariado se ha formado una literatura propia, que consiste sobre todo en periódicos y folletos y que en contenido va muy por delante de toda la literatura burguesa. Sobre esto, en otra ocasión.

Queda todavía una cosa por señalar. Los obreros fabriles, y entre ellos sobre todo los de los distritos algodoneros, forman el núcleo de los movimientos obreros. Lancashire, y en especial Manchester, es la sede de las asociaciones obreras más fuertes, el centro del cartismo, el lugar que cuenta con más socialistas. Cuanto más ha penetrado el sistema fabril en una rama de trabajo, tanto más participan los obreros en el movimiento; cuanto más agudo es el antagonismo entre obreros y capitalistas, tanto más desarrollada, tanto más aguda es la conciencia proletaria del obrero. Los pequeños maestros de Birmingham, aunque sufren con las crisis, están sin embargo en un desdichado término medio entre el cartismo proletario y el radicalismo tendero. Pero, en general, todos los obreros de la industria están ganados para una u otra forma de rebelión contra el capital y la burguesía, y en esto están todos de acuerdo: en que ellos, como working men —un título del que están orgullosos y que es el tratamiento habitual en las asambleas cartistas—, forman una clase propia, con intereses y principios propios, con una manera propia de ver las cosas frente a todos los poseedores, y al mismo tiempo en que en ellos reside la fuerza y la capacidad de desarrollo de la nación.

El proletariado minero

El suministro de las materias primas y de los combustibles para una industria tan colosal como la inglesa ocupa también a un número considerable de obreros. Pero de las materias que necesita la industria, Inglaterra misma solo proporciona —aparte de la lana, que corresponde a los distritos agrícolas— los minerales, los metales y la hulla. Mientras que en Cornualles hay ricas minas de cobre, de estaño, de cinc y de plomo, Staffordshire, el norte de Gales y otros distritos proporcionan grandes cantidades de hierro, y casi todo el norte y el oeste de Inglaterra, el centro de Escocia y algunos distritos de Irlanda, hulla en abundancia.300

En la minería de Cornualles trabajan, en parte bajo tierra y en parte en la superficie, unos 19 000 hombres y 11 000 mujeres y niños. En las minas mismas trabajan casi solo hombres y muchachos de doce años en adelante. La situación material de estos obreros parece ser, según el Ch. E. Rept., bastante soportable, y los ingleses presumen con bastante frecuencia de sus mineros de Cornualles, fuertes y audaces, que siguen las vetas de mineral hasta por debajo del fondo del mar. Pero el Ch. E. Rept. juzga de otro modo la fortaleza de esta gente. En el inteligente informe del doctor Barham demuestra que respirar una atmósfera pobre en oxígeno, mezclada con polvo y con el humo de la pólvora que se usa en las voladuras, como la que hay en el fondo de las minas, afecta seriamente al pulmón, perturba la actividad del corazón y debilita los órganos digestivos; que el trabajo agotador, y sobre todo subir y bajar por escaleras de mano —lo que en algunas minas lleva incluso a hombres jóvenes y robustos más de una hora y se hace a diario antes y después del trabajo—, contribuye mucho al desarrollo de estos males, y que, como consecuencia, los hombres que entran pronto en las minas no alcanzan ni de lejos el desarrollo físico que se encuentra en las mujeres que trabajan en la superficie; que muchos mueren jóvenes de tisis galopante y la mayoría, en sus mejores años, de tisis lenta; que envejecen pronto y quedan incapacitados para el trabajo entre los 35 y los 45 años, y que muchísimos, por el paso brusco del aire caliente del pozo —después de haber subido trabajosamente las escaleras, sudando a mares— al aire frío de la superficie, contraen inflamaciones agudas de unos órganos respiratorios ya enfermos, que muy a menudo son mortales. El trabajo de superficie, partir y clasificar el mineral, lo hacen muchachas y niños, y se describe como muy sano porque se hace al aire libre.

En el norte de Inglaterra, en el límite de los condados de Northumberland y Durham, están las importantes minas de plomo de Alston Moor. Los informes de esta comarca —también en el Ch. E. Rept., informe del comisario Mitchell— coinciden casi por completo con los de Cornualles. También aquí se quejan de la falta de oxígeno y del exceso de polvo, humo de pólvora, ácido carbónico y gases sulfurosos en la atmósfera de las galerías. A consecuencia de ello, los mineros, como en Cornualles, son de baja estatura y, de los 30 años en adelante, casi todos padecen afecciones del pecho que terminan, sobre todo si siguen trabajando, como ocurre casi siempre, en una tisis declarada y acortan así sensiblemente la vida media de esta gente. Si los mineros de esta comarca viven algo más que los de Cornualles, es porque no empiezan a bajar al pozo hasta los 19 años, mientras que en Cornualles, como vimos, este trabajo se empieza ya a los 12. Sin embargo, también aquí la mayoría muere, según declaraciones de los médicos, entre los 40 y los 50 años. De 79 mineros cuya muerte estaba inscrita en el registro público del distrito y que habían llegado por término medio a los 45 años, 37 habían muerto de tisis y 6 de asma. En las localidades vecinas de Allendale, Stanhope y Middleton, la duración media de la vida era respectivamente de 49, 48 y 47 años, y las defunciones por afecciones del pecho eran respectivamente el 48, el 54 y el 56 por ciento del total. Hay que tener en cuenta que todos estos datos se refieren solo a mineros que empezaron a trabajar no antes de los 19 años. Comparemos con esto las llamadas tablas suecas —tablas detalladas de mortalidad de todos los habitantes de Suecia—, que en Inglaterra se consideran hasta ahora la medida más exacta de la duración media de la vida de la clase obrera británica. Según ellas, los individuos varones que han cumplido los 19 años llegan por término medio a la edad de 57 1/2 años, de modo que el trabajo acorta la vida de los mineros del norte de Inglaterra en 10 años por término medio. Pero las tablas suecas se toman como medida de la duración de la vida de los obreros y ofrecen, por tanto, un cuadro de las probabilidades de vida en las condiciones ya de por sí desfavorables del proletariado; dan, pues, ya una duración de la vida inferior a la normal. En esta comarca encontramos también las casas de dormir y los dormideros que ya conocimos en las grandes ciudades, y con un aspecto por lo menos tan sucio, repugnante y abarrotado como allí. Mitchell estuvo en uno de esos cuartos, de 18 pies de largo y 15 de ancho, dispuesto para alojar a 42 hombres y 14 muchachos, es decir, 56 personas en total, en 14 camas, la mitad de ellas instaladas, como en un barco, encima de las otras. No había ninguna abertura para dejar salir el aire viciado; aunque nadie había dormido allí desde hacía tres noches, el olor y la atmósfera eran tales que Mitchell no pudo soportarlos ni un momento. ¡Cómo será en una noche calurosa de verano con 56 durmientes! Y esto no es el entrepuente de un barco negrero norteamericano, es la vivienda de «británicos nacidos libres».

Pasemos ahora a las ramas más importantes de la minería inglesa, las minas de hierro y de carbón, que el Ch. E. Rept. trata conjuntamente, y además con todo el detalle que exige la importancia del asunto. Casi toda la primera parte de este informe se ocupa de la situación de los obreros empleados en estas minas. Pero después de la descripción detallada que he dado de la situación de los obreros industriales, aquí me será posible ser tan breve como lo exigen los límites que hay que poner a la extensión de este escrito.

En las minas de carbón y de hierro, que se explotan más o menos de la misma manera, trabajan niños de 4, 5 y 7 años; la mayoría, sin embargo, tiene más de 8. Se los emplea para transportar el material arrancado desde el frente de arranque hasta la galería de los caballos o el pozo principal, y para abrir y volver a cerrar, al paso de obreros y de material, las puertas de ventilación que separan los distintos sectores de la mina. Para vigilar esas puertas se emplea casi siempre a los niños más pequeños, que así tienen que pasarse 12 horas diarias sentados a oscuras, solos, en una galería estrecha y casi siempre húmeda, sin tener siquiera el trabajo necesario para protegerlos del aburrimiento embrutecedor, que los atonta, de no hacer nada. El transporte del carbón y del mineral de hierro, en cambio, es un trabajo muy duro, porque ese material tiene que arrastrarse en cubas bastante grandes, sin ruedas, por el suelo desigual de las galerías, a menudo sobre barro húmedo o por el agua, a menudo cuesta arriba por pendientes empinadas y por pasadizos a veces tan estrechos que los obreros tienen que ir a gatas. Para este trabajo agotador se toma por eso a niños mayores y a muchachas en edad de crecimiento. Según las circunstancias, a cada cuba va un obrero, o dos más jóvenes, de los que uno tira y el otro empuja. El arranque, que hacen hombres adultos o muchachos fuertes de 16 años en adelante, es también un trabajo muy fatigoso. La jornada habitual es de 11 a 12 horas, a menudo más; en Escocia, de hasta 14 horas, y muy a menudo se trabaja doble turno, de modo que todos los obreros están bajo tierra y trabajando 24, y no rara vez 36 horas seguidas. Las horas fijas para las comidas suelen ser desconocidas, de modo que la gente come cuando tiene hambre y tiempo.

La situación exterior de los mineros se describe en general como bastante buena, y su salario como alto en comparación con el de los jornaleros agrícolas que los rodean (que, eso sí, se mueren de hambre), salvo en algunas partes de Escocia y en el distrito carbonífero irlandés, donde reina una gran miseria. Más adelante tendremos ocasión de volver sobre este dato, que de todos modos es relativo y está hecho con la vista puesta en la clase más pobre de toda Inglaterra. Por el momento vamos a examinar los males que se derivan de la actual explotación del trabajo en las minas, y que los lectores decidan luego si hay salario en dinero capaz de compensar al obrero de tales sufrimientos.

Los niños y los jóvenes ocupados en arrastrar el carbón y el mineral de hierro se quejan en general de un gran cansancio. Ni siquiera en los establecimientos industriales explotados con menos miramientos encontramos un agotamiento tan general y llevado tan al extremo. Todo el informe ofrece en cada página una serie de ejemplos de ello. Ocurre a cada momento que los niños, en cuanto llegan a casa, se tiran al suelo de piedra delante del fogón y se quedan dormidos enseguida, que no pueden tomar ni un bocado y que los padres tienen que lavarlos dormidos y llevarlos a la cama; e incluso que se tumban de cansancio por el camino y sus padres van a buscarlos ya muy entrada la noche y los encuentran allí dormidos. Parece ser lo general que estos niños pasen la mayor parte del domingo en la cama para reponerse algo del esfuerzo de la semana; a la iglesia y a la escuela van pocos, y en esos pocos los maestros se quejan de una gran somnolencia y embotamiento, pese a todas sus ganas de aprender. Lo mismo ocurre con las muchachas mayores y las mujeres. Se las hace trabajar en exceso de la manera más brutal. Este cansancio, que casi siempre llega a un grado sumamente doloroso, no deja de tener efectos sobre la constitución. La consecuencia más inmediata de semejante esfuerzo excesivo es que toda la fuerza vital se gasta en el desarrollo unilateral de los músculos, de modo que sobre todo los músculos de los brazos y de las piernas, de la espalda, de los hombros y del pecho, que son los que trabajan principalmente al arrastrar y empujar, adquieren un desarrollo extraordinariamente exuberante, mientras todo el resto del cuerpo sufre falta de alimento y se atrofia. Ante todo, la estatura queda baja y retrasada; casi todos los mineros son de constitución corta, salvo los de Warwickshire y Leicestershire, que trabajan en condiciones especialmente favorables. Además, la pubertad se retrasa tanto en los muchachos como en las muchachas, en los primeros a menudo hasta los 18 años; el comisario Symons se encontró incluso con un muchacho de diecinueve años que, salvo los dientes, no estaba en ninguna parte más desarrollado que un muchacho de 11 o 12 años. Esta prolongación de la infancia no es en el fondo más que una prueba de un desarrollo frenado, y no deja de dar sus frutos en la edad adulta. Las piernas torcidas, las rodillas hacia dentro y los pies hacia fuera, la desviación de la columna y otras deformidades se presentan tanto más fácilmente en estas circunstancias, y con unas constituciones tan debilitadas, a consecuencia de la postura casi siempre forzada en el trabajo, y son tan frecuentes que tanto en Yorkshire y Lancashire como en Northumberland y Durham muchos, médicos incluidos, afirman que se puede reconocer a un minero entre cien personas solo por su figura. Las mujeres sobre todo parecen sufrir mucho con este trabajo y rara vez, si es que alguna, son tan derechas como las demás mujeres. También aquí se atestigua que del trabajo de las mujeres en las minas nacen deformaciones de la pelvis y, a consecuencia de ellas, partos difíciles y aun mortales. Pero además de estas deformidades locales, los mineros tienen que padecer una serie de enfermedades especiales que coinciden bastante con las de los demás mineros y se explican fácilmente por el tipo de trabajo. El vientre es lo que más sufre: se pierde el apetito, en la mayoría de los casos aparecen dolores de estómago, náuseas y vómitos, y además una sed violenta que solo puede apagarse con el agua sucia, a menudo tibia, de la mina; la digestión se entorpece, y con ello se favorecen las demás enfermedades. Varias fuentes señalan también como males frecuentes de los mineros las enfermedades del corazón, sobre todo la hipertrofia, la inflamación del corazón y del pericardio y la estrechez de los orificios auriculoventriculares y de la entrada de la aorta, y se explican fácilmente por el exceso de trabajo. Lo mismo las hernias, casi generales, que son también consecuencia directa del esfuerzo muscular excesivo. En parte por la misma causa, en parte por la atmósfera de las minas, mala, mezclada con ácido carbónico y con gas hidrocarburo y llena de polvo —algo que aquí sería tan fácil de evitar—, nacen multitud de enfermedades pulmonares dolorosas y peligrosas, sobre todo el asma, que en algunos distritos aparece en la mayoría de los mineros a los 40 años y en otros ya a los 30, y los incapacita en poco tiempo para el trabajo. En los que tienen que trabajar en galerías mojadas, la opresión del pecho llega naturalmente mucho antes; en algunas comarcas de Escocia, entre los 20 y los 30 años, edad durante la cual, además, los pulmones afectados son muy propensos a inflamaciones y a afecciones febriles. Una enfermedad característica de esta clase de obreros es el esputo negro (black spittle), que se produce porque todo el pulmón queda impregnado de carbón fino y se manifiesta en debilidad general, dolores de cabeza, opresión en el pecho y una expectoración negra y espesa. En algunas comarcas este mal aparece en forma leve; en otras, en cambio, parece del todo incurable, sobre todo en Escocia; aquí, además de agravarse los síntomas mencionados, aparecen una respiración muy corta y silbante, pulso rápido (más de 100 por minuto) y tos entrecortada; el adelgazamiento y la debilidad aumentan y pronto dejan al enfermo incapacitado para el trabajo. En todos los casos, este mal acarrea aquí la muerte. El doctor MacKellar, de Pencaitland, en East Lothian, declara que en todas las minas bien ventiladas esta enfermedad no se da en absoluto, mientras que es bastante frecuente que la contraigan obreros que pasan de minas bien ventiladas a minas mal ventiladas. La codicia de los propietarios de minas, que dejan de abrir pozos de ventilación, tiene la culpa, pues, de que esta enfermedad exista siquiera. El reumatismo es también, salvo en Warwickshire y Leicestershire, un mal general de los mineros, que nace sobre todo de lo frecuentes que son los lugares de trabajo mojados. El resultado de todas estas enfermedades es que en todos los distritos sin excepción los mineros envejecen pronto y, pasados los 40 años, quedan pronto —varía según los distritos— incapacitados para el trabajo; es rarísimo que un minero pueda seguir en su ocupación pasados los 45 o los 50 años. A los 40 años, se dice en general, un obrero así empieza a entrar en la vejez. Esto vale para los que arrancan el carbón; los cargadores, que tienen que levantar continuamente pesados bloques de carbón a las cubas, envejecen ya a los 28 o los 30 años, de modo que en los distritos carboníferos hay un refrán: los cargadores se hacen viejos antes de ser jóvenes. Es evidente que este envejecimiento temprano de los mineros lleve también a una muerte temprana, y así un sexagenario es entre ellos una gran rareza; incluso en el sur de Staffordshire, donde las minas son relativamente sanas, pocos llegan a los 51 años. Con este envejecimiento temprano de los obreros encontramos también, como es natural, al igual que en las fábricas, el paro frecuente de los padres, a los que mantienen sus hijos, a menudo todavía muy pequeños. Si resumimos ahora brevemente una vez más los resultados del trabajo en las minas de carbón, encontramos, por decirlo con el doctor Southwood Smith, uno de los comisarios, que, de un lado por la prolongación del periodo de la infancia y de otro por el envejecimiento temprano, la época de la vida en que el hombre está en plena posesión de sus fuerzas, la edad viril, se acorta considerablemente, y la duración de la vida en general se reduce por una muerte temprana. ¡También esto, al debe de la burguesía!

Todo esto no es más que la media de las minas inglesas. Pero hay muchas en las que las cosas están todavía mucho peor, a saber, aquellas en que se explotan vetas de carbón delgadas. El carbón saldría demasiado caro si, además del filón, hubiera que quitar también una parte de las capas de arena y arcilla contiguas; por eso los propietarios solo hacen extraer el filón, y con ello las galerías, que de otro modo tienen cuatro, cinco o más pies de alto, se vuelven tan bajas que no cabe pensar en estar de pie. El obrero está tumbado de lado y arranca el carbón con el pico, apoyando el codo como punto de apoyo; de ahí nace la inflamación de la articulación, y en los casos en que tiene que estar de rodillas, el mismo mal en la rodilla. Las mujeres y los niños que tienen que arrastrar el carbón se arrastran a gatas por las galerías bajas, enganchados a la cuba con un arnés y una cadena que en muchos casos pasa entre las piernas, mientras otro empuja por detrás con la cabeza y las manos. La presión con la cabeza produce irritación local, hinchazones dolorosas y úlceras. En muchos casos las galerías están además mojadas, de modo que estos obreros tienen que arrastrarse por un agua sucia o salada, de varias pulgadas de profundidad, que también irrita la piel. Es fácil imaginar cuánto favorece un trabajo de esclavos tan atroz las enfermedades ya propias de los mineros.

Y estos no son todavía todos los males que caen sobre la cabeza del minero. En todo el reino británico no hay trabajo en el que se pueda perder la vida de tantas maneras como en este. La mina de carbón es escenario de multitud de los accidentes más espantosos, y precisamente estos corren directamente a cuenta del egoísmo burgués. El gas hidrocarburo, que se desprende en ellas con tanta frecuencia, forma al mezclarse con el aire atmosférico un gas explosivo que se inflama al contacto con una llama y mata a todo el que se encuentra a su alcance. Explosiones así ocurren casi a diario aquí o allá; el 28 de septiembre de 1844 hubo una en la mina de Haswell (Durham) que mató a 96 personas. El ácido carbónico, que se desprende también en cantidad, se acumula en los puntos más bajos de las minas, a menudo por encima de la altura de un hombre, y asfixia a todo el que entra en él. Las puertas que separan los distintos sectores de las minas deben impedir que se propaguen las explosiones y que se muevan los gases, pero como se encomienda su vigilancia a niños pequeños, que a menudo se duermen o se descuidan, esta precaución es ilusoria. Con una buena ventilación de las minas por medio de pozos de aire podría evitarse por completo el efecto nocivo de ambos gases, pero para eso el burgués no suelta su dinero y prefiere ordenar a los obreros que solo usen la lámpara de Davy,301 que, por su luz mortecina, al obrero le resulta a menudo del todo inútil y que por eso prefiere cambiar por la simple vela. Si luego viene una explosión, ha sido negligencia de los obreros, cuando el burgués podría haber hecho casi imposible cualquier explosión con una buena ventilación. Además, a cada momento se hunde total o parcialmente una galería y entierra o aplasta a los obreros; al burgués le interesa que se extraiga de las vetas todo lo posible, y de ahí también esta clase de accidentes. Luego, las cuerdas con las que los obreros bajan al pozo son a menudo malas y se rompen, de modo que los desdichados caen y se estrellan. Todos estos accidentes —no tengo espacio para ejemplos concretos— se llevan cada año, según el Mining Journal, unas 1400 vidas humanas. El Manchester Guardian informa, solo de Lancashire, de por lo menos dos o tres cada semana. En casi todos los distritos, los jurados de las investigaciones judiciales del coroner dependen en todos los casos de los propietarios de las minas, y donde no es así, ya se encarga la rutina de la costumbre de que el veredicto diga «muerte accidental». De todos modos, el jurado se preocupa poco del estado de la mina, porque no entiende nada de eso. Pero el Ch. E. Rept. no vacila en hacer a los propietarios de las minas directamente responsables de la gran mayoría de estos casos.

En cuanto a la instrucción y la moralidad de la población minera, según el Ch. E. Rept. son pasables en Cornualles y hasta excelentes en Alston Moor; en cambio, en los distritos carboníferos están en general a un nivel muy bajo. La gente vive en el campo, en comarcas abandonadas, y mientras haga su duro trabajo nadie se ocupa de ella, salvo la policía. De ahí, y de la tierna edad a la que se pone a trabajar a los niños, viene que su instrucción intelectual esté totalmente descuidada. Las escuelas diarias no están a su alcance, las nocturnas y las dominicales son ilusorias, los maestros no valen nada. Por eso pocos saben leer, y menos aún escribir. Lo único para lo que se les han quedado abiertos los ojos, según declaran los comisarios, es que su salario es demasiado bajo para su trabajo duro y peligroso. A la iglesia no van nunca, o rara vez; todos los clérigos se quejan de una irreligiosidad sin igual. En efecto, encontramos entre ellos una ignorancia de las cosas religiosas y mundanas a cuyo lado la de muchos obreros industriales, mostrada más arriba con ejemplos, es todavía pequeña. Las categorías religiosas solo las conocen por las blasfemias. Su moralidad la destruye ya el trabajo. Salta a la vista que el exceso de trabajo de todos los mineros tiene que engendrar necesariamente la bebida. En cuanto a las relaciones entre los sexos, por el calor que hace en las minas trabajan allí hombres, mujeres y niños, en muchos casos del todo y en la mayoría casi desnudos, y cada cual puede imaginar las consecuencias en la mina oscura y solitaria. El número de hijos ilegítimos, que es aquí desproporcionadamente grande, habla de lo que pasa ahí abajo entre esta población medio salvaje, pero demuestra también que el trato ilegítimo entre los sexos no ha caído todavía aquí, como en las ciudades, en la prostitución. El trabajo de las mujeres tiene las mismas consecuencias que en las fábricas: disuelve la familia y deja a las madres totalmente incapaces de cumplir sus tareas domésticas.

Cuando el Ch. E. Rept. se presentó al Parlamento, lord Ashley302 se apresuró a proponer un proyecto de ley que prohibía por completo el trabajo de las mujeres en las minas y limitaba mucho el de los niños. El proyecto se aprobó, pero en la mayoría de las comarcas ha quedado en letra muerta, porque no se nombraron también inspectores de minas que vigilaran su cumplimiento. Ya de por sí es muy fácil eludirlo en los distritos rurales donde están las minas, y no debe extrañarnos que el año pasado la asociación de los mineros denunciara oficialmente al ministro del Interior que en las minas del duque de Hamilton, en Escocia, trabajaban más de 60 mujeres, o que el Manchester Guardian informara una vez de que, si no me equivoco, cerca de Wigan había muerto una muchacha en una explosión en la mina, sin que nadie se preocupara de que así salía a la luz una ilegalidad. En algunos casos puede que se haya puesto remedio, pero en general la situación anterior sigue sin cambios.

Pero no son estas todavía todas las cargas que pesan sobre los mineros. La burguesía, no contenta con arruinar la salud de esta gente, con poner su vida en peligro a cada hora, con quitarles toda ocasión de instruirse, los explota además de la manera más desvergonzada. El truck system no es aquí la excepción, sino la regla, y se practica de la manera más descarada y directa. El sistema de los cottages es también general, y aquí casi siempre una necesidad, pero también aquí se aplica para explotar mejor a los obreros. A esto se añaden toda clase de estafas. Mientras el carbón se vende al peso, al obrero se le calcula el salario casi siempre por volumen, y si no ha llenado del todo su cuba no recibe ningún salario, mientras que por el exceso no le pagan ni un céntimo. Si en la cuba hay más de cierta cantidad de carbonilla, lo que depende menos del obrero que de la naturaleza de las vetas, pierde no solo todo el salario, sino que además incurre en una multa. El sistema de multas está en general tan perfeccionado en las minas que a veces un pobre diablo que ha trabajado toda la semana y va a cobrar su salario se entera por el capataz —porque este multa como le place y sin llamar al obrero— de que no solo no tiene salario que esperar, ¡sino que además tiene que pagar tanto y cuanto en multas! El capataz tiene en general un poder absoluto sobre el salario: anota el trabajo entregado y puede pagar lo que quiera al obrero, que tiene que creerle. En algunas minas donde se paga por peso se usan básculas decimales falsas, cuyas pesas no necesitan ser contrastadas por la autoridad pública; en una había incluso una regla según la cual el obrero que quisiera reclamar por la inexactitud de la báscula debía comunicarlo al capataz con tres semanas de antelación. En muchas comarcas, sobre todo en el norte de Inglaterra, es costumbre que los obreros se contraten por un año; se obligan a no trabajar para ningún otro durante ese tiempo, pero el propietario no se obliga en absoluto a darles trabajo, de modo que a menudo están meses sin trabajo y, si buscan trabajo en otra parte, se les manda seis semanas a la rueda de molino por abandono del servicio. En otros contratos se asegura a los obreros trabajo por valor de hasta 26 chelines cada 14 días, pero no se les da; en otros distritos los propietarios prestan a los obreros pequeñas sumas que luego tienen que devolver trabajando, y así los atan a ellos. En el norte es costumbre general retener siempre el salario de una semana para atar a la gente. Y para completar la esclavitud de estos obreros sojuzgados, casi todos los jueces de paz de los distritos carboníferos son ellos mismos propietarios de minas o parientes y amigos de ellos, y en esas comarcas pobres y poco civilizadas, donde hay pocos periódicos —y estos, al servicio de la clase dominante— y poca agitación política, tienen un poder casi ilimitado. Apenas puede uno hacerse idea de cómo han exprimido y tiranizado a estos pobres mineros los jueces de paz que juzgan en causa propia.

Así siguieron las cosas largo tiempo. Los obreros no sabían sino que estaban ahí para que los desollaran hasta hacerles sangre. Pero poco a poco surgió también entre ellos, sobre todo en los distritos fabriles, donde el contacto con los obreros fabriles, más inteligentes, no dejó de tener influencia, un espíritu de oposición contra la desvergonzada opresión de los «reyes del carbón». Empezaron a formar asociaciones y a parar el trabajo de vez en cuando. En las partes más civilizadas llegaron a unirse en cuerpo y alma a los cartistas. El gran distrito carbonífero del norte de Inglaterra, apartado de todo trato industrial, siguió sin embargo rezagado, hasta que por fin, tras muchos intentos y esfuerzos, en parte de los cartistas, en parte de los mineros más inteligentes mismos, despertó también aquí en 1843 un espíritu general de resistencia. Un movimiento tal se apoderó de los obreros de Northumberland y Durham que se pusieron a la cabeza de una asociación general de los mineros de todo el reino y nombraron su «procurador general» a un cartista, el abogado W. P. Roberts,303 de Bristol, que ya se había distinguido en los anteriores procesos contra los cartistas. La Union se extendió pronto por la gran mayoría de los distritos; en todas partes se nombraron agentes que celebraban asambleas y reclutaban miembros; en la primera conferencia de delegados, en Manchester, en enero de 1844, había más de 60 000 miembros, y en la segunda, en Glasgow, medio año después, ya más de 100 000. Allí se deliberaba sobre todos los asuntos de los mineros y se tomaban acuerdos sobre los paros más importantes. Se fundaron varios periódicos, sobre todo la revista mensual The Miner's Advocate, en Newcastle-upon-Tyne, y en ellos se defendían los derechos de los mineros.

El 31 de marzo de 1844 vencían los contratos de servicio de todos los mineros de Northumberland y Durham. Hicieron que Roberts les redactara un nuevo contrato en el que exigían: 1) pago por peso en lugar de por volumen; 2) determinación del peso con balanzas y pesas corrientes, revisadas por los inspectores públicos; 3) contratos de medio año; 4) abolición del sistema de multas y pago del trabajo realmente entregado; 5) obligación de los propietarios de garantizar a los obreros que estuvieran exclusivamente a su servicio por lo menos cuatro días de trabajo a la semana, o el salario de cuatro días. El contrato se envió a los reyes del carbón y se nombró una delegación para negociar con ellos; pero estos respondieron que para ellos la Union no existía, que solo tenían que tratar con cada obrero por separado y que nunca reconocerían la asociación. Presentaron además otro contrato que no quería saber nada de ninguno de los puntos anteriores y que, naturalmente, los obreros rechazaron. Con ello quedó declarada la guerra. El 31 de marzo de 1844, 40 000 mineros dejaron sus picos y todas las minas de los dos condados quedaron vacías. Los fondos de la asociación eran tan considerables que se pudo asegurar durante varios meses a cada familia un socorro de 2 1/2 chelines semanales. Mientras los obreros ponían así a prueba la paciencia de sus patronos, Roberts organizaba con una incansabilidad sin igual la huelga y la agitación, hacía celebrar asambleas, recorría Inglaterra de punta a punta, recogía socorros para los huelguistas, predicaba la calma y la legalidad y llevaba al mismo tiempo contra los jueces de paz despóticos y los amos del truck una campaña como nunca se había visto en Inglaterra. Ya la había empezado a comienzos de año. Dondequiera que los juzgados de paz hubieran condenado a algún minero, obtenía del Tribunal del Banco de la Reina (Queen's Bench) un habeas corpus,304 llevaba a su cliente ante el tribunal en Londres y conseguía siempre que lo absolvieran. Así, el 13 de enero el juez Williams, del Queen's Bench, absolvió a tres mineros condenados por los jueces de paz de Bilston (sur de Staffordshire); el delito de esta gente consistía en haberse negado a trabajar en un sitio que amenazaba hundirse y que, en efecto, ¡se había hundido antes de que volvieran! En una ocasión anterior, el juez Patteson había absuelto a seis obreros, de modo que el nombre de Roberts empezó poco a poco a resultar temible a los jueces de paz propietarios de minas. En Preston había también cuatro clientes suyos presos; en la primera semana de febrero se puso en camino para examinar el caso sobre el terreno, pero al llegar se encontró con que los condenados habían sido puestos en libertad antes de cumplir la pena. En Manchester había siete; Roberts obtuvo el habeas corpus y del juez Wightman la absolución completa. En Prescot había nueve mineros declarados culpables de supuestos desórdenes en St. Helens (sur de Lancashire) que esperaban sentencia; cuando llegó Roberts, se los puso enseguida en libertad. Todo esto ocurrió en la primera quincena de febrero. En abril, Roberts sacó del mismo modo de la cárcel a un minero en Derby, a cuatro en Wakefield (Yorkshire) y a cuatro en Leicester. Así siguieron las cosas durante un tiempo, hasta que los Dogberries, como se llama a estos jueces de paz por el conocido personaje de Mucho ruido y pocas nueces de Shakespeare,305 le cogieron algo de respeto. Lo mismo pasó con el truck system. Roberts fue llevando ante los tribunales, uno tras otro, a esos propietarios de minas sin honra y arrancó a los jueces de paz, de mala gana, sentencias contra ellos; tal miedo se extendió entre ellos a este procurador general rápido como el viento, que parecía estar en todas partes a la vez, que, por ejemplo, en Belper, cerca de Derby, una firma de truck hizo fijar a su llegada el siguiente cartel:

«Aviso. Mina de carbón de Pentrich.»

«Los señores Haslam consideran necesario (para prevenir cualquier error) comunicar que todas las personas empleadas en su mina recibirán su salario íntegramente en dinero y podrán gastarlo donde y como les plazca. Si compran sus mercancías en la tienda de los señores Haslam, las recibirán, como hasta ahora, a precios de mayorista, pero no se espera que las compren allí, y se les dará el mismo trabajo y el mismo salario compren en esta o en cualquier otra tienda.»

Estos triunfos provocaron el más clamoroso júbilo en toda la clase obrera inglesa y atrajeron a la Union multitud de nuevos miembros. Entretanto, la huelga del norte seguía adelante. No se movía una mano, y Newcastle, el principal puerto exportador de carbón, se quedó tan desprovisto de él que hubo que llevárselo desde la costa escocesa, aunque en inglés to carry coals to Newcastle («llevar carbón a Newcastle») quiere decir lo mismo que entre los griegos llevar lechuzas a Atenas, es decir, hacer algo del todo superfluo. Al principio, mientras duraron los fondos de la Union, todo fue bien, pero hacia el verano la lucha se hizo muy difícil para los obreros. Reinaba entre ellos la miseria más extrema; no tenían dinero, porque las aportaciones de los obreros de todas las ramas industriales de toda Inglaterra suponían poco para el gran número de huelguistas; tenían que tomar fiado de los tenderos con perjuicio; toda la prensa, salvo unos pocos periódicos proletarios, estaba contra ellos; la burguesía, incluso los pocos de entre ella que habrían tenido sentido de la justicia suficiente para apoyarlos, no se enteraba por los venales periódicos liberales y conservadores más que de mentiras sobre el asunto; una delegación de doce mineros que fue a Londres reunió entre el proletariado de allí una suma que, sin embargo, también ayudó poco, dada la cantidad de necesitados de socorro; pese a todo, los mineros se mantuvieron firmes y, lo que es aún más, tranquilos y pacíficos ante todas las hostilidades y provocaciones de los propietarios de las minas y de sus fieles servidores. No se cometió ningún acto de venganza, no se maltrató a un solo renegado, no se cometió un solo robo. Así, la huelga duraba ya cerca de cuatro meses, y los propietarios seguían sin perspectivas de imponerse. Les quedaba todavía un camino. Se acordaron del sistema de los cottages; se les ocurrió que las casas de los rebeldes eran propiedad suya. En julio se dio a los obreros el desahucio, y en una semana se puso en la calle a los cuarenta mil. Esta medida se llevó a cabo con una barbarie indignante. A enfermos y débiles, a ancianos y lactantes, incluso a mujeres de parto, se los arrancó sin piedad de las camas y se los arrojó a la cuneta de la carretera. Un agente se dio incluso el gusto de arrastrar con sus propias manos de los pelos, fuera de la cama y hasta la calle, a una mujer en avanzado estado de gestación. La tropa y la policía estaban presentes en masa, dispuestas a cargar a la primera señal de resistencia y a la primera indicación de los jueces de paz, que dirigían todo el brutal procedimiento. También esto lo aguantaron los obreros sin moverse. Se había esperado que recurrieran a la violencia; se los provocaba con todas las fuerzas a la resistencia, solo para tener un pretexto para acabar con la huelga por medio de la tropa; los mineros sin techo, fieles a las exhortaciones de su procurador, permanecieron inmóviles, colocaron en silencio sus muebles en los páramos o en los campos ya segados y aguantaron. Algunos, que no sabían de otro sitio, acamparon en las cunetas de las carreteras; otros, en fincas ajenas, donde se les denunció y, por haber causado «daños por valor de medio penique», se les condenó a una libra de costas, que naturalmente no podían pagar y que purgaron en la rueda de molino. Así han vivido ocho semanas y más, en el húmedo final del verano del año pasado (1844), a cielo raso con sus familias, sin otro abrigo para ellos y para sus pequeños que las cortinas de indiana de sus camas, sin más recursos que los escasos socorros de la Union y el crédito menguante de los tenderos. Entonces lord Londonderry,306 que posee minas importantes en Durham, amenazó a los tenderos de «su ciudad» de Seaham con su muy alta cólera si seguían dando crédito a «sus» obreros rebeldes. Este «noble» lord fue en general el arlequín de toda la huelga por los ridículos y ampulosos «ucases», mal redactados, que de vez en cuando dirigía a los obreros, sin otro efecto, siempre, que la hilaridad de la nación.307 Cuando ya nada daba resultado, los propietarios hicieron venir, con grandes gastos, gente de Irlanda y de las partes más apartadas de Gales, donde todavía no hay movimientos obreros, para trabajar en sus minas, y una vez restablecida así la competencia de los obreros entre sí, el poder de los huelguistas se vino abajo. Los propietarios les obligaron a renegar de la Union, a abandonar a Roberts y a aceptar las condiciones que ellos les dictaron. Así terminó a comienzos de septiembre la gran lucha de cinco meses de los mineros contra los propietarios, una lucha que por parte de los oprimidos se llevó con una perseverancia, un valor, una inteligencia y una sensatez que nos obligan a la más alta admiración. ¡Qué grado de cultura verdaderamente humana, de entusiasmo y de fuerza de carácter presupone semejante lucha en una masa de cuarenta mil hombres a los que, como vimos, el Ch. E. Rept. describía todavía en 1840 como completamente toscos y sin moral! ¡Pero qué dura tuvo que ser también la opresión que llevó a estos cuarenta mil a levantarse como un solo hombre y a proseguir la lucha, como un ejército no solo disciplinado, sino también entusiasta, que solo tiene una voluntad, con la mayor sangre fría y la mayor calma, hasta el punto en que seguir resistiendo habría sido un disparate! Y qué lucha: no contra enemigos visibles, mortales, sino contra el hambre y la necesidad, la miseria y la falta de techo, contra las propias pasiones, provocadas hasta la locura por la brutalidad de la riqueza. Si se hubieran sublevado por la fuerza, a ellos, que estaban desarmados, los habrían ametrallado, y un par de días habrían decidido la victoria de los propietarios. Esta legalidad no era el miedo a la porra del agente, era pura reflexión, era la mejor prueba de la inteligencia y del dominio de sí mismos de los obreros.

Así sucumbieron también esta vez los obreros, pese a su perseverancia sin ejemplo, ante el poder de los capitalistas. Pero no fue en vano. Ante todo, esta huelga de diecinueve semanas ha arrancado para siempre a los mineros del norte de Inglaterra de la muerte espiritual en que yacían hasta entonces; han dejado de dormir, están despiertos para sus intereses y se han unido al movimiento de la civilización, y sobre todo al movimiento obrero. La huelga, que sacó a la luz por primera vez toda la barbarie de los propietarios contra ellos, ha establecido aquí para siempre la oposición obrera y ha hecho cartistas por lo menos a tres cuartas partes del total; y la adquisición de treinta mil hombres tan enérgicos y tan probados vale ciertamente mucho para los cartistas. Además, la perseverancia y la legalidad de toda la huelga, unidas a la activa agitación que la acompañó, han atraído la atención pública sobre los mineros. Con ocasión del debate sobre el derecho de exportación del carbón, Thomas Duncombe, el único miembro decididamente cartista de la Cámara de los Comunes, planteó en el Parlamento la situación de los mineros, hizo leer su petición en la mesa de la Cámara y, con un discurso, obligó también a los periódicos de la burguesía a recoger al menos una vez, en las actas parlamentarias, una exposición exacta del asunto. Poco después de la huelga se produjo la explosión de Haswell; Roberts viajó a Londres, obtuvo una audiencia con Peel,308 insistió como representante de los mineros en una investigación a fondo del caso y consiguió que se encargara a las primeras notabilidades geológicas y químicas de Inglaterra, los profesores Lyell y Faraday,309 que se trasladaran al lugar. Como poco después siguieron varias explosiones más y Roberts presentó de nuevo los expedientes al primer ministro, este prometió proponer en la siguiente sesión del Parlamento (la actual de 1845), si era posible, las medidas necesarias para proteger a los obreros. Nada de esto habría ocurrido si esta gente no hubiera demostrado con la huelga que eran hombres amantes de la libertad y dignos de respeto, y si no hubieran contratado a Roberts.

En cuanto se supo que los mineros del norte se habían visto obligados a abandonar la Union y a despedir a Roberts, los mineros de Lancashire se unieron en una Union de unos diez mil obreros y garantizaron a su procurador general su sueldo de 1200 libras anuales. En el otoño del año pasado reunían más de 700 libras al mes, de las que algo más de 200 se dedicaban a sueldos, costas judiciales, etc., y el resto, en su mayor parte, a socorrer a obreros en paro, que en parte estaban sin trabajo y en parte habían dejado el trabajo por conflictos con los propietarios. Así comprenden los obreros cada vez mejor que unidos son también un poder respetable y que, en caso de extrema necesidad, pueden desafiar el poder de la burguesía. Y esta comprensión, la ganancia de todos los movimientos obreros, la han obtenido todos los mineros de Inglaterra gracias a la Union y a la huelga de 1844. En muy poco tiempo habrá desaparecido la diferencia de inteligencia y de energía que todavía existe a favor de los obreros industriales, y los mineros del reino podrán ponerse a su lado en todos los aspectos. Así se va socavando un trozo de terreno tras otro bajo los pies de la burguesía, y no pasará mucho tiempo antes de que todo su edificio estatal y social se derrumbe junto con la base sobre la que se asienta.

Pero ella no escarmienta. La rebelión de los mineros solo la exasperó todavía más; en lugar de ver en ella un progreso del movimiento entre los obreros en general, en lugar de dejar que la hiciera entrar en razón, la clase poseedora solo encontró en ella motivo de cólera contra una clase de hombres lo bastante insensata para no declararse ya de acuerdo con el trato que se le había dado hasta entonces. En las justas reivindicaciones de los desposeídos solo vio un descontento insolente, una rebelión demencial contra el «orden divino y humano» y, en el mejor de los casos, un éxito de «demagogos malintencionados que viven de la agitación y son demasiado perezosos para trabajar», éxito que había que volver a aplastar con todas las fuerzas. Intentó —sin éxito, naturalmente— presentar a los obreros a gente como Roberts y a los agentes de la asociación, a los que esta mantenía con toda naturalidad, como astutos estafadores que les sacaban a ellos, a los pobres obreros, el último céntimo del bolsillo. Cuando existe semejante locura en la clase poseedora, cuando su provecho momentáneo la ciega de tal manera que ya no tiene ojos ni para los signos más claros de los tiempos, hay que abandonar en verdad toda esperanza de una solución pacífica de la cuestión social en Inglaterra. La única salida posible sigue siendo una revolución violenta, que no dejará de producirse.

El proletariado agrícola

Ya en la Introducción vimos cómo, al mismo tiempo que la pequeña burguesía y el bienestar de los antiguos obreros, se arruinó también el pequeño campesinado, al disolverse la unión que hasta entonces había existido entre el trabajo industrial y el agrícola, al juntarse los campos que quedaron vacantes en grandes arrendamientos y al quedar derrotados los pequeños campesinos por la competencia aplastante de las grandes explotaciones. En lugar de ser, como hasta entonces, propietarios o arrendatarios, se vieron obligados a abandonar su explotación y a ajustarse como mozos de labranza con los grandes arrendatarios y los terratenientes. Durante un tiempo esta situación, aunque peor que la anterior, fue soportable. La expansión de la industria equilibraba el aumento de la población, hasta que por fin el progreso industrial empezó a hacerse algo más lento y los perfeccionamientos siempre nuevos de la maquinaria dejaron a la industria incapaz de absorber todo el excedente de población trabajadora de los distritos agrícolas. A partir de ese momento, la miseria, que hasta entonces solo había existido en los distritos fabriles, y aun allí solo de manera pasajera, apareció también en los distritos agrícolas. A esto se sumó que más o menos por la misma época terminó la guerra de veinticinco años con Francia; la menor producción en los teatros de la guerra, el bloqueo de los suministros y la necesidad de abastecer a los ejércitos británicos en España habían dado a la agricultura británica un auge artificial y habían retirado además del trabajo a muchos brazos. Este bloqueo de las importaciones, la necesidad de exportar y la falta de obreros cesaron ahora de golpe, y la consecuencia necesaria fue lo que los ingleses llaman agricultural distress, miseria agrícola. Los arrendatarios tenían que vender barato su grano y por eso solo podían pagar salarios bajos. Para mantener altos los precios del grano, en 1815 se aprobaron las leyes de cereales, que prohibían la importación de grano mientras el precio del trigo estuviera por debajo de 80 chelines el quarter.310 Más tarde estas leyes, naturalmente estériles, se modificaron varias veces más, sin poder aliviar por ello la miseria de los distritos agrícolas. Lo único que hicieron fue convertir la enfermedad, que con la libre competencia del extranjero se habría vuelto aguda y habría tenido sus crisis, en una enfermedad crónica, que ejercía una presión uniforme, pero siempre dura, sobre la situación de los trabajadores agrícolas.

En los primeros tiempos después del nacimiento del proletariado agrícola se desarrolló aquí la relación patriarcal que al mismo tiempo se destruía en la industria: la misma relación del labrador con sus mozos que todavía existe hoy en casi toda Alemania. Mientras duró, la miseria entre los obreros se manifestó menos y con menos frecuencia; los mozos compartían la suerte de los arrendatarios y solo se los despedía en caso de extrema necesidad. Pero ahora las cosas son distintas. Casi todos son jornaleros, a los que los arrendatarios emplean cuando los necesitan, y que por eso a menudo se pasan semanas, sobre todo en invierno, sin ningún trabajo. Con la relación patriarcal, en la que los mozos y sus familias vivían en la granja del arrendatario y sus hijos crecían allí, en la que, por tanto, el arrendatario procuraba naturalmente dar trabajo en su granja a la generación que iba creciendo y los jornaleros eran la excepción y no la regla, había en cada finca un número de obreros mayor del estrictamente necesario. Por eso le interesaba también al arrendatario disolver esta relación, echar al mozo de la granja y convertirlo en jornalero. Esto ocurrió de manera bastante general hacia finales de los años veinte de este siglo, y la consecuencia fue que la población sobrante, hasta entonces latente, por usar la expresión de la física, quedó liberada, el salario bajó y las contribuciones de pobres aumentaron enormemente. A partir de entonces los distritos agrícolas se convirtieron en la sede principal del pauperismo permanente, como los distritos fabriles lo eran del pauperismo fluctuante, y la reforma de las leyes de pobres fue la primera medida que el poder público tuvo que tomar contra el empobrecimiento cada día mayor de los municipios rurales. Pero a esto se añadió además que, con la continua expansión del sistema de explotación en gran escala, la introducción de trilladoras y otras máquinas en la agricultura y el trabajo de mujeres y niños en los campos, implantado en muchas partes y tan general que hace poco una comisión oficial especial investigó sus consecuencias,311 dejan también aquí sin pan a un gran número de obreros. Vemos, pues, cómo también aquí el sistema de la producción industrial se abre paso mediante la gran explotación, la abolición de la relación patriarcal —que precisamente aquí tiene la mayor importancia— y la introducción de la maquinaria, de la fuerza del vapor y del trabajo de mujeres y niños, y ha arrastrado al movimiento revolucionario al sector último y más estable de la humanidad trabajadora. Pero cuanto más tiempo había demostrado su estabilidad la agricultura, tanto más pesada cayó ahora la carga sobre el obrero, con tanta mayor violencia se manifestó aquí la desorganización de la antigua trabazón social. La «superpoblación» salió de golpe a la luz del día y no podía eliminarse, como en los distritos industriales, aumentando la producción. Siempre se podían montar fábricas nuevas si había compradores para sus productos, pero no se podía crear tierra nueva. El cultivo de las tierras comunales sin labrar era una especulación demasiado arriesgada para que desde la paz se hubiera lanzado a ella mucho capital. La consecuencia necesaria fue que la competencia de los obreros entre sí llegó a su punto más alto y el salario cayó a su mínimo. Mientras existió la antigua Ley de Pobres, la caja de pobres completaba lo que ganaban los obreros; naturalmente, con ello el salario bajó todavía más, porque ahora los arrendatarios procuraban cargar a la caja de pobres la mayor parte posible de él. El aumento de la contribución de pobres, que ya había hecho necesario la población sobrante, no hizo sino crecer así, y con ello se hizo necesaria la nueva Ley de Pobres, de la que todavía hablaremos. Pero esta no mejoró las cosas. El salario no subió, la población sobrante no había manera de quitarla de en medio, y la crueldad de la nueva ley solo sirvió para exasperar al pueblo hasta el extremo. Incluso la contribución de pobres, que al principio disminuyó, alcanzó al cabo de pocos años la misma altura que antes. El único fruto fue que donde antes había habido de tres a cuatro millones de medio indigentes, ahora apareció un millón de indigentes completos, y los demás siguieron siendo medio indigentes, solo que sin socorro. La miseria de los distritos agrícolas ha aumentado cada año. La gente vive en la necesidad más extrema; familias enteras tienen que arreglárselas con 6, 7 u 8 chelines semanales, y a ratos no tienen nada. Oigamos la descripción que un miembro liberal del Parlamento312 hizo ya en 1830 del estado de esta población:

«Un campesino inglés» (es decir, un jornalero agrícola) «y un indigente inglés: las dos palabras son sinónimas. Su padre era un indigente, y la leche de su madre no tenía fuerza nutritiva; desde niño ha recibido mala alimentación, y nunca más que para quedar medio saciado, y todavía ahora siente casi siempre, cuando no duerme, el tormento del hambre no satisfecha. Va medio vestido, sin más combustible que el justo para cocer sus magras comidas, y así el frío y la humedad entran en su casa con el tiempo y solo lo abandonan con el tiempo. Está casado, pero no conoce las alegrías del esposo y del padre. Su mujer y sus pequeños, hambrientos, rara vez calientes, a menudo enfermos y desvalidos, siempre agobiados y sin esperanza como él, son naturalmente ávidos, egoístas y fastidiosos, y así, por usar sus propias palabras, odia verlos (hates the sight of them) y solo vuelve a su barraca porque todavía le da algo más de abrigo contra la lluvia y el viento que un seto. Tiene que mantener a su familia y no puede; eso trae la mendicidad, toda clase de trapicheos a escondidas, y acaba en una astucia consumada. Aunque tuviera ganas, le faltaría el valor para hacerse, como otros hombres más enérgicos de su clase, cazador furtivo o contrabandista en gran escala; pero hurta de vez en cuando y enseña a sus hijos a mentir y a robar. Su conducta sumisa y servil con sus vecinos ricos muestra que lo tratan con dureza y con recelo; por eso los teme y los odia, pero nunca les hará daño por la fuerza. Está depravado de arriba abajo, demasiado abatido para tener todavía la fuerza de la desesperación. Su mísera vida es corta; el reumatismo y el asma lo llevan al workhouse, donde exhalará su último aliento sin un solo recuerdo agradable y dejará sitio a otro desdichado que podrá vivir y morir como él.»

Nuestro autor añade que, además de esta clase de jornaleros agrícolas, hay otra algo más enérgica y mejor dotada física, intelectual y moralmente: la de los que viven igual de miserablemente, pero no han nacido en esa situación. Estos serían mejores miembros de familia, pero contrabandistas y cazadores furtivos que tienen a menudo choques sangrientos con los guardas de caza y con los aduaneros de la costa, que en las cárceles, donde van a parar a menudo, aprenden a exasperarse todavía más contra la sociedad y que en su odio contra los poseedores son así del todo iguales a la primera clase.

«Y», concluye, «por cortesía (by courtesy) se llama a toda esta clase el “audaz campesinado de Inglaterra” (bold Peasantry of England, según Shakespeare).»313314

Hasta el día de hoy esta descripción vale para la mayor parte de los jornaleros de los distritos agrícolas. El Times envió en junio de 1844 un corresponsal a estas comarcas para informar de la situación de esta clase, y el informe que da coincide por completo con lo anterior. En algunas comarcas el salario no pasaba de seis chelines semanales, es decir, no era más alto que en muchas comarcas de Alemania, cuando los precios de todos los artículos de primera necesidad son en Inglaterra por lo menos el doble que aquí. Puede uno figurarse cómo es la vida que lleva esta gente. Su alimentación, mala y escasa; su ropa, hecha jirones, y sus viviendas, estrechas y míseras: una choza pequeña y miserable sin comodidad alguna, y para los jóvenes, casas de dormir donde hombres y mujeres apenas están separados y que incitan al trato ilegítimo. Un par de días sin trabajo al mes tienen que hundir necesariamente a esta gente en la miseria más profunda. Además, no pueden asociarse para mantener alto el salario, porque viven dispersos, y si uno se niega a trabajar por un salario bajo, hay docenas de hombres sin pan y de acogidos del asilo que se alegran de que les ofrezcan lo más mínimo, mientras que la administración de pobres niega al que se niega, como a un holgazán y un perdido, cualquier otro socorro que no sea el odiado del asilo; porque en la administración están precisamente los arrendatarios, de los que, o de cuyos vecinos e iguales, es el único de quien puede obtener trabajo. Y no recibimos estos informes solo de uno u otro de los distritos agrícolas de Inglaterra; al contrario, la miseria es igual de grande en el sur y en el este, en el norte y en el oeste; la situación de los obreros de Suffolk y Norfolk coincide exactamente con la de Devonshire, Hampshire y Sussex; el salario es tan bajo en Dorsetshire y Oxfordshire como en Kent y Surrey, Buckinghamshire y Cambridgeshire.

Una barbarie contra el proletariado agrícola que merece especial mención son las leyes de caza, que en Inglaterra son más severas que en ninguna otra parte, mientras que la caza es increíblemente abundante. El campesino inglés, que según la vieja usanza y costumbre ve en la caza furtiva una manifestación del todo natural y noble de valor y de audacia, se siente todavía más incitado a ella por el contraste entre su propia miseria y el car tel est notre plaisir315 del lord que cría miles de liebres y de aves de caza para su placer privado. Pone lazos, y alguna que otra vez dispara a una pieza: en el fondo al lord no le hace ningún daño, que tiene de sobra, y a él le pone un asado al fuego para su familia hambrienta. Si lo descubren, va a la cárcel; si reincide, lo deportan por lo menos siete años. De la dureza de estas penas nacen los frecuentes choques sangrientos con los guardas de caza, que todos los años provocan una serie de asesinatos. El oficio de guarda de caza se vuelve así no solo peligroso, sino también mal visto y proscrito. El año pasado hubo dos casos de guardas de caza que prefirieron pegarse un tiro en la cabeza antes que seguir en su oficio. Ese es el precio barato con que la aristocracia terrateniente se compra el noble placer de la caza; pero ¿qué importa eso a los nobles lords of the soil, a los señores de la tierra? Que vivan un par de sobrantes más o menos da completamente igual, y si la mitad de los «sobrantes» fueran quitados de en medio a consecuencia de las leyes de caza, a la mitad restante le iría tanto mejor: así razona la filantropía de los poseedores ingleses.

Pero aunque las condiciones rurales, las viviendas aisladas, la estabilidad del entorno, de la ocupación y, por tanto, también de las ideas sean decididamente desfavorables a todo desarrollo, también aquí la pobreza y la miseria dan sus frutos. Los obreros industriales y los mineros superaron pronto el primer grado de la oposición al estado social, la rebelión inmediata del individuo aislado por medio del delito; los campesinos siguen todavía hoy en ese primer grado. Su manera preferida de librar la guerra social es el incendio. En el invierno que siguió a la revolución de julio,316 en el invierno de 1830 a 1831, estos incendios se generalizaron por primera vez, después de que ya a comienzos de octubre hubiera habido en Sussex y los condados vecinos disturbios a causa del refuerzo de la policía de costas (que dificultaba el contrabando y, según la expresión de un arrendatario, arruinaba la costa), de las innovaciones en la administración de pobres, de los bajos salarios y de la introducción de máquinas, disturbios que habían agitado toda la comarca. Ese invierno, pues, se prendió fuego a las hacinas de grano y a los almiares de los arrendatarios en los campos, e incluso a los graneros y los establos bajo sus ventanas. Casi todas las noches ardían un par de fuegos de estos y sembraban el espanto entre los arrendatarios y los propietarios de la tierra. Nunca, o muy rara vez, se descubría a los autores, y el pueblo atribuyó estos incendios a un personaje mítico al que llamó Swing.317 Todo el mundo se devanaba los sesos sobre quién podía ser ese Swing, de dónde nacía esa furia entre los pobres de los distritos rurales; en la gran fuerza motriz, la miseria, la opresión, pensaban muy pocos, y en los propios distritos agrícolas, seguramente nadie. Desde aquel año los incendios se han repetido cada invierno, con la estación en que los jornaleros se quedan sin pan. En el invierno de 1843 a 1844 volvieron a ser extraordinariamente frecuentes. Tengo ante mí una serie de números del Northern Star de aquella época, cada uno de los cuales contiene varias noticias de incendios con indicación de la fuente. Los números de este semanario que faltan en la lista siguiente no los tengo a mano, pero en todo caso contienen todavía multitud de casos. De todos modos, un periódico así no puede dar todos los casos. Northern Star, 25 de noviembre de 1843: dos casos; se habla de otros varios anteriores. 16 de diciembre: en Bedfordshire, desde hace quince días, agitación general por los frecuentes incendios, de los que se producen varios cada noche. En los últimos días han ardido dos grandes granjas. En Cambridgeshire, cuatro grandes granjas; en Hertfordshire, una, y además otros quince incendios en distintas comarcas. 30 de diciembre: en Norfolk, uno; Suffolk, dos; Essex, dos; Herts, tres; Cheshire, uno; Lancashire, uno; en Derby, Lincoln y el sur, doce incendios. 6 de enero de 1844: diez en total; 13 de enero: siete; 20 de enero: cuatro incendios. A partir de entonces se informa cada semana de tres o cuatro incendios por término medio, y no solo, como antes, hasta la primavera, sino hasta julio y agosto; y que con la llegada de la estación cruda de 1844-1845 esta clase de delitos tomó un nuevo auge lo demuestran los periódicos ingleses que me han llegado desde entonces y las noticias de los periódicos alemanes.

¿Qué dicen mis lectores de semejante estado de cosas en los tranquilos e idílicos distritos rurales de Inglaterra? ¿Es esto guerra social o no? ¿Es este un estado de cosas natural, capaz de durar? Y sin embargo, aquí los arrendatarios y los terratenientes son tan necios y obstinados, tan ciegos para todo lo que no les mete dinero contante en el bolsillo, como los fabricantes y los burgueses en general en los distritos industriales. Si estos prometen a sus obreros toda la salvación de la abolición de las leyes de cereales, los terratenientes y gran parte de los arrendatarios prometen a los suyos el cielo de su mantenimiento. Pero en ninguno de los dos casos consiguen los poseedores ganar a los obreros para su manía favorita. Igual que los obreros fabriles, también los jornaleros agrícolas son completamente indiferentes a la abolición o al mantenimiento de las leyes de cereales. Sin embargo, la cuestión es importante para ambos. Con la abolición de las leyes de cereales, en efecto, la libre competencia, la economía social actual, se llevará al extremo; todo desarrollo ulterior dentro de las condiciones existentes cesará entonces, y el único progreso posible será la transformación radical del estado social. Para los jornaleros agrícolas el asunto tiene además el siguiente significado. La libertad de importación de grano trae consigo —aquí no puedo explicar cómo— la emancipación de los arrendatarios respecto de los terratenientes; en otras palabras, la conversión de los arrendatarios tories en liberales. La Liga contra las Leyes de Cereales —y este es su único mérito— ha preparado ya bien el terreno para ello. Pero si los arrendatarios se vuelven liberales, es decir, burgueses conscientes, los jornaleros se volverán necesariamente cartistas y socialistas, es decir, proletarios conscientes. Una cosa trae consigo la otra. Y que ya ahora empieza a hacerse valer entre los proletarios agrícolas un nuevo movimiento lo muestra una asamblea que el conde de Radnor,318 un terrateniente liberal, hizo celebrar en octubre de 1844 cerca de Highworth, donde están sus tierras, para aprobar resoluciones contra las leyes de cereales, y en la que los obreros, completamente apáticos ante esas leyes, pidieron cosas muy distintas, a saber, pequeños arrendamientos a renta barata para ellos, y le dijeron al conde de Radnor a la cara toda clase de amargas verdades. Así penetra el movimiento de la clase obrera también en los apartados distritos agrícolas, estables y espiritualmente muertos, y, con la miseria reinante, muy pronto estará aquí tan firmemente asentado y tan vivo como en los distritos fabriles.

En cuanto al grado religioso de los jornaleros agrícolas, tienen sin duda más religión que los obreros industriales, pero están muy reñidos con la Iglesia, porque en estos distritos casi no hay más que fieles de la Iglesia oficial.319 Un corresponsal del Morning Chronicle que, con la firma Uno que ha silbado detrás del arado,320 escribe informes sobre los distritos agrícolas que ha recorrido, cuenta, entre otras cosas, la siguiente conversación con unos jornaleros a la salida de la iglesia:

«Pregunté a uno de ellos si el predicador de hoy era su propio clérigo. Yes, blast him, sí, maldito sea, claro que es nuestro propio cura, no hace más que pedir, ha pedido siempre, desde que lo conozco.» (Se había predicado, en efecto, un sermón a favor de las misiones entre los paganos.) «“Y desde que yo lo conozco, también”, añadió otro, “y nunca he conocido un cura que no estuviera siempre pidiendo para esto o para aquello.” “Sí”, dijo una mujer que salía en ese momento de la iglesia, “y mirad cómo baja el salario, y mirad a esos ricos vagabundos con los que los curas comen y beben y se van de caza. Así Dios me ayude, estamos más para ir al workhouse y morirnos de hambre que para pagar a curas que se van con los paganos.” “¿Y por qué”, dijo otra, “por qué no mandan allá a los curas que se pasan el día berreando en la catedral de Salisbury, y eso para nadie más que para las piedras desnudas? ¿Por qué no se van esos con los paganos?” “Esos no van”, dijo el viejo al que había preguntado primero, “porque son ricos, tienen más tierra de la que necesitan; quieren dinero para quitarse de encima a los curas pobres; ya sé yo lo que quieren, los conozco desde hace demasiado tiempo.” “Pero, buenos amigos”, pregunté, “no saldréis siempre de la iglesia con esos sentimientos tan amargos contra el predicador. ¿Por qué vais entonces?” “¿Que por qué vamos?”, dijo la mujer. “Tenemos que ir, si no queremos perderlo todo, el trabajo y todo; tenemos que ir.” Supe después que recibían algunos pequeños privilegios en cuanto a combustible y un trocito de tierra para patatas, que tenían que pagar, si iban a la iglesia.»

Tras describir su pobreza y su ignorancia, nuestro corresponsal concluye:

«Y ahora afirmo con audacia que la situación de esta gente, su pobreza, su odio a la Iglesia, su sumisión exterior y su amargura interior contra los dignatarios eclesiásticos son la regla en todos los municipios rurales de Inglaterra, y lo contrario, solo la excepción.»

Si el campesinado de Inglaterra propiamente dicha nos muestra las consecuencias que tiene para la situación de los municipios rurales un numeroso proletariado agrícola junto a grandes fincas, en Gales vemos lo que ocurre con los pequeños arrendatarios. Si los municipios rurales ingleses reproducen el antagonismo entre proletarios y grandes capitalistas, la situación de los campesinos galeses corresponde a la ruina progresiva de la pequeña burguesía de las ciudades. En Gales solo hay, en su mayoría, pequeños arrendatarios, que no pueden vender sus productos agrícolas con la misma ventaja y tan baratos como los grandes arrendatarios ingleses, más favorecidos, con los que compiten en el mismo mercado. Además, la naturaleza del terreno solo permite en muchos sitios la ganadería, que es poco rentable, y estos galeses, ya por su nacionalidad aparte, a la que se aferran, son todavía mucho más estables que los arrendatarios ingleses. Pero sobre todo la competencia entre ellos y con sus vecinos ingleses, y la subida de la renta de la tierra que de ella se sigue, los ha hundido tanto que apenas pueden vivir, y como no ven la verdadera causa de su mala situación, la buscan en toda clase de minucias, en los altos peajes, etc., que entorpecen, es cierto, el desarrollo de la agricultura y del tráfico, pero que todo el que toma un arrendamiento incluye en sus cálculos como cargas existentes y que, por tanto, en realidad paga el propietario de la tierra. Además, la nueva Ley de Pobres se ha hecho también aquí profundamente odiosa entre ellos, porque los propios arrendatarios corren siempre el peligro de caer bajo ella. En febrero de 1843 el descontento de los campesinos galeses estalló en los conocidos disturbios de Rebeca:321 los hombres se ponían ropas de mujer, se tiznaban la cara y caían en numerosas bandas armadas sobre las barreras de peaje, que en Inglaterra hacen las veces de los portazgos, las destrozaban entre gritos de júbilo y disparos, demolían también las casetas de los recaudadores, escribían cartas amenazadoras en nombre de la ficticia «Rebeca» y asaltaron incluso una vez el workhouse de Caermarthen. Cuando más tarde se llamó a la tropa y se reforzó la policía, la despistaron con extraordinaria habilidad, destruyendo barreras aquí mientras la tropa, a la que las cornetas anunciaban desde todos los montes, marchaba en dirección contraria, y finalmente, cuando las tropas se reforzaron demasiado, pasaron a incendios aislados y aun a intentos de asesinato. Como siempre, estos delitos mayores fueron el final del movimiento. Muchos se apartaron por disgusto, otros por miedo, y la calma volvió por sí sola. El gobierno envió una comisión a investigar el asunto y sus causas, y con eso se acabó todo. Pero la pobreza de los campesinos continúa, y como en las condiciones sociales existentes solo puede aumentar y no disminuir, algún día producirá cosas más serias que estas humorísticas mascaradas de Rebeca.

Si en Inglaterra se nos presenta en sus resultados el sistema de la gran explotación y en Gales el del arrendamiento pequeño, en Irlanda tenemos ante los ojos las consecuencias de la parcelación del suelo. La gran masa de la población de Irlanda está formada por pequeños arrendatarios que tienen arrendada una mísera choza de barro sin divisiones interiores y un campo de patatas justo lo bastante grande para procurarles durante el invierno el alimento más indispensable. Con la gran competencia que reina entre estos pequeños arrendatarios, la renta de la tierra ha subido a una altura inaudita, al doble, al triple y al cuádruple de la inglesa. Porque todo jornalero agrícola intenta hacerse arrendatario, y aunque la división de las tierras ha llegado ya tan lejos, sigue quedando una gran cantidad de jornaleros que pugnan por un arrendamiento. Aunque en Gran Bretaña se cultivan 32 millones de acres ingleses y en Irlanda solo 14 millones, aunque Gran Bretaña produce cada año productos agrícolas por valor de 150 millones de libras esterlinas e Irlanda solo por valor de 36 millones, en Irlanda hay sin embargo 75 000 jornaleros agrícolas más que en la isla vecina.322 De esta desproporción extraordinaria se desprende lo grande que tiene que ser la competencia por la tierra en Irlanda, sobre todo si se piensa que ya los jornaleros británicos viven en la miseria más extrema. La consecuencia de esta competencia es, naturalmente, una renta de la tierra tan alta que a los arrendatarios no les es posible vivir mucho mejor que a los jornaleros. De este modo el pueblo irlandés se mantiene en una pobreza aplastante, de la que no puede salir en las condiciones sociales actuales. La gente vive en las chozas de barro más miserables, que apenas sirven de establos, y en invierno tiene una alimentación escasa; o, como dice el informe citado, tienen durante 30 semanas al año patatas suficientes para comer medio hartos, y durante las 22 semanas restantes, nada en absoluto. Cuando llega en primavera el momento en que la provisión se acaba o se vuelve incomible porque brotan los gérmenes, la mujer sale a mendigar con sus hijos y recorre toda la comarca con la tetera en la mano, mientras el hombre, una vez hecha la siembra, busca trabajo en el propio país o en Inglaterra y vuelve con su familia para la cosecha de la patata. En esta situación viven nueve décimas partes de la población rural irlandesa. Son pobres como ratas, llevan los harapos más miserables y están en el grado de instrucción más bajo que es posible en un país semicivilizado. Según el informe citado, en una población de 8 1/2 millones hay 585 000 cabezas de familia en total indigencia (destitution), y según otras fuentes citadas por el sheriff Alison,323 hay en Irlanda 2 300 000 personas que no pueden vivir sin socorro público o privado; ¡el 27 por ciento de la población, por tanto, son indigentes!

La causa de esta pobreza son las condiciones sociales existentes, en particular la competencia, solo que aquí en otra forma, la de la parcelación del suelo. Se ha intentado encontrar otras causas; se afirma que la posición del arrendatario respecto del terrateniente, que arrienda sus tierras en grandes lotes a arrendatarios que a su vez tienen sus subarrendatarios y sub-subarrendatarios, de modo que a menudo hay diez intermediarios entre el terrateniente y el verdadero cultivador; se ha afirmado que la ley, ciertamente infame, que da al terrateniente el derecho de echar al verdadero cultivador si su arrendatario inmediato no le paga, aunque aquel haya pagado su renta a su arrendatario principal, tiene la culpa de la pobreza. Pero todo esto solo determina la forma en que se manifiesta la miseria. Haced propietarios a los propios pequeños arrendatarios: ¿cuál será la consecuencia? La mayoría, aun sin tener que pagar ya renta, no podrá vivir de su campo, y lo que mejore se compensará en pocos años con el rápido y continuo crecimiento de la población. A los que pasen así a una situación mejor les crecerán entonces los hijos que ahora mueren en los primeros años por la miseria y las privaciones. Desde otros lados se ha afirmado que la culpa la tiene la opresión desvergonzada del pueblo por los ingleses. Cierto, la tiene de que la pobreza llegara algo antes, pero no de que llegara. O la Iglesia oficial protestante impuesta a la nación católica: repartid entre los irlandeses lo que ella se lleva, y no tocan ni a dos táleros por cabeza. Además, los diezmos son un impuesto sobre la propiedad de la tierra, no sobre el arrendatario, aunque fuera este quien los pagaba; ahora —después de la ley de conmutación de 1838—324 los paga directamente el terrateniente y a cambio cobra otro tanto más de renta, de modo que el arrendatario no está por ello mejor. Y así se aducen otras cien causas que demuestran igual de poco. La pobreza es una consecuencia necesaria de las instituciones sociales actuales, y fuera de ellas solo puede buscarse una causa para el modo en que se manifiesta la pobreza, pero no para la pobreza misma. Pero de que la pobreza se manifieste en Irlanda así y no de otro modo tienen la culpa el carácter nacional del pueblo y su desarrollo histórico. Los irlandeses son un pueblo emparentado por todo su carácter con las naciones latinas, con los franceses y sobre todo con los italianos. Los lados malos de su nacionalidad ya los hemos visto expuestos más arriba por Carlyle; oigamos ahora a un irlandés que, por lo menos, tiene algo más de razón que Carlyle, prendado de lo germánico:

«Son inquietos y, sin embargo, indolentes (indolent); despiertos e indiscretos, impetuosos, impacientes e imprevisores; valientes por instinto, generosos sin pensarlo mucho; prontos a vengar y a perdonar las ofensas, a trabar amistades y a romperlas; dotados con prodigalidad de genio y escasamente de juicio.»325

En los irlandeses predominan absolutamente el sentimiento y la pasión; el entendimiento tiene que plegarse a ellos. Su naturaleza sensual, excitable, no deja desarrollarse la reflexión ni la actividad tranquila y constante: un pueblo así no sirve en absoluto para la industria tal como se practica hoy. Por eso se quedaron en la agricultura, y aun en ella en el grado más bajo. Con las pequeñas parcelas, que aquí no surgieron artificialmente, como en Francia y en el Rin, de la fragmentación de grandes fincas,326 sino que existían desde siempre, no cabía pensar en mejorar el suelo invirtiendo capital, y así, según los datos de Alison, harían falta 120 millones de libras esterlinas para llevar el suelo de Irlanda al mismo grado de productividad, todavía no tan alto, que ha alcanzado el suelo inglés. La inmigración inglesa, que habría podido elevar el nivel de cultura del pueblo irlandés, se ha contentado con explotarlo de la manera más brutal, y mientras los irlandeses, con su emigración, han transmitido a la nación inglesa un fermento que dará sus frutos en el futuro, Irlanda tiene poco que agradecer a la inmigración inglesa.

Los intentos de la nación irlandesa de salvarse de la degradación existente son, por un lado, los delitos, que están aquí a la orden del día en los distritos rurales y que consisten casi todos en asesinatos de los enemigos más inmediatos —los agentes de los terratenientes o sus obedientes servidores, los intrusos protestantes, los grandes arrendatarios cuya finca está compuesta de los campos de patatas de cien familias desahuciadas, etc.—, y que son frecuentes sobre todo en el sur y en el oeste; por otro, la agitación por la Repeal.327 Por lo dicho más arriba está claro que los irlandeses incultos tienen que ver en los ingleses a sus enemigos más inmediatos, y que el próximo progreso para ellos está en conquistar la independencia nacional. Pero igual de claro está que ninguna Repeal abolirá con ella la pobreza, sino que con ella solo podrá demostrarse que la causa de la miseria irlandesa, que ahora parece estar todavía fuera, hay que buscarla en casa. Si para ayudar a los irlandeses a comprenderlo hace falta realizar de verdad la Repeal, es algo que dejo en suspenso. Hasta ahora, ni el cartismo ni el socialismo han tenido especial éxito en Irlanda.

Termino aquí mis observaciones sobre Irlanda, tanto más cuanto que la agitación por la Repeal de 1843 y el proceso de O'Connell328 han hecho que la miseria irlandesa sea cada vez más conocida en Alemania.

Así pues, hemos seguido al proletariado de las islas británicas por todas las ramas de su actividad y en todas partes hemos encontrado miseria y necesidad, en todas partes condiciones de vida completamente inhumanas. Hemos visto nacer, crecer, formarse y organizarse el descontento con el proletariado; hemos visto luchas abiertas, sangrientas e incruentas, del proletariado contra la burguesía. Hemos examinado los principios según los cuales se determinan la suerte, las esperanzas y los temores de los proletarios, y hemos encontrado que no hay perspectiva de mejora de su situación. Hemos tenido ocasión de observar aquí y allá la conducta de la burguesía con el proletariado, y hemos encontrado que solo se tenía en cuenta a sí misma, que solo perseguía su propio provecho. Pero, para no ser injustos, vamos a examinar algo más de cerca su manera de actuar.

La actitud de la burguesía ante el proletariado

Cuando hablo aquí de la burguesía, incluyo en ella desde luego a la llamada aristocracia, porque esta solo es aristocracia, solo es privilegiada, frente a la burguesía, pero no frente al proletariado. El proletario no ve en ninguna de las dos más que al poseedor, es decir, al burgués. Ante el privilegio de la propiedad desaparecen todos los demás privilegios. La única diferencia es que el burgués propiamente dicho está frente al proletario industrial y en parte frente al minero, y, como arrendatario, también frente al jornalero agrícola, mientras que el llamado aristócrata solo entra en contacto con una parte de los proletarios mineros y con los agrícolas.

Nunca he conocido una clase tan profundamente desmoralizada, tan incurablemente corrompida por el egoísmo, tan carcomida por dentro y tan incapacitada para todo progreso como la burguesía inglesa; y aquí me refiero sobre todo a la burguesía propiamente dicha, en especial a la liberal, la que quiere abolir las leyes de cereales. Para ella no existe nada en el mundo que no esté ahí únicamente por el dinero, sin exceptuarse a sí misma, porque no vive para otra cosa que para ganar dinero, no conoce otra dicha que la de la ganancia rápida ni otro dolor que el de perder dinero.329 Con esta avidez y esta codicia no es posible que quede sin mancha una sola idea humana. Ciertamente, estos burgueses ingleses son buenos maridos y buenos miembros de familia, tienen también toda clase de las llamadas virtudes privadas y en el trato corriente parecen tan respetables y decentes como todos los demás burgueses; incluso en los negocios es mejor tratar con ellos que con los alemanes, no regatean ni porfían tanto como nuestras almas de tendero; pero ¿de qué sirve todo eso? En última instancia, el interés propio, y en particular la ganancia de dinero, es el único factor decisivo. Una vez entré en Manchester con uno de estos burgueses y le hablé de la mala construcción, insalubre, del estado espantoso de los barrios obreros, y le dije que nunca había visto una ciudad tan mal construida. El hombre lo escuchó todo con calma, y en la esquina donde se despidió de mí dijo: And yet, there is a great deal of money made here, «y sin embargo aquí se gana muchísimo dinero»; ¡buenos días, señor! Al burgués inglés le es completamente indiferente que sus obreros se mueran de hambre o no, con tal de que él gane dinero. Todas las relaciones de la vida se miden por la ganancia de dinero, y lo que no da dinero es una tontería, algo poco práctico, idealista. Por eso la economía política, la ciencia de ganar dinero, es la ciencia favorita de estos judíos traficantes.330 Todo el mundo es economista. La relación del fabricante con el obrero no es humana, sino puramente económica. El fabricante es el «capital»; el obrero es el «trabajo». Y si el obrero no quiere dejarse encerrar en esta abstracción, si afirma que no es «el trabajo», sino un hombre que, entre otras cosas, tiene también la cualidad de trabajar, si se le ocurre pensar que no tiene por qué dejarse comprar y vender en el mercado como «el trabajo», como mercancía, al burgués se le para el entendimiento. No puede comprender que con los obreros tenga otra relación que la de comprar y vender; no ve en ellos hombres, sino «manos» (hands), como los llama continuamente a la cara; no reconoce, como dice Carlyle, otro vínculo entre hombre y hombre que el pago al contado.331 Incluso el lazo entre él y su mujer es, en noventa y nueve casos de cada cien, solo «pago al contado». La mísera esclavitud en que el dinero tiene al burgués la ha impreso el dominio de la burguesía hasta en la lengua. El dinero hace el valor del hombre: este hombre vale diez mil libras, he is worth ten thousand pounds, es decir, las posee. Quien tiene dinero es respectable, pertenece a la «mejor clase de gente» (the better sort of people), es «influyente» (influential), y lo que hace marca época en su círculo. El espíritu mercachifle atraviesa toda la lengua; todas las relaciones se expresan en términos comerciales y se explican en categorías económicas. Demanda y oferta, supply and demand: esas son las fórmulas con las que la lógica del inglés juzga toda la vida humana. De ahí la libre competencia en todos los terrenos; de ahí el régimen del laissez-faire y del laissez-aller en la administración, en la medicina, en la educación y pronto, sin duda, también en la religión, donde el dominio de la Iglesia oficial se viene abajo cada vez más. La libre competencia no quiere limitación alguna, ninguna vigilancia del Estado; todo el Estado le estorba; sería más perfecta en una situación sin Estado alguno, en la que cada cual pudiera explotar a los demás a su gusto, como, por ejemplo, en la «asociación» del amigo Stirner. Pero como la burguesía no puede prescindir del Estado, aunque solo sea para tener a raya al proletariado, que le es igual de necesario, lo vuelve contra este y procura mantenerlo lo más lejos posible de sí.

Pero no se crea que el inglés «culto» haga ostentación tan abierta de este egoísmo. Al contrario, lo encubre con la más vil hipocresía. ¿Cómo? ¿Que los ricos ingleses no piensan en los pobres, ellos, que han levantado establecimientos de beneficencia como no los puede mostrar ningún otro país? ¡Sí, establecimientos de beneficencia! ¡Como si al proletario le sirviera de algo que primero lo chupéis hasta la sangre para poder luego satisfacer en él vuestras ganas de beneficencia, complacidas y farisaicas, y presentaros ante el mundo como grandes bienhechores de la humanidad cuando devolvéis al exprimido la centésima parte de lo que le corresponde! ¡Beneficencia que deshumaniza todavía más al que la da que al que la recibe; beneficencia que hunde todavía más en el polvo al pisoteado, que exige que el paria deshumanizado, expulsado de la sociedad, renuncie primero a lo último que le queda, a su pretensión de pertenecer a la humanidad, que mendigue primero su gracia, antes de que ella tenga la gracia de estamparle en la frente, con una limosna, el sello de la deshumanización! Pero ¿a qué viene todo esto? Oigamos a la burguesía inglesa misma. No hace todavía un año leí en el Manchester Guardian la siguiente carta al director, que se publicó sin el menor comentario, como algo completamente natural y razonable:

Señor director:

Desde hace algún tiempo se encuentra uno en las calles principales de nuestra ciudad con multitud de mendigos que, en parte con sus ropas harapientas y su aspecto enfermizo, en parte con heridas abiertas repugnantes y mutilaciones, tratan de despertar la compasión de los transeúntes de un modo a menudo muy insolente y molesto. Yo diría que, cuando uno no solo paga su contribución de pobres, sino que contribuye además generosamente a los establecimientos de beneficencia, ha hecho ya bastante para tener derecho a verse a salvo de importunidades tan desagradables e insolentes; ¿y para qué paga uno entonces un impuesto tan alto para el sostenimiento de la policía municipal, si esta no le protege a uno siquiera lo bastante para poder entrar en la ciudad o salir de ella tranquilo? Espero que la publicación de estas líneas en su muy leído periódico mueva a la autoridad pública a eliminar este inconveniente (nuisance), y quedo

Su afectísima servidora,

Una dama

¡Ahí lo tenéis! La burguesía inglesa es caritativa por interés; no regala nada, considera sus dádivas como un negocio, hace un trato con los pobres y les dice: si gasto tanto en fines de beneficencia, me compro con ello el derecho a que no se me moleste más, y vosotros os obligáis a cambio a quedaros en vuestras oscuras cuevas y a no herir mis delicados nervios exhibiendo abiertamente vuestra miseria. Desesperad si queréis, pero desesperad en silencio; esa es mi condición, eso es lo que compro con mi suscripción de 20 libras para el hospital. ¡Oh, esta infame beneficencia de un burgués cristiano! Y así escribe «una dama»; sí, dama: hace bien en firmar así, por suerte ya no tiene el valor de llamarse mujer. Y si las «damas» son así, ¿cómo serán los «caballeros»? Se dirá que es un caso aislado. Pero no: la carta de arriba expresa precisamente el modo de pensar de la gran mayoría de la burguesía inglesa; si no, el director no la habría publicado, si no, habría seguido alguna réplica, que he buscado en vano en los números siguientes. Y en cuanto a la eficacia de la beneficencia, el propio canónigo Parkinson dice que a los pobres los socorren mucho más sus iguales que la burguesía; y un socorro así, de un buen proletario que sabe él mismo lo que es el hambre, para quien compartir su escasa comida es un sacrificio, pero un sacrificio que hace con alegría, un socorro así suena muy distinto de la limosna arrojada por el burgués que se da la gran vida.

También en otras cosas la burguesía finge una humanidad sin límites, pero solo cuando lo exige su propio interés. Así en su política y en su economía política. Lleva ya cinco años atormentándose para demostrar a los obreros que solo desea abolir las leyes de cereales en interés de los proletarios. Pero el meollo del asunto es este: las leyes de cereales, que mantienen el precio del pan más alto que en otros países, elevan con ello también el salario y dificultan así al fabricante la competencia con otros países, en los que el precio del pan, y en consecuencia el salario, es más bajo. Si se abolieran las leyes de cereales, bajaría el precio del pan, y el salario se acercaría al de los demás países civilizados de Europa, como resultará claro para todo el mundo según los principios por los que se regula el salario, expuestos más arriba. El fabricante podría competir más fácilmente, la demanda de mercancías inglesas aumentaría, y con ella la demanda de obreros. A consecuencia de esta mayor demanda, el salario volvería a subir algo, desde luego, y se daría trabajo a los obreros sin pan; pero ¿cuánto duraría eso? La «población sobrante» de Inglaterra, y sobre todo de Irlanda, basta para proveer de los obreros necesarios a la industria inglesa aunque esta se duplicara; en pocos años la pequeña ventaja de la abolición de las leyes de cereales quedaría compensada, vendría una nueva crisis y estaríamos igual que antes, mientras que el primer estímulo de la industria aceleraría también el aumento de la población. Todo esto lo comprenden muy bien los proletarios, y se lo han dicho cien veces a la cara a los burgueses; pero, a pesar de todo, la ralea de los fabricantes, que solo tiene en vista la ventaja inmediata que le traería la abolición de las leyes de cereales, esa ralea lo bastante obtusa para no ver que tampoco a ella puede resultarle ninguna ventaja duradera de esta medida, porque la competencia de los fabricantes entre sí devolvería pronto la ganancia de cada uno al antiguo nivel, a pesar de todo, esa ralea sigue gritando hasta hoy a los obreros que todo eso se hace solo por ellos, que solo por los millones que se mueren de hambre echan los ricos del partido liberal sus cientos y miles de libras en la caja de la Liga contra las Leyes de Cereales, cuando todo el mundo sabe que no hacen más que dar una sardina para pescar un salmón, que cuentan con volver a ganar todo eso diez y cien veces en los primeros años después de la abolición de las leyes de cereales. Pero los obreros —y sobre todo desde la insurrección de 1842— ya no se dejan engañar por la burguesía. Exigen a todo el que pretende afanarse por su bien que, como piedra de toque de la sinceridad de sus intenciones, se declare a favor de la Carta del Pueblo, y protestan así contra toda ayuda ajena, porque en la Carta solo piden el poder de ayudarse a sí mismos. Al que no lo hace le declaran la guerra con toda razón, sea enemigo abierto o falso amigo. Por lo demás, la Liga contra las Leyes de Cereales ha empleado con los obreros las mentiras y las artimañas más despreciables para ganárselos. Ha querido hacerles creer que el precio en dinero del trabajo está en razón inversa del precio del grano, que el salario está alto cuando el grano está bajo, y a la inversa, una tesis que ha intentado demostrar con los argumentos más ridículos y que es en sí misma más ridícula que cualquier otra afirmación salida de boca de un economista. Cuando esto no sirvió, se prometió a los obreros la más inmensa felicidad como resultado de la mayor demanda en el mercado de trabajo; incluso no se ha tenido vergüenza de pasear por las calles dos modelos de hogazas de pan, en la mayor de las cuales estaba escrito: Hogaza norteamericana de ocho peniques, salario de 4 chelines diarios, y en la otra, mucho más pequeña: Hogaza inglesa de ocho peniques, salario de 2 chelines diarios. Pero los obreros no se han dejado confundir. Conocen demasiado bien a sus patronos.

Y si se quiere conocer bien la hipocresía de estas hermosas promesas, examínese la práctica. Hemos visto a lo largo de nuestros informes cómo la burguesía explota al proletariado de todas las maneras posibles para sus fines. Pero hasta ahora solo hemos visto a burgueses individuales maltratar por su cuenta al proletariado. Pasemos ahora a las relaciones en las que la burguesía actúa como partido, e incluso como poder del Estado, contra el proletariado. Salta a la vista, ante todo, que toda la legislación tiene por objeto proteger al que posee contra el que no posee. Las leyes solo son necesarias porque hay desposeídos; y aunque esto solo esté dicho directamente en unas pocas leyes, por ejemplo en las leyes contra la vagancia y contra los sin techo, en las que el proletariado como tal se declara contrario a la ley, la hostilidad contra el proletariado está tan en la base de la ley que los jueces, sobre todo los jueces de paz, que son ellos mismos burgueses y con los que el proletariado tiene más trato, encuentran ese sentido en la ley sin más. Si comparece un rico, o más bien si se le cita, el juez lamenta tener que causarle tantas molestias, da al asunto todos los giros que puede a su favor, y si tiene que condenarlo lo siente de nuevo infinitamente, etc., y el resultado es una mísera multa que el burgués arroja con desprecio sobre la mesa antes de marcharse. Pero si un pobre diablo tiene que comparecer ante el juez de paz, casi siempre ha pasado la noche en el calabozo con otros muchos, se le considera culpable de antemano y se le trata a gritos, su defensa se despacha con un despectivo «¡Oh, ya conocemos esas excusas!», y se le impone una multa que no puede pagar y que tiene que purgar con uno o varios meses en la rueda de molino. Y si no se le puede probar nada, se le manda igualmente a la rueda como granuja y vagabundo (a rogue and a vagabond: las dos palabras van casi siempre juntas). La parcialidad de los jueces de paz, sobre todo en el campo, supera de verdad toda imaginación, y es algo tan corriente que los periódicos informan de todos los casos que no sean demasiado escandalosos con toda tranquilidad y sin más comentarios. Pero tampoco cabe esperar otra cosa. Por un lado, estos Dogberries no hacen sino interpretar la ley en el sentido que tiene, y por otro, ellos mismos son burgueses, que ven ante todo en el interés de su clase el pilar de todo orden verdadero. Y como los jueces de paz, se comporta también la policía. El burgués puede hacer lo que quiera: con él el policía es siempre cortés y se atiene estrictamente a la ley; pero al proletario se le trata con grosería y brutalidad, su pobreza ya hace recaer sobre él la sospecha de todos los delitos posibles y le cierra al mismo tiempo el recurso contra todas las arbitrariedades de los que tienen el poder; para él, por eso, no existen las formas protectoras de la ley; la policía entra en su casa sin más, lo detiene y lo maltrata, y solo cuando alguna vez una asociación obrera como la de los mineros contrata a un Roberts, solo entonces sale a la luz lo poco que existe para el proletario el lado protector de la ley, con cuánta frecuencia tiene que cargar con todos los pesos de la ley sin disfrutar de ninguna de sus ventajas.

Hasta el día de hoy la clase poseedora lucha en el Parlamento contra los mejores sentimientos de los que todavía no han caído del todo en el egoísmo, para sojuzgar cada vez más al proletariado. Se quita y se cultiva un terreno comunal tras otro, con lo que se eleva, desde luego, la cultura del suelo, pero se causa mucho daño al proletariado. Donde había terrenos comunales, el pobre podía tener en ellos un asno, un cerdo o algunos gansos; los niños y los jóvenes tenían un sitio donde jugar y corretear al aire libre; esto se acaba cada vez más, la ganancia del pobre disminuye, y la gente joven, a la que se le quita su sitio de juego, se va en su lugar a las tabernas. En cada sesión se aprueba multitud de leyes del Parlamento de este tipo para roturar terrenos comunales. Cuando en la sesión de 1844 el gobierno decidió obligar a las compañías ferroviarias, que monopolizan todo el tráfico, a hacer posible también a los obreros viajar por un precio adecuado a sus circunstancias (1 penique la milla, unos 5 silbergroschen la milla alemana), y propuso con ese fin que se estableciera en cada ferrocarril un tren diario de tercera clase de este tipo,332 el «reverendo padre en Dios», el obispo de Londres,333 propuso que se exceptuara de esta obligación el domingo, el único día en que los obreros que tienen trabajo pueden siquiera viajar, y que así solo se permitiera viajar en domingo a los ricos, pero no a los pobres. Esta propuesta, sin embargo, era demasiado directa, demasiado sin disimulo, para que pudiera prosperar, y se abandonó. No tengo espacio suficiente para enumerar los muchos ataques encubiertos contra el proletariado de una sola sesión siquiera. Solo uno más, de la misma sesión de 1844. Un miembro del Parlamento completamente oscuro, un tal señor Miles,334 propuso un proyecto de ley para regular las relaciones entre amos y criados que parecía bastante anodino. El gobierno hizo suyo el proyecto, y este pasó a una comisión. Entretanto estalló la huelga de los mineros del norte, y Roberts hacía sus recorridos triunfales por Inglaterra con sus obreros absueltos. Cuando el proyecto salió de la comisión, resultó que se le habían intercalado algunas cláusulas sumamente despóticas, sobre todo una que daba al patrono el poder de llevar ante cualquier (any) juez de paz a todo obrero con el que hubiera contratado, de palabra o por escrito, cualquier trabajo, aunque fuera una ayuda ocasional, en caso de negarse a prestar el servicio o de cualquier otra conducta impropia (misbehaviour), y de hacerlo condenar a cárcel y trabajos forzados hasta dos meses bajo juramento del propio patrono o de sus agentes y capataces, es decir, bajo juramento del demandante. Este proyecto excitó a los obreros hasta la furia más extrema, tanto más cuanto que al mismo tiempo estaba ante el Parlamento el proyecto de ley de las diez horas, que había provocado una agitación considerable. Se celebraron cientos de asambleas y se enviaron cientos de peticiones obreras a Londres, al abogado del proletariado en el Parlamento, Thomas Duncombe. Este era, junto con el «joven inglés» Ferrand,335 el único opositor enérgico; pero cuando los demás radicales vieron que el pueblo se declaraba contra el proyecto, fueron saliendo uno tras otro y se pusieron al lado de Duncombe, y como tampoco la burguesía liberal, con la agitación de los obreros, tuvo valor para pronunciarse a favor del proyecto, como en general nadie se interesaba vivamente por él frente al pueblo, fracasó de manera estrepitosa.

Pero la declaración de guerra más abierta de la burguesía contra el proletariado es la teoría de la población de Malthus336 y la nueva Ley de Pobres que de ella nació. De la teoría de Malthus ya se ha hablado varias veces. Repitamos brevemente su resultado principal: que la tierra está siempre superpoblada y que por eso tienen que reinar siempre la necesidad, la miseria, la pobreza y la inmoralidad; que es el destino y la determinación eterna de la humanidad existir en número excesivo, y por tanto en distintas clases, de las que unas son más o menos ricas, cultas y morales, y las otras más o menos pobres, miserables, ignorantes e inmorales. De aquí se sigue para la práctica —y estas conclusiones las saca el propio Malthus— que las obras de beneficencia y las cajas de pobres son en realidad un disparate, porque solo sirven para mantener a la población excedente, cuya competencia hunde el salario de los demás, y para incitarla a multiplicarse; que dar trabajo a los pobres por medio de la administración de pobres es igual de disparatado, porque, como solo puede consumirse una cantidad determinada de productos del trabajo, por cada obrero sin pan al que se da trabajo otro que hasta entonces trabajaba tiene que quedarse sin pan, y así la industria privada sufre a costa de la industria de la administración de pobres; que no se trata, pues, de alimentar a la población excedente, sino de limitarla lo más posible de una u otra manera. Malthus declara con palabras secas un completo disparate el derecho de todo hombre que existe en el mundo a sus medios de existencia, que se había afirmado hasta entonces. Cita las palabras de un poeta: el pobre llega a la mesa festiva de la naturaleza y no encuentra cubierto libre para él; y añade: y la naturaleza le ordena que se largue (she bids him to be gone), «porque antes de nacer no preguntó a la sociedad si lo quería». Esta teoría es ahora la teoría predilecta de todos los auténticos burgueses ingleses, y con toda naturalidad, porque es para ellos la más cómoda de las poltronas y además tiene mucho de verdad respecto de las condiciones existentes. Si ya no se trata, pues, de hacer útil a la «población excedente», de convertirla en población aprovechable, sino solo de dejar morir de hambre a la gente de la manera más fácil posible y de impedirle al mismo tiempo que traiga demasiados hijos al mundo, eso es naturalmente una bagatela, siempre que la población sobrante reconozca que sobra y se deje gustosa morir de hambre. Pero para eso, pese a los esfuerzos denodados de la humana burguesía por inculcárselo a los obreros, por el momento no hay todavía perspectiva. Los proletarios, más bien, se han metido en la cabeza que ellos, con sus manos laboriosas, son precisamente los necesarios, y que los ricos señores capitalistas, que no hacen nada, son en realidad los que sobran.

Pero como los ricos todavía tienen el poder, los proletarios tienen que aguantar que, si no quieren reconocerlo de buen grado, la ley los declare efectivamente sobrantes. Esto es lo que se ha hecho con la nueva Ley de Pobres. La antigua Ley de Pobres, que se basaba en la ley del año 1601 (43rd of Elizabeth, el cuadragésimo tercer año del reinado de Isabel), partía todavía ingenuamente del principio de que era deber del municipio velar por el sustento de los pobres. El que no tenía trabajo recibía socorro, y el pobre acabó considerando, como era justo, que el municipio estaba obligado a protegerlo de morir de hambre. Reclamaba su socorro semanal como un derecho, no como una gracia, y eso acabó siendo demasiado para la burguesía. En 1833, cuando acababa de llegar al poder gracias al Reform Bill y al mismo tiempo el pauperismo de los distritos rurales había llegado a su pleno desarrollo, emprendió enseguida la reforma también de las leyes de pobres desde su punto de vista. Se nombró una comisión,337 que investigó la administración de las leyes de pobres y descubrió gran cantidad de abusos. Se encontró que toda la clase obrera del campo estaba pauperizada y dependía total o parcialmente de la caja de pobres, puesto que esta, cuando el salario estaba bajo, daba a los pobres un suplemento; se encontró que este sistema, por el que se mantenía al parado, se socorría al mal pagado y bendecido con muchos hijos, se obligaba al padre de hijos ilegítimos a pagar alimentos y se reconocía en general que la pobreza necesitaba protección, se encontró que este sistema arruinaba el país,

«que era un estorbo para la industria, un premio a los matrimonios irreflexivos, un estímulo para el aumento de la población, y que contrarrestaba el efecto de una población mayor sobre el salario; que era una institución nacional para desanimar a los laboriosos y honrados y sostener a los perezosos, a los viciosos y a los irreflexivos; que destruía los lazos de la familia, impedía sistemáticamente la acumulación de capitales, disolvía el capital existente y arruinaba a los contribuyentes; y que, para colmo, con la pensión de alimentos ponía un premio a los hijos ilegítimos» (palabras del informe de los comisarios de la Ley de Pobres).338

Esta descripción de los efectos de la antigua Ley de Pobres es sin duda exacta en conjunto; el socorro favorece la pereza y el aumento de la población «sobrante». En las condiciones sociales actuales está muy claro que el pobre se ve obligado a ser egoísta y que, si puede elegir y vive igual de bien, prefiere no hacer nada a trabajar. Pero de ello solo se sigue que las condiciones sociales actuales no valen nada, y no, como concluyeron los comisarios malthusianos, que haya que tratar la pobreza como un delito según la teoría de la intimidación.

Pero estos sabios malthusianos estaban tan firmemente convencidos de la infalibilidad de su teoría que no vacilaron un instante en echar a los pobres al lecho de Procusto de sus opiniones y tratarlos conforme a ellas con la dureza más indignante. Convencidos, con Malthus y los demás partidarios de la libre competencia, de que lo mejor era dejar que cada cual se las arreglara solo, aplicar con consecuencia el laissez-faire, lo que más les habría gustado habría sido abolir del todo las leyes de pobres. Pero como para eso no tenían ni el valor ni la autoridad, propusieron una ley de pobres lo más malthusiana posible, que es todavía más bárbara que el laissez-faire, porque interviene activamente allí donde este solo es pasivo. Vimos cómo Malthus declara la pobreza, o más exactamente la falta de pan, bajo el nombre de superfluidad, un delito que la sociedad debe castigar con la muerte por hambre. Tan bárbaros no eran precisamente los comisarios; la muerte por hambre cruda y directa tiene algo demasiado espantoso incluso para un comisario de la Ley de Pobres. Bien, dijeron, vosotros, los pobres, tenéis derecho a existir, pero solo a existir; el derecho a multiplicaros no lo tenéis, como tampoco el derecho a existir humanamente. Sois una plaga, y si no podemos eliminaros enseguida como a cualquier otra plaga, por lo menos habéis de sentir que lo sois, y hay que teneros a raya, impediros que produzcáis otros «sobrantes», directamente o por la seducción de la pereza y la falta de pan. Viviréis, pero viviréis para escarmiento de todos los que pudieran tener motivo para volverse también sobrantes.

Propusieron entonces la nueva Ley de Pobres, que el Parlamento aprobó en 1834 y que sigue en vigor hasta hoy. Se suprimió todo socorro en dinero o en especie; el único socorro que se concedía era el ingreso en los workhouses, que se construyeron inmediatamente en todas partes. Pero la organización de estos asilos de trabajo (workhouses), o, como los llama el pueblo, bastillas de la Ley de Pobres (poor-law bastiles), es tal que tiene que espantar a todo el que tenga todavía alguna perspectiva de salir adelante sin esta clase de caridad pública. Para que solo se recurra a la caja de pobres en los casos más urgentes y para que los esfuerzos de cada cual lleguen al grado más alto antes de decidirse a dejarse socorrer por ella, se ha hecho del workhouse la estancia más repulsiva que puede inventar el refinado talento de un malthusiano. La comida es peor que la de los obreros ocupados más pobres, y el trabajo más duro; de lo contrario, estos preferirían la estancia en el asilo a su mísera existencia de fuera. Rara vez se da carne, y menos aún fresca; casi siempre patatas, pan lo peor posible y gachas de avena, poca cerveza o ninguna. Incluso la dieta de las cárceles es en general mejor, de modo que los residentes del workhouse cometen a menudo adrede algún delito solo para ir a la cárcel. Porque también el workhouse es una cárcel: el que no hace su cantidad de trabajo no recibe de comer; el que quiere salir tiene que pedir primero permiso, que se le puede negar según su conducta o según la opinión que de ella tenga el inspector; el tabaco está prohibido, lo mismo que aceptar regalos de amigos y parientes de fuera de la casa; los indigentes llevan un uniforme de workhouse y están entregados sin protección a la arbitrariedad del inspector. Para que su trabajo no compita con la industria privada, se les dan casi siempre ocupaciones bastante inútiles: los hombres pican piedra, «tanta como un hombre fuerte puede picar en un día con esfuerzo»; las mujeres, los niños y los viejos deshilachan cabos viejos de barco, he olvidado para qué fin insignificante. Para que los «sobrantes» no se multipliquen, o para que los padres «desmoralizados» no puedan influir en sus hijos, se separa a las familias: al hombre se le manda a esta ala, a la mujer a aquella, a los hijos a una tercera, y solo pueden verse a horas determinadas, poco frecuentes, y aun entonces solo si se han portado bien a juicio de los funcionarios. Y para aislar por completo del mundo exterior en estas bastillas la materia contagiosa del pauperismo, sus habitantes solo pueden recibir visitas en el locutorio con autorización de los funcionarios, y en general solo pueden tratar con gente de fuera bajo su vigilancia o con su permiso.

Con todo eso, la comida ha de ser sana y el trato humano. Pero el espíritu de la ley habla demasiado alto para que esta exigencia pueda cumplirse de ningún modo. Los comisarios de la Ley de Pobres y toda la burguesía inglesa se engañan si creen posible aplicar el principio sin sus consecuencias. El trato que la nueva ley prescribe según su letra está en contradicción con todo su sentido; si la ley, en el fondo, declara a los pobres delincuentes, a los asilos penitenciarías, a sus residentes objetos de asco y repugnancia situados fuera de la ley y fuera de la humanidad, de nada sirve ordenar lo contrario. En la práctica, pues, en el trato a los pobres se sigue el espíritu y no la letra de la ley. Aquí van unos pocos ejemplos.

En el workhouse de Greenwich, en el verano de 1843, se encerró como castigo a un niño de cinco años durante tres noches en el depósito de cadáveres, donde tuvo que dormir sobre las tapas de los ataúdes. En el workhouse de Herne se hizo lo mismo con una niña pequeña que no se mantenía seca en la cama por la noche; esta clase de castigo parece ser muy apreciada en general. Este workhouse, situado en una de las comarcas más bonitas de Kent, se distingue también porque todas sus ventanas dan hacia dentro, al patio, y solo dos, abiertas hace poco, permiten a sus habitantes echar una mirada al mundo exterior. El escritor que lo cuenta en el Illuminated Magazine339 termina su descripción con estas palabras:

«Si Dios castigara al hombre por sus delitos como el hombre castiga al hombre por la pobreza, ¡ay de los hijos de Adán!»

En noviembre de 1843 murió en Leicester un hombre al que dos días antes habían dado de alta en el workhouse de Coventry. Los detalles sobre el trato a los pobres en ese establecimiento son indignantes. El hombre, George Robson, tenía una herida en el hombro cuya cura se descuidó por completo; se le puso a la bomba para que la moviera con el brazo sano; solo recibía la comida habitual del asilo, que no podía digerir por el debilitamiento de su cuerpo a causa de la herida desatendida; se fue debilitando necesariamente, y cuanto más se quejaba, más brutal era el trato. Cuando su mujer, que también estaba en el workhouse, quería llevarle su poquito de cerveza, la reñían y tenía que bebérsela delante de la celadora. Enfermó, pero ni aun entonces mejor trato. Por último, a petición propia, se le dio de alta con su mujer entre las expresiones más ofensivas. Dos días después murió en Leicester, según declaró el médico presente en la investigación judicial, a consecuencia de la herida descuidada y de la comida, de todo punto indigerible en su estado. Al darle de alta se le entregaron cartas con dinero para él que se habían retenido seis semanas y que el director había abierto conforme a una regla del establecimiento. En el workhouse de Birmingham ocurrieron cosas tan infames que por fin, en diciembre de 1843, se envió a un funcionario a investigar el asunto. Encontró que a cuatro trampers (más arriba dimos la explicación de este término) los habían encerrado desnudos en un agujero de perro (black-hole) bajo la escalera y los habían tenido así de 8 a 10 días, a menudo hambrientos, sin darles nada de comer antes del mediodía, y en la estación más cruda. A un niño pequeño lo habían pasado por todos los calabozos del establecimiento: primero un trastero estrecho, húmedo y abovedado; luego dos veces el agujero de perro, la segunda tres días con sus noches; luego otro tanto en el agujero de perro viejo, que era todavía peor; luego en el cuarto de los trampers, un agujero estrecho, apestoso, asquerosamente sucio, con catres de madera, donde el funcionario, en su inspección, encontró todavía a dos muchachos harapientos, acurrucados de frío, que llevaban ya allí cuatro días. En el agujero de perro solía haber siete trampers apiñados, y en el cuarto de los trampers, veinte. También se había metido a mujeres en el agujero de perro como castigo por no querer ir a la iglesia, y a una se la había encerrado incluso cuatro días en el cuarto de los trampers, donde encontró Dios sabe qué compañía, ¡y todo eso mientras estaba enferma y tomaba medicinas! Otra mujer había sido enviada como castigo al manicomio, aunque estaba en su sano juicio. En el workhouse de Bacton, en Suffolk, hubo en enero de 1844 una investigación parecida, de la que resultó que allí se había empleado como enfermera a una retrasada mental que hacía con los enfermos toda clase de disparates, y que a los enfermos que de noche estaban inquietos o se levantaban se los ataba con cuerdas pasadas por encima de la ropa de cama y por debajo de la cama, para ahorrar a las enfermeras la molestia de velar; a un enfermo lo encontraron muerto en ese estado. En el asilo de pobres de St. Pancras, en Londres, donde se hacen las camisas baratas, un epiléptico se asfixió en la cama durante un ataque sin que nadie acudiera en su ayuda. En la misma casa duermen cuatro, seis y a veces hasta ocho niños en una cama. En el workhouse de Shoreditch, en Londres, se metió a un hombre una noche en la misma cama que a un enfermo que tenía una fiebre altísima, y la cama, además, estaba llena de bichos. En el workhouse de Bethnal Green, en Londres, se tuvo encerrada en la sala de recepción, del 28 de febrero al 20 de marzo de 1844, a una mujer embarazada de seis meses con su hijo de menos de dos años, sin admitirla en el workhouse propiamente dicho; ni rastro de camas ni de lugares para satisfacer las necesidades más naturales. A su marido lo llevaron al workhouse, y cuando pidió que liberaran a su mujer de su encierro, recibió por esta insolencia veinticuatro horas de arresto a pan y agua. En el workhouse de Slough, cerca de Windsor, un hombre estaba moribundo en septiembre de 1844; su mujer viajó hasta allí, llegó a las doce de la noche, corrió al workhouse y no la dejaron entrar; hasta la mañana siguiente no obtuvo permiso para verlo, y aun entonces solo por media hora y en presencia de la celadora, que en todas las visitas siguientes de la mujer se metía por medio y al cabo de media hora le decía que ahora tenía que irse. En el workhouse de Middleton, en Lancashire, había doce, y a veces dieciocho, indigentes de ambos sexos que dormían en una misma habitación. Este establecimiento no está bajo la nueva Ley de Pobres, sino bajo una anterior, excepcional (la Gilbert's Act).340 El inspector había montado por su cuenta una cervecería en el workhouse. En Stockport, el 31 de julio de 1844, se llevó ante el juez de paz a un anciano de 72 años del asilo de pobres porque se negaba a picar piedra y alegaba que por su edad y por una rodilla anquilosada no podía hacer ese trabajo. En vano se ofreció a hacer cualquier trabajo adecuado a sus fuerzas: se le condenó a 14 días de trabajos forzados en la rueda de molino. En el workhouse de Basford, un funcionario inspector encontró en febrero de 1844 que las sábanas no se habían cambiado en trece semanas, las camisas en cuatro, las medias en dos a diez meses, de modo que de cuarenta y cinco muchachos solo tres tenían todavía medias, y las camisas estaban todas hechas jirones. Las camas hervían de bichos, y las escudillas se lavaban en los cubos de la orina. En el asilo de pobres del oeste de Londres había un portero sifilítico que había contagiado su enfermedad a cuatro muchachas y al que, sin embargo, no se había despedido, y otro portero sacó a una muchacha sordomuda de una de las habitaciones, la escondió cuatro días en su cama y durmió con ella. Tampoco a él se le echó.

Como en la vida, así en la muerte. A los pobres se los entierra sin ningún miramiento, como a animales reventados. El cementerio de pobres de St. Bride, en Londres, es un barrizal pelado que se usa como cementerio desde Carlos II, lleno de montones de huesos; todos los miércoles se echa a los indigentes muertos en una fosa de 14 pies de profundidad, el cura recita a toda prisa su letanía, se cubre la fosa con tierra suelta, para volver a abrirla el miércoles siguiente y seguir llenándola de cadáveres hasta que no cabe ninguno más. El olor de la putrefacción apesta todo el vecindario. En Manchester, el cementerio de pobres está enfrente de la ciudad vieja, a orillas del Irk; es también un terreno baldío y desigual. Hace unos dos años se tendió por él un ferrocarril. ¡Si hubiera sido un cementerio respetable, cómo habrían clamado la burguesía y el clero contra la profanación! Pero era un cementerio de pobres, el lugar de descanso de indigentes y sobrantes, y por eso nadie se anduvo con remilgos. Ni siquiera se tomaron la molestia de llevar al otro lado del cementerio los cadáveres todavía no del todo descompuestos; se removió la tierra como mejor convenía y se clavaron estacas en tumbas recientes, de modo que el agua del suelo pantanoso, cargada de materias en descomposición, brotaba a la superficie y llenaba los alrededores de los gases más repugnantes y nocivos. No quiero describir con más detalle la asquerosa brutalidad que se puso aquí de manifiesto.

¿Habrá todavía quien se extrañe de que los pobres se nieguen a aceptar el socorro público en estas condiciones, de que prefieran morir de hambre a entrar en estas bastillas? Tengo ante mí cinco casos en que la gente murió literalmente de hambre y que, pocos días antes de morir, cuando la administración de pobres les negó el socorro fuera del workhouse, prefirieron volver a su miseria antes que entrar en este infierno. En este sentido, los comisarios de la Ley de Pobres han alcanzado plenamente su objetivo. Pero al mismo tiempo los workhouses han exacerbado la exasperación de la clase obrera contra la poseedora, que en su mayor parte está entusiasmada con la nueva Ley de Pobres, más que cualquier otra medida del partido gobernante. De Newcastle a Dover no hay entre los obreros más que una voz de indignación contra la nueva ley. La burguesía ha expresado en ella con tanta claridad su opinión sobre sus deberes para con el proletariado que la han entendido hasta los más tontos. Nunca se había afirmado de manera tan directa, tan sin disimulo, que los desposeídos solo están ahí para dejarse explotar por los poseedores y para morir de hambre cuando los poseedores no pueden sacar provecho de ellos. Pero por eso mismo esta nueva Ley de Pobres ha contribuido tan esencialmente a acelerar el movimiento obrero y sobre todo a difundir el cartismo, y como donde más se ha aplicado es en el campo, facilita el desarrollo del movimiento proletario que les espera a los distritos rurales.

Añadamos todavía que también en Irlanda existe desde 1838 una ley de pobres igual, que prepara los mismos asilos para 80 000 indigentes. También allí se ha hecho odiosa, y se habría hecho todavía más odiosa si de algún modo hubiera podido llegar a tener la importancia que alcanzó en Inglaterra. Pero ¿qué significa el mal trato de 80 000 proletarios en un país donde los hay a dos millones y medio? En Escocia, con excepciones locales, no existen leyes de pobres.

Espero que, después de esta descripción de la nueva Ley de Pobres y de sus efectos, no se encontrará demasiado dura ninguna de las palabras que he dicho de la burguesía inglesa. En esta medida pública, en la que actúa in corpore, como poder, expresa lo que realmente quiere, lo que pretende con todos los actos menores contra el proletariado que en apariencia solo merecen reproche en casos aislados. Y que esta medida no partió solo de una sección de la burguesía, sino que goza del aplauso de toda la clase, lo demuestran, entre otras cosas, los debates parlamentarios de 1844. El partido liberal había promulgado la nueva Ley de Pobres; el conservador, con su ministro Peel a la cabeza, la defiende y solo le cambia algunas menudencias en la Poor-Law Amendment Bill de 1844. Una mayoría liberal dio la ley, una mayoría conservadora la confirmó, y los nobles lores dieron las dos veces su Content.341 Así queda proclamada la expulsión del proletariado del Estado y de la sociedad; así se declara abiertamente que los proletarios no son hombres y no merecen ser tratados como hombres. Dejemos tranquilamente en manos de los proletarios del Imperio británico la reconquista de sus derechos humanos.342

Esta es la situación de la clase obrera británica tal como la he conocido durante veintiún meses con mis propios ojos y a través de informes oficiales y de otro tipo, auténticos. Y si considero esta situación, como he dicho bastantes veces en las páginas anteriores, absolutamente insoportable, no soy el único que lo hace. Ya Gaskell declara en 1833 que desespera de una salida pacífica y que difícilmente podrá dejar de producirse una revolución. Carlyle explica en 1838 el cartismo y las agitaciones revolucionarias de los obreros por la miseria en que viven, y solo se asombra de que hayan estado sentados tan tranquilos durante ocho largos años a la mesa del barmécida,343 donde la burguesía liberal los alimentaba con promesas vacías; y en 1844 declara que hay que emprender de inmediato la organización del trabajo,

«si Europa, o al menos Inglaterra, ha de seguir siendo habitable mucho tiempo».

Y el Times, el «primer periódico de Europa», dice sin rodeos en junio de 1844:

«Guerra a los palacios, paz a las cabañas:344 es este un grito de guerra del terror que quizá vuelva a resonar un día por nuestro país. ¡Que los ricos se anden con cuidado!»

Pero examinemos una vez más las posibilidades de la burguesía inglesa. En el peor de los casos, la industria extranjera, en especial la norteamericana, consigue resistir la competencia inglesa incluso después de la abolición de las leyes de cereales, que será necesaria dentro de pocos años. La industria alemana hace ahora grandes esfuerzos; la norteamericana se ha desarrollado a pasos de gigante. Norteamérica, con sus recursos inagotables, con los yacimientos de carbón y de hierro más inmensos, con una riqueza sin igual en energía hidráulica y en ríos navegables, pero sobre todo con su población enérgica y activa, a cuyo lado los ingleses son todavía unos dormilones flemáticos, Norteamérica ha creado en menos de diez años una industria que en las mercancías de algodón más bastas (el artículo principal de la industria inglesa) compite ya con Inglaterra, ha desalojado a los ingleses del mercado de Norteamérica y de Sudamérica y vende en China junto a la inglesa. En otras ramas de la industria ocurre lo mismo. Si hay un país dotado para apoderarse del monopolio industrial, ese país es Norteamérica. Si la industria inglesa resulta derrotada de este modo —como no puede menos de ocurrir en los próximos veinte años si se mantienen las condiciones sociales actuales—, la mayoría del proletariado quedará «sobrante» para siempre y no tendrá más elección que morirse de hambre o... hacer la revolución. ¿Piensa la burguesía inglesa en esta posibilidad? Al contrario, su economista favorito, MacCulloch, le enseña desde su gabinete de estudio: no hay ni que pensar en que un país tan joven como Norteamérica, que todavía no está siquiera bien poblado, pueda dedicarse con éxito a la industria, ni mucho menos competir con un viejo país industrial como Inglaterra. Sería una locura que los norteamericanos lo intentaran, porque no pueden más que perder dinero en ello; que se queden bonitamente en la agricultura, y cuando hayan cultivado todo el país, ya llegará también el momento en que puedan dedicarse a la industria con provecho. Y esto lo dice el sabio economista, y toda la burguesía se lo repite como una oración, mientras los norteamericanos le quitan un mercado tras otro, ¡mientras un audaz especulador norteamericano mandaba hace poco a Inglaterra una partida de mercancías norteamericanas que se vendieron allí para la reexportación!

Pero incluso en el caso de que Inglaterra conservara el monopolio industrial, de que sus fábricas siguieran creciendo continuamente en número, ¿cuál sería la consecuencia? Las crisis comerciales seguirían y, con la expansión de la industria y el aumento del proletariado, serían cada vez más violentas, cada vez más espantosas. El proletariado, con la ruina progresiva de la pequeña clase media y con la centralización del capital en manos de unos pocos, que avanza a pasos de gigante, aumentaría en proporción geométrica y pronto formaría toda la nación, con excepción de unos pocos millonarios. Pero en este desarrollo se llega a un punto en que el proletariado ve lo fácil que le sería derribar el poder social existente, y entonces viene una revolución.

Pero no se producirá ni el uno ni el otro caso. Las crisis comerciales, la palanca más poderosa de todo desarrollo independiente del proletariado, junto con la competencia exterior y la ruina creciente de la clase media, resolverán el asunto antes. No creo que el pueblo vaya a aguantar más de una crisis más. Probablemente la próxima, que llegará en 1846 o 1847, traerá ya la abolición de las leyes de cereales y la Carta. Qué movimientos revolucionarios provocará la Carta, está por ver. Pero hasta la crisis siguiente, que, por analogía con las anteriores, tendría que llegar en 1852 o 1853, aunque la abolición de las leyes de cereales pueda retrasarla y otras circunstancias, la competencia exterior, etc., puedan adelantarla, hasta esa crisis el pueblo inglés estará de verdad harto de dejarse explotar en beneficio de los capitalistas y de morirse de hambre cuando los capitalistas ya no lo necesiten. Si para entonces la burguesía inglesa no entra en razón —y a juzgar por todas las apariencias no lo hará, seguro—, vendrá una revolución con la que no podrá compararse ninguna de las anteriores. Los proletarios empujados a la desesperación empuñarán la tea incendiaria que les predicó Stephens; la venganza popular se ejercerá con una furia de la que el año 1793 no nos da todavía idea. La guerra de los pobres contra los ricos será la más sangrienta que se haya librado jamás. Ni siquiera el paso de una parte de la burguesía al partido del proletariado, ni siquiera una mejora general de la burguesía, serviría de nada. El cambio general de actitud de la burguesía, de todos modos, solo podría llegar hasta un flojo juste-milieu;345 los que se unieran más decididamente a los obreros formarían una nueva Gironda346 y como tal perecerían en el curso del desarrollo violento. Los prejuicios de toda una clase no se quitan como un abrigo viejo, y menos que en ninguna en la burguesía inglesa, inmóvil, cerrada y egoísta. Todas estas son conclusiones que pueden sacarse con la mayor certeza, conclusiones cuyas premisas son hechos indiscutibles, por un lado del desarrollo histórico y por otro de la naturaleza humana. En ninguna parte es tan fácil profetizar como precisamente en Inglaterra, porque aquí todo está desarrollado en la sociedad con tanta claridad y nitidez. La revolución tiene que venir; ya es demasiado tarde para llevar el asunto a una solución pacífica; pero puede ser, desde luego, más suave que la profetizada más arriba. Esto, sin embargo, dependerá menos del desarrollo de la burguesía que del desarrollo del proletariado. En efecto, en la misma proporción en que el proletariado asimile elementos socialistas y comunistas, exactamente en la misma proporción disminuirán en la revolución el derramamiento de sangre, la venganza y la furia. El comunismo, por su principio, está por encima de la escisión entre burguesía y proletariado; solo la reconoce en su significación histórica para el presente, pero no como justificada para el futuro; quiere precisamente abolir esta escisión. Por eso, mientras la escisión existe, reconoce sin duda la exasperación del proletariado contra sus opresores como una necesidad, como la palanca más importante del movimiento obrero en sus comienzos; pero va más allá de esa exasperación, porque es precisamente una causa de la humanidad, y no solo de los obreros. Además, a ningún comunista se le ocurre querer vengarse de individuos, ni creer siquiera que el burgués individual pueda actuar, en las condiciones existentes, de otro modo que como actúa. El socialismo inglés (es decir, el comunismo) se basa precisamente en este principio de la irresponsabilidad del individuo. Cuanto más asimilen, pues, los obreros ingleses ideas socialistas, tanto más superflua se hará su actual exasperación, que, si siguiera siendo tan violenta como ahora, no conduciría a nada, y tanto más perderán sus pasos contra la burguesía en salvajismo y brutalidad. Si fuera posible hacer comunista a todo el proletariado antes de que estalle la lucha, esta transcurriría de forma muy pacífica; pero eso ya no es posible, ya es demasiado tarde para ello. Creo, sin embargo, que hasta el estallido de la guerra totalmente abierta y directa de los pobres contra los ricos, que ahora se ha vuelto inevitable en Inglaterra, se habrá difundido en el proletariado por lo menos tanta claridad sobre la cuestión social que, con ayuda de los acontecimientos, el partido comunista será capaz de vencer a la larga el elemento brutal de la revolución y de prevenir un nuevo Nueve Termidor.347 De todos modos, la experiencia de los franceses no se habrá hecho en vano, y además ya ahora la mayoría de los dirigentes cartistas son comunistas. Y como el comunismo está por encima del antagonismo entre proletariado y burguesía, también a la mejor parte de la burguesía —que, sin embargo, es terriblemente pequeña y solo puede contar con reclutar entre los jóvenes— le será más fácil unirse a él que al cartismo, exclusivamente proletario.

Si estas conclusiones no estuvieran aquí suficientemente fundadas, ya habrá ocasión en otra parte de demostrar que son resultados necesarios del desarrollo histórico de Inglaterra. Pero me mantengo en ello: la guerra de los pobres contra los ricos, que ya se libra ahora en casos aislados e indirectamente, se librará también en Inglaterra en general, en conjunto y directamente. Es demasiado tarde para una solución pacífica. Las clases se separan cada vez más tajantemente, el espíritu de resistencia penetra cada vez más en los obreros, la exasperación aumenta, las escaramuzas aisladas de guerrillas se concentran en combates y manifestaciones de mayor importancia, y pronto bastará un pequeño empujón para poner en marcha el alud. Entonces resonará por todo el país el grito de guerra: «¡Guerra a los palacios, paz a las cabañas!»; pero entonces será ya demasiado tarde para que los ricos puedan andarse con cuidado.

  1. Florence Kelley-Wischnewetzky (1859-1932), socialista y reformadora social norteamericana, traductora del libro al inglés (Nueva York, 1887). Más tarde fue una de las principales promotoras de la legislación contra el trabajo infantil en los Estados Unidos. El Apéndice de Engels a la edición norteamericana está fechado el 25 de febrero de 1886. ↩

  2. El texto inglés impreso dice «February 1885» y, más abajo, que los inmigrantes alemanes del Partido Socialista Obrero eran «conversant» con la lengua del país, es decir, que la dominaban. Son erratas evidentes: el Apéndice está fechado el 25 de febrero de 1886, y la versión alemana que el propio Engels publicó en Der Sozialdemokrat (10 y 17 de junio de 1887) dice «Februar 1886» y que estaban «nur wenig vertraut», poco familiarizados, con el inglés. Traducimos según ella. ↩

  3. La huelga general por la jornada de ocho horas convocada para el 1 de mayo de 1886, en la que participaron unos 350 000 obreros. En Chicago, la explosión de una bomba en el mitin de Haymarket (4 de mayo) sirvió de pretexto para procesar a ocho dirigentes anarquistas, cuatro de los cuales fueron ahorcados en noviembre de 1887; en Milwaukee la milicia disparó contra los huelguistas el 5 de mayo. ↩

  4. En las elecciones de noviembre de 1886 se presentaron en varias ciudades candidaturas obreras independientes; en Nueva York, el candidato a alcalde del United Labor Party, Henry George, obtuvo unos 68 000 votos y quedó en segundo lugar, por delante del republicano Theodore Roosevelt. ↩

  5. Federación local de los sindicatos de oficio de Nueva York, fundada en 1882. ↩

  6. Henry George (1839-1897), economista y periodista norteamericano, autor de Progress and Poverty (1879), donde propuso como remedio de todos los males sociales un impuesto único que confiscara la renta de la tierra. ↩

  7. En la edición inglesa de El capital (1887), la sección VIII corresponde a la séptima sección de la edición alemana (capítulo 24, «La llamada acumulación originaria»). ↩

  8. Alusión, entre otros, a James Mill, que en sus Elements of Political Economy (1821) proponía que el Estado se apropiara de los aumentos de la renta de la tierra, y a su hijo John Stuart Mill. ↩

  9. Noble and Holy Order of the Knights of Labor, fundada en Filadelfia en 1869 como sociedad secreta por un grupo de cortadores de la confección; abandonó el secreto a comienzos de los años ochenta y, bajo la dirección de Terence V. Powderly, llegó en 1886 a unos 700 000 miembros, para decaer rápidamente después. ↩

  10. Fundado en 1876 como Workingmen's Party of the United States a partir de las secciones norteamericanas de la Internacional y de otros grupos socialistas, compuestos sobre todo por emigrados alemanes; tomó el nombre de Socialist Labor Party en diciembre de 1877. ↩

  11. Los sindicatos de oficio. Conservamos la expresión inglesa, que Engels emplea también en el texto alemán del libro; trata de ellos en el capítulo «Movimientos obreros». ↩

  12. El Manifiesto se redactó entre diciembre de 1847 y enero de 1848 y se publicó en febrero de 1848. ↩

  13. Del apartado II del Manifiesto, «Proletarios y comunistas». Engels cita de memoria y con algunas variantes; traducimos sus palabras. ↩

  14. Engels sigue aquí la fecha de la traducción (1885), pero el libro no apareció en Nueva York hasta 1887, como dice él mismo en el prólogo a la segunda edición alemana. ↩

  15. El pago del salario en vales o en mercancías de la tienda del patrón, a precios abusivos. Engels lo describe, junto con el sistema de los cottages (el alquiler obligatorio de viviendas del patrón), en el capítulo «Los obreros fabriles». ↩

  16. La ley de las diez horas (Ten Hours' Act), presentada por John Fielden, se aprobó en junio de 1847 y entró plenamente en vigor en mayo de 1848; limitaba a diez horas diarias la jornada de las mujeres y de los jóvenes de 13 a 18 años en las fábricas textiles. ↩

  17. Las familias de banqueros Rothschild y de magnates del ferrocarril Vanderbilt, símbolos de las grandes fortunas de Europa y de Norteamérica. ↩

  18. La «Pequeña Irlanda», barrio obrero miserable de Manchester descrito por Engels en el capítulo «Las grandes ciudades»; Seven Dials, barrio pobre del centro de Londres. ↩

  19. La Royal Commission on the Housing of the Working Classes (1884-1885), presidida por sir Charles Dilke. ↩

  20. La huelga de los obreros de los hornos de coque de la región de Connellsville, en el suroeste de Pensilvania, a comienzos de 1886. ↩

  21. La traducción inglesa del primer tomo de El capital, de Samuel Moore y Edward Aveling, revisada por Engels, apareció en Londres en 1887. ↩

  22. Órgano de la Liga Socialista, dirigido por William Morris. Engels publicó una versión alemana del artículo en Die Neue Zeit en junio de 1885. ↩

  23. John Bright (1811-1889), fabricante de algodón de Rochdale, uno de los dirigentes de la Liga contra las Leyes de Cereales y más tarde ministro liberal. ↩

  24. El día del gran mitin cartista de Kennington Common, en Londres, convocado para llevar al Parlamento la tercera petición por la Carta; el gobierno concentró tropas y miles de agentes especiales, y la marcha se suspendió. La derrota de ese día marcó el comienzo del declive del cartismo. ↩

  25. La segunda ley de reforma electoral (1867) dio el voto a buena parte de los obreros urbanos cabezas de familia; la tercera (1884), a los trabajadores agrícolas en las mismas condiciones. La ley de redistribución de escaños de 1885 creó distritos uninominales de población aproximadamente igual. ↩

  26. Luis Napoleón Bonaparte (Napoleón III) intervino en 1859 en la guerra contra Austria que abrió el camino a la unidad italiana; Bismarck unificó Alemania bajo Prusia «desde arriba» (1866-1871), y la derrota de Austria en 1866 condujo al Compromiso austrohúngaro de 1867, que devolvió a Hungría una amplia autonomía. ↩

  27. Leone Levi (1821-1888) y Robert Giffen (1837-1910), economistas y estadísticos británicos que sostenían que la situación de los obreros había mejorado de manera continuada. ↩

  28. En la Conferencia de Berlín (1884-1885) las potencias europeas reconocieron el Estado Libre del Congo como posesión personal de Leopoldo II de Bélgica, con libertad de comercio en la cuenca del río. ↩

  29. La Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia, fundada en 1831, que celebra congresos anuales. ↩

  30. Robert Harry Inglis Palgrave (1827-1919), banquero y economista, director de The Economist de 1877 a 1883. ↩

  31. Sofás pequeños para dos personas. ↩

  32. El nuevo sindicalismo de los obreros no cualificados nació con la huelga de las fábricas de cerillas de Bryant & May (1888), la de los obreros del gas, que conquistaron la jornada de ocho horas (1889), y sobre todo la gran huelga de los descargadores del puerto de Londres (agosto-septiembre de 1889). ↩

  33. Alusión al juicio demoledor que el ingeniero Franz Reuleaux, comisario del Imperio alemán en la Exposición Universal de Filadelfia de 1876, hizo de los productos alemanes: «baratos y malos» (billig und schlecht). Engels compara el golpe con la derrota prusiana de Jena (1806). ↩

  34. Revista teórica de la socialdemocracia alemana, fundada en 1883 y dirigida por Karl Kautsky. ↩

  35. El texto alemán dice «la producción de las materias primas», sin duda por error; traducimos según el original inglés del artículo (the reduction of the cost of raw material). ↩

  36. Lujo Brentano (1844-1931), economista alemán, «socialista de cátedra», que veía en las trade unions inglesas el modelo de una reconciliación entre capital y trabajo. ↩

  37. En las elecciones de julio de 1892 salieron elegidos en Londres James Keir Hardie (1856-1915), minero escocés, por West Ham South, y John Burns (1858-1943), mecánico, uno de los dirigentes de la huelga de los muelles de 1889, por Battersea. ↩

  38. Joseph Havelock Wilson (1858-1929), dirigente del sindicato de marineros. ↩

  39. Henry Broadhurst (1840-1911), cantero, secretario del comité parlamentario del Congreso de las trade unions y diputado liberal-obrero. ↩

  40. William Ewart Gladstone (1809-1898), jefe del Partido Liberal, formó en agosto de 1892 su cuarto y último gobierno, con una mayoría que dependía de los diputados nacionalistas irlandeses. ↩

  41. El Ministerio del Interior británico. ↩

  42. Blue books: los informes de las comisiones parlamentarias y gubernamentales británicas, llamados así por el color de sus tapas. ↩

  43. Eco de la fórmula de la Revolución francesa, «la República una e indivisible». ↩

  44. Ludwig Feuerbach (1804-1872), filósofo alemán de la izquierda hegeliana, cuya crítica materialista de la religión y de Hegel (La esencia del cristianismo, 1841) influyó decisivamente en el joven Marx y en Engels. ↩

  45. Asociaciones benéficas fundadas en Prusia desde 1844 por industriales y funcionarios, con apoyo del Gobierno, tras el levantamiento de los tejedores de Silesia, para promover el ahorro, la instrucción y la moralidad de los obreros. ↩

  46. El levantamiento de los tejedores de Silesia (junio de 1844) y los disturbios obreros de Praga y otras localidades de Bohemia en el verano de ese mismo año. ↩

  47. Engels proyectaba entonces una historia social de Inglaterra, que no llegó a escribir. ↩

  48. Jenny o spinning-jenny: máquina de hilar de varios husos movida a mano. ↩

  49. James Hargreaves (h. 1720-1778), tejedor y carpintero de Lancashire; patentó la jenny en 1770. ↩

  50. El tálero, moneda de plata prusiana, valía algo menos de tres chelines; «moneda corriente» (Kurant) es la moneda prusiana de plata de pleno valor. La libra esterlina (£; en alemán Pfd. St.) se dividía en 20 chelines (shillings, abreviados sh. o s.), el chelín en 12 peniques (pence, abreviados d.) y el penique en 4 farthings. ↩

  51. Yeomen: pequeños propietarios rurales libres que cultivaban su propia tierra. ↩

  52. Morgen en el original: Engels usa el término alemán para el acre inglés (unas 0,4 hectáreas). ↩

  53. Richard Arkwright (1732-1792), barbero y fabricante de pelucas nacido en Preston; patentó en 1769 la throstle o water frame y fundó en Cromford (1771) una de las primeras hilaturas movidas por fuerza hidráulica. Se hizo uno de los mayores fabricantes de su tiempo. ↩

  54. La throstle o water frame de Arkwright, máquina de hilar continua movida por fuerza hidráulica o mecánica. Kettenstuhl («máquina de urdimbre»), porque daba un hilo fuerte, apto para la urdimbre. ↩

  55. Samuel Crompton (1753-1827), hilandero de Bolton; no patentó su mule y apenas sacó provecho de ella. ↩

  56. Mule («mula»): la máquina de Crompton, híbrida de la jenny y de la throstle, que daba un hilo fino y resistente. ↩

  57. Edmund Cartwright (1743-1823), clérigo anglicano; patentó el telar mecánico en 1785. ↩

  58. James Watt (1736-1819), constructor de instrumentos escocés; su máquina de vapor con condensador separado (patente de 1769) y, desde 1781, de movimiento rotativo, fabricada en Birmingham con Matthew Boulton, hizo posible mover maquinaria. ↩

  59. (Nota de Engels.) Según The Progress of the Nation de Porter, Londres, vol. I, 1836; vol. II, 1838; vol. III, 1843 (a partir de datos oficiales), y otras fuentes, también oficiales en su mayoría. (Añadido de 1892.) El esbozo histórico de la revolución industrial que acabamos de hacer es inexacto en algunos detalles, pero en 1843-1844 no se disponía de fuentes mejores. ↩

  60. La libra inglesa de peso (pound) equivale a 453,6 gramos. ↩

  61. En el original alemán, «veintiocho millones», errata evidente; la edición inglesa de 1887 da 528 millones. ↩

  62. La yarda equivale a 0,914 metros; tiene 3 pies de 0,305 metros. ↩

  63. John Ramsay MacCulloch (1789-1864), economista escocés, divulgador de Ricardo y autor de diccionarios y estadísticas comerciales. ↩

  64. Variedades de tul o red mecánica para encaje; el bobbinet, de John Heathcote, imitaba el encaje de bolillos. ↩

  65. Riding: cada una de las tres divisiones administrativas del condado de Yorkshire (West, East y North Riding). El West Riding era el gran distrito lanero, con Leeds, Bradford, Halifax y Huddersfield. ↩

  66. Philippe de Girard (1775-1845), ingeniero francés, inventor de la hiladora mecánica de lino. ↩

  67. (Nota de Engels.) La tonelada inglesa (ton) es un peso de 2240 libras inglesas; (1892) casi 1000 kilogramos. ↩

  68. Barrio del East End de Londres, centro tradicional del tejido de la seda desde la llegada de los hugonotes franceses a finales del siglo XVII. ↩

  69. Thomas Paine (1737-1809), publicista democrático inglés, autor de Common Sense y Rights of Man, que participó en las revoluciones norteamericana y francesa. Diseñó un puente de arco de hierro y en 1788 hizo construir un modelo experimental en Rotherham (Yorkshire). ↩

  70. Benjamin Huntsman (1704-1776), relojero establecido en Sheffield, inventor del acero fundido al crisol. ↩

  71. Josiah Wedgwood (1730-1795), alfarero de Staffordshire, fundador de la fábrica de loza de Etruria (1769). ↩

  72. La milla inglesa equivale a 1609 metros; ocho millas en cuadro son unos 166 kilómetros cuadrados. ↩

  73. Sir Humphry Davy (1778-1829), químico inglés, autor de Elementos de química agrícola (1813). ↩

  74. El pie inglés equivale a 30,5 centímetros; 60 pies, unos 18 metros. ↩

  75. John Loudon McAdam (1756-1836), ingeniero escocés que introdujo el firme de piedra machacada y compactada que lleva su nombre. ↩

  76. Francis Egerton, tercer duque de Bridgewater (1736-1803), que hizo construir el canal para llevar el carbón de sus minas de Worsley a Manchester. James Brindley (1716-1772) fue un ingeniero autodidacto, constructor de buena parte de la primera red de canales inglesa. ↩

  77. La revolución de julio de 1830 en Francia, que derribó a Carlos X e instauró la monarquía burguesa de Luis Felipe. ↩

  78. La reforma electoral de 1832, que redistribuyó los escaños y extendió el voto a la burguesía industrial y comercial, pero no a los obreros. ↩

  79. En la sesión parlamentaria de 1844 se debatieron la reforma de la Ley de Pobres, la nueva ley de fábricas (que limitó la jornada de mujeres y niños) y un proyecto de ley de amos y criados (Master and Servant Bill), que habría permitido encarcelar a un obrero por incumplimiento de contrato con la sola declaración del patrono; la campaña obrera contra este proyecto, encabezada por Duncombe, consiguió que se retirara. ↩

  80. Thomas Slingsby Duncombe (1796-1861), diputado radical, próximo a los cartistas; presentó en 1842 la petición cartista a la Cámara de los Comunes. ↩

  81. Corn Laws: los aranceles sobre la importación de cereales, que mantenían alto el precio del pan en beneficio de los terratenientes. La Liga contra las Leyes de Cereales (Anti-Corn Law League), fundada en Manchester en 1838-1839 por fabricantes librecambistas encabezados por Richard Cobden y John Bright, consiguió su abolición en 1846. ↩

  82. (Nota de Engels.) Véase sobre esto mi «Esbozo de una crítica de la economía política» en los Deutsch-Französische Jahrbücher [Anales franco-alemanes]. En ese artículo se parte de la «libre competencia»; pero la industria no es más que la práctica de la libre competencia, y esta no es más que el principio de la industria. ↩

  83. (Nota de Engels.) (1892) Esto era hace casi cincuenta años, en tiempos de los pintorescos veleros. Ahora estos, los que todavía llegan a Londres, están en los muelles, y el Támesis está cubierto de vapores feos y tiznados. ↩

  84. Max Stirner (seudónimo de Johann Caspar Schmidt, 1806-1856), filósofo de la izquierda hegeliana, autor de El único y su propiedad (1844), apología del egoísmo del individuo, para quien los demás son solo objetos de su uso. Marx y Engels lo criticaron por extenso en La ideología alemana. ↩

  85. Cottage: casita obrera de una o dos plantas, normalmente adosada a otras en hilera; Engels emplea el término inglés. ↩

  86. (Nota de Engels.) Después de escribir la descripción que sigue, ha llegado a mis manos un artículo sobre los distritos obreros de Londres publicado en el Illuminated Magazine (octubre de 1844), que coincide con mi descripción en muchos pasajes casi al pie de la letra y, en el resto, por completo en cuanto al fondo. Se titula «The Dwellings of the Poor, from the note-book of an M. D.» [Las viviendas de los pobres, del cuaderno de notas de un médico] (Medicinae Doctor). ↩

  87. Rookery, literalmente «colonia de grajos»: nombre que se daba en Londres a los barrios de casas ruinosas y superpobladas. La rookery de St. Giles, junto a Holborn y Covent Garden, fue en parte demolida para abrir New Oxford Street (1844-1847). ↩

  88. La Sociedad de Estadística de Londres (Statistical Society of London, hoy Royal Statistical Society), fundada en 1834, publicaba desde 1838 el Journal of the Statistical Society of London. ↩

  89. Las equivalencias en táleros entre paréntesis son de Engels, que calcula unos siete táleros por libra esterlina. ↩

  90. Barrios del East End de Londres, al este de la Torre y de la City, poblados por tejedores de seda, estibadores y artesanos pobres. ↩

  91. Coroner: funcionario judicial inglés encargado de investigar, con un jurado, las muertes violentas, repentinas o sospechosas (inquest). ↩

  92. (Nota de Engels.) Citado en Dr. W. P. Alison, F. R. S. E., fellow y antiguo presidente del Real Colegio de Médicos, etc., etc., Observations on the Management of the Poor in Scotland and its Effects on the Health of Great Towns [Observaciones sobre la administración de los pobres en Escocia y sus efectos sobre la salud de las grandes ciudades], Edimburgo, 1840. El autor es un tory religioso y hermano del historiador Archibald Alison. ↩

  93. Sociedad contra la mendicidad, institución benéfica de Dublín fundada en 1818. ↩

  94. William Pulteney Alison (1790-1859), médico escocés, profesor de medicina en la Universidad de Edimburgo, defensor de una asistencia pública a los pobres en Escocia. ↩

  95. Comisión real nombrada en 1835 para investigar la instrucción religiosa y la asistencia a las iglesias en Escocia. ↩

  96. (Nota de Engels.) Report to the Home Secretary from the Poor-Law Commissioners, on an Inquiry into the Sanitary Condition of the Labouring Classes of Great Britain. With Appendices [Informe de los comisarios de la Ley de Pobres al ministro del Interior sobre una investigación de las condiciones sanitarias de las clases trabajadoras de Gran Bretaña. Con apéndices]. Presentado a ambas cámaras del Parlamento en julio de 1842. Tres volúmenes en folio. Reunido y ordenado a partir de informes médicos por Edwin Chadwick, secretario de la Comisión de la Ley de Pobres. ↩

  97. (Nota de Engels.) The Artizan, 1843, número de octubre. Una revista mensual. ↩

  98. (Nota de Engels.) Arts and Artizans at Home and Abroad [Oficios y artesanos dentro y fuera del país]. Por J. C. Symons. Edimburgo, 1839. El autor, al parecer escocés él mismo, es un liberal y, por tanto, fanáticamente contrario a todo movimiento obrero independiente. Los pasajes citados se encuentran en las págs. 116 y siguientes. ↩

  99. Tribunal municipal de los gremios de Glasgow, competente, entre otras cosas, en materia de edificación y de casas ruinosas. ↩

  100. (Nota de Engels.) Siempre que se habla de millas sin otra precisión se trata de millas inglesas, de las que 69 1/2 hacen un grado del ecuador y unas 5 una milla alemana. ↩

  101. (Nota de Engels.) No hay que olvidar que estos «sótanos» no son trasteros, sino viviendas para personas. ↩

  102. La self-acting mule o selfactor, hiladora automática patentada por Richard Roberts en 1825-1830, que hacía sin intervención del hilandero todo el ciclo del hilado. ↩

  103. «Monte sagrado»: alusión al monte al que, según la tradición, se retiró la plebe de la antigua Roma en su secesión contra los patricios. En Kersall Moor se celebraron grandes mítines cartistas, como el de septiembre de 1838. ↩

  104. Salford era un municipio distinto de Manchester, aunque formaba con él una sola aglomeración. ↩

  105. La Collegiate Church, la antigua iglesia colegiata de Manchester, desde 1847 catedral. ↩

  106. «Grandes whigs»: los fabricantes liberales que dominaban Manchester. Whig era el nombre del partido liberal; big wig, «peluca grande», significa en inglés «pez gordo». ↩

  107. La epidemia de cólera de 1831-1832, la primera que llegó a Gran Bretaña; en Manchester se declaró en 1832. ↩

  108. (Nota de Engels.) The Moral and Physical Condition of the Working Classes, employed in the Cotton Manufacture in Manchester [La situación moral y física de las clases trabajadoras empleadas en la manufactura del algodón de Manchester]. Por James Ph. Kay, doctor en medicina. 2.ª ed., 1832. Confunde la clase obrera en general con la clase de los obreros fabriles; por lo demás, excelente. ↩

  109. James Phillips Kay, desde 1842 Kay-Shuttleworth (1804-1877), médico de Manchester; más tarde comisario adjunto de la Ley de Pobres (1835) y secretario del Comité de Educación del Consejo Privado (1839-1849), desde donde organizó la enseñanza elemental pública. ↩

  110. Nombre popular de los workhouses (asilos de pobres con trabajo forzoso) de la Nueva Ley de Pobres de 1834, en los que se internaba a los pobres que pedían socorro, sometiéndolos a trabajo forzoso, separación de las familias y un régimen deliberadamente más duro que la peor vida del obrero libre. ↩

  111. Ilotas: los siervos del Estado en la antigua Esparta. ↩

  112. (Nota de Engels.) ¡Y sin embargo un sabio liberal inglés afirma en una ocasión, en el «Informe de la Children's Employment Commission» [Comisión sobre el Trabajo Infantil], que estos patios son la obra maestra del urbanismo, porque, como otras tantas pequeñas plazas públicas, mejoran la ventilación y la corriente de aire! Desde luego, si cada patio tuviera dos o cuatro accesos anchos, abiertos y enfrentados por los que pudiera correr el aire; pero nunca tienen dos, muy rara vez uno abierto, y casi todos tienen solo entradas estrechas y techadas. ↩

  113. Se trata del arrendamiento a largo plazo del suelo para edificar (building lease), muy extendido en Inglaterra: al terminar el plazo, el solar revertía con todo lo edificado al propietario. ↩

  114. Pequeño barrio irlandés de Manchester, en un recodo del Medlock junto a Oxford Road. ↩

  115. (Nota de Engels.) Doctor Kay, obra citada. ↩

  116. Hundred: antigua subdivisión administrativa y judicial de los condados ingleses. ↩

  117. (Nota de Engels.) Nassau W. Senior, Letters on the Factory Act to the Rt. Hon. the President of the Board of Trade [Cartas sobre la ley de fábricas al muy honorable presidente de la Junta de Comercio] (Chas. Poulett Thomson Esq.), Londres, 1837, pág. 24. ↩

  118. Nassau William Senior (1790-1864), economista inglés, profesor de economía política en Oxford y miembro de la comisión que preparó la Nueva Ley de Pobres de 1834. En estas Cartas se opuso a la limitación legal de la jornada con el argumento de que todo el beneficio del fabricante salía de la «última hora» de trabajo. ↩

  119. (Nota de Engels.) Kay, obra citada, pág. 32. ↩

  120. (Nota de Engels.) P. Gaskell, The Manufacturing Population of England, its Moral, Social, and Physical Conditions, and the Changes which have arisen from the Use of Steam Machinery; with an Examination of Infant Labour [La población fabril de Inglaterra, su situación moral, social y física y los cambios provocados por el empleo de la maquinaria de vapor; con un examen del trabajo infantil]. Fiat justitia [Hágase justicia]. 1833. Describe sobre todo la situación de los obreros de Lancashire. El autor es un liberal, pero escribía en una época en que todavía no formaba parte del liberalismo ensalzar la «felicidad» de los obreros. Por eso aún es imparcial y todavía puede tener ojos para los males de la situación actual, sobre todo del sistema fabril. Pero, en cambio, escribió también antes de la Factories Inquiry Commission [Comisión de Investigación de las Fábricas] y toma de fuentes dudosas algunas afirmaciones que más tarde refutó el informe de la comisión. Por eso, y porque, como Kay, confunde la clase obrera en general con la clase de los obreros fabriles en particular, la obra, aunque buena en conjunto, solo ha de usarse con cautela en los detalles. La historia del desarrollo del proletariado que se ha dado en la introducción está tomada principalmente de esta obra. ↩

  121. Peter Gaskell, cirujano de Manchester. En 1836 publicó una versión ampliada de su libro con el título Artisans and Machinery. ↩

  122. Semanario radical londinense de amplia difusión. ↩

  123. Feargus O'Connor (1796-1855), abogado y periodista irlandés, el dirigente más popular del ala radical del cartismo y director del Northern Star. ↩

  124. La huelga general de agosto de 1842 en los distritos fabriles del norte de Inglaterra (las Plug Plot Riots), en la que los huelguistas quitaban los tapones de las calderas para parar las fábricas; Manchester fue su centro. ↩

  125. «Polvo del diablo»: paño barato hecho con desperdicios de lana deshilachados en la máquina llamada devil («diablo»). ↩

  126. (Nota de Engels.) Thomas Carlyle, Chartism, Londres, 1840, pág. 28. Sobre Thomas Carlyle, véase más adelante. ↩

  127. Thomas Carlyle (1795-1881), historiador y ensayista escocés, crítico romántico y conservador de la sociedad industrial y del laissez-faire, autor de Chartism (1839) y Past and Present (1843). ↩

  128. Antiguo tribunal señorial inglés que en algunas ciudades, como Manchester, conservaba competencias de policía de mercados, pesas y medidas. ↩

  129. Periódico liberal de Manchester fundado en 1821, portavoz de los fabricantes librecambistas; en 1844 salía dos veces por semana. ↩

  130. Periódico liberal de Liverpool fundado en 1811. ↩

  131. La pulgada inglesa equivale a 2,54 centímetros. ↩

  132. Akzise: los impuestos indirectos sobre el consumo (excise), que gravaban artículos como el té, el tabaco o el alcohol. ↩

  133. Sesiones de los jueces de paz (petty sessions), los tribunales locales que juzgaban los delitos menores. ↩

  134. (Nota de Engels.) Weekly Dispatch, abril o mayo de 1844, según un informe del doctor Southwood Smith sobre la situación de los pobres de Londres. ↩

  135. Thomas Southwood Smith (1788-1861), médico del London Fever Hospital y reformador sanitario; formó parte de la Comisión sobre el Trabajo Infantil (1840-1843). ↩

  136. (Nota de Engels.) Expresión favorita de los fabricantes ingleses. ↩

  137. Thomas Robert Malthus (1766-1834), clérigo y economista inglés, autor del Ensayo sobre el principio de la población (1798), según el cual la población tiende a crecer más deprisa que los medios de subsistencia; de ahí su oposición a la asistencia a los pobres. ↩

  138. (Nota de Engels.) «Se ha dicho que el desgaste de un esclavo corre a cargo de su amo, mientras que el de un obrero libre corre por cuenta de ese obrero. Pero el desgaste de este último corre igualmente por cuenta del amo. El salario que se paga a los jornaleros, criados, etc., de toda clase tiene que ser lo bastante alto para ponerlos en condiciones de perpetuar la raza de los jornaleros y criados en la medida en que lo exija la demanda creciente, estacionaria o decreciente que la sociedad tenga de esa gente. Pero aunque el desgaste de un obrero libre corra igualmente a cargo del amo, por regla general le cuesta mucho menos que el de un esclavo. El fondo destinado a reparar o reponer el desgaste de un esclavo suele administrarlo un amo negligente o un capataz descuidado, etc.» — A. Smith, Wealth of Nations [La riqueza de las naciones], 1, 8, p. 134 de la edición en cuatro volúmenes de MacCulloch. ↩

  139. Adam Smith (1723-1790), filósofo y economista escocés, fundador de la economía política clásica. ↩

  140. Los tories (conservadores) y los whigs (liberales) eran los dos grandes partidos parlamentarios ingleses; los radicales, el ala izquierda de los partidarios de la reforma, defendían la ampliación del sufragio. ↩

  141. Los crossing sweepers barrían, a cambio de alguna moneda, el paso de los peatones en los cruces de las calles, entonces cubiertas de barro y estiércol. La edición inglesa de 1887 dice crossing-sweepers. ↩

  142. (Nota de Engels.) Dos bebidas refrescantes y espumosas, la primera preparada con agua, azúcar y un poco de jengibre, la otra con agua, azúcar y ortigas, y apreciadas por los obreros, sobre todo por los partidarios de la templanza. ↩

  143. William Weldon Champneys (1807-1875), clérigo anglicano, rector de Whitechapel, en el East End de Londres. ↩

  144. La Comisión de la Ley de Pobres (Poor Law Commission), creada por la Nueva Ley de Pobres de 1834, vigilaba la aplicación de la ley y publicaba informes anuales. ↩

  145. (Nota de Engels a la edición norteamericana de 1887, en inglés.) Y llegó en 1847. ↩

  146. (Nota de Engels.) Archibald Alison, High Sheriff of Lanarkshire, The Principles of Population, and their Connection with Human Happiness [Los principios de la población y su relación con la felicidad humana], 2 vols., 1840. Este Alison es el historiador de la Revolución francesa y, como su hermano, el doctor W. P. Alison, un tory religioso. ↩

  147. Archibald Alison (1792-1867), jurista e historiador escocés, sheriff (juez principal) del condado de Lanark, con sede en Glasgow. ↩

  148. (Nota de Engels.) Chartism, pp. 28, 31, etc. ↩

  149. (Nota de Engels.) Miles es el nombre de los antiguos reyes celtas de Irlanda. ↩

  150. Según la leyenda, los irlandeses descendían de los hijos de Míl (Milesius), que habrían llegado de España. ↩

  151. El Silbergroschen era una moneda prusiana de plata que valía la treintava parte de un tálero. ↩

  152. (Nota de Engels.) Cuando hablo, en el sentido en que lo hago aquí y en otras partes, de la sociedad como un conjunto responsable que tiene sus derechos y sus deberes, se entiende que me refiero al poder de la sociedad, es decir, a aquella clase que posee actualmente el dominio político y social y que, con ello, carga también con la responsabilidad por la situación de aquellos a quienes no da parte alguna en ese dominio. Esta clase dominante es en Inglaterra, como en todos los demás países civilizados, la burguesía. Pero que la sociedad, y en especial la burguesía, tiene el deber de proteger al menos la vida de cada miembro de la sociedad, de cuidar, por ejemplo, de que nadie se muera de hambre, es una tesis que no necesito demostrar a mis lectores alemanes. Si escribiera para la burguesía inglesa, sería otra cosa, desde luego. — (1887) Y así ocurre ahora en Alemania. Nuestros capitalistas alemanes están plenamente a la altura de los ingleses, al menos en este aspecto, en el año de gracia de 1886. — (1892) ¡Cómo ha cambiado todo esto en cincuenta años! Hoy hay burgueses ingleses que reconocen deberes de la sociedad para con sus miembros individuales; pero ¿alemanes?!? ↩

  153. La milla geográfica alemana medía unos 7,4 km; la milla cuadrada geográfica, unos 55 km². ↩

  154. En la medicina de la época, Typhus (en inglés typhus o fever) designaba tanto el tifus exantemático, transmitido por los piojos, como la fiebre tifoidea, que solo se distinguieron con claridad hacia mediados del siglo XIX. ↩

  155. (Nota de Engels.) Dr. Alison, Management of the Poor in Scotland [Observations on the Management of the Poor in Scotland, 1840]. ↩

  156. (Nota de Engels.) Dr. Alison, en un artículo leído ante la British Association for the Advancement of Science [Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia], York, octubre de 1844. ↩

  157. (Nota de Engels.) Dr. Alison, Management of the Poor in Scotland. ↩

  158. Tuberculosis de los ganglios linfáticos, sobre todo del cuello, muy frecuente entonces entre los niños pobres. ↩

  159. (Nota de Engels.) The Manufacturing Population of England, cap. 8. ↩

  160. (Nota de Engels.) Report of Commission of Inquiry into the Employment of Children and Young Persons in Mines and Collieries and in the Trades and Manufactures in which Numbers of them work together, not being included under the Terms of the Factories' Regulation Act [Informe de la Comisión de Investigación sobre el empleo de niños y jóvenes en minas y en los oficios y manufacturas en que trabajan juntos en gran número, no comprendidos en los términos de la ley de regulación de las fábricas]. First and Second Reports. Grainger's Rept., second Rept. Se cita habitualmente como Children's Employment Commission's Rept.; es uno de los mejores informes oficiales, que contiene una enorme cantidad de hechos de lo más valiosos, pero también de lo más aterradores. El primer informe apareció en 1841 y el segundo dos años más tarde. ↩

  161. En realidad, el primer informe (sobre las minas) es de 1842 y el segundo (sobre los oficios y manufacturas), de 1843. Richard Dugard Grainger (1801-1865), anatomista, fue uno de los subcomisionados. ↩

  162. En la edición inglesa de 1887, hundredweight: el quintal inglés, de 112 libras (unos 51 kg). ↩

  163. (Nota de Engels.) Fifth Annual Report of the Registrar General of Births, Deaths and Marriages [Quinto informe anual del registrador general de nacimientos, defunciones y matrimonios]. ↩

  164. George Graham dirigió la oficina del registro civil de Inglaterra y Gales de 1842 a 1879. ↩

  165. En la MEW se lee «1838 39,1 aus 28», cifra estropeada; leemos «1838/39, 1 de cada 28». La edición inglesa de 1887 da «1838-39, one in 29». ↩

  166. (Nota de Engels.) Véase el Report of Commission of Inquiry into the State of large Towns and populous Districts [Informe de la Comisión de Investigación sobre el estado de las grandes ciudades y los distritos populosos], first Report, 1844, Appendix. ↩

  167. (Nota de Engels.) Factories Inquiry Commission's Report, 3rd vol. Informe del doctor Hawkins sobre Lancashire, donde se cita como fuente al doctor Roberton, «la principal autoridad en estadística de Manchester». ↩

  168. Francis Bisset Hawkins (1796-1894), médico, subcomisionado de la Comisión de Investigación de las Fábricas de 1833; John Roberton (1797-1876), cirujano y reformador sanitario de Manchester. ↩

  169. John Wade (1788-1875), publicista radical inglés. La comisión parlamentaria de 1832 sobre el trabajo infantil en las fábricas estuvo presidida por el tory Michael Thomas Sadler, promotor de la jornada de diez horas. ↩

  170. Ley de 1844 que regulaba la construcción de edificios en Londres (grosor de muros, anchura de calles, prohibición de nuevas viviendas en sótanos). ↩

  171. El proyecto de ley fabril presentado en 1843 por el ministro del Interior sir James Graham obligaba a los niños de las fábricas a asistir a escuelas controladas en lo esencial por la Iglesia anglicana; la oposición de los disidentes (protestantes no anglicanos) obligó a retirar las cláusulas educativas. ↩

  172. Las escuelas de la National Society for Promoting the Education of the Poor in the Principles of the Established Church, fundada en 1811 por la Iglesia anglicana. ↩

  173. Richard Henry (Hengist) Horne (1802-1884), poeta y periodista inglés, subcomisionado de la Children's Employment Commission. ↩

  174. Dick Turpin (1705-1739), salteador de caminos ahorcado en York; Jack Sheppard (1702-1724), ladrón londinense célebre por sus fugas de la cárcel de Newgate. Ambos eran héroes de baladas, folletines y obras de teatro populares. ↩

  175. John Wesley (1703-1791), clérigo anglicano, fundador del metodismo. ↩

  176. J. C. Symons, el autor de Arts and Artizans, era subcomisionado de la Children's Employment Commission. ↩

  177. (Nota de Engels.) Arts and Artizans. ↩

  178. (Nota de Engels.) Principles of Population, vol. II, pp. 196-197. ↩

  179. (Nota de Engels.) Veremos más adelante cómo en Inglaterra la rebelión del proletario contra la burguesía está legitimada legalmente por el derecho de libre asociación. ↩

  180. Alusión a Mateo 6, 19: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen y donde los ladrones minan y hurtan». ↩

  181. Lugar del valle de Hinnón, junto a Jerusalén, donde según la Biblia se quemaban niños en sacrificio a Moloc; de ahí, imagen del infierno. ↩

  182. (Nota de Engels.) Chartism, pp. 34 y ss. ↩

  183. (Nota de Engels.) ¿Debo dejar que hablen también aquí en mi favor testimonios burgueses? Elijo solo uno, que cualquiera puede consultar, en la Wealth of Nations de Adam Smith (ed. cit.), vol. 3, libro 5, cap. 8, p. 297. ↩

  184. Es el célebre pasaje sobre el embrutecimiento del obrero sometido a la división del trabajo, que realiza siempre unas pocas operaciones simples (libro V, cap. 1, parte 3.ª, art. 2.º de las ediciones corrientes). ↩

  185. Alusión a las Lamentaciones atribuidas al profeta Jeremías, que lloran la destrucción de Jerusalén. ↩

  186. Robert Vaughan (1795-1868), pastor congregacionalista y profesor de historia, autor de The Age of Great Cities, or Modern Society Viewed in its Relation to Intelligence, Morals and Religion (1843). ↩

  187. (Nota de Engels.) The Principles of Population, vol. II, pp. 76 y ss., p. 135. ↩

  188. (Nota de Engels.) Philosophy of Manufactures, Londres, 1835. Tendremos que hablar todavía más de este precioso libro. Los pasajes citados están en las pp. 406 y ss. ↩

  189. Andrew Ure (1778-1857), químico escocés, apologista del sistema fabril en The Philosophy of Manufactures (1835). ↩

  190. (Nota de Engels añadida en la edición de 1892.) La misma idea de que la gran industria ha dividido a los ingleses en dos naciones distintas la expuso también Disraeli, como es sabido, aproximadamente por la misma época, en su novela Sybil, or the Two Nations [Sybil, o las dos naciones]. ↩

  191. Benjamin Disraeli (1804-1881), novelista y político tory, más tarde primer ministro; Sybil apareció en 1845. ↩

  192. Richard Parkinson (1797-1858), clérigo anglicano, canónigo de la colegiata de Manchester. ↩

  193. Samuel Argent Bardsley (1764-1851), médico de la Manchester Infirmary. ↩

  194. (Nota de Engels.) On the present Condition of the Labouring Poor in Manchester etc. [Sobre la situación actual de los pobres trabajadores de Manchester, etc.], by the Rev. Rd. Parkinson, Canon of Manchester, 3.ª ed., Londres y Manchester, 1841. Folleto. ↩

  195. El galón imperial equivale a unos 4,5 litros. ↩

  196. (Nota de Engels.) Principles of Population, passim. ↩

  197. La Beer Act de 1830 permitía a cualquier contribuyente abrir una cervecería pagando una licencia de dos guineas, sin la autorización de los jueces de paz que se exigía a las tabernas. ↩

  198. (Nota de Engels.) Sesión de la Cámara de los Comunes del 28 de febrero de 1843. ↩

  199. Anthony Ashley-Cooper, lord Ashley (1801-1885), desde 1851 conde de Shaftesbury, diputado tory y filántropo evangélico, portavoz parlamentario del movimiento por la jornada de diez horas. ↩

  200. Abstemios totales, que se comprometían a no probar ninguna bebida alcohólica. ↩

  201. Theobald Mathew (1790-1856), fraile capuchino irlandés, promotor desde 1838 de una cruzada de templanza que hizo jurar abstinencia a millones de personas en Irlanda, Inglaterra y Estados Unidos. ↩

  202. (Nota de Engels.) Sheriff Alison, The Principles of Population, vol. II. ↩

  203. En la escala Réaumur, el agua hierve a 80 grados (100 °C). ↩

  204. Las tablas oficiales contaban las personas enviadas a juicio (committed for trial) por delitos graves, que juzgaban las assizes y las quarter sessions, a diferencia de las faltas que despachaban sumariamente los jueces de paz. ↩

  205. (Nota de Engels.) The Manufacturing Population of England, cap. 10. ↩

  206. (Nota de Engels.) El número de delincuentes condenados (22 733) dividido entre la población (unos 15 millones). ↩

  207. La ley fabril (Factory Act) de 1833, impulsada por lord Althorp, prohibía en las fábricas textiles (salvo las de seda) el trabajo de los menores de nueve años, limitaba a 9 horas diarias (48 semanales) la jornada de los niños de 9 a 13 años y a 12 horas (69 semanales) la de los jóvenes de 13 a 18, prohibía el trabajo nocturno de los menores de 18, imponía dos horas diarias de escuela a los niños y creó un cuerpo de inspectores de fábricas. ↩

  208. (Nota de Engels.) The Cotton Manufacture of Great Britain [La manufactura algodonera de Gran Bretaña], by Dr. A. Ure, 1836. ↩

  209. (Nota de Engels.) History of the Cotton Manufacture in Great Britain [Historia de la manufactura algodonera en Gran Bretaña], by E. Baines, Esq. ↩

  210. Edward Baines (1800-1890), periodista y político liberal de Leeds, director del Leeds Mercury; su History apareció en 1835. ↩

  211. Los piecers, casi siempre niños o muchachas, anudaban los hilos rotos en las mules. ↩

  212. (Nota de Engels.) Stubborn Facts from the Factories, by a Manchester Operative [Hechos tozudos de las fábricas, por un obrero de Manchester]. Published and dedicated to the working Classes, by Wm. Rashleigh, M. P., Londres, Ollivier, 1844, p. 28 y ss. ↩

  213. James Leach (1806-1869), obrero fabril y dirigente cartista de Manchester, amigo de Engels durante su estancia en la ciudad. ↩

  214. Las máquinas de doblar (doubling frames) torcían juntos dos o más hilos para formar un hilo más resistente. ↩

  215. (Nota de Engels.) Así pregunta, por ejemplo, el señor Symons en Arts and Artizans. ↩

  216. (Nota de Engels.) Por ejemplo, el doctor Ure en la Philosophy of Manufactures. ↩

  217. (Nota de Engels.) «La situación en materia de salarios está en este momento muy trastocada en algunas ramas de la fabricación de algodón de Lancashire; hay cientos de jóvenes de entre 20 y 30 años empleados como piecers y en otros trabajos que no reciben más de 8 o 9 chelines semanales, mientras que bajo el mismo techo niños de 13 años ganan 5 chelines, y muchachas de entre 16 y 20 años, de 10 a 12 chelines semanales.» Informe del inspector de fábricas L. Horner, octubre de 1844. ↩

  218. Leonard Horner (1785-1864), geólogo escocés, inspector de fábricas de 1833 a 1859. ↩

  219. Lord Ashley presentó el 15 de marzo de 1844 una enmienda al proyecto de ley fabril del Gobierno para limitar a diez horas la jornada de los jóvenes y las mujeres; aprobada al principio, fue derrotada días después tras la presión del Gobierno de Peel (véase más adelante). La jornada de diez horas no se impuso hasta la ley de 1847. ↩

  220. (Nota de Engels.) En 1843, entre los accidentados ingresados en el hospital de Manchester había 189, digo ciento ochenta y nueve, quemados. No se dice cuántos murieron. ↩

  221. Alfred Power y Edward Carleton Tufnell fueron subcomisionados de la Comisión de Investigación de las Fábricas de 1833 para los distritos de Leeds y de Manchester, respectivamente. ↩

  222. Richard Oastler (1789-1861), administrador de fincas y tory evangélico de Yorkshire, llamado «el rey de las fábricas» (Factory King), dirigente de la campaña por la jornada de diez horas desde 1830. ↩

  223. (Nota de Engels.) Cuán numerosas son las mujeres casadas que trabajan en las fábricas lo muestra un dato aportado por los propios fabricantes: en 412 fábricas de Lancashire trabajaban 10 721; de sus maridos, solo 5314 trabajaban también en fábricas, 3927 tenían otro empleo, 821 estaban parados y de 659 no había datos. Es decir, por término medio, en cada fábrica dos, si no tres, hombres que viven del trabajo de sus mujeres. ↩

  224. La Factories Inquiry Commission, nombrada en 1833 para investigar el trabajo infantil en las fábricas, envió a los distritos industriales a varios subcomisionados (entre ellos John Welsford Cowell, Edward Carleton Tufnell, Alfred Power, John Elliot Drinkwater, James Stuart, Leonard Horner, sir David Barry, Francis Bisset Hawkins, Charles Loudon y John Mackintosh); sus informes y los testimonios recogidos (evidence) se publicaron ese mismo año y en 1834. ↩

  225. El supuesto «derecho de la primera noche» del señor feudal sobre las mujeres de sus siervos al casarse. ↩

  226. Thomas Percival (1740-1804), médico de Manchester que denunció en 1796 las condiciones de las fábricas; sir Robert Peel (1750-1830), gran fabricante de algodón de Lancashire, promovió la ley de 1802 sobre la salud y la moral de los aprendices (Health and Morals of Apprentices Act); su hijo, sir Robert Peel (1788-1850), era primer ministro tory desde 1841. ↩

  227. (Nota de Engels.) También en la sala de hilado de una fábrica de Leeds se habían introducido asientos; Drinkwater, evid. p. 85. ↩

  228. (Nota de Engels.) Los llamados cirujanos (surgeons) son médicos con estudios, igual que los doctores en medicina (physicians), y por eso ejercen en general tanto la medicina como la cirugía. Por distintas razones, incluso suelen preferirse a los physicians. ↩

  229. Unos 47,4 kg y 53,4 kg, respectivamente. Más abajo, 5 pies y 8 pulgadas son unos 1,73 m. ↩

  230. Robert Hyde Greg (1795-1875), fabricante de algodón de Manchester, economista y diputado librecambista. ↩

  231. (Nota de Engels.) Esta declaración no está tomada del informe fabril. ↩

  232. Henry Ashworth (1794-1880), fabricante de algodón de Bolton, cuáquero y dirigente de la Liga contra las Leyes de Cereales. ↩

  233. (Nota de Engels.) Todo ello está tomado del discurso de lord Ashley (sesión de la Cámara de los Comunes del 15 de marzo de 1844). ↩

  234. Forma de anemia propia de las muchachas jóvenes, llamada también «enfermedad verde» por el tinte de la piel. ↩

  235. El rastrillado (heckling) separaba y peinaba las fibras de lino antes de hilarlas. ↩

  236. Engels trabajó de 1842 a 1844 en la oficina de la hilatura Ermen & Engels de Manchester, de la que su padre era socio. ↩

  237. El trismo o «mandíbula trabada» (lockjaw), primer síntoma del tétanos, infección frecuente en las heridas de la época. ↩

  238. La batidora o abridora (blower), primera máquina del proceso, que abría y limpiaba el algodón en rama. ↩

  239. Robert Owen (1771-1858), fabricante de algodón y reformador social galés, director de la hilatura modelo de New Lanark y fundador del socialismo cooperativo inglés. ↩

  240. John Cam Hobhouse (1786-1869), político radical y después whig, promotor de la ley fabril de 1831. ↩

  241. Horner era inspector de fábricas para Lancashire; Robert John Saunders, para el West Riding de Yorkshire. ↩

  242. The Fleet Papers, semanario que Oastler publicó de 1841 a 1844 desde la cárcel de deudores de Fleet, en Londres, donde estuvo preso de 1840 a 1844 a instancias de su antiguo patrón, Thomas Thornhill. ↩

  243. Los protestantes no anglicanos (metodistas, baptistas, congregacionalistas, cuáqueros, etc.), llamados dissenters o nonconformists. ↩

  244. (Nota de Engels.) Como es sabido, la Cámara de los Comunes volvió a ponerse en ridículo de este modo en la misma legislatura con la cuestión del azúcar, en la que primero votó en contra de los ministros y luego, tras la aplicación del «látigo del Gobierno», a su favor. ↩

  245. (Nota de Engels.) Oigamos todavía a un juez competente: «Si se considera el ejemplo de los irlandeses junto con el trabajo incesante de toda la clase que fabrica algodón, nos extrañará menos su terrible desmoralización. Un trabajo continuo y agotador, prolongado día tras día, año tras año, no está hecho para desarrollar las facultades intelectuales y morales del hombre. La rutina lúgubre de una interminable faena (drudgery) en la que se repite una y otra vez el mismo proceso mecánico se asemeja al tormento de Sísifo; la carga del trabajo, como la roca, vuelve a caer una y otra vez sobre el obrero agotado. El espíritu no adquiere conocimientos ni actividad de pensamiento con el trabajo eterno de los mismos músculos; el entendimiento se adormece en una torpe indolencia, pero la parte más grosera de nuestra naturaleza alcanza un desarrollo exuberante. Condenar al hombre a semejante trabajo es cultivar en él las disposiciones animales. Se vuelve indiferente, desdeña los impulsos y costumbres que distinguen a su especie. Descuida las comodidades y los placeres más finos de la vida, vive en una miseria sucia, con una comida escasa, y derrocha el resto de sus ganancias en excesos.» — Dr. J. P. Kay, lugar citado. ↩

  246. (Nota de Engels.) Stubborn Facts, pp. 9 y ss. ↩

  247. Antes de la introducción del voto secreto en 1872, en Inglaterra se votaba de viva voz en público, en las mesas (hustings) instaladas al efecto. ↩

  248. Tommy shop: nombre popular de la tienda del patrón en el truck system. ↩

  249. Periódico semanal de los cartistas, fundado en 1837 en Leeds por Feargus O'Connor; Engels colaboró en él desde 1843. ↩

  250. (Nota de Engels.) Los partidarios de la Liga contra las Leyes de Cereales. ↩

  251. (Nota de Engels.) El Leeds Mercury, periódico burgués radical. ↩

  252. Henry Brougham (1778-1868), político whig, lord canciller de 1830 a 1834, promotor de la educación popular y de la Nueva Ley de Pobres. ↩

  253. Los periódicos que se publicaban sin pagar el impuesto del timbre, muy elevado hasta su reducción en 1836, y que por ello eran perseguidos; fueron la prensa radical y obrera de los años treinta. ↩

  254. (Nota de Engels.) Sun (diario londinense) de finales de noviembre de 1844. ↩

  255. La rueda de molino (treadmill), en la que los presos tenían que caminar sin parar como castigo, era habitual en las cárceles y casas de corrección inglesas. ↩

  256. Edward P. Mead, poeta y agitador cartista de Birmingham; su poema The Steam King («El rey Vapor») se publicó en la prensa cartista. Traducimos la versión alemana de Engels. ↩

  257. (Nota de Engels.) No tengo ni tiempo ni espacio para entrar con detalle en las réplicas de los fabricantes a las acusaciones lanzadas contra ellos desde hace doce años. A esta gente no hay manera de enseñarle nada, porque su supuesto interés la ciega. Como, por otra parte, en lo anterior ya se han despachado de pasada algunas de sus objeciones, solo me queda decir lo siguiente: venís a Manchester, queréis conocer la situación inglesa. Traéis buenas recomendaciones para gente «respetable», naturalmente. Dejáis caer algunas observaciones sobre la situación de los obreros. Os presentan a un par de los primeros fabricantes liberales, por ejemplo, Robert Hyde Greg, Edmund Ashworth, Thomas Ashton o alguno así. Le contáis vuestros propósitos. El fabricante os entiende; sabe lo que tiene que hacer. Os lleva en coche a su fábrica del campo: el señor Greg, a Quarry Bank, en Cheshire; el señor Ashworth, a Turton, cerca de Bolton; el señor Ashton, a Hyde. Os pasea por un edificio magnífico, bien instalado, quizá provisto de ventiladores, os hace fijaros en las salas altas y aireadas, en las hermosas máquinas, aquí y allá en algún obrero de aspecto sano. Os da un buen desayuno y os propone visitar las viviendas de los obreros; os lleva a los cottages, que parecen nuevos, limpios y bonitos, y entra con vosotros en este o en aquel. Naturalmente, solo en los de los capataces, mecánicos, etc., para que veáis «familias que viven enteramente de la fábrica». En los otros podríais encontraros con que solo trabajan la mujer y los hijos y el hombre zurce medias. La presencia del fabricante os impide hacer preguntas indiscretas; encontráis a toda la gente bien pagada, cómoda, relativamente sana gracias al aire del campo; empezáis a convertiros y a abandonar vuestras exageradas ideas de miseria y hambre. Pero que el sistema de los cottages hace esclavos a los obreros, que quizá haya una tienda truck cerca, eso no lo averiguáis; que la gente odia al fabricante, no os lo dejan ver, porque él está delante. Hasta puede que haya construido escuela, iglesia, sala de lectura, etc. Que usa la escuela para acostumbrar a los niños a la subordinación, que en la sala de lectura solo tolera cosas en las que se defiende el interés de la burguesía, que despide a su gente si lee periódicos y libros cartistas y socialistas, todo eso os queda oculto. Veis una relación cómoda y patriarcal, veis la vida de los capataces, veis lo que la burguesía promete a los obreros si quieren hacerse también sus esclavos espirituales. Esta «fabricación rural» ha sido siempre el caballo de batalla de los fabricantes, porque aquí los inconvenientes del sistema fabril, sobre todo los sanitarios, quedan en parte compensados por el aire libre y el entorno, y porque aquí es donde más se conserva la servidumbre patriarcal de los obreros. El doctor Ure le canta un ditirambo. ¡Pero ay si a los obreros se les ocurre pensar por sí mismos y hacerse cartistas! Ahí se acaba de golpe el afecto paternal del fabricante. Por lo demás, si queréis que os lleven por los barrios obreros de Manchester, si queréis ver el desarrollo del sistema fabril en una ciudad fabril, ¡ya podéis esperar sentados a que estos ricos burgueses os ayuden! Los señores no saben lo que quieren sus obreros ni en qué situación están, y no quieren saberlo, no pueden saberlo, porque siempre tienen que temer enterarse de cosas que los inquietarían o que incluso los obligarían a obrar contra su interés. Por lo demás, da exactamente igual: lo que los obreros tienen que llevar a cabo lo conseguirán ellos solos. ↩

  258. Children's Employment Commission's Report, el informe de la Comisión sobre el Trabajo Infantil (1842-1843). Engels lo cita con abreviaturas (Ch. E. Rept., Child. Empl. Comm., etc.) y con los nombres de los subcomisarios que redactaron cada parte. ↩

  259. Diario londinense (1769-1862), en esta época órgano de los whigs. ↩

  260. James Leach, Stubborn Facts from the Factories (1844), que Engels cita abreviado como Stubb. Facts. ↩

  261. Las epidemias de fiebre del East End de 1837-1838, que dieron origen a las investigaciones sanitarias de la Comisión de la Ley de Pobres. ↩

  262. Léon Faucher (1803-1854), economista y político liberal francés, autor de Études sur l'Angleterre (1845), reunión de los artículos publicados antes en la Revue des deux Mondes. En 1848-1849 fue ministro del Interior de Luis Napoleón Bonaparte. ↩

  263. Es decir, entre 1,62 y 1,65 metros. ↩

  264. «Cólico de los pintores»: el cólico saturnino, intoxicación por plomo. ↩

  265. Entre 38 y 54 grados centígrados. ↩

  266. (Nota de Engels.) Véase el Weekly Dispatch del 17 de marzo de 1844. ↩

  267. (Nota de Engels.) Thomas Hood, el de más talento de todos los humoristas ingleses de hoy y, como todos los humoristas, lleno de sentimiento humano, pero sin energía intelectual alguna, publicó a comienzos de 1844, cuando la miseria de las costureras llenaba todos los periódicos, un hermoso poema, The Song of the Shirt, «La canción de la camisa», que arrancó muchas lágrimas compasivas, pero inútiles, de los ojos de las hijas de la burguesía. No tengo espacio suficiente para reproducirlo aquí; apareció primero en el Punch y luego dio la vuelta por los periódicos. Como la situación de las costureras se discutía entonces en todos los periódicos, sobran citas especiales. ↩

  268. Juego de naipes de azar, muy en boga en la época. ↩

  269. Richard Arkwright (1732-1792), inventor de la water frame y fundador de la primera gran fábrica de hilados; los obreros destruyeron en 1779 su fábrica de Birkacre, cerca de Chorley. ↩

  270. Las Combination Acts de 1799 y 1800 prohibían toda coalición obrera. Se derogaron en 1824, a instancias del radical Francis Place y de Joseph Hume; ante la oleada de huelgas que siguió, una ley de 1825 volvió a restringir el derecho de coalición, aunque sin prohibir las asociaciones. ↩

  271. Alusión a la National Association for the Protection of Labour (1830), impulsada por John Doherty, y a la Grand National Consolidated Trades Union (1834), de inspiración owenista, que se hundió a los pocos meses. ↩

  272. «Esquiroles», obreros que trabajaban durante las huelgas o fuera de la asociación. ↩

  273. (Nota de Engels.) Se llamó thugs a estos obreros por el conocido pueblo de la India oriental cuyo único oficio es asesinar a traición a todos los forasteros que caen en sus manos. ↩

  274. El proceso de los dirigentes de la asociación de hiladores de algodón de Glasgow, entre ellos Thomas Hunter, su presidente, celebrado ante el Tribunal Superior de Justicia de Escocia tras la huelga de 1837; fueron condenados a siete años de deportación. ↩

  275. (Nota de Engels.) «¿Qué clase de “justicia salvaje” (wild-justice) tuvo que haber en el corazón de estos hombres, que los empuja a condenar con fría deliberación, reunidos en cónclave, a su hermano de trabajo, como desertor de su condición y de la causa de su condición, a la muerte de un traidor y desertor, a ejecutarlo, ya que no lo hace un juez y verdugo público, por medio de un verdugo secreto, como el antiguo tribunal de la Vehme y el tribunal secreto de la época de la caballería, que de repente se renueva de este modo y se presenta más de una vez de repente ante los ojos asombrados de la gente, no vestido con cotas de malla, sino con chaquetas de pana, y no reunido en los bosques de Westfalia, sino en el empedrado Gallowgate de Glasgow? Un sentimiento así tiene que estar muy extendido, y ser fuerte en la multitud, aunque solo en su punta más alta pueda adoptar semejante forma en unos pocos.» Carlyle, Chartism, p. 41. ↩

  276. Según la tradición recogida por Tito Livio, el patricio Menenio Agripa convenció en el 494 a. C. a los plebeyos que se habían retirado al Monte Sacro de que volvieran a Roma con la fábula de los miembros que se rebelan contra el estómago. ↩

  277. (Nota de Engels.) Ure, Philosophy of Manufactures, p. 366 y ss. ↩

  278. La insurrección de los tejedores de seda de Lyon en abril de 1834, que siguió a la de noviembre de 1831 y fue aplastada por el ejército tras seis días de lucha. ↩

  279. El levantamiento de Newport (Gales), el 4 de noviembre de 1839, encabezado por el cartista John Frost; la tropa dispersó a tiros a varios miles de mineros y Frost fue condenado a muerte, pena que se le conmutó por la deportación. ↩

  280. (Nota de Engels.) En la esquina de Cross Lane y Regent Road; véase el plano de Manchester. ↩

  281. Hugh Hornby Birley (1778-1845), fabricante de algodón de Manchester, tory, uno de los que mandaron la carga de la caballería en la matanza de Peterloo (1819). ↩

  282. Tras la paz de 1815, al término de las guerras napoleónicas. ↩

  283. Engels se refiere a William Lovett (1800-1877), ebanista, secretario de la London Working Men's Association (fundada en 1836) y principal redactor de la Carta del Pueblo, publicada en mayo de 1838. ↩

  284. Así en el original; la Carta se publicó en 1838, aunque la London Working Men's Association que la preparó databa de 1836. ↩

  285. «Santo y seña»: palabra que servía para reconocer a los del propio bando (Jueces, 12, 5-6). ↩

  286. Joseph Rayner Stephens (1805-1879), predicador metodista separado de la Iglesia wesleyana, enemigo de la nueva Ley de Pobres; fue detenido en diciembre de 1838 y condenado a dieciocho meses de prisión. Más tarde se apartó del cartismo. ↩

  287. (Nota de Engels.) Ya hemos visto cómo se tomaron esto a pecho los obreros. ↩

  288. Peter Bussey, cartista de Bradford; John Taylor, médico, dirigente cartista escocés; John Frost (1784-1877), pañero y antiguo alcalde de Newport. ↩

  289. Las conspiraciones cartistas de Sheffield (Samuel Holberry) y Bradford de enero de 1840, en las que intervinieron confidentes de la policía. ↩

  290. Stalybridge, ciudad algodonera al este de Manchester. ↩

  291. Special constables: vecinos a los que se tomaba juramento como agentes auxiliares de la policía en caso de disturbios. ↩

  292. La conferencia de Birmingham del movimiento por el sufragio completo de Joseph Sturge (1793-1859), comerciante de grano cuáquero, se celebró del 27 al 30 de diciembre de 1842. ↩

  293. El plan de Feargus O'Connor de asentar a obreros en pequeñas parcelas compradas con las cuotas de los afiliados, que dio lugar en 1845 a la Chartist Co-operative Land Society. ↩

  294. (Nota de Engels a la edición de 1892.) Llegó puntualmente. ↩

  295. (Nota de Engels a la edición de 1892.) Socialistas, naturalmente, en el sentido general, no en el sentido específicamente owenista. ↩

  296. Institutos de mecánica: centros de enseñanza para obreros cualificados fundados a partir de 1823, en su mayoría bajo patrocinio burgués. ↩

  297. «He hablado y he salvado [mi alma]»: fórmula tomada de Ezequiel, 3, 19. ↩

  298. David Friedrich Strauss, Das Leben Jesu (1835-1836); Pierre-Joseph Proudhon, Qu'est-ce que la propriété? (1840). ↩

  299. Jeremy Bentham (1748-1832), filósofo y jurista, fundador del utilitarismo; William Godwin (1756-1836), autor de Enquiry concerning Political Justice (1793). ↩

  300. (Nota de Engels.) Según el censo de 1841, el número de obreros empleados en la minería en Gran Bretaña (sin Irlanda) es el siguiente:

    Hombres de más de 20 añosHombres de menos de 20 añosMujeres de más de 20 añosMujeres de menos de 20 añosTotal
    Minas de carbón83 40832 47511851165118 233
    Minas de cobre98663428913120015 407
    Minas de plomo94271932402011 407
    Minas de hierro777326794247310 949
    Minas de estaño4602134968826101
    Varias, y aquellas en que no se indica el mineral24 162659147249131 716
    Total139 23848 45431023031193 825

    Como las minas de carbón y de hierro las trabaja casi siempre la misma gente, una parte de los que figuran como obreros del carbón, y además una parte muy considerable de los que figuran en la última rúbrica, deben atribuirse a las minas de hierro. ↩

  301. Lámpara de seguridad para minas inventada por Humphry Davy en 1815, en la que una tela metálica impide que la llama inflame el gas. ↩

  302. Su ley de minas (Mines Act) de 1842 prohibió el trabajo subterráneo de las mujeres y de los niños menores de diez años. ↩

  303. William Prowting Roberts (1806-1871), abogado de Bristol, defensor de los cartistas y de los sindicatos, llamado «el procurador general de los mineros». La Miners' Association of Great Britain and Ireland se había fundado en Wakefield en noviembre de 1842. ↩

  304. Orden judicial que obliga a presentar al detenido ante el tribunal para que este examine la legalidad de su detención. El Queen's Bench era uno de los tribunales superiores de common law de Londres. ↩

  305. Dogberry, el alguacil necio y presuntuoso de Much Ado about Nothing. ↩

  306. Charles William Vane, tercer marqués de Londonderry (1778-1854), general y diplomático, gran propietario de minas de carbón en Durham, donde construyó el puerto de Seaham Harbour. ↩

  307. (Nota de Engels a la edición de 1892.) Nada nuevo bajo el sol, por lo menos no en Alemania. Nuestros «reyes Stumm» no son más que copias de modelos ingleses ya muy pasados, hoy imposibles en su patria. ↩

  308. Robert Peel (1788-1850), jefe del gobierno conservador de 1841 a 1846. ↩

  309. El geólogo Charles Lyell (1797-1875) y el físico y químico Michael Faraday (1791-1867). ↩

  310. Medida de capacidad para áridos, de unos 290 litros. ↩

  311. El informe de 1843 de los comisarios de la Ley de Pobres sobre el empleo de mujeres y niños en la agricultura. ↩

  312. El autor de Swing unmasked, que Engels cita más abajo, fue en realidad Edward Gibbon Wakefield (1796-1862), teórico de la colonización sistemática, que nunca fue miembro del Parlamento. ↩

  313. (Nota de Engels.) E. C. Wakefield, M. P., Swing unmasked, or the Causes of Rural Incendiarism [Swing desenmascarado, o las causas de los incendios rurales], Londres, 1831, folleto. Las citas anteriores están en las páginas 9-13, y en la traducción se han omitido los pasajes que en el original se refieren a la antigua Ley de Pobres, entonces todavía vigente. ↩

  314. La expresión procede en realidad de The Deserted Village (1770), de Oliver Goldsmith: «But a bold peasantry, their country's pride». ↩

  315. «Porque tal es nuestro deseo»: fórmula con que terminaban los edictos de los reyes de Francia. ↩

  316. La revolución de julio de 1830 en París, que derribó a Carlos X. ↩

  317. Los disturbios de 1830-1831 en el sur y el este de Inglaterra, con destrucción de trilladoras e incendios, se conocieron por el nombre del ficticio «capitán Swing» que firmaba las cartas de amenaza. La represión fue durísima: diecinueve ejecutados, cientos de deportados y de encarcelados. ↩

  318. William Pleydell-Bouverie, tercer conde de Radnor (1779-1869), whig radical y partidario del librecambio. Highworth está en Wiltshire. ↩

  319. Engels dice Hochkirche, «Alta Iglesia»: la Iglesia de Inglaterra oficial, frente a las confesiones protestantes disidentes. ↩

  320. One who has whistled at the plough, seudónimo de Alexander Somerville (1811-1885), escocés, hijo de jornaleros, que escribió para el Morning Chronicle una serie de informes sobre los distritos agrícolas favorables a la Liga contra las Leyes de Cereales. ↩

  321. Los disturbios de Rebeca (1839-1843) se dirigieron contra las barreras de peaje (turnpikes) del suroeste de Gales; tomaron el nombre del Génesis, 24, 60: «Que tu descendencia posea la puerta de sus enemigos». El asalto del workhouse de Carmarthen tuvo lugar en junio de 1843. La comisión de investigación informó en 1844. ↩

  322. (Nota de Engels.) Informe de la Comisión de la Ley de Pobres sobre Irlanda. Sesión parlamentaria de 1837. ↩

  323. (Nota de Engels.) Principles of Population, vol. II. ↩

  324. La Tithe Rent-Charge Act de 1838 para Irlanda convirtió el diezmo para la Iglesia anglicana en una renta a cargo de los terratenientes, rebajada en una cuarta parte. ↩

  325. (Nota de Engels.) The State of Ireland, Londres, 1807; 2.ª edición, 1821, folleto. ↩

  326. (Nota de Engels a la edición de 1892.) Error. La pequeña explotación agrícola había seguido siendo la forma de explotación dominante desde la Edad Media. Las pequeñas explotaciones campesinas existían, pues, ya antes de la Revolución. Lo que esta cambió fue solo su propiedad: se la quitó a los señores feudales y se la transmitió, directa o indirectamente, a los campesinos. ↩

  327. La campaña dirigida por Daniel O'Connell por la derogación (repeal) del Acta de Unión de 1800, que había suprimido el Parlamento irlandés. Culminó en 1843 con los grandes mítines de masas (monster meetings). ↩

  328. Daniel O'Connell (1775-1847), jefe del movimiento nacional irlandés, fue procesado por conspiración en 1843-1844 y condenado a un año de prisión; la Cámara de los Lores anuló la sentencia en septiembre de 1844. ↩

  329. (Nota de Engels.) Carlyle da en su Past and Present (Londres, 1843) una descripción extraordinariamente hermosa de la burguesía inglesa y de su repugnante afán de dinero, que he traducido en parte en los Deutsch-Französische Jahrbücher y a la que me remito. ↩

  330. Schacherjuden en el original; la edición inglesa de 1887 dice bartering Jews. «Schacher» (regateo, tráfico mezquino) se asociaba despectivamente a los judíos en el alemán de la época, y «judío» se usaba como sinónimo de traficante o usurero. Engels aplica el insulto a la burguesía inglesa, cristiana en su inmensa mayoría, y reproduce así un tópico antijudío de su tiempo. Lo traducimos con fidelidad, sin suavizarlo. ↩

  331. Cash payment: la expresión es de Carlyle, en Chartism (1839) y en Past and Present (1843), donde habla del cash nexus, el «nexo del pago al contado», como único vínculo entre los hombres. ↩

  332. La ley de ferrocarriles de 1844, promovida por Gladstone, entonces presidente de la Junta de Comercio, obligó a las compañías a ofrecer al menos un tren diario en cada sentido con vagones de tercera clase cubiertos, a un penique la milla (los llamados «trenes parlamentarios»). ↩

  333. Charles James Blomfield (1786-1857), obispo de Londres de 1828 a 1856. ↩

  334. William Miles (1797-1878), diputado conservador por Somerset Oriental. ↩

  335. William Busfeild Ferrand (1809-1889), diputado tory por Knaresborough, del grupo de la «Joven Inglaterra» (véase la nota de Engels al final del capítulo), enemigo de la nueva Ley de Pobres y de los fabricantes librecambistas. ↩

  336. El pasaje sobre el «banquete de la naturaleza» que cita Engels más abajo figura en la segunda edición del Ensayo sobre el principio de la población de Malthus (1803); Malthus lo suprimió en las siguientes. ↩

  337. La Royal Commission of Inquiry into the Operation of the Poor Laws (1832-1834), cuyo informe, redactado sobre todo por Nassau Senior y Edwin Chadwick, sirvió de base a la Poor Law Amendment Act de 1834. ↩

  338. (Nota de Engels.) Extracts from Information received by the Poor-Law Commissioners. Published by Authority. Londres, 1833. ↩

  339. Revista mensual londinense dirigida por el escritor radical Douglas Jerrold (1843-1845). ↩

  340. Ley de 1782, promovida por Thomas Gilbert, que permitía a las parroquias agruparse para sostener asilos comunes, destinados solo a los incapacitados para el trabajo. ↩

  341. Fórmula con la que los lores votan a favor de un proyecto («conforme»). ↩

  342. (Nota de Engels.) Para prevenir cualquier malentendido y las objeciones que de él pudieran nacer, quiero señalar todavía que he hablado de la burguesía como clase y que todas las cosas que he contado de individuos solo valen para mí como pruebas del modo de pensar y de actuar de la clase. Por eso tampoco he podido entrar en la distinción entre las diversas secciones y partidos de la burguesía, que solo tienen importancia histórica y teórica, y por eso solo puedo mencionar de pasada a los pocos miembros de la burguesía que se han mostrado como honrosas excepciones. Son, por un lado, los radicales más decididos, que son casi cartistas, como los diputados y fabricantes Hindley, de Ashton, y Fielden, de Todmorden (Lancashire); por otro, los tories humanitarios, que se han constituido hace poco en la «Joven Inglaterra» y a los que pertenecen sobre todo los diputados Disraeli, Borthwick, Ferrand, lord John Manners, etc. También lord Ashley está cerca de ellos. El propósito de la Joven Inglaterra es restablecer la antigua merry England, la «alegre Inglaterra», con sus lados brillantes y su feudalismo romántico; este objetivo es, naturalmente, irrealizable e incluso ridículo, una sátira de todo desarrollo histórico; pero la buena intención, el valor de rebelarse contra lo existente y contra los prejuicios existentes y de reconocer la infamia de lo existente, ya valen algo. Completamente solo está el anglo-alemán Thomas Carlyle, que, tory en un principio, va más lejos que los mencionados. Es el que más hondo llega, de todos los burgueses ingleses, en las raíces del desorden social, y exige la organización del trabajo. Espero que Carlyle, que ha encontrado el camino justo, sea capaz también de seguirlo. ¡Mis mejores deseos, y los de muchos alemanes, lo acompañan! (Añadido de 1892.) Pero la revolución de febrero lo convirtió en un reaccionario consumado; la justa ira contra los filisteos se trocó en un malhumor filisteo agriado contra la ola histórica que lo había arrojado a la playa. ↩

  343. Alusión al cuento de Las mil y una noches en el que un príncipe de la familia de los barmécidas sirve a un mendigo hambriento un banquete imaginario de platos vacíos. ↩

  344. Guerre aux châteaux, paix aux chaumières!, consigna de la Revolución francesa atribuida a Chamfort; Georg Büchner la puso al frente de Der Hessische Landbote (1834). ↩

  345. «Justo medio»: la política de compromiso de la monarquía de Luis Felipe en Francia. ↩

  346. La Gironda, el partido de la burguesía republicana moderada en la Convención francesa, derrocado por los jacobinos en junio de 1793. ↩

  347. El 9 de Termidor del año II (27 de julio de 1794), la caída de Robespierre, que puso fin al gobierno revolucionario jacobino. ↩