Escrito por Friedrich Engels en inglés hacia el 1 de septiembre de 1846 y publicado sin firma en The Northern Star, núm. 460, del 5 de septiembre de 1846. No hemos podido consultar el texto inglés: traducido de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 4 (Berlín, 1972, pp. 27-29), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto de la MEW en alemán.
Las Cámaras se han reunido para deliberar. La Cámara de los Pares, después de haber resuelto el caso del moderno regicida Joseph Henri,1 no tiene ahora, como de costumbre, nada que hacer. La Cámara de los Diputados está atareada verificando la elección de sus miembros, y aprovecha la ocasión para mostrar el espíritu que la anima. Desde la revolución de 1830 no se había visto una osadía tan desvergonzada ni semejante desprecio de la opinión pública. Por lo menos tres quintas partes de los diputados son amigos íntimos del gobierno, en otras palabras, o grandes capitalistas, agentes de cambio y especuladores ferroviarios de la Bolsa de París, banqueros, grandes fabricantes, etc., o sus obedientes servidores. La actual legislatura representa, en mucha mayor medida que cualquiera de las anteriores, el cumplimiento de la frase que pronunció Laffitte al día siguiente de la revolución de Julio:2 «De ahora en adelante gobernaremos Francia los banqueros». Es la prueba más contundente de que el gobierno de Francia está en manos de la aristocracia financiera, de la haute bourgeoisie. El destino de Francia no se decide en el gabinete de las Tullerías, ni en la Cámara de los Pares, ni siquiera en la Cámara de los Diputados, sino en la Bolsa de París. Los verdaderos ministros no son los señores Guizot y Duchâtel,3 sino los señores Rothschild, Fould y los demás grandes banqueros de París, cuya inmensa fortuna los convierte en los representantes más destacados de su clase. Ellos dominan al gobierno, y el gobierno se encarga de que en las elecciones solo salgan hombres adictos al sistema actual o que se benefician de él. Esta vez han tenido un éxito notabilísimo: la protección del gobierno y los sobornos de toda clase, unidos a la influencia de los grandes capitalistas sobre un número limitado de electores (menos de 200.000), que pertenecen todos más o menos a su propia clase; el terror que cundió entre los acomodados tras el intento, emprendido en el momento oportuno, de matar al rey de un disparo, y, por último, la certeza de que Luis Felipe no sobrevivirá al Parlamento actual (cuyo mandato expira en 1851): todo eso junto bastó para sofocar toda oposición seria en la mayoría de las asambleas electorales. Y ahora que esta excelente Cámara se ha reunido, cuida muy bien de sí misma. Los electores independientes han enviado cientos de peticiones y resoluciones de protesta contra la elección de los miembros del gobierno, en las que afirmaban y probaban, o se declaraban dispuestos a probar, que las victorias electorales se habían obtenido en casi todos los casos mediante las más groseras infracciones de la ley por parte de los funcionarios del gobierno; en las que demostraban que se había recurrido al soborno, la corrupción, la intimidación y el favoritismo de toda clase. Pero la mayoría de la Cámara no hace el menor caso de estos hechos. A todo diputado de la oposición que alza la voz para protestar contra tales infamias lo acallan con siseos, alboroto o gritos de «¡A votar, a votar!». Toda ilegalidad queda encubierta con una votación que la sanciona. Los money lords disfrutan de su poder y, presintiendo que no ha de durarles mucho, aprovechan el momento todo lo que pueden.
Es fácil imaginar que frente a este pequeño círculo de capitalistas existe una oposición general contra el gobierno actual y contra aquellos a cuyos intereses sirve. El centro de esta oposición es París, donde los money lords tienen tan poca influencia sobre los distritos electorales que de los catorce diputados del departamento del Sena solo dos son partidarios del gobierno y doce pertenecen a la oposición. La mayoría de los electores burgueses de París son del partido de Thiers y O[dilon] Barrot;4 quieren acabar con la preponderancia de Rothschild y compañía y conseguir para Francia una posición respetada e independiente en sus relaciones exteriores, y quizá también una pequeña reforma electoral. La mayoría de los comerciantes, tenderos, etc., que no tienen derecho de voto, son de una especie más radical y exigen una reforma que les dé el voto; en parte son también partidarios del National o de la Réforme5 y se suman al partido demócrata, que abarca a la gran masa de la clase obrera y se divide en diversas secciones, entre las que, al menos en París, la comunista es la mayor. Todas estas secciones atacan el sistema actual, y cada una, naturalmente, de un modo muy distinto. Pero hace poco ha empezado un nuevo tipo de ataque que merece mención. Un obrero ha escrito un folleto contra la cabeza del sistema, no contra Luis Felipe, sino contra «Rothschild I, rey de los judíos».6 El éxito de este folleto (hasta ahora ha tenido unas veinte ediciones) muestra hasta qué punto este ataque ha dado en el clavo. El rey Rothschild se ha visto obligado a salir dos veces en la prensa para defenderse de los ataques de un hombre a quien nadie conoce y cuyos bienes se reducen a las cuatro prendas que lleva puestas. El público ha seguido la polémica con el mayor interés. Se han publicado unos treinta panfletos a favor y en contra. El odio contra Rothschild y contra los money lords es enorme, y un periódico alemán escribe que esto debería servirle a Rothschild de advertencia para instalar su cuartel general en otra parte y no sobre el volcán siempre en ebullición de París.
Joseph Henri disparó contra Luis Felipe el 29 de julio de 1846; juzgado por la Cámara de los Pares, constituida en tribunal, fue condenado a trabajos forzados a perpetuidad. ↩
Jacques Laffitte (1767-1844), banquero, uno de los artífices de la subida al trono de Luis Felipe en 1830 y jefe del gobierno en 1830-1831. ↩
François Guizot (1787-1874), ministro de Asuntos Exteriores y verdadero jefe del gobierno desde 1840; Charles Duchâtel (1803-1867), ministro del Interior. ↩
Adolphe Thiers (1797-1877) y Odilon Barrot (1791-1873), jefes de la oposición liberal dinástica en la Cámara. ↩
Le National, diario de los republicanos moderados; La Réforme, diario de los demócratas y socialistas pequeñoburgueses de Ledru-Rollin y Louis Blanc. ↩
Rothschild Ier, roi des Juifs (1846), panfleto de Georges Dairnvaell, que firmaba con el seudónimo de «Satan». ↩