Escrito por Karl Marx y Friedrich Engels en Bruselas entre el otoño de 1845 y el verano de 1846, como parte de una obra en dos tomos que no encontró editor y quedó inédita en vida de los autores; publicado íntegro por primera vez en 1932. Contiene «El concilio de Leipzig» y el capítulo II, contra Bruno Bauer. Traducido de Marx-Engels-Werke, tomo 3 (Berlín, 1969), sin su aparato editorial; los pasajes tachados en el manuscrito y las notas de los autores van al pie, señalados como tales. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las demás notas son nuestras. Primera parte: La ideología alemana. I. Feuerbach. Texto original en alemán.

El concilio de Leipzig

En el tercer tomo de la Wigand’sche Vierteljahrsschrift de 18451 se libra de verdad la batalla de los hunos que Kaulbach pintó proféticamente.2 Los espíritus de los caídos, cuya furia no se aplaca ni en la muerte, levantan en el aire un estruendo y un aullido como de guerras y gritos de guerra, de espadas, escudos y carros de hierro. Pero no se trata de cosas terrenales. La guerra santa no se libra por los aranceles protectores, la constitución, la enfermedad de la patata, la banca y los ferrocarriles, sino por los intereses más sagrados del espíritu, por la «sustancia», la «autoconciencia», la «crítica», el «Único» y el «hombre verdadero». Nos encontramos en un concilio de Padres de la Iglesia. Como son los últimos ejemplares de su especie y aquí se pleitea, esperemos que por última vez, en la causa del Altísimo, alias el Absoluto, vale la pena levantar acta de los debates.

Ahí está en primer lugar san Bruno, fácil de reconocer por su bastón («hazte sensibilidad, hazte un bastón», Wigand, p. 130).3 Lleva en torno a la cabeza la aureola de la «crítica pura» y se envuelve, despreciando el mundo, en su «autoconciencia». Ha «hecho pedazos la religión en su totalidad y el Estado en sus manifestaciones» (p. 138), violando el concepto de «sustancia» en nombre de la altísima autoconciencia. Las ruinas de la Iglesia y los «pedazos» del Estado yacen a sus pies, mientras su mirada «acuchilla» a «la masa» hasta hacerle morder el polvo. Es como Dios: no tiene padre ni madre, es «su propia criatura, su propia hechura» (p. 136). En una palabra: es el «Napoleón» del espíritu; en espíritu, «Napoleón». Sus ejercicios espirituales consisten en que siempre «se interroga a sí mismo y en este autointerrogatorio encuentra el impulso para la autodeterminación» (p. 136);4 de tanto levantar acta de sí mismo, tarea agotadora, adelgaza a ojos vistas. Además de a sí mismo, «interroga» también de vez en cuando, como veremos, al Westphälisches Dampfboot.5

Frente a él está san Max, cuyos méritos para con el reino de Dios consisten en afirmar que ha constatado y demostrado ya su identidad en unas seiscientas páginas impresas, a saber, que no es este ni aquel, no «fulano o mengano», sino precisamente san Max y ningún otro. De su aureola y demás insignias solo cabe decir que son «su objeto y, por tanto, su propiedad», que son «únicas» e «incomparables» y que «los nombres no las nombran» (p. 148). Es a la vez la «frase» y el «propietario de la frase», a la vez Sancho Panza y don Quijote. Sus ejercicios ascéticos consisten en amargos pensamientos sobre la falta de pensamiento, en escrúpulos de pliegos enteros sobre la falta de escrúpulos, en la santificación de lo impío. Por lo demás, no hace falta que lo alabemos mucho, pues tiene la costumbre de decir de todas las cualidades que se le atribuyen, aunque fueran más que los nombres de Dios entre los mahometanos: Yo soy todo eso y algo más, Yo soy el todo de esta nada y la nada de todo esto. Se distingue ventajosamente de su sombrío rival en que posee cierta «ligereza» solemne y de vez en cuando interrumpe sus graves meditaciones con un «¡hurra crítico!».

Ante estos dos grandes maestres de la santa Inquisición es citado el hereje Feuerbach para responder de una grave acusación de gnosticismo. El hereje Feuerbach, «truena» san Bruno, está en posesión de la hyle, de la sustancia, y se niega a entregarla, para que mi autoconciencia infinita no se refleje en ella.6 La autoconciencia ha de vagar como un fantasma hasta haber recobrado en sí todas las cosas que proceden de ella y van a ella. Ya se ha tragado el mundo entero, salvo esta hyle, la sustancia, que el gnóstico Feuerbach guarda bajo siete llaves y no quiere entregar.

san Max acusa al gnóstico de poner en duda el dogma, revelado por su boca, de que «cualquier ganso, cualquier perro, cualquier caballo» es el «hombre perfecto o, si a uno le gustan los superlativos, el más perfecto». (Wigand, p. 187: «A este, etc., no le falta ni una tilde de lo que hace del hombre un hombre. Claro que lo mismo ocurre con cualquier ganso, cualquier perro, cualquier caballo».)

Además de la vista de estas graves acusaciones, se falla también un proceso de los dos santos contra Moses Hess7 y de san Bruno contra los autores de La sagrada familia. Pero como estos inculpados andan entre las «cosas de este mundo» y por eso no comparecen ante la Santa Casa,8 son condenados en rebeldía a destierro perpetuo del reino del espíritu por todo el tiempo que dure su vida natural.

Por último, los dos grandes maestres vuelven a urdir extrañas intrigas el uno con el otro y el uno contra el otro.9

II. San Bruno

1. «Campaña» contra Feuerbach

Antes de seguir la solemne confrontación de la autoconciencia bauerista consigo misma y con el mundo, tenemos que revelar un secreto. san Bruno solo ha levantado guerra y griterío de guerra porque tenía que «poner a salvo» del ingrato olvido del público a sí mismo y a su crítica rancia y avinagrada, porque tenía que demostrar que también en las circunstancias cambiadas del año 1845 la crítica seguía siendo igual a sí misma e inmutable. Escribió el segundo tomo de «la buena causa y su propia causa»;10 defiende su propio terreno, lucha por sus altares y sus hogares.11 Pero, de un modo genuinamente teológico, encubre este fin egoísta con la apariencia de querer «caracterizar» a Feuerbach. Al buen hombre lo habían olvidado por completo, como mejor lo demostró la polémica entre Feuerbach y Stirner, en la que no se le tuvo para nada en cuenta. Precisamente por eso se aferra a esta polémica, para poder proclamarse, como oposición de los opuestos, su unidad superior, el espíritu santo.

san Bruno abre su «campaña» con un cañoneo contra Feuerbach, es decir, con la reimpresión corregida y aumentada de un artículo que ya figuraba en las Norddeutsche Blätter.12 Feuerbach es armado caballero de la «sustancia» para dar más relieve a la «autoconciencia» bauerista. En esta transustanciación de Feuerbach, que supuestamente demuestran todos los escritos de Feuerbach, el santo varón salta de los escritos de Feuerbach sobre Leibniz y Bayle directamente a La esencia del cristianismo y pasa por alto el artículo contra los «filósofos positivos» de los Hallische Jahrbücher.13 Este «descuido» está «en su sitio». Pues allí, frente a los representantes positivos de la «sustancia», Feuerbach dejaba al descubierto toda la sabiduría de la «autoconciencia» en una época en que san Bruno todavía especulaba sobre la inmaculada concepción.14

Apenas hace falta decir que san Bruno sigue dando cabriolas en su viejo corcel de batalla hegeliano. Escúchese el primer pasaje de sus más recientes revelaciones del reino de Dios:

«Hegel había fundido en uno la sustancia de Spinoza y el yo de Fichte; la unidad de ambos, la combinación de estas esferas opuestas, etc., constituyen el interés peculiar, pero al mismo tiempo la debilidad de la filosofía hegeliana. […] Esta contradicción, en la que el sistema hegeliano se movía de un lado a otro, tenía que resolverse y aniquilarse. Pero solo podía hacerlo si se hacía imposible para siempre plantear la pregunta: ¿qué relación guarda la autoconciencia con el espíritu absoluto?... Era posible de dos maneras. O bien la autoconciencia tiene que volver a arder en el fuego de la sustancia, es decir, la pura relación de sustancialidad tiene que quedar firme y establecida, o bien hay que mostrar que la personalidad es la autora de sus atributos y de su esencia, que está en el concepto de la personalidad en general ponerse a sí misma» (¿el «concepto» o la «personalidad»?) «como limitada y volver a superar esta limitación, que pone mediante su esencia universal, puesto que esta esencia no es sino el resultado de su… autodiferenciación interna, de su actividad». Wigand, pp. 86, 87, 88.

La filosofía hegeliana había sido presentada en La sagrada familia, p. 220, como unidad de Spinoza y Fichte, y a la vez se había señalado la contradicción que encierra. Lo peculiar de san Bruno es que no considera la cuestión de la relación de la autoconciencia con la sustancia, como los autores de La sagrada familia, una «cuestión en litigio dentro de la especulación hegeliana», sino una cuestión de alcance histórico universal, e incluso absoluta. Es la única forma en que sabe expresar los conflictos del presente. Cree de verdad que la victoria de la autoconciencia sobre la sustancia tiene una influencia esencialísima no solo en el equilibrio europeo, sino también en todo el desarrollo futuro de la cuestión de Oregón.15 Hasta qué punto depende de ella la abolición de las leyes de cereales en Inglaterra16 es cosa de la que hasta ahora poco se ha dicho.

La expresión abstracta y celestial en que se deforma en Hegel un conflicto real pasa, para esta cabeza «crítica», por el conflicto real. Acepta la contradicción especulativa y sostiene una de sus partes frente a la otra. La frase filosófica de la cuestión real es para él la cuestión real misma. Tiene, pues, por un lado, en lugar de los hombres reales y de su conciencia real de las relaciones sociales que en apariencia se les enfrentan como independientes, la simple frase abstracta: la autoconciencia; igual que, en lugar de la producción real, la actividad, convertida en independiente, de esta autoconciencia; por otro lado, en lugar de la naturaleza real y de las relaciones sociales realmente existentes, el resumen filosófico de todas las categorías filosóficas o nombres de estas relaciones en la frase: la sustancia; pues, como todos los filósofos e ideólogos, toma los pensamientos, las ideas, la expresión intelectual, convertida en independiente, del mundo existente por el fundamento de este mundo existente. Salta a la vista que con estas dos abstracciones, vacías ya de sentido y de contenido, puede hacer toda clase de juegos de manos sin saber nada de los hombres reales ni de sus relaciones. (Véase, por lo demás, sobre la sustancia, lo dicho en el capítulo sobre Feuerbach y, en el de san Max, sobre el «liberalismo humano» y sobre «lo sagrado».) No abandona, pues, el terreno especulativo para resolver las contradicciones de la especulación; maniobra desde ese terreno y está él mismo tan plantado todavía en un terreno específicamente hegeliano que la relación de «la autoconciencia» con el «espíritu absoluto» le sigue quitando el sueño. En una palabra, tenemos aquí la filosofía de la autoconciencia anunciada en la Crítica de los sinópticos, desarrollada en El cristianismo descubierto y, por desgracia, anticipada hace mucho en la Fenomenología de Hegel.17 Esta nueva filosofía bauerista quedó completamente liquidada en La sagrada familia, pp. 220 y ss. y 304-307. san Bruno, sin embargo, se las arregla aquí para caricaturizarse todavía a sí mismo, metiendo de contrabando la «personalidad» para poder presentar, con Stirner, al individuo como su «propia hechura», y a Stirner como hechura de Bruno. Este progreso merece una breve noticia.

Compare primero el lector esta caricatura con su original, la explicación de la autoconciencia en El cristianismo descubierto, p. 113, y esta explicación, a su vez, con el original de su original, la Fenomenología de Hegel, pp. 575, 583 y otros lugares. (Ambos pasajes están reproducidos en La sagrada familia, pp. 221, 223 y 224.) ¡Pero ahora la caricatura! «¡Personalidad en general!» «¡Concepto!» «¡Esencia universal!» «¡Ponerse a sí misma como limitada y volver a superar esta limitación!» «¡Autodiferenciación interna!» ¡Qué «resultados» tan formidables! La «personalidad en general» es, o bien un sinsentido «en general», o bien el concepto abstracto de la personalidad. Está, pues, «en el concepto» del concepto de la personalidad «ponerse a sí misma como limitada». Esta limitación, que está en el «concepto» de su concepto, la pone acto seguido «mediante su esencia universal». Y después de haber vuelto a superar esta limitación, resulta que «esta esencia» no es sino «el resultado de su autodiferenciación interna». Todo el grandioso resultado de esta enrevesada tautología se reduce, pues, al viejo y conocido truco hegeliano de la autodiferenciación del hombre en el pensamiento, que el desventurado Bruno nos predica con obstinación como la única actividad de la «personalidad en general». Que con una «personalidad» cuya actividad se limita a estos saltos lógicos, ya triviales, no hay nada que hacer, se lo hicieron notar a san Bruno hace ya tiempo. Al mismo tiempo, este pasaje contiene la ingenua confesión de que la esencia de la «personalidad» bauerista es el concepto de un concepto, la abstracción de una abstracción.

La crítica de Bruno a Feuerbach, en la medida en que es nueva, se limita a presentar hipócritamente los reproches de Stirner contra Feuerbach y contra Bauer como reproches de Bauer contra Feuerbach. Así, por ejemplo, que «la esencia del hombre es esencia en general y algo sagrado», que «el hombre es el dios del hombre», que el género humano es «lo absoluto», que Feuerbach escinde al hombre «en un yo esencial y otro inesencial» (aunque Bruno declara siempre que lo abstracto es lo esencial y en su oposición entre crítica y masa se ha imaginado esta escisión de un modo mucho más monstruoso que Feuerbach), que la lucha ha de librarse contra «los predicados de Dios», etc. Sobre el amor interesado y el desinteresado, Bruno copia a Stirner, frente a Feuerbach, casi al pie de la letra a lo largo de tres páginas (pp. 133-135), igual que copia con mucha torpeza las frases de Stirner «cada hombre, su propia criatura», «la verdad, un fantasma», etc. En Bruno, además, la «criatura» se convierte en una «hechura». Volveremos sobre la explotación de Stirner por san Bruno.

Lo primero que hemos encontrado en san Bruno es, pues, su permanente dependencia de Hegel. Naturalmente, no nos detendremos en sus observaciones copiadas de Hegel, sino que solo reuniremos algunas frases más, de las que se desprende con qué firmeza de roca cree en el poder de los filósofos y cómo comparte su ilusión de que una conciencia cambiada, un nuevo giro en la interpretación de las relaciones existentes, podría derribar todo el mundo anterior. En esta fe, san Bruno se hace extender también por un discípulo, en el cuaderno IV de la revista trimestral de Wigand, p. 327, el certificado de que sus frases sobre la personalidad citadas arriba, proclamadas en el cuaderno III, son «pensamientos que subvierten el mundo».

san Bruno dice en la p. 95 de Wigand:

«La filosofía nunca ha sido otra cosa que la teología reducida a su forma más general, llevada a su expresión más racional».

Este pasaje, dirigido contra Feuerbach, está copiado casi al pie de la letra de los Principios de la filosofía del futuro de Feuerbach, p. 2:18

«La filosofía especulativa es la teología verdadera, consecuente, racional».

Bruno prosigue:

«La filosofía, incluso en alianza con la religión, siempre ha trabajado por la absoluta falta de independencia del individuo y la ha consumado realmente, al mandar y dejar ella que la vida individual se disolviera en la vida universal, el accidente en la sustancia, el hombre en el espíritu absoluto».

¡Como si «la filosofía» de Bruno, «en alianza con la» hegeliana y con su trato prohibido, que todavía dura, con la teología, no «mandara» «disolverse» «al hombre» en la idea de uno de sus «accidentes», la autoconciencia, tomada como «sustancia», aunque no lo «deje»! Por lo demás, todo el pasaje deja ver con qué alegría sigue confesando el Padre de la Iglesia, con su «elocuencia de púlpito», su fe «subversora del mundo» en el poder, preñado de misterios, de los santos teólogos y filósofos. Naturalmente, en interés de «la buena causa de la libertad y de su propia causa».

En la p. 105, el temeroso de Dios tiene la desvergüenza de reprochar a Feuerbach:

«Feuerbach no ha hecho del individuo, del hombre deshumanizado del cristianismo, el hombre, el verdadero» (!) «real» (!!) «personal» (!!!) «hombre» (predicados que le han inspirado La sagrada familia y Stirner), «sino el hombre castrado, el esclavo»

y con ello afirma, entre otros disparates, que él, san Bruno, puede hacer hombres con la cabeza.

Más adelante dice en el mismo lugar:

«En Feuerbach, el individuo tiene que someterse al género, servirle. El género de Feuerbach es el absoluto de Hegel; tampoco él existe en ninguna parte».

Aquí, como en todos los demás pasajes, san Bruno no se priva de la gloria de hacer depender las relaciones reales de los individuos de su interpretación filosófica. No sospecha qué relación guardan con el mundo existente las ideas del «espíritu absoluto» hegeliano y del «género» feuerbachiano.

El santo padre se escandaliza terriblemente en la p. 104 de la herejía con que Feuerbach hace de la divina trinidad de razón, amor y voluntad algo que «está en los individuos por encima de los individuos»; como si hoy en día toda disposición, todo impulso, toda necesidad no se impusiera como un poder «en el individuo por encima del individuo» en cuanto las circunstancias impiden satisfacerla. Si el santo padre Bruno, por ejemplo, siente hambre sin tener medios para saciarla, hasta su estómago se convierte en un poder «en él por encima de él». El error de Feuerbach no consiste en haber enunciado este hecho, sino en haberlo convertido en algo independiente de un modo idealizador, en vez de concebirlo como producto de una fase de desarrollo histórico determinada y superable.

P. 111:

«Feuerbach es un siervo, y su naturaleza servil no le permite realizar la obra de un hombre, conocer la esencia de la religión» (¡bonita «obra de un hombre»!)… «no conoce la esencia de la religión porque no conoce el puente por el que se llega a la fuente de la religión».

san Bruno sigue creyendo muy en serio que la religión tiene una «esencia» propia. En cuanto al «puente» «por el que» se llega a la «fuente de la religión», este puente de los asnos tiene que ser por fuerza un acueducto. san Bruno se establece a la vez como un Caronte curiosamente modernizado y jubilado por el puente, que, como portazguero del puente hacia el reino de las sombras de la religión, cobra medio penique a cada viandante.

En la p. 120 observa el santo:

«¿Cómo podría existir Feuerbach si no hubiera verdad y la verdad no fuera más que un fantasma» (¡Stirner, ayúdame!) «al que el hombre ha temido hasta ahora?».

El «hombre» que teme al «fantasma» de la «verdad» no es otro que el propio venerable Bruno. Ya diez páginas antes, en la p. 110, había proferido ante el «fantasma» verdad el siguiente grito de angustia, que estremece el mundo:

«La verdad, que en ninguna parte se encuentra por sí misma como objeto acabado y que solo en el despliegue de la personalidad se desarrolla y se resume en unidad».

Así pues, aquí no solo tenemos la verdad, ese fantasma, convertida en una persona que se desarrolla y se resume, sino que además este juego de manos se consuma, a la manera de las tenias, en una tercera personalidad exterior a ella. Sobre la anterior relación amorosa del santo varón con la verdad, cuando todavía era joven y los deseos de la carne le hervían con fuerza, véase La sagrada familia, pp. 115 y ss.

Lo purificado de todos los deseos carnales y de todas las concupiscencias mundanas que está ahora el santo varón lo muestra su violenta polémica contra la sensibilidad de Feuerbach. Bruno no ataca en modo alguno la manera sumamente limitada en que Feuerbach reconoce la sensibilidad. El fallido intento de Feuerbach, en cuanto intento de escapar de la ideología, ya le parece… pecado. ¡Naturalmente! La sensibilidad: concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia, ¡abominación ante el Señor! ¿No sabéis que la inclinación de la carne es muerte, pero la inclinación del espíritu es vida y paz? Porque la inclinación de la carne es enemistad contra la Crítica, y todo lo que es carnal es de este mundo; y ¿sabéis también lo que está escrito? Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, impureza, lascivia, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, envidia, ira, riñas, discordias, sectas, odio, homicidio, borracheras, glotonerías y cosas semejantes; acerca de las cuales os he advertido antes y os advierto ahora que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de la Crítica; sino ¡ay de ellos!, porque siguen el camino de Caín y se lanzan por lucro en el error de Balaam, y perecen en la rebelión de Coré. Estos desvergonzados banquetean sin reparo de vuestras limosnas, se apacientan a sí mismos; son nubes sin agua, llevadas de acá para allá por el viento; árboles pelados y sin fruto, dos veces muertos y desarraigados; fieras olas del mar, que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas. Pues hemos leído que en los postreros días vendrán tiempos terribles: hombres amadores de sí mismos, infames, impúdicos, que aman más los placeres que la Crítica, que causan divisiones; en una palabra, carnales. A estos aborrece san Bruno, que tiene la inclinación del espíritu y aborrece la túnica manchada por la carne; y así condena a Feuerbach, al que tiene por el Coré de la banda, a quedarse fuera, donde están los perros y los hechiceros y los fornicarios y los homicidas.19 La «sensibilidad»: ¡vade retro, Satanás! No solo le provoca al santo Padre de la Iglesia los peores calambres y convulsiones, sino que hasta le hace cantar, y en la p. 121 canta «la canción del final y el final de la canción». Sensibilidad: ¿sabes tú siquiera lo que es la sensibilidad, desdichado? La sensibilidad es «un bastón», p. 130. En sus convulsiones, san Bruno lucha también una vez con una de sus frases, como antaño Jacob con Dios, solo que con la diferencia de que Dios le dislocó a Jacob la cadera, mientras que el santo epiléptico le disloca a su frase todos los miembros y ligamentos, y pone así en claro, con varios ejemplos contundentes, la identidad de sujeto y objeto:

«Por más que Feuerbach hable… aniquila» (!) «sin embargo al hombre… porque convierte la palabra hombre en una mera frase… porque no hace entero al hombre» (!) «y lo crea» (!), «sino que eleva a la humanidad entera a lo absoluto, porque tampoco a la humanidad, sino más bien al sentido lo convierte en órgano de lo absoluto, y como lo absoluto, lo indudable, lo inmediatamente cierto, el objeto del sentido, de la intuición, de la sensación… sella lo sensible». Con lo cual Feuerbach —tal es la opinión de san Bruno— «bien puede sacudir capas de aire, pero no destrozar las manifestaciones de la esencia humana, porque su más íntima» (!) «esencia y su alma vivificante […] destruye ya el sonido exterior» (!) «y lo vuelve hueco y chirriante». P. 121.

El propio san Bruno nos da sobre las causas de su absurdidad explicaciones misteriosas, pero decisivas:

«¡Como si mi yo no tuviera también este sexo determinado, único entre todos los demás, y estos órganos sexuales determinados y únicos!».

(¡Además de sus «órganos sexuales únicos», el noble varón tiene aparte un «sexo único»!) Este sexo único se explica en la p. 121 en el sentido de que

«la sensibilidad, como un vampiro, chupa a la vida humana toda la médula y la sangre, es la barrera infranqueable contra la que el hombre tiene que darse el golpe de muerte».

¡Pero ni el más santo es puro! Todos son pecadores y están privados de la gloria que deberían tener ante la «autoconciencia». san Bruno, que a medianoche, en su cámara solitaria, forcejea con la «sustancia», es llevado por los escritos licenciosos del hereje Feuerbach a fijarse en la mujer y en la belleza femenina. De pronto se le nubla la vista; la autoconciencia pura queda mancillada, y la reprobable fantasía sensual revolotea con imágenes lascivas en torno al angustiado crítico. El espíritu está pronto, pero la carne es débil. Tropieza, cae, olvida que él es el poder que «con su fuerza ata y desata y domina el mundo», que estos engendros de su fantasía son «espíritu de su espíritu», pierde toda «autoconciencia» y balbucea, ebrio, un ditirambo a la belleza femenina «en lo delicado, en lo blando, en lo femenino», a los «miembros turgentes y redondeados» y a la «complexión ondeante, undulante, hirviente, bramante y siseante, ondulatoria» de la mujer. Pero la inocencia se delata siempre, aun cuando peca. ¿Quién no sabe que una «complexión ondeante, undulante, ondulatoria» es algo que ojo nunca vio ni oído oyó? Calma, pues, alma querida: muy pronto el espíritu se impondrá a la carne rebelde y opondrá a los deseos desbordados una «barrera» infranqueable, «contra la que» pronto se darán «el golpe de muerte».

«Feuerbach» —a esto ha llegado por fin el santo mediante una comprensión crítica de La sagrada familia— «es el materialista mezclado y descompuesto con humanismo, es decir, el materialista que no es capaz de aguantar en la tierra y en su ser» (¡san Bruno conoce un ser de la tierra distinto de la tierra y sabe cómo hay que arreglárselas para «aguantar en el ser de la tierra»!), «sino que quiere espiritualizarse y entrar en el cielo, y el humanista que no puede pensar ni construir un mundo espiritual, sino que se preña de materialismo, etc.», p. 123.

Así como para san Bruno, según esto, el humanismo consiste en «pensar» y en «construir un mundo espiritual», el materialismo consiste en lo siguiente:

«El materialista solo reconoce el ser presente, real, la materia» (como si el hombre, con todas sus cualidades, incluido el pensamiento, no fuera un «ser presente, real»), «y a ella, en cuanto se expande activamente en la multiplicidad y se realiza, la naturaleza». P. 123.

La materia es primero un ser presente y real, pero solo en sí, oculto; solo cuando «se expande activamente en la multiplicidad y se realiza» (¡¡un «ser presente real» «se realiza»!!), solo entonces se convierte en naturaleza. Primero existe el concepto de materia, la abstracción, la idea, y esta se realiza en la naturaleza real. Es literalmente la teoría hegeliana de la preexistencia de las categorías creadoras. Desde este punto de vista se comprende también que san Bruno tome las frases filosóficas de los materialistas sobre la materia por el núcleo y el contenido reales de su concepción del mundo.

2. Consideraciones de San Bruno sobre la lucha entre Feuerbach y Stirner

Después de haberle dicho así a Feuerbach unas cuantas palabras de peso, san Bruno contempla la lucha entre este y el Único. Lo primero con lo que demuestra su interés por esta lucha es una sonrisa metódica, repetida tres veces.

«El crítico sigue su camino incontenible, seguro de la victoria y victorioso. Se le calumnia: sonríe. Se le acusa de herejía: sonríe. El viejo mundo se pone en marcha en una cruzada contra él: sonríe».

san Bruno, queda constatado, sigue su camino, pero no lo sigue como las demás gentes: lleva un paso crítico, ejecuta esta importante acción sonriendo.

«Sonríe y se le marcan en la cara más líneas que las que hay en el mapamundi con las dos Indias. La señora le dará de bofetadas, y si lo hace, él sonreirá y lo tendrá por un gran favor»,

como Malvolio en Shakespeare.20

san Bruno no mueve un dedo para refutar a sus dos adversarios; conoce un medio mejor para librarse de ellos: los abandona —divide y vencerás— a su propia disputa. A Stirner le opone el hombre de Feuerbach, p. 124, y a Feuerbach el Único de Stirner, pp. 126 y ss.; sabe que están tan enconados el uno con el otro como los dos gatos de Kilkenny, en Irlanda, que se devoraron mutuamente de forma tan completa que al final solo quedaron las colas. Sobre estas colas pronuncia ahora san Bruno la sentencia de que son «sustancia» y, por tanto, están condenadas por toda la eternidad.

En su contraposición de Feuerbach y Stirner repite lo mismo que Hegel dijo de Spinoza y de Fichte, donde, como es sabido, el yo puntual aparece como uno de los lados de la sustancia, y por cierto el más duro. Por mucho que antes despotricara contra el egoísmo, que llegó a pasar por el olor específico de las masas, en la p. 129 acepta de Stirner el egoísmo, solo que este no ha de ser «el de Max Stirner», sino, naturalmente, el de Bruno Bauer. Al de Stirner lo estigmatiza con la tacha moral de «que su yo necesita, para sostener su egoísmo, la hipocresía, el engaño, la violencia exterior». Por lo demás, cree (véase la p. 124) en los milagros críticos de san Max y ve en su lucha, p. 126, «un verdadero esfuerzo por aniquilar la sustancia de raíz». En lugar de entrar en la crítica de Stirner a la «crítica pura» bauerista, afirma en la p. 124 que la crítica de Stirner no puede hacerle nada, como tampoco ninguna otra, «porque él es el crítico mismo».

Por último, san Bruno refuta a ambos, a san Max y a Feuerbach, aplicando casi literalmente a Feuerbach y a Stirner una antítesis que Stirner establece entre el crítico Bruno Bauer y el dogmático.

Wigand, p. 138:

«Feuerbach se pone y se sitúa con ello» (!) «frente al Único. Es y quiere ser comunista; aquel es y ha de ser egoísta; él el santo, aquel el profano; él el bueno, aquel el malo; él el dios, aquel el hombre. Ambos, dogmáticos».

Así pues, la gracia está en que reprocha a ambos su dogmatismo.

El único y su propiedad, p. 194:

«El crítico teme volverse dogmático o establecer dogmas. Naturalmente: se convertiría así en lo contrario del crítico, en el dogmático; él, que como crítico es bueno, se volvería malo, o de desinteresado» (comunista) «pasaría a ser egoísta, etc. Nada de dogmas: ese es su dogma».

3. San Bruno contra los autores de La sagrada familia

san Bruno, que ha acabado de la manera indicada con Feuerbach y con Stirner, que le ha «cortado al Único todo progreso», se vuelve ahora contra las supuestas «consecuencias de Feuerbach», los comunistas alemanes y en especial los autores de La sagrada familia. La expresión «humanismo real», que encontró en el prólogo de este escrito polémico, es el fundamento principal de su hipótesis. Recordará un pasaje de la Biblia:

«Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales» (en nuestro caso fue exactamente al revés), «como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no alimento sólido, porque aún no erais capaces». 1 Corintios 3, 1-2.

La primera impresión que La sagrada familia produce en el venerable Padre de la Iglesia es la de una profunda aflicción y una seria y honrada melancolía. El único lado bueno del libro —que

«mostraba lo que Feuerbach tenía que llegar a ser y cómo puede situarse su filosofía si quiere luchar contra la crítica», p. 138,

que, por tanto, unía con desenvoltura el «querer» con el «poder» y el «tener que»— no compensa, sin embargo, sus muchos lados aflictivos. La filosofía feuerbachiana, que aquí se da cómicamente por supuesta,

«no debe ni puede entender al crítico; no debe ni puede conocer y reconocer la crítica en su desarrollo; no debe ni puede saber que la crítica, frente a toda trascendencia, es un luchar y vencer perpetuos, un aniquilar y crear continuos, lo único» (!) «creador y productor. No debe ni puede saber cómo ha trabajado y sigue trabajando el crítico para poner y hacer» (!) «de los poderes trascendentes que hasta ahora oprimían a la humanidad y no la dejaban respirar ni vivir lo que realmente son: espíritu del espíritu, interior del interior, algo nativo» (!) «de la patria y en la patria, productos y criaturas de la autoconciencia. No debe ni puede saber cómo el crítico, única y exclusivamente, ha hecho pedazos la religión en su totalidad, el Estado en sus diversas manifestaciones, etc.», pp. 138, 139.

¿No es exactamente el viejo Jehová, que corre detrás de su pueblo fugado, más aficionado a los alegres dioses de los paganos, y le grita:

«¡Escúchame, Israel, y no cierres tu oído, Judá! ¿No soy yo el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto a la tierra que mana leche y miel? Y he aquí que desde vuestra juventud habéis hecho lo que me desagrada y me habéis irritado con la obra de mis manos, y me habéis vuelto la espalda y no el rostro, aunque yo les enseñaba sin cesar; y pusieron sus abominaciones en mi casa para profanarla, y edificaron los altos de Baal en el valle de Ben-Hinnón, cosa que no les mandé ni me vino al pensamiento que hicieran tal abominación; y os he enviado a mi siervo Jeremías, a quien vino mi palabra desde el año decimotercero del rey Josías, hijo de Amón, hasta este día, y que os ha predicado con empeño durante veintitrés años, pero nunca habéis querido escuchar. Por tanto, así dice el Señor Dios: ¿Quién oyó jamás cosa semejante, que la virgen de Israel haga cosa tan horrible? Pues el agua de la lluvia no se escurre tan pronto como mi pueblo me olvida. ¡Tierra, tierra, tierra, oye la palabra del Señor!».21

san Bruno afirma, pues, en un largo discurso sobre el deber y el poder, que sus adversarios comunistas lo han malentendido. La manera en que en este discurso vuelve a describir la crítica, en que convierte los poderes que hasta ahora oprimían la «vida de la humanidad» en «trascendentes», y estos poderes trascendentes en «espíritu del espíritu», en que hace pasar «la crítica» por la única rama de la producción, demuestra al mismo tiempo que el supuesto malentendido no es más que un entendimiento que le desagrada. Demostramos que la crítica bauerista está por debajo de toda crítica, y con ello nos convertimos necesariamente en dogmáticos. Más aún: nos reprocha muy en serio nuestra desvergonzada incredulidad ante sus frases de siempre. Toda la mitología de los conceptos independientes, con Zeus amontonador de nubes, la autoconciencia, a la cabeza, desfila aquí de nuevo con «el cascabeleo de frases de toda una música de jenízaros de categorías corrientes» (Literatur-Zeitung; cf. La sagrada familia, p. 234).22 En primer lugar, naturalmente, el mito de la creación del mundo, es decir, del amargo «trabajo» del crítico, que es «lo único creador y productor, un luchar y vencer perpetuos, un aniquilar y crear continuos», un «trabajar» y un «haber trabajado». Más aún, el venerable padre llega a reprochar a La sagrada familia que haya entendido «la crítica» tal como él mismo la entiende en la presente réplica. Después de haber «recobrado y desechado la sustancia en su tierra natal, la autoconciencia, el hombre que critica y» (desde La sagrada familia, también) «el criticado» (la autoconciencia parece hacer aquí las veces de trastero ideológico), prosigue:

«Ella» (la supuesta filosofía feuerbachiana) «no debe saber que la crítica y los críticos, mientras existen» (!), «han dirigido y hecho la historia, que incluso sus adversarios y todos los movimientos y agitaciones del presente son criaturas suyas, que solo ellos tienen el poder en sus manos, porque la fuerza en su conciencia, y porque sacan el poderío de sí mismos, de sus actos, de la crítica, de sus adversarios, de sus criaturas; que solo con el acto de la crítica es liberado el hombre, y con él los hombres, que es creado» (!) «el hombre, y con él los hombres».

Así pues, la crítica y los críticos son, para empezar, dos sujetos completamente distintos, que existen y actúan el uno fuera del otro. El crítico es un sujeto distinto de la crítica, y la crítica un sujeto distinto del crítico. Esta crítica personificada, la crítica como sujeto, es precisamente la «crítica crítica» contra la que se alzó La sagrada familia. «La crítica y los críticos, mientras existen, han dirigido y hecho la historia.» Está claro que no podían hacerlo «mientras» no «existían», y está igualmente claro que, «mientras existen», han «hecho historia» a su manera. san Bruno llega por fin a «deber y poder» darnos una de las más profundas revelaciones sobre el poder de la crítica para hacer pedazos los Estados: la revelación de que «la crítica y los críticos tienen el poder en sus manos porque» (¡bonito porque!) «la fuerza en su conciencia», y, en segundo lugar, de que estos grandes fabricantes de historia «tienen el poder en sus manos» porque «sacan el poderío de sí mismos y de la crítica» (o sea, otra vez de sí mismos), con lo cual, por desgracia, sigue sin demostrarse que allí dentro, en «sí mismos», en «la crítica», haya algo que «sacar». Al menos, según la propia declaración de la crítica, cabría pensar que debe de ser difícil «sacar» de allí otra cosa que la categoría de la «sustancia», «desechada» allí. Por último, la crítica «saca» todavía «de la crítica» «la fuerza» para un oráculo de lo más monstruoso. Nos revela, en efecto, el misterio que estuvo oculto a nuestros padres y cerrado a nuestros abuelos: que «solo con el acto de la crítica es creado el hombre, y con él los hombres», mientras que hasta ahora se tenía la crítica por un acto de hombres que preexistían gracias a actos completamente distintos. Según esto, el propio san Bruno parece haber venido «al mundo, del mundo y hacia el mundo» por «la crítica», es decir, por generación espontánea. Aunque quizá todo esto no sea más que otra interpretación del pasaje del Génesis: Y Adán conoció, esto es, criticó, a su mujer Eva, y ella concibió, etc.

Vemos, pues, reaparecer aquí, otra vez y como si no hubiera pasado nada, toda la vieja y conocida crítica crítica, ya suficientemente señalada en La sagrada familia, con todas sus patrañas. No debe extrañarnos, pues el propio santo varón se lamenta en la p. 140 de que La sagrada familia «le corta a la crítica todo progreso». Con la mayor indignación reprocha san Bruno a los autores de La sagrada familia que, mediante un proceso químico, hayan evaporado la crítica bauerista de su estado de agregación «líquido» a una formación «cristalina».

¿Así que las «instituciones de la mendicidad», la «partida de bautismo de la mayoría de edad», la «región del pathos y de aspectos semejantes al trueno», la «afección musulmana de conceptos» (La sagrada familia, pp. 2, 3, 4, según la crítica Literatur-Zeitung) solo son disparates si se entienden «cristalinamente»; las veintiocho pifias históricas que se le demostraron a la crítica en su excurso sobre «Cuestiones inglesas de actualidad» no son pifias si se consideran «líquidamente»? ¿La crítica insiste en que, considerada líquidamente, profetizó a priori el conflicto de Nauwerck,23 después de que hubiera ocurrido hacía tiempo ante sus ojos, y no lo construyó a toro pasado? ¿Insiste además en que maréchal, considerado «cristalinamente», puede significar herrador, pero considerado «líquidamente» tiene que ser en todo caso mariscal? ¿En que, aunque para la concepción «cristalina» un fait physique pueda ser «un hecho físico», su verdadera traducción, «líquida», es «un hecho de la física»? ¿En que la malveillance de nos bourgeois juste-milieux sigue significando en estado «líquido» «la despreocupación de nuestros buenos burgueses»? ¿En que, considerado «líquidamente», «un niño que no llega a ser a su vez padre o madre es esencialmente hija»? ¿En que alguien puede tener la tarea de «representar, por así decirlo, la última lágrima de melancolía del pasado»? ¿En que los diversos porteros, petimetres, grisetas, marquesas, granujas y puertas de madera de París no son, en su forma «líquida», otra cosa que fases del misterio, «en cuyo concepto está en general ponerse a sí mismo como limitado y volver a superar esta limitación, que pone mediante su esencia universal, puesto que esta esencia no es sino el resultado de su autodiferenciación interna, de su actividad»?24 ¿En que la crítica crítica, en sentido «líquido», «sigue su camino incontenible, victoriosa y segura de la victoria», cuando, ante una cuestión, primero afirma haber revelado su «significado verdadero y universal», luego admite que «no quería ni debía ir más allá de la crítica» y, por último, confiesa «que habría tenido que dar un paso más, pero que era imposible porque… era imposible» (p. 184 de La sagrada familia)? ¿En que, considerado «líquidamente», «el futuro sigue siendo obra» de la crítica, aunque «el destino decida lo que quiera»? ¿En que, considerado líquidamente, la crítica no hizo nada sobrehumano cuando «entró en contradicción con sus verdaderos elementos, una contradicción que ya había encontrado su solución en esos elementos»?

Ciertamente, los autores de La sagrada familia cometieron la frivolidad de entender todas estas frases, y otras cien, como frases que expresan un disparate fijo, «cristalino»; pero hay que leer a los sinópticos «líquidamente», es decir, en el sentido de sus autores, y de ningún modo «cristalinamente», es decir, según su disparate real, para llegar a la verdadera fe y admirar la armonía de la economía crítica.

«Engels y Marx, por eso, solo conocen también la crítica de la Literatur-Zeitung»: una mentira consciente, que demuestra con qué «liquidez» ha leído el santo varón un libro en el que sus últimos trabajos solo se presentan como la corona de todo su «haber trabajado». Pero al Padre de la Iglesia le faltó la calma necesaria para leer cristalinamente, porque teme en sus adversarios a competidores que le disputan la canonización, que quieren «sacarle de su santidad para santificarse ellos».

Constatemos además de paso un hecho: según lo que dice ahora san Bruno, su Literatur-Zeitung no pretendía en modo alguno fundar la «sociedad social» ni «representar, por así decirlo, la última lágrima de melancolía» de la ideología alemana, ni poner el espíritu en la más aguda oposición a la masa y desarrollar la crítica crítica en toda su pureza, sino… «exponer el liberalismo y el radicalismo del año 1842 y sus ecos en sus medias tintas y su palabrería», es decir, combatir los «ecos» de algo ya desaparecido. ¡Tanto ruido para una tortilla! Por lo demás, precisamente aquí se muestra de nuevo, en su luz más «pura», la concepción de la historia de la teoría alemana. El año 1842 pasa por el periodo de esplendor del liberalismo en Alemania porque la filosofía tomaba parte entonces en la política. Para el crítico, el liberalismo desaparece con el fin de los Deutsche Jahrbücher y de la Rheinische Zeitung, los órganos de la teoría liberal y radical.25 Solo deja «ecos», cuando en realidad solo ahora, cuando la burguesía alemana siente la necesidad real, producida por las relaciones económicas, del poder político y aspira a satisfacerla, solo ahora tiene el liberalismo en Alemania una existencia práctica y, con ella, la posibilidad de un éxito.

La profunda aflicción de san Bruno por La sagrada familia no le permitió criticar este escrito «desde sí mismo y por sí mismo y consigo mismo». Para poder dominar su dolor, tuvo que procurárselo primero en forma «líquida». Esta forma líquida la encontró en una reseña confusa y plagada de malentendidos del Westphälisches Dampfboot, número de mayo, pp. 206-214. Todas sus citas están citadas de los pasajes citados en el Westphälisches Dampfboot, y sin él nada de lo citado ha sido citado.

También el lenguaje del santo crítico está condicionado por el lenguaje del crítico westfaliano. Primero se trasladan a la Wigand’sche Vierteljahrsschrift, pp. 140 y 141, todas las frases que el westfaliano (Dampfboot, p. 206) cita del prólogo. Este traslado constituye la parte principal de la crítica bauerista, según el viejo principio, recomendado ya por Hegel, de

«fiarse del sano sentido común y, por lo demás, para avanzar también con el tiempo y con la filosofía, leer reseñas de obras filosóficas, y acaso incluso sus prólogos y primeros párrafos; pues estos dan los principios generales de los que todo depende, y aquellas, además de la noticia histórica, también el juicio, que, por ser juicio, está incluso por encima de lo juzgado. Este camino vulgar se hace en bata de casa; pero con vestiduras de sumo sacerdote avanza el sentimiento elevado de lo eterno, lo sagrado, lo infinito, un camino»,

que san Bruno, como hemos visto, también sabe «recorrer» «acuchillando».

– Hegel, Fenomenología, p. 54.

El crítico westfaliano, tras algunas citas del prólogo, prosigue:

«Así, llevados por el prólogo mismo al campo de batalla del libro», etc. P. 206.

El crítico santo, después de trasladar estas citas a la Wigand’sche Vierteljahrsschrift, distingue con más finura y dice:

«Este es el terreno y el enemigo que Engels y Marx se han creado para la lucha».

Del examen de la frase crítica

«El obrero no crea nada», el crítico westfaliano solo reproduce la conclusión que lo resume.

El crítico santo cree de verdad que eso es todo lo que se ha dicho sobre la frase, copia en la p. 141 la cita westfaliana y se alegra de descubrir que a la crítica solo se le han opuesto «afirmaciones».

Del examen de las expectoraciones críticas sobre el amor, el crítico westfaliano, en la p. 209, copia primero parcialmente el cuerpo del delito y luego, de la refutación, algunas frases sin conexión alguna, que quisiera presentar como autoridad para su sentimentalismo esponjoso y beatamente amoroso.

El crítico santo se lo copia todo al pie de la letra en las pp. 141 y 142, frase por frase, en el orden en que lo cita su predecesor.

El crítico westfaliano exclama sobre el cadáver del señor Julius Faucher: «¡Esa es la suerte de lo bello en la tierra!».26

El crítico santo no puede terminar su «amargo trabajo» sin apropiarse en la p. 142, en una ocasión inoportuna, de esta exclamación.

El crítico westfaliano da en la p. 212 un supuesto resumen de los razonamientos de La sagrada familia dirigidos contra el propio san Bruno.

El crítico santo copia tranquilamente estos cachivaches al pie de la letra, con todas las exclamaciones westfalianas. Ni en sueños se le ocurre que en ninguna parte de todo el escrito polémico se le reprocha que «convierta la cuestión de la emancipación política en la de la emancipación humana», que «quiera matar a los judíos», que «convierta a los judíos en teólogos», que «convierta a Hegel en el señor Hinrichs»,27 etc. El crítico santo repite crédulo, como un loro, la afirmación del westfaliano de que Marx, en La sagrada familia, se ofrece a suministrar cierto tratadillo escolástico «como respuesta a la necia autoapoteosis de Bauer». Ahora bien, la «necia autoapoteosis» que san Bruno aduce como cita no aparece en ninguna parte de La sagrada familia, pero sí en el crítico westfaliano. Tampoco se ofrece el tratadillo como respuesta a la «autoapología» de la crítica, La sagrada familia, pp. 150-163, sino solo en el apartado siguiente, p. 165, a propósito de la cuestión de alcance histórico universal: «¿por qué tuvo que meterse en política el señor Bauer?».

Por último, san Bruno, en la p. 143, hace aparecer a Marx como «comediante divertido», después de que su modelo westfaliano haya hecho ya que «el drama histórico universal de la crítica crítica» se resuelva en la «más divertida comedia», p. 213.

¡He aquí cómo «deben y pueden» los adversarios de la crítica crítica «saber cómo ha trabajado y sigue trabajando el crítico»!

4. Necrología de «M. Hess»

«Lo que Engels y Marx todavía no podían lo consuma M. Hess».

Gran transición divina, que al santo varón, por el «poder» y el «no poder» relativos de los evangelistas, se le ha quedado tan pegada a los dedos que tiene que encontrar su sitio, venga o no a cuento, en cada artículo del Padre de la Iglesia.

«Lo que Engels y Marx todavía no podían lo consuma M. Hess.» ¿Y qué es ese «lo que» que «Engels y Marx todavía no podían»? Pues nada más y nada menos que… criticar a Stirner. ¿Y por qué «Engels y Marx» «todavía no podían» criticar a Stirner? Por la razón suficiente de que… el libro de Stirner aún no había aparecido cuando escribieron La sagrada familia.

Este artificio especulativo de construirlo todo y de poner lo más dispar en una supuesta relación causal se le ha pasado de verdad a nuestro santo de la cabeza a los dedos. En él llega a la total falta de contenido y desciende a una manera burlesca de decir tautologías con aire de importancia. Por ejemplo, ya en la Allgemeine Literatur-Zeitung, I, 5:

«La diferencia entre mi trabajo y las hojas que, por ejemplo, llena de escritura un Philippson»28 (o sea, las hojas vacías sobre las que escribe «por ejemplo, un Philippson») «tiene que ser también tal como es en efecto»!!!

«M. Hess», de cuyos escritos Engels y Marx no asumen responsabilidad alguna, es para el santo crítico un fenómeno tan notable que no sabe hacer otra cosa que copiar largos pasajes de Los últimos filósofos29 y sentenciar que «esta crítica no ha captado a Feuerbach en algunos puntos, o bien» (¡oh, teología!) «la vasija quiere rebelarse contra el alfarero». Cf. Romanos 9, 20-21. Tras un renovado «amargo trabajo» de citar, nuestro santo crítico llega por fin al resultado de que Hess, porque emplea las dos palabras «unido» y «desarrollo», copia a Hegel. san Bruno, naturalmente, tenía que intentar devolverle a Feuerbach, dando un rodeo, la prueba de su total dependencia de Hegel que se le había dado en La sagrada familia.

«¡He aquí cómo tenía que acabar Bauer! Ha combatido todas las categorías hegelianas», con excepción de la autoconciencia, «como y cuanto pudo», especialmente en el famoso combate de la Literatur-Zeitung contra el señor Hinrichs. Ya hemos visto cómo las ha combatido y vencido. Por si fuera poco, citamos además Wigand, p. 110, donde afirma que la

«verdadera» (1) «disolución» (2) «de las oposiciones» (3) «en la naturaleza y en la historia» (4), «la verdadera unidad» (5) «de las relaciones separadas» (6), «el auténtico» (7) «fundamento» (8) «y abismo» (9) «de la religión, la verdadera infinita» (10), «irresistible, autocreadora» (11) «personalidad» (12) «todavía no se ha encontrado».

En tres líneas, no dos dudosas, como en Hess, sino una docena entera de categorías hegelianas «verdaderas, infinitas, irresistibles», que se acreditan como tales por «la verdadera unidad de las relaciones separadas»: «¡he aquí cómo tenía que acabar Bauer!». Y si el santo varón cree descubrir en Hess a un cristiano creyente, no porque Hess «espere», como dice Bruno, sino porque no espera y porque habla de «resucitar», el gran Padre de la Iglesia nos pone en condiciones de demostrarle, con esa misma página 110, el judaísmo más pronunciado. Declara allí

«que el hombre real, vivo y de carne y hueso todavía no ha nacido»!!! (nueva aclaración sobre el destino del «sexo único») «y que la figura hermafrodita engendrada» (¿¡Bruno Bauer!?) «todavía no es capaz de dominar todas las fórmulas dogmáticas», etc.;

es decir, que el Mesías todavía no ha nacido, que el Hijo del hombre aún ha de venir al mundo y que este mundo, como mundo de la Antigua Alianza, sigue bajo la férula de la Ley, de «las fórmulas dogmáticas».

Del mismo modo que antes san Bruno se sirvió de «Engels y Marx» como transición a Hess, aquí le sirve Hess para poner finalmente a Feuerbach de nuevo en un nexo causal con sus excursos sobre Stirner, La sagrada familia y Los últimos filósofos:

«¡He aquí cómo tenía que acabar Feuerbach!» «La filosofía tenía que acabar piadosamente», etc., Wigand, p. 145.

Pero el verdadero nexo causal es que esta exclamación imita un pasaje del prólogo de Los últimos filósofos de Hess, p. 4, dirigido, entre otros, contra Bauer:

«Así […], y no de otro modo, tenían que despedirse del mundo los últimos descendientes de los ascetas cristianos […]».

*

san Bruno cierra su alegato contra Feuerbach y sus supuestos consortes con una alocución a Feuerbach en la que le reprocha que no sabe más que «pregonar a son de trompeta» y «lanzar trompetazos», mientras que el señor B. Bauer, o la señora Crítica, por no hablar de la «figura hermafrodita engendrada» del incesante «aniquilar», «va en su carro triunfal y recoge nuevos triunfos» (p. 125), «derriba del trono» (p. 119), «acuchilla» (p. 111), «fulmina» (p. 115), «arruina de una vez para siempre» (p. 120), «destroza» (p. 121), solo le permite a la naturaleza «vegetar» (p. 120), construye «más rigurosas» (!) «cárceles» (p. 104) y, por último, con elocuencia de púlpito «acuchilladora», desarrolla frescopiadosoalegreylibremente30 lo «fijofirmefuerteestablecido», p. 105, le arroja a Feuerbach a la cabeza, p. 110, «lo rocoso y la roca» y, por último, con una maniobra de flanco, vence también a san Max, completando la «crítica crítica», la «sociedad social», «lo rocoso y la roca» con «la abstracción más abstracta» y la «dureza más dura», p. 124.

Todo esto lo ha consumado san Bruno «por sí mismo y en sí mismo y consigo mismo», pues él es «Él mismo», es más, es «siempre y por sí mismo el más grandísimo y puede ser el más grandísimo» (¡lo es y puede serlo!) «por sí mismo y en sí mismo y consigo mismo» (p. 136). Selah.31

san Bruno sería sin duda peligroso para el sexo femenino, puesto que es la «personalidad irresistible», si no temiera «por otro lado en la misma medida» «la sensibilidad como la barrera contra la que el hombre tiene que darse el golpe de muerte». Por eso, «por sí mismo y en sí mismo y consigo mismo», no cortará flores, sino que las dejará marchitarse en un anhelo sin límites y en una lánguida histeria por la «personalidad irresistible», que «posee este sexo único y estos órganos sexuales únicos y determinados».32

  1. Wigand’sche Vierteljahrsschrift: revista trimestral que publicaba en Leipzig el editor Otto Wigand (1844-1845); de ahí el «concilio de Leipzig». Su tomo III de 1845 traía el artículo de Bruno Bauer «Caracterización de Ludwig Feuerbach» (pp. 86-146) y la réplica de Max Stirner a sus críticos («Recensenten Stirners»); en el tomo II, Feuerbach había contestado a El único y su propiedad de Stirner. Las páginas que se citan sin más indicación son de ese tomo III. ↩

  2. Wilhelm von Kaulbach (1805-1874), pintor alemán. Su Batalla de los hunos (1834-1837) representa la leyenda según la cual los espíritus de los caídos en la batalla de los Campos Cataláunicos (451) siguieron combatiendo en el aire. ↩

  3. Frase de Bauer contra la sensibilidad de Feuerbach, que haría del hombre una cosa inerte. Marx y Engels hacen del bastón el atributo de san Bruno, como en la iconografía de los santos. ↩

  4. Vernehmen significa «percibir» y también «tomar declaración», «interrogar»; de ahí la broma del acta. ↩

  5. Das Westphälische Dampfboot, revista mensual socialista dirigida por Otto Lüning (Bielefeld y Paderborn, 1845-1848). Su número de mayo de 1845 publicó la reseña de La sagrada familia, probablemente de Hermann Kriege, en la que Bauer basó su réplica (véase el apartado 3). ↩

  6. Hyle: en griego, «materia». En los sistemas gnósticos, la materia es el principio opuesto al espíritu. ↩

  7. Moses Hess (1812-1875), publicista, uno de los primeros comunistas alemanes y portavoz del «verdadero socialismo»; en 1845 colaboraba estrechamente con Marx y Engels. ↩

  8. Nombre que se daba a la Inquisición en España y Portugal. ↩

  9. (Pasaje tachado en el manuscrito.) «Al fondo aparece el dottore Graziano, alias Arnold Ruge, so pretexto de ser una cabeza extraordinariamente astuta y política (Wigand, p. 192).» El dottore Graziano es el pedante de la commedia dell’arte; Arnold Ruge (1802-1880), publicista de los jóvenes hegelianos, había editado con Marx los Anales franco-alemanes (1844). ↩

  10. Alusión al libro de Bauer Die gute Sache der Freiheit und meine eigene Angelegenheit (La buena causa de la libertad y mi propio asunto, 1842), escrito después de que se le retirara la licencia para enseñar en la Universidad de Bonn. ↩

  11. Pro aris et focis, «por los altares y los hogares», fórmula latina que se lee en Cicerón. ↩

  12. Norddeutsche Blätter. Eine Monatsschrift für Kritik, Literatur und Unterhaltung, revista mensual que dirigía Bruno Bauer (diez números, de julio de 1844 a abril de 1845). ↩

  13. Ludwig Feuerbach, «Zur Kritik der „positiven Philosophie“» (1838), en los Hallische Jahrbücher für deutsche Wissenschaft und Kunst, la revista de los jóvenes hegelianos que dirigían Arnold Ruge y Theodor Echtermeyer (1838-1841). Antes había publicado una exposición de la filosofía de Leibniz (1837) y un libro sobre Pierre Bayle (1838). ↩

  14. En sus comienzos, Bauer fue un hegeliano de derechas que defendía el dogma con la teología especulativa, por ejemplo en la Zeitschrift für spekulative Theologie, que dirigió de 1836 a 1838. ↩

  15. La disputa entre Estados Unidos y Gran Bretaña por el territorio de Oregón, en la costa del Pacífico, que zanjó el tratado de 1846. ↩

  16. Las Corn Laws, aranceles sobre la importación de grano que protegían a los terratenientes ingleses; fueron abolidas en 1846. ↩

  17. Bruno Bauer, Kritik der evangelischen Geschichte der Synoptiker (Crítica de la historia evangélica de los sinópticos, 1841-1842) y Das entdeckte Christenthum (El cristianismo descubierto, 1843), libro que la censura secuestró antes de que se distribuyera; Hegel, Fenomenología del espíritu (1807). ↩

  18. Ludwig Feuerbach, Grundsätze der Philosophie der Zukunft (1843). ↩

  19. Centón de pasajes de la Biblia de Lutero (1 Juan 2, 16; Romanos 8, 6-7; Gálatas 5, 19-21; Judas 11-13, 19 y 23; 2 Timoteo 3, 1-5; Apocalipsis 22, 15), con «la Crítica» en lugar de Dios. ↩

  20. Shakespeare, Noche de Reyes, acto III, escena 2, citado en alemán. Donde el texto inglés dice favour, la edición de la MEW trae Kunst («arte»), quizá por Gunst («favor»); traducimos «favor». ↩

  21. Centón de versículos de Jeremías en la versión de Lutero (entre otros, 32, 22 y 30-35; 25, 3; 18, 13-14; 22, 29). ↩

  22. La Allgemeine Literatur-Zeitung, revista mensual de Bruno Bauer (Charlottenburg, 1843-1844), blanco principal de La sagrada familia. ↩

  23. Karl Nauwerck (1810-1891), profesor auxiliar de filosofía en Berlín y joven hegeliano, al que en 1844 se prohibió enseñar por sus ideas políticas; la Literatur-Zeitung había comentado su conflicto con la facultad. ↩

  24. Frases y ejemplos de la Allgemeine Literatur-Zeitung que La sagrada familia había puesto en ridículo: entre ellos, errores de traducción del francés (maréchal es a la vez «herrador» y «mariscal»; un fait physique, «un hecho físico»; la malveillance de nos bourgeois juste-milieux, «la malevolencia de nuestros burgueses del justo medio») y la interpretación especulativa de Los misterios de París de Eugène Sue por Szeliga. ↩

  25. Los Deutsche Jahrbücher für Wissenschaft und Kunst (Leipzig, 1841-1843), continuación de los Hallische Jahrbücher, y la Rheinische Zeitung de Colonia (1842-1843), que dirigió Marx; ambos fueron prohibidos a comienzos de 1843. ↩

  26. Julius Faucher (1820-1878), publicista librecambista, colaborador de la Literatur-Zeitung, criticado en La sagrada familia. La exclamación es un verso de Schiller (La muerte de Wallenstein, IV, 12). ↩

  27. Hermann Friedrich Wilhelm Hinrichs (1794 o 1797-1861), hegeliano de derechas, profesor en Halle, cuyas Lecciones políticas había criticado Bauer en la Literatur-Zeitung. ↩

  28. Ludwig Philippson (1811-1889), rabino y publicista, director de la Allgemeine Zeitung des Judenthums, que había polemizado con Bauer sobre la cuestión judía. ↩

  29. Moses Hess, Die letzten Philosophen (Darmstadt, 1845), folleto contra Bauer, Stirner y Feuerbach. ↩

  30. Juego con frisch, fromm, fröhlich, frei («fresco, piadoso, alegre, libre»), lema del movimiento gimnástico patriótico de Friedrich Ludwig Jahn. ↩

  31. Selah: palabra hebrea de sentido incierto que cierra algunos versículos de los Salmos; aquí, «y se acabó». ↩

  32. (Pasaje tachado en el manuscrito.) «5. San Bruno en su “carro triunfal”. Antes de dejar a nuestro “victorioso y seguro de la victoria” Padre de la Iglesia, mezclémonos un momento con la masa boquiabierta, que acude con el mismo afán cuando él “va en su carro triunfal y recoge nuevos triunfos” que cuando el general Tom Thumb hace una maniobra de diversión con sus cuatro ponis. Si oímos tararear algunas coplas callejeras, es que “está en el concepto” del triunfador “en general” ser recibido con coplas callejeras.» Tom Thumb era el nombre artístico de Charles Stratton (1838-1883), enano que el empresario Barnum exhibía por Europa en aquellos años. ↩